ÁLBUM DE LIBÉLULAS (199)

1628. TRANSPIRACIÓN CRUZADA

Fueron vecinos de infancia, amigos de adolescencia, novios de juventud y amantes de madurez. Fue como un trayecto por estaciones, sin que en ningún momento se diera la posibilidad de establecerse definitivamente en alguna de ellas. El vecindario varió cuando las familias cambiaron de zona, la amistad fue una especie de juego grupal, el noviazgo tuvo los colores de una aventura inocente, y la relación amorosa no pudo encontrar lazos formales. Estaban ya en la etapa en que había que pensar en el futuro, cada vez menos previsible. Sentados una tarde en un banco del único parque de los alrededores tuvieron que tocar el tema. “¿Qué viene después en nuestras vidas?” se preguntó él, inquieto. “Irnos a vivir juntos a un albergue para ancianos” respondió ella, en son de broma. Entonces los envolvió el silencio. Sudaban sólo de presentirlo.

1629. AL DOBLAR LA ESQUINA

Doña Leticia, la dama aristocrática, levantó la mirada del cuaderno en el que hacía sus cotidianos apuntes, y puso la pluma fuente a un lado. Ahí, junto a ella, estaba Alirio, su nieto menor, y de seguro quería pedirle algo. Ella alcanzó su cartera y sacó un fajo de billetes. El jovencito hizo un gesto de negativa. Ella, entonces, con otro gesto, le preguntó qué quería. Alirio miró a través de la ventana, hacia el predio baldío que antes había sido traspatio. Y tuvo que explicarse con palabras: “Vengo a pedirte que me regales ese terrenito, para poner ahí mi carpa y empezar a ser lo que quiero ser: payaso”. Ella soltó su carcajada proverbial: “Ah, caramba, estamos hablando de un plan de vida… Y de entrada te digo que tienes condiciones… Este numerito que acabas de hacerme lo demuestra… Y lo que más me gusta es que te quieres quedar aquí, a la vuelta de la esquina…”

1630. EL MEJOR MANANTIAL

Los años iban pasando como si tuvieran prisa creciente por llegar lejos. Y aquel hombre joven que no parecía tener ninguna característica que lo distinguiera del común de sus allegados y de sus vecinos había venido desarrollando, sin embargo, una capacidad intuitiva que mantenía bien guardada entre sus pertenencias emocionales. Cuando conoció a Wendy en un jolgorio de ocasión sintió que necesitaba moverse con estrategia envolvente. Ella no se fijó en él, y ese fue el estímulo ideal para que el asedio se volviera compulsivo. Cuando un día se hallaron solos en el pasillo de la Facultad donde estudiaban, él se animó a decirle: “¿Tú crees en el amor a primera vista?” Ella sonrió, como si esperara la pregunta: “Nooo, yo creo en el amor a primer olfato… ¿Me permites?” Y se le acercó al cuello, donde aspiró a fondo. “¡Eres una fuente de aroma! ¡Gracias!”

1631. JARDÍN DE DON BENJAMÍN

La verja de aquel jardín que daba a la calle tenía hoy todas las características de una valla protectora, cuando en el pasado fue sólo una especie de dibujo simbólico. El niño, que volvía a pie de recibir clases en un colegio vecino, se detuvo a percibir aquel cambio. En la parte interior del jardín, el jardinero de siempre hacía sus labores de protección y de cultivo. El niño se arrimó a la verja y esperó a que el jardinero pasara cerca para preguntarle: “¿Y esto por qué ya no está como estaba antes?” El jardinero se acercó aún más, y entonces el niño tuvo una sensación casi de vértigo. De pronto, él era un hombre adulto y el jardinero, un adolescente que de seguro acababa de llegar. El niño transfigurado sólo pudo decir una frase: “Me saluda a don Benjamín”; y el rejuvenecido jardinero tuvo la mejor respuesta posible: “Si algún día viene, ahí se lo digo”.

1632. EN TIERRA FIRME

El barco se balanceaba sobre las aguas agitadas, y aquella sensación de movimiento constante se le hacía a él como un saludo de bienvenida. Era en verdad su primer viaje luego de que consiguiera puesto de tripulante en aquella nave de carga. Acababan de dejar el puerto de origen y se dirigían hacia el puerto de destino. Estaba atardeciendo y los colores del cielo se reflejaban sobre las aguas inquietas como sobre un espejo incansable. De pronto, las condiciones del aire dieron un giro dramático: una nublazón repentina se hizo presente y el mar se agitó al máximo. El barco estaba a merced de aquella turbulencia sin control. Todos los tripulantes se pusieron en alerta extrema, salvo él, que parecía ajeno al peligro. Y es que él, contra toda evidencia, se sentía en tierra firme: la de su voluntad de ser navegante aunque su vida estuviera en juego.

1633. ETERNO RETORNO

Cuando el desalojo se hizo presente, con todas las órdenes legales en regla, hubo que pensar de inmediato en el nuevo destino. Y aunque muchas señales hubieran indicado que tal desalojo era inminente, ninguno de los moradores pareció aceptarlo como un hecho realizable. Así las cosas, el día en cuestión lo que hubo fue una caravana a pie hacia cualquier lugar de los entornos. Ninguno de los moradores circundantes se dio por aludido; y entonces quedaron como única opción las cuevas del cerro más cercano. Entraron en ellas, cada quien en busca de su sitio. Adentro, la negrura total. Ellos no se asustaron por eso. Era parte viva de su naturaleza. Y ya adentro, esa misma oscuridad les fue encendiendo candiles en las sienes. Era el refugio ideal. Afortunadamente, los evacuados eran dioses, que se reencontraban con su destino original.

1634. EL REFUGIO SEGURO

Estaban esperando que naciera su primogénito, que por alguna razón fuera de control no había logrado saberse si sería niño o niña. Las imágenes de la cámara que se colaba hasta la placenta daban imágenes borrosas. A él aquella situación le producía creciente ansiedad, y en cambio ella mantenía una quietud cercana al éxtasis. Llegó el día, y los preparativos del parto se hallaban listos en la clínica. Pasó un largo rato, y el doctor encargado se iba inquietando minuto a minuto. “¿Qué pasa, doctor?”, le ´preguntó él, casi en el oído. El doctor hizo un gesto de desconcierto mezclado con incredulidad. “Parece que la matriz está vacía”. La madre, tendida en la cama, permanecía sonriente. Y de pronto dijo en un susurro: “Son dos seres que no quieren ser identificados y que han escapado hacia sitio seguro. Ahora se albergan en mi corazón. ¡Escúchenlos!”…

1635. EL DESTINO HABLA

Las olas iban y venían como es usual. El recién llegado al borde del encaje espumoso contemplaba aquel vaivén que estaba ahí desde siempre. Y en algún instante alguien llegó a ubicarse a su lado. Era una mujer joven, que parecía una escultura recién animada. Él extendió los pies hacia el agua que llegaba y se retiraba sin cesar. Ella se le acercó aún más. “Soy Afrodita, ¿me recuerdas?” Él suspiró, ilusionado. “No te recuerdo, pero estoy aquí, contigo”. Ella entonces hizo un gesto para que la ola los envolviera. Y abrazados desaparecieron en el borbollón de espuma.

Historias sin Cuento

TIERRA DE POR MEDIO

Apenas tenía recuerdo de las vías por las que llegó a aquel destino insospechado. Nacido en un pequeño pueblo del interior del país, sus padres, que no conocían nada de lo que estaba más allá de los áridos cerros circundantes, emprendieron un día de tantos, por impulso que en estos tiempos se ha vuelto viral, la ruta de los migrantes indocumentados. ¿Cómo hicieron para cubrir el costo de aquel trayecto? Vaya usted a saber. Enigmas que también se han vuelto virales.

Él, que entonces era una criatura en las manos nerviosas del azar, se crió en una localidad ubicada en los alrededores de la “Ciudad que nunca duerme”.

New York, 9 p.m. Él estaba en sus últimos trámites para graduarse con honores como experto en desarrollo digital, y la persona que tenía enfrente en una mesa rinconera del restorán Cafe Boulud, en la Calle 76 y Madison Avenue, iba a hacerle una oferta de trabajo en destino aún no revelado:

–El haberte conocido en la Universidad me hace confiar en que vas a aprovechar esta oportunidad como nadie. Además, de alguna manera volverás a tus orígenes…

Él se puso aún más a la expectativa. El oferente mantuvo la sonrisa:
–Te estoy ofreciendo Singapur.

En ese instante toda la escenografía pareció cambiar como por encanto. Él giró la mirada, y preguntó en un susurro: “¿Dónde estamos?”

–En el Hotel Ritz-Carlton, entre los rascacielos. El mar a un paso y el futuro a otro paso. ¿Respondes ya o prefieres que antes nos tomemos el aperitivo?

Mientras lo hacían en una mesa del Lounge Bar Chihuly, él observó a través de los amplios ventanales la vegetación de los entornos. Una vegetación de ambiente caluroso y lluvioso, como en su mundo natal guanaco. Nunca había tenido una reminiscencia visual y sentimental tan intensa. La respuesta le brotó como una corola anhelante:

–¡Acepto! Me voy a Singapur en el primer bus que salga para allá…

AGUA DE POR MEDIO

Se llamaba Ryan Anand, y cantaba acompañándose de su guitarra durante las noches en el bar, mientras los viajeros departían con la distensión propia de las excursiones de placer. Ryan acababa de ser contratado para que fuera parte de los que amenizaban la estadía flotante, y hasta aquel momento sus presentaciones nocturnas lo iban poniendo en contacto con una forma de distensión íntima que era para él lo menos esperable. Se hallaba aquella mañana, apoyado en la baranda más alta de la nave, junto al muelle de un puerto desconocido. Pasó muy cerca un camarero con una bandeja de copas y él le preguntó:

–¿Dónde estamos?

–Eso que está enfrente es Sorrento.

Él suspiró con fuerza. No recordaba que esa fuera una de las estaciones contempladas en aquel itinerario; pero si estaban ahí había que aprovechar la estadía. Sin pensarlo dos veces, y por un impulso de raíces profundas, fue a recoger su guitarra, la eterna compañera. El barco no podía atracar en el pequeño muelle y había que tomar un ténder que llevara hacia ahí.

En lo alto aguardaba Sorrento, a la distancia de 106 escalones. Los subió casi volando y llegó a un parquecito acogedor. Se sentó en un banco y empezó a acariciar las cuerdas de su guitarra. “Torna a Sorrento” era el himno obligado. No estaba en su repertorio, pero le brotó como una ola viva. La gente pasaba a su alrededor sin percatarse, y es que los acordes y la voz se le derramaban hacia adentro, como si su acantilado interior fuera el único destinatario. Sólo alguna gaviota le hacía compañía.

AIRE DE POR MEDIO

El pensador autodeclarado dijo una vez en el pequeño coro de amigos, mientras departían en el bar más próximo, que era su proverbial sitio de encuentro: “Parece que los espejos son los mejores testigos de lo real, porque nada que pase frente a ellos se les escapa”. Los otros presentes, que ya estaban habituados a sus frases dizque originales, se rieron como siempre, y uno de ellos le hizo un comentario de los que en el grupo se estilaban:

–Bueno, los espejos son bastante hábiles para eso, pero hay alguien que les gana…

–A ver, ¿quién?

–Míralo, está a nuestro alrededor…

El que había lanzado la frase giró la mirada, en busca de esa presencia que acababa de serle referida. No había nada que pudiera tomarse como tal, al menos en el plano visual. Se encogió de hombros, como si le estuvieran jugando una broma. El otro le explicó lo que quería decir:

–Es el aire, amigo. El aire, que va por donde quiere repartiendo imágenes. Es el mayor coleccionista que puede haber. No se le va una.

FUEGO DE POR MEDIO

El doctor Molinari acababa de entrar en fase de retiro de su prolongada labor como especialista en descifrar misterios psíquicos, y sus pacientes más cercanos en el tiempo quisieron hacerle un agasajo a la orilla del lago emblemático de la zona. Sabían que el doctor era eterno adicto a los gozos del mundo natural, y la invitación incluía una excursión por las corrientes termales de la zona y por los cráteres de la última erupción del volcán vecino.

El día señalado para el encuentro el doctor amaneció orgánicamente descompensado, y tuvo que avisar que no le sería posible acudir a la cita conmemorativa. Ellos aceptaron que fuera así, pero se quedaron expectantes, porque era una reacción inesperada. El doctor se caracterizaba por ser entusiasta y puntual, y de seguro algo grave estaba ocurriéndole.

Como ya todo estaba listo, los invitantes dispusieron hacer ellos la excursión sin decirle nada al invitado ausente. El día se hallaba de pronto envuelto en brumas, pese a que en aquellos momentos del año la luminosidad de la atmósfera resultaba proverbial. Los excursionistas llegaron al lago, buscaron un pequeño albergue para beber algo que los entonara y partieron hacia las corrientes termales donde tomarían un baño relajante. En cuanto entraron en contacto con el agua, la sensación de estar en un ejercicio retrospectivo les hizo sentir que el doctor Molinari estaba ahí.

Un buen rato después, empezaron la escalada hacia los cráteres. Fue como si una fuerza superior los llevara en andas. Al llegar al sitio de destino, las fumarolas estaban activadas, en ceremonia de bienvenida. Todo aquello tenía visos de ser sobrenatural. Uno de ellos se animó a preguntar en voz alta.

–Doctor, está aquí con nosotros, ¿verdad?

Una ráfaga de aire reconfortante los envolvió de inmediato. Y como en un juego visual, la imagen del doctor se hizo vaporosamente presente. Entonces sonó el celular de uno de los caminantes. La daban la noticia:

–El doctor ha dejado de respirar, y parece que se está evaporando.

Todos los presentes se juntaron en círculo cerrado. En medio, una hoguera surgió de súbito, con intención ceremonial. La señal era clara, y fue entendida sin más.
El doctor Molinari había querido acompañarlos de la mejor manera posible: con la emoción del fuego nacido del alma que se despedía al aire libre. Ellos estaban alegres como nunca, y se abrazaban en homenaje a su mentor.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (198)

1620. EL MISTERIO DEL AGUA

Cuando le preguntaban cuál era su anhelo más vivo como humano en actitud de realizarse, siempre respondía con frases sin compromiso, si es que no se hacía el despistado. Sin embargo, su ruta de vida estaba activándose desde temprano, y había llegado a ser una especie de misionero por todos caminos que encontraba a su disposición. Así las cosas, empezó a sentir que le faltaba una prueba sensible de lo que podía hacer con sus facultades presentidas pero aún no puestas en evidencia. Y tal sensación se le volvió necesidad irresistible aquella tarde en que iba navegando en una pequeña nave hacia su próximo destino. De pronto, una fuerza más poderosa que su voluntad lo empujó hacia afuera. Saltó al agua en movimiento y comenzó a caminar sobre ella, como si patinara alegremente, con el equilibrio perfecto de los seres destinados desde arriba.

1621. LA CLEMENCIA DEL AIRE

La caída fue estrepitosa, y ya no pudo levantarse del suelo. Sus extremidades inferiores habían quedado inutilizadas para siempre, según el diagnóstico de los especialistas. Sus hermanos hicieron cabuda para proveerle una silla de ruedas, usada pero en buen estado. Dejó de estudiar, ya cuando estaba a punto de sacar el bachillerato, y se recluyó en la casa, como dependiente sin remedio. Apenas salía muy de vez en cuando a rodar por el entorno inmediato; y su único destino era el parquecito arbolado que estaba al fondo, y al que podía dirigirse sin cruzar ninguna calle. Ahí se hizo amigo íntimo del aire, y este le correspondió de una manera insospechada: invitándolo a levantarse de la silla. Cuando le maduró el impulso, empezó a incorporarse, hasta que llegaron los primeros pasos. “¡Aleluya!”, gritó. La silla inmóvil lo observaba. Y el aire le acariciaba las sienes, conmovido.

1622. LA VERDAD DE LA TIERRA

El universo sigue siendo un enigma, y de seguro seguirá así para siempre. Basta pensarlo para que se le abra al que lo piensa un abanico de rutas por emprender. Acabo de hacerlo y estoy aquí, brújula en mano, con todos los recursos anímicos a mi disposición. Me hallo de pie frente a la ventana abierta, y todo lo que tengo frente a mí es la infinitud del espacio que alguna fuente secreta me tiene destinado. El impulso de salir se me hace irresistible. Y mientras avanzo me brota la pregunta que pareciera innecesaria: ¿En qué lugar preciso del universo estoy? Y al salir, los pasos se me van volviendo pequeños testimonios sucesivos de la memoria polvorienta. Este lugar preciso es un trozo de tierra donde se juntan todos mis caminos. Me quedo aquí, por supuesto, con la seguridad de que alguno de esos caminos me llevará hasta el centro de mí mismo.

1623. El OFICIO DEL FUEGO

Cuando la vida va pasando hay que ponerles más y más atención a las lecciones que nos deja. En vez de pensar “Ya me voy” hay que sentir “Aquí estoy”. Y en esa línea, aquel sacerdote manso le dijo al grupo en que él estaba, como miembro de una espontánea comunidad de fieles: “Dios siempre oye al que le habla con voz radiante”. Y en cuanto oyó aquella frase –voz radiante— sintió que su conciencia era un fuego con alma. Desde ese momento, el vivir cotidiano se le fue volviendo un muestrario de luces que no dejaban de fosforescer a su servicio. Se lo comentó al sacerdote, y él le ofreció una conclusión reconfortante: “Eso quiere decir que tu hoguera interior está siempre dispuesta a servirte”. “Gracias, maestro”. “No, yo no soy el maestro; tu maestro es el fuego que vive dentro de ti… Ese fuego que te recuerda a cada instante que está ahí, contigo”.

1624. LA CALLE SONRIENTE

La noche anterior había caído sobre la ciudad una tormenta de esas que parece que no van a acabar nunca; pero al amanecer el cielo mostraba una inocencia transparente que parecía ser su expresión natural inconfundible. Ellos acababan de instalarse en aquella colonia de las afueras en la que iniciaban su vida en común, y sentían que todo lo externo estaba a su favor. Entonces ocurrió lo inesperado: un sismo de alta intensidad desquició todo lo que ahí hallaba presente. Después del siniestro, que dejara tantos estragos y pérdidas, ellos se sintieron extrañamente seguros en su lugar de arraigo, como si ahí estuvieran protegidos de todo mal. El cielo en aquel momento permanecía nublado al máximo, lo cual auguraba tormentas intensas. Salieron a la calle, donde las consecuencias del sismo eran patéticas.
Pero a ellos la calle les sonreía. ¿Qué más pedir?

1625. ESPEJO PARA CIEGOS

Desde que los pandilleros hicieron aquel sorpresivo ataque en el que pereció el jefe de la familia, la vida en ésta pareció entrar en un calamitoso estado de dispersión. La mujer y los hijos escaparon cada quien por su cuenta en direcciones diferentes, para perderse en lo desconocido. La casa quedó abandonada, como si el hecho de que el crimen hubiera ocurrido en su entorno inmediato fuera una imperiosa orden de alejamiento. Así fueron pasando los días, los meses y los años, hasta que en un momento determinado, y sin que hubiera comunicación previa de ninguna índole, todos comenzaron a volver. Como nadie tenía llaves, el primero que llegó tuvo que acudir a un cerrajero. Adentro, todo estaba intacto, limpio y en orden. Entonces cada uno se identificó con la imagen viva de su pasado, antes de la gran pérdida. Ahora podían recuperar la visión perdida.

1626. SECRETA IDENTIDAD

En aquella colonia que fue tradicional y que ahora iba reciclándose por obra del progreso urbano, casi nadie se conocía. Entre los moradores había una pareja que era la más ajena al trato, y por eso el cuchicheo popular la tenía identificada como “los invisibles”. Y, en efecto, un día dejaron de ser vistos del todo, y se corrió el rumor de que habían escapado por alguna causa desconocida. La vivienda quedó completamente cerrada, pero poco tiempo después empezó a esparcirse la sensación de que había gente adentro, sin que hubiera percepciones precisas. Hasta que uno de los vecinos tomó la iniciativa curiosa de ir a ver. Penetró de alguna manera, y no volvió a salir. Los otros vecinos imaginaron que también había escapado. Igual pasó con los que se animaron a lo mismo. Y así se corrió la bola: aquello era la fachada de un cementerio clandestino.

1627. EL TIEMPO DIRÁ

En el vecindario todos eran recién llegados. Y cada uno de los que arribaba se hacía la misma pregunta: ¿Cómo serán los que han venido antes que yo? Y la respuesta se evidenciaba de inmediato: el parecido físico no admitía discusión, y dejaba todas las especulaciones abiertas. En verdad, nadie era pariente de nadie, ni siquiera en la lejanía. Un laboratorio de la zona se ofreció para hacer las pruebas genéticas a los que quisieran. Nada de nada. Con el tiempo, los parecidos se intensificaban, y la ciudad empezaba a contagiarse de lo mismo. ¿Milagro o sentencia?

CIUDADANÍA FANTASMAL (15)

FUEGOS OLVIDADOS

Estaba cayendo la tarde, y los cerros vecinos impedían contemplar el descenso solar en su fase solemne. Por los senderos pedregosos uno que otro habitante de los entornos volvía a su vivienda con los utensilios de labranza, porque prácticamente todos se dedicaban al cultivo de la tierra. La penumbra ganaba terreno en beneficio de la oscuridad, y eso hacía que las imágenes fueran a cada instante menos identificables.
En una de esas, aquella pareja de ancianos surgió de algún recodo del camino, y entre ambos arrastraban una pequeña carreta con bultos.
—Por aquí nos dijeron, ¿verdá? –dijo él, deteniéndose un instante con la respiración agitada.
—Yo solo me acuerdo de que alguien nos indicó que había un gran árbol que parecía una hoguera viva –respondió ella, con un suspiro de alivio.
—¿No será aquél? –indagó él, como si descubriera la fórmula salvadora.
—Pues no puede ser otro, porque por aquí lo que abunda es la negrura.
Y cuando estuvieron bajo el ramaje encendido, sintieron que los abrazaba. En unos cuantos segundos ellos se habían quemado del todo, y aun así se reían alborozados. Venían de vivirlo infinidad de veces, pero en cada ocasión se olvidaban de inmediato de la experiencia consumidora. Eso les permitía revivir sin miedo ni sobresalto. A la mañana siguiente despertaron y continuaron ruta. Atrás quedaban otra vez las cenizas.

CONDENA LIBERADORA

—Y usted, ¿cómo se declara?
—Culpable, porque la inocencia no existe.
Los juzgadores solo se fijaron en la primera parte de su respuesta, y eso bastó para que la resolución fuera condenatoria sin más.
Lo que vino entonces fue una sentencia de por vida, que fue a cumplir en una de las cárceles más distantes de los grandes centros urbanos. Cuando llegó ahí, luego de recorrer un largo trayecto sobre caminos de tierra, tuvo de inmediato un golpe de emoción nostálgica: volvía a su mundo original, como si aquello lejos de ser un castigo fuera una recompensa. ¿Dónde se hallaba, entonces, la lógica de lo que estaba ocurriéndole? Cada semana llegaba a la prisión un sacerdote a auxiliar espiritualmente a los reclusos que se dispusieran a ello. Él nunca se le había acercado, pero de pronto le nacía hacerlo.
—¿Le puedo preguntar algo? –indagó con voz tenue.
—Lo que quieras, estoy para oírte.
—Usted no me conoce.
—Te conozco perfectamente, aunque no lo creas. Nunca se me ha olvidado aquella frase que les dijiste a tus juzgadores. Y entonces hice lo que me tocaba para que tu lugar de reclusión fuera para ti un refugio de libertad. Te lo merecías por la sinceridad plena.
—¿Y usted quién es? –le preguntó con el desconcierto que producen los enigmas insospechados.
—Pues si no me reconoces te lo digo.
En ese momento el aludido sintió la sensación de los que levitan.
—Soy un aliado de tu ángel de la guarda. Los dos estamos aquí para acompañarte en esta prueba que tú mismo has asumido con vocación heroica.
Él se cubrió el rostro y empezó a llorar en silencio.

EL APARECIDO

—¡Auxilio, me acaban de robar todo lo que tengo!
El grito era angustioso, y parecía surgir de mucho más adentro que la experiencia de un asalto. Pero como ocurre comúnmente en los espacios urbanos superpoblados de nuestro tiempo, los transeúntes pasaban a su lado sin ponerle atención al reclamo angustioso. Hasta que un muchacho que tenía toda la pinta de ser estudiante se detuvo frente al que pedía auxilio.
—¿Y usted reconoció a los delincuentes que lo despojaron?
El aludido se cubrió el rostro con las manos mugrientas y se acurrucó contra la pared que estaba detrás y que pertenecía a un negocio cerrado a aquella hora. El gemido que salía de sus labios agrietados era una especie de aliento trascendental que hubiera estado dentro de él por tiempo indefinible.
El joven se conmovió:
—¿Cómo puedo ayudarle, señor?
Ante esa pregunta, a todas luces inesperada, la víctima del despojo se incorporó como si le hablaran desde algún plano superior.
—Ya me ayudaste, amigo. Con solo fijarte en que existo me has devuelto todas mis pertenencias verdaderas. Lo que se llevaron los malditos era lo de menos valor. La fe en los demás es lo que vale. ¡Gracias, gracias, ahora me puedo morir de hambre o de frío pero con el alma satisfecha!

LA VOZ DE RITA HAYWORTH

En las colinas circundantes había una buena cantidad de residencias de lujo, en medio de la vegetación exuberante. El vehículo último modelo se desplazaba por una de las amplias calles que parecían dibujadas por un pulso y por un lápiz de alta precisión. Luego de un recodo, enfiló hacia la construcción esbelta y nítida, que tenía un estanque inmediato y gran cantidad de arbustos floridos alrededor.
Se detuvo frente al portal impresionista y de él descendió una figura femenina envuelta en el manto clásico. Volvió la mirada hacia el conductor, y él entendió que tenía que retirarse. La puerta de entrada estaba entreabierta, como a la espera de aquella visitante. Ella entró sin reparo y la puerta se cerró al instante.
Era casi el anochecer. Las luces interiores iban encendiéndose, y así quedaron durante toda la noche. Pero ya cuando el amanecer se anunciaba, desde el interior de la casa empezó a surgir el múltiple sonido de una fiesta. Y se alzó la canción inconfundible: “Put the Blame on Mame”. ¿Qué era aquello? El retorno de las imágenes invisibles pero audibles. La dama de escote alucinante, de cabellera abundosa y revuelta, de traje negro hasta el suelo, de guantes elevados por encima del codo y de movimientos cálidamente sensuales estaba ahí en su número. ¿Qué importaba que la voz que salía de sus labios no fuera la de Rita Hayworth sino la de Anita Ellis?
La canción se repitió hasta que el Sol se hizo presente. Y cuando el Sol salió, la cámara de los años se aceleró hasta el presente. Ya en pleno día, la figura envuelta en el manto clásico reapareció. El vehículo último modelo la esperaba. Subió en él. Rito concluido. ¡Gracias, memoria!

LOS NUEVOS VIAJEROS

Emigró con todos los papeles en orden y, luego de una indagación de aspiraciones y posibilidades, su lugar de destino acabó siendo una comunidad turística en el norte de California, donde después de vérselas con los problemas naturales del cambio de vida logró establecer un pequeño comedor para paseantes de mochila. Ahí no llegaba gente de su lugar de origen, allá en Centroamérica, pero eso le daba más libertad para practicar la imaginación; y hasta le permitió cambiar de nombre: hoy se llamaría Larry.
Conoció a Lety, una rubia mujer de los entornos, y acabó casándose con ella, a quien nunca le precisó su verdadera procedencia. Llevaban lo que se llama una vida normal, sin sobresaltos de ninguna índole. No tenían hijos, y eso no les preocupaba. Eran libres en una cotidianidad que no variaba más que por los cambios de estación.
Así las cosas, les vino una prueba mayor: a él le descubrieron un tumor cerebral. La noticia cayó como un rayo en cielo sereno. Sus días estaban contados, aunque la cuenta no pudiera precisarse. Lety, sin embargo, no parecía conmovida, ni él tampoco. Pero una idea inesperada les brotó de repente, al unísono:
—Vamos a correr mundo, antes de que sea demasiado tarde.
Luego de soltar aquella frase, se fueron a dormir. Al amanecer, sus cuerpos estaban inmóviles, con la rigidez de lo irreparable. Y frente a sus cuerpos, dos imágenes observaban.
—¿Listos? ¡Vámonos, pues, antes de que nos descubran!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (197)

1612. EL MISIONERO

El aire olía a fuego pasado, pero no había cenizas visibles. En los alrededores, lo que quedaba a cada instante en evidencia era aquella extraña normalidad que ponía todas las vidas en vilo. El lugar, entonces, venía a ser ideal para alguien que quisiera descubrir misterios y contribuir a reparar entuertos, con la impresión muy personal de que nada de aquello le iba a producir trastornos inmanejables, sino todo lo contrario: que todo aquello era como ir al encuentro de la propia misión en el mundo. El recién llegado lo intuyó desde el primer instante: ahí estaba todo lo que pudiera desear para realizar su propósito de vida: predicar las bondades de la memoria y los poderes de la valentía. Se instaló y fue visitando a todos los vecinos. Le oían sin responder. Su prédica se dispersaba como un aroma inútil. Y entonces le brotó la sospecha: había llegado a un pueblo fantasma.

1613. SÍNTESIS DEL DESTINO

El fuego es aire, el aire es tierra, la tierra es agua, y el agua se vuelve cómplice de todos… El hombre del cuento venía transitando por esa cadena originaria de misterios naturales, sin percatarse de que iba haciendo su propia ruta, esa que alguna fuerza superior le tenía destinada. Un día estaba poseído por la fogosidad chisporroteante; otro día respiraba por los poros de la razón; en algún momento sus pasos se convertían en huellas de polvo sobre el cemento; en otro momento parecía ir flotando como un navío inmemorial; y no faltaba la ocasión en que todo aquel despliegue se convertía en equilibrio fuera de control. Así llegó a aquella antesala de la mente en la que aguardaba el panel de los medidores de la vida. Una sola pregunta: “¿Quiere seguir siendo agente privilegiado de su origen?” Y la respuesta ideal: “No lo sé, pero sigo…”

1614. MAR ADENTRO

El vuelo iba a despegar de las pistas del JFK de Nueva York. A unos pasos, el Atlántico aguardaba con su respiración de siempre, aprendida en la escuela parvularia de los tiempos desconocidos. Allá al fondo, Europa, vitral que se pintaba y despintaba a diario. Más al Oriente, por las rutas mil veces transitadas y aún desconocidas, Asia. En la ventanilla ovalada cabía todo, como si fuera la pupila de una deidad intrépida. Él hombre joven que observaba a través del amplio cristal de la sala de espera, en el ala de los pasajeros de la sección económica, se sentía una de esas aves que están saliendo de la espesura a los espacios sin fin. Estaba por iniciar el viaje hacia el mañana. Era uno de los emigrantes de siempre, apenas retocado por las imaginerías globales. ¿Hacia dónde iba? Como sus congéneres inmemoriales, en verdad no lo sabía. El mar abierto le palpitaba dentro de las sienes…

1615. IMÁGENES EN VELA

Al retirarse, el abuelo, que había sido el empecinado y expansivo emprendedor, le transfirió al hijo la empresa de envíos internacionales que había fundado de la nada; y cuando llegó el momento correspondiente, el hijo dejó en manos del nieto la responsabilidad empresarial del futuro. Entonces se produjo un tránsito insospechado: el joven puso en venta la empresa para dedicarse a su sueño entrañable, que era recorrer el mundo en todas las direcciones. Aquella noche estaba durmiendo en el hotel The Peninsula, en Hong Kong, en la víspera de tomar un crucero de muchos días, cuando el sueño se le volvió consejo de familia: el abuelo y el padre estaban ahí, con caras de pocos amigos. Afortunadamente para él, despertó antes de que estallaran los reproches. Se asomó a la ventana. Y sonrió aliviado: la luna nueva sí estaba a su favor.

1616. PARÁBOLA DEL VESTUARIO

La Policía andaba tras él, y eso, paradójicamente, lejos de crearle ansiedad de fuga le provocaba ansia divertida de juego peligroso. Cada día deambulaba por las calles con disfraces diferentes, que lo hacían irreconocible para cualquiera, incluyendo a los más experimentados agentes de la autoridad. ¿De dónde sacaba todos aquellos trajes que parecían producto de un diseñador de primer nivel, imaginativo y sorprendente? Ni siquiera él lo sabía. Las piezas estaban siempre a su disposición en el antiguo ropero que era sucesiva herencia familiar. Pero un día de tantos, al abrir la puerta de bisagras crujientes se halló frente a un espacio vacío. ¿Qué hacer? ¿Quedarse encerrado sin escapatoria o entregarse de una vez al poder de la ley? Y en ese preciso instante, los disfraces reaparecieron, como por arte de magia. Se oyó una risita. Las bromas del otro yo.

1617. LA LUNA ENTRE EL FOLLAJE

Como era adicto a las aldeas, las ciudades le producían diversas formas de alergia. Aquel amanecer en Hong Kong parecía una estampa recién inventada, como en las épocas originarias, y por eso, aunque el entorno urbano era de actualidad desbordante, la sensación que le nacía era la de los años dormidos en el tiempo. Desde su balcón en el hotel de Kowloon, inmediato a la bahía, con todas las edificaciones esbeltas enfrente, podía tener casi a la mano aquel paisaje de modernidad nunca desmentida, ni siquiera en los momentos de crisis. Y tal sensación se hizo aún más aguda cuando sobre los rascacielos en estrecha hermandad comenzó a dibujarse el disco áureo. Un día antes había sido luna llena, que se hallaba en su apogeo. La saludo con efusión, y entonces los edificios parecieron alzar los brazos como si fueran un bosque que redescubriera su ser.

1618. NO BROMEES, ESPEJO

Nació como un pequeño tesoro de vida casi aleteante. Cuando pudo caminar, corría por todas partes con la risa a flor de piel, como si anduviera buscando sorpresas prometidas. Ya en la adolescencia, toda aquella gracia se le fue convirtiendo en imán. Era, en verdad, como una diosa resucitada, y en su entorno sólo había palabras de admiración y suspiros de anhelo. Al arribar a la primera juventud todos creían que su futuro sería mágico. Sin embargo, por extraña paradoja, ni los aspirantes ni los pretendientes aparecían. En el entorno familiar más cercano comenzaron a menudear las inquietudes al respecto. Por fin, la convencieron de ir a visitar a un psíquico joven que ayudara a descifrar el enigma. El psíquico la observó con mirada fija. “¿Qué miras?”, le preguntó ella. “Te veo a ti, como si me viera en un espejo. Me estás llamando, y eso me hace feliz…”

1619. ESQUINA CON DESTINO

Ahí, en aquella esquina en la que se juntaban las dos calles más transitadas de la zona, se hallaba la tienda de la Niña Consuelo, que estaba a punto de cumplir los cien años. “Mis primeros cien años”, como decía ella. En el vecindario todos la conocían, hasta los pobladores más recientes. Incluyendo, desde luego, aquella niña de apenas ocho años, que parecía tener todas las preguntas guardadas en su cajita de música. “Niña Consuelito, ¿y usté por qué vive en esta esquina?” “Porque aquí se cruzan los días y se van de paseo juntos… Así se olvidan de mí… ¿Entendés?”

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE BONANZA

Aunque en apariencia el estatus social y económico se mantenga estático en el tiempo, eso con frecuencia no pasa de ser un espejismo desorientador, porque lo que acaba imponiéndose siempre, sin que necesariamente lo parezca así, es la suerte de cada persona, con sus expresiones y sus enigmas propios. El caso de Vladimir era justamente ese.

Primogénito en un hogar acomodado, desde muy niño se manifestó dispuesto a conquistar su mundo propio con todos los recursos que le fueran posibles. En el colegio tenía fama de concentrado y misterioso, ajeno a los deportes y a las prácticas juveniles. No pertenecía a ningún grupo de amigos, y menos de compinches. Muchos lo consideraban una rara avis.

En su casa nunca faltaba nada en lo que a cosas materiales se refería. Más bien la abundancia parecía ir en aumento, porque los negocios familiares prosperaban y las inversiones daban beneficios crecientes. Pero en contraste, los componentes de la familia por momentos ni siquiera daban la impresión de pertenecer al mismo núcleo. Anímicamente, algunos abiertos y otros encapotados; funcionalmente, algunos activos y otros indolentes. Y él, Vladimir, que estaba en el centro cronológico de la descendencia, reunía características contrastantes: era encapotado y activo. Quizás por eso no encajaba de ninguna manera. Todos lo miraban de reojo, aun los padres…

Estaba en la etapa final de su educación media, ya en vísperas de entrar a la formación superior, y eso le producía una ansiedad adicional. Se lo consultó al consejero psicológico del colegio exclusivo donde estudiaba, y la respuesta no le dio pistas:

—Si quieres estudiar fuera, hazlo; si no quieres, no lo hagas. Eres libre.

Y aquel vocablo –“libre”– se le clavó como un dardo en la sien. ¿Libre? ¿Libre para qué? Lo tenía todo y ahora se daba cuenta del sentimiento de no tener nada. Un conato de hoguera se le encendió por dentro.

Aquella misma noche se acercó a sus padres, que estaban en la terraza tuiteando como siempre:

—Voy a decirles algo: lo que quiero es ser libre.

—¿Y eso? ¿Qué mosca te ha picado?

—La mosca de la ilusión, que no necesita presupuesto. No sé si entienden.

—Estás hablando como un cipote inmaduro. Esos son nervios porque vas a pasar a una nueva etapa. Voy a darte un calmante.

Él se levantó, sin decir más. Los padres siguieron tuiteando. A la mañana siguiente no apareció. Lo único que hallaron de él fue un mensaje en la web: “Ya soy libre. Nos vemos”.

MISTERIOS DE PENURIA

Entró en su habitación, que era la única de aquel espacio que a duras penas resistía el calificativo de vivienda. Los cuatro rincones eran lo verdaderamente disponible: en el más próximo a la puerta, el par de sillas raquíticas con la cocinita al lado; en el rincón paralelo, la mesita de trabajo; en el rincón derecho del fondo, la litera estrecha destinada para dos; y en el último rincón, un altar improvisado que cambiaba con frecuencia. Una sola ventana con ansia de tragaluz, y protegida por una rústica tela de alambre, le proveía alguna claridad al encierro, que rápidamente iba desvaneciéndose por la hora.

Era hora de comer algo porque la noche estaba encima, pero él ni siquiera se acordó de eso. Lo que necesitaba era otro tipo de alimento: el de las imágenes reconfortantes luego de una jornada de la que siempre quedaba exhausto anímicamente porque le tocaba lidiar con las insatisfacciones de los clientes que iban a recoger sus bultos en la bodega de la fábrica.

Se hallaba solo, aunque ya era hora de que su esposa y sus dos hijos estuvieran ahí. No se alarmó por eso, ya que sucedía con frecuencia. Y como estaba solo bien podía acomodarse a su gusto. Se ubicó en el suelo y se extendió cuan largo era, estirando sus miembros con gratificante libertad. Desde esa posición podía ver hacia arriba sin ningún esfuerzo.

Entrecerró los ojos como si quisiera descubrir algún detalle curioso. El cielo raso era el de siempre: deteriorado y descolorido. Y en el instante en que lo percibía detectó que algo ahí estaba moviéndose entre la penumbra creciente del espacio cerrado. Aguzó la mirada. Sí, una luciérnaga que daba la impresión de no querer ser identificada.

Él unió las manos humedecidas por el calor intenso y se las puso sobre el pecho, como si buscara agradecer aquel encuentro que no tenía explicación. ¿Por dónde podía haberse colado aquel coleóptero que prefería los espacios abiertos? La luciérnaga se quedó quieta, y él interpretó aquello en clave comunicativa. Se incorporó en el suelo, y quedó arrodillado como un devoto que acabara de entrar en éxtasis.
se llenó de destellos. Una nube de luciérnagas vagaba por sus estancias íntimas.
¿A quién estaba rindiéndole aquella pleitesía que semejaba un juego ingenuo? Inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró los ojos. Todo en su interior invocaba los poderes olvidados.

Se preguntó sin palabras:

—¿Dónde estoy?

La luciérnaga original descendió hasta su frente y se quedó quieta sobre ella. Y en aquel segundo él comprendió que la pregunta que acababa de hacerse era irrelevante.

MISTERIOS DE APETENCIA

Cuando se sacó aquel premio en la lotería tomó el hecho como un anuncio de la Providencia. No es que fuera creyente disciplinado, pero si quería llegar a serlo, y por eso activaba sus ansias en forma de reflejos anímicos. Como era un ser eminentemente ordenado, trató de armar de inmediato una lista de aplicación de los recursos ahora disponibles, que aunque no eran muchos sí representaban un respiro de amplio alcance en su situación económica normal.

La vida siguió su curso, como si nada nuevo asomara por ahí. Y es que la rutina era para él un estilo de vida. Pero poco a poco, y de manera inesperada, fueron apareciendo señales de que podía haber cambios de algún relieve. Un sábado cualquiera se había quedado sin salir porque sentía un leve malestar generalizado, de seguro por la intensidad de la semana transcurrida.

Se puso a observar, desde la terracita casi inexistente, los entornos del vecindario, y sobre todo ese lugar donde vivía ella, Marisol, que estaba en su mira desde que eran niños.

Por fortuna, Marisol se hallaba visible en aquel instante, recostada en la silla plegadiza que era su acomodo predilecto. Envuelta en una bata de casa, aprovechando también el paréntesis sabatino. Él trató de esconderse cuanto pudo para poder contemplarla con la mayor libertad posible. La había tenido a la vista tantas veces que todos sus detalles le eran conocidos. Así se mantuvo durante varios minutos, inmóvil, con la respiración anhelante y los sentidos a la expectativa.

De pronto, ella pareció darse cuenta de que era observada y se incorporó. Extendió los brazos hacia arriba, como si estuviera desperezándose; y al hacerlo la bata se entreabrió, dejando ver que se hallaba desnuda. Los reflejos sobre la piel eran una invitación al contacto íntimo.
Él tuvo el impulso de llamarla por su nombre, pero se contuvo. Lo que estaba haciendo era saborear el instante inesperado como si fuera un manjar de dulzura exquisita. La experiencia más deliciosa en la placidez de un sábado que tenía todos los visos de ser inolvidable, aunque no tuviera otras consecuencias.

¡Aleluya!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (195)

1595. NO HAY MEJOR ESPEJO…

Cuando se fue de su lugar de origen, lo hizo pensando en una nueva vida. Era joven, y podía descubrir caminos que desde ahí parecían inabordables. Luego de mucho trajinar, llegó a aquella pequeña ciudad italiana donde le ofrecieron trabajo como ayudante de cocina, porque tenía credenciales como chef en ascenso. Una tarde, caminando por las callejas atestadas de turistas, se cruzó con alguien que le trajo de inmediato el recuerdo de aquel personaje que había sido algo así como su mentor en la adolescencia. Ese alguien estaba decrépito y apenas caminaba. Le entró una angustia súbita. ¿Qué significaba su nueva vida? Era tarde y tenía que ir al restaurante a reasumir labores. Esa noche tuvo una pesadilla. Y en ella una voz le susurraba: “No hay mejor espejo que un amigo viejo”. Entonces lloró de nostalgia. Solo eso le quedaba.

1596. CONTIGO PAN Y CEBOLLA…

Desde que se conocieron, como niños en plan de adolescentes, en el festejo de cumpleaños de uno de los amigos del barrio, hubo entre ellos una sintonía perfecta. Entre ellos sí, pero entre sus parientes no. Y es que cada una de las familias decía querer algo superior para su descendiente. En esas estaban cuando se produjo un acontecimiento que puso todo en veremos: él ganó una beca para ir a estudiar al extranjero, y había que tomar decisiones de inmediato. La familia de ella se negó a que lo acompañara. Si se iba, tenía que hacerlo por su cuenta y riesgo. Entonces ambos reunieron en conjunto a las respectivas familias y ahí les expresaron que se irían juntos, aunque fuera a pasar penurias. Y él les recalcó: “Somos fieles creyentes en aquel refrán que dice: Contigo, pan y cebolla; y con otra, ni olla. Quédense con sus ollas…”

1597. HAZ BIEN…

Doña Milagros se sentía inspirada por su nombre, y por eso desde muy temprano en su vida tuvo inclinación irresistible al servicio de los demás. Cuando murió su marido y sus hijos se fueron a buscar oportunidades al Norte, ella se quedó sola en la casita suburbana donde vivió desde siempre. Se dedicaba a coser ajeno y a cocinar por encargo, y lo poco que le quedaba luego de gastar en lo elemental lo dedicaba a socorrer a sus vecinos más necesitados, que eran cada vez más. Muchos de los familiares jóvenes de aquella gente que tenía cada vez menos se habían incorporado a los grupos criminales, pero ella seguía en su afán, sin miedo ni reposo. Hasta ese día en que un par de delincuentes se metió en su casa y le quitó la vida sin necesidad porque doña Milagros no opuso resistencia. Hasta en las últimas dio el ejemplo.

1598. LO QUE NATURA NON DA…

Quería componer música. Dentro de él las armonías flotaban como hojas vivas en la corriente de un arroyo, pero por fuera nada revelaba cadencias armoniosas. En ningún instante, sin embargo, decayó su voluntad de responder al tenaz mandato interior. Lo pertinente era animarse al estudio formal en una academia confiable. Cumplió los exámenes de ingreso e inició el curso. Se esforzaba como el que más. Y pese a que su nivel nunca llegaba al plano superior, parecía ir encaminándose, hasta que de pronto llegó el silencio. Uno de sus maestros le explicó: “Es un mecanismo de defensa. Hay que sepultar el clavo de la duda y sembrar la semilla de la fe. ¿Has oído aquello de ‘Lo que Natura non da, Salamanca non lo presta’? ¿Y quién sabe dónde está lo que da Natura y qué es lo que Salamanca puede prestar?”

1599. ARRIEROS SOMOS…

¿Cómo era posible que después de tanto tiempo aquella imagen estuviera a solo unos centímetros? El aparecido lo saludó con efusión: “Hola, Chente, ¿te acordás de mí?” “Claro que me acuerdo, Chema. ¿Vos te acordás?” Habían sido vecinos, y tuvieron una disputa por la medición de las respectivas viviendas. Chema les encargó a unos sicarios que intimidaran a Chente, que acabó en un hospital y al salir escapó de la zona. “Te vengo a pedir un favor, Chente: que le permitás a tu hija andar con mi hijo… Se han conocido en la U”. “Ah, así están las cosas… Bueno, si me devolvés lo que me robaste, puede ser. ¿O querés que te mande sicarios? Ahora soy yo el poderoso. Tengo mi banda”. Chema retrocedió un par de pasos, como si quisiera huir en el tiempo. Pero no hay de otra: arrieros somos y en el camino andamos…

1600. OJOS QUE NO VEN…

La vida tiene derivaciones insospechadas. Y es que el camino de él y el camino de ella parecían ir de pronto en direcciones opuestas, después de tanto tiempo de íntima armonía en el trayecto. No podían escapar a aquel fenómeno existencial, y se hicieron a la idea. Pasado un largo período sin verse, tanto él como ella sintieron la necesidad imperiosa de recuperar la cercanía. Como habían perdido el contacto, tuvieron que andar en la búsqueda de indicios localizadores. Aquello resultó más difícil de lo esperado. Cuando se encontraron, los pálpitos mutuos les hicieron temer que el corazón se les saliera del pecho. Y entonces él dijo, animoso: “Le ganamos la partida a la sabiduría popular, que dice: ‘Ojos que no ven, corazón que no siente’. Nos pasó al contrario: ojos que no ven, corazón que se enciende…”

1601. MÁS VALE PREVENIR…

Aquella mañana, que era una de las primeras del tiempo vacacional, se levantó del catre con un zumbido extraño entre las sienes. Creyó que eso era simple producto de una mala posición, pero cuando le duró toda la jornada empezó a sospechar trastornos más delicados. Fue por fin a consultar a su médico de cabecera, que parecía ser experto en todo. Y el médico, ingenioso por vocación, le salió al paso: “Ya que decís que soy tu médico de cabecera, voy a ver qué te pasa en la cabeza”. De los exámenes superficiales no parecía salir nada. “Hay que hacer estudios más profundos…” “¿Por ejemplo?” “Una lavativa mental”. “¿Y eso?” “Vacaciones sin rumbo”. “¿Y si me pierdo?” “Sería lo que necesitabas. Terapia sigilosa. Probemos. Más vale prevenir que lamentar”.

1602. CUANDO EL SOL ALUMBRA…

Los tiempos eran difíciles, y lo mejor era el escape. En eso coincidían; pero no había coincidencia en el hacia dónde. Él hacia el Norte y ella hacia el Sur. Como si vivieran en un mapa mental contradictorio. Había que encontrar alguna salida, y él, imaginativo por naturaleza, se puso a pensar. De pronto: “¡Ya lo tengo! ¿Qué te parece si le preguntamos al Sol?” “¿Y cómo?” “Bueno, tirando una moneda a cara o cruz: cara, el Norte; cruz, el Sur”. “¿Y quién la tira?” “Tú”. La moneda, al caer, se perdió en el suelo ceniciento. “Pues nos quedamos, porque cuando el Sol alumbra no vale penumbra…”

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE CORBATA

En estos tiempos de informalidad creciente, los vestuarios estudiantiles van siendo cada vez más imprevisibles, en contraste con lo que pasaba en épocas anteriores, cuando los que estudiaban determinadas carreras usaban por tradición atuendos formales. Los estudiantes de Derecho, para el caso, vestían de saco y corbata. Hoy, los jeans y las camisas sueltas son lo que prolifera prácticamente sin excepción. Y entonces la rebeldía tiende a operar al revés. Es el caso de Segismundo.

—¿Por qué te pusieron ese nombrecito?

—Porque mis papás son cultos.

—¡Ja, ja!

—¿Ustedes han oído hablar de Calderón de la Barca?

—Sí, es un pescador que vive a la orilla del mar, allá por el puerto.

—¡Ah!, qué chistoso.

—Pues hombre, ¿cómo no vamos a saber, si el maishtro de literatura vivía mentándolo en sus clases, que por cierto eran una muestra bostezante de “La vida es sueño”…

—¡Ja, ja!

Y ahora Segismundo quiere ponerse a la moda rompedora para que el nombre no le estorbe. Estudia Tecnologías de la Información, y llega a diario a clases de saco y corbata. Los compañeros lo miran y hacen gestos de hilaridad despectiva. Y más aún porque cada día cambia el color de la corbata. Entonces la expectativa sobre ese color se va volviendo adivinanza viral.

Segismundo llega siempre tarde, y lo rodea de inmediato un coro de miradas.

—¿Y hoy qué le pasará a este? Viene sin corbata…

Alguno se lo pregunta de inmediato. Él sonríe con gesto de haber dado en el clavo:

—¿Qué les pasa? ¿No se han dado cuenta de que hoy tocaba la corbata transparente? ¡Si no serán pendejos!

MISTERIOS DE CAMISA

La primera vez que se abrazaron tanto él como ella sintieron que estaban entrando en terreno desconocido. Y eso desconocido se centraba en los aromas. Ni él ni ella pudieron advertir qué significaba aquella cercanía aromática.

—¿Te gustó? –preguntó ella, con un tinte de ansiedad.

—Una dulce emoción me invade. ¿Y a ti?

Ella no respondió con palabras. Suspiró como si estuviera a punto de experimentar una sensación inexpresable.

—Entonces, estás invadida por el desconcierto –reaccionó él, con ansiedad inocultable.

—No sé. Lo que pasa es que yo pensé que mi perfume iba a ser el único, y ahora siento que estamos correspondidos…

—¿Cómo así?

—Es que cuando nos abrazamos tuve la impresión de que entraba en una capilla…

—¡Qué misterioso es esto! Yo sentí, cuando nos abrazamos, que me hallaba en un rito floral…

—Es que el perfume que uso se llama “Florilegio”. ¿Y el tuyo?

—Bueno…, es que yo no uso fragancia…

—¿No, y entonces a qué hueles?

—No sé.

—Pues voy a probar otra vez.

—¿Qué?

—El abrazo.

Dicho y hecho. Y el abrazo fue más apretado aún, porque tenía propósito. ¿Cuánto tiempo estuvieron así? Ninguno de los dos pensó en el tiempo. Las aspiraciones mutuas lo dominaban todo. En él era el gozo de lo conocido. En ella era el ansia de lo desconocido.

Por fin, ella se desprendió suavemente. Y con las manos puestas sobre el pecho de él, vino su explicación:

—Es tu camisa la que huele, pero no en todo su tejido, sino solo en esta parte que está sobre el corazón. Quizás, entonces, es tu corazón el que envía el aroma.

Se rieron como niños que acabaran de descifrar un misterio inocente.

MISTERIOS DE CHINELA

Desde niño tuvo aquella tendencia a hacer del sueño una caminata sin duración ni destino identificables de antemano. En la medida que pasaba el tiempo, aquellas excursiones nocturnas le iban produciendo estados de fatiga que podían parecer quebrantos de salud.

Tanto así que, para salir de dudas, empezó a acudir a consultas médicas en busca de respuestas esclarecedoras.

Dichas respuestas fueron variadas y hasta contradictorias. Como que por ahí no se llegaba a nada.

Pasó, entonces, a buscar opinión más especializada. Y en ese orden uno de los consultados le hizo una sugerencia que parecía desconcertante:

—Creo que sería prudente que acudiera a la consulta de un psicólogo.

—¿Tendré problemas mentales, doctor?

—Yo solo aconsejo. No soy experto.

Buscó esa opinión.

—Vamos a hacer un calendario de sesiones.

Transcurridas algunas, dejó de asistir. ¿Qué pasó? Alguien le sugirió una psíquica, que en el primer encuentro le hizo una petición que parecía una simple extravagancia:

—Para empezar, ¿podrías traerme una de las chinelas con las que te desplazas en el sueño?

Cuando se la llevó, la psíquica la tomó entre las manos e hizo un gesto de reverencia:

—Ahora sé que eres un sonámbulo sobrenatural. En esta chinela están las huellas de tus excursiones cotidianas por los caminos del pasado y del futuro. Tú, cada noche, recorres un resumen de tu vida…

—¿Y de dónde me viene la fatiga?

—No es fatiga, amigo mío: es sensibilidad llevada al límite.

—¿Y entonces?

—Voy a tratar de acompañarte cuando me sea posible.

—¿Y cómo vamos a encontrarnos?

—No te preocupes: mis propias chinelas me llevarán hasta ti.

MISTERIOS DE BUFANDA

En el lugar, que era un suburbio superpoblado, el clima cálido imperaba a lo largo del año, algunos meses en lo seco y otros meses en lo húmedo. Era el trópico, benigno pero persistente. Por eso la prenda que estaba guardada desde siempre en la gaveta más baja del ropero era una curiosidad sin explicación espontánea.

Gabriela, a quien todos llamaban Gaby, ocupaba hoy aquella pieza que antes fue de su madre, de su abuela y de su bisabuela, en sucesión cronológica impecable. El ropero también venía de aquellos lejanos entonces, y a Gaby le hubiera gustado tener un clóset, pero el mueble ya estaba ahí y había que aprovecharlo, aunque fuera una reliquia casi centenaria.

Cuando concluyó sus estudios universitarios tuvo el impulso de seguir la ruta de muchos de sus amigos: ir a sacar una maestría en alguna universidad del Norte. Era la moda del momento. Su récord académico era impecable y los recursos económicos disponibles daban para eso y más. Empezó a hacer indagaciones y así llegó el momento de elegir destino. En todas las universidades a las que aplicó se le abrió un espacio. Solo había que decidir.

La tía July, que era su único familiar cercano, le preguntó:

—¿Ya sabes para dónde vas?

—Pues estoy entre dos opciones: Texas o Massachusetts. Y todo me jala hacia Massachusetts. Es como el llamado del frío.

La tía July soltó una risa tierna:

—Claro, mi abuela y tu bisabuela queriendo que vuelvas al clima original. No en balde te dejó una bufanda para que la llevaras en el regreso.

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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (194)

DEL SUEÑO

Aquella mañana todo parecía igual que siempre: afuera, el clima propio de la estación; adentro, las premuras normales de la hora. Se levantó de la cama, aun en penumbra, y se fue al baño a los oficios de limpieza matinal. Volvió en unos minutos sin ningún trapo encima. Había que preparar algo que se pareciera a un desayuno. Pero cuando estaba por dejar el pequeño dormitorio, que desde hacía unas semanas no compartía con nadie, tuvo de pronto una sensación de soledad que no le había dejado ninguna de sus parejas sucesivas cuando escaparon de ahí, como de un lugar inhóspito. Volvió al lecho y descubrió que ahí, bajo la sábana revuelta, había algo. Levantó sigilosamente la tela, que bien podía ser un sudario. Y lo era: lo que estaba ahí, exánime, era su propio sueño. Gimió. Hoy sí se quedaba solo en el mundo.

1580. LA LUZ DE SANTA RITA

Su vida había entrado en fase de crisis, tal si todo lo que le rodeaba se estuviera poniendo en su contra, sin alternativa. No era una simple sensación, porque los hechos se hallaban a la vista. Entonces todos sus mecanismos anímicos empezaron a fallar. Se fue enclaustrando en sí mismo, como un ermitaño sin escapatoria. Aquello era una trampa mortal. Pero de pronto, y sin que hubiera indicios reveladores, cada vez que cerraba los ojos, una tenue luz se le hacía visible en la profundidad de la conciencia; y esa luz poco a poco iba tomando cuerpo, hasta que apareció la imagen. Era una señora sonriente con una rosa en la mano. Se la ofreció con un gesto. Él vaciló. “No temas, todo va a resolverse, yo soy la abogada de los imposibles. Y esta rosa es la llave para ingresar en tu nueva ruta…”

1588. FICCIÓN INMEMORIAL

Por el camino polvoriento venía la caravana de peregrinos que estaban lozanos como si acabaran de salir de su punto de partida. Nadie hubiera dicho que la ruta que venían recorriendo fuera ya tan extensa como aquella suma de solsticios y equinoccios, aunque nadie en el ambiente los reconociera como tales. A media mañana pasaron frente a aquel caserío que tenía todas las características de un refugio de seres sin hogar, y los peregrinos se sintieron envueltos por un aura insospechada. Fueron en busca de un lugar para descansar por unas horas, y lo que encontraron fue aquel predio baldío que daba a una fuente sinuosa. Ahí se instalaron para pasar unas horas. Horas que se volvieron días y luego años y siglos. Solo el camino polvoriento siguió ahí, esperando a sus peregrinos ilusionados…

1589. EN EL CÍRCULO SAGRADO

¿De dónde le había nacido aquella impresión de que estaba siempre al borde de un arroyo, entre los guijarros y las plantas de la orilla? Quizás de su experiencia infantil, cuando le tocó vivir el desapego familiar y tuvo que refugiarse en los espacios naturales que había alrededor. Ahí se hizo amigo entrañable de los árboles protectores y de las mariposas aventureras. Después, se fue a la ciudad a seguir sus estudios, y ahí tuvo que acomodarse a los espacios cerrados y a los laberintos artificiales. Pero el vínculo emocional con el arroyo original y sus entornos nunca dejó de estar presente en sus vigilias nocturnas. Cuando terminó su formación académica tuvo que buscar ocupación laboral. Y entonces desechó oportunidades por lealtad a su memoria. Hoy trabaja en un vivero junto a una quebrada. Destino final.

1590. JUEGO DEL TIEMPO

Ella era introvertida por naturaleza, y cuando llegó a la adolescencia tal condición se le convirtió en penumbra íntima. No se comunicaba con nadie, hasta que llegó aquel muchacho con planta de extraterrestre emocional. Hubo un clic instantáneo, y a partir de aquel momento tanto él como ella fueron inseparables. Se hallaban concluyendo su formación universitaria, ella en filosofía subliminal y él en química reveladora, aunque las carreras no se llamaran así. Formalizaron su relación, para hacer vida en común. Los años siguieron pasando, y en un cierto momento, sin decirse nada al respecto, empezaron a descubrir que ambos tenían una misma ruta de vida, que estaba por encima de todo lo demás. Y esa ruta iba en dirección inversa a lo que se consideraba natural. No iban hacia la vejez sino hacia la infancia. Misterio compartido.

1591. MÍSTER  ANGELICUS

Desde la más remota infancia se manifestó como un ser fuera de serie, en lo bueno y en lo malo. Su familia no podía con él, y muy pronto lo enviaron a un internado religioso en las montañas. Ahí obtuvo su título de bachiller, y se dispuso a ingresar al mundo universitario. Escogió una universidad pública, para no tener que depender de sus padres, y consiguió trabajo de limpieza en una capilla. Empezó a estudiar la carrera de chef, porque le fascinaba la mezcla de ingredientes. Muy pronto estaba listo para emprender un negocio propio, luego de conseguir un crédito bancario. A la hora de escoger el nombre dispuso ponerle “Míster Angelicus”. Fue una corazonada. Alguien se lo preguntó, y la respuesta fue tan enigmática como él: “Para que los clientes sientan que su cocinero también alimenta a los dioses”.

1592. ENTRE  HERMANOS

Cuando se casaron, ambos compartían criterio sobre la religión: eran ateos confesos, y decían sentirse libres por ello. La vida les fluyó sin dificultades personales, pero cuando tuvieron su primer hijo, que fue una niña, algo se les removió por dentro. Era sentir que aquella niña, radiante como una flor y fragante como un fruto, estaba ahí para acercarlos a la gracia del milagro. Las madres de ambos, fieles y devotas, les hablaron con suave emoción: “Esta criatura nació el 6 de febrero, Día de Santa Dorotea, patrona de floristas y fruteros. ¿Y saben qué quiere decir Dorotea? Regalo de Dios. En nuestro corazón, la niña se llama Dorotea. ¿Están de acuerdo? Si es así, sonrían sin temor…” Ellos no respondieron de inmediato, pero en los días siguientes siempre hubo flores y frutos alrededor de la recién nacida.

1593. PARÁBOLA DEL HALLAZGO

Se lo había dicho infinidad de veces, como para que ella entrara en comunicación directa con su imaginación más profunda: “Lo que nos une no es el destino, sino la búsqueda”. Y aquella frase caló tanto en el ánimo de ambos que muy pronto se dieron a la tarea de recorrer juntos los caminos del mapa que estaba a su alcance, como en un ejercicio de círculos concéntricos. Aquel fin de semana dispusieron ir a caminar por uno de los cerros más cercanos, que estaban siempre superpoblados de vegetación. Se internaron entre la maleza y los ramajes y fueron avanzando hacia adentro. De pronto, se hallaron en un claro no previsto, que de inmediato les dio la sensación de un jardín de pequeñas plantas floridas al ras del suelo libre. Y él dijo, emocionado: “Es lo que nos tocaba encontrar este día: uno de los jardines urbanos de la infancia…”

1594. EL MAPA SIGUE ABIERTO

Se fue del sur hacia el norte cuando las contingencias de la guerra le hicieron sentir que no podía moverse en su espacio disponible. Y ahora tenía que volver del norte hacia el sur porque las contingencias de la persecución le hacían saber que era mejor volver por las buenas que exponerse a ser víctima de las malas. Volvió y se sintió un desconocido, aunque su gente lo recibía con amabilidad. ¿Qué pasaba, entonces? Estuvo haciendo cábalas, hasta que atinó con una respuesta: “No me sirvió del sur hacia el norte ni del norte hacia el sur. Hay que probar con las otras direcciones…”

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE MALETA

Se estaba acercando el día de la partida y el color de las horas se le volvía cada vez más mortecino. Tenía muy poco que llevarse, porque era de esos seres que guardan la mayoría de sus pertenencias esenciales en la mente. Pero con algo había que cargar, porque iba hacia un lugar desconocido aunque todas las informaciones sobre el mismo estuvieran a su disposición en los folletos y en la Internet.

En la casa se sentían tristes por su alejamiento, pese a saber que era impulsado por la necesidad de contar con más fondos para el sostén de su familia, aparte de que el hecho de ir a trabajar en una empresa dedicada al marketing ecológico estaba íntimamente conectado con sus afinidades más profundas. En las vísperas, armó una pequeña maleta que había permanecido arrinconada en el clóset desde siempre. Cuando la abrió sintió un aroma que no parecía propio de un objeto como aquel, pero no le dio importancia, porque las urgencias del viaje inminente le absorbían toda la atención.

A la mañana siguiente, luego de las sentimentales despedidas del caso, emprendió camino hacia la estación, ya que la primera etapa del viaje sería en tren expreso. Tomó un asiento junto a la ventana, y la maleta iba a su lado, porque el asiento contiguo se hallaba vacío.

En cuanto el tren arrancó, a él le fue entrando una somnolencia irresistible, y se durmió de inmediato. Aquel trayecto hasta la ciudad donde tendría que tomar el transporte aéreo duraría algo así como cuatro horas, y por consiguiente el reposo durmiente podía ser prolongado.

El sueño que le vino fue profundo, y en él se sumergió sin resistencia. Al despertar, la sorpresa resultó desconcertante. ¿Dónde estaba? Se encontró tendido en el suelo en una calle desierta. A su alrededor, nada resultaba identificable. Se hallaba, sin duda, en otra latitud.

Se incorporó como si emergiera de un letargo indefinible. Por impulso instantáneo buscó su maleta. Estaba ahí, junto a él. La abrió con premura. Se hallaba vacía. Y el aroma que antes sintiera hoy parecía provenir de un incensario oculto. ¿Qué era todo aquello? Enfrente, un parque nutrido de arboleda parecía estar aguardándolo.

Sonrió agradecido. Tomó su maleta vacía y avanzó hacia ahí. El origen inocente del marketing ecológico lo aguardaba en su expresión más pura y personal. Había que tomarle la palabra y poner la voluntad a su servicio.

La maleta era su compañía perfecta.

MISTERIOS DE ROPERO

El cuarto no era muy amplio, pero sí tenía capacidad de albergar varios muebles, como evidentemente ocurrió en otras épocas familiares. Ahora, lo único que había ahí era un pequeño y escuálido escritorio que de seguro nadie se quiso llevar cuando la casa fue desocupada para ponerla en alquiler. Los interesados en tomarla no le ponían mayor atención a aquel detalle, porque en estos tiempos en que los iPads y los teléfonos siempre están a la mano la existencia de un escritorio es irrelevante, aunque por momentos pueda ser un estorbo.

Los que se pasaron a vivir al lugar arrinconaron el escritorio para tener más espacio disponible, y en tal espacio ubicaron un mobiliario de última generación, de esos que anteponen la extravagancia a la comodidad.

Los moradores actuales eran tres personas humanas y una persona perruna. Y aunque los humanos no le pusieran atención al detalle, el perro de la casa llegaba varias veces al día a reposar a la par del mueble en el que nadie reparaba.

Cuando llegaba la hora en que los tres humanos volvían de sus respectivas faenas diarias, el otro habitante se incorporaba, sacudía su pelambre y avanzaba hacia la puerta de entrada. Cada uno de los que iban apareciendo –los dos padres y la hija– le hacía un gesto propio, y él respondía también con gestos diferentes. Luego Sandokán, que era su nombre rescatado de los recuerdos infantiles del señor, se iba a acomodar a la par del escritorio.

En el lugar se acumulaba el polvo y menudeaban los pequeños objetos sobrantes, por eso los señores cada vez que veían al perro ahí trataban de que se fuera hacia otra parte. Él los observaba acomodado sobre el suelo y levantaba los ojos con una mirada que parecía decir: “No entiendo nada”.

Así las cosas, un día de tantos llegaron los cargadores de una empresa dedicada a transportar objetos pesados y levantaron el escritorio para llevárselo. El señor y la señora observaban con expresiones de alivio.

—Por fin vamos a deshacernos de ese trasto viejo, que es un almacén de polilla…

Cuando Sandokán se dio cuenta de lo que pasaba empezó a aullar lastimeramente, y no había forma de callarlo.

—¿Qué te pasa, chucho loco? Si hoy todos vamos a estar en un lugar más limpio…

Pero en los días subsiguientes algo como un virus desconocido pareció invadir la casa. Sobre todo el señor y la señora daban impresión de creciente debilidad. Ellos y la hija fueron a pasar consulta médica. El examen no revelaba nada en concreto. El doctor encargado los miró sucesivamente después de revisar los exámenes:

—Pues no se ve claro. Les voy a decir algo que parece fuera de toda consideración científica. Es como si una extraña forma de polilla se hubiera infiltrado en sus organismos… Yo no sabría cómo explicarlo, pero tengo el pálpito de que algo se les ha colado de manera subrepticia… Y como yo también creo en las realidades esotéricas, voy a recomendarles que busquen una psíquica competente…

Ellos se cruzaron miradas. Y él reaccionó en forma que el médico no podía entender:

—Vamos a buscar consejo profesional. Gracias, doctor.

Al regresar a la casa, lo primero que hicieron fue llamar a Sandokán.

—Ya sabemos que sos el maestro. ¿Qué nos aconsejas para superar nuestras dolencias? ¿Que el escritorio vuelva a su lugar?

El ladrido entusiasta de Sandokán no dejaba alternativa.

Buscaron a los compradores y les ofrecieron el doble de lo que ellos habían pagado. La salud es lo más importante. Trato hecho. Sandokán saltaba de alegría.

MISTERIOS DE ROPERO

En aquel hogar los roles tradicionales estaban completamente cambiados: la señora era la proveedora con el producto de su trabajo y el señor se encargaba de las faenas domésticas. Y por las reacciones de todos –es decir, de los padres y de los hijos– tal distribución no afectaba a ninguno, porque ya era una especie de norma vigente desde tiempo indefinido.

El señor ordenaba lo referente al vestuario, y desde luego era un experto en lavado, planchado y guardado de la ropa, que se hacían en aquella casa conforme a las normas de siempre. Su devoción por el orden, tanto en el diseño como en la presentación, no tenía quiebres.

La señora era veleidosa al máximo, y actuaba sin reparar en las reacciones de los demás. Ella, en lo tocante a las prendas de vestir, vivía atenta a lo que se publicaba en las revistas de moda, y era especialmente sensible a las innovaciones extravagantes.

Entonces, para mantener la armonía, el espacio clave era el ropero.

Por fuera, el ropero que compartían tenía la forma, la estructura y el color de los muebles heredados. Por dentro, era como si ahí convivieran dos mundos muy distintos entre sí. Por eso quizás cada uno de ellos cuando iba a guardar o a sacar sus atuendos sólo abría la hoja correspondiente. Aquel día, sin embargo, coincidieron frente al ropero, y se quedaron quietos sin mirarse.

—Voy a sacar mi chamarra del tiempo de la guerra –dijo él.

—Yo voy a buscar mi traje brillante que estará de moda en la próxima estación.

Entonces se rieron, como si se tratara de dos bromas inocentes. Las dos hojas se abrieron al mismo tiempo. ¿Pero qué había adentro? Como por arte de magia, en el lado de él se hallaban colgados los atuendos psicodélicos y en el lado de ella las piezas clásicas. El mensaje les hizo mirarse como cómplices por primera vez.