Por nuestra salud mental

Los lamentables sucesos ocurridos a finales del año pasado entre miembros de la Policía Nacional Civil pueden discutirse y analizarse desde varios enfoques. Me interesa hacer una reflexión desde uno que en nuestro país siempre termina relegado, ignorado o en el peor de los casos tomado en son de burla, y es el de la salud mental.
Ser policía en un país con los índices de violencia que tenemos es un trabajo no solo de alto riesgo, sino también con altos niveles de estrés personal. La exposición permanente al peligro sumada a la posibilidad de que incluso los miembros de sus familias sean afectados por la violencia es una realidad con la que tienen que convivir todos los días. Las condiciones de trabajo (horarios extraordinarios, bajos salarios y en algunos casos, hasta falta de equipo adecuado) se suman a las preocupaciones de nuestros agentes. Los aumentos salariales y los bonos que el Gobierno otorga a este sector no son suficiente paliativo para el nivel de tensión psicológica al que permanecen sometidos.
Existen apenas 33 psicólogos para atender a una población de 28,500 agentes. Es fácil hacer la matemática correspondiente y darse cuenta de que es humanamente imposible para dichos profesionales atender de manera adecuada a tanto personal.
La función policial misma exige una actitud de frialdad, fuerza y ecuanimidad. Un policía no puede llegar a la escena de una masacre o ver un cadáver desmembrado, quebrarse y ponerse a llorar, por ejemplo. Imagine el lector lo que este tipo de escenario constante supone para un ser humano en su constitución psicológica, aunque dicha persona haya sido entrenada para mantenerse incólume en las situaciones más adversas.
Los casos de suicidio, violencia, alcoholismo y drogadicción entre los mismos agentes no son nuevos. Vienen ocurriendo desde hace algunos años. Por desgracia, vivimos en un país lleno de prejuicios e ignorancia de toda índole. Los prejuicios que tiene nuestra sociedad en torno a la salud mental son de los más arraigados. Estos prejuicios, al no ser superados, se convierten en un elemento de riesgo para la sociedad en su conjunto.
Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, cuyo 26.º aniversario se conmemora justo en estos días, a nadie se le ocurrió incorporar un componente obligatorio de atención psicológica para todos los desmovilizados, tanto del ejército como de la guerrilla. Estamos hablando de miles de hombres y mujeres que se pasaron más de una década de sus vidas en el campo de batalla. Pero no solo quienes fueron combatientes activos necesitaban atención. También lo necesitó la población civil, sobre todo la que sobrevivió aquel tiempo en lugares donde los combates y las matanzas ocurrían con frecuencia.
Los Acuerdos de Paz no borraron por arte de magia las heridas psicológicas y emocionales que la perversión de la guerra dejó en muchos. Venimos arrastrando ese peso hasta el día de hoy. La dinámica de la guerra impidió la elaboración de neurosis, psicosis y duelos provocados por los muertos, los exiliados, los desaparecidos, las pérdidas materiales, la brutalidad, la tensión y el peligro permanente. No había tiempo para llorar, solamente para sobrevivir. El dolor se reprimió y se postergó indefinidamente. Pero eso no significa que esos males desaparecieran o se “resetearan” con el cese al fuego. Los seres humanos no somos máquinas y las emociones no se encienden y apagan a voluntad. Siguen ahí y se manifestarán, tarde o temprano, a través de nuestra conducta, a veces en explosiones de ira, violencia o auto destrucción.
Encima de eso, las enfermedades mentales siempre han sido vistas como algo vergonzoso. No hablamos de la depresión, de la ansiedad, de la bipolaridad, de la esquizofrenia, de la neurosis y de otros desórdenes mentales porque nadie quiere ser tachado de “loco”.
La moda actual del positivismo “new age” insiste en hacernos creer que todo es un asunto de actitud y subestimamos los desórdenes mentales profundos como algo serio que merece atención profesional. Se piensa que la depresión o un ataque de pánico se solucionan con un par de palmaditas en la espalda y con frases de cajón: “Hay que pensar en positivo, debemos ser fuertes ante los embates de la vida, el tiempo todo lo cura, todo pasa, no pensés en eso, dejá de llorar, hacé algo útil para distraerte”. Peor aún, quien sufre de algún trastorno mental termina siendo señalado muchas veces como el causante de su propio mal, pese a que existen estudios científicos que demuestran que la genética juega un rol indiscutible en su condición.
Otro de los grandes prejuicios que existen en torno a estos males es que “son enfermedades burguesas”. Los pobres no tienen tiempo para deprimirse porque tienen que buscar la sobrevivencia a toda costa y “no tienen tiempo” para llorar o ponerse tristes. El limitado acceso a profesionales e instituciones de salud mental de calidad en el país viene a sumarse al problema. Solo el que tiene recursos económicos abundantes y garantizados puede darse el lujo de un tratamiento psicológico o psiquiátrico constante.
No solo los agentes de la corporación policial necesitan apoyo psicológico. De hecho lo necesitamos la gran mayoría de la población debido a un sinnúmero de factores. Somos receptores de múltiples manifestaciones de violencia, agresividad, injusticia, impunidad y cinismo en el día a día. Es difícil mantenerse ecuánime y no sentir ganas de manifestar esa frustración que nos va creciendo por dentro. Muchos la dejan escapar en agresiones domésticas o en ataques de ira durante el tráfico. Otros, impotentes y abandonados en la soledad extrema de quien no encuentra ni siquiera un interlocutor con quien desahogarse, optan por el suicidio.
Los índices de violencia y agresividad con los que vivimos son una manifestación de esa salud mental que no tenemos. Su normalización también es un mal síntoma.
Informarnos sobre los desórdenes mentales ayudará a que superemos nuestros prejuicios y a ser empáticos con los demás. Tener una actitud de comprensión y de respeto ante los males ajenos hasta podría servir para salvar la vida de alguien.

Una quimera llamada esperanza

Como norma general, la temporada de fin de año viene siempre disfrazada de risas, alegría, luces, adornos, reuniones con familiares y seres queridos, reencuentros, regalos, tradiciones, vacaciones, optimismo y propósitos de enmendar todo lo que ha ido mal, no solo en el año que cierra, sino (casi) que en la vida entera.

Gente que no se ha visto en todo el año aprovecha para verse. Cientos de compatriotas que viven fuera del país regresan, aunque sea por pocos días, cargados de regalos, con la intención de aliviar nostalgias y de paliar las necesidades, tanto materiales como afectivas, de quienes quedaron acá.

Algunos envían saludos por mensajes de chat, aunque se viva en la misma ciudad. Los emoticones han venido a sustituir los diseños de las tarjetas navideñas y los deseos escritos en puño y letra del remitente, que antes de la revolución tecnológica eran enviadas por correo. La inmediatez de las comunicaciones ha sustituido rituales y costumbres que, aunque más lentos en ser enviados y recibidos, constataban la representación de una forma de aprecio: la del detalle personal, la del tiempo invertido en envolver un regalo, ir al correo, colocar una estampilla.

Para muchos, esta temporada resulta fastidiosa por un sinnúmero de motivos. Acaso y sobre todo por las exigencias que se nos imponen, por la tácita obligación de ser felices y amables, de aceptar como norma el histerismo gregario. Las luces de los centros comerciales nos conceden carta blanca para despilfarrar, endeudarnos y desperdiciar a manos llenas, para amanecer con resaca económica y moral en los primeros días del año. Se promueve el endeudamiento, se nos engaña con falsas ofertas de cosas que en realidad no necesitamos, se nos da el empujón para satisfacer la compra excéntrica anual.

La obligación de la felicidad que sufrimos en estas fechas es más palpable en las familias que se reúnen por el mandato de los lazos de sangre, incluso si entre los miembros de dichos grupos hayan ocurrido eventos atroces que dejaron heridas y dolores que no tienen consuelo ni reconciliación. Las tensiones familiares siguen ahí, latentes, listas para estallar como bombas en cuanto alguien se pase de tragos, pronuncie la palabra equivocada o comience a lanzar indirectas pasivo agresivas que pueden convertir las noches de convivio en renovadas batallas campales. En algunas familias, la tradición de fin de año es en realidad el pretexto para luchar un round más en una pelea que no tiene tregua ni final.

La obligación de reunirse con parientes indeseables suele ser producto de relaciones de fuerza y sumisión, y no de genuina alegría. La realidad de reuniones incómodas, aburridas o con potencial de generar y renovar conflictos, sumado al trajín doméstico de las comilonas y la limpieza posterior (trajín que se asigna sobre todo a las mujeres), se convierte en un motivo de estrés y no de celebración. El agotamiento que sienten muchos al culminar este período deriva de ello.

Para el común de la gente resulta difícil comprender por qué algunas personas prefieren pasar esta época en soledad o con gente ajena a la familia. Para otros, la soledad no es en realidad una opción, sino su atroz cotidianidad.

Debajo del discurso de los buenos deseos y la concordia de esta temporada, hay una realidad que obviamos y que transforma lo que se supone es una festividad mundial en una forma de evasión masiva. Mientras usted celebra y brinda con los suyos, las guerras en diversas regiones del mundo han continuado sonando sus bombas, matando inocentes y haciendo añicos los esfuerzos y los sueños de miles de personas. Los enfermos continuarán en su agonía. Los que hurgan en los depósitos de basura en busca de algo que comer continuarán haciéndolo. Quienes migran de sus países en busca de un mejor futuro continúan sus caminos por mar o tierra, arriesgando en cada paso la vida misma. Los corazones rotos seguirán desangrando su desgracia, sin encontrar consuelo alguno. Los suicidas, abrumados por esa felicidad ajena de la que han sido excluidos y que hiere su melancolía como una navaja bien afilada, apretarán el nudo de su horca.

La mentira de la felicidad colectiva y la nada disimulada manera en que se nos impone participar en ella nos hace olvidar los problemas existentes, como si la vida entrara en pausa. No queremos pensar en cosas feas, tristes o desagradables. No queremos recordar ni asumir los agravios que hemos ocasionado a otras personas. No queremos saber nada del dolor del mundo. Y sin embargo, para otros, es precisamente esa sensación de la fiesta ajena, de estar excluidos del baile de la vida, lo que hace que el fin de año sea un período particularmente difícil.

Esa pausa de la realidad trastoca nuestras rutinas. Quienes saben aprovecharla, sospechan o reconocen que pasan la mayor parte de su vida en trabajos o situaciones que los hacen desgraciados, que mutilan su potencial y sus talentos, que los tienen acorralados en un callejón sin salida. Muchos odian la sola idea de retornar al trabajo después de las vacaciones porque se saben mal pagados y hostigados, pero no pueden prescindir del mismo porque a pesar de lo que digan Gobierno y empresas (que para fin de año presentan reportes triunfales de números positivos), la realidad es que la calle está cada día más dura y que el futuro es un lugar oscuro y confuso.

No todos sufren, es cierto. Hay quienes disfrutan de esta temporada. Hay quienes de manera auténtica y sin presunciones aprovechan para congregarse con los suyos y se refugian en la calidez de los afectos compartidos. Bien por ellos.

A fin de cuentas, el cambio de año representa la oportunidad de nuevos inicios. El atrevimiento de lanzar a futuro la sombra de nuestros buenos deseos. Quizás eso es lo único a celebrar, la posibilidad de esa quimera que llamamos esperanza. Un bien esquivo, ilusorio, engañoso pero sin el cual nos sería imposible continuar en este valle de lágrimas que llamamos vida.

Un museo para nuestra memoria

¿Necesita el país un museo para el rescate y la conservación de la memoria?, ¿nos ayudaría a avanzar y a consolidar la tan anhelada reconciliación nacional?, ¿es un proyecto viable, dadas las condiciones económicas y sociales del país?, ¿qué contenidos debería incluir dicho museo?, ¿quién debería velar por su administración?, ¿qué bases legales se necesitarán para que su propuesta no sea manipulada ideológicamente o asfixiada en su funcionamiento cada vez que ocurra un cambio de gobierno?

Estas son algunas de las inquietudes que se han discutido en diversos encuentros iniciados este año, como parte del proceso de consultas que está impulsando el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre la posible formación de un Museo Nacional para la Memoria y la Reconciliación. La iniciativa retoma el Informe de la Comisión de la Verdad, donde se recomienda al Estado salvadoreño una serie de medidas para la reparación, tanto material como moral, de las víctimas de la guerra de los años ochenta.

A 25 años de la firma de los Acuerdos de Paz, la narrativa sobre los eventos de la década de los ochenta sigue fragmentada y dispersa, pero sobre todo, muy manipulada ideológicamente. Pese a la existencia de un par de monumentos e iniciativas privadas para el rescate documental de la guerra, la fundación de un museo de la memoria vendría a llenar un vacío informativo no solo para la ciudadanía, sino también para investigadores y académicos locales e internacionales. Un museo de esta naturaleza permitiría también preservar y restaurar archivos, testimonios, fotografías, audios, videos y otro tipo de documentación relacionada con aquellos años.

Una de las preocupaciones fundamentales sobre este museo es su formato y el público hacia el que irá dirigido. Es vital crear una propuesta que sea atractiva para las nuevas generaciones, que se encuentran en un estado anímico de hartazgo y de indiferencia sobre el tema. Ese hartazgo resulta comprensible si se toma en consideración la manera superficial y profundamente ideologizada con que se manejan de manera pública algunos sucesos de la guerra.

Se espera conformar un espacio que puede ser físico, pero sin la solemnidad o el tedio de exposiciones donde el espectador recibe información de manera pasiva. La idea es conformar espacios interactivos y lúdicos que motiven a la reflexión y a la participación de los asistentes. Se piensa también en un espacio en internet que permita el acceso a los contenidos del museo desde cualquier parte del mundo y que, por ende, permitirá también la participación de los salvadoreños residentes en el exterior, muchos de los cuales están precisamente viviendo en otros países a consecuencia de la guerra misma.

El museo podría funcionar también como parte de una red de memoria, necesaria para hilvanar las diferentes iniciativas que existen en algunas ciudades y poblaciones del país. Asimismo, el museo serviría para intercambiar información y aprender de las experiencias de otros países como Chile, Argentina y Guatemala, que han logrado erigir espacios propios dedicados a informar, documentar y honrar a las víctimas de sus respectivos conflictos nacionales.

La iniciativa se encuentra en sus discusiones iniciales, pero justamente por eso, la participación y la opinión ciudadana son importantes. Mediante las consultas que impulsa el PNUD, será posible moldear y construir una propuesta de museo acorde a nuestra realidad y necesidades específicas. Llama la atención que en las discusiones siempre falta tiempo para discutir y afinar detalles, lo cual deja en evidencia el interés por contar nuestras inquietudes en cuanto a este tema.

Justamente una de dichas inquietudes es que el museo pueda servir como lugar de encuentro para motivar y promover diálogos intersectoriales e intergeneracionales, que hablen de la experiencia de la guerra desde todos los ángulos vividos. Asimismo, desde ese ánimo de inclusión y equilibrio en la narrativa de la memoria, se espera que el museo pueda tener exposiciones itinerantes por todo el país, para que la experiencia no quede centralizada en la capital.

Parecerá que El Salvador está rezagado en la creación de un museo como este. Pero hay que recordar que las guerras son eventos sociales traumáticos profundos que requieren de un tiempo largo para ser digeridos por sus individuos. Si a eso le sumamos la cultura del silencio en la vivimos y hemos sido educados (cultura resultante de una larga práctica de represión, censura y doble discurso vivido en el país), ese rezago y negación a hablar sobre nuestro pasado reciente es incluso comprensible.

Tenemos la ventaja de que muchos de los actores de aquel tiempo siguen vivos. Los contenidos de un museo de esta naturaleza pueden verse enriquecidos por el aporte de testigos vivenciales directos. En ese sentido, una de las tareas urgentes es recopilar el testimonio de estas fuentes vivas antes de que mueran.

Una de las preocupaciones mostradas por los participantes y organizadores de las consultas es lograr aterrizar una propuesta equilibrada. Para ello, el PNUD continuará las consultas el próximo año, para que la concepción del museo sea lo más amplia e inclusiva posible. Porque no se trata de construir o elaborar un espacio que se incline hacia uno u otro lado del espectro ideológico nacional, sino de crear un espacio que permita el diálogo como fundamento para crear el respeto entre los diferentes sectores de nuestra sociedad.

Más allá de una mera recopilación documental, un museo de esta naturaleza funciona también como reconocimiento y desagravio por parte de la sociedad hacia las víctimas del conflicto. Una forma de restitución moral que la sociedad salvadoreña ofrecería a todo su conjunto. Pero lo más importante es tratar de fundar un espacio con elementos y materiales que permitan la reflexión para comprender el origen de los problemas actuales y encontrar soluciones prácticas que impidan desbordamientos o explosiones sociales que, como ha quedado evidenciado en nuestra historia, ocurren de manera cíclica.

Todavía falta mucho por hacer y discutir para concretar este museo, pero saludo esta iniciativa indispensable para nuestro país.

Premios para reflexionar

La literatura centroamericana está de fiesta. Un par de días después de que Claribel Alegría recibió en Madrid el Premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana, se anunció al escritor Sergio Ramírez como ganador del Premio Cervantes 2017.
Claribel Alegría, nacida en Santa Ana, de madre salvadoreña y padre nicaragüense, ha dedicado su vida a la poesía con lealtad inquebrantable. Su casa en Managua, donde vive desde la década de los ochenta, ha sido un espacio de tertulia e intercambios literarios entre numerosos artistas, escritores, académicos, periodistas e intelectuales de diferentes rumbos y edades.
Sergio Ramírez, quien se dedica a la escritura desde que abandonó su carrera política, ha sido por su parte un activo promotor de la literatura centroamericana, liderando iniciativas como la revista electrónica Carátula y el encuentro de escritores Centroamérica Cuenta. La idea de Sergio siempre ha sido hacer visible nuestra literatura e insertarla en el discurso literario internacional.
El Premio Reina Sofía y el Premio Cervantes son los dos más altos reconocimientos a la literatura escrita en castellano. El premio logrará, sin duda alguna, enfocar algo de la atención internacional en la narrativa y la poesía de la región. Pero más allá de la eventual mirada internacional a partir de ambos premios, estos deberían funcionar también como un punto de reflexión para las instituciones públicas y privadas de nuestros respectivos países, para reconsiderar la visión y la relación que se tiene desde las instituciones existentes con los autores y sus libros.

Cada país de Centroamérica cuenta con un grupo de escritores talentosos, de diferentes edades, que escriben sobre un sinnúmero de temas. Pero los lectores no suelen tener acceso a libros centroamericanos o desconocen por completo lo que se escribe en los demás países de la región. Muchas veces no conocen ni lo que se escribe en el propio país, a menos que el autor esté publicado en una editorial internacional que le permitirá leerlo, tanto porque su obra es más visible como porque circula un poco mejor; aunque a veces ni así, porque las empresas distribuidoras de libros y las librerías suelen negarse a mover “producto” que no les garantice la recuperación del gasto.

Las editoriales privadas llenan un poco los vacíos de publicación, pero su limitación de recursos económicos y humanos les impide garantizar una mejor visibilidad o distribución del libro. Por desgracia, la pasión con la que muchas de estas pequeñas empresas se incorporan al oficio editorial no es suficiente para solventar los retos monetarios, y la mayoría termina cerrando operaciones poco tiempo después de inauguradas.
Por su parte, las instituciones públicas dedicadas a la cultura no tienen como prioridad la literatura. En El Salvador, por ejemplo, no existe un tan solo concurso de novela. Los que había dentro de la convocatoria de los Juegos Florales fueron eliminados. Tampoco existen becas para creación, residencias artísticas ni eventos literarios que permitirían el intercambio de escritores nacionales con internacionales. Estas actividades favorecen no solo el intercambio y la renovación de ideas, sino que también fomentan la construcción de redes y contactos que el escritor aprovecha para hacer difusión, tanto de su obra como la de sus colegas, única alternativa que nos queda a los centroamericanos para leernos entre nosotros.
Quien se dedica a la escritura en la región centroamericana, sobre todo a la novela, lo hace porque está maldito o bendito (nunca sabré la diferencia) por el fuego literario. Escribir poesía en la región es igual de azaroso, sobre todo por el prejuicio de que es “un género fácil”. Las editoriales evitan publicarla porque dicen que es “un género que no vende”.
Los que estamos en el oficio de la escritura en Centroamérica lo hacemos por vocación comprobada, porque si hay algo que te enseña el ejercicio de la escritura desde esta azarosa región es a perseverar en una labor ingrata que no rinde frutos monetarios y otorga escasas satisfacciones individuales.
Docenas de escritores centroamericanos, ya formados o en formación, intentan desde sus respectivos países capturar las inquietudes del tiempo y la geografía que les ha tocado vivir. La variedad de la literatura de nuestras pequeñas y atribuladas repúblicas es lo que convierte a la región en una zona rica de joyas literarias que corren el riesgo de ser olvidadas debido a la falta de reedición de libros, a la falta de conservación de los manuscritos, bibliotecas y documentos de los archivos de escritores que fallecen, a la falta de una bien diseñada carrera de Literatura en las universidades, que profundice y amplíe el estudio de dichas obras y que las inserte en el estudio de las corrientes mundiales de la literatura; y también, a la falta de una reforma educativa que reconfigure los actuales programas de Letras en la educación secundaria, que siguen matando de tedio a miles de adolescentes, imponiéndoles un canon literario para el cual no tienen todavía las herramientas formales de conocimiento como para apreciarlo en todo su valor, y que lejos de crear hábitos de lectura o una base de cultura literaria los hace aborrecer los libros y hasta despreciar o ver de menos a los narradores locales.
Para quienes se inician en el oficio literario, en estos tiempos cambiantes y confusos, los premios mencionados al inicio pueden servir como aliciente y ejemplo. Ambos, Claribel y Sergio, han dedicado sus vidas a la escritura. La perseverancia y la disciplina son caminos hacia la experiencia, que a la larga puede producir excelencia en el texto escrito.
Los escritores y poetas centroamericanos estamos cumpliendo nuestra parte, trabajando de forma anónima y por cuenta propia, escribiendo y procurando excelencia literaria. ¿Pero cuándo se levantará la cultura literaria y editorial en nuestra región y cuándo se modernizará el tratamiento de la literatura, tanto de parte del Estado como de las instituciones privadas?, ¿cuándo acelerarán el paso para ponerse a la altura de la calidad de nuestros autores?

La pasión según Lispector

En agosto de 1967, el periódico Jornal do Brasil le ofreció a Clarice Lispector la posibilidad de escribir crónicas de manera semanal. Para Lispector, el ejercicio no sería algo nuevo. Había publicado crónicas periodísticas en los años cuarenta, en un periódico de Campinas, ciudad de la municipalidad de Sao Paulo. Luego, en los años cincuenta, publicó una columna llamada “Entre mujeres” que firmaba con los seudónimos de Ilka Soares y Helen Palmer. Hablaba de maquillaje, moda y cocina.

Pese a dudarlo un poco, Lispector aceptó la oferta del Jornal do Brasil. La necesidad económica se impuso sobre su temor de escribir crónicas, un asunto que sería incluso tema ocasional de su columna. “Sé que lo que escribo aquí no puede llamarse crónica, ni columna, ni artículo”, escribe en alguna entrega. Lo cuestionará hasta diciembre de 1973 en que dejó de publicarlas, luego de producir poco más de 400 textos que pueden leerse en diversas antologías.

Las dudas sobre su escritura periodística estaban relacionadas con lo que consideraba su verdadero oficio literario. Lispector escribía novela y cuentos de ficción. Había construido un estilo y un lenguaje propios con un tono tan particular que resulta difícil definirla. En una gripe, en un hombre que ve desde el asiento de un taxi, en una conversación con los hijos, en una canción canturreada por la asistente doméstica, en la evocación de los paseos familiares al mar, en el recuerdo de cuando era niña y robaba rosas, en las preguntas hechas en silencio pero que jamás se enuncian porque son tan banales que no merecen ni el sonido de una voz, en detalles así Lispector encontró el material para la exploración de la vida y del ser humano a través de la palabra escrita.
La construcción de su estilo tan particular le ganó el respeto de sus contemporáneos y la lealtad de un público lector que seguía sus publicaciones con reverencia. A Lispector le agradaba que se le considerara como una escritora seria, pero casi no daba entrevistas y pocas veces asistía a eventos literarios. Eso no le impidió demostrar su felicidad cuando, en una fiesta, João Guimarães Rosa (uno de los novelistas más importantes de Brasil) le confesó que la leía “no para la literatura, sino para la vida”, para luego citar de memoria varias frases que ella ni siquiera recordaba haber escrito. Lo cuenta en uno de los textos incluidos en “Aprendiendo a vivir y otras crónicas” (Ediciones Siruela, 2007), una selección de sus columnas sabatinas en el Jornal do Brasil.
Quien lea sus crónicas podrá encontrar vasos comunicantes con su obra narrativa y la construcción de su estilo. Más de alguno de sus cuentos podría pasar por una de sus crónicas periodísticas, por ejemplo. Siempre está presente en su narrativa la sensación de que Lispector escribe como soltándole una confidencia casual al lector, una confidencia dicha con despreocupación, en un susurro, con el olor del humo de uno de sus cigarrillos.

En una de dichas crónicas, Lispector cuenta que su hijo le pregunta un día “¿por qué a veces escribes sobre cosas personales?” A lo que ella responde: “Nunca he tocado realmente mis cuestiones personales, incluso soy una persona muy secreta. (…) Es inevitable, en una columna que aparece cada sábado, acabar comentando sin querer las repercusiones en nosotros de nuestra vida diaria y nuestra vida extraña”. Lispector lo constata preguntándole a otros cronistas, quienes coinciden con ella en que el escritor siempre se termina revelando a sí mismo en el texto.

Lispector también insiste en que tampoco es personal en su narrativa y que en sus libros no se incluye como personaje. Esto puede resultar desconcertante y hasta difícil de creer para sus lectores. Más de alguna vez en sus textos y novelas, la voz narradora interviene en la historia o en los asuntos del personaje para comentar o hacer preguntas, como ocurre en su novela “La hora de la estrella”. Esas intervenciones son una de las particularidades de su ejecución narrativa, donde lo importante no es tanto la acción como la incidencia de algún hecho, por minúsculo que sea, en el mundo subjetivo de los personajes, del narrador y del lector mismo.

Su novela “La pasión según G. H.” es la culminación de la búsqueda interior a través del lenguaje y no de la acción exterior. El lector acompaña a una escultora sola en su casa, recorriendo los espacios vacíos hasta llegar a la última habitación, la de la asistente doméstica. Encontrar ahí una cucaracha desata recuerdos, reflexiones sobre la vida y la muerte, la inmortalidad, el lenguaje y el sentido de la existencia en un monólogo interno denso. No en vano, la misma Lispector advierte al inicio de la novela que ella se sentiría contenta si el libro fuese leído únicamente por “personas con el alma ya formada”. Hay que estar en una disposición particular de ánimo para leer dicho libro, apreciarlo y dejarse llevar por el fluir analítico al que nos somete Lispector.

La intensidad de su relación con el lenguaje se complementa con su labor de traductora literaria, una faceta suya de la que se habla poco. Desde Oscar Wilde y Edgar Allan Poe hasta Anne Rice y Agatha Christie, la cantidad de traducciones al portugués de obras literarias de diversos autores realizadas por Lispector, también dejó una huella importante en el mundo cultural brasileño.
Escribir es una maldición, “pero una maldición que salva”, dice Lispector en alguna de sus crónicas. Maldición “porque obliga y arrastra como un vicio penoso del que es casi imposible librarse, porque nada lo sustituye”. Salvación porque “salva del día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.

A través de su escritura introspectiva, Clarice Lispector supo develar el intimismo de lo cotidiano, de los momentos ordinarios que, pasados por su prosa, se convierten en asuntos trascendentales del ser humano.

Quien busque comprender algo sobre la profundidad de la vida hará bien en leerla.

El gran silencio

En el cuento titulado “El gran silencio”, del escritor estadounidense Ted Chiang, un loro puertorriqueño reflexiona desde las degradadas selvas de Arecibo sobre la paradoja de Fermi, la búsqueda de vida inteligente extraterrestre por parte de los humanos y la probable extinción de su especie de loros.

A la mejor manera de los cuentos de Franz Kafka “Informe para una academia” (donde el narrador es un mono) o “Investigaciones de un perro” (donde el narrador es un can), el loro de Chiang se pregunta por qué los humanos se empeñan en buscar formas de vida inteligente más allá de su galaxia, pero no reconocen las diversas formas de inteligencia que lo rodean aquí mismo, en la Tierra.

En su alegato, el loro sostiene que su especie, al igual que los humanos, es de las pocas que puede reproducir sonidos nuevos al escucharlos. Se compara con los perros: un perro podrá aprender decenas de órdenes y sabrá ejecutarlas, pero siempre responderá con ladridos. No tiene capacidad para emitir palabras.

Este cuento fue escrito por Chiang como texto de acompañamiento a una videoinstalación realizada por Jennifer Allora y Guillermo Calzadilla y presentada en la 56.ª Bienal de Venecia de 2015. El video, que puede ser visto en internet, utiliza imágenes del radiotelescopio del Observatorio de Arecibo, en Puerto Rico, y de las selvas circundantes que amparan el hábitat de los loros endémicos, amenazados de extinción.

La propuesta de los tres artistas funciona como una metáfora de cómo obviamos la inteligencia de las diferentes formas de vida aquí mismo en el planeta y deja al lector reflexionando sobre la arrogancia del antropomorfismo, al creer que la única y suprema forma de comunicación es el lenguaje humano, despreciando a todos los otros seres vivos que no articulan su lenguaje de idéntica forma al nuestro.

Este desprecio es base de la odiosa relación que tenemos con la naturaleza. Disponemos de ella a nuestro antojo, porque la inteligencia superior que suponemos tener nos ha hecho considerarnos dueños de todo lo que existe. Bajo esa premisa, la norma es creer que la naturaleza está ahí para satisfacer al ser humano y sus necesidades, y que las reservas naturales son inagotables.

Nos cuesta comprender, pero sobre todo aceptar que somos un eslabón dentro de un sistema complejo, pero rico en posibilidades de convivencia e interacción constructiva mutua. Por lo contrario, nuestra mezquindad y desprecio hacia las demás especies animales y vegetales nos han llevado al actual desequilibrio natural. Desde el cambio climático hasta la extinción de numerosas especies, donde nuestra impronta en provocar y acelerar esos eventos es indiscutible, el ser humano no parece demostrar su inteligencia en lo que se refiere a detener la depredación del entorno ni a construir formas de convivencia más amigables y sustentables.

Algunos científicos han dedicado sus vidas específicamente a la observación, estudio y comprensión del funcionamiento de la inteligencia animal, en un afán de determinar sus formas de comunicación y aprendizaje. Irene Pepperberg, por ejemplo, ha destacado por su trabajo con loros grises africanos, en particular, con uno llamado Álex. Los diferentes resultados de sus estudios la llevaron a concluir que los loros tienen un tipo de inteligencia particular, porque al aprender una palabra, también logran comprender su significado.

Los resultados de las investigaciones de Pepperberg sobre la cognología animal han provocado varios debates sobre la inteligencia de los animales, “una inteligencia no humana, no primate, no mamífera”, según ella misma enuncia. Para Pepperberg, la diferencia en los cerebros y las habilidades de las diferentes especies no debería ser motivo para subestimar sus formas de inteligencia.

El delfín es uno de los animales que también ha sido objeto de diferentes estudios para comprender no solo su inteligencia, sino además su complejo sistema de comunicación, que incluye gestos y chillidos, algunos de ellos emitidos en alta frecuencia y no audibles por los humanos. Su cerebro es similar al nuestro y, junto con el chimpancé, se le considera uno de los animales más inteligentes del planeta.

Es conocida como paradoja de Fermi la contradicción entre la alta probabilidad de que exista vida inteligente extraterrestre y la ausencia o evidencia absoluta de dicha vida. También se le conoce como “El gran silencio”, porque ante los intentos que el ser humano ha hecho para enviar mensajes al espacio exterior y comunicarse con dichas inteligencias, lo único que hemos escuchado y recibido como respuesta es silencio.

El cuento de Chiang, que habla de la mencionada paradoja, también considera al lenguaje como una forma de reafirmar la existencia: “Hablo, luego existo”, dice el loro de la historia. “La extinción de mi especie no significa solamente la pérdida de un grupo de pájaros. Es también la desaparición de nuestro lenguaje, nuestros ritos, nuestras tradiciones. Es el silenciamiento de nuestra voz”.

El loro del cuento reflexiona al final del mismo sobre la actividad de los humanos y cómo estos los han llevado hasta su inminente extinción. El loro no habla con resentimiento y admite que la imaginación de los humanos ha creado bellos mitos y grandes aspiraciones. “Miren Arecibo. Cualquier especie capaz de construir algo así debe contener grandeza dentro de sí”, dice el loro, quien sostiene que al morir su especie, esta se integrará a ese Gran Silencio.

El empeño en encontrar inteligencias extraterrestres podría ser un reflejo de la soledad que sentimos como especie. Una soledad física ante la idea de que estamos solos en un universo tan grande cuya magnitud ni siquiera alcanzamos a imaginar, porque si nos atreviéramos a hacerlo, tendríamos también que tomar consciencia de la dimensión de nuestra pequeñez.

Pero sobre todo, la búsqueda de otras inteligencias es la añoranza que tiene el ser humano por encontrar un interlocutor con el cual compartir nuestros descubrimientos, nuestra curiosidad infinita, el asombro de lo que nos rodea, la impotencia frente a todo lo que todavía ignoramos y la sed de una respuesta para esos grandes silencios con los que andamos por la vida.

La discriminación silenciosa

El otro día pregunté por un conocido. Me dijeron que Pedro (nombre ficticio) fue despedido de su trabajo. La empresa había decidido hacer una reestructuración interna. Casualmente todos los despedidos (más de 10 personas) eran los de mayor edad.

Hace meses, otra conocida, Sonia (también nombre ficticio) se entusiasmó con la idea de estudiar un doctorado en una universidad nacional. Todo iba bien hasta que comenzaron a asignarse tareas en grupo. Nadie quería aceptarla en ninguno. ¿El motivo? Su edad. Sonia ronda los 50 años y los demás compañeros eran menores. Ella propuso al profesor hacer las tareas por su cuenta, pero este dijo que no se podía, porque las tareas estaban diseñadas para hacerse en equipo. Escribió una carta a instancias superiores para buscar una solución. La respuesta fue de solidaridad protocolaria, pero no sirvió para hacer una excepción y lograr que la estudiante pudiera cumplir sus tareas de forma individual. Resultado: Sonia se deprimió y se retiró de la universidad.

Estos son apenas dos casos de muchos en los que entra en juego la discriminación por edad conocida como discriminación etaria. No hay una frontera específica de cuándo esto comienza a ocurrir, pero a partir de los 40 años es común comenzar a sufrir una serie de actos discriminatorios (grandes y pequeños) de los que poco o nada se habla. Esto lo convierte en una forma de exclusión difícil de reconocer y de erradicar.

Cuando este tipo de discriminación comienza, la sociedad te invisibiliza y te condena a una muerte social previa a tu muerte física. Ya no se es sujeto de crédito bancario. Ya no se es considerado una opción para formar una pareja estable. Una persona despedida a los 50 años tiene muy pocas posibilidades de encontrar empleo y si lo logra, deberá resignarse a recibir un sueldo infame. Se trata a los mayores de manera condescendiente, no se les escucha ni se da importancia a sus palabras o peticiones.

A esto sumemos el exacerbado culto a la juventud que se vive hoy en día y alrededor del cual giran conceptos como el de la belleza física, la energía vital y la capacidad para emprender ciertas actividades o labores. Para las mujeres, el sexismo agrava las cosas. Una mujer que tenga una pareja de menor edad es calificada de ‘cougar’, roba cunas, vieja calenturienta, etc. Pero un hombre que aparece con una pareja menor es aplaudido por sus pares. Recibirá palmaditas en el hombro y guiños de ojo. Un hombre que alardea una pareja joven es un triunfador envidiable; una mujer que lo hace es criticada y mal vista.

La discriminación etaria se manifiesta de maneras sutiles y cotidianas. Parte de ello nace de los prejuicios y estereotipos que hay sobre las personas adultas. Pero parte del rechazo nace también de esa relación enfermiza, de ese estado de negación que tenemos con nuestra mortalidad. No nos gusta pensar en la muerte aunque sabemos que tarde o temprano, también moriremos. La vejez no hace más que recordar que el proceso de nuestra finitud está en marcha permanente.

La saturación informativa y comercial retrata a las personas mayores en roles cliché: enfermos, incontinentes o tomando jarabes geriátricos para “recuperar la vitalidad perdida”. Los guionistas de cine y televisión repiten el estereotipo del viejito cascarrabias, sordo, cegatón o pasmado; los abuelitos bondadosos como parte del decorado familiar; los que tienen alguna enfermedad y están en el asilo o el hospital sin noción de nada. Esa perspectiva poco estimulante añade al agravio. Nadie quiere llegar a viejo. Todos queremos morir pronto para evitar vernos en esas situaciones degradantes a las que la sociedad nos reduce.

Tampoco se puede obviar la violencia, tanto física como sexual y psicológica, que sufren muchas personas mayores en su círculo familiar y social. Muchos son despojados de sus haberes por sus propios familiares, embaucados, burlados e ignorados, tratados como seres no pensantes, estorbosos e incapaces de tomar decisiones lúcidas.

Cada edad del ser humano marca etapas importantes en su formación. Cuando se está en la veintena de años, la muerte y el tiempo son conceptos relativos e irreales. Pero cuando se llega a los 50, la conciencia de la muerte toma un lugar importante en las reflexiones cotidianas. La noción del tiempo cambia de velocidad y se acelera.

Si nos tomáramos la molestia de conversar con alguien mayor comprenderíamos que nada ha muerto por dentro. Que no importa la edad, se sigue sintiendo pasión, amor, deseo sexual, tristeza, angustia, anhelo y que se siguen teniendo ganas de hacer muchas cosas. La capacidad de sentir del ser humano no muere con el tiempo: muere hasta que muere su cuerpo.

Desde el punto de vista laboral, prescindir de los servicios de personas que pasan de cierta edad significa cerrarse a la experiencia acumulada que, interactuando con la frescura de las nuevas generaciones, podría producir resultados interesantes en muchos ámbitos de trabajo. Pero mientras la sociedad siga concibiendo que el principal valor de sus miembros es su capacidad para producir ingresos económicos, estaremos ignorando y callando a un sector de la población que está subrepresentado en la discusión pública de los problemas de país.

Muchos pueblos indígenas y sociedades orientales tienen una relación constructiva hacia los mayores. Debido a su experiencia de vida, se les considera depositarios de memoria y sabiduría; se les incorpora en la toma de decisiones; son respetados como figuras importantes en sus comunidades y están integrados a la vida del colectivo. Pero en el mundo occidental, la persona mayor es apartada temprano de la vida, reducida al silencio, la invisibilidad, la inactividad y el rechazo.

El ser humano contiene en sí mismo todas las edades y eso debería hacerlo más sensitivo hacia todos sus congéneres. Escuchar lo que cada edad tiene que decirnos podría ser una manera de tender puentes para dejar de competir y agredirnos entre generaciones. Una manera de intercambiar sabiduría en esto que llamamos vida y a donde todos andamos dando palos de ciego.

Nuestro silencio sobre El Mozote

A las 6 de la mañana del día 11 de diciembre de 1981, elementos de las Fuerzas Armadas de El Salvador llegaron a un lugar conocido como Poza Honda, al norte del departamento de Morazán. Lidia Chicas Mejía hizo lo que ella y algunos vecinos del lugar solían hacer cuando llegaba el ejército: salió de su casa y fue a esconderse en el monte. Lo hacían porque tenían miedo de que algo fuera a pasarles, ya que la presencia de los soldados siempre era amenazante.

Desde su escondite en medio de unos matorrales, la señora Chicas escuchó gritos y disparos. Observó cómo fue asesinado un matrimonio vecino junto con sus cuatro hijos, todos menores de edad. La madre de los niños tenía ocho meses de embarazo. Primero asesinaron a los adultos y después decapitaron a los cuatro menores. Los soldados mataron a todos los habitantes que encontraron. También mataron a los animales domésticos y quemaron las casas que había en el lugar.

Ese día, Lidia Chicas perdió a 55 familiares. Abuela, tíos, primos. Su madre fue degollada. Su padre vendado y baleado por la espalda. Su hermana fue violada antes de ser asesinada. Toda su familia pereció. Toda. De no haberse escondido junto con su esposo, a ellos les hubiera tocado la misma suerte. Cuando pudieron salir de su escondite, la señora Chicas y su esposo enterraron a los familiares que pudieron.

“Todas las casas quedaron quemadas, bien quemaditas”, dijo la señora Chicas el pasado 28 de septiembre de este año al presentarse para ampliar su declaración en el Juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera, audiencia en la cual pude estar presente.

Desde marzo de este año se está llevando a cabo el juicio penal sobre la masacre de El Mozote y lugares aledaños, evento considerado no solo como el acto de violencia más grande ocurrido durante los años de la guerra civil salvadoreña, sino también como la peor masacre acontecida en la historia moderna de Latinoamérica. A pesar de ello, la cobertura que ha recibido este juicio, tanto de la prensa nacional como internacional, ha sido mínima.
Tan corta es nuestra memoria que obviamos la importancia que este juicio tiene. El hecho de que un grupo de militares esté siendo acusado y juzgado por crímenes de guerra en nuestro país marca un precedente importante en cuanto al paradigma judicial, pero también en cuanto a la impunidad en la actuación de las fuerzas de seguridad, un tema por desgracia todavía vigente. Baste recordar el reciente juicio sobre la masacre de la finca de San Blas y su desconcertante veredicto final.

El juicio también resulta importante porque se está permitiendo el espacio para que las víctimas de la guerra civil sean escuchadas de manera directa en suelo salvadoreño y que su historia sea por fin conocida, pese a que ya hubo un juicio ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que emitió su sentencia en 2012.

Hay que admitir que el lema de “perdón y olvido” que se nos impuso desde la esfera estatal con la firma de los Acuerdos de Paz no sirvió para cerrar ninguna herida en la sociedad. Por el contrario, queda demostrado después de todos estos años que no hablar ni ventilar nuestro pasado, ignorarlo y esconderlo ante las nuevas generaciones, no ha hecho más que mantener latente un dolor y un quiebre interno, cuya sanación no se mira próxima y cuya manifestación evidente es la violencia que continúa ahogándonos.

Olvidar este tipo de agravios es casi imposible. Para los sobrevivientes no existe consuelo o compensación alguna. Lo único que puede pedirse en estos casos es una restitución moral, porque ningún veredicto de culpabilidad o restituciones materiales o económicas podrán devolver la vida a las mil personas que fueron asesinadas en las terribles jornadas del 10 al 14 de diciembre de 1981. Tampoco podrán subsanar las heridas emocionales y psicológicas de los sobrevivientes, quienes 36 años después todavía sienten temor. Esto se manifestó en la petición de no hacer fotos o filmaciones de los testigos.

Es comprensible que no queramos saber de estos eventos. Son sucesos brutales, perturbadores. Pero ignorarlos, voltear el rostro para evadirlos y no aceptar que ocurrieron supone un arma de doble filo. Porque el olvido nunca ocurre, solo se silencia y se reprime para luego estallar en formas impredecibles. En la actualidad, el ánimo y los comentarios de parte de un sector de la población sobre lo que debe hacerse con la violencia pandillera, por ejemplo, es una caja de resonancia del final de los años setenta, de los años previos a la guerra.

Buscar justicia no es sinónimo de odio y resentimiento, como quieren hacer creer algunos sectores de la sociedad, los mismos que exigen que también se lleven ante la justicia los casos de matanzas ejecutadas por las fuerzas guerrilleras de aquel entonces. Por supuesto, quien tenga denuncias de masacres ocurridas durante la guerra, no importa su hechor, deberá juntar las pruebas necesarias y presentar la demanda correspondiente ante la justicia salvadoreña.

Cuando regresé a mi casa luego de haber asistido a la audiencia del 28 de septiembre, me pregunté una y otra vez cómo es posible continuar adelante después de sobrevivir a un evento como el descrito por la señora Chicas. Cómo se olvidan los gritos de los niños, la visión de la propia familia ejecutada, de todo el cantón destruido. Cómo se empieza a elaborar el duelo por 55 familiares, es decir, por absolutamente todos los miembros de una familia. Estoy segura que se trata de un dolor que jamás termina.
Escuchar a los sobrevivientes de El Mozote e informarnos sobre las audiencias judiciales es un deber moral que tenemos los salvadoreños. Es lo menos que podemos hacer para trasmutar el interminable desangramiento de nuestra sociedad. Porque si no escuchamos, comprendemos ni respetamos el dolor de las víctimas, será impensable olvidar y continuar la vida, como si nada de todo esto hubiera pasado.

El problema de la inspiración

¿En qué se inspira para escribir su obra? Es una de las preguntas frecuentes que se nos hace a los escritores. Tanto así que entre colegas la tomamos como broma, como una pregunta de cajón que refleja a un entrevistador poco preparado o nada interesado en la obra o en la visión particular de quien se va a entrevistar.

El problema con el concepto de la inspiración es que se cree que es un acto mágico. Se mira una flor, un atardecer, al ser amado y ¡zas!, se nos ocurre un poema, un cuento, una novela completa, a partir de lo cual solo falta sentarse a trasladar en palabras esa “inspiración” que se nos ocurrió.

Otra versión de este acto mágico de la inspiración en la escritura (o las artes en general) hace creer que basta sentarse, escenificar un ambiente idóneo (velas, incienso, música, té) y que en esos momentos provocados por la búsqueda de ideas va a acudir, presta y veloz, un hada invisible que nos tocará con su varita, verterá sus polvillos mágicos sobre nuestra cabeza y nos colmará de un proyecto literario completo, que se escribirá de un tirón y sin ningún tipo de retos o tropiezos.

Escritura instantánea y perfecta. Nada más alejado de la realidad.
Esa noción de la literatura como producto de la inspiración se riñe con lo que en realidad ocurre. Menos que una idea que surge de manera mágica en nuestras mentes, lo que hay es una predisposición emocional, pero también cerebral, para la escritura. En el libro “The Midnight Disease. The Drive to Write, Writer’s Block, and the Creative Brain” (no traducido al español), la neuróloga Alice W. Flaherty, investigadora sobre la biología de la creatividad humana, argumenta que la escritura ocurre debido a la actividad específica de algunas regiones del cerebro. Este viene conformado de manera que los estímulos externos o internos le brindarán las ideas, pero más importante aún, la estructura intrínseca y la capacidad de trasladar esas ideas y emociones a una forma de lenguaje.

La inspiración no es algo que puede salir a buscarse o provocarse. El escritor debe saber escucharse a sí mismo y saber distinguir entre el bullicio de su monólogo interno, las frases o las ideas que están allí y que tienen el potencial para representarse por medio de una historia.

Vamos archivando en nuestras mentes muchos pensamientos y recuerdos que de pronto, ante el estímulo más inesperado, nos presenta una película completa. Cuando el estímulo correcto aparece (una suerte de llave que abre ese candado bajo el cual tenemos en silencio esas historias), saltan a primer plano de nuestra mente con una fuerza abrumadora que nos obliga a escucharla y a escribirla.

Muchos escribimos para intentar comprender el mundo y la realidad. Para hacernos preguntas y contestarlas, desde un plano de honestidad que solamente la literatura puede permitir. Escribir historias, contarlas a otros, tiene que ver con nuestros inventarios personales de descubrimientos íntimos, es decir, tiene que ver con nuestra esencia humana, con el resultado de nuestras observaciones sobre la vida. Queremos compartirlo con alguien, con una persona, con alguien que lea y que comprenda exactamente de lo que estamos hablando. En cierta medida, se escribe para sentirnos menos solos en el mundo.

El estímulo más inesperado puede desencadenar una voz interna en el escritor, que empieza a contarse a sí mismo una historia, una larga y compleja historia, a partir de algo que vio, escuchó, leyó, pensó o sintió. Lo que el lector termina leyendo es una ínfima parte de un texto más complicado, que se desarrolla en varios planos de la imaginación y de la psique mientras lo vamos escribiendo.

Los escritores estamos preparados para reconocer esos chispazos o ideas detonadoras de historias en cualquier momento y circunstancia, sin tener que provocar el escenario para ello: en el embotellamiento del tráfico, en el supermercado, en la fila de espera de un banco, en medio de una conversación aburrida o del tedio laboral. La mente creativa no descansa nunca.

Supongo que ese inexplicable destello, esa idea inicial es de lo que hablan algunos cuando hablan de inspiración. Pero ese destello, ese “¡eureka!” no sirve para nada si no se traslada a la escritura. Thomas Edison decía: “El genio consta de 1 % de inspiración y 99 % de transpiración”. En dependencia de la intención de quien lo haya escrito, el texto jamás podrá ser tomado como literatura si no pasa por esa transpiración de la que habla Edison, un implacable proceso de trabajo.

La escritura tiene momentos misteriosos e inexplicables, no puede negarse. Quienes creen en la inspiración, podrán decir que son mágicos. Como cuando parece que alguien te está dictando un texto y uno se siente médium; o como cuando se nos repite mentalmente una frase extraña en la cabeza durante días y al escribirla, surgen varias páginas de un tirón y no se tiene ni idea de dónde salió todo aquello; o como cuando uno se obsesiona tanto por escribir un texto que no come, no duerme y no para hasta terminar, aún a costa de la misma salud física o mental.

Pero quienes asumimos el oficio de la escritura sabemos que el trabajo no termina ahí. Porque para plasmar en un texto esa misma pasión inicial que sentimos por la historia, se requerirá de un interminable número de revisiones; reescritura de párrafos o capítulos o del libro entero; botar, botar, botar, botar; ser inmisericorde con el texto y dejarlo en su mejor estado posible.
Esto puede tardar semanas, meses, años de trabajo de edición, que es la parte más difícil de la escritura. “Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”, dijo Picasso alguna vez. En la escritura, el ínfimo instante de la inspiración o el surgir de una idea no es tan importante como todo lo que viene después, que no es nada mágico. Porque la chispa de la supuesta inspiración es apenas el comienzo de toda una larga y compleja labor creativa.

Memorial del olfato

El olor a libros cuando abro la puerta de mi casa. El olor a libros cuando abro la puerta de mi estudio.

Olor de libro viejo. Olor de libro nuevo. Olor a tinta recién impresa.

El olor a comida en el vecindario. Olor a plátanos fritos, a carne asada, a sopa de res, a cebolla frita. Olor a frijoles que se queman en la olla. A pan quemado. A familias sonrientes sentadas ante una mesa pródiga en alimentos. Gente feliz comiendo comida feliz en ese mundo al que los tristes no podremos entrar jamás.

El olor del humo de la carretera Panamericana. El olor café y gris del esmog. El olor de los autobuses que viajan a occidente. El olor del interior de esos autobuses.

El olor a moho, a humedad. El olor a pino y cipreses de la casa de mi infancia en Los Planes de Renderos. El olor de los mangos podridos entre la hojarasca del parque Balboa. El olor de la hojarasca del bambú. El olor de las hormigas negras que caminaban en línea recta, siempre, sobre el filo de una pared de la casa. El olor de los príncipes negros en el rosal de mi padre. El olor del azahar en los naranjos del terreno. El olor amargo de sus hojas.

El olor del jugo de naranja recién exprimido, cada mañana. El olor del after-shave Old Spice que usaba mi padre. El olor a café con leche que se me quedaba estampado en la mejilla después que me daba el beso de despedida, cuando se iba al trabajo.

El olor del jabón Salvavidas que mi padre usaba para bañar a los perros de la casa. El olor de las gallinas. El olor de mis gatos. El olor a canela cuando el veterinario abrió el pecho de una gata muerta para hacerle una autopsia.

El olor de la mata de guineo cuando es cortada. La leche de sus entrañas manando pegajosa, la sangre blanca de la mata, el tronco llorando savia. Morir para que otros vivan. Nacer para que otros mueran.

El olor revuelto de pinos y mar al bajarme del carro al llegar a Isla Negra, en Chile. El golpe del olor del mar cuando el carro enfilaba en el cruce hacia San Diego, en los domingos familiares. Aspirar fuerte, acechar el olor, añorarlo, extrañarlo, desear sentirlo de nuevo. El verde aroma de los mares.

El olor dulzón de los ríos. El olor del lodo que se pudre en el fondo de los ríos. El olor a lluvia que viene contenido en una ráfaga de viento. El olor del aire cuando se acerca una tormenta, corriente abajo. Olor a agua. El agua que viene rodando con su cuerpo de nubes, elefantes de agua que se deshacen sobre el mundo. El olor de la tierra mojada. El olor de los verdes y las flores y los frutos. El olor de la vegetación que brota. El recuerdo del trópico húmedo, cuando era mujer de río.

El olor del polvo. El olor de lo reseco. El olor de la carretera a Panchimalco, cuando era un camino de tierra. El olor del incienso en la misa de peregrinos al terminar el Camino de Santiago, en la Catedral de Compostela. El olor a copal y estoraque en una ceremonia al Maximón, en Atitlán.

El olor de la cabina de un avión. El olor a motor, a combustible, el olor a grasa y metales voladores de los aeropuertos.

El olor de las funerarias. El olor a flores y perfumes revueltos que pesan en el pecho, que resultan nauseabundos. El olor de los hospitales. El olor de un asilo de ancianos. Olor a medicamentos y desinfectantes, a excrementos y tumores.

Funerarias, hospitales, aeropuertos comparten un olor común: el olor de las despedidas, el olor de la tristeza, el olor del llanto, el olor del final, el olor del adiós. El olor del dolor. Aunque hay excepciones. A veces nace un niño, retorna un ser amado, una vida se salva, una familia se reúne. Entonces son olores confundidos: besos, labiales, perfumes, lágrimas, saliva, un mínimo aliento alcohólico debido al trago que se bebió para tomar valor de decir una verdad importante, el pelo, el cuello, el ácido de un sudor. El olor de dichas circunstancias es el resultado de la mezcla a dosis iguales de alegría, alivio, miedo, ansiedad, nerviosismo. El amor va en dosis doble. Siempre.

El olor a pan tostado por las mañanas. Olor a café recién molido, a café recién hecho. El olor del pan recién horneado en las panaderías del centro de San Salvador. El olor a humo de madera cuando se encendía el fogón de la cocina en la finca de enfrente. El olor de la ceniza.

El olor del cigarro que alguien fuma en la calle. Nostalgia de mis días de fumadora, de fumar tabaco de hebra y enrollar mis propios cigarrillos.

El olor a sangre en un matadero, recién realizado un destace. El olor de la fritura de los primeros chicharrones. El olor de la pimienta que casi siempre me hace estornudar. El olor del chile jalapeño que me hace salivar. El olor de la cebolla que me hace llorar.
El olor de la pólvora quemada después del frenesí de las medias noches de fin de año. El olor de la esperanza. El olor de la pólvora de un disparo.

El olor de una casa nueva. De una casa recién pintada. El olor de las cosas nuevas, del plástico que las envuelve.

El olor de una Pilsner Urquell cuando te acercás el vaso a la boca para tomar el primer trago. El olor de los barcos que entraban a las esclusas de Saint-Nazaire. El olor de comida turca y salchichas en las calles de Berlín. El olor de un árbol de ylang-ylang en Tortuguero.

El olor de jazmines en una calle de Coatepeque.

El olor como una forma de recuerdo.