La vida es más dura después de la sequía

La vida es más dura después de la sequía

Estas mismas tres manzanas de tierra dieron 90 quintales de maíz hace solo un año. En 2017, el invierno fue parejo desde mayo y las mazorcas recibieron el suficiente alimento para crecer. Una promesa cumplida para el duro trabajo bajo el sol de San Ildefonso, el mismo municipio vicentino en el que se emplaza la presa hidroeléctrica 15 de Septiembre, una de las más importantes del país.
El cuadro presente es muy distinto. Douglas Anaya camina en medio de un moritorio. La sequía que afectó a buena parte del país entre mayo y julio malogró su milpa. Aquel verde que hoy debiera llenar los ojos es un tono cobrizo que recuerda al desierto.
—Aquí todo es pérdida. No hay nada –dice mientras toma con la mano las mazorcas marrones que todavía cuelgan de las matas moribundas. Les quita la hoja y muestra lo que hay dentro: en toda la mazorca solo hay cinco granos buenos. Los demás están carbonizados. — Dígame usted, ¿esto para qué puede servir?

De las tres manzanas que se malograron, Douglas decidió chapodar la mitad para volver a sembrar en el mismo terreno. La otra parte la ha dejado a su suerte, esperando que se convierta en el pasto suficiente para que sus vacas se alimenten en verano.

Si no fuera por estos animales, Douglas viviría un momento de mayor desesperación. Al menos estas le proveen de leche en el corral cercano a este terreno. Lo suficiente para comerciar en el pueblo e irla, como se dice, pasando.

—Esta es una calamidad. Nunca habíamos perdido así como hoy, porque yo tengo añísimos de sembrar, más de 50, y no había visto algo parecido –dice Raúl Aguilar, el padre de Douglas y dueño de un terreno ubicado unos cuantos metros hacia el sur, mientras camina con su bien educado perro al lado. —Nunca habíamos perdido igual como hoy. Pero, ¿a quién le reclamamos, a quien le echamos la culpa? –comenta, con el mismo gesto entre dicharachero y tranquilo que marca cada una de sus frases.

Mira a cada mata de su milpa como si de una persona se tratara, la diferencia por su altura, por su color, por el número de mazorcas muertas e inservibles que le cuelgan y la hacen jorobarse. Su duelo es silencioso, pero la tragedia lo ha marcado, incluso más que el binomio 2014-2015, cuando hubo periodos consecutivos de sequía.

 

 

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LA DE DOUGLAS Y RAÚL no es una situación excepcional. En este terreno común hay unas 15 manzanas de tierra cultivable. Ninguna quedó en pie después de la “seca”.

Y en todo San Ildefonso, el problema ha sido generalizado. Eso se puede comprobar dando una ronda en la panadería frente al parque en la que cada tarde se reúnen los hombres del pueblo, la mayor parte de ellos agricultores de subsistencia. Aquí y allá se repiten las historias de terror, como si una sola y enorme garganta las contara. Como si la experiencia le hubiera pasado a una sola persona, no a decenas.

Que el problema ha sido generalizado también se puede comprobar en las estimaciones del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), que calcula la pérdida en el municipio en torno al 95 %.

Que la sequía impactara con especial fuerza a San Ildefonso, sin embargo, era un resultado esperable. En su informe de 2012, el Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural lo colocó entre los 10 municipios con mayor Índice de Vulnerabilidad Socioeconómica (IVS) en el país. Es decir, como uno donde un evento climático extremo (como una sequía) ha de provocar que más hogares caigan por debajo de la línea de pobreza en un mayor intervalo. Esto se calcula con base en tres factores: la exposición al riesgo, la sensibilidad a este y la capacidad para adaptarse.

San Ildefonso es un municipio con muchas necesidades. Su escolaridad promedio es de 3.8 años, la mayor parte de sus habitantes se dedica a las labores del campo y el 15 % de su población no tiene acceso a agua potable (ANDA ni siquiera tiene presencia). El agua es un tema especialmente delicado en San Ildefonso. Su suelo es mayormente rocoso y el líquido de sus profundidades es escaso y salobre, no apto para el consumo humano.

Pero San Ildefonso tampoco es excepcional en la zona: nueve de los 10 municipios más vulnerables del país están en las cercanías, en el departamento de San Vicente.
El color de la esperanza es el verde, ha de pensar Douglas Anaya cuando deja el cobrizo terreno que servirá para que pasten sus vacas en verano y se dirige a la manzana y media que logró resembrar. La mira con fruición, como quien prueba la más dulce de las frutas. Pero las matas todavía no dan mazorcas. No es posible aún celebrar el triunfo.

La pérdida. Tomás Soriano observa la milpa devastada de uno de los habitantes de la comunidad Las Piletas, en Apastepeque. El líder comunal pide ayuda de instituciones públicas o privadas.

“Vamos a asistirlos para la resiembra de maíz que ha golpeado la zona oriental y paracentral; solo estamos esperando a que la lluvia vuelva a refrescar la tierra para volver a hacer que la siembra sea importante para mantener nuestro ciclo de producción anual”, aseguró el vicepresidente de la república y secretario técnico y de Planificación de la Presidencia, Óscar Ortiz, a principios de agosto.

Sin embargo, ninguno de las decenas de consultados en San Ildefonso había recibido ningún tipo de ayuda para hacer su resiembra de maíz. Habían escuchado, dijeron, que se repartieron semillas de frijoles en San Vicente. Gente como Douglas Anaya ha logrado hacerlo a base de esfuerzo personal, de rebuscarse por el dinero que le permitiera volver a empezar.

—Aquí, por lo pedregoso, los frijoles no se pegan, quizá por eso no han venido –comenta Douglas para darse una explicación del abandono estatal a los agricultores de San Ildefonso. A Douglas, sin embargo, se le puede considerar un afortunado.

Que la sequía impactara con especial fuerza a San Ildefonso, sin embargo, era un resultado esperable. En su informe de 2012, el Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural lo colocó entre los 10 municipios con mayor Índice de Vulnerabilidad Socioeconómica (IVS) en el país. Es decir, como uno donde un evento climático extremo (como una sequía) ha de provocar que más hogares caigan por debajo de la línea de pobreza en un mayor intervalo. Esto se calcula con base en tres factores: la exposición al riesgo, la sensibilidad a este y la capacidad para adaptarse.

A diferencia de él, otros no han podido resembrar maíz y se han conformado con el maicillo, un poco más barato aunque más vulnerable al pulgón y no tan redituable.

A otros les ha ido peor, como a Santos Arsenio Durán, quien decidió no hacer más labores en la tierra. Como él, muchos optaron por picar la milpa para vendérsela a ganaderos como alimento para animales, a un precio de $50 por manzana. También hay pérdida si se toma en cuenta que la inversión promedio para sembrar una extensión como esta es de $300.

Pero ni siquiera aquellos que lograron resembrar tienen asegurado el recuperar su inversión, como Gerson Flores, quien ha notado que su tunalmil, la milpa que se siembra tarde en la temporada, está dando pocos frutos en la media manzana que ya trabajó dos veces. Calcula que podrá sacar de allí unas 6 bolsas, que podrá vender, quizá, a $180, mucho menos que el dinero invertido.

—Un mes no llovió nada. La milpa así en seco la abonamos con la fe de que de un rato a otro llovía. Ya cuando vino a llover ya se había perdido –comenta Douglas, mirando su sembradío antes de emprender el regreso a casa. —La lluvia fue como la ayuda del gobierno aquí en San Ildefonso: escasa.

Es a campesinos como Douglas a quienes les afecta más la divergencia en los cálculos. Mientras la Cámara de Medianos y Pequeños Productores Agropecuarios (CAMPO) estipuló la pérdida total debido a la sequía en 120,000 manzanas a escala nacional, el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) colocó esta misma cifra en 38,000. Y ha actuado en consecuencia a esa estimación, dejando en el olvido a cientos de agricultores de subsistencia.

 

 

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TOMÁS SORIANO, el presidente de la ADESCO de Las Piletas, en Apastepeque, está orgulloso de los proyectos que ha podido capitanear en su caserío desde que llegó al puesto, hace tres años: la colocación de letrinas en cada hogar; la implementación de hornillas ahorradoras de leña; la donación de ropa para familias que viven en la extrema pobreza. También de la relación directa con el alcalde de su municipio, Galileo Hernández, a quien le hablará varias veces durante la tarde.

Ahora, sin embargo, Tomás ocupa el tiempo que toma llegar hasta su comunidad en hacer cálculos. Piensa en cuánto le cuesta a cualquier campesino sembrar una manzana de terreno, que, si el invierno es bueno, puede dar más de 5,000 libras de maíz.

Tres sacos de abono, a un costo de $165. Luego, tres bolsas de sulfato, por $90. Una bolsa de semillas de maíz de 46 libras, a $50. En solo esto, la inversión necesaria es de $305. Y es mayor para aquel que no posee tierras y debe alquilarlas. Muchas veces, el pago es una anega de maíz, es decir, 400 libras. Y todo se complica cuando para sembrar es necesario hacer un préstamo o sacar un crédito con una institución bancaria. Ese es el caso del propio Tomás.

—Y ya con todo eso, ¿de cuánto es la ganancia que les queda?

—Pues aquí quien siembra no va pensando en que pueda ganar dinero con eso, sino en sacar el maíz para las tortillas para el resto del invierno y para el verano –responde Tomás, tocando el ala de su pulcro sombrero blanco.

—Entonces, ¿no hay más ganancia que aquello que se saca para comer?

—Para gente como nosotros, tener algo para comer es suficiente ganancia.

Para un campesino, explica, vender casi nunca significa un buen negocio. Si el clima ha sido propicio, la producción es abundante y, por lo tanto, el precio es bajo. Cuando hay escasez, lo que se puede ganar por quintal se multiplica, pero no hay mucho maíz que vender.

—Es bien fregado. Ahora que ha habido seca mucha gente se ha quedado sin maíz y ha tenido que ir a comprarle aunque sea un medio a los comerciantes de aquí cerca, que se los dan a $5 –dice Tomás al arribar a su hogar, una casa de lámina de 15 metros cuadrados, con piso de tierra, una de las primeras de este caserío. —Lo fregado es que ese mismo maíz que compran es, quizá, el que ellos mismos le vendieron en enero, aunque ellos se lo dieron a $1.50.

Más tarde, Mauricio, uno de los intermediarios de la zona, aceptará que esta situación sucede con regularidad entre comerciantes como él y los agricultores de la localidad. Sin embargo, se atendrá a los conceptos de oferta y demanda para justificar este relato del absurdo, uno que juega con el hambre de cientos. Apastepeque, como San Ildefonso, está entre los 10 primeros municipios con mayor Índice de Vulnerabilidad Socioeconómica en todo el país.

Como líder comunitario, Tomás no tarda mucho tiempo en convocar a media docena de agricultores, quienes, como él, lo perdieron todo en la más reciente sequía. Y quienes no han podido resembrar por falta de apoyo. Algo que el propio Tomás no comprende del todo: en agosto, la Alcaldía de Apastepeque hizo un censo para conocer cuántos campesinos habían sido afectados en la totalidad de sus plantaciones.

Supo, también, que Protección Civil decretó alerta roja por la sequía en este municipio. Pero, hasta el sol de hoy, ninguno en la comunidad Las Piletas ha recibido un paquete completo para volver a comenzar. Lo único que les llegó, dicen los agricultores, fue un quintal de fertilizante, que consiguieron tras cientos de ruegos de su líder comunal. Este fue usado para los pequeños frijolares que todavía subsisten.

Eso, por lo tanto, contraviene al protocolo recomendado para medidas de alerta naranja y roja, donde se dice que los productores, especialmente aquellos que se dedican al maíz, recibirán semillas e insumos para paliar las pérdidas. También se habla de aspectos económicos, en los que deben colaborar el MAG con el Ministerio de Hacienda y el de Gobernación, además de entidades financieras. Esto, sobre todo, se aplica para aquellas deudas adquiridas por los campesinos para sembrar y que, lógicamente, no podrán ser honradas en este periodo de sequía.

A los seis hombres reunidos en la casa de Tomás Soriano la falta de lluvia les quitó todo, hasta la esperanza de darles a sus hijos algo de comer que no fueran tortillas y huevos. O tortillas con algo más. Lo que Rutilio Grande acertó en llamar el “con qué”.

—Fíjese que nosotros siempre tenemos la fe en que nos irá bien con los cultivos, y que en Navidad vamos a poder disfrutar de un pollo entero para comerlo con la familia –dice Tomás con una voz quebradiza y tímida que contrasta con su estampa de campesino recio. —Si queremos comer carne, cada 15 días o cada mes logramos conseguir unos menudos de pollo. Ese es todo el lujo al que podemos aspirar –añade.

Tanto el líder comunitario como Efraín Ayala, uno de los agricultores de esta comunidad, adquirieron préstamos que ascendían a $500 para poder sembrar en esta temporada. El primero lo hizo con el estatal Banco de Fomento Agropecuario. El segundo, con ASEI, una institución financiera privada que recibe cooperación del también público Banco de Desarrollo de El Salvador (BANDESAL).

Supo, también, que Protección Civil decretó alerta roja por la sequía en este municipio. Pero, hasta el sol de hoy, ninguno en la comunidad Las Pilas ha recibido un paquete completo para volver a comenzar. Lo único que les llegó, dicen los agricultores, fue un quintal de fertilizante, que consiguieron tras cientos de ruegos de su líder comunal. Este fue usado para los pequeños frijolares que todavía subsisten.

A pesar de que lo perdieron todo, ambos deben honrar sus deudas. Eso se lo han hecho saber los cobradores, que han visitado sus casas cada semana.

—Ellos los que nos han dicho es que no tienen la culpa de lo que pasa con el clima. Yo he visto a gente como yo que, aunque quiera, no puede pagar lo que le piden. Por eso dicen ‘si quiere, lléveme, hagan lo que quieran conmigo, pero yo no tengo otra forma de pagarle’ –comenta Efraín Ayala, de 31 años, cabello escaso, camisa rota, mientras se apoya en una de las columnas de la casa de su líder comunal. —Lo que estoy viendo es que para el otro año ya no me van a dar otro crédito. Y hoy, ¿cómo voy a hacer para sembrar, qué voy a comer?

Al menos para los deudores del BFA, como en el caso del líder comunitario Tomás Soriano, existe una cobertura de daños llamada Programa de Garantía (Prograra), que funciona con fondos de BANDESAL.

En la práctica, la deuda se traslada al largo plazo, y es esta última institución la que se queda como acreedora. Tomás nunca ha oído hablar de eso. Sí, dice, han llegado a inspeccionar su hoy muerta cosecha, pero no ha habido ni una palabra que le ayude a aligerar su carga: Debe pagar o pagar.

A pocos metros está uno de los sembradíos donde es posible ver el impacto de la sequía, como en San Ildefonso: cientos de matas de color cobrizo que han parido mazorcas con cinco o seis granos.

Tomás Soriano camina en medio del sembradío. Y mientras lo hace, es difícil no pensar que ha de ser toda una odisea sembrar aquí. Grandes rocas dejan muy poco espacio a la tierra muelle. Tomás se detiene a ver el desastre, pero, como si no lo tolerara por mucho tiempo, rápidamente levanta los ojos.

Mira al horizonte, allá donde la vista encuentran montes verdes, azules, violetas. Lo reconforta saber que ha vuelto a llover.

—¿Usted confía en que el otro invierno será mejor?

—Uno ya no sabe qué pensar. Me acuerdo que antes de que comenzara el invierno dijeron que iba a ser mejor que el del año pasado, que fue parejito. Y mire lo que pasó –dice Tomás, la mano dormida sobre una mazorca muerta.

—¿Qué pasa si el otro año pasa algo igual?

—Entonces sí vamos a pasar hambre. Hasta las tortillas van a ser un lujo. Dios quiera que eso no llegue a pasar –dice Tomás, con la voz a punto de quebrarse.

Y para el otro año, el panorama no es esperanzador. Hay un 80 % de probabilidades de que el fenómeno de El Niño aparezca a inicios de 2019. Su influencia puede retrasar el inicio de la estación lluviosa y, por lo tanto, desatar una nueva sequía.

 

 

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“EL GOBIERNO NO ha sabido cómo responder a esta nueva crisis, que es parecida a la que ya vivimos en 2014-2015. La ayuda ha sido insuficiente y ha llegado tarde, pues el tiempo para sembrar ya pasó. Miles de campesinos están en riesgo de pasar hambre”, dice Luis Treminio, presidente de la Cámara de Medianos y Pequeños Productores Agropecuarios (CAMPO).

Acá, en el calor de Sal Ildefonso, el carro se barre en el camino de barro que conduce a los sembradíos de Douglas Anaya, a media hora del casco urbano de este municipio vicentino. Se barre y parece querer ceder a lo irregular del suelo.

—¿Y a quién culpamos con la seca, va? –dice Raúl, el padre de Douglas, mientras ríe para hacer tiempo, distraerse y aligerar los golpes del camino. Una nueva piedra parece golpear la carrocería.

—No sé, quizás a Dios –le responden a manera de broma.

—Mire, hay algo que yo no entiendo y que he oído mentar en el diario, eso del cambio climático. ¿Qué es? ¿Cómo nos afecta a nosotros?

Mientras, para sobrevivir, campesinos como Santos, Gerson, Tomás tratarán de ocuparse en lo que caiga: de jornaleros, laborando en la tierra ajena, cortando leña, para obtener, quizá, unos $70 al final del mes. A pesar de que se ganan unos $10 por jornada, no es posible trabajar todos los días en un espacio donde la demanda de trabajo supera por mucho a la oferta. A ellos no les queda más que la certidumbre que este año no podrán tener sus propios cultivos.

Quien conversa con él trata de explicarle este complejo concepto, que Naciones Unidas describe como una serie de factores diferentes, que van desde un conjunto de pautas meteorológicas cambiantes, que amenazan la producción de alimentos, hasta el aumento del nivel del mar, que incrementa el riesgo de inundaciones de grandes proporciones. Para efectos prácticos y para el verdadero interés de Raúl, un fenómeno que provoca que llueva donde no tiene que hacerlo y que el agua escasee donde más se necesita.

“Si todo el panorama se mantiene como tal, se espera que la pérdida (por la sequía) esperada de $2.7 millones se reduzca a $1 millón”, dijo el ministro Orestes Ortez, en una especie de anuncio reconfortador, a inicios de esta semana.

Mientras, para sobrevivir, campesinos como Santos, Gerson, Tomás tratarán de ocuparse en lo que caiga: de jornaleros, laborando en la tierra ajena, cortando leña, para obtener, quizá, unos $70 al final del mes. A pesar de que se ganan unos $10 por jornada, no es posible trabajar todos los días en un espacio donde la demanda de trabajo supera por mucho a la oferta. A ellos no les queda más que la certidumbre que este año no podrán tener sus propios cultivos.

—Yo creí que eso del cambio climático era algo que provocaba el gobierno, fíjese –dice Raúl, mientras el carro vuelve a barrerse y se ríe ante la ocurrencia. —Pero quizá es cosa de uno, ¿verdad? ¿Y que se puede hacer para que eso no se siga saliendo de control? –pregunta, y quien habla con él no sabe qué responderle. —Si eso sigue así, el otro invierno tampoco tendremos agua. No tendremos maíz para comer.

Raúl lanza una mirada última para despedirse este día de sus sembradíos. Piensa en lo que pudo ser. En que si el cielo hubiera cooperado la vida sería, para él y sus paisanos, un poco menos dura.

Impacto. En primer plano, una mazorca perdida es un símbolo de lo ocurrido en estas tierras. Al fondo, Douglas Anaya revisa otra vez las matas, con la esperanza de ver algo para rescatar.

“Si no paramos, en unos años no habrá nada que proteger”

Andrés Pinto, colono de la finca Tonina, de Tepecoyo, camina al pie de los verdes bambúes que flanquean la entrada de la propiedad. Tiene 61 años y la mayor parte de ellos los ha ocupado para el cultivo de la tierra. Cuando avanza, lo hace casi sin mover las manos, como tratando de no gastar energía en actividades que no lo merecen.

Cuando no es el tiempo del café, siembra maíz y frijol en una parcela que está en el otro extremo de la finca. Y lo hace como lo ha venido haciendo desde hace décadas, ocupando abonos, foliares y herbicidas químicos, el método de trabajo más rápido, aunque no el más seguro para el ambiente, algo que se vuelve especialmente importante en estas tierras, que forman parte del área de conservación Los Cóbanos. Este engloba el espacio marino en el que está uno de los arrecifes de coral más importantes del continente, ubicado en Acajutla, Sonsonate. También el territorio de otros seis municipios en el occidente del país, en los que hay otros tipos de ecosistemas.

Todo forma parte de una cadena. En las montañas de Tepecoyo, por ejemplo, nacen los afluentes que van a dar a los ríos que luego desembocan en el bosque salado de la costa, que incide directamente sobre el ecosistema de Los Cóbanos, un espacio que fue declarado área natural protegida hasta febrero de 2008. Si los afluentes llevan sedimentos de herbicidas u otro tipo de elementos que puedan afectar el equilibrio en la parte baja, eso es un peligro para aquello que se pretende conservar.

Andrés Pinto asegura que han recibido capacitaciones por parte del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), pero se queja de que se trata de períodos muy cortos. Dice que les mostraron, “a la carrera”, cómo hacer abonos orgánicos. Para él no fue suficiente.

“Es que no es lo mismo que a uno rapidito le digan así se hace, en una pizarra, a que vengan a donde uno trabaja y le enseñen a elaborar las cosas haciéndolas”, comenta, al subir una pronunciada pendiente hacia la milpa trabajada por Carlos Artiga, el mandador de la finca Tonina.

A diferencia de Pinto, Artiga ha sembrado esta manzana usando solo abonos orgánicos. Pero no lo ha hecho con un objetivo ambientalista: hacerlo de esa forma le sale más barato, aunque tenga que esperar un poco más de tiempo por los resultados.

El mandador recita los nombres de los árboles que él conoce dentro del sitio, pero se queja de que el MARN solo le haya dado una hoja con una multiplicidad de nombres científicos y comunes que, sin embargo, él no domina. Le da miedo que haya especies en peligro de extinción que no haya podido identificar. Aquí esos árboles son intocables. Talarlos les puede significar una multa. Eso si las autoridades se enteran de ello, lo que no es tan fácil.

Hace un cálculo al aire: el quintal de abono orgánico se prepara a base de gallinaza (heces de pollo), basura podrida y algunos elementos que ayuden a crear microorganismos, como la melaza. En cada quintal invierte $2, dice. Si decidiera hacerla con productos químicos, el costo subiría hasta los $12. Colaborar con el ambiente a veces puede ser rentable, concluye Artiga.

Lo mismo están haciendo con el café, un cultivo que requiere, sin embargo, mucho más tiempo. Un frijolar o una milpa de maíz tienen un ciclo de 72 días desde que se siembra hasta que se arranca. El arbusto que da el fruto de la bebida más popular del mundo requiere hasta un año con productos químicos, que empiezan a trabajar al instante. Hacerlo con orgánicos dobla el período de espera. Pero, de la misma forma, vale la pena.

“Viera qué bonito sale el fruto, más pesado y más dulce. Como que la tierra agradece que se le trate así, con más mimos”, comenta Andrés Pinto, el colono que, sin embargo, en cultivos propios ha preferido seguir laborando como lo hacía antes.

Carlos Artiga, el mandador, sigue trabajando en su milpa. Arranca las hierbas con su machete mientras conversa. El ambiente se ha comenzado a calentar. Muy cerca viene una tormenta, que empieza a notarse con un silbido entre las ramas de los árboles, de los que aquí hay una envidiable colección de especies amenazadas o en peligro de extinción. Conacastes, laureles, robles, cedros y el famoso bálsamo habitan la finca, como viejos amigos venidos de un tiempo muy lejano.

El mandador recita los nombres de los árboles que él conoce dentro del sitio, pero se queja de que el MARN solo le haya dado una hoja con una multiplicidad de nombres científicos y comunes que, sin embargo, él no domina. Le da miedo que haya especies en peligro de extinción que no haya podido identificar. Aquí esos árboles son intocables. Talarlos les puede significar una multa. Eso si las autoridades se enteran de ello, lo que no es tan fácil.

Tepecoyo vive un problema de inseguridad debido a las pandillas que han llegado a instalarse en los cantones de la parte alta. Decenas de familias han sido desplazadas de sus antiguos hogares. Por eso no es una zona que cualquiera pueda visitar de forma constante, sobre todo para un tema como la conservación del medio ambiente.

Manuel Valiente es el encargado de la Unidad de Recursos Naturales de la Alcaldía Municipal de Tepecoyo desde marzo de este año. Es el único empleado de ese departamento. Incluso debe colaborar con la Unidad de Adquisiciones y Contrataciones (UACI) debido a la escasez de personal.

A él le corresponde velar porque las fincas y cooperativas de la zona cumplan con lo requerido al formar parte de un área de conservación. En la práctica, funciona como una especie de guardarrecursos, pues es el enlace del MARN en Tepecoyo. \

Patrulla a bordo de su moto de enduro. Pero debido a la inseguridad, no lo hace tan a menudo. Sin embargo, ha podido obtener algunos resultados. Hace solo un par de semanas, él y un escuadrón de la División de Medio Ambiente de la PNC sorprendieron a un grupo de personas miembros de la Cooperativa El Shahuite haciendo tala rasa (eliminación de toda la vegetación en un terreno) para acondicionar allí sembradíos de maíz y frijol, una práctica prohibida. Esto favorece la erosión de la tierra, un factor de riesgo para el bosque salado y los arrecifes de coral en la costa.
“Nadie les había puesto un paro a esta gente. Yo creo que esa es una de las mayores deudas que tenemos. Hay unas metas de reforestación que se han cumplido, me atrevería a decir, solo en un 5 % de las manzanas depredadas”, comenta. Dice que un negocio que ha llegado en detrimento al esfuerzo es el de la manufactura de biomasa, de la que hay varias empresas en Colón y en Ateos que se nutren de la madera de lugares como Tepecoyo. La biomasa es utilizada como un potente combustible para carbón comprimido.

Valiente muestra las fotos en las que se mira a un lado la tierra yerma y al otro, la vegetación. También comparte una grabación en audio del operativo. Allí, quienes hablan son campesinos pobres, quienes ruegan porque los dejen seguir, pues eso significa una oportunidad para sembrar y llevarle subsistencia a los suyos. No hay muchos espacios para esto en Tepecoyo debido al crecimiento poblacional experimentado en las últimas décadas.

¿Cómo se conserva el medio ambiente en un espacio con tantas carencias, donde no están todavía solucionados problemas como el acceso a alimentos o el desempleo? En el municipio, el 24.2 % de la población vive bajo pobreza extrema, según el informe de Indicadores Municipales y Desarrollo Humano del PNUD. La alimentación es un problema fuerte, sobre todo para los más vulnerables: el 34.3 % de niños menores de cinco años tiene un peso menor al recomendado para su edad.

En Tepecoyo se vivieron tiempos mejores, cuando existían hasta tres beneficios de café que le daban trabajo permanente a cientos de personas. Ahora todos han cerrado operaciones.
“Hay que llegar a un punto de armonía, donde haya una agricultura sustentable, donde todos quedemos bien. Ahorita, sin embargo, yo no hallo alguna alternativa a la problemática”, comenta Valiente desde su escritorio en la UACI de la alcaldía municipal.

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EL MEDIODÍA CASI SE HA INSTALADO de lleno en las afueras de este bosque salado en el municipio de Sonsonate, otro punto del área de conservación Los Cóbanos. En la bocana, Saqueo Rodas lanza sus redes en espera de que el día sea de buena suerte.

Una y otra vez el laberinto de hilos penetra la superficie del agua, que se revienta en astillas de cristal. Al fin, parece que algo ha llenado el vacío. Tres peces se retuercen en el interior de la red. Saqueo los coloca en una pequeña laguna aislada del resto de agua. Nota que uno de los peces es pequeño y decide devolverlo a la bocana, para que siga su camino.
—Nosotros venimos de Chalatenango. Allá así se hace con la tilapia. Solo te aceptan de cierto tamaño. Más pequeño es como desperdicio –dice Saqueo, quien sonríe bajo el sombrero que lo protege del sol. —En unas semanas quizá ya esté bueno, más grande, y sea yo mismo el que lo vuelva a pescar. U otro compañero.

Esta es una práctica recomendada no solo en esta bocana, sino en toda el área de conservación, sobre todo en Los Cóbanos. Respetar la talla para pescar es una medida que permite que la especie se renueve y nunca escasee. No está prohibido que se pesque cualquier especie, pues a excepción del caballito de mar y del tiburón ballena, el MARN no reconoce en estado de amenaza o en peligro de extinción a ningún otro.

A pesar de tratarse de un área protegida, en los linderos del bosque hay un caserío, Barra Salada. Allí viven decenas de familias que fueron ubicadas a inicios del milenio. Desde la alcaldía se decidió cederles estos terrenos después de que las viviendas en las que vivían, ubicadas en la costa, fueron destruidas por una tormenta. En ese entonces, ni siquiera Los Cóbanos era reconocido como área natural protegida por el Estado salvadoreño. La medida fue humanitaria.

Dice que es así porque, de todas formas, la madera es un producto escaso en este bosque salado, parte de una extensa área de conservación. —Si aquí ya ni hay madera, usted –dice Santana con una mirada en la que se funde la complicidad y el enojo. —Usted puede ver que en la orilla se ven los manglares bien sanos, pero eso es solo allí, por la marea. Adentro hay manzanas y manzanas desérticas, que se han secado. De allí ya nada se puede sacar, ya no es como antes –comenta.

Santana, barba escasa, ojos vivos, sonrisa fácil, es una de estas personas. Su casa es una de las que más adentro del bosque se encuentran. Es un lugar paradisiaco, con mar y ríos que desembocan hasta donde puede alcanzar la vista. Lo único que arruina el paisaje es el intenso calor, que parece respetar a las flores que Santana ha sembrado en su jardín.

Uno de los principales problemas de la presencia de personas en el bosque salado es el de la tala de los árboles, sobre todo de los manglares, para conseguir leña y madera. Así lo asegura Jorge, presidente de la ADESCO del caserío. Dice que desde el MARN, la idea es que no se tale ninguna especie, sobre todo el muy valorado mangle rojo. Pero la realidad los supera: para algunas familias no es posible abastecerse de otra forma.

“Es que en eso deberían concentrarse las autoridades, en pensar en alternativas para el pobre”, comenta Jorge.
Santana, mientras trabaja en preparar sus anzuelos, apunta en medio de su casa que ya desde hace algunos años él prefiere la madera dulce: “La única diferencia entre las dos es que la dulce la tiene que comprar. La otra solo la tiene que ir a buscar al bosque”.

Alternativas. Las autoridades esperan que los habitantes del área protegida comiencen a diversificar sus fuentes de empleo. El turismo sustentable es una de las opciones.

Dice que es así porque, de todas formas, la madera es un producto escaso en este bosque salado, parte de una extensa área de conservación.
—Si aquí ya ni hay madera, usted –dice Santana con una mirada en la que se funde la complicidad y el enojo.
—Usted puede ver que en la orilla se ven los manglares bien sanos, pero eso es solo allí, por la marea. Adentro hay manzanas y manzanas desérticas, que se han secado. De allí ya nada se puede sacar, ya no es como antes –comenta.

Jorge, el presidente de la ADESCO, hace un gesto de aprobación para lo dicho por Santana mientras trabaja en el vivero de tortugas que FIAES y FUNZEL han habilitado en el caserío.
Dice que una de las razones principales para ello es un fenómeno que, desde hace algunos años, se ha comenzado a vivir con mayor regularidad: que el estero se tape. Es decir que el afluente de los ríos que desembocan en el bosque, el Mandinga y el Pululuya, no sea suficiente como para que estos se conecten con el mar.

Pasa sobre todo en verano. Cuando el sol logra penetrar en algún claro hasta el suelo fangoso, este comienza a calentarse. Llega a temperaturas que superan los 40 grados. Esto afecta los árboles más jóvenes y pequeños, que mueren debido a la presión. Si el problema aumenta, el agua puede hacer un efecto espejo y provocar pequeños incendios, que pueden cobrarse cientos de víctimas, incluso a los más robustos troncos. La muerte, dice Jorge, quien ha vivido aquí desde su infancia, puede extenderse por manzanas y manzanas.

—Antes eso pasaba cada 15 años. Era raro. Después se fue haciendo más frecuente, hasta que hace como 10 años ya era una cosa anual –dice, vistiendo una camisa de manga larga que se puso especialmente para esta entrevista. —Hasta que en 2016 pasó tres veces en el año. ¿Se imagina usted esa mortandad de palos y de animales? –comenta en un testimonio sobre el cambio climático que nada tiene de teórico. Este mismo fenómeno afecta directamente a los arrecifes ubicados más al occidente. Según los expertos, el aumento de las temperaturas hace que pierdan muchas de sus propiedades y que la vida alrededor comience a morir.

En 2016, la comunidad se organizó para construir un canal que permitiera desazolvar el estero. Una veintena de personas aportó su esfuerzo por varios días, algunos pusieron lanchas, otros sus pick ups para trabajar un poco más tierra adentro. Los dueños de los ranchos vacacionales de la zona aportaron dinero para la gasolina. La alcaldía ayudó con equipo pesado y personal para trabajar. El MARN dio los permisos para que lo hicieran.

Cuando el sol logra penetrar en algún claro hasta el suelo fangoso, este comienza a calentarse. Llega a temperaturas que superan los 40 grados. Esto afecta los árboles más jóvenes y pequeños, que mueren debido a la presión. Si el problema aumenta, el agua puede hacer un efecto espejo y provocar pequeños incendios, que pueden cobrarse cientos de víctimas, incluso a los más robustos troncos. La muerte, dice Jorge, quien ha vivido aquí desde su infancia, puede extenderse por manzanas y manzanas.

“Del ministerio vinieron y nos dijeron que habíamos hecho un excelente trabajo. Ayudó para que el estero no se tapara por un buen tiempo”, comenta Jorge.
Pero la medida será solo temporal. No pasará mucho rato para que vuelva a suceder lo que temen. Desde el MARN hay un proyecto que posiblemente comience a rodar en noviembre, en el que se pretende crear un canal de 2 kilómetros que sea difícil de azolvar.

Ana Velasco es parte de los tres guardarrecursos del MARN encargados del área protegida de Los Cóbanos, una de las más grandes del país. Con 32,623 manzanas de extensión, el trabajo de ella y sus compañeros es uno que bien podría resumir a este país de carencias: largas jornadas de trabajo y ni siquiera un vehículo para desplazarse a las zonas más alejadas, como la ubicada en el caserío Barra Salada, el bosque de manglar.

Por eso acepta que hay comunidades con las que no ha sido posible trabajar con la intensidad con la que se ha hecho en el caso de Los Cóbanos. Desde hace cinco años, este grupo de personas ha logrado librarse de algunas costumbres que afectaban al manglar, sobre todo la de pescar con red profunda.

Según Velasco, es posible que esta, que se deja por varios días en el lecho marino, arrastre no solo peces, sino otras especies protegidas y migrantes, como tortugas y ballenas. Apenas en marzo de este año se vivió un episodio de esta naturaleza, cuando dos ballenas jorobadas quedaron atrapadas en un trasmallo.
La red también puede enrollarse en los arrecifes de coral. Cuando es extraída, se lleva consigo un trozo de arrecife.
“Cuando esto pasa, el coral se muere. Y eso significa la muerte de un montón de especies que dependen de este”, dice Velasco.

Manuel es uno de los habitantes de la comunidad que han aprendido a vivir en la zona protegida. Sabe de memoria cuáles son todas las prohibiciones: no sacar arena (hacerlo dejaría la playa solo con piedras), respetar a las especies de animales (como aves y reptiles), no botar basura y un largo etcétera. Sin embargo, no siempre está de acuerdo con lo recomendado.
“Estos señores del ministerio son bien ignorantes, ¿sabe? Le dicen a uno ‘no pesque con trasmallo, no pesque con red’. Si esa cosa solo está encimita del agua y es tan delgadito el hilo que si una tortuga, digamos, se llega a trabar, bien fácil se suelta”, comenta.

El nivel del agua ha comenzado a aumentar cuando finaliza la tarde. Juguetonas barcas, amarradas a la orilla, parecen coquetear con el mar. Se alistan para salir más tarde. En medio de la noche, cuadrillas de hombres batallarán para traer el sustento a casa, entre olas y sombras.

Ahora, sin embargo, el ambiente es más relajado y se disipa en el humo de un salobre café. Los hermanos Guillermo y Douglas Ávalos disfrutan de este melancólico final de tarde. Son dos orgullosos habitantes del área protegida y evangelizan sobre la importancia del sitio, sus especies únicas, el hecho de que les provee de todo aquello que necesitan para vivir, en un diálogo de eterna paciencia: hay semanas buenas, en las que se gana lo necesario; hay otras malas, en las que no se cubren ni los costos.

Incluso en este nutrido ecosistema, la pesca es una actividad de subsistencia. Por lo menos para pescadores artesanales como los hermanos Ávalos, que son los que pescan hasta 3 millas náuticas dentro del mar. Otras 27 son para los barcos, que pescan en cantidades industriales. Vienen de todas partes, ninguno es de la comunidad. Según sus habitantes, estos son los que más violan el área protegida con enormes redes de profundidad.

Son los que están más lejos del alcance de los guardarrecursos, que ni siquiera pueden desplazarse en vehículo de un lugar a otro en las partes terrestres del área protegida. Su control le corresponde a la Fuerza Naval, que cubre, con escaso personal, otra variopinta lista de actividades.

“Si el ecosistema se muere, también nosotros nos vamos a morir. Nosotros no dependemos de nosotros mismos, dependemos de la naturaleza. Si no paramos, en unos años en esta área natural protegida ya no habrá nada que proteger”, dice como una especie de mantra la guardarrecursos Ana Velasco, sentada en su pequeño escritorio a un paso del mar.

Colección. El MARN cataloga 13 especies de coral en la categoría en peligro de extinción. Todas están presentes en el arrecife de Los Cóbanos. De allí su importancia.

Un remanso llamado Málaga

Colonia Málaga

Raymundo Campos tiene 99 años, 62 de ellos los ha vivido en la colonia Málaga, en el barrio Santa Anita, de San Salvador. Habla pausado y, sobre todo, divaga, pero es muy certero al recordar el momento en el que decidió vivir ahí, cuando todavía no se había levantado ni un edificio, cuando el proyecto todavía estaba en el papel y los ingenieros comenzaban a explorar el terreno. En el predio, todo estaba cubierto por naranjales.

“Mire qué buenos naranjales salieron estos, me han dado tantos y tan satisfactorios frutos. Aquí han nacido hijos, nietos, bisnietos, tataranietos… aquí de seguro yo me voy a morir. Yo quiero mucho este lugar, lo quiero casi como que fuera una persona”, comenta Raymundo, con la mirada puesta en la ventana que da a la calle desde el cuarto piso del edificio.

El nombre de la colonia Málaga está indeleblemente relacionado con la tragedia que sucedió justo enfrente suyo: un bus que llevaba 32 feligreses de la iglesia Elim fue arrastrado por la correntada después de que el caudal del Arenal desbordó hasta la calle. Pero la Málaga se resiste a ser solo eso.

Se trata de una colonia conformada por 34 edificios, por 324 apartamentos, en los que vive un aproximado, según los cálculos de los vecinos, de 1,400 personas. La extensión de todo el conjunto no llega al kilómetro cuadrado. El complejo fue construido en 1956, bajo el gobierno del presidente militar Óscar Osorio.

Para quienes viven aquí y para los vecinos de colonias aledañas, la Málaga conforma un pequeño oasis de tranquilidad en medio de la violencia pandilleril de la zona. A pesar de tener variados accesos peatonales, que se suman al de la pluma de la entrada vehicular, es uno los pocos sitios donde se puede caminar con relativa seguridad, sin la certidumbre de que está en juego el pellejo si no se sale lo suficientemente rápido.

Parte de este conseguido éxito se lo deben a su organización y, sobre todo, a la identidad sentida por quienes viven ahí. “La Málaga no son sus edificios, es su gente”, dice un eslogan pintado con coloridos motivos en varios puntos de la colonia y que los vecinos repiten como una especie de mantra.

Todo un logro si se toma en cuenta que los edificios están justo en la frontera entre dos grupos de pandillas: hacia el occidente se extiende el territorio del Barrio 18, en la San Antonio, Los Arcos y la Santa Cristina, hasta llegar a la colonia Dina; hacia el oriente viven sus enemigos de la MS, en comunidades como la 15 de Septiembre, la Modelo o La Prado.

Ricardo Valdez es uno de los personajes más veteranos involucrados en el trabajo organizativo de la Málaga. Tiene 69 años y vive ahí casi desde que nació. Cuando habla de este espacio, los ojos le brillan, la sonrisa acude a decorar su boca. Y cuando camina entre las zonas verdes, los pasadizos entre edificios y las áreas comunes, parece necesitar de más voces para responder a tantos saludos.

Ricardo habla de varias conquistas comunales, de canchas que no se hubieran podido construir sin la voluntad del colectivo. Incluso la caseta de Policía Comunitaria que custodia la entrada vehicular fue una decisión de los vecinos: consiguieron patrocinios para que una empresa les regalara cemento, la alcaldía les ayudó con mano de obra, el resto de insumos lo pusieron ellos.

“Málaga no son sus edificios, es su gente”, dice un eslogan pintado con coloridos motivos en varios puntos de la colonia y que los vecinos repiten como una especie de mantra. Todo un logro si se toma en cuenta que los edificios están justo en la frontera entre dos grupos de pandillas: hacia el occidente se extiende el territorio del Barrio 18, en la San Antonio, Los Arcos y la Santa Cristina hasta llegar a la colonia Dina; hacia el oriente viven sus enemigos de la MS, en comunidades como la 15 de Septiembre, la Modelo o La Prado.

Los apartamentos. Cada espacio tiene tres cuartos, una sala y cocina. El área de cada uno varía según el edificio. En promedio, según los vecinos, cinco personas viven en cada apartamento.

Construyeron el inmueble antes siquiera de solicitarle a la policía su presencia: llenaron un vacío previamente para que las autoridades lo llegaran solo a ocupar. El grupo de personas que se encarga de dirigir los trabajos comunales de la colonia está aglutinado en una asociación con personería jurídica propia. Dicen que rechazaron la posibilidad de convertirse en una ADESCO ante el pensamiento de que las áreas comunes construidas por ellos pasarían a la administración de la Alcaldía de San Salvador. Y para gente como Valdez, quien ocupa el puesto de dirigente honorario, es un trabajo sin fin. Uno que hacen, sin embargo, con pasión.

“Nosotros veníamos de mesones donde estábamos hacinados, de cuartuchos, de cualquier lugar que usted se pueda imaginar. Cuando vinimos aquí, vimos este sitio lleno de zonas verdes, con los servicios más o menos cubiertos, lo vimos como si fuera, digamos, la Escalón”, dice Ricardo.

Por sus características, que la hacen distinta al resto de colonias en la zona, la Málaga ha sido elegida por la Universidad Tecnológica para convertirse en la primera comunidad en la que ese centro de estudios colabora de manera profunda, poniendo a disposición de la comunidad las habilidades de sus estudiantes y profesionales.
Esta tarde de agosto, parece que toda la colonia ha decidido reunirse dentro y en torno de la casa comunal. Afuera, la orquesta del Centro Penal La Esperanza toca piezas del repertorio tropical para que habitantes y las autoridades de la universidad pasen un rato ameno. Adentro, decenas de personas han conformado mesas redondas, donde tocan temáticas como el manejo de la basura, el mantenimiento de las zonas verdes, el consumo de alcohol, la vulnerable seguridad que siempre hay que defender.

Habitantes de la colonia Málaga.

Discuten y dan ideas sobre lo que se podría hacer, lo que se está realizando de forma errónea o incompleta, como la ausencia de pasamanos en algunas gradas de paso en la colonia, que hacen difícil que un anciano pueda transitar por ahí sin el miedo a caerse.

Roberta Molina es una de las integrantes de la asociación directiva de la Málaga. A pesar de que no vivió aquí en su infancia, visitaba a sus abuelos cada vez que podía. Siempre le gustó la mística de la colonia, de conocerse todos, de ayudarse todos.

Decidió conseguir un apartamento alquilado dentro de la colonia cuando se convirtió en madre. La seguridad que le ofrecía ese espacio significaría que su hijo tendría la oportunidad de desarrollarse sanamente.

“Quería un mejor futuro para mi hijo, que creciera como un niño normal y no reprimido. Allá donde vivíamos, no tenía la libertad de dejarlo salir. El niño se me comenzó a hacer bien cohibido. Yo quería que fuera un niño normal, que creciera como yo crecí, que tuviera la libertad de salir a jugar con otros niños”, comenta Roberta. Al separarse de su esposo, ella emigró a otro sitio, pero ha continuado siendo parte de la directiva y sueña con algún día poder volver.

Esta tarde, a Roberta se le ve angustiada, ocupada en que cada aspecto del evento salga bien. Abajo, frente a la tarima en la que reos en fase de confianza tocan, Rami Rabinovich y Elías Soae Freue bailan a pesar de que el sudor ya les ha empapado la camisa.

Los dos expertos vienen de una realidad muy distinta a la salvadoreña. A pesar de que nacieron en Argentina y hablan perfectamente el español, ahora viven en Israel y cuentan con esa nacionalidad. Ese país es uno de culturas muy heterogéneas, donde el principal obstáculo a vencer es el miedo al que es culturalmente diferente. Pero no hay comunidades asediadas por grupos criminales.

Están en El Salvador como parte de una capacitación en comunitarismo y en aplicación de Policía Comunitaria, como lo han hecho en otros países de Latinoamérica.

Rabinovich es un experto en la creación de comunidades, en la solidificación de lazos entre vecinos. Habla rápido y seguro, a pesar de que admite que nunca antes había tenido contacto con El Salvador. Solo a través de las lecturas ha tenido una idea de cómo es una comunidad en este país, y en esta ciudad, San Salvador, que proyecta una tasa de 105 homicidios por cada 100,000 habitantes para este año, según datos de la PNC.

Rabinovich dice que no tiene recetas, que cada comunidad es un mundo aparte, que solo quien vive dentro de ella conoce sus necesidades. Pero, sí, existen principios para realizar el trabajo. El primero de ellos es delimitar el terreno, saber que solo se puede trabajar con poblaciones pequeñas. El israelí habla de cifras no mayores a 5,000 personas.
Luego apunta a la importancia de que cada persona adquiera, después de un proceso educativo, un sentimiento de pertenencia, de compromiso y significación con respecto de su comunidad.

Actividades. En la colonia hay actividades impulsadas por sus mismos habitantes, como clases de fútbol y de danza. La idea es que cada quien aporte lo que sabe.

“¿Qué pasa con los chicos que buscan la pandilla? Están buscando exactamente eso. Pero como en su comunidad no existe, tratan de encontrarlo en la pandilla, la que los acoge y les da justamente eso, aunque con un propósito delictivo. Construir ese sentimiento con respecto a la comunidad es, realmente, un trabajo de prevención”, comenta.
A Rabinovich le parece ejemplar el caso de la Málaga. Según datos de la PNC, actualmente no hay ni un solo habitante que esté perfilado como pandillero que viva dentro de la colonia. También los índices delincuenciales se han desplomado: apenas un reporte de robo en todo el año.

Para Rabinovich, el trabajo comunitario debe estar integrado por cuatro ejes: la comunidad misma, los líderes, las autoridades gubernamentales y la sociedad civil o, como se puede entender, la empresa privada. En el caso de la Málaga han sido diferentes organizaciones las que han decidido brindarle su apoyo a través de los años; entre ellas, Glasswing, USAID y FEPADE. Esta vez se pretende que el actor que ocupe ese puesto sea la Universidad Tecnológica.
Elías Soae Freue es un expolicía de Jerusalén. Estuvo en la corporación 30 años, 10 de los cuales los dedicó al tema de Policía Comunitaria. Un trabajo realmente de excepción: de 35,000 agentes que conforman toda la plana de la institución, solo 360 corresponden a esa categoría.

Pero la siempre latente inseguridad no es el único problema de la Málaga. Está el deficiente servicio de agua, los tejados que se han roto y, sobre todo, los edificios D y E, dañados durante los terremotos de 1986. Desde entonces, la Asociación Salvadoreña de Ingenieros (ASI) los declaró inhabitables. Otro desastre podría tirarlos por completo. Eso se puede ver en las grietas que cruzan sus costados o en el hecho de que parecen hundirse en la tierra.

Pero ¿qué es un policía comunitario? Es un profesional que debe formar parte integral de esa comunidad, que cada uno de quienes están en su jurisdicción conozca su nombre, que tengan su número de teléfono y la confianza de consultarlo. Su función es resolver, sobre todo, pequeños problemas, aquellos que para el agente común podrían parecer una pérdida de tiempo: discusiones de vecinos, peleas de muchachos, etcétera. Por eso, un solo policía comunitario puede ocupar un puesto para una población de varios miles de habitantes. Elías habla de la realidad de su país, Jerusalén.

Inhabitables. Dos edificios de colonia Málaga fueron declarados inhabitables después de los terremotos de 1986. Sin embargo, todavía hay personas que viven en sus apartamentos.

En El Salvador, es bastante difícil que una comunidad, al menos no una por debajo del umbral de la clase media, cumpla con las condiciones para que exista un policía comunitario como el que describe Elías. En la colonia Málaga existe, actualmente, algo que se le quiere parecer.

Los cinco policías que conforman el puesto han sido invitados a integrarse a la comunidad. Así, no solo realizan patrullajes o cualquier otra labor represiva, también colaboran en labores de limpieza, asisten a las reuniones de la directiva y, como el policía de apellido Pérez, participan en los eventos; en esta ocasión, Pérez pone su voz para cantar.

“Esto no lo había podido vivir en ninguno de los lugares en los que había estado antes. Es algo que no es muy común. Para decirle que yo no conozco el nombre de los policías que viven cerca de mi casa”, comenta uno de los agentes, quien escucha desde el puesto policial la música que nace en la casa comunal.

***

PERO EL PELIGRO siempre está latente. Si bien la Málaga es un remanso en el barrio Santa Anita, la violencia no le es totalmente extraña. Hace tres años, por ejemplo, el puesto policial de la colonia fue atacado por pandilleros de las zonas aledañas.

La sensación para los habitantes, por lo mismo, no es de certidumbre total. Este es el comité de ancianos, un espacio dentro de la colonia donde personas de la tercera edad pueden reunirse para pasar el tiempo. Lo hacen todos los miércoles por la mañana. Hacen rifas y toman café.

También hablan de lo sucedido hace un par de años, cuando un joven fue asesinado en una de las canchas de la colonia, en pleno día y en medio de un torneo relámpago, con una multitud de niños en el lugar. O de otro homicidio que sucedió justo detrás del edificio de una de las señoras que platican. El hecho la obligó a colocar grandes cortinas en sus ventanas: piensa que ver algo que no le conviene puede convertirse en una sentencia de muerte para ella o uno de los suyos.

Pero se tratan, en efecto, de hechos ocurridos hace un par de años. Según una de las vecinas, eso, que ya no hayan ocurrido más homicidios y otros hechos violentos, es el efecto de haber corrido de la colonia a aquellos que estaban perfilados como pandilleros o simpatizantes. La comunidad y las autoridades se unieron para identificarlos y obligarlos a salir.

“Es que no íbamos a dejar que dos o tres se quedaran con el dominio del territorio. Si los otros somos más de 1,000”, comenta. En la Málaga ha habido, en los últimos tiempos, operativos en los que se ha capturado a pandilleros. Sin embargo, según agentes del puesto policial, se trata de personas que han llegado a refugiarse en un centro de rehabilitación de alcohólicos, que se ha convertido en un verdadero problema de salubridad: en un solo apartamento de 20 metros cuadrados llegan a dormir hasta 50 personas. Ninguna de ellas es de la colonia.
Pero la siempre latente inseguridad no es el único problema de la Málaga. Está el deficiente servicio de agua, los tejados que se han roto y, sobre todo, los dos edificios D, dañados durante los terremotos de 1986.

Desde entonces, la Asociación Salvadoreña de Ingenieros (ASI) los declaró inhabitables. Otro desastre podría tirarlos por completo. Eso se puede ver en las grietas que cruzan sus costados o en el hecho de que parecen hundirse en la tierra.

Sin embargo ahí sigue viviendo la gente. Ese es el caso de Ana Gloria Chacón. Es la hija de uno de los trabajadores que estuvieron en la construcción de estos edificios hace más de 60 años. Se crio aquí, en un edificio ubicado en otra zona. Cuando alcanzó la madurez, se fue a otra parte de la ciudad, a una comunidad a la que sus ingresos le permitieron llegar.

Allí tuvo a sus hijos. Decidió salir de allí cuando a uno de ellos lo golpearon miembros de una pandilla. Solo se le ocurrió volver a su Málaga. Pero el único edificio con apartamentos disponibles era el D, el declarado inhabitable.
“Somos conscientes de ese peligro, de que esto se nos puede venir encima en cualquier momento. Pero preferimos esa incertidumbre a la otra. Aquí nos sentimos seguros”, comenta Chacón.

Evento. El expolicía israelí Elías Soae Freue posa en la foto de arriba con habitantes de la colonia en el evento realizado el 14 de agosto. En la de abajo, custodios vigilan a los reos de la orquesta.

***

EL 7 DE SEPTIEMBRE, la Málaga cumplirá 62 años de existencia. Para ese día, los vecinos planean una fiesta, a la que también asistirán decenas de malagueños residentes en el exterior. Ese es uno de los principales orgullos de sus habitantes: que aquel que se va se sigue sintiendo parte de la comunidad. Por eso, cada año reciben donativos desde el extranjero para la realización de obras.

Ricardo Valdez, el directivo honorario, remarca el hecho y hace un recuento de todas las personas ilustres que han vivido en los edificios de la Málaga: Tonatiuh Ramos, campeón panamericano de natación; Esteban Servellón, director de la Orquesta Sinfónica de El Salvador. Hace una pausa y mira el enorme mural que decora uno de los edificios de la entrada de automóviles.

Allí están, dice, dos de los mayores orgullos de la colonia, aquellos con los que se puede identificar cualquier malagueño. Una de ellas es la maestra Juana Linares, quien enseñó a leer a muchos niños de la Málaga y los alrededores durante décadas; el otro es Gilberto Orellana, quien dirigió la Orquesta Sinfónica de El Salvador durante 30 años. Jenny Sánchez, su nieta, se emociona al recordarlo y al remarcar el cariño que sus vecinos le tienen a su memoria.

Casi todos en la Málaga, dice, lo conocen, saben de sus logros y sus valores. Eso se comprueba con un rápido sondeo a habitantes que, por azar, pasan junto al mural. “La Málaga no son sus edificios, es su gente”, repiten.
Roberta Molina, la dirigente que ahora vive en otro lugar, fue una de las elegidas para asistir a las capacitaciones de los expertos israelíes en la Universidad Tecnológica. Fueron pocos días, dice, pero ha podido sacar en claro algunas lecciones: que lo más importante es hacerle entender a cada habitante de la comunidad que debe ser parte activa para solucionar las deficiencias del lugar donde viven, no esperar a que las directivas se encarguen en soledad. Dice que, actualmente, solo un 40 % de toda la Málaga participa en alguna actividad. “El resto descansa en la apatía”, bromea Roberta.

El proyecto de la Universidad Tecnológica todavía está en pañales y no ha habido más actividades que las iniciales, que aquel evento en el que conformaron mesas redondas con la presencia de los expertos israelíes. A Roberta se le pregunta sobre las expectativas de esta nueva experiencia, de algo que, de alguna forma, continúa con su tradición.
“Estamos contentos de que nos eligieran, pero no estamos atenidos a eso. Vamos a seguir siendo lo que somos, orgullosamente malagueños, con ayuda o sin ella”, dice Roberta, con una sonrisa retadora, mientras vuelve a ver, de reojo, los murales de sus mayores.

Familiaridad. Muchas de las personas que habitan los edificios de la colonia lo han hecho durante casi toda su vida. Por eso la identificación con los inmuebles es una de sus marcas distintivas.

El obsoleto sistema de ANDA condena a comunidades a vivir sin agua

Antiguo. Las cantareras eran comunes en las décadas pasadas como respuesta del Estado a comunidades pobres. En ANDA tratan de no seguir con la práctica. Pero aún existen algunas, como esta ubicada al pie del tanque de Chanmico.

Una pregunta lo había inquietado desde hacía muchos años: ¿por qué el agua le caía todo el día a los vecinos del otro lado de la calle y a él no? A Marcos Campos, como a todos los habitantes del pasaje Méndez de San Antonio Abad, se le hacía extraño que, viviendo en la misma comunidad, la diferencia en el servicio fuera tan extrema.
A ellos el agua les llegaba a cuentagotas. Y cada jornada era una especie de ruleta rusa, de rezar porque ese día fuera el bueno y que cayera un tímido chorro por dos o tres horas.

Lo suficiente para llenar lo que se tuviera a la mano. Los más afortunados, como Marcos, construyeron amplias pilas o acondicionaron tanques para poder acaparar más líquido; otros, como los vecinos de las casas de arriba, se tuvieron que conformar con depender de un mosaico multicolor de recipientes de plástico: barriles, baldes, cántaros, botellas, guacales. Cuando no caía, estos mismos recipientes servían para traer el agua que se compraba a los habitantes más afortunados del otro lado de la calle.

Para saber a ciencia cierta por qué Marcos y sus vecinos tenían un servicio tan deficiente por parte de la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA), hay que entender la manera en la que llega el agua hasta su casa, el paso previo antes de que arribe a la tubería que se conecta a tu contador. Se trata de un tanque.

Los hay de todos los tamaños, dependiendo de la población a la que abastezcan. En el caso de Marcos y los suyos, la escasa agua recibida provenía de uno ubicado en la calle Mano de León, en San Antonio Abad.

A través de una enorme tubería que trae agua bombeada desde muy lejos, el tanque se llena hasta el 100 % de su capacidad. Aproximadamente a las 4 de la mañana (la hora puede variar) este se abre para comenzar a abastecer al sistema de tuberías, lo que se hace exclusivamente gracias a la gravedad.

El recorrido del agua comienza justo en las instalaciones de SERTRACEN, ubicadas entre la 25.ª avenida norte y la alameda Juan Pablo Segundo. Sigue subiendo hasta la Bernal, muy cerca del Hospital Militar, donde el servicio es constante y de calidad. Luego abastece a todas las comunidades y colonias que nacen del bulevar Constitución. El agua va colmando, poco a poco, todo el sistema, hasta que llega el turno de lo que está en la 75.ª avenida norte y más allá. Es el final de este circuito de cañerías.

En este sector está el pasaje de Marcos. Un hombre que se había acostumbrado a la escasez. Y quien había tenido que recurrir a sistemas alternativos para tener el agua suficiente. Los días de lluvia sacaba sus barriles para llenarlos. Y cuando un miembro de su familia se bañaba, el agua jabonosa no se iba por el drenaje, sino que se acaparaba en un recipiente. Ambas reservas servían luego para regar las plantas del patio o para impulsar los desechos en el inodoro.

Por eso a gente como Marcos solo le cae por tres horas un tímido chorro: es la única hora en que en el nudo de tuberías hay suficiente agua como para generar la presión necesaria para llegar hasta las últimas casas. Cuando la demanda es muy alta en el sistema no hay ni un solo momento en el que se cumpla esta condición. Se podría decir que, si vivo en el final de un sistema como este, este día caerá el agua en mi casa si los demás usuarios no la han gastado toda.

Cuando el tanque se vacía en un 80 %, las válvulas se cierran y ya no se deja correr más líquido. Es entonces cuando se comprueba que el sistema está colapsado, cuando no puede abastecer con eficiencia a todos sus usuarios. Por eso a gente como Marcos solo le cae por tres horas un tímido chorro: es la única hora en que en el nudo de tuberías hay suficiente agua como para generar la presión necesaria para llegar hasta las últimas casas. Cuando la demanda es muy alta, en el sistema no hay ni un solo momento en el que se cumpla esta condición. Se podría decir que, si vivo en el final de un sistema como este, este día caerá el agua en mi casa si los demás usuarios no la han gastado toda.

Cuando esto ocurre es que gente como Marcos ve salir, literalmente, solo aire de sus chorros. Es la certidumbre de que ese día no será posible lavar la ropa que ya lleva días pendiente. Y que si no vuelve a caer y las reservas de la pila se terminan, será necesario recurrir a los familiares o comprarle a los vecinos más afortunados, a los que sí les cae el agua, al otro lado de la calle. Marcos sabía que a sus familiares en la calle Mano de León nunca dejaba de caerles el agua. A ellos recurría para llenar cántaros y recipientes en su pequeño automóvil.

“A veces íbamos para allá y veíamos a la gente botando el agua, lavando la acera, o los carwash que no escatiman en nada para lavar los carros. Y uno aquí, casi a la par, sin agua. Hay cosas que uno no se puede explicar”, dice Marcos.
ANDA no es una institución capaz de cubrir a toda la población. Por esto en muchas partes del país, sobre todo en el área rural, la misión ha recaído en juntas de agua, pequeñas entidades donde los mismos vecinos de la comunidad se encargan de llevar el líquido desde un nacimiento hasta los hogares, y de darle mantenimiento a la red. Algunas experiencias han durado décadas, como las de las asociaciones de Izalco. Allí saben que se trata de un recurso finito. Por eso han establecido un número limitado de mechas a conectar.

“Esa es la diferencia de nosotros con ANDA. Para ellos, entre más pajas (mechas) de agua ponen es mejor, aunque a la gente no le llegue el agua”, comentó hace unos meses la maestra Laura de Soto, presidenta de ADESCOHUIS, una de las organizaciones comunitarias que abastece a Izalco. Las mismas que están preocupadas por la promulgación de una ley de agua, una que temen porque es posible que le dé a entidades privadas la facultad de administrar, también, su agua.

La mayor parte de tanques de ANDA en el Gran San Salvador están colapsados: la cantidad de unidades habitacionales (o servicios, el sitio donde se ubica un contador individual) supera a aquella a la que, técnicamente, está destinada la capacidad en metros cúbicos de los tanques. Y no ha habido más inversión en nuevos en esta zona, la más poblada del país, al menos desde 2008, según el detalle de licitaciones para la construcción de este tipo de estructuras en la web COMPRASAL, la web en la que el Gobierno salvadoreño publica la mayor parte de sus licitaciones y contratos.

Aunque la insuficiencia tiene sus excepciones. Para darse una idea, solo hay que revisar las cifras: el tanque de San Benito, que abastece a la colonia del mismo nombre y a otras circundantes, cuenta con una capacidad de almacenamiento de 4000 metros cúbicos, pero solo abastece a 1,238 unidades habitacionales. Una relación de 3.23 metros cúbicos por servicio. En cambio, en el tanque del cementerio de San Marcos, en el municipio del mismo nombre, la relación se invierte: una capacidad de almacenamiento de 107 metros cúbicos para 809 mechas conectadas: 0.13.

Saúl Vásquez es el director técnico de ANDA, uno de los puestos más importantes dentro de la entidad. Justifica estas diferencias por la disparidad de las realidades entre ambos sitios: “No es lo mismo una casa en la San Benito que en San Marcos. En San Marcos puede haber varias decenas de casas por manzana. En la San Benito quizá solo habrá dos. Es una diferencia abismal en el consumo, pero ya eso no es un asunto que nos corresponda a nosotros”.

Comunal. El tanque de Chanmico recibe su agua, bombeada, desde el de San Antonio Abad, ubicado unos kilómetros abajo. Abastece a casi todas las comunidades del cantón capitalino.

El servicio de agua, por ello, es un mosaico de realidades. Algo que se puede comprobar en un municipio populoso como Soyapango: en Bosques de Prusia, el agua cae un día sí y uno no; en El Limón, el servicio es exclusivamente matutino. Eso cuando todo marcha según el plan. Es decir, que la demanda no es mayor que la habitual, la producción menor y que no existen fugas importantes.

Ese es otro detalle: hasta 66 millones de metros cúbicos se perdieron en 2016 en la red de ANDA a escala nacional debido a esta razón, el 34 % de todo lo que se produce. Lo suficiente para llenar 26,400 piscinas olímpicas, o para abastecer a una sola con 1,320 kilómetros de largo. Un buen espacio para que Michael Phelps muestre de lo que está hecho. El director técnico de ANDA, Saúl Vásquez, afirma que este cálculo es todavía muy conservador si se toma en cuenta, también, lo que se pierde en servicios no facturados: 47 de cada 100 litros producidos.

Para Vásquez la debilidad de las tuberías es uno de los asuntos torales por los que ANDA no puede dar el servicio que se deseara, pues una gran parte del sistema está hecho con tubería de asbesto cemento, un material quebradizo que no supera altas presiones, colocado hace ya varias décadas. Es necesario, sostiene, una renovación.

Para mostrar su punto, ilustra lo que se ha realizado hasta el momento en un sector cercano al estadio Las Delicias, en Santa Tecla, donde el problema de abastecimiento en una zona se solucionó con la sustitución de cañerías. Dice que, como entidad, han identificado varios puntos en el Área Metropolitana de San Salvador como los más urgentes para atender. Allí pueden realizar un trabajo similar. Pero el dinero, aclara, se los impide. Toda la operación les costaría $58 millones, según las proyecciones técnicas. Hasta el momento han podido realizar labores por una suma cercana a los $10 millones.

No contar con un sistema de tuberías adecuado, explica, también ha sido un lastre a la hora de mejorar el servicio en algunos sectores, pues las tuberías ceden pronto al aumento de presión. El problema se traslada del desabastecimiento a las constantes fugas.

Otro elemento señalado por Vásquez es el del crecimiento poblacional, pues la demanda no para de crecer. Para hacerse una idea, solo en 2016, año para el que está disponible el último boletín estadístico de ANDA, solo en San Salvador y La Libertad se instalaron 1,543 nuevos servicios de acueductos. La mayor parte de estos provienen de solo dos municipios, San Salvador y Santa Tecla, con 1,168.

La tercera razón sostenida por Vásquez es la falta de inversión, una que se cristaliza en el no realizado plan quinquenal presentado por ellos a inicios del periodo de Salvador Sánchez Cerén, en 2014. Un plan que costaría alrededor de $500 millones. De todo ello, confiesa, solo se ha ejecutado una cifra cercana a los $20 millones. Lo demás continúa en el papel.

 

 

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Aunque no supieran las razones por las que el servicio de agua era tan deficiente en sus hogares, Marcos y sus vecinos en el pasaje tenían una certidumbre, que conectándose a la tubería que surte a los habitantes del otro lado de la calle, sus problemas de escasez se solucionarían.

Se organizaron en una improvisada directiva e hicieron el trámite en ANDA, atizados por una persona que había llegado a construir un mesón en el pasaje, a quien le preocupaba que le costara alquilar los cuartos por la falta de agua. Las vueltas duraron dos meses. Contrario a lo que pensaban, su petición sí fue escuchada.

Manuel Galeas es un técnico de la Administración de Acueductos y Alcantarillados (ANDA). A su cargo tiene el mantenimiento de la zona correspondiente a San Antonio Abad. Conoce al dedillo al sistema y todas sus enfermedades. A él llegan todas las quejas cuando el servicio falta. Para alguien como Manuel es el pan de cada día: ANDA es la entidad más denunciada en la Defensoría del Consumidor, esa institución creada desde el Gobierno para que cualquier ciudadano pueda, al menos, dejar una queja. Y ha sido la más señalada por lo menos desde 2016. En el primer semestre de 2018, 1,643 personas se acercaron para dejar una reclamación, el 43.72 % del total a escala nacional.

Manuel Galeas, el técnico encargado de la zona, explica por qué fue tan fácil y sin trabas realizar el cambio: la diferencia de presiones entre un lado de la calle y el otro es un asunto de altimetría, aunque el agua tiene, prácticamente, el mismo origen. Desde inicios de la década pasada existe un tanque, que es abastecido a través de bombeo por el mismo de San Antonio Abad, ubicado en un punto más alto, en el sector conocido como Chanmico.

Fue ideado para darle agua a quienes hasta entonces en ese cantón de San Salvador no la tenían. Y la presión es tan fuerte en la calle El Roble porque las casas que para el otro sistema están en el final, para este se ubican en el inicio.

“La fuente era la misma. El problema era la conducción. El agua que ya no les voy a dar de este tanque, se las voy a dar de este otro, pero con una mejor conducción, mejores presiones, mejores horarios. Pero prácticamente el agua es la misma”, dice Manuel Galeas en medio de su jornada de trabajo.

Marcos y sus vecinos del pasaje Méndez pudieron hacer el cambio a mediados de julio, tras apenas dos días de trabajo. La maniobra era sencilla, pues, como una suerte de gemelos, a menos de 1 metro de distancia ambos tubos cruzan bajo la calle El Roble sin juntarse nunca. Que tu contador esté conectado a uno u otro es la diferencia de una vida de privaciones o una donde abunda el agua. El cielo estaba a menos de 1 metro de distancia.

A partir de entonces las cosas serían distintas. Pero antes había que cruzar un valladar. ¿Qué sucede con un miembro que nunca se usa? Inevitablemente se atrofia, sus funciones ya no son las mismas.

Tras décadas de servicio deficiente, las viejas tuberías domiciliares parecían haberse olvidado de que su misión es trasladar agua de manera constante. El líquido ahora tenía tanta presión que muchas cedieron. El pasaje fue, durante los siguientes días, una sinfonía de fugas, algunas profusas.

A Ana Méndez incluso le nació un manantial en medio de su cocina. Un retumbo se los advirtió. Bajo la tierra una fuerza cristalina peleaba por abrirse camino hacia la superficie. El agua comenzó a salir del punto donde, sabían, estaban las tuberías. Luego, desde la base misma de las paredes. Más tarde bajó por las escaleras hasta llegar a la pequeña tienda al frente de la casa. La única solución fue cortar el flujo del agua. La paradoja: Ana Méndez, a la espera de que se reparara la tubería, no contaba con el servicio.

Tras décadas de servicio deficiente, las viejas tuberías domiciliares parecían haberse olvidado de que su misión es trasladar agua de manera constante. El líquido ahora tenía tanta presión que muchas cedieron. El pasaje fue, durante los siguientes días, una sinfonía de fugas, algunas profusas.

Una nueva inversión nacida de la comunidad le dio solución al problema. Colocaron una válvula para regular la presión. Todo requiere medida, hasta una bendición como el agua.

“Es el cumplimiento de un sueño. Sinceramente yo nunca creí que el agüita completa sería un día una realidad para nosotros. Para qué le voy a decir, ahorita solo palabras buenas tengo para ANDA”, comenta Marcos Campos, satisfecho porque ahora, tanto para él como para decenas de personas, la escasez del agua es una cosa del pasado. No pasa lo mismo con el resto de pasajes en ese lado de la calle, como el Londres y Los Andes, donde deben seguir pagando recibos a pesar de que el agua casi no llega a sus casas.

Tampoco con aquellas personas que viven a la misma altura o incluso más arriba que el tanque de Chanmico. Para ellos, por lo menos ahora, no existe alternativa que valga.

 

 

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El tanque de Chanmico, el que permite que haya un fuerte caudal en la calle El Roble y otras comunidades de San Antonio Abad, es una conquista comunal. Si bien pertenece a ANDA, no podría haber existido sin la organización popular.

El agua empezó a llegar por medio del antiguo sistema a las casas del otro lado de la calle El Roble, las que ahora sufren con el servicio irregular, a mediados de los ochenta, en plena guerra civil. Así lo rememora Miguel Cañénguez, uno de los miembros más antiguos de una de las directivas de San Antonio Abad. Pero el servicio no estaba siquiera conectado para miles de familias, forzadas a surtirse en cantareras colectivas, las únicas formas en las que el Estado había querido apoyarlos.

A mediados de los noventa, las pequeñas organizaciones que pululaban por todo el cantón decidieron colaborar para un mismo fin. Sabían que en soledad nadie los tomaría en serio. Fueron 15 directivas diferentes las que se pusieron a trabajar (y a invertir) para que cada familia disfrutara de su agua en este cantón, ubicado a escasos metros de una de las colonias más exclusivas de la capital del país.

Estrategia. En la casa de Silvia Rodríguez, en la comunidad Chanmico, han ideado una manera para captar agua lluvia desde el techo y que esta caiga directamente en la pila.

La asociación incluso compró el terreno en el que ahora se alza el gigante de cemento, en medio de grafitis y maleza. Casi nueve años duró el proceso, entre laberintos legales y peleas internas. También de duro trabajo, de cuadrillas de hombres introduciendo tubos en la tierra.

Increíblemente, el día prometido llegó. Y todos, o casi todos, pudieron contar con agua en sus hogares. También aquellos que la tenían más complicada. Por todo el cantón existen comunidades que viven en terrenos que no son suyos. En medio de esto hay historias de personas estafadas por alguien que se hizo pasar por el dueño de la tierra. Pero incluso ellos ahora tenían agua.

La misma que, según un temor ampliamente extendido entre las comunidades, ahora podría volver a escasear para todos. Es una creencia común pensar que será este tanque el que surtirá a los altos edificios de apartamentos que se están construyendo a la orilla de la avenida Masferrer norte.

Desde la sede de la Dirección Metropolitana de ANDA, el técnico Manuel Galeas hace un ademán de pausa y tranquiliza a los habitantes ante los rumores: por regla general, las nuevas urbanizaciones y grandes construcciones (como el casino y bar inaugurado hace unos meses) deben buscar su agua en otras zonas. Eso, al menos, es lo que él recomienda.

“Aquí le tenemos bastante respeto a esto, porque es la gente la que trabajó para tenerlo. Si bien es de ANDA, nosotros lo consideramos un proyecto comunal”, comenta Galeas. El agua de estos edificios, más bien, saldrá desde un tanque levantado por los mismos constructores de las residencias privadas. Se espera que parte de lo que recoja este tanque se pueda conectar a aquellas comunidades que aún no cuentan con un servicio de agua regular.
Pero no todo es romanticismo un grupo de personas organizadas. Después de que Marcos Campos y los vecinos del pasaje Méndez se conectaron a la red más eficiente, se levantaron voces de alerta. Les parecía impensable que ahora disfrutaran de su agua aquellos que no habían trabajado por ella.

Sin embargo, nuevas mechas se han estado conectando a la tubería desde siempre y a través un método que, según autoridades de ANDA, está en el limbo de la ilegalidad. Para hacerlo, una de las líderes de la directiva solicita a los aspirantes una suma económica. Quien busca cambiar el servicio debe pagar también por quien haga el trabajo manual, o hacerlo él mismo.

En El Salvador, para el agua todavía no hay una respuesta. En el seno de la Asamblea Legislativa, la discusión para una nueva ley se ha prolongado por 12 años. La última gran polémica es el proyecto que plantea que su administración debe estar en un consejo copado, sobre todo, por representantes de la empresa privada. Ha encontrado la suficiente oposición desde el Gobierno y las organizaciones de la sociedad civil para que, de nuevo, no se camine, para que el proceso haya caído en un punto muerto. Mientras, las comunidades seguirán viéndose obligadas a abastecerse de todas las maneras imaginables.

 

 

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Para ellos, por lo menos ahora, no existe alternativa que valga. En esta casa de la comunidad Chanmico, en San Antonio Abad, ya hace tres meses que no cae el agua. Silvia Rodríguez carga en sus brazos a su pequeña mientras hace gestos de molestia y señala la pila vacía. Y sobre esta, un curioso mecanismo que representa la desesperación: un tubo la conecta con uno de los canales del techo. Así logra captar cuando llueve un poquito de agua. Un colador suspendido asegura que el líquido no lleve hojas ni residuos.

Y alrededor de este casi inútil rectángulo de cemento, varios baldes guardan el agua que ha logrado ir a recoger desde la cantarera ubicada al final del pasaje, una que el año pasado les habilitó el partido GANA, ávido de votos, para que tanto ellos como los habitantes de comunidades circundantes, como Las Granadillas, pudieran abastecerse.
A Silvia se le mira molesta, casi con los ojos desorbitados. No logra entender por qué, estando tan cerca del tanque de Chanmico, el agua no tiene la suficiente fuerza para llegar hasta su hogar. No sabe que todo funciona con base en la gravedad, que la respuesta simple es que el tanque ya superó su capacidad y no logra generar la presión necesaria.

Uno de sus vecinos, Luis Melara, retira la llave puesta en el chorro colocado fuera de su hogar. Este fue, hace unos años, el recurso que encontraron para tener una fuente privada de agua. Aunque en el límite de su terreno, el chorro les pertenecía totalmente. El agua llegaba hasta allí y no hasta dentro de su casa porque la presión no era capaz de vencer un desnivel de metro y medio.

Retira la llave, pero el agua no brota. Desde hace meses tampoco ha sido su alternativa. También ellos deben recurrir a la cantarera, en la que ahora la sexagenaria Claudia Campos llena, con toda la paciencia del mundo, un recipiente. El chorro es tan delgado que debe ingeniárselas para colocarlo de manera que el líquido caiga adentro. En un momento, este se le vuelve tan pesado que no le es posible seguir con la operación. Llama a su nieto para que le acerque una botella más pequeña, con la cual tratará de llenarlo.

Ana del Carmen Mónico es otra vecina preocupada. En sus más de 60 años de vida, el agua nunca ha sido una necesidad totalmente satisfecha. Vive en la comunidad Las Granadillas, una de las últimas en ser conectadas al sistema. Y una de las que, actualmente, no tienen agua. Dice que tiene meses de conversar con el ingeniero encargado de la zona, Manuel Galeas, quien le ha prometido hacer algo por ellos. Manuel es un hombre con muchas preocupaciones. Sabe que no se trata de algo tan simple, que el problema no solo pasa por sus gestiones. Quizá piense que ANDA debería abrir más pozos, explorar otras fuentes de agua. Lo suficiente para que en una de sus respuestas haya, de veras, esperanza.

Ana se sienta en las gradas al pie de la casa de su vecino. Conversa animada, los ojos puestos en un aire finísimo, casi transparente, donde la vista alcanza a ver más lejos. Allá, reducidos por la distancia, los esqueletos de los nuevos edificios de apartamentos se alzan contra el cielo, que ya ha comenzado a parecerse a la miel. Y los trabajadores son nítidos muñequitos en medio de la labor.

“Esos apartamentos, de seguro, se venderán carísimo. Y yo me preguntó cómo será de tremenda la presión para llegue hasta el último piso, para que el inquilino que vive hasta allá abra su chorro y el agua le caiga. Yo digo que tener esa seguridad de que cuando usted abra su chorro le caiga el agua ha de ser bien bonito”, comenta Ana con la mirada, ahora, apuntando a sus pies.

Altura. Las comunidades que más sufren con la escasez de agua son las ubicadas a más altura. Como la Chanmico, a la que conduce una empinada calle todavía sin asfaltar.

“Aunque tarde, mi país ha comenzado a ser justo conmigo”

Rubén Martínez, escultor y arquitecto salvadoreño.

Su nombre está ligado a lo monumental. El Cristo de la Paz y el de la capilla de Fátima en San José, Costa Rica, cada uno de 4 metros de altura, nacieron de sus manos, antes robustas. También la iglesia El Rosario, una de las obras de arquitectura salvadoreñas más admiradas en el mundo por su atrevida propuesta, donde toneladas de concreto parecen descansar, simplemente, en el aire.

Este día de julio, el cuerpo de Rubén Martínez contrasta con la envergadura de su obra. Tiene 89 años y hace uno le amputaron la pierna izquierda para detener el avance de un cáncer. Ahora se desplaza gracias a una silla de ruedas que su esposa, Grace, empuja con riguroso amor para llevarlo a la mayoría de espacios de la casa que hace 40 años construyó, repleta de escaleras, para él y su familia. Ir a su taller, por ahora, es casi un imposible.

Y aquí, desperdigadas en estantes y mesas, están pequeñas esculturas, los ensayos de sus grandes obras, como el suplicante José Simeón Cañas que se exhibe en el Museo de Arte de El Salvador. Rubén quiere que esta casa, muy pronto, sea acondicionada para crear su propio museo, la síntesis de una carrera que se ha extendido por seis décadas.

Si bien su cuerpo contrasta con la magnitud de su obra, su voz sigue intacta, amplia y tumultuosa como aquellos ríos donde no es posible dar con las orillas. Con esa voz sostiene esta conversación, llena de irreverencias y reflexiones sobre su propio trabajo y de lo que significa ser artista en un país como El Salvador.

Tiene 89 años.
¿Cómo es la vida de un artista a esa edad?

Una de constante nostalgia. Yo era un gigante, pero el cáncer me ha jodido, me han dado cuatro cánceres y los he logrado vencer. Este era un cáncer (señala el muñón de su pierna izquierda), hasta que lo tuvieron que cortar el año pasado. Hoy del estómago he estado gravísimo, pero no, no era cáncer, tenía E. coli. El estómago estaba deshecho, tengo cinco días de estarme tomando las medicinas, ya no me duele. Hace unos días ni siquiera podía hablar. Pero aun así, como estoy, si tengo el pie, vuelvo a hacer figuras grandes (en agosto de 2017, Rubén se sometió a una operación en la que le amputaron el pie izquierdo desde debajo de la pierna. Está a la espera de poder comprar una prótesis y de que en FUNTER le den el alta para usarla y dejar la silla de ruedas).

¿Hace cuántos años hizo la última pieza grande?

No hace mucho, a Chevo Argueta (empresario Mario Enrique Argueta, fallecido en 2013) hace tres años (Rubén es el autor del monumento dedicado a esta persona, ubicado en el redondel del Árbol de la Paz, en San Salvador).

En ese entonces, ¿estaba bien de salud?

Ah, para nada, me estaban dando radiaciones. Espéreme, me equivoco, el último fue Matías Delgado, se lo dejé a un muchacho, al que había entrenado durante tanto tiempo, para terminarlo. Cuando lo fundió, lo dejó así (inclina el cuello y ladea la boca). Y yo tenía que entregarlo al día siguiente. Le corté, le subí la oreja, le puse un pedazo de bronce y la soldé. Quedó bien, porque no se le hecha de ver nada, quedó perfecta. La remendé. Hay que saber remendar también.

Hay que saber apegarse a la realidad

No hay que sofocarse. Ahora las cosas ya no me salen mal, porque entiendo que todo es lo que es, que nada está mal. Que no hay que morirse porque una escultura no sale como uno la imaginaba. La obra de arte tiene vida propia, fija sus propias reglas. Si usted la somete a su arbitrio, deja de ser una obra de arte. Aunque siempre hay que tratar de controlar lo más que se pueda. Por ejemplo, antes tenía fundidores, ahora fundo yo.

Alguna vez leí que a usted le parece que el momento más triste de un artista es cuando trabaja en una obra con sus propios recursos y, al final, no quieren pagarle.

No, a mí no, a mí siempre me han pagado con relativa prontitud. Quizá solo se han tardado en el tiempo cuando hay que hacer algún trámite. Por ejemplo, en la Alcaldía de San Salvador; la alcaldía cuesta que le pague.

Me imagino que es así en todo el sector público

Pero no me han quedado debiendo. A quien casi no le cobro es a la Iglesia. Una vez me pidieron hacer un trabajo en la iglesia de Cuscatancingo, un padre que a mí me quiere mucho. Pero en lo que lo estaba haciendo llegó otro párroco. Dijo “yo no tengo que pagar eso, porque yo no lo he mandado a hacer”. Y no me pagó. Pero la gente de la comunidad dijo “al arquitecto hay que pagarle”. Empezaron a hacer turnos para recaudar plata, y el dinero de allí venía. Cada cierto tiempo. Hasta que les dije, ya no, ya estuvo. No es necesario que me sigan dando. Me pagaron ellos.

Usted le hizo varios bustos al empresario Pablo Tesak. ¿A cuánto vende un busto como ese?

$6,000 por el primero. Después, con los otros, ya lo rebajé mucho, casi solo lo de la fundición salía. Yo no trabajo mucho, pero cuando trabajo, gano. Bueno, cuando hice a Funes, antes de eso él había dicho que yo era escuadronero, asesino, porque había hecho a Roberto d’Aubuisson (fundador del partido ARENA). Y vino alguien que me dijo: “¿Me haría a Mauricio?”

¿Quién le dijo?

La Vanda (Pignato). Y yo acepté el encargo. Desde el principio me dejaron claro que él no quería papada. Pero ya para ese entonces estaba bien gordo. Conseguí una foto de cuando él entró a la Presidencia y lo puse riéndose. Lo pensé para hacerlo chiquito, porque se supone que al niño se lo iban a regalar, pero ¡qué diablos! Luego lo pidieron más grande. “Hágaselo al mismo precio”, me dijo mi hija, y lo hice así. Después que yo lo terminé, quería encontrármelo de frente y decirle “¿veá que te gustó lo que te hice?” Porque quería tratarlo así. Pero cuando tuve la oportunidad en un evento al que los dos asistimos, cuando logré verlo, desgraciadamente tuve que ir al baño. Cuando regresé, ya se había ido.

¿Quién hizo el trato con usted?, ¿fue Vanda?

La Vanda. Vino el domingo que estaba trabajando en ese busto, como a las 10 de la mañana, se fue como a las 2. Quería estar presente para cerciorarse de que quedara bien. Se me había subido aquí, encima (hace un gesto señalando su regazo y uniendo los brazos como en un abrazo); y la cartera, que a saber de cuántos miles era, la había tirado en el suelo. Así estuvo conmigo. Y la Granadino (Magdalena Granadino, exsecretaria de Cultura entre febrero de 2012 y mayo de 2014), viendo todo el rato. No me levanté de mi puesto de trabajo sino hasta las 11 de la noche. No me levanté ni a orinar. Porque había que hacerlo y lo metí a la fundición.

¿Cuántas horas se tardó en hacerlo?

Yo lo hago rápido, pero no tanto. Como 15 horas sin descansar. Así trabajo. Es posible que esté enfermo, pero cuando estoy trabajando no me duele nada.

Actualmente, ¿las manos están bien?

Esta (la mano izquierda) no la puedo mover. Pero para modelar sí la puedo ocupar como en mis mejores tiempos. Para darle ese toque delicado a los ojos hay que hacer la pupila bien hechita. Cuando voy a trabajar, las manos no me tiemblan.

 

Rubén toma uno de los recortes de periódico que conserva en un álbum. El que está viendo es uno del año 94, justo después de la realización del Cristo de la Paz y el Monumento a la Constitución, popularmente conocido como La Chulona, que le fueron encargados por la Alcaldía de San Salvador.

 

“El escultor que le está cambiando la cara a San Salvador”, se lee aquí. ¿Cree que ese fue uno de sus periodos más prolíficos?

Puede ser que sí.

 

En otro recorte está el Cristo Resucitado de su viacrucis de la iglesia El Rosario, que forma una figura humana a partir de decenas de trozos de hierro ubicados horizontalmente.

 

El padre Alejandro (Peinador, de los dominicos, quien le encargó la iglesia El Rosario) quería que lo hiciera más moderno. Él me contrató sin saber lo que yo era. Me peleé con ellos, me vine justo después de terminar la iglesia. Porque había un cura que andaba con mujeres, y él me vio cuando yo lo caché. Empezó a molestarme, pero ese cura se fue. El padre Alejandro me vino a traer para que hiciera el viacrucis. Aunque ese padre no era para nada fácil. Él creía que yo era Miguel Ángel y que él era el papa Julio II, y que me iba a poder pegar con una vara. Llegamos hasta a agarrarnos a golpes. Al final le dije que sí, porque yo ese viacrucis hacía año y medio que lo había estado planificando. Es chistoso, pero por las esculturas de ese viacrucis es que soy más conocido fuera del país.

Escultura

¿Alguien le dio ideas para hacerlo?

No, nadie me daba ideas; al contrario, el padre Alejandro nunca me dijo nada. Yo no decía qué es lo que seguía, lo tenía así como Miguel Ángel. “¿Y qué sigue?”… “Espere, ya le voy a decir”. Tenía que estar conmigo, por fuerza. El viacrucis lo planifiqué año y medio, y al final di con el concepto de las manos.

Esa idea ¿cómo se le ocurrió?

¿Qué es lo más expresivo de nosotros? Los ojos. ¿Y después de eso? Las manos. Con las manos uno puede hablar; sobre todo los latinos. Si no tenemos manos, no hablamos de manera completa. Imagínese. De allí fui pensando en cómo comunicar de la manera más minimalista posible. ¿Unas manos a las que les cae agua? Ese es Pilatos. Así fui trabajando. Año y medio, aquí lo tenía (señala las sienes). Cuando vino el padre Alejandro a convencerme, ya todo estaba listo: lo dibujé en día y medio, y en mes y medio lo hice.

Se tardó más planificando que haciendo.

Nunca he estado tanto tiempo pensando en algo.

¿Esa fue la idea original?

Es que yo veía los viacrucis con el montón de cruces. Entonces tenía que hacer algo diferente. Mis amigos artistas y arquitectos me preguntaban que por qué lo estaba haciendo así. Y la gente que llegaba a rezar, la gente humilde, bien entendía; y los cheros míos, instruidos, no. Es que no había necesidad de más, que de manos.

¿La iglesia El Rosario es lo más grande que ha hecho? ¿Por qué no pudo hacer nunca más algo parecido?

No pude. Mis amigos y todos los miembros del círculo de artistas en el país se empezaron a reír y a burlarse de mí. Que era la escalera al cielo, le pusieron miles de nombres. Si se titulaba alguien y me invitaban, no iba, porque me iba a encontrar con ellos y empezaban a molestarme. Hasta que vino un arquitecto de España, y dijo que era una estructura maravillosa. Luego pude ir a trabajar y dejar obra afuera.

De las que están fuera del país, ¿cuál es la escultura que más le gusta?

Es el Cristo, que tiene 4 metros. Está en la iglesia de Fátima, en el barrio Los Yoses, en San José, Costa Rica. El arquitecto Alberto Linner, que era bien chiquitito pero se creía la gran cosa, había hecho una iglesia que solo era el cajón, pero le había puesto, para hacer los moldes, esos bolados de yute. Tenía una textura linda. Decían que la iglesia era tan moderna que no había quién pudiera hacer una escultura acorde.

Esa escultura que está en Costa Rica, ¿cuánto tiempo le tomó?

Tres meses. Me llevaron, les dije que no se podía hacer una escultura tan grande dentro de una iglesia. Me dijeron que me facilitaban el mejor hotel, pero yo tenía que ir. Fui un fin de semana, porque estaba ocupado, y me quedé en el convento. Cuando vi, era una pared enorme. ¿Cuatro metros? ¡Más grande se podía hacer! Me regresé a El Salvador. Como al mes vino el padre a decirme que si no podía hacerlo, no había problema. “Si ya está hecho, ya tengo la estructura terminada”, le dije. Venía a decirme que me relevaban del contrato. Yo he sido bien rudo. Tenía una fuerza terrible.

 

Rubén continúa examinando los recortes, bajo la tenue luz del salón que da al jardín, donde descansan algunas de sus esculturas. La que más destaca es una figura verde, una adolescente que baila en el aire, en un gesto donde el bronce parece tener el don de fluir. La figura, en el plan original de Rubén, debía medir 4 metros y vigilar la Puerta del Diablo. Era un homenaje a la bailarina Morena Celarié, fallecida en el sitio, a la que titularían “El espíritu de la danza”. El proyecto se frustró en 2007, cuando en el Instituto de Turismo decidieron no aprobar el proyecto. El escultor lee el título de otro recorte, esta vez, de los setenta: “Con chatarra y hierro puede un artista construir un bello mundo de arte”. Sonríe, visiblemente satisfecho. Pasa la página y hace referencia a un reportaje más reciente, de la presente década, que lo dejó con un mal sabor de boca.

 

Es que me ponen como un muchacho que está comenzando. Tengo una carrera de 60 años y sigo trabajando. Tengo tanto prestigio que acabo de hacer una escultura y ya me la compraron. Me dijo la persona “no la vaya a vender, me voy para Suiza, al regresar se la compró”. Está en exposición, igual, no la puedo vender.

¿Y en cuánto la da?

En $5,000. Esa escultura la hice por gusto mío. Se llama Othar, es el caballo de Atila, el huno. “Donde mi caballo pisa no vuelve a crecer la yerba”. La figura está pateando el suelo y la pisada es negra, quemada. A esta persona le dije que $5,000. Mi mujer me regañó. “¿Por qué le dijiste tan poquito, necesitamos pisto?” Yo trabajo poco. Dicen que soy muy carero, pero no.

¿Cuál es la obra que más lo ha demandado técnicamente?

Cuando me encargaron La Chulona, yo ya había hecho grandes esculturas, pero solo de hierro; esta tenía que ser de bronce. Y me daban tres meses para empezar la fundida. Hubo un gran pleito en la Alcaldía de San Salvador, porque yo les dije que lo habían hecho todo mal. Después de eso hice todo yo, los planos y todo. Los envidiosos dicen que yo me he aprovechado del dinero del pueblo. ¡Si nunca he cobrado! Los monumentos, el diseño, el sitio urbanístico, los planos, el diseño estructural, siempre me lo han regalado los mejores ingenieros. La dirección de la obra nunca la he cobrado. Solo percibo ingresos por la escultura mía. La Chulona iba a hacerla de 4 metros, pero como había poco tiempo, la hice más pequeña, pero le hice el pedestal bien grande. Tiene 2.80, en vez de tener 4 metros. Eso fue trabajo duro.

Tiene 89 años ya. ¿Quizá le va a ser imposible volver a esculpir?

Para nada. Creo que hoy lo puedo hacer mejor, porque sé más. Entre más trabajo, mejor lo hago. Ya no me voy a poder subir al andamio, pero con una máquina de presión que me permite subir como un elevador, lo puedo hacer.

Cuando hice a Funes, antes de eso él había dicho que yo era escuadronero, asesino, porque había hecho a Roberto d’Aubuisson (fundador del partido ARENA). Y vino alguien que me dijo “¿me haría a Mauricio?”

¿Espera volver a hacer una obra de 4 metros? ¿Es perfectamente posible?

Sí, cuando tenga el pie (la prótesis de la pierna izquierda).

¿Y cuando ya tenga el pie, es posible que esa obra de 4 metros la haga por iniciativa propia?

No, me la tienen que encargar.

¿Cuántos años cree que le queden de vida?

No importa. Voy a aprovechar lo que me quede. Mis manos y mi cabeza están mejor que antes. Creo que todavía puedo hacer mi escultura más monumental.

¿Dónde se imagina esa obra?

Yo no desvarío, voy siempre a lo seguro; y nunca he fallado. Los fracasos no los conozco. Si algo no me sale  bien, sigo, sigo y sigo. Como con Roberto d’Aubuisson, pasé una semana trabajando desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, y no podía. Al principio estaba bien, pero después lo perdía. Entonces, me puse a hacer varias cabezas a la vez. Hasta que un día me levanté en pijama y vine a desayunar. Me senté y, de repente, la solución estaba allí, frente a mí. Yo hacía un lado del rostro y lo pasaba hacia el otro, como se hace en casi todos los casos. Lo que pasa es que ambos lados de su cara no son iguales. Después de eso lo resolví rápidamente. Vino su esposa a ver el resultado. Y dijo a llorar y a llorar cuando lo vio, porque era como que hubiera vuelto a la vida.

Usted le hizo un encargo a Mauricio Funes, un busto, y le pagaron por ese busto. No sé si es consciente de que el dinero que a usted le pagaron quizá forme parte de esos fondos que la Fiscalía afirma que él se robó.

No sé. Puede ser robado, puede ser del dinero que él ganó. Yo recibí un pago. No voy a decir cuánto. No tengo bandera política, soy un artista.

¿No importa que el dinero que a usted le pagaron proviniera de las arcas del Estado?

Es que yo lo quería hacer, porque quería sacarme la espina, porque él me dijo que yo era escuadronero y asesino, porque había hecho a D’ Aubuisson. Quería decirle “hoy que te he hecho a ti, ¿qué piensas, qué piensas que soy?” Yo sé que le gustó, porque estaba bien hecho. Era igualito a él, solo que el busto que yo hice quedó más guapo.

Hablando de cosas éticas, ¿qué encargo no aceptaría usted?

Es difícil. Un enemigo mío me preguntó que si haría a Hitler. Sí, lo haría, porque fue parte de la historia. Hitler es un asesino tan grande y todo, pero sí lo haría. No estoy homenajeándolo, sino que mostraría cómo era él. Vaya, al Diablo no lo haría, no, estoy tan cerca de Dios que no podría. A un asesino de esos, sí. Imagínese de Napoleón Bonaparte, ¿cuántas estatuas no hay?

¿A un pandillero, a un narcotraficante le haría un busto?

No, eso sí no, aunque me pagaran miles.

¿Qué piensa de los jóvenes?

Yo los quiero ayudar, pero no se dejan.

¿Cree que la juventud está sobrevalorada?

Estoy de acuerdo. Lo valioso se terminó con el modernismo. Lo que vino después, el posmodernismo, lo arruinó todo. Hemos ido para atrás. En Europa están comenzando a dibujar otra vez. Es que lo abstracto es bien fácil. Yo podía hacer una escultura de ese estilo en una mañana. Pero la figura humana es otra cosa.

¿Alguna vez tuvo un puesto en el Gobierno, le dieron la oportunidad de dirigir algo?

Directamente no, solo he sido director de mis obras. Allí soy rígido. Como dice Roberto Galicia, “se hace como yo digo o no se hace”. Para que voy a darle vuelta. En la iglesia el Rosario, los ingenieros se me fueron. Decían “púchica, ¿qué es esta locura, de concreto, pesado, en el aire?”

Y ya pasó de los 40 años esa iglesia

Cuando la estábamos construyendo, mientras estuvo puesto el andamio, la estructura tenía grietas. Yo les decía “no se preocupen”. Cuando quité el andamio se cerraron, por el peso. Tenía grietas porque el andamio lo estaba halando, pero estaba perfecta.

¿Cuántos trabajadores tuvo en la iglesia?

Hubo un momento en el que habían 200 obreros, como 70 carpinteros. A todos les conocía su nombre, todos sabían qué estaban haciendo. Como yo, sentían que eran parte de algo más grande que ellos mismos. Les agradezco mucho: las grandes obras siempre son colectivas.

¿Hubo alguien que fuera especialmente habilidoso?

Todos. Porque al peón lo hice carpintero y luego jefe de los carpinteros. Albañiles no hacía.

¿Cree que parte de lo prolífico que ha podido ser se lo debe a la fuerza física?

Es la calidad del cuerpo. Que me caiga el agua, que me pase lo que pase. No ve que cuando hice el extremo oriente de la iglesia El Rosario, comencé a las 6 de la mañana de un día y seguíamos a las 6 de la mañana del siguiente, con tres máquinas. Tenía gripe y se vino el agua. Allí todos trabajaban junto a mí. Y el que ya no aguantaba se bajaba de los andamios y le daban café. Cuando estaba bien, subía de nuevo.

¿Y sus trabajadores, se quejaban de ese ritmo?

Todos me seguían, era un líder para ellos. A las 12 venía la carne guisada con tortillas calientes. Ya como a las 5, pupusas. Sabía que eran seres humanos.

¿Y hacía turnos con diferentes grupos de hombres?

No, los mismos.

Fue bastante trabajo físico suyo, no solo intelectual.

Es que yo era una bestia trabajando, rudísimo.

En ese tiempo tenía 37 años.

Es la edad en la que me casé. Una vez estábamos enojados con mi esposa, discutimos y ella se fue. Unos chabacanes de la universidad empezaron a piropearla cuando salió a la calle. Yo vi eso y pegué un salto y los agarré desde atrás, cayeron al suelo y se le rajó el pantalón a uno. Salieron corriendo. Era una bestia.

La iglesia, si bien es admirada, nunca la he visto con una misa repleta de gente.

Sabe qué, los feligreses son de una parroquia, y esa no es parroquia. Mucha gente no llega porque le tienen miedo al centro. Yo les digo que hay un estacionamiento pegado, que no pasa nada. Pero tienen miedo. ¿La feligresía cuál es? La de una comunidad. Allí no hay.

¿Cree que como templo no cumple su función por eso mismo?

La iglesia muy pocas veces se ha llenado. Pero es que, además, es bien grande. Mucho más que la misma Catedral, que costó varios millones. El Rosario se hizo por medio millón de colones.

¿Ese era el presupuesto original?

Es que no había presupuesto, hicimos uno, pero vimos que no se podía cumplir. Entonces cobraba yo el 10 % de todo lo que saliera, casi nada, imagínese, 60,000 colones en 10 años. Mis hijos me dicen que no regale trabajo. Que cobre aunque sea poquito. Hoy me han traído unas esculturas para que las arregle. Les voy a cobrar $35 por cada una. Bueno, por D’Abuisson sí cobré.

Hay una película, “La agonía y el éxtasis”, que cuenta la historia de cómo Miguel Ángel pintó la capilla Sixtina en el siglo XVI. Hay una escena donde el artista, que huye de sus responsabilidades hacia una montaña, vive un momento apoteósico y casi puede ver las futuras pinturas en el cielo. Genuina inspiración ¿Usted tiene momentos así a la hora de trabajar en sus obras?

No tan así. Yo una vez que sé lo que voy a hacer sigo ese camino. Pero nunca me someto a una idea. Una vez en toda mi vida he hecho la idea primero. La idea usted la quiere componer y no se puede. Mi hija me dice “haga dos proyectos, para brindar dos alternativas”. No doy alternativas, porque no quiero que me pidan algo que pienso que no sirve. Doy una sola cosa en la que creo.

¿Cree que su carrera ha sido justa, que tiene el reconocimiento que se merece?

Para nada. Nunca me han reconocido. Hasta que por fuerza los extranjeros lo dijeron. Aquí quieren que yo haga a los panchitos, a los inditos… y cuando yo vengo con una cosa nueva, los curadores no lo aceptan, pues no lo han visto nunca.

Dejando de lado la iglesia El Rosario, ¿qué es lo más atrevido que ha hecho?

Ese Cristo de la Paz, está en el aire. Pesa unas 3,000 libras y está sostenido en un solo punto. El logo que hice para el Banco ProCredit era una cosa de ingeniería muy buena. Era un solo punto de apoyo, si lo pone en otro lado, se revienta. Ahorita lo han quitado porque ha venido otro banco. Querían que les hiciera uno para Alemania.

¿Lo hizo?

No, no, no.

¿Por qué?

Vaya, mira, el Árbol de la Vida que le hice a los judíos, se pusieron locos, vinieron de todas partes a que les hiciera el mismo. No lo hice. Es porque no me repito. Una vez y ya estuvo. Ellos pueden hacer réplicas y venderlas. No copio a nadie. Ni a mí mismo.

¿Qué es lo que más le gusta de su obra?

La iglesia El Rosario, porque allí está plasmada mi idea, está en el aire. La idea que primero se hace tangible por medio del dibujo.

¿Para usted no es algo triste que la obra que más le gusta haya sido una de las primeras que hizo, en su juventud?

No, es que no tuve otra oportunidad. Se burlaban tanto, que yo ya no quise seguir en esto.

¿Se arrepiente de eso?

No, hoy vienen a decirme que yo tenía razón. Mi trabajo lo habían botado. Ahora tienen miedo de encargarme algo porque creen que soy muy caro.

¿Qué es en lo que piensa justo antes de dormir?

Nada, porque si pienso, no duermo. Sufro de insomnio, tomo pastillas para dormir. Pongo la televisión y hago como que estoy dormido, y rezo. Al Divino Niño me encomiendo.

Entonces, en lo que piensa es en el Divino Niño.

Me concentro y le pido por mi esposa, porque, pobrecita, porque lucha conmigo, que soy un inválido. Todo lo que yo hacía lo hace ella. No puede la pobre. Y hay que arreglar la casa, porque quiero hacerla como museo.

¿Piensa en la muerte?

No pienso en eso. En lo único que pienso es en qué va a hacer mi esposa si me muero. No quiero morirme, no quiero dejarla sola. De morirme no tengo miedo. ¿Cuántas veces me han llevado a operarme? Hace poco me operaron en el Seguro. Y cuando terminó, el doctor me agarró del hombro y me dijo “se portó bien, se portó bien”. ¿Qué es portarse bien? Me vino a ver otro doctor, que me lo mandaron las monjitas. Me dijo que no tenía muchas posibilidades, que perdí mucha sangre, pero que era un milagro que yo estuviera bien. Me rajaron desde aquí hasta aquí (dibuja una línea desde la axila izquierda hacia el riñón de ese mismo lado), y con un aparato me abrieron las costillas. Me duele todavía. En ese hoyo, hicieron el corazón para un lado, sacaron el pulmón y le quitaron el cáncer. He estado tan cerca, tan cerca, tan cerca… en la última vez que me operaron, siento que he nacido otra vez. Fue en febrero. Son cinco meses. Y mire, riéndome. Cuando me quitaron el pie, porque me lo quitaron sin decirme…

¿Hace cuánto fue?

En agosto, tengo un año. ¿Qué pasó? A reír me puse. Después de eso me dieron seis reconocimientos. Hasta que me han comprendido. Yo me adelanté mucho. Vienen a reconocerme, fíjese, de Estambul, de India, de Europa, de todas partes. De Estambul, donde está (la catedral de) Santa Sofía. De allí viene un reconocimiento para mí.

¿Ahorita no está yendo a terapia?

No, ahorita no. Otra cosa que tengo mala es que no me puedo quitar el pie, este pie (señala el muñón de la pierna izquierda). Siento que me pegan duro, escapo a llorar. El pie me duele mucho, siento que lo hago así (apuña la mano para ilustrar), dormido. Tenía un uñero que todavía me duele.

¿Siente que todavía tiene el pie?

El cerebro no quiere comprender. Ahorita me está haciendo así, como que palpitara. Pero me tomo una pastilla para apaciguar los nervios. Es un sufrimiento terrible. La columna la tengo dañada.

Cuando sueña, ¿sueña que tiene el pie?

No sueño, muy raras veces sueño. Mire, no vaya a creer que soy un ególatra. Pero no puedo mentir. Además, afuera lo dicen. Mis paisanos no me reconocen, hasta hoy me reconocen. Me dieron una pensión vitalicia, un salario mínimo. ¿Qué voy a hacer con eso? Estoy feliz porque hace poco vendí una escultura, porque con eso compro la prótesis, que son bien caras. La que voy a comprar yo vale $1,700. Cuando venda el caballo voy pagarla, y voy a pagar otras cosas. Porque pagamos cabal los gastos de la casa, con mis ahorros, pero esos poco a poco se van haciendo más pequeños. Al tener el pie tengo que recuperar capital.

¿Es posible que le salga un encargo grande, el que tanto espera?

Creo que sí, porque hoy ya creen en mí. Antes decían que era bueno, pero no me aceptaban. Aunque tarde, mi país ha comenzado a ser justo conmigo.

Trabajar desde antes de los 10 años

Fotografía

Para llegar al terreno donde esta mañana trabaja Luis Enrique, hay que cruzarse la calle de tierra y caminar por un sendero sinuoso, adornado por tantos árboles que muy poca luz se logra colar entre las ramas. Al arribar a la milpa, el horizonte se amplía, los ojos se llenan de claridad. El verde llega hasta donde alcanza la vista, a veces cortado por altas palmeras de coco.
Con la cuma en la mano, se encorva para desherbar, con minucioso amor, los alrededores de cada mata, teniendo cuidado de no dañarlas en su intento por protegerlas. Lo hace para evitar que otras especies le ganen terreno a su planta, para que esta pueda crecer a sus anchas hasta un momento en que ya no necesite de ayuda, más allá de abonos, insecticidas y riego.
Lo más duro, la siembra, ya pasó, pero esto también exige un enorme esfuerzo físico, de doblar el cuerpo para que la filosa hoja quede casi al ras del suelo y avanzar, avanzar, en un par de manzanas que, debido a la monotonía, podrían parecer interminables. El sonido del metal contra el suelo, del viento rompiéndose en cada golpe, se mantendrá constante por más de tres horas. Deshierba concentrado, con solo un poco de sudor sobre la frente, con la mirada atenta en su herramienta.

En un país adscrito a varios convenios internacionales contra el trabajo infantil, que se comprometió a que ningún menor de 18 años trabajaría en 2020, Luis Enrique ya cuenta con casi una década de experiencia trabajando la tierra. Tiene 17 años, empezó cuando solo tenía ocho. Ha laborado por más de la mitad de su vida.
Luis Enrique es parte de una familia formada por padre, madre y 15 hijos, que viven en el cantón Quebrada Española, de Izalco. Es un retrato del trabajo infantil asumido con normalidad: cada uno de los hijos varones ha empezado a trabajar antes de los 10 años junto con su padre, Rolando Obando, en las labores del campo. Desde el mayor, que ahora tiene 25 años. Los más pequeños esperan su turno, si las circunstancias no cambian.

Luis Enrique trabaja en la milpa junto con dos de sus hermanos, Miguel Ángel, de 15 años, y Rónald, de 12, quien no rebasa el umbral establecido por la ley para que un adolescente comience a trabajar. Su rostro contrasta con la edad promedio del agricultor en El Salvador, que el MARN coloca en 57 años. Al no contar ni con la edad mínima legal para realizar estas labores, no existe en ese censo.

***

JESÚS DE LA PEÑA, coordinador subregional de la Organización Internacional del Trabajo, señaló en 2009 que, al ritmo en el que iba el país, no se llegaría a las metas con las que El Salvador se había comprometido tres años atrás en una Hoja de Ruta (2006) destinada a acabar con el trabajo infantil. Las metas trazadas, en las que también se anotaron otros Estados de la región, apuntaban a hacerlo para 2020: entonces, se pensaba, ningún menor de 18 años tendría que realizar ninguna labor para ganarse la vida. El proyecto parecía condenado al fracaso. Las promesas no se cumplirán.

Rónald, de 12 años, asistirá más tarde a sus clases en el quinto grado del Centro Escolar Quebrada Española. Tiene 19 compañeros en el aula, cinco son varones. Tres de ellos realizan labores en el campo en la mañana, como él, para estudiar por la tarde. En las lecciones de hoy, quizá, verán las partes del cuerpo humano, algo que le fascina al niño, conocer cómo está compuesto por dentro, qué hace que cada parte de sí mismo funcione. A diferencia de lo que se pensaría, parecerá fresco, atento a cada palabra que sale de la boca de su profesor. El profesor señalará en el pizarrón los órganos y sus funciones, y Rónald preguntará, preguntará y preguntará para estar seguro de que ha entendido.

Que no se hayan cumplido las promesas de la Hoja de Ruta no se traduce en la nulidad de logros: según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM) de 2017, publicada por la DIGESTYC hace unas semanas, son 41,735 los niños menores de 14 años que se ven obligados a trabajar, 20,000 menos que hace una década, cuando, por ejemplo, Luis Enrique fue llevado por primera vez al campo por su padre. El país ha vivido una disminución constante al menos desde 2012, cuando se reportó el último incremento con respecto al ejercicio anterior.

La mayor conquista se ha registrado en las labores de corta de caña, donde el problema, al menos según datos del Ministerio de Trabajo, ha llegado casi a cero. Ese es el resultado de más de una década de apoyo de la Organización Internacional del Trabajo, que le aportó en torno a $1,000,000 al sector azucarero entre 2002 y 2009, y que continuó su camino en FUNDAZUCAR, la organización no gubernamental que aglutina al sector*.

Pero eso no se ha traducido en que la prohibición se ha cumplido a rajatabla, y el Ministerio de Trabajo ha sancionado, desde 2012, a 12 empresas y cooperativas por seguir empleando a menores, como en el caso de la Cooperativa de Los Chilamates, de Nueva Concepción, Chalatenango, a la que en 2013 se le descubrió que había empleado a 11 menores de edad.

En un país adscrito a varios convenios internacionales contra el trabajo infantil, que se comprometió a que ningún menor de 18 años trabajaría en 2020, Luis Enrique ya cuenta con casi una década de experiencia trabajando la tierra. Tiene 17 años, empezó cuando solo tenía ocho. Ha laborado por más de la mitad de su vida. Luis Enrique es parte de una familia formada por padre, madre y 15 hijos que viven en el cantón Quebrada Española, de Izalco. Es un retrato del trabajo infantil asumido con normalidad.

En la escuela, Rónald ignora, sin embargo, que su cuerpo todavía no está lo suficientemente desarrollado para hacer el trabajo que realiza. Porque no es solo la labor del campo.
Para poder ganar entre $3.60 y $7 por cada paquete de 12 pares de zapatos, tras salir de la escuela, Rónald se sumará a su madre y a sus dos hermanos Luis Enrique y Miguel Ángel (15 años) para coser calzado. Pacientemente unirá decenas de suelas a igual número de piezas a la luz de una lámpara, en una jornada que puede extenderse hasta las 10 de la noche. Para la familia esto significa un ingreso importante, dependiendo del número de lotes que les encarguen.

A Miguel Ángel, el hermano de 15 años de Rónald, las semanas de escuela se le vuelven, a veces, de tres días. Cuando tiene que extender su jornada en la milpa en la tarde, los días en que su padre necesita más ayuda, pide permiso para ausentarse de sus clases. Eso, dice, ocurre una o dos veces cada semana.
En la escuela a la que asisten los hermanos son conscientes de que muchos de los niños a los que atienden cumplen con una responsabilidad que no les corresponde. Por eso suelen ser más pacientes con ellos, según lo comenta Cecilia Morán, la directora del centro.

Izalco. Rolando Obando posa junto a cuatro de sus 15 hijos. De derecha a izquierda: Miguel Ángel (15 años), Luis Enrique (17), Rónald (12), Rolando y su hijo mayor, de 25 años.

Aparte de ello, no cuentan con programas constantes para atender a este tipo de población. Los que poseen en la actualidad se limitan a un taller de banda de paz y otro de instrumentos musicales. De vez en cuando llegan cursos de otra cosa, como uno muy reciente de panadería, al que los niños trabajadores asisten gustosos: piensan que eso les permitirá conseguir un mejor empleo. Eso mismo piensan los padres. En la zona no hay lugares para formarse en algún oficio. Lo más cercano está en el casco urbano de Izalco. Dado el problema de caminos del sitio, moverse hasta allá de forma constante representa una fuerte inversión que muchas familias no son capaces de cubrir.

Pero incluso las clases de música y de banda de paz están en peligro. En la escuela es casi imposible mantener actividades que vayan más allá de los cursos normales, según lo explica la directora del centro, pues no cuentan con un presupuesto para hacerlo. Por años las han mantenido haciendo malabares. Si no llega un patrocinador, deberán retirarlos en el corto plazo.
En El Salvador, el combate al trabajo infantil ha estado en manos de una mesa conformada por varias instituciones: los ministerios de Trabajo, Salud y Educación, el ISNA, el CONNA y las municipalidades, que pueden tener una mayor incidencia en el seguimiento a la eficacia de las políticas dada su cercanía con la población.

Pero desde las instituciones no ha habido un esfuerzo constante, al menos en la última década, siquiera por entender el fenómeno. Por ejemplo, para establecer el dato de niños trabajando, la única referencia es la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples. La otra fuente es lo reportado por el Ministerio de Educación, que toma en cuenta a la población que va a un centro educativo.
Para darse cuenta de esta ausencia, solo basta con consultar el número de comités municipales de protección de derechos habilitados por el CONNA a escala nacional: menos de 100, cuando la ley establece que debe existir al menos uno por municipio.

“Eso impide que para problemas como el trabajo infantil, que exige un constante monitoreo, se tenga la capacidad para mantener ese seguimiento. Debe haber una reestructuración, en la que se aprovechen otras infraestructuras ya instaladas en el país, como los ECOS del Ministerio de Salud. Ahorita, solo estamos actuando mediante una denuncia previa”, comenta Víctor Serrano, técnico de Promoción de Derechos del ISNA. Reconoce que para esta labor esa institución no cuenta siquiera con 100 empleados.

Señala, sin embargo, algunas conquistas, sobre todo referidas a la casi total eliminación de algunas de las formas más peligrosas de trabajo infantil: la de los que laboraban en las minas de cal en el norte de Santa Ana; la de los niños utilizados en la pesca con explosivos.

Pero incluso el ISNA, según reconoce el mismo Serrano, ha dejado de batallar por poner en el centro de la discusión el problema. Algo que puede ilustrarse en el hecho de que el último estudio sobre trabajo infantil se publicó en un ya lejano 2014. Era el referido a Madresal, la isla de las madres-niñas, en San Dionisio, Usulután, de la que Séptimo Sentido realizó un amplio reportaje, publicado ese mismo año.

El Estado no sabrá, por tanto, sobre Rónald, el niño que después de sudar sobre la milpa preguntará en su clase de Ciencias sobre las partes del cuerpo humano para, después, partir a su casa a coser calzado.

***

—¿VIO A AQUEL SEÑOR que estaba en el portón? Ese es mi papá –comenta Rolando Obando, el padre de 15 hijos, mientras arroja agua a su milpa con la bomba que carga a la espalda. —A mí me sacó a los ocho años y me llevó a unos lugares allá por el cerro de Las Flores, a pasarnos ese gran rillón, que a veces él me pasaba en el lomo cuando estaba crecido.

Rolando habla de algo que parece una tradición en la zona, pero que contraviene los tratados internacionales y la LEPINA. Sin embargo, cuando él crecía, los derechos de los niños eran algo que no le importaba al Estado.

Rolando cuenta cómo empezó a trabajar en los cañales cuando tenía 12 años, cómo soportaba los calores de la época de la zafra, cómo se hizo un hombre duro a base de trabajo en una de las labores catalogadas entre las más peligrosas para un niño.

Rolando es todo un líder comunitario, forma parte de APROMUPIZALCO, la asociación de cooperativas de agua que surte a 10,000 personas en ese municipio de Sonsonate. Ha sido elegido para representar a su comunidad, Quebrada Española, en las diferentes iniciativas que han llegado hasta este lugar, aislado por calles de tierra y piedra suelta a pesar de estar a unos cuantos cientos de metros de la carretera que de San Salvador conduce a Sonsonate.

A lo único que no apoyó con fuerza, comenta, fue a PRONIÑO, un programa de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y una empresa privada de telefonía que entre 2012 y 2013 intentó concienciar a los padres de la zona sobre la inconveniencia de que sus hijos comenzaran a trabajar a tan temprana edad.

Según la directora del centro escolar del sitio, Cecilia Morán, el programa tuvo una incidencia positiva. Fue la época en que un mayor porcentaje de niños dejó de trabajar. Eso es algo que se repitió en el resto del país. Entre 2011 y 2014, el país vivió su mayor disminución en el número de infantes menores de 14 años obligados a trabajar, que pasó de 60,171 a 47,488.

Esta tarea, comenta Morán, se hizo no sin enfrentar una enorme oposición de parte de los padres, que se preguntaban quién, ante la ausencia de los hijos, les ayudaría a completar la obtención de los recursos para tener una vida digna.

Una persona que ha visto el fenómeno del trabajo infantil de cerca desde finales de los noventa es Víctor Serrano, técnico de la Dirección y Promoción de Derechos del ISNA. Eso, el hecho de que los menores de edad pueden significar un importante ingreso para familias pobres, es un elemento que complejiza la discusión. Ahí no basta la enumeración de leyes y posibles sanciones, pues está en juego, comenta, la propia sobrevivencia del menor.

“Pero eso no quiere decir que hay que dejar de concienciar sobre los derechos de los menores. Hay que cambiar la estrategia, como dejarles claro que la escuela, a pesar de las carencias que tiene, es una oportunidad para romper con el ciclo de la pobreza en un futuro”, comenta Serrano.

De nuevo en su milpa, mientras sus hijos adolescentes y el niño Rónald continúan con la faena, Rolando explica las razones de por qué lo que representaba PRONIÑO le parecía tan mala idea.

—Yo hablé con mis hijos y les dije “no voy a apoyar eso porque ustedes son los que se me van a arruinar” –dice Rolando, dejando por un rato su semblante dicharachero para poner un rostro serio. —No quiero un hijo huevón. Necesitan el estudio, pero también trabajar, porque aquí nos hemos acostumbrado a trabajar en la tierra.

Muchos padres de la zona piensan como Rolando. Incluso aseguran que parte de la violencia que se ha vivido en la zona en los últimos años se debió a ese período en el que muchos niños dejaron de trabajar.

“Para mí, es 1,000 veces preferible que un niño de 12 años esté ahí, en la milpa, aprendiendo cómo se trabaja, a que esté en una esquina sirviéndole a los grupos delincuenciales”, comenta un padre de familia que, por motivos obvios, prefiere no decir su nombre.

El Salvador no es un país de blancos y negros. Tampoco este argumento es suficiente para justificar el trabajo infantil, según la opinión de Víctor Serrano, del ISNA.

“Hay casos extremos en que la familia es negligente… Una vez me encontré a unos adolescentes trabajando en el cañal, a unas altas temperaturas, cuando las personas adultas estaban en la casa, viendo la telenovela”, ilustra.

***

A PESAR DE QUE sus hijos han tenido que trabajar desde pequeños, Rolando Obando cree en la importancia de la educación. Por eso ha animado a sus hijos a completar, “aunque sea”, su bachillerato. Eso ocurrió con dos de sus hijos mayores de edad que, tras ello, pudieron acceder a un puesto en una empresa cercana a la capital. Para Rolando, es toda una conquista: que sus hijos puedan ganarse la vida “sin molestarse mucho”, como él, en las labores del campo.
Los dos hermanos son un ejemplo para el resto de la familia. El punto al que alcanzar o superar. Por eso Miguel Ángel, de 15 años, ha decidido seguir estudiando, a pesar de la dureza de una jornada que comienza en la mañana en las labores de la tierra y continúa en la tarde en la escuela. Y que, incluso, se puede extender con los zapatos que lleva su hermano Luis Enrique para coser.
“Yo siento que no me cuesta tanto, ya me acostumbré”, comenta Miguel Ángel, lleno de timidez.
Dice que, a pesar de todo, terminará con su bachillerato. Pero luego no existe en su panorama la idea de incorporarse a la universidad o continuar con su educación. Quiere contar con un título para convertirse en empleado de una fábrica, conseguir un trabajo con el que pueda obtener un ingreso constante con el cual ayudar a su hogar. Ese es su sueño, que todavía le suena lejano.
Con lo escuchado se podría pensar que a, semejanza de lo que escribe Martín Caparrós en el libro “El hambre”, salvando las distancias, la pobreza y la necesidad de trabajar desde pequeño te quita, incluso, la oportunidad de ver más allá.
Por ahora, Miguel Ángel, Rónald y Luis Enrique continuarán el trabajo en la milpa de su padre, esperando que este año la cosecha no los decepcione.

Otros ejemplos. Maybelline Shupan, de 12 años, ayuda a su madre a recoger leña a 40 minutos de camino de su casa, en Cuyagualo, Izalco. También su hermano, Enrique, de 14, trabaja.

 

*Este párrafo pudo causar alguna confusión. Por ello fue modificado el 12 de junio de 2018, con el monto que fue entregado por la OIT exclusivamente al sector azucarero.

El campo se queda sin jóvenes

El campo
El campo

Al menos hasta hace unas semanas, la única manera de que una persona de la comunidad La Ruda recibiera atención médica era trasladarse al centro del municipio de Masahuat, Santa Ana, ubicado a unos 10 kilómetros de aquí, para donde no existe más transporte público que un camión que sale a las 7:30 de la mañana. Si no se contaba con un vehículo propio (lo que pasa con casi todos los habitantes), la única opción aparte de esa era la fuerza de las piernas para recorrer un sinuoso camino a orillas del río Lempa.

Este escondido rincón de Masahuat, un apartado municipio ubicado varios kilómetros adentro del desvío al parque acuático Apuzunga, ahora tiene una clínica, recién construida por la ONG Ayuda en Acción, que recibe buena parte de sus fondos desde el Gobierno de España. Eligió a Masahuat por las incontables necesidades que asolan a sus pobladores.

Álex Valdez, de 26 años, es uno de los beneficiados de esta clínica. Ha sido agricultor desde que ha tenido edad para trabajar. Es la única manera que conoce para ganarse la vida, como casi todos los miembros de las 56 familias que viven en La Ruda. Es así incluso con sus compañeros de generación. Toda una rareza; según datos del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), la edad promedio del agricultor salvadoreño es de 57 años.

En este país que ha tenido a la actividad agrícola como soporte principal de su economía en el pasado, los campesinos son mayores incluso que los de California, Estados Unidos, en donde el promedio de edad es de 45 años. La de hacer producir la tierra es una actividad que se queda sin relevo generacional: menos del 10 % de los involucrados es menor de 27 años.

Y muchos son como Álex, personas a las que el Estado se olvidó de cubrirles sus necesidades básicas, sobre todo en municipios como Masahuat, uno al que el Mapa de Pobreza del FISDL coloca entre aquellos que se consideran como de pobreza extrema severa: casi la mitad de su población (3,373 personas según las proyecciones para 2018 de la DIGESTYC) vive bajo ese umbral.

—Ahorita tuve una experiencia, –comenta Álex, los ojos viendo al piso, las manos cruzadas sobre el pecho–. Le estaba diciendo a mi papá que ni ganas de hacer mucha milpa me daban.

A pesar de que el año pasado fue bueno y hubo suficiente lluvia para que las plantas crecieran a sus anchas, la alegría se esfumó pronto. La base de este desconcierto está en las matemáticas.
Álex hace su recuento: en 2017 logró producir, aparte de aquel maíz necesario para su consumo personal, 18 cargas, el equivalente a 36 quintales.  Cuando llegó a una de las agencias que en Metapán, la ciudad más cercana, acostumbran comprar producto a los agricultores locales, tuvo que vender cada 100 libras a $13. Incluso si hubiera preguntado en otra agencia, habría recibido lo mismo. Los intermediarios suelen ponerse de acuerdo para establecer un precio de referencia.

Este, según un vendedor de Metapán que no quiso identificarse, se calcula en base con las cosechas del año. Esa es la paradoja del agricultor: cuando el año es bueno, debe vender su producto barato, pues hay mucha oferta. Cuando se trata de uno malo, puede obtener un precio promedio más alto, pero cuenta con poco producto para comerciar.
A Álex eso le significó un pago de $468. A eso debió restarle un dólar por quintal, lo que le cuesta el transporte, por lo que le quedaron $432. Ahora, piensa en lo que le tocó gastar este mayo, cuando se preparaba para sembrar: 48 libras de semillas de maíz, cuatro botellas de veneno, 3 kilos de herbicida y el plástico para poner en la milpa. En eso gastó $250.

—¿Y el abono, y para querer echar un mozo para trabajar? Viera que el trabajo de uno le queda en vano –comenta en un momento de exasperación que contrasta con el resto de la plática–. Uno siente que trabaja para los empresarios, porque ellos nunca pierden.

Y puede ser que lo dicho por Álex no sea una exageración; en municipios donde es posible vender un volumen como ese (los más cercanos son Metapán y Nueva Concepción, Chalatenango), el quintal que ellos dan por $13 luego puede ser vendido por $18; $5 de ganancia para alguien que no asume todos los riesgos, que no depende del arbitrio de un clima cada año más caprichoso.

El Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) publica cada día una tabla de precios para distintos productos agropecuarios. Pero esa labor no es la de establecer un monto que hay que respetar a la hora de comprarle a un agricultor, sino la de elaborar un promedio de en cuánto se está vendiendo el producto en las plazas comerciales a escala nacional. El referente es el intermediario, no el productor.

Solo la caña de azúcar cuenta con un precio mínimo de compra hacia el productor, que debe ser acatado, pero se trata de un cultivo al alcance solo de los propietarios de extensiones grandes de tierra.

Por un escenario como el anterior, que no haya un sólido relevo generacional en la agricultura no es culpa de los jóvenes, dice Ismael Merlos, director de Desarrollo Territorial de la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE), sino más bien, de la realidad de esta actividad en El Salvador: una tecnológicamente atrasada con respecto al resto de la región.

Para Merlos, la agricultura se ha convertido en una labor de “subsubsistencia”, aquella que no alcanza a cubrir siquiera las necesidades alimentarias de quien siembra. Eso hace que una producción para fines comerciales se convierta en un sueño solo a la mano de unos pocos. La superación de la pobreza no es un objetivo alcanzable a través del sudor que cae en la tierra.

José Mendoza es otro de los jóvenes agricultores de La Ruda. Vestido con un short, una camiseta y con tenis, a primera vista este muchacho de 26 años no parece agricultor. Pero, igual que Álex, es de los que se sacrifica para sacarle frutos a la tierra.

En la época del maicillo y del maíz, siembra en las manzanas de su familia, ubicadas muy cerca de su casa. Pero cuando se trata del frijol, para el que se necesita un clima más frío, debe subir la montaña, lo que toma cerca de dos horas. Allá arriba alquila un terreno. Para aprovechar el día, la jornada debe empezar a las 6 de la mañana. Hay que partir a las 4, apenas acompañado por una lámpara que corte la noche.

Álex hace su recuento: en 2017 logró producir, aparte de aquel maíz necesario para su consumo personal, 18 cargas, el equivalente a 36 quintales. Cuando llegó a una de las agencias que en Metapán, la ciudad más cercana, acostumbran comprar producto a los agricultores locales, tuvo que vender cada 100 libras a $13. Incluso si hubiera preguntado en otra agencia, habría recibido lo mismo. Los intermediarios suelen ponerse de acuerdo para establecer un precio de referencia.

Ganadas. Algunas laderas de montaña en Masahuat lucen deforestadas. Muchas son ocupadas por campesinos de la zona para sus siembras, que dependen de un clima cada año más caprichoso.

También es otro de los decepcionados con lo poco rentable que resulta la agricultura, el único medio de subsistencia que ha conocido en su vida. Cuenta historias parecidas a las de Álex y añade otro elemento a la ecuación: cada venta les cuesta un día de su vida, pues deben salir con el camión que sale de La Ruda hacia Metapán o Nueva Concepción a las 7:30 de la mañana y retornar hasta que este pase por su comunidad.
“Si existiera un tipo de agricultura que les permita a los jóvenes, además de obtener ingresos, formarse técnicamente, te aseguro que van a involucrarse en la agricultura. Para eso se necesita hacer una transformación en profundidad”, comenta Ismael Merlos, de FUNDE.
La violencia es otro de los factores que aleja a los jóvenes del trabajo en la agricultura. Sobre todo cuando el ir a laborar a una plantación significa cruzar invisibles fronteras de guerra.
Esa fue la razón por la que asesinaron a cuatro primos, todos trabajadores de la tierra, en abril de 2015, en el caserío Los Hernández, de Izalco. Vivían en una zona con presencia de una pandilla. Cerca de la propiedad a la que iban a trabajar, en la hacienda La Macarena, estaba la agrupación enemiga.
Por la misma causa asesinaron en octubre de 2017 a Raúl Benjamín Jiménez Ramírez, cuando regresaba a su casa en el cantón El Carmen, de Guaymango, Ahuachapán; o a José Alberto Hernández González, en Jiquilisco, en diciembre de 2015.
Chalchuapa, el municipio ubicado más al sur de Santa Ana, forma parte de un corredor de violencia, conformado también por municipios como Atiquizaya o El Refugio, en el vecino departamento de Ahuachapán. Uno en el que es posible que ocurra, en apenas una mañana, media docena de homicidios. Varios agricultores han sido asesinados en el último lustro.
En este municipio está el cantón La Magdalena, ubicado a unos kilómetros del ingenio del mismo nombre, que en 2015 fue denunciado por el derramamiento de miles de galones de melaza en el río que surca la localidad.
Esta mañana de mayo, al encuentro sale Gustavo Torres, uno de los habitantes de la zona. Maneja su motocicleta para guiar entre un sinuoso camino de tierra, fácilmente transitable para cualquier vehículo. Su deber es conducir un grupo de jóvenes integrados a diferentes proyectos de desarrollo agrícola, apoyados por el programa “Amanecer rural”, financiado con $40,000,000 provenientes de un préstamo entre el Estado salvadoreño y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), una agencia de Naciones Unidas.
A pesar de que es el primer anfitrión, no forma parte de los proyectos. Él decidió ganarse la vida de otra manera, trabajando en la paquetería de un supermercado en la ciudad de Santa Ana, por lo que ha tenido que mudar su residencia allá. Solo trabaja la tierra eventualmente, cuando viene a pasar las vacaciones a su hogar natal.
En las oficinas de la cooperativa Las Tablas espera un grupo de jóvenes, cuyas edades oscilan entre 18 y 27 años. Una de ellos es Gabriela Torres, estatura media, corpulenta, ojos vivos. Con orgullo expone sobre los programas que han comenzado a implementarse en su comunidad, como una plantación de maracuyá, para la que técnicos del MAG los han capacitado en su cuidado.
“Por un tiempo lo habíamos descuidado y creció mucho la maleza, pero ahora lo retomamos”, comenta Gabriela. Los otros dos proyectos son un banco de apicultura y un huerto de hortalizas, que se cultivará en un invernadero.
Gabriela y compañía se muestran entusiasmados con las oportunidades, pero ella reconoce que no ve en la agricultura un futuro para su vida. Si tuviera la oportunidad de salir de aquí para obtener un mejor empleo, no lo dudaría dos veces. En sus aspiraciones está seguir con sus estudios después de haberse graduado del bachillerato, todo un logro si se considera la media de escolaridad de la zona, que suele parar en el tercer ciclo.

Gabriela da algunas claves con respecto a este desencanto con la agricultura: Si bien existe la capacidad de producir algo, todavía están muy lejos de que se convierta en un negocio sostenible, pues no existe un mercado al que venderle de manera constante. Las recientes producciones de miel, por ejemplo, han ido a parar a las manos de los mismos vecinos. El dinero es tan poco que ha sido necesario invertirlo en su totalidad para continuar con el proyecto. Las excepciones a esta regla en planes de esa naturaleza se cuentan con los dedos de la mano. Uno de los más prominentes es el de la Canasta Campesina de los productores de Comasagua, que tiene una ventaja: su cercanía a una capital con personas con alto poder adquisitivo.

“Pero esto nos ayuda a mantenernos ocupados. Y eso significa mucho para nosotros, saber que estamos en algo productivo”, comenta Gabriela.

La mayor parte de hombres de la comunidad pertenece a una cooperativa, lo que les asegura un trozo de tierra (aunque sin escrituras a su nombre) para sembrar en invierno, casi siempre dos únicos cultivos: maíz y frijol. Uno de esos hombres es el padre de Gabriela, Óscar Torres, de 53 años. Junto a su sobrino, Adiel, se esfuerza en las labores de un futuro corral de cerdos.

Como casi todos aquí, en la agricultura le apuesta a los dos cultivos tradicionales. Habla de buenas épocas en las que es factible sacar algo de ganancia a tanta inversión y trabajo. Dice que la única posibilidad para ello es que el Gobierno les compre su producto como semillas. Es un proceso más largo que si solo lo hicieran para consumo, pues existe una labor de selección, de bodegaje y de cumplimiento de varios estándares. La recompensa es que lo pagan a $100 el quintal. Producir cada uno, según los cálculos de Óscar, cuesta unos $90. Hay una ganancia de $10. Sin embargo, este año no podrá ser así, pues el Gobierno no les ha pagado aún lo de la última vez, comenta.

Por eso se verán obligados a llevarlo a la plaza y venderlo para consumo, donde se paga a un precio estimado de $43 el quintal. Torres dice que el costo de producirlo es todavía mayor. Por eso declinó pedir un préstamo en la línea de crédito que tiene activo en el Banco de Fomento Agropecuario. Ha decidido solo sacar lo necesario para consumir en su familia.

Adiel, su sobrino, ha estado atento a la conversación, con la mirada perdida, aparentemente sumergido en la música de sus audífonos; con 20 años, se ha convertido en el líder de los jóvenes de su comunidad. Por ello fue beneficiado con una beca de varios meses para ir a capacitarse en la Escuela Nacional de Agricultura Roberto Quiñónez (ENA), ubicada en Ciudad Arce, La Libertad.

Habla de lo aprendido, de cambiar el chip en las comunidades. Para él, lo más importante es la diversificación de los productos, dejar de depender de un invierno bueno, algo de lo que nadie tiene control. Por eso trabaja en este pequeño corral de cerdos. Por eso también ha estimulado a sus compañeros de generación para aprender todo lo que puedan de los técnicos de diferentes instituciones que los visitan, sobre todo en cuanto al abono orgánico.
“Se hace con insumos que uno saca aquí. El carbón, la ceniza, los microorganismos de montaña, cáscaras de verduras. Se pueden hacer buenos fertilizantes, ya sea vía foliar o al suelo. Nosotros mismos tenemos los recursos, a veces es solo falta de conocimiento”, comenta el joven. Una primera cosecha de huertos caseros, sin embargo, todavía se ve lejos: no han cultivado ni una sola planta en el invernadero que les facilitaron para ese fin. Es un camino que apenas comienza.
Otro joven de la comunidad es Misael García, de 21 años. Luce cansado, sudoroso, pues en este mediodía acaba de volver de trabajar en la tierra de la cooperativa. Una imagen que no hubiera sido posible contemplar hace solo unos meses, cuando era empleado de una empresa repartidora de bolsas plásticas. Ganaba apenas unos dólares más que en el campo, pero el trabajo era estable y los ingresos constantes. Pero un detalle lo complejizaba: la necesidad de entrar a territorios donde no es bienvenido por el solo hecho de vivir donde vive.

“Ser joven es un delito”, dice. Por eso optó por renunciar y regresar a su trabajo de antes. Eso, según comentan Armando Ramírez, de Ayuda en Acción; y Christian Torres, de la Asociación Integral de Redes Juveniles Rurales (AREJURES), es una marca de este tiempo: un retorno obligado a la agricultura para aquellos jóvenes que prefieren no cruzar invisibles fronteras de guerra, mantenerse seguros dentro de sus comunidades; un elemento más a la ecuación de un círculo de pobreza difícil de romper.

Por eso optó por renunciar y regresar a su trabajo de antes. Eso, según comentan Armando Ramírez, de Ayuda en Acción; y Christian Torres, de la Asociación Integral de Redes Juveniles Rurales (AREJURES), es una marca de este tiempo: un retorno obligado a la agricultura para aquellos jóvenes que prefieren no cruzar invisibles fronteras de guerra, mantenerse seguros dentro de sus comunidades, un elemento más a la ecuación de un círculo de pobreza difícil de romper.

En El Salvador, uno de los proyectos con más difusión para el impulso de la agricultura es el de los paquetes agrícolas. Para Ismael Merlos, de FUNDE, esto no significa ni siquiera un parche al problema: lo entregado por año a un productor en semilla mejorada y en abono le sirve apenas para sembrar un octavo de manzana.
El otro proyecto es Amanecer Rural, financiado con el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA). Está compuesto por múltiples aristas, como la capacitación de agricultores y la provisión de insumos para el inicio de emprendimientos agrícolas. Pero todavía se antoja incipiente: solo unos cuantos miles de personas son beneficiarias directas de los proyectos generados por el programa.

“Las necesidades de la juventud rural son enormes debido a un monto de inversión en los espacios rurales que no ha sido cumplido”, dijo al respecto Perin Saint Agne, vicepresidente asociado del FIDA, la agencia de Naciones Unidas para la erradicación de la pobreza en zonas rurales, en su visita el año pasado al país para abogar por la aprobación de un nuevo crédito con la institución a la que representa, por un monto cercano a los $60,000,000.

En esa oportunidad, el funcionario afirmó que buena parte de los problemas sociales del país residen en la desigualdad. “Esto podría evitarse si se dieran las inversiones y el apoyo para desarrollar las capacidades, la educación, los sistemas de salud, la infraestructura y el acceso a mercados en la zona rural”, aseguró entonces. Es una medida estructural que suena obvia, pero que aún está lejos de convertirse en la prioridad de quienes deciden el destino del país.

Esta mañana en Masahuat, Álex Valdez y José Mendoza, a pesar de todos los problemas que significa ser agricultor en El Salvador, contemplan con fruición la tierra en la que el primero trabaja. Es un terreno ganado a una ladera de montaña, traspasada por múltiples afloramientos de roca. No es el mejor lugar para cultivar, pero años y años de experiencia logran sacarle frutos.

Esa habilidad es elogiada por Jorge Santos, el técnico en Seguridad Alimentaria de Ayuda en Acción, quien reconoce que toda capacitación como las que pronto se pretende dar en La Ruda requiere de una comunicación a dos vías: de los que como él tienen los conocimientos científicos; y de los que como nadie saben trabajar la tierra.
“Esta gente es muy valiosa. Es la encargada de que un país tenga seguridad alimentaria. Pero siempre terminan siendo las víctimas de malas políticas públicas o de la ambición. Eso debe cambiar si le queremos dejar un mejor país a nuestros hijos”, dice, pisando con fuerza la tierra bajo sus pies.

La tierra. José Mendoza posa con las tierras de su colega, Álex Valdez, en el fondo. Las mismas ya están ocupada por maíz, que esperan poder cosechar muy pronto.

Santiago de María y su casi adiós a sus albergues

Albergue. Una de las casas que quedan en el ex-INCAFE es la de Aidée Castellón, quien vendió la vivienda que le dieron en la nueva colonia.

Detrás del muro, un frondoso maquilishuat se yergue contra el poniente, desnudo de flores pero robusto en su simplicidad. Érick Reyes se acerca a él, le sonríe, con las palmas de las manos recorre su corteza. Lo saluda como si de un amigo se tratara.

No hay desmesura en la comparación: Este fue el árbol que Érick sembró a pocos días de instalarse en este mismo sitio, hace más de 17 años, cuando el mesón en el que vivía, hecho de frágil bajareque, cayó en el terremoto del 13 de enero de 2001.

Construida con láminas y madera, aquí instaló una casa para habitar por solo seis meses, según lo prometieron el alcalde de la época, Roberto Edmundo González, y Care International, la organización que les donó los materiales.

Como él, otras 230 familias de Santiago de María, Usulután, que lo perdieron todo en los terremotos de 2001 se instalaron aquí para tener un hogar, un pedazo de tierra donde poder dejar sus pocas cosas, dormir, vivir. A cada una le asignaron un espacio de cuatro por cinco metros, 20 metros cuadrados. Era el nacimiento del ex-INCAFE, el primero de aquellos emplazamientos humanos a los que los santiagueños bautizaron como albergues.

En los siguientes días, surgieron tres más, en el costado contrario del pueblo, más allá del pujante mercado: Modelo, Fátima María y Montebello II, a los que ingresaron otras 150 familias. Desde las autoridades, se les sembró una esperanza: pronto les sería asignada una casa permanente. Para muchos, como Francisco Pineda, las palabras fueron una gloriosa melodía. Él, un hombre soltero, sin hijos, casi sin familia, jamás había contado con algo que pudiera llamar de su propiedad.

Pero los seis meses se convirtieron en más de tres lustros. Así, Érick Reyes pudo ver con toda la tranquilidad del mundo cómo crecía su amigo vegetal en este terreno, que en los ochenta fue el casco de uno de los beneficios del desaparecido Instituto Nacional del Café (INCAFE).

Los albergues se convirtieron en una parte fundamental del paisaje de Santiago de María. Casa tras casa hecha de lámina y madera, una junto a otra, conformaron esta, como cariñosamente se refieren a ella sus habitantes, colmena de metal.
También en una parte fundamental de sus problemas: en 2014, cuando este municipio de un poco más de 19,000 habitantes reportó 25 homicidios, los agentes de la Policía Nacional Civil los identificaban como los territorios más peligrosos: el coctel de abandono del Estado, pobreza y hacinamiento los convirtieron en terreno fértil para la expansión de las pandillas, que los transformaron en sus principales bastiones.

Santiago de María, en los años inmediatamente posteriores a la tregua entre pandillas (2012-2013), se convirtió en el referente negativo de la inseguridad en Usulután: las autoridades de los municipios ubicados en sus inmediaciones achacaban parte de los hechos que ocurrían en sus territorios a su cercanía.
Por mucho tiempo, las voces de los habitantes de los albergues parecieron encontrar oídos sordos en las autoridades encargadas de proveerles de una vivienda digna. Las cosas cambiaron en 2016, aunque no para todo el mundo.

Algunos, recuerda Mario, no llegaron a ver con sus ojos el sueño cumplido de tener un espacio propio. Uno que les permitiera, como expresa Navarrete, gritar a sus anchas, hacer el amor a sus anchas, sin estar preocupados porque el vecino de champa se enterara de los detalles. Uno en el que, también, pudieran sembrar una mata de guineo, una güisquilera con los que generar alimento o productos para vender. Y es que esa es una de las principales fuentes de recursos para los santiagueños y especialmente para los habitantes de esta nueva colonia.

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EL NUEVO HOGAR
“Se trata de otro acto de justicia de nuestro gobierno, pues estamos saldando una deuda provocada por los terremotos de 2001. Más de 15 años tuvieron que esperar por una solución, que les llegó de la mano de nuestro gobierno”, dijo el presidente de la república, Salvador Sánchez Cerén, ese 16 de diciembre de 2016 en el que aquellos que habitaban los albergues recibieron por fin las llaves de sus nuevas casas, ubicadas en un terreno a 3 kilómetros del centro de Santiago de María, 19 manzanas de lo que antes era una finca cafetalera, que se volvió ociosa cuando sus antiguos dueños decidieron que el grano no era un negocio lo suficientemente rentable.

“Aquí, en Santiago de María, las familias de los albergues tuvieron que esperar la llegada de un gobierno identificado con el pueblo para poder solucionar sus problemas de vivienda”, aseguró Sánchez Cerén en su discurso, como si de una iniciativa de su gobierno se tratara.

Pero la historia es otra y tiene como uno de sus personajes a aquel alcalde que, a días de los terremotos de 2001, le prometió a los más pobres de sus votantes, aquellos que lo habían perdido todo, que les entregaría una casa digna.

Roberto Edmundo González, “Beto Chumba”, ha sido alcalde de Santiago de María desde 1997. En las elecciones del 4 de marzo de este año ganó su octavo período al frente del municipio. Ha sido criticado por usar su sueldo de $3,000 mensuales y buena parte del presupuesto de la alcaldía para hacerles favores a sus electores. La Corte de Cuentas de la República ha hecho varios reparos a su gestión por lo mismo.

Esta mañana de abril, González termina de preparar la última lata de pan francés del día para meterlo al horno. Cuando se sienta a conversar, se le notan debajo del rostro esas oscuras y pronunciadas bolsas que solo provocan el desvelo y el calor.

Beneficiadas. Ana Pérez y Gladis Beltrán recibieron una casa como parte del programa. A pesar que no habían residido en los albergues, sí perdieron su casa en los terremotos de 2001.

Con un estilo desenfadado, que lo llevó a que lo expulsaran del FMLN en 2001, habla de las gestiones frustradas para construir los hogares permanentes con tres gobiernos centrales diferentes (dos de ARENA y uno del FMLN). Y de la última negativa que recibió, en 2013, de parte del Viceministerio de Vivienda de la época, y de cómo, solo semanas después, su amigo Tomás Chévez le ofreció ayudarlo con su proyecto cuando llegó a ocupar de manera interina la jefatura de esa cartera del Estado.

“Tomás Chévez me dijo que tenían $60,000,000 disponibles cuando solo semanas antes me habían dicho que no tenían recursos. Yo siempre he dicho que pisto hay, lo que no tienen es voluntad”, comenta González.

Los habitantes de los albergues fueron incluidos en el programa Vivienda y Mejoramiento Integral de Asentamientos Urbanos Precarios. Con fondos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) serían construidas más de 400 viviendas en un terreno que la Alcaldía de Santiago de María había adquirido desde 2006 para ese fin.
Los futuros beneficiarios habían estado trabajando cuando se les pedía en esa propiedad desde entonces, primero talando los árboles para despejar el espacio, luego haciendo las labores de terracería.

Las casas. Glenda Villanueva y Armida Sorto salen de su casa en la nueva colonia. A diferencia de los albergues, está construída con ladrillo y es de su propiedad.

Pero las cosas no fluyeron sin baches: en julio de 2015, la empresa contratada para el trabajo, A. P. de Centroamérica, declaró que el trabajo era demasiado grande para completarlo en el tiempo para el que se había comprometido, ocho meses, a pesar de que ganó la licitación con el argumento de que había hecho un trabajo parecido en un período récord en el occidente del país.
Para esas fechas, solo habían completado la fundación de la mayoría de viviendas. De unas cuantas decenas se habían colocado las paredes y el techo. Sin embargo, lograron casi cumplir con el trabajo al año siguiente, aunque se declararon en quiebra antes de hacer las 48 casas restantes, de las que todavía están los lotes vacíos.

El proyecto entero costó $1,700,000, a casi $4,500 por casa, eso sin contar el terreno sobre el que fueron construidas (que era propiedad de la alcaldía) y las labores de terracería.
La colonia, ahora, es un conjunto de pasajes con casas idénticas una tras otra: dos cuartos, dos ventanas y un patio que da la posibilidad de construir. Quienes pueden permitírselo ya han comenzado. Lo hacen porque se trata de un trozo de tierra completamente suyo.

Mario Mejía y Pedro Navarrete son parte de la directiva de la nueva colonia en la que fueron reubicados los que antes vivían en albergues, que, en un acto de megalomanía, fue bautizada con el nombre del alcalde, Roberto Edmundo González, “Beto Chumba”. Su rostro ocupa buena parte del cartel que da la bienvenida.
Mario y Pedro son dos de los fundadores de los albergues a los que fueron a parar tantas personas esperanzadas en que algún día les entregarían una vivienda digna. Algunos, recuerda Mario, no llegaron a ver el sueño cumplido de tener un espacio propio.

Uno que les permitiera, como expresa Navarrete, gritar a sus anchas, hacer el amor a sus anchas, sin estar preocupados porque el vecino de champa se enterará de los detalles. Uno en el que, también, pudieran sembrar una mata de guineo, una güisquilera con los que generar alimento o productos para vender. Y es que esa es una de las principales fuentes de recursos para los santiagueños y, especialmente, para los habitantes de esta nueva colonia: vender algo en el pujante mercado central. Otras son rebuscarse por leña para comercializarla o acercarse a las fincas cafetaleras que todavía continúan activas, aunque en estas hay muy poco trabajo fijo fuera de la época de cosecha, de noviembre a enero.

Otros hombres se dedican a la albañilería, pero la mayoría de los trabajos están muy lejos de aquí, lo que los hace ausentarse del hogar semanas enteras, como en el caso del padre de Glenda Villanueva. Su familia es una de las beneficiadas por las nuevas viviendas. Ella tenía nueve años cuando la casa en la que vivían en el centro de Santiago de María desapareció: el terremoto provocó que se hundiera una parte del terreno sobre el que estaba fundada.

A sus 25, pasó la mayor parte de su vida en el albergue ex-INCAFE. Recuerda el hacinamiento, su casa inundada en el invierno, el baño usado por hasta cinco familias, la marginación expresada hacia ellos por los otros santiagueños.
También la inseguridad: en el ex-INCAFE, dos pandillas contrarias se distribuían el dominio de un territorio de apenas 2 manzanas de terreno, por lo que los combates armados eran el pan de cada día. Aquí, dice, continúa existiendo violencia: las familias beneficiadas también tienen pandilleros entre sus miembros. El problema se trasladó a la nueva colonia.
“Pero aquí uno se siente un poquito más seguro. Por lo menos las casas son de cemento. Si viene una bala, no cruza las paredes. Allá sí, porque eran de lámina. Eso pasó varias veces”, asegura.
Para este miembro de la Policía Nacional Civil que ha pasado 18 años en Santiago de María, la reubicación de las personas de los albergues a la colonia ha facilitado su trabajo: los territorios están más delimitados, pues en el sistema de casas anterior, el hacinamiento y la laberíntica distribución de casas facilitaba las maniobras de los pandilleros. Eso era especialmente notorio en el albergue Modelo, ubicado en un espacio alto y a unos pasos del mercado central de Santiago de María. En 2015, por ejemplo, no era extraño encontrarse a jóvenes tatuados de los pies a la cabeza oteando el horizonte en dirección hacia el mercado, observando el movimiento, sin preocuparse por ser vistos por un policía.
La importancia de este punto fue tanta que, cuando se desalojó el albergue, miembros de la institución y de la Fiscalía General de la República se encargaron, violencia de por medio, de que no quedara ni una champa en pie.

En la nueva colonia, los habitantes cuentan con luz eléctrica, pero todavía no tienen agua. El Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local (FISDL) gestionó los recursos para que en toda la colonia contaran con el servicio. Se hizo el trabajo completo: se puso el sistema de cañerías y el entronque con el sistema de ANDA, incluso se colocaron contadores en cada hogar.
Solo falta, como señala Mario Mejía, darle vuelta a las válvulas. Pero para eso necesitan contar con la certificación del Ministerio de Salud de que cada hogar tiene una fosa de tratamiento de aguas grises.

Wilfredo Beltrán es promotor de salud y también habitante de la nueva colonia. Él tiene la responsabilidad de verificar que en cada casa se cumpla con las normas. Este día de abril, acompañado de sus formularios, revisa una de las viviendas. Comprueba que la fosa tenga al menos 2 metros de profundidad y que cuente con arena y piedra para filtrar el agua. Esto ayuda, también, a que el agua no mine las bases del terreno.
También verifica que se haya construido una trampa de grasa, un retenedor de residuos ajenos al agua que se debe limpiar una vez a la semana. Dice que 90 % de los vecinos ha construido lo acordado, por lo que espera que muy pronto tengan agua.
Por ahora, hay dos formas para abastecerse: comprar una barrilada por $2 a los vendedores particulares que llegan cada día a la colonia desde el centro de Santiago de María o acarrear cantaradas desde un nacimiento ubicado a 3 kilómetros. Esta última es la opción de quienes no pueden permitirse comprarla.

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LOS QUE SE TUVIERON QUE QUEDAR
No todas las personas se han podido ir del albergue ex-INCAFE para recibir una casa por parte del Estado. Ese es el caso de Carlos Flores, un hombre que parece un memorial de agravios. Esta tarde, en ausencia de su camisa, luce varias de las cicatrices que le quedaron en la guerra, cuando combatió del lado del Ejército. Ahí también perdió la pierna izquierda. Desde entonces usa una prótesis.
Tras firmarse la paz, pasó por varios empleos: trabajó para el Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA), fue promotor de campo de la Red de Sobrevivientes de Minas y jefe de seguridad en una institución del Estado. Lo despidieron de este último empleo hace seis años. Le dijeron que era por “pérdida de confianza”, pues creían que estaba ligado a las pandillas después de que su familia fuera objeto de varios ataques.
En los primeros meses de ese año asesinaron a su esposa (Rosa Salgado), a su hijo (Wálter Flores) y a su nuera (Wendy Calderón). Él mismo sufrió un atentado cerca de otro de los albergues, el Montebello II, del que guarda un par de cicatrices. Y a otro de sus hijos, Mauricio, una bala en la columna lo ha dejado sin la posibilidad de caminar.
Según el alcalde de Santiago de María, Roberto Edmundo González, la decisión fue tomada porque la pandilla que tiene presencia en la nueva colonia es enemiga de aquella con la que se ha identificado a Carlos y a su familia. Carlos asegura que no tiene nada que ver con las estructuras: “Pero le agradecemos al alcalde porque nos ha dejado aquí para salvaguardarnos la vida”.
Él y los suyos, que habitan otras 10 casas en este terreno, tendrán que seguir viviendo como lo han hecho desde 2001, en casas hechas de madera y lámina. Pero algo ha mejorado: el desembarazo de viviendas ha permitido que ahora puedan armar una estructura a su gusto, más alta para evitar el calor y más grande para hacer algunas actividades, como la crianza de gallinas, que están en el mismo espacio destinado para el viejo automóvil que a Carlos le permite hacer algunos viajes por encargo.
También, dice, ahora están más tranquilos, con la certidumbre de que aquellos que lo consideraban su enemigo no lo atacarán más. Piensa que tiene más paz así que si le hubieran asignado una casa en la nueva colonia. No se queja: cuenta con dos servicios básicos, agua y luz, desde hace algunos meses. Lo único que le falta es “un trabajito formal”.
Por ahora, el titular del municipio les ha prometido que, como en el caso de las otras familias, muy pronto tendrán algo que llamar suyo, que está negociando para adquirir una manzana para distribuirla entre los que no se han podido mover. Pero eso debería pasar pronto, pues hay un detalle: el terreno en el que está su champa será reclamado por su titular, el Ministerio de Hacienda.
“Si nos dicen que no se puede concretar la promesa, nos vamos a la calle, a la vía pública… si se da el caso, nos vamos a ir por nuestra propia voluntad, antes de que venga la policía a sacarnos a leñazos”, comenta mientras camina tan rápido como si no tuviera una prótesis en la pierna izquierda.

Pero Flores y los suyos no son los únicos que se han quedado, y en el ex-INCAFE sigue habiendo hasta una veintena de champas. Los motivos son variados. Como en el caso de Irma Sánchez, a quien le asignaron un lote en la nueva colonia pero no pudieron construir ahí por la presencia de una monumental piedra. Ni siquiera pudo poner una champa por lo desnivelado del terreno. Optó por quedarse aquí. Dice que prefiere que le den como suyo el pequeño espacio que actualmente habita.

Los motivos de Aideé Castellón, otra de las que permanecen en el albergue, son otros. Ella fue beneficiada con una casa en la Roberto Edmundo González, pero decidió venderla.
“Le voy a hablar con la verdad. A mí no me gustó allá y mejor vendí mi casa. Me dieron $6,500. Con eso mandé a mi hijo a Estados Unidos. Yo no creo que eso sea un delito”, dice.

Él vivió desde 2001 hasta 2016 en los albergues, pero no recibió una casa. Mejor suerte que él tuvieron grupos familiares como el de Ana Silvia Pérez, que residió todo ese tiempo en la propiedad de su suegro. “Es como si uno hubiera nacido del aire”, dice Pineda. Desde el umbral de su casa, señala la misma cama en la que ha dormido desde antes de los terremotos. La tuvo que reparar después de que le cayó encima una pared del mesón donde vivía. Por eso sigue siendo optimista: antes tampoco tuvo un espacio al que llamar completamente suyo.

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LOS “SOLOS”
De entre los que fueron trasladados a la nueva colonia también se cuentan aquellos a los que no se benefició con una casa a su nombre. Son los que no calificaron en el programa por no ser parte de un grupo familiar. Parejas de ancianos sin hijos a los que heredar su casa cuando fallezcan. Hombres y mujeres de la tercera edad que, por los vaivenes de la vida, decidieron vivir sin nadie. A ellos les han dado la mitad de uno de los lotes vacíos para que puedan construir una champa.

Uno de ellos es Osmín Amaya, de 45 años, un excombatiente de la Fuerza Armada durante la guerra civil. Se gana la vida haciendo pequeños muebles de madera que después comercializa en el mercado de Santiago de María. Por su pasado militar, recibe ayuda de una asociación que apoya a lisiados de guerra. Dice que ellos le han ofrecido herramientas para ejercer otro de sus oficios, el de sastrería, que le daría mucho más dinero, pero el pequeño y vulnerable espacio en el que vive le hace pensar que no durarían mucho tiempo en sus manos.

“Quise sacar un préstamos en el IPSFA para construir aquí una mi casita, pero unos familiares me recomendaron no hacerlo. ¿Qué pasa si el día de mañana me dicen que me vaya? Ahí va a quedar toda la inversión”, cuenta.

A unos cuantos metros de aquí vive Francisco Pineda, de 68 años, otro hombre sin un grupo familiar al que le dieron un espacio para construir su champa. Se define como un “hacelotodo”, aunque ahorita gana sus billetes arreglando electrodomésticos. Asegura que hubo un tiempo en el que “comió bien”, cuando se dedicó a la confección y reparación de antenas televisivas. La llegada del cable a Santiago de María lo dejó sin su fuente de ingresos.

Él vivió desde 2001 hasta 2016 en los albergues, pero no recibió una casa. Mejor suerte que él tuvieron grupos familiares como el de Ana Silvia Pérez, que residió todo ese tiempo en la propiedad de su suegro. “Es como si uno hubiera nacido del aire”, dice Pineda.

Desde el umbral de su casa, señala la misma cama en la que ha dormido desde antes de los terremotos. La tuvo que reparar después de que le cayó encima una pared del mesón donde vivía. Por eso sigue siendo optimista: antes tampoco tuvo un espacio al que llamar completamente suyo.

“Ese ha sido siempre mi sueño. Yo digo que no me voy a morir sin concretarlo”, dice, esperando que un día de tantos le entreguen en las manos la llave de una casa tan firme como su ánimo.

Sin familia. Algunas personas, como Francisco Pineda, no fueron sujetos del programa porque no cuentan con un grupo familiar. Actualmente les han dado un espacio para hacer una champa.

Izalco y sus pioneros del agua

Lavaderos públicos. Estos lavaderos fueron construidos, según los pobladores de Ayagualo, hace casi 60 años. Piden a la alcaldía ayuda para hacer unos nuevos.

“No hay otro vertiente como este. Entre más se usa, más parece que saca. La tierra es agradecida”, dice Raúl Chilulum sobre la fuente de agua que provee a más de 10,000 personas en Izalco. En la práctica, una de cada cuatro personas de este municipio, el más poblado de Sonsonate, tiene agua en su hogar gracias a este nacimiento, ubicado en el cantón Los Arenales, muy cerca de la frontera entre el vecino Nahuizalco y Juayúa.

Raúl Chilulum es desde hace más de una década el presidente de la Asociación del Proyecto Múltiple del Agua de Izalco (APROMUPIZALCO), la organización más grande entre todas aquellas que proveen a los habitantes de este municipio del occidente del país. Uno en el que la participación del Estado en esta tarea es marginal: de los 38 sistemas que existen, solo dos corresponden a la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA). Son los de la parte más urbana. El resto es responsabilidad de varias ADESCO o de entidades como la capitaneada por Chilulum. Dieciséis de estos sistemas pertenecen a APROMUPIZALCO.

Para esta entidad, todo nace aquí, en medio de dos colinas, en un complejo de verde y brisa fresca entre las ramas. Para llegar, hay que dejar la carretera de Los Naranjos e ingresar a un camino de tierra, empinado y resbaloso, imposible de remontar para un vehículo con tracción convencional. Y encargarse de quitar los habituales derrumbes (robustas rocas, tan grandes como un congelador) para que el carro pueda pasar. Los hombres no tienen más que sus manos y fuerza para hacer esta labor.

Pero el esfuerzo vale la pena: el paisaje es un jardín de quietud. Aquí está un amplio estanque al que vienen a parar los remanentes de los tres sistemas que hay en este espacio. Uno alimenta a Los Naranjos, en Nahuizalco. El otro es de ANDA, y va a dar a los municipios de Sonsonate y Sonzacate. El restante es el de Chilulum y los suyos, el único que no necesita de potentes máquinas de bombeo para cumplir con su trabajo: el líquido se transporta desde estas montañas hasta el chorro de cada familia gracias, en exclusiva, a la gravedad.

La tubería madre. Esta tubería de hierro fundido transporta el agua desde los manantiales hasta los pozos. Ya cumplió su vida útil, por lo que esperan apoyo para reemplazarla.

La vertiente subterránea es filtrada a través de grandes peñas, pasa por varias cajas de captación hasta que llega a la tubería madre, hecha de hierro fundido. Esta recorre kilómetros y kilómetros hacia los tanques de cada comunidad, que varían en tamaño dependiendo de la población a la que alimentan. Desde ahí, las tuberías van a cada familia.

Se trata de un sistema autosuficiente: cada uno de los 3,800 socios de la organización aporta $2 al mes. De cada pago, $1 se queda dentro de la comunidad para la reparación de cualquier eventual daño y para poder clorar, más o menos diariamente, el agua. Su administración depende de una filial de APROMUPIZALCO dentro de la comunidad, que es independiente de las ADESCO. Sus miembros hacen su trabajo sin cobrar un centavo. El hecho de tener agua en casa es suficiente estímulo. El único que gana un sueldo fijo es un fontanero, al que se le paga entre $120 y $150 cada mes.

El otro dólar se queda en la administración central, que lo utiliza para el mantenimiento de la enorme tubería madre y para las inversiones más grandes. También para el papeleo y el orden que debe mantener como organización no gubernamental sin fines de lucro que es, pues está inscrita como tal ante el Ministerio de Gobernación. Anualmente entrega balances de sus actividades a esa institución. En la central de la entidad solo se le paga a dos trabajadores: una secretaria y un fontanero general. Este puesto es ocupado por Chilulum, quien se encarga ad honorem del trabajo de administración y representación legal.

El agua que sale de la vertiente es tan clara que es posible ver, al tiempo que se contempla el fondo del estanque, el propio rostro. Llevarse un poco del líquido al rostro con las manos, beber aquello que apenas acaba de nacer es un reflejo natural. Chilulum y los dos miembros de filiales de agua que lo han acompañado a esta visita sonríen, miran a su alrededor y dan un suspiro. Parece que contemplan lo conquistado: es un terreno que le pertenece a la asociación. Lo mismo hacen los tres policías que han venido para darles seguridad.
Cuando se piensa que desde aquí se abastece a más de 10,000 personas, cuesta creer que todo nace de un espacio no mayor a una cancha de básquetbol.

“Como le digo, la tierra es agradecida: de un poquito da tanta riqueza”, dice Chilulum. Pero la sensación de la conquista se topa con la realidad. El mismo dirigente acepta que, actualmente, necesitan de ayuda, “ya sea del Gobierno o de otra entidad”. El proyecto inició en 1985, hace 33 años. La tubería madre ya pasó su tiempo de vida útil, que, según las recomendaciones, es de 30 años.

Chilulum (moreno, estatura baja, ojos achinados, complexión recia) dice que sería bueno que el Gobierno “hiciera uso de sus buenos servicios” para poder, también, instalar una segunda tubería madre. Eso les serviría para abastecer a las comunidades que todavía no tienen agua en Izalco, como el cantón Las Marías, en la parte norte.

Con el sistema actual, les es imposible darle agua a más gente: están conscientes de que la instalación de más mechas sería en detrimento de todo el conjunto.

“Una segunda tubería podríamos llevarla hasta un punto y, de ahí, distribuir a las comunidades. Con lo que tenemos ahorita, el agua pierde potencia al pasar por tantas casas”, dice Chilulum.
Eso es algo que apoya la maestra Laura de Soto, presidenta de ADESCOHUIS, una de las organizaciones comunitarias que, como APROMUPIZALCO, han mantenido corriendo por décadas el agua desde los manantiales de las partes altas hasta los hogares. Sabe que las comunidades que no tienen agua los tildan como egoístas.

“No es así. Es que somos conscientes de que nada es ilimitado. Esa es la diferencia de nosotros con ANDA. Para ellos, entre más pajas (mechas) de agua ponen, es mejor, aunque a la gente no le llegue el agua”, comenta.

El agua que sale de la vertiente es tan clara que es posible ver, al tiempo que se contempla el fondo del estanque, el propio rostro. Llevarse un poco del líquido al rostro con las manos, beber aquello que apenas acaba de nacer, es un reflejo natural. Chilulum y los dos miembros de filiales de agua que lo han acompañado a esta visita sonríen, miran a su alrededor y dan un suspiro. Parece que contemplan lo conquistado: es un terreno que le pertenece a la asociación. Lo mismo hacen los tres policías que han venido para darles seguridad.

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Ese día de marzo de 2015, Vicente (nombre ficticio) salió a revisar a las 4 de la mañana que todo fuera bien con el tanque de agua que abastece a la comunidad donde vive, Ágape, un complejo de casas donado a principios de los noventa para personas de escasos recursos por la organización liderada por el sacerdote Flavián Mucci. Esta certificación es un trabajo que ha hecho diariamente desde hace años.

Esa madrugada, el tanque estaba vacío. A pesar de que era verano, el agua del nacimiento, ubicado en el cantón Talcomunca (el mismo donde está el penal), había sido en todos esos meses un portento de constancia. Afligido, decidió organizar una expedición con otros hombres de la comunidad. Primero, se comunicó con el dueño del pick up que los llevaba en momentos de emergencia, un síndico de la Alcaldía Municipal de Izalco. Este le dijo que era posible partir a las 8 de la mañana.

Entonces, Vicente fue tocando de puerta en puerta para hacerse de la cuadrilla necesaria para enfrentar los daños que, según él, imposibilitaban que el agua llegara hasta sus casas. El primero en decir que sí fue Carlos (nombre ficticio), un joven padre de familia. Poco a poco se fueron sumando más personas.

A las 8, el contingente salió hacia Talcomunca. Tras cruzar una tras otra calles llenas de piedras, llegaron al cantón Chorrera Blanca. Una desafortunada curva del camino les impidió ver lo que estaba más adelante: Una veintena de hombres armados, esperando por su llegada. El desperfecto no era otra cosa que un daño ocasionado por estos miembros de pandilla, una excusa para obligarlos a subir a lo que ya era tierra de nadie.

Al llegar al recodo, era muy tarde para desandar el camino. Los pandilleros los rodearon y les exigieron bajar del vehículo. A Carlos, el joven padre, lo arrastraron hacia una parte alejada. Roberto, el otro del grupo que apenas había dejado la adolescencia, intentó huir saltando a unos cafetales que se encontraban a un lado del camino. A los pocos minutos, le dieron alcance y lo llevaron al mismo sitio donde ya tenían a Carlos.

Vicente y el resto de hombres fueron atados de pies y manos, con el cuerpo boca abajo. Los pandilleros reían al enredar en la hoja de su machete los largos cabellos de Carlos. Este look lo convirtió en un objetivo prioritario de sus captores. Vicente y los suyos solo oyeron las lamentaciones de los dos muchachos, inmovilizados por la rabia, el miedo y las cuerdas.
El ruido, poco a poco, fue mermando: el grupo de pandilleros se alejó con los más jóvenes. Los otros se quedaron ahí, sin saber qué hacer. Esperaron un rato para comenzar a luchar por desatarse. La suerte le sonrió a uno de ellos, quien minutos antes le había rogado a su captor que no le dejara los nudos tan apretados. Se liberó y pudo ayudar al resto. Huyeron de ahí sin ganas de regresar.

Cooperación. Muchos de los proyectos sobreviven, además de por el aporte de sus socios, por la ayuda de entidades internacionales. Una de ellas es la embajada de Alemania en el país.

Vicente ha estado trabajando con unos trozos de madera en el umbral de su casa. Desde acá señala los zapatos que usó en aquella ocasión, cuando llegó a creer que no la contaría.
“La autoridad ya sabía que todo eso estaba pasando allá, arriba, pero no nos habían avisado. Si hubiéramos sabido, no hubiéramos subido”, dice Vicente.
Carlos y Roberto fueron reportados, ese día, como desaparecidos. Pero desde entonces, hace tres años ya, no se ha sabido nada de ellos. Sus familiares se han resignado a no tener la oportunidad de sepultarlos.

Pero subir hasta el nacimiento es un requisito indispensable para que el agua siga fluyendo. ADESCOMIL, la organización comunitaria que maneja el agua que llega hasta la comunidad de Vicente, ha tenido que acudir, en cada oportunidad que se hace una visita, a la Policía Nacional Civil y a la Fuerza Armada para que al menos tres elementos los acompañen. Han pasado tres años desde la gran crisis, pero nadie se ha atrevido, desde entonces, a arriesgar el pellejo subiendo sin seguridad.

Eso, explica Vicente, ha multiplicado los gastos de ADESCOMIL: en cada oportunidad hay que pagar un automóvil, que cobra $60, para transportar a trabajadores, soldados y policías. Antes se desplazaban en bus, pagando $0.40 por persona. A eso se suma un refrigerio para cada agente. Por fortuna, muchos de aquellos que laboran pertenecen a la comunidad y hacen gratis el trabajo. Pero cuando se necesita personal extra, las tarifas han aumentado: se ha sumado el factor riesgo.

Los socios de ADESCOMIL, unos 150, deben cancelar cada mes $4 por el servicio: en ese cobro va, también, un porcentaje destinado a la hija huérfana de Carlos, a quien la comunidad ha decidido ayudar hasta que cumpla los 18 años.

La de esta ADESCO no es una historia exclusiva. Relatos parecidos pueden ser escuchados si se camina un poco por estas vecindades, ubicadas a unas cuantas cuadras de la alcaldía municipal. Es el caso de los dirigentes de ADESCOHUIS, a quienes les asesinaron a un joven trabajador cuando fueron a reparar una fuga cerca de su nacimiento, en Talcomunca. O el de los de ACASAPIGO, que sufrieron un atentado en el que murieron dos personas. O el de la misma gente de APROMUPIZALCO.

Es una norma entre cada una de las juntas y organizaciones de agua no subir hasta sus nacimientos sin una escolta policial. Cada quien debe realizar una petición en la base del Ejército en Caluco. Allí, el teniente encargado explica que estas se hacen por escrito y con dos días de anticipación. Se ha vuelto tan común que han adicionado a sus actividades ordinarias esta tarea de acompañamiento.

“Es verdad que no es algo que es parte de El Salvador Seguro, pero es en beneficio de la población. No hay nada más importante que el agua”, comenta el teniente.
La de hace tres años fue una crisis, también, de desplazamientos. Las amenazas de las pandillas provocaron que varias comunidades dejaran sus hogares. Ese es el caso del caserío El Sitio, que era abastecido por APROMUPIZALCO, la entidad capitaneada por Chilulum. Cuando eso ocurrió, desde la organización decidieron que comprarían las pajas de agua de cada uno de los habitantes que abandonaron su casa. No quedó nadie. Cada paja fue comprada por $500. Hasta ahora ninguno ha regresado a su antiguo hogar.

“Fue una compra razonable. A ellos se les daba un dinero para que pudieran nivelarse. Y para nosotros tener pajas de agua disponibles significa poder darle a alguien más el derecho al agua. Actualmente, estamos al límite”, dice Chilulum.

La de hace tres años fue una crisis, también, de desplazamientos. Las amenazas de las pandillas provocaron que varias comunidades dejaran sus hogares. Ese es el caso del caserío El Sitio, que era abastecido por APROMUPIZALCO, la entidad capitaneada por Chilulum. Cuando eso ocurrió, desde la organización decidieron que comprarían las pajas de agua de cada uno de los habitantes que abandonaron su casa. No quedó nadie. Cada paja fue comprada por $500. Hasta ahora ninguno ha regresado a su antiguo hogar.

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EL AGUA HA TENIDO que cruzar varios kilómetros en su oscuro camino de hierro fundido entre haciendas, casas y caminos vecinales para llegar a este enorme tanque en el cantón Cuyagualo, de Izalco. En lo alto del coloso de cemento, Edwin Tulipe se ha puesto una máscara y se ha armado con guantes para disolver en una cubeta una tasa del químico que les permite clorar el agua, una forma poco costosa para matar los virus, bacterias y gérmenes del agua utilizada para consumo humano. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cloro libre en agua tratada debe ser de 0.2 a 0.5 miligramos por cada litro.

Edwin arroja esa solución en una caja de cemento en lo alto del tanque. Colocadas a lo largo de un tubo, cuatro botellas de gaseosa son los instrumentos que permiten llevar el cloro hasta el resto del agua. Es una solución artesanal encontrada por los miembros de APROMUPIZALCO para hacer funcionar el mecanismo que, desde hace varios años, les exigen los promotores de la unidad de salud del municipio.

Edwin hace esta tarea cada día, un poco antes de las 10 de la mañana. Mientras no lo haga, no puede dejar pasar hacia las casas el agua que viene del nacimiento. Después tiene que esperar unos 20 minutos para que el cloro tenga el suficiente contacto con el líquido. Solo hasta entonces puede abrir las válvulas.

Chilulum, presidente de APROMUPIZALCO, lleva consigo un pequeño kit, utilizado para certificar los niveles de cloro. Para usarlo, es necesario moverse hasta algún hogar del caserío más cercano. Aquí, un incesante chorro, que ya desearían tener en muchas casas de la capital, abastece una pila con un agua límpida, en la que se tiene confianza para beber. Edwin llena un pequeño recipiente y le adiciona dos sustancias.

“Si el agua no tuviera cloro, no puede agarrar color aunque le eche estos dos volados”, comenta Edwin, mientras mezcla los ingredientes. Al finalizar, el agua tiene un tono cobrizo, que está un poco abajo del rosado esperado. El agua no tiene la cloración ideal. Y seguirá perdiendo la concentración a medida que pasen las horas. Eso lo reconoce Raúl Chilulum, quien asegura que todavía no están en la capacidad de darles a sus sistemas un tratamiento constante, como lo que sí pasa en las plantas de ANDA: ahí, un empleado monitoriza todo el día que los niveles se encuentren estables. Pero los esfuerzos de Chilulum y los suyos son todo un paso adelante teniendo en cuenta la realidad del municipio.

En este pequeño cuarto de la unidad de salud de Izalco, tres hombres vestidos de blanco conversan mientras un pequeño ventilador batalla para intentar, en vano, acabar con el calor de abril. Ellos son algunos de los encargados del departamento de Saneamiento de este centro de salud, los responsables de evitar la proliferación de enfermedades en un municipio tan populoso como pobre.

En sus manos está la tarea de certificar que la calidad del agua que se toma sea aceptable para el consumo humano. Esta cuadrilla llegó aquí a finales de 2016. La tarea de sus predecesores tuvo algunos errores. Por ejemplo, habían identificado que en todo el municipio había 21 sistemas de agua potable. El diagnóstico de los recién llegados aumentó la lista: les faltaban 17.
Johnny Cepeda, uno de los miembros de Saneamiento, suda levemente en medio del cuarto ganado por el calor. Aquí explica que la mayor parte de los sistemas manejados por juntas de agua todavía no han incorporado mecanismos de cloración. Es todo un problema: ellos no pueden certificar que se trate de un líquido libre de bacterias y minerales peligrosos, pues el laboratorio del Ministerio de Salud solo está apto para hacer pruebas en agua clorada.

Los manantiales. El agua de la mayoría de comunidades en Izalco viene desde las partes altas en el norte del municipio (como el cantón Talcomunca) o de Nahuizalco.

“Es el pleito que todavía tenemos. Esperamos, hoy en abril o en mayo, hacer una reunión con todos los miembros de las juntas de agua para que se comprometan”, dice Cepeda.
Sin embargo, ya se ha avanzado y algunos sistemas que antes no tenían un método de purificación ya han comenzado a implementarlo. Ese es el caso de Cruz Grande Norte, uno de los que manejan APROMUPIZALCO.

Al cuarto ha entrado otro de los miembros de Saneamiento: Carlos Coto. Como Cepeda, habla de las falencias que todavía se encuentran en las juntas de agua vecinal. Sin embargo, reconoce que si no existieran miles de personas, sobre todo campesinas, no tuvieran agua en sus hogares: “Hemos hecho reuniones con gente de ANDA. Ahí ellos han aceptado que no tienen la capacidad para hacerse cargo de la zona rural. Esta gente es su salvación”.

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Prueba. Edwin Tulipe muestra el kit con el que hacen la prueba de cloración al agua.
El ideal es el del rosado del medio, pero el líquido del sistema de Cuyagualo es de un tono cobrizo.

EN IZALCO, LAS JUNTAS de agua cantonales, como las definen aquí, comenzaron a surgir a principios de los ochenta. Lo hicieron gracias al apoyo del Plan de Saneamiento Básico Rural (PLANSABAR), del Ministerio de Salud, financiado con fondos de USAID y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). En esa y en la siguiente década, solo en este municipio surgieron las 21 organizaciones que ahora abastecen a un porcentaje cercano al 90 % de la población de Izalco.

Y con cobros que oscilan entre los $2 y $4 mensuales, se han convertido en una verdadero alivio para las miles de familias que viven en la pobreza, una que se ha intensificado en la presente década por el colapso de la mayor parte de fincas cafetaleras de la zona, las que daban empleo. La roya y una cada vez más grave situación de inseguridad ahuyentaron a los antiguos dueños. Solo quedan casas patronales y suntuosos portones de entrada como signo de ese pasado en el que, al menos, había trabajo.

A los socios de las juntas y organizaciones de agua se les hace un único cobro mensual, sea cual sea su consumo. Lógicamente, no existen medidores que permitan cuantificarlo. Según la profesora Laura de Soto, presidente de la junta de ADESCOHUIS, a veces se traduce en abusos. Como medida para contrarrestarlos, han establecido limitaciones: no se pueden regar sembradíos con el agua, tampoco regalar y mucho menos venderla al que no tiene.

En el campo, es habitual que cuando un hijo decide formar su propio hogar, no se vaya de la casa materna, sino que construya una vivienda en el mismo solar de su padre o madre. En esos casos, es imposible prohibirle a alguien que dé su agua. En las juntas han creado la figura del “adicional”, una persona a la que se le puede pasar el agua desde una misma mecha. Sin embargo, este beneficiario debe colaborar con los trabajos para los que sea llamado y pagar lo mismo que un socio.

El agua, ese derecho humano para el que se está pensando en una ley general, es algo relativamente conquistado para una buena parte de la población de Izalco. Por ello, cualquier noticia que indique un cambio en el statu quo es visto con malos ojos. Una idea contraria ha hecho, incluso, que aspirantes a gobiernos municipales pierdan elecciones: ese fue el caso del último candidato por el FMLN, Antonio Mendoza, quien prometió que, de llegar a la silla, todos los proyectos de agua pasarían a la ANDA.

Pero en las propias interioridades de las asociaciones no todo es trabajo comunitario y armonía. Las labores no han estado exentas de conflicto. Ese es el caso de APROMUPIZALCO, donde al menos tres de sus filiales han decidido darle la espalda y dejar de aportar el dólar por socio a la central de la asociación. Chilulum muestra recibos en los que se respaldan estas deudas. Uno de los casos más llamativos es el del cantón Ceiba del Charco, que le debe $23,200. No han pagado al menos desde 2011.

Propiedad. Edwin Tulipe está parado a un paso del límite del terreno en el que la comunidad de Cuyagualo construirá una bodega.

Las cabezas de estas organizaciones se han convertido en auténticos líderes comunitarios, como es el caso de Raúl Chilulum, de APROMUPIZALCO, quien incluso fue concejal en el gobierno municipal de 2012-2015, capitaneado por el partido ARENA. Chilulum, sin embargo, no ha ocupado este arrastre para enriquecerse. Su casa es una como la de cualquier campesino, en la que la va pasando un día a la vez, según la opinión de varios habitantes del municipio consultados para este trabajo.

En Izalco, la ANDA no goza de buena fama: se piensa que, cuando llegue y coloque sus medidores, el agua se convertirá en un bien demasiado suntuoso para la mayor parte de Izalco, que se ha habituado a pagar una cuota fija. Desde ANDA siempre han intentado bajar las alarmas, pero la gente se ha expresado en manifestaciones (en 2004 y 2014) que llegaron hasta San Salvador cuando se intentó meter a la entidad estatal en la ecuación de su agua.

“Es natural. ANDA no es una institución que tenga mucho prestigio. La gente ve en la televisión que aquí o allá hay desabastecimiento de agua, y es como que les contaran un cuento de terror”, opina al respecto Gerardo Vega, gerente de la Alcaldía Municipal de Izalco.

Pero en las propias interioridades de las asociaciones no todo es trabajo comunitario y armonía. Las labores no han estado exentas de conflicto. Ese es el caso de APROMUPIZALCO, donde al menos tres de sus filiales han decidido darle la espalda y dejar de aportar el dólar por socio a la central de la asociación. Chilulum muestra recibos en los que se respaldan estas deudas. Uno de los casos más llamativos es el del cantón Ceiba del Charco, que le debe $23,200. No han pagado al menos desde 2011.

En este nacimiento donde todo es verde y frescura en el cantón Los Arenales de Nahuizalco, Chilulum parece olvidarse de estos problemas. Ver su vertiente es suficiente motivo como para ponerle una sonrisa en el rostro, equivalencia gráfica de la palabra parquedad.

De una de las piedras que están al lado de las cajas de captación, un chorro incesante parece otro nacimiento. Sin embargo, es el desperdicio que sale desde el tanque de ANDA, que está justo al lado, dañado por los terremotos del año pasado. No ha sido reparado desde entonces.

El vigilante que se encarga de cuidar la planta, la única persona aquí, asegura que el rebalse es tanto que, cuando no está activa la bomba, el agua suele llegar hasta el espacio que le sirve de dormitorio y cubrir la cama.

“Yo bien digo que eso lo podrían aprovechar ustedes, de todos modos el agua cae en su parte del terreno”, le dice el vigilante a Chilulum, que sonríe al enterarse de una nueva muestra de negligencia de la autónoma, esa institución a la que él y muchos en Izalco no dejan de ver como la gran amenaza en contra de su agua.

Problemas. Chilulum achaca el problema que han tenido con tres de sus filiales, que han decidido dejar de pagar la contribución para la central, a un mal asesoramiento de la Alcaldía de Izalco.

Arturo Corrales, música que brilla en la distancia

Educación. Uno de los proyectos más ambiciosos de Arturo ha sido “Cathédrale avec des Briques”, en el que incluyó a chicos de escuelas en Ginebra con poco acceso a la formación musical.

Un hombre toca el tambor en la barroca Iglesia de La Fusterie, en Ginebra, Suiza. El instrumento es el típico ton de batería que se utiliza en una orquesta sinfónica convencional. Ese hombre, el músico francés Fabien Perreau, se esfuerza en un redoble de tambor que parece subir a lo más alto del templo.

Justamente allí, una decena de personas, colocadas en los balcones de la iglesia, ejecutan sus flautas traversas. Se trata, también, de un instrumento común en una orquesta sinfónica. Pero aquí su naturaleza se ha mudado: de pronto, en pleno centro de Ginebra, el ambiente se llena de sonidos más propios de Santo Domingo de Guzmán, un municipio del occidente de El Salvador, famoso por una comunidad indígena que se ha negado a desaparecer.
El ton de batería da esos golpes profundos del tambor indígena, forrado de cuero de cabra, que parece una invitación al baile o a la guerra. Fabien Perreau se esfuerza por dar los más diversos sonidos, modificando a cada instante la velocidad de sus impactos.

Las flautas son un mosaico de colores que, ahora, puede parecer un pito, con su sibilante insistencia. Los ejecutantes tocan su instrumento al revés, poniendo los labios donde típicamente surge el sonido. Ahora, los cilíndricos objetos producen una extraña reverberación cuando son impactados contra la palma de la mano. Todo explota cuando las flautas vuelven a ser ellas, pero en un aparentemente caótico conjunto que parece una batalla.

Las personas en el público escuchan la música en medio del templo, con el percusionista frente a ellos y los flautistas a su alrededor. Nadie parece querer siquiera respirar. Se podría decir que cuando los instrumentos dejan de sonar, un alfiler que cae al piso es el sinónimo del estruendo. Los instrumentos europeos han cedido para adecuarse a una concepción musical que proviene de los ancestros de los salvadoreños.

“La música manda a la gente en un viaje a un lugar desconocido, que realmente es un lugar musical en nuestro país, El Salvador”, comenta Arturo Corrales, el autor de esta pieza, “Invocación en náhuat”, desde su casa en Ginebra, Suiza.

Arturo es uno de los compositores salvadoreños más exitosos de la actualidad. Sus piezas, además de en su país de residencia, se han escuchado por toda Europa y Latinoamérica, en un estilo hecho para los oídos más exigentes. Una propuesta de vanguardia que dinamita los conceptos de lo que se entiende como música académica. Una en la que caben desde elementos de la música electrónica hasta las tradiciones de todos los países del mundo, sobre todo las raíces precolombinas de una no muy conocida música autóctona salvadoreña.

“Los académicos son bien ortodoxos en su forma de hacer música, como en el pasado. Arturo es atrevido al llevar tantas cosas al ambiente clásico. Y lo hace de una manera muy efectiva”, comenta en su residencia de San Salvador Marcial Amaya, también un músico experimental. Esta tarde no disimula su alegría, pues le acaba de llegar desde Estados Unidos, ya masterizado, el disco “Cosmonautas del tiempo”, el primero que pare su proyecto, 3 Ramas del Árbol.

Durante la mañana, estuvo grabando algunas piezas para un nuevo trabajo. Ahora, sin embargo, se da tiempo para ver algunos videos de Arturo Corrales, uno de sus músicos salvadoreños favoritos.

El video elegido corresponde al tema “Mono espacial”. Ahí están sentados cuatro músicos que conforman el prestigioso cuarteto de cuerdas Diotima. Visten de frac impecable. Antes de que se inicie la pieza, parecería que tocarán, quizá, las “Cuatro estaciones”, del italiano Antonio Vivaldi.

Sin embargo, los violines, la viola y el violonchelo, como ocurrió en “Invocación en náhuat”, mudan su naturaleza y ya no son lo que se esperaba. Manos veloces, casi ingrávidos, parecen interpretar algo tan complejo que solamente puede venir de la inspiración de los ejecutantes. Una pieza de jazz improvisado con instrumentos clásicos.

Pero aquello que parecería tener una fuente espontánea está calculado desde la a hasta la z. Los músicos leen cada nota en una partitura, escrita por Arturo Corrales. El movimiento comienza a hacerse más intenso y, en un momento, suena más a una canción metalera, de esas perfectas para un mosh. Desde Suiza, Arturo confirma lo anterior, algo que corresponde un recuerdo de los días en los que en El Salvador capitaneó la banda Cara Sucia.
“Ponés esto de soundtrack, el personaje que puede ser alguien caótico, desordenado, y le queda perfecto”, dice Amaya.

Al final de la pieza, lo que uno podía definir como una especie de “ruido blanco” se ha convertido en otra cosa. Algo que le ha llegado hasta lo más profundo del corazón sin saber de dónde. Salvando las distancias, el efecto se parece mucho al de las piezas interpretadas por el mítico músico de jazz John Coltrane.

Eso lo apoya Jorge Ávalos, poeta y amigo de Arturo. Para él, la música del salvadoreño, a pesar de ser tan técnica e innovadora, no deja de lado la principal misión de todo arte: conectar con las emociones de aquel que escucha.

Quizá escogió la carrera de arquitectura como un guiño a aquella famosa frase del alemán Johann von Goethe: “La arquitectura no es más que música congelada”. “Ahora sigo construyendo cosas, aunque con materiales mucho más ligeros que la piedra o el concreto. Hoy construyo con el tiempo”, dice Corrales, en quien sus colegas, como Germán Cáceres, ven a un músico preocupado especialmente por la forma, como si la carrera de la arquitectura no hubiera sido un paréntesis en su formación, sino una de sus principales bases.

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EL VIAJE A LO DESCONOCIDO
Arturo Corrales siempre pensó en ser músico. Lo traía en la sangre: uno de sus antepasados, Alejandro Muñoz Ciudad Real, fue el fundador de la Orquesta Sinfónica de El Salvador. “A pesar de ese linaje tan ilustre, tuve que comenzar desde cero”, comenta Corrales.

Y en su casa siempre había herramientas musicales, sobre todo la guitarra de su padre, el instrumento que terminaría convirtiéndose en el suyo.

Pero la vida lo llevó por un camino un poco más convencional. Cuando salió del bachillerato, se inscribió en la carrera de Arquitectura, que completó junto con su amigo José Paredes. Este último, quien actualmente trabaja al otro lado del mundo, concretamente en Vietnam, lo recuerda como alguien profundamente creativo. Un elogio que le devuelve Arturo desde Ginebra al fundador del colectivo The Carrot Concept.

Alguien profundamente creativo, pero que tenía clara la gran pasión de su vida. Quizá escogió la carrera de arquitectura como un guiño a aquella famosa frase del alemán Johann von Goethe: “La arquitectura no es más que música congelada”.

“Ahora sigo construyendo cosas, aunque con materiales mucho más ligeros que la piedra o el concreto. Hoy construyo con el tiempo”, dice Corrales, en quien sus colegas, como Germán Cáceres, ven a un músico preocupado especialmente por la forma, como si la carrera de la arquitectura no hubiera sido un paréntesis en su formación, sino una de sus principales bases.

Y esa pasión no se conformaría con menos que con la excelencia. Su mirada pudo estar en alguno de los conservatorios que existen a lo largo de América Latina. Pero no: la educación debía ser en la cuna de la música académica, en Europa. Y en una institución de educación superior, el equivalente a una universidad de la música.
En 1999 decidió dar un salto al vacío, uno que estaba respaldado por un contrato que le permitiría trabajar para ganarse la vida y, al mismo tiempo, estudiar. La ciudad de Nantes se iba a convertir en su destino.

Las bases ya las llevaba desde El Salvador, afirma Arturo, gracias a la formación y dirección de los mejores en el país: Joseph-Karl Doetsch, el guitarrista Walter Quevedo y Germán Cáceres, actualmente director de la Orquesta Sinfónica de El Salvador, la misma institución fundada por su antepasado.

“Entusiasmo”. Esa es la palabra que Cáceres ocupa para definir al Arturo de la época inmediatamente anterior al viaje a Europa. Un muchacho lleno de sueños, que no sabía nada de lo que le esperaba al otro lado del Atlántico.

Ilustración de Moris Aldana

Cuando desembarcó en Francia, todo caminó según lo previsto en la primera semana. Pero el encanto se terminó bastante rápido: a la segunda, se dio cuenta de que el contrato que le permitiría ganarse la vida comenzaba a ser irrespetado por sus patrones: no le iba a dejar tiempo para estudiar, el auténtico objetivo de un viaje para el que había quemado las naves.

“Era un problema grave, en el sentido de que después de que yo había vendido mis cosas en El Salvador, una semana después ya estaba sin trabajo, sin casa, sin la posibilidad de continuar. Es muy difícil cuando has dado un paso así”, comenta Arturo. José Paredes, quien ha mantenido contacto con el artista, recuerda esa época como una de estoicismo. Echar por tierra el primer impulso no parecía descabellado, pero Arturo no lo mostraba a sus amigos.

Música total. Según Arturo, su concepción de la música es una donde las fronteras se muestran difusas: música académica, folclórica y popular forman parte de la misma realidad.

Arturo decidió cortar con el contrato, pero permanecer en Francia mientras los ahorros persistían. Una mano amiga le aconsejó cambiar su mirada a Ginebra, Suiza, donde existía un conservatorio de educación superior.

Ahí también iba a tener asegurado un trabajo, aunque muy alejado de sus especialidades. En Suiza pasó por una multitud de ocupaciones: cuidar niños para familias locales, ejercer trabajos ocasionales en hoteles, acarrear carga.
Un medio de subsistencia relacionado con la música no llegaría sino a medida que iba avanzando en su formación. Lecciones particulares de guitarra y de teoría musical fueron la fuente de sus recursos hasta que salió del conservatorio, en 2004, para luego continuar con estudios superiores en musicología en París y en dirección de orquesta en Lugano. Un recorrido que se resume aquí en unos pocos párrafos.

“No es fácil, no es que aquí haya alguien que te esté esperando con los brazos abiertos. Pero me imagino que no es más difícil que para cualquier otro que se va para un país que no es el suyo”, comenta Arturo. Desde entonces, su camino se ha llenado de proyectos.

Uno de los más importantes, y el que más tiempo lleva, es el Ensamble Vortex, en el que comparte créditos con su compatriota Francisco Huguet. Este proyecto está integrado por una decena de compositores y ejecutantes enfocados en la innovación, en producir música que, en cada ocasión, rete a las convenciones de la música académica tradicional.

Huguet también fue compañero de Arturo en el conservatorio de Ginebra. Para Corrales, lograr hacer una carrera en Suiza es un asunto de sacar los dientes. De pelear por cada oportunidad que se presenta. De insistir 10 veces más que los locales y los europeos para mostrar de lo que se es capaz. Algo en lo que tanto él como Huguet se han convertido en un gran ejemplo.

Además del Ensamble Vortex, Arturo conforma otro proyecto que, a diferencia de sus otros trabajos, se basa en la improvisación. Alp Stereophonic es un dúo conformado por Corrales y el saxofonista suizo Laurent Estoppey. Ahí el salvadoreño hace gala de su dominio de la música electrónica, haciendo uso de un software y de una superficie, muy parecida a un iPad, que le permite tocar sus piezas como si de un instrumento se tratara. También es el encargado de la música electrónica en Electric Primitivo, un ensamble con guitarra eléctrica. Ambos lo han llevado a escenarios en Europa, Norteamérica y el resto del mundo.

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Naara Salomón

CONSTRUYENDO UNA CATEDRAL
La actriz de teatro Naara Salomón conoce bien el trabajo de Arturo Corrales. Lo ha seguido desde que salió del conservatorio. En 2004, cuando residía en Suiza junto con su esposo, el director de teatro Roberto Salomón, un profesor de esa institución los invitó a escuchar la pieza con la que se graduaría uno de sus alumnos proveniente de El Salvador.
“Nos dijo que era uno de los más talentosos. Cuando llegamos al teatro, nos dejamos inundar por esa pieza en la que los músicos tocaban desde diferentes espacios en el teatro”, comenta Naara. Por eso, no dudó en colaborarle en uno de sus proyectos más ambiciosos: “Cathédrale avec des Briques” (“Catedral con ladrillos”), desarrollado entre 2014 y 2015.
Fue, en primer lugar, una idea educativa. Una forma de acercar las más nuevas tendencias de la música contemporánea a aquellos niños y adolescentes de los barrios menos favorecidos de Ginebra. Sí, en esta ciudad importante de Suiza, país famoso por el secretismo de sus bancos y por su sólida economía, también hay poblaciones menos favorecidas. Según lo explica Naara Salomón, esos lugares son los habitados, sobre todo, por los migrantes que llegan de todas partes del mundo.
La idea de Arturo, que se apoyó en fondos ganados en un concurso, iniciaba con la enseñanza de música en decenas de escuelas en las que no existe un programa que acerque a los niños a este arte. Luego, de centro educativo en centro educativo se fueron seleccionando a los mejores ejecutantes, quienes integrarían una enorme orquesta, de más de 80 miembros.
Estos no interpretarían únicamente los instrumentos de manera tradicional. Fiel a su estilo, Arturo trabajó en composiciones en las que, por ejemplo, un violín no sería tocado mediante un arco para estimular sus cuerdas, sino, más bien, se aprovecharía la caja de resonancia para producir una enigmática percusión. Lo más interesante es que se tomarían en cuenta las ideas de los niños.

“Cada niño ponía su ladrillo, ponía de sí, para componer una obra mayor, de ahí el título tan bonito”, comenta Naara.
Arturo compuso su música alrededor del tema del miedo, desde un punto de vista mítico. Así, cada parte de la pieza se correspondía a un personaje legendario (un hombre lobo, un kraken), de esos que componen las pesadillas de los más pequeños. Naara, por su parte, hacía una narración, donde la voz se convertía en un instrumento más que creaba sobre el tiempo, con una cadencia que se acoplaba al tema tratado.

“Para mí, una de las cosas más bonitas fue ver cómo Arturo trabajó con los niños. Tiene una gran capacidad pedagógica para transmitirle a sus ejecutantes lo que quería que hicieran, a pesar de que ellos podían no tener una formación musical”, apunta Naara.

El espectáculo conseguido fue presentado en diversos escenarios en Suiza. La experiencia duró dos años, entre 2014 y 2015. Un documental del programa puede verse en YouTube digitando el nombre de la obra, “Cathédrale avec des Briques”.

La faceta educativa de Corrales sigue viva. Es profesor de composición y de análisis musical en el Conservatorio Popular de Ginebra, donde ha fundado la sección preprofesional de composición. Se trata de cursos para músicos que están a un paso de las tablas. Además es el director de la orquesta des Trois-Chene.

Trabajos. En la foto de la izquierda, Naara Salomón en su colaboración con Arturo Corrales en “Cathédrale avec des Briques”. En la del centro, dos violinistas interpretan “Liquid Carillon Dream”, escrita por el salvadoreño.

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ROMPER EL VASO QUE SE TIENE EN LA MANO

Colaboraciones. Corrales le ha puesto música a películas y espectáculos teatrales en Suiza y Latinoamérica, como a la cinta “Hasta la última piedra”, una historia colombiana.

Con tanta innovación, Arturo puede parecer un iconoclasta, un artista que decide romper con aquello que no domina. Para el poeta Jorge Ávalos, ese no es el caso. Para ello, pone como ejemplo una de las primeras composiciones del autor, “Valsito d’Amore”, una rigurosa pieza para guitarra sola que hunde sus raíces en Agustín Barrios, Mangoré. Arturo es un artista que rompe el vaso solo hasta después de tenerlo en la mano.

“La suya es una música que desconcierta al principio, porque es algo a lo que no estamos acostumbrados. Pero es así siempre que aparece un nuevo lenguaje en la música. Solo hay que tener un poco de compromiso para ingresar a un mundo completamente nuevo”, comenta Ávalos.

Para Arturo, esa es una de sus principales preocupaciones, la manera en la que el público recibe su música. Algo que dejó plasmado en su tesis “Figuras musicales”, la que le dio un título de doctor en musicología por la Universidad de Ginebra. El dictamen de los evaluadores le concedió honores por la calidad del material.

En este, Arturo postula un nuevo acercamiento a la música que él y sus colegas producen: alejarse de las pretensiones de la técnica, aquellas que dicen que la música está en la partitura, para dedicarse solo a escuchar.

“Lo principal que se necesita para entender una música, ya sea la contemporánea o Beethoven, es tener las orejas abiertas… hay muchos compositores que hablan de su música como si se tratara de una fórmula científica. En realidad, lo que cuenta es lo que finalmente se vuelve sonido”, comenta.
Desde la distancia, en el mediodía suizo, Arturo espera volver a acercarse a su país y compartir toda una vida de experiencias con jóvenes que, como él, tienen unos sueños que no pueden cumplirse a cabalidad en El Salvador de la actualidad.

“Me causa una gran pena haber podido trabajar más, por ejemplo, en Costa Rica que en mi país… espero que eso, algún día, cambie”, dice Corrales, el mismo hombre que hace casi dos décadas decidió emprender un camino hacia lo desconocido.