Soy divorciada

Una señora que he conocido hace poco me pregunta por mi marido. Le respondo con lo que parece ser confesión. La palabra en sí es fea: “divorciada”, un participio pasado que retumba en la boca como cuatro piedras naturales en marea alta. Decirlo es contar una historia completa con una breve etiqueta que solo invita silencios y cambios repentinos de plática. Parece punto final, pero no lo es, ni lo ha sido en mi caso particular. Y si la señora no hubiera cortado la conversación le habría dicho que mi matrimonio se acabó por varias razones, nada inusuales; murió de causas naturales. Hicimos terapia de pareja y el terapeuta solo nos hizo ver que el divorcio era la mejor opción. Para entonces ya se había perdido el respeto y la confianza y una relación así no era sostenible. De todos modos no lo recuerdo como un fracaso ni lamento el tiempo que pasé casada. En parte porque en algún lugar leí que el matrimonio normal dura ocho años y el nuestro fue casi el doble de tiempo. Ahora lo pienso como una etapa de la vida; la de criar hijos y lo hicimos juntos hasta donde pudimos. Pero hay relaciones que solo son para una temporada de la vida y no se dan para más. Lo único que sí me pesa es haber dejado ir la oportunidad de formar una unidad familiar cohesiva. Pero la verdad es que los que logran formar buen equipo no se divorcian.

Sin embargo aquí no quiero concentrarme en el divorcio, que en fin solo fue una parte del proceso que terminó dando vida a otras cosas. Fue una oportunidad de ofrecerme la vida a mí misma en vez de seguir ofreciéndola inútilmente a mi pareja. Después del divorcio pasé un periodo en que la libertad nueva me hizo sentirme como un colibrí con energía frenética pero sin tener fuerza ni poder real. Solo podía desperdiciar energía porque no sabía acumularla en lo productivo. Pero al poco tiempo tuve que hacer un nuevo nido y establecer nuevas normas para mis hijos. Había empezado a pintar como forma de escape durante el tiempo que nos tocó vivir juntos antes de que se formalizara el divorcio. Al tener un propio espacio seguí desarrollándome en la pintura y con el arte. Aprendí a andar en motocicleta y ando sola en mi vieja Buell 500 por el campo de Wisconsin. Además empecé a practicar jiu jitsu, un arte marcial en el que hay que estar en contacto físico constante con otros practicantes, la mayor parte de ellos son hombres que ahora considero casi hermanos. Pero un deporte así nunca me lo habría permitido el exmarido porque lo hubiera visto como algo no conveniente para una mujer casada. Esas consideraciones ya no son parte de mi realidad; viajo, estudio y escribo sin pedir permiso ni estar rindiendo cuentas a nadie.

Y no es que el divorcio sea una solución automática para los problemas de pareja ni que sea algo conveniente para una familia. A lo que he querido llegar es que el divorcio es apenas un alto de fuego y una oportunidad para empezar de nuevo, pero lo laborioso está en construir algo de valor de las ruinas que quedan. Le quisiera haber contado todo esto a esa señora que hace poco me preguntó si yo era casada. Le quisiera haber podido decir que el divorcio no es punto final.

Esto es agua

“Esto es agua”, de David Foster Wallace, es una maravilla de ensayo que me deja sintiéndome menos sola. Ahí el autor describe el tedio de la vida de un adulto típico que se levanta temprano por la mañana para ir a un trabajo difícil que al final del día lo deja agotado y con un fuerte deseo de volver a casa, cenar bien y tener un par de horas para algún recreo antes de acostarse luego, porque sabe que el próximo día hay que levantarse temprano para volver a lo mismo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa.

En vez de volver a su hogar, le toca ir al supermercado. Es la hora pico de tráfico y las calles están saturadas de autos. De modo que llegar al súper le lleva más tiempo de lo normal y, cuando al fin llega, ve que está lleno de gente como él, que luego de un día de trabajo trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento de la semana. El súper es el último lugar de la tierra en el que se quiere estar, pero es imposible hacer las compras con eficiencia. Anda por los pasillos atiborrados de gente apurada y cansada y al fin, se dirige a las cajas y hace cola. Así, David Foster Wallace representa las rutinas y tareas aparentemente fastidiosas y sin sentido que llenan nuestras horas, días, semanas y años.

Y aquí está la magia del ensayo; el autor nos hace ver que hay una salida al laberinto de tareas intrascendentes, insignificantes y frustrantes. El escape está en no caer en un modo de ser y de actuar que es automático, natural y establecido. Wallace nos propone la posibilidad de que en estos momentos tan miserables se puede escoger cómo pensar para así enfrentarnos con la vida con más claridad y gracia. Por ejemplo, existe la posibilidad de una manera distinta de percibir a esa gorda, de ojos muertos, sobremaquillada que no deja de gritarle a su hijito en la cola del súper. Wallace nos dice: “Quizás ella no es siempre así. Quizás lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que muere de cáncer de los huesos. O quizás esta señora es la misma que ayer ayudó a tu mujer a resolver ese horrendo trámite en el Registro de Autos con un simple acto de gentileza de su parte”.

El secreto, según Wallace, es tomar consciencia de la forma en que percibimos al mundo y a la gente a nuestro alrededor. En las trincheras del día a día de la vida de un adulto hay la posibilidad de momentos significativos y hasta sagrados, en los que se puede experimentar amor, comunión y la mística que está en percibir el meollo verdadero de las cosas.

Leer a Foster Wallace me recuerda que cada día merece claridad, atención, conciencia y disciplina a pesar de las tareas intrascendentes y poco llamativas que pueden llenar nuestras horas. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, y el funcionamiento por “default”.

Somos como peces que no se dan cuenta que están en el agua y tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos, una y otra vez que estos momentos son reales y esenciales: “Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua”.

Cómo recuperar un archivo eliminado

“Este es el hombre que te va a romper el corazón en pedacitos”. Esto me lo dejó escrito una amiga del trabajo en una notita en la que, por otra parte, me felicitaba por la noticia de que mi hijo sería un varón. Ese papelito lo tuve doblado y guardado en la cartera por años y, a cada rato, lo volvía a encontrar, a abrir y a leer sin señas de que se cumpliera la profecía.

Fue un augurio que esta semana por poco se cumple, cuando mi hijo, ya un hombrecito de 14 años, me extravió un cuaderno de la tesis de doctorado. Ese cuaderno contenía el trabajo de los últimos meses de investigación ya pulido y listo solo para pasarlo a la computadora y enviarlo a la asesora de tesis. Fiel a la estructura y al desarrollo fundamental de una buena pesadilla, no había hecho copia de esos escritos.

Los detalles de cómo se perdió no son tan importantes. De todas formas, nunca pude sacarle una confesión completa a mi hijo sobre el destino final del cuaderno. A lo que quiero llegar es al momento en que por fin acepté que ya no estaba la libreta en el plano terrenal y que podía rezar, rebuscar 1,000 veces en el baúl del carro y el vacuo agujero negro del bolsón, pero no iba a aparecer nunca más.

Entonces vino el lunes por la mañana en que me senté a la mesa del comedor, con la sombra del fracaso y las dudas, frente a la pantalla en blanco de la computadora y escribí una primera palabra seguida por otra y otra, e insistiendo párrafo tras párrafo.

Luego, el martes, cuando hasta se me cayó la tecla “i” de la laptop, como si el universo fuera un Ramsay Bolton de “Juego de tronos” que me quisiera clavar una última flecha en el ojo. Al final de cuatro días, más o menos, pude recuperar una versión de 20 páginas que, irónicamente, creo que salió mejor que la versión original: nació de otra energía, no pensativa, sino que tenaz.

La verdad es que un cuaderno o archivo borrado es casi un elemento ubicuo en la historia de cualquier estudiante de maestría o doctorado y, ahora que lo pienso, creo que quizás es una señal de que estoy llegando al final del proceso, como un último reto que tenía que superar.

Recuerdo el instante en que evalué mis opciones, que no eran muchas y nada buenas. Una: dejar la tesis ahí y tirar la toalla; finalmente, somos humanos. Dos: empezar de cero con una actitud desafiante y rechazando del todo la realidad, dándoles ese ejemplo a mis hijos.

Es lo que practicamos cada semana en las clases de jiu-jitsu brasileño. Cuando te están ahorcando en el patíbulo, uno o se rinde palmeando el tapete o se calma y se pone a trabajar. Me decidí por la opción número dos: escribir.

De camino a Les Monts Verts

Estoy de camino a un pueblito de 7,000 habitantes, en el norte del estado de Vermont, Estados Unidos, casi llegando a la frontera con Canadá. Este viaje me lo ha exigido el trabajo, así que lo que podré ver de Vermont es limitado en ese sentido y, sin embargo, viajar siempre implica entrar a un mundo distinto, alejado del mío en el espacio y, en cierto modo, también en el tiempo.

Me viene a buscar al aeropuerto el motorista, no oigo bien si me dice que se llama Rob o Ron, pero lo que importa más es que Rob Ron es un hombre robusto y amable. Me encuentra sentada en la banda de equipaje y me pregunta si soy Evelyn de Wisconsin, un sobrenombre que me suena a “Heidi, niña del bosque”. Alzo la vista y estoy frente a un hombre que parece pino, vestido de camisa verde, alto y triangular.

Rob Ron ha pasado la vida en Vermont y me cuenta, de camino a la camioneta, que es gran conocedor de su historia. La hora y media de viaje al pueblo donde vamos, más adentro del estado, pasa con Rob Ron contando, primero, las hazañas de su hijo prodigioso en el fútbol americano y, luego, resumiéndome la historia natural del estado. Me dice que Vermont es de los estados menos poblados de Estados Unidos. Algo que puedo comprobar fácilmente en la ruta por la falta de Walmart y McDonalds y porque no hay nada de tráfico en la carretera.

La geografía de Vermont queda marcada por limitar al este con las Montañas Verdes, parte del sistema de los Apalaches, y al oeste por el lago Champlain. Rob Ron me cuenta que el nombre de Vermont tiene origen francés y que significa “Las Montañas Verdes”, por el explorador francés Samuel de Champlain, que llamó a las montañas Les Monts Verts, “Las Montañas Verdes”.

De camino a St. Johnsbury, la ruta se desvía por pequeños pueblos, como Waterbury, Middlesex, Plainfield y Montpelier, la capital del estado de Vermont que también es un pueblo pequeño con una población que no llega a 8,000 habitantes. Por grandes ratos del camino pierdo la señal wifi en el celular y me pierdo en el panorama natural. Estamos en pleno verano y trato de imaginar cómo sería Vermont en el invierno; solitario, congelado y cubierto de nieve. Rob Ron me comenta que en enero pasaron varios días tan helados que la gasolina de los carros parecía jarabe de arce.

Nadie salía ni se movía de su casa. Le pregunto a Rob Ron si ha visto la película de los años ochenta “The Shining”, dirigida por Stanley Kubrick y protagonizada por Jack Nicholson. No la ha visto, dice, y le cuento que es la historia de un escritor exalcohólico que acepta un puesto como vigilante de invierno en un solitario hotel de alta montaña para ocuparse del mantenimiento de la mansión. Al poco tiempo de haberse instalado ahí junto a su familia, empieza a sufrir inquietantes trastornos de personalidad debido a la incomunicación del lugar, al insomnio, y a sus propios fantasmas interiores. Rob Ron me dice que suena como una película muy buena y pasamos el resto del camino escuchando el rugir de las llantas y el murmullo de la camioneta.

La hortensia, la araña y el hombre

Antes, por la ventana de la cocina alcanzaba a ver el patio de la vecina y, allí, su hortensia que no daba flores. La planta era sana y verde como el jade, pero se resistía a florecer. La dueña me comentó acerca de eso hoy, sobre todas las artimañas que había intentado para forzarla a dar flores.

La última vez que había florecido fue en el propio invernadero de Walmart, donde la compró hace tres años. Hasta que, hace poco, alguien le comentó que el problema era la variación de planta: no era apta para el clima de Wisconsin. Había comprado una hortensia mala entre tantas más resistentes. Esa se autorregulaba en los inviernos para conservar energía vital. Al fin, la vecina terminó extrayéndola de la tierra y consiguiendo otra hortensia más servicial que, hasta hoy, da flores turquesas atractivas.

En la ventana de la cocina, a mediodía, no sé ni quien se fijó primero que había una araña que había atrapado una mosca en un rincón. La mosca era, quizá, ocho veces más grande que la araña. La vi con mis hijos unos minutos, mientras pinzaba y jalaba a la mosca. La mosca movía las patitas al principio, pero, al rato, se le quedaron tiesas. La araña solo aceleraba el ritmo de su labor jalando al insecto a través de la telaraña, amarrándola.

Cuando se aburrieron de observar la escena, me tuve que poner entre mis hijos y la araña, porque vi que estaban ansiosos por matarla. Mi hijo me dijo que solo la iba a sacar de la casa. Yo me opuse, explicándole que, si la molestábamos, íbamos a arruinar todo el sistema y el trabajo que acabábamos de estar, maravillados, viendo.

Pensando haber apaciguado a mis hijos lo suficiente, salí hacia la casa de Beto, un amigo de la tercera edad que estaba ingresando a un centro de hospicio. Tiene una enfermedad terminal de los pulmones que no le permite respirar bien, “por fumar demasiado en la juventud y por los genes”, me había contado alguna vez.

Monté todo un equipo de tanques de oxígeno, aparatos y la andadera de Beto al carro. Al final se subió también él, agradeciendo el clima fresco. Me dijo que, cuando el tiempo está caluroso y húmedo, le entra una sensación de voracidad de aire. Nos tocó el tráfico de las 5 de la tarde. En algún momento me pitaron por manejar con más cuidado de lo normal, con más lentitud, y me sentí atrapada por la agresividad de los otros carros, las carreras y la agitación humana. Mientras tanto, Beto invertía toda su energía vital en respirar y en no morir. Y, sin embargo, a medio camino recordó que era mi cumpleaños y me cantó “Cumpleaños feliz”, con su voz rasposa y a pesar de la falta de aire.

Cuando regresé a la ventana de la cocina vi que tanto la mosca como la araña y la telaraña ya no estaban. Ni estaban mis hijos para preguntarles por ella. Vi la nueva hortensia con sus medallones azules y recordé el tráfico de la tarde. Pensé en lo insidioso de estas formas inconscientes de enfrentarnos con la vida y la muerte. Son maneras establecidas de ordenar nuestros días sin ser plenamente conscientes de lo que estamos haciendo. La alternativa cuesta más; implica atención, reflexión, tolerancia y empatía, pero, quizás con más conciencia, percibiríamos más lo que es real y esencial de la vida.

La carta de invitación

Estimado cónsul:

En varios momentos he pensado escribirle una carta a usted invitándole a reflexionar sobre el requisito de la carta que pide para el trámite de la visa. Siempre me ha parecido una formalidad ilógica que pide la Embajada de Estados Unidos. Desde un principio, todos los involucrados aceptan que es una invitación falsa, ya que una invitación real evolucionaría en otro formato; en diálogos y conversaciones largas y sin rumbo, o en fragmentos en WhatsApp. Y aparte de esto, la carta en sí es una forma ya anticuada. Como documento, me recuerda un poco al tono de las “Cartas de relación” escritas por Hernán Cortés, dirigidas al emperador Carlos V; o a la confesión inquisitorial de “Lazarillo de Tormes”, en que Lázaro se dirige a un misterioso personaje de rango superior y cuenta su vida con la intención de que la autoridad se sensibilice con su historia. En todo caso, lo que pide usted, en realidad, es una narración tosca de ficción, o quizás una relación de viaje o una confesión, y en cuanto más alaba a Estados Unidos, mejor. No es cosa del otro mundo, pero complica la solicitud de visa con un requisito que es más teatro que documento.

La carta que escribiría si dejáramos de epístolas ficcionales y habláramos claro, sería otra; más anécdota que invitación. Pues la última vez que me pidieron una carta de invitación no la pude redactar porque me la solicitaba alguien que, aparte del Facebook, conocía poco. Lo que pude haberles contado de él era que tenía un tiempo ya de estar conscientemente rebuscando la forma de abrirse acceso a Estados Unidos. Por eso lo preferible hubiera sido otorgarle la visa de 10 años. De nada le servía la visa para un viaje único, aparte de desperdiciar pisto y tiempo.

También le podía haber contado que, en otras pláticas, este conocido me había contado de un sueño recurrente de estar encerrado en una casa sin poder encontrar la salida. En el sueño había un hombre mayor con una sola llave y mi amigo feisbuquero intuía que, si lograba conseguir esa llave, podría lograr escaparse de la vivienda, pero para eso tendría que matar al señor. Siempre llegaba a tomar la decisión de hacerlo, pero los detalles de cómo eliminarlo lo llevaban a una tremenda angustia psicológica que lo dejaba, muchas veces, con una resaca de ansiedad al amanecer. Algunas veces en el sueño lo mataba violentamente con arma punzocortante; otras veces lo drogaba con pastillas. Siempre era necesario ese sacrificio humano para poder lograr el escape. Lástima que no da visas para ayudar a que la gente duerma más tranquila.

Por otra parte, recuerdo una vez que, de adolecente, regresaba de El Salvador a Estados Unidos. Era de madrugada y mi abuela y el motorista me iban a pasar dejando en el Aeropuerto de Comalapa. Antes de irnos, la muchacha que trabajaba en ese tiempo en la casa se subió a la camioneta. Le estábamos dando un jalón a algún lugar cerca de su comunidad y, en algún momento, nos señaló que la podíamos pasar dejando ahí mismo. ¿Adónde? Recuerdo pensar. ¿Aquí, dónde? Pues no estábamos en ninguna parte, sino a la orilla de la carretera en la plena negrura. Fue la primera vez que me di cuenta del valor de poder salirme del país con pasaporte y visa. No era solo salir de un espacio geográfico, sino también abrirse un nuevo horizonte económico y social. Pero tampoco da visas de turista para abrir ese tipo de horizontes.

Las razones reales por las que una gran parte de la gente solicita visa, si las declararan de verdad, resultaría en una fácil “negación de visa”. La carta es un requisito vacío con poco valor aparte de lo literario. Ya dejemos de espejismos.

Agradezco su atención,
Évelyn Galindo

El mercado de la memoria

En cualquier tienda de regalos de El Salvador se puede conseguir un llavero o una camiseta con la imagen de Monseñor Romero. El recuerdo de una experiencia traumática hecho souvenir. Como para pegar en la nevera. La memoria se comparte, pero también se mercadea. Una parte de la crítica señala la posibilidad que la memoria hecha mercancía tenga muy poco que ver con la memoria real y con un conocimiento serio del pasado. De todos modos y por bien o por mal, la figura de Romero ha llegado a ser icónica. Su imagen ha trascendido los parámetros del contexto histórico en que vivió para cobrar una nueva vida como un símbolo que comunica no solo la historia, sino conceptos abstractos sobre la política y la sociedad actual.

Al mismo tiempo hay otras memorias que casi no se reproducen. En una visita hace poco al Centro Monseñor Romero de la UCA, por ejemplo, se vendían camisetas y tazas estampadas con la imagen de Romero y hasta marcadores de libro con la imagen de Ernesto “Che” Guevara, pero no había mercancía con la imagen de los jesuitas de la UCA. Me quedé con esta inquietud sobre la representación de la memoria; qué hace que la memoria de Romero tenga una vida palpable en el presente mientras que la de los jesuitas de la UCA, Elba y Celina no se representa de la misma forma. Claro está que la masacre de los jesuitas de la UCA figura en la memoria popular y que fue históricamente trascendental en el sentido que tuvo un impacto determinante en intensificar el proceso de paz; entonces, por qué ha sido, en gran parte, excluida del imaginario político y público.

Podría ser que, como me comentaba un amigo periodista cuando le hice esa pregunta, es más fácil que Romero se haya vuelto icónico por ser un solo individuo y no un grupo. Pero esa explicación no me termina de convencer porque noto un programa más estratégico que impulsa la memoria en El Salvador. Hemos visto un esfuerzo consciente del FMLN para establecer una conexión metafórica entre el Romero de los setenta y ochenta con el programa político actual de la izquierda. Entre 2009 y 2014, por ejemplo, se cambió el nombre del aeropuerto internacional a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, se patrocinó arte “oficial” como el “Romero” del pintor Rafael Varela colocado en Casa Presidencial y se lanzó una campaña de publicidad que declaraba que el FMLN caminaba “por el rumbo señalado por Monseñor Romero”.

Cabe recordar que el FMLN actual ha buscado cultivar una imagen de partido con base en la movilización de las masas de trabajadores y campesinos y que la historia de los jesuitas de la UCA tiene más que ver con otra faceta del FMLN de base en la pequeña clase media en grupos estudiantiles. Estas reflexiones sobre la memoria me llevan a preguntar hasta qué punto los trabajos de la memoria y del olvido no son parte de la invención de una identidad nueva de la izquierda salvadoreña de posguerra. Quizás el énfasis en Romero en comparación con el caso de los jesuitas de la UCA y el mercado de la memoria revela no tanto un deseo de querer recuperar el pasado, sino de cultivar una identidad y una imagen de partido.

Sobre la soledad

Tengo la costumbre de caminar de noche por las calles; hoy salgo como siempre. Lo insólito de esta vez es caminar por la misma zona residencial e ir dándome cuenta de que no veo pasar ni un carro ni hay otra gente transitando. En las viviendas se ve luz interior y el centelleo de pantallas, pero no se percibe movimiento humano. Mi celular sigue en el bolsillo y, de repente, me encuentro en la negrura completamente presente, sola. Así entra la soledad, el entorno se sincroniza con el silencio interior por proyección psicológica o por magia. De un momento para otro te sumerges en ella.

Dice Charles Bukowski sobre la soledad: “He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que otra persona podía entrar en esa habitación y curarme”. Y tiene razón Bukowski en que la oscuridad interior no nace de estar a solas. Se percibe más cuando nos atrevemos al silencio y a la incomodidad de la soledad, pero no hace falta otra persona para hacer desaparecer ese dolor. Intuimos que esa constante huida de nosotros mismos solo hace crecer el sufrimiento.

Sigo caminando y doy la vuelta a la esquina. Estoy ya en una calle que había recorrido en otros tiempos acompañada. Ahora mi sombra singular es una figura estirada y distorsionada. No me reconozco, pero tampoco me permito huir de la angustia que me produce esa sombra. Con cada paso la soledad se impone más y más como un callejón sin salida, como un efecto eventual del divorcio, o quizá por retar demasiado a la vida o por hacer un giro equivocado en el camino que he elegido. Sigo a la par de esa sombra misteriosa. Es posible que la oscuridad provenga del hecho de haberme alejado de mí misma desde un primer momento y que necesito estos momentos poder recobrar cierto equilibrio para poder volver a reconocerme.

Otra esquina. Estoy pasando por un andén cubierto de hojas mojadas y esponjosas. Hay que detenerme para estabilizar el paso y poder encontrar el balance. No sé qué es lo que nos hace fugarnos de la soledad porque en fin es lo más básico de la condición humana. Talvez lo opuesto de la soledad es la bulla. Una agitación moderna civilizada de cosas superficiales y vacías que nos distrae del presente, de la crudeza subyacente y lo real de la vida.

Estoy pasando ya el colegio de ladrillo rojo que siempre me ha recordado a castillo gótico. Ya casi estoy regresando a casa. Me pasa cerca un ave o quizá un murciélago con ese aleteo agitado y tenso que quema vidas y energía y que es parte de esa constante inquietud de búsqueda. Lo sigo con los ojos hasta que su aleteo también se calma; ha encontrado las ramas de un árbol o una viga estática para detenerse.

El ser humano es un ser social, nos advierten. La soledad es dañina y se pronostica una muerte temprana a la gente que pasa sola demasiado. Es innegable que estar acompañados nos puede inspirar de vida y que las conexiones con los demás nos nutren, pero no nos curan de la soledad. También podemos estar entre las multitudes y muy solos si no hay una conexión con esa comunidad. Así como lo entiende Bukowski, no hay otra persona que no nos puede salvar de nosotros mismos: “Cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente gritando algo, ahí sí puedo sentirme solo”. En fin, la soledad es una condición existencial que no necesita cura, sino espíritu de entrega. Concluyo con las últimas líneas desafiantes del poema de Bukowski: “Les pido perdón a los millones de gente, pero nunca me he sentido solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar. Bebamos más vino”.

Hermana lejana playlist

En “The Dry Salvages”, T. S. Eliot nos da las palabras para precisar el impacto de aquellas canciones sublimes que marcan las etapas formativas de nuestras vidas. Estas canciones son faros que nos guían, que nos consuelan y que nos transforman: “música tan hondamente escuchada que no se escucha en lo absoluto. Pero somos la música mientras dura la música”. Esta semana comparto una breve lista de reproducción de música para los nómadas que vivimos entre El Salvador y otros países. Me identifico con cada una de estas canciones porque captan algo elemental de la condición de destierro y desplazamiento temporal o geográfico en que vivo.
1. “Rocket Man”, del álbum “Honky Chateau” (1972) de Elton John: En esta canción un hombre reflexiona sobre cómo, por el trabajo de ser astronauta, se ve separado por largas etapas de su familia y de su mundo. Siempre he tomado “Rocket Man” como una metáfora extendida que se refiere a una experiencia más universal de encontrarse lejos del hogar por cuestiones de empleo o por condiciones económicas. Lo más triste es la alusión a que, en cierto sentido, no puede haber retorno porque el proceso de separación lo cambia a uno: “Y creo que va a tardarse demasiado la llegada y al aterrizar me voy a dar cuenta que ya ni soy el hombre que piensan que soy en mi hogar, ya no”.

2. “Vagabundear”, del álbum “Mediterráneo” (1971) de Joan Manuel Serrat: Esta canción de espíritu rebelde podría ser el tema musical del nomadismo. Aquí el cantante se entrega a una existencia de cosmopolita y se libra de la carga de la historia, la geografía y de los compromisos. Hay un rechazo absoluto del concepto de patria y de la experiencia de nostalgia: “No me siento extranjero en ningún lugar, donde haya lumbre y vino tengo mi hogar. Y para no olvidarme de lo que fui, mi patria y mi guitarra las llevo en mí. Una es fuerte y es fiel. La otra un papel”.

3. “Somos más americanos”, del álbum “Uniendo fronteras” (2001) de Los Tigres del Norte: En la era de Donald Trump, este corrido es un rico bálsamo que cuenta otra versión de la historia de la inmigración a Estados Unidos: “Ya me gritaron 1,000 veces que me regrese a mi tierra porque aquí no quepo yo. Quiero recordarle al gringo: yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó. América nació libre, el hombre la dividió”. El cantante recuerda que una gran parte de Estados Unidos antes era tierra de México que les quitaron, y pregunta acertadamente “¿quién es aquí el invasor? …Y si contamos los siglos, aunque le duela al vecino, somos más americanos que todititos los gringos”.

4. “Canto por ellos”, tema musical inédito del rapero salvadoreño Edenilson Rivas, DABU: Entre los raperos emergentes del país está Edenilson Rivas, DABU, que empezó a escribir rap en 2009. Incluyo esta canción porque revela un marco de referencia que ya no tiene que ver con la guerra más reciente; trata temas de la actualidad, como la inseguridad social, la pobreza y la desesperación urbana. En esta canción el rapero dice: “Yo sufro paranoias, hoy todo el mundo miente (revolucionarios de cantina) ciego y mudo, en sus ojos y en sus bocas tienen un billete (esto es crudo), cuánto me duele. Sívar es un asco, aquí los adultos son esclavos del trabajo y el joven muere por vestirse como quiere, o pensar diferente, en contra del sistema, lo tachan de rebelde”.

5. “Magical Mystery Tour”, del álbum “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” (1967) de The Beatles: Esta última canción se refiere al viaje y, en concreto, a la tradición inglesa de hacer un viaje misterioso, de montarse a un bus sin saber a dónde va a llegar. De una manera quizá un poco cínica, “Magical Mystery Tour” me hace pensar en el proceso de irse de su país lleno de optimismo, pero sin saber lo que le espera a uno. Hay un tono carnavalesco en la canción que invita y seduce con la idea de irse. Al final de la canción el tono se vuelve macabro con la insinuación que es un viaje hacia la muerte: “El tour de misterios mágicos se muere por llevarte a otro lugar, se muere por llevarte, por llevarte hoy”. De la misma manera, irse del hogar a veces es un viaje que se emprende por curiosidad, por necesidad o por optimismo, pero que muchas veces tiene un lado oscuro.

Otras que quizá debería agregar a la lista son “Like a Rolling Stone” (“Como una piedra rodante”) de Bob Dylan y “Last Goodbye” (“El último adiós”) de Jeff Buckley. ¿Qué canciones incluiría en su lista de reproducción de diáspora?

Mientras leo “Moronga” de Horacio Castellanos Moya…

He esperado con ansias “Moronga” (Random House, 2018), el nuevo libro de Horacio Castellanos Moya. Aprovecho para compartir unas primeras impresiones del texto y otras reflexiones generales que tengo en mente mientras leo.

Primero que todo, “Moronga” es un texto de ficción que interviene en el debate sobre la reciente historia salvadoreña y específicamente trata el caso del poeta revolucionario Roque Dalton. El protagonista es José Zeledón, un salvadoreño que vive atormentado por sus recuerdos de la guerra más reciente en El Salvador. José Zeledón nos transmite la perspectiva de una diáspora ya más permanente con 10 años más de distancia a la que había construido Horacio Castellanos Moya con el protagonista infame Edgardo Vega en “El asco” (Tusquets, 2007). José Zeledón es más gringo, es decir que se mueve ya con más facilidad en la cultura estadounidense, pasa por comedores y nos comunica sus olores y matices, mira la serie de drama “Breaking Bad” y frecuenta los Walmart, Walgreens y Chipotle. Su vida en El Salvador es una memoria fragmentada esquizofrénica con poco que ver con la vida que lleva en Estados Unidos. José trabaja de conductor de un autobús escolar, de taxista y en una universidad en Estados Unidos gracias al estatus de protección temporal (TPS). En las primeras páginas del libro José deja atrás Texas y traza una ruta de mapa desde Dallas hacia Wisconsin por la autopista 30 y luego por la autopista 55, que lo lleva por ciudades como Dallas, Mt. Pleasant, Little Rock, Texarkana y Saint Louis. Llega al estado de Wisconsin, donde la acción de la novela se concentra en Merlow City, un pueblo ficticio a 45 minutos de la capital de Wisconsin. Ahí Zeledón conoce a un profesor que investiga en los archivos de la CIA para esclarecer los detalles de la muerte de Roque Dalton.

Este texto se suma al creciente cuerpo de literatura que trata la memoria de la guerra más reciente en el país, como son “El perro en la niebla” (2007) de Róger Lindo; “La casa de Moravia” (Alfaguara, 2017) y “Camino de hormigas” (Alfaguara, 2014) de Miguel Huezo Mixco; y “Noviembre” (Planeta México, 2015), la novela de Jorge Galán. Antes de eso lo que había más que nada en cuanto a textos sobre la memoria eran testimonios como “Nunca estuve sola” (UCA, 1988), el testimonio de Nidia Díaz, y “Las cárceles clandestinas” de Ana Guadalupe Martínez (UCA, 1992). El crítico John Beverley propone una definición del testimonio como un texto del tamaño de una novela sobre una experiencia vivida contada en la primera persona por una persona que enuncia desde los márgenes de la literatura; una mujer, una persona indígena, un loco, un pobre, etc. Es un texto subjetivo pero que casi siempre se le ha otorgado el peso y la autoridad de “contar la verdad”. El testimonio se convierte en un género en 1960 y se relaciona con los movimientos de liberación nacional y con la izquierda como una literatura de resistencia. En El Salvador quizás el testimonio más destacado es “Miguel Mármol” (1972) por Roque Dalton sobre los acontecimientos de 1932. Ahí se representa “la verdad” de los grupos que montaron la insurgencia; “Miguel Mármol” evoca una polifonía de voces ausentes. Sin embargo, el testimonio siempre ha sido un género altamente subjetivo; en el mismo prólogo del testimonio de “Miguel Mármol”, Roque Dalton aclara que este proyecto no tiene un compromiso con representar la realidad, sino con transformarla. De modo que el punto clave que diferencia el testimonio de la ficción es la posición privilegiada del testimonio para establecer “la verdad” sin abrirse a mayor reflexión crítica.
En un libro como “Moronga” no hay un compromiso de Moya para contar “la verdad” sobre la vida y muerte de Roque Dalton, pero es claro que la literatura tiene un papel importante en la constitución de la memoria. En cierto sentido, la ficción puede ser una manera más honesta y ética de tratar al pasado porque no pretende ser más que una versión subjetiva de lo que pasó. Este creciente cuerpo de literatura nacional nos abre vías para imaginar el pasado, sus acontecimientos, conflictos y traumas sin el cargo de representar “la verdad”. El propósito del lector al leer no es saber lo que pasó, pero quizá sí poder imaginar y entenderlo mejor.