¡Vamos a ver “Criaturas”!

“Odio a mis hijos y soy una mujer normal”. “Son criaturas celestiales”. “Que se aprovechan”. “Y te torturan”. Tres madres en terapia se alternan las frases. Se desahogan. Disfrutan compartiendo quejas y problemas de sus hijos. Se disputan el turno para decir cosas políticamente incorrectas sobre ellos. Se rebelan en contra de sus vidas de madres perfectas. Insultan. Se exaltan. Derriban mitos. Hasta que llega el final de la terapia y cada una vuelve a su vida de madre intachable que exige la sociedad.

Aquí estoy en una sala de la UCA, viendo uno de los 20 ensayos que ha realizado el grupo de teatro Moby Dick para poner nuevamente en escena una de mis obras preferidas: “Criaturas”. He llegado a la hora en que los pericos regresan a sus árboles y encuentro a las actrices que integran el elenco, sudorosas, escuchando atentas las indicaciones de su director, Santiago Nogales.

Durante el ensayo contengo la risa para tomar nota y poder contarles en esta columna por qué tienen que ver “Criaturas” el próximo 24 de junio. Hace 12 años, mi madre y yo la vimos en el Teatro Poma y aún hacemos bromas sobre algunos de los parlamentos que se nos quedaron grabados para siempre. Para nosotras se convirtió en una obra entrañable, perfecta para compartir los tropiezos entre padres e hijos.

La obra no solo aborda las locuras que decimos y hacemos los padres en nuestro intento por hacerlo “bien”, también incluye el punto de vista de los hijos que tratan de seguir el paso, a veces errático, a veces incomprensible, de sus padres. Dinora Cañénguez lo resume en una frase: “Tan raros pueden resultar los hijos a sus padres como los padres a sus hijos”.

Ante lo espinoso que puede resultar el tema en una sociedad que santifica el rol de las madres, Santiago Nogales se pregunta: “¿Quién no tiene necesidad de autosincerarse? ¿Quién no ha estado de malas con su hijo o hija? ¿Qué es esto que todos somos madres y padres perfectos? Además, forma parte de la esencia de ser niño conseguir que sus padres se enerven”. En este sentido, Rosario Ríos agrega que la obra: “Es una crítica a todo lo que no queremos que hubiese para los niños”.

Mercy Flores recuerda que invitó a sus amigas a ver la primera presentación, al salir todas le decían: “¡Mira, esto ha sido una catarsis! ¡Yo ya me he sentido así!” Sin embargo, aclara que para Moby Dick lo más importante “es reírse con inteligencia para cambiar esquemas”.
Pero el nuevo montaje de “Criaturas” no solo pretende cambiar esquemas entre padres e hijos, los fondos que genere la obra serán utilizados para presentar en el Teatro Poma “Bandada de pájaros”, un drama escrito por Jorgelina Cerritos que pone en escena una de las tragedias más actuales que vivimos en el país: los desaparecidos.

Así es como se vive en los países del Triángulo Norte, ensayando entre risas y golpes. Eso explica por qué la presentación de una comedia inteligente como “Criaturas” va a hacer posible que exista una obra sobre desaparecidos. A mi juicio, una de las metáforas que mejor retrata las condiciones creativas en las que funcionan nuestras sociedades. No hay caos que nos hunda ni risas tontas que nos engañen.

Me reconforta saber que en medio de las tensiones y el desencanto, Moby Dick crea, se renueva y trabaja duro para espabilar nuestro ánimo con irreverencia, humor y ese sarcasmo exquisito que lo caracteriza.

La cita es el sábado 24 de junio a las 7 de la noche en el Centro Español. Si quiere divertirse y aportar al nacimiento de una nueva obra, vaya a comprar su entrada ya. Como dice Santiago Nogales, “la mejor terapia es ir al teatro con tu chico y reírte un rato de las estupideces que has cometido, estas cometiendo o puede ser que cometas cuando seas padre”. ¡No se va a arrepentir!

Antonia Navarro, la mujer del presente

“1889. Mucha gente en la ciudad estaba pendiente de la llegada del 20 de septiembre. Incluso el presidente de la república hizo un espacio en su agenda para celebrar la fecha. En los días previos, los periódicos habían comentado la defensa de una tesis doctoral acerca de la luna de las mieses que tendría lugar ese día en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional. Aunque el fenómeno ya había sido descrito en varios textos de astronomía que corrían en manos de los estudiantes de aquella época, este trabajo demostraba que no era observable en El Salvador. El hecho no solo era importante porque se oponía a la mayor parte de escritos en el extranjero, sino porque su defensora, Antonia Navarro, era la primera salvadoreña en obtener un grado universitario en el país y la primera mujer en graduarse como ingeniera en toda Iberoamérica”.

Como el tráiler de una película que nadie quiere perderse, así arranca “Mujeres en público”, una investigación académica que su autora, Olga Vásquez, y la reconocida escritora salvadoreña, Claudia Hernández, convirtieron en un libro con características literarias. Después de este arranque es imposible no querer saber más sobre la historia de Antonia Navarro y las salvadoreñas del siglo XIX que lucharon por salir de la casa, por entrar a la universidad, por leer muchos libros y tener el placer de saborear una vida llena de preguntas.

Juan José Tamayo, teólogo y filósofo de la Universidad Carlos III de Madrid, explica en el prólogo que este libro profundiza en el debate sobre la educación de las mujeres que se dio durante un breve pero intenso período de la historia de El Salvador, que abarca de 1871 a 1889, en el cual intelectuales, políticos y ciudadanos discutieron sobre el acceso de las mujeres a la educación.

Para Olga Vásquez, doctora en Filosofía Iberoamericana y profesora universitaria, el valor de su investigación radica en la posibilidad de revalidar la pregunta que los mandatarios liberales se hicieron en el siglo XIX durante el proceso de la construcción del Estado salvadoreño: ¿cuál debería ser el rol de las mujeres en la sociedad?

Mientras la corriente católica de la época se opuso a la formación de las mujeres y las limitó al ejercicio de las funciones maternas y educadoras de los hijos, la visión liberal apoyó la formación intelectual de las mujeres, para convertirlas en aliadas del progreso y en el pilar fundamental durante la transición de estado católico a estado laico.

Pero si en el siglo XIX los liberales salvadoreños apoyaban la decisión de apostar por la educación de las mujeres, ¿dónde nos perdimos? Esta es una de las preguntas más frecuentes que la autora debe responder y dice que el problema es que “los herederos de este planteamiento a lo largo de 200 años no hemos podido interpretar los nuevos tiempos y no hemos hecho nuevos planteamientos educativos. Los niveles de violencia y falta de cohesión nos hablan de una sociedad que no se entiende a sí misma”, afirma Vásquez.
Por esta razón, Olga Vásquez reitera la importancia de que la historia nacional proponga “modelos que nos inspiren”. Y sostiene que ser mujer es una desventaja “cuando no somos conscientes del bagaje que tenemos y de cómo hacer uso de él, a eso debería apuntar el proceso educativo en la familia y en la escuela”.

En estos tiempos en los que seguimos estancados discutiendo sobre si es pertinente la educación sexual en nuestras escuelas o si las mujeres deberían tener el derecho a decidir sobre su maternidad, me inspira un libro como “Mujeres en público”, porque no solo anima a hacer una relectura de la historia nacional para no repetir los errores del pasado, sino que también rescata del olvido la figura de Antonia Navarro, como un modelo de ciudadana salvadoreña para el presente. Gracias a Olga Vásquez y a Claudia Hernández por reescribir este período de nuestra historia y destacar el protagonismo de mujeres salvadoreñas inteligentes, independientes y educadas.