La discriminación silenciosa

El otro día pregunté por un conocido. Me dijeron que Pedro (nombre ficticio) fue despedido de su trabajo. La empresa había decidido hacer una reestructuración interna. Casualmente todos los despedidos (más de 10 personas) eran los de mayor edad.

Hace meses, otra conocida, Sonia (también nombre ficticio) se entusiasmó con la idea de estudiar un doctorado en una universidad nacional. Todo iba bien hasta que comenzaron a asignarse tareas en grupo. Nadie quería aceptarla en ninguno. ¿El motivo? Su edad. Sonia ronda los 50 años y los demás compañeros eran menores. Ella propuso al profesor hacer las tareas por su cuenta, pero este dijo que no se podía, porque las tareas estaban diseñadas para hacerse en equipo. Escribió una carta a instancias superiores para buscar una solución. La respuesta fue de solidaridad protocolaria, pero no sirvió para hacer una excepción y lograr que la estudiante pudiera cumplir sus tareas de forma individual. Resultado: Sonia se deprimió y se retiró de la universidad.

Estos son apenas dos casos de muchos en los que entra en juego la discriminación por edad conocida como discriminación etaria. No hay una frontera específica de cuándo esto comienza a ocurrir, pero a partir de los 40 años es común comenzar a sufrir una serie de actos discriminatorios (grandes y pequeños) de los que poco o nada se habla. Esto lo convierte en una forma de exclusión difícil de reconocer y de erradicar.

Cuando este tipo de discriminación comienza, la sociedad te invisibiliza y te condena a una muerte social previa a tu muerte física. Ya no se es sujeto de crédito bancario. Ya no se es considerado una opción para formar una pareja estable. Una persona despedida a los 50 años tiene muy pocas posibilidades de encontrar empleo y si lo logra, deberá resignarse a recibir un sueldo infame. Se trata a los mayores de manera condescendiente, no se les escucha ni se da importancia a sus palabras o peticiones.

A esto sumemos el exacerbado culto a la juventud que se vive hoy en día y alrededor del cual giran conceptos como el de la belleza física, la energía vital y la capacidad para emprender ciertas actividades o labores. Para las mujeres, el sexismo agrava las cosas. Una mujer que tenga una pareja de menor edad es calificada de ‘cougar’, roba cunas, vieja calenturienta, etc. Pero un hombre que aparece con una pareja menor es aplaudido por sus pares. Recibirá palmaditas en el hombro y guiños de ojo. Un hombre que alardea una pareja joven es un triunfador envidiable; una mujer que lo hace es criticada y mal vista.

La discriminación etaria se manifiesta de maneras sutiles y cotidianas. Parte de ello nace de los prejuicios y estereotipos que hay sobre las personas adultas. Pero parte del rechazo nace también de esa relación enfermiza, de ese estado de negación que tenemos con nuestra mortalidad. No nos gusta pensar en la muerte aunque sabemos que tarde o temprano, también moriremos. La vejez no hace más que recordar que el proceso de nuestra finitud está en marcha permanente.

La saturación informativa y comercial retrata a las personas mayores en roles cliché: enfermos, incontinentes o tomando jarabes geriátricos para “recuperar la vitalidad perdida”. Los guionistas de cine y televisión repiten el estereotipo del viejito cascarrabias, sordo, cegatón o pasmado; los abuelitos bondadosos como parte del decorado familiar; los que tienen alguna enfermedad y están en el asilo o el hospital sin noción de nada. Esa perspectiva poco estimulante añade al agravio. Nadie quiere llegar a viejo. Todos queremos morir pronto para evitar vernos en esas situaciones degradantes a las que la sociedad nos reduce.

Tampoco se puede obviar la violencia, tanto física como sexual y psicológica, que sufren muchas personas mayores en su círculo familiar y social. Muchos son despojados de sus haberes por sus propios familiares, embaucados, burlados e ignorados, tratados como seres no pensantes, estorbosos e incapaces de tomar decisiones lúcidas.

Cada edad del ser humano marca etapas importantes en su formación. Cuando se está en la veintena de años, la muerte y el tiempo son conceptos relativos e irreales. Pero cuando se llega a los 50, la conciencia de la muerte toma un lugar importante en las reflexiones cotidianas. La noción del tiempo cambia de velocidad y se acelera.

Si nos tomáramos la molestia de conversar con alguien mayor comprenderíamos que nada ha muerto por dentro. Que no importa la edad, se sigue sintiendo pasión, amor, deseo sexual, tristeza, angustia, anhelo y que se siguen teniendo ganas de hacer muchas cosas. La capacidad de sentir del ser humano no muere con el tiempo: muere hasta que muere su cuerpo.

Desde el punto de vista laboral, prescindir de los servicios de personas que pasan de cierta edad significa cerrarse a la experiencia acumulada que, interactuando con la frescura de las nuevas generaciones, podría producir resultados interesantes en muchos ámbitos de trabajo. Pero mientras la sociedad siga concibiendo que el principal valor de sus miembros es su capacidad para producir ingresos económicos, estaremos ignorando y callando a un sector de la población que está subrepresentado en la discusión pública de los problemas de país.

Muchos pueblos indígenas y sociedades orientales tienen una relación constructiva hacia los mayores. Debido a su experiencia de vida, se les considera depositarios de memoria y sabiduría; se les incorpora en la toma de decisiones; son respetados como figuras importantes en sus comunidades y están integrados a la vida del colectivo. Pero en el mundo occidental, la persona mayor es apartada temprano de la vida, reducida al silencio, la invisibilidad, la inactividad y el rechazo.

El ser humano contiene en sí mismo todas las edades y eso debería hacerlo más sensitivo hacia todos sus congéneres. Escuchar lo que cada edad tiene que decirnos podría ser una manera de tender puentes para dejar de competir y agredirnos entre generaciones. Una manera de intercambiar sabiduría en esto que llamamos vida y a donde todos andamos dando palos de ciego.

Nuestro silencio sobre El Mozote

A las 6 de la mañana del día 11 de diciembre de 1981, elementos de las Fuerzas Armadas de El Salvador llegaron a un lugar conocido como Poza Honda, al norte del departamento de Morazán. Lidia Chicas Mejía hizo lo que ella y algunos vecinos del lugar solían hacer cuando llegaba el ejército: salió de su casa y fue a esconderse en el monte. Lo hacían porque tenían miedo de que algo fuera a pasarles, ya que la presencia de los soldados siempre era amenazante.

Desde su escondite en medio de unos matorrales, la señora Chicas escuchó gritos y disparos. Observó cómo fue asesinado un matrimonio vecino junto con sus cuatro hijos, todos menores de edad. La madre de los niños tenía ocho meses de embarazo. Primero asesinaron a los adultos y después decapitaron a los cuatro menores. Los soldados mataron a todos los habitantes que encontraron. También mataron a los animales domésticos y quemaron las casas que había en el lugar.

Ese día, Lidia Chicas perdió a 55 familiares. Abuela, tíos, primos. Su madre fue degollada. Su padre vendado y baleado por la espalda. Su hermana fue violada antes de ser asesinada. Toda su familia pereció. Toda. De no haberse escondido junto con su esposo, a ellos les hubiera tocado la misma suerte. Cuando pudieron salir de su escondite, la señora Chicas y su esposo enterraron a los familiares que pudieron.

“Todas las casas quedaron quemadas, bien quemaditas”, dijo la señora Chicas el pasado 28 de septiembre de este año al presentarse para ampliar su declaración en el Juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera, audiencia en la cual pude estar presente.

Desde marzo de este año se está llevando a cabo el juicio penal sobre la masacre de El Mozote y lugares aledaños, evento considerado no solo como el acto de violencia más grande ocurrido durante los años de la guerra civil salvadoreña, sino también como la peor masacre acontecida en la historia moderna de Latinoamérica. A pesar de ello, la cobertura que ha recibido este juicio, tanto de la prensa nacional como internacional, ha sido mínima.
Tan corta es nuestra memoria que obviamos la importancia que este juicio tiene. El hecho de que un grupo de militares esté siendo acusado y juzgado por crímenes de guerra en nuestro país marca un precedente importante en cuanto al paradigma judicial, pero también en cuanto a la impunidad en la actuación de las fuerzas de seguridad, un tema por desgracia todavía vigente. Baste recordar el reciente juicio sobre la masacre de la finca de San Blas y su desconcertante veredicto final.

El juicio también resulta importante porque se está permitiendo el espacio para que las víctimas de la guerra civil sean escuchadas de manera directa en suelo salvadoreño y que su historia sea por fin conocida, pese a que ya hubo un juicio ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que emitió su sentencia en 2012.

Hay que admitir que el lema de “perdón y olvido” que se nos impuso desde la esfera estatal con la firma de los Acuerdos de Paz no sirvió para cerrar ninguna herida en la sociedad. Por el contrario, queda demostrado después de todos estos años que no hablar ni ventilar nuestro pasado, ignorarlo y esconderlo ante las nuevas generaciones, no ha hecho más que mantener latente un dolor y un quiebre interno, cuya sanación no se mira próxima y cuya manifestación evidente es la violencia que continúa ahogándonos.

Olvidar este tipo de agravios es casi imposible. Para los sobrevivientes no existe consuelo o compensación alguna. Lo único que puede pedirse en estos casos es una restitución moral, porque ningún veredicto de culpabilidad o restituciones materiales o económicas podrán devolver la vida a las mil personas que fueron asesinadas en las terribles jornadas del 10 al 14 de diciembre de 1981. Tampoco podrán subsanar las heridas emocionales y psicológicas de los sobrevivientes, quienes 36 años después todavía sienten temor. Esto se manifestó en la petición de no hacer fotos o filmaciones de los testigos.

Es comprensible que no queramos saber de estos eventos. Son sucesos brutales, perturbadores. Pero ignorarlos, voltear el rostro para evadirlos y no aceptar que ocurrieron supone un arma de doble filo. Porque el olvido nunca ocurre, solo se silencia y se reprime para luego estallar en formas impredecibles. En la actualidad, el ánimo y los comentarios de parte de un sector de la población sobre lo que debe hacerse con la violencia pandillera, por ejemplo, es una caja de resonancia del final de los años setenta, de los años previos a la guerra.

Buscar justicia no es sinónimo de odio y resentimiento, como quieren hacer creer algunos sectores de la sociedad, los mismos que exigen que también se lleven ante la justicia los casos de matanzas ejecutadas por las fuerzas guerrilleras de aquel entonces. Por supuesto, quien tenga denuncias de masacres ocurridas durante la guerra, no importa su hechor, deberá juntar las pruebas necesarias y presentar la demanda correspondiente ante la justicia salvadoreña.

Cuando regresé a mi casa luego de haber asistido a la audiencia del 28 de septiembre, me pregunté una y otra vez cómo es posible continuar adelante después de sobrevivir a un evento como el descrito por la señora Chicas. Cómo se olvidan los gritos de los niños, la visión de la propia familia ejecutada, de todo el cantón destruido. Cómo se empieza a elaborar el duelo por 55 familiares, es decir, por absolutamente todos los miembros de una familia. Estoy segura que se trata de un dolor que jamás termina.
Escuchar a los sobrevivientes de El Mozote e informarnos sobre las audiencias judiciales es un deber moral que tenemos los salvadoreños. Es lo menos que podemos hacer para trasmutar el interminable desangramiento de nuestra sociedad. Porque si no escuchamos, comprendemos ni respetamos el dolor de las víctimas, será impensable olvidar y continuar la vida, como si nada de todo esto hubiera pasado.

El problema de la inspiración

¿En qué se inspira para escribir su obra? Es una de las preguntas frecuentes que se nos hace a los escritores. Tanto así que entre colegas la tomamos como broma, como una pregunta de cajón que refleja a un entrevistador poco preparado o nada interesado en la obra o en la visión particular de quien se va a entrevistar.

El problema con el concepto de la inspiración es que se cree que es un acto mágico. Se mira una flor, un atardecer, al ser amado y ¡zas!, se nos ocurre un poema, un cuento, una novela completa, a partir de lo cual solo falta sentarse a trasladar en palabras esa “inspiración” que se nos ocurrió.

Otra versión de este acto mágico de la inspiración en la escritura (o las artes en general) hace creer que basta sentarse, escenificar un ambiente idóneo (velas, incienso, música, té) y que en esos momentos provocados por la búsqueda de ideas va a acudir, presta y veloz, un hada invisible que nos tocará con su varita, verterá sus polvillos mágicos sobre nuestra cabeza y nos colmará de un proyecto literario completo, que se escribirá de un tirón y sin ningún tipo de retos o tropiezos.

Escritura instantánea y perfecta. Nada más alejado de la realidad.
Esa noción de la literatura como producto de la inspiración se riñe con lo que en realidad ocurre. Menos que una idea que surge de manera mágica en nuestras mentes, lo que hay es una predisposición emocional, pero también cerebral, para la escritura. En el libro “The Midnight Disease. The Drive to Write, Writer’s Block, and the Creative Brain” (no traducido al español), la neuróloga Alice W. Flaherty, investigadora sobre la biología de la creatividad humana, argumenta que la escritura ocurre debido a la actividad específica de algunas regiones del cerebro. Este viene conformado de manera que los estímulos externos o internos le brindarán las ideas, pero más importante aún, la estructura intrínseca y la capacidad de trasladar esas ideas y emociones a una forma de lenguaje.

La inspiración no es algo que puede salir a buscarse o provocarse. El escritor debe saber escucharse a sí mismo y saber distinguir entre el bullicio de su monólogo interno, las frases o las ideas que están allí y que tienen el potencial para representarse por medio de una historia.

Vamos archivando en nuestras mentes muchos pensamientos y recuerdos que de pronto, ante el estímulo más inesperado, nos presenta una película completa. Cuando el estímulo correcto aparece (una suerte de llave que abre ese candado bajo el cual tenemos en silencio esas historias), saltan a primer plano de nuestra mente con una fuerza abrumadora que nos obliga a escucharla y a escribirla.

Muchos escribimos para intentar comprender el mundo y la realidad. Para hacernos preguntas y contestarlas, desde un plano de honestidad que solamente la literatura puede permitir. Escribir historias, contarlas a otros, tiene que ver con nuestros inventarios personales de descubrimientos íntimos, es decir, tiene que ver con nuestra esencia humana, con el resultado de nuestras observaciones sobre la vida. Queremos compartirlo con alguien, con una persona, con alguien que lea y que comprenda exactamente de lo que estamos hablando. En cierta medida, se escribe para sentirnos menos solos en el mundo.

El estímulo más inesperado puede desencadenar una voz interna en el escritor, que empieza a contarse a sí mismo una historia, una larga y compleja historia, a partir de algo que vio, escuchó, leyó, pensó o sintió. Lo que el lector termina leyendo es una ínfima parte de un texto más complicado, que se desarrolla en varios planos de la imaginación y de la psique mientras lo vamos escribiendo.

Los escritores estamos preparados para reconocer esos chispazos o ideas detonadoras de historias en cualquier momento y circunstancia, sin tener que provocar el escenario para ello: en el embotellamiento del tráfico, en el supermercado, en la fila de espera de un banco, en medio de una conversación aburrida o del tedio laboral. La mente creativa no descansa nunca.

Supongo que ese inexplicable destello, esa idea inicial es de lo que hablan algunos cuando hablan de inspiración. Pero ese destello, ese “¡eureka!” no sirve para nada si no se traslada a la escritura. Thomas Edison decía: “El genio consta de 1 % de inspiración y 99 % de transpiración”. En dependencia de la intención de quien lo haya escrito, el texto jamás podrá ser tomado como literatura si no pasa por esa transpiración de la que habla Edison, un implacable proceso de trabajo.

La escritura tiene momentos misteriosos e inexplicables, no puede negarse. Quienes creen en la inspiración, podrán decir que son mágicos. Como cuando parece que alguien te está dictando un texto y uno se siente médium; o como cuando se nos repite mentalmente una frase extraña en la cabeza durante días y al escribirla, surgen varias páginas de un tirón y no se tiene ni idea de dónde salió todo aquello; o como cuando uno se obsesiona tanto por escribir un texto que no come, no duerme y no para hasta terminar, aún a costa de la misma salud física o mental.

Pero quienes asumimos el oficio de la escritura sabemos que el trabajo no termina ahí. Porque para plasmar en un texto esa misma pasión inicial que sentimos por la historia, se requerirá de un interminable número de revisiones; reescritura de párrafos o capítulos o del libro entero; botar, botar, botar, botar; ser inmisericorde con el texto y dejarlo en su mejor estado posible.
Esto puede tardar semanas, meses, años de trabajo de edición, que es la parte más difícil de la escritura. “Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”, dijo Picasso alguna vez. En la escritura, el ínfimo instante de la inspiración o el surgir de una idea no es tan importante como todo lo que viene después, que no es nada mágico. Porque la chispa de la supuesta inspiración es apenas el comienzo de toda una larga y compleja labor creativa.

Memorial del olfato

El olor a libros cuando abro la puerta de mi casa. El olor a libros cuando abro la puerta de mi estudio.

Olor de libro viejo. Olor de libro nuevo. Olor a tinta recién impresa.

El olor a comida en el vecindario. Olor a plátanos fritos, a carne asada, a sopa de res, a cebolla frita. Olor a frijoles que se queman en la olla. A pan quemado. A familias sonrientes sentadas ante una mesa pródiga en alimentos. Gente feliz comiendo comida feliz en ese mundo al que los tristes no podremos entrar jamás.

El olor del humo de la carretera Panamericana. El olor café y gris del esmog. El olor de los autobuses que viajan a occidente. El olor del interior de esos autobuses.

El olor a moho, a humedad. El olor a pino y cipreses de la casa de mi infancia en Los Planes de Renderos. El olor de los mangos podridos entre la hojarasca del parque Balboa. El olor de la hojarasca del bambú. El olor de las hormigas negras que caminaban en línea recta, siempre, sobre el filo de una pared de la casa. El olor de los príncipes negros en el rosal de mi padre. El olor del azahar en los naranjos del terreno. El olor amargo de sus hojas.

El olor del jugo de naranja recién exprimido, cada mañana. El olor del after-shave Old Spice que usaba mi padre. El olor a café con leche que se me quedaba estampado en la mejilla después que me daba el beso de despedida, cuando se iba al trabajo.

El olor del jabón Salvavidas que mi padre usaba para bañar a los perros de la casa. El olor de las gallinas. El olor de mis gatos. El olor a canela cuando el veterinario abrió el pecho de una gata muerta para hacerle una autopsia.

El olor de la mata de guineo cuando es cortada. La leche de sus entrañas manando pegajosa, la sangre blanca de la mata, el tronco llorando savia. Morir para que otros vivan. Nacer para que otros mueran.

El olor revuelto de pinos y mar al bajarme del carro al llegar a Isla Negra, en Chile. El golpe del olor del mar cuando el carro enfilaba en el cruce hacia San Diego, en los domingos familiares. Aspirar fuerte, acechar el olor, añorarlo, extrañarlo, desear sentirlo de nuevo. El verde aroma de los mares.

El olor dulzón de los ríos. El olor del lodo que se pudre en el fondo de los ríos. El olor a lluvia que viene contenido en una ráfaga de viento. El olor del aire cuando se acerca una tormenta, corriente abajo. Olor a agua. El agua que viene rodando con su cuerpo de nubes, elefantes de agua que se deshacen sobre el mundo. El olor de la tierra mojada. El olor de los verdes y las flores y los frutos. El olor de la vegetación que brota. El recuerdo del trópico húmedo, cuando era mujer de río.

El olor del polvo. El olor de lo reseco. El olor de la carretera a Panchimalco, cuando era un camino de tierra. El olor del incienso en la misa de peregrinos al terminar el Camino de Santiago, en la Catedral de Compostela. El olor a copal y estoraque en una ceremonia al Maximón, en Atitlán.

El olor de la cabina de un avión. El olor a motor, a combustible, el olor a grasa y metales voladores de los aeropuertos.

El olor de las funerarias. El olor a flores y perfumes revueltos que pesan en el pecho, que resultan nauseabundos. El olor de los hospitales. El olor de un asilo de ancianos. Olor a medicamentos y desinfectantes, a excrementos y tumores.

Funerarias, hospitales, aeropuertos comparten un olor común: el olor de las despedidas, el olor de la tristeza, el olor del llanto, el olor del final, el olor del adiós. El olor del dolor. Aunque hay excepciones. A veces nace un niño, retorna un ser amado, una vida se salva, una familia se reúne. Entonces son olores confundidos: besos, labiales, perfumes, lágrimas, saliva, un mínimo aliento alcohólico debido al trago que se bebió para tomar valor de decir una verdad importante, el pelo, el cuello, el ácido de un sudor. El olor de dichas circunstancias es el resultado de la mezcla a dosis iguales de alegría, alivio, miedo, ansiedad, nerviosismo. El amor va en dosis doble. Siempre.

El olor a pan tostado por las mañanas. Olor a café recién molido, a café recién hecho. El olor del pan recién horneado en las panaderías del centro de San Salvador. El olor a humo de madera cuando se encendía el fogón de la cocina en la finca de enfrente. El olor de la ceniza.

El olor del cigarro que alguien fuma en la calle. Nostalgia de mis días de fumadora, de fumar tabaco de hebra y enrollar mis propios cigarrillos.

El olor a sangre en un matadero, recién realizado un destace. El olor de la fritura de los primeros chicharrones. El olor de la pimienta que casi siempre me hace estornudar. El olor del chile jalapeño que me hace salivar. El olor de la cebolla que me hace llorar.
El olor de la pólvora quemada después del frenesí de las medias noches de fin de año. El olor de la esperanza. El olor de la pólvora de un disparo.

El olor de una casa nueva. De una casa recién pintada. El olor de las cosas nuevas, del plástico que las envuelve.

El olor de una Pilsner Urquell cuando te acercás el vaso a la boca para tomar el primer trago. El olor de los barcos que entraban a las esclusas de Saint-Nazaire. El olor de comida turca y salchichas en las calles de Berlín. El olor de un árbol de ylang-ylang en Tortuguero.

El olor de jazmines en una calle de Coatepeque.

El olor como una forma de recuerdo.

El diablo violador de derechos humanos

El 3 de mayo de 1972, un grupo de personas encabezado por la folclorista María de Baratta; el párroco de Los Planes de Renderos, Bonicio Morín; y el alcalde de Panchimalco, Nolberto Benítez, ejecutaron una ceremonia para renombrar el lugar que conocemos como la Puerta del Diablo. El párroco Morín colocó allí una cruz de madera, la roció con agua bendita y ordenó al diablo a abandonar el lugar, que fue bautizado como “la Puerta de los Ángeles”.
La ceremonia se realizó luego de que Morena Celarié, reconocida bailarina folclórica, apareció muerta en el lugar. Aunque siempre se habló de un suicidio provocado por sus intensas depresiones, la familia se negó a aceptarlo; pero ninguna de las otras versiones sobre su muerte pudo ser confirmada.

La señora de Baratta, consternada por la muerte de su amiga Celarié, pensó que un cambio de nombre evitaría que hubiera más muertes en el lugar. Los vecinos de Los Planes de Renderos se opusieron a ello y tildaron de loca a doña María. Los diputados de la Asamblea Legislativa también se opusieron porque el cambio no tenía fundamentos legales. De hecho, los diputados del entonces gobernante Partido de Conciliación Nacional (PCN) aducían que el nombre debía mantenerse. El Gobierno impulsaba por entonces una fuerte campaña para aumentar el turismo en el país y el cambio de nombre haría evidente el incremento de la violencia, algo que podría espantar a los potenciales turistas.

El año pasado surgió el Movimiento Cambio de Nombre que intenta, de nuevo, hacer lo mismo. Dicho movimiento está conformado por miembros de varias denominaciones religiosas. Según sus responsables, el lugar es “un altar de adoración a Satanás” y cambiar la palabra “diablo” por “Jesús” serviría para frenar la violencia del país.

De esto nos enteramos los ciudadanos cuando hace pocas semanas, los miembros del mencionado movimiento acudieron a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) a solicitar su intervención en el asunto. La sorpresiva respuesta de la PDDH fue que la petición sería analizada por su Consejo Consultivo de Pastores. La noticia provocó interminable cantidad de críticas y preguntas, al punto que la PDDH borró de sus redes sociales la nota en que hizo pública dicha reunión.

Para comenzar, el nombre histórico de una formación natural no constituye una violación ni amenaza a los derechos humanos de los salvadoreños. Por lo tanto, esto no es tarea que incumbe a la PDDH. Por otro lado, ¿por qué una institución que se supone autónoma e independiente tanto de partidos políticos como de instituciones religiosas, tiene un Consejo Consultivo de Pastores?

Cambiar el nombre de la Puerta del Diablo implica descartar e ignorar las leyendas relacionadas con el origen de la formación pétrea, leyendas que forman parte de nuestro acervo cultural. Como planeña que se crió y vivió en Los Planes durante casi 25 años, conozco cuatro variantes de esas leyendas que se transmitían por vía oral entre los que habitamos aquel cantón.

Fue el historiador Jorge Lardé y Larín quien documentó una copiosa tormenta registrada en octubre de 1762, cuyos caudales portentosos socavaron la base del cerro, causando un derrumbe de magnitudes descomunales. Las leyendas surgieron a partir del estruendo y los retumbos de aquel derrumbe pétreo. Esto detonó las especulaciones de los lugareños.
Cuando el poeta Raúl Contreras comenzó a llamarlo “la Puerta del Diablo”, lo que hizo fue expresar en voz alta el nombre que ya los habitantes de los alrededores habían asumido como propio y que desplazó su nombre original, cerro El Chulo, que según su toponimia significa “el lugar del desertor” o “el lugar del fugitivo”. Lo de desertor o fugitivo terminó incorporado en esas leyendas, que en todas sus versiones culminan con alguien, incluso el diablo, huyendo hacia el cerro, donde la gente desaparece o muere.

Todos quisiéramos poder encontrar una solución a las múltiples manifestaciones de violencia que nos agobian. Pero es ingenuo pensar que el cambio de nombre de un lugar lo logrará. La supuesta expulsión del diablo realizada en 1972 no impidió que la gente siguiera suicidándose allí, que las fuerzas de seguridad lo ocuparan como botadero de cadáveres de los enemigos políticos del Gobierno y que se desatara la guerra de los ochenta, con las consecuencias que ya todos conocemos.

El diablo anda suelto, es cierto, pero habita en los corazones de todos esos padres, tíos, hermanos, amigos, vecinos y maestros que atormentan a nuestras niñas, violándolas y obligándolas a parir cuando ni sus cuerpos ni sus mentes están preparados para la inmensa responsabilidad que implica la maternidad. El demonio también habita en esos sacerdotes y párrocos pedófilos que, abusando de su posición de autoridad, violan a niños, fenómeno del cual se habla aún menos, porque el machismo imperante nos impide hablar en voz alta de la violación a los varones, ejecutada también por otros miembros masculinos y hasta femeninos dentro de las familias salvadoreñas.

Nadie ni siquiera menciona la afectación a la salud mental, no solo de nuestra infancia violada, sino también de los bebés resultados de la violación, que la mayoría de las veces crecen en condiciones atroces de rechazo, agresión y pobreza, sin derecho humano alguno que les sea respetado. Después nos extraña que nuestra sociedad esté tan enferma y de que existan grupos e individuos que manifiestan su rabia y dolor ante la sociedad mediante el asesinato, el descuartizamiento, la violación y la implantación del miedo para todos.
Cambiar los nombres profanos por sacros no es la solución a la violencia imperante. Si fuera así de sencillo, el país viviría feliz desde 1972. Bajo esa lógica, al país tampoco le ha servido de mucho llevar el nombre del Divino Salvador del Mundo.

El verdadero cambio que necesitamos comienza por dejarnos de mojigaterías, hipocresía social e intereses mezquinos para emprender acciones concretas de cambio en la ciudadanía y las estructuras sociales. No en hacer cambios cosméticos a leyes e instituciones y mucho menos en cambiar el nombre de un cerro.

No se vive de aplausos

El bien más importante para un artista o escritor es el tiempo. Tiempo para poder dedicarse a trabajar en su obra. Pero las reglas de la sociedad obligan a todo ser humano a buscar formas de sustento económico. Alimentación, vivienda, vestido, medicamentos, pensión de retiro laboral, acceso a la electricidad y al agua potable son necesidades básicas comunes a todos, artistas y escritores incluidos.

Se dice que “trabajar dignifica al ser humano”. No trabajar, no realizar una tarea considerada como útil o productiva en términos estrictamente económicos es visto como algo negativo. Dentro de esa distorsión, se cree que los oficios artísticos o creativos son inútiles, porque su labor no pasa por los parámetros convencionales de medición económica, como sí lo hacen otros oficios y profesiones.

Usted ve una película, mira un cuadro en un museo o galería, lee un libro y pocas, muy pocas personas, logran tener conciencia de la dificultad y el trabajo que implica la producción de una obra artística. Escribir una novela, por ejemplo, requiere por lo menos de un par de años de escritura cotidiana, aunque existen excepciones como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, que fue escrita en apenas seis días. Obras monumentales de la literatura han tardado mucho tiempo más en ser escritas, como El guardián en el centeno de J. D. Salinger, que tardó diez años en escribirse, y El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, que tardó 16.

Hay auténtico desconocimiento sobre lo que implica el trabajo creativo. Muy pocos lo consideran un trabajo en sí porque el arte y la literatura son vistos, consumidos y considerados como una actividad de ocio y entretenimiento. Pero para quienes realizamos este tipo de actividades se trata de nuestra habilidad o talento, de nuestro llamado vocacional, de un tipo específico de estructura mental que permea nuestra acción y pensamiento. Una cosa es un hobby de fin de semana u horas libres pero otra muy diferente es la vocación de vida. Para artistas y escritores, esto es nuestro trabajo, la dotación intelectual desde el cual construimos nuestra relación con la realidad. Contradecir ese llamado es mutilarnos, negar nuestra naturaleza, anularnos a nosotros mismos.

Parte del prejuicio hacia las disciplinas creativas es no reconocerlo como un trabajo que involucra una inversión de tiempo, estudio, experiencia y habilidades múltiples. El registro subjetivo del ser humano y la sociedad (que se encuentra en el arte, la literatura y la cultura en general), corre paralelo al llamado mundo profesional, donde el valor económico es considerado como prioritario y donde se nos fuerza a reprimir y subestimar nuestra esencia subjetiva y humana, esa esencia que constituye la materia prima del arte.

Conozco a varias personas talentosas, que empezaron con ímpetu una carrera artística promisoria pero que se quedaron en el camino, abrumados en parte por el conflicto entre lo económico y lo creativo. Por lo general un artista, para sobrevivir, debe dedicarse a trabajos que muchas veces están alejados de su talento creativo. Cuando además se tienen responsabilidades familiares, aportar ingresos se convierte en algo imprescindible. El tiempo para invertir en la obra propia se mira disminuido, tanto en cantidad como calidad. Si de remate se vive en un país cuyas instituciones públicas y privadas no ofrecen ningún tipo de estipendios, becas, premios o recursos para la creación artística, el panorama resulta desalentador.

“El artista vive del aplauso”, suele decirse, pero no es cierto. Quizás lo es para algunos oportunistas y bufones mediáticos que se auto denominan artistas y que se sienten satisfechos y halagados en su vanidad con solo lograr exposición y aplauso. Viven justamente para el ruido público. Al examinar su obra, nos damos cuenta que está lejos de tener mérito artístico. La verdad es que con aplausos no se paga el alquiler ni se compra comida.

Otro prejuicio absurdo sobre los artistas es que no deben cobrar o ser remunerados por su trabajo y que cuando lo hacen cometen una osadía repudiable que traiciona al arte mismo. Se cree que el artista debe regalar su obra o cobrar únicamente cifras simbólicas pero esto no compensa de manera realista el tiempo y los materiales invertidos en la creación, además que devalúa su oficio, su experiencia y su talento.

Hay un romanticismo distorsionado que exalta lo consecuente del artista sufrido, muerto de hambre y en permanente penuria, que no acepta un centavo por su obra porque eso significaría “venderse”. Se cree que eso le otorga dignidad a su arte. No sé qué tiene de digno que un artista viva con sobresaltos económicos y que muera en la pobreza, para que después de muerto, su trabajo sea vendido en millonadas por mercaderes oportunistas. O peor aún, que su obra sea olvidada por completo porque nunca fue reconocida durante la vida de su autor.

La revolución tecnológica está planteando espacios y opciones que apuntan no sólo hacia una discusión más objetiva sobre el reconocimiento del trabajo creativo y su apropiada remuneración, sino que también acentúa la necesidad de un cambio en el modelo de pago para los creadores. El crowdfunding, los micromecenazgos y la suscripción a contenidos web son parte de las nuevas alternativas que pueden permitir a los creadores invertir el tiempo necesario al desarrollo de un proyecto. Con ello también se puede reducir e incluso eliminar la engorrosa cadena de intermediarios que hay entre usted y una obra artística, intermediarios que van sacando su propia tajada económica y que reducen hasta el absurdo los honorarios que el creador termina recibiendo. Eso cuando los recibe.

Es hora de superar los prejuicios mencionados y de repensar el modelo de negocios de las diferentes disciplinas creativas. Porque ser artista no significa asumir un apostolado con votos de pobreza, donde hablar de arte y dinero en la misma oración es considerado pecaminoso o insultante. Es cuestión de valorar la obra y de ser justos con el artista, para alcanzar la dignidad y el respeto que su oficio bien merece.

Un pájaro sin plan de vuelo

Una mujer está sentada en el interior de una carpa ubicada en la calle La Cañada 7200 del barrio La Reina, en las afueras de Santiago de Chile. En la mano tiene un revólver.

Ella misma montó aquella carpa. Ella misma construyó el escenario con piedras y cemento. Aquella mujer, Violeta del Carmen Parra Sandoval, había regresado un par de años antes a su país. Había pasado una estadía en varias ciudades europeas donde dio recitales, grabó discos, actuó en presentaciones de radio y televisión, bordó arpilleras, hizo estatuas de alambre, pintó cuadros, escribió poemas. Hizo una exposición individual de sus tapices en el Museo del Louvre en París. Fue la primera latinoamericana en hacerlo.

También conoció y estableció una relación afectiva con el antropólogo y musicólogo suizo Gilbert Favre, 20 años menor que ella. Se dice que eran felices. Se dice que Favre fue el gran amor de su vida. Pero Violeta Parra extrañaba su país. Cuando volvió a Chile en junio de 1965, él la siguió.

A su regreso, Parra intentó hacer realidad un sueño anhelado desde hacía años: montar una universidad nacional de folclor. En los años cincuenta, había recorrido el país para rescatar canciones típicas chilenas que se cantaban desde el siglo XIX y de las cuales no existían grabaciones. Los músicos tradicionales tuvieron resquemor en compartir sus conocimientos, pero la determinación de aquella mujer brava, mal hablada y que reventaba guitarras en la cabeza de los hombres que se propasaban con ella, los hicieron cambiar de opinión.

Parra soñaba no solo con dejar un registro de todas aquellas tradiciones y canciones que había aprendido. También quería enseñarlas y compartirlas. Tocó puertas en todas partes, pero ni el Estado ni las instituciones privadas quisieron ayudar. Por fin, el alcalde de la recién formada municipalidad de La Reina, Fernando Castillo Velasco, le cedió un terreno en forma de pago por la deuda de varios eventos en los que Parra había cantado sin recibir compensación económica.

Levantó allí una carpa y la convirtió en su morada. Todo era austero y sin comodidades, pero por fin tenía un lugar propio en el cual desarrollar su proyecto. Al comienzo, todo iba bien. Durante el día se daban clases de folclor. Artistas y profesores de cerámica, escultura, pintura y otras disciplinas formaban a los futuros artistas. Se investigaba, se estudiaba, se ensayaba. En las noches se realizaban peñas musicales. Se cantaba y se bailaba.
Pero la carpa de La Reina, como llegó a ser conocida, era de difícil acceso. Solo se podía llegar en automóvil. En verano no era tan complicado, pero en invierno el lugar se convirtió en un lodazal. Los talleres comenzaron a fracasar por falta de asistentes. Hacía mucho frío. La lluvia y el viento azotaban y despedazaban la carpa. Violeta le hacía remiendos. Instaló un fogón en el centro de esta. Nada sirvió.

Cada vez llegaban menos personas. Parra dependía de aquellas actividades para su subsistencia económica. A pesar de que era reconocida a escala nacional e internacional, los aplausos y la fama no servían para comprar comida ni pagar deudas. Para colmo, Favre se fue a Bolivia y cuando Violeta fue a buscarlo un tiempo después, lo encontró casado con una boliviana. Parra regresó a Chile deprimida.

En noviembre de 1966, tres meses antes de su muerte, lanzó un disco titulado “Las últimas composiciones”. El disco incluyó una canción sobre Favre, “Run run se fue pa’l norte”. También incluyó la ahora emblemática “Gracias a la vida” que opacó otra canción, contenida en el mismo disco, “Maldigo del alto cielo”. Solo un oyente avispado podría haber deducido que, lejos de un disco de agradecimiento y de exaltación al optimismo, aquellas composiciones eran la despedida de una mujer que se sentía frustrada, solitaria y defraudada.

Su biógrafa, Mónica Echeverría, la visitó en la carpa de La Reina 15 días antes del suicidio. “Había muy poca gente”, cuenta Echeverría en una entrevista. “Hace rato que no estaba entrando nadie por la lejanía del lugar. Nos convidó a tomarnos el último trago, como decía ella. Estaba metida en la cama con zapatos y tapada con esas colchas lindas que hacía ella. Estaba triste, pero la hicimos reír. Pero ella aparentaba, cantaba, hasta bailó una cueca. Se forzaba, pero la cosa estaba demasiado mal para ella. Lamentablemente, nadie captó eso y terminó matándose”.

No se sabe el momento preciso en que escribió su carta de suicidio. Jamás ha sido publicada. Nicanor Parra, su hermano mayor, la guarda con celo. A pocos les ha permitido leerla. Quienes lo han hecho aseguran que el papel tiene pringas de sangre y que su contenido es duro, lleno de reclamos y amargura hacia todos, incluso su familia.
El terreno de La Reina pasó abandonado durante algún tiempo. Después, la dictadura militar urbanizó aquella zona. Hoy en día, en el lugar donde estaba la carpa existe un centro comercial. De la actividad de Parra en la comunidad apenas hay registro, a excepción de una estatua conmemorativa que se alza desde 2012 en la plazoleta de la esquina de Mateo de Toro y Zambrano con la Cañada.

En una entrevista publicada en el periódico El Siglo, uno de sus alumnos de música, Arturo San Martín, comentaba lo dura que era como maestra. No perdonaba errores: “Violeta nos hacía repetir hasta 30 veces una estrofa; nos llegaban a sangrar las manos”. Cuando terminaba aquella etapa “de aprendizaje espartano”, como la calificó San Martín, ella cambiaba de manera radical.

“Ahora tienen que volar solitos”, decía a sus alumnos. “Usen los ritmos como les salgan, prueben instrumentos diversos, siéntense en el piano, destruyan la métrica, libérense. La canción es un pájaro sin plan de vuelo, que odia las matemáticas y ama los remolinos”.
A las 5:50 de la tarde del domingo 5 de febrero de 1967, en la carpa de La Reina, Violeta del Carmen Parra Sandoval, de 49 años, se pegó un tiro en la cabeza.

Tsundoku

Hace poco descubrí una caricatura del ilustrador estadounidense Grant Snider llamada “Las etapas del lector” (“Stages of the reader”, en su idioma original). Snider define dichas etapas como 1) descubrir libros; 2) enamorarse de los libros; 3) los libros como una identidad; 4) los libros como una manera de evitar interactuar con humanos; 5) los libros como una frustración insoportable (“debo escribir un libro”); 6) no tener libros; 7) redescubriendo libros; 8) acumular libros; y 9) pasar libros a la siguiente generación.
Las etapas están ilustradas como gradas que suben hasta el número cinco. Pero la número seis es un corte en toda la composición, donde se mira a un hombrecito echado en el fondo del corte (es decir, en un hoyo) viendo televisión y comiendo comida chatarra.

Stages of the Reader por Grant Snider. Tomado de Incidental Comics.

Cuando compartí dicha imagen en Twitter, varias personas me comentaron la etapa en la que sentían estar o no habían estado jamás. Lo curioso fue que todos coincidieron en jamás haber estado en la número seis. Eso me dejó pensando en mi propia vida como lectora. La verdad es que no recuerdo ningún momento en que no haya tenido libros conmigo. En mi casa siempre los hubo, desde antes que yo naciera. Esos objetos siempre me fueron familiares. Eran la visión prometedora de horas que podían pasarse a solas de manera agradable.

Me gustaron los libros desde antes de aprender a leer. Me pasaba mucho tiempo hojeando los que había en la casa, buscando los que tuvieran dibujitos o fotos. Por eso quizá llegaron hasta la cabecera de mi cama varios ejemplares de Reader’s Digest, de la cual mi padre era fiel lector. Alguna foto o dibujo me habrán llamado la atención.

Un libro con el que me entretenía bastante era un manual de enfermedades infantiles, en alemán y de tapas duras. Cada vez que me daba algo, mi madre corría a consultarlo. Nunca pude entenderlo, ni cuando aprendí a leer (porque aprendí alemán años después), pero las fotos en blanco y negro eran atemorizantes, por decirlo de alguna manera. Todas eran fotos con niños mostrando todo tipo de erupciones, inflamaciones, decoloraciones, llagas, heridas, purulencias y malformaciones. También había niños con padecimientos mentales. Para mi madre era un manual médico, pero para mí era una especie de enciclopedia del miedo. Rogaba porque jamás me diera ninguna de aquellas enfermedades representadas en las fotos.

A pesar de que la vida me ha llevado a vivir en varios países, siempre termino con cajas de libros que llevo y traigo a todas partes. Salgo con unos pocos y cuando llego a otro país y me quedo un tiempo, comienzo a comprar dizque con cuidado, para no acumular demasiados, para no dificultar una próxima mudanza. ¿Pero cómo rechazar un buen libro que esté en oferta? ¿Cómo dejar en la librería un título que has buscado durante años y que por fin se encuentra a un precio accesible? ¿Cómo desprenderse de los libros favoritos, que nunca son uno ni dos, sino docenas? ¿Cómo sobreponerse a esa fuerza interior que te hace sentir que ese libro es una auténtica necesidad personal y que, por lo tanto, hay que comprarlo y tenerlo en casa, siempre, a toda hora, porque solo su adquisición calmará esa necesidad?

El amor por los libros sufre su más seria prueba cuando toca una mudanza, sobre todo si es de país a país. Porque si hay algo difícil de mover son los libros. Ocupan mucho espacio, pueden llenar varias cajas y pesan más que un mal matrimonio. Aunque en la acumulación de libros siempre se cuelan algunos que son malos (porque no siempre se acierta con la selección de alguno que, al leerlo, no resultó ser tan bueno como esperábamos o creíamos o nos habían dicho), el número de los buenos libros siempre resulta mayor. El costo de trasladarlos es impagable, lo cual obliga a desprenderse de ellos.

Así nos vamos despegando de libros, dejándolos en el camino de la vida, como un rastro de migajas literarias que, si alguien pudiera seguirlo, nos encontraría en la fase ocho de la caricatura descrita al inicio, la de la acumulación de libros.

Durante años he tratado de disciplinarme en el sentido de no comprar un libro más hasta no terminar de leer los que ya tengo en casa. Confieso públicamente que he fracasado de manera estrepitosa cada vez que tomo dicha resolución. Lo que sí he logrado hacer es comprar de manera más reflexiva. Soy más selectiva y no compro uno porque sea una novedad o el libro de moda en boca de todos. Compro lo que me interesa de manera auténtica y cuya sola posesión me alegra. Pero tampoco la pienso tanto. Porque si hay algo frustrante es haber visto un libro, no tener el dinero para comprarlo en el momento, regresar a la librería con el dinero y la decisión de comprarlo, y que el libro ya se lo hayan llevado.

La única manera en que he logrado no comprar libros es cuando mi situación económica ha sido paupérrima. Aunque también confieso que más de una vez, ante la decisión de comprar comida o un libro, opté por el libro. En los tiempos de vacas flacas, siempre me alegra haber cedido a esta compulsión. Eso me ha permitido construir una buena biblioteca (léase: tengo una abundante reserva de libros sin leer). La mía, además, me sirve para enseñar escritura creativa a otros, por lo cual considero que incluso he llegado a la etapa nueve de la caricatura, porque puedo recomendar algún título a futuros escritores.
En japonés existe un sustantivo para esto de lo que vengo hablando, tsundoku. La palabra significa “apilar sin leer”, es decir, comprar libros con la intención de leerlos, pero no hacerlo, y que estos terminen apilados junto a otros libros no leídos.

Si en otro idioma existe una palabra para describir este “mal”, significa que somos muchos los que lo sufrimos. Un mal que supongo no tiene remedio, pero del cual ninguno de nosotros se queja.

Una buena historia de miedo

Nueva Inglaterra, año mil seiscientos treinta y tantos. Una familia de colonos es forzada a abandonar la comunidad en la que habitan, debido a diferencias religiosas con los líderes de esta. William, su esposa y sus cinco hijos emprenden la aventura de establecerse solos, en una zona cercana a un bosque. En el nuevo lugar, empiezan a ocurrir eventos inexplicables que van escalando en intensidad y que ponen en duda no solo la fe de la familia, sino también su cordura.

Es el argumento de la película “La bruja” (2015), dirigida y escrita por Robert Eggers y que ganó el premio a mejor dirección de drama estadounidense en el Festival de Sundance ese mismo año. Para los amantes del género de terror, esta película resultó ser una agradable sorpresa, sobre todo por la manera en que el director construye la tensión y el suspenso.

Si en los últimos años los directores del género nos inundaron con argumentos repetitivos, con efectos excesivos de violencia gráfica o sorpresas visuales que impactan al espectador por lo súbito, Eggers tuvo la inteligencia de pensar una historia que presenta elementos acumulativos de tensión y sugestión.

Sin ser demasiado obvio ni abusando de la violencia gráfica, Eggers aprovecha al máximo los elementos fotográficos y de edición, que van provocando en el espectador dudas y ansiedad sobre lo que está ocurriendo. ¿Están los hijos poseídos por algún espíritu maligno, están jugando y fingiendo o es un asunto de histeria colectiva? ¿Es cierto que la cabra negra es el demonio mismo y habla con los niños más pequeños? ¿Es Thomasin, la hija mayor de la familia, realmente una bruja, o solo dice ciertas cosas para asustar a sus pequeños hermanos?

Uno de los elementos con los que juega Eggers para contribuir al ambiente de inquietud es lo visual. La coloración neutra de la película, el uso de un tono opaco y de una luz en la que parece que siempre está por comenzar una tormenta, la fotografía de exteriores donde la naturaleza y lo desconocido del territorio son amenazantes para aquellos colonos aislados de todo ser humano, los cortes de las escenas en el momento preciso para evitar ver su culminación junto con el uso de la música y del sonido como elementos constructores de tensión, todo se conjuga de manera efectiva para inquietar al espectador.

“La bruja” tiene también momentos de una belleza estética sorprendente e inusual para el género. Hay una escena, por ejemplo, en que la familia come a la luz de las velas y que recuerda al cuadro “Los comedores de papas”, de Vincent Van Gogh. No detallo otros momentos para no dar “spoilers” sobre la trama, pero hay varias escenas que llaman la atención por la belleza de la composición fotográfica.

El uso acertado de todos esos elementos, más las estupendas actuaciones, logran construir una película que toca los mitos y leyendas propios de la época, sin caer en el ridículo o los lugares comunes. Por el contrario, la investigación antropológica efectuada por Eggers para reconstruir las costumbres, las oraciones, las viviendas y la vestimenta de los colonos, así como su manera de hablar, fueron ampliamente documentados para lograr que la ambientación fuera lo más cercano posible a la época descrita. Esa reconstrucción minuciosa también permite comprender el marco mental y emocional en el que viven los personajes y que explican las reacciones de temor, dudas e impotencia de cada quien.

Recordé esta película mientras preparaba el temario de un taller sobre el género del horror en la literatura. Porque “La bruja” deja pensando en cómo ha ido cambiando el tratamiento del horror a lo largo de la historia, tanto en el cine como en la literatura, y por qué nos gustan tanto dicho tipo de historias. Visto de manera superficial, pareciera que el ser humano es sádico y que le gusta retar sus propios miedos, de manera voluntaria, al ver una película o leer una historia de terror.

En mi opinión, la clave para una buena historia de miedo es lograr que sea el espectador o el lector el que vaya construyendo dentro de sí esa tensión, a partir de pistas y sugerencias que nunca le quedan del todo claras. Eso obliga al espectador o al lector a imaginar cosas, a visualizarlas a partir de sus propios temores y fobias. No a todos nos asustan las mismas cosas, por lo que tener la capacidad de dejar una situación sugerida puede resultar más efectivo que mostrarla de manera obvia.

A pesar de ello, hay escritores y cineastas que han sabido utilizar lo evidente de manera afortunada. Recordemos la película “Nosferatu: sinfonía del horror” (1922), de F.W. Murnau, donde la figura del vampiro es simplemente grotesca; o historias de H. P. Lovecraft, como “El horror de Dunwich”, donde desde el título mismo, el escritor nos advierte que van a ocurrir eventos abrumadores.

El ser humano siempre se ha sentido atraído por lo misterioso, lo no verificable, lo que no tiene explicación. Golems, monstruos, espíritus, vampiros, licántropos, brujas, lugares u objetos encantados, maldiciones, supersticiones, fenómenos paranormales y todo tipo de eventos inexplicables son nada más algunos de los personajes y situaciones que pueblan ese imaginario oscuro que rechazamos, pero que, al mismo tiempo, ha seducido al ser humano desde que es capaz de contar historias.

Aunque el género de terror ha sido considerado por algunos críticos como “menor”, la verdad es que representa un gran reto técnico para quien decide trabajarlo. No todos somos capaces de contar una historia y calar en los miedos ajenos hasta causarle una reacción de temor o inquietud a los demás.

Para muchos, trabajar una historia de horror implica explorar la región oscura de las personas, sus instintos primarios, la parte incontrolable e inexplicable de nuestros temores más profundos. Quizás por eso sea un género de tanta popularidad, porque nos permite canalizar esos temores inconfesables para luego continuar adelante, como si nada, tragando en silencio el terror de estar vivos.

La omisión de la cultura

Una de las grandes omisiones del informe de tres años de gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén fue mencionar que durante el transcurso de los últimos 12 meses se aprobó una Ley de Cultura. De hecho, en todo su discurso no hizo referencia ni una vez, de manera directa, al tema cultural.

La única mención más o menos relacionada fue de forma general en el siguiente párrafo que reproduzco textual: “Fortaleceremos el tejido social a través de la convivencia y participación ciudadana, las expresiones artísticas, la Red de Casas de la Cultura y Convivencia, el teatro nacional infantil con La Colmenita, los encuentros culturales y el deporte”.

En otro párrafo posterior, hace una alusión aún más difusa y lejana al tema, donde “los trabajadores del arte” aparecemos mezclados, junto a los deportistas, los niños, la juventud, los empresarios y todo el pueblo, siendo felicitados por participar “con entusiasmo a nivel nacional en actividades que llevan alegría y sana convivencia a las comunidades”.

Si se lee bien, eso de “fortalecer el tejido social” tiene que ver en realidad con los planes de prevención de violencia que el Gobierno intenta instaurar y para los cuales los espacios artísticos y culturales serán utilizados como puntos de reunión para actividades recreativas y de entretenimiento para población en zonas de riesgo.

“Fortalecer el tejido social” no implica, en este caso, reforzar la creación y la formación artística, abrir espacios de discusión e intercambio de pensamiento e ideas ni elevar la calidad de los eventos que se ofrece a los salvadoreños ampliando las perspectivas más allá de lo meramente folclórico.

La omisión del presidente sobre el tema cultural en su discurso de logros de gobierno dice mucho de la nula importancia que le da al tema. La Ley de Cultura fue una promesa de campaña y fue uno de los temas alrededor de los cuales se logró reunir a trabajadores culturales, artísticos e intelectuales, gremio que siempre es reacio a este tipo de cosas.

En varias ocasiones fuimos convocados por la Secretaría Nacional de Arte y Cultura del FMLN para discutir y analizar el anteproyecto de ley. Una ley que cuando finalmente fue aprobada en agosto del año pasado, quedó reducida a su mínima expresión y dejó por fuera peticiones de vital importancia para quienes trabajamos en cultura, como la pensión y el seguro social.

Varios de los elementos discutidos y que se suponían vitales para fomentar y elevar la calidad, no solo de la producción cultural nacional, sino de su percepción por parte de la ciudadanía, no solo fueron sacados de la ley, sino que al día de hoy no se ha vuelto a hablar nada del asunto. Nada se sabe de los avances en la reglamentación de la ley ni de las alternativas para cumplir con las promesas de pensión y seguro social para los trabajadores artísticos y culturales.

¿Por qué no se ha renovado la editorial del Estado? ¿Por qué no se realiza una Feria Internacional del Libro de lujo, como ocurre en otros países de la región? ¿Por qué nuestro orgullo cultural se reduce a las pupusas y al fútbol, sin recordar que tenemos grandes artistas, escritores, pintores, fotógrafos, músicos, escultores, actores, cineastas? ¿Será porque no los conocemos? ¿Será porque no hay suficientes espacios para la difusión y la preservación de sus obras?

Es absurdo seguir disculpando el descuido y la falta de asignación de un presupuesto decente en la labor cultural, argumentando que es prioritario resolver los problemas urgentes de país que ya todos sabemos. Pero este país siempre está en emergencia y con problemas graves sobre la nuca. ¿Cuándo hemos estado bien? Siempre estamos resolviendo los mismos problemas. O intentándolo, pero la verdad es que nunca lo logramos.

Alguna vez leí que después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se reorganizó el Gobierno alemán, hubo muchas discusiones en torno al presupuesto a asignarse al área cultural. Algunos decían que no era el problema prioritario, que después resolverían qué hacer al respecto. El país estaba en ruinas, la economía en el suelo, la honra nacional destrozada. No había tiempo ni ánimo para pensar en el arte. No había presupuesto para invertir en cultura. Todo debía ir para la reconstrucción.

Pero otro grupo pensaba lo contrario. También había que pensar en reconstruir el alma nacional. Era necesario comenzar una labor para rescatar la sensibilidad de la ciudadanía hacia la belleza, después de tanta muerte y destrucción. Era necesario superar el complejo de culpa y la humillación del vencido ante un mundo impactado por el genocidio. Era necesario que los artistas participaran activamente de la reconstrucción porque sus testimonios y observaciones eran vitales para el retrato de lo que pasaba en aquel momento. Era necesario volver a crear. Prevaleció este último grupo.

Queda claro que el Gobierno salvadoreño maneja un concepto limitado y desfasado de lo que es cultura. Se limita a considerarlo como un instrumento de entretenimiento colectivo y de terapia de prevención de violencia, pero no como una herramienta que permite reflexionar, cuestionar e inquirir sobre nuestra realidad y nuestra condición humana. No considera el talento, la creatividad y la inteligencia de sus ciudadanos como un valor nacional en el cual hay que invertir y se conforma con aplaudir los triunfos que muchos de ellos logran en el exterior, porque en su propia tierra no encontraron el espacio para desarrollar todo su potencial y se vieron obligados a realizar sus proyectos en otra parte.

Es lamentable que el FMLN, ya con un segundo gobierno, haya perdido la oportunidad histórica de darle un giro al trabajo cultural de este país. Aunque ya sabemos que la cultura ocupa el último lugar de importancia en El Salvador, no hay que callar al respecto. A dos años de terminar el actual mandato, habrá que aceptar una vez más que quedarán en deuda varias promesas de campaña.

La cultura nacional continuará siendo una tarea pendiente, la eterna deuda de los gobernantes con la ciudadanía.