Biblioteca Nacional y Francisco Gavidia

En 2020 cumplirá siglo y medio la institución responsable de preservar la memoria de la palabra escrita: el ensayo, la narrativa, el reportaje periodístico, la poesía, el testimonio histórico. Estamos preparándonos como se debe para conmemorar esa fecha significativa de la Biblioteca Nacional de El Salvador.

Antes que todo, hay decir que el libro es expresión creativa producto de un trabajo del intelecto cuya sumatoria forma parte del ser nacional; permite conocernos, descubrir nuestras señales de identidad nacional que debemos divulgar a donde quiera que haya connacionales o investigadores de la realidad salvadoreña. Y es así que hemos entrado con fuerza al proceso de la era tecnológica.

En Facebook contamos con 5,300 seguidores que se informan a diario en esa plataforma digital. En Twitter sumamos 900 personas siguiendo los pasos informativos de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Y lo hemos logrado en menos de dos años de divulgación institucional, abriéndonos paso, sin mayor bullicio, hacia la visión institucional. Incluso superamos en número de seguidores a algunos ministerios con mayores recursos para la comunicación y con más años en la ruta tecnológica.

A esto agregamos las 3,000 visitas mensuales al sitio web Binaes.gob.sv, por el cual ofrecemos información básica a usuarios que nos buscan en cualquier lugar del mundo donde se encuentren.

Así comenzamos la conmemoración del siglo y medio de existencia en que ha jugado su rol el equipo informático de la biblioteca, junto al personal de recursos técnicos. Ambos en asocio trabajan fuera de tiempo laboral para crear un sistema de administración bibliotecaria KOHA, cuyo precio tiene costos inalcanzables para nuestro presupuesto.

No podemos ufanarnos de tales logros sin tener en mente el recuerdo de Francisco Gavidia (1865-1955), cuyo nombre lleva nuestra Biblioteca Nacional, que suma un resultado más: proyecta por dos plataformas informáticas los recursos históricos patrimoniales, la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano y REDICCES, (consorcio de una docena de universidades salvadoreñas).

Nos inspiramos en el humanista por antonomasia Gavidia, quien de 19 años recibió (1882) en su casa a Rubén Darío, de 17 años. Precoces ambos, Gavidia, investigador desde su adolescencia, y Darío, poeta niño. Dicha amistad contribuyó a la literatura universal, resultado cultural fraterno salvadoreño y nicaragüense.

Conocidas las dotes poéticas de Darío, había sido invitado por el presidente salvadoreño. Así lograron encontrarse sin saber que estaban por descubrir las claves de una poesía en castellano no experimentada por los españoles. Investigador precoz, Gavidia estuvo dispuesto a compartir los hallazgos de sonidos y estructuras con su amigo nicaragüense (“Autobiografía de Darío”).

Gavidia, que hablaba francés, dio a conocer a su amigo su traducción al español del poema “Stella”, de Víctor Hugo, leyó en voz alta para que el poeta percibiera lo novedoso del ritmo y quiebre del verso, y que fueron “descubiertos por mí al oído”, dice el salvadoreño. Entonces el poeta nicaragüense inició su aventura luminosa para renovar la poesía.

La realidad social mantuvo en su entorno nacional al humanista, navegando las utopías de la palabra en el mar tenebroso de un autoritarismo que divorciado de la creatividad y del pensamiento crítico. El nicaragüense optó por recorrer el mundo. Aventurero y genial, partió a Chile y Argentina, España y Francia para redescubrir la poesía castellana.

Gavidia se refugió en su casa estudiando los clásicos y el ser nacional para proyectarlo en sus aguas tormentosas.
“Yo había oído leer poesía francesa a franceses… y no me parecían versos de ningún modo, me parecía prosa distribuida en iguales renglones. El misterio no duró mucho tiempo pues sin maestro ni otro auxilio que mi sensualismo pertinaz por el ritmo, acerté a revelar en el interior del verso francés el corazón de la melodía… Feliz con mi hallazgo, leí a quien quiso oírme… Quien me oyó fue Rubén Darío, me prestó atención como yo lo deseaba: una y otra vez parrafadas de versos franceses, un día y otro día; y finalmente leyó (Darío) como yo mismo lo hacía” (Gavidia: “Sobre la versificación de los aeronautas”).

En fin, si tenemos que hablar de Gavidia, se debe hacer referencia necesaria del Príncipe de la Poesía Castellana, hermanos de la palabra estética. Hay que señalar que en el contexto salvadoreño de la época existía un atractivo especial por las bellas artes, en especial por la literatura, como lo comprueban las diferentes publicaciones periódicas de ese fin de siglo XIX. Lo comprueba la invitación que se hace al poeta niño para que se hiciera cargo de dirigir el periódico más importante de la época en El Salvador.

El nicaragüense universal rectificó en sus últimos años de vida los encuentros juveniles. Afirma: “Uno de mis amigos principales era Francisco Gavidia, quien quizá sea de los más sólidos humanistas y seguramente de los primeros poetas con que hoy cuenta la América Español… (y) surgió en mí la idea de renovación métrica, que debía ampliar y realizar más tarde”.

Sin esa obra autobiográfica de Darío, no tendríamos tanta certeza de la contribución que hizo el salvadoreño al nicaragüense para que renovara la poesía castellana. Por eso, aunque olvidados de Gavidia, la Biblioteca Nacional lleva el nombre de quien hizo un paradigma de la palabra literaria y científica de El Salvador. Nada mejor que la voz del humanista migueleño para acompañarnos para preservar el patrimonio bibliográfico de la nación salvadoreña. Estamos bien acompañados en la institución, el alma mater de las bibliotecas está pronta a cumplir y conmemorar siglo y medio de existencia, que traza una hoja de ruta hacia lo que hemos sido para saber lo que deseamos ser.

Esa memoria histórica de la Biblioteca Nacional fortalece para dar a conocer distintas facetas del esfuerzo institucional que nos lleva a visitar centros escolares o recibirlos en el Centro Histórico. O visitar con la biblioteca móvil las comunidades vulnerables, para llevar libros y lectura a lugares donde no llega una biblioteca. Todo ese proceso mencionado es nuestra mejor celebración del 150.º aniversario de la Biblioteca Nacional de El Salvador.

La terquedad por los libros

En 2007, recibí una distinción de la Fundación Guggenheim de Nueva York. Según informes, solo la hemos recibido dos personas en El Salvador. El otro es German Cáceres, la recibió en música (1989). Cáceres es compositor y director de orquesta, egresado de la Academia Julliard de Nueva York, de las mejores del mundo en su especialidad. Pero no todos los tiempos pasados fueron mejores. Roque Dalton dice una frase feliz en uno de sus poemas: “No siempre hemos sido feos…”. A veces lo parecemos cuando pensamos en el desempleo, en las injusticias, en las intolerancias políticas que producen muerte infinita; cuando, por la pequeñez geográfica, deberías construir un jardín de vida feliz.
Pero bien, en ese pasado no tan feo hice a un lado la poesía a favor de la novela, todo porque descubrí una carta de Pedro de Alvarado informando a Hernán Cortés la matanza de miles de pipiles en Acaxual (Acajutla) y Tacuscalco.

e asombra ahora que una carta de tres páginas me cambiara la vocación poética de niño. Jamás había pensado escribir novela hasta que a los 28 descubrí esa carta. Tuve suerte, esa primera obra ganó premio único centroamericano en Costa Rica (1967) y fue publicada en la editorial del llamado boom latinoamericano de literatura (en Buenos Aires, Argentina). Paso de animal grande siendo pequeño.

De ese cercano pasado enmarcaba la distinción arriba mencionada: la beca Guggenheim. Para ganarla, comencé a escribir (2005) “El sexto muro”. Ahora tiene otro nombre más poético: “La oscuridad de los rincones iluminados”. Pese a ser mi sexta novela, también necesité una motivación. Veamos: estaba investigando en internet ahí por 2003, cuando descubrí que en el famoso muro de Berlín, después de 28 años de construido, apenas habían muerto 120 personas, y que en el muro fronterizo entre México y Estados Unidos en sus pocos años y parcialmente construido había registrado más de 4,000 muertos (hasta 2005).

Además, reparé en otros cinco muros históricos, incluso murallas, por lo general casi todos para evitar invasiones guerreras. Y se me ocurrió el tema de la migración. Pensé en la necesidad de un sexto muro espiritual donde no muera nadie, solidario, que no implique temor, que no lleve a guerras, que defienda la dignidad humana.

Esta novela supera a los osos, ha invernado 11 años, cuando el mundo ha dado varias vueltas de gato; por eso le cambié nombre, menos violento, por lo menos el título, aunque la novela contiene violencia histórica como producto de una investigación que decidió promoverme la Guggenheim de Nueva York. Histórica, pero no de la que se habla en estos 25 años, sino tratando de buscar la violencia originaria; prefiero no revelarlo hasta que la publique. Por cierto, he encontrado el ofrecimiento de publicarla. Qué felicidad.

La escribí a saltos como todo promotor de la lectura, y eso me hizo ir cambiando los matices. Tiene validez aunque han surgieron otras verdades, como ocurre ahora que la realidad da vueltas de gato cada cinco años, producto de la tecnología. Incluso la guerra tiene otras variantes, puede ser comercial o contra la ignorancia, o contra la violencia de género (hay que bombardear esa cultura abonada por los siglos), guerra contra las tacañerías para el arte, para la educación.

Dar batalla como si fuera una guerra del fin del mundo aunque produzca la sensación de caer en el vacío. Una guerra sin muertos, ni gasto en armamentos. ¿Por qué no decirlo? Una guerra pacífica, valga este oxímoron; así como tenemos una paz cruenta, incluso con más bajas que las de un conflicto bélico.

En verdad, hacer la guerra por el libro y la lectura implica sacrificar tiempo que es grato gastarlo en escribir. No importa. Algunos justifican la inopia frente al libro alegando excesos de la tecnología informática. Nada cierto, apenas tienen 20 años de avance, pero ya Alberto Masferrer en la “La cultura por medio del libro” proponía una biblioteca en cada comunidad como elemento de desarrollo para El Salvador. ¡Hace 103 años! Es de los primeros tercos en repetirlo. Aunque se exprese la terquedad en el idioma del burro poco agradable, como dice con sarcasmo mi amigo Ricardo, refiriéndose a que los tercos rebuznan.

Sin embargo, pidamos peras al olmo, pues de acuerdo con la biotecnología, un olmo puede producir peras, manzanas y aguacates.

En ese apropiamiento del siglo de la información y el conocimiento, surge la necesidad de la lectura para conocer y recrearse, para cultivar una sociedad sensible al dolor ajeno; en resumen, humanismo, sin lo cual no hay desarrollo integral. El buen lector descubre lo que somos y reniega de los antivalores que asedian la vida.

Pero poco a poco despiertan los intereses positivos que cubren estos vacíos; surgen las redes sociales, los medios de todo tipo promueven que hay algo más allá del cataclismo social, nos informarnos para conocernos mejor, es el camino correcto hacia la convivencia. Los escritores salvadoreños conquistan mundo y hay apropiación mediática de los triunfos obtenidos en el exterior; pero no solo por los escritores, también por los jóvenes en el marco de la ciencia y diversas ramas del arte. Somos una moneda de dos caras y eso le da unidad cambiaria que debemos descubrir con inteligencia emocional lúcida.

Descubrir el valor del libro, sea digital o en papel, nos convierte como en beneficiarios de la botija del cuento de Salarrué. La principal riqueza está en la Biblioteca Nacional, cuya principal función es custodiar el patrimonio bibliográfico de la nación; aunque también sale a la calle con libros y recreación; también hay otras minas de astros en las bibliotecas municipales, en las públicas y las escolares.

La Biblioteca Nacional es diferente, pero eso no obvia que escudriñamos un cambio atendiendo a jóvenes, a niños, esto nos dignifica como alma mater del libro y fuente de la palabra, puerta que nos permite descubrir el pensamiento crítico.

Libros por tierra y aguas espaciales

El título del presente trabajo lo he tomado de mi última novela histórica publicada por la EUNED (Costa Rica). Pero aún no quiero hablar de esta recién nacida, lanzada hace dos semanas. Dejo los temas históricos centroamericanos para otra ocasión. Ahora me refiero a libros y lectura que la Biblioteca Nacional de El Salvador está echando a volar y navegar por tierra, aguas y espacio.

Vuelvo a usar el concepto de “la biblioteca en la calle”. Quiero decir llegar hasta las poblaciones, llegar a tierra y atravesar ríos y quebradas hasta encontrar comunidades; también traspasar océanos con el clic informático. Los que más se emocionan son los niños. Así nos hemos sumado a otras iniciativas institucionales con visión del cambio estratégico por una nación digna.

Sí, con dificultades y limitaciones las iniciativas siguen adelante, no se detienen para hacer un justo equilibrio con lo que el novelista, Premio Nobel, Mario Vargas Llosa llamó sociedad del espectáculo. Además, para todos da Dios. Y da para los niños. Ahora y siempre habrá que hablar de la necesidad de llevar lectura y libros a los rincones del país, a los centros educativos, que también lo están haciendo a pautas, incluso por medio de plataformas informáticas. Ya pocos pueden oponerse a que el libro es educación, conocimiento cultural, mensaje educativo y medio para conocimiento de valores hacia un desarrollo sostenible.

Pienso en los niños y niñas cuando un analista ha dicho muy bien: la sociedad necesita comida, escuelas dignas, pero también necesita del arte. Cada uno de estos elementos produce resultados que producen riqueza nacional; incluyendo sobrevivencia. Algunos resultados son inmediatos, por ejemplo, satisfacer el hambre o cumplir con la responsabilidad de la formación escolar. Pero los resultados del arte son más a largo plazo, indetectables por los sentidos. Lo vemos en otros países de sociedad culta, plenas, para satisfacer necesidades ciudadanas y de convivencia. En pocas palabras, sociedades felices que sí tienen oportunidades.

En orden a contribuir con las iniciativas en lo que nos corresponde, la Biblioteca Nacional cuenta con plataformas informáticas que nos permiten llegar más allá de los océanos. Con más razón si casi un cuarto de salvadoreños se encuentra viviendo fuera de su territorio, alejados de una realidad cultural solo sostenida por la nostalgia de los adultos, pero que no podemos decir lo mismo de las nuevas generaciones nacidas en el exterior.

Nuestros libros históricos, gracias a apoyos institucionales educativos, los hemos podido alojar en la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano (en España) y de REDICCES, en El Salvador, a ambas he citado antes. Como vemos, el concepto de “biblioteca en la calle” es mucho más amplio de lo que hubiera podido concebirse hace 20 años. Ahora navegamos por las calles del mundo, transportados por los libros y sus valores. Con limitaciones pero viajamos.

Sí, nada de desesperarse, las amenazas de naufragios no siempre terminan en naufragio. Y por si acaso, debemos creer en los equipos de salvación formados por quienes piensan que evitar el naufragio del barco es salvarnos todos.

Ahora más que nunca, y siempre, nuestra función bibliotecaria debe extenderse a la creación de sensibilidad y conocimiento sin limitaciones espaciales, rompiendo muros con la oportunidad que nos permite la tecnología, la voluntad y la conciencia de saber el papel formativo que juega la lectura en todas las personas, no solo las que van a universidades o centros educativos, o los que no han tenido posibilidad de traspasar un centro educativo. Así en la tierra como en las aguas. Ese es el concepto amplio de “la biblioteca en la calle”, que poco a poco nos hemos ido apropiando de sus contenidos y resultados para hacer de los rincones oscuros espacios iluminados. Romper los síndromes que nos acongojan, combatir el “burnout” laboral que incinera y repercute en relaciones destructivas; la visión que produce el arte literario de neutralizar la desesperación. Nunca es tarde para que llegue la mañana por oscura que parezca la noche.

El futuro está en los jóvenes, porque pertenecen a la etapa en que son aptos para participar en la vida pública y debatir. Pero la filosofía de una biblioteca de quinto mundo, como la nuestra, es ofrecer espacio prioritario al niño y la niña. Ellos significan y aseguran ciento por ciento el cambio social. Para lograrlo, tenemos que poner dinamismo creativo en las iniciativas culturales. Si los atendemos esta noche, tendremos el día de mañana una sociedad mejor.

Parto desde el punto de vista de que el adulto, para bien o para mal, ya está formado en sus comportamientos positivos o negativos. Cada quien tiene el lugar o la oportunidad de ser constructivo frente a los demás; y si el adulto se retrasó o se desvió no será fácil encausarlo hacia el bienestar de la nación. Inclusive, ni siquiera basta un título, si no tiene un respaldo en humanismo y equidad integral. De modo que el cambio está en la niñez, ahí debemos buscarlo por todos los medios que permite la educación, formal e informal. Cuando hablamos de cambio pensemos niños y niñas, porque son el seguro de vida de nuestro país. No los dejemos morir.

Termino este trabajo citando a los que posibilitan que podamos celebrar este noviembre el Noveno Festival de Literatura Infantil dedicado a los niños emigrantes del mundo. Menciono a quienes se hacen suyo este pequeño universo infantil que nos permite atender con lectura y libros, útiles escolares y atenciones (en cuanto nos visitan de comunidades distantes del país). Gracias ONG, empresa privada, centros escolares e instituciones educativas superiores.

También agradecemos las palabras de la embajadora de Estados Unidos, Jean Elizabeth Manes, por reconocer los esfuerzos del Bibliobús y Extensión Cultural: “El impacto que ya se está logrando a través de la sede central de la Biblioteca Nacional de El Salvador… Y por continuar realizando esta valiosa labor de llevar educación y desarrollo a la sociedad salvadoreña”. Palabras encomiables que merecen reconocimiento.

Valentín Estrada y su Atlacatl

Escribo estas líneas inspirado por los artistas invisibles que algunas veces llamé del mal, siguiendo la nominación europea de íconos inmortales: Verlaine, Baudelaire, Rimbaud, y los norteamericanos Bukowski y Henry Miller. Creo que entre nosotros cabe mejor hablar de condenados al silencio. Se sabe que la llamada Generación Comprometida, cuyo nombre se lo puso el periodista y escritor Ítalo López Vallecillos, se inició con la publicación del libro “Bomba hidrógena”, de Orlando Fresedo, Eugenio Martínez Orantes, Waldo Chávez Velasco, entre otros; uno de esos otros, el periodista José Luis Urrutia, ha sido olvidado. Algunos artistas tienen ese sino, como si no hubiesen existido. Y con eso se priva de formación sensible al entorno social.

Muchas veces el arte puede proyectarse con inocencia destructiva. En El Salvador podemos citar a quienes manejan la palabra, caso del “poeta salvaje” Antonio Gamero, y en menor recuerdo a Oswaldo Escobar Velado, y Vicente Rosales y Rosales. El mismo Quino Caso, aunque recibió el privilegio del bienestar político, y Serafín Quiteño, ambos poetas, tienen ya su sitio en el olvido; quizá prefirieron la comodidad de la que gozaron y prefirieron optar ellos mismos por su relegamiento literario.

Este concepto del olvido me hizo pensar en el escultor Valentín Estrada, creador de la escultura de Atlacatl, obra original erigida en la residencial del mismo nombre, aunque se ha hecho una réplica en antiguo Cuscatlán.

Pocos hemos conocido que el escultor mencionado estudió en la Academia San Fernando, España, de las mejores del mundo; y que realizó aventuras estéticas por varios años en la Europa de museos maravillosos.

Estrada fue becado en 1918; pero creyó que aprovecharía mejor su beca si abandonaba la academia de pintura, quizás porque su vocación desde niño fue la escultura. Para un joven trabajador de 16 años recorrer ciudades europeas fue un deslumbramiento, un afán de apropiarse de la universalidad desde el trópico ignoto. “Me equivoqué de academia”, expresa en una entrevista. También afirma que se equivocó de edad. Roma y París fueron mucho para un niño que había comenzado a trabajar con su padre a los 10 años. Hasta ahí todo iba bien para Valentín Estrada.

El olvido llega cuando retorna a su pueblo desde Europa. Es una historia triste. Regresó con una de sus pocas obras conocidas: Atlacatl, escultura que se vio como una mala réplica de los indios pieles rojas de Estados Unidos; con el demérito de que Atlacatl nunca existió. Mentiras históricas aparte, Estrada se inspiró en Miguel Ángel: los torsos, la tensión de los músculos, fueron captados de ese maestro universal.

Para los jóvenes de 1950 en adelante, Atlacatl solo era un adorno en la zona de las trabajadoras del sexo, la avenida Independencia. En los planes de urbanización no había otro espacio para concederle; igual ha sucedido con diversos murales y obras de arte.

Pero bien, Valentín Estrada terminó haciendo muñequitos de barro para vender a los niños, o fabricando piscuchas para los pobres del barrio. De remate se le hizo juicio de desahucio de su casucha de láminas en una barranca de Soyapango. Esto me hace pensar en una pesadilla que tuve con Claudia Lars: soñé que su casa era cateada y sus muebles destruidos, buscaban artilugios ilegales o subversivos. La pesadilla la tuve al saber de su muerte, cuando estuve fuera del país.

Volviendo al Atlacatl, de Valentín Estrada, ya en su patria real, los políticos de barrio lo hicieron desfilar en carrozas disfrazado del cacique inexistente en la historia. Pero algo que no supieron los políticos y urbanistas de barriada es que Estrada posó de modelo frente a un espejo. ¡Y Atlacatl es Valentín Estrada! Él lo asumió ante sus vecinos, y el olvidado se eterniza mientras dure el bronce de su obra, no importa entonces si se olvidan de sus 200 esculturas, como las que están en Atecozol y en Los Planes de Renderos.

La vida de Valentín Estrada debe hacernos reflexionar, por su inocencia; pero más por la ingratitud cultural. Estrada seguirá siendo un desconocido en su país, un hombre de este tiempo pero de otro mundo que quiso hacer de la escultura su expresión de vida y terminó como hermano lejano en su propia patria. ¿Tuvo patria verdadera Valentín Estrada? Inclusive, fue sometido a las peores incomprensiones que puede sufrir un artista al negarle el derecho a hacer su obra, que él asumía con grandeza y humildad, no como maldición de anonimidad.

No olvidemos que Van Gogh nunca pudo vender ninguno de sus cuadros, y tres años después del suicidio comenzó a ser reconocido. Sin embargo, muchos, como Valentín Estrada, van por el camino tortuoso del olvido, privan así al artista de contribuir a forjar conciencia de país, memoria de nación.

Que nada nos extrañe en el mundo de las artes: en los últimos días de Rubén Darío, en Nicaragua, el eminente médico que le hace la autopsia se escabulle por la ventana para preservar de otras manos el cerebro privilegiado que ha extraído de su cuenca. El médico es perseguido por la viuda; el primero tropieza y el frasco de vidrio y su contenido terminan salpicando el empedrado. La idea era averiguar sobre su brujería poética genial.

Agradezco al pintor Armando Solís que escribió la autobiografía de Valentín Estrada (“Yo, Atlacatl, memorias de un escultor”), en 1996, y que me estimuló a escribir unas líneas para esa biografía. Un espejo para las nuevas generaciones que tratan de romper estigmas. Una última reflexión: ¿por qué tenemos tantos poetas jóvenes? No hay duda: por vocación educativa, cuyos resultados solo se detectan con el corazón, como dice “El Principito”.

Experiencias sobre la educación conectada

Este título e ideas surgieron con la lectura del libro de Seymour Papert, “La educación conectada”, que, como usuario de la tecnología informática y participante de un equipo institucional interesado en el conocimiento y la información global, me hizo reflexionar.

Ahí por 1987, durante una permanencia en Londres en casa de una escritora inglesa (A. Hopkins), esta recibió la visita de una empresaria joven. Me incorporé en la conversación con el tema de creación literaria (había presentado en universidades de Gran Bretaña dos de mis libros en inglés). En la plática mencioné que mi sueño era tener una computadora para avanzar con comodidad en el poco tiempo disponible que tiene un escritor de quinto o sexto mundo. “Tengo una, pero es como un tractor de Pedro Picapiedra”. La empresaria al escucharme dijo de inmediato: “Yo puedo cumplirte ese sueño”. Imagínense. Pensé en que era un ofrecimiento diplomático; y, como parte de mi carácter, lo dejé fluir con la frescura de un río frío. Y ya no la volví a ver, aunque en mi mente hervía la promesa.

A medida que se acercaba mi retorno a Costa Rica, seguí pensando en que quizás lo ofrecido era como las promesas electorales. Le dije a mi amiga Hopkins que su amiga me había alegrado el corazón, y le insinué si acaso sería posible recordarle su ofrecimiento. “Si ella te lo prometió, lo va a cumplir, palabra de inglesa”, fue su respuesta. Preferí callar para darle espacio a mi alegría interior.

A dos días del retorno a Costa Rica, preferí no insistir para no crearle problemas a mis emociones. Mi sorpresa fue que mientras preparaba mis maletas, la escritora Hopkins anunció la visita de la empresaria. Llegaba con su regalo: de las primeras laptops. Veinticinco años después, veo por internet, en una venta de antigüedades, que mi laptop tiene un valor de 900 euros. Como recuerdo guardo a esa hermanita gemela.

El tiempo avanza, y ahora es difícil concebir el trabajo sin la tecnología, con nuevas laptops que no pesan las 10 libras de mi primera Amstrad inglesa, recién salida del horno, y que me obligó a matricularme en un taller para manejar estas computadoras, pues apenas sabía escribir textos. Pero desde años antes (1985) ya había adquirido un armatoste en EUA; un armatoste de escritorio que me hizo seguir usando la typewriter tradicional. Esa computadora la dejé para que la curiosearan mis pequeños hijos y amigos vecinos entre ocho a 12 años, pues habían descubierto juegos electrónicos; ni la sombra de los de ahora. Por otro lado, abandoné mis talleres teóricos por no entender ni jota, y acudí a los hijos y amiguitos vecinos. Santo remedio.

Los más avanzados eran mis sobrinos chileno-salvadoreños, los Ruiz, pues su padre, por ser profesor universitario, tenía derecho a una computadora para usar en casa, que –por cierto– solo la usaban los niños, que no sobrepasaban los 10 años, pero que habían descubierto los trucos de la tecnología, bruja de esos tiempos. Eran los mismos que para la generación “baby boomers” se trataba de cuestiones indescifrables. Les hacía consulta por teléfono y ellos me orientaban dirigidos por el monitor encendido para que me guiaran los pasos a seguir.

Años más tarde, de regreso en El Salvador, hice algunas visitas a Medellín (2000), y reparé en que había poca cultura informática en los docentes. A una maestra se le ocurrió que sus alumnos podían darle el aprendizaje de la caja mágica, y se le ocurrió que todo el grupo de docentes recibiera clases con los jóvenes estudiantes. La mayoría se opuso, era una falta de respeto recibir clases de los adolescentes. ¿Qué van a decir los padres y nuestros jefes? Por fin se decidieron, para no quedar rezagados de las nuevas generaciones. En verdad se trata de una “cultura” generacional no solo relacionada con la tecnología, sino que descubre nuevas actitudes en lo educativo e incluso en lo político; un fenómeno generacional de resultados concretos, con incidencia en las ideologías que proponen utopías, cuando se necesitan hechos concretos: empleo, convivencia, curiosidad frente al mundo al alcance de sus dedos.

Ahora parecerá increíble, sucedió con mi hijo Leonardo (año 2000), estudiante de una de las facultades de Ingeniería: descubrió que había un laboratorio de computadoras. Dada su experiencia desde niño en Costa Rica, solicitó permiso al que cuidaba los equipos (sin uso visible). Este dijo que solo era para uso de profesores, y la orden era tenerlos bajo llave. A Leo le pareció extraño que no se tuviera acceso al área de equipos, algo tan natural que había cultivado de niño. Me pasó algo similar. Fui lector desde niño y en la pequeña biblioteca de mi escuela me extasiaba con los títulos, pero me dijeron que solo el director manejaba la llave. Por cierto nunca la vi abierta.

Las historias se repiten, porque solo aceptamos procesos evolutivos. No aguzamos la visión desde el presente para enfrentar al futuro con tecnologías en constante e indetenible movimiento y que nos llegan en tren de vapor o rápido, según sean las políticas públicas.

Seymour Papert habla de los ciberavestruces, padres o docentes que no admiten compartir nuevas actitudes para conocer. Apoyar al hijo es aprendizaje para el adulto. El problema es que la sociedad corre el riesgo de quedar relegada, sin encontrar el origen de la violencia. La contribución del medio digital es que cada quien encuentre su propio camino para aprender, dice Papert.

Él se refiere también a ciberutópicos (creyentes absolutos de la tecnología informática) y a cibercríticos (que la desechan); estos obvian que el medio tecnológico permite la emoción de descubrir lo que no encuentran en el aula. Papert recomienda a la familia o la escuela como corresponsables de “construir un futuro” en las nuevas generaciones. Ciertas luces actuales de aprendizajes pueden provenir de niños que no sobrepasan los 10 años, y debemos compartir las curiosidades del descubrimiento sin sentirnos disminuidos como adultos. Porque lo que trae la generación pos “millennial” es aún impredecible.

Los profetas de su tierra

Reiterar una y otra vez es de nobleza. El congelamiento en promover libros y lectura retrasará la creación de una conciencia social. Hay que descongelar el acceso al conocimiento, promover la efectividad que produce participar en la vida nacional, no conformarnos como sujetos representados, sino agentes participativos. Por eso promover la lectura es una obligación desde todos los ámbitos de la vida. También promover el trabajo de los nuevos talentos.
Esto lo han visto profetas de esta tierra, como Alberto Masferrer, que lo percibió desde 1913.

Muestra de esto es su libro “La cultura por medio del libro”, con claras propuestas que, 100 años después, viven todavía en la irrealidad.

Eso lo narra Francisco Gavidia, considerado el humanista salvadoreño por antonomasia. Dice: “En 1880 estudié francés con Augustine Charvine, con ella comencé a formarme en la lectura de los clásicos franceses. Viajé a San Miguel (el adolescente vivía en Ciudad Barrios con su familia). Quería probar suerte con los primeros versos escritos… ¡Qué desilusión! Todos fueron rechazados por los poetas de las redacciones migueleñas. Aunque la experiencia me dolió, no bajaron mis ánimos, continué firme”.

Esta escena podría ser muy actual para los jóvenes que comienzan a destacarse, como si la historia cultural y educativa fuera un tornillo sin fin que nos adormece.

Esas falencias de los siglos pasados no han sido superadas. Pasa lo mismo en lo que respecta a la educación. Veía en las redes sociales un video que ilustra el cambio permanente en los objetos de uso: un automóvil de los años veinte, un teléfono de los años cincuenta, un avión de los años setenta. Pero lo que se niega a cambiar es la educación. El video nos presenta un aula de este tiempo y un aula de hace medio siglo: pizarrón, los niños escuchando y el docente exponiendo su sapiencia. Todo permanece igual, a pesar de que muchos educadores están tratando de cambiar esta realidad, por lo menos en el área de la lectura, que consideran el primer paso hacia la creatividad, hacia una cultura propositiva; no de reacciones vandálicas o de queja eterna.

Gavidia lo vio en 1882, Masferrer en 1915.

A propósito de lo dicho por Gavidia y para visualizar esas irrealidades, me pasó una experiencia similar a mí en San Miguel en 1955. El único docente que aceptaba lo que escribía en el instituto nacional donde estudié educación media dirigía una página literaria en un periódico de esa ciudad y aprovechó para publicar dos páginas de mis poemas. Como jefe de la sección, no debía someter los poemas a la dirección, por eso, al ser publicados, mi profesor fue llamado para decirle que lo escrito por el joven autor no era poesía. El maestro renunció.

De esos poemas solo recuerdo el verso de un poema al río Lempa: “y los peces de la tarde agonizan en sus aguas”. Esta vez, como narra Gavidia, no se trató de un equipo de poetas que rechazaba, sino del director del periódico, que no entendía lo de los “peces de la tarde”, y menos su agonía. Dos meses después sometí a dos concursos esos poemas juveniles, escritos en mis cuadernos escolares, y en cada uno de ellos gané el primer lugar. Fueron publicados en este periódico.

Respecto de las transformaciones culturales, me refiero al ejemplo citado arriba, de las aulas que no han cambiado en 100 o 200 años (mientras “todo cambia”, según la canción de Mercedes Sosa), en similares contenidos se refiere el gran educador y psiquiatra chileno Claudio Naranjo.

Naranjo, gran luchador por transformar el sistema educativo, en sus conferencias por Estados Unidos y el mundo ha procurado influir en los cambios de la personalidad, en forjar nuevas actitudes hacia la superación social. La educación es ese medio para transformarnos: “nada es más esperanzador en términos de evolución social que el cultivo de la sabiduría individual, la compasión y la libertad”.

A propósito de Gavidia y Masferrer, ese camino pareciera irreparable y tortuoso hasta lo eterno, pese a nuevas modalidades de lectura impuestas por la realidad tecnológica. En ese reto estamos al cumplir el 148.º aniversario de la Biblioteca Nacional. Las bibliotecas existen desde hace 2,000 años y continuarán existiendo, pese a los cambios en los formatos, pese a transformaciones en la cultura de la información.

Así pasó en los siglos pasados y pasará en lo porvenir, desde el invento de la imprenta a la lectura digital en monitores, en laptops o en teléfonos. Mientras haya vida terrestre, habrá bibliotecas y libros. La sociedad mundial se irá adaptando a lo nuevo en beneficio del desarrollo económico y social.

A ese propósito pronto reprogramaremos una exposición de logros para celebrar este aniversario (por fuerza mayor tuvo que suspenderse). En todo caso, importa prepararnos para darle la bienvenida al siglo y medio de existencia de la Biblioteca Nacional, para 2020.

El proceso de divulgación del conocimiento debe ir de la mano con la tecnología, y esto no rivaliza con el esfuerzo de seguir adelante con nuestras iniciativas por la lectura y el libro bajo el lema de que “si la montaña no viene a ti, debes ir a la montaña”.

Historias urbanas populares

Hay tanto que decir sobre las calles de San Salvador. Últimamente se están dando los primeros pasos para dignificar nuestra raíz original. En las redes sociales he mostrado imágenes de cientos de jóvenes que han visitado en los últimos meses esa zona relegada; conste, solo se han renovado cerca de 5 manzanas, y necesitamos su resurrección de lo que quedó después del terremoto de 1986.

El abandono es una paradoja al confrontarlo con las percepciones de investigadores o turistas que vienen de ciudades más desarrolladas, quienes buscan en nuestro Centro Histórico una realidad novedosa. Expongo dos casos para comprobar esas opiniones positivas: una del investigador español Antonio García Espada, quien hizo un estudio de la arquitectura “art nouveau” de la zona, que pareciera emerger como un jardín de lirios en un espacio sucio y destartalado.

El doctor Espada lo comprueba con fotografías, para lo cual incursionó más allá de los enlaminados y parasoles de la pequeña empresa informal que hacen invisible la riqueza arquitectónica. El académico descubre la belleza de ciertas edificaciones, “que puede ser orgullo de Latinoamérica”, nos dice Espada. Sí; antes del terremoto de 1917 San Salvador fue llamado “un pequeño París de Centroamérica”.

Otro experto español piensa algo similar. Dice que después de entrar a la iglesia de El Rosario le dieron deseos de habitarla por siempre para disfrutarla todo el tiempo. Comprobémoslo: los invito a visitar esa iglesia. Toda ella es una escultura producida por las manos mágicas del escultor Rubén Martínez. Hay que verla por dentro.
Mi emoción como usuario generacional de otras épocas no tiene límites. El turista extranjero necesita conocer monumentos históricos, lo novedoso de una ciudad. Redescubramos lo que no ven los ojos de la indiferencia.

Y como visitante, enriquecido por el Centro Histórico, paso a otro punto relacionado con la misma zona. Sucedió en mi última incursión para buscar un ejemplar de la edición agotada de “Los poetas del mal”.

En esta función ciudadana y callejera me he detenido en una librería que yo llamo, con respeto, “de la calle”, libros de segunda lectura, miles de obras. Pese a ser tan grande la exposición, quizás unos 75 metros y 2 de altura en la acera, no veo al expendedor.

No reparo que se encuentra subido en una tarima alta desde donde puede avizorar a los clientes. Al verme, baja por la escalera de la tarima, micrófono en mano. Pregunta si se me ofrece algún título. Respondo que busco “Los poetas del mal”. “¿Es la novela de Manlio Argueta?”, me pregunta. “Así es”, le digo. “O sea es su novela”, lo dice con seriedad; para que no dude me repite los nombres de otras novelas mías.

De repente, habla por el micrófono a sus dos empleados. “Vengan a ver a Manlio Argueta en la calle”. Lo interrumpo y le digo que paso por ese lugar muy seguido. Pero Jacobo, así es su nombre, continúa sorprendido de descubrir a un escritor en la calle.

Ante mi sonrisa dice: “Doy gracias a Dios y a usted, y también a otros escritores, porque me permiten ganarme la vida honradamente promoviendo sus libros”. Ahora soy yo el sorprendido: “¿Gracias a mí también?” Le digo por lo de Dios. Me reitera: “¡Claro!, hay dos o tres escritores que más vendo”. Turbado y para neutralizar su opinión, le digo que me alegra saber que gente de la calle como yo encuentre libros disponibles. Me aclara que, por lo general, son adultos los que les llevan libros a sus hijos. Pero aquí no termina mi sorpresa.

Lo curioso es que, mantenida esa breve conversación, se lleva el micrófono a la boca y habla a uno de sus dos empleados que se encuentran en otro extremo de los 75 metros. “Óscar, vení a ver a Manlio Argueta en la calle”.

Por mi trabajo como cronista literario sé lo valioso de conocer estas vidas, esto me permitió ser varios años un cronista sobre El Salvador, en Europa y Estados Unidos. Llega el empleado, Óscar. Me lo presenta. Pero ante la sorpresa de Jacobo, el joven le dice con seriedad que yo no soy el escritor. El jefe molesto le pregunta por qué lo dice.
El joven responde: “Porque yo lo conozco, ha venido varias veces a comprar libros, y este no es él”. El jefe más fastidiado le dice que no sea tonto. El joven vendedor le dice que puede demostrar que yo no soy el escritor y se dirige a otro extremo a traer una edición con foto en la contraportada. “Mire, compare la foto y a él”.

Esta vez Jacobo pierde la paciencia y le reclama que esa foto no es reciente. El joven no se da por vencido, y le reitera que la última vez le pidió el DUI para demostrar que se trataba del escritor. “Lo conozco”. En posición neutral río por dentro. El joven también sonríe, quizás se está burlando de su patrono.

Esta anécdota me recuerda la película “Kill Bill”, el humor combinado en las escenas más duras. No entendía por qué Tarantino se entretuvo en imágenes, al parecer, sin relación narrativa. Me refiero a cuando Uma Thurman llega a Japón a buscar al experto Hattori Hanzo para que le haga una katana (espada para samuráis), un empleado joven se entromete y le dice al patrono que a una gringa jamás se le debe hacer una katana. Se da una riña entre ambos, Hanzo lo amenaza con golpearlo si se sigue entrometiendo, pues él ya está informado que la Thurman sin ser una samurái está dispuesta a acabar con un asesino. Esta escena produce risa sin saber por qué. Quizás porque se sobrevive en la vida gracias al buen humor en los momentos más dramáticos y trágicos.

Las calles de San Salvador

En recuerdo de mi primer libro favorito, “Las mil y una noches”, cada 15 días traigo a la imaginación al niño que leyó Ali Babá y los cuarenta ladrones, Aladino, Simbad, Sherezada… con esa vieja influencia recorro las calles del Centro Histórico de San Salvador. Trato de redescubrir las situaciones benignas de épocas pasadas en una ciudad tranquila. Recorrer ahora las calles de San Salvador permite, también, registrar algunos de sus rasgos históricos contemporáneos, como insumos de mi narrativa histórica que requiere de detectar lo real.

No hubiera podido, por ejemplo, escribir “Cuzcatlán, donde bate la mar del sur” de no tener contacto directo con campesinos salvadoreños refugiados en Costa Rica. Tampoco escribir “Un día en la vida” de no haber visitado en ese mismo hermano país a cinco mujeres humildes. Llegaron a denunciar el estado de sitio de la ciudad de Aguilares –escenas que se pueden ver en la película “Salvador” (sic) del australiano John Duigan–. La entrevista me dio el estímulo creativo.

Volviendo a “Las mil y una noches”, cuyo origen tiene casi 1,200 años, el califa Harún al-Rashid al recorrer las calles de Bagdad, o de Alepo (en las actuales Irak o Siria), se disfrazaba de mendigo y salía a para ver él mismo si se cumplían sus leyes, reparaba en directo los problemas urbanos para no dejarlos en la confianza de sus asesores, que a veces pueden ser de desconfiar. De esa manera el califa le daba respuesta correcta, como gobernante, a los problemas de su pueblo. En mi caso me disfrazo de ciudadano y dejo a un lado el escritorio burocrático para apropiarme de mi hábitat citadino del pasado.

Aunque ahora se pueden hacer recorridos en autos blindados y vidrios polarizados, no es lo mismo, aunque algo es algo. Para ver las desigualdades y los defectos citadinos a la velocidad del vehículo, pues no siempre el cerebro es tan veloz como el vehículo para detectar lo que pasa frente a nuestros ojos.

En ese trajín de mil y una noches me doy cuenta, por ejemplo, de la deshumanización de las pasarelas –tema abordado varias veces, no insistiré por ahora, que no es con mala intención, sino resultado de vacíos humanísticos de funcionarios que alguna vez justifican los atropellos y muertes por no subirse a las atentatorias llamadas pasarelas–. Si alguien muere atropellado es su culpa, por no subirse al horroroso armatoste; y lo peor: en mis consultas la mayoría admite que el funcionario tiene razón, “mueren por su culpa”. Parte sin novedad. Un asesinato más ¿y qué? No olvidar que el de arriba educa o deseduca al de abajo.

Les cuento algunas experiencias personales: intento cruzar una calle ancha y me prometo no correr, pues el semáforo me da vía verde. Una agente de tránsito dirige el paso con un silbato sin darse cuenta de que este escritor ha comenzado a caminar en verde. No le deseo a nadie quedarse esquivando conductores en sus vehículos a alta velocidad, que huyen de sus irrealidades.
Por supuesto que sobreviví, pero aproveché un espacio apropiado para dirigirme a la agente, explicándole que no solo los automovilistas tienen prisa, también el peatón –ignora mi interés por colectar insumos para mi futura novela–. La joven agente, azorada ante mi reclamo me dice: “Disculpe, que le vaya bien”. Ok, por lo menos, no hay que pelearse con la cocinera. Mi consuelo fue que por lo menos podía hacerla reflexionar.

Otra vez, en la avenida Washington, cuando iba a la mitad de calle se adelantó un auto y me quitó el paso. Esto ocurre cientos de veces, pero esta vez iba de malas pulgas y me quedé frente a frente con el conductor, y le hice una ligera seña para que retrocediera. Su mirada de crimen me hizo volver a la realidad. Ni modo, tuve que dar la vuelta por detrás del vehículo.
Una norma para los de pie: nunca pasen delante de un vehículo detenido ante el rojo del semáforo, pues el conductor está atento al verde, y si no sabes saltar, de seguro te va a arrastrar. Porque el peatón carece de libre paso, una anormalidad que se considera normal, pese a que pagamos un fondo de vialidad, impuesto que me da “derecho”, entre otras cosas, de caminar por la calle. Se agregan los vehículos en la acera: es el peatón quien debe bajarse y exponerse a la muerte.

Y si no, veamos los fallecidos por accidentes de tránsito en 2017 hubo 9,462 lesionados y 1,245 fallecidos.
En el primer cuatrimestre de 2018, enero a abril, llevamos 3,288 lesionados y 455 fallecidos. Si hacemos una proyección elemental (o al tanteo, como se dice popularmente) significa que en 2018 tendríamos 9,462 lesionados y 1,465 fallecidos. Horror. Más muertos y discapacitados de por vida. Si hubiese hijos o familia, ¿quién responde por ellos? Se podría decir que el causante directo, la víctima.

Dada la situación económica de la gran mayoría de salvadoreños, una vida puede costar entre $500 a $2,000, si se tiene suerte. Aunque también el Estado debe proteger la vida de sus habitantes o prevenir el riesgo de perderla.

Una propuesta: hacer un llamado a quienes tienen iniciativa de ley. Hay leyes y reglamentos que podrían evitar la tragedia nacional que estamos viviendo. ¿Qué les parece si se elevan las multas y se cobran sin distinguir influencia (recordar a motoristas de buses que llegaron a tener hasta $8,000 de multa)? Y así podemos evitar la incultura de la impunidad.
La clave, en fin, es hacer cumplir la ley. O será el Estado que responderá por esa carga. ¿Y los verdaderos responsables? Esa sería misión de la Sala de lo Constitucional que por ahora dictamina sobre violaciones constitucionales relacionadas con el tema político. Ya vendrá el tiempo de velar por los derechos violentados del ciudadano común, también establecidos en la Constitución.

Abriendo paso a la memoria

Hace unos dos años prometí escribir 10 novelas (llevaba siete) para después retornar a la poesía, género que me abrió al corpus literario de El Salvador a los 19 años. Ya cumplí con las 10 novelas, cinco de ellas traducidas a más de dos idiomas. De las 10, tres son inéditas, una de estas honrada por la Guggenheim Foundation de Nueva York.

Amigos escritores, incluyendo Roque Dalton (ver su poema “Postal a Manlio”, “Poesía completa de Roque Dalton”, DPI), me señalaron mi lentitud en escribir; algo que en nuestro medio repercute en inexistencia (algunos se sorprenden de ver a un escritor vivo, pues para ser “escritor” se debe estar muerto). Todo ha sido por mis ausencias de años en los que presenté mis libros (la India, Inglaterra, Suecia, Holanda, Alemania, Estados Unidos, etc.).

Confieso que soy escritor de fines de semana, fiestas de guardar y natalicios familiares, además sacrifico socializar con amigos. Porque la mayor parte de días los dedico a promover el libro, la lectura o custodiar el patrimonio bibliográfico nacional. Implica romper con las cuatro paredes de la oficina, la silla y el escritorio para llevar la biblioteca a la calle y a las comunidades y ver si se contribuye a la reconstrucción social. Mi frase guía para 2018: “Como la montaña no puede venir a ti, tienes que ir a la montaña”.

Pienso que promover el libro y la lectura me será más fácil si me dedico a escribir poesía (dedicaciones de joven adolescente fue la poesía y la matemática, de esta última ya me olvidé). No quiero decir que escribir poemas sea fácil; quizás fácil por exigencias del reloj, pues he dicho muchas veces que escribir poesía es más complejo que escribir novela; esta es más oficio, más profesión; mientras la poesía es vida interior para reconstruirse uno mismo.

La novela exige concentración para mantener el hilo de un libro que, por lo general, puede sobrepasar las 200 páginas, eso la hace difícil para un escritor a quinto tiempo o de quinto mundo. La satisfacción es que cada novela podría equivaler a una tesis doctoral, si tiene mérito para traducirse a varios idiomas. Pero un poemario gradúa en espiritualidad, no exige tesis. Poco importa si el poema es social, amoroso o procaz (como digo de poetas nacidos antes de Cristo: Catulo y Marcial). Lo espiritual no quita lo sensual; toda vez se logre un estado de elevación para no extraviar el poema.

Retiro lo dicho de volver a la poesía al alcanzar 10 novelas. ¿Entonces qué escribiré? Lo mismo que estoy haciendo en estos precisos instantes: trabajar lo que cargo en mi memoria. Sí, memoria y biografía son géneros literarios, de modo que no dejaré la literatura, solo trato de ganar espacios para ir a la montaña. “Hay tiempo para todo” (Eclesiastés).

En 2017, tuve otra frase guía de Alberto Masferrer, escrita hace más de 100 años en “La cultura por medio del libro” (1915), “leer para no ser manipulados”, palabras que parecen radicales si no fuera porque la lectura da lucidez para saber quién miente y quién dice la verdad. El espíritu crítico. Más ahora con la tecnología y las “fakes news” –noticias falsas– con las cuales el más inteligente cae en la trampa.

Todas estas notas me parecen un buen pórtico para escribir momentos privilegiados de mi vida. El mejor ejemplo: recibí mis primeras guías religiosas con un personaje que ya pertenece al mundo y a la eternidad: el padre Óscar Romero; como “padre” lo conocí de niño. Así lo recuerdo en la catedral de San Miguel, cuando un niño perseguía las procesiones desde los ocho años (mi madre decía que yo era niño libre desde los siete años). Al llegar al atrio de la catedral escuchaba sus homilías. Una semana completa con homilías dedicadas a la Virgen de la Paz (cuarta semana de septiembre). Los domingos asistía a sus misas, no importaba que fueran en latín, y al terminar iba a ver dos películas en dos cines diferentes (el Teatro Nacional). Al leer “The end” salía corriendo para llegar a tiempo a la que se exhibía en el Cine Principal.

Aunque mi madre nunca iba a misa, su religiosidad se enriquecía al enviarme a misa y darme 10 centavos para que después pudiera ir a las dos sesiones de películas. En el Nacional, “Los tres chiflados” o de “cowboys”; y en el Principal, dibujos animados.

¡Claro!, ese niño no imaginaba que estaba departiendo con un santo futuro, pues solo era el “padre Romero”. Algo más: en mi adultez he hecho amistad con el hermano del santo: don Gaspar Romero. Mis disculpas porque ha ido a visitarme y no me ha encontrado. Todo por eso de “ir a la montaña”, o “sacar la biblioteca a la calle”. ¿Privilegio o bendición? Depende de ser religioso practicante o creer para conocerse a uno mismo, como el caso de mi madre y yo.

Espero que mis nietos –bastante chicos (ninguno pasa de los 12 años)– puedan decir que su abuelo departió su inocencia con un personaje que pertenece a la eternidad. “No por ser héroe sino por haber dado su vida por los pobres de El Salvador” (cardenal Vicenzo Paglia, postulante del nuevo santo). Sí; hay una gran diferencia conceptual, pues no siempre la palabra del héroe responde a la convicción de dar su vida por lo que cree. Hay héroes y héroes.
El género memorias pienso trabajarlo en dos fases; la primera abriría con estas líneas.

Una segunda exigirá una reflexión total de vida, incluyendo aspectos que quizás no sean de interés público, sino de catarsis personal. Además, debo reflexionar si las memorias valen por lo que ha vivido una persona o por su significado en el entorno social o por su valor literario. Ya hice memorias en un primer intento con “Siglo de o(g)ro”, y “Los poetas del mal”. Pero estos dos libros fueron más ficciones, las escribí para hacer aceptable una realidad que no siempre es bella para nadie.

¿Por qué y para qué la poesía?

El 14 de mayo se celebra el Día Nacional de la Poesía y conmemora el natalicio del poeta Roque Dalton, por decreto legislativo. Ante esta celebración, he reflexionado sobre la poesía. Por qué se le rehúye y no se lee. ¿Por qué las editoriales no quieren publicarla, y se da un círculo más pernicioso que vicioso: no se publica porque no se lee; no se lee porque no se publica.

Además, es el día de toda la poesía salvadoreña y no de los poetas. Ojo, no hay asueto, pues se celebra una abstracción. Aunque si reflexionamos sobre poetas, debemos recordar a Claudia Lars, Vicente Rosales, Oswaldo Escobar Velado, Claribel Alegría, Hugo Lindo y otros que se nos adelantaron.

A propósito del día 14 de mayo, mi último libro publicado se titula “Los poetas del mal”, como se agotó la edición lo considero inédito, y para colmo me quedé sin mi ejemplar (así como conservo algunas traducciones, pero otras las he extraviado). Y para más pena, un crítico de Norteamérica dice que conoce toda mi novela y cree que este es el mejor libro que he escrito. Me llega. Aunque tengo tres novelas sin publicar y pienso que alguna de ellas puede competir con las otras siete novelas ya editadas.

Escribo lo anterior porque tanto sociólogos, politólogos y antropólogos pueden dar una respuesta sobre este problemas humanístico, las preguntas del título de este trabajo. Para comenzar cito a un gran escritor de Argentina, (pese a no dejar ningún libro de poesía). “Yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron el mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena”, Robert Arlt (1900-1942).

De la antigüedad, solo cito algunos poetas que vivieron antes de la era cristiana, estoy seguro de que todas las generaciones de jóvenes los conocen por estar en los programas educativos. El caso de Homero (siglo VIII antes de Cristo); Hesíodo, casi de la misma fecha; Esopo, Esquilo, Píndaro y Sófocles, Virgilio y Horacio, todos vivieron antes de la era cristiana. Se leen por obligación cultural: Homero sobrevive porque contribuyó a plasmar la historia, pedagogía y cultura de la época, a lo que hemos dado continuidad. Siguen vigentes porque no cabe duda que forman parte del desarrollo educativo occidental.

Luego vinieron dos poetas de principios de nuestra era, el poeta latino Catulo y el poeta hispano Marcial (40 antes de C.; 104 después de C.), este último menos lascivo, procaz y más satírico contra los emperadores. Son así los más fuertes “poetas sociales” de todos los tiempos, incluso hay poemas que por sus imprecaciones e inventivas no me atrevo a transcribir; atacan con burla, mordacidad y lascivia al sector gobernante.

Ante ellos, el marqués de Sade, Henry Miller y el poeta contemporáneo Bukowski son unos angelitos. Algunos poemas de Catulo estuvieron censurados hasta el siglo XX. Además de burlarse del poderío imperial y de la política corrupta, los comentaristas de la época al analizar a Catulo decían que “el poeta puede ser una persona respetable, pero no así sus poemas”.

El poeta maldito, contemporáneo, y estudiado en el mundo Charles Baudelaire decía: “Un buen poeta debe ser una mala persona”. En fin, pese a ser poetas que causaron escozor a la sociedad, sus poemas se proyectaron desde lejanos siglos hasta el renacimiento y al romanticismo, clave para el desarrollo humanístico, para una disciplina de valores que forman la sensibilidad y condición humana que permite reformas culturales y educativas hasta el momento. Y una paradoja: los emperadores y sus favoritas se recuerdan porque los poetas los mencionan. Su poesía sobrevive los siglos y por eso se les califica como clásicos.

Puntualizo en el contexto centroamericano con mi novela “Los poetas del mal”, el personaje Henri Michó pregunta a Pablo Vallejo si los poemas necesitan un hábitat parecido al infierno patrio. Ratifica: “Amamos nuestro infierno”. Y con este argumento se niegan a emigrar. Y luego proclaman contenidos que recuerdan la “Carta a los patriotas” de Salarrué. O la narrativa de Robert Arlt. Dice Pablo Asturias: “Mi patria es el paisaje producido por la basura, las casas de hojalata y cartón o de papel periódico, los ríos contaminados con heces fecales, o con metales venenosos de la industria tercermundista”. Aun así, reafirma, “el deber indica quedarse entre las llamas para contribuir a apagarlas, aunque sea con un buchito de agua”. Para el personaje Michó, los poetas centroamericanos dictan su inmolación desde que adquieren certificado de nacimiento. Octavio Vallejo se siente obligado a prevenir, acepta la vida amando a Góngora y a Quevedo para perder temor a la muerte. “… el único camino es imponer nuestra cordura y huir de la agonía que se nos receta”.

Henry Michó prefiere destruirse a ser destruido, quiere morir inédito como Kafka, y ama a los poetas suicidas: a Mayakovski, Esenin, Silvia Patz, la Storni, Chema Arguedas, Horacio Quiroga, Asunción Silva, Primo Levi, Jonathan Swift.

La grandeza de Kafka, dice Pablo Asturias, es que hizo literatura al margen de sus miedos, pero exigió la quema de su obra nunca publicada. Michó: “Max Brod su gran amigo a quien le hizo la recomendación, no cumplió la promesa y de esa manera Kafka escribe los libros y Brod inventa el kafkianismo”.

Para Octavio Vallejo el poeta es un fantasma histérico de la sociedad; Michó le replica: “Quisiste decir fantasma histórico”. Vallejo: “Es igual, el histerismo es el signo dominante de la historia”.

Pero hablemos también de nuestros antepasados americanos originarios: si hay un Día de la Poesía pensemos en Nezahualcóyotl (1402-1442), antes de que llegaran los españoles a América. Para qué y por qué escribieron. Por qué seguimos leyéndolos y escribiendo sobre ellos.

Bueno, poetas, hay tanto para reflexionar este 14 de mayo.

P. D.: En anterior columna dije que la tecnología ni el libro son innovación. Claro que nos dan oportunidad de crear conocimiento y aprendizajes, pero como herramientas para generar capacidades. No sirven de nada si solo son objetos decorativos