Carta Editorial

A Nicaragua esta semana la han envuelto las protestas. Las calles se han llenado de gente que denuncia, que se siente dañada por las reformas en medidas de seguridad social, con las que aumenta la cuota patronal y laboral, y además se establece la cotización perpetua. Y esa gente ha recibido a cambio una respuesta violenta de parte de los cuerpos de seguridad. A la Nicaragua de la revolución y a la Nicaragua de la represión las explica Sergio Ramírez, su escritor más reconocido y laureado.

Esta entrevista arranca en un punto de quiebre, cuando Ramírez renuncia al Frente Sandinista. Porque hubo un tiempo en el que los sandinistas escalaron hasta derrocar la dictadura de los Somoza. Tras eso, Ramírez fue investido como el vicepresidente del gobierno de Daniel Ortega, el que duró de 1985 a 1990.
Lo que Ramírez ilustra en palabras y ejemplifica con sus acciones es cómo los proyectos políticos, una vez alcanzan el poder, se vacían de ideales y, en ese momento, traicionan la confianza de quienes les entregaron trabajo y sacrificios.

Ramírez renunció al partido, pero no a los anhelos de más equidad, justicia y libertad en los que nació. Hasta el cierre de esta edición, se habían registrado brotes de violencia en cuatro ciudades: Managua, León, Masaya y Estelí. En estas protestas se quitaron de varios lugares públicos las banderas del partido en el gobierno. Sin contenido, la política solo da para el rechazo.

Llegar hasta la violencia va a ser siempre una decisión lamentable. Pero la alternativa, que es la de la indiferencia y el silencio, es peor, porque en esta se fortalecen las conductas antidemocráticas.
Ramírez renunció al Frente Sandinista en una conferencia de prensa a la que él mismo había convocado. Más de tres décadas después, las manifestaciones son la renuncia a unos gobernantes que desnaturalizaron su función de servicio.

Carta editorial

Nadie entiende mejor la importancia del acceso al agua potable que quien no lo tiene. En Izalco, Sonsonate, hay un grupo de vecinos que tomaron este derecho en sus manos y lo acercaron a toda la comunidad.

Que ahora el agua fluya por las tuberías debería ser un epílogo feliz; pero esto es El Salvador. Y acá, el acceso a los derechos básicos está atravesado por las violencias. Para las personas que habitan en estas zonas de Izalco el Estado no es más que un montón de carencias. Les falla para suministrarles agua, y también al no poder garantizar su integridad física y emocional.

Lo que sucede en este municipio ilustra muy bien lo que sucede en el resto del país con los recursos naturales y su explotación. También ilustra cómo en un país tan lleno de desigualdades, incluso el agua se convierte en otra razón de exclusión.

En el reportaje del periodista Moisés Alvarado sobran las muestras de sabiduría comunitaria: “Somos conscientes de que nada es ilimitado. Esa es la diferencia de nosotros con ANDA. Para ellos, entre más pajas (mechas) de agua ponen es mejor, aunque a la gente no le llegue el agua”, explica una de las personas que ha trabajado en activar el servicio.

Al mismo tiempo que en Izalco el agua se cuida y se defiende; en alguna colonia citadina, se desperdicia de muchas maneras, porque en la abundancia lo que más falta hace es la conciencia del privilegio.

Estas páginas llevan a concluir lo mismo que se ha denunciado en estas en varias ocasiones: que no se puede hablar de desarrollo si hay tantas personas a las que no se les garantiza ni lo básico. El agua es un derecho fundamental.

Parece, a veces, que los únicos que entienden bien la importancia de esto son los que sufren la carencia. Acá, en los despachos, entre quienes administran, esta urgencia se desdibuja.

Carta Editorial

Quizá haya quien diga que no son los mejores tiempos para hacer la siguiente recomendación, porque la gente que estudia, en la actualidad, no es necesariamente la que más dinero gana. Pero la educación sigue siendo un puente hacia la mejora efectiva de la calidad de vida.
Los temas de esta edición vienen atravesados por el eje de la educación que recibimos no solo en El Salvador, sino que en la región, una que por primera instancia debemos entender que abarca el Triángulo Norte.
En estos países no se pueden plantear remedios para los problemas más graves, como la desigualdad y la corrupción, si no es por medio de instruir de una manera más integral a quienes más tarde van a tener en sus manos las llaves de las decisiones más importantes para el país.
En este sentido, cualquier dólar invertido en enseñarle a alguien algo es contribuir a desbloquear los sueños y abrir los horizontes. En esta premisa se basa el programa “Formate”, que busca beneficiar a jóvenes que por tradición han quedado fuera de los círculos educativos.
Ahí, no solo aprenden a cocinar o a elaborar vestidos de alta costura. Aprenden a elevar sus metas y a transformar sus ambiciones para convertirlas en progreso para ellos y sus familias. Más tarde, cuando alguien venga a pretender gobernarlos, estos jóvenes van a tener un criterio más fortalecido y van a poder distinguir entre quien busca ese progreso colectivo y quien solo tiene un discurso para salir en tiempo de campaña electoral.
Guatemala libra en este momento una lucha por defender sus avances en contra de la corrupción. Debe elegir a un fiscal que se porte a la altura de las dos últimas que, con apoyo de la CICIG, han plantado la cara a las formas más añejas de abuso de poder. Las universidades forman parte del tablero, pero no todas están representadas con integridad. La educación no son títulos. La educación ennoblece y hace crecer esa parte de la conciencia que nos indica que no estamos solos y que la forma más efectiva de desarrollo es esa que se piensa para que quepamos todos.

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La discusión nunca ha sido la de si hay o no hay talento. A estas alturas nadie duda de que hay. El problema siempre ha estado en cómo desarrollarlo. ¿Adónde se van a formar esas personas llamadas a generar revoluciones? La tradición nos indica que se forman afuera, allá en donde hay otros que piensan fuera de la caja y que obtienen así resultados sorprendentes.
En esta edición el periodista Moisés Alvarado nos lleva a conocer las vueltas que ha dado Antonio Corrales para hoy erguirse como de los compositores salvadoreños más exitosos de la actualidad. Sus piezas han dado un golpe sobre la mesa en cuanto a música académica y se ha formado un nombre entre Europa y Latinoamérica.
Por su trabajo, Corrales cosecha ahora halagos. Pero iniciar, como siempre y más si se viene con la marca de un país como este, fue difícil. Arturo Corrales siempre pensó en ser músico. Lo traía en la sangre: uno de sus antepasados, Alejandro Muñoz Ciudad Real, fue el fundador de la Orquesta Sinfónica de El Salvador. “A pesar de ese linaje tan ilustre, tuve que comenzar desde cero”, se explica en el reportaje.
Venir de un país con tantas deficiencias educativas aporta un grado más a las dificultades cuando se trata de encontrar el camino hacia el éxito profesional. No se trata solo de destacar, antes hace falta pasar por un duro proceso de nivelación y, después, hay que buscar sobreponerse a las resistencias propias de ser un extranjero. Antonio Corrales no es solo un compositor reconocido. También es alguien tenaz que no se permitió rendirse.

Carta Editorial

En esta edición se nos juntan violencias. Las vemos como la nota roja a la que todo mundo le voltea la cara por “irrespetuosa” de la “dignidad” humana. La vemos como una de las tantas formas que inventamos para separarnos por clases. Y la vemos como la razón por la que se llegan a negar incluso los servicios de educación y salud. Las violencias quitan la vida de diferentes y creativas maneras.
Fernanda Melchor es escritora y es de Veracruz, México. Su origen es indispensable para entrar a consumir su obra. Ella, que creció en Veracruz cuando era un lugar tranquilo, aprendió a ver las muertes violentas que inundaron el lugar desde otro punto de vista. Aprendió que era necesario ver esos cuerpos maltratados porque, de lo contrario, el riesgo de que no importen se vuelve mayor.
Alejandro Gutman es argentino, y es un convencido de que para poder plantear una solución a largo plazo al problema de inseguridad pública es indispensable llegar a las comunidades con una bandera de integración. Sin la reparación de la rota relación entre las comunidades y los centros de estudio básicos, superiores y técnicos, no se puede hablar de paz y estabilidad, ambos tan necesarios para alcanzar desarrollo.
Y a esto se suma todo el calvario que deben vivir cientos de venezolanos que se han visto sin más camino que migrar en las peores condiciones posibles debido a la imposibilidad de conseguir, en su país, un nivel de vida aceptable.
La violencia no siempre es algo que pega o que abre agujeros de bala. También es decidir ignorar algo que daña al prójimo, es negarse a abrir las puertas necesarias para que todos tengamos oportunidad de mejorarnos la vida, es desesperar, segregar, expulsar y limitar.

“Sería una locura dejar que el miedo nos inmovilice”

Alejandro Gutman, fundador de Forever

Su apuesta es por algo a lo que llama integración, que no es otra cosa que reconectar los tejidos sociales para construir comunidades menos homogéneas. Es decir, que los extremos de la sociedad se encuentren en un ambiente que permita el intercambio de manera estable y libre de prejuicios. Los salvadoreños, dice Alejandro Gutman, argentino, “nos estamos perdiendo del gusto de conocernos entre nosotros”.
Gutman, quien hace 15 años instaló en Soyapango un proyecto al que primero llamó Fútbol Forever y luego acortó a Forever, insiste en que lo primero que hay que abrir son las instituciones educativas para que estas sean el escenario de esa interacción entre los que desde siempre se han sentido dueños del derecho a desarrollarse y los que nunca creyeron en la movilidad social como algo alcanzable. “No es lo mismo la universidad para alguien que se cría pensando en ella, que para alguien que nunca la ha visto como algo cercano”, dice. El riesgo que se corre en las calles es significativo, y Gutman reconoce que ha sido la razón para que se realicen cambios de universidad en algunos casos.
Con 1,500 jóvenes en universidades, busca que los políticos y los organismos internacionales hagan propia la idea de la integración y sirvan como puente para conseguir financiamiento institucionalizado al proyecto.

A 15 años de haber arrancado con la Fundación Forever, está en una etapa en la que quiere incluir a más actores. ¿Por qué?
La realidad es que el gran mal que aqueja al país es la desintegración.

¿No es la desigualdad?
Es un paso más profundo que la desigualdad, este es un resultado de aquella desintegración. Pero la desigualdad uno la asocia constantemente con lo económico. Y la desintegración es mucho más que eso.

Pero la desigualdad también incluye un componente de acceso a la educación y las oportunidades.
Lo tiene, pero en general se lo termina asociando con una cuestión económica. Concentrar, como se ha puesto de moda, que en la desigualdad reside el gran problema me parece que es ver una buena parte de la película, pero no toda. Porque la desintegración tiene que ver con todo en la vida, con esa violencia invisibilizada generada por aquellas instituciones que están cerradas y en donde existen carceleros que por uno u otro motivo han cerrado las universidades y el sistema de salud. Han cerrado la posibilidad de trabajar en una empresa y de capacitarse. En El Salvador hay tres tipos de violencia. La primera es la intracomunitaria.

¿Una especie de segregación?
La de los pandilleros que tienen en un muy malvivir a los que residen ahí. La segunda violencia es la intercomunitaria, que para aquellos que viven en una comunidad salir de ella o ingresar a ella los convierte en un blanco de algún acto de violencia, se compromete la vida o sus bienes y el tercer círculo concéntrico es el de estas instituciones que están cerradas a la mitad de la población que no encuentra la posibilidad del desarrollo y de la educación.

Esa también viene dada por la cuestión económica, en el sentido de que las instituciones ponen sus cuotas a un nivel prohibitivo para, como usted dice, más de la mitad de la población.
Esa es una posibilidad, como un ente privado es natural que quiera cobrar. Pero hay maneras de abrir esto, como las que se vienen demostrando, de reemplazar el sistema de becas en el que se premia al mejor, al del 9 o 10 y al resto se le deja con un “siga participando”. Lo que proponemos a las diferentes instituciones de todo el país es un fortalecimiento de la educación. Cuando la universidad se empieza a enredar con el resto de la población que no tenía acceso a esa casa de estudios, se empieza a tejer una realidad mucho más adecuada a la del país. Se forman profesionales para atender y para transformar la realidad del país, la integración los va formando en eso. Porque si nosotros pensáramos al joven con el único objetivo de graduarse, entonces mostramos solo la mitad de la película. Necesitamos formar profesionales para que mañana, cuando doña María vaya al hospital, sea atendida como corresponde. Por gente conocedora de la realidad de la que viene doña María.

¿Cuál es la actitud de las escuelas públicas ante la fundación?
Antes cerraban, ahora están interesadas. Antes había desinterés basado en que para qué iban a querer ir a la universidad, si de todos modos iban a terminar en el mercado informal. Para eso, si hacen la tabla del nueve o la del ocho es lo mismo. Pero ahora empiezan a ver a cientos de jóvenes exalumnos que han abierto un futuro distinto y la escuela empieza a fortalecerse con eso. Empieza a profundizarse y a tener una relación más cercana con la universidad.

Ha sido una reacción basada en resultados.
Claro, les dan más ganas, estar en un ámbito donde uno sabe que tiene un futuro; porque eso es al final el desarrollo, tener la oportunidad de luchar por lo que usted desea. Y ver que puede lograrlo.

Hace cuatro años hablábamos de un acuerdo necesario con las pandillas para que los dejaran trabajar. La situación de la seguridad pública no ha mejorado, el riesgo es todavía mayor. ¿Cómo hacen ahora?
No diría que la situación en ese sentido ha empeorado. Diría que ahora son más jóvenes los que se involucran, y cada vez son más. Son 1,500 estudiantes. Ahora, la violencia pandilleril, con el tratamiento que se le da desde el punto de vista político, es imposible de atacar. Usted no puede tomar un programa aislado y pensar que con eso se va a disminuir la violencia en las comunidades. Eso es utópico. Las comunidades están con una presencia importante de pandillas que condiciona la vida de la gente.

¿Les cuesta convencer a la gente para que integre el programa?
No, no somos nosotros, son los resultados. Ahora hay otros jóvenes, otros maestros, otros directores, han cambiado los padres, los mismos vecinos ven en esto una salida. Y llegan de escuelas de una gran cantidad de lugares del país donde no damos abasto. Cientos de jóvenes semanalmente quisieran entrar en este proceso formativo, pero lamentablemente, es imposible. Lo que es importante entender es que hoy el flujo sociocultural que va por las comunidades es débil, no está fortalecido es un poco el “sálvese quien pueda”, porque no hay una presencia fuerte de los que viven afuera como para que se encuentre un ámbito propicio para el desarrollo. Hoy cualquiera que se destaca lo que hace es crecer hacia adentro.

¿E irse?
Sí, irse. Hay un común denominador entre los que tienen dinero y los que no tienen dinero, y es que todos se quieren ir. Los hijos se quieren ir. Los padres quieren que los hijos se vayan y eso es una gran desgracia. Y cuando a alguien le va bien en algo, no va a contar que le va bien, como haría cualquiera de nosotros con derechos. No dan ganas de contar lo bueno, porque es un blanco fácil.

Presumir es peligroso.
Sí, si no hacemos una red para que la escuela sea una institución más fortalecida, esto no va a cambiar. Hasta que las escuelas públicas no tenga al 20 o 25 % de sus chicos en las universidades o en escuelas técnicas, nada bueno va a ocurrir. Porque a los que les va bien van a seguir siendo minoría y un blanco de los que no consiguen nada. Necesitamos que se involucren los partidos políticos y las instituciones internacionales. Yo no hablo de medidas represivas, porque no entiendo de ese tema y es otra cosa. Hablo de transformar las medidas que se toman y los recursos que se invierten en las medidas de prevención, que son solo pan para hoy y hambre para mañana. Esos programas se acaban cuando el flash deja su luz.

¿Cómo se interviene una comunidad?
Me encantaría poder decirle que los pandilleros van dejando sus vidas delictivas, pero no es así. Los pandilleros gracias a Dios que nos dejan trabajar desde hace 15 años. Son cosas muy extrañas, porque ellos reconocen que lo que quieren es algo bueno, un futuro mejor para los suyos; aunque por el otro lado hagan un enorme daño.

Estamos hablando de gente para la que las fronteras que establecen las pandillas no son imaginarias.
Sí, esa es la violencia social intercomunitaria.

¿Qué es lo que los impulsa a ellos a atravesar esas fronteras para ir a estudiar? ¿Qué respuestas han encontrado ustedes a ese acto que suma tanto riesgo?
Esos son los sorteos del día a día. Tenemos esos problemas.

Ustedes, como institución que anima a cruzar esas fronteras en búsqueda de desarrollo y oportunidades, también son responsables de si algo sale mal.
Pero es que es inevitable. La realidad del país es la realidad del país. Nosotros no vivimos en una burbuja. Los que viven en burbuja son los otros que no se animan a hacer lo que nosotros sí. Estos problemas hay que tratar de sortearlos de distintas maneras. Por eso la familia es fundamental en estos procesos. Lo que apunta usted es real, pero las ganas de estar mejor también. ¿Usted cree que no tienen miedo los chicos? Claro que tienen y los padres también. Pero sería una locura dejar que el miedo nos inmovilice.
Acá también es importante que cuando lleguen a la universidad, no sea una universidad fría, que sea cálida. Y no estamos diciendo que se les ocurra regalar notas. Pero que sí sea una universidad que esté dispuesta a acompañar este proceso. Porque no es lo mismo crecer pensando en ir a la universidad porque es lo que hicieron papá y mamá, o haber ido a una escuela en donde a la universidad se llega casi como si fuera un embudo, que haberse criado en ámbitos absolutamente ajenos a la realidad de la educación a ese nivel.

¿Han cambiado protocolos de seguridad por el aumento del riesgo?
Hemos tenido que cambiar chicos de universidades por casos así. Permanentemente sucede que cuando cambian de buses, ahí están muchas veces los pandilleros para molestar a estos jóvenes que estudian. Claro que es una realidad, pero la gente quiere salir, la mayoría quiere salir.

¿Qué cambió tras la muerte de uno de sus becarios en noviembre del año pasado?
Eso ocurrió en casa de ellos. Pero nosotros, desde el primer día, hacemos reportes.

¿Reportes de qué?
De nuestros coordinadores que trabajan con 1,500 alumnos, más los miles del proceso formativo de escuelas, más los becados.

¿Esos reportes son como un protocolo de seguridad?
No, no, no, no, no, dice cómo van estos, cómo van a aquellos, cómo les va a estos chicos, las dificultades que encontramos acá, cómo está esta empresa, cómo hace la universidad esto, en qué nos está apoyando, qué nos falta, los artistas, etc. Incluyen todo lo que tiene que ver con la integración. Y no hay un día en que no haya alguien que encuentre algún problema en esta ida y vuelta, porque así es la realidad del país, desgraciadamente.
Hay veces en que los padres no quieren que los hijos vayan a alguna universidad, y entonces tratamos de cambiar las rutas, de cambiar las universidades, si se puede, alguna vez han tenido que abandonar.
Esto es de todos los días. Pensar que alguien puede evitarlo de manera aislada es utópico y eso es justamente el llamado de atención que venimos haciendo desde hace varios años. No hay ningún programa que pueda, por sí solo cambiar esta realidad. Si no hacemos un proyecto de integración de país en serio, esto va a seguir sucediendo porque quienes están para delinquir van a encontrar espacios donde no está el Estado presente o no está nadie presente para instalarse.
Y cuantos más vacíos creemos, cuanto más nos alejamos las instituciones, cuanto más vacías se quedan las comunidades, cuando más vacíos son los profesionales que se forman más se deteriora la dinámica social. No es de loco, esa violencia existe, pero hay maneras de sacarla y eso es lo que queremos tratar de explicarle a los políticos y a las organizaciones internacionales.

¿Cómo se gana terreno?
¿Usted cree que yo podría hablar con pandilleros y decirles pórtense bien y ellos me van a hacer caso? Pensar eso sería un loco. Pido que cada ciudadano entienda que es fundamental involucrarse y participar para convertir esto en una verdadera opción y manifestación política de su propio desarrollo y del de todos los que vienen atrás.

¿Por qué pide involucrar a políticos?, ¿contempla el riesgo de que el proyecto se convierta en una bandera propagandística más?
Tengo miedo a la burocracia gelatinosa de los políticos y de los organismos internacionales, porque uno empieza proponiendo una cosa y termina con una figura distinta. Pero si no les mostramos a los políticos el camino para institucionalizar y para que los recursos maravillosos que hay en la sociedad sean para crear integración de país, no vamos a cambiar mucho. O los obligamos o los guiamos de algún modo para demostrarles que este es el camino. Nadie regala nada, es una lucha que hay que hacer entre todos.

¿Tiene alguna manera de vacunar el proyecto en contra de la utilización partidaria?
No podemos vivir sin los políticos para que institucionalicemos esto. Sí debemos consolidarlos de una mejor manera para que cuando lleguemos a ellos y a las organizaciones internacionales esté sólido y no les quede más opción que tomarlo así. Cuando me veo con ellos me muestran gran respeto y admiración, pero no saben nada de esto que se viene construyendo desde hace más de 15 años.

Nuestra clase política no es íntegra. ¿Qué quiere conseguir usted de políticos como los nuestros?, ¿dinero, sedes, impulso para alguna ley?
Ellos son cada día más responsables del statu quo que vive el país, por omisión, comodidad o por lo que sea, no han hecho cambios ante lo que ellos saben que son programas que no impactan. Son tranquilizadores de situaciones. Si ellos empezaran a descubrir el proyecto, paulatinamente van a entender que tienen que hacer esa transformación.

¿Incluso con políticos como el presidente de la Asamblea Legislativa cuyo discurso está lleno de represión?
Eso de represión para todos es una locura, una cosa es la lucha contra los pandilleros y otra es ver de qué manera transformamos las comunidades. El problema de El Salvador no son solo los pandilleros. No es que se terminan estos pandilleros y la vida vuelve a florecer. En la medida en que todo siga igual, habrá otra violencia peor, que es el país que ya está naciendo y que es el país desintegrado, desinteresado de lo público, de lo político y de lo partidario. En una guerra como en la que estamos en estos momentos, me preocupa más que haya gente al mando de programas de prevención que no está preparada para el desarrollo. Tenemos que desatar esos embudos sociales, si no vamos a las causas reales que generan esto, estamos mal. Aquí, los que deberían ser considerados delincuentes son los carceleros que mantienen a la gente alejada de universidades, escuelas y empresas, porque son los que cierran las puertas a que su gente encuentre el desarrollo; porque eso los sacaría a ellos de su posición de privilegio.

¿Qué pasa con los financistas de proyectos como el suyo, pueden llegar también a tener actitudes de carceleros?
No podemos ir pensando en la típica posibilidad de que va a venir un empresario y va a hacer esto o lo otro. Es preferible que ellos se ocupen de arreglar, porque sus planes de responsabilidad social empresarial, que está mal diseñada. Sería mejor que le dieran a su gente, a su empresa y a su pueblo una oportunidad de abrirse hacia la integración.

¿A qué se compromete una empresa que quiere transitar hacia la integración?, ¿a dar trabajo a jóvenes de Forever, a pasar una cantidad de dinero, qué buscan de los empresarios?
Se compromete a facilitar esos procesos formativos de los jóvenes antes de empezar la universidad o las carreras técnicas. Tiene que recibir al chico ocho o 10 semanas. No cuesta casi nada. Y lo qué significa para esa posibilidad de conocer lo que solo habían dibujado por medio del prejuicio es invaluable. La empresa debe dar apertura a pasantías a los que estén en cuarto o quinto año. El objetivo no es que se queden trabajando, como tampoco es que todo lazo se corte después de la semana del proceso. Eso sería como ir al zoológico: se acordará de una buena experiencia y ya. No, esto es una evolución, un aprendizaje que no termina. Y pedimos apoyo económico para que más chicos puedan seguir estudiando.

¿Tras estos 15 años les cuesta más o menos convencer empresas u ONG a que participen?
Este es el tercer año de CEL y estamos muy felices. Ha entrado el BID y ha donado $750 mil que está en un fideicomiso y va a las instituciones. Lo del BID nos va a servir para pagar por un año. De ahí no tenemos más.

¿No tienen para los pagos de universidad o para funcionamiento?
Para pagar todo. Nosotros queremos que el otro año entren 3,500 jóvenes, para eso tenemos que hacer un proceso formativo de casi 5,000, en el que participan padres, vecinos y estamos hablando de 20 mil personas con impacto directo y para eso necesitamos casi $3 millones que son cifras que pueden asustar a muchos, pero es casi nada, los recursos están, los proyectos están, para lo que se está haciendo esa cifra es nada. Si no lo conseguimos, nos vamos a comer una camada de jóvenes por falta de recursos. Si no nos escuchan ahora, iremos a la Asamblea, porque queremos que los 84 diputados nos escuchen y nos entiendan de qué se trata la integración. Pero no con que solo nos escuchen y que con eso nos tengan contentitos. Queremos que hagan algo en serio.

¿Busca ser una ONG de las que reciben parte del presupuesto de la nación?
Es que los recursos que ellos tienen no se pueden descontar. Son muchos cientos de millones de dólares y en conjunto de línea deciden los destinos. El que da tiene sus intereses. Y queremos que vean que usan de manera ineficiente los recursos que no son propios, que son de los ciudadanos. He sido siempre muy respetuoso y no he dicho que se roban la plata, pero se mal utiliza. Hay otras formas de construcción que son más eficientes y que son las que hemos venido probando en estos 15 años.

Carta Editorial

Hay un tipo de daño que hace la corrupción que se puede calcular, y es el monetario. A El Salvador en las últimas dos décadas, y tomando en cuenta solo los casos más emblemáticos, este flagelo le ha quitado $550.9 millones. Pero no es lo único en lo que ha causado daño.
La corrupción seguida de la impunidad hace que se generalice una forma de actuar en la que predomina la trampa y el beneficio propio por encima del común. La corrupción al que mata es al espíritu de crecimiento colectivo que debería reinar para hacer avanzar un país y que comienza con hacer bien cada trabajo asignado.
Intentar convencer a una sociedad individualista de que la única manera de salir de la situación en la que estamos es por medio de un enfoque colectivo e integrador es difícil, sino imposible. Primero, porque nadie castiga al que no solo no cumple, sino que, además, actúa en perjuicio de los otros.

Sobre esto va el texto del periodista Moisés Alvarado. Es un repaso por ese patrón de las autoridades de buscar castigar los delitos de corrupción, pero desde abajo y no desde los casos más grandes y ejemplarizantes.

En El Salvador que tenemos se registra un caso de corrupción cada 29 horas. Y esta es una de las razones de más peso en el desencanto de la población con el trabajo de los gobiernos locales y del central.

Reducir las pérdidas de todo tipo que dejan los 11 delitos relacionados con corrupción pasa por poder armar mejores investigaciones que no se detengan en los escalones más bajos del organigrama, sino que suban hasta donde sea necesario para eliminar desde ahí las posibilidades de que los hechos se repitan.

Carta Editorial

En el texto que abre esta edición hay una medida de tiempo que duele. Es la que va desde Katya Miranda hasta Carla Ayala. Duele porque si preguntamos qué ha cambiado entre estos dos crímenes y cómo el sistema absorbe los delitos contra las mujeres, la respuesta es que muy poco o casi nada. Y entre estos dos casos hay, además, un innegable involucramiento de miembros de la corporación policial que lejos de ser un aliciente para que los casos, por cercanía, se resuelvan con más celeridad que la media, el efecto es todo lo contrario. El peso de los azules los hunde mucho más rápido en el pantano de la impunidad.
Y lo que simboliza es grave. El nombre de los buenos elementos de la Policía Nacional Civil se pierde entre la cada vez más larga lista de evidencias de abusos de autoridad o de negligencia. Las delegaciones están llenas de historias de acoso y abusos. También están plagadas de tratos indignos que se les dan a quienes en un completo estado de vulnerabilidad llegan a colocar denuncias para salvar de la invisibilidad las violencias domésticas.

Las del 7 y 8 de marzo han sido en El Salvador marchas que se han impuesto a la tradición de no hacer nada. De esa maña de indignarse ante la última que murió vapuleada, pero no mover un dedo para evitar que otra llegue hasta esa consecuencia. Lejos de ser solo tráfico, las marchas educan, porque en un país tan negado a abrir las puertas hacia una educación libre e inclusiva, queda eso: gritar en la calle para que lo escuchen tantas como se pueda.
Un cambio institucional y de maneras de pensar como el que se necesita en El Salvador no puede ser sosegado ni tímido. No es tiempo de callar.

Carta Editorial

Pasamos mucho tiempo viendo a El Salvador desde el mismo ángulo; y, por lo general, es uno negativo. Hoy es un buen día para ver hacia ese país que también está habitado por gente que hace, a pesar de que nada se lo facilite.
Brenda Vanegas es una cineasta salvadoreña. Definirla en esas dos palabras es una conquista. Todo por lo que ella ha pasado para realizar el preestreno de su película “Volar” da una idea de lo mucho que tiene que cambiar en este país para impulsar a que cada vez sean más las personas que se realizan en el arte. Y esa es la clave que muchos programas y planes pasan por alto. No se soluciona un problema solo viendo hacia las consecuencias.
Vanegas ha abierto, con mucho trabajo, una brecha ahí en donde no había camino. Al hacerlo no solo alcanza el éxito de exhibir una película, sino que también lo hace al poder decir a los demás que cuesta, mucho, pero se puede. Ella pudo hacer una película salvadoreña y no es poco.
Aquejado por una cantidad enorme de problemas, El Salvador necesita que haya faros; no solo que se abran oportunidades, sino también que se ilumine el camino de otros que ya lograron alcanzar sus metas y que van por más. Hay una necesidad enorme de hablar con la verdad acerca de disciplina, persistencia, esfuerzo, trabajo, compromiso y pasión como la lista de lo básico para poder llevar a cabo proyectos.
Vanegas ha hecho algo inusual. Ha podido ponerle la “salvadoreña” a una película. Y manda un mensaje importante en este tiempo. Ese de que es posible construir incluso acá, en donde ninguna promesa se cumple. Con su terquedad por el arte se convierte en la mejor manera de explicar a otros que aunque el panorama luzca oscuro y por ratos la marcha se detenga por falta de presupuesto, reanudarla y continuar hasta el final vale la pena.

Carta Editorial

El compromiso sigue vigente. Esta es nuestra edición número 500 y el texto principal de esta entrega resume bien aquello que desde el inicio nos marcamos como meta. Cada semana buscamos abordar la mayor cantidad posible de aristas de un tema para poder presentarlo no solo con el afán de informar, sino que de ampliar las oportunidades de comprender algo desde la sensibilidad y la exactitud.
Y así es el reportaje de la periodista Valeria Guzmán. Este es un rosario de datos que sirven para ilustrar el tamaño del abandono del adulto mayor y cómo el abuso del que acaba siendo víctima este colectivo –del que tan poco se habla– se ha convertido en algo sistemático.
Pese a que dan cuenta de lo mucho que se ha extendido el problema y de lo difícil que es solucionarlo a corto plazo, los números no producen empatía. Esa viene con los rostros, con la posibilidad de conectar lo macro con la vida de alguien.
Acá hay personas que miran a los ojos a otras y que ponen lo mejor de su talento para narrar lo que esos ojos explican. La de los adultos mayores es una deuda urgente. Es otra de esas injusticias imperdonables que son posibles por un Estado negligente y una sociedad que mira para otro lado.
Desde acá seguimos en el reto semanal de informar, contar, explicar y presentar a nuestros lectores panoramas que no son perfectos, pero que tienen como virtud que son producto de acercamientos a los que les sobra humanismo y respeto indiscutible a la práctica de la confirmación.
No hemos llegado hasta acá solos. Agradecemos a quienes con una confianza inexplicablemente grande nos han abierto las puertas de sus casas y de sus vidas; a todas nuestras fuentes y a los lectores que, en medio de una ola de efusividad por lo rápido y efímero, se mantienen firmes.
Gracias por seguir acá.