El pensamiento mágico

Cuando mi hija se pasó a dormir en su propio cuarto le colgué un crucifijo de bronce en la pared, arriba de su cuna, sobre una placa de madera. Y eso que no soy religiosa. Lo hice porque había sido mío de niña, me parecía hermoso y porque era un símbolo de protección. La placa estaba suspendida por una cinta amarilla y sobre la madera estaba pintada la imagen de un ángel querubín. Cada noche, antes de acostarme, entraba a revisar la respiración de mi hija, a ver que estaba tapada bien, pero no sé cuando me empecé a fijar tanto en la cruz. Mi gran temor era que alguna noche entraría a su cuarto y encontraría invertido el crucifijo, como en películas de mi juventud, como “La profecía” o “La maldición de Damien”, y a saber qué caja de pandora se abriría entonces. En mi mente lógica sabía que eran temores que no correspondían a la realidad y, por eso mismo, pasó mucho tiempo en que no le comenté nada de esa rutina a nadie. Entender que no era lógico no me ayudaba en esos momentos y, a veces, revisaba su cuarto, me calmaba, y tenía que volver en algunos momentos para ver que seguía colgado el crucifijo de la misma forma. Nunca se me ocurrió quitarlo de la pared y evitar todo ese proceso, porque eso habría dejado a mi hija sola y expuesta a todas esas fuerzas potenciales del mal sin, ni siquiera, cualquier mínima protección que le aportaba esa placa católica. Repito, no soy religiosa, pero lo que pasa es que mi escepticismo se extiende hasta los campos de la ciencia y la razón. No creo que nadie tenga las respuestas absolutas ni la perspectiva necesaria para entender ni explicar cómo funciona la experiencia humana.

La primera vez que oí mencionar el “pensamiento mágico” fue en un libro de Joan Didion, en que la autora describe cómo los rituales de su vida cambiaron cuando lidiaba con las enfermedades y, al fin, el fallecimiento de su marido e hija dentro del espacio de dos años. Para Didion, el hecho de no deshacerse de los zapatos de su marido, por ejemplo, aun después de su muerte, significaba que de alguna forma seguía existiendo la posibilidad de que él iba a volver y poder usarlos otra vez. La forma de razonar de la autora en ese tiempo iba en contra de la realidad empírica y todo ese libro tiene que ver con la misma insensatez que, de cierta forma, le da orden a la vida humana, sobre todo en momentos así, de crisis o de agobio.

Cuando encontré ese libro de Joan Didion sentí que la autora había puesto por escrito algo que yo ya había experimentado en mi propia vida. El crucifijo de mi hija quedó guardado en una caja en alguna cambiada de casa. El pensamiento mágico ahora tiene que ver con el acto de buscar señas en las cosas que uno encuentra en la calle o en las cosas que mira en el camino, pero también en tratar de actuar sobre ese mismo universo y de negociar con él. Es el acto de colgar un amuleto contra el mal de ojo o usar una pulsera de pita roja para la protección. Es cuando alguien te da un collar o unos aretes y perderlos o deshacerse de ellos significa, de alguna forma, perder algo de la conexión con esa persona. Es cuando se cae una fotografía y uno se preocupa que algo le ha sucedido a esa persona en ese instante. Es el silencio que sigue después de romper un espejo o cuando uno experimenta el “déjà vu”. En fin, Joan Didion dice que la experiencia humana no se corresponde con explicaciones lógicas, cuando pierdes a alguien lo percibes con el corazón, no con el cerebro: “Es una sola persona que ya no está, pero es el mundo entero que ahora está vacío”.

Tóxico

Estaba sentada en la mesa de comedor en la casa de mis padres. Discutía con ellos la novedad de que el papá de mis hijos se había mudado al estado lejano de Arizona. Era curioso porque se había ido sin avisarle a nadie abandonando las responsabilidades inmediatas que tenía con los niños. Recuerdo detalles del cuarto mientras conversábamos; el sonido de la mesa cuando crujía contra el linóleo, la densidad de las viejas sillas de madera y la luz rosada del atardecer que poco a poco llenaba el espacio.

Ahí fue que entró al comedor un desconocido; un hombre joven sonriente y con un aire de confianza que me dejó perpleja. Sin romper la zancada nos tiró sobre la mesa una carta postal que quedó sin abrir y me dio la mano anunciando que tenía algo para mí de mi exmarido. Supe entonces la razón detrás de su huida repentina a Arizona. Sentí como que el joven me presionaba güishtes en la palma de la mano y sabía que venían llenos de alguna toxina letal. Antes de morir solo tuve chance de pensar que se quedarían solos mis hijos. Desperté.

Decidí que el año entrante no volvería a programar las lecturas de Borges y Cortázar para mis estudiantes en la misma semana. Leíamos en estos días ‘El sur’ y ‘La noche boca arriba’, dos cuentos en que se cruza el mundo de sueño con la realidad y el protagonista en cada caso sueña su muerte. Quizás por eso había terminado soñando la mía. Y sin embargo me quedé con la inquietud de la vividez de ese sueño y de lo que me habría querido comunicar aparte de la plena animosidad del divorcio.

He leído sobre casos de sueños proféticos, o premonitorios, que de alguna manía del subconsciente abren ventanas hacia el futuro que le permiten a uno acceder a una determinada información. Está el caso de Abraham Lincoln, por ejemplo, el presidente que soñó su muerte días antes de ser asesinado.

La respuesta me llegó el siguiente día cuando mi hijo me preguntó si yo no había recibido un correo que me había querido hacer llegar su papá. Me entró la sensación fugaz de haber estado en esa situación antes. No, no lo había encontrado en el buzón de email y de qué se trataba, le pregunté. Ernesto me explicó que su papá tenía programado un viaje inmediato a otro estado y que era referente a eso y al plan de tiempo compartido con ellos. Pensé en la carta postal no leída del sueño que había quedado sobre la mesa del comedor y no contesté nada ese día, que fue jueves.

Ha quedado pendiente una respuesta a esa carta que quedó perdida entre el umbral de dos mundos y ya sé lo que le voy a contestar. Que me encargo yo esa semana de los niños, que no hay problema y que goce sus días de vacaciones. En fin, hay que hacer el esfuerzo para encontrar el antídoto al veneno lastimoso de esa relación. Mando el correo electrónico, cierro la página de web y encuentro en otra página abierta un poema de Rumi del siglo 13. Lo leo y siento que leo el contenido de esa primera carta como si formara parte de un sueño lúcido:

“Más allá de las ideas de los males y las cosas buenas que nos hicimos,

hay un campo. Encontrémonos allí.

Cuando el alma se acuesta en esa grama,

El mundo está demasiado lleno para poder discutir.

Ideas, lenguaje, incluso la frase “nosotros”

Pierde todo sentido

La brisa del amanecer tiene secretos que contarte.

No te vuelvas a dormir…

La gente cruza el umbral

donde los dos mundos se juntan.

La puerta es redonda y está abierta

No te vuelvas a dormir”.

El arte de robar libros

Hay quien se apropia de los libros para venderlos, hay quien lo hace por el placer de tener bibliotecas cada vez más completas y está quien se adentra en el crimen para poder leer. En mi caso fue por la condición material de no estar en el país y por vivir, una gran parte del tiempo, fuera. Se trataba de dos libros, uno de la autoría de Ricardo Lindo sobre la pintura en El Salvador y, el otro, un catálogo de una exposición de Antonio Bonilla. Hace un tiempo, el dueño de los libros me concedió una entrevista y, antes de salir, recuerdo pagarle algo de dinero por su tiempo y que me prestó los dos libros.

Las primeras dos veces que me escribió por Facebook pidiendo el regreso de sus libros, le respondí que la próxima vez que llegara al país me los traía conmigo. Quizás tiene algún dato que quiera revisar en uno de los libros pensé, y por eso le urge tenerlos. Ya para la última vez que se comunicó conmigo, hace un par de semanas, el tono de sus mensajes se había deteriorado con brusquedad, como el clima agresivo donde vivo. Me advirtió: “Luego escribiré estados en mi muro (me siento puro marero extorsionando por algo que es mío)”. Como no le podía cumplir, pensé en las cosas que él publicaría en su muro: “Denuncio a Évelyn Galindo, ladrona de libros”. No estaba tan mal; o quizás, no era yo la única. Quizás formaría parte de un elenco de gente que le habían ido desvalijando poco a poco los estantes. De todos modos, y pusiera lo que pusiera en su muro, le tuve que responder lo mismo, que hasta no estar de nuevo en el país, me era imposible cumplir con su demanda. Y así fue que, sin querer, me convertí en ladrona de libros.

La situación me hizo pensar en la novela “Los detectives salvajes”, del escritor chileno Roberto Bolaño. Ahí, uno de los narradores de la historia, el joven García Madero, se deja caer en un abismo de mala conducta; entra a las librerías a robar libros de autores como Roque Dalton, Lezama Lima y Jorge Luis Borges, entre muchos otros. En su caso lo hace principalmente por anárquico y por el gusto de tener una biblioteca cada vez más amplia. Me fui dando cuenta al buscar un poco por internet que hay cierta cultura de robar libros. Vi que los libros más robados son los de Charles Bukowski y de William Burroughs, y que muchas veces las librerías ponen estos textos detrás del mostrador para desanimar a los ladrones. En una entrevista, Bolaño reconoció que, siendo joven, robó libros por los mismos motivos que García Madero: “Yo veía cómo mis amigos robaban libros y sus bibliotecas iban creciendo, menos la mía. Entonces me decidí a entrar en el gremio de los ladrones”. Bolaño agrega: “Yo creo que es algo que todos los jóvenes hacen y me parece, además, buenísimo que lo hagan. Robar libros no es un delito”.

Quizás el señor de los libros se veía víctima de un tipo como García Madero, un vagabundo, vanguardista que vulneraba los límites establecidos por la sociedad. Quizás por eso, su reacción tan molesta. Mentiría si no confieso que me pareció algo romántica la acusación de roba-libros. Y sin embargo, fui a buscarlos en el estante y los coloqué en una mesa cerca de la puerta principal para no olvidar de llevarle los libros en la próxima oportunidad. Para mí, apropiarme de los textos prestados no es que sea un delito, pero si una carga de conciencia que no me interesa asumir solo por guardar un par de libros más en el estante.

La tela del tiempo

“Uno solo es capaz de notar que el pasado es hermoso porque nunca comprende la totalidad de una experiencia en su momento. Se expande más tarde, y por lo tanto no tenemos emociones completas en el presente, solo en relación al pasado”. Leo este comentario de Virginia Woolf en el tercer volumen de su diario. Ella lo anota unos momentos antes de cenar, la noche del 18 de marzo de 1925.

Me la puedo imaginar luego de cerrar el diario, guardarlo y de ahí levantarse del escritorio antes de dirigirse al comedor. Mientras me cuesta entender las propuestas sobre el tiempo de los físicos teóricos como Stephen Hawking y Einstein, esta frase de Woolf sobre la simultaneidad del pasado, el presente y el futuro y el hecho que la experiencia humana no se limita al presente me parece lógica y muy cierta.

Pienso en la idea de Woolf de no poder comprender la totalidad de una experiencia en su momento mientras limpio una mancha pequeña en una pared de la cocina, que parece ser salsa de tomate seca de hace años. Lo más probable es que nació de alguna vez que mi (ahora ex) marido cocinaba los espaguetis italianos que tanto le gustaban.

Ahí quedó grabada la mancha en el continuo espacio-temporal. Quién iba a poder deducir entonces que esa gota de salsa de tomate duraría más que mi matrimonio o que el significado de esa mancha seguiría expandiéndose en el tiempo, cobrando un significado mayor en el futuro. Ahora la veo y esa manchita es un símbolo perfecto de la impermanencia de algunas relaciones y la acabo de borrar con un trapo.

Hace poco tuve otra experiencia parecida del tiempo cuando volví a ojear un libro sobre la artista Camille Claudel, que me regaló mi abuela, Stella, luego de un viaje a París. Ella siempre firmaba los libros con dedicatoria y por eso sé que consiguió el libro en una librería que se llamaba Bretanos, Avenue de l’Opéra, en noviembre de 1994. Mi abuela vivía su presente pero con la consciencia de que en algún momento futuro no me iba a poder comunicar más lo que estaba en ese mensaje; lo mucho que pensó en mí durante su viaje y que me quería mucho, muchísimo.

Aparte de saber que me fascinaba la escultora, ella intuía que en algún momento futuro, que ella no alcanzaría a conocer, yo iba a volver a abrir el tapete de ese libro sobre Camille Claudel y recordarla. Así como decía Virginia Woolf, la experiencia se expande más tarde y es hasta entonces que logramos notar lo hermoso que es el pasado. En este caso, lo bello que es tener entre mis manos un mensaje de mi abuela de hace 24 años como una muestra tangible de su vida y de su amor en el presente.

La experiencia humana se expande en el tiempo como estelas en el mar. Puedo pensar en otro ejemplo de hace un par de años cuando a mi hija se le clavó la idea de cultivar un jardín con vegetales y flores, y lo hicimos en el patio de la casa de mis papás. Durante ese proceso de cavar hoyos en la tierra recordé que la última vez que había cultivado un jardín fue con mi papá en el mismo lugar del patio cuando yo misma era niña.

Ahora yo era madre y lo hacía con mi hija. Pensé que para la tierra lo que apenas fue un instante de tiempo, fueron para mí 35 años. La experiencia de cultivar un jardín de niña al lado de mi papá se expandió en ese momento. Noto lo hermoso que fue el proceso de hacer el jardín con mi papá hasta 35 años después cuando lo repito con Lilli. Virginia Woolf tenía toda la razón.

La Navidad

Creo que voy a perder la uña de un dedo de la mano. Mientras escribo en el teclado estoy viendo el dedo medio bastante hinchado y rojo, y la uña de un amarillo verdoso. Es una flor de pascua. El dedo se me quedó machucado entre el soporte del árbol de Navidad y el tronco cuando intentaba levantarlo desde la base de hierro.

Dicen que el cuerpo es un archivo de todos los males que le han sucedido a un ser humano. Si es así, el arqueólogo que encuentre mis huesos en 400 años va a reconocer que se me fregó el dedo por insistir este año en un árbol real y no en uno artificial, que ya tenía guardado en el sótano.

Hace unas semanas me di cuenta de que la compañía Addis, que inventó el árbol artificial de Navidad en los años 1930, producía primero cepillos de baño para limpiar inodoros. La invención se dio por una cantidad de cepillos de baño que sobraban y a saber qué otras condiciones de la vida que llevaron a Addis a juntar los cepillos y armar el primer árbol de Navidad artificial. Se me grabó la imagen de pasar diciembre con un enorme cepillo de baño verde en la sala y, en ese momento, decidí mejor hacer el esfuerzo de poner un árbol auténtico y no uno artificial.

Mientras ponemos el árbol mi hija me mira de reojo y me dice que las amigas ya no creen en Santa Claus. Sigue hasta confesarme que ella tampoco. Yo le comento que, entonces, Santa va a dejar de llegar a la casa. Le digo que la imaginación es tan poderosa que cuando los niños dejan de creer en él, ya no puede entrar a la casa.

Me mira fijamente y le explico que es como la leyenda del vampiro que solo puede entrar a una casa si es invitado. Me empiezo a enredar con lo del vampiro y le recuerdo del duende de Noel. Cada diciembre hay un muñequito duende que aparece en un sitio y lo encontramos en un lugar diferente de la casa por la mañana, en medio de alguna travesura. Mi hija no me deja terminar; dice que tampoco cree en el duende ya, porque lo encontró hace unos días en el armario aplastado entre zapatos de tenis y bolsas. Le digo que eso solo es una prueba más de que existe.

Así es que este diciembre tengo el dedo chueco y la noticia de que mis hijos ya han entrado a la adolescencia. Mi hija está decepcionada con Santa Claus. Mi hijo, dos años mayor, tiene novia y no cree en nada que no sea el amor. Hago el esfuerzo de observar tradiciones con ellos y, al mismo tiempo, entiendo que cada año las cosas cambian un poco. Mientras tanto, los días se acortan, está cada vez más helado, empieza a nevar y la casa se llena de olor a pino.

Esperando las caravanas

Debatiendo el tema de las caravanas con una seguidora de Donald Trump, ella me preguntó: “Qué no tenés una puerta en tu casa y qué no la mantenés cerrada y con llave para la seguridad de tu familia?” “Pues sí”, le dije, “pero si esa casa estuviera en llamas, abriría la puerta y sacaría a mi familia”. Es más, esperaría encontrar gente afuera, bomberos, vecinos, o qué sé yo para ayudar y no fuerzas levantando barricadas para obstaculizar la salida. Lo que pasa es que yo veo la situación desde Centroamérica; y ella, desde Estados Unidos, y la experiencia humana se pierde en la traducción. Para ella es un asunto de autoconservación y de seguridad, y para mí es un asunto del instinto de sobrevivencia. Yo concuerdo con lo que Noam Chomsky dijo sobre el tema en una entrevista en que comentó la ironía de que las caravanas de migrantes huyen de las condiciones miserables que Estados Unidos creó en los países centroamericanos con su política de intervención en el siglo pasado.

En general, hay un tono ambivalente en Estados Unidos en cuanto a las caravanas más recientes de inmigrantes. Como que la población no termina de entender qué exactamente es una caravana; si presenta una amenaza, si hay peligro o si debe sentir miedo. La palabra “caravana” en sí es bastante neutral; recuerda un viaje nomádico. También hace pensar en un modelo de marca Dodge, el Caravan, que tiene fama de ser una camioneta popular orientada hacia el transporte de familias.

Las últimas caravanas de migrantes se han autodenominado “viacrucis de refugiados”, una imagen que recuerda el sufrimiento de Cristo y los pasos que dio Jesús en su camino al Calvario. Lleva también un eco de la filosofía de los padres jesuitas de la UCA con la idea de “bajar de la cruz al pueblo crucificado”. Donald Trump, por otra parte, ha caracterizado a las caravanas de octubre como una “invasión” lo cual le abrió la posibilidad de enviar tropas a la frontera y erguir alambre razor para impedir el cruce de los migrantes “invasores” a Texas. Saber cómo responder a la situación tiene que ver con la interpretación que le das a la caravana. Por eso las palabras son tan significativas.

El primer ministro británico Winston Churchill entendía bien la importancia de nombrar las cosas. Instó a los líderes militares a su mando a encontrar nombres honorables para las batallas, para que ninguna madre de un soldado caído se viera obligada a decir que su hijo murió en una operación llamada ‘Abrazo de conejo’ o ‘Operación relajo’. Churchill estableció una poética y reglas para nombrar las operaciones militares con este fin. En particular, aconsejó que se evitaran aquellas descripciones que fueran arrogantes, abatidas, frívolas o que aún están siendo utilizadas por los vivos. Después de todo, las vidas y las muertes de personas reales estaban en juego.

Los funcionarios del Pentágono también demuestran incertidumbre en cuanto a las caravanas; hace una semana le pusieron el nombre Operación Patriota Fiel a la campaña para detener a los migrantes de Centroamérica. Un nombre que parecía destinado mejor para una película de los ochenta de Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger o Jean-Claude Van Damme. Pocos días después el Pentágono se echó para atrás y dijo que iba a dejar de usar ese nombre para la operación porque no es una acción militar sino que un proyecto de fortalecer la frontera.

Las últimas noticias que tenemos de las caravanas es que están casi llegando a la frontera entre Estados Unidos y México, y que vienen más caravanas detrás. Y aquí, seguimos esperando…

Soy divorciada

Una señora que he conocido hace poco me pregunta por mi marido. Le respondo con lo que parece ser confesión. La palabra en sí es fea: “divorciada”, un participio pasado que retumba en la boca como cuatro piedras naturales en marea alta. Decirlo es contar una historia completa con una breve etiqueta que solo invita silencios y cambios repentinos de plática. Parece punto final, pero no lo es, ni lo ha sido en mi caso particular. Y si la señora no hubiera cortado la conversación le habría dicho que mi matrimonio se acabó por varias razones, nada inusuales; murió de causas naturales. Hicimos terapia de pareja y el terapeuta solo nos hizo ver que el divorcio era la mejor opción. Para entonces ya se había perdido el respeto y la confianza y una relación así no era sostenible. De todos modos no lo recuerdo como un fracaso ni lamento el tiempo que pasé casada. En parte porque en algún lugar leí que el matrimonio normal dura ocho años y el nuestro fue casi el doble de tiempo. Ahora lo pienso como una etapa de la vida; la de criar hijos y lo hicimos juntos hasta donde pudimos. Pero hay relaciones que solo son para una temporada de la vida y no se dan para más. Lo único que sí me pesa es haber dejado ir la oportunidad de formar una unidad familiar cohesiva. Pero la verdad es que los que logran formar buen equipo no se divorcian.

Sin embargo aquí no quiero concentrarme en el divorcio, que en fin solo fue una parte del proceso que terminó dando vida a otras cosas. Fue una oportunidad de ofrecerme la vida a mí misma en vez de seguir ofreciéndola inútilmente a mi pareja. Después del divorcio pasé un periodo en que la libertad nueva me hizo sentirme como un colibrí con energía frenética pero sin tener fuerza ni poder real. Solo podía desperdiciar energía porque no sabía acumularla en lo productivo. Pero al poco tiempo tuve que hacer un nuevo nido y establecer nuevas normas para mis hijos. Había empezado a pintar como forma de escape durante el tiempo que nos tocó vivir juntos antes de que se formalizara el divorcio. Al tener un propio espacio seguí desarrollándome en la pintura y con el arte. Aprendí a andar en motocicleta y ando sola en mi vieja Buell 500 por el campo de Wisconsin. Además empecé a practicar jiu jitsu, un arte marcial en el que hay que estar en contacto físico constante con otros practicantes, la mayor parte de ellos son hombres que ahora considero casi hermanos. Pero un deporte así nunca me lo habría permitido el exmarido porque lo hubiera visto como algo no conveniente para una mujer casada. Esas consideraciones ya no son parte de mi realidad; viajo, estudio y escribo sin pedir permiso ni estar rindiendo cuentas a nadie.

Y no es que el divorcio sea una solución automática para los problemas de pareja ni que sea algo conveniente para una familia. A lo que he querido llegar es que el divorcio es apenas un alto de fuego y una oportunidad para empezar de nuevo, pero lo laborioso está en construir algo de valor de las ruinas que quedan. Le quisiera haber contado todo esto a esa señora que hace poco me preguntó si yo era casada. Le quisiera haber podido decir que el divorcio no es punto final.

Esto es agua

“Esto es agua”, de David Foster Wallace, es una maravilla de ensayo que me deja sintiéndome menos sola. Ahí el autor describe el tedio de la vida de un adulto típico que se levanta temprano por la mañana para ir a un trabajo difícil que al final del día lo deja agotado y con un fuerte deseo de volver a casa, cenar bien y tener un par de horas para algún recreo antes de acostarse luego, porque sabe que el próximo día hay que levantarse temprano para volver a lo mismo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa.

En vez de volver a su hogar, le toca ir al supermercado. Es la hora pico de tráfico y las calles están saturadas de autos. De modo que llegar al súper le lleva más tiempo de lo normal y, cuando al fin llega, ve que está lleno de gente como él, que luego de un día de trabajo trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento de la semana. El súper es el último lugar de la tierra en el que se quiere estar, pero es imposible hacer las compras con eficiencia. Anda por los pasillos atiborrados de gente apurada y cansada y al fin, se dirige a las cajas y hace cola. Así, David Foster Wallace representa las rutinas y tareas aparentemente fastidiosas y sin sentido que llenan nuestras horas, días, semanas y años.

Y aquí está la magia del ensayo; el autor nos hace ver que hay una salida al laberinto de tareas intrascendentes, insignificantes y frustrantes. El escape está en no caer en un modo de ser y de actuar que es automático, natural y establecido. Wallace nos propone la posibilidad de que en estos momentos tan miserables se puede escoger cómo pensar para así enfrentarnos con la vida con más claridad y gracia. Por ejemplo, existe la posibilidad de una manera distinta de percibir a esa gorda, de ojos muertos, sobremaquillada que no deja de gritarle a su hijito en la cola del súper. Wallace nos dice: “Quizás ella no es siempre así. Quizás lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que muere de cáncer de los huesos. O quizás esta señora es la misma que ayer ayudó a tu mujer a resolver ese horrendo trámite en el Registro de Autos con un simple acto de gentileza de su parte”.

El secreto, según Wallace, es tomar consciencia de la forma en que percibimos al mundo y a la gente a nuestro alrededor. En las trincheras del día a día de la vida de un adulto hay la posibilidad de momentos significativos y hasta sagrados, en los que se puede experimentar amor, comunión y la mística que está en percibir el meollo verdadero de las cosas.

Leer a Foster Wallace me recuerda que cada día merece claridad, atención, conciencia y disciplina a pesar de las tareas intrascendentes y poco llamativas que pueden llenar nuestras horas. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, y el funcionamiento por “default”.

Somos como peces que no se dan cuenta que están en el agua y tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos, una y otra vez que estos momentos son reales y esenciales: “Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua”.

Cómo recuperar un archivo eliminado

“Este es el hombre que te va a romper el corazón en pedacitos”. Esto me lo dejó escrito una amiga del trabajo en una notita en la que, por otra parte, me felicitaba por la noticia de que mi hijo sería un varón. Ese papelito lo tuve doblado y guardado en la cartera por años y, a cada rato, lo volvía a encontrar, a abrir y a leer sin señas de que se cumpliera la profecía.

Fue un augurio que esta semana por poco se cumple, cuando mi hijo, ya un hombrecito de 14 años, me extravió un cuaderno de la tesis de doctorado. Ese cuaderno contenía el trabajo de los últimos meses de investigación ya pulido y listo solo para pasarlo a la computadora y enviarlo a la asesora de tesis. Fiel a la estructura y al desarrollo fundamental de una buena pesadilla, no había hecho copia de esos escritos.

Los detalles de cómo se perdió no son tan importantes. De todas formas, nunca pude sacarle una confesión completa a mi hijo sobre el destino final del cuaderno. A lo que quiero llegar es al momento en que por fin acepté que ya no estaba la libreta en el plano terrenal y que podía rezar, rebuscar 1,000 veces en el baúl del carro y el vacuo agujero negro del bolsón, pero no iba a aparecer nunca más.

Entonces vino el lunes por la mañana en que me senté a la mesa del comedor, con la sombra del fracaso y las dudas, frente a la pantalla en blanco de la computadora y escribí una primera palabra seguida por otra y otra, e insistiendo párrafo tras párrafo.

Luego, el martes, cuando hasta se me cayó la tecla “i” de la laptop, como si el universo fuera un Ramsay Bolton de “Juego de tronos” que me quisiera clavar una última flecha en el ojo. Al final de cuatro días, más o menos, pude recuperar una versión de 20 páginas que, irónicamente, creo que salió mejor que la versión original: nació de otra energía, no pensativa, sino que tenaz.

La verdad es que un cuaderno o archivo borrado es casi un elemento ubicuo en la historia de cualquier estudiante de maestría o doctorado y, ahora que lo pienso, creo que quizás es una señal de que estoy llegando al final del proceso, como un último reto que tenía que superar.

Recuerdo el instante en que evalué mis opciones, que no eran muchas y nada buenas. Una: dejar la tesis ahí y tirar la toalla; finalmente, somos humanos. Dos: empezar de cero con una actitud desafiante y rechazando del todo la realidad, dándoles ese ejemplo a mis hijos.

Es lo que practicamos cada semana en las clases de jiu-jitsu brasileño. Cuando te están ahorcando en el patíbulo, uno o se rinde palmeando el tapete o se calma y se pone a trabajar. Me decidí por la opción número dos: escribir.

De camino a Les Monts Verts

Estoy de camino a un pueblito de 7,000 habitantes, en el norte del estado de Vermont, Estados Unidos, casi llegando a la frontera con Canadá. Este viaje me lo ha exigido el trabajo, así que lo que podré ver de Vermont es limitado en ese sentido y, sin embargo, viajar siempre implica entrar a un mundo distinto, alejado del mío en el espacio y, en cierto modo, también en el tiempo.

Me viene a buscar al aeropuerto el motorista, no oigo bien si me dice que se llama Rob o Ron, pero lo que importa más es que Rob Ron es un hombre robusto y amable. Me encuentra sentada en la banda de equipaje y me pregunta si soy Evelyn de Wisconsin, un sobrenombre que me suena a “Heidi, niña del bosque”. Alzo la vista y estoy frente a un hombre que parece pino, vestido de camisa verde, alto y triangular.

Rob Ron ha pasado la vida en Vermont y me cuenta, de camino a la camioneta, que es gran conocedor de su historia. La hora y media de viaje al pueblo donde vamos, más adentro del estado, pasa con Rob Ron contando, primero, las hazañas de su hijo prodigioso en el fútbol americano y, luego, resumiéndome la historia natural del estado. Me dice que Vermont es de los estados menos poblados de Estados Unidos. Algo que puedo comprobar fácilmente en la ruta por la falta de Walmart y McDonalds y porque no hay nada de tráfico en la carretera.

La geografía de Vermont queda marcada por limitar al este con las Montañas Verdes, parte del sistema de los Apalaches, y al oeste por el lago Champlain. Rob Ron me cuenta que el nombre de Vermont tiene origen francés y que significa “Las Montañas Verdes”, por el explorador francés Samuel de Champlain, que llamó a las montañas Les Monts Verts, “Las Montañas Verdes”.

De camino a St. Johnsbury, la ruta se desvía por pequeños pueblos, como Waterbury, Middlesex, Plainfield y Montpelier, la capital del estado de Vermont que también es un pueblo pequeño con una población que no llega a 8,000 habitantes. Por grandes ratos del camino pierdo la señal wifi en el celular y me pierdo en el panorama natural. Estamos en pleno verano y trato de imaginar cómo sería Vermont en el invierno; solitario, congelado y cubierto de nieve. Rob Ron me comenta que en enero pasaron varios días tan helados que la gasolina de los carros parecía jarabe de arce.

Nadie salía ni se movía de su casa. Le pregunto a Rob Ron si ha visto la película de los años ochenta “The Shining”, dirigida por Stanley Kubrick y protagonizada por Jack Nicholson. No la ha visto, dice, y le cuento que es la historia de un escritor exalcohólico que acepta un puesto como vigilante de invierno en un solitario hotel de alta montaña para ocuparse del mantenimiento de la mansión. Al poco tiempo de haberse instalado ahí junto a su familia, empieza a sufrir inquietantes trastornos de personalidad debido a la incomunicación del lugar, al insomnio, y a sus propios fantasmas interiores. Rob Ron me dice que suena como una película muy buena y pasamos el resto del camino escuchando el rugir de las llantas y el murmullo de la camioneta.