Cárceles clandestinas

Hace poco tuve la oportunidad de formar parte de un encuentro sobre la política y la memoria en Santiago, Chile. Como parte del encuentro conocimos Villa Grimaldi y Londres 38, dos cárceles clandestinas de la DINA bajo Augusto Pinochet. En el tiempo de la dictadura los dos espacios eran cárceles clandestinas; centros de represión, tortura y exterminio. Ahora estos son espacios tomados para la memoria activa y para la transmisión de la memoria a las nuevas generaciones. Como puntos culturales de la memoria ofrecen talleres, conversatorios, foros, intervenciones culturales, exhibiciones artísticas y forman parte de un diálogo internacional con otros lugares de la memoria como el ESMA en Buenos Aires, Argentina. Durante la visita a Londres 38 y a Villa Grimaldi pensaba en la falta de memoria de las cárceles clandestinas de El Salvador. ¿Por qué no se recuerda públicamente el terror y la tortura de las cárceles secretas del centro de San Salvador? ¿Por qué siguen intactos esos espacios, pero sin rastro del pasado, como si nada hubiera pasado ahí? ¿Será que los que antes fueron detenidos o sometidos a torturas en estos espacios reviven la memoria cruzando las calles del centro o pasando enfrente de estos edificios? ¿Será que la falta de reconocimiento público de la historia sea otra capa del trauma de la guerra?

En su testimonio “Cárceles clandestinas” (1992), Ana Guadalupe Martínez narra su captura, su tortura y las condiciones miserables de las cárceles clandestinas de los cuerpos de seguridad (la Policía Nacional, la Guardia Nacional, la Policía de Hacienda, la Policía de Aduana). La reconstrucción de las cárceles clandestinas es de los pocos documentos testimoniales que recuerdan esos lugares. Martínez describe las cárceles clandestinas en detalle e incluye varios croquis con las direcciones exactas de los edificios en que estuvo detenida.

Otra pista documental que existe de la localidad de las cárceles clandestinas es un estudio llevado a cabo en los años setenta por la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos de la Organización de los Estados Americanos. La comisión recibió denuncias de maltrato de prisioneros políticos en cárceles secretas en San Salvador y realizó un estudio sobre los centros de detención en la Policía de Hacienda y, especialmente, en la Guardia Nacional. Los funcionarios encontraron, en el tercer piso de la sede de la Guardia Nacional, un cuarto que correspondía al lugar de interrogación que se les había descrito en testimonios recogidos anteriormente. Tomaron nota, además de aparatos eléctricos que podrían haberse utilizado para aplicar choques, como se les había denunciado, y de un espejo que aparentaba ser transparente. La comisión concluye que estos son centros clandestinos de terror y tortura que constituyen un tratamiento inhumano incompatible con los derechos humanos. Con la firma de los Acuerdos de Paz se desmoviliza la Policía Nacional y el cuartel central pasa a albergar las oficinas del nuevo cuerpo policial, la Policía Nacional Civil. Hace poco le escribí a Ana Guadalupe Martínez sobre el espacio donde fue detenida y me comentó: “El edificio está intacto, de lo que no dejaron mucha evidencia es de las cárceles clandestinas”.

Es lamentable que se haya borrado esa parte de la memoria del Centro Histórico del país. Tomando otros lugares de la memoria como Londres 38, Villa Grimaldi, en Santiago de Chile, y el ESMA, en Buenos Aires, Argentina, como modelos, me pregunto si no sería posible la recuperación de una parte de las cárceles clandestinas del centro de San Salvador para servir de huella, documento y evidencia del pasado traumático que vivió la población en ese momento de la historia nacional. Propongo este proyecto no como otro museo histórico ni como un monumento conmemorativo, sino como una intervención para interrumpir la narrativa arquitectónica de “nada pasó aquí”.

Vivo dos posguerras

Vivo dos posguerras; una a escala relacional y la otra de mi país. La de mi país la he vivido de lejos y la otra, desde el meollo. Esto lo escribí hace casi un año en el margen de una libreta de apuntes. Claro está que la primera posguerra que me marcó fue la que seguimos viviendo como parte del proceso nacional de El Salvador. Pero durante la disolución de mi matrimonio se me ocurrió que el divorcio también trae su propia posguerra; un período de tiempo posterior al combate abierto durante el cual se sufre sus consecuencias. Las dos posguerras me han hecho reflexionar sobre la importancia de los momentos de transición en la vida marcados por crisis anteriores.

Uno se equivoca pensando que, con la firma de un acuerdo o con la concesión de un divorcio, solo queda vivir la paz. Resulta casi inverosímil que después de tanto trámite y angustia no se pase de golpe a una nueva lógica de vida. Pero lo que toca al terminar una guerra, a escala relacional o a escala nacional, es caminar por un paisaje hecho ruinas, entre ambigüedades, ambivalencias, fragmentos, desórdenes, cuentas, cartas, fotos y correos extraviados. El cese de fuego le permite a uno hacer la toma de inventario de lo que se puede redimir y restaurar; muchas veces suele ser bien poco. Pero de esos primeros pasos tambaleantes a llegar a la paz hay un largo trecho.

La paz no es la no-guerra; la paz requiere actividad, la construcción de armonía organizada alrededor de una maqueta bien pensada. En un momento de desgaste y ruina se impone la tarea inmediata de renovación. Esto es porque uno de los problemas básicos de cualquier posguerra suele ser la falta de una buena infraestructura. Lo que toma años en establecer se desarma y uno queda expuesto con dificultades para poner orden al caos. La vida nos llama a responder, pero ya sin los sistemas acostumbrados; todo hay que negociarlo de nuevo y lo cotidiano se vuelve irreconocible. Por eso es que la posguerra requiere presencia mental, energía, negociación, diálogo, madurez donde antes uno simplemente había funcionado en automático. Me he dado cuenta de que el cumplimiento inicial de estas tareas influye mucho en las secuelas de guerra y en la transición a una nueva etapa de vida.

Dicho todo esto quiero aclarar que me parece demasiado simplista pensar que algún día salimos del laberinto de nuestras posguerras. En esto soy más proponente de la teoría del caos y de la noción poética de que el aleteo de una mariposa en Brasil puede terminar desatando un tornado semanas después en otro país. La teoría del caos se basa en el hecho de que el presente es susceptible en un primer momento a condiciones iniciales mínimas que se quedan imperceptibles e invisibles con el tiempo. De la misma forma, cualquier turbulencia de la vida nos marca en un primer momento y no podemos saber hasta dónde llevan los efectos secundarios. Seguimos hablando de “posguerra” precisamente porque las transiciones desatadas con el fin del conflicto son apenas condiciones iniciales inconclusas.

Con todo, este año cumplo dos años de divorciada y en El Salvador se marcan los 25 años de posguerra. En ambos casos la inseguridad, la insuficiencia y la desilusión son amenazas constantes, pero también hay esperanza, creatividad y energía. Los conflictos de la vida crean estelas caóticas cuyo impacto final no se puede saber ni pronosticar con certeza alguna. Esto no quiere decir que el aleteo inicial de la mariposa sea insignificante, sino todo lo contrario, mis dos posguerras me han llevado a la conclusión de que cada acción inicial debe tomarse con decisión y responsabilidad sabiendo que el impacto eventual será formidable. En fin, nuestras posguerras se hacen puentes o estanques dependiendo de la solidez de un programa inicial de transición hacia la paz y de la firmeza de nuestros primeros batidos de alas hacia ese camino.

Luz Negra

“¿Vas a escribir sobre el plagio?” Esto me preguntó un amigo escritor, medio para aclarar y medio sugiriendo con recato que era pésima idea tocar el tema. Me explicó: “En el país hay detalles que nunca se comentan públicamente, como eso del plagio”. Agregó que había varios plagios históricos que no se mencionan o, más bien, se hablan solo por debajo. Uno de estos es la obra “Luz negra” (1964) de Álvaro Menen Desleal. Llegó a ser una de las obras de teatro con mayor trascendencia en la dramaturgia salvadoreña a pesar de que el autor fue acusado de copiar “Esperando a Godot” (1952) de Samuel Beckett. El Diccionario de la Lengua Española de la RAE define el plagio de la siguiente manera: “Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”. Esta definición trae a mente los ejercicios escolásticos de mis hijos que hace poco había matriculado en un colegio de San Salvador, mientras llevaba a cabo una investigación en el país. En esa escuela, los alumnos llenaban cuadernos y cuadernos con textos escritos mecánicamente: pasajes transcritos, palabras copiadas y frases dictadas. Aprendieron a reproducir textos con buena ortografía, pero de tanto escribir no hicieron nada de su propia autoría. Esta noción de copiar como parte del proceso de aprendizaje es abundante sobre todo en los mundos de la literatura y el arte, donde se aprende imitando las obras maestras y las técnicas de los que vinieron antes. A partir de Aristóteles se ha reconocido que la imitación es un fin esencial del arte. Claro, el gran error está en dar a conocer una copia como un original sin hacer cambios sustanciales, nuevos o creativos.

Por su parte, la obra de Álvaro Menen Desleal es indiscutiblemente beckettiana. Los personajes de Menen Desleal son Goter y Moter, dos cabezas que acaban de ser separadas de los cuerpos en una ejecución pública. La obra se desarrolla con la conversación entre Moter y Goter mientras esperan que pase alguien para confirmar si están vivos o no. “Esperando a Godot” (1952) de Samuel Beckett tiene una estructura muy parecida con dos hombres, Vladimir y Estragon, que conversan mientras esperan la llegada de Dios.

A pesar de las acusaciones en contra de Menen Desleal de haber plagiado la obra de Beckett (véase “Si la envidia fuera tiña” en el blog de Rafael Menjívar Ochoa, en la entrada del 23 de octubre 2007), “Luz negra” adapta la obra original para el contexto salvadoreño. Se conservan las huellas estructurales de “Esperando a Godot”, pero con cambios sustanciales que dan lugar a una obra de teatro novedosa. La imitación en “Luz negra” transforma la búsqueda de Dios en la búsqueda del ser humano. Miguel Ángel Asturias explica la relación entre los textos así: “Es un Beckett tropical, más rico, más vivo, más sugerente, más poético” (véase Carátula 44, “La dramaturgia en El Salvador”, de Carlos Velis). De modo que lejos de presentar una amenaza a la literatura, estas relaciones entre textos marcan la riqueza de una tradición literaria.

En vez de callar los casos de plagio del país sería mejor enfrentarnos con estos con paciencia y humildad, aceptando que lo nuestro tampoco representa un original absoluto sin antecedente. En fin, aparte de los casos más descarados, el plagio podría ser un buen augurio para los gremios artísticos; señala primero que la gente está leyendo lo anterior y tomándolo en cuenta y que hay un diálogo que se nutre del intercambio textual. El propósito de la literatura no es amontonar ideas para que se estanquen en un texto, sino soltarlas para travesear y descubrirse en otras.

Gustavito: un cuento policíaco

Esta semana leímos colectivamente en los medios de comunicación un cuento policial detectivesco de terror, al estilo de “Los crímenes de la calle Morgue” de Edgar Allan Poe (1841). Para resumir el argumento, la primera versión del caso era que el hipopótamo Gustavito había sido agredido con picahielos por desconocidos en las instalaciones del Zoológico Nacional de El Salvador.

De acuerdo con esta versión, promulgada por la Secretaría de Cultura (SECULTURA) de la Presidencia, la salud de Gustavito se había complicado en los días después de ser barbáricamente atacado “con objetos contundentes y cortopunzantes por personas desconocidas e inescrupulosas”. Esas complicaciones supuestamente llevaron a su muerte el domingo pasado.

El enigma a resolver era quién o quiénes eran los culpables de semejante acto de barbarie. El crítico salvadoreño Paolo Lüers sintetizó el caso en su carta pública dirigida a Gustavito: “En un país plagado de violencia, surge como símbolo de todas las víctimas… ¡Un hipopótamo! Solo faltaba especular si te asesinó la MS o la 18 u otro sospechoso”.

En el género policial clásico el crimen suele ocurrir en los interiores de espacios domésticos, como es el caso en el cuento de Poe, donde el asesinato múltiple tiene lugar en un cuarto cerrado con llave del cuarto piso de una casa en la calle Morgue. En El Salvador, ni modo, el crimen ocurre en un espacio urbano hacia el sur del centro histórico de la capital. En todo caso, el ambiente del género policial actual suele, por lo general, ser urbano.

En vez de una figura altanera como el detective francés C. Auguste Dupin, tuvimos varios fiscales y un sindicato de trabajadores que cuestionaron la versión oficial de la muerte del hipopótamo. El 1.º de marzo uno de los fiscales involucrados en la investigación concluyó: “Hemorragia pulmonar es la causa de muerte, según necropsia. No se notó penetración de picahielos, como se dijo inicialmente”.

Por su parte, el Sindicato de Trabajadores de la Secretaría de la Cultura (SITRASEC) señaló en un comunicado de la semana pasada la negligencia de las autoridades del Zoológico Nacional. Hizo notar que la situación de salud del animal venía degradándose desde hace 17 días y Gustavito no recibió atención médica adecuada. De acuerdo con el informe de los empleados, el hipopótamo presentó un bloqueo estomacal que no fue tratado de forma eficiente y eso fue lo que provocó su eventual muerte.

“En El Salvador existen dos realidades: una que está en la superficie y la otra realidad subyacente”. Me hicieron este comentario hace poco y se me vino a la mente esta semana con el caso de la muerte de Gustavito en el Zoológico Nacional.

El enigma queda por resolver. ¿Quién o quiénes son los culpables de la muerte del hipopótamo? En fin solo hace falta marcar la resolución de otro cuento de Edgar Allan Poe, “La carta robada”. Este cuento gira en torno de la búsqueda de una comprometedora carta. Registran el espacio y nadie la puede encontrar hasta recurrir a Dupin. El detective da con la carta ágilmente porque sabe que la solución del enigma muchas veces no está oculta, se ve fácilmente. En este caso no se habría que descartar tampoco las pistas y las personas que están a plena vista.