México y su perdón

México es el hermano mayor de El Salvador y Centroamérica. Con una poderosa influencia en tantos aspectos: música, comida, gustos, casi toda la cotidianidad. La influencia mexicana siempre ha sido transversal. De las últimas noticias que llegan del hermano mayor hay una que parece querer reabrir los libros de historia: el presidente de México solicita al rey de España que pida perdón por las atrocidades contra los pueblos originarios en la conquista y la época colonial. Fue “trending topic” rápidamente. Una noticia con contexto de hace 500 años. Se vino una avalancha de burlas y reclamos por la solicitud al rey y que también se derivó a la Iglesia católica. En una época en la que las víctimas tienen más visibilidad que nunca antes, a nadie le gusta ser el victimario. Menos por algo que sucedió hace tanto tiempo.

México, con una historia tan parecida a la nuestra. Tan llena de imposiciones y repleta de frases del estilo “el fuerte siempre gana” y de “eso ya pasó”. A muchos les pareció molestar que quien hiciera la solicitud de perdón no fuera un indígena sino que una persona con apellidos españoles y hablando castellano. Alguien que le debe algo a la colonia. Pero nadie está renegando de la herencia cultural. Ni México ni El Salvador, ningún país de Latinoamérica serían lo que son sin el sincretismo cultural. El mestizaje entre las distintas culturas, incluida la española, que quede claro, se le deben: las raíces del país que tanto se añora, las tradiciones de los pueblos, la comida típica. Todas tienen elementos traídos por los primeros hombres que vinieron de la península ibérica. Así como otros elementos de los esclavos africanos que ellos trajeron consigo en tiempos coloniales (África, un continente saqueado y humillado y al que nadie le ha pedido perdón).

Otros menoscabaron la petición de Andrés Manuel López Obrador indicando que posterior a la colonia, el Gobierno mexicano no ha hecho nada por reintegrar a los pueblos originarios. Algo absolutamente cierto en un país con una marcada desigualdad y un sistema de castas y clasismo que arrastran todos los países latinoamericanos. Pero el mandatario no solo habló acerca de que España y la Iglesia católica tenían que pedir perdón, sino que el Gobierno de México haría lo mismo por la desidia y marginalidad en la que han tenido a los indígenas. Dijo que esta es una época de hermandad entre pueblos pero que, antes que eso, se debía pedir perdón por el pasado. Nada de revanchismo. El perdón para dar la vuelta a la página. Reconocer los actos que ocurrieron y asumir el mal hacer.

¿Es tan complejo pedir perdón? Más cuando se tiene una historia común que se remonta a 500 años de la caída de Tenochitlán. Hay en esto tanta cercanía y familiaridad. El perdón se sigue asociando a los débiles cuando se predica el “lo hice por tu bien”. Trascendió que la propuesta de México fue rechazada desde el primer momento en Europa. Nada sorprendente. Hay tantos rasgos comunes en Iberoamérica. Lo extraño hubiera sido evaluar la idea, analizar y, finalmente, reconocer los abusos a los que se ha sometido a los pueblos originarios. Así fue como se construyeron sociedades que solo se acuerdan de ellos para utilizarlos en afiches turísticos. No hay un solo responsable. Hay que dejar de lado la dicotomía de España contra Latinoamérica. Y, por primera vez, asumir un verdadero ejercicio de igualdad.

Macondo en El Salvador

Embriagado por la nostalgia, él me hizo una pregunta que, en ese momento, parecía de ciencia ficción. Me dijo si alguna vez había visto a los gitanos. Abrió bien los ojos y se inclinó un poco para esperar mi respuesta. Le dije que no. Nunca. Entonces, él se volvió a acomodar en su silla y aseguró que si hubiera una cosa en este mundo que le gustaría volver a ver sería a los gitanos. Eran altos, de tez muy blanca y solo hablaban un idioma que para él era indescifrable. Llegaban al poblado de Ereguayquín, en Usulután, y armaban su campamento. Después de unos días lo desarmaban y se largaban. Pasaron los años, la guerra, los celulares, tantas cosas, y él seguía pensando en los gitanos. Al menos esa tarde lluviosa de 2012 pensaba en ellos. Como José Arcadio Buendía, que nunca perdió la esperanza que Melquiades regresara a Macondo a pesar de que pasó años sin retornar al poblado.

Fue la primera vez que parecía encontrarme con un personaje de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (que el 6 de marzo cumpliría 92 años de su natalicio), en pleno reporteo. Tampoco sería la última. El mismo autor aseguró que perfiló a muchos de sus personajes inspirado en las pláticas que de niño tenía con sus abuelos. Un mundo donde –contrario a la actualidad– se escuchaba más antes de opinar. Y así sigue siendo en muchos de nuestros pueblos, cuando un extraño llega a preguntar sobre cualquier tema, siempre lo llevan donde un viejo. Como cuando Álvaro buscó al Tata Higinio en la obra “Pobrecito poeta que era yo”, de Roque Dalton. Solo para recordar “las dos mil y dos historias de los hijos de la noche” de la boca de aquel viejito sabio que bajaba del Ilamatepec y que sabía del uso de la yerba de toro, de la flor de infundia, de la ipecacuana, del anís del monte y muchas otras hierbas medicinales.

Lo mismo me ocurrió en Metapán en 2014 –por los días en los que se anunciaba el fallecimiento del escritor colombiano–. Buscando la historia de los obrajes de hierro de la época colonial, llegué al cantón de San Miguel Ingenio, que también tiene algo del Macondo de García Márquez. Fundado por los españoles, el asentamiento pasó más de 100 años abandonado en las montañas hasta que, en 1934, se inauguró un beneficio de café y una fábrica de hielo. Ahí, el octogenario Eliseo Leal tuvo una niñez marcada por ello. Como cuando el coronel Aureliano Buendía recordó la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo. La vivienda de Leal estaba empotrada en un bordo sobre el antiguo ingenio de hierro.

Ese mismo 2014 en Tejutepeque, Cabañas, Santiago Raful me habló sobre su padre, un buhonero árabe que viajaba de pueblo en pueblo hasta que se encontró con su mamá y se estableció en ese pueblo. Ella murió al dar a luz y el palestino se quedaría regentando un almacén frente al parque central del poblado. Viviendo con aquella pena bajo el calor sofocante y refunfuñando palabras en árabe. Algo así como los moros que llegaron a darle vida al asentamiento inventado por los Buendía y un puñado de familias más. Un génesis tan parecido al de tantos otros pueblos en el país, y donde sobran las historias que parecen mezclar la fantasía con la realidad.

En 2017, en un colegio tecleño, me topé con un mural en honor del escritor colombiano. Era el mes de marzo. Estaba decorado con flores y mariposas amarillas. La promoción 2014 de ese colegio fue la autora del mural. “Lo único que me duele de morir es que no sea de amor” fue la frase que eligieron para encabezarlo. También dibujaron un listón con la inscripción de Macondo, aquel pueblo del realismo mágico que parece tan cercano a El Salvador. Recordé al viejo de Ereguayquín y su añoranza de los gitanos. Mi abuela decía que uno no tiene que peinarse de noche porque se vuelve desmemoriado. Pero supongo que hay cosas en la vida que, a pesar de todo, nunca se pueden olvidar.

Votar, a pesar de todo

No solo fue la carencia de propuestas sobre cómo afrontar los graves problemas del país, el último suspiro de la carrera presidencial también dejó el sinsabor de muchas farsas. Varias y sobre los principales candidatos en la contienda. Lo que incluye sobresueldos, contratos adjudicados para amigos cercanos y negocios que contradicen el discurso manejado públicamente. Ni siquiera se necesitó que uno de los candidatos terminara de llegar a Casa Presidencial para que perdieran la máscara que llevaron durante los últimos meses.

Una vez más: la política salvadoreña no es cuestión de ideologías ni discursos, sino de intereses. Y no es un solo bando, ni dos, hay muchos y todos van enmascarados con buenas intenciones. Pertenecer a un grupo tampoco significa no poder negociar con otros tras bambalinas. Al final, nunca se sabe la cadena de favores que llevan a cuestas ni en quién pensarán al tomar decisiones cuando asuman el cargo. Esto no es más que un perpetuo déjà vu que se repite en cada elección y que hace crecer y crecer el ejército de indecisos que no saben por quién votar.

Para el ciudadano común es como estar en una de las películas de Alfred Hitchcock, esperando que un asesino salte de imprevisto desde un rincón y ataque por la espalda y a traición. Un escenario en donde lo único seguro parece ser que todos tienen algo que ocultar. Esto hace que cuatro meses de campaña abierta caigan en un sinsentido, sobre todo después de que los partidos han gastado alrededor de $20 millones en propaganda –con campaña sucia incluida–. Pero, inevitablemente, es la hora de decidir. Hay que votar.

Y de nuevo toca autoflagelarse y pensar cuál es el que menos mal le puede hacer al país. Con todo y sus vicios de origen, los grupos que los rodean. Algunas veces, vivir en El Salvador parece que es como estar a bordo del barco fantasma del cuento del alemán Wilhelm Hauff, un navío embrujado cuya tripulación está condenada a repetir el mismo trayecto una y otra vez. Navegando en una dirección durante el día y yendo en contrasentido durante la noche para terminar, básicamente, en el mismo sitio. Incapaces de llegar a ningún puerto y presos de la desazón de repetir la historia una y otra vez. Como la clase política, que parece llevarnos a ningún lado.

Ante este panorama, de entrada, hay que exigir más al nuevo inquilino de la Casa Presidencial. Dudar. Siempre dudar. No dejarse manipular y, sobre todo, que rinda cuentas. Si hay algo que ha caracterizado a los salvadoreños –de a pie– es la lucha por intentar hacer un mejor país. Nadie ha regalado nada en ese afán. Mucho menos las clases que siempre han dominado el aparato estatal. Hay que estar listos para navegar contracorriente. Está prohibido rendirse. El cambio que necesitamos como país no vendrá de cualquiera que sea elegido el 3 de febrero. Al final es la ciudadanía la que tiene la última palabra.

El agua no es de todos

No hay que engañarse. Hace tiempo que el agua en el país dejó de ser “de todos” y se ha convertido en un privilegio. Ahora, el acceso al líquido marca una profunda división social al igual que el acceso a servicios de salud de calidad o a la seguridad. No se ha necesitado privatizar el agua –ni la salud– para que esta sea un negocio, ante la mirada indolente y cómplice del Estado.

En ese gran marco de inequidad, en el que más de un millón de salvadoreños aún no cuenta con agua potable en sus hogares, se discute una ley de agua. Un proyecto que ha caldeado los ánimos de la gente y los primeros ya han salido a las calles a protestar. Esto por lo que se considera un intento de la derecha por privatizar el recurso. Aunque, en realidad, lo que hay en el país es una privatización fáctica del agua. Al menos para una buena parte de la población así lo es.

El agua es un lujo. Para las familias más pobres lo ha sido desde hace décadas. Privadas de un servicio de agua potable y de un saneamiento adecuado, han vivido una pesadilla que ahora el resto de la sociedad teme que se vuelva algo generalizado. Y solo porque se ha comenzado a plantear como un problema que puede afectar a todos los estratos sociales es que se le ha dado más atención al tema.

Pero muchas familias tienen años de comprar barriles de agua para vivir, encareciendo aún más su precaria situación. Solo un ejemplo: en el cantón El Coyolito, de La Unión, nunca han tenido acceso al agua potable. Sus pozos se secan en los meses sin lluvias y tienen que comprar toda el agua que consumen: la que beben y usan para los quehaceres domésticos. Se la compran a un vecino de otro cantón que ha descubierto un nacimiento en su patio y comercializa el líquido. Así, sin ninguna autoridad visible, el agua es una mercancía más en las desérticas afueras de La Unión.

El caso de esta comunidad no es aislado ni único, sino que se multiplica en los demás departamentos del país. LA PRENSA GRÁFICA publicó hace unos días cómo desde ranchos privados sacan agua a discreción del lago de Coatepeque para comercializarla. Pero no solo ahí. El marcado consumo de agua envasada en el área urbana es otra muestra de una privatización de facto del líquido. Comprar agua era algo impensado en el tiempo de nuestros abuelos, hace apenas tres generaciones. Sin embargo, ha pasado lo mismo que en el ámbito de la salud. El sector público brinda un servicio tan malo que los que pueden pagar prefieren lo privado. Incluso las instituciones del Estado, que así como contratan seguros médicos para sus empleados compran agua embotellada para sus oficinas. De nuevo, el acceso al agua de calidad se determina por el poder de compra.

Y en el centro de todo está la incompetencia de ANDA. La Asociación Salvadoreña de Industrias de Agua Envasada (ASIAGUA) lo tiene claro cuando refuta uno de los “mitos sobre el agua embotellada” que cree la población: “El problema no es que no exista suficiente agua para suplir la demanda de la población y la industria, el problema es que ANDA no es capaz de abastecer lo requerido debido al mal estado de sus cañerías y equipos de bombeo; por lo que, si las industrias desaparecieran, aun así seguirías sin el servicio de agua potable”, apunta un afiche en su página oficial.

La discusión de la ley de agua no se puede trivializar. Tampoco se puede caer en la simpleza de asegurar que es una cortina de humo. Es un tema vital. Legislar sobre el agua es legislar tanto a los consumidores como a los poderosos. No solo a las empresas que la comercializan sino a la agroindustria. En los últimos años, el país ha reportado cosechas récord de caña de azúcar, lo cual conlleva uno de los principales consumos de agua del país. Ser un país productivo y garantizar agua para todos es lo que se debe discutir en el marco de la ley de agua. Los salvadoreños que no tienen acceso al líquido lo demandan. El agua debe ser de todos.

Al margen

La pequeña anciana hacía lo posible para evitar ir al pueblo. Caminaba solo por veredas, por caminos vecinales poco transitados, siempre ocultándose y sin mirar a nadie directo a los ojos. La última vez que se había acercado al pueblo la habían apedreado. Huyó como pudo, nadie le tuvo piedad. Ni los niños que con piedra en mano la persiguieron hasta los linderos del poblado. Resignada, ella misma se exilió. No volvería. Se pasaba los días yendo y viniendo por el campo, buscando quien le regalara un poco de comida para llevarse a la boca. La gente le temía y ella sabía perfectamente por qué. Pensaban que la anciana era una bruja, un ser capaz de lo peor y que preparaba conjuros en el rancho, rodeado de palos de jocote, donde vivía en la ribera del río Acelhuate.

La historia completa de la anciana Jacinta está en el cuento titulado “La bruja”, escrito a principios del siglo pasado por Arturo Ambrogi. Una de las grandes influencias locales de Salarrué y que se pasó la vida escribiendo sobre la gente que habitaba El Salvador. El cuento –dedicado a María de Baratta– es un perfil de una abuela que se había quedado sola y que vivía de los pocos vecinos que la consideraban. El resto de la sociedad le había dado la espalda. Esos eran los personajes que seducían a Ambrogi, los “marginales de la vida”, como él mismo los llamó. Muchos de ellos, como los contrabandistas de chaparro que se iban a las profundidades del monte a “sacar” licor, ya no se encuentran, pero hay otros, como la abuela Jacinta, que guardan su vigencia.

Hay cosas que no cambian aunque hayan pasado 100 años. Una de ellas es el abandono que sufren miles en el país cuando llegan a la vejez. Sin una pensión ni acceso a servicios de salud de calidad en el momento de la vida cuando más se necesitan. Una situación al límite que es realidad de todos los días en El Salvador. No solo se trata de la indigencia, sino de muchos que viven de lo que sus familias, con un ingreso precario, puedan darles. La mayoría se ha esforzado toda la vida para no tener nada seguro durante sus últimos años. Así es la economía que marca la vida en el país: una que te exprime cuando sos útil y te desecha cuando no te quedan más fuerzas.

Descartables. En el marco de la campaña presidencial, se han planteado temas como las medidas a tomar para enmendar el sistema de pensiones, un sistema que ya tiene más de 20 años de haber sido implementado y que no cuadra a la economía local, donde la informalidad es la norma. Pero aún para los que sí cotizan en el sistema, cada vez son más las profesoras, enfermeras, costureras de maquilas, empleados del sector servicios que –ya en edad de jubilación– se dan cuenta de que lo ahorrado en toda su vida laboral no garantiza lo más básico.

Los adultos mayores nunca han sido prioridad en el país. No es secreto. Se les pide conformarse con llegar a viejos y nada más. Pero en las próximas décadas se afrontará un panorama más complejo: nuestra población está envejeciendo como nunca antes y serán más los que lleguen a la tercera edad en vulnerabilidad. Se necesita que este deje de ser un tema periférico y que sea asumido como un eje central para el bienestar social del país. Según una investigación de FUNDAUNGO retomada en Diario El Mundo, si en las próximas dos décadas no se realizan reformas fiscales, el envejecimiento de la población haría que la deuda pública sobrepase el 80 % del Producto Interno Bruto (PIB) por un mayor gasto en salud y seguridad social para adultos mayores. Mientras no se haga nada por cambiar, más generaciones de salvadoreños se dirigen hacia un abismo.

Un éxodo interminable

A su llegada a La Habana a finales de octubre, el presidente Sánchez Cerén fue retratado en una postal atípica: un mano a mano con periodistas. Una situación rara veces vista durante su administración. Independiente de la circunstancia del viaje, los medios estatales cubanos preguntaron sobre la caravana migratoria que iba rumbo a Estados Unidos. Tan solo unos días antes, miles de hondureños se habían congregado y ya caminaban rumbo al Norte. Decenas cruzaron nadando el río Goascorán, dejando imágenes dramáticas a punto de ahogarse. El presidente afirmó que migrar era un derecho humano y “se tiene que respetar el derecho de los migrantes”. Después se quejó de Donald Trump, que pedía detener las caravanas, y zanjó el tema. No más sobre una situación que calaba hondo en la mayoría del país y amenazaba desbordarse.

Sánchez Cerén dijo que su gobierno había reducido la migración irregular a Estados Unidos, pero a esa altura ya se convocaba por redes sociales a una caravana del lado salvadoreño. La naturalidad del presidente ante el drama no fue extraña ni exclusiva de él. Es la naturalidad con la que los gobiernos de turno y la clase política en general han asumido la migración. Los países del Triángulo Norte de Centroamérica no tienen más que ofrecer a esta gente, así que queda en ellos rebuscarse por encontrar otro lugar donde sobrevivir. Migrar es el salvoconducto del sufrimiento y desamparo que significan ser pobre en Guatemala, Honduras y El Salvador.

Entonces la dubitativa respuesta de los políticos al fenómeno de la migración es que, en realidad, no tienen respuesta. No hay cómo pedirle a los migrantes que se queden porque no existen las condiciones para ello. No hay siquiera un proyecto de país. El éxodo de salvadoreños partiría cinco días después y, posteriormente, le seguiría una segunda caravana. Avanzan a pesar de las amenazas de Donald Trump de mandar el Ejército a la frontera de Estados Unidos con México. Se van en nutridos números a pesar del recibimiento hostil –no digamos si una nación desarrollada diera visas para irse. Y en su huida, dejan a un país en medio de una campaña presidencial que los tiene sin cuidado.

Hay que entenderlos. En las últimas seis campañas presidenciales se vienen oyendo planes como la urgencia de descentralizar el país, pero, al final, nadie lo hace. Los migrantes salen desde todos los rincones de El Salvador, dejando un gran vacío en sus comunidades. Contrario a la explosión demográfica de Guatemala y Honduras, nuestros pueblos languidecen ante la falta de jóvenes que se unen al éxodo. Esos jóvenes que según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) son tan elementales para realizar las transformaciones necesarias en el país. El Informe sobre Desarrollo Humano 2018 establece la urgencia de que El Salvador aproveche su bono demográfico, el período en que las personas en edad productiva es mayor a la población dependiente. Un escenario que terminaría en 2033, por lo que las inversiones que se realicen en los años por venir serán cruciales.

Solo con una apuesta decidida por cambiar la realidad del país se puede frenar el éxodo que lo sigue desangrando. Se pueden hacer cientos de campañas sobre los riesgos de la migración, pero no calarán mientras el riesgo de quedarse sea aún mayor. Mientras el Gobierno y la sociedad en general no sean capaces de dar respuestas a los que se van, todos perdemos. Bueno, en el contexto de la campaña política en la que se definió el Congreso de EUA, el único que ganó fue Donald Trump, que tuvo la excusa para volver a desplegar la retórica racista que lo llevó a la presidencia. Pero las elecciones en Estados Unidos terminaron y las caravanas siguen avanzando por México. La gente se sigue yendo en ese éxodo que hasta ahora parece interminable.

Un legado de paz

Una de las primeras imágenes que se me vienen a la mente cuando pienso en Monseñor Romero es la de mi mamá. La imagino adolescente, llorando sin consuelo y abrazando a mi abuela cuando escucharon sobre la muerte de Monseñor en la radio. Esa noche fue larga en San Matías, un pueblo que no estaba acostumbrado al desvelo. Mi mamá lloró su muerte como la de un familiar cercano, alguien muy querido y vital. No fue la única. Esa noche millones lloraron por su asesinato. Mi madre me lo ha contado muchas veces: matarlo frente a todos, en plena liturgia, fue demasiado doloroso para los que lo querían.

Los días posteriores fueron oscuros. Comenzando por el tiroteo de las fuerzas de seguridad durante su sepelio. Su martirio marcó a El Salvador para siempre. En el plano nacional, a partir de eso, miles de hombres y mujeres se organizaron para hacerle frente a un Estado represivo que se había convertido en verdugo. “Con eso muchos nos dimos cuenta de que ya no respetaban nada”, me dijo un hombre que en 1980 era solo un muchacho que se unió a esa insurgencia. Mi madre fue solo una más de las que se movilizaron después de la muerte de Monseñor.

Serían 12 años de conflicto armado entre hermanos. En mi caso, conocí a Monseñor a través de un libro de fotografías que recopilaban su vida desde su infancia en Ciudad Barrios hasta su entierro en Catedral. Cada vez que veo la iglesia lo asocio a él. Cuando veo su gran cúpula desde cualquier punto de la ciudad pienso en la tristeza que lo hubiera embargado de haber vivido aquellos años de guerra y toda la violencia que ha conllevado el posconflicto.

Él siempre predicó la salida pacífica y dejó mensajes como el del 23 de marzo de 1978 cuando dijo: “La gran enfermedad del mundo de hoy es no saber amar, todo es egoísmo, todo es explotación del hombre por el hombre, todo es crueldad… todo es violencia”. Ahora, en pleno 2018, su figura nos sigue dividiendo como sociedad, fruto de una sistemática manipulación de su legado y de quien fue en realidad. Muchos lo siguen pintando como un instigador o asociado a una tendencia política, nada más alejado de lo que fue. Por la polarización política han creado un Monseñor que nunca existió y han trivializado su lucha por los derechos humanos.

Hay que leer atentamente. No hay motivo para que su figura cause división. Es una pena que esto ocurra en pleno siglo XXI y con tantísima información a la mano. En las páginas de esta revista se publicó hace años una parte de un libro –que ahora circula en internet– titulado “Hablan de Monseñor Romero”, del periodista Roberto Valencia, una aproximación desde distintas aristas al hombre que fue Óscar Romero. Este es un texto que recoge los testimonios de la gente más cercana a Monseñor.

Con el paso de los años, la figura de Romero se va agigantando, y pocos domingos en la historia de El Salvador tienen la trascendencia de este 14 de octubre de 2018. Cuando a casi 10,000 kilómetros de la ciudad de San Salvador, en el Vaticano, sea canonizado por el papa Francisco. Monseñor Romero ya es el salvadoreño más universal. En 200 años seguirán hablando de él y su legado. La historia pone a cada quien en su sitio. El suyo es un legado de paz.

Desmemoria nacional

Fue el lunes, 15 de septiembre de 1879. Hace 139 años que se entonó por primera vez el himno nacional. El Salvador aún estaba en ciernes. La mañana de aquel día, sus propios autores lideraron el estreno público. El poeta y veterano militar de la guerra contra los filibusteros en Nicaragua, Juan José Cañas, autor de la letra, fue parte del acto en el Palacio Nacional. Los alumnos de los colegios y las escuelas de San Salvador habían ensayado por tres meses la letra escrita por Cañas. El general migueleño sumó un éxito más a su estandarte. A la mayoría pareció agradarle el himno, incluido al presidente de la república, Rafael Zaldívar, quien le había encomendado la misión de elaborarlo junto al músico napolitano Giovanni Aberle. Debió de ser un alivio. Los dos habían pasado largas jornadas de trabajo en la casa de Cañas en Santa Tecla.

A muchos puede parecernos una efeméride más entre tantas. Tan lejana a nosotros (en mi familia, aún faltaban seis años para que mi tatarabuela, Juana Ramírez, naciera en la misma Santa Tecla) y que no viene al caso. Es más, el debate sobre los símbolos patrios estaba fuera de foco hasta que un canal local realizó una especie de “tiro al plato” con los alumnos de un centro escolar en Mejicanos. Un hecho que ha originado diversos puntos de vista. Hay quienes han señalado la flagrante falta a la LEPINA por parte del medio, otros se han encargado de enfatizar la falta de conocimiento de los símbolos patrios de los estudiantes y hay quienes, ya en búsqueda de responsables, achacan a los profesores de la carencia de fervor de las nuevas generaciones en el marco del 197.º aniversario de independencia de Centroamérica.

Repercusiones más allá de lo que presupuestaba quien ideó la nota. En El Salvador pocas cosas parecen importan menos que la historia sobre los orígenes del Estado y su formación. Algo que es generalizado en la sociedad y que no se limita a las escuelas. Muchas veces los niños son el reflejo de los padres. Pero no solo se trata sobre los símbolos patrios, sino de recoger la historia del país. Saber de dónde venimos. Asumir las falencias de las generaciones que nos han precedido (no idealizar nada) y las nuestras. Saber que el progreso no se circunscribe a obras de infraestructura como carreteras, sino que avanzar en el desarrollo humano del país. En ese sentido, El Salvador llegará más que abollado al bicentenario.

Ha llovido mucho desde que Juan José Cañas y compañía entonaron el himno nacional por primera vez. Un hombre que también estuvo presente cuando se izó por primera vez la actual bandera nacional, el 15 de septiembre de 1912. Cañas encarnó a la primera generación de poetas de la república. Afortunado de ser más recordado por las letras que escribió que por actos militares. Era invitado a declamar en actos oficiales, como cuando se inauguró el primer tramo del ferrocarril en el país, de Acajutla a Sonsonate.

Pero los 15 de septiembre no solo han sido actos protocolarios y desfiles. Un viernes, el 15 de septiembre de 1882 se celebró una velada lírico literaria de la sociedad La Juventud de San Salvador, como lo retoma la acuciosa investigación presentada en el libro “El cielo de lo ideal”, de Ricardo Roque Baldovinos. En la reunión participó Rubén Darío, quien gozaría de la amistad de Cañas, y otros poetas locales. Uno de ellos Francisco Castañeda, quien expuso: “La fisonomía moral de los pueblos, su verdadera grandeza, se mide no por sus artefactos y adelantos materiales, sino que, por su intelectualidad, por los sentimientos que los dominan, por el espíritu que los inspira”.

Reyes de la miseria

El caso Saca ha ilustrado que el Gobierno salvadoreño parece un reino medieval. Uno donde el que está a la cabeza acumula un exceso de poder, que lo convierte en un tirano que dispone a sus anchas del tesoro que tanto le cuesta a su pueblo. Con un grupillo de iluminados que lo acompañan y lo aconsejan en cómo sacar provecho de su mandato.

En su mente solo hay espacio para una persona: él. No importa que el país se esté cayendo a pedazos ni que la gente huya despavorida y sin esperanzas de nada. Ser presidente es ser el señor feudal que viste de seda mientras los demás no tienen ropa y que está por encima de cualquier ley.

Parece un chiste de mal gusto. Saca se sentía tan rey que mandó a construir su palacete en la falda del volcán que custodia la ciudad. Encima de todos. El presidente de la república y su círculo más cercano siempre se manejan con un aura de intocables. El sistema opera a su beneficio y el de sus familiares. La partida secreta es un arca abierta. Incluso ahora –procesado, encarcelado y habiendo aceptado su culpabilidad por el desvío de millones de dólares– tiene prerrogativas que ningún otro ciudadano podría tener.

La gente tiene toda la razón de estar molesta. La Fiscalía, al ver el aluvión de críticas, ha dicho, en su defensa, que lograr una condena para un expresidente ya es algo bastante complejo. Y citó el caso del exmandatario Otto Pérez en la vecina Guatemala, que después de tantas marchas e indignación aún no ha sido condenado. En una entrevista televisiva, el fiscal general de la república, Douglas Meléndez, aseguró que la población debía entender, entre otros motivos, que procesar a un ciudadano común no es lo mismo que a un expresidente.

Que Antonio Saca tenía aún un círculo de influencia en las esferas del poder del país –incluido el sistema de justicia– con el que el resultado de todo el proceso podía ser incluso más adverso a la pena alcanzada. Es decir, el expresidente aún guarda algunos de los aliados que pudo comprar cuando estuvo en el despacho del Ejecutivo. No en balde muchas de las veces en las que hablaba con la prensa, Saca nunca dejó de referirse a sí mismo, y en tercera persona, como “presidente Saca”, aunque hacía años que había terminado su mandato.

El caso Saca ha ilustrado los excesos de cinco años de licencia para abusar del poder que representa la envestidura presidencial. Calcado a lo que se ha hecho público del proceso que se le sigue a Funes. Pero la historia no comienza ni termina con ellos. Los inquilinos de la Casa Presidencial nunca han rendido cuentas como se debe. La historia nos condena. En mayor o menor medida, pero siempre ha sido igual. Desde que El Salvador es El Salvador, el poder ha estado hermanado con los abusos.

La corrupción –tráfico de influencia cuanto menos– encarnada en la figura del presidente no ha discriminado origen, clase social, nivel educativo y mucho menos ideología. La estafeta ha ido pasando de administración en administración, desde la repartición de tierras a los aliados políticos en los años posteriores a la independencia, pasando por la república cafetalera, las décadas más oscuras de la dictadura militar, hasta llegar a los gobiernos de la posguerra.

Duele pensar en todos los casos que nunca salieron ni saldrán a la luz pública solo en el siglo XX. Duele pensar en toda la gente humilde que ha vivido las peores penurias en el silencio que arropa a la pobreza más extrema. A tanta gente que se le negó un servicio con la excusa de que no había recursos. Bien dicen los economistas del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (ICEFI) y de otros tanques de pensamiento que los países de la región no son pobres, sino que han sido mal administrados y son sumamente desiguales.

El presidente de la república –independientemente quién sea– es el que más debe rendir cuentas y nunca lo ha hecho como se debe. No solo se trata de dar las cifras alegres del trabajo en un acto de rendición de cuentas a la medida, sino de aclarar las deudas que se arrastran. Hay que bajarlo del feudo que se ha creado en Casa Presidencial y los negocios turbios que se maquilan en esta instancia. ¿Por qué seguir tolerando que una persona y su séquito acumulen tanto poder? El caso de Elías Antonio Saca es solo un agrio comienzo.

El fútbol ya no es el de antes

El domingo 14 de septiembre de 1997 me enganché para siempre al fútbol. Ese día, mi papá me llevó –cinco horas antes que iniciara el partido– a ver a la selección salvadoreña comandada por el serbio Milovan Ðoric. Era la eliminatoria para el mundial de Francia 1998 y, a mis recién cumplidos 10 años, era todo un acontecimiento. No sabía mucho del deporte, pero la tarde fue una fiesta de principio a fin. Una goleada sobre Canadá que mantenía vivas las esperanzas de asistir a la copa del mundo. Y con uno de los estandartes anotando el primer gol de aquel juego: Nildeson Silva de Mello, “Nenei”.

El brasileño naturalizado salvadoreño hizo pedazos a la defensa canadiense. Dejándolos en velocidad, enganchando, en el desmarque. Era talento innato. Aquella tarde sobre el césped del Cuscatlán, con el cabello teñido de azul y blanco como un guiño a su desparpajo, “Nenei” parecía incontrolable para los defensores. Algo así era también afuera de la cancha para el entrenador de la selección. Milovan y “Nenei” habían tenido varios cortocircuitos por asuntos disciplinarios. El serbio encarnaba la seriedad y el respeto a las normas, De Mello era la picardía y la creatividad absoluta con la que se etiquetó al fútbol latinoamericano.

Romper un sistema con un regate. Dos formas de ver el juego. Por supuesto que no fuimos al mundial de Francia, donde los anfitriones se quedarían con el título liderados por Zidane y Thierry Henry. De eso ya pasaron 20 años, pero es una postal que se repitió hace una semana con un nuevo título del equipo francés. Ahora, con otra generación de futbolistas. Francia vuela alto en el fútbol mundial. Ha jugado tres finales –la mitad– de los seis últimos mundiales. Con su segundo trofeo, muchos parecen querer restarle mérito porque en su plantel hay una mayoría de jugadores de ascendencia africana. Una cuestión ridícula y racista. Lo que sí remarca el triunfo francés es el éxito del Instituto Nacional de Fútbol Clairefontaine y otras 11 academias de élite en todo el país, un sistema supervisado por la Federación Francesa de Fútbol (FFF).

No solo se trata de talento innato ni corpulencia física, sino de jugadores con un proceso de formación, rigurosos entrenamientos y normas. El academicismo sobre la generación espontánea. Eso hace que el fútbol latinoamericano parezca cada vez más lejos del pináculo de un mundial. Eliminados antes de lo acostumbrado. El fútbol ya no es el de antes en el que muchas veces bastaba la genialidad. El juego lo ganan los que tienen las mejores academias. Thierry Henry y Kylian Mbappé son solo dos generaciones que pasaron por Clairefontaine. Disertando en sus clases sobre filología romana y lo que ocurría en la arena del coliseo, el escritor Rafael Rodríguez Díaz nos decía que los futbolistas de la actualidad eran como los gladiadores. “Muchos los ven como modelos, quieren ser como ellos”, sostenía. Era 2007 y en las calles de la ciudad abundaban las camisetas de Ronaldinho.

El brasileño quizá fue de los últimos herederos de la magia que identificó al fútbol de América Latina por décadas. Porque incluso Lionel Messi, la última gran esperanza argentina, ya fue educado por los catalanes de La Masía, el centro de formación del barcelonismo. Lo escribió Leonardo Faccio en su libro sobre el jugador: “Messi es la habilidad desfachatada del potrero argentino contenida por el rigor académico del F. C. Barcelona. El crack que nació en un país hecho por líderes caudillos hubiese tenido otro destino sin la crianza de un club que apostó por la democratización de la pelota. Entre delanteros que defienden y defensas que atacan”.

Al final, el estilo de Milovan Ðoric, que volvió a Serbia y trabajó con las divisiones inferiores de su país, se ha impuesto.