Aterrizar en El Salvador

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo, sobre todo cuando el que viaja ya no vive ahí. Pero llega el día en que uno se reencuentra con su país y, entonces, empieza un viaje que va más allá de un boleto aéreo.

Después de muchas horas de pasearse entre nubes e infinito, a través de la ventana de un avión, uno alcanza a ver un oasis. Ese lugar tiene nombre: se llama El Salvador.

El primer paso es sobrevolar la costa. Ver desde esa misma ventanita una línea infinita de espuma blanca dando la bienvenida a este paraíso que muy pocos tenemos el placer de haber descubierto es enternecedor.

Casi se puede escuchar, incluso arriba del avión, el sonido de las olas, mientras la brisa del mar mueve disimuladamente las palmeras que conforman un paisaje de esos que parecen sacados de revistas, pero que en nuestro país no son ninguna novedad.

Incluso el cielo cambia de color, parece más celeste, más grande, más lindo.

El volcán de San Salvador le advierte a uno que está a punto de llegar y, para aquellos que tenemos algunos años sin verlo, una sonrisita se nos empieza a dibujar en los labios a medida que El Picacho se eleva en el paisaje.

Si uno pone suficiente atención, empieza a darse cuenta del maravilloso contraste que se forma entre la abundancia de las palmeras ondeantes, el verde de los árboles y la tímida cordillera que se levanta en paralelo a la costa, intercalándose entre nubes y cielo.

Entonces, como para sacarlo a uno del trance, una voz advierte que hay que prepararse para el aterrizaje. “Enderecen sus asientos”, dice, junto a otro discurso inentendible en español y en inglés; las lucecitas de seguridad se encienden, arriba, en el techo del frío avión, y las cosquillitas en el estómago son inevitables: en solo unos minutos volverá uno a sentir aquel calor tan peculiar que solo en este país se experimenta; en solo unos minutos, volverá uno a disfrutar de unas deliciosas pupusas auténticas, con todo y quesito quemado; en solo unos minutos, uno volverá a ver a sus amigos de toda la vida; en solo unos minutos, por fin, uno podrá abrazar a su familia.

El avión ha seguido avanzado y la costa, con su infinita línea de espuma perfecta, queda atrás. Uno siente que empieza a volar sobre una cama de árboles frondosos que reúnen un sinfín de tonos verdes; algunas plantaciones de caña con sus flores blancas que parecen flotar se hacen presentes, atravesadas por una que otra callecita donde pasan carros que parecen de juguete. Uno se acerca cada vez más.

Después de algunos minutos, el avión toca tierra firme y el aeropuerto se hace más grande a medida que la máquina se detiene y uno trata de contener su emoción; pero entonces, aquella voz vuelve a hablar y esta vez dice: “Bienvenidos a El Salvador”.

Ahí es imposible no sentir una alegría inmensa: felicidad mezclada con nostalgia, añoranza e incluso tristeza cuando uno se da cuenta de que se tuvo que ir de ese lugar que tantas emociones le provoca. Yo creo que más de alguno intenta dominar las lágrimas, porque es profundamente movilizador volver al país que uno tanto quiere.

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo, pero no solo para la vista, sino para el corazón.

Elevemos la conversación

Hace unos días, recibí el libro “100 chilenos: una experiencia para volver a confiar”, documento que recoge los resultados de una actividad sin precedentes que busca poner nuevamente sobre la mesa el imprescindible valor de la confianza.
Algunos meses atrás, en este mismo espacio, les conté con mucho entusiasmo sobre la experiencia que viví al ser parte de la actividad “100 Chilenos”: una iniciativa novedosa en la que el Centro de Políticas Públicas de la Universidad Católica buscaba replicar un mini Chile para conversar sobre confianza.

Durante un día completo, 100 personas que representábamos distintos segmentos de la sociedad chilena –en mi caso, a los extranjeros– conversamos y buscamos soluciones prácticas para temas cotidianos y estratégicos, desde la convivencia con los vecinos hasta el sistema de pensiones.

Instancias como esta, dirigidas por instituciones de prestigio, son un valioso aporte social y de construcción de ciudadanía. Además, reflejan una preocupación institucional por temas de fondo, que finalmente son la causa de muchos problemas actuales.

La crisis de confianza no solo afecta a Chile, es un tema global y generalizado a escala individual, social y de países. Por eso, vale la pena detenerse y repensar, de forma conjunta, cómo abordar una crisis que afecta de la manera más profunda las formas de hacer las cosas en todas las escalas.

Por eso, me animo a retomar las palabras de aquella otra columna que recapitulaba lo vivido en “100 Chilenos”. Después de esta inigualable experiencia, solo puedo decir: ¡Qué falta nos hace a los salvadoreños la capacidad de volver a asombrarnos ante los problemas! ¿Dónde quedó nuestra habilidad para sorprendernos y, ante el asombro, reaccionar, actuar para resolver?

Si ya nada nos sorprende, si ya nada nos indigna, la violencia, la pobreza, el tráfico, la corrupción se vuelven normales, se hacen parte de lo esperable. La gran enseñanza de los chilenos es que ellos no han dejado de indignarse ante los grandes problemas del país: saben que las colusiones, los desfalcos, esta crisis de confianza no es lo normal y quieren resolverlo. Eso los ha llevado a buscar alternativas, a generar soluciones, porque no quieren que el problema se agudice.

Sin embargo, parece que para los salvadoreños, vivir en desconfianza es lo normal, ya nada nos sorprende: otro ladrón, otro corrupto, otro asesinato, ¿qué esperabas? Necesitamos repensar nuestra forma de ver las cosas: darnos cuenta de lo que no está bien y volver a sorprendernos, volver a indignarnos.

Dejar de sorprendernos por los problemas, es igual a dejarlos pasar y hacernos del ojo pacho. Solo esa chispa de indignación que genera la sorpresa nos permitirá movernos y provocar cambios.

Cuando nuestra clase política empiece a conversar sobre los temas de fondo, tendremos una esperanza. Porque, por ejemplo, volverse analistas del último escándalo familiar de algún político no construye nada más que un apetito por el rumor, la especulación y nada constructivo; que tu bandera de lucha sea cambiar de nombre a la Puerta del Diablo porque incita al mal es igualmente cuestionable y risible. En fin.

Elevemos la conversación. Hay más que suficientes preocupaciones y conflictos profundos por resolver en nuestro país que trascienden el nombre de un risco. Y, como ciudadanos, también tenemos el rol de exigir cierto nivel de profundidad a nuestros políticos.

Para leer sobre “100 chilenos”, pueden visitar el sitio web http://politicaspublicas.uc.cl

Una vida sin políticos

Después de septiembre, se acaba el año, es irremediable. Entonces uno empieza a hacer el recuento de todas aquellas promesas que se hizo hace casi 10 meses y que probablemente no ha cumplido: bajar de peso, dejar de fumar, ahorrar, tomar más agua, en fin…

Lo relevante aquí, más allá de todos esos buenos propósitos, es que está a punto de terminar otro año y debemos revisar aquellas promesas de campaña que nuestros políticos de turno realizaron en su momento. ¿Las recuerda? Probablemente no. Yo tampoco. Si las recuerda y les ha dado seguimiento, ¡lo felicito!, ¡lo admiro! Necesitamos más gente así.

Y es que eso es parte del truco: que pase el tiempo, los meses, los años. Y entonces, hacer recuentos con una que otra cifra, de vez en cuando, para dejarnos contentos y que parezca que hay avances ¿y luego? Nada. Luego pasa el año y todo sigue igual. Y por eso terminamos cuestionándonos de qué sirve ir a votar, si todos son iguales, si las promesas no se cumplen —o se cumplen a medias—, si al final del día, es la misma cosa con una bandera distinta.

Además, estamos demasiado ocupados con nuestras vidas, con el trabajo, la universidad, la familia, el tráfico, las cuentas y el jefe como para estar pensando —además— en qué están haciendo los políticos. ¡Cómo si no tuviéramos suficiente con nuestros propios temas!

Pero entonces, empieza la época electoral y ¡ahí sí! Todos los candidatos quieren ser nuestros amigos. Los vemos hasta en la sopa, gastan millonadas en propaganda, nos llaman a la casa, bailan en los mercados, comen pupusas, chinean bebés y abrazan viejitos.

No estoy diciendo nada que los sorprenda, lo sé. Simplemente estoy retratando lo que ya está sucediendo y lo que día a día va a ir incrementando a medida que llegue el momento en que usted se acerque a un centro de votación y dibuje una crucita sobre la cara de su candidato predilecto.

Lo que quiero hacer prevalecer es que dejemos de darle tanta importancia a todo el ruido electoral y nos concentremos en lo que de verdad importa: ¿cómo se han portado aquellos diputados a los que usted entregó su voto? ¿En cuántos madrugones participaron? ¿Ha llegado a la Asamblea o es de los típicos diputados fantasma que solo aparecen cuando hay campaña? ¿Cómo evaluaría el trabajo de su alcalde? ¿Recuerda su plan de gobierno? ¿Ha dado cuenta de su gestión?

Probablemente usted no tenga tiempo para empezar a hacer una investigación exhaustiva de todos estos temas, porque como dije anteriormente: ¡usted tiene una vida! Pero su vida, esa que tanto esfuerzo y trabajo le conlleva se ve inevitablemente afectada por el actuar de los diputados y autoridades locales.

Por eso, sin que se convierta en un peso terrible, poco a poco, mientras llega marzo de 2018 y usted se vuelve a replantear los propósitos de año nuevo, vaya poniéndole atención a las noticias de los diputados de su circunscripción, visite de vez en cuando el sitio web de la Asamblea Legislativa y de su alcaldía, casi por curiosidad.

Si poco a poco, como salvadoreños, vamos construyendo una cultura más estricta con nuestras autoridades, las autoridades van a empezar a ser menos descuidadas, porque sabrán que están siendo fiscalizadas.

¿O es muy utópico lo que estoy diciendo?

Santiago y sus migrantes

La inmigración está cambiando el rostro de Chile. Aunque inicialmente fueron los colombianos quienes por su cercanía geográfica empezaron a llegar a la tierra de Neruda, actualmente ya no son el único referente migratorio para Chile. Haitianos, venezolanos, argentinos y españoles, por mencionar algunos, se escuchan en las calles de manera frecuente.

El fenómeno migratorio ha tenido un significativo aumento en los últimos tres años y ha sido evidente, no solo en las estadísticas nacionales, sino también en el día a día. Anteriormente, los chilenos se sorprendían e interesaban cuando escuchaban un acento distinto al propio. Ahora, aunque sin pasar inadvertidos, los extranjeros nos hemos ido incorporando a la dinámica diaria del país.

Sin embargo esta rápida explosión de inmigrantes ha implicado un choque cultural que nadie esperaba: los chilenos están en un proceso constante de integración y aceptación de las nuevas costumbres y características que inevitablemente implica la migración; y los extranjeros necesitan obligadamente aprender una nueva cultura y, al mismo tiempo, ir incorporando su propio conjunto de normas, rituales y creencias, manteniendo el delicado equilibrio entre lo propio y lo ajeno.

Recientemente, en una conversación que entablé con una funcionaria municipal de una de las comunas más tradicionales de Santiago, me comentaba que la oficina de asuntos laborales ha debido reformular sus funciones y asesoría, ya que ahora, quienes más uso hacen del servicio municipal son los inmigrantes. No es que estos tengan una formación educativa deficiente o escasa, sino que se enfrentan a desafíos con su estatus migratorio y el desconocimiento de los procedimientos que una búsqueda laboral implican.

El hecho de que una oficina municipal esté redirigiendo sus esfuerzos hacia un grupo diferente de la población es una potente señal de cómo está cambiando la dinámica social a raíz de la migración. De igual forma, la demanda ha crecido de tal manera que los plazos para los trámites usuales de solicitud de visas han aumentado de manera considerable.

 

Sin ánimo de generalizar –ya que las circunstancias de quienes llegan al país no son todas iguales–, el fenómeno migratorio que específicamente la ciudad de Santiago está experimentando incluso ha favorecido una transformación del mercado inmobiliario, generando un repentino auge en las construcciones de gigantescos complejos de departamentos, a los cuales se ha llamado guetos verticales.

Estos han sido muy criticados porque, a juicio de los expertos, promueven el hacinamiento e irrumpen con el paisaje, transformando las dinámicas urbanas de barrios históricamente reconocidos por sus casas.

Por otra parte, los inmigrantes de países caribeños están incorporando también una característica que hasta hace unos cuantos años atrás, como en El Salvador, tampoco era usual en Chile: la raza de color. Esto genera una suerte de ambiente más globalizado e inclusivo, ¡como debería ser! En donde la convivencia entre distintas razas pasa a ser la normalidad.

Estas son solo algunas de las transformaciones más evidentes que está experimentado Chile y, específicamente, Santiago a raíz del fenómeno migratorio.

Vivir este proceso como parte del grupo de extranjeros que eligieron a Chile como nuevo domicilio es una experiencia muy interesante y de la cual rescato muchos aprendizajes, pero, sobre todo, la importancia de incorporar de manera armónica las distintas culturas que convergen en un país distinto al propio. Y, por otra parte, cómo la inmigración promueve la deshomogeneización dinamizando la cultura de un país.

Que soplen nuevos vientos

Constantemente he comentado en este valioso espacio de opinión, que no me siento representada por ninguno de los partidos políticos salvadoreños. ¿Por qué? Pues porque me da la sensación de que las dos principales fuerzas partidarias del país, en lugar de ser serios, se pelean por comprobar cuál es más retrógrado o menos consecuente, y la vida se nos va en leer sobre escándalos ridículos, cadenas nacionales, inasistencias a las plenarias o decisiones cuestionables.

Probablemente llego tarde a esta conversación, pero está bien, porque creo que es un tema que no debe perder vigencia y en torno al cual vale la pena continuar hablando: que las vacaciones no nos aparten de lo importante.

Me refiero al reciente episodio en el que una muy preparada joven precandidata a diputada suplente por el partido tricolor fue excluida del listado. Esta expulsión no se debió a una falta de idoneidad para el cargo –porque Aída Betancourt cuenta con un currículum envidiable–, esta negativa se debió a que Aída, que ha cultivado una opinión crítica, ha manifestado desacuerdos con el partido ARENA.

Es decir, un partido que durante años se ha enfrentado a una dura crisis de liderazgos, que pide a gritos una renovación, o al menos, atisbos de nuevos aires y personajes que resulten esperanzadores, decide descartar a una precandidata que además de encarnar esta posibilidad, cuenta con la preparación, las agallas y la disposición para entrar en el mundo político.

¿Es acaso un autoboicot? ¿Es acaso que ARENA tiene la necesidad de demostrar que no hay ninguna expectativa por renovarse, por cambiar la forma de hacer política, por ser mejores?

Si ARENA no demuestra algún ánimo por la autocrítica, por evaluar cómo están haciendo las cosas y cuáles son sus posibilidades de mejorar, únicamente seguirán construyendo el camino hacia la decadencia.

Y este camino no ha sido construido únicamente por el partido opositor. El FMLN también se esfuerza por demostrar una y otra vez esta suerte de surrealismo mágico, en el que todo está bien y El Salvador es incluso un poco mejor que la isla de la fantasía.

El país se encuentra dividido entre dos fuerzas políticas que no ofrecen ninguna propuesta convincente y, mientras tanto, los ciudadanos parece que nos hemos acomodado a la mediocridad de lo que hay: dos partidos retrógrados y adormecidos por la falta de propuestas convincentes con liderazgos creíbles.

¿O no?

Fue interesante ver, durante ese par de días que duró el escándalo, cómo fueron surgiendo diversidad de opiniones lamentando el incidente. Eso significa que hay una suerte de compromiso, o al menos de preocupación, desde algunos sectores que vieron cómo se excluía sin miramientos un perfil idóneo para incorporarse a la Asamblea Legislativa; y al mismo tiempo, que hay voces dispuestas a cuestionar a las cúpulas de los partidos históricos de nuestro país.

No se trata de causar más divisiones o de continuar polarizando la situación, se trata de tener claro que existe una necesidad evidente de renovación y de propuestas políticas dirigidas a un segmento de la población que no está conforme con los partidos actuales.

Por otra parte, esta columna es una invitación a ARENA para que no vea a la crítica como un enemigo, sino como una oportunidad. Dejen de hacer oídos sordos a la imperante necesidad de renovación en sus filas.

Un tema curioso

Cuando un chileno descubre que tu país de origen es El Salvador, hay tres caminos posibles. El primero, que se pregunte dónde queda eso; el segundo, que su mente viaje rápidamente a playa, sol y, por tanto, caribe (aunque El Salvador, en rigor, es trópico); el tercero, más común en aquellos que están más informados, surge la inquietud sobre las pandillas.

Puede que inicialmente naveguen por lo fácil: la playa, el clima. Y entonces, lanzan la pregunta. Algo así como: “¿Y es cierto que en esos países hay una especie de grupos delincuenciales que son terribles?” Dudan un poco. “Maras, parece que les dicen. Sí, Mara Salvatrucha”.

La pregunta siempre está cargada de curiosidad, suele ser formulada con cuidado y con un dejo de duda sobre la real existencia de estos delincuentes, porque de esos no hay en Chile, de esos solo se ven en los periódicos. Es ahí cuando hacen referencia a algún reportaje o a alguna noticia internacional, un titular sobre asesinatos macabros. Y los tatuajes, no pueden faltar los tatuajes: “Parece que están todos tatuados, hasta la cara. ¿Has visto alguno?”

Entonces, uno tiene que mantener la calma y decidir si poner cara de serio y profundizar en el asunto o tomárselo con ligereza y cambiar de tema. Es incómodo. O al menos, para mí lo es. Y después de cuatro años, cada vez que me preguntan sobre “las pandillas”, aún no sé cómo reaccionar, más allá de la confirmación sobre su existencia, los tatuajes y todo eso.

En algunos países, Chile incluido, las maras han alcanzado un estatus mítico, un casi surrealismo. Se escuchan historias, se leen noticias, pero siempre cabe la duda. “¿Será cierto? Los medios inventan cada cosa”, como si se tratara del chupacabras.

Es doloroso que parte del legado de tu país y su imagen en el extranjero estén vinculados casi automáticamente a las pandillas, cuando hay tanta riqueza cultural entre el resto de gente que también vive en El Salvador.

Las pandillas han logrado que otros países dejen de mirar otros temas importantes sobre nuestra realidad: la pobreza, la deficiente educación, el deficiente sistema de salud. Todo eso queda en un segundo plano, cuando también son temas primordiales. Pero lo que genera curiosidad es la violencia, son las maras con sus tatuajes y sus rituales de iniciación, “porque he leído que tienen que violar a mujeres o matar a alguien para poder entrar”.

Sería ridículo, absurdo e irresponsable asumir demencia o negar todos los datos que tu interlocutor te provee sobre estos personajes de película. Entonces uno tiene que entrar al cuidadoso discurso del equilibrio, entre corroborar la realidad, sin restarle importancia, pero al mismo tiempo insertar en la conversación atributos positivos, como la belleza natural, el eterno verano, la gente trabajadora y las pupusas. Las pupusas nunca fallan.

Aunque parece que la sombra de las maras nos persigue mundialmente, estos grupos no nos definen como país ni como salvadoreños. Hay muchísimo más. El Salvador es más y mejor que los grupos delincuenciales cuyos reportajes atraviesan fronteras. Son parte de nuestra realidad, sí, no podemos negarlo y debemos afrontarlo. Pero tampoco podemos permitir que hagan desaparecer lo bueno de llamarnos salvadoreños.

Mientras tanto, tengo que aprender a disimular la incomodidad cada vez que me enfrento a la pregunta de rigor.

La (in)seguridad de confiar

Últimamente escucho por todas partes el término “colaborativo”. Es una especie de bonita descripción que está de moda para ponerle como apellido a casi todo. Buscando información al respecto, di con un artículo –no muy nuevo– titulado “El boom del consumo colaborativo”, publicado por Carlos Fresneda en www.elmundo.es

El artículo habla sobre la rápida expansión de opciones colaborativas para gran diversidad de actividades que van desde el turismo, con Airbnb; transporte, con Uber; financiamiento, con Crowndfunding; hasta trabajo, con Coworking, por mencionar algunas.

Este tipo de “economía compartida” o “consumo colaborativo” está asociado al auge de la conectividad a través de los teléfonos inteligentes y a la búsqueda de intercambios comerciales de persona a persona que resulten menos costosos y más eficientes.

La tendencia apunta hacia nuevos modelos económicos que privilegien la colaboración y el intercambio, generando formas novedosas de ganar dinero y, al mismo tiempo, creando nuevos mercados y diferentes maneras de hacer cosas más bien tradicionales: como ir en taxi o alojarse en un hotel.

Sin embargo, y es aquí donde la cosa se pone interesante, el autor del artículo hace énfasis en que, para que este modelo de consumo sea exitoso, hay un factor clave: la confianza.
Estos intercambios colaborativos están basados en un voto de confianza entre usuarios. Por ejemplo, en el caso de Airbnb, el turista “confía” en que el arrendatario cumplirá con la promesa realizada y recibirá los productos y servicios acordados, por el precio definido. Es casi como volver a lo básico: yo te digo la verdad y tú me crees.

No se trata de un intercambio con una gran empresa o con una razón social. Se trata de intercambios entre personas comunes y corrientes que hacen un voto de confianza que le permite al sistema funcionar.

Yendo a terreno nacional y con un ejemplo concreto, Uber ha llegado a El Salvador. Este polémico nuevo estilo de transporte que en otros países existe hace años, en El Salvador se ha tardado mucho en aparecer y no dejó de levantar dudas y miedos con respecto a temas de seguridad.

Y es que, gracias a la inseguridad y violencia que se vive en nuestro país, es difícil confiar en subirte al carro de un desconocido. Y una vez más, como mensaje recurrente en mis columnas, insisto en cómo la violencia modifica de manera trascendental la forma en que suceden las cosas. En un país no violento, los problemas de Uber tienen que ver con la legalidad del servicio, pero no con temas de confianza/seguridad.

La confianza es un tema transversal a las personas y a las instituciones que, en países con altos índices de violencia como el nuestro, se vuelve un valor difícil de encontrar. Desconfiar se transforma casi en una forma de supervivencia: confiar puede ser peligroso.

Por tanto, esta gravísima crisis de confianza por la que atravesamos, alentada por las circunstancias violentas que nos rodean, limitan enormemente el desarrollo de nuestro país, colocando barreras de entrada casi infranqueables para la innovación, como el caso de esta nueva tendencia en consumo colaborativo.

Entonces, como conclusión, es inmensamente relevante trabajar en temas de seguridad y disminución de los índices de delincuencia para recién ahí empezar un importante camino hacia la reconstrucción de la confianza que nos permita, como fin último, vivir en libertad.

El país que viene: jóvenes en el extranjero

Hace algunas semanas fue el lanzamiento del segundo libro “El País Que Viene: Jóvenes en el extranjero”, editado por Diego Echegoyén y coescrito por 60 jóvenes que ahora residen fuera de El Salvador.

Tuve el honor de engrosar las listas de esta gran iniciativa con un texto en el que plasmo, de la forma más amena que pude, mi experiencia como residente en el extranjero -en Chile, para ser exacta-. Así como yo, otros 59 jóvenes de los más diversos contextos, profesiones, pasiones y países, cuentan sus historias de vida, de cómo llegaron a los lugares donde hoy residen y por qué vale la pena ser de El Salvador, aunque no vivan en sus tierras.

Tengo que admitir que, cuando fui invitada a participar en el proceso, tuve muchas dudas: ¿por qué yo?, ¿mi historia es acaso relevante para alguien?, ¿qué objetivos persigue esta publicación?, ¿quiénes más participan?, ¿para qué?, ¿debería?

Poco a poco me fui enterando de otros jóvenes cercanos a mí que también habían sido invitados a participar, lo que me fue generando confianza en el proyecto; pero, además, me enteré que una persona me había nominado. Fue ahí cuando tomé la determinación de participar. El gesto de confiar en mí, nominándome, me hizo darme cuenta de lo que genera una iniciativa como esta: promover el orgullo de ser salvadoreño.

Las 60 historias que este libro recoge hacen un maravilloso recorrido por las vidas de personas comunes y corrientes, como yo, que por alguna razón u otra, no viven en El Salvador. Las distintas visiones de cada uno enriquecen de manera excepcional lo que significa ser salvadoreño y, lo más importante, nos permiten reunirnos en torno a un tema común, que se construye a partir de la pluralidad.
Eso fue precisamente lo que ocurrió durante la presentación del libro. Fue particularmente gratificante ver a personajes y autoridades de distintos partidos políticos e instituciones coincidir y convivir en torno a un mismo objetivo. Cada uno pasó al podio a contar parte de su historia, relatándola con orgullo y pasión, recordando cómo habían llegado a estar donde ese día se encontraban. El vicepresidente relató sus jornadas en las montañas y cómo sus ideales lo habían llevado, 20 años después, hasta el Ejecutivo; a su vez, y en un contraste que me pareció maravilloso, la exministra de relaciones exteriores, María Eugenia Brizuela de Ávila, contó cómo su viaje a Europa para aprender de historia y artes no logró disuadirla de convertirse en la primer abogado mujer en su familia.

Es tan importante saber apreciar la riqueza de la diversidad y, conociéndola, respetarla. La historia de cada uno nos hace particularmente distintos, y darle la oportunidad al otro de contarnos de dónde viene nos permite ampliar nuestros puntos de vista y encontrar esos puntos de encuentro que nos permiten empujar hacia un mismo objetivo: El Salvador. Les recomiendo que, con estas palabras en mente, busquen un ejemplar de este libro inspirador, lo lean junto a un buen café y, entre esas páginas, reconozcamos la riqueza de la diversidad, representada en las historias de 60 personas que han dispuesto convertirse en pequeños muestrarios de El Salvador en muchos rincones del mundo. Pero, sobre todo, a sentirnos orgullosos de nuestras propias historias y a convertirlas siempre en puntos de encuentro, de coincidencia; porque de divisiones ya fue suficiente.