La tendencia a desconfiar

La palabra “colaborativo” está de moda. Es una bonita descripción para ponerle como apellido a casi todo: construcción colaborativa, alianza colaborativa, búsqueda colaborativa… Quise tener más información al respecto y di con un artículo –no muy nuevo– titulado “El boom del consumo colaborativo”, publicado por Carlos Fresneda en www.elmundo.es

El artículo habla sobre la rápida expansión de opciones colaborativas para gran diversidad de actividades que van desde el turismo, con Airbnb; transporte, con Uber; financiamiento, con Crowndfunding; trabajo, con Coworking; por mencionar algunas.

Este tipo de “economía compartida” o “consumo colaborativo” está asociado al auge de la conectividad a través de los teléfonos inteligentes y a la búsqueda de intercambios comerciales de persona a persona que resulten menos costosos y más eficientes.

La tendencia apunta hacia nuevos modelos económicos que privilegien la colaboración y el intercambio, generando formas novedosas de ganar dinero y, al mismo tiempo, creando nuevos mercados y diferentes maneras de hacer cosas más bien tradicionales: como ir en taxi o alojarse en un hotel.

Sin embargo, y es aquí donde la cosa se pone interesante, el autor del artículo hace énfasis en que, para que este modelo de consumo sea exitoso, hay un factor clave: la confianza.

Estos intercambios colaborativos están basados en un voto de confianza entre usuarios. Por ejemplo, en el caso de Airbnb, el turista “confía” en que el arrendatario cumplirá con la promesa realizada y recibirá los productos y servicios acordados, por el precio definido. Es casi como volver a lo básico: yo te digo la verdad y tú me crees.
No se trata de un intercambio con una gran empresa, o con una razón social. Se trata de intercambios entre personas comunes y corrientes que hacen un voto de confianza que le permite al sistema funcionar.

Yendo a terreno nacional y con un ejemplo concreto, Uber llegó a El Salvador. Este polémico nuevo estilo de transporte, que en otros países existe desde hace años, en El Salvador se ha tardado mucho en aparecer y no dejó de levantar dudas y miedos con respecto a temas de seguridad.

Y es que, gracias a la inseguridad y violencia que se vive en nuestro país, es difícil confiar en subirte al carro de un desconocido. Y una vez más, como mensaje recurrente en mis columnas, insisto en cómo la violencia modifica de manera trascendental la forma en que suceden las cosas. En un país no violento, los problemas de Uber tienen que ver con la legalidad del servicio, pero no con temas de confianza/seguridad.

La confianza es un tema transversal a las personas y a las instituciones que, en países con altos índices de violencia como el nuestro, se vuelve un valor difícil de encontrar. Desconfiar se transforma casi en una forma de supervivencia: confiar puede ser peligroso.

Por tanto, esta gravísima crisis de confianza por la que atravesamos, alentada por las circunstancias violentas que nos rodean, limitan enormemente el desarrollo de nuestro país, colocando barreras de entrada casi infranqueables para la innovación, como el caso de esta nueva tendencia en consumo colaborativo.

Es inmensamente relevante trabajar en temas de seguridad y disminución de los índices de delincuencia para, recién ahí, empezar un importante camino hacia la reconstrucción de la confianza que nos permita, como fin último, vivir en libertad.

Empecemos a hablar de sostenibilidad

La semana pasada se llevó a cabo la Semana de la RSE. Este evento, organizado por FUNDEMAS, se realiza hace ya varios años y se ha convertido en una de las pocas instancias para conversar en torno de temas vinculados con la anteriormente llamada Responsabilidad Social Empresarial.

Resulta, aunque a algunos no les guste mucho, que vivimos en un mundo en el que las empresas son un actor trascendental e importantísimo para la existencia misma. Analice su entorno, vea a su alrededor y se dará cuenta de que es imposible que no esté en contacto con, al menos, un producto o servicio que ofrece, al menos, una empresa.

Eso sí, no son inocuas, han causado muchísimos impactos –positivos y negativos– desde que iniciaron su misión transaccional hace tantísimos años. Y, poco a poco, las personas naturales se han ido percatando de que este accionar –independiente del tamaño de la empresa– tiene consecuencias sociales, ambientales y económicas.

La Responsabilidad Social Empresarial nació hace, al menos, 25 años como acciones dispersas, muchas veces filantrópicas, que se limitaban a donaciones a grupos usualmente vulnerables. La Teletón, por ejemplo, era respaldada en sus primeros tiempos como RSE por las empresas que participaban. Esto trajo consigo la desaprobación de este concepto por muchos grupos que la tildaban de lavado de imagen o como una treta más de las empresas para reducir su carga tributaria.

Con el tiempo, la reflexión y el aprendizaje, las empresas se dieron cuenta de que la RSE era solo un accesorio, que no dejaba de ser importante pero que no incidía en su rendimiento financiero ni comercial y, a veces, ni siquiera en su desempeño reputacional.

Al mismo tiempo, se dieron cuenta de que necesitaban vincular buenas prácticas en su cadena de valor, que estuvieran directamente relacionadas con su negocio para que no fueran elementos decorativos, sino que aportaran a su desempeño integral, es decir, financiero, social, ambiental, reputacional, etcétera. Y que así pudieran garantizar su sostenibilidad en el tiempo.

Es así como se evoluciona hacia el concepto de “sostenibilidad”: una mirada empresarial inteligente que integra el negocio con buenas prácticas que mitiguen o eliminen los impactos que su acción provoca en toda la cadena de valor a escala social, ambiental y económica; es decir, la sostenibilidad busca aminorar al máximo los riesgos con el objetivo de perdurar la mayor cantidad posible en el tiempo. A menor riesgo, mayor sostenibilidad.

En simultaneo, las personas también nos hemos vuelto más conscientes de los impactos que las empresas causan. Por ello, somos consumidores más exigentes, ciudadanos más informados y críticos que piden explicaciones a las empresas de dónde vienen sus productos o cómo tratan a sus empleados y proveedores, por mencionar un ejemplo.

Algunos países también han impulsado normativas y legislaciones que apuntan a incentivar a empresas más responsables y transparentes. En Europa, incluso se está hablando de “economía circular”, un innovador modelo económico que busca cambiar las formas de diseño y producción actuales.

Es decir, hay un contexto de exigencia social en torno de las empresas –así como una búsqueda propia por construir modelos de negocio que perduren en el tiempo– que ha impulsado una mirada más sostenible.

En El Salvador queda mucho por hacer. Aún estamos hablando de RSE y criticando a las empresas por sus donaciones. Por tanto, instancias como la promovida por FUNDEMAS son de gran relevancia para empezar a hablar de sostenibilidad.

Un cascabel para otro gato

El Salvador nunca es aburrido, siempre se encuentra inmerso en una avalancha de acontecimientos. En los últimos días, tienen que ver con la polémica sobre la reactivación del proyecto de ley de privatización del agua, sumado al destape de la corrupción del expresidente Funes.

Esta es una buena noticia. Aunque resulte paradójico y nos llene de profunda rabia e indignación que miles de millones de dólares hayan sido malversados en la gestión del expresidente Funes, es positivo que haya una investigación y una orden de captura en su contra.

Tanto en términos de madurez política como institucional, es importante que en nuestro país se empiecen a investigar y a condenar los hechos de corrupción. Pero, al mismo tiempo, las condenas y los castigos a estos delincuentes deben ser ejemplares. La corrupción es una de las principales explicaciones para los cientos de problemas por los que nuestro país atraviesa. Por eso es importante que se disminuyan los incentivos para los corruptos.

¿Seremos capaces los salvadoreños de ponernos de acuerdo en esto? ¿Podremos dejar de lado nuestra eterna polaridad para convenir que la corrupción es asquerosa de donde sea que venga?

En su momento, Funes dijo que le había puesto el cascabel al gato, como una forma de demostrar que habían descubierto al ladrón. Sus seguidores aplaudieron la revelación y ese fue el primer paso para demostrar que en El Salvador se puede condenar a un corrupto. Ahora es su turno. A él también le pusieron el cascabel y espero que, así como en aquella oportunidad, cuando sus seguidores aplaudieron y avalaron la condena a la corrupción, esta vez también lo hagan, con el mismo ahínco y consistencia.

El punto es que no existe una corrupción más aceptable que otra porque coincida con mi punto de vista político. Toda la corrupción es condenable. Punto.

A manera de referencia regional, tenemos las experiencias de distintos países en América Latina que han ido destapando diversos escándalos de corrupción, como Brasil y Perú. Chile no ha sido la excepción, a pesar de ser uno de los países con mejores índices de transparencia y solidez institucional. Uno de los episodios más polémicos involucraba a un holding de empresas llamado PENTA. El caso aún se encuentra en los tribunales pero cuando fue descubierto, hace unos tres años, se transformó en uno de los casos más mediáticos porque no solo involucraba a poderosos empresarios, sino también a altos funcionarios.

Uno de los principales aprendizajes de este caso tiene que ver con el actuar de la Fiscalía. Para perseguir la corrupción se requiere de fiscales implacables e imparciales, dispuestos a ir hasta las últimas consecuencias. Esto habla de la independencia de las instituciones para hacer su trabajo como corresponde, así como de la integridad de sus funcionarios.

En este caso, espero también que la Policía y las autoridades responsables de la captura de Mauricio Funes y el resto de implicados en este penoso caso de corrupción hagan su trabajo, capturando oportunamente a los acusados.

Lo ideal sería que la corrupción se eliminara del actuar público y privado; sin embargo, esa es aún una utopía. Así que, por mientras, corresponde descubrirla, perseguirla y condenarla con ímpetu en todos los niveles con la esperanza de que los castigos desincentiven a estos ladrones.

Y que se preocupen los gatos, porque les van a poner su cascabel.

La burbuja digital

Facebook y por tanto su dueño, Mark Zuckerberg, se vieron recientemente involucrados en un escándalo de filtración de datos personales de miles de usuarios de la red social. Este impase llevó al mundo entero a cuestionarse cómo funcionan las redes sociales: qué información nos proveen, qué datos les estamos entregando, quién maneja esa información personal y para qué la utilizan.

Cuando empezaron a surgir, las redes sociales no eran más que un medio entretenido y novedoso para comunicarse y compartir fotografías. Pero, a medida que se han ido masificando se han convertido en un imprescindible transversal a cualquier generación que, incluso, permitió la gestación de una de las grandes revoluciones sociales de los últimos tiempos: la Primavera Árabe.

Es decir, las redes sociales se han ido convirtiendo en una fuente de información fidedigna y válida mundialmente.

Los primeros usuarios de redes sociales, o sea los “millennials”, hemos sido juez y parte en el éxito y masificación de este nuevo medio de comunicación. Hemos ido descubriendo, poco a poco, y en la medida que las usamos para qué sirven, cómo usarlas, qué nos gusta y qué no. De hecho, el desarrollo y las innovaciones de las redes sociales se debe en importante medida a las exigencias de los usuarios. Pero al mismo tiempo, nos declaramos víctimas porque nos conocen demasiado, tienen muchísima información personal y se aprovechan de eso.

Al menos en mi caso, Facebook se ha empeñado en hacer un loop infinito de los posts de un mismo grupo de personas que, curiosamente, resultan tener intereses y gustos bastante afines a los míos; aunque mi relación con ellos en la plataforma sea reducida.

Entonces ¿cómo escoge Facebook qué poner en mi feed? La respuesta es un algoritmo de esos top secret que Zuckerberg escribe en dos segundos y con los ojos vendados –según la película–. Lo que nos lleva a la siguiente reflexión: si el contenido que empezamos a recibir en Google y Facebook ha sido programado por máquinas que solo toman en cuenta solo nuestros me gusta, ¿qué posibilidades hay de expandir nuestras perspectivas y obtener nuevos puntos de vista?

No hay que ver esta dominación de Facebook sobre lo que vemos –y dejamos de ver– tan a la ligera. Debemos tomar cierta conciencia de que estamos viviendo en una especie de burbuja cibernética que solo nos expone a la información que encontraremos afín, con la cual, por tanto, seguramente estaremos de acuerdo. ¿Qué consecuencias puede tener esto, sobre todo cuando la política ha encontrado en las redes sociales un asidero fértil para la reproducción de sus mensajes?

La personalización de contenidos es un arma de doble filo: en temas de marketing y comportamiento del consumidor es un gran aliado para la segmentación y la customización de publicidad; pero cuando se trata de ampliar los puntos de vista, es un espejismo.

En una sociedad como la salvadoreña en que la polarización es un riesgo social inminente, es importante tomar conciencia de cuáles son los contenidos con los que simpatizamos, así como las fuentes de las cuales obtenemos información y cuestionarnos: ¿qué tan objetiva es la información que estoy recibiendo?

La polarización es el caldo de cultivo para la confrontación, la intolerancia y la ignorancia; mientras lo que El Salvador necesita es diálogo, tolerancia y sabiduría para salir de su permanente crisis social.

Nueva ley de migración chilena

Hace aproximadamente seis meses escribí en este mismo espacio sobre Santiago y sus migrantes. Hoy vuelvo a hacerlo, motivada por el contexto regulatorio que ha empezado a regir en el país andino: la nueva Ley de Migración que impulsó el recién reelecto presidente Sebastián Piñera.
Es difícil no hablar del intenso y repentino proceso social, cultural y económico que atraviesa Chile a nivel migratorio y que se ha exacerbado en los últimos años: miles de personas, en su mayoría haitianos y venezolanos, han elegido a este país suramericano como destino para desarrollar una nueva vida. Lo que ambos países comparten es la difícil situación humanitaria y política que atraviesan.

Poco a poco, especialmente en los últimos dos o tres años, se fue evidenciando la presencia de extranjeros en las calles santiaguinas y también en otras regiones del país: era fácil identificar el acento venezolano, y qué decir del color de piel de los haitianos, cuando antes ver a un afrodescendiente era poco usual. La presencia de los colombianos y peruanos, nacionalidades más comunes entre la colonia inmigrante, fue pasando desapercibida.

No era necesario ver cifras del departamento de extranjería para tener la certeza de que los índices de migración estaban aumentando como la espuma. Estaba a la vista: los barrios empezaron a transformarse; los titulares de las noticias siempre incluían “migración” o “el nuevo rostro de Chile”; las ventas de arepas se multiplicaron; las ferias laborales incluían stands “solo para extranjeros”; y el canal nacional, TVN, produjo una novela llamada “La colombiana”, en la que se plasmaba la historia de un inmigrante que llegaba a uno de los barrios más tradicionales de Santiago.

En una conversación con una funcionaria municipal de una de las comunas con mayor índice de inmigrantes en Santiago, supe que la oficina de asuntos laborales reformuló sus funciones y asesorías, ya que ahora quienes más uso hacen del servicio municipal son los inmigrantes. No es que estos tengan una formación educativa deficiente o escasa, sino que se enfrentan a desafíos con su estatus migratorio o el desconocimiento de los procedimientos que una búsqueda laboral implican.

El hecho de que una oficina municipal redirija sus esfuerzos hacia un grupo diferente de la población era una potente señal de cómo estaba cambiando la dinámica social a raíz de la migración. De igual forma, la demanda había crecido de tal manera que los plazos para los trámites usuales de solicitud de visas aumentaron de tres a nueve meses o más.

Chile se estaba enfrentando a un intenso e interesante proceso migratorio que estaba generando cambios rápidos y evidentes en distintos niveles de su cotidianidad. Al principio, generaba curiosidad y, aunque quizá sin mucho entusiasmo, los migrantes eran bienvenidos. Hasta que el fenómeno empezó a causar ruido: hospitales abarrotados, barrios colapsados, denuncias de contratos abusivos de trabajo.

Este lunes empezó a regir la nueva Ley de Migración: venezolanos y haitianos requerirán tramitar una visa especial en sus respectivos países para poder ingresar a Chile con propósito de residencia. Aunque planteado de manera muy amable y amena, el objetivo de esta ley es reducir la cantidad de personas de esas nacionalidades que ingresan a Chile.

Ahora, habrá que observar el nuevo proceso de desaceleración de la migración y, entonces, volveré a escribir al respecto.

Exponga a un vivo

¿Hacer trampa en la fila? ¿Usar el carril auxiliar? ¿No ceder el paso? ¿Doblar en “u” donde no se puede? ¿Alguna vez ha hecho algo así? ¿Alguna vez ha visto a alguien hacerlo?

La respuesta a la segunda pregunta seguramente es afirmativa, porque en El Salvador existe una especie de regla o cultura implícita instalada que reza “el mundo es de los vivos”. ¡Ay de aquel que no aplique dicho célebre lema! Pues en primer lugar no sobrevive, y en segundo lugar, no forma parte del grupo de “los vivos” y eso es ser el eslabón más débil de la cadena y no gozar de respeto.

Es decir, “los vivos” son una especie de clan, de clase superior, de raza avanzada. Ellos logran olfatear, a kilómetros, cómo salir ganando en cualquier situación a costa de bloquear el paso a otros, hacer trampa, violar las reglas o hacer las propias, sin importar si su comportamiento afecta a un tercero o no.

Por alguna razón, en el comportamiento vial es más fácil detectar “al vivo”. Ahí se manifiestan en todo su esplendor. Quizá la masividad los hace resaltar cuando quieren avanzar por el carril auxiliar, saltándose la fila y exigiendo que los dejen pasar porque como son más vivos, el resto debe adaptarse a sus acciones, se quejan en su interior pero ni modo, es más vivo. O también, cuando no quieren dar el paso, porque eso es igual a ser débil –supongo–, quizá la lógica sea “ve, chis, yo llegué primero” y se acercan más al carro de adelante; evidentemente “son más vivos”.

La cultura del vivo está instalada. El vivo es validado, respetado e imitado. Y por eso, creo que es importante reflexionar en cierto punto: la presencia del “vivo” no tuviese la relevancia que ha alcanzado en nuestro país si no fuera porque existe una especie de oda masiva a este personaje. Es una combinación entre un aspiracional, una meta a alcanzar y una forma de sobrevivencia. Ser “vivo” te da un nivel de seguridad que refleja fortaleza e inteligencia entre tus pares. Al vivo se le avala, se le envidia, se le admira… porque “la sabe hacer”.

Sin embargo, para poder avanzar como sociedad y como país, hay que hacer exactamente lo contrario: al vivo hay que señalarlo, hay que rechazarlo, hay que exponerlo y castigarlo. El vivo -en cualquiera de las esferas sociales en las que se manifieste– no es más que un obstáculo para que las cosas funcionen. El vivo –donde sea que se encuentre– no es más que un abusivo y un aprovechado que, en lugar de salir ganando, hace que todos perdamos, con sus ocurrencias y sus violaciones constantes a las reglas sociales.

Los vivos son peligrosos porque su comportamiento no se limita a las calles. Los vivos están en todas partes: en el trabajo, en el Gobierno, en los hospitales, en las universidades… y en todas partes hacen lo mismo: abusar, creerse por encima de la ley, ser un obstáculo para el desarrollo.

Nos han hecho creer que esa es una forma de vida admirable y aceptable, pero en verdad hemos sido nosotros quienes hemos construido esta suerte de admiración y cuasirrespeto por “el vivo”, que solamente sigue cavando más profundo nuestro subdesarrollo.

Exponga a un vivo y construya patria.

El “millennial” salvadoreño

Dicen que los “millennials” o la Generación Y, conformada por quienes nacimos entre finales de los ochenta y los 2000, aproximadamente, nos hemos tomado el mundo, reinventando las formas de comunicación (desde lo digital hasta el cara a cara). Somos más contestatarios, más “rebeldes”, menos conformistas, disruptivos, innovadores, inquietos.
Nos atribuyen, sin embargo, un excesivo individualismo y egocentrismo expresado en selfis, perfiles en redes sociales y celulares de última generación que cuestan demasiado. Protestamos por todo pero desde la seguridad que nos ofrecen Twitter y los “me gusta” de Facebook. Acumulamos firmas llenando formularios por internet para apoyar causas benéficas en lugares que quizá ni conocemos.
Dicen que trabajar con los “millennials” es difícil porque, aunque somos muy creativos e innovadores, nos desmotivamos con facilidad. Nuestro compromiso con una empresa no supera los dos años y buscamos crecer profesionalmente rápido, pero esperando a cambio excelentes beneficios laborales, flexibilidad en los horarios, tiempo para disfrutar, viajar y un buen sueldo.
Queremos vivirlo todo ahora, que nuestras interacciones con las marcas sean una experiencia de gran calidad, pero sin dañar el medio ambiente. Y si no nos gusta, lo decimos, sin miedo, y lo reproducimos a todos nuestros conocidos en las redes sociales, quienes, además, comentan y discuten con nosotros sin miedo a discrepar.
Además, dicen que somos más incluyentes, que aceptamos la diversidad y a quienes son distintos a nosotros con más naturalidad: gays, extranjeros, tatuajes, piercings y demás no nos molestan ni nos alegran. No tenemos que esforzarnos por “aceptarlos”, porque consideramos que son parte de la sociedad.
Dicen también que para nosotros aquello de las jerarquías no aplica. Las figuras de autoridad desaparecen y se convierten en uno más, al mismo nivel, que puede ser juzgado, criticado y tratado en igualdad de condiciones que uno mismo. Los jefes, los sacerdotes, los maestros y sobre todo los políticos dejan de ser intocables, e incluso están más propensos al escrutinio por su relevancia social como figuras de poder y autoridad.
Para los “millennial”, la transparencia es un valor imprescindible. Esto aplica para la vida personal y para el Estado. Requieren información, buscan políticos distintos, personajes abiertos, menos estructurados, más Obamas –o Nayib Bukeles para llevarlo al plano nacional–, en el sentido de la naturalidad, la cercanía y la interacción a través de aquellos medios con los que se comunican (no sé si aquí entran los calcetines excéntricos, pero bueno).
Y por último, los “millennial” no tienen como prioridad tener hijos. Por tanto, son una generación multitudinaria que se ha convertido en la gran fuerza laboral del mundo y está dispuesta a disfrutar la vida sin grandes responsabilidades, como criar a otro ser humano.
Mi reflexión en torno de todas las características de esta interesante generación tiene que ver con que muchísimos de los integrantes de las maras en nuestro país son “millennial”. Lastimosamente, es imposible decir que calzan con el perfil.
No soy socióloga y no quiero predecir que sea una “generación perdida”, porque El Salvador es más que las maras y, por tanto, el llamado es: “millennials” salvadoreños, hagámonos sentir, somos la generación disruptiva.

La visita de Jorge

El papa Francisco realizó un viaje a Chile y Perú hace algunas semanas. Durante casi cinco días, Jorge Bergoglio volvió al país suramericano en donde vivió y estudió, pero esta vez para recorrerlo en su sotana blanca, montado en el papamóvil y rodeado de opiniones encontradas.

Su visita no estuvo exenta de críticas, cuestionamientos y polémicas. Ser la máxima autoridad de una institución envuelta en escándalos y desprestigios, sembró el caldo de cultivo para que la conversación nacional se tornara en temas poco ligeros como los abusos sexuales a menores hechos por sacerdotes y el rol de la Iglesia y la religión en un estado laico.

Incluso, hubo atentados contra iglesias al sur del país, en donde al menos cinco templos católicos resultaron quemados o gravemente dañados por ataques incendiarios, en donde los responsables dejaron mensajes amenazantes sobre sus próximos objetivos.

Aunque sus misas fueron multitudinarias y muchas personas hicieron hasta lo imposible por verlo pasar unos pocos segundos en el papamóvil, las críticas a la visita estuvieron a la orden del día: ¿por qué el Estado chileno tenía que costear una buena parte del viaje?, ¿por qué el papa aceptaba que un obispo sospechoso de complicidad y encubrimiento de violaciones sexuales concelebrara sus misas?, ¿por qué, siendo un Estado laico, el país se paralizó por su venida, retrasó trámites legislativos y canceló operaciones en el sistema de salud pública?

A esto se sumó el desconcierto de muchos vecinos argentinos quienes lamentaron que “su” papa prefirió visitar Chile antes que el lugar que lo vio nacer, que además, queda a menos de dos horas de distancia en avión.

Sin embargo, a pesar de este ambiente poco amigable, el papa concretó su visita. Abordó a muchos de sus públicos de interés en la que fue la primera visita papal al país después de 30 años. Se reunió con las autoridades políticas en La Moneda; como gesto hacia los desprotegidos, realizó una actividad con mujeres reclusas; atendió la agenda más sensible y polémica, tuvo una reunión privada con víctimas de Karadima –un sacerdote pedófilo acusado de decenas de violaciones a menores–; dio una clase magistral a religiosos, religiosas y diáconos en la Catedral Metropolitana; tuvo una reunión privada con sacerdotes jesuitas, su congregación; para acercarse a la feligresía, celebró tres misas masivas en distintos puntos del país; atendió al mundo académico sosteniendo una reunión con las autoridades de la Universidad Católica de Chile; y visitó el templo de una de las figuras religiosas más importantes para los chilenos, San Alberto Hurtado.

Todo esto ocurrió sin mayores contratiempos y generó día a día, tema de discusión entre quienes apoyaban o disentían con el objetivo de visita en general. A sus 81 años, el papa Francisco entregó en sus distintas apariciones un mensaje de paz y un llamado permanente a la acción por construir, de manera activa, el bien.

Las visitas papales constituyen siempre hitos en la historia de un país, no solo entre los feligreses, por el mensaje y la espiritualidad renovada, sino por toda la movilización que provoca en los recursos, la reflexión social, la priorización de temas, la visibilización de necesidades y en los grupos vulnerables.

En El Salvador, ¿es necesario que Jorge nos visite para empezar a hablar de lo importante?

Deseos electorales

Hace algunas semanas se definió quién será el próximo presidente de Chile. La contienda fue más inesperada de lo que cualquier encuestador predijo: hubo segunda vuelta; un partido “nuevo” se quedó con el tercer lugar de preferencia en la primera vuelta y, por primera vez, los chilenos en el exterior pudieron ejercer su derecho al voto.

Estos y otros eventos hicieron de la elección presidencial un evento muy sorpresivo y acontecido que dio por ganador definitivo a Sebastián Piñera, quien se repetirá como gobernante del país suramericano. Los resultados de la primera vuelta sorprendieron –incluso– a los expertos, quienes pasaron semanas analizando las causas y consecuencias de la tendencia de los votantes. La incertidumbre se hizo lugar y hasta los psíquicos lanzaron sus predicciones.

Independientemente de las ideas que cada candidato llevaba a la contienda, me parece relevante rescatar que ambos finalistas a la segunda vuelta coincidían en ser perfiles con una importante preparación académica; ambos contaban con un recorrido interesante por la vida política chilena y ambos construyeron un programa sólido de propuestas que incorporaban los temas relevantes para el país.

Esta es la segunda elección presidencial que me toca vivir en Chile y en ambos casos me ha parecido muy interesante el contexto de respeto, no exento de críticas, con el que se convive durante la campaña. Incluso, Televisión Nacional (TVN) lanzó una campaña en la que se invitaba a los ciudadanos a debatir sobre las propuestas de los candidatos, a cuestionar la posición del otro y sus puntos de vista sobre el candidato de su preferencia, es decir, a tener una mirada crítica y dialogar con aquel que no piensa igual que yo. Una cultura que promueve el diálogo, incluso en aquellos temas que parecen escabrosos, cultiva un sano intercambio de ideas en un contexto respetuoso, donde existe la libertad de expresarse, opinar y aportar. Y es que el respeto no tiene que ver con la falta de cuestionamientos o críticas, sino con la forma y el fondo de estas.

Otro aspecto digno de admiración del proceso electoral chileno es la rapidez en la entrega de los resultados y su impecabilidad operativa. A dos horas del cierre de las urnas, los chilenos ya tenían certeza de quién sería su próximo presidente, con resultados a escala nacional que se actualizaban con una rapidez admirable.

En El Salvador, a pesar de que aún quedan meses para la próxima elección presidencial ya estamos en plena campaña. Aprovechemos entonces de aprender de la experiencia chilena aquellas cosas positivas de la fiesta electoral: el respeto a las ideas del otro, el fomento a la crítica y el debate, la importancia en la idoneidad de los candidatos, la confianza en el sistema electoral.

Tenemos tiempo. Por ahora, les deseo un excelente fin de año. Que la prosperidad y la felicidad se hagan presentes en sus vidas, que sus deseos más profundos se concreten y que sea un nuevo capítulo para continuar construyendo un país en el que vivir sea posible sin la sombra de la violencia y la delincuencia.
Cerremos 2017 con la convicción de que el próximo año será mejor. ¡Te esperamos 2018!

Aterrizar en El Salvador

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo, sobre todo cuando el que viaja ya no vive ahí. Pero llega el día en que uno se reencuentra con su país y, entonces, empieza un viaje que va más allá de un boleto aéreo.

Después de muchas horas de pasearse entre nubes e infinito, a través de la ventana de un avión, uno alcanza a ver un oasis. Ese lugar tiene nombre: se llama El Salvador.

El primer paso es sobrevolar la costa. Ver desde esa misma ventanita una línea infinita de espuma blanca dando la bienvenida a este paraíso que muy pocos tenemos el placer de haber descubierto es enternecedor.

Casi se puede escuchar, incluso arriba del avión, el sonido de las olas, mientras la brisa del mar mueve disimuladamente las palmeras que conforman un paisaje de esos que parecen sacados de revistas, pero que en nuestro país no son ninguna novedad.

Incluso el cielo cambia de color, parece más celeste, más grande, más lindo.

El volcán de San Salvador le advierte a uno que está a punto de llegar y, para aquellos que tenemos algunos años sin verlo, una sonrisita se nos empieza a dibujar en los labios a medida que El Picacho se eleva en el paisaje.

Si uno pone suficiente atención, empieza a darse cuenta del maravilloso contraste que se forma entre la abundancia de las palmeras ondeantes, el verde de los árboles y la tímida cordillera que se levanta en paralelo a la costa, intercalándose entre nubes y cielo.

Entonces, como para sacarlo a uno del trance, una voz advierte que hay que prepararse para el aterrizaje. “Enderecen sus asientos”, dice, junto a otro discurso inentendible en español y en inglés; las lucecitas de seguridad se encienden, arriba, en el techo del frío avión, y las cosquillitas en el estómago son inevitables: en solo unos minutos volverá uno a sentir aquel calor tan peculiar que solo en este país se experimenta; en solo unos minutos, volverá uno a disfrutar de unas deliciosas pupusas auténticas, con todo y quesito quemado; en solo unos minutos, uno volverá a ver a sus amigos de toda la vida; en solo unos minutos, por fin, uno podrá abrazar a su familia.

El avión ha seguido avanzado y la costa, con su infinita línea de espuma perfecta, queda atrás. Uno siente que empieza a volar sobre una cama de árboles frondosos que reúnen un sinfín de tonos verdes; algunas plantaciones de caña con sus flores blancas que parecen flotar se hacen presentes, atravesadas por una que otra callecita donde pasan carros que parecen de juguete. Uno se acerca cada vez más.

Después de algunos minutos, el avión toca tierra firme y el aeropuerto se hace más grande a medida que la máquina se detiene y uno trata de contener su emoción; pero entonces, aquella voz vuelve a hablar y esta vez dice: “Bienvenidos a El Salvador”.

Ahí es imposible no sentir una alegría inmensa: felicidad mezclada con nostalgia, añoranza e incluso tristeza cuando uno se da cuenta de que se tuvo que ir de ese lugar que tantas emociones le provoca. Yo creo que más de alguno intenta dominar las lágrimas, porque es profundamente movilizador volver al país que uno tanto quiere.

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo, pero no solo para la vista, sino para el corazón.