ÁLBUM DE LIBÉLULAS (191)

1563. DESDE EL PISO 11

Abrió la cortina ya cuando la mañana estaba ahí. Afuera, los altos edificios recientes alternaban con las pequeñas construcciones antiguas. Para él, contemplar ese espectáculo vertical había sido siempre, desde que llegó desde las planicies del Oeste, una especie de aventura imaginativa, que se renovaba cada noche en el convivio de las ventanas iluminadas. Ahora estaba, sin embargo, invadido por la nostalgia coruscante, y tal sentimiento repentino de seguro tenía que ver con la primera nevada del invierno, que llegaba esta vez con una suavidad envolvente, como una invitación a salir al cielo abierto. Y ahí, tras la ventana, aparecía de pronto la cabalgadura ideal: un corcel de alas extendidas, que lo invitaba a escapar con ilusión infantil.

1564. MÚSICA SACRA

El verano del trópico le entrega al aire todos los días una flor diferente. Aquel día, cuando él abrió la ventana para recibir los efluvios de la estación recién iniciada, un ansia de recogimiento le hizo temer que algo pudiera estar pasando en su organismo o en su mente. Para tratar de definir si algo de real había en aquella sensación, salió al entorno donde todo fulguraba. Era domingo y las calles estaban casi desiertas sobre todo en aquella hora tempranera. De pronto se encontró frente a un jardín que no recordaba haber visto antes, y tuvo el impulso repentino de entrar por la verjita entreabierta. Ya adentro, el jardín pareció envolverlo en un abrazo fraterno. El aire parecía un coro de murmullos sagrados. Se arrodilló, y al hacerlo una corola viva le cayó en la coronilla. El verano y el aire estaban a su lado.

1565. QUE HABLE EL VIENTO

Salió a caminar por las calles recién anochecidas en busca de la música que necesitaba para dejarle su mensaje a la muchacha recién descubierta. Él acababa de instalarse en el lugar, y lo hizo porque solo ahí encontró una habitación costeable; ella era originaria del barrio, del que nunca había salido. Se cruzaron, se vieron, y él quedó prendado en el instante. Entonces se dio cuenta de que no tenía ninguna idea de la ubicación de ella, y de que ni siquiera sabía su nombre. Pasaron los días, y no volvió a verla por ninguna parte. Aquel anochecer salió con un presentimiento, que tampoco tenía forma. Iba por ahí cuando creyó escuchar un silbido no identificable. Lo siguió, y muy pronto la distinguió a ella, sonriéndole desde una banca del parquecito vecino. Se acercó, y en ese segundo la ráfaga los envolvió, ilusionada.

1566. LA PIEZA DEL FONDO

Era un albergue para personas sin arraigo y en él había ido a vivir cuando sus parientes se dispersaron por distintos motivos y razones. Le dieron a escoger la habitación que le resultara más conveniente, y él escogió la que estaba al final de la casa, limítrofe con el predio baldío que daba a la quebrada. Los encargados se la asignaron de inmediato, porque era el espacio menos apreciado. Desde su primera noche en el lugar se sintió como si estuviera en la mejor estancia imaginable, y apenas salía de ella. Cuando le llevaban los alimentos, los recibía, y de inmediato volvía a cerrar la puerta. Uno de los encargados del albergue le preguntó un día, a través de la rejita disponible, si se sentía bien. Él respondió en un murmullo: “En la mejor compañía: la maleza viva y el agua que corre. Ojalá que así sea la eternidad”.

1567. REENCUENTRO HÚMEDO

Todo empezó a pedir de boca, y por eso los besos edulcorados eran el sabor de cada día. Y lo que se auguraba era que la convivencia recién iniciada se mantendría en ese tono y seguiría así en el tiempo por venir. Pero la sal de la convivencia empezó a hacer lo suyo, aunque ninguno de los dos lo manifestara en forma identificable. Los amigos pensaban que se había extinguido la pasión, y que debajo de ella no había quedado nada. Hasta que un día nublado, de lluvia constante, ellos dos solos en la casa se miraron desde sus respectivas poltronas, con el televisor enfrente. “No me gusta esa película”. “A mí tampoco”. “¿Y entonces?” “Apaguémosla y salgamos a caminar”. “Pero si está lloviendo…” “¿Y eso qué tiene? La humedad es más dulce que la sequedad”. Se rieron como no lo habían hecho al unísono desde hacía largo tiempo. Era la mejor invitación al beso.

1568. AMOR A PRIMERA SED

Se conocieron en un parque ya casi abandonado porque el vecindario había venido a menos y los moradores solo tenían tiempo para el trabajo y para el reposo. “¿Hace poco que estás viviendo aquí?”, le preguntó él a ella. Y ella le respondió: “Aquí he vivido toda mi vida”. Él manifestó sorpresa sonriente: “¿Y eso? ¿Cómo es que nunca nos habíamos visto antes?” “Quizás porque usted es ermitaño y yo casi nunca salgo a la calle…” “Ah, entonces tenemos una afinidad muy grande. Yo trabajo como investigador virtual, y solo salgo cuando tengo que comprar alimentos y bebidas”. “Yo soy costurera de oficio y paso en mi máquina. Solo salgo a lo mismo: por agua o por comida”. Ambos se rieron, mirándose intensamente a los ojos. “Ah, pues ahorita tenés sed”. “Y vos también”.

1569. CRUCE DE ANHELOS

La familia entera estaba entre los cientos de presentes que esperaban familiares que venían en los vuelos procedentes del Norte. Cuando se anunció el arribo de la nave, las emociones se pusieron de manifiesto. Fueron saliendo los viajeros, y las escenas sentimentales se repetían. De pronto, dejaron de salir. Los que lo aguardaban a él se miraron entre sí, con la ansiedad a flor de piel. ¿Dónde estaba el que de seguro llegaría aquella noche? ¿Y qué hacer para averiguarlo? Fueron a preguntar a las oficinas de la línea aérea. Ahí les dijeron que había viajado, que había recogido su equipaje y que había salido. Entonces, al regresar a la salida, lo vieron ahí, impávido, como si los años no hubieran pasado desde que se fue. Se les acercó: “Por fin los encuentro. ¿Dónde estuvieron todo este tiempo? Vine mil veces a esperarlos…”

1570. PASIÓN DE SABIO

Cuando concluyó sus estudios, las credenciales académicas obtenidas le proveyeron muchas posibilidades de empleo inmediato. Presentó múltiples solicitudes, pero ninguna prosperaba. Al principio creyó que era lo natural en estos tiempos, pero después le fue entrando la ansiedad de saber qué pasaba. Tomó unas vacacioncitas apaciguadoras. Se fue a un refugio en la montaña, y ahí se sintió liberado. Ahora lo sabía: su verdadera profesión era el silencio. Una profesión sin límites que solo necesitaba unos bocados al día. La clave estaba en sobrevivir en libertad.

Instantáneas del verbo apasionado (8)

FICCIÓN ASTRAL

Se volvieron astronautas porque ya no podían cumplir su ilusión de ser argonautas.

PRUEBA DE AMOR

Cuando nos vemos a los ojos en un rincón toda la claridad del infinito nos envuelve.

ENTRE RASCACIELOS

Las ventanas iluminadas andan en busca de compañía.

EFECTO INVERNADERO

Las nubes tienen la clave, pero no se avendrán nunca a compartirla con los humanos.

SABOR DE TERNURA

Lo siento sangre adentro al percibir tu cercanía a flor de luz.

EL BUEN VECINO

Ese bolero que escucho sin saber de dónde viene me recuerda que el corazón también canta.

DESDE LAS TERRAZAS

Se valoran mejor los pequeños jardines.

RITO CON MORALEJA

Lo practican a diario las gaviotas que celebran vivir entre el agua y la tierra.

MANHATTAN AMANECE

Y todas sus luces que sobreviven a la noche saludan desde los más altos balcones.

LOS OTROS DUENDES

Se hicieron presentes para enseñarnos a lidiar con los duendes irreales.

DESTINO ANUNCIADO

Después de aquella experiencia, Adán se dedicó a la horticultura orgánica.

¿HAY FINALES FELICES?

Y si no los hubiera, ¿qué importa? Lo que nunca hay que perder son los felices inicios.

SOY JARDINERO

Y cuando lo hago saber, todas las flores de los entornos me saludan en familia.

BARRIO SAN MIGUELITO

Lo sigo recorriendo a pie, como en los años heroicos.

LA PRIMAVERA EXISTE

Y si no, que lo diga la ventana ilusionada que me lo recuerda cada día.

EL BOSQUE MÁGICO

Tiene infinidad de nombres, desde Campo de Marte hasta Central Park.

TARDE EN EL MET

Las figuras de los cuadros se convierten de pronto en visitantes otoñales.

UN RÍO SUBTERRÁNEO

Recorre en el anonimato las distintas comarcas de la conciencia.

VITRAL PERFECTO

Nos aguarda en la capilla donde hicimos nuestra primera ofrenda imaginaria.

CIUDAD DE ENTONCES

Se nos hace presente cada día aunque casi nunca nos demos cuenta.

RITO PARA INICIADOS

El que cumplimos a diario con el simple hecho de respirar sin miedo.

EL SENA SIGUE AHÍ

Con la confianza inmemorial que despiertan los fieles conocidos.

LA SIMPLE VERDAD

Todos los universos posibles caben en el parpadeo de una estrella.

EFECTO EN CASCADA

Si los sueños hablan, la realidad se esconde.

EL ESPEJO ATÁVICO

Me miro en tus ojos sin otra intención que descubrir de nuevo lo que tengo sabido desde pasadas vidas.

EN EL CAMPO DE MARTE

Los árboles de bálsamo siguen hablando con la luz desde la eternidad de lo invisible.

EN RUTA

Nunca perdamos la esperanza de que un velero nos aguarda en el muelle más íntimo.

RELOJ INTEMPORAL

Cada una de nuestras horas tiene albergada en su interior una semilla de eternidad.

DESPERTAR NEOYORQUINO

La ciudad se incorpora de sus pequeños jardines privados como una deidad anhelante de recorrer de nuevo las calles más antiguas.

LECCIÓN FLORAL

Las rosas olvidadas nunca se olvidan de nosotros.

HELLO, DOLLY

Barbra Streisand y Bette Midler se encuentran en una esquina de Broadway
y se sonríen en silencio.

BAÚLES EN EL ÁTICO

Y en cada uno de ellos, escondida una lámpara que sigue siendo fiel a su destino.

TODO ES VÍSPERAS

Salgamos a pasear por los entornos a ver si descubrimos alguno de los soplos del siguiente día.

Álbum de libélulas (190)

1555. BUSCANDO NORTE

El profesor de geografía no era especialmente elocuente a la hora de describir las diversas zonas del mapamundi, y por eso aquel día cuando comenzó la clase los estudiantes se sorprendieron por el entusiasmo que mostraba. Comenzó haciendo algo parecido a una confesión: “Lo que prefiero son los espacios abiertos al aire y a la luz, y por eso me siento tan cómodo en el trópico; pero en los últimos días me ha estado naciendo la tentación de ir por aquí…” Y señalaba con los dedos un área en el norte de Canadá, al borde del Atlántico. El más avispado de los alumnos alzó la voz: “Teacher, usted quiere irse para Halifax, ¿verdad?”
—“¿Halifax? ¿Por qué se te ocurre Halifax?”
—“Porque su dedo índice apuntó hacia ahí”.
Todos se rieron, salvo el profesor, que interpretó aquello como una inocente señal del destino.

1556. FIGURAS AFINES

Alguien le preguntó una vez en algún encuentro de ocasión: “Usted no parece natural de este lugar. ¿Dónde vivió antes?”
Y él no vaciló en dar su respuesta: “En el más tranquilo de los mundos: en un cuadro clásico”. Parecía una respuesta en broma, y el que había preguntado la tomó como tal: “Entonces, viene de un museo. Será un museo famoso, me imagino”.
El aludido esbozó una amplia sonrisa que se convirtió de inmediato en mueca inocente: “Claro, es un famoso museo y está aquí a la vuelta de la esquina…”
El otro se quedó en vilo: “¿Un museo? ¿A la vuelta de la esquina? Cómo va a ser, hombre, si estamos en una suburbio donde solo hay casitas apiñadas…!”
La reacción fue casi graciosa: “Ah, entonces usted no se ha dado cuenta de que lo clásico puede estar en cualquier parte… Mírese a usted mismo: una figura surrealista que anda en busca de albergue…”

1557. MENSAJE DE ACOGIDA

Cuando estuvo en París por primera vez, uno de sus destinos favoritos era la Librería Española, ubicada entonces en el 72 de la Rue de Seine. Llegaba por las tardes, antes de acudir a los cursos de la Alianza Francesa, y ahí hacía su excursión cotidiana por las más diversas comarcas imaginadas. Era otoño penumbroso y las reminiscencias de las tierras perpetuamente radiantes se hacían más vivas. Por eso aquella tarde se detuvo en un tomo que contenía novelas escogidas de Rómulo Gallegos. Era el contraste perfecto: las brumas friolentas y los llanos despejados. Tenía en sus manos el pequeño tomo empastado en cuero de la Colección Joya de la Editorial española Aguilar, y al sentir aquel contacto se le activó en la conciencia un chip desconocido: de entre las páginas surgió un soplo de aire que le decía: “Búscame, estoy en la calle, París nos ama…”

1558. EXPLICACIÓN CONVINCENTE

Aquel jovencito acababa de ser expulsado del colegio donde estudiaba porque le habían encontrado drogas químicas en su mochila. El director lo encaró con el estilo directo que le caracterizaba: “Estás en graves aprietos, Edwin; y vas a tener que decir toda la verdad para poder evitar consecuencias mayores”. El muchacho se quedó impávido y su respuesta parecía un juego de imágenes: “Alguien que no conozco me puso eso ahí. Creo que fue en un sueño”. “¡Come on, Edwin, no estamos para bromas absurdas! Lo que te espera es la expulsión inmediata…!” Así fue. Pero el padre del adolescente, que era un señor de mucha influencia, activó gestiones para que regresara. Lo primero que hizo el retornado fue ir a ver al director: “Don Tony, aunque usted no me crea, todo pasó en un sueño. El dealer tenía alas, y por eso no me dio desconfianza…”

1559. PARÁBOLA DEL INGENIO

“Te dije que me gusta soñar, pero me lo tomaste tan a la ligera que preferí ya no hacer ninguna referencia al asunto, que para mí es cuestión de gracia o de desgracia…” Estaba diciéndoselo a la mujer de sus sueños, y por eso para él aquella declaración tenía trasfondo doloroso. Ella lo miró como si se tratara de un desconocido. “¿Soñar? A mí también me gusta, pero la vida es otra cosa”. Él no pudo evitar preguntarle: “¿Qué querés decir cuando decís que la vida es otra cosa?” “Pues eso: que para vivir hay que estar bien despierto y con los pies sobre la tierra”. Él no hizo más comentarios, porque empezaba a entender lo que necesitaba hacer. Días después, cuando volvió por la tarde a la casa llevaba un sobre en la mano. “No te ofrezco los pies sobre la tierra pero sí los pies sobre el agua… Aquí están los pasajes del crucero que haremos dentro de un par de meses…”

1560. PARÁBOLA DEL ASCENSO

Hacía largo tiempo que iba a confesarse con el padre Esteban, en la iglesita del barrio, y ya por costumbre sus confesiones parecían relatos de aventuras sin relación de pecados. El padre Esteban, comunicativo por naturaleza, le dijo un día, luego de la confesión previsible: “Estoy gratamente sorprendido de que no seas pecador, y por eso lo único que tengo que hacer es bendecir tu conducta tan pura…” Él no hizo ningún comentario, pero se quedó con el dardo clavado. En la ocasión siguiente, solo unos días después, la camándula de pecados se hizo presente. El padre Esteban volvió a comentar, luego de las absoluciones previsibles: “¡Caramba, hoy eres un pecador disciplinado, aunque todos tus pecados son veniales…: lo que estás ganando es tiempo en el Purgatorio…” Y él pensó para sus adentros: “Lo que necesito es un pecado mortal que me libere”.

1561. DESTINATARIO FINAL

Todo estaba escrito en aquellas pocas hojas manuscritas que se guardaban en la gaveta que siempre se mantuvo bajo llave. Y cuando el autor de las anotaciones se escapó por la puerta falsa, la llave quedó en la cerradura de la gaveta, como invitando a abrirla. Ninguno de los otros habitantes del lugar se dio cuenta del detalle. Así pasó el tiempo, hasta que la habitación fue rentada a un estudiante que venía del interior del país. Él estudiaba hasta muy tarde, y aquella noche, en medio del silencio, escuchó algo fragoso en el rincón al que no le había prestado atención. Fue a ver. En el interior de la bodeguita se hallaba la gaveta. De inmediato activó la lleve y sacó las hojas que estaban adentro. Era un diario íntimo. Y cuando empezó a leerlo se identificó a plenitud con lo escrito. Era su propio diario íntimo de otra vida, que estaba esperándolo…

1562. MISTERIO EDUCATIVO

Logró una beca de estudios superiores en una universidad de Nueva York, y partió hacia allí lo más pronto que pudo, con toda la ilusión de formarse al máximo posible. Y al llegar, lo primero que hizo fue ubicarse en un apartamento ínfimo en Queens, con un parque en el entorno. Empezó a estudiar, pero su lugar de destino fue aquel espacio con árboles y ardillas. Hizo todo lo posible para salir adelante en el plano académico, aunque todo fue para que su otra escuela, la del bosque, le hablara con voces cada vez más imperativas…

Ciudadanía Fantasmal (14)

EL BUEN SAMARITANO

Después de un peregrinaje en el que casi siempre tuvo que pernoctar a la intemperie, hubiera lluvia, viento o frío, aquel forastero llegó un buen día al lugar con toda la facha de ser turista peregrinante. Aunque se trataba de un hombre a todas luces en la primera madurez, por algún motivo no evidente despertaba la sensación de ser un recién llegado al plano de la aventura. Se hospedó en una sencillísima posada donde todo era casi simbólico, desde la comida hasta el mobiliario, pasando por los utensilios de alcoba, y concluyendo en el costo diario de la habitación. Pero en esta había algo que mostraba de inmediato una condición protectora inesperada: el mosquitero que pendía del techo sobre la tijera de lona.
Y cuando el forastero percibió aquel detalle, todas sus energías interiores se activaron de inmediato. Unió las palmas de las manos en un gesto de gratitud y el susurro fue como el leve canto ceremonial de un pájaro sagrado:
—¡Gracias, gracias, gracias…, tú eres para mí un benefactor providencial, que viene a recordarme que la bondad espontánea todavía existe sobre la tierra!

ETERNO RETORNO

Eran gemelos idénticos, y la identidad era tal que casi siempre los confundían, y eso les pasaba aun a sus padres. A la hora de bautizarlos, los nombres surgieron como si estuvieran esperando turno: Pedro y Pablo. Y es que, además, habían nacido el 29 de junio, Día de San Pedro y San Pablo. Fueron al mismo colegio, y por supuesto se graduaron en la misma fecha. Sus temperamentos eran muy semejantes. Tenían las mismas aficiones y les gustaban los mismos juegos. Aquello parecía un designio superior, y eso se puso de manifiesto cuando les comunicaron a sus padres lo que habían decidido como función de vida:
—Quiero ser monje y me voy a ir a un seminario.
—Yo también quiero ser monje, y voy a ingresar en el seminario.
—¿El mismo para los dos? –preguntó el padre, seguro de la respuesta.
Pero entonces llegó lo inesperado:
—No, vamos a lugares diferentes: Pablo va a un seminario en la ciudad y yo voy a un seminario en la montaña.
—¿Qué les pasa? –indagó el padre, sin poder contenerse, inquieto y sobrecogido por aquel primer desencuentro.
Ambos sonrieron, sin dar explicaciones, y así se mantuvieron hasta el día de la partida, cuando Pedro se fue durante la mañana y Pablo salió por la tarde.
Y desde aquel momento no volvieron a saber de ellos. Indagaron en los respectivos seminarios, y las respuestas fueron iguales, con las mismas palabras: “Él salió de aquí hace mucho tiempo, y no tenemos ninguna noticia”.
Entonces los padres se tranquilizaron de inmediato: era una prueba viva de que Pedro y Pablo habían vuelto a su armonía perfecta.

EL AMOR MUEVE MONTAÑAS

—¿Me amas, Aurora?
—Sí, te amo, Crepúsculo.
—¿Y entonces por qué nunca podemos coincidir en ningún lugar, al menos a los ojos de todos?
—¿Y quiénes son todos?
—Nuestros vecinos de siempre. No me vas a decir que no los conoces…
—Sí, claro, los conozco, pero no me importan.
—¿Y entonces por qué luces tan radiante cuando apareces entre ellos?
—Ah, porque ellos siempre guardan alguna imagen tuya en sus pupilas…
—¿Y quién de ellos es tu vecino favorito?
—Ya lo sabes, porque lo respiras igual que yo.
—¿El aire?
—Y también esa figura que descansa todo el tiempo en el confín.
—Ah, el horizonte montañoso.
—Sí, ese que nos espera todos los días hasta que nos encuentra.
—Es que dicen que el amor mueve montañas. Agradezcámoselo a la vida.
—Gracias, Crepúsculo.
—Gracias, Aurora.

MISIÓN INAGOTABLE

Todos los tripulantes ingresaban en la nave bastante antes de zarpar, cuando aún las luces del amanecer eran insinuaciones remotas. Esa había sido la costumbre inveterada, desde que aquel vehículo flotante recibió un nombre a la vez provocativo y prometedor: Arca de Noé.
Esta vez, la travesía estaba dispuesta para ser casi clandestina. Los tripulantes, impávidos, aguardaban al haz de la rampa de acceso el arribo de los nuevos pasajeros, que eran solo tres; y los tres tenían expresiones a la vez resignadas y anhelantes.
Llegó la hora de la partida. La luz solar estaba acercándose a su plenitud, y la nave atracada daba la impresión de estar a punto de soltar amarras. Uno a uno, aquellos a los que les tocaba embarcar en ese punto fueron haciéndose presentes desde distintos rumbos. Entonces comenzaron las tareas del despegue.
—¡Listos! –ordenó una voz de origen invisible.
Y al instante la nave tomó impulso, pero no sobre las aguas sino hacia el aire. Unos segundos después, el Arca de Noé, adaptada a los tiempos, emprendía su enésimo peregrinaje salvador de los elegidos.

EN EL JARDÍN DE AL LADO

Cuando adquirieron aquella vivienda en uno de los suburbios más progresistas de la ciudad, lo hicieron, quizás sin proponérselo conscientemente, para adquirir vivencias hogareñas contrastantes con lo que habían experimentado desde niños.
Eran gente de campo, por tradición y por arraigo; pero ahora, como efecto principal de la formación profesional y de la transformación tecnológica, buscaban un nuevo horizonte de experiencias. Él trabajaba en una empresa de exportación de manufacturas y ella en un salón de belleza de última generación. Su sueño era emigrar con futuro asegurado. Se lo confesaron mutuamente y empezaron a hacer los preparativos.
Pero en cuanto tal decisión se hizo presente, comenzaron a producirse vibraciones desconocidas alrededor. Ellos tomaron aquello como reflejo natural de la ansiedad del cambio, aunque lo raro era que la ansiedad no se les volvía consciente. Hasta que aquel domingo, día de reposo hogareño, se asomaron al reducido y bien cuidado jardín que estaba en la parte trasera de la casa, limítrofe con unos terrenos incultos.
El jardín, que cuidaban con tanto esmero, ya no era el mismo. Como en un inexplicable ejercicio de retorno, las plantas delicadas iban cediéndoles espacios a las malezas invasoras. Ellos se quedaron absortos, como a la expectativa de alguna revelación que les aclarara el presunto enigma. De un árbol frondoso en los terrenos aledaños llegó entonces el ave voladora, que fue a posarse alternativamente sobre el hombro de él y sobre el hombro de ella.
Sin hacer ningún esfuerzo entendieron el mensaje: aquel jardín era su mundo original, que estaba pidiéndoles posada en su conciencia.
Se arrodillaron como si estuvieran de pronto en la remota capilla del cantón; y con las manos unidas y los ojos húmedos prometieron al unísono y en silencio que jamás le permitirían al olvido tomar posesión de sus vidas.

Álbum de Libélulas (189)

1547. VIVO EN HALIFAX

El agua mansa del mar inmediato invita a que el otoño la acaricie. Sentado en una banca del malecón me pregunto si tal sensación es real o imaginaria. Muy cerca, un grupo escultórico en bronce dedicado al rol de los inmigrantes en un país hospitalario como Canadá pone la nota humanística que es siempre de buen augurio. Ahí, a unos cuantos pasos, está la cafetería donde venden esos espumosos que traen de inmediato a la memoria los de “El Buen Gusto” y los de “La Corona”, allá en las remotidades del pasado, cada día más frescas. Qué serenidad evocativa de celajes la que aquí se respira, y nadie diría que el recuerdo gráfico de la catástrofe del Titanic sigue tan vivo. La reflexión vespertina no se hace esperar: “El paso de una nube puede cambiar al mundo, sin importar la latitud o la estación”.

1548. VIVO EN SANTA ELENA, ANTIGUO CUSCATLÁN

Conocí la zona cuando toda ella era una finca en los alrededores de la capital. Pero de pronto la urbanización empezó a tomar inusitado impulso, y lo curioso es que eso se iba activando en la medida que la situación nacional se hacía cada vez más compleja y peligrosa. Cuando la embajada de Estados Unidos se trasladó al lugar, la señal funcionó como un imán; y cuando LA PRENSA GRÁFICA se instaló enfrente, ya no hubo duda de que el ambiente era propicio. Por mucho tiempo me alejé de esas parcelas, pero siempre hay retorno, y entonces ciertos paisajes extienden sus brazos. Soy un diplomático retirado, y ahora tengo que aceptar que mi mundo es un reducido jardín en la terraza de un apartamento encumbrado. Y la conclusión me llega sin tardanza: Qué suerte la del viajero que descubre el poder de sus raíces…

1549. VIVO EN MANHATTAN

¿Se han puesto a pensar lo que significa vivir en una isla que no tiene ninguna de las características de las islas tradicionales? Una isla pequeña donde la vida se concentra al máximo, como si todos los espejismos de la contemporaneidad hubieran llegado a instalarse en los rascacielos del vecindario. Uno aquí tiende a asumir el anonimato como una condición espontánea de vida, un anonimato que puede tener muchas identidades. Por ejemplo, la identidad de un salón de espejos. Todas las imágenes están juntas, pero ninguna de ellas tiene idea de la que está a su lado. Ni siquiera los vecinos tienen nombre, salvo en situaciones verdaderamente excepcionales. ¿Y eso qué es: libertad o soledad? Una mezcla especiosa de ambas, como en un plato de chef visionario.

1550. VIVO EN PARÍS

En un cartel ubicado en una esquina inmediata al edificio de apartamentos se anuncia una película que será estrenada muy pronto: “Les salauds vont en enfer”. “Los cabrones van al infierno”. Marina Vlady y Henry Vidal son los protagonistas. Paso frente a ese cartel cada mañana y cada tarde. Por las mañanas al ir a hacer algunas compras de supervivencia y por las tardes al ir a caminar por el Bois de Boulogne. Es otoño avanzado y el clima se va volviendo cada vez más invitador al refugio hogareño. En estos días la imagen que me acompaña mentalmente es la de Marina Vlady, en su radiante y misteriosa adolescencia. Y entonces me pregunto: ¿Quién soy yo y en qué mundo me muevo? Las posibles respuestas se me aglomeran entre las sienes, mientras veo pasar a los transeúntes anónimos desde mi balcón sobre la Rue du Château.

1551. VIVO EN APOPA

Pero no en el pueblo, sino en el vecino cantón San Nicolás, hacia el norte, rumbo a Chalate, donde las montañas tienen alma y siempre parecen estar a punto de alzar vuelo. En otra época, hace ya muchos años, estaba ahí nomás, al bajar por la calle de polvo, la línea férrea por donde fluía el tren mañana y tarde. Pero un día de tantos el tren se escapó como un animal asustado, y esa ausencia ha hecho que todo el paisaje se haya venido internando en una especie de inhóspita orfandad. Ahora, además, no se puede deambular libremente, porque los malvados andan sueltos como si aquí fuera Guanajuato, donde, según la canción, “la vida no vale nada”. El único que se mantiene impávido es el aire. Y con que él siga así es suficiente para sentirse en entrañable y rumorosa compañía.

1552. VIVO EN MADRID

El viejo Madrid, desde luego. Un día pensé: ¿Cómo será vivir en la vecindad de Lope de Vega y de don Miguel de Cervantes? Y por internet encontré un pequeño piso en las inmediaciones de la Plaza de Santa Ana. Por las tardes hago visitas a la Librería del Prado y voy a tomar vino verdejo a la Vinoteca, frente a una de las esquinas de la Plaza. En la pequeña laptop van quedando guardadas todas las emociones del momento, como en el diario íntimo de un vagabundo de los de antes. Y es que para eso estoy aquí: para vagabundear por los callejones del ensueño, donde todos los encuentros son posibles. Anoche, para el caso, mientras lloviznaba, vi cruzar a mi lado, por la acera, una figura conocida. ¡Claro, esta es la Calle Flor Baja, y en el 7 vive Amparo Rivelles: es ella! Dicen que ha muerto, pero eso es tan inverosímil como esta llovizna en el día más claro del verano…

1553. VIVO EN SORRENTO

Y lo que tengo enfrente es el Mediterráneo con su colonia flotante de milagros históricos. Al llegar al muelle hay que mirar hacia arriba, porque las áreas construidas están en lo alto. Los escalones de piedra llevan hasta ahí. 106 escalones exactamente. Uno tras otro, esos escalones son un recordatorio de que la vida es una ascensión en cadena con el correspondiente descenso hilvanado. De cada quien depende que la aventura de los escalones sea un ejercicio inspirador o una experiencia traumatizante. En el manejo de los movimientos está la clave. Entretanto, este ambiente de vibraciones gratificantes es el mejor escenario de la luz tanto externa como interna. El nuevo habitante recorre las calles sin descanso, como si se tratara de una pequeña ciudad infinita.

1554. VIVO EN UN ÁTICO

Ahora voy a entrar en el área de las confidencias esotéricas, y no por afán exhibicionista sino porque la conciencia también necesita ventilaciones periódicas. Cualquiera que me conozca me preguntaría al instante: “¿Y para qué necesitás ventilarte por dentro si ese es el trabajo que hacen los pensamientos, como venís diciéndolo desde siempre?” Y yo respondería: “Sí, pero los pensamientos también necesitan apoyo, porque además viven en un sótano, y yo vivo ahora en un ático…”

Historias sin Cuento

DESTINO EN TRES PALABRAS

Tenía la vida a su disposición, al menos en cuanto a seguridad de ingresos y a la tranquilidad de ánimo. Desde la primera infancia tuvo un plan de progreso personal, y lo fue siguiendo paso a paso, sin hablar de eso con nadie, ni siquiera con sus padres, que siempre fueron responsables de su progenie, al estilo de los viejos tiempos; es decir, imponiendo su voluntad, sin violencia pero a la vez sin comunicación esclarecedora. Él en aquel ambiente era, pues, un conocido perfectamente desconocido.

Contra todo pronóstico, tal condición le fue abriendo internamente ventanas de libertad. A través de esos cristales observaba el entorno y se iba haciendo sensible a su capacidad de eso que comúnmente se conoce como “ser alguien en la vida”. Sus compañeros de juventud, en el mundo escolar y fuera de él, lo visualizaban como un exitoso constructor de sueños.

Pero a medida que pasaba el tiempo, y aunque sus perspectivas parecieran mantenerse intactas, la sensación interior era cada vez más alejada de lo previsible. Y todo comenzaba con aquella imagen difusa que iba avanzando por alguno de los caminos de la conciencia remembrante.

En esas estaba cuando, en un encuentro formativo de emprendedores que organizaba la empresa en la que tenía posición gerencial, conoció a Francine, que se movía graciosamente por los espacios de la primera juventud. Su padre era un francés tropicalizado y ella era una salvadoreña euro anhelante. Él la observó mientras el consultor exponía las líneas básicas del emprendimiento, y al estar haciéndolo con muy poco disimulo fueron apareciendo otras imágenes en la pantalla rotativa de su conciencia.

—¿Me permites sentarme a tu lado después de la pausa?

Ella lo miró como si lo conociera desde hacía largo tiempo.

—Lo que me extrañaba es que no me lo hubieras pedido… ¿Te acordás de mí, verdá?

Él dudó.

—Eres ella.

—¡Claro, soy ella! La emprendedora perfecta. ¿Querés pasar a mi servicio?

Aquella proposición, que en cualquier otra circunstancia le habría parecido grotesca, hoy se le hacía saboreable.

—Pues claro que sí. Dime cuándo comenzamos nuestra alianza.

—Ahorita mismo, al salir de aquí –respondió ella, con risa de triunfadora.

CAMIÓN CON MERCANCÍA

Era repartidor de productos vegetales orgánicos, y para eso usaba un pequeño camión que era herencia de familia. Su padre lo había ocupado para llevar variadas cosas de venta a los cantones aledaños a su vivienda de entonces, y a él le servía para hacer el reparto por las colonias de clase media de la ciudad donde ahora residía.

Con frecuencia, los agentes policiales lo detenían para preguntarle lo que llevaba, y él ya estaba acostumbrado a tales indagaciones en estos tiempos en que la droga se camufla en todas las formas imaginables.

Aquel era un día con amenazas de lluvia inminente, y él salió un poco más tarde que de costumbre a hacer su recorrido habitual. Sin pensarlo de antemano se fue por una callecita lateral, en la que había muchas viviendas marginales. Iba pasando frente a un bloque de ellas cuando el vehículo se detuvo de súbito, como si el motor hubiera sufrido colapso mecánico.

Logró apenas orillarse a una acera deteriorada y de inmediato fue a revisar qué pasaba dentro del motor. Nada perceptible. ¿Y entonces? Algunos transeúntes se iban acercando.

—Se te murió de viejo el cacharro –le dijo un joven con pinta de colegial.

—Si querés te ayudamos a sacar los bultos –se ofreció un hombre con apariencia de obrero.

—¡Apártense, que aquí venimos nosotros!

Eran cuatro muchachos con tatuajes, que sin decir más se dedicaron a bajar todo lo que llevaba el vehículo. Cuando lo tuvieron en el suelo abrieron de prisa las bolsas y las cajas. Sorpresa para todos: no había nada adentro.

Se le fueron a golpes al motorista, pero este se escabulló como si fuera un gimnasta intrépido. Todo quedó regado ahí, salvo la mercancía inexistente, que iba a recoger cuando se dieron los sucesos. “Soy suertudo” iba pensando mientras caminaba a grandes zancadas hacia la agencia donde estaba esperándolo su nuevo pichirilo.

NOSTALGIA DEL OLEAJE

Nació en un poblado de la costa sobrepoblada de arboledas, creció junto a la playa de entusiasta oleajes, y ya de joven se dedicó a hacer excursiones turísticas en aquel barquito que era propiedad de un amigo de infancia. El mar era, pues, su vínculo espontáneo con la naturaleza, la interior y la que le rodeaba, y ya ni siquiera tenía que pensar en ello para vivenciarlo en el plano de lo entrañable.

Todo se mantuvo así hasta que un día de verano radiante llegó al lugar aquel grupo de excursionistas extranjeros que andaban recorriendo la zona en busca de sensaciones acordes con el paisaje que ellos se habían imaginado y que hoy tenían a la mano. Entre ellos venía aquella muchacha que era el ejemplo típico de los que hoy se conocen como turistas de mochila.

El clic emocional fue inmediato, como si una ola desconocida los envolviera de repente. El primer beso con sabor a sal atávica fue el vínculo ferviente. Y antes de que el grupo partiera había que tomar la decisión: quedarse juntos o irse juntos. La mirada de ella abrió la ruta del horizonte. Él preparó su equipaje, que era mínimo y a la vez infinito, porque en aquella pequeña caja de madera iba encerrado un copo de espuma, que era el símbolo sagrado de su nostalgia.

MILAGRO EN LA JOYERÍA

Lo vio al paso en la vitrina, y esperó que ambos salieran de la tienda de pashminas para mostrárselo a ella. Adentro Ahmed, su antiguo conocido del lugar, ya había descubierto que ellos estaban ahí y les hacía ostentosas señales de bienvenida. Pasaron al interior de la tienda de joyas, y los saludos fueron calurosos como siempre. Ahmed era un vendedor nato, y su simpatía estaba a flor de piel.

—¡Bienvenidos, amigos! Aquí tengo lo que ustedes buscan, como siempre.

Y de inmediato abrió la vitrina donde se hallaban las piedras ordenadas en depósitos transparentes. Él, como siempre, centró su atención en los topacios. Y ahí estaba uno que parecía aguardarles. “¡Este!”, dijo él de inmediato y ella sonrió. Ahmed hizo una reverencia complacida.

—Antes de envolverlo, véanlo de nuevo…

Él lo tomó en la palma de su mano derecha, y se quedó contemplándolo sin decir palabra. La escena se volvió volátil. El topacio lo miraba como si fuera el ojo benévolo del amor feliz.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (188)

1539. PREMIO A LA CONFIANZA

La nieve había vuelto a aparecer, como un hada desorientada, por las calles y avenidas de Nueva York. Los pronósticos meteorológicos indicaban hora de llegada y de partida del arrebato blanco, ¿pero en estos días quién puede confiar en semejantes afirmaciones, cuando el clima se ha convertido en el más perfecto profesor de extravagancia? Así las cosas, el pasajero desde el trópico resplandeciente tenía vuelo para aquella tarde, con la nevada anunciada en su apogeo. ¿Qué hacer? ¿Cambiar su vuelo vespertino por el vuelo nocturno, cuando ya según los datos climáticos la nieve hubiera tomado otro rumbo? Se quedó pensando. Y, como no era aventurero, prefirió mantenerse en lo definido de antemano. Tomó, pues, el vuelo de la tarde. Y ya en plan de aterrizaje, se asomó a la ventanilla. ¿Qué era aquello? La Luna sonriente, que le hacía un guiño de complicidad.

1540. PROYECCIÓN EXISTENCIAL

Al adquirir su motocicleta usada se sintió como un potentado al que se le cumplían los sueños. Había sido su ilusión más recurrente desde que era niño y unas tías que contaban con algunos recursos más que sus padres –un albañil y una echadora de tortillas– lo llevaban al circo y él se extasiaba con las acrobacias, sobre todo las del motociclista en el interior de la esfera metálica. Trabajaba en un “call center” de barrio, y ya andaba pensando en emigrar cuando se animara a la aventura. Entre tanto estaban ahí las calles de pavimento cariado y los caminos de piedra y polvo. Aquel día, un microbús iba tratando de ganarle la carrera al que corría adelantito, y en una maniobra falsa le dio al motociclista. Era él. Inservibles quedaron ambos, moto y conductor. Quizás tuvo un último pensamiento: “Ahora voy a necesitar una con alas”.

1541. LLAMADA VIVA

Todos los paisajes son espíritu. Y esta imagen, que venía siéndole cada vez más común en sus divagaciones de sedentario y de trotamundos –que ambas cosas era, como casi todos los mortales con imaginación alcanzativa–, se le aparecía hoy bajo la apariencia de una tienda de joyas en Nathan Road, Kowloon, una de las dos mitades de Hong Kong. Los jades expuestos en la vitrina parecían de pronto una colección de lunas cambiantes, que algo le estaban diciendo a aquel contemplativo callejeante, que más que un trotamundos era un trotasueños. Y lo que le decían estaba íntimamente relacionado con las ondas más profundas del ser. El jade verde palpitaba aleteante, llamándolo. Tomó entonces su celular y le habló a ella, que estaba al otro lado del océano: “Amor, te estoy oyendo respirar. Te habla mi corazón de jade verde… ¿Me escuchas?”

1542. PISTA DEL  DESTINO

El incendio arrasó el monte circundante, pero dejó intacta la casita de madera que ahora estaba deshabitada pero que por tanto tiempo había sido refugio de desconocidos transeúntes. Según se decía en el vecindario, el sitio lo abandonaron sus habitantes originales cuando llegó una plaga de murciélagos y ellos se sintieron amenazados sin remedio. Se fueron, y nunca volvió a saberse de ellos. La casita empezó a ser ocupada por gente de paso, pero estos también comenzaron a escasear hasta ya no haber ninguno. Un día de tantos se desató el incendio. Devastación total, con una salvedad: la casita de madera. Alguien de los entornos, que era adicto a descifrar misterios, se animó a ir a revisar el interior. No había nada, salvo una cajita metálica con una nota adentro: “Nadie está a salvo mientras no desaparece”. Y en ese instante las maderas empezaron a crujir y se desplomaron de súbito.

1543. AYÚDENME A SOÑAR

Era el último monje del monasterio zen. ¿Qué pasaría después de que un día de tantos tuviera que partir, como un viajero ilusionado por su propia suerte ambulatoria? Podría haber un eclipse o una fiesta solar, según fuera el ánimo de los dioses al llegar ese instante. En el salón principal, al que tenía acceso el público visitante luego de subir un triple graderío de más de cien escalones, el gran Buda soñoliento presidía como si lo hiciera en un bosque nebuloso. La colina estaba en los alrededores de Ha Long, Viet Nam, y desde ella podía contemplarse el cielo abierto. El monje salió a la intemperie, y lo envolvió la bruma. Él, en verdad, no era el último monje del monasterio, pero sí era el último monje que contemplaría el cielo aquella tarde. ¡Liberación feliz! Anduvo vagando por los alrededores, dejando que su pensamiento se familiarizara con la bruma. ¿Para qué regresar?

1544. ALMAS EN VELA

La ciudad se estaba quedando sola, y eso que era noctámbula por tradición atávica. Los últimos parroquianos del bar más emblemático del centro histórico brindaban aún entre risotadas y aplausos gratuitos. Hasta que alguno de ellos miró su reloj de puño y lanzó el mensaje definidor: “Si solo nosotros estamos aquí, tomemos posesión de nuestro mundo propio”. Pagaron la cuenta y salieron a la calle. En esta, las irradiaciones lunares parecían estar sufriendo un sigiloso ataque de pánico. Ellos no se inmutaron. La soledad total les confirmaba la confianza en su propia iluminación. Se fueron caminando sin rumbo fijo, porque toda la ciudad estaba a su disposición. Así anduvieron hasta que las primeras luces del alba se hicieron sentir. La ciudad iba recuperando sus presencias normales. Ellos, espíritus de la noche, tenían que irse a descansar en algún ático inaccesible.

1545. 1812

Ahí, enfrente, el batallón parecía perpetuamente dispuesto a entrar en acción si las circunstancias así lo requerían. El capitán a cargo, erguido en su puesto hacia la derecha del punto de visión, mostraba el austero atuendo de los jefes que no necesitan mostrar signos externos de autoridad. Al fondo, las colinas inmediatas servían de resguardo de retaguardia. Nadie se movía. Era la disciplina perfecta. Y el silencio también resultaba ejemplar. Por el canal de agua marina que pasaba en medio de las dos porciones de tierra escrupulosamente urbanizada iba cruzando en aquel instante un pequeño barco de los de antes, con velas fulgurantes y maderas heroicas. El batallón de rascacielos pareció emocionarse. Al menos eso fue lo que percibió el viajero contemplativo que desde el ventanal de su habitación número 1,812 en el Hotel The Peninsula, de Kowloon, Hong Kong.

1546. SÍNDROME DEL SOL FELIZ

Como pareja, nunca lo fueron en verdad. El tiempo, con sus artes mañosas, les había ido haciendo sentir que aquello era su suerte natural, y por eso había que aceptarla sin respingos. No tuvieron hijos, aunque se lo propusieron con auxilio de la ciencia; pero esto, curiosamente, en vez de distanciarlos más estableció una especie de puente colgante entre dos ocultas orillas de las almas respectivas. Un puente que solo se abría cuando el sol fulguraba a plenitud. Y entonces bandadas de niños iban de una orilla a la otra. Ellos, sonrientes, se sentían en familia plena.

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE CAPILLA

Acababa de sonar la campana que parecía un vivero de ecos y los habitantes de los alrededores se fueron dirigiendo hacia aquella pequeña edificación antigua en la que a diario se celebraba el rito. Como la población había venido creciendo, el espacio era cada vez menos capaz de recibirlos a todos, y por eso el oficiante se colocaba en el atrio con la gente enfrente.
Cuando todos estaban ahí, en silencio impecable, apareció por la puertecita de acceso el monje encargado de la ceremonia. Iba, como siempre, totalmente envuelto en un manto aleteante que lo cubría por completo. Se detuvo en su sitio y alzó las manos, en señal de saludo. Los presentes se arrodillaron al instante, solo por unos segundos, y luego todos se incorporaron como si aquel gesto les hubiera inyectado una energía súbita.
El oficiante inició su oración, que no tenía las características usuales de tal:
“Compañeros de estadía y de viaje, estamos aquí de nuevo con la ilusión vivificante de que el día que acaba de iniciar sea lo que sabemos que es: un nuevo regalo de los dioses. Anoche todos nos dormimos con la fatiga natural después de una jornada de labores diversas; y hoy hemos despertado dispuestos a continuar con las mismas tareas pero de seguro con una leve diferencia: el horizonte está un poco más cerca que ayer, lo cual debería hacernos sentir que los dioses se acercan a nosotros aunque no nos sea posible medir humanamente las distancias. Si el Sol está aquí es porque los dioses nos avisan una vez más que hay un horario disponible, y el hecho de que lo haya es una invitación a ir reconociendo los minutos como piezas del rompecabezas zodiacal que es cada uno de nosotros…”
Tomó un respiro, tal si estuviera conectándose con alguna otra fuente de energía, y luego siguió, con entonación más anhelante:
“Cada uno de nosotros es un universo encarnado, que nunca ha perdido la noción profunda y expansiva de sí mismo. Y el heraldo de ese universo personalizado es el Sol que nos acompaña cada día, como representante directo de los dioses. Tenemos, pues, que seguir el ejemplo del Sol, no como discípulos sumisos, sino como destinatarios entusiastas. Pongámonos en actitud de revelación consciente, que es el mejor homenaje que podemos rendirles a los dioses inspiradores…”
En aquel preciso segundo volvió a sonar la campana, y la construcción a cuya vera se hallaban pareció expandirse como si fuera un torso conmocionado por un suspiro trascendental, que se hubiera instalado ahí para cumplir su misión.
El oficiante extendió los brazos. Todos los presentes hicieron lo mismo, con sincronía perfecta.
—¡El Sol nos llama, para llevarnos a saludar a los dioses!
Al instante, los brazos extendidos se fueron transformando en alas, y de inmediato la bandada completa se alzó en el aire.
Más allá de los entornos, algunos pobladores observaban esa nube de alas que se dirigían hacia el horizonte donde el Sol había aparecido no hacía mucho, y el comentario más común era:
—Los mismos pájaros a la misma hora… Como si fuera una excursión planificada.

MISTERIOS DE SOFÁ

El matrimonio había sido una constante anulación de momentos, unos pocos felices, algunos apacibles y muchos irrelevantes. Y de pronto se hizo presente el vacío sin alternativa del que había que escapar para sobrevivir. El divorcio resultó así el único pasadizo disponible hacia afuera.
Inmediatamente antes de que la ruptura tomara cuerpo en el ámbito legal, los cónyuges se reunieron en la salita de estar de la casa, porque ya no querían hacerlo en el dormitorio, que era hoy un espacio donde lo único permitido era el silencio.
El mobiliario estaba constituido por un sofá adosado a la pared lateral y dos sillas con aire de poltronas. Aquel juego de sala había sido regalo de los abuelos de ambos, que se concertaron para escogerlo en común.
—Para que descansen juntos, muchachos, después de la jornada… –fue la consigna a cuatro voces.
Pero en esta oportunidad la atmósfera era muy distinta. Cada uno se sentó en una poltrona. El sofá vacío parecía observarlos.
—¿Qué nos pasó?
—Nada, y eso es lo peor que puede pasar, sobre todo en pareja.
Se miraron a los ojos, por primera vez en mucho tiempo. Y de pronto les pareció al unísono que las respectivas respiraciones se les enlazaban en un solo suspiro que olía a nuevos desvelos. Fue una sensación dulcemente invitadora, que nunca habían experimentado.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? –le preguntó él, acercándosele.
—Esas cosas no se piensan –respondió ella, con su expresión más dulce.
Unos segundos después habían convertido el mullido sofá en su segundo lecho, que en realidad se disponía a ser el primero. Si hubieran podido tener la imagen de lo que el sofá sentía en aquel instante, de seguro la sonrisa compartida habría sido la más inspiradora sábana…
Santo remedio.

MISTERIOS DE BALCÓN

Vivían ahora en un edificio antiguo, ubicado frente a la Basílica de Jesús de Medinaceli, a las puertas del viejo Madrid. Cuando él se retiró de sus actividades empresariales en ultramar estuvo listo para replantearse opciones de vida, y como su mujer era española por línea familiar, no fue difícil tomar la decisión: se trasladarían al sitio madrileño que les fuera más propicio. Tampoco fue difícil la decisión: cerca de la Plaza de Neptuno, del Museo del Prado y de la Basílica. Afortunadamente hallaron un piso disponible.
Se instalaron durante lo que antes se llamaba Semana de Lázaro, que era la inmediatamente anterior a la Semana de Dolores, antesala de la Semana Santa. Como era abril, la primavera estaba ahí, con la energía propia de los ambientes en los que se mezclan fervorosamente la memoria y la ilusión. El espacio disponible era reducido, en comparación con los que ellos estaban acostumbrados a habitar, pero en cuanto tomaron posesión del mismo sintieron que el balcón principal era un imán irresistible.
La vida fue transcurriendo con normalidad. Una noche cenaban en La Ancha, en la calle trasera del Congreso de los Diputados, también muy cerca de Medinaceli, cuando uno de los vecinos de mesa, desconocido para ellos, les saludó con espontánea confianza:
—Recuerden que mañana tienen que estar atentos a su balcón…
Agradecieron con un gesto, sin captar el sentido de la frase. Entonces recordaron que el siguiente día iba a ser Viernes Santo, y por consiguiente no tenían plan de salir a ninguna parte. Era su primera Semana Santa en Madrid, y ellos no estaban entre los fervorosos tradicionales.
Aquella noche se fueron a vagar por los alrededores de la Plaza Mayor, y en una pequeña taberna entraron a tomar un bajativo, Orujo de hierbas, por ejemplo. En esas estaban cuando desde la barra inmediata alguien les dijo:
—Por favor no lo olviden: mañana, balcón…
Volvieron a agradecer con una sonrisa, y ella le dijo a él:
—Ya van dos, y dicen que la tercera es la vencida.
Caminaban de regreso por la calle silenciosa, y de pronto, desde una callejuela que hacía cruce con la que ellos llevaban surgió aquella pareja de ancianos que se movían como adolescentes. Cuando se encontraron, el señor les habló:
—Hasta luego. Nos vemos mañana. Nosotros en la calle y vosotros en el balcón.
Ellos se fueron a dormir con una inquietud que no tenía nada de ansiedad. Y durmieron con imágenes compartidas, en el centro de las cuales estaba aquel rostro que los contemplaba alternativamente, como queriendo hacerles una invitación muy particular.
A la mañana siguiente lo primero que hicieron fue pasar a la Basílica, en la que no habían entrado ni una sola vez. Ahí supieron que en aquella atardecida saldría la Procesión de Jesús Nazareno de Medinaceli, del sitio en la calle que estaba justamente debajo de su balcón. Empezaban a hallarles sentido a las tres voces que les habían salido al paso.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (187)

1531. DESPUÉS DEL CONCIERTO

Como hombre emprendedor y decidido que era, todo lo que pasaba a su alrededor le hacía sentirse partícipe del anhelo de no pasar inadvertido. Andaba, pues, en busca de alguna ocupación que le permitiera estar presente en cualquier parte y a cualquier hora haciéndose visible. Y lo que se le vino de pronto a la mente fue el ansia de la música. Se conectó con algunos amigos de adolescencia, que siempre anduvieron en la misma onda, y formaron una pequeña banda de rock. Empezaron en el pueblo, saltaron a la ciudad y luego traspasaron las fronteras. Nada podía detenerlos. Y cuando llegaron al Carnegie Hall se rompió de pronto la burbuja. Después del concierto, que fue una lluvia de vítores, la noche se cerró a su alrededor. A la mañana siguiente, todos despertaron en el perfecto anonimato. Y él solo atinó a decir: “Gracias por el ensueño”.

1532. PARÁBOLA DE LA DISTANCIA

Abrió aquella gaveta del ropero de la que solo él tenía llave, y sacó el álbum de fotografías. Fue directamente a esa imagen gráfica que era la única que realmente le importaba: la de Mylene, sonriente en su cojín junto a la ventana que daba al río. Aunque la imagen estaba ya palidecida por obra del tiempo, se trataba de la figura de una adolescente ansiosa de vivir. Tomó la fotografía entre sus dos manos y se quedó contemplándola mientras el tiempo iba pasando sus páginas hacia atrás, hasta llegar a las orillas del Sena, aquel diciembre remoto en que Mylene se le apareció en su balcón, mientras él, otro adolescente, desde la calle la atisbaba por primera vez. ¿Y cómo llegó a sus manos aquella remota fotografía? Vino volando por el aire invernal hasta sus manos… En su parte posterior la fotografía tenía un mensaje: “Soy Mylene, tu alma gemela”.

1533. EN LA CAPILLA MÁS PRÓXIMA

Como siempre, el padre iba a tomar la palabra antes que nadie, pero esta vez se produjo un hecho insólito: el más pequeño de los hijos, que ni siquiera había alcanzado el primer decenio de vida, se le adelantó como si quisiera abrir brecha. Todos lo observaron a la expectativa, porque aquel era un niño caracterizado por la silenciosa timidez. Sus palabras fueron breves y directas: “No vayan a asustarse, que yo lo único que quiero es presentarles a mi nuevo amigo, que encontré esta mañana en un rincón de la capilla donde vamos a darle gracias a Diosito…” Aquel niño, sin duda, hablaba como un ser intemporal, como lo somos todos cuando nos animamos a descubrirlo. Los demás quisieron tomar aquello a broma intrascendente, pero él los atajó con un gesto: “Los invito a ir a la capilla, donde mi nuevo amigo se ha quedado hasta que amanezca. Es el Año Nuevo”.

1534. CENA DE MEDIANOCHE

Para llegar a la casa principal de la finca había que recorrer más de 12 kilómetros en dirección norte desde la capital, y luego introducirse por una vía rústica y estrecha que iba descendiendo en forma sinuosa hasta llegar a la entrada, ya en la zona plana por donde pasaba la vía férrea. De ahí había que ascender de nuevo hasta la pequeña explanada donde estaba la casa de adobe y tejas. Ya se hallaban ahí, reunidos para el agasajo tradicional, que era un homenaje a la puntualidad del calendario. El reloj de pie era evidentemente el custodio de aquella disciplina puntual, y lo iba manifestando en forma de latidos metálicos sin descanso. Sonó la hora. Estallaron las coheterías en los alrededores distantes. Y entonces hizo su aparición el único invitado que faltaba. Iba envuelto en una larga túnica blanca. Todos sabían quién era: el silencio. ¡Salud!

1535. ELLOS TAMBIÉN LLEGARON

Todo se hallaba listo para comenzar el festejo de despedida del Año Viejo y de bienvenida del Año Nuevo. Según mostraban los preparativos y los arreglos, nada ponía en evidencia que fuera a haber algo que alterara lo que se hacía siempre. Los amigos esperados ya se encontraban en el lugar, y la música prevista se dejaba oír con las voces y los acordes consabidos. Comenzaron a circular los vasos de ron y las copas de vino, y la atmósfera se hacía más animada a cada instante. En la cocina, las viandas tradicionales exhalaban sus aromas apetitosos. Pero ya cuando la llegada de las 12 era inminente, se hizo de pronto un silencio que no parecía tener explicación hasta que se abrió una de las puertas interiores de la casa y por ahí apareció aquel cortejo de desconocidos infantiles. Alguien susurró: “¡Son los duendes! El año va a ser mágico… ¡Aleluya!”

1536. HACIA EL FUTURO

Aún era niño cuando la pregunta comenzó a revolotear a su alrededor, desde distintas voces y con diversos tonos: “¿Qué querés ser cuando seás grande?” Él nunca respondía, pero esa pregunta la llevaba prendida en el primer alambre de la conciencia. Ya al inicio de la adolescencia tuvo que encarar la cuestión, porque el rumbo de los estudios así lo demandaba. Y como en su casa no tenía con quién hablar al respecto, fue a ver a su tía abuela que vivía en un suburbio boscoso y que era experta en tirar las cartas. “Hijo, yo aquí veo que te vas a escapar para siempre”. Él la interrogó con la mirada. “Sí, para siempre. Y puede ser por tierra, por agua o por aire…” El siguió inquiriendo sin hablar. “Ah, pero aquí dice que lo vas a hacer por sorpresa, quizás en un sueño…” Él sonrió. Era sordomudo de nacimiento, y soñar era su única ruta de escape…

1537. VENTANA CON OLEAJE

LEl mar había estado tranquilo todos aquellos días, como si quisiera ponerse a tono con los cristales alentadores que circulaban por el aire en aquellos días de víspera. Pero ese era ya el último día, y las consabidas ansiedades del fin se hacían presentes. Él, que era un recién llegado a aquellas latitudes, estaba apenas iniciando su conocimiento de los símbolos y las imágenes propios del lugar. Y entre esos símbolos el que más le cautivaba era el de la espuma en movimiento; y entre esas imágenes la que más le conmovía era la de la bandada de gaviotas que ondulaba en el entorno. Así las cosas, ese día se sintió ligeramente indispuesto y se recluyó en su habitación, con la ventana enfrente. Cerró los ojos y por dentro se le abrió otra ventana, que daba a un oleaje animoso. Se durmió, y al despertar la espuma estaba a sus pies y las gaviotas a su alrededor. ¡Bienvenido!

1538. VITRAL DE SANTA MÓNICA

Lo cumplía todas las tardes, como un rito espontáneo sin propósitos ceremoniales: entrar en la iglesia por unos minutos para darle gracias por todo a su propia fe. En una de las bancas laterales estaba recostado alguien que a todas luces era un indigente, con su bolsa de pertenencias al lado. Él fue a sentarse en el otro extremo de la banca; y al hacerlo, el indigente se incorporó. Su voz parecía venir de arriba: “Hola, hermano, nos toca volver a nuestro sitio natural. ¿Vamos?” Y ambos ascendieron en el aire hacia el vitral más próximo. No había nadie en la iglesia. Podían hacerlo sin testigos.

Historias sin Cuento

LOS OTROS PEREGRINOS

Había caído la tarde y las nubes espumosas ambulaban a través de los tenues velos del colorido crepuscular. Todo parecía inmerso en una serenidad que mostraba más elocuencia de la usual. Apenas algún transeúnte iba recorriendo el camino, que se deslizaba entre las colinas despobladas de vegetación. Había un hálito desértico en el ambiente, y esa era una característica muy propia de la zona. A lo lejos, algunas luces parpadeantes evidenciaban la presencia de hogueras; y algunos destellos voladores hacían saber que aquella era tierra de espejismos vesperales y nocturnos.
Ya cuando la impulsiva penumbra le ganaba cada vez más espacios a la atribulada claridad, el paisaje entró en una especie de éxtasis, como si fuera un ser contemplativo. Los rebaños que menudeaban en los alrededores se iban difuminando como si quisieran volver a sus orígenes más ingenuos. Y allí, en la lejanía del vacío celeste, la primera estrella tomaba posesión de su sitio reservado desde el día primero.
Todo lo que se sucedía en los entornos era perfectamente común, y ninguno de los que habitaban o circulaban por ahí hubiera detectado nada raro o imprevisto. Pero sí había algo que podía despertar la atención del observador inquisitivo, que tampoco andaba por ahí. Era aquel pequeño grupo de caminantes envueltos en túnicas que por momentos eran oscuras al máximo y de repente adquirían fosforescencias deslumbrantes.
La noche, recién llegada, les seguía los pasos a una distancia casi inexistente.
Tras subir un leve promontorio del camino, el grupo se detuvo, a la expectativa. Del grupo surgió una voz:
—¿Es este el sitio, entonces?
Otra voz de los presentes le respondió:
—Solo necesitamos una señal para saberlo.
Se concentró el silencio, más profundo que antes.
Y mientras el silencio lo iba envolviendo y llenando todo, los oídos expectantes se sentían convocados a recibir el mensaje esperado.
¿Cuánto tiempo estuvieron así, aguardando que algo se hiciera presente con voluntad de respuesta? Afortunadamente, en aquellas condiciones el tiempo era libre para ordenar a su gusto las horas, los días, los años y los siglos…
Y entonces se hizo presente el testimonio doble, que tenía todas las características de un armonioso efluvio en el que coincidían la voluntad del infinito y la emoción del aire. La estrella estaba ahora exactamente sobre las coronillas de los peregrinos y desde algún rincón muy cercano venía aquel llanto de recién nacido.
Los peregrinos se abrazaron y saltaron de alegría:
—¡Este es el lugar y Él está aquí! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!
Y en ese justo instante los peregrinos desaparecieron porque tenían que cumplir con su misión de repartir la buena nueva en las redes sociales de la eternidad.

ENTRE EL AGUA Y EL AIRE

El marinero se hallaba recostado en cubierta oteando el horizonte, que como siempre en alta mar semejaba una inmensa piscina sin fin. Recién había pasado el mediodía y la luz del sol brillaba en su momento estelar. Como si se hallaran prendidas de alambres invisibles, algunas nubes se balanceaban haciendo flotar sus sombras sobre las aguas tranquilas. El marinero permanecía absorto en su contemplación habitual de aquella hora, cuando sus compañeros reposaban antes de asumir las responsabilidades vespertinas, y entonces el sosiego era total.
Estaba a punto de quedarse dormido en estado casi fetal cuando el golpe de una ola inesperada lo sacó de su inmersión interior. Se incorporó al instante, como ante el llamado de la fuerza suprema, y comenzó a caminar en círculos, acercándose cada vez más a las barandas laterales, cual si el agua que parecía despertar de su propio letargo fuera de pronto un imán de espuma viva que le hablara al oído.
En verdad, anímicamente venía de otras profundidades, porque su vida en tierra había sido una cadena de adversidades hasta que no halló más salida que buscar las rutas del agua; y hoy la profundidad externa, que se le hacía tan inmediata, lejos de producirle angustia o ansiedad lo ponía en estado de gracia. Escaló el barandal y se mantuvo erguido ahí, sin sostenerse en nada, como si fuera una forma ilusoria del mascarón de proa que no faltaba nunca en los buques antiguos.
De pronto, una ráfaga llegó a envolverlo en un abrazo que tenía todas las características de la bienvenida largamente esperada. Él dejó hacer al aire, con una mezcla espontánea de entrega y de inspiración. En un segundo se encontraba suspendido sobre el piélago líquido, como si ambos, él piélago y él, fueran una sola presencia sobrenatural. Era la sublimación de la libertad perfecta.
Otro de los marineros se asomó cuando eso ocurría y el grito no se hizo esperar:
—¡Milagro, milagro, uno de los nuestros también camina sobre las aguas!

PARÁBOLA DEL PÉNDULO

Estuvo activo en las lides clandestinas desde que aparecieron los primeros grupos de la guerrilla en el país. Pasó ahí toda la guerra, haciendo labores de reclutamiento y de organización. Al llegar el fin de la contienda bélica, pasó a la vida política ya en la legalidad, y cuando el Frente guerrillero arribó al poder dispuso colarse en el área internacional, y así cogió rumbo hacia un puesto en la diplomacia activa. Le dieron a escoger y él escogió Europa. Francia, para ser más precisos. De las barrancas pobladas de malezas en los montes del pasado a las callejuelas clásicas cerca del Arco del Triunfo en el presente el salto no podía ser más espectacular, y él lo tomaba con la naturalidad propia de su naturaleza imaginativa.
Poco tiempo después de su llegada conoció en una recepción de las muchas a las que acudía a una dama de procedencia evidentemente aristocrática. A todas luces era mayor que él y mostraba la elegancia siempre puesta al día de las féminas acostumbradas a lucirse al máximo sin perder el buen gusto en ningún instante. Madame lo miraba de pronto hasta el fondo de los ojos, como si quisiera descubrir en él imágenes anheladas.
Unos pocos días después se juntaron en un café cerca del Louvre. Ellos dos, solos, ahora ya en el espacio fragante de la confianza.
—¿Cómo me dijiste que te llamas? –le preguntó ella mientras sorbía con exquisito gesto su café nostálgico.
—Adán.
—¡Qué feliz coincidencia: así se llamaba mi padre, Adam! Fue mi cariño más profundo. Lo llevo siempre aquí –y se tocaba el corazón y la frente.
—¿Y tú?
—Alice.
—Como ella: la mujer del personaje que más admiro, Claude Monet, el impresionista. Sus nenúfares flotantes son mi ejemplo. Desde que visité su casa y su jardín en Giverny, ahí nomás en Normandía, he soñado con tener un refugio en los alrededores…
—Pues mira lo que son las cosas: yo tengo una pequeña quinta justamente en ese entorno, también con un estanque poblado de nenúfares… Pero mi sueño está al otro lado del mar: tener una casita muy sencilla en alguna aldea del trópico.
—Ah, pues mi antigua vivienda, que aún conservo en un pueblito del interior del país, rodeado de arboledas y colinas, sería perfecta.
De inmediato juntaron intensamente las manos en un impulso que lo decía todo. Como por obra mágica de un juego existencial, acababan de descubrir que eran el uno para el otro. Así de simple, así de intrépido.
—Vamos a vivir en un péndulo, entonces, entre la Ruta de las Flores y los estanques de Giverny. El destino es el que conduce.
Ambos se rieron con dulzura saboreable para sellar el pacto.