Una muerte digna

Es irónico cómo viviendo rodeados de tanta muerte y violencia, hablamos poco de ella. Del proceso de la muerte. Del duelo. Del dolor. De la muerte de nuestros seres cercanos. De la muerte de personas en nuestra comunidad, en nuestro territorio geográfico. De nuestra propia muerte.

Es un tema espinoso. No nos gusta asumirnos mortales. No nos gusta asumir que, tarde o temprano, pasaremos por dicho trámite. Todos. Sin excepción alguna. Sin importar las creencias espirituales o filosóficas, nos movemos con incomodidad y rechazo ante la vejez, las enfermedades terminales, los funerales y el duelo mortuorio. La muerte es un tema tabú al que preferimos no acercarnos.

Esto hace que como sociedad asumamos conductas defensivas ante ella. Delegamos en instituciones de diverso tipo el cuidado de las personas en sus procesos de enfermedad y agonía. Pero dichas instituciones se enfocan sobre todo en cuidados de tipo físico. Pocas veces toman en consideración que el paciente tenga una muerte digna. Así mismo, pocas veces toman en consideración el dolor de los seres cercanos.

Tenemos reacciones contradictorias. El trabajo y las ocupaciones de sobrevivencia drenan nuestro tiempo y energía personales, por lo que preferimos o nos vemos obligados a delegar en manos de otros el cuidado de nuestros adultos mayores. Muchas veces se piensa que, pagando un asilo que se haga cargo de la situación, el problema está solucionado. Pero no tener el problema enfrente, a la vista inmediata, no es garantía de que todo marche bien.

Hay demasiadas historias indignantes sobre lo mal que son tratados los adultos mayores en asilos y hospitales, aún en los de pago. Y sin embargo, cuando se recibe un pronóstico de muerte inminente o de una condición irreversible, familiares y médicos insisten en prolongar artificialmente la vida del paciente sin tomar en consideración la dignidad o la voluntad del moribundo. Los familiares se aferran al espejismo de una esperanza, a la negación de la muerte.
Quienes debido a migraciones, guerras, conflictos familiares u otras circunstancias se ven abandonados a la soledad, no tienen más alternativa que la resignación y esperar a ver cuándo, cómo y dónde toca la lotería de la muerte. Muchos mueren en pobreza extrema, en condiciones que una política estatal integral podría evitar.

Más allá de que el sistema público de salud deba garantizar una cama y atención adecuada para quien lo necesite, también deberían existir políticas públicas que brinden la calidad debida al proceso de muerte, no solo desde el punto de vista asistencial, sino también desde el punto de vista humano. Subestimamos la importancia que tiene un gesto empático en un momento de dificultad. Por ejemplo: se otorgan permisos por maternidad, pero no se otorgan permisos para el cuido y acompañamiento de familiares enfermos o para permitir un tiempo para el duelo personal.
Existen un par de movimientos que promueven a escala internacional la construcción de un sistema que mejore esto. En 2005, Allan Kellehear, un experto australiano en salud pública, comenzó a impulsar el concepto de “ciudades compasivas”, convencido de que el proceso del final de la vida no debería ser un asunto exclusivo de los hospitales y asilos.

Entre los objetivos de las ciudades compasivas están no solo la implementación de políticas públicas que permitan el acompañamiento familiar o afectivo de los enfermos, sino también un proceso educativo para que niños y jóvenes puedan enfrentar sus propios procesos de duelo. Contempla, además, medidas para extender todo tipo de cuidados paliativos a sectores que, por lo general, no cuentan con los recursos económicos para financiarlos, como la población de las cárceles y los asilos públicos.

Colombia es la pionera latinoamericana en implementarlo. Cali, Bogotá, Fusagasugá y Medellín son las cuatro primeras ciudades en las que se busca fomentar esta participación de los ciudadanos como parte esencial de los cuidados paliativos y una muerte digna en procesos de enfermedad avanzada.

Para otras personas, la dignidad en la muerte se interpreta como la posibilidad de terminar la vida propia en el momento deseado, antes de que el deterioro físico o mental de la edad o la enfermedad los reduzca a no tener lucidez y perder el control sobre sus decisiones, sobre su movilidad y sobre su calidad de vida.

Dicha discusión se avivó de nuevo a raíz de la muerte de David Goodall, un botánico y ecologista australiano de 104 años que viajó a Suiza para someterse a un suicidio asistido. La eutanasia voluntaria es legal en ese país, así como en Canadá, Bélgica, Luxemburgo, los Países Bajos y algunos estados de Estados Unidos.

Goodall no estaba enfermo y conservó su lucidez hasta el último momento, pero su calidad de vida se había deteriorado debido a las limitaciones físicas de su edad. Pese a haber trabajado en una universidad australiana hasta los 102 años, no se sentía feliz y su vida había perdido todo sentido, según él mismo explicó.

En una conferencia de prensa previa a su muerte, el científico dijo: “Una vez que se pasa la edad de 50 o 60 años, uno debería ser libre de decidir por sí mismo si quiere seguir viviendo o no”. Goodall dijo que le gustaría ser recordado “como un instrumento para liberar a los ancianos y que puedan elegir su propia muerte”. Esperaba que su acto pueda impulsar a la reflexión para que más países adopten la legalización de la eutanasia voluntaria.

Vivimos en una época que nos impone un código superficial de belleza, juventud, actitud, fortaleza, felicidad a niveles donde la frontera con la mezquindad, la altanería, el narcisismo, la impasibilidad y la crueldad está a un pelo de distancia. Con demasiada frecuencia olvidamos el factor humano, ese que nos hermana a todos. Nuestras vidas encuentran su punto común en nuestra mortalidad, aunque no queramos admitirlo.

Lo menos que se le puede pedir a la vida, después de haber pagado nuestro correspondiente impuesto de dolor por vivirla, es una muerte con dignidad, ¿no les parece?
Pensemos en ello.

Para crear futuros lectores

Hace unos días, el poeta guatemalteco Julio Serrano compartió en Twitter sus impresiones sobre un encuentro que sostuvo con estudiantes de entre 14 y 17 años, con quienes habló sobre libros y lectura. Los estudiantes pertenecen a un colegio de buena reputación académica, bien calificado en Lenguaje.
De los tres grupos con los que Serrano tuvo oportunidad de discutir, a ninguno le interesaba leer literatura, aunque había conciencia plena sobre “la lectura permanente de contenidos en línea” (según los tuits de Serrano).

Casi ninguno de los estudiantes usaba Twitter, muchos ya no tenían Facebook y todos tenían Instagram. Un dato que Serrano destacó como interesante era el hecho de que en los tres grupos, casi la mitad de los estudiantes provienen de una familia lectora. Pese a ello, casi ninguno se consideraba a sí mismo lector.
Según Serrano, los motivos de los estudiantes para no leer es porque les parece aburrido; que si te imponen la lectura (como suele ocurrir en los centros de estudios) se termina por no leer; que es demasiado tiempo para ser dedicado a una sola tarea, cuando se pueden hacer muchas cosas al mismo tiempo; y que los libros no les hablan de su realidad ni de sus intereses.
Al ser preguntados sobre qué les gustaría leer, los estudiantes respondieron que tendría que ser algo cercano a su realidad, a su día a día; que el texto tendría que ser algo breve, que los capture y que tenga formatos interesantes para ellos, “formatos mixtos, como leer en WhatsApp y luego en Instagram”, según dijeron.
Para Serrano, la experiencia fue reveladora. Los padres lectores no necesariamente se convierten en una influencia para sus hijos en cuanto a contagiarles la pasión por la lectura. La gran pregunta que se hacía Serrano al final de su hilo era si los escritores estamos generando literatura para este grupo etario.
Aunque ocurrió en Guatemala, tengo el presentimiento de que los comentarios de Serrano reflejan también la realidad de nuestro estudiantado. Cuando converso con los miembros más jóvenes de mis talleres literarios, escucho afirmaciones similares. Cuando hablamos de lecturas, por ejemplo, es común escuchar que odiaron todo lo que les fue asignado como lectura colegial, porque los contenidos no tienen nada que ver con la realidad del adolescente salvadoreño actual.
El hecho de obligar a la lectura a los jóvenes y hacerlo con libros que no despiertan su curiosidad ni su identificación con la historia, los hace rechazar el acto de la lectura en general. Un lector se engancha en el acto de leer porque descubre que un libro le habla de múltiples maneras. Si las lecturas que ofrecemos a nuestros jóvenes no logran activar esa identificación, la actividad de leer se torna en algo incomprensible y por ende, aburrida. Son pocos los que optan por buscar y descubrir lecturas por iniciativa y curiosidad propia, más allá del canon establecido. Por lo general quienes lo hicieron, sí lograron encontrar lecturas que los convirtieron en lectores de por vida.
La tecnología y el hincapié visual de los contenidos ejercen también influencia en la manera cómo los menores construyen lenguaje y pensamiento. Esto es más visible con los niños y adolescentes que están creciendo y formándose con internet y los contenidos en línea.
Esta relación ambigua con la lectura, leer en pantallas y considerar aburridos los libros, es una realidad que trasciende fronteras. Esto lo demuestra la incuestionable popularidad de algunas aplicaciones como Hooked, que cuenta con 10 millones de usuarios (y contando). Hooked es una plataforma para leer historias escritas en formato de chat, por lo general del género de suspenso y que dan la impresión de estar leyendo una conversación de chat ajena. Según la información descriptiva de la app, “nos gusta leer pero sabemos que puede ser ABURRIDO cuando las historias son muy largas” (sic). La app hace entregas diarias de nuevas historias y también permite que los usuarios compartan las propias.
Otra app de lectura extremadamente popular es Wattpad. Con 100 millones de usuarios, la mayoría de ellos adolescentes, la plataforma combina la lectura con la posibilidad de colgar sus propios libros. La mayor parte de lo que se lee en dicha plataforma es la llamada fan fic (ficción de fans), donde alguien que siente particular entusiasmo por un “best seller”, escribe una variante o un “spin off” de la historia original.
El impacto de lectura que tiene esta plataforma es tan grande, que las editoriales están siempre a la búsqueda de los libros más populares. Así fue como descubrieron a Anna Todd, quien escribió la serie de novelas “After”, usando elementos de varios libros conocidos que a ella le gustaron. Las novelas de Todd se publicaron por entregas en Wattpad y sobrepasaron los 450 millones de lectores. Cuando sus libros fueron impresos en papel, se convirtieron en “best sellers” instantáneos.
Los libros que se publican en Wattpad podrán estar mal escritos (porque cada quien es su propio editor y algunos se publican por entregas, a medida que el autor las redacta), pero un elemento de su popularidad radica en los temas y el tratamiento que tienen las historias, que tocan temas como el “bullying”, el acoso sexual, la violación, las drogas, las primeras experiencias sexuales, etc.
El contenido que se lee en ambas aplicaciones está lejos de ser llamado literatura. Pero quizás logre que sus lectores terminen interesándose por leer libros con contenido de mejor calidad e historias más complejas.
Si aprendemos a dialogar y escuchar a nuestros jóvenes, comprenderemos que las búsquedas literarias varían de generación en generación. Este tipo de diálogo permitiría que maestros, editoriales y escritores tengamos insumos para no descuidar a este grupo, cuyo entorno natural para la lectura es la pantalla y no el libro impreso.
De lo que se trata, a fin de cuentas, es de lograr promover la creación de nuevos lectores, enamorándolos de la literatura y despertando en ellos el instinto natural del ser humano por escuchar y contar historias.

La otra muerte del escritor

El próximo 27 de abril se cumplen siete años de la muerte del escritor salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa. Su obra abarca varios libros entre cuento, novela y poesía. También se dedicó al periodismo y a la traducción, y escribió durante muchos años el blog “Tribulaciones y asteriscos”, que todavía puede consultarse en la red. En un sondeo informal realizado por el blog literario “Café irlandés”, donde se preguntó a varios lectores sobre libros de escritores salvadoreños que deberían ser leídos por las nuevas generaciones, seis de los 24 títulos sugeridos pertenecen a Menjívar Ochoa.

Otro escritor salvadoreño, Ricardo Lindo, falleció el 23 de octubre del 2016. La extensa obra de Lindo comprende novela, cuento, poesía, teatro y ensayo. Su labor cultural abarcó varias disciplinas. Además de escritor era pintor, actor, investigador, traductor y editor. Entre su extensa obra destaca la novela “Tierra”, publicada en 1996 por la Dirección de Publicaciones e Impresos, en edición patrocinada por la Fundación María Escalón de Núñez.

En el mundo literario se comparte una broma algo macabra entre editores y escritores: “Un escritor muerto vale más que un escritor vivo”. Se dice esto porque, en otros países, cuando un escritor muere, las editoriales buscan por todos los medios tener acceso a la publicación del material inédito que haya dejado el autor. Su muerte sensibiliza a los lectores y los impulsa a buscar sus libros. También genera interés por conocer textos desconocidos como diarios, cartas o manuscritos inéditos. La imposibilidad de que haya futuras y nuevas producciones de parte de los fallecidos es, en parte, el origen de dicho valor. Las editoriales suelen aprovechar ese momento de sensibilidad exaltada para incrementar sus ventas.

En nuestro país, esto no ocurre. Pese a que algunos autores siguen siendo publicados y reeditados (sobre todo los pertenecientes al temario de lecturas obligadas del Ministerio de Educación), hay otros cuya obra no está siendo reeditada ni rescatada. Sería de sentido común pensar que dicha tarea es parte de las funciones de la estatal Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), pero no hay una política clara ni consistente al respecto.

Por otro lado, para que la obra de un escritor fallecido pueda publicarse hay que negociar los derechos de autor correspondientes y en más de algún caso surgen obstáculos para llegar a un buen acuerdo. Para ello, la DPI (o cualquier editorial) necesita contar con fondos especiales (de los cuales suelen carecer) para llevar a cabo dicha labor.

La DPI haría bien en mejorar su política editorial y considerar la construcción de su catálogo, no solo en función de dar a conocer a nuevos escritores (mediante los trabajos ganadores de los Juegos Florales) o a la literatura infantil (que promueve hoy en día con tanto entusiasmo). También es importante ver hacia el pasado de nuestras letras para enriquecer y ampliar el canon de lectura impuesto por el Ministerio de Educación. Así, las actuales y futuras generaciones de lectores podrían tener acceso a obras literarias que fueron emblemáticas en su tiempo.

Tampoco existen instituciones o fundaciones que desde el ámbito privado hagan este tipo de rescate. El archivo documental de los escritores generalmente se dispersa o se destruye debido a que los familiares, muchas veces, no comprenden o aprecian el valor de lo que solo consideran un “montón de papeles viejos”. Borradores, versiones corregidas, apuntes, investigaciones, es un material de fondo valioso para los estudios académicos literarios. Las universidades internacionales suelen pagar miles de dólares por esos archivos. En nuestro país suelen ser despreciados o mantenidos lejos del acceso público.

Para el lector salvadoreño también es necesario ese rescate de obra, para comprender la evolución de nuestra literatura y cómo ha dialogado (o no) con los movimientos literarios mundiales. A fin de cuentas, la literatura es otro espacio desde el cual se puede comprender el espíritu nacional. La limitación de publicaciones o reediciones de nuestra propia literatura implica, también, la construcción limitada o incompleta de nuestra comprensión del país.

Una de las consecuencias del vacío en el rescate de la obra de los escritores muertos es la distorsión en cuanto a la producción de la narrativa en el país. Diera la impresión, por ejemplo, de que en El Salvador hay una sobreabundancia de poetas. La poca publicación de novelas por editoriales nacionales y la falta de concursos literarios del género (uno que tenga continuidad en el tiempo y que premie una novela sin poner límite de páginas, por ejemplo) contribuyen un poco a esa percepción de que la novela es un género poco trabajado en el país.

Las bibliotecas universitarias y la Biblioteca Nacional cumplen dentro de todo este panorama un papel importante de rescate y conservación; pero también son un recurso limitado. La adquisición de libros depende de diferentes factores, entre ellos un buen presupuesto, algo con lo que no todas cuentan. Para algunas universidades, aunque quisieran tener ciertos títulos entre su haber, la limitante es la imposibilidad de encontrar dichos libros porque están fuera de circulación.

Como alguien que conoció a Ricardo Lindo y a Rafael Menjívar Ochoa lamento que sus obras no estén fácilmente disponibles para nuestros lectores. Ambos escritores dejaron material inédito al morir. Son dos escritores profundamente diferentes entre sí, pero ambos crearon una obra valiosa e importante para nuestro acervo cultural. Hasta donde sé, no hay ningún plan para publicar sus libros inéditos ni reeditar o recopilar la obra completa de cada uno.

Los autores mencionados, así como varios autores fallecidos más, merecen la reedición de sus obras y el estudio y rescate de sus documentos y bibliotecas. Para un escritor fallecido el hecho de que nadie vuelva a publicar o leer sus libros es, prácticamente, una segunda muerte.

Así es que si tiene libros de algún escritor salvadoreño ya muerto, cuídelos y aprécielos. Es altamente probable que jamás vuelva a haber otra edición de estos, y que esos libros se conviertan, dentro de algunos años, en reliquias valiosas de nuestro pasado literario.

El adiós de las especies

El 20 de marzo de este año, un comunicado emitido por el Centro de Conservación Ol Pejeta de Kenia anunció la muerte de Sudán, el último ejemplar macho de rinoceronte blanco del planeta. Se le practicó una eutanasia debido a múltiples problemas de salud que sufría, sobre todo por sus 45 años, una edad avanzada para estos animales.
A Sudán le sobreviven dos rinocerontes de su misma subespecie, Najin y Fatu, ambas hembras, a las que se espera poder fertilizar con el esperma preservado del macho muerto. Sin embargo, esto no es una tarea fácil. Viene intentándose desde que se asumió que Sudán era el último macho disponible para prolongar la especie. Ninguna de las pruebas realizadas ha logrado fecundar a las hembras hasta ahora. Si no lo logran o si no se logra transferir huevos fecundados a otros rinocerontes hembra (para una gestación subrogada), será el final definitivo de esta subespecie animal.
Horas después del anuncio del Centro de Conservación, comenzaron a circular en internet un par de fotos de los últimos momentos de Sudán. Era la despedida de sus cuidadores. Uno le acariciaba el lomo. El otro posó su frente sobre lo que sería la frente del animal. Traté de imaginar lo que sentiría la mano de su cuidador al tocarlo. Acariciar a un rinoceronte. Imagino una textura áspera, dura, tierrosa. Traté de imaginar lo que sería tocar la frente del último rinoceronte blanco macho del mundo, de la historia, de la humanidad, de la vida. El adiós a un animal que no volverá a ser visto con vida en el planeta.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) elabora desde 1963 una Lista Roja de Especies Amenazadas, animales y vegetales, a escala mundial. Según la UICN, de las 63,837 especies evaluadas, 19,817 están amenazadas por la extinción, incluyendo el 41 % de los anfibios, el 33 % de los corales y arrecifes, el 25 % de los mamíferos, el 13 % de las aves y el 30 % de las coníferas. Es posible que muchas de esas especies mueran sin que nosotros nos enteremos o le prestemos mayor atención. Nuestra despreocupación por las especies vegetales es aún mayor. No recuerdo haber visto nunca la noticia del último árbol de alguna especie vegetal, por ejemplo.
Detrás de la extinción de plantas y animales hay muchos factores, varios de ellos provocados, de manera directa o indirecta, por el ser humano. La reducción del hábitat natural, la contaminación, la invasión de especies no nativas, la caza indiscriminada y el franco desprecio que tenemos hacia otras formas de vida ha puesto en tensión a numerosas especies. Muchas de ellas perecerán en su intento por adaptarse lo más rápido posible a los cambios del entorno, los cuales ocurren a una velocidad que ni la propia naturaleza logra alcanzar. El cambio climático no se detiene. El aumento de las temperaturas y la inundación de islas y tierras bajas supondrán parte de ese nuevo futuro.
Nuestro irrespeto a los ciclos de la naturaleza y la sobre explotación desmedida de los recursos no renovables plantean un panorama desolador. Todavía nos cuesta comprender que somos parte de un sofisticado sistema de vida cuyas partes se mueven y reaccionan de acuerdo a cómo se comportan otras partes del mismo engranaje. Cuando una especie animal o vegetal desaparece de ciertas regiones, se produce un cambio profundo en el ecosistema. Esto a su vez supone una amenaza a fuentes alimenticias y el abastecimiento de agua potable para diversas especies más, incluida la nuestra.
Para las generaciones venideras, las noticias de especies que se extinguen serán más frecuentes aunque, por lo visto en las reacciones a la muerte de Sudán o de otros ejemplares únicos de animales que hemos visto en años recientes, tenderá a normalizarse y nuestra indignación durará lo que tarde en salir la siguiente noticia o polémica en los medios.
Imagino lo difícil que debió ser tomar la decisión de dormir a Sudán. Pero médicamente no había nada más que hacer. A las múltiples dolencias por la edad del animal se sumó la infección de su pata trasera derecha, que ya no le permitió caminar ni levantarse. Debe hacer sido un día abrumador para el equipo que estuvo cerca de este evento.
Las fotos del rinoceronte blanco a punto de ser sacrificado me hicieron recordar un video, el único que retrata vivo a un tigre de Tasmania (Thylacinus cynocephalus). Se trata de una filmación realizada en 1933 en el zoológico de Hobart, en Australia. Ese ejemplar de tilacino o lobo marsupial (como también era conocido) era el último de su especie. Murió en septiembre de 1936, cuando por descuido sus cuidadores lo dejaron fuera de su refugio durante la noche. El animal murió de frío. Tarde o temprano, el animal hubiera muerto, es cierto. Pero que ocurriera por un descuido de los mismos cuidadores del zoológico le otorga un distintivo más trágico.
En meses recientes, un equipo de la Universidad de Melbourne logró secuenciar el genoma del tigre de Tasmania, obteniendo uno de los mapas genéticos más completos de una especie extinguida. Sin embargo, aún se está lejos de poder replicarlo. Al no haber otro de su especie, es necesario encontrar un ejemplar huésped desde el cual hacer la reproducción. A pesar de ello, el estudio de su ADN ayudará a comprender las limitaciones de su evolución genética para que especies similares aún vivas puedan ser protegidas de manera más eficiente.
Ojalá que ser testigos del adiós de las especies nos haga tomar conciencia de la urgencia en el cambio de nuestra actitud hacia la naturaleza y el medio ambiente. Atentar contra cualquier especie es una manera de atentar contra nosotros mismos.
Habrá que seguirlo repitiendo hasta que emprendamos cambios reales y efectivos a favor de la sobrevivencia de las especies animales y vegetales. Que ojalá sea pronto. Porque de nada servirá querer arreglarlo cuando hayamos convertido al planeta en una piedra árida y exprimida, sin más vida sobre ella que las cucarachas y los humanos.

Días de radio

Cuando era niña, un objeto imprescindible en casa era el radio. Había uno encendido de manera permanente en el comedor. Mi padre tenía uno con el que escuchaba la radio en onda corta por las noches, cuando la señal entraba mejor. En la puerta del baño, en un ganchito, estaba colgado uno pequeño, metido en un estuche negro de cuero, que se encendía para oír música mientras alguien se bañaba. Incluso yo, que solo era una niña, tenía un receptor para oír lo que quisiera.
El radio del comedor pasaba encendido en las mañanas con las radionovelas de la Circuito YSR (“… la emisora popular, por su música y novelas, la preferida, tun tun tun, en el hogar”, cantaban en su “single”). Mi favorita era “Chucho el roto”, la historia de Jesús Arriaga, “un hombre que protegió a los pobres y luchó contra la injusticia”, como decía la viñeta de presentación. Estas palabras iban seguidas de un silbido que era característico del personaje y que anunciaba su presencia durante la historia. “El pobre será menos triste si conoce el apoyo y la sonrisa de un amigo”, decía el propio Chucho, en la voz del actor mexicano Manuel López Ochoa.
Cerca de Semana Santa, la YSR transmitía episodios de la vida de los santos y una novela sobre la crucifixión de Cristo. Para Jueves y Viernes Santo, casi todas las emisoras salían del aire, a excepción de Radio Nacional y una que otra estación, unidas en cadena nacional, transmitiendo música sacra todo el día, sin locución, comerciales ni viñetas musicales de ningún tipo, cerrando transmisiones a las 4 o 5 de la tarde.
El radio también nos acompañaba en el carro. Mi padre casi nunca lo encendía, pero si lo hacía, era para escuchar Radio El Mundo, emisora que no me gustaba porque la música era instrumental. Una cuña de dicha radio, en la incomparable voz de Aída Mancía, decía que “la música es el lenguaje del alma”. Estaba de acuerdo con la idea, aunque a mi alma no le gustaba para nada la música de Ray Conniff.
La libertad de contar con mi aparato de radio me permitió hacer mis propios descubrimientos. Uno de ellos fue La Femenina, mi puerta de entrada al rock en inglés en los años setenta. La Radio Mil Ochenta, cuya frecuencia estaba justo a la par de La Femenina, le hacía competencia con rock, pero también con mucho pop, disco y funk.
No sabía lo arraigada en mí que estaba la presencia del radio hasta que comencé mi vida independiente. Lo primero que decidí comprar no fue una cocina o un refrigerador: fue un radio. En Alemania tuve un Grundig con el cual escuchaba BFBS, la estación de las Fuerzas Armadas Británicas todavía estacionadas en Berlín Occidental y que, aparte de buena música, presentaban radioteatros producidos por la BBC. Así escuché “Rebelión en la granja”, de George Orwell, lo cual me llevó a leer después el libro y a convertirme en fanática del radioteatro.
La nostalgia me hacía buscar por las noches emisoras en onda corta. Buscaba programas en español, pero me entretenía escuchando transmisiones de radios en idiomas incomprensibles. Escuchaba, disciplinada, como si lo entendiera todo. Entonces recordaba a mi padre, en el sillón del comedor, sentado casi a oscuras, sacando la antena de su aparato a todo lo que daba para captar mejor la señal de países lejanos y callándonos, molesto, si lo interrumpíamos, mientras ponía la oreja sobre el parlante del aparato.
Cuando viví en Nicaragua, durante los años de la revolución, dejaba el radio encendido casi todo el día. La amenaza permanente de una invasión militar estadounidense junto con los ataques y avances de La Contra, nos obligaban a estar pendientes de las noticias. Cuando en Radio Sandino sonaba un pito intermitente y una voz masculina repitiendo en tono alarmista “¡Última hora, última hora!”, el país entero estaba en vilo.
En Comitán, una ciudad de Chiapas que visité en los ochenta por cuestiones de trabajo, era fácil ir y volver de comprar tortillas escuchando los capítulos de la radionovela “Kalimán”, “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados”, porque mucha gente lo sintonizaba a todo volumen y el sonido inundaba las calles desde puertas y ventanas abiertas.
En La Habana me fascinaba el permanente tic-tac de Radio Reloj, mientras leían noticias, reportajes y cápsulas educativas, interrumpiéndose el locutor a cada minuto para decir la hora: “Radio Reloj, una veintisiete minutos”.
Cuando volví a vivir en el país, hacía la limpieza escuchando Radio Clásica a todo volumen. Trapeaba escuchando a María Callas o el testimonio de Enrico Caruso como sobreviviente del terremoto de San Francisco, en 1906. Pero cuando me fui a Costa Rica durante unos años, no volví a comprar radio. No tener un aparato me desconectó del hábito de escucharla y ahora lo hago en pocas ocasiones. En parte por ello comencé a oír podcasts, aunque la experiencia no es igual. Eso me hizo darme cuenta de que parte del rito de escuchar radio involucra también la relación con el aparato receptor. Mover la aguja por el dial buscando una emisora, lograr el punto exacto de la sintonía, descubrir una estación que guste, escuchar a un locutor con el cual se simpatiza, todo es parte de esas satisfacciones íntimas del radioescucha.
Pese a los podcasts (archivos de audio con formato de programa radial, que se descargan en internet) y los servicios de streaming de música (que han eliminado la presencia del locutor), la radio sigue teniendo una presencia importante. Según las Naciones Unidas, hay más de 2.4 mil millones de receptores de radio alrededor del mundo.
Para los sectores de la población que no tienen acceso a internet o lo tienen de forma limitada, la radio es (y seguirá siendo) una fuente importante de noticias, entretenimiento, educación y comunicación.
Escuchar radio cuando niña me permitió ejercitar otras formas de imaginación, característica imprescindible para un escritor.
Continuaremos en sintonía, pues.

(Re)visión cultural

Un escueto comunicado emitido el pasado 19 de enero por la Secretaría de Cultura anunció que el actual presidente, Salvador Sánchez Cerén, aprobó junto al Consejo de Ministros el decreto para la creación del Ministerio de Cultura, que entrará en vigencia 90 días después de publicado en el Diario Oficial.
La noticia pasó sin pena ni gloria en el complejo entramado noticioso nacional. Tampoco causó ninguna reacción de júbilo o interés entre los mismos artistas y trabajadores de cultura. El motivo de dicho desinterés puede ser la fuerte sospecha de que la creación del ministerio no significará más que un cambio de nombre a la actual dependencia y que las políticas del Gobierno en referencia al área cultural continuarán siendo las mismas. Esto es otro reflejo de las decepciones que como ciudadanía tenemos con varios aspectos de la actual administración.
Una serie de ambiciosas promesas fueron planteadas por el FMLN como parte de la campaña presidencial, promesas que se trabajaron y discutieron entre artistas y gestores culturales, entusiasmando a muchos de nosotros con la idea de que por fin la cultura saldría del sótano del olvido en este país. Pero si examinamos el quehacer cultural de años recientes, veremos que la gestión se ha limitado a mantener lo que ya estaba funcionando. Recordemos que aproximadamente el 90 % del presupuesto de la Secretaría de Cultura es utilizado para pagar salarios, dejando muy poco espacio para el financiamiento de proyectos nuevos o de mayor envergadura.
Parte del problema es un asunto de concepción. El actual gobierno ha utilizado algunas manifestaciones culturales como actividades de entretenimiento en sus actos oficiales o propagandísticos. También ha incorporado lo cultural a sus programas de prevención de la violencia, dándole al arte y a la cultura, en general, un matiz recreativo pero distorsionado y limitado, que aleja los procesos creativos de su verdadero potencial: el de crear espacios de expresión y reflexión personal plena desde donde comprender y cuestionar la realidad que nos rodea.
Esto no debería sorprender. La relación que hay entre el pensamiento de izquierda y el arte siempre ha sido conflictiva. En el pensamiento de izquierda, el arte y la cultura tienen una función ideológica que, en el mejor de los casos, debe servir para exaltar las dificultades del pueblo y las bondades sociales que un gobierno “revolucionario” brinda a todos. El arte, según las experiencias del realismo socialista soviético o la revolución cultural china, solo podían ser válidos si servían al partido gobernante, obviando todo lo que andaba mal. Quien se atreviera a cuestionar o a dudar de las bondades del partido pasaba a ser sospechoso de “diversionismo ideológico”. Esto dio lugar a incontables casos de persecución, censura y muerte. También dio lugar a numerosas manifestaciones dizque artísticas que, con el paso del tiempo, se han desvanecido porque sus contenidos eran panfletos de exaltación a un sistema, ideología o personaje políticos.
Cuando el FMLN asumió el poder, tuvo la intención de revigorizar y darle un empuje al quehacer cultural nacional. Pero poco a poco vimos cómo dicho quehacer se ha visto disminuido en diferentes áreas. Hay varios ejemplos pero examinemos uno, el quehacer literario. Comencemos por los Juegos Florales. Estos son los únicos concursos literarios que existen en el país, fuera de la rara y ocasional convocatoria realizada desde alguna institución privada.
Desde hace pocos años se suprimió de dichos juegos la competencia en las categorías de novela y novela corta y se ha favorecido los géneros infantiles (cuento, poesía y teatro), aunque también se convoca a cuento, ensayo y testimonio. Según las bases, todos los originales deberán tener un máximo de 40 páginas.
Parte del premio es la publicación, algo de lo cual se encarga la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), que durante algunos años publicó un catálogo recopilatorio con las obras ganadoras de todos los géneros, en un solo volumen. De manera reciente, la DPI publica libritos individuales por ganador, aunque son hechos con el mínimo de inversión económica y con tirajes de apenas 300 ejemplares, sin versión electrónica. Lo habitual es que una editorial publique ediciones de 800 a 1,000 ejemplares.
A lo único que la DPI parece meterle algo de empeño es a la literatura infantil, pero desde una concepción desfasada del género, que no dialoga con las tendencias internacionales ni con la realidad local. Importantes colecciones como la Biblioteca de Historia Salvadoreña, Ficciones (de narrativa contemporánea), Orígenes (obras completas de autores clásicos nacionales), la Biblioteca Básica y los Cuadernos de Música han quedado para el recuerdo y los coleccionistas.
Las mejores propuestas culturales estatales de años recientes han surgido de instituciones ajenas a la Secretaría de Cultura. Una de ellas es el Premios Pixels, del Ministerio de Economía, un fondo para la creación de animaciones, juegos y audiovisuales. Otra es el FOMCASS (Fondo Municipal para la Cultura y las Artes de San Salvador) de la alcaldía, que recién cerró convocatoria para la producción de audiovisuales, artes escénicas y movilidad de nuestros artistas a eventos internacionales. Ambos proyectos pueden mejorar su ejecución pero no por ello dejan de ser valiosos. Ojalá ambos tengan continuidad, a pesar del inminente relevo político.
Será muy difícil que la actual administración logre remediar en un año lo que no ha podido resolver, organizar ni cumplir durante dos periodos de gobierno seguidos. Eso incluye la gestión cultural. Si bien es comprensible que lograr este tipo de cambios toma tiempo, el tema cultural no debe ser dejado atrás en los asuntos de país ni seguir siendo castigado con un presupuesto miserable.
Los resultados electorales del pasado domingo imponen también una reflexión sobre este tema, porque mientras se siga tratando lo cultural como una actividad menor, apta solo para el entretenimiento dominical o como herramienta de contención social, continuaremos en lo mismo. Es obvio que hacen faltan políticos y gobernantes con visión de futuro, que comprendan lo que podría lograrse en dicha área, si se hiciera una buena inversión presupuestaria y se creara una institución con empleados eficientes.

El poder de la apatía

Cada vez que hay elecciones, me resulta inevitable recordar a mi padre. Él jamás fue a votar. Alguna vez le pregunté por qué no lo hacía. Me contestó, sin molestarse en levantar la vista de su periódico: “Porque todos son ladrones”.
Para él era un asunto zanjado que no merecía ni el beneficio de la duda. Su apatía era la consecuencia de vivir durante años con fraudes electorales, viendo a candidatos militares del mismo partido político ganando cada elección y a funcionarios corruptos que se enriquecían a manos llenas de las arcas públicas. En domingos de elecciones, mi padre prefería quedarse en casa, con la precaución de abastecernos de comida para 15 días, por si hubiera protestas y balaceras por los resultados de los comicios.
Estamos a pocos días de votar y mi apatía actual es similar a la de mi padre. Ningún candidato, ningún partido político, ninguna propuesta me llama la atención. La campaña política, bastante desabrida por cierto, no me brinda ningún tipo de entusiasmo ni esperanza.
He creído demasiadas veces y demasiadas veces me he visto defraudada. Pongo de ejemplo la Ley de Cultura, promesa de campaña del actual gobierno y que, al ser aprobada en la Asamblea Nacional, terminó reducida a algo muy básico. También pongo de ejemplo la promesa de la pensión y el seguro social para los artistas, algo de lo cual ya ni se habla y que, hasta donde sé, no veremos pasar.
La apatía también es notoria entre los seleccionados a integrar las juntas receptoras de Votos, muchos de los cuales han planteado todo tipo de situaciones para evitar participar en ellas. Esto debería hacernos reflexionar sobre la ausencia absoluta de espíritu cívico a escala nacional. Si esto fuera un país donde las instituciones funcionaran de manera eficiente y donde los funcionarios no abusaran de sus cargos, de seguro tendríamos otro ánimo. Pero es difícil tenerlo cuando pasan tantas cosas equivocadas.
Vemos cómo múltiples funcionarios hacen negocios turbios, se roban millonadas y abusan de su poder con toda impunidad posible. Vemos cómo han incrementado plazas públicas y cómo algunas instituciones dedican la mayor parte de su presupuesto a pagar salarios, mientras el trabajo y los resultados continúan siendo deficientes. Vemos las planillas de candidatos pero aunque hay rostros nuevos ya se sabe que actuarán por obediencia a los mandatos de sus partidos y no por iniciativa o consciencia personal.
En las encuestas de opinión sobre las elecciones, muchos han manifestado la idea de anular el voto. Eso ha hecho surgir una satanización del voto nulo, como algo “antipatriótico”, según le escuché decir a algún candidato. Lo cierto es que anular el voto es una alternativa ciudadana y lo considero el verdadero voto de castigo: no darle mi voto de confianza a nadie; no darle mi aprobación a ninguno; no ceder el poder a nadie para llegar al Gobierno. ¿Cómo, si no, vamos a expresar nuestra profunda rabia y descontento actual contra los políticos? La opción podría ser salir a la calle a manifestarnos, pero la gravedad de nuestra apatía nos mantiene paralizados… por el momento.
Los votos anulados y las abstenciones son una postura política válida, aunque algunos lo califiquen como un gesto antidemocrático. De hecho, el voto nulo o en blanco puede ser tomado en cuenta en los resultados si, junto con las abstenciones, superan el número de votos válidos. De ocurrir esto, se tendrían que repetir las elecciones. Puede verificarlo en el Código Electoral vigente (capítulo IV, De la nulidad; título X, De las nulidades de urna y elecciones, art. 273, inciso D).
Repetir las elecciones con los mismos candidatos sería inútil pero, sobre todo, una tensión presupuestaria mayúscula para el Estado. Aunque en mis fantasías electorales, me gustaría verlo ocurrir. Quizás así, por una vez en la vida, los partidos políticos nos tomarían, a la ciudadanía y nuestro voto, con el respeto y la seriedad que merecemos.
Hay señales de que pronto el sistema partidario y sus rostros comenzarán a cambiar. Un puñado de candidatos independientes se apuntó para estas elecciones, aunque hay que mencionar que se les impusieron muchos obstáculos y al final no todos pudieron ser inscritos. También se anunció ya la fundación de un par de nuevos partidos. Por ello suponemos que la elección presidencial de 2019 planteará novedades, algo necesario para refrescar un panorama político de polarización partidaria y apatía extrema.
Cada vez que hay elecciones recuerdo también la primera vez que fui a votar. Me tocó hacerlo en Panchimalco, después de la firma de los Acuerdos de Paz. Era un domingo soleado y me emocionaba la idea de votar. Mi padre, quien todavía vivía, trató de convencerme de no ir. Le resultó incomprensible que yo quisiera votar. Pero mi emoción era más fuerte que sus argumentos. El fin de la guerra había planteado la posibilidad de que ahora la institucionalidad sí iba a funcionar y tomaría en cuenta a la ciudadanía y sus necesidades. Que la guerra nos había enseñado que de ahí en adelante íbamos a hacer bien las cosas. No hay necesidad de repetir todo lo que ha pasado desde entonces, y que nos ha sumido en la decepción colectiva actual.
Una de las herramientas más importantes que tenemos como ciudadanía para intentar cambiar el panorama actual es el voto. Los políticos lo saben. Por eso nos enamoran con grandes promesas. Pero ya puestos en el poder son como aquellos sinvergüenzas que primero te seducen y después, cuando lograron tu amor, te mandan al diablo y se hacen los que no ha pasado nada.
Todavía no he decidido qué haré el día de las elecciones. Pero de lo que estoy segura es que ya no le daré a ningún candidato o partido el poder de seguirme defraudando. Ya no creo en palabras. Que demuestren con hechos su viabilidad como gobernantes, y quizás después me animo a concederles mi voto.

Exageraciones de la corrección política

El viernes 26 de enero de este año, el cuadro “Hilas y las ninfas”, del pintor británico John William Waterhouse, fue retirado de exhibición en la Manchester Art Gallery de Inglaterra. En su lugar, los visitantes encontraron un letrero explicando que el cuadro había sido retirado de manera temporal para impulsar la conversación sobre cómo se exhiben e interpretan las obras de arte en su museo.
Junto al letrero que anunciaba el retiro del cuadro había papelitos Post-it para que el público pudiera dejar un comentario. No solo fue retirado el lienzo sino también las postales de la misma imagen que se vendían en la tienda del museo.
El cuadro en cuestión es una representación del momento en que Hilas, uno de los argonautas, acompañante y sirviente de Heracles, es abducido por un grupo de ninfas en la fuente Pegea, de Misia. Las ninfas están desnudas, semisumergidas en el agua e incitan al joven a sumergirse con ellas.
La indignación que esto causó entre los visitantes del museo se convirtió muy pronto en noticia internacional. Clare Gannaway, la curadora, salió al paso diciendo que no se trataba de un acto de censura, sino de una forma de impulsar una discusión necesaria en la actualidad. De hecho, la situación es parte de una acción artística de Sonia Boyce, quien analiza los “problemas de género” en la pintura y la cultura del siglo XIX. Durante el retiro del cuadro estuvieron presentes varios curadores y artistas. El evento fue filmado y el video será presentado en la retrospectiva de la obra de Boyce, que tendrá lugar de marzo a septiembre de este año.
El cuadro de Waterhouse se encontraba en un salón llamado “En busca de la belleza”, un nombre que a Gannaway le parece incorrecto porque contiene “artistas masculinos persiguiendo el cuerpo femenino, representado en forma decorativa o de ‘femme fatale’”. Gannaway admitió que los actuales movimientos de #MeToo y Time’s Up la habían hecho reflexionar sobre el contenido del museo.
El asunto hace recordar otro caso ocurrido hace poco. La empresaria Mia Merrill encabezó una colecta de firmas para que el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York bajara el cuadro “Teresa soñando” del pintor franco-polaco Balthus. En el cuadro, una niña está sentada con las manos apoyadas sobre la cabeza, los ojos cerrados y la pierna izquierda flexionada, apoyada en un banco, mientras un gato come en el suelo. La posición de la pierna de la niña, que está vestida con blusa manga corta y falda, permite ver una parte de su ropa interior.
Merrill decía que el cuadro era una incitación a la pedofilia. Pedía que si se iba a continuar exhibiendo, que por lo menos se colgara una advertencia diciendo que algunos espectadores se sienten perturbados o insultados ante dicho cuadro. El museo se negó a ambas peticiones, reiterando su deseo de contribuir en la continua evolución de la cultura “a través de la discusión informada y el respeto a la expresión creativa”.
Descalificar como arte o retirar el acceso público a obras cuyo contenido resulta incómodo de acuerdo con nuestras creencias particulares es no comprender los mecanismos de la representación artística. No se pueden leer las obras del pasado aplicando la visión política e interpretaciones ideológicas del presente sin que algo se tuerza en el camino. Es necesario conocer el contexto en el que la obra fue creada para comprender los elementos que la componen y los motivos por los cuales fue representada de esa manera.
Retirar obras de arte de museos por ser políticamente incorrectas es una forma de censura. Se convierte en tal desde el momento en que quien tiene el poder de decisión sobre lo que vemos teme o desconfía de la interpretación que haga el espectador de la obra, que es precisamente una de las particularidades del arte: el nulo control del artista sobre la interpretación de su obra. Esta se complementa, se nutre y se enriquece con las múltiples interpretaciones surgidas entre los receptores. Cuando una institución o ideología pretende “explicar el mensaje de la obra” y plantearlo como una interpretación única, lo que hay es imposición ideológica, no un ejercicio pleno del derecho de cada individuo de tener y formar una opinión propia.
La lucha feminista actual está haciendo visibles las diversas maneras en que las mujeres han sido (y siguen siendo) abusadas, violentadas, subestimadas, invisibilizadas y discriminadas. Ojalá que las denuncias ya realizadas y las que estén por venir logren cimentar los cambios sociales que se necesitan para que las desigualdades de diversa índole que rigen las relaciones entre hombres y mujeres lleguen a fundar prácticas y manifestaciones de auténtica igualdad. Pero para lograr esos cambios es imprescindible cambiar conductas y pensamientos de manera estructural. Eso se logrará con educación e información, no con censura; con discusión e intercambio de opiniones, no con la imposición de verdades absolutas.
Para quienes concebimos el arte como un espacio de libertad plena, el impulso creativo es una herramienta que nos permite explorar al ser humano, plantear preguntas sobre nuestra realidad y nuestro presente, reflexionar sobre nuestro tiempo y nuestra circunstancia. Pero para que la obra resultante manifieste plenamente lo que queremos decir, es importante no pensar en la corrección política, es decir, no autocensurarse.
El exceso de corrección podrá afectar la creación artística y literaria forzando narrativas y contenidos si el artista se doblega ante ello, pero también forzará la lectura del espectador o receptor de la obra de arte, como en los casos de los cuadros de Waterhouse y Balthus.
Justo hoy que escribo esto, 3 de febrero, la Manchester Art Gallery anunció que ha vuelto a colgar el cuadro de Waterhouse en su lugar, luego de las incontables acusaciones de censura recibidas desde todas partes del mundo.
Hay una fina línea que separa la corrección política del fanatismo. La exageración y la censura son dos maneras de cruzarla.

La renta básica universal

Desde hace algunos años se viene hablando con insistencia sobre las ventajas y desventajas que tendría la implementación de una Renta Básica Universal (RBU). La discusión surge a propósito de la eventual necesidad de repensar el concepto del trabajo como eje fundamental del quehacer humano y de las economías nacionales.
Para quienes no estén familiarizados con el concepto, la RBU (también conocida como Ingreso Básico Universal, ingreso ciudadano o subsidio universal garantizado) es una cantidad de dinero otorgado por el Estado a cada ciudadano o residente legal de un país, por el mero hecho de serlo. Ese ingreso no tiene ningún condicionamiento y puede usarse para lo que el beneficiario estime conveniente. El destinatario puede seguir trabajando o no, invertir el dinero en montar un negocio, estudiar o dedicar su tiempo a hobbies o aficiones que de otra manera no podría desarrollar.
Con la acelerada automatización de algunos puestos de trabajo y el desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial, es posible que cientos de empleos se vean sustituidos por máquinas o algoritmos que podrán ejecutar el trabajo de varias personas con un solo botón o código. Esto supondrá una disminución de plazas de trabajo y salarios más bajos para las que queden disponibles.
Por otro lado, la extensión del promedio de vida humana ha puesto a tambalear el actual concepto de pensión de retiro, que está probando ya no ser eficaz para la realidad actual y que no podrá seguir funcionando de la misma manera a futuro. Las personas viven más y el cálculo de la pensión de retiro no alcanza para ese “tiempo extra”, de manera que muchos mayores de 65 años deberán continuar trabajando para nivelar lo que la pensión no alcanza a cubrir. Esto supone tensiones en el mercado laboral al incrementar el personal laboral pero reducirse las plazas de trabajo.
El tema de la RBU comenzó a aparecer en las discusiones del Foro Económico Mundial hace menos de una década. Tan en serio se ha tomado esta posibilidad que en algunos países se han realizado pruebas piloto en poblaciones pequeñas para probar su implementación. Pero el tema es polémico. Quienes están a favor aseguran que mejoraría la condición de quienes están desempleados o tienen ingresos más bajos, reduciendo con ello la pobreza; que las personas podrían seleccionar sus trabajos y que las tareas más duras tendrían salarios más elevados. Sus detractores aseguran que un ingreso garantizado promovería el parasitismo y que las personas utilizarían ese dinero para satisfacer frivolidades y comprar alcohol. También señalan que sería dañino para las economías nacionales pues causaría inflación y el ineludible aumento en los impuestos, aunque estos serían diferenciados y más altos para los de más altos ingresos.
Un comité de ciudadanos a favor de una Renta Básica Universal en Suiza impulsó un referéndum en 2016, de aceptación o rechazo a la misma. La iniciativa proponía garantizar un ingreso para todos los residentes en aquel país, durante toda la vida, siempre y cuando la persona no tuviera un ingreso mensual equivalente o mayor. La propuesta incluía asignar 2,254 euros por adulto y 565 euros por cada menor de 18 años. Pero fue rechazada por un 78 % de los votantes. A pesar de ello, quienes apoyaron la iniciativa piensan continuar impulsando las discusiones en torno del tema. Están convencidos de que, tarde o temprano, las sociedades tendrán que adoptar un sistema similar debido a las transformaciones profundas que están teniendo los mercados laborales.
Finlandia ya está llevando a cabo un experimento en este sentido. Seleccionaron a 2,000 desempleados para recibir una RBU de 560 euros al mes, sin compromiso alguno. El proyecto comenzó el año pasado y terminará este año. Se piensan publicar las conclusiones finales en 2019. Algunos entrevistados han afirmado que aunque esa cantidad no es suficiente para sobrevivir al mes, les permite ampliar su rango de búsqueda de empleo e intentar trabajos en áreas u oficios no tradicionales.
Otro lugar donde se está experimentando con el ingreso fijo es en una comunidad rural de Kenia. La organización GiveDirectly comenzó un programa el año pasado en el que dará a sus habitantes $22 mensuales durante los próximos 12 años. Aunque la cifra suena pequeña, contar con la certeza de dicho ingreso ha permitido a las familias organizar su economía de mejor manera.
GiveDirectly no ha querido compartir el nombre de la comunidad, para proteger la identidad de los beneficiarios, pero publicaciones como Business Insider y The New York Times han visitado el lugar y hablado con los participantes del proyecto. Uno de ellos comentaba que tener esos $22 garantizaba poder pagar la mensualidad de la escuela de su hijo y poder comprar leche de manera constante. Su esposa, quien también recibe el beneficio, ha invertido su ingreso en su propio negocio de venta de ropa de segunda mano.
La experiencia de Kenia apenas comienza, pero después de un año de implementación ha servido para callar algunas de las críticas que se hacen a la RBU, como que la gente dejará de trabajar, se convertirá en holgazana, desperdiciará el dinero o se dedicará al vicio.
Múltiples personalidades, como Bernie Saunders, Elon Musk, Mark Zuckerberg y Bill Gates, se han mostrado a favor de la RBU. Insisten en que sería el mejor medio para solucionar las desigualdades económicas pero también para dignificar actividades como las labores domésticas, siendo justamente las mujeres que se limitan a estas actividades uno de los sectores que se verían beneficiados al recibir la RBU. Sin embargo, una de las grandes preocupaciones es cómo financiar un programa así a largo plazo sin afectar o desequilibrar el sistema económico, no solo a escala local, sino también a escala internacional.
¿Qué haría usted con un ingreso de estos? ¿En qué lo utilizaría? ¿Lo invertiría en algo que le fuera útil a mediano plazo o lo derrocharía hasta acabárselo y quedarse al final con nada?

Por nuestra salud mental

Los lamentables sucesos ocurridos a finales del año pasado entre miembros de la Policía Nacional Civil pueden discutirse y analizarse desde varios enfoques. Me interesa hacer una reflexión desde uno que en nuestro país siempre termina relegado, ignorado o en el peor de los casos tomado en son de burla, y es el de la salud mental.
Ser policía en un país con los índices de violencia que tenemos es un trabajo no solo de alto riesgo, sino también con altos niveles de estrés personal. La exposición permanente al peligro sumada a la posibilidad de que incluso los miembros de sus familias sean afectados por la violencia es una realidad con la que tienen que convivir todos los días. Las condiciones de trabajo (horarios extraordinarios, bajos salarios y en algunos casos, hasta falta de equipo adecuado) se suman a las preocupaciones de nuestros agentes. Los aumentos salariales y los bonos que el Gobierno otorga a este sector no son suficiente paliativo para el nivel de tensión psicológica al que permanecen sometidos.
Existen apenas 33 psicólogos para atender a una población de 28,500 agentes. Es fácil hacer la matemática correspondiente y darse cuenta de que es humanamente imposible para dichos profesionales atender de manera adecuada a tanto personal.
La función policial misma exige una actitud de frialdad, fuerza y ecuanimidad. Un policía no puede llegar a la escena de una masacre o ver un cadáver desmembrado, quebrarse y ponerse a llorar, por ejemplo. Imagine el lector lo que este tipo de escenario constante supone para un ser humano en su constitución psicológica, aunque dicha persona haya sido entrenada para mantenerse incólume en las situaciones más adversas.
Los casos de suicidio, violencia, alcoholismo y drogadicción entre los mismos agentes no son nuevos. Vienen ocurriendo desde hace algunos años. Por desgracia, vivimos en un país lleno de prejuicios e ignorancia de toda índole. Los prejuicios que tiene nuestra sociedad en torno a la salud mental son de los más arraigados. Estos prejuicios, al no ser superados, se convierten en un elemento de riesgo para la sociedad en su conjunto.
Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, cuyo 26.º aniversario se conmemora justo en estos días, a nadie se le ocurrió incorporar un componente obligatorio de atención psicológica para todos los desmovilizados, tanto del ejército como de la guerrilla. Estamos hablando de miles de hombres y mujeres que se pasaron más de una década de sus vidas en el campo de batalla. Pero no solo quienes fueron combatientes activos necesitaban atención. También lo necesitó la población civil, sobre todo la que sobrevivió aquel tiempo en lugares donde los combates y las matanzas ocurrían con frecuencia.
Los Acuerdos de Paz no borraron por arte de magia las heridas psicológicas y emocionales que la perversión de la guerra dejó en muchos. Venimos arrastrando ese peso hasta el día de hoy. La dinámica de la guerra impidió la elaboración de neurosis, psicosis y duelos provocados por los muertos, los exiliados, los desaparecidos, las pérdidas materiales, la brutalidad, la tensión y el peligro permanente. No había tiempo para llorar, solamente para sobrevivir. El dolor se reprimió y se postergó indefinidamente. Pero eso no significa que esos males desaparecieran o se “resetearan” con el cese al fuego. Los seres humanos no somos máquinas y las emociones no se encienden y apagan a voluntad. Siguen ahí y se manifestarán, tarde o temprano, a través de nuestra conducta, a veces en explosiones de ira, violencia o auto destrucción.
Encima de eso, las enfermedades mentales siempre han sido vistas como algo vergonzoso. No hablamos de la depresión, de la ansiedad, de la bipolaridad, de la esquizofrenia, de la neurosis y de otros desórdenes mentales porque nadie quiere ser tachado de “loco”.
La moda actual del positivismo “new age” insiste en hacernos creer que todo es un asunto de actitud y subestimamos los desórdenes mentales profundos como algo serio que merece atención profesional. Se piensa que la depresión o un ataque de pánico se solucionan con un par de palmaditas en la espalda y con frases de cajón: “Hay que pensar en positivo, debemos ser fuertes ante los embates de la vida, el tiempo todo lo cura, todo pasa, no pensés en eso, dejá de llorar, hacé algo útil para distraerte”. Peor aún, quien sufre de algún trastorno mental termina siendo señalado muchas veces como el causante de su propio mal, pese a que existen estudios científicos que demuestran que la genética juega un rol indiscutible en su condición.
Otro de los grandes prejuicios que existen en torno a estos males es que “son enfermedades burguesas”. Los pobres no tienen tiempo para deprimirse porque tienen que buscar la sobrevivencia a toda costa y “no tienen tiempo” para llorar o ponerse tristes. El limitado acceso a profesionales e instituciones de salud mental de calidad en el país viene a sumarse al problema. Solo el que tiene recursos económicos abundantes y garantizados puede darse el lujo de un tratamiento psicológico o psiquiátrico constante.
No solo los agentes de la corporación policial necesitan apoyo psicológico. De hecho lo necesitamos la gran mayoría de la población debido a un sinnúmero de factores. Somos receptores de múltiples manifestaciones de violencia, agresividad, injusticia, impunidad y cinismo en el día a día. Es difícil mantenerse ecuánime y no sentir ganas de manifestar esa frustración que nos va creciendo por dentro. Muchos la dejan escapar en agresiones domésticas o en ataques de ira durante el tráfico. Otros, impotentes y abandonados en la soledad extrema de quien no encuentra ni siquiera un interlocutor con quien desahogarse, optan por el suicidio.
Los índices de violencia y agresividad con los que vivimos son una manifestación de esa salud mental que no tenemos. Su normalización también es un mal síntoma.
Informarnos sobre los desórdenes mentales ayudará a que superemos nuestros prejuicios y a ser empáticos con los demás. Tener una actitud de comprensión y de respeto ante los males ajenos hasta podría servir para salvar la vida de alguien.