HIDROPONÍA MÁGICA (3)

LA GRAN AVENTURA

Habíamos caminado muchas horas, sin descanso. Salimos de la huerta, cruzamos el sembradío, atravesamos la aldea, subimos la colina, recorrimos la duna, llegamos a la playa. Enfrente, el mar hablaba con fervorosa elocuencia de espuma. Entonces, nos arrodillamos como ante un altar. Una mano invisible nos fue conduciendo dentro del agua, que tenía toda la frescura de las verdades inmutables. Y antes de que al agua nos cubriera, nos dijimos al unísono:

–¡Buenos días, amor!

DIÁLOGO INTEMPORAL

Inmediatamente después de ver el reportaje televisivo, te anuncio:

–Viajaremos en A380.

Tú me aclaras:

–El año próximo estará disponible ese maravilloso Airbus en Singapore Airlines.

Puntualizo, sorprendido:

–¡Yo hablaba en metáfora nostálgica! Hace 100 años que comenzó a volar el A380.

Tú me preguntas entonces:

–¿Qué canal estamos viendo?

–The History Channel –te respondo.

–¡Ah, esa es la confusión! –me explicas–. Yo estoy viendo las últimas noticias por CNN.

UN TRAVIESO ARGUMENTO

–Me cuesta mucho creer en Dios…

–Ahí está el error: pensar que la cuestión es de fe.

–¿Y entonces?

–La cuestión es de duda.

–Dudo de Dios.

–Luego, Dios existe.

–¿Qué diría Descartes?

–Que diga misa.

MORALEJA CON ALAS

El abejorro zumba insistentemente alrededor del cristal cerrado de la ventana. Afuera están abiertas las flores propias de la estación. De pronto, alguno de nosotros pregunta:

–¿Qué buscará el abejorro dentro de la casa?

Y alguien responde:

–Busca lo que le es imposible alcanzar.

Y alguien más filosofa:

–Entonces, el abejorro es perfectamente humano.

PASEO DOMINICAL

Tomó de la mano a su imagen y se fue a deambular con ella dentro de sí mismo.

DESCRIPCIÓN DEL SITIO

Estamos sentados alrededor de la mesa, con las manos abiertas sobre su superficie. Y uno de nosotros indaga:

–¿De qué bosque será la madera con que construyeron esta mesa?

Otro supone:

–Quizás del bosque mental.

El que está a mi lado –que podría ser mi otro yo—exclama:

–¡Exacto! Porque nos hallamos ante una mesa de bruma.

ESCENA CLAVE

Se puso las botas y se encajó el pasamontañas. Luego se cubrió la cabeza con un sombrero peliculesco. Entonces pasó al escenario. Todo estaba listo para iniciar el rodaje. Se oyó una voz que tenía el acento de los mensajeros celestes:

–¡El que esté libre de palabras sordas que suelte la primera bala!

ESTABA ESCRITO

¡Lo intuíamos, lo adivinábamos, lo sabíamos: la única oración que perdura es el silencio!

EL DIÁLOGO MÁS ANTIGUO

–¿Falta mucho para que amanezca?

–No lo sé: aquí todas las ventanas están cerradas.

–¿Dónde?

–En el ático de la conciencia.

ENIGMAS DEL MOMENTO

Mi madre está presente esta tarde, en su sillón de siempre, junto al jardín que ella misma cultiva. Hay una rosa deslumbrante en la cumbre del rosal.

–¿Ha visto esa rosa, mamá? –le pregunto–. Es de su rosal favorito.

Ella mira hacia la rosa, y luego vuelve la mirada hacia el entorno interior de la sala. No estoy seguro de que haya reparado en mi presencia.

–Estoy reconociendo el lugar –parece explicarse a sí misma.

Ante esas palabras, casi me animo a recordarle que esta es su casa, que ese es su jardín, que aquí está lo suyo. Su música, sus libros. Sus perros. Y yo, su hijo. Pero me detengo. Vuelvo la mirada hacia la rosa magnífica, y tengo la súbita sensación de que la rosa me sonríe…

EL JARDÍN NUNCA DUERME

Anoche quedó prendida una luz en el jardín. No hallé cómo apagarla. Y hoy he descubierto la razón de eso: esa luz es mi ilusión de dormir al desnudo entre los árboles y las plantas, como en la mejor placenta del espacio.

Desperté feliz.

Historias sin Cuento

EN LA CUMBRE DEL ANHELO

Y entonces se hicieron novios, aunque el término era muy poco ilustrativo sobre la verdadera relación que llevaban. Sus respectivas familias vieron aquella unión como un capricho de jóvenes que apenas estaban saliendo de la adolescencia, y para no crear fricciones que pudieran ser contraproducentes en la línea de la extravagancia, los dejaron estar con sonrisas forzadas y con ayudas calculadas. Ellos no parecían tomar en serio nada de aquello, y estaban dedicados a lo suyo, con una disciplina existencial de seguro digna de mayor edad y de mejor causa.

Aunque aún no era tiempo de formalizar la alianza de vida, ellos, sin decírselo a nadie, la formalizaron a su manera. Alquilaron por un fin de semana aquella pequeña construcción de madera y lámina que estaba en la parte más alta de una colina no muy distante, y hacia allí se fueron a pasar aquellas horas juntos, sin tener a nadie alrededor; bueno, salvo las presencias vegetales visibles y las presencias animales invisibles.

Cuando estuvieron ahí, ambos, sin hacer ninguna referencia al respecto, empezaron a sentir que una especie de aura voladora se les iba despertando por dentro. Eso les hacía sentir como si estuvieran a punto de levitar sin proponérselo, y curiosamente de la manera más espontánea.

Sólo estarían ahí una noche, y por eso aquellas horas eran claves para sentir a fondo lo que estaban sintiendo. Tomaron el bocado que llevaban, se pusieron cómodos con las ropas que también llevaban y se dispusieron a la aventura posible.

–¿Qué quieres hacer? –le preguntó él.

–Ya lo sabes: el amor.

–Bueno, pero el amor ya está hecho. ¿Qué más?

–Hacerlo en otro plano.

–¿Cuál plano?

–El de los sueños que vuelan.

–¡Vamos, entonces!

Y sin decir más, se unieron en un abrazo volador. El cielo los estaba esperando con sus colchones nebulosos.

EL TIEMPO NOS VISITA

Su bisabuela había sido artesana de figuras religiosas. Su abuela fue dueña de un jardín donde se cultivaban flores comercializables. Su madre estaba aún dedicada a producir trajes para ocasiones solemnes. Y ahora le tocaba a ella definir su dedicación de cara al futuro.

De seguro por su propia naturaleza anímica aquella definición iba saltando, sin resolverse, de mes en mes, con la amenaza de que no fuera a producirse nunca. Hasta que una mañana cualquiera, que en verdad resultó ser un momento estelar en su vida, se encontró con aquel compañero de kindergarten a quien no había visto, y ni siquiera recordado, desde entonces:

–Hola, vos sos Elisa, ¿verdá?

–¿Y vos sos Franco, no es cierto?

Ambos se rieron. Sobraban aquellas dos preguntas, pero las respuestas sonoras valían la pena. Y al sólo mencionar los nombres se les activó en ambas conciencias un eléctrico vínculo totalmente insospechado.

–¿Qué ha sido de tu vida, desde aquellos tiempos en que eras una niña colocha y contemplativa?

–¿Y qué ha sido de la tuya, desde que usabas tus primeros bluyines y tenías voz más ronca que ahora?

Ambos comenzaron a reírse entre dientes, hasta acabar en la carcajada conjunta. Y esa carcajada espumosa fue como una señal de perspectivas abiertas. Sin darse cuenta, estaban ya tomados de las manos.

–Elisa, vos sos una artista nata. Tus acuarelas son un encuentro de colores vivos.

–¿Y cómo lo sabés, Franco, si yo jamás he pintado una acuarela?

–¿En serio? Entonces estás como yo.

–¿Qué querés decir?

–Que yo en este instante acabo de descubrir lo que soy: un descifrador de latidos del alma…

–¿Y que hacemos ahora?

–¡Esto!

Y sin decir más se le acercó hasta que se juntaron las respiraciones. De ahí brotó el suspiro, que hizo temblar todas las hojas alrededor. El antiguo kindergarten se habia transfigurado en un templo, íntimo y aromado.

CORRIENTES INMEMORIALES

El arroyo corría ladera abajo, como si tuviera prisa por ir a cada instante al encuentro de su destino natural, que era aquel pequeño lago al que la mayoría de los lugareños no le prestaban ni la mínima atención.
Y cuando aquel desconocido recién llegado se instaló en una cabañita casi derruida que estaba en una de las orillas donde el agua era más accesible algo pareció animarse en la atmósfera del lugar.

El sábado siguiente algunos de los habitantes de los alrededores se fueron acercando sin ningún acuerdo previo a las aguas fluyentes. Entre ellos, el más anciano y el más joven de los pobladores. Era una tertulia perfectamente improvisada, y eso hacía que los concurrentes se hallaran dispuestos a expresar con libertad lo que sentían.

–Por favor, que los que tengan guitarra vayan a su vivienda y la traigan. ¡Le vamos a dar serenata al agua viva!

Frente a esa invitación que tenía todas las características de una orden, muchos se fueron alejando para darle cumplimiento. Y en menos de un cuarto de hora la concurrencia pudo empezar a oír improvisaciones de veras sorprendentes. Todas eran melodías no identificables, que le daban a la ocasión un pulso casi mágico.

En eso, el más anciano y del más joven de los presentes se salieron del grupo de los espectadores y pidieron silencio con un gesto unánime:

–El arroyo ha sido nuestro maestro, y tenemos que declararle nuestra devoción permanente. La señal nos la ha traído un mensajero silencioso. Vamos a buscarlo…

Y todos en fila se dirigieron a la cabañita del desconocido. Se detuvieron frente a la puerta. Adentro lo que se oía era un sonido de aguas semejantes a las del arroyo.

Los más desconfiados comenzaron a preguntarse qué estaba pasando, y en ese mismo instante se entreabrió la puerta. Lo que apareció fue la imagen del desconocido, cuya forma humana tenía hoy la energía de un manantial encariñado con la luz.

–¡Gracias a todos! Seguiré aquí, soltando toda la liquidez de mi ser mientras el aire y la tierra me lo permitan… Gocemos juntos, los presentes y los que vendrán, el misterio de las aguas vivas. Y la sangre que habita en ustedes es el arroyo fraternal que nunca duerme. ¡Feliz desvelo, almas gemelas!

HIDROPONÍA MÁGICA (2)

HIDROPONÍA MÁGICA

Obras son amores… que casi nunca sobreviven.

PÁGINA EN BLANCO

¡Shhhh!… A las palabras que aquí se cuelen que no se les olvide que tendrán que mantenerse siempre clandestinas.

DESPUÉS DE LA TERTULIA

Todas las sombras vuelven a su oficio normal: ser guiadoras de seres despistados.

QUE SIRVAN YA LA CENA

–¿Qué estamos celebrando?
–El cumpleaños de la memoria.
–Ah, pues entonces que nadie se quede sin brindar…
–¿En honor a quién?

LAS HOGUERAS MÁS PRÓXIMAS

Deberíamos saberlo por intuición de origen: todos los fuegos naturales se entrenan en nuestras estancias interiores.

AÑORANZA CUMPLIDA

Aquel atardecer otoñal en Santa Fe de Nuevo México nos trajo a ambos el mejor regalo: sentirnos invitados a la feliz terraza de los dioses.

PASIÓN DE PEREGRINOS

Ya estamos listos para empezar de nuevo la jornada: los carruajes alados nos aguardan.

ESPESURA AL ACECHO

La autopista se vuelve de pronto carretera polvorienta. ¿Qué ha pasado para que tal mutación ocurra? Pues lo mismo de siempre: que las antiguas soledades boscosas siguen en guardia para no perder del todo su derecho a existir.

ALGUIEN ESTÁ LLAMANDO

El silencio nocturno era perfecto. Alrededor no se movía ni la hoja de un árbol. En eso, pareció en la acera una figura que tenía todas las trazas de ser un vagabundo. Se detuvo frente a una puerta e hizo el gesto de llamar, aunque el gesto no llegó a consumarse. Pero ese gesto bastó para que una cadena de toques se desatara en los entornos. Todas las puertas se entreabrieron, cautelosas. El vagabundo sonreía, invisible.

EL BUEN SAMARITANO

Después de cada empeño bondadoso busca refugio en el desván de los oficios olvidados.

FRENTE AL SENA

–¿Dónde estamos? París se pierde de vista en los atardeceres del otoño.
–Pues estamos aquí, junto al puente más fiel: ese que se prepara a dormir entre imágenes.

BRISAS DEL NORTE

Nos salen al encuentro cuando se nos olvida en el armario La Rosa de los Vientos.

CÍRCULO VIRTUAL

Cada mañana se preguntaba:
–¿Llegaré al anochecer?
Hasta que un día la noche se le acercó al oído mientras la luz aún era plena:
–Me voy de viaje, y ojalá que te acostumbres al desvelo eterno.

FAMILIA DE VELÁMENES

Peregrinaje feliz: de Lanzarote en las Islas Canarias a Los Lunas en Nuevo México a Armenia en El Salvador. Aquí tengo el mapa, en una pequeña gaveta del subconsciente atávico.

SENTIMIENTOS SIDERALES

Cuando gozamos la caída de la tarde, el ascenso de la aurora nos contempla con ojos recelosos.

AQUEL DÍA EN SORRENTO

Subíamos por la escalera de piedra como los peregrinos del crepúsculo en busca de la posada silenciosa donde nos esperaba el concierto de todas las nostalgias.

EN EL OTRO TEMPLO

–Te he venido siguiendo a lo largo de todo este camino…
–Pero no me conoces. Ni siquiera adivinas quién soy.
–¿Y qué me darás si acierto al decírtelo?
–Un beso de bienvenida.
–¡Gracias, Afrodita!

DESDE EL BALCÓN

Podemos ver los verdes muros del Paraíso, siempre que estemos juntos.

ESTRENO DE VIERNES

Una película sin nombre para que los que la veamos esta tarde en el Cine Apolo no la olvidemos nunca.

POR DERECHO PROPIO

Si todo sale bien, la próxima noche de sábado habrá plenilunio, aunque el calendario no se entere.

SABIDURÍA FIEL

Cuando canta el tecolote, las ánimas de la noche siempre le hacen coro.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (215)

1758. PRINCIPIO DEL FESTIVAL

Sonó la alarma de incendio, y como era hora en que todos los habitantes del lugar se hallaban en sus recintos luego de la jornada laboral, la estampida fue inmediata. Bajaron sin tiempo para recoger nada hasta la primera planta por las escaleras de emergencia, y ahí se congregaron a observar lo que estaba ocurriendo. No se observaba nada anómalo, ni siquiera un conato de humareda. En las terracitas había ya algunos focos prendidos, como siempre. Alguien fue a buscar al encargado de seguridad, que era un joven recién llegado al puesto. “¿Podría decirnos dónde está el fuego que se anuncia?” “¿Fuego? ¿Cuál fuego?” “Pues el que hizo sonar la alarma… ¿Que no se dio cuenta?” El aludido hizo un gesto de desconcierto. Y en ese mismo instante las llamas coparon el lugar, pero como una invasión de bailarinas astrales.

1759. ¿SERÁ BROMA, ACASO?

Se sacudió el polvo del camino e ingresó en la casa para darse una ducha reconfortante. La noche se anunciaba con burbujas voladoras, y aunque aquella era una sensación típicamente anímica, en el aire parecían estarle respondiendo con igual signo los fantasmas risueños con los que siempre había tenido tan buena relación. Cuando salió del baño con la toalla amarrada a la cintura marcó el número de Tania. “El número que usted marcó no existe”. “¡Qué joden! ¿Cómo no va a existir?” Dos, tres, cuatro veces. Igual. Se fue en busca de Tania, a quien aquella noche le pediría formalizar la relación. Llegó al edificio de apartamentos y en la recepción le informaron: “Desalojó hoy por la mañana. Su vuelo salía al mediodía”. “¿Vuelo? ¿Hacia dónde?” “Sólo le dejó esta tarjeta en blanco”. Las burbujas voladoras se posaron sobre sus hombros por si quería seguir la pista…

1760. EN RUTA HACIA ARRIBA

El amigo astrólogo le dijo, sin que aparentemente viniera al caso, mientras departían aquella tarde de sábado en el bar de la esquina donde se habían reunido desde que eran contemporáneos en la universidad: “Quizás lo que necesitás es entenderte con el tiempo, para que él te provea el password de tu verdadera identidad”. Cuando él se quedó inmóvil ante tal consejo, el astrónomo le dio un sorbo a su copa de ron campestre y esbozó una sonrisa ingenua. Desde aquel momento, él siguió rumiando las enigmáticas palabras, hasta que tuvo un golpe de intuición, que quedó para sus adentros: “Ya estoy empezando a calar en el significado de lo que me dijo mi amigo conocedor de las fuerzas estelares: el tiempo, que siempre está aquí, tendría que darme la clave para pasar al otro plano, al de las nubes y al de los astros… ¡Consejo fino, que voy a seguir al pie de la letra!”

1761. LA ETERNA AVENTURA

Después de conversar con Ángel durante unos pocos minutos, lo que le quedó fue un sabor agridulce y una sensación polvihúmeda. Aunque la diferencia de edad entre ellos era casi simbólica, Ángel había sido durante muchos años su consejero espiritual, y ahora estaba dirigiéndose a un estadio de la vida en el que todo se va volviendo distante. Tuvo que preguntarle: “¿Estás pensando dejar este mundo por otro mejor?” Ángel lo miró directamente a los ojos: “Pues esa idea nunca se debe descartar del todo. Tú, que eres un imaginativo por excelencia, deberías comprenderlo con más claridad que nadie”. “¿Yo? Pero si continúo siendo un aprendiz casi de todo…” “Por eso mismo: porque los aprendices son los que verdaderamente ejercen sabiduría. Quiero ser como tú. ¿Me lo permites? El cambio de roles es la mejor vía para evolucionar…”

1762. EL MEJOR MECANISMO DE DEFENSA

El jefe la había acosado de muchas maneras, sin lograr que ella cediera ni un milímetro en su negativa a convertirse en objeto sexual; y aunque de seguro él continuaría haciéndolo, algo impedía que aquel acoso se convirtiera en agresión material. Una tarde, ya cuando la jornada estaba por concluir, él se acercó al escritorio donde ella se hallaba instalada: “Quiero invitarla a dar un paseo por el jardín, para que me aconseje sobre algunas plantas”. Ella lo miró con ojos incrédulos: “Yo nunca he tenido jardín y no sé nada de eso”. Él sonrió: “Pero si usted es como un jardín viviente, y no me vaya a decir que no”. El argumento pareció surtir efecto, aunque las consecuencias pusieron las cosas en su sitio. Unos minutos después, él se había transfigurado en un gorgojo que perseguía inútilmente a una libélula.

1763. OTRO JUEGO DEL TIEMPO

Estuvimos en esa taberna penumbrosa donde antes se reunían los mayores descendentes y los jóvenes emergentes. Lo que más nos gustaba del lugar era que abundaban las parejas, lo cual le daba a la atmósfera un toque de familiaridad hogareña que inducía a una dulce frivolidad. Ya cuando estábamos por retirarnos, nos encontramos con Lucy y Marcelo que iban subiendo por una escalera que parecía venir de un sótano que todos creíamos sellado. Ellos eran nuestros amigos de siempre, pero en cuanto los encontramos nos dimos cuenta de que mostraban una cierta imagen desconocida. Intercambiamos sólo unas pocas palabras, y lo que más nos tocó fue una frase de Marcelo: “Todos estamos por salir a un viaje muy largo, pero no tenemos que despedirnos”. Enigma total. Se fueron sin más, y nosotros también. Hoy es el día siguiente, aunque no lo parece.

1764. PETICIÓN CUMPLIDA

“Que los ángeles me ayuden a encontrarte”, esa era la petición que él hacía cada día en un susurro que iba repitiendo tanto entre paredes como al aire libre. Pero los ángeles parecían estar ocupados en otras cosas, porque no aparecía por ningún lado alguna señal de que el encuentro estuviera por ocurrir. Los signos, sin embargo, se presentan cuando uno menos lo espera; y para él eso se manifestó aquella tarde mientras regresaba a su vivienda solitaria por una ruta enmontada. De pronto estaba junto a un pequeño arroyo que jamás había descubierto, y al seguirlo se halló ante una fila de ashokas que cubrían la entrada de una cueva entre las rocas. Ya en la cueva se percató de que en verdad era una capilla subterránea. Al fondo, la oficiante se volvió: ¡Era ella, la diosa anhelada! Y a su alrededor, los ángeles disfrazados de duendes le hacían valla…

1765. PUDIERA SER VERDAD

Toda la vida estuvo marcado por un ansia indescifrable: acercarse a cualquier forma de Divinidad sin perder contacto con los anhelos cotidianos. Y nunca se lo dijo a nadie para no perder la pureza del impulso. Pero pasaba el tiempo y poco a poco iba sintiéndose ajeno a sí mismo. Entonces le vino una prueba de fuego emocional: conoció a Nadine, que era una virgen incandescente. Él se sintió envuelto en una nube de deseos sin control. Y eso le hizo sentirse expuesto a un desafío casi mágico: la Divinidad acariciable dormía junto a él, sin tener que hacer ningún tránsito. Anhelo realizado.

CIUDADANÍA FANTASMAL (21)

LA AURORA SIEMPRE VUELVE

Perdió el empleo y su matrimonio colapsó. Quizás algo le querían decir los astros, a cuyos mensajes había sido siempre tan adicto. Pero esta vez el doble impacto traía, sin duda, alguna revelación más penetrante. Su vida estaba llegando a un cruce de caminos, porque lo que hasta aquel momento había sido la base de su existencia, al menos externamente, quedaba al borde de la ruta, y tal vacío se magnificaba en su interior como un apremio de nuevos rumbos. Tembló por un instante y luego se quedó quieto.

Esa quietud lo movió a salir al aire. Estaba empezando a anochecer. Tenía que volver a su casa, en la que ahora estaba solo, a hacer recuento de lo que podía vender con el propósito de allegarse algunos fondos para su manutención mientras encontraba algún trabajo. Pero en vez de dirigirse hacia ahí tomó la dirección contraria.

No tuvo que caminar mucho: lo que se abría ante sus ojos empañados era el campo abierto, con todas las luces mortecinas a la vista. Siguió caminando, como si supiera hacia donde se dirigía, y la noche llegaba a su encuentro como una nodriza diligente.

Así fueron pasando las horas, y en algún momento sintió que aquella ruta no tendría fin. Recordó entonces que alguien, hacía mucho tiempo, le había hablado de “la eterna noche”. Volvió a temblar. Tuvo la tentación de buscar algún lugar para reposar, pero no se atrevió. La marcha fatigada no podía parar. La noche aún estaba en pleno, con algunos grillos y algunas luciérnagas en brotes repentinos.

Él caminaba ya como un autómata sin escapatoria, y todas las imágenes de su debacle existencial iban acompañándolo como testigos insensibles. Hasta que llegó a aquella explanada que parecía el final del camino.

–¿Dónde estoy?

–En tu primera estación. Deja que corran los minutos. ¡Ya!

Y los fulgores nacientes de la aurora empezaron a hacerse sentir. Al percatarse de ello, un manantial se le activó desde su interioridad más profunda:

–¡Gracias, aurora, por enseñarme que la noche nunca será eterna!

MÁS ALLÁ DEL ESCOMBRO

La casa de habitación de sus antepasados ahora le pertenecía, y como él había vivido siempre en una ciudad distante y las relaciones familiares nunca fueron verdaderamente tales, no la había conocido antes de heredarla por ser único descendiente visible. Desde el mismo instante en que cruzó el umbral, un flujo de emoción desconocida le circuló por las venas, como si su sangre se fuera mezclando fraternalmente con otras sangres. Y en ese momento mismo tomó la decisión final: se quedaría ahí de inmediato y para siempre.

Lo curioso era que en la monumental edificación sólo había dos espacios ocupados: la gran biblioteca y el reducido dormitorio. Asumió tal hecho como si fuera lo más natural del mundo, y luego de instalar sus ínfimas pertenencias se fue hacia su verdadero lugar de destino: la catedral de los libros. Y tuvo la sensación instantánea de que había recorrido infinidad de millas para llegar hasta ahí, y no en el terreno físico sino en las rutas del alma. Sin duda era el reencuentro con lo que siempre había estado añorando sin poder imaginárselo.

Se arrodilló, como si se hallara ante un altar, y entonces comenzó el desprendimiento de los libros, que cayeron en torrente sobre él. Y después de los libros vinieron los estantes y las paredes. Un montón de ruinas, envueltas de repente en un aura inmemorial. Lo único que quedaba palpitando era el pequeño celular de última generación desde el que una voz que parecía venir de otro mundo anunciaba constantemente: “Misión cumplida, misión cumplida, misión cumplida…”

PASIÓN DE TRES

Como la cortina de vidrio estaba enteramente abierta, cuando aquella ola de fuerza inusual saltó desde las rocas inmediatas todo en la reducida estancia que le servía a él de albergue se llenó de salpicaduras de espuma y de leves gotas deslizantes. Él se hallaba acostado sobre el viejo colchón de cara a la pared del fondo, y hasta ahí llegaron los efectos de la ola invasora. Apenas estaba durmiéndose y sintió aquel baño inesperado como un saludo de la noche encapotada. Se incorporó y se quedó expectante.

Y aunque algunas ráfagas externas presagiaban otras olas como la que acababa de hacerse presente, él no movió la cortina. Se quedó en el centro de la ésta mientras la noche impulsiva mostraba su naturaleza juvenil. Él, sonriente, iba animándose a murmurar:

–Aquí estoy, listo para revivir el milagro nocturno.

Entonces, como en gozoso intercambio entre muy antiguos conocidos, la ola volvió a alzarse, y con intensidad más viva. Las salpicaduras y las gotas parecieron invadirlo todo, hasta el punto de parecer el inicio de una inundación plena. Él, inmóvil, representaba la imagen de un ser escultórico que hubiera sido testigo inmemorial de catástrofes en serie. Cuando la ola se calmó, reapareció el murmullo:

–Qué felices somos al compartir destino…

Una profunda calma fue arribando desde todos los rumbos. ¿Dónde estaban la noche y la marea? El suspiro fue la respuesta: podían dormir tranquilos porque su aliado en tierra tenía los brazos abiertos para recibirlos. Y así los tres, ahora abrazados sobre el viejo colchón, podían dedicarse al merecido descanso, como desde hacía siglos.

CRISTALES OLVIDADOS

Todos los altares del templo estaban listos para darle comienzo a la ceremonia de reapertura de los oficios sagrados después de tanto tiempo en abandono total. Los feligreses se habían organizado para que aquel silencio inerte quedara en el pasado, y lo lograron porque hubo una intervención que muchos calificaron como sobrenatural. El oficiante surgió de una reducida puerta lateral, y ninguno de los asistentes, que eran pobladores tradicionales del lugar, sabía de quién se trataba. Él, enfundado en su túnica blanca, subió los escalones del altar principal, y cuando llegó al centro del mismo se quitó la vestimenta que llevaba encima y quedó en perfecta desnudez. Eso no pareció sorprender a nadie.

La voz que surgió de sus labios más semejaba un eco sin edad:

–Hermanos, por si no me reconocen, voy a presentarme ante ustedes: soy el primer habitante de este mundo, y por eso quiero que me reciban en mi condición original. Se preguntarán de inmediato por qué estoy aquí, y yo les respondo sin evasivas: para que todos juntos reiniciemos el camino como el Poder Supremo nos lo ha encomendado. Y como ya una vez nos perdimos en la ruta, lo pertinente hoy es acudir a los signos que están dibujados en los vitrales que nos rodean…

Al decirlo, esos vitrales, ordenados en fila en lo alto de las paredes del templo, empezaron a soltar sus estructuras cristalinas, que se derramaron sobre la multitud como una lluvia de mensajes hirientes. El único ileso era el que había hablado, que bajó a conducirlos a todos al descampado:

–¡Vamos hacia nuestro siguiente destino: la eternidad en vida, con todas las laceraciones al aire!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (214)

1750. PRUEBA FINAL

El taxi se detuvo frente al número indicado en la calle correspondiente, la 78. El pasajero, vestido como si tuviera que asistir de inmediato a una ceremonia formal, pagó la carrera desde el aeropuerto internacional y esperó que el portero del edificio le ayudara con el equipaje. Pero nadie apareció. Entró y el sitio del doorman se hallaba vacío. Entonces se dirigió hacia el ascensor para subir al piso 12 donde estaba ubicado su apartamento. Caminó hasta su puerta, y tuvo la sensación de que lo hacía por una larga ruta desconocida, aunque externamente todo estaba igual. Llegó a la puerta y en cuanto introdujo la llave la hoja se abrió. ¿Pero qué era aquello? Un espacio totalmente ajeno al suyo. Entonces, sin ninguna ansiedad, empezó a sospecharlo: todo era el ensayo de una nueva realidad en otra dimensión, y por eso sin proponérselo iba vestido así.

1751. ENCUENTRO EN EL CAMINO

La vio en una parada de buses y desde el primer instante sintió que la atracción era irresistible, al menos de su parte. Iban en la misma ruta hacia el mismo punto: una colonia suburbana, superpoblada y peligrosa como tantas otras. Ella se bajó antes que él, y él no tuvo tiempo de hacerlo antes de que el vehículo reemprendiera la marcha. Desde ese momento, el ansia de identificar el lugar donde ella vivía se le volvió obsesiva. Hasta que lo logró algunos días después. Era en una casita que parecía choza, al borde de una ladera con quebrada al fondo. Se le acercó, sin más. “Estoy dispuesto a acompañarte a donde me digas. Tengo vacaciones en mi trabajo y dispongo de todo el tiempo libre”. Ella no pareció sorprenderse por el ofrecimiento repentino: “Ah, pues entonces vámonos hacia el nuevo destino. Soy un hada que está de paso y que ya quiere escapar…”

1752. ACCIÓN DE GRACIAS

El jueves 22 de noviembre de 2018 fue el día de Thanksgiving en Estados Unidos, y por una de esas travesuras cada vez más usuales del clima resultó el más frío desde 1901. En la escalera de la iglesia de Santa Mónica, en la neoyorquina Calle 79 ya muy cerca del cruce con la 2ª. Avenida, el indigente mayor que acudía siempre a la iglesia a buscar refugio y no consuelo estaba esperando que el templo abriera sus puertas. La frigidez del aire contrastaba con la luminosidad del cielo. Parecía un contraste fuera de razón natural, y en el interior de aquel hombre perfectamente desprotegido ese contraste tenía su reflejo fiel: la necesidad total con el ansia sublime. Si alguien hubiera podido escuchar el susurro que salía de sus labios habría oído una oración sin fin con propósito de trascendencia agradecida. Se abrieron las hojas de entrada, pero él se quedó ahí, en éxtasis ya perpetuo.

1753. DE LAS OLAS AL NIDO

Despertó en el límite del tiempo necesario para estar listo a iniciar la jornada. Para colmo era lunes, ese día en que según decían nuestros antepasados “ni las gallinas ponen”. Él había nacido un lunes, a las 4:20 de la madrugada, y siempre le dijo a su madre: “Dicen que el lunes ni las gallinas ponen, pero usté sí puso”. Habían pasado los años y este era otro lunes, el día en que le tocaba ir a pedir la mano de Debbie, la novia que había descubierto en una de las playas donde menudean los surfistas. Iban, pues, a emprender la aventura sobre otras olas. Pero él lo que ahora quería era nido. Y luego de la petición de mano, ya cuando todos los presentes alzaban sus copas, él le expresó casi al oído a su novia ya formal: “Lo que te pido es que no nos casemos un lunes caluroso, porque lo que anhelo es que mi gallinita dé a luz entre las mantas suaves y no entre la espuma crispada…”

1754. PETICIÓN NATURAL

La fiesta se prolongó hasta que la luz solar estuvo a las puertas. Era uno de esos días especialmente luminosos, como si el aire quisiera demostrar a plenitud sus poderes más íntimos. Y cuando la señora encargada del servicio se asomó al amplio espacio de la casa donde se había dado el festejo, lo que vio fue una buena cantidad de jóvenes acomodados en los muebles o tendidos en el suelo, en total privación durmiente. No hizo ningún ruido, pero su presencia tuvo efecto. El que despertó era el más bizarro, y la orden estentórea no se hizo esperar: “¡Arriba, huevones, que la vida sigue!” Todos reaccionaron, cada uno a su manera, menos la bailarina del vientre, que parecía inmersa en un reposo mágico. Él fue a animarla, y ella al fin abrió los ojos: “No me interrumpas, que estoy ensayando mi próximo manejo de placenta…”

1755. EL MEJOR CONSEJO

En el cielo no había ni una sola nube. Era, pues, muy oportuno salir a pasear al aire libre para recibir directamente los efluvios de aquella nitidez estelar. Y así lo hizo, en compañía de su perrita basset hound, que ya tenía bastantes años de estar con ella. Mientras caminaban por una calle tranquila de los alrededores se les acercó casi corriendo un joven con un paquete en las manos. Ella se retrajo asustada, pero él quiso tranquilizarla, jadeante: “No tema nada, señora, que yo lo que quiero es ofrecerle esta mercancía con la que estoy juntado pisto para irme hacia el Norte”. Abrió el paquete y aparecieron las imágenes pintadas en los cartones. Ella las revisó. “Ésta”. Era su basset hound en persona. Le pagó mucho más de lo que él le pedía. “Gracias, sos un alma grande aunque parezcás un cipote pequeño. Y no tenés que irte al Norte: buscá los cuatro puntos cardinales…”

1756. TESTIMONIO VIVIENTE

Estaban preparando su próxima exposición en común, y ya había acuerdo en llamarla “La Artista y el Poeta”. Ella era escultora y pintora y él narrador y poeta. La combinación perfecta, afirmaban los que los conocían. Habría imágenes y textos alternados. Lo que nadie advirtió, ni ellos mismos, fue que aquello que en apariencia era sólo un esfuerzo de armonía en común iba a convertirse en una aventura existencial de proyecciones abiertas. Cuando la exposición estaba montada, y la inauguración vendría muy pronto, fueron ellos dos solos, una tarde ya casi de noche, a revisar lo expuesto. En la penumbra, las dos figuras fantasmales iban recorriendo su propio universo íntimo. Cuando concluyeron la caminata, se quedaron detenidos en la puerta de acceso, y entonces el horizonte se les dilató hasta sus respectivos infinitos. La noche viva los llevaba de la mano.

1757. LA COMPAÑÍA IDEAL

Todas las estaciones del año tienen su agenda, porque la Naturaleza, como los seres personalizados, cumple un destino propio. En ese momento, y en el hemisferio norte, el otoño estaba en funciones. Y, como es normal en estos tiempos imprevisibles, había días gélidos y días amables. ¿Cómo era aquel día? Los recién casados salieron a la intemperie a constatarlo. Y lo primero que ella hizo fue preguntarle a su compañero: “¿Y nosotros en qué estación estamos?” Él se quedó dudando sin responder. Ella lo miró a los ojos: “Tu respuesta es perfecta: el calendario es todo nuestro…”

Historias sin Cuento

EL LUGAR ELEGIDO

En aquella comunidad de las afueras de la ciudad todos estaban emigrando, y más ahora cuando al sistema casi clandestino de coyotes pagados se le iba agregando la modalidad masiva de las caravanas al aire. Pero no todos se animaban a salir de sus lugares de arraigo para ir en busca de esos otros horizontes, cada vez más cargados de nubarrones amenazantes.

Zoila trabajaba como empleada doméstica de día y su marido, Edwin, era mecánico en un taller de las vecindades. Tenían dos hijos en edad de crecer, un niño y una niña, que ya acudían a la escuela pública más cercana. Un amigo, que lo había sido por muchos años y con quien se frecuentaban muy a menudo, llegó a verlos un domingo por la mañana, a tomar el cafecito de siempre con las quesadillas tradicionales, y luego de algunos rodeos les dio la noticia:

–Compadres, me voy p´arriba.

Él se rascó la garganta y quiso tomarlo a broma:

–¿A qué árbol te vas a subir, maistro?

–N´hombe, p´arriba de camino al Norte. Aquí ya topé.

–¿Y qué dice la doña?

–Pues se queda, a ver si después se va.

–Umm, cuidado, mano.

Llegó el día, sin decir agua va, y el amigo acudió a despedirse:

–Mañana es la cosa. Ya me avisó el coyote.

–Pues yo pensé que te ibas en caravana…

–Ni loco, vos. Tengo muchos callos en las patas y el solazo me atonta. Recogí el pisto y ya. Ahi te aviso al llegar.

Ese aviso nunca llegó. Y aunque al principio el silencio era esperable por las circunstancias que rodeaban la situación, cuando los días se convirtieron en semanas y éstas en meses comenzaron las preguntas entre los pocos conocidos. Hasta que se coló un murmullo:

–Iván se quedó en el camino, antes de llegar a la frontera. Iba en La Bestia y nunca se supo más de él.

El que lo decía era un compañero de viaje, que estaba de regreso, deportado. Edwin y Zoila comprimieron los rostros y se fueron a su iglesia habitual a rezar por el ausente, que no estaba en las sureñas lejanías del Norte sino en algún rincón de las estancias sin fin.

Se le había cumplido su deseo: ir en busca de fortuna a un lugar supuestamente mejor, y sin ningún riesgo de deportación.

S. O. S.

El reloj de mesa de noche, ubicado en cada uno de los dormitorios apiñados en fila, estaba por anunciar que el amanecer iba a asomarse a todas las ventanas, y los habitantes de aquella casa de retiro para personas mayores se hallaban ya listos para comenzar su otro día de reclusión con diversiones programadas. El líder, como siempre, era don Edilberto, a quien ahora todos llamaban don Eddie, lo cual a él le resultaba gustoso al máximo, porque le traía resonancias de su remota infancia, cuando su padre le decía así como reflejo de su devoción por el mundo hollywoodense de la época.

Estaban ya reunidos en el comedor que daba a un jardín de discretas dimensiones pero en el cual cabían dos árboles de buena figura: un morro de múltiples brazos y un naranjo chino que no cesaba de ofrecer sus frutos de animoso jugo. Don Eddie alzó la voz para ser escuchado por todos, incluyendo los que tenían audición limitada:

–Hermanos, hoy vamos a ir a caminar por los alrededores…

–¿Y si llueve? –dijo uno de los más retraídos.

–¡Hombre, qué va a andar lloviendo si estamos ya en diciembre! Mirá los colores del cielo.

Todos, en movimiento sincrónico, volvieron las miradas hacia afuera, y en verdad el aire se hallaba impregnado de colores admirables, que les llegaban por los portillos del ramaje. La emoción nostálgica les invadió la conciencia y les humedeció los ojos.

–¡Vamos, pues! –fue la consigna que circuló de inmediato, mientras se levantaban.

–Esperen, esperen –quiso detenerlos el que venía con la primera bandeja del desayuno.

Pero ellos no atendieron la advertencia. En rápidas filas fueron saliendo al descampado, como si alguien los estuviera esperando. Y ahí se empezaron a dispersar, dando la impresión de que cada uno de ellos respondía a un llamado diferente. Transcurridos unos buenos minutos, los servidores del retiro salieron a acompañar a los que habían salido, sabiendo que estarían por ahí nomás, respirando aire libre.

La búsqueda, sin embargo, se volvió un laberinto. Nadie aparecía, aunque no parecía haber dónde extraviarse o esconderse.

Los guardianes fueron a dar la alarma; y ya cuando estaban por entrar, una pequeña hoja de papel apareció volando sobre ellos. Uno tuvo un presentimiento y la alcanzó de un salto.

En la hoja arrugada había algo escrito con letra vacilante:

“Mejor ni nos busquen, porque no vamos a volver. Queremos pasear como lo hacíamos cuando niños. Y cuando tengamos necesidad, alguien nos va a dar cobijo. Y es que seguimos siendo niños, aunque ustedes no lo crean. Y como los demás no nos conocen, podemos convencerlos de eso sin ninguna dificultad. Les pedimos auxilio al aire y a la luz, y ellos nos atendieron”.

En torno, el aire y la luz sonreían gratificados por su buena acción cotidiana.

ESE OTRO ESPEJO

El caserón familiar había conservado sus estructuras originales, pero la decoración moderna sobresalía en todos los espacios interiores. Era como un juego de mundos en convivencia cuidadosamente armoniosa. Y los gestores de esa especie de milagro cotidianizado eran los dos miembros de aquella pareja que habían llegado a vivir a la zona para salir por fin de todos sus enclaves existenciales, que ya los tenían hasta el cuello como las aguas de un estanque turbio.

Ese caserón costó poco dinero, porque todos los posibles compradores tendían a verlo como un simple resto del pasado, y en cambio ellos lo que recibían era la ilusión de transformar el presunto escombro en fulgor imaginativo. Esto desde luego no lo comentaron anticipadamente con nadie para que el precio no fuera a subir.

Lo más pronto posible se trasladaron a vivir a su nueva morada, y durante varias semanas estuvieron ocupados en reavivar el ambiente; para ello habían solicitado sus vacaciones acumuladas en los respectivos trabajos.

Cuando todo estuvo listo, organizaron un pequeño agasajo con sus más allegados: familiares y amigos. Sería una noche veraniega, de luna creciente y brisas suaves circulando por todas partes. Y como la cantidad de invitados era reducida, se animaron a preparar ellos mismos los bocados y a tener listas las botellas correspondientes. Llegaron todos, y la tertulia estaba por iniciar.

Entonces se empezó a producir el trastorno. Algunos desconocidos se habían colado. La luna creciente no aparecía por ninguna parte. Las tenues brisas eran aleteos perturbadores. Y los preparativos concretos del agasajo parecían no darse por aludidos. La pareja andaba de un lugar a otro, sin saber qué hacer. Hasta que un rayo de luz hizo acto de presencia. Solución perfecta. Ese rayo transitó por lo antiguo y por lo nuevo, y luego se detuvo en la pared más próxima y ahí se transfiguró en espejo. Ellos entonces ya podían sentirse fantasmas con toda naturalidad.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (213)

1742. LLEGÓ LA MEDIANOCHE

Se hallaba internado porque los médicos que le atendían habían dispuesto, luego de los exámenes y las tomografías correspondientes, extirparle de urgencia el tumor maligno que tenía en el cerebro. Llegó el día de la operación y todo estaba listo para entrar en el quirófano, pero en el último minuto uno de los médicos jóvenes llegó de prisa para anunciar que el procedimiento no sería necesario porque la prueba final había mostrado que el tumor ya no existía. En ese justo minuto se oyó la campana que anunciaba la medianoche. Los médicos se miraron sin entender. Uno de ellos se animó a decir: “Pues aquí lo único que puede haber es un milagro”. Otro redarguyó: “Según lo que sé, este hombre es un malviviente con algunos recursos. ¿Quién habrá pedido el milagro?” Y en ese instante sonó una ráfaga de viento, como si la medianoche quisiera responder.

1743. AÑO VIEJO, RECUÉRDANOS

Salimos a caminar por los entornos arbolados para que aquella sensación de vivir entre la naturaleza pese a residir en una zona profusamente urbanizada se nos mantuviera siempre viva. Como todos los años en aquel día en que el calendario multiplica sus pálpitos, nosotros, que somos una pareja que comparte desde adentro sus más sensibles emociones, estábamos listos para hacer el ruego usual. Pero ahora algo nos movía a buscar el lugar más propicio para ello. Pasamos frente al atrio de la iglesia a la que concurrimos los domingos y pasamos de largo. Seguimos avanzando hasta llegar a aquel predio baldío, abandonado desde siempre. Ahí nos detuvimos, y de pie alzamos los rostros hacia arriba. “Estrella, síguenos acompañando, para que el Año Viejo no nos olvide”. Después volvimos a la casa, donde la cena ya estaba lista.

1744. MADRUGADA EN CÍRCULO

La caravana de migrantes indocumentados que apuntaba hacia el Norte estaba ya por partir. Circulaban dudas y menudeaban advertencias, pero la decisión era una: llegar a destino para empezar a construir destino. La corriente humana se activó, como si una señal superior hubiera surgido; y en efecto, la claridad del día iba haciéndose presente con impulsos ansiosos. Nadie podía saber cuántas jornadas estaban por delante, y de seguro era mejor no saberlo. Las hojas del calendario empezaron a pasar con mucha más rapidez que la habitual. Y de pronto, los integrantes de la caravana vieron al fondo una elevada reja que rodeaba todo el horizonte. No se detuvieron, más bien avanzaron con mayor impulso. Y cuando estaban enfrente sonó un redoble de campana y la reja se disolvió como por encanto. La madrugada incipiente daba las órdenes…

1745. LA DOBLE MISIÓN

El grupo que transitaba por aquel camino polvoriento iba alejándose, luego de haber rodeado por algunas horas el establo perdido entre las brumas inmóviles y los claros por donde asomaban las estrellas. Habían cumplido la misión inicial, alrededor de aquel pesebre, con un recién nacido en su lecho de paja y un grupo de pastores acompañados por sus ovejas. Los presentes estaban entregados. Sólo quedaba la ruta por delante. Y en un momento inesperado, mientras ellos avanzaban, todo en los  entornos empezó a desvanecerse, para darle paso a una nueva iluminación. Sí, allá en el valladar rocoso del horizonte iba asomando la presencia solar. Los tres miembros del grupo detuvieron sus cabalgaduras y pensaron al unísono: “Hemos sido testigos de dos nacimientos: el de la luz celestial y el de la luz solar. El oro, la mirra y el incienso seguirán vivos para siempre”.

1746. INVITADO OLVIDADIZO

Cuando empezó a car la noche se oyeron por todos los rumbos las explosiones de los petardos propios del día y la hora. Pero en aquella oportunidad dichos retumbos tenían resonancias de un festejo supremo. Entonces empezó a circular un rumor: “El señor mayor está por llegar en su carroza de caballos voladores…” Pasaron unas cuantas horas y ya la medianoche se hallaba a las puertas. El rumor se volvió a oír: “El señor de seguro está ya en la entrada… de la mano del alba por venir” Pero cuando sonó la campanada del inicio del nuevo día se abrió la puerta como todos los años, sin nada novedoso. Los espectadores aglomerados se quedaron estupefactos: “Y el Milenio, que es el señor mayor, ¿dónde está?” El rumor se convirtió en murmullo irónico: “Ah, es que ustedes no lo conocen. Es un señor que quizás está empezando a padecer Mal de Alzheimer…”

1747. MILAGRO DE ARBOLEDA

La cabaña ubicada entre los árboles sólo tenía un ventanuco, que permanecía cerrado, y por eso el habitante único describía el lugar como “mi sepulcro anticipado”. No era un calificativo siniestro, porque cada vez que pensaba en ello se ponía a imaginar cuál sería la fórmula para hacer que aquella imagen pudiera llegar a ser verdad. Hasta que un día de tantos hubo una borrasca invernal en tiempo que no era de invierno, y todo lo que ahí había quedó con estragos evidentes; bueno, casi todo, porque la cabaña escondida permanecía intacta, como si una fuerza superior la hubiera cubierto con su manto protector. Cuando el habitante, que había dormido a profundidad toda la noche, se dio cuenta de lo ocurrido tuvo un rapto de reconocimiento subliminal. Se arrodilló, besó la tierra, y dijo en voz alta: “Gracias, sepulcro anhelado, por avisarme que serás mi refugio más fiel”.

1748. ANTES DE LLEGAR AL PUENTE

La experiencia existencial de cada quien es, en el curso de la vida, una colección de imágenes que parecen brotadas de las manos de diversos artistas, algunos muy experimentados y otros inmaduros. Las imágenes que pertenecen al inicio de la vida son, como es natural, las más entrañables, sea que recojan testimonios inspiradores o que reflejen vivencias lacerantes. Las dos primeras imágenes guardadas en la memoria de aquel hombre que parecía ajeno a toda aventura imaginaria eran un puente de madera sobre un pequeño río y los rieles de una vía férrea detenida en el tiempo. Las guardaba como un tesoro secreto. Nunca trató de desentrañarlas. Hasta que una vez un psíquico a quien conoció por casualidad le dijo sin que él le preguntara nada: “Vas a cruzar un río sagrado antes de encontrar la estación por donde pasa el tren de tu destino”.

1749. DON TOÑO Y SU GUITARRA

Algunas noches de cielo despejado se escuchaba en la vecindad inmediata un hábil guitarreo unido a una voz de tenor entusiasta. Boleros y tangos de otras épocas eran lo esperable siempre, pero en aquel atardecer de atmósfera transparente se estaban colando melodías desconocidas. El espectador invisible se animó a acercarse al sitio donde don Toño, el jefe de la estación del ferrocarril de Oriente, revivía su concierto espontáneo sin auditorio. Llegó hasta la puerta de la oficina del jefe. Todo en ruinas, salvo la voz y la guitarra, que son eternas.

CIUDADANÍA FANTASMAL (19)

NOCHEBUENA CON ALAS

En aquella zona cuyo crecimiento urbanístico había venido expandiéndose en forma acelerada, porque cada nuevo proyecto era un estímulo para otras iniciativas cada vez más ambiciosas, la presencia del palacio en ruinas ya no despertaba preguntas que no fueran las vinculadas a la atracción turística. Hasta que llegó aquel joven investigador que se había vuelto viajero impenitente. Vio una imagen del palacio abandonado en una de esas entregas casuales de Internet que se anuncian con títulos como “Las 10 obras olvidadas que nunca vas a olvidar”. Y desde que vio la fotografía del palacio sintió una atracción nostálgica de origen ignorado.

Sin pedirle permiso a nadie –porque en verdad no había nadie a quién pedírselo–, se instaló en el lugar con todas las carencias e incomodidades imaginables; pero para él era el acomodo ideal. Y el culmen de tal sensación llegó en la víspera del día de Navidad. Unas personas que nunca había visto por ahí llegaron como él, sin pedirle permiso a nadie, a hacer arreglos de ocasión. Concluyeron en un dos por tres: el interior del palacio en ruinas parecía de pronto un espacio ultramoderno con vitrales nocturnos y paneles solares.

Él observaba atónito y conmovido. En el centro, un pesebre de cristal, un buey de plástico y una mula de musgo, unos corderos sonrientes, una pareja humana sobrehumana y un recién nacido bordado de luces cálidas.

Se arrodilló y cerró los ojos. La fantasía perfecta. Y al pensarlo todo aquello empezó a flotar mientras los campanarios le daban la bienvenida a la medianoche.

MISTERIO DE DOMINGO

Cada semana le resultaba un repertorio de sensaciones diferentes. Algunos de sus allegados lo consideraban un excéntrico de los de siempre; otros destacaban su condición de millennial característico; y no faltaban los que le ponían la etiqueta de la inadaptabilidad consentida. Y en realidad lo que le otorgaba sello realmente individual era esa tendencia a cerrar capítulo cada día, como si el vivir fuera un conjunto inagotable de gavetas con vida propia.

Bueno, pero él guardaba un enigma que nunca había compartido con nadie: si los días de la semana dedicados al trabajo mostraban esa variedad imprevisible, cada domingo, por riguroso contraste, era exactamente igual a todos los anteriores, desde que tenía recordación vivida.

Le tocaba convivir con aquella dualidad, que de seguro era producto de un juego atrabiliario de los genes. Estaba resignado a ello cuando aquel domingo recibió un mensaje por WhatsApp: “Somos tus domingos, y queremos proponerte un trato: nosotros te dejamos en libertad de hacer lo que te venga en gana y tú nos permites entrar de incógnito a monitorear tus otros días… Dando y dando”.

–Acepto –respondió sin titubear.

Desde ese momento su vida cotidiana pareció entrar en zona imprevisible. En su mente menudeaban los escombros, inocentes o inquietantes. Su semana se había vuelto un revuelo sin asideros posibles. Sólo le quedaba clamar, memoria adentro:

–¡Domingos ausentes, devuélvanme mi equilibrio intemporal!

UN ROSTRO BAJO EL AGUA

Los moradores de aquella zona costera observaron con disimulada curiosidad que alguien totalmente ajeno al lugar había llegado a instalarse en una cabaña de los alrededores inmediatos. Era un hombre con planta de inmigrante, que de seguro estaba arribando al punto medio de la adultez. De porte atlético y de movimientos notoriamente ágiles, andaba por los distintos espacios de la zona como si estuviera trazando un plano de detalles.

Un día de tantos lo vieron acercándose a aquel rincón de la playa que parecía un muelle natural; y durante varias horas el recién llegado enigmático no apareció por ninguna parte. No era inusual que cosas como ésa pasaran en el ambiente de tierra y mar, y por eso nadie se dio por advertido.

Pero no sólo pasaron las horas, sino que también lo hicieron los días. Y ya cuando el tiempo mandaba señales, los lugareños empezaron a darse por aludidos:

–Hay que averiguar qué le pasó al desconocido. Démosle parte a la patrulla.

Los agentes llegaron a hacer la investigación, pero antes de que comenzaran uno de los lugareños se asomó a la superficie del agua, en aquel momento en perfecta quietud, que no era normal en una orilla marcada por el oleaje.

–¡Miren, ahí está!

Todos se amontonaran para dirigir las miradas al sitio que el lugareño indicaba con su dedo extendido. Y sí, ahí estaba, reposando en el interior, como si gozara de una quietud largo tiempo anhelada. Los agentes procedieron de inmediato a recuperar el cuerpo. Y cuando lo sacaron a la superficie, él reaccionó contra todo pronóstico:

–¿Qué hacen? ¿Por qué arruinan la tranquilidad de mi sueño? Perdonen, voy de vuelta…

Y se lanzó al agua con voluntad inapelable.

HOTEL MILAGRO

No se trataba de una vacación cualquiera, pues lo que ellos tenían pensado era utilizar aquellos pocos días de libertad expansiva para recuperar el tiempo perdido. Perdido en lo de siempre: las ansiedades, los disimulos, los miedos, las indiferencias… Necesitaban, pues, perder el tiempo en algo que les produjera ganancias íntimas, como la luz al aire libre, el amor en sábanas olorosas a lumbre, la nitidez de los alimentos verdaderamente naturales y el agua friolenta en las pozas alimentadas por los torrentes que bajaban de la montaña…

La zona escogida fue un collar de colinas en las que sólo anidaban aldeas. Y el lugar de estancia salió al azar: acudieron a Trivago y cuando tuvieron la lista de los albergues posibles hicieron una especie de juego mecánico con los nombres recogidos. El que resultó ganador fue aquél que parecía un mensaje de origen superior: Hotel Milagro.

En cuanto arribaron se dieron cuenta de que el nombre encerraba algún misterio, porque se trataba de una edificación de carácter estrictamente urbano escondida entre la vegetación completamente rustica. Se instalaron en una pieza del tercer piso, que era una azotea techada. Y cuando vieron hacia afuera se dieron cuenta de que el paisaje era muy distinto al que recorrieran para llegar. Cabañas de piedra, montículos resecos, una muralla que lo aislaba todo, y en el centro un monasterio con torres emblemáticas.

Se abrazaron con la emoción de los recién llegados. ¿Qué les esperaba ahí? Quizás el Destino vestido de morador antepasado, de labrador anónimo, de guerrero en retiro o de monje listo para salir al mundo…

ERROR SOBREHUMANO

Tenía ganas de escribir algo sobre su más reciente experiencia con las sombras del alma, aunque no hallaba por dónde empezar. Esa tarde, mientras la luz solar se iba despenicando en lamparones resignados, tomó su láptop y se fue a la terraza más alta del edificio donde vivía desde no hacía mucho tiempo, luego de su reclusión autoimpuesta por razones anímicas.

El espacio abierto parecía, en el primer instante, una inmensa lámina con vocación de infinito. Eso le produjo a la vez ansiedad e ilusión. Se ubicó en una especie de pestaña que estaba junto al borde y comenzó su tarea narrativa. De pronto sintió que no había nada que narrar: todo era presencia en vivo, en la que se confundían su propio ser y el ser del aire.

Entonces se incorporó, dio un paso hacia el borde y extendió los brazos. Una ráfaga sorpresiva fue la respuesta. Y él se desprendió de la superficie sólida para rodar hacia abajo. Tuvo tiempo de pensar: “¿Dónde están mis alas?” Su láptop iba detrás de él, y su actitud sí parecía ser la de una figura voladora. Él trató de aferrarse a ella con un gesto desesperado, pero ya era muy tarde para ello porque el suelo implacable estaba esperándolo.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (212)

1734. COMPAÑÍA INSOSPECHADA

Estaban a punto de iniciar la vida en común, y lo primero era encontrar dónde vivir. Como el día del enlace se acercaba a toda prisa, tuvieron que ir a ver opciones de vivienda disponibles a los lugares aledaños. Ninguno les satisfizo, por x o por y razones. Entonces hubo que buscar más lejos, aunque fuera en los caseríos vecinos. Así llegaron a aquella vivienda más grande que lo común en la zona, pero también con más señales de abandono. La tomaron sin más, y en muy poco se hallaban instalados ahí. La primera noche ya casi concluía, y de pronto algo los despertó. Era un revoloteo ansioso. La ventana que daba hacia afuera se abrió de golpe y la bandada de zanates se fue sobre ellos, pero no en son de ataque. Era el retorno al hogar recién invadido por sus antiguos moradores, aunque fuera para compartirlo.

1735. LA VERDADERA VOCACIÓN

Era diplomático de carrera, y todas sus emociones estaban marcadas por ese título. El destino específico no le pertenecía, porque la burocracia tiene su propia lógica, pero hasta aquel momento ninguno de sus destinos parecía haber sido casual. Ahora, para el caso, estaba destinado a un país que costaba identificar en el mapa. En cuanto llegó tuvo un golpe de intuición: aquel sería su destino final. ¿Y qué era lo que le motivaba tal sensación? Instintivamente alzó la mirada hacia los cerros vecinos y hacia los nubarrones que los coronaban. Y a partir de aquel momento se volvió peregrino por los alrededores enmontados. No tardó en renunciar al puesto, para quedarse haciendo vida monástica en algún bosque vecino. Los lugareños lo conocían como “el extranjero feliz”. Él sonreía. Era la diplomacia del libre sueño.

1736. NOCTURNO SERVICIAL

Era ya un hombre mayor, que deambulaba con frecuencia por aquella zona de la ciudad. Esa tarde, ya cuando la luz iba quedando exhausta, pasó frente al lugar que todos los transeúntes evadían, pero que a él le produjo de pronto una atracción casi voluptuosa. Entró, y el empleado que atendía se le acercó de inmediato: “¿Busca algo en especial, señor? Tenemos para todos los gustos y tamaños” Él lanzó una mirada en torno, y sin dudar apuntó hacia una esquina: “Aquél”. “¿Va a llevarlo? Dígame a dónde se lo enviamos”. ” “Me voy con él”. Pagó y se alejó un par de pasos. Luego sacó de una de las bolsas de la chaqueta el instrumento insospechado. Sonó el disparo y la bala se le alojó en la sien. Sí, era una venta de ataúdes, y él acababa de elegir el suyo. La noche recién llegada lo tenía a él entre sus brazos.

1737. DOCTORADO EN LÍNEA

En aquella zona suburbana, extendida sobre promontorios rocosos, todas las posibilidades de ir al encuentro de un mejor futuro tenían la misma condición del terreno. Al fondo de la parte urbanizada había un paredón que parecía el mural de los imposibles, porque escalarlo hubiera sido una hazaña inverosímil. Casi al haz de dicho paredón se hallaban las tres viviendas más remotas, en las que vivían tres hermanos labradores. Sus hijos habían ido a la escuelita más cercana, y hasta ahí; pero el más pequeño de ellos mostraba una ilusión fuera de contexto. Le preguntaron: “¿Qué querés ser cuando seás más grande?” “¿Yo? Doctor en el arte de convertir las piedras en monumentos”. Nadie entendió. Aquel niño quizás estaba norteado. Lo llevaron a la clínica vecinal. Y el diagnóstico fue: “Déjenlo estar. Pura inocencia”.

1738. HÍPSTER Y MILLENNIAL

Atardecía, y él llegaba a su sitio más frecuentado. Pidió, como siempre, cerveza artesanal y se dedicó a engullir comida estrictamente vegana. Estaba ahí haciéndose sentir sin pretenderlo, con su atuendo exótico y su sombrero de alas anchas, que le hacían parecer un turista de origen no identificable; pero todos los que pasaban a su alrededor lo saludaban con familiaridad, hasta el punto de darle palmadas en los hombros y de hacerle señales de complicidad contemporánea. Iba ya a concluir sus raciones bebibles y comestibles, y entonces cerró los ojos y se quedó en suspenso. El bullicio del salón y la animación de la calle desaparecieron como por encanto. Al abrir los ojos, ya era de noche. El hípster era ahora un millennial con pinta de ejecutivo en cierne. Y todo en uno, como en los milagros de antes.

1739. KING SIZE

Ya en la adolescencia sus modos y sus reacciones le pusieron la viñeta de “muchacho problema”. Los padres empezaron a temer que los trastornos del ambiente lo pusieran en peligro, e hicieron todos los esfuerzos posibles para que entrara en un internado religioso. Él se avino sin resistencia ni protesta. Ya ahí, el efluvio de la fe le fue invadiendo todas las estancias de la conciencia. Pensaron que era vocación sacerdotal, y en esa línea empezaron a tratarlo. Él no se dio por aludido. Y llegado el momento, ya para concluir sus estudios medios, se explicó, con una sonrisa a la vez provocadora y condescendiente: “Mi destino es king size, y así voy a vivirlo, en la libertad de lo desconocido. Ya probé el encierro creyente, y ahora voy hacia la claridad sin ataduras. Si quieren encontrarme, búsquenme en la vibración del aire…”

1740. FAMILIA PROPIA

Necesitaba casa propia porque estaba a punto de formar familia propia. Y como sus recursos habían sido siempre escasos, tuvo un golpe de intuición: se iría a vivir al viejo centro histórico de la ciudad, prácticamente abandonado desde los inicios del gran conflicto interno. En aquella zona céntrica menudeaban las edificaciones casi en ruinas. Y como no quería ser un “okupa”, se las ingenió para buscar al dueño: esa  anciana que se hallaba recluida en un hospital público de mala muerte. “¿Cuánto me costaría el alquiler, señora?” Ella lo miró como si él fuera su ángel de la guarda: “Le costaría venir a verme con los suyos por lo menos una vez por semana. ¿No es mucho?” Él le acarició la frente arrugada con la mano áspera. Trato hecho.

1741. A FUEGO MANSO

Todo comenzó con tímidas sonrisas y miradas que de inmediato volvían hacia otra parte. Al fin llegaron las palabras, apenas emergentes del susurro. Fueron descubriendo así que sus reacciones mostraban la misma sintonía. Y cuando llegó el momento de decidirse, ya prácticamente todo estaba acordado. En la ceremonia no hubo el tradicional “sí”: bastó el gesto afirmativo de cabeza por parte de ambos. Temprano partieron hacia su noche de bodas. El lecho los acogió con serenidad atípica. Se durmieron abrazados, sin más. ¿Qué pasó después? El fuego sonreía.