Desde la patria del niño

Esta semana que se inicia celebramos el IX Festival de Literatura Infantil. Gracias a quienes nos alentaron para llegar a esta versión que ha favorecido a niños y niñas de comunidades vulnerables. Difícil citar a los que nos favorecen con su comprensión y sensibilidad hacia un evento tan necesario para nuestros pequeñitos invitados. Agradecemos a algunas universidades y empresas privadas de todo tipo, a editoriales, y en especial a poetas y artistas que creen que la lectura y el libro se asocian si se les da un momento de alegría.

La lectura a esa edad es inolvidable. Recuerdo que en mi primer grado, el director de la escuela pública de San Miguel, en la formación general, nos decía un poema de Espino, y visitaba el grado para leernos cuentos del libro “Corazón” de Edmundo de Amicis. Así supe de la nieve en aquel calor migueleño, y de juegos con bolas de nieve. Por eso relacionamos libros y lectura con recreación artística. En fin, un festival es fiesta, sencilla; con hondura educativa.

Escribo esta columna conmocionado por los niños y adultos que dejan su país, la patria a la que se dedica la oración a la bandera y en la que se le rinden honores a los que declararon la independencia. Si al escribir temblara la voz, estas líneas serían ininteligibles. Pero la palabra escrita permite plantear con serenidad reflexiva propuestas de solución, más que discursos o lamentos.

A propósito el 30 de octubre conversé con uno de los poetas visitantes al IX Festival de Literatura Infantil, además cofundador: Jorge Tetl Argueta, de raíces náhuat (traduce poemas a ese idioma); por interés adquirido desde su infancia en Santo Domingo de Guzmán, y porque como emigrante hacia el Norte convivió por cuatro años en la reserva indígena de los Paiute Shoshone, Nevada, huésped en sus cabañas piramidales de cuero. Quiso encontrarse a sí mismo y encontró la poesía. Ha ganado varios premios en EUA y publicado allá 22 libros de literatura infantil.

Conversamos sobre las dificultades que pasamos para organizar desde la Biblioteca Nacional el Festival Infantil; de pronto surgió el tema de los emigrantes que salieron el 28 de octubre del monumento al Salvador del Mundo. Jorge Tetl los visitó la noche previa para leerles poemas a los salvadoreños que se reunían en dicha Plaza. Hicimos a un lado los problemas económicos del festival y pasamos a un tema ultrapreocupante.

Decidí entrevistarlo con un café y un cachito salado, siempre lo disfrutamos en nuestros encuentros. Me dice que algunos observadores ajenos a los emigrantes le aconsejaron hacerlos desistir por lo peligroso, sobre una iniciativa tan riesgosa como encaminarse a las fronteras del Norte. Le pregunto: “¿Qué le respondiste?” Respondió que él había llegado a leer poemas, a ofrecerles café, no a opacarles las esperanzas que les han sido borradas, no iba a frustrarles el sueño que cada quien tiene sobre su vida, aun enfrentando la muerte. “Como me ocurrió a mí cuando emigré, casi pierdo la vida en el trayecto”.

Ente otras cosas, me dijo que se encontró con una señora adulta mayor acostada en el suelo sobre su bolsa negra, donde lleva su ropa, tamales y tortillas. “La bolsa de plástico es para no mojar la ropa ni la comida, porque vamos a cruzar ríos”. Jorge repregunta: “¿Y por qué se decidió por algo tan difícil como viajar a pie en caravana?” La respuesta es digna de figurar en una antología como la del argentino Jorge Luis Borges “Historia universal de la infamia”. La señora respondió: “Aunque estoy mal de la artritis, me duele la muerte, me duele el hambre, me duele la miseria y me duele El Salvador”. Pausa de Jorge Tetl: “Se me salieron las lágrimas”. Me dijo: “Hay que ser muy duro de corazón y de mentalidad para escuchar impávido, pues estoy seguro de que no entrará al paraíso perdido; serán concentrados en campos especiales antes de deportarlos”.

A otro de la tercera edad le preguntó: “¿Por qué se va?” El señor le respondió: “Porque he llegado a viejo y no quiero que se me mueran las esperanzas, todavía creo que merezco trabajar para ganarme la vida”.

Jorge Tetl interrogó a una joven, tenía un nene sentado en las piernas (tirados en la grama del monumento al Salvador del Mundo), y otro mayor de nueve años dormido en su regazo de madre. Preguntó: “¿De dónde viene usted?” “De Santa Ana”. Repreguntó: “¿Por qué no esperó la caravana en Santa Ana? Se hubiera ahorrado kilómetros”. Respuesta: “Porque pensaba viajar sola y si esperaba al grupo en mi ciudad, podía arrepentirme de dejar a mis hijos. Para no retroceder, viajé a San Salvador, tomé a mis dos hijos pequeños, ellos son mi vida”.

Jorge Tetl conoció esa ruta dolorosa de los desiertos cuando migró desde los 16 años. Años después se ha consolidado como escritor de literatura infantil con temas salvadoreños para dar a conocer su cultura originaria en Estados Unidos.

Explico estos testimonios: porque constituyen un aprendizaje para mirar con el corazón (según “El principito”).

Pienso en mi novela “Siglo de O(g)ro”: “La patria de la poesía es la inocencia”. La patria se lleva en los pies hacia el infierno o al paraíso. Esto me hace pensar en ciertos poemas de hace cinco décadas dedicados a niños:

Roberto Armijo: “Los niños nos exigen un mañana/ y el que quiere a sus hijos/ oye el llamado de los hijos del mundo”. Oswaldo Escobar Velado: “Te regalo una paz iluminada./ Un racimo de paz y de gorriones./ Una Holanda de mieses aromada y California de melocotones”. Manlio Argueta: “Y quedábamos solos, hijos de Dios, abandonados a la noche y los candiles,/ preguntándonos por qué tanta desgracia…/ Los niños debajo de las sábanas,/ mientras tanto, oíamos retumbos/ que venían del fondo del volcán”.

Esta es mi primera propuesta: educarnos en sensibilidad, utilizar los recursos en educación, en arte, deportes. Gritarlo con terquedad hasta abrir el corazón a visiones humanas abonadas con cultura humanística.

Como niños de un planeta extraño

En un gran cuento de Salarrué, “Semos malos”, padre e hijo emigran a Honduras para ganar dinero en las bananeras, meca de los trabajadores salvadoreños de aquellas épocas, años treinta del siglo XX. El viejo y el joven emigran para ganar dinero poniendo canciones en su fonógrafo. Van a pie, y en el camino les salen al encuentro cuatro criminales que los matan para robarles.
Los bandidos se ponen a escudriñar el fonógrafo y logran escuchar los discos. La idea de Salarrué es mostrar que quien tiene poder puede mostrar arrepentimiento, a solo un paso para pedir perdón. No importa si ese poder es perverso, como el caso de los ladrones. Este, el mejor de sus “Cuentos de barro”, estuvo cumpliendo 119 años el 22 de octubre.
Salarrué trata el tema trágico con una gran delicadeza poética, tanto en el manejo de padre e hijo asesinados como el arrepentimiento de los delincuentes.
“Dicen quen Honduras abunda la plata. —Sí, tata, y por ái no conocen el fonógrafo, dicen…”
Como decía el poeta Roberto Armijo cuando veía una injusticia: “Es que los humanos somos ingratos”. Ese criterio de verdad, sostenido por Armijo, nos causaba expresiones irónicas por parecernos inocentes juegos que se dan entre hermanos de letras.
Alguien que comete un crimen solo se diferencia en grado de quien maneja su poder con soberbia y vacíos de conocimiento e información.
Pero no solo entre los excluidos suceden ingratitudes. Lo conocemos desde el Renacimiento, cuando Miguel Ángel Buonarroti fue sometido por un papa que encadenaba al genio en los andamios para que pintara la Capilla Sixtina.
“¿Cuándo vas a terminar la Capilla Sixtina?”, le decía el sacerdote. Miguel Ángel respondía: “Cuando pueda”.
Y el santo papa Julio II, hombre al fin, le dio un par de bastonazos. El universal maestro del Renacimiento reaccionó abandonando el Vaticano para huir a Florencia; sin embargo, su intuición genial lo hizo retornar sin recibir presiones, porque estaba claro que debía dar fin a una obra que sería destinada a la eternidad artística. Regresó a terminar su obra.
¿Y Mozart? Castigaron al genio que nunca dejó de ser niño no por desconocer sus dotes, sino por antisolemne, poco lisonjero con los príncipes que no entendieron su humor, ni en su libertad para expresarse como era. Fue inhumado en una fosa común como desconocido. Nunca se supo de sus restos.
¿Y el gran poeta peruano César Vallejo? Muerto de tuberculosis y abandonado en París. ¿Y García Lorca, poeta transparente y femenino, fusilado por los militares fascistas? ¿Y Fiódor Dostoyevski en su celda de muerto en vida? Aunque su prisión valió para que nos dejara su obra “El sepulcro de los vivos”. El maestro del idioma ruso no tuvo perdón del representante de Dios en la tierra: el zar. La herencia de Dostoyevski equivale en idioma ruso a Cervantes, quien nos dio la Biblia del idioma castellano, El Quijote.
¿Y Van Gogh? Sus cuadros pudieron terminar en un basurero de no ser porque el hermano Theo los conservó en el closet de su casa. El genial pintor optó por el suicidio a los 37 años. Su valor fue reconocido poco después de muerto. Tanto él como el hermano.
La historia de Van Gogh me emociona porque muchas veces pasé por Antwerpen (Amberes) para hacer conecte en los trenes europeos hacia la cuna del genio pintor medieval Gerónimo Bosch, en Hertogenbosh, una ciudad de entrada a Holanda.
Y en otro milagro visité más de una vez la Universidad Católica de Tilburg, nada menos el municipio donde nació Van Gogh. Todo esto sucedió cuando desde el idioma holandés comenzó a proyectarse a otros idiomas mi novela “Un día en la vida”. La traducción surgió de manera casual cuando conocí en Costa Rica a dos mujeres holandesas, Adelina e Ineke, ingeniera y médica, respectivamente.
Se emocionaron al leer la obra en español, por el hecho de que se refería a una mujer campesina. Decidieron saltarse los vacíos en lingüística para emprender la traducción. Por supuesto que les di apoyo para desentrañar los modismos idiomáticos salvadoreños.
Pienso que los escritores escogimos el oficio más original, aunque marginal. Marginalidad que significa reto, necesidad de enfrentar con ideas visibilizadas por medio de la palabra reconstruida, que bien manejada constituye un poder, aunque no siempre uno sea consciente de ello, a diferencia de otra clase de poderes que, por su intensidad, pueden volverse prepotencia y amenaza para la vida humana.
Es menos evidente la rebeldía en la pintura y la música, el teatro y la danza, aunque transforma por igual la realidad objetiva. Ocurre que en el escritor es más fácil que se confundan sus visiones con alucinaciones que parecieran poner en riesgo las realidades subjetivas de la tradición.
En fin, repito algunas expresadas en mis comparecencias ante jóvenes:
“Hay que escribir para neutralizar las condenas previas, hay que pintar, hay que hacer música, hay que darse con la piedra de los muros. Nada de ingerir la cicuta como el sabio Séneca o hacerse el harakiri a lo Mishima, ni aspirar el gas como la desesperada poeta Silvia Platz”.
“…Hay que escribir poemarios como lluvia torrencial, el arcoíris surgirá después de la tormenta. Trabajar como la tenaz gota de agua. Lo importante es hacer el milagro de horadar la roca, vencer el irrespeto por estos oficios que, por sagrados, también son sacrílegos. Ser poetas de planetas extraños”.

Memorias del pasado presente

Con ocho años de residencia en Costa Rica fundé el Instituto Cultural Costarricense Salvadoreño con apoyo de Holanda, en primer lugar, Suecia, Noruega, Estados Unidos e Inglaterra, como apoyos alternos. Era el año de 1983. La idea de crear el instituto era dar a conocer expresiones de la identidad centroamericana para beneficiar directamente a los campesinos salvadoreños refugiados. Otros grupos habían sido ubicados en Honduras: La Virtud y Colomoncagua, regiones desoladas y en pésimas condiciones. Llegaron con apoyo de las Naciones Unidas (ACNUR).

Costa Rica aceptó gran parte de los salvadoreños en la ciudad de Heredia. Más del 90 % de Chalatenango: niños, niñas, madres y abuelos. En verdad, no conozco estadísticas, si es que las hay. El proyecto tenía taller de pintura, grupo de teatro y de danza: de niños, adolescentes y abuelos; ventas de artesanías y comidas típicas, y un sencillo centro de información.

El instituto se legalizó con apoyo de personalidades costarricenses que nos acompañaron para fundarlo: el académico y poeta más importante de Costa Rica Isaac Felipe Azofeifa, presidente de la directiva, un año después pude relevarlo en ese puesto cuando el poeta vio que mi persona ya tenía sus propias alas. Otro apoyo fraterno lo ofreció la actriz Mimí Prado, (quien pronto tuvo la iniciativa de hacer de la sala principal un teatro que se llamó de La Calle 15). Años después, Mimí ocupó el cargo de ministra de Cultura.

También estuvo con nosotros don Julián Zamora, exembajador de Costa Rica en El Salvador; también nos dio apoyo Samuel Rovinski, escritor y cineasta costarricense. Otro ángel del instituto fue Gina Orlich (sobrina de un expresidente de Costa Rica Francisco Orlich).

Luego de traducir al holandés mi libro “Un día en la vida”, la cooperación de Holanda apoyó nuestro proyecto, y pronto creamos iniciativas interculturales centroamericanas, suramericanas e incluso europeas.

En uno de mis viajes a Europa, en visitas a entidades de cooperación, a mi retorno me encontré que Gina y Mimí tomaron la iniciativa de derribar la parte interna de la casa alquilada para convertirla en teatro de verdad. Mi susto fue tremendo: de la casa solo quedaba la fachada. Me explicaron que habían aprovechado mi ausencia para ofrecer a la propietaria un contrato por cinco años y promesa de compra. Respiré hondo. Al año se había consolidado el teatro frente a la plaza de la Democracia en la avenida principal de San José.

Once años después finalizamos el proyecto porque, firmado el Acuerdo de Paz, la mayoría de refugiados partió para Canadá, y Australia y otros retornaron a El Salvador. La cercanía con los campesinos salvadoreños (bajo protección de las Naciones Unidas y el Gobierno costarricense) me dieron el aprendizaje para escribir dos novelas histórico-poéticas: “Un día en la vida” y “Cuzcatlán donde bate la mar el sur”, ambas con personajes rurales e incluyeron traducciones en editoriales famosas de Londres y Nueva York, La Haya, Suecia y otros países europeos.
De regreso en 1993 a El Salvador, ocupé el cargo de director de la Librería Universitaria con cargo ad honorem para funcionar como secretario de Comunicaciones y director de la Editorial Universitaria por solicitud del rector Fabio Castillo y ante la carencia de presupuesto para hacer nombramientos.

Posteriormente ocupé el cargo de la Secretaría de Relaciones Nacionales e Internacionales de la Universidad de El Salvador, 1995-1999. Mi mejor logro fue gestionar, a partir de una idea-sueño, la construcción de la villa olímpica en el campus universitario. Mi propuesta al Gobierno fue que una vez pasados los juegos, las construcciones podrían enriquecer la universidad. Es el Polideportivo que ahora disfrutan los estudiantes de la Universidad de El Salvador.

Aclaro el milagro: asistí, en representación del rector, Dr. Benjamín López Guillén, a una conferencia de medicina deportiva (de lo que no sabía ni jota). El evento se realizó en la biblioteca universitaria. Ahí se planteó entre otras cosas alquilar una residencia para alojar a los atletas olímpicos. Propuse al gerente del INDES, Ing. Melesio Rivera, ¿por qué no repetimos otras experiencias de construir villas olímpicas en las universidades? Me pidió que se lo expusiera por escrito. Redacté la carta de inmediato, aunque no tuve oídos. Insistí y nada.

El sueño parecía acabar hasta que un amigo me aconsejó dirigirme a quien tenía el poder político en Deportes por estar muy cerca del presidente Francisco Flores, era Andrés Molins. Escribí otra quinta carta con mi idea. Esta vez obtuve respuesta. En todas estas gestiones recibí el apoyo del rector y vicerrector (Dr. Benjamín López Guillén y Lic. Salvador Castillo, respectivamente). Como funcionario intermedio mi representatividad no era fácil de ser escuchada. Ganó la terquedad.

Para entonces ya había formado una comisión con dos funcionarios más para hacer las gestiones. El más persistente que me impulsó a no cejar en el esfuerzo fue el Dr. Rafael Monterrosa, vicerrector de Bienestar Estudiantil, pues se planteaban propuestas estatales de construir en la casa del deportista en Ayutuxtepeque, pese a ser un espacio pequeño para recibir a las delegaciones internacionales; también se insistía en rentar el residencial privado. Por fin pegó nuestra idea: construir en el campus universitario ganaba la nación, y la educación superior.
Tiempo después llegó al INDES el Dr. Benjamín Ruiz Rodas. Para entonces ya había sido electa rectora Isabel Rodríguez, entusiasmada porque el proyecto tenía pies y cabeza.

Todo fue producto de terquedad, paciencia, visión e intuiciones. Ante mi desánimo y darme por vencido recuerdo al Dr. Monterrosa: “Sigue adelante, hermano, los jóvenes necesitan esas instalaciones, no tirés la toalla”. No era fácil un proyecto de inversión millonaria en la UES. Además había oposición interna, pues se suponía que el GOES pediría privatizar la universidad. Nada de eso sucedió.

Mi última contribución a este hermoso proyecto fue recomendar a un salvadoreño de experiencia en manejar polideportivos en universidades de Canadá. Fue el primer director del Polideportivo; pero yo ya estaba en la Biblioteca Nacional, año 2000.

Y colorín colorado, este recuerdo del pasado presente ha terminado.

Educación artística y creatividad

Hace poco leí algunos artículos de la Revista Akademos, de Universidad Matías Delgado, uno de sus trabajos es el conversatorio sobre “La calidad de la Educación Artística en la Formación Docente, Recorridos y Desafíos”, en el que participaron Marta Eugenia Valle, Sara María Boulogne y Mario Zetino, con introducción de Óscar Picardo. Más adelante haré breves reflexiones de lo expuesto en dicho trabajo.

Recién leído ese trabajo fui invitado por Fundación Horizontes para los Pobres a la “Séptima edición del proceso de escritura creativa: Atrévete a escribir”, evento realizado en un hermoso teatro situado en el cantón Cabañas, que sostiene la Fundación para la Educación Experiencial. A propósito la ONG Horizontes presta apoyo valioso al Festival de Literatura Infantil organizada por la Biblioteca Nacional, que tiene como población participante comunidades en riesgo, tal como también lo hace Horizontes.

El evento “Atrévete a escribir” tuvo lugar en el teatro Yulkuikat, también participante del evento al igual que ESE Ediciones. Entre otros invitados, los principales fueron los 340 niños y niñas que asistieron al teatro, de los cantones de tres departamentos del país: Valle Nuevo, Planes de Perulapía, San Antonio, El Papaturro, Caserío Palacios y algunas colonias periféricas de Ciudad Delgado, para recibir premios por su literatura creativa.

Esa visita me recordó otra que hice al cantón Loma del Muerto, en Sonsonate. Aunque de diferente índole, este tipo de eventos demuestran que se está trabajando a ese sector tesoro del presente, la población de la esperanza. Este trabajo con niños y niñas de zonas periféricas, en su mayor parte organizadas por iniciativas privadas, demuestra la clara visión de acciones educativas que promueven escritura y lectura creativa, música, pintura y danza. Es un proceso creciente que infunde vitalidad anímica, que fortalece como la sociedad encaminada al cambio por las vías de la educación.

En el Yulkuikat se organizó una exposición de decenas de escritos que incluyeron cuento, poesía y dibujo. Esta vez los participantes fueron de educación básica, y procedentes de los distintos caseríos y cantones citados de las tres jurisdicciones. Una labor donde participan en alto grado los docentes a quienes se ha capacitado a partir de su vocación pedagógica y sensibilidad ante una niñez que no siempre fue favorecida por políticas públicas.

Y aquí retomo el conversatorio de la Revista Akademos.

No cabe duda de que estas exposiciones académicas aspiran a buscar caminos educativos que ya se están emprendiendo dentro de una población para lograr el desarrollo “integrador” de la educación, uso el concepto entre comillas, porque es el concepto justo que emplea la Dra. Valle en su participación en un conversatorio, que ofrece insumos teóricos que aspiran a superar vacíos que sectores de la sociedad civil tratan de cubrir con más fuerza, ante las debilidades de las políticas públicas: cada administración hace los cambios que considera mejor en su programa partidario.

Precisamente las políticas públicas permiten crear planes nacionales a largo plazo que son los que consolidarán el desarrollo nacional, como protagonista del cambio de un país que necesita resultados valiosos para su desarrollo. La educación es el eje principal de ese desarrollo, la condición sin la cual solo puede producir un avance que por su lentitud puede parecer estancamiento. Aunque haya buenos propósitos se falla si carecemos de políticas educativas.

El tema de la creatividad lo manejan los ponentes del conversatorio desde distintos puntos de vista con un interesante flujo de ideas. Desde la introducción del evento hecho por Óscar Picardo que hace la observación de lo limitado de la formación docente, y se pregunta por qué para la carrera de medicina o ingenierías se debe estudiar siete años y para la docencia bastan tres años; alude a las limitaciones presupuestarias que tiene su origen en la falta de visión estatal. Dice Picardo: “La docencia es una profesión demasiado importante para que se haya tratado bajo los cánones actuales en materia de políticas educativas…”. Y concluye afirmando que parte del tejido social desfigurado que estamos lamentando “…tiene mucho que ver con lo que hemos hecho en los últimos veinte años de reformas”. O con lo que no hemos hecho, agrego.

Dentro de esa riqueza de reflexiones educativas planteadas por la revista Akademos me centro en lo que se refiere a la creatividad como forma de aprender para la vida, tomando en cuenta que el cultivo de las áreas artísticas no está desconectado de las conductas que participan en el desarrollo social, además que otorga formación sensible para la convivencia; si la formación artística evita que el hombre no sea el lobo del hombre, así construimos la sociedad integradora.

Y respecto a formar docentes en diferentes artes: Danza, Artes Plásticas y Música, no se trata hacerlos expertos en ellas. Basta con una formación con visión humanística. Supone apreciar la pintura la música y las artes, con lo cual se logra formando docentes que conozcan la cultura global; pero también implica dignificar la docencia retribuyéndola como corresponde al papel de forjadores de almas, así como los médicos lo son de dolencias orgánicas. El docente debe manejar los códigos que descifran una obra de arte, sin que sea un artista en esas áreas. Esta será la formación de calidad que nos llevará a la educación del cambio.

Comenzar desde los docentes de las áreas básicas, que no son solo la Matemática, Ciencias, Lenguaje y Estudios Sociales. Fortalecer los procesos ya encaminados en formación de las ciencias humanísticas que incluya con fuerza los procesos creativos en búsqueda de la otra realidad que representa el arte. No excluye contar con profesionales en música, en literatura creativa, artes plásticas o danza.

Muchas de las organizaciones civiles que emprenden iniciativa valiosas como Horizontes con su programa “Atrévete a Escribir”, o la Fundación para la Educación Experiencial Pablo Tesak, no son expertos en arte específico, pero tienen claro el significado de incrementar este tipo de contribución social que integra en forma directa a la familia con énfasis en las comunidades vulnerables.

Biblioteca Nacional y Francisco Gavidia

En 2020 cumplirá siglo y medio la institución responsable de preservar la memoria de la palabra escrita: el ensayo, la narrativa, el reportaje periodístico, la poesía, el testimonio histórico. Estamos preparándonos como se debe para conmemorar esa fecha significativa de la Biblioteca Nacional de El Salvador.

Antes que todo, hay decir que el libro es expresión creativa producto de un trabajo del intelecto cuya sumatoria forma parte del ser nacional; permite conocernos, descubrir nuestras señales de identidad nacional que debemos divulgar a donde quiera que haya connacionales o investigadores de la realidad salvadoreña. Y es así que hemos entrado con fuerza al proceso de la era tecnológica.

En Facebook contamos con 5,300 seguidores que se informan a diario en esa plataforma digital. En Twitter sumamos 900 personas siguiendo los pasos informativos de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Y lo hemos logrado en menos de dos años de divulgación institucional, abriéndonos paso, sin mayor bullicio, hacia la visión institucional. Incluso superamos en número de seguidores a algunos ministerios con mayores recursos para la comunicación y con más años en la ruta tecnológica.

A esto agregamos las 3,000 visitas mensuales al sitio web Binaes.gob.sv, por el cual ofrecemos información básica a usuarios que nos buscan en cualquier lugar del mundo donde se encuentren.

Así comenzamos la conmemoración del siglo y medio de existencia en que ha jugado su rol el equipo informático de la biblioteca, junto al personal de recursos técnicos. Ambos en asocio trabajan fuera de tiempo laboral para crear un sistema de administración bibliotecaria KOHA, cuyo precio tiene costos inalcanzables para nuestro presupuesto.

No podemos ufanarnos de tales logros sin tener en mente el recuerdo de Francisco Gavidia (1865-1955), cuyo nombre lleva nuestra Biblioteca Nacional, que suma un resultado más: proyecta por dos plataformas informáticas los recursos históricos patrimoniales, la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano y REDICCES, (consorcio de una docena de universidades salvadoreñas).

Nos inspiramos en el humanista por antonomasia Gavidia, quien de 19 años recibió (1882) en su casa a Rubén Darío, de 17 años. Precoces ambos, Gavidia, investigador desde su adolescencia, y Darío, poeta niño. Dicha amistad contribuyó a la literatura universal, resultado cultural fraterno salvadoreño y nicaragüense.

Conocidas las dotes poéticas de Darío, había sido invitado por el presidente salvadoreño. Así lograron encontrarse sin saber que estaban por descubrir las claves de una poesía en castellano no experimentada por los españoles. Investigador precoz, Gavidia estuvo dispuesto a compartir los hallazgos de sonidos y estructuras con su amigo nicaragüense (“Autobiografía de Darío”).

Gavidia, que hablaba francés, dio a conocer a su amigo su traducción al español del poema “Stella”, de Víctor Hugo, leyó en voz alta para que el poeta percibiera lo novedoso del ritmo y quiebre del verso, y que fueron “descubiertos por mí al oído”, dice el salvadoreño. Entonces el poeta nicaragüense inició su aventura luminosa para renovar la poesía.

La realidad social mantuvo en su entorno nacional al humanista, navegando las utopías de la palabra en el mar tenebroso de un autoritarismo que divorciado de la creatividad y del pensamiento crítico. El nicaragüense optó por recorrer el mundo. Aventurero y genial, partió a Chile y Argentina, España y Francia para redescubrir la poesía castellana.

Gavidia se refugió en su casa estudiando los clásicos y el ser nacional para proyectarlo en sus aguas tormentosas.
“Yo había oído leer poesía francesa a franceses… y no me parecían versos de ningún modo, me parecía prosa distribuida en iguales renglones. El misterio no duró mucho tiempo pues sin maestro ni otro auxilio que mi sensualismo pertinaz por el ritmo, acerté a revelar en el interior del verso francés el corazón de la melodía… Feliz con mi hallazgo, leí a quien quiso oírme… Quien me oyó fue Rubén Darío, me prestó atención como yo lo deseaba: una y otra vez parrafadas de versos franceses, un día y otro día; y finalmente leyó (Darío) como yo mismo lo hacía” (Gavidia: “Sobre la versificación de los aeronautas”).

En fin, si tenemos que hablar de Gavidia, se debe hacer referencia necesaria del Príncipe de la Poesía Castellana, hermanos de la palabra estética. Hay que señalar que en el contexto salvadoreño de la época existía un atractivo especial por las bellas artes, en especial por la literatura, como lo comprueban las diferentes publicaciones periódicas de ese fin de siglo XIX. Lo comprueba la invitación que se hace al poeta niño para que se hiciera cargo de dirigir el periódico más importante de la época en El Salvador.

El nicaragüense universal rectificó en sus últimos años de vida los encuentros juveniles. Afirma: “Uno de mis amigos principales era Francisco Gavidia, quien quizá sea de los más sólidos humanistas y seguramente de los primeros poetas con que hoy cuenta la América Español… (y) surgió en mí la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde”.

Sin esa obra autobiográfica de Darío, no tendríamos tanta certeza de la contribución que hizo el salvadoreño al nicaragüense para que renovara la poesía castellana. Por eso, aunque olvidados de Gavidia, la Biblioteca Nacional lleva el nombre de quien hizo un paradigma de la palabra literaria y científica de El Salvador. Nada mejor que la voz del humanista migueleño para acompañarnos para preservar el patrimonio bibliográfico de la nación salvadoreña. Estamos bien acompañados en la institución, el alma mater de las bibliotecas está pronta a cumplir y conmemorar siglo y medio de existencia, que traza una hoja de ruta hacia lo que hemos sido para saber lo que deseamos ser.

Esa memoria histórica de la Biblioteca Nacional fortalece para dar a conocer distintas facetas del esfuerzo institucional que nos lleva a visitar centros escolares o recibirlos en el Centro Histórico. O visitar con la biblioteca móvil las comunidades vulnerables, para llevar libros y lectura a lugares donde no llega una biblioteca. Todo ese proceso mencionado es nuestra mejor celebración del 150.º aniversario de la Biblioteca Nacional de El Salvador.

La terquedad por los libros

En 2007, recibí una distinción de la Fundación Guggenheim de Nueva York. Según informes, solo la hemos recibido dos personas en El Salvador. El otro es German Cáceres, la recibió en música (1989). Cáceres es compositor y director de orquesta, egresado de la Academia Julliard de Nueva York, de las mejores del mundo en su especialidad. Pero no todos los tiempos pasados fueron mejores. Roque Dalton dice una frase feliz en uno de sus poemas: “No siempre hemos sido feos…”. A veces lo parecemos cuando pensamos en el desempleo, en las injusticias, en las intolerancias políticas que producen muerte infinita; cuando, por la pequeñez geográfica, deberías construir un jardín de vida feliz.
Pero bien, en ese pasado no tan feo hice a un lado la poesía a favor de la novela, todo porque descubrí una carta de Pedro de Alvarado informando a Hernán Cortés la matanza de miles de pipiles en Acaxual (Acajutla) y Tacuscalco.

e asombra ahora que una carta de tres páginas me cambiara la vocación poética de niño. Jamás había pensado escribir novela hasta que a los 28 descubrí esa carta. Tuve suerte, esa primera obra ganó premio único centroamericano en Costa Rica (1967) y fue publicada en la editorial del llamado boom latinoamericano de literatura (en Buenos Aires, Argentina). Paso de animal grande siendo pequeño.

De ese cercano pasado enmarcaba la distinción arriba mencionada: la beca Guggenheim. Para ganarla, comencé a escribir (2005) “El sexto muro”. Ahora tiene otro nombre más poético: “La oscuridad de los rincones iluminados”. Pese a ser mi sexta novela, también necesité una motivación. Veamos: estaba investigando en internet ahí por 2003, cuando descubrí que en el famoso muro de Berlín, después de 28 años de construido, apenas habían muerto 120 personas, y que en el muro fronterizo entre México y Estados Unidos en sus pocos años y parcialmente construido había registrado más de 4,000 muertos (hasta 2005).

Además, reparé en otros cinco muros históricos, incluso murallas, por lo general casi todos para evitar invasiones guerreras. Y se me ocurrió el tema de la migración. Pensé en la necesidad de un sexto muro espiritual donde no muera nadie, solidario, que no implique temor, que no lleve a guerras, que defienda la dignidad humana.

Esta novela supera a los osos, ha invernado 11 años, cuando el mundo ha dado varias vueltas de gato; por eso le cambié nombre, menos violento, por lo menos el título, aunque la novela contiene violencia histórica como producto de una investigación que decidió promoverme la Guggenheim de Nueva York. Histórica, pero no de la que se habla en estos 25 años, sino tratando de buscar la violencia originaria; prefiero no revelarlo hasta que la publique. Por cierto, he encontrado el ofrecimiento de publicarla. Qué felicidad.

La escribí a saltos como todo promotor de la lectura, y eso me hizo ir cambiando los matices. Tiene validez aunque han surgieron otras verdades, como ocurre ahora que la realidad da vueltas de gato cada cinco años, producto de la tecnología. Incluso la guerra tiene otras variantes, puede ser comercial o contra la ignorancia, o contra la violencia de género (hay que bombardear esa cultura abonada por los siglos), guerra contra las tacañerías para el arte, para la educación.

Dar batalla como si fuera una guerra del fin del mundo aunque produzca la sensación de caer en el vacío. Una guerra sin muertos, ni gasto en armamentos. ¿Por qué no decirlo? Una guerra pacífica, valga este oxímoron; así como tenemos una paz cruenta, incluso con más bajas que las de un conflicto bélico.

En verdad, hacer la guerra por el libro y la lectura implica sacrificar tiempo que es grato gastarlo en escribir. No importa. Algunos justifican la inopia frente al libro alegando excesos de la tecnología informática. Nada cierto, apenas tienen 20 años de avance, pero ya Alberto Masferrer en la “La cultura por medio del libro” proponía una biblioteca en cada comunidad como elemento de desarrollo para El Salvador. ¡Hace 103 años! Es de los primeros tercos en repetirlo. Aunque se exprese la terquedad en el idioma del burro poco agradable, como dice con sarcasmo mi amigo Ricardo, refiriéndose a que los tercos rebuznan.

Sin embargo, pidamos peras al olmo, pues de acuerdo con la biotecnología, un olmo puede producir peras, manzanas y aguacates.

En ese apropiamiento del siglo de la información y el conocimiento, surge la necesidad de la lectura para conocer y recrearse, para cultivar una sociedad sensible al dolor ajeno; en resumen, humanismo, sin lo cual no hay desarrollo integral. El buen lector descubre lo que somos y reniega de los antivalores que asedian la vida.

Pero poco a poco despiertan los intereses positivos que cubren estos vacíos; surgen las redes sociales, los medios de todo tipo promueven que hay algo más allá del cataclismo social, nos informarnos para conocernos mejor, es el camino correcto hacia la convivencia. Los escritores salvadoreños conquistan mundo y hay apropiación mediática de los triunfos obtenidos en el exterior; pero no solo por los escritores, también por los jóvenes en el marco de la ciencia y diversas ramas del arte. Somos una moneda de dos caras y eso le da unidad cambiaria que debemos descubrir con inteligencia emocional lúcida.

Descubrir el valor del libro, sea digital o en papel, nos convierte como en beneficiarios de la botija del cuento de Salarrué. La principal riqueza está en la Biblioteca Nacional, cuya principal función es custodiar el patrimonio bibliográfico de la nación; aunque también sale a la calle con libros y recreación; también hay otras minas de astros en las bibliotecas municipales, en las públicas y las escolares.

La Biblioteca Nacional es diferente, pero eso no obvia que escudriñamos un cambio atendiendo a jóvenes, a niños, esto nos dignifica como alma mater del libro y fuente de la palabra, puerta que nos permite descubrir el pensamiento crítico.

Libros por tierra y aguas espaciales

El título del presente trabajo lo he tomado de mi última novela histórica publicada por la EUNED (Costa Rica). Pero aún no quiero hablar de esta recién nacida, lanzada hace dos semanas. Dejo los temas históricos centroamericanos para otra ocasión. Ahora me refiero a libros y lectura que la Biblioteca Nacional de El Salvador está echando a volar y navegar por tierra, aguas y espacio.

Vuelvo a usar el concepto de “la biblioteca en la calle”. Quiero decir llegar hasta las poblaciones, llegar a tierra y atravesar ríos y quebradas hasta encontrar comunidades; también traspasar océanos con el clic informático. Los que más se emocionan son los niños. Así nos hemos sumado a otras iniciativas institucionales con visión del cambio estratégico por una nación digna.

Sí, con dificultades y limitaciones las iniciativas siguen adelante, no se detienen para hacer un justo equilibrio con lo que el novelista, Premio Nobel, Mario Vargas Llosa llamó sociedad del espectáculo. Además, para todos da Dios. Y da para los niños. Ahora y siempre habrá que hablar de la necesidad de llevar lectura y libros a los rincones del país, a los centros educativos, que también lo están haciendo a pautas, incluso por medio de plataformas informáticas. Ya pocos pueden oponerse a que el libro es educación, conocimiento cultural, mensaje educativo y medio para conocimiento de valores hacia un desarrollo sostenible.

Pienso en los niños y niñas cuando un analista ha dicho muy bien: la sociedad necesita comida, escuelas dignas, pero también necesita del arte. Cada uno de estos elementos produce resultados que producen riqueza nacional; incluyendo sobrevivencia. Algunos resultados son inmediatos, por ejemplo, satisfacer el hambre o cumplir con la responsabilidad de la formación escolar. Pero los resultados del arte son más a largo plazo, indetectables por los sentidos. Lo vemos en otros países de sociedad culta, plenas, para satisfacer necesidades ciudadanas y de convivencia. En pocas palabras, sociedades felices que sí tienen oportunidades.

En orden a contribuir con las iniciativas en lo que nos corresponde, la Biblioteca Nacional cuenta con plataformas informáticas que nos permiten llegar más allá de los océanos. Con más razón si casi un cuarto de salvadoreños se encuentra viviendo fuera de su territorio, alejados de una realidad cultural solo sostenida por la nostalgia de los adultos, pero que no podemos decir lo mismo de las nuevas generaciones nacidas en el exterior.

Nuestros libros históricos, gracias a apoyos institucionales educativos, los hemos podido alojar en la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano (en España) y de REDICCES, en El Salvador, a ambas he citado antes. Como vemos, el concepto de “biblioteca en la calle” es mucho más amplio de lo que hubiera podido concebirse hace 20 años. Ahora navegamos por las calles del mundo, transportados por los libros y sus valores. Con limitaciones pero viajamos.

Sí, nada de desesperarse, las amenazas de naufragios no siempre terminan en naufragio. Y por si acaso, debemos creer en los equipos de salvación formados por quienes piensan que evitar el naufragio del barco es salvarnos todos.

Ahora más que nunca, y siempre, nuestra función bibliotecaria debe extenderse a la creación de sensibilidad y conocimiento sin limitaciones espaciales, rompiendo muros con la oportunidad que nos permite la tecnología, la voluntad y la conciencia de saber el papel formativo que juega la lectura en todas las personas, no solo las que van a universidades o centros educativos, o los que no han tenido posibilidad de traspasar un centro educativo. Así en la tierra como en las aguas. Ese es el concepto amplio de “la biblioteca en la calle”, que poco a poco nos hemos ido apropiando de sus contenidos y resultados para hacer de los rincones oscuros espacios iluminados. Romper los síndromes que nos acongojan, combatir el “burnout” laboral que incinera y repercute en relaciones destructivas; la visión que produce el arte literario de neutralizar la desesperación. Nunca es tarde para que llegue la mañana por oscura que parezca la noche.

El futuro está en los jóvenes, porque pertenecen a la etapa en que son aptos para participar en la vida pública y debatir. Pero la filosofía de una biblioteca de quinto mundo, como la nuestra, es ofrecer espacio prioritario al niño y la niña. Ellos significan y aseguran ciento por ciento el cambio social. Para lograrlo, tenemos que poner dinamismo creativo en las iniciativas culturales. Si los atendemos esta noche, tendremos el día de mañana una sociedad mejor.

Parto desde el punto de vista de que el adulto, para bien o para mal, ya está formado en sus comportamientos positivos o negativos. Cada quien tiene el lugar o la oportunidad de ser constructivo frente a los demás; y si el adulto se retrasó o se desvió no será fácil encausarlo hacia el bienestar de la nación. Inclusive, ni siquiera basta un título, si no tiene un respaldo en humanismo y equidad integral. De modo que el cambio está en la niñez, ahí debemos buscarlo por todos los medios que permite la educación, formal e informal. Cuando hablamos de cambio pensemos niños y niñas, porque son el seguro de vida de nuestro país. No los dejemos morir.

Termino este trabajo citando a los que posibilitan que podamos celebrar este noviembre el Noveno Festival de Literatura Infantil dedicado a los niños emigrantes del mundo. Menciono a quienes se hacen suyo este pequeño universo infantil que nos permite atender con lectura y libros, útiles escolares y atenciones (en cuanto nos visitan de comunidades distantes del país). Gracias ONG, empresa privada, centros escolares e instituciones educativas superiores.

También agradecemos las palabras de la embajadora de Estados Unidos, Jean Elizabeth Manes, por reconocer los esfuerzos del Bibliobús y Extensión Cultural: “El impacto que ya se está logrando a través de la sede central de la Biblioteca Nacional de El Salvador… Y por continuar realizando esta valiosa labor de llevar educación y desarrollo a la sociedad salvadoreña”. Palabras encomiables que merecen reconocimiento.

Valentín Estrada y su Atlacatl

Escribo estas líneas inspirado por los artistas invisibles que algunas veces llamé del mal, siguiendo la nominación europea de íconos inmortales: Verlaine, Baudelaire, Rimbaud, y los norteamericanos Bukowski y Henry Miller. Creo que entre nosotros cabe mejor hablar de condenados al silencio. Se sabe que la llamada Generación Comprometida, cuyo nombre se lo puso el periodista y escritor Ítalo López Vallecillos, se inició con la publicación del libro “Bomba hidrógena”, de Orlando Fresedo, Eugenio Martínez Orantes, Waldo Chávez Velasco, entre otros; uno de esos otros, el periodista José Luis Urrutia, ha sido olvidado. Algunos artistas tienen ese sino, como si no hubiesen existido. Y con eso se priva de formación sensible al entorno social.

Muchas veces el arte puede proyectarse con inocencia destructiva. En El Salvador podemos citar a quienes manejan la palabra, caso del “poeta salvaje” Antonio Gamero, y en menor recuerdo a Oswaldo Escobar Velado, y Vicente Rosales y Rosales. El mismo Quino Caso, aunque recibió el privilegio del bienestar político, y Serafín Quiteño, ambos poetas, tienen ya su sitio en el olvido; quizá prefirieron la comodidad de la que gozaron y prefirieron optar ellos mismos por su relegamiento literario.

Este concepto del olvido me hizo pensar en el escultor Valentín Estrada, creador de la escultura de Atlacatl, obra original erigida en la residencial del mismo nombre, aunque se ha hecho una réplica en antiguo Cuscatlán.

Pocos hemos conocido que el escultor mencionado estudió en la Academia San Fernando, España, de las mejores del mundo; y que realizó aventuras estéticas por varios años en la Europa de museos maravillosos.

Estrada fue becado en 1918; pero creyó que aprovecharía mejor su beca si abandonaba la academia de pintura, quizás porque su vocación desde niño fue la escultura. Para un joven trabajador de 16 años recorrer ciudades europeas fue un deslumbramiento, un afán de apropiarse de la universalidad desde el trópico ignoto. “Me equivoqué de academia”, expresa en una entrevista. También afirma que se equivocó de edad. Roma y París fueron mucho para un niño que había comenzado a trabajar con su padre a los 10 años. Hasta ahí todo iba bien para Valentín Estrada.

El olvido llega cuando retorna a su pueblo desde Europa. Es una historia triste. Regresó con una de sus pocas obras conocidas: Atlacatl, escultura que se vio como una mala réplica de los indios pieles rojas de Estados Unidos; con el demérito de que Atlacatl nunca existió. Mentiras históricas aparte, Estrada se inspiró en Miguel Ángel: los torsos, la tensión de los músculos, fueron captados de ese maestro universal.

Para los jóvenes de 1950 en adelante, Atlacatl solo era un adorno en la zona de las trabajadoras del sexo, la avenida Independencia. En los planes de urbanización no había otro espacio para concederle; igual ha sucedido con diversos murales y obras de arte.

Pero bien, Valentín Estrada terminó haciendo muñequitos de barro para vender a los niños, o fabricando piscuchas para los pobres del barrio. De remate se le hizo juicio de desahucio de su casucha de láminas en una barranca de Soyapango. Esto me hace pensar en una pesadilla que tuve con Claudia Lars: soñé que su casa era cateada y sus muebles destruidos, buscaban artilugios ilegales o subversivos. La pesadilla la tuve al saber de su muerte, cuando estuve fuera del país.

Volviendo al Atlacatl, de Valentín Estrada, ya en su patria real, los políticos de barrio lo hicieron desfilar en carrozas disfrazado del cacique inexistente en la historia. Pero algo que no supieron los políticos y urbanistas de barriada es que Estrada posó de modelo frente a un espejo. ¡Y Atlacatl es Valentín Estrada! Él lo asumió ante sus vecinos, y el olvidado se eterniza mientras dure el bronce de su obra, no importa entonces si se olvidan de sus 200 esculturas, como las que están en Atecozol y en Los Planes de Renderos.

La vida de Valentín Estrada debe hacernos reflexionar, por su inocencia; pero más por la ingratitud cultural. Estrada seguirá siendo un desconocido en su país, un hombre de este tiempo pero de otro mundo que quiso hacer de la escultura su expresión de vida y terminó como hermano lejano en su propia patria. ¿Tuvo patria verdadera Valentín Estrada? Inclusive, fue sometido a las peores incomprensiones que puede sufrir un artista al negarle el derecho a hacer su obra, que él asumía con grandeza y humildad, no como maldición de anonimidad.

No olvidemos que Van Gogh nunca pudo vender ninguno de sus cuadros, y tres años después del suicidio comenzó a ser reconocido. Sin embargo, muchos, como Valentín Estrada, van por el camino tortuoso del olvido, privan así al artista de contribuir a forjar conciencia de país, memoria de nación.

Que nada nos extrañe en el mundo de las artes: en los últimos días de Rubén Darío, en Nicaragua, el eminente médico que le hace la autopsia se escabulle por la ventana para preservar de otras manos el cerebro privilegiado que ha extraído de su cuenca. El médico es perseguido por la viuda; el primero tropieza y el frasco de vidrio y su contenido terminan salpicando el empedrado. La idea era averiguar sobre su brujería poética genial.

Agradezco al pintor Armando Solís que escribió la autobiografía de Valentín Estrada (“Yo, Atlacatl, memorias de un escultor”), en 1996, y que me estimuló a escribir unas líneas para esa biografía. Un espejo para las nuevas generaciones que tratan de romper estigmas. Una última reflexión: ¿por qué tenemos tantos poetas jóvenes? No hay duda: por vocación educativa, cuyos resultados solo se detectan con el corazón, como dice “El Principito”.

Experiencias sobre la educación conectada

Este título e ideas surgieron con la lectura del libro de Seymour Papert, “La educación conectada”, que, como usuario de la tecnología informática y participante de un equipo institucional interesado en el conocimiento y la información global, me hizo reflexionar.

Ahí por 1987, durante una permanencia en Londres en casa de una escritora inglesa (A. Hopkins), esta recibió la visita de una empresaria joven. Me incorporé en la conversación con el tema de creación literaria (había presentado en universidades de Gran Bretaña dos de mis libros en inglés). En la plática mencioné que mi sueño era tener una computadora para avanzar con comodidad en el poco tiempo disponible que tiene un escritor de quinto o sexto mundo. “Tengo una, pero es como un tractor de Pedro Picapiedra”. La empresaria al escucharme dijo de inmediato: “Yo puedo cumplirte ese sueño”. Imagínense. Pensé en que era un ofrecimiento diplomático; y, como parte de mi carácter, lo dejé fluir con la frescura de un río frío. Y ya no la volví a ver, aunque en mi mente hervía la promesa.

A medida que se acercaba mi retorno a Costa Rica, seguí pensando en que quizás lo ofrecido era como las promesas electorales. Le dije a mi amiga Hopkins que su amiga me había alegrado el corazón, y le insinué si acaso sería posible recordarle su ofrecimiento. “Si ella te lo prometió, lo va a cumplir, palabra de inglesa”, fue su respuesta. Preferí callar para darle espacio a mi alegría interior.

A dos días del retorno a Costa Rica, preferí no insistir para no crearle problemas a mis emociones. Mi sorpresa fue que mientras preparaba mis maletas, la escritora Hopkins anunció la visita de la empresaria. Llegaba con su regalo: de las primeras laptops. Veinticinco años después, veo por internet, en una venta de antigüedades, que mi laptop tiene un valor de 900 euros. Como recuerdo guardo a esa hermanita gemela.

El tiempo avanza, y ahora es difícil concebir el trabajo sin la tecnología, con nuevas laptops que no pesan las 10 libras de mi primera Amstrad inglesa, recién salida del horno, y que me obligó a matricularme en un taller para manejar estas computadoras, pues apenas sabía escribir textos. Pero desde años antes (1985) ya había adquirido un armatoste en EUA; un armatoste de escritorio que me hizo seguir usando la typewriter tradicional. Esa computadora la dejé para que la curiosearan mis pequeños hijos y amigos vecinos entre ocho a 12 años, pues habían descubierto juegos electrónicos; ni la sombra de los de ahora. Por otro lado, abandoné mis talleres teóricos por no entender ni jota, y acudí a los hijos y amiguitos vecinos. Santo remedio.

Los más avanzados eran mis sobrinos chileno-salvadoreños, los Ruiz, pues su padre, por ser profesor universitario, tenía derecho a una computadora para usar en casa, que –por cierto– solo la usaban los niños, que no sobrepasaban los 10 años, pero que habían descubierto los trucos de la tecnología, bruja de esos tiempos. Eran los mismos que para la generación “baby boomers” se trataba de cuestiones indescifrables. Les hacía consulta por teléfono y ellos me orientaban dirigidos por el monitor encendido para que me guiaran los pasos a seguir.

Años más tarde, de regreso en El Salvador, hice algunas visitas a Medellín (2000), y reparé en que había poca cultura informática en los docentes. A una maestra se le ocurrió que sus alumnos podían darle el aprendizaje de la caja mágica, y se le ocurrió que todo el grupo de docentes recibiera clases con los jóvenes estudiantes. La mayoría se opuso, era una falta de respeto recibir clases de los adolescentes. ¿Qué van a decir los padres y nuestros jefes? Por fin se decidieron, para no quedar rezagados de las nuevas generaciones. En verdad se trata de una “cultura” generacional no solo relacionada con la tecnología, sino que descubre nuevas actitudes en lo educativo e incluso en lo político; un fenómeno generacional de resultados concretos, con incidencia en las ideologías que proponen utopías, cuando se necesitan hechos concretos: empleo, convivencia, curiosidad frente al mundo al alcance de sus dedos.

Ahora parecerá increíble, sucedió con mi hijo Leonardo (año 2000), estudiante de una de las facultades de Ingeniería: descubrió que había un laboratorio de computadoras. Dada su experiencia desde niño en Costa Rica, solicitó permiso al que cuidaba los equipos (sin uso visible). Este dijo que solo era para uso de profesores, y la orden era tenerlos bajo llave. A Leo le pareció extraño que no se tuviera acceso al área de equipos, algo tan natural que había cultivado de niño. Me pasó algo similar. Fui lector desde niño y en la pequeña biblioteca de mi escuela me extasiaba con los títulos, pero me dijeron que solo el director manejaba la llave. Por cierto nunca la vi abierta.

Las historias se repiten, porque solo aceptamos procesos evolutivos. No aguzamos la visión desde el presente para enfrentar al futuro con tecnologías en constante e indetenible movimiento y que nos llegan en tren de vapor o rápido, según sean las políticas públicas.

Seymour Papert habla de los ciberavestruces, padres o docentes que no admiten compartir nuevas actitudes para conocer. Apoyar al hijo es aprendizaje para el adulto. El problema es que la sociedad corre el riesgo de quedar relegada, sin encontrar el origen de la violencia. La contribución del medio digital es que cada quien encuentre su propio camino para aprender, dice Papert.

Él se refiere también a ciberutópicos (creyentes absolutos de la tecnología informática) y a cibercríticos (que la desechan); estos obvian que el medio tecnológico permite la emoción de descubrir lo que no encuentran en el aula. Papert recomienda a la familia o la escuela como corresponsables de “construir un futuro” en las nuevas generaciones. Ciertas luces actuales de aprendizajes pueden provenir de niños que no sobrepasan los 10 años, y debemos compartir las curiosidades del descubrimiento sin sentirnos disminuidos como adultos. Porque lo que trae la generación pos “millennial” es aún impredecible.

Los profetas de su tierra

Reiterar una y otra vez es de nobleza. El congelamiento en promover libros y lectura retrasará la creación de una conciencia social. Hay que descongelar el acceso al conocimiento, promover la efectividad que produce participar en la vida nacional, no conformarnos como sujetos representados, sino agentes participativos. Por eso promover la lectura es una obligación desde todos los ámbitos de la vida. También promover el trabajo de los nuevos talentos.
Esto lo han visto profetas de esta tierra, como Alberto Masferrer, que lo percibió desde 1913.

Muestra de esto es su libro “La cultura por medio del libro”, con claras propuestas que, 100 años después, viven todavía en la irrealidad.

Eso lo narra Francisco Gavidia, considerado el humanista salvadoreño por antonomasia. Dice: “En 1880 estudié francés con Augustine Charvine, con ella comencé a formarme en la lectura de los clásicos franceses. Viajé a San Miguel (el adolescente vivía en Ciudad Barrios con su familia). Quería probar suerte con los primeros versos escritos… ¡Qué desilusión! Todos fueron rechazados por los poetas de las redacciones migueleñas. Aunque la experiencia me dolió, no bajaron mis ánimos, continué firme”.

Esta escena podría ser muy actual para los jóvenes que comienzan a destacarse, como si la historia cultural y educativa fuera un tornillo sin fin que nos adormece.

Esas falencias de los siglos pasados no han sido superadas. Pasa lo mismo en lo que respecta a la educación. Veía en las redes sociales un video que ilustra el cambio permanente en los objetos de uso: un automóvil de los años veinte, un teléfono de los años cincuenta, un avión de los años setenta. Pero lo que se niega a cambiar es la educación. El video nos presenta un aula de este tiempo y un aula de hace medio siglo: pizarrón, los niños escuchando y el docente exponiendo su sapiencia. Todo permanece igual, a pesar de que muchos educadores están tratando de cambiar esta realidad, por lo menos en el área de la lectura, que consideran el primer paso hacia la creatividad, hacia una cultura propositiva; no de reacciones vandálicas o de queja eterna.

Gavidia lo vio en 1882, Masferrer en 1915.

A propósito de lo dicho por Gavidia y para visualizar esas irrealidades, me pasó una experiencia similar a mí en San Miguel en 1955. El único docente que aceptaba lo que escribía en el instituto nacional donde estudié educación media dirigía una página literaria en un periódico de esa ciudad y aprovechó para publicar dos páginas de mis poemas. Como jefe de la sección, no debía someter los poemas a la dirección, por eso, al ser publicados, mi profesor fue llamado para decirle que lo escrito por el joven autor no era poesía. El maestro renunció.

De esos poemas solo recuerdo el verso de un poema al río Lempa: “y los peces de la tarde agonizan en sus aguas”. Esta vez, como narra Gavidia, no se trató de un equipo de poetas que rechazaba, sino del director del periódico, que no entendía lo de los “peces de la tarde”, y menos su agonía. Dos meses después sometí a dos concursos esos poemas juveniles, escritos en mis cuadernos escolares, y en cada uno de ellos gané el primer lugar. Fueron publicados en este periódico.

Respecto de las transformaciones culturales, me refiero al ejemplo citado arriba, de las aulas que no han cambiado en 100 o 200 años (mientras “todo cambia”, según la canción de Mercedes Sosa), en similares contenidos se refiere el gran educador y psiquiatra chileno Claudio Naranjo.

Naranjo, gran luchador por transformar el sistema educativo, en sus conferencias por Estados Unidos y el mundo ha procurado influir en los cambios de la personalidad, en forjar nuevas actitudes hacia la superación social. La educación es ese medio para transformarnos: “nada es más esperanzador en términos de evolución social que el cultivo de la sabiduría individual, la compasión y la libertad”.

A propósito de Gavidia y Masferrer, ese camino pareciera irreparable y tortuoso hasta lo eterno, pese a nuevas modalidades de lectura impuestas por la realidad tecnológica. En ese reto estamos al cumplir el 148.º aniversario de la Biblioteca Nacional. Las bibliotecas existen desde hace 2,000 años y continuarán existiendo, pese a los cambios en los formatos, pese a transformaciones en la cultura de la información.

Así pasó en los siglos pasados y pasará en lo porvenir, desde el invento de la imprenta a la lectura digital en monitores, en laptops o en teléfonos. Mientras haya vida terrestre, habrá bibliotecas y libros. La sociedad mundial se irá adaptando a lo nuevo en beneficio del desarrollo económico y social.

A ese propósito pronto reprogramaremos una exposición de logros para celebrar este aniversario (por fuerza mayor tuvo que suspenderse). En todo caso, importa prepararnos para darle la bienvenida al siglo y medio de existencia de la Biblioteca Nacional, para 2020.

El proceso de divulgación del conocimiento debe ir de la mano con la tecnología, y esto no rivaliza con el esfuerzo de seguir adelante con nuestras iniciativas por la lectura y el libro bajo el lema de que “si la montaña no viene a ti, debes ir a la montaña”.