Saludo a la marcha

«He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos».

Antoine de Saint-Exupéry

Fue una noche, mientras jugábamos encima de la cama del pick up Toyota Hilux del 79 de mis padres, cuando escuchamos aquellos gritos. Nos miramos con miedo mientras lo oíamos gritar, desangrado, inflamado, reventado, con las ropas rasgadas. Se bamboleaba por la calle Rafael A. Gutiérrez, un poco por efecto del alcohol y otro tanto por la golpiza –y quién sabe qué más– que llevaba encima.

Gritaba como clamando por algún tipo de justicia, o por algún tipo de fuerza que le explicara por qué a él. La gente salía a verlo. Algunos le decían cosas en son de burla y otros, como nosotros, solo mirábamos callados. Todos ahí lo conocíamos y sabíamos que era incapaz de hacerle daño a alguien. Se llamaba David, aunque muy pocos lo recordarán por el que fue su nombre legal. Le gustaba que le dijeran Yeni.

A pesar de conocerlo y de verlo así, no lo auxiliamos. Dejamos pasar frente a nuestros ojos uno de los más terribles desfiles de dolor y angustia. Lo recuerdo como se perpetúan las memorias de la niñez, entre borrosas y reelaboradas, con la impronta del miedo y la angustia que me marcaron. Recuerdo buscar la mirada de mi hermano mayor, como intentando encontrar alguna respuesta, pero él –igual que yo– era tan solo un niño.

No dejo de preguntarme por lo profundamente desolado que se sintió David en ese momento ni por todas las veces en que debió sentirse así durante toda su vida. No dejo de preguntarme por el infortunio que le mandó a nacer en un tiempo y en una comunidad donde todo lo distinto era rechazado, violentado y objeto de burla. Nada nunca lo protegió. No hubo Estado, derecho ni democracia para él.

Sin embargo, tantos años después, escenas como esta de mi niñez continúan dándose con igual o mayor brutalidad en muchas comunidades de El Salvador. A pesar de que todos convivimos con personas LGBTI, de que todos conocemos a una, somos amigos de una, hay más de una en la escuela, en la familia y en la colonia, nos empeñamos en negarles. Les rechazamos, les ignoramos o nos burlamos de ellos.

Nos escudamos en nuestro derecho y en nuestra religión para excluirlos. Pero quizá debamos volver a leer el espíritu de nuestras leyes y los principios de nuestra fe para darnos cuenta de que, muy probablemente, hemos construido un mundo muy lejano a sus principios fundamentales y nos hemos perdido en formalismos y esquemas que nos vuelven sociedades miserables.

Debemos apelar a la más básica de las capacidades humanas: la empatía. Esa capacidad de abrir nuestro ser para comprender a los otros y reconocer que no todos somos iguales, que hay personas que son y deciden vivir distinto. Pero la diversidad en nuestro país, lastimosamente, aún huele a peligro.

Por eso saludo a la marcha que lucha y se pronuncia por el orgullo y por la diversidad para intentar que no volvamos a caminar avergonzados, entre la oscuridad, como esa noche en que caminamos con Yeni y todos aquellos que no hicimos nada por protegerla. Y voto porque esta democracia les proteja, incluya y dignifique como ciudadanos plenos.

Los demócratas no nacen

Las actuales situaciones políticas de Honduras y Nicaragua nos confirman que sus procesos democráticos agonizaban desde ya hace varios lustros. Se deterioraban entre pijamas capturadas a medianoche por las botas militares o se ahogaban entre whiskies que pactaban cárceles de impunidad y reelecciones indefinidas. Si nos persignamos demócratas, estamos obligados a pronunciarnos en estos días de oscurana tiránica que sufre Centroamérica. Y no solo hoy, que la reprimida es la juventud de Matagalpa, sino también antes, cuando la tormenta de lacrimógenos caía sobre la juventud en Tegucigalpa.
En El Salvador, nuestra desnutrida democracia se muere lentamente presa de una vacua y sobreactuada polarización política de posguerra. Incapaz de responder con sentido a miles de compatriotas que viven con menos de un dólar su día o que han llorado a sus muertos y sus migrantes. Tristemente, nuestro único proceso democrático en la historia también ha sido incapaz de parar el éxodo y el río de sangre y pobreza. Entre promesas electorales de manos duras y luchas contra la corrupción, ha estrellado contra cada próximo redondel la esperanza de miles de salvadoreños.
Por su parte, en Guatemala, los tejes y manejes políticos no están menos meneados que en los de sus vecinos. Sin embargo, el aroma a esperanza parece llegar un poco más cerca. Aunque no sin importantes retrancas y acuerdos-tapaderas que se oponen a que finalmente estas tierras Centroamericanas dejen de ser gobernadas por finqueros y pasemos a gobernarnos como ciudadanos libres, acercándonos cada vez más a esas formas que se deshacen sin contenido en los labios de muchos insignes miembros de nuestras élites políticas y económicas: democracia, Estado de derecho, Constitución.
La democracia no es una declaratoria. Son unas reglas de juego, pero también una cultura política que se vive, que se respeta, pero sobre todo que se aprende. Los demócratas no surgen de ninguna pila bautismal ni caen frondosos de tolerancia y respeto de ningún palo de aguacates. A ser demócrata se aprende. Y resulta que por acá casi nadie quiere invertir en formación política, en procesos, experiencias y espacios de largo plazo que nos permiten reproducir un bagaje de prácticas, sentidos e ideas que nos preparen para convivir democráticamente.
Mientras no echemos a andar procesos de formación política en las que ejercitemos actitudes básicas para convivir en democracia -como la de saber perder, como la de no aferrarnos al poder, la de saber disentir sin insultarse, entre otras–, no vamos a cosechar procesos democráticos duraderos y profundos. Mientras nos gobierne la ley de Herodes o la de Hidalgo, mientras no nos eduquemos sobre otras pautas, entonces seguiremos viendo libertarios y revolucionarios convertidos en dictadores a diestra y siniestra.
A pesar de esta nueva oscurana antidemocrática que vive Centroamérica, también es importante enfocarnos en lo positivo, por lo que aprovecho para felicitar a los jóvenes que participaron y a los que hacen su voluntariado en procesos de formación política como el de las Juventudes Socialdemócratas de El Salvador (JSD), movimiento político juvenil que durante 11 años viene aportando a la formación de liderazgos democráticos a través de su Escuela Centroamericana de Liderazgo Público (ECLIP), que el 26 de mayo recién pasado finalizó la formación de su séptima generación, en un esfuerzo de voluntariado y compromiso que comprende que la democracia y los demócratas no nacen. La democracia se hace

Ciudadanía digital para la paz

En El Salvador, cuando pensamos la seguridad pública solemos enfocarnos en su dimensión represiva. Sin duda es sumamente importante reprimir a quienes han transgredido nuestros valores más importantes como sociedad, pero también es verdad que deberíamos aspirar a más que solo castigar a los delincuentes, sino que a prevenir que estos se conviertan en tales, y a evitar, en la medida de lo posible, el hecho criminal y sus respectivas secuelas para las víctimas.

Ese énfasis represivo de la seguridad pública se encuentra íntimamente relacionado con la tendencia predominante de enfocarnos en los comportamientos y expresiones negativas de las juventudes del país, dando poca prioridad a aquellos jóvenes y agrupaciones juveniles que tienen vigencia positiva en el país y en sus comunidades.

Por otra parte, buena parte de la sociedad salvadoreña, principalmente las juventudes han adoptado aceleradamente las nuevas tecnologías como parte importante de su diario vivir. Lo hacen, principalmente, a través de su relación con los teléfonos celulares. A pesar de la centralidad adquirida por estas en la vida de las juventudes, hoy por hoy, las políticas públicas relacionadas con la juventud –y más específicamente las de prevención de la violencia juvenil– no incluyen de manera comprehensiva y coherente los aspectos relacionados con las tecnologías de la información y la comunicación.

En tal sentido, es de suma importancia la incorporación de las TIC a las políticas que van dirigidas a las juventudes y la seguridad pública en general; y la prevención de la violencia juvenil, en específico. Esta articulación con las TIC debe ser en sintonía con los estándares internacionales de protección de datos personales, el derecho a la privacidad y el derecho a la libertad de expresión, nunca en menoscabo de estos. No se trata de proponer una invasión masiva de la intimidad en pos de una seguridad que en muchas ocasiones resulta ficticia.

Se trata de unas políticas que aprovechen las TIC para estimular la cohesión social, la participación política y el acceso a la educación de las juventudes. Esto pasa por comprender la relación de las TIC y la prevención de la violencia juvenil como una inversión de mediano y largo plazo, generadora de un nuevo (ciber) espacio público en el que las juventudes se relacionen a través de reglas y valores más propios de una democracia fundamentada en sus derechos humanos.

En ese sentido, este próximo 17 de mayo se celebrará nuevamente el Día del Internet, un esfuerzo de la sociedad civil e iniciativa privada mayoritariamente, liderado por el ingeniero Lito Ibarra, que tendrá este año como tema central de reflexión: “Seamos buenos ciudadanos digitales”. Durante 10 años consecutivos han concurrido a esta celebración buena parte de los círculos profesionales, activistas, intelectuales y emprendedores ligados a las TIC del país, y en esta ocasión aprovecharán para tener un conversatorio de alto nivel con funcionarios de UNESCO sobre la prevención de la violencia juvenil a través de las TIC.

La celebración del Día del Internet se trata de un encuentro privilegiado, de una pausa necesaria para reflexionar sobre los impactos que el internet y las TIC en general tienen sobre la construcción política de nuestra nación, y sobre cómo aprovechar sus ventajas para la formación de unas nuevas generaciones con mayor capacidad de resolver sus conflictos a través de mecanismos no violentos y, por lo tanto, para construirnos una sociedad más próspera y pacífica.

¿Hemos perdido el combate contra las maras?

¿Hemos perdido el combate contra las maras? Es uno de los principales cuestionamientos que debemos hacernos si queremos abrir una discusión seria, que nos conduzca a resolver uno de los grandes problemas nacionales. Esa pregunta también es el nombre de un libro elaborado con el apoyo de la Fundación Ebert, que reúne el aporte académico de investigadores nacionales de diferentes disciplinas, que complejizan la mirada sobre el fenómeno de las pandillas, sin apresurarse a recetar soluciones, pero urgiendo a conocer mejor el fenómeno y evaluar críticamente las políticas públicas que han sido aplicadas.

El libro abre con un prólogo de Sabine Kurtenbach, investigadora del German Institute of Global and Area Studies, el cual brinda una contundente mirada externa sobre el fenómeno de las pandillas y la violencia en el país; luego dos artículos que revisan críticamente las políticas públicas y las legislaciones aplicadas al fenómeno desde 1994, a cargo de Verónica Reyna y Noemy Molina. Hasta ahora ninguna obra académica nacional había realizado una sistematización y evaluación tan completa sobre las respuestas brindadas desde las élites políticas para abordar el fenómeno.

Luego se incluyen dos artículos que analizan la forma en que los medios abordan el problema y los impactos del fenómeno pandilleril en lo mediático y cultural, considerando a los medios como actores sumamente relevantes para la compresión pública del fenómeno. El primer artículo revisa críticamente las narrativas periodísticas sobre las pandillas, producidas desde tres medios escritos salvadoreños durante 2015, a cargo de este servidor; el otro, analiza los impactos y la influencia de las pandillas en la cultura popular-masiva, a cargo de Willian Carballo. Ambos artículos tienen como orientador la necesidad de profundizar en los aspectos culturales del fenómeno.

El siguiente artículo estudia la dimensión económica de las pandillas, al profundizar sobre su viabilidad como organismos económicos, y también sobre la relación de su quehacer criminal con la economía de las comunidades y del país, a cargo de José Salguero. Después se presenta un análisis sobre la trascendencia política que ha tomado el fenómeno pandilleril en el país, bajo mi autoría; para cerrar con un artículo que analiza críticamente la conversión religiosa como forma de salida o desistencia de la vida pandilleril, a cargo de Carlos Iván Orellana.

Esa obra sugiere que es equivocado seguir pensando y actuando como si las pandillas son solo un problema de seguridad pública, también pensarlas como el único problema de violencia que tiene el país. Las pandillas no son ni el único actor violento ni la única problemática de violencia del país, y tampoco son solo un problema de seguridad o criminalística. Pero si es importante reconocer que se han convertido en el gran problema de violencia nacional.

El fenómeno pandilleril que vivimos en la actualidad se encuentra directamente asociado con los asuntos no incluidos en los Acuerdos de Paz, así como con los fracasos y las deudas de las políticas económicas y sociales aplicadas durante la posguerra. El nivel y complejidad de la violencia pandilleril actual también es resultado de las contraproducentes políticas de seguridad pública aplicadas hasta el momento, las cuales se han caracterizado principalmente por ser cortoplacistas, predominantemente represivas, pensadas en clave electoral, y, en muchos casos, contrarias con un Estado constitucional y democrático de derecho.

Sin duda, el fenómeno pandilleril es un problema político relacionado con profundos desequilibrios de autoridad estatal y de control territorial, así como con fuertes raíces culturales y económicas, el cual ya no puede ni podrá ser resuelto solo desde la política criminal. Por el contrario, seguir abordando el fenómeno solo desde su arista criminal nos hará seguir en una dinámica propia de Sísifo, alargando una especie de guerra, que ya duró una década más que la misma guerra civil de los ochentas.

De viejos y nuevos cuentos políticos

No cabe duda de que el país, como nunca antes luego de los Acuerdos de Paz, se encuentra ávido de nuevas narrativas políticas, las cuales resultan imprescindibles para la revitalización de nuestra aún incipiente pero ya reumática y famélica democracia.
Las narrativas políticas en la actualidad continúan profundamente determinadas por la televisión y sus formatos: espectacularidad, personalización y brevedad, entre otros. Y estos formatos a su vez son propicios para narrativas más centradas en un personaje (el candidato, el presidente) y menos relacionadas con la ideología, la institucionalidad y las propuestas. Propiciando así una fuerte personalización de las narrativas políticas.
Por su parte, el descrédito de los partidos políticos, la sensación de infructuosidad que generan sus debates en buena parte de la población, así como los lenguajes especializados o innecesariamente complicados por medio de los que se comunican los órganos e instituciones de Gobierno propician la exitosa irrupción de narrativas políticas altamente simplificantes de las complejas realidades sociales.
Estas narrativas suelen decantarse por la verosimilitud antes que por la solidez y fundamentación de las propuestas y los planteamientos políticos, haciendo más importante el nombre, el eslogan o la extravagancia misma de una propuesta, antes que el desarrollo de esta. En ese sentido, el vaciamiento programático de las campañas electorales es cada vez mayor, generando una oferta política con muchas historias y sonrisas pero con pocas ideas.
Al hablar de vaciamiento programático no me refiero una excesiva racionalización de las propuestas políticas, sino a narrativas que llamen a la interacción y al involucramiento ciudadano para una discusión política más permanente sobre sus problemáticas, es decir, una participación más consciente y constante, que vaya más allá del reducido acto de votar.
Tampoco se trata de plantear una falsa dicotomía entre movilizar las emociones o apelar a la razón, teniendo que apostar por una de ambas en la construcción de narrativas políticas. Al contrario, se trata precisamente de impregnarlas correctamente de ambas, pues una comunicación que no logra comprender ni movilizar el sentir ciudadano es estéril, pero también una narrativa vacía de contenido es alienante.
No es casual que al estudiar las campañas electorales de diferentes países nos encontremos con spots y lemas bastante similares, en algunas ocasiones rayando con el plagio. Esto es resultado de las mismas recetas de un reducido y costoso grupo de gurús del storytelling mundial, vendiendo una y otra vez la misma novela –muchas veces mala- con diferentes actores, pero usualmente efectiva para lograr los objetivos electorales.
El abuso del storytelling en las campañas electorales bien podría ser un nuevo recurso ideologizante, con tendencia a convertirse en envases carentes de ideas. No es su efectividad electoral la que se encuentra en tela de juicio, sino su aporte en la construcción de sociedades más democráticas, así como su capacidad de poner a la población en sintonía con la acción política y de brindarle un genuino sentido de pertenencia política.
Las nuevas narrativas políticas que surjan o deban surgir en el país deben cuestionar la vacuidad de las narrativas que actualmente dominan, y para ello deben ser concebidas y estudiadas más allá de la persuasión y la movilización electoral, entendiéndolas como procesos comunicativos por medio de los cuales se construye comunidad política, propiciando una relación más fluida, cercana y democrática entre los representantes y sus representados.
En ese sentido, los nuevos liderazgos políticos deben contribuir a la construcción de narrativas para la transformación social del país, superando la fórmula cortoplacista del storytelling que ha dominado los procesos políticos de la posguerra, cuyo principio y fin fueron siempre las próximas elecciones.
Si no lo hacen así, están condenados a ser nuevos personajes de viejos y apestados cuentos políticos. Si lo que pretenden es solo ser candidatos para llegar a un puesto, bastará con que nos cuenten uno de los siempre infalibles cuentos de vaqueros. Pero si lo que quieren es dejar un legado, entonces es importante comenzar a escribir nuevos relatos, usando el ejemplo como su principal metáfora y tinta.

Ser valientes, dejar de matarnos

“Antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas”
Confucio

Desde el lanzamiento del plan Mano Dura en 2003, el esquema de enfrentamiento directo adoptado por el Estado contra las pandillas ha escalado hasta convertirse en una suerte de guerra contra estas. No solo las diferentes administraciones del Ejecutivo y varias legislaturas han entrado en esa lógica; la Sala de lo Constitucional también se sumó en 2015 con una sentencia que puso la cereza a la narrativa de una solución policíaco-militar al fenómeno pandilleril, al declararlas como organizaciones terroristas.
Sin embargo, el tiempo ha demostrado que estos enfoques no han logrado los objetivos esperados, se han obtenido resultados sumamente limitados en cuanto a la reducción de estadísticas delictivas en general, y se han logrado efectos contraproducentes respecto al reclutamiento y avance territorial de las pandillas, y se ha pasado sumamente lejos de la construcción de comunidades mejor integradas y más seguras. Además, los daños colaterales de estas políticas se los han llevado las comunidades más pobres, los jóvenes y, finalmente, los mismos agentes policiales.
Estas políticas han sido sumamente efectivas para llevar al calabozo a miles de pandilleros e, incluso, asesinando a cientos de ellos, pero eso ni los ha hecho menos peligrosos ni los ha mermado. Este –ya histórico– fracaso hace necesario transitar hacia enfoques que busquen antes que la eliminación o el encarcelamiento de criminales, la rehabilitación de aquellas comunidades en las que las pandillas se han convertido en una especie de Estado paralelo en el diario vivir de sus habitantes. Debe girarse hacia políticas que busquen incluir a esas comunidades que han estado históricamente excluidas de las dinámicas positivas del Estado y del mercado, y superar el fetiche electorero en que los políticos han convertido a las pandillas.
Sin duda, nuevas formas de abordaje deberán contemplar el diálogo para la construcción de comunidades más pacíficas. Pero no se trata de negocios en la oscurana y fuera de la ley, sino de dialogar bajo las normas del Estado de derecho y la mayor transparencia posible, así como de apostar por diálogos locales, en los que participen todos los sectores de las comunidades, dando protección y prioridad a las víctimas. Se trata de construir nuevos equilibrios de poder local con el más alto acompañamiento y seguimiento gubernamental, para fortalecer a las víctimas y las autoridades formales de estos territorios. Se trata de construir, en clave de acuerdo de nación, una estrategia nacional de salida, de desistimiento de la vida pandilleril.
No faltará quien ponga el grito en el cielo por llamar a negociar y dialogar, más durante la campaña electoral. Esas voces juzgan inmoral exhortar a la pacificación a través del diálogo, pero consideran de buenos cristianos llamar a matar. Debemos abandonar la hipocresía y hacer un ejercicio de sinceramiento, pues desde la dueña de una plancha para hacer pupusas hasta los dirigentes y los militantes de los partidos políticos han tenido que negociar y negocian con los pandilleros día a día en las comunidades que estos dominan.
Debemos ser valientes para dejar de matarnos y pensar que la eliminación nos llevará hacia la paz y la cohesión social. Debemos ser valientes para negociar y dialogar, sin renunciar a la ley, sin saltárnosla tampoco. Debemos dejar de matarnos o estaremos confinados a continuar bajo las leyes del salvajismo: la del más fuerte; la de ver, oír y callar; la de golpear (o matar) y luego averiguar; la de vivir con miedo al otro, siempre.
Debemos ser valientes para abandonar la violencia como falsa solución y caminar hacia la inclusión, el diálogo y la negociación, como las herramientas que en 1992 nos abrieron la puerta a la esperanza.

Esta paz tan violenta

“Peace is not everything. But without peace, everything is nothing”.
Willy Brandt

Es importante iniciar dejando claro que los Acuerdos de Paz cumplieron con la principal misión que tenían en su momento: acabar con el conflicto político armado. Además, son el hito más importante en la historia republicana luego de la independencia. Pero también debe reconocerse que, muy a pesar de su importancia, no son valorados en su justa dimensión por buena parte de la población y de la juventud salvadoreña. Y eso por al menos dos razones importantes.
La primera es que nadie puede valorar lo que desconoce. La deuda con las nuevas generaciones para que conozcan y reflexionen sobre los períodos del preconflicto y del conflicto armado del siglo XX es altísima. Los más jóvenes difícilmente valorarán la importancia de las firmas que se estamparon en el Castillo de Chapultepec en enero de 1992 si desconocen sobre los horrores de la guerra y de la represión política del siglo pasado.
En otros países, los procesos históricos traumáticos, con espirales de violencia aguda, son estudiados y reenfocados desde la academia y la cultura constantemente. Aquí, por el contrario, quisimos hacer borrón y cuenta nueva bajo el mentiroso lema de “perdón y olvido”. Pero eso no funciona así. Hoy las élites que hicieron la guerra y firmaron la paz quisieran que la juventud valorara mejor su legado, pero se enfrentan con lo que cosecharon: su nula apuesta para que las siguientes generaciones conocieran la historia. Les dio miedo que conocieran y que, por tanto, cuestionaran su legado, así que hoy pagan el precio de que a buena parte de los jóvenes les importe poco o nada su gesta.
La segunda razón es por la violencia física, estructural y simbólica que la juventud salvadoreña enfrenta en su diario vivir. No les resulta muy coherente celebrar una paz que desconocen, en medio de una realidad en la que se juegan la vida diariamente, en la que no encuentran una institucionalidad en la cual confiar y en la que cotidianamente escuchan sobre supuestos enfrentamientos armados, con sus respectivos saldos mortíferos.
Los principales deudores de que, aparte de conseguir el cese de las armas en 1992, la sociedad salvadoreña no haya logrado pacificarse son los grandes actores de la posguerra: los partidos políticos, principalmente ARENA y el FMLN. Su primera gran equivocación fue la casi nula inversión social, con el respectivo anatema que se hizo sobre esta por parte de los gobierno de ARENA durante la década de los noventa. En Alemania, luego de la Segunda Guerra Mundial, no se dedicaron precisamente a reducir la inversión social. Por el contrario, el mismo Estados Unidos, a través del plan Marshall, invirtió muchísimos recursos para recuperar social y económicamente la Europa occidental.
Luego viene otra larga lista de errores que han forjado esta paz tan violenta. Uno de los principales ha sido la falta de largo plazo de las élites gobernantes durante la posguerra para abordar los problemas de violencia e inseguridad. En su camino de mediciones electoreras, entre manodurismos, treguas y antiterrorismos, las instituciones y las políticas de seguridad pública han comenzado a parecerse cada vez menos a las que los Acuerdos de Paz planteaban como modelo y van acercándose más a aquellas que pretendían superar.
Sin duda, los Acuerdos de Paz están agotados y no son los responsables de los problemas actuales. La gran pregunta es si los partidos y las élites que firmaron la paz y lideraron la posguerra aún son capaces de responder a los desafíos de la actualidad. La otra cara para responder dicha pregunta es la de quienes nacimos entre 1979 y 1992. ¿Tendrá esta generación el liderazgo suficiente para tomar la historia en sus manos y virar nuevamente hacia la paz o nos quedaremos viendo el celular mientras las aún regentes élites políticas siguen discutiendo un país que ya no existe?

Liderazgos y tiempos

“Dedicarse a impedir que tus oponentes políticos cumplan sus metas no es el trabajo más inspirador. La mayor satisfacción es respetar nuestras diferencias pero sin impedir los acuerdos”. John McCain
Todo parece indicar que en 2019 el aún estable sistema de partidos salvadoreño podría experimentar algo similar a lo sucedido en España y Francia, donde el bipartidismo tradicional izquierda-derecha se transformó en un sistema de cuatro partidos con capacidad de competir para alcanzar el Ejecutivo.
Dicha posibilidad está íntimamente ligada al surgimiento de nuevos liderazgos, que –como suele suceder en buena parte de las transformaciones en los sistemas de partidos– nacen del interior de los mismos partidos y fuerzas regentes en el anterior statu quo partidista. Si bien esto es algo aún por concretarse en nuestro país, parece tener hoy más que nunca una significativa probabilidad.
Sin embargo, la fuerzas políticas emergentes solo tienen sentido si vienen a responder las necesidades de sus tiempos, para las cuales los partidos tradicionales ya no están en disposición o capacidad de hacerlo. En tal sentido, uno de los primeros retos de los nuevos liderazgos es la construcción de fuerzas políticas que deberán saber administrar las diferencias –y a los diferentes– y poder convertir sus coincidencias en acciones que les cohesionen.
Otro desafío importante será superar las ansias electorales personalistas, pero, al mismo tiempo, caminar rápidamente hacia su constitución como fuerzas legales y aptas para participar electoralmente. En esa misma lógica, es trascendental la construcción de liderazgos democráticos, con capacidad de movilizar a ciudadanos conscientes, dejando atrás las tentaciones del caudillismo y del clientelismo. Se trata de construir partidos y liderazgos que sean capaces de proceder transparente, democrática y austeramente.
La construcción de propuestas y agendas actuales, necesarias y sentidas por la población, es otro reto fundamental. Se trata de construir más proyecto de nación y menos proyección electorera, pues más que de candidaturas, este país urge de instituciones y liderazgos políticos que se vinculen nuevamente con la población, superando la actual antipatía y desconfianza existente entre la ciudadanía y sus representantes.
Los Acuerdos de Paz están quedando cada vez más en franco sinsentido para importantes porciones de la población, sobre todo para las nuevas generaciones. Cuidar la herencia de la paz anhelada e intentada en 1992 es también un desafío, pues si algo nos ha quedado de lección es que no se construyen instituciones democráticas saltándose la ley ni tomando la justicia por la propia mano. Nuestra historia reciente ya nos ha enseñado bastante al respecto.
Si las nuevas fuerzas políticas no actúan rápida y audazmente, podemos pensar que El Salvador no está por quebrarse. Ya está roto. Este país no está por desangrarse, se está desangrando a borbollones desde hace décadas. En ese sentido, urgen nuevos liderazgos con el coraje para hacer los giros de timón necesarios para retomar el camino pactado en 1992.
Corren tiempos difíciles para el mundo y para el país, con tendencias que agitan a la intolerancia y el aislamiento. Quienes fuimos niños durante la guerra y los que nacieron luego de la firma de los Acuerdos de Paz debemos aportar en la construcción de fuerzas políticas cuyo principal capital y apuesta sean la esperanza y la tolerancia, no el miedo ni el odio que últimamente ha llevado al poder a verdaderos pregoneros de la locura en diversas partes del globo.
Es precisamente el crecimiento de esas tendencias el que exige y da más sentido al surgimiento de nuevas fuerzas, que apuesten por sociedades más tolerantes, plurales, multiculturales, diversas y abiertas. Fuerzas políticas que redoblen sus energías por la integración social y de las naciones, que se asuman seguras de que las diferencias y la heterogeneidad hacen más ricas a las sociedades.
Quedarnos inmóviles mientras algunos empujan el mundo hacia la xenofobia y la violencia no es una opción.