Héroes literarios y prejuicios indignos

“No conozco al joven Darío. He oído decir que es poeta, y como para mí poeta es sinónimo de vago, declaro que lo es”, dijo el gobernador de Managua; y como un político escasamente cultivado lo condenó a empedrar y barrer calles. Cuando con recomendaciones del general Juan J. Cañas, autor de la letra del himno nacional, llega a Chile, relata el mismo Darío en su autobiografía, “vi un gran desencanto, cuando me fueron a recibir, ¿es acaso usted Rubén Darío?”, le dijo al joven de 19 años, “al ver mi cuerpo flaco y melena grande, mis problemáticos zapatos y mis pantalones estrechos”. Otro día lo enviaron donde el sastre y al zapatero. Por lo menos.

¿Y cómo le fue en España? Dos grandes escritores, pese a sus triunfos literarios en Suramérica con su libro “Azul”, lo vieron con desdén eurocentrista. Leopoldo Alas, conocido como “Clarín”, expresó: “No tiene en su cabeza más que una indigestión cerebral… desvaríos de los poetas franceses… que quieren hacerse inmortales persignándose con los pies”. El poeta Luis Cernuda se refirió a Darío como el que “cambia su oro por cuentas de vidrio, como sus antepasados”. Tampoco el gran Miguel de Unamuno ocultó su rechazo y se refirió a “plumas en su cabeza” para eludir a la sangre chorotega del poeta. Aquí se demuestra como una conducta vulgar, (empleo el concepto en el sentido originario, lo que no va más allá del conocimiento cotidiano, no solamente lo popular), pudo anteponer la calidad poética a la sangre india de Darío.

Con mi amigo novelista y ensayista nicaragüense, además economista, Francisco Bautista Lara, hemos conversado y escrito columnas periodísticas sobre el tema: héroes de la palabra y la vida. Héroes en el sentido de maestros de la sabiduría creativa relacionados con crudas realidades. Un caso muy interesante al respecto es el de Cervantes, que arriesgó su vida como soldado del rey de España, fue por cinco años prisionero de los enemigos extranjeros, y tantas veces intentó escapar para librarse de la esclavitud a la que le destinarían sus captores. Esa vida heroica de Cervantes la revierte en espiritualidad de la palabra, y desde su pobreza nos da la biblia de nuestro idioma universal. El héroe con su conducta social, de militar se convirtió en “Príncipe de los ingenios”.

Dentro de ese marco concentramos nuestra conversación literaria con Bautista Lara para referirnos a héroes centroamericanos de la belleza y la vida. Y derivamos en Rubén Darío, sobre quien mi amigo ha escrito tres voluminosos libros de ensayos. Y me explicaba por qué a Darío se le nomina héroe en Nicaragua. En ese marco, un día me preguntó si entre nosotros teníamos un héroe dentro de categoría universal. Sorprendido por su pregunta solo se me ocurrió uno: Alberto Masferrer; aunque tuve en mente, sin mencionarlos, a Francisco Gavidia y Salarrué.

Ahora más con más espacio reflexivo –soy lento para responder– menciono en segundo lugar a Roque Dalton, por su calidad literaria; aunque aún no lo hemos apropiado profundamente, pese a los libros escritos sobre él (obras exhaustivas de Roberto Paz Manzano, Luis Melgar Brizuela, Luis Alvarenga, James Iffland, tratando con sus dotes doctorales y académicas la personalidad literaria de Dalton).

Pero veamos el porqué me centré en Alberto Masferrer, en esa conversación con el escritor nicaragüense Bautista Lara; porque ambos pensamos en su permanencia en el tiempo, sus ideas del “Mínimum vital” compartidas desde diferentes posiciones ideológicas. Es posible que Masferrer estuviera influenciado por una filosofía de origen quechua, ancestral, desde nuestros orígenes americanos. Que en ese idioma (sumak kawsay) se puede traducir como ‘vida en plenitud’, y en idioma aimara (de los incas, Perú, Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador) viene de suma qamaña: ‘vivir bien, vida digna’. Estos conceptos también usaron los mayas y los chilenos mapuches: ‘buen modo de ser y de vivir’. Y que Bautista Lara los encuentra en su Nicaragua actual: ‘vivir limpio, vivir sano, vivir bonito, vivir bien’, http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/432330-buen-vivir/.

En ese marco es que conversamos sobre Masferrer y su “Mínimum vital”, que en sus viajes pudo haber conocido esa filosofía originaria, es decir, “lo mínimo para vivir bien”. Y de ahí proviene el concepto mínimo para referirse al salario desde los antiguos imperios egipcio y romano, cuando se pagaba con sal a los soldados y esclavos. Pero caemos en lo mismo, la sal mínima para vivir bien en aquellas épocas que tienen un poco más de 2,000 años. Masferrer resume en su conocida obra, escrita en 1928, ideas que también retoma la revolución obrera europea del siglo XIX, y llega a El Salvador con la Constitución de 1950.

“El Mínimum vital” consistente en “derechos del niño, trabajo, alimentación sana, casa, vestido, agua, salud, justicia, educación y recreación, zapatos”. Siguiendo al escritor, economista y amigo, en la actualidad se podría agregar a la doctrina masferreriana: “Seguridad, transparente y medio ambiente”. Claro, todo esto ocasionó que se le calificara de idealista y soñador, los más benignos; los menos, lo obligaron a asilarse en Guatemala donde murió solitario (1932), lo acompañó en sus horas terminales una escritora y librera que dio a conocer en El Salvador, años cincuenta y sesenta del siglo pasado, los libros de literatura universal más avanzados de la época (Nazim Hikmet, Kafka, Vallejo, Maiakovski, Amado, Neruda, Beckett, etc.) me refiero a Ana Rosa Ochoa, su secretaria privada.

Otros grandes escritores reconocieron así a Masferrer. Claudia Lars: “Maestro de multitudes”; Miguel Ángel Espino lo llamó “apóstol de la armonía social”; Salarrué lo calificó como “gran espíritu de enorme atracción”. Y la doctora en Ciencias Políticas y Sociología Marta Elena Arzú, catedrática de universidades europeas, guatemalteca, que creía que Masferrer era catalán, escribió el libro más fundamental sobre nuestro compatriota. Dice de Masferrer: “Pensador universal que hizo un diagnóstico certero sobre El Salvador… (ahora) es en su país una escuela, una universidad y un redondel”.

Un ejemplo de heroica grandeza en contra del prejuicio indigno

Literatura de los escombros

Hace 15 años hice un recuento de mi visita a Alemania con ocasión de asistir a la presentación en la Deutsche Welle de uno de mis dos libros traducidos al alemán. En dicho recuento escribí menos de mi obra para concentrarme en emblemáticas ciudades: Koln (Colonia) y Kessel, ciudades dejadas en escombros en la Segunda Guerra Mundial. Kassel fue borrada del mapa. Por varios meses miles de bombas, lanzadas por las fortalezas volantes, cayeron las 24 horas en las ciudades alemanas, cuando estaba a punto de ser derrotado su ejército nacionalsocialista.
¿Por qué escribí sobre ese tema? Porque se estaba celebrando el 88.º aniversario de uno de los escritores más importantes de Alemania, Heinrich Böll, nacido en Koln. La fundación que lleva su nombre me asignó como coeditor de un libro para Centroamérica con dedicatoria a este “santo de la literatura”, no obstante, que él mismo se consideraba un escritor comprometido; aún más, Böll perteneció a la Wehrmacht (fuerzas armadas de Alemania nazi), como incluso lo hicieron niños y ancianos ofreciendo su vida por su führer o “conductor”. Pero el escritor alemán fue rebelde aún sirviendo al ejército.
Dice René Böll, uno de sus hijos, “Siempre tomó partido por los no privilegiados, y lo hizo con sus propios medios, con su palabra escrita y hablada, por consiguiente como artista y no como político, y pese a estar bajo todos los fuegos, no se dejó enmarcar en ningún campo político”.
No ocurrió igual con otro Premio Nobel alemán, Günter Grass, a quien se recriminó pertenecer a las fuerzas especiales nazis. Böll se manifestó en contra de la guerra y del hecho de ser soldado, buscando siempre desertar. Mientras que Grass, autor de esa fenomenal novela “El tambor de hojalata”, ocultó por años su militancia en el nazismo. Pero ese pasado no los minimiza como escritores que han contribuido a la grandeza de su país.
Independiente de una justificación u otra, fue muy raro que un joven no fuera enlistado en el ejército para hacer grande a Alemania, país humillado en la Primera Guerra Mundial, y que 10 años después vio surgir a un líder con una enorme capacidad para canalizar las emociones populares.
Y así, sus discursos enardecieron a un pueblo que no imaginó que se llevaba al suicidio a toda la nación. Un nacionalismo que se justificó con la idea de hacer grande a Alemania, imponer su poderío a todas las naciones del mundo basado en la supremacía de una raza superior. Y los políticos, militares y clase económica alta lo creyeron.
Fueron conducidos con su nacionalismo grandioso a invadir Estados y llevar al holocausto a pueblos enteros de la culta Europa. Ese nacionalismo, que también era aislacionismo, pues su “conductor” no necesitaba de nadie si tenía el ejército más temible del mundo. Invadió Europa del este y el norte, incluyendo la Unión Soviética hasta declararle la guerra a Estados Unidos, al grado que estos últimos hicieron alianza para combatir esa fuerza superior dejando al margen cualquier hegemonía ideológica, porque primero se pensó en la sobrevivencia. La Unión Soviética luchó en el este y los otros aliados en el oeste, desde Inglaterra y Francia.
La Segunda Guerra Mundial produjo un aproximado de 55 millones de muertos, de los cuales 20 millones fueron de la antigua Unión Soviética, 6 millones de judíos, unos 8 millones de chinos, y esta misma cantidad de alemanes; habría que agregar a los miles de franceses, estadounidenses y japoneses. Y esto cuando aún no había misiles balísticos nucleares que solo dejarían vivas a las cucarachas y las ratas.
Esa guerra dejó en el suelo a Alemania, pero produjo una paz duradera, en el sentido que ya pasaron 72 años; aparte de una guerra fría que nunca contó por millones sus muertos. Y si alguna vez se estuvo al borde de un desastre nuclear, la sensatez mundial optó por no exterminar el planeta.
Estas fueron algunas de las reflexiones que tuve después de que leí la primera edición del libro “Leer nos hace rebeldes” (2002, para celebrar un aniversario más de Böll). “Leer es más que un proceso técnico, o estudio mecánico… hace pensar, lo vuelve a uno libre y rebelde…”, dice el escritor. En 2017, centenario del escritor, ha salido la segunda edición, y las reflexiones son las mismas, 15 años no han sido suficientes para superar el peligro en el que estaba la paz mundial, ni las secuelas de cualquier guerra, aunque no haya dejado las ciudades en escombros.
Y a 25 años de la paz en El Salvador nunca vimos los escombros materiales, y ese espejismo nos engañó pensando que no había ninguna destrucción. Sí la tuvimos, pero fue emotiva, difícil de superar y, al parecer, irreparable, porque no la vimos, como lo hicieron los alemanes que reconstruyeron sus ciudades con las piedras de sus escombros.
Entre nosotros la destrucción fue moral, dolor y deshumanización contra familias campesinas. No pudimos vislumbrarlo porque eran penas y llantos en el interior de nuestra conciencia. En Alemania las ciudades fueron reconstruidas con las mismas piedras y eso fue un homenaje a sus muertos. Nosotros no vimos ciudades en el suelo cuando se firmó el Acuerdo de Paz, no vimos piedras, ni edificios ni iglesias en llamas, solamente los escombros de un dolor escondido, lo esencial en la vida que no pudimos ver con el corazón, como dice “El principito”. Dos años, cinco años, 20 años después de firmada la paz no logramos detectar esas ruinas emocionales, fuimos dejando que cada quien viviera bajo los escombros de sus tragedias.

El libro como identidad

Hace poco publiqué en Facebook la portada de mi novela “El valle de las hamacas” (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 1970) y me decía un contacto de esa red social que le dijera una razón de “por qué leer esa novela”. Aunque mi intención no era invitar a leer, sino documentar su existencia por los olvidos. Uno de los méritos que le encuentro es que fue publicada tres años después de que Gabriel García Márquez había publicado la primera edición en esa editorial argentina de su monumental “Cien años de soledad” (1967). En la nota de la red dije que considero un honor compartir editorial con la obra más conocida de América Latina, y con un agregado más: en 1970 muy difícilmente los suramericanos conocían la existencia de El Salvador.

Comprobado. Mientras camino para dar una charla en la Universidad de Stanford (1985) acompañado del presidente de la Unión de Escritores de Chile el narrador y periodista Poli Délano, y me decía que en los setenta era muy difícil que alguien conociera un país llamado El Salvador. “Nosotros, por ejemplo, me decía Poli, sabíamos que podía existir ese país porque más de alguna vez una revista chilena publicó un poema de Roque Dalton, y entre paréntesis decía “El Salvador”. No se sabía dónde quedaba en el mapa. Cosa que no debe extrañarnos, pues pese a la tecnología informática actual, conocemos lo cotidiano, lo que nos interesa. Por ejemplo, muchos desconocen la existencia en el mapa de países como Palaos y Eritrea o Macedonia.

Bien; por medio de los libros se sensibiliza la sociedad, se conoce la identidad de nación, modos de vida. Hace poco leí la novela “El cisne” (Tusquets Ediciones, 1997), del islandés Gudbergur Bergsson, que permite saber cómo viven, como son los habitantes de esa lejana isla de fuego y hielo, y aun más se dan ciertas sincronías, pues se trata de una novela “picaresca y autobiográfica sobre la infancia del autor”. Mi novela “Siglo de O(g)ro” (DPI, 2000) también es picaresca sobre mi niñez.

Un libro se lee porque se es lector. Se lee como recreación, para conocimiento, y como ampliación de las capacidades cerebrales, caso de la lectura en primera infancia (de cero a seis años).

Si leo “Historia de la conquista de la Nueva España”, de Bernal Díaz del Castillo, un soldado de Cortés, conozco los detalles de cómo era Tenochtitlán por la descripción de un testigo participante del asalto de esa ciudad por los españoles (1519), sus mercados, sus “servicios sanitarios”, donde se recogían sus excretas como abono, el asesinato de los emperadores aztecas, los combates, en una ciudad mexicana más grande que París y Londres. Increíble.

Esa recreación, motivada por interés o por cultivo familiar, nos permite saber datos, manejar el idioma, expresarse con exactitud ante circunstancias que lo exigen, en la política, por ejemplo. Todo eso que forma parte del conocimiento. Caso de la novela “Guerra y paz”, (1865-1869, publicada en fascículos) de León Tolstói, conozco la derrota de un ejército moderno dirigido por Napoleón Bonaparte, que quiere liberar a la Rusia, atrasada y oprimida en sus pobres. Conozco la lucha de ese pueblo en contra de una invasión extranjera. Fue el primer fracaso de Bonaparte.

En libros están “La guerra del fin del mundo”, de Vargas Llosa, con esa obra conozco la guerra de los Canudos entre el ejército de Brasil y el movimiento popular campesino (1896-1897); o con “El sueño del celta”, novela sobre el origen de la esclavitud, los africanos cazados o mutilados junto con sus familias para traerlos a América y producir riqueza en las plantaciones agrícolas; o “Cinco esquinas”, obra sobre la primera mujer feminista (Flora Tristán, 1803-1844) y su tragedia ante un patriarcado despótico protegido por las leyes.

No se trata porque sean novelas históricas. Cuando estudiaba Educación Media leí casi toda la novela de Víctor Hugo, y así supe a temprana edad cómo era París (por “Los miserables”, obra romántica, de tema social y análisis teórico); o “Crimen y castigo”, del ruso Fedor Dostoieski (1821-1881), novela sicológica que se considera hizo tantos aportes en esta materia como Freud. Además, con esta obra conocí los rincones urbanos de la ciudad de San Petersburgo.

O bien otra novela del mismo Dostoievski, “Los hermanos Karamazov”, obra de la cual Albert Einstein dijo que por ella había conocido las fortalezas y debilidades del ser humano. Aunque el francés y el ruso narran y describen en el siglo XIX, aún subsisten sus palacios, la bella arquitectura, pasiones, amor, odio y violencia. Ninguna de estas obras pierde esencia frente al futuro.

Cuando visité París como estudiante universitario lo primero que quise ver fue la catedral de Notre-Dame, pues había leído “Nuestra Señora de París” (escrita en 1831). Cuyo escenario es dicha catedral. Y “Los miserables” (publicada en 1862), ambas de Víctor Hugo. La última tiene como marco París, sus pobrezas y las luchas revolucionarias de los jóvenes.

O cuando para dar a conocer “Un día en la vida” en idioma bengalí, visité la Universidad de Nueva Delhi, y la casa de Rabindranath Tagore (1861-1941) cuyos poemas había leído en mi infancia. Porque leer también implica educarse en emociones y sensibilidad humana. Todo libro trasciende la historia personal para convertirse en historia común, de todos. Por eso cuando escuché las denuncias que hacían las mujeres salvadoreñas de los años setenta, decidí retomar mi oficio de escritor y evidenciar las atrocidades humanas de un Estado en contra de la población más vulnerable, y la única manera que encontré de resarcir la violencia estructural a la que sobreviven las mujeres en cualquier etapa de su vida es visibilizando en mis obras las Guadalupe, las Beatriz, Adelinas y Romelias que viven en Centroamérica. Es la importancia de la obra literaria como documento de identidad universal que me motiva a insistir con necedad incansable el cultivo de emociones, eso es la lectura, una poderosa estrategia para construir un país. Equitativo, solidario, fuente de saberes, preparación clave para el desarrollo humano sostenible.

Inversiones valiosas, festival, memoria

Con motivo del VIII Festival de Literatura Infantil, que comenté hace 15 días antes de su realización, he fortalecido mi sorpresa de percibir interés de los niños por asistir a eventos de animación de la lectura. Este evento desde el primero al octavo ha sido un éxito gracias a la colaboración del equipo de trabajo de la Biblioteca Nacional, el apoyo institucional, además de la cooperación de universidades, organizaciones civiles, empresas y entidades privadas. Sin ellos, imposible haber llegado a una octava versión; igual digo de los escritores y animadores de lectura y su voluntariado ejemplar. Tantas respuestas positivas a un proyecto cuyo centro principal son niños y niñas de comunidades en riesgo, cuyo solo viaje a la ciudad capital es un atractivo y un aprendizaje; un conocimiento valioso como el obtenido en las aulas. Porque la vida está en todas partes; y educación es vida.

El festival ofrece facilitadores de lectura y animadores que hacen del momento del festival infantil un asocio entre libro, lectura y momentos de alegría. No cabe duda, los niños son la esperanza. Pero la esperanza de verdad, la que se proyecta desde un presente, ofreciéndoles sus derechos plenos. Ellos también son la riqueza para el desarrollo futuro.

En este VIII Festival, los niños encontraron a dos escritores salvadoreños que sumados han publicado en Estados Unidos más de 30 libros de literatura infantil y han obtenido premios, uno en Los Ángeles, otro en Nueva York y Washington. En todos los libros la temática es El Salvador. También la diáspora contribuye con valores de país. Y para culminar el evento relacionamos animación lectora con alegría, pues también participan, con ¡voluntariado! Mimos-Clown.

Nuestro proyecto de facilitar el libro y la lectura no se limita a un festival al año. También se logra con una biblioteca móvil que funciona desde la Biblioteca Nacional. Y algo más: los facilitadores conocemos y logramos aprendizaje al visitar las comunidades de difícil acceso. Es un aprendizaje con estímulos similares. Este año visité a niños del cantón Loma del Muerto (por la matanza indígena de 1932), en Sonsonate; a estos y a miles les llegó una libreta sencilla, pero dignamente impresa con más de una docena de poemas infantiles, con igual número de escritores. Fui testigo del entusiasmo en el aula, expresado con acciones creativas.

El festival de noviembre permite observar la importancia de ofrecer oportunidades recreativas y creativas a niños y niñas que responden felices a la facilitación brindada por las instituciones de cultura y educación. No: nada de cruzarse de brazos viendo pasar la tragedia como espectadores. Por eso mi insistencia en promover este tipo de acciones educativas. Porque la esperanza no solo debe visualizar el futuro, sino el presente vital, porque la renovación está en esos grupos base que asisten y participan en encontrarse con el libro y la lectura.

El Festival de Literatura Infantil ofrece lectura desde edades tempranas, entre siete y 12 años. Ojalá pudiéramos hacerlo con la primera infancia (de cero años a cinco años). Para estos el conocimiento o la palabra tierna de leerles un cuento o un poema no solamente recrea, también hace algo más prodigioso, ofrecer a las nuevas generaciones calidad de vida, vida sana entendida como bienestar, semejante al cuido en salud y alimentación. Volverlos permeables al conocimiento permite una transformación al utópico cambio.

“No solo debe cuidarse la supervivencia biológica, protección de enfermedades o desnutrición”, dicen científicos del cerebro y de las emociones, sino atender una educación temprana en el niño que repercuta en el desarrollo intelectivo “(que lo haga) capaz de cambiar su entorno que significa convertirlo en partícipe de la sociedad que necesitamos” (Luz Stella Losada, et al.).

Los autores son profesionales de la salud y la educación, expertos en desarrollo infantil y prevención de agresiones sexuales, tratan el tema de construir familias con desarrollo integral al atender al niño desde antes del nacimiento hasta los cinco años. En mis anteriores planteamientos he insistido en algo que cae por su peso: invertir en educación debe ser una acción estratégica para prevenir la violencia, asegurado con políticas públicas.

Recuerdo cuando en segundo grado, en la primera mitad del siglo XX, a un director chiflado se le ocurrió hacer una excursión con niños de segundo a sexto grado. Yo estaba en segundo, tendríamos que viajar en tren de leña desde la escuela pública en San Miguel hasta Ahuachapán, donde estaba el punto central del viaje: conocer una casa.

Era una actividad de recreación y aprendizaje irreversible (conocer la casa del poeta Alfredo Espino, de quien yo solo conocía el poema “El nido”). Además se trataba de un viaje sin presupuesto estatal, para lo cual se debe planificar con creatividad y ejecutar con eficiencia. Es el caso del Festival de Literatura Infantil, donde las comunidades o las familias contribuyen para el transporte en buses; otros aportes, la mayor parte, se obtienen por las organizaciones civiles, empresas y universidades, y desde la Biblioteca Nacional se hace la gestión de acuerdo con cooperantes con sensibilidad patria.

Continúo con el profesor chiflado: él hacía las gestiones para que las escuelas de las ciudades visitadas nos dieran alojamiento para dormir. El pasaje del tren lo pagaba el padre o la madre de familia. Hicimos la primera parada en Usulután, en la Basilio Blandón; la segunda fue en San Vicente (olvido el nombre de la escuela); la tercera fue en San Salvador; dormimos en la Joaquín Rodezno. De allí salimos a Santa Ana, dormimos en la escuela Mariano Méndez, ahora en ruinas, pero en proceso de restauración. He olvidado, quizás por las penurias, si comíamos o no comíamos. Solo recuerdo que en San Vicente un niño de mi edad me invitó a almorzar a su modesta casa. Bueno, fue mi primera ventura a mis ocho años. Mi madre tuvo la confianza de permitirme un viaje que duró una semana. ¿Cómo ven esa chifladura genial del docente director? Para más datos: poeta, creativo, chiflado.

Aprendizajes de vida a temprana edad

En el año que transcurre se nos ha apoyado por televisión presentar más de 40 programas dedicados al libro y a autores nacionales, temas en los que debemos ser incansables. Estimular la lectura no solo a adultos sino a estudiantes de educación básica. Con el convencimiento de que una sociedad lectora augura una ciudadanía sensible y capaz de conocer respuestas sobre convivencia y prácticas democráticas, apropiarse del logro de ejercer el derecho a ser escuchado como participante en una democracia en construcción. Ser un sujeto y no un objeto.

La proyección por la lectura desde la institución pública, en nuestro caso, nos permite acudir a una audiencia de adultos, niños y jóvenes que acogen entusiastas las iniciativas relacionadas con el tema. Un ejemplo paradigmático sería el de la biblioteca móvil (Bibliobús) que visita comunidades en riesgo cuatro o cinco días a la semana, incluyendo sábados y domingos, según el interés de la comunidad. Después de 10 años de labor institucional, el Bibliobús visita los más apartados rincones del país, de preferencia ahí donde no llega una biblioteca o no conocen un cuentacuentos o un animador de la lectura. Alguien que les facilite leer como un momento agradable.

Otro proyecto de aprendizajes por medio del libro y la lectura es la organización de un Festival de Literatura Infantil, que cuenta con apoyo institucional, pero no podría realizarse si no hubiese una sinergia entre distintos sectores del país que se apropian de la importancia de un evento que incide, no importa si en medida modesta, al desarrollo del país. Se sabe el aporte del libro y la lectura como eje estratégico de una educación nacional.

El octavo festival se celebra esta misma semana en la Biblioteca Nacional. Aspira a favorecer a participantes invitados de acuerdo con el interés de las comunidades y de entidades que las apoyan para hacer posibles los traslados y la organización en cada localidad del interior del país para asistir a una fiesta literaria. Los participantes son de educación básica, de entre ocho y 12 años, de preferencia, que acuden a un espacio agradable bajo el lema, este año, “Por la alegría de leer”. En años pasados fue “Leer es maravilloso”.

Algunos especialistas no están muy de acuerdo con la animación de la lectura si esta es un elemento distractor; argumentan que debe irse directo al libro, sin interferencias. Pero el festival no pretende esa vía directa, sino tratar de comunicarnos con niños en diferentes modalidades que les produzcan un momento inolvidable en su corta experiencia de vida aunada a aprendizajes de excepción. Entre otras cosas, conocen a escritores nacionales y los resultados de su creatividad.

Recuerdo allá en San Miguel, en una escuela pública muy modesta, y en tiempos remotos, sin los medios de comunicación de los conocidos ahora, ni siquiera radiodifusoras, excepto porque en las seis ciudades principales del país llegaba el periódico, siempre contaban con espacios de lecturas para los menores de edad. Fue mi caso.

Recuerdo en segundo grado, bajo el calor de San Miguel, en el que no reparábamos, pues no conocíamos geografías diferentes para comparar, un maestro nos leyó “Corazón” de Edmundo de Amicis. Ahí supe que había ciudades donde existía la nieve y se jugaba con ella, mientras nosotros nos divertíamos con los aguaceros diurnos. Y algo más en primer grado, en esa misma escuela pública de San Miguel, a otro docente, quizá al director, se le ocurrió llevarnos a ver una película al Teatro Nacional (convertido en cine). Fue la primera vez que tuve la experiencia de ver una película. Y tuvo la característica, por el tema, de ser una experiencia inolvidable. El título: “Los huérfanos de Stalingrado”. Por estar en el marco de una guerra mundial, tuvimos acceso a una exhibición que quizá no era para niños, pero nos permitió conocer a edad temprana la barbarie cometida contra niños en una guerra con el protagonismo invasor de un ejército nazi. Conocí el poder de las bombas. El cine fue mi medio de comunicación más avanzado de la época.

Esa película y un año después el libro “Corazón” me ofrecieron un aprendizaje sobre el mundo. Lo importante fue la imagen y la palabra, más que un argumento que podría ser inentendible a esa edad temprana. Aunque sí, en ambos casos hubo emoción que es también elemento esencial para el aprendizaje.
“Corazón” de Amicis, publicado en 1886, me permitió saber en mi segundo grado valores cívicos, de solidaridad, me despertó sentimientos tan importantes para formar la personalidad constructiva. Porque si es desde niño, mejor. Provocar sensibilidad ante el otro, como es el caso de los cuentos “De los Apeninos a los Andes” y “El tamborcillo sardo”; o los juegos inocentes de los niños lanzándose bolas de nieve. También hay un cuento con un niño que escribe un diario donde expresa sus emociones particulares.

De “Los huérfanos de Stalingrado” nunca supe más. ¿Alguien sabe? Recuerdo que a la hora de almuerzo discutimos temas de esa exhibición con un primo que estaba en sexto grado. Supongo que me ayudó a explicar algunas situaciones sobre la primera película de mi vida, cuando apenas tenía tres meses de conocer lo que era una escuela pública que nos ofreció esos aprendizajes de variadas expresiones, con docentes que advirtieron la necesidad de leer o de comunicar elementos artísticos desde una edad temprana. Esa práctica continuó hasta llegar al séptimo grado, en el área de la música, siempre en instituciones públicas de San Miguel.

Sin duda esas imágenes en la memoria repercutieron para introducirme a un oficio de creatividad artística, pese a mis diversas proyecciones de adolescente que incluyeron fútbol, matemáticas y docencia desde temprana edad.
Nota. Dedico esta columna a quienes permitieron fundar el Festival Infantil. Cito a los que ya no están con nosotros: al poeta Ricardo Lindo y al poeta chicano que nos visitaba desde California, Francisco Alarcón. Un saludo hasta la galaxia en infinito movimiento.

Reflexiones del artista joven y adulto

Para escribir una obra literaria, o un ensayo, lo primero por hacer es meditar sobre lo que me gusta con inspiración en mi propio marco referencial –mejor si lo siento desde niño– igual si lo percibo más tarde que el momento llegó. José Saramago se dedicó a escribir después de los 50 años; también hay artistas que sobresalieron desde la minoría de edad. No importa, basta pretender que se obedece a un deseo interno. Es posible que en un momento te dé por abandonar el barco. Me tocó a mí, cuando estaba en Costa Rica, decidí abandonar la literatura para dedicarme a algo más que me atrajo de niño: la matemática. De no haber ocurrido el asesinato de Roque Dalton (1975) estuviera dando lecciones de esa materia en el hermano país. Así, sucedió lo contrario: escribí en el hermano país tres de mis obras más difundidas fuera del idioma español, incluyendo un premio latinoamericano de novela; y el tema fue El Salvador. Ahora, desde mi país, escribo el primer libro de una épica centroamericana que tuvo a Costa Rica dentro del primer plano. Son los tantos enigmas de la producción artística.

A veces pensamos en el papel que deben jugar los maestros. No me refiero al docente. El mejor maestro seré yo mismo. Si no descubro esta clave, mejor no pensar que la creación literaria me sea favorable. Esto incluye tirarse a lo largo de la vida y reflexionar lo que has aprendido de ella, tus entornos sencillos o esplendentes. “Todo lo aprendí de un hombre sabio” –dice José Saramago–, “mi abuelo analfabeto”. En mi caso, yo aprendí mucho de la calle. Aunque eso se vuelve dramático en un país donde desde su independencia ha imperado la violencia rural y urbana. En el país feliz o desilusionado siempre habrá hallazgos para la elaboración estética que contribuyan a la reconstrucción social. Lo feo y lo bello. Sobre el concepto de belleza dice Salarrué en la carta a los patriotas: una puesta de sol, el río que pasa por tu casa, el cerro o el volcán que te absorbe la vista desde que te levantas, “esa es mi patria”, no la elaborada por el prejuicio o el mito, reafirma.

Recuerdo que con el poeta Roberto Armijo comentábamos, cuando llevó a su marimbita de tres niños por primera vez al mar (Rabín, Manlio, Roberto), que lo único que se le ocurrió decir al mayor, en esos momentos con cinco años, fue: “Papá, no atino”.

Si eres escritor puedes rescatar ese instante. Para mí, el mar visto por primera vez a los cuatro años, pensé en un cielo derramándose en agua y el mar como su desaguadero.
El autoaprendizaje es fundamental, no hay escuelas para hacer escritores. ¿Y para las otras artes? Quizás para manejar algunas técnicas. Los talleres son válidos en cuanto escuchas diversas opiniones de quienes te rodean, y del facilitador. Está bien, pero no basta. Nunca tuve un taller, ni un maestro que estimulara mis ocurrencias de niño en la escuela. Al contrario.

No hay nada intrascendente en tu entorno. Puedes sacarles astillas a cada momento de tu vida para hacer una obra artística. A ello se agrega lo fundamental: ¿cómo lo vas a expresar con el cincel, con la palabra o con los sonidos? Es otra clave fundamental: escudriñar la intimidad antes de echar mano a tu expresión. Escudriñar la intimidad significa ejercitar las células neuronales (dicho en forma sencilla: desabotonar o desabrochar el cerebro), interpretar los asombros provenientes de realidades estéticas: la belleza o la fealdad hay que procesarlas con emoción, de manera que sean el vehículo para despertar las emociones de otros.

El intimismo o autenticidad se procesa sin darte cuenta, como se asimila el oxígeno. La idea es que lo que escribo se aleje de mí, se independice de mis deseos de autor. De pronto los personajes, las pinceladas o los sonidos se escapan de mi mano o escribo con intensidad diferente a mi emotividad particular. Sucede que el resultado artístico es colateral a lo que has razonado, es algo superior que “la razón no comprende”.

No hay duda que Bécquer tuvo el sentimiento de amar antes de ponerse a escribir “Rimas”; pero su calidad de poeta la obtuvo cuando, sin dejar de ser emociones suyas, se le escaparon para ser emociones acogidas como propias por los demás. Esto no se contradice con el impulso de escribir o plasmar el entorno particular en la obra. Y ahí es donde juega un papel las habilidades psicosomáticas, como decía el filósofo de la estética Georg Lukács, cuando aún no se habían descubierto los laberintos insondables del cerebro para distenderse (“plasticidad cerebral”), en la medida que se adquiere conocimiento. Y en el caso del arte conocer no es saber, sino percibir, albergar imágenes, pensamientos, amor, rechazo, indignación, como insumos para producir arte: artes plásticas, danza, música o literatura.

Claro, aquí no entran genialidades producto de encuentros cercanos del tercer tipo. Como el caso de Mozart, por ejemplo, que comenzó a escribir piezas de piano a los seis años y sinfonías a los 15; o Darío que no terminó la escuela secundaria y alcanzó altura poética universal; caso parecido es Einstein que tuvo una formación racional y luego voló con alas de genialidad. “Tú no serás nada en la sociedad”, le dijo su profesor, el Dr. Joseph Degenhart, porque solo prestaba atención a la matemática y descuidaba otras asignaturas. Un sabio sensible que nunca dejó de tocar violín.

Con Van Gogh pasó igual, cuando había pintado sus mejores cuadros, al no poder venderlos, le recomendaron estudiar técnicas del color; pero el genial pintor no logró entrar en la academia de Bélgica, ¡no superó el examen de admisión!
La carencia de apoyos no veda la realización artística. Los poetas, en el caso de El Salvador, después del año cincuenta del siglo XX, nunca lo tuvieron. No es que eso sea lo mejor, pero tampoco es una conditio sine qua non.

Historia y bienestar humano

La semana pasada se ha estimulado mi trabajo literario que tiene como marco la historia centroamericana (1855-1860). Entre otras cosas, fui invitado como participante en la nominación como Beneméritos de la Patria a Juan Rafael Mora (expresidente de Costa Rica) y José María Cañas (salvadoreño). En 1860 partieron ambos desde Santa Tecla hacia Puntarenas. Una traición alevosa les preparó una emboscada de militares traidores que habían participado en la derrota de William Walker. Ambos fueron fusilados.

Como sabemos, Walker se apoderó de una parte de Nicaragua nombrándose presidente en unas elecciones falsas, similar a lo que tres años antes había hecho en Sonora y Baja California, México, declarándolas repúblicas independientes. Llegó a Nicaragua con el objetivo declarado de apoderarse de los cinco países de la región y continuar con Cuba. Un sueño loco producto de una mentalidad profética cuyo potencial era la supremacía blanca y traer esclavos africanos a la región.

Para lograrlo se hizo contratar por políticos nicaragüenses liberales que vieron en la formación de una falange americana la posibilidad de ganar la guerra civil contra la facción conservadora. Una guerra civil que llevaba cuatro años entre ambas facciones. El partido liberal radicado en León contrató a Walker y le dio grado de general y jefe del ejército más otras canonjías. Pero el sueño del filibustero era apoderarse de Centroamérica. Para ello dio un segundo paso: invadir Costa Rica, pese a que los conservadores nicaragüenses lo seguían combatiendo con grandes dificultades, pues el ejército filibustero se había agrandado con mercenarios internacionales bien armados, con aprovisionamiento continuo desde las dos costas de Estados Unidos. La invasión a Costa Rica se convirtió en un gran fracaso. La fracción internacional formada por militares europeos y aventureros estadounidenses no soportaba ni una hora de combate para salir en estampida. Walker lo reconoció en su libro por haber caído en la peor ridiculez en Centroamérica, lo vio como una derrota vergonzosa (autobiografía).

Lo raro de esa sangrienta confrontación bélica centroamericana (1855-1860) fue que se inició contratando mercenarios invasores por parte de los liberales nicaragüenses, que se hacían llamar “democráticos” y “revolucionarios” por ofrecer un programa progresista. La paradoja: quienes combatieron a Walker fueron los conservadores; sin embargo, después de varios crímenes incluyendo el incendio de la ciudad de Granada, sede de los conservadores, los liberales se dieron cuenta de los verdaderos planes del filibustero que ya dominaba gran parte del país. Además, los ejércitos centroamericanos ya habían llegado a Nicaragua para combatir a Walker.

Esa coyuntura histórica en Nicaragua me hace pensar en lo que facilita a los nicaragüenses hacer sinergia entre fuerzas ideológicas para lograr objetivos sociales comunes. Se nota más en la ausencia total de la violencia que para un país pobre significa destinar inversión financiera en salud, y evitar emigración para huir del propio país aun a costa de la vida; preferible afrontar el infierno ajeno, antes que el del barrio. Los nicaragüenses neutralizaron ese miedo. Digámoslo sin prejuicio.

Esas lecciones históricas del siglo XIX nos hacen pensar en el error de creer que la historia comenzó ayer. Este criterio no permite priorizar en el análisis interpretativo de un pasado que reitera las tragedias sociales por desconocer sus causas. La violencia ha echado raíces en siglo y medio, y eso hace difícil afrontarla con políticas del presente; y con desesperanza y desesperación se avanza por un camino de dolor.

Siguiendo con la guerra contra los filibusteros, a esa épica podríamos llamarla Guerra Patria Centroamericana. Porque en esos años tuvimos un “ejército aliado centroamericano”, peleando en Nicaragua, cuyos jefes en orden correlativo fueron los generales Ramón Belloso (salvadoreño), Florencio Xatruch (hondureño) y José Joaquín Mora (costarricense). Todos, pese a grandes diferencias, derrotaron a los supremacistas blancos que se hacían llamar inmortales, filibusteros o falange americana, con intención de civilizar con raza pura a Centroamérica, pues los originarios – los híbridos– eran raza impura formada por holgazanes, arteros, incivilizados, (bibliografía: libro del jefe filibustero William Walker, “La guerra en Nicaragua”).

Al reparar en los verdaderos objetivos de los invasores, los liberales y conservadores, no solo de Nicaragua, se unieron para salvar la nación centroamericana en una lucha que costó miles de muertos. La conciencia fue clara, pues luego de varias peticiones de Costa Rica, por su presidente Juan Rafael Mora, los ultraconservadores Francisco Dueñas y Rafael Carrera, presidentes de El Salvador y Guatemala respectivamente, se decidieron por participar para no dejar solas a Nicaragua y Costa Rica. Existen comunicados firmes de ambos mandatarios. Depusieron sus intereses para salvar la gran nación. Lo anterior pareciera leyenda o mito, pero al contrario, es historia real, aunque el tiempo la fue convirtiendo en mito o, lo peor, fue ocultando la épica más gloriosa de Centroamérica.
El desconocimiento de la historia centroamericana nos debilita. La ignoramos cuando tenemos sobre nuestra cabeza el fin del planeta, con dos grandes medios de destrucción masiva: el cambio climático y la destrucción atómica. El peligro se da en un momento donde las competencias deberían ser alrededor de la trepidante creatividad tecnológica que tiene la respuesta para echar mano en las energías renovables y lograr la salvación del planeta. Esto no es tremendismo. La historia universal nos da lecciones y, sin embargo, mientras construirnos palacios de cristal, descreemos en la solidaridad, en lo equitativo; creemos en la confrontación, no en la unidad de contrarios, como si cada facción ideológica fuera un país enemigo, convirtiendo a la nación en víctima de sus contradicciones facciosas.
Mi larga reflexión la despierta haber conocido a fondo esta historia, gracias a la Academia Morista Costarricense, que me hizo miembro correspondiente y me concedió una medalla impuesta por el presidente de la república. Sobre esta gesta escribí un libro con la idea de romper con la leyenda, rescatar a los verdaderos héroes que dieron su vida contra la esclavitud y por la soberanía. En esa gesta se distingue con Juan Rafael Mora el salvadoreño José María Cañas. Ambos beneméritos de Costa Rica. Deben serlo de Centroamérica.

Historia centroamericana oculta

Razones de peso me llevaron a escribir por primera vez una novela histórica cuyos hechos me llevaron de la mano, como al ciego privado de luz, por una épica insólita y asombrosa que ha pasado por alto en Centroamérica; y no creo que por razones políticas contemporáneas, pues todo ocurrió entre 1855 y 1860. Pero ni los especialistas la proyectan de acuerdo con el significado para la región centroamericana. En ese entonces un estadounidense de nombre William Walker quiso establecer la esclavitud en Centroamérica por considerarla fuente de riqueza económica de cultura superior. Sin embargo, la vastedad de esa gesta histórica ha quedado reducida a los especialistas en historia, aun para Costa Rica y Nicaragua, pese a que fueron los dos países que más sufrieron la guerra.

Se trató de una épica libertadora donde participaron en primer lugar el presidente costarricense de ese entonces Juan Rafael Mora, como estratega político, y el general salvadoreño José María Cañas, como el combatiente de primera línea en contra de los que llamaron filibusteros, y que se auto llamaron falange americana. En el transcurso del tiempo se convirtió en historia oral plagada de mitos, no obstante, que ha sido la historia más cruenta y más dramática que ha vivido nuestra Centroamérica, en una pelea por lo que quería ser. No hay otra gesta similar por lo heroica y por lo trágica para cientos de centroamericanos. Por ese heroísmo somos como somos, de otra manera se hubiera impuesto el esclavismo para “civilizar” a una región habitada por “mestizos indolentes”, decía Walker.

Esos vacíos me inclinaron a escribir una obra narrativa que califico como novela histórica basada en bibliografía existente, aunque poco conocida en nuestro medio, pese a que se enviaron de El Salvador más de 2,000 soldados, y que el jefe de los ejércitos aliados centroamericanos era el general salvadoreño Ramón Belloso, además de los generales Bracamonte y Asturias, este último de San Miguel. Incluso estuvo Gerardo Barrios con 800 hombres, pero por arribar tarde no se incorporó a la guerra, pues ya los aliados tenían derrotados a los filibusteros, y Barrios iba a sustituir a las cansadas y destruidas tropas de Belloso; vencida la llamada falange americana fue obligada por la misma marina norteamericana a su repatriación, pues una derrota total sería cruenta y humillante para el Gobierno de Estados Unidos, además que oficialmente Walker no estaba autorizado para emprender ese tipo de guerra de invasión.

Cuando llega Gerardo Barrios, muchos filibusteros habían desertado debido al cerco implantado por los centroamericanos. Se habían quedado sin medicinas y sin alimentos y perdido el sueño de dominar la región. Y todo porque los costarricenses en una jugada creativa del presidente Juan Rafael Mora lograron cortar las vías interminables de abastecimientos para los auto llamados falange americana, que recibían de California o de Nueva Orleans. Se hizo por medio de un comando de 200 hombres cuya misión era cortar los abastecimientos recibidos desde los dos océanos. Walker pretendía también como objetivo, además de apoderarse de los cinco países centroamericanos, manejar el canal interoceánico que la naturaleza proveyó a Nicaragua con su gran lago y el río San Juan, desde el Pacífico en San Juan del Sur hasta el Atlántico en San Juan del Norte.

Este es el tema que manejo en la novela histórica donde la realidad supera la ficción. Como Walker tenía casi toda su fuerza en San Juan del Sur, el comando invadió por un río, el San Carlos, casi virgen, situado en la región norte de Costa Rica y que desemboca en el San Juan. Esto permitió sorprender a los vapores que circulaban libremente con armas, medicinas y más relevos de hombres ante las bajas de heridos. Ya en esa etapa de la guerra se habían integrado cientos de tropas guatemaltecas y hondureñas, además de los tres países antes mencionados. Porque la lucha fue regional ante un peligro común, no obstante, que en ese tiempo privaban diversas ideologías entre los cinco países, entre liberales y conservadores, y que dificultaba vencer a Walker.

En verdad, se trata de una historia novelada para que cada quien, como lector cómplice defina lo que debe creer o no creer o investigar ante lo inverosímil. Porque hay dos clases de realidades: la que se cree porque se percibe por la razón; y la que, por ser literatura, se acepta por las emociones que produce. Personalmente, como escritor, descubrí que se trata de una historia con mucha conmoción y emotividad donde la verdad histórica compite con la ficción.

Mi obra lista para entrar en prensa, escrita a partir de quienes investigaron esa épica y nos dieron a conocer sucesos que fueron ocultados en la región; se trata de revelaciones históricas que, pese a lo dicho por Benedetto Croce, “toda investigación sobre el pasado es historia contemporánea”. Me digo entonces que es el momento de vivir esa historia para tratar de aprender que la violencia impuesta por un poder solo trae desgracias e inhumanidad.

En otras novelas me negué a ser real para no parecer irreal, en esta por lo contrario opté por buscar al lector protagonista, que reflexione sobre una verdad histórica que pudo hacer de Centroamérica una región que retrocediera a un pasado de esclavitud abolida 55 años antes (1821); porque los mercenarios, como extraños, quisieron imponer la forma esclavista del sur de Estados Unidos; lo que implicaba traer otra religión, otro idioma y el “exterminio del mestizo”, como decía Walker para imponer sus ideas de supremacía blanca.

Costa Rica ha declarado héroes de la patria y les ha erigido un monumento en Ciudad Puntarenas. Por tal motivo, todos los 30 de noviembre, fecha en Mora y Cañas, fueron fusilados al llegar desde Santa Tecla a esa ciudad. A partir de 2017, el Gobierno y cuerpo diplomático se trasladará ese día a la ciudad de Puntarenas. Agradezco el privilegio de ser nombrado huésped de honor para esa gran celebración al ser reconocido mi trabajo literario.

Las chifladuras de la creatividad

Recuerdo que en horas del atardecer, cuando niño me gustaba acostarme sobre la grama de la calle, porque mi casa tenía características rurales. No había electricidad ni agua potable, para dar una idea. Pero sí había mucha alegría de vivir que transmitía mi modesto grupo familiar. En ese entonces, quizá en primer grado, me propuse contar las estrellas, boca arriba. La idea era descubrir la primera, comenzar la cuenta. Pensaba sorprender al cielo si las contaba a medida que iban apareciendo, pues mi maestra de parvularia me había dicho que el número de astros era infinito. En San Miguel, de cielo limpio, era fácil el conteo, pero a medida que se tachonaba de parpadeos de luz se volvía difícil contar. Y así comenzó mi interés por los números.

Ya más crecidito, en educación básica, me dio por hacer operaciones sobre la distancia en kilómetros entre el planeta Tierra y el Sol; o los lejanos soles. Supe que la luz solar tarda en llegar a la Tierra 8 minutos. Me asombró saber que la medida de longitud entre los astros era el segundo-luz; y que Alfa del Centauro, la estrella o sol más cercano de la Tierra está a 4.36 años luz, y si en segundos equivalía a 299,792 kilómetros, en una hora la distancia-luz sería de 1,080 millones de kilómetros. Desconocía que existen otros medios de medición de distancias astronómicas para ahorrarse papel y dígitos… y locura infantil.

¿Se pueden imaginar la distancia calculada a Alfa del Centauro, si está a cuatro años y medio-luz? Comenzaba a multiplicar cuántos segundos hay en una hora, y en cuatro años y pico. Si el segundo equivale a casi 300,000 kilómetros por segundo. Un asombro hermoso.

Comencé a calcular distancias de otros soles, a puro lápiz. Hasta ahora sé que las chifladuras tienen que ver con la creatividad, esa capacidad de generar ideas propias a partir de ideas ajenas o estrafalarias que el oficio de escritor me permitió. Me gusta, por ejemplo, lo de mi novela “Los poetas del mal”, donde hablo del arma de destrucción masiva de los chinos: una cuerda de nylon y un reloj, para que cuando venga por el aire la lluvia atómica, saltar la cuerda al mismo tiempo y desviar la ruta del planeta. Y que la bomba se pierda en las galaxias. O la posibilidad masculina de salir embarazado.

Después reparé que la Tierra viaja unos 210 kilómetros por segundo hacia las galaxias, como ir en un vehículo a la velocidad de 12,600 kilómetros por minuto, es trasladarse de Nueva York a Pekín (China) en 45 segundos. Y tenemos millones de años moviéndonos en el espacio interestelar. Inimaginable lo que recorre en una hora, en un mes, o en 100 siglos si en un segundo recorre casi 13,000 kilómetros.
Como estudiante de educación media hacía operaciones por recreación, medir la distancia de la Tierra a una estrella a 100 años-luz. ¿Cuántos segundos hay en un año, esto se multiplica por la cantidad de segundos que hay en 100 años-luz. En esos intríngulis mi madre que su hijo era raro, “me das miedo”, me dijo un día. Quizá porque para tales experimentos necesitaba estar solo, aunque más tarde me iba a jugar fútbol y a hacer maldades de niños con mis primos Éver Cristo y Ennio de Jesús: cazar garrobos o sustraer frutas del cercado ajeno.

Agradezco esas chifladuras porque desde niño fui cultivando una vocación por los números (en sexto grado daba clases de aritmética a las niñas del barrio, no sé por qué solo a niñas). Cuando vine a San Salvador a estudiar jurisprudencia (el famoso doctorado de siete años), pese a tener a temprana edad dos primeros premios de poesía, y gran amor por la literatura, opté por certificarme en el MINED como profesor de Matemáticas. Di clases de álgebra en Santa Tecla, el Damián Villacorta, hasta que por “orden superior” fui despedido.

La razón: antes de comenzar la clase de álgebra, daba unos 3 minutos de educación cívica, y el único que me protestaba era un niño de 13 años que después fue un reconocido oficial, blanco de amor y odio, según la gente se considere víctima o victimaria. Cuando las autoridades se dieron cuenta de mis 3 minutos cívicos, después de tres años de impartir la materia, me prohibieron continuar como profesor por hablar temas ajenos a las Matemáticas (aunque solo eran 2 o 3 minutos). O bien por poeta de versos excedidos en ideas, pues ya era reconocido por los premios. Me quedé sin trabajo, dejé de ser “poeta rico”, como me decían mis compañeros de generación literaria, pues como profesor joven (desde 18 a los 21 años), los podía invitar al estilo de los jóvenes de la época, a café o bohemia sana con intercambio de ideas y libros de literatura.

Cuando ingresé a la universidad, un talentoso catedrático, mi gran amigo Pepe, me decía que yo le preocupaba pues me encontraba ciertos rasgos de retraso mental. Claro, si desde niño me proponía a hacer esas investigaciones sin mayores fuentes de investigación, excepto por lecturas periódicas (diarios y revistas), me imagino que como poeta o estudiante de derecho planteaba problemas chiflados (nunca referido a las ciencias jurídicas), esto lo dejábamos para las aburridas horas de clase.

Estas experiencias nos formaron una cultura propositiva precoz. Por ejemplo, Roberto Armijo ya había publicado libros de ensayos sobre T. S. Eliot y sobre Rubén Darío antes de los 24 años; Roque Dalton, a los 25 años, conoció la penitenciaría central, siendo reconocido poeta, periodista y polemista inteligente; mi persona conoció la expatriación, o expulsión, a los 23 años; Ítalo López Vallecillos era director de un periódico nacional a los 26 años; y a la misma edad, Álvaro Menéndez Leal fundaba el primer TV periódico y dirigía un semanario escrito (verlo en la Biblioteca Nacional). Precocidades y chifladuras demasiado riesgosas por romper con el aullido de la palabra los conformismos del silencio.

Ocio y reflexiones literarias

Desde hace varios años me ha llamado la atención el poco interés de la crítica latinoamericana sobre los escritores de Centroamérica; pero también suplementos literarios y críticos de nuestro país, que optan por estudiar a los “grandes” escritores. No falta ni García Márquez, ni Mario Vargas Llosa (para mí, uno de los mejores narradores contemporáneos) o Julio Cortázar (uno de mis maestros). A veces se menciona al argentino Ernesto Sábato o al uruguayo Juan Carlos Onetti. Jorge Luis Borges es omnipresente, en especial por las influencias europeas.

Por lo demás, poco a poco se está excluyendo a Pablo Neruda, casi olvidado; Octavio Paz, a punto del olvido; Miguel Ángel Asturias (totalmente invisible). Sin embargo, los dos primeros mencionados por tener un entorno cultural y educativo avanzado (Chile y México respectivamente) no afecta mucho, por lo menos no son marginados en su propio país. Con Asturias ha comenzado su resurrección, en la actual Guatemala. Los tres son Premio Nobel, y su obra los hace permeables a su estudio, quizás el futuro los salve.

Aquí es donde vienen algunas de las preguntas relacionadas con la crítica: ¿cuándo se habla de “grandes” será por provenir de países grandes? ¿Grandes por tener editoriales muy profesionales que les interesa comercializar al libro y al autor como corresponde a toda editorial? ¿Qué pasaría si Gabriela Mistral o García Márquez hubiesen nacido en El Salvador o en Honduras o Haití, se habrían congelado en sus propios países? A propósito recuerdo el consejo de Juan J. Cañas cuando le dijo, en El Salvador, al adolescente Rubén Darío (la gran excepción): “Debes salir de estos países si quieres desarrollar el talento que tienes para la poesía”. Darío acogió el consejo, previas cartas de recomendación de su “maestro” y exdiplomático para que pudiera ubicarse en Chile o en Argentina. Se ve que desde aquellas épocas existió gueto literario en los países pequeños, donde la palabra no se vende o se vuelve prisionera.
Respecto de los encierros también hay países centroamericanos que se liberan fortaleciendo la capacidad lectora, caso de Costa Rica y Panamá. Creo que Ecuador, Venezuela y Perú han decrecido si comparamos la literatura actual con su literatura de la última mitad del siglo XX. Colombia es un caso especial con gran promoción de la poesía, el despliegue de narradores tiene pujante presencia.

De acuerdo con una tendencia de mediados del siglo XX se dijo que antes de pensar en libros, en lectura y aun en educación lo primero es comer; les pareció inocuo o riesgoso liberar la palabra. Se hizo caso omiso de que el libro es complemento educativo, produce mentalidades de cambio, forma conductas propositivas y creativas e implica desarrollo. Porque educa al ciudadano para conseguir su comida y la de otros, tiene “armas” imperecederas que nadie va a pensar en destruir o a entregar (“armas” de papel o digitales), diferentes a las otras armas de coyuntura. Veamos si no, en el pasado, a Napoleón Bonaparte, o Hitler, y entre nosotros Barrios y Morazán. Masferrer ya planteaba en 1915 esta idea de manera muy fuerte: la lectura educa “para no ser manipulado”.

Es posible que el prejuicio provenga desde la antigüedad porque tanto “escuela” como “filosofía” y “literatura” tienen origen lingüístico en el ocio. Los guerreros eran los propiciadores de la riqueza por medio de invasiones y despojos. A propósito, repito la conocida anécdota sobre el escritor inglés Bernard Shaw, sentado en el porche de su casa, quien es saludado por un vecino: “Mr. Shaw, ¿descansando? El humanista le responde: “No, trabajando”. Otro día pasa el mismo vecino mientras Shaw limpia su jardín. El vecino: “¿Mr. Shaw, trabajando? Shaw la responde: “No, descansando”. Para el vecino Shaw era además de ocioso un loco.

Me hago la pregunta en la modernidad, ¿se aprovechan los escritores del trabajo de los demás? ¿Sirve escribir un libro que nadie va a leer? Preguntas del millón. ¿O es para ganar honores mientras otros sudan la gota gorda? Por ahí, el prejuicio cultivado desde la antigüedad.

A medida que avanzaron los tiempos, el ocio se volvió visible al surgir el humanismo, la literatura; la imprenta revoluciona al mundo, puso el libro fuera de las catacumbas religiosas, rompe las ataduras oscuras de la herejía y las brujas para ir avanzando la civilización con ideas transformadoras y deja atrás la sociedad basada en el garrote, la guerra y las hechicerías. Todo parecía inamovible. Iba bien sin imprenta, sin libros… y sin Gutenberg.

Según como respondamos estas preguntas, podemos complicarnos las respuestas. Pero mis reflexiones son para preguntarse si acaso la literatura joven y la contemporánea servirán para algo. Y si vamos a considerar ociosas las proyecciones de este oficio ahora relacionado con la imagen y la palabra y el pensamiento volando a la velocidad de la luz.

Continuemos preguntándonos: ¿Qué pasará con nuestra narrativa de inicios del siglo XXI? ¿Será borrada con la prisa de los nuevos tiempos? ¿Seremos los primeros en desaparecer, los grandes y pequeños de América Latina? La pregunta pareciera boba, pero recordemos que a Francisco Gavidia ya lo tenemos guardado en el clóset. Masferrer sí logra sacar la cabeza. Conste, a ninguno de los dos se les desconoce el nombre y hasta se les hace algún afiche para no olvidar los rostros. A Claudia Lars, pese a su dimensión, se desconoce más allá de El Salvador. A Alfredo Espino por lo menos gusta a los neófitos de la literatura y los niños lo disfrutan, perciben su sencillez y musicalidad.

Pese a todos las nuevas generaciones de escritores de alguna manera se regeneran y hacen despertar los fantasmas, porque el libro y la lectura nos recuerdan a cada quien –lectores o no lectores– que existimos. Sin duda la obra actual es contrapropuesta a la obra del pasado. Los invisibles subsisten en la nueva literatura, respiran al unísono. El escritor necesita del ocio y siendo el oficio más solitario del mundo aparece como un asocial. No importa, propone y contribuye a un mundo distinto.