Muñecas y barbitúricos

Noche del 25 de septiembre de 1972. En el 980 de la calle Montevideo, de Buenos Aires, departamento C del séptimo piso, 50 pastillas de Seconal sódico son ingeridas por una mujer de 36 años que teme a la locura y a la vejez, que está deprimida y también desencantada de la poesía.

Su familia siempre estuvo consciente de que algo pasaba con Buma o Blímele, diminutivo cariñoso en yiddish con el que llamaban a Flora Alejandra Pozharnik, quien a los 19 años se haría llamar Alejandra Pizarnik.

Se consideraba a sí misma fea e inadaptada. Era tartamuda, asmática, muy tímida, tenía acné, era bajita y también un poco gorda. La obsesión con su sobrepeso la hizo consumir anfetaminas, que eran fáciles de conseguir en cualquier farmacia. Las anfetaminas también la acompañarían durante sus años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Intenta estudiar Letras, pero lo abandonará para estudiar pintura. Lee todo lo que cae en sus manos, se fascina por el surrealismo y acude al psicoanálisis para explorar sus obsesiones.

Su primer libro de poemas será financiado por su padre, quien además paga las clases de pintura y el psicoanálisis. Algunos dicen que también pagó por la publicación de sus dos siguientes libros y por el viaje que la llevará a París en 1960. Siempre mantendrá una dependencia económica con su familia, dependencia que odia pero que al mismo tiempo sirve como un refugio de seguridad con el que puede contar.

En los cuatro años que vivió en París, Pizarnik conoció a Julio Cortázar y a Octavio Paz, con quienes mantuvo fructíferas amistades. Sobrevive trabajando como correctora de pruebas y colabora en La Nouvelle Revue Francaise, Les Lettres Nouvelles y Zona Franca de Caracas. También publica en Sur de Argentina. Fue uno de sus periodos más productivos como escritora, pero también uno de pobreza y preocupaciones. Vive en un cuarto minúsculo, apenas le alcanza el dinero. Enviar una carta significa un día sin almorzar. Maldice los trabajos que tiene que hacer para sobrevivir y que le quitan las horas para escribir. El cielo gris de París refleja su estado interior. A pesar de ello, disfruta de la ciudad y de sus amistades parisinas.

A petición de su familia, debe regresar a Argentina en 1964, debido a la mala salud del padre. Este muere en 1967. Alejandra se muda con su madre a un apartamento en Buenos Aires. Publica “Los trabajos y las noches” y “Extracción de la piedra de la locura”, ambos escritos en París y que comprueban su madurez como poeta. Gana también premios de poesía y una Beca Guggenheim, que dilapida sin miramientos. Hace dibujos que recuerdan a los de Paul Klee y Federico García Lorca.

Viaja a Nueva York (“New York me horrorizó”) y luego vuelve a París, pero se decepciona de lo que encuentra. Siente que la ciudad está “desposeída de su antiguo encanto literario”. Se reencuentra con Cortázar pero, según le escribe a un amigo, “está sumamente politizado desde hace un tiempo. Por lo tanto, si quieres que te responda, escríbele en términos de rebelde enamorado de Cuba mezclado con algo de Rimbaud y sobre todo de Lautréamont. No me estoy burlando de Cortázar, a quien tanto quiero, pero no creo en sus dotes políticas (ni seguramente él tampoco a pesar de sus esfuerzos por engañarse)”.

De regreso a Buenos Aires, evita publicar sus poemas. La depresión la abruma. Pese a ello, logra trabajar en “La bucanera de Pernambuco” o “Hilda la polígrafa”. Es 1970, el año en que muere Janis Joplin, de quien Alejandra es devota. Amigos cuentan que solía escuchar su música a todo volumen durante horas enteras. Le escribe un poema, la llama “niña monstruo”.

Al año siguiente, el proceso terapéutico que diseña Pichon Rivière mejora el ánimo de Alejandra. O por lo menos eso parece. Ese año publica dos libros, “La condesa sangrienta” y “El infierno musical”, donde las alusiones a la muerte y sobre todo al suicidio son evidentes. En el segundo de los libros mencionados, Pizarnik escribe: “El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como una dinastía de soles”.

Decae y no se volverá a recuperar. Se mantiene recluida, rechaza la luz, vive de noche, su mundo es de tinieblas. Escribe cartas y poemas incoherentes.

En junio de 1971, Pizarnik toma una sobredosis de barbitúricos, pero es encontrada a tiempo y llevada a un hospital. Un lavado de estómago logra salvarla. Entra y sale de hospitales, de clínicas, de tratamientos. A mediados de 1972 es internada en el Hospital Siquiátrico Pirovano de Buenos Aires. En un permiso que le concedieron para pasar el fin de semana en su casa, aprovecha para tomar el Seconal que la mata.

Después de su muerte, su familia se encargó de mutilar sus diarios personales para evitar que se conocieran su homosexualidad y sus fantasías sádico eróticas. Los diarios ya habían sido editados años antes por la misma Pizarnik, quien borró algunas partes que no quería fueran leídas por nadie.

Sin embargo, hay muchos escritos personales que la sobreviven. Como esta anotación de su diario, escrita un año antes de morir: “Abandono de todo plan literario… Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran”.

En aquella habitación de la calle Montevideo, de Buenos Aires, junto al cadáver de Alejandra Pizarnik, se encontraron un sinnúmero de muñecas destartaladas y maquilladas, libros apiñados por doquier, lápices de colores que ella coleccionaba como manía personal, papeles con sus textos. Y, escrito en un pizarrón, lo que quizás fueron sus últimos versos: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”.

Lenguaje, nostalgia e identidad

Quienes migran a otros países corren con mucho problemas, riesgos y peligros que obligan a adoptar mecanismos de defensa a varios niveles. Uno de esos mecanismos es la modificación del lenguaje.

Si se emigra por tierra hacia el norte, una de las primeras recomendaciones que hacen los coyotes es hablar de “tú” y olvidar el “vos” ya que, dentro de las jerarquías migrantes, los centroamericanos somos despreciados. Tutear puede hacer pasar al centroamericano como mexicano, lo que le permitirá cruzar aquel país sin llamar demasiado la atención y evitar encuentros indeseables con las autoridades. Ya puestos en los Estados Unidos, el tuteo servirá para invisibilizar su pertenencia geográfica, que por desgracia está asociada a pandillas y violencia. Así mismo, esa invisibilización puede servir para facilitar su incorporación al mercado laboral y superar los prejuicios que los mexicanos sienten hacia nosotros.

El voseo y los localismos quedan limitados al entorno familiar o de confianza, pero la fuerza del habla y de la costumbre no evitan que, de vez en cuando, se escape algún localismo que otros hispano hablantes no comprenden y que debe ser explicado. Quienes hemos tenido que vivir fuera del país conocemos este problema muy bien. Estandarizamos el uso del español y procuramos adoptar el idioma o localismos del país anfitrión como una manera de integrarnos al medio, pero también porque resulta agotador explicar cada palabra que otros no entienden. Los localismos son intraducibles y lo mejor que se puede hacer para expresarnos es encontrar un equivalente en el idioma local, algo más fácil cuando el país donde se vive también habla español.

Hace poco más de un mes, se lanzó en Twitter e Instagram una iniciativa llamada “Guanaco To English”, un diccionario ilustrado de nuestros localismos definidos en inglés, para que nuestros compatriotas en el exterior, pero sobre todo en Estados Unidos, puedan explicar su aplicación, incluso con ejemplos. Utualito, anantes, tilinte, chambrear, zamaqueón, achís, son tan solo algunas de las palabras que han sido definidas hasta el momento.

Este proyecto ha sido acogido con entusiasmo por miles de seguidores, que además aportan ejemplos y proponen variantes u otras palabras para ser definidas. Resulta útil para explicar nuestros términos, pero sin duda, este ejercicio también cumple otra función. Para quienes viven fuera, es un elemento cargado de nostalgia que los mantiene vinculados al terruño, según puede deducirse en los comentarios de las entradas. El lenguaje es una parte esencial de nuestra identidad colectiva, como connacionales de un país, pero también de nuestra identidad individual, por ejemplo, con las palabras o expresiones que usamos entre familiares o amigos y que tienen un significado íntimo que nos relacionan con nuestros colectivos particulares.

“Guanaco To English” es también un importante esfuerzo para rescatar del olvido algunos vocablos que se escuchan cada día menos, gracias a la colonización que va sufriendo nuestro idioma frente a la globalización y la imposición cultural que ello supone. Los mismos movimientos migratorios han filtrado palabras a nuestro español, sobre todo del inglés, que han sido adaptadas a nuestro quehacer. El “spanglish” es de uso común entre las comunidades hispanas de Estados Unidos y es la alternativa dinámica de un lenguaje que busca adaptarse al lugar donde se vive pero que también insiste en darse a entender.

En El Salvador, la globalización y la migración han impuesto modificaciones al lenguaje, como la tendencia de nombrar a comercios, servicios, actividades y puestos gerenciales o administrativos con palabras o términos del inglés. Runner, food truck, catering, CEO, copy, fitness, two pack, fake news, son algunos de incontables ejemplos.
Casi cada nuevo negocio, programa o iniciativa que se abre tiene nombre en inglés, quizás por moda, pero también como una forma de infundir algún tipo de “prestigio internacional” a lo nombrado. Se comprende cuando la meta es competir con otros proyectos similares a nivel internacional, por medio de internet. Sin embargo, adoptar nombres y términos para negocios estrictamente locales en un idioma que no es el oficial, lleva implícito un menosprecio a nuestro propio lenguaje y cultura.

La población que habla inglés en El Salvador va en aumento y también tiene incidencia en el español que hablamos. Mucha de esa población que aprende inglés de manera autodidacta, sin jamás viajar a países anglo parlantes o por influencia de los familiares que se encuentran en el exterior, terminan hablando una mezcla de ambos idiomas, muchas veces sin conocer a fondo las sutilezas del uso y significado que una palabra en idioma ajeno puede tener o pronunciando de manera literal lo que se lee.

Esto supone un contraste curioso. Mientras nuestros compatriotas en el exterior tratan de aferrarse a su origen y cuidar su identidad en tierras extrañas a través del lenguaje y del rescate o recuerdo de los localismos, acá en el territorio que nos vio nacer y dentro del cual aprendimos a hablar, contaminamos y aceptamos con toda facilidad los términos no solo en inglés, sino también los localismos de otros países, sobre todo los mexicanos. Esto se debe, en parte, a la influencia cultural de la programación televisiva local, que históricamente nos ha inundado con telenovelas y programas producidos en México. No es extraño escuchar a compatriotas que hablan de rolas chidas, morritas, huey, caguamas, órale y otras.

Tomando en cuenta la extensión de América Latina y la variedad de lenguas indígenas que se hablaron y todavía se hablan, no cabe duda de que el español que nos fue impuesto a sangre y espada ha sido enriquecido y modificado hasta convertirse en una lengua expresiva y con carácter propio, que además varía de musicalidad y tono por la pronunciación particular que adquiere en cada país.

No tenemos conciencia de la riqueza, la belleza y la plasticidad de nuestro idioma hasta que nos toca vivir en un país extraño y aprender uno distinto. Quizás, si la tuviéramos, valoraríamos mejor esas expresiones locales que aprendemos desde que somos chichís y comprenderíamos que, al negar nuestros salvadoreñismos, estamos negando una parte de nuestra propia identidad.

Instapoetas

A finales de enero pasado, el periódico británico The Guardian publicó un artículo llamado “Keats is dead: How young women are changing the rules of poetry” (“Keats ha muerto: Cómo jóvenes mujeres están cambiando las reglas de la poesía”). Escrito por Donna Ferguson, el artículo habla sobre diferentes casos de poetas que se han hecho populares a través de Instagram.

La notoriedad que han logrado dichas escritoras ha generado un resurgimiento del interés por la poesía en el Reino Unido. Los medidores de ello no son solo los miles de “likes” y seguidores que algunas autoras acumulan, sino también los llenos totales a eventos en que se presentan a hacer lecturas y las ventas de miles de sus poemarios, algo inaudito para el mundo editorial que siempre tiene reservas para publicar poesía, debido a sus pocas ventas.

Las llamadas “instapoetas” se dieron a conocer a través de sus redes sociales, publicando escritos personales, acompañados o no de imágenes. Los poemas, que abarcan temas tan variados como el amor y las historias cotidianas, pero también el feminismo, la menstruación, el racismo y las migraciones, suelen estar escritos y presentados en un formato sencillo, detalle que parece ser parte de su éxito y que es una característica común de la mayoría.

Una de las más conocidas es Rupi Kaur, una india de origen punjabi cuya familia migró a Canadá cuando era muy pequeña. Kaur tiene 3.4 millones de seguidores y combina sus textos con fotos de sí misma, muy consciente de su belleza física. Comenzó leyendo sus poemas en eventos comunitarios. Subió los textos a Instagram y con ellos publicó después un libro llamado “Milk and Honey” (que se publicó traducido al español con el título de “Otras maneras de usar la boca”).

El escándalo y discusión que generó la publicación en sus redes de varias fotos de ella y de su hermana en ropa interior con manchas de sangre menstrual provocaron el cierre de la cuenta por parte de la red social. En vez de tener un efecto negativo, la situación provocó curiosidad sobre la publicación de sus poemas. Hasta la fecha, el libro ha vendido 3 millones de copias y ha sido traducido a 35 idiomas.

La traducción al español la hizo su amiga Elvira Sastre, también poeta y con popularidad propia en redes sociales. Sastre, con poco más de 279 mil seguidores, utiliza la misma combinación de compartir sus textos y fotos propias en Instagram. Las entradas tienen miles de “likes”. Sus libros se venden muy bien, sobre todo en Buenos Aires. Suele hacer lecturas de sus poemas y filmar videos de sí misma leyéndolos. Sus poemas comparten el mismo lenguaje sencillo de muchos de las instapoetas más populares. La idea es que la claridad permite que mayor número de personas comprendan lo que se dice. Hay gente que no gusta de la poesía porque dice no entenderla y esto permite que el género se abra a mayor número de lectores.

Nacida en 1992 en Segovia, España, Sastre se inició publicando sus textos en blogs. Hace una semana, resultó ganadora del Premio Seix Barral de Novela con su primera incursión en la narrativa, “Días sin ti”. Los jurados alabaron su trabajo con mucho entusiasmo.

Estos casos llaman la atención por el potencial de usos que tienen las redes sociales para los escritores. Para quienes han crecido con medios digitales a su alcance, subir sus escritos a internet es la manera lógica de darlos a conocer. Si se tiene además la suerte de tocar un filón emotivo que conecta con miles de personas que se identifican con lo escrito o posteado, llamar la atención de una editorial no resulta difícil.

En primera instancia, esto puede verse como algo positivo. Si los libros de Harry Potter convirtieron a miles de niños alrededor del mundo en aficionados a la lectura, cabe suponer que las instapoetas podrían estimular el interés de sus seguidores para aventurarse a leer poetas con estilos diferentes y con una lírica más compleja. No es descabellado pensarlo. El artículo de The Guardian, mencionado al inicio de esta columna, asegura que el aumento en la venta de libros de poesía en el Reino Unido ha sido de un 48 % en los últimos cinco años.

Otro factor que está convirtiendo a la poesía en un género con creciente cantidad de lectores es la facilidad con que un poema puede compartirse y leerse en redes. A diferencia de un cuento o de una novela, un poema supone menos tiempo de lectura.

¿Pero a dónde queda la calidad literaria? El gusto masivo de los lectores por las instapoetas ¿significa que son escritoras de calidad? Quizás no sea esa su prioridad.

Las entrevistadas para el artículo hablan de lo auténtico de su escritura y de cómo refleja sus emociones y su visión de mundo. Eso parece ser suficiente para ellas. Elvira Sastre por su parte ha declarado en alguna ocasión que esta manera de compartir sus versos y además realizar lecturas es volver a sacar la poesía a la plaza y los mercados, como hacían los antiguos juglares y trovadores.

El artículo deja pensando no solo en el futuro de la escritura sino en la sobrevivencia de los libros que hemos considerado como clásicos literarios. ¿Será esta instaescritura la literatura del futuro? ¿Nos olvidaremos de la escritura íntima, reposada, que resuma la evolución de una visión de mundo, la búsqueda de una voz personal, la construcción de un lenguaje propio? ¿Se fusionarán géneros, surgirán nuevos? ¿Llegará algún día un post de Instagram a ser tan o más importante que el contenido de un libro impreso en papel? ¿Será indispensable la multi presencia pública del escritor y miles de “likes” para generar interés en su obra? ¿Qué es al final lo que la editorial vende: un buen libro o la figura mediática de quien lo escribe?

¿Se convertirá la poesía en algo tan común que no seremos capaces de apreciar su belleza?

Salto al vacío

Es curioso como cada campaña electoral que nos toca sufrir a los salvadoreños termina siendo calificada como “la peor, la más sucia, la más baja” de todas. Aunque nos cuesta imaginarlo en el momento, la verdad es que cada una supera a la anterior por la pésima manera en que es manejada por los diferentes partidos políticos, por los eventos que se desarrollan en torno a ella y por el tono de cada uno de los candidatos tanto por lo que dicen como por lo que dejan de decir o hacer.

Durante la presente campaña hemos visto y escuchado de todo. Destapes, acusaciones, golpes, insultos, amenazas, agresividad, populismo, “trolles”, arrogancia, evasivas, ridiculeces, todo ello mientras el panorama nacional sigue desangrándose con la violencia y con la salida del país de cientos de compatriotas que no ven otra escapatoria a la situación que vivimos. También fuimos sometidos a eventos que llamaron “debates” pero que, en la práctica, no resultaron ser más que entrevistas públicas colectivas y no un verdadero cuestionamiento de temas dudosos sobre sus eventuales formas de gobernar.

Quizás lo más indignante es que los diseñadores de las campañas políticas insultan la inteligencia de la ciudadanía pensando que basta enfocarse en el descontento generalizado para vendernos a su correspondiente candidato. Los partidos políticos no asumen como obligación hablar con claridad, pero sobre todo con objetividad sobre sus propuestas.

Hemos escuchado todo tipo de promesas que bien sabemos no van a poder cumplir, aunque tengan la buena intención. Eso si les otorgamos el beneficio de la duda. No sabemos quiénes son los eventuales funcionarios del futuro gobierno ni cómo se financiarán todos los proyectos y obras que dicen van a emprender y realizar, ni el costo ni las consecuencias que todo ello tendrá, de manera práctica, para la sociedad salvadoreña.

¿Son razonables todas esas propuestas? ¿Son realmente soluciones y no placebos o remedios cosméticos y temporales? ¿Son propuestas que se convertirán en elefantes blancos y muertos, como el puerto de La Unión? ¿Esas propuestas atacan y solucionan de raíz los problemas estructurales que venimos viviendo desde hace incontables años o se convertirán en despilfarro del fondo público y más endeudamiento nacional?

Ocupar la presidencia no es un acto de magia, no es un acto de borrón y cuenta nueva, no es una Navidad extendida donde los deseos de toda la ciudadanía se verán realizados de manera favorable para todo el país. En ese sentido, es molesta esa sensación de que se nos ofrece y dice lo que queremos escuchar y necesitamos ver cumplido, pero sin contar con un enfoque realista del país, sus problemas, sus instituciones y sus leyes.

Hay muchos temas urgentes que se tocan con paños tibios y otros que se evaden como si no existieran, porque pronunciarse con claridad sobre ellos podría costarles la simpatía de un país que vota desde sus creencias religiosas y su hígado, pero no desde la objetividad y el sentido común ni pensando en el bien general (por ejemplo, el reconocimiento del desplazamiento interno como consecuencia de los territorios controlados por las pandillas o las numerosas demandas de los grupos de mujeres y de quienes luchan por los derechos de la población LGBTQ, entre tantos otros).

Ni decir de los temas que son igualmente importantes, pero que en este país son subestimados porque la coyuntura cotidiana de violencia y debilidad económica se impone siempre como urgente sobre todo lo demás (por ejemplo, los asuntos ambientales o culturales, de los que ya hablé en una columna publicada el mes pasado, titulada “Vacíos de campaña”).

El acumulado de tanta promesa incumplida, del destape de la corrupción gubernamental, de los negocios y deudas políticas que se pagan cuando los funcionarios entran a sus cargos, ha cobrado un precio altísimo en la ciudadanía. El desencanto y la apatía son generalizados. Una porción significativa de votantes continúa sin decidir su voto porque todas las opciones (menos una) entran a la contienda electoral arrastrando el peso muerto de sus correspondientes partidos políticos, cuyo funcionamiento o personajes ya conocemos.

Aunque los candidatos se han empeñado en que los veamos desligados de dichos partidos y casi que nos han rogado para que pensemos en ellos como individuos, lo cierto es que nadie gobierna solo y que, de ganar las elecciones, el partido que los llevó a la presidencia tomará su lugar en los puestos de poder y de toma de decisiones, le guste o no al futuro presidente.

Otros votantes, quizás la mayoría, materializarán su profunda inconformidad con un voto desesperado, visceral, impulsivo, no razonado ni pensado a futuro. Este tipo de voto es preocupante porque votar no es solamente la acción de un día. Es un acto cuyos efectos tendremos que afrontar durante los próximos cinco años. Necesitamos comprender que las consecuencias de un voto de castigo no se limitan a los políticos y sus partidos, sino que impactan a todo el país, por lo que debemos estar claros de las reglas del juego que asumimos al encumbrar en el poder a alguien.

Es urgente que este país permita una mayor participación política y que la institucionalidad y los aliados del statu quo no sigan poniendo trabas y zancadillas para la formación de nuevos partidos políticos o para la participación de candidaturas independientes (como ocurrió en las elecciones legislativas pasadas). Lo es porque las opciones actuales redundan y se revuelven alrededor de los mismos actores que ya conocemos y cuya función, métodos y trabajo político no queremos repetir.

Las deficiencias de la campaña electoral obligan a la ciudadanía a informarse con profundidad y a meditar sobre las consecuencias de su voto, aunque con las opciones que tenemos, no hay demasiado que hacer. Para muchos será inevitable la sensación de que la próxima semana daremos un salto al vacío, sin saber si caeremos parados o si nos fracturaremos no solo todos los huesos, sino también las pocas esperanzas que todavía le quedan a alguno.
No me incluyo, porque las mías murieron hace años.

Homero en los tiempos de Twitter

El primero de enero de este año inició en Twitter la lectura colectiva de La Ilíada, el poema épico de Homero. Se leerá un canto por semana y por medio de los hashtags #Homero2019 o #Ilíada2019, se podrá comentar la lectura, compartir información, fotos de sus ediciones o anécdotas personales en referencia al libro. La lectura de La Ilíada terminará el 18 de junio y el primero de julio iniciará la lectura de La Odisea. Entre ambos libros suman 48 cantos, así es que habrá Homero para casi todo el año.

La iniciativa es promovida por Pablo Maurette, ensayista y profesor de Literatura Comparada, el mismo quien el año pasado impulsó la lectura colectiva de La Divina Comedia de Dante Alighieri. La inesperada respuesta que obtuvo la idea de leer a Dante, a la que se sumaron miles de personas de diversos lugares del mundo, lo motivó a continuar proponiendo lecturas de clásicos de la literatura. Después de terminar La Divina Comedia, los seguidores votaron entre leer el Decamerón y El Quijote, ganando este último.

Estos ejercicios de lectura colectiva iniciados desde Twitter me hicieron pensar en otras alternativas y vías de promoción de la lectura que pueden desarrollarse gracias al uso inteligente de las herramientas que las redes sociales ponen a nuestra disposición. Uno de los ejemplos más llamativos es el de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Desde su cuenta en Instagram, la Biblioteca lanzó las llamadas “instanovelas”, libros en un formato visual que pueden ser leídos desde la aplicación telefónica. Cuando se publican, los libros pueden accederse desde la sección de historias y después de 24 horas quedan a disposición permanente en los “highlights”. Como cada foto (o página de contenido) dura 15 segundos en pantalla, el diseño ha sido hecho de tal manera que cuenta con un espacio especial para poder colocar el pulgar y evitar que la página cambie, mientras se termina de leer el texto.

Las obras que han sido publicadas hasta ahora son Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, El tapiz amarillo de Charlotte Perkins Gilman, El cuervo de Edgar Allan Poe y La metamorfosis de Franz Kafka. También tienen publicado un tutorial para que los lectores puedan comprender cómo moverse con facilidad por entre las páginas de los libros.

Al lanzar las instanovelas, la Biblioteca Pública de Nueva York pensó que el formato podría llamar la atención e inducir a la lectura a personas que visitan dicha red social, una de las más populares en el momento. Acompañadas de un diseño animado a manera de portada, la introducción de textos en formato de páginas fácilmente leíbles pretende también mantener vivo el interés por la lectura de largo aliento, en un mundo que pierde comprensión lectora y enfoque de atención de manera acelerada.

Otras iniciativas interesantes son las cuentas que tuitean libros enteros, como por ejemplo “El Pop Wuj en tuits” (@PopolVuh_GT), que tuiteó por primera vez el libro sagrado de los mayas en 2016. Aunque el formato de tuits es incómodo para poder leer un libro completo y en orden, el mero hecho de ver algunas de sus líneas desperdigadas en nuestro muro puede animar a buscar la obra completa.

Aunque estas iniciativas atraen a un alto número de curiosos y seguidores, es seguro que no todos leen los libros en su totalidad o que siquiera comiencen a hacerlo. Pero otras personas se animarán a hacerlo con el apoyo de herramientas y aplicaciones telefónicas que conectan a una numerosa comunidad de lectores. La diversidad de participantes brinda, sin duda alguna, nuevos enfoques y consideraciones sobre las obras que pueden servir para modificar el prejuicio de que la lectura de obras clásicas es una experiencia aburrida.

Para muchos de nosotros, el recuerdo de nuestras lecturas de colegio nos dejó una impronta desagradable. Particular dificultad presentaba la lectura de los clásicos literarios, libros que han trascendido su tiempo y su geografía para contar historias y aspectos del carácter humano, que continúan vigentes al día de hoy. Por desgracia, en la etapa de vida en que somos forzados a leer esos libros no tenemos ni la experiencia de vida ni el bagaje cultural para comprender o apreciar plenamente ni su forma ni su contenido. Es un despropósito obligar a leer ciertos títulos a estudiantes de primaria y secundaria. No solo la imposición de la lectura resulta contraproducente sino también los métodos pedagógicos seleccionados por los profesores de turno para explicar la obra y su importancia.

La lectura colegial es también impositiva sobre la individualidad. Los libros del canon escolar se suponen incuestionables y de gusto obligatorio, siendo (tanto la literatura como el gusto) dos asuntos profundamente subjetivos sobre los cuales no se puede imponer nada. Aunque la intención de graduar bachilleres con un conocimiento mínimo literario es comprensible, las obras seleccionadas y la manera de evaluar las lecturas terminan produciendo aversión e indiferencia duraderas hacia la literatura y la lectura.

Cuando se menciona a “los clásicos” sentimos que son libros escritos en tiempos y realidades tan remotos que apenas nos resultan comprensibles. Pero esta simbiosis entre tecnología y literatura puede ser útil para quienes quieren mejorar sus lecturas individuales y para quienes gustan leer desde algún dispositivo móvil. En un tiempo donde las redes sociales se han convertido en espacios llenos de agresividad, desahogos e información dudosa o superficial, iniciativas como las mencionadas se convierten en espacios agradables y necesarios para conservar un poco de cordura.

#Homero2019 me llamó la atención lo suficiente como para comprar La Ilíada por tercera vez en mi vida. No me engaño a mí misma. No creo mantener el ritmo de leer un canto por semana, pero no importa. Ha sido refrescante revisitar sus páginas y reencontrar a Aquiles, el de los pies ligeros, cuya cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos, será cantada por la diosa para los tuiteros del siglo XXI que se animen a leerla.

Un cuento de Navidad

Ebenezer Scrooge odia la Navidad. Es un tipo que no sonríe, no es benévolo ni comprensivo con nadie, ni siquiera con quienes convive a diario. Odia a los pobres y piensa que sería mejor que todos estuvieran muertos. Así se evitarían los problemas de sobrepoblación que afean tanto la ciudad de Londres. El trabajo es lo único importante para Scrooge. Para él es incomprensible que no se trabaje el día de Navidad. No hacerlo es perder dinero.

La felicidad y la ilusión de los niños que esperan regalos y golosinas para esa noche le parecen una estupidez.
Scrooge se va a casa a pasar la Nochebuena solo. No quiso aceptar la invitación de su sobrino para cenar con su familia y está molesto por haberle tenido que dar la tarde libre a Bob Cratchit, empleado de su oficina. Ya a punto de dormir, Scrooge recibe visitas.

Primero, lo visita el fantasma de su socio Jacob Marley, quien debido a su avaricia y maldad ha sido condenado a arrastrar una pesada cadena por toda la eternidad. Marley le advierte que si no enmienda su conducta en vida, correrá el mismo destino cuando le toque morir.

Después aparecen otros fantasmas que llevarán a Scrooge en viajes por el tiempo. El fantasma de la Navidad Pasada lo hará revivir la muerte de su madre; su infancia en internados; la frialdad de su padre; el matrimonio de Scrooge y el subsiguiente abandono de su esposa cuando aquel se convierte en un adicto al trabajo. Finalmente revive la muerte de su hermana, el último afecto que le quedaba. Cada uno de esos eventos dolorosos supuso el encierro en sí mismo y la dureza que Scrooge manifiesta ante los demás.

La Navidad Presente le hace darse cuenta de que Cratchit tiene un hijo, a quien llaman Tiny Tim, quien es cojo y enfermizo. El bajo salario que le paga Scrooge no es suficiente para cuidar mejor de él. La Navidad Futura le muestra la alegría, la indiferencia y el pronto olvido que causará su muerte, debido a su mezquindad y dureza de corazón.
Esa noche de visitas fantasmales impacta a Scrooge de tal manera que al día siguiente cambia de forma radical. Ayuda a Tiny Tim, el hijo de Cratchit, y celebra de nuevo una Navidad, ante el asombro y la sorpresa de quienes conocieron su amargura.

“Cuento de Navidad” es la historia de la redención de un villano. De un milagro que solamente la potencia del espíritu navideño podría consumar. El escritor inglés Charles Dickens la escribió en el transcurso de 6 semanas (entre octubre y diciembre de 1843), por varios motivos. Por un lado, quería apoyar la renovación de la celebración y tradiciones navideñas inglesas que habían caído en desuso. Dickens además era crítico del capitalismo y la industrialización. Darle a todo un valor económico había desvalorado valores como la generosidad, dando importancia a quien acumula mayor cantidad de bienes y menospreciando a quien tiene menos.

Apoyar la renovación de las tradiciones navideñas implicaba también una crítica al consumismo que el capitalismo promovía. La compra de regalos suponía una transacción económica donde predominaba el factor dinero y donde lo emocional (el nivel de importancia afectiva que tenía el receptor del regalo) determinaba el valor en metálico que se estaba dispuesto a pagar por dicho objeto.

Dickens, que por su propia infancia de niño trabajador conocía a profundidad las miserias y carencias de la clase obrera, quiso que aquella nueva narración pudiera ser leída ese mismo fin de año por todos sus lectores. Para lograrlo, debía imprimirse en forma de libro, y debería tener un precio razonable para que personas de diferentes capacidades económicas pudieran comprarlo.

En ese momento, Dickens tenía 31 años y atravesaba problemas monetarios. Pensó que, invirtiendo parte de su propio dinero para realizar la impresión de acuerdo con sus especificaciones, las ventas le permitirían recibir alguna ganancia que aliviara su situación. Trabajó la primera edición con la editorial Chapman & Hall y el libro salió publicado el 19 de diciembre de 1843, luego de descartar una primera impresión cuyo color de portada y otros detalles no dejaron satisfecho a Dickens.

La edición de 6,000 ejemplares se agotó en los cinco días siguientes de salir a la venta. Pero cuando el escritor se sentó a hacer cuentas con la editorial, al ser deducidos todos los gastos de la edición fallida y los materiales invertidos, recibió solamente 137 libras. Dickens esperaba hacer una ganancia de 1,000 libras para compensar su inversión y resolver sus asuntos. Al año siguiente se haría una nueva edición que también se agotó. Pero incluso con la venta de esa nueva edición, Dickens no logró recibir más de 726 libras.

La historia de Ebenezer Scrooge no salvó a Charles Dickens de sus problemas financieros, pero alcanzó esa ambición secreta de los escritores de que alguna de sus historias trascienda las páginas del libro e incluso, su propio tiempo. Son numerosas las representaciones teatrales, obras musicales, dibujos animados y películas que se han realizado basados en esta historia. En algunos países, la palabra “scrooge” sirve para definir a una persona que no le gustan las fiestas de fin de año y a la que le fastidian todos los ritos y costumbres que la época impone.

Por desgracia, la percepción que tenía Dickens de su tiempo, quien pensaba que el capitalismo y la revolución industrial habían mercantilizado todo y que los valores humanos estaban relegados a la invisibilidad, pervive hasta el día de hoy. Persisten la desigualdad económica y los corazones endurecidos que no se conmueven ante el dolor ajeno. Corazones tan duros que ni la visita de algunos fantasmas ni la lectura de esta u otras historias, podría ablandarlos.

A pesar de ello, seguimos soñando con que algún día, pronto, algo cambie. Es la esperanza implícita que trae cada cambio de año.

¡Ah! Si todo fuera tan fácil como en los cuentos de Navidad…

Blues del freelancer

Un día amanecés desempleado. De inmediato comenzás a buscar algo. Te hacés a la idea de trabajar para mientras, por cuenta propia, ser freelancer para poder subsistir un tiempo, porque todo está miserable y no hay trabajo ni abundante ni bien pagado y como vivís a coyol quebrado, coyol comido, no podés darte el lujo de no trabajar.

Aquello se torna en un asunto de angustia permanente. Preocupación, insomnio. Tu currículo circula en todas partes, como si fuera un virus. Se lo mandás incluso a gente que tenés años de no ver. Algunos contestan, prometen que sí, que cualquier cosa te avisan. Otros ni se dignan. Alguno te da una palmadita en la espalda. Te dicen que ni te preocupés, que con tu experiencia encontrarás algo rápido, que siempre hay trabajo para gente como vos, que saldrás adelante. Sabés que la intención es buena, pero también sabés que la realidad es otra.

Comprás periódicos, hacés listas (de gastos, de contactos, de fotocopias que hacer), llamás a Menganito y a Sutanita, tratás de no dar imagen de desesperación. Apenas has pasado un mes y 12 días sin trabajo, estás administrando con buen tino lo de tu cancelación. No podés hacer más. La información está circulando. Ya saldrá algo. Te dan un contacto para que llamés porque el amigo de un primo de un conocido avisó que hay una plaza libre en equis lugar, con un salario magro para el nivel de tareas, pero no estás para discriminar, lo agarrarías pero seguirías buscando algo mejor, algo más de acuerdo con tu experiencia, a tus estudios, a tus cualidades personales. Pero cuando llamás por el empleo, ya está tomado. Desilusión. Escuchás el ruido que hacen tus ilusiones al romperse.

Te da dolor de estómago recordar que casi es fin de mes y que hay que pagar el alquiler y que, si no conseguís dinero pronto, el próximo no vas a tener para pagar los servicios ni tu vivienda y entonces ¿qué? Pensás en la gente que te puede prestar dinero a plazo relajado porque no tenés ni (beep) idea de cuándo te vaya a salir algo y hacés cuentas, pensás qué es lo que vas a cortar. Varios caprichitos quedan suspendidos hasta nuevo aviso.

No. A ver. Tranquilidad. Keep calm y tomate otro café. Hacés cálculos de las reservas de comida que tenés, organizás los 10 pesos que te quedan, hacés un cronograma, establecés un plazo antes de entrar en plan emergencia. No sabés cuál es el plan de emergencia, pero esperás no tener que llegar a eso.

Entonces ocurre un milagro. Un trabajito. Un freelance. Lo que te pagarán apenas alcanzará para pasar un par de meses en modo monje trapense y es tedioso y la fecha de entrega es para ayer, es decir, es urgente, pero no estás para exquisiteces porque hay que comer, pagar cuentas. Volvés a fumar del puro estrés, trabajás como poseído, día y noche, picheles de café, ponés una alarma para hacer 20 sentadillas cada hora porque tenés tullidas las nalgas y las piernas de estar sobre una silla y te llama gente que nunca te busca, que mirá, vamos a tomar algo, porque creen que ser freelancer es estar en casa rascándose la panza todo el día porque estás desocupado, y vos: no men, fijate que estoy trabajando en algo urgente que debo entregar mañana.

Te quedás en casa envidiando esa vida que otros tienen, esos rostros felices del Feis, las excursiones, los paisajes, los paseos dominicales, las cervecitas y las ostras, pero concentrate, por favor, terminá el trabajo, mañana es el plazo y querés entregar antes de la hora, para impresionar, para que te recomienden, para que te vuelvan a llamar, para seguir la cadena de trabajitos freelance hasta que aparezca alguna cosa estable, con un sueldo que te permita pasar menos angustias y tener la estúpida ilusión de que algún día tendrás el dinero suficiente como para no preocuparte nunca más por plata. Jajajajaja. Eso fue tu risa histérica. Tu risa nerviosa.

Tu risa para disimular la preocupación porque ya entregaste el trabajo y están tardando mucho para pagarte y te quedan tres pesos, pero bueno, con una cora de pan francés y unos frijolitos te alcanza para un par de tiempos al día, por suerte no tenés a nadie que mantener, antojo brutal de cerveza, pero no hay pisto, cantás la canción de JLo “yo quiero, yo quiero dinero, ay”.

Entrás en modo cobrador, primero escribís correos, luego llamás. Hacés notar que el trabajo fue entregado antes de tiempo y ya han pasado siete semanas y no te dicen nada del pago y sí, pero es que fíjese que falta la firma de Quien Manda, pero dicha persona se encuentra fuera del país y no vuelve hasta dentro de dos semanas. Te imaginás al tal Quien Manda en una playa de arenas blancas en la Polinesia, tomándose una piña colada y soplándose el sudor con un fajo de puros benjamines mientras vos te alegrás como un demente porque encontraste un billete de $5 en el bolsillo del pantalón, te sentís millonario, “¡soy ricooooooo!”, gritás histérico, vas a estar bien, todo se va a arreglar, hiperventilás de la emoción, pensás con un positivismo que te desconocés, revisás los bolsillos de todos los pantalones para ver si hay suerte y encontrás otro billete, pero volvés a escuchar el ruido de tus ilusiones rompiéndose.

Con esos $5 podés comer y transportarte para por fin recoger el cheque que trae el descuento de impuestos (aquí emitís profusas y floridas maldiciones contra Hacienda), un cheque cuyo valor solo sirve para pagar deudas, un dinero al que no le ves ni la vuelta mientras comienza de nuevo el ciclo de buscar, preguntar, mandar currículo, hacer el trabajito, cobrar, ir a buscar el cheque, el ciclo de odiar ese calvario interminable, esa agotadora y absurda carrera de hámster, esa profesionalización de la esclavitud que llamamos “trabajo” y que dicen dignifica al ser humano.

Vacíos de campaña

Estamos a dos meses de las próximas elecciones presidenciales pero las diferentes candidaturas han planteado propuestas vagas y generales para solucionar los problemas urgentes del país. Parece que los candidatos no aprendieron nada del desencanto y el hartazgo generalizado de la ciudadanía, que ha señalado en diversos espacios las fallas de los gobiernos anteriores y las necesidades reales que tenemos.

Hay muchos temas que han quedado fuera y que deberían de tomarse en cuenta, si pretenden lograr el voto de ese amplio sector de la población que está harto de promesas no cumplidas, de abusos, sinvergüenzadas e ineptitudes. Se habla de defender el medio ambiente, por ejemplo, pero lo que dicen todos es que habrá campañas de reforestación sembrando equis cantidades de árboles, cuando el problema ambiental es mucho más complejo y grave.

En tiempos de cambio climático y de contaminación ambiental crítica, ¿cuáles son las medidas que se tomarán para reducir el impacto de los fenómenos naturales, ¿qué se le exigirá a las empresas, establecimientos comerciales y ciudadanía para reducir sustancialmente la producción y uso de plásticos y otros contaminantes?, ¿cómo se va a proteger el bosque existente en el segundo país más deforestado en América Latina, después de Haití?, ¿cómo se van a proteger las fuentes de agua de los desechos de las industrias contaminantes?, ¿qué se hará con las empresas mineras?, ¿se seguirán aprobando indiscriminadamente construcciones de edificios, carreteras, centros comerciales, campos de golf, residenciales y monumentos que destruyan las reservas naturales del país y nuestro patrimonio arqueológico?, ¿dónde están los programas de preservación de nuestra fauna?

Tampoco se escucha ninguna palabra sobre un sector poblacional con una problemática propia, como es la de las personas mayores, y no me refiero estrictamente al adulto mayor (de los 65 años en adelante), sino a la franja de personas que son despedidas a partir de los 45 años de sus empleos, porque las empresas e instituciones prefieren contratar a personal más joven.

El enfoque casi exclusivo de la solución de problemas nacionales sobre la juventud, si bien es importante, ha dejado en el descuido a una amplia franja de población que se ve obligada al autoempleo, con consecuencias económicas duras. El fracaso del plan de pensiones obliga a muchos a continuar trabajando o a buscar otras formas de ingreso económico. Gente que ganaba un sueldo promedio de $1,000 mensuales, recibe una pensión de entre $230 a $300. En otras palabras, pensionarse es sinónimo de pobreza, de degradar la calidad de vida del ciudadano, en un país con un altísimo costo de subsistencia, con servicios públicos deficientes, salarios miserables y un sistema bancario que no premia el ahorro sino que estimula el endeudamiento.

Mucho se habla de las pensiones, pero más grave es el hecho de que la mayoría de la población no cotiza ni para el seguro social ni para el retiro. Debe trabajar hasta morir. ¿Por qué nadie se preocupa por esa mayoría? ¿Por qué se le anula y expulsa de la vida económica, cuando todavía hay muchos que están en capacidad de trabajar o emprender? ¿Por qué en los discursos de gobierno esta gente es invisible y no existente? ¿Por qué no se asume que esa población no atendida está en peligro de pobreza real?

Si a esto sumamos la fragmentación familiar, heredada desde la guerra e intensificada por los fenómenos migratorios y delincuenciales que atravesamos, no se puede confiar en que las personas mayores tendrán amparo en sus familias al llegar los años finales. Fíjese cuántos están pidiendo en los semáforos o en otros lugares. Fíjese también en las ofertas de empleo, limitadas hasta los 35 años, las más generosas. ¿Quién dignifica a las personas mayores de 45 años? ¿Dónde están las organizaciones que trabajan para ellas? ¿Dónde los programas que no sean recreativos o de terapia ocupacional para un segmento de población que sigue lúcido, saludable, con necesidades y con deseos, no solo de trabajar, sino de compartir ideas y propuestas de acuerdo a su experiencia? ¿Dónde están los programas educativos y sociales que terminen con el prejuicio y el estigma de que las personas mayores son enfermas, tontas, inútiles y que todo lo que dicen y hacen es intrascendente?

Por último, aunque no por ello menos importante, ningún candidato ha hablado sobre el tema cultural. Un par lo ha mencionado de manera veloz, pero siempre con el limitado enfoque de utilizar el arte como herramienta preventiva de la violencia o como terapia ocupacional, cuando cultura es un tema transversal que impregna todo nuestro quehacer cotidiano y no se limita a lo artístico.
El tema es tanto más importante porque existen un ministerio y una ley de cultura, fundados por el gobierno actual, que si bien es cierto no han funcionado como deberían y tienen toda suerte de limitantes y carencias, están ahí y han sido resultado de los esfuerzos de un gremio que lo viene empujando y discutiendo desde hace años. Lo logrado, aunque deficiente, debe seguirse desarrollando y consolidando. No lo podemos dejar perder.

Sigue pendiente la promesa de campaña del actual presidente, de conceder seguro social y pensión para los artistas, un gremio que suele tener graves altibajos económicos. Numerosos son los casos de artistas que murieron en la pobreza y el abandono, para que después, con la hipocresía social que nos caracteriza, alabemos su obra sin habernos preocupado por ellos en vida. El patrimonio cultural (material e intangible), los pueblos indígenas, la literatura y la memoria son algunos de los muchos temas pendientes de atención en lo cultural.

El trabajo y las soluciones para estas áreas no pueden seguirse posponiendo hasta un hipotético mañana que nunca llega. Un buen gobernante debe ser capaz de comprender que el entramado de la problemática nacional es complejo y que los temas mencionados son transversales a toda nuestra realidad.

Subestimar la importancia de estos temas es como pegarle un tiro en el pie al país. Siempre andaremos cojos, caminando en desequilibrio, si no los atendemos con la prioridad que merecen.

Naturaleza versus cemento

El 5 de noviembre pasado comenzaron las labores de Mejoramiento y acondicionamiento del Parque Recreativo Puerta del Diablo, un proyecto impulsado por el Ministerio de Turismo (MITUR) y que ha causado molestias entre vendedores, visitantes, vecinos de la zona y ciudadanía en general, por diversos motivos.

El video con la animación de la obra programada es preocupante. El “mejoramiento” pretende construir una explanada de concreto, donde se ubicarán el parqueo, negocios, servicios higiénicos y miradores. Viendo el video da la impresión de que también serán afectados los senderos metiéndoles cemento, pero no encontré información que confirme esto. Construir la explanada significará derribar una buena cantidad de árboles. Según la maqueta presentada en el video del MITUR, toda la explanada, que incluye la zona comercial y el parqueo, estarán bajo pleno sol.

Aunque el proyecto dice incluir la reforestación del lugar, es un oxímoron pensar que un espacio natural puede “mejorarse” al botar árboles y sustituirlos por varios metros de concreto, cuando justamente el atractivo del lugar tiene que ver con la vegetación, con el microclima creado por esta, que además sirve de hábitat para especies de animales, aves e insectos. Para el visitante y los comerciantes que se mantienen en el lugar provee también sombra y frescura. Los árboles sirven como barrera natural para evitar los deslizamientos y derrumbes de tierra, frecuentes en la zona debido al alto nivel de humedad. Cabe agregar que los árboles también alimentan los mantos acuíferos, que en dicho lugar son escasos y que es parte del histórico problema de desabastecimiento de agua en Los Planes de Renderos.

No hay absolutamente nada de malo en la idea de querer acondicionar el espacio. ¿Pero por qué, en vez de pensar en un “parque recreativo”, no se piensa mejor en un “jardín botánico” o en un “parque natural”, para resaltar y preservar justamente la flora y fauna del lugar? ¿Por qué no se formuló un proyecto con remodelaciones integradas al espacio, utilizando materiales como la piedra y el bambú, sin afectar tan drásticamente el preciso motivo por el cual nos gusta ir a la Puerta del Diablo?

Lo incomprensible de este proyecto es que se nos quiere imponer (¡de nuevo!) un espacio público encementado que atenta contra la esencia del lugar, y que a su vez contradice lo que escuchamos del mismo gobierno sobre la preservación del medio ambiente. Este tipo de decisiones desvirtúa dicho discurso y confirman que es pura retórica. De hecho, no se han conocido (hasta el momento de escribir esta columna) las reacciones del Ministerio de Cultura ni del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales ante esta obra.
El Salvador es, después de Haití, uno de los tres países más deforestados de Latinoamérica. Somos además el país con el mayor nivel de estrés hídrico en la región centroamericana. El cambio climático nos está afectando más cada año y de diferentes maneras. Este 2018 tuvimos sequía e inundaciones en una misma temporada.

A pesar del discurso sobre la preservación de los espacios naturales y de la urgencia de reconsiderar nuestros hábitos y nuestra relación con el entorno, vemos cómo se aprueba y emprende la ejecución de proyectos que no toman en cuenta la preservación del medio ambiente. Las regulaciones sobre la tala de árboles y la conservación de los espacios naturales no corresponden al nivel de gravedad de la emergencia real que estamos enfrentando.

Hay numerosos parques naturales alrededor del mundo, que ofrecen a los visitantes espacios donde la intervención humana garantiza al visitante una experiencia de inmersión en el entorno, sin por ello sacrificar las áreas adecuadas para su bienestar. En algunos parques se han diseñado y construido obras arquitectónicas sorprendentes, como miradores o puentes hechos de vidrio y acero, que procuran líneas modernistas en espacios como el Gran Cañón en Estados Unidos; el Glacier Skywalk, en Canadá; o el Parque Nacional Longgang en China. La utilización de dicho tipo de materiales permite el flujo del aire y la visibilidad continua. A la distancia, su vista resulta curiosa, pero el tipo de arquitectura desentona menos con el espacio gracias a la no disrupción del paisaje que brindan los materiales y los diseños utilizados.

A pesar de numerosos reclamos sobre el proyecto de la Puerta del Diablo, el Ministerio de Turismo se mostró inflexible en torno a la prórroga de la obra. Dicen tener ya contratada a la empresa constructora y que si no se empezaba el día 5, el Gobierno tendría que ir pagando una multa diaria por retrasos o incumplimiento de contrato.

Con esto podemos entender que para el Gobierno, el valor de la Puerta del Diablo, una de nuestras joyas naturales y culturales, no merece ni la multa de postergación de la obra para escuchar a la ciudadanía que se pronuncia, no en contra de una mejora del espacio, sino de reconsiderar la naturaleza de estas obras, tan faltas de consideraciones ambientales y de gusto arquitectónico alguno. Es imposible creer que en este país no hay arquitectos con imaginación y criterio ambiental como para hacer una propuesta más atractiva y menos agresiva contra el paisaje.

Las pocas zonas naturales que todavía quedan en el país deben ser protegidas y no trasquiladas para su explotación económica. La esencia del lugar debe ser preservada y no transformada en lo que fácilmente puede encontrarse en cualquier espacio urbano, es decir, otro centro comercial, otro food court, otro parlante escupiendo reguetón. En un país sobrepoblado, con poca extensión territorial, con alto nivel de deforestación y con propensión a deslaves e inundaciones, es imperativo que los espacios públicos sean convertidos en parques y áreas verdes, que sirvan como pulmones de nuestras ciudades, donde la población pueda convivir con la naturaleza y encontrar lugares de sosiego entre el bullicio urbano.

Valoremos todos, Gobierno y ciudadanía, los lugares que aún quedan intactos. La vida también habita ahí, en las sorprendentes bellezas naturales de nuestra tierra, espacios que debemos defender y preservar

Los caminantes

Escribo esta columna justo el domingo en que una caravana de compatriotas emprende caminata hacia la frontera con Guatemala. Se sumarán al camino que ya emprendieron miles de hondureños en semanas recientes. El viaje al Norte en busca de otra vida, porque la que aquí nos toca no es realmente vida.

Por aquí pasaron los caminantes. A la orilla de la Panamericana. Eran muchos. Cientos. De todas las edades. Con todo tipo de equipaje. Carritos para niños, muñecos, pichingas de agua, toallas, cachuchas, mochilas, bolsas plásticas. Hombres y mujeres, niños y adolescentes, personas mayores, algunos en silla de ruedas, con bastón o con muletas.

Hay que estar muy desesperado para pensar que se va a llegar desde San Salvador hasta Estados Unidos en silla de ruedas o caminando con un bebé de meses o caminar tanta distancia a los setenta y pico de años. Muy desesperado. Quien se acerca a escuchar sus historias, escuchará lo mismo, repetido hasta el cansancio: no hay trabajo, no hay oportunidades, la violencia nos agobia, la extorsión de las maras es impagable, o nos hacemos de la mara o nos matan, nos sacaron de nuestra casa, perdimos la cosecha, no tenemos nada.

Es inevitable ver en ello un gesto de desesperación. Un poderoso grito de protesta y disconformidad contra los gobiernos del Triángulo Norte de Centroamérica. Un grito en contra de un sistema que, a pesar de guerras y gobiernos con retórica conciliatoria pero falaz, no hace nada para lograr que la desigualdad social sea reducida. Un grito contra una sociedad que critica desde su sofá pero que no se moviliza para reclamar sus derechos ni para protestar frente a tanta porquería que vemos ocurrir porque lo único que le preocupa es su propia satisfacción.

Mientras políticos corruptos hicieron fiesta con los fondos públicos, estos caminantes, esos mismos que hoy se van, no tuvieron para comer o para comprar una medicina, vieron sus casas caerse en pedazos con las primeras tormentas, vieron a sus hijas violadas o a sus hijos asesinados por la violencia de las pandillas, vieron perdidas sus cosechas por las sequías. Mientras los corruptos negociaron y lograron una pena mínima y la no devolución de millones de dólares saqueados de nuestro erario, los que robaron una gallina o un canasto de jocotes fueron refundidos en la cárcel con penas máximas y sin derecho a negociación alguna, como si se tratara de criminales altamente peligrosos.

Es contradictorio que los informes y números de gobierno emitan cifras triunfales de creación de empleos y a la baja en violencia, mientras miles de salvadoreños tienen como única expectativa de futuro largarse del país. Pese a los riesgos. Pese a que muchos se endeudan y prácticamente se esclavizan para poder pagar un coyote.

Estas caravanas de migrantes dicen mucho de nuestro fracaso como país, de cómo esta nación es incapaz de garantizarle una vida digna a todos los sectores de la población, en particular a los menos favorecidos; de cómo nuestros gobiernos han sido incapaces de trascender lo estrictamente partidario y trabajar por el bien común; de cómo las instituciones públicas no han sido capaces de ofrecer respuestas ni alternativas concretas, estables o dignas a problemas que, desde hace décadas, solo reciben tratamientos cosméticos pero que no llegan a la raíz, ahí donde deben atacarse, ahí donde deben solucionarse.

Esto debería calar hondo en la clase política salvadoreña. La caravana de migrantes debería hacerlos tomar consciencia de que no basta con tirar migajas, mentiras y placebos a la gente. No es suficiente prometer cientos de empleos cuando los salarios son menores que el mínimo establecido, que, por cierto, no alcanza para cubrir una canasta básica. No basta enfocar todo el esfuerzo del gobierno solamente en la juventud, porque en este país también vivimos personas de diferentes edades que necesitamos trabajar hasta la muerte, venga a la edad que venga, porque no hay un sistema público de salud ni de pensiones que vele por la ciudadanía adulta. Nuestros problemas son económicos y de falta de empleo, sí, pero también están cruzados por múltiples formas de violencia, colectivas o individuales, públicas y privadas, que afectan nuestra calidad de vida y también nuestra salud mental y emocional.

Este flujo incontenible de nuestra gente saliendo del país debe parar. Es natural pensar en quedarse, en hacer vida en su tierra, en dedicarse a sus cosas, en salir adelante. Pero también es natural decidir irse si el entorno es hostil y si pasa el tiempo sin mejoría alguna de su situación o problemas. No hay argumentos para pedir que se queden cuando aquí no encuentran lo que necesitan para continuar con sus vidas.

La gente está harta. No solo de no encontrar trabajo, de ser extorsionada y asesinada por las pandillas y de sentirse defraudada por las instituciones estatales, sino también por no ser escuchada, porque sus dificultades no son reconocidas en su gravedad y porque por más que se haga y se diga, las soluciones nunca llegan.

Cuando estos caminantes ya no contaron con nadie, cuando reconocieron que lo único que podían hacer era buscar soluciones propias, se echaron al camino, como los miles de hondureños que también salieron en caravana, como miles de africanos, como miles de asiáticos, como miles de personas de todas partes que buscan una vida digna y una forma de brindársela a los suyos. ¿Acaso es demasiado pedir? ¿No es lo mínimo que merecemos todos?

El país se desangra en ríos de gente que se va todos los días. En avión o en bus, y ahora hasta en caravanas. Son cientos. Lo que está ocurriendo casi no sorprende. Por algún lado tenía que explotar la insatisfacción pública. Estas personas que marcharon en la caravana hacia el norte no tienen ni la paciencia ni el tiempo ni la ilusión de esperar un nuevo gobierno para ver si les cambia la suerte.

Ya no más. Ya no pueden esperar más. Para muchos es, literalmente, un asunto de vida o muerte.