Mosaico mundialista

Es posible que al momento de leer esto, usted ya sepa quién es el nuevo campeón mundial de fútbol. Hoy se juega el partido final de Rusia 2018. A la hora de entregar esta columna a edición, solamente conozco los cuatro finalistas. No diré “que gane el mejor”, porque en el juego, al igual que en la vida muchas veces es la suerte la que termina decidiendo las cosas, a pesar de nuestro mejor esfuerzo e intenciones.

No tengo la menor idea de quién ganará. Quizás sea Croacia, pero ya no apuesto por nadie. Si algo tuvo este mundial fue sorpresas y eliminaciones inesperadas. Viendo los primeros partidos, me gustaron los equipos de Islandia, Senegal y Egipto, pero terminaron marchándose. Mi favorito permanente, Alemania, no pasó ni a octavos de final. Otros favoritos míos (Brasil y Argentina) también quedaron en el camino. Esas eliminaciones me hicieron perder interés para el resto del campeonato.

Durante cada mundial, me resulta inevitable recordar los vistos durante mi infancia y adolescencia. En casa nadie era seguidor de ningún deporte. Pero las competencias internacionales como peleas de boxeo, las Olimpíadas y la Copa de Fútbol eran sucesos importantes en un tiempo en que la comunicación estaba limitada al teléfono de línea fija, los periódicos en papel y las ocasionales transmisiones televisivas vía satélite. Para un país como el nuestro donde la televisión transmitía pocas horas al día, ver en directo un evento internacional era de las escasas oportunidades en que parecíamos conectar con el resto del mundo.

En casa le íbamos a Alemania en el fútbol, primero porque es el país de mi madre, pero también porque tenían equipos excelentes. Luego caigo en la cuenta de que tuve el privilegio de ver el fútbol de una época dorada. Recuerdo a Pelé. Recuerdo a la holandesa “Naranja Mecánica” de Johan Cruyff. Recuerdo la selección argentina de César Luis Menotti con Kempes, Fillol, Passarella, Tarantini y Luque. Recuerdo a Món Martínez y a Pipo Rodríguez con la selección salvadoreña que viajó a México 70. Recuerdo a Franz Beckenbauer y a Gerd Müller. Recuerdo la lluvia de confeti celeste y blanco que cayó en las graderías del estadio Monumental de Buenos Aires, cuando Argentina venció a Holanda 3 a 1, motivo por el que mi enojada madre nos dejó de hablar un par de días a mi padre y a mí, porque ella le iba a los europeos y nosotros a los argentinos.

Desde aquel tiempo, he seguido de vez en cuando los mundiales, pero no he sentido mayor afinidad por ningún equipo, quizás porque el deporte mismo ha cambiado. El fútbol de los años setenta era más movido, más rápido, más agresivo y a veces hasta rudo. Era menos frío, menos calculado que el de hoy en día. O por lo menos, así me parece.
Pero no todo ha sido pérdida. Una de las cosas divertidas que tuvo Rusia 2018 fueron los memes en internet. Mi favorito: el del director técnico de Brasil, Tite, corriendo. Otros graciosos fueron los de Neymar con sus interminables caídas y exageradas muecas de dolor. Podría ser el capitán de una selección llamada los “Drama Kings” o competir para ganar un Óscar.
Siempre hay personas que reniegan de este tipo de eventos y que además confrontan a quienes los siguen acusándonos de muchas cosas, desde “solo gente tonta pierde el tiempo viendo a 22 hombres correr detrás de una pelota” hasta “estás viendo fútbol mientras en equis país están matando gente”. No creo que ver a 22 hombres correr detrás de una pelota haga más tonto a nadie ni que agrave la situación mundial.

Por lo contrario, estos eventos me hacen reflexionar sobre la humanidad, sobre por qué nos gusta jugar y competir contra otros; sobre cómo se desbordan las pasiones cuando se gana o se pierde; sobre la pureza en las lágrimas de los niños que lloran la derrota de sus equipos con auténtico dolor y que le parte el corazón hasta al más duro; sobre los miembros de las barras que, después de terminados los partidos, se quedaban para limpiar la basura de las graderías; y sobre cómo, de muchas maneras, un deporte puede ser también una metáfora sobre la vida.

Gustar del fútbol no tiene por qué ser excluyente de nuestras preocupaciones sociales ni nos convierte en insensibles. Gritar un gol no significa que no estemos pendientes de los niños enjaulados por el gobierno de Donald Trump, de la represión de las protestas civiles en Nicaragua o de la falta de información sobre el caso de la agente policial Carla Ayala.
Es cierto que no se puede idealizar el mundo del fútbol profesional. Al igual que en cualquier institución que mueve miles de millones de dólares, el deporte saca a relucir lo peor del ser humano en forma de corrupción, mafias y abusos de poder, pero también saca a flote algo de lo mejor que somos, de maneras insospechadas.

Un ejemplo de esto es la historia de los colombianos José Richard Gallego y César Daza. Gallego quedó sordo y ciego desde hace años a consecuencia de una enfermedad. Pero Daza aprendió lenguaje de señas y entre ambos inventaron un sistema para que Gallego pueda enterarse de lo que pasa: Daza mira los partidos y mueve las manos de Gallego dentro de un tablero que representa el engramado, según se van dando las jugadas reales. Si meten gol, ambos levantan los brazos. Cuando eso ocurre, la expresión de júbilo en el rostro de ambos, no tiene precio.
Un juego que logre cultivar gestos de camaradería, amistad y lealtad como el mencionado, no atonta a nadie. Por el contrario, es el fanatismo la causa de la estupidez y la ofuscación que nos impide dialogar, escucharnos y convivir como iguales, y no como enemigos de nosotros mismos, sin importar el deporte, la ideología o el asunto que está en discusión.

Ha nacido una ceiba

Ha nacido una ceiba en el fondo de mi jardín. En realidad, no es un jardín. Es un pequeño patio interior, que está embaldosado. Ahí tengo macetas con plantas variadas. Debido a la altura de los muros y las paredes de la casa, el patio no recibe sol por las mañanas. Por ello, no siempre se dan bien las plantas de flores.

Las que han prosperado son una begonia roja y otra que conozco con el nombre de “gotas de sangre”. Pero eso ha tomado años de cuido y han sufrido más de algún altibajo. También han floreado unas orquídeas blancas, pequeñas, por las cuales nadie daba un centavo, nadie más que yo, quien insistió en cuidarlas hasta que brotaron unas flores en forma de estrellas blancas y amarillas.

La falta de sol en el patio me obligó a sembrar plantas de sombra, sobre todo helechos, mala madre y papiros. Cuando llueve, los helechos se ponen espectaculares. Los verdes son más intensos. Todo crece a una velocidad pasmosa. Exuberante, salvaje, frondoso. La llamada mala yerba brota en las macetas y todo rebalsa de retoños y hojas nuevas que se enredan y confunden entre sí.

En medio de ese desorden vegetal, en la maceta donde intento desde hace más de un año resucitar a una hortensia (que cada tanto tiempo le cae una plaga y que jamás ha dado una buena flor), descubrí una planta nueva que fue creciendo y echando hojas bastante rápido. No podía identificarla, pero algo me decía que era una planta útil. Parecía yuca, parecía papaya, pero siempre había un detalle que descartaba mis suposiciones.

Le pregunté a don Héctor, mi jardinero. Me dijo que es una ceiba. No me lo podía creer. “¿Está seguro?”, insistí. Sin dudar me dijo que sí y me lo demostró: el tronquito tiene espinas verdes, detalle que no había notado. Seguía sin creerlo. ¿Cómo es posible que surja una ceiba en una maceta? Me explicó que las semillas son pequeñas y livianas, que vuelan fácilmente con el viento.

En centésimas de segundo imaginé el desarrollo completo del árbol. Aunque me encantaba la idea de tener una ceiba en el patio de mi casa, la burbuja de mi ensueño reventó rápido y volví a la realidad. Tener una ceiba en mi patio es imposible. No hay espacio. Resignada le pedí que la sacara, que se la llevara y la sembrara en un lugar donde pudiera crecer a sus anchas.

Me dijo que podía cultivar la ceiba en maceta. Que se podía utilizar la misma técnica del bonsái y que se le podían ir cortando las raíces de manera que quedara pequeño. La idea me pareció genial, pero volví a dudar. Dijo que ya lo había hecho alguna vez, que funcionaba, que la ceiba crecería pero se mantendría pequeña. Todo es cosa de comprarle una maceta más grande y trasplantarla. Acordamos hacerlo.

Terminamos hablando sobre la ceiba del parque de Antiguo Cuscatlán. Sobre la enfermedad que tiene. Me explica que las ceibas, aunque son grandes y se miran fuertes, tienen una madera muy porosa, lo que las hace susceptibles a los hongos. Además, agrega, la ahogó el cemento y el asfalto de las construcciones a su alrededor.

Originario de Antiguo, don Héctor me cuenta que conoce ese árbol desde años atrás, cuando había menos urbanización en la zona. Quién sabe los recuerdos que se le cruzaron por la mente, porque entonces me dice: “Imagínese ese árbol, cuántos años tiene”. Hace una pausa. “Ése árbol nos conoce las historias a todos los que han pasado por aquí y a todos los que hemos vivido aquí. Imagínese eso”.

Hice caso e imaginé a los antiguos ir y venir de esta zona, y a la ceiba, como un testigo vegetal, mudo y magnífico, de nuestro minúsculo paso por este tiempo y por esta franja de suelo. Acaso la larga vida de estos árboles fue la que hizo que los mayas lo consideraran un árbol sagrado, cuyas raíces podían llegar hasta el inframundo y cuyas ramas podían crecer y elevarse hasta alcanzar la morada de los dioses.

Luego hablamos de murciélagos y colibríes. Hablamos de pájaros que ahora hacen sus nidos en lugares insólitos, porque nosotros los humanos, el más grande depredador de la naturaleza, estamos destruyendo todos los espacios verdes con nuestro retorcido concepto de “progreso y desarrollo”. Me contó de cómo, cuando almuerza, siempre pide una ración doble de arroz: una para comérsela él y otra para dársela a un grupo de pájaros que lo esperan cada mediodía y se alborotan si no está puntual con la comida.

Cuando el poeta y cineasta francés Jean Cocteau estuvo internado en la clínica de Saint Claud, escribió un diario que publicó en 1930, con el título de “Opio, diario de una desintoxicación”. De ese libro, siempre me impresiona cuando Cocteau habla de su relación con el opio y de cómo eso le permitió comprender el estado vegetal: “A través de él (el opio) obtendremos una idea de la velocidad distinta de las plantas”.

Siempre pienso en esa velocidad y de cómo quienes se relacionan de cerca con la naturaleza pueden sentirla y comprenderla. Estoy convencida de que algo de esa velocidad vegetal se contagia al espíritu de quienes cuidan jardines, quienes suelen emanar una serenidad que (imagino) les es transmitida por el frecuente contacto con la tierra, con las plantas y con toda la vida animal que amparan a su alrededor. A su vez, ese contacto les ha permitido acumular un tipo de sabiduría que subestimamos por sencilla, pero que encierra pequeñas y grandes verdades de la vida.

Recuerde el lector las ceibas que ha visto en su vida, las más antiguas, las más altas, las de tronco más grueso. Deténgase a observar una. Y reflexione sobre eso que dijo don Héctor, en el tiempo que tienen de estar ahí, observándonos ir y venir, testigos centenarios y mudos de nuestros quebrantos y alegrías.

Diez años de columna

Con la aparición de la revista dominical Séptimo Sentido, comenzó también esta columna, que ahora cumple nada menos que 10 años. El compromiso de publicar un texto de manera quincenal me ha brindado innumerables lecciones como escritora y como ser humano. El hecho de escribir con la certeza de que alguien va a leer el texto impone una exigencia diferente a la que impone la escritura literaria.

La escritura de ficción es un ejercicio que hago viendo hacia adentro de mí misma, escuchando mi imaginación y mis emociones, y tratando de la manera más fiel posible transcribir eso en palabras. Es una escritura personal, sin concesiones a las modas editoriales, porque los tiempos de escritura y publicación de la ficción son más largos que los de la prensa escrita. No tendría sentido escribir en función de complacer un mercado o una moda pasajera, cuando lo que se quiere es contar una historia que perdure en el tiempo y que nazca del corazón.

Pero la escritura de una columna de opinión implica pensar hacia afuera, con la consciencia de la existencia de lectores de diferentes edades, oficios, creencias y posturas ideológicas. El reto es encontrar los temas y el planteamiento que puedan interesar al mayor número de ellos.

El compromiso de la publicación termina entrenando al columnista en aspectos diferentes a los de la escritura de una obra de ficción. La regularidad de la entrega implica disciplina, no solo para escribirla, sino también para estar en cacería constante de temas posibles de ser tratados. La inminente publicación implica también asumir que no habrá un tiempo de maduración de la idea o del texto, que muchas veces deberá ser entregado sin que el autor quede plenamente satisfecho.

Ha sido esta columna, por encima de mis libros, la que me ha permitido conocer la opinión de quienes los escritores llamamos con orgullo “nuestros lectores”. Esos encuentros e intercambios de opinión que han ocurrido de forma casual en algún lugar público o por correos enviados a este periódico o a mi dirección personal me han servido para definir los temas a tratar, pero sobre todo, para encontrar un tono que, sin traicionar mi propio punto de vista, pueda llegar a un espacio común desde el cual dialogar. La crítica es necesaria, pero también lo es plantear propuestas y destacar logros, cuando sea el caso.

En una sociedad tan polarizada como la nuestra, donde pensar diferente es tomado como una agresión, me parece importante mantener un tono de sensatez y respeto al emitir nuestras opiniones, sobre todo cuando se tiene un espacio de opinión pública. Lo cortés no quita lo valiente, lo cual implica que para criticar o plantear nuestra opinión no es necesario insultar, descalificar ni agredir a los demás.

Asumo el oficio de columnista como un asunto de mucha responsabilidad. Trato por ello de crear un espacio donde se pueda reflexionar sobre temas que el trajín cotidiano y la coyuntura nacional o internacional relegan a un segundo plano o que no son considerados “importantes” o “urgentes”, como el quehacer cultural.

Una constante durante estos ya 10 años de columna es toparme con lectores que se acercan a comentar alguna de las publicaciones. Hay quienes guardan en su memoria alguna publicada hace varios años y con la que se sintieron identificados, porque coincidía con algún momento particular de sus vidas. Esto suele sorprenderme y conmoverme más de lo que puedo expresar. Muchas veces escribo sobre cosas o asuntos que pienso que a nadie le podrán importar y me sorprende cuando ocurre lo contrario.

En una época donde predomina la cantidad sobre la calidad, donde todo debe ser más grande, más rápido y más breve (porque nadie tiene tiempo ni ganas de leer nada largo ni complicado), es una satisfacción personal saber que algo que escribí ha podido calar en alguien de manera memorable. Son los momentos en que un escritor siente que el esfuerzo de la escritura tiene alguna especie de sentido, sobre todo ahora, en un mundo lleno de herramientas y plataformas que ha convertido en opinadores de cualquier y toda cosa a muchas personas que las utilizan.

En 10 años de escritura de esta columna hubo numerosas ocasiones en que me pregunté si algún día me quedaré sin nada por decir. En que, ya con la amenaza de la hora del cierre encima y sin tener la menor noción de lo que voy a tratar, me aferro a alguna idea peregrina o a algún apunte guardado por ahí. Por eso estoy convencida de que el oficio particular de la columna condiciona un entrenamiento mental que permite el fluir de la escritura, aún en momentos de tensión o premura y en que se siente que la cabeza está totalmente en blanco.

Este ejercicio, estas dudas, estos descubrimientos me han impulsado también a leer a otros escritores que tuvieron columnas y a leer sobre sus procesos creativos. Particularmente interesante fue la lectura de las crónicas de la escritora brasileña Clarice Lispector, quien se cuestionaba si sus textos eran realmente columnas de opinión. Algo que yo también me pregunto cuando escribo notas biográficas sobre escritores o artículos que son más informativos que de opinión en sí. Pero me amparo en el nombre de este espacio, la noción del gabinete de curiosidades, donde se guarda todo para ser “usado después” y que al ser abierto alberga de todo un poco.

El aniversario induce a la reflexión, al recuerdo y también a la gratitud. Gracias a José Luis Sanz y a Héctor Silva Ávalos, quienes pensaron en mí para integrarme a este proyecto desde su inicio. Gracias también a Roberto Valencia, mi primer editor, y a mi editora actual, Glenda Girón. Pero sobre todo, un agradecimiento sincero y muy grande para usted que suele leer estas líneas. Su lectura le da vida a este espacio.

Gracias a todos por estos 10 años.

Una cinemateca, por favor

Ahora que existen diversos fondos concursables para estimular la creación audiovisual en El Salvador (como el premio Pixels, del Ministerio de Economía; el FOMCASS de la Alcaldía de San Salvador y los premios recién otorgados por el Festival Audiovisual Mónica Herrera, de la Universidad del mismo nombre); ahora que existe una Asociación Salvadoreña de Cine (ASCINE); ahora que existen numerosas productoras de audiovisuales que se dedican a la publicidad para sobrevivir, pero entre cuyo personal hay muchos interesados en hacer cine, animación y series; ahora que se impulsa en el país la realización de festivales internacionales de cine, como el de la Alcaldía de San Salvador y el de Suchitoto, ¿no creen que es el momento oportuno para que fundemos una cinemateca?

Muchos de los factores planteados en el párrafo anterior han animado a un grupo de entusiastas connacionales a crear diversos tipos de productos cinematográficos que incluyen documentales, corto y largo metrajes, así como animaciones. Esta efervescencia creativa se ha ido consolidando y creciendo en los últimos años, y puede ser considerada como un movimiento fundacional de lo que (ojalá) a mediano y largo plazo, terminará convertido en una nueva era del cine nacional.

La existencia de una cinemateca serviría no solo para reforzar y estimular estas iniciativas recientes, sino también para llevar el registro y la historia de dichas producciones. Pensemos además en las posibilidades que ofrecería una institución que aparte de conservar y difundir obra cinematográfica nacional, pueda reunir bibliografía referente al cine y a su impacto en nuestra sociedad, y organizar festivales o exhibiciones de películas no comerciales.
En la Sección Tercera del Capítulo VIII de la Ley de Cultura de El Salvador, aprobada en 2016, el Artículo 103, llamado Conservación del Archivo Fílmico, dice textual: “El Estado por medio de la institución que vele por la cultura en el país contará con una cineteca responsable de garantizar el rescate, clasificación, conservación, restauración, preservación y difusión de la obra cinematográfica de El Salvador”.

La reciente formación del Ministerio de Cultura no deja de ser un elemento importante en esto, ya que su cambio de estatus le permitirá solicitar un presupuesto más acorde a sus funciones, incluido el manejo de las diversas instituciones que ampara y la fundación de todas las instancias incluidas en la mencionada ley, todas necesarias para el desarrollo cultural del país. Eso, si la elevación de la cultura a rango ministerial implica también una revalorización de su función en nuestra sociedad y la conciencia de que invertir en ella es una tarea impostergable.
La relación del país con el cine comenzó a inicios del siglo XX, primero como escenario para ser filmado por europeos y luego con las producciones documentales de Virgilio Crisonino y Alfredo Massi. Más adelante comenzarían las producciones de ficción. “Los peces fuera del agua” (1969), de José David Calderón; y “El rostro” (1961), de Alejandro Cotto, son dos de aquellos primeros trabajos. Ambos pueden verse en YouTube.

Una etapa interesante de nuestro cine es lo producido durante la guerra, entre ellos los documentales filmados por las unidades de información y propaganda guerrilleras; un cine realizado en condiciones mínimas y cuyo valor, dentro de un contexto de censura y desinformación, descansaba más en su contenido que en su acabado final.
Cabe destacar que el cine tuvo también una presencia importante entre la ciudadanía y el ámbito cultural del siglo pasado, a través de las múltiples salas que existían en el país y que fueron reemplazadas por las cadenas de cine que surgieron como parte de los nuevos centros comerciales. Los viejos cines perecieron por el desuso y su ubicación en zonas de peligrosidad urbana. Finalmente, muchos de ellos terminaron convertidos en iglesias, supermercados, bodegas de ferretería o derribados para construir cualquier cosa. Una cinemateca, que entre otros roles funciona también como un centro de documentación, podría recopilar fotografías y la historia de cada uno de aquellos cines.

Entiendo que la Ley de Cultura todavía debe pasar o está pasando por un proceso de reglamentación. Ignoro el estado de dicho proceso (sobre el que hasta donde sé, no se ha informado de manera pública) y que puede ser uno de los atrasos en la ejecución del Artículo 103 y otros más. Ignoro también si ya existen pláticas o gestiones en cuanto a la fundación de una cinemateca, pero debido a los vaivenes políticos de nuestro país, sería recomendable que pudiera funcionar a través de un asocio público-privado, para evitar la polarización ideológica y la manipulación tendenciosa de las exhibiciones o del registro y conservación de la obra cinematográfica.

Ojalá la Ley de Cultura no quede en letra muerta y que las autoridades correspondientes sepan diseñar y fundar una institución que se convierta en un estímulo adicional para los productores locales de cine. Ojalá, también, el sector privado, que cuenta con los medios económicos para cofinanciar este tipo de instituciones, comprenda la importancia que tendría un proyecto como este para la sociedad en su conjunto.

A los salvadoreños nos gusta el cine, no cabe duda de eso. En una época en que la mayor parte de nuestras comunicaciones pasan por algún tipo de pantalla, y en que la experiencia de sitios como Netflix y YouTube han modificado la forma en que vemos y producimos cine y televisión, la fundación de una cinemateca es un paso lógico a seguir. Un paso necesario hacia la construcción de una cultura cinéfila, que permita a los espectadores exigir y acceder a un tipo de cine con valor estético y argumental, más allá del cine comercial y de entretenimiento al que nos tienen limitados.

No olvidemos que el registro de nuestra evolución cultural es importante para comprender el contexto, que suele ser obviado a conveniencia por la historia oficial. Documentar este resurgimiento del cine nacional se convierte en un imperativo. Por desgracia no somos un país que valora la documentación y el registro de su historia.
Nunca es tarde para comenzar.

Una muerte digna

Es irónico cómo viviendo rodeados de tanta muerte y violencia, hablamos poco de ella. Del proceso de la muerte. Del duelo. Del dolor. De la muerte de nuestros seres cercanos. De la muerte de personas en nuestra comunidad, en nuestro territorio geográfico. De nuestra propia muerte.

Es un tema espinoso. No nos gusta asumirnos mortales. No nos gusta asumir que, tarde o temprano, pasaremos por dicho trámite. Todos. Sin excepción alguna. Sin importar las creencias espirituales o filosóficas, nos movemos con incomodidad y rechazo ante la vejez, las enfermedades terminales, los funerales y el duelo mortuorio. La muerte es un tema tabú al que preferimos no acercarnos.

Esto hace que como sociedad asumamos conductas defensivas ante ella. Delegamos en instituciones de diverso tipo el cuidado de las personas en sus procesos de enfermedad y agonía. Pero dichas instituciones se enfocan sobre todo en cuidados de tipo físico. Pocas veces toman en consideración que el paciente tenga una muerte digna. Así mismo, pocas veces toman en consideración el dolor de los seres cercanos.

Tenemos reacciones contradictorias. El trabajo y las ocupaciones de sobrevivencia drenan nuestro tiempo y energía personales, por lo que preferimos o nos vemos obligados a delegar en manos de otros el cuidado de nuestros adultos mayores. Muchas veces se piensa que, pagando un asilo que se haga cargo de la situación, el problema está solucionado. Pero no tener el problema enfrente, a la vista inmediata, no es garantía de que todo marche bien.

Hay demasiadas historias indignantes sobre lo mal que son tratados los adultos mayores en asilos y hospitales, aún en los de pago. Y sin embargo, cuando se recibe un pronóstico de muerte inminente o de una condición irreversible, familiares y médicos insisten en prolongar artificialmente la vida del paciente sin tomar en consideración la dignidad o la voluntad del moribundo. Los familiares se aferran al espejismo de una esperanza, a la negación de la muerte.
Quienes debido a migraciones, guerras, conflictos familiares u otras circunstancias se ven abandonados a la soledad, no tienen más alternativa que la resignación y esperar a ver cuándo, cómo y dónde toca la lotería de la muerte. Muchos mueren en pobreza extrema, en condiciones que una política estatal integral podría evitar.

Más allá de que el sistema público de salud deba garantizar una cama y atención adecuada para quien lo necesite, también deberían existir políticas públicas que brinden la calidad debida al proceso de muerte, no solo desde el punto de vista asistencial, sino también desde el punto de vista humano. Subestimamos la importancia que tiene un gesto empático en un momento de dificultad. Por ejemplo: se otorgan permisos por maternidad, pero no se otorgan permisos para el cuido y acompañamiento de familiares enfermos o para permitir un tiempo para el duelo personal.
Existen un par de movimientos que promueven a escala internacional la construcción de un sistema que mejore esto. En 2005, Allan Kellehear, un experto australiano en salud pública, comenzó a impulsar el concepto de “ciudades compasivas”, convencido de que el proceso del final de la vida no debería ser un asunto exclusivo de los hospitales y asilos.

Entre los objetivos de las ciudades compasivas están no solo la implementación de políticas públicas que permitan el acompañamiento familiar o afectivo de los enfermos, sino también un proceso educativo para que niños y jóvenes puedan enfrentar sus propios procesos de duelo. Contempla, además, medidas para extender todo tipo de cuidados paliativos a sectores que, por lo general, no cuentan con los recursos económicos para financiarlos, como la población de las cárceles y los asilos públicos.

Colombia es la pionera latinoamericana en implementarlo. Cali, Bogotá, Fusagasugá y Medellín son las cuatro primeras ciudades en las que se busca fomentar esta participación de los ciudadanos como parte esencial de los cuidados paliativos y una muerte digna en procesos de enfermedad avanzada.

Para otras personas, la dignidad en la muerte se interpreta como la posibilidad de terminar la vida propia en el momento deseado, antes de que el deterioro físico o mental de la edad o la enfermedad los reduzca a no tener lucidez y perder el control sobre sus decisiones, sobre su movilidad y sobre su calidad de vida.

Dicha discusión se avivó de nuevo a raíz de la muerte de David Goodall, un botánico y ecologista australiano de 104 años que viajó a Suiza para someterse a un suicidio asistido. La eutanasia voluntaria es legal en ese país, así como en Canadá, Bélgica, Luxemburgo, los Países Bajos y algunos estados de Estados Unidos.

Goodall no estaba enfermo y conservó su lucidez hasta el último momento, pero su calidad de vida se había deteriorado debido a las limitaciones físicas de su edad. Pese a haber trabajado en una universidad australiana hasta los 102 años, no se sentía feliz y su vida había perdido todo sentido, según él mismo explicó.

En una conferencia de prensa previa a su muerte, el científico dijo: “Una vez que se pasa la edad de 50 o 60 años, uno debería ser libre de decidir por sí mismo si quiere seguir viviendo o no”. Goodall dijo que le gustaría ser recordado “como un instrumento para liberar a los ancianos y que puedan elegir su propia muerte”. Esperaba que su acto pueda impulsar a la reflexión para que más países adopten la legalización de la eutanasia voluntaria.

Vivimos en una época que nos impone un código superficial de belleza, juventud, actitud, fortaleza, felicidad a niveles donde la frontera con la mezquindad, la altanería, el narcisismo, la impasibilidad y la crueldad está a un pelo de distancia. Con demasiada frecuencia olvidamos el factor humano, ese que nos hermana a todos. Nuestras vidas encuentran su punto común en nuestra mortalidad, aunque no queramos admitirlo.

Lo menos que se le puede pedir a la vida, después de haber pagado nuestro correspondiente impuesto de dolor por vivirla, es una muerte con dignidad, ¿no les parece?
Pensemos en ello.

Para crear futuros lectores

Hace unos días, el poeta guatemalteco Julio Serrano compartió en Twitter sus impresiones sobre un encuentro que sostuvo con estudiantes de entre 14 y 17 años, con quienes habló sobre libros y lectura. Los estudiantes pertenecen a un colegio de buena reputación académica, bien calificado en Lenguaje.
De los tres grupos con los que Serrano tuvo oportunidad de discutir, a ninguno le interesaba leer literatura, aunque había conciencia plena sobre “la lectura permanente de contenidos en línea” (según los tuits de Serrano).

Casi ninguno de los estudiantes usaba Twitter, muchos ya no tenían Facebook y todos tenían Instagram. Un dato que Serrano destacó como interesante era el hecho de que en los tres grupos, casi la mitad de los estudiantes provienen de una familia lectora. Pese a ello, casi ninguno se consideraba a sí mismo lector.
Según Serrano, los motivos de los estudiantes para no leer es porque les parece aburrido; que si te imponen la lectura (como suele ocurrir en los centros de estudios) se termina por no leer; que es demasiado tiempo para ser dedicado a una sola tarea, cuando se pueden hacer muchas cosas al mismo tiempo; y que los libros no les hablan de su realidad ni de sus intereses.
Al ser preguntados sobre qué les gustaría leer, los estudiantes respondieron que tendría que ser algo cercano a su realidad, a su día a día; que el texto tendría que ser algo breve, que los capture y que tenga formatos interesantes para ellos, “formatos mixtos, como leer en WhatsApp y luego en Instagram”, según dijeron.
Para Serrano, la experiencia fue reveladora. Los padres lectores no necesariamente se convierten en una influencia para sus hijos en cuanto a contagiarles la pasión por la lectura. La gran pregunta que se hacía Serrano al final de su hilo era si los escritores estamos generando literatura para este grupo etario.
Aunque ocurrió en Guatemala, tengo el presentimiento de que los comentarios de Serrano reflejan también la realidad de nuestro estudiantado. Cuando converso con los miembros más jóvenes de mis talleres literarios, escucho afirmaciones similares. Cuando hablamos de lecturas, por ejemplo, es común escuchar que odiaron todo lo que les fue asignado como lectura colegial, porque los contenidos no tienen nada que ver con la realidad del adolescente salvadoreño actual.
El hecho de obligar a la lectura a los jóvenes y hacerlo con libros que no despiertan su curiosidad ni su identificación con la historia, los hace rechazar el acto de la lectura en general. Un lector se engancha en el acto de leer porque descubre que un libro le habla de múltiples maneras. Si las lecturas que ofrecemos a nuestros jóvenes no logran activar esa identificación, la actividad de leer se torna en algo incomprensible y por ende, aburrida. Son pocos los que optan por buscar y descubrir lecturas por iniciativa y curiosidad propia, más allá del canon establecido. Por lo general quienes lo hicieron, sí lograron encontrar lecturas que los convirtieron en lectores de por vida.
La tecnología y el hincapié visual de los contenidos ejercen también influencia en la manera cómo los menores construyen lenguaje y pensamiento. Esto es más visible con los niños y adolescentes que están creciendo y formándose con internet y los contenidos en línea.
Esta relación ambigua con la lectura, leer en pantallas y considerar aburridos los libros, es una realidad que trasciende fronteras. Esto lo demuestra la incuestionable popularidad de algunas aplicaciones como Hooked, que cuenta con 10 millones de usuarios (y contando). Hooked es una plataforma para leer historias escritas en formato de chat, por lo general del género de suspenso y que dan la impresión de estar leyendo una conversación de chat ajena. Según la información descriptiva de la app, “nos gusta leer pero sabemos que puede ser ABURRIDO cuando las historias son muy largas” (sic). La app hace entregas diarias de nuevas historias y también permite que los usuarios compartan las propias.
Otra app de lectura extremadamente popular es Wattpad. Con 100 millones de usuarios, la mayoría de ellos adolescentes, la plataforma combina la lectura con la posibilidad de colgar sus propios libros. La mayor parte de lo que se lee en dicha plataforma es la llamada fan fic (ficción de fans), donde alguien que siente particular entusiasmo por un “best seller”, escribe una variante o un “spin off” de la historia original.
El impacto de lectura que tiene esta plataforma es tan grande, que las editoriales están siempre a la búsqueda de los libros más populares. Así fue como descubrieron a Anna Todd, quien escribió la serie de novelas “After”, usando elementos de varios libros conocidos que a ella le gustaron. Las novelas de Todd se publicaron por entregas en Wattpad y sobrepasaron los 450 millones de lectores. Cuando sus libros fueron impresos en papel, se convirtieron en “best sellers” instantáneos.
Los libros que se publican en Wattpad podrán estar mal escritos (porque cada quien es su propio editor y algunos se publican por entregas, a medida que el autor las redacta), pero un elemento de su popularidad radica en los temas y el tratamiento que tienen las historias, que tocan temas como el “bullying”, el acoso sexual, la violación, las drogas, las primeras experiencias sexuales, etc.
El contenido que se lee en ambas aplicaciones está lejos de ser llamado literatura. Pero quizás logre que sus lectores terminen interesándose por leer libros con contenido de mejor calidad e historias más complejas.
Si aprendemos a dialogar y escuchar a nuestros jóvenes, comprenderemos que las búsquedas literarias varían de generación en generación. Este tipo de diálogo permitiría que maestros, editoriales y escritores tengamos insumos para no descuidar a este grupo, cuyo entorno natural para la lectura es la pantalla y no el libro impreso.
De lo que se trata, a fin de cuentas, es de lograr promover la creación de nuevos lectores, enamorándolos de la literatura y despertando en ellos el instinto natural del ser humano por escuchar y contar historias.

La otra muerte del escritor

El próximo 27 de abril se cumplen siete años de la muerte del escritor salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa. Su obra abarca varios libros entre cuento, novela y poesía. También se dedicó al periodismo y a la traducción, y escribió durante muchos años el blog “Tribulaciones y asteriscos”, que todavía puede consultarse en la red. En un sondeo informal realizado por el blog literario “Café irlandés”, donde se preguntó a varios lectores sobre libros de escritores salvadoreños que deberían ser leídos por las nuevas generaciones, seis de los 24 títulos sugeridos pertenecen a Menjívar Ochoa.

Otro escritor salvadoreño, Ricardo Lindo, falleció el 23 de octubre del 2016. La extensa obra de Lindo comprende novela, cuento, poesía, teatro y ensayo. Su labor cultural abarcó varias disciplinas. Además de escritor era pintor, actor, investigador, traductor y editor. Entre su extensa obra destaca la novela “Tierra”, publicada en 1996 por la Dirección de Publicaciones e Impresos, en edición patrocinada por la Fundación María Escalón de Núñez.

En el mundo literario se comparte una broma algo macabra entre editores y escritores: “Un escritor muerto vale más que un escritor vivo”. Se dice esto porque, en otros países, cuando un escritor muere, las editoriales buscan por todos los medios tener acceso a la publicación del material inédito que haya dejado el autor. Su muerte sensibiliza a los lectores y los impulsa a buscar sus libros. También genera interés por conocer textos desconocidos como diarios, cartas o manuscritos inéditos. La imposibilidad de que haya futuras y nuevas producciones de parte de los fallecidos es, en parte, el origen de dicho valor. Las editoriales suelen aprovechar ese momento de sensibilidad exaltada para incrementar sus ventas.

En nuestro país, esto no ocurre. Pese a que algunos autores siguen siendo publicados y reeditados (sobre todo los pertenecientes al temario de lecturas obligadas del Ministerio de Educación), hay otros cuya obra no está siendo reeditada ni rescatada. Sería de sentido común pensar que dicha tarea es parte de las funciones de la estatal Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), pero no hay una política clara ni consistente al respecto.

Por otro lado, para que la obra de un escritor fallecido pueda publicarse hay que negociar los derechos de autor correspondientes y en más de algún caso surgen obstáculos para llegar a un buen acuerdo. Para ello, la DPI (o cualquier editorial) necesita contar con fondos especiales (de los cuales suelen carecer) para llevar a cabo dicha labor.

La DPI haría bien en mejorar su política editorial y considerar la construcción de su catálogo, no solo en función de dar a conocer a nuevos escritores (mediante los trabajos ganadores de los Juegos Florales) o a la literatura infantil (que promueve hoy en día con tanto entusiasmo). También es importante ver hacia el pasado de nuestras letras para enriquecer y ampliar el canon de lectura impuesto por el Ministerio de Educación. Así, las actuales y futuras generaciones de lectores podrían tener acceso a obras literarias que fueron emblemáticas en su tiempo.

Tampoco existen instituciones o fundaciones que desde el ámbito privado hagan este tipo de rescate. El archivo documental de los escritores generalmente se dispersa o se destruye debido a que los familiares, muchas veces, no comprenden o aprecian el valor de lo que solo consideran un “montón de papeles viejos”. Borradores, versiones corregidas, apuntes, investigaciones, es un material de fondo valioso para los estudios académicos literarios. Las universidades internacionales suelen pagar miles de dólares por esos archivos. En nuestro país suelen ser despreciados o mantenidos lejos del acceso público.

Para el lector salvadoreño también es necesario ese rescate de obra, para comprender la evolución de nuestra literatura y cómo ha dialogado (o no) con los movimientos literarios mundiales. A fin de cuentas, la literatura es otro espacio desde el cual se puede comprender el espíritu nacional. La limitación de publicaciones o reediciones de nuestra propia literatura implica, también, la construcción limitada o incompleta de nuestra comprensión del país.

Una de las consecuencias del vacío en el rescate de la obra de los escritores muertos es la distorsión en cuanto a la producción de la narrativa en el país. Diera la impresión, por ejemplo, de que en El Salvador hay una sobreabundancia de poetas. La poca publicación de novelas por editoriales nacionales y la falta de concursos literarios del género (uno que tenga continuidad en el tiempo y que premie una novela sin poner límite de páginas, por ejemplo) contribuyen un poco a esa percepción de que la novela es un género poco trabajado en el país.

Las bibliotecas universitarias y la Biblioteca Nacional cumplen dentro de todo este panorama un papel importante de rescate y conservación; pero también son un recurso limitado. La adquisición de libros depende de diferentes factores, entre ellos un buen presupuesto, algo con lo que no todas cuentan. Para algunas universidades, aunque quisieran tener ciertos títulos entre su haber, la limitante es la imposibilidad de encontrar dichos libros porque están fuera de circulación.

Como alguien que conoció a Ricardo Lindo y a Rafael Menjívar Ochoa lamento que sus obras no estén fácilmente disponibles para nuestros lectores. Ambos escritores dejaron material inédito al morir. Son dos escritores profundamente diferentes entre sí, pero ambos crearon una obra valiosa e importante para nuestro acervo cultural. Hasta donde sé, no hay ningún plan para publicar sus libros inéditos ni reeditar o recopilar la obra completa de cada uno.

Los autores mencionados, así como varios autores fallecidos más, merecen la reedición de sus obras y el estudio y rescate de sus documentos y bibliotecas. Para un escritor fallecido el hecho de que nadie vuelva a publicar o leer sus libros es, prácticamente, una segunda muerte.

Así es que si tiene libros de algún escritor salvadoreño ya muerto, cuídelos y aprécielos. Es altamente probable que jamás vuelva a haber otra edición de estos, y que esos libros se conviertan, dentro de algunos años, en reliquias valiosas de nuestro pasado literario.

El adiós de las especies

El 20 de marzo de este año, un comunicado emitido por el Centro de Conservación Ol Pejeta de Kenia anunció la muerte de Sudán, el último ejemplar macho de rinoceronte blanco del planeta. Se le practicó una eutanasia debido a múltiples problemas de salud que sufría, sobre todo por sus 45 años, una edad avanzada para estos animales.
A Sudán le sobreviven dos rinocerontes de su misma subespecie, Najin y Fatu, ambas hembras, a las que se espera poder fertilizar con el esperma preservado del macho muerto. Sin embargo, esto no es una tarea fácil. Viene intentándose desde que se asumió que Sudán era el último macho disponible para prolongar la especie. Ninguna de las pruebas realizadas ha logrado fecundar a las hembras hasta ahora. Si no lo logran o si no se logra transferir huevos fecundados a otros rinocerontes hembra (para una gestación subrogada), será el final definitivo de esta subespecie animal.
Horas después del anuncio del Centro de Conservación, comenzaron a circular en internet un par de fotos de los últimos momentos de Sudán. Era la despedida de sus cuidadores. Uno le acariciaba el lomo. El otro posó su frente sobre lo que sería la frente del animal. Traté de imaginar lo que sentiría la mano de su cuidador al tocarlo. Acariciar a un rinoceronte. Imagino una textura áspera, dura, tierrosa. Traté de imaginar lo que sería tocar la frente del último rinoceronte blanco macho del mundo, de la historia, de la humanidad, de la vida. El adiós a un animal que no volverá a ser visto con vida en el planeta.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) elabora desde 1963 una Lista Roja de Especies Amenazadas, animales y vegetales, a escala mundial. Según la UICN, de las 63,837 especies evaluadas, 19,817 están amenazadas por la extinción, incluyendo el 41 % de los anfibios, el 33 % de los corales y arrecifes, el 25 % de los mamíferos, el 13 % de las aves y el 30 % de las coníferas. Es posible que muchas de esas especies mueran sin que nosotros nos enteremos o le prestemos mayor atención. Nuestra despreocupación por las especies vegetales es aún mayor. No recuerdo haber visto nunca la noticia del último árbol de alguna especie vegetal, por ejemplo.
Detrás de la extinción de plantas y animales hay muchos factores, varios de ellos provocados, de manera directa o indirecta, por el ser humano. La reducción del hábitat natural, la contaminación, la invasión de especies no nativas, la caza indiscriminada y el franco desprecio que tenemos hacia otras formas de vida ha puesto en tensión a numerosas especies. Muchas de ellas perecerán en su intento por adaptarse lo más rápido posible a los cambios del entorno, los cuales ocurren a una velocidad que ni la propia naturaleza logra alcanzar. El cambio climático no se detiene. El aumento de las temperaturas y la inundación de islas y tierras bajas supondrán parte de ese nuevo futuro.
Nuestro irrespeto a los ciclos de la naturaleza y la sobre explotación desmedida de los recursos no renovables plantean un panorama desolador. Todavía nos cuesta comprender que somos parte de un sofisticado sistema de vida cuyas partes se mueven y reaccionan de acuerdo a cómo se comportan otras partes del mismo engranaje. Cuando una especie animal o vegetal desaparece de ciertas regiones, se produce un cambio profundo en el ecosistema. Esto a su vez supone una amenaza a fuentes alimenticias y el abastecimiento de agua potable para diversas especies más, incluida la nuestra.
Para las generaciones venideras, las noticias de especies que se extinguen serán más frecuentes aunque, por lo visto en las reacciones a la muerte de Sudán o de otros ejemplares únicos de animales que hemos visto en años recientes, tenderá a normalizarse y nuestra indignación durará lo que tarde en salir la siguiente noticia o polémica en los medios.
Imagino lo difícil que debió ser tomar la decisión de dormir a Sudán. Pero médicamente no había nada más que hacer. A las múltiples dolencias por la edad del animal se sumó la infección de su pata trasera derecha, que ya no le permitió caminar ni levantarse. Debe hacer sido un día abrumador para el equipo que estuvo cerca de este evento.
Las fotos del rinoceronte blanco a punto de ser sacrificado me hicieron recordar un video, el único que retrata vivo a un tigre de Tasmania (Thylacinus cynocephalus). Se trata de una filmación realizada en 1933 en el zoológico de Hobart, en Australia. Ese ejemplar de tilacino o lobo marsupial (como también era conocido) era el último de su especie. Murió en septiembre de 1936, cuando por descuido sus cuidadores lo dejaron fuera de su refugio durante la noche. El animal murió de frío. Tarde o temprano, el animal hubiera muerto, es cierto. Pero que ocurriera por un descuido de los mismos cuidadores del zoológico le otorga un distintivo más trágico.
En meses recientes, un equipo de la Universidad de Melbourne logró secuenciar el genoma del tigre de Tasmania, obteniendo uno de los mapas genéticos más completos de una especie extinguida. Sin embargo, aún se está lejos de poder replicarlo. Al no haber otro de su especie, es necesario encontrar un ejemplar huésped desde el cual hacer la reproducción. A pesar de ello, el estudio de su ADN ayudará a comprender las limitaciones de su evolución genética para que especies similares aún vivas puedan ser protegidas de manera más eficiente.
Ojalá que ser testigos del adiós de las especies nos haga tomar conciencia de la urgencia en el cambio de nuestra actitud hacia la naturaleza y el medio ambiente. Atentar contra cualquier especie es una manera de atentar contra nosotros mismos.
Habrá que seguirlo repitiendo hasta que emprendamos cambios reales y efectivos a favor de la sobrevivencia de las especies animales y vegetales. Que ojalá sea pronto. Porque de nada servirá querer arreglarlo cuando hayamos convertido al planeta en una piedra árida y exprimida, sin más vida sobre ella que las cucarachas y los humanos.

Días de radio

Cuando era niña, un objeto imprescindible en casa era el radio. Había uno encendido de manera permanente en el comedor. Mi padre tenía uno con el que escuchaba la radio en onda corta por las noches, cuando la señal entraba mejor. En la puerta del baño, en un ganchito, estaba colgado uno pequeño, metido en un estuche negro de cuero, que se encendía para oír música mientras alguien se bañaba. Incluso yo, que solo era una niña, tenía un receptor para oír lo que quisiera.
El radio del comedor pasaba encendido en las mañanas con las radionovelas de la Circuito YSR (“… la emisora popular, por su música y novelas, la preferida, tun tun tun, en el hogar”, cantaban en su “single”). Mi favorita era “Chucho el roto”, la historia de Jesús Arriaga, “un hombre que protegió a los pobres y luchó contra la injusticia”, como decía la viñeta de presentación. Estas palabras iban seguidas de un silbido que era característico del personaje y que anunciaba su presencia durante la historia. “El pobre será menos triste si conoce el apoyo y la sonrisa de un amigo”, decía el propio Chucho, en la voz del actor mexicano Manuel López Ochoa.
Cerca de Semana Santa, la YSR transmitía episodios de la vida de los santos y una novela sobre la crucifixión de Cristo. Para Jueves y Viernes Santo, casi todas las emisoras salían del aire, a excepción de Radio Nacional y una que otra estación, unidas en cadena nacional, transmitiendo música sacra todo el día, sin locución, comerciales ni viñetas musicales de ningún tipo, cerrando transmisiones a las 4 o 5 de la tarde.
El radio también nos acompañaba en el carro. Mi padre casi nunca lo encendía, pero si lo hacía, era para escuchar Radio El Mundo, emisora que no me gustaba porque la música era instrumental. Una cuña de dicha radio, en la incomparable voz de Aída Mancía, decía que “la música es el lenguaje del alma”. Estaba de acuerdo con la idea, aunque a mi alma no le gustaba para nada la música de Ray Conniff.
La libertad de contar con mi aparato de radio me permitió hacer mis propios descubrimientos. Uno de ellos fue La Femenina, mi puerta de entrada al rock en inglés en los años setenta. La Radio Mil Ochenta, cuya frecuencia estaba justo a la par de La Femenina, le hacía competencia con rock, pero también con mucho pop, disco y funk.
No sabía lo arraigada en mí que estaba la presencia del radio hasta que comencé mi vida independiente. Lo primero que decidí comprar no fue una cocina o un refrigerador: fue un radio. En Alemania tuve un Grundig con el cual escuchaba BFBS, la estación de las Fuerzas Armadas Británicas todavía estacionadas en Berlín Occidental y que, aparte de buena música, presentaban radioteatros producidos por la BBC. Así escuché “Rebelión en la granja”, de George Orwell, lo cual me llevó a leer después el libro y a convertirme en fanática del radioteatro.
La nostalgia me hacía buscar por las noches emisoras en onda corta. Buscaba programas en español, pero me entretenía escuchando transmisiones de radios en idiomas incomprensibles. Escuchaba, disciplinada, como si lo entendiera todo. Entonces recordaba a mi padre, en el sillón del comedor, sentado casi a oscuras, sacando la antena de su aparato a todo lo que daba para captar mejor la señal de países lejanos y callándonos, molesto, si lo interrumpíamos, mientras ponía la oreja sobre el parlante del aparato.
Cuando viví en Nicaragua, durante los años de la revolución, dejaba el radio encendido casi todo el día. La amenaza permanente de una invasión militar estadounidense junto con los ataques y avances de La Contra, nos obligaban a estar pendientes de las noticias. Cuando en Radio Sandino sonaba un pito intermitente y una voz masculina repitiendo en tono alarmista “¡Última hora, última hora!”, el país entero estaba en vilo.
En Comitán, una ciudad de Chiapas que visité en los ochenta por cuestiones de trabajo, era fácil ir y volver de comprar tortillas escuchando los capítulos de la radionovela “Kalimán”, “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados”, porque mucha gente lo sintonizaba a todo volumen y el sonido inundaba las calles desde puertas y ventanas abiertas.
En La Habana me fascinaba el permanente tic-tac de Radio Reloj, mientras leían noticias, reportajes y cápsulas educativas, interrumpiéndose el locutor a cada minuto para decir la hora: “Radio Reloj, una veintisiete minutos”.
Cuando volví a vivir en el país, hacía la limpieza escuchando Radio Clásica a todo volumen. Trapeaba escuchando a María Callas o el testimonio de Enrico Caruso como sobreviviente del terremoto de San Francisco, en 1906. Pero cuando me fui a Costa Rica durante unos años, no volví a comprar radio. No tener un aparato me desconectó del hábito de escucharla y ahora lo hago en pocas ocasiones. En parte por ello comencé a oír podcasts, aunque la experiencia no es igual. Eso me hizo darme cuenta de que parte del rito de escuchar radio involucra también la relación con el aparato receptor. Mover la aguja por el dial buscando una emisora, lograr el punto exacto de la sintonía, descubrir una estación que guste, escuchar a un locutor con el cual se simpatiza, todo es parte de esas satisfacciones íntimas del radioescucha.
Pese a los podcasts (archivos de audio con formato de programa radial, que se descargan en internet) y los servicios de streaming de música (que han eliminado la presencia del locutor), la radio sigue teniendo una presencia importante. Según las Naciones Unidas, hay más de 2.4 mil millones de receptores de radio alrededor del mundo.
Para los sectores de la población que no tienen acceso a internet o lo tienen de forma limitada, la radio es (y seguirá siendo) una fuente importante de noticias, entretenimiento, educación y comunicación.
Escuchar radio cuando niña me permitió ejercitar otras formas de imaginación, característica imprescindible para un escritor.
Continuaremos en sintonía, pues.

(Re)visión cultural

Un escueto comunicado emitido el pasado 19 de enero por la Secretaría de Cultura anunció que el actual presidente, Salvador Sánchez Cerén, aprobó junto al Consejo de Ministros el decreto para la creación del Ministerio de Cultura, que entrará en vigencia 90 días después de publicado en el Diario Oficial.
La noticia pasó sin pena ni gloria en el complejo entramado noticioso nacional. Tampoco causó ninguna reacción de júbilo o interés entre los mismos artistas y trabajadores de cultura. El motivo de dicho desinterés puede ser la fuerte sospecha de que la creación del ministerio no significará más que un cambio de nombre a la actual dependencia y que las políticas del Gobierno en referencia al área cultural continuarán siendo las mismas. Esto es otro reflejo de las decepciones que como ciudadanía tenemos con varios aspectos de la actual administración.
Una serie de ambiciosas promesas fueron planteadas por el FMLN como parte de la campaña presidencial, promesas que se trabajaron y discutieron entre artistas y gestores culturales, entusiasmando a muchos de nosotros con la idea de que por fin la cultura saldría del sótano del olvido en este país. Pero si examinamos el quehacer cultural de años recientes, veremos que la gestión se ha limitado a mantener lo que ya estaba funcionando. Recordemos que aproximadamente el 90 % del presupuesto de la Secretaría de Cultura es utilizado para pagar salarios, dejando muy poco espacio para el financiamiento de proyectos nuevos o de mayor envergadura.
Parte del problema es un asunto de concepción. El actual gobierno ha utilizado algunas manifestaciones culturales como actividades de entretenimiento en sus actos oficiales o propagandísticos. También ha incorporado lo cultural a sus programas de prevención de la violencia, dándole al arte y a la cultura, en general, un matiz recreativo pero distorsionado y limitado, que aleja los procesos creativos de su verdadero potencial: el de crear espacios de expresión y reflexión personal plena desde donde comprender y cuestionar la realidad que nos rodea.
Esto no debería sorprender. La relación que hay entre el pensamiento de izquierda y el arte siempre ha sido conflictiva. En el pensamiento de izquierda, el arte y la cultura tienen una función ideológica que, en el mejor de los casos, debe servir para exaltar las dificultades del pueblo y las bondades sociales que un gobierno “revolucionario” brinda a todos. El arte, según las experiencias del realismo socialista soviético o la revolución cultural china, solo podían ser válidos si servían al partido gobernante, obviando todo lo que andaba mal. Quien se atreviera a cuestionar o a dudar de las bondades del partido pasaba a ser sospechoso de “diversionismo ideológico”. Esto dio lugar a incontables casos de persecución, censura y muerte. También dio lugar a numerosas manifestaciones dizque artísticas que, con el paso del tiempo, se han desvanecido porque sus contenidos eran panfletos de exaltación a un sistema, ideología o personaje políticos.
Cuando el FMLN asumió el poder, tuvo la intención de revigorizar y darle un empuje al quehacer cultural nacional. Pero poco a poco vimos cómo dicho quehacer se ha visto disminuido en diferentes áreas. Hay varios ejemplos pero examinemos uno, el quehacer literario. Comencemos por los Juegos Florales. Estos son los únicos concursos literarios que existen en el país, fuera de la rara y ocasional convocatoria realizada desde alguna institución privada.
Desde hace pocos años se suprimió de dichos juegos la competencia en las categorías de novela y novela corta y se ha favorecido los géneros infantiles (cuento, poesía y teatro), aunque también se convoca a cuento, ensayo y testimonio. Según las bases, todos los originales deberán tener un máximo de 40 páginas.
Parte del premio es la publicación, algo de lo cual se encarga la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), que durante algunos años publicó un catálogo recopilatorio con las obras ganadoras de todos los géneros, en un solo volumen. De manera reciente, la DPI publica libritos individuales por ganador, aunque son hechos con el mínimo de inversión económica y con tirajes de apenas 300 ejemplares, sin versión electrónica. Lo habitual es que una editorial publique ediciones de 800 a 1,000 ejemplares.
A lo único que la DPI parece meterle algo de empeño es a la literatura infantil, pero desde una concepción desfasada del género, que no dialoga con las tendencias internacionales ni con la realidad local. Importantes colecciones como la Biblioteca de Historia Salvadoreña, Ficciones (de narrativa contemporánea), Orígenes (obras completas de autores clásicos nacionales), la Biblioteca Básica y los Cuadernos de Música han quedado para el recuerdo y los coleccionistas.
Las mejores propuestas culturales estatales de años recientes han surgido de instituciones ajenas a la Secretaría de Cultura. Una de ellas es el Premios Pixels, del Ministerio de Economía, un fondo para la creación de animaciones, juegos y audiovisuales. Otra es el FOMCASS (Fondo Municipal para la Cultura y las Artes de San Salvador) de la alcaldía, que recién cerró convocatoria para la producción de audiovisuales, artes escénicas y movilidad de nuestros artistas a eventos internacionales. Ambos proyectos pueden mejorar su ejecución pero no por ello dejan de ser valiosos. Ojalá ambos tengan continuidad, a pesar del inminente relevo político.
Será muy difícil que la actual administración logre remediar en un año lo que no ha podido resolver, organizar ni cumplir durante dos periodos de gobierno seguidos. Eso incluye la gestión cultural. Si bien es comprensible que lograr este tipo de cambios toma tiempo, el tema cultural no debe ser dejado atrás en los asuntos de país ni seguir siendo castigado con un presupuesto miserable.
Los resultados electorales del pasado domingo imponen también una reflexión sobre este tema, porque mientras se siga tratando lo cultural como una actividad menor, apta solo para el entretenimiento dominical o como herramienta de contención social, continuaremos en lo mismo. Es obvio que hacen faltan políticos y gobernantes con visión de futuro, que comprendan lo que podría lograrse en dicha área, si se hiciera una buena inversión presupuestaria y se creara una institución con empleados eficientes.