De cuarta categoría

Explicar el valor del dinero a un niño de cuatro años puede ser complicado. Hace poco, viendo televisión con mi hijo de esa edad me preguntó por qué no compraba un pick up como los últimos modelos que salen en los anuncios. Le respondí que no tenía el dinero para comprarlo.

Fue lo primero que pude pensar y me faltó decirle que tampoco lo necesitaba. Él se fue corriendo a su cuarto. Oía que hurgaba en su mochila de los minions y regresó tan rápido como se había ido. Me dio una moneda de $0.05 que encontró tirada en el kínder. “Aquí tengo dinero, papá, es tuyo para que compres un pick up”, me dijo, convencido. “Anda, apurate”, agregó. Desde entonces ha inundado nuestras conversaciones con preguntas como: “¿Qué es un dueño?” “¿Cuánto vale eso?” “¿Qué es valor?” Las repite cada vez que puede y en momentos inesperados.

Aún no ha llegado a cuestionar cómo alguien puede morir de una enfermedad si hay tratamientos para combatirla pero no los puede pagar, o por qué hay desnutrición en países donde no hay problemas de escasez de alimentos y los anaqueles de las tiendas rebosan de comida. Tampoco me emociona explicarle que muchos determinan el valor de una persona por cuánto dinero acumula en su cuenta bancaria. O que la manera en cómo se invierte el dinero representa las prioridades que un individuo o institución posee. En qué gastar –lo mucho o lo poco que se tiene– puede decir más sobre nosotros que cualquier discurso. Aquellos objetos, experiencias o personas por quienes invertimos el dinero que, en la mayoría de los casos, tanto cuesta ganar. Igual pasa con los gobiernos y quienes los presiden. Su gasto infiere mucho de sus prioridades.

Ese es el caso salvadoreño. El Ministerio de Hacienda ya presentó el presupuesto para 2018, y de entrada saltó a la vista el gasto orientado a Educación. Una cantidad casi igual a la del año en curso y aún lejos de la promesa de la administración Sánchez Cerén de llegar a invertir el 6 % del Producto Interno Bruto (PIB) en esa cartera de Estado. Es un pírrico aumento de $5 millones (de $925 millones a $930 millones) que no está acorde, en lo más mínimo, a las grandes necesidades que se viven en el campo educativo, donde se tienen escuelas con baja calidad educativa, baños en mal estado, techos destruidos, áreas de recreo en deterioro, entre otras. Hace unos años, un estudio de ICEFI y Plan Internacional señaló que El Salvador invertía apenas $1.55 al día en sus niños, mientras que en Costa Rica –que tampoco es una utopía– la inversión era de $4.91. Con el agravante que cada año El Salvador aumentaba menos de $0.20 esa inversión por cada niño.

La crisis en las finanzas públicas no es excusa cuando el mismo ministro de Hacienda ha dicho que hay órganos del Estado con presupuestos “sobrados”, como la Corte Suprema de Justicia (CSJ) o la Asamblea Legislativa, que se recetó $3.4 millones en aumento de salarios para 2018. En los momentos de crisis quedan marcadas las prioridades de cada quien. No deja de ser icónico que en una ciudad como Santa Tecla se haya construido un imponente Centro Judicial Integrado mientras el Centro Escolar Daniel Hernández, en pleno centro de la ciudad, se cae a pedazos. Según una cifra que se barajó en el Consejo Nacional de Educación (CONED), que elaboró una propuesta que fue entregada al presidente de la república, se necesitan alrededor de $12,500 millones en 10 años para que la educación en el país sea de primer mundo. Algo descabellado de invertir en ciudadanos –nuestros niños– que, al parecer, son considerados de cuarta categoría.

Hace unos años escribí un reportaje del funcionamiento de las escuelas “unidocentes” en El Salvador, escuelas en los caseríos más perdidos del país en donde un profesor imparte lecciones a varios grados de manera simultánea. Esa es la educación a la que tienen acceso los más pobres. Funcionan con lo mínimo o menos. Muchos niños llegan seducidos por el refrigerio que brindan. En uno en particular, el Centro Escolar La Montaña, de Tacuba, se quedaban días sin su ración de alimentos por retrasos de las autoridades. Días después, un profesor me decía que siempre habría una explicación de parte del Gobierno: que antes estaban mucho peor, que poco a poco se va superando la brecha, que se ha mejorado. Sin embargo, cuántos funcionarios mandan a sus hijos a las escuelas, cuántos sufren porque sus hijos no estén en un lugar adecuado para aprender o que el centro escolar se quede sin agua potable. A ellos no les afecta, por eso no les importa. Sencillamente no son prioridad.

Cómo encontrar oro en el Acelhuate

En un origen el río Acelhuate lo era todo. Era el principio y el fin. Para muchos pobladores de San Salvador, era un afluente de aguas diáfanas que representaba un lugar para bañarse, donde ir a llenar sus tinajas o donde pescar. Agua cristalina que refrescaba el Valle de Las Hamacas. La toxicidad de la gente cambió todo aquello. Con la población de su ribera y las fábricas capitalinas, el río se fue contaminando poco a poco y, eventualmente, se convirtió en una cloaca. Una triste metáfora del país. Después de haber vivido de él por generaciones, todos le dieron la espalda. Pero el Acelhuate sigue ahí.

Algunos solo se acuerdan de él cuando su caudal crece tras alguna tormenta descomunal o cuando en su ribera aparece un cadáver. Sin embargo, hay gente que vive del río. Que se sumerge en su espumosa y contaminada agua para tratar de sacar restos de oro u otros metales que alguien más desechó. Cualquier pensaría que están locos. Pero de nuevo, esta no es más que una metáfora del país. Algo así como saber que estamos ya con el agua hasta las rodillas y próximos a “sumergirnos” en una nueva campaña electoral. Zambullirse en el Acelhuate ya no parece tan mala idea.

Como siempre, los partidos han comenzado a mover sus piezas y a hacer una especie de campaña nada simulada. Las redes sociales y los medios tradicionales ya se comienzan a llenar de políticos que abrazan a bebés y a abuelitas, y de mítines con banderitas. Es un caudal de promesas vacías, desechables. Y las disputas entre miembros de los mismos partidos para lograr una candidatura solo es un paso más. Esta campaña llega en el peor de los momentos –si eso es posible. Cuando la clase política se ha superado a sí misma y ha empujado al país a situaciones insostenibles, como la crisis en el sistema de pensiones. Todo por falta de acuerdos entre los dos principales partidos.

El FMLN y ARENA nunca se habían presentado más parecidos entre sí: dos bandos velando por sus propios intereses, sin un proyecto a largo plazo ni cuadros en sus filas que entusiasmen a la población. Dos discursos llenos de inconsistencias y contradicciones. Dos partidos y un sistema político en el que cada vez menos parecen creer, pero en donde las cúpulas se rodean de un coro de voces que se encarga de decirles que todo va bien. Hay una atemorizante falta de liderazgo. Buscar soluciones a los problemas del país en los políticos actuales es tan remoto como que alguien inexperto encuentre una pepita de oro en las aguas del Acelhuate. Por más que se sumerja una y otra vez, le será imposible.

Enfrascados en los problemas –o siendo parte de estos– y no en las soluciones. Actúan como una parsimonia, como si la crisis fuera menor. Y como siempre, el castigado por su necedad es la gente más desfavorecida de la sociedad y que depende de las escuelas públicas, el transporte público, los hospitales de la red nacional y habita los guetos creados por las pandillas. A los que más les ofrecen y menos les cumplen. Con este panorama se avecina una nueva contienda política en el país. Muchos solo van a apagar la televisión y otros se van a quejar en redes sociales, pero la política salvadoreña seguirá siendo como el río Acelhuate que serpentea por San Salvador: contaminado, hediondo, sucio.
Una nueva campaña electoral es como darse un nuevo chapuzón en ese mismo río en el que nos hemos sumergido por las últimas décadas. Para mal, es una creación de nosotros mismos, nuestro desorden y falta de interés. Todos sabemos que está ahí, pero nadie hace mayor cosa por cambiarlo. Ya hemos soportado demasiado su pestilencia. Sobre todo los pobres –siempre los pobres– que viven en su ribera. Para bien, depende de nosotros recuperarlo. Aunque la labor parezca imposible por ahora, pero no lo es. Lo primero es frenar a los que contaminan.

Buscar casa de alquiler en el Gran San Salvador

Es un tema recurrente en cualquier reunión en casi cualquier círculo de amigos. Ya sean del trabajo, de la cuadra o viejos conocidos de la escuela o del colegio: la búsqueda de una casa para vivir en el Gran San Salvador. En alquiler. Siempre parece haber alguien tratando de encontrar una vivienda para su familia o una pareja de recién casados que busca empezar de cero. Y los que han buscado saben y se quejan de lo complicado que es conseguir un lugar para vivir. Un sitio que reúna algunas condiciones consideradas básicas: primero –siempre primero– que esté en una zona medianamente segura, que no quede tan extraviado de las rutas de buses o microbuses y que tenga algún supermercado o tienda surtida cerca.

No debería ser tan complicado, pero en El Salvador todo parece serlo. Hace unos días una pareja de esposos le contaba a un grupo de amigos que buscaba mudarse desde Soyapango a otra ciudad del Gran San Salvador. Motivados por la inseguridad, se habían puesto a buscar en internet y en los clasificados alguna casa. Nada de lujo, lo básico para una pareja en la que ambos trabajan. Pero se encontraron con alquileres exorbitantes para cualquiera con un salario promedio en el país. No eran mansiones, sino casas de colonias con tres cuartos, a lo mucho, y que comparten pared con el vecino de al lado. Estrechas, pues. ¿Su precio? De $400 a $500 por un alquiler mensual en Santa Tecla o sus alrededores. Mucho más que el salario mínimo vigente en el país.

Muchos lo catalogarían como un abuso o una exageración. Hace tan solo un par de años busqué una casa y vi más de 30 al occidente del Gran San Salvador. Los vendedores siempre enfatizaron dos motivos para justificar esos precios que parecen fuera de contexto: la seguridad y la ubicación. Un par de vecinos hacen un portón a la entrada de un pasaje y ya se cataloga como “privado”, más el hecho que uno no tiene que viajar a Lourdes, Colón, o hasta Quezaltepeque –donde están las colonias más recientemente edificadas– y arriesgarse por algún cierre de carretera o percance en el camino.

Según el estudio “Se busca vivienda en alquiler, opciones de política en América Latina y el Caribe” del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), “la vivienda formal en América Latina y el Caribe es costosa. Algunas fuentes sugieren que ahí la relación entre precio e ingreso puede ser hasta tres veces mayor que en Estados Unidos”. Ante esto, muchas personas terminan pagando esos alquileres altos por casas que no lo valen y a las que muchas veces no se les da mantenimiento (construidas en los años ochenta del siglo pasado o antes), aunque represente cerrar con déficit en la economía familiar mes a mes.

Y como todo en el país, la situación se va agravando en cuanto se perciben menos ingresos. Menos dinero, menos posibilidades de alquilar una casa que reúna las condiciones básicas. Adquirir una casa propia es más que un privilegio para una familia joven. Eso hace que hoy, como nunca antes, sea tan difícil encontrar vivienda. Bueno, casas hay, pero localizadas en colonias sitiadas por las pandillas.
Y los precios por alquiler en la zona catalogada como “segura” del Gran San Salvador suben como la espuma. Algo tiene que frenarlos. En ciudades de Europa o Estados Unidos se regula el precio de los alquileres después de que estos se descontrolaron y se volvieron impagables. El estudio del BID sugiere que “un marco jurídico equilibrado puede incluir controles de renta, si bien estos deben ser determinados en relación con los valores de mercado en el área y modificables de acuerdo con el comportamiento de la inflación”. Como muchas cosas de la ciudad, los alquileres parecen ser un caos donde se aplica la ley del más fuerte, y el débil asume la carga más grande.

Solo en nuestra memoria

Siempre he tenido curiosidad sobre el funcionamiento de la memoria. Sobre todo de la selección y el descarte que hace el cerebro de los recuerdos. El filtro que decide qué almacenar en la memoria de largo plazo y qué no. Todo con base en lo que vivimos en el día a día. Según el libro “Los desafíos de la memoria” del estadounidense Joshua Foer, cada año perdemos el equivalente a 40 días tratando de recordar algo. Talvez la clave de un celular; un objeto que pensábamos en un lugar y no, está en otro; o el nombre de una persona que nos saluda en un centro comercial y no veíamos desde hace años. Hay detalles que pasaron hace una década y recordamos a la perfección, otros que ocurrieron ayer –o hace unas horas– y de los cuales no retuvimos ni la mitad. Con el objetivo de entender cómo se van borrando los recuerdos con el tiempo, el psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus pasó años memorizando sílabas al azar. Se ponía a prueba para ver cuántas sílabas había olvidado y cuántas lograba retener. Los resultados de su estudio constituyen la denominada “curva del olvido”: en la primera hora que seguía al aprendizaje se olvida más de la mitad. Al cabo de un día desaparece un 10 % adicional. Tras un mes, otro 14 %. Lo que quedaba se estabilizaba en la memoria y el ritmo del olvido se iba ralentizando.

Pero algunas veces solo necesitamos ver algún objeto viejo para retomar todo un pasaje de nuestra vida; por ejemplo, un momento de la infancia. Usualmente recordamos la simplicidad de los días y juegos cuyo valor y gracia radicaba en la sencillez. Lo más significativo pasaba en las tardes, después de la escuela, o durante los fines de semana. En lo personal, recuerdo los sábados y domingos. En una sistema donde lo inexorable parece ser “vivir para trabajar”, los momentos con la familia completa se atesoran el triple. En mi caso, recuerdo vívidamente un viaje que hicimos varias veces –quizá cinco o seis– a la playa. Nos embarcábamos en San Luis La Herradura, La Paz, recorríamos en lancha el estero de Jaltepeque y nos bañábamos hasta el atardecer en la isla Tasajera. En esos viajes en lancha fue que conocí de los manglares. Esas enredaderas flotantes que parecen infranqueables para cualquiera, y que son el paraíso para una infinidad de aves blancas que parecen reinar el lugar. Luis Leiva –el lanchero y quien es mi primo– nos trataba de explicar detalles de esos bosques salados donde había crecido, cómo se buscaban curiles, los bancos de arena donde no pasaba la lancha o la manera de encontrar cangrejos y capturarlos solo usando las manos. Años después de aquellos paseos, Luis naufragó en mar abierto por una tormenta y pasó perdido casi una semana en el océano. Fue rescatado por otros pescadores de La Herradura y, tiempo después, siguió el camino de tantos otros y se fue a Estados Unidos. Lejos de ese paraíso que conocía tan bien.

Siempre recordé esos viajes a los manglares, un ecosistema sumamente hermoso pero frágil. Solo sobreviven en el equilibrio perfecto entre el agua dulce y salada. Hace poco, el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) brindaba datos que asustan a cualquiera con respecto a estos bosques. Entre 1950 y 2013 se ha perdido el 60 % de los manglares de El Salvador, pasando de 100,000 hectáreas a 40,000, y de estas últimas 2,000 tienen problemas de azolvamiento o deforestación. Una triste realidad solo agravada por el cambio climático, como se retomó en las páginas de Séptimo Sentido con el tema “La comunidad que se seca con el manglar”, que muestra la complicada situación en áreas de la bahía de Jiquilisco. La tala del bosque por las comunidades aledañas es otro factor de este declive. Mucho se ha hablado de la preservación y campañas de concienciación, pero hasta que no se solvente la precaria situación económica en la que muchas familias viven, no se verán mayores resultados. Hace ya un par de años, los miembros de la cooperativa Palacio de las Aves, de la Isla de Méndez, en Usulután, me comentaban que un curilero ganaba tan solo $4 por 120 conchas recogidas entre el fango del manglar, una actividad que no es regulada por nadie y donde los perdedores son los que realizan el mayor esfuerzo. Preservar estos ecosistemas tan preciados implica cambiar la realidad de estas familias. Si esto no se hace rápido –en el contexto del feroz cambio climático–, las 40,000 hectáreas de manglares que quedan desaparecerán por completo en 25 años. Y ahí sí esos bosques solo quedarán en nuestra memoria.

Una sociedad con sobrepeso

Nunca antes en la historia, la sociedad salvadoreña tuvo tantos problemas con la báscula como ahora. A algunos aún les parece inverosímil que un país que históricamente conoce de desnutrición crónica tenga espacio para tanta gente –niños, adolescentes y adultos– con sobrepeso.

El problema es transversal y progresivo. Según datos del Ministerio de Salud, el 6 % de los niños menores de 12 años son obesos; la cifra se eleva al 39 % entre los adolescentes de 11 a 15 años; y es coronada con un 65 % entre las personas mayores de 20. Es decir, seis de cada 10 salvadoreños en edad adulta tiene un índice de masa corporal arriba de lo normal. La actual ministra de Salud lo advertía en un video producido por la Alianza Nutres de El Salvador: hay niños de estas nuevas generaciones que han ingerido una cantidad de azúcar mayor a la que sus abuelos consumieron en toda su vida.

¿Cómo se llega a estas cifras que son motivo de alarma? El menú incluye pollo frito, pizza, pan –mucho pan–, varios sabores de gaseosa, y, de postre, churritos y una pinta de helado. Es una comilona no apta para cardíacos de grasas saturadas y azúcar que esconde tristes realidades, como que en muchas comunidades rurales y semiurbanas del país es más barato y accesible comprar una botella de 2 litros de gaseosa que agua. O que la misma necesidad alimenticia de muchas familias, las hace llenar su dieta de harinas. A esto hay que sumarle el sedentarismo.

Por la inseguridad, en muchas colonias y barrios del país no es seguro que los niños y adolescentes jueguen en la calle o se acerquen a las canchas de básquet o de fútbol más cercanas. A algunos ni siquiera los dejan ir a comprar las tortillas. Lejos del “buen vivir”, en su vida de enclaustro, su principal compañía es la computadora, el chat del celular o una televisión conectada a un DVD.

Un panorama desalentador que no cambia en las escuelas públicas, ya que muchas no cuentan con la infraestructura mínima para poder desarrollar clases de educación física. Y ya en edad laboral, cualquier habitante de San Salvador puede constatar que la mancha urbana ha crecido –y está creciendo– más pensada para carros que para peatones. Para los oficinistas que van del trabajo a la casa, y viceversa, sin dar más que un par de pasos en todo el día. Los carros no solo tapan las calles sino que las aceras cuando están estacionados. En la dictadura del automóvil ni los peatones ni los ciclistas son bienvenidos. Es la fórmula perfecta para sumar libras de más.

El sobrepeso se ha visto con humor o como si fuera un chascarrillo –otro chiste de gordos–, pero a la larga se asocia con enfermedades que están inundado los hospitales como la diabetes, la hipertensión, el hígado graso, entre muchas otras. Las autoridades han anunciado que quieren empezar a atajar el problema.

Comenzando con los niños, el Ministerio de Educación busca regular los productos que se venden en los cafetines de las escuelas. Una disposición positiva pero que no oculta el hecho de que a la gente, al salvadoreño de a pie, le ha faltado información sobre las implicaciones de comer más carbohidratos que proteínas y del sedentarismo. Una responsabilidad informativa del Gobierno. En este país, uno puede llegar a una venta de hamburguesas, comprarse cinco, comérselas ahí mismo y nadie va a decir nada. Si se tiene el dinero hasta se puede pedir más para llevar.

Es una tragedia silenciosa. El cambio de mentalidad no ocurre de la noche a la mañana, pero es fundamental que no se deje pasar más tiempo. Se necesita que entidades como el Instituto Nacional de los Deportes (INDES) salgan del ostracismo y asuma un rol protagónico. Que se realicen campañas masivas para informar sobre dietas sanas y su relación con una buena salud. Cuidarse, al final, depende de cada quien.

Don Carlos

Siempre pensé que Carlos Durán era como un visitante en su propia ciudad. Vivía en otro San Salvador, uno que se forjaba en sus recuerdos y que era habitado por otras personas. Uno más ordenado y provincial en donde la avenida Independencia aún conservaba su esplendor, y era el lugar de residencia de familias con riqueza.

Cuando en enero lo visité en el hospital Médico Quirúrgico, me lo dijo con vehemencia: bajo los efectos de la anestesia se había soñado entrando en la pensión Primavera, un exclusivo lugar donde se hospedaban algunos de los viajeros más adinerados que visitaban esta ciudad. De adolescente nunca vio más allá del zaguán, pero tantísimos años después, adormitado en la camilla de un hospital, por fin, iba a poder caminar por aquellos jardines sevillanos, de los que solo había oído hablar. Pero los efectos del medicamento pasaron antes y todo el sueño se frustró. La pensión Primavera quedó grabada en su mente por los siguientes días.

Ya no se recuperaría por completo y desde entonces lo vería postrado en una cama. Le dieron el alta y volvió a casa. Era una jugarreta horrible verlo inactivo. A pesar de haber nacido en 1927, siempre fue un hombre enérgico. Se levantaba temprano todas las mañanas, bajaba desde la tercera planta de un edificio para revisar el motor del carro en el que una de sus hijas salía a trabajar. La mecánica era un oficio que conocía bien desde su época como conductor de autobuses en los cincuenta y sesenta. Su perfil fue el de un salvadoreño promedio. Nació en Armenia, Sonsonate, pero su niñez fue errante y su familia iba adonde había cortas de café. Pasó por Los Naranjos y el volcán de Santa Ana. Su papá abandonó a su familia por la bebida y se quedó viviendo con una hermana en Santa Tecla. Cuando tuvo edad, laboró como camionero en una empresa distribuidora de productos y así conoció el oriente del país. Después, trabajó por años como el hombre de confianza de una poderosa familia cafetalera. Con la guerra civil, ellos huyeron a Miami, pero Carlos se quedó encargado de la producción en las fincas. Cuando la guerrilla se tomó la plantación, él fue el mediador entre los combatientes y sus patrones. Acorralado por el conflicto como tantos salvadoreños en el campo.

Contar esos contrastes de la sociedad salvadoreña le indignaba y apasionaba. Desde los viajes en avioneta junto a su jefe para ir de cacería a Belice o la bahía de Jiquilisco, hasta comer tortilla con tomatada con los cortadores de café. Lúcido hasta el final, lo peor fue verlo perder la voz y saber que sus historias quedarían en su memoria. Como una noche profunda, platicando en la ribera del lago de Ilopango, en la que me habló sobre las oportunidades desperdiciadas. Y que a los hombres los definían sus acciones. Siempre fue humilde, sin apego a las cosas materiales. En una de sus últimas mudanzas, regaló los muebles de su sala a una vecina. Pero siempre atesoró un viejo portafolio de cuero donde solamente guardaba un par de documentos y las fotos de sus hijos. La foto de Keli en su fiesta de 15 años. Siempre dio todo por ellos. Hizo turnos extra conduciendo un bus, trabajaba hasta el anochecer en las fincas o se desvivía cuidando a sus nietos. Cometió errores, pero amó a sus hijos con locura. Nació humilde y murió siendo humilde cerca de cumplir los 90 años de edad.

Uno de sus últimos deseos era simplemente escuchar el canto de las chicharras. Ya no podía ir al parque ni a ningún área con árboles. Así que Betty de los Ángeles atrapó una en la calle y se la llevó para que le cantara en su cuarto. Esa última noche en la que estuve ahí, fue mi turno de hablar después de escuchar tantas de sus historias. Le dije que en este país se necesitan más padres como él, hombres responsables que amen tanto y cuiden a sus hijos y se preocupen. Le conté que afuera todos los árboles de Maquilishuat en la cuadra estaban floreando. Eran más de 10 árboles completamente rosa. Él, desde la cama, frágil, me contestó con su voz apagada: “Es la primavera”.

El origen de la atrocidad

Conocí a Yolanda Henríquez cuando estaba ingresada en el Hospital Rosales. Ella aún se recuperaba de la salvaje agresión que había sufrido meses antes. Su caso era bien conocido por aquellos días. Los periódicos y noticieros informaron sobre el ataque a Yolanda en un caserío remoto en la frontera con Guatemala.

El 8 de febrero de 2014 al anochecer, su expareja la intentó asesinar con un machete en un brutal acto de violencia doméstica. El primer filazo le partió el rostro y le quebró la nariz y la mandíbula. También la laceró en manos, espalda, rodillas y, finalmente, la dejó tirada en el piso para que se desangrara.

Todo ocurrió frente a su hija de seis años. Yolanda logró sobrevivir, pero pasó más de un semestre internada en el Hospital Rosales recuperándose de las heridas. Ahí, acostada en una cama de hospital, fue cuando la conocí. Mejoraba poco a poco en el servicio Ortopedia Mujeres del Hospital Rosales.

Hacía unas semanas que Yolanda, por fin, había recobrado su voz, después de la reconstrucción de su mandíbula. Era una tarde apacible en la que en el pabellón de centro asistencial solo se escucha la radio de una enfermera. Durante esa tarde me contó su caso. El acoso sistemático del que había sido víctima, los malos tratos verbales que sufría de su expareja, quien la seguía incluso cuando salía a trabajar como empleada doméstica a San Salvador.

Y cuando decidió irse a trabajar a Guatemala también la siguió hasta allá. Su testimonio fue publicado en las páginas de esta revista en la crónica titulada “Cicatrices de odio”, que también recogía el caso de otra mujer que fue atacada con cuchillos de destazo por su expareja, quien trabajaba como matarife en Metapán, Santa Ana.

Las dos eran historias entre cientos de casos similares de todo el país, casos en los que denunciar a sus agresores no evitó que la violencia las marcara de por vida. Las dos contaban la indiferencia con la que autoridades y su entorno asumen estos casos. En donde se confunde amor y cariño con acoso y vulneración de la intimidad.

En el archivo del caso de Yolanda en el Juzgado de Paz de San Francisco Menéndez, Ahuachapán, está consignado que las autoridades habían perfilado a Ricardo Cornejo como una amenaza para su expareja. No obstante, ella llamaba a la policía cuando Cornejo pasaba largas horas velando cada uno de sus movimientos en la acera frente a su casa, pero los policías le respondían que solo era un hombre enamorado.

Algunos aún se atrevían a decirle que las mujeres eran las malas por provocar su acoso. Un estribillo bastante popular en El Salvador para justificar cualquier tipo de conducta machista. Sea cuál sea. Paradigmas que hombres de todas las clases sociales, diferentes ideologías y niveles educativos siguen perpetuando diariamente. Unos más evidentes que otros, pero machistas, al fin y al cabo.

Ese es el caldo de cultivo donde se dan casos tan aberrantes de violencia contra la mujer, el origen de la atrocidad. Por los medios de comunicación solo nos enteramos de algunos. Casos que retratan muy bien a El Salvador, como el de hace unas semanas de un exagente de la Policía Nacional Civil (PNC) que violó a sus cuatro hijas en Santiago Nonualco, La Paz. Un hombre que, según las autoridades, justificó sus crímenes diciendo que “no iba a estar criando hijas para que fueran de otros hombres”. “A mí me costaban sudor y trabajo, por eso yo tenía que aprovechar primero”. ¿Qué tipo de sociedad origina casos como estos?

La violencia contra la mujer está interiorizada en nuestra sociedad. Y es una lucha permanente erradicarla. Hay quienes estigmatizan esa lucha diciendo que es una moda ideada por los colectivos feministas o una persecución contra los hombres.

Los hombres debemos ser los primeros en sumarnos a esta batalla, pues siempre hemos sido quienes perpetramos un trato desigual en muchos ámbitos de la sociedad. Revertir esto sería un gran legado para las próximas generaciones. Hasta que esto no pase van a seguir sucediéndose caso tras caso de este tipo de violencia tan aberrante.

Durante esa tarde en la que hablé con Yolanda Henríquez en el hospital, me quedé con su fortaleza para seguir adelante. Esto aun cuando le faltaba una cirugía en una rodilla. Su deseo de recuperarse cuanto antes y volver al lado de su hija. Atenderla después de la escena que le tocó presenciar, y más sabiendo que hasta esa fecha nadie –nadie– se había acercado para darle algún tratamiento psicológico. Me quedé con su fortaleza para cuidar a su hija y con su deseo para que nunca volviera a estar en medio de ningún episodio de violencia doméstica.