Al margen

La pequeña anciana hacía lo posible para evitar ir al pueblo. Caminaba solo por veredas, por caminos vecinales poco transitados, siempre ocultándose y sin mirar a nadie directo a los ojos. La última vez que se había acercado al pueblo la habían apedreado. Huyó como pudo, nadie le tuvo piedad. Ni los niños que con piedra en mano la persiguieron hasta los linderos del poblado. Resignada, ella misma se exilió. No volvería. Se pasaba los días yendo y viniendo por el campo, buscando quien le regalara un poco de comida para llevarse a la boca. La gente le temía y ella sabía perfectamente por qué. Pensaban que la anciana era una bruja, un ser capaz de lo peor y que preparaba conjuros en el rancho, rodeado de palos de jocote, donde vivía en la ribera del río Acelhuate.

La historia completa de la anciana Jacinta está en el cuento titulado “La bruja”, escrito a principios del siglo pasado por Arturo Ambrogi. Una de las grandes influencias locales de Salarrué y que se pasó la vida escribiendo sobre la gente que habitaba El Salvador. El cuento –dedicado a María de Baratta– es un perfil de una abuela que se había quedado sola y que vivía de los pocos vecinos que la consideraban. El resto de la sociedad le había dado la espalda. Esos eran los personajes que seducían a Ambrogi, los “marginales de la vida”, como él mismo los llamó. Muchos de ellos, como los contrabandistas de chaparro que se iban a las profundidades del monte a “sacar” licor, ya no se encuentran, pero hay otros, como la abuela Jacinta, que guardan su vigencia.

Hay cosas que no cambian aunque hayan pasado 100 años. Una de ellas es el abandono que sufren miles en el país cuando llegan a la vejez. Sin una pensión ni acceso a servicios de salud de calidad en el momento de la vida cuando más se necesitan. Una situación al límite que es realidad de todos los días en El Salvador. No solo se trata de la indigencia, sino de muchos que viven de lo que sus familias, con un ingreso precario, puedan darles. La mayoría se ha esforzado toda la vida para no tener nada seguro durante sus últimos años. Así es la economía que marca la vida en el país: una que te exprime cuando sos útil y te desecha cuando no te quedan más fuerzas.

Descartables. En el marco de la campaña presidencial, se han planteado temas como las medidas a tomar para enmendar el sistema de pensiones, un sistema que ya tiene más de 20 años de haber sido implementado y que no cuadra a la economía local, donde la informalidad es la norma. Pero aún para los que sí cotizan en el sistema, cada vez son más las profesoras, enfermeras, costureras de maquilas, empleados del sector servicios que –ya en edad de jubilación– se dan cuenta de que lo ahorrado en toda su vida laboral no garantiza lo más básico.

Los adultos mayores nunca han sido prioridad en el país. No es secreto. Se les pide conformarse con llegar a viejos y nada más. Pero en las próximas décadas se afrontará un panorama más complejo: nuestra población está envejeciendo como nunca antes y serán más los que lleguen a la tercera edad en vulnerabilidad. Se necesita que este deje de ser un tema periférico y que sea asumido como un eje central para el bienestar social del país. Según una investigación de FUNDAUNGO retomada en Diario El Mundo, si en las próximas dos décadas no se realizan reformas fiscales, el envejecimiento de la población haría que la deuda pública sobrepase el 80 % del Producto Interno Bruto (PIB) por un mayor gasto en salud y seguridad social para adultos mayores. Mientras no se haga nada por cambiar, más generaciones de salvadoreños se dirigen hacia un abismo.

Un éxodo interminable

A su llegada a La Habana a finales de octubre, el presidente Sánchez Cerén fue retratado en una postal atípica: un mano a mano con periodistas. Una situación rara veces vista durante su administración. Independiente de la circunstancia del viaje, los medios estatales cubanos preguntaron sobre la caravana migratoria que iba rumbo a Estados Unidos. Tan solo unos días antes, miles de hondureños se habían congregado y ya caminaban rumbo al Norte. Decenas cruzaron nadando el río Goascorán, dejando imágenes dramáticas a punto de ahogarse. El presidente afirmó que migrar era un derecho humano y “se tiene que respetar el derecho de los migrantes”. Después se quejó de Donald Trump, que pedía detener las caravanas, y zanjó el tema. No más sobre una situación que calaba hondo en la mayoría del país y amenazaba desbordarse.

Sánchez Cerén dijo que su gobierno había reducido la migración irregular a Estados Unidos, pero a esa altura ya se convocaba por redes sociales a una caravana del lado salvadoreño. La naturalidad del presidente ante el drama no fue extraña ni exclusiva de él. Es la naturalidad con la que los gobiernos de turno y la clase política en general han asumido la migración. Los países del Triángulo Norte de Centroamérica no tienen más que ofrecer a esta gente, así que queda en ellos rebuscarse por encontrar otro lugar donde sobrevivir. Migrar es el salvoconducto del sufrimiento y desamparo que significan ser pobre en Guatemala, Honduras y El Salvador.

Entonces la dubitativa respuesta de los políticos al fenómeno de la migración es que, en realidad, no tienen respuesta. No hay cómo pedirle a los migrantes que se queden porque no existen las condiciones para ello. No hay siquiera un proyecto de país. El éxodo de salvadoreños partiría cinco días después y, posteriormente, le seguiría una segunda caravana. Avanzan a pesar de las amenazas de Donald Trump de mandar el Ejército a la frontera de Estados Unidos con México. Se van en nutridos números a pesar del recibimiento hostil –no digamos si una nación desarrollada diera visas para irse. Y en su huida, dejan a un país en medio de una campaña presidencial que los tiene sin cuidado.

Hay que entenderlos. En las últimas seis campañas presidenciales se vienen oyendo planes como la urgencia de descentralizar el país, pero, al final, nadie lo hace. Los migrantes salen desde todos los rincones de El Salvador, dejando un gran vacío en sus comunidades. Contrario a la explosión demográfica de Guatemala y Honduras, nuestros pueblos languidecen ante la falta de jóvenes que se unen al éxodo. Esos jóvenes que según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) son tan elementales para realizar las transformaciones necesarias en el país. El Informe sobre Desarrollo Humano 2018 establece la urgencia de que El Salvador aproveche su bono demográfico, el período en que las personas en edad productiva es mayor a la población dependiente. Un escenario que terminaría en 2033, por lo que las inversiones que se realicen en los años por venir serán cruciales.

Solo con una apuesta decidida por cambiar la realidad del país se puede frenar el éxodo que lo sigue desangrando. Se pueden hacer cientos de campañas sobre los riesgos de la migración, pero no calarán mientras el riesgo de quedarse sea aún mayor. Mientras el Gobierno y la sociedad en general no sean capaces de dar respuestas a los que se van, todos perdemos. Bueno, en el contexto de la campaña política en la que se definió el Congreso de EUA, el único que ganó fue Donald Trump, que tuvo la excusa para volver a desplegar la retórica racista que lo llevó a la presidencia. Pero las elecciones en Estados Unidos terminaron y las caravanas siguen avanzando por México. La gente se sigue yendo en ese éxodo que hasta ahora parece interminable.

Un legado de paz

Una de las primeras imágenes que se me vienen a la mente cuando pienso en Monseñor Romero es la de mi mamá. La imagino adolescente, llorando sin consuelo y abrazando a mi abuela cuando escucharon sobre la muerte de Monseñor en la radio. Esa noche fue larga en San Matías, un pueblo que no estaba acostumbrado al desvelo. Mi mamá lloró su muerte como la de un familiar cercano, alguien muy querido y vital. No fue la única. Esa noche millones lloraron por su asesinato. Mi madre me lo ha contado muchas veces: matarlo frente a todos, en plena liturgia, fue demasiado doloroso para los que lo querían.

Los días posteriores fueron oscuros. Comenzando por el tiroteo de las fuerzas de seguridad durante su sepelio. Su martirio marcó a El Salvador para siempre. En el plano nacional, a partir de eso, miles de hombres y mujeres se organizaron para hacerle frente a un Estado represivo que se había convertido en verdugo. “Con eso muchos nos dimos cuenta de que ya no respetaban nada”, me dijo un hombre que en 1980 era solo un muchacho que se unió a esa insurgencia. Mi madre fue solo una más de las que se movilizaron después de la muerte de Monseñor.

Serían 12 años de conflicto armado entre hermanos. En mi caso, conocí a Monseñor a través de un libro de fotografías que recopilaban su vida desde su infancia en Ciudad Barrios hasta su entierro en Catedral. Cada vez que veo la iglesia lo asocio a él. Cuando veo su gran cúpula desde cualquier punto de la ciudad pienso en la tristeza que lo hubiera embargado de haber vivido aquellos años de guerra y toda la violencia que ha conllevado el posconflicto.

Él siempre predicó la salida pacífica y dejó mensajes como el del 23 de marzo de 1978 cuando dijo: “La gran enfermedad del mundo de hoy es no saber amar, todo es egoísmo, todo es explotación del hombre por el hombre, todo es crueldad… todo es violencia”. Ahora, en pleno 2018, su figura nos sigue dividiendo como sociedad, fruto de una sistemática manipulación de su legado y de quien fue en realidad. Muchos lo siguen pintando como un instigador o asociado a una tendencia política, nada más alejado de lo que fue. Por la polarización política han creado un Monseñor que nunca existió y han trivializado su lucha por los derechos humanos.

Hay que leer atentamente. No hay motivo para que su figura cause división. Es una pena que esto ocurra en pleno siglo XXI y con tantísima información a la mano. En las páginas de esta revista se publicó hace años una parte de un libro –que ahora circula en internet– titulado “Hablan de Monseñor Romero”, del periodista Roberto Valencia, una aproximación desde distintas aristas al hombre que fue Óscar Romero. Este es un texto que recoge los testimonios de la gente más cercana a Monseñor.

Con el paso de los años, la figura de Romero se va agigantando, y pocos domingos en la historia de El Salvador tienen la trascendencia de este 14 de octubre de 2018. Cuando a casi 10,000 kilómetros de la ciudad de San Salvador, en el Vaticano, sea canonizado por el papa Francisco. Monseñor Romero ya es el salvadoreño más universal. En 200 años seguirán hablando de él y su legado. La historia pone a cada quien en su sitio. El suyo es un legado de paz.

Desmemoria nacional

Fue el lunes, 15 de septiembre de 1879. Hace 139 años que se entonó por primera vez el himno nacional. El Salvador aún estaba en ciernes. La mañana de aquel día, sus propios autores lideraron el estreno público. El poeta y veterano militar de la guerra contra los filibusteros en Nicaragua, Juan José Cañas, autor de la letra, fue parte del acto en el Palacio Nacional. Los alumnos de los colegios y las escuelas de San Salvador habían ensayado por tres meses la letra escrita por Cañas. El general migueleño sumó un éxito más a su estandarte. A la mayoría pareció agradarle el himno, incluido al presidente de la república, Rafael Zaldívar, quien le había encomendado la misión de elaborarlo junto al músico napolitano Giovanni Aberle. Debió de ser un alivio. Los dos habían pasado largas jornadas de trabajo en la casa de Cañas en Santa Tecla.

A muchos puede parecernos una efeméride más entre tantas. Tan lejana a nosotros (en mi familia, aún faltaban seis años para que mi tatarabuela, Juana Ramírez, naciera en la misma Santa Tecla) y que no viene al caso. Es más, el debate sobre los símbolos patrios estaba fuera de foco hasta que un canal local realizó una especie de “tiro al plato” con los alumnos de un centro escolar en Mejicanos. Un hecho que ha originado diversos puntos de vista. Hay quienes han señalado la flagrante falta a la LEPINA por parte del medio, otros se han encargado de enfatizar la falta de conocimiento de los símbolos patrios de los estudiantes y hay quienes, ya en búsqueda de responsables, achacan a los profesores de la carencia de fervor de las nuevas generaciones en el marco del 197.º aniversario de independencia de Centroamérica.

Repercusiones más allá de lo que presupuestaba quien ideó la nota. En El Salvador pocas cosas parecen importan menos que la historia sobre los orígenes del Estado y su formación. Algo que es generalizado en la sociedad y que no se limita a las escuelas. Muchas veces los niños son el reflejo de los padres. Pero no solo se trata sobre los símbolos patrios, sino de recoger la historia del país. Saber de dónde venimos. Asumir las falencias de las generaciones que nos han precedido (no idealizar nada) y las nuestras. Saber que el progreso no se circunscribe a obras de infraestructura como carreteras, sino que avanzar en el desarrollo humano del país. En ese sentido, El Salvador llegará más que abollado al bicentenario.

Ha llovido mucho desde que Juan José Cañas y compañía entonaron el himno nacional por primera vez. Un hombre que también estuvo presente cuando se izó por primera vez la actual bandera nacional, el 15 de septiembre de 1912. Cañas encarnó a la primera generación de poetas de la república. Afortunado de ser más recordado por las letras que escribió que por actos militares. Era invitado a declamar en actos oficiales, como cuando se inauguró el primer tramo del ferrocarril en el país, de Acajutla a Sonsonate.

Pero los 15 de septiembre no solo han sido actos protocolarios y desfiles. Un viernes, el 15 de septiembre de 1882 se celebró una velada lírico literaria de la sociedad La Juventud de San Salvador, como lo retoma la acuciosa investigación presentada en el libro “El cielo de lo ideal”, de Ricardo Roque Baldovinos. En la reunión participó Rubén Darío, quien gozaría de la amistad de Cañas, y otros poetas locales. Uno de ellos Francisco Castañeda, quien expuso: “La fisonomía moral de los pueblos, su verdadera grandeza, se mide no por sus artefactos y adelantos materiales, sino que, por su intelectualidad, por los sentimientos que los dominan, por el espíritu que los inspira”.

Reyes de la miseria

El caso Saca ha ilustrado que el Gobierno salvadoreño parece un reino medieval. Uno donde el que está a la cabeza acumula un exceso de poder, que lo convierte en un tirano que dispone a sus anchas del tesoro que tanto le cuesta a su pueblo. Con un grupillo de iluminados que lo acompañan y lo aconsejan en cómo sacar provecho de su mandato.

En su mente solo hay espacio para una persona: él. No importa que el país se esté cayendo a pedazos ni que la gente huya despavorida y sin esperanzas de nada. Ser presidente es ser el señor feudal que viste de seda mientras los demás no tienen ropa y que está por encima de cualquier ley.

Parece un chiste de mal gusto. Saca se sentía tan rey que mandó a construir su palacete en la falda del volcán que custodia la ciudad. Encima de todos. El presidente de la república y su círculo más cercano siempre se manejan con un aura de intocables. El sistema opera a su beneficio y el de sus familiares. La partida secreta es un arca abierta. Incluso ahora –procesado, encarcelado y habiendo aceptado su culpabilidad por el desvío de millones de dólares– tiene prerrogativas que ningún otro ciudadano podría tener.

La gente tiene toda la razón de estar molesta. La Fiscalía, al ver el aluvión de críticas, ha dicho, en su defensa, que lograr una condena para un expresidente ya es algo bastante complejo. Y citó el caso del exmandatario Otto Pérez en la vecina Guatemala, que después de tantas marchas e indignación aún no ha sido condenado. En una entrevista televisiva, el fiscal general de la república, Douglas Meléndez, aseguró que la población debía entender, entre otros motivos, que procesar a un ciudadano común no es lo mismo que a un expresidente.

Que Antonio Saca tenía aún un círculo de influencia en las esferas del poder del país –incluido el sistema de justicia– con el que el resultado de todo el proceso podía ser incluso más adverso a la pena alcanzada. Es decir, el expresidente aún guarda algunos de los aliados que pudo comprar cuando estuvo en el despacho del Ejecutivo. No en balde muchas de las veces en las que hablaba con la prensa, Saca nunca dejó de referirse a sí mismo, y en tercera persona, como “presidente Saca”, aunque hacía años que había terminado su mandato.

El caso Saca ha ilustrado los excesos de cinco años de licencia para abusar del poder que representa la envestidura presidencial. Calcado a lo que se ha hecho público del proceso que se le sigue a Funes. Pero la historia no comienza ni termina con ellos. Los inquilinos de la Casa Presidencial nunca han rendido cuentas como se debe. La historia nos condena. En mayor o menor medida, pero siempre ha sido igual. Desde que El Salvador es El Salvador, el poder ha estado hermanado con los abusos.

La corrupción –tráfico de influencia cuanto menos– encarnada en la figura del presidente no ha discriminado origen, clase social, nivel educativo y mucho menos ideología. La estafeta ha ido pasando de administración en administración, desde la repartición de tierras a los aliados políticos en los años posteriores a la independencia, pasando por la república cafetalera, las décadas más oscuras de la dictadura militar, hasta llegar a los gobiernos de la posguerra.

Duele pensar en todos los casos que nunca salieron ni saldrán a la luz pública solo en el siglo XX. Duele pensar en toda la gente humilde que ha vivido las peores penurias en el silencio que arropa a la pobreza más extrema. A tanta gente que se le negó un servicio con la excusa de que no había recursos. Bien dicen los economistas del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (ICEFI) y de otros tanques de pensamiento que los países de la región no son pobres, sino que han sido mal administrados y son sumamente desiguales.

El presidente de la república –independientemente quién sea– es el que más debe rendir cuentas y nunca lo ha hecho como se debe. No solo se trata de dar las cifras alegres del trabajo en un acto de rendición de cuentas a la medida, sino de aclarar las deudas que se arrastran. Hay que bajarlo del feudo que se ha creado en Casa Presidencial y los negocios turbios que se maquilan en esta instancia. ¿Por qué seguir tolerando que una persona y su séquito acumulen tanto poder? El caso de Elías Antonio Saca es solo un agrio comienzo.

El fútbol ya no es el de antes

El domingo 14 de septiembre de 1997 me enganché para siempre al fútbol. Ese día, mi papá me llevó –cinco horas antes que iniciara el partido– a ver a la selección salvadoreña comandada por el serbio Milovan Ðoric. Era la eliminatoria para el mundial de Francia 1998 y, a mis recién cumplidos 10 años, era todo un acontecimiento. No sabía mucho del deporte, pero la tarde fue una fiesta de principio a fin. Una goleada sobre Canadá que mantenía vivas las esperanzas de asistir a la copa del mundo. Y con uno de los estandartes anotando el primer gol de aquel juego: Nildeson Silva de Mello, “Nenei”.

El brasileño naturalizado salvadoreño hizo pedazos a la defensa canadiense. Dejándolos en velocidad, enganchando, en el desmarque. Era talento innato. Aquella tarde sobre el césped del Cuscatlán, con el cabello teñido de azul y blanco como un guiño a su desparpajo, “Nenei” parecía incontrolable para los defensores. Algo así era también afuera de la cancha para el entrenador de la selección. Milovan y “Nenei” habían tenido varios cortocircuitos por asuntos disciplinarios. El serbio encarnaba la seriedad y el respeto a las normas, De Mello era la picardía y la creatividad absoluta con la que se etiquetó al fútbol latinoamericano.

Romper un sistema con un regate. Dos formas de ver el juego. Por supuesto que no fuimos al mundial de Francia, donde los anfitriones se quedarían con el título liderados por Zidane y Thierry Henry. De eso ya pasaron 20 años, pero es una postal que se repitió hace una semana con un nuevo título del equipo francés. Ahora, con otra generación de futbolistas. Francia vuela alto en el fútbol mundial. Ha jugado tres finales –la mitad– de los seis últimos mundiales. Con su segundo trofeo, muchos parecen querer restarle mérito porque en su plantel hay una mayoría de jugadores de ascendencia africana. Una cuestión ridícula y racista. Lo que sí remarca el triunfo francés es el éxito del Instituto Nacional de Fútbol Clairefontaine y otras 11 academias de élite en todo el país, un sistema supervisado por la Federación Francesa de Fútbol (FFF).

No solo se trata de talento innato ni corpulencia física, sino de jugadores con un proceso de formación, rigurosos entrenamientos y normas. El academicismo sobre la generación espontánea. Eso hace que el fútbol latinoamericano parezca cada vez más lejos del pináculo de un mundial. Eliminados antes de lo acostumbrado. El fútbol ya no es el de antes en el que muchas veces bastaba la genialidad. El juego lo ganan los que tienen las mejores academias. Thierry Henry y Kylian Mbappé son solo dos generaciones que pasaron por Clairefontaine. Disertando en sus clases sobre filología romana y lo que ocurría en la arena del coliseo, el escritor Rafael Rodríguez Díaz nos decía que los futbolistas de la actualidad eran como los gladiadores. “Muchos los ven como modelos, quieren ser como ellos”, sostenía. Era 2007 y en las calles de la ciudad abundaban las camisetas de Ronaldinho.

El brasileño quizá fue de los últimos herederos de la magia que identificó al fútbol de América Latina por décadas. Porque incluso Lionel Messi, la última gran esperanza argentina, ya fue educado por los catalanes de La Masía, el centro de formación del barcelonismo. Lo escribió Leonardo Faccio en su libro sobre el jugador: “Messi es la habilidad desfachatada del potrero argentino contenida por el rigor académico del F. C. Barcelona. El crack que nació en un país hecho por líderes caudillos hubiese tenido otro destino sin la crianza de un club que apostó por la democratización de la pelota. Entre delanteros que defienden y defensas que atacan”.

Al final, el estilo de Milovan Ðoric, que volvió a Serbia y trabajó con las divisiones inferiores de su país, se ha impuesto.

El agua no es de todos

No hay que engañarse. Hace tiempo que el agua en el país dejó de ser “de todos” y se ha convertido en un privilegio. Ahora, el acceso al líquido marca una profunda división social al igual que el acceso a servicios de salud de calidad o a la seguridad. No se ha necesitado privatizar el agua –ni la salud– para que esta sea un negocio, ante la mirada indolente y cómplice del Estado.

En ese gran marco de inequidad, en el que más de un millón de salvadoreños aún no cuenta con agua potable en sus hogares, se discute una ley de agua. Un proyecto que ha caldeado los ánimos de la gente y los primeros ya han salido a las calles a protestar. Esto por lo que se considera un intento de la derecha por privatizar el recurso. Aunque, en realidad, lo que hay en el país es una privatización fáctica del agua. Al menos para una buena parte de la población así lo es.

El agua es un lujo. Para las familias más pobres lo ha sido desde hace décadas. Privadas de un servicio de agua potable y de un saneamiento adecuado, han vivido una pesadilla que ahora el resto de la sociedad teme que se vuelva algo generalizado. Y solo porque se ha comenzado a plantear como un problema que puede afectar a todos los estratos sociales es que se le ha dado más atención al tema.

Pero muchas familias tienen años de comprar barriles de agua para vivir. Encareciendo aún más su precaria situación. Solo un ejemplo: en el cantón El Coyolito, de La Unión, nunca han tenido acceso al agua potable. Sus pozos se secan en los meses sin lluvias y tienen que comprar toda el agua que consumen: la que beben y usan para los quehaceres domésticos. Se la compran a un vecino de otro cantón que ha descubierto un nacimiento en su patio y comercializa el líquido. Así, sin ninguna autoridad visible, el agua es una mercancía más en las desérticas afueras de La Unión.

El caso de esta comunidad no es aislado ni único, sino que se multiplica en los demás departamentos del país. LA PRENSA GRÁFICA publicó hace unos días cómo desde ranchos privados sacan agua a discreción del lago de Coatepeque para comercializarla. Pero no solo ahí. El marcado consumo de agua envasada en el área urbana es otra muestra de una privatización de facto del líquido. Comprar agua era algo impensado en el tiempo de nuestros abuelos, hace apenas tres generaciones. Sin embargo, ha pasado lo mismo que en el ámbito de la salud. El sector público brinda un servicio tan malo que los que pueden pagar prefieren lo privado. Incluso las instituciones del Estado, que así como contratan seguros médicos para sus empleados compran agua embotellada para sus oficinas. De nuevo, el acceso al agua de calidad se determina por el poder de compra.

Y en el centro de todo está la incompetencia de ANDA. La Asociación Salvadoreña de Industrias de Agua Envasada (ASIAGUA) lo tiene claro cuando refuta uno de los “mitos sobre el agua embotellada” que cree la población: “El problema no es que no exista suficiente agua para suplir la demanda de la población y la industria, el problema es que ANDA no es capaz de abastecer lo requerido debido al mal estado de sus cañerías y equipos de bombeo; por lo que, si las industrias desaparecieran, aun así seguirías sin el servicio de agua potable”, apunta un afiche en su página oficial.

La discusión de la ley de agua no se puede trivializar. Tampoco se puede caer en la simpleza de asegurar que es una cortina de humo. Es un tema vital. Legislar sobre el agua es legislar tanto a los consumidores como a los poderosos. No solo a las empresas que la comercializan sino a la agroindustria. En los últimos años, el país ha reportado cosechas récord de caña de azúcar, lo cual conlleva uno de los principales consumos de agua del país. Ser un país productivo y garantizar agua para todos es lo que se debe discutir en el marco de la ley de agua. Los salvadoreños que no tienen acceso al líquido lo demandan. El agua debe ser de todos.

Las pifias de la Asamblea

Los diputados de la Asamblea Legislativa son los únicos que han logrado desviar un poco la atención del mundial de fútbol. Lo han hecho a punta de pifias que no han caído en gracia a nadie. Ni siquiera a los más optimistas y críticos de lo que llaman la “antipolítica”.

Una cadena de desaciertos que los hace hundirse aún más. Es verdad, en El Salvador, el fútbol nacional y la política parecieran ir emparentados en los últimos tiempos. Porque de tanto en tanto, la gente puede mostrar algún mínimo grado de ilusión, pero todo ha terminado en debacle.

Más aún con el triste episodio de los amaños de partidos en la selección y con los desmanes federativos, que solo ilustran que el fútbol, como la política, se vive bajo los conceptos de que todo se puede negociar –incluso la dignidad–, el tráfico de influencias y la poca transparencia.

Así, los diputados recién electos para la legislatura 2018-2021 han tenido un arranque para el olvido. El mismo presidente del congreso, Norman Quijano, cometió el “desliz” de afirmar públicamente que invertir en un nuevo edificio legislativo era necesario, por las fallas estructurales que tiene el edificio donde se sesiona en la actualidad. Algo que al instante indignó a muchos, en un país donde el déficit habitacional (hay, todavía, bastantes hogares con piso de tierra, entre otras carencias) aún es alto y los graves problemas de infraestructura en escuelas y hospitales son ampliamente conocidos. El Hospital Nacional Rosales –cuyo armazón de láminas traídas desde Europa a estas alturas debería de ser museo– solo fue el símbolo de la desazón. Sin duda, fue un gol en propia puerta de Quijano. Que después se trató de matizar, pero el daño estaba hecho.

La gente no se había recuperado de la polémica del edificio legislativo cuando cayó otro baldazo de agua fría: el diputado Velásquez Parker aseguró que el salario por ocupar una curul es demasiado bajo. Algo ridículo y mezquino si se compara con el salario mínimo vigente en el país. Pero hubo quienes salieron a defenderlo esgrimiendo argumentos como que un profesional con un puesto ejecutivo en la empresa privada puede ganar más del doble de lo que recibe cada mes un diputado. Como si la gente debiera buscar una carrera legislativa en el afán de enriquecerse. “Voy a llegar a servir y no a servirme”, repiten hasta la saciedad cuando están en campaña electoral. Algo que queda en el olvido cuando recién asumen.

Pero la última “jugada” que nos llega desde la Asamblea tampoco es de pasar por alto. Y es que la bancada del FMLN va a contratar como asesores a exdiputados que no resultaron electos para la legislatura 2018-2021. Todo, según dicen, para “capitalizar la experiencia” que han adquirido después de tantos años en el pleno. Una afrenta a la voluntad popular –expresada desde su mismo voto duro– que exige una renovación en la bancada. Como si a un jugador lo expulsaran de un partido y, obstinado, le llevara la contraria al árbitro y quiera seguir en el campo. La dirigencia del Frente sigue jugando bajo sus reglas, lo que ha llevado al partido a quedar relegado a un tercer lugar en intención de voto, según las últimas encuestas.
El fútbol y la política se han convertido en un negocio. Cada cuatro años, el mundial parece robarse todas las miradas (los medios asumen que a todos les gusta el fútbol). Pero en El Salvador, el “show” parece venir desde el salón azul. Y no han podido tener peor arranque para el periodo 2018-2021. Después de la campaña electoral, en pocas semanas han quedado retratados como lo que en realidad son.

Una generación dormida

El cañal centroamericano está ardiendo y somos testigos a quemarropa. De hecho, el fuego ya llega a la puerta de nuestra casa. Las llamas de Nicaragua han sido las últimas en encenderse, algo que pocos pensaban posible en el corto plazo. Todos los países que nos rodean –Guatemala, Honduras y ahora la Nicaragua de Daniel Ortega– han vivido revueltas sociales en los últimos años. Cada uno por diferentes motivos pero siempre teniendo como protagonista a la sociedad civil. Unos se cansaron de la corrupción, otros marcharon contra el fraude electoral y los últimos, los nicaragüenses, por unas reformas al sistema de pensiones que afectaban a la población. El Salvador, rodeado y expectante, se limita a mirar el incendio de los vecinos.

Impávido y sin ofuscarse como una Suiza pobre de nueva era. Y en realidad, no hay mucho que nos distinga de los tres países centroamericanos en cuestión. Somos amplios conocedores del combustible que ha alimentado su enojo. En el caso de Nicaragua, la chispa inicial fueron protestas aisladas de universitarios contra la negligencia de las autoridades por frenar el incendio en la reserva biológica Indio Maíz, al sudeste del país (algo que ocurre en El Salvador todos los años cuando más de 5,000 hectáreas de los pocos bosques que quedan se consumen ante la indolencia de las autoridades). Pero lo que detonó las manifestaciones masivas fue la reforma previsional que reduciría las pensiones en 5 % y aumentaba las contribuciones para rescatar al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social. Un tema del que también conocemos bastante tras un cambio mucho más radical en el sistema de pensiones del país.

Ninguna de esas dos encrucijadas ha llevado a los salvadoreños a las calles. Ni saber que los recursos naturales se nos acaban –la protección al ambiente nunca ha sido un tema popular en el país– ni que la última “reforma” a los ahorros previsionales no conlleva cambios sustanciales, y que, al momento de jubilarse, muchos hombres y mujeres –la gran mayoría de nosotros– que han trabajado toda su vida recibirán pensiones de hambre. Tampoco la corrupción que ha puesto en la mira de la Fiscalía a tres expresidentes. Ni la inseguridad ciudadana que afecta prácticamente todos los ámbitos de la cotidianidad. Razones sobran para salir a las calles a protestar, pero la indignación ya no carbura en El Salvador.

Hay quienes sostienen que aun es un efecto de la guerra civil. Que la gente quedó harta de la virulencia de la década del ochenta. Y con la firma de los Acuerdos de Paz, cansado, el país se fue a dormir. Un letargo que ya lleva más de 25 años (más que la dictadura de Hernández Martínez), y del que solo se despertó, momentáneamente, para oponerse a la privatización de la salud. Después de eso, estos años han sido tiempo suficiente para que sacaran el colón de circulación, se derrocharan millones en proyectos fracasados como la represa El Chaparral o el puerto La Unión, se privatizara el sistema previsional, se apostara solo por la represión para frenar al crimen, entre tantas otras medidas erradas de los gobiernos de turno.

De seguro nos juzgarán. En los libros de historia que se escribirán de aquí en 100 años, registrarán a esta como una generación dormida, indolente. Ojalá consignen que, aunque la gente no protestaba como en los vecinos centroamericanos, si se quejaban en las redes sociales. Que relean nuestros “post” y los rescaten del vacío de las redes sociales, como los historiadores de ahora buscan noticias en los periódicos del siglo XIX. Que lean nuestra indignación con cada caso que retrata el horror de la violencia o la inequidad de nuestra sociedad. Eso es lo único –lo poco– que estamos dejando hasta nuestro despertar.

Nuestro propio día cero

Parecen esperar el momento justo. Como si una cuadrilla de especialistas esperara el instante preciso para cortar el agua. Debe de ser cuando la gente menos lo espera, la sorpresa siempre es importante, y más se necesite. Como en vacaciones, cuando la mayoría de las personas están en sus casas y utilizan más de este recurso. La Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) tiene años haciéndolo y ya es experta. La última fue en esta Semana Santa, cuando varias zonas de la capital se quedaron sin abastecimiento debido a una reparación en “la línea de impelencia de 48 pulgadas de diámetro en Ayutuxtepeque y que abastece a amplias áreas del Gran San Salvador”. Después viene el anuncio sobre el restablecimiento del servicio, que si dice que será en “las próximas 24 horas”, usualmente significa el doble o incluso más tiempo.

La ANDA es una historia aparte en el imaginario colectivo salvadoreño. Demonizada por muchos y odiada por la mayoría, está asociada a la penitencia de bañarse con agua de pila o del barril; con que después de un corte de varios días, el agua venga turbia; o con cobros, muchas veces irreales, que hasta llevaron a la popularidad a una vendedora del mercado de Apopa que se viralizó en internet por insultar su mal servicio. En 2017, la ANDA fue la institución más demandada por los salvadoreños en la Defensoría del Consumidor (el 46 % de las denuncias interpuestas en el año fueron contra la autónoma), y de la cual se recuperó la cantidad de $732,263 a favor de las personas consumidoras que presentaron su reclamo.

Las quejas son abundantes y las protestas cada vez más comunes. Como los cierres de calles exigiendo un mejor servicio o la de un joven que fue a “bañarse” frente a la presidencia de ANDA, en la exclusiva colonia San Benito, y que se quedó sin agua para quitarse el jabón. Pero posterior al enojo y la molestia provocada por la falta del servicio, poco se exige para el largo plazo. Una administración mucho más transparente, eficiente y con un mayor compromiso con la población. Algo de lo que ha carecido a pesar de los discursos cada vez que se inaugura un nuevo chorro en una comunidad. El actual gobierno ha reconocido demasiado tarde que las cosas no van bien en la ANDA, un problema que viene de décadas, y decidió cambiar a su presidente. Pero el limitado margen de maniobra que tiene Felipe Rivas, quien asume el rumbo de la autónoma, le juega en contra.

Ante este panorama y ya inmersos en la carrera presidencial de 2019, es de exigir que los candidatos tengan propuestas específicas para solucionar los problemas que atañen a la ANDA, incluidas las inversiones necesarias para mejorar el servicio, y lo relacionado al acceso al agua en el país. Menos mensajes motivacionales y más de soluciones plausibles. Lo mismo para los diputados de la Asamblea Legislativa que están por asumir su período, quienes se deben comprometer de entrada en aprobar una urgente ley de agua que proteja los recursos hídricos de todo el país, y que legisle que el agua no se convierta en una mercancía más sino en un derecho universal.

Según las mismas estadísticas del Gobierno, alrededor de 1.5 millones de personas no poseen acceso por tuberías a este recurso en sus hogares. Y no solo hay que enfrentar este déficit histórico y que ha marcado a El Salvador, sino que superar el contexto mundial del calentamiento global y los períodos de sequías más prolongadas. Hoy comienza abril de 2018, mes que han marcado para que ocurra el día cero en ciudad del Cabo, Sudáfrica. Una urbe completa racionalizando hasta la última gota de agua de la poca que tiene a su disposición.