Carta Editorial

Gregorio Rosa Chávez es un hombre que desde la Iglesia a la que representa ha visto en la labor educativa una manera de edificar comunidades. Así se refleja en el perfil que forma parte de esta edición.

El periodista Moisés Alvarado reúne una serie de escenas que se escapan del protocolo con el que por lo general se maneja una persona en su cargo. En estos retazos de la vida de Rosa Chávez hay risas, preocupaciones, alegrías, nerviosismo; en fin, espontaneidad.

Uno de sus legados más valiosos es el que ha dejado en el Complejo Educativo San Francisco. Y es de este lugar de donde se arranca la parte más sensible de su influencia. Los alumnos ven en él a alguien que ha ayudado a hacer de su proceso educativo algo más integral.

Bajo su cargo, como reseña el personal de la institución, el complejo ha crecido en infraestructura y también en la calidad de la enseñanza que se imparte. Una muestra más de que el camino más efectivo para la transformación de un país es este en el que se enseña a las nuevas generaciones a elevar cada vez más lejos sus ambiciones.

Monseñor Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, viajará a Roma el 28 de junio para ser nombrado cardenal, el primer cardenal del país.

En sus primeras reacciones no ha dejado de nombrar a Monseñor Óscar Arnulfo Romero y al sacerdote Rutilio Grande, ambos asesinados en un intento por callar las injusticias de las que ellos hablaban y que siguen vigentes en muchos sentidos. Rosa Chávez evoca sus figuras y sus palabras, una semilla con un efecto transformador en esta sociedad tan sedienta de modelos.

Carta Editorial

El dilema acerca de cómo equilibrar subsistencia y conservación del medio ambiente ya alcanzó al Parque Nacional Montecristo. La primera disputa es por el agua.

De las más de 7,000 hectáreas, solo unas 2,000 están protegidas por ley. El resto es la zona de amortiguamiento, que es indispensable para poder mantener en buenas condiciones la zona protegida.

La constante deforestación de la zona de amortiguamiento hace que cada vez se capte menos agua. Si en la época sin lluvia es esperable que se reduzca el caudal los riachuelos y las quebradas, lo que no es normal ni sano es que se sequen.

En la zona de amortiguamiento hay comunidades. Las comunidades obtienen ingresos de la agricultura de subsistencia. Extensiones que antes eran bosque ahora se usan para cosechar lechugas. La eterna lucha va acerca de cómo resolver las necesidades inmediatas sin llevarse por delante las necesidades más integrales, esas que implican conservar el bosque, aunque a corto plazo esto no dé ingresos económicos.

En esto hay mucho de conciencia, de educación, como se relata en el texto. Pero también caben la desigualdad y la injusticia. A estas poblaciones cercanas a la invaluable zona de Montecristo, ¿qué otras opciones se les han dado? ¿Son estas otras de las poblaciones aisladas y marginadas a las que al final de cuentas no les queda más que hacer parir la tierra para comer?

Un ecosistema no es otra cosa que algo que funciona con base en conexiones entre todos los que lo integran. No tiene caso no involucrar a los habitantes cercanos como parte del bosque. No se les puede poner en una situación en la que lo único que les quede es ir a la contra y hacer daño.

Las consecuencias vistas hacen evidente que urgen nuevos planteamientos, otras maneras de hacerle frente a esta realidad. No se puede alargar más el drama.

Carta Editorial

El reportaje que abre esta edición describe la manera en la que un grupo de personas se apoya para ejecutar un cambio en su vida: buscan dejar de fumar.

El texto de la periodista Valeria Guzmán es una mirada a ese mundo de luchas diarias por dar una respuesta consciente a una necesidad creada. Esa respuesta es “no”: “No fume”,”no compre cigarros”, “no recaiga”, “no se aísle”, “no desista”, “no está solo”.

Salvar la distancia entre el querer dejar el cigarro y hacerlo está llena de obstáculos. Muchos pasan por resolver en el camino problemas emocionales. En este país en donde se hace muy poco por ver hacia adentro y por reparar las heridas que están ahí, que haya una clínica en donde las personas hablan de las dificultades y celebran sus triunfos en conjunto es tan inusual como esperanzador. Es un acierto que va más allá del cigarro.

Algunos de los usuarios de esta clínica empezaron a fumar cuando eran niños o adolescentes. Después de encender cigarros durante la mayor parte de su vida, llegan a la clínica a empezar a entender cómo y por qué este vicio acabó siendo algo de lo que les cuesta tanto desprenderse. Este ejercicio es clave para hallar las vulnerabilidades; unas que se repiten generación tras generación.

“Mi problema son las emociones”, confiesa un usuario de esta clínica. Lo confiesa ante un grupo que lo apoya y que se identifica con lo que dice ¿Cuánto dolor se podría acortar si el sistema enfocara más recursos en prevenir, en atacar no solo el consumo, sino que las razones que llevan a una persona a consumir sin control? Esta clínica no solo ayuda a quienes sesión tras sesión cuentan días sin fumar. También hace aportes en esa investigación acerca de cuáles son las rendijas a través de las cuáles los vicios se instalan.

Medellín y las llaves de un periódico

A la baja. Medellín se asienta entre montañas. En 1991 registró una tasa de 266 homicidios por cada 100,000 habitantes. La del año pasado fue de 20 por cada 100,000.

 

“El periodista cayó al suelo intimidado por el cañón del revólver que le restregaban en la frente. No sintió la aspereza del piso de ladrillo, un material en desuso que las dos ancianas, dueñas del local en donde se distribuía la prensa, se negaron a cambiar oponiéndose al inútil lujo de las baldosas. No tuvo tiempo para el miedo, todo, como suele ocurrir en estos casos, fue tan imprevisto y vertiginoso que apenas habían transcurrido unos cuantos minutos desde que dejó a su madre en la puerta de la iglesia y ahora estaba allí tirado, con la muerte babeando sobre su cara.  Tampoco sintió el peso del sicario que se le paró encima mientras le escupía el término ‘gonorrea’ y lo amenazaba con el gatillo a punto de decidir la suerte mortal que estaba tras el ‘sí’ o tras el ‘no’.

Decí que ya no trabajás más para ese pasquín, que ya no tenés que ver con él, que estás por fuera. Es una orden del ‘Doctor’. El Espectador se va porque se va, y no queremos a nadie que tenga nada que ver con ese periódico de mierda. Confesá o te vuelo la cabeza”.

Era octubre de 1989. “El Doctor” era Pablo Escobar. Y “gonorrea” empezaba a popularizarse como insulto de la mano de sicarios en Medellín, Colombia. Así arranca “Las llaves del periódico”, un libro firmado por Marco Antonio Mejía y Carlos Mario Correa en el que se cuenta cómo era seguir haciendo periodismo en medio de la flagrante persecución que mantuvo el cartel de Medellín contra El Espectador.

 

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Libro. La primera edición de “Las llaves del periódico” salió en abril de 2008, bajo el sello del Fondo Editorial EAFIT. Es parte de la Colección Testigos, dedicada a difundir literatura sin ficción. Hay una versión digital a la venta en www.casadellibro.com.

El primer sueldo que Carlos Mario Correa cobró en El Espectador fue de unos 23,000 pesos colombianos, al cambio de hoy, cerca de $20. Para entonces, la presión del cartel de Medellín para acabar con este periódico incluía acciones como la de mandar coronas de flores con los nombres de los periodistas o de cualquier otra persona involucrada con el medio a quien quisieran amenazar de muerte. “Me dejaban el sueldo en tiendas y en otros negocios de conocidos de la administradora, yo nunca conocí a la administradora, no podía, era muy riesgoso, tampoco podía tener amigos, ni novia”, cuenta Correa en un restaurante de un Medellín que se antoja ya demasiado lejos del que él describe, pero que, en esencia, sigue siendo el mismo.

Si se tuviera que dibujar la voz de Carlos Mario Correa, sería una línea muy estable. Su monótona forma de hablar no impide que un público compuesto por más de una veintena de periodistas le entregue una atención imperturbable a pesar de que hay una vista hermosa del otro lado de los ventanales y un caldo humeante de frijoles y carne sobre la mesa. La razón de esta entrega está amarrada al peso del trozo de historia que cuenta este periodista que inició su carrera en 1988, cuando tenía 23 años de edad. En ese tiempo, la forma en la que el mundo se refería a este territorio montañoso era por medio de un cartel de droga y todas las violencias que había desatado.

Correa decidió ser periodista en lugar de carnicero, el oficio con el que pagaba sus estudios.  La sangre, a pesar de la decisión que tomó, nunca se alejó de su día a día. El Espectador era un medio amenazado por Pablo Escobar, quien había logrado acumular dinero y poder a punta del sicariato y la droga. Correa entró a esta redacción de la mano de la idealización y el romanticismo que implicaba trabajar en el mismo medio que había visto nacer a la máxima figura de la literatura y le periodismo colombiano: Gabriel García Márquez. Pero esa aura desapareció tan pronto escuchó las primeras llamadas telefónicas del “Doctor” y su gente.

“Me di cuenta de que llegué a sustituir a otro periodista que había tenido que salir huyendo para Bogotá bajo amenazas de muerte”, cuenta. Este periódico ya había recibido un golpe brutal un par de años antes, cuando el director, Guillerno Cano Isaza, fue asesinado en Bogotá. La orden vino de los señores de la droga, esos a los que por estos días se les vende como líderes sociales y a quienes se les caricaturiza la violencia en series de televisión y películas. Por aquellos días, todas las sedes de El Espectador estaban bajo amenaza, en especial la de Medellín.

Correa fue periodista de nota roja en uno de los lugares más golpeados y menos contados de Colombia en una época en la que el silencio selectivo era usado como medida de seguridad.  Cubrió masacres e incluso las muertes de sus propios colegas, sus amigos. A esas pocas personas con las que podía tener alguna relación, el cartel se las fue matando.

Culto. Pablo Emilio Escobar fue abatido por las balas de las fuerzas públicas el 2 de diciembre de 1993, mientras intentaba huir por un techo. Todavía hoy hay quienes le rinden culto a un hombre que aplicó la violencia sistemáticamente hasta dominar el negocio de la droga.

Acá se entiende ese tono desengañado y pleno de dolor añejo con el que confiesa que “no era periodista preguntón, no hacía tumulto en la rueda de prensa; iba a las comunidades y escuchaba”.  Correa escribía crónicas sobre muertes violentas mientras él mismo pensaba en cómo iniciar y terminar su jornada diaria en el periódico sin convertirse en una víctima más. Su método pasaba por escuchar con el mismo respeto con el que le hubiera gustado que lo escucharan a él.

Cuando lo contrataron, Correa tuvo la sensación de que por fin había llegado a ser parte de algo grande, de un periódico que, aunque no tenía la circulación de El Tiempo, era “el mejor” por la valentía con la que defendía sus convicciones editoriales. Pero en medio su emoción por comenzar a ejercer, se tuvo que dar cuenta de que algo no cuadraba con lo que tanto había idealizado de una redacción. El rótulo grande y orgulloso que antes identificaba la sede de El Espectador había sido sustituido por un adhesivo de 5 por 2 centímetros colocado en una de las ventanas. Era un anuncio sin sentido, porque comunicaba algo que en realidad no se quería divulgar.

En la medida en que aumentó en la región la violencia ejercida por los carteles de droga, las sedes de El Espectador se fueron volviendo cada vez más secretas. Correa llegó así a trabajar en un edificio en el que ninguno de sus vecinos sabía que él era el periodista de El Espectador. Dejó de firmar las notas y cada vez que se enteraba de que su ubicación había sido descifrada, se mudaba. En el apuro de huir, se fue llevando en el bolsillo las llaves de cada lugar que albergó la redacción clandestina. Se convirtió en el hombre que tenía las llaves del periódico.

“Esas amenazas se hicieron reales al mediodía del 10 de octubre de 1989. El periodista escuchó asombrado la voz de un niño que, al otro lado de la línea telefónica, le anunciaba que al papá -Miguel Arturo Soler Leal, jefe de circulación de El Espectador en Medellín- le habían disparado en el camino a casa en el occidente de la ciudad. Apenas si había colgado cuando una segunda llamada le informó sobre el asesinato de Martha Luz López, gerente regional de El Espectador y encargada de la venta de publicidad.

No quiso responder la tercera llamada, pero la insistencia del timbre obligó al jefe de redacción a atender el teléfono. La persona que llamó se identificó a nombre de Pablo Escobar, pidió que grabaran el mensaje y lo mandaran a Juan Guillermo y Fernando Cano, directores del periódico en Bogotá: esta es una voz de alerta, y lo que digo es definitivo: no queremos volver a ver ese pasquín en Medellín; ustedes, los que quedan, tienen tres días para desocupar, váyanse a trabajar a El Tiempo, al Colombiano, al Mundo, o a otra empresa, pero El Espectador, por a o por b, y por orden del ‘Doctor’, tiene que dejar de circular en Medellín, no responderemos por las vidas de los que sigan ahí”.

El jefe de redacción quedó inmóvil. Sin colgar el teléfono, le sobrevino un llanto nervioso que en cuestión de instantes lo sacó de sí. La amenaza le reveló que estuvo a punto de ser víctima de su propia rutina. Religiosamente, cada mediodía, y por encima de cualquier urgencia o noticia extraordinaria, suspendía su trabajo para buscar el almuerzo. Se estaba preparando para salir cuando llegó al periódico la terrible noticia de la muerte de sus dos colegas. Los extras noticiosos que empezaron a pasarse por la radio confirmaron el asesinato selectivo de sus compañeros de El Espectador. Quizás en alguno de los lugares que elegía para su rutina de almuerzo, los sicarios también lo estaban esperando”.

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El Medellín de hoy  presume de un metro cable. Son un conjunto de góndolas que hacen en 30 minutos  un trayecto que antes tomaba horas y que nadie hacía no por problemas de incomodidad, sino porque al llegar a La Sierra, era recibido a balazos.

La Sierra es el barrio más al oriente de una ciudad llena de desniveles. Esta zona alta en particular ofrecía acceso a una carretera y grandes extensiones de terreno por donde se trazaron rutas para secuestros y para tráfico de armas y drogas. “Estos eran barrios fantasma. Cualquier extraño que ingresara aquí era recibido a balazos”, explica la periodista Mariluz Avendaño, de El Espectador.

La paz de Medellín sabe a poder tomar una cerveza de madrugada en medio de un parque rodeado de bares o en una arteria como la 10, en donde se mezclan ritmos tropicales, olor a arepa y el perfume de quienes buscan divertirse porque pueden. Esta paz se dibuja en la emoción de una comunicadora de una institución de Gobierno que cuenta cómo el gran proyecto de las bibliotecas logró que comunidades hundidas en la violencia empezaran a identificar como propio algo que no era el conflicto.

Esas bibliotecas fueron el punto de entrada para que un proyecto mayor de apertura de oportunidades calara en una población que, sin los señores de la droga, se había quedado huérfana de figuras carismáticas de las que colgar ambiciones.  “A mí lo que más me sorprende es ver a la gente en la calle”, explica Mariluz mientras desde la góndola, al final de la tarde, observa a una gran cantidad de gente de los barrios aledaños a La Sierra hacer vida social, con todo lo que implica. Nadie como ella, que ha visto la guerra, puede valorar tanto esta tranquilidad rutinaria.

Medellín, este Medellín de bibliotecas comunitarias y metro cable, no es perfecto. El año pasado, la cantidad de asesinatos aumentó, pero sin que esto representara una tendencia: la tasa se mantiene en 20 asesinatos por cada 100,000 habitantes. En 1991 este indicador llegó a ser de 266 homicidios por cada 100,000 habitantes. Esta paz que tiene, sin embargo, alcanza a verse en forma de letrero luminoso, uno que brilla sin pena en una transitadísima esquina que aparece mientras se va del armonioso barrio Provenza al no menos elegante Poblado. El letrero, sin más, dice: El Espectador.

Esta no es sede de una sala de redacción. El letrero apenas anuncia que ahí se vende sin ningún tipo de riesgo ni restricción El Espectador, entre otros más.

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A la hacienda Nápoles  o a la antigua cárcel de Envigado, conocida como La Catedral, este Medellín de hoy ofrece por lo menos seis recorridos turísticos que se enmarcan en la cultura del narcotráfico, esta que tantos récords de expectación redituables deja en series y películas. Correa, como alguien que sobrevivió a la violencia desbocada sobre la que se construyeron esos imperios, considera que es un error de empatía, de falta de respeto para con los que cargaron con la peor parte. “A los que más mataron fue a las personas que vendían el periódico, a los que estaban en publicidad”, en otras palabras, a los que no incidían en el contenido editorial que tanto odio sembraba en “el Doctor”.

A la reflexión que pone cara a cara al periodismo de antes con el de hoy que se realiza en el marco del IV Investigatón organizado por la red de periodistas CONNECTAS, Correa le pone una frase pegajosa que guarda una verdad tan complicada como vigente: “Pablo Escobar no corrompió a los políticos, los políticos lo corrompieron a él. Todo se arruinó más desde que él quiso entrar en la política”.

Cuando Pablo Escobar cayó abatido por las balas de las fuerzas públicas, el 3 diciembre de 1993, Correa hacía lo de siempre, su trabajo desde el anonimato. Su madre fue la primera que pudo localizarlo para darle la noticia acerca de la muerte de Escobar.  “Si he sentido felicidad, creo que fue en ese momento”, explica.

Hay fotografías de ese día, en una, el cadáver del narcotraficante yace de lado sobre tejas de barro rojo tan característico de Medellín; la cara, ensangretada, y alrededor, en la misma formación de cualquier equipo de fútbol, posan ocho hombres con armas largas, seis de ellos llevan uniforme color verde olivo. Todos sonríen victoriosos, pletóricos de triunfo ante una persona muerta. La felicidad, al final de un proceso tan traumático, puede ser complicada, difícil de explicar y de reconocer, como esta que Correa confiesa micrófono en mano, mientras las cámaras de los teléfonos celulares le apuntan.

La muerte de Escobar obligó a un proceso de reorganización en todos los sentidos. Correa acabó desligado de El Espectador porque, prácticamente, lo que él hacía ya no encajaba en los intereses de los nuevos dueños. Ni siquiera llegaron a Medellín a despedirlo, a control remoto le pidieron que entregara las propiedades del medio. Acabó mandándoles muy poco, casi todo el equipo con el que había estado trabajando era de él.

El rótulo de El Espectador que brilla en la esquina para cualquiera que viene de Provenza a Poblado no significa nada para Correa. A pesar de que hay en la junta directiva un representante de la familia Cano, este periodista prefiere desmarcarse, no es El Espectador por el que podía haber muerto mientras un sicario le aplastaba la cara contra un suelo de baldosas: “Al final, el último golpe no vino de Pablo Escobar, sino que de la empresa periodística”.

Inaccesible La Sierra estuvo durante décadas secuestrada por la violencia de las bandas de traficantes que la querían usar como salida de armas y drogas. Era un territorio al que no se podía ingresar.

Carta Editorial

Tenemos un país que no está escrito. Es difícil que se construya una identidad fuerte y una memoria histórica sana si no se promueve que a este país, a este todavía intento que siempre insistimos en llamar país, se le retrate más desde las letras. Todo punto de vista es válido porque de lo que se trata es de plasmar la diversidad sin contaminarla con la polarización que está presente en casi todos los sentidos. Las letras dan a los pueblos la capacidad de acercarse a posturas distintas a la propia sin calores, pero con intensidad y emotividad. La edición de hoy abre con una entrevista de la periodista Valeria Guzmán al escritor Miguel Huezo Mixco en el marco del lanzamiento de su segunda novela, “La casa de Moravia”.

Además de una motivación literaria, el texto explora el proceso tan natural y muy humano de cambiar. Se cambia con las circunstancias, con el entorno, con las personas que nos rodean, con el paisaje que vemos desde la ventana (cuando tenemos una ventana). Se cambia con la luz y los sonidos. Es imposible que una persona se mantenga siendo la misma siempre. Nadie puede sostener posturas rígidas porque eso no da lugar a la posibilidad de ser mejor persona. Y esto es lo que nos ha venido haciendo tanta falta como sociedad. No hemos naturalizado el cambio constante. Solo nos definimos en función de ese a quien creemos opuesto, pero no lo consideramos igual, sino que inferior.

Esta entrevista dirige la atención a las distintas versiones de una persona. Miguel Huezo Mixco hace un recorrido no solo temporal, también lo hace en lo personal. El resultado es sensible, emotivo y en muchos puntos, académico. Un ejercicio indispensable en lo individual y en lo colectivo. A El Salvador falta escribirlo más.

Carta Editorial

Las estrategias actuales en seguridad pública parecen un eslabón más de una larga, muy larga, cadena de errores. La de este país es una sucesión de violencias y aún con los terribles resultados obtenidos, seguimos aplicando la fórmula de devolver golpe con golpe, bala con bala. Lo que nos ha quedado es un país al que cada vez le urgen más cementerios.

Ante los altos índices de impunidad que reflejan una muy limitada capacidad de investigación y un todavía más débil músculo de prevención, lo que queda es reprimir. Cuando la represión es la primera opción, se adelgaza mucho la línea entre ejercer la fuerza dentro del marco institucional y el abuso de poder.

La desesperación por conseguir resultados inmediatos, de esos que se ven bien en las campañas electorales, va dejando una estela de víctimas no reconocidas a las que, además, se les niega el derecho a la denuncia y con ello el acceso a la justicia.

Esto, la denuncia, es precisamente lo que hace particular e ilustrativo el caso de Andrés. El periodista Moisés Alvarado hace en esta edición un relato sensible y directo del testimonio de este joven a quien instituciones internacionales han dado crédito, respaldo y apoyo.

Andrés logró lo que pocos: que alguien lo escuchara y creyera en su versión, esta en la que quienes acabaron golpeándolo eran, en realidad, los llamados a protegerlo a él y a la comunidad.

Las autoridades de un país que se precia de buscar con tanta insistencia acabar con esta violencia que se asume como piedra de tropiezo para el desarrollo no pueden obviar voces como las de Andrés. Lo peor que se puede hacer en este momento de la historia es pretender que no existen o que son aisladas. Cerrar los ojos, taparse los oídos y negarlo no va a hacer que desaparezcan.

Carta Editorial

Esta edición cierra el especial sobre mujeres que hemos mantenido a lo largo de los cuatro domingos de marzo. Este ha sido un repaso por situaciones complejas que tienen que ver, sobre todo, con acceso a la salud, a la educación y a la justicia.

Ser mujer implica riesgos en un Estado que no termina de definir medidas que abonen a la equidad de género. Así, El Salvador es uno de los países en donde es posible que una niña menor de 15 años formalice una unión con el adulto que, en términos definidos en el Código Penal, ha abusado de ella. Son niñas que se enamoran y llegan a acompañarse o a casarse con sus violadores en un entorno que, la mayoría de veces, está marcado por carencias de todo tipo.

Si aquí la institucionalidad funcionara, si se respetaran los derechos de las niñas y si se les dieran suficientes oportunidades de desarrollo, entonces sería mucho más sencillo entrar a analizar la situación. Pero las relaciones de las menores de edad con adultos esconden una gran cantidad de fracasos, en esto de garantizar que las necesidades básicas de los ciudadanos estén satisfechas.

La primera que sale mal parada es la educación. Cuando una niña no conoce sus derechos y tampoco sabe cómo funciona su cuerpo se convierte en una fácil presa de depredadores que han sido criados en un sistema que, además, les hace creer que tienen ventaja sobre los cuerpos femeninos, que les hace sentir que pueden tomarlos a como dé lugar y en el momento en el que se les antoje. Cuando las familias no tienen acceso a servicios de salud, a vivienda digna, a oportunidades de obtener ingresos tampoco pueden cumplir sus papel como protectoras. Las niñas a las que las circunstancias llevan a la unión o a la maternidad temprana son víctimas en muchas escalas y se convierten, dadas todas las dificultades que enfrentan, en parte de un círculo de pobreza y subdesarrollo. Parar las acciones que perpetúan esto es urgente.

Violadores que enamoran a niñas

La razón de una amplia discusión en el tribunal fue el himen, una membrana que hace estrecha la vagina. “No habían rupturas recientes ni antiguas, solo que el himen se encontraba en una forma dilatado; que al referirse que el himen es dilatable, es porque el himen tiene un orificio bien amplio, y este tipo de himen permite la penetración sin ruptura, que podría ocasionarse una ruptura con esta clase de himen si la penetración se hiciera con violencia”. La membrana que se describe es la de Roxana*, una menor de 14 años que empezó a ser novia de Antonio* cuando tenía 11. Él, dice ella, le escribía papeles en los que le decía que era bonita y la quería. Antonio es un adulto desde antes de que empezaran a ser novios. Antonio tuvo relaciones sexuales con Roxana en un marco de ventaja, pero de esa ventaja emocional y madurativa se habla poco en el tribunal. Es junio de 2013 y en la sala se discute más la condición del himen de Roxana porque Antonio está acusado de violación en menor incapaz.

Toda relación sexual con una persona menor de 15 años se considera delito, según el artículo 159 del Código Penal. “El que tuviere acceso carnal por vía vaginal o anal con menor de quince años de edad o con otra persona aprovechándose de su enajenación mental, de su estado de inconsciencia o de su incapacidad de resistir será sancionado con prisión de catorce a veinte años”. Antonio y Roxana se veían de noche en el patio de la casa de ella ubicada en una zona rural de Chalatenango en donde los cercos no representan protección.

Uno de los aspectos en los que más se hizo énfasis en el tribunal cuando Antonio fue acusado fue la condición del cuerpo de Roxana. El cuerpo de la adolescente tenía que aportar pruebas suficientes del delito de Antonio. Roxana, que no completó el quinto grado, llegó a esta cita judicial a enterarse de cómo funciona su cuerpo. Hasta entonces supo, por medio de peritos que la examinaron, que el himen es una membrana que puede dilatarse, es decir, estirarse sin romperse. Supo que la virginidad no es un sello, que no se puede decir si alguien es virgen solo porque tiene una membrana. Supo que los peritos pueden calificar su himen y el de ella lo calificaron como “complaciente”.

En síntesis, los peritos indicaron que no se podía afirmar y tampoco negar que ella hubiera tenido relaciones porque no había eritema. El eritema es una lesión que se puede o no se puede encontrar en personas que empiezan a tener relaciones sexuales. Ella no tenía eritema, no porque nunca haya tenido, sino que porque llegó a las instancias legales cuatro meses después de que su novio, Antonio, la convenciera de tener relaciones sexuales. “Es un himen que puede permitir la penetración, pero también va a depender de la contextura de la persona, en este caso ya era una señorita grande (a los 14 años para un perito ya se es “grande”), el himen es más amplio y después de cuatro meses era muy difícil… a menos que hubiere violencia, que encontraría un eritema”, concluyeron.

No hubo violencia, pero de acuerdo con la resolución del tribunal en el que se ventiló el caso, hubo insistencia de parte de él. “La primera vez que tuvieron relaciones el joven, Antonio, le insistía, pero ella no quería acceder; hasta que la convenció y la acostó en el suelo, quitándole la ropa y se le subió encima y comenzó a introducirle el pene en su vulva, manifiesta ella que era su primera vez y le dolió bastante, pero Antonio le decía que se iba a hacer cargo de ella si la familia se enteraba”, se lee en la sentencia. Antonio le alumbraba con una lámpara la ventana a Roxana para que saliera a las 10 de la noche cada tres o cuatro días. En esas citas tenían relaciones sexuales. Roxana define como relaciones sexuales a que él le quitaba el pantalón, el suéter, la blusa y el blúmer, la acostaba en el suelo de tierra, cerca de la letrina y metía el pene en su vulva. Algo de lo que se habla muy poco en el tribunal es que Antonio se preocupaba por siempre llevar condones. Uno de los condones usados fue encontrado por la madre de Roxana, quien lo desechó en la letrina de hoyo.

Este caso no se hizo visible por un embarazo, sino porque la madre de ella los sorprendió en una ocasión. Mandó a llamar a Antonio y él, contrario a lo que le había dicho a Roxana acerca de que se iba a encargar de todo, lo negó. Dijo a la madre que él no le había hecho nada a Roxana. La madre, entonces, colocó la denuncia bajo el argumento de que “no quería que nadie les faltara el respeto a sus hijas”. Evitó que el contacto entre su hija y Antonio continuara, no sin antes darle un castigo físico a Roxana, como consta en la resolución, le dio “dos chilillazos en las nalgas”.

En el tribunal se consideró a Roxana una persona con un desarrollo cognitivo suficiente como para dar una declaración detallada y ordenada. Esto a pesar de que solo llegó al quinto grado de la educación formal y de que no tenía mayores oportunidades de formación y su madre tampoco. El tribunal halló inconsistencias en la declaración de Roxana, como que, por ejemplo, en una etapa del proceso dijo: “No quiero que se lo lleven, no me ha hecho nada”. En estas instancias legales se reconoció a Roxana como una niña enamorada que tenía un himen que pudo permitir ser penetrado sin romperse. En el cuerpo de Roxana no hallaron pruebas suficientes. Y de la mente, el cuerpo o la intención de Antonio no se dijo mucho. Antonio fue absuelto de los cargos.

Una de cada tres mujeres de 20 a 49 años estuvo embarazada antes de cumplir 18 años; y una de cada cuatro estuvo unida a un hombre antes de esa edad, de acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Salud 2014. “Tanto la unión como el embarazo temprano son resultado de circunstancias que están fuera del control de la niña y la adolescente, las cuales le impiden tomar adecuadamente decisiones clave sobre su vida”, dice el informe Maternidad y Unión en Niñas y Adolescentes firmado por varias instituciones internacionales y de gobierno. También sentencia: “Las uniones y los embarazos antes de los 17 años son producto de la violencia social que sufren cotidianamente, lo cual no es asumido como tal por la sociedad y el Estado”. Casos como el de Roxana, en donde se interpuso una denuncia sin embarazo de por medio, siguen siendo una excepción a la norma.

No asumir esa violencia sexual contra las niñas impacta en la cantidad de denuncias que se hacen. Además de lo establecido como violación en menor incapaz en el artículo 159 del Código Penal, el artículo 163 señala que el delito de estupro consiste en que “el que tuviere acceso carnal por vía vaginal o anal mediante engaño, con persona mayor de quince años y menor de dieciocho años de edad será sancionado con prisión de cuatro a diez años”. Ambos artículos se aplican a mayores de edad que abusan de menores de edad. Cuando la relación es entre menores de edad, no hay delito, pero sí consecuencias.

En las inscripciones prenatales del año pasado hay 11,194 niñas de 10 a 17 años de edad, según el Ministerio de Salud. De ellas, 1 de cada 10, tenían menos de 14 años. “Estos datos que resultan particularmente alarmantes, por una parte por el alto riesgo que significa para la vida de las niñas de dichas edades que han sido embarazadas, y por otra porque la legislación salvadoreña establece que toda relación sexual con una adolescente menor de 14 años constituye delito, es decir que estamos ante la presencia de una problemática que demanda urgente atención y la más alta prioridad en la agenda nacional”, demanda el “Mapa de embarazos” más reciente, presentado en 2015.

El año pasado se presentaron dos informes que detallaban la situación del embarazo en adolescentes, pero también hicieron visible la situación de estas niñas con sus parejas, estos fueron el “Mapa de embarazos” y “Maternidad y Uniones en Niñas y Adolescentes”. “¿Cuál es el patrón que se ve? Que adultos de diferentes edades han estado teniendo relaciones sexuales con niñas de 14, 10, nueve, ocho años. Y el caso sale a luz pública cuando la niña sale embarazada, pero han estado unidas a estas personas desde antes, muchas veces esa unión tiene un carácter legal que contradice el Código Penal”, explica Hugo González, representante del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

Solo entre las niñas de entre 10 y 12 años, el 29 % ya estaba unida antes del embarazo, según el informe “Maternidad y Uniones de Niñas y Adolescentes” que se elaboró con datos de 2012. Además, se encontró que 17 % tenía una pareja que la superaba por 10 o más años de edad. Es decir, niñas de 12 años unidas y embarazadas de hombres de 22 años, por lo menos.

“Estas uniones de niñas y adolescentes con parejas mucho mayores que ellas suponen una relación extremadamente desigual de poder que las excluye de la posibilidad de tomar decisiones sobre su vida”. En este grupo de niñas de 10 a 12 años, que son las más jóvenes que toma en cuenta el estudio, 1 de cada 10 estaba casada con su violador. Esta acción ha implicado el aval de sus padres o tutores para que esa niña embarazada adquiera un compromiso legal con una persona que, por ley, debería ser procesada por violación en menor incapaz.

En el camino para establecer el perfil de las relaciones sexuales en menores de edad, la Encuesta Nacional de Salud 2014 señala que el 7 % de mujeres entre los 15 y los 49 años se casaron o se acompañaron antes de tener 15 años. Mientras que en este mismo grupo de edad, el 29 % se casó antes de los 18 años de edad, es decir, 3 de cada 10 mujeres en el país ya había formalizado una unión antes de alcanzar la mayoría de edad. Y el 10.6 % de las mujeres que al momento de la encuesta tenían entre 15 y 24 años habían iniciado relaciones sexuales antes de cumplir 15 años. “La tendencia que se está observando es que los adolescentes están teniendo relaciones sexuales cada vez a más temprana edad”, explica González, representante del UNFPA.

Las consecuencias de unirse o salir embarazada a tan temprana edad “obliga a las niñas a transitar a la vida adulta de manera abrupta y sin estar preparadas para ello”, dice el estudio. Las niñas dejan su papel y se convierten en responsables de la casa y de su hijo. Tendrán menos tiempo para actividades educativas o las interrumpirán definitivamente. Lo que las dejará sin oportunidades de optar por empleos que les ofrezcan una mejora en la calidad de vida de ellas y de sus familias.

Solo el 34 % de niñas embarazadas entre los 10 y los 14 años nunca había estado como conviviente con un hombre antes de concebir. Y entre las de 15 a 17 años, el porcentaje baja a 15. “Este resultado sitúa un marco de análisis diferente. No se busca determinar entonces los factores que conllevaron a la ocurrencia del embarazo y la maternidad –pues los mismos están ocurriendo dentro de una unión previamente formada– sino en los factores que determinan la ocurrencia de la unión a las edades reportadas”. En otras palabras, el estudio plantea al país la necesidad de saber por qué las niñas se están uniendo a tan temprana edad y, en la mayoría de casos, con hombres que son sus violadores.

Pedro es un hombre de 42 que se acompañó con una mujer de edad similar. La mujer tenía tres hijos, entre ellos una niña de 13 años que estudiaba en una institución educativa privada. Pedro solía ingerir alcohol, cuando lo hacía, maltrataba a su pareja, por lo que era usual que ella se ausentara de la casa que compartían en un municipio de Usulután. Se iba y dejaba a los tres hijos con Pedro.

Pedro, de 42 años, empezó a decirle a María*, de 13, que la quería y que él pronto iba a separarse de su mamá para estar solo con ella. María contó a los peritos que investigaron su caso que él empezó a darle besos en la boca y que, al cumplir 14 años de edad tuvieron relaciones sexuales en la misma habitación que él, su padrastro, compartía con su madre.

Una vez, María se estaba vistiendo tras mantener relaciones sexuales con su padrastro, de 42 años, y su madre los sorprendió. Corrió a Pedro de la casa y a ella le dio un castigo físico y la llamó descarada. Pero, en esa ocasión, la madre no alcanzó a convencerse del abuso porque solo halló a María sin ropa, él ya estaba vestido. La madre permitió que Pedro regresara a la casa.

Fue hasta dos años más tarde que María presentó síntomas de que algo le pasaba. Bajó sus notas en el colegio y el psicólogo de la institución se interesó en saber por qué. Así, María le confesó que estaba teniendo una relación sentimental con su padrastro, que tenían sexo –para entonces ella de 16 y él de 45 años– al menos una vez al mes y que su madre, aunque había sospechado algo, no se había dado por enterada. Con intervención del psicólogo, María le contó todo a su madre y el profesional les indicó que era necesario colocar una denuncia.

Los peritos hallaron en María “sintomatología psicológica de persona expuesta a abuso sexual”. Observaron, entre otras características: vergüenza, sentimiento de culpa, deseo de muerte, pensamiento recurrente sobre los hechos, ansiedad, tendencia depresiva, pesadillas. Declararon que, al momento de la evaluación, presentaba capacidad para reconocer entre la verdad y la mentira. Pero dado el estado de María, los expertos también calcularon que la adolescente iba a necesitar $2,400 para recibir terapia psicológica, a $25 por sesión.

El peritaje físico concluyó que el cuerpo de María sí tenía señales de haber mantenido relaciones sexuales. Sin embargo, en el tribunal consideraron que María y su madre no presentaron una correlación de fechas creíble, que sus declaraciones tenían huecos, como por ejemplo, que no había explicación a que Pedro regresara a la casa después de la madre los haya sorprendido juntos. Tampoco les pareció adecuado el delito por el que se acusaba a Pedro. A pesar de que las agresiones comenzaron a los 14 años de María, consideraron que el delito por el que debió habérsele procesado era estupro.

De Pedro, sus intensiones, su estado emocional y mental, su cuerpo y su ventaja sobre María no se habló. Pedro tenía 45 años cuando fue absuelto de violar de manera continuada a su hijastra de 16.

“Lo que tenemos aquí es una sociedad altamente punitiva y en lugar de proteger a la niña o a la adolescente, busca culparla”, señala Zaira Navas, directora ejecutiva del Consejo Nacional de la Niñez y la Adolescencia (CONNA). “Nos siguen diciendo que una niña fue abusada o quedó embarazada porque ella lo buscó, cada vez que se toca este tema, hay un grupo de personas que cree que no es cierto que haya niñas y adolescentes que no hayan desarrollado todas sus capacidades y que no es cierto que todavía no tenga toda su autonomía, creen que de verdad ella sabía cuál era la consecuencia de sus actos”.

La deserción escolar guarda una relación estrecha con las uniones en niñas menores de 17 años. El 80 % de las encuestadas para el informe sobre maternidad y uniones reporta haber abandonado la escuela antes del primer nacimiento. De estas, un 60 % son niñas y adolescentes que desertaron antes de ocurrido el embarazo. El 20 % de las niñas de 10 a 14 años dijo haber dejado la escuela solo para unirse a un hombre y entre las de 15 a 17 años, el porcentaje por esta causa fue idéntico. Quiere decir que una condición que está haciendo vulnerables a las niñas es, en toda regla, el abandono escolar.

“Lo ideal sería que la niña finalice su escuela y con eso tenga mejores oportunidades de realizarse y mejorar sus ingresos y que pueda, sobre la base de su aspiración, tener hijos. Pero, muchas adolescentes al abandonar la escuela, por pobreza o por violencia, terminan viendo en la maternidad y en la nupcialidad un proyecto de vida”, explica González desde una oficina con una vista impresionante de Antiguo Cuscatlán, uno de los municipios con mejores condiciones de vida del país.

En esa misma línea, Navas señala: “El estudio de uniones tempranas nos da datos distintos a los que veníamos manejando sin evidencia y nos dice que las niñas se unen no porque estén embarazadas, se unen porque buscan huir de una situación de violencia en el hogar o porque quieren tener una mejor condición de vida y acá es en donde personas adultas se aprovechan para tener acceso a las menores a partir de ofrecer una mejora económica para toda la familia de ella”. La funcionaria describe así que en El Salvador todavía se ve a las niñas como una mercancía, como algo que puede dar dinero.

La pobreza fue tan brutal que en 735 centros estudiantiles reportaron alumnos que desertaron por esta razón en 2015. Y la violencia pandilleril fue el argumento bajo el cual alumnos de otros 1,240 centros escolares dejaron sus estudios, según el Observatorio del MINED 2016. “Tenemos una sociedad con valores y estigmas que responsabiliza a las mujeres de cualquier situación que ocurra, incluso de situaciones de violencia hacia ellas. Pero hacer justicia es recabar pruebas que permitan tanto establecer si soy responsable, como las causas o razones que me llevaron a tomar una decisión o a participar de una actividad”.

Roxana no estaba escolarizada cuando mantuvo su relación con Antonio. María tuvo una relación con un hombre que le triplicaba la edad y que mantenía una cuota de poder importante en el hogar que compartían. Como si conociera los casos, González, del UNFPA, apunta que “lo que se tiene que hacer es generar opciones para las niñas; esto no va a detener que tengan relaciones sexuales, pero detiene la posibilidad de que adultos mayores abusen de ellas y escapen del proceso legal impunes; debe existir protección para las niñas para que, por un lado, cuenten con educación e información para retrasar el inicio de las relaciones; pero si aún así inician temprano, que sepan protegerse de abusos, de enfermedades y de embarazos”.

Las niñas van llegando a esta casa comunal después de caminar por calles de tierra bajo un sol que no da tregua. Esto es un municipio de los que llevan por apellido Lempa, en Usulután, es jueves casi a medio día. Son cinco adolescentes y, a grandes rasgos, se pueden presentar así: todas son mamás, tres terminaron bachillerato, tres tienen 18 años, una 17 y otra 19; tres están casadas por lo civil, una está acompañada, una se separó de su pareja tras dar a luz, todas mantienen relaciones con adultos; en todos los casos se cumplen los requisitos para abrir investigaciones por violación en menor incapaz o por estupro, pero también, en todos los casos, las niñas han mantenido relaciones sentimentales estables y públicas con los hombres con los que procrearon.

Mil cincuenta niñas que estaban estudiando en 565 centros escolares públicos se reportaron embarazadas durante 2015, de acuerdo con el Observatorio del MINED. Hubo 334 centros escolares que reportaron una niña embarazada cada uno, dos que reportaron hasta 15 niñas embarazadas durante ese año escolar y uno que tuvo hasta 18 niñas en este estado. En 450 centros se dijo que todas las embarazadas se mantuvieron en la escuela, mientras que el 150 instituciones, hubo niñas que desertaron por embarazo.

En este panorama, las que se han dado cita en esta casa comunal son excepcionales. Cada una tiene un proyecto de vida. Ellas forman parte del proyecto Por una educación integral de la sexualidad, inclusiva y con equidad de género, en dos sistemas integrados de educación pública en Jiquilisco y Suchitoto, que les entrega algo que es la razón por la que se mantienen estudiando: una beca de $25 mensuales para viáticos. Este dinero ha adoptado característica de crucial en la dinámica de estas niñas. Sin esto –que parece tan poco en otros sectores–, no podrían haberse mantenido en la institución.

Sus historias de vida, sin embargo, no dejan de ser difíciles de asimilar para cualquiera que no sepa cómo se vive en un municipio de apellido Lempa. Yanira* ya terminó el bachillerato, tiene 18 años de edad y cuatro de casada. Fue a alcaldía a contraer nupcias antes de poder decirse quinceañera. Tenía un mes de embarazo y 14 años de edad cuando fue declarada esposa de un hombre que entonces alcanzaba los 21 años de edad y de oficio corralero. Sigue casada y su hijo ahora tiene tres años.

En términos legales ella se casó con su violador. En la realidad de esta adolescente, se casó con el novio de toda la vida en un municipio en donde la oportunidad de trabajo más apetecida es ser cajera de supermercado o mesera en un restaurante de pollo frito y para ambos puestos hay que viajar a la cabecera departamental pagando un pasaje de bus de $0.75 por viaje, que hacen $1.50 al día, $7.50 a la semana y $30 al mes. La más idílica oportunidad de empleo formal que ven estas niñas implica una inversión fuerte solo en transporte.

Ana*, también nombre ficticio, se acompañó a los 15 con su pareja de 21 años de edad. A los 16 tuvo su primer hijo. A los 17 se casó. Ahora cría a un bebé de 10 meses junto a su esposo y espera a cumplir los 18 para empezar a mandar solicitudes de empleo a supermercados, tiendas, restaurantes.

Ana tiene claro que su ritmo de vida no es algo que recomendaría a su hermana menor, a ella le pide que espere, que estudie más, que disfrute más. Ana, como Yanira, se casaron con hombres mayores a los que siempre vieron enamoradas, porque en este su mundo no tuvieron la oportunidad de adoptar criterios para saberse víctimas de la situación.

Cecilia*, otra de las niñas con una historia similar a las anteriores resume en una frase el sentimiento de su madre: “Me dijo que me pasó por mi ignorancia, que yo salí embarazada siendo ignorante”.

Guiadas por la Organización Colectiva Feminista, que administra el programa financiado por la Fundación Pestalozzi, estas adolescentes saben que no les conviene salir embarazadas por segunda vez. Sus parejas usan condón.

“El 20 % de las adolescentes que salen embarazadas repiten antes de cumplir los 18 años, y de ellas, 8 de cada 10 salen embarazadas antes de que su primer hijo tenga un año y medio, salen del parto sin conciencia de prevención”, explica Heydy Cáceres, gerente del proyecto No estoy lista para ser madre, de Asociación Panamericana de Mercadeo Social (PASMO).

Cecilia, tímida, con una voz difícil de escuchar, cuenta que ella ya no quería seguir estudiando, pero su madre la impulsó y después fue hallada por la gente de la Colectiva Feminista que le ofreció la beca. En la conversación, se ríe y asiente cuando, airosa, Ana reclama que le molesta que en el instituto le dijeran “señora”.

—Es que no hemos dejado de ser cipotas, uno es cipota, aunque esté casada y tenga hijos; y hay compañeros y hasta profesores que como que quieren hacerla sentir mal a uno, que lo sacan y lo hacen de menos diciéndole “señora” –explica con los ojos bien abiertos y moviendo las manos–, yo sé que soy cipota todavía.

Todas estas niñas cuyas vidas representan delitos se ríen con desparpajo ante la defensa del derecho a declararse “cipota”, por encima de todo.

*Todos los nombres de las menores de edad han sido cambiados.

Carta Editorial

La tercera entrega del especial sobre el mes de la mujer está dedicada a ver hacia adentro. Los trastornos de salud mental que afectan más a la población femenina son la base sobre la cual se crecen otros problemas sociales. Una atención adecuada puede marcar una diferencia trascendental en la vida no solo de la mujer enferma, sino de todos los que la rodean.

La salud en el país está, sin embargo, enfocada en lo físico, en lo biológico. Y, dentro de esta categoría, solo en lo curativo y no en lo preventivo. La salvadoreña es una sociedad atípica que se mueve por igual como víctima y victimaria de una violencia que no conoce límites. Venir de una guerra para vivir en otra y no tener certeza alguna de que los procesos y las instituciones funcionen como deberían funcionar a causa de una corrupción naturalizada colocan a la población en una situación de vulnerabilidad. Pero hasta el momento, lo que ha mandado ha sido el silencio y la ignorancia en casi todo lo que concierne a salud mental.

Cálculos de instituciones como la Organización Panamericana de la Salud indican que la cantidad de mujeres afectadas por trastornos mentales duplica a la de hombres. Esto sin tomar en cuenta otros factores particulares del país que acaban reduciendo más las oportunidades para la población femenina, como la discriminación, la brecha salarial y la falta de acceso a educación y justicia.

La publicación que abre esta edición es un recorrido desde las primeras señales de alarma hasta las peores consecuencias. Un trastorno mental no se cura de la noche a la mañana. Requiere atención especializada y recursos suficientes para poder restaurar equilibrios neuroquímicos. Para romper el largo silencio que ha sido la norma en estos casos es indispensable la educación tanto para identificar los síntomas como para establecer la tan necesaria, y hasta el momento tan ausente, empatía.