El arte de robar libros

Hay quien se apropia de los libros para venderlos, hay quien lo hace por el placer de tener bibliotecas cada vez más completas y está quien se adentra en el crimen para poder leer. En mi caso fue por la condición material de no estar en el país y por vivir, una gran parte del tiempo, fuera. Se trataba de dos libros, uno de la autoría de Ricardo Lindo sobre la pintura en El Salvador y, el otro, un catálogo de una exposición de Antonio Bonilla. Hace un tiempo, el dueño de los libros me concedió una entrevista y, antes de salir, recuerdo pagarle algo de dinero por su tiempo y que me prestó los dos libros.

Las primeras dos veces que me escribió por Facebook pidiendo el regreso de sus libros, le respondí que la próxima vez que llegara al país me los traía conmigo. Quizás tiene algún dato que quiera revisar en uno de los libros pensé, y por eso le urge tenerlos. Ya para la última vez que se comunicó conmigo, hace un par de semanas, el tono de sus mensajes se había deteriorado con brusquedad, como el clima agresivo donde vivo. Me advirtió: “Luego escribiré estados en mi muro (me siento puro marero extorsionando por algo que es mío)”. Como no le podía cumplir, pensé en las cosas que él publicaría en su muro: “Denuncio a Évelyn Galindo, ladrona de libros”. No estaba tan mal; o quizás, no era yo la única. Quizás formaría parte de un elenco de gente que le habían ido desvalijando poco a poco los estantes. De todos modos, y pusiera lo que pusiera en su muro, le tuve que responder lo mismo, que hasta no estar de nuevo en el país, me era imposible cumplir con su demanda. Y así fue que, sin querer, me convertí en ladrona de libros.

La situación me hizo pensar en la novela “Los detectives salvajes”, del escritor chileno Roberto Bolaño. Ahí, uno de los narradores de la historia, el joven García Madero, se deja caer en un abismo de mala conducta; entra a las librerías a robar libros de autores como Roque Dalton, Lezama Lima y Jorge Luis Borges, entre muchos otros. En su caso lo hace principalmente por anárquico y por el gusto de tener una biblioteca cada vez más amplia. Me fui dando cuenta al buscar un poco por internet que hay cierta cultura de robar libros. Vi que los libros más robados son los de Charles Bukowski y de William Burroughs, y que muchas veces las librerías ponen estos textos detrás del mostrador para desanimar a los ladrones. En una entrevista, Bolaño reconoció que, siendo joven, robó libros por los mismos motivos que García Madero: “Yo veía cómo mis amigos robaban libros y sus bibliotecas iban creciendo, menos la mía. Entonces me decidí a entrar en el gremio de los ladrones”. Bolaño agrega: “Yo creo que es algo que todos los jóvenes hacen y me parece, además, buenísimo que lo hagan. Robar libros no es un delito”.

Quizás el señor de los libros se veía víctima de un tipo como García Madero, un vagabundo, vanguardista que vulneraba los límites establecidos por la sociedad. Quizás por eso, su reacción tan molesta. Mentiría si no confieso que me pareció algo romántica la acusación de roba-libros. Y sin embargo, fui a buscarlos en el estante y los coloqué en una mesa cerca de la puerta principal para no olvidar de llevarle los libros en la próxima oportunidad. Para mí, apropiarme de los textos prestados no es que sea un delito, pero si una carga de conciencia que no me interesa asumir solo por guardar un par de libros más en el estante.

La tela del tiempo

“Uno solo es capaz de notar que el pasado es hermoso porque nunca comprende la totalidad de una experiencia en su momento. Se expande más tarde, y por lo tanto no tenemos emociones completas en el presente, solo en relación al pasado”. Leo este comentario de Virginia Woolf en el tercer volumen de su diario. Ella lo anota unos momentos antes de cenar, la noche del 18 de marzo de 1925.

Me la puedo imaginar luego de cerrar el diario, guardarlo y de ahí levantarse del escritorio antes de dirigirse al comedor. Mientras me cuesta entender las propuestas sobre el tiempo de los físicos teóricos como Stephen Hawking y Einstein, esta frase de Woolf sobre la simultaneidad del pasado, el presente y el futuro y el hecho que la experiencia humana no se limita al presente me parece lógica y muy cierta.

Pienso en la idea de Woolf de no poder comprender la totalidad de una experiencia en su momento mientras limpio una mancha pequeña en una pared de la cocina, que parece ser salsa de tomate seca de hace años. Lo más probable es que nació de alguna vez que mi (ahora ex) marido cocinaba los espaguetis italianos que tanto le gustaban.

Ahí quedó grabada la mancha en el continuo espacio-temporal. Quién iba a poder deducir entonces que esa gota de salsa de tomate duraría más que mi matrimonio o que el significado de esa mancha seguiría expandiéndose en el tiempo, cobrando un significado mayor en el futuro. Ahora la veo y esa manchita es un símbolo perfecto de la impermanencia de algunas relaciones y la acabo de borrar con un trapo.

Hace poco tuve otra experiencia parecida del tiempo cuando volví a ojear un libro sobre la artista Camille Claudel, que me regaló mi abuela, Stella, luego de un viaje a París. Ella siempre firmaba los libros con dedicatoria y por eso sé que consiguió el libro en una librería que se llamaba Bretanos, Avenue de l’Opéra, en noviembre de 1994. Mi abuela vivía su presente pero con la consciencia de que en algún momento futuro no me iba a poder comunicar más lo que estaba en ese mensaje; lo mucho que pensó en mí durante su viaje y que me quería mucho, muchísimo.

Aparte de saber que me fascinaba la escultora, ella intuía que en algún momento futuro, que ella no alcanzaría a conocer, yo iba a volver a abrir el tapete de ese libro sobre Camille Claudel y recordarla. Así como decía Virginia Woolf, la experiencia se expande más tarde y es hasta entonces que logramos notar lo hermoso que es el pasado. En este caso, lo bello que es tener entre mis manos un mensaje de mi abuela de hace 24 años como una muestra tangible de su vida y de su amor en el presente.

La experiencia humana se expande en el tiempo como estelas en el mar. Puedo pensar en otro ejemplo de hace un par de años cuando a mi hija se le clavó la idea de cultivar un jardín con vegetales y flores, y lo hicimos en el patio de la casa de mis papás. Durante ese proceso de cavar hoyos en la tierra recordé que la última vez que había cultivado un jardín fue con mi papá en el mismo lugar del patio cuando yo misma era niña.

Ahora yo era madre y lo hacía con mi hija. Pensé que para la tierra lo que apenas fue un instante de tiempo, fueron para mí 35 años. La experiencia de cultivar un jardín de niña al lado de mi papá se expandió en ese momento. Noto lo hermoso que fue el proceso de hacer el jardín con mi papá hasta 35 años después cuando lo repito con Lilli. Virginia Woolf tenía toda la razón.

La Navidad

Creo que voy a perder la uña de un dedo de la mano. Mientras escribo en el teclado estoy viendo el dedo medio bastante hinchado y rojo, y la uña de un amarillo verdoso. Es una flor de pascua. El dedo se me quedó machucado entre el soporte del árbol de Navidad y el tronco cuando intentaba levantarlo desde la base de hierro.

Dicen que el cuerpo es un archivo de todos los males que le han sucedido a un ser humano. Si es así, el arqueólogo que encuentre mis huesos en 400 años va a reconocer que se me fregó el dedo por insistir este año en un árbol real y no en uno artificial, que ya tenía guardado en el sótano.

Hace unas semanas me di cuenta de que la compañía Addis, que inventó el árbol artificial de Navidad en los años 1930, producía primero cepillos de baño para limpiar inodoros. La invención se dio por una cantidad de cepillos de baño que sobraban y a saber qué otras condiciones de la vida que llevaron a Addis a juntar los cepillos y armar el primer árbol de Navidad artificial. Se me grabó la imagen de pasar diciembre con un enorme cepillo de baño verde en la sala y, en ese momento, decidí mejor hacer el esfuerzo de poner un árbol auténtico y no uno artificial.

Mientras ponemos el árbol mi hija me mira de reojo y me dice que las amigas ya no creen en Santa Claus. Sigue hasta confesarme que ella tampoco. Yo le comento que, entonces, Santa va a dejar de llegar a la casa. Le digo que la imaginación es tan poderosa que cuando los niños dejan de creer en él, ya no puede entrar a la casa.

Me mira fijamente y le explico que es como la leyenda del vampiro que solo puede entrar a una casa si es invitado. Me empiezo a enredar con lo del vampiro y le recuerdo del duende de Noel. Cada diciembre hay un muñequito duende que aparece en un sitio y lo encontramos en un lugar diferente de la casa por la mañana, en medio de alguna travesura. Mi hija no me deja terminar; dice que tampoco cree en el duende ya, porque lo encontró hace unos días en el armario aplastado entre zapatos de tenis y bolsas. Le digo que eso solo es una prueba más de que existe.

Así es que este diciembre tengo el dedo chueco y la noticia de que mis hijos ya han entrado a la adolescencia. Mi hija está decepcionada con Santa Claus. Mi hijo, dos años mayor, tiene novia y no cree en nada que no sea el amor. Hago el esfuerzo de observar tradiciones con ellos y, al mismo tiempo, entiendo que cada año las cosas cambian un poco. Mientras tanto, los días se acortan, está cada vez más helado, empieza a nevar y la casa se llena de olor a pino.

Esperando las caravanas

Debatiendo el tema de las caravanas con una seguidora de Donald Trump, ella me preguntó: “Qué no tenés una puerta en tu casa y qué no la mantenés cerrada y con llave para la seguridad de tu familia?” “Pues sí”, le dije, “pero si esa casa estuviera en llamas, abriría la puerta y sacaría a mi familia”. Es más, esperaría encontrar gente afuera, bomberos, vecinos, o qué sé yo para ayudar y no fuerzas levantando barricadas para obstaculizar la salida. Lo que pasa es que yo veo la situación desde Centroamérica; y ella, desde Estados Unidos, y la experiencia humana se pierde en la traducción. Para ella es un asunto de autoconservación y de seguridad, y para mí es un asunto del instinto de sobrevivencia. Yo concuerdo con lo que Noam Chomsky dijo sobre el tema en una entrevista en que comentó la ironía de que las caravanas de migrantes huyen de las condiciones miserables que Estados Unidos creó en los países centroamericanos con su política de intervención en el siglo pasado.

En general, hay un tono ambivalente en Estados Unidos en cuanto a las caravanas más recientes de inmigrantes. Como que la población no termina de entender qué exactamente es una caravana; si presenta una amenaza, si hay peligro o si debe sentir miedo. La palabra “caravana” en sí es bastante neutral; recuerda un viaje nomádico. También hace pensar en un modelo de marca Dodge, el Caravan, que tiene fama de ser una camioneta popular orientada hacia el transporte de familias.

Las últimas caravanas de migrantes se han autodenominado “viacrucis de refugiados”, una imagen que recuerda el sufrimiento de Cristo y los pasos que dio Jesús en su camino al Calvario. Lleva también un eco de la filosofía de los padres jesuitas de la UCA con la idea de “bajar de la cruz al pueblo crucificado”. Donald Trump, por otra parte, ha caracterizado a las caravanas de octubre como una “invasión” lo cual le abrió la posibilidad de enviar tropas a la frontera y erguir alambre razor para impedir el cruce de los migrantes “invasores” a Texas. Saber cómo responder a la situación tiene que ver con la interpretación que le das a la caravana. Por eso las palabras son tan significativas.

El primer ministro británico Winston Churchill entendía bien la importancia de nombrar las cosas. Instó a los líderes militares a su mando a encontrar nombres honorables para las batallas, para que ninguna madre de un soldado caído se viera obligada a decir que su hijo murió en una operación llamada ‘Abrazo de conejo’ o ‘Operación relajo’. Churchill estableció una poética y reglas para nombrar las operaciones militares con este fin. En particular, aconsejó que se evitaran aquellas descripciones que fueran arrogantes, abatidas, frívolas o que aún están siendo utilizadas por los vivos. Después de todo, las vidas y las muertes de personas reales estaban en juego.

Los funcionarios del Pentágono también demuestran incertidumbre en cuanto a las caravanas; hace una semana le pusieron el nombre Operación Patriota Fiel a la campaña para detener a los migrantes de Centroamérica. Un nombre que parecía destinado mejor para una película de los ochenta de Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger o Jean-Claude Van Damme. Pocos días después el Pentágono se echó para atrás y dijo que iba a dejar de usar ese nombre para la operación porque no es una acción militar sino que un proyecto de fortalecer la frontera.

Las últimas noticias que tenemos de las caravanas es que están casi llegando a la frontera entre Estados Unidos y México, y que vienen más caravanas detrás. Y aquí, seguimos esperando…

Soy divorciada

Una señora que he conocido hace poco me pregunta por mi marido. Le respondo con lo que parece ser confesión. La palabra en sí es fea: “divorciada”, un participio pasado que retumba en la boca como cuatro piedras naturales en marea alta. Decirlo es contar una historia completa con una breve etiqueta que solo invita silencios y cambios repentinos de plática. Parece punto final, pero no lo es, ni lo ha sido en mi caso particular. Y si la señora no hubiera cortado la conversación le habría dicho que mi matrimonio se acabó por varias razones, nada inusuales; murió de causas naturales. Hicimos terapia de pareja y el terapeuta solo nos hizo ver que el divorcio era la mejor opción. Para entonces ya se había perdido el respeto y la confianza y una relación así no era sostenible. De todos modos no lo recuerdo como un fracaso ni lamento el tiempo que pasé casada. En parte porque en algún lugar leí que el matrimonio normal dura ocho años y el nuestro fue casi el doble de tiempo. Ahora lo pienso como una etapa de la vida; la de criar hijos y lo hicimos juntos hasta donde pudimos. Pero hay relaciones que solo son para una temporada de la vida y no se dan para más. Lo único que sí me pesa es haber dejado ir la oportunidad de formar una unidad familiar cohesiva. Pero la verdad es que los que logran formar buen equipo no se divorcian.

Sin embargo aquí no quiero concentrarme en el divorcio, que en fin solo fue una parte del proceso que terminó dando vida a otras cosas. Fue una oportunidad de ofrecerme la vida a mí misma en vez de seguir ofreciéndola inútilmente a mi pareja. Después del divorcio pasé un periodo en que la libertad nueva me hizo sentirme como un colibrí con energía frenética pero sin tener fuerza ni poder real. Solo podía desperdiciar energía porque no sabía acumularla en lo productivo. Pero al poco tiempo tuve que hacer un nuevo nido y establecer nuevas normas para mis hijos. Había empezado a pintar como forma de escape durante el tiempo que nos tocó vivir juntos antes de que se formalizara el divorcio. Al tener un propio espacio seguí desarrollándome en la pintura y con el arte. Aprendí a andar en motocicleta y ando sola en mi vieja Buell 500 por el campo de Wisconsin. Además empecé a practicar jiu jitsu, un arte marcial en el que hay que estar en contacto físico constante con otros practicantes, la mayor parte de ellos son hombres que ahora considero casi hermanos. Pero un deporte así nunca me lo habría permitido el exmarido porque lo hubiera visto como algo no conveniente para una mujer casada. Esas consideraciones ya no son parte de mi realidad; viajo, estudio y escribo sin pedir permiso ni estar rindiendo cuentas a nadie.

Y no es que el divorcio sea una solución automática para los problemas de pareja ni que sea algo conveniente para una familia. A lo que he querido llegar es que el divorcio es apenas un alto de fuego y una oportunidad para empezar de nuevo, pero lo laborioso está en construir algo de valor de las ruinas que quedan. Le quisiera haber contado todo esto a esa señora que hace poco me preguntó si yo era casada. Le quisiera haber podido decir que el divorcio no es punto final.

Esto es agua

“Esto es agua”, de David Foster Wallace, es una maravilla de ensayo que me deja sintiéndome menos sola. Ahí el autor describe el tedio de la vida de un adulto típico que se levanta temprano por la mañana para ir a un trabajo difícil que al final del día lo deja agotado y con un fuerte deseo de volver a casa, cenar bien y tener un par de horas para algún recreo antes de acostarse luego, porque sabe que el próximo día hay que levantarse temprano para volver a lo mismo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa.

En vez de volver a su hogar, le toca ir al supermercado. Es la hora pico de tráfico y las calles están saturadas de autos. De modo que llegar al súper le lleva más tiempo de lo normal y, cuando al fin llega, ve que está lleno de gente como él, que luego de un día de trabajo trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento de la semana. El súper es el último lugar de la tierra en el que se quiere estar, pero es imposible hacer las compras con eficiencia. Anda por los pasillos atiborrados de gente apurada y cansada y al fin, se dirige a las cajas y hace cola. Así, David Foster Wallace representa las rutinas y tareas aparentemente fastidiosas y sin sentido que llenan nuestras horas, días, semanas y años.

Y aquí está la magia del ensayo; el autor nos hace ver que hay una salida al laberinto de tareas intrascendentes, insignificantes y frustrantes. El escape está en no caer en un modo de ser y de actuar que es automático, natural y establecido. Wallace nos propone la posibilidad de que en estos momentos tan miserables se puede escoger cómo pensar para así enfrentarnos con la vida con más claridad y gracia. Por ejemplo, existe la posibilidad de una manera distinta de percibir a esa gorda, de ojos muertos, sobremaquillada que no deja de gritarle a su hijito en la cola del súper. Wallace nos dice: “Quizás ella no es siempre así. Quizás lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que muere de cáncer de los huesos. O quizás esta señora es la misma que ayer ayudó a tu mujer a resolver ese horrendo trámite en el Registro de Autos con un simple acto de gentileza de su parte”.

El secreto, según Wallace, es tomar consciencia de la forma en que percibimos al mundo y a la gente a nuestro alrededor. En las trincheras del día a día de la vida de un adulto hay la posibilidad de momentos significativos y hasta sagrados, en los que se puede experimentar amor, comunión y la mística que está en percibir el meollo verdadero de las cosas.

Leer a Foster Wallace me recuerda que cada día merece claridad, atención, conciencia y disciplina a pesar de las tareas intrascendentes y poco llamativas que pueden llenar nuestras horas. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, y el funcionamiento por “default”.

Somos como peces que no se dan cuenta que están en el agua y tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos, una y otra vez que estos momentos son reales y esenciales: “Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua”.

Cómo recuperar un archivo eliminado

“Este es el hombre que te va a romper el corazón en pedacitos”. Esto me lo dejó escrito una amiga del trabajo en una notita en la que, por otra parte, me felicitaba por la noticia de que mi hijo sería un varón. Ese papelito lo tuve doblado y guardado en la cartera por años y, a cada rato, lo volvía a encontrar, a abrir y a leer sin señas de que se cumpliera la profecía.

Fue un augurio que esta semana por poco se cumple, cuando mi hijo, ya un hombrecito de 14 años, me extravió un cuaderno de la tesis de doctorado. Ese cuaderno contenía el trabajo de los últimos meses de investigación ya pulido y listo solo para pasarlo a la computadora y enviarlo a la asesora de tesis. Fiel a la estructura y al desarrollo fundamental de una buena pesadilla, no había hecho copia de esos escritos.

Los detalles de cómo se perdió no son tan importantes. De todas formas, nunca pude sacarle una confesión completa a mi hijo sobre el destino final del cuaderno. A lo que quiero llegar es al momento en que por fin acepté que ya no estaba la libreta en el plano terrenal y que podía rezar, rebuscar 1,000 veces en el baúl del carro y el vacuo agujero negro del bolsón, pero no iba a aparecer nunca más.

Entonces vino el lunes por la mañana en que me senté a la mesa del comedor, con la sombra del fracaso y las dudas, frente a la pantalla en blanco de la computadora y escribí una primera palabra seguida por otra y otra, e insistiendo párrafo tras párrafo.

Luego, el martes, cuando hasta se me cayó la tecla “i” de la laptop, como si el universo fuera un Ramsay Bolton de “Juego de tronos” que me quisiera clavar una última flecha en el ojo. Al final de cuatro días, más o menos, pude recuperar una versión de 20 páginas que, irónicamente, creo que salió mejor que la versión original: nació de otra energía, no pensativa, sino que tenaz.

La verdad es que un cuaderno o archivo borrado es casi un elemento ubicuo en la historia de cualquier estudiante de maestría o doctorado y, ahora que lo pienso, creo que quizás es una señal de que estoy llegando al final del proceso, como un último reto que tenía que superar.

Recuerdo el instante en que evalué mis opciones, que no eran muchas y nada buenas. Una: dejar la tesis ahí y tirar la toalla; finalmente, somos humanos. Dos: empezar de cero con una actitud desafiante y rechazando del todo la realidad, dándoles ese ejemplo a mis hijos.

Es lo que practicamos cada semana en las clases de jiu-jitsu brasileño. Cuando te están ahorcando en el patíbulo, uno o se rinde palmeando el tapete o se calma y se pone a trabajar. Me decidí por la opción número dos: escribir.

De camino a Les Monts Verts

Estoy de camino a un pueblito de 7,000 habitantes, en el norte del estado de Vermont, Estados Unidos, casi llegando a la frontera con Canadá. Este viaje me lo ha exigido el trabajo, así que lo que podré ver de Vermont es limitado en ese sentido y, sin embargo, viajar siempre implica entrar a un mundo distinto, alejado del mío en el espacio y, en cierto modo, también en el tiempo.

Me viene a buscar al aeropuerto el motorista, no oigo bien si me dice que se llama Rob o Ron, pero lo que importa más es que Rob Ron es un hombre robusto y amable. Me encuentra sentada en la banda de equipaje y me pregunta si soy Evelyn de Wisconsin, un sobrenombre que me suena a “Heidi, niña del bosque”. Alzo la vista y estoy frente a un hombre que parece pino, vestido de camisa verde, alto y triangular.

Rob Ron ha pasado la vida en Vermont y me cuenta, de camino a la camioneta, que es gran conocedor de su historia. La hora y media de viaje al pueblo donde vamos, más adentro del estado, pasa con Rob Ron contando, primero, las hazañas de su hijo prodigioso en el fútbol americano y, luego, resumiéndome la historia natural del estado. Me dice que Vermont es de los estados menos poblados de Estados Unidos. Algo que puedo comprobar fácilmente en la ruta por la falta de Walmart y McDonalds y porque no hay nada de tráfico en la carretera.

La geografía de Vermont queda marcada por limitar al este con las Montañas Verdes, parte del sistema de los Apalaches, y al oeste por el lago Champlain. Rob Ron me cuenta que el nombre de Vermont tiene origen francés y que significa “Las Montañas Verdes”, por el explorador francés Samuel de Champlain, que llamó a las montañas Les Monts Verts, “Las Montañas Verdes”.

De camino a St. Johnsbury, la ruta se desvía por pequeños pueblos, como Waterbury, Middlesex, Plainfield y Montpelier, la capital del estado de Vermont que también es un pueblo pequeño con una población que no llega a 8,000 habitantes. Por grandes ratos del camino pierdo la señal wifi en el celular y me pierdo en el panorama natural. Estamos en pleno verano y trato de imaginar cómo sería Vermont en el invierno; solitario, congelado y cubierto de nieve. Rob Ron me comenta que en enero pasaron varios días tan helados que la gasolina de los carros parecía jarabe de arce.

Nadie salía ni se movía de su casa. Le pregunto a Rob Ron si ha visto la película de los años ochenta “The Shining”, dirigida por Stanley Kubrick y protagonizada por Jack Nicholson. No la ha visto, dice, y le cuento que es la historia de un escritor exalcohólico que acepta un puesto como vigilante de invierno en un solitario hotel de alta montaña para ocuparse del mantenimiento de la mansión. Al poco tiempo de haberse instalado ahí junto a su familia, empieza a sufrir inquietantes trastornos de personalidad debido a la incomunicación del lugar, al insomnio, y a sus propios fantasmas interiores. Rob Ron me dice que suena como una película muy buena y pasamos el resto del camino escuchando el rugir de las llantas y el murmullo de la camioneta.

La hortensia, la araña y el hombre

Antes, por la ventana de la cocina alcanzaba a ver el patio de la vecina y, allí, su hortensia que no daba flores. La planta era sana y verde como el jade, pero se resistía a florecer. La dueña me comentó acerca de eso hoy, sobre todas las artimañas que había intentado para forzarla a dar flores.

La última vez que había florecido fue en el propio invernadero de Walmart, donde la compró hace tres años. Hasta que, hace poco, alguien le comentó que el problema era la variación de planta: no era apta para el clima de Wisconsin. Había comprado una hortensia mala entre tantas más resistentes. Esa se autorregulaba en los inviernos para conservar energía vital. Al fin, la vecina terminó extrayéndola de la tierra y consiguiendo otra hortensia más servicial que, hasta hoy, da flores turquesas atractivas.

En la ventana de la cocina, a mediodía, no sé ni quien se fijó primero que había una araña que había atrapado una mosca en un rincón. La mosca era, quizá, ocho veces más grande que la araña. La vi con mis hijos unos minutos, mientras pinzaba y jalaba a la mosca. La mosca movía las patitas al principio, pero, al rato, se le quedaron tiesas. La araña solo aceleraba el ritmo de su labor jalando al insecto a través de la telaraña, amarrándola.

Cuando se aburrieron de observar la escena, me tuve que poner entre mis hijos y la araña, porque vi que estaban ansiosos por matarla. Mi hijo me dijo que solo la iba a sacar de la casa. Yo me opuse, explicándole que, si la molestábamos, íbamos a arruinar todo el sistema y el trabajo que acabábamos de estar, maravillados, viendo.

Pensando haber apaciguado a mis hijos lo suficiente, salí hacia la casa de Beto, un amigo de la tercera edad que estaba ingresando a un centro de hospicio. Tiene una enfermedad terminal de los pulmones que no le permite respirar bien, “por fumar demasiado en la juventud y por los genes”, me había contado alguna vez.

Monté todo un equipo de tanques de oxígeno, aparatos y la andadera de Beto al carro. Al final se subió también él, agradeciendo el clima fresco. Me dijo que, cuando el tiempo está caluroso y húmedo, le entra una sensación de voracidad de aire. Nos tocó el tráfico de las 5 de la tarde. En algún momento me pitaron por manejar con más cuidado de lo normal, con más lentitud, y me sentí atrapada por la agresividad de los otros carros, las carreras y la agitación humana. Mientras tanto, Beto invertía toda su energía vital en respirar y en no morir. Y, sin embargo, a medio camino recordó que era mi cumpleaños y me cantó “Cumpleaños feliz”, con su voz rasposa y a pesar de la falta de aire.

Cuando regresé a la ventana de la cocina vi que tanto la mosca como la araña y la telaraña ya no estaban. Ni estaban mis hijos para preguntarles por ella. Vi la nueva hortensia con sus medallones azules y recordé el tráfico de la tarde. Pensé en lo insidioso de estas formas inconscientes de enfrentarnos con la vida y la muerte. Son maneras establecidas de ordenar nuestros días sin ser plenamente conscientes de lo que estamos haciendo. La alternativa cuesta más; implica atención, reflexión, tolerancia y empatía, pero, quizás con más conciencia, percibiríamos más lo que es real y esencial de la vida.

La carta de invitación

Estimado cónsul:

En varios momentos he pensado escribirle una carta a usted invitándole a reflexionar sobre el requisito de la carta que pide para el trámite de la visa. Siempre me ha parecido una formalidad ilógica que pide la Embajada de Estados Unidos. Desde un principio, todos los involucrados aceptan que es una invitación falsa, ya que una invitación real evolucionaría en otro formato; en diálogos y conversaciones largas y sin rumbo, o en fragmentos en WhatsApp. Y aparte de esto, la carta en sí es una forma ya anticuada. Como documento, me recuerda un poco al tono de las “Cartas de relación” escritas por Hernán Cortés, dirigidas al emperador Carlos V; o a la confesión inquisitorial de “Lazarillo de Tormes”, en que Lázaro se dirige a un misterioso personaje de rango superior y cuenta su vida con la intención de que la autoridad se sensibilice con su historia. En todo caso, lo que pide usted, en realidad, es una narración tosca de ficción, o quizás una relación de viaje o una confesión, y en cuanto más alaba a Estados Unidos, mejor. No es cosa del otro mundo, pero complica la solicitud de visa con un requisito que es más teatro que documento.

La carta que escribiría si dejáramos de epístolas ficcionales y habláramos claro, sería otra; más anécdota que invitación. Pues la última vez que me pidieron una carta de invitación no la pude redactar porque me la solicitaba alguien que, aparte del Facebook, conocía poco. Lo que pude haberles contado de él era que tenía un tiempo ya de estar conscientemente rebuscando la forma de abrirse acceso a Estados Unidos. Por eso lo preferible hubiera sido otorgarle la visa de 10 años. De nada le servía la visa para un viaje único, aparte de desperdiciar pisto y tiempo.

También le podía haber contado que, en otras pláticas, este conocido me había contado de un sueño recurrente de estar encerrado en una casa sin poder encontrar la salida. En el sueño había un hombre mayor con una sola llave y mi amigo feisbuquero intuía que, si lograba conseguir esa llave, podría lograr escaparse de la vivienda, pero para eso tendría que matar al señor. Siempre llegaba a tomar la decisión de hacerlo, pero los detalles de cómo eliminarlo lo llevaban a una tremenda angustia psicológica que lo dejaba, muchas veces, con una resaca de ansiedad al amanecer. Algunas veces en el sueño lo mataba violentamente con arma punzocortante; otras veces lo drogaba con pastillas. Siempre era necesario ese sacrificio humano para poder lograr el escape. Lástima que no da visas para ayudar a que la gente duerma más tranquila.

Por otra parte, recuerdo una vez que, de adolecente, regresaba de El Salvador a Estados Unidos. Era de madrugada y mi abuela y el motorista me iban a pasar dejando en el Aeropuerto de Comalapa. Antes de irnos, la muchacha que trabajaba en ese tiempo en la casa se subió a la camioneta. Le estábamos dando un jalón a algún lugar cerca de su comunidad y, en algún momento, nos señaló que la podíamos pasar dejando ahí mismo. ¿Adónde? Recuerdo pensar. ¿Aquí, dónde? Pues no estábamos en ninguna parte, sino a la orilla de la carretera en la plena negrura. Fue la primera vez que me di cuenta del valor de poder salirme del país con pasaporte y visa. No era solo salir de un espacio geográfico, sino también abrirse un nuevo horizonte económico y social. Pero tampoco da visas de turista para abrir ese tipo de horizontes.

Las razones reales por las que una gran parte de la gente solicita visa, si las declararan de verdad, resultaría en una fácil “negación de visa”. La carta es un requisito vacío con poco valor aparte de lo literario. Ya dejemos de espejismos.

Agradezco su atención,
Évelyn Galindo