La revolución contra el acoso sexual sacude a EUA

Con nombre y apellido. Mujeres como Rose Mcgowan han encabezado una revuelta en contra de los hombres que, aprovechándose de sus cargos, han cometido delitos de corte sexual.
#metoo cobra fuerza

Lo recuerdan las víctimas. La película solía empezar así. El presentador de la CBS Charlie Rose, ícono del rigor en la televisión americana, invitaba a su casa a la peticionaria de trabajo y, tras ausentarse un minuto, aparecía ante ella en bata y con los genitales al aire. Knight Landesman, el gurú del arte y editor del magazine Artforum, llamaba a sus empleadas más jóvenes a tomar el té y, una vez sentadas, no dudaba en pasar delicadamente un dedo por sus hombros mientras les murmuraba obscenidades. El antiguo cómico y ahora senador demócrata Al Franken aprovechaba que su subordinada estuviera dormida para tocarle los senos y fotografiarse junto a ella como un sátiro. El entonces asistente del fiscal, luego presidente de la Corte Suprema de Alabama y ahora candidato republicano al Senado, Roy Moore, merodeaba por los juzgados en los años setenta en busca de menores y, si alguna se dejaba convencer, intentaba fundirse con ella en la oscuridad.
No es Babilonia. Ni siquiera Hollywood. Es Estados Unidos. Una nación que de golpe ha visto caer un velo y emerger la basura oculta durante décadas. En menos de dos meses, 34 altos directivos, empresarios y famosos han sido fulminados por acusaciones de acoso sexual. Hay inversores de Silicon Valley, mandamases de Amazon y Pixar, cineastas, directores de medios como Vox o The New Republic, un periodista estrella de The New York Times, senadores, aspirantes a senadores, luminarias culturales, actores, productores, escritores, presentadores, presidentes deportivos… La ola de denuncias ha roto el dique. No pasa el día en que no surja un escándalo y dimita el implicado. Algunos casos son de hace 40 años y otros de este mismo otoño. Pero todos tienen un denominador común: el abuso de poder.

Al igual que ocurriera en la pasada década con la pederastia en las iglesias, un nuevo umbral ha nacido. La tolerancia cero con el acoso sexual ha encontrado tierra firme. Y aquello que durante años permaneció silenciado sale ahora a luz y es juzgado por una sociedad que, bajo el impulso colectivo del #metoo (yo también), apoya a las víctimas.
“Durante demasiado tiempo hemos callado. Una de cada cuatro mujeres ha sufrido acoso en el trabajo. No es una cuestión de Hollywood, o de demócratas y republicanos, sino de un futuro mejor para nuestros hijos. Hay que denunciar los abusos para acabar con ellos”, ha declarado la muy conservadora e influyente Penny Nance, líder de Mujeres Preocupadas por América, una organización cristiana, antiabortista y cercana al presidente Donald Trump.

“¡Ya es hora de limpiar la casa!”, ha clamado desde el otro lado del cuadrilátero ideológico la actriz Rose McGowan. Ella fue de las primeras en acusar por violación al productor Harvey Weinstein, y se ha vuelto un símbolo de la lucha. Su discurso ante la Convención de Mujeres de Detroit marcó un hito. “Durante 20 años me han callado, me han insultado, me han acosado, me han vilipendiado. ¿Y sabéis qué? Lo que me pasó detrás de la escena nos ocurre a todas en esta sociedad. Y no lo vamos a aceptar. Somos libres. Somos fuertes. ¡Todas somos #metoo!”

Weinstein pertenecía al círculo mágico de los demócratas. Se codeaba con Hillary, financiaba a Barack Obama, tenía por amiga a Michelle y hasta había contratado a su hija Malia de becaria en sus estudios. Poseía influencia y la sabía utilizar. Era el demiurgo de Hollywood y parecía blindado frente a cualquier ataque hasta que el pasado 5 de octubre The New York Times publicó una implacable investigación.

Sus palabras recordaron algo que muchos ya sabían. Que el poder y el abuso van a menudo de la mano. Sobre todo en el sexo. No es nada nuevo. Los antecedentes son amplios. Y estos días se están recuperando. Enfrentada a sí misma, la sociedad americana ha vuelto la vista atrás. Y ahí, en la memoria, aparece Anita Hill. La profesora negra que en 1991, ante 10 senadores, todos hombres y blancos, se atrevió a testificar por acoso sexual contra el aspirante al Tribunal Supremo Clarence Thomas. Fue humillada y despreciada por ello. Ni siquiera logró frenar la designación. Pero su valor quedó en el recuerdo. Y poco a poco ayudó a abrir la falla que ahora hace temblar a América: “Soy una superviviente y estoy con #metoo. Pero que nadie se engañe, el cambio no se deberá a un episodio, sino a que todos formemos parte de esta historia”.

Hill no ha sido la única en empujar. Innumerables mujeres han participado y se han visto pisoteadas por hacerlo. Otras han logrado sobrevivir e incluso algunas lo han transformado en una historia de fortaleza. Es el caso de Gretchen Carlson. Miss América 1989 y graduada en Stanford, esta presentadora de Fox denunció el año pasado por acoso al presidente de la cadena, Roger Ailes, y logró su derribo así como $20 millones. Su decisión reveló la cultura de abuso que se había instalado entre los jerarcas de Fox, incluyendo al presentador estrella Bill O’Reilly. Pero el golpe no fue más allá. Como tampoco la caída en junio del presidente de Uber, Travis Kalanick, tras descubrirse un enjambre de acosadores en su empresa.
Durante décadas se ha repetido un esquema bien conocido: se presentaba denuncia, había ruido y luego venía el silencio. Solo el estallido Weinstein ha tenido fuerza suficiente para romper la secuencia. En parte, porque sus víctimas eran más conocidas que él.

Weinstein pertenecía al círculo mágico de los demócratas. Se codeaba con Hillary, financiaba a Barack Obama, tenía por amiga a Michelle y hasta había contratado a su hija Malia de becaria en sus estudios. Poseía influencia y la sabía utilizar. Era el demiurgo de Hollywood y parecía blindado frente a cualquier ataque hasta que el pasado 5 de octubre The New York Times publicó una implacable investigación.

Avalado por la actriz Ashley Judd y más víctimas, el reportaje daba cuenta de décadas de depredación sexual sin límite. Un escándalo que conocía toda la meca del cine y que el productor de “Pulp Fiction” llevaba años tapando con acuerdos extrajudiciales y manadas de detectives privados dispuestos a hacer callar a quien hiciera falta.
Pero esta vez la riada fue demasiado grande. De poco sirvió que Weinstein fuese expulsado de su trono y acabase en una clínica a la espera de una orden de detención. La ola no paró y hasta la fecha le han denunciado 80 actrices, entre ellas Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Rosanna Arquette, Kate Beckinsale, Cara Delevinge, Claire Forlani, Paz de la Huerta (por violación), Lupita N’yongo, Sarah Polley, Léa Seydoux, Mira Sorvino, Uma Thurman…

Familia. La investigación del Times que abrió la caja de Pandora la escribió Ronan Farrow, el hijo de Woody Allen y Mia Farrow. Woody ha estado en el ojo del huracán por casarse con la hija que adoptó junto a Mia.

El efecto ha sido telúrico. Con su capacidad empática, Hollywood ha puesto rostro al acoso. Las actrices han hecho universal el dolor y explicado mejor que nadie la humillación, pero también su decisión de romper con el silencio y quitarse el fango que les hicieron pisar. El resultado ha desbordado el mundo del cine y ha prendido una llama que pocos creen que pueda apagarse.
En este incendio han jugado un papel determinante los medios de comunicación. Las víctimas han hallado en el cuarto poder un camino que les permite sortear el temor a verse aplastadas por demandas de difamación y costes procesales. El medio no solo las avala, sino que contrasta y hace suyo el caso. Tras su difusión, la pelota queda en el otro campo. Las compañías saben que si mantienen al implicado, corren el riesgo de ser acusadas de complicidad. Y la indemnización se puede multiplicar.

El mecanismo ha funcionado. Los denunciantes están ganando la batalla y la prensa, como ya hiciera con los abusos de los sacerdotes, ha vuelto a mostrar su músculo. El peligro de que en esta marejada caigan inocentes es evidente, aunque, de momento, no se ha dado ningún caso conocido. Los escándalos, por el contrario, van a más y la sensación general es que se ha franqueado un umbral. El mismísimo Capitolio ha impuesto a los parlamentarios cursos antiacoso y los presidentes están bajo escrutinio. Figuras como el priápico Bill Clinton son analizadas bajo otra luz y muchos consideran que los casos de Paula Jones y Mónica Lewinsky serían entendidos ahora de otro modo. Tampoco se ha librado George Bush padre, de quien ha aflorado su costumbre de agarrar las nalgas de las mujeres con quienes se fotografía. Seis casos de los últimos 15 años han sido destapados. Bush, de 93 años, ha pedido disculpas por todos.

Pero la mayor presión recae sobre Trump. En 30 años, al menos 24 mujeres le han señalado. Aunque ninguna imputación ha prosperado, el tiovivo de escenas incluye desde tocamientos en avión e irrupciones en camerinos hasta besos salvajes a recepcionistas y supuestos intentos de violación.

Trump siempre ha negado cualquier abuso. Y preguntado esta semana, ha mostrado su “alegría” por la actual ola de denuncias. “Es muy bueno para las mujeres y soy muy feliz de que estas cosas salgan a la luz”, ha dicho. Sus palabras no han tranquilizado a casi nadie. “Ha cometido demasiadas afrentas a la decencia para creérselas”, resume el analista y profesor de Yale Walter Shapiro.
Entre estas “afrentas” figura haber apoyado estos mismos días al candidato por Alabama Roy Moore, acusado de abusar de menores cuando tenía 30 años. Pero también aquella explosiva grabación de 2005 que se hizo pública en la campaña electoral y en la que Trump dijo: “Yo empiezo besándolas… Ni siquiera espero. Cuando eres una estrella, entonces te dejan hacer. Agárralas por el coño. Puedes hacer lo que quieras”. Una definición perfecta del acoso.

Un año atrapada en la noche más amarga

Hillary Clinton
La gran pregunta. “Qué pasó” es el libro en el que analiza sus más grandes decepciones en las elecciones presidenciales.

Los candidatos derrotados suelen experimentar una mejora de sus ratios de popularidad en Estados Unidos. El fenómeno, bien documentado por Gallup, se explica sobre todo por el cambio de sensibilidad de los votantes independientes o del partido rival, a los que con la victoria amarrada se les suaviza la inquina. Ocurrió con los republicanos Mitt Romney (cuatro puntos de mejora), John McCain (10 puntos) y de forma muy marcada con George Bush padre, que no repitió mandato (16 puntos). También con el demócrata Al Gore (10 puntos). Pero con Hillary Clinton no existe compasión, ni tregua: es la única aspirante a la Casa Blanca cuya aprobación no solo no aumentó, sino que ocho meses después de los comicios había empeorado (un punto), algo que no ha ocurrido en 25 años.

El miércoles se cumplirá un año de la noche en que Clinton se vio derrotada por uno de los candidatos más impopulares de la historia estadounidense, despreciado por su propio partido, sin prestigio internacional y un enamoramiento malsano de cualquier cosa que huela a incorrección política. Este miércoles se cumplirá un año, en resumen, de la madre de todos los fracasos, el de una política cualificada, experimentada y respetada en el mundo que descubrió muy tarde algo muy doloroso: que no era querida. En un libro publicado el pasado septiembre, que bajo el título “Qué pasó”, analiza sus desventuras en las elecciones presidenciales, esa es posiblemente la confesión más descarnada. “Tuve que aceptar que millones y millones de personas no me querían. Imaginen lo que se siente”, explica en el libro.

Hillary Clinton

En este describe una tormenta perfecta, en la que coinciden la mayor parte de analistas: de las investigaciones reabiertas por el FBI por su uso de los correos (que enseguida se cerraron sin novedades), a las acusaciones de corrupción de su rival demócrata Bernie Sanders, pasando por la propaganda rusa o los malos cálculos de su campaña en los territorios que luego resultaron decisivos. Pero al margen de todos los episodios concretos, Clinton también señala un elemento más gaseoso, ese que también subyace hoy en esos sondeos de popularidad: que a los estadounidenses nunca les acabó de gustar, que era detestada por los republicanos y vista con recelos por los propios demócratas ya desde su época como primera dama. La poca química personal, su condición de establishment y el sexismo desempeñaron un papel en ello.

Aquella noche del 8 de noviembre, con un resultado electoral contrario a lo que le habían predicho la mayoría de sondeos, no fue capaz de hablar al público. Lo hizo al día siguiente y luego desapareció. Días después se la vio paseando con su esposo por los alrededores de Chappaqua, el precioso pueblo del estado de Nueva York donde los Clinton fijaron su residencia tras abandonar la Casa Blanca. Dice que se puso a arreglar armarios, a tomar vino blanco y a descansar. Y empezó a escribir ese “Qué pasó”, una especie de testamento político, escrito aún en caliente por alguien que no parece plantearse retorno alguno a la carrera presidencial.

La promoción del libro la ha devuelto a la escena pública un año después de su noche fatídica. Y si hace un año lo que copaba los titulares en torno a la entonces candidata era la reapertura del caso de los correos anunciada por el entonces jefe del FBI, James Comey, ahora la persigue otro escándalo. La expresidenta del Comité Nacional Demócrata Donna Brazile acusa a su campaña de haberse hecho con el control del partido gracias a una especie de rescate financiero y de haber manipulado las primarias en detrimento del izquierdista Sanders. La senadora demócrata Elizabeth Warren, de Massachusetts, un referente del ala más progresista de la formación, se acaba de sumar a esa acusación.

Mientras, la investigación de la trama rusa —la injerencia de Moscú en las elecciones y la posible connivencia con la campaña de Trump— avanza y ya ha desencadenado los primeros arrestos y ha llevado a las primeras confesiones por las conexiones poco claras entre colaboradores del hoy presidente y agentes cercanos al Kremlin. Pero el Partido Demócrata no saca apenas rédito del caso, enredado como está ahora en su propia y nueva crisis interna. De hecho, Trump ha vuelto a atacar a los demócratas y a su exrival en las elecciones a raíz de esta acusación.

En sus comparecencias públicas, Clinton sigue hablando de Trump, de alguna forma atrapada aún en esa noche de hace un año, y Trump, molesto por los avances de la investigación de la trama, sigue hablando de “la corrupta Hillary”. Para quienes se niegan a dar por muerta la carrera de Clinton (hay quien la señalaba como futura alcaldesa de Nueva York), aunque ella se ha declarado jubilada como candidata a nada, esta polémica sobre las primarias es la estocada final.

De regreso. La promoción del libro la ha devuelto a la escena pública un año después de aquella noche que sorprendió a muchos.

Los 10 minutos de terror que apagaron Las Vegas

Homenaje. Cece Navarrette está sentada cerca de la cruz que simboliza la muerte de su primo, Bailey Schweitzer.

Jasmine Clayton todavía no puede volver a escuchar esa canción. “Oigo la primera frase y oigo los disparos”. El psicólogo le ha recomendado que vaya al lugar de los hechos y la vuelva a poner, que lo intente procesar así. Y eso estaba haciendo el miércoles por la tarde. Clayton, de 26 años, había ido a la esquina del bulevar principal de Las Vegas con la calle Reno, frente al hotel Mandalay Bay, para escuchar en su celular “When She Says Baby”, la canción que estaba tocando el artista country Jason Aldean cuando empezaron los disparos.

Eran las 22:05 del pasado domingo en Las Vegas y acababa de comenzar la mayor matanza a tiros de la historia de Estados Unidos. Un solo hombre, Stephen Paddock, de 64 años, encerrado en una habitación de hotel con 23 armas, estaba disparando desde la ventana una lluvia de tiros contra 22,000 personas que asistían al festival de música country Route 91 Harvest, en un descampado en la acera de enfrente. Murieron 58 personas y 487 resultaron heridas. Fueron 10 minutos de disparos, más de una hora de caza al asesino, una noche entera de caos en Las Vegas. El terror y el desconcierto aún no han terminado.

La mayoría de los testigos coincide en que pensaron que se trataba de algún tipo de pirotecnia de la actuación; otros, que era un helicóptero. Dicen que hubo una pausa después de los primeros tiros; y que entonces empezaron a caer ráfagas de balas del cielo sin parar. Algunos dicen que no reaccionaron hasta que vieron a alguien caer muerto delante de ellos; otros, que supieron inmediatamente lo que estaba pasando. Clayton y su amiga Marlena salieron corriendo hacia el lado opuesto a los disparos y se refugiaron entre dos camiones de comida. Tuvieron suerte. Mucha gente salió por la puerta de la calle, es decir, hacia el asesino.

Para hacerse una idea de la escena no vale con un solo relato. Tiffany Huizar, de 18 años, cayó al suelo con un balazo en la barriga. Aun así logró correr y salió de allí gracias a que un hombre la subió a un camión y se la llevó al hospital, contaba su tío, Enrique León, a las puertas del centro. Ha perdido parte del intestino. Randyn Recolan, de 17 años, estaba con su novia, Brianna Morchause, que cayó al suelo y le pasaron cinco personas por encima. El miércoles seguía en el hospital. Vio a la madre de una amiga echarse encima de ella y recibir un balazo en el cuello, contaba. “Empezó a caer gente al suelo a mi alrededor”. El cantante mexicano Israel Cabañas estaba entre el público. Recuerda “ver a la gente caer” a su alrededor. “Venían agarrándose el estómago, sangrando, heridos en la pierna… híjole”. Como muchos, empezó a agarrar vallas para convertirlas en camillas y sacar gente de allí.

Funeral. Sonny Melton es recordado en fotografías con amigos y familiares durante su funeral el 10 de octubre de 2017 en Big Sandy High School, en Big Sandy, Tenn. Melton, un enfermero registrado, murió protegiendo a su esposa durante el tiroteo en Las Vegas.

Mientras, en la acera de enfrente, un guardia de seguridad del hotel Mandalay Bay llamado Jesús Campos subió al piso 32. Se acercó por el pasillo a la habitación 135, una suite de dos habitaciones y 158 metros cuadrados, orientada al noreste y con vista panorámica de todo el strip, la avenida más turística de Las Vegas. Recibió una ráfaga de unos 200 disparos. Uno de ellos le alcanzó en la pierna. Dos policías, que estaban en el piso 31, se dieron cuenta de dónde venían los disparos. Las autoridades consideran que la distracción del asesino con Campos salvó muchas vidas. Paddock lo vio llegar porque tenía cámaras instaladas en el pasillo. A las 22:15, Paddock disparó el último tiro. Los agentes que estaban en el piso de abajo llegaron dos minutos después y Campos les explicó la situación.

Junto al recinto del concierto hay una gasolinera Arco con una tienda de alimentación AM/PM. Tras el mostrador estaba Pedro Saldaña, de 26 años. “Está aún traumatizado por lo que vio”, cuenta su hermana Cristina. La gente empezó a entrar en manada por la puerta y a esconderse en todos los rincones. “Se metieron en la cámara frigorífica”. Había tanta gente que rompieron los cristales de la puerta. En medio de la gasolinera hay una toalla que cubre un charco de sangre. “Allí murió un hombre al que la bala le había entrado por el ojo”, cuentan los empleados.
A 8 kilómetros de allí, Kevin Menes, médico de urgencias de 40 años, había empezado su turno a las 8 de la tarde en el Hospital Sunrise, al norte del strip. Ve heridas de bala todos los días. Cuando llegó al hospital escuchó el rumor de que había un suceso con múltiples víctimas, puso la radio de la Policía. “Pude oír los tiros mientras hablaban entre ellos”, contaba. Los cuatro médicos de guardia ordenaron inmediatamente preparar los 20 quirófanos del hospital, todas las camillas y todas las sillas de ruedas disponibles. Sobre las 22:30 llegaron los primeros heridos, y no pararon de llegar durante horas.

Su trabajo fue hacer el primer diagnóstico de gravedad, de un vistazo. “Tuve menos de 30 segundos para cada uno. En ese momento te concentras en encontrar el agujero y decidir si van a morir en cuestión de minutos o no”. Los fue clasificando: rojo, necesita ser intervenido inmediatamente; amarillo, puede aguantar un rato, pero necesita ir al quirófano; verde, su vida no corre peligro. “Si te equivocas, puedes matar a alguien”. No miraba a los ojos, no preguntaba nada, explica. Solo tenía tiempo para encontrar el agujero de bala y decidirse por un color. “La gente me señalaba el agujero de los más graves para ayudarme”. Vio agujeros “en todas las partes donde pueda entrar una bala, cuello, cabeza, pierna, genitales, todo lo que te puedas imaginar”.
Menes, especialista en técnicas de resucitación, recibió a más de 200 heridos de bala aquella noche. Todos fueron operados antes de las 5 de la madrugada, unos 30 a la hora. “Perdimos algunos, alrededor de una decena”. No sabe cuántos llegaron ya muertos, pero recuerda que a algunos no podía encontrarles el pulso durante esos pocos segundos de diagnóstico. “Yo los mandé al quirófano igual, para darles una última oportunidad”.

Escape. Julie Hart y su novio Mark Gay lograron sobrevivir porque corrieron hacia la valla del aeropuerto, junto a un grupo de personas, a través de las pistas.

Más de una hora después del último tiro, a las 23:27, un equipo de operaciones especiales de la Policía (SWAT) entró por la puerta de la suite y encontró el cadáver de Paddock y 23 armas. Al menos 12 de ellas eran rifles de asalto modificados legalmente para que dispararan como metralletas. Hay una nota. Las autoridades no han revelado su contenido, pero no es de suicidio.
A esas horas, los españoles Pedro Martín y Alejandro Urbano, de la empresa española Blue, Gray & Co., se encontraban con 11 clientes a las puertas de una discoteca del hotel casino Bellagio, a casi 2 kilómetros del suceso. “Empezó a venir una masa de gente corriendo. Como agua. Tiraban cosas, tiraban las vallas. El personal de la discoteca desapareció”, contaba Urbano. “Había familias con niños, la gente con la cara desencajada, como si hubieran visto algo”. Atravesaron el Bellagio por las cocinas. No llegaron a su hotel hasta las 2, después de horas encerrados en un bar con las calles vacías y tomadas por la policía.

El pánico se había extendido a toda la ciudad. Personas corriendo ensangrentadas entraban por los pasillos de los hoteles cercanos al suceso: New York-New York, MGM, Tropicana. Scarlett, de 25 años, que trabaja en el Hotel París Las Vegas y no quiere dar su apellido porque se supone que no debe hablar, asegura que les dijeron que habían informado a todos los casinos de que había tres tiradores. “Se llegó a decir que había un autobús que iba por la calle dejando tiradores en los casinos”. Los rumores de este tipo han durado toda la semana en Las Vegas, que no logra hacerse aún a la idea de que semejante caos fuera obra de un solo hombre.

Porque el relato todavía no tiene sentido. Las autoridades tampoco lo entienden. Paddock era, según su familia, un hombre con dinero, tenía una relación sentimental, varias casas, vivía la vida de jugador profesional que le permitía estar invitado en la suite del Mandalay Bay. Sin levantar aparentemente ninguna sospecha, ninguna alarma, compró 33 armas en los últimos 11 meses, planificó con todo detalle la masacre y la ejecutó. ¿Por qué? ¿Por qué ese concierto? ¿Por qué ese día? Una semana después, no hay móvil. Los investigadores comparten la frustración de todo el país. No hay relato, no hay un boceto de explicación, no hay consuelo. Solo los hechos y las víctimas.

Marruecos, frente a un espejo incómodo

Eficientes. El Estado marroquí combate al terrorismo yihadista desde la formación de imanes, hasta los indultos a los salafistas condenados.

Los abuelos de Younes Abouyaaqoub, el autor de la matanza de Barcelona, decían que el nieto se había educado fuera de Marruecos. Los policías marroquíes insistían en que esos jóvenes criminales son una excepción, casos aislados, en un país donde impera el islam tolerante. En Aghbalá, el pueblo donde nació el asesino más joven, Moussa Oukabir, de 17 años, abatido en Cambrils (Tarragona), los vecinos también remarcaban que el chico apenas tenía contacto con el pueblo, que venía cada cuatro años.

Todo eso puede ser verdad. Y, sin embargo, el problema no es nada ajeno a Marruecos. Lo explicaba esta semana el columnista Karim Boukhari en el medio digital Le360: “Nuestra enfermedad nos lleva a la ceguera. El discurso dominante es ese que dice: ‘No, esto no tiene nada que ver con el islam. No, eso no tiene nada que ver con Marruecos’. El problema es que eso tiene que ver con nosotros, eso tiene que ver con el islam (o con el componente belicoso del islam, ¡porque existe!), con la enseñanza, con la interpretación del islam, tiene relación con la educación que dispensamos a nuestros hijos”.

“Tiene que ver con todo eso ¡y mucho!” Disculpen la extensión de la cita, pero merece la pena atender el razonamiento de Boukhari: “El ISIS ha podido ser impulsado, en un momento dado, por el cinismo de las grandes potencias y los juegos geoestratégicos en el Próximo y Medio Oriento. Es cierto. El ISIS es un monstruo. Ha sacado beneficio, también, del desarraigo de la juventud magrebí en Europa. El Estado Islámico ha ofrecido a esta juventud desesperada un billete para el paraíso. Y eso es una oferta que no se rechaza”.

“Pero este gigantesco fraude que es el ISIS es primero el producto de nuestras sociedades enfermas. Enfermas de su educación y de esta lectura totalmente sesgada del pasado (nosotros éramos los más grandes) y del presente (la culpa es de los otros si no somos los más grandes, matémosles, erradiquémosles y seremos los más grandes). Enfermos porque somos incapaces de mirarnos delante del espejo y de hacernos cargo de la situación”.

El analista concluye: “Sí, somos nosotros. Eso forma parte de nosotros”. Nadie mejor que la policía marroquí sabe hasta qué punto Marruecos sigue generando yihadistas. Los 12 miembros de la célula de Barcelona, excepto uno de Melilla, nacieron en Marruecos. Pocas horas después de la matanza de Barcelona, un marroquí de 18 años mató en Finlandia a dos mujeres con un cuchillo en la ciudad de Turku. Y meses antes, el cerebro de los atentados de noviembre de 2015 en París, el belga-marroquí Abdelhamid Abaaoud, de 29 años, fue localizado y abatido en el norte de París gracias a una información clave facilitada por la policía marroquí.

El entonces presidente de Francia, François Hollande, recibió pocos días después en el Elíseo al rey Mohamed VI en señal de agradecimiento. Todo eso por no hablar de los 1,500 yihadistas que partieron de Marruecos para unirse al Estado Islámico en Siria. Ahí no se incluyen los de origen marroquí que llegaron desde Francia, Bélgica o España. Todo eso lo sabe muy bien la policía marroquí, que no deja pasar un mes sin detener a alguna célula que prepara un atentado en nombre del ISIS. El Estado marroquí combate al terrorismo yihadista de forma muy eficaz en muchos frentes: desde la formación de imanes, hasta los indultos a los salafistas condenados por los atentados de Casablanca de 2003 que reniegan de la violencia, pasando por la colaboración muy estrecha con la policía de España y de Francia. Pero todo eso no basta si no se afronta la situación con realismo.

El mecenas ideológico

Son muy pocas las voces que hablan en el Magreb con tanta claridad como Boukhari. Sobresale, eso sí, la del escritor argelino Kamel Daoud, quien apela a que Occidente mire también ante el espejo su relación con la “teocracia” de Arabia Saudí, “principal mecenas ideológico de la cultura islamista”. En un reciente artículo, Daoud escribió: “El ISIS tiene una madre: la invasión de Irak. Pero tiene también un padre: Arabia Saudí y su industria ideológica. Si la intervención occidental ha dado razones a los desesperados en el mundo árabe, el reino saudí les ha dado creencias y convicciones. Si no comprendemos eso, se perderá la guerra aunque se ganen las batallas. Mataremos a yihadistas pero renacerán en las próximas generaciones y alimentados por los mismos libros”. La lucha contra el yihadismo promete ser larga y complicada. El espejo será un arma clave. Pero nada fácil de usar.

La islamofobia en redes

Es posible que haya recibido desde el pasado jueves un mensaje de WhatsApp que alerta del registro el pasado mes de julio del primer partido musulmán que pretende imponer la ley islámica a los españoles, o que insta a la movilización para prohibir las mezquitas, o talvez otro que propaga el bulo de que los manteros no estaban en La Rambla el día del atentado porque habían sido avisados por los terroristas. Si no han llegado directamente a su teléfono, un solo vistazo a las redes sociales ofrece miles de mensajes que azuzan el odio de forma menos sofisticada contra los musulmanes y el islam. El hashtag (la etiqueta) StopIslam fue trending topic (tema más comentado) el día de los ataques en Twitter.
Las mezquitas de Granada, Sevilla, Logroño y Fuenlabrada (Madrid) han denunciado ataques. “Asesinos, lo vais a pagar! Moro que reza, machete a la cabeza! Stop Islam! [sic]”, decía en las pintadas que aparecieron tras los atentados en la sede de la Fundación Mezquita de Sevilla.

Hace poco más de una semana, en Puerto de Sagunto (Valencia) un hombre golpeó a patadas a un menor marroquí, de 14 años, sin mediar motivo, al grito de “moro de mierda”, según ha denunciado la familia. El hombre le amenazó con matarle y el chico, dice su padre, está atemorizado y no quiere salir de casa.

“Estamos ante una brutal ola de islamofobia. Detectamos mensajes de WhatsApp muy salvajes y muy masivos. Y nada más producirse el atentado empezaron a propagarse bulos”, denuncia Esteban Ibarra, coordinador de la Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia, una entidad sin ánimo de lucro que se dedica, además de promover la tolerancia, a monitorizar los ataques a musulmanes en España. El Código Penal castiga con hasta cuatro años de cárcel los delitos de odio.

Nadie mejor que la policía marroquí sabe hasta qué punto Marruecos sigue generando yihadistas. Los 12 miembros de la célula de Barcelona, excepto uno de Melilla, nacieron en Marruecos. Pocas horas después de la matanza de Barcelona, un marroquí de 18 años mató en Finlandia a dos mujeres con un cuchillo en la ciudad de Turku.

La oleada de mensajes de odio a los musulmanes no tuvo esta dimensión tras los atentados del 11-M en 2004, aunque fueran también de corte yihadista. “Entonces la sociedad interpretó que la causa había sido la guerra de Irak, así que se enconó en la política pero no en el rechazo al islam. Aunque hubo islamofobia, no de este nivel”, reflexiona Ibarra. El experto en delitos de odio, que preside también el Movimiento contra la Intolerancia, cree además que el perfil de los terroristas de Barcelona, jóvenes, educados en España y en principio integrados, atiza en mayor medida el sentimiento de venganza contra los inmigrantes, y el uso masivo de las redes sociales, que no era tal en 2004, ayudan a propagarlo. “La ola no ha hecho más que empezar. Detrás de todo esto hay estructuras organizadas de carácter racista y fascista”, alerta.

El fenómeno no es nuevo en España aunque hasta ahora ha sido una acción minoritaria muy definida por grupos ultras y fascistas, porque el nivel de aceptación de la diversidad cultural y religiosa ha sido elevado. Pero en los últimos años no para de crecer. Según los datos de la plataforma, en 2016 los incidentes por islamofobia aumentaron un 106.12 % respecto a 2015, con 573 ataques por los 278 del año anterior.

“El contexto ahora es diferente al del 11-M porque en los últimos años se ha producido una acumulación de atentados terroristas en Europa y una crisis de refugiados que ha hecho que mucha gente asocie ambos fenómenos por la utilización interesada de las fuerzas de extrema derecha”, reflexiona el filósofo Santiago Alba Rico, autor de Islamofobia. Nosotros, los otros, el miedo (Icaria). El terreno está más abonado para que crezca el odio pero el fenómeno es ya mayor de lo conocido porque es en gran parte soterrado. “La Agencia de Derechos Fundamentales de la UE cifra en un 80 % los incidentes de este tipo que no se denuncian”, señala Miguel Ángel Aguilar, fiscal coordinador del Servicio de delitos de odio de la Fiscalía de Barcelona.

“No debemos ceder ni un solo milímetro a la dinámica de la islamofobia que quiere alimentar el yihadismo”, afirma Rico. “El odio al musulmán y el racismo atacan los valores que cimentan nuestro modelo de convivencia”, destaca el fiscal. Pero incluso desde una visión más utilitarista, la sociedad y los responsables públicos deben atender al otro problema que emerge tras los ataques de Barcelona, advierten los expertos. “El terrorismo alimenta la islamofobia y la islamofobia ofrece réditos al terrorismo porque fractura la sociedad. Neofascismo y yihadismo son dos caras de una moneda que se alimentan”, remarca Ibarra.

Del dicho al hecho. Los mensajes de odio han saltado de las pantallas de las computadoras hasta convertirse, algunos, en ataques a mezquitas.

El último ataque machista del presidente

Donald Trump

Trump, mujeres y sangre. No es la primera vez que al presidente de Estados Unidos le ocupan estos tres conceptos cuando quiere atacar a una periodista. Hace casi dos años, cuando empezaba su carrera por la candidatura republicana a la Casa Blanca, ya prendió la polémica cuando atizó a la estrella televisiva Megyn Kelly por considerar que había sido demasiado dura con él durante un debate entre los aspirantes conservadores. “Le brotaba sangre de los ojos, le brotaba sangre de… cualquier parte”, espetó. Aquellas palabras, por el tono, la pausa y el contexto, se interpretaron como una referencia a la menstruación y la alteración hormonal. La presentadora le había hecho hincapié precisamente en otros exabruptos de Trump, que había llamado “gorda” y “cerda” a la actriz Rosie O’Donell, entre otros casos. Aquello causó el primer alboroto republicano, le retiraron la invitación a un acto en el que participaba como ponente y una horda de políticos conservadores salió en tromba a criticarlo.

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos de América.

Hace 10 días volvieron las hemorragias, las de Trump con las mujeres y las de republicanos soliviantados. El presidente sacudió a los famosos presentadores de un programa televisivo matinal muy crítico con él (“Morning Joe”, de la MSNBC), Joe Scarborough y Mika Brzezinski, aunque optó por cebarse en la mujer: “La loca de Mika, de bajo coeficiente intelectual, y el psicópata de Joe vinieron a pasar tres días a Mar-a-Lago (el resort de Trump en Florida) por Nochevieja e insistieron en verme. Ella sangraba mucho por un estiramiento de cara. ¡Dije que no!”, tuiteó.

Millonario, incendiario, concienzudamente machista y bendecido por los votantes, es imposible no compararle con Silvio Berlusconi, que se aposentó en el Gobierno de Italia durante 17 años a prueba de barrabasadas. Esta última astracanada de Trump ha provocado una indignación como no se recordaba desde que llegó a la Casa Blanca. Más allá de personajes del gremio y rivales políticos, varios republicanos han clamado contra su presidente. El senador Lindsey Graham dijo que este tipo de mensajes “representa lo peor de la política en América” y Ben Sasse le suplicó: “Por favor, pare, esto no es normal y está por debajo de la dignidad de su cargo”. “Estamos intentando mejorar el tono del debate pero esto no ayuda”, lamentó Paul Ryan, líder de los conservadores en el Congreso.

¿Puede un presidente comportarse así sin que ocurra nada? ¿Qué países se imaginan algo así posible en sus gobernantes? Trump, volcánico y agresivo en las redes sociales, ataca la política económica de Alemania con la misma ligereza que llama fracasados a periódicos como The New York Times. El público estadounidense, tan orgulloso de su historia y sus instituciones, parece ya resignado a que su presidente se comporte de ese modo, pero este último dislate machista, tan virulento y dirigido a una persona concreta, parece haber cruzado una línea roja.

Lo parece, pero no es así. A Trump no se le ha resistido frontera alguna hasta ahora. Se impuso con autoridad en las primarias republicanas ante más de una docena de rivales pese a todos los excesos machistas y racistas en su haber, y venció luego a Hillary Clinton en las elecciones con nuevos méritos en ese terreno, como cuando la interrumpió en un debate diciendo “¡Qué asquerosa es esta mujer!” o se difundió un video suyo de 2005 en el que, en una pausa de un programa televisivo, se jactaba de poder manosear a las mujeres sin su consentimiento gracias a su fama y poder. “Cuando eres una estrella, te dejan hacerles de todo. Puedes hacer lo que quieras… agarrarlas por el coño. Puedes hacer lo que quieras”, se jactó entre risas. A tres semanas de las elecciones, aquello puso al empresario neoyorquino en el punto más crítico en su relación con el Partido Republicano, cuyos pesos pesados le abandonaron. La reconciliación llegó con la victoria electoral.

Ahora es presidente de Estados Unidos y, aunque su nivel de popularidad general está en mínimos de la historia de América, el porcentaje de aprobación entre los propios republicanos resiste por encima del 80% desde que juró el cargo, de la misma manera que más del 80 % de los conservadores le votó el 8 de noviembre por fidelidad de partido. El empresario ya llegaba a la carrera política con un historial marcado por acusaciones de acoso o sexismo.

Los republicanos tienen ahora la mirada puesta en las elecciones legislativas de 2018 y son proclives a soliviantarse cuando creen necesario para su electorado. Algunos expertos señalan que, en realidad, la personalidad de Trump es tan exagerada que a los conservadores les ayuda a marcar diferencias con el presidente y no les preocupa un voto de castigo. Comprobaron en noviembre que no se da. Llegado a la política como el candidato de la incorrección política, ha hecho del matonismo una bandera. “Combate el fuego con fuego”, justificó este jueves la Casa Blanca respecto de los insultos a Mika Brzezinski. “Si te atacan, golpea 10 veces más fuerte”, ha dicho Melania Trump a través de su portavoz, lo que choca en una primera dama que ha fijado la lucha contra el bullying como una de sus prioridades.

“Él habla claro”

Algo muy habitual en los mítines de Trump, o cuando uno viaja a los territorios que le han llevado a la Casa Blanca, es que sus seguidores disculpen estas actitudes machistas (a veces en forma de insulto, a veces en forma de piropo a una reportera que está trabajando junto a compañeros varones). “No es un político”, justificaban algunos, como si en realidad el lenguaje natural es el del desprecio a las mujeres y es la corrección de la comunicación política la que lo atempera. “Claro que no me gusta su estilo, pero le juzgaré por sus actos”, señalan también. “Él habla claro, dice lo que los demás no se atreven” es otro clásico.
Estos comentarios suelen venir de hombres y mujeres. Entre los votantes de Trump conviven los que sienten cierto regocijo revanchista ante las trumpadas, enfadados por lo que consideran un yugo de corrección política, los que le quitan hierro a los ataques racistas y machistas y los que no se lo quitan pero priman otros intereses: su defensa del derecho a tener armas, su promesa de rebajar impuestos, la aversión a Clinton…

El papel que el sexismo ha tenido en las elecciones presidenciales de Estados Unidos se ha analizado mucho, el que penalizó a la demócrata como candidata y el que considera que las actitudes de Trump no son para tanto. La sangre que tanto ocupa a Trump cuando se trata de atacar a las mujeres, en su caso, nunca llega al río.

Característica. Trump ha hecho del matonismo otra forma de hacer no solo campaña electoral, sino también de ejercer la política desde uno de los puestos más influyentes del mundo.

Un expresidente no tan excepcional

Ingresos asegurados. Barack Obama recibe una pensión de más de $200,000 al año por ser expresidente de EUA.

Después de dejar la Casa Blanca, a Barack Obama se le ha visto disfrutar de un deporte que como presidente se le había vetado por el riesgo que supone, el kitesurf, y dedicarse a algo que como gobernante también tenía prohibido: ganar mucho dinero y muy rápido. Hace unas semanas se hizo público que un fondo de inversión llamado Cantor Fitzgerald le pagará $400,000 por dar una conferencia sobre sanidad en septiembre próximo. Poco antes, se supo que él y su esposa, Michelle, habían vendido sus memorias por $61 millones, según el Financial Times y otros medios, aunque donarán una parte a su fundación.

Previamente, y como descanso después de ocho años de un trabajo duro, muy duro, se tomó unas vacaciones que incluyeron paseos en el yate del millonario David Geffer por la Polinesia Francesa –en compañía de celebridades como Tom Hanks y Oprah Winfrey– y la práctica del añorado kitesurf con otro magnate, Richard Branson, dueño de la aerolínea Virgin.

Algunos republicanos le han criticado, pero también los sectores más progresistas de su partido le han afeado los cobros millonarios por discursos. “El expresidente Obama es un ciudadano normal ahora y puede hacer lo que quiera, pero me parece desafortunado. El expresidente de Goldman Sachs es el consejero económico de Donald Trump, y entonces ves esto, me parece desafortunado”, dijo Bernie Sanders, rival de Hillary Clinton en las primarias demócratas.  “Muestra el poder de Wall Street y la influencia de las grandes fortunas en política”, lamentó. Al ser preguntada sobre este asunto, la senadora de Massachusetts Elizabeth Warren, referente de los demócratas y azote del sector financiero, respondió con un lacónico “me preocupa”.

Estos gestos de Obama no benefician a los demócratas, que se enfrentan a un reto clave: conseguir que su partido vuelva a ser visto como el de la clase media y recuperar el voto de muchos obreros y jóvenes millennials que rechazaron a Hillary Clinton por considerarla amiga de Wall Street, puro establishment.

“Como anunciamos hace un tiempo, el expresidente Obama dará discursos de cuando en cuando, unos serán remunerados y otros no”, señaló su portavoz, Eric Schultz, y aseguró que el exmandatario pensaba dedicar la mayor parte de su tiempo a escribir y ayudar a formar a una nueva generación de líderes. En cuanto a la conferencia de septiembre, Schultz recalcó que “en 2008 Obama logró de Wall Street más fondos que ningún otro candidato en la historia y aplicó en ese sector las reformas más duras desde Roosevelt”.

Lo cierto es que la moda de discutir sobre las ganancias de expresidentes la inauguró Gerald Ford (el primero en facturar a placer por conferencias y entrar en consejos de administración) y se mantuvo con otros muchos, como Bush y Clinton (el caché de Bill se dice que rondaba los $200,000 y el de Bush hijo oscilaba entre los $100,000 y los $200,000 al dejar la Casa Blanca).

Forma de vida. Bill Clinton y George Bush hijo también han hecho cobros por dar discursos
después de dejar la presidencia de Estados Unidos.

Pero una polémica especialmente señalada en la hemeroteca es la de Ronald Reagan. El actor, considerado como uno de los mejores gobernantes de la historia de EUA, dio la campanada cuando en 1989, pocos meses después de dejar la presidencia, se fue de viaje durante nueve días por Japón, invitado por el Gobierno nipón, con el patrocinio de un grupo de comunicación llamado Fujisankei. Esta empresa le pagó $2 millones (de los de entonces) por conceder entrevistas a algunos periódicos y cadenas de televisión. La guinda fue que esta gira tuvo lugar en un momento de tensión económica entre Japón y Estados Unidos. Según una crónica de la época de The New York Times, Reagan no tuvo problemas en tachar de “hipócritas” los recelos de algunos estadounidenses hacia las grandes inversiones niponas.

Así que Obama parece seguir el patrón de otros expresidentes. Pero es precisamente ahí donde reside la sorpresa para muchos: que un jefe de Estado tan excepcional en ciertos aspectos se parezca tanto a sus antecesores en este tema. Los presidentes de EUA tienen garantizada una vida acomodada cuando dejan el cargo: cobran una generosa pensión vitalicia (actualmente de $207,000 anuales) que se fijó en los años cincuenta después de que Harry Truman se quedó, tras salir de la Casa Blanca, con una pensión del Ejército de $112 al mes como único ingreso. Truman, quien regresó a vivir a su modesta casa de Misuri, rechazó jugosas ofertas para trabajar como consultor o lobista, aunque vendió los derechos de sus memorias a la revista Life. “Nunca me prestaría a una transacción que, aunque respetable, mercantilizase el prestigio de la presidencia”, dijo.

Entonces había unos estándares que no existen ahora, admite el historiador Mark Updegrove, autor de “Second Acts. Lives and legacies after the White House” (“Segundos actos. Vidas y legados después de la Casa Blanca”). El experto explica que la moda de los expresidentes conferenciantes fue creciendo “a medida que ha crecido la globalización y el peso de EUA en el mundo”. Updegrove defiende a Obama: “Entiendo que Truman no quisiera que pareciera que comerciaba con la presidencia, pero no creo que cobrar un honorario lo sea”. “No veo contradicción entre señalar la desigualdad y al mismo tiempo aceptar esas cantidades de dinero; además, vamos a ver a Obama volcarse en buenas obras a través de su instituto y de su biblioteca, le veremos devolver mucho más dinero del que se queda”, sostiene el historiador.

A Hillary Clinton sus cachés de unos $200,000 como conferenciante le persiguieron durante toda la campaña electoral. La diferencia con Obama es que él no tiene intención de presentarse a ningún cargo político y se libra, así, de la sospecha de que esos pagos generosos puedan traducirse en leyes más favorables para, por ejemplo, la banca. Pese a todo, que un gran fondo de inversión le pague el equivalente a un buen salario de todo un año por hora y media de conferencia es la quintaesencia de los excesos del mundo financiero que Obama ha criticado.

Ni la pobreza da carta de pureza progresista ni ganar dinero inhabilita a alguien para arengar contra la desigualdad, pero no hay duda de que las fotografías a bordo de yates de millonarios y la química especial que Obama muestra con ellos se incluirán en la lista de las contradicciones del expresidente.

Los estándares han cambiado mucho desde la época de Truman. Gerald Ford se saltó el tabú y el resto de expresidentes han seguido sus pasos. Obama, simplemente, parece que ha optado por no romper con esto.