Carta Editorial

“Antes de empezar a leer libros de letra corrida, me fasciné con las revistas de historietas. La palabra, mi instrumento de expresión, se vio excitada por ese otro instrumento que aparentemente le es ajeno: la imagen fija pero cambiante”. La frase se le atribuye a Sergio Ramírez, el primer escritor centroamericano en hacerse con el Premio Cervantes.

Las palabras de Ramírez, un consagrado de la literatura y exvicepresidente de Nicaragua, remiten a ese momento crucial en el que un niño tiene sus primeros roces con la lectura. El material con el que se encuentre, la trama, el escenario o el héroe con el que se identifique van a seguir teniendo una influencia enorme por el resto de su vida.

¿A qué materiales se exponen los niños salvadoreños? La falta de referentes no es un problema que se limite a la educación o la introducción a la lectura. También tiene que ver con la construcción de la identidad. ¿Qué tipo de país se construye en el material al alcance de los niños? ¿Cómo las características de este moldean también la personalidad colectiva de nuestra niñez?
Se dice que el salvadoreño promedio no lee. La manera de cortar con esta creencia es atraer a los nuevos públicos. El problema es que el nicho de las nuevas generaciones está lleno de cualquier tipo de distracciones que ofrecen un tipo de satisfacción más expedita en la que no hay que poner cuotas de paciencia ni de concentración. Al autor salvadoreño René Colato Laínez esto no lo ha asustado. Ha escrito y publicado un libro en español e inglés sobre la niñez de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. En una construcción compleja, pero necesaria, que teje las migraciones con la identidad nacional, este libro se publica en Estados Unidos.

El periodista Moisés Alvarado ha escrito este reportaje que en realidad es una puerta a ese mundo que se construye lejos, pero con ladrillos de aquí. Ese que busca hacer por los niños de hoy lo que las historietas hicieron por un centroamericano que ahora es célebre y que se prepara para recibir uno de los premios más importantes en literatura.

Carta Editorial

La voz de Guadalupe Mejía, madre Lupe, encierra muchas de las deudas de justicia que tanto daño han hecho a esta sociedad. La firma de los Acuerdos de Paz hizo callar las armas. Pero la paz no es solo dejar de agredirse. Implica también la reparación y después la reconciliación. Un proceso que aquí jamás se llevó a cabo.

Y en este cúmulo de deudas, no hay ninguna angustia más grande que la de las madres y padres en busca de sus hijos desaparecidos. No es una angustia que se conjugue en pasado. Como bien lo ilustra Mejía, este es un dolor de hoy, de mañana y de todos los días.

La pregunta que lanza esta entrevista, desde el titular, describe a la perfección ese vacío: “¿Dónde se enflora a un desaparecido?” Adónde se despiden y hacen cierre ese ejército de personas que se ha quedado buscando y que no puede dar paso a un luto en forma porque ni siquiera tiene claro si busca a un vivo o a un muerto.

La respuesta debería venir de una construcción social que no solo busque superar y olvidar las heridas de guerra, sino que conciliarlas y aprender a vivir con ellas para, sobre todo, no repetirlas. Para esto último, tan importante y tan básico para no seguir agolpando víctimas contra el muro de la impunidad, también hemos llegado tarde. A los dolores de las madres como Guadalupe se les unen los de tantas otras familias rotas por la violencia, de otro tipo, pero violencia al fin, que comienzan a andar por este camino de buscar a un desaparecido en un país pequeño, pero oscuro.

En este mismo número hemos incluido un texto en el que se hace un repaso del acuerdo de paz de Colombia, a un año de la firma. Las preocupaciones sobre el cumplimiento de lo negociado hacen pensar también en los pasos dados en El Salvador y remiten, de nuevo, a esa idea de que dejar de agredirse no siempre implica aceptarse. Para esto, hace falta mucho más esfuerzo.

Carta Editorial

Desde afuera se distingue perfecto. Y desde esa postura es fácil reclamar a la víctima que por qué no hizo más por salirse y por dejar aquello que provoca daño en tantos niveles. Desde adentro, la categorización no sale tan fácil. Es complicado distinguir de cerca al monstruo. La violencia doméstica es más que todo eso, doméstica. Un asunto de puertas para adentro, de todos los días, que coloca sus raíces y se mimetiza con la rutina y que, en un país tan violento y violentado no es sencillo identificar como delito –con todas sus letras–, aunque nos golpee en la cara.

Antes de levantar cualquier tipo de crítica hacia las víctimas, es necesario acercarse a relatos, como estos que ha escrito la periodista Valeria Guzmán, en los que lo más doloroso es darse cuenta de que todas nuestras normalidades han quedado afectadas por el abuso constante. Esta es la voz de la mujer que ha sido criada en los golpes y no conoce otra vida fuera de eso. No fue educada para no querer a sus agresores. Porque sus agresores no han sido completos desconocidos en la calle; sus agresores han tenido con ella relaciones y vínculos directos de afecto. Comienza con un padre y continúa con las parejas.

Quienes nos cuentan sus vidas en esta ocasión ya son mujeres; pero no quiere decir que nuestras niñas no se estén criando de la misma manera. Nuestras niñas todavía crecen en hogares, escuelas, colonias, municipios, departamentos en donde la violencia es así: doméstica.

Queda tanto por hacer en esto de identificar al mal y a quien lo ejecuta. Algunas de las protagonistas de estos relatos todavía creen que quienes están equivocadas son ellas y no quien les pega y las insulta. Quedan tantas voces por alzar en función de educar para que quede claro que nada de lo que hace daño está bien o se puede tolerar. La violencia no puede seguir entendiéndose como algo íntimo que afecta a una persona. Es un problema de país.

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¿Cuándo se dejó de secuestrar? ¿Por qué se dejó de secuestrar? ¿Qué hubo en la respuesta institucional que logró detener y luego bajar las cifras que reportaba este delito? ¿Quiénes influyeron? ¿Se aprendieron las lecciones? A inicios de la década pasada, este era el delito que mantenía en zozobra a un país que avanzaba a tientas en la posguerra.

La respuesta que se dio en aquel momento fue efectiva no solo en bajar la cantidad de casos, sino que también en hacer menos rentable el delito. Y, sobre todo, en mejorar las investigaciones para así bajar los índices de impunidad. El periodista Moisés Alvarado hace un repaso por esta estrategia que contó con apoyo presidencial y que también abrió la puerta a la colaboración financiera directa de otros actores como el Patronato Antisecuestros.

Las preguntas a las que lleva la lógica se amontonan: ¿se puede hacer esto con otros delitos? ¿Es la impunidad un problema de falta de recursos económicos? ¿Por qué se limitaron al secuestro? ¿Se aprendieron las lecciones? ¿Nos miran a todos con equidad las instituciones encargadas de velar por hacer cumplir las leyes?

Los secuestros causaron daño a muchas familias, no solo a las de las víctimas directas. Ese delito castigó al país en un momento delicado de la historia. Pese a que se implementaron acciones para detenerlo, ¿cuánto de aquellas violencias, de aquella zozobra y desconfianza quedó grabado en nuestro comportamiento social? En este país, nos seguimos debiendo un análisis de todo cuanto nos ha causado daño para evitar repetirlo.

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Las migraciones se consideran parte del ciclo de la humanidad. En el caso de países como el nuestro, sin embargo, el problema es que las migraciones actuales se dan en condiciones que dejan por fuera muchos derechos considerados fundamentales.

La periodista Valeria Guzmán hace en esta edición un retrato de cómo es volver –herido, vulnerable y sin nada– a un país en el que ya no se puede estar y del cual, en realidad, se huye. Un proceso por el que ya han pasado miles de salvadoreños sin que, hasta el momento, su sufrimiento haya pesado lo suficiente como para que se ejecuten cambios significativos.

La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos no ha supuesto, de acuerdo con los registros oficiales, un aumento en la cantidad de salvadoreños deportados. La tendencia es compartida por los tres países del Triángulo Norte: Guatemala, Honduras y El Salvador.

Que los números sean menos abultados que los que se registraron durante la presidencia de Barack Obama no significa necesariamente que los salvadoreños estén migrando menos. Significa que, como indican los especialistas, esto debe ser parte de un fenómeno que puede incluir nuevos destinos o la relajación de controles en México, un país que ha visto deterioradas sus relaciones con Estados Unidos en los últimos años a raíz de la construcción del muro fronterizo a la que Trump no ha renunciado.

Desde la vulnerabilidad de este país que no solo depende de las remesas, sino que es incapaz de ofrecer oportunidades dignas a los que han tenido que irse a buscar desarrollo, las instituciones deberían estar más en alerta a lo que se suceda con dos programas que están en la cuerda floja: el TPS y DACA. ¿Qué va a pasar con los miles que se han amparado a estas figuras si desaparecen y son retornados a un país que en realidad nunca les respondió? ¿Qué les puede ofrecer un país que da más para irse que para el arraigo?

Carta Editorial

La responsabilidad del periodismo en países con tantas irregularidades como el nuestro debe ir más allá de la relatoría de hechos dispersos. Es necesario tomar distancia para hacer un esfuerzo por construir el contexto. Esto es lo que hemos hecho en esta entrega especial sobre las masacres ocurridas en 2014, 2015 y 2016.

Para intentar hallar caminos que nos saquen de esta espiral de agresión, primero es necesario revertir el proceso de insensibilización ante la muerte violenta en el que hemos caído. Hacerlo implica una revisión minuciosa de nuestros números. Entre ellos es posible descubrir patrones, esas circunstancias que aparecen en la mayoría de casos y que no son meras casualidades. Son lo que mejor define hacia adónde deben apuntar los recursos para evitar que la lista de víctimas siga creciendo.

Con los números hay nombres que es necesario pronunciar. Nuestra portada de hoy es un doloroso memorial, una manera de no dejar atrás a todos aquellos para los que cualquier propuesta de pacificación ha llegado tarde. Entre los nombres se repiten apellidos. Hay tragedias que han arrancado de este mundo a familias completas y este dolor ha significado muy poco para el país. Hemos intentado invocarlos a todos para sacarlos del tan dañino olvido, de esa rutina de desapego que nos permite continuar y perpetuar burbujas.

Esos nombres llevan a rostros. Hay que ver a los ojos de los sufren para generar empatía. Entender al otro como un igual –y no como alguien que se merece o que buscó sufrir– es el antídoto a tantos años de impunidad. Esta edición es también viajar a lo que queda de esos lugares que se vaciaron de vida entre tanto asesinato múltiple. Es volver después de la emergencia y dar cuenta de cómo hacen las poblaciones sobrevivientes para recuperarse, si acaso lo logran.

Estos textos son un espejo que nos permite ver con claridad cómo nuestra sociedad se ha retorcido.

Carta Editorial

Como la protagonista de la historia que abre esta edición seguro hay muchas. Pero todavía falta que haya más. Videlina es una de las mujeres que ha tomado lo poco que le ha dado el sistema y lo ha puesto a trabajar en función de los sueños que el mismo sistema le ha permitido tener.

Una casa y un ingreso que le permita cubrir los gastos básicos no es algo fácil de alcanzar en la zona rural de un país al que poco le ha importado desarrollar estos rincones de manera equitativa. Y es más difícil si se es mujer.

Videlina no fue a la escuela por tiempo suficiente como para cambiar con eso el rumbo hacia la pobreza. Tampoco se ha visto beneficiada con la apertura de empleos formales allá donde reside. A Videlina se le han abierto pocas puertas, pero ha sabido colocar todo el esfuerzo y la responsabilidad necesarios para aprovecharlos. Ese mérito es suyo y constituye una de las maneras más efectivas de forjar liderazgos auténticos: el ejemplo.
La mejor manera de reducir la exclusión y la brecha de desigualdad es sembrar en estas zonas figuras que no solo impulsen desde la retórica, sino que hagan ver que la movilidad social, que el convertirse en alguien que alcanza sus metas es posible, no fácil, pero sí posible.

Esta mujer es también la muestra de que el desarrollo se hereda. Ahora que ya les dio un techo seguro y que ha logrado alejar al hambre, lo que sigue es alcanzar la educación para sus hijos. Estas son las inversiones que vale la pena hacer, las que se convierten en semilla de superación, pero que no sarán frutos sin la persistencia de quien las recibe.

Carta Editorial

La participación de las mujeres en espacios públicos es una cuestión de justicia que se explica en números. Si somos más de la mitad de la población, la representación en puestos de incidencia política debería ser acorde. ¿Qué razones son las que explican la ausencia de mujeres en las instancias en donde se toman las decisiones que definen el rumbo del país?
La respuesta no es sencilla de elaborar.

Pero para fabricarla hace falta llegar hasta la intimidad de los hogares en donde la carga sigue siendo de ellas, ya sea como planificación o como ejecución. La casa, pese a que las mujeres también trabajen, se sigue viendo como algo “naturalmente femenino” y, así como todavía no se promueven con suficiente eficacia los liderazgos femeninos, tampoco se promueve que los hombres asuman lo doméstico como algo que, naturalmente, les corresponde. Como muestra, una de las preguntas que se hace a las mujeres que alcanzan éxito profesional es cómo hacen para compaginar casa y trabajo. Como si ellas fueran las únicas responsable de la primera.

En el reportaje que abre esta edición, la periodista Valeria Guzmán recoge los resultados de las políticas que se han puesto en marcha en el país para acelerar la inclusión. Hay avances, pero se camina todavía a un paso demasiado lento en comparación con las exigencias de un mundo que pretende acortar las brechas de desigualdad.

Las próximas elecciones no dan indicios de cambios importantes en cómo se involucra a las mujeres en esta esfera. Si reconocemos que la mejor forma de educar es el ejemplo, ¿qué figuras le estamos dando a las nuevas generaciones para estimularlas a cambiar paradigmas?

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En el reportaje que abre esta edición hay un obvio esfuerzo por cumplir labores que le corresponden al periodismo: explicar, traducir y colocar en contexto. Este texto del periodista Moisés Alvarado se detiene a desmenuzar algunas de las sentencias relativas al delito de lavado de dinero.

La ley que enmarca este delito ha sido motivo de discusión en diferentes ámbitos y no han sido pocos los que la han calificado como ejemplar o, al menos, satisfactoria. Pero qué tipo de recursos se tienen para ejercer todas las acciones que la aplicación de la norma demanda; con qué cuenta la Fiscalía General de la República para montar los casos; o cómo se ha fortalecido la Policía Nacional Civil para ejecutar lo que le corresponde.

Los casos que la Fiscalía ha logrado ganar, hasta el momento, guardan entre sí características similares. La ley se ha aplicado a quienes han sido encontrados mientras transportaban grandes cantidades de dinero sin cumplir con los requisitos legales necesarios.

No se han visto resultados de investigaciones que vayan encaminadas a desbaratar redes más sofisticadas de lavado de dinero que, como sugiere una de las fuentes consultadas, no sería raro encontrar en el país dado que las economías dolarizadas son las que más facilitan estas operaciones.

Hallar la ruta del dinero sucio es también ayudar a detener las acciones que lo producen. Es hacer menos rentable el narcotráfico y las violencias que provoca. Es una lucha frontal contra la corrupción; y es hacer que el delito se quede sin combustible para seguir avanzando. Los Estados que quieren mejorar la vida para sus ciudadanos deben buscar combatir el delito que se comete en las alturas, ahí donde se arman las estructuras y no solo entre los que ejecutan.