Generación 2000: la esperanza traicionada

Fotografía LPG – Archivo

La última tarde de 1999, María Castellanos tomó un bus para conocer a su hija. Su esposo (un policía) estaba de servicio en Usulután. El viaje desde Jutiapa, Cabañas, hasta el Hospital Primero de Mayo en San Salvador fue largo. Así como la espera: el proceso de parto no terminaría sino hasta los primeros minutos del siguiente día, el 1.º de enero de 2000. Su hija, Nelly Milena, se convirtió en la primera salvadoreña nacida en el nuevo milenio.

Más tarde, en septiembre de ese mismo año, los 189 países miembros de Naciones Unidas, entre los que se encontraba El Salvador, decidieron comprometerse a cumplir con ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio, destinados a construir un mejor mundo para aquellos que comenzarían a poblarlo en el nuevo siglo. Las metas tenían que lograrse antes de 2015.

Si El Salvador fuera un alumno y estos compromisos fueran la asignatura a cursar, sería uno de los reprobados. Sobre todo en el apartado que corresponde a educación, en el que se estipula que todos los adultos en el país deberían tener, por lo menos, completada su educación primaria, el equivalente a la educación básica.

Nelly Milena fue la primera de 150,176 salvadoreños nacidos en 2000, una generación que este año llegó a la mayoría de edad. Y una que, en términos de acceso a la educación, llegó muy tarde y se fue muy temprano: cuatro de cada 10 entraron de forma atrasada al sistema y se salieron antes de terminar su ciclo de formación.

En un país ideal, cada niño debería empezar su educación en parvularia, entre los cuatro y cinco años. En 2005, cuando estos infantes tenían cinco años, solo un poco más de la mitad del total había sido inscrito en este nivel, según consolidados construidos por el equipo de LPG Datos basados en información proporcionada por el Ministerio de Educación.

Los datos de matrícula en 2007 mejoraron: 138,740 en varios niveles, empezando por parvularia 4. Se trata de una muestra de desigualdad, pues de ese grupo más de 14,000 iban adelantados, en segundo o tercer grado. Al menos 804 de los niños nacidos en 2000 nunca ingresó a un aula de clases en El Salvador, de ningún tipo.

Nelly Milena fue la primera de 150,176 salvadoreños nacidos en 2000, una generación que este año llegó a la mayoría de edad. Y una que, en términos de acceso a la educación, llegó muy tarde y se fue muy temprano: uno de cada cuatro entró de forma atrasada al sistema y se salió antes de terminar su ciclo de formación. En un país ideal, cada niño debería empezar su educación en parvularia, entre los cuatro y cinco años. En 2005, cuando estos infantes tenían cinco años, solo un poco más de la mitad del total había sido inscrito en este nivel.

Graduarse de bachillerato es una de las más grandes fronteras que enfrentan los jóvenes salvadoreños. En 2018, cuando llegaron a la mayoría de edad, solo un poco más del 23 % de los 150,000 nacidos en el primer año del nuevo milenio habían obtenido un título de educación media.

Nelly Milena pertenece a este selecto grupo. El año pasado obtuvo su certificado como bachiller después de incontables sacrificios de sus padres, un policía en activo y la directora de la Casa de la Cultura en Jutiapa. La joven tuvo la oportunidad de completar su educación hasta este nivel en su mismo municipio, sin tener que viajar a pueblos vecinos, un auténtico esfuerzo en un sitio al que separan del poblado más cercano kilómetros de una carretera sinuosa, entre montañas, y del que solo parten y llegan tres buses al día.

Para María Castellanos, su madre, es una auténtica bendición, un maná caído del cielo si lo compara con su propia historia. Ella pudo obtener un título solo yendo a estudiar a Ilobasco, en medio de los estertores de la guerra civil, los mismos que convirtieron, en la década de los ochenta, a Jutiapa en un pueblo fantasma. Todo se fue recuperando (los servicios básicos, las instituciones del Estado) solo hasta unos años antes de que naciera Nelly.

Ambas mujeres hablan desde la oficina que la madre ocupa en la Casa de la Cultura, que dirige desde hace 15 años, el mismo tiempo que tiene instalado el bachillerato en Jutiapa. María Castellanos conserva su sonrisa fácil, sus ojos vivos, los que quedaron retratados en las fotografías que le tomaron cuando nació su hija. Nelly Milena, en cambio, parece incómoda con la experiencia de hablar con un desconocido de su vida y la de sus contemporáneos.

Constantemente limpia el sudor de sus manos en su pantalón, mientras las palabras le salen a cuentagotas.
De la generación de los nacidos en el 2000, solo 61,000 han podido ingresar a cualquier nivel del bachillerato. Pero esa cifra choca con una paradoja, según lo señala Ricardo Montoya, subdirector de Reinserción del ISNA: una gran cantidad de secciones de bachillerato en el país están atiborradas de estudiantes.

“Esto significa que existe una necesidad para doblar la infraestructura y para capacitar a más maestros para este nivel. Eso se pinta difícil, somos el país que menos invierte en educación en toda la región. Además, tenemos un ministerio que continúa organizado para responder a una realidad de hace décadas”, comenta el experto.

A eso hay que añadirle la calidad en la educación. Para 2018, la nota promedio nacional de la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media (PAES) fue de 5.66. Nelly obtuvo una nota de 5, alta, sin embargo, si se le compara con el promedio de la escuela donde estudia, el Instituto Nacional de Jutiapa, que apenas llegó al 4.87.

Al ser la primera salvadoreña del nuevo milenio, se esperaría que a Nelly se le haya beneficiado de alguna manera. Según su madre, les dieron algunas canastas apenas nació. Una institución educativa en la capital, especializada en educación inicial, les ofreció una beca para que la niña fuera cuidada y estudiara en sus instalaciones hasta los siete años. Al vivir en Jutiapa, un poblado para el que hasta Ilobasco representa lejanía, tuvieron que declinar esa oportunidad.

“Hasta fuimos a ver las instalaciones, fíjese. Bien bonitas. Lástima que no pudimos aprovecharlo”, comenta María, entre risas.

Adultez. Nelly Milena muestra su DUI. Ella es una de las 98,168 personas que solicitaron el documento el año pasado, algo que no hicieron al menos 52,008 de los nacidos en el 2000.

Nelly Milena es consciente de que su infancia ha sido mejor que la de su madre. No ha tenido que trabajar constantemente, por lo que solo en algunas ocasiones ha engrosado las estadísticas de trabajo infantil (de los cinco a los 17 años), que según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM) de la Digestyc en 2017 tuvo un tamaño de unos 130,000 niños y adolescentes.

Casi toda su vida ha residido en una casa propia, comprada luego de que su padre fue a trabajar tres años a Estados Unidos, de 2003 a 2006. Durante ese periodo, María, su madre, mantuvo la casa y a sus tres hijas solo con el dinero que ganaba en su puesto en la Casa de la Cultura. Ahorró cada centavo mandado por su marido.

Nelly es consciente de ello, pero no por eso se siente satisfecha con su suerte. Ahora, su hermana mayor, Gabriela, está estudiando en el Megatech de Ilobasco una carrera técnica. Para sus padres, este es un gasto tan grande que no han podido hacer lo mismo por su segunda hija. El progreso de su educación ha pasado a un estado de hibernación mientras su hermana completa el suyo.

En Jutiapa, las oportunidades de trabajo distintas a la agricultura y a las labores del hogar son escasas. Pasan por las instituciones del Estado, como la alcaldía o la unidad de salud. Y poco más. Por eso, Nelly es, por ahora, una más de los jóvenes de entre 16 y 24 años que no estudian ni trabajan en El Salvador. La EHPM de 2017 coloca esta cifra en 359,670.

“Este grupo llama especialmente la atención, pues están en situación de riesgo al volverse blancos fáciles de grupos delictivos. Además, al no estar en el sistema educativo sus posibilidades de desarrollo profesional futuro se ven minados”, indica la Digestyc en el informe de la encuesta.
—Si llega a concretarse lo de ir a la universidad, ¿qué te gustaría estudiar? –se le cuestiona–.
—Estaba pensando en Administración de Empresas, pero después como que me arrepentí y estaba viendo la carrera de Turismo –comenta Nelly, con la timidez usual–.
—¿Pero lo seguro es que tus aspiraciones no son quedarte en Jutiapa para ser ama de casa?
—No. Pero no sé, como que estoy indecisa. Mi mamá me dijo que hasta que saliera la Gaby, entonces dije yo que iba a seguir investigando. Lo que le rezo a Dios es que la espera no se haga eterna.

Mientras eso no suceda, Nelly ha decidido ocupar su tiempo en el trabajo de su madre, enseñándole a otros jóvenes de Jutiapa lo que ha podido aprender hasta hoy: pintar, tocar guitarra, bailar, hacer manualidades. En El Salvador, solo el 4 % de los jóvenes nacidos en 2000 asiste actualmente a un aula universitaria o de educación superior.

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SU PRIMERA ELECCIÓN

Un total de 150,000 votos pueden inclinar cualquier elección en un país tan pequeño como El Salvador. Ese es el número de los jóvenes nacidos en 2000 que llegaron a la mayoría de edad el año pasado y que podrían participar en los comicios presidenciales del 3 de febrero.

Según la última encuesta publicada por LPG Datos, el 37.8 % de la población de jóvenes entre 18 y 25 años se inclina por un cambio de rumbo que no tenga que ver con partidos tradicionales. El 23 % no tiene una opción definida.
Nelly es una de las que tendrá la oportunidad de decidir en una urna por primera vez en su vida. Los temas políticos ocupan muy poco de su tiempo, concentrado en temas más urgentes para ella. Dice que no mira mucha televisión y escucha radio solamente por la música, sobre todo aquella donde destaca “el sonido de la guitarra”.

Su convivencia con internet, el medio con el que nació su generación, ha sido escasa por decisión de su madre: nunca instaló un servicio en su casa y tampoco le permitió tener un celular sino hasta que, el año pasado, cumplió la mayoría de edad.

“El internet para mí solo ha sido una necesidad para mis estudios”, comenta Nelly. Por eso le es difícil decir por quién votará el 3 de febrero. No sabe siquiera si se presentará a los comicios. Eso sí, Nelly está lista: sacó su DUI en diciembre del año pasado, algo que no han hecho todavía al menos 52,000 nacidos en el año 2000, según consolidados construidos por el equipo de LPG Datos basados en información provista por el Registro Nacional de las Personas Naturales (RNPN).

Estos resultan reveladores e indican, por ejemplo, la magnitud de la migración de este grupo etario. Existen municipios, como Tonacatepeque, donde el número de duis donde se ha indicado ese sitio como residencia (1,276) supera mucho al de nacidos en el año 2000 (949). Justamente lo contrario sucede en lugares como La Unión, donde solo 567 personas han sacado el DUI en contraposición a 1,266 nacimientos registrados.

Lo que sí le gustaría, comenta Nelly, es un cambio, uno que le dé más oportunidades a alguien como ella sin tener que abandonar a los suyos, como lo ha visto tantas veces encarnado en compañeros de clases que un día se fueron y ya no volvieron. Que tomaron camino hacia Estados Unidos porque el lugar donde habían nacido ya nada tenía que ofrecerles. Incluso hubo algunos que se fueron después de obtener su título de bachilleres. Para Nelly, pensaron que ni ese anhelado sueño, graduarse, sería suficiente para alcanzar una mejor vida. Recuerda el caso de toda una familia, con hijos menores de 10 años, que tuvo que huir con rumbo al Norte.

Título de bachiller de Nelly Milena.

—Había un muchacho que me decía, “‘habemos’ tantos bachilleres que hasta hay para empedrar, pero trabajo no hay” –dice María, la madre, con una mirada más seria que de costumbre–, antes había como una esperanza en la educación media. Ahora ni eso tienen los jóvenes. Por eso dicen “¿para qué estudio?”, añade.

 

EL CORTE DE LOS 11 AÑOS

La educación es, como se ha visto, la más grande deuda del Estado salvadoreño con respecto a sus jóvenes del 2000. Sin embargo, la cobertura varía y va aumentando según los años. Hasta que se llega a la frontera de los 11 años, la edad en la que los niños escolarizados comienzan a abandonar la escuela.
En la generación de los nacidos en 2000, por ejemplo, cuando estos jóvenes tenían 10 años, en 2010, se registró la mayor cantidad de inscritos: 146,653, en niveles desde parvularia hasta el sexto grado. La cifra comenzaría a decrecer en 2011, con 145,574.

Y, como si se tratase de una curva perfecta, la tendencia continúa a la baja cada año: 145,110 (2012) 140,638 (2013), 133,409 (2014), 123,562 (2015), 105,425 (2016) y 87,414 (2017).

Para Ricardo Montoya, subdirector de Reinserción del ISNA, a la cabeza de ello hay una gran cantidad de factores: el ingreso al mercado laboral, el acoso de las pandillas (a los 11 se puede ser tanto asolado como reclutado), la lejanía de los centros escolares. O, simplemente, la pobreza.

“Programas sociales como el vaso de leche han ayudado, pero no han sido suficientes para lograr que los jóvenes se queden en la escuela, deben buscar formas para subsistir que los alejan de las aulas”, comenta Montoya.
En apenas siete años, la escolaridad en El Salvador para los nacidos en el año 2000 bajó en un 40 %. ¿Dónde se encuentran ahora esos 62,762 que en 2017 estaban fuera del sistema educativo?

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EL FUTURO

Para que la espera por seguir estudiando no se haga eterna, Nelly está pujando por un puesto como cajera en una caja de crédito de Ilobasco, con el que pueda pagar sus estudios. Lo hace por recomendación de Karina, una amiga de su madre que se han convertido en un auténtico modelo a seguir para ella: administradora de empresas que trabajaba mientras estudiaba, actual empleada de un banco. Alguien que, en palabras de Nelly, ya es “dueña de su vida”.

Mientras eso no suceda, Nelly ha decidido ocupar su tiempo en el trabajo de su madre, enseñándole a otros jóvenes de Jutiapa lo que ha podido aprender hasta hoy: pintar, tocar guitarra, bailar, hacer manualidades. En El Salvador, solo el 4 % de los jóvenes nacidos en 2000 asiste actualmente a un aula universitaria o de educación superior.
Desde la Casa de la Cultura de Jutiapa hasta su hogar no hay más de medio kilómetro de camino. Abren las puertas y adentro se revela una sólida construcción de tres cuartos, cuyas paredes están tapizadas con los logros de los hijos. Un espacio está reservado para que, en un futuro, el título universitario de Nelly pueda cubrir otro hueco verde.

El hogar. Nelly y su madre, María, posan en la fachada de su casa, comprada por su padre después de una temporada en Estados Unidos. Antes de su nacimiento, la familia no contaba con vivienda propia.

El Gran Luigi: música en el país que ignora a sus artistas

Luis Mauricio “El Gran Luigi”

Luis Mauricio tiene 11 años. Y, como a todo niño de esa edad, las palabras le salen a cuentagotas. Mira hacia abajo, con los hombros y los brazos caídos, en un cuadro que bien puede definir la timidez. Pero todo cambia cuando al fondo suena una pista para que él la decore con su voz. La postura de su cuerpo es mucho más relajada y los brazos se acompasan al ritmo mientras improvisa algunos versos.

Luis Mauricio saltó a la fama en El Salvador hace un mes y medio, cuando los miembros de una conocida página de Facebook lo grabaron haciendo lo que más le gusta en el mundo, después de que se frustró su intento por participar en el evento de un programa televisivo.

Desde entonces, su nombre artístico, el Gran Luigi, se ha convertido en uno de los más populares del ciberespacio salvadoreño: el video de su primera canción, “La vida”, cuenta con más de 61,000 reproducciones con apenas una semana de lanzado. Todo un hito en un país de 6 millones de habitantes.

Aquí, sentado en el tronco de un árbol, en una acera cualquiera de San Salvador, el Gran Luigi parece no ser consciente de lo que eso significa. Apenas hace unas semanas le ayudaba a su madre, Brenda, quien vende dulces en el transporte público, a ganar algunos dólares cantando en los buses junto a su todavía inseparable bocina. Un trabajo que hacía desde hace unos años, sin el que su familia no podría haber pagado las cuentas a final de mes.

—¿Qué fue lo más arriesgado que te pasó trabajando en el transporte colectivo –se le consulta al pequeño.

—Aprender a tirarse de los buses –dice, entre risas, Brenda, su madre de 28 años, atajando la pregunta.

—¿Y él andaba solo desde el principio, cuando era un niño de nueve?

—Sí, andaba solo. Como allá en el trabajo de los vendedores es un bus cada uno. Él se iba en un bus y yo me iba en el que lo seguía, fuera la ruta que fuera –dice Brenda. El circuito de trabajo con el que cumplían todos los días iba del mercado Las Pulgas del bulevar de Los Héroes hasta Metrocentro. Unos 200 metros para ganarse la vida.

Comenzó, cuenta Luigi, cantando “canciones viejitas” acompañado de una caña, un instrumento conformado por una lata rellena de arroz o maicillo. Luego probó el beatboxing, el arte de hacer sonidos con la boca. Se decidió a rapear hace año y medio, para comenzar a imitar lo que hacían sus grandes referentes, el venezolano Canserbero y el mexicano C-Kan. Eso le cambiaría la vida.

Ahora, este niño de 11 años, residente en un barrio popular cercano al campus de la Universidad de El Salvador y asolado por las pandillas, puede jactarse de contar con casi 90,000 seguidores en Facebook y otros 45,000 en Instagram cuando apenas ha grabado una canción, una que suena por lo menos cuatro veces cada hora en la radio, según las cuentas de las emisoras Scan y YXY.

—Mi niño ha tenido suerte –dice Brenda, mirando a su hijo con una sonrisa repleta de orgullo. Yo he visto a muchos como él, pero nadie los toma en serio. Este país es un mal país para ser artista.

El Gran Luigi, además del empuje de la viralidad, ha contado con un apoyo adicional: Jota Sánchez, un veterano de la escena nacional que se ha movido como pez en el agua en el hip hop y otras hierbas. Ahora también capitanea el grupo Cumbia Negra, que combina este género musical con el rock.

Los veteranos. Adhesivo ha logrado presentarse en importantes escenarios de Colombia y México.

Él ha tomado las riendas de la carrera del pequeño después de algunas experiencias previas, como XD Five, un dúo de chalatecos que brilló hace algunos años con temas como “Dulzura”, que compitió en las listas de popularidad nacionales con los artistas extranjeros.

Jota es ahora el encargado de sus redes sociales, de su agenda, de a quién o a quién no se le brinda un show, se le da una entrevista. Quien impide que un medio de comunicación visite la casa donde vive el niño, ubicada en un barrio empobrecido entre la frontera de San Salvador y Mejicanos. Brenda dice que el hombre moreno que guarda bajo una gorra su cabellera rubia se ha convertido en un regalo del cielo.

Mientras el pequeño y su mamá hablan, Jota vigila la conversación desde muy cerca. El niño dice que uno de sus temas favoritos para escribir canciones es la política. Quien platica con él, curioso, busca saber cuál es la opinión de un muchacho de 11 años sobre aquellos que manejan la cosa pública.

Jota se acerca aún más e interrumpe la conversación. Para él, este es un tema vedado, uno que les ha traído problemas en el pasado. Hace unas semanas, el Gran Luigi cantó en un evento organizado por el Gobierno. En las redes se desataron ataques contra él, en los que criticaban su apoyo a Hugo Martínez, el candiato del FMLN, que estuvo presente en esa ocasión.

—Te invitan a un evento de INJUVE y llega un político. Ya te relacionan con él… ¡si el niño ni siquiera vota! La realidad del niño es pensar en las necesidades que él tiene, que la música se puede convertir en el instrumento para cubrirlas –comenta Jota, la voz alzada, amenazando con terminar con la entrevista si se continúa con el tema.

Jota afirma que se preparan grandes cosas para el niño, como la grabación de un disco, que estará a cargo de PRV, su productor de cabecera y uno de los más respetados de la escena hip hop del país. Este se encargará de todo el proceso: el diseño de las pistas, la captación de la voz, el masterizado del producto final. No quiere que vuelva a hablarse del tema de la política alrededor de una criatura de 11 años. Por eso ha declinado las invitaciones de los equipos de campaña de los candidatos presidenciales para que el Gran Luigi dé un show en alguno de sus mítines.

—Nosotros en el trabajo con él no queremos que sea un King Flyp, pues, un fenómeno viral, sino alguien a quien se le construya una carrera. Y, usted sabe, la política es capaz de matar cualquier carrera –dice Jota.

Con tanta experiencia, Omniom sabe hablar al vuelo de lo que cuesta, por ejemplo, grabar una sola canción para una banda de cuatro personas: $300 por la captación de instrumentos y voces en el estudio, $100 por la mezcla y otros $150 por la masterización (un proceso que permite la optimización de los sonidos). En total, $550 por una sola pieza, algo elevado para una realidad económica como la salvadoreña.

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COMO EN EL TRABAJO de todo emprendedor, quien se decide a ser músico debe pensar en una inversión inicial, un primer empuje económico que permita que las potencialidades de un talento se conviertan en sonidos concretos. Si no se cuenta con recursos propios para dar este primer paso, o con el apoyo de un patrocinador que lo cubra, es prácticamente imposible. Sobre todo si quien lo sueña es un niño de 11 años que se dedica a cantar en los buses para ayudar con la subsistencia de su familia.

“Tener ingresos constantes es tan importante como el talento”, dice Roberto Burgos, vocalista de la banda de death metal Dreamlore, una voz experta en el tema porque lleva casi dos décadas liderando una banda que, a pesar de su prestigio, con múltiples premios regionales, decenas de videos y canciones, todavía no es capaz de generarles ganancias a sus miembros.

Y en la música, una carrera comienza a perfilarse con el lanzamiento de un disco. La realidad es diferente dependiendo del género. No es lo mismo grabar a un solista que a una banda completa: el precio aumentará dependiendo de la complejidad y de las horas requeridas para completar el trabajo. En el país, cada corriente musical tiene un productor especializado. Si se trata de conjuntos musicales, sobre todo de jazz, el indicado es Jorge Lara, “la Vaca”. Julio Rodas, por su lado, es el encargado del rock.

Agustín Anaya, mejor conocido como Omniom, es el maestro del hip hop, un estatus alcanzado en el país gracias a su trabajo de más de una década como productor del grupo Pescozada, quizá el más importante en el género de todos los que ha parido el país.

En su estudio de Mejicanos, un lugar acogedor pero diminuto, Omniom mira atento tres grandes pantallas. Allí calcula el volumen y el lugar exacto en el espacio que debe ocupar cada sonido. Acaba de recibir una visita bastante sui géneris para él: un dúo hondureño de música folclórica que colaboró con Los Guaraguao de Venezuela. Esta mañana, en cambio, trabajaba sobre una grabación del español Rapsusklei, una de las figuras más importantes del rap cantado en castellano.

Con tanta experiencia, Omniom sabe hablar al vuelo de lo que cuesta, por ejemplo, grabar una sola canción para una banda de cuatro personas: $300 por la captación de instrumentos y voces en el estudio, $100 por la mezcla y otros $150 por la masterización (un proceso que permite la optimización de los sonidos). En total, $550 por una sola pieza, algo elevado para una realidad económica como la salvadoreña. El hip hop y otros géneros parecidos, como el reguetón, resultan más baratos, sobre todo porque se trabaja sobre una pista. Un EP (disco de no más de media hora) puede grabarse en esas mismas cuatro horas.

Los veteranos. Pescozada, proveniente de Chalatenango, es el talento nacido en la periferia.

Otro asunto es el trabajo de producción. Expertos como él han sabido adaptarse al mercado salvadoreño y ofrecer facilidades. Él, por ejemplo, se ha inclinado por una suerte de combos. El artista, por ejemplo, puede comprarle una de las pistas compuestas por él, un “beat Omniom“, desde $189. A esto puede adicionarse la grabación de la voz y algunos ajustes de la mezcla. Todo esto junto a la masterización cuesta $325. Y hay todavía otras opciones, como el EP exclusivo, donde el productor se encarga de todo el proceso de hasta 30 minutos de música por $800. Una suma impensable para una familia como la del Gran Luigi y Brenda, que tendrían que ahorrar por meses todos los ingresos de su hogar para cubrirla.

Después de grabar un disco, comienza la rebusca, las estrategias por penetrar en el mercado, aquello que impida que esta inversión quede en el olvido. Una labor en la que los miembros de Pescozada son unos expertos. El grupo de Omniom, además de contar con una fuerte presencia en redes, está afiliado a dos organizaciones colectoras de regalías en Estados Unidos: así se aseguran de recibir el dinero generado cada vez que su música suena en cualquier parte del mundo.

A diferencia de Pescozada, Adhesivo, otra duradera banda nacional, no cuenta con este tipo de asociaciones. Por ello, no puede recibir más regalías por su música que aquellas que se reparten en servicios de streaming, como Spotify. Así lo explica Guillermo Serrano, líder del grupo de ska.

Guillermo es, desde hace más de una década, empleado de la Corte Suprema de Justicia. Cumple con un trabajo de 8 de la mañana a 4 de la tarde. La música, como sus tatuajes, es un elemento que se libera solo cuando deja de ser el Guillermo burócrata. Pero no podría sobrevivir sin la combinación de ambos mundos.

Adhesivo es una de las bandas salvadoreñas más conocidas a escala internacional. Ha logrado presentarse en festivales importantes, como Rock Al Parque, en Bogotá, o Vive Latino, en México. También ha colaborado con leyendas del ska como Doctor Shenka, vocalista de Panteón Rococó. Pero ello, dice Guillermo, es el resultado de una inversión: todo el dinero que Adhesivo genera (shows, venta de mercancías, streaming) no va a los bolsillos de sus miembros, sino a la banda, para que esta pueda dar unos pasos más.

“Tratamos de ser ordenados. Creo que la clave para durar está en eso. Nosotros planeamos nuestro futuro para un año o 18 meses”, comenta Serrano, quien espera, después de más de 20 años de liderar a su banda, que la música alguna vez se convierta en un negocio rentable.

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EL GRAN LUIGI tiene claras sus prioridades: terminar la escuela y superar la formación de su madre, quien llegó al noveno grado, para convertirse en abogado; comprar una casa propia, donde sus hermanos y sus padres puedan, al fin, vivir con certidumbre; que de todo ello sobre algo para un carro, como el que Jota, su mánager, maneja. Por ello no le importa el cansancio, la agenda apretada para un niño de 11 años que, en un mundo ideal, debería estar en su casa y no ganándose el pan cantando en los buses.

Según Brenda, su madre, todas las pocas ganancias que se han generado con el trabajo del niño han ido a parar a sus bolsillos. Tanto que ahora ella ha podido dejar de vender dulces en los buses para acompañarlo en sus compromisos. En todo este tiempo, dice, Jota no ha recibido ni un centavo.

—Esto de la música es una inversión. No se miran ganancias sino mucho después. Mire lo que dicen los promotores de Ozuna, que para llevarlo donde está tuvieron que gastar más de $3 millones sin ver ni un solo centavo de vuelta por varios años. Esto es así, si se hace bien, es un trabajo de paciencia –comenta Jota, un hombre con pensamiento empresarial. Luego matiza su respuesta, y asegura que lo hace como una forma de devolver algo de lo que la música le ha dado. —A mí mi esposa me dice que ella nunca creyó que algún día podríamos vivir exclusivamente de la música.

El Gran Luigi, allá lejos, mientras le toman una fotografía, activa su bocina, su compañera de siempre, e improvisa algunos versos, feliz de poder sentir que el futuro, su futuro, se llena de música.

Internet como herramienta para el abuso sexual de menores

Ilustración de Moris Aldana

A Fabiola le da miedo mirar videos en una computadora, en una tableta o en un celular. Teme volver a ver en la pantalla su propio cuerpo desnudo, filmado sin su autorización presuntamente por una expareja de su madre, Graciela, que vivió en su casa por un tiempo y a quien le han perdido el rastro. La joven tenía 15 años cuando eso ocurrió. Fabiola y su madre tienen constancia de que en la web circularon tres videos en los que la joven aparece desnuda.
Ahora a Fabiola le da miedo realizar cualquier actividad que requiera quitarse la ropa, como tomar una ducha en su casa.

La noticia les llegó después de que un amigo de la familia vio las grabaciones en un sitio de internet dedicado a promocionar clubes de prostitución en Centroamérica, en el que de tiempo en tiempo se cuelan videos de contenido sexual. Otra persona les mostró los videos compartidos en un grupo de WhastApp. Graciela piensa que, quizá, bien hubiera podido evitar que a su hija le pasara lo que le pasó.

“Ella me dijo que sentía que ese hombre la miraba feo, que no era normal eso, y que a veces la seguía cuando se iba al baño, que la espiaba cuando se estaba vistiendo”, dice Graciela, que muy pronto llegará a los 40 años de edad.

Graciela y Fabiola todavía no han denunciado el hecho ante ninguna autoridad. Antes se están asesorando con un abogado. El delito que pudo haber cometido la expareja de la mujer es uno de nombre bastante extenso: utilización de niñas, niños, adolescentes o personas con discapacidad en pornografía a través del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación.

Este está incluido en la Ley Especial contra los Delitos Informáticos y Conexos, aprobada en 2016 por la Asamblea Legislativa de El Salvador y con apenas dos años de aplicación. Desde 2017 hasta el tercer trimestre del presente año, la Fiscalía General de la República ha recibido 786 denuncias en torno de estas faltas.

Un apartado de la ley se dedica a crímenes contra menores de edad: casi todos son de naturaleza sexual, en los que el perpetrador adulto se vale de las nuevas tecnologías para concretar sus fechorías. Solo de este grupo, del referido a conductas sexuales, la FGR recibió en sus oficinas 80 denuncias, más del 10 % del total.

El delito del que Fabiola fue víctima castiga a quien lo comete con una pena de ocho a 12 años de prisión. Puede contar con varios agravantes, como que el acusado sea el responsable del menor. Entonces, la pena máxima puede ser de hasta 16 años.

“A mí me aflige que ella no quiera, en un futuro, entablar una relación con una persona que le guste. Ya me ha dicho cosas que me preocupan, como que no se atrevería a estar desnuda con un hombre, en un cuarto, para tener intimidad; que no va a poder dejar de pensar en que la van a estar grabando también allí”.

Para Martin Rogel Zepeda, magistrado de la Cámara Tercera de lo Penal de la primera sección del Centro de San Salvador, las leyes deben contar con una característica: la precisión. Por eso la nueva tipificación es un paso adelante porque permite castigar a eslabones de la cadena que en el artículo correspondiente del Código Penal, su antecesor, no era posible: allí la acción se dirigía solo a aquella persona a quien se le comprobaba que había producido un material de pornografía infantil o a aquel que lo almacenaba, no a quien lo había visto, por ejemplo, vía streaming o en ese espacio un poco momentáneo de un chat.

Ahora la investigación de las autoridades debería apuntar a la expareja de Graciela, pero también a aquellos que vieron el video en el grupo de WhatsApp o a través de la página web descubierta por el amigo de la familia. Aquellas personas que dieron aviso a Graciela también podrían ser acusadas, pues tuvieron acceso al material.

Ese proceso, sin embargo, sería bastante difícil para la Policía Nacional Civil de El Salvador si no se tiene acceso físico a los dispositivos desde donde se vieron las piezas: a pesar de que se cuenta con toda una unidad dedicada a los servicios informáticos, todavía no existe la tecnología en el país para, por ejemplo, detectar qué IP (la dirección única de la conexión de un aparato con internet) se ha conectado con determinado video o fotografía, lo que sí ocurre en países desarrollados.

Las autoridades salvadoreñas encargadas de investigar este tipo de hechos también tienen otras falencias: dentro de la Fiscalía General de la República, que también cuenta con su departamento correspondiente, solo hay un experto certificado para verificar la autenticidad de la evidencia informática, pero está dentro de la Unidad de Investigación Financiera (UIF), la que se encarga de los casos de lavado de dinero y activos. Para utilizarlo, por tanto, debe haber una coordinación entre jefaturas, que lleva tiempo.

Esto parece ser un síntoma de una tendencia en El Salvador: se le da más peso a delitos que tienen que ver con aspectos financieros, como lo observa el gerente de Programas de Plan International, Adolfo Vidal.
“Aquí el tema de los delitos cibernéticos está más tipificado con el tema de fraude financiero, con el tema bancario, con eso es que se aprobó… Cuando nos digitalizamos, digitalizamos las amenazas; tenemos que avanzar realmente en esto y, por último, hacer una ley específica solo para regular la divulgación de imágenes de niños y niñas en redes sociales”, aseguró en una entrevista para LA PRENSA GRÁFICA.

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VÍCTIMAS DE LOS DELITOS

Cuando se piensa en “delitos informáticos”, lo primero que se viene a la cabeza es una serie de números binarios y un escenario parecido al de la película “Tron”, donde todo se da en un plano abstracto, casi inofensivo. Parecería demasiado sofisticado para ponerle el rostro de una víctima.

Pero internet, herramienta neutra, es utilizado para el cometimiento de crímenes atroces contra la sexualidad de menores de edad con mucha regularidad. Eso es lo que demuestran los números recogidos por la Fundación de Vigilancia de Internet (Internet Watch Foundation, IWF), una organización basada en Inglaterra que recibe denuncias de contenido de pornografía infantil de todo el mundo.

En 2017, la entidad acogió más de 80,000 reportes de páginas web que albergaban material en video o fotografía de menores de 15 años siendo abusados sexualmente. De ese grupo, en el 55 % de las piezas, las víctimas lucían como niños por debajo del umbral de la década de vida. Y un alarmante 2 % (1,600) eran menores de dos años. Alguien filmó a un adulto abusando sexualmente de un niño menor de dos años para que otro adulto lo viera. Y las cifras continúan: el 44 % del total de videos o fotografías mostraba violaciones o torturas sexuales a niños. Treinta y cinco mil doscientos, la misma cantidad de asientos que tiene el estadio Jorge “Mágico” González, de San Salvador. Hasta el 92 % del total de material pornográfico infantil estaba alojado en sitios de acceso gratuito.

Ahora la investigación de las autoridades debería apuntar a la expareja de Graciela, pero también a aquellos que vieron el video en el grupo de WhatsApp o a través de la página web descubierta por el amigo de la familia. Aquellas personas que dieron aviso a Graciela también podrían ser acusadas, pues tuvieron acceso al material.

Pero estos no son, siquiera, números que reflejan la realidad a escala mundial. La IWF asegura que hasta el 97 % de la data con la que elabora sus informes proviene de Europa y Estados Unidos. Y América Latina es la región con el menor número de reportes a la entidad, apenas alcanza la decena. No existe una institución similar para conocer el tamaño del problema en este lado del mundo.

Con ese panorama, es posible comprender las palabras de Graciela, que considera “un alivio” que su expareja no haya abusado de su hija. Pero la violación de su intimidad y la colocación de su cuerpo en un espacio de consumo sexual han dejado profundas huellas en su vida.

Desde que sucedió, ha estado viendo a un terapeuta por lo menos dos veces al mes: no puede irse de su mente la sensación de que alguien, en cualquier momento, pueda estar viendo su cuerpo. Se siente constantemente vulnerable.

Eso ha desatado un cuadro de ansiedad en la joven, muy parecido, según se le ha dicho a su madre, al de una víctima de violación.

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DEUDAS DE LA LEGISLACIÓN

La difusión de este tipo de material es un golpe fuerte para una víctima menor de edad, pues esta todavía está descubriendo su identidad. Por eso, se ha pensado en múltiples formas de prevenir estos delitos. Una de esas es la de crear una figura muy parecida a la que un sujeto obligado tiene en la ley correspondiente a lavado de dinero y activos.

Eso es lo que recomienda el Centro Internacional para Menores Desaparecidos y Explotados, con sede en Virginia, Estados Unidos, en su informe “Pornografía infantil: modelo de legislación y revisión global”, publicado en 2012.

Este señala a dos tipos de posibles sujetos obligados. En un primer grupo deben estar personas con actividades profesionales cotidianas que, como resultado de sus responsabilidades laborales, puedan estar “potencialmente expuestos a la pornografía infantil”. Allí se incluye a profesionales informáticos, quienes podrían tener acceso de forma accidental a este tipo de material cuando, por ejemplo, reparan una computadora o un teléfono celular.

El segundo grupo es el de organizaciones o empresas cuyos servicios sean usados para fomentar la proliferación de la pornografía infantil. Por eso, deben ejercer cierto grado de responsabilidad. Aquí están los proveedores de servicios de internet, las empresas de tarjetas de crédito y los bancos. Estos dos últimos se consideran porque quien busca acceso a pornografía infantil puede pagar por ella a través de estas instituciones.

“Debe promulgarse un requisito de ‘notificación y remoción’ en la legislación nacional, y considerarse la creación de protección legal para permitir que los proveedores de servicios de internet puedan denunciar de forma completa y eficiente a la Policía o a otros organismos designados cualquier incidente de pornografía infantil que descubran, incluida la transmisión de imágenes”, dice parte del informe.

En El Salvador, la Ley Especial contra los Delitos Informáticos y Conexos aún no contempla esta figura, como tampoco castiga, en específico, la promoción de turismo sexual con menores de edad como víctimas a través del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación. Esto último ya es una realidad en otros países de la región, como Ecuador.

Ilustración de Moris Aldana
Ilustración de Moris Aldana

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LA TRAMPA EN LA RED

El vacío legal permitía que una persona solo pudiera ser acusada si cometía el abuso sexual. Padres que se daban cuenta de que esto pasaba entre un adulto y su hijo debían conformarse con la idea de que evitaron algo peor.

El caso más mediático relativo a este delito ha sido el del sacerdote católico Adonay Chicas Campos, quien fue enviado a juicio por, además de sostener relaciones sexuales con un menor, haberlo incitado a hacerlo a través de un chat de WhatsApp. El caso tiene reserva total.

Pero este no es el único que ha llegado a las cortes del país. Hay otros que han terminado incluso en condenas. Ese es el caso de uno ocurrido en San Salvador, del que se omitirán detalles específicos por instrucciones del tribunal de Sentencia que lo vio, pues la víctima es un menor de edad.

Todo comenzó con una inocente rutina de convivencia. Ella llegaba donde la abuela del pequeño para llevarlos a él y a su prima de 14 años a pasear. Él ni siquiera había llegado a la década de vida. Pasaba en esa vivienda mientras su madre trabajaba.

Lo que ni la madre ni la abuela del niño sabían es que, en los recorridos de regreso al hogar, ella le besaba la boca. También lo acariciaba de sus partes íntimas, según explicó el infante en su testimonio.

Ella tenía alrededor de 30 años, dos hijos y un esposo. Él ya contaba con un celular. La mujer le ayudó a descargar la aplicación WhatsApp. Así pudieron estar en comunicación contante. En ese chat ella le decía palabras cargadas de sugerencias sexuales. También había conversaciones inocentes, donde le preguntaba cuál era su serie favorita, qué materias le gustaban más en la escuela, si era fan de los perros o de los gatos. Le pidió, también, que fueran novios. El niño, en su inocencia, aceptó la propuesta.

Un día a inicios de 2017, el infante se enfermó. Estaba solo en casa. Se lo hizo saber a la mujer, que no dudo un solo minuto en acercarse, no sin antes cerciorarse de que, en efecto, no había nadie más en la vivienda. Llego hasta el cuarto del pequeño y se desnudó. También a él le quitó la ropa. Lo besó y acarició. Incluso hubo contacto coital, para el que la mujer se las arregló como pudo.
Al siguiente día, el niño seguía con fiebre y con lo que parecía ser una infección urinaria, pues su madre notó que iba mucho al baño. Luego, se dio cuenta que el celular del pequeño no dejaba de sonar. Lo revisó y vio los mensajes que le había mandado a su hijo la mujer. En estos le preguntaba si le había gustado lo del día anterior. La madre denunció el hecho inmediatamente.

La mujer fue condenada por violación a purgar 14 años de cárcel. Sin embargo, una cámara superior decidió que el delito debía modificarse a otras agresiones sexuales. El castigo se redujo a ocho años. La Fiscalía decidió no acusarla por Corrupción de Niñas, Niños, Adolescentes o Personas con Discapacidad a Través del Uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, a pesar de que lo ocurrido cumplía al pie de la letra con la tipificación. Si se hubiera hecho así, la mujer podría haber enfrentado por lo menos a otros ocho años en prisión.

En el juicio donde fue condenada, dijo que ya antes había tenido experiencias parecidas y que nunca la habían atrapado.
El peligro también puede estar en la escuela. Ese fue el caso de los alumnos de Edwin Baltazar Villalobos, quien era profesor en un centro escolar de San Salvador, concretamente del octavo grado. Sus estudiantes, por tanto, eran menores de 15 años.

El hombre, de 40, les pedía a través de su cuenta personal en Facebook que se filmaran o tomaran fotografías de ellos en situaciones sexuales. A cambio, prometía comprarles regalos o ayudarlos con sus notas. Cuando los alumnos accedían a entregarle el material, este los citaba en un centro comercial para darles su regalo.

Ninguno de los alumnos denunció los hechos. El caso llegó hasta la Fiscalía General de la República cuando los padres de una joven de 14 años encontraron su teléfono desbloqueado. Allí se dieron cuenta de lo que pasaba. En la conversación pillada, Baltazar Villalobos le pedía que le enviara videos con contenido sexual. Le ofreció como pago zapatos y ropa de una exclusiva tienda.

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LAS HUELLAS

Fabiola y su madre intentan sobreponerse al golpe que les significó ver su cuerpo desnudo en una pantalla. Es un esfuerzo lento en el que hay semanas de avances y semanas de retroceso.

Sobre todo, a Graciela le interesa que su hija recupere su confianza, que, como las demás jóvenes de su edad, pueda desarrollarse con toda normalidad.

“A mí me aflige que ella no quiera, en un futuro, entablar una relación con una persona que le guste. Ya me ha dicho cosas que me preocupan, como que no se atrevería a estar desnuda con un hombre, en un cuarto, para tener intimidad; que no va a poder dejar de pensar en que la van a estar grabando también allí… Cuánto daño le hicieron a mi hija, y ni siquiera sé por qué. Parece que le quisieron arruinar la vida con algo que parece una broma”, dice Graciela.

La familia no ha decidido si podrá continuar viviendo la vida de antes, en el lugar de siempre. Han pensado, incluso, en abandonar el país. Un cambio rotundo provocado por algo que todavía les sigue pareciendo una mala broma y que impide que Fabiola pueda tomar siquiera una ducha con toda normalidad.

El IPSFA, ante la incertidumbre

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Privilegios. Existe todo un mundo de diferencia si se trata de un soldado raso o un oficial. Las oportunidades de conseguir mejores empleos están casi vedadas para los primeros.

El 27 de octubre, los pensionados del Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA) vivieron momentos de incertidumbre. El pago que esperaban no llegó a sus cuentas bancarias. Las quejas llenaron las páginas de Facebook de las diferentes asociaciones que aglutinan a pensionados del IPSFA, como por ejemplo una llamada Causa Justa.

“Favor presionemos, ya basta de escusas, es un deber que nos paguen el día estipulado. A ellos no les gustaría que les atrasen el sueldo”, escribió Lázaro Calles, pensionado del IPSFA, en la fan page de esa asociación. Este es uno de los comentarios que abonan a una labor que se ha vuelto general para beneficiarios de la institución cada fin de mes: informarse los unos a los otros si el dinero ya está entregado y en qué bancos se ha realizado dicho depósito.

El pago llegó para todos hasta el 30 de octubre, tres días después de lo pautado. Y la incertidumbre fue consecuencia de una situación: para 2018, el IPSFA iba a necesitar $60 millones del Presupuesto General de la Nación para cumplir con sus compromisos. Sin embargo, solo le fueron entregados un poco más de $46 millones. Nadie sabía de dónde iban a salir los $14 millones faltantes.

“Estuve desde mis 17 años y cumplí los 30 de servicio. Toda mi juventud cumplí con el IPSFA. Mes a mes, no fallaron mis descuentos. Y ahora las autoridades deben de cumplir. No tenemos culpa de la pésima administración… lo duro es que uno también tiene sus compromisos, sus deudas, que no se las perdonan los bancos”, escribió Édgar Cáceres, otro pensionado, a través de un mensaje de chat en Facebook.

En un acto de rendición de cuentas realizado a principios del mes, el gerente general de la institución, René Antonio Díaz Argueta, fue consultado sobre este punto por los miembros de asociaciones que aglutinan a pensionados del IPSFA. Dijo que esperaba “la ayuda del presidente”, Salvador Sánchez Cerén, un antiguo comandante guerrillero. “Creo que él nos va a apoyar”, aseguró frente a decenas de ansiosos pensionados, sin saldar las dudas.

Desde inicios de la década, el IPSFA ha dejado de ser una institución autosostenible. En 2011 ya se reportaban problemas de liquidez. La catástrofe sobrevino en 2016, cuando se anunció que la entidad no podría cumplir con sus compromisos sin una inyección del Estado.

Su modelo fracasó: está conformado por un solo fondo sostenido por aquellas personas que todavía trabajan y aportan sus cotizaciones, que actualmente son cerca de 39,000. De aquí debería salir lo destinado a pagar las sumas recibidas por aquellos que ya están retirados. Para 2018, el IPSFA cuenta con 21,734 beneficiados, entre pensionados por retiro, por invalidez y por sobrevivencia, y montepíos militares: sumas de dinero destinadas a las viudas y familias de fallecidos.

La relación entre ambos grupos no es ni siquiera de dos a uno, una cifra que los expertos califican como insuficiente. Y se irá haciendo cada vez más crítica, pues la cifra de los aportadores disminuirá con el paso de los años. Eso es porque, a diferencia de lo ocurrido en 2003, cuando se permitió reingresar a miles de exmilitares al sistema, ahora eso ya no es posible. Quien decide retirarse de las filas de las Fuerzas Armadas renuncia a cotizar con el IPSFA. Buscar otro trabajo se traduce en empezar de cero las aportaciones a una AFP privada.

La relación entre ambos grupos no es ni siquiera de dos a uno, una cifra que los expertos califican como insuficiente. Y se irá haciendo cada vez más crítica, pues la cifra de los aportadores disminuirá con el paso de los años. Eso es porque, a diferencia de lo ocurrido en 2003, cuando se permitió reingresar a miles de exmilitares al sistema, ahora eso ya no es posible. Quien decide retirarse de las filas de las Fuerzas Armadas renuncia a cotizar con el IPSFA. Buscar otro trabajo se traduce en empezar de cero las aportaciones a una AFP privada.

Mauricio González es vigilante privado desde hace casi dos décadas. Fue uno de los beneficiados con la medida en 2003, que le permitió volver a cotizar con el IPSFA a pesar de que ya había pasado una década desde que había abandonado al Ejército, el mismo tiempo que pasó en Estados Unidos antes de ser deportado. Mauricio pronto cumplirá 60 años y tendrá los 25 años de trabajo necesarios para jubilarse. Con su cotización, él y los otros 23,000 que reingresaron en 2003 ayudaron a mantener a flote el fondo común del IPSFA. Sin embargo, es una especie de pecado original: ellos, que son los que actualmente se están jubilando, abonan a la insostenibilidad del sistema.

Mientras fue parte del Ejército, afirma, vivió algunas de las peores experiencias de su existencia. En una ocasión, dice, cuando se desarrollaba la Ofensiva Hasta el Tope de 1989, le encargaron realizar un operativo en el mismo cantón del oriente del país en el que se había criado. El resultado fue más de una docena de capturados, muchos de los cuales eran sus conocidos, sus familiares. De ellos, comenta, no tenía certeza de que pertenecieran o siquiera simpatizaran con la guerrilla. Tuvo que ir a sacarlos y, luego, “pasarlos por las armas”. A pesar de que esta institución, como él dice, lo obligó a hacer cosas muy difíciles, no está garantizado que, cuando al fin logre retirarse, cuente con la tranquilidad de una pensión constante.

La situación del IPSFA se agrava si se toma en cuenta que el número de pensionados crece año con año. Por ejemplo, en enero de 2015, 374 cotizantes se jubilaron. Esa cifra promedio no dejó de aumentar en los siguientes meses, hasta alcanzar un pico de 1,563 nuevos pensionados en junio de 2017.

En una solicitud de acceso a la información pública, se pidió el detalle de cada una de las pensiones entregadas por el IPSFA. La institución respondió, más bien, con rangos, que van desde los $122.01-$618 hasta los $3,098.07-3,592.07. Al primero corresponde el grueso de pensiones entregadas, sobre todo en lo relativo al nivel básico y a puestos administrativos (6,210), aunque también hay jefes y oficiales en el grupo.

Es una situación enormemente ventajosa contar con algún grado más allá de la tropa. Subsargentos, sargentos, tenientes, capitanes y generales pueden optar a jugosas pensiones, tomando en cuenta los salarios que gozan mientras están de alta. Así, hay hasta 345 pensiones superiores a los $2,200.

El próximo año se han destinado en el presupuesto general de la nación $69.3 millones, que todavía, sin embargo, no están totalmente financiados.

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Sin esperanza para la tropa

Los tres soldados cumplen su misión de este día en un ambiente de bostezo. Lo estipulado para la jornada es que acompañen, junto a sus armas largas, a uno de esos jeep militares que el Ministerio de Justicia y Seguridad ha mandado a colocar en diferentes sectores de San Salvador como una especie de disuasivo para los delincuentes del país. Se sienten casi humillados: deberían estar patrullando en algún barrio cercano o trabajando en una labor más productiva.

A diferencia de lo esperado, esta mañana de octubre se muestran dispuestos a hablar de las condiciones de su trabajo, un acto que bien puede ser catalogado como rebelde según la ley orgánica de la Fuerza Armada.

La plática deviene en un catálogo de sufrimientos: jornadas de 12 días con solo tres de descanso; la obligación de dormir en catres con colchones viejos, ya inservibles, o en el suelo mismo; un rancho compuesto por apenas tortillas con frijoles, en los que alguna vez hubo huevos y queso, cuando el ministro de la Defensa prometió una mejora que, comentan, solo duró unos meses.

Sin embargo, lo que más resalta son sus sueldos. Uno de los más jóvenes, que ya lleva dos años en la institución, ahora es un soldado raso de nivel 1. Su sueldo es de $310, solo un poco más que el salario mínimo para el sector de servicios. Por lo menos, señala, ha sido un avance. Cuando estaba en el nivel 2 apenas percibía $250 al mes, algo que no ha mejorado para los miembros de la tropa a pesar del aumento al salario mínimo general. A eso hay que restarle los descuentos, como aquel entregado como cotización al IPSFA.

Igual suerte corre el cabo que lo tiene a su cargo. A pesar de ya tener dos décadas en la institución, su sueldo no pasa de $350. Y no lo hará nunca: ya superó los 27 años, la edad límite en la que un militar puede acceder a un curso para ascender a subsargento y comenzar, así, el camino como oficial de carrera.

Estos tres hombres entraron a la institución sin pasar por ninguna escuela. Solo se presentaron a adiestramientos y formaciones dentro de los cuarteles, duros como un golpe en la cara. Es posible que otro gallo les cantara si hubieran estudiado, por ejemplo, en la Escuela Militar Capitán General Gerardo Barrios, donde asisten quienes luego se convertirán en oficiales de carrera, los jefes de hombres como ellos.

—Para hacer eso uno tiene que tener sus recursos, ¿entiende? –comenta uno de los más jóvenes, mientras acaricia el disparador de su fusil–. Alguien como yo, que se metió en esto porque no tenía qué comer, porque necesitaba sus monedas, ¿cómo va a andar soñando con escuelas militares?

Los tres provienen de otros departamentos del país y se describen a sí mismos como hombres de campo. Los tres, dicen, ingresaron a la institución porque les daba un mejor futuro, pensaron, que lo que les esperaba si seguían trabajando la tierra.

—Yo creo que por eso es que nos tratan como nos tratan, porque saben de dónde venimos, que no podríamos pedir mucho más –comenta el cabo, las manos en la cintura, en un gesto de resignación–. De pronto, se pasa la mano derecha por la nuca, como quien acaba de caer en la cuenta de que no le está permitido escapar. Hacerlo sería contraproducente. —Pero ya llevo 20 años aquí, ya me falta lo menos.

Al cabo le falta lo menos, solo cinco años de servicio, pero debe cubrir otros 10 para llegar a la edad mínima. Después de eso, recibirá una pensión idéntica a lo que mes a mes gana actualmente: le darían el 100 % de su Salario Básico Regulador (SBR), calculado con respecto al sueldo percibido en los últimos 10 años. Con eso, dice, se daría por satisfecho.

Quienes no lo están tanto son los dos jóvenes a su cargo, que no ven su futuro en la institución militar. Solo esperan cumplir con el tiempo de su contrato, de tres años, para buscar otras opciones. No importa, dicen, que con esta decisión pierdan lo cotizado en el IPSFA.

—Si saben que ustedes salen de la institución y no seguirán cotizando, ¿no les podrían entregar lo que ya cotizaron?

—¡Qué diablos! Yo conozco un montón de excompañeros que se han tenido que ir sin nada. De veras que de nada sirve cotizar para uno como soldado raso, si bien sabe uno que el día de mañana se va, si la vida de militar ya no es opción.

El testimonio de 10 exmilitares de tropa consultados por Séptimo Sentido da cuenta de esta situación, en la que el IPSFA se ha quedado con sus aportes, a pesar de que algunos tuvieron más de siete años de servicio en las Fuerzas Armadas.

En este momento la prioridad en la institución es encontrar una forma para pagarle a sus pensionados, aquellos que cumplieron con los mínimos de ley para merecer una pensión. Todavía no hay un mecanismo claro para darle respuesta a la totalidad de soldados rasos que deciden dejar la institución una vez termina su contrato y deben dejar sus cotizaciones en el aire, como podría ser el caso de los dos jóvenes que esta tarde cuidan un jeep de guerra.

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La alternativa en la crisis

“Estamos conscientes de que es totalmente necesario realizar un proceso de cambio en nuestro sistema de pensiones”, asegura el presidente del IPSFA, Félix Edgardo Núñez, con anterioridad.

El cambio en el que se está pensando es mudar el actual modelo, el de un solo fondo solidario, a uno de cuentas individuales, como el de las AFP privadas, donde cada cotizante posee su propio capital.

—El trabajo del militar es sacrificado. Uno pasa mucho tiempo lejos de su familia, se pierde momentos importantes, y lo hace en el servicio de los demás, en desastres naturales. Además, no nos dejan tener sindicatos. Púchica, y si usted va a ver las pensiones que dan en otros ministerios, como Relaciones Exteriores, se quedara admirado, comenta el general Carlos Cáceres, quien fue jefe del Estado Mayor, en un restaurante de Santa Elena. Tiene 63 años y es pensionado del IPSFA. —Por eso no estoy de acuerdo en que se cambie el sistema a uno de cuentas individuales, porque eso significa que, en un momento dado, este se le va a acabar.

Cáceres también es el presidente de Causa Justa, organización de pensionados del IPSFA que nació en 2015 para exigir respuestas a las autoridades de esa institución sobre la venta a precio preferencial de varios terrenos a una empresa del entonces diputado Sigfrido Reyes, un caso que terminó archivado en la Fiscalía General de la República y la Corte de Cuentas por un mismo argumento: que, según dictamen de la Alcaldía de Nuevo Cuscatlán, en esas propiedades había trozos “inútiles” que bajaban su valor.

Pero esta no es la única historia de esa naturaleza en la que el IPSFA es protagonista. En 2009, por ejemplo, la Corte de Cuentas le puso varios reparos a una situación en particular: que la institución tasó de un año a otro y sin justificación a precios mucho menores varios de sus inmuebles. Los auditores sospechaban que la intención era vendérselos a terceros. Sin embargo el reparo se desvaneció como un simple error de contabilidad, pues no había ocurrido un desbalance en las cuentas generales.

A pesar de la opinión del general Cáceres, un cambio en la estructura es, precisamente, el bálsamo sanador que recomiendan expertos como María Elena Rivera, coordinadora del programa de estudios sobre políticas públicas de Fundaungo, que mira en las ahora esenciales aportaciones del Estado hacia el IPSFA un gasto que pronto se volverá insostenible tomando en cuenta que la cantidad de pensionados crece mes a mes a un ritmo mayor al de los cotizantes.

La experta matiza su opinión al afirmar que el cambio debería ser gradual y que se tienen que considerarse otros elementos, como el porcentaje del salario que debe tomarse en cuenta para la pensión.

El general Carlos Cáceres, por su parte, afirma que una mejor opción es que sea el Estado quien asuma todas las pensiones de invalidez y sobrevivencia que resultaron como consecuencia de la guerra civil, y le deje al IPSFA las pensiones por retiro. Aún así, comenta María Elena Rivera, de Fundaungo, el modelo sería insostenible: casi la mitad de pensiones dadas son de esta naturaleza.

El militar joven vuelve a sonreír de forma irónica, como quien no encuentra una mejor forma para expresar su descontento, mientras cumple su misión de cuidar un automóvil de guerra para disuadir delincuentes. Ahora recuerda lo que ha tenido que pasar, los pandilleros que han amenazado a su familia porque sospechan que, en efecto, él es militar.

“Hubo alguien que dijo una vez que me había reconocido, que a mi mamá me la iban a entregar como que era calavera. Por eso mi gente se tuvo que mover de zona. Como le digo, ser militar no tiene cuenta”, dice, añorando poder ser uno de los que huyen en caravana, como aquella que vio pasar a unos pasos esta mañana. Para él, ser pensionado en su vejez no cabe ni en sus más locos sueños.

La clara mirada de Carmen Elena Trigueros

Carmen Elena Trigueros

Los ojos de Carmen Elena Trigueros bien podrían servir para definir la serenidad. Son verdes, casi azules, como el color del mar abierto cuando no lo azota ni una pizca de tormenta. También así son sus gestos, pausados, y su voz parece tener el tono perfecto para decir que todo estará bien.

Hilo y aguja. En su más reciente proyecto, Carmen Elena borda escenas de la vida cotidiana en El Salvador, muchas de las cuales saca de los periódicos, como esta imagen de consuelo.

Fuera de los círculos más académicos y museísticos del país, es más conocida por un tipo de trabajo que hizo una sola vez: un performance, una acción, en la que, vestida como empleada doméstica, lavaba una bandera de grandes proporciones en la plaza Salvador del Mundo. Fue parte de la bienal Adapte en 2014.
—Era la primera vez que hacía algo como eso. Estaba nerviosa –comenta la artista, quien se ha destacado, más bien, manejando el pincel e incluso cosiendo, una de las grandes pasiones que heredó de su madre, fallecida hace una década. —Acepté porque eso me sacó de mi zona de confort. Creo que ese debe ser el estado permanente de un artista: la incomodidad, el descubrimiento, la aventura –dice, sentada en las gradas que dan al cuarto donde duerme, justo encima de su estudio. Esa “habitación propia” que recomendaba Virginia Woolf.

“Lavandera”, como fue titulada la obra, buscaba ser una metáfora de la mujer salvadoreña, la que trabaja y sufre, sobre todo debido a los errores de sus hijos. Aquella que se encarga de lavar el piélago de sangre que sería nuestro país sin su esperanza. En esa ocasión, dice, no le importaron las críticas. Su mensaje, la reivindicación de la mujer, “llegó a nuevos públicos” a través de esta acción.

Carmen Elena posa naturalmente para las fotos, con una sonrisa abierta y echando de cuando en cuando la cabeza levemente hacia atrás, lo que contrasta con su reticencia para las entrevistas. Dice que tiene miedo a parecer una tonta que lo que diga no tenga sentido.

Una timidez que contrasta con una obra retadora, que ha sido exhibida en todo el continente, donde ha encontrado un público y, sobre todo, compradores. Menos, dice, que los que ha conseguido dentro del país, pero que ayudan a llegar a final de mes.

Su trabajo es uno en el que siempre hay espacio para la experimentación, como en su más reciente proyecto, una serie de cuadros hechos con hilos sobre diferentes soportes. Es un homenaje para su madre, costurera aficionada.  La idea es fijar en estas obras de arte, dice, las imágenes de la violenta cotidianidad salvadoreña, la que sale en los diarios y que ha dejado de conmover a una sociedad anestesiada por la desmesura de su realidad.

Allí está, formado ahora por negro hilo, el mismo material que sirve para zurcir una prenda estropeada, el cuerpo aún caliente de un joven asesinado cuando regresaba de trabajar. Un ser humano que ha dejado de serlo apenas hace unos momentos.

Allí está también el abrazo de una policía a una madre inconsolable frente a la escena del homicidio de su hijo. Allí está, también, como un proyecto siempre en desarrollo, una manta en la que pronto estará el rostro de Óscar Romero. Lo que destaca es el soporte: un trozo de tela que le perteneció a su abuela, que originalmente quizá fue un suntuoso mantel para una mesa de gala, después fue cortina, luego fue trapo. Ahora será el lienzo para el retrato de un santo.

La madurez. La artista decidió dedicarse al 100 % a su carrera después de que se separó de su exesposo. Su primera exposición importante ocurrió en 2003.

“Este pedazo de tela es como ese apego a algo que era de mi familia y que yo no he querido perder… Es mi relación con la esperanza, que se va perdiendo, desintegrando, pero yo no quiero que se muera”, dice.
No es la primera vez que transforma un objeto cotidiano, algo que por sí mismo no corresponde a un trabajo creativo, en una obra de arte. Lo hizo hace una década para la exhibición “Suite Sweet Love”. Un grupo de artistas españolas, que tenían una muestra itinerante sobre el matrimonio y sus rituales, la invitaron a participar.

No encontró mejor pieza que un libro hecho por su madre, nacida en Nicaragua, hace varias décadas. Era parte de su trabajo final para graduarse de bachillerato en un colegio de clase alta de Costa Rica. Es una suerte de manual sobre cómo ser la esposa perfecta. Lo colocó en una vitrina, como si de una reliquia de un tiempo remoto, de un lugar de nombre extraño, se tratara.
“Llegará el día en que, vistiendo las galas de novia, envuelta en albures de pureza y de alegría, te presentarás frente al altar del señor junto al hombre que amas para recibir las bendiciones del cielo sobre nuestro mutuo amor”, dice el inicio del cuaderno, ilustrado con recortes de la revista Life de la época.

La obra se llama, precisamente, “Llegará el día”. Un nombre que puede, también, tomarse con un cierto grado de humor: “Llegará el día en que esto nos parecerá cosa de risa”.
—Esto ahora nos puede parecer absurdo, pero en esos tiempos esa era la máxima aspiración de una mujer, encontrar un buen marido y vivir para su casa –dice Carmen, mientras hojea el volumen. Allí dice que la mujer debe estar siempre pulcra, bien vestida, para cuando regrese su marido de la oficina. La comida debe estar servida en la mesa. —Es sorprendente cómo ha cambiado el mundo en tan pocas décadas.

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Ser mujer y artista plástica en El Salvador

Carmen Elena descubrió el manual hasta después de la muerte de su madre, cuando le tocó ir para recoger sus cosas. Fue algo que parecía contrastar con la mujer que ella conoció: la transcriptora de las homilías de Monseñor Romero (era empleada del Arzobispado de San Salvador), la mujer de clase acomodada preocupada por los más pobres. También la alumna universitaria a sus 40 años.

“Ella varias veces me dijo ‘ay, qué dichosa que sos al poder ir a la universidad’”, dice Carmen, una mujer que se mira en el espejo de su madre.
Como ella, fue hasta el filo de las cuatro décadas que decidió seguir, en serio, su vocación. En sus años de juventud, sí, había producido obra, una que incluso ganó premios. En esa etapa, el principal tema era la violencia: niños (los que veía en los refugios de desplazados por la guerra) de semblante apagado, de mirada oscura, eran acompañados por las balas.
Luego se casó, vino la vida de familia y la carrera se estancó a unas pocas pinturas al año, que trabajaba con minucioso amor, sin la esperanza de que salieran de las cuatro paredes de su hogar. Era, entonces, un pasatiempo. Luego vino el divorcio y la posibilidad de probarse a sí misma.

En 2003, a sus 39 años, exhibió sus pinturas por primera vez en un museo, un amigo curador que se dio cuenta de que entre los tubos que guardaba en su hogar había una obra con personalidad propia. Fue casi como un juego, pero, desde entonces, las oportunidades fueron abriéndose a una obra original, sin muchas pretensiones, que ha cambiado con el paso de los años.
El arte, visto en El Salvador como una actividad poco más que lúdica, es rara vez capaz de generar ingresos suficientes para que una persona tenga una vida digna. Y, como en todas las esferas, el género sigue siendo un claro diferenciador.

—Por supuesto que por ser mujer siempre las cosas te van a costar un poco más –dice Carmen Elena, buscando en una caja las fotografías que guardan sus pinturas de los primeros años. —Yo veía a mis colegas hombres que podían dedicarse a su obra, a promocionarla al 100 %, porque alguien más, su pareja, les miraba la casa, les miraba a los hijos. En cambio a mí todo eso me tocaba hacerlo sola.

Allí está también el abrazo de una policía a una madre inconsolable frente a la escena del homicidio de su hijo. Allí está, también, como un proyecto siempre en desarrollo, una manta en la que pronto estará el rostro de Óscar Romero. Lo que destaca es el soporte: un trozo de tela que le perteneció a su abuela, que originalmente quizá fue un suntuoso mantel para una mesa de gala, después fue cortina, luego trapo. Ahora será el lienzo para el retrato de un santo.

Además, la mujer que se dedica al arte en El Salvador puede contar con una carga aún más dolorosa: la de no ser tomada en serio, que la obra personal sea vista como un capricho construido por alguien que no tienen nada mejor que hacer. Esa es una historia que se repite casi en cada mujer pintora en el país: Negra Álvarez, Mayra Barraza, Carmen Elena Trigueros, Mariana Peraza Cisneros, Ana María Medina y un largo etcétera.
Esta última, por ejemplo, asegura que no pudo exponer sino hasta que un par de sus trabajos formaron parte de una muestra de las piezas de su esposo, Armando Solís. Antes, ninguna sala en el país se había animado a mostrarlas.
Medina es parte de una organización que intentó acabar con la tendencia, el colectivo Matis. Más de una docena de mujeres decidieron unir esfuerzos para que su obra fuera tomada en serio. Montaron, así, exposiciones dedicadas, exclusivamente, a mujeres, en El Salvador y en Estados Unidos.
Sin embargo, ser hombre continúa siendo un elemento de estatus: las obras mejor vendidas, aquellas que sobrepasan los $5,000 por pieza, llevan la firma de varones.
Carmen Elena, ahora, ordena un poco mejor su amplio estudio, suficiente para que pueda pintar a sus anchas sin que nadie más en su hogar, a excepción de su perro, pueda cruzar por su espacio. En un rincón coloca una de sus más nuevas pinturas, donde cuatro niños, parados sobre la arena de la playa, miran sonrientes hacia adelante. Atrás de ellos, una ominosa nube de tormenta se acerca.
Para ella, su obra a veces puede parecer un exceso: dentro de decenas de tubos están los cuadros que ha pintado en 15 años, los que no ha podido vender. Otra parte está ahora en un restaurante de la capital. Dice que es un doble alivio: la desembarazan de objetos en su hogar y le permiten, de cuando en cuando, vender una pieza.
Este es un tema que rara vez se toca con un artista: cuánto se vende su obra. Carmen mira hacia arriba, como intentando hacer un rápido cálculo mental entre pigmentos e ideas creativas. Entrecierra los ojos y da una respuesta: quizá ha logrado vender dos de cada cinco pinturas que ha producido.
“No todos los años son iguales. Hay algunos en los que he vendido solo el 10 %, otros en los que me ha ido mejor. Cuando no se vende lo suficiente, uno debe ver cómo hace para vivir. Afortunadamente, yo me he acostumbrado a vivir con poco”, dice.
El dinero, sin embargo, siempre es un problema, tanto que puede definir en alguna medida el estilo de un artista. Ese, comenta Carmen Elena, es su caso: cada vez que trabaja en una tela, debe medir la cantidad de pigmentos que utiliza. Cada pincelada, por lo mismo, debe estar previamente planeada: cuánto de rojo llevará, cuánto de verde, cómo logrará un efecto con la mejor economía de recursos.
—Si pudiera comprar más materiales –dice, mientras toma uno de los pinceles de su escritorio–, sería capaz de probar, de intentar. Quizá mi carrera hubiera podido ser un poco diferente.

El dinero, sin embargo, siempre es un problema. Tanto que puede definir en alguna medida el estilo de un artista. Ese, comenta Carmen Elena, es su caso: cada vez que trabaja en una tela, debe medir la cantidad de pigmentos que utiliza. Cada pincelada, por lo mismo, debe estar previamente planeada: cuánto de rojo llevará, cuánto de verde, cómo logrará un efecto con la mejor economía de recursos.

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LA ARTISTA Y EL MUSEO

Carmen Elena recorre el Museo de Arte Moderno (Marte) como si fuera su propia casa. Este espacio existe gracias a otra mujer artista, Julia Díaz, quien lo fundó con el nombre de Galería Forma cuando regresó de su beca en Europa, en 1958.

Una de las primeras obras con las que se topa corresponde a Rosa Mena Valenzuela, que constituye uno de los mayores tesoros de esta institución: 66 de sus cuadros descansan, algunos en las paredes, exhibidos, o embalados a la espera de una nueva exposición.

Carmen Elena no puede dejar de ver uno de sus cuadros, es un autorretrato, fechado en 1970. La pincelada agresiva, los colores intensos, el aparente desorden de la composición hablan mucho de una artista, dice Carmen, “que estaba un paso más allá de sus contemporáneos, hombres y mujeres”.

Recuerda los lejanos días de infancia, en los que, por las vueltas del destino, pudo recibir un par de clases de parte de su admirada Rosa.

Recursos. Carmen Elena asegura que su nuevo proyecto tiene otra ventaja: es mucho más barato el hilo y las telas de soporte que pinturas y lienzos. Trabaja unas cuatro horas al día.

Es hora de avanzar hacia una de las primeras exposiciones. Se trata de “Hieleras”, del salvadoreño Mauricio Esquivel, una instalación que protesta en contra de las condiciones inhumanas en las que son detenidos los inmigrantes por la Patrulla Fronteriza en su camino por intentar llegar a Estados Unidos. El frío excesivo producido por el aire acondicionado, rejas como grandes jaulas y las colchas con las que son cubiertos los aprehendidos (en formas de panal, doradas y plateadas) crean una atmósfera de ofuscamiento, como de nave espacial.

Carmen mira la obra y se detiene a pensar en la astucia de su autor, quien ahora reside en Estados Unidos. No solo en la mostrada en este trabajo, sino en piezas aún más radicales, como aquellas en donde la herramienta de trabajo es el cuerpo del autor. Una de estas es “Líneas de referencia”, de 2009.

Allí, Esquivel se tatuó en el torso una Y, parecida a la de aquel esquema realizado por el forense cuando corta un cadáver en una autopsia para luego extraer los órganos.
“Es como una advertencia de tu propia mortalidad. Más en este país, donde ser un hombre joven y pobre es un factor de riesgo. Te soy sincera, yo nunca haría un trabajo como ese”, dice Carmen Elena, justo antes de entrar en la exposición más grande del museo, “Diálogos del arte salvadoreño”: más de 115 obras de 86 artistas distintos, una mirada rápida a lo más reciente de la producción nacional.

La primera pieza es un video realizado por uno de los artistas más famosos dentro de El Salvador: El Cracky Rodríguez, mejor conocido por su performance de marzo de 2015, en el que se comió una papeleta de votación. Desde allí ha cargado con el mote de “El Comepapeletas”.

En el video de la muestra, Rodríguez permanece de pie en medio de la 25.º avenida norte, en San Salvador, con un pupitre al frente. Cuando el tráfico se lo permite, lanza el objeto en uno de los carriles para empezar a destrozarlo a fuerza de golpes. De pronto, un cambio de cámara lo coloca en la misma vía, pero en un día distinto, en medio de una marcha que conmemora la marcha del 30 de julio de 1975, en la que decenas de estudiantes salvadoreños fueron masacrados por las fuerzas de seguridad del Estado. Carmen asegura guardarle un profundo respeto al artista, que no llega a los 40 años.

“Es que nunca pasa inadvertido. Siempre hay algo en su obra que te hace voltear a ver. Puede parecerle ridículo a muchas personas, pero logra establecer una conexión con el espectador en la mayor parte de las veces que lo intenta”, dice sobre un colega de una generación posterior.

Decenas de cuadros después, Carmen decide que es suficiente por hoy. Su mirada, del verde que bien podría definir la serenidad, debe regresar a su casa, allá donde ha sido capaz de construir, con los limitados recursos del arte, su propia habitación.

Habitación propia. En su casa de Santa Tecla, donde vive junto con su hijo, ha dedicado la parte superior para que se convierta en su espacio para trabajar. Allí también guarda decenas de obras.

La vida es más dura después de la sequía

La vida es más dura después de la sequía

Estas mismas tres manzanas de tierra dieron 90 quintales de maíz hace solo un año. En 2017, el invierno fue parejo desde mayo y las mazorcas recibieron el suficiente alimento para crecer. Una promesa cumplida para el duro trabajo bajo el sol de San Ildefonso, el mismo municipio vicentino en el que se emplaza la presa hidroeléctrica 15 de Septiembre, una de las más importantes del país.
El cuadro presente es muy distinto. Douglas Anaya camina en medio de un moritorio. La sequía que afectó a buena parte del país entre mayo y julio malogró su milpa. Aquel verde que hoy debiera llenar los ojos es un tono cobrizo que recuerda al desierto.
—Aquí todo es pérdida. No hay nada –dice mientras toma con la mano las mazorcas marrones que todavía cuelgan de las matas moribundas. Les quita la hoja y muestra lo que hay dentro: en toda la mazorca solo hay cinco granos buenos. Los demás están carbonizados. — Dígame usted, ¿esto para qué puede servir?

De las tres manzanas que se malograron, Douglas decidió chapodar la mitad para volver a sembrar en el mismo terreno. La otra parte la ha dejado a su suerte, esperando que se convierta en el pasto suficiente para que sus vacas se alimenten en verano.

Si no fuera por estos animales, Douglas viviría un momento de mayor desesperación. Al menos estas le proveen de leche en el corral cercano a este terreno. Lo suficiente para comerciar en el pueblo e irla, como se dice, pasando.

—Esta es una calamidad. Nunca habíamos perdido así como hoy, porque yo tengo añísimos de sembrar, más de 50, y no había visto algo parecido –dice Raúl Aguilar, el padre de Douglas y dueño de un terreno ubicado unos cuantos metros hacia el sur, mientras camina con su bien educado perro al lado. —Nunca habíamos perdido igual como hoy. Pero, ¿a quién le reclamamos, a quien le echamos la culpa? –comenta, con el mismo gesto entre dicharachero y tranquilo que marca cada una de sus frases.

Mira a cada mata de su milpa como si de una persona se tratara, la diferencia por su altura, por su color, por el número de mazorcas muertas e inservibles que le cuelgan y la hacen jorobarse. Su duelo es silencioso, pero la tragedia lo ha marcado, incluso más que el binomio 2014-2015, cuando hubo periodos consecutivos de sequía.

 

 

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LA DE DOUGLAS Y RAÚL no es una situación excepcional. En este terreno común hay unas 15 manzanas de tierra cultivable. Ninguna quedó en pie después de la “seca”.

Y en todo San Ildefonso, el problema ha sido generalizado. Eso se puede comprobar dando una ronda en la panadería frente al parque en la que cada tarde se reúnen los hombres del pueblo, la mayor parte de ellos agricultores de subsistencia. Aquí y allá se repiten las historias de terror, como si una sola y enorme garganta las contara. Como si la experiencia le hubiera pasado a una sola persona, no a decenas.

Que el problema ha sido generalizado también se puede comprobar en las estimaciones del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), que calcula la pérdida en el municipio en torno al 95 %.

Que la sequía impactara con especial fuerza a San Ildefonso, sin embargo, era un resultado esperable. En su informe de 2012, el Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural lo colocó entre los 10 municipios con mayor Índice de Vulnerabilidad Socioeconómica (IVS) en el país. Es decir, como uno donde un evento climático extremo (como una sequía) ha de provocar que más hogares caigan por debajo de la línea de pobreza en un mayor intervalo. Esto se calcula con base en tres factores: la exposición al riesgo, la sensibilidad a este y la capacidad para adaptarse.

San Ildefonso es un municipio con muchas necesidades. Su escolaridad promedio es de 3.8 años, la mayor parte de sus habitantes se dedica a las labores del campo y el 15 % de su población no tiene acceso a agua potable (ANDA ni siquiera tiene presencia). El agua es un tema especialmente delicado en San Ildefonso. Su suelo es mayormente rocoso y el líquido de sus profundidades es escaso y salobre, no apto para el consumo humano.

Pero San Ildefonso tampoco es excepcional en la zona: nueve de los 10 municipios más vulnerables del país están en las cercanías, en el departamento de San Vicente.
El color de la esperanza es el verde, ha de pensar Douglas Anaya cuando deja el cobrizo terreno que servirá para que pasten sus vacas en verano y se dirige a la manzana y media que logró resembrar. La mira con fruición, como quien prueba la más dulce de las frutas. Pero las matas todavía no dan mazorcas. No es posible aún celebrar el triunfo.

La pérdida. Tomás Soriano observa la milpa devastada de uno de los habitantes de la comunidad Las Piletas, en Apastepeque. El líder comunal pide ayuda de instituciones públicas o privadas.

“Vamos a asistirlos para la resiembra de maíz que ha golpeado la zona oriental y paracentral; solo estamos esperando a que la lluvia vuelva a refrescar la tierra para volver a hacer que la siembra sea importante para mantener nuestro ciclo de producción anual”, aseguró el vicepresidente de la república y secretario técnico y de Planificación de la Presidencia, Óscar Ortiz, a principios de agosto.

Sin embargo, ninguno de las decenas de consultados en San Ildefonso había recibido ningún tipo de ayuda para hacer su resiembra de maíz. Habían escuchado, dijeron, que se repartieron semillas de frijoles en San Vicente. Gente como Douglas Anaya ha logrado hacerlo a base de esfuerzo personal, de rebuscarse por el dinero que le permitiera volver a empezar.

—Aquí, por lo pedregoso, los frijoles no se pegan, quizá por eso no han venido –comenta Douglas para darse una explicación del abandono estatal a los agricultores de San Ildefonso. A Douglas, sin embargo, se le puede considerar un afortunado.

Que la sequía impactara con especial fuerza a San Ildefonso, sin embargo, era un resultado esperable. En su informe de 2012, el Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural lo colocó entre los 10 municipios con mayor Índice de Vulnerabilidad Socioeconómica (IVS) en el país. Es decir, como uno donde un evento climático extremo (como una sequía) ha de provocar que más hogares caigan por debajo de la línea de pobreza en un mayor intervalo. Esto se calcula con base en tres factores: la exposición al riesgo, la sensibilidad a este y la capacidad para adaptarse.

A diferencia de él, otros no han podido resembrar maíz y se han conformado con el maicillo, un poco más barato aunque más vulnerable al pulgón y no tan redituable.

A otros les ha ido peor, como a Santos Arsenio Durán, quien decidió no hacer más labores en la tierra. Como él, muchos optaron por picar la milpa para vendérsela a ganaderos como alimento para animales, a un precio de $50 por manzana. También hay pérdida si se toma en cuenta que la inversión promedio para sembrar una extensión como esta es de $300.

Pero ni siquiera aquellos que lograron resembrar tienen asegurado el recuperar su inversión, como Gerson Flores, quien ha notado que su tunalmil, la milpa que se siembra tarde en la temporada, está dando pocos frutos en la media manzana que ya trabajó dos veces. Calcula que podrá sacar de allí unas 6 bolsas, que podrá vender, quizá, a $180, mucho menos que el dinero invertido.

—Un mes no llovió nada. La milpa así en seco la abonamos con la fe de que de un rato a otro llovía. Ya cuando vino a llover ya se había perdido –comenta Douglas, mirando su sembradío antes de emprender el regreso a casa. —La lluvia fue como la ayuda del gobierno aquí en San Ildefonso: escasa.

Es a campesinos como Douglas a quienes les afecta más la divergencia en los cálculos. Mientras la Cámara de Medianos y Pequeños Productores Agropecuarios (CAMPO) estipuló la pérdida total debido a la sequía en 120,000 manzanas a escala nacional, el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) colocó esta misma cifra en 38,000. Y ha actuado en consecuencia a esa estimación, dejando en el olvido a cientos de agricultores de subsistencia.

 

 

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TOMÁS SORIANO, el presidente de la ADESCO de Las Piletas, en Apastepeque, está orgulloso de los proyectos que ha podido capitanear en su caserío desde que llegó al puesto, hace tres años: la colocación de letrinas en cada hogar; la implementación de hornillas ahorradoras de leña; la donación de ropa para familias que viven en la extrema pobreza. También de la relación directa con el alcalde de su municipio, Galileo Hernández, a quien le hablará varias veces durante la tarde.

Ahora, sin embargo, Tomás ocupa el tiempo que toma llegar hasta su comunidad en hacer cálculos. Piensa en cuánto le cuesta a cualquier campesino sembrar una manzana de terreno, que, si el invierno es bueno, puede dar más de 5,000 libras de maíz.

Tres sacos de abono, a un costo de $165. Luego, tres bolsas de sulfato, por $90. Una bolsa de semillas de maíz de 46 libras, a $50. En solo esto, la inversión necesaria es de $305. Y es mayor para aquel que no posee tierras y debe alquilarlas. Muchas veces, el pago es una anega de maíz, es decir, 400 libras. Y todo se complica cuando para sembrar es necesario hacer un préstamo o sacar un crédito con una institución bancaria. Ese es el caso del propio Tomás.

—Y ya con todo eso, ¿de cuánto es la ganancia que les queda?

—Pues aquí quien siembra no va pensando en que pueda ganar dinero con eso, sino en sacar el maíz para las tortillas para el resto del invierno y para el verano –responde Tomás, tocando el ala de su pulcro sombrero blanco.

—Entonces, ¿no hay más ganancia que aquello que se saca para comer?

—Para gente como nosotros, tener algo para comer es suficiente ganancia.

Para un campesino, explica, vender casi nunca significa un buen negocio. Si el clima ha sido propicio, la producción es abundante y, por lo tanto, el precio es bajo. Cuando hay escasez, lo que se puede ganar por quintal se multiplica, pero no hay mucho maíz que vender.

—Es bien fregado. Ahora que ha habido seca mucha gente se ha quedado sin maíz y ha tenido que ir a comprarle aunque sea un medio a los comerciantes de aquí cerca, que se los dan a $5 –dice Tomás al arribar a su hogar, una casa de lámina de 15 metros cuadrados, con piso de tierra, una de las primeras de este caserío. —Lo fregado es que ese mismo maíz que compran es, quizá, el que ellos mismos le vendieron en enero, aunque ellos se lo dieron a $1.50.

Más tarde, Mauricio, uno de los intermediarios de la zona, aceptará que esta situación sucede con regularidad entre comerciantes como él y los agricultores de la localidad. Sin embargo, se atendrá a los conceptos de oferta y demanda para justificar este relato del absurdo, uno que juega con el hambre de cientos. Apastepeque, como San Ildefonso, está entre los 10 primeros municipios con mayor Índice de Vulnerabilidad Socioeconómica en todo el país.

Como líder comunitario, Tomás no tarda mucho tiempo en convocar a media docena de agricultores, quienes, como él, lo perdieron todo en la más reciente sequía. Y quienes no han podido resembrar por falta de apoyo. Algo que el propio Tomás no comprende del todo: en agosto, la Alcaldía de Apastepeque hizo un censo para conocer cuántos campesinos habían sido afectados en la totalidad de sus plantaciones.

Supo, también, que Protección Civil decretó alerta roja por la sequía en este municipio. Pero, hasta el sol de hoy, ninguno en la comunidad Las Piletas ha recibido un paquete completo para volver a comenzar. Lo único que les llegó, dicen los agricultores, fue un quintal de fertilizante, que consiguieron tras cientos de ruegos de su líder comunal. Este fue usado para los pequeños frijolares que todavía subsisten.

Eso, por lo tanto, contraviene al protocolo recomendado para medidas de alerta naranja y roja, donde se dice que los productores, especialmente aquellos que se dedican al maíz, recibirán semillas e insumos para paliar las pérdidas. También se habla de aspectos económicos, en los que deben colaborar el MAG con el Ministerio de Hacienda y el de Gobernación, además de entidades financieras. Esto, sobre todo, se aplica para aquellas deudas adquiridas por los campesinos para sembrar y que, lógicamente, no podrán ser honradas en este periodo de sequía.

A los seis hombres reunidos en la casa de Tomás Soriano la falta de lluvia les quitó todo, hasta la esperanza de darles a sus hijos algo de comer que no fueran tortillas y huevos. O tortillas con algo más. Lo que Rutilio Grande acertó en llamar el “con qué”.

—Fíjese que nosotros siempre tenemos la fe en que nos irá bien con los cultivos, y que en Navidad vamos a poder disfrutar de un pollo entero para comerlo con la familia –dice Tomás con una voz quebradiza y tímida que contrasta con su estampa de campesino recio. —Si queremos comer carne, cada 15 días o cada mes logramos conseguir unos menudos de pollo. Ese es todo el lujo al que podemos aspirar –añade.

Tanto el líder comunitario como Efraín Ayala, uno de los agricultores de esta comunidad, adquirieron préstamos que ascendían a $500 para poder sembrar en esta temporada. El primero lo hizo con el estatal Banco de Fomento Agropecuario. El segundo, con ASEI, una institución financiera privada que recibe cooperación del también público Banco de Desarrollo de El Salvador (BANDESAL).

Supo, también, que Protección Civil decretó alerta roja por la sequía en este municipio. Pero, hasta el sol de hoy, ninguno en la comunidad Las Pilas ha recibido un paquete completo para volver a comenzar. Lo único que les llegó, dicen los agricultores, fue un quintal de fertilizante, que consiguieron tras cientos de ruegos de su líder comunal. Este fue usado para los pequeños frijolares que todavía subsisten.

A pesar de que lo perdieron todo, ambos deben honrar sus deudas. Eso se lo han hecho saber los cobradores, que han visitado sus casas cada semana.

—Ellos los que nos han dicho es que no tienen la culpa de lo que pasa con el clima. Yo he visto a gente como yo que, aunque quiera, no puede pagar lo que le piden. Por eso dicen ‘si quiere, lléveme, hagan lo que quieran conmigo, pero yo no tengo otra forma de pagarle’ –comenta Efraín Ayala, de 31 años, cabello escaso, camisa rota, mientras se apoya en una de las columnas de la casa de su líder comunal. —Lo que estoy viendo es que para el otro año ya no me van a dar otro crédito. Y hoy, ¿cómo voy a hacer para sembrar, qué voy a comer?

Al menos para los deudores del BFA, como en el caso del líder comunitario Tomás Soriano, existe una cobertura de daños llamada Programa de Garantía (Prograra), que funciona con fondos de BANDESAL.

En la práctica, la deuda se traslada al largo plazo, y es esta última institución la que se queda como acreedora. Tomás nunca ha oído hablar de eso. Sí, dice, han llegado a inspeccionar su hoy muerta cosecha, pero no ha habido ni una palabra que le ayude a aligerar su carga: Debe pagar o pagar.

A pocos metros está uno de los sembradíos donde es posible ver el impacto de la sequía, como en San Ildefonso: cientos de matas de color cobrizo que han parido mazorcas con cinco o seis granos.

Tomás Soriano camina en medio del sembradío. Y mientras lo hace, es difícil no pensar que ha de ser toda una odisea sembrar aquí. Grandes rocas dejan muy poco espacio a la tierra muelle. Tomás se detiene a ver el desastre, pero, como si no lo tolerara por mucho tiempo, rápidamente levanta los ojos.

Mira al horizonte, allá donde la vista encuentran montes verdes, azules, violetas. Lo reconforta saber que ha vuelto a llover.

—¿Usted confía en que el otro invierno será mejor?

—Uno ya no sabe qué pensar. Me acuerdo que antes de que comenzara el invierno dijeron que iba a ser mejor que el del año pasado, que fue parejito. Y mire lo que pasó –dice Tomás, la mano dormida sobre una mazorca muerta.

—¿Qué pasa si el otro año pasa algo igual?

—Entonces sí vamos a pasar hambre. Hasta las tortillas van a ser un lujo. Dios quiera que eso no llegue a pasar –dice Tomás, con la voz a punto de quebrarse.

Y para el otro año, el panorama no es esperanzador. Hay un 80 % de probabilidades de que el fenómeno de El Niño aparezca a inicios de 2019. Su influencia puede retrasar el inicio de la estación lluviosa y, por lo tanto, desatar una nueva sequía.

 

 

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“EL GOBIERNO NO ha sabido cómo responder a esta nueva crisis, que es parecida a la que ya vivimos en 2014-2015. La ayuda ha sido insuficiente y ha llegado tarde, pues el tiempo para sembrar ya pasó. Miles de campesinos están en riesgo de pasar hambre”, dice Luis Treminio, presidente de la Cámara de Medianos y Pequeños Productores Agropecuarios (CAMPO).

Acá, en el calor de Sal Ildefonso, el carro se barre en el camino de barro que conduce a los sembradíos de Douglas Anaya, a media hora del casco urbano de este municipio vicentino. Se barre y parece querer ceder a lo irregular del suelo.

—¿Y a quién culpamos con la seca, va? –dice Raúl, el padre de Douglas, mientras ríe para hacer tiempo, distraerse y aligerar los golpes del camino. Una nueva piedra parece golpear la carrocería.

—No sé, quizás a Dios –le responden a manera de broma.

—Mire, hay algo que yo no entiendo y que he oído mentar en el diario, eso del cambio climático. ¿Qué es? ¿Cómo nos afecta a nosotros?

Mientras, para sobrevivir, campesinos como Santos, Gerson, Tomás tratarán de ocuparse en lo que caiga: de jornaleros, laborando en la tierra ajena, cortando leña, para obtener, quizá, unos $70 al final del mes. A pesar de que se ganan unos $10 por jornada, no es posible trabajar todos los días en un espacio donde la demanda de trabajo supera por mucho a la oferta. A ellos no les queda más que la certidumbre que este año no podrán tener sus propios cultivos.

Quien conversa con él trata de explicarle este complejo concepto, que Naciones Unidas describe como una serie de factores diferentes, que van desde un conjunto de pautas meteorológicas cambiantes, que amenazan la producción de alimentos, hasta el aumento del nivel del mar, que incrementa el riesgo de inundaciones de grandes proporciones. Para efectos prácticos y para el verdadero interés de Raúl, un fenómeno que provoca que llueva donde no tiene que hacerlo y que el agua escasee donde más se necesita.

“Si todo el panorama se mantiene como tal, se espera que la pérdida (por la sequía) esperada de $2.7 millones se reduzca a $1 millón”, dijo el ministro Orestes Ortez, en una especie de anuncio reconfortador, a inicios de esta semana.

Mientras, para sobrevivir, campesinos como Santos, Gerson, Tomás tratarán de ocuparse en lo que caiga: de jornaleros, laborando en la tierra ajena, cortando leña, para obtener, quizá, unos $70 al final del mes. A pesar de que se ganan unos $10 por jornada, no es posible trabajar todos los días en un espacio donde la demanda de trabajo supera por mucho a la oferta. A ellos no les queda más que la certidumbre que este año no podrán tener sus propios cultivos.

—Yo creí que eso del cambio climático era algo que provocaba el gobierno, fíjese –dice Raúl, mientras el carro vuelve a barrerse y se ríe ante la ocurrencia. —Pero quizá es cosa de uno, ¿verdad? ¿Y que se puede hacer para que eso no se siga saliendo de control? –pregunta, y quien habla con él no sabe qué responderle. —Si eso sigue así, el otro invierno tampoco tendremos agua. No tendremos maíz para comer.

Raúl lanza una mirada última para despedirse este día de sus sembradíos. Piensa en lo que pudo ser. En que si el cielo hubiera cooperado la vida sería, para él y sus paisanos, un poco menos dura.

Impacto. En primer plano, una mazorca perdida es un símbolo de lo ocurrido en estas tierras. Al fondo, Douglas Anaya revisa otra vez las matas, con la esperanza de ver algo para rescatar.

“Si no paramos, en unos años no habrá nada que proteger”

Andrés Pinto, colono de la finca Tonina, de Tepecoyo, camina al pie de los verdes bambúes que flanquean la entrada de la propiedad. Tiene 61 años y la mayor parte de ellos los ha ocupado para el cultivo de la tierra. Cuando avanza, lo hace casi sin mover las manos, como tratando de no gastar energía en actividades que no lo merecen.

Cuando no es el tiempo del café, siembra maíz y frijol en una parcela que está en el otro extremo de la finca. Y lo hace como lo ha venido haciendo desde hace décadas, ocupando abonos, foliares y herbicidas químicos, el método de trabajo más rápido, aunque no el más seguro para el ambiente, algo que se vuelve especialmente importante en estas tierras, que forman parte del área de conservación Los Cóbanos. Este engloba el espacio marino en el que está uno de los arrecifes de coral más importantes del continente, ubicado en Acajutla, Sonsonate. También el territorio de otros seis municipios en el occidente del país, en los que hay otros tipos de ecosistemas.

Todo forma parte de una cadena. En las montañas de Tepecoyo, por ejemplo, nacen los afluentes que van a dar a los ríos que luego desembocan en el bosque salado de la costa, que incide directamente sobre el ecosistema de Los Cóbanos, un espacio que fue declarado área natural protegida hasta febrero de 2008. Si los afluentes llevan sedimentos de herbicidas u otro tipo de elementos que puedan afectar el equilibrio en la parte baja, eso es un peligro para aquello que se pretende conservar.

Andrés Pinto asegura que han recibido capacitaciones por parte del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), pero se queja de que se trata de períodos muy cortos. Dice que les mostraron, “a la carrera”, cómo hacer abonos orgánicos. Para él no fue suficiente.

“Es que no es lo mismo que a uno rapidito le digan así se hace, en una pizarra, a que vengan a donde uno trabaja y le enseñen a elaborar las cosas haciéndolas”, comenta, al subir una pronunciada pendiente hacia la milpa trabajada por Carlos Artiga, el mandador de la finca Tonina.

A diferencia de Pinto, Artiga ha sembrado esta manzana usando solo abonos orgánicos. Pero no lo ha hecho con un objetivo ambientalista: hacerlo de esa forma le sale más barato, aunque tenga que esperar un poco más de tiempo por los resultados.

El mandador recita los nombres de los árboles que él conoce dentro del sitio, pero se queja de que el MARN solo le haya dado una hoja con una multiplicidad de nombres científicos y comunes que, sin embargo, él no domina. Le da miedo que haya especies en peligro de extinción que no haya podido identificar. Aquí esos árboles son intocables. Talarlos les puede significar una multa. Eso si las autoridades se enteran de ello, lo que no es tan fácil.

Hace un cálculo al aire: el quintal de abono orgánico se prepara a base de gallinaza (heces de pollo), basura podrida y algunos elementos que ayuden a crear microorganismos, como la melaza. En cada quintal invierte $2, dice. Si decidiera hacerla con productos químicos, el costo subiría hasta los $12. Colaborar con el ambiente a veces puede ser rentable, concluye Artiga.

Lo mismo están haciendo con el café, un cultivo que requiere, sin embargo, mucho más tiempo. Un frijolar o una milpa de maíz tienen un ciclo de 72 días desde que se siembra hasta que se arranca. El arbusto que da el fruto de la bebida más popular del mundo requiere hasta un año con productos químicos, que empiezan a trabajar al instante. Hacerlo con orgánicos dobla el período de espera. Pero, de la misma forma, vale la pena.

“Viera qué bonito sale el fruto, más pesado y más dulce. Como que la tierra agradece que se le trate así, con más mimos”, comenta Andrés Pinto, el colono que, sin embargo, en cultivos propios ha preferido seguir laborando como lo hacía antes.

Carlos Artiga, el mandador, sigue trabajando en su milpa. Arranca las hierbas con su machete mientras conversa. El ambiente se ha comenzado a calentar. Muy cerca viene una tormenta, que empieza a notarse con un silbido entre las ramas de los árboles, de los que aquí hay una envidiable colección de especies amenazadas o en peligro de extinción. Conacastes, laureles, robles, cedros y el famoso bálsamo habitan la finca, como viejos amigos venidos de un tiempo muy lejano.

El mandador recita los nombres de los árboles que él conoce dentro del sitio, pero se queja de que el MARN solo le haya dado una hoja con una multiplicidad de nombres científicos y comunes que, sin embargo, él no domina. Le da miedo que haya especies en peligro de extinción que no haya podido identificar. Aquí esos árboles son intocables. Talarlos les puede significar una multa. Eso si las autoridades se enteran de ello, lo que no es tan fácil.

Tepecoyo vive un problema de inseguridad debido a las pandillas que han llegado a instalarse en los cantones de la parte alta. Decenas de familias han sido desplazadas de sus antiguos hogares. Por eso no es una zona que cualquiera pueda visitar de forma constante, sobre todo para un tema como la conservación del medio ambiente.

Manuel Valiente es el encargado de la Unidad de Recursos Naturales de la Alcaldía Municipal de Tepecoyo desde marzo de este año. Es el único empleado de ese departamento. Incluso debe colaborar con la Unidad de Adquisiciones y Contrataciones (UACI) debido a la escasez de personal.

A él le corresponde velar porque las fincas y cooperativas de la zona cumplan con lo requerido al formar parte de un área de conservación. En la práctica, funciona como una especie de guardarrecursos, pues es el enlace del MARN en Tepecoyo. \

Patrulla a bordo de su moto de enduro. Pero debido a la inseguridad, no lo hace tan a menudo. Sin embargo, ha podido obtener algunos resultados. Hace solo un par de semanas, él y un escuadrón de la División de Medio Ambiente de la PNC sorprendieron a un grupo de personas miembros de la Cooperativa El Shahuite haciendo tala rasa (eliminación de toda la vegetación en un terreno) para acondicionar allí sembradíos de maíz y frijol, una práctica prohibida. Esto favorece la erosión de la tierra, un factor de riesgo para el bosque salado y los arrecifes de coral en la costa.
“Nadie les había puesto un paro a esta gente. Yo creo que esa es una de las mayores deudas que tenemos. Hay unas metas de reforestación que se han cumplido, me atrevería a decir, solo en un 5 % de las manzanas depredadas”, comenta. Dice que un negocio que ha llegado en detrimento al esfuerzo es el de la manufactura de biomasa, de la que hay varias empresas en Colón y en Ateos que se nutren de la madera de lugares como Tepecoyo. La biomasa es utilizada como un potente combustible para carbón comprimido.

Valiente muestra las fotos en las que se mira a un lado la tierra yerma y al otro, la vegetación. También comparte una grabación en audio del operativo. Allí, quienes hablan son campesinos pobres, quienes ruegan porque los dejen seguir, pues eso significa una oportunidad para sembrar y llevarle subsistencia a los suyos. No hay muchos espacios para esto en Tepecoyo debido al crecimiento poblacional experimentado en las últimas décadas.

¿Cómo se conserva el medio ambiente en un espacio con tantas carencias, donde no están todavía solucionados problemas como el acceso a alimentos o el desempleo? En el municipio, el 24.2 % de la población vive bajo pobreza extrema, según el informe de Indicadores Municipales y Desarrollo Humano del PNUD. La alimentación es un problema fuerte, sobre todo para los más vulnerables: el 34.3 % de niños menores de cinco años tiene un peso menor al recomendado para su edad.

En Tepecoyo se vivieron tiempos mejores, cuando existían hasta tres beneficios de café que le daban trabajo permanente a cientos de personas. Ahora todos han cerrado operaciones.
“Hay que llegar a un punto de armonía, donde haya una agricultura sustentable, donde todos quedemos bien. Ahorita, sin embargo, yo no hallo alguna alternativa a la problemática”, comenta Valiente desde su escritorio en la UACI de la alcaldía municipal.

***

EL MEDIODÍA CASI SE HA INSTALADO de lleno en las afueras de este bosque salado en el municipio de Sonsonate, otro punto del área de conservación Los Cóbanos. En la bocana, Saqueo Rodas lanza sus redes en espera de que el día sea de buena suerte.

Una y otra vez el laberinto de hilos penetra la superficie del agua, que se revienta en astillas de cristal. Al fin, parece que algo ha llenado el vacío. Tres peces se retuercen en el interior de la red. Saqueo los coloca en una pequeña laguna aislada del resto de agua. Nota que uno de los peces es pequeño y decide devolverlo a la bocana, para que siga su camino.
—Nosotros venimos de Chalatenango. Allá así se hace con la tilapia. Solo te aceptan de cierto tamaño. Más pequeño es como desperdicio –dice Saqueo, quien sonríe bajo el sombrero que lo protege del sol. —En unas semanas quizá ya esté bueno, más grande, y sea yo mismo el que lo vuelva a pescar. U otro compañero.

Esta es una práctica recomendada no solo en esta bocana, sino en toda el área de conservación, sobre todo en Los Cóbanos. Respetar la talla para pescar es una medida que permite que la especie se renueve y nunca escasee. No está prohibido que se pesque cualquier especie, pues a excepción del caballito de mar y del tiburón ballena, el MARN no reconoce en estado de amenaza o en peligro de extinción a ningún otro.

A pesar de tratarse de un área protegida, en los linderos del bosque hay un caserío, Barra Salada. Allí viven decenas de familias que fueron ubicadas a inicios del milenio. Desde la alcaldía se decidió cederles estos terrenos después de que las viviendas en las que vivían, ubicadas en la costa, fueron destruidas por una tormenta. En ese entonces, ni siquiera Los Cóbanos era reconocido como área natural protegida por el Estado salvadoreño. La medida fue humanitaria.

Dice que es así porque, de todas formas, la madera es un producto escaso en este bosque salado, parte de una extensa área de conservación. —Si aquí ya ni hay madera, usted –dice Santana con una mirada en la que se funde la complicidad y el enojo. —Usted puede ver que en la orilla se ven los manglares bien sanos, pero eso es solo allí, por la marea. Adentro hay manzanas y manzanas desérticas, que se han secado. De allí ya nada se puede sacar, ya no es como antes –comenta.

Santana, barba escasa, ojos vivos, sonrisa fácil, es una de estas personas. Su casa es una de las que más adentro del bosque se encuentran. Es un lugar paradisiaco, con mar y ríos que desembocan hasta donde puede alcanzar la vista. Lo único que arruina el paisaje es el intenso calor, que parece respetar a las flores que Santana ha sembrado en su jardín.

Uno de los principales problemas de la presencia de personas en el bosque salado es el de la tala de los árboles, sobre todo de los manglares, para conseguir leña y madera. Así lo asegura Jorge, presidente de la ADESCO del caserío. Dice que desde el MARN, la idea es que no se tale ninguna especie, sobre todo el muy valorado mangle rojo. Pero la realidad los supera: para algunas familias no es posible abastecerse de otra forma.

“Es que en eso deberían concentrarse las autoridades, en pensar en alternativas para el pobre”, comenta Jorge.
Santana, mientras trabaja en preparar sus anzuelos, apunta en medio de su casa que ya desde hace algunos años él prefiere la madera dulce: “La única diferencia entre las dos es que la dulce la tiene que comprar. La otra solo la tiene que ir a buscar al bosque”.

Alternativas. Las autoridades esperan que los habitantes del área protegida comiencen a diversificar sus fuentes de empleo. El turismo sustentable es una de las opciones.

Dice que es así porque, de todas formas, la madera es un producto escaso en este bosque salado, parte de una extensa área de conservación.
—Si aquí ya ni hay madera, usted –dice Santana con una mirada en la que se funde la complicidad y el enojo.
—Usted puede ver que en la orilla se ven los manglares bien sanos, pero eso es solo allí, por la marea. Adentro hay manzanas y manzanas desérticas, que se han secado. De allí ya nada se puede sacar, ya no es como antes –comenta.

Jorge, el presidente de la ADESCO, hace un gesto de aprobación para lo dicho por Santana mientras trabaja en el vivero de tortugas que FIAES y FUNZEL han habilitado en el caserío.
Dice que una de las razones principales para ello es un fenómeno que, desde hace algunos años, se ha comenzado a vivir con mayor regularidad: que el estero se tape. Es decir que el afluente de los ríos que desembocan en el bosque, el Mandinga y el Pululuya, no sea suficiente como para que estos se conecten con el mar.

Pasa sobre todo en verano. Cuando el sol logra penetrar en algún claro hasta el suelo fangoso, este comienza a calentarse. Llega a temperaturas que superan los 40 grados. Esto afecta los árboles más jóvenes y pequeños, que mueren debido a la presión. Si el problema aumenta, el agua puede hacer un efecto espejo y provocar pequeños incendios, que pueden cobrarse cientos de víctimas, incluso a los más robustos troncos. La muerte, dice Jorge, quien ha vivido aquí desde su infancia, puede extenderse por manzanas y manzanas.

—Antes eso pasaba cada 15 años. Era raro. Después se fue haciendo más frecuente, hasta que hace como 10 años ya era una cosa anual –dice, vistiendo una camisa de manga larga que se puso especialmente para esta entrevista. —Hasta que en 2016 pasó tres veces en el año. ¿Se imagina usted esa mortandad de palos y de animales? –comenta en un testimonio sobre el cambio climático que nada tiene de teórico. Este mismo fenómeno afecta directamente a los arrecifes ubicados más al occidente. Según los expertos, el aumento de las temperaturas hace que pierdan muchas de sus propiedades y que la vida alrededor comience a morir.

En 2016, la comunidad se organizó para construir un canal que permitiera desazolvar el estero. Una veintena de personas aportó su esfuerzo por varios días, algunos pusieron lanchas, otros sus pick ups para trabajar un poco más tierra adentro. Los dueños de los ranchos vacacionales de la zona aportaron dinero para la gasolina. La alcaldía ayudó con equipo pesado y personal para trabajar. El MARN dio los permisos para que lo hicieran.

Cuando el sol logra penetrar en algún claro hasta el suelo fangoso, este comienza a calentarse. Llega a temperaturas que superan los 40 grados. Esto afecta los árboles más jóvenes y pequeños, que mueren debido a la presión. Si el problema aumenta, el agua puede hacer un efecto espejo y provocar pequeños incendios, que pueden cobrarse cientos de víctimas, incluso a los más robustos troncos. La muerte, dice Jorge, quien ha vivido aquí desde su infancia, puede extenderse por manzanas y manzanas.

“Del ministerio vinieron y nos dijeron que habíamos hecho un excelente trabajo. Ayudó para que el estero no se tapara por un buen tiempo”, comenta Jorge.
Pero la medida será solo temporal. No pasará mucho rato para que vuelva a suceder lo que temen. Desde el MARN hay un proyecto que posiblemente comience a rodar en noviembre, en el que se pretende crear un canal de 2 kilómetros que sea difícil de azolvar.

Ana Velasco es parte de los tres guardarrecursos del MARN encargados del área protegida de Los Cóbanos, una de las más grandes del país. Con 32,623 manzanas de extensión, el trabajo de ella y sus compañeros es uno que bien podría resumir a este país de carencias: largas jornadas de trabajo y ni siquiera un vehículo para desplazarse a las zonas más alejadas, como la ubicada en el caserío Barra Salada, el bosque de manglar.

Por eso acepta que hay comunidades con las que no ha sido posible trabajar con la intensidad con la que se ha hecho en el caso de Los Cóbanos. Desde hace cinco años, este grupo de personas ha logrado librarse de algunas costumbres que afectaban al manglar, sobre todo la de pescar con red profunda.

Según Velasco, es posible que esta, que se deja por varios días en el lecho marino, arrastre no solo peces, sino otras especies protegidas y migrantes, como tortugas y ballenas. Apenas en marzo de este año se vivió un episodio de esta naturaleza, cuando dos ballenas jorobadas quedaron atrapadas en un trasmallo.
La red también puede enrollarse en los arrecifes de coral. Cuando es extraída, se lleva consigo un trozo de arrecife.
“Cuando esto pasa, el coral se muere. Y eso significa la muerte de un montón de especies que dependen de este”, dice Velasco.

Manuel es uno de los habitantes de la comunidad que han aprendido a vivir en la zona protegida. Sabe de memoria cuáles son todas las prohibiciones: no sacar arena (hacerlo dejaría la playa solo con piedras), respetar a las especies de animales (como aves y reptiles), no botar basura y un largo etcétera. Sin embargo, no siempre está de acuerdo con lo recomendado.
“Estos señores del ministerio son bien ignorantes, ¿sabe? Le dicen a uno ‘no pesque con trasmallo, no pesque con red’. Si esa cosa solo está encimita del agua y es tan delgadito el hilo que si una tortuga, digamos, se llega a trabar, bien fácil se suelta”, comenta.

El nivel del agua ha comenzado a aumentar cuando finaliza la tarde. Juguetonas barcas, amarradas a la orilla, parecen coquetear con el mar. Se alistan para salir más tarde. En medio de la noche, cuadrillas de hombres batallarán para traer el sustento a casa, entre olas y sombras.

Ahora, sin embargo, el ambiente es más relajado y se disipa en el humo de un salobre café. Los hermanos Guillermo y Douglas Ávalos disfrutan de este melancólico final de tarde. Son dos orgullosos habitantes del área protegida y evangelizan sobre la importancia del sitio, sus especies únicas, el hecho de que les provee de todo aquello que necesitan para vivir, en un diálogo de eterna paciencia: hay semanas buenas, en las que se gana lo necesario; hay otras malas, en las que no se cubren ni los costos.

Incluso en este nutrido ecosistema, la pesca es una actividad de subsistencia. Por lo menos para pescadores artesanales como los hermanos Ávalos, que son los que pescan hasta 3 millas náuticas dentro del mar. Otras 27 son para los barcos, que pescan en cantidades industriales. Vienen de todas partes, ninguno es de la comunidad. Según sus habitantes, estos son los que más violan el área protegida con enormes redes de profundidad.

Son los que están más lejos del alcance de los guardarrecursos, que ni siquiera pueden desplazarse en vehículo de un lugar a otro en las partes terrestres del área protegida. Su control le corresponde a la Fuerza Naval, que cubre, con escaso personal, otra variopinta lista de actividades.

“Si el ecosistema se muere, también nosotros nos vamos a morir. Nosotros no dependemos de nosotros mismos, dependemos de la naturaleza. Si no paramos, en unos años en esta área natural protegida ya no habrá nada que proteger”, dice como una especie de mantra la guardarrecursos Ana Velasco, sentada en su pequeño escritorio a un paso del mar.

Colección. El MARN cataloga 13 especies de coral en la categoría en peligro de extinción. Todas están presentes en el arrecife de Los Cóbanos. De allí su importancia.

Un remanso llamado Málaga

Colonia Málaga

Raymundo Campos tiene 99 años, 62 de ellos los ha vivido en la colonia Málaga, en el barrio Santa Anita, de San Salvador. Habla pausado y, sobre todo, divaga, pero es muy certero al recordar el momento en el que decidió vivir ahí, cuando todavía no se había levantado ni un edificio, cuando el proyecto todavía estaba en el papel y los ingenieros comenzaban a explorar el terreno. En el predio, todo estaba cubierto por naranjales.

“Mire qué buenos naranjales salieron estos, me han dado tantos y tan satisfactorios frutos. Aquí han nacido hijos, nietos, bisnietos, tataranietos… aquí de seguro yo me voy a morir. Yo quiero mucho este lugar, lo quiero casi como que fuera una persona”, comenta Raymundo, con la mirada puesta en la ventana que da a la calle desde el cuarto piso del edificio.

El nombre de la colonia Málaga está indeleblemente relacionado con la tragedia que sucedió justo enfrente suyo: un bus que llevaba 32 feligreses de la iglesia Elim fue arrastrado por la correntada después de que el caudal del Arenal desbordó hasta la calle. Pero la Málaga se resiste a ser solo eso.

Se trata de una colonia conformada por 34 edificios, por 324 apartamentos, en los que vive un aproximado, según los cálculos de los vecinos, de 1,400 personas. La extensión de todo el conjunto no llega al kilómetro cuadrado. El complejo fue construido en 1956, bajo el gobierno del presidente militar Óscar Osorio.

Para quienes viven aquí y para los vecinos de colonias aledañas, la Málaga conforma un pequeño oasis de tranquilidad en medio de la violencia pandilleril de la zona. A pesar de tener variados accesos peatonales, que se suman al de la pluma de la entrada vehicular, es uno los pocos sitios donde se puede caminar con relativa seguridad, sin la certidumbre de que está en juego el pellejo si no se sale lo suficientemente rápido.

Parte de este conseguido éxito se lo deben a su organización y, sobre todo, a la identidad sentida por quienes viven ahí. “La Málaga no son sus edificios, es su gente”, dice un eslogan pintado con coloridos motivos en varios puntos de la colonia y que los vecinos repiten como una especie de mantra.

Todo un logro si se toma en cuenta que los edificios están justo en la frontera entre dos grupos de pandillas: hacia el occidente se extiende el territorio del Barrio 18, en la San Antonio, Los Arcos y la Santa Cristina, hasta llegar a la colonia Dina; hacia el oriente viven sus enemigos de la MS, en comunidades como la 15 de Septiembre, la Modelo o La Prado.

Ricardo Valdez es uno de los personajes más veteranos involucrados en el trabajo organizativo de la Málaga. Tiene 69 años y vive ahí casi desde que nació. Cuando habla de este espacio, los ojos le brillan, la sonrisa acude a decorar su boca. Y cuando camina entre las zonas verdes, los pasadizos entre edificios y las áreas comunes, parece necesitar de más voces para responder a tantos saludos.

Ricardo habla de varias conquistas comunales, de canchas que no se hubieran podido construir sin la voluntad del colectivo. Incluso la caseta de Policía Comunitaria que custodia la entrada vehicular fue una decisión de los vecinos: consiguieron patrocinios para que una empresa les regalara cemento, la alcaldía les ayudó con mano de obra, el resto de insumos lo pusieron ellos.

“Málaga no son sus edificios, es su gente”, dice un eslogan pintado con coloridos motivos en varios puntos de la colonia y que los vecinos repiten como una especie de mantra. Todo un logro si se toma en cuenta que los edificios están justo en la frontera entre dos grupos de pandillas: hacia el occidente se extiende el territorio del Barrio 18, en la San Antonio, Los Arcos y la Santa Cristina hasta llegar a la colonia Dina; hacia el oriente viven sus enemigos de la MS, en comunidades como la 15 de Septiembre, la Modelo o La Prado.

Los apartamentos. Cada espacio tiene tres cuartos, una sala y cocina. El área de cada uno varía según el edificio. En promedio, según los vecinos, cinco personas viven en cada apartamento.

Construyeron el inmueble antes siquiera de solicitarle a la policía su presencia: llenaron un vacío previamente para que las autoridades lo llegaran solo a ocupar. El grupo de personas que se encarga de dirigir los trabajos comunales de la colonia está aglutinado en una asociación con personería jurídica propia. Dicen que rechazaron la posibilidad de convertirse en una ADESCO ante el pensamiento de que las áreas comunes construidas por ellos pasarían a la administración de la Alcaldía de San Salvador. Y para gente como Valdez, quien ocupa el puesto de dirigente honorario, es un trabajo sin fin. Uno que hacen, sin embargo, con pasión.

“Nosotros veníamos de mesones donde estábamos hacinados, de cuartuchos, de cualquier lugar que usted se pueda imaginar. Cuando vinimos aquí, vimos este sitio lleno de zonas verdes, con los servicios más o menos cubiertos, lo vimos como si fuera, digamos, la Escalón”, dice Ricardo.

Por sus características, que la hacen distinta al resto de colonias en la zona, la Málaga ha sido elegida por la Universidad Tecnológica para convertirse en la primera comunidad en la que ese centro de estudios colabora de manera profunda, poniendo a disposición de la comunidad las habilidades de sus estudiantes y profesionales.
Esta tarde de agosto, parece que toda la colonia ha decidido reunirse dentro y en torno de la casa comunal. Afuera, la orquesta del Centro Penal La Esperanza toca piezas del repertorio tropical para que habitantes y las autoridades de la universidad pasen un rato ameno. Adentro, decenas de personas han conformado mesas redondas, donde tocan temáticas como el manejo de la basura, el mantenimiento de las zonas verdes, el consumo de alcohol, la vulnerable seguridad que siempre hay que defender.

Habitantes de la colonia Málaga.

Discuten y dan ideas sobre lo que se podría hacer, lo que se está realizando de forma errónea o incompleta, como la ausencia de pasamanos en algunas gradas de paso en la colonia, que hacen difícil que un anciano pueda transitar por ahí sin el miedo a caerse.

Roberta Molina es una de las integrantes de la asociación directiva de la Málaga. A pesar de que no vivió aquí en su infancia, visitaba a sus abuelos cada vez que podía. Siempre le gustó la mística de la colonia, de conocerse todos, de ayudarse todos.

Decidió conseguir un apartamento alquilado dentro de la colonia cuando se convirtió en madre. La seguridad que le ofrecía ese espacio significaría que su hijo tendría la oportunidad de desarrollarse sanamente.

“Quería un mejor futuro para mi hijo, que creciera como un niño normal y no reprimido. Allá donde vivíamos, no tenía la libertad de dejarlo salir. El niño se me comenzó a hacer bien cohibido. Yo quería que fuera un niño normal, que creciera como yo crecí, que tuviera la libertad de salir a jugar con otros niños”, comenta Roberta. Al separarse de su esposo, ella emigró a otro sitio, pero ha continuado siendo parte de la directiva y sueña con algún día poder volver.

Esta tarde, a Roberta se le ve angustiada, ocupada en que cada aspecto del evento salga bien. Abajo, frente a la tarima en la que reos en fase de confianza tocan, Rami Rabinovich y Elías Soae Freue bailan a pesar de que el sudor ya les ha empapado la camisa.

Los dos expertos vienen de una realidad muy distinta a la salvadoreña. A pesar de que nacieron en Argentina y hablan perfectamente el español, ahora viven en Israel y cuentan con esa nacionalidad. Ese país es uno de culturas muy heterogéneas, donde el principal obstáculo a vencer es el miedo al que es culturalmente diferente. Pero no hay comunidades asediadas por grupos criminales.

Están en El Salvador como parte de una capacitación en comunitarismo y en aplicación de Policía Comunitaria, como lo han hecho en otros países de Latinoamérica.

Rabinovich es un experto en la creación de comunidades, en la solidificación de lazos entre vecinos. Habla rápido y seguro, a pesar de que admite que nunca antes había tenido contacto con El Salvador. Solo a través de las lecturas ha tenido una idea de cómo es una comunidad en este país, y en esta ciudad, San Salvador, que proyecta una tasa de 105 homicidios por cada 100,000 habitantes para este año, según datos de la PNC.

Rabinovich dice que no tiene recetas, que cada comunidad es un mundo aparte, que solo quien vive dentro de ella conoce sus necesidades. Pero, sí, existen principios para realizar el trabajo. El primero de ellos es delimitar el terreno, saber que solo se puede trabajar con poblaciones pequeñas. El israelí habla de cifras no mayores a 5,000 personas.
Luego apunta a la importancia de que cada persona adquiera, después de un proceso educativo, un sentimiento de pertenencia, de compromiso y significación con respecto de su comunidad.

Actividades. En la colonia hay actividades impulsadas por sus mismos habitantes, como clases de fútbol y de danza. La idea es que cada quien aporte lo que sabe.

“¿Qué pasa con los chicos que buscan la pandilla? Están buscando exactamente eso. Pero como en su comunidad no existe, tratan de encontrarlo en la pandilla, la que los acoge y les da justamente eso, aunque con un propósito delictivo. Construir ese sentimiento con respecto a la comunidad es, realmente, un trabajo de prevención”, comenta.
A Rabinovich le parece ejemplar el caso de la Málaga. Según datos de la PNC, actualmente no hay ni un solo habitante que esté perfilado como pandillero que viva dentro de la colonia. También los índices delincuenciales se han desplomado: apenas un reporte de robo en todo el año.

Para Rabinovich, el trabajo comunitario debe estar integrado por cuatro ejes: la comunidad misma, los líderes, las autoridades gubernamentales y la sociedad civil o, como se puede entender, la empresa privada. En el caso de la Málaga han sido diferentes organizaciones las que han decidido brindarle su apoyo a través de los años; entre ellas, Glasswing, USAID y FEPADE. Esta vez se pretende que el actor que ocupe ese puesto sea la Universidad Tecnológica.
Elías Soae Freue es un expolicía de Jerusalén. Estuvo en la corporación 30 años, 10 de los cuales los dedicó al tema de Policía Comunitaria. Un trabajo realmente de excepción: de 35,000 agentes que conforman toda la plana de la institución, solo 360 corresponden a esa categoría.

Pero la siempre latente inseguridad no es el único problema de la Málaga. Está el deficiente servicio de agua, los tejados que se han roto y, sobre todo, los edificios D y E, dañados durante los terremotos de 1986. Desde entonces, la Asociación Salvadoreña de Ingenieros (ASI) los declaró inhabitables. Otro desastre podría tirarlos por completo. Eso se puede ver en las grietas que cruzan sus costados o en el hecho de que parecen hundirse en la tierra.

Pero ¿qué es un policía comunitario? Es un profesional que debe formar parte integral de esa comunidad, que cada uno de quienes están en su jurisdicción conozca su nombre, que tengan su número de teléfono y la confianza de consultarlo. Su función es resolver, sobre todo, pequeños problemas, aquellos que para el agente común podrían parecer una pérdida de tiempo: discusiones de vecinos, peleas de muchachos, etcétera. Por eso, un solo policía comunitario puede ocupar un puesto para una población de varios miles de habitantes. Elías habla de la realidad de su país, Jerusalén.

Inhabitables. Dos edificios de colonia Málaga fueron declarados inhabitables después de los terremotos de 1986. Sin embargo, todavía hay personas que viven en sus apartamentos.

En El Salvador, es bastante difícil que una comunidad, al menos no una por debajo del umbral de la clase media, cumpla con las condiciones para que exista un policía comunitario como el que describe Elías. En la colonia Málaga existe, actualmente, algo que se le quiere parecer.

Los cinco policías que conforman el puesto han sido invitados a integrarse a la comunidad. Así, no solo realizan patrullajes o cualquier otra labor represiva, también colaboran en labores de limpieza, asisten a las reuniones de la directiva y, como el policía de apellido Pérez, participan en los eventos; en esta ocasión, Pérez pone su voz para cantar.

“Esto no lo había podido vivir en ninguno de los lugares en los que había estado antes. Es algo que no es muy común. Para decirle que yo no conozco el nombre de los policías que viven cerca de mi casa”, comenta uno de los agentes, quien escucha desde el puesto policial la música que nace en la casa comunal.

***

PERO EL PELIGRO siempre está latente. Si bien la Málaga es un remanso en el barrio Santa Anita, la violencia no le es totalmente extraña. Hace tres años, por ejemplo, el puesto policial de la colonia fue atacado por pandilleros de las zonas aledañas.

La sensación para los habitantes, por lo mismo, no es de certidumbre total. Este es el comité de ancianos, un espacio dentro de la colonia donde personas de la tercera edad pueden reunirse para pasar el tiempo. Lo hacen todos los miércoles por la mañana. Hacen rifas y toman café.

También hablan de lo sucedido hace un par de años, cuando un joven fue asesinado en una de las canchas de la colonia, en pleno día y en medio de un torneo relámpago, con una multitud de niños en el lugar. O de otro homicidio que sucedió justo detrás del edificio de una de las señoras que platican. El hecho la obligó a colocar grandes cortinas en sus ventanas: piensa que ver algo que no le conviene puede convertirse en una sentencia de muerte para ella o uno de los suyos.

Pero se tratan, en efecto, de hechos ocurridos hace un par de años. Según una de las vecinas, eso, que ya no hayan ocurrido más homicidios y otros hechos violentos, es el efecto de haber corrido de la colonia a aquellos que estaban perfilados como pandilleros o simpatizantes. La comunidad y las autoridades se unieron para identificarlos y obligarlos a salir.

“Es que no íbamos a dejar que dos o tres se quedaran con el dominio del territorio. Si los otros somos más de 1,000”, comenta. En la Málaga ha habido, en los últimos tiempos, operativos en los que se ha capturado a pandilleros. Sin embargo, según agentes del puesto policial, se trata de personas que han llegado a refugiarse en un centro de rehabilitación de alcohólicos, que se ha convertido en un verdadero problema de salubridad: en un solo apartamento de 20 metros cuadrados llegan a dormir hasta 50 personas. Ninguna de ellas es de la colonia.
Pero la siempre latente inseguridad no es el único problema de la Málaga. Está el deficiente servicio de agua, los tejados que se han roto y, sobre todo, los dos edificios D, dañados durante los terremotos de 1986.

Desde entonces, la Asociación Salvadoreña de Ingenieros (ASI) los declaró inhabitables. Otro desastre podría tirarlos por completo. Eso se puede ver en las grietas que cruzan sus costados o en el hecho de que parecen hundirse en la tierra.

Sin embargo ahí sigue viviendo la gente. Ese es el caso de Ana Gloria Chacón. Es la hija de uno de los trabajadores que estuvieron en la construcción de estos edificios hace más de 60 años. Se crio aquí, en un edificio ubicado en otra zona. Cuando alcanzó la madurez, se fue a otra parte de la ciudad, a una comunidad a la que sus ingresos le permitieron llegar.

Allí tuvo a sus hijos. Decidió salir de allí cuando a uno de ellos lo golpearon miembros de una pandilla. Solo se le ocurrió volver a su Málaga. Pero el único edificio con apartamentos disponibles era el D, el declarado inhabitable.
“Somos conscientes de ese peligro, de que esto se nos puede venir encima en cualquier momento. Pero preferimos esa incertidumbre a la otra. Aquí nos sentimos seguros”, comenta Chacón.

Evento. El expolicía israelí Elías Soae Freue posa en la foto de arriba con habitantes de la colonia en el evento realizado el 14 de agosto. En la de abajo, custodios vigilan a los reos de la orquesta.

***

EL 7 DE SEPTIEMBRE, la Málaga cumplirá 62 años de existencia. Para ese día, los vecinos planean una fiesta, a la que también asistirán decenas de malagueños residentes en el exterior. Ese es uno de los principales orgullos de sus habitantes: que aquel que se va se sigue sintiendo parte de la comunidad. Por eso, cada año reciben donativos desde el extranjero para la realización de obras.

Ricardo Valdez, el directivo honorario, remarca el hecho y hace un recuento de todas las personas ilustres que han vivido en los edificios de la Málaga: Tonatiuh Ramos, campeón panamericano de natación; Esteban Servellón, director de la Orquesta Sinfónica de El Salvador. Hace una pausa y mira el enorme mural que decora uno de los edificios de la entrada de automóviles.

Allí están, dice, dos de los mayores orgullos de la colonia, aquellos con los que se puede identificar cualquier malagueño. Una de ellas es la maestra Juana Linares, quien enseñó a leer a muchos niños de la Málaga y los alrededores durante décadas; el otro es Gilberto Orellana, quien dirigió la Orquesta Sinfónica de El Salvador durante 30 años. Jenny Sánchez, su nieta, se emociona al recordarlo y al remarcar el cariño que sus vecinos le tienen a su memoria.

Casi todos en la Málaga, dice, lo conocen, saben de sus logros y sus valores. Eso se comprueba con un rápido sondeo a habitantes que, por azar, pasan junto al mural. “La Málaga no son sus edificios, es su gente”, repiten.
Roberta Molina, la dirigente que ahora vive en otro lugar, fue una de las elegidas para asistir a las capacitaciones de los expertos israelíes en la Universidad Tecnológica. Fueron pocos días, dice, pero ha podido sacar en claro algunas lecciones: que lo más importante es hacerle entender a cada habitante de la comunidad que debe ser parte activa para solucionar las deficiencias del lugar donde viven, no esperar a que las directivas se encarguen en soledad. Dice que, actualmente, solo un 40 % de toda la Málaga participa en alguna actividad. “El resto descansa en la apatía”, bromea Roberta.

El proyecto de la Universidad Tecnológica todavía está en pañales y no ha habido más actividades que las iniciales, que aquel evento en el que conformaron mesas redondas con la presencia de los expertos israelíes. A Roberta se le pregunta sobre las expectativas de esta nueva experiencia, de algo que, de alguna forma, continúa con su tradición.
“Estamos contentos de que nos eligieran, pero no estamos atenidos a eso. Vamos a seguir siendo lo que somos, orgullosamente malagueños, con ayuda o sin ella”, dice Roberta, con una sonrisa retadora, mientras vuelve a ver, de reojo, los murales de sus mayores.

Familiaridad. Muchas de las personas que habitan los edificios de la colonia lo han hecho durante casi toda su vida. Por eso la identificación con los inmuebles es una de sus marcas distintivas.

El obsoleto sistema de ANDA condena a comunidades a vivir sin agua

Antiguo. Las cantareras eran comunes en las décadas pasadas como respuesta del Estado a comunidades pobres. En ANDA tratan de no seguir con la práctica. Pero aún existen algunas, como esta ubicada al pie del tanque de Chanmico.

Una pregunta lo había inquietado desde hacía muchos años: ¿por qué el agua le caía todo el día a los vecinos del otro lado de la calle y a él no? A Marcos Campos, como a todos los habitantes del pasaje Méndez de San Antonio Abad, se le hacía extraño que, viviendo en la misma comunidad, la diferencia en el servicio fuera tan extrema.
A ellos el agua les llegaba a cuentagotas. Y cada jornada era una especie de ruleta rusa, de rezar porque ese día fuera el bueno y que cayera un tímido chorro por dos o tres horas.

Lo suficiente para llenar lo que se tuviera a la mano. Los más afortunados, como Marcos, construyeron amplias pilas o acondicionaron tanques para poder acaparar más líquido; otros, como los vecinos de las casas de arriba, se tuvieron que conformar con depender de un mosaico multicolor de recipientes de plástico: barriles, baldes, cántaros, botellas, guacales. Cuando no caía, estos mismos recipientes servían para traer el agua que se compraba a los habitantes más afortunados del otro lado de la calle.

Para saber a ciencia cierta por qué Marcos y sus vecinos tenían un servicio tan deficiente por parte de la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA), hay que entender la manera en la que llega el agua hasta su casa, el paso previo antes de que arribe a la tubería que se conecta a tu contador. Se trata de un tanque.

Los hay de todos los tamaños, dependiendo de la población a la que abastezcan. En el caso de Marcos y los suyos, la escasa agua recibida provenía de uno ubicado en la calle Mano de León, en San Antonio Abad.

A través de una enorme tubería que trae agua bombeada desde muy lejos, el tanque se llena hasta el 100 % de su capacidad. Aproximadamente a las 4 de la mañana (la hora puede variar) este se abre para comenzar a abastecer al sistema de tuberías, lo que se hace exclusivamente gracias a la gravedad.

El recorrido del agua comienza justo en las instalaciones de SERTRACEN, ubicadas entre la 25.ª avenida norte y la alameda Juan Pablo Segundo. Sigue subiendo hasta la Bernal, muy cerca del Hospital Militar, donde el servicio es constante y de calidad. Luego abastece a todas las comunidades y colonias que nacen del bulevar Constitución. El agua va colmando, poco a poco, todo el sistema, hasta que llega el turno de lo que está en la 75.ª avenida norte y más allá. Es el final de este circuito de cañerías.

En este sector está el pasaje de Marcos. Un hombre que se había acostumbrado a la escasez. Y quien había tenido que recurrir a sistemas alternativos para tener el agua suficiente. Los días de lluvia sacaba sus barriles para llenarlos. Y cuando un miembro de su familia se bañaba, el agua jabonosa no se iba por el drenaje, sino que se acaparaba en un recipiente. Ambas reservas servían luego para regar las plantas del patio o para impulsar los desechos en el inodoro.

Por eso a gente como Marcos solo le cae por tres horas un tímido chorro: es la única hora en que en el nudo de tuberías hay suficiente agua como para generar la presión necesaria para llegar hasta las últimas casas. Cuando la demanda es muy alta en el sistema no hay ni un solo momento en el que se cumpla esta condición. Se podría decir que, si vivo en el final de un sistema como este, este día caerá el agua en mi casa si los demás usuarios no la han gastado toda.

Cuando el tanque se vacía en un 80 %, las válvulas se cierran y ya no se deja correr más líquido. Es entonces cuando se comprueba que el sistema está colapsado, cuando no puede abastecer con eficiencia a todos sus usuarios. Por eso a gente como Marcos solo le cae por tres horas un tímido chorro: es la única hora en que en el nudo de tuberías hay suficiente agua como para generar la presión necesaria para llegar hasta las últimas casas. Cuando la demanda es muy alta, en el sistema no hay ni un solo momento en el que se cumpla esta condición. Se podría decir que, si vivo en el final de un sistema como este, este día caerá el agua en mi casa si los demás usuarios no la han gastado toda.

Cuando esto ocurre es que gente como Marcos ve salir, literalmente, solo aire de sus chorros. Es la certidumbre de que ese día no será posible lavar la ropa que ya lleva días pendiente. Y que si no vuelve a caer y las reservas de la pila se terminan, será necesario recurrir a los familiares o comprarle a los vecinos más afortunados, a los que sí les cae el agua, al otro lado de la calle. Marcos sabía que a sus familiares en la calle Mano de León nunca dejaba de caerles el agua. A ellos recurría para llenar cántaros y recipientes en su pequeño automóvil.

“A veces íbamos para allá y veíamos a la gente botando el agua, lavando la acera, o los carwash que no escatiman en nada para lavar los carros. Y uno aquí, casi a la par, sin agua. Hay cosas que uno no se puede explicar”, dice Marcos.
ANDA no es una institución capaz de cubrir a toda la población. Por esto en muchas partes del país, sobre todo en el área rural, la misión ha recaído en juntas de agua, pequeñas entidades donde los mismos vecinos de la comunidad se encargan de llevar el líquido desde un nacimiento hasta los hogares, y de darle mantenimiento a la red. Algunas experiencias han durado décadas, como las de las asociaciones de Izalco. Allí saben que se trata de un recurso finito. Por eso han establecido un número limitado de mechas a conectar.

“Esa es la diferencia de nosotros con ANDA. Para ellos, entre más pajas (mechas) de agua ponen es mejor, aunque a la gente no le llegue el agua”, comentó hace unos meses la maestra Laura de Soto, presidenta de ADESCOHUIS, una de las organizaciones comunitarias que abastece a Izalco. Las mismas que están preocupadas por la promulgación de una ley de agua, una que temen porque es posible que le dé a entidades privadas la facultad de administrar, también, su agua.

La mayor parte de tanques de ANDA en el Gran San Salvador están colapsados: la cantidad de unidades habitacionales (o servicios, el sitio donde se ubica un contador individual) supera a aquella a la que, técnicamente, está destinada la capacidad en metros cúbicos de los tanques. Y no ha habido más inversión en nuevos en esta zona, la más poblada del país, al menos desde 2008, según el detalle de licitaciones para la construcción de este tipo de estructuras en la web COMPRASAL, la web en la que el Gobierno salvadoreño publica la mayor parte de sus licitaciones y contratos.

Aunque la insuficiencia tiene sus excepciones. Para darse una idea, solo hay que revisar las cifras: el tanque de San Benito, que abastece a la colonia del mismo nombre y a otras circundantes, cuenta con una capacidad de almacenamiento de 4000 metros cúbicos, pero solo abastece a 1,238 unidades habitacionales. Una relación de 3.23 metros cúbicos por servicio. En cambio, en el tanque del cementerio de San Marcos, en el municipio del mismo nombre, la relación se invierte: una capacidad de almacenamiento de 107 metros cúbicos para 809 mechas conectadas: 0.13.

Saúl Vásquez es el director técnico de ANDA, uno de los puestos más importantes dentro de la entidad. Justifica estas diferencias por la disparidad de las realidades entre ambos sitios: “No es lo mismo una casa en la San Benito que en San Marcos. En San Marcos puede haber varias decenas de casas por manzana. En la San Benito quizá solo habrá dos. Es una diferencia abismal en el consumo, pero ya eso no es un asunto que nos corresponda a nosotros”.

Comunal. El tanque de Chanmico recibe su agua, bombeada, desde el de San Antonio Abad, ubicado unos kilómetros abajo. Abastece a casi todas las comunidades del cantón capitalino.

El servicio de agua, por ello, es un mosaico de realidades. Algo que se puede comprobar en un municipio populoso como Soyapango: en Bosques de Prusia, el agua cae un día sí y uno no; en El Limón, el servicio es exclusivamente matutino. Eso cuando todo marcha según el plan. Es decir, que la demanda no es mayor que la habitual, la producción menor y que no existen fugas importantes.

Ese es otro detalle: hasta 66 millones de metros cúbicos se perdieron en 2016 en la red de ANDA a escala nacional debido a esta razón, el 34 % de todo lo que se produce. Lo suficiente para llenar 26,400 piscinas olímpicas, o para abastecer a una sola con 1,320 kilómetros de largo. Un buen espacio para que Michael Phelps muestre de lo que está hecho. El director técnico de ANDA, Saúl Vásquez, afirma que este cálculo es todavía muy conservador si se toma en cuenta, también, lo que se pierde en servicios no facturados: 47 de cada 100 litros producidos.

Para Vásquez la debilidad de las tuberías es uno de los asuntos torales por los que ANDA no puede dar el servicio que se deseara, pues una gran parte del sistema está hecho con tubería de asbesto cemento, un material quebradizo que no supera altas presiones, colocado hace ya varias décadas. Es necesario, sostiene, una renovación.

Para mostrar su punto, ilustra lo que se ha realizado hasta el momento en un sector cercano al estadio Las Delicias, en Santa Tecla, donde el problema de abastecimiento en una zona se solucionó con la sustitución de cañerías. Dice que, como entidad, han identificado varios puntos en el Área Metropolitana de San Salvador como los más urgentes para atender. Allí pueden realizar un trabajo similar. Pero el dinero, aclara, se los impide. Toda la operación les costaría $58 millones, según las proyecciones técnicas. Hasta el momento han podido realizar labores por una suma cercana a los $10 millones.

No contar con un sistema de tuberías adecuado, explica, también ha sido un lastre a la hora de mejorar el servicio en algunos sectores, pues las tuberías ceden pronto al aumento de presión. El problema se traslada del desabastecimiento a las constantes fugas.

Otro elemento señalado por Vásquez es el del crecimiento poblacional, pues la demanda no para de crecer. Para hacerse una idea, solo en 2016, año para el que está disponible el último boletín estadístico de ANDA, solo en San Salvador y La Libertad se instalaron 1,543 nuevos servicios de acueductos. La mayor parte de estos provienen de solo dos municipios, San Salvador y Santa Tecla, con 1,168.

La tercera razón sostenida por Vásquez es la falta de inversión, una que se cristaliza en el no realizado plan quinquenal presentado por ellos a inicios del periodo de Salvador Sánchez Cerén, en 2014. Un plan que costaría alrededor de $500 millones. De todo ello, confiesa, solo se ha ejecutado una cifra cercana a los $20 millones. Lo demás continúa en el papel.

 

 

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Aunque no supieran las razones por las que el servicio de agua era tan deficiente en sus hogares, Marcos y sus vecinos en el pasaje tenían una certidumbre, que conectándose a la tubería que surte a los habitantes del otro lado de la calle, sus problemas de escasez se solucionarían.

Se organizaron en una improvisada directiva e hicieron el trámite en ANDA, atizados por una persona que había llegado a construir un mesón en el pasaje, a quien le preocupaba que le costara alquilar los cuartos por la falta de agua. Las vueltas duraron dos meses. Contrario a lo que pensaban, su petición sí fue escuchada.

Manuel Galeas es un técnico de la Administración de Acueductos y Alcantarillados (ANDA). A su cargo tiene el mantenimiento de la zona correspondiente a San Antonio Abad. Conoce al dedillo al sistema y todas sus enfermedades. A él llegan todas las quejas cuando el servicio falta. Para alguien como Manuel es el pan de cada día: ANDA es la entidad más denunciada en la Defensoría del Consumidor, esa institución creada desde el Gobierno para que cualquier ciudadano pueda, al menos, dejar una queja. Y ha sido la más señalada por lo menos desde 2016. En el primer semestre de 2018, 1,643 personas se acercaron para dejar una reclamación, el 43.72 % del total a escala nacional.

Manuel Galeas, el técnico encargado de la zona, explica por qué fue tan fácil y sin trabas realizar el cambio: la diferencia de presiones entre un lado de la calle y el otro es un asunto de altimetría, aunque el agua tiene, prácticamente, el mismo origen. Desde inicios de la década pasada existe un tanque, que es abastecido a través de bombeo por el mismo de San Antonio Abad, ubicado en un punto más alto, en el sector conocido como Chanmico.

Fue ideado para darle agua a quienes hasta entonces en ese cantón de San Salvador no la tenían. Y la presión es tan fuerte en la calle El Roble porque las casas que para el otro sistema están en el final, para este se ubican en el inicio.

“La fuente era la misma. El problema era la conducción. El agua que ya no les voy a dar de este tanque, se las voy a dar de este otro, pero con una mejor conducción, mejores presiones, mejores horarios. Pero prácticamente el agua es la misma”, dice Manuel Galeas en medio de su jornada de trabajo.

Marcos y sus vecinos del pasaje Méndez pudieron hacer el cambio a mediados de julio, tras apenas dos días de trabajo. La maniobra era sencilla, pues, como una suerte de gemelos, a menos de 1 metro de distancia ambos tubos cruzan bajo la calle El Roble sin juntarse nunca. Que tu contador esté conectado a uno u otro es la diferencia de una vida de privaciones o una donde abunda el agua. El cielo estaba a menos de 1 metro de distancia.

A partir de entonces las cosas serían distintas. Pero antes había que cruzar un valladar. ¿Qué sucede con un miembro que nunca se usa? Inevitablemente se atrofia, sus funciones ya no son las mismas.

Tras décadas de servicio deficiente, las viejas tuberías domiciliares parecían haberse olvidado de que su misión es trasladar agua de manera constante. El líquido ahora tenía tanta presión que muchas cedieron. El pasaje fue, durante los siguientes días, una sinfonía de fugas, algunas profusas.

A Ana Méndez incluso le nació un manantial en medio de su cocina. Un retumbo se los advirtió. Bajo la tierra una fuerza cristalina peleaba por abrirse camino hacia la superficie. El agua comenzó a salir del punto donde, sabían, estaban las tuberías. Luego, desde la base misma de las paredes. Más tarde bajó por las escaleras hasta llegar a la pequeña tienda al frente de la casa. La única solución fue cortar el flujo del agua. La paradoja: Ana Méndez, a la espera de que se reparara la tubería, no contaba con el servicio.

Tras décadas de servicio deficiente, las viejas tuberías domiciliares parecían haberse olvidado de que su misión es trasladar agua de manera constante. El líquido ahora tenía tanta presión que muchas cedieron. El pasaje fue, durante los siguientes días, una sinfonía de fugas, algunas profusas.

Una nueva inversión nacida de la comunidad le dio solución al problema. Colocaron una válvula para regular la presión. Todo requiere medida, hasta una bendición como el agua.

“Es el cumplimiento de un sueño. Sinceramente yo nunca creí que el agüita completa sería un día una realidad para nosotros. Para qué le voy a decir, ahorita solo palabras buenas tengo para ANDA”, comenta Marcos Campos, satisfecho porque ahora, tanto para él como para decenas de personas, la escasez del agua es una cosa del pasado. No pasa lo mismo con el resto de pasajes en ese lado de la calle, como el Londres y Los Andes, donde deben seguir pagando recibos a pesar de que el agua casi no llega a sus casas.

Tampoco con aquellas personas que viven a la misma altura o incluso más arriba que el tanque de Chanmico. Para ellos, por lo menos ahora, no existe alternativa que valga.

 

 

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El tanque de Chanmico, el que permite que haya un fuerte caudal en la calle El Roble y otras comunidades de San Antonio Abad, es una conquista comunal. Si bien pertenece a ANDA, no podría haber existido sin la organización popular.

El agua empezó a llegar por medio del antiguo sistema a las casas del otro lado de la calle El Roble, las que ahora sufren con el servicio irregular, a mediados de los ochenta, en plena guerra civil. Así lo rememora Miguel Cañénguez, uno de los miembros más antiguos de una de las directivas de San Antonio Abad. Pero el servicio no estaba siquiera conectado para miles de familias, forzadas a surtirse en cantareras colectivas, las únicas formas en las que el Estado había querido apoyarlos.

A mediados de los noventa, las pequeñas organizaciones que pululaban por todo el cantón decidieron colaborar para un mismo fin. Sabían que en soledad nadie los tomaría en serio. Fueron 15 directivas diferentes las que se pusieron a trabajar (y a invertir) para que cada familia disfrutara de su agua en este cantón, ubicado a escasos metros de una de las colonias más exclusivas de la capital del país.

Estrategia. En la casa de Silvia Rodríguez, en la comunidad Chanmico, han ideado una manera para captar agua lluvia desde el techo y que esta caiga directamente en la pila.

La asociación incluso compró el terreno en el que ahora se alza el gigante de cemento, en medio de grafitis y maleza. Casi nueve años duró el proceso, entre laberintos legales y peleas internas. También de duro trabajo, de cuadrillas de hombres introduciendo tubos en la tierra.

Increíblemente, el día prometido llegó. Y todos, o casi todos, pudieron contar con agua en sus hogares. También aquellos que la tenían más complicada. Por todo el cantón existen comunidades que viven en terrenos que no son suyos. En medio de esto hay historias de personas estafadas por alguien que se hizo pasar por el dueño de la tierra. Pero incluso ellos ahora tenían agua.

La misma que, según un temor ampliamente extendido entre las comunidades, ahora podría volver a escasear para todos. Es una creencia común pensar que será este tanque el que surtirá a los altos edificios de apartamentos que se están construyendo a la orilla de la avenida Masferrer norte.

Desde la sede de la Dirección Metropolitana de ANDA, el técnico Manuel Galeas hace un ademán de pausa y tranquiliza a los habitantes ante los rumores: por regla general, las nuevas urbanizaciones y grandes construcciones (como el casino y bar inaugurado hace unos meses) deben buscar su agua en otras zonas. Eso, al menos, es lo que él recomienda.

“Aquí le tenemos bastante respeto a esto, porque es la gente la que trabajó para tenerlo. Si bien es de ANDA, nosotros lo consideramos un proyecto comunal”, comenta Galeas. El agua de estos edificios, más bien, saldrá desde un tanque levantado por los mismos constructores de las residencias privadas. Se espera que parte de lo que recoja este tanque se pueda conectar a aquellas comunidades que aún no cuentan con un servicio de agua regular.
Pero no todo es romanticismo un grupo de personas organizadas. Después de que Marcos Campos y los vecinos del pasaje Méndez se conectaron a la red más eficiente, se levantaron voces de alerta. Les parecía impensable que ahora disfrutaran de su agua aquellos que no habían trabajado por ella.

Sin embargo, nuevas mechas se han estado conectando a la tubería desde siempre y a través un método que, según autoridades de ANDA, está en el limbo de la ilegalidad. Para hacerlo, una de las líderes de la directiva solicita a los aspirantes una suma económica. Quien busca cambiar el servicio debe pagar también por quien haga el trabajo manual, o hacerlo él mismo.

En El Salvador, para el agua todavía no hay una respuesta. En el seno de la Asamblea Legislativa, la discusión para una nueva ley se ha prolongado por 12 años. La última gran polémica es el proyecto que plantea que su administración debe estar en un consejo copado, sobre todo, por representantes de la empresa privada. Ha encontrado la suficiente oposición desde el Gobierno y las organizaciones de la sociedad civil para que, de nuevo, no se camine, para que el proceso haya caído en un punto muerto. Mientras, las comunidades seguirán viéndose obligadas a abastecerse de todas las maneras imaginables.

 

 

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Para ellos, por lo menos ahora, no existe alternativa que valga. En esta casa de la comunidad Chanmico, en San Antonio Abad, ya hace tres meses que no cae el agua. Silvia Rodríguez carga en sus brazos a su pequeña mientras hace gestos de molestia y señala la pila vacía. Y sobre esta, un curioso mecanismo que representa la desesperación: un tubo la conecta con uno de los canales del techo. Así logra captar cuando llueve un poquito de agua. Un colador suspendido asegura que el líquido no lleve hojas ni residuos.

Y alrededor de este casi inútil rectángulo de cemento, varios baldes guardan el agua que ha logrado ir a recoger desde la cantarera ubicada al final del pasaje, una que el año pasado les habilitó el partido GANA, ávido de votos, para que tanto ellos como los habitantes de comunidades circundantes, como Las Granadillas, pudieran abastecerse.
A Silvia se le mira molesta, casi con los ojos desorbitados. No logra entender por qué, estando tan cerca del tanque de Chanmico, el agua no tiene la suficiente fuerza para llegar hasta su hogar. No sabe que todo funciona con base en la gravedad, que la respuesta simple es que el tanque ya superó su capacidad y no logra generar la presión necesaria.

Uno de sus vecinos, Luis Melara, retira la llave puesta en el chorro colocado fuera de su hogar. Este fue, hace unos años, el recurso que encontraron para tener una fuente privada de agua. Aunque en el límite de su terreno, el chorro les pertenecía totalmente. El agua llegaba hasta allí y no hasta dentro de su casa porque la presión no era capaz de vencer un desnivel de metro y medio.

Retira la llave, pero el agua no brota. Desde hace meses tampoco ha sido su alternativa. También ellos deben recurrir a la cantarera, en la que ahora la sexagenaria Claudia Campos llena, con toda la paciencia del mundo, un recipiente. El chorro es tan delgado que debe ingeniárselas para colocarlo de manera que el líquido caiga adentro. En un momento, este se le vuelve tan pesado que no le es posible seguir con la operación. Llama a su nieto para que le acerque una botella más pequeña, con la cual tratará de llenarlo.

Ana del Carmen Mónico es otra vecina preocupada. En sus más de 60 años de vida, el agua nunca ha sido una necesidad totalmente satisfecha. Vive en la comunidad Las Granadillas, una de las últimas en ser conectadas al sistema. Y una de las que, actualmente, no tienen agua. Dice que tiene meses de conversar con el ingeniero encargado de la zona, Manuel Galeas, quien le ha prometido hacer algo por ellos. Manuel es un hombre con muchas preocupaciones. Sabe que no se trata de algo tan simple, que el problema no solo pasa por sus gestiones. Quizá piense que ANDA debería abrir más pozos, explorar otras fuentes de agua. Lo suficiente para que en una de sus respuestas haya, de veras, esperanza.

Ana se sienta en las gradas al pie de la casa de su vecino. Conversa animada, los ojos puestos en un aire finísimo, casi transparente, donde la vista alcanza a ver más lejos. Allá, reducidos por la distancia, los esqueletos de los nuevos edificios de apartamentos se alzan contra el cielo, que ya ha comenzado a parecerse a la miel. Y los trabajadores son nítidos muñequitos en medio de la labor.

“Esos apartamentos, de seguro, se venderán carísimo. Y yo me preguntó cómo será de tremenda la presión para llegue hasta el último piso, para que el inquilino que vive hasta allá abra su chorro y el agua le caiga. Yo digo que tener esa seguridad de que cuando usted abra su chorro le caiga el agua ha de ser bien bonito”, comenta Ana con la mirada, ahora, apuntando a sus pies.

Altura. Las comunidades que más sufren con la escasez de agua son las ubicadas a más altura. Como la Chanmico, a la que conduce una empinada calle todavía sin asfaltar.

“Aunque tarde, mi país ha comenzado a ser justo conmigo”

Rubén Martínez, escultor y arquitecto salvadoreño.

Su nombre está ligado a lo monumental. El Cristo de la Paz y el de la capilla de Fátima en San José, Costa Rica, cada uno de 4 metros de altura, nacieron de sus manos, antes robustas. También la iglesia El Rosario, una de las obras de arquitectura salvadoreñas más admiradas en el mundo por su atrevida propuesta, donde toneladas de concreto parecen descansar, simplemente, en el aire.

Este día de julio, el cuerpo de Rubén Martínez contrasta con la envergadura de su obra. Tiene 89 años y hace uno le amputaron la pierna izquierda para detener el avance de un cáncer. Ahora se desplaza gracias a una silla de ruedas que su esposa, Grace, empuja con riguroso amor para llevarlo a la mayoría de espacios de la casa que hace 40 años construyó, repleta de escaleras, para él y su familia. Ir a su taller, por ahora, es casi un imposible.

Y aquí, desperdigadas en estantes y mesas, están pequeñas esculturas, los ensayos de sus grandes obras, como el suplicante José Simeón Cañas que se exhibe en el Museo de Arte de El Salvador. Rubén quiere que esta casa, muy pronto, sea acondicionada para crear su propio museo, la síntesis de una carrera que se ha extendido por seis décadas.

Si bien su cuerpo contrasta con la magnitud de su obra, su voz sigue intacta, amplia y tumultuosa como aquellos ríos donde no es posible dar con las orillas. Con esa voz sostiene esta conversación, llena de irreverencias y reflexiones sobre su propio trabajo y de lo que significa ser artista en un país como El Salvador.

Tiene 89 años.
¿Cómo es la vida de un artista a esa edad?

Una de constante nostalgia. Yo era un gigante, pero el cáncer me ha jodido, me han dado cuatro cánceres y los he logrado vencer. Este era un cáncer (señala el muñón de su pierna izquierda), hasta que lo tuvieron que cortar el año pasado. Hoy del estómago he estado gravísimo, pero no, no era cáncer, tenía E. coli. El estómago estaba deshecho, tengo cinco días de estarme tomando las medicinas, ya no me duele. Hace unos días ni siquiera podía hablar. Pero aun así, como estoy, si tengo el pie, vuelvo a hacer figuras grandes (en agosto de 2017, Rubén se sometió a una operación en la que le amputaron el pie izquierdo desde debajo de la pierna. Está a la espera de poder comprar una prótesis y de que en FUNTER le den el alta para usarla y dejar la silla de ruedas).

¿Hace cuántos años hizo la última pieza grande?

No hace mucho, a Chevo Argueta (empresario Mario Enrique Argueta, fallecido en 2013) hace tres años (Rubén es el autor del monumento dedicado a esta persona, ubicado en el redondel del Árbol de la Paz, en San Salvador).

En ese entonces, ¿estaba bien de salud?

Ah, para nada, me estaban dando radiaciones. Espéreme, me equivoco, el último fue Matías Delgado, se lo dejé a un muchacho, al que había entrenado durante tanto tiempo, para terminarlo. Cuando lo fundió, lo dejó así (inclina el cuello y ladea la boca). Y yo tenía que entregarlo al día siguiente. Le corté, le subí la oreja, le puse un pedazo de bronce y la soldé. Quedó bien, porque no se le hecha de ver nada, quedó perfecta. La remendé. Hay que saber remendar también.

Hay que saber apegarse a la realidad

No hay que sofocarse. Ahora las cosas ya no me salen mal, porque entiendo que todo es lo que es, que nada está mal. Que no hay que morirse porque una escultura no sale como uno la imaginaba. La obra de arte tiene vida propia, fija sus propias reglas. Si usted la somete a su arbitrio, deja de ser una obra de arte. Aunque siempre hay que tratar de controlar lo más que se pueda. Por ejemplo, antes tenía fundidores, ahora fundo yo.

Alguna vez leí que a usted le parece que el momento más triste de un artista es cuando trabaja en una obra con sus propios recursos y, al final, no quieren pagarle.

No, a mí no, a mí siempre me han pagado con relativa prontitud. Quizá solo se han tardado en el tiempo cuando hay que hacer algún trámite. Por ejemplo, en la Alcaldía de San Salvador; la alcaldía cuesta que le pague.

Me imagino que es así en todo el sector público

Pero no me han quedado debiendo. A quien casi no le cobro es a la Iglesia. Una vez me pidieron hacer un trabajo en la iglesia de Cuscatancingo, un padre que a mí me quiere mucho. Pero en lo que lo estaba haciendo llegó otro párroco. Dijo “yo no tengo que pagar eso, porque yo no lo he mandado a hacer”. Y no me pagó. Pero la gente de la comunidad dijo “al arquitecto hay que pagarle”. Empezaron a hacer turnos para recaudar plata, y el dinero de allí venía. Cada cierto tiempo. Hasta que les dije, ya no, ya estuvo. No es necesario que me sigan dando. Me pagaron ellos.

Usted le hizo varios bustos al empresario Pablo Tesak. ¿A cuánto vende un busto como ese?

$6,000 por el primero. Después, con los otros, ya lo rebajé mucho, casi solo lo de la fundición salía. Yo no trabajo mucho, pero cuando trabajo, gano. Bueno, cuando hice a Funes, antes de eso él había dicho que yo era escuadronero, asesino, porque había hecho a Roberto d’Aubuisson (fundador del partido ARENA). Y vino alguien que me dijo: “¿Me haría a Mauricio?”

¿Quién le dijo?

La Vanda (Pignato). Y yo acepté el encargo. Desde el principio me dejaron claro que él no quería papada. Pero ya para ese entonces estaba bien gordo. Conseguí una foto de cuando él entró a la Presidencia y lo puse riéndose. Lo pensé para hacerlo chiquito, porque se supone que al niño se lo iban a regalar, pero ¡qué diablos! Luego lo pidieron más grande. “Hágaselo al mismo precio”, me dijo mi hija, y lo hice así. Después que yo lo terminé, quería encontrármelo de frente y decirle “¿veá que te gustó lo que te hice?” Porque quería tratarlo así. Pero cuando tuve la oportunidad en un evento al que los dos asistimos, cuando logré verlo, desgraciadamente tuve que ir al baño. Cuando regresé, ya se había ido.

¿Quién hizo el trato con usted?, ¿fue Vanda?

La Vanda. Vino el domingo que estaba trabajando en ese busto, como a las 10 de la mañana, se fue como a las 2. Quería estar presente para cerciorarse de que quedara bien. Se me había subido aquí, encima (hace un gesto señalando su regazo y uniendo los brazos como en un abrazo); y la cartera, que a saber de cuántos miles era, la había tirado en el suelo. Así estuvo conmigo. Y la Granadino (Magdalena Granadino, exsecretaria de Cultura entre febrero de 2012 y mayo de 2014), viendo todo el rato. No me levanté de mi puesto de trabajo sino hasta las 11 de la noche. No me levanté ni a orinar. Porque había que hacerlo y lo metí a la fundición.

¿Cuántas horas se tardó en hacerlo?

Yo lo hago rápido, pero no tanto. Como 15 horas sin descansar. Así trabajo. Es posible que esté enfermo, pero cuando estoy trabajando no me duele nada.

Actualmente, ¿las manos están bien?

Esta (la mano izquierda) no la puedo mover. Pero para modelar sí la puedo ocupar como en mis mejores tiempos. Para darle ese toque delicado a los ojos hay que hacer la pupila bien hechita. Cuando voy a trabajar, las manos no me tiemblan.

 

Rubén toma uno de los recortes de periódico que conserva en un álbum. El que está viendo es uno del año 94, justo después de la realización del Cristo de la Paz y el Monumento a la Constitución, popularmente conocido como La Chulona, que le fueron encargados por la Alcaldía de San Salvador.

 

“El escultor que le está cambiando la cara a San Salvador”, se lee aquí. ¿Cree que ese fue uno de sus periodos más prolíficos?

Puede ser que sí.

 

En otro recorte está el Cristo Resucitado de su viacrucis de la iglesia El Rosario, que forma una figura humana a partir de decenas de trozos de hierro ubicados horizontalmente.

 

El padre Alejandro (Peinador, de los dominicos, quien le encargó la iglesia El Rosario) quería que lo hiciera más moderno. Él me contrató sin saber lo que yo era. Me peleé con ellos, me vine justo después de terminar la iglesia. Porque había un cura que andaba con mujeres, y él me vio cuando yo lo caché. Empezó a molestarme, pero ese cura se fue. El padre Alejandro me vino a traer para que hiciera el viacrucis. Aunque ese padre no era para nada fácil. Él creía que yo era Miguel Ángel y que él era el papa Julio II, y que me iba a poder pegar con una vara. Llegamos hasta a agarrarnos a golpes. Al final le dije que sí, porque yo ese viacrucis hacía año y medio que lo había estado planificando. Es chistoso, pero por las esculturas de ese viacrucis es que soy más conocido fuera del país.

Escultura

¿Alguien le dio ideas para hacerlo?

No, nadie me daba ideas; al contrario, el padre Alejandro nunca me dijo nada. Yo no decía qué es lo que seguía, lo tenía así como Miguel Ángel. “¿Y qué sigue?”… “Espere, ya le voy a decir”. Tenía que estar conmigo, por fuerza. El viacrucis lo planifiqué año y medio, y al final di con el concepto de las manos.

Esa idea ¿cómo se le ocurrió?

¿Qué es lo más expresivo de nosotros? Los ojos. ¿Y después de eso? Las manos. Con las manos uno puede hablar; sobre todo los latinos. Si no tenemos manos, no hablamos de manera completa. Imagínese. De allí fui pensando en cómo comunicar de la manera más minimalista posible. ¿Unas manos a las que les cae agua? Ese es Pilatos. Así fui trabajando. Año y medio, aquí lo tenía (señala las sienes). Cuando vino el padre Alejandro a convencerme, ya todo estaba listo: lo dibujé en día y medio, y en mes y medio lo hice.

Se tardó más planificando que haciendo.

Nunca he estado tanto tiempo pensando en algo.

¿Esa fue la idea original?

Es que yo veía los viacrucis con el montón de cruces. Entonces tenía que hacer algo diferente. Mis amigos artistas y arquitectos me preguntaban que por qué lo estaba haciendo así. Y la gente que llegaba a rezar, la gente humilde, bien entendía; y los cheros míos, instruidos, no. Es que no había necesidad de más, que de manos.

¿La iglesia El Rosario es lo más grande que ha hecho? ¿Por qué no pudo hacer nunca más algo parecido?

No pude. Mis amigos y todos los miembros del círculo de artistas en el país se empezaron a reír y a burlarse de mí. Que era la escalera al cielo, le pusieron miles de nombres. Si se titulaba alguien y me invitaban, no iba, porque me iba a encontrar con ellos y empezaban a molestarme. Hasta que vino un arquitecto de España, y dijo que era una estructura maravillosa. Luego pude ir a trabajar y dejar obra afuera.

De las que están fuera del país, ¿cuál es la escultura que más le gusta?

Es el Cristo, que tiene 4 metros. Está en la iglesia de Fátima, en el barrio Los Yoses, en San José, Costa Rica. El arquitecto Alberto Linner, que era bien chiquitito pero se creía la gran cosa, había hecho una iglesia que solo era el cajón, pero le había puesto, para hacer los moldes, esos bolados de yute. Tenía una textura linda. Decían que la iglesia era tan moderna que no había quién pudiera hacer una escultura acorde.

Esa escultura que está en Costa Rica, ¿cuánto tiempo le tomó?

Tres meses. Me llevaron, les dije que no se podía hacer una escultura tan grande dentro de una iglesia. Me dijeron que me facilitaban el mejor hotel, pero yo tenía que ir. Fui un fin de semana, porque estaba ocupado, y me quedé en el convento. Cuando vi, era una pared enorme. ¿Cuatro metros? ¡Más grande se podía hacer! Me regresé a El Salvador. Como al mes vino el padre a decirme que si no podía hacerlo, no había problema. “Si ya está hecho, ya tengo la estructura terminada”, le dije. Venía a decirme que me relevaban del contrato. Yo he sido bien rudo. Tenía una fuerza terrible.

 

Rubén continúa examinando los recortes, bajo la tenue luz del salón que da al jardín, donde descansan algunas de sus esculturas. La que más destaca es una figura verde, una adolescente que baila en el aire, en un gesto donde el bronce parece tener el don de fluir. La figura, en el plan original de Rubén, debía medir 4 metros y vigilar la Puerta del Diablo. Era un homenaje a la bailarina Morena Celarié, fallecida en el sitio, a la que titularían “El espíritu de la danza”. El proyecto se frustró en 2007, cuando en el Instituto de Turismo decidieron no aprobar el proyecto. El escultor lee el título de otro recorte, esta vez, de los setenta: “Con chatarra y hierro puede un artista construir un bello mundo de arte”. Sonríe, visiblemente satisfecho. Pasa la página y hace referencia a un reportaje más reciente, de la presente década, que lo dejó con un mal sabor de boca.

 

Es que me ponen como un muchacho que está comenzando. Tengo una carrera de 60 años y sigo trabajando. Tengo tanto prestigio que acabo de hacer una escultura y ya me la compraron. Me dijo la persona “no la vaya a vender, me voy para Suiza, al regresar se la compró”. Está en exposición, igual, no la puedo vender.

¿Y en cuánto la da?

En $5,000. Esa escultura la hice por gusto mío. Se llama Othar, es el caballo de Atila, el huno. “Donde mi caballo pisa no vuelve a crecer la yerba”. La figura está pateando el suelo y la pisada es negra, quemada. A esta persona le dije que $5,000. Mi mujer me regañó. “¿Por qué le dijiste tan poquito, necesitamos pisto?” Yo trabajo poco. Dicen que soy muy carero, pero no.

¿Cuál es la obra que más lo ha demandado técnicamente?

Cuando me encargaron La Chulona, yo ya había hecho grandes esculturas, pero solo de hierro; esta tenía que ser de bronce. Y me daban tres meses para empezar la fundida. Hubo un gran pleito en la Alcaldía de San Salvador, porque yo les dije que lo habían hecho todo mal. Después de eso hice todo yo, los planos y todo. Los envidiosos dicen que yo me he aprovechado del dinero del pueblo. ¡Si nunca he cobrado! Los monumentos, el diseño, el sitio urbanístico, los planos, el diseño estructural, siempre me lo han regalado los mejores ingenieros. La dirección de la obra nunca la he cobrado. Solo percibo ingresos por la escultura mía. La Chulona iba a hacerla de 4 metros, pero como había poco tiempo, la hice más pequeña, pero le hice el pedestal bien grande. Tiene 2.80, en vez de tener 4 metros. Eso fue trabajo duro.

Tiene 89 años ya. ¿Quizá le va a ser imposible volver a esculpir?

Para nada. Creo que hoy lo puedo hacer mejor, porque sé más. Entre más trabajo, mejor lo hago. Ya no me voy a poder subir al andamio, pero con una máquina de presión que me permite subir como un elevador, lo puedo hacer.

Cuando hice a Funes, antes de eso él había dicho que yo era escuadronero, asesino, porque había hecho a Roberto d’Aubuisson (fundador del partido ARENA). Y vino alguien que me dijo “¿me haría a Mauricio?”

¿Espera volver a hacer una obra de 4 metros? ¿Es perfectamente posible?

Sí, cuando tenga el pie (la prótesis de la pierna izquierda).

¿Y cuando ya tenga el pie, es posible que esa obra de 4 metros la haga por iniciativa propia?

No, me la tienen que encargar.

¿Cuántos años cree que le queden de vida?

No importa. Voy a aprovechar lo que me quede. Mis manos y mi cabeza están mejor que antes. Creo que todavía puedo hacer mi escultura más monumental.

¿Dónde se imagina esa obra?

Yo no desvarío, voy siempre a lo seguro; y nunca he fallado. Los fracasos no los conozco. Si algo no me sale  bien, sigo, sigo y sigo. Como con Roberto d’Aubuisson, pasé una semana trabajando desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, y no podía. Al principio estaba bien, pero después lo perdía. Entonces, me puse a hacer varias cabezas a la vez. Hasta que un día me levanté en pijama y vine a desayunar. Me senté y, de repente, la solución estaba allí, frente a mí. Yo hacía un lado del rostro y lo pasaba hacia el otro, como se hace en casi todos los casos. Lo que pasa es que ambos lados de su cara no son iguales. Después de eso lo resolví rápidamente. Vino su esposa a ver el resultado. Y dijo a llorar y a llorar cuando lo vio, porque era como que hubiera vuelto a la vida.

Usted le hizo un encargo a Mauricio Funes, un busto, y le pagaron por ese busto. No sé si es consciente de que el dinero que a usted le pagaron quizá forme parte de esos fondos que la Fiscalía afirma que él se robó.

No sé. Puede ser robado, puede ser del dinero que él ganó. Yo recibí un pago. No voy a decir cuánto. No tengo bandera política, soy un artista.

¿No importa que el dinero que a usted le pagaron proviniera de las arcas del Estado?

Es que yo lo quería hacer, porque quería sacarme la espina, porque él me dijo que yo era escuadronero y asesino, porque había hecho a D’ Aubuisson. Quería decirle “hoy que te he hecho a ti, ¿qué piensas, qué piensas que soy?” Yo sé que le gustó, porque estaba bien hecho. Era igualito a él, solo que el busto que yo hice quedó más guapo.

Hablando de cosas éticas, ¿qué encargo no aceptaría usted?

Es difícil. Un enemigo mío me preguntó que si haría a Hitler. Sí, lo haría, porque fue parte de la historia. Hitler es un asesino tan grande y todo, pero sí lo haría. No estoy homenajeándolo, sino que mostraría cómo era él. Vaya, al Diablo no lo haría, no, estoy tan cerca de Dios que no podría. A un asesino de esos, sí. Imagínese de Napoleón Bonaparte, ¿cuántas estatuas no hay?

¿A un pandillero, a un narcotraficante le haría un busto?

No, eso sí no, aunque me pagaran miles.

¿Qué piensa de los jóvenes?

Yo los quiero ayudar, pero no se dejan.

¿Cree que la juventud está sobrevalorada?

Estoy de acuerdo. Lo valioso se terminó con el modernismo. Lo que vino después, el posmodernismo, lo arruinó todo. Hemos ido para atrás. En Europa están comenzando a dibujar otra vez. Es que lo abstracto es bien fácil. Yo podía hacer una escultura de ese estilo en una mañana. Pero la figura humana es otra cosa.

¿Alguna vez tuvo un puesto en el Gobierno, le dieron la oportunidad de dirigir algo?

Directamente no, solo he sido director de mis obras. Allí soy rígido. Como dice Roberto Galicia, “se hace como yo digo o no se hace”. Para que voy a darle vuelta. En la iglesia el Rosario, los ingenieros se me fueron. Decían “púchica, ¿qué es esta locura, de concreto, pesado, en el aire?”

Y ya pasó de los 40 años esa iglesia

Cuando la estábamos construyendo, mientras estuvo puesto el andamio, la estructura tenía grietas. Yo les decía “no se preocupen”. Cuando quité el andamio se cerraron, por el peso. Tenía grietas porque el andamio lo estaba halando, pero estaba perfecta.

¿Cuántos trabajadores tuvo en la iglesia?

Hubo un momento en el que habían 200 obreros, como 70 carpinteros. A todos les conocía su nombre, todos sabían qué estaban haciendo. Como yo, sentían que eran parte de algo más grande que ellos mismos. Les agradezco mucho: las grandes obras siempre son colectivas.

¿Hubo alguien que fuera especialmente habilidoso?

Todos. Porque al peón lo hice carpintero y luego jefe de los carpinteros. Albañiles no hacía.

¿Cree que parte de lo prolífico que ha podido ser se lo debe a la fuerza física?

Es la calidad del cuerpo. Que me caiga el agua, que me pase lo que pase. No ve que cuando hice el extremo oriente de la iglesia El Rosario, comencé a las 6 de la mañana de un día y seguíamos a las 6 de la mañana del siguiente, con tres máquinas. Tenía gripe y se vino el agua. Allí todos trabajaban junto a mí. Y el que ya no aguantaba se bajaba de los andamios y le daban café. Cuando estaba bien, subía de nuevo.

¿Y sus trabajadores, se quejaban de ese ritmo?

Todos me seguían, era un líder para ellos. A las 12 venía la carne guisada con tortillas calientes. Ya como a las 5, pupusas. Sabía que eran seres humanos.

¿Y hacía turnos con diferentes grupos de hombres?

No, los mismos.

Fue bastante trabajo físico suyo, no solo intelectual.

Es que yo era una bestia trabajando, rudísimo.

En ese tiempo tenía 37 años.

Es la edad en la que me casé. Una vez estábamos enojados con mi esposa, discutimos y ella se fue. Unos chabacanes de la universidad empezaron a piropearla cuando salió a la calle. Yo vi eso y pegué un salto y los agarré desde atrás, cayeron al suelo y se le rajó el pantalón a uno. Salieron corriendo. Era una bestia.

La iglesia, si bien es admirada, nunca la he visto con una misa repleta de gente.

Sabe qué, los feligreses son de una parroquia, y esa no es parroquia. Mucha gente no llega porque le tienen miedo al centro. Yo les digo que hay un estacionamiento pegado, que no pasa nada. Pero tienen miedo. ¿La feligresía cuál es? La de una comunidad. Allí no hay.

¿Cree que como templo no cumple su función por eso mismo?

La iglesia muy pocas veces se ha llenado. Pero es que, además, es bien grande. Mucho más que la misma Catedral, que costó varios millones. El Rosario se hizo por medio millón de colones.

¿Ese era el presupuesto original?

Es que no había presupuesto, hicimos uno, pero vimos que no se podía cumplir. Entonces cobraba yo el 10 % de todo lo que saliera, casi nada, imagínese, 60,000 colones en 10 años. Mis hijos me dicen que no regale trabajo. Que cobre aunque sea poquito. Hoy me han traído unas esculturas para que las arregle. Les voy a cobrar $35 por cada una. Bueno, por D’Abuisson sí cobré.

Hay una película, “La agonía y el éxtasis”, que cuenta la historia de cómo Miguel Ángel pintó la capilla Sixtina en el siglo XVI. Hay una escena donde el artista, que huye de sus responsabilidades hacia una montaña, vive un momento apoteósico y casi puede ver las futuras pinturas en el cielo. Genuina inspiración ¿Usted tiene momentos así a la hora de trabajar en sus obras?

No tan así. Yo una vez que sé lo que voy a hacer sigo ese camino. Pero nunca me someto a una idea. Una vez en toda mi vida he hecho la idea primero. La idea usted la quiere componer y no se puede. Mi hija me dice “haga dos proyectos, para brindar dos alternativas”. No doy alternativas, porque no quiero que me pidan algo que pienso que no sirve. Doy una sola cosa en la que creo.

¿Cree que su carrera ha sido justa, que tiene el reconocimiento que se merece?

Para nada. Nunca me han reconocido. Hasta que por fuerza los extranjeros lo dijeron. Aquí quieren que yo haga a los panchitos, a los inditos… y cuando yo vengo con una cosa nueva, los curadores no lo aceptan, pues no lo han visto nunca.

Dejando de lado la iglesia El Rosario, ¿qué es lo más atrevido que ha hecho?

Ese Cristo de la Paz, está en el aire. Pesa unas 3,000 libras y está sostenido en un solo punto. El logo que hice para el Banco ProCredit era una cosa de ingeniería muy buena. Era un solo punto de apoyo, si lo pone en otro lado, se revienta. Ahorita lo han quitado porque ha venido otro banco. Querían que les hiciera uno para Alemania.

¿Lo hizo?

No, no, no.

¿Por qué?

Vaya, mira, el Árbol de la Vida que le hice a los judíos, se pusieron locos, vinieron de todas partes a que les hiciera el mismo. No lo hice. Es porque no me repito. Una vez y ya estuvo. Ellos pueden hacer réplicas y venderlas. No copio a nadie. Ni a mí mismo.

¿Qué es lo que más le gusta de su obra?

La iglesia El Rosario, porque allí está plasmada mi idea, está en el aire. La idea que primero se hace tangible por medio del dibujo.

¿Para usted no es algo triste que la obra que más le gusta haya sido una de las primeras que hizo, en su juventud?

No, es que no tuve otra oportunidad. Se burlaban tanto, que yo ya no quise seguir en esto.

¿Se arrepiente de eso?

No, hoy vienen a decirme que yo tenía razón. Mi trabajo lo habían botado. Ahora tienen miedo de encargarme algo porque creen que soy muy caro.

¿Qué es en lo que piensa justo antes de dormir?

Nada, porque si pienso, no duermo. Sufro de insomnio, tomo pastillas para dormir. Pongo la televisión y hago como que estoy dormido, y rezo. Al Divino Niño me encomiendo.

Entonces, en lo que piensa es en el Divino Niño.

Me concentro y le pido por mi esposa, porque, pobrecita, porque lucha conmigo, que soy un inválido. Todo lo que yo hacía lo hace ella. No puede la pobre. Y hay que arreglar la casa, porque quiero hacerla como museo.

¿Piensa en la muerte?

No pienso en eso. En lo único que pienso es en qué va a hacer mi esposa si me muero. No quiero morirme, no quiero dejarla sola. De morirme no tengo miedo. ¿Cuántas veces me han llevado a operarme? Hace poco me operaron en el Seguro. Y cuando terminó, el doctor me agarró del hombro y me dijo “se portó bien, se portó bien”. ¿Qué es portarse bien? Me vino a ver otro doctor, que me lo mandaron las monjitas. Me dijo que no tenía muchas posibilidades, que perdí mucha sangre, pero que era un milagro que yo estuviera bien. Me rajaron desde aquí hasta aquí (dibuja una línea desde la axila izquierda hacia el riñón de ese mismo lado), y con un aparato me abrieron las costillas. Me duele todavía. En ese hoyo, hicieron el corazón para un lado, sacaron el pulmón y le quitaron el cáncer. He estado tan cerca, tan cerca, tan cerca… en la última vez que me operaron, siento que he nacido otra vez. Fue en febrero. Son cinco meses. Y mire, riéndome. Cuando me quitaron el pie, porque me lo quitaron sin decirme…

¿Hace cuánto fue?

En agosto, tengo un año. ¿Qué pasó? A reír me puse. Después de eso me dieron seis reconocimientos. Hasta que me han comprendido. Yo me adelanté mucho. Vienen a reconocerme, fíjese, de Estambul, de India, de Europa, de todas partes. De Estambul, donde está (la catedral de) Santa Sofía. De allí viene un reconocimiento para mí.

¿Ahorita no está yendo a terapia?

No, ahorita no. Otra cosa que tengo mala es que no me puedo quitar el pie, este pie (señala el muñón de la pierna izquierda). Siento que me pegan duro, escapo a llorar. El pie me duele mucho, siento que lo hago así (apuña la mano para ilustrar), dormido. Tenía un uñero que todavía me duele.

¿Siente que todavía tiene el pie?

El cerebro no quiere comprender. Ahorita me está haciendo así, como que palpitara. Pero me tomo una pastilla para apaciguar los nervios. Es un sufrimiento terrible. La columna la tengo dañada.

Cuando sueña, ¿sueña que tiene el pie?

No sueño, muy raras veces sueño. Mire, no vaya a creer que soy un ególatra. Pero no puedo mentir. Además, afuera lo dicen. Mis paisanos no me reconocen, hasta hoy me reconocen. Me dieron una pensión vitalicia, un salario mínimo. ¿Qué voy a hacer con eso? Estoy feliz porque hace poco vendí una escultura, porque con eso compro la prótesis, que son bien caras. La que voy a comprar yo vale $1,700. Cuando venda el caballo voy pagarla, y voy a pagar otras cosas. Porque pagamos cabal los gastos de la casa, con mis ahorros, pero esos poco a poco se van haciendo más pequeños. Al tener el pie tengo que recuperar capital.

¿Es posible que le salga un encargo grande, el que tanto espera?

Creo que sí, porque hoy ya creen en mí. Antes decían que era bueno, pero no me aceptaban. Aunque tarde, mi país ha comenzado a ser justo conmigo.