Antes de la tormenta

Lo conocí de niño. Siempre iba guapo, coqueto, sonriente. Era uno de los presentadores estrellas del programa infantil “Güerep”. En ese entonces, yo escribía sus guiones y lo vi repetir muchas veces nuestro eslogan “Saltando crecemos, jugando aprendemos”. Era fantástico frente a las cámaras. Un gran comunicador. Alguna vez se quedó a dormir en mi casa y jugaron hasta el amanecer con mi hijo. Eso fue hace más de 10 años y durante todo este tiempo he querido pensar que ese espacio efímero en la televisión había sido una especie de semilla que sembramos para cosechar mejores ciudadanos.

Sin embargo, la mañana del miércoles sentí de golpe un hueco infinito en el estómago y en mi corazón, el titular decía: “Pandilleros asesinaron anoche al hijo del periodista Henry Arana”. Era Darío. El niño que durante varios domingos preguntó y celebró junto a la rana Güerep su derecho a tener voz propia.

Todavía puedo escuchar los sollozos de su madre preguntando: “¿Qué hicieron con mi muñeco? ¿Por qué hacen eso a la gente buena?… Me partieron en dos. Nadie nos puede ayudar”. Tenía 22 años, solo uno más que mi hijo. Tenía una hija, una pareja, una hermana y un padre valiente que no se deja vencer por el cáncer. Todo eso y más era Darío. Pero la nota del día decía: “Según las autoridades, el martes finalizó con 23 homicidios, una de las víctimas de esta fatal jornada de asesinatos fue Darío”. Así de crudo, de fugaz, de escueto.
Lo absurdo es que murió en una ciudad militarizada. Desde el 18 de septiembre más de 50 vehículos blindados de la Fuerza Armada patrullan por las calles de San Salvador y el argumento del presidente de la república, Salvador Sánchez Cerén, ha sido que este despliegue militar es parte del plan de fortalecimiento de la seguridad y prevención.

Pero ¿desde cuándo la presencia de los militares en la calle ha hecho sentir más seguros a los salvadoreños? Podríamos preguntar a los familiares de desaparecidos, a quienes participaron en la marcha estudiantil el 30 de julio de 1975 o a los sobrevivientes del Mozote. La otra opción sería preguntárselo al presidente, quizá él tenga una mejor explicación para eso, quizá el pueda decirnos cómo ha cambiado su percepción del ejército desde sus días de joven revolucionario y guerrillero.

El caso es que Darío ahora está muerto y para mí su ausencia reitera la absurda presencia del ejército en al menos 25 puntos de la ciudad. Antes de su asesinato y con los militares ya apostados en cualquier esquina, había 108 familias, que en un lapso de cuatro días, perdieron a sus seres queridos y la cuenta no se detiene.

Casi sin parpadear las autoridades dijeron en conferencia de prensa que “las víctimas no estaban perfiladas como pandilleros, y que incluso, sus casos se salían del parámetro de edad de homicidios contra miembros de estas estructuras, que es entre 18 y 30 años”. Como siempre están en vías de investigación, y no para hacer justicia, sino más bien para corroborar cuántos de ellos tenían parentesco con pandilleros.

Lo que quiere decir que si estas personas tenían algún parentesco merecían morir y por lo tanto, el Estado salvadoreño no debe invertir más recursos en explicaciones.

Si hay algo peor que la violencia es nuestra indiferencia. Ese postergar, ese traspapelar, esa idea de que podemos avanzar mientras caminamos sobre de los muertos. Para mí la presencia de los militares en las calles es como volver a sentir ese viento que sopla fuerte, que desbarata y desordena todo lo que encuentra a su paso, que se lleva la esperanza, las semillas y los buenos augurios. Un viento que nos presagia el inicio de otra gran tormenta. ¿Qué más estamos esperando?

El país que se repite

En estos días es bien fácil olvidar que alguna vez aquí se firmó la paz. Será porque el olor a sangre y pólvora aún sigue presente en el aire que respiramos, en el camino a casa de los que nunca llegaron, en el duelo de los hogares donde hace falta un ser querido, en el nuevo listado de huérfanos, en los cientos de salvadoreños que abandonan sus hogares para salvar sus vidas, y como si todo esto no fuera suficiente, en las amenazas que todos los días leemos hacia cualquier ciudadano que opine o desee construir un país diferente del que ya conocemos.

No hace mucho tiempo, la razón para matarnos eran las opciones políticas y los ansiados cambios sociales que aún seguimos esperando. Esas dos grandes razones bastaron para justificar la muerte y la violencia. Y aunque pareciera una cosa del pasado, a la luz del presente, la firma de la paz solo la puedo interpretar como una breve tregua que sirvió como respiro para dar paso a esta nueva guerra que, al parecer, recibió como legado de la anterior la impunidad y el autoritarismo.

Como un retrato del tiempo, otra vez los policías se reúnen en las esquinas, ansiosos, desconfiados, alertas para no ser el número 24 en la lista de agentes asesinados por pandillas. Los jóvenes siguen siendo “los siempre sospechosos de todo”. El periodismo independiente denuncia por enésima vez la existencia de grupos de exterminio dentro de la institución más simbólica de los acuerdos. Cada quien saca la amenaza más sanguinaria que aprendió en la guerra y la exhibe en las redes sociales como parte del performance de la violencia. El vicepresidente de la república, Óscar Ortiz, propone “tocar madera para que no pase algo con un periodista” como garantía de vida. Los “malos” y los “buenos” se turnan los roles.

En esta constante evocación del pasado en el presente encontré tres episodios que deseo compartir: el primero es la amenaza que circuló en redes sociales dirigida a los colegas de la Revista Factum y el periódico digital El Faro: “Los tengo que ver como Christian Poveda, muertos en manos de sus protegidos”. El segundo es una asociación de hechos que posteó el fotoperiodista Francisco Campos a partir de las declaraciones realizadas por el vicepresidente de la república: “Me acordé cuando Duarte dijo: ‘Quieren un muerto en la calle’. Un par de días después asesinaron a Herbert Anaya Sanabria, de la Comisión de Derechos Humanos”. Y el tercero: una de las amenazas que recibió la historiadora Elena Salamanca a partir de un texto publicado en 2014 alusivo al Ejército en la calle y la construcción del enemigo: “Da gracias por vivir en 2000, porque de lo contrario, estarías en el playón”.

Estas tres evocaciones no son casuales. No haber cerrado por completo el capítulo de la guerra civil recién pasada ha dejado la puerta entreabierta para que el país se repita una y otra vez en su peor versión. Ese conflicto inconcluso, por un lado, ha condicionado el desarrollo –en todo el sentido de la palabra– por la incapacidad de las dos principales fuerzas políticas para alcanzar acuerdos, y por otro, ha puesto una vez más a la clase trabajadora en medio del fuego cruzado entre policías y pandilleros. Es como vivir en medio de dos guerras, pero de manera simultánea.

El Salvador se repite no solo en el tipo de conflictos que nos enfrentan como sociedad, sino que también en los métodos que adoptamos para superar esos conflictos. Se repite como un país sordo, inmune a la muerte, a la violencia, a la injusticia, a la tragedia.

A pesar del alto costo humano, como sociedad nos resistimos a escuchar al otro y a reflexionar sobre la necesidad de romper con este molde violento que tanto luto y dolor nos provoca. Como dice el editorial de El Faro, “la labor del periodismo es poner frente a la sociedad un espejo para que se conozca y comprenda, para que se evalúe y redefina”. Me queda claro que solo entonces, cuando decidamos vernos en ese espejo, podremos refundar un país diferente.

Mis 45

Contrario a lo que siempre se nos ha dicho a las mujeres, para mí decir públicamente que he llegado a los 45 años es motivo de orgullo, de reflexión sobre el camino recorrido, de renuncias y reafirmaciones, de restar importancia a la opinión de los demás y de ser cada vez más yo con naturalidad y con menos miedos.

Digo que es motivo de orgullo porque llegar a esta edad en un país que desde el nacimiento te prepara para recibir una patada en el trasero y te marca los caminos según el género, la clase social, el color de la piel y tus opciones políticas es un auténtico motivo de celebración.

Sobre todo si pienso en las mujeres centroamericanas que todos los días se convierten en una cifra más de feminicidio, condena por aborto, violación, mala praxis, pobreza, analfabetismo, trata, ruta del migrante y todas las formas de morir, física o espiritualmente que tenemos en la región.

Y aunque no me gustan los números impares, creo que cumplir 45 es un buen momento para reflexionar sobre el camino recorrido. Esa vida que empieza con el despertar de la guerra civil salvadoreña y el asesinato de nuestro arzobispo que ahora es beato, que transcurre en medio de la revolución que me enseñó a pensar en los demás como si se tratara de mi propia vida, en la firma de la paz que me puso a imaginar con ilusión el país que venía, hasta llegar al acontecimiento más reciente: la izquierda gana el poder y el sueño se convierte en pesadilla.

No hay otra manera de recorrer este camino si no es tomando decisiones que implican renuncias y reafirmaciones. Por eso renuncio a ser amable y cordial con quienes no creo que merezcan mi consideración, a reservarme mis puntos de vista solo para evitar la controversia, a dudar de mis capacidades frente a la prepotencia de los otros, a ser la madre que cocina galletas de chocolate porque ahora sé que no era importante, al matrimonio que olvida el cortejo y pierde el sentido del humor, a la gente incapaz de reírse a carcajadas o dejar su vida en la pista bailando cualquier canción, o peor aún, a los que te saludan solo si defiendes sus intereses o si consideran que les otorga prestigio conocerte. De todos ellos, líbrame Señor.

Renuncio a estar cerca de quienes se aprovechan de la debilidad de los demás para sentirse importantes y poderosos, de quienes no saben en qué país viven, de quienes menosprecian los poderes creadores y curativos del arte y la cultura, de quienes se jactan de conocer a los pobres para lucir justos, de la izquierda que se arropa en los sacrificios del pasado para justificar los abusos del presente. De todos ellos también, líbrame Señor.

Junto a mis renuncias, me reafirmo como la mujer fuerte, capaz de sobrevivir cualquier tempestad sin perder el rumbo que marca la dignidad, la justicia y la honestidad; me reafirmo como la madre que ama con locura a su único hijo, como la hija que siempre estará orgullosa de tener unos padres que se atrevieron a subvertir un orden perverso; como la periodista que no podría vivir sin voz propia y sin armar este rompecabezas de palabras que se llama texto, como la niña que no pude ser a plenitud y que todavía tiene ganas de jugar y reírse de tonterías, como la amiga que nunca olvida a quienes me han querido como soy, como la eterna entusiasta de sumarse a casi cualquier causa perdida.

Sí, me reafirmo como la militante convencida que sigue creyendo en que vale la pena construir un país diferente.

Llego a los 45 orgullosa y cómoda de decir públicamente todo lo que creo y lo que no creo. Si usted encuentra entre mis afirmaciones alguna coincidencia, en buena hora. Si por el contrario, no está de acuerdo conmigo, tenga por seguro que respetaré su punto de vista, pero no intente cambiar el mío, porque este es mi camino y esta soy yo, cada vez más natural y con menos miedos.

No es lo mismo un chucho salvadoreño que un perro suizo

Después de observar atentamente a los chuchos salvadoreños y a los perros suizos, tengo la hipótesis de que el comportamiento de estos animales es una réplica bastante clara de la calidad de vida y de los patrones culturales de cada país.

Los perros en Suiza gozan del estatus de animales de “compañía” en todo el sentido de la palabra. Sus dueños salen a pasear con ellos como quien sale con su mejor amigo o amiga. Conversan con ellos, los lucen limpios y sanos, ambos se cuidan de cumplir con todas las reglas de convivencia ciudadana… En fin todo hace armonía con el aire puro, el agua potable fresca, los parques de película y los jardines de revista que hay en todo el país.

Está comprobado que salir a dar un paseo con un perro en Ginebra aumenta las posibilidades de establecer una comunicación espontánea con otras personas en la calle. Los perros están presentes en la señalización de la ciudad y ocupan un lugar importante dentro de las familias suizas.

A diferencia del respeto y el reconocimiento que tienen los perros en la sociedad suiza, en El Salvador, los chuchos no son animales de compañía, son “compañeros” de penurias, de trabajo, de peligros y especialmente, de sobrevivencia.

Decenas de chuchos de todos los colores y estaturas recorren las calles de El Salvador en la rebusca de comida y de un lugar dónde dormir un poco y tomar agua, para seguir en la lucha. Con una oreja mordida, la cola quebrada o patojeando demuestran que están dispuestos a todo en un país en el que lo único que funciona es la ley del más fuerte.

Para ellos el destino está escrito, sin casa, sin comida y sin educación deberán sortear muchos peligros para seguir vivos. En El Salvador es común atropellar un perro sin interrumpir el viaje. Nadie se detiene, nadie se conmueve porque en El Salvador el valor de la vida es bastante cuestionable.

Pero ¿qué pasa cuando un chucho salvadoreño que migra a Suiza? El chucho migrante debe tener toda su cartilla de vacunas en orden. Antes de viajar un veterinario local tendrá que insertar en su piel un microchip de 15 dígitos compatible con los sistemas de lectura vigentes en Suiza. Las virtudes de ese sistema es que no se puede falsificar y describe la talla, la edad y la salud del perro. Entre las ventajas de este microchip es que permite rastrear perros extraviados, robados o que tienen un comportamiento difícil.

Al llegar al aeropuerto de Ginebra el chucho será escaneado para verificar sus datos y será necesario volverlo a vacunar. Cumplidos estos requisitos, el chucho salvadoreño podrá presumir de un pasaporte para animales de compañía, todo rojo con una crucita blanca.

Una vez en Suiza, los dueños deberán aprobar un examen teórico y otro práctico que consisten en demostrar que el dueño del perro conoce las reglas para vivir en sociedad con su mascota.

En el examen teórico (costo: $150) los instructores exponen el reglamento vigente en Suiza y cuáles son las responsabilidades del dueño. Por ejemplo, para salir a dar un paseo, los perros tienen que portar un collar y una marca oficial de control con sus datos (nombre, dirección del propietario, teléfono).

Para el examen práctico, la Alcaldía de Ginebra sugiere un listado de personas que imparten el curso y cobran diferentes tarifas que superan los $100.

En Suiza las reglas son claras y hay que cumplirlas. Para mantener un país de película hay que pagar muchos impuestos, pensar en el bien común y respetar los acuerdos. A cambio, los ciudadanos y los animales de compañía pueden disfrutar de una alta calidad de vida, en una ciudad limpia, ordenada, segura, en donde el respeto al otro, de todas las formas posibles, es la base indispensable para vivir en sociedad. En El Salvador ocurre todo lo contrario.

Por estas razones sostengo que no es lo mismo un chucho salvadoreño que un perro suizo, porque cada uno representa una réplica bastante clara de la calidad de vida y de los patrones culturales de sus respectivos países.

*Texto publicado en la revista digital Contracultura el 24 de junio de 2013.

¡Vamos a ver “Criaturas”!

“Odio a mis hijos y soy una mujer normal”. “Son criaturas celestiales”. “Que se aprovechan”. “Y te torturan”. Tres madres en terapia se alternan las frases. Se desahogan. Disfrutan compartiendo quejas y problemas de sus hijos. Se disputan el turno para decir cosas políticamente incorrectas sobre ellos. Se rebelan en contra de sus vidas de madres perfectas. Insultan. Se exaltan. Derriban mitos. Hasta que llega el final de la terapia y cada una vuelve a su vida de madre intachable que exige la sociedad.

Aquí estoy en una sala de la UCA, viendo uno de los 20 ensayos que ha realizado el grupo de teatro Moby Dick para poner nuevamente en escena una de mis obras preferidas: “Criaturas”. He llegado a la hora en que los pericos regresan a sus árboles y encuentro a las actrices que integran el elenco, sudorosas, escuchando atentas las indicaciones de su director, Santiago Nogales.

Durante el ensayo contengo la risa para tomar nota y poder contarles en esta columna por qué tienen que ver “Criaturas” el próximo 24 de junio. Hace 12 años, mi madre y yo la vimos en el Teatro Poma y aún hacemos bromas sobre algunos de los parlamentos que se nos quedaron grabados para siempre. Para nosotras se convirtió en una obra entrañable, perfecta para compartir los tropiezos entre padres e hijos.

La obra no solo aborda las locuras que decimos y hacemos los padres en nuestro intento por hacerlo “bien”, también incluye el punto de vista de los hijos que tratan de seguir el paso, a veces errático, a veces incomprensible, de sus padres. Dinora Cañénguez lo resume en una frase: “Tan raros pueden resultar los hijos a sus padres como los padres a sus hijos”.

Ante lo espinoso que puede resultar el tema en una sociedad que santifica el rol de las madres, Santiago Nogales se pregunta: “¿Quién no tiene necesidad de autosincerarse? ¿Quién no ha estado de malas con su hijo o hija? ¿Qué es esto que todos somos madres y padres perfectos? Además, forma parte de la esencia de ser niño conseguir que sus padres se enerven”. En este sentido, Rosario Ríos agrega que la obra: “Es una crítica a todo lo que no queremos que hubiese para los niños”.

Mercy Flores recuerda que invitó a sus amigas a ver la primera presentación, al salir todas le decían: “¡Mira, esto ha sido una catarsis! ¡Yo ya me he sentido así!” Sin embargo, aclara que para Moby Dick lo más importante “es reírse con inteligencia para cambiar esquemas”.
Pero el nuevo montaje de “Criaturas” no solo pretende cambiar esquemas entre padres e hijos, los fondos que genere la obra serán utilizados para presentar en el Teatro Poma “Bandada de pájaros”, un drama escrito por Jorgelina Cerritos que pone en escena una de las tragedias más actuales que vivimos en el país: los desaparecidos.

Así es como se vive en los países del Triángulo Norte, ensayando entre risas y golpes. Eso explica por qué la presentación de una comedia inteligente como “Criaturas” va a hacer posible que exista una obra sobre desaparecidos. A mi juicio, una de las metáforas que mejor retrata las condiciones creativas en las que funcionan nuestras sociedades. No hay caos que nos hunda ni risas tontas que nos engañen.

Me reconforta saber que en medio de las tensiones y el desencanto, Moby Dick crea, se renueva y trabaja duro para espabilar nuestro ánimo con irreverencia, humor y ese sarcasmo exquisito que lo caracteriza.

La cita es el sábado 24 de junio a las 7 de la noche en el Centro Español. Si quiere divertirse y aportar al nacimiento de una nueva obra, vaya a comprar su entrada ya. Como dice Santiago Nogales, “la mejor terapia es ir al teatro con tu chico y reírte un rato de las estupideces que has cometido, estas cometiendo o puede ser que cometas cuando seas padre”. ¡No se va a arrepentir!

Antonia Navarro, la mujer del presente

“1889. Mucha gente en la ciudad estaba pendiente de la llegada del 20 de septiembre. Incluso el presidente de la república hizo un espacio en su agenda para celebrar la fecha. En los días previos, los periódicos habían comentado la defensa de una tesis doctoral acerca de la luna de las mieses que tendría lugar ese día en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional. Aunque el fenómeno ya había sido descrito en varios textos de astronomía que corrían en manos de los estudiantes de aquella época, este trabajo demostraba que no era observable en El Salvador. El hecho no solo era importante porque se oponía a la mayor parte de escritos en el extranjero, sino porque su defensora, Antonia Navarro, era la primera salvadoreña en obtener un grado universitario en el país y la primera mujer en graduarse como ingeniera en toda Iberoamérica”.

Como el tráiler de una película que nadie quiere perderse, así arranca “Mujeres en público”, una investigación académica que su autora, Olga Vásquez, y la reconocida escritora salvadoreña, Claudia Hernández, convirtieron en un libro con características literarias. Después de este arranque es imposible no querer saber más sobre la historia de Antonia Navarro y las salvadoreñas del siglo XIX que lucharon por salir de la casa, por entrar a la universidad, por leer muchos libros y tener el placer de saborear una vida llena de preguntas.

Juan José Tamayo, teólogo y filósofo de la Universidad Carlos III de Madrid, explica en el prólogo que este libro profundiza en el debate sobre la educación de las mujeres que se dio durante un breve pero intenso período de la historia de El Salvador, que abarca de 1871 a 1889, en el cual intelectuales, políticos y ciudadanos discutieron sobre el acceso de las mujeres a la educación.

Para Olga Vásquez, doctora en Filosofía Iberoamericana y profesora universitaria, el valor de su investigación radica en la posibilidad de revalidar la pregunta que los mandatarios liberales se hicieron en el siglo XIX durante el proceso de la construcción del Estado salvadoreño: ¿cuál debería ser el rol de las mujeres en la sociedad?

Mientras la corriente católica de la época se opuso a la formación de las mujeres y las limitó al ejercicio de las funciones maternas y educadoras de los hijos, la visión liberal apoyó la formación intelectual de las mujeres, para convertirlas en aliadas del progreso y en el pilar fundamental durante la transición de estado católico a estado laico.

Pero si en el siglo XIX los liberales salvadoreños apoyaban la decisión de apostar por la educación de las mujeres, ¿dónde nos perdimos? Esta es una de las preguntas más frecuentes que la autora debe responder y dice que el problema es que “los herederos de este planteamiento a lo largo de 200 años no hemos podido interpretar los nuevos tiempos y no hemos hecho nuevos planteamientos educativos. Los niveles de violencia y falta de cohesión nos hablan de una sociedad que no se entiende a sí misma”, afirma Vásquez.
Por esta razón, Olga Vásquez reitera la importancia de que la historia nacional proponga “modelos que nos inspiren”. Y sostiene que ser mujer es una desventaja “cuando no somos conscientes del bagaje que tenemos y de cómo hacer uso de él, a eso debería apuntar el proceso educativo en la familia y en la escuela”.

En estos tiempos en los que seguimos estancados discutiendo sobre si es pertinente la educación sexual en nuestras escuelas o si las mujeres deberían tener el derecho a decidir sobre su maternidad, me inspira un libro como “Mujeres en público”, porque no solo anima a hacer una relectura de la historia nacional para no repetir los errores del pasado, sino que también rescata del olvido la figura de Antonia Navarro, como un modelo de ciudadana salvadoreña para el presente. Gracias a Olga Vásquez y a Claudia Hernández por reescribir este período de nuestra historia y destacar el protagonismo de mujeres salvadoreñas inteligentes, independientes y educadas.