El fútbol ya no es el de antes

El domingo 14 de septiembre de 1997 me enganché para siempre al fútbol. Ese día, mi papá me llevó –cinco horas antes que iniciara el partido– a ver a la selección salvadoreña comandada por el serbio Milovan Ðoric. Era la eliminatoria para el mundial de Francia 1998 y, a mis recién cumplidos 10 años, era todo un acontecimiento. No sabía mucho del deporte, pero la tarde fue una fiesta de principio a fin. Una goleada sobre Canadá que mantenía vivas las esperanzas de asistir a la copa del mundo. Y con uno de los estandartes anotando el primer gol de aquel juego: Nildeson Silva de Mello, “Nenei”.

El brasileño naturalizado salvadoreño hizo pedazos a la defensa canadiense. Dejándolos en velocidad, enganchando, en el desmarque. Era talento innato. Aquella tarde sobre el césped del Cuscatlán, con el cabello teñido de azul y blanco como un guiño a su desparpajo, “Nenei” parecía incontrolable para los defensores. Algo así era también afuera de la cancha para el entrenador de la selección. Milovan y “Nenei” habían tenido varios cortocircuitos por asuntos disciplinarios. El serbio encarnaba la seriedad y el respeto a las normas, De Mello era la picardía y la creatividad absoluta con la que se etiquetó al fútbol latinoamericano.

Romper un sistema con un regate. Dos formas de ver el juego. Por supuesto que no fuimos al mundial de Francia, donde los anfitriones se quedarían con el título liderados por Zidane y Thierry Henry. De eso ya pasaron 20 años, pero es una postal que se repitió hace una semana con un nuevo título del equipo francés. Ahora, con otra generación de futbolistas. Francia vuela alto en el fútbol mundial. Ha jugado tres finales –la mitad– de los seis últimos mundiales. Con su segundo trofeo, muchos parecen querer restarle mérito porque en su plantel hay una mayoría de jugadores de ascendencia africana. Una cuestión ridícula y racista. Lo que sí remarca el triunfo francés es el éxito del Instituto Nacional de Fútbol Clairefontaine y otras 11 academias de élite en todo el país, un sistema supervisado por la Federación Francesa de Fútbol (FFF).

No solo se trata de talento innato ni corpulencia física, sino de jugadores con un proceso de formación, rigurosos entrenamientos y normas. El academicismo sobre la generación espontánea. Eso hace que el fútbol latinoamericano parezca cada vez más lejos del pináculo de un mundial. Eliminados antes de lo acostumbrado. El fútbol ya no es el de antes en el que muchas veces bastaba la genialidad. El juego lo ganan los que tienen las mejores academias. Thierry Henry y Kylian Mbappé son solo dos generaciones que pasaron por Clairefontaine. Disertando en sus clases sobre filología romana y lo que ocurría en la arena del coliseo, el escritor Rafael Rodríguez Díaz nos decía que los futbolistas de la actualidad eran como los gladiadores. “Muchos los ven como modelos, quieren ser como ellos”, sostenía. Era 2007 y en las calles de la ciudad abundaban las camisetas de Ronaldinho.

El brasileño quizá fue de los últimos herederos de la magia que identificó al fútbol de América Latina por décadas. Porque incluso Lionel Messi, la última gran esperanza argentina, ya fue educado por los catalanes de La Masía, el centro de formación del barcelonismo. Lo escribió Leonardo Faccio en su libro sobre el jugador: “Messi es la habilidad desfachatada del potrero argentino contenida por el rigor académico del F. C. Barcelona. El crack que nació en un país hecho por líderes caudillos hubiese tenido otro destino sin la crianza de un club que apostó por la democratización de la pelota. Entre delanteros que defienden y defensas que atacan”.

Al final, el estilo de Milovan Ðoric, que volvió a Serbia y trabajó con las divisiones inferiores de su país, se ha impuesto.

El agua no es de todos

No hay que engañarse. Hace tiempo que el agua en el país dejó de ser “de todos” y se ha convertido en un privilegio. Ahora, el acceso al líquido marca una profunda división social al igual que el acceso a servicios de salud de calidad o a la seguridad. No se ha necesitado privatizar el agua –ni la salud– para que esta sea un negocio, ante la mirada indolente y cómplice del Estado.

En ese gran marco de inequidad, en el que más de un millón de salvadoreños aún no cuenta con agua potable en sus hogares, se discute una ley de agua. Un proyecto que ha caldeado los ánimos de la gente y los primeros ya han salido a las calles a protestar. Esto por lo que se considera un intento de la derecha por privatizar el recurso. Aunque, en realidad, lo que hay en el país es una privatización fáctica del agua. Al menos para una buena parte de la población así lo es.

El agua es un lujo. Para las familias más pobres lo ha sido desde hace décadas. Privadas de un servicio de agua potable y de un saneamiento adecuado, han vivido una pesadilla que ahora el resto de la sociedad teme que se vuelva algo generalizado. Y solo porque se ha comenzado a plantear como un problema que puede afectar a todos los estratos sociales es que se le ha dado más atención al tema.

Pero muchas familias tienen años de comprar barriles de agua para vivir. Encareciendo aún más su precaria situación. Solo un ejemplo: en el cantón El Coyolito, de La Unión, nunca han tenido acceso al agua potable. Sus pozos se secan en los meses sin lluvias y tienen que comprar toda el agua que consumen: la que beben y usan para los quehaceres domésticos. Se la compran a un vecino de otro cantón que ha descubierto un nacimiento en su patio y comercializa el líquido. Así, sin ninguna autoridad visible, el agua es una mercancía más en las desérticas afueras de La Unión.

El caso de esta comunidad no es aislado ni único, sino que se multiplica en los demás departamentos del país. LA PRENSA GRÁFICA publicó hace unos días cómo desde ranchos privados sacan agua a discreción del lago de Coatepeque para comercializarla. Pero no solo ahí. El marcado consumo de agua envasada en el área urbana es otra muestra de una privatización de facto del líquido. Comprar agua era algo impensado en el tiempo de nuestros abuelos, hace apenas tres generaciones. Sin embargo, ha pasado lo mismo que en el ámbito de la salud. El sector público brinda un servicio tan malo que los que pueden pagar prefieren lo privado. Incluso las instituciones del Estado, que así como contratan seguros médicos para sus empleados compran agua embotellada para sus oficinas. De nuevo, el acceso al agua de calidad se determina por el poder de compra.

Y en el centro de todo está la incompetencia de ANDA. La Asociación Salvadoreña de Industrias de Agua Envasada (ASIAGUA) lo tiene claro cuando refuta uno de los “mitos sobre el agua embotellada” que cree la población: “El problema no es que no exista suficiente agua para suplir la demanda de la población y la industria, el problema es que ANDA no es capaz de abastecer lo requerido debido al mal estado de sus cañerías y equipos de bombeo; por lo que, si las industrias desaparecieran, aun así seguirías sin el servicio de agua potable”, apunta un afiche en su página oficial.

La discusión de la ley de agua no se puede trivializar. Tampoco se puede caer en la simpleza de asegurar que es una cortina de humo. Es un tema vital. Legislar sobre el agua es legislar tanto a los consumidores como a los poderosos. No solo a las empresas que la comercializan sino a la agroindustria. En los últimos años, el país ha reportado cosechas récord de caña de azúcar, lo cual conlleva uno de los principales consumos de agua del país. Ser un país productivo y garantizar agua para todos es lo que se debe discutir en el marco de la ley de agua. Los salvadoreños que no tienen acceso al líquido lo demandan. El agua debe ser de todos.

Las pifias de la Asamblea

Los diputados de la Asamblea Legislativa son los únicos que han logrado desviar un poco la atención del mundial de fútbol. Lo han hecho a punta de pifias que no han caído en gracia a nadie. Ni siquiera a los más optimistas y críticos de lo que llaman la “antipolítica”.

Una cadena de desaciertos que los hace hundirse aún más. Es verdad, en El Salvador, el fútbol nacional y la política parecieran ir emparentados en los últimos tiempos. Porque de tanto en tanto, la gente puede mostrar algún mínimo grado de ilusión, pero todo ha terminado en debacle.

Más aún con el triste episodio de los amaños de partidos en la selección y con los desmanes federativos, que solo ilustran que el fútbol, como la política, se vive bajo los conceptos de que todo se puede negociar –incluso la dignidad–, el tráfico de influencias y la poca transparencia.

Así, los diputados recién electos para la legislatura 2018-2021 han tenido un arranque para el olvido. El mismo presidente del congreso, Norman Quijano, cometió el “desliz” de afirmar públicamente que invertir en un nuevo edificio legislativo era necesario, por las fallas estructurales que tiene el edificio donde se sesiona en la actualidad. Algo que al instante indignó a muchos, en un país donde el déficit habitacional (hay, todavía, bastantes hogares con piso de tierra, entre otras carencias) aún es alto y los graves problemas de infraestructura en escuelas y hospitales son ampliamente conocidos. El Hospital Nacional Rosales –cuyo armazón de láminas traídas desde Europa a estas alturas debería de ser museo– solo fue el símbolo de la desazón. Sin duda, fue un gol en propia puerta de Quijano. Que después se trató de matizar, pero el daño estaba hecho.

La gente no se había recuperado de la polémica del edificio legislativo cuando cayó otro baldazo de agua fría: el diputado Velásquez Parker aseguró que el salario por ocupar una curul es demasiado bajo. Algo ridículo y mezquino si se compara con el salario mínimo vigente en el país. Pero hubo quienes salieron a defenderlo esgrimiendo argumentos como que un profesional con un puesto ejecutivo en la empresa privada puede ganar más del doble de lo que recibe cada mes un diputado. Como si la gente debiera buscar una carrera legislativa en el afán de enriquecerse. “Voy a llegar a servir y no a servirme”, repiten hasta la saciedad cuando están en campaña electoral. Algo que queda en el olvido cuando recién asumen.

Pero la última “jugada” que nos llega desde la Asamblea tampoco es de pasar por alto. Y es que la bancada del FMLN va a contratar como asesores a exdiputados que no resultaron electos para la legislatura 2018-2021. Todo, según dicen, para “capitalizar la experiencia” que han adquirido después de tantos años en el pleno. Una afrenta a la voluntad popular –expresada desde su mismo voto duro– que exige una renovación en la bancada. Como si a un jugador lo expulsaran de un partido y, obstinado, le llevara la contraria al árbitro y quiera seguir en el campo. La dirigencia del Frente sigue jugando bajo sus reglas, lo que ha llevado al partido a quedar relegado a un tercer lugar en intención de voto, según las últimas encuestas.
El fútbol y la política se han convertido en un negocio. Cada cuatro años, el mundial parece robarse todas las miradas (los medios asumen que a todos les gusta el fútbol). Pero en El Salvador, el “show” parece venir desde el salón azul. Y no han podido tener peor arranque para el periodo 2018-2021. Después de la campaña electoral, en pocas semanas han quedado retratados como lo que en realidad son.

Una generación dormida

El cañal centroamericano está ardiendo y somos testigos a quemarropa. De hecho, el fuego ya llega a la puerta de nuestra casa. Las llamas de Nicaragua han sido las últimas en encenderse, algo que pocos pensaban posible en el corto plazo. Todos los países que nos rodean –Guatemala, Honduras y ahora la Nicaragua de Daniel Ortega– han vivido revueltas sociales en los últimos años. Cada uno por diferentes motivos pero siempre teniendo como protagonista a la sociedad civil. Unos se cansaron de la corrupción, otros marcharon contra el fraude electoral y los últimos, los nicaragüenses, por unas reformas al sistema de pensiones que afectaban a la población. El Salvador, rodeado y expectante, se limita a mirar el incendio de los vecinos.

Impávido y sin ofuscarse como una Suiza pobre de nueva era. Y en realidad, no hay mucho que nos distinga de los tres países centroamericanos en cuestión. Somos amplios conocedores del combustible que ha alimentado su enojo. En el caso de Nicaragua, la chispa inicial fueron protestas aisladas de universitarios contra la negligencia de las autoridades por frenar el incendio en la reserva biológica Indio Maíz, al sudeste del país (algo que ocurre en El Salvador todos los años cuando más de 5,000 hectáreas de los pocos bosques que quedan se consumen ante la indolencia de las autoridades). Pero lo que detonó las manifestaciones masivas fue la reforma previsional que reduciría las pensiones en 5 % y aumentaba las contribuciones para rescatar al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social. Un tema del que también conocemos bastante tras un cambio mucho más radical en el sistema de pensiones del país.

Ninguna de esas dos encrucijadas ha llevado a los salvadoreños a las calles. Ni saber que los recursos naturales se nos acaban –la protección al ambiente nunca ha sido un tema popular en el país– ni que la última “reforma” a los ahorros previsionales no conlleva cambios sustanciales, y que, al momento de jubilarse, muchos hombres y mujeres –la gran mayoría de nosotros– que han trabajado toda su vida recibirán pensiones de hambre. Tampoco la corrupción que ha puesto en la mira de la Fiscalía a tres expresidentes. Ni la inseguridad ciudadana que afecta prácticamente todos los ámbitos de la cotidianidad. Razones sobran para salir a las calles a protestar, pero la indignación ya no carbura en El Salvador.

Hay quienes sostienen que aun es un efecto de la guerra civil. Que la gente quedó harta de la virulencia de la década del ochenta. Y con la firma de los Acuerdos de Paz, cansado, el país se fue a dormir. Un letargo que ya lleva más de 25 años (más que la dictadura de Hernández Martínez), y del que solo se despertó, momentáneamente, para oponerse a la privatización de la salud. Después de eso, estos años han sido tiempo suficiente para que sacaran el colón de circulación, se derrocharan millones en proyectos fracasados como la represa El Chaparral o el puerto La Unión, se privatizara el sistema previsional, se apostara solo por la represión para frenar al crimen, entre tantas otras medidas erradas de los gobiernos de turno.

De seguro nos juzgarán. En los libros de historia que se escribirán de aquí en 100 años, registrarán a esta como una generación dormida, indolente. Ojalá consignen que, aunque la gente no protestaba como en los vecinos centroamericanos, si se quejaban en las redes sociales. Que relean nuestros “post” y los rescaten del vacío de las redes sociales, como los historiadores de ahora buscan noticias en los periódicos del siglo XIX. Que lean nuestra indignación con cada caso que retrata el horror de la violencia o la inequidad de nuestra sociedad. Eso es lo único –lo poco– que estamos dejando hasta nuestro despertar.

Nuestro propio día cero

Parecen esperar el momento justo. Como si una cuadrilla de especialistas esperara el instante preciso para cortar el agua. Debe de ser cuando la gente menos lo espera, la sorpresa siempre es importante, y más se necesite. Como en vacaciones, cuando la mayoría de las personas están en sus casas y utilizan más de este recurso. La Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) tiene años haciéndolo y ya es experta. La última fue en esta Semana Santa, cuando varias zonas de la capital se quedaron sin abastecimiento debido a una reparación en “la línea de impelencia de 48 pulgadas de diámetro en Ayutuxtepeque y que abastece a amplias áreas del Gran San Salvador”. Después viene el anuncio sobre el restablecimiento del servicio, que si dice que será en “las próximas 24 horas”, usualmente significa el doble o incluso más tiempo.

La ANDA es una historia aparte en el imaginario colectivo salvadoreño. Demonizada por muchos y odiada por la mayoría, está asociada a la penitencia de bañarse con agua de pila o del barril; con que después de un corte de varios días, el agua venga turbia; o con cobros, muchas veces irreales, que hasta llevaron a la popularidad a una vendedora del mercado de Apopa que se viralizó en internet por insultar su mal servicio. En 2017, la ANDA fue la institución más demandada por los salvadoreños en la Defensoría del Consumidor (el 46 % de las denuncias interpuestas en el año fueron contra la autónoma), y de la cual se recuperó la cantidad de $732,263 a favor de las personas consumidoras que presentaron su reclamo.

Las quejas son abundantes y las protestas cada vez más comunes. Como los cierres de calles exigiendo un mejor servicio o la de un joven que fue a “bañarse” frente a la presidencia de ANDA, en la exclusiva colonia San Benito, y que se quedó sin agua para quitarse el jabón. Pero posterior al enojo y la molestia provocada por la falta del servicio, poco se exige para el largo plazo. Una administración mucho más transparente, eficiente y con un mayor compromiso con la población. Algo de lo que ha carecido a pesar de los discursos cada vez que se inaugura un nuevo chorro en una comunidad. El actual gobierno ha reconocido demasiado tarde que las cosas no van bien en la ANDA, un problema que viene de décadas, y decidió cambiar a su presidente. Pero el limitado margen de maniobra que tiene Felipe Rivas, quien asume el rumbo de la autónoma, le juega en contra.

Ante este panorama y ya inmersos en la carrera presidencial de 2019, es de exigir que los candidatos tengan propuestas específicas para solucionar los problemas que atañen a la ANDA, incluidas las inversiones necesarias para mejorar el servicio, y lo relacionado al acceso al agua en el país. Menos mensajes motivacionales y más de soluciones plausibles. Lo mismo para los diputados de la Asamblea Legislativa que están por asumir su período, quienes se deben comprometer de entrada en aprobar una urgente ley de agua que proteja los recursos hídricos de todo el país, y que legisle que el agua no se convierta en una mercancía más sino en un derecho universal.

Según las mismas estadísticas del Gobierno, alrededor de 1.5 millones de personas no poseen acceso por tuberías a este recurso en sus hogares. Y no solo hay que enfrentar este déficit histórico y que ha marcado a El Salvador, sino que superar el contexto mundial del calentamiento global y los períodos de sequías más prolongadas. Hoy comienza abril de 2018, mes que han marcado para que ocurra el día cero en ciudad del Cabo, Sudáfrica. Una urbe completa racionalizando hasta la última gota de agua de la poca que tiene a su disposición.

Una calle sin salida

No importa cuándo lea esto. Puede ser cualquier día de la semana. No importa el partido político que haya triunfado en las elecciones ni el resultado del Barcelona o el Real Madrid. En realidad, parece ser inevitable para quienes viven en el área del Gran San Salvador. Sépalo: la próxima vez que arranque su carro o aborde un bus lo más seguro es que, después de avanzar un poco, se tope con una trabazón. Algo que aceleradamente se está convirtiendo en parte de la cotidianidad capitalina. Carros y más carros que parecen copar hasta el último callejón. Todos ansiosos por pasar primero que los demás. Todos los días desayunando, almorzando y cenando tráfico. Sin importar lo que suceda durante la jornada.

Antes los días de peor trabazón eran las quincenas de pago, el fin de mes, las “horas pico”. Ahora parece ser casi todo el tiempo y hay horas de la mañana en las que la ciudad se vuelve intransitable. Un lento avanzar entre pitazos y cafres que, sin seguir la línea de carros, quieren meterse adelante. Ralentizando aún más el lento flujo vehicular. Gasto de gasolina, gasto de tiempo y energía. Cada quien ha respondido a su modo a esta crisis de ciudad que embarga a tantas ciudades del mundo. Los que tienen el poder adquisitivo suficiente tienen una salida individualista y se han comprado un carro. Vehículos chocados en Estados Unidos, reparados aquí, y que taquean cada vez más las principales arterias de la ciudad. Nadie parece frenar esa importación masiva que puede representar un colapso mayor. En El Salvador hay alrededor de 1.5 millones de automóviles, de los que poco menos de la mitad se concentran en el Gran San Salvador.

Otros han resuelto comprar motocicletas para sortear el tráfico. Esquivando la trabazón por los carriles auxiliares, al lado de los carros, trayendo más anarquía en calles donde, de por sí, no se respetan las leyes de tránsito. Algunos hasta han perdido la vida por su imprudencia. Y el Gobierno también ha ideado su respuesta al caos con la construcción de más pasos a desnivel, más ampliaciones de carreteras. Calles que son como los tentáculos de un pulpo que se extienden por todos los rumbos. Solo en las obras que ha edificado en el Rancho Navarra tiene una inversión de más de $21 millones. Dinero que se pudo invertir para mejorar la infraestructura de escuelas públicas se usó en ese hoyo enorme que busca ser una válvula de escape a una de las zonas más agobiadas por el tráfico en el Gran San Salvador. El Estado construye y construye como queriendo equiparar el flujo interminable de vehículos, pero, a la fecha, solo crea nuevos escenarios para la trabazón, como el paso de tres niveles en el redondel de Naciones Unidas o el paso bajo la estatua de Alberto Masferrer en la colonia Escalón. Nada parece ser suficiente.

Y buscar la solución al problema es como estar dando vueltas varias veces en el mismo redondel. De alguna forma todos sabemos la salida, pero no se hace: mejorar el deplorable transporte público. Es tan elemental y ya suena hasta inverosímil. Como si solo fuera paja. Esta es una ciudad en donde rutas completas de autobuses, en lugar de modernizarse, van desmejorando. Como la 101-D, que antes tenía de las mejores unidades en la ciudad y ahora renueva su flota con buses viejos y desvencijados. Esta solo es una ruta entre tantas. Algo que parece tener sin cuidado a las autoridades ni a los políticos, que se sienten tan a gusto negociando con las mafias del transporte en la Asamblea Legislativa y el Viceministerio de Transporte. Entonces más gente busca comprar una moto o endeudarse con algún banco por un carro.

¿Por qué cuesta tanto encontrar la salida al tráfico? Porque no hay una solución individual a un problema colectivo. En lugar de exigir un mejor transporte público nos hemos dado por vencidos, y cada quien ha buscado su propia respuesta, que en realidad va agravando el caos. Las autoridades no van a mejorar el transporte colectivo porque va en contra de sus intereses; si no, hace rato lo hubieran hecho. Debe ser una exigencia ciudadana de primer orden para mejorar el caótico transitar por el Gran San Salvador. Exigir más orden en todo sentido. Hasta entonces, todas las arterias de la ciudad parecerán una calle sin salida.

Carnaval de fantasía

En las calles del país de los “tristes más tristes del mundo” han colocado un montón de vallas con rostros sonrientes. Y pocos aquí entienden su felicidad. Son decenas y decenas de caras achinando los ojos, enseñando los dientes. Algunos son jóvenes y de piel blanca y lisa, otros quisieran serlo. Y sonreír aquí parece una cruel ironía, una burla. Son las caras de los candidatos a diputados de las próximas elecciones legislativas. El ejército de sonrisas impostadas que amargan las calles del país. Porque el voto por rostro es un avance del sistema electoral, pero no significa mejores campañas. De eso ya nos dimos cuenta a pocas semanas de las elecciones del próximo 4 de marzo.

Cuando la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) falló en 2012 para que los salvadoreños pudieran decidir la conformación de la Asamblea Legislativa, con la posibilidad de votar por el rostro del candidato de su preferencia, nunca se imaginaron la clase de campaña política que se venía. Una campaña tan superficial y frívola que parece distanciar aún más a los partidos de la población, si eso es posible. No es que se tenga el mejor historial de plataformas políticas del mundo, en un país que ha sabido de frases trilladas y propuestas inverosímiles, pero ahora, increíblemente y contra cualquier pronóstico, todo parece haberse reducido más a la apariencia. Al “look” y al candidato que contrate al mejor profesional en Photoshop.

Sí, suena ridículo pero es lo que tenemos. Es más fácil maquillar una cara que idear una propuesta sólida y coherente. Al menos para nuestra clase política. Como en las fiestas patronales de un pueblo, todos luchan por verse bien durante el baile. En esa escala, vale más un rostro conocido de una ex Miss El Salvador o un periodista de televisión que una verdadera plataforma para hacer algo distinto. Cada quien ha ido a lo suyo: el FMLN ha tratado de rejuvenecer a su vieja guardia, ARENA le ha abierto las puertas a gente de la TV, al PCN han llegado rostros conocidos. Las propuestas, ahora más que nunca, han quedado en un tercer plano. Y si las hay, están enfocadas en el trabajo que los partidos tuvieron que hacer hace mucho y por el cual han perdido la confianza de la gente.

Pero hay algo más: todos parecen estar esforzándose por verse jóvenes y sin arrugas. Esa impostada juventud puede ser tipificada como el primer engaño a los votantes. Cuando es obvio que ser joven no implica ser moderno ni querer cambiar la situación del país. Hay muchos jóvenes que tienen un pensamiento tan retrógrado como las generaciones que los precedieron. O hay gente de mayor edad que tiene ideas más disruptivas para transformar las desigualdades sociales y en ingresos económicos que tienen sometida a la mayor parte de la población. Un ejemplo de afuera, pero válido, es el estadounidense Bernie Sanders, quien propone un mayor estado de bienestar en la tierra de las jornadas laborales sin límites.

Para la mayoría que busca una reelección en su escaño, la campaña de cara sonriente sería hasta innecesaria si trabajaran con una mayor intensidad, si salieran más y se reunieran periódicamente para rendir cuentas a los votantes de cada departamento. Si los nuevos candidatos a diputados hicieran una lectura adecuada del momento que vivimos y lo que exige la población se ahorrarían los lentes sin prescripción médica, delantales con su rostro o los calendarios de bolsillo. Hay otras formas de darse a conocer. Y por supuesto, todos nos ahorraríamos tener que lidiar con una campaña política que se ha convertido en un carnaval de fantasía.

En las calles del país de los “tristes más tristes del mundo” han colocado un montón de afiches con rostros sonrientes. ¿Por qué molesta tanto verlos? En su afán de lucir “guapos” no responden al clamor popular que exige respuestas a los graves problemas del país. No basta decir que se va a invertir más en educación y en salud –algo evidente–, sino cómo se va a realizar esta inversión con un presupuesto restrictivo y cuáles serán sus énfasis. La cara sonriente de los candidatos parece más una broma. Y quizá molesta tanto porque todos asumen que la política es sucia pero no tan burlista.

El Salvador se extraña en el paladar

Mi hermana Laura vive en un pequeño pueblo costero en Chile. Enclavado en la bahía de Concepción, es un poblado con casitas en los cerros, un malecón visitado esporádicamente por lobos marinos y que se mantiene con un clima frío por una niebla marina que llaman “camanchaca”; una gélida bruma que parece ser el aliento del mar helado. El pueblo de Tomé está cerca del barco –ahora convertido en museo– Huáscar, que batalló en la guerra del Pacífico, y su costa fue recorrida por el científico inglés Charles Darwin en 1835, unas semanas después del terremoto de 8.5 grados en la escala de Richter que desoló el sur de Chile. En medio de su viaje por toda Suramérica, Darwin apuntó la destrucción de un tsunami, posterior al sismo, que arrasó con todo lo construido en aquel entonces en la bahía. Algo similar a lo sucedido en 2010 después del terremoto y tsunami que volvió a afectar el área. Pero a casi ocho años, el pueblo luce recuperado. Sus playas son un refugio para la gente que quiere tomar el sol y veranear hasta el atardecer a las 9 de la noche.

No hay muchos salvadoreños o centroamericanos en Tomé. De hecho, mi hermana no ha conocido a ninguno desde que llegó a vivir al pueblo. Así que mucho menos hay restaurantes salvadoreños ni pupuserías. Lo más cercano son un par de establecimientos mexicanos. Ella no reniega de las apetecibles empanadas de mariscos ni del pastel de jaiba que cocinan los chilenos, pero, como miles de compatriotas, extraña la sazón de la comida salvadoreña. Una nostalgia exacerbada durante las festividades del fin de año en la que no solo nos dedicamos a comer chumpe o gallina india, tamales, panes con pollo (y un largo etcétera), sino que hablar de comida en las vísperas y a seguir comiendo en los días intermedios y posteriores. Para muchos es algo innegociable y la identidad salvadoreña se forja al momento de servir la mesa. De qué otra forma se explica un empuje tan importante como el de la industria de productos nostálgicos que exporta horchata, loroco, jocotes congelados o flor de izote a Estados Unidos y otras partes del mundo.

Esa nostalgia por los sabores que no ha pasado desapercibida y que ya tiene reconocimiento como que las pupusas sean incluidas entre las mejores comidas callejeras en Nueva York por distintos especialistas y festivales. Y en las fiestas, no solo se trata del sabor sino de la sazón que cada familia da a los platillos. Recetas familiares que pasan por generaciones y que forjan los recuerdos de cualquiera. Hace un año, en la cena de Navidad, vi a un amigo centroamericano llorar tras probar gallina india por primera vez después de más de una década de vivir en los Estados Unidos. Mi hermana me dijo, la noche del 24, que añora toda la comida de El Salvador después de casi 10 años de no vivir en el país. Desde el sabor que dan los condimentos más elementales, el chile o el sabor único del loroco.

Aunque no todos los viven igual. Por ejemplo, un amigo que vive en Breslavia, al oeste de Polonia –un lugar donde tampoco hay muchos salvadoreños–, me dijo una vez, mientras comíamos una extraña mezcla de huevo crudo y pepinillo, que nunca ha extrañado las pupusas ni nada salvadoreño. Y la nostalgia por la comida resulta un poco incomprensible para los que siempre hemos vivimos en El Salvador y tenemos el sabor criollo al alcance de la mano. Pero para muchos de los que han dejado el país es una incansable búsqueda por probar algo, aunque sea remotamente, parecido a lo hecho en casa. Rebuscarse por harina de maíz en los supermercados, sazonadores e ingredientes equivalentes a los que llevan nuestros platillos es una insistencia inagotable por recordar El Salvador que no se agota con el tiempo ni la temporada. Después de las fiestas de fin de año, ya se comienza a sentir el olor a las torrejas y al pescado envuelto en huevo de la Semana Santa

Honduras en el espejo

Honduras es un caos. En uno de los momentos más álgidos de su historia nacional ha habido saqueos, muertos, toques de queda, marchas, una “huelga” policial y, en el centro de todo, la sombra de un posible y bochornoso fraude electoral. La situación evoluciona cada hora, y con los días, una tensa calma parece cubrir el país, solo esperando, de pronto, la irrupción de una nueva ola violenta. De este lado de la frontera, la situación parece un cuadro con pinceladas del pasado reciente. El Salvador de la década del setenta con los resultados electorales en los que nadie creían, fuerzas represivas y con el clamor popular que inundaba las calles. Un país al que muchos ya solo conocimos en libros y en los recuerdos juveniles de nuestros padres. Quizás por eso el caso hondureño ha calado hondo. Además, que somos parte de la triada trágica de países que conforman Guatemala, El Salvador y Honduras. De alguna forma nos hermana la tragedia y tantísimos sinsabores. Es como verse en un espejo y distinguir los rasgos que comparte una misma familia.

Pero me gusta pensar que El Salvador ya superó la etapa de los fraudes electorales. Al menos en lo que respecta al estricto conteo de los votos. Costó mucha sangre inocente y la vida de miles de personas –de distintas ideologías– que murieron defendiendo lo que consideraban era lo mejor para el país. Es un legado que tiene un valor trascendental y al que no todos en las nuevas generaciones saben dar su dimensión. Por eso ha sido nefasto saber que los dos principales partidos políticos del país han negociado con las pandillas a cambio de votos, corrompiendo un sistema que nos les pertenece y que tanto ha costado construir, pese a sus deficiencias. Negociar con grupos criminales a cambio de votos es escupir en la cara de los votantes y de quienes combatieron en una guerra fratricida. Son capaces de todo por ganarse el botín que representa el Estado. Al final de cuentas, pareciera que todo se puede negociar, incluso la vida de los ciudadanos. En realidad, ellos creen que son los dueños de El Salvador. Se sienten demasiado cómodos en un bipartidismo que creen eterno y que propicia la más absoluta mediocridad en la administración del Estado.

Con ese desprestigio afrontan un nuevo proceso electoral el próximo año. En distintas circunstancias, los tres países del Triángulo Norte de Centroamérica comparten la crisis en sus partidos políticos. Con Guatemala y sus partidos que, en la gran mayoría, solo duran una carrera presidencial, y un presidente que fue de los primeros en felicitar a Juan Orlando Hernández por su “triunfo”. Al hondureño, al igual que en el caso de El Salvador, también se le acusó de comprar votos en las primeras elección presidenciales en las que participó y fue electo. Ya en el cargo, supo leer la crisis en los partidos políticos de su país y comenzó a construir una estrategia comunicacional totalmente centrada en su persona. Que incluyó un ejército de “troles” agradeciéndole cada acción que su gobierno realizaba en cualquier ámbito. Juan Orlando Hernández se creyó el elegido. Y su ambición parece haber llevado a su país al abismo.

Los movimientos construidos alrededor de una persona son tan dañinos como los partidos políticos de los que tratan ser solución. Deben ser fiscalizados –como todos los demás partidos– para entender sus contrapesos y aliados. Después de todo, en la política moderna, los intereses pesan más que cualquier ideología. Ya hemos vivido dos gobiernos que se catalogan como de “izquierda” (aún arengan a la gente como en los ochenta) pero han realizado administraciones más cercanas a la derecha. Las transformaciones que tanto se necesitan no las puede hacer una persona, sino que un grupo de ciudadanos con una visión más integral. Construyendo partidos sólidos y mucho más transparentes. Cuesta mucho. No hay soluciones fáciles. En este país nunca las ha habido.

El buen periodismo prevalece

Hay pocas cosas que he querido más en la vida que al periodismo. Fue con lo que soñé desde las aulas de la universidad. Y durante los seis años que lo ejercí a tiempo completo fui feliz. Cada día con la esperanza de interpretar una milésima parte del laberinto de injusticia que llamamos sociedad salvadoreña. Los que lo han practicado saben que es adictivo y que no cualquiera lo entiende. En especial por una jornada laboral extendida, la disponibilidad en emergencias o porque uno vive totalmente inmerso en el trabajo. Pero a cambio te puede dar más. Si se hace bien, se trata de escuchar a otros. En un mundo en el que todos parecen luchar porque su voz se escuche más y que llegue más lejos –algunos incluso ahogando a otros–, es una profesión que conlleva sentarse y escuchar distintas maneras de ver las cosas. Cuestionar y seguir. Siempre seguir. En una batalla constante contra el tiempo.

Es una profesión que ha tardado en cimentarse en este país. Después de todo, no hace mucho que la primera generación de periodistas académicos sustituyó a los empíricos que venían desde antes de la guerra civil. Pero en un abrir y cerrar de ojos, casi tan veloz e inesperado como el flash de una cámara, el paradigma volvió a cambiar. Todo por una nueva era de información con un alcance nunca antes visto. En El Salvador, más que del acceso al internet en general, ha venido de la mano de la telefonía y las redes sociales. De los memes y de llevar una noticia en constante desarrollo al alcance de los dedos. La posibilidad de estar informado o pensar estarlo. Tan radical, sin esperas ni intermediarios, navegando en un océano de basura, curiosidades o exageraciones. En medio de todo, el periodismo en una balsa con tiburones al acecho. Es una de las profesiones que están teniendo más cambios radicales.

Es más, esta es una era que puede crear la falsa ilusión de que el periodismo ya no es útil o que cualquiera puede hacerlo. Solo basta con tener mucho tiempo libre o pagar a alguien para que produzca cualquier tipo de información o desinformación. Noticias falsas de periodistas falsos –o sin ética. Algo que ya pasó a finales del siglo XIX, cuando los medios impresos estaban en su apogeo en Estados Unidos y los periódicos de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer entraron en una disputa por lectores, dando origen al periodismo amarillista. Inventaban historias solo para llamar la atención. Algo que parecen estar haciendo miles en las redes sociales y medios que han nacido en el entorno digital. Desde esas fuentes, es un regreso al periodismo más primitivo y elemental.

Pero la práctica, como todas las demás carreras y ámbitos profesionales, se configura con base en el mercado. A las necesidades de los consumidores de información. Para nadie es un secreto el revés de ingresos que han tenido los grandes medios de comunicación en todo el mundo. Algo que ha implicado recortes de personal, de productos y la precariedad de condiciones laborales. Ante este panorama, ¿cómo cambia el rol del periodista? Los grandes medios crecieron porque suplían la urgencia de la gente de saber lo que acontecía. Antes el problema era tener información, ahora es que hay demasiada. Uno tiene que buscar y buscar para encontrar algo con rigor y que valga la pena.

El periodista, más que nunca, debe aportar análisis y hacer notas que permitan interpretar la realidad. Elaborar investigaciones profundas que den luz sobre los problemas que más atañen a la sociedad. Es una fórmula vieja pero muchas veces parece olvidada. Ahora con el agregado que se deben utilizar los formatos que han popularizado las redes y tener cada vez más conocimientos de la informática. ¿Qué pasó después de la guerra entre Hearst y Pulitzer? Prevaleció el buen periodismo. El que se centra en lo social, el contraste de fuentes y la rigurosidad de los datos. El que busca fortalecer el tejido social y mostrar a la gente que son parte de una colectividad en donde los problemas de uno afectan a otros. Ir en contra de la cultura individualista de hoy en día. Al final de cuentas, el buen periodismo prevalece.