Ciencia, tecnología y creatividad

Desde hace años manejo un concepto sencillo de creatividad: posibilidad de saber actuar ante realidades o acontecimientos imprevistos.

Esto implica buscar soluciones, en todos los ámbitos del conocimiento. Pero es en el arte donde más se ha usado el concepto, aunque no se contradice aplicarlo a la ciencia y la tecnología.

Respecto a lo artístico, hace muchos años, muchos, tuve un maestro español de estética y lingüística que me estimuló estudiar a Georg Lukacs, filósofo del siglo XX que estudia el fenómeno de la realidad y su percepción por los sentidos para estimular la creación en general; aunque de Lukacs me interesó más la creatividad en función del arte; quien también aporta al investigar que el conocimiento no solo se da en el área de los sentidos y su proceso cerebral, también se percibe por todo el organismo lo cual incluye también conocer por medio de las emociones: el arte, el amor, los valores, los sentimientos en general.

Clave de un buen poeta, por ejemplo es producir en el lector la misma emoción sentida por el escritor; tesis me parece que es de Octavio Paz, “no debo escribir para mí, sino pensando en los demás”. Esto coincide con Lukacs, porque eso es “conocer” en arte. Otra cosa es que otros escritores sostienen que cuando escriben no piensan en el lector. Me quedo con Paz. Ejemplo: Frank Kafka escribe “Cartas a Milena” desde su emoción, o Salinger en sus “Nueve Cuentos”; igual Ana Frank cuando escribe su “Diario”; lo mismo ocurre en la música, y artes plásticas, danza. La emoción que tuvo el artista al producir su obra nos emociona.

Respecto a la tecnología, ya el sistema educativo revisa su importancia y su interacción con sus políticas. Digo algo más: de acuerdo con consultores internacionales: las aplicaciones tecnológicas no solo afectarán las conductas, sino al empleo, pues se requerirá carreras de nuevas demandas. Incluso hay peligro que desaparezca ciertas profesiones. Aunque no creo que en El Salvador sea algo emergente. Sin embargo, no se debe improvisar llegado el momento pues de todas formas, no sabemos cuándo será ese momento. ¿Diez años, quince años, veinte?

Estas consideraciones me llevan a pensar en lo necesario que se estudien las artes y la literatura como materias básicas. ¿Por qué? En primer lugar porque despiertan la creatividad. Y de acuerdo con analistas educativos del siglo XXI, al estudiar el desarrollo de las tecnologías, sostienen esa desaparición de profesiones si el profesional no es creativo. Y si queremos profesionales de este tipo, necesitamos también docentes creativos. Dicha realidad mencionada se dará de acuerdo con el desarrollo de cada país, dentro de diez años, o veinte años.

Entonces es tarea pensar ya en los niños en formación educativa. Y si bien nuestro desarrollo tecnológico es difícil se compare con países como los Estados Unidos y Europa o los asiáticos (Japón, Corea y China), la necesidad de desarrollo tecnológico llegará sin avisar, porque por ahora solo somos consumidores de sus herramientas. La estrategia para no relegarnos debe ser paso a paso, con los que ya estamos atendiendo desde la Educación Inicial (de cero a 3 años), por ejemplo; e igual con docentes ya en preparación. Hace cinco años se hablaba de estar cubriendo solo un 2.5 % de niños en dicha área. Esa proporción ha aumentado al 5.1 % en 2017 con tasa neta de 29,009 niños y niñas hasta agosto de 2017, cifras que no incluyen la educación Parvularia que cubre el 56.3 %, que sumando la Educación Inicial, hacen un total de 225,431 niñas y niños atendidos de cero a siete años (datos de 2018 del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología).

Como vemos el reto es grande pues estamos hablando del futuro del país y sus implicaciones con el desarrollo tecnológico. Tenemos entonces un reto emergente por cubrir y es lo que yo llamo la estrategia de paso a paso.

De manera que la innovación educativa en los niveles mencionados ya comenzó. Incluye la concientización del papel del arte para una educación integradora. Leer y escribir y despertar el imaginario (y emprender “la creatividad, como valor cultural o como aventura”). Esto significa ofrecer metodologías para el desarrollo de la creatividad desde los 3 años.

Fundar una “escuela” nacional encaminada a formar futuros liderazgos, fortalecer la autoestima social y la política de inclusión. Entiendo, hay limitaciones económicas, en especial en centros educativos públicos. En tal caso, la lectura en voz alta es solución, permite contar con un solo ejemplar en el aula. Insistir en la literatura, y evitar que sea arrinconada por la lingüística en centros de educación superior. Para no imponer la lectura se requiere que el docente se emocione, conozca la obra, traslade su emoción al niño o al joven. Así vamos a crear bases para formar conductas propositivas y participativas; repercutirá en el desarrollo nacional y en democracia real.

Se enseña a pescar, no a repartir los peces. De ese aprendizaje nos toca prepararnos para los pasos siguientes hacia la apropiación del desarrollo tecnológico, no conformarnos con consumir. Que la prioridad estratégica de modelos educativos beneficien la educación inicial y la superior. Urge invertir y evaluar estos dos niveles. Un modelo que suprima la repetición donde el estudiante es solo un oyente.

Veamos, entonces, lo planteado arriba, sostenido por expertos, sobre las profesiones que no tendrán futuro en un mediano plazo: médicos generales, abogados sin especialización, arquitectos diseñadores, contabilistas, “que serán sustituidos por programas de computación”. Tendrán demanda “los profesionales con habilidades artísticas, cuya capacidad creativa no puede ser sustituida por una máquina ni por un robot”.

El reto es trabajar a partir de los pasos ya iniciados, con lo mínimo que tenemos en ciencia y tecnología; no permitir que sea vaciada de humanismo. A este se llega con lectura, bibliotecas, libros y apropiadas metodologías de aprendizaje.

Además, incide en la prevención de violencia, con “educación, cultura y desarrollo de las capacidades juveniles” (según dice la UNESCO refiriéndose a El Salvador).

Escritores y acciones de vida

Aprovecho mis vacaciones de fin de año para escribir e investigar sobre la vida cotidiana del escritor. Escudriñando en mis lecturas he encontrado varios pasajes de escritores, periodistas y poetas sobre una vida que contrasta con el concepto que se tiene tradicionalmente sobre ellos, muchas veces producto de una sociedad no lectora y desde ese punto de vista inculta. Entendido el concepto como falencias en la integración con la vida, no tiene que ver si se es profesional o de escasas letras. El mejor ejemplo lo da José Saramago cuando dice que su gran maestro de sabiduría fue su abuelo analfabeto. La falta de vida origina que el calificativo de poeta se confunda con modoso, sin oficio, vagabundo, ajeno a su realidad. Prejuicio que a la larga tiene alto costo cultural.

Pero veamos unos pocos ejemplos, pues he encontrado muchos casos que ilustran lo contrario del prejuicio.

Gordon George Byron (1778-1824), poeta y escritor inglés, aristócrata, heredero de grandes propiedades. El liberalismo de su época lo llevó a involucrarse en la insurgencia de otros países, al grado de formar batallones militares para apoyar la independencia griega del imperio turco. Siguió su propósito y eso le costó la vida a los 36 años. Es considerado un clásico inglés.

William Walker (1864-1860), poeta (precisamente su preferido era Lord Byron), médico (graduado de la mejor universidad de Estados Unidos, Pensilvania), periodista, abogado, políglota y militar. Al llegar a Nicaragua con su mercenarios se entronizó como presidente por el poder de sus armas; su mira era apoderarse de Centroamérica y el Caribe. Afirmaba: “La raza mestiza es la decadencia. ¿Qué se debía hacer? A mí me tocaba americanizar Centroamérica… regenerar a las razas mestizas?” (New Herald, 7 de junio de 1857). “Acción que solo puede hacerlo un país poderoso y civilizado”. Su intervención guerrera costó la muerte de un aproximado de miles de centroamericanos, sin tomar en cuenta a sus mercenarios estadounidenses y de Europa. Incluso recibió elogios del gran poeta Walt Whitman por su valentía al invadir otros países atrasados (México, Cuba), que Walker calificó de ociosos y perversos (lo dice en sus memorias de guerra).

A propósito de esa gesta independentista centroamericana contra Walker, cito al capitán y poeta Francisco Iraheta, del ejército salvadoreño (no he encontrado referencias del escritor, solo históricas); aparece un parte que da la idea de esa guerra: “Señor, nada más debo darle parte que anoche murió el último soldado de mi compañía”, se dirige a su general en jefe, Ramón Belloso.

Amos Oz (escritor y periodista israelí, 1939-2018). “Novelista prolífico, laico pero con profundo conocimiento de la tradición religiosa y hondo sentido de la compasión, y controvertido pacifista en una tierra donde condenar la violencia suele considerarse traición… Su obra refleja la historia milenaria de un pueblo y el conflictivo parto de una nación contemporánea” (Armando González, Letras Libres, México). Está considerado el mejor prosista en lengua hebrea moderna, egresado de universidades de Jerusalén y Oxford. Fue oficial en el ejército israelí y participó en las guerras de los Seis Días (1967) y en la del Yom Kipur (1973) (Enciclopedia en Línea).

Amos Oz habló del compromiso de un escritor desde su primera obra hasta su desarrollo total como escritor. Posteriormente se convertiría en destacado militante por la paz y simpatizante de los movimientos insurgentes de América Latina. Dedico más líneas a este escritor, que hablaba español, porque nos vimos varias veces en conferencias internacionales. Como eterno candidato al Premio Nobel, no habérselo dado –dice la crítica literaria– privó del Nobel a uno de los escritores más sobresalientes de la literatura contemporánea.

Franz Kafka (1883-1924), judío checo. Sus libros que más me influyeron fueron “Carta al padre” y “Cartas a Milena”, aunque no son sus obras más representativas. Con casi todos sus libros sin publicar, en su lecho de muerte le dijo a su amigo y editor Max Brod que rompiera todos sus originales. Brod intuyó que la humanidad no podía perderse de su literatura y no le cumplió la promesa.

J. D. Salinger (1919-2010), su novela “El cazador oculto”, conocida también como el “Cazador en el centeno”, influyó en el asesinato de John Lennon, según lo manifestó el criminal. El hecho dio pie para hacer cine de tercera categoría de crímenes de carácter macabro.

A propósito, uno de los cuentos de Salinger, “Hace buen día para cazar el pez banana”, lo leí en una revista con temas del hogar en una peluquería de quinta categoría en el Centro Histórico. El peluquero me la ofreció mientras ejercía su labor. Jamás había escuchado sobre Salinger y lo descubrí de casualidad. Este hecho trivial me anonadó e inspiró para escribir y publicar mi primera narración en 1964, titulada “El nombre” (Revista Vida Universitaria). Un hecho tan casual me tiene escribiendo hasta ahora narrativa en vez de poesía.

Un ejemplo paradigmático sobre ejercer oficios disímiles fue el de Miguel de Cervantes (1547-1616), quien como capitán peleó cinco años, de tal manera que en su tiempo fue considerado “soldado y poeta”, por partes iguales en su vida. Combatió en Turquía y en Túnez. Fue prisionero y esclavo en las galeras, y casi pierde un brazo en la batalla de Lepanto.

Otro caso es la gran novela contemporánea: “Ulises“, de James Joyce (1882-1941). Sin embargo, cuando se la dieron a leer a la escritora y editora inglesa Virginia Woolf declaró que no había podido leer “semejante basura” (The Times). A propósito, años después, he tenido el honor de publicar dos novelas traducidas al inglés en esa editorial de Londres.

También pasó en España con “Cien años de soledad”, rechazada por considerarla baladí, lo cual creó resentimiento en el escritor colombiano Gabriel García Márquez, pero lo superó posteriormente. España respiraba el oscurantismo fascista de Franco, pero la editorial era propiedad de editores y escritores aperturistas (Seix Barral) frente a la censura. Consideraron que esa obra como novela jamás tendría futuro en España ni en Europa. “Cosa veredes, amigo Sancho”.

Migración, educación y habilidades blandas

Sobre los temas mencionados arriba, se hace más evidente la necesidad de comenzar a solventarlos desde ya, aunque existen algunos programas tocados con timidez. Tímidos porque se invierte con lástima pese a conocer la clave del desarrollo: la educación. Se necesita mucho más para cultivar en el tiempo una sociedad de convivencia que mitigue las tormentas sociales, incluye también desplegar iniciativas para ofrecer oportunidades a los jóvenes, a los que no tuvieron más opción que emigrar o delinquir para existir.

Esos se convierten en los eslabones de una cadena de la cual no es fácil liberarse. Y en el tema educativo, en las áreas básica y superior, se dejaron de un lado cultivar habilidades creativas. Pero la sociedad global nos fue alucinando con un pragmatismo que renunció a crear talento asertivo que permitieran enriquecernos con destrezas y talento en la formación de nuestros recursos humanos.

Lo reiteramos: cultura y educación. Entendido esto como formar en comportamientos sociales, en sensibilidad frente al otro, en proyectar conocimientos profesionales para una función pública orientada al bien de la comunidad. Es fácil plantearlo, pero necesitamos saber cómo implementarlo. Pensar a largo plazo. Si en estos momentos otros países en desarrollo lo emprenden, nosotros también podríamos lograrlo. Toda vez dejemos de vernos el ombligo en el espejo del tiempo y comencemos desde ya. Iniciemos con la niñez. Reflexionemos si el arte y la lectura son fundamentos para contar con una sociedad culta, entendido en su concepto amplio que implica respeto y convivencia, reconocimiento de derechos propios y ajenos.

Algo inmediato por fortalecer es formar a docentes que puedan recibir a los niños que ya se están por sí mismos formando en uso de medios informáticos, ofrecerles continuidad en esos aprendizajes. Toda vez no caigamos en el formalismo de currículos academicistas, para no llegar a puntos de partida del estancamiento.

Es prioritario perder el concepto del aula como encierro, y pensar que la vida está en todas partes, e interpretar esto como una forma de aprender y educarse para ser cultos. En algunos países ya se dan esos pasos relacionados con la vida presente, para lo cual se enfoca la reducción del período semanal de clases, en supresión de tareas, en la creación de espacios abiertos donde el docente comparte con el estudiante. Las investigaciones de la neurociencia educativa nos darán las respuestas acertadas si procedemos correctamente en esta búsqueda de adecuar la formación educativa acorde con las proyecciones de desarrollar las inteligencias artificiales.

Recuerdo años atrás cómo los discos duros se transportaban en vehículos pesados, y ahora podemos guardar en los bolsillos de la camisa su equivalente en información. No lucubro: hace 10 años era inconcebible ver a personas humildes de cualquier edad usando nuevas tecnologías para comunicarse. Lo veo cada día en la universidad de la calle, en humildes comerciantes informales.

Por cultura generacional, soy un aficionado al Centro Histórico, y observo con admiración a vendedoras de frutas en carretillas comunicándose con esos medios avanzados que llamamos “teléfonos inteligentes”, que dentro de un par de años serán ruinas del pasado. Porque la ciencia se acerca cada día más a proyectar sus novedades tecnológicas a la velocidad de la luz.

Algunas de estas reflexiones me las despertaron al leer una noticia de Costa Rica, que pese a sus problemas fiscales, ocupa un lugar relevante en desarrollo dentro de los países de América Latina; en siete o 10 décadas emprendió una educación cultural ciudadana que no se mide solo con un título de educación superior, sino con educación y cultura socializados. Comenzó con el denominado Estado Benefactor, creado por un político distinto en su época: don Pepe Figueres.

Eso fue permitiendo cambios sociales que se manifestaron en uno de los tres mejores sistemas de salud de América Latina; agregado el tema ocupacional, que permitió reducir el desempleo formando mano de obra calificada en función de un plan nacional de desarrollo a la vez que se emprendía una formación cultural ciudadana desplegando políticas públicas para beneficio social.

La clave estaría en una educación ciudadana que pueda incidir en decisiones públicas, una ciudadanía participante no solamente para ir a colocar su voto en unas urnas. Hace unos 25 años, entre nosotros, se llegó a decir que no se necesitaba poner énfasis en la formación superior, idea que surgió porque habíamos descubierto el boom de las maquilas necesitadas de obra barata, no necesitaba habilidades calificadas. Fracasado el proyecto, se dio como por arte de magia la migración hacia los países desarrollados. Porque desde antes esa migración masiva solo buscaba a Honduras para tener los salarios de las bananeras o migraba a Guatemala en procura de una moneda equivalente al dólar en esa época.

Volviendo de nuevo a Costa Rica, hace unos 12 años visité el Tecnológico de Cartago para ofrecer una conferencia de orden cultural. Previo tuve breve charla con su rector (había sido mi alumno en la Universidad de Costa Rica, UCR), me decía que el problema en ese momento era convencer a los estudiantes de graduarse como técnicos para ingresar al mercado de trabajo y que la universidad les daría facilidades para quienes quisieran sacar con posterioridad el título de ingenieros.

Actualmente ese problema lo han resuelto con visión de desarrollo, creando una quinta universidad nacional: la Universidad Técnica Nacional. Las otras cuatro son la Universidad Nacional de Heredia, la Universidad Nacional a Distancia (por cierto, con la editorial más desarrollada de toda Centroamérica) y la Tecnológica de Cartago, tres instituciones que vi nacer en el hermano país; además de trabajar en la universidad histórica, incluida entre las mejores universidades de América Latina, la UCR.

En fin, la educación con las llamadas habilidades blandas pone énfasis en forjar a personalidades para cultivar liderazgos mediante aprendizajes centrados en estimular destrezas comunicativas y propositivas, propiciando la creatividad y disciplina como normas de aprendizaje, sin caer en la cultura gamonal o principesca de mando y obediencia, equivocado o no, ante el silencio del educando o del subalterno.

Muros y contramuros culturales

Hace una semana leía del novelista Juan Villoro que no sabe si es periodista o novelista, y que se siente más dentro de la ética si hace periodismo. El problema es que lo ético pareciera estar más emparentado con la objetividad, y la novela, como ficción, debe inventar, le respondo. Es su gran fuerza. El periodismo es verdad cotidiana que llega a la gente en el momento puntual, aunque las hemerotecas sean grandes fuentes de historia. Pero la novela, aun siendo ficción, se convierte en verdad por encima del tiempo. De acuerdo con una frase del Premio Nobel Vargas Llosa, “la novela es una mentira verdadera”.

De mi parte hago periodismo que no solo sea puntual en la cotidianidad, sino como memoria cuya principal característica es la búsqueda de sobrepasar el tiempo. Así, cuando Fedor Dostoievski escribe “Crimen y castigo”, jamás imaginó que su obra sería considerada de gran aporte a la ciencia de la psicología, tan importante como los trabajos de Sigmund Freud. Y menos se imaginaría que luego de estar en las cárceles de Siberia, donde escribió su novela “El sepulcro de los vivos”, continuaría siendo leído 150 años después y recordado históricamente, aunque no pretendía escribir una novela histórica que retratase a la Rusia zarista que maltrató su figura relevante en la literatura universal, porque Dostoievski representa su idioma como Cervantes el castellano. Y James Joyce, Wolfgang Goethe, Gustave Flaubert y Víctor Hugo, maestros de su idioma inglés, alemán, respectivamente, y los dos últimos del idioma francés.

Además, sus escritos representan expresiones multiculturales. Unen al mundo. Nos hacen respetar culturas diferentes, que es forma de supervivencia. Los que escribimos español debemos sentirnos orgullosos de tener el segundo idioma con más hablantes originarios, superado solo por el mandarín, con más hablantes que el inglés.

Pongo ejemplos sencillos: viajo en tren desde Francia, pasando por Suiza, hacia el Norte de Italia. En los vagones solo se oye el leve sonido de la máquina de alta velocidad, nada de bullicio, como un tren fantasma. Muchos ciclistas y personas transitan en la tarde dorada que ilumina la calle paralela. Las ventanas van cerradas. El silencio en el vagón es interrumpido por un altoparlante que anuncia la cercanía de la frontera suizo-italiana. Al entrar lentamente a Italia, la mayoría de pasajeros, en su mayoría italianos, salen de sus camarotes al pasillo y abren las ventanas que dan a la calle. Piropean con bullicio a las muchachas jóvenes. Confirmo la lección aprendida de mi abuela, “dondequiera que fueres, haz lo que vieres”. Los italianos respetaron el silencio en su tránsito por Alemania y Suiza, pero al llegar a su país se convierten en italianos.

Uno de los problemas que detecté en mi reciente viaje –julio de 2007– al área de Maryland, Virginia y D. C. es que muchos salvadoreños quieren seguir siendo salvadoreños “a la salvadoreña”, lo cual choca con la intolerancia actual, incluso contra el idioma español, porque después de la tragedia en Nueva York el 11 de septiembre, Estados Unidos ya no es el mismo, aunque la mayor parte de salvadoreños o centroamericanos se asimilan a nuevos modelos educativos y de conducta.

Esos modelos deben comenzar adentro, pues somos migrantes por antonomasia. He leído, en esta revista donde escribo, sobre las increíbles matanzas de civiles, incluyendo a niños menores de un año en las zonas campesinas (El Mozote, El Calabozo, Las Tres Calles, etcétera); y sobre el irrespeto a los derechos de la mujer que culmina en feminicidios, de los índices más altos en América Latina; patriarcalismo fatal que culmina en crimen e intolerancia ante las opciones sexuales.

No se puede medir qué es lo más trágico, si las matanzas o la violación de derechos humanos, que, sin una educación cultural, culminan en crimen. Tenemos que aprender de la vida, educar para aprender a asumir nuevos valores y conductas, donde impunidad y hegemonismo culminan en delitos dramáticos por insensibilidad ante los excluidos.

El tiempo nos tomó por sorpresa y de pronto nos damos cuenta de que deponemos el bien social a favor de ambiciones y privilegios; estamos asfixiándonos en las cámaras de grandes vacíos culturales. No se trata de dar lecciones a nadie, sino de hacer reflexionar sobre la importancia de conocer el curso de nuestra vida republicana que no va a comenzar mañana, sino que pronto cumplirá 200 años. Y no estamos sentados en un lecho de rosas, como decía el emperador azteca mientras los conquistadores le quemaban los pies.

Vuelvo a recordar a mi abuela –”haz lo que vieres”. Recuerdo también a unos 15,000 campesinos pobres que llegaron a Costa Rica provenientes del departamento de Chalatenango y del norte de El Salvador, y con una humildad más acentuada porque huían de masacres, dejaban atrás a niños, hermanos y abuelos calcinados; sin embargo, su resiliencia vital les permitió deponer conductas “nacionales” para asimilar que cultura y educación se complementan con documentos migratorios. Luego, al final de la guerra en nuestro país, las familias refugiadas optaron por emigrar de Costa Rica a Australia y Canadá. Por experiencia sé que aquellas personas con las que trabajé, acompañado de personalidades costarricenses, transformaron la vida a su favor.

“¿Crees que la renuencia política estadounidense para apoyar la emigración sea de tipo cultural?”, le pregunto a un amigo. Me responde que la persecución se centra en los latinoamericanos –centroamericanos y mexicanos en especial– no solo por ser los que más emigran en busca de oportunidades de vida o huyendo de la muerte, influye el prejuicio racial que es cultura deprimida.

Preguntémonos por qué los pueblos asiáticos han crecido en las últimas cuatro décadas después de sufrir guerras que han costado millones y millones de víctimas, casi convertida en cenizas su geografía original. Comencemos por reconocer que el problema es nuestro, sin distinciones, y que las tragedias podrían continuar si no nos abrimos y damos pensamiento a nuevas visiones y reflexiones si queremos encontrar las respuestas a la tragedia interminable.

La patria centroamericana en éxodo

El éxodo de los tres países llamados Triángulo Norte, aún no termina ni está en la voluntad de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños ponerle punto final, por considerarlo cuestión de vivir o morir; o vivir muriendo. No quiero ser dramático. Pero solo veamos las fotografías en los medios de prensa que nos hace ver hasta dónde llega la desesperación de la gente para buscar oportunidades. Algo que en 25 años de pacificación regional no se pudo prever pese a que, caso de El Salvador, tuvimos emigraciones desde el primer tercio del siglo XX hacia Honduras, con graves consecuencias, pues culminó en una guerra entre hermanos. Fue menos dramática hacia Guatemala.

Ahora nos toca ver impávidos las fotografías que nos trae la prensa diaria, incluyendo llamados en México a que los carteles actúen con sus sicarios para acabar con el éxodo centroamericano, o amenazar con disparar a nuestra gente si osa cruzar las fronteras. Aunque la sensibilidad humana nos dice que eso no va a suceder. Sin embargo, el escarnio y el trato indigno ofende la razón de ser de la nación centroamericana, en especial Honduras, El Salvador y Guatemala. Las fotografías de la prensa diaria nos dicen de la desesperación ante una desesperanza ingrata. Y ello incluye niños de brazos, hombres y mujeres jóvenes. Saltan desde los puentes al río, evaden bardas, se exasperan. Lo cual justifica que se les llame personas violentas e incluso criminales. Ignoran que el éxodo busca la vida aun enfrentado la muerte.

Ante todo esto cabe preguntarse ¿qué hacer? ¿Cómo vamos a reaccionar? ¿Culparemos solo al país que construyó su riqueza con emigrantes europeos? Ellos que ya cubrieron sus necesidades históricas huyendo de las devastaciones y miserias producidas por la guerra o por los exterminios étnicos y por buscar oportunidades ante los cataclismos europeos.

Ante esa realidad reiteremos con cuatro preguntas lo que recalcan los medios mundiales. Primero, ¿quién sufraga estas caravanas? Entre varias explicaciones se llegó a decir que el financista era un multimillonario (un originario de Hungría que llegó a Estados Unidos al huir del nazismo que pretendía el predominio étnico por mil años); ahora opositor del actual presidente de Estados Unidos, también descendiente de emigrante en busca de oportunidades. De modo que si nos liberamos de prejuicios, la migración no es pecado mortal, por el contrario, llegar a América fue la bendición para el europeo deprimido.

Segundo, ¿violan las leyes los migrantes y se les debe exigir legalidad para entrar al país que los recibe? Tercero, ha habido un engaño delincuencial que ofreció facilidades de entrar a Estados Unidos. Cuarto, ¿Hubo fallas de políticas públicas de ofrecer una educación orientada hacia el desarrollo del país? O bien no la hubo, o fue muy precaria. Países pequeños que no pudimos salir de nuestras limitaciones económicas, pese a haber sido grandes luchadores a lo largo de su historia.

Para homologar, no puedo dejar de referirme a la presidenta de Finlandia, un país con un poco más de 5 millones de habitantes. Le preguntan a ella el “milagro” de tener un desarrollo mundial avanzado en la producción de tecnología informática. La presidenta responde que hay tres grandes razones: “educación, educación, educación”. Milagro que está en nuestras manos realizar como se ha repetido tantas veces. Claro, educación en el sentido amplio que incluye desarrollo cultural. El siglo de la información y del conocimiento nos dice que desarrollo económico implica tener una sociedad culta, preparada. Es aquí donde cojea la mesa de cuatro patas. El milagro lo han experimentado también países asiáticos que en menos de 40 años están a la cabeza del desarrollo. Menciono solamente dos para no sobreabundar: Corea (51.5 millones de habitantes) que resurgió de una guerra que implicó millones de muertos el siglo pasado y que ahora hasta coopera con los países deprimidos; y Singapur (5.7 millones) con inesperados saltos desde la pobreza y que ahora sorprende al mundo.

En el siglo pasado, entre nosotros, la caldera social estalló en levantamientos por exigencias de mejor vida; desde los genocidios de las etnias mayas en Guatemala a la guerra civil en El Salvador, en la medida que no se encontraron las salidas justas para superar las desigualdades. Honduras no se salvó de estas tragedias genocidas, menos dramáticas aunque más constantes hasta nuestro tiempo, como una gota de agua que horada la piedra. La paradoja está en que los tres países anunciamos estar a las puertas de la abundancia, pues el fin de los conflictos dictatoriales implicaba democratización, equidad y bienestar integral.

Reflexiono un caso de El Salvador: han salido unos 80 mil bachilleres promedio en los últimos 10 años, de ellos solo 40 mil pueden entrar a estudios superiores. Ingresan unos 10 mil a la Universidad de El Salvador. El resto entra a universidades privadas. Si ponemos un período desde 2008 a 2018 han quedado en el aire 400 mil jóvenes con menos de 30 años de edad. Y entre los que lograron graduarse, gran porcentaje, por no recibir orientaciones vocacionales, sacan un título y quedan en la calle. Muchos de esos graduados se han sumado al actual éxodo.

El fenómeno no es nuevo, y eso nos obliga a preocuparnos y buscar salidas en cada país.

En 1990, 1,300 centroamericanos emigraron para huir de la pobreza o la guerra. La paradoja fue que al fin del conflicto se aumentó en un millón más (a 2000). En 2006, el éxodo se incrementó en millón y medio. Al 2010 subió en medio millón más. En 2015 el total de emigrados centroamericanos es de 3,385,000, de los cuales El Salvador contribuye al éxodo con 40 %. Guatemala tiene 27.4 %. y Honduras 17.7, continúa en porcentajes Nicaragua, con 7.6; Panamá, 3.1; y Costa Rica, 2.7 %, esto según datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos.

Frente a esa irrealidad, nadie está exento de ofrecer luces, proponer políticas públicas educativas y culturales. O podría arrasarnos un maremágnum de tragedias irreversibles.

Desde la patria del niño

Esta semana que se inicia celebramos el IX Festival de Literatura Infantil. Gracias a quienes nos alentaron para llegar a esta versión que ha favorecido a niños y niñas de comunidades vulnerables. Difícil citar a los que nos favorecen con su comprensión y sensibilidad hacia un evento tan necesario para nuestros pequeñitos invitados. Agradecemos a algunas universidades y empresas privadas de todo tipo, a editoriales, y en especial a poetas y artistas que creen que la lectura y el libro se asocian si se les da un momento de alegría.

La lectura a esa edad es inolvidable. Recuerdo que en mi primer grado, el director de la escuela pública de San Miguel, en la formación general, nos decía un poema de Espino, y visitaba el grado para leernos cuentos del libro “Corazón” de Edmundo de Amicis. Así supe de la nieve en aquel calor migueleño, y de juegos con bolas de nieve. Por eso relacionamos libros y lectura con recreación artística. En fin, un festival es fiesta, sencilla; con hondura educativa.

Escribo esta columna conmocionado por los niños y adultos que dejan su país, la patria a la que se dedica la oración a la bandera y en la que se le rinden honores a los que declararon la independencia. Si al escribir temblara la voz, estas líneas serían ininteligibles. Pero la palabra escrita permite plantear con serenidad reflexiva propuestas de solución, más que discursos o lamentos.

A propósito el 30 de octubre conversé con uno de los poetas visitantes al IX Festival de Literatura Infantil, además cofundador: Jorge Tetl Argueta, de raíces náhuat (traduce poemas a ese idioma); por interés adquirido desde su infancia en Santo Domingo de Guzmán, y porque como emigrante hacia el Norte convivió por cuatro años en la reserva indígena de los Paiute Shoshone, Nevada, huésped en sus cabañas piramidales de cuero. Quiso encontrarse a sí mismo y encontró la poesía. Ha ganado varios premios en EUA y publicado allá 22 libros de literatura infantil.

Conversamos sobre las dificultades que pasamos para organizar desde la Biblioteca Nacional el Festival Infantil; de pronto surgió el tema de los emigrantes que salieron el 28 de octubre del monumento al Salvador del Mundo. Jorge Tetl los visitó la noche previa para leerles poemas a los salvadoreños que se reunían en dicha Plaza. Hicimos a un lado los problemas económicos del festival y pasamos a un tema ultrapreocupante.

Decidí entrevistarlo con un café y un cachito salado, siempre lo disfrutamos en nuestros encuentros. Me dice que algunos observadores ajenos a los emigrantes le aconsejaron hacerlos desistir por lo peligroso, sobre una iniciativa tan riesgosa como encaminarse a las fronteras del Norte. Le pregunto: “¿Qué le respondiste?” Respondió que él había llegado a leer poemas, a ofrecerles café, no a opacarles las esperanzas que les han sido borradas, no iba a frustrarles el sueño que cada quien tiene sobre su vida, aun enfrentando la muerte. “Como me ocurrió a mí cuando emigré, casi pierdo la vida en el trayecto”.

Ente otras cosas, me dijo que se encontró con una señora adulta mayor acostada en el suelo sobre su bolsa negra, donde lleva su ropa, tamales y tortillas. “La bolsa de plástico es para no mojar la ropa ni la comida, porque vamos a cruzar ríos”. Jorge repregunta: “¿Y por qué se decidió por algo tan difícil como viajar a pie en caravana?” La respuesta es digna de figurar en una antología como la del argentino Jorge Luis Borges “Historia universal de la infamia”. La señora respondió: “Aunque estoy mal de la artritis, me duele la muerte, me duele el hambre, me duele la miseria y me duele El Salvador”. Pausa de Jorge Tetl: “Se me salieron las lágrimas”. Me dijo: “Hay que ser muy duro de corazón y de mentalidad para escuchar impávido, pues estoy seguro de que no entrará al paraíso perdido; serán concentrados en campos especiales antes de deportarlos”.

A otro de la tercera edad le preguntó: “¿Por qué se va?” El señor le respondió: “Porque he llegado a viejo y no quiero que se me mueran las esperanzas, todavía creo que merezco trabajar para ganarme la vida”.

Jorge Tetl interrogó a una joven, tenía un nene sentado en las piernas (tirados en la grama del monumento al Salvador del Mundo), y otro mayor de nueve años dormido en su regazo de madre. Preguntó: “¿De dónde viene usted?” “De Santa Ana”. Repreguntó: “¿Por qué no esperó la caravana en Santa Ana? Se hubiera ahorrado kilómetros”. Respuesta: “Porque pensaba viajar sola y si esperaba al grupo en mi ciudad, podía arrepentirme de dejar a mis hijos. Para no retroceder, viajé a San Salvador, tomé a mis dos hijos pequeños, ellos son mi vida”.

Jorge Tetl conoció esa ruta dolorosa de los desiertos cuando migró desde los 16 años. Años después se ha consolidado como escritor de literatura infantil con temas salvadoreños para dar a conocer su cultura originaria en Estados Unidos.

Explico estos testimonios: porque constituyen un aprendizaje para mirar con el corazón (según “El principito”).

Pienso en mi novela “Siglo de O(g)ro”: “La patria de la poesía es la inocencia”. La patria se lleva en los pies hacia el infierno o al paraíso. Esto me hace pensar en ciertos poemas de hace cinco décadas dedicados a niños:

Roberto Armijo: “Los niños nos exigen un mañana/ y el que quiere a sus hijos/ oye el llamado de los hijos del mundo”. Oswaldo Escobar Velado: “Te regalo una paz iluminada./ Un racimo de paz y de gorriones./ Una Holanda de mieses aromada y California de melocotones”. Manlio Argueta: “Y quedábamos solos, hijos de Dios, abandonados a la noche y los candiles,/ preguntándonos por qué tanta desgracia…/ Los niños debajo de las sábanas,/ mientras tanto, oíamos retumbos/ que venían del fondo del volcán”.

Esta es mi primera propuesta: educarnos en sensibilidad, utilizar los recursos en educación, en arte, deportes. Gritarlo con terquedad hasta abrir el corazón a visiones humanas abonadas con cultura humanística.

Como niños de un planeta extraño

En un gran cuento de Salarrué, “Semos malos”, padre e hijo emigran a Honduras para ganar dinero en las bananeras, meca de los trabajadores salvadoreños de aquellas épocas, años treinta del siglo XX. El viejo y el joven emigran para ganar dinero poniendo canciones en su fonógrafo. Van a pie, y en el camino les salen al encuentro cuatro criminales que los matan para robarles.
Los bandidos se ponen a escudriñar el fonógrafo y logran escuchar los discos. La idea de Salarrué es mostrar que quien tiene poder puede mostrar arrepentimiento, a solo un paso para pedir perdón. No importa si ese poder es perverso, como el caso de los ladrones. Este, el mejor de sus “Cuentos de barro”, estuvo cumpliendo 119 años el 22 de octubre.
Salarrué trata el tema trágico con una gran delicadeza poética, tanto en el manejo de padre e hijo asesinados como el arrepentimiento de los delincuentes.
“Dicen quen Honduras abunda la plata. —Sí, tata, y por ái no conocen el fonógrafo, dicen…”
Como decía el poeta Roberto Armijo cuando veía una injusticia: “Es que los humanos somos ingratos”. Ese criterio de verdad, sostenido por Armijo, nos causaba expresiones irónicas por parecernos inocentes juegos que se dan entre hermanos de letras.
Alguien que comete un crimen solo se diferencia en grado de quien maneja su poder con soberbia y vacíos de conocimiento e información.
Pero no solo entre los excluidos suceden ingratitudes. Lo conocemos desde el Renacimiento, cuando Miguel Ángel Buonarroti fue sometido por un papa que encadenaba al genio en los andamios para que pintara la Capilla Sixtina.
“¿Cuándo vas a terminar la Capilla Sixtina?”, le decía el sacerdote. Miguel Ángel respondía: “Cuando pueda”.
Y el santo papa Julio II, hombre al fin, le dio un par de bastonazos. El universal maestro del Renacimiento reaccionó abandonando el Vaticano para huir a Florencia; sin embargo, su intuición genial lo hizo retornar sin recibir presiones, porque estaba claro que debía dar fin a una obra que sería destinada a la eternidad artística. Regresó a terminar su obra.
¿Y Mozart? Castigaron al genio que nunca dejó de ser niño no por desconocer sus dotes, sino por antisolemne, poco lisonjero con los príncipes que no entendieron su humor, ni en su libertad para expresarse como era. Fue inhumado en una fosa común como desconocido. Nunca se supo de sus restos.
¿Y el gran poeta peruano César Vallejo? Muerto de tuberculosis y abandonado en París. ¿Y García Lorca, poeta transparente y femenino, fusilado por los militares fascistas? ¿Y Fiódor Dostoyevski en su celda de muerto en vida? Aunque su prisión valió para que nos dejara su obra “El sepulcro de los vivos”. El maestro del idioma ruso no tuvo perdón del representante de Dios en la tierra: el zar. La herencia de Dostoyevski equivale en idioma ruso a Cervantes, quien nos dio la Biblia del idioma castellano, El Quijote.
¿Y Van Gogh? Sus cuadros pudieron terminar en un basurero de no ser porque el hermano Theo los conservó en el closet de su casa. El genial pintor optó por el suicidio a los 37 años. Su valor fue reconocido poco después de muerto. Tanto él como el hermano.
La historia de Van Gogh me emociona porque muchas veces pasé por Antwerpen (Amberes) para hacer conecte en los trenes europeos hacia la cuna del genio pintor medieval Gerónimo Bosch, en Hertogenbosh, una ciudad de entrada a Holanda.
Y en otro milagro visité más de una vez la Universidad Católica de Tilburg, nada menos el municipio donde nació Van Gogh. Todo esto sucedió cuando desde el idioma holandés comenzó a proyectarse a otros idiomas mi novela “Un día en la vida”. La traducción surgió de manera casual cuando conocí en Costa Rica a dos mujeres holandesas, Adelina e Ineke, ingeniera y médica, respectivamente.
Se emocionaron al leer la obra en español, por el hecho de que se refería a una mujer campesina. Decidieron saltarse los vacíos en lingüística para emprender la traducción. Por supuesto que les di apoyo para desentrañar los modismos idiomáticos salvadoreños.
Pienso que los escritores escogimos el oficio más original, aunque marginal. Marginalidad que significa reto, necesidad de enfrentar con ideas visibilizadas por medio de la palabra reconstruida, que bien manejada constituye un poder, aunque no siempre uno sea consciente de ello, a diferencia de otra clase de poderes que, por su intensidad, pueden volverse prepotencia y amenaza para la vida humana.
Es menos evidente la rebeldía en la pintura y la música, el teatro y la danza, aunque transforma por igual la realidad objetiva. Ocurre que en el escritor es más fácil que se confundan sus visiones con alucinaciones que parecieran poner en riesgo las realidades subjetivas de la tradición.
En fin, repito algunas expresadas en mis comparecencias ante jóvenes:
“Hay que escribir para neutralizar las condenas previas, hay que pintar, hay que hacer música, hay que darse con la piedra de los muros. Nada de ingerir la cicuta como el sabio Séneca o hacerse el harakiri a lo Mishima, ni aspirar el gas como la desesperada poeta Silvia Platz”.
“…Hay que escribir poemarios como lluvia torrencial, el arcoíris surgirá después de la tormenta. Trabajar como la tenaz gota de agua. Lo importante es hacer el milagro de horadar la roca, vencer el irrespeto por estos oficios que, por sagrados, también son sacrílegos. Ser poetas de planetas extraños”.

Memorias del pasado presente

Con ocho años de residencia en Costa Rica fundé el Instituto Cultural Costarricense Salvadoreño con apoyo de Holanda, en primer lugar, Suecia, Noruega, Estados Unidos e Inglaterra, como apoyos alternos. Era el año de 1983. La idea de crear el instituto era dar a conocer expresiones de la identidad centroamericana para beneficiar directamente a los campesinos salvadoreños refugiados. Otros grupos habían sido ubicados en Honduras: La Virtud y Colomoncagua, regiones desoladas y en pésimas condiciones. Llegaron con apoyo de las Naciones Unidas (ACNUR).

Costa Rica aceptó gran parte de los salvadoreños en la ciudad de Heredia. Más del 90 % de Chalatenango: niños, niñas, madres y abuelos. En verdad, no conozco estadísticas, si es que las hay. El proyecto tenía taller de pintura, grupo de teatro y de danza: de niños, adolescentes y abuelos; ventas de artesanías y comidas típicas, y un sencillo centro de información.

El instituto se legalizó con apoyo de personalidades costarricenses que nos acompañaron para fundarlo: el académico y poeta más importante de Costa Rica Isaac Felipe Azofeifa, presidente de la directiva, un año después pude relevarlo en ese puesto cuando el poeta vio que mi persona ya tenía sus propias alas. Otro apoyo fraterno lo ofreció la actriz Mimí Prado, (quien pronto tuvo la iniciativa de hacer de la sala principal un teatro que se llamó de La Calle 15). Años después, Mimí ocupó el cargo de ministra de Cultura.

También estuvo con nosotros don Julián Zamora, exembajador de Costa Rica en El Salvador; también nos dio apoyo Samuel Rovinski, escritor y cineasta costarricense. Otro ángel del instituto fue Gina Orlich (sobrina de un expresidente de Costa Rica Francisco Orlich).

Luego de traducir al holandés mi libro “Un día en la vida”, la cooperación de Holanda apoyó nuestro proyecto, y pronto creamos iniciativas interculturales centroamericanas, suramericanas e incluso europeas.

En uno de mis viajes a Europa, en visitas a entidades de cooperación, a mi retorno me encontré que Gina y Mimí tomaron la iniciativa de derribar la parte interna de la casa alquilada para convertirla en teatro de verdad. Mi susto fue tremendo: de la casa solo quedaba la fachada. Me explicaron que habían aprovechado mi ausencia para ofrecer a la propietaria un contrato por cinco años y promesa de compra. Respiré hondo. Al año se había consolidado el teatro frente a la plaza de la Democracia en la avenida principal de San José.

Once años después finalizamos el proyecto porque, firmado el Acuerdo de Paz, la mayoría de refugiados partió para Canadá, y Australia y otros retornaron a El Salvador. La cercanía con los campesinos salvadoreños (bajo protección de las Naciones Unidas y el Gobierno costarricense) me dieron el aprendizaje para escribir dos novelas histórico-poéticas: “Un día en la vida” y “Cuzcatlán donde bate la mar el sur”, ambas con personajes rurales e incluyeron traducciones en editoriales famosas de Londres y Nueva York, La Haya, Suecia y otros países europeos.
De regreso en 1993 a El Salvador, ocupé el cargo de director de la Librería Universitaria con cargo ad honorem para funcionar como secretario de Comunicaciones y director de la Editorial Universitaria por solicitud del rector Fabio Castillo y ante la carencia de presupuesto para hacer nombramientos.

Posteriormente ocupé el cargo de la Secretaría de Relaciones Nacionales e Internacionales de la Universidad de El Salvador, 1995-1999. Mi mejor logro fue gestionar, a partir de una idea-sueño, la construcción de la villa olímpica en el campus universitario. Mi propuesta al Gobierno fue que una vez pasados los juegos, las construcciones podrían enriquecer la universidad. Es el Polideportivo que ahora disfrutan los estudiantes de la Universidad de El Salvador.

Aclaro el milagro: asistí, en representación del rector, Dr. Benjamín López Guillén, a una conferencia de medicina deportiva (de lo que no sabía ni jota). El evento se realizó en la biblioteca universitaria. Ahí se planteó entre otras cosas alquilar una residencia para alojar a los atletas olímpicos. Propuse al gerente del INDES, Ing. Melesio Rivera, ¿por qué no repetimos otras experiencias de construir villas olímpicas en las universidades? Me pidió que se lo expusiera por escrito. Redacté la carta de inmediato, aunque no tuve oídos. Insistí y nada.

El sueño parecía acabar hasta que un amigo me aconsejó dirigirme a quien tenía el poder político en Deportes por estar muy cerca del presidente Francisco Flores, era Andrés Molins. Escribí otra quinta carta con mi idea. Esta vez obtuve respuesta. En todas estas gestiones recibí el apoyo del rector y vicerrector (Dr. Benjamín López Guillén y Lic. Salvador Castillo, respectivamente). Como funcionario intermedio mi representatividad no era fácil de ser escuchada. Ganó la terquedad.

Para entonces ya había formado una comisión con dos funcionarios más para hacer las gestiones. El más persistente que me impulsó a no cejar en el esfuerzo fue el Dr. Rafael Monterrosa, vicerrector de Bienestar Estudiantil, pues se planteaban propuestas estatales de construir en la casa del deportista en Ayutuxtepeque, pese a ser un espacio pequeño para recibir a las delegaciones internacionales; también se insistía en rentar el residencial privado. Por fin pegó nuestra idea: construir en el campus universitario ganaba la nación, y la educación superior.
Tiempo después llegó al INDES el Dr. Benjamín Ruiz Rodas. Para entonces ya había sido electa rectora Isabel Rodríguez, entusiasmada porque el proyecto tenía pies y cabeza.

Todo fue producto de terquedad, paciencia, visión e intuiciones. Ante mi desánimo y darme por vencido recuerdo al Dr. Monterrosa: “Sigue adelante, hermano, los jóvenes necesitan esas instalaciones, no tirés la toalla”. No era fácil un proyecto de inversión millonaria en la UES. Además había oposición interna, pues se suponía que el GOES pediría privatizar la universidad. Nada de eso sucedió.

Mi última contribución a este hermoso proyecto fue recomendar a un salvadoreño de experiencia en manejar polideportivos en universidades de Canadá. Fue el primer director del Polideportivo; pero yo ya estaba en la Biblioteca Nacional, año 2000.

Y colorín colorado, este recuerdo del pasado presente ha terminado.

Educación artística y creatividad

Hace poco leí algunos artículos de la Revista Akademos, de Universidad Matías Delgado, uno de sus trabajos es el conversatorio sobre “La calidad de la Educación Artística en la Formación Docente, Recorridos y Desafíos”, en el que participaron Marta Eugenia Valle, Sara María Boulogne y Mario Zetino, con introducción de Óscar Picardo. Más adelante haré breves reflexiones de lo expuesto en dicho trabajo.

Recién leído ese trabajo fui invitado por Fundación Horizontes para los Pobres a la “Séptima edición del proceso de escritura creativa: Atrévete a escribir”, evento realizado en un hermoso teatro situado en el cantón Cabañas, que sostiene la Fundación para la Educación Experiencial. A propósito la ONG Horizontes presta apoyo valioso al Festival de Literatura Infantil organizada por la Biblioteca Nacional, que tiene como población participante comunidades en riesgo, tal como también lo hace Horizontes.

El evento “Atrévete a escribir” tuvo lugar en el teatro Yulkuikat, también participante del evento al igual que ESE Ediciones. Entre otros invitados, los principales fueron los 340 niños y niñas que asistieron al teatro, de los cantones de tres departamentos del país: Valle Nuevo, Planes de Perulapía, San Antonio, El Papaturro, Caserío Palacios y algunas colonias periféricas de Ciudad Delgado, para recibir premios por su literatura creativa.

Esa visita me recordó otra que hice al cantón Loma del Muerto, en Sonsonate. Aunque de diferente índole, este tipo de eventos demuestran que se está trabajando a ese sector tesoro del presente, la población de la esperanza. Este trabajo con niños y niñas de zonas periféricas, en su mayor parte organizadas por iniciativas privadas, demuestra la clara visión de acciones educativas que promueven escritura y lectura creativa, música, pintura y danza. Es un proceso creciente que infunde vitalidad anímica, que fortalece como la sociedad encaminada al cambio por las vías de la educación.

En el Yulkuikat se organizó una exposición de decenas de escritos que incluyeron cuento, poesía y dibujo. Esta vez los participantes fueron de educación básica, y procedentes de los distintos caseríos y cantones citados de las tres jurisdicciones. Una labor donde participan en alto grado los docentes a quienes se ha capacitado a partir de su vocación pedagógica y sensibilidad ante una niñez que no siempre fue favorecida por políticas públicas.

Y aquí retomo el conversatorio de la Revista Akademos.

No cabe duda de que estas exposiciones académicas aspiran a buscar caminos educativos que ya se están emprendiendo dentro de una población para lograr el desarrollo “integrador” de la educación, uso el concepto entre comillas, porque es el concepto justo que emplea la Dra. Valle en su participación en un conversatorio, que ofrece insumos teóricos que aspiran a superar vacíos que sectores de la sociedad civil tratan de cubrir con más fuerza, ante las debilidades de las políticas públicas: cada administración hace los cambios que considera mejor en su programa partidario.

Precisamente las políticas públicas permiten crear planes nacionales a largo plazo que son los que consolidarán el desarrollo nacional, como protagonista del cambio de un país que necesita resultados valiosos para su desarrollo. La educación es el eje principal de ese desarrollo, la condición sin la cual solo puede producir un avance que por su lentitud puede parecer estancamiento. Aunque haya buenos propósitos se falla si carecemos de políticas educativas.

El tema de la creatividad lo manejan los ponentes del conversatorio desde distintos puntos de vista con un interesante flujo de ideas. Desde la introducción del evento hecho por Óscar Picardo que hace la observación de lo limitado de la formación docente, y se pregunta por qué para la carrera de medicina o ingenierías se debe estudiar siete años y para la docencia bastan tres años; alude a las limitaciones presupuestarias que tiene su origen en la falta de visión estatal. Dice Picardo: “La docencia es una profesión demasiado importante para que se haya tratado bajo los cánones actuales en materia de políticas educativas…”. Y concluye afirmando que parte del tejido social desfigurado que estamos lamentando “…tiene mucho que ver con lo que hemos hecho en los últimos veinte años de reformas”. O con lo que no hemos hecho, agrego.

Dentro de esa riqueza de reflexiones educativas planteadas por la revista Akademos me centro en lo que se refiere a la creatividad como forma de aprender para la vida, tomando en cuenta que el cultivo de las áreas artísticas no está desconectado de las conductas que participan en el desarrollo social, además que otorga formación sensible para la convivencia; si la formación artística evita que el hombre no sea el lobo del hombre, así construimos la sociedad integradora.

Y respecto a formar docentes en diferentes artes: Danza, Artes Plásticas y Música, no se trata hacerlos expertos en ellas. Basta con una formación con visión humanística. Supone apreciar la pintura la música y las artes, con lo cual se logra formando docentes que conozcan la cultura global; pero también implica dignificar la docencia retribuyéndola como corresponde al papel de forjadores de almas, así como los médicos lo son de dolencias orgánicas. El docente debe manejar los códigos que descifran una obra de arte, sin que sea un artista en esas áreas. Esta será la formación de calidad que nos llevará a la educación del cambio.

Comenzar desde los docentes de las áreas básicas, que no son solo la Matemática, Ciencias, Lenguaje y Estudios Sociales. Fortalecer los procesos ya encaminados en formación de las ciencias humanísticas que incluya con fuerza los procesos creativos en búsqueda de la otra realidad que representa el arte. No excluye contar con profesionales en música, en literatura creativa, artes plásticas o danza.

Muchas de las organizaciones civiles que emprenden iniciativa valiosas como Horizontes con su programa “Atrévete a Escribir”, o la Fundación para la Educación Experiencial Pablo Tesak, no son expertos en arte específico, pero tienen claro el significado de incrementar este tipo de contribución social que integra en forma directa a la familia con énfasis en las comunidades vulnerables.

Biblioteca Nacional y Francisco Gavidia

En 2020 cumplirá siglo y medio la institución responsable de preservar la memoria de la palabra escrita: el ensayo, la narrativa, el reportaje periodístico, la poesía, el testimonio histórico. Estamos preparándonos como se debe para conmemorar esa fecha significativa de la Biblioteca Nacional de El Salvador.

Antes que todo, hay decir que el libro es expresión creativa producto de un trabajo del intelecto cuya sumatoria forma parte del ser nacional; permite conocernos, descubrir nuestras señales de identidad nacional que debemos divulgar a donde quiera que haya connacionales o investigadores de la realidad salvadoreña. Y es así que hemos entrado con fuerza al proceso de la era tecnológica.

En Facebook contamos con 5,300 seguidores que se informan a diario en esa plataforma digital. En Twitter sumamos 900 personas siguiendo los pasos informativos de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Y lo hemos logrado en menos de dos años de divulgación institucional, abriéndonos paso, sin mayor bullicio, hacia la visión institucional. Incluso superamos en número de seguidores a algunos ministerios con mayores recursos para la comunicación y con más años en la ruta tecnológica.

A esto agregamos las 3,000 visitas mensuales al sitio web Binaes.gob.sv, por el cual ofrecemos información básica a usuarios que nos buscan en cualquier lugar del mundo donde se encuentren.

Así comenzamos la conmemoración del siglo y medio de existencia en que ha jugado su rol el equipo informático de la biblioteca, junto al personal de recursos técnicos. Ambos en asocio trabajan fuera de tiempo laboral para crear un sistema de administración bibliotecaria KOHA, cuyo precio tiene costos inalcanzables para nuestro presupuesto.

No podemos ufanarnos de tales logros sin tener en mente el recuerdo de Francisco Gavidia (1865-1955), cuyo nombre lleva nuestra Biblioteca Nacional, que suma un resultado más: proyecta por dos plataformas informáticas los recursos históricos patrimoniales, la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano y REDICCES, (consorcio de una docena de universidades salvadoreñas).

Nos inspiramos en el humanista por antonomasia Gavidia, quien de 19 años recibió (1882) en su casa a Rubén Darío, de 17 años. Precoces ambos, Gavidia, investigador desde su adolescencia, y Darío, poeta niño. Dicha amistad contribuyó a la literatura universal, resultado cultural fraterno salvadoreño y nicaragüense.

Conocidas las dotes poéticas de Darío, había sido invitado por el presidente salvadoreño. Así lograron encontrarse sin saber que estaban por descubrir las claves de una poesía en castellano no experimentada por los españoles. Investigador precoz, Gavidia estuvo dispuesto a compartir los hallazgos de sonidos y estructuras con su amigo nicaragüense (“Autobiografía de Darío”).

Gavidia, que hablaba francés, dio a conocer a su amigo su traducción al español del poema “Stella”, de Víctor Hugo, leyó en voz alta para que el poeta percibiera lo novedoso del ritmo y quiebre del verso, y que fueron “descubiertos por mí al oído”, dice el salvadoreño. Entonces el poeta nicaragüense inició su aventura luminosa para renovar la poesía.

La realidad social mantuvo en su entorno nacional al humanista, navegando las utopías de la palabra en el mar tenebroso de un autoritarismo que divorciado de la creatividad y del pensamiento crítico. El nicaragüense optó por recorrer el mundo. Aventurero y genial, partió a Chile y Argentina, España y Francia para redescubrir la poesía castellana.

Gavidia se refugió en su casa estudiando los clásicos y el ser nacional para proyectarlo en sus aguas tormentosas.
“Yo había oído leer poesía francesa a franceses… y no me parecían versos de ningún modo, me parecía prosa distribuida en iguales renglones. El misterio no duró mucho tiempo pues sin maestro ni otro auxilio que mi sensualismo pertinaz por el ritmo, acerté a revelar en el interior del verso francés el corazón de la melodía… Feliz con mi hallazgo, leí a quien quiso oírme… Quien me oyó fue Rubén Darío, me prestó atención como yo lo deseaba: una y otra vez parrafadas de versos franceses, un día y otro día; y finalmente leyó (Darío) como yo mismo lo hacía” (Gavidia: “Sobre la versificación de los aeronautas”).

En fin, si tenemos que hablar de Gavidia, se debe hacer referencia necesaria del Príncipe de la Poesía Castellana, hermanos de la palabra estética. Hay que señalar que en el contexto salvadoreño de la época existía un atractivo especial por las bellas artes, en especial por la literatura, como lo comprueban las diferentes publicaciones periódicas de ese fin de siglo XIX. Lo comprueba la invitación que se hace al poeta niño para que se hiciera cargo de dirigir el periódico más importante de la época en El Salvador.

El nicaragüense universal rectificó en sus últimos años de vida los encuentros juveniles. Afirma: “Uno de mis amigos principales era Francisco Gavidia, quien quizá sea de los más sólidos humanistas y seguramente de los primeros poetas con que hoy cuenta la América Español… (y) surgió en mí la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde”.

Sin esa obra autobiográfica de Darío, no tendríamos tanta certeza de la contribución que hizo el salvadoreño al nicaragüense para que renovara la poesía castellana. Por eso, aunque olvidados de Gavidia, la Biblioteca Nacional lleva el nombre de quien hizo un paradigma de la palabra literaria y científica de El Salvador. Nada mejor que la voz del humanista migueleño para acompañarnos para preservar el patrimonio bibliográfico de la nación salvadoreña. Estamos bien acompañados en la institución, el alma mater de las bibliotecas está pronta a cumplir y conmemorar siglo y medio de existencia, que traza una hoja de ruta hacia lo que hemos sido para saber lo que deseamos ser.

Esa memoria histórica de la Biblioteca Nacional fortalece para dar a conocer distintas facetas del esfuerzo institucional que nos lleva a visitar centros escolares o recibirlos en el Centro Histórico. O visitar con la biblioteca móvil las comunidades vulnerables, para llevar libros y lectura a lugares donde no llega una biblioteca. Todo ese proceso mencionado es nuestra mejor celebración del 150.º aniversario de la Biblioteca Nacional de El Salvador.