Todos los días, el día

Escribo estas notas pensando que todos los días deben ser el Día de las Mujeres. Por lo menos en lo que escribo es así. Tengo una novela autobiográfica que titulé “Siglo de o(g)ro” pero originalmente nominé “Mis cuatro mujeres”, dedicada a quienes me ofrecieron una educación inicial que repercutió a mi favor en la escuela.

Esa novela cuenta mi infancia temprana, hasta mi sexto grado; aunque agregué un colofón referido a mi regreso al país, cuando voy a ver a mi madre, luego de casi 20 años sin verla. Esta, ese día, invitó a la casa a otra de mis cuatro mujeres, aún con vida.

Una de esas mujeres, por supuesto, fue mi madre. Los recuerdos de niñez inician con una diáspora de la casa familiar que había adquirido mi abuela, situada en una zona casi rural de la ciudad de San Miguel. Adelina, con dos niñas y un niño (mayor de cinco años), se escapó de la casa fingiendo un paseo vespertino. No avisó a nadie que no regresaría a la casa familiar.

Fue mi primera diáspora, que incluyó a mi hermana de tres años y a otra de año y medio, que Adelina llevaba en brazos. Nos fuimos caminando desde la casa (5.ª calle poniente, que ahora lleva mi nombre. Aunque de esta nominación solamente sabe mi familia y un exalcalde migueleño, quien tuvo la gentileza de nominarla así en una fiesta de cachiporristas y desfiles con bandas de paz, pero continúa siendo la 5.ª calle porque el presupuesto no alcanzó para rotularla con mi nombre).

La fuga encubierta como paseo se dio caminando 100 metros por la calle Manlio Argueta, doblamos hacia la Calle de la Amargura (la 9.ª avenida sur), que no tiene nada que ver con el tema religioso. Dejo a la imaginación del porqué de esa nominación.

Una amiga de Adelina le había ofrecido un cuarto para pasar la noche, que se prolongó por tres meses más. Con esas limitaciones mágicas inició mi relación con la poesía; Adelina me decía poemas en la oscuridad rembrantiana del humilde cuarto. O nos dormía con canciones de cuna. En esas circunstancias yo ni siquiera conocía qué era un libro.

Días después la abuela llegó a ver a su hija y nietos, y al retirarse me llevó a la casa que habíamos abandonado. Me hacía falta jugar con los primos. En casa de la abuela comencé a interesarme por los números. La hierba crecía en la calle no transitada por vehículos. Me tiraba boca arriba con curiosidad de ver cómo aparecían las estrellas, y me dio por contarlas según aparecían antes de oscurecer. También mi abuela me ponía a darle 10 “patadas” imaginarias al volcán, cuando por razones de niñez campestre se me inflamaban los ganglios de la ingle. Así, estrellas y ganglios iniciaron mi otra vocación: los números, hasta llegar a adulto, pues para costear mis estudios de Derecho me certifiqué como profesor de Matemática, que con la poesía fortalecía mis dos vocaciones de niño.

Al morir mi abuela, Adelina –mi otra mujer– compró el derecho a sus hermanos, y pasó a ser mi casa de infancia. En estos tiempos está situada a 200 metros de un polo de desarrollo urbano: estadio, clínicas, tribunales y el mejor hotel de la ciudad.

Pero vuelvo a mi historia central y mis cuatro mujeres. Después de la firma de los Acuerdos de Paz, avisé a mi madre que iría a visitarla. Esta tomó la iniciativa de invitar a Herminia que yo no había visto desde mi infancia, mi tercera mujer que nos acompañó en las buenas y las malas. Ella se encargaba de cocinar para toda la familia, incluidos sus tres hijos; también satisfacía mis gustos gurmé. Me guisaba iguanas y tacuacines que por ser, como decía, una casa de medio rural, yo los cazaba por los alrededores o en el propio “solar” (patio grande). Los platos de cacería los departía con Herminia y sus hijos. Mi madre y mis hermanas los rechazaban.

La emoción de encontrar otra de mis mujeres, Herminia, fue doble: su hijo mayor, Miguel, con quien departí la niñez, la fue a dejar en carro; pero no quiso bajarse para verme. Mi madre me dio la noticia de que Herminia se había ganado la lotería, y eso había cambiado su situación de extrema pobreza. En esta posguerra fatal Miguel fue asesinado. Nunca volví a verlo.

Las etapas reales de mi vida han sido fundamentales para narrar historias de mis novelas, donde las mujeres con quienes he convivido en mi infancia me dan pie para darles voz.

Mi madre me dio la poesía y las novelas que había leído en su adolescencia. La abuela me dio las leyendas. Con Herminia aprendí la sabiduría de los humildes.

La cuarta mujer fue Chela, quien me despertó otras curiosidades literarias al contarme los cuentos de “Las mil y una noches”, y las aventuras con sus novios; y describirme el Cadejo y el Cipitío que le salían en aquellas calles oscuras de camino a su casa. Lo mejor de ella: me contó algunas novelas ejemplares de Cervantes, y me cantaba los tangos de Gardel mientras hacía su trabajo. Me quedó el misterio de cómo una mujer sencilla, jornalera, pudo darme esa riqueza infantil. Chela ayudaba a mi madre en la elaboración de ropa para venderles a los campesinos que bajaban del volcán. Nunca la volví a ver. Toda su familia murió durante la guerra. Fue uno de mis grandes desconsuelos, pues siempre quise saber ese origen de hada mágica que alumbraba con literatura oral mis noches de oscuridades rembrantianas; porque carecíamos de las mínimas comodidades hogareñas: energía eléctrica ni agua potable, y menos libros. Mi cultura posterior de niño se alimentó de los periódicos desfasados que mi madre al ver mi afán por saber de cuentos y lecturas me los compraba por libras. Es así como esas cuatro mujeres han sido fuente de mis realizaciones literarias.

Levemente odioso o gran humorista

Lo de levemente odioso lo tomo de Roque Dalton, quien tituló así un poemario de rasgos autobiográficos. En este hay un verso que más he repetido por su mensaje subliminal respecto a precarias limitaciones sociales. Dalton dice: “No siempre hemos sido feos”. Lo he utilizado como lema que acompaña a una fotografía de lo que fue el complejo edificado de nueve y ocho plantas de la Biblioteca Nacional, que ocupaban tres cuartos de manzana, frente al conocido mercado ex-Cuartel, ahora espacio para ventas informales. Esa foto histórica la envío como saludo navideño: destacan los dos edificios, uno de ocho plantas; y otro de nueve, con una plaza adornada con dos grandes esculturas en piedra: de Cervantes y de Gavidia. La fotografía recuerda la década de los años sesenta, de los gobiernos militares, y muestra que no “siempre fuimos feos”. Una biblioteca digna a la altura de su función, como es la de resguardar el patrimonio bibliográfico de la nación. Los edificios cayeron con el terremoto de 1986.

Esa imagen de la Biblioteca Nacional permite reflexionar sobre un pasado relativamente reciente y un presente congelado en esas épocas sin avances en nuestro ombligo urbano. Después del terremoto preferimos huir y ausentarnos de la “ciudad patria”: el Centro Histórico, y lo dejamos convertido en gueto para los sectores marginales. Al parecer zona sin esperanzas ni redención. Olvidamos que el futuro, aunque parezca un galimatías, es 24 horas después que el lector está leyendo estas líneas. Concluyo: el futuro es ya. El presente fue ayer. Y el pasado solo un pretexto para pensar en una utopía que, pese a experimentos teórico-políticos, se vuelve cada día más inalcanzable. Aunque sí existe, pues cada quien tiene la suya. Yo tengo la mía. Leer posdata al final.

La frase poética de Dalton me hace reflexionar todo lo que podríamos haber evitado si ayer y los días siguientes hubiéramos emprendido un rescate social y darle dignidad urbana a San Salvador. Quizás no existirían esas caravanas trágicas que poco a poco vamos olvidando su crisis humanitaria (la última noticia que nos llega es que ha habido más de mil niños y niñas abusados sexualmente en sus refugios de la frontera del Norte). Y lo más trágico es que se hace tan usual que nuestros compatriotas se vuelven invisibles, pese a que solo tratan de salvar sus vidas y proteger sus familias; además de contribuir al desarrollo del país por las vías de las remesas. Reflexionemos. ¿Qué seríamos en nuestro territorio sin esa diáspora de tragedia cotidiana?

Y ya en nuestro territorio tenemos riesgo de muerte futura, si no se toman medidas por las bacterias del plástico, un genocidio lento para las próximas generaciones que tendrán un alimento mortal en los sabrosos mariscos. ¿Quién prohíbe los envoltorios plásticos?, ¿cuándo vamos a escuchar los dientes afilados de las motosierras destruyendo los pocos bosques remanentes en nuestro país, miserable de bosques? “No te preocupes me decía un amigo, ingeniero civil, cuando se talan árboles en los costos va incluido un rubro para convencer a quienes creen que hecha la ley hecha la trampa”.

Volviendo a Dalton hay otro libro que nadie pensó que tendría aceptación y menos una divulgación fuera de El Salvador: “Las historias prohibidas del pulgarcito”, donde el poeta despliega su potencial de humor. Recuerdo que cuando lo propuse para una editorial de Costa Rica, su director, salvadoreño y amigo fraterno de Dalton, me dijo que ese libro no tendría aceptación en ese país, “ni siquiera en El Salvador”, pues usaba muchas historias y el caliche propio de San Salvador, “su mercado se relegaría a esa ciudad”. Estuve de acuerdo. Error: el libro fue publicado por Siglo XXI de México, y la última edición que leí hace unos 20 años llegaba casi a 30 ediciones. Error. Porque, como me decía hace un mes un amigo extranjero, en política y en la literatura no hay sorpresas, solo hay sorprendidos.

Este libro es de un humor literario que ilumina lo sombrío de las realidades aplastantes. A ese propósito quiero referirme a un relato contenido en esa obra. Su título: “Dos retratos de la patria” (Obras completas, III volumen, página 353, DPI).

En el segundo relato Dalton narra una historia real del zoológico. Del mandril que el pueblo bautizó Pavián, como nombre propio. Este quedó viudo, (pues como animales, que también somos los humanos, hay límites de vida). Bueno, para apagar los apetitos sexuales del mandril que se exhibía haciendo cosas indebidas ante niños, (usuarios sagrados de un zoológico) se decidió comprar un mandril hembra. A un matutino local, que no es este, se le ocurrió celebrar un matrimonio público de los dos mandriles, para lo cual promovió un concurso para ponerle nombre a la hembra, pues “sin nombre propio no hay matrimonio”. Ganó quien envió el nombre de la canción popular del momento: “Reinalda, la de la minifalda”.

Después de bautizada se convocó públicamente para el matrimonio. Según la noticia llegaron al zoológico unas 200 mil personas, algo que Dalton consideró exagerado, “pese a tener en esa época un zoológico, tan grande como cualquier zoo de América Latina”, y lo comparó con el de La Habana. Dalton habla de la década del sesenta, siglo XX.

O sea que si ahora nos quedamos feos es por falta de inversión cultural. De pronto, escribe Dalton, en medio de la ceremonia matrimonial, un chusco gritó: “Se escaparon los leones”. Y se armó el gran despelote que “terminó en robos, 30 violaciones, 40 heridos y hasta capturados por comunistas, cuando alguien gritó: ‘Vamos a Casa Presidencial’”. Quien quiera confirmar el hecho, leer los periódicos de mayo 1969. Claro, un escritor está obligado a imaginar desde su realidad.

Posdata. Mi utopía es fundar una biblioteca-museo para escritores. Ahí está la casa donde vivió Dalton, ofrecida por unos buenos amigos propietarios. Pongo como contraparte mi biblioteca de escritor con más de 60 años de libros y lecturas.

Corazón abierto y cerebro desabrochado

André, de cinco años y medio, acostumbra jugar Nintendo con su padre. Antes de comenzar el juego, su padre, Leonardo, quiso siempre que el niño ganara el derecho a ser primero en el juego. Uno de estos días quiso ver las reacciones del pequeño y se propuso ganar el primer lugar. Y así fue. “Gané, me toca jugar primero”, dijo el padre. Y André de inmediato le reclamó: “Me troleaste, papi”.

Una palabra que este ni la madre nunca habían usado, pero sin duda mi nieto lo escuchó de otros amigos mayores e incorporó el concepto en su chip mental. Este tipo de formación hacia nuevos conocimientos se ha hecho normal con el uso de estas tecnologías: en la calle, en la escuela, y en la escuela parvularia, a los de la Generación Alfa (nacidos en 2010 en adelante), hasta los llamados nativos digitales (nacidos en 1982-1994). Este tipo de habilidades parecieran ser “innatas”, como si el cerebro tuviera por nacimiento el chip incorporado, listo para hacer clic. Así lo he percibido en las nuevas generaciones y, en especial en mis pequeños nietos, como lo observé en mis hijos, ahora profesionales.

Tengo una fotografía del padre de André, ahora un profesional de alta vocación: observa el manejo de mi primera laptop elemental, que me donaron en Londres; aunque solo se llamaba en ese tiempo computadora portátil, allá por 1987. El padre de André ya hacía sus tareas de aritmética, porque desde niño había trabajado en una computadora tradicional que le llamábamos en ese tiempo “el tractor”. Ahora ese padre es doctor en Veterinaria de la Universidad Nacional de Costa Rica. En la actualidad otro nieto menor hace multiplicaciones al cálculo por uso tecnológico desde los tres años.

En verdad, las herramientas informáticas ya se extendieron a todos los niveles. Cada vez es más sorprendente su presencia en la vida familiar sin distinción de posiciones sociales, de niveles de estudio y, menos, de edades. Ha habido un manejo del usuario por la promoción mundial, cuyo mercadeo incluso es motivo de guerra económica entre las potencias avanzadas en el ramo.

Ante esa realidad falta incorporar ese uso a todo el sistema educativo, pero proyectando esos equipos informáticos y su conexión con el mundo hacia la creatividad, no se trata de consumir información sino de generar conocimiento y para eso hay que saber buscar. Pensar que los profesores van a “enseñar” la concepción digital es negar a la niñez y juventud su avance tecnológico. Hay otra manera de aprendizaje: debe ser entre iguales; se puede mediar o dialogar. En mi caso propongo y aprendo, incluso a la Generación Alfa (nacidos después de 2010). No para enseñarles sino para facilitarles el camino apto a las “aplicaciones”, orientadas a crear las posibilidades de cambiar una sociedad conviviente, pacífica, democrática, equitativa e inclusiva. Hacer ver que el juego informático con acceso a imágenes recreativas es también una forma de relacionarse de acuerdo al mundo tecnológico irrebatible.

Para los niños y niñas de ahora es más fácil hacer el trabajo que dar o recibir explicaciones (tenemos que entender esa ruta creativa), porque no es que tengan conductas absolutistas, sino que buscan con autonomía propiciada por su incorporación como nativos digitales a los avances de la ciencia y la tecnología.

Creer que los docentes van a enseñar un mundo digitalizado es un desacierto. Debemos apropiarnos de la tradición que desaparece ante nuevas modalidades informativas, que incluso borra el concepto de territorialidad porque la informática ha globalizado el conocimiento. Ya no son los 20,000 km cuadrados de nuestro mapa: el territorio es el mundo.

Esta verdad afecta las ideologías tradicionales. Por eso insistimos en una educación inclinada a la creatividad. Los procesos mentales se van renovando en la medida que el tiempo generacional transforma las comunicaciones que van más allá de nuestros deseos como Generación Silenciosa (nacidos antes de 1946), o incluso los llamados Baby Boomers (nacidos después de 1946). Elementos generacionales que no necesariamente inciden en los aprendizajes, también influyen diferencias regionales: no es lo mismo los que residen en el quinto mundo con los que viven en el primero. Pero el mercado es global. Por eso no es de extrañar los usos comunicacionales aun en las zonas deprimidas.

Y si esa es la realidad pongamos atención en el modo en que se está invirtiendo en las capacitaciones a los docentes, los contenidos, los recursos, los espacios de aprendizaje, y si estos responden a lo que pasa en la escuela. La tecnología es una valiosa herramienta, sí puede formar al usuario desde edades tempranas aceptando los usos como recreación, pero sin olvidar orientaciones creativas que harán una sociedad desarrollada. Aquí radica la importancia del diálogo entre generaciones.

A propósito cito una frase de las redes sociales: “Sueña tan grande que los demás crean que te falta un tornillo ¡o varios!” Así podría pensarse de los hallazgos tecnológicos cuando parecen incomprensibles hasta que llegan a nuestras manos. La idea es aprovechar sus “aplicaciones” al servicio de los sueños. Lo he comprobado desde la Generación Silenciosa (de 1946 para abajo, hasta ver a Dios. Es mi caso). Pero me siento satisfecho de haber propiciado el uso tecnológico para facilitar aprendizajes, crear y recrear, como primer paso a favor de mis nietos de la Generación Alfa (nacidos después de 2010); o los “posmillennials” (1995-2010). Ambos sectores representan el 32 % de la población mundial. El reto es reforzar los nuevos conocimientos incluyendo familia, educadores, comunicadores, catedráticos, facilitadores. A los de primera infancia y “posmillennials” debemos esperarlos con los brazos y el corazón abiertos, también con el cerebro desabrochado. Es la mejor forma de descubrir la realidad antes que la humanidad futura sea apabullada por la “niñofobia”.

Concluyo: se requiere percepciones lúcidas, no importa la edad, desde los Baby Boomers hasta los Alfa, como mi nieto, André. Los que deciden tienen que cambiar, en especial, para entender la pequeña infancia, sin olvidar que la tecnología es fuente de comunicación intergeneracional.

Cuando despertó, el dinosaurio estaba ahí

En la década de los ochenta fui invitado para dar un taller de literatura en el Centro Cultural de la comunidad hispana, en San Francisco; y, posteriormente, en la Universidad Estatal de California.

Uno de mis objetivos era dar a conocer la literatura centroamericana como temática general, y ofrecer prácticas de creatividad, experimentadas antes como profesor en la Universidad de Costa Rica.

En ambos cursos me dio resultado en el área creativa el cuento “El cocodrilo”, del guatemalteco-mexicano Augusto Monterrosa, quien escribió el cuento más breve conocido en español: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”. ¿Será? Son apenas siete palabras.

La práctica consistía en trabajar individualmente redactando una interpretación breve (máximo una página) sobre fondo o trasfondo del cuento. En una segunda fase cada uno debía hacer un cuento corto a partir de “El dinosaurio”, de acuerdo con las ideas interpretativas ofrecidas en el primer trabajo: ¿era una pesadilla, ocurrió en tiempos antediluvianos; o que el dinosaurio se comió al prójimo?

El cuento de Monterrosa revela mucho interés en el área creativa para recrearlo y ejercitar la mente. Explicaba: así como se necesita ejercicio físico para desarrollar el cuerpo en los gimnasios, en los centros educativos desde educación básica hasta educación superior se debe también ejercitar el cerebro en las diferentes áreas del conocimiento. Solo así se puede contribuir a un próximo futuro acorde con invenciones en el campo de la inteligencia artificial.

En la actualidad, no cabe duda, la tecnología se lanza y arrasa como un tsunami al revés: construyendo, no destruyendo.

Se reafirma que si queremos reordenar las deprimidas regiones del mundo, debemos cultivar la creatividad como un valor cultural, proyectar nueva cultura educativa. No importa si somos limitados en recursos. Desde esas bases trabajan los países asiáticos, la India –para ser más específicos–, con más de 300 millones de pobres extremos, pero con un desarrollo inconcebible tiene como visión eliminar esos niveles de precariedad. Igual China, con similar población en pobreza extrema. Sin embargo, ambas naciones alcanzan niveles de grandes potencias. Como sabemos los dos países suman casi tres mil millones de habitantes. Ni imaginarlo. Pero también hay crecimiento inaudito en países pequeños.

La idea sería aprovechar el cerebro de la infancia temprana, abierto, apto para desarrollar cualidades impensables. Pero también en la educación superior, que son quienes deben formar a las generaciones futuras. Como educadores o facilitadores preparados serían los encargados de orientar por la ruta de la creatividad, y la inventiva cultivando el poder de la imaginación. El desarrollo de esas habilidades cabe en toda formación profesional: desde la matemática hasta la literatura y otras ciencias humanísticas. La solución no está a las puertas, aunque siempre es tiempo de caminar para llegar a una sociedad deseable: beneficiada y actora de su progreso.

Es la salida para no despertar de una pesadilla con un dinosaurio debajo de la cama. Más aún en la fase acelerada de las nuevas tecnologías, requerimos una propuesta estratégica y creativa como política, que nos lleve a apropiarnos de una verdad indudable, reconocer que esas inventivas tecnológicas deben estar en función de un desarrollo que implicará eliminar las desigualdades extremas. No importa si se implementa por etapas; pero comenzar, saber que nos dirigimos a la superación de los problemas de las regiones marginales. Una opción sería estimular las áreas culturales y artísticas que den ese salto que supere la pesadilla del dinosaurio.

Porque la realidad no perdona las omisiones. De otra manera, cuando despertemos, advertiremos que hay otras realidades, no necesariamente de pesadilla, sino de sueños compartidos. Pensar en grande es también reconocer las pequeñas penas que, sumadas, se convierten en tragedias. Por eso necesitamos chifladuras, como les dice a los trabajos del Doctorado de Mediación Pedagógica la Universidad La Salle, de Costa Rica, para provocar la mente creativa de quienes tendrán a su cargo a la población escolar por las rutas de la creatividad.

A este propósito quisiera mencionar la Ley Naranja planteada en Colombia por cinco años, para propiciar y promover las industrias creativas: el libro, los documentales, o el cine de ficción, el teatro, la música, las artes plásticas, como elementos de desarrollo humano y económico. Evitemos así despertar cada mañana con un dinosaurio que todavía sigue ahí.

Claro, para eso necesitamos sanear las finanzas del Estado, pues esa ley exige una inversión que redundará en beneficios económicos y es aquí donde surge la necesidad de ser creativos, y propiciar los emprendimientos personales que serán bases del beneficio común.

Y es el Estado el que debe prepararse para estimular esos emprendimientos en todo quehacer, desde las artesanías hasta la robótica. De nuevo recuerdo en Costa Rica su barrio de clase media alta, Escalante, parecido a nuestra Flor Blanca. En ambos casos las residencias comenzaron a ser vaciadas por sus propietarios para buscar nuevas zonas de desarrollo urbano, lo cual implica dejar las anteriores residencias en relativo abandono esperando la plusvalía de sus terrenos, como “ahorro” futuro. No obstante, significa un estancamiento y echar a perder posibilidades de proyección económica. ¿Qué pasó en el Escalante? Ahora es un barrio turístico donde jóvenes graduados presentan proyectos de acuerdo con la planificación del área artística y comercial a desarrollar.

El barrio Escalante me hace recordar el barrio histórico La Candelaria, en Bogotá; un barrio de riesgos violentos que ha pasado a ser zona de presencia cultural y artística: teatros, galerías, restaurantes, salas de conciertos y danzas. Al visitar Bogotá es obligado conocer La Candelaria.

El recién renovado barrio Escalante, sin ser zona de riesgos, se ha convertido en zona comercial con proyectos creativos culturales y artísticos, con jóvenes empresarios. Resultados que serían irrealizables, en Bogotá o San José, sin el capital semilla otorgado por el Estado para convertirlos en zonas turísticas en ambos casos.

Se trata de integrar potencialidades creativas, reconocerlo en función del desarrollo nacional. Entre nosotros evitaríamos esas caravanas de jóvenes profesionales que al despertar ven que el dinosaurio todavía sigue ahí.

Ciencia, tecnología y creatividad

Desde hace años manejo un concepto sencillo de creatividad: posibilidad de saber actuar ante realidades o acontecimientos imprevistos.

Esto implica buscar soluciones, en todos los ámbitos del conocimiento. Pero es en el arte donde más se ha usado el concepto, aunque no se contradice aplicarlo a la ciencia y la tecnología.

Respecto a lo artístico, hace muchos años, muchos, tuve un maestro español de estética y lingüística que me estimuló estudiar a Georg Lukacs, filósofo del siglo XX que estudia el fenómeno de la realidad y su percepción por los sentidos para estimular la creación en general; aunque de Lukacs me interesó más la creatividad en función del arte; quien también aporta al investigar que el conocimiento no solo se da en el área de los sentidos y su proceso cerebral, también se percibe por todo el organismo lo cual incluye también conocer por medio de las emociones: el arte, el amor, los valores, los sentimientos en general.

Clave de un buen poeta, por ejemplo es producir en el lector la misma emoción sentida por el escritor; tesis me parece que es de Octavio Paz, “no debo escribir para mí, sino pensando en los demás”. Esto coincide con Lukacs, porque eso es “conocer” en arte. Otra cosa es que otros escritores sostienen que cuando escriben no piensan en el lector. Me quedo con Paz. Ejemplo: Frank Kafka escribe “Cartas a Milena” desde su emoción, o Salinger en sus “Nueve Cuentos”; igual Ana Frank cuando escribe su “Diario”; lo mismo ocurre en la música, y artes plásticas, danza. La emoción que tuvo el artista al producir su obra nos emociona.

Respecto a la tecnología, ya el sistema educativo revisa su importancia y su interacción con sus políticas. Digo algo más: de acuerdo con consultores internacionales: las aplicaciones tecnológicas no solo afectarán las conductas, sino al empleo, pues se requerirá carreras de nuevas demandas. Incluso hay peligro que desaparezca ciertas profesiones. Aunque no creo que en El Salvador sea algo emergente. Sin embargo, no se debe improvisar llegado el momento pues de todas formas, no sabemos cuándo será ese momento. ¿Diez años, quince años, veinte?

Estas consideraciones me llevan a pensar en lo necesario que se estudien las artes y la literatura como materias básicas. ¿Por qué? En primer lugar porque despiertan la creatividad. Y de acuerdo con analistas educativos del siglo XXI, al estudiar el desarrollo de las tecnologías, sostienen esa desaparición de profesiones si el profesional no es creativo. Y si queremos profesionales de este tipo, necesitamos también docentes creativos. Dicha realidad mencionada se dará de acuerdo con el desarrollo de cada país, dentro de diez años, o veinte años.

Entonces es tarea pensar ya en los niños en formación educativa. Y si bien nuestro desarrollo tecnológico es difícil se compare con países como los Estados Unidos y Europa o los asiáticos (Japón, Corea y China), la necesidad de desarrollo tecnológico llegará sin avisar, porque por ahora solo somos consumidores de sus herramientas. La estrategia para no relegarnos debe ser paso a paso, con los que ya estamos atendiendo desde la Educación Inicial (de cero a 3 años), por ejemplo; e igual con docentes ya en preparación. Hace cinco años se hablaba de estar cubriendo solo un 2.5 % de niños en dicha área. Esa proporción ha aumentado al 5.1 % en 2017 con tasa neta de 29,009 niños y niñas hasta agosto de 2017, cifras que no incluyen la educación Parvularia que cubre el 56.3 %, que sumando la Educación Inicial, hacen un total de 225,431 niñas y niños atendidos de cero a siete años (datos de 2018 del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología).

Como vemos el reto es grande pues estamos hablando del futuro del país y sus implicaciones con el desarrollo tecnológico. Tenemos entonces un reto emergente por cubrir y es lo que yo llamo la estrategia de paso a paso.

De manera que la innovación educativa en los niveles mencionados ya comenzó. Incluye la concientización del papel del arte para una educación integradora. Leer y escribir y despertar el imaginario (y emprender “la creatividad, como valor cultural o como aventura”). Esto significa ofrecer metodologías para el desarrollo de la creatividad desde los 3 años.

Fundar una “escuela” nacional encaminada a formar futuros liderazgos, fortalecer la autoestima social y la política de inclusión. Entiendo, hay limitaciones económicas, en especial en centros educativos públicos. En tal caso, la lectura en voz alta es solución, permite contar con un solo ejemplar en el aula. Insistir en la literatura, y evitar que sea arrinconada por la lingüística en centros de educación superior. Para no imponer la lectura se requiere que el docente se emocione, conozca la obra, traslade su emoción al niño o al joven. Así vamos a crear bases para formar conductas propositivas y participativas; repercutirá en el desarrollo nacional y en democracia real.

Se enseña a pescar, no a repartir los peces. De ese aprendizaje nos toca prepararnos para los pasos siguientes hacia la apropiación del desarrollo tecnológico, no conformarnos con consumir. Que la prioridad estratégica de modelos educativos beneficien la educación inicial y la superior. Urge invertir y evaluar estos dos niveles. Un modelo que suprima la repetición donde el estudiante es solo un oyente.

Veamos, entonces, lo planteado arriba, sostenido por expertos, sobre las profesiones que no tendrán futuro en un mediano plazo: médicos generales, abogados sin especialización, arquitectos diseñadores, contabilistas, “que serán sustituidos por programas de computación”. Tendrán demanda “los profesionales con habilidades artísticas, cuya capacidad creativa no puede ser sustituida por una máquina ni por un robot”.

El reto es trabajar a partir de los pasos ya iniciados, con lo mínimo que tenemos en ciencia y tecnología; no permitir que sea vaciada de humanismo. A este se llega con lectura, bibliotecas, libros y apropiadas metodologías de aprendizaje.

Además, incide en la prevención de violencia, con “educación, cultura y desarrollo de las capacidades juveniles” (según dice la UNESCO refiriéndose a El Salvador).

Escritores y acciones de vida

Aprovecho mis vacaciones de fin de año para escribir e investigar sobre la vida cotidiana del escritor. Escudriñando en mis lecturas he encontrado varios pasajes de escritores, periodistas y poetas sobre una vida que contrasta con el concepto que se tiene tradicionalmente sobre ellos, muchas veces producto de una sociedad no lectora y desde ese punto de vista inculta. Entendido el concepto como falencias en la integración con la vida, no tiene que ver si se es profesional o de escasas letras. El mejor ejemplo lo da José Saramago cuando dice que su gran maestro de sabiduría fue su abuelo analfabeto. La falta de vida origina que el calificativo de poeta se confunda con modoso, sin oficio, vagabundo, ajeno a su realidad. Prejuicio que a la larga tiene alto costo cultural.

Pero veamos unos pocos ejemplos, pues he encontrado muchos casos que ilustran lo contrario del prejuicio.

Gordon George Byron (1778-1824), poeta y escritor inglés, aristócrata, heredero de grandes propiedades. El liberalismo de su época lo llevó a involucrarse en la insurgencia de otros países, al grado de formar batallones militares para apoyar la independencia griega del imperio turco. Siguió su propósito y eso le costó la vida a los 36 años. Es considerado un clásico inglés.

William Walker (1864-1860), poeta (precisamente su preferido era Lord Byron), médico (graduado de la mejor universidad de Estados Unidos, Pensilvania), periodista, abogado, políglota y militar. Al llegar a Nicaragua con su mercenarios se entronizó como presidente por el poder de sus armas; su mira era apoderarse de Centroamérica y el Caribe. Afirmaba: “La raza mestiza es la decadencia. ¿Qué se debía hacer? A mí me tocaba americanizar Centroamérica… regenerar a las razas mestizas?” (New Herald, 7 de junio de 1857). “Acción que solo puede hacerlo un país poderoso y civilizado”. Su intervención guerrera costó la muerte de un aproximado de miles de centroamericanos, sin tomar en cuenta a sus mercenarios estadounidenses y de Europa. Incluso recibió elogios del gran poeta Walt Whitman por su valentía al invadir otros países atrasados (México, Cuba), que Walker calificó de ociosos y perversos (lo dice en sus memorias de guerra).

A propósito de esa gesta independentista centroamericana contra Walker, cito al capitán y poeta Francisco Iraheta, del ejército salvadoreño (no he encontrado referencias del escritor, solo históricas); aparece un parte que da la idea de esa guerra: “Señor, nada más debo darle parte que anoche murió el último soldado de mi compañía”, se dirige a su general en jefe, Ramón Belloso.

Amos Oz (escritor y periodista israelí, 1939-2018). “Novelista prolífico, laico pero con profundo conocimiento de la tradición religiosa y hondo sentido de la compasión, y controvertido pacifista en una tierra donde condenar la violencia suele considerarse traición… Su obra refleja la historia milenaria de un pueblo y el conflictivo parto de una nación contemporánea” (Armando González, Letras Libres, México). Está considerado el mejor prosista en lengua hebrea moderna, egresado de universidades de Jerusalén y Oxford. Fue oficial en el ejército israelí y participó en las guerras de los Seis Días (1967) y en la del Yom Kipur (1973) (Enciclopedia en Línea).

Amos Oz habló del compromiso de un escritor desde su primera obra hasta su desarrollo total como escritor. Posteriormente se convertiría en destacado militante por la paz y simpatizante de los movimientos insurgentes de América Latina. Dedico más líneas a este escritor, que hablaba español, porque nos vimos varias veces en conferencias internacionales. Como eterno candidato al Premio Nobel, no habérselo dado –dice la crítica literaria– privó del Nobel a uno de los escritores más sobresalientes de la literatura contemporánea.

Franz Kafka (1883-1924), judío checo. Sus libros que más me influyeron fueron “Carta al padre” y “Cartas a Milena”, aunque no son sus obras más representativas. Con casi todos sus libros sin publicar, en su lecho de muerte le dijo a su amigo y editor Max Brod que rompiera todos sus originales. Brod intuyó que la humanidad no podía perderse de su literatura y no le cumplió la promesa.

J. D. Salinger (1919-2010), su novela “El cazador oculto”, conocida también como el “Cazador en el centeno”, influyó en el asesinato de John Lennon, según lo manifestó el criminal. El hecho dio pie para hacer cine de tercera categoría de crímenes de carácter macabro.

A propósito, uno de los cuentos de Salinger, “Hace buen día para cazar el pez banana”, lo leí en una revista con temas del hogar en una peluquería de quinta categoría en el Centro Histórico. El peluquero me la ofreció mientras ejercía su labor. Jamás había escuchado sobre Salinger y lo descubrí de casualidad. Este hecho trivial me anonadó e inspiró para escribir y publicar mi primera narración en 1964, titulada “El nombre” (Revista Vida Universitaria). Un hecho tan casual me tiene escribiendo hasta ahora narrativa en vez de poesía.

Un ejemplo paradigmático sobre ejercer oficios disímiles fue el de Miguel de Cervantes (1547-1616), quien como capitán peleó cinco años, de tal manera que en su tiempo fue considerado “soldado y poeta”, por partes iguales en su vida. Combatió en Turquía y en Túnez. Fue prisionero y esclavo en las galeras, y casi pierde un brazo en la batalla de Lepanto.

Otro caso es la gran novela contemporánea: “Ulises“, de James Joyce (1882-1941). Sin embargo, cuando se la dieron a leer a la escritora y editora inglesa Virginia Woolf declaró que no había podido leer “semejante basura” (The Times). A propósito, años después, he tenido el honor de publicar dos novelas traducidas al inglés en esa editorial de Londres.

También pasó en España con “Cien años de soledad”, rechazada por considerarla baladí, lo cual creó resentimiento en el escritor colombiano Gabriel García Márquez, pero lo superó posteriormente. España respiraba el oscurantismo fascista de Franco, pero la editorial era propiedad de editores y escritores aperturistas (Seix Barral) frente a la censura. Consideraron que esa obra como novela jamás tendría futuro en España ni en Europa. “Cosa veredes, amigo Sancho”.

Migración, educación y habilidades blandas

Sobre los temas mencionados arriba, se hace más evidente la necesidad de comenzar a solventarlos desde ya, aunque existen algunos programas tocados con timidez. Tímidos porque se invierte con lástima pese a conocer la clave del desarrollo: la educación. Se necesita mucho más para cultivar en el tiempo una sociedad de convivencia que mitigue las tormentas sociales, incluye también desplegar iniciativas para ofrecer oportunidades a los jóvenes, a los que no tuvieron más opción que emigrar o delinquir para existir.

Esos se convierten en los eslabones de una cadena de la cual no es fácil liberarse. Y en el tema educativo, en las áreas básica y superior, se dejaron de un lado cultivar habilidades creativas. Pero la sociedad global nos fue alucinando con un pragmatismo que renunció a crear talento asertivo que permitieran enriquecernos con destrezas y talento en la formación de nuestros recursos humanos.

Lo reiteramos: cultura y educación. Entendido esto como formar en comportamientos sociales, en sensibilidad frente al otro, en proyectar conocimientos profesionales para una función pública orientada al bien de la comunidad. Es fácil plantearlo, pero necesitamos saber cómo implementarlo. Pensar a largo plazo. Si en estos momentos otros países en desarrollo lo emprenden, nosotros también podríamos lograrlo. Toda vez dejemos de vernos el ombligo en el espejo del tiempo y comencemos desde ya. Iniciemos con la niñez. Reflexionemos si el arte y la lectura son fundamentos para contar con una sociedad culta, entendido en su concepto amplio que implica respeto y convivencia, reconocimiento de derechos propios y ajenos.

Algo inmediato por fortalecer es formar a docentes que puedan recibir a los niños que ya se están por sí mismos formando en uso de medios informáticos, ofrecerles continuidad en esos aprendizajes. Toda vez no caigamos en el formalismo de currículos academicistas, para no llegar a puntos de partida del estancamiento.

Es prioritario perder el concepto del aula como encierro, y pensar que la vida está en todas partes, e interpretar esto como una forma de aprender y educarse para ser cultos. En algunos países ya se dan esos pasos relacionados con la vida presente, para lo cual se enfoca la reducción del período semanal de clases, en supresión de tareas, en la creación de espacios abiertos donde el docente comparte con el estudiante. Las investigaciones de la neurociencia educativa nos darán las respuestas acertadas si procedemos correctamente en esta búsqueda de adecuar la formación educativa acorde con las proyecciones de desarrollar las inteligencias artificiales.

Recuerdo años atrás cómo los discos duros se transportaban en vehículos pesados, y ahora podemos guardar en los bolsillos de la camisa su equivalente en información. No lucubro: hace 10 años era inconcebible ver a personas humildes de cualquier edad usando nuevas tecnologías para comunicarse. Lo veo cada día en la universidad de la calle, en humildes comerciantes informales.

Por cultura generacional, soy un aficionado al Centro Histórico, y observo con admiración a vendedoras de frutas en carretillas comunicándose con esos medios avanzados que llamamos “teléfonos inteligentes”, que dentro de un par de años serán ruinas del pasado. Porque la ciencia se acerca cada día más a proyectar sus novedades tecnológicas a la velocidad de la luz.

Algunas de estas reflexiones me las despertaron al leer una noticia de Costa Rica, que pese a sus problemas fiscales, ocupa un lugar relevante en desarrollo dentro de los países de América Latina; en siete o 10 décadas emprendió una educación cultural ciudadana que no se mide solo con un título de educación superior, sino con educación y cultura socializados. Comenzó con el denominado Estado Benefactor, creado por un político distinto en su época: don Pepe Figueres.

Eso fue permitiendo cambios sociales que se manifestaron en uno de los tres mejores sistemas de salud de América Latina; agregado el tema ocupacional, que permitió reducir el desempleo formando mano de obra calificada en función de un plan nacional de desarrollo a la vez que se emprendía una formación cultural ciudadana desplegando políticas públicas para beneficio social.

La clave estaría en una educación ciudadana que pueda incidir en decisiones públicas, una ciudadanía participante no solamente para ir a colocar su voto en unas urnas. Hace unos 25 años, entre nosotros, se llegó a decir que no se necesitaba poner énfasis en la formación superior, idea que surgió porque habíamos descubierto el boom de las maquilas necesitadas de obra barata, no necesitaba habilidades calificadas. Fracasado el proyecto, se dio como por arte de magia la migración hacia los países desarrollados. Porque desde antes esa migración masiva solo buscaba a Honduras para tener los salarios de las bananeras o migraba a Guatemala en procura de una moneda equivalente al dólar en esa época.

Volviendo de nuevo a Costa Rica, hace unos 12 años visité el Tecnológico de Cartago para ofrecer una conferencia de orden cultural. Previo tuve breve charla con su rector (había sido mi alumno en la Universidad de Costa Rica, UCR), me decía que el problema en ese momento era convencer a los estudiantes de graduarse como técnicos para ingresar al mercado de trabajo y que la universidad les daría facilidades para quienes quisieran sacar con posterioridad el título de ingenieros.

Actualmente ese problema lo han resuelto con visión de desarrollo, creando una quinta universidad nacional: la Universidad Técnica Nacional. Las otras cuatro son la Universidad Nacional de Heredia, la Universidad Nacional a Distancia (por cierto, con la editorial más desarrollada de toda Centroamérica) y la Tecnológica de Cartago, tres instituciones que vi nacer en el hermano país; además de trabajar en la universidad histórica, incluida entre las mejores universidades de América Latina, la UCR.

En fin, la educación con las llamadas habilidades blandas pone énfasis en forjar a personalidades para cultivar liderazgos mediante aprendizajes centrados en estimular destrezas comunicativas y propositivas, propiciando la creatividad y disciplina como normas de aprendizaje, sin caer en la cultura gamonal o principesca de mando y obediencia, equivocado o no, ante el silencio del educando o del subalterno.

Muros y contramuros culturales

Hace una semana leía del novelista Juan Villoro que no sabe si es periodista o novelista, y que se siente más dentro de la ética si hace periodismo. El problema es que lo ético pareciera estar más emparentado con la objetividad, y la novela, como ficción, debe inventar, le respondo. Es su gran fuerza. El periodismo es verdad cotidiana que llega a la gente en el momento puntual, aunque las hemerotecas sean grandes fuentes de historia. Pero la novela, aun siendo ficción, se convierte en verdad por encima del tiempo. De acuerdo con una frase del Premio Nobel Vargas Llosa, “la novela es una mentira verdadera”.

De mi parte hago periodismo que no solo sea puntual en la cotidianidad, sino como memoria cuya principal característica es la búsqueda de sobrepasar el tiempo. Así, cuando Fedor Dostoievski escribe “Crimen y castigo”, jamás imaginó que su obra sería considerada de gran aporte a la ciencia de la psicología, tan importante como los trabajos de Sigmund Freud. Y menos se imaginaría que luego de estar en las cárceles de Siberia, donde escribió su novela “El sepulcro de los vivos”, continuaría siendo leído 150 años después y recordado históricamente, aunque no pretendía escribir una novela histórica que retratase a la Rusia zarista que maltrató su figura relevante en la literatura universal, porque Dostoievski representa su idioma como Cervantes el castellano. Y James Joyce, Wolfgang Goethe, Gustave Flaubert y Víctor Hugo, maestros de su idioma inglés, alemán, respectivamente, y los dos últimos del idioma francés.

Además, sus escritos representan expresiones multiculturales. Unen al mundo. Nos hacen respetar culturas diferentes, que es forma de supervivencia. Los que escribimos español debemos sentirnos orgullosos de tener el segundo idioma con más hablantes originarios, superado solo por el mandarín, con más hablantes que el inglés.

Pongo ejemplos sencillos: viajo en tren desde Francia, pasando por Suiza, hacia el Norte de Italia. En los vagones solo se oye el leve sonido de la máquina de alta velocidad, nada de bullicio, como un tren fantasma. Muchos ciclistas y personas transitan en la tarde dorada que ilumina la calle paralela. Las ventanas van cerradas. El silencio en el vagón es interrumpido por un altoparlante que anuncia la cercanía de la frontera suizo-italiana. Al entrar lentamente a Italia, la mayoría de pasajeros, en su mayoría italianos, salen de sus camarotes al pasillo y abren las ventanas que dan a la calle. Piropean con bullicio a las muchachas jóvenes. Confirmo la lección aprendida de mi abuela, “dondequiera que fueres, haz lo que vieres”. Los italianos respetaron el silencio en su tránsito por Alemania y Suiza, pero al llegar a su país se convierten en italianos.

Uno de los problemas que detecté en mi reciente viaje –julio de 2007– al área de Maryland, Virginia y D. C. es que muchos salvadoreños quieren seguir siendo salvadoreños “a la salvadoreña”, lo cual choca con la intolerancia actual, incluso contra el idioma español, porque después de la tragedia en Nueva York el 11 de septiembre, Estados Unidos ya no es el mismo, aunque la mayor parte de salvadoreños o centroamericanos se asimilan a nuevos modelos educativos y de conducta.

Esos modelos deben comenzar adentro, pues somos migrantes por antonomasia. He leído, en esta revista donde escribo, sobre las increíbles matanzas de civiles, incluyendo a niños menores de un año en las zonas campesinas (El Mozote, El Calabozo, Las Tres Calles, etcétera); y sobre el irrespeto a los derechos de la mujer que culmina en feminicidios, de los índices más altos en América Latina; patriarcalismo fatal que culmina en crimen e intolerancia ante las opciones sexuales.

No se puede medir qué es lo más trágico, si las matanzas o la violación de derechos humanos, que, sin una educación cultural, culminan en crimen. Tenemos que aprender de la vida, educar para aprender a asumir nuevos valores y conductas, donde impunidad y hegemonismo culminan en delitos dramáticos por insensibilidad ante los excluidos.

El tiempo nos tomó por sorpresa y de pronto nos damos cuenta de que deponemos el bien social a favor de ambiciones y privilegios; estamos asfixiándonos en las cámaras de grandes vacíos culturales. No se trata de dar lecciones a nadie, sino de hacer reflexionar sobre la importancia de conocer el curso de nuestra vida republicana que no va a comenzar mañana, sino que pronto cumplirá 200 años. Y no estamos sentados en un lecho de rosas, como decía el emperador azteca mientras los conquistadores le quemaban los pies.

Vuelvo a recordar a mi abuela –”haz lo que vieres”. Recuerdo también a unos 15,000 campesinos pobres que llegaron a Costa Rica provenientes del departamento de Chalatenango y del norte de El Salvador, y con una humildad más acentuada porque huían de masacres, dejaban atrás a niños, hermanos y abuelos calcinados; sin embargo, su resiliencia vital les permitió deponer conductas “nacionales” para asimilar que cultura y educación se complementan con documentos migratorios. Luego, al final de la guerra en nuestro país, las familias refugiadas optaron por emigrar de Costa Rica a Australia y Canadá. Por experiencia sé que aquellas personas con las que trabajé, acompañado de personalidades costarricenses, transformaron la vida a su favor.

“¿Crees que la renuencia política estadounidense para apoyar la emigración sea de tipo cultural?”, le pregunto a un amigo. Me responde que la persecución se centra en los latinoamericanos –centroamericanos y mexicanos en especial– no solo por ser los que más emigran en busca de oportunidades de vida o huyendo de la muerte, influye el prejuicio racial que es cultura deprimida.

Preguntémonos por qué los pueblos asiáticos han crecido en las últimas cuatro décadas después de sufrir guerras que han costado millones y millones de víctimas, casi convertida en cenizas su geografía original. Comencemos por reconocer que el problema es nuestro, sin distinciones, y que las tragedias podrían continuar si no nos abrimos y damos pensamiento a nuevas visiones y reflexiones si queremos encontrar las respuestas a la tragedia interminable.

La patria centroamericana en éxodo

El éxodo de los tres países llamados Triángulo Norte, aún no termina ni está en la voluntad de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños ponerle punto final, por considerarlo cuestión de vivir o morir; o vivir muriendo. No quiero ser dramático. Pero solo veamos las fotografías en los medios de prensa que nos hace ver hasta dónde llega la desesperación de la gente para buscar oportunidades. Algo que en 25 años de pacificación regional no se pudo prever pese a que, caso de El Salvador, tuvimos emigraciones desde el primer tercio del siglo XX hacia Honduras, con graves consecuencias, pues culminó en una guerra entre hermanos. Fue menos dramática hacia Guatemala.

Ahora nos toca ver impávidos las fotografías que nos trae la prensa diaria, incluyendo llamados en México a que los carteles actúen con sus sicarios para acabar con el éxodo centroamericano, o amenazar con disparar a nuestra gente si osa cruzar las fronteras. Aunque la sensibilidad humana nos dice que eso no va a suceder. Sin embargo, el escarnio y el trato indigno ofende la razón de ser de la nación centroamericana, en especial Honduras, El Salvador y Guatemala. Las fotografías de la prensa diaria nos dicen de la desesperación ante una desesperanza ingrata. Y ello incluye niños de brazos, hombres y mujeres jóvenes. Saltan desde los puentes al río, evaden bardas, se exasperan. Lo cual justifica que se les llame personas violentas e incluso criminales. Ignoran que el éxodo busca la vida aun enfrentado la muerte.

Ante todo esto cabe preguntarse ¿qué hacer? ¿Cómo vamos a reaccionar? ¿Culparemos solo al país que construyó su riqueza con emigrantes europeos? Ellos que ya cubrieron sus necesidades históricas huyendo de las devastaciones y miserias producidas por la guerra o por los exterminios étnicos y por buscar oportunidades ante los cataclismos europeos.

Ante esa realidad reiteremos con cuatro preguntas lo que recalcan los medios mundiales. Primero, ¿quién sufraga estas caravanas? Entre varias explicaciones se llegó a decir que el financista era un multimillonario (un originario de Hungría que llegó a Estados Unidos al huir del nazismo que pretendía el predominio étnico por mil años); ahora opositor del actual presidente de Estados Unidos, también descendiente de emigrante en busca de oportunidades. De modo que si nos liberamos de prejuicios, la migración no es pecado mortal, por el contrario, llegar a América fue la bendición para el europeo deprimido.

Segundo, ¿violan las leyes los migrantes y se les debe exigir legalidad para entrar al país que los recibe? Tercero, ha habido un engaño delincuencial que ofreció facilidades de entrar a Estados Unidos. Cuarto, ¿Hubo fallas de políticas públicas de ofrecer una educación orientada hacia el desarrollo del país? O bien no la hubo, o fue muy precaria. Países pequeños que no pudimos salir de nuestras limitaciones económicas, pese a haber sido grandes luchadores a lo largo de su historia.

Para homologar, no puedo dejar de referirme a la presidenta de Finlandia, un país con un poco más de 5 millones de habitantes. Le preguntan a ella el “milagro” de tener un desarrollo mundial avanzado en la producción de tecnología informática. La presidenta responde que hay tres grandes razones: “educación, educación, educación”. Milagro que está en nuestras manos realizar como se ha repetido tantas veces. Claro, educación en el sentido amplio que incluye desarrollo cultural. El siglo de la información y del conocimiento nos dice que desarrollo económico implica tener una sociedad culta, preparada. Es aquí donde cojea la mesa de cuatro patas. El milagro lo han experimentado también países asiáticos que en menos de 40 años están a la cabeza del desarrollo. Menciono solamente dos para no sobreabundar: Corea (51.5 millones de habitantes) que resurgió de una guerra que implicó millones de muertos el siglo pasado y que ahora hasta coopera con los países deprimidos; y Singapur (5.7 millones) con inesperados saltos desde la pobreza y que ahora sorprende al mundo.

En el siglo pasado, entre nosotros, la caldera social estalló en levantamientos por exigencias de mejor vida; desde los genocidios de las etnias mayas en Guatemala a la guerra civil en El Salvador, en la medida que no se encontraron las salidas justas para superar las desigualdades. Honduras no se salvó de estas tragedias genocidas, menos dramáticas aunque más constantes hasta nuestro tiempo, como una gota de agua que horada la piedra. La paradoja está en que los tres países anunciamos estar a las puertas de la abundancia, pues el fin de los conflictos dictatoriales implicaba democratización, equidad y bienestar integral.

Reflexiono un caso de El Salvador: han salido unos 80 mil bachilleres promedio en los últimos 10 años, de ellos solo 40 mil pueden entrar a estudios superiores. Ingresan unos 10 mil a la Universidad de El Salvador. El resto entra a universidades privadas. Si ponemos un período desde 2008 a 2018 han quedado en el aire 400 mil jóvenes con menos de 30 años de edad. Y entre los que lograron graduarse, gran porcentaje, por no recibir orientaciones vocacionales, sacan un título y quedan en la calle. Muchos de esos graduados se han sumado al actual éxodo.

El fenómeno no es nuevo, y eso nos obliga a preocuparnos y buscar salidas en cada país.

En 1990, 1,300 centroamericanos emigraron para huir de la pobreza o la guerra. La paradoja fue que al fin del conflicto se aumentó en un millón más (a 2000). En 2006, el éxodo se incrementó en millón y medio. Al 2010 subió en medio millón más. En 2015 el total de emigrados centroamericanos es de 3,385,000, de los cuales El Salvador contribuye al éxodo con 40 %. Guatemala tiene 27.4 %. y Honduras 17.7, continúa en porcentajes Nicaragua, con 7.6; Panamá, 3.1; y Costa Rica, 2.7 %, esto según datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos.

Frente a esa irrealidad, nadie está exento de ofrecer luces, proponer políticas públicas educativas y culturales. O podría arrasarnos un maremágnum de tragedias irreversibles.

Desde la patria del niño

Esta semana que se inicia celebramos el IX Festival de Literatura Infantil. Gracias a quienes nos alentaron para llegar a esta versión que ha favorecido a niños y niñas de comunidades vulnerables. Difícil citar a los que nos favorecen con su comprensión y sensibilidad hacia un evento tan necesario para nuestros pequeñitos invitados. Agradecemos a algunas universidades y empresas privadas de todo tipo, a editoriales, y en especial a poetas y artistas que creen que la lectura y el libro se asocian si se les da un momento de alegría.

La lectura a esa edad es inolvidable. Recuerdo que en mi primer grado, el director de la escuela pública de San Miguel, en la formación general, nos decía un poema de Espino, y visitaba el grado para leernos cuentos del libro “Corazón” de Edmundo de Amicis. Así supe de la nieve en aquel calor migueleño, y de juegos con bolas de nieve. Por eso relacionamos libros y lectura con recreación artística. En fin, un festival es fiesta, sencilla; con hondura educativa.

Escribo esta columna conmocionado por los niños y adultos que dejan su país, la patria a la que se dedica la oración a la bandera y en la que se le rinden honores a los que declararon la independencia. Si al escribir temblara la voz, estas líneas serían ininteligibles. Pero la palabra escrita permite plantear con serenidad reflexiva propuestas de solución, más que discursos o lamentos.

A propósito el 30 de octubre conversé con uno de los poetas visitantes al IX Festival de Literatura Infantil, además cofundador: Jorge Tetl Argueta, de raíces náhuat (traduce poemas a ese idioma); por interés adquirido desde su infancia en Santo Domingo de Guzmán, y porque como emigrante hacia el Norte convivió por cuatro años en la reserva indígena de los Paiute Shoshone, Nevada, huésped en sus cabañas piramidales de cuero. Quiso encontrarse a sí mismo y encontró la poesía. Ha ganado varios premios en EUA y publicado allá 22 libros de literatura infantil.

Conversamos sobre las dificultades que pasamos para organizar desde la Biblioteca Nacional el Festival Infantil; de pronto surgió el tema de los emigrantes que salieron el 28 de octubre del monumento al Salvador del Mundo. Jorge Tetl los visitó la noche previa para leerles poemas a los salvadoreños que se reunían en dicha Plaza. Hicimos a un lado los problemas económicos del festival y pasamos a un tema ultrapreocupante.

Decidí entrevistarlo con un café y un cachito salado, siempre lo disfrutamos en nuestros encuentros. Me dice que algunos observadores ajenos a los emigrantes le aconsejaron hacerlos desistir por lo peligroso, sobre una iniciativa tan riesgosa como encaminarse a las fronteras del Norte. Le pregunto: “¿Qué le respondiste?” Respondió que él había llegado a leer poemas, a ofrecerles café, no a opacarles las esperanzas que les han sido borradas, no iba a frustrarles el sueño que cada quien tiene sobre su vida, aun enfrentando la muerte. “Como me ocurrió a mí cuando emigré, casi pierdo la vida en el trayecto”.

Ente otras cosas, me dijo que se encontró con una señora adulta mayor acostada en el suelo sobre su bolsa negra, donde lleva su ropa, tamales y tortillas. “La bolsa de plástico es para no mojar la ropa ni la comida, porque vamos a cruzar ríos”. Jorge repregunta: “¿Y por qué se decidió por algo tan difícil como viajar a pie en caravana?” La respuesta es digna de figurar en una antología como la del argentino Jorge Luis Borges “Historia universal de la infamia”. La señora respondió: “Aunque estoy mal de la artritis, me duele la muerte, me duele el hambre, me duele la miseria y me duele El Salvador”. Pausa de Jorge Tetl: “Se me salieron las lágrimas”. Me dijo: “Hay que ser muy duro de corazón y de mentalidad para escuchar impávido, pues estoy seguro de que no entrará al paraíso perdido; serán concentrados en campos especiales antes de deportarlos”.

A otro de la tercera edad le preguntó: “¿Por qué se va?” El señor le respondió: “Porque he llegado a viejo y no quiero que se me mueran las esperanzas, todavía creo que merezco trabajar para ganarme la vida”.

Jorge Tetl interrogó a una joven, tenía un nene sentado en las piernas (tirados en la grama del monumento al Salvador del Mundo), y otro mayor de nueve años dormido en su regazo de madre. Preguntó: “¿De dónde viene usted?” “De Santa Ana”. Repreguntó: “¿Por qué no esperó la caravana en Santa Ana? Se hubiera ahorrado kilómetros”. Respuesta: “Porque pensaba viajar sola y si esperaba al grupo en mi ciudad, podía arrepentirme de dejar a mis hijos. Para no retroceder, viajé a San Salvador, tomé a mis dos hijos pequeños, ellos son mi vida”.

Jorge Tetl conoció esa ruta dolorosa de los desiertos cuando migró desde los 16 años. Años después se ha consolidado como escritor de literatura infantil con temas salvadoreños para dar a conocer su cultura originaria en Estados Unidos.

Explico estos testimonios: porque constituyen un aprendizaje para mirar con el corazón (según “El principito”).

Pienso en mi novela “Siglo de O(g)ro”: “La patria de la poesía es la inocencia”. La patria se lleva en los pies hacia el infierno o al paraíso. Esto me hace pensar en ciertos poemas de hace cinco décadas dedicados a niños:

Roberto Armijo: “Los niños nos exigen un mañana/ y el que quiere a sus hijos/ oye el llamado de los hijos del mundo”. Oswaldo Escobar Velado: “Te regalo una paz iluminada./ Un racimo de paz y de gorriones./ Una Holanda de mieses aromada y California de melocotones”. Manlio Argueta: “Y quedábamos solos, hijos de Dios, abandonados a la noche y los candiles,/ preguntándonos por qué tanta desgracia…/ Los niños debajo de las sábanas,/ mientras tanto, oíamos retumbos/ que venían del fondo del volcán”.

Esta es mi primera propuesta: educarnos en sensibilidad, utilizar los recursos en educación, en arte, deportes. Gritarlo con terquedad hasta abrir el corazón a visiones humanas abonadas con cultura humanística.