ÁLBUM DE LIBÉLULAS (207)

1694. SOLUCIÓN INESPERADA

Sin proponérnoslo, poco a poco nos fuimos convirtiendo en una familia indefinible. Tanto así que en el vecindario donde todos se conocían empezaron a proliferar los murmullos sobre un posible trastorno anímico. Nosotros lo supimos, porque los chismes son como roedores atrevidos. Así las cosas, un día de tantos uno de nosotros compró un billete de la lotería, y fue como si la suerte tuviera prisa en beneficiarnos. Ganamos el premio mayor, que era de muchos miles de dólares. Como nunca habíamos pensado en nada semejante, tuvimos que hacer de inmediato una especie de consejo de familia. Los padres callaban. Nosotros, los hijos, estábamos a la expectativa, hasta que el menor habló: “Bueno, hoy podemos encerrarnos aquí para siempre, sin tener que pensar en cómo sobrevivir. Somos libres”.

1695. ¿DESTINOS PARALELOS?

Sin proponérselo, empezó a relacionarse con aquella joven del vecindario, Vanessa, a quien llamaban la sacerdotisa. A él le llamaban el pequeño burgués. ¿Y qué tenían en común? El ser extraños, como decían las malas lenguas, que nunca faltan. Se conocieron en el descuidado parquecito de la zona, cada quien leyendo lo suyo. En algún momento levantaron la vista de los respectivos textos, completamente distintos, por cierto, y se miraron a los ojos, como queriendo descubrir mensajes comunes. Así comenzó el vínculo: sin palabras. Se fueron frecuentando, pero las palabras apenas aparecían. Hasta que en un determinado instante los silencios parecieron entrar en verdadera alianza. Los vieron caminar tomados de las manos. “Miren, ahí van los extraños, de seguro a su catacumba con cama incluida…”

1696. EL DEDO DEL DESTINO

¡Huyamos, huyamos, huyamos!… Esa fue la consigna que se corrió por los alrededores luego de que una serie de acciones criminales sembraran el pánico en el lugar. El punto era hacia dónde huir, si las ondas del crimen organizado se expandían por todas partes. Entonces surgió en nuestro núcleo familiar una propuesta precisa: “Vámonos al mesón de la tía Clara…” Nadie hubiera pensado en eso, porque era volver a los orígenes de una ciudad prácticamente abandonada. “Pues precisamente por eso: porque nadie va a imaginar que ahí se puede estar seguro…” Armaron sus bártulos y cogieron camino. El mesón era hoy un tugurio casi en ruinas. La tía Clara ya no existía; hoy el encargado era uno de sus nietos completamente tatuado. “¿Vienen a quedarse?” Ellos no respondieron. La suerte estaba echada.

1697. LECCIÓN CALLEJERA

Uno de sus pocos allegados de siempre le dijo, mientras caminaban por la calle: “Ese que está ahí es tu tío Alfonso. Tu tío abuelo. Se ve más joven de lo esperable, ¿verdad?” Él se quedó a la expectativa, porque no acababa de entender la referencia. ¿El tío Alfonso? ¿Era el militar que había desaparecido en la Guerra de las Cien Horas con Honduras? ¿O era el comerciante de bienes básicos que se perdió de vista durante un operativo de la guerrilla en el interior del país? El impulso entonces fue irresistible: se acercó a la esquina donde aquel señor al que acababan de señalarle como su tío Alfonso parecía aguardar a alguien. “Soy yo, tío Alfonso. ¿Regresaste?” El aludido se quedó en silencio con una sonrisa. “Ah, pues ahora entiendo: estás aquí para recordarnos que existe el eterno retorno…”

1698. EMOCIÓN ESTELAR

Los domingos tenía que escoger a cuál de los cines se dirigiría por la tarde. La elección estaba entre el Principal, el Nacional y el Popular. Casi era un juego de azar. Y aquel domingo le tocó el turno al Principal, ubicado ya en la bajada de la calle de Mejicanos, cerca de La Familiar y de la librería del Choco Albino. La función comenzaba a las 2:45, y él siempre llegaba a la taquilla que estaba inmediatamente después de las gradas de acceso con tiempo para ser uno de los primeros. Aquel domingo, como anunciaba el gran cartel que estaba encima del cine, daban “El inocente”, con Pedro Infante y Silvia Pinal. Era, pues, domingo de comedia. Lo ideal para el momento. Cuando concluyó la función, desde luego con final feliz, el niño espectador salió a la calle. San Salvador sonreía. No lo olvidaría nunca.

1699. ¿ALGUIEN TIENE ALGÚN INDICIO?

Se llamaba Alicia, pero no vivía en el país de las maravillas. Al menos eso era lo que decían los noticieros diariamente. Pero en uno de los apartamentos inmediatos parecía estarse dibujando una apertura inimaginada. El sueño de Alicia había sido desde un inicio convertirse en personaje de telenovela, al estilo de las clásicas, y hasta la fecha el ambiente no mostraba opciones para que ese sueño se pudiera encaminar hacia la realidad. En aquel apartamento inmediato, sin embargo, un actor retirado estaba iniciando clases de actuación casi clandestinas. Ella llegó a inscribirse. “¿Alicia dices? Ese nombre es tu credencial. Podemos comenzar mañana, muy temprano. ¿Estás de acuerdo?” Entusiasmada y aromada llegó a la hora. “Vamos”, le indicó el maestro. “¿A dónde?” “Al país de las maravillas…” Sonrisa malévola.

1700. ESPERAR ES UN ARTE

La ilusión nunca había sido para él experiencia de vida cotidiana. Era el único hijo de aquella pareja fallida, que antes de que él tuviera conciencia propia se disolvió sin más. Cada uno cogió por su lado, y él anduvo desde entonces en una especie de puente colgante que parecía no tener fin. La madre se casó pronto con un señor anímicamente emproblemado y el padre se esfumó porque no quería tener otro propósito de vida que ser un mujeriego perpetuo. A él, que pasó de ser un niño anhelante a convertirse en un adolescente imaginativo y luego en un joven adulto apremiado, el ansia de llenar su vacío emocional se le fue volviendo cada vez más imperiosa. Para eso necesitaba a alguien, y comenzó a buscarla. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? Preguntas inútiles. Llegaría, de la mano de la ilusión. Fórmula insuperable.

1701. ITINERARIO ABIERTO

Se conocieron en un campamento de verano, y hoy la opción existencial era dónde ir a pasar el invierno. Él era un músico clásico y ella era una narradora en perspectiva. Destinos contrastantes, pero anhelos coincidentes. La nueva estación estaba por llegar, y ambos se dispusieron a hacer planes. Sentados en la terraza del bar frecuentado intercambiaban imágenes al respecto. ¿Una cabaña en los montes? ¿Un ático en el centro urbano? ¿Una habitación en la playa? No se ponían de acuerdo. “Entonces, quedémonos así, en el limbo de lo indefinido… Es lo más seguro…”

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (11)

Y AHORA TODO ES MÚSICA

Pues quedamos curados de silencio por lo vivido antes del Primer Día de la Creación.

CON JOAN MANUEL SERRAT

Nos hicimos amigos en una taberna del viejo Madrid, en algún siglo venidero.

GRACIAS, MEDITERRÁNEO

Te prometemos que mañana, antes de que amanezca, volveremos al nido de tu espuma.

ESPESURAS CRUZADAS

Cuando empezamos a conocernos de veras, se hizo la luz.

EL CRISTAL DE LOS AÑOS

Se va volviendo cada vez más frágil y al mismo tiempo más intrépido.

FUEGOS INVERNALES

Empieza el ciclo de la lluvia y los candiles escondidos se desperezan en sus áticos.

DE BUEN AGÜERO

¿Es la aurora que se despide o es el crepúsculo que llega? El aire nunca sabe.

BAJO EL AMATE

Los hormigueros forman su sociedad de oficios múltiples.

CUANDO EL ARROYO CALLA

Los duendes que habitan en los alrededores se ponen al acecho.

PRISA POR DESPERTAR

Es la que tuvo el Dios Creador en su primera jornada de trabajo.

OFICIOS SIEMPRE VÍRGENES

Los llevamos guardados en el baúl de la conciencia para que nunca falte algo que hacer.

HOGAR FELIZ

Nos levantamos cada día con la certeza de que no hay mejor destino que el amor.

BUENAS NOCHES, AURORA

Te lo decimos al anochecer para que sueñes con nosotros.

ORQUÍDEAS EN CONVIVIO

Están siempre invitándonos a mantenernos fieles a los misterios del jardín.

BREVIARIO ERÓTICO

Lo tenemos sabido desde el primer instante de sentirnos humanos.

LA LUZ NUNCA REGRESA

Aunque eso imaginemos cada día al abrir las cortinas de la mente.

LOS NAVEGANTES CLÁSICOS

Hay siempre un muelle en el que se congregan los veleros a compartir sus remembranzas.

SÍNDROME DE TOURETTE

Es el que viene padeciendo –con sonidos y gestos repentinos— la Creación desde su Primer Día.

MORALEJA SEGURA

Cuando el silencio habla las palabras se esconden.

LA EMERGENCIA MÁS GRAVE

Todas nuestras corrientes naturales necesitan entrar en Cuidados Intensivos.

MISIÓN PARA DESCONFIADOS

Hay que armar cada día un rompecabezas diferente.

COMPETENCIA OLÍMPICA

La que se produce a diario entre los sueños que se van y los sueños que regresan.

EN ALGÚN LUGAR DE LA MANCHA

Se necesita tener a la mano un jabón especial para que no quede huella.

REAL NOCHE DE BODAS

Lo digo por experiencia: dura 24 horas y sigue adelante.

AQUEL DÍA EN BILBAO

Monseñor Ricardo Blázquez nos dio la bendición, y eso bastó para acreditar nuestro destino.

ENTRE CRISANTEMOS

Le rendimos tributo a la ilusión siempre lozana de compartir jardín hasta el fin de los tiempos.

RESPIRAR ES LA PRUEBA

Venimos a este plano a ser discípulos del aire.

LA MISIÓN DE LA FE

Es suficiente un sorbo cotidiano para que todas nuestras células entonen su aleluya.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (206)

1686. EL MEJOR AMIGO

Se llamaba Juan Ramón, y yo le decía Nenúfar, lo cual luego derivó en Nenuf. Era un guardián devoto e intrépido. Estaba siempre listo para cumplir con sus tareas de acompañante impecable. Y mostraba una característica reveladora de su naturaleza: jamás pedía nada a cambio. Nenuf es el mejor ejemplo de lo que debe ser un amigo que cumple a plenitud con su misión. Y lo pongo así, en presente, porque ahora mismo estoy viéndolo sentado sobre la hierba, al otro lado del ventanal cristalino, observando hacia adentro mientras el Sol lo envuelve. Como hoy podemos comunicarnos sin obstáculos de ningún tipo, le pregunto con el pensamiento: “Nenuf, ¿quieres que salgamos de paseo a algún maravilloso lugar de la galaxia?” Y él me responde con su ladrido característico: “Ya estamos aquí, en el jardín de la memoria…”

1687. ENCARGO PERSONAL

Como siempre había oído decir, en su casa y fuera de ella, que la política es sucia, cuando los más escondidos impulsos de su voluntad le hicieron inclinarse hacia ella lo primero que hizo fue ir en busca de los jabones y las lociones más de moda en el mercado. Desde un inicio se había destacado por su entrega vehemente a los impulsos que lo llevaban en la ruta de una carrera que de seguro le conduciría hasta las posiciones superiores. Y en verdad así fue, hasta el punto que pronto iba a aspirar nada menos que a la Presidencia de la República. Sin decírselo a nadie, fue en busca del consejo de una vidente que estaba en boga. Sus palabras lo regresaron a los orígenes: “Ya sabes que la política es sucia, y para no contaminarse no bastan los auxilios externos: hay que inmunizarse a diario por dentro. ¿Cómo? Sólo tu propia luz puede decirlo…”

1688. ELLOS ESTÁN AQUÍ

Eran hermanos del mismo parto, pero sus características individuales casi no evidenciaban nada en común. Para empezar, uno era castaño y el otro era rubio. Desde que los conocí, siendo yo un niño ilusionado por el despliegue de los verdes naturales, allá en los fértiles predios vecinos al cerro El Sartén, estuve muy cerca de ambos durante el tiempo de mis estancias campesinas. Debo decir que el castaño era para mí el más allegado, aunque ambos me acompañaban siempre en mis caminatas vespertinas. Cuando el tiempo fue pasando, me sentí cada vez más unido a aquellos compañeros entrañables, Pepito y Corsario, que nunca tuvieron pedigrí registrado pero que toda la vida tuvieron pedigrí existencial. Maravillosos personajes cuyas imágenes siempre estarán presentes, aquí a mi lado, entre las sombras más fieles.

1689. A MAR ABIERTO

La nave iba desplazándose sobre las ondulaciones del mar tranquilo, y no parecía que hubiera ninguna presencia climática amenazante en los entornos, que abarcaban un horizonte sin fronteras. Se dirigían hacia destino desconocido, y eso era lo que indicaba la descripción de los destinos enumerados en el programa de viaje. Faltaban aún muchas horas para el arribo y entretanto el día iba pasando con su natural evolución de luces. Cayó la tarde y apareció el rostro lunar a plenitud. En eso, las máquinas parecieron entrar en fase de silencio. Los pasajeros se asomaron a sus respectivas barandas. La nave estaba inmóvil. Pero en una de las cabinas el sueño podía más que todo. Él y ella, abrazados, dormían entre las sábanas. Acababan de llegar a destino. Ese destino desconocido que era su dulce naufragio interior.

1690. ENTRE HOJAS Y FLORES

Se lo dije una tarde, en medio del jardín, mientras caminábamos como los peregrinantes más asiduos, queriendo recibir en vivo y en directo los mejores influjos de la luz vivificante que iba en descenso momentáneo. Él me miró a los ojos, como si quisiera devolverme el mensaje. Ese ejercicio de correspondencias era entre nosotros una práctica cada vez más frecuente, dándole a aquella cercanía un cariz subliminal. Yo ya estaba convencido de que él era una especie de mensajero de otras latitudes, y eso lo ponía en posición superior. Y aquella tarde le hice la pregunta con el énfasis más hondo: “¿Nunca te cansarás de venir a mi encuentro, pase lo que pase?” Él, desde su otra latitud, respondió con un aullido profético. “¡Gracias, Goulding, por tu lealtad sin límites ni en el tiempo ni en el espacio!”

1691. UN LEVE MATIZ

Desde siempre había huido de toda notoriedad pública, así fuera en confianza. Ese día, nadie lo felicitó por su cumpleaños, y a él eso le resultó lo más gratificante que le podía pasar. Ya cuando la noche estaba cayendo pareció casual que uno de sus pocos amigos lo invitara, como muchas otras veces, a tomar una copa en el bar de siempre. Pero cuando llegaron al lugar, pese a que la noche apenas se iniciaba, todo estaba cerrado. Se detuvieron frente al portón, y éste se abrió de repente. Adentro se iniciaba el festejo, con una pequeña orquesta tradicional en acción. Él entendió de inmediato que era en su honor. Se conmovió, los abrazó a todos, y entró con ellos. Estaban eufóricos. Él aprovechó la emoción para escabullirse. ¿Hacia dónde? Hacia un bullicio superior: el de su silencio desbordado.

1692. INVITACIÓN ACEPTADA

En estas latitudes, tanto la estación seca como la estación lluviosa son fuentes de luz, cada una a su manera. Ella, Lucita, siempre actuaba como si su especialidad fueran los vaivenes climáticos, y por eso yo acudía a su consejo sin palabras antes de hacer cualquier movimiento al aire libre. En los días de asueto, que para mí son relativos desde que tengo memoria, le pedía a Lucita indicaciones precisas sobre lo que podía esperar del aire, casi siempre enigmático; y ella me lo hacía sentir de manera simbólica. Lloviznaba apenas, y todo hacía prever que la lluvia no iba para más. Salí a caminar sobre la hierba y ella iba detrás. Estábamos ya bajo la sombra del pomelo, junto a las ramas oferentes del heliotropo. Lucita me miró. Era su mirada más dulce. Me di por entendido. Estaba invitándome a quedarnos ahí, a respirar nuestra propia luz.

1693. RESIDENTES PERPETUOS

Ambos eran apasionados de la naturaleza florida, y por eso al unirse para compartir la existencia buscaron un sitio de arraigo que fuera sobre todo un jardín. En los días de asueto no salían de la pequeña casa, y si lo hacían era para divagar entre los árboles y las plantas. Así transcurría su existencia, hasta que llegó el incendió. Un incendio sorpresivo y atronador que lo consumió todo, incluyendo sus propias vidas. El lugar quedó arrasado. Pero los árboles y las plantas comenzaron a resucitar por obra de un poder insospechados. Ellos, invisibles, seguían caminando por ahí.

Instantáneas del verbo apasionado (10)

NO ES POSIBLE OLVIDARLO

Es lo que digo cada vez que la memoria me reclama por algún recuerdo roto.

TRAS LA VENTANA

¿Qué diera por sentir que el mar se encuentra ahí siempre llamándome?

EL RELOJ VIVE EN VELA

Y por eso lo admiro más que a nadie.

ATENAS AMANECIENTE

Todos los silbos de Occidente se reúnen a cantar el Aleluya.

FRAGANCIA FIEL

La descubro en la almohada cada vez que despertamos.

¿QUIÉN ESTÁ AL VOLANTE?

Como en todo momento, el horizonte.

EL HORMIGUERO MÁS FECUNDO

Es el de los anhelos enamorados de la realidad.

REVELACIÓN SIN HUELLA

Es la que cada día recibo de la aurora y del crepúsculo.

EN COMPAÑÍA DE LOS AUSENTES

Aviso que esta tarde estaré dedicado a mi tertulia favorita en un lugar desconocido.

LA ETERNIDAD TRANSPIRA

Y en una gota de ese astral sudor se resumen los fuegos de todas las edades.

ESTOY MIRÁNDOTE EN SILENCIO

No necesito más para ser el perfecto mensajero de las voces mágicas.

EN ARCA ABIERTA

Los espejismos fatuos hacen su agosto.

CUANDO EL RÍO SUENA

Es que los espíritus de la arena profunda quieren salir a respirar sin miedo.

UN ECO ENTRE CAMPANAS

Es el grillo del tiempo que se ha colado para concelebrar la ceremonia zodiacal.

OBRAS SON AMORES

Y también buenas razones, aunque nos cueste tanto reconocerlo.

EN EL PRINCIPIO FUE LA OSCURIDAD

Que trajo consigo de la mano a la luz, su hermana siamesa.

ENCUENTRO DE CAMINOS

El que viene del norte y el que viene del sur siempre pasan de largo, pero sonrientes.

LA TERRAZA MÁS ALTA

Cuando el sótano se aburre sube con rapidez la escalera de caracol en busca de su entorno.

ANOCHECER EN PAZ

Es lo que recomiendan las Sagradas Escrituras del jardín.

LOS COLORES DEL SUEÑO

Son los mejores publicistas de la noche.

PREGUNTAS INOCENTES

Las que le hace la fe a la inspiración.

CON LAS HORAS CONTADAS

Los humanos tenemos una inmensa ventaja: la duración de nuestras horas será un misterio siempre.

LA TENTACIÓN DE REGRESAR

Es nuestra carta de ciudadanía.

EN LA HUMEDAD DEL FUEGO

Y como somos seres paradójicos no es de extrañar que así nos sintamos alma adentro

PASIÓN A MEDIA VOZ

Porque el murmullo desvelado es la manera más radiante que tengo de decírtelo.

LES RUEGO QUE ME CREAN

Si alguna vez reencarno querría hacerlo así: como un arroyo de montaña.

SE ACERCA LA CANÍCULA

Y los senderos se quedan en suspenso como si recordaran que el polvo es su destino.

ALMOHADAS VINCULANTES

Nos invitan al único descanso que florece: el de las sienes enlazadas.

EN PLENO VUELO

Es ella. ¿Quién lo duda? Es Amparo Rivelles. Y las imágenes en blanco y negro se aglomeran en torno.

NUESTRA CAPILLA FAVORITA

La compartimos con ardillas y cuervos en un rincón boscoso del Taj West End.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (205)

1678. PARÁBOLA DEL ARRAIGO

Aunque aquel jardín era un espacio físicamente simbólico, lo que él necesitaba sí lo tenía a su disposición, que era hallarse a diario en contacto con su familia vegetal. Le agradecía a la suerte ya no necesitar trabajo remunerado, porque así podía dedicarle su tiempo diario al convivio con las ramas, las hojas y las flores. Y en eso estaba cuando la pandilla que controlaba la zona agudizó sus ataques contra los habitantes del vecindario, exigiéndoles de todo. Salir del lugar era perentorio, pero él no lo hizo. La soledad y el silencio se apoderaron de todo. Los pandilleros llegaron a ocupar las casas. La de él estaba sellada a piedra y lodo, como si fuera un sepulcro. Los nuevos habitantes botaron todas las resistencias, pero afortunadamente nada podían contra un alma en pena, gozosa de sobrevivir en su hogar hasta el fin de los tiempos.

1679. IDENTIDAD SUPREMA

Todo parece lo de siempre; pero cada día es distinto, y hay que ir de inmediato a la búsqueda de señales que indiquen cuál es la naturaleza propia del día que corre. Él, que es una especie de recolector de imágenes existenciales, parece habilitado para descifrar el enigma cotidiano, y hoy domingo se halla en plena disposición de ejercer su función personal predilecta. Lo primero es ir al encuentro de las nubes. Están ahí, en fila, como si lo aguardaran. Se asoma al mirador más alto del lugar y desde esa posición les hace un gesto a las nubes que hacen acto de prescencia, y que parecen responderle de inmediato. Se acercan más y lo envuelven. En ese instante, él se siente como un recién nacido abrigado por los brazos maternos. No puede ser más claro el mensaje: ese día es el del retorno al origen. Y todas sus fuerzas interiores cantan aleluya.

1680. INSOMNIO CON MENSAJE

Desde hacía algún tiempo venía padeciendo trastornos del sueño, y tal situación tenía todos los visos de ser efecto de condiciones más profundas. Al respecto, no tuvo el impulso de ir en busca de apoyo profesional, porque sus voces interiores venían diciéndole que ningún diagnóstico ni ninguna medicina le servirían de nada. Entonces, se decidió a dejar que sus impulsos mentales fluyeran a su gusto. El sueño pareció agradecerle la confianza. La misma noche en que tomó tal decisión se quedó dormido casi de inmediato, pero en forma plenamente consciente. Estaba ahí, recostado en el diván donde su abuela siempre había hecho la siesta, y que él heredara aparentemente por carambola. En cuanto él se acomodó ella se acercó: “Hey, Joe, ¿listo para salir de paseo bajo las estrellas?” Invitación irresistible. Era el sueño más perfecto de todos los posibles.

1681. AUTOCONSEJO

Se había formado como experto en comunicación visual, y en ese momento se hallaba desempleado, como tantos otros graduados de su edad. Ese es uno de los signos reveladores de los tiempos actuales. Tenía suficientes recursos acumulados para no tener urgencia de trabajo formal, pero eso no invalidaba sus ansiedades sobre el futuro. ¿Futuro? Acababa de planteárselo, y en la pantalla de la mente lo que se dibujada era un camino desierto. Entonces fue a interrogar a su consejero espiritual, que era un monje budista que había llegado a aquel lugar quién sabe por qué rutas. “Te pregunto una vez más: ¿Qué quieres hacer de tu vida?” “Una caminata hacia adentro”, respondió, ahora sin vacilar. El consejero reaccionó con emoción: “Si es así, olvídate de todo lo demás. Que tu experticia visual te guíe”…

1682. LA MISIÓN DEL SILENCIO

Se conocieron en la cafetería de la Facultad, y en los primeros ciclos académicos la cosa no pasó de ahí; pero llegó un momento en que aquella relación amistosa empezó a mostrar fisuras inesperadas, y no por acciones o reacciones de alguno de ellos sino por efecto de la falta de acercamientos inspiradores. Ella tomó entonces la iniciativa: “¿Te animás a que tratemos de ser pareja?” La pregunta directa hizo que él se quedara casi con la boca abierta. “El que calla, otorga”, confirmó ella, dándose por respondida. Estaban en los últimos tramos de la carrera común, que era arquitectura de interiores, y ya a punto de titularse fue él quien hizo la pregunta: “¿Qué te parece si construimos nuestra interioridad compartida como el verdadero trabajo de graduación?” Sorpresa. Y él se apuró a sentenciar: “¡El que calla, otorga!”

1683. EL MEJOR VITRAL

La cocina estaba permanentemente abierta, de día y de noche, porque no había puerta de acceso. Era cocina de finca, y lo que tenía en medio era una plancha de hierro montada en una estructura de adobe que permitía un juego de fogones. El día apenas se anunciaba en el aire, y la señora María estaba ya empeñada en el torteo matinal. Los corraleros, que acababan de concluir el ordeño en el establo vecino, iban llegando para recibir sus raciones. Ella hacía lo suyo, sin prestarles atención, pero de repente se oyó el coro de ladridos en los alrededores. Era el patrón que llegaba a caballo de sus andadas nocturnas. Descabalgó frente a la cocina: “María, dame mi ración”. Ella ya estaba lista con las chengas y los frijoles. Los chuchos seguían latiendo. El día, desde el tabanco de la luz, aguardaba también su ración.

1684. PARÁBOLA DEL DESPERTAR

La luz natural venía anunciándose con la timidez de siempre, y los primeros en celebrarlo eran los pájaros que circulaban entre los ramajes vecinos, sobre todo los torogoces y los dichosofuí. El durmiente parecía más renuente de lo usual a incorporarse, y hubo necesidad de que unas cuantas gotas de lluvia le bañaran la frente, por la ruta de una gotera abierta en la lámina deteriorada que servía de techo. Sólo unas gotas, porque la luz matutina se iba apoderando del aire. Se levantó como si acabara de recibir un llamado superior, y salió al predio que rodeaba su pequeña vivienda. Al nomás hacerlo, un repentino rayo solar se hizo presente, y él se arrodilló como si estuviera en el centro de su capilla de confianza., que era el claro de una espesura inmemorial. Los pájaros seguían dándole la bienvenida.

1685. SIEMPRE HAY CAMINOS 

En la gaveta más baja del archivero de madera, que había permanecido cerrado por largo tiempo, se aglomeraba un montón de cartapacios y carpetas sin señales de contenido. Aquel domingo todo parecía dispuesto para el descanso relajante, pero él tenía un repentino impulso aventurero, y como el momento no era para andar seguro por las calles, el archivero era la opción disponible. Fue a abrirlo en la gaveta más baja. Los cartapacios y las carpetas parecía que lo estaban esperando. Él sacó lo que pudo. ¿Qué iba a descubrir ahí? Era la perfecta aventura compartida.

Historias sin Cuento

CUANDO LAS LETRAS HABLAN

“Cultivo una rosa blanca/ en junio como en enero/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca.// Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo,/ cardo ni ortiga cultivo;/ cultivo una rosa blanca”. El par de breves estrofas estaban escritas de puño y letra, en cuidadosa caligrafía Palmer, en un cuaderno escolar de los lejanos entonces.

Aquella mañana de sábado más nublada que lluviosa encontró el cuaderno mientras revisaba los estantes inferiores en busca de algo que leer ya que era día libre y las condiciones climáticas no invitaban a salir. “Qué lastima que no le puse fecha al momento en que copié las estrofas de José Martí”, pensó, mientras repasaba el texto que se sabía de memoria desde aquellas remotidades de la edad.

Sintió al hacerlo que ir a la búsqueda de las emociones vividas era la tarea más motivadora. ¿De qué? Había que experimentarlo. Volvió a colocar el viejo cuaderno en el lugar donde había estado siempre, y quiso ir al encuentro de algún otro testimonio que le reviviera pistas sobre su memoria en tránsito. Salió a la calle y se dirigió a la cafetería que frecuentaba los sábados, para distenderse entre los conocidos y los desconocidos.

Se acomodó en su rincón acostumbrado, que estaba a la par de una amplia ventana. Desde ahí, todo era paisaje. Pero ese día había algo nuevo e insospechado al fondo. Un volcán del que brotaba una columna de blanquecino humo fosforescente, que por instantes tomaba la forma de una rosa.

De inmediato recordó las estrofas que acababa de encontrar en el cuaderno, y fue instantáneo el impulso de escribir algo al respecto. Lástima que no tuviera el cuaderno a la mano, pero tenía su celular. Lo encendió y se puso a la obra. “Con la rosa de Martí/ me acomodo en mi conciencia,/ y es como estar en presencia/ de todo lo que viví.// Hoy vivo una nueva esencia/ que estaba dentro de mí:/ la que me dan como herencia/ la rosa y el colibrí”.

¡Dios mío, le había salido en verso, por primera vez! Y, como por arte de magia, el cuaderno se hallaba sobre la mesita a la par de su café con piquete, como se lo hacían clandestinamente en el lugar por ser un cliente fiel y puntual.

Abrió el cuaderno en la página donde estaban las dos pequeñas estrofas de Martí, y lo que era tinta apagada por los años se había trasfigurado en una luminosidad semejante a la del humo que brotaba del volcán imaginario.

EL AIRE NUNCA OLVIDA

Hacía mucho tiempo que no se le veía por el lugar ni por sus alrededores, sin que nadie supiera hacia donde se había dirigido y a donde había ido a parar. Su familia inmediata estaba al tanto de su naturaleza anímica, y por consiguiente no había ninguna alarma sobre su destino. La única que albergaba inquietud al respecto era Laura, su novia, o al menos la joven que estaba más cerca de él desde que se conocieron en las aulas de la Escuela de Ciencias del Espíritu, como ellos le llamaban, más por ilusión que por experiencia, a la tradicional Facultad de Humanidades.

¿Y cómo era eso de que fuera ella la única preocupada por la suerte del desaparecido cuando por la comunidad de afanes intelectuales debería saber mejor que nadie cuáles eran los movimientos posibles del ausente? Laura sólo estaba más recogida en su propio sentir, como si quisiera enfatizar el contraste entre la huida y el encierro. Y ese contraste se le iba convirtiendo en obsesión, hasta el punto de ya no resistir el ansia de reencontrarse con Efrén.

Sin dar aviso se puso en ruta hacia el lugar que era sin duda el de destino. Llegó cuando estaba amaneciendo, luego de un trayecto caminado que tenía todos los visos de ser una peregrinación. Cuando estuvo frente al muro de piedra castigada por el tiempo buscó algún punto de acceso. Ahí había una puertecita de hierro. Simplemente la empujó. Adentro se abría otro horizonte en cuyo centro se alzaba algo que tenía todos los visos de ser un albergue.

Laura se detuvo. Aguardó sin moverse. Por algún portillo invisible apareció Efrén. Cuando estuvieron uno frente al otro ambos hicieron al unísono la misma pregunta:

–¿Tú quién eres?

Ambos se quedaron expectantes, sin saber qué responder. Era como si estar en aquel ambiente y en aquel sitio les hubiera borrado de pronto todas las señales de identidad y todos los datos que al respecto tenían en la memoria. En torno a ellos empezaron a circular las ráfagas de una ventisca inesperada, que inexplicablemente no les producían ningún cambio, ni en la sensación ni en la apariencia.

–Yo soy el desconocido que siempre quise ser –dijo él.

–Yo soy la que siempre estuvo a tu lado –dijo ella.

Entonces sonrieron al unísono, mientras el aire parecía abrazarlos con la suavidad amorosa que sólo se vive en familia.

–Tuve que huir hacia el encierro feliz –explicó él–, que es el que tú viviste siempre. ¡Gracias por la lección! De seguro todos creyeron que yo era un ser extraño, que desapareció por motivos inconfesables. Pero tú eres como el aire, que nunca olvida. En este encierro todos los horizontes florecen…

Laura le tomó las manos y se las besó con efusión.

–Gracias a ti, espíritu superior. Y sí, eres un ser extraño al que me unen todas las fibras del conocimiento pleno y con el que voy a compartir la eternidad anhelada…

Entonces él le tomó las manos y se las besó con ilusión. Los horizontes, en torno, tomaban las manos de ambos para continuar de inmediato la peregrinación sin desplazamiento.

EL ESPEJO PENSANTE

Como siempre que se hallaban estacionados en algún lugar, la cena en común era una ocasión compartida. Esta vez, el momento hacía sentir que se trataba de un encuentro de características irrepetibles. La habitación no tenía accesos al exterior, y por consiguiente había más presencia de candiles encendidos. Y las llamas de esos candiles ardían con una especie de emoción que cualquier observador atrevido hubiera podido decir que soltaba destellos sobrehumanos.

Fueron llegando unos tras otros, como en fila preconcebida. Cada uno fue a ubicarse en el orden acostumbrado, independientemente del sitio en que estuvieran. Frente a cada puesto en la mesa, que era un rectángulo irregular, un plato que parecía una hoja verde a punto de iniciar la marchitez. El silencio imperante hacía que las respectivas respiraciones fueran perfectamente identificables en sus ritmos propios.

Esperaban a alguien, sin duda, y era una espera a la vez anhelante y tranquila, porque el vínculo armonioso daba para todo, y eso se había ido perfeccionando en el transcurso de aquella alianza que pareció surgir de la nada.

De pronto, el asistente esperado se hizo visible. Llegaba envuelto en un manto que ninguno de los presentes le había visto antes. Sin hacer gesto especial, como si el saludo fuera ese efluvio que lo envolvía, fue a ubicarse en el puesto de la cabecera. En ese instante aparecieron dos meseros que, por alguna razón inexplicable, tenían aire extraterrestre. Llevaban las botellas de vino y las copas correspondientes, y una canasta llena de bollos de pan aún humeantes. Sirvieron las copas de vino tinto frente a cada uno de los comensales, y pusieron un bollo en cada plato.

Cuando los meseros se retiraron, el que presidía se levantó de su asiento sin moverse del sitio. Tomó su copa y el bollo respectivo.

–Este vino y este pan son los signos de nuestro mensaje. Bébanlo y cómanlo para que en nuestro interior ese mensaje se vuelva vida que pueda ser compartible.

–¿Qué quieres decirnos?— preguntaron todos en un murmullo unánime, que era una mezcla de angustia y de ilusión.

–Que de aquí en adelante nuestras existencias serán diferentes, porque todos estaremos encendidos de eternidad, como ante un espejo que nos comunicará a cada momento su inspiración pensante…

Y la voz se oyó entonces como un eco inefable:

–Esta no es la última, sino la primera cena. ¡Bienvenidos!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (204)

1670. RETRASO IMAGINARIO

Estaban en la sala de espera de la terminal aérea, y se acababa de anunciar por los parlantes que el vuelo que hubieran tenido que empezar a abordar dentro de algunos minutos estaba retrasado hasta nuevo aviso. Para ellos, que iban a volar hacia una estación de tránsito, aquella noticia los dejaba en el limbo. Se quedaron pensativos, con el único recurso de esperar que les alcanzara el tiempo de la conexión. Entretanto se fueron a recorrer la zona comercial aledaña a las puertas de entrada a los vuelos, más para pasar el rato que para buscar algo que comprar. De pronto estaban ante una tiendita que parecía de antigüedades. ¿Qué hacía algo así en aquel lugar? Y en una pequeña repisa se hallaron ellos mismos: un retrato de otra época, en el que sonreían como personajes de alguna historia romántica. Por los parlantes anunciaron entonces que el vuelo estaba por salir.

1671. LECCIÓN DE VIDA

Iba siguiendo en su sencillo celular el breve reportaje sobre el anecdótico incidente en el que el fotoperiodista Yuri Cortez se vio envuelto en la final del Mundial de Moscú entre Croacia y Francia. Los entusiastas jugadores croatas cayeron sobre Yuri, que desde el suelo siguió tomando fotos de los que se le fueron encima, y las imágenes volaron por el mundo de inmediato. El fotoperiodista en ningún momento dejó de sonreír, y la imagen de esa sonrisa también se multiplicó en los aires globales. El que seguía el reportaje era un joven desconocido que habitaba en un cantón remoto perdido entre las montañas. De pronto sintió que la vida por venir se le volcaba encima con todos sus sueños y sus ensueños posibles. Él le tomaba fotos con su objetivo mental. Fotos, fotos y más fotos. Y de pronto exclamó: “¡Yuri, voy a seguir tu ejemplo al pie de la imagen!”

1672. ENCUENTRO SABATINO

Aquel día en la función vespertina prácticamente no había espectadores, y eso no era común, porque los sábados por la tarde siempre se incrementaba la audiencia, deseosa de distenderse luego de los apremios y ahogos de la semana laboral. Pero él sí estaba ahí, con la puntualidad impecable que le caracterizaba, en su rincón habitual del segundo piso de butacas. Se abrió el telón y la función dio inicio. El tema de la obra que se representaba era la reencarnación de las almas. Todo iba desarrollándose con la normalidad esperable hasta que uno de los personajes en escena pareció olvidar su parlamento y extendió los brazos hasta el rincón del espectador puntual: “¡Gracias por venir a mi reencuentro, lo he anhelado siempre porque eres mi más fiel antepasado!” Y todo siguió como si nada, porque aquella exclamación parecía parte del libreto.

1673. LAS MISMAS HUELLAS

Iba caminando hacia abajo, en la acera al otro lado de la calle, frente a la entrada principal del Colegio María Auxiliadora. Se dirigía hacia el Cine Fausto, que estaba en la esquina siguiente, e iba ahí a encontrarse con Gardenia, su novia inminente según todas las señales disponibles. Cuando él llegó a la entrada del Cine, Gardenia ya estaba en el lugar, aguardándolo con una sonrisa invitadora. Él compró las entradas y se dirigieron hacia el interior. Era temprano y podían platicar por un rato. La película programada era “Las Huellas del Tiempo”. A partir de aquel momento se selló el pacto de amor con los correspondientes murmullos, y luego vino todo lo demás. Lo previsible y lo imprevisible. Ahora venían caminando juntos hacia el ya inexistente Cine Fausto. Se detuvieron enfrente. Las huellas del tiempo se hallaban ahora en ellos y en sus entornos.

1674. POSESIÓN ENTRAÑABLE

Dicen que las palabras se las lleva el viento, y él, que desde niño tuvo la espontánea curiosidad de encontrarle algún sentido a todo lo que estaba a su alrededor, puso aquella afirmación a prueba en todas las ocasiones posibles. Eso hizo que se volviera consciente al máximo de la suerte de las palabras, y más cuando las ráfagas se hacían presentes por efecto del clima. Se asomaba al aire y lanzaba alguna frase, que desde luego desaparecía de inmediato. Pero pronto advirtió que la frase esfumada permanecía intacta en su conciencia; y eso le hizo poner en cuestión el vínculo entre las palabras y el viento. ¿Qué era en verdad lo que se llevaba el viento? El sonido de las palabras, pero no las palabras como tales. Entonces penetró instintivamente en su propia interioridad y ahí encontró el baúl de las palabras. Un baúl transparente siempre sin llave. Qué fecunda sorpresa.

1675. EL QUE TENGA OÍDOS…

Las condiciones de la realidad nacional son deplorables y deprimentes, y eso se expresa y se repite a diario por todas las vías que están a disposición. El hecho de hacerlo así constituye una rutina que cada vez impresiona menos. Por eso, los imaginativos impacientes están buscando vías alternas para dar a conocer sus denuncias sobre tal situación. Alirio es un muchacho que no se conforma con lo usual, y que antes de tomar la ruta del escape hacia el Norte, que además ya se muestra como una opción surrealista en el peor sentido del término, quiere enviar su propio mensaje de frustración liberadora. Se cuelga del quinto piso de un multifamiliar, con un cartel desplegado: SOY OTRA VÍCTIMA DEL MIEDO. Lo rescatan los bomberos, creyendo que está ahorcado. Pero todo ha sido un truco. Ya abajo y libre se explica: “Vayan a rescatar a las verdaderas víctimas”.

1676. LA MEJOR ENSEÑANZA

Era domingo y tenía todas sus horas libres, al menos de responsabilidades de trabajo. Como era temprano por la mañana y la estación lluviosa repartía raciones de frescura por doquier, sintió, como tantas otras veces, que el jardín lo estaba invitando a compartir unos momentos de convivencia. Llevó su silla plegable bajo las ramas del pomelo, junto al granado y al heliotropo, y ahí se instaló. No tenía ganas de pensar y mucho menos de articular en palabras lo pensado, y por eso al sentarse distendió piernas y brazos y cerró los ojos, como si estuviera en una playa solitaria. De pronto sintió un ruido sobre su cabeza. Entreabrió los ojos y miró hacia arriba. Era una ardilla que se desplazaba magistralmente por las delgadas ramas del granado. Volvió a cerrar los ojos, inspirado. Y en unos instantes aquella ardilla mágica le iba haciendo vibrar los estambres del pensamiento.

1677. ENIGMA NATURAL

Inmediatamente después del sismo devastador, los equipos de rescate se desplazaron por todas las zonas afectadas en busca de sobrevivientes soterrados. Luego de varias horas de trabajo, el saldo alentador era que no había ninguna víctima atrapada entre los escombros. Era como un milagro sin precedentes. Entonces empezó a soplar una ventisca que levantó nubes de polvo, y de inmediato quedaron a la vista los cuerpos de las víctimas, que el viento fuerte levantó como si fueran hojas secas. ¿Qué significaba todo aquello? Sólo el aire lo entiende.

CIUDADANÍA FANTASMAL (17)

CEMENTERIO FUGAZ

Aquella aldea de retirados había ido creciendo en forma acelerada en los tiempos más recientes, de seguro por efecto de la búsqueda de rincones naturales idóneos para una experiencia crepuscular que compensara de las turbulencias crecientes de la vida de trabajo. Y en el lugar había, desde luego, distintas opciones de ubicación.
Cuando aquel gerente de toda la vida estaba llegando al fin de su trayectoria profesional, se propuso buscar un acomodo que propiciara las realizaciones más personales. Su esposa había hecho siempre lo que él disponía, y esta vez no tenía por qué ser la excepción. El escogió un bungaló que estaba en el nivel superior, y no era de los más costosos.
Se trasladaron de inmediato, sin mucho equipaje, porque la idea era emprender una vida lo más sencilla posible. Y lo primero fue, luego de la fácil instalación, mordisquear un par de sándwiches que llevaban preparados, y luego irse a reposar en la habitación que sería dormitorio, con esa gran ventana abierta hacia el entorno vegetal.
Se durmieron de inmediato, como dos peregrinos fatigados. Y cuando despertaron ya toda la luz del día se hallaba ahí, haciéndoles guardia.
—¿Dónde estamos?– se preguntaron al unísono.
Y en ese preciso instante empezó a sonar una marcha fúnebre que se fue convirtiendo en alborada emocionante.
Ellos se abrazaron, como si quisieran aferrarse juntos a la sensación que los envolvía. Y de nuevo dijeron al unísono:
—¡Feliz resurrección!

DE ORDEN SUPERIOR

Eran una familia común y corriente, en el más espontáneo sentido de la expresión. Gente tranquila y respetuosa, que convivía en su ambiente de lo que antes se llamaba clase media baja, sin problemas con nadie. Pero cuando nació la segunda hija, después de un varón y una hembra, algo parpadeó en el ambiente hogareño. El padre, que era un tímido empleado municipal, tomó una decisión insospechada: le puso de nombre a su hija Luz Astral.
Los familiares y los vecinos se sorprendieron, pero nadie dijo nada. Parecía un capricho inocente. La niña, sin embargo, en cuanto abrió los ojos pareció ponerle atención a todo lo que la rodeaba. Y así siguió con el paso del tiempo. En el ambiente la consideraban un ser muy especial, y eso era corroborado a cada paso por su forma de ser y de comportarse.
Como parecía tener una inteligencia fuera de lo común, los padres le buscaron un colegio de alto rango. Logró una beca y pudo ingresar. Su despliegue académico fue sorprendente, y muy pronto estaba graduada. Entonces vino la decisión sobre sus estudios superiores. “Quiero ser astróloga futurista”, anunció sin alternativas.
—Para eso, hija, tendrás que estudiar fuera.
—Claro, tú me señalaste el camino, papá.
—¿Yo? Pero si nunca habíamos hablado de esto.
—¿Ah no? ¿Y entonces qué significa mi nombre?
El padre se quedó pensativo. No tenía qué responder. Ella, sonriente, le dijo como una advertencia:
—Y si quieres traicionar tu propio designio, las fuerzas astrales te van a poner en orden.

PIEDRAS DESCALZAS

Cuando la familia entró en crisis financiera con indicios de fenómeno terminal, la decisión de los mayores tuvo que ser inapelable: “Nos vamos de aquí sin ninguna opción de retorno”.
Cuando todos los preparativos para la partida hacia cualquier rumbo de afuera estaban completos, ella, la quinceañera hija menor se perdió de vista. La sorpresa le dio pie a la ansiedad.
—¿Dónde está Pedrina?… ¿Dónde está Pedrina?… ¿Dónde está Pedrina?…
Por ninguna parte. Ni siquiera las autoridades pudieron rastrearla; y en estos tiempos en que hay tanta violencia circulante, eso abría perspectivas angustiosas. Ya tenían listo el proyecto de emigración, y solo se podía retrasar por muy poco tiempo. Así fue como al fin se fueron sin Pedrina, entre dudas y quebrantos.
El tiempo pasaba, y la sombra de Pedrina se hacía cada vez menos visible. Hasta que llegó un tuit sin previo aviso: “Hola, aquí estoy”. Y el hermano mayor respondió de inmediato: “¿Sos Pedrina?” “Pues sí”. ¿Y dónde estás?” “Aquí nomás, junto al arroyo”. “¿Cuál arroyo?” “El que estás viendo ahorita”…
Corrió él hacia el arroyo. Había muchas piedras junto a la corriente. Él se detuvo. Y entonces oyó una voz: “Soy yo, la piedra que está a tu lado”. El se inclinó hasta tocar la piedra. “¡Pedrina, nos encontramos, gracias por aparecer! ¿No sufres de frío por estar aquí todo el tiempo?…” “No, porque eso es parte de mi naturaleza, aquí y en todas partes… Todas las piedras vivimos descalzas”.

EN EL OTRO RINCÓN

El aire entró por la ventana entreabierta y fue a recorrer todos los espacios interiores, hasta que se detuvo en el rincón donde estaban los archivos. En aquel momento no había nadie en el lugar, y por eso el aire quedaba libre para hacer lo suyo. Sin que hubiera mano visible, una de las gavetas del archivo mayor se fue abriendo casi de manera sigilosa.
En ese instante, el aire hizo un evidente gesto de retirada, como si se estuviera exponiendo a un peligro real. Por la gaveta abierta emergió entonces un soplo que no solo tenía calor sino también color, aunque ninguno de los dos se mantenía firme más allá de unos cuantos segundos.
El soplo fue tomando entonces forma de página en vuelo, que iba de un lado a otro quizás en busca de una superficie donde posarse. Por fin lo hizo sobre aquello que parecía un pupitre de los clásicos. Cuando la página estuvo quieta en su lugar, el soplo dejó de sentirse. Se había despedido con un suspiro.
Así quedaron las cosas. Si alguien se hubiera acercado a echarle una mirada a aquella página habría descubierto unas cuantas líneas escritas. Sí, era un poema, mi primer poema.
“Aire, déjame estar contigo cada día,
aunque no me recuerdes.
Soy tu más fiel discípulo”.

EN “EL BUEN GUSTO”

Era la cafetería, sorbetería, vinatería, refresquería de sus espumosos favoritos. Cuando le preguntaban: “¿Dónde querés ir hoy?”, siempre contestaba “¡Al Buen Gusto!”, así entre admiraciones entusiastas. Y su abuela materna, que era disciplinaria y condescendiente al mismo tiempo, casi siempre que iban al centro de la ciudad, le cumplía el deseo. Esquina opuesta se hallaba el Teatro Nacional, que entonces funcionaba como cine, y él, cinéfilo de vocación tempranísima, iba solo a ver películas desde la más remota infancia, pero no se atrevía a entrar solo en “El Buen Gusto”…
Aquel domingo, sin embargo, cuando venía saliendo de la función matutina en la que acababan de pasar una película del Lejano Oeste, alguien le hizo un gesto de invitación desde una de las mesas del interior. Él se detuvo, porque el gesto exudaba confianza. Y luego acudió al llamado.
—¿No me reconoces?– le preguntó, levantándose de su asiento, el señor de apariencia extranjera que estaba ahí acomodado.
Él hizo un gesto de negación sin decir palabra.
—Soy tu tío Richard, y acabo de llegar del Norte.
¿El Norte? ¿Qué significaba el Norte?
—Nuestro lugar de origen. También el tuyo. Soy hermano menor de tu abuela Lilliam. ¿Nunca te ha hablado de mí?
Él volvió a hacer un gesto de negación.
—Siéntate y pide lo que quieras. No tenemos prisa. Yo estoy hospedado ahí a un paso, en el hotel Nuevo mundo. Míralo. Se ve desde aquí.
Él aceptó la invitación.
—Y si quieres algo, pídelo.
—Un espumoso.
Se acercaba en ese instante el mesero y tomó la orden.
Fueron pasando los minutos. Y de pronto llegó el momento de despedirse. Richard lo miró a los ojos, con intensidad familiar. Se fue cada quien por su lado. Él no comentó el encuentro. A su abuela Lilliam solo le preguntó, como quien no quiere la cosa: “Abuelita, ¿y los fantasmas existen?”

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (203)

1661. PASIÓN DOMINICAL

Tenía la obsesión de vivir sus domingos como un aventurero de los suburbios. Y aunque esa era una tendencia anímica que le había brotado desde la más lejana infancia, fue en la adolescencia avanzada cuando se le instaló en la mente como un chip irresistible. Aquel domingo tuvo, como primera novedad consciente, el impulso de ir a la iglesia vecina, a la que no acudía desde la infancia. Se desarrollaba la misa y el sacerdote hablaba desde el púlpito. Él se mantuvo de pie, y las palabras empezaron a colársele sin que las percibiera como tales. Luego siguió la misa, y al final salió con todos los asistentes. Empezó a caminar por los entornos, y en la medida que lo hacía, las palabras del sermón iban convirtiéndosele por dentro en una especie de borbollón. Se detuvo. ¿Estaba delirando? Ahora se sentía como un predicador en cierne. Alzó los brazos. Y empezó su misión.

1662. ¡MY GOD!

Empezaba a caer la noche y en los alrededores se encendían algunos rótulos y ya los focos del alumbrado público estaban prendidos. Aquel pequeño grupo de muchachas evidentemente colegialas iba avanzando entre empujones y risas. Así llegaron hasta el condominio donde todas residían. “¿Y ahora qué hacemos?”, preguntó la que evidentemente llevaba la batuta. “¡Vámonos al sótano!”, exclamó otra de las presentes, que tenía planta de exótica en formación. Todas aplaudieron, y se encaminaron de prisa hacia una entrada disimulada a flor de suelo que estaba muy cerca. Bajaron por la escalera y llegaron al hueco de la perfecta diversión: un conjunto de jazz antiguo, unos bailarines envueltos en túnicas, un aire cargado de perfumes sagrados… Las recibieron con reverencias. Ellas eran las auroras de la Nueva Era.

1663. BLUE GINGER

Desde la entrada al restorán abierto, que tenía alrededor un estanque con algunos nenúfares y un par de fogones entusiastas sostenidos en pilastras metálicas, era perceptible la naturaleza inspiradora del lugar, como si además del menú estrictamente culinario, marcado por el sello vietnamita, todo lo que ahí se pudiera compartir fuera nutritivo para la mente. Aquel mediodía, casi no había nadie en las mesas del servicio. Ellos dos, los comensales de siempre, llegaron con su puntualidad habitual. Se les acercó un mesero que no conocían, y les extendió un menú también desconocido. Ellos se miraron a los ojos, y él preguntó: “¿No está Sangheeta?” El mesero pareció no entender. Él, aunque parecía innecesario, hizo una pregunta más directa: “¿No es este el Blue Ginger?” El mesero tampoco pareció entender. Y entonces todo se aclaró: Begaluru es un salón de espejos.

1664. MOMENTO SUPREMO

El vehículo repartidor se detuvo frente al portón abierto, y el conductor se dirigió hacia el interior del complejo habitacional. Llegó a la puerta del edificio más distante y ahí dejó el paquete correspondiente. En ese preciso instante se abrió una ventana y asomó un rostro de mujer. “¿Estás seguro de traer lo mío?”. El aludido hizo un gesto de afirmación, inclinó luego la cabeza y dio la vuelta. Luego de sólo unos segundos la mujer asomada llegó a recoger la encomienda. Tomó su paquete, que era una pequeña caja envuelta en papel de china, y subió a su apartamento. Estaba sola y podía cumplir el rito sin reservas. Abrió la caja, y sacó lo que había adentro, que era un anillo de oro. Fue hacia el rincón donde estaba el pequeño altar con múltiples presencias. Se arrodilló: “Gracias, poderes superiores por la confianza en aceptarme. ¿Alguno de ustedes quiere colocármelo”…

1665. EL MISTERIO VIRAL

Era, como todos sus contemporáneos conocidos, un fervoroso adicto a las fantasías digitales. ¿Tuitero o feisbuquero? De todo un poco, según las expectativas del momento, que variaban al ritmo de las circunstancias cotidianas. Aquel enlace permanente se le había ido volviendo adicción, como si una droga superior se le colara a diario por las venas de la conciencia. Así las cosas, en un día de lluvia pareció despertársele un ansia desconocida: escapar de las redes por alguna rendija sutil. Descubrió la rendija, y lo que atisbó al otro lado fue un rostro de mujer. Extendió las manos para distender la rendija y pasar a través de ella. Lo hizo, y en ese mismo segundo se halló en una sala de cine de las de antes. El rostro que acababa de ver era el de ella: Judy Garland. El Mago de Oz. La prehistoria de las redes sociales. Feliz cruce de símbolos.

1666. A LA SOMBRA DEL GULMOHAR

Se sentaron sobre la hierba y comenzaron a platicar en voz baja, como si quisieran que nadie fuera a enterarse de lo que se decían. Y es que estaban planeando una escapada de adolescentes atrevidos que tenía que ser sorpresiva para toda la gente de sus respectivos entornos. Cuando alguien pasaba más cerca bajaban las voces hasta ser murmullos casi inaudibles. El gran árbol cundido de flores rojas bajo el que estaban era el único testigo del momento. De repente dejaron de hablar y una de las ramas inmediatas pareció acercárseles desde arriba. Sintieron la cercanía y la interpretaron como un gesto de amor. Se levantaron mientras todas las tentaciones de huida se les desvanecían por dentro. A lo lejos, un flautista les deba la bienvenida. Bienvenida al misterioso mundo real. Tomados de las manos, corrieron como niños por el mejor prado del mundo.

1667. EN EL TEMPLO ÍNTIMO

Vivió siempre asediado en lo profundo por el ansia de ser peregrino en senderos de polvo y a la plena intemperie. Era algo que mantenía en estricta privacidad, porque no quería exponerse a las sonrisas burlescas ni a las miradas oblicuas. Era un joven de familia acomodada, y por consiguiente residía en una zona exclusiva y se estaba formando en una universidad de alto rango. Pero aquella secreta aspiración lejos de difuminársele a medida que maduraba, se le iba volviendo cada vez más imperiosa. Hasta que no aguantó más. Se fue de la casa, dejando una nota tranquilizadora. Y cuando estuvo al aire libre, ya como pasajero aceptante de su propia realidad, sintió que se hallaba en su refugio perfecto. Se fue a ubicar para mientras en un predio baldío, como un indigente más. Lloró de gozo. Alrededor los ecos inmemoriales le daban la bienvenida.

1668. EL HORIZONTE MÁS PEQUEÑO

Estaba solo en la capilla, que era el único lugar donde no se sentía solo en el mundo. Cerró los ojos para que aquella sensación no fuera a abandonarlo nunca. Entonces todas las luces se le encendieron por dentro, y el infinito llegó a sentarse a su lado.

1669. LO DIJO EL ALBA

Era un lunes, y la luz amaneciente bostezó junto a la ventana. Era la señal. Esa semana que estaba llegando traía una agenda de nuevos comienzos.

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE ROMANCE

Los días iban pasando como siempre: algunos con la aceleración incontenible de los tiempos actuales, otros con la adormecida lentitud de los tiempos pasados. Y él, que practicaba sin proponérselo un balance anímico entre la distracción y la obsesión, ya tenía aquel ir y venir de sensaciones como algo perfectamente natural. Pasó a vivir de modo independiente con lo que le dejó su abuela paterna, de quien era el favorito por razones de temperamento afín, y eso le proveyó una libertad que él usaba para no sentirse atado a nada. Así concluyó sus estudios como diseñador gráfico y pasó a ejercer su carrera de la manera más espontánea posible: como “freelancer” dispuesto a todas las ofertas.

Algo había en su estilo comunicativo, sobre todo por las vías virtuales, para que nunca le faltara trabajo. Los propósitos de los clientes eran muy diversos, y así fue cómo le llegó aquel encargo de redefinición en el terreno de un jardín estrictamente privado. No había más datos en la propuesta, y él aceptó por primera vez con una condición: que se le permitiera conocer el lugar en concreto antes de dar su respuesta. Así se le señalaron día y hora. Un sábado a las 5 de la tarde.

Arribó al sitio indicado y su primera sorpresa fue que se trataba de un edificio de los de última moda, aunque la ubicación no fuera de las más publicitadas del momento. Llegó a la puerta y tocó el timbre. La hoja empezó a girar. Y al ver hacia adentro, la segunda sorpresa: el sitio parecía una exposición de antigüedades. Y ahí frente a él, una mujer joven con toda la apariencia de las actrices hollywoodenses de los años cincuenta. Lo invitó a pasar, y fueron a ubicarse en la pequeña terraza que daba al vacío.

—Hablemos del jardín– dijo él luego de unas cuantas palabras.

Ella lo miró a los ojos, y él sintió una especie de escalofrío reconfortante, que era lo que menos se hubiera imaginado. Desde ese momento, la atmósfera que se creó entre ambos tuvo las características de un predio poblado de hojas vivas y de flores vivientes. Y entonces ella se explicó de la mejor manera que pudo:

—Tú como yo somos las encarnaciones de algún jardín emocional. Es tiempo de que lo vivamos en común…

El diseñador de jardines sonreía como si estuviera pulsando por primera vez su propia ilusión, descubierta de pronto.

—¿Y cómo lo descubriste?

—Es un misterio, como todo lo esencial en la vida. Yo sólo sé que tu jardín y el mío van a ser uno solo. Y como tú eres experto en diseñar jardines, aquí tienes la oportunidad de oro para realizarte a plenitud. ¿De acuerdo?

—De acuerdo– dijo él, extendiéndole la mano cerrada que se fue abriendo en el trayecto tal si fuera una corola mágica.

MISTERIOS DE RETORNO

Estar tras las rejas por tanto tiempo es siempre, según se dice, una experiencia de deslave interior. Bueno, casi siempre, porque en el caso de Wilmer lo que había ocurrido durante aquellos años en los que estuvo encerrado en una celda pestilente y sombría con muchos compañeros desconocidos fue una especie de reconstrucción interior dolorosa e indolora a la vez.

“¿Cómo así?”, se preguntó a sí mismo mientras tenía entre las manos aquel papel oficial en el que se le comunicaba su libertad bajo régimen de confianza, ya que se había hecho acreedor a tal oportunidad por su comportamiento impecable. Ese “¿Cómo así?” se le convirtió primero en sonrisa y luego en bostezo. Aquella reacción dual no era nada extraño para él, aunque sí parecía poco compatible con la libertad que estaba recuperando, al menos en la capacidad de desplazamiento.

Fue de inmediato a refugiarse en la casa suburbana de un pariente que le había ofrecido albergue mientras él buscaba un lugar para su estancia propia. Ahí se encerró, como si no quisiera exponerse a los riesgos del aire libre.

—¿Qué te pasa, Wilmer? ¿Tenés algún problema?

—No sé. Me siento raro.

—Bueno, vas a tener que acostumbrarte a no vivir enrejado. ¿Será que te gustó el encierro?

Él hizo un gesto indefinido, más para su propio consumo que para dar respuesta a lo que se le preguntaba. Y aquella noche le costó dormirse, como si la mente quisiera decirle algo y no se atreviera.

Ya de madrugada y sin pegar los ojos le vino una visión inesperada. Estaba en una llanura que de pronto iba tomando la forma de un calabozo, y entonces tenía enfrente la imagen de su celda real que era un espacio abierto para todas las excursiones imaginables…

¿Qué significaba todo aquello? Como estaba oscuro, lo entendió sin ninguna traba mental: la cárcel fue su liberación; la libertad era su cautiverio. Tenía, pues, que volver a vivir entre rejas materiales para recuperar sus espacios interiores.

Y lograrlo sería fácil con cualquier delito como llave maestra.

MISTERIOS DE REENCUENTRO

Su momento de relax cotidiano, por las tardes, al regresar de las apremiante labores en la empresa de envíos hacia el exterior, era ir a sentarse en su banca favorita en el pequeño parque de la colonia, a leer lo que ya conocía de memoria: los poemas de los clásicos españoles de distintas épocas. Eso sólo podía hacerlo ahí, porque en la casita que habitaba con su familia los niños correteaban constantemente y su esposa tenía siempre puesta la televisión en altavoz, con las telenovelas en serie.

Aquella tarde amenazaba lluvia, pero aún no caía ninguna gota. Era común que la atmósfera se pusiera así: nublada sin consecuencias, aunque de pronto, y sin decir agua va, las ráfagas se hicieran presentes como en manifestación agitada. Él tenía el libro abierto entre las manos y las palabras se iban incorporando sutilmente como si acabaran de despertar de una larga siesta.

Así fueron pasando los minutos, y de pronto, sin que él advirtiera de dónde había surgido aquella presencia, estaba frente a él una figura inmóvil, que lo observaba como si estuviera tratando de identificar a alguien conocido:

—¿No es usted Gabriel Lucero?

Él lo miró a los ojos, sorprendido por la pregunta:

—Sí, yo soy. ¿Nos conocemos?

El desconocido pareció encenderse en una instantánea fogata interior:

—¡Gabriel, soy Toño Pinto!

—¿Toño Pinto? ¿Mi compañero en el colegio? Pero usted no se parece…

—¿A aquel cipote que vivía en el barrio de Candelaria? Es que me pasaron cosas. Lo perdí todo… Chiveando y chupando… ¿Y vos?

—Yo soy un aburrido normal. La única distracción que valoro es leer versos viejos, que parecen soplos mezclados con gotas…

Y al decirlo, las ráfagas escondidas recibieron la señal de partida. Gabriel empezó a leer las estrofas de San Juan de la Cruz y Toño agitó los brazos dándoles la bienvenida a las palabras húmedas.

Ambos se rieron, como niños traviesos, recordando cada quién sus experiencias de aquellos entonces.

—¡Qué frescas están las palabras!

—¡Qué agradecidas están las gotas!