“Nadie es indispensable en un equipo”

¿Cómo es la vida de un deportista en San Salvador?

Hay pocos espacios de calidad para practicarlo, sumado a la poca o nula paga por realizarlo y dedicarse de lleno a esto. La mayoría de deportistas tienen que llevar una doble vida, dejando el deporte como segunda opción y no desarrollándose como se debe.

¿Qué resultado esperas obtener con lo que estás haciendo?

Una reestructura del deporte en El Salvador. Quiero devolver lo mucho que el deporte me da y me seguirá dando, empezando en mi entorno, con los niños con los que trabajo directamente, y poder darles el trato y los fundamentos que merecen.

¿Qué es lo más ilícito que has hecho?

Manejar sin licencia y sin tarjeta de circulación por más de tres meses.

¿Quiénes son tus héroes de la vida real?

Mis papás y mis abuelitos maternos. Han dedicado toda su vida a sacar adelante a su familia, siendo personas de bien. Mi abuelo ha dedicado casi toda su vida al desarrollo de las bases del deporte en El Salvador.

¿Cuáles son tus nombres favoritos?

Enzo, Stephany, Isabella y Andrés.

¿Cómo reaccionas a las críticas?

En términos generales, bastante bien; siempre estoy atento a todo lo que me digan para tomar lo bueno y hacer autocrítica.

¿Qué significa la competencia en el deporte?

Exigencia y motivación para buscar cosas nuevas, trabajar duro y ser disciplinado. Como decimos en el fútbol, nadie es indispensable en un equipo y juega el que trabaja mejor.

La imagen engaña

¿Cómo se imagina su perfecta jubilación?

Estar con mi familia en una casa en el lago o en la montaña, haber establecido mis negocios para que rindan frutos para mis hijas y esposa.

¿Qué significa la ropa en su rutina?

Algo muy importante, me gusta verme bien y sé que la imagen cuenta.

Si todo el mundo fuera ateo, ¿cómo sería el mundo?

Sería un total fracaso. No existiría nada, seríamos un desastre. Gracias a la misericordia de Dios logramos respirar y despertarnos día a día y luchar por nuestros sueños.

¿Es la imagen una forma de mentir?

La imagen engaña. Pero, al final de todo, el mundo es tan pequeño, que todo sale a la luz y queda al descubierto aquello que tratamos de ocultar.

¿Qué palabra describe a la belleza salvadoreña?

Inigualable.

¿Cuál ha sido su trabajo más difícil?

Comprender los diferentes caracteres de mis clientes. Lo bueno es que con todos logramos un buen match.

¿Qué alimento le recuerda a su niñez?

La sopa de guineo verde con costilla de cerdo de mi madre.

Éticamente es más valioso ser periodista que escritor

Juan Villoro

El mexicano Juan Villoro aseguró que “éticamente es más valioso ser periodista que escritor” al evaluar sus dos profesiones, además de defender la importancia del oficio periodístico en “tiempos de creciente intolerancia” en el mundo.

“Un escritor puede ser tan caprichoso como le da la gana y tan mala persona como quiera, y al mismo tiempo escribir buenas novelas. El periodista no lo puede hacer porque ya estaría negando su compromiso con la verdad, con la objetividad, con los demás”, manifestó Villoro en una entrevista con dpa.

El mexicano presentó este domingo, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, su último libro, “El vértigo horizontal”, un “homenaje crítico” a la Ciudad de México, donde nació hace 62 años, que combina crónicas, reportajes y su particular mirada de la capital del país.

¿Se considera periodista?
No sé si estoy usurpando funciones. He hecho reportajes puros y duros; de hecho, en “El vértigo horizontal” hay algunos textos que considero más periodísticos, aquellos donde había realidades ajenas a mí que yo tuve que cubrir más como reportero.
También he hecho entrevistas con el afán de ser periodista, pero también tratando de mantener en ellas cierto impulso narrativo. Durante muchos años, cuando me preguntaban mi profesión, yo respondía periodista, porque me parecía pretencioso llamarme escritor. Me gusta más la humildad del periodismo, en la medida en que es un género en el que es importante que sean los demás los que tengan la razón y que sea la realidad la que te dicte los asuntos.

¿Diría que el periodismo es como nunca un pilar de la sociedad?
Vivimos en tiempos de una creciente intolerancia, no solo en México, sino en todo el mundo. Si vemos la relación de (Donald) Trump con la prensa, si vemos la importancia de las noticias falsas en redes sociales, si vemos los autoritarismos creciendo en Brasil, Hungría, Polonia, Italia… son momentos difíciles, pero precisamente la amenaza al periodismo refrenda su importancia, es una paradoja: si no quieren que se digan cosas, es por algo. Tenemos que decirlas encontrando la manera de hacerlo.

También es un momento importante para los movimientos feministas, ¿hay un ajuste de cuentas con el género femenino en el ámbito literario?
No diría que es un ajuste de cuentas, lo veo como un reconocimiento necesario de una realidad que tenemos, y es que hay extraordinarias escritoras, y no solo escritoras, sino mujeres que en todos los campos están destacando. Desgraciadamente, vivimos en una sociedad patriarcal; entonces, es muy difícil que tengan la visibilidad que merecen, pero atañe a todos los campos, cada quien en su propio espacio tiene que luchar para que esto cambie.

Hay extraordinarias escritoras, y no solo escritoras, sino mujeres que en todos los campos están destacando. Desgraciadamente, vivimos en una sociedad patriarcal; entonces, es muy difícil que tengan la visibilidad que merecen”.

Usted es miembro del Colegio Nacional de México, cuyo cuerpo académico se destaca por la falta de mujeres.
Tradicionalmente el Colegio Nacional no ha tenido muchas voces de mujeres. Nació a principios del siglo XX con 20 hombres. En los años 70 se duplicó y pasó a tener 40 hombres. Cuando yo ingresé, hace cuatro años había solo dos mujeres. Ahora tenemos cinco, lo cual haría pensar que si seguimos con la tendencia renovadora, en otros cuatro años habrá 12 y en cuatro años serán mayoría las mujeres. Ojalá así suceda, estamos tratando, pero es importante que se haga en todos los frentes.

El tema de su nuevo libro vuelve a insistir en una de sus obsesiones, la Ciudad de México. ¿Por qué elige volver siempre a ella?
Es un homenaje crítico, porque toda ciudad, especialmente la de México, te despierta emociones encontradas. Muchas veces he querido abandonarla, pero es como ciertas relaciones amorosas en donde piensas que no puedes seguir ya con esa persona y luego consideras que la extrañarías demasiado si te fueras. La Ciudad de México genera esta relación de amor/odio continua, y el libro es producto de eso, quizá predomina más el amor, porque finalmente me he quedado en la ciudad y es el único sitio que considero mío.

¿Le costó finalizar “El vértigo horizontal”?
Sí, uno de los grandes problemas de escribir sobre un tema tan amplio es caer en la dinámica de lo exhaustivo, tratar de ser enciclopédico. De alguna manera se volvió una expansión avasalladora que tenía que controlar de alguna forma. De broma decía que, más que un corrector de estilo, necesitaba un urbanista que lo estructurara.

¿Cómo escribió el poema que cierra el libro, que ya se había publicado unos días después del terremoto que sacudió la Ciudad de México el 19 de septiembre de 2017 y que dejó saldo de 228 muertos en la capital?
Fue producto de la urgencia periodística, el terremoto ocurrió un martes y tenía que entregar mi columna un jueves. A dos días de distancia de la tragedia, no podía pensar en otra cosa, al mismo tiempo no tenía nada nuevo que decir. Se me ocurrió tratar de describir el gesto que me parecía más importante en aquellos días, el de levantar el puño para que los demás guardaran silencio y se pudiera escuchar si había gente con vida entre los escombros.

Este gesto solidario de darle prioridad al menos favorecido era lo que estaba determinando las jornadas, y yo sentía que había una poderosa fuerza simbólica en todo eso. Para volcar la emoción, podía acudir al género de la letanía, poniendo al lector como protagonista y hablándole de tú. Me quedaban dos horas para el cierre, así lo escribí, no sabía la extensión, porque no puedes calcular por líneas, lo ajustamos con los editores, y más que un género literario respondió a uno sismológico: es una réplica.

Quizás por eso mismo pude decir cosas que no sabía que podían conectar con la gente, tuvo una acogida sorprendente para mí y ya no es mío, siento que todo el mundo se lo apropió y me pareció el punto final correcto para este libro que amenazaba con no tener nunca un punto final.

¿Volverá a escribir poesía?
No me considero poeta, no considero tener esa capacidad de síntesis, quizás necesitaré de otro predicamento tan grande como el terremoto para que salga otro poema, yo no sé siquiera si es un poema, no me he preguntado al respecto.


* Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) es escritor, periodista y profesor de Literatura. En 2004 fue galardonado con el Premio Herralde por su novela “El testigo”. También ha trabajado en el teatro, ha sido guionista de cine y ha escrito relatos de viaje.

Juan Villoro

“Nadie sabía que yo llevaba al ‘Chapo’ en mi vehículo”

En solitario. “El Chapo” enfrenta juicio en Nueva York. Ha estado detenido en confinamiento solitario desde su extradición a Estados Unidos a principios del año pasado.

Tengo un tío que es 12 años más grande que yo y que también es policía federal. Cuando estaba chico, veía que llegaba con su uniforme y patrulla, lo que me causaba mucha admiración.
En alguna época vivimos cerca de una autopista, donde alcanzaba a ver las patrullas, y de ahí fue creciendo mi interés por formar parte de la Policía Federal de Caminos, como se llamaba entonces nuestra Institución.

No era fácil ingresar, eran muy estrictos. De inicio, había que ir bien vestidos y con el cabello bien arreglado tan solo para pedir informes. “¿A qué vienes? ¿A pedir informes o a pedir trabajo?”, nos decían los comandantes.

Me regresaron tres veces tan solo para tener informes de cómo ingresar. Ya con el cabello corto y bien presentado, pude saber de lo que necesitaba para poder ingresar a la Policía Federal de Caminos. Me tocó ir a las oficinas casi a diario durante siete meses, hacer ejercicio y correr para ganarme mi ficha de aspirante.

Aunque no era un procedimiento institucional, era un filtro que ponían los propios comandantes para que ingresaran solo aquellos que de verdad tenían la vocación para ser policías.
Cuando le dije a mi papá que quería ser policía federal de caminos, él solo se me quedó viendo y me dijo: “Sé lo que quieras ser, pero trata de ser el mejor”. Mi mamá, un poco más aprehensiva, se espantó, pero poco a poco fue entendiendo y cuando me dieron la lista de prendas que debía llevar a la academia, ella misma me compró todo.

En la academia de San Luis Potosí no solo conocí a compañeros de profesión, sino también a amigos que hasta la fecha frecuento y que han llegado a ser parte de mi familia.

Los retos que se nos fueron presentando, primero como cadetes y luego como policías federales ya graduados, fueron creando fuertes lazos entre nosotros.

El día de la detención de Joaquín “el Chapo” Guzmán, yo estaba en el tercer turno en Los Mochis, Sinaloa. Debía cubrir el horario de las 11 de la noche a las 7 de la mañana.

En el día, por la carretera Los Mochis-Navojoa, circulan muchos vehículos, incluyendo agricultores y gente que se dedica a la pesca, mientras que en la noche hay muy poca circulación.

Un turno cualquiera implicaba realizar mis recorridos, hacer folios de infracción si era el caso y, en general, estar al pendiente de prevenir y atender cualquier delito que se pudiera registrar.

Ese día se sentía algo raro. A las 3 o 4 de la mañana, comenzamos a escuchar helicópteros cerca, lo que me pareció extraño debido a que Los Mochis es una ciudad pequeña. Me imaginé que podría tratarse de un operativo de Sedena o Marina, pero no más.

Estábamos tres patrullas en el servicio. Yo conducía la patrulla acompañado de otro compañero, estaba también el responsable de turno, o RT, y otros compañeros más en la carretera que va hacia el norte, en los límites con Sonora.

A mí me tocó cubrir de Los Mochis hacia el sur, rumbo a Guasave.

Era una madrugada más sola que de costumbre. En algún momento, nos reunimos con el RT en uno de los tramos.
—Está medio raro. ¿Ya escuchaste los helicópteros?
—Yo también escuché. ¿Qué será?
—No, pues, quién sabe. Ahí nos vemos al rato.

Y el RT siguió con su recorrido.

Fue amaneciendo y comenzamos a escuchar disparos, por lo que nos acercamos a Los Mochis para reunirnos en un puente que está antes de entrar a la ciudad. En algún momento pensamos que los disparos podían ser a causa de un enfrentamiento entre delincuentes, pero el operador de radio nos informó que había un operativo de Marina y que había que estar pendientes.
El titular de la estación nos ordenó que todas las unidades estuviéramos atentas y esperar en la carretera a que llegara el primer turno. Para entonces, eran alrededor de las 6 de la mañana.
Me tocó quedarme debajo del puente donde nos habíamos reunido, desde donde se veía la afluencia de vehículos que venían de la ciudad para salir a la carretera.

Al poco tiempo cesaron los disparos y el ruido del helicóptero.

Instantes después recibimos vía radio la información sobre un reporte de robo de vehículo por parte del C4, instancia que sube a todas las autoridades este tipo de información por si tenemos contacto con el vehículo.

Estaba debajo de la patrulla junto con mi compañero cuando, a los 10 minutos, vi que venía el carro Focus rojo reportado. “¿Tan pronto? –pensé– No creo que tan rápido llegue aquí si se lo robaron en el centro”.

Solo alcancé a ver los últimos números de la placa y luego corroboré con mi compañero los datos del reporte.

Todavía vi cómo el vehículo se paraba con toda naturalidad ante una señal vial de “alto”, para segundos después dar la vuelta a la izquierda e ingresar a la carretera con dirección al sur.
Con la duda sobre si se trataba del vehículo robado, inicié el camino para verificarlo.

Más adelante se encontraba mi RT, a quien le hablé por radio: “Jefe, pasó un carro, un Focus rojo, nada más alcancé a ver los últimos números de la placa. No estoy seguro, voy a pararlo para que sepas y si es positivo, me ayudes”.

No aceleré mucho el vehículo porque estaba lloviznando y el pavimento estaba mojado, pero lo alcancé con facilidad.

El RT y yo le dimos alcance al mismo tiempo al vehículo y le solicitamos el alto. El vehículo se detuvo de manera normal.

Caminé y me paré del lado del acompañante del vehículo. Abrí la puerta y el pasajero se me quedó viendo. “¡Ah, canijo! Es ‘el Chapo’”, pensé.
—Comandante, comandante, échenme la mano.
—A ver, patrón, bájese tantito.

Al notar que las placas coincidían con el reporte de robo, nos bajamos de las patrullas con mayor precaución.

Del Focus se bajó primero el conductor, quien hizo contacto con el RT, mientras que yo me paré del otro lado de la patrulla para darle cobertura. “Comandante, traigo al patrón, échenme la mano”, alcancé a escuchar que decía el conductor, lo que me pareció muy extraño.

Caminé y me paré del lado del acompañante del vehículo. Abrí la puerta y el pasajero se me quedó viendo. “¡Ah, canijo! Es ‘el Chapo’”, pensé.
—Comandante, comandante, échenme la mano.
—A ver, patrón, bájese tantito.

Lo bajé y lo tomé del hombro. Alcancé a ver que traía una pistola debajo de sus piernas, por lo que rápido lo jalé para conmigo, como abrazándolo para ver si no traía un arma fajada.

Lo jalé y empecé a caminar a la parte trasera de mi patrulla. Cuando iba llegando a la puerta, le puse rápido las esposas. “¿Por qué, comandante? ¿Por qué me esposas? ¿Por qué me tratas así?”, me decía.
“Espérese, espérese, ahorita vemos”, le contesté.
Abrí la puerta de la patrulla y lo aventé hacia adentro. “Espérese, ¿por qué me trata así?”, me gritó.
Cerré la puerta y vi que todavía mi RT interaccionaba con quien en ese momento supe que era “el Cholo”. Le grité que lo esposara y enseguida lo empujó hacia adelante y le puso las esposas.
“Es ‘el Cholo’ y acá traigo al ‘Chapo’”, le grité.
“¿Qué vas a hacer?”, me dijo el RT. “Vámonos de aquí, nos van a matar”, le contesté, mientras comencé a ver que a lo lejos había un fuerte movimiento de vehículos en la carretera.
—Lléveme a Che Ríos. Ahí está mi gente, ahí nos van a apoyar.
—Sí, sí, ahorita vamos para allá.

En mi mente estaba claro que no tenía nada que ir a hacer a un lugar en donde me esperaba una muerte segura. En el primer retorno me di la vuelta en sentido contrario. Nadie sabía que yo llevaba al “Chapo” en mi vehículo.
Del otro lado comenzaron a pasar distintos vehículo, mientras yo seguía mi camino en el sentido contrario. Primero pensé en ir a la oficina de Policía Federal, pero eso significaba entrar a la ciudad y un gran riesgo, así que lo descarté. Luego me acordé de la guarnición militar, un lugar a donde a veces íbamos a hacer prácticas de tiro y que estaba sobre la carretera. “Ahí es un lugar seguro”, pensé.
Pasé el entronque de Los Mochis rumbo a la guarnición, mientras que mi pasajero insistía que lo lleváramos a Che Ríos. “Ahorita, ahorita, espérese tantito. Ahorita vemos qué hacemos”, le decía. “Bueno, bueno, está bien, está bien”, me dijo sin ponerse agresivo.
Cuando iba a medio camino, a lo lejos vi unas camionetas y sentí miedo. Entonces vi un hotel donde a veces comíamos y se me hizo fácil meterme. Sabía que ahí era menos probable que me encontraran.
Adentro, comencé a marcar. Para ese momento, el RT ya le había informado al jefe de estación que yo traía al “Chapo” en mi patrulla.

Nunca estuvo en duda avisarles a mis compañeros y mandos. Los conozco y tengo plena confianza en ellos.

Estuve a solas con él un rato. Fue entonces cuando me ofreció dinero.
—Ayúdeme y no va a volver a trabajar. Comandante, dígame qué quiere, pero ya écheme la mano.
—Ahorita vemos, ahorita platicamos de eso.
—Le ofrezco dos o tres empresas de aquí, de Sinaloa; es más, le dejo $50 millones para que no vuelva a trabajar nunca en su vida.
—Ahorita, espérese. Ahorita vemos qué hacemos.
—Comandante, no se vale. Tanto huir y tanto dinero para que usted venga y me entregue. No se vale.
—También entiéndame, estoy haciendo mi trabajo. Nadie me dijo que ahí venía usted. Yo soy policía y estoy haciendo mi trabajo. No vaya a creer que alguien me avisó.
—No ya sé. Ese fue un atorón bien.
—Ahí está. Nomás entiéndame que es mi trabajo.
—Está bien, comandante.
Se quedó callado, se agachó y no me volvió a hablar o a ofrecerme algo.

Al poco rato llegó el RT en la otra patrulla con “el Cholo” y nos quedamos ahí, en la habitación, con los dos hombres esposados.

Me asomé y vi que había personas en la azotea, pero me di cuenta de que eran compañeros policías federales que ya estaban dando el apoyo.
Luego bajó un helicóptero de Marina y llegó Sedena.

Yo ya estaba más tranquilo por todo el apoyo de las instituciones que había en el lugar. Entonces llegaron integrantes del grupo de operaciones especiales de la Marina, que se asomaron a la habitación donde estaba “el Chapo”.
—Tú fuiste, ¿verdad?
—No, no.
—¡Ah, cómo no! No sabes lo que acabas de hacer.

Con una cara de satisfacción y emoción, el marino se dio la media vuelta y se fue.

Hay quien me pregunta por qué no acepté el dinero que me daba. Para mí, fue sencillo: aún con todo su dinero, lo vi sucio, mojado, venía del drenaje, maloliente. Y yo nunca me quería ver así. “Cincuenta millones de dólares que en mi vida me voy a gastar, pero así me voy a ver, huyendo”, pensé.

Como policía, hice lo que debía hacer. Es “el Chapo”: detenlo, espósalo y llévatelo. No había otra opción.

En mi carrera como policía, durante 20 años de trabajo, siempre he tenido que tomar decisiones rápidas y que afortunadamente siempre han sido las correctas.

Para ser un policía que pase pruebas de $50 millones o de 500,000 pesos, hay que querer ser policía, sentir todos los días a la Policía, salir orgulloso y con ganas.
Eso se logra con educación, desde la casa, desde la academia.

Si no hubiera tenido a los padres que tengo, buenos instructores y buenos compañeros, que me enseñaron cosas buenas, talvez hubiera tomado otra decisión. La Policía Federal es mi vida. Es de donde mi familia depende. Es mi orgullo. Es lo que me gusta ser.

La detención del “Chapo” me cambió la vida entera.

En lo familiar, significó hablar con claridad y sinceridad sobre lo que había pasado. Aunque mi hija estaba pequeña, tuve que explicarle que su vida también iba a cambiar. “Entiendo”, me dijo.
También cambió mi vida en el trabajo. Tuve mandos que le dieron un correcto valor al trabajo, un valor real, y eso me permitió tener un ascenso y un reconocimiento a alguien que, como policía, hizo lo correcto.

Hoy estoy convencido de que los policías debemos comportarnos en todo momento como se esperaría que se comporte un policía íntegro y profesional.

Eso significa hacer cosas buenas para que la sociedad siga viéndonos bien, que no siempre ha sido fácil, porque a veces se dejan llevar por una imagen distinta a lo que en realidad somos.
Si no actuamos en todo momento con el corazón, nos vamos a tardar en lograr la confianza y el respeto de la ciudadanía, que es indispensable en la tarea policial.

Tengo la fortuna de ser ejemplo de que cuando actúas de forma correcta, las cosas salen bien, que la Policía Federal te lo reconoce y eso te motiva a echarle más ganas.

Sé que de haber decidido otra cosa aquella mañana, habría perdido lo que ya gané, que es el respeto de mi familia y de quienes en mí confían. Además de que hubiera decidido seguir una vida que me condenaba a estar siempre huyendo y en la que difícilmente hubiera tenido un buen final.

Trece mujeres, trece tumbas

Tumba de Vilma Pérez

Vilma Pérez

Vilma Pérez

A ella la mató su esposo y vigilante privado, José Adán Menjívar. Le disparó en el centro de Apopa, frente a sus dos hijos, mientras iba a denunciarlo en la unidad de la mujer de la Policía por los maltratos físicos y psicológicos a los que la sometía.

Tumba de Vilma Pérez

Carla Ayala

Carla Ayala

Un compañero policía la asesinó el 29 de diciembre de 2017 en la madrugada, después de una fiesta navideña donde hubo alcohol, en la sede del Grupo de Reacción Policial (GRP).

El cadáver de la agente Carla Ayala permaneció desaparecido durante más de nueve meses.  A raíz de este asesinato, el GRP fue desintegrado y más de 80 elementos fueron reubicados. El principal sospechoso del asesinato, Juan Josué Castillo, sigue prófugo de la justicia.

Tumba de Carla Ayala

Julia

Julia

Héctor Danilo Leonor García, subinspector de la Policía Nacional Civil (PNC), es acusado de inducir al suicidio a su esposa, la también agente policial Irma Julia García de Leonor, quien se quitó la vida el pasado 19 de diciembre, hace casi un año. Julia era víctima de violencia física, sexual y psicológica por parte de Héctor, quien la denigró en su calidad de mujer y la indujo al alcoholismo. Este ciclo de violencia, dicen fuentes de la fiscalía, llevó a García, que estaba destacada en la delegación policial de Soyapango, San Salvador, a tomar la decisión de quitarse la vida.

Tumba de Julia

Lorena

Lorena

La agente policial Lorena Beatriz Hernández, de 24 años, fue asesinada en los dormitorios de mujeres de la subdelegación de Mejicanos el 31 de diciembre de 2017. Néstor Alfonso Coto, un agente con quien mantenía una relación sentimental y estaba ebrio esa noche, le quitó la vida tras una discusión y trató de hacer pasar el caso como un suicidio. Los restos de Lorena descansan en el cementerio municipal de Izalco.

Tumba de Lorena

Karla

Karla

Karla Turcios era periodista. Nunca habló acerca de maltrato doméstico. Fue asesinada el pasado 14 de abril. La estrangularon y su cadáver fue encontrado en la carretera a Santa Rosa Guachipilín. Su esposo, Mario Huezo, está en prisión acusado de asesinarla y después deshacerse del cadáver en el carro en el que también viajaba el hijo de ambos.

Karla

Jocelyn

Jocelyn

En julio, Rónald Atilio Urbina, de 33 años, fue captado por diferentes cámaras de videovigilancia del Sistema 911 de la Policía Nacional Civil (PNC) el viernes 6, en la madrugada, mientras recorría San Salvador y Antiguo Cuscatlán, donde lanzó los restos de su pareja, Jocelyn Milena Abarca Juárez, de 26 años. Unos días antes y en varias ocasiones, Joselyn le había comentado a su mamá que tenía fuertes discusiones con su pareja y que se separaría. El 5 de julio, amigos y familiares intentaron comunicarse con ella, pero solo respondía mensajes vía WhatsApp, los cuales se supone fueron enviados por Rónald Atilio. Ya la había matado.

Jocelyn

Rosa María

Rosa María

Denys Edenilson Suárez, de 35 años de edad, es acusado por el delito de feminicidio en perjuicio de su compañera de vida, Rosa María Bonilla Vega, con quien convivía sentimentalmente desde hace algunos años. El hecho se dio durante una discusión ocurrida en la vivienda de la pareja el pasado 23 de enero. La mató a golpes, mientras el hijo adolescente de ella se encontraba en la misma casa. Bonilla Vega era doctora de profesión y trabajaba como colaboradora técnica y referente de componente materno de la región occidental del Ministerio de Salud (MINSAL), en Santa Ana.

Rosa María

Katherine

Katherine

Katherine Lisbeth Cárcamo, de 27 años, fue encontrada sin vida y con señales de haber recibido una fuerte golpiza el martes 24 de abril al mediodía, dentro de una vivienda ubicada en una colonia del municipio de San Sebastián Salitrillo (Santa Ana). Miembros del Instituto de Medicina Legal (IML) explicaron que la principal causa del deceso fue por asfixia mecánica; además, señalaron que el rostro de la víctima presentaba varias fracturas. En mayo, un juzgado ordenó enviar a prisión a Bryan Alexis Arévalo, de 24 años de edad, acusado del delito de feminicidio en contra de su esposa, Katherine.

Katherine

Lilian

Lilian

Henry Alberto Salazar, de 26 años, fue enviado ayer a prisión preventiva por el feminicidio de su novia embarazada, Lilian Beatriz Méndez Ramírez, y del aborto no consentido de su hijo. Salazar estranguló a Lilian Méndez y luego arrojó el cadáver en la carretera. Una hora después se fue a un bar ubicado en la colonia San Luis, de San Salvador, donde permaneció hasta horas de la madrugada, según lo que ha reconstruido la fiscalía. En esta tumba descansan ella y el bebé que no llegó a nacer.

Lilian

Blanca Iris

Blanca Iris

El 17 de julio, Blanca Iris Rivera, de 32 años, se sentó en su pequeño escritorio de administradora del mercado de Agua Caliente, Chalatenango. Lo ordenó. En ese afán estaba cuando su expareja, Álvaro Rodríguez, entró en la oficina. Sacó su arma. Álvaro le apuntó y le disparó tres veces. Para ese día, Blanca ya había puesto cuatro denuncias por violencia en contra de Álvaro, quien era padrastro de sus dos hijas y padre de su hijo. Él está prófugo.

Blanca Iris

Graciela

Graciela

Graciela Ramírez Chávez, de 22 años, fue hallada asesinada el 13 de febrero a las 6:30 de la mañana en uno de los pasajes de los condominios Zacamil, del municipio de Mejicanos. La policía la encontró con 56 heridas provocadas con un arma cortopunzante. Ella recibió 803 llamadas telefónicas de su prometido, José Héctor Otero Turcios, en un lapso de 40 días, un promedio diario de 21. Otero está acusado de ser el autor directo, mientras que un pariente de él es señalado como cómplice al haberle ayudado a deshacerse del cadáver. La tumba de Graciela está en el cementerio de Mejicanos.

Graciela

Delmy

En el juzgado, José Rodríguez Ángel, de 54 años, se declaró inocente de los cargos: “Esa es cosa del diablo, es cosa que a veces uno no lo piensa; me arrepiento de lo que hice, yo no soy asesino”, dijo en su defensa para intentar justificar lo ocurrido. A Delmy Rosibel Cabrera de Rodríguez, de 49 años de edad, José la mató a machetazos, y después se hirió con la misma arma blanca con intenciones de suicidarse. El feminicidio ocurrió el domingo 16 de septiembre por la tarde, en el caserío Las Peñas, del cantón El Zope, en el municipio de Santo Domingo de Guzmán, departamento de Sonsonate. José, sin vergüenza, intenta convencer a la fiscalía de que darle a una mujer una vida de abusos y acabar matándola es amor.

Delmy

Roxana

Roxana

Roxana Marisela Jiménez tenía 21 años de edad. La asesinó José Balmore Callejas, un jardinero de 54 años. Roxana trabajaba como empleada doméstica en Antiguo Cuscatlán y fue acosada por Callejas al punto de que antes de matarla con un machete, le dejó 80 llamadas perdidas. La madre de Roxana declaró ante el juez que llevó el caso que su hija ya le había comentado lo que Callejas hacía: “El 31 de diciembre le ofreció dinero y ella no aceptó, le dijo que el amor no se compra. Yo la notaba triste. Me pedía que el día que la mataran que yo recogiera a sus hijos”. Callejas cumple una pena de 30 años de prisión. Esta tumba está en el cantón Bellos Horizontes, Comasagua.

Roxana

“Vivimos en una sociedad violenta y extrema que requiere expresarse en una rama extrema”

¿Qué es la música?

Es la forma que tengo de expresarme y desahogarme. Me ha dado la forma exacta para decir cosas que no es posible expresar en palabras.

¿Cuál es su miedo más grande?

Perder a mi familia: mis padres, mi hermano, mi prometida, mis perros… la gente que quiero.

¿Qué aprendió de su peor fracaso?

A levantarme, a no ahuevarme, a saber que la vida se trata de golpes pero no es de quien se queda acostado en la calle, sino de quien aprende de ello y se levanta.

¿Qué tiene la batería para haberlo seducido por encima de otros instrumentos?

Es la forma de tocarla, porque tenés que emplear todo el cuerpo y tenés que poner en juego varios aspectos de tu vida con un mismo objetivo.

¿Cómo es hacer metal en El Salvador?

Creo que, al igual que en cualquier parte del mundo, es un tipo de música que se estigmatiza por ser extrema, tiene un poco menos de público. Pero creo que expresa bien nuestro día a día. Vivimos en una sociedad violenta y extrema que requiere expresarse en una rama extrema.

¿Qué es lo mejor que le ha dado la música?

Ir a otros lados a tocar, ver que la gente acepta tu música, la siente propia, se identifica. Es genial que incluso ahora que ya no existe Virgina Clemm, la gente nos pregunte sobre cuándo vamos a volver.

¿Qué consejo se daría?

Que no baje los brazos. Que las cosas se pueden lograr aunque sea difícil, aunque la misma vida le quiera dar a uno la espalda.

El teatro es un trabajo digno y transformador

¿Cuál es tu idea de la felicidad?

Trabajar de lo que amo en esta vida. Y lo que me hace más feliz es ver a mi mami feliz.

¿Cuál ha sido tu mayor atrevimiento en la vida?

Dejar la casa de mis papás e ir a vivir a San Salvador para estudiar en el CENAR. Trabajé de cualquier cosa para estudiar y tener dinero para la comida: arreglando puertas, chorros, baños, sillas, podando jardines, vendiendo dulces en los buses, etcétera. Ahora estoy alegre porque demostré que el teatro sí es un trabajo digno y transformador.

¿Qué te hace falta?

Sacar mi carrera universitaria, ya que no he tenido la oportunidad para ir a la universidad. Quiero estudiar psicología.

¿Cuál ha sido el momento en el que has sentido más miedo?

En 2013, en un microbús que iba para el centro. Alguien me puso una pistola atrás de la cabeza con gran fuerza y me dijo que le diera el dinero, el celular y todo lo de valor que andaba. Solo tenía $2.35. Me empujó y me dijo que se iba a llevar mi vida y me puso la pistola en la frente. Me dijo: “Aquí quedaste, bicho”. Me quedé inmóvil esperando a que disparara. Pero el otro que andaba con él le dijo que se calmara.

¿Has pensado en migrar?

Solo iría a otro país a estudiar.

¿Cuál es tu mayor extravagancia?

Las cosas que siempre paso recogiendo de la calle creyendo que las ocuparé en algún invento reciclado. Al final me lleno de cosas y la mayoría no las ocupo, pero siempre las conservo por alguna razón, jaja.

¿Dónde te imaginas dentro de 10 años?

Aquí, en El Salvador. Trabajando y ayudando a muchos jóvenes.

“Yo tenía que compartir el instrumento con otros 20 violinistas”

Dirigiendo la orquesta

El director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel tiene muy presente en todo momento sus orígenes, a pesar de su fama internacional y de haber logrado uno de sus sueños: dirigir la Filarmónica de Berlín, con la que actualmente está de gira por Asia.

En esta entrevista, habla de las diferencias entre las orquestas, la importancia de acercar la música clásica a los jóvenes, su pasión por romper barreras, los problemas actuales de su país y del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, donde se formó.

¿Qué significa para usted dirigir la Filarmónica de Berlin?
Un sueño hecho realidad. Conversaba el otro día con un amigo y le decía que para mí, ha sido lo más natural del mundo. Yo nunca me he presionado para lograrlo. Pero mi primer sueño musical está relacionado con esta orquesta. Me acuerdo que iba a los conciertos en Barquisimeto de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Lara y me sentaba en la primera fila del Teatro Juárez, un teatro de principios del siglo XX. Y ya entonces soñaba con estar aquí, en Berlín.

¿Se tiene que pellizcar a veces?
Sí, porque uno no debe perder la inocencia. Cuando pierdes la inocencia, todo se vuelve rutinario.

Usted es el director musical de la Filarmónica de Los Ángeles. ¿Puede definir en qué se diferencia una orquesta norteamericana de una europea?
Dudamel: Con Los Ángeles, donde ya dirijo desde hace 10 años, hemos construido un discurso sonoro juntos. Es una orquesta maravillosa, a la que dirigieron desde Zubin Mehta hasta el gran Otto Klemperer. Pero cuando llegas a una orquesta como invitado, como es el caso de Berlín, llegas como el invitado a una casa. Si es tu casa, tratas de disfrutarlo. Así es con una orquesta. Toda orquesta tiene una tradición, un sonido, una forma de tocar que tú, antes de imponer algo, tienes que escuchar. Es como bailar: vas enseñando y aprendiendo un poco el movimiento de tu pareja y te vas adaptando. O como manejar un coche: no es lo mismo manejar un Ferrari que un Aston Martin. Son dos carros rápidos pero los dos son muy distintos.

¿Ya manejó uno?
Alguna vez, por diversión. Me encantan los coches, desde que era niño, por la tecnología. Pero volviendo al tema, no puedo hacer sonar a la Filarmónica de Los Ángeles como la Filarmónica de Berlín.

Llegó a Los Ángeles con un proyecto de aproximación a la comunidad, sobre todo latina, de la ciudad.
Sí. La primera propuesta fue crear una orquesta con niños. La Filarmónica de Los Ángeles tiene que participar en moldear el futuro de la sociedad. Yo provengo de una iniciativa similar, pero de mucha más larga data: el Sistema de Coros y Orquestas juveniles de Venezuela, creado por el maestro José Antonio Abreu. La filarmónica asumió la propuesta inmediatamente. Y en estos 10 años que existe YOLA, la orquesta juvenil, ya vamos por el séptimo centro. Ahora el arquitecto Frank Gehry esta diseñando un centro en Inglewood, una zona de escasos recursos, complicada, dónde hay un banco que se reestructuró y se va a convertir en un escenario y en un espacio musical.

Su figura hasta hoy, con sus 38 años, está asociada a la juventud….
A pesar de las canas que me están saliendo.

¿Cuál es la importancia de ganar un público nuevo, más joven?
Es fundamental, y eso no es una fantasía, sino una realidad con mucha base. Yo crecí en un proyecto así, el sistema, y por eso sé que funciona. El objetivo no es que esos niños luego sean músicos profesionales, sino que tengan un aprendizaje musical. Algunos después deciden ser músicos, otros no. De los compañeros de mi generación, han salido ingenieros, emprendedores, médicos. Pero nunca dejan de estar en contacto con la orquesta y nunca dejan de escuchar conciertos. De esta forma han aprendido a desarrollarse como espectadores y atraen a su vez a gente que no tiene nada que ver con la música. Por eso no podemos quedarnos sentados en un trono. Tenemos que ir hacia la gente y hacer entender lo que hacemos. Porque tampoco es llegar y tocar, sino mostrar la posibilidad transformadora que tiene la música.

En los ensayos para el show del Super Bowl en 2016, actuamos con Beyoncé, Bruno Mars y Chris Martin de Coldplay. Ensayamos cada detalle, cada movimiento, el sonido. Es un trabajo y eso se respeta. Por eso yo no pongo muros entre la música, el arte. Incluso hay un video de la Filarmónica de Berlín tocando con los Scorpions. Todo eso crea un puente hacia un público que no está acostumbrado a escuchar música clásica. Hay una frase de Miguel de Unamuno: “La libertad que hay que darle al pueblo es la cultura”.

A diferencia de Europa, en Estados Unidos las orquestas no tienen problemas en trabajar con músicos pop.
No, y está bien que así sea. Estas superestrellas, en algunos casos verdaderas leyendas, son artistas maravillosos. No te imaginas el nivel de perfección en los ensayos, cómo aprecian cada detalle. En los ensayos para el show del Super Bowl en 2016, actuamos con Beyoncé, Bruno Mars y Chris Martin de Coldplay. Ensayamos cada detalle, cada movimiento, el sonido. Es un trabajo y eso se respeta. Por eso yo no pongo muros entre la música, el arte. Incluso hay un video de la Filarmónica de Berlín tocando con los Scorpions. Todo eso crea un puente hacia un público que no está acostumbrado a escuchar música clásica. Hay una frase de Miguel de Unamuno: “La libertad que hay que darle al pueblo es la cultura”.

¿Es una experiencia que llevó de Venezuela a Los Ángeles?
Sí, la de romper barreras. Cuando comencé a dirigir en Los Ángeles, nos embarcamos en proyectos maravillosos. Nunca me hubiera imaginado hacer una ópera con Frank Gehry, pero así fue. Me ayudó a que hiciéramos la trilogía de las óperas de Mozart con los libretos de Da Ponte con tres arquitectos: Jean Nouvel, que hizo “Las bodas de Fígaro”, Zaha Hadid, que hizo “Cosi Fan Tutte” y Gehry con “Don Juan”. Ahora acabo de hacer con el coreógrafo Benjamin Millepied, el esposo de Natalie Portman, una versión de “Romeo y Julieta” con una filmación en vivo de ciertas partes del ballet. Todo lo que estaba sucediendo alrededor del hall aparecía en una pantalla en el escenario simultáneamente con la danza.

¿En qué situación está el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela?
El sistema sigue adelante a pesar de la complejísima situación que estamos viviendo en Venezuela -económica, social, espiritual. Hoy es un emblema de esperanza. Esto no lo digo como una frase hecha, porque a pesar de todo, el sistema no se ha detenido. Estamos viviendo un momento muy complejo debido a la salida de muchos talentos del país. Pero de alguna manera también, a pesar de la compleja situación, de lo difícil que puede ser para un músico, para cualquier tipo de profesional, salir del país, veo muchos de ellos en todo el mundo y no pierdo la fe en que volverán y que se están enriqueciendo y están siempre en contacto con sus compañeros en Venezuela.

¿Es decir que el sistema tendrá en el futuro un papel que ahora ya no puede tener?
Mientras haya un niño en los núcleos, el Sistema está vivo. Un solo niño, un maestro. Aun hoy, en la situación actual, eso genera un efecto multiplicador. El sistema se ha hecho de adversidades. Cuando el maestro (José Antonio) Abreu lo creó, nadie creía en él. Le costó muchísimo abrirse camino. Cuando estaba en Barquisimeto, no teníamos un sitio dónde tocar, no había instrumentos. Yo tenía que compartir el instrumento con otros 20 violinistas, uno tocaba una hora, después el otro. Nos decían “la orquesta de los sin techo”. Y a pesar de todas las crisis que hemos estado viviendo en los ochenta, en los noventa, todavía estamos.

Gustavo Dudamel. Director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles

¿Es una situación terminal?
El filósofo francés (Jean-Jacques) Rousseau le preguntaba a Dios en “Las confesiones” por qué le había hecho pasar tantas situaciones adversas. La respuesta: te he hecho débil para caer en el hueco, porque te he hecho lo suficientemente fuerte para salir de él. Yo podría hablarte de todo lo terrible que está sucediendo en mi país, que es triste y doloroso. Cada vez que veo salir a un joven, me duele. Cuando veo que la gente no tiene la posibilidad de comprar los bienes básicos, me duele, también porque allá vive mi familia, de la que nunca me he desconectado. Pero al mismo tiempo debemos seguir luchando porque al final del túnel hay una luz, y esa luz significa unión. Porque la polarización ha calado hondo hasta en las mismas familias.

Para que la unión suceda, ¿Nicolás Maduro deberá dejar el poder?
Yo creo que el pueblo es sabio y sabrá decidir cuál es su futuro. El problema es hoy la sobrepolitización, y de eso tenemos que proteger a nuestros niños. No podemos enfermarlos con esta diatriba política y esta pelea permanente de que si tú eres culpable. Cada uno tiene que asumir su responsabilidad y su culpa. Nosotros, desde las pequeñas posiciones en que estamos, tenemos que construir el país.

¿Pero existe hoy ese margen en Venezuela?
Absolutamente. Creo que ahora es el momento. Pero los tiempos de un país son distintos a los tiempos de un individuo. Nosotros podemos desesperarnos, pero un país necesita mucho tiempo para transformarse. Basta con ver lo que vivió Alemania: dos guerras mundiales, regímenes dictatoriales, un muro que los separó. Tantos años de sufrimiento y tantas equivocaciones. Nosotros también hemos sido muy golpeados, también por nosotros mismos, por no tener la disciplina suficiente. Pero no es momento de achacarnos culpa. Es el momento para que cada quien asuma la responsabilidad que tiene.

¿Se siente como protector del sistema desde el exterior?
Completamente. Yo soy un papá.

¿Y esa posición también le ha llevado a mantenerle en silencio durante mucho tiempo?
Pero es que yo nunca he estado en silencio. La gente sabe solo el 0.1 % del trabajo que hago. Yo muchas veces he estado en Venezuela y nadie sabe que estoy ahí. Viajamos por el país viendo cómo están los núcleos, pero yo no hago alarde de eso o me tomo una selfie. He estado metido en sótanos viendo ensayos de orquestas, nunca en la sala grande; me he reunido con los muchachos, estoy en contacto con ellos a través de Skype…

¿Cuál es su papel como ciudadano de Venezuela?
Mi papel es de unir y no dividir. Porque para mí, es muy difícil tener un público que está completamente dividido y yo dividirlo más. Mi función es que el publico sienta que cuando está escuchando música, se está uniendo. Habrá otros que hacen discursos políticos, pero esa no es mi función. El resto es trabajar, no por un lado o por un color, sino por toda Venezuela.

¿Cuál es la base de su optimismo?
Cuando me pasan los videos de todo lo que está sucediendo en Venezuela y veo toda la cacofonía que se vive, y al mismo tiempo veo niños en un curso de oboe -ahora vas a pensar que estoy loco-, es que eso es lo que brinda esperanza, tal cual lo concibió el maestro Abreu con el sistema. Por eso tengo fe en que vendrá el momento en que Venezuela se desarrolle, porque ahora estamos en el hueco, pero nos han hecho lo suficientemente fuertes para salir de él.

“Hay futuro para la música en El Salvador”

¿Cuál es su miedo más grande?

No cumplir con mi deber.

¿Cuándo considera que es necesario mentir?

En general, nunca.

¿Se considera una persona inteligente?

Como todo el mundo. Creo que estoy en el promedio.

¿Cuál es su instrumento favorito?

Yo empecé a hacer música para poder estudiar órgano, pero nunca lo hice. Por otro lado, la orquesta es el instrumento del director. Y en este papel tengo un instrumento tan grande como el órgano.

¿Qué es para usted la música?

La vida.

¿Cuál es la pieza más hermosa que le ha tocado dirigir?

La “Séptima sinfonía”, de Anton Bruckner (noruego).

¿Cómo son los jóvenes músicos salvadoreños?

Trabajadores, tesoneros, tienen talento y deseos de superación. Pienso que hay futuro para la música en El Salvador.

Región sin remedio

Es un problema mundial, pero golpea especialmente a esta región del globo: el acceso a los medicamentos caros, la sustentabilidad de los sistemas para lograrlo y la vía judicial como herramienta que muchas veces termina favoreciendo a los pacientes, pero poniendo en aprietos a los Estados.

Desde el punto de vista económico es un fenómeno particular. Sucede que quien paga el medicamento no es quien decide su prescripción (el médico) ni quien lo consume (el paciente). La demanda es inelástica, porque la gente no decide enfermarse, y cuando se enferma suele estar dispuesta a endeudarse y pagar lo que sea por el medicamento que le prometa más o mejor vida. A su vez, la investigación en torno de los medicamentos no está en manos de los Estados, sino de la industria, y las patentes son la forma que tienen los laboratorios de recuperar el costo de sus investigaciones. Sin embargo, esto habilita los monopolios u oligopolios de medicamentos, y la consecuencia es el cierre del círculo: precios inaccesibles.

Así lo expuso recientemente Tomas Pipo Briant, asesor en medicamentos, tecnologías de la salud e investigación en la Organización Panamericana de la Salud (OPS), durante un congreso regional organizado por el Banco Mundial y que tuvo lugar en Montevideo a principios de septiembre. “¿Cuánto cuesta desarrollar una molécula?”, se preguntó Pipo Briant en esa instancia. Y si bien distintos estudios han intentado responderlo, los resultados revelan que no lo sabemos a ciencia cierta: las estimaciones van desde $100 millones hasta $4,200 millones.

¿Y qué tan redituable termina siendo para los laboratorios? Los datos demuestran que en cualquiera de esos dos escenarios, la ganancia supera la inversión, y con creces. Algunos ejemplos: en 17 años, la empresa que creó el Rituximab se hizo de $110,000 millones; la que generó el Trastuzumab ganó $ 88,000 millones en el mismo lapso; y la que desarrolló el Imatinib, $63,000 millones en 15 años. De ahí que en el sector se esté queriendo acuñar el término “medicamentos de alto precio” en vez de “de alto costo”.

Así, ningún país del mundo ha logrado brindar todo a todos. En el mismo congreso, Juliana Vallini, representante del Fondo Estratégico para Suministros de Salud Pública, también de la OPS, consideró que “garantizar un acceso equitativo a los medicamentos” con limitaciones presupuestarias ha sido más difícil en América Latina.

¿Por qué? Puede haber distintas explicaciones —una de ellas, sostuvo, es la falta de agencias independientes de evaluación de fármacos, como hay en Europa. Pero más allá de las causas, Vallini puso el foco en posibles soluciones. Primero, apostar a “evidencias de calidad”, y para ello pidió que los países se apoyen en las guías que emite la OMS. Aunque eso no es garantía, porque a menudo sucede que un país quiere un medicamento y la industria no está interesada en brindárselo a un país con poca demanda; o porque en otros casos el Estado dice “no quiero comprar tal medicamento porque no cierra la ecuación costo-beneficio”, y termina comprándolo igual por mandato judicial.

Vallini contó casos exitosos de compra conjunta a través del fondo de adquisición de medicamentos de OPS. Con el Darunavir, por ejemplo, Suramérica consiguió el precio de venta más bajo de la historia de este fármaco. Las compras centralizadas como región, en las que cada país pone sobre la mesa sus volúmenes de demanda, han dado buenos resultados.

En países como Brasil y Colombia se ha incursionado en políticas de regulación de los precios. En Argentina, la compra conjunta entre varios organismos logró bajar un 80 % el precio que imponía la industria para el Factor VIII, que se usa para el tratamiento de la hemofilia tipo A. Uruguay, en tanto, logró un acuerdo de riesgo compartido con el laboratorio que produce Trastuzumab, por el cual el Estado paga una cuota fija por mes si el número de pacientes nuevos se mantiene en un rango, sin importar en qué fase del cáncer se encuentren. En este caso rige una cláusula de confidencialidad —el país está impedido de divulgar el precio final— y el laboratorio asume el riesgo de financiar el medicamento aún en casos de bajo costo-efectividad.

Otro camino que la región y el mundo están transitando es la incorporación de biosimilares, es decir, copias de los biológicos originales. Esto conlleva ciertos riesgos y si bien se espera que en un futuro implique una reducción de los precios, la diferencia aún no es considerada suficiente.

En lo que todos están de acuerdo —médicos, abogados, pacientes, autoridades— es en la perversión del sistema tal como viene funcionando, y en la inconveniencia de la judicialización. Sin embargo, la obtención de un medicamento por decisión de un juez sigue siendo una realidad en la mayoría de los países de la región, y en varios viene en aumento.

Los datos demuestran que en cualquiera de esos dos escenarios, la ganancia supera la inversión, y con creces. Algunos ejemplos: en 17 años, la empresa que creó el Rituximab se hizo de $110,000 millones; la que generó el Trastuzumab ganó $88,000 millones en el mismo lapso; y la que desarrolló el Imatinib, $63,000 millones en 15 años. De ahí que en el sector se esté queriendo acuñar el término “medicamentos de alto precio”, en vez de “de alto costo”.

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BIOSIMILARES SEDUCEN COMO UNA FORMA DE ABARATAR

Los medicamentos más caros son los biológicos. Se diferencian de los sintéticos (como la Aspirina), porque se los desarrolla a partir de seres vivos.

La unidad de medida que se utiliza para saber el peso molecular de los medicamentos es el dalton. Un remedio de síntesis no suele tener más de 1,000; un biosimilar pequeño —como la insulina— tiene 6,000. De los remedios más pequeños se puede saber todo: la cantidad de átomos y la conformación exacta de la molécula, por ejemplo. Pero de los más grandes, los biológicos, no se puede saber tanto. Esto es lo que lleva a que las copias sean similares —biosimilares— y no idénticas.

Con las copias no se hacen tantos ensayos clínicos como con los originales, pues el costo del proceso sería carísimo y el precio terminaría siendo parecido al del original. Por eso, muchos efectos adversos se descubren recién cuando los remedios son probados por los pacientes.

En varios países de la región se empezaron a aprobar medicamentos biosimilares. Uruguay habilitó este año una copia de Rituximab. Este fármaco es entregado por el Estado, pero no para todas las patologías para las que los médicos suelen indicarlo. De hecho, el Ministerio de Salud recibió el año pasado 25 juicios por Rituximab, siendo así el segundo fármaco más reclamado. Argentina también tiene aprobada la venta del Rituximab biosimilar, y de un Bevacizumab. Perú, en tanto, aprobó el Infiximab.

En Brasil aún no hay biosimilares, pero se estudia la incorporación y producción de estos medicamentos. Colombia está en la misma situación.

El Rituximab aprobado en Uruguay, que es del laboratorio argentino Elea, fue retirado del mercado en República Dominicana por falta de pruebas. Algunos expertos, como el farmacólogo mexicano Gilberto Castañera, han denunciado que el Rituximab argentino es un “biomimic”, como se le llama a las copias mal hechas de biosimilares.

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EN LA JUSTICIA

Un trabajo conjunto de 11 medios de América Latina permite concluir que al menos en ocho naciones la judicialización de los medicamentos está instalada. Brasil es, de acuerdo con la información recabada, el país que ocupa el primer lugar en este podio. Los últimos datos del Consejo Nacional de Justicia (CNJ), correspondientes a 2016, dan cuenta de al menos 312,147 acciones pidiendo financiamiento de medicamentos, la mayoría de alto costo. El número total puede ser mayor, porque la clasificación no es bien vista por los tribunales, lo que impide un cálculo preciso. Asimismo, no hay información sobre el número de juicios favorables al paciente.

En Brasil, donde hay 19,000 magistrados, preocupa la eventual falta de contrapunto técnico científico para tomar decisiones correctas. Por eso el CNJ implementó, en noviembre de 2017, una plataforma de asesoramiento para que los jueces puedan salir de dudas respecto de los efectos y la conveniencia de los medicamentos que se reclaman.

En Colombia, Argentina, Costa Rica y Uruguay, tramitar un recurso de amparo para acceder a un medicamento o un tratamiento no incluido en la cobertura es algo habitual. Colombia y Costa Rica cuentan con una herramienta por la cual no es necesario tener un abogado para demandar al Estado. En Colombia, donde viven casi 50 millones de personas, el mecanismo de tutela favorece cada año a cerca 20,000 ciudadanos que reclaman medicamentos de alto costo. En Costa Rica, en tanto, con una población de poco más de 4 millones de habitantes, los recursos de amparo por este tipo de remedios se duplicaron en los últimos ocho años; en 2017 fueron 317 y el 59 % se resolvió de modo favorable a los pacientes.

La judicialización también existe en Argentina, pero al ser varios los organismos que entregan medicamentos resulta muy difícil cuantificarla. Esa fragmentación de la cobertura y la financiación diferencial de determinadas patologías llevó a que se multiplicaran las posibilidades de entablar juicios, principalmente mediante recursos de amparo. En Argentina sí se requiere de un abogado y el costo corre por parte del demandante, aunque hay asociaciones de pacientes e incluso laboratorios que colaboran.

Los peores escenarios. A pesar de que el acceso a los medicamentos es un problema de toda la región, en países como Venezuela es complicado encontrar medicamentos considerados comunes.

De acuerdo con la respuesta de la Secretaría de Salud de la Nación, se registran en los archivos de los últimos años 26 reclamos judiciales de acceso a medicamentos de alto costo, de los cuales 21 se iniciaron en 2017 y cinco en lo que va de 2018. El pago por obligaciones judiciales liquidadas en 2018 es de $1,295,867. De todas formas, la información global de la judicialización allí no es de acceso público.

En Uruguay, si bien se hacen juicios particulares, la bandera de los recursos de amparo por medicamentos y tratamientos caros la lleva, sobre todo, el consultorio jurídico de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, que brinda asesoramiento gratuito a las personas de menos recursos. Los datos del consultorio dan cuenta de un crecimiento sostenido de las demandas en los últimos nueve años, y en 2018 ya se batió el récord con 185 juicios realizados al Ministerio de Salud Pública y al Fondo Nacional de Recursos, organismo encargado de brindar estos medicamentos. De las demandas presentadas desde el consultorio este año, el 98 % fueron favorables a los pacientes.

Hay países en los que llegar al juzgado por salud es posible, pero no es tan habitual. México, Perú y Puerto Rico no tienen instalada está práctica, lo cual no significa que tengan resuelto el acceso a los medicamentos.

En Venezuela y en Cuba, en tanto, todos los tratamientos están cubiertos en la teoría, aunque en la práctica se esté lejos de lograrlo. Venezuela atraviesa un severo desabastecimiento de medicamentos desde 2016, pero nunca un reclamo llegó a la justicia local (las ONG que defienden el derecho a la salud han recurrido, sí, a organismos internacionales). En Cuba, si bien se producen muchos medicamentos, el embargo económico ha provocado la falta de otros que no solo se consiguen de afuera, y en consecuencia ha proliferado el mercado negro. Apelar a la justicia allí no es una opción real.

Hay un país donde la judicialización ha sido vencida. Es Chile, donde en los últimos cinco años tan solo 170 personas demandaron un tratamiento, y de esos menos del 5 % se resolvió a favor del demandante. Estas cifras, que son fruto de la ley conocida como Ricarte Soto y aprobada en 2015, enorgullecen a los chilenos y provocan admiración en la región.

Cuando la decisión judicial es proteger la vida del paciente más allá de estas consideraciones, los ministerios y organismos oficiales apuntan contra el Poder Judicial por inmiscuirse en asuntos técnicos y amenazar así la sustentabilidad de sus sistemas. Los operadores judiciales, en tanto, suelen responder que su tarea no es cuidar las finanzas de los Estados, sino salvaguardar derechos de las personas.

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EN EL ESTADO

“La mayoría de las personas no se están muriendo a causa de enfermedades incurables, se están muriendo porque, en ciertas sociedades, aún no se ha decidido que vale la pena salvarles la vida”. La frase pertenece al médico egipcio Mahmoud Fathalla, que fue premiado por Naciones Unidas en 2009. ¿Qué tanto refleja lo que sucede en América Latina? Todas las constituciones latinoamericanas consagran de alguna forma el derecho a la vida y a la salud. Pero a la hora de resguardar ese derecho, los caminos elegidos han sido disímiles.

En el libro “Respuestas a las enfermedades catastróficas”, publicado en 2015 por el instituto argentino CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, una organización independiente), se aborda el problema de la financiación de los medicamentos caros en la región en general y en Argentina en particular. De allí se desprende que la mayoría de los países latinoamericanos generaron, en la última década, un programa o un fondo para evitar que las enfermedades de alto costo determinaran la ruina de los sistemas de salud. En muchos casos se rigen por normas más ágiles y tienen cierta autonomía, pero siempre funcionan bajo el mando de la autoridad sanitaria máxima, lo cual los mantiene ligados a los gobiernos.

A grandes rasgos, hay países que prevén un sistema gratuito y universal (Cuba, Venezuela, Uruguay, Costa Rica, Perú, Colombia, Brasil, Chile), otros que exigen copagos en función de los ingresos (Puerto Rico) y otros que solo financian medicamentos de alto costo a los ciudadanos que se atienden en el sector público (México, Argentina).

De acuerdo con las cifras aportadas por los distintos medios que colaboraron con este informe, los países de la región prevén en promedio 0.5 % de su PIB en medicamentos y tratamientos caros. Pero eso no incluye lo que luego terminan gastando por orden judicial. En Brasil, por ejemplo, el monto presupuestado en 2017 fue de unos $ 1,879 millones, mientras que lo que se gastó en juicios fue $319 millones. En Uruguay, lo presupuestado ese año fue $260 millones, pero el Estado debió desembolsar más de $4.8 millones por la vía judicial. En proporción, la judicialización en Brasil representa el 14.5 % del total de lo que se gasta, y en Uruguay es el 1.8 % —aunque ya se prevé que este año será más del doble.

La mayoría de los países resuelven su cobertura de medicamentos de alto costo con base en una lista taxativa de enfermedades o de medicamentos indicados para algunos estadios de ciertas patologías. Esto explica la proliferación de reclamos administrativos y judiciales de pacientes cuyos médicos les indican un tratamiento que el Estado no contempla entre sus prestaciones obligatorias. Muchas veces, la discusión en los juzgados se centra en si los medicamentos reclamados tienen suficiente evidencia científica o no, y en si su financiación es válida en términos de costo-efectividad.

Cuando la decisión judicial es proteger la vida del paciente más allá de estas consideraciones, los ministerios y organismos oficiales apuntan contra el Poder Judicial por inmiscuirse en asuntos técnicos y amenazar así la sustentabilidad de sus sistemas. Los operadores judiciales, en tanto, suelen responder que su tarea no es cuidar las finanzas de los Estados, sino salvaguardar derechos de las personas.

Chile ha logrado zafar de este conflicto porque “el Poder Judicial tiene bastante consciencia en general de que el rol de la distribución de los recursos corresponde al Ejecutivo”, dice Jaime Burrows, exsubsecretario de Salud de ese país. ¿Cómo lo hizo? Según Burrows, una de las claves es la transparencia en los procesos de decisión: el ministerio es capaz de explicar los motivos de la inclusión o exclusión de cada medicamento en la cobertura. Otra de las razones es la participación de los pacientes en esas decisiones, algo que en otros países aún se debe.

En el primer mundo, donde el gasto en medicamentos es mayor que en la región, el partido se juega hoy en poner freno al lucro de la industria. Sin soluciones sencillas, pero con algunas ideas de por dónde se debería transitar, la región tiene por delante este desafío de alta complejidad.

El primer mundo. En países como los europeos, la discusión gira en torno de si se debe o no poner un freno al lucro de la industria farmacéutica.