“La creatividad es algo intrínseco en todos”

¿Qué resultado esperas obtener con lo que estás haciendo?

Con Creative Mornings quiero tratar de propagar más la idea de que la creatividad es algo intrínseco en todos. Con el proyecto del centro quiero rescatar parte de la estética que fue de este lugar. Con la investigación de la contracultura quiero demostrar que por mucho que la gente trate de darle más relevancia a determinadas ideas y estéticas, la línea siempre se borra y todo se mezcla

¿Cuáles son tus héroes de la vida real?

Martin Luther King, Audrey Hepburn, Eartha Kitt, Prudencia Ayala y José Manuel González por ser amigo y maestro, un paladín de la semiótica y las artes, por ser honesto todo el tiempo.

¿Qué aprendiste de tu peor fracaso?

Que todo en la vida pasa, nada dura mil años y que hay cosas que están fuera de nuestras manos controlar.

¿Cuáles son tus nombres favoritos?

Luca, Morgan, Santiago, Sebastián, Uriel y Banana.

Si pudieras cambiar un problema en el mundo, ¿cuál sería?

Quisiera una raza de seres humanos más compasiva, empática y menos frívola. Me gustaría que las personas tuviéramos un nivel más alto de empatía y tolerancia.

¿Qué te emociona más de tu profesión?

Poder ayudarle a mis alumnos y a las marcas a materializar mejor sus ideas, a dar soluciones a necesidades clave que tienen. Cada marca, cada proyecto, cada clase y cada alumno es un reto y un aprendizaje nuevo para mí.

¿Qué consejo te darías a ti mismo?

Dormite tarde, levantate temprano, pero nunca dejes de hacer las cosas… y peinate. Seguí tus corazonadas, el tiempo ya te va a demostrar que no estás equivocado.

Buzón

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Acusaciones

Al parecer, la alta jerarquía del Arzobispado de San Salvador duda de la autenticidad de la acusación de pederastia de un ciudadano de Panchimalco hacia un sacerdote de la misma ciudad. Un miembro de esa autoridad de la Iglesia salvadoreña acaba de afirmar que ya trabajan en la restitución del sacerdote Antonio Molina. Independientemente de su inocencia o culpabilidad, a partir de la segunda mitad del siglo XX se ha incrementado el número de denuncias por abuso sexual infantil en todas sus variedades por parte de religiosos católicos. Uno de los casos famosos es del cura Gerald Francis Ridsdale, quien ocupa el lugar de ser el peor cura pederasta de Australia. Se cree que sus víctimas fueron más de cien niños. En su defensa admitió que “el abuso era parte de la obra de Dios”. En Argentina fueron denunciados 62 curas acusados de pederastia. Se informa que la Iglesia no los denunció, sino las víctimas que se animan a contar lo que les pasó, algo que para ellas es un proceso doloroso, y con el temor de la revictimización. Se denuncia que el juicio canónico fue arbitrario, ya que salvo en casos que eran indefendibles o habían tenido mucha trascendencia pública, la expulsión no se concretó.
Muchos adultos argentinos violados cuando eran niños aseguran haberse llenado de vergüenza y culpabilidad porque se preguntaban a quién iban a culpar de lo que les pasaba, más que a ellos mismos. La gran mayoría sobrellevó el silencio durante mucho tiempo, recordando que después de cometerse los abusos, los llevaban a una capilla cercana, y ahí frente a la Virgen los hacían realizar un pacto de silencio y amistad con los victimarios.
En un caso seguido por millones de personas en el mundo, la muerte del cardenal Bernard Law, señalado como encubridor de casos de curas pederastas cuando era arzobispo de Boston, Estados Unidos, hizo revivir el sufrimiento de centenares de víctimas y familiares durante el escándalo que agitó los cimientos de la Iglesia católica. La Fiscalía General de Massachusetts subrayó en el juicio contra Law que los abusos sexuales se extendieron durante más de seis décadas con al menos 237 sacerdotes y 789 niños. De ellos, 48 abusaron de menores mientras Law estaba al frente del arzobispado. Ante las presiones de grupos defensores de los derechos de los niños, la Santa Sede informó que en la última década se han examinado 3,420 casos de abusos a menores, que 848 curas fueron obligados a colgar los hábitos y a los 2,572 restantes se les obligó a vivir una vida de rezo y penitencia en un monasterio. Cantidad increíble, para quienes pensaban que los casos eran fortuitos.

René Alberto Calles
reneca4020@gmail.com


Maquillaje

Hay gente a la que no le gusta ver embarradas a las instituciones en las que confía a ciegas. Una de esas instituciones que todavía convencen a la gente de esta forma es la Iglesia católica.
A pesar de que ya hemos sido muchos los que nos hemos sentido defraudados y hemos pasado a ser parte de los rebaños de otros pastores, esta Iglesia sigue siendo poderosa.
El año en el que estallaron estos escándalos debido a la intervención de Vanda Pignato, la alta jerarquía de los sacerdotes se vio en la necesidad de tomar distancia y resolver. La publicación de la semana pasada a mí me parece importantísima, porque revela que esa manera de resolver no fue real ni es la que se necesita. Fue solo maquillaje, uno malo, porque ni siquiera aguantó las primeras revisiones. Pensaron que con su poder nadie se iba a atrever a protestar, y ahí ven que el sacerdote de Panchimalco no se dejó ni se piensa dejar fregar solo para mantener el buen nombre de la institución.
Les agradezco la valentía de publicar en un país que no quiere ver los pies de barro de estas y de prácticamente todas sus autoridades, porque aquí nadie, nadie, nadie se salva. Todos estamos en el mismo chiquero.

Cristian Salazar
cristiansala7812@.gmail.com


Nuestras raíces

Leyendo la columna del periodista Rónald Portillo, “Raíces en la lengua”, analizo que hoy en día nuestra cultura ha ido cambiando debido a que vamos perdiendo nuestras raíces por la presencia de otras culturas que arrasan con nuestras tradiciones. Se dice que hoy solo un 10 % de la población es indígena, y es de considerar que todas las expresiones culturales deberían ser retomadas e inculcadas a los salvadoreños, aunque hayan nacido en el extranjero; esto para que las tradiciones predominen y estén presentes donde se encuentren.
Nuestras raíces deben de ser transmitidas de generación en generación para que nunca se pierdan, y así continuar con el legado de nuestros antepasados. La transculturación nos afecta con los nacidos en otro país en vista de que los padres no forjan en sus hijos la continuidad de las costumbres, debido a que en el país todo se imita y es difícil que se fomente la lectura. Hay que promover más el hábito del buen habla y que el canal de televisión nacional enseñe más el idioma. En otros países se viaja gratis si se va leyendo un libro. Como ejemplo, en el idioma inglés se respeta la pronunciación y la escritura, y lo hacen por respeto a su lengua.
Qué más se puede esperar si los padres no inculcan a sus hijos la identidad en cuanto a la comida, el lenguaje, el vestir, el dinero. Todo esto se ha perdido por la falta de valores necesarios para vivir en armonía.

Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com

“Los deportistas sobresalen cada día más”

¿Dónde y cuándo es feliz?

En mi empresa, buscando el bien común logro mi bienestar propio.

¿Qué resultado espera obtener con lo que está haciendo?

Dejar marca en el mercado de ropa deportiva.

¿Cómo describiría a los deportistas salvadoreños?

Personas que demuestran cada vez más lo que somos los salvadoreños, venciendo todo obstáculo. Los deportistas sobresalen cada día más.

¿Qué le emociona de su profesión?

La búsqueda de macro y micro tendencias en la moda, Trend Forecasting, en la industria deportiva.

¿Cómo imagina su vida dentro de 10 años?

Consiguiendo la libertad financiera. Para mí es un objetivo a mediano y largo plazo.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Salir de mi zona de confort, tomando decisiones difíciles con algo con lo que no me sentía cómoda, por ejemplo: ser empleada.

¿Qué sueña?

Tener más que una empresa: una comunidad al disfrute y al respeto de la vida. Que tengamos como hobbie diseñar la mejor ropa del mundo.

Buzón

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Cuestionamiento a los políticos

La semana pasada el periodista Héctor Silva comentó severamente sobre algunas falencias del sistema electoral en lo relacionado con candidatos ya inscritos para participar en la próxima contienda electoral de alcaldes y diputados. Concluyó diciendo que siempre tenemos la opción de no votar por ellos. Coincidente con sus declaraciones, quisiera agregar que a estas alturas es evidente el rechazo de la población a los partidos tradicionales, a algunos candidatos y a nuestro sistema electoral. Sin duda, un factor de peso para esa actitud es la falta de confianza en los partidos, los candidatos y para cierto sector de la población, en el trabajo del TSE. Sabemos que si no se confía en los que tienen la responsabilidad de representar a la población y se evalúa mal su trabajo, poco interés existe en participar en su elección. En lo respectivo a la autoridad electoral, recordemos que según las últimas encuestas, casi 8 de cada 10 salvadoreños afirmaron tener poca o ninguna confianza en el Tribunal Supremo Electoral.
A lo mejor la anterior actitud de la población estaría motivada porque la política ha estado en manos de personas que se han apropiado de los puestos de representación popular por muchos años con el objeto de defender posiciones tradicionales, sean de izquierda o de derecha, y que se niegan a ceder los puestos a políticos más jóvenes y que han abrazado otra forma de hacer política. Algunos jóvenes han sido incorporados a sus agrupaciones, pero en general, siguen los principios de las cúpulas tradicionales. Es tal el rechazo al evento que un sector importante de la población se ha negado a cuidar urnas el día de la votación. Algo que no es un buen indicio, al punto de que muchos críticos opinan que la fiesta electoral podría convertirse en un evento frustrante, y que no deja de ser criticable exigir al ciudadano el cumplimiento de su deber cívico, cuando alcaldes, diputados, funcionarios y partidos políticos no han respondido a la población acerca de sus exigencias.
Como mis comentarios pueden ser mal interpretados, debo apuntar que el objetivo de llamar la atención a la clase política, como salvadoreño que quiere a su país, es en aras de que se mejoren en cada elección las actitudes de quienes tendrán en sus manos la dirección del país. Deseo unas elecciones exitosas, y que los resultados sean para bien del país y no de las personas.

René Alberto Calles
reneca4020@gmail.com


Suplicio sin final

Nuestro país es pequeño en territorio, pero es un infierno grande el que se vive. El arraigo de la violencia trastorna la vida de los salvadoreños, especialmente, la juventud honrada que ve amputadas sus esperanzas de futuro ante la demencia de los grupos criminales. Ante tan cruel realidad, a las familias solo les queda la opción de partir a otras latitudes, y sufrir toda clase de atropellos en la ruta de la desesperación. Irse de su patria bajo el manto del miedo cerval no es lo mismo que el migrante económico que va en busca de mejorar sus condiciones monetarias. El primero solo busca un lugar seguro para resguardar su vida y la de su familia. El estatus de refugiado se le concede a quien compruebe que su vida corre peligro en el país de origen y que el Estado no hace nada para protegerlo. En muchos de los casos no aplica, y la seguridad de la gente se ve de nuevo complicada en sus intentos por salvaguardar su integridad.
“Violencia lanza a salvadoreños a vivir calvario en Costa Rica” es el relato del suplicio sin final que sufren las familias emigrantes que no comprueban los requisitos legales para optar a un asilo. Un total de 1,500 paisanos nuestros llegaron a Costa Rica el año anterior, obligados por motivos de extorsión, amenazas de muerte, inseguridad, reclutamiento forzoso y secuestro, son razones contundentes que esgrimen los ciudadanos de otros países que intentan reconstruir su vida y recuperar lo perdido en su propio país. A pesar de los impedimentos, en algunos casos para la legalización, Costa Rica lleva a cabo proyectos para la inclusión social y económica para las personas refugiadas a fin de que puedan conseguir trabajo y mejorar su calidad de vida. Lo mejor que es un país en superiores condiciones con una institucionalidad que sí funciona, es el único en Latinoamérica que tiene un sistema cuasi judicial para ese fin. Un municipio libre de violencia es una comunidad donde se han unificado esfuerzos para la paz, se han creado oportunidades y no solo represión, es lo que han hecho las autoridades locales de Arcatao, San José Las Flores, Perquín, San Lorenzo, Ojos de Agua, entre otros.
Si algunos alcaldes han podido lidiar con ese monstruo, que se asomaba a sus territorios, otros por el contrario se dieron a la tarea de “pactar” por votos y ahí tenemos lo que ya conocemos.

Julio Roberto Magaña
jrobertomasa@hotmail.com


De un lado a otro

Las migraciones en nuestro país no son un fenómeno coyuntural, ya que han permanecido por un buen tiempo y están transformando regiones con todas las implicaciones generadas por los desafíos de las malas políticas públicas y privadas.
Este tema está íntimamente implicado con la vigencia de los derechos humanos sobre la condición de los ciudadanos que viven diversas situaciones de riesgo. Nuestro país no es la excepción por las enormes diferencias económicas que afectan la estructura del mercado de trabajo. Y es por esta razón que no es difícil entender que los que viven en miseria arriesguen ese nada que tienen con la esperanza de sobresalir en otra sociedad que se percibe como de abundancia ante los ojos de los extranjeros.
Hoy en día existen muchas razones para migrar partiendo del hecho de que no solo los pobres migran, ya que también lo hacen jóvenes con nivel medio y superior de educación. Migran por falta de oportunidades de empleo, y si lo hay, es esclavizante y explotador por los horarios que deben aceptar, incluso sabiendo que violan el Código de Trabajo. En el reportaje del domingo, “Violencia lanza a salvadoreños a vivir calvario en Costa Rica”, se muestra todo el sufrimiento de los connacionales que por la violencia imperante huyen. Mientras les autorizan el asilo, quedan en el limbo para su manutención, y esto sucede en Centro América, y puede suceder en otros países, como los árabes, con quienes somos disímiles en cultura. El gobierno de turno no ha logrado recuperar algunos de los bastiones de las pandillas y las autoridades hacen esfuerzos. Pero no tienen el acompañamiento del Órgano Judicial, ahí donde justifican que los capturados no ameritan detenciones y salen libres a continuar en lo mismo. El ACNUR realiza esfuerzos para ejecutar medidas que refuercen políticas de integración para que a los que soliciten asilo les agilicen la documentación, y puedan enrolarse en los sectores laborales .

Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com

Un misterio llamado Clarice

Escritora brasileña Clarice Lispector

El poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade escribió cuando ella murió:
“Clarice procedía de un misterio, y regresó a otro”.
Eso era Clarice Lispector.
Misterio.
Ella.
Y su obra.

A finales del año pasado se cumplieron 40 años de la muerte de esta escritora brasileña nacida en Ucrania en 1920 (si es que esta es la fecha real), autora de “Lazos de familia”, “La pasión según G.H.”, “Cerca del corazón salvaje” y “Un soplo de vida”, entre otros libros, y menos leída y conocida de lo que su obra se merece. Una obra que puede ser un abrazo o una bofetada, pero que no pasa sin efecto por las manos del lector.

Como sus libros, su vida fue un enigma. Durante muchos años se creyó que su nombre era un seudónimo –incluso muchos pensaron que quien escribía era un hombre–, y no se tenía claro ni siquiera su lugar de nacimiento. Ella, por su parte, estaba muy poco interesada en aclarar las dudas. Su compromiso era con la literatura. Y en realidad le gustaba ese halo de intriga que la rodeaba. “¿Cómo puede una persona que vivía en una ciudad grande de occidente, a mediados del siglo XX, que concedía entrevistas, vivía en un bloque de apartamentos y viajaba en avión seguir siendo tan enigmática?”
Quien hace esta pregunta es Benjamin Moser, escritor y traductor estadounidense que se apasionó tanto con la vida y la obra de Clarice Lispector que se empeñó en seguir sus huellas por donde las hubiera. El resultado de sus investigaciones es una magnífica biografía de la escritora brasileña que ya está publicada en español: “Por qué este mundo”.
Una niña que ceceaba, que extendía las erres al hablar; que era la dueña absoluta de los juegos infantiles en el colegio, un poco mandona, incluso; que les ponía nombres a los lápices y a las baldosas, que no se destacaba por ser buena alumna pero sacaba las mejores calificaciones. Una niña que “pensaba que los libros eran como árboles, como los animales: ¡algo que había nacido! ¡No sabía que existieran los autores! Al final me imaginé que habría un autor. Así que dije: Yo también quiero”.
En 1933, con 13 años, decidió ser escritora. Al mismo tiempo que estudiaba derecho, Clarice empezó a escribir. El 25 de mayo de 1940 publicó su primer relato, en la revista Pan: se tituló “El triunfo”. A partir de ese momento su mundo fueron sus historias. Y llegó a convertirse en uno de los grandes nombres de la literatura latinoamericana.

¿Cómo se encontró con la obra de Clarice Lispector?

Cuando yo estaba en la universidad, quise aprender chino. Me matriculé en un curso pero el profesor, muy sincero, nos dijo que con 10 años de estudio íbamos a tener un conocimiento del idioma que nos permitiría leer el periódico. Entonces pensé: esto es absurdo. Tenía 18 años apenas, pero sentía que no debía dedicar tanto tiempo a eso. Así que decidí elegir otro idioma, y solo quedaba cupo en portugués. Un año después ya estábamos empezando a leer textos cortos de literatura brasileña y portuguesa. Y uno de los libros que leímos fue “La hora de la estrella” de Clarice Lispector. Desde la primera página sentí una atracción por ella. Encontré en ese libro una musicalidad, una fuerza tal que era como si ella me estuviera agarrando, físicamente. Quien sea lector de Clarice entiende lo que estoy diciendo. Yo todavía hablaba mal portugués, tal vez solo entendía la mitad de lo que estaba escrito, pero comprendí que era un encuentro especial. Algo verdadero. Han pasado más de 20 años de eso y mi amor por ella, mi respeto y mi admiración son cada vez más profundos. Clarice se vuelve una obsesión para quien la lee.

Encantamiento. Benjamin Moser es un escritor que se fascinó con la obra de Clarice Lispector al punto de publicar una biografía que ya está disponible en español: “Por qué este mundo”.

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¿Había oído algo de ella antes, o de su obra?

Nada. Ella murió sin ser una estrella muy importante en la literatura brasileña. Era conocida por los medios intelectuales y artísticos de allá, pero no era una persona que todo el país conociera. Menos afuera. Ese conocimiento se fue dando poco a poco. Porque es una escritora que necesita tiempo. A mí no me gusta que definan su obra como difícil, porque para mí no lo es, pero la verdad es que hay que llegar hasta ella: hay que prepararse para Clarice Lispector.

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¿Y cuándo decidió ir tras su historia?

Viajé por primera vez a Brasil en 1996. No conocía a nadie allá. Fue emocionante leerla en portugués, en su país, en su ciudad. Clarice y Brasil son, para mí, la misma cosa. Y empecé a pensar que sería interesante contar su historia fuera de allí. Yo tenía una sensación muy rara: cuando la leí en mi curso, quería que los demás la leyeran, que todos conocieran sus libros. Pero me di cuenta de la mala calidad de las traducciones. Eran horribles. Así que me puse a pensar en una mejor manera de llevarla fuera de su país. Después de unos años, decidí hacer su biografía. Y era extraño: estaba haciendo una biografía de una persona que mis lectores no podían leer, porque casi no había traducciones de su obra. Pero, bueno, pensé, empiezo por eso y cuando termine, quizá, algunos ya se habrán animado a traducirla de nuevo.

Yo todavía hablaba mal portugués, talvez solo entendía la mitad de lo que estaba escrito, pero comprendí que era un encuentro especial. Algo verdadero. Han pasado más de 20 años de eso y mi amor por ella, mi respeto y mi admiración son cada vez más profundos. Clarice se vuelve una obsesión para quien la lee.

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¿Cómo fue la investigación?

Cuando lo recuerdo, me da pavor: ¡cómo tuve el coraje para hacerlo! Tenía 26 años cuando empecé y no sabía nada sobre cómo hacer una biografía. Ahora que estoy haciendo la de Susan Sontag, ya es otra cosa, ya tengo idea de cómo es. Con Clarice todo era nuevo. Y yo era casi un niño. Todo empezó cuando fui a Brasil para asistir a un festival internacional que hacen cada año con un artista brasileño como foco especial. Ese año, el énfasis estaba en Clarice Lispector. Ahí empecé a conocer más sobre ella. Poco a poco fui acercándome a su mundo. Me di cuenta de que Brasil en el mapa es enorme, pero socialmente es como si fuera una ciudad de provincia. Desde el norte hasta el sur, todo el mundo artístico, intelectual, académico, incluso diplomático –que era el mundo de su marido, embajador– se conocía. Hice muchas entrevistas con sus amigos, con los familiares que seguían vivos, con escritores de su generación, con algunas personas que vivieron en la zona donde ella creció. Quise recorrer su universo.

Territorio. Clarice Lispector no podía alejarse de Brasil por demasiado tiempo. Ese era su lugar en el mundo.

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¿Siente que terminó por conocerla?

Por un lado, entiendo sus motivos, su obra. Conozco su mundo, su familia, su país. Sin embargo –y no sé si esto se aplique solo a ella o a todo genio artístico– la pregunta de dónde vino esa posibilidad genial que tenía con el lenguaje, de dónde vino ese talento, que no es un talento normal sino esa cosa de poder ir tan fuera de la regla, sigue sin respuesta. Eso continúa siendo para mí un misterio. Esa cosa particular en Clarice fue algo que se le sintió desde muy niña. Yo hablé con la gente mayor del barrio judío de Recife, donde ella se crio, y se acordaban de ella como un ser excepcional. Todos sabían que era especial. Y cuando llegó a Río, a los 15 o 16 años, esa chica –que era una muerta de hambre, refugiada, del otro lado del mundo, de Ucrania– impactaba a todos. Cuando yo hablaba con los viejos señores que la habían conocido, se acordaban de ella y de su belleza. Esos viejos de 90 años se pusieron como chicos de 17 al recordar a Clarice. Les volvió la juventud.

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Recuerdo. En Río de Janeiro hay una estatua levantada en honor de la escritora más importante y más enigmática que ha salido de esa tierra.

¿Cómo definiría la literatura de Clarice Lispector?

Otro gran escritor brasileño, João Guimarães Rosa, le dijo una vez: “A ti no te leo por la literatura, sino por la vida”. La misma Clarice decía: “Lo que yo hago no es literatura, sino vida viviendo”. A ella la leemos no por razones estéticas ni “culturales”, sino porque por ella nos sentimos vivos, nos damos cuenta de lo que significa vivir. Puede sonar raro, pero el lector de Clarice sabe que es exactamente así, y por eso también siempre ha despertado pasiones.

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Uno de los episodios más duros para ella, según cuenta usted en la biografía, fue la muerte de su madre…

Eso la marcó. La mamá de Clarice fue violada en la guerra por unos soldados rusos y vino a Brasil casi agonizando. No podía ni hablar; de portugués no sabía ni una palabra. Los violadores la contagiaron de sífilis y, según una superstición de su región, una mujer con esta enfermedad podía curarse si quedaba embarazada. Así que se preñó. Clarice sabía que había sido engendrada para eso: para intentar curar a su madre. Y la veía enferma. Y no podía hacer nada. Ella le contaba historias a su mamá, historias milagrosas sobre un santo o un angelito que venía a salvarla. Esa cosa mágica se le rompió cuando su mamá murió. Clarice tenía nueve años en ese momento, y quedó llena de rabia. Rabia hacia Dios. Porque Dios, según ella, no la había escuchado. Quedó desesperada, enfadada. Eso condujo al ateísmo que vemos en sus primeros libros, por cuenta de la furia contra Dios. Pero Clarice tenía desde niña una vocación mística, que es otra cosa que no sé explicar. Es otro de sus misterios. La mayoría de las personas venimos sin ese afán de vincularnos a lo divino. Ella no. Ella tenía una vocación espiritual muy fuerte. Y esto le da a su obra una belleza y una profundidad que, para mí, es una de las razones por las que la leamos. A Clarice no se lee por obligación, como se llega a muchos clásicos, sino por esa vida que nos da.

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Su padre también fue otra figura importante.

Una figura heroica. Ella decía que no podía pensar en su padre sin que le doliera el estómago. Era un muchacho genial al que no le fue permitido estudiar, por ser judío. Tuvo que quedarse en una tiendecita en una provincia, leyendo a Dostoievski mientras entraban y salían los clientes. Después de que atacaron y violaron a su esposa, él decidió exiliarse con su familia al otro lado del mundo. Fueron a parar a Brasil porque la madre de Clarice tenía unos parientes que vivían allá. Era un hombre que difícilmente podía alimentar a su familia con su trabajo. De Recife pasaron a Río, con sus hijas crecidas, educadas. Poco después de la primera publicación de Clarice, él tuvo que ir al hospital para una operación simple y, por un error médico, murió. Al final Clarice se casó y tuvo una vida de clase media alta que su padre nunca hubiera podido imaginar. Él no pasó un solo día de su vida sin preocuparse por pagar una cuenta. Y creo que fue una pena que no viera en lo que había terminado su sacrificio. Porque Clarice Lispector se fue afirmando, libro tras libro, como la artista más brillante que ha producido Brasil en el siglo XX.

Al final Clarice se casó y tuvo una vida de clase media alta que su padre nunca hubiera podido imaginar. Él (su padre) no pasó un solo día de su vida sin preocuparse por pagar una cuenta. Y creo que fue una pena que no viera en lo que había terminado su sacrificio. Porque Clarice Lispector se fue afirmando, libro tras libro, como la artista más brillante que ha producido Brasil en el siglo XX.

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Otro momento difícil fue el accidente que tuvo, en el que se quemó la mano derecha. ¿Cómo lo afrontó?

Clarice fumaba y tomaba pastillas para dormir. En 1966, esa combinación casi le resulta fatal. Era famosa como una de las mujeres más bellas de Río de Janeiro, pero de la noche a la mañana se convirtió en una anciana que tenía dolores permanentes, que se movía con pena, que necesitaba atención constante. Y acabó muriéndose con solo 56 años. Lo raro, sin embargo, es que después del incendio se iluminó también su espíritu y produjo, en sus últimos años, dos de los libros más bellos que se han escrito en Brasil: “Agua viva” y “La hora de la estrella”.

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¿Ella se sentía brasileña o pesaban más sus raíces ucranianas?

Clarice se sentía totalmente brasileña. Y lo era, porque cuando llegó a ese país solo tenía un año y dos meses. Su vida era brasileña. Se crio en un barrio de inmigrantes judíos, refugiados que se habían escapado sobre todo de Rusia. Creció en medio de esa comunidad, pero en la parte más brasileña de Brasil. En realidad el exilio, para ella, fue cuando tuvo que dejar su país e ir hacia Europa y Estados Unidos con su marido. Vivió casi 20 años afuera. Pero ella necesitaba estar en Brasil y eso, al final, aunque no fue la única razón, acabó con su matrimonio. No aguantaba más estar lejos. Brasil era su lugar.

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Lo tuvo siempre claro. Se cuenta que Clarice decidió ser escritora cuando tenía 13 años de edad.

Hay un tema que siempre la rodeaba: el cuerpo. La belleza. ¿Cómo era la relación de Clarice con esto?

Esa pregunta me fascina, incluso quiero escribir algo sobre ese tema. Ahora que estoy haciendo la biografía de Susan Sontag, que también era una mujer muy bonita, me sigo preguntando sobre el hecho de ser bella y talentosa. Esa cosa especial que veían los vecinos en Clarice cuando ella tenía tres años talvez era una belleza física, sí, pero todos conocemos personas guapas. Y tan poco interesantes muchas de ellas. La verdad es que había algo más. La belleza de Clarice llamó la atención de todo el mundo. Tenía una apariencia muy diferente a la normal brasileña. Era rubia y alta. Y la relación con su cuerpo siempre fue muy importante. Ella era columnista de belleza. Durante muchos años, a veces a diario, escribía una columna sobre maquillaje, peluquería, zapatos. Mucha gente ve eso como algo raro. Pero la verdad es que no podía vivir todos sus días con los temas de su literatura en la cabeza. Nadie lo podría hacer sin volverse loco. También había que ir al supermercado. Tú tienes que cuidar tu ropa, tu cabello, y eso no es una cuestión de vanidad, es de supervivencia. Ver esos temas como algo frívolo siempre me ha parecido sexista. Clarice encontró una profundidad en las cosas que hacemos a diario. Son estrategias que necesitamos. Todos tenemos que mostrar una cara. Ella pensaba mucho en eso. Creo que su belleza y su apariencia no eran una frivolidad ni una casualidad. Eran producto de mucha reflexión.

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Otro tema que la acompañó: la magia, lo oculto.

Esa es una cosa muy común en Brasil. Ella tenía un afán, una sed, un deseo de saber más y buscaba respuestas, por ejemplo, en la cartomancia. Es un asunto muy humano y ella no era ajena a nada de lo que es humano. Tenía fama de bruja y en esto, por cierto, tuvo que ver Colombia. Ella estuvo dos veces en Colombia, primero en Cali, en 1974, y un año después en Bogotá, como invitada a un congreso mundial de brujería. Un colombiano muy adinerado había organizado ese encuentro con invitados de muchos países, algunos muy conocidos, como el ilusionista Uri Geller. Y Clarice aceptó la invitación. Durante el encuentro leyó uno de sus cuentos, “El huevo y la gallina”, que es muy raro, muy místico. Ese viaje aumentó en su país su fama de loca. Algo que me da rabia porque a la mujer intelectual, artista, siempre se le tilda de loca. La verdad es que cuando volvió a Río, todos estaban fascinados con eso. A Clarice siempre le vieron dotes especiales. Eso la persiguió hasta el final de su vida. La llamaban “la bruja de la literatura brasileña”. Las personas siempre sienten la necesidad de ponerles un nombre y un apellido a los seres que son excepcionales. Y ella era un ser excepcional.

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Después de todo su trabajo de lectura e investigación, ¿cuál es para usted el libro esencial en la obra de Clarice Lispector?

Creo que “La pasión según G.H.”. Es el libro que mejor resume el hechizo de Clarice: esa historia del ama de casa que se come una cucaracha. Así, resumido, el libro parece una locura. Y lo es. No pasa nada, no hay historia, no hay trama, pero es un libro que revela toda la genialidad de esta escritora. Quien lo ha leído no lo olvida jamás.

 

Violencia lanza a salvadoreños a vivir calvario en Costa Rica

Arribo. 1,500 ciudadanos salvadoreños llegaron a Costa Rica en 2017 por amenazas y cobro de extorsiones de pandillas.

Obligados a escapar por la creciente violencia de las pandillas, al menos 1,500 salvadoreños eligieron en 2017 vivir en Costa Rica para intentar reconstruir su vida y recuperar lo que perdieron en su país.

Aquí pretenden recobrar la calma de saberse a salvo en la casa, la certeza de salir a trabajar sin recibir amenazas de muerte y la normalidad que se teje en medio de lo cotidiano, como cuando se va a traer el pan en las mañanas o se hacen las compras en el supermercado.

Por ello, los migrantes salvadoreños llegan con altas expectativas, pero son ilusiones que se rompen con el pasar del tiempo por la demora de los trámites, las dificultades de hallar empleo, la incertidumbre de encontrar una casa y el proceso de adaptación mientras se está en una condición vulnerable.

Andrés (nombre ficticio por motivos de seguridad) vino por primera vez a Costa Rica en diciembre del año pasado, cuando trabajó en un proyecto temporal de construcción en Limón, junto con otros 92 salvadoreños.

Con el dinero que había ganado aquí, pintó su vivienda en El Salvador y le cambió el piso. Una decisión así de habitual llamó la atención de las pandillas y un día uno de sus integrantes se le acercó para informarle que si él y su familia querían “seguir viviendo bien”, tenía que empezar a pagar $400.

“Les empecé a dar el dinero, pero cada vez que entraba a la casa me pedían que les diera algo aparte de los $400”, asegura Andrés.

Él era chofer de microbús en la ruta 42 de San Salvador y en una ocasión tuvo un episodio con un pandillero en el que por poco pierde la vida.

“Esa vez estaba en una calle dentro del microbús, esperando mi turno para hacer el viaje, cuando de repente llegó un chamaco de la nada y me dijo ‘te vas a morir’, y me disparó en la cabeza. Cuando sentí el quemón, arranqué y manejé a 100 hasta donde aguanté”.

Su teoría es que quien le disparó lo estaba confundiendo con un pandillero.

***

PUEBLO CHICO, INFIERNO GRANDE
El Salvador, el país más pequeño de Centroamérica, está asediado por las pandillas y es considerado uno de los más violentos del mundo.
En 2015 se registraron 6,650 homicidios, alcanzando la tasa de 103 asesinatos por cada 100,000 habitantes. Mientras que en 2016 la tasa fue de 82 homicidios por cada 100,000, atribuidos principalmente a las pandillas.
En tanto, Costa Rica reportó una tasa de homicidios de 12 por cada 100,000 habitantes.

Andrés regresó a suelo costarricense con su familia hace cinco meses, con el plan de quedarse y con la esperanza de encontrar trabajo rápido, pero se siente frustrado porque las puertas aún no se abren.

“Anduve caminando por todas las calles de aquí cerca buscando obras de construcción para trabajar, pero siempre me decían que sin permiso laboral no podía, que solo con el pasaporte no”, relata.

En Costa Rica, las personas tienen la posibilidad de pedir refugio en los puestos fronterizos, el aeropuerto o en las oficinas de la Dirección de Migración, en La Uruca. En ese momento, se les brinda un documento que certifica que están a la espera de una resolución sobre un trámite migratorio y no pueden ser deportados.
Además, cuentan con acceso gratuito a los servicios de salud y educación, y al cumplir los tres meses dentro del territorio nacional pueden optar por un permiso de trabajo.

La espera también es un golpe bajo. La Unidad de Refugio de Migración, que se encarga de recibir las solicitudes y emitir una recomendación sobre ellas, actualmente tarda cerca de 11 meses para efectuar la entrevista, que corresponde al primer paso del proceso que definirá si se otorga o no la condición de refugio.

“Nosotros como oficina no estamos en capacidad de dar respuestas oportunas a las necesidades de estas personas (salvadoreñas), que vienen en condiciones muy vulnerables y que necesitan una contestación inmediata al presentar la petición”, reconoce Allan Rodríguez, director de la Unidad de Refugio.

La avalancha de solicitudes (ingresan cerca de 600 por mes) y la falta de personal dificultan que el departamento conceda una respuesta ágil, como ocurría hace un año, cuando entre la solicitud y la entrevista pasaba máximo un mes.

En Costa Rica, las personas tienen la posibilidad de pedir refugio en los puestos fronterizos, el aeropuerto o en las oficinas de la Dirección de Migración, en La Uruca. En ese momento, se les brinda un documento que certifica que están a la espera de una resolución sobre un trámite migratorio y no pueden ser deportados. Además, cuentan con acceso gratuito a los servicios de salud y educación, y al cumplir los tres meses dentro del territorio nacional, pueden optar por un permiso de trabajo.

El flujo migratorio de los salvadoreños tomó fuerza en 2015, cuando se registraron 801 peticiones de refugio, mientras que en 2016, el total fue de 1,471 solicitudes.

No obstante, aunque las cifras sean elevadas, el nivel de las aprobaciones no es significativo. Hasta setiembre se habían avalado solo 54 diligencias. Según Rodríguez, esto sucede porque las personas no fundamentan bien su solicitud de refugio o simplemente no califican para obtenerla.

El estatus de refugiado se le concede a quien compruebe que su vida corre peligro en el país de origen y que el Estado no hace nada para protegerla. Son personas con temores fundados de ser perseguidas por su preferencia política, sexual o religiosa, o bien por su género, nacionalidad o por pertenecer a un grupo, por ejemplo, ambiental.
Aunque el sistema para otorgar el estatus de refugio –único en América Latina– es considerado un proceso virtuoso de Costa Rica, en la actualidad el esquema no resulta efectivo por la tardanza en los tiempos de respuesta ante la alta demanda de solicitudes que provienen, en su mayoría, de salvadoreños, venezolanos y colombianos.

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ESCAPE SILENCIOSO
Jorge (otro nombre ficticio para proteger la identidad) y su familia padecieron el acoso de las pandillas en carne propia.
Fueron hostigados por pandilleros al punto de que utilizaban su casa como escondite y también le asignaron a su familia un vigilante que en ocasiones se subía al techo de la vivienda para enterarse de lo que estaban haciendo.
Y el escenario se agravó en diciembre, cuando Jorge recibió la llamada de un hombre desde una cárcel en la que le indicaban que debía pagar $10,000 y que le daba la facilidad de hacerlo en “cuotas”.
“Me dijeron que si no pagaba, me iban a matar”, relata.
Decidieron huir de El Salvador, un viernes de mayo, a la medianoche. Dejaron su casa con los muebles y los electrodomésticos en el lugar de siempre para no levantar sospechas. Tomaron un autobús, cargando unas pocas maletas con ropa, y 20 horas más tarde estaban en Costa Rica.
Esa es la forma más común en la que están llegando los salvadoreños al país: en grupos familiares, trasladándose por tierra y con escasas pertenencias.

Adaptación. Jorge era motorista en El Salvador. En Costa Rica está sin trabajo y vive en una casa que alquila con su familia. La dueña de la vivienda les dejó los electrodomésticos.

En ocasiones, ya conocen de antemano a alguien que los ayuda a resolver dónde van a vivir y qué van a comer durante sus primeros días aquí, pero también hay quienes vienen sin tener contactos previos.
“Muchas veces tenemos literalmente a las personas con las maletas haciendo fila para pedir el refugio en Migración, llenan la solicitud y después nos dicen: ‘¿Ahora qué? ¿Cómo nos pueden ayudar?’ Ahí es cuando acudimos a las organizaciones de la sociedad civil”, indica Rodríguez.

Además, son personas que llegan emocionalmente frágiles debido al mismo ambiente de violencia con el que han convivido tanto tiempo. Por lo general, están acostumbradas a dormir poco y a estar alertas. A veces, incluso traen duelos muy recientes por el asesinato de familiares o vecinos.
Cuando Jorge y su familia lograron solventar el alquiler de una vivienda mediante el apoyo de una organización, les llevó tiempo adaptarse a la normalidad.

Solidaridad. En una muestra de solidaridad, un vecino de Jorge le regaló unas naranjas.

Era habitual que hablaran en voz baja para evitar que alguien los escuchara, como si el vigilante de las pandillas los siguiera rondando, y todavía le colocan un candado a la puerta, aunque a la par de ella hay una ventana sin vidrio.
Aunque algo positivo fue que dejaron de dormir por las tardes y retomaron el descanso en las noches, pues en su antiguo barrio salvadoreño debían pasar las horas de oscuridad atentos a si algún pandillero intentaba hacerles daño.
Jorge destaca que por primera vez sus hijos adolescentes salieron solos de noche, ya que en El Salvador toda la familia iba junta a cualquier parte por el temor de que algo trágico les pasara.
Su esposa, a quien llamaremos Ana, cuenta que a los pocos días de haber llegado a Costa Rica, compró su tiquete para regresar a El Salvador, pero luego cambió de idea.
“Le dije (a Jorge) que no estábamos haciendo nada, nuestros hijos estaban siendo dañados psicológicamente, les decían ‘perros’, ‘sapos’”.
A veces es demasiado duro, aquí es más psicológico, más de paciencia y más de pensar que no tenemos las herramientas para poder traer el alimento a la casa”, asegura Ana.
Y es que encontrar un trabajo sigue siendo un problema para la familia. Pese a que ya Jorge tiene el permiso laboral, dice que a los lugares a los que acude para pedir el empleo lo rechazan por no tener la cédula de residencia.
En criterio de Rodríguez, los salvadoreños tienen dificultades para encontrar trabajo en Costa Rica, porque muchos saben desempeñarse en oficios, pero carecen de un nivel profesional y esto los limita al momento de integrarse al mercado de trabajo.
Ambos resaltan que tampoco estaban preparados para vivir en un país mucho más caro al que estaban acostumbrados.
“Traíamos una cantidad de dinero que yo pensé que nos iba a alcanzar, pero llegamos acá y 100 se hicieron 50, y 50 se hicieron 25. Sentimos ese cambio exorbitante”, dice Jorge.

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LA VOS DESDE LA INSTITUCIÓN
El coordinador de la Unidad de Refugio, Allan Rodríguez, afirma que muchas de las solicitudes de refugio se rechazan porque quienes las presentan no califican para la condición. Considera que las peticiones de refugio en el país por parte de salvadoreños y venezolanos seguirán en aumento.
—¿A qué se debe el aumento de solicitudes de refugio?
En un país tan pequeño como El Salvador, las pandillas se han posicionado y tienen un dominio social de todo el territorio. De forma tal que la extorsión, impuesto de guerra o cualquiera de las formas de este tipo de delincuencia, hace que las personas tengan que estar saliendo a buscar protección ya no en territorio nacional, porque por el tema de la extensión, la posibilidad de movilizarse es casi nula.
—¿Cuál es la expectativa de los solicitantes de refugio salvadoreños sobre Costa Rica?
—La migración de El Salvador ha sido, por lo general, más hacia el Norte. Al endurecerse las políticas en las fronteras, los riesgos que surgen hacen que ese mirar hacia el Norte no sea tan seguro y ahí es cuando las personas miran hacia el Sur, donde Costa Rica es el destino más cercano y seguro.
¿Por qué la aprobación de las peticiones de refugio es tan baja?

Muchos. Los salvadoreños, junto con colombianos y venezolanos, son los grupos que más aparecen en los listados de solicitud de refugio en Costa Rica.

—La mayor cantidad de solicitudes son de personas de nacionalidad venezolana. Un porcentaje muy alto de estas personas viene por temas que no tienen que ver con el de refugio, pero que igual son crisis muy lamentables.
Y con los salvadoreños, muchas veces, las personas están saliendo antes incluso de recibir algún tipo de amenaza, porque a algún vecino o núcleo familiar que no es el primario le pasó algo. En esos casos, falta un elemento que es el de la persecución. En este tema el asunto de la prueba es bastante complicado porque no logran acreditar el tipo de situaciones en las que se encuentran.
—¿Cuál es el perfil del migrante salvadoreño y el del migrante venezolano?
Es bastante diferente el contexto del cual sale cada uno. Un alto porcentaje de las solicitudes de los venezolanos salen propiamente por la situación humanitaria: escasez de medicamentos, de alimentos, la inseguridad que se vive en Venezuela, eso hace que las personas estén saliendo.
En el caso de El Salvador, son las personas que han sido víctimas de las maras.
Un aspecto que les pone más cuesta arriba la situación a las personas salvadoreñas es que muchas veces no tienen un nivel profesional, sino que talvez se dedicaban en sus países a labores propiamente de oficios, como el comercio informal, eso hace que al llegar acá les cueste más integrarse a la sociedad costarricense. No es lo mismo la migración venezolana, que mucho es migración de profesionales y que poco tiempo después de estar acá son captados por las diferentes empresas. Es personal muy capacitado.
—¿Prevé que los flujos migratorios se mantengan?
—La tendencia se va a mantener. No se vislumbran cambios en Venezuela y la situación en El Salvador va a seguir de igual forma. No se ve en un futuro cercano alguna situación que revierta lo que sucede en la actualidad.

En ocasiones ya conocen de antemano a alguien que los ayuda a resolver dónde van a vivir y qué van a comer durante sus primeros días aquí, pero también hay quienes vienen sin tener contactos previos. “Muchas veces tenemos literalmente a las personas con las maletas haciendo fila para pedir el refugio en Migración, llenan la solicitud y después nos dicen: ‘¿Ahora qué? ¿Cómo nos pueden ayudar?’ Ahí es cuando acudimos a las organizaciones de la sociedad civil”, indica Rodríguez.

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ESFUERZOS
Ante los vacíos que existen en el país en el tema de refugio, el Gobierno y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) impulsan el Marco Integral de Protección y Soluciones de Respuesta a la Situación de Personas Refugiadas en Costa Rica (MINARE), el cual quiere poner en marcha una serie de medidas para reforzar las políticas de integración y pretende que se agilicen las respuestas para los solicitantes.
Una de las iniciativas plantea que el permiso laboral se otorgue al mismo tiempo que la persona realiza la petición para quedarse en el país.
Asimismo, sugiere que el carné de refugiado sea similar a la cédula costarricense para que se facilite su reconocimiento en las entidades bancarias y en los centros de salud, que en ocasiones niegan la atención al invalidar el documento.
Carmen Muñoz, viceministra de Gobernación, explica que otra de las intenciones de la iniciativa es que se incorpore la variable migración en las políticas contra la pobreza y de asistencia social al Plan Nacional de Desarrollo. Se prevé que el MINARE entre a regir en 2018.
El año pasado Costa Rica enfrentó una crisis migratoria por la llegada de miles de africanos y haitianos que intentaban viajar hacia Estados Unidos, a los cuales Nicaragua les cerró la puerta con su aparato militar y policial.

Gastos. Andrés fue extorsionado. La presión lo llevó a ahorrar para tener dinero por si le hacían daño a su familia. “Cuando me daban el salario, había que pagar luz, agua, teléfono y a las pandillas”.

“Me quedé para jalar la carreta”

¿Cómo imagina el teatro de El Salvador en 10 años?

Apostándole bastante a las historias de nosotros. No quiere decir que no vayamos a hacer clásicos, porque eso es maravilloso. Pero me parece maravilloso también cuando se conecta con la realidad de uno.

¿Por qué hacer obras de teatro sobre temas difíciles de asimilar como sociedad?

Hemos notado que hay cierta indiferencia o ganas de tapar el sol con un dedo, de que hablemos solamente bien de El Salvador cuando la realidad es otra y vemos que no se habla de eso aparte de lo que cubren los medios.

¿Por qué apostarle a una carrera en El Salvador?

Porque amo a El Salvador, porque me duele El Salvador y porque creo en El Salvador. Me quedé para jalar la carreta.

¿Cuáles son sus nombres favoritos?

Zoé y Tessa, los nombres de mis hijas.

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Tener un balance, lograr lo que uno quiere con la felicidad de uno mismo y los que están a la par.

¿Qué es lo que necesita en este momento?

Tiempo para estar conmigo misma.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Hacer teatro, porque me expongo un montón. A veces las cosas que no puedo expresar como Paola las expreso a través del teatro.

Buzón

Buzón

Masacres por doquier

Me solidaricé mucho con un pensamiento de la carta editorial de 7S del domingo pasado: “Hay dolores que el tiempo no cura. Son del tipo que solo se puede atenuar con la justicia”, en referencia a una de las tantas masacres en El Salvador que han quedado impunes: la masacre de El Calabozo, hace 36 años, en el departamento de San Vicente. Aunque no es nueva la denuncia de masacres, que cuentan con irrefutables pruebas de quienes las sufrieron, duele que estos ataques a la vida continúen impunes, y que miles de vidas, en cuenta mujeres embarazadas, niños y ancianos, hayan perecido y sigan sin hacerles justicia. En conversatorios sobre las masacres, llegamos a una conclusión dolorosa: ninguno de los culpables ha sido indiciado, capturado o está preso. Se lo decimos con vergüenza a los grupos de derechos humanos que visitan el país. Las autoridades salvadoreñas han agravado el dolor y el trauma de los sobrevivientes al no hacer comparecer ante la justicia a ninguna de las personas que ordenaron o cometieron la masacre, a pesar de que se ha comprobado que fueron asesinados a sangre fría en la zona conocida como El Calabozo.

La comunidad internacional rechaza las guerras, porque toda guerra es inhumana; las hacemos los hombres, pero es inhumana porque produce muerte, destrucción, sufrimiento. No hay guerras justas, como pretendían los masacradores de El Calabozo, ya que toda guerra, aunque políticamente parezca aceptable, es injusta porque sus consecuencias son siempre desastrosas para un grupo grande de seres humanos que no pueden escapar de ella. Todos sabemos perfectamente que quienes sufren en una guerra, cualquiera que sea su origen, son los niños, los ancianos, los pobres y las mujeres, es decir, las personas más débiles de la sociedad, que no tienen nada que ver ni con su origen ni con sus resultados. La guerra nace del orgullo, del egoísmo, de la intolerancia.

En El Salvador se han librado muchas guerras, pero por eso no somos más libres, más justos ni más felices. Todo lo contrario: con la llegada de gobiernos de izquierda, tuvimos la esperanza de que estas masacres fueran investigadas y poner en el lugar que le corresponde a quienes las perpetraron. Pero no lo hicieron ni en las promesas de campaña, a lo mejor porque también tienen cuentas que saldar, bajo el pretexto de que “yo no te acuso para que tú no me acuses”.

Estas masacres fueron negadas por mucho tiempo no solo por los autores, sino también por los gobiernos que nunca quisieron investigarlas. Tuvieron que denunciarlas las agencias internacionales de información, como una demostración de que no se pueden cubrir con el velo de la impunidad hechos que entristecieron a la humanidad.

René Alberto Calles
reneca4020@gmail.com


Masacre en el olvido

Uno de los episodios sangrientos de la guerra civil que asoló nuestro país fue la llamada El Calabozo, llevada a cabo por el ejército nacional en agosto de 1982, en plena guerra civil. Algunos sobrevivieron, hoy son testigos que narran lugar, fecha, hora y por qué algunos decidieron huir, pero como la mayoría eran ancianos y niños, decidieron refugiarse en sus casas. Después de varios días de bombardeos, los soldados del Ejército Nacional atacaron la región en la que no hubo resistencia por parte de los pobladores y solo llegaron a matar los animales domésticos y todas las personas que no pudieron huir. También les quemaron sus casas. A esta operación le llamaron “Tierra quemada”. Desde esa fecha, los sobrevivientes y familiares de los fallecidos luchan para que se haga justicia, pero cada vez que reabren el caso han encontrado impedimentos legales.

Según el reportaje de Valeria Guzmán, ahora existe una resolución de la Sala de lo Constitucional que abre el caso, y se realizó una inspección de los lugares donde quedaron esparcidos los restos de los familiares. Hay que hacer valer los derechos fundamentales de los sobrevivientes y familiares de las personas que fueron asesinadas sin causa alguna. Los testigos presenciales dan cuenta de quienes realizaron esta masacre y, por cosas del destino, el alcalde de la localidad puede dar su declaración por ser uno de los sobrevivientes. Pero surge una pregunta, ¿por qué el Ministerio de la Defensa destruyó documentos relacionados con la matanza? Los pobladores tienen derecho a la verdad para reivindicar a sus familiares señalados como guerrilleros, pero lo que solicitan es conocer la verdad y las motivaciones de estos operativos para su respectivo proceso judicial, deducir responsabilidades para escribir la historia de manera justa y mencionar los nombres de los responsables para evitar nuevas violaciones de los derechos humanos.

Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com


Desempolvando un derecho

En El Salvador el pasado sigue estando muy presente. El conflicto armado dejó tanto juicio pendiente que el siglo presente será poco para ir desempolvando un derecho que tiene cualquier salvadoreño doliente a que se investigue su caso por oculto que este se quiera perpetuar. En el prestigioso portal de Séptimo Sentido de LA PRENSA GRÁFICA, que cada domingo abre sus puertas con valiosos temas de memoria histórica, Valeria Guzmán rubrica la investigación de la edición 497 bajo el título “El Calabozo: el retorno de una denuncia 26 años después”, donde familiares de las personas asesinadas a orillas del río Amatitán, jurisdicción de San Esteban Catarina, reviven el dolor de esa fecha aciaga, 22 de agosto de 1982, angustia que han arrastrado desde entonces y que perdura como si hubiera ocurrido ayer.

El caso fue archivado tras la aprobación de la Ley de Amnistía, creada como tapadera para proteger a los responsables de aquella y otras masacres, pero esta normativa fue declarada inconstitucional por la sala. Lamentablemente, algunas personas acusadas de estar implicadas en aquellas matanzas han ocupado y siguen ocupando cargos que les han servido de coraza ante un sistema judicial que ha desairado reiteradas veces a las víctimas. Lo que claman aquellos desdichados familiares es verdad y justicia, las autoridades responsables de escucharlos han agravado su trauma y su dolor al no hacer comparecer ante la justicia a ninguna de las personas que ordenaron o cometieron la carnicería. Ya es hora de cumplir una reparación a los sobrevivientes enjuiciando a los verdugos del pueblo. Por ahora, este emblemático caso sigue siendo una deuda con los familiares de las víctimas, pero ya está en fase de instrucción penal en un juzgado del departamento de San Vicente. Como dicen, la verdad no peca pero incomoda, pero sin ese ingrediente de tan alto valor dignificante, difícilmente se puede llegar a la consolidación de la paz. Podemos colegir, entonces, que las demás instituciones deben tener avances en lo que corresponde.

Julio Roberto Magaña
jrobertomasa@hotmail.com

“Nunca vi el monstruo que ocultaba”

Juan Carlos Sánchez Latorre, “el Lobo Feroz”
Depredador. A Juan Carlos Sánchez Latorre lo arrestaron el 1 de diciembre en Maracaibo, Venezuela.

El puesto ocho del cíber era su favorito.
Frente a una computadora de carcasas negras, se sentaba cada día a transcribir textos, alistar presentaciones con diapositivas, editar videos para sus clientes o revisar su cuenta de Facebook.
Siempre encaraba hacia la pared, concentrado con la cabeza gacha, hasta el punto de aislarse por completo del bullicio que lo rodeaba. A su lado colocaba una bolsa de caramelos de leche, chupetas de sabores varios, galletas o globos multicolores.

LAS GOLOSINAS Y CONFITES NO ERAN PARA ÉL.
Los reservaba para los niños que frecuentaban entre 2008 y 2009 aquel local de fotocopias, servicios detallados de internet y elaboración de trabajos universitarios, aún ubicado en la avenida Libertador de Maracaibo, en el occidente de Venezuela, frente a una cancha de baloncesto y entre calles atestadas de comerciantes.
Sus edades oscilaban entre los siete y los 12 años. Los sentaba en su regazo o entre las piernas para mostrarles videojuegos en línea o abrirles cuentas en alguna red social con las cuales podían comunicarse luego.

Deixi Tapia, una mujer morena, simpática, entrada a sus 50 años y es dueña del cibercafé Vasedeca, tiene la piel de gallina mientras recuerda esas escenas –que siempre le parecieron atípicas–, sentada en una silla de espaldar rígido en su negocio al mediodía del último día de enero.

Regañaba constantemente, sin éxito, a aquel hombre de origen colombiano, experto en computación y de actitud reservada que trabajó para ella durante 18 meses. De ello, hace 10 años. Lo conoció entonces como “Danilo Gutiérrez”.

Las autoridades policiales y judiciales de Colombia tienen registros de su verdadera identidad: Juan Carlos Sánchez Latorre, nacido el 13 de septiembre de 1980 en El Espinal (Tolima), criado en Barranquilla y señalado en su país de 276 abusos a niños, niñas y adolescentes entre 2001 y 2006.

Fue capturado recientemente en Venezuela luego de que la Policía lo buscó por más de cinco años.

“Yo sabía que él tenía algo que esconder, ¡yo sabía! Sabrá Dios cuánto desastre habrá hecho”, declara su expatrona, aún en shock por los reportes recientes de diarios locales, que dan cuenta de su detención en diciembre pasado en el oeste de la ciudad y también de sus fechorías en el país vecino.

Había estado preso en la cárcel colombiana La Modelo, entre marzo y noviembre de 2008, pero el Juzgado Séptimo Penal Municipal de Barranquilla ordenó su libertad por vencimiento de términos en el juicio en su contra por abusar de un niño de ocho años.

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MODUS OPERANDI
No fue sino hasta el 30 de enero de 2017, nueve años después, cuando la Organización Internacional de Policía Criminal (INTERPOL) expidió en su contra una circular azul, que tiene como objetivo “localizar, identificar u obtener información sobre una persona de interés en una investigación criminal”.

Las indagaciones revelaron su modus operandi de otrora: contactaba a los niños en centros comerciales o en las calles de Barranquilla, llevándolos posteriormente a moteles para filmarlos y tomarles fotos desnudos, bajo extorsión con dinero o amenaza con armas blancas.
La prensa colombiana lo apodó “Lobo Feroz” o “Sadyko 13”, como él mismo se identificaba en sus comunicaciones con su comprador. Halló escondite en la capital del estado fronterizo de Zulia a finales de 2008, según refieren conocidos y vecinos del centro de la ciudad.

Deixi lo describe como un hombre de escasos recursos, “inestable”, nómada, que en ningún momento mencionaba su pasado en Colombia. Demostraba pánico ante las cámaras, dice. Las evadía. Odiaba retratarse bajo la excusa de que no era fotogénico.

Era extraño que comprara tantos detalles para los niños cuando era conocido por su avaricia.
“Era muy miserable: no se tomaba un vaso de agua si había que comprarlo”.

Era una persona “normal”, “cerrada”, de porte “flaquísimo”, detalla Sergio. Agrega que vestía de shorts y franelas deportivas cuando deambulaba por esas calzadas, cercanas a las sedes administrativas de la alcaldía, la gobernación regional, el Consejo Legislativo y la catedral. Siempre mostraba fajas gruesas de billetes de bolívares al pagar sus comidas. Una cinta métrica guindaba de su cuello todos los días. Se vendía como sastre de oficio.

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DISCUSIONES Y SOSPECHAS

Con nombre y apellido. Aunque en su día a día se hacía llamar “Danilo”, Juan Carlos Sánchez Latorre nunca ocultó su verdadera identidad en las redes sociales.

Al principio, era un empleado versado en sus oficios de computación, respetuoso, que acataba cada directriz. Había hecho amistad con profesores y estudiantes de colegios y universidades cercanas, como la UNIR.
“Él traía muchos clientes. Yo lo tenía observado”, se excusa la mujer.
Luego, comenzó a desafiarla en discusiones laborales y demostró poca paciencia con clientes, especialmente las mujeres.
“Danilo” controlaba las computadoras a su antojo. Solo él manejaba sus claves. Y las desbloqueaba para que menores de edad las usaran, pese a que las ordenanzas de la ciudad prohíben la permanencia de niños o adolescentes en sitios con acceso a internet.
La municipalidad sancionó al negocio por ello en dos oportunidades.
“Me echaba tierra en los ojos (engañaba) y lo volvía a hacer. Se le pegaba mucho a los niños, sobre todo a los varones”, lamenta Deixi, escudriñando con la mirada a su derredor para ubicar el par de multas impresas, todavía adheridas con cinta adhesiva en las paredes del cíber.
Deixi quiso saber de sus pasos a medida de que sus suspicacias aumentaban y ordenó a un conocido a seguirle hasta su casa, a unas cuadras. Lo hizo en más de una ocasión.
“Se metía la gorra en la cabeza hasta que casi no veía, iba con la cara tapada. En la plaza Bolívar siempre andaba como con cinco o seis carajitos, niños de la zona”.
La hija de Deixi le reprendía, entre chanza y celo, cada vez que lo veían en esas andanzas. “¡Vos tenés que ser violador!”, le recriminaba en su cara. “Y nos ponía la mirada fea”.

En noviembre pasado, a solo unos días de que los funcionarios de INTERPOL y el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) lo detuvieran, Deixi se lo topó en una agencia bancaria del oeste. “Danilo” le presentó como su esposa a Mariana, una veinteañera recién licenciada en Comunicación Social.

Su exjefa bromeó con que era la primera vez que le veía sin gorra.
Recuerda su respuesta: “Uno va madurando. Uno va superando las frustraciones”.

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BIEN PORTADO TRAS LA MALDAD
“¡Ya va! ¡Ese es ‘Danilo’!”.
Mildred* interrumpió el corte de cabello de su cliente. Vio, sorprendida, cómo los detectives del CICPC y la INTERPOL detenían y esposaban a uno de los cuatro inquilinos que residían en los cuartos superiores de su vivienda, en el sector Cumbres de Maracaibo de la circunvalación 2, donde también administra su salón de belleza.
El hombre la miró con pena desde la patrulla, recuerda la mujer tras las rejas frontales de su hogar, pidiendo a su vez a la prensa que reserve su verdadero nombre.
“Pregunté por qué se lo llevaban y me dijeron que estaba solicitado por abuso a menores”.
Una investigación de la Organización Internacional de Policía Criminal que inició en febrero de 2011 permitió dar con el paradero de Sánchez Latorre en Venezuela, informaron medios colombianos. El descifrado de computadoras de otro delincuente similar en México, conocido como Héctor Manuel Farías, fue clave.
El arresto ocurrió a las 10 de la mañana del viernes 1.º de diciembre en la planta baja, justo enfrente de unas escaleras que anteceden a un piso de ocho habitaciones individuales, cada una en alquiler por 250,000 bolívares al mes. Los inquilinos solo comparten una cocina común.
Juan Carlos Sánchez Latorre residió durante “tres meses y pico” en una de esas habitaciones de 3×3 metros, baño individual y armario. Alguna vez pagó su renta con dinero en efectivo, escaso en Venezuela, y otras lo hizo mediante transferencias bancarias.
Mildred casi no lo trataba. Apenas lo saludaba frente a su hogar o le hacía encargos eventuales de comida cuando se dirigía hasta Los Plataneros, un mercado popular cercano.
La Policía regresó horas luego para entregarle las llaves de las puertas del primer piso y de su cuarto. Se llevaron las ropas y pertenencias del detenido. Entre ellas resaltaban afiches de series infantiles, como los “Power Rangers” y “Los caballeros del zodíaco”.
“Danilo” nunca incumplió las normas de la residencia.
Mildred aún no se zafa de su sorpresa.
“Yo decía que tenía que ser una equivocación. A veces (los criminales) tratan de ponerse bien cuando han hecho tanta maldad”.

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EL SASTRE DE CALLE CARABOBO

Crianza. Juan Carlos Sánchez Latorre nació en El Espinal, Tolima, a 14 kilómetros al suroeste de Bogotá, y se crió en la ciudad colombiana de Barranquilla.

Sergio*, vendedor de jugos y cigarros de la calle Carabobo –un sector de casas de vieja data, fachadas coloridas, celebradas como parte del patrimonio cultural del Maracaibo de antaño–, quedó boquiabierto al ver la fotografía del abusador de menores que se le mostró.
“¡El corazón lo tengo acelerado! Lo veía siempre por aquí hace años. Venía todos los días a almorzar en ese restaurante”, El Kantv, un humilde comedor de la localidad, cerca del caso central.
Juan Carlos –de aspecto pálido y cabello negro, medianamente largo, en la gráfica– fue su vecino 10 años atrás. En esos tiempos alquiló una habitación en una casa de dos pisos y paredes de bloques, que antes operaba como sitio de tragos nocturnos.
Era una persona “normal”, “cerrada”, de porte “flaquísimo”, detalla Sergio. Agrega que vestía de shorts y franelas deportivas cuando deambulaba por esas calzadas, cercanas a las sedes administrativas de la alcaldía, la gobernación regional, el Consejo Legislativo y la catedral.
Siempre mostraba fajas gruesas de billetes de bolívares al pagar sus comidas. Una cinta métrica guindaba de su cuello todos los días. Se vendía como sastre de oficio.
“Yo le decía que manejaba muchos cobres, que si vendía droga, y él me decía que había vendido algunas cosas, que él era sastre”.
Sergio bromeaba invitándole a viajar a Colombia para escapar de la crisis económica. “Él me decía que no, que allá la vaina estaba pelúa (difícil), que me quedara aquí. A veces lo veía con chamas de 18 o 20 años en los centros comerciales, bellas”.
“¿Qué era sastre? No creo”, suelta, tajante y ofendido, Carlos Tovar Vargas. Él se autodenomina como uno de los únicos dos maestros de corte y costura que aún viven en el centro de Maracaibo. “Él solo hacía sus camisitas y sus pantalones. Era calla’o, como muchos por aquí”.
La gente asocia al colombiano con La Fortuna, una sastrería ubicada al lado de la casa donde vivía. Jorge Robles, su encargado, niega todo vínculo de amistad o labores.
“Él pasaba a veces por aquí. Nunca le vi interés en nada de eso de lo que lo acusan. Nos asombró que aquí viviera un monstruo así”.
Néstor Humberto Martínez, fiscal general de Colombia, informó el 24 de enero pasado que su despacho solicitó a Venezuela la extradición de Sánchez Latorre. También llamó a las víctimas en su nación a comparecer a las audiencias.
No hay denuncias en su contra conocidas en Venezuela.

La vecindad lo veía como un hombre inocentón, conversador, experto en computadoras, que ayudaba a gente de la localidad a hacer sus trabajos universitarios. Por algún tiempo, Sánchez Latorre se dedicó a revender comida. Llegó a pasar tanta necesidad que rebajó de peso, no pudo pagar su alquiler y tuvo que vender sus electrodomésticos para subsistir.

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EL “CHAVO” DE LA CALLE 96-F

Un adolescente, de unos 15 años, juega a embocar una perinola roja tumbado en una acera de la calle 96-F del sector Los Claveles, donde residió Sánchez Latorre entre 2014 y 2017.
La fama de depredador sexual jamás le hizo sombra en esos predios.
El joven ríe nerviosamente cuando le mencionan a “Danilo”. Los muchachos de la cuadra compartieron con él como si se tratara de un joven más. No puede creer que haya violado ni abusado de menores de edad, como leyó en los diarios.
“Él vivió por aquí, claro. En el teléfono, un Nokia vieeejo, tenía como 800 juegos. Jugaba sobre todo uno de Dragon Ball. Usaba el Facebook. Él se pegaba a la cerca de la casa de enfrente para robarse la señal del wifi”.

La vecindad le veía como un hombre inocentón, conversador, experto en computadoras, que ayudaba a gente de la localidad a hacer sus trabajos universitarios.
Por algún tiempo, Sánchez Latorre se dedicó a revender comida. Llegó a pasar tanta necesidad que rebajó de peso, no pudo pagar su alquiler y tuvo que vender sus electrodomésticos para subsistir.
“Nunca se le vio el ‘sadiquismo’. Si se le desarrolló eso, fue para allá (Colombia)”, apunta la señora de porte robusto y tez oscura que le rentó una de las habitaciones de su hogar, ubicado a solo 50 metros de la iglesia cristiana Cimiento en la Roca.

“Danilo” no vivía solo. Lo acompañó su pareja, Roselín, con quien mantuvo una relación de más de dos años, según calculan las voceras de la comunidad. Cuatro meses antes habían compartido residencia en una casa de la circunvalación 3, en los límites de la ciudad.
La joven declaró al Diario Versión Final, un medio local, que Sánchez Latorre llegó a amarrarla para forzarla a tener relaciones sexuales.
Denunció que la fotografiaba desnuda, bajo amenaza. Testificó que él portaba una cámara en la que había gráficas eróticas y mencionó que la dejó en la calle al vender sus bienes.

BBC Mundo se aproximó a su nueva casa, ubicada a dos cuadras, pero sus ocupantes negaron que residiera allí.
Una vecina precisa que sus amoríos culminaron en 2015. “Ella dice que él quería que lo mantuviera. Todo el dinero se lo daba a él. Cuando rompió con Roselín, él le rogaba, le suplicaba, le lloró. Le pegó la separación”.
“Danilo” ventiló su despecho en Facebook. Una curiosidad: uno de los hombres más buscados de Colombia no ocultó su verdadera identidad en la red social.
Su perfil lo exhibía como Juan Carlos Sánchez, servicio técnico en computadoras, trabajador, servicial, caritativo, desarrollador de soluciones, creativo, analista, divertido”.

“Yo creo que no debería existir el 14 de febrero. Qué fecha tan (‘&#(=$%, cómo odio ese día y recordar la coña e’ madre esa de hace dos años”, escribió el Día de San Valentín del año pasado.

Mensajes bíblicos; anuncios de aparatos eléctricos a la venta, fotografías de Mariana, su última pareja; publicaciones de autoayuda; reportes de sus andanzas en videojuegos en línea –como Cookie Jam–, e imágenes de la serie animada “Los caballeros del zodíaco” atestan su “muro”.

Su afición a los juegos y al anime japonés no solo gozan de un altar en su cuenta de Facebook; también le valieron fama de tonto en Los Claveles.
Sánchez Latorre fue incluso el hazmerreír de sus vecinos en un carnaval en el que decidió disfrazarse como el protagonista de “El chavo del 8” para la fiesta organizada por la familia Osorio, cerca de su residencia. Se comprometió con su atuendo: lució los tirantes, el pantalón y los zapatos similares a los del personaje televisivo más famoso de Roberto Gómez Bolaños.
No fue su disfraz lo que despertó la burla, sin embargo, siendo hombre de pocos tragos, bebió tres cervezas antes de dormirse, acunado por una borrachera precoz, y amaneció traicionado por sus esfínteres.

Su arrendataria se ahoga con una risotada al contar la anécdota.
“Danilo” le tenía terror a la Policía. Lo demostró en otro festejo en el sector La Pastora: la rumba fue tal que los vecinos amenazaron con llamar a las autoridades y Juan Carlos se escondió horrorizado en un baño. “Tuvimos que sacarlo de ahí”, recuerda ella.
Un reporte del diario El Tiempo de Bogotá informó que Sánchez Latorre era uno de los principales proveedores de pornografía infantil al mexicano Héctor Manuel Farías, abusador en serie capturado en julio de 2007 y quien distribuía el material en varios países, según un informe de la INTERPOL.

La investigación detectó 1,400 envíos de materiales al mexicano en los que las víctimas son niños de entre los dos y 15 años. El colombiano recibió entre $200 y $400 por los catálogos de imágenes de niños barranquilleros, según las autoridades de la DIJIN citadas por el diario.
La arrendataria duda de esas versiones.
“No sé qué dólares tenía, si él pasaba hambre. Era tacaño, solo comía pan y fresco (soda)”.
Tampoco cree que haya abusado de nadie en su comunidad.
“Si hubiese pasado algo, aquí lo hubiesen matado”.

Crianza. Juan Carlos Sánchez Latorre nació en El Espinal, Tolima, a 14 kilómetros al suroeste de Bogotá, y se crió en la ciudad colombiana de Barranquilla.

***

ENCORVADO, NERVIOSO, HERMÉTICO
—Señora, ¿aquí editan videos?
—No, señor, aquí no edit…
—¡Heeeey! ¿Qué fue? Yo sé editar videos.
Leidys* quedó perpleja ante el grito que interrumpió su conversación con un cliente de su cíber poco antes de agosto de 2017. “Danilo”, su empleado, alzó la voz desde su puesto de trabajo, al fondo del local, para proclamarle su experticia.

Era su tercer empleo en un negocio de computación del sector San Rafael, al oeste de Maracaibo, muy cercano a la residencia donde meses luego le detendría la Policía.
“Sabe demasiado de computación, puede dar clases de eso. No puedo creer que sea esa persona de la que hablan. Era bien hablado, no era pasado, caminaba todo loquito, encorvado; eso sí, no tenía una mirada fija”, cuenta la mujer, que administra el negocio junto a su esposo.

Leidys lo recuerda como un hombre tacaño, que no violaba su presupuesto ni por un céntimo. “Él solo comía platanito con salsa de tomate y a veces sopa en un restaurante de comida china que queda cerca. Eso sí: era trabajador al 100 %. Le gustaba venir hasta los domingos”.
Esos días no tenía supervisión.
En las horas en que escaseaban los usuarios, “Danilo” se dedicaba a ver la serie anime “Los caballeros del zodíaco”. También en sus computadoras y redes tenía decenas de documentos bloqueados.
Aquellos cercos tecnológicos dificultaban el trabajo de los propios dueños y provocaron su despido. “Él decía que allí solo descargaba películas”. Una carpeta de videos que él administraba está vacía. La de juegos contiene tan solo una sección de Microsoft Games.
“Él cambiaba a diario las IP (números de identificación de la red) de las computadoras, hasta tres o cuatro veces”. Esos registros permiten a las autoridades y expertos en computación conocer la locación de todos los usuarios de internet.

Ni ella ni su esposo han sabido modificar la configuración de las redes de su local. La mayoría lleva aún el nombre de su exempleado: “Danilo 01”, “Danilo 02”, “Danilo 03”, “Los hermanos Kike”.
Sus accesos están restringidos con usuarios y claves que solo conoce el hoy detenido en la sede del Helicoide de Caracas, sede del servicio estatal de Inteligencia.
Meses antes, funcionarios de INTERPOL detuvieron al dueño de un cíber cercano que él frecuentaba. Denunciaron que desde ese lugar alguien había subido a la red un video de pornografía infantil.

Leidys saca sus cuentas. No le parece casual ese episodio dadas las revelaciones sobre Juan Carlos, alias “Danilo”.

“Era muy nervioso con la Policía”.

Una vez hubo un problema con un cliente porque mi esposo rompió sin querer un título universitario original. “Llamaron a la Policía y él salió corriendo, se fue del local”.

***

“QUIZÁ DEJÓ ATRÁS LA MALDAD”
—Se dice que Juan Carlos tuvo una cercanía preocupante con niños, que los sentaba en sus piernas en los cíber.
—Esos niños éramos mi hermano Steven y yo. Yo tenía como 11 años. En ningún momento él se propasó, ni lanzaba indirectas, ni un roce. Nada de eso.
La conversación con Michell Parra transcurre en dos fases: en un trayecto de 20 minutos en carro desde el centro de Maracaibo; y, luego, sentados en un café exprés al norte de la ciudad.
Es un joven veinteañero, moreno, esbelto, de 1.68 metros de estatura; luce un crucifijo de plata encima de su camisa celeste de cuello cerrado.
Sus padres acogieron años atrás a Juan Carlos en su negocio, a apenas metros del cíber de donde Deixi le despidió en el centro de Maracaibo por sus comportamientos indecorosos.
Le permitieron instalar una mesa de trabajos escritos frente a su hogar-restaurante.
“Era como el tío grande de nosotros. Jamás lo vi como un depredador. Era agarra’o (avaro) y pela’o (sin dinero). Era un niño viejo. Era muy sano, no tenía vicio. Su único vicio era la computadora. Donde paraba, caía bien. Era un poco mente de pollo, eso sí”, cuenta, desahogando en segundos su defensa del Juan Carlos que él dice conocer.
Hace solo horas, Michell se enteró de la detención de su amigo. Vivió el último par de meses en Colombia, donde vende artesanías guajiras, y no se había informado de nada. Su madre, quien siempre tuvo reservas hacia él, preservó las ediciones de los periódicos locales donde contaban los antecedentes de Sánchez Latorre para que las leyera.
“Estoy incrédulo”, manifiesta.

Alias. La prensa colombiana apodó “el Lobo Feroz” a Sánchez Latorre después de que se conoció su modus operandi. Lo arrestaron el 1.º de diciembre en Maracaibo, Venezuela.

No ocultó su identidad ante su hermano ni él. No era el hombre de dos cédulas venezolanas distintas. Para ellos, era “Juan Carlos” o “Shaka”, como su personaje favorito de “Los caballeros del zodíaco” –que lleva tatuado desde niño–.
Compartían la afición por el anime. Salían a divertirse juntos a pesar de sus diferencias de edad.
“Éramos su círculo de amistad. Fue mi maestro. Éramos sus protegidos en lo que a computadoras se refiere. Con una computadora, era un Dios, un astro. Nunca mostró con nosotros esa faceta que ahora se le descubre”.
La cercanía permaneció. Continuaron las salidas a centros comerciales, acudían al estreno de alguna película –mejor si era de ciencia ficción o de superhéroes de cómics–, o participan en una convención local de entusiastas de animes japoneses.
El grupo estaba conformado por siete jóvenes más Juan Carlos. Ya mayores, visitaban una taberna cercana a la calle Carabobo, llamada Ateneo, donde bebían y hablaban de sus novias, afirma Michell.
Le conoció una pareja distinta a Roselín y Mariana, la comunicadora social con quien vivió en el edificio Terrazas de Maracaibo antes de que sus padres lo botaran.
“Tuve también conocimiento de una que estaba embarazada y, cuando iba a parir, él era el padrastro del niño. Eso fue cuando vivía por la calle Carabobo (alrededor de 2008)”.
Niega que los maltratos a Roselín, también su amiga, sean ciertos. “Ella nunca habló de eso. Nunca tuvo marcas ni nada”, es su argumento.
También dice no creer que Juan Carlos haya manejado cifras millonarias o en divisas extranjeras. “Veía sus estados de cuenta y no tenía mucho dinero. Lo ayudé a vender cosas de él porque no tenía cómo sustentarse”.
Sánchez Latorre llegó a aconsejarlo en sus relaciones. Los regañaba si tenían expresiones o gestos amanerados, cuenta.
“Nos decía que ese no era el comportamiento de un hombre cuando se nos salían unos chinazos” –como se conoce en Venezuela a los dichos o chistes de corte homosexual–”.
De su vida pasada en Colombia, les contó que vivía con su madre. La describía como una mujer estricta. Les explicó que migró a Venezuela para hallar mejoría económica.
Nunca mencionó juicios ni acusaciones.
Juan Carlos, según Michell, llegó a hacer amistad con funcionarios policiales a los que favorecía con sus tesis o presentaciones de trabajo. Un detective de la INTERPOL, confirmaron otras fuentes consultadas, llegó a agradecerle con un bono de dinero en efectivo el que le ayudara a conseguir tres calificaciones excelentes consecutivas.
Les narraba con frecuencia cómo en su país tenía que esconderse el tatuaje de Shaka, de virgo, para que no lo confundieran con un miembro de una banda criminal llamada “Los caballeros del zodíaco”, cuyos integrantes marcaban sus cuerpos con los personajes que mejor simbolizaban sus jerarquías.
Shaka de virgo, en la serie animada, es un personaje representado por un hombre joven, de cabello rubio y ojos azules, conocido por su inteligencia y por su don de saber la verdad escondida entre las apariencias. También le caracteriza su obstinación y, a veces, su crueldad. Su nombre significa “el más cercano a Dios”.
Michell, mientras saborea un latte vainilla y come una empanada frita de queso, confiesa que prefiere creer que Juan Carlos, su “maestro”, su “protector”, su amigo de mil salidas, transfiguró su personalidad al venir a Maracaibo.
“Quizá él dejó atrás toda la maldad que llevaba dentro. Nunca le desearía el mal. Si hoy lo veo, le doy la mano y lo abrazo. Él para mí fue un amigo. Nunca vi el monstruo que él ocultaba”.

*Las personas marcadas en este reportaje solicitaron a BBC Mundo reservar sus verdaderas identidades por temor a represalias.

Escenario. La calle Carabobo, en la que vivía Juan Carlos Sánchez Latorre, recuerda el patrimonio cultural del Maracaibo de antaño.

“Estados Unidos no es como lo vemos en Latinoamérica”

¿Qué le gustaría que dijera su epitafio?

“Aquí descansan los restos de alguien que soñó demasiado, que amó intensamente y que defendió su libertad aunque estuviera equivocado”.

¿Cuál ha sido el mayor atrevimiento de su vida?

Tomar dos maletas y apostarlo todo por un sueño. Emigrar hacia Estados Unidos, sin conocer a nadie, con $60 en la bolsa. Reescribir mi carrera periodística y empezar de cero.

¿Qué significa para usted la muerte?

Es una maldición que no me gusta. Pero creo que la verdadera muerte ocurre cuando olvidamos a nuestros seres queridos.

¿Qué no lo hace enteramente feliz de este momento de su vida?

A escala general, la situación que se vive en Estados Unidos con el gobierno actual… me hace pensar que, después de todo, Estados Unidos no es como lo vemos en Latinoamérica: a diario me toca reportar casos sobre discriminación a familias hispanas.

¿De qué cosa hecha en su vida se arrepiente?

Hay muchas. Pero si pudiera volver al pasado, regresaría a la época de estudiante universitario. Recuerdo que un maestro me dijo que no tenía vocación periodística y que me había equivocado de carrera. Le dije que a partir de ese instante mi única misión en la vida era demostrarle que estaba equivocado. Salí llorando de ese lugar. Regresaría y cambiaría ese momento para tomarlo de una forma más madura. Si bien él estaba equivocado, no me tendría que haber afectado. Es una opinión de una persona y no define lo que soy. Durante mucho tiempo me siguió esa sombra, la de esa crítica tan dura.

¿A qué personaje vivo admira?

Es una especie de gusto culposo, pero admiro a Ricardo Arjona. A pesar de que tiene muchos detractores, sale adelante. Me reflejo mucho en él, porque salió de Guatemala en busca de un sueño. Más allá de que me gustan sus canciones, me parece que es muy coherente consigo mismo, es muy terco. Todo lo que ha alcanzado ha sido por eso, porque confió en lo que quería.

¿Cuál libro leído en los últimos seis meses ha sido más significativo?

“50 palos” de Pau Donés, de Jarabe de Palo. Me impactó mucho. Más allá de que me guste su música y que he cantado la canción “La flaca” en todos los karaokes de San Salvador, es un libro que me dejó mucha valentía. Esta persona vive con cáncer, pero aún así mira la vida de una manera muy optimista.