Creatividad, innovación y conocimiento

Esta semana la Biblioteca Nacional y otros amigos que nos apoyaron celebramos con la Segunda Caravana del Libro el Día Mundial del Libro (20 de abril). Agradezco a la agencia consultora que promueve la creatividad, que nos permitió involucrarnos en el “Foro de la creatividad y la innovación en el sistema educativo”. Agradecimientos a la empresa de bebidas que nos acompaña siempre, al Proyecto de Arte y Circo Social; a Innovaciones Educativas Centroamericanas y a la prensa de TV. Por razones atendibles, no logramos obtener acompañamiento de las instituciones que nos cooperaron en la Primera Caravana (2017). Pese a todo, la celebración del libro y de la creatividad e innovación fue un éxito completo.

Quizá estas prisas organizativas me llevaron a soñar dos noches antes del evento. Soñé con mi madre. Ya antes he escrito de ella. En mi casa de infancia no había ningún libro (en otra ocasión me extenderé sobre este tema), pero mi madre lo solventó usando un recurso intuitivo que permitió educarnos desde la primera infancia. En aquel hogar de una sola habitación nos decía poemas, también nos contaba novelas (recuerdo “María” y “Los miserables”), narrados con su prodigiosa memoria, producto de sus lecturas juveniles. Y me estoy refiriendo a las primeras cuatro décadas del siglo pasado, cuando no se había investigado el papel maravilloso de los aprendizajes a edad temprana, una época en que ciudad San Miguel solo contaba con un semanario de cuatro páginas. No había más, ni radio y menos TV.

El sueño me atrajo lo “depositado” en el cerebro: el título de un libro que había olvidado: “Ollendorf for Been Good”, método de aprendizaje del inglés. En las conversaciones con sus hijos hablaba de gramática, de aritmética recreativa, decía poemas en francés y nos enseñaba palabras en inglés, lo elemental de la comida. La humildad de nuestro hogar me hizo preguntar cómo había aprendido idiomas, tan inusitado en ese tiempo de tan extremadas limitaciones. En el sueño con ella me mencionó ese título en inglés que había olvidado después de tantos años. Al despertar, me fui directo a internet y ahí encontré el libro. Lo maravilloso del cerebro es que no “extravía” lo aprendido, queda ahí.

En otro contexto, repito la conversación con mi nieto de nueve años, me dice que si yo sé que no todos los planetas del sistema solar giran en la misma dirección. Mi respuesta es negativa, imagino que se trata de algún video. Me explica que todos los planetas giran en dirección a las agujas del reloj, solo Venus gira al contrario. No estuve satisfecho y acudí al internet y lo confirmé. Este es uno de los sorprendentes aprendizajes en la era tecnológica, pueden provenir de cualquier fuente sin importar edad ni niveles.

Es el mismo nieto que a los cinco años y medio me mostró los planetas del sistema solar que había hecho en plastilina. También me sorprendido esa vez. Le pregunté si conocía los nombres de los planetas. Me los dijo. Al terminar, le digo: “Te faltó Plutón”. Su respuesta me impactó: “Pero abuelo, si Plutón no existe”. De nuevo me fui al internet y encuentro: “Desde 2006 se descubrió que Plutón dejó de ser un planeta”. Esta última anécdota ya la había dicho en anterior ocasión, pero la repito por el significado de un logro en la continuidad de los aprendizajes y del conocimiento.
En ocasión reciente mi nieto menor de tres años y meses juega con un teléfono, va subido en la carretilla del supermercado. Protesta: “Mamá, ya no vengamos a este súper”. ¿Por qué? Y responde: “Porque aquí no hay wifi”.

Otra anécdota ilustrativa con mi nieta de cinco años y medio, quien al visitarme del extranjero se sorprende porque estoy escuchando la música que ella oye para dormirse. Le pregunto si conoce la música. Sin vacilar me responde: “Es Mozart”. Meses después visito su país y me pregunta si me gusta el break dance. Respondo afirmativo. Entonces trae un pequeño equipo que cabe en sus manitos, aprieta unos botones y comienza a sonar Shakira. Al momento la niña inicia su baile saltando de un sillón a otro o dando vueltas sobre su cuerpo en el suelo. Un año después, ha escogido como deporte colegial el “parkour (“salto base”).

¿Niños con talento? No, dice el profesor Gorka Garate, del MINED, en su participación del foro que mencioné arriba. “Todos los niños son talentosos, aunque otros pueden tener alto rendimiento; talento lo tienen todos”.

Estos ejemplos me permiten reflexionar que las innovaciones son producto creativo. Si no tengo acceso a conocimientos, me privo de insumos para crear. Eso es la experiencia, que se va a incrementar si soy lector, si me informo a la altura de los tiempos, es difícil ser creativo e innovador si evado estos aprendizajes. Innovar como resultado creativo proviene de la imaginación, y esta se enriquece de las realidades, de lo que se apropia el cerebro. El paso de gigante para tomar decisiones, para proponer e innovar, entendido este último concepto como cambio, no se dará si no se comprende la realidad global por vacíos de conocimiento.

Promover la creatividad y la innovación no es un “reto de país”, parto de otra idea de Gorka, representante del MINED en el foro. Innovar es un reto de la gente, porque “país” es un agente encubierto de la abstracción, nadie lo identifica en lo concreto, por consiguiente, no se evidencia como elemento que asuma responsabilidades. Son las personas concretas quienes deciden y emprenden.

Y algo más: la tecnología no es innovación, como tampoco lo es el libro, siendo dos puntos extremos entre modernidad y tradición. Ambos son medios que facilitan crear e innovar. Y como capitán de la nave está el sistema educativo que nos debe llevar al puerto de las capacidades transformativas, para no tener que hablar de cambio sin saber lo que se debe cambiar y cómo en este mundo de descubrimientos acelerados y continuos.

Centroamérica de silencio profundo

Los últimos acontecimientos de nuestra región, relacionados con los emigrantes indocumentados, nos traen a la mente tantas historias ocultas o silenciadas. Gritarla es una deuda de quienes estamos obligados a reconocer nuestras señales de identidad; apropiarnos de actitudes constructivas y destructivas para emularlas y superarlas. De esos desconocimientos debo citar las invasiones directas que sufrieron dos países centroamericanos por un grupo de invasores que se hizo llamar Falange Americana. Ya hemos hablado del jefe, William Walker. Se hizo nombrar presidente de ese país, pese a no manejar una pizca de castellano. Con ese poder quiso continuar la invasión en Costa Rica, organizando un cuerpo de internacionalistas aventureros, europeos y estadounidenses. Fueron derrotados en la batalla de Santa Rosa (marzo, 1856).

Años antes México había perdido la mitad de su territorio (1841). Fue en la época del Destino Manifiesto, expresada en la frase “América para los americanos”, este último concepto se entiende como Estados Unidos. Una década después se dio la Guerra Civil entre supremacistas del Sur, partidarios de la esclavitud, y los abolicionistas en el Norte, que resultaron victoriosos. La idea de la supremacía blanca, como lo dice Walker en su diario de guerra, era poblar Centroamérica de dos razas puras, los esclavos negros y sus propietarios blancos. La idea providencial de Walker terminó con su derrota propinada por los ejércitos aliados centroamericanos, en la ciudad nicaragüense de Rivas (1857).

Esta guerra produjo miles de pérdidas en vidas centroamericanas debido a la superioridad técnica militar y armas modernas usadas por los mercenarios, se agregaron las enfermedades, entre otras el cólera morbus. Pese a todas esas desventajas los esclavistas resultaron vencidos.

Los que aún tenían fresca en la memoria esta lucha emprendieron en la primera mitad del siglo XX varias iniciativas integracionistas; el más denodado y ahora en el olvido fue Salvador Mendieta, nicaragüense, considerado un apóstol de la unión centroamericana “con una percepción ístmica de Centroamérica como totalidad histórica” (Margarita Silva, Universidad Nacional, Costa Rica). Aunque siempre estuvo rodeado de detractores, pero también de simpatizantes. Incluso Mendieta fundó un partido unionista, a cuyos integrantes se les tomó como “románticos”. Esos bastó para silenciar su sueño.

Sin embargo, esa cadena de esfuerzos en el tiempo repercutió en la segunda mitad del siglo XX con políticas públicas de integración con resultados concretos, algunos para bien y otros para mal. Uno de esos resultados fue el Mercado Común Centroamericano, roto dramáticamente después de la guerra entre El Salvador y Honduras. También se formó la tristemente célebre Organización de Estados Centroamericanos (ODECA), que con su área prioritaria denominada Consejo de Defensa Centroamericana (CONDECA) fue un organismo abierto en defensa de las dictaduras militares regionales.

No hay duda de que los sueños de quienes dirigieron aquellas gestas libertarias o esfuerzos de integración repercutieron años después con los grupos intelectuales, el más conocido en la primera mitad del siglo XX fue Joaquín García Monge, en cuya revista Repertorio Americano que desde Costa Rica promovió hacia América Latina la literatura y el pensamiento regional, ofreciendo cabida en sus páginas a escritores de Centroamérica y de habla hispana.

En muchas formas y volviendo al siglo XIX, la Campaña Nacional, como se llamó en Costa Rica, me motivó a escribir una novela de la que de mi parte denomino “Guerra patria centroamericana”. Conflicto que terminó con la captura en la tozuda y quinta invasión de William Walker, quien nunca aceptó la derrota de Rivas sufrida en 1957. Fue fusilado en Puerto Trujillo, Honduras, el 12 septiembre de 1860.

Por triste paradoja, en otro marco diferente a la guerra el héroe y estratega de esa guerra justificada fue asesinado tres semanas después (30 de septiembre de 1860). Me refiero a Juan Rafael Mora Porras, benemérito de la patria costarricense, quien no solo alertó sobre el peligro de los filibusteros, sino que hizo grandes esfuerzos para involucrar a los cinco países, sin importar las ideas contrapuestas que se tuvieran. El enemigo común, Walker, significaba la total dominación de Centroamérica.

Cabe destacar que en el ejército costarricense sobresalió el general salvadoreño, originario de Suchitoto, José María Cañas (declarado “defensor de la libertad de Costa Rica” por la Asamblea Legislativa del hermano país). Tanto Mora como Cañas fueron victimados en Puntarenas, luego de un juicio ilegal por quienes se opusieron a la guerra por afectar sus intereses económicos; estos fueron los autores intelectuales que manipularon a militares traidores y ambiciosos, incluso participantes de la guerra. Con la idea de retomar el poder Mora y Cañas habían partido de Santa Tecla donde estaban exiliados y llegaron al puerto de Puntarenas. Los esperaba una emboscada producto de una traición.

En la actualidad el silencio histórico solo es roto por Costa Rica y Nicaragua; sin embargo, encontré en El Salvador dos libros de esa gesta libertaria: “La invasión filibustera de Nicaragua y la guerra nacional”, del salvadoreño Ricardo Dueñas van Severen, publicado en 1956. Y otro, de Carlos Pérez Pineda, “Guerra centroamericana contra los filibusteros 1856-1857”, publicado por la Secretaría de Cultura, 2017.

Los centroamericanos desconocemos esa historia oculta. Nos hemos privado de la memoria verdadera, que nos permita reconocer a los héroes que nos construyeron desde nuestra identidad originaria.

Al respecto señalo un ejemplo personal: en 1967 conocí la carta relación de Pedro de Alvarado a Hernán Cortés. Ahí se narra la batalla de Acaxual y Tacuzcalco contra los pipiles, nada preparados para defender su territorio contra seres de otro mundo. Eso me motivó a escribir mi primera novela publicada en Argentina. Quise dar vida a una gesta solo conocida por unos pocos historiadores. Esa carta no apareció en mi formación académica, pese a que desde el 8.º grado conocía las obras literarias e historia clásica universal de los programas de estudios.

La reforma educativa debe incluir los aullidos de la historia regional, si queremos la transformación proclamada. Cincuenta años después, repito aquella experiencia con la historia de la guerra nacional centroamericana. Espero que no sea un grito sin eco en los rincones oscuros de nuestras desesperaciones sociales.

La sociedad es el poder

En la Biblioteca Nacional, además de los usuarios cotidianos, tenemos visitas guiadas que pueden alcanzar los cinco mil visitantes al año, con promedio de dos horas por visita. Además, se lleva a las comunidades la biblioteca móvil, se asiste a centros escolares con talleres de lectura impartidos por bibliotecarias jóvenes. La próxima semana, por ejemplo, nos visitarán niños y niñas de 5.º grado con la idea de conversar sobre la novela “Un día en la vida”. Me encanta este detalle y digo por qué.
Hace 25 años, recién llegado a mi país, luego de décadas de ausencia, tuve mi primera sorpresa: niños de 8.º grado me entrevistaron sobre literatura. Les pregunté cómo sabían tanto de literatura nacional y latinoamericana. Qué si eran niños talentos. Respondieron que solo eran estudiantes de la materia de Literatura.
Debo recalcar que los de 5.º grado y estos de 8.º provenían o provienen de colegios privados católicos. Varios años después de esta visita, me visitaron egresados universitarios de la carrera de Letras y me sorprendió el gran vacío comparado con el grupo de estudiantes de 8.º grado. A nadie debería molestar esta observación, si lo reitero es porque este tipo de descuidos se da en todos los ámbitos de la vida nacional. Un conformismo que debemos revertir. Porque cada vez se nos hace demasiado tarde, aunque no creo sea mal irremediable para el país, pero es un elemento de retraso en el desarrollo.
En tal sentido, en la Biblioteca Nacional no queremos ser solo repositorio de libros, sino una biblioteca humana (concepto adaptado a nuestra realidad): ir a la montaña, si ella no llega a nosotros. Esto parecería una perogrullada, pero por ciertas inacciones pareciera que esperamos que otros resuelvan los problemas; y esos “otros” no existen, somos “nosotros”.
“¿Y si nos ahorcamos?” –dice un personaje de la obra de teatro “Esperando a Godot”, queriendo salir de la desesperanza; pero Godot no llegará nunca a solventar una existencia pasiva.
Por tal motivo nos esmeramos en visitar y no resignarnos a que nos visiten. Salimos al encuentro humano con la idea de la extensión cultural, conscientes de ser alternativa colateral de educación, siguiendo los principios de Alberto Masferrer, tal como lo dijo hace 102 años (“La cultura por medio del libro”). Como ven, poco hemos cambiado pero los retrasos justifican la innovación. Nos satisface que el siglo XXI de la información y el conocimiento tiene apertura global. Además, por medio de la biblioteca digital (www.redicces.org.sv) y por los recursos electrónicos que nos facilitan las bibliotecas universitarias (CBUES), recibimos interacción del investigador desde cualquier país. Esto también lo consideramos en lo tecnológico como biblioteca humana: llegamos al mundo donde están nuestros compatriotas.
En educación parto del músico y productor negro Quincy Jones, ahora de 86 años, productor de “Thriller”, donde Michael Jackson es el cantante. Jones, que se jacta de haber “salido” con una hija del actual presidente, es ganador de 28 premios Grammy; (web de El País, febrero 08/2018, España). Me gusta su frase y la recreo, en educación el real poder para aprender es de quienes aprenden, el maestro solo es el mensajero de lo diseñado por el sistema educativo. Extendiendo el concepto, la gente es el poder y sus representantes políticos son sus mensajeros.
Por tal motivo, si queremos un cambio cultural que nos libere de los entrampamientos sociales, económicos y éticos debemos educar al ciudadano, trasladar el poder hacia quienes realmente deben tenerlo: a la ciudadanía, la comunidad. Y no al revés. Porque la nación no es la mensajera.
Individual y socialmente debemos apropiarnos de estos conceptos, no conformarnos como somos, y atacar con educación las contradicciones sociales. Dentro y fuera del territorio nacional tenemos tantos ejemplos para superarnos; pese a las dificultades trágicas de la emigración. No permitir que se nos reconozca por lo que nos destruye cada día, inconscientes de que con ello nos autodestruimos, como si cada sector de nuestras intolerancias fuera el enemigo a morir. No creo que las nuevas generaciones acepten esa irrealidad deshumanizada, ni los “baby boomers”, ni los “millennials”, ni la generación Z, los nietos menores.
Se nos enrostra valores de perversidad, “el comal dice a la olla”, quiénes han sido protectores de dictaduras del siglo XX. Esto hace sentir más grave la ofensa, porque al dolor producido lastima heridas que aún sangran desde los últimos 40 años. Lo que podemos sacar de positivo de dichas recriminaciones es que esos gritos del gran poder nos despierten para no ser perseguidos por las pesadillas. No esperar la voz hiriente para elevar la autoestima de los salvadoreños.
En fin, demos gracias a Dios de que seguimos vivos y de que la geografía fue benigna con nosotros al no concedernos combustibles fósiles, ni minerales preciosos ni estratégicos. Eso es causa de pobreza, pero también da posibilidades de reconstruirnos sin el riesgo de sentirnos amedrentados por las amenazas o las intervenciones. Toda esa crisis debe ser punto de apoyo para un salto, para volver sobre nosotros mismos, para de verdad sentirnos orgullosos.
Pero volvamos a la idea de educarnos con actitudes sensibles. Solo se necesita creatividad y voluntad política, y con ello algo más: incluir e integrar la nación. Para incluir necesitamos políticas públicas. Para integrar requerimos iniciativas que deriven en abono de una nueva cultura de la sociedad civil. Partir de iniciativas innovadoras, transformadoras. Más que de los sentidos, necesitamos conocer y reconocer con el corazón (lo dice “El principito”) nuestro acontecer casi siempre trágico. Basta que incursionemos en la historia reciente y pasada.
Pensemos con las emociones, aunque decirlo parezca una chifladura. Desde ese punto de vista apropiarnos de nuestra historia emociona y ayudar a construir puentes necesarios para llegar a la otra orilla, y así “cruzar el lago de la sangre”, como dice “Macbeth”. Al otro lado estará una civilidad a punto del suicidio; esperando al que piensa distinto, encontrarse a mitad del puente, la forma de cruzar ese lago, que nos dice “Shakespeare”. Buscar felicidad para todos.

Creatividad e innovación

Siempre acepté el concepto de creatividad como la capacidad de reaccionar y responder a las situaciones no esperadas. Se comprobará la capacidad imaginativa (creativa e incluso intuitiva) si doy a tiempo la respuesta a un problema. Según ese concepto, las respuestas creativas surgen ante la dificultad no prevista para resolver una acción y superarla. Es mejor si el hallazgo es original, si es novedoso el resultado. Seremos creativos de acuerdo con las capacidades imaginativas para dar la respuesta que permite continuar adelante con el objetivo fijado. Esto sucede cotidianamente en la creación literaria o en cualquier expresión oral, encontrar la palabra y la sintaxis que organice una comunicación con aciertos.

Para quien tiene como modo de vida resultados estéticos (producir obra de arte) no necesariamente tendrá comprensión en determinado marco social o temporal. En esto hay una diferencia con la ciencia, desde la matemática hasta las ciencias sociales y políticas. Cito ejemplo en literatura que es lo que más conozco. Dos casos, aunque hay muchos: el de Thomas Bernhard, escritor de lengua alemana de origen holandés, cuya saga autobiográfica le sirve de referencia al salvadoreño Horacio Castellanos Moya en su novela polémica “El asco”.

Thomas Bernhard fue expulsado de Austria, no era austríaco de origen, por su narrativa autocrítica y autodestructiva contra el nacionalismo de ese país, que el escritor con intensidad amaba y odiaba al mismo tiempo. No voy a juzgar su razonamiento. Sin embargo, no pasaron muchos años para ser considerado el autor icónico de Austria. En Costa Rica, el caso más relevante es el del escultor Francisco Zúñiga que se vio obligado a emigrar, ante las burlas recibidas por su obra innovadora (creativa en alto grado), y con los años se convirtió en su país de adopción (México) en uno de los 10 escultores contemporáneos más sobresalientes del mundo. Nosotros tenemos la suerte de contar una bella escultura a la entrada del Museo de Arte (MARTE).

En los ámbitos actuales se considera la imaginación como base de lo creativo, capaz de fomentar una cultura innovadora que tiene como origen el acceso a las nuevas tecnologías informáticas. Es el camino del conocimiento contemporáneo sin lo cual no podremos entender las respuestas de una civilidad expresada masivamente. Lo entiendo como un llamado a no quedarse congelado en las concepciones que fueron verdades en otros contextos y tiempos. Conozco personas que viven en los años sesenta del siglo pasado, es una forma estancada de no imaginar ni crear cambios de pensamiento. Porque si este y las invenciones provienen del contacto con lo vital, la creatividad solo puede provenir del conocimiento de una realidad con alcances globales, donde el pasado solo es una referencia para saltar a nuevos resultados.

Hace años pude entender mejor el tema de la imaginación, creatividad e intuición al alternar con un profesor de Estética, de origen español, que se guiaba por uno de los más sobresalientes filósofos del arte (Georg Lukács), quien explica cómo el raciocinio queda en segundo plano para darle paso a la emotividad, a la sensibilidad, que es el resultado en obra la de arte, los sentidos son las escaleras de entrada al palacio del conocimiento, que permiten entrar a los recintos emotivos que llevan al cambio de la humanidad.
Siguiendo el recuerdo del profesor español de Estética, cuando no existían las nuevas tecnologías para ser creativo se debía comenzar por conocer y procesar con intermediación de las emociones. Es la ruta del arte, la educación y la cultura.
“… Faltan escuelas, bibliotecas, museos, teatros, más librerías, más centros de estudio para niños… que la luz penetre al espíritu del pueblo, para no perdernos en las tinieblas… el gran error de nuestro tiempo es doblegar el espíritu humano hacia el bienestar material, alejándolo del bienestar intelectual. La gran misión educativa es orientar el espíritu hacia la conciencia y la belleza. Así encontraremos la paz con nosotros mismos y en la sociedad” (Víctor Hugo, 1848).

La capacidad sensible va unida al conocimiento racional, pero luego se separan en el momento creativo. Por eso las innovaciones educativas implican no dejar tareas a menores de 10 años, ni tampoco facilitar libros de colorear. Se debe dejar al escolar en libertad de usar su tierna alegría para crear. Como dicen algunos educadores “el niño es creativo hasta que ingresa a los formalismos de la escuela”. Ningún sistema educativo debe dejar de lado ofrecer las facilidades creativas.

Con ello se crea emoción válida que estimula toda invención literaria o científica. Incluso en lo laboral, la emotividad debe estar presente en el trabajo que realizamos. Desde ahí se contacta con la vida, base para imaginar e inventar, ahora facilitadas por una nueva dinámica del conocimiento. No solo reconocemos, sino que somos conscientes para provecho individual y social de que en las tres últimas décadas ha habido más inventos y descubrimientos favorables a la humanidad que en los 2,000 años de la era cristiana. La creatividad ha tenido “la capacidad de generar nuevas ideas o conceptos, nuevas asociaciones entre conceptos conocidos, que habitualmente producen soluciones originales”, cito la Wikipedia.
El español Francisco Menchén Bellón afirma que el progreso de la sociedad del conocimiento estará centrado en tres grandes pilares: a) desarrollo de la creatividad; b) fomento de la innovación en todos los ámbitos de la vida; c) conocimiento accesible gracias a las nuevas tecnologías informáticas y comunicativas que nos llevan a otros pensamientos de acuerdo con esa realidad.
Estos ejes aplicados a las organizaciones modernas nos permiten no quedarnos en un pasado sin cambios; aunque para muchos sea grato ver pasar el tiempo desde su conformidad. Los cambios a la velocidad de la luz en la comunicación hacen desaparecer la lenta información en papel (analógica). Si no se aprovecha ese cambio, la nueva ruta hacia el conocimiento, para crear e innovar, corremos el riesgo de estancarnos en los sueños del siglo XX,

Los jóvenes tienen la palabra

La Biblioteca Nacional ha recibido la trilogía “El país que viene”, obra coordinada por David Echegoyen Rivera que en sus tres tomos hacen más de 1,500 páginas. Una primera parte se publicó en 2015, con el subtítulo de “Una generación comprometida”. Una segunda obra está subtitulada “Jóvenes en el exterior” (2016); y una tercera se subtitula “Un horizonte común” (2018). Difícil abarcar en este comentario el contenido que nos informa con lucidez las voces de una juventud refiriéndose a un futuro país. En este caso los que hablan son 81 jóvenes profesionales y creativos, todos destacados con logros concretos. La obra fue financiada por la Embajada de Taiwán, la Asamblea Legislativa y la Fundación Cristiana Hanns Seidel, de Alemania. En este trabajo me refiero al último tomo, “La búsqueda de un horizonte común”.
Es importante lo afirmado por los jóvenes sobre el camino para resolver las situaciones negativas que asfixian el crecimiento nacional: “Nuestro futuro está marcado por las cosas que hagamos hoy, por las decisiones que tomemos y por los diálogos que provoquemos”, dicen y coinciden la mayoría de los que escriben en esta obra. “Se debe hablar y debatir para obtener las respuestas que borren las preocupaciones por un futuro incierto de El Salvador”.
Lo novedoso es que “El país que viene” está avalado por los partidos políticos representados en la Asamblea Legislativa, se incluye prólogos de los más altos directivos, y personalidades políticas que en estos momentos participan en la contienda electoral.
La trilogía es un gran paso para fortalecer la idea de crear nuevos liderazgos, mejor si se obtiene el aval de los partidos tradicionales. “El país que viene. Un horizonte común” es un llamado a los oídos sordos de la confrontación ideológica que debe transformarse en concertación a favor de los millones de salvadoreños tanto dentro como fuera de El Salvador. En este respecto el libro expresa ideas reveladoras de por qué para el desarrollo es necesaria la participación activa de los jóvenes, por qué se debe respetar las mentalidades acordes con los tiempos de la creatividad, la información y el conocimiento. Para asegurarnos de que no haya retrocesos sino avances. “Un país puede significar regresión, si no hay diálogo abierto que neutralice la polaridad”.
Al leer lo expresado por los jóvenes nos damos cuenta del aporte que pueden hacer como profesionales de la cultura, del arte, de las ciencias políticas y sociales. Desde ya se destacan y han recibido distinciones como empresarios pequeños y medianos, y como emprendedores creativos, convencidos de que deben fortalecer el liderazgo y socializarlo con el país, comprometerse y entregarse desde donde quiera que estén. Dentro o fuera del territorio, son parte de los 9 millones de salvadoreños, sumando los desplegados en el mundo. Están dispuestos a compartir ideales que incluye aprovechar oportunidades y luchar por obtenerlas. Una de las jóvenes habla de cómo obtuvo financiamiento residiendo en el exterior y que con nosotros se le cerraron las puertas. Ahora tiene un reconocimiento internacional, y se dispone a venir a El Salvador y compartir sus logros.
Lo anterior me hace recordar a un amigo con alto cargo en el Gobierno. Hace unos 12 años me decía: “¿Cómo podemos hacer para que los salvadoreños dentro del territorio tengan el mismo empuje que tienen afuera?” Se refería a los compatriotas que habían crecido económicamente en Estados Unidos. Mi respuesta fue inmediata: “Somos los mismos, pero en el exterior obtienen oportunidades para crecer”. Es por eso que la política debe tener bien abiertos los ojos del conocimiento para no obligar a los jóvenes a emigrar y morir en el camino. Por paradoja, las oportunidades que se les niegan lo retribuyen con remesas.
Por otro lado “El país que viene” es una expresión propositiva gracias al Acuerdo de Paz, casi todos coinciden en que se debe “buscar la armonía de pensamientos políticos diversos poniendo a El Salvador en primer lugar, y no en las ideas que dividen”. Es lo que se llama sinergia, para buscar solución a los grandes problemas y resolverlos en común. Ser coherentes con lo que entonamos en el himno nacional. Una mística que nos permita sentirnos orgullosos como nación, estar a su servicio y no al revés.
Los jóvenes se han apropiado de expresar con libertad su pensamiento, y coinciden en que una forma de consolidar acuerdos es recorriendo el camino escabroso del perdón, pero antes de llegar a esa meta debe aceptarse las acciones trágicas. Agregan: “El voto es importante, pero resulta negativo si quien lo emite no se informa por quién está votando… Al escuchar a un diputado que no podía leer, me di cuenta de que debemos exigir preparación para ejercer ese cargo, pues ellos legislan para todos”. Sostienen: “Que los recursos económicos que percibimos sean el producto de un trabajo honesto y ejercido de modo responsable”.
“Donde quiera que estés El Salvador está en tus manos, ya sea en el territorio o en el extranjero, somos más de 9 millones de salvadoreños”. Es otra gran coincidencia en las 1,500 páginas de El Salvador que viene: “Convencidos de nuestra entrega a El Salvador en cualquier lugar del mundo donde nos encontremos”.
El mérito de estos tres grandes volúmenes es referirse a un país que siempre tuvimos frente a nuestros rostros, con el que nos identificamos pese a que la institucionalidad cerrase los ojos, o los abrió muy bien para no aceptar la palabra constructiva, ni dar oportunidades para crecer, porque se interpuso el esquema, el prejuicio y el irrespeto a los derechos.
En fin, se ofrece la palabra a los que nunca tuvieron posibilidades de hacerlo, sino bajo riesgo de su seguridad, y optaron por emigrar. El libro abre sus puertas a los que distantes o cercanos, que por su dedicación no tuvieron espacio para promover sus logros, o por su edad no fueron considerados aptos para proponer posibilidades de transformación nacional. Pero en “El país que viene” los jóvenes tienen la palabra.

¿Son los muertos cada día más indóciles?

Hace unas semanas uno de mis lectores me pidió que escribiera sobre la muerte, le respondí que nunca había tocado ese tema y que no podía atender su pedido. Nunca lo he pensado –le respondí con gran seguridad–. Pero su petición me hizo recordar varias experiencias de vida y de lecturas.
La muerte está en mi poema “Infancia 1942” (“Poesías completas”, Editorial Hispamérica, Maryland, EUA, 2007). Este poema fue inspirado por mi madre y en los niños muertos de mi barrio modesto de San Miguel. Cito los versos finales: “Preguntamos por qué tanta desgracia /Por qué la muerte infame se llevaba a los buenos y a los malos, /pero siempre a los pobres, eso sí. /Y se echaban los padres, los abuelos y tíos /un trago. Más que trago era copa de lágrimas. /Mientras tanto los niños debajo de las sábanas /oíamos retumbos que venían del fondo del volcán”.
Es un recuerdo de cuando veía pasar las cajitas blancas de niños muertos de mi barrio. Le pedía a Adelina que si podía ir al funeral, (atraído por los niños vestidos de blanco y gorritos de papel del mismo color). Tenía seis años y ella se negaba a mi pedido. Yo replicaba: “Cuando nosotros muramos nadie va a ir a nuestro ‘entierro’. “No importa, respondía Adelina, los muertos duermen sin soñar y no les importa quiénes los acompañan, lo mejor que podemos hacer es que nosotros soñemos por ellos”.
También reflexioné sobre “Los sonetos de la muerte”, de la Premio Nobel Gabriela Mistral; pero ella toca el tema fuera de nuestros contextos centroamericanos. Sin embargo, me atraían dos versos de la chilena: “Del nicho helado en que los hombres te pusieron/ te bajaré a la tierra humilde y soleada. /Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, /y que hemos de soñar sobre la misma almohada”.
Luego, hace 15 días, leí un reportaje en esta revista: El calabozo: retorno de una denuncia 26 años después. Me hizo reparar que existe el tema en mis tiempos de poeta (dejé de escribir versos a mis 30 años para dedicarme a la novela). En el poema lo emocional priva sobre lo real. Tampoco que en la novela no exista el tema de la muerte.
Agradezco al lector que me hizo revisar los poemas escritos en aquellas épocas. Por ejemplo “Promesa”, dentro de la escuela del antipoema (del fallecido chileno Nicanor Parra). Cito mis versos finales: “Después morir/ tranquilamente libre de pecados, /de bronconeumonía o de un callo/ en el pie o de un catarro en el alma”. Dentro de la misma línea escribí “Birth control”; lo cierro así: “No beses esta piel de perro en celo. /No me hagas caer en tentación, /podrías concebir lo que no quiero. /Además, mejor vivir sin hijos /¡por Dios! con tanta mala muerte.
Quien ha sido reiterativo en esta temática en El Salvador, a veces de forma premonitoria, es Roque Dalton. Incluso el título de este trabajo lo saqué de versos escritos por el poeta asesinado: “Los muertos están cada día más indóciles… /(el cadáver) marchaba al compás de nuestra música… /Hoy se ponen irónicos/ preguntan. /Me parece que caen en la cuenta de ser cada vez más la mayoría”. En otro de sus libros dice: “Cuando sepas que he muerto /no pronuncies mi nombre /porque se detendría la muerte y el reposo /…di sílabas extrañas, pronuncia, flor, abeja, lágrima /pan, tormenta. /flor. He ganado el silencio”.
En Dalton se da lo que dice el Premio Nobel Camilo José Cela: “Todas las frases ante la muerte tienen un inequívoco aire de despedida”. Dalton no solo se despide sino que advierte que será un muerto invisible entre miles de muertos.
Otro crimen injusto y de carácter trascendental es el de Federico García Lorca, un poeta niño que tuvo un final explicable por el horror que se quiso sembrar en esa época, el odio cultivado por quien tiene poder es más atroz. Lorca murió fusilado por el ejército de Franco, una época en que las muertes gratuitas estuvieron a la orden del día. Ya antes escribí sobre fusilamiento de la directivos del club Barcelona, capturados en una carretera y fusilados ahí mismo por el ejército franquista.
García Lorca nunca adivinó que su muerte sería producto del odio por las ideas expuestas en los poemas. Quizás por eso afirma irónico: “Como no me he preocupado por nacer, tampoco me preocupo por morir”. Otro Nobel español: Antonio Machado: “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Pese a ser una expresión que hace énfasis en el manejo estético, su frase nos llama a la reflexión. En verdad, los españoles con sus contradicciones sociales y trágicas son los que más han tocado poéticamente el tema de la muerte.
El novelista y filósofo inglés Arthur Köestler es más real en el tema: “La incredulidad ante tu propia muerte crece en proporción a su proximidad”, porque la mente, añade, “se vale de mecanismos para alejarse del pensamiento de la muerte”.
Otra motivación para escribir sobre la muerte fue el reportaje publicado en esta misma revista hace 15 días. Me refiero a los niños y ancianos asesinados en el cantón El Calabozo (1981), donde hay expresiones vividas, no solo bajo interpretación universal del arte. Veintiséis años después (2017) el juez pregunta a un sobreviviente: “Déjeme entender, ¿estas personas tenían tres días de estar aquí?” (en el lugar donde fueron masacrados). “Estábamos esperando a la orilla del río”, responde el campesino. “Usted me dice esperando, ¿esperando qué?” El campesino le dice al juez: “Esperando la muerte, niños y ancianos”.
Así es, la muerte real se espera, con más o menos horror. ¿Qué harían los miles de misiles atómicos esperando ser descargados sobre las ciudades en una “guerra caliente”? Cada misil es 300 veces más poderoso que los caídos en Hiroshima y Nagasaki. ¿La muerte de la humanidad valdría escribir un poema? Opto por no hacerlo, pues la poesía tiene mucho de premonitoria.

La imaginación frente al poder

En los movimientos juveniles de la década del sesenta del siglo pasado, en Woodstock (USA), en París (mayo 68); los Beatles, y luego proyectados en México, Tlatelolco (octubre 1968), se creyó mucho en la frase emblemática de los jóvenes: “La imaginación toma el poder”. Bueno, la imaginación es subjetiva, el poder es real. No pareciera que lo imaginativo prevalezca sobre lo real del poder, aunque se le puede enfrentar (en Tlatelolco murieron 500 jóvenes). Porque se insiste en hacer reflexionar a las cúpulas, pese al costo en vidas y en desilusión. En los casos mencionados, la imaginación perdió, culmina con el asesinato de John Lennon.
Escribo poesía desde educación básica, y cuando alcancé la mayoría de edad, ya había descubierto la clave musical necesaria del verso, sin cual es difícil lograr un buen poema. Obtuve algunos premios centroamericanos, incluyendo el Rubén Darío, pero al llegar a los 28 años, decidí que mi ruta era una comunicación directa, como es la narrativa donde imaginar es enfrentar lo real para descubrir otro tipo de realidad. Y así, pasé del género poético, más difícil, porque significa descubrirse a uno mismo, para pasar a la novela que es conocer a los demás. Los novelistas pretendemos transformar estéticamente lo real en algo creíble aunque se base en lo ficticio, en lo increíble. En ninguno de los dos casos se trata de magia ni de ser iluminado por musas o duendes. En la poesía se trata de desnudar las emociones, en la narrativa se requiere percepción, informarse, conocimiento.
De ese modo conocí a mujeres campesinas, caso de “Un día en la vida”; o campesinos en general, como en “Cuzcatlán donde Bate la Mar del Sur”; o bien conocí la vida de jóvenes, caso en “Caperucita en la Zona Roja”; y descubrí a un niño poeta en San Miguel de “Siglo de O(g)ro”. El reto es que la irrealidad se vuelva creíble.
Hace unos dos años este suplemento cultural publicó una entrevista de Jorge Tetl Argueta (con más de 22 libros infantiles bilingües publicados en Estados Unidos). La entrevista llevó por título: “La poesía me salvó la vida”. Conozco a Argueta desde cafetines hispanos de San Francisco, California, y lo entiendo muy bien, por su fuerza imaginativa lúcida que le ha hecho ganar varios premios (acaba de ganar dos premios más en este enero), envía un mensaje que llega desde nuestro agujero de flores, de lagos, montañas, lluvias de estrellas y volcanes. Antes estuvo a punto de perder la vida en el desierto y desde sus vicisitudes prometió a los dioses dedicarse a la poesía. En otro contexto conozco casos de empresarios en el área de Washington y Virginia que salvaron su vida y ahora contribuyen a salvar la vida a muchos emigrantes. Es otra cosa, aunque no cabe duda de que en los dos casos la imaginación crea vida.
Recalco lo imaginativo en el arte. No me imagino a Picasso pidiendo permiso a Dora Maar o a Fernande Olivier (parejas del genial pintor) para pintarlas como las imaginó, no con los rasgos clásicos de un retrato, sino descubriendo la belleza en la aparente fealdad. No pedir permiso también es propio del periodismo cuyo límite es no difamar ni manipular. ¿Caso del llamado panfleto? ¿Es panfletario César Vallejo en su poemario “España aparte de mí este cáliz” o Neruda en “España en el corazón”? Hay que analizarlos literariamente y no con los prejuicios. Tampoco me imagino a Rubén Darío pidiendo permiso a las bellas damas nicaragüenses para hacerles un poema (a Margarita Debayle), o a Becquer pidiendo permiso a su amada Julia Espín.
Podemos asegurar que la clave de la obra literaria es transformarla con la emoción de modo que pasados los años, lo que perdure sea el poema, como la imagina cada uno de los miles de lectores que lo han leído a través de los años. La obra de arte sobrevive más allá de la realidad que le dio origen, y del poder real.
A veces, la imaginación crea realidades que son inentendibles por una sociedad contemporánea del artista, caso emblemático es Mozart, genio cósmico, y Van Gogh, que nunca se explicó por qué sus cuadros no gustaban a nadie. Pasaron cinco años para comprender al genial holandés, aunque ya estaba muerto. Van Gogh y Mozart viven más allá del poder que les negó aceptación, al igual que Rubén Darío; al gobernador político que lo envió a empedrar las calles nada más se le recuerda como un idiota. Y Darío es el príncipe en Nicaragua.
La clave para aclarar estas incomprensiones es saber que el artista mira, escucha y percibe historias de la oralidad o bien tienen origen en libros (casos de la novela histórica) o en periódicos (la llamada novela negra). O recibe inspiración de otros autores. Por ejemplo, mi “Cuzcatlán donde bate la mar del sur” no la hubiera concebido como quedó al final si no hubiera leído la novela de H. D. Lawrence “Mujeres apasionadas”, ¡una novela del siglo XIX! Y no habría escrito mi novela “El valle de las hamacas” de no haber descubierto una carta de Pedro de Alvarado a Hernán Cortés donde se narra la batalla de Tacuscalco, la primera masacre de los guerreros pipiles. A propósito esa localidad, ha sido recordada estos días por encontrarse en riesgo su destrucción. Una gran señal de identidad nacional.
Muchas de las obras artísticas hacen conocer una época, una personalidad, un suceso, de no haber sido rescatadas por una escritora, caso de Rigoberta Menchú, nadie sabría la existencia de esta. Tampoco conoceríamos “La ilíada” ni la “La odisea”, transcritas desde la oralidad.
La imaginación descubre temas que para el poder son invisibles. Sin embargo, sin ese imaginario, no tendríamos todo el conocimiento que exige advertir nuestra razón de ser, cómo somos, que descubriría cómo podríamos transformarnos a partir de lo que hemos sido. No existiría la Nación, un concepto abstracto y vital que otorga fuerzas para sobreponernos a pobrezas, guerras y calamidades.

Aldea global y nave azul

A propósito de la noticia bomba antiinmigrante, que llega al mismo tiempo que el huracán bomba, me llama a reflexionar, más convencido, sobre la necesidad de abonar por una cultura universal de contenido humanista. Antes lo pensé para Centroamérica, ahora extiendo la idea más allá ante el riesgo de una deformación global.
La película de Stanley Kubrick “Odisea del espacio” (2001) comienza mostrando un mono que lanza un palo al espacio, y el madero se convierte en nave espacial, una simbología de la evolución humana. También podría ocurrir una involución: la nave espacial, mono y palo desaparecen. La disyuntiva es riesgosa, cuando el poder tiene la llave de la vida planetaria.
La propuesta de enriquecer el área humanística podría verse como boutade (equivalente en español: mofa, gracejada, ocurrencia); pero el problema es que de fallar como broma lo de apretar un botón que origine una lluvia nuclear se vuelve cada vez más un peligro sicótico, una gracejada, que de fallar abriría las puertas de la desaparición humana. En estos momentos existen bombas 3,000 veces más poderosas que las lanzadas en Hiroshima y Nagasaki. Una sola es capaz de borrar un país entero. No pongo ejemplos porque parecería de mal gusto. Pero digámoslo sin ofender: toda Centroamérica desaparecería con un solo misil nuclear, y lo peor es que son indetectables. Ha dejado de ser válido que en el aire se pueden derribar con otro misil. Y hay países que tienen más de 1,000 bombas de este tipo en sus arsenales.
Yo mismo pretendí una “broma graciosa” en mi última novela publicada: “Los poetas del mal”, cuando digo que si 1,300 millones de chinos, con un salta cuerda de nailon y un reloj, saltan al mismo tiempo en caso de un misil en camino, al darse una señal sincronizada, el salto podría evitar el misil nuclear pero se desviaría nuestra bella nave azul hasta perderse en un agujero negro; en ambos casos desaparecería la humanidad; volando hacia la infinitud espacial o quedando como polvo, mas no polvo enamorado como dice el poeta clásico Quevedo al hablar de la muerte: “Serán ceniza, mas tendrá sentido/ polvo serán, mas polvo enamorado”. No seríamos polvo de amor sino de terror, pues haría desaparecer los 7,500 millones de habitantes terrestres de todos los colores de piel y etnias, toda la bella nave azul.
Ya otras veces se ha jugado con liquidar pueblos enteros, y esto no es boutade, caso de Hitler contra Europa y Estados Unidos. Su idea de superioridad racial aria costó entre 55 a 70 millones de terrestres, incalculable, entre ellos un gran porcentaje considerado inferior por el Führer.
Pero la historia tiene varios ejemplos, y solo quiero referirme a Centroamérica, que estuvo al borde de una hecatombe cultural. Nuestra región se salvó hace 163 años del exterminio por una idea providencial que apoyó la predominancia del pueblo civilizado (significado de poderoso) para someter a los pueblos atrasados.
Hace más de siglo y medio, el filibustero William Walker quiso formar una “falange americana”, como él la llamó, para apoderarse de nuestra región. Comenzó con Nicaragua e intentó seguir con Costa Rica. Walker era originario del sur de Estados Unidos. Sostenía, entre otras cosas perversas, que nuestra región era atrasada y ociosa porque necesitaba de la esclavitud para tener un desarrollo económico basado en la agricultura. Su idea era traer africanos como mano de obra esclava, pues para él la inferioridad de los centroamericanos era tanta que ni siquiera les concedía capacidad laboral. Solo en tres estados del sur: Georgia, Alabama y Mississippi había millón y medio de esclavos de África.
Esto es real. Veamos lo que escribió Walker en el diario oficial de Nicaragua, una vez que se impuso presidente por la fuerza: “Los hombres no son todos iguales. La maldita raza mestiza es la perdición de Centroamérica… el mestizo es demasiado perezoso para que (merezca) vivir” (periódico oficial El Nicaragüense, Granada). Otra idea de Walker y su “falange americana” era tener en Centroamérica una zona de reserva por estar cercana en Estados Unidos una guerra civil. Por eso su primer decreto como presidente ficticio fue establecer la esclavitud (1856); en nuestra región se había abolido en 1824. Para Walker solo existían dos razas puras: los blancos (propietarios) y los negros (esclavos productivos). Los centroamericanos éramos híbridos, es decir, mezclados, ociosos, ilegítimos.
Como podría ser lógico, la idea de la esclavitud está ligada a la economía, de modo que los sureños al defender la esclavitud, defendían su modelo económico agrícola basado en los esclavos africanos, emigrantes forzosos que traían encadenados desde África luego de ser “cazados”. (Sobre cacerías en África, leer novela histórica de Mario Vargas Llosa: “El sueño del celta”).
Era la época en que el sur de Estados Unidos se oponía al modelo industrial del norte. Esto produjo la guerra civil secesionista (1861-65), que ocasionó la muerte de 750,000, entre los dos bandos, esclavistas y abolicionistas. Los primeros se lo cobraron asesinando (1864) al líder de los abolicionistas: Abraham Lincoln después de la gran derrota sureña en la batalla histórica de Gettysburg. Donde Lincoln dio el famoso discurso que comienza así: “Hace ocho décadas y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación; concebida en libertad y consagrada al principio de que todos los hombres son creados iguales”.
Conozco unos 15 estados de Estados Unidos y por lo menos unas 40 universidades, y jamás sentí disminuida mi hibridez lenca-pipil-iberoafro. Nunca me pidieron un documento en esas visitas (años ochenta del siglo pasado hasta 2016). Fue una gran casualidad que en mi última visita, el rector de una universidad tuvo la valentía de arriar la bandera símbolo del bando esclavista luego de permanecer izada 150 años después de ser vencidos por el norte. Como vemos la idea supremacista sigue vigente. Pero ese es otro Estados Unidos, no el de Lincoln.

Héroes literarios y prejuicios indignos

“No conozco al joven Darío. He oído decir que es poeta, y como para mí poeta es sinónimo de vago, declaro que lo es”, dijo el gobernador de Managua; y como un político escasamente cultivado lo condenó a empedrar y barrer calles. Cuando con recomendaciones del general Juan J. Cañas, autor de la letra del himno nacional, llega a Chile, relata el mismo Darío en su autobiografía, “vi un gran desencanto, cuando me fueron a recibir, ¿es acaso usted Rubén Darío?”, le dijo al joven de 19 años, “al ver mi cuerpo flaco y melena grande, mis problemáticos zapatos y mis pantalones estrechos”. Otro día lo enviaron donde el sastre y al zapatero. Por lo menos.

¿Y cómo le fue en España? Dos grandes escritores, pese a sus triunfos literarios en Suramérica con su libro “Azul”, lo vieron con desdén eurocentrista. Leopoldo Alas, conocido como “Clarín”, expresó: “No tiene en su cabeza más que una indigestión cerebral… desvaríos de los poetas franceses… que quieren hacerse inmortales persignándose con los pies”. El poeta Luis Cernuda se refirió a Darío como el que “cambia su oro por cuentas de vidrio, como sus antepasados”. Tampoco el gran Miguel de Unamuno ocultó su rechazo y se refirió a “plumas en su cabeza” para eludir a la sangre chorotega del poeta. Aquí se demuestra como una conducta vulgar, (empleo el concepto en el sentido originario, lo que no va más allá del conocimiento cotidiano, no solamente lo popular), pudo anteponer la calidad poética a la sangre india de Darío.

Con mi amigo novelista y ensayista nicaragüense, además economista, Francisco Bautista Lara, hemos conversado y escrito columnas periodísticas sobre el tema: héroes de la palabra y la vida. Héroes en el sentido de maestros de la sabiduría creativa relacionados con crudas realidades. Un caso muy interesante al respecto es el de Cervantes, que arriesgó su vida como soldado del rey de España, fue por cinco años prisionero de los enemigos extranjeros, y tantas veces intentó escapar para librarse de la esclavitud a la que le destinarían sus captores. Esa vida heroica de Cervantes la revierte en espiritualidad de la palabra, y desde su pobreza nos da la biblia de nuestro idioma universal. El héroe con su conducta social, de militar se convirtió en “Príncipe de los ingenios”.

Dentro de ese marco concentramos nuestra conversación literaria con Bautista Lara para referirnos a héroes centroamericanos de la belleza y la vida. Y derivamos en Rubén Darío, sobre quien mi amigo ha escrito tres voluminosos libros de ensayos. Y me explicaba por qué a Darío se le nomina héroe en Nicaragua. En ese marco, un día me preguntó si entre nosotros teníamos un héroe dentro de categoría universal. Sorprendido por su pregunta solo se me ocurrió uno: Alberto Masferrer; aunque tuve en mente, sin mencionarlos, a Francisco Gavidia y Salarrué.

Ahora más con más espacio reflexivo –soy lento para responder– menciono en segundo lugar a Roque Dalton, por su calidad literaria; aunque aún no lo hemos apropiado profundamente, pese a los libros escritos sobre él (obras exhaustivas de Roberto Paz Manzano, Luis Melgar Brizuela, Luis Alvarenga, James Iffland, tratando con sus dotes doctorales y académicas la personalidad literaria de Dalton).

Pero veamos el porqué me centré en Alberto Masferrer, en esa conversación con el escritor nicaragüense Bautista Lara; porque ambos pensamos en su permanencia en el tiempo, sus ideas del “Mínimum vital” compartidas desde diferentes posiciones ideológicas. Es posible que Masferrer estuviera influenciado por una filosofía de origen quechua, ancestral, desde nuestros orígenes americanos. Que en ese idioma (sumak kawsay) se puede traducir como ‘vida en plenitud’, y en idioma aimara (de los incas, Perú, Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador) viene de suma qamaña: ‘vivir bien, vida digna’. Estos conceptos también usaron los mayas y los chilenos mapuches: ‘buen modo de ser y de vivir’. Y que Bautista Lara los encuentra en su Nicaragua actual: ‘vivir limpio, vivir sano, vivir bonito, vivir bien’, http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/432330-buen-vivir/.

En ese marco es que conversamos sobre Masferrer y su “Mínimum vital”, que en sus viajes pudo haber conocido esa filosofía originaria, es decir, “lo mínimo para vivir bien”. Y de ahí proviene el concepto mínimo para referirse al salario desde los antiguos imperios egipcio y romano, cuando se pagaba con sal a los soldados y esclavos. Pero caemos en lo mismo, la sal mínima para vivir bien en aquellas épocas que tienen un poco más de 2,000 años. Masferrer resume en su conocida obra, escrita en 1928, ideas que también retoma la revolución obrera europea del siglo XIX, y llega a El Salvador con la Constitución de 1950.

“El Mínimum vital” consistente en “derechos del niño, trabajo, alimentación sana, casa, vestido, agua, salud, justicia, educación y recreación, zapatos”. Siguiendo al escritor, economista y amigo, en la actualidad se podría agregar a la doctrina masferreriana: “Seguridad, transparente y medio ambiente”. Claro, todo esto ocasionó que se le calificara de idealista y soñador, los más benignos; los menos, lo obligaron a asilarse en Guatemala donde murió solitario (1932), lo acompañó en sus horas terminales una escritora y librera que dio a conocer en El Salvador, años cincuenta y sesenta del siglo pasado, los libros de literatura universal más avanzados de la época (Nazim Hikmet, Kafka, Vallejo, Maiakovski, Amado, Neruda, Beckett, etc.) me refiero a Ana Rosa Ochoa, su secretaria privada.

Otros grandes escritores reconocieron así a Masferrer. Claudia Lars: “Maestro de multitudes”; Miguel Ángel Espino lo llamó “apóstol de la armonía social”; Salarrué lo calificó como “gran espíritu de enorme atracción”. Y la doctora en Ciencias Políticas y Sociología Marta Elena Arzú, catedrática de universidades europeas, guatemalteca, que creía que Masferrer era catalán, escribió el libro más fundamental sobre nuestro compatriota. Dice de Masferrer: “Pensador universal que hizo un diagnóstico certero sobre El Salvador… (ahora) es en su país una escuela, una universidad y un redondel”.

Un ejemplo de heroica grandeza en contra del prejuicio indigno

Literatura de los escombros

Hace 15 años hice un recuento de mi visita a Alemania con ocasión de asistir a la presentación en la Deutsche Welle de uno de mis dos libros traducidos al alemán. En dicho recuento escribí menos de mi obra para concentrarme en emblemáticas ciudades: Koln (Colonia) y Kessel, ciudades dejadas en escombros en la Segunda Guerra Mundial. Kassel fue borrada del mapa. Por varios meses miles de bombas, lanzadas por las fortalezas volantes, cayeron las 24 horas en las ciudades alemanas, cuando estaba a punto de ser derrotado su ejército nacionalsocialista.
¿Por qué escribí sobre ese tema? Porque se estaba celebrando el 88.º aniversario de uno de los escritores más importantes de Alemania, Heinrich Böll, nacido en Koln. La fundación que lleva su nombre me asignó como coeditor de un libro para Centroamérica con dedicatoria a este “santo de la literatura”, no obstante, que él mismo se consideraba un escritor comprometido; aún más, Böll perteneció a la Wehrmacht (fuerzas armadas de Alemania nazi), como incluso lo hicieron niños y ancianos ofreciendo su vida por su führer o “conductor”. Pero el escritor alemán fue rebelde aún sirviendo al ejército.
Dice René Böll, uno de sus hijos, “Siempre tomó partido por los no privilegiados, y lo hizo con sus propios medios, con su palabra escrita y hablada, por consiguiente como artista y no como político, y pese a estar bajo todos los fuegos, no se dejó enmarcar en ningún campo político”.
No ocurrió igual con otro Premio Nobel alemán, Günter Grass, a quien se recriminó pertenecer a las fuerzas especiales nazis. Böll se manifestó en contra de la guerra y del hecho de ser soldado, buscando siempre desertar. Mientras que Grass, autor de esa fenomenal novela “El tambor de hojalata”, ocultó por años su militancia en el nazismo. Pero ese pasado no los minimiza como escritores que han contribuido a la grandeza de su país.
Independiente de una justificación u otra, fue muy raro que un joven no fuera enlistado en el ejército para hacer grande a Alemania, país humillado en la Primera Guerra Mundial, y que 10 años después vio surgir a un líder con una enorme capacidad para canalizar las emociones populares.
Y así, sus discursos enardecieron a un pueblo que no imaginó que se llevaba al suicidio a toda la nación. Un nacionalismo que se justificó con la idea de hacer grande a Alemania, imponer su poderío a todas las naciones del mundo basado en la supremacía de una raza superior. Y los políticos, militares y clase económica alta lo creyeron.
Fueron conducidos con su nacionalismo grandioso a invadir Estados y llevar al holocausto a pueblos enteros de la culta Europa. Ese nacionalismo, que también era aislacionismo, pues su “conductor” no necesitaba de nadie si tenía el ejército más temible del mundo. Invadió Europa del este y el norte, incluyendo la Unión Soviética hasta declararle la guerra a Estados Unidos, al grado que estos últimos hicieron alianza para combatir esa fuerza superior dejando al margen cualquier hegemonía ideológica, porque primero se pensó en la sobrevivencia. La Unión Soviética luchó en el este y los otros aliados en el oeste, desde Inglaterra y Francia.
La Segunda Guerra Mundial produjo un aproximado de 55 millones de muertos, de los cuales 20 millones fueron de la antigua Unión Soviética, 6 millones de judíos, unos 8 millones de chinos, y esta misma cantidad de alemanes; habría que agregar a los miles de franceses, estadounidenses y japoneses. Y esto cuando aún no había misiles balísticos nucleares que solo dejarían vivas a las cucarachas y las ratas.
Esa guerra dejó en el suelo a Alemania, pero produjo una paz duradera, en el sentido que ya pasaron 72 años; aparte de una guerra fría que nunca contó por millones sus muertos. Y si alguna vez se estuvo al borde de un desastre nuclear, la sensatez mundial optó por no exterminar el planeta.
Estas fueron algunas de las reflexiones que tuve después de que leí la primera edición del libro “Leer nos hace rebeldes” (2002, para celebrar un aniversario más de Böll). “Leer es más que un proceso técnico, o estudio mecánico… hace pensar, lo vuelve a uno libre y rebelde…”, dice el escritor. En 2017, centenario del escritor, ha salido la segunda edición, y las reflexiones son las mismas, 15 años no han sido suficientes para superar el peligro en el que estaba la paz mundial, ni las secuelas de cualquier guerra, aunque no haya dejado las ciudades en escombros.
Y a 25 años de la paz en El Salvador nunca vimos los escombros materiales, y ese espejismo nos engañó pensando que no había ninguna destrucción. Sí la tuvimos, pero fue emotiva, difícil de superar y, al parecer, irreparable, porque no la vimos, como lo hicieron los alemanes que reconstruyeron sus ciudades con las piedras de sus escombros.
Entre nosotros la destrucción fue moral, dolor y deshumanización contra familias campesinas. No pudimos vislumbrarlo porque eran penas y llantos en el interior de nuestra conciencia. En Alemania las ciudades fueron reconstruidas con las mismas piedras y eso fue un homenaje a sus muertos. Nosotros no vimos ciudades en el suelo cuando se firmó el Acuerdo de Paz, no vimos piedras, ni edificios ni iglesias en llamas, solamente los escombros de un dolor escondido, lo esencial en la vida que no pudimos ver con el corazón, como dice “El principito”. Dos años, cinco años, 20 años después de firmada la paz no logramos detectar esas ruinas emocionales, fuimos dejando que cada quien viviera bajo los escombros de sus tragedias.