ÁLBUM DE LIBÉLULAS (203)

1661. PASIÓN DOMINICAL

Tenía la obsesión de vivir sus domingos como un aventurero de los suburbios. Y aunque esa era una tendencia anímica que le había brotado desde la más lejana infancia, fue en la adolescencia avanzada cuando se le instaló en la mente como un chip irresistible. Aquel domingo tuvo, como primera novedad consciente, el impulso de ir a la iglesia vecina, a la que no acudía desde la infancia. Se desarrollaba la misa y el sacerdote hablaba desde el púlpito. Él se mantuvo de pie, y las palabras empezaron a colársele sin que las percibiera como tales. Luego siguió la misa, y al final salió con todos los asistentes. Empezó a caminar por los entornos, y en la medida que lo hacía, las palabras del sermón iban convirtiéndosele por dentro en una especie de borbollón. Se detuvo. ¿Estaba delirando? Ahora se sentía como un predicador en cierne. Alzó los brazos. Y empezó su misión.

1662. ¡MY GOD!

Empezaba a caer la noche y en los alrededores se encendían algunos rótulos y ya los focos del alumbrado público estaban prendidos. Aquel pequeño grupo de muchachas evidentemente colegialas iba avanzando entre empujones y risas. Así llegaron hasta el condominio donde todas residían. “¿Y ahora qué hacemos?”, preguntó la que evidentemente llevaba la batuta. “¡Vámonos al sótano!”, exclamó otra de las presentes, que tenía planta de exótica en formación. Todas aplaudieron, y se encaminaron de prisa hacia una entrada disimulada a flor de suelo que estaba muy cerca. Bajaron por la escalera y llegaron al hueco de la perfecta diversión: un conjunto de jazz antiguo, unos bailarines envueltos en túnicas, un aire cargado de perfumes sagrados… Las recibieron con reverencias. Ellas eran las auroras de la Nueva Era.

1663. BLUE GINGER

Desde la entrada al restorán abierto, que tenía alrededor un estanque con algunos nenúfares y un par de fogones entusiastas sostenidos en pilastras metálicas, era perceptible la naturaleza inspiradora del lugar, como si además del menú estrictamente culinario, marcado por el sello vietnamita, todo lo que ahí se pudiera compartir fuera nutritivo para la mente. Aquel mediodía, casi no había nadie en las mesas del servicio. Ellos dos, los comensales de siempre, llegaron con su puntualidad habitual. Se les acercó un mesero que no conocían, y les extendió un menú también desconocido. Ellos se miraron a los ojos, y él preguntó: “¿No está Sangheeta?” El mesero pareció no entender. Él, aunque parecía innecesario, hizo una pregunta más directa: “¿No es este el Blue Ginger?” El mesero tampoco pareció entender. Y entonces todo se aclaró: Begaluru es un salón de espejos.

1664. MOMENTO SUPREMO

El vehículo repartidor se detuvo frente al portón abierto, y el conductor se dirigió hacia el interior del complejo habitacional. Llegó a la puerta del edificio más distante y ahí dejó el paquete correspondiente. En ese preciso instante se abrió una ventana y asomó un rostro de mujer. “¿Estás seguro de traer lo mío?”. El aludido hizo un gesto de afirmación, inclinó luego la cabeza y dio la vuelta. Luego de sólo unos segundos la mujer asomada llegó a recoger la encomienda. Tomó su paquete, que era una pequeña caja envuelta en papel de china, y subió a su apartamento. Estaba sola y podía cumplir el rito sin reservas. Abrió la caja, y sacó lo que había adentro, que era un anillo de oro. Fue hacia el rincón donde estaba el pequeño altar con múltiples presencias. Se arrodilló: “Gracias, poderes superiores por la confianza en aceptarme. ¿Alguno de ustedes quiere colocármelo”…

1665. EL MISTERIO VIRAL

Era, como todos sus contemporáneos conocidos, un fervoroso adicto a las fantasías digitales. ¿Tuitero o feisbuquero? De todo un poco, según las expectativas del momento, que variaban al ritmo de las circunstancias cotidianas. Aquel enlace permanente se le había ido volviendo adicción, como si una droga superior se le colara a diario por las venas de la conciencia. Así las cosas, en un día de lluvia pareció despertársele un ansia desconocida: escapar de las redes por alguna rendija sutil. Descubrió la rendija, y lo que atisbó al otro lado fue un rostro de mujer. Extendió las manos para distender la rendija y pasar a través de ella. Lo hizo, y en ese mismo segundo se halló en una sala de cine de las de antes. El rostro que acababa de ver era el de ella: Judy Garland. El Mago de Oz. La prehistoria de las redes sociales. Feliz cruce de símbolos.

1666. A LA SOMBRA DEL GULMOHAR

Se sentaron sobre la hierba y comenzaron a platicar en voz baja, como si quisieran que nadie fuera a enterarse de lo que se decían. Y es que estaban planeando una escapada de adolescentes atrevidos que tenía que ser sorpresiva para toda la gente de sus respectivos entornos. Cuando alguien pasaba más cerca bajaban las voces hasta ser murmullos casi inaudibles. El gran árbol cundido de flores rojas bajo el que estaban era el único testigo del momento. De repente dejaron de hablar y una de las ramas inmediatas pareció acercárseles desde arriba. Sintieron la cercanía y la interpretaron como un gesto de amor. Se levantaron mientras todas las tentaciones de huida se les desvanecían por dentro. A lo lejos, un flautista les deba la bienvenida. Bienvenida al misterioso mundo real. Tomados de las manos, corrieron como niños por el mejor prado del mundo.

1667. EN EL TEMPLO ÍNTIMO

Vivió siempre asediado en lo profundo por el ansia de ser peregrino en senderos de polvo y a la plena intemperie. Era algo que mantenía en estricta privacidad, porque no quería exponerse a las sonrisas burlescas ni a las miradas oblicuas. Era un joven de familia acomodada, y por consiguiente residía en una zona exclusiva y se estaba formando en una universidad de alto rango. Pero aquella secreta aspiración lejos de difuminársele a medida que maduraba, se le iba volviendo cada vez más imperiosa. Hasta que no aguantó más. Se fue de la casa, dejando una nota tranquilizadora. Y cuando estuvo al aire libre, ya como pasajero aceptante de su propia realidad, sintió que se hallaba en su refugio perfecto. Se fue a ubicar para mientras en un predio baldío, como un indigente más. Lloró de gozo. Alrededor los ecos inmemoriales le daban la bienvenida.

1668. EL HORIZONTE MÁS PEQUEÑO

Estaba solo en la capilla, que era el único lugar donde no se sentía solo en el mundo. Cerró los ojos para que aquella sensación no fuera a abandonarlo nunca. Entonces todas las luces se le encendieron por dentro, y el infinito llegó a sentarse a su lado.

1669. LO DIJO EL ALBA

Era un lunes, y la luz amaneciente bostezó junto a la ventana. Era la señal. Esa semana que estaba llegando traía una agenda de nuevos comienzos.

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE ROMANCE

Los días iban pasando como siempre: algunos con la aceleración incontenible de los tiempos actuales, otros con la adormecida lentitud de los tiempos pasados. Y él, que practicaba sin proponérselo un balance anímico entre la distracción y la obsesión, ya tenía aquel ir y venir de sensaciones como algo perfectamente natural. Pasó a vivir de modo independiente con lo que le dejó su abuela paterna, de quien era el favorito por razones de temperamento afín, y eso le proveyó una libertad que él usaba para no sentirse atado a nada. Así concluyó sus estudios como diseñador gráfico y pasó a ejercer su carrera de la manera más espontánea posible: como “freelancer” dispuesto a todas las ofertas.

Algo había en su estilo comunicativo, sobre todo por las vías virtuales, para que nunca le faltara trabajo. Los propósitos de los clientes eran muy diversos, y así fue cómo le llegó aquel encargo de redefinición en el terreno de un jardín estrictamente privado. No había más datos en la propuesta, y él aceptó por primera vez con una condición: que se le permitiera conocer el lugar en concreto antes de dar su respuesta. Así se le señalaron día y hora. Un sábado a las 5 de la tarde.

Arribó al sitio indicado y su primera sorpresa fue que se trataba de un edificio de los de última moda, aunque la ubicación no fuera de las más publicitadas del momento. Llegó a la puerta y tocó el timbre. La hoja empezó a girar. Y al ver hacia adentro, la segunda sorpresa: el sitio parecía una exposición de antigüedades. Y ahí frente a él, una mujer joven con toda la apariencia de las actrices hollywoodenses de los años cincuenta. Lo invitó a pasar, y fueron a ubicarse en la pequeña terraza que daba al vacío.

—Hablemos del jardín– dijo él luego de unas cuantas palabras.

Ella lo miró a los ojos, y él sintió una especie de escalofrío reconfortante, que era lo que menos se hubiera imaginado. Desde ese momento, la atmósfera que se creó entre ambos tuvo las características de un predio poblado de hojas vivas y de flores vivientes. Y entonces ella se explicó de la mejor manera que pudo:

—Tú como yo somos las encarnaciones de algún jardín emocional. Es tiempo de que lo vivamos en común…

El diseñador de jardines sonreía como si estuviera pulsando por primera vez su propia ilusión, descubierta de pronto.

—¿Y cómo lo descubriste?

—Es un misterio, como todo lo esencial en la vida. Yo sólo sé que tu jardín y el mío van a ser uno solo. Y como tú eres experto en diseñar jardines, aquí tienes la oportunidad de oro para realizarte a plenitud. ¿De acuerdo?

—De acuerdo– dijo él, extendiéndole la mano cerrada que se fue abriendo en el trayecto tal si fuera una corola mágica.

MISTERIOS DE RETORNO

Estar tras las rejas por tanto tiempo es siempre, según se dice, una experiencia de deslave interior. Bueno, casi siempre, porque en el caso de Wilmer lo que había ocurrido durante aquellos años en los que estuvo encerrado en una celda pestilente y sombría con muchos compañeros desconocidos fue una especie de reconstrucción interior dolorosa e indolora a la vez.

“¿Cómo así?”, se preguntó a sí mismo mientras tenía entre las manos aquel papel oficial en el que se le comunicaba su libertad bajo régimen de confianza, ya que se había hecho acreedor a tal oportunidad por su comportamiento impecable. Ese “¿Cómo así?” se le convirtió primero en sonrisa y luego en bostezo. Aquella reacción dual no era nada extraño para él, aunque sí parecía poco compatible con la libertad que estaba recuperando, al menos en la capacidad de desplazamiento.

Fue de inmediato a refugiarse en la casa suburbana de un pariente que le había ofrecido albergue mientras él buscaba un lugar para su estancia propia. Ahí se encerró, como si no quisiera exponerse a los riesgos del aire libre.

—¿Qué te pasa, Wilmer? ¿Tenés algún problema?

—No sé. Me siento raro.

—Bueno, vas a tener que acostumbrarte a no vivir enrejado. ¿Será que te gustó el encierro?

Él hizo un gesto indefinido, más para su propio consumo que para dar respuesta a lo que se le preguntaba. Y aquella noche le costó dormirse, como si la mente quisiera decirle algo y no se atreviera.

Ya de madrugada y sin pegar los ojos le vino una visión inesperada. Estaba en una llanura que de pronto iba tomando la forma de un calabozo, y entonces tenía enfrente la imagen de su celda real que era un espacio abierto para todas las excursiones imaginables…

¿Qué significaba todo aquello? Como estaba oscuro, lo entendió sin ninguna traba mental: la cárcel fue su liberación; la libertad era su cautiverio. Tenía, pues, que volver a vivir entre rejas materiales para recuperar sus espacios interiores.

Y lograrlo sería fácil con cualquier delito como llave maestra.

MISTERIOS DE REENCUENTRO

Su momento de relax cotidiano, por las tardes, al regresar de las apremiante labores en la empresa de envíos hacia el exterior, era ir a sentarse en su banca favorita en el pequeño parque de la colonia, a leer lo que ya conocía de memoria: los poemas de los clásicos españoles de distintas épocas. Eso sólo podía hacerlo ahí, porque en la casita que habitaba con su familia los niños correteaban constantemente y su esposa tenía siempre puesta la televisión en altavoz, con las telenovelas en serie.

Aquella tarde amenazaba lluvia, pero aún no caía ninguna gota. Era común que la atmósfera se pusiera así: nublada sin consecuencias, aunque de pronto, y sin decir agua va, las ráfagas se hicieran presentes como en manifestación agitada. Él tenía el libro abierto entre las manos y las palabras se iban incorporando sutilmente como si acabaran de despertar de una larga siesta.

Así fueron pasando los minutos, y de pronto, sin que él advirtiera de dónde había surgido aquella presencia, estaba frente a él una figura inmóvil, que lo observaba como si estuviera tratando de identificar a alguien conocido:

—¿No es usted Gabriel Lucero?

Él lo miró a los ojos, sorprendido por la pregunta:

—Sí, yo soy. ¿Nos conocemos?

El desconocido pareció encenderse en una instantánea fogata interior:

—¡Gabriel, soy Toño Pinto!

—¿Toño Pinto? ¿Mi compañero en el colegio? Pero usted no se parece…

—¿A aquel cipote que vivía en el barrio de Candelaria? Es que me pasaron cosas. Lo perdí todo… Chiveando y chupando… ¿Y vos?

—Yo soy un aburrido normal. La única distracción que valoro es leer versos viejos, que parecen soplos mezclados con gotas…

Y al decirlo, las ráfagas escondidas recibieron la señal de partida. Gabriel empezó a leer las estrofas de San Juan de la Cruz y Toño agitó los brazos dándoles la bienvenida a las palabras húmedas.

Ambos se rieron, como niños traviesos, recordando cada quién sus experiencias de aquellos entonces.

—¡Qué frescas están las palabras!

—¡Qué agradecidas están las gotas!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (202)

1653. EN FAMILIA

Toda la vida había tenido la íntima y palpitante ilusión de vivir en un bosque, y eso se le hacía cada vez más difícil de realizar porque los espacios abiertos se iban volviendo crecientemente inhóspitos en su lugar de origen. Pero el destino tiene razones que la realidad no entiende. Y así, sin proponérselo, se halló con su propia respuesta en un viaje de trabajo. Era mánager en una empresa de innovación tecnológica y tuvo que acudir a un encuentro internacional en Bengaluru, en el sur de la India. Ahí se hospedó en el Taj West End, centenario hotel con talante boscoso. Entre los inmensos árboles de flor de fuego y de tamarindo, él comenzó a caminar como un poseso de su propia intimidad. Las ardillas, los cuervos y los gansos le hacían compañía. No volvió a aparecer en las reuniones de trabajo. No volvió a aparecer. Ahora era el hijo adoptivo del bosque.

1654. PASIÓN DE PÉTALOS

Estaba dedicado a armar sobre el suelo figuras de flores haciéndolo con pétalos de marigold, rosa y crisantemo obtenidos de las plantas que estaban sembradas para eso en un predio cercano dentro de las mismas instalaciones. Los huéspedes del hotel admiraban con frecuencia su trabajo, pero casi nunca se lo decían. Hasta que arribó la pareja de ultramar que era adicta a los detalles inspiradores. Cada mañana entraba Raju a construir su corola multicolor en el piso junto a la ventana que daba al jardín. Y fue desde el jardín que llegó la señal de que todos aquellos pétalos ordenados en el piso seguían teniendo vida propia. Fue un rayo de sol, que venía de cruzar los ramajes circundantes, el que fue a posarse en la cabeza de Raju, mientras estaba inclinado ordenando la corola multicolor. En un segundo, los pétalos palpitaron como si saludaran al maestro.

1655. LOS SUEÑOS VIVOS

Después de graduarse de interiores, buscó establecer su propia empresa, y fue a buscar el local propicio. En la ciudad menudeaban los espacios posibles, pero ninguno le hacía sentir inspirado. Se fue entonces a los suburbios, donde ahora nadie quería estar, y ahí descubrió de inmediato una casita que parecía diseñada para albergar un cuento de hadas. No tuvo que cambiar nada en el interior, y lo único que hizo fue anunciar en las redes sociales que ponía sus conocimientos al servicio de los eventuales clientes. Solo correspondió una señora que le pidió que le remodelara su casa. Fue a conocer el lugar. Era una buhardilla vacía. La señora le explicó: “Este es mi hogar, y quiero que sea lo más acogedor para todos mis acompañantes…” Mirada interrogante. “Sí, yo vivo aquí con mis sueños y lo que más me interesa es que estén felices conmigo”.

1656. EN EL MISMO CÍRCULO

El éxito económico le propició un traslado que parecía un salto imaginario en el vacío: de una casita en la colonia San Mateo, de San Salvador, a un apartamento elevado en el East Side de Manhattan. Como todo su trabajo lo realizaba hoy desde su sistema virtual, apenas tenía necesidad de salir de su privilegiado encierro. Eso sí, el mundo de sus sentimientos se le abría como un horizonte para escoger. Y él escogió pedirle a Miriam que se fuera a vivir con él. Ella era una inmigrante a la que había conocido en un restaurante latino de los alrededores. Curiosamente, Miriam venía de una comunidad marginal muy cercana a la colonia San Mateo. La convivencia les hizo sentir que regresaban a su mundo originario. Y eso sí era completar el éxito que por distintas vías andaban buscando. Lo celebraron haciendo planes de boda.

1657. CASA SEGURA

Aquel apartamentito había estado desocupado por largo tiempo, hasta el punto que ninguno de los vecinos de los entornos recordaba a sus últimos moradores. El edificio era de los más antiguos del lugar, y el deterioro estaba a la vista. Cuando el joven inmigrante se instaló ahí porque era lo único que podía costear, fue como si de pronto una ráfaga de bienvenida se esparciera por los espacios polvorientos, levantando nubecillas aleteantes. Él era indocumentado, y vivía mordido por el pálpito de que ICE llegara un día de tantos a capturarlo para la deportación; pero en aquel mismo minuto se sintió envuelto por una protección superior. Era como si las paredes ruinosas y las maderas descascaradas le ofrecieran su acogida más entrañable. Y él respiró serenamente por primera vez desde su arribo. Aquella sensación de amparo le daba el necesario blindaje a su propia ilusión.

1658. LA BOLA DE CRISTAL

El cristal se empañó de repente y fue como si la superficie quedara lista para recibir algún aliento gráfico de lo desconocido. Tenía libre aquella tarde y podía esperar sin prisa cualquier cosa que el cristal quisiera decirle. Se ubicó en la butaca que apenas se elevaba del suelo áspero, y ahí se quedó inmóvil, aguardando mensajes. La densa bruma instalada en el cristal estuvo quieta por un buen rato, pero después empezó a distenderse, como si quisiera dejar una rendija disponible. Él se dio por aludido, y fue incorporándose para atravesar hacia adentro. Así lo hizo, dando un salto de gimnasta venido a menos. Ya en el interior sintió que el cristal lo recibía abriéndole los brazos. Se dejó conducir, como discípulo feliz de recuperar tal condición. Era el retorno al hogar original, porque ahora estaba seguro de que aquel cristal era su conciencia, largamente olvidada.

1659. EN LA CRUZADILLA

Al preguntarle por su experiencia personal, siempre se quedaba mudo. Y se lo preguntaban porque se había corrido la bola de que era alguien fuera de lo común, lo cual hacía que lo vieran casi como a un extraterrestre. En la zona vivían muchas gentes extrañas, que reverenciaban la clandestinidad inescapable. Él, entonces, no era ninguna excepción en el ambiente, aunque se tratara de situaciones totalmente distintas. Un día cualquiera se produjo el cruce de realidades. Un pequeño grupo de pandilleros venía huyendo de la persecución policial y saltaron el muro que limitaba su patiecito posterior. Los agentes golpearon su puerta: “¡Vamos a entrar, y vos date por preso!” No hallaron a nadie en el interior y él salió esposado. ¿Qué había ocurrido? Los delincuentes siguen al aire libre y él está encerrado en la celda sucia. ¿En qué mundo vivimos?

1660. COLOQUIO ENTRE ELEGIDOS

Llegaba todos los días al cementerio e iba a arrodillarse frente a una lápida que no tenía ningún signo identificador. Nadie reparaba en aquella escena cotidiana hasta que pasó aquel adolescente que andaba en busca de sensaciones iniciales. “¿Quién es usted, señor?” “¿Yo? El que quiere volver a su hogar, pero no halla cómo…” “¿Quiere decir que usted es un alma en pena?” El aludido soltó una risita casi burlesca. Y el muchacho le hizo entonces una petición muy propia: “Y si es así, podría darme la receta para ser un alma en pena que quiere ser un alma en alegría?”

CIUDADANÍA FANTASMAL (16)

LA PRIMERA MISIÓN

Los peregrinos, que venían caminando por senderos polvorientos después de consumar la experiencia mayor de ver en persona al Señor de Esquipulas, estaban bañados por el Sol crepuscular y eso les alentaba el anhelo de encontrar un sitio de reposo que les fuera propicio. Y, tal si hubiera aparecido de repente, vieron aquella construcción que tenía todos los visos de ser una ruina prehistórica:

—¡Estamos en el lugar prometido! –exclamó aquel sujeto musculoso y desafiante que parecía comandar la expedición.

Los demás se detuvieron en actitud reverente, como si aquella expresión fuera un designio sin escapatoria. Sin esperar más avanzaron rápidamente hacia el monumento que tenían enfrente. Entonces los peregrinos se dieron cuenta de que lo que había adentro era un amasijo de lápidas desteñidas en desorden. Uno de ellos se apuró a decir:

—El Señor que acabamos de ver nos ha guiado hasta aquí, y esa es sin duda una señal de lo que quiere de nosotros…

Los demás se quedaron en aterido silencio, hasta que uno se atrevió a decir:

—¿Qué pasemos a la condición de soterrados sin retorno?

—¡No, hombre, no! Que recuperemos estas lápidas para ir a la búsqueda de los que se escaparon de ellas… Y si lo logramos, seremos recompensados como buenos trabajadores de la fe. ¿Entienden?

LA MEMORIA MANDA

Encendió la láptop al llegar al espacio íntimo de su habitación de estudiante puesto al día en todas las novedades tecnológicas de su edad. El contraste entre lo tradicional del refugio físico y lo ultranovedoso del despegue creativo hacía que aquel joven que parecía no tener nada de original como persona estuviera ahí conectándose a cada instante con lo desconocido.

En la pantalla del aparato se dibujó entonces una imagen que llegaba a verlo con frecuencia.

—Gracias por venir. Tengo que pedirte algo.

La imagen se puso en actitud expectante. Se tomó las manos y las colocó sobre sus piernas cruzadas.

—¿Podrías prestarme el álbum de mis recuerdos? Necesito hojearlo para ver si ahí encuentro la explicación de esta incertidumbre que me está despojando de mí mismo…

Entonces la imagen se incorporó y fue a sacar de un estante invisible hasta ese momento un volumen empastado en un material que parecía espuma. Se lo extendió sin decir palabra. En ese preciso segundo la pantalla de la láptop quedó vacía. Él abrió el álbum y comenzó a hojearlo.

—¡Aquí está! Aquí estoy yo con mi otro yo y ambos miramos el retrato de ella. Ella, la mujer de mis sueños y la mujer de sus sueños. ¡Ah, y aquí está la otra evidencia: ella se va con él, mientras yo me quedo en silencio! ¡Ahora entiendo: la memoria me ha salvado! Me ha puesto ante la realidad. Me siento libre, puedo volver a empezar la búsqueda…

PARÁBOLA DEL RELOJ

Los pasajeros, como siempre, fueron bajando uno tras otro, con su equipaje de mano, hacia la salida o hacia las nuevas conexiones. Ella, la dama de apariencia distinguida y de movimientos pausados, iba quedando atrás en la fila, y como no faltaba mucho para que saliera su vuelo de enlace, la posibilidad de perderlo crecía minuto a minuto. Y, en efecto, eso pasó: al llegar a la puerta de salida, la nave iba ya camino al despegue.

Le reprogramaron el vuelo, pero aquella noche tenía que quedarse en la ciudad, que afortunadamente estaba muy cerca del aeropuerto. Hacia ahí se dirigió, con la intención de descansar siquiera unas pocas horas antes de acercarse a retomar el itinerario hasta el destino final.

Pero en cuanto estuvo semiacomodada en la habitación del hotelito al que la habían enviado, le entró una sensación de placidez que le era imposible resistir. Se acostó solo con una bata que halló a disposición y en unos cuantos minutos quedó profundamente privada.

El día estaba ahí, y la luz solar entraba a raudales por el ventanal cuya cortina se hallaba recogida. Llamó de inmediato a la recepción:

—¿Qué horas son exactamente, señorita? No sonó el despertador.

—Las 11:30 de la mañana. ¿Necesita algo?

—No, porque ya perdí mi vuelo.

—Eso se puede arreglar. ¿Quiere que le preste ayuda?

—Gracias, pero ya entendí el mensaje.

—¿El mensaje?

—Sí, el mensaje de que debo quedarme aquí, quizá para siempre…

RITUAL SIN SONIDO

Pasaba casi todo el día refugiado en un rincón de la iglesia de Santa Mónica, en la calle 79. Su única posesión era aquel bulto de prendas ya casi inútiles. En ese rincón dormitaba a cada instante, tal si esa fuera su ocupación natural. Y como nadie le ponía atención a su presencia, el que fuera un indigente joven tampoco se hacía notar. Hasta que aquel anciano desvalido como él llegó a ubicarse en la misma banca.

—¿Y tú qué haces aquí, muchacho?

Él se sorprendió por la pregunta, que nadie le había hecho antes.

—Vivir todo el día frente al altar.

El anciano se quedó en suspenso como si acabaran de revelarle la clave de su propia vida.

—Yo he estado aquí todo el tiempo y nunca te había visto.

—Yo tampoco.

Ambos se quedaron en silencio, porque la voz que los unía era un misterio sin sonido.

PLAN INSOSPECHADO

Se conocieron en un albergue para olvidados de la suerte, pero la suerte se les presentó en ese mismo instante, con una sonrisa que era la llave maestra del retorno al verdadero hogar.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (201)

1644. EL VIAJE TAN DESEADO

Allá abajo, en el lugar donde atracaban las naves que llegaban y las que salían, en aquel momento solo había veleros, como si una bandada de grandes aves de plumaje blanco hubiera llegado a posarse ahí. El que observaba el paisaje dilatado desde la reducida terraza de su apartamento ocasional entró de pronto en una contemplación extática: era como si de repente las imágenes anheladas en la infancia se estuvieran materializando con algún propósito. Caía la tarde y eso hizo que el impulso se le tornara urgente. Corrió hacia el muelle y fue haciendo las indagaciones del caso. Halló por fin lo que buscaba. Logró los arreglos correspondientes, volvió a su cuarto y después retornó al mar con una maleta de las de antes. Subió al velero, y este poco después alzó vuelo.

1645. CURIOSA BIENVENIDA

Los vendedores callejeros habían cerrado las vías aledañas para protestar, vociferando consignas, por los desalojos que les venía aplicando la autoridad. Los automovilistas formaban largas filas, en las que se mezclaban vehículos variados, desde las grandes rastras hasta los carros de toda edad. ¿Cuánto tiempo duraría tal atascamiento angustioso? El joven que conducía aquello que parecía un auto de juguete le preguntó a la muchacha que iba a su lado: “¿Creés que vas a aguantar hasta que lleguemos?” Ella solo gimió haciendo el gesto de querer distenderse en el espacio minúsculo. Y entonces lanzó el gemido mayor: “¡Ya viene, ya viene!” Y en efecto la criatura ya asomaba entre sus piernas. El joven se inclinó cuanto pudo para recibirla. Era el misterio gentil de la creación en medio de la borrasca.

1646. EL MOMENTO PRECISO

Dentro de unos instantes sería medianoche, y todos los preparativos se hallaban a punto. El año en curso estaba por lanzar su último suspiro, con año inminente preparándose para hacer vibrar el latido inicial. Los invitados sostenían sus copas llenas en actitud de buen augurio, y las campanadas del anuncio tenían todas sus energías en vilo. Entre el bullicio espontáneo nadie se percató de que había un recién llegado, que además era un perfecto desconocido. El reloj de pie cantó su bienvenida, y los habituales saludaron al otro recién llegado, el que todos esperaban. Luego se hizo un extraño silencio. El desconocido tomó entonces la iniciativa. “Aquí estoy. ¿Me reconocen?” Todos giraron hacia él sin entender aquella presencia. Y él entonces se despojó de su túnica. Era el tiempo desnudo, como siempre que busca hacerse ver.

1647. TORMENTA MÍSTICA

Como ocurre siempre en nuestra temporada lluviosa a la que simbólicamente llamamos invierno, hay días en que el sol parece dispuesto a darles la batalla a las nubes organizadas que se sienten con todas las cartas climáticas a su favor. Era uno de esos días, y eso hizo que aquella pareja de enamorados recientes se decidiera a salir a caminar desabrigados por los entornos, en los que había muchos predios arbolados. Uno de ellos les produjo efecto de imán emocional, sin razón a la vista. Penetraron, y en verdad ya adentro se sintieron como en casa, una casa que nunca se hubieran imaginado. Era como una capilla, y ahí se arrodillaron para hacer votos de unión permanente. Salieron después, con la bendición natural. Y ya afuera se vino la tormenta súbita. Intensa y envolvente. Era sin duda la confirmación celeste del compromiso.

1648. EL VERDADERO AMANECER

La tormenta había sido de alto calibre, con nublazón avasalladora. Todas las quebradas que cruzaban la ciudad estuvieron a punto de desbordarse, pero la emergencia no llegó a tanto: apenas algunas escorrentías en los terrenos bajos y en algunas colonias marginales. Cuando estaba a punto de amanecer, los nubarrones volvieron a congregarse, con ánimo amenazante. Y aquel indigente que dormía en el atrio de la iglesia del barrio se incorporó con ánimo inspirado. Alzó los brazos y empezó a orar en voz alta. Los que pasaban alrededor no le ponían atención al hecho, porque conocían las actitudes del aludido; pero de súbito el orante comenzó a caminar, y en verdad se hallaba en plan de levitación. Cuando lo hizo, el cielo se aclaró. Era el despertar del sol, que es el máximo indigente.

1649. EL ARTE DE SEGUIR AQUÍ

Lo dejó dicho en su testamento: “Quiero reposar tranquilo, pero haciendo mi vida de siempre”. Como se trataba de un burlista por excelencia, el único heredero, que conocía las puntadas imaginativas de su progenitor, tomó aquella frase como una excentricidad más. El trámite de traspaso fue normal, y el documento testamentario pasó a la gaveta de los papeles inútiles. La vida del sobreviviente siguió su curso; pero pasado algún tiempo algunos sucesos extraños comenzaron a manifestarse en su cotidianidad. Cambios de objetos personales, apariciones súbitas indefinibles, extravíos de documentos y de piezas de valor… Cuando aquello se aceleró, tuvo el pálpito de que el testador estaba ahí. Una noche lo encaró en lo oscuro: “¿Estás aquí, verdad? ¿Por qué no te muestras como eres?” El silencio se llenó de una risita sardónica.

1650. PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

La conoció en el bar al que acudía luego de cumplir sus obligaciones cotidianas como miembro del equipo estratégico de la empresa de proyecciones futuristas a la que se había incorporado desde hacía poco. Ella era una recién llegada, y captó su atención al primer contacto visual. Conversaron, compartieron martinis y se despidieron con promesa de reencuentro. Pero no volvieron a encontrarse. Él estaba ansioso hasta la médula. Llegaba a diario a ver si aparecía. Nada. Le dijo a un mesero de confianza: “Si la mirás, me llamás al instante”. Nada. Empezó a resignarse con desencanto ansioso. Y una tarde recibió la llamada: “Está aquí, y dice que lo recuerda”. Acudió de prisa, y en el camino la colisión con una rastra lo dejó inconsciente. Ella, en el bar, brindaba por el futuro, en esta dimensión o en cualquier otra.

1651. GRATITUD VEGETAL

Vivían en la parte alta de una colina que siempre estuvo deshabitada, y ellos sentían que haberse establecido ahí hacía que la vegetación de los entornos les agradeciera la presencia. Y la prueba era que todos los arbustos florecían al unísono.

1652. CICLO VITAL

Era un reloj de pie, heredado de los antepasados. Daba la hora con sonido ceremonial. Un día dejó de hacerlo y los sobrevivientes se desvanecieron sin más.

Historias sin Cuento

A CABALLO REGALADO…

La familia había comenzado a dispersarse cuando los más jóvenes fueron tomando cada quien por su lado, en un mundo cada vez más abierto a mostrar su infinito catálogo de rutas. Aurelio era el más imaginativo del grupo, pero curiosamente fue el que decidió quedarse en el lugar de origen, sin temerle al estancamiento existencial. Y un día de tantos se dio cuenta, como si fuera una experiencia inesperada, de que se había quedado completamente solo.

Vivía de sus investigaciones virtuales y de sus servicios digitales, y por eso no necesitaba salir a ningún lado, salvo para hacer las compras básicas, que dadas sus costumbres arraigadas no pasaban de lo estrictamente necesario y elemental. Lo más que hacía por las tardes era salir al pequeño corredor externo, que daba a una callejuela casi siempre solitaria, donde se dedicaba a contemplar los reflejos del atardecer como si estuviera hojeando un álbum de imágenes tenuemente surrealistas.

Aquella tarde había cielo nublado; y, como algo fuera de lo común, vio aparecer desde uno de los extremos visibles de la calle una figura totalmente desconocida. Era una mujer joven, enfundada en una túnica color malva que le llegaba hasta el suelo. Él no dio ningún signo de querer entrar en contacto, pero ella, cuando estuvo de paso junto a él sacó de algún lugar aquella caja, que era a todas luces antigua. La dejó en una grada y se fue. Él se acercó a observar el objeto, sin tocarlo. Tenía en la cubierta un dibujo a color que era algo así como un caballo en vuelo.

Tomó la caja y se fue hacia adentro con ella. Ya adentro, la puso sobre su mesita de trabajo y se arrodilló junto a ella. De pronto, la tapa de la caja se alzó por su cuenta, y la melodía comenzó a fluir. Era sin duda una caja de música. Mientras la oía, se sintió tocado por una fuerza superior. ¿Qué significaba todo aquello? En los días posteriores salió todas las tardes a ubicarse en el corredor con la caja de música a ver si regresaba la autora de tan exquisita donación.

No sabemos si volvió, pero la música se sigue oyendo como un misterio nunca revelado.

NOSTALGIA INGRÁVIDA

Miraba hacia el entorno, y lo que tenía enfrente era un vitral de ventanas que en la noche cobraban vida. Como era un hombre de negocios que se había dedicado siempre a su labor empresarial, no tenía ninguna costumbre de recibir impresiones desconocidas, y sentirse envuelto por un conjunto de imágenes que no hallaba cómo explicar le creaba sentimientos encontrados.

–¿Qué te pasa, Adrián? ¿Sentís algún malestar?

–¿Malestar? No. Lo que necesito es caminar un poco. ¿Me acompañás?

Salieron a la intemperie. Era ya de noche, y todo estaba oscuro, como si el vitral se hubiera esfumado por obra de algún maleficio inesperado.

–¿Qué le ha pasado a la ciudad? –preguntó él, con el ánimo en ascuas.

Ella se quedó en suspenso, como si acabara de oír una pregunta insólita.

–¿A qué ciudad te referís?

–A Manhattan, que es nuestro hogar.

–¿Manhattan? Estás soñando. Eso pudo haber sido en otra vida. Hoy estamos aquí, en nuestra casita anhelada en la urbanización inmediata al puerto de La libertad. ¿Ya no te acordás que regresamos para no seguir soñando en vano?

CAMBIO DE ROLES

Cada vez que le sobrevenía algún inconveniente o se le daba algún quebranto él se repetía sin ponerlo en palabras: “Hay que seguir la vida”. Y desde luego la vida seguía aunque él no se lo propusiera. Con el paso del tiempo, las complicaciones existenciales se fueron haciendo cada vez mayores, hasta el punto de sentir que nada de lo que se proponía llegaba a valer la pena. Una sensación de borrosa angustia comenzó a invadirlo, y cuando se animó a comentárselo a alguien de confianza, la reacción fue previsible:

–Tenés depresión aguda. Que te vea un especialista para que te medique.

Hizo un gesto de aceptación, pero sabedor de que no seguiría el consejo. En los días subsiguientes se dieron algunas señales promisorias tanto en su vida personal como en su desempeño profesional. ¿Sería que su ánimo había oído lo que dijera aquel allegado ceremonioso y se puso en guardia? Si era así, había que esperar. Y esperó lo suficiente para que la bruma emocional volviera a hacerse presente. Pero esta vez no iba a quedarse impávido.

–¿Qué hacés aquí, entrometida indeseable? Si no me dejás en paz voy a ir a buscar ayuda. A ver qué tal te caen los remedios que me receten…

Sintió de inmediato un zumbido en los canales auditivos, y muy pronto le entró una somnolencia que tenía todos los visos de ser crepuscular. Aquella noche el sueño fue invadiéndolo como una ola curiosa, cuyas espumas acariciantes eran muy parecidas a la respiración de una voluntad que estuviera ahí para protegerlo.

Despertó y en el primer instante no logró moverse. La angustia le crispó los nervios. Tampoco podía desatar palabra. Y en ese preciso segundo todos sus focos interiores se encendieron. Era como si se iluminara una capilla barroca. Y una voz nunca oída surgió de alguna parte:

–Hoy vas a oírme tú a mí. Soy, como siempre me has llamado, la vida que sigue. ¿Me reconocés? Y es que se van a cambiar los papeles. Tú vas a seguir y yo me voy a quedar tranquila, observándote. Basta de pleitecitos inútiles entre tu realidad y tu ansiedad. Ya era hora de que yo, tu vida, me hiciera valer, ¿no te parece?

Él esbozó un gemido:

–No me dejés, voy a recompensarte…

–¿Y cómo?

–Sonriéndote a cada paso…

–Jajá. La vida no necesita migajas de consolación, muchacho.

Entonces la oscuridad volvió. Él, como una sombra asustada, salió corriendo sin rumbo.

EN LA MEJOR COMPAÑÍA

Diez hectáreas de árboles son deforestadas en el mundo cada minuto. Lo leyó en la Internet mientras tomaba su baño de tina, con la láptop sostenida en un brazo móvil. Y aquella información que era una más entre los millones de las que circulan a diario por las redes sociales le hizo sentirse como un tronco flotante en una alberca de dudas angustiosas.

Era sábado, su día de descanso laboral, y lo que hacía siempre era ir a deambular por las cada vez más escasas zonas verdes de los entornos. Se puso su ropa cómoda y se dispuso a hacer la caminata usual. Ya estaba ahí, frente a la cafetería donde iba a tomar su café matutino.

–Hoy lo que quiero es una copa de vino blanco.

–¿A esta hora?

Conocía al mesero desde siempre, y por eso hablaban en confianza.

–¿Qué otra cosa se te ocurre?

La respuesta no estaba dentro de lo usual.

–Un vaso de agua al tiempo con unas gotas de limón y algún toque de romero.

–Hombre, ¿has leído alguno de esos textos que hoy son tan comunes sobre las costumbres saludables y limpiadoras?…

El mesero sonrió, con el gesto de haber dado en el clavo.

–¿Le gustaría conocer el mejor lugar para eso?

–¿No queda muy lejos de aquí? Es mi día de descanso y quiero respirar en el parque antes de que desaparezca.

–Entonces si quiere vamos ya, porque el sábado sólo trabajo por la mañanita.

Salieron a la calle, y el aire contaminado de la zona parecía de pronto limpio de toda impureza. Muy cerca estaba aquel bosquecito curiosamente intacto. Penetraron en él. En el centro había una antigua construcción a todas luces abandonada.

–Aquí es –dijo el mesero, con expresión invitadora.

–¿Aquí es qué?

–El templo de la pureza. Nadie va a tocar nunca este lugar. Entremos: los espíritus naturales nos esperan. No para orar, sino para sonreír en común.

–¿Y cómo es que tú eres mesero en una cafetería?

–Porque los dioses somos multiusos.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (200)

1636. EL PODER DE LA NIEBLA

El joven recién llegado se detuvo en la puerta abierta, y desde adentro le que se advertía era una sombra en contraste con la luminosidad que dominaba el aire. Los que estaban en el interior eran los amigos de juerga desde siempre, y cuando se fijaron en el recién llegado tuvieron un instante de sorpresa inmovilizadora; pero en unos cuantos segundos estalló un bullicio carcajeante: “¿Regresaste, vagabundo? ¿Cómo te fue? ¿En cuántos monasterios anduviste?” Él avanzó hacia donde estaban los otros, y cuando estuvo en el centro se sacó de uno de los bolsillos superiores una especie de incensario de los antiguos. “Descubrámoslo entre todos”. Sin decir más soltó sobre el pequeño recipiente un soplo devocional y de inmediato creció una nube que lo envolvió todo. Al extinguirse, ninguno de los presentes estaba ahí.

1637. EXCURSIÓN SIN FIN

Estamos en el futuro y esa es la sensación que más intenso homenaje le rinde al presente. Entonces el presente, agradecido, nos toma de la mano y nos invita a pasar a su estancia más inmediata, esa en la que guarda todos los aperos que usa en la cotidianidad. Y aunque pudiera parecer un juego del tiempo, lo que en verdad experimentamos es la plenitud de la intertemporalidad, convertida en momento que como tal no tiene nada de sorprendente. El futuro observa lo que pasa, y pareciera a punto de decirnos algo, pero da la impresión de que no se atreve, y por eso lo interrogamos: “¿Cuál es tu fuerza, si no te animas a soltar amarras”. Y es el presente el que responde: “No se confundan, soy yo el que no me animo”. A la luz de esa doble confesión ambos se van juntos y nos dejan solos.

1638. ASÍ ES LA COSA

Los años iban pasando como si tuvieran prisa creciente por llegar lejos. Y aquel hombre joven que no parecía tener ninguna característica que lo distinguiera del común de sus allegados y de sus vecinos había venido desarrollando, sin embargo, una capacidad intuitiva que mantenía bien guardada entre sus pertenencias emocionales. Cuando conoció a Wendy en un jolgorio de ocasión sintió que necesitaba moverse con estrategia envolvente. Ella no se fijó en él, y ese fue el estímulo ideal para que el asedio se volviera compulsivo. Cuando un día se hallaron solos en el pasillo de la Facultad donde estudiaban, él se animó a decirle: “¿Tú crees en el amor a primera vista?” Ella sonrió, como si esperara la pregunta: “Nooo, yo creo en el amor a primer olfato… ¿Me permites?” Y se le acercó al cuello, donde aspiró a fondo. “¡Eres una fuente de aroma! ¡Gracias!”

1639. LAZO SUBLIMINAL

Enfrente estaba el volcán, como un guardián que no descansaba ni de día ni de noche. Tenía la forma de un león reposado y expectante. Aquel incipiente pensador, que se dedicaba a hacerlo sin preocuparse por su sostenibilidad económica, lo observaba a diario desde su ventanuco en el multifamiliar heredado de sus padres hacía unos meses. Ambos habían fallecido en un accidente y él era el único heredero. Ahora vivía de unos pocos trabajos virtuales, y por fortuna no necesitaba más. El volcán era su único referente externo. Muy pronto le nació el impulso de poner por escrito lo que experimentaba, sin saber bien qué era. Lo escribiría de puño y letra, para mayor intimidad. El cuaderno era de los antiguos y la caligrafía también. Se quedó pensando sobre el título, y saltó el rayo inspirador: “El volcán y yo. Diario fraternal”.

1640. HAGAMOS CUENTAS

Cuando ella llegó por primera vez pasada la medianoche, el padre la llamó a capítulo. Era lo esperable, aunque él hubiera sido siempre tan ajeno a las reprimendas. Al oír las palabras altisonantes, la jovencita no pudo menos que preguntar: “¿Y por qué ahora me hablas así, cuando nunca antes lo habías hecho?” El señor se quedó unos segundos en suspenso, y luego respondió en voz apagada: “Porque nunca estuviste ausente al sonar la campana distante que anuncia que inicia un nuevo día”. Ella no pudo menos que lanzar una carcajada de alegre sorpresa. El padre volvió a fruncir el ceño: “¡Cuidado, no te burles de mí!” Ella reiteró el reclamo: “¿Qué te pasa? Estás irreconocible”. Él juntó las manos sobre el pecho: “Es que no puedo evitar tu adultez desconocida”. Y soló un sollozo de niño.

1641. ENTRE VIEJOS CONOCIDOS

El desvelo se le había vuelto una constante que parecía brotarle de un trasfondo escondido de la conciencia. Y lo curioso de aquella experiencia, que a simple vista podía tener componentes traumáticos, era el sentirse cada vez más relajado y dispuesto a disponer de energías que se le iban acumulando en algún otro trasfondo del ser consciente. Estaba en ésas cuando una noche, mientras repasaba tranquilamente los oficios posibles de estar despierto, sintió que alguien había llegado junto a él, de seguro con ánimo de comunicarse. “¿Quién está aquí?”, preguntó sin sobresalto. Hubo un carraspeo antes de la respuesta: “Soy yo, tu viejo amigo, el sueño…” “¡Ah, al fin nos vemos después de tanto tiempo! ¿Quieres que te cuente mi nueva experiencia? Tal vez pueda servirte. Te siento atribulado…”

1642. PRUEBA INSUPERABLE

“Arleen, anoche oí ruidos fuera de tu ventana. ¿Alguien andaba por ahí?” “¿En mi ventana? ¿Pero cómo va a ser en mi ventana si da hacia el vacío?” “Ah, es que en estos tiempos los pícaros tienen mañas para todo. ¡Contéstame! ¿Alguien andaba por ahí?” Arleen se quedó callada, y su madre se puso aún más inquisitiva: “¡Es que me han dicho que han visto a alguien siguiéndote los pasos como si tuviera derechos a hacerlo. ¿Es verdad?” La reacción de Arleen se fue apaciguando, lo que hizo que su madre se pusiera más en guardia: “¡Arleen, dime la verdad, por favor!” Suspiró y bajó la vista: “Bueno, voy a decírtela: quien está siempre conmigo es mi Ángel de la Guarda!” “¡Arleen, por favor, no quieras verme cara de tonta!” “Bueno, si no me crees, asómate a la ventana”. Y el que flotaba en el aire era en verdad un ser alado…

1643. ENCUENTRO SIN RETORNO

Buscó desde el principio una compañera que estuviera en exacta armonía al menos con una de sus emociones básicas: aquel anhelo de vivir en una arboleda o en una llanura, como tributo anímico al origen indescifrable. No se atrevía a decírselo a ninguna de las novias sucesivas, hasta que llegó ella. “¿Tu nombre?” “Gazella” “¿Cómo las gacelas de otras tierras”. “Sí, pero yo soy de ésta. Mi padre era apasionado de todas las especie libres y naturales…” Él sintió que el destino estaba hablándole. Le tomó las manos. Ella se apretó a él. Destino consumado.

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE DESGANO

En el curso de aquella mañana el directorio de la empresa lo convocó a su sala de reuniones para comunicarle que acababa de ser ascendido al puesto de gerente de operaciones. Aunque presentía, por varias señales acumuladas, que su desempeño era reconocido por la dirección superior, no esperaba que el salto fuera tan notable. Menudearon las felicitaciones inmediatamente después de la comunicación, y una seña hizo que los meseros entraran con las botellas de champán dispuestas para el brindis.

Asumió el cargo, y eso le significó pasar al nivel superior, con todas las regalías y pleitesías correspondientes. Él, por naturaleza, era un funcionario disciplinado y sin alardes, pero lo que de inmediato comenzó a manifestársele fue una especie de bruma emocional que lo envolvía con frecuencia en un aura de recogimiento.

Los subalternos murmuraban: “Qué respetuoso se ha vuelto don Hilario. Ni siquiera parece jefe…” A él le llegó el rumor y le produjo una sensación de alivio. Quería decir que su nueva actitud era bien recibida en el ambiente y podía seguir viviéndola sin aristas ni sospechas.

Pero aquella sensación le duró poco. Lo que comenzó a tragar por dentro fue un caldo insípido de soledad inexplicable. A tal punto que luego de un fin de semana ya no pudo regresar. Todas las fuerzas anímicas se le habían vuelto garfios paralizantes.

Salió a la calle y se puso a caminar sin rumbo. Lo necesitaba para revivir.

MISTERIOS DE ELOCUENCIA

El cambio de estación estaba por llegar, y la sensación prevaleciente era que andaba circulando por los alrededores un escalofrío invitador, cuyas señales podían ser interpretadas de muchas maneras. En el condominio, habitado sobre todo por parejas jóvenes que apenas iniciaban su vida propia, aquella transición climática, que no era nada nuevo, despertaba reacciones muy personales, y entre éstas la de aquel viejo profesor de letras resultaba la más notoria. Él vivía solo, porque había enviudado no hacía mucho y sus hijos residían en el extranjero, como es hoy tan común.

Aquella mañana, una llovizna tenue pero tenaz andaba suelta por la atmósfera inmediata. Y como era sábado, muchos de los vecinos se habían quedado en sus habitaciones, reponiéndose de los estragos de la semana laboral. Él, sin embargo, lo primero que hizo al despertar fue escapar de la sábana percudida con el ánimo de salir lo más pronto posible a las calles.

Así lo hizo, y ya ahí comenzó a caminar como si quisiera llegar a un punto bien definido, aunque en verdad lo que andaba haciendo era deambular sin rumbo. Así llegó frente a aquel puesto callejero de venta de libros viejos, de esos que ya sólo buscan la gente muy mayor o los excéntricos impenitentes. Él de seguro era uno de esos mayores, pese a que en su ánimo prevalecía la condición de los excéntricos. Se detuvo frente al puesto y saludó al tendero:

–Hola, Iván. ¿Qué novedades hay?

–Ah, un baúl lleno de ediciones clásicas. Se murió el dueño y los familiares no quieren más “cosas inservibles” en la casa, como ellos dicen…

–Son las pendejadas que hoy se han vuelto virales, como dicen los jóvenes…

–Y no sólo los jóvenes, men. ¿Vos no tenés Wifi?

–Uf, qué lata. ¿Dónde están los libros, pues?

El tendero se fue a un rincón, a destapar el baúl, que evidentemente era de otra época. Lo sacó para que quedara a la vista del visitante; y éste, en cuanto lo vio, se quedó inmóvil, como si estuviera ante un objeto sagrado.

–¿Qué te pasa, amigo?

–Me siento como si estuviera en un templo.

–Bueno, pues aquí están las imágenes.

Y empezó a sacar los libros, que eran las antiguas ediciones de Aguilar: Colección Crisol, Colección Joya, Colección Obras Eternas, Colección Premios Nobel… Y todos los volúmenes impecables, como si acabaran de salir de sus estancias originales. El presunto cliente estaba en éxtasis.

–¡Es lo que siempre soñé: los libros con olor a cuero inmemorial y llenos de páginas casi etéreas!

–Aquí están todos a tu disposición. Podés escoger a tu gusto. Desde Platón hasta García Lorca. El menú es completo.

El presunto cliente se dedicó a revisar lo que había, con el gesto devoto de los iniciados, y luego de un prolongado examen ritual expresó su decisión:

–Me quedo con todos.

–Ya te doy el precio. Un precio de devotos a Nuestro Señor el Libro.

–Jajá.

Se llevó el cargamento hacia su casa, y empezó a ubicar los libros donde le fue posible. Cuando terminó de hacerlo, la noche había caído. Comió algo para no dejar y se fue al descanso en la habitación contigua. Sentía una placidez inusual. Se durmió casi al instante. Y ya puesto en aquella dimensión comenzó a oír un coro de voces emocionadas a su alrededor. Despertó de súbito. ¡Sí, eran las voces de los libros, liberadas en el ambiente acogedor! Todos estaban en familia.

MISTERIOS DE ESTACIÓN

Los rieles venían de lejos e iban hacia lo lejos. Temprano por la mañana y tarde por la tarde el ferrocarril hacía su recorrido de ida y vuelta, desde San Salvador hasta Chiquimula y viceversa. En la estación que quedaba muy cerca de la carretera hacia el norte ya se sabía que la puntualidad del tren era impecable. 7 de mañana en la ida y 7 de la noche en el regreso.

En aquel anochecer había un conocido del entorno que aguardaba con su maleta en la rampa de madera donde la máquina se detenía. Como aún faltaban algunos minutos, el jefe de estación salió de su oficina a saludarle:

–Doctor, ¿al fin es viaje?

El doctor era un médico joven que vivía al otro lado de la línea férrea con su esposa reciente. Tenía un pequeño consultorio en una pieza contigua a su casa, que estaba rodeada de árboles y lindaba con la cantina a la que acudían los vecinos a hacer sus libaciones nocturnas, sobre todo en los fines de semana.

–Sí, don Toño. Dentro de dos días tomo el vuelo, y voy a la capital a estar listo. Madrid no queda a la vuelta de la esquina.

–A perfeccionarse, pues. La medicina es una ciencia y un arte, ¿verdad? Y ojalá que todo le salga bien, allá y aquí.

Esta última frase, que parecía encerrar un enigma, puso al doctor en guardia:

–¿Aquí y allá? ¿Cómo así?

Don Toño, que era un zorro experimentado, sonrió con el gesto torcido que le era característico:

–Bueno, como se va usted solo y deja aquí sola a su esposa… Y la soledad es mala consejera…

–Puede ser buena también. Todo se ve.

–Hombre, claro.

Y en ese preciso momento se oía el pito del tren anunciando su llegada. El doctor se despidió con una palmada en el hombro de don Toño y don Toño lo hizo con otro gesto enigmático. El tren ya estaba ahí, anunciando que sólo lo haría por unos pocos minutos. Y cuando tomó camino hacia su destino final de aquel día, todo se quedó como siempre.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (199)

1628. TRANSPIRACIÓN CRUZADA

Fueron vecinos de infancia, amigos de adolescencia, novios de juventud y amantes de madurez. Fue como un trayecto por estaciones, sin que en ningún momento se diera la posibilidad de establecerse definitivamente en alguna de ellas. El vecindario varió cuando las familias cambiaron de zona, la amistad fue una especie de juego grupal, el noviazgo tuvo los colores de una aventura inocente, y la relación amorosa no pudo encontrar lazos formales. Estaban ya en la etapa en que había que pensar en el futuro, cada vez menos previsible. Sentados una tarde en un banco del único parque de los alrededores tuvieron que tocar el tema. “¿Qué viene después en nuestras vidas?” se preguntó él, inquieto. “Irnos a vivir juntos a un albergue para ancianos” respondió ella, en son de broma. Entonces los envolvió el silencio. Sudaban sólo de presentirlo.

1629. AL DOBLAR LA ESQUINA

Doña Leticia, la dama aristocrática, levantó la mirada del cuaderno en el que hacía sus cotidianos apuntes, y puso la pluma fuente a un lado. Ahí, junto a ella, estaba Alirio, su nieto menor, y de seguro quería pedirle algo. Ella alcanzó su cartera y sacó un fajo de billetes. El jovencito hizo un gesto de negativa. Ella, entonces, con otro gesto, le preguntó qué quería. Alirio miró a través de la ventana, hacia el predio baldío que antes había sido traspatio. Y tuvo que explicarse con palabras: “Vengo a pedirte que me regales ese terrenito, para poner ahí mi carpa y empezar a ser lo que quiero ser: payaso”. Ella soltó su carcajada proverbial: “Ah, caramba, estamos hablando de un plan de vida… Y de entrada te digo que tienes condiciones… Este numerito que acabas de hacerme lo demuestra… Y lo que más me gusta es que te quieres quedar aquí, a la vuelta de la esquina…”

1630. EL MEJOR MANANTIAL

Los años iban pasando como si tuvieran prisa creciente por llegar lejos. Y aquel hombre joven que no parecía tener ninguna característica que lo distinguiera del común de sus allegados y de sus vecinos había venido desarrollando, sin embargo, una capacidad intuitiva que mantenía bien guardada entre sus pertenencias emocionales. Cuando conoció a Wendy en un jolgorio de ocasión sintió que necesitaba moverse con estrategia envolvente. Ella no se fijó en él, y ese fue el estímulo ideal para que el asedio se volviera compulsivo. Cuando un día se hallaron solos en el pasillo de la Facultad donde estudiaban, él se animó a decirle: “¿Tú crees en el amor a primera vista?” Ella sonrió, como si esperara la pregunta: “Nooo, yo creo en el amor a primer olfato… ¿Me permites?” Y se le acercó al cuello, donde aspiró a fondo. “¡Eres una fuente de aroma! ¡Gracias!”

1631. JARDÍN DE DON BENJAMÍN

La verja de aquel jardín que daba a la calle tenía hoy todas las características de una valla protectora, cuando en el pasado fue sólo una especie de dibujo simbólico. El niño, que volvía a pie de recibir clases en un colegio vecino, se detuvo a percibir aquel cambio. En la parte interior del jardín, el jardinero de siempre hacía sus labores de protección y de cultivo. El niño se arrimó a la verja y esperó a que el jardinero pasara cerca para preguntarle: “¿Y esto por qué ya no está como estaba antes?” El jardinero se acercó aún más, y entonces el niño tuvo una sensación casi de vértigo. De pronto, él era un hombre adulto y el jardinero, un adolescente que de seguro acababa de llegar. El niño transfigurado sólo pudo decir una frase: “Me saluda a don Benjamín”; y el rejuvenecido jardinero tuvo la mejor respuesta posible: “Si algún día viene, ahí se lo digo”.

1632. EN TIERRA FIRME

El barco se balanceaba sobre las aguas agitadas, y aquella sensación de movimiento constante se le hacía a él como un saludo de bienvenida. Era en verdad su primer viaje luego de que consiguiera puesto de tripulante en aquella nave de carga. Acababan de dejar el puerto de origen y se dirigían hacia el puerto de destino. Estaba atardeciendo y los colores del cielo se reflejaban sobre las aguas inquietas como sobre un espejo incansable. De pronto, las condiciones del aire dieron un giro dramático: una nublazón repentina se hizo presente y el mar se agitó al máximo. El barco estaba a merced de aquella turbulencia sin control. Todos los tripulantes se pusieron en alerta extrema, salvo él, que parecía ajeno al peligro. Y es que él, contra toda evidencia, se sentía en tierra firme: la de su voluntad de ser navegante aunque su vida estuviera en juego.

1633. ETERNO RETORNO

Cuando el desalojo se hizo presente, con todas las órdenes legales en regla, hubo que pensar de inmediato en el nuevo destino. Y aunque muchas señales hubieran indicado que tal desalojo era inminente, ninguno de los moradores pareció aceptarlo como un hecho realizable. Así las cosas, el día en cuestión lo que hubo fue una caravana a pie hacia cualquier lugar de los entornos. Ninguno de los moradores circundantes se dio por aludido; y entonces quedaron como única opción las cuevas del cerro más cercano. Entraron en ellas, cada quien en busca de su sitio. Adentro, la negrura total. Ellos no se asustaron por eso. Era parte viva de su naturaleza. Y ya adentro, esa misma oscuridad les fue encendiendo candiles en las sienes. Era el refugio ideal. Afortunadamente, los evacuados eran dioses, que se reencontraban con su destino original.

1634. EL REFUGIO SEGURO

Estaban esperando que naciera su primogénito, que por alguna razón fuera de control no había logrado saberse si sería niño o niña. Las imágenes de la cámara que se colaba hasta la placenta daban imágenes borrosas. A él aquella situación le producía creciente ansiedad, y en cambio ella mantenía una quietud cercana al éxtasis. Llegó el día, y los preparativos del parto se hallaban listos en la clínica. Pasó un largo rato, y el doctor encargado se iba inquietando minuto a minuto. “¿Qué pasa, doctor?”, le ´preguntó él, casi en el oído. El doctor hizo un gesto de desconcierto mezclado con incredulidad. “Parece que la matriz está vacía”. La madre, tendida en la cama, permanecía sonriente. Y de pronto dijo en un susurro: “Son dos seres que no quieren ser identificados y que han escapado hacia sitio seguro. Ahora se albergan en mi corazón. ¡Escúchenlos!”…

1635. EL DESTINO HABLA

Las olas iban y venían como es usual. El recién llegado al borde del encaje espumoso contemplaba aquel vaivén que estaba ahí desde siempre. Y en algún instante alguien llegó a ubicarse a su lado. Era una mujer joven, que parecía una escultura recién animada. Él extendió los pies hacia el agua que llegaba y se retiraba sin cesar. Ella se le acercó aún más. “Soy Afrodita, ¿me recuerdas?” Él suspiró, ilusionado. “No te recuerdo, pero estoy aquí, contigo”. Ella entonces hizo un gesto para que la ola los envolviera. Y abrazados desaparecieron en el borbollón de espuma.

Historias sin Cuento

TIERRA DE POR MEDIO

Apenas tenía recuerdo de las vías por las que llegó a aquel destino insospechado. Nacido en un pequeño pueblo del interior del país, sus padres, que no conocían nada de lo que estaba más allá de los áridos cerros circundantes, emprendieron un día de tantos, por impulso que en estos tiempos se ha vuelto viral, la ruta de los migrantes indocumentados. ¿Cómo hicieron para cubrir el costo de aquel trayecto? Vaya usted a saber. Enigmas que también se han vuelto virales.

Él, que entonces era una criatura en las manos nerviosas del azar, se crió en una localidad ubicada en los alrededores de la “Ciudad que nunca duerme”.

New York, 9 p.m. Él estaba en sus últimos trámites para graduarse con honores como experto en desarrollo digital, y la persona que tenía enfrente en una mesa rinconera del restorán Cafe Boulud, en la Calle 76 y Madison Avenue, iba a hacerle una oferta de trabajo en destino aún no revelado:

–El haberte conocido en la Universidad me hace confiar en que vas a aprovechar esta oportunidad como nadie. Además, de alguna manera volverás a tus orígenes…

Él se puso aún más a la expectativa. El oferente mantuvo la sonrisa:
–Te estoy ofreciendo Singapur.

En ese instante toda la escenografía pareció cambiar como por encanto. Él giró la mirada, y preguntó en un susurro: “¿Dónde estamos?”

–En el Hotel Ritz-Carlton, entre los rascacielos. El mar a un paso y el futuro a otro paso. ¿Respondes ya o prefieres que antes nos tomemos el aperitivo?

Mientras lo hacían en una mesa del Lounge Bar Chihuly, él observó a través de los amplios ventanales la vegetación de los entornos. Una vegetación de ambiente caluroso y lluvioso, como en su mundo natal guanaco. Nunca había tenido una reminiscencia visual y sentimental tan intensa. La respuesta le brotó como una corola anhelante:

–¡Acepto! Me voy a Singapur en el primer bus que salga para allá…

AGUA DE POR MEDIO

Se llamaba Ryan Anand, y cantaba acompañándose de su guitarra durante las noches en el bar, mientras los viajeros departían con la distensión propia de las excursiones de placer. Ryan acababa de ser contratado para que fuera parte de los que amenizaban la estadía flotante, y hasta aquel momento sus presentaciones nocturnas lo iban poniendo en contacto con una forma de distensión íntima que era para él lo menos esperable. Se hallaba aquella mañana, apoyado en la baranda más alta de la nave, junto al muelle de un puerto desconocido. Pasó muy cerca un camarero con una bandeja de copas y él le preguntó:

–¿Dónde estamos?

–Eso que está enfrente es Sorrento.

Él suspiró con fuerza. No recordaba que esa fuera una de las estaciones contempladas en aquel itinerario; pero si estaban ahí había que aprovechar la estadía. Sin pensarlo dos veces, y por un impulso de raíces profundas, fue a recoger su guitarra, la eterna compañera. El barco no podía atracar en el pequeño muelle y había que tomar un ténder que llevara hacia ahí.

En lo alto aguardaba Sorrento, a la distancia de 106 escalones. Los subió casi volando y llegó a un parquecito acogedor. Se sentó en un banco y empezó a acariciar las cuerdas de su guitarra. “Torna a Sorrento” era el himno obligado. No estaba en su repertorio, pero le brotó como una ola viva. La gente pasaba a su alrededor sin percatarse, y es que los acordes y la voz se le derramaban hacia adentro, como si su acantilado interior fuera el único destinatario. Sólo alguna gaviota le hacía compañía.

AIRE DE POR MEDIO

El pensador autodeclarado dijo una vez en el pequeño coro de amigos, mientras departían en el bar más próximo, que era su proverbial sitio de encuentro: “Parece que los espejos son los mejores testigos de lo real, porque nada que pase frente a ellos se les escapa”. Los otros presentes, que ya estaban habituados a sus frases dizque originales, se rieron como siempre, y uno de ellos le hizo un comentario de los que en el grupo se estilaban:

–Bueno, los espejos son bastante hábiles para eso, pero hay alguien que les gana…

–A ver, ¿quién?

–Míralo, está a nuestro alrededor…

El que había lanzado la frase giró la mirada, en busca de esa presencia que acababa de serle referida. No había nada que pudiera tomarse como tal, al menos en el plano visual. Se encogió de hombros, como si le estuvieran jugando una broma. El otro le explicó lo que quería decir:

–Es el aire, amigo. El aire, que va por donde quiere repartiendo imágenes. Es el mayor coleccionista que puede haber. No se le va una.

FUEGO DE POR MEDIO

El doctor Molinari acababa de entrar en fase de retiro de su prolongada labor como especialista en descifrar misterios psíquicos, y sus pacientes más cercanos en el tiempo quisieron hacerle un agasajo a la orilla del lago emblemático de la zona. Sabían que el doctor era eterno adicto a los gozos del mundo natural, y la invitación incluía una excursión por las corrientes termales de la zona y por los cráteres de la última erupción del volcán vecino.

El día señalado para el encuentro el doctor amaneció orgánicamente descompensado, y tuvo que avisar que no le sería posible acudir a la cita conmemorativa. Ellos aceptaron que fuera así, pero se quedaron expectantes, porque era una reacción inesperada. El doctor se caracterizaba por ser entusiasta y puntual, y de seguro algo grave estaba ocurriéndole.

Como ya todo estaba listo, los invitantes dispusieron hacer ellos la excursión sin decirle nada al invitado ausente. El día se hallaba de pronto envuelto en brumas, pese a que en aquellos momentos del año la luminosidad de la atmósfera resultaba proverbial. Los excursionistas llegaron al lago, buscaron un pequeño albergue para beber algo que los entonara y partieron hacia las corrientes termales donde tomarían un baño relajante. En cuanto entraron en contacto con el agua, la sensación de estar en un ejercicio retrospectivo les hizo sentir que el doctor Molinari estaba ahí.

Un buen rato después, empezaron la escalada hacia los cráteres. Fue como si una fuerza superior los llevara en andas. Al llegar al sitio de destino, las fumarolas estaban activadas, en ceremonia de bienvenida. Todo aquello tenía visos de ser sobrenatural. Uno de ellos se animó a preguntar en voz alta.

–Doctor, está aquí con nosotros, ¿verdad?

Una ráfaga de aire reconfortante los envolvió de inmediato. Y como en un juego visual, la imagen del doctor se hizo vaporosamente presente. Entonces sonó el celular de uno de los caminantes. La daban la noticia:

–El doctor ha dejado de respirar, y parece que se está evaporando.

Todos los presentes se juntaron en círculo cerrado. En medio, una hoguera surgió de súbito, con intención ceremonial. La señal era clara, y fue entendida sin más.
El doctor Molinari había querido acompañarlos de la mejor manera posible: con la emoción del fuego nacido del alma que se despedía al aire libre. Ellos estaban alegres como nunca, y se abrazaban en homenaje a su mentor.