Los caminantes

Escribo esta columna justo el domingo en que una caravana de compatriotas emprende caminata hacia la frontera con Guatemala. Se sumarán al camino que ya emprendieron miles de hondureños en semanas recientes. El viaje al Norte en busca de otra vida, porque la que aquí nos toca no es realmente vida.

Por aquí pasaron los caminantes. A la orilla de la Panamericana. Eran muchos. Cientos. De todas las edades. Con todo tipo de equipaje. Carritos para niños, muñecos, pichingas de agua, toallas, cachuchas, mochilas, bolsas plásticas. Hombres y mujeres, niños y adolescentes, personas mayores, algunos en silla de ruedas, con bastón o con muletas.

Hay que estar muy desesperado para pensar que se va a llegar desde San Salvador hasta Estados Unidos en silla de ruedas o caminando con un bebé de meses o caminar tanta distancia a los setenta y pico de años. Muy desesperado. Quien se acerca a escuchar sus historias, escuchará lo mismo, repetido hasta el cansancio: no hay trabajo, no hay oportunidades, la violencia nos agobia, la extorsión de las maras es impagable, o nos hacemos de la mara o nos matan, nos sacaron de nuestra casa, perdimos la cosecha, no tenemos nada.

Es inevitable ver en ello un gesto de desesperación. Un poderoso grito de protesta y disconformidad contra los gobiernos del Triángulo Norte de Centroamérica. Un grito en contra de un sistema que, a pesar de guerras y gobiernos con retórica conciliatoria pero falaz, no hace nada para lograr que la desigualdad social sea reducida. Un grito contra una sociedad que critica desde su sofá pero que no se moviliza para reclamar sus derechos ni para protestar frente a tanta porquería que vemos ocurrir porque lo único que le preocupa es su propia satisfacción.

Mientras políticos corruptos hicieron fiesta con los fondos públicos, estos caminantes, esos mismos que hoy se van, no tuvieron para comer o para comprar una medicina, vieron sus casas caerse en pedazos con las primeras tormentas, vieron a sus hijas violadas o a sus hijos asesinados por la violencia de las pandillas, vieron perdidas sus cosechas por las sequías. Mientras los corruptos negociaron y lograron una pena mínima y la no devolución de millones de dólares saqueados de nuestro erario, los que robaron una gallina o un canasto de jocotes fueron refundidos en la cárcel con penas máximas y sin derecho a negociación alguna, como si se tratara de criminales altamente peligrosos.

Es contradictorio que los informes y números de gobierno emitan cifras triunfales de creación de empleos y a la baja en violencia, mientras miles de salvadoreños tienen como única expectativa de futuro largarse del país. Pese a los riesgos. Pese a que muchos se endeudan y prácticamente se esclavizan para poder pagar un coyote.

Estas caravanas de migrantes dicen mucho de nuestro fracaso como país, de cómo esta nación es incapaz de garantizarle una vida digna a todos los sectores de la población, en particular a los menos favorecidos; de cómo nuestros gobiernos han sido incapaces de trascender lo estrictamente partidario y trabajar por el bien común; de cómo las instituciones públicas no han sido capaces de ofrecer respuestas ni alternativas concretas, estables o dignas a problemas que, desde hace décadas, solo reciben tratamientos cosméticos pero que no llegan a la raíz, ahí donde deben atacarse, ahí donde deben solucionarse.

Esto debería calar hondo en la clase política salvadoreña. La caravana de migrantes debería hacerlos tomar consciencia de que no basta con tirar migajas, mentiras y placebos a la gente. No es suficiente prometer cientos de empleos cuando los salarios son menores que el mínimo establecido, que, por cierto, no alcanza para cubrir una canasta básica. No basta enfocar todo el esfuerzo del gobierno solamente en la juventud, porque en este país también vivimos personas de diferentes edades que necesitamos trabajar hasta la muerte, venga a la edad que venga, porque no hay un sistema público de salud ni de pensiones que vele por la ciudadanía adulta. Nuestros problemas son económicos y de falta de empleo, sí, pero también están cruzados por múltiples formas de violencia, colectivas o individuales, públicas y privadas, que afectan nuestra calidad de vida y también nuestra salud mental y emocional.

Este flujo incontenible de nuestra gente saliendo del país debe parar. Es natural pensar en quedarse, en hacer vida en su tierra, en dedicarse a sus cosas, en salir adelante. Pero también es natural decidir irse si el entorno es hostil y si pasa el tiempo sin mejoría alguna de su situación o problemas. No hay argumentos para pedir que se queden cuando aquí no encuentran lo que necesitan para continuar con sus vidas.

La gente está harta. No solo de no encontrar trabajo, de ser extorsionada y asesinada por las pandillas y de sentirse defraudada por las instituciones estatales, sino también por no ser escuchada, porque sus dificultades no son reconocidas en su gravedad y porque por más que se haga y se diga, las soluciones nunca llegan.

Cuando estos caminantes ya no contaron con nadie, cuando reconocieron que lo único que podían hacer era buscar soluciones propias, se echaron al camino, como los miles de hondureños que también salieron en caravana, como miles de africanos, como miles de asiáticos, como miles de personas de todas partes que buscan una vida digna y una forma de brindársela a los suyos. ¿Acaso es demasiado pedir? ¿No es lo mínimo que merecemos todos?

El país se desangra en ríos de gente que se va todos los días. En avión o en bus, y ahora hasta en caravanas. Son cientos. Lo que está ocurriendo casi no sorprende. Por algún lado tenía que explotar la insatisfacción pública. Estas personas que marcharon en la caravana hacia el norte no tienen ni la paciencia ni el tiempo ni la ilusión de esperar un nuevo gobierno para ver si les cambia la suerte.

Ya no más. Ya no pueden esperar más. Para muchos es, literalmente, un asunto de vida o muerte.

Cultura sí, censura no

A finales de septiembre pasado, la Asamblea Legislativa emitió un recomendable al Ministerio de Gobernación para que, a través de la Dirección de Medios y Espectáculos Públicos, se negara autorización para la realización de un concierto del grupo sueco Marduk.

Entre los argumentos esgrimidos por los diputados se consideró que el contenido de las canciones y la propaganda visual del grupo de black metal eran “lesivos al honor de nuestros compatriotas, agrediendo los principios, valores y las creencias de los salvadoreños”.

Black Moon Shows, la productora encargada del concierto, aseguró que la banda se presentaría pese a todo. Cuando los fanáticos llegaron al concierto, se les informó que Marduk no tocaría debido a la enfermedad de uno de sus miembros. Al día siguiente, en la página oficial del grupo en Facebook, los músicos dijeron que ninguno de ellos estuvo enfermo, que el grupo estaba presente y listo para su presentación, pero el “gobierno corrupto” se los impidió.

La gira actual de Marduk generó reacciones similares en otros lugares de Latinoamérica. El Congreso guatemalteco le prohibió la entrada a aquel país. En Colombia, el concierto que tenían programado realizar en Bogotá fue cancelado por las autoridades municipales y trasladado a otra ciudad. En Chile, Ecuador, Panamá, Costa Rica y México hubo iniciativas similares desde instancias gubernamentales pero también desde el seno de grupos religiosos, que comenzaron a circular peticiones de firmas, pidiendo se prohibieran los conciertos.

Un par de días después de generada la recomendación de la Asamblea, Arístides Valencia, ministro de Gobernación, presentó ante la misma el nuevo reglamento de espectáculos públicos. Sobre el tema, la jefa de la fracción del FMLN, diputada Nidia Díaz, expresó ante la prensa que con dicha reglamentación se busca regular la programación que se transmite en los medios nacionales, “incluyendo televisión por cable y Netflix”, ya que los contenidos violentos de algunas películas o series, como las de narcotráfico, pueden “promover la violencia entre nuestra juventud”.
En esos días se dio otro incidente que llama la atención. Un paquete con 20 ejemplares del libro “El niño de Hollywood” (una investigación periodística realizada por los hermanos Óscar y Juan José Martínez, sobre la vida de un pandillero de la Mara Salvatrucha 13) fue retenido en la aduana del aeropuerto de San Luis Talpa, por considerar que el libro tenía “contenido pernicioso”, según palabras textuales del funcionario que tomó la decisión.

Estas situaciones son todas preocupantes. Aunque las autoridades han insistido en que no se trata de censura, la reiteración de “velar por la moral y el orden público” mediante la limitación de nuestro acceso a productos culturales diversos es una pretensión arrogante y peligrosa.

Los gustos musicales, culturales o de entretenimiento de la población son un asunto de la esfera privada de las personas. Cuando un gobierno adopta acciones disfrazadas con un lenguaje condescendiente que pretende velar por nuestro bienestar moral, se entromete en ese ámbito privado. Reglamentar los contenidos que podemos ver y escuchar, seleccionando los que supone son convenientes para el bien común, es una forma de manipulación ideológica y de censura.

Que los contenidos de las letras del grupo Marduk resulten ofensivas para algunos creyentes religiosos es normal. Hay muchas manifestaciones artísticas y culturales que nos pueden causar rechazo y hacernos sentir insultados, de una manera u otra. Pero impedir que la ciudadanía tenga acceso a contenidos culturales polémicos o incómodos agrede la libertad de pensamiento y de automanifestación.

El arte y la cultura siempre son las primeras violentadas por gobiernos y políticos que pretenden controlar y manipular el pensamiento, el discurso y hasta los gustos de la ciudadanía. El arte, en todas sus variadas y complejas manifestaciones, representa los espacios de libertad plena del ser humano, el reflejo de nuestras verdades subjetivas, las que no nos atrevemos o podemos plantear, compartir o representar si no es a través de algún filtro o disfraz. Esa es una de las tantas funciones del arte.

Un concierto de música no supone una incitación intrínseca a la violencia y al desorden público. Más violentos se ponen nuestros partidos de fútbol. Marduk ya se había presentado en el Gimnasio Nacional en 2005, con la única limitante de que el ingreso fue para mayores de 18 años. No hubo hordas de muchachitos ingenuos convertidos de inmediato al satanismo o a las pandillas por asistir a aquel concierto. No hubo consecuencias que lamentar ni supuso un aumento visible en los hechos de violencia a escala nacional.

La construcción de valores morales y espirituales es un asunto que se origina en la familia y cuya opción final radica en el individuo mismo. Ni el Gobierno, ni el Estado laico en el que se supone vivimos, ni ningún político deben o pueden imponer códigos de moralidad y conducta colectiva. Dicha preocupación por nuestros valores sería más creíble si los políticos dieran el ejemplo a través de su conducta, honradez e integridad personales. Pero si no pregonan con el ejemplo, ¿por qué o cómo se sienten con la solvencia de proteger la moralidad de la ciudadanía?
Si al Gobierno tanto le preocupan nuestros valores personales, debería emprender una reforma educativa profunda que permita la formación de una ciudadanía pensante, que tenga el criterio propio para decidir si exponerse ante cualquier tipo de contenidos culturales afectará su moral o insultará sus creencias. Así, educando para formar ciudadanos con criterio propio y de moral sólida, no habrá que preocuparse de que alguien vaya a convertirse al satanismo solo por ir a un concierto o a robarse millones de dólares solo porque llegó a la silla presidencial.

No se puede uniformar ni imponer la virtud a un país a través de prohibiciones que impidan el libre acceso a productos culturales incómodos. Nosotros, como ciudadanía, debemos estar expectantes y no dejarlo pasar. Hoy se comienza con la prohibición de un concierto de black metal, mañana censurarán nuestras lecturas y nuestro acceso a internet, pasado mañana nos matarán por escribir o decir verdades.

Más allá del título

El pasado 18 de septiembre, el diputado Ricardo Velásquez Parker presentó ante la Asamblea Legislativa una iniciativa de ley para reformar el Código Electoral. La reforma pretende que se establezca el poseer un título universitario como requisito para ser candidato a la presidencia y vicepresidencia de la república.

Según el diputado de ARENA, los estudios mencionados deberían de ser afines a las ciencias económicas. Si la carrera del candidato no comprendiera esas áreas, debería de poseer una maestría, una especialización o un doctorado en dichas ciencias. Al momento de entregar la petición, Parker manifestó a la prensa que el país no podía seguir teniendo presidentes “sin las credenciales, sin las actitudes profesionales, académicas y la experiencia requerida mínima para poder conducir los destinos de una nación”.

Si bien es cierto que sería de suprema utilidad que un candidato tenga estudios superiores, estos no garantizan que se conviertan en un buen presidente. Los estudios universitarios no garantizan calidad ética ni humana, así como tampoco otras cualidades sutiles que ignoramos y que deberían de ser imprescindibles para el cargo.

Integridad, sensatez, honestidad, disciplina, honradez, eficiencia, ética, capacidad de liderazgo, visión de futuro, sentido del bien común, respeto a los demás (incluidos los enemigos políticos) son algunos de esos atributos adicionales que deberíamos exigir en los candidatos.

Tampoco estaría de más que sepan escuchar a todos los estratos de la ciudadanía, que sepan dialogar y no mantenerse a la defensiva, que sepan ser directos y claros cuando se les hace una pregunta difícil, que sepan dialogar, que no se sientan atacados u ofendidos cada vez que son criticados o cuestionados, y que estén convencidos de que las decisiones de país deben tomarse trascendiendo los intereses partidarios o sectoriales porque sirven para el bienestar de la nación.

Una formación en ciencias económicas tampoco garantiza una solución o un mejor manejo de los problemas del país. Lo económico es un factor importante para el gobierno de una nación, sin duda alguna. Pero las soluciones no pueden enfocarse ni limitarse a ser tratadas estrictamente desde lo económico. Administrar una empresa y administrar un país son dos cosas muy diferentes.

¿Por qué impedir que acceda a la presidencia alguien que, por ejemplo, tenga una formación en ciencias humanísticas? Nadie gobierna solo. Un presidente no puede saberlo ni controlarlo todo. Debe tener una visión del conjunto y tiene que descansar su gobierno en colaboradores que conozcan sus áreas de experticia.

Para eso conforma un Gabinete de Gobierno y se rodea de asesores que sabrán explicar la información necesaria para que la presidencia tome las mejores decisiones. Es a todo este cuerpo de funcionarios de quienes se debe esperar estudios específicos, experiencia y conocimiento de campo para las áreas requeridas. No deben otorgarse cargos por ser parientes o amigos de alguien con o cercano al poder.

Por lo demás, un título universitario no garantiza una personalidad sólida a nivel psicológico, que no se verá afectada ante las presiones permanentes del cargo y las consabidas tentaciones del poder. Vamos, un título universitario ni siquiera garantiza que la persona sea realmente inteligente.

Esto de la titulación es un tema recurrente en nuestra sociedad. Pero siempre que sale a luz termina convertido en un insulto colectivo para quienes no tenemos estudios superiores, porque se generaliza el prejuicio de que alguien sin título no tiene capacidad de trabajo, aprendizaje, conocimiento, inteligencia, etc.

En el país esto es tan extremo que hoy en día es difícil encontrar empleos que no exijan estudios superiores. En muchos lugares, para los puestos secretariales se piden por lo menos dos o tres años de universidad, por ejemplo. Muchísimas personas realizan sacrificios inmensos para seguir estudiando, convencidos de que el diploma garantizará un trabajo de calidad o, por lo menos, la facilidad continua de obtener alguno. Los titulados desempleados que me estén leyendo saben que eso es una falacia.

En mi caso, mi padre estudió hasta tercer grado y desde niño tuvo que trabajar con su madre para subsistir económicamente y mantener a un par de hermanos menores. Su ambición era que yo fuera a la universidad, un sueño que compartí con entusiasmo. Pero entonces pasó la guerra, que provocó muchísimos cambios en mi vida y que, al igual que a mi padre, me obligó a trabajar para mi subsistencia desde entonces.

Nunca entré a una universidad. Pero conociendo mi limitación, me dediqué al autoestudio, según lo necesitaba para los trabajos que iba realizando. Hay gente que me llama “licenciada” y hasta “doctora”. Lamento mucho la expresión de desilusión y estupefacción que les causo cuando aclaro que “solo soy bachiller”. Nunca lo he negado ni me da vergüenza decirlo. Tampoco me siento inferior por ello. Es mi realidad. Soy autodidacta. Y a toda honra. Nunca lo he visto como limitante más que a la hora de buscar trabajo, porque en este país se cree más en papeles, cartones y nombramientos “al dedo” que en las habilidades manifiestas de las personas.

El Artículo 151 de la Constitución de la República establece como requisito “la moralidad e instrucción notoria” para desempeñar el cargo presidencial, términos que resultan vagos y que pueden interpretarse y manipularse de muchas maneras.

Ahí es donde la ciudadanía juega un papel importante. Se necesita a una población pensante, que actúe por convicción y no por reacción, que tenga capacidad de observación y análisis pero, sobre todo, que tenga la independencia de tomar sus propias conclusiones sin dejarse arrastrar por las mareas ideológicas o partidarias, ni tampoco por la rabia e insatisfacción social que se viene percibiendo desde algunos años ante los últimos gobiernos.

Sería preferible que en vez de ciencias económicas, los candidatos tuvieran estudios de administración pública o de ciencias políticas, carreras que por desgracia no existen en nuestro país. Se debería de considerar como algo urgente fundarlas, ya que sin duda esto contribuiría a ampliar el espectro social de quienes acceden a la participación política en El Salvador, y mejoraría la administración pública, renovando y enriqueciendo nuestra forma de hacer y vivir la política.

Nuestra forma de escribir

Leer y escribir son dos caras de la misma moneda. Leer abre la posibilidad de la escritura. Para el escritor, leer es parte inequívoca de su oficio. Es un método de auto aprendizaje, de diálogo intelectual e intercambio humano. Es un carburante que alimenta nuestro motor narrativo, que lo mantiene activo.

Esta fusión entre la lectura y la escritura supone que así como los medios tecnológicos están transformando nuestra forma de leer, también están modificando nuestra forma de escribir y podrán impactar a futuro en nuestra concepción de la literatura, del oficio del escritor y de la industria editorial.

Gran parte de nuestra interacción tecnológica se realiza de forma escrita. Desde la mensajería privada hasta las más diversas redes sociales, practicamos un hábito de escritura cotidiana. Pero más allá de compartir artículos o información, hay personas que han encontrado en estos medios las herramientas para dar a conocer sus ficciones. Se definen como escritores, aunque su medio de publicación no sea el papel.

En columnas anteriores he mencionado Wattpad, una plataforma donde se pueden leer historias y publicar textos propios. Los lectores pueden comentar e interactuar con el escritor. Wattpad cuenta con más de 65 millones de usuarios y ha publicado más de 400 millones de historias desde su fundación en 2006. Esto llamó la atención de algunas editoriales estadounidenses, que tiene personal dedicado a leer esos textos y dar seguimiento a los más populares, en busca de posible material de publicación. Es conocido el caso de Anna Todd, autora de la serie “After”, que fue descubierta en Wattpad luego de que la primera de sus novelas logró millones de lecturas.

La inmediatez de la publicación y la interacción con quienes leen y comentan pueden ser estímulos suficientes para que un novato se anime a escribir. Algunas plataformas pueden ser una herramienta útil, una especie de taller literario virtual, no programado, donde los textos se ponen a prueba directa del lector, sin la mediación de un trabajo editorial.

Los géneros de las historias son variados: desde historias reales hasta ficciones de todo tipo. El hecho de publicar por entregas sumado a la reacción de los lectores, estimula la publicación espontánea y provoca modificaciones en la historia según los comentarios o “likes” ajenos, y no de acuerdo con una estructura planificada de antemano.
En 2012, la escritora canadiense Margaret Atwood sorprendió a muchos al abrir una cuenta en Wattpad. Con más de 111 mil seguidores, Atwood ha compartido 15 de sus obras de forma gratuita, entre ellas una novela colaborativa, un libro de poemas y algunos cuentos.

La autora fue cuestionada por hacerlo. Nadie entendía qué necesidad tenía de estar en Wattpad, ella que ha sido considerada para el Premio Nobel de Literatura. En un artículo publicado en The Guardian ese mismo año, Atwood explicaba lo valioso que le parecen este tipo de espacios y reflexionaba sobre los cambios que ha visto en la industria editorial desde los tiempos en que, para comenzar a dar a conocer sus escritos, los escribía a mano y los repartía entre sus familiares. Su perfil de Wattpad la define como ansiosa por explorar la manera en que se conectan lectores y escritores.

En un artículo titulado “Escritores y Facebook: cuando la red social funciona como probeta de historias y nuevos personajes”, publicado el pasado 15 de septiembre en el periódico La Nación de Argentina, su autor Daniel Gigena menciona varios casos de personas que comenzaron escribiendo en redes sociales y que luego dieron el salto al papel.

Félix Bruzzone, Julián López y Virginia Feinmann son algunos de estos casos. Utilizaron sus muros de Facebook para dar a conocer sus textos literarios. La cantidad de comentarios y de “me gusta” que generaron llamó la atención de las editoriales. Los tres han publicado en papel y no son los únicos.

Para Cristian Godoy, ocurrió algo más complejo. Según el artículo, estaba bloqueado con la escritura y el único lugar donde podía escribir de manera fluida era en la red social. “Creo que me sucede eso porque desacraliza el acto de escribir, porque todo lo que se publica ahí está atado a lo inmediato y a los 5 minutos ya es tema viejo de conversación”. Esa relajación de la solemnidad de la escritura se produce por el fácil acceso a instrumentos y aplicaciones que usan la escritura como medio fundamental para interactuar con los demás.

Las redes pueden servir como tarima de exposición y como un termómetro de lo que se escribe, pero también como una herramienta de trabajo. El ya mencionado Félix Bruzzone escribía y publicaba en los momentos en que se le ocurría alguna idea, mientras trabajaba como limpiador de piscinas, porque no le gusta cargar consigo una libreta de apuntes. Así nació su libro “Piletas”.

Estaremos en problemas si quienes se consideran escritores no se exigen un nivel superior de calidad en cada nuevo proyecto que emprendan, aunque su medio de publicación sigan siendo las redes sociales. Los lectores también estaremos en apuros si las editoriales tienen preferencia por publicar y visibilizar libros facilones que, aunque populares en otras plataformas, no contribuyen a construir diálogo, a formar criterio propio o por lo menos a entretener exigiendo de sus lectores una atención menos superficial, y sin repetir fórmulas argumentales que ya fueron mejor escritas.

No creo que el libro ni los escritores vayan a desaparecer. Es posible que sufran algún tipo de metamorfosis para adaptar el oficio tanto a la tecnología como a las nuevas costumbres lectoras. Pero esta adaptación no debería de sacrificar la calidad.

La tecnología ha permitido cierta horizontalidad en la escritura y la publicación. Eso hará más difícil detectar la Literatura, con ele mayúscula, entre los millones de productos que se publican en papel o en internet. Eso será como separar la paja del trigo.

Porque para hacer Literatura no basta con tener una buena historia. Hay que saber escribirla bien y tener lectores con el conocimiento y la sensibilidad necesarios para descubrirla.

Nuestra forma de leer

Va en aumento el número de estudios e investigaciones sobre el impacto que las nuevas tecnologías tienen y tendrán en los hábitos de lectura de las actuales y futuras generaciones. Desde lo más obvio, como la poca lectura de libros en papel, hasta otros aspectos menos analizados, como lo que podrá ser considerado literatura a futuro o la evolución misma del cerebro, las consecuencias de la omnipresencia de la tecnología son todavía impredecibles.
En un artículo publicado en agosto en el periódico The Guardian, Maryanne Wolf, profesora de la UCLA, sostiene que es importante analizar la forma en que la tecnología modifica nuestra lectura comprensiva. La saturación informativa provoca una presión y un sentido de prisa o de urgencia en leer textos, de preferencia cortos, en las redes sociales. Ese sentido de inmediatez hace que adoptemos el hábito de leer por encima, pasando la vista por las líneas para distinguir las palabras claves y terminar pronto.

Wolf sostiene que la lectura superficial incide en el desarrollo de algunos de nuestros más importantes procesos intelectuales y afectivos, como internalizar conocimiento, hacer análisis crítico, generar empatía y construir una opinión propia. Una investigación mencionada por Wolf en su artículo agrega que la lectura superficial impide percibir la profundidad del texto o captar su belleza.

Cabe preguntarse qué pasará a futuro con lo que entendemos hoy por literatura, uno de cuyos atributos es precisamente la belleza, sea a través del lenguaje o de la manera de contar una historia. En una columna de meses atrás comenté ya cómo la tendencia de los adolescentes actuales es leer historias en aplicaciones telefónicas, siendo el celular algo así como la central de mando de gran parte de su actividad pública y privada. Es común que cuando se les pregunta a los jóvenes si leen responden que sí, argumentando que lo leído en pantallas también cuenta como lectura. Su interés más grande es encontrar historias con las cuales sentirse identificados, que reflejen su cotidianidad. La forma, es decir, las sutilezas de las técnicas literarias, son relegadas a un segundo plano. Para ellos predomina el contenido.

El artículo de Wolf también menciona la incidencia que tiene para el proceso cognitivo leer en papel o en dispositivos digitales. El tacto y la vista activan otras funciones que complementan la experiencia mental. Estudios hechos con grupos que leyeron el mismo libro pero en medios de lectura diferente demostraron que quienes leyeron en papel no solo habían comprendido y asimilado mejor el texto, sino que habían disfrutado la experiencia más que quienes leyeron a través de una pantalla.

Este tipo de información es útil para sustentar la necesidad de emprender reformas educativas radicales, de manera que las futuras generaciones no pierdan funciones cognitivas y sensibilidades importantes. Se debe pensar en una nueva forma de enseñar materias como lenguaje, lectura y literatura. Lo vital durante los años formativos es seducir a los futuros lectores permitiéndoles acceso a todo tipo de libros, aun aquellos que puedan parecer demasiado complicados para determinadas edades. Pero su libre acceso a textos les permitirá encontrar las lecturas adecuadas para su nivel de entendimiento e interés.

Alguien que lea de manera superficial en primaria y secundaria tendrá muchas dificultades para realizar estudios superiores, no solamente en su habilidad lectora, sino también en su desenvolvimiento académico. Sin duda, esto afectará su desempeño laboral y, por ende, su calidad de vida.

Deberán implementarse métodos pedagógicos que permitan a los maestros tomar ventaja plena de los dispositivos y las aplicaciones necesarios no solo para seducir al estudiantado, sino también, y sobre todo, para construir hábitos de lectura comprensiva y analítica, condiciones necesarias para la formación de adultos pensantes, críticos y propositivos.

Como escritora, estas consideraciones siempre me hacen cuestionar y poner en perspectiva los temas de mi narrativa y la forma de abordarlos. ¿Debe el escritor enfocarse en escribir según los nuevos paradigmas? ¿Debe el escritor sacrificar la profundidad y la belleza del lenguaje de una obra para limitarse a contar una historia en términos menos complicados pero de mejor entendimiento para el común de las personas? ¿O debe continuar adelante con su proceso y sus búsquedas personales, sin tomar en cuenta este tipo de demandas?

Vivo y concibo el ejercicio de la escritura como una forma de vida y de pensamiento. El escritor plantea dudas, busca respuestas, encuentra belleza en el sonido de una palabra o desahoga rabias, ambiciones, imaginaciones y deseos sobre el papel. Aunque dicho “papel” resulte ser una pantalla. Desviar la narrativa personal para adaptarla y complacer el gusto lector mayoritario sería, según mi perspectiva, contravenir la esencia misma de la escritura.
En el artículo, Wolf menciona algo escrito por Sherry Turkle, académica de MIT: “No erramos como sociedad cuando innovamos, sino cuando ignoramos lo que interrumpimos o disminuimos”.

Pensemos en cómo el cerebro humano fue evolucionando hasta convertirse en lo que es hoy. Cómo ciertas partes del cerebro fueron cambiando de tamaño y adaptando sus circuitos nerviosos, y cómo el mismo cuerpo físico se fue adaptando y modificando a sí mismo para llegar a lo que somos hoy en día. Pasaron años de evolución para que dejáramos de emitir gruñidos y fuéramos capaces de articular lenguaje, pensamiento y escritura, todo por la necesidad de mejorar la comunicación a medida que el entorno y la sobrevivencia así lo demandaban.

Pienso en las pinturas rupestres, en las imágenes y las técnicas utilizadas para hacerlas. Estoy convencida de que para nuestros ancestros, aquellos dibujos eran una forma primaria de contar algo. O quizás eran un ejercicio de asombro al descubrir o probar las propiedades de algunos pigmentos y lo que se podía lograr con ellos, convirtiendo las rocas en los lienzos de sus pinturas, como ocurrió en la cueva de Chauvet, en Francia, y la Cueva de las Manos en río Pintura, Argentina.

Que la tecnología sirva para construir mentes críticas, socializar el conocimiento y mejorar nuestras condiciones de vida. No para mutarnos en zombis obedientes y sin criterio propio

Por nuestro patrimonio nacional

Hace unas semanas, un grupo de trabajadores descubrió una esfinge, mientras desarrollaba la construcción de una carretera entre los sitios arqueológicos de Karnak y Luxor, en Egipto.

De inmediato, las autoridades correspondientes tomaron medidas para proteger la estatua. No ha sido excavada en su totalidad, porque se busca la mejor manera de hacerlo sin dañar la pieza. La construcción de la carretera no solo ha sido detenida, sino que ya se estudian alternativas para cambiarla de dirección para no atrasar su construcción.
Descubrir esfinges, pirámides, sarcófagos y otros vestigios arqueológicos es pan de cada día en Egipto.

Teniendo consciencia de ser descendientes de una de las culturas más admiradas del mundo, los egipcios han sabido preservar y explotar sus joyas antiguas. Hay todo un protocolo de acción que permite detener una construcción si se encuentra un tesoro arqueológico más. Cualquiera diría que en Egipto sobran pirámides y esfinges, pero se siguen preservando y estudiando como si fueran un primer descubrimiento, justamente porque en el fondo lo son: cada pieza descubierta contiene información histórica invaluable.

Un ejemplo que habla mucho sobre la tensión entre el desarrollo y la preservación patrimonial fue lo ocurrido cuando se construyó la presa de Asuán. El complejo de Abu Simbel y algunos sitios de importancia arqueológica quedarían inundados por el lago que se formaría, el lago Nasser. Esto impulsó a los arqueólogos a movilizar esfuerzos para realizar lo insólito: trasladar de lugar estatuas monumentales y templos enteros.

Esta operación de rescate, liderada por la UNESCO, ocurrió en 1960. Ladrillo por ladrillo fueron levantados templos y estatuas de faraones, para ser reconstruidos a pocos kilómetros de distancia. Un total de 24 monumentos pudieron ser salvados, entre ellos los templos de File, Kalabsha y Amada.

El descubrimiento de la mencionada esfinge me hizo sentir envidia. Pensé primero en esos trabajadores. No sé si reciben algún entrenamiento tipo “Qué hacer en caso de encontrar una esfinge o una pirámide”, pero el hecho de que los mismos obreros tengan la intuición de no seguir picando piedra ante algo que puede ser una antigüedad, es admirable. Luego, la velocidad de reacción de diferentes autoridades que permiten preservar el lugar, parar las obras y cambiar el sitio de la construcción para preservar el descubrimiento. El patrimonio no es sacrificado, sino salvado y restaurado.

Nada de eso ocurriría aquí en El Salvador. De hecho, la noticia del descubrimiento de la esfinge coincidió con el Dictamen N.º 1 emitido por la comisión especial de la Asamblea Legislativa que estudia el caso del sitio arqueológico Tacuscalco. El dictamen de dicha comisión busca hacer modificaciones a la Ley Especial de Protección al Patrimonio Cultural de El Salvador (LEPPCES), mediante lo que la citada comisión llama una “interpretación auténtica” del Artículo 8 de la ley. Esto permitiría continuar con la construcción de una urbanización en el lugar mencionado.

En pocas palabras, la modificación que se busca hacer a la LEPPCES es que solamente obras que estén “vinculadas directamente con un bien cultural así declarado” (según dice el dictamen) necesitarán de la autorización previa del Ministerio de Cultura. Esto deja por fuera cualquier sitio o bien patrimonial que apenas esté siendo identificado o descubierto, o que haya sido identificado como inmueble o sitio de valor cultural, pero cuya declaración oficial como patrimonio nacional esté en gestión.

Según el Ministerio de Cultura, en una nota de prensa publicada en su página web, alrededor de 160 iglesias de carácter monumental, al igual que 137 centros y conjuntos históricos (que comprenden un estimado de 10,336 inmuebles con valor cultural) quedarían expuestos a posible pérdida y destrucción, si se implementa esta modificación en la ley.

La historia de nuestro patrimonio nacional es penosa. Son numerosos los casos de sitios e inmuebles destruidos en un mal entendido empuje del progreso. La reflexión sobre el valor de nuestra cultura, nuestros antepasados y nuestra historia ha estado ausente entre amplios sectores de la sociedad, incluyendo a la clase política y nuestros gobernantes. El Estado mismo, al perpetuar un enfoque desfasado y limitante de la cultura, reduciéndola a actividades de entretenimiento o a usarla como herramienta para la prevención de conductas antisociales, ha colaborado a la formación de la indiferencia social hacia nuestros bienes.

La ciudadanía no ha sido educada para apreciar el valor de los espacios patrimoniales, y en consecuencia cuando ocurren situaciones como la de Tacuscalco no existe el empuje ni la determinación para defender dichos espacios como propios. No se tiene claro que estos representan no solo fragmentos de nuestra historia, sino que también contienen elementos para la construcción de nuestra identidad nacional.

Para muchos está claro desde hace años que la LEPPCES es una ley deficiente que necesita reformas, de manera que el patrimonio quede protegido de forma indiscutible y contundente. Pero también necesita herramientas adicionales para hacerla efectiva como la creación de un presupuesto que permita al Estado comprar los terrenos o inmuebles de interés patrimonial, invertir en ellos para que sean estudiados y preservados de la mejor forma posible, y poder transformarlos luego en centros de estudio e investigación de nuestras poblaciones ancestrales.

Cada espacio patrimonial destruido es una pérdida irreparable para el país, que deja incógnitas sobre nuestra historia. De seguir así, la construcción de nuestra identidad nacional se irá distorsionando hasta que nuestras raíces sean borradas por el cemento y la avaricia, hasta llegar al día en que no tengamos ni la más remota idea de por qué nos hacemos llamar salvadoreños.

El 21 de agosto, el presidente de la república vetó el dictamen de la comisión, argumentando que este viola las normas de protección y promoción de los derechos culturales, transgrede tratados internacionales de cumplimiento obligatorio y que dicho decreto es “un exceso de las atribuciones constitucionales”. La Asamblea tiene ahora la opción de enmendar el error, hacer una nueva propuesta o superar el veto con mayoría calificada de 56 votos (de 84).

Esperemos prevalezcan la sensatez y el interés nacional por la preservación de nuestro patrimonio histórico.

La tentación de callar

Me siento a observar el mundo, a escucharlo. Cada día lo entiendo menos. Cada día me gusta menos. Tengo emociones contradictorias al leer o escuchar a mis congéneres. Al verlos actuar. Al ver cómo se hacen las cosas. Al comprender cómo funciona el mundo y asumir con asco que muchas decisiones de su funcionamiento se dictan desde la sombra. Poderes demasiado grandes están ahí, decidiendo nuestros destinos y los del planeta mismo.
No sé qué hacer con tanto hartazgo, frustración, impotencia. Lucho contra mí misma, todos los días, para no dejarme arrastrar por el cinismo y el escepticismo generalizados. Lucho para no ceder a la resignación, a pensar que nada de esto cambiará, que resistir es inútil.

No sé qué hacer con el desaliento de quien ya ha visto pasar estas cosas aquí o en otras partes, en otro tiempo, en otros idiomas. Las mismas guerras y luchas, los mismos traidores, los mismos aprovechados, los mismos sacrificados. Nunca escarmentamos. Nunca aprendemos.

La historia se copia a sí misma porque no sabemos o no queremos hacer las cosas de otra manera. Todos queremos cambiar el mundo pero pocos se atreven a poner manos a la obra. Repetimos un montón de frases bonitas y bienintencionadas, leídas y escuchadas con tanta frecuencia que ya no tienen sentido ni valor alguno.

Pocos tienen decencia. Una decencia originada no en la imposición de creencias opresivas que nos han condicionado a actuar en función de obtener una recompensa o de rehuir un castigo. Una decencia que se trae y que se cultiva día a día. Una decencia que sufrirá constantes retos y que pondrá a prueba nuestra ética y nuestras lealtades.

No hemos aprendido nada como especie. No sabemos nada, pero tenemos la arrogancia y la pretensión de creer que sí. Peor aún nos creemos dueños de todo. En función de nuestra propia satisfacción y comodidad hemos ido destruyendo nuestro planeta, los legados de nuestros antepasados, nuestro hábitat, nuestra humanidad, nuestra compasión, ver con ojos amables no solo a los demás, sino también a los animales y las plantas. Nada escapa a nuestra ansia de posesión y de dominación.

En esta tierra nacemos y bebemos nuestro primer alimento de la mano de la muerte. Caminamos con ella. Comemos con ella. Dormimos con ella. La saludamos todos los días mientras esperamos nuestro propio turno. A pocos les tiembla la mano para matar o para dar la orden de hacerlo. A pocos les da asco la idea de morir.

Miro fotografías de islotes de basura que crecen sin remedio flotando en medio del océano o inundando kilómetros de costas y ríos, cuyo detritus termina en la panza de los peces que luego ponemos sobre nuestra mesa. Nos estamos hartando nuestros desechos químicos y plásticos. Nos asfixiaremos en nuestra propia basura.

Veo a un orangután enfrentarse a una máquina aplanadora que está a punto de destruir su árbol, el único que queda en la selva, el único hogar que ha conocido. Veo a un koala desconcertado que vuelve al bosque con los suyos para darse cuenta de que lo único que queda es un lugar pelado, y no quiere moverse porque sabe, su entraña sabe, que ahí era su hogar. Veo a tortugas enredadas en bolsas y redes de pescadores. Veo a ballenas que mueren con sus inmensos estómagos llenos de basura humana.

Ciudades en ruinas, guerras que nunca terminan, cuerpos descuartizados, caravanas de gentes que huyen a países vecinos, montados en trenes o pateras, alentados por la desesperación de cambiar las cosas, movidos por el motor de una esperanza. Una esperanza así tiene que ser muy grande para poder sobrellevar el dejarlo todo y hacer un viaje donde se sabe que la vida, ay, la vida no vale nada.

¿Pero qué se puede hacer cuando nadie quiere escuchar, cuando nadie quiere ceder? ¿Qué se hace cuando nadie quiere hablar? ¿Qué se hace cuando nos domina el orgullo? ¿Qué se hace cuando nadie quiere, ni por un momento, acariciar la posibilidad de que su postura puede modificarse, de que no siempre se tiene la razón? ¿Qué se hace ante la evidente necesidad de transformar nuestra conducta, de corregir hábitos que ahora resultan mortales, una muerte lenta que vamos imponiendo sobre nuestro entorno y nuestro prójimo, sin percatarnos de ello o incluso a sabiendas?

¿Qué pasaría si nos sentáramos a escuchar, a hablar (no a imponer nuestra razón, no a pelear, no a acusar ni a humillar)? ¿Qué pasaría si dejáramos de concentrar la medida de las cosas y de la vida misma en el dinero? ¿Qué pasaría si le diéramos su verdadero valor, el intangible, a las personas, a la confianza, a la lealtad, a la honestidad, al afecto? ¿Qué pasaría si dejáramos de ser tan crueles?

Si nadie habla, si nadie escucha, si nadie admite sus equivocaciones, si nadie quiere ceder ni un poquito en su postura, si nadie dialoga, si no hay buena fe; si hay mentira, si hay malicia y engaño, si hay mezquindad, si siempre procuro lo mejor nada más que para mí, si todos hacemos lo mismo, ¿cómo esperamos que todo cambie, que todo mejore?

¿Dónde pongo la rabia, el desaliento, la impotencia, la decepción, el dolor, la tristeza, la sensación de pérdida, el desánimo, esto que me causan todos esos eventos que me hacen sentir vergüenza y pena de mis congéneres?
No puedo hacer más que ponerlo aquí, a la vista de todos. No sé qué hacer más que esto, ponerlo en palabras. Escribir. Solo puedo escribir. Decirlo. Para no ceder a la tentación de callar. Para no ceder a la comodidad de hacerme la loca. Para no ceder a la tentación de dejarlo pasar. De ignorarlo. De no hacer nada. Puedo escribirlo. Decirlo. Es algo minúsculo, pero es algo.

Me siento a observar el mundo, a escucharlo. Cada día lo entiendo menos. Como si no supiera que la vida, al igual que la escritura, son oficios que nunca se terminan de aprender.

Los sucesos de Nicaragua

Una de las cosas que más me impresionó cuando llegué a Nicaragua fue el ambiente generalizado de euforia y entusiasmo, de alegría contagiosa que se vivía en el país. Fue a inicios de la década de los ochenta. Comenzaba la revolución sandinista. Nacía una esperanza: la de poder construir un país más justo, con igualdad de derechos para todos.

El entusiasmo se impuso a pesar de la realidad. Surgieron retos, obstáculos y opositores poderosos casi de inmediato. El entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, declaró un embargo económico y comercial. Nicaragua entró en guerra y en escasez extrema.

Fueron tiempos duros, sobre todo para quienes vivían en las zonas de conflicto en el norte y el sur del país. La amenaza de una intervención militar estadounidense era permanente. La euforia inicial fue degradándose ante la comprensión generalizada de que transformar una sociedad es una tarea más compleja de lo que nadie imaginó.

La revolución sandinista entró en agonía en el instante mismo en que altos dirigentes y sus allegados cedieron a todas las tentaciones que les ofreció el poder. En ese instante, en el momento de aceptar cualquier prebenda o de autorizar cualquier abuso, dichas personas traicionaron sus ideales y dejaron de ser de izquierda. Se convirtieron en lo mismo que un día criticaron y combatieron.

Muchos no admitieron ni manifestaron en público sus críticas a la revolución o al Frente Sandinista para la Liberación Nacional (FSLN). No era conveniente para nadie que se dudara de su lealtad política. Dudar de la revolución, de los dirigentes y del partido era echarse encima la sospecha de simpatizar con la contrarrevolución. No había términos medios: se estaba a favor o en contra.

Callar las críticas a la revolución era también una forma de evadir la realidad. Fue frustrante y doloroso para muchos asumir que todo se había ido al carajo desde hacía años. Nadie quería o tenía el valor de admitirlo. Algunos militantes sandinistas que habían luchado durante la insurrección comenzaron a renunciar al partido, decepcionados de lo que estaba pasando. Los resultados de las elecciones de 1990 fueron la lápida sobre la tumba de la revolución.

Cuando Daniel Ortega regresó al poder en 2007, luego de años de alianzas con todo tipo de corruptos, oportunistas y personajes oscuros de la política nicaragüense, intentó retomar el lenguaje y el proyecto original del sandinismo, más para aprovecharse de los rezagos románticos de la revolución que por una intención real de transformar la sociedad. Nicaragua se decía de nuevo revolucionaria, además de “socialista, cristiana y solidaria”.

Desde abril de este año, amplios sectores de la sociedad nicaragüense realizan protestas que han provocado una ola de represión gubernamental que no se vivía desde hace décadas. Numerosos organismos internacionales, la OEA, personalidades de diferentes procedencias y 13 gobiernos latinoamericanos han condenado la represión, exigiendo el cese de la misma para instaurar un diálogo y encontrar una solución al conflicto.

Mientras tanto, el FMLN y el presidente Salvador Sánchez Cerén han manifestado, en más de una ocasión, su respaldo a Daniel Ortega. En el reciente XXIV Encuentro del Foro de Sao Paulo, Sánchez Cerén dijo apoyar al pueblo y Gobierno de Nicaragua “ante los intentos desestabilizadores para alterar el orden constitucional, derrocar por la fuerza al Gobierno legítimamente electo y arrebatar a la población los grandes avances sociales y económicos en uno de los países que alcanzó el mayor crecimiento y estabilidad en la región”.

Es fácil comprender que entre ambas organizaciones, el FMLN y el FSLN, existen lealtades políticas de vieja data. Pero es de sentido común pensar que lo que se necesita lograr de inmediato es el cese de la represión ejecutada por los paramilitares progobierno y la Policía. No puede haber diálogo mientras se siga matando gente, mientras cualquiera y toda persona que levante su voz en contra de lo que está ocurriendo sea desaparecida, torturada y encarcelada.

Nadie puede ni debe avalar la represión en Nicaragua. Amenazar, denigrar, amedrentar y asesinar a los opositores y críticos políticos no puede volver a ser práctica común en nuestra región. Es doloroso ver las numerosas escenas que han circulado en redes sociales sobre los sucesos en Nicaragua. Doloroso porque son malditamente similares a los eventos que propiciaron las guerras centroamericanas en los ochenta.

Doloroso porque cuando todos los involucrados fumaron sus pipas de la paz juraron que eso no volvería a ocurrir nunca más. Y está ocurriendo. Tanto más decepcionante resulta cuando quien lo comete fue alguno de los luchadores del pasado.

Cuando un gobernante accede al poder y comienza a manejar la presidencia como un espacio para favorecerse a sí mismo y a los suyos traiciona a su partido y a su ideología. Cuando lo que mueve a un gobernante es la avaricia, la mezquindad y la acumulación de riqueza y poder a costa de la explotación social, de la violación de los derechos humanos y de las libertades individuales, ese gobernante ya no representa a nadie ni tiene ideología alguna. Es un corrupto, un represor. No es un político, es un traidor de la causa, alguien que se sirve a sí mismo y nada más. Traiciona su condición de funcionario público, defraudando con ello la confianza que los votantes depositaron en su persona. Eso lo hace inútil para seguir ocupando su cargo.

En ese sentido, exigir el cese de la represión en Nicaragua no implica traicionar ningún pensamiento de izquierda, ni estar del lado de ninguna conspiración internacional. Es un acto de decencia ante el retorno de prácticas que se consideraban superadas y desterradas para siempre de nuestros países.

Para quien se identifique con el pensamiento de izquierda, los sucesos de Nicaragua deben hacernos reflexionar sobre la urgente necesidad de un debate franco y honesto; un debate que permita la renovación y modernización de la izquierda, sus conceptos, su discurso y su práctica.

Nadie le debe lealtad incondicional a un dictador. Nadie le debe obediencia a quien ordena robar, torturar, secuestrar, violar, aterrorizar y matar. Sea de la ideología que sea.

Mosaico mundialista

Es posible que al momento de leer esto, usted ya sepa quién es el nuevo campeón mundial de fútbol. Hoy se juega el partido final de Rusia 2018. A la hora de entregar esta columna a edición, solamente conozco los cuatro finalistas. No diré “que gane el mejor”, porque en el juego, al igual que en la vida muchas veces es la suerte la que termina decidiendo las cosas, a pesar de nuestro mejor esfuerzo e intenciones.

No tengo la menor idea de quién ganará. Quizás sea Croacia, pero ya no apuesto por nadie. Si algo tuvo este mundial fue sorpresas y eliminaciones inesperadas. Viendo los primeros partidos, me gustaron los equipos de Islandia, Senegal y Egipto, pero terminaron marchándose. Mi favorito permanente, Alemania, no pasó ni a octavos de final. Otros favoritos míos (Brasil y Argentina) también quedaron en el camino. Esas eliminaciones me hicieron perder interés para el resto del campeonato.

Durante cada mundial, me resulta inevitable recordar los vistos durante mi infancia y adolescencia. En casa nadie era seguidor de ningún deporte. Pero las competencias internacionales como peleas de boxeo, las Olimpíadas y la Copa de Fútbol eran sucesos importantes en un tiempo en que la comunicación estaba limitada al teléfono de línea fija, los periódicos en papel y las ocasionales transmisiones televisivas vía satélite. Para un país como el nuestro donde la televisión transmitía pocas horas al día, ver en directo un evento internacional era de las escasas oportunidades en que parecíamos conectar con el resto del mundo.

En casa le íbamos a Alemania en el fútbol, primero porque es el país de mi madre, pero también porque tenían equipos excelentes. Luego caigo en la cuenta de que tuve el privilegio de ver el fútbol de una época dorada. Recuerdo a Pelé. Recuerdo a la holandesa “Naranja Mecánica” de Johan Cruyff. Recuerdo la selección argentina de César Luis Menotti con Kempes, Fillol, Passarella, Tarantini y Luque. Recuerdo a Món Martínez y a Pipo Rodríguez con la selección salvadoreña que viajó a México 70. Recuerdo a Franz Beckenbauer y a Gerd Müller. Recuerdo la lluvia de confeti celeste y blanco que cayó en las graderías del estadio Monumental de Buenos Aires, cuando Argentina venció a Holanda 3 a 1, motivo por el que mi enojada madre nos dejó de hablar un par de días a mi padre y a mí, porque ella le iba a los europeos y nosotros a los argentinos.

Desde aquel tiempo, he seguido de vez en cuando los mundiales, pero no he sentido mayor afinidad por ningún equipo, quizás porque el deporte mismo ha cambiado. El fútbol de los años setenta era más movido, más rápido, más agresivo y a veces hasta rudo. Era menos frío, menos calculado que el de hoy en día. O por lo menos, así me parece.
Pero no todo ha sido pérdida. Una de las cosas divertidas que tuvo Rusia 2018 fueron los memes en internet. Mi favorito: el del director técnico de Brasil, Tite, corriendo. Otros graciosos fueron los de Neymar con sus interminables caídas y exageradas muecas de dolor. Podría ser el capitán de una selección llamada los “Drama Kings” o competir para ganar un Óscar.
Siempre hay personas que reniegan de este tipo de eventos y que además confrontan a quienes los siguen acusándonos de muchas cosas, desde “solo gente tonta pierde el tiempo viendo a 22 hombres correr detrás de una pelota” hasta “estás viendo fútbol mientras en equis país están matando gente”. No creo que ver a 22 hombres correr detrás de una pelota haga más tonto a nadie ni que agrave la situación mundial.

Por lo contrario, estos eventos me hacen reflexionar sobre la humanidad, sobre por qué nos gusta jugar y competir contra otros; sobre cómo se desbordan las pasiones cuando se gana o se pierde; sobre la pureza en las lágrimas de los niños que lloran la derrota de sus equipos con auténtico dolor y que le parte el corazón hasta al más duro; sobre los miembros de las barras que, después de terminados los partidos, se quedaban para limpiar la basura de las graderías; y sobre cómo, de muchas maneras, un deporte puede ser también una metáfora sobre la vida.

Gustar del fútbol no tiene por qué ser excluyente de nuestras preocupaciones sociales ni nos convierte en insensibles. Gritar un gol no significa que no estemos pendientes de los niños enjaulados por el gobierno de Donald Trump, de la represión de las protestas civiles en Nicaragua o de la falta de información sobre el caso de la agente policial Carla Ayala.
Es cierto que no se puede idealizar el mundo del fútbol profesional. Al igual que en cualquier institución que mueve miles de millones de dólares, el deporte saca a relucir lo peor del ser humano en forma de corrupción, mafias y abusos de poder, pero también saca a flote algo de lo mejor que somos, de maneras insospechadas.

Un ejemplo de esto es la historia de los colombianos José Richard Gallego y César Daza. Gallego quedó sordo y ciego desde hace años a consecuencia de una enfermedad. Pero Daza aprendió lenguaje de señas y entre ambos inventaron un sistema para que Gallego pueda enterarse de lo que pasa: Daza mira los partidos y mueve las manos de Gallego dentro de un tablero que representa el engramado, según se van dando las jugadas reales. Si meten gol, ambos levantan los brazos. Cuando eso ocurre, la expresión de júbilo en el rostro de ambos, no tiene precio.
Un juego que logre cultivar gestos de camaradería, amistad y lealtad como el mencionado, no atonta a nadie. Por el contrario, es el fanatismo la causa de la estupidez y la ofuscación que nos impide dialogar, escucharnos y convivir como iguales, y no como enemigos de nosotros mismos, sin importar el deporte, la ideología o el asunto que está en discusión.

Ha nacido una ceiba

Ha nacido una ceiba en el fondo de mi jardín. En realidad, no es un jardín. Es un pequeño patio interior, que está embaldosado. Ahí tengo macetas con plantas variadas. Debido a la altura de los muros y las paredes de la casa, el patio no recibe sol por las mañanas. Por ello, no siempre se dan bien las plantas de flores.

Las que han prosperado son una begonia roja y otra que conozco con el nombre de “gotas de sangre”. Pero eso ha tomado años de cuido y han sufrido más de algún altibajo. También han floreado unas orquídeas blancas, pequeñas, por las cuales nadie daba un centavo, nadie más que yo, quien insistió en cuidarlas hasta que brotaron unas flores en forma de estrellas blancas y amarillas.

La falta de sol en el patio me obligó a sembrar plantas de sombra, sobre todo helechos, mala madre y papiros. Cuando llueve, los helechos se ponen espectaculares. Los verdes son más intensos. Todo crece a una velocidad pasmosa. Exuberante, salvaje, frondoso. La llamada mala yerba brota en las macetas y todo rebalsa de retoños y hojas nuevas que se enredan y confunden entre sí.

En medio de ese desorden vegetal, en la maceta donde intento desde hace más de un año resucitar a una hortensia (que cada tanto tiempo le cae una plaga y que jamás ha dado una buena flor), descubrí una planta nueva que fue creciendo y echando hojas bastante rápido. No podía identificarla, pero algo me decía que era una planta útil. Parecía yuca, parecía papaya, pero siempre había un detalle que descartaba mis suposiciones.

Le pregunté a don Héctor, mi jardinero. Me dijo que es una ceiba. No me lo podía creer. “¿Está seguro?”, insistí. Sin dudar me dijo que sí y me lo demostró: el tronquito tiene espinas verdes, detalle que no había notado. Seguía sin creerlo. ¿Cómo es posible que surja una ceiba en una maceta? Me explicó que las semillas son pequeñas y livianas, que vuelan fácilmente con el viento.

En centésimas de segundo imaginé el desarrollo completo del árbol. Aunque me encantaba la idea de tener una ceiba en el patio de mi casa, la burbuja de mi ensueño reventó rápido y volví a la realidad. Tener una ceiba en mi patio es imposible. No hay espacio. Resignada le pedí que la sacara, que se la llevara y la sembrara en un lugar donde pudiera crecer a sus anchas.

Me dijo que podía cultivar la ceiba en maceta. Que se podía utilizar la misma técnica del bonsái y que se le podían ir cortando las raíces de manera que quedara pequeño. La idea me pareció genial, pero volví a dudar. Dijo que ya lo había hecho alguna vez, que funcionaba, que la ceiba crecería pero se mantendría pequeña. Todo es cosa de comprarle una maceta más grande y trasplantarla. Acordamos hacerlo.

Terminamos hablando sobre la ceiba del parque de Antiguo Cuscatlán. Sobre la enfermedad que tiene. Me explica que las ceibas, aunque son grandes y se miran fuertes, tienen una madera muy porosa, lo que las hace susceptibles a los hongos. Además, agrega, la ahogó el cemento y el asfalto de las construcciones a su alrededor.

Originario de Antiguo, don Héctor me cuenta que conoce ese árbol desde años atrás, cuando había menos urbanización en la zona. Quién sabe los recuerdos que se le cruzaron por la mente, porque entonces me dice: “Imagínese ese árbol, cuántos años tiene”. Hace una pausa. “Ése árbol nos conoce las historias a todos los que han pasado por aquí y a todos los que hemos vivido aquí. Imagínese eso”.

Hice caso e imaginé a los antiguos ir y venir de esta zona, y a la ceiba, como un testigo vegetal, mudo y magnífico, de nuestro minúsculo paso por este tiempo y por esta franja de suelo. Acaso la larga vida de estos árboles fue la que hizo que los mayas lo consideraran un árbol sagrado, cuyas raíces podían llegar hasta el inframundo y cuyas ramas podían crecer y elevarse hasta alcanzar la morada de los dioses.

Luego hablamos de murciélagos y colibríes. Hablamos de pájaros que ahora hacen sus nidos en lugares insólitos, porque nosotros los humanos, el más grande depredador de la naturaleza, estamos destruyendo todos los espacios verdes con nuestro retorcido concepto de “progreso y desarrollo”. Me contó de cómo, cuando almuerza, siempre pide una ración doble de arroz: una para comérsela él y otra para dársela a un grupo de pájaros que lo esperan cada mediodía y se alborotan si no está puntual con la comida.

Cuando el poeta y cineasta francés Jean Cocteau estuvo internado en la clínica de Saint Claud, escribió un diario que publicó en 1930, con el título de “Opio, diario de una desintoxicación”. De ese libro, siempre me impresiona cuando Cocteau habla de su relación con el opio y de cómo eso le permitió comprender el estado vegetal: “A través de él (el opio) obtendremos una idea de la velocidad distinta de las plantas”.

Siempre pienso en esa velocidad y de cómo quienes se relacionan de cerca con la naturaleza pueden sentirla y comprenderla. Estoy convencida de que algo de esa velocidad vegetal se contagia al espíritu de quienes cuidan jardines, quienes suelen emanar una serenidad que (imagino) les es transmitida por el frecuente contacto con la tierra, con las plantas y con toda la vida animal que amparan a su alrededor. A su vez, ese contacto les ha permitido acumular un tipo de sabiduría que subestimamos por sencilla, pero que encierra pequeñas y grandes verdades de la vida.

Recuerde el lector las ceibas que ha visto en su vida, las más antiguas, las más altas, las de tronco más grueso. Deténgase a observar una. Y reflexione sobre eso que dijo don Héctor, en el tiempo que tienen de estar ahí, observándonos ir y venir, testigos centenarios y mudos de nuestros quebrantos y alegrías.