Experiencias sobre la educación conectada

Este título e ideas surgieron con la lectura del libro de Seymour Papert, “La educación conectada”, que, como usuario de la tecnología informática y participante de un equipo institucional interesado en el conocimiento y la información global, me hizo reflexionar.

Ahí por 1987, durante una permanencia en Londres en casa de una escritora inglesa (A. Hopkins), esta recibió la visita de una empresaria joven. Me incorporé en la conversación con el tema de creación literaria (había presentado en universidades de Gran Bretaña dos de mis libros en inglés). En la plática mencioné que mi sueño era tener una computadora para avanzar con comodidad en el poco tiempo disponible que tiene un escritor de quinto o sexto mundo. “Tengo una, pero es como un tractor de Pedro Picapiedra”. La empresaria al escucharme dijo de inmediato: “Yo puedo cumplirte ese sueño”. Imagínense. Pensé en que era un ofrecimiento diplomático; y, como parte de mi carácter, lo dejé fluir con la frescura de un río frío. Y ya no la volví a ver, aunque en mi mente hervía la promesa.

A medida que se acercaba mi retorno a Costa Rica, seguí pensando en que quizás lo ofrecido era como las promesas electorales. Le dije a mi amiga Hopkins que su amiga me había alegrado el corazón, y le insinué si acaso sería posible recordarle su ofrecimiento. “Si ella te lo prometió, lo va a cumplir, palabra de inglesa”, fue su respuesta. Preferí callar para darle espacio a mi alegría interior.

A dos días del retorno a Costa Rica, preferí no insistir para no crearle problemas a mis emociones. Mi sorpresa fue que mientras preparaba mis maletas, la escritora Hopkins anunció la visita de la empresaria. Llegaba con su regalo: de las primeras laptops. Veinticinco años después, veo por internet, en una venta de antigüedades, que mi laptop tiene un valor de 900 euros. Como recuerdo guardo a esa hermanita gemela.

El tiempo avanza, y ahora es difícil concebir el trabajo sin la tecnología, con nuevas laptops que no pesan las 10 libras de mi primera Amstrad inglesa, recién salida del horno, y que me obligó a matricularme en un taller para manejar estas computadoras, pues apenas sabía escribir textos. Pero desde años antes (1985) ya había adquirido un armatoste en EUA; un armatoste de escritorio que me hizo seguir usando la typewriter tradicional. Esa computadora la dejé para que la curiosearan mis pequeños hijos y amigos vecinos entre ocho a 12 años, pues habían descubierto juegos electrónicos; ni la sombra de los de ahora. Por otro lado, abandoné mis talleres teóricos por no entender ni jota, y acudí a los hijos y amiguitos vecinos. Santo remedio.

Los más avanzados eran mis sobrinos chileno-salvadoreños, los Ruiz, pues su padre, por ser profesor universitario, tenía derecho a una computadora para usar en casa, que –por cierto– solo la usaban los niños, que no sobrepasaban los 10 años, pero que habían descubierto los trucos de la tecnología, bruja de esos tiempos. Eran los mismos que para la generación “baby boomers” se trataba de cuestiones indescifrables. Les hacía consulta por teléfono y ellos me orientaban dirigidos por el monitor encendido para que me guiaran los pasos a seguir.

Años más tarde, de regreso en El Salvador, hice algunas visitas a Medellín (2000), y reparé en que había poca cultura informática en los docentes. A una maestra se le ocurrió que sus alumnos podían darle el aprendizaje de la caja mágica, y se le ocurrió que todo el grupo de docentes recibiera clases con los jóvenes estudiantes. La mayoría se opuso, era una falta de respeto recibir clases de los adolescentes. ¿Qué van a decir los padres y nuestros jefes? Por fin se decidieron, para no quedar rezagados de las nuevas generaciones. En verdad se trata de una “cultura” generacional no solo relacionada con la tecnología, sino que descubre nuevas actitudes en lo educativo e incluso en lo político; un fenómeno generacional de resultados concretos, con incidencia en las ideologías que proponen utopías, cuando se necesitan hechos concretos: empleo, convivencia, curiosidad frente al mundo al alcance de sus dedos.

Ahora parecerá increíble, sucedió con mi hijo Leonardo (año 2000), estudiante de una de las facultades de Ingeniería: descubrió que había un laboratorio de computadoras. Dada su experiencia desde niño en Costa Rica, solicitó permiso al que cuidaba los equipos (sin uso visible). Este dijo que solo era para uso de profesores, y la orden era tenerlos bajo llave. A Leo le pareció extraño que no se tuviera acceso al área de equipos, algo tan natural que había cultivado de niño. Me pasó algo similar. Fui lector desde niño y en la pequeña biblioteca de mi escuela me extasiaba con los títulos, pero me dijeron que solo el director manejaba la llave. Por cierto nunca la vi abierta.

Las historias se repiten, porque solo aceptamos procesos evolutivos. No aguzamos la visión desde el presente para enfrentar al futuro con tecnologías en constante e indetenible movimiento y que nos llegan en tren de vapor o rápido, según sean las políticas públicas.

Seymour Papert habla de los ciberavestruces, padres o docentes que no admiten compartir nuevas actitudes para conocer. Apoyar al hijo es aprendizaje para el adulto. El problema es que la sociedad corre el riesgo de quedar relegada, sin encontrar el origen de la violencia. La contribución del medio digital es que cada quien encuentre su propio camino para aprender, dice Papert.

Él se refiere también a ciberutópicos (creyentes absolutos de la tecnología informática) y a cibercríticos (que la desechan); estos obvian que el medio tecnológico permite la emoción de descubrir lo que no encuentran en el aula. Papert recomienda a la familia o la escuela como corresponsables de “construir un futuro” en las nuevas generaciones. Ciertas luces actuales de aprendizajes pueden provenir de niños que no sobrepasan los 10 años, y debemos compartir las curiosidades del descubrimiento sin sentirnos disminuidos como adultos. Porque lo que trae la generación pos “millennial” es aún impredecible.

Los profetas de su tierra

Reiterar una y otra vez es de nobleza. El congelamiento en promover libros y lectura retrasará la creación de una conciencia social. Hay que descongelar el acceso al conocimiento, promover la efectividad que produce participar en la vida nacional, no conformarnos como sujetos representados, sino agentes participativos. Por eso promover la lectura es una obligación desde todos los ámbitos de la vida. También promover el trabajo de los nuevos talentos.
Esto lo han visto profetas de esta tierra, como Alberto Masferrer, que lo percibió desde 1913.

Muestra de esto es su libro “La cultura por medio del libro”, con claras propuestas que, 100 años después, viven todavía en la irrealidad.

Eso lo narra Francisco Gavidia, considerado el humanista salvadoreño por antonomasia. Dice: “En 1880 estudié francés con Augustine Charvine, con ella comencé a formarme en la lectura de los clásicos franceses. Viajé a San Miguel (el adolescente vivía en Ciudad Barrios con su familia). Quería probar suerte con los primeros versos escritos… ¡Qué desilusión! Todos fueron rechazados por los poetas de las redacciones migueleñas. Aunque la experiencia me dolió, no bajaron mis ánimos, continué firme”.

Esta escena podría ser muy actual para los jóvenes que comienzan a destacarse, como si la historia cultural y educativa fuera un tornillo sin fin que nos adormece.

Esas falencias de los siglos pasados no han sido superadas. Pasa lo mismo en lo que respecta a la educación. Veía en las redes sociales un video que ilustra el cambio permanente en los objetos de uso: un automóvil de los años veinte, un teléfono de los años cincuenta, un avión de los años setenta. Pero lo que se niega a cambiar es la educación. El video nos presenta un aula de este tiempo y un aula de hace medio siglo: pizarrón, los niños escuchando y el docente exponiendo su sapiencia. Todo permanece igual, a pesar de que muchos educadores están tratando de cambiar esta realidad, por lo menos en el área de la lectura, que consideran el primer paso hacia la creatividad, hacia una cultura propositiva; no de reacciones vandálicas o de queja eterna.

Gavidia lo vio en 1882, Masferrer en 1915.

A propósito de lo dicho por Gavidia y para visualizar esas irrealidades, me pasó una experiencia similar a mí en San Miguel en 1955. El único docente que aceptaba lo que escribía en el instituto nacional donde estudié educación media dirigía una página literaria en un periódico de esa ciudad y aprovechó para publicar dos páginas de mis poemas. Como jefe de la sección, no debía someter los poemas a la dirección, por eso, al ser publicados, mi profesor fue llamado para decirle que lo escrito por el joven autor no era poesía. El maestro renunció.

De esos poemas solo recuerdo el verso de un poema al río Lempa: “y los peces de la tarde agonizan en sus aguas”. Esta vez, como narra Gavidia, no se trató de un equipo de poetas que rechazaba, sino del director del periódico, que no entendía lo de los “peces de la tarde”, y menos su agonía. Dos meses después sometí a dos concursos esos poemas juveniles, escritos en mis cuadernos escolares, y en cada uno de ellos gané el primer lugar. Fueron publicados en este periódico.

Respecto de las transformaciones culturales, me refiero al ejemplo citado arriba, de las aulas que no han cambiado en 100 o 200 años (mientras “todo cambia”, según la canción de Mercedes Sosa), en similares contenidos se refiere el gran educador y psiquiatra chileno Claudio Naranjo.

Naranjo, gran luchador por transformar el sistema educativo, en sus conferencias por Estados Unidos y el mundo ha procurado influir en los cambios de la personalidad, en forjar nuevas actitudes hacia la superación social. La educación es ese medio para transformarnos: “nada es más esperanzador en términos de evolución social que el cultivo de la sabiduría individual, la compasión y la libertad”.

A propósito de Gavidia y Masferrer, ese camino pareciera irreparable y tortuoso hasta lo eterno, pese a nuevas modalidades de lectura impuestas por la realidad tecnológica. En ese reto estamos al cumplir el 148.º aniversario de la Biblioteca Nacional. Las bibliotecas existen desde hace 2,000 años y continuarán existiendo, pese a los cambios en los formatos, pese a transformaciones en la cultura de la información.

Así pasó en los siglos pasados y pasará en lo porvenir, desde el invento de la imprenta a la lectura digital en monitores, en laptops o en teléfonos. Mientras haya vida terrestre, habrá bibliotecas y libros. La sociedad mundial se irá adaptando a lo nuevo en beneficio del desarrollo económico y social.

A ese propósito pronto reprogramaremos una exposición de logros para celebrar este aniversario (por fuerza mayor tuvo que suspenderse). En todo caso, importa prepararnos para darle la bienvenida al siglo y medio de existencia de la Biblioteca Nacional, para 2020.

El proceso de divulgación del conocimiento debe ir de la mano con la tecnología, y esto no rivaliza con el esfuerzo de seguir adelante con nuestras iniciativas por la lectura y el libro bajo el lema de que “si la montaña no viene a ti, debes ir a la montaña”.

Historias urbanas populares

Hay tanto que decir sobre las calles de San Salvador. Últimamente se están dando los primeros pasos para dignificar nuestra raíz original. En las redes sociales he mostrado imágenes de cientos de jóvenes que han visitado en los últimos meses esa zona relegada; conste, solo se han renovado cerca de 5 manzanas, y necesitamos su resurrección de lo que quedó después del terremoto de 1986.

El abandono es una paradoja al confrontarlo con las percepciones de investigadores o turistas que vienen de ciudades más desarrolladas, quienes buscan en nuestro Centro Histórico una realidad novedosa. Expongo dos casos para comprobar esas opiniones positivas: una del investigador español Antonio García Espada, quien hizo un estudio de la arquitectura “art nouveau” de la zona, que pareciera emerger como un jardín de lirios en un espacio sucio y destartalado.

El doctor Espada lo comprueba con fotografías, para lo cual incursionó más allá de los enlaminados y parasoles de la pequeña empresa informal que hacen invisible la riqueza arquitectónica. El académico descubre la belleza de ciertas edificaciones, “que puede ser orgullo de Latinoamérica”, nos dice Espada. Sí; antes del terremoto de 1917 San Salvador fue llamado “un pequeño París de Centroamérica”.

Otro experto español piensa algo similar. Dice que después de entrar a la iglesia de El Rosario le dieron deseos de habitarla por siempre para disfrutarla todo el tiempo. Comprobémoslo: los invito a visitar esa iglesia. Toda ella es una escultura producida por las manos mágicas del escultor Rubén Martínez. Hay que verla por dentro.
Mi emoción como usuario generacional de otras épocas no tiene límites. El turista extranjero necesita conocer monumentos históricos, lo novedoso de una ciudad. Redescubramos lo que no ven los ojos de la indiferencia.

Y como visitante, enriquecido por el Centro Histórico, paso a otro punto relacionado con la misma zona. Sucedió en mi última incursión para buscar un ejemplar de la edición agotada de “Los poetas del mal”.

En esta función ciudadana y callejera me he detenido en una librería que yo llamo, con respeto, “de la calle”, libros de segunda lectura, miles de obras. Pese a ser tan grande la exposición, quizás unos 75 metros y 2 de altura en la acera, no veo al expendedor.

No reparo que se encuentra subido en una tarima alta desde donde puede avizorar a los clientes. Al verme, baja por la escalera de la tarima, micrófono en mano. Pregunta si se me ofrece algún título. Respondo que busco “Los poetas del mal”. “¿Es la novela de Manlio Argueta?”, me pregunta. “Así es”, le digo. “O sea es su novela”, lo dice con seriedad; para que no dude me repite los nombres de otras novelas mías.

De repente, habla por el micrófono a sus dos empleados. “Vengan a ver a Manlio Argueta en la calle”. Lo interrumpo y le digo que paso por ese lugar muy seguido. Pero Jacobo, así es su nombre, continúa sorprendido de descubrir a un escritor en la calle.

Ante mi sonrisa dice: “Doy gracias a Dios y a usted, y también a otros escritores, porque me permiten ganarme la vida honradamente promoviendo sus libros”. Ahora soy yo el sorprendido: “¿Gracias a mí también?” Le digo por lo de Dios. Me reitera: “¡Claro!, hay dos o tres escritores que más vendo”. Turbado y para neutralizar su opinión, le digo que me alegra saber que gente de la calle como yo encuentre libros disponibles. Me aclara que, por lo general, son adultos los que les llevan libros a sus hijos. Pero aquí no termina mi sorpresa.

Lo curioso es que, mantenida esa breve conversación, se lleva el micrófono a la boca y habla a uno de sus dos empleados que se encuentran en otro extremo de los 75 metros. “Óscar, vení a ver a Manlio Argueta en la calle”.

Por mi trabajo como cronista literario sé lo valioso de conocer estas vidas, esto me permitió ser varios años un cronista sobre El Salvador, en Europa y Estados Unidos. Llega el empleado, Óscar. Me lo presenta. Pero ante la sorpresa de Jacobo, el joven le dice con seriedad que yo no soy el escritor. El jefe molesto le pregunta por qué lo dice.
El joven responde: “Porque yo lo conozco, ha venido varias veces a comprar libros, y este no es él”. El jefe más fastidiado le dice que no sea tonto. El joven vendedor le dice que puede demostrar que yo no soy el escritor y se dirige a otro extremo a traer una edición con foto en la contraportada. “Mire, compare la foto y a él”.

Esta vez Jacobo pierde la paciencia y le reclama que esa foto no es reciente. El joven no se da por vencido, y le reitera que la última vez le pidió el DUI para demostrar que se trataba del escritor. “Lo conozco”. En posición neutral río por dentro. El joven también sonríe, quizás se está burlando de su patrono.

Esta anécdota me recuerda la película “Kill Bill”, el humor combinado en las escenas más duras. No entendía por qué Tarantino se entretuvo en imágenes, al parecer, sin relación narrativa. Me refiero a cuando Uma Thurman llega a Japón a buscar al experto Hattori Hanzo para que le haga una katana (espada para samuráis), un empleado joven se entromete y le dice al patrono que a una gringa jamás se le debe hacer una katana. Se da una riña entre ambos, Hanzo lo amenaza con golpearlo si se sigue entrometiendo, pues él ya está informado que la Thurman sin ser una samurái está dispuesta a acabar con un asesino. Esta escena produce risa sin saber por qué. Quizás porque se sobrevive en la vida gracias al buen humor en los momentos más dramáticos y trágicos.

Las calles de San Salvador

En recuerdo de mi primer libro favorito, “Las mil y una noches”, cada 15 días traigo a la imaginación al niño que leyó Ali Babá y los cuarenta ladrones, Aladino, Simbad, Sherezada… con esa vieja influencia recorro las calles del Centro Histórico de San Salvador. Trato de redescubrir las situaciones benignas de épocas pasadas en una ciudad tranquila. Recorrer ahora las calles de San Salvador permite, también, registrar algunos de sus rasgos históricos contemporáneos, como insumos de mi narrativa histórica que requiere de detectar lo real.

No hubiera podido, por ejemplo, escribir “Cuzcatlán, donde bate la mar del sur” de no tener contacto directo con campesinos salvadoreños refugiados en Costa Rica. Tampoco escribir “Un día en la vida” de no haber visitado en ese mismo hermano país a cinco mujeres humildes. Llegaron a denunciar el estado de sitio de la ciudad de Aguilares –escenas que se pueden ver en la película “Salvador” (sic) del australiano John Duigan–. La entrevista me dio el estímulo creativo.

Volviendo a “Las mil y una noches”, cuyo origen tiene casi 1,200 años, el califa Harún al-Rashid al recorrer las calles de Bagdad, o de Alepo (en las actuales Irak o Siria), se disfrazaba de mendigo y salía a para ver él mismo si se cumplían sus leyes, reparaba en directo los problemas urbanos para no dejarlos en la confianza de sus asesores, que a veces pueden ser de desconfiar. De esa manera el califa le daba respuesta correcta, como gobernante, a los problemas de su pueblo. En mi caso me disfrazo de ciudadano y dejo a un lado el escritorio burocrático para apropiarme de mi hábitat citadino del pasado.

Aunque ahora se pueden hacer recorridos en autos blindados y vidrios polarizados, no es lo mismo, aunque algo es algo. Para ver las desigualdades y los defectos citadinos a la velocidad del vehículo, pues no siempre el cerebro es tan veloz como el vehículo para detectar lo que pasa frente a nuestros ojos.

En ese trajín de mil y una noches me doy cuenta, por ejemplo, de la deshumanización de las pasarelas –tema abordado varias veces, no insistiré por ahora, que no es con mala intención, sino resultado de vacíos humanísticos de funcionarios que alguna vez justifican los atropellos y muertes por no subirse a las atentatorias llamadas pasarelas–. Si alguien muere atropellado es su culpa, por no subirse al horroroso armatoste; y lo peor: en mis consultas la mayoría admite que el funcionario tiene razón, “mueren por su culpa”. Parte sin novedad. Un asesinato más ¿y qué? No olvidar que el de arriba educa o deseduca al de abajo.

Les cuento algunas experiencias personales: intento cruzar una calle ancha y me prometo no correr, pues el semáforo me da vía verde. Una agente de tránsito dirige el paso con un silbato sin darse cuenta de que este escritor ha comenzado a caminar en verde. No le deseo a nadie quedarse esquivando conductores en sus vehículos a alta velocidad, que huyen de sus irrealidades.
Por supuesto que sobreviví, pero aproveché un espacio apropiado para dirigirme a la agente, explicándole que no solo los automovilistas tienen prisa, también el peatón –ignora mi interés por colectar insumos para mi futura novela–. La joven agente, azorada ante mi reclamo me dice: “Disculpe, que le vaya bien”. Ok, por lo menos, no hay que pelearse con la cocinera. Mi consuelo fue que por lo menos podía hacerla reflexionar.

Otra vez, en la avenida Washington, cuando iba a la mitad de calle se adelantó un auto y me quitó el paso. Esto ocurre cientos de veces, pero esta vez iba de malas pulgas y me quedé frente a frente con el conductor, y le hice una ligera seña para que retrocediera. Su mirada de crimen me hizo volver a la realidad. Ni modo, tuve que dar la vuelta por detrás del vehículo.
Una norma para los de pie: nunca pasen delante de un vehículo detenido ante el rojo del semáforo, pues el conductor está atento al verde, y si no sabes saltar, de seguro te va a arrastrar. Porque el peatón carece de libre paso, una anormalidad que se considera normal, pese a que pagamos un fondo de vialidad, impuesto que me da “derecho”, entre otras cosas, de caminar por la calle. Se agregan los vehículos en la acera: es el peatón quien debe bajarse y exponerse a la muerte.

Y si no, veamos los fallecidos por accidentes de tránsito en 2017 hubo 9,462 lesionados y 1,245 fallecidos.
En el primer cuatrimestre de 2018, enero a abril, llevamos 3,288 lesionados y 455 fallecidos. Si hacemos una proyección elemental (o al tanteo, como se dice popularmente) significa que en 2018 tendríamos 9,462 lesionados y 1,465 fallecidos. Horror. Más muertos y discapacitados de por vida. Si hubiese hijos o familia, ¿quién responde por ellos? Se podría decir que el causante directo, la víctima.

Dada la situación económica de la gran mayoría de salvadoreños, una vida puede costar entre $500 a $2,000, si se tiene suerte. Aunque también el Estado debe proteger la vida de sus habitantes o prevenir el riesgo de perderla.

Una propuesta: hacer un llamado a quienes tienen iniciativa de ley. Hay leyes y reglamentos que podrían evitar la tragedia nacional que estamos viviendo. ¿Qué les parece si se elevan las multas y se cobran sin distinguir influencia (recordar a motoristas de buses que llegaron a tener hasta $8,000 de multa)? Y así podemos evitar la incultura de la impunidad.
La clave, en fin, es hacer cumplir la ley. O será el Estado que responderá por esa carga. ¿Y los verdaderos responsables? Esa sería misión de la Sala de lo Constitucional que por ahora dictamina sobre violaciones constitucionales relacionadas con el tema político. Ya vendrá el tiempo de velar por los derechos violentados del ciudadano común, también establecidos en la Constitución.

Abriendo paso a la memoria

Hace unos dos años prometí escribir 10 novelas (llevaba siete) para después retornar a la poesía, género que me abrió al corpus literario de El Salvador a los 19 años. Ya cumplí con las 10 novelas, cinco de ellas traducidas a más de dos idiomas. De las 10, tres son inéditas, una de estas honrada por la Guggenheim Foundation de Nueva York.

Amigos escritores, incluyendo Roque Dalton (ver su poema “Postal a Manlio”, “Poesía completa de Roque Dalton”, DPI), me señalaron mi lentitud en escribir; algo que en nuestro medio repercute en inexistencia (algunos se sorprenden de ver a un escritor vivo, pues para ser “escritor” se debe estar muerto). Todo ha sido por mis ausencias de años en los que presenté mis libros (la India, Inglaterra, Suecia, Holanda, Alemania, Estados Unidos, etc.).

Confieso que soy escritor de fines de semana, fiestas de guardar y natalicios familiares, además sacrifico socializar con amigos. Porque la mayor parte de días los dedico a promover el libro, la lectura o custodiar el patrimonio bibliográfico nacional. Implica romper con las cuatro paredes de la oficina, la silla y el escritorio para llevar la biblioteca a la calle y a las comunidades y ver si se contribuye a la reconstrucción social. Mi frase guía para 2018: “Como la montaña no puede venir a ti, tienes que ir a la montaña”.

Pienso que promover el libro y la lectura me será más fácil si me dedico a escribir poesía (dedicaciones de joven adolescente fue la poesía y la matemática, de esta última ya me olvidé). No quiero decir que escribir poemas sea fácil; quizás fácil por exigencias del reloj, pues he dicho muchas veces que escribir poesía es más complejo que escribir novela; esta es más oficio, más profesión; mientras la poesía es vida interior para reconstruirse uno mismo.

La novela exige concentración para mantener el hilo de un libro que, por lo general, puede sobrepasar las 200 páginas, eso la hace difícil para un escritor a quinto tiempo o de quinto mundo. La satisfacción es que cada novela podría equivaler a una tesis doctoral, si tiene mérito para traducirse a varios idiomas. Pero un poemario gradúa en espiritualidad, no exige tesis. Poco importa si el poema es social, amoroso o procaz (como digo de poetas nacidos antes de Cristo: Catulo y Marcial). Lo espiritual no quita lo sensual; toda vez se logre un estado de elevación para no extraviar el poema.

Retiro lo dicho de volver a la poesía al alcanzar 10 novelas. ¿Entonces qué escribiré? Lo mismo que estoy haciendo en estos precisos instantes: trabajar lo que cargo en mi memoria. Sí, memoria y biografía son géneros literarios, de modo que no dejaré la literatura, solo trato de ganar espacios para ir a la montaña. “Hay tiempo para todo” (Eclesiastés).

En 2017, tuve otra frase guía de Alberto Masferrer, escrita hace más de 100 años en “La cultura por medio del libro” (1915), “leer para no ser manipulados”, palabras que parecen radicales si no fuera porque la lectura da lucidez para saber quién miente y quién dice la verdad. El espíritu crítico. Más ahora con la tecnología y las “fakes news” –noticias falsas– con las cuales el más inteligente cae en la trampa.

Todas estas notas me parecen un buen pórtico para escribir momentos privilegiados de mi vida. El mejor ejemplo: recibí mis primeras guías religiosas con un personaje que ya pertenece al mundo y a la eternidad: el padre Óscar Romero; como “padre” lo conocí de niño. Así lo recuerdo en la catedral de San Miguel, cuando un niño perseguía las procesiones desde los ocho años (mi madre decía que yo era niño libre desde los siete años). Al llegar al atrio de la catedral escuchaba sus homilías. Una semana completa con homilías dedicadas a la Virgen de la Paz (cuarta semana de septiembre). Los domingos asistía a sus misas, no importaba que fueran en latín, y al terminar iba a ver dos películas en dos cines diferentes (el Teatro Nacional). Al leer “The end” salía corriendo para llegar a tiempo a la que se exhibía en el Cine Principal.

Aunque mi madre nunca iba a misa, su religiosidad se enriquecía al enviarme a misa y darme 10 centavos para que después pudiera ir a las dos sesiones de películas. En el Nacional, “Los tres chiflados” o de “cowboys”; y en el Principal, dibujos animados.

¡Claro!, ese niño no imaginaba que estaba departiendo con un santo futuro, pues solo era el “padre Romero”. Algo más: en mi adultez he hecho amistad con el hermano del santo: don Gaspar Romero. Mis disculpas porque ha ido a visitarme y no me ha encontrado. Todo por eso de “ir a la montaña”, o “sacar la biblioteca a la calle”. ¿Privilegio o bendición? Depende de ser religioso practicante o creer para conocerse a uno mismo, como el caso de mi madre y yo.

Espero que mis nietos –bastante chicos (ninguno pasa de los 12 años)– puedan decir que su abuelo departió su inocencia con un personaje que pertenece a la eternidad. “No por ser héroe sino por haber dado su vida por los pobres de El Salvador” (cardenal Vicenzo Paglia, postulante del nuevo santo). Sí; hay una gran diferencia conceptual, pues no siempre la palabra del héroe responde a la convicción de dar su vida por lo que cree. Hay héroes y héroes.
El género memorias pienso trabajarlo en dos fases; la primera abriría con estas líneas.

Una segunda exigirá una reflexión total de vida, incluyendo aspectos que quizás no sean de interés público, sino de catarsis personal. Además, debo reflexionar si las memorias valen por lo que ha vivido una persona o por su significado en el entorno social o por su valor literario. Ya hice memorias en un primer intento con “Siglo de o(g)ro”, y “Los poetas del mal”. Pero estos dos libros fueron más ficciones, las escribí para hacer aceptable una realidad que no siempre es bella para nadie.

¿Por qué y para qué la poesía?

El 14 de mayo se celebra el Día Nacional de la Poesía y conmemora el natalicio del poeta Roque Dalton, por decreto legislativo. Ante esta celebración, he reflexionado sobre la poesía. Por qué se le rehúye y no se lee. ¿Por qué las editoriales no quieren publicarla, y se da un círculo más pernicioso que vicioso: no se publica porque no se lee; no se lee porque no se publica.

Además, es el día de toda la poesía salvadoreña y no de los poetas. Ojo, no hay asueto, pues se celebra una abstracción. Aunque si reflexionamos sobre poetas, debemos recordar a Claudia Lars, Vicente Rosales, Oswaldo Escobar Velado, Claribel Alegría, Hugo Lindo y otros que se nos adelantaron.

A propósito del día 14 de mayo, mi último libro publicado se titula “Los poetas del mal”, como se agotó la edición lo considero inédito, y para colmo me quedé sin mi ejemplar (así como conservo algunas traducciones, pero otras las he extraviado). Y para más pena, un crítico de Norteamérica dice que conoce toda mi novela y cree que este es el mejor libro que he escrito. Me llega. Aunque tengo tres novelas sin publicar y pienso que alguna de ellas puede competir con las otras siete novelas ya editadas.

Escribo lo anterior porque tanto sociólogos, politólogos y antropólogos pueden dar una respuesta sobre este problemas humanístico, las preguntas del título de este trabajo. Para comenzar cito a un gran escritor de Argentina, (pese a no dejar ningún libro de poesía). “Yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron el mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena”, Robert Arlt (1900-1942).

De la antigüedad, solo cito algunos poetas que vivieron antes de la era cristiana, estoy seguro de que todas las generaciones de jóvenes los conocen por estar en los programas educativos. El caso de Homero (siglo VIII antes de Cristo); Hesíodo, casi de la misma fecha; Esopo, Esquilo, Píndaro y Sófocles, Virgilio y Horacio, todos vivieron antes de la era cristiana. Se leen por obligación cultural: Homero sobrevive porque contribuyó a plasmar la historia, pedagogía y cultura de la época, a lo que hemos dado continuidad. Siguen vigentes porque no cabe duda que forman parte del desarrollo educativo occidental.

Luego vinieron dos poetas de principios de nuestra era, el poeta latino Catulo y el poeta hispano Marcial (40 antes de C.; 104 después de C.), este último menos lascivo, procaz y más satírico contra los emperadores. Son así los más fuertes “poetas sociales” de todos los tiempos, incluso hay poemas que por sus imprecaciones e inventivas no me atrevo a transcribir; atacan con burla, mordacidad y lascivia al sector gobernante.

Ante ellos, el marqués de Sade, Henry Miller y el poeta contemporáneo Bukowski son unos angelitos. Algunos poemas de Catulo estuvieron censurados hasta el siglo XX. Además de burlarse del poderío imperial y de la política corrupta, los comentaristas de la época al analizar a Catulo decían que “el poeta puede ser una persona respetable, pero no así sus poemas”.

El poeta maldito, contemporáneo, y estudiado en el mundo Charles Baudelaire decía: “Un buen poeta debe ser una mala persona”. En fin, pese a ser poetas que causaron escozor a la sociedad, sus poemas se proyectaron desde lejanos siglos hasta el renacimiento y al romanticismo, clave para el desarrollo humanístico, para una disciplina de valores que forman la sensibilidad y condición humana que permite reformas culturales y educativas hasta el momento. Y una paradoja: los emperadores y sus favoritas se recuerdan porque los poetas los mencionan. Su poesía sobrevive los siglos y por eso se les califica como clásicos.

Puntualizo en el contexto centroamericano con mi novela “Los poetas del mal”, el personaje Henri Michó pregunta a Pablo Vallejo si los poemas necesitan un hábitat parecido al infierno patrio. Ratifica: “Amamos nuestro infierno”. Y con este argumento se niegan a emigrar. Y luego proclaman contenidos que recuerdan la “Carta a los patriotas” de Salarrué. O la narrativa de Robert Arlt. Dice Pablo Asturias: “Mi patria es el paisaje producido por la basura, las casas de hojalata y cartón o de papel periódico, los ríos contaminados con heces fecales, o con metales venenosos de la industria tercermundista”. Aun así, reafirma, “el deber indica quedarse entre las llamas para contribuir a apagarlas, aunque sea con un buchito de agua”. Para el personaje Michó, los poetas centroamericanos dictan su inmolación desde que adquieren certificado de nacimiento. Octavio Vallejo se siente obligado a prevenir, acepta la vida amando a Góngora y a Quevedo para perder temor a la muerte. “… el único camino es imponer nuestra cordura y huir de la agonía que se nos receta”.

Henry Michó prefiere destruirse a ser destruido, quiere morir inédito como Kafka, y ama a los poetas suicidas: a Mayakovski, Esenin, Silvia Patz, la Storni, Chema Arguedas, Horacio Quiroga, Asunción Silva, Primo Levi, Jonathan Swift.

La grandeza de Kafka, dice Pablo Asturias, es que hizo literatura al margen de sus miedos, pero exigió la quema de su obra nunca publicada. Michó: “Max Brod su gran amigo a quien le hizo la recomendación, no cumplió la promesa y de esa manera Kafka escribe los libros y Brod inventa el kafkianismo”.

Para Octavio Vallejo el poeta es un fantasma histérico de la sociedad; Michó le replica: “Quisiste decir fantasma histórico”. Vallejo: “Es igual, el histerismo es el signo dominante de la historia”.

Pero hablemos también de nuestros antepasados americanos originarios: si hay un Día de la Poesía pensemos en Nezahualcóyotl (1402-1442), antes de que llegaran los españoles a América. Para qué y por qué escribieron. Por qué seguimos leyéndolos y escribiendo sobre ellos.

Bueno, poetas, hay tanto para reflexionar este 14 de mayo.

P. D.: En anterior columna dije que la tecnología ni el libro son innovación. Claro que nos dan oportunidad de crear conocimiento y aprendizajes, pero como herramientas para generar capacidades. No sirven de nada si solo son objetos decorativos

Creatividad, innovación y conocimiento

Esta semana la Biblioteca Nacional y otros amigos que nos apoyaron celebramos con la Segunda Caravana del Libro el Día Mundial del Libro (20 de abril). Agradezco a la agencia consultora que promueve la creatividad, que nos permitió involucrarnos en el “Foro de la creatividad y la innovación en el sistema educativo”. Agradecimientos a la empresa de bebidas que nos acompaña siempre, al Proyecto de Arte y Circo Social; a Innovaciones Educativas Centroamericanas y a la prensa de TV. Por razones atendibles, no logramos obtener acompañamiento de las instituciones que nos cooperaron en la Primera Caravana (2017). Pese a todo, la celebración del libro y de la creatividad e innovación fue un éxito completo.

Quizá estas prisas organizativas me llevaron a soñar dos noches antes del evento. Soñé con mi madre. Ya antes he escrito de ella. En mi casa de infancia no había ningún libro (en otra ocasión me extenderé sobre este tema), pero mi madre lo solventó usando un recurso intuitivo que permitió educarnos desde la primera infancia. En aquel hogar de una sola habitación nos decía poemas, también nos contaba novelas (recuerdo “María” y “Los miserables”), narrados con su prodigiosa memoria, producto de sus lecturas juveniles. Y me estoy refiriendo a las primeras cuatro décadas del siglo pasado, cuando no se había investigado el papel maravilloso de los aprendizajes a edad temprana, una época en que ciudad San Miguel solo contaba con un semanario de cuatro páginas. No había más, ni radio y menos TV.

El sueño me atrajo lo “depositado” en el cerebro: el título de un libro que había olvidado: “Ollendorf for Been Good”, método de aprendizaje del inglés. En las conversaciones con sus hijos hablaba de gramática, de aritmética recreativa, decía poemas en francés y nos enseñaba palabras en inglés, lo elemental de la comida. La humildad de nuestro hogar me hizo preguntar cómo había aprendido idiomas, tan inusitado en ese tiempo de tan extremadas limitaciones. En el sueño con ella me mencionó ese título en inglés que había olvidado después de tantos años. Al despertar, me fui directo a internet y ahí encontré el libro. Lo maravilloso del cerebro es que no “extravía” lo aprendido, queda ahí.

En otro contexto, repito la conversación con mi nieto de nueve años, me dice que si yo sé que no todos los planetas del sistema solar giran en la misma dirección. Mi respuesta es negativa, imagino que se trata de algún video. Me explica que todos los planetas giran en dirección a las agujas del reloj, solo Venus gira al contrario. No estuve satisfecho y acudí al internet y lo confirmé. Este es uno de los sorprendentes aprendizajes en la era tecnológica, pueden provenir de cualquier fuente sin importar edad ni niveles.

Es el mismo nieto que a los cinco años y medio me mostró los planetas del sistema solar que había hecho en plastilina. También me sorprendido esa vez. Le pregunté si conocía los nombres de los planetas. Me los dijo. Al terminar, le digo: “Te faltó Plutón”. Su respuesta me impactó: “Pero abuelo, si Plutón no existe”. De nuevo me fui al internet y encuentro: “Desde 2006 se descubrió que Plutón dejó de ser un planeta”. Esta última anécdota ya la había dicho en anterior ocasión, pero la repito por el significado de un logro en la continuidad de los aprendizajes y del conocimiento.
En ocasión reciente mi nieto menor de tres años y meses juega con un teléfono, va subido en la carretilla del supermercado. Protesta: “Mamá, ya no vengamos a este súper”. ¿Por qué? Y responde: “Porque aquí no hay wifi”.

Otra anécdota ilustrativa con mi nieta de cinco años y medio, quien al visitarme del extranjero se sorprende porque estoy escuchando la música que ella oye para dormirse. Le pregunto si conoce la música. Sin vacilar me responde: “Es Mozart”. Meses después visito su país y me pregunta si me gusta el break dance. Respondo afirmativo. Entonces trae un pequeño equipo que cabe en sus manitos, aprieta unos botones y comienza a sonar Shakira. Al momento la niña inicia su baile saltando de un sillón a otro o dando vueltas sobre su cuerpo en el suelo. Un año después, ha escogido como deporte colegial el “parkour (“salto base”).

¿Niños con talento? No, dice el profesor Gorka Garate, del MINED, en su participación del foro que mencioné arriba. “Todos los niños son talentosos, aunque otros pueden tener alto rendimiento; talento lo tienen todos”.

Estos ejemplos me permiten reflexionar que las innovaciones son producto creativo. Si no tengo acceso a conocimientos, me privo de insumos para crear. Eso es la experiencia, que se va a incrementar si soy lector, si me informo a la altura de los tiempos, es difícil ser creativo e innovador si evado estos aprendizajes. Innovar como resultado creativo proviene de la imaginación, y esta se enriquece de las realidades, de lo que se apropia el cerebro. El paso de gigante para tomar decisiones, para proponer e innovar, entendido este último concepto como cambio, no se dará si no se comprende la realidad global por vacíos de conocimiento.

Promover la creatividad y la innovación no es un “reto de país”, parto de otra idea de Gorka, representante del MINED en el foro. Innovar es un reto de la gente, porque “país” es un agente encubierto de la abstracción, nadie lo identifica en lo concreto, por consiguiente, no se evidencia como elemento que asuma responsabilidades. Son las personas concretas quienes deciden y emprenden.

Y algo más: la tecnología no es innovación, como tampoco lo es el libro, siendo dos puntos extremos entre modernidad y tradición. Ambos son medios que facilitan crear e innovar. Y como capitán de la nave está el sistema educativo que nos debe llevar al puerto de las capacidades transformativas, para no tener que hablar de cambio sin saber lo que se debe cambiar y cómo en este mundo de descubrimientos acelerados y continuos.

Centroamérica de silencio profundo

Los últimos acontecimientos de nuestra región, relacionados con los emigrantes indocumentados, nos traen a la mente tantas historias ocultas o silenciadas. Gritarla es una deuda de quienes estamos obligados a reconocer nuestras señales de identidad; apropiarnos de actitudes constructivas y destructivas para emularlas y superarlas. De esos desconocimientos debo citar las invasiones directas que sufrieron dos países centroamericanos por un grupo de invasores que se hizo llamar Falange Americana. Ya hemos hablado del jefe, William Walker. Se hizo nombrar presidente de ese país, pese a no manejar una pizca de castellano. Con ese poder quiso continuar la invasión en Costa Rica, organizando un cuerpo de internacionalistas aventureros, europeos y estadounidenses. Fueron derrotados en la batalla de Santa Rosa (marzo, 1856).

Años antes México había perdido la mitad de su territorio (1841). Fue en la época del Destino Manifiesto, expresada en la frase “América para los americanos”, este último concepto se entiende como Estados Unidos. Una década después se dio la Guerra Civil entre supremacistas del Sur, partidarios de la esclavitud, y los abolicionistas en el Norte, que resultaron victoriosos. La idea de la supremacía blanca, como lo dice Walker en su diario de guerra, era poblar Centroamérica de dos razas puras, los esclavos negros y sus propietarios blancos. La idea providencial de Walker terminó con su derrota propinada por los ejércitos aliados centroamericanos, en la ciudad nicaragüense de Rivas (1857).

Esta guerra produjo miles de pérdidas en vidas centroamericanas debido a la superioridad técnica militar y armas modernas usadas por los mercenarios, se agregaron las enfermedades, entre otras el cólera morbus. Pese a todas esas desventajas los esclavistas resultaron vencidos.

Los que aún tenían fresca en la memoria esta lucha emprendieron en la primera mitad del siglo XX varias iniciativas integracionistas; el más denodado y ahora en el olvido fue Salvador Mendieta, nicaragüense, considerado un apóstol de la unión centroamericana “con una percepción ístmica de Centroamérica como totalidad histórica” (Margarita Silva, Universidad Nacional, Costa Rica). Aunque siempre estuvo rodeado de detractores, pero también de simpatizantes. Incluso Mendieta fundó un partido unionista, a cuyos integrantes se les tomó como “románticos”. Esos bastó para silenciar su sueño.

Sin embargo, esa cadena de esfuerzos en el tiempo repercutió en la segunda mitad del siglo XX con políticas públicas de integración con resultados concretos, algunos para bien y otros para mal. Uno de esos resultados fue el Mercado Común Centroamericano, roto dramáticamente después de la guerra entre El Salvador y Honduras. También se formó la tristemente célebre Organización de Estados Centroamericanos (ODECA), que con su área prioritaria denominada Consejo de Defensa Centroamericana (CONDECA) fue un organismo abierto en defensa de las dictaduras militares regionales.

No hay duda de que los sueños de quienes dirigieron aquellas gestas libertarias o esfuerzos de integración repercutieron años después con los grupos intelectuales, el más conocido en la primera mitad del siglo XX fue Joaquín García Monge, en cuya revista Repertorio Americano que desde Costa Rica promovió hacia América Latina la literatura y el pensamiento regional, ofreciendo cabida en sus páginas a escritores de Centroamérica y de habla hispana.

En muchas formas y volviendo al siglo XIX, la Campaña Nacional, como se llamó en Costa Rica, me motivó a escribir una novela de la que de mi parte denomino “Guerra patria centroamericana”. Conflicto que terminó con la captura en la tozuda y quinta invasión de William Walker, quien nunca aceptó la derrota de Rivas sufrida en 1957. Fue fusilado en Puerto Trujillo, Honduras, el 12 septiembre de 1860.

Por triste paradoja, en otro marco diferente a la guerra el héroe y estratega de esa guerra justificada fue asesinado tres semanas después (30 de septiembre de 1860). Me refiero a Juan Rafael Mora Porras, benemérito de la patria costarricense, quien no solo alertó sobre el peligro de los filibusteros, sino que hizo grandes esfuerzos para involucrar a los cinco países, sin importar las ideas contrapuestas que se tuvieran. El enemigo común, Walker, significaba la total dominación de Centroamérica.

Cabe destacar que en el ejército costarricense sobresalió el general salvadoreño, originario de Suchitoto, José María Cañas (declarado “defensor de la libertad de Costa Rica” por la Asamblea Legislativa del hermano país). Tanto Mora como Cañas fueron victimados en Puntarenas, luego de un juicio ilegal por quienes se opusieron a la guerra por afectar sus intereses económicos; estos fueron los autores intelectuales que manipularon a militares traidores y ambiciosos, incluso participantes de la guerra. Con la idea de retomar el poder Mora y Cañas habían partido de Santa Tecla donde estaban exiliados y llegaron al puerto de Puntarenas. Los esperaba una emboscada producto de una traición.

En la actualidad el silencio histórico solo es roto por Costa Rica y Nicaragua; sin embargo, encontré en El Salvador dos libros de esa gesta libertaria: “La invasión filibustera de Nicaragua y la guerra nacional”, del salvadoreño Ricardo Dueñas van Severen, publicado en 1956. Y otro, de Carlos Pérez Pineda, “Guerra centroamericana contra los filibusteros 1856-1857”, publicado por la Secretaría de Cultura, 2017.

Los centroamericanos desconocemos esa historia oculta. Nos hemos privado de la memoria verdadera, que nos permita reconocer a los héroes que nos construyeron desde nuestra identidad originaria.

Al respecto señalo un ejemplo personal: en 1967 conocí la carta relación de Pedro de Alvarado a Hernán Cortés. Ahí se narra la batalla de Acaxual y Tacuzcalco contra los pipiles, nada preparados para defender su territorio contra seres de otro mundo. Eso me motivó a escribir mi primera novela publicada en Argentina. Quise dar vida a una gesta solo conocida por unos pocos historiadores. Esa carta no apareció en mi formación académica, pese a que desde el 8.º grado conocía las obras literarias e historia clásica universal de los programas de estudios.

La reforma educativa debe incluir los aullidos de la historia regional, si queremos la transformación proclamada. Cincuenta años después, repito aquella experiencia con la historia de la guerra nacional centroamericana. Espero que no sea un grito sin eco en los rincones oscuros de nuestras desesperaciones sociales.

La sociedad es el poder

En la Biblioteca Nacional, además de los usuarios cotidianos, tenemos visitas guiadas que pueden alcanzar los cinco mil visitantes al año, con promedio de dos horas por visita. Además, se lleva a las comunidades la biblioteca móvil, se asiste a centros escolares con talleres de lectura impartidos por bibliotecarias jóvenes. La próxima semana, por ejemplo, nos visitarán niños y niñas de 5.º grado con la idea de conversar sobre la novela “Un día en la vida”. Me encanta este detalle y digo por qué.
Hace 25 años, recién llegado a mi país, luego de décadas de ausencia, tuve mi primera sorpresa: niños de 8.º grado me entrevistaron sobre literatura. Les pregunté cómo sabían tanto de literatura nacional y latinoamericana. Qué si eran niños talentos. Respondieron que solo eran estudiantes de la materia de Literatura.
Debo recalcar que los de 5.º grado y estos de 8.º provenían o provienen de colegios privados católicos. Varios años después de esta visita, me visitaron egresados universitarios de la carrera de Letras y me sorprendió el gran vacío comparado con el grupo de estudiantes de 8.º grado. A nadie debería molestar esta observación, si lo reitero es porque este tipo de descuidos se da en todos los ámbitos de la vida nacional. Un conformismo que debemos revertir. Porque cada vez se nos hace demasiado tarde, aunque no creo sea mal irremediable para el país, pero es un elemento de retraso en el desarrollo.
En tal sentido, en la Biblioteca Nacional no queremos ser solo repositorio de libros, sino una biblioteca humana (concepto adaptado a nuestra realidad): ir a la montaña, si ella no llega a nosotros. Esto parecería una perogrullada, pero por ciertas inacciones pareciera que esperamos que otros resuelvan los problemas; y esos “otros” no existen, somos “nosotros”.
“¿Y si nos ahorcamos?” –dice un personaje de la obra de teatro “Esperando a Godot”, queriendo salir de la desesperanza; pero Godot no llegará nunca a solventar una existencia pasiva.
Por tal motivo nos esmeramos en visitar y no resignarnos a que nos visiten. Salimos al encuentro humano con la idea de la extensión cultural, conscientes de ser alternativa colateral de educación, siguiendo los principios de Alberto Masferrer, tal como lo dijo hace 102 años (“La cultura por medio del libro”). Como ven, poco hemos cambiado pero los retrasos justifican la innovación. Nos satisface que el siglo XXI de la información y el conocimiento tiene apertura global. Además, por medio de la biblioteca digital (www.redicces.org.sv) y por los recursos electrónicos que nos facilitan las bibliotecas universitarias (CBUES), recibimos interacción del investigador desde cualquier país. Esto también lo consideramos en lo tecnológico como biblioteca humana: llegamos al mundo donde están nuestros compatriotas.
En educación parto del músico y productor negro Quincy Jones, ahora de 86 años, productor de “Thriller”, donde Michael Jackson es el cantante. Jones, que se jacta de haber “salido” con una hija del actual presidente, es ganador de 28 premios Grammy; (web de El País, febrero 08/2018, España). Me gusta su frase y la recreo, en educación el real poder para aprender es de quienes aprenden, el maestro solo es el mensajero de lo diseñado por el sistema educativo. Extendiendo el concepto, la gente es el poder y sus representantes políticos son sus mensajeros.
Por tal motivo, si queremos un cambio cultural que nos libere de los entrampamientos sociales, económicos y éticos debemos educar al ciudadano, trasladar el poder hacia quienes realmente deben tenerlo: a la ciudadanía, la comunidad. Y no al revés. Porque la nación no es la mensajera.
Individual y socialmente debemos apropiarnos de estos conceptos, no conformarnos como somos, y atacar con educación las contradicciones sociales. Dentro y fuera del territorio nacional tenemos tantos ejemplos para superarnos; pese a las dificultades trágicas de la emigración. No permitir que se nos reconozca por lo que nos destruye cada día, inconscientes de que con ello nos autodestruimos, como si cada sector de nuestras intolerancias fuera el enemigo a morir. No creo que las nuevas generaciones acepten esa irrealidad deshumanizada, ni los “baby boomers”, ni los “millennials”, ni la generación Z, los nietos menores.
Se nos enrostra valores de perversidad, “el comal dice a la olla”, quiénes han sido protectores de dictaduras del siglo XX. Esto hace sentir más grave la ofensa, porque al dolor producido lastima heridas que aún sangran desde los últimos 40 años. Lo que podemos sacar de positivo de dichas recriminaciones es que esos gritos del gran poder nos despierten para no ser perseguidos por las pesadillas. No esperar la voz hiriente para elevar la autoestima de los salvadoreños.
En fin, demos gracias a Dios de que seguimos vivos y de que la geografía fue benigna con nosotros al no concedernos combustibles fósiles, ni minerales preciosos ni estratégicos. Eso es causa de pobreza, pero también da posibilidades de reconstruirnos sin el riesgo de sentirnos amedrentados por las amenazas o las intervenciones. Toda esa crisis debe ser punto de apoyo para un salto, para volver sobre nosotros mismos, para de verdad sentirnos orgullosos.
Pero volvamos a la idea de educarnos con actitudes sensibles. Solo se necesita creatividad y voluntad política, y con ello algo más: incluir e integrar la nación. Para incluir necesitamos políticas públicas. Para integrar requerimos iniciativas que deriven en abono de una nueva cultura de la sociedad civil. Partir de iniciativas innovadoras, transformadoras. Más que de los sentidos, necesitamos conocer y reconocer con el corazón (lo dice “El principito”) nuestro acontecer casi siempre trágico. Basta que incursionemos en la historia reciente y pasada.
Pensemos con las emociones, aunque decirlo parezca una chifladura. Desde ese punto de vista apropiarnos de nuestra historia emociona y ayudar a construir puentes necesarios para llegar a la otra orilla, y así “cruzar el lago de la sangre”, como dice “Macbeth”. Al otro lado estará una civilidad a punto del suicidio; esperando al que piensa distinto, encontrarse a mitad del puente, la forma de cruzar ese lago, que nos dice “Shakespeare”. Buscar felicidad para todos.

Creatividad e innovación

Siempre acepté el concepto de creatividad como la capacidad de reaccionar y responder a las situaciones no esperadas. Se comprobará la capacidad imaginativa (creativa e incluso intuitiva) si doy a tiempo la respuesta a un problema. Según ese concepto, las respuestas creativas surgen ante la dificultad no prevista para resolver una acción y superarla. Es mejor si el hallazgo es original, si es novedoso el resultado. Seremos creativos de acuerdo con las capacidades imaginativas para dar la respuesta que permite continuar adelante con el objetivo fijado. Esto sucede cotidianamente en la creación literaria o en cualquier expresión oral, encontrar la palabra y la sintaxis que organice una comunicación con aciertos.

Para quien tiene como modo de vida resultados estéticos (producir obra de arte) no necesariamente tendrá comprensión en determinado marco social o temporal. En esto hay una diferencia con la ciencia, desde la matemática hasta las ciencias sociales y políticas. Cito ejemplo en literatura que es lo que más conozco. Dos casos, aunque hay muchos: el de Thomas Bernhard, escritor de lengua alemana de origen holandés, cuya saga autobiográfica le sirve de referencia al salvadoreño Horacio Castellanos Moya en su novela polémica “El asco”.

Thomas Bernhard fue expulsado de Austria, no era austríaco de origen, por su narrativa autocrítica y autodestructiva contra el nacionalismo de ese país, que el escritor con intensidad amaba y odiaba al mismo tiempo. No voy a juzgar su razonamiento. Sin embargo, no pasaron muchos años para ser considerado el autor icónico de Austria. En Costa Rica, el caso más relevante es el del escultor Francisco Zúñiga que se vio obligado a emigrar, ante las burlas recibidas por su obra innovadora (creativa en alto grado), y con los años se convirtió en su país de adopción (México) en uno de los 10 escultores contemporáneos más sobresalientes del mundo. Nosotros tenemos la suerte de contar una bella escultura a la entrada del Museo de Arte (MARTE).

En los ámbitos actuales se considera la imaginación como base de lo creativo, capaz de fomentar una cultura innovadora que tiene como origen el acceso a las nuevas tecnologías informáticas. Es el camino del conocimiento contemporáneo sin lo cual no podremos entender las respuestas de una civilidad expresada masivamente. Lo entiendo como un llamado a no quedarse congelado en las concepciones que fueron verdades en otros contextos y tiempos. Conozco personas que viven en los años sesenta del siglo pasado, es una forma estancada de no imaginar ni crear cambios de pensamiento. Porque si este y las invenciones provienen del contacto con lo vital, la creatividad solo puede provenir del conocimiento de una realidad con alcances globales, donde el pasado solo es una referencia para saltar a nuevos resultados.

Hace años pude entender mejor el tema de la imaginación, creatividad e intuición al alternar con un profesor de Estética, de origen español, que se guiaba por uno de los más sobresalientes filósofos del arte (Georg Lukács), quien explica cómo el raciocinio queda en segundo plano para darle paso a la emotividad, a la sensibilidad, que es el resultado en obra la de arte, los sentidos son las escaleras de entrada al palacio del conocimiento, que permiten entrar a los recintos emotivos que llevan al cambio de la humanidad.
Siguiendo el recuerdo del profesor español de Estética, cuando no existían las nuevas tecnologías para ser creativo se debía comenzar por conocer y procesar con intermediación de las emociones. Es la ruta del arte, la educación y la cultura.
“… Faltan escuelas, bibliotecas, museos, teatros, más librerías, más centros de estudio para niños… que la luz penetre al espíritu del pueblo, para no perdernos en las tinieblas… el gran error de nuestro tiempo es doblegar el espíritu humano hacia el bienestar material, alejándolo del bienestar intelectual. La gran misión educativa es orientar el espíritu hacia la conciencia y la belleza. Así encontraremos la paz con nosotros mismos y en la sociedad” (Víctor Hugo, 1848).

La capacidad sensible va unida al conocimiento racional, pero luego se separan en el momento creativo. Por eso las innovaciones educativas implican no dejar tareas a menores de 10 años, ni tampoco facilitar libros de colorear. Se debe dejar al escolar en libertad de usar su tierna alegría para crear. Como dicen algunos educadores “el niño es creativo hasta que ingresa a los formalismos de la escuela”. Ningún sistema educativo debe dejar de lado ofrecer las facilidades creativas.

Con ello se crea emoción válida que estimula toda invención literaria o científica. Incluso en lo laboral, la emotividad debe estar presente en el trabajo que realizamos. Desde ahí se contacta con la vida, base para imaginar e inventar, ahora facilitadas por una nueva dinámica del conocimiento. No solo reconocemos, sino que somos conscientes para provecho individual y social de que en las tres últimas décadas ha habido más inventos y descubrimientos favorables a la humanidad que en los 2,000 años de la era cristiana. La creatividad ha tenido “la capacidad de generar nuevas ideas o conceptos, nuevas asociaciones entre conceptos conocidos, que habitualmente producen soluciones originales”, cito la Wikipedia.
El español Francisco Menchén Bellón afirma que el progreso de la sociedad del conocimiento estará centrado en tres grandes pilares: a) desarrollo de la creatividad; b) fomento de la innovación en todos los ámbitos de la vida; c) conocimiento accesible gracias a las nuevas tecnologías informáticas y comunicativas que nos llevan a otros pensamientos de acuerdo con esa realidad.
Estos ejes aplicados a las organizaciones modernas nos permiten no quedarnos en un pasado sin cambios; aunque para muchos sea grato ver pasar el tiempo desde su conformidad. Los cambios a la velocidad de la luz en la comunicación hacen desaparecer la lenta información en papel (analógica). Si no se aprovecha ese cambio, la nueva ruta hacia el conocimiento, para crear e innovar, corremos el riesgo de estancarnos en los sueños del siglo XX,