El conflicto en la frontera entre Ecuador y Colombia lleva años cocinándose

Impacto. El asesinato de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra de El Comercio, de Ecuador, hizo que el mundo le pusiera atención al problema.

Mientras que Colombia trata de cerrar medio siglo de guerra con la ya exinsurgencia de las FARC, Ecuador se estrena en el narcoterrorismo. En menos de tres meses, el país latinoamericano ha sufrido el asesinato de cuatro militares, medio centenar de heridos y el secuestro y asesinato de tres civiles por la extensión del posconflicto colombiano que no conoce fronteras.
El sobresalto de ocho ataques en la zona fronteriza con coches bomba y explosiones en bases del Ejército y de la Policía ha atravesado a las fuerzas de seguridad y al Gobierno ecuatoriano como una sacudida eléctrica de realidad. Tras una década de convivencia y discursos de paz entre ambos países, Ecuador se prepara para un escenario militar desconocido: la guerra de guerrillas que los grupos armados ilegales practican para asegurarse el negocio del narcotráfico, el contrabando y la explotación ilegal de recursos en los dos territorios.

Aunque para las autoridades el recrudecimiento de la violencia en el lado ecuatoriano sea un nuevo problema de índole nacional, para los militares experimentados es más bien la “crónica de un conflicto muy anunciado”. El general retirado del Ejército ecuatoriano Paco Moncayo lleva años dibujando el problemático panorama con mapas, movimientos de bandas y lucrativos negocios ilegales en la selvática provincia de Esmeraldas, que linda al norte con el departamento colombiano de Nariño.

Desde hace medio siglo, la cartografía del Estado colombiano se ha delimitado según las zonas que ocupaban las guerrillas, los paramilitares y las bandas de narcotráfico. El sur del país se convirtió en la retaguardia de las FARC. En esta zona, la ex insurgencia llegó a tener más de 2,000 combatientes. Pero el 1.º de diciembre de 2016, cuando la guerrilla más antigua de América Latina firmó un acuerdo de paz con el Gobierno de Juan Manuel Santos, empezó el vacío de poder en muchas regiones de Colombia. El statu quo se desmoronó. En ese momento, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), las disidencias y desertores de las FARC y el narco ocuparon los espacios que había dejado la guerrilla.

El botín es suculento en la frontera que separa a Colombia de Ecuador: minería ilegal, cultivos de coca, trata de personas, tráfico de órganos, de armas y contrabando de todo tipo, aprovechando la dolarización de la economía ecuatoriana que facilita el lavado de dinero y las transacciones internacionales. La costa del Pacífico que baña a los dos países es la salida natural para las rutas hacia Centroamérica y México que tienen como destino final el mercado estadounidense.

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NEGOCIOS TRANSNACIONALES
Solo en Tumaco, en el departamento de Nariño que linda con Ecuador, hay 23,000 hectáreas de cultivos de coca. El Ministerio de Defensa de Colombia anunció en diciembre de 2017 que las metas de erradicación forzosa se habían alcanzado: más de 50,000 hectáreas. Pero el pasado febrero, el vicepresidente, Óscar Naranjo, confirmó que solo se habían eliminado voluntariamente 16,000.

“Dudamos de las afirmaciones del Ejército, en entrevistas con personal militar en el terreno, muchos admiten que las cifras han sido infladas para cumplir los objetivos”, se lee en el informe “La nueva generación de narcotraficantes colombianos post-FARC”, de la organización InSight Crime, dedicada al estudio del crimen organizado en América Latina.
“El narco va mutando y se acostumbra a producir más en menores hectáreas”, explica Mauricio Jaramillo, profesor de Ciencia Política en la Universidad del Rosario, en Bogotá. “Los ataques en la oferta se han terminado por adaptar”.

Homicidio. Un conjunto de velas encendidas rodea una cámara fotográfica durante una vigilia en homenaje al equipo de periodistas del diario El Comercio que fueron asesinados.

En Nariño no solo se cultiva, también se procesa y se envía la cocaína. “Tiene fácil acceso a precursores químicos para el procesamiento de la droga (combustible subvencionado de Ecuador o succionado del oleoducto Transandino, que atraviesa el departamento) y puntos de despacho por mar o por tierra a través de Ecuador, donde los compradores mexicanos esperan el producto ansiosamente”, publicó InSight Crime.

En el departamento del Putumayo, vecino de Nariño, se producen 100 toneladas de cocaína al año, según un estudio de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), al que ha tenido acceso EL PAÍS, que se publica este fin de semana. En esta zona, los combatientes de las FARC que no se unieron al proceso de paz mantienen los negocios ilegales de coca, marihuana y tráfico de madera para exportarlos a través de Ecuador.

La tesis es la misma que manejaban los servicios de Inteligencia de Ecuador desde 2014, sin que desde entonces se tomaran medidas disuasorias efectivas. Un informe de la Secretaría de Inteligencia, desmantelada por el gobierno de Lenín Moreno y desprestigiada por haberse dedicado a la vigilancia de civiles con fines políticos, ya advertía hace cuatro años que Ecuador podría verse “involucrado en una espiral de violencia a consecuencia del narcotráfico”, como efecto colateral de la desmovilización de las FARC. Según el mismo documento, la insurgencia y bandas criminales tenían acuerdos con el cartel de Sinaloa para despachar cocaína a México a través de puertos colombianos y desde el de San Lorenzo, en la provincia ecuatoriana de Esmeraldas.
Se detectaron, además, 40 pasos ilegales en los 720 kilómetros de cordón fronterizo. Los grupos ilegales tienen a su favor que toda esa zona es territorio selvático de difícil acceso, con muchas vías fluviales.

“Cuando las FARC secuestraban políticos, periodistas, empresarios… había una unidad de mando, alguien con quien negociar”, dice el profesor Jaramillo. “Estas nuevas organizaciones están lideradas por mandos medios. Es más difícil para el Estado establecer contacto. Además, la legitimidad que podían tener las FARC por su historia, no la tienen estos grupos, es más difícil justificar el diálogo y sentaría un mal precedente tanto en Ecuador como en Colombia”.

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DISTANCIAMIENTO EN LA LUCHA CONTRA EL TERRORISMO
“Vivíamos una paz en la que se permitía que la droga transitara por nuestro territorio”, ha dicho Lenín Moreno, muy crítico con la gestión de su predecesor Rafael Correa. El actual mandatario ecuatoriano considera que el exdirigente fue “permisivo” con los grupos irregulares que operaban en la frontera, a los que se les dejaba transitar sin preocupación.
En 2013, el expresidente Correa renunció unilateralmente a los beneficios arancelarios que concedía Estados Unidos a Ecuador por la lucha contra el narcotráfico, y alegó defensa de la soberanía nacional. Años antes, en 2008, ese distanciamiento ya se había materializado tras el bombardeo de Colombia en Angostura, región selvática ecuatoriana donde se escondía uno de los máximos dirigentes de las FARC.

Los responsables de Defensa e Interior ecuatorianos han repetido casi en cada intervención oficial que la nueva ola de violencia en la frontera responde a los operativos de las Fuerzas Armadas y la Policía sobre las bandas armadas.

En la zona fronteriza opera el frente Óliver Sinisterra, que comanda Wilson Aristala, alias “Guacho”, disidente de las FARC de nacionalidad ecuatoriana. La falta de oportunidades laborales y las condiciones de pobreza de esa región han contribuido a la permeabilidad y expansión de su negocio en la población. Este grupo ha sido señalado por los dos países como el responsable del secuestro de los dos periodistas ecuatorianos y su chófer, quienes fueron asesinados.

“Cuando las FARC secuestraban políticos, periodistas, empresarios… había una unidad de mando, alguien con quien negociar”, dice el profesor Jaramillo. “Estas nuevas organizaciones están lideradas por mandos medios. Es más difícil para el Estado establecer contacto. Además, la legitimidad que podían tener las FARC por su historia, no la tienen estos grupos, es más difícil justificar el diálogo y sentaría un mal precedente tanto en Ecuador como en Colombia”.

Reunión. La canciller María Ángela Holguín, el ministro de Defensa Luis Carlos Villegas (colombianos), la canciller Fernanda Espinosa y el ministro de defensa Patricio Zambrano (Ecuador).

La riqueza que se pierde por la desigualdad de género

Altos mandos. La Unión Europea y la Ley de Igualdad de 2007 aconseja que las mujeres ocupen el 40 % de los puestos de responsabilidad en las empresas.

Las cosas empeoran. Si todo sigue como hasta ahora, la brecha de género tardará exactamente 100 años en cerrarse en los 106 países de los que se tienen registros desde el inicio de la publicación. Es un avance propulsado por las patas de un cangrejo: el año pasado, para lograr ese objetivo hubieran bastado 83 años. Algunas de las desigualdades más inquietantes están en la esfera económica. Aquí el informe describe una realidad estadística lamentable para las niñas: en 2016 los países han retrocedido a niveles de 2008 y la brecha necesitaría de 217 años para sellarse. El debate sobre el empleo no remunerado recorre el mundo, pero el trabajo de las mujeres sigue sin tenerse en cuenta. Un total de 82 países están peor que hace un año, solo 60 han mejorado (España avanza cinco puestos y ocupa la posición 25). Y los lugares donde ellas pueden sentirse más libres siguen siendo un puñado de Estados pequeños de Europa Occidental, particularmente los nórdicos (a excepción de Ruanda, situada en cuarto puesto, por su elevada representación femenina en política).
“Se necesitan más esfuerzos para acelerar el progreso”, cree el WEF. No es solo una cuestión de derechos: la economía pierde, y mucho, si se estrangula el futuro de las mujeres. Una enorme variedad de modelos y estudios empíricos respaldan esa afirmación de que la paridad genera dividendos económicos importantes, aunque varían según los lugares y los desafíos de cada país. El mundo en su conjunto podría aumentar el PIB mundial en 5.3 billones para 2025, estima el documento, si la brecha de género en lo que respecta a la participación económica mejorase un 25 % durante el mismo periodo.
El Instituto Europeo de Igualdad de Género (EIGE) también pone números a esta realidad: “La tasa de empleo en la UE aumentaría significativamente si las mujeres disfrutasen de un mayor grado de igualdad en la oferta educativa y el mercado laboral”. Eso generaría un incremento de la contratación de entre 0.5 y 0.8 puntos porcentuales en 2030 y de entre 2.1 y 3.5 puntos en 2050. “Si se produjeran esas mejoras, el empleo rondaría el 80 % en 2050”, analiza el EIGE. Puede que sea un sueño escrito en un papel, pero se crearían, en el escenario menos optimista, 6.27 millones de puestos de trabajo, de los que 4.5 millones estarían ocupados por mujeres. En las previsiones más esperanzadoras serían 10.5 millones de puestos adicionales en 2050 (los mismos que tienen, por ejemplo, los Países Bajos) y eso produciría un incremento del PIB per cápita de entre 6.1 % y 9.6 %, lo que equivale a entre 1.95 y 3.15 billones de euros solo en Europa.
Elizabeth Villagómez, consultora para Naciones Unidas y experta externa del EIGE, describe que la desigualdad de género tiene su raíz en la división social del trabajo, que sitúa a las mujeres como cuidadoras y encargadas de las tareas del hogar. “En mi opinión el empoderamiento de las mujeres, no solo económico, consiste en cambiar este paradigma que sigue vigente en todas las sociedades europeas”. Cree que el hecho de que la mayoría de las graduadas universitarias sean mujeres es un fenómeno con un gran recorrido en el continente. “Se observa el crecimiento de hogares donde las mujeres tienen un ingreso mayor al de los varones, que ha sido estudiado en profundidad incluso desde el punto de vista de los cambios en la dinámica del poder dentro de los mismos”.
Cambios, aunque lentos, que ya se están produciendo. “Pero es importante observar las variaciones en el mercado laboral de los varones. En algunos casos los avances no se dan porque las mujeres hayan mejorado, sino porque los hombres han retrocedido”. Explica que, mientras la mayoría de los trabajos industriales bien pagados han ido desapareciendo, los de servicios han ido creciendo y las mujeres han ocupado a través de ellos más espacio público.
Otra de las conclusiones sombrías que arrojan los análisis del EIGE tiene que ver con los nuevos estereotipos de la “supermadre”. La variable que mide el uso del tiempo deja claro que, con la incorporación al mercado laboral, el número de horas trabajadas frente a los hombres va en aumento si se incluyen las tareas no remuneradas en el hogar. “Y no se trata solo de cuidar a dependientes (hijos y mayores o enfermos), sino también a los que perfectamente podrían realizar muchas de las tareas por sí mismos”.
En el ámbito de la empresa la realidad no es nada prometedora. En las principales compañías de la bolsa europea el 74.7 % de los presidentes, miembros del consejo y representantes de los trabajadores son hombres. En España esta proporción es del 78 %. El informe de gobierno corporativo de las empresas cotizadas en 2016 publicado por la CNMV apunta que solo un 16.6 % de los puestos en los consejos los ocupan mujeres, y de ellas, la inmensa mayoría ha sido elegida como vocales, sin participación en comisiones ni en puestos más relevantes. El organismo recomienda a las compañías que practiquen políticas que favorezcan la diversidad con el objetivo de que en 2020 el porcentaje llegue al 30 %, pero no impone ninguna sanción si esto no ocurre. Al ritmo de crecimiento actual, esa meta no se cumplirá a menos que haya una verdadera revolución cultural en las compañías.
¿Qué se puede hacer? “Desde luego no sentarnos a esperar los 100 años que calcula el Foro Económico Mundial”, responde Ana Bujaldón, empresaria y presidenta de la Federación de Mujeres Directivas (FEDEPE). “Hay que cumplir con las recomendaciones de la Unión Europea y la Ley de Igualdad de 2007, que aconseja que las mujeres ocupen el 40 % de los puestos de responsabilidad en las empresas. Ese sería un clic muy importante en el cerebro empresarial: acabar con un mundo de decisión masculino”.
Las grandes corporaciones son la punta del iceberg. “En el fondo España se sostiene gracias a las pymes y las micropymes, donde hay una gran presencia de mujeres, muchas en puestos de dirección, pero no se les da tanta visibilidad”, se queja Eva Serrano, presidenta de la Asociación Española de Mujeres Empresarias de Madrid. “La crisis provocó una huida del talento femenino que buscó un camino nuevo. Y afortunadamente las empresas que crearon se han ido consolidando”. Pero es en las pymes, como denuncia UGT, donde la brecha salarial aumenta porque “apenas existe representación sindical y no se negocian planes ni medidas de igualdad”.
Serrano admite que queda muchísimo por hacer porque, como también señala José Ignacio Conde, investigador de FEDEA, España tiene un problema similar a otros países desarrollados. “Eso implica la pérdida de potencial laboral, el menor aprovechamiento del talento y, por consiguiente, la caída del crecimiento de la renta per cápita”. Uno de sus estudios señala que en 2016 las mujeres españolas trabajaron aproximadamente 13,000 millones de horas, es decir, aproximadamente un 41 % del total. Por esas horas, las mujeres españolas recibieron $189,000 millones, mientras que los hombres españoles, por sus correspondientes 18,500 millones de horas recibieron unos $315,000 millones. “Dividiendo el número de horas trabajadas entre el salario total percibido, vemos que la cifra de salario medio por hora para los hombres ($17) dista bastante de la cifra correspondiente para las mujeres ($14.5 por hora)”.
Un informe publicado esta semana por el IESE e Infoempleo realizado tras una encuesta a más de 2,000 profesionales deja en evidencia que una abrumadora mayoría de los trabajadores juzga su entorno laboral como excluyente en materia de género. Mireia Las Heras, autora del estudio y profesora en la Escuela de Negocios, razona que, paradójicamente, cambiar esta situación tiene un coste relativamente bajo para las compañías. “Nos hemos acostumbrado, por ejemplo, a que los procesos de selección de personal sean poco estructurados, y eso da lugar a un sesgo a favor de los hombres. Y lo que necesitamos es que ese sesgo sea a favor de la meritocracia y las competencias. Ahora que tenemos tantas herramientas (como las redes sociales profesionales) hay una oportunidad de oro para mejorar en la transparencia”. Cree que medidas como el currículo ciego, que a principios de año fue impulsado por el Ministerio de Igualdad, han sido superadas por las redes. Esta herramienta excluye referencias personales para que el seleccionador se centre solo en las competencias del candidato. Incluso así, hay expertos que piensan que solo pospone las decisiones de contratación, ya que al final toda la información termina saliendo a la luz.
Una de las consecuencias más dramáticas de la desigualdad está en las diferencias salariales. Según el INE, el salario bruto de los varones en 2016 fue de $2,531 mensuales, y el de ellas, de $2,026. El número de mujeres que ganan menos de $1,200 es el doble que el de hombres. A los empleos peor retribuidos se suma el hecho de que las mujeres son víctimas de la temporalidad y tienen más problemas para desarrollar sus carreras profesionales. El pez se muerde la cola. “La brecha significa que una mujer trabaja un mes y medio gratis cada año”, lamenta De Las Heras.

Una de las consecuencias más dramáticas de la desigualdad está en las diferencias salariales. Según el INE, el salario bruto de los varones en 2016 fue de $2,531 mensuales, y el de ellas, de $2,026. El número de mujeres que ganan menos de $1,200 es el doble que el de hombres. A los empleos peor retribuidos se suma el hecho de que las mujeres son víctimas de la temporalidad y tienen más problemas para desarrollar sus carreras profesionales. “La brecha significa que una mujer trabaja un mes y medio gratis cada año”.

FACTOR ESTADÍSTICO
Val Díez, presidenta de la comisión de Igualdad de la CEOE, relataba esta semana en una mesa redonda celebrada en Madrid que “más allá de titulares periodísticos”, hay un factor estadístico. “Hay un porcentaje de trabajadores más masculinizado por encima de los 50 años, y hay elementos históricos que pesan. En nuestro país la protección al trabajador incluyó elementos como la antigüedad. Si un camarero lleva 30 años en un restaurante, gana más por su antigüedad que una compañera que lleva siete, no por ser hombre. Hay otros pluses tremendamente arraigados que forman la protección social, los asociados a nocturnidad o peligrosidad, que tradicionalmente eran recibidos por hombres. Si las diferencias fuesen debidas a una discriminación por género, a esos empleadores, públicos o privados, los tendríamos que poner ante los tribunales”, argumentó. “Las estadísticas nos dan información que nos genera enfado, frustración, indignación, pero hay que entender las causas que están detrás para actuar eficazmente”, concluyó Díez.
El investigador José Ignacio Conde rebate parte de estas afirmaciones. “Si comparamos el salario bruto de una hora en personas con el mismo nivel educativo y la misma antigüedad, encontramos brechas que, aunque son más pequeñas, existen”. Y va más allá: “Cuando comparo a una directiva con su homólogo hombre veo que está igual o peor, pero además hay muchas mujeres que se han quedado abajo en esa carrera por llegar a tener responsabilidad”.
Las empresas deberían estar obligadas legalmente a operar en la fijación de salarios con unos sistemas objetivos, opina María Luisa de Contes, secretaria general de Renault en España y presidenta de la asociación Mujeres Avenir. “Las estructuras salariales en las empresas suelen ser opacas y existe una casi total falta de información sobre los niveles retributivos de los diferentes puestos de trabajo; de manera que la mujer no puede saber si se la está discriminando o no”.
¿Qué lugar tienen las políticas públicas para cambiar todo esto? Varias investigaciones apuntan a que los modelos fiscales y de protección social pueden estimular o arruinar el progreso. Una declaración de renta individual en vez de conjunta; un sistema impositivo más progresivo; eliminar el fraude que limita los derechos a las trabajadoras de sectores como la limpieza del hogar o una orientación de los presupuestos públicos para que se tengan en cuenta estas desigualdades son medidas que ayudarían. “Y desde luego políticas que obliguen a los varones a tomar parte de la responsabilidad en el cuidado de los hijos”, añade Villagómez.
El Fondo Monetario Internacional remarca que, para avanzar con éxito, las políticas deben integrarse en los marcos jurídicos, los procesos presupuestarios y las estrategias de desarrollo de cada gobierno. “Mejorar el acceso al mercado laboral para las mujeres, en particular garantizar que no permanezcan en empleos de baja remuneración y baja productividad, requiere intervenciones políticas específicas de cada país”, señala un informe al respecto. Eso incluye mecanismos para aumentar el acceso a la financiación, disminuir las tasas de deserción escolar y proporcionar acceso asequible a servicios de salud de calidad. Algo que no todos los países hacen ni están dispuestos a poner en práctica.
Pero muchas buenas intenciones se quedan en eso, en buenas intenciones. En España, el Gobierno va a obligar a las empresas de más de 250 trabajadores a realizar una auditoría salarial para terminar con la famosa brecha, pero no programa sanciones si las empresas ignoran el mandato. Algunos sindicatos ya han advertido que la medida no servirá para nada.
Otra de las herramientas está en los presupuestos. En Austria, el Gobierno tiene la obligación de conseguir objetivos de igualdad real cuando programa sus cuentas. En la Junta de Andalucía los planes de gasto se realizan con perspectiva de género desde 2003, algo que también han puesto en marcha otras regiones. Buenaventura Aguilera, coordinador de la Secretaría de Hacienda de esa comunidad, cree que ha sido un elemento fundamental para asignar de manera más eficaz los recursos. “Nuestra Ley de Igualdad establece objetivos y mandatos por materias, pone tareas a todas las áreas de gobierno. Hacemos que los programas de gasto sean más eficaces desde el punto de vista del género, y después los auditamos”. Pone como ejemplo que solo 44 de los 122 programas que están pensados con esa perspectiva suponen un desembolso de 19,000 millones anuales.
Una de las áreas que más atención se llevan los presupuestos de género está en la educación, pero el techo de cristal parece de cemento. Las mujeres son mayoría entre los estudiantes universitarios españoles (un 54 % frente a un 46 % de varones), pero las carreras de ciencia, tecnología, ingenierías y matemáticas (conocidas por sus siglas en inglés STEM) solo interesan a una minoría de mujeres. Para la presidenta de FEDEPE es uno de los grandes retos. “Debemos aprovechar las oportunidades que nos brinda el universo digital, una auténtica autopista hacia la igualdad. Necesitamos más mujeres en carreras tecnológicas”. Una autopista que tiene muchas curvas: el secretario de Estado de Agenda Digital, José María Lassalle, denunció el pasado miércoles que “no hay ámbito más machista que el digital”.
El porcentaje de mujeres en las facultades de Ingeniería de Telecomunicación va en descenso y solo el 7 % de los profesionales del mundo de la ciberseguridad son mujeres. Las mujeres también brillan por su ausencia en los puestos directivos de las grandes empresas tecnológicas.

En ciencia. Las carreras de ciencia, tecnología, ingenierías y matemáticas todavía son un feudo por conquistar para las mujeres. No hay rubro más machista que el digital, indican informes.

Más de 1,800 muertos por violencia armada en EUA solo en 2018

Víctimas. Entre los 17 muertos en la masacre de Parkland, hay 14 estudiantes y tres empleados de la escuela.

Daniel Journey estaba en clase de música ensayando con el fagote, su instrumento musical de viento, cuando escuchó una alarma. “Pensamos que era un simulacro de incendio, dejamos de tocar y salimos al pasillo. Pero inmediatamente nos gritaron que nos metiéramos dentro del salón otra vez. Entonces creímos que era un simulacro de tiroteo. Otros alumnos entraron. Éramos unos 70, todos recogidos hacia el final del aula. Estuvimos unos 20 minutos ahí parados pensando todavía que era un simulacro. Hasta que un compañero nos enseñó su teléfono y vimos que estaban matando gente en la escuela. Ahí empezaron los gritos”.
Daniel, de 18 años, alto y espigado, explicaba a las 9 de la noche en las cercanías del instituto Stoneman Douglas la experiencia de terror que había vivido en carne propia horas antes. Sacó su teléfono y mostró el video que grabó del momento en que las fuerzas de asalto policiales entraron a rescatarlos. Era un escenario improbable. Los estudiantes levantando las manos. Los sobrios atriles con las partituras abiertas. Los diversos instrumentos posados con orden en el suelo. Los agentes empuñando metralletas, preguntando si había heridos. Era el escenario de una pesadilla escolar. La que provocó el miércoles de San Valentín un joven llamado Nikolas Cruz. El escenario de una pesadilla americana.

Armas en casa. El 30 % de la población adulta es propietaria de alguna pistola o fusil, el 36 % no posee ahora pero afirma que podría hacerlo en el futuro, y tan solo un 33 % lo descarta.

El 14 de febrero de 2018 quedará marcado como una nueva fecha fatídica en la incesante historia de las masacres por arma de fuego en Estados Unidos. Ese miércoles fue Parkland, una localidad de Florida de unos 30,000 habitantes que por la noche –haciendo excepción de la Policía y sus luces, de los medios de comunicación desplegados, del hélicoptero que pasaba de vez en cuando por el aire– había regresado a su estado natural. Un lugar tranquilo, acomodado, donde se pueden contemplar nítidas las estrellas por la noche mientras suenan alrededor los grillos.
Las boyantes viviendas unifamiliares próximas al instituto se veían como se pueden ver cualquier día de semana corriente. Resguardadas tras las vallas de sus urbanizaciones privadas con caseta de seguridad. Algunas a oscuras, otras iluminadas. Grandes pantallas de televisores brillando en las salas de estar. Eso era esta noche el entorno de la secundaria Stoneman Douglas, a la que impedía aproximarse más la policía; la escuela de Parkland donde Cruz asesinó al menos a 17 personas armado con un fusil de asalto. Por la noche, él estaba detenido. Y Daniel lo recordaba.
—Lo conocía hace años, pero nunca fuimos amigos. Siempre andaba activando las alarmas en la escuela, desde que tenía 13 o 14 años.
—¿Hacía sonar las alarmas?
—Sí, lo hizo muchas veces.
—¿Por qué?
—No lo sé. Solo sé que hacía eso. Estaba loco. Es un tipo que acabó matando a 17 personas.
Cerca de ahí, unos minutos más tarde, llegaba a un supermercado Ernesto Robles, de 59 años. Contaba que su hija Angie, una adolescente que estudia en otro colegio de Parkland, había estado recibiendo mensajes de su amiga Emily durante la masacre. “Mi niña me llamó por teléfono y me dijo: ‘Papá, Emily me está texteando y me dice que en su escuela están matando gente a tiros’. Gracias a Dios que Emily se pudo esconder y sobrevivó”, dice Robles. “Ahora Angie hace unas horas que no habla con ella porque la mamá la metió en casa y no quiere que hable por teléfono. Para que se calme la pobre”. Este vecino dice que la amiga le habló a su hija de Nicolás Cruz tras la masacre. “Dijo que era calmadito, pero que era un muchacho que siempre andaba solo y debía de cargar mucha rabia por dentro”. Antes de continuar hacia el súper, Robles dijo: “Hay un chamaquito latino que están buscando. No saben aún si está vivo”.
En adelante, desde este jueves, 15 de febrero de 2018, día después de la sangría de Parkland, Cora Journey, de 51 años, madre de Daniel, piensa darle un beso a su hijo cada mañana antes de que salga de casa. “Después de algo así, todo cambia. Lo ves todo de otra manera”, suspiraba. Supo del tiroteo trabajando en su oficina. Llamó a Daniel. Daniel no respondió. Escribió a Daniel. Daniel no respondió. Pasaron 10 minutos. Cora Journey, en su oficina, rompió a llorar. Cada minuto que pasaba, cada segundo más bien, la angustia crecía en su pecho como una bomba a punto de explotar. Cuando entró el mensaje de su hijo –Estoy bien. Estoy escondido–, la bomba se desactivó como un soplo instantáneo. Cora Journey solo acierta a decir una palabra para expresar qué sintió esos 10 minutos: “Muerte”.
Daniel Journey transmitía la serenidad del que aún no se ha alejado lo suficiente de un abismo de miedo e irracionalidad. Del que vio pasar a su lado algo tan terrible que no se puede concebir. “Imagino que mañana o en los días que vienen me daré cuenta de lo que pasó hoy”, dijo. A esas horas ya se había enterado de que tres amigos que conocía desde que llegó a la escuela habían sido asesinados.
Mientras el estudiante vaya digiriendo la barbaridad que le tocó vivir, podrá ver en sus redes sociales durante unos días el cíclico pico de debate americano sobre las masacres y los problemas del fácil acceso a las armas. Él dice: “Esta vez tiene que haber una gran discusión. No puede ser que un chico de 19 años pueda agarrar un rifle de asalto y plantarse en un instituto disparando a la gente”.

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Actos generosos. En Parkland, el entrenador de fútbol americano murió haciendo de escudo humano.

LAS ESTADÍSTICAS SON UN DURO GOLPE de realismo detrás de la epidemia de violencia armada que sacude sin fin a EUA. En el primer mes y medio de 2018 han fallecido en ese territorio 1,816 personas por violencia armada, según los últimos datos del registro de la organización Gun Violence Archive. Eso equivale a una media de 40 muertos al día.
En escasas seis semanas, otras 3,125 personas han resultado heridas por disparos. Ha habido 30 tiroteos masivos, que reciben esa consideración cuando hay al menos cuatro muertos. La organización no incluye en sus estadísticas a los fallecidos por suicidio. Dentro de esos parámetros, la entidad estima que 15,590 personas murieron por armas de fuego en 2017 en la primera potencia mundial.
La avalancha de muertos por violencia armada convierte a EUA en una anomalía en el mundo desarrollado. No hay una cifra exacta de cuántas armas de fuego hay en manos de civiles en el país, pero se calcula que son unas nueve por cada 10 ciudadanos. Es la proporción más alta del planeta. El Servicio de Investigación del Congreso calculó, en un estudio de 2012, que tres años antes había unos 310 millones de armas. La población estadounidense es de 321 millones de habitantes.
La Constitución estadounidense ampara el uso de las armas de fuego, que muchos consideran parte del ADN nacional. Sus defensores recelan de cualquier cambio que dificulte la compraventa por una combinación de temor al intervencionismo del Gobierno y la creencia de que las armas son necesarias para defenderse. El presidente Donald Trump y los republicanos defienden esa posición. Cada matanza acentúa la brecha con el colectivo que opina lo contrario: que para atajar la epidemia de violencia lo que hay que hacer es limitar el acceso a pistolas y rifles.
El ritual se repite tras cada matanza en los últimos años. Inicialmente, impulsado sobre todo por políticos demócratas y organizaciones sociales, se reabre el debate sobre un mayor control a las armas de fuego. Pero se tarda poco en que el debate decaiga por la falta de consenso entre los legisladores propiciado por el rechazo de muchos políticos conservadores y la presión del poderoso lobby de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas inglesas).
El último cambio legal significativo en todo EUA es de 2007, cuando se amplió la prohibición de venta a personas con trastornos y delincuentes. Las mayores restricciones en los últimos años las han impulsado los estados.
En un primer momento, la muerte en 2012 de 20 niños y seis adultos en una escuela de Connecticut pareció un punto de inflexión. El entonces presidente, el demócrata Barack Obama, propuso extender el control de antecedentes, prohibir los rifles de asalto y limitar el número de balas. Pero no logró los votos suficientes en el Congreso.

Supo del tiroteo trabajando en su oficina. Llamó a Daniel. Daniel no respondió. Escribió a Daniel. Daniel no respondió. Pasaron 10 minutos. Cora Journey, en su oficina, rompió a llorar. Cada minuto que pasaba, cada segundo más bien, la angustia crecía en su pecho como una bomba a punto de explotar. Cuando entró el mensaje de su hijo –Estoy bien. Estoy escondido–, la bomba se desactivó como un soplo instantáneo. Cora Journey solo acierta a decir una palabra para expresar qué sintió esos 10 minutos: “Muerte”.

Tampoco cambió nada la muerte de 49 personas en 2016 en una discoteca de Orlando, en ese momento el peor tiroteo múltiple en EUA. Un simpatizante yihadista empuñó un rifle semiautomático. Resurgió el debate sobre la prohibición a la venta de esos fusiles, que se había levantado en 2004, pero superada la conmoción y varios votos fallido, el impulso reformista decayó.
Y tampoco ha alterado suficientemente las conciencias de los legisladores nacionales la muerte de 58 personas en octubre pasado en Las Vegas, el peor tiroteo de la historia del país. Un hombre abrió fuego desde la ventana de su hotel a los congregados en un festival de música country. Tenía una veintena de armas y trucó algunas de ellas para hacer que los rifles semiautomáticos dispararan con la potencia de un automático. En los días posteriores a la matanza, la cúpula republicana del Congreso e incluso la NRA apoyaron dificultar la venta del objeto utilizado para alterar los rifles, pero el debate se ha difuminado desde entonces.

Probablemente, esta vez será como siempre. Habrá debate. Se apagará el debate. Y sin embargo dentro del estudiante Daniel Journey, y otros como él, el trauma seguirá vivo. Talvez siga demasiado vivo la próxima vez que haya una matanza en una escuela o en cualquier otro punto de Estados Unidos. En un suburbio acomodado como Parkland o en un pueblito pobre y somnoliento como Sutherland Springs (Texas), donde el pasado 5 de noviembre otro tipo problemático, este llamado Devin Patrick Kelley, de 26 años, entró en una iglesia baptista y se llevó por delante a tiros a 26 personas
Volverá a ocurrir y volverá el debate y volverá la policía a asegurar escenas del crimen y los periodistas a rondarlas. Y en el trasfondo de todo, repicará siempre el mismo sonido. Ta-ta-ta-ta-ta. Y no. No será un simulacro. Será esto: una vez más.

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DE LA MATANZA DE PARKLAND ha emergido una figura heroica. Herido otra vez por su cara más amarga, la violencia enfebrecida de individuos con armas de fuego, EUA ha señalado el envés de la moneda en la figura de uno de los asesinados en el instituto: Aaron Feis, el entrenador de fútbol americano de la escuela que se interpuso entre Nikolas Cruz y dos alumnos. Él recibió los balazos y murió tras ser trasladado al hospital. De 37 años, casado y con una hija, era muy querido por los estudiantes.
Hace poco más de una semana, la policía local publicó la lista completa de las víctimas mortales. Son 14 estudiantes de entre 14 y 18 años y tres empleados, ocho mujeres y nueve hombres.
Los otros dos adultos asesinados son Chris Hixon, de 49 años, director de atletismo del instituto, y Scott Beigel, de 35, profesor de Geografía. Beigel tuvo la valentía de abrir el aula donde se encontraba para permitir que entrasen más estudiantes. Cuando estaba cerrando de nuevo, Cruz le disparó.
Siete de los alumnos muertos eran de primer año. Tenían 14 años:

Alyssa Alhadeff, una chica extrovertida que jugaba en el equipo de soccer (fútbol) y que el martes había hecho un gran partido, según su madre, “el mejor de toda su vida”.
Alex Schachter tocaba el trombón en la banda escolar y es descrito por su padre como “un encanto de niño”. Extrañaba a su madre, quien falleció cuando él tenía cinco años. Un hermano suyo sobrevivió al tiroteo.
Cara Loughran, cuya muerte lloró su tía Lindsay en Facebook: “Esto no le debió haber pasado a nuestra sobrina ni debe pasarle a otras familias”. Era un estudiante destacada que adoraba ir a la playa.
Gina Montalto, quien estaba en un grupo femenino de coreografía. “Mi corazón está roto en pedazos”, escribió uno de sus instructores. “Era el alma más bella que he conocido”.
Martín Duque. Su hermano Miguel posteó este jueves: “No tengo palabras para describir mi dolor. Te amo, hermano, y siempre te extrañaré”.
Jaime Guttenberg. Fred, padre de esta estudiante, anunció la muerte de su “bebé”. “Estoy destrozado e intento pensar cómo mi familia va a conseguir superarlo”. Jaime tenía un hermano, Jess.
Alaina Petty. Su tía abuela Claudette escribió: “No hay hashtags para momentos como este. Solo tristeza”.
Dos de los estudiantes tenían 15 años:
Peter Wang, “el típico niño que se haría amigo de cualquiera”, dijo su prima Lin Chen. Estaba enrolado en un cuerpo de adiestramiento promovido por las Fuerzas Armadas para ayudar a formar estudiantes. El día de su muerte vestía el uniforme. Su primo Aaron Chen, un año mayor y preocupado por protegerlo del bullying, dijo que Peter abrió una puerta para que otros compañeros pudieran escapar.
Luke Hoyer. Murió en la tercera planta de la escuela. Su tía Mary escribió: “Nuestro Luke era un niño precioso que ayer simplemente fue a la escuela sin saber lo que le esperaba”. Admirador de los cracks del baloncesto LeBron James y Stephen Curry. Las últimas Navidades las pasó con toda su familia en Carolina del Sur. Dicen que, como era habitual en él, no paró de contar chistes e historietas.
La única víctima mortal con 16 años es Carmen Schentrup, quien en 2017 fue semifinalista de un concurso nacional de talento escolar.
Tres alumnos tenían 17 años:
Joaquín Oliver, natural de Venezuela. Llegó a EUA con tres años y era ciudadano americano desde el año pasado. Era muy apegado a su madre y a su hermana. Su novia, Victoria, confirmó su muerte. Como muchos no sabían pronunciar su nombre en español, le quedó el alias “Guac”. Deportista y lector. Jugaba en un equipo de baloncesto de Parkland y le encantaba escribir poemas en un cuaderno.
Helena Ramsay. Curtis Page Jr., un conocido, escribió de ella: “Era una chica inteligente, con buen corazón y considerada. Era una chica amada y que amaba todavía más”.
Nicholas Dworet. Excelente nadador, tenía garantizada una beca para ir a estudiar y practicar su deporte en la Universidad de Indianápolis. Quería ser fisioterapeuta. Jason Hite, entrenador de natación de esa universidad, ya lo esperaba. Dijo que proyectaban que llegase a ser el líder de su equipo.
Por último, la única víctima mortal con 18 años: Meadow Pollack. Planeaba ir a la Lynn University, en Florida. Su padre, Andrew, dijo que era “increíble” y con “mucha fuerza de voluntad”. Trabajaba en el taller de reparación de motos de la familia de su novio. Su amiga Gii Lovito pidió una oración por esta “chica asombrosa”. “Creció conmigo y se convirtió en mi mejor amiga”, agregó.

En el último Black Friday, ese famoso día de descuentos de locura que hacen las tiendas después de Acción de Gracias, se batió el récord histórico de venta de armas en un solo día. El FBI recibió 203,086 solicitudes de información de antecedentes de estadounidenses que querían hacerse de pistolas y fusiles, según adelantó USA Today.

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Es una secuencia conocida, un guion macabro: se produce un tiroteo masivo, el mundo mira a Estados Unidos con estupor y una parte del país clama por más controles a la posesión de armas. Y justo durante esos mismos días, suben las ventas. Ocurrió tras la matanza de niños en una escuela de Connecticut, en 2012, se repitió tras la sangría de aquel concierto del pasado octubre en Las Vegas y resulta fácil adivinar que sucederá lo mismo con el instituto de Parkland (Florida). Cuando el defensor de las armas teme que una tragedia puede llevar a los legisladores a acordar restricciones, se lanzan a comprar de forma preventiva. El dato muestra lo inquebrantable de la cultura de las armas, inmune a las masacres: el país supone menos del 5 % de la población mundial, pero posee casi la mitad de todas las armas privadas.
En el último Black Friday, ese famoso día de descuentos de locura que hacen las tiendas después de Acción de Gracias, se batió el récord histórico de venta de armas en un solo día. El FBI recibió 203,086 solicitudes de información de antecedentes de estadounidenses que querían hacerse de pistolas y fusiles, según adelantó USA Today. Dos semanas antes, un hombre llamado Devin Kelley se había presentado una iglesia de Sutherland Spring (Texas) y matado a 26 feligreses que asistían en el servicio del domingo.
La adhesión de los estadounidenses al derecho a las armas, consagrado en la segunda enmienda de la Constitución, se ha mantenido en el mismo (alto) nivel durante años, sin altibajos demasiado significativos. El 30 % de la población adulta es propietaria de alguna pistola o fusil, el 36 % no posee ahora, pero afirma que podría hacerlo en el futuro y tan solo un 33 % lo descarta, según datos de Pew Research del pasado verano.
Un argumento que suelen esgrimir los activistas, con la Asociación Nacional del Rifle a la cabeza, consiste en que la mayor parte de muertes con armas se producen en sucesos no masivos y que, en esos casos, las armas suelen ser ilegales, con lo que una regulación distinta no cambiaría nada. Pero el fenómeno de los tiroteos masivos es algo demasiado acentuado en Estados Unidos como para no vincularlo a esa excepcional proliferación de armas en manos civiles.
Adam Lankford, profesor de la Universidad de Alabama, analizó los datos de posesión y de matanzas de una lista de 171 países y se topó con que el 31 % de las masacres de entre 1966 y 2012 se había producido en suelo estadounidense. “Estados Unidos, Yemen, Suiza, Finlandia y Serbia son los países con más armas per cápita y en el estudio figuran entre los 15 con más tiroteos”, afirma el académico.
En tan solo mes y medio ya han muerto 1,816 personas por violencia con armas, según la organización Gun Violence Archive. Y en centros educativos se ha producido al menos cuatro tiroteos desde que comenzó 2018, de chicos que toman un fusil y se presentan en el instituto para matar. La lista de tiroteos masivos sucedidos está llena de atrocidades de este tipo, por eso es habitual ver arcos de seguridad a la entrada de muchos institutos e incluso guardias de seguridad armados. En Parkland había un agente este miércoles, pero no pudo frenar a Nikolas Cruz. El chico que ha matado a 17 personas poseía el arma de forma legal, pese a que el FBI había recibido alertas y había investigado al joven.

Homicidios múltiples. De una lista de 171 países que han registrado masacres, el 31 % de las ocurridas entre 1966 y 2012 se produjo en suelo estadounidense.
Masacres

México capea el huracán Trump sin alzar la voz

Trabajadores. Cada vez son más los deportados que no tienen antecedentes. EUA está expulsando a gente que trabaja.

México y Estados Unidos están encerrados en la misma habitación. Un cuarto con más de 3,000 kilómetros de frontera. Una de las metáforas preferidas del Gobierno de Enrique Peña Nieto es que México se comporta como el adulto de esta relación. El prudente ante los desmanes berrinchudos del niño; el que ha procurado no alzar la voz, mostrarse constructivo, abierto al diálogo. En cierto sentido es una idea que puede resultar creíble. De no ser, claro, porque hay una asimetría de poder. Porque el adulto traslada una permanente sensación de miedo hacia el niño. Porque el niño, Donald Trump, es errático. Problemático.

No hay país al que el presidente de Estados Unidos haya humillado tanto como México. En campaña y desde su llegada a la Casa Blanca, el vecino del sur ha sido el sparring preferido mientras combate al resto del mundo. Una de sus grandes promesas de campaña, la construcción de un muro en la frontera, sigue siendo un quebradero de cabeza para el Gobierno de Peña Nieto, por mucho que se le considere ya un asunto más de política doméstica, al que Trump recurre para soliviantar a su electorado cuando la coyuntura lo reclama. La mera invocación de la construcción o cómo se pagaría –desde cargárselo a los carteles de la droga hasta sugerir incluirlo en la negociación del Tratado de Libre Comercio (TLC)– obligan a los dirigentes a repetir un mantra: “No vamos a pagar ningún muro. Esta determinación no es parte de una estrategia negociadora mexicana, sino un principio de soberanía y dignidad nacional”, volvió a insistir la cancillería este jueves, después de los últimos ataques de Trump.

El único muro, por el momento, es el de contención que México ha tratado de levantar. Ante las impertinencias de Trump, cuando no insultos, el Gobierno de Peña Nieto ha elevado el tono, sin mostrarse en ningún caso disruptivo. El mayor conato de amenaza ha llegado cuando, ante la incertidumbre sobre el futuro del TLC, México ha asegurado que dejaría de colaborar en materia de seguridad y migración, algo que, en la práctica, se antoja complicado. “Ha sido una contención relativa”, considera el excanciller mexicano Jorge Castañeda, para quien aún se puede hacer más. “Videgaray no quiere decir un ‘hasta aquí llegamos’ ni en cooperación ni en otros frentes. Ni mucho menos usar las armas de México para presionar en materia de comercio”, asegura.

La personificación en el actual canciller no es baladí. Luis Videgaray, para muchos no solo el hombre fuerte de Peña Nieto, sino el presidente de facto, sigue siendo la puerta de entrada en la Casa Blanca por su cercanía con Jared Kushner, yerno del presidente. El impulsor de la desastrosa visita a México de Trump durante la campaña electoral capitanea la relación con Estados Unidos desde hace un año, cuando llegó a la cancillería: “Vengo a aprender”, dijo entonces. “Contra lo que muchos piensan, yo sí creo que cumplió y aprendió. Ha cambiado el tono, ha empezado a responder más fuerte”, opina Carlos Bravo Regidor, profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). “Ha acertado en que la forma de ser más efectiva para tratar de mitigar los daños ha sido activar los aliados de México en Estados Unidos. Se da cuenta de que la posibilidad de cabildear directamente a Trump es mínima, porque no es capaz de reconocer a México como un interlocutor válido”, añade Bravo, quien recuerda también la distancia que existe entre la actitud de presidente de Estados Unidos y su embajadora, Roberta Jacobson, comprometida con los problemas de México, especialmente los asesinatos de periodistas.

Más allá de la retórica que México trata de hacer calar, el escenario no es precisamente halagüeño. El número de detenciones de mexicanos ha aumentado casi un 40 % en el último año. De los más de 41,000 arrestados, un tercio no había cometido delito, según cifras oficiales. En materia económica, las dudas sobre el mayor pacto comercial del mundo han disminuido la llegada de capitales extranjeros a México. En octubre y noviembre pasado, cayeron hasta su nivel más bajo desde 2011, según el Instituto de Finanzas Internacionales.

La relación entre ambos países este año estará marcada principalmente por dos asuntos. México se ha dado de bruces con la realidad en la renegociación del TLC. El Gobierno de Peña Nieto confiaba en que las conversaciones, iniciadas durante el verano, iban a fructificar a finales del pasado año. Lejos de eso, el acuerdo da la sensación de ser cada vez más inestable. Trump ha llevado las negociaciones al escenario en el que más cómodo se siente: el de las amenazas, el de los constantes tira y afloja, el que provoca la desesperación de las contrapartes. Es su forma de negociar. Está a punto de llevar a México y a Canadá al borde del abismo. Si se tira o no lo decidirá en el último momento.

El último movimiento de Trump, visto con buenos ojos por Canadá, ha sido especular con que las conversaciones pueden extenderse a después de las presidenciales en México, el 1.º de julio, la gran cita del año. “Una ruptura del TLC antes de las elecciones puede ser demoledor para el PRI”, opina Jorge Castañeda, para quien la sugerencia del mandatario de Estados Unidos de esperar suscita otro interrogante: “¿Hasta cuándo va a poder negociar Peña Nieto algo para México siendo un presidente saliente?”

La sombra de Trump se cierne también sobre la precampaña electoral mexicana, marcada por la corrupción y la inseguridad, y en donde la relación con Estados Unidos apenas ha sido tratada por ninguno de los aspirantes. “Creo que va a influir poco, solo veo posible que apoye a Meade (candidato del PRI), por lo que el beneficiado sería López Obrador”, considera el excanciller Castañeda. “No creo que vaya a tener un interés especial en la campaña mexicana, tiene fuegos más importantes que apagar, dentro y en el resto del mundo”, completa Bravo Regidor, para quien, no obstante, lo que pueda decir Trump sí tendrá un efecto. “Va a obligar a los candidatos a posicionarse, sino a responderle. No va a ser un actor, pero sí una presencia”.

Blanco. Durante el gobierno de Obama, las deportaciones eran aplicadas a gente en caliente, que recién llegaba a EUA. Ahora son, cada vez más, de personas que ya tienen una vida hecha en ese país.

“Yo vivía en Sunnyside, en el estado de Washington”, cuenta Felipe, un tipo alto, tímido, con el pelo al rape. “Llevaba allí dos años, trabajaba en una granja lechera. Un día, por la tarde, cuando iba a trabajar, me pararon. Iba manejando la camioneta de mi hermano. Me pararon y me pidieron mi licencia. Se me hizo raro, porque no iban en carro de Policía. Yo les dije que no tenía licencia. Entonces uno se me acercó y me enseñó una foto de su celular. ¿Conoces a esta persona?, dijeron. ¡Y era yo, era mi foto!”.

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LA HISTORIA DE UNO Y DE MUCHOS

El muro.

A sus 29 años, Felipe Alcaraz ya ha sido soldado, lechero, inspector de urbanismo. Ha cosechado limones y tamarindos, ha construido casas. Ha tenido novias y sufrido penas. Y a ratos, también, ha sido feliz. Pero ahora, Felipe es un deportado, categoría total. Desde su expulsión a México hace semana y media, la negación define su existencia: no puede vivir en Estados Unidos, ni puede ir a la granja a trabajar, ni ver a su hermano, ni ahorrar dólares. No puede, en definitiva, seguir con su vida.

Originario del estado de Colima, en la costa del Pacífico, Felipe encarna el paradigma del migrante en la era Trump. Del migrante deportado. Trabajador, habitante de un estado del interior y sin antecedentes criminales.

De acuerdo con datos de la Secretaría de Gobernación mexicana, las deportaciones disminuyeron en los primeros nueve meses de 2017, los primeros meses del gobierno de Trump. Un 27 % menos que en el mismo periodo del último año del presidente Obama. De 151,460 a 109,842. Sin embargo, han aumentado las expulsiones de migrantes detenidos lejos de la frontera. Si antes lo más habitual eran las deportaciones en caliente, de migrantes que acababan de pasar a EUA, ahora son cada vez más normales casos como el de Felipe.
En el primer año de Gobierno del mandatario también han aumentado las detenciones y las expulsiones de migrantes sin antecedentes. En sus primeros tres meses, los arrestos de migrantes indocumentados sin antecedentes aumentaron el 150 %, de acuerdo con cifras de la Oficina de Fronteras y Migración (ICE por su sigla en inglés).

“Yo vivía en Sunnyside, en el estado de Washington”, cuenta Felipe, un tipo alto, tímido, con el pelo al rape. “Llevaba allí dos años, trabajaba en una granja lechera. Un día, por la tarde, cuando iba a trabajar, me pararon. Iba manejando la camioneta de mi hermano. Me pararon y me pidieron mi licencia. Se me hizo raro, porque no iban en carro de Policía. Yo les dije que no tenía licencia. Entonces uno se me acercó y me enseñó una foto de su celular. ¿Conoces a esta persona?, dijeron. ¡Y era yo, era mi foto!”

Felipe, que asegura que nunca tuvo un problema con la justicia, cree que la sacaron de su Facebook. No se le había ocurrido que “los del ICE” estuvieran buscando a gente como él. Menos que mirasen sus redes sociales. “Nunca me sentí en la lista de Trump”, dice.

Resulta difícil definir los límites de la lista Trump. En los meses que lleva en la Casa Blanca, y antes durante la campaña, el magnate se ha mostrado errático respecto de los objetivos de su política migratoria. ¿Quiere echar a los bad hombres, como llama a criminales y delincuentes; quiere eliminar estatus especiales de protección a migrantes como el DACA, que protege a los “soñadores” o el TPS, que hace lo propio con los salvadoreños? ¿Le da todo igual siempre que se construya el muro en la frontera con México?, Eunice Rendón, mexicana experta en migración, resumía la situación hace unas semanas en las páginas de la revista Nexos: “Bajo la administración del presidente Obama, las prioridades y categorías para la deportación eran diferentes, incluían a aquellos con antecedentes criminales graves o a todo aquel considerado un peligro para la seguridad del país. Hoy todos son prioridad”.

De acuerdo con esa idea, Oliverto Pérez, chiapaneco de 35 años, 1. 60 de estatura y 65 kilos, se había convertido en una prioridad con patas. Vivía en Pittsburg desde hacía siete años. Había trabajado de todo: albañil, lavaplatos, pinche de cocina. Su último empleo había sido de ayudante en un restaurante coreano. Luego lo dejó, no se llevaba bien con el encargado. Un día, cuenta, iba caminando por la calle, “una colonia de güeros” y le abordaron los agentes del ICE. “Me llevaron a la cárcel del condado”. De ahí lo mandaron a otra y luego, por último, a una “más grande, pero solo de deportados. Ahí ya decides si quieres pelear o no. Pero yo no”. Y lo mandaron de vuelta a México.

Eso fue en diciembre y ahora trabaja lavando platos en un restaurante de Ciudad de México. “Aquí es una batalla sacar la grasa”, dice, comparando sus manos con los lavaplatos que manejaba en el país vecino. Y aunque hable de platos sucios, parece que lo hace de sí mismo, de lo difícil que parece todo ahora, a los 35 años, deportado. “Yo ya soy viejo”, murmura.
Cada lunes, martes y miércoles, a eso del mediodía, el avión de los deportados aterriza en Ciudad de México. Decenas de migrantes aparecen con lo puesto, sin maletas, ni regalos, ni nada que indique que su viaje es normal, deseado, un viaje de vacaciones, de turismo, una visita a los papás. En las manos traen una bolsa de plástico de cierre hermético. Dentro guardan un jugo, una botella de agua y un sándwich de jamón. Algunos, cuando salen, se van corriendo a comer, otros van a comprar un boleto de avión para su ciudad. Algunos, como Felipe y Oliverto, buscan asilo en la capital y se quedan unos días. O se quedan, simplemente, sin saber por cuánto tiempo. Una inercia.

El futuro se antoja una cuesta para ellos. Felipe podría volver a Colima, pero ¿a qué? Dice que salió hace años por la violencia. Llegó un punto en que los criminales imponían el toque de queda. ¿Volver? En el caso de Oliverto no es tanto la violencia como la pobreza sempiterna del campo chiapaneco. “Hay gente que planta café y le va bien, pero yo no tengo. Antes cultivaba maíz y frijol, pero la tierra se hizo mala por los pesticidas”, zanja.

En busca del nuevo Caribe colombiano

Caribe Colombiano
Menos ingresos. El ingreso per cápita en el Caribe Colombiano está en un 30 % por debajo del promedio del resto del país.

Decir Caribe supone una reflexión sobre el sentimiento de pertenencia. Hablar de una conciencia casi familiar que define en buena medida la identidad de esta región de Colombia, una de las más mitificadas y a la vez olvidadas del país. La tierra de Gabriel García Márquez, la costa de Cartagena de Indias, una de las urbes que marcaron el destino de América, la de Barranquilla y del pueblo wayúu es hoy un territorio que busca dejar atrás la pobreza, los latigazos de la corrupción y allanar el camino a la transformación y el crecimiento. Ese propósito quedó negro sobre blanco la semana pasada en la ciudad de Santa Marta con un compromiso, impulsado por Casa Grande Caribe, una iniciativa apoyada por el Banco de la República –inspirada en el título de la novela del escritor Álvaro Cepeda Samudio– que persigue la inversión de $16,548 millones en 12 años en un ambicioso programa de inclusión social.

La región, con alrededor de 10 millones de habitantes repartidos en ocho departamentos, tiene que hacer frente a emergencias en materia de nutrición, salud, educación, suministro de agua y alcantarillado. La mortalidad infantil es de 254 niños por cada 100,000 personas, el analfabetismo supera el 9 % y, por ejemplo, en La Guajira solo el 56.5 % de la población tiene acceso a un acueducto. “El Caribe colombiano, que es más grande que muchos países latinoamericanos, es parte de la periferia colombiana y esa periferia tiene niveles de pobreza y de ingresos per cápita menores que el resto del país”, explica Adolfo Meisel, codirector del Banco de la República y organizador de la cumbre que reunió a algunas de las personalidades más respetadas de la costa y trató de dibujar un nuevo horizonte.

“El ingreso per cápita del Caribe colombiano está un 30 % por debajo del promedio del resto de Colombia. Y una tercera parte de los pobres vive en este territorio. Durante el boom petrolero no se invirtió en las prioridades. Hay muchos elefantes blancos. Hay la plata, falta la voluntad”, continúa Meisel. “El problema para avanzar en la lucha contra la pobreza extrema no tiene que ver ya con falta de recursos. Tiene que ver con el liderazgo, con un liderazgo que es inadecuado, por la corrupción, por la mediocridad, por la ineptitud y por la irresponsabilidad”. El alcalde de Cartagena, Manuel Vicente Duque, fue detenido en agosto con la acusación de cohecho y tráfico de influencias. El de Santa Marta estuvo bajo arresto dos días la semana pasada por presuntas irregularidades en la concesión de contratos.

Menos ingresos. El ingreso per cápita en el Caribe Colombiano está en un 30 % por debajo del promedio del resto del país.

Desde el puerto de esa ciudad se exporta café, carbón, aceite o banano. La región cuenta con cauces para crecer, pero debe mutar. “Tiene una falla de liderazgo en el sector empresarial, el sector político, académico, en los medios que guardan silencio. Y eso tiene que empezar a cambiar. Casa Grande Caribe tiene que vincular a gente joven, gente muy bien preparada, gente que tiene una ética muy diferente”, razona el directivo del Banco de la República.

El pacto recoge “el firme propósito de apoyar las inversiones y políticas públicas necesarias para eliminar las inhumanas condiciones de vida de amplios de sectores de la población del Caribe”. El objetivo consiste en alcanzar una inversión de $3,002 millones en nutrición, $6,275 en educación, $2,158 en salud y $5,113 en mejora y construcción de alcantarillado y suministro de agua. La iniciativa, apoyada por la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI), calcula que esas cantidades pueden salir “de los recaudos tributarios propios de la región, de los ingresos de regalías (las concesiones que pagan las empresas que extraen recursos naturales no renovables, por ejemplo, hidrocarburos y minerales) y de la participación del Caribe en el presupuesto nacional”. Casa Grande asegura que “en esas fuentes habrá recursos más que suficientes”.

No obstante, para ello es necesaria una reforma de la ley de regalías. Por esta razón, cuando faltan seis meses para las elecciones presidenciales de 2018, los promotores del pacto instan a los candidatos que lleguen a la segunda vuelta a participar en un debate público “para que se pronuncien sobre estas propuestas y respectivas inversiones. Que el próximo presidente apoye esta iniciativa de inversión en capital humano es la prioridad de la región y que le dé participación a nuevos líderes del Caribe, que no estén contaminados”, concluye Meisel.

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LOS RETOS DE LA COMUNICACIÓN

El papel de la conversación pública y de los medios resulta decisivo en la construcción de esta cultura. Jaime Abello Banfi, director general de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), incide en la importancia del momento. “Estamos asistiendo a una evolución del regionalismo del Caribe colombiano. Está basado en una identidad cultural, en el territorio y tiene la sensación de que ha estado históricamente rezagado. En este encuentro nos estamos poniendo una meta muy concreta, sensata, para cerrar esa brecha social. Se está proponiendo generar un consenso”, señala.

“Pero tenemos amenazas, y la mayor de todas es la corrupción”, advierte Abello. Para combatirla, explica, el periodismo tiene que intervenir en tres niveles. “Uno, que la gente esté mejor informada. En segundo lugar, una clásica tarea de vigilancia del poder. Hay que luchar contra la tendencia a una alta dependencia de lo público, especialmente de lo oficial. Hay que desoficializar la agenda informativa. Lo tercero es generar esa gran conversación pública a través de esa manera de actuar que pueden ser las redes sociales”, reflexiona.

Desde el puerto de esa ciudad se exporta café, carbón, aceite o banano. La región cuenta con cauces para crecer, pero debe mutar. “Tiene una falla de liderazgo en el sector empresarial, el sector político, académico, en los medios que guardan silencio. Y eso tiene que empezar a cambiar”.

Mejoras en la alimentación. Uno de los grandes objetivos de la región es alcanzar una inversión de $3,002 millones en nutrición.

El compromiso se firmó en Santa Marta, capital del departamento del Magdalena, donde Gabo se subía al tren para regresar a su casa, en Aracataca. Carlos Nelson Noches, amigo de infancia del premio nobel, contó hace unos meses a EL PAÍS que cuando pasaba por la finca bananera de la United Fruit Company veía esa tablilla que decía finca Macondo. El universo del pueblo literario de “Cien años de soledad” contribuyó a difundir un imaginario colectivo del Caribe.

“Él y sus amigos como Álvaro Cepeda Samudio, yo creo que aspiraban a que el Caribe pudiera lograr la dignidad de vivir decentemente sin perder nuestra esencia cultural, nuestra manera de ser, nuestra identidad, y sobre todo demostrando que se puede ser feliz en la tierra del eterno verano”, apunta Jaime Abello. La necesidad de fortalecer ese sentimiento de pertenencia se traduce hoy también en el deporte. En el fútbol, por ejemplo. En la cumbre participó el cantante Carlos Vives, quien señaló que algo está fallando, cuando los niños caribeños dicen ser hinchas del Atlético o del Madrid. Eso quizá tenga que ver, sin más, con un mundo globalizado. En cualquier caso, la anécdota habla de un orgullo regional sin complejos, otra de las premisas para la transformación del Caribe.

La revolución contra el acoso sexual sacude a EUA

Con nombre y apellido. Mujeres como Rose Mcgowan han encabezado una revuelta en contra de los hombres que, aprovechándose de sus cargos, han cometido delitos de corte sexual.
#metoo cobra fuerza

Lo recuerdan las víctimas. La película solía empezar así. El presentador de la CBS Charlie Rose, ícono del rigor en la televisión americana, invitaba a su casa a la peticionaria de trabajo y, tras ausentarse un minuto, aparecía ante ella en bata y con los genitales al aire. Knight Landesman, el gurú del arte y editor del magazine Artforum, llamaba a sus empleadas más jóvenes a tomar el té y, una vez sentadas, no dudaba en pasar delicadamente un dedo por sus hombros mientras les murmuraba obscenidades. El antiguo cómico y ahora senador demócrata Al Franken aprovechaba que su subordinada estuviera dormida para tocarle los senos y fotografiarse junto a ella como un sátiro. El entonces asistente del fiscal, luego presidente de la Corte Suprema de Alabama y ahora candidato republicano al Senado, Roy Moore, merodeaba por los juzgados en los años setenta en busca de menores y, si alguna se dejaba convencer, intentaba fundirse con ella en la oscuridad.
No es Babilonia. Ni siquiera Hollywood. Es Estados Unidos. Una nación que de golpe ha visto caer un velo y emerger la basura oculta durante décadas. En menos de dos meses, 34 altos directivos, empresarios y famosos han sido fulminados por acusaciones de acoso sexual. Hay inversores de Silicon Valley, mandamases de Amazon y Pixar, cineastas, directores de medios como Vox o The New Republic, un periodista estrella de The New York Times, senadores, aspirantes a senadores, luminarias culturales, actores, productores, escritores, presentadores, presidentes deportivos… La ola de denuncias ha roto el dique. No pasa el día en que no surja un escándalo y dimita el implicado. Algunos casos son de hace 40 años y otros de este mismo otoño. Pero todos tienen un denominador común: el abuso de poder.

Al igual que ocurriera en la pasada década con la pederastia en las iglesias, un nuevo umbral ha nacido. La tolerancia cero con el acoso sexual ha encontrado tierra firme. Y aquello que durante años permaneció silenciado sale ahora a luz y es juzgado por una sociedad que, bajo el impulso colectivo del #metoo (yo también), apoya a las víctimas.
“Durante demasiado tiempo hemos callado. Una de cada cuatro mujeres ha sufrido acoso en el trabajo. No es una cuestión de Hollywood, o de demócratas y republicanos, sino de un futuro mejor para nuestros hijos. Hay que denunciar los abusos para acabar con ellos”, ha declarado la muy conservadora e influyente Penny Nance, líder de Mujeres Preocupadas por América, una organización cristiana, antiabortista y cercana al presidente Donald Trump.

“¡Ya es hora de limpiar la casa!”, ha clamado desde el otro lado del cuadrilátero ideológico la actriz Rose McGowan. Ella fue de las primeras en acusar por violación al productor Harvey Weinstein, y se ha vuelto un símbolo de la lucha. Su discurso ante la Convención de Mujeres de Detroit marcó un hito. “Durante 20 años me han callado, me han insultado, me han acosado, me han vilipendiado. ¿Y sabéis qué? Lo que me pasó detrás de la escena nos ocurre a todas en esta sociedad. Y no lo vamos a aceptar. Somos libres. Somos fuertes. ¡Todas somos #metoo!”

Weinstein pertenecía al círculo mágico de los demócratas. Se codeaba con Hillary, financiaba a Barack Obama, tenía por amiga a Michelle y hasta había contratado a su hija Malia de becaria en sus estudios. Poseía influencia y la sabía utilizar. Era el demiurgo de Hollywood y parecía blindado frente a cualquier ataque hasta que el pasado 5 de octubre The New York Times publicó una implacable investigación.

Sus palabras recordaron algo que muchos ya sabían. Que el poder y el abuso van a menudo de la mano. Sobre todo en el sexo. No es nada nuevo. Los antecedentes son amplios. Y estos días se están recuperando. Enfrentada a sí misma, la sociedad americana ha vuelto la vista atrás. Y ahí, en la memoria, aparece Anita Hill. La profesora negra que en 1991, ante 10 senadores, todos hombres y blancos, se atrevió a testificar por acoso sexual contra el aspirante al Tribunal Supremo Clarence Thomas. Fue humillada y despreciada por ello. Ni siquiera logró frenar la designación. Pero su valor quedó en el recuerdo. Y poco a poco ayudó a abrir la falla que ahora hace temblar a América: “Soy una superviviente y estoy con #metoo. Pero que nadie se engañe, el cambio no se deberá a un episodio, sino a que todos formemos parte de esta historia”.

Hill no ha sido la única en empujar. Innumerables mujeres han participado y se han visto pisoteadas por hacerlo. Otras han logrado sobrevivir e incluso algunas lo han transformado en una historia de fortaleza. Es el caso de Gretchen Carlson. Miss América 1989 y graduada en Stanford, esta presentadora de Fox denunció el año pasado por acoso al presidente de la cadena, Roger Ailes, y logró su derribo así como $20 millones. Su decisión reveló la cultura de abuso que se había instalado entre los jerarcas de Fox, incluyendo al presentador estrella Bill O’Reilly. Pero el golpe no fue más allá. Como tampoco la caída en junio del presidente de Uber, Travis Kalanick, tras descubrirse un enjambre de acosadores en su empresa.
Durante décadas se ha repetido un esquema bien conocido: se presentaba denuncia, había ruido y luego venía el silencio. Solo el estallido Weinstein ha tenido fuerza suficiente para romper la secuencia. En parte, porque sus víctimas eran más conocidas que él.

Weinstein pertenecía al círculo mágico de los demócratas. Se codeaba con Hillary, financiaba a Barack Obama, tenía por amiga a Michelle y hasta había contratado a su hija Malia de becaria en sus estudios. Poseía influencia y la sabía utilizar. Era el demiurgo de Hollywood y parecía blindado frente a cualquier ataque hasta que el pasado 5 de octubre The New York Times publicó una implacable investigación.

Avalado por la actriz Ashley Judd y más víctimas, el reportaje daba cuenta de décadas de depredación sexual sin límite. Un escándalo que conocía toda la meca del cine y que el productor de “Pulp Fiction” llevaba años tapando con acuerdos extrajudiciales y manadas de detectives privados dispuestos a hacer callar a quien hiciera falta.
Pero esta vez la riada fue demasiado grande. De poco sirvió que Weinstein fuese expulsado de su trono y acabase en una clínica a la espera de una orden de detención. La ola no paró y hasta la fecha le han denunciado 80 actrices, entre ellas Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Rosanna Arquette, Kate Beckinsale, Cara Delevinge, Claire Forlani, Paz de la Huerta (por violación), Lupita N’yongo, Sarah Polley, Léa Seydoux, Mira Sorvino, Uma Thurman…

Familia. La investigación del Times que abrió la caja de Pandora la escribió Ronan Farrow, el hijo de Woody Allen y Mia Farrow. Woody ha estado en el ojo del huracán por casarse con la hija que adoptó junto a Mia.

El efecto ha sido telúrico. Con su capacidad empática, Hollywood ha puesto rostro al acoso. Las actrices han hecho universal el dolor y explicado mejor que nadie la humillación, pero también su decisión de romper con el silencio y quitarse el fango que les hicieron pisar. El resultado ha desbordado el mundo del cine y ha prendido una llama que pocos creen que pueda apagarse.
En este incendio han jugado un papel determinante los medios de comunicación. Las víctimas han hallado en el cuarto poder un camino que les permite sortear el temor a verse aplastadas por demandas de difamación y costes procesales. El medio no solo las avala, sino que contrasta y hace suyo el caso. Tras su difusión, la pelota queda en el otro campo. Las compañías saben que si mantienen al implicado, corren el riesgo de ser acusadas de complicidad. Y la indemnización se puede multiplicar.

El mecanismo ha funcionado. Los denunciantes están ganando la batalla y la prensa, como ya hiciera con los abusos de los sacerdotes, ha vuelto a mostrar su músculo. El peligro de que en esta marejada caigan inocentes es evidente, aunque, de momento, no se ha dado ningún caso conocido. Los escándalos, por el contrario, van a más y la sensación general es que se ha franqueado un umbral. El mismísimo Capitolio ha impuesto a los parlamentarios cursos antiacoso y los presidentes están bajo escrutinio. Figuras como el priápico Bill Clinton son analizadas bajo otra luz y muchos consideran que los casos de Paula Jones y Mónica Lewinsky serían entendidos ahora de otro modo. Tampoco se ha librado George Bush padre, de quien ha aflorado su costumbre de agarrar las nalgas de las mujeres con quienes se fotografía. Seis casos de los últimos 15 años han sido destapados. Bush, de 93 años, ha pedido disculpas por todos.

Pero la mayor presión recae sobre Trump. En 30 años, al menos 24 mujeres le han señalado. Aunque ninguna imputación ha prosperado, el tiovivo de escenas incluye desde tocamientos en avión e irrupciones en camerinos hasta besos salvajes a recepcionistas y supuestos intentos de violación.

Trump siempre ha negado cualquier abuso. Y preguntado esta semana, ha mostrado su “alegría” por la actual ola de denuncias. “Es muy bueno para las mujeres y soy muy feliz de que estas cosas salgan a la luz”, ha dicho. Sus palabras no han tranquilizado a casi nadie. “Ha cometido demasiadas afrentas a la decencia para creérselas”, resume el analista y profesor de Yale Walter Shapiro.
Entre estas “afrentas” figura haber apoyado estos mismos días al candidato por Alabama Roy Moore, acusado de abusar de menores cuando tenía 30 años. Pero también aquella explosiva grabación de 2005 que se hizo pública en la campaña electoral y en la que Trump dijo: “Yo empiezo besándolas… Ni siquiera espero. Cuando eres una estrella, entonces te dejan hacer. Agárralas por el coño. Puedes hacer lo que quieras”. Una definición perfecta del acoso.

Un año atrapada en la noche más amarga

Hillary Clinton
La gran pregunta. “Qué pasó” es el libro en el que analiza sus más grandes decepciones en las elecciones presidenciales.

Los candidatos derrotados suelen experimentar una mejora de sus ratios de popularidad en Estados Unidos. El fenómeno, bien documentado por Gallup, se explica sobre todo por el cambio de sensibilidad de los votantes independientes o del partido rival, a los que con la victoria amarrada se les suaviza la inquina. Ocurrió con los republicanos Mitt Romney (cuatro puntos de mejora), John McCain (10 puntos) y de forma muy marcada con George Bush padre, que no repitió mandato (16 puntos). También con el demócrata Al Gore (10 puntos). Pero con Hillary Clinton no existe compasión, ni tregua: es la única aspirante a la Casa Blanca cuya aprobación no solo no aumentó, sino que ocho meses después de los comicios había empeorado (un punto), algo que no ha ocurrido en 25 años.

El miércoles se cumplirá un año de la noche en que Clinton se vio derrotada por uno de los candidatos más impopulares de la historia estadounidense, despreciado por su propio partido, sin prestigio internacional y un enamoramiento malsano de cualquier cosa que huela a incorrección política. Este miércoles se cumplirá un año, en resumen, de la madre de todos los fracasos, el de una política cualificada, experimentada y respetada en el mundo que descubrió muy tarde algo muy doloroso: que no era querida. En un libro publicado el pasado septiembre, que bajo el título “Qué pasó”, analiza sus desventuras en las elecciones presidenciales, esa es posiblemente la confesión más descarnada. “Tuve que aceptar que millones y millones de personas no me querían. Imaginen lo que se siente”, explica en el libro.

Hillary Clinton

En este describe una tormenta perfecta, en la que coinciden la mayor parte de analistas: de las investigaciones reabiertas por el FBI por su uso de los correos (que enseguida se cerraron sin novedades), a las acusaciones de corrupción de su rival demócrata Bernie Sanders, pasando por la propaganda rusa o los malos cálculos de su campaña en los territorios que luego resultaron decisivos. Pero al margen de todos los episodios concretos, Clinton también señala un elemento más gaseoso, ese que también subyace hoy en esos sondeos de popularidad: que a los estadounidenses nunca les acabó de gustar, que era detestada por los republicanos y vista con recelos por los propios demócratas ya desde su época como primera dama. La poca química personal, su condición de establishment y el sexismo desempeñaron un papel en ello.

Aquella noche del 8 de noviembre, con un resultado electoral contrario a lo que le habían predicho la mayoría de sondeos, no fue capaz de hablar al público. Lo hizo al día siguiente y luego desapareció. Días después se la vio paseando con su esposo por los alrededores de Chappaqua, el precioso pueblo del estado de Nueva York donde los Clinton fijaron su residencia tras abandonar la Casa Blanca. Dice que se puso a arreglar armarios, a tomar vino blanco y a descansar. Y empezó a escribir ese “Qué pasó”, una especie de testamento político, escrito aún en caliente por alguien que no parece plantearse retorno alguno a la carrera presidencial.

La promoción del libro la ha devuelto a la escena pública un año después de su noche fatídica. Y si hace un año lo que copaba los titulares en torno a la entonces candidata era la reapertura del caso de los correos anunciada por el entonces jefe del FBI, James Comey, ahora la persigue otro escándalo. La expresidenta del Comité Nacional Demócrata Donna Brazile acusa a su campaña de haberse hecho con el control del partido gracias a una especie de rescate financiero y de haber manipulado las primarias en detrimento del izquierdista Sanders. La senadora demócrata Elizabeth Warren, de Massachusetts, un referente del ala más progresista de la formación, se acaba de sumar a esa acusación.

Mientras, la investigación de la trama rusa —la injerencia de Moscú en las elecciones y la posible connivencia con la campaña de Trump— avanza y ya ha desencadenado los primeros arrestos y ha llevado a las primeras confesiones por las conexiones poco claras entre colaboradores del hoy presidente y agentes cercanos al Kremlin. Pero el Partido Demócrata no saca apenas rédito del caso, enredado como está ahora en su propia y nueva crisis interna. De hecho, Trump ha vuelto a atacar a los demócratas y a su exrival en las elecciones a raíz de esta acusación.

En sus comparecencias públicas, Clinton sigue hablando de Trump, de alguna forma atrapada aún en esa noche de hace un año, y Trump, molesto por los avances de la investigación de la trama, sigue hablando de “la corrupta Hillary”. Para quienes se niegan a dar por muerta la carrera de Clinton (hay quien la señalaba como futura alcaldesa de Nueva York), aunque ella se ha declarado jubilada como candidata a nada, esta polémica sobre las primarias es la estocada final.

De regreso. La promoción del libro la ha devuelto a la escena pública un año después de aquella noche que sorprendió a muchos.

Los 10 minutos de terror que apagaron Las Vegas

Homenaje. Cece Navarrette está sentada cerca de la cruz que simboliza la muerte de su primo, Bailey Schweitzer.

Jasmine Clayton todavía no puede volver a escuchar esa canción. “Oigo la primera frase y oigo los disparos”. El psicólogo le ha recomendado que vaya al lugar de los hechos y la vuelva a poner, que lo intente procesar así. Y eso estaba haciendo el miércoles por la tarde. Clayton, de 26 años, había ido a la esquina del bulevar principal de Las Vegas con la calle Reno, frente al hotel Mandalay Bay, para escuchar en su celular “When She Says Baby”, la canción que estaba tocando el artista country Jason Aldean cuando empezaron los disparos.

Eran las 22:05 del pasado domingo en Las Vegas y acababa de comenzar la mayor matanza a tiros de la historia de Estados Unidos. Un solo hombre, Stephen Paddock, de 64 años, encerrado en una habitación de hotel con 23 armas, estaba disparando desde la ventana una lluvia de tiros contra 22,000 personas que asistían al festival de música country Route 91 Harvest, en un descampado en la acera de enfrente. Murieron 58 personas y 487 resultaron heridas. Fueron 10 minutos de disparos, más de una hora de caza al asesino, una noche entera de caos en Las Vegas. El terror y el desconcierto aún no han terminado.

La mayoría de los testigos coincide en que pensaron que se trataba de algún tipo de pirotecnia de la actuación; otros, que era un helicóptero. Dicen que hubo una pausa después de los primeros tiros; y que entonces empezaron a caer ráfagas de balas del cielo sin parar. Algunos dicen que no reaccionaron hasta que vieron a alguien caer muerto delante de ellos; otros, que supieron inmediatamente lo que estaba pasando. Clayton y su amiga Marlena salieron corriendo hacia el lado opuesto a los disparos y se refugiaron entre dos camiones de comida. Tuvieron suerte. Mucha gente salió por la puerta de la calle, es decir, hacia el asesino.

Para hacerse una idea de la escena no vale con un solo relato. Tiffany Huizar, de 18 años, cayó al suelo con un balazo en la barriga. Aun así logró correr y salió de allí gracias a que un hombre la subió a un camión y se la llevó al hospital, contaba su tío, Enrique León, a las puertas del centro. Ha perdido parte del intestino. Randyn Recolan, de 17 años, estaba con su novia, Brianna Morchause, que cayó al suelo y le pasaron cinco personas por encima. El miércoles seguía en el hospital. Vio a la madre de una amiga echarse encima de ella y recibir un balazo en el cuello, contaba. “Empezó a caer gente al suelo a mi alrededor”. El cantante mexicano Israel Cabañas estaba entre el público. Recuerda “ver a la gente caer” a su alrededor. “Venían agarrándose el estómago, sangrando, heridos en la pierna… híjole”. Como muchos, empezó a agarrar vallas para convertirlas en camillas y sacar gente de allí.

Funeral. Sonny Melton es recordado en fotografías con amigos y familiares durante su funeral el 10 de octubre de 2017 en Big Sandy High School, en Big Sandy, Tenn. Melton, un enfermero registrado, murió protegiendo a su esposa durante el tiroteo en Las Vegas.

Mientras, en la acera de enfrente, un guardia de seguridad del hotel Mandalay Bay llamado Jesús Campos subió al piso 32. Se acercó por el pasillo a la habitación 135, una suite de dos habitaciones y 158 metros cuadrados, orientada al noreste y con vista panorámica de todo el strip, la avenida más turística de Las Vegas. Recibió una ráfaga de unos 200 disparos. Uno de ellos le alcanzó en la pierna. Dos policías, que estaban en el piso 31, se dieron cuenta de dónde venían los disparos. Las autoridades consideran que la distracción del asesino con Campos salvó muchas vidas. Paddock lo vio llegar porque tenía cámaras instaladas en el pasillo. A las 22:15, Paddock disparó el último tiro. Los agentes que estaban en el piso de abajo llegaron dos minutos después y Campos les explicó la situación.

Junto al recinto del concierto hay una gasolinera Arco con una tienda de alimentación AM/PM. Tras el mostrador estaba Pedro Saldaña, de 26 años. “Está aún traumatizado por lo que vio”, cuenta su hermana Cristina. La gente empezó a entrar en manada por la puerta y a esconderse en todos los rincones. “Se metieron en la cámara frigorífica”. Había tanta gente que rompieron los cristales de la puerta. En medio de la gasolinera hay una toalla que cubre un charco de sangre. “Allí murió un hombre al que la bala le había entrado por el ojo”, cuentan los empleados.
A 8 kilómetros de allí, Kevin Menes, médico de urgencias de 40 años, había empezado su turno a las 8 de la tarde en el Hospital Sunrise, al norte del strip. Ve heridas de bala todos los días. Cuando llegó al hospital escuchó el rumor de que había un suceso con múltiples víctimas, puso la radio de la Policía. “Pude oír los tiros mientras hablaban entre ellos”, contaba. Los cuatro médicos de guardia ordenaron inmediatamente preparar los 20 quirófanos del hospital, todas las camillas y todas las sillas de ruedas disponibles. Sobre las 22:30 llegaron los primeros heridos, y no pararon de llegar durante horas.

Su trabajo fue hacer el primer diagnóstico de gravedad, de un vistazo. “Tuve menos de 30 segundos para cada uno. En ese momento te concentras en encontrar el agujero y decidir si van a morir en cuestión de minutos o no”. Los fue clasificando: rojo, necesita ser intervenido inmediatamente; amarillo, puede aguantar un rato, pero necesita ir al quirófano; verde, su vida no corre peligro. “Si te equivocas, puedes matar a alguien”. No miraba a los ojos, no preguntaba nada, explica. Solo tenía tiempo para encontrar el agujero de bala y decidirse por un color. “La gente me señalaba el agujero de los más graves para ayudarme”. Vio agujeros “en todas las partes donde pueda entrar una bala, cuello, cabeza, pierna, genitales, todo lo que te puedas imaginar”.
Menes, especialista en técnicas de resucitación, recibió a más de 200 heridos de bala aquella noche. Todos fueron operados antes de las 5 de la madrugada, unos 30 a la hora. “Perdimos algunos, alrededor de una decena”. No sabe cuántos llegaron ya muertos, pero recuerda que a algunos no podía encontrarles el pulso durante esos pocos segundos de diagnóstico. “Yo los mandé al quirófano igual, para darles una última oportunidad”.

Escape. Julie Hart y su novio Mark Gay lograron sobrevivir porque corrieron hacia la valla del aeropuerto, junto a un grupo de personas, a través de las pistas.

Más de una hora después del último tiro, a las 23:27, un equipo de operaciones especiales de la Policía (SWAT) entró por la puerta de la suite y encontró el cadáver de Paddock y 23 armas. Al menos 12 de ellas eran rifles de asalto modificados legalmente para que dispararan como metralletas. Hay una nota. Las autoridades no han revelado su contenido, pero no es de suicidio.
A esas horas, los españoles Pedro Martín y Alejandro Urbano, de la empresa española Blue, Gray & Co., se encontraban con 11 clientes a las puertas de una discoteca del hotel casino Bellagio, a casi 2 kilómetros del suceso. “Empezó a venir una masa de gente corriendo. Como agua. Tiraban cosas, tiraban las vallas. El personal de la discoteca desapareció”, contaba Urbano. “Había familias con niños, la gente con la cara desencajada, como si hubieran visto algo”. Atravesaron el Bellagio por las cocinas. No llegaron a su hotel hasta las 2, después de horas encerrados en un bar con las calles vacías y tomadas por la policía.

El pánico se había extendido a toda la ciudad. Personas corriendo ensangrentadas entraban por los pasillos de los hoteles cercanos al suceso: New York-New York, MGM, Tropicana. Scarlett, de 25 años, que trabaja en el Hotel París Las Vegas y no quiere dar su apellido porque se supone que no debe hablar, asegura que les dijeron que habían informado a todos los casinos de que había tres tiradores. “Se llegó a decir que había un autobús que iba por la calle dejando tiradores en los casinos”. Los rumores de este tipo han durado toda la semana en Las Vegas, que no logra hacerse aún a la idea de que semejante caos fuera obra de un solo hombre.

Porque el relato todavía no tiene sentido. Las autoridades tampoco lo entienden. Paddock era, según su familia, un hombre con dinero, tenía una relación sentimental, varias casas, vivía la vida de jugador profesional que le permitía estar invitado en la suite del Mandalay Bay. Sin levantar aparentemente ninguna sospecha, ninguna alarma, compró 33 armas en los últimos 11 meses, planificó con todo detalle la masacre y la ejecutó. ¿Por qué? ¿Por qué ese concierto? ¿Por qué ese día? Una semana después, no hay móvil. Los investigadores comparten la frustración de todo el país. No hay relato, no hay un boceto de explicación, no hay consuelo. Solo los hechos y las víctimas.

Marruecos, frente a un espejo incómodo

Eficientes. El Estado marroquí combate al terrorismo yihadista desde la formación de imanes, hasta los indultos a los salafistas condenados.

Los abuelos de Younes Abouyaaqoub, el autor de la matanza de Barcelona, decían que el nieto se había educado fuera de Marruecos. Los policías marroquíes insistían en que esos jóvenes criminales son una excepción, casos aislados, en un país donde impera el islam tolerante. En Aghbalá, el pueblo donde nació el asesino más joven, Moussa Oukabir, de 17 años, abatido en Cambrils (Tarragona), los vecinos también remarcaban que el chico apenas tenía contacto con el pueblo, que venía cada cuatro años.

Todo eso puede ser verdad. Y, sin embargo, el problema no es nada ajeno a Marruecos. Lo explicaba esta semana el columnista Karim Boukhari en el medio digital Le360: “Nuestra enfermedad nos lleva a la ceguera. El discurso dominante es ese que dice: ‘No, esto no tiene nada que ver con el islam. No, eso no tiene nada que ver con Marruecos’. El problema es que eso tiene que ver con nosotros, eso tiene que ver con el islam (o con el componente belicoso del islam, ¡porque existe!), con la enseñanza, con la interpretación del islam, tiene relación con la educación que dispensamos a nuestros hijos”.

“Tiene que ver con todo eso ¡y mucho!” Disculpen la extensión de la cita, pero merece la pena atender el razonamiento de Boukhari: “El ISIS ha podido ser impulsado, en un momento dado, por el cinismo de las grandes potencias y los juegos geoestratégicos en el Próximo y Medio Oriento. Es cierto. El ISIS es un monstruo. Ha sacado beneficio, también, del desarraigo de la juventud magrebí en Europa. El Estado Islámico ha ofrecido a esta juventud desesperada un billete para el paraíso. Y eso es una oferta que no se rechaza”.

“Pero este gigantesco fraude que es el ISIS es primero el producto de nuestras sociedades enfermas. Enfermas de su educación y de esta lectura totalmente sesgada del pasado (nosotros éramos los más grandes) y del presente (la culpa es de los otros si no somos los más grandes, matémosles, erradiquémosles y seremos los más grandes). Enfermos porque somos incapaces de mirarnos delante del espejo y de hacernos cargo de la situación”.

El analista concluye: “Sí, somos nosotros. Eso forma parte de nosotros”. Nadie mejor que la policía marroquí sabe hasta qué punto Marruecos sigue generando yihadistas. Los 12 miembros de la célula de Barcelona, excepto uno de Melilla, nacieron en Marruecos. Pocas horas después de la matanza de Barcelona, un marroquí de 18 años mató en Finlandia a dos mujeres con un cuchillo en la ciudad de Turku. Y meses antes, el cerebro de los atentados de noviembre de 2015 en París, el belga-marroquí Abdelhamid Abaaoud, de 29 años, fue localizado y abatido en el norte de París gracias a una información clave facilitada por la policía marroquí.

El entonces presidente de Francia, François Hollande, recibió pocos días después en el Elíseo al rey Mohamed VI en señal de agradecimiento. Todo eso por no hablar de los 1,500 yihadistas que partieron de Marruecos para unirse al Estado Islámico en Siria. Ahí no se incluyen los de origen marroquí que llegaron desde Francia, Bélgica o España. Todo eso lo sabe muy bien la policía marroquí, que no deja pasar un mes sin detener a alguna célula que prepara un atentado en nombre del ISIS. El Estado marroquí combate al terrorismo yihadista de forma muy eficaz en muchos frentes: desde la formación de imanes, hasta los indultos a los salafistas condenados por los atentados de Casablanca de 2003 que reniegan de la violencia, pasando por la colaboración muy estrecha con la policía de España y de Francia. Pero todo eso no basta si no se afronta la situación con realismo.

El mecenas ideológico

Son muy pocas las voces que hablan en el Magreb con tanta claridad como Boukhari. Sobresale, eso sí, la del escritor argelino Kamel Daoud, quien apela a que Occidente mire también ante el espejo su relación con la “teocracia” de Arabia Saudí, “principal mecenas ideológico de la cultura islamista”. En un reciente artículo, Daoud escribió: “El ISIS tiene una madre: la invasión de Irak. Pero tiene también un padre: Arabia Saudí y su industria ideológica. Si la intervención occidental ha dado razones a los desesperados en el mundo árabe, el reino saudí les ha dado creencias y convicciones. Si no comprendemos eso, se perderá la guerra aunque se ganen las batallas. Mataremos a yihadistas pero renacerán en las próximas generaciones y alimentados por los mismos libros”. La lucha contra el yihadismo promete ser larga y complicada. El espejo será un arma clave. Pero nada fácil de usar.

La islamofobia en redes

Es posible que haya recibido desde el pasado jueves un mensaje de WhatsApp que alerta del registro el pasado mes de julio del primer partido musulmán que pretende imponer la ley islámica a los españoles, o que insta a la movilización para prohibir las mezquitas, o talvez otro que propaga el bulo de que los manteros no estaban en La Rambla el día del atentado porque habían sido avisados por los terroristas. Si no han llegado directamente a su teléfono, un solo vistazo a las redes sociales ofrece miles de mensajes que azuzan el odio de forma menos sofisticada contra los musulmanes y el islam. El hashtag (la etiqueta) StopIslam fue trending topic (tema más comentado) el día de los ataques en Twitter.
Las mezquitas de Granada, Sevilla, Logroño y Fuenlabrada (Madrid) han denunciado ataques. “Asesinos, lo vais a pagar! Moro que reza, machete a la cabeza! Stop Islam! [sic]”, decía en las pintadas que aparecieron tras los atentados en la sede de la Fundación Mezquita de Sevilla.

Hace poco más de una semana, en Puerto de Sagunto (Valencia) un hombre golpeó a patadas a un menor marroquí, de 14 años, sin mediar motivo, al grito de “moro de mierda”, según ha denunciado la familia. El hombre le amenazó con matarle y el chico, dice su padre, está atemorizado y no quiere salir de casa.

“Estamos ante una brutal ola de islamofobia. Detectamos mensajes de WhatsApp muy salvajes y muy masivos. Y nada más producirse el atentado empezaron a propagarse bulos”, denuncia Esteban Ibarra, coordinador de la Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia, una entidad sin ánimo de lucro que se dedica, además de promover la tolerancia, a monitorizar los ataques a musulmanes en España. El Código Penal castiga con hasta cuatro años de cárcel los delitos de odio.

Nadie mejor que la policía marroquí sabe hasta qué punto Marruecos sigue generando yihadistas. Los 12 miembros de la célula de Barcelona, excepto uno de Melilla, nacieron en Marruecos. Pocas horas después de la matanza de Barcelona, un marroquí de 18 años mató en Finlandia a dos mujeres con un cuchillo en la ciudad de Turku.

La oleada de mensajes de odio a los musulmanes no tuvo esta dimensión tras los atentados del 11-M en 2004, aunque fueran también de corte yihadista. “Entonces la sociedad interpretó que la causa había sido la guerra de Irak, así que se enconó en la política pero no en el rechazo al islam. Aunque hubo islamofobia, no de este nivel”, reflexiona Ibarra. El experto en delitos de odio, que preside también el Movimiento contra la Intolerancia, cree además que el perfil de los terroristas de Barcelona, jóvenes, educados en España y en principio integrados, atiza en mayor medida el sentimiento de venganza contra los inmigrantes, y el uso masivo de las redes sociales, que no era tal en 2004, ayudan a propagarlo. “La ola no ha hecho más que empezar. Detrás de todo esto hay estructuras organizadas de carácter racista y fascista”, alerta.

El fenómeno no es nuevo en España aunque hasta ahora ha sido una acción minoritaria muy definida por grupos ultras y fascistas, porque el nivel de aceptación de la diversidad cultural y religiosa ha sido elevado. Pero en los últimos años no para de crecer. Según los datos de la plataforma, en 2016 los incidentes por islamofobia aumentaron un 106.12 % respecto a 2015, con 573 ataques por los 278 del año anterior.

“El contexto ahora es diferente al del 11-M porque en los últimos años se ha producido una acumulación de atentados terroristas en Europa y una crisis de refugiados que ha hecho que mucha gente asocie ambos fenómenos por la utilización interesada de las fuerzas de extrema derecha”, reflexiona el filósofo Santiago Alba Rico, autor de Islamofobia. Nosotros, los otros, el miedo (Icaria). El terreno está más abonado para que crezca el odio pero el fenómeno es ya mayor de lo conocido porque es en gran parte soterrado. “La Agencia de Derechos Fundamentales de la UE cifra en un 80 % los incidentes de este tipo que no se denuncian”, señala Miguel Ángel Aguilar, fiscal coordinador del Servicio de delitos de odio de la Fiscalía de Barcelona.

“No debemos ceder ni un solo milímetro a la dinámica de la islamofobia que quiere alimentar el yihadismo”, afirma Rico. “El odio al musulmán y el racismo atacan los valores que cimentan nuestro modelo de convivencia”, destaca el fiscal. Pero incluso desde una visión más utilitarista, la sociedad y los responsables públicos deben atender al otro problema que emerge tras los ataques de Barcelona, advierten los expertos. “El terrorismo alimenta la islamofobia y la islamofobia ofrece réditos al terrorismo porque fractura la sociedad. Neofascismo y yihadismo son dos caras de una moneda que se alimentan”, remarca Ibarra.

Del dicho al hecho. Los mensajes de odio han saltado de las pantallas de las computadoras hasta convertirse, algunos, en ataques a mezquitas.

El último ataque machista del presidente

Donald Trump

Trump, mujeres y sangre. No es la primera vez que al presidente de Estados Unidos le ocupan estos tres conceptos cuando quiere atacar a una periodista. Hace casi dos años, cuando empezaba su carrera por la candidatura republicana a la Casa Blanca, ya prendió la polémica cuando atizó a la estrella televisiva Megyn Kelly por considerar que había sido demasiado dura con él durante un debate entre los aspirantes conservadores. “Le brotaba sangre de los ojos, le brotaba sangre de… cualquier parte”, espetó. Aquellas palabras, por el tono, la pausa y el contexto, se interpretaron como una referencia a la menstruación y la alteración hormonal. La presentadora le había hecho hincapié precisamente en otros exabruptos de Trump, que había llamado “gorda” y “cerda” a la actriz Rosie O’Donell, entre otros casos. Aquello causó el primer alboroto republicano, le retiraron la invitación a un acto en el que participaba como ponente y una horda de políticos conservadores salió en tromba a criticarlo.

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos de América.

Hace 10 días volvieron las hemorragias, las de Trump con las mujeres y las de republicanos soliviantados. El presidente sacudió a los famosos presentadores de un programa televisivo matinal muy crítico con él (“Morning Joe”, de la MSNBC), Joe Scarborough y Mika Brzezinski, aunque optó por cebarse en la mujer: “La loca de Mika, de bajo coeficiente intelectual, y el psicópata de Joe vinieron a pasar tres días a Mar-a-Lago (el resort de Trump en Florida) por Nochevieja e insistieron en verme. Ella sangraba mucho por un estiramiento de cara. ¡Dije que no!”, tuiteó.

Millonario, incendiario, concienzudamente machista y bendecido por los votantes, es imposible no compararle con Silvio Berlusconi, que se aposentó en el Gobierno de Italia durante 17 años a prueba de barrabasadas. Esta última astracanada de Trump ha provocado una indignación como no se recordaba desde que llegó a la Casa Blanca. Más allá de personajes del gremio y rivales políticos, varios republicanos han clamado contra su presidente. El senador Lindsey Graham dijo que este tipo de mensajes “representa lo peor de la política en América” y Ben Sasse le suplicó: “Por favor, pare, esto no es normal y está por debajo de la dignidad de su cargo”. “Estamos intentando mejorar el tono del debate pero esto no ayuda”, lamentó Paul Ryan, líder de los conservadores en el Congreso.

¿Puede un presidente comportarse así sin que ocurra nada? ¿Qué países se imaginan algo así posible en sus gobernantes? Trump, volcánico y agresivo en las redes sociales, ataca la política económica de Alemania con la misma ligereza que llama fracasados a periódicos como The New York Times. El público estadounidense, tan orgulloso de su historia y sus instituciones, parece ya resignado a que su presidente se comporte de ese modo, pero este último dislate machista, tan virulento y dirigido a una persona concreta, parece haber cruzado una línea roja.

Lo parece, pero no es así. A Trump no se le ha resistido frontera alguna hasta ahora. Se impuso con autoridad en las primarias republicanas ante más de una docena de rivales pese a todos los excesos machistas y racistas en su haber, y venció luego a Hillary Clinton en las elecciones con nuevos méritos en ese terreno, como cuando la interrumpió en un debate diciendo “¡Qué asquerosa es esta mujer!” o se difundió un video suyo de 2005 en el que, en una pausa de un programa televisivo, se jactaba de poder manosear a las mujeres sin su consentimiento gracias a su fama y poder. “Cuando eres una estrella, te dejan hacerles de todo. Puedes hacer lo que quieras… agarrarlas por el coño. Puedes hacer lo que quieras”, se jactó entre risas. A tres semanas de las elecciones, aquello puso al empresario neoyorquino en el punto más crítico en su relación con el Partido Republicano, cuyos pesos pesados le abandonaron. La reconciliación llegó con la victoria electoral.

Ahora es presidente de Estados Unidos y, aunque su nivel de popularidad general está en mínimos de la historia de América, el porcentaje de aprobación entre los propios republicanos resiste por encima del 80% desde que juró el cargo, de la misma manera que más del 80 % de los conservadores le votó el 8 de noviembre por fidelidad de partido. El empresario ya llegaba a la carrera política con un historial marcado por acusaciones de acoso o sexismo.

Los republicanos tienen ahora la mirada puesta en las elecciones legislativas de 2018 y son proclives a soliviantarse cuando creen necesario para su electorado. Algunos expertos señalan que, en realidad, la personalidad de Trump es tan exagerada que a los conservadores les ayuda a marcar diferencias con el presidente y no les preocupa un voto de castigo. Comprobaron en noviembre que no se da. Llegado a la política como el candidato de la incorrección política, ha hecho del matonismo una bandera. “Combate el fuego con fuego”, justificó este jueves la Casa Blanca respecto de los insultos a Mika Brzezinski. “Si te atacan, golpea 10 veces más fuerte”, ha dicho Melania Trump a través de su portavoz, lo que choca en una primera dama que ha fijado la lucha contra el bullying como una de sus prioridades.

“Él habla claro”

Algo muy habitual en los mítines de Trump, o cuando uno viaja a los territorios que le han llevado a la Casa Blanca, es que sus seguidores disculpen estas actitudes machistas (a veces en forma de insulto, a veces en forma de piropo a una reportera que está trabajando junto a compañeros varones). “No es un político”, justificaban algunos, como si en realidad el lenguaje natural es el del desprecio a las mujeres y es la corrección de la comunicación política la que lo atempera. “Claro que no me gusta su estilo, pero le juzgaré por sus actos”, señalan también. “Él habla claro, dice lo que los demás no se atreven” es otro clásico.
Estos comentarios suelen venir de hombres y mujeres. Entre los votantes de Trump conviven los que sienten cierto regocijo revanchista ante las trumpadas, enfadados por lo que consideran un yugo de corrección política, los que le quitan hierro a los ataques racistas y machistas y los que no se lo quitan pero priman otros intereses: su defensa del derecho a tener armas, su promesa de rebajar impuestos, la aversión a Clinton…

El papel que el sexismo ha tenido en las elecciones presidenciales de Estados Unidos se ha analizado mucho, el que penalizó a la demócrata como candidata y el que considera que las actitudes de Trump no son para tanto. La sangre que tanto ocupa a Trump cuando se trata de atacar a las mujeres, en su caso, nunca llega al río.

Característica. Trump ha hecho del matonismo otra forma de hacer no solo campaña electoral, sino también de ejercer la política desde uno de los puestos más influyentes del mundo.