Dime qué planeas y te diré si tienes mi voto

Latinoamérica está experimentando un cambio político. Estos cambios a escala de jefes de Estado han sido impulsados por una suerte de cansancio generalizado de los gobiernos que los han antecedido. Los cuales no han llenado las expectativas de los ciudadanos.

Podríamos decir que en 2015 Argentina inició con este cambio político con el derechista Mauricio Macri, quien vino a sentarse en el sillón presidencial luego de años de gobierno de una debilitada dinastía kirchnerista, liderada, en su última fase, por Cristina Fernández, con una tendencia, más bien, de izquierda.

En Chile, un caso menos radical, Sebastián Piñera asumió su segundo mandato después de una sana alternancia con Michelle Bachelet, una gobernante más asociada a las políticas sociales. Piñera, un empresario con una amplia carrera política, se ubica en el espectro de las derechas.

Brasil, por otra parte, un país que por años se distinguió por su orientación a las izquierdas y una fuerte vocación social, pasó de estar gobernado por una Vilma Rousseff –que a pesar de los escándalos se mantenía en el liderazgo político–, a un Jair Bolsonaro, un exmilitar sin rasgo alguno de izquierdista. Ahora, la máxima autoridad del gigante suramericano es un personaje de ultraderecha que pasa de polémica en polémica por sus pronunciamientos sobre el matrimonio gay, los indígenas, la inmigración y otros.

En México, Andrés Manuel López Obrador, AMLO, finalmente llegó al Ejecutivo. Esto en medio de una masiva celebración entre sus adeptos, quienes ven en este recién electo gobernante un nuevo aire que, luego de años de liderazgos de derecha en un país lleno de desigualdades, pueda resolver las complejas dinámicas sociales, económicas y de seguridad que aquejan a los mexicanos.

En unas semanas, El Salvador también decidirá quién será su nuevo gobernante. Y es importante recordar que nosotros también hemos estado bajo un gobierno de izquierda durante varios períodos. ¿Seguiremos la tendencia latinoamericana de cambio?

Además de la evidente necesidad de alternancia y más allá de la tendencia de los políticos en contienda es importante reflexionar sobre sus propuestas. ¿Por qué entregar su voto a uno o a otro? Para resolver esa pregunta los planes de gobierno son clave.

A semanas de las elecciones, en internet, usted puede tener acceso a los planes que los diferentes partidos tienen para su período en el poder, si visita los siguientes links:

Puede que resulte poco atractivo sentarse a leer 4 propuestas supuestamente maravillosas que van a convertir a El Salvador en la panacea, lo sé. Lo entiendo, ¡pero es importante!

Entonces, le pido que reflexione sobre lo siguiente: si usted lee y analiza estas propuestas, va a estar tomando una decisión informada, porque merece saber qué pretenden hacer los candidatos con el país durante cinco años, más allá de lo que dice la agotadora propaganda. Porque su voto es valioso y no hay que tomárselo a la ligera, ni entregarlo porque sí, “porque siempre he votado por los mismos”, ni porque “ni modo”.

Usted es capaz de analizar estos planes de gobierno y tomar sus propias decisiones, ir más allá de lo que dice Facebook, el noticiero de la noche, sus amigos, su familia o la tradición.

Tómese el tiempo para analizar qué dice cada uno y hagamos de estas elecciones un proceso más profundo que un simple cambio de gobierno.

¿En qué terminó?

Ahora que estamos cerrando 2018, creo que vale la pena hacer un símil acerca de cómo vamos cerrando los temas o proyectos relevantes en nuestro país.

Durante 2018 se desató una crisis ambiental de amplias magnitudes en una localidad costera chilena. Quintero, el lugar afectado, es una zona industrial con decenas de empresas que operan desde hace años en diferentes rubros. Los episodios de contaminación afectaron a cientos de personas, en su mayoría niños, que repletaron los centros asistenciales con síntomas como vómitos, mareos, fuertes dolores de cabeza y desmayos.

Las empresas aseguran estar operando de acuerdo con los límites legales. Los entes fiscalizadores continúan realizando investigaciones, pero aún no hay una respuesta clara. Los episodios críticos se detuvieron y esto logró que los que estábamos siguiendo la noticia dejáramos un poco de lado el drama de Quintero. Sin embargo, estoy segura de que cuando los resultados de las investigaciones salgan a la luz, los responsables serán –por lo menos– llevados ante la ley, debido a todo el escrutinio social y político que el caso ha generado.

Traigo este caso a colación y lo vinculo a la realidad de nuestro país porque es un caso inconcluso. El responsable aún no ha sido descubierto, pero se están realizando los procedimientos respectivos para que el problema no se vuelva a repetir.

¿Cuántos casos inconclusos existen en nuestro país? No digo solo en términos de contaminación, sino en tantos otros aspectos relevantes: proyectos en educación, en salud, en seguridad, en medio ambiente, en vivienda, etc. Y de los cuales, además, desconocemos, porque no han tenido la cobertura mediática para hacerlos de conocimiento público.

La prensa juega un papel muy relevante a la hora de difundir o darle pantalla a algunos temas sobre otros. Así como, también, es tomadora de decisión a la hora de dar o quitar tribuna a las historias, al margen de su final. ¿Cuántas noticias se han quedado a medio camino porque aparece una historia nueva?

Al final del día, esto es un reflejo de la era de la información. Una era que nos obliga a vivir bombardeados por noticias que van perdiendo relevancia, porque surge otra más novedosa. Y, finalmente, el seguimiento a los temas se diluye, dándonos solo pinceladas de lo que ocurre, pero sin profundizar en el contenido.

La reflexión es, entonces, que aprendamos a ser un país que le da seguimiento a sus temas más prioritarios. La invitación es a que no nos dejemos llevar por la ola informativa; para que no se convierta en una avalancha de titulares sin profundidad ni seguimiento. Y, también, a que no perdamos de vista lo importante por lo urgente.

Marshall McLuhan sostenía que tener un punto de vista sería imposible en nuestra era: “Un punto de vista significa una posición estática y fija, no se puede tener una posición estática fija en la era electrónica. Es imposible tener un punto de vista en la era electrónica y además significado: hay que estar en todos lados al mismo tiempo –ya sea que te guste o no–. Hay que estar participando en todo lo que sucede, al mismo tiempo. Y ese no es un punto de vista”.

Hará la diferencia aquel líder que esté participando en todo lo que sucede, sin perder de vista lo importante y cerrando, exitosamente, sus proyectos.

La brújula política: el test

Cada cierto tiempo, me parece relevante traer a colación este test online llamado “Brújula política”. ¿De qué se trata? Básicamente, es una forma de diagnosticar nuestra personalidad política. ¿Por qué es importante? Porque en un país tan polarizado como el nuestro, en el que crecemos con un limitado espectro de posturas políticas y con elecciones a la vuelta de la esquina, es importante hacer una autoevaluación de qué es realmente importante para cada uno a nivel ideológico.

Aunque el bipartidismo salvadoreño ha pasado de ARENA-FMLN a ser ARENA-GANA, es importante reconocer que existe una amplitud ideológica a la que estos partidos -o candidatos- no responden. Es decir, hay escalas de grises entre izquierda y derecha. ¿Cómo podemos reconocerlas? ¿Cómo saber con cuál nos identificamos?

Al hablar de posturas ideológicas, en los últimos años, nuestro país ha estado debatiéndose casi exclusivamente entre la derecha y la izquierda. Los centros difícilmente han encontrado un nicho. Hemos estado casi obligados a decidir si somos de derecha o de izquierda, a menos que prefiramos ignorar el panorama político y nunca preguntarnos qué hay más allá de estas dos posturas.

Es posible que, aunque estemos seguros a qué lado pertenecemos, nos hayamos encontrado alguna vez en desacuerdo con alguna propuesta o simplemente que no nos guste ninguna postura. El desinterés de muchos jóvenes en la política tiene que ver con la poca o nula identificación con los ideales de los partidos más reconocidos del país, así como también con su falta de representatividad.

Es momento, entonces, de evaluar y ser críticos ante las antiguas derecha e izquierda y las nuevas propuestas políticas. Varias décadas han pasado ya desde que se establecieron los principales conceptos de estos extremos en la Asamblea Nacional Francesa de 1789, y los cambios que se han dado desde entonces nos obligan a analizar su vigencia, incorporando la dimensión social, además de la económica.

El sitio web www.politicalcompass.org/test/es nos guía, mediante un cuestionario en español, en la misión de establecer con claridad dónde pertenecemos realmente. El test que ahí se presenta combina la escala política con la escala social. Fue creado entre un periodista político y un académico de historia social con el objetivo de ayudar a las nuevas generaciones a formarnos una mejor idea de dónde estamos situados políticamente, así como a reconocer la clase de políticos a los que apoyamos.

En el plano personal, los resultados que obtuve fueron esclarecedores; sin embargo, también me demostraron que no existe ninguna propuesta política en El Salvador que persiga los ideales con los que me identifico. ¿Seré la única?

Ya sea por simple curiosidad, como forma de confirmar su actual postura o para descubrir con cuál comulga, hacer este ejercicio es una forma de colocarse ante cuestionamientos de tipo político y también moral. A la larga, saber cuál es nuestra perspectiva político-social nos permitirá comprender mejor qué es lo que esperamos de los políticos y, por tanto, qué es lo que debemos exigir y cuál debe ser nuestro compromiso como ciudadanos.

El llamado, además de identificar nuestra postura política, es para cuestionarnos ¿cuáles son los ideales que nos motivan? ¿Por qué simpatizamos con esos ideales? ¿Los partidos políticos de nuestro país nos ofrecen una plataforma con la que identificarnos? Si la respuesta a esta última pregunta es negativa, hay mucho trabajo por hacer.

Líderes del verbo, ¿qué proponen?

Inocentemente, hace algunos años, yo me preguntaba: “¿Dónde están los próximos líderes políticos de El Salvador?” en un escrito titulado “Líderes, del verbo no hay”.

En aquel entonces, hace unos siete años, más o menos, me senté frente a una computadora –como lo hago ahora– y me cuestioné a través de una columna como esta, si acaso había nuevos rostros dispuestos a irrumpir en la política salvadoreña. En aquel entonces, aún no se vislumbraba el escenario actual, en donde dos candidatos jóvenes se toman las presidenciales.

Además, en esa misma columna, me atreví a soñar que ojalá esos nuevos rostros estuvieran lejos y descontaminados de las estructuras de ARENA y del FMLN, porque consideraba que era importante que estos líderes jóvenes surgieran de un contexto menos convencional; quizá como un intento por despolarizar el espectro político del momento.

En aquel escrito, comparaba el escenario salvadoreño con las realidades de otros países donde se asomaban personajes con madera de dirigentes. Por ejemplo, hablaba de los incipientes liderazgos juveniles en Chile, catapultados al mundo de la política por un movimiento estudiantil masivo que exigía educación gratuita y de calidad. Actualmente, algunos de ellos como Camila Vallejos y Gabriel Boric ocupan puestos legislativos. Otro de aquellos jovencitos es el actual alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp. Es decir, siguen teniendo una importante participación política.

Hoy no puedo negar que –efectivamente– han surgido nuevos rostros desde aquel día en que me pregunté “¿Qué pasa con los líderes en El Salvador?”. Los actuales candidatos presidenciales de ARENA y de –oh sorpresa– GANA son personajes que no podemos describir como viejos: reflejan modernidad, energía, entusiasmo, carisma, ganas de hacer bien las cosas.

Si bien, mi sueño de la despolarización no se ha llegado a concretar, al menos sí es posible decir que ambos candidatos han estado someramente alejados de las estructuras partidarias tradicionales. Y como bien dicen por ahí: todo jinete necesita un caballo.

La pregunta, entonces, se ha transformado y ha dejado de ser ¿dónde están los nuevos líderes políticos de El Salvador?, para convertirse en varios cuestionamientos más: ¿Qué proponen los nuevos líderes de la política en El Salvador? ¿Qué buscamos los salvadoreños en nuestros líderes? ¿Qué estamos dispuestos a exigir? ¿Cómo es la nueva generación de electores?

Aprovechemos esta nueva oleada de candidatos y usémosla, en primer lugar, para ejercer nuestro derecho al voto y hacer valer la democracia en la que vivimos. Por otra parte, usemos este escenario de competencia electoral como plataforma para aprender a ser mejores ciudadanos: más exigentes, más cuestionadores, menos polarizados, y sobre todo, menos fanatizados.

Aún estamos en plena campaña, por tanto, aún hay tiempo para que los candidatos demuestren que estos líderes estén al nivel de los retos, las exigencias y las expectativas que todo un país tiene, tomando en cuenta que son los representantes de una nueva generación política que está cansada de una tradición de derechas e izquierdas que requiere actualizarse.

No

En Chile se conmemoran los 30 años del icónico plebiscito en el que ganó el no. Un no que puso término a un período de la historia del país que aún genera incomodidad; un no que puso fin a la dictadura de Augusto Pinochet. Un no que redefinió la historia de Chile para siempre. Un no que aún resuena con felicidad entre millones de habitantes de este largo y angosto país al Sur de América.

Después de tres décadas, la historia de Chile sigue y estará por siempre marcada por el período de la dictadura, o del gobierno militar, como algunos prefieren llamarle. El general Pinochet también será por siempre una figura polémica: admirada por algunos y repudiada por otros tantos. Lo cierto es que fue una persona que se mantuvo en el poder durante 17 años en un país que exigía democracia y justicia para los miles de detenidos y desaparecidos.

El no fue una instancia histórica que requirió vencer miedos individuales y colectivos. Son los mismos que nos siguen recordando que ni las derechas ni las izquierdas están libres de culpas, porque las dictaduras no tienen ideologías.

Otro de los aspectos que me gustaría resaltar de esta hazaña chilena -además del éxito de la campaña del no que forma parte de los hitos comunicacionales de la historia política latinoamericana– es la lección que nos entrega a las actuales generaciones sobre la importancia de votar.

El no es un hito histórico que llamó a las urnas a millones de chilenos desacostumbrados a ejercer su derecho ciudadano al voto. Acudieron de forma masiva a las urnas para expresarse democráticamente ante una dictadura militar que había permanecido en el poder durante ya 15 años.

Cuando nos encontramos ad portas de iniciar un proceso electoral, bajo un contexto mucho menos adverso que el de aquel entonces en el país suramericano, creo que también es valiosísimo para nuestro país reflexionar en torno del peso y la relevancia que tiene hacer valer nuestro voto.

Siempre hay un aprendizaje detrás de cada historia. Y, en este caso, además del triunfo de una campaña que debía generar alegría en torno del no, es el de considerar que nuestros derechos en democracia no son una garantía. Hay que hacer uso de ellos, hay que exigirlos, no darlos por sentados y hacerlos valer. Votemos, porque podemos hacerlo, porque debemos hacerlo.

La reflexión es, entonces, aprender a valorar que en nuestro país el derecho al voto se ejerce y se respeta. Por lo mismo, debemos darle la relevancia que se merece y aprovechar estas instancias.

Nuestra generación da por sentada la democracia. Asume que las cosas funcionan así y que el voto es indiscutible. Sin embargo, no es necesario ir muy lejos en la historia, ni en el mapa, para darnos cuenta de que las dictaduras son reales y que el voto no es un derecho que se practica universalmente.

Que el triunfo del no sea un ejemplo para todos, tanto para celebrar la libertad como para reconocer el valor de la democracia y las elecciones libres y confiables.

Mientras tanto, evaluemos bien a los candidatos y asegurémonos de entregarle el poder al más idóneo. Hoy por hoy, todos estarán luchando por esa crucita que los hará llegar a gobernar el país y que seguramente definirá la historia de nuestro país.

Sobre la innovación abierta

La innovación es usualmente un concepto muy bien ponderado. Los innovadores son requeridos por las empresas y las organizaciones porque están llamados a cambiar la forma de hacer las cosas: a mejorarlas y generar buenos resultados rápido y, usualmente, a menor costo.

Aunque ya no es un término nuevo, la innovación sigue siendo un requisito infalible a la hora de listar las cualidades de un producto o servicio. Es también parte de lo que los empleadores buscan en un candidato: proactividad, innovación, responsabilidad. Es decir, ser innovador es positivo y va mucho más allá de lo meramente tecnológico, en donde una vez estuvo confinada la innovación.

Para aquellas empresas entre las que la innovación es un factor crítico era usual contar con áreas o departamentos de innovación y desarrollo, usualmente muy herméticas, donde se trabajaban proyectos superespeciales y secretos que cambiarían el rumbo de la organización. Este tipo de innovación, hecho en la empresa y por la empresa, es ahora conocida como “innovación cerrada”.

Actualmente, lo que se entiende por innovación ha experimentado un cambio. Esta evolución seguramente ha sido motivada por el contexto hiperconectado en el que nos encontramos, así como por el auge de la colaboración como metodología de trabajo –otro concepto que me parece muy relevante y que he abordado en algunas columnas anteriores, en este mismo espacio.

Es así como ahora se está hablando sobre “innovación abierta”, una definición desarrollada por Henry Chesbrough, profesor de la Escuela de Negocios Hass de la Universidad de Berkeley, quien explica este proceso como el uso de entradas y salidas intencionales de conocimiento para acelerar la innovación interna y expandir los mercados para el uso externo de la innovación.

Es decir, aprovechando un contexto en el que la colaboración, la especialización y la globalización están a la orden del día, las empresas buscan fuera de sus organizaciones el conocimiento para dar solución a problemáticas internas que les permitan generar mejoras, como primer paso. Y luego, estas ideas se prueban –también- con agentes externos que les permitan comprobar si las alternativas planteadas funcionan.

Tal como lo explica Club de Innovación (una organización chilena que se dedica a fomentar la innovación corporativa), como estrategia, la innovación abierta implica que una organización no busca depender solo de su propia experiencia y recursos para innovar (ya sea en nuevos productos y servicios, modelos de negocio, procesos), al contrario: recurre a múltiples fuentes externas para impulsar la innovación, usando, por ejemplo, la retroalimentación de sus clientes y la participación con otras empresas.

En Chile, se ha generado un especial interés por el desarrollo, tanto conceptual como aplicado, de metodologías en innovación. Existen incluso maestrías en esta materia que buscan formar a profesionales que puedan aplicar esta nueva forma de pensar de manera transversal en las empresas y organizaciones.

También existen aceleradoras de innovación, que se implantan en las organizaciones generando cambios estructurales, convocando a la colaboración con otras organizaciones y olvidándose del hermetismo anterior con el que se manejaban estos temas.

Por tanto, la innovación abierta se convierte en una gran oportunidad para los profesionales actuales: como campo de aplicación relevante para la transformación de las organizaciones, para la generación de redes colaborativas y como una forma de repensar cómo estamos haciendo las cosas en un contexto como el actual

La tendencia a desconfiar

La palabra “colaborativo” está de moda. Es una bonita descripción para ponerle como apellido a casi todo: construcción colaborativa, alianza colaborativa, búsqueda colaborativa… Quise tener más información al respecto y di con un artículo –no muy nuevo– titulado “El boom del consumo colaborativo”, publicado por Carlos Fresneda en www.elmundo.es

El artículo habla sobre la rápida expansión de opciones colaborativas para gran diversidad de actividades que van desde el turismo, con Airbnb; transporte, con Uber; financiamiento, con Crowndfunding; trabajo, con Coworking; por mencionar algunas.

Este tipo de “economía compartida” o “consumo colaborativo” está asociado al auge de la conectividad a través de los teléfonos inteligentes y a la búsqueda de intercambios comerciales de persona a persona que resulten menos costosos y más eficientes.

La tendencia apunta hacia nuevos modelos económicos que privilegien la colaboración y el intercambio, generando formas novedosas de ganar dinero y, al mismo tiempo, creando nuevos mercados y diferentes maneras de hacer cosas más bien tradicionales: como ir en taxi o alojarse en un hotel.

Sin embargo, y es aquí donde la cosa se pone interesante, el autor del artículo hace énfasis en que, para que este modelo de consumo sea exitoso, hay un factor clave: la confianza.

Estos intercambios colaborativos están basados en un voto de confianza entre usuarios. Por ejemplo, en el caso de Airbnb, el turista “confía” en que el arrendatario cumplirá con la promesa realizada y recibirá los productos y servicios acordados, por el precio definido. Es casi como volver a lo básico: yo te digo la verdad y tú me crees.
No se trata de un intercambio con una gran empresa, o con una razón social. Se trata de intercambios entre personas comunes y corrientes que hacen un voto de confianza que le permite al sistema funcionar.

Yendo a terreno nacional y con un ejemplo concreto, Uber llegó a El Salvador. Este polémico nuevo estilo de transporte, que en otros países existe desde hace años, en El Salvador se ha tardado mucho en aparecer y no dejó de levantar dudas y miedos con respecto a temas de seguridad.

Y es que, gracias a la inseguridad y violencia que se vive en nuestro país, es difícil confiar en subirte al carro de un desconocido. Y una vez más, como mensaje recurrente en mis columnas, insisto en cómo la violencia modifica de manera trascendental la forma en que suceden las cosas. En un país no violento, los problemas de Uber tienen que ver con la legalidad del servicio, pero no con temas de confianza/seguridad.

La confianza es un tema transversal a las personas y a las instituciones que, en países con altos índices de violencia como el nuestro, se vuelve un valor difícil de encontrar. Desconfiar se transforma casi en una forma de supervivencia: confiar puede ser peligroso.

Por tanto, esta gravísima crisis de confianza por la que atravesamos, alentada por las circunstancias violentas que nos rodean, limitan enormemente el desarrollo de nuestro país, colocando barreras de entrada casi infranqueables para la innovación, como el caso de esta nueva tendencia en consumo colaborativo.

Es inmensamente relevante trabajar en temas de seguridad y disminución de los índices de delincuencia para, recién ahí, empezar un importante camino hacia la reconstrucción de la confianza que nos permita, como fin último, vivir en libertad.

Empecemos a hablar de sostenibilidad

La semana pasada se llevó a cabo la Semana de la RSE. Este evento, organizado por FUNDEMAS, se realiza hace ya varios años y se ha convertido en una de las pocas instancias para conversar en torno de temas vinculados con la anteriormente llamada Responsabilidad Social Empresarial.

Resulta, aunque a algunos no les guste mucho, que vivimos en un mundo en el que las empresas son un actor trascendental e importantísimo para la existencia misma. Analice su entorno, vea a su alrededor y se dará cuenta de que es imposible que no esté en contacto con, al menos, un producto o servicio que ofrece, al menos, una empresa.

Eso sí, no son inocuas, han causado muchísimos impactos –positivos y negativos– desde que iniciaron su misión transaccional hace tantísimos años. Y, poco a poco, las personas naturales se han ido percatando de que este accionar –independiente del tamaño de la empresa– tiene consecuencias sociales, ambientales y económicas.

La Responsabilidad Social Empresarial nació hace, al menos, 25 años como acciones dispersas, muchas veces filantrópicas, que se limitaban a donaciones a grupos usualmente vulnerables. La Teletón, por ejemplo, era respaldada en sus primeros tiempos como RSE por las empresas que participaban. Esto trajo consigo la desaprobación de este concepto por muchos grupos que la tildaban de lavado de imagen o como una treta más de las empresas para reducir su carga tributaria.

Con el tiempo, la reflexión y el aprendizaje, las empresas se dieron cuenta de que la RSE era solo un accesorio, que no dejaba de ser importante pero que no incidía en su rendimiento financiero ni comercial y, a veces, ni siquiera en su desempeño reputacional.

Al mismo tiempo, se dieron cuenta de que necesitaban vincular buenas prácticas en su cadena de valor, que estuvieran directamente relacionadas con su negocio para que no fueran elementos decorativos, sino que aportaran a su desempeño integral, es decir, financiero, social, ambiental, reputacional, etcétera. Y que así pudieran garantizar su sostenibilidad en el tiempo.

Es así como se evoluciona hacia el concepto de “sostenibilidad”: una mirada empresarial inteligente que integra el negocio con buenas prácticas que mitiguen o eliminen los impactos que su acción provoca en toda la cadena de valor a escala social, ambiental y económica; es decir, la sostenibilidad busca aminorar al máximo los riesgos con el objetivo de perdurar la mayor cantidad posible en el tiempo. A menor riesgo, mayor sostenibilidad.

En simultaneo, las personas también nos hemos vuelto más conscientes de los impactos que las empresas causan. Por ello, somos consumidores más exigentes, ciudadanos más informados y críticos que piden explicaciones a las empresas de dónde vienen sus productos o cómo tratan a sus empleados y proveedores, por mencionar un ejemplo.

Algunos países también han impulsado normativas y legislaciones que apuntan a incentivar a empresas más responsables y transparentes. En Europa, incluso se está hablando de “economía circular”, un innovador modelo económico que busca cambiar las formas de diseño y producción actuales.

Es decir, hay un contexto de exigencia social en torno de las empresas –así como una búsqueda propia por construir modelos de negocio que perduren en el tiempo– que ha impulsado una mirada más sostenible.

En El Salvador queda mucho por hacer. Aún estamos hablando de RSE y criticando a las empresas por sus donaciones. Por tanto, instancias como la promovida por FUNDEMAS son de gran relevancia para empezar a hablar de sostenibilidad.

Un cascabel para otro gato

El Salvador nunca es aburrido, siempre se encuentra inmerso en una avalancha de acontecimientos. En los últimos días, tienen que ver con la polémica sobre la reactivación del proyecto de ley de privatización del agua, sumado al destape de la corrupción del expresidente Funes.

Esta es una buena noticia. Aunque resulte paradójico y nos llene de profunda rabia e indignación que miles de millones de dólares hayan sido malversados en la gestión del expresidente Funes, es positivo que haya una investigación y una orden de captura en su contra.

Tanto en términos de madurez política como institucional, es importante que en nuestro país se empiecen a investigar y a condenar los hechos de corrupción. Pero, al mismo tiempo, las condenas y los castigos a estos delincuentes deben ser ejemplares. La corrupción es una de las principales explicaciones para los cientos de problemas por los que nuestro país atraviesa. Por eso es importante que se disminuyan los incentivos para los corruptos.

¿Seremos capaces los salvadoreños de ponernos de acuerdo en esto? ¿Podremos dejar de lado nuestra eterna polaridad para convenir que la corrupción es asquerosa de donde sea que venga?

En su momento, Funes dijo que le había puesto el cascabel al gato, como una forma de demostrar que habían descubierto al ladrón. Sus seguidores aplaudieron la revelación y ese fue el primer paso para demostrar que en El Salvador se puede condenar a un corrupto. Ahora es su turno. A él también le pusieron el cascabel y espero que, así como en aquella oportunidad, cuando sus seguidores aplaudieron y avalaron la condena a la corrupción, esta vez también lo hagan, con el mismo ahínco y consistencia.

El punto es que no existe una corrupción más aceptable que otra porque coincida con mi punto de vista político. Toda la corrupción es condenable. Punto.

A manera de referencia regional, tenemos las experiencias de distintos países en América Latina que han ido destapando diversos escándalos de corrupción, como Brasil y Perú. Chile no ha sido la excepción, a pesar de ser uno de los países con mejores índices de transparencia y solidez institucional. Uno de los episodios más polémicos involucraba a un holding de empresas llamado PENTA. El caso aún se encuentra en los tribunales pero cuando fue descubierto, hace unos tres años, se transformó en uno de los casos más mediáticos porque no solo involucraba a poderosos empresarios, sino también a altos funcionarios.

Uno de los principales aprendizajes de este caso tiene que ver con el actuar de la Fiscalía. Para perseguir la corrupción se requiere de fiscales implacables e imparciales, dispuestos a ir hasta las últimas consecuencias. Esto habla de la independencia de las instituciones para hacer su trabajo como corresponde, así como de la integridad de sus funcionarios.

En este caso, espero también que la Policía y las autoridades responsables de la captura de Mauricio Funes y el resto de implicados en este penoso caso de corrupción hagan su trabajo, capturando oportunamente a los acusados.

Lo ideal sería que la corrupción se eliminara del actuar público y privado; sin embargo, esa es aún una utopía. Así que, por mientras, corresponde descubrirla, perseguirla y condenarla con ímpetu en todos los niveles con la esperanza de que los castigos desincentiven a estos ladrones.

Y que se preocupen los gatos, porque les van a poner su cascabel.

La burbuja digital

Facebook y por tanto su dueño, Mark Zuckerberg, se vieron recientemente involucrados en un escándalo de filtración de datos personales de miles de usuarios de la red social. Este impase llevó al mundo entero a cuestionarse cómo funcionan las redes sociales: qué información nos proveen, qué datos les estamos entregando, quién maneja esa información personal y para qué la utilizan.

Cuando empezaron a surgir, las redes sociales no eran más que un medio entretenido y novedoso para comunicarse y compartir fotografías. Pero, a medida que se han ido masificando se han convertido en un imprescindible transversal a cualquier generación que, incluso, permitió la gestación de una de las grandes revoluciones sociales de los últimos tiempos: la Primavera Árabe.

Es decir, las redes sociales se han ido convirtiendo en una fuente de información fidedigna y válida mundialmente.

Los primeros usuarios de redes sociales, o sea los “millennials”, hemos sido juez y parte en el éxito y masificación de este nuevo medio de comunicación. Hemos ido descubriendo, poco a poco, y en la medida que las usamos para qué sirven, cómo usarlas, qué nos gusta y qué no. De hecho, el desarrollo y las innovaciones de las redes sociales se debe en importante medida a las exigencias de los usuarios. Pero al mismo tiempo, nos declaramos víctimas porque nos conocen demasiado, tienen muchísima información personal y se aprovechan de eso.

Al menos en mi caso, Facebook se ha empeñado en hacer un loop infinito de los posts de un mismo grupo de personas que, curiosamente, resultan tener intereses y gustos bastante afines a los míos; aunque mi relación con ellos en la plataforma sea reducida.

Entonces ¿cómo escoge Facebook qué poner en mi feed? La respuesta es un algoritmo de esos top secret que Zuckerberg escribe en dos segundos y con los ojos vendados –según la película–. Lo que nos lleva a la siguiente reflexión: si el contenido que empezamos a recibir en Google y Facebook ha sido programado por máquinas que solo toman en cuenta solo nuestros me gusta, ¿qué posibilidades hay de expandir nuestras perspectivas y obtener nuevos puntos de vista?

No hay que ver esta dominación de Facebook sobre lo que vemos –y dejamos de ver– tan a la ligera. Debemos tomar cierta conciencia de que estamos viviendo en una especie de burbuja cibernética que solo nos expone a la información que encontraremos afín, con la cual, por tanto, seguramente estaremos de acuerdo. ¿Qué consecuencias puede tener esto, sobre todo cuando la política ha encontrado en las redes sociales un asidero fértil para la reproducción de sus mensajes?

La personalización de contenidos es un arma de doble filo: en temas de marketing y comportamiento del consumidor es un gran aliado para la segmentación y la customización de publicidad; pero cuando se trata de ampliar los puntos de vista, es un espejismo.

En una sociedad como la salvadoreña en que la polarización es un riesgo social inminente, es importante tomar conciencia de cuáles son los contenidos con los que simpatizamos, así como las fuentes de las cuales obtenemos información y cuestionarnos: ¿qué tan objetiva es la información que estoy recibiendo?

La polarización es el caldo de cultivo para la confrontación, la intolerancia y la ignorancia; mientras lo que El Salvador necesita es diálogo, tolerancia y sabiduría para salir de su permanente crisis social.