ÁLBUM DE LIBÉLULAS (195)

1595. NO HAY MEJOR ESPEJO…

Cuando se fue de su lugar de origen, lo hizo pensando en una nueva vida. Era joven, y podía descubrir caminos que desde ahí parecían inabordables. Luego de mucho trajinar, llegó a aquella pequeña ciudad italiana donde le ofrecieron trabajo como ayudante de cocina, porque tenía credenciales como chef en ascenso. Una tarde, caminando por las callejas atestadas de turistas, se cruzó con alguien que le trajo de inmediato el recuerdo de aquel personaje que había sido algo así como su mentor en la adolescencia. Ese alguien estaba decrépito y apenas caminaba. Le entró una angustia súbita. ¿Qué significaba su nueva vida? Era tarde y tenía que ir al restaurante a reasumir labores. Esa noche tuvo una pesadilla. Y en ella una voz le susurraba: “No hay mejor espejo que un amigo viejo”. Entonces lloró de nostalgia. Solo eso le quedaba.

1596. CONTIGO PAN Y CEBOLLA…

Desde que se conocieron, como niños en plan de adolescentes, en el festejo de cumpleaños de uno de los amigos del barrio, hubo entre ellos una sintonía perfecta. Entre ellos sí, pero entre sus parientes no. Y es que cada una de las familias decía querer algo superior para su descendiente. En esas estaban cuando se produjo un acontecimiento que puso todo en veremos: él ganó una beca para ir a estudiar al extranjero, y había que tomar decisiones de inmediato. La familia de ella se negó a que lo acompañara. Si se iba, tenía que hacerlo por su cuenta y riesgo. Entonces ambos reunieron en conjunto a las respectivas familias y ahí les expresaron que se irían juntos, aunque fuera a pasar penurias. Y él les recalcó: “Somos fieles creyentes en aquel refrán que dice: Contigo, pan y cebolla; y con otra, ni olla. Quédense con sus ollas…”

1597. HAZ BIEN…

Doña Milagros se sentía inspirada por su nombre, y por eso desde muy temprano en su vida tuvo inclinación irresistible al servicio de los demás. Cuando murió su marido y sus hijos se fueron a buscar oportunidades al Norte, ella se quedó sola en la casita suburbana donde vivió desde siempre. Se dedicaba a coser ajeno y a cocinar por encargo, y lo poco que le quedaba luego de gastar en lo elemental lo dedicaba a socorrer a sus vecinos más necesitados, que eran cada vez más. Muchos de los familiares jóvenes de aquella gente que tenía cada vez menos se habían incorporado a los grupos criminales, pero ella seguía en su afán, sin miedo ni reposo. Hasta ese día en que un par de delincuentes se metió en su casa y le quitó la vida sin necesidad porque doña Milagros no opuso resistencia. Hasta en las últimas dio el ejemplo.

1598. LO QUE NATURA NON DA…

Quería componer música. Dentro de él las armonías flotaban como hojas vivas en la corriente de un arroyo, pero por fuera nada revelaba cadencias armoniosas. En ningún instante, sin embargo, decayó su voluntad de responder al tenaz mandato interior. Lo pertinente era animarse al estudio formal en una academia confiable. Cumplió los exámenes de ingreso e inició el curso. Se esforzaba como el que más. Y pese a que su nivel nunca llegaba al plano superior, parecía ir encaminándose, hasta que de pronto llegó el silencio. Uno de sus maestros le explicó: “Es un mecanismo de defensa. Hay que sepultar el clavo de la duda y sembrar la semilla de la fe. ¿Has oído aquello de ‘Lo que Natura non da, Salamanca non lo presta’? ¿Y quién sabe dónde está lo que da Natura y qué es lo que Salamanca puede prestar?”

1599. ARRIEROS SOMOS…

¿Cómo era posible que después de tanto tiempo aquella imagen estuviera a solo unos centímetros? El aparecido lo saludó con efusión: “Hola, Chente, ¿te acordás de mí?” “Claro que me acuerdo, Chema. ¿Vos te acordás?” Habían sido vecinos, y tuvieron una disputa por la medición de las respectivas viviendas. Chema les encargó a unos sicarios que intimidaran a Chente, que acabó en un hospital y al salir escapó de la zona. “Te vengo a pedir un favor, Chente: que le permitás a tu hija andar con mi hijo… Se han conocido en la U”. “Ah, así están las cosas… Bueno, si me devolvés lo que me robaste, puede ser. ¿O querés que te mande sicarios? Ahora soy yo el poderoso. Tengo mi banda”. Chema retrocedió un par de pasos, como si quisiera huir en el tiempo. Pero no hay de otra: arrieros somos y en el camino andamos…

1600. OJOS QUE NO VEN…

La vida tiene derivaciones insospechadas. Y es que el camino de él y el camino de ella parecían ir de pronto en direcciones opuestas, después de tanto tiempo de íntima armonía en el trayecto. No podían escapar a aquel fenómeno existencial, y se hicieron a la idea. Pasado un largo período sin verse, tanto él como ella sintieron la necesidad imperiosa de recuperar la cercanía. Como habían perdido el contacto, tuvieron que andar en la búsqueda de indicios localizadores. Aquello resultó más difícil de lo esperado. Cuando se encontraron, los pálpitos mutuos les hicieron temer que el corazón se les saliera del pecho. Y entonces él dijo, animoso: “Le ganamos la partida a la sabiduría popular, que dice: ‘Ojos que no ven, corazón que no siente’. Nos pasó al contrario: ojos que no ven, corazón que se enciende…”

1601. MÁS VALE PREVENIR…

Aquella mañana, que era una de las primeras del tiempo vacacional, se levantó del catre con un zumbido extraño entre las sienes. Creyó que eso era simple producto de una mala posición, pero cuando le duró toda la jornada empezó a sospechar trastornos más delicados. Fue por fin a consultar a su médico de cabecera, que parecía ser experto en todo. Y el médico, ingenioso por vocación, le salió al paso: “Ya que decís que soy tu médico de cabecera, voy a ver qué te pasa en la cabeza”. De los exámenes superficiales no parecía salir nada. “Hay que hacer estudios más profundos…” “¿Por ejemplo?” “Una lavativa mental”. “¿Y eso?” “Vacaciones sin rumbo”. “¿Y si me pierdo?” “Sería lo que necesitabas. Terapia sigilosa. Probemos. Más vale prevenir que lamentar”.

1602. CUANDO EL SOL ALUMBRA…

Los tiempos eran difíciles, y lo mejor era el escape. En eso coincidían; pero no había coincidencia en el hacia dónde. Él hacia el Norte y ella hacia el Sur. Como si vivieran en un mapa mental contradictorio. Había que encontrar alguna salida, y él, imaginativo por naturaleza, se puso a pensar. De pronto: “¡Ya lo tengo! ¿Qué te parece si le preguntamos al Sol?” “¿Y cómo?” “Bueno, tirando una moneda a cara o cruz: cara, el Norte; cruz, el Sur”. “¿Y quién la tira?” “Tú”. La moneda, al caer, se perdió en el suelo ceniciento. “Pues nos quedamos, porque cuando el Sol alumbra no vale penumbra…”

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE CORBATA

En estos tiempos de informalidad creciente, los vestuarios estudiantiles van siendo cada vez más imprevisibles, en contraste con lo que pasaba en épocas anteriores, cuando los que estudiaban determinadas carreras usaban por tradición atuendos formales. Los estudiantes de Derecho, para el caso, vestían de saco y corbata. Hoy, los jeans y las camisas sueltas son lo que prolifera prácticamente sin excepción. Y entonces la rebeldía tiende a operar al revés. Es el caso de Segismundo.

—¿Por qué te pusieron ese nombrecito?

—Porque mis papás son cultos.

—¡Ja, ja!

—¿Ustedes han oído hablar de Calderón de la Barca?

—Sí, es un pescador que vive a la orilla del mar, allá por el puerto.

—¡Ah!, qué chistoso.

—Pues hombre, ¿cómo no vamos a saber, si el maishtro de literatura vivía mentándolo en sus clases, que por cierto eran una muestra bostezante de “La vida es sueño”…

—¡Ja, ja!

Y ahora Segismundo quiere ponerse a la moda rompedora para que el nombre no le estorbe. Estudia Tecnologías de la Información, y llega a diario a clases de saco y corbata. Los compañeros lo miran y hacen gestos de hilaridad despectiva. Y más aún porque cada día cambia el color de la corbata. Entonces la expectativa sobre ese color se va volviendo adivinanza viral.

Segismundo llega siempre tarde, y lo rodea de inmediato un coro de miradas.

—¿Y hoy qué le pasará a este? Viene sin corbata…

Alguno se lo pregunta de inmediato. Él sonríe con gesto de haber dado en el clavo:

—¿Qué les pasa? ¿No se han dado cuenta de que hoy tocaba la corbata transparente? ¡Si no serán pendejos!

MISTERIOS DE CAMISA

La primera vez que se abrazaron tanto él como ella sintieron que estaban entrando en terreno desconocido. Y eso desconocido se centraba en los aromas. Ni él ni ella pudieron advertir qué significaba aquella cercanía aromática.

—¿Te gustó? –preguntó ella, con un tinte de ansiedad.

—Una dulce emoción me invade. ¿Y a ti?

Ella no respondió con palabras. Suspiró como si estuviera a punto de experimentar una sensación inexpresable.

—Entonces, estás invadida por el desconcierto –reaccionó él, con ansiedad inocultable.

—No sé. Lo que pasa es que yo pensé que mi perfume iba a ser el único, y ahora siento que estamos correspondidos…

—¿Cómo así?

—Es que cuando nos abrazamos tuve la impresión de que entraba en una capilla…

—¡Qué misterioso es esto! Yo sentí, cuando nos abrazamos, que me hallaba en un rito floral…

—Es que el perfume que uso se llama “Florilegio”. ¿Y el tuyo?

—Bueno…, es que yo no uso fragancia…

—¿No, y entonces a qué hueles?

—No sé.

—Pues voy a probar otra vez.

—¿Qué?

—El abrazo.

Dicho y hecho. Y el abrazo fue más apretado aún, porque tenía propósito. ¿Cuánto tiempo estuvieron así? Ninguno de los dos pensó en el tiempo. Las aspiraciones mutuas lo dominaban todo. En él era el gozo de lo conocido. En ella era el ansia de lo desconocido.

Por fin, ella se desprendió suavemente. Y con las manos puestas sobre el pecho de él, vino su explicación:

—Es tu camisa la que huele, pero no en todo su tejido, sino solo en esta parte que está sobre el corazón. Quizás, entonces, es tu corazón el que envía el aroma.

Se rieron como niños que acabaran de descifrar un misterio inocente.

MISTERIOS DE CHINELA

Desde niño tuvo aquella tendencia a hacer del sueño una caminata sin duración ni destino identificables de antemano. En la medida que pasaba el tiempo, aquellas excursiones nocturnas le iban produciendo estados de fatiga que podían parecer quebrantos de salud.

Tanto así que, para salir de dudas, empezó a acudir a consultas médicas en busca de respuestas esclarecedoras.

Dichas respuestas fueron variadas y hasta contradictorias. Como que por ahí no se llegaba a nada.

Pasó, entonces, a buscar opinión más especializada. Y en ese orden uno de los consultados le hizo una sugerencia que parecía desconcertante:

—Creo que sería prudente que acudiera a la consulta de un psicólogo.

—¿Tendré problemas mentales, doctor?

—Yo solo aconsejo. No soy experto.

Buscó esa opinión.

—Vamos a hacer un calendario de sesiones.

Transcurridas algunas, dejó de asistir. ¿Qué pasó? Alguien le sugirió una psíquica, que en el primer encuentro le hizo una petición que parecía una simple extravagancia:

—Para empezar, ¿podrías traerme una de las chinelas con las que te desplazas en el sueño?

Cuando se la llevó, la psíquica la tomó entre las manos e hizo un gesto de reverencia:

—Ahora sé que eres un sonámbulo sobrenatural. En esta chinela están las huellas de tus excursiones cotidianas por los caminos del pasado y del futuro. Tú, cada noche, recorres un resumen de tu vida…

—¿Y de dónde me viene la fatiga?

—No es fatiga, amigo mío: es sensibilidad llevada al límite.

—¿Y entonces?

—Voy a tratar de acompañarte cuando me sea posible.

—¿Y cómo vamos a encontrarnos?

—No te preocupes: mis propias chinelas me llevarán hasta ti.

MISTERIOS DE BUFANDA

En el lugar, que era un suburbio superpoblado, el clima cálido imperaba a lo largo del año, algunos meses en lo seco y otros meses en lo húmedo. Era el trópico, benigno pero persistente. Por eso la prenda que estaba guardada desde siempre en la gaveta más baja del ropero era una curiosidad sin explicación espontánea.

Gabriela, a quien todos llamaban Gaby, ocupaba hoy aquella pieza que antes fue de su madre, de su abuela y de su bisabuela, en sucesión cronológica impecable. El ropero también venía de aquellos lejanos entonces, y a Gaby le hubiera gustado tener un clóset, pero el mueble ya estaba ahí y había que aprovecharlo, aunque fuera una reliquia casi centenaria.

Cuando concluyó sus estudios universitarios tuvo el impulso de seguir la ruta de muchos de sus amigos: ir a sacar una maestría en alguna universidad del Norte. Era la moda del momento. Su récord académico era impecable y los recursos económicos disponibles daban para eso y más. Empezó a hacer indagaciones y así llegó el momento de elegir destino. En todas las universidades a las que aplicó se le abrió un espacio. Solo había que decidir.

La tía July, que era su único familiar cercano, le preguntó:

—¿Ya sabes para dónde vas?

—Pues estoy entre dos opciones: Texas o Massachusetts. Y todo me jala hacia Massachusetts. Es como el llamado del frío.

La tía July soltó una risa tierna:

—Claro, mi abuela y tu bisabuela queriendo que vuelvas al clima original. No en balde te dejó una bufanda para que la llevaras en el regreso.

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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (194)

DEL SUEÑO

Aquella mañana todo parecía igual que siempre: afuera, el clima propio de la estación; adentro, las premuras normales de la hora. Se levantó de la cama, aun en penumbra, y se fue al baño a los oficios de limpieza matinal. Volvió en unos minutos sin ningún trapo encima. Había que preparar algo que se pareciera a un desayuno. Pero cuando estaba por dejar el pequeño dormitorio, que desde hacía unas semanas no compartía con nadie, tuvo de pronto una sensación de soledad que no le había dejado ninguna de sus parejas sucesivas cuando escaparon de ahí, como de un lugar inhóspito. Volvió al lecho y descubrió que ahí, bajo la sábana revuelta, había algo. Levantó sigilosamente la tela, que bien podía ser un sudario. Y lo era: lo que estaba ahí, exánime, era su propio sueño. Gimió. Hoy sí se quedaba solo en el mundo.

1580. LA LUZ DE SANTA RITA

Su vida había entrado en fase de crisis, tal si todo lo que le rodeaba se estuviera poniendo en su contra, sin alternativa. No era una simple sensación, porque los hechos se hallaban a la vista. Entonces todos sus mecanismos anímicos empezaron a fallar. Se fue enclaustrando en sí mismo, como un ermitaño sin escapatoria. Aquello era una trampa mortal. Pero de pronto, y sin que hubiera indicios reveladores, cada vez que cerraba los ojos, una tenue luz se le hacía visible en la profundidad de la conciencia; y esa luz poco a poco iba tomando cuerpo, hasta que apareció la imagen. Era una señora sonriente con una rosa en la mano. Se la ofreció con un gesto. Él vaciló. “No temas, todo va a resolverse, yo soy la abogada de los imposibles. Y esta rosa es la llave para ingresar en tu nueva ruta…”

1588. FICCIÓN INMEMORIAL

Por el camino polvoriento venía la caravana de peregrinos que estaban lozanos como si acabaran de salir de su punto de partida. Nadie hubiera dicho que la ruta que venían recorriendo fuera ya tan extensa como aquella suma de solsticios y equinoccios, aunque nadie en el ambiente los reconociera como tales. A media mañana pasaron frente a aquel caserío que tenía todas las características de un refugio de seres sin hogar, y los peregrinos se sintieron envueltos por un aura insospechada. Fueron en busca de un lugar para descansar por unas horas, y lo que encontraron fue aquel predio baldío que daba a una fuente sinuosa. Ahí se instalaron para pasar unas horas. Horas que se volvieron días y luego años y siglos. Solo el camino polvoriento siguió ahí, esperando a sus peregrinos ilusionados…

1589. EN EL CÍRCULO SAGRADO

¿De dónde le había nacido aquella impresión de que estaba siempre al borde de un arroyo, entre los guijarros y las plantas de la orilla? Quizás de su experiencia infantil, cuando le tocó vivir el desapego familiar y tuvo que refugiarse en los espacios naturales que había alrededor. Ahí se hizo amigo entrañable de los árboles protectores y de las mariposas aventureras. Después, se fue a la ciudad a seguir sus estudios, y ahí tuvo que acomodarse a los espacios cerrados y a los laberintos artificiales. Pero el vínculo emocional con el arroyo original y sus entornos nunca dejó de estar presente en sus vigilias nocturnas. Cuando terminó su formación académica tuvo que buscar ocupación laboral. Y entonces desechó oportunidades por lealtad a su memoria. Hoy trabaja en un vivero junto a una quebrada. Destino final.

1590. JUEGO DEL TIEMPO

Ella era introvertida por naturaleza, y cuando llegó a la adolescencia tal condición se le convirtió en penumbra íntima. No se comunicaba con nadie, hasta que llegó aquel muchacho con planta de extraterrestre emocional. Hubo un clic instantáneo, y a partir de aquel momento tanto él como ella fueron inseparables. Se hallaban concluyendo su formación universitaria, ella en filosofía subliminal y él en química reveladora, aunque las carreras no se llamaran así. Formalizaron su relación, para hacer vida en común. Los años siguieron pasando, y en un cierto momento, sin decirse nada al respecto, empezaron a descubrir que ambos tenían una misma ruta de vida, que estaba por encima de todo lo demás. Y esa ruta iba en dirección inversa a lo que se consideraba natural. No iban hacia la vejez sino hacia la infancia. Misterio compartido.

1591. MÍSTER  ANGELICUS

Desde la más remota infancia se manifestó como un ser fuera de serie, en lo bueno y en lo malo. Su familia no podía con él, y muy pronto lo enviaron a un internado religioso en las montañas. Ahí obtuvo su título de bachiller, y se dispuso a ingresar al mundo universitario. Escogió una universidad pública, para no tener que depender de sus padres, y consiguió trabajo de limpieza en una capilla. Empezó a estudiar la carrera de chef, porque le fascinaba la mezcla de ingredientes. Muy pronto estaba listo para emprender un negocio propio, luego de conseguir un crédito bancario. A la hora de escoger el nombre dispuso ponerle “Míster Angelicus”. Fue una corazonada. Alguien se lo preguntó, y la respuesta fue tan enigmática como él: “Para que los clientes sientan que su cocinero también alimenta a los dioses”.

1592. ENTRE  HERMANOS

Cuando se casaron, ambos compartían criterio sobre la religión: eran ateos confesos, y decían sentirse libres por ello. La vida les fluyó sin dificultades personales, pero cuando tuvieron su primer hijo, que fue una niña, algo se les removió por dentro. Era sentir que aquella niña, radiante como una flor y fragante como un fruto, estaba ahí para acercarlos a la gracia del milagro. Las madres de ambos, fieles y devotas, les hablaron con suave emoción: “Esta criatura nació el 6 de febrero, Día de Santa Dorotea, patrona de floristas y fruteros. ¿Y saben qué quiere decir Dorotea? Regalo de Dios. En nuestro corazón, la niña se llama Dorotea. ¿Están de acuerdo? Si es así, sonrían sin temor…” Ellos no respondieron de inmediato, pero en los días siguientes siempre hubo flores y frutos alrededor de la recién nacida.

1593. PARÁBOLA DEL HALLAZGO

Se lo había dicho infinidad de veces, como para que ella entrara en comunicación directa con su imaginación más profunda: “Lo que nos une no es el destino, sino la búsqueda”. Y aquella frase caló tanto en el ánimo de ambos que muy pronto se dieron a la tarea de recorrer juntos los caminos del mapa que estaba a su alcance, como en un ejercicio de círculos concéntricos. Aquel fin de semana dispusieron ir a caminar por uno de los cerros más cercanos, que estaban siempre superpoblados de vegetación. Se internaron entre la maleza y los ramajes y fueron avanzando hacia adentro. De pronto, se hallaron en un claro no previsto, que de inmediato les dio la sensación de un jardín de pequeñas plantas floridas al ras del suelo libre. Y él dijo, emocionado: “Es lo que nos tocaba encontrar este día: uno de los jardines urbanos de la infancia…”

1594. EL MAPA SIGUE ABIERTO

Se fue del sur hacia el norte cuando las contingencias de la guerra le hicieron sentir que no podía moverse en su espacio disponible. Y ahora tenía que volver del norte hacia el sur porque las contingencias de la persecución le hacían saber que era mejor volver por las buenas que exponerse a ser víctima de las malas. Volvió y se sintió un desconocido, aunque su gente lo recibía con amabilidad. ¿Qué pasaba, entonces? Estuvo haciendo cábalas, hasta que atinó con una respuesta: “No me sirvió del sur hacia el norte ni del norte hacia el sur. Hay que probar con las otras direcciones…”

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE MALETA

Se estaba acercando el día de la partida y el color de las horas se le volvía cada vez más mortecino. Tenía muy poco que llevarse, porque era de esos seres que guardan la mayoría de sus pertenencias esenciales en la mente. Pero con algo había que cargar, porque iba hacia un lugar desconocido aunque todas las informaciones sobre el mismo estuvieran a su disposición en los folletos y en la Internet.

En la casa se sentían tristes por su alejamiento, pese a saber que era impulsado por la necesidad de contar con más fondos para el sostén de su familia, aparte de que el hecho de ir a trabajar en una empresa dedicada al marketing ecológico estaba íntimamente conectado con sus afinidades más profundas. En las vísperas, armó una pequeña maleta que había permanecido arrinconada en el clóset desde siempre. Cuando la abrió sintió un aroma que no parecía propio de un objeto como aquel, pero no le dio importancia, porque las urgencias del viaje inminente le absorbían toda la atención.

A la mañana siguiente, luego de las sentimentales despedidas del caso, emprendió camino hacia la estación, ya que la primera etapa del viaje sería en tren expreso. Tomó un asiento junto a la ventana, y la maleta iba a su lado, porque el asiento contiguo se hallaba vacío.

En cuanto el tren arrancó, a él le fue entrando una somnolencia irresistible, y se durmió de inmediato. Aquel trayecto hasta la ciudad donde tendría que tomar el transporte aéreo duraría algo así como cuatro horas, y por consiguiente el reposo durmiente podía ser prolongado.

El sueño que le vino fue profundo, y en él se sumergió sin resistencia. Al despertar, la sorpresa resultó desconcertante. ¿Dónde estaba? Se encontró tendido en el suelo en una calle desierta. A su alrededor, nada resultaba identificable. Se hallaba, sin duda, en otra latitud.

Se incorporó como si emergiera de un letargo indefinible. Por impulso instantáneo buscó su maleta. Estaba ahí, junto a él. La abrió con premura. Se hallaba vacía. Y el aroma que antes sintiera hoy parecía provenir de un incensario oculto. ¿Qué era todo aquello? Enfrente, un parque nutrido de arboleda parecía estar aguardándolo.

Sonrió agradecido. Tomó su maleta vacía y avanzó hacia ahí. El origen inocente del marketing ecológico lo aguardaba en su expresión más pura y personal. Había que tomarle la palabra y poner la voluntad a su servicio.

La maleta era su compañía perfecta.

MISTERIOS DE ROPERO

El cuarto no era muy amplio, pero sí tenía capacidad de albergar varios muebles, como evidentemente ocurrió en otras épocas familiares. Ahora, lo único que había ahí era un pequeño y escuálido escritorio que de seguro nadie se quiso llevar cuando la casa fue desocupada para ponerla en alquiler. Los interesados en tomarla no le ponían mayor atención a aquel detalle, porque en estos tiempos en que los iPads y los teléfonos siempre están a la mano la existencia de un escritorio es irrelevante, aunque por momentos pueda ser un estorbo.

Los que se pasaron a vivir al lugar arrinconaron el escritorio para tener más espacio disponible, y en tal espacio ubicaron un mobiliario de última generación, de esos que anteponen la extravagancia a la comodidad.

Los moradores actuales eran tres personas humanas y una persona perruna. Y aunque los humanos no le pusieran atención al detalle, el perro de la casa llegaba varias veces al día a reposar a la par del mueble en el que nadie reparaba.

Cuando llegaba la hora en que los tres humanos volvían de sus respectivas faenas diarias, el otro habitante se incorporaba, sacudía su pelambre y avanzaba hacia la puerta de entrada. Cada uno de los que iban apareciendo –los dos padres y la hija– le hacía un gesto propio, y él respondía también con gestos diferentes. Luego Sandokán, que era su nombre rescatado de los recuerdos infantiles del señor, se iba a acomodar a la par del escritorio.

En el lugar se acumulaba el polvo y menudeaban los pequeños objetos sobrantes, por eso los señores cada vez que veían al perro ahí trataban de que se fuera hacia otra parte. Él los observaba acomodado sobre el suelo y levantaba los ojos con una mirada que parecía decir: “No entiendo nada”.

Así las cosas, un día de tantos llegaron los cargadores de una empresa dedicada a transportar objetos pesados y levantaron el escritorio para llevárselo. El señor y la señora observaban con expresiones de alivio.

—Por fin vamos a deshacernos de ese trasto viejo, que es un almacén de polilla…

Cuando Sandokán se dio cuenta de lo que pasaba empezó a aullar lastimeramente, y no había forma de callarlo.

—¿Qué te pasa, chucho loco? Si hoy todos vamos a estar en un lugar más limpio…

Pero en los días subsiguientes algo como un virus desconocido pareció invadir la casa. Sobre todo el señor y la señora daban impresión de creciente debilidad. Ellos y la hija fueron a pasar consulta médica. El examen no revelaba nada en concreto. El doctor encargado los miró sucesivamente después de revisar los exámenes:

—Pues no se ve claro. Les voy a decir algo que parece fuera de toda consideración científica. Es como si una extraña forma de polilla se hubiera infiltrado en sus organismos… Yo no sabría cómo explicarlo, pero tengo el pálpito de que algo se les ha colado de manera subrepticia… Y como yo también creo en las realidades esotéricas, voy a recomendarles que busquen una psíquica competente…

Ellos se cruzaron miradas. Y él reaccionó en forma que el médico no podía entender:

—Vamos a buscar consejo profesional. Gracias, doctor.

Al regresar a la casa, lo primero que hicieron fue llamar a Sandokán.

—Ya sabemos que sos el maestro. ¿Qué nos aconsejas para superar nuestras dolencias? ¿Que el escritorio vuelva a su lugar?

El ladrido entusiasta de Sandokán no dejaba alternativa.

Buscaron a los compradores y les ofrecieron el doble de lo que ellos habían pagado. La salud es lo más importante. Trato hecho. Sandokán saltaba de alegría.

MISTERIOS DE ROPERO

En aquel hogar los roles tradicionales estaban completamente cambiados: la señora era la proveedora con el producto de su trabajo y el señor se encargaba de las faenas domésticas. Y por las reacciones de todos –es decir, de los padres y de los hijos– tal distribución no afectaba a ninguno, porque ya era una especie de norma vigente desde tiempo indefinido.

El señor ordenaba lo referente al vestuario, y desde luego era un experto en lavado, planchado y guardado de la ropa, que se hacían en aquella casa conforme a las normas de siempre. Su devoción por el orden, tanto en el diseño como en la presentación, no tenía quiebres.

La señora era veleidosa al máximo, y actuaba sin reparar en las reacciones de los demás. Ella, en lo tocante a las prendas de vestir, vivía atenta a lo que se publicaba en las revistas de moda, y era especialmente sensible a las innovaciones extravagantes.

Entonces, para mantener la armonía, el espacio clave era el ropero.

Por fuera, el ropero que compartían tenía la forma, la estructura y el color de los muebles heredados. Por dentro, era como si ahí convivieran dos mundos muy distintos entre sí. Por eso quizás cada uno de ellos cuando iba a guardar o a sacar sus atuendos sólo abría la hoja correspondiente. Aquel día, sin embargo, coincidieron frente al ropero, y se quedaron quietos sin mirarse.

—Voy a sacar mi chamarra del tiempo de la guerra –dijo él.

—Yo voy a buscar mi traje brillante que estará de moda en la próxima estación.

Entonces se rieron, como si se tratara de dos bromas inocentes. Las dos hojas se abrieron al mismo tiempo. ¿Pero qué había adentro? Como por arte de magia, en el lado de él se hallaban colgados los atuendos psicodélicos y en el lado de ella las piezas clásicas. El mensaje les hizo mirarse como cómplices por primera vez.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (193)

1579. HOLA, SAN VALENTÍN

Ahí, sobre la mesa, se halla la estampa enmarcada de San Valentín, que trajo alguna vez un pariente mayor, y su presencia ya pasa inadvertida. Pero de un tiempo a esta parte la pareja viene necesitando estímulos inspiradores y ante el enfriamiento de la relación lo primero que toma impulso es la búsqueda de consejo profesional: acudir a un psicólogo parece entonces lo indicado. Hablan y oyen durante varias sesiones, pero no surgen señales de que nada esté cambiando. ¿Habrá que resignarse a que los vínculos se vayan marchitando cada día más? Ese día es 14 de febrero, y toda la propaganda comercial lo hace sentir. Él y ella, sin proponérselo, se encuentran esa mañana frente a la mesa donde está la vieja estampa descolorida, y en ese instante dicen al unísono: “Hola, San Valentín”. Como si aspiraran un aroma sobrenatural. Remedio puro.

1580. LA LUZ DE SANTA RITA

Su vida había entrado en fase de crisis, tal si todo lo que le rodeaba se estuviera poniendo en su contra, sin alternativa. No era una simple sensación, porque los hechos se hallaban a la vista. Entonces todos sus mecanismos anímicos empezaron a fallar. Se fue enclaustrando en sí mismo, como un ermitaño sin escapatoria. Aquello era una trampa mortal. Pero de pronto, y sin que hubiera indicios reveladores, cada vez que cerraba los ojos, una tenue luz se le hacía visible en la profundidad de la conciencia; y esa luz poco a poco iba tomando cuerpo, hasta que apareció la imagen. Era una señora sonriente con una rosa en la mano. Se la ofreció con un gesto. Él vaciló. “No temas, todo va a resolverse, yo soy la abogada de los imposibles. Y esta rosa es la llave para ingresar en tu nueva ruta…”

1581. SAN ROQUE ENTRE LADRIDOS

Vivía en la calle desde que perdió su primer trabajo y no pudo encontrar otro; y como no tenía familiares porque todos fueron desapareciendo sin dejar rastro, el único destino disponible eran las aceras con algún alero. Recogía limosnas y sobrevivía con bocados casi simbólicos. Estaba masticando cuando sintió a la par una presencia anhelante. Era un chuchito callejero, con el que compartió unas migajas, y que desde aquel momento no se apartó de su lado. El indigente se sentía acompañado por primera vez, pero entonces empezó a sufrir una debilidad orgánica sin precedentes. Aquella tarde, ya en la anochecida, el perro comenzó a ladrar con ansia, como si alguien se hubiera hecho presente, y él se puso en ascuas. Ahí se oyó la voz: “No te alarmes, amigo. Soy San Roque, y vengo a recompensarte por la forma en que tratas a uno de los míos”.

1582. JARDÍN DE SANTA INÉS

Aquella jovencita era la más hermosa y la más tímida de todo el vecindario, zona marginal infestada de peligros, como ahora se estila. Todos los jóvenes del lugar estaban detrás de ella, con intensiones posesivas de mala índole. Ella los rechazaba a todos, con un aplomo fuera de serie. Y a alguien muy cercano le confesó: “No me entregaré a nadie que no sea el que me destine la Providencia”. “¿Y cómo vas a saberlo?” “Por la forma en que me mire desde el primer instante”. Pero los días pasaban y no había indicios del elegido, y entretanto los acechos de los demás iban en aumento. Esa tarde, cuando ella volvía del instituto donde estudiaba, un grupo se puso a seguirla. Ella vio enfrente la puerta del jardín público, y ahí se coló. Adentro se topó con uno de los jardineros. Fusión inmediata. La virginidad y el jardín, lazo perfecto.

1583. SAN ALEJO SIGUE EN VELA

Como siempre, la maldad hacía de las suyas en aquel superpoblado ambiente donde nadie podía pasar inadvertido. La inmensa mayoría de los hacinados estaba ahí por delitos menores, pero eso no hacía diferencia. Cuando llegó aquel personaje notorio al haber merecido condena por delito financiero, todos los ojos se volvieron hacia él. “Este va a saber ahora lo que es vivir en comunidad de iguales”, fue la frase viral. Y como entre los reclusos había un presunto experto en magia negra, lo conminaron a que pusiera al recién llegado bajo control. El tratamiento se hizo sentir, pero con efecto contrario. El aludido empezó a mostrar señales de transformación anímica hacia lo sublime. ¿Qué estaba pasando? “No se sorprendan, almas malignas. Yo traje el mejor apoyo: una estampa de San Alejo, que vence a todos los enemigos…”

1584. GRACIAS, SANTA LUCÍA

No tenía idea de lo que aquello podía significar, pero el cuaderno abierto lo había llamado desde el primer momento con apremio familiar. Las palabras quedaban ahí, en testimonio de obediencia, haciéndole honor al aire libre que le rodeaba. Estaba en el campo, en aislamiento voluntario de todas las vanidades urbanas, y a sus amigos, con los que se comunicaba por e-mail, aquello les parecía insólito. “Estás solo, nadie te acompaña en esa soledad, ¿no piensas volver?” “Volver, ¿a qué? ¿A una soledad más profunda rodeado de personas?” “Nosotros somos tus amigos…” “Ya lo sé. Gracias. Pero aquí he encontrado un vínculo superior”. “¿Una muchacha del campo?” “De alguna manera, pero no tiene que ver con ningún vínculo carnal”. “¿Entonces?” “Es Santa Lucía, patrona de los campesinos y de los escritores: mi perfecta alianza”.

1585. SANTA DOROTEA: FLORES Y FRUTOS

Cuando se casaron, ambos compartían criterio sobre la religión: eran ateos confesos, y decían sentirse libres por ello. La vida les fluyó sin dificultades personales, pero cuando tuvieron su primer hijo, que fue una niña, algo se les removió por dentro. Era sentir que aquella niña, radiante como una flor y fragante como un fruto, estaba ahí para acercarlos a la gracia del milagro. Las madres de ambos, fieles y devotas, les hablaron con suave emoción: “Esta criatura nació el 6 de febrero, Día de Santa Dorotea, patrona de floristas y fruteros. ¿Y saben qué quiere decir Dorotea? Regalo de Dios. En nuestro corazón, la niña se llama Dorotea. ¿Están de acuerdo? Si es así, sonrían sin temor…” Ellos no respondieron de inmediato, pero en los días siguientes siempre hubo flores y frutos alrededor de la recién nacida.

1586. EL ALTAR DE SAN BENITO

El diagnóstico fue una interrogante abierta. Estaba enfermo, pero no podía precisarse el mal. Lo enviaron a su casa, con un tratamiento de sostén paliativo. Ni siquiera llegaba a la medianía de la edad, y estaba solo. Sus escasos amigos llegaban de vez en cuando a visitarlo, entre ellos Alicia, que se hacía cada vez más asidua. Un día, arribó con mensaje: “Si los médicos no pueden, el Santo sí va a poder…” “¿Qué Santo?” “San Benito. Aquí traigo su Medalla, que libera de todo mal, y sobre todos de los males desconocidos… Tómala”. Él la tomó entre los dedos y la corriente de claridad le hizo incorporarse.

Instantáneas del verbo apasionado (9)

LA PRIMAVERA EN VIVO

Nos deja reinventarla cada día, siempre que sea en amorosa alianza.

EN EL FONDO HAY SITIO

Y no olvidemos nunca: solo es sitio de dos.

LÁPTOP EN VELA

Por si las palabras extraviadas hallan por fin la ruta que lleva a su destino.

YO SOY TESTIGO

Cuando los sueños se vuelven tóxicos, hay que abrirles la puerta a las vigilias inocentes.

AYER FUE SÁBADO

Y lo mejor de todo fue encontrarme contigo en la perfecta intimidad.

HOLLYWOOD 6 P. M.

En alguna esquina, Barbara Stanwyck se detiene a observar a los espectadores del presente.

TE ESCUCHO HABLAR

Y desde ahí me siento iluminado por tus intrépidos silencios.

SEÑAL DE SALVACIÓN

Es respirar contigo aunque la atmósfera no exista.

AYER HUBO EQUINOCCIO

Lo sé porque tus ojos me recordaron hoy que la luz es un círculo de altares.

HORIZONTE SAGRADO

Que podemos tocar con las manos unidas.

CELEBRACIÓN RITUAL

Las palabras aprenden a soñar en tus labios.

EL ALMA NUNCA DUERME

Así lo descubrieron los profetas en su primer contacto con el aire.

EN UNA CASA DE CARTÓN

Nos refugiamos día a día para reconquistar la inocencia del éxtasis.

LA HUELLA DEL CREPÚSCULO

Está viva en cada uno de los amaneceres más felices.

MOON RIVER

Henry Mancini sale de paseo con Audrey Hepburn hasta llegar a medianoche a la vitrina inmemorial de Tiffany.

EL VIENTO HUÉRFANO

Baja de las montañas cada día y deambula sin rumbo entre escombros urbanos.

TENSIÓN GLOBAL

Los antiguos magnates se han quedado mirando de reojo hacia su clóset prehistórico.

JARDÍN ILUSIONADO

Es el que nos recuerda a diario que las flores del tiempo siempre estarán aquí.

ESTANQUE EN CASA

Lo visito sin falta para nunca olvidar que nuestras almas son gemelas flotantes.

LA FANTASÍA ESTÁ A LA ORDEN

Y es como el arcoíris con el Sol.

PREGUNTAS INOCENTES

Las que le hace la fe a la inspiración.

NIDO DE MENSAJES

Es lo que la memoria nos entrega cada vez que subimos a reposar en su azotea.

TRIBUTO AL HEROÍSMO

Sólo un pequeño pétalo en el que encarna el arte surrealista del jardín.

SILBO ENTRE RAMAS

Es el mejor regalo de una mañana de domingo en casa.

HOLA, ELVIS

Ya es hora de que anuncies tu próxima crisálida roquera en el balcón fugaz del nuevo siglo.

QUIERO SER ETERNO

Y para eso me basta con respirar el aire que respiras.

PETICIÓN ZODIACAL

Amada mía, albérgame en tus brazos para entender la libertad del infinito.

TAORMINA EN LO ALTO

Arribamos descalzos a la ciudad que siempre nos aguarda con sábanas radiantes.

TIEMPO DE RÁFAGAS

La pasión del zodíaco parece haber hallado su domicilio ideal en esta época.

EL DESTINO REVIVE

Cuando todos sus signos convergen en un copo de confianza.

EDAD CON ALAS

Es la que nos espera en la primera esquina del fervor compartido.

BUENOS ALIADOS

Son nuestros espejismos que comparten vivencias al primer roce de destellos.

LA JUSTA COMPAÑÍA

El ángel de la guarda es quien mejor conoce los pasillos que juntos recorremos.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (192)

1571. JET LAG

La abrumadora nevada del día anterior había puesto en crisis momentánea al transporte aéreo. Había gran cantidad de pasajeros con sus maletas acumuladas a la espera de posibles llamados a abordar. Pasaban las horas y la situación no parecía salir del impase. Y en una ciudad como Nueva York las ansiedades por lo que pasaba se volvían críticas. Pero de pronto la emergencia pareció desvanecerse. Todo comenzó a circular con la normalidad de siempre. En las pistas no había ningún rastro de nieve. Los pasajeros fueron dirigiéndose a sus respectivas mesas de atención. Alguien preguntó en voz alta: “¿Qué ha estado pasando?” No hubo respuesta de los encargados, pero alguien adelantó una hipótesis: “¿No sería que los servicios estaban padeciendo el jet lag de la estación climática que se ha saltado todas sus fechas?”

1572. RESPUESTA IRRELEVANTE

Se acercó a ella lo más que permite la educación elemental entre personas que acababan de conocerse, y le preguntó con sonrisa invitadora: “¿Quieres una copa de vino?” Ella hizo un gesto de aceptación sonriente. Él entonces le preguntó: “¿Te gustaría blanco o tinto?” Ella susurro: “Tinto”. Él indagó con aire de conocedor: “¿Te gustaría un Pinot Noir de Oregon o un Pommard francés?” Ella le dio una explicación inesperada: “No importa, lo que importa es saborearlo juntos”. Él se levantó hacia el aparador de los vinos y ella lo siguió. Cuando sacaba el recipiente ella lo abrazó por detrás, haciendo que girara, y de inmediato se apretó a él, estampándole un beso largo y profundo en la boca sorprendida. Al apartarse, ella volvió a sonreír, preguntándole: “¿Qué resultó: Pinot Noir o Pommard?”

1573. LA HUELLA DEL CAMINO

Hicieron el Camino de Santiago cuando el respiro de sus ocupaciones y la convergencia de sus voluntades se hallaron a punto. Una vez concluida tal experiencia de trayectoria en la tierra había que hacer el regreso por aire. Tenían, desde luego, arreglados de antemano los pasajes para el retorno, que implicaba una parada de enlace en Madrid. Y entonces les nació un impulso insólito, curiosamente compartido en forma espontánea: “¿Por qué no completar el camino por agua?” Todos los peregrinantes se rieron de inmediato, y pareció que la idea ahí se quedaba; y ninguno volvió a hablar del asunto. Pero ya de regreso en el país, cada quién en lo suyo, la inquietud navegante siguió viva. Estaba toda la vida por delante para que aquel anhelo íntimo tomara forma.

1574. EL TRÁNSITO PERFECTO

Habían ambulado toda la tarde por los alrededores de la Plaza Mayor, sin rumbo fijo, como hay que hacer en las ciudades más cargadas de símbolos. Y ahora estaban frente a un portón evidentemente clásico, frente al que nunca habían pasado, pese a que ya tenían bastante tiempo de residir por aquellos entornos. Se detuvieron y la tentación de penetrar por ahí se les impuso como una orden superior. Antes de hacerlo levantaron la vista hacia los pisos superiores en los que se abrían los balcones de los pisos habitados. Entraron y durante varias horas no volvieron a aparecer. Ya casi en vísperas de la amanecida se escabulleron hacia afuera, como si buscaran pasar inadvertidos, aunque a esas horas nadie cruzaba por ahí. Días después, las autoridades avisadas descubrieron un par de cuerpos exánimes en uno de los apartamientos superiores. Estaban intactos. Nadie entendía nada.

1575. LOPE DE VEGA EN VIVO

Era la Iglesia de San Sebastián, sobre la calle del mismo nombre y entre la Calle de Atocha y la Calle de las Huertas. En uno de los costados de la Iglesia había una venta de plantas, de flores, de semillas y de objetos afines, llamada El Jardín del Ángel, y eso le daba al entorno un toque de naturalidad vivificante. El caminante se detuvo frente a una pequeña placa empotrada en la pared en la que se decía que en aquel templo se hallaba enterrado Lope de Vega. Se quedó inmóvil frente al recordatorio que para los transeúntes pasaba inadvertido. Eran las 5 de la tarde, el cielo invernal semejaba una copa de luz, y la iglesia estaba cerrada. De todas maneras no pensaba entrar: le bastaba con saber que adentro había un huésped sobrenatural con nombre humano. Se dirigió entonces a tomar una copa de vino a La Vinoteca, para celebrar.

1576. LO QUE BUSCABA

La imagen estaba fija en su tela sobre la pared desnuda. El lugar era un viejo convento que quién sabe por qué se había convertido en albergue para visitantes pasajeros. Todas las paredes se encontraban desnudas, salvo la de aquella imagen que nadie había identificado nunca. Se instaló ahí, para tener un pie a tierra durante aquellos días que le servirían para recorrer las comarcas aledañas. Al despertar el siguiente día se sintió inusualmente fatigado, y lo único que deseaba era permanecer en su cuarto, sin ver a nadie, recogido en la lectura de uno de los textos místicos que llevaba consigo. Así lo hizo en aquel primer día y en los siguientes. En la víspera de su partida, salió del encierro y se fue a recorrer las estancias del albergue. Se detuvo ante la imagen fija en la pared. Y entonces sólo se atrevió a susurrar: “Gracias, hermano”.

1577. LA OTRA PUERTA

Alquiló aquel pequeño apartamento en la zona de Madrid donde siempre quiso vivir: en cualquiera de las calles que convergen en la Plaza de Santa Ana, esa zona donde estuvo alojado la primera vez que visitó la ciudad, hacía ya varias décadas. Ahora, en cuanto estuvo instalado, salió a recorrer las calles aledañas, en busca de imágenes recordables que le devolvieran sensaciones difuminadas por el tiempo. Así llegó a aquella pequeña taberna donde tantas veces fue a iluminar sus emociones pasadas. Pero nada era igual a lo que fue entonces, y la sensación se le volvió nudo en la garganta. ¿Qué estaba haciendo ahí, si lo presente no tenía nada que ver con lo pasado? Iba caminando mientras se lo preguntaba, y al instante se entreabrió una de las puertas de la calle que recorría. Penetró sin titubear. Estaba en casa.

1578. MOMENTO ESTELAR

Aquella mañana, que era la de un día de descanso laboral, se halló de pronto ante un dilema: subir a la azotea o bajar al sótano. Optó, sin pensarlo, por asomarse a un balcón intermedio, casi escondido entre los pliegues de la construcción anticuada, y que era el único posible tragaluz de aquel cuarto que permanecía desocupado desde hacía mucho tiempo. Cuando abrió la persiana, el aire entró como si hubiera estado aguardando turno. Las ánimas de la terraza y las del sótano aplaudieron con entusiasmo al unísono invitándolo al encuentro en familia.

Historias sin Cuento

LOS CRISTALES DORMIDOS

Los primeros en llegar fueron los hijos llamados naturales de don Adriano, y poco después llegaron los hijos llamados legítimos. Curiosamente, la madre de los hijos tenidos fuera del matrimonio se encontró en la puerta del salón de la funeraria con la esposa del difunto. Solo se cruzaron una mirada y cada una siguió hacia donde estaba su respectivo grupo. En aquel momento, cuando el cadáver acababa de ser llevado en su caja hacia el sitio donde estaría durante la velación, no había nadie más en la sala. El silencio era total, en reproducción póstuma de una vida marcada por el rencor divisorio.

Durante las horas siguientes se acercaron los amigos a dar el pésame, y todo parecía ya normal en el ambiente de la funeraria. Llegaban también las coronas y los ramos de flores, porque el difunto había desempeñado muchos cargos públicos y privados en el curso de su vida, no muy prolongada pero sí muy intensa.

Y en lo tocante a aquella doble vertiente familiar, lo que él nunca hizo fue abrir ningún canal de comunicación entre los descendientes, un varón y una hembra por ambos lados. Así las cosas, en aquella vela se daría la primera oportunidad de verse cara a cara, aunque fuera desde cierta distancia. Y entonces se dio una especie de juego de reflejos totalmente impensable.

Las miradas del varón y de la hembra que estaban en los dos extremos, es decir, en los puestos más distantes, se cruzaron en un hilo de vibraciones. Él era el hijo legítimo y ella era la hija natural. Nadie se dio cuenta, salvo ellos.

Pasó el velorio, pasó el entierro, pasó el novenario. Después, como siempre, el silencio. Solo aquellas miradas cruzadas no cesaron. Hasta que estalló el petardo. Un romance prohibido era ya inocultable. El escándalo familiar no se hizo esperar. Y entonces ellos le echaron más leña al fuego:

—Vamos a hacernos las respectivas pruebas de ADN.

El resultado fue otra bomba:

—Aquí no hay ningún vínculo de sangre.

Todos se quedaron en silencio, con caras de circunstancias. ¿Qué significaba aquella revelación? Algo muy simple: que había ahí un juego de infidelidades. ¿Quién le había sido infiel a quién?
Ellos, los jóvenes, estaban frescos como las pascuas, y querían estar así para siempre.

NOSTALGIA DEL OLEAJE

Se conocieron en un curso de verano en una ciudad del sur de Estados Unidos. Eran muy jóvenes, al comienzo de sus respectivas formaciones universitarias. Él, un muchacho salvadoreño que se había destacado en la PAES y que por su aprovechamiento excelente tenía a la mano oportunidades en el exterior; ella, una muchacha española que también estaba obteniendo frutos de su inteligencia disciplinada.

Cuando el curso concluyó, tuvieron que despedirse ya con los sentimientos enlazados.

—Nos tenemos que reencontrar muy pronto, porque esto no se va a quedar aquí.

—Digo lo mismo. Nuestra vida apenas comienza.

Pero al regresar cada uno a su mundo de origen pareció que una ráfaga se llevaba los respectivos anhelos, como si fueran hojas indefensas.

Tenían sus respectivos e-mails, y así se comunicaban; pero aquel contacto en el aire no era ni por sombra el reflejo de sus experiencias cara a cara.

Así fueron pasando los meses, y las comunicaciones comenzaron a escasear. Pero en algún momento, la llama interna empezó a revivir. No comunicaron nada de aquello, como si hubiera una complicidad implícita.

Algo volvió a pasar, sin embargo, que hizo que los respectivos impulsos se diluyeran en un silencio aún más denso.

Esta vez, los recuerdos ya tenían la opacidad de lo irrecuperable, y tal sensación les produjo, sin pensarlo, una inquietud desconocida.

Aquella tarde, el aeropuerto estaba inusualmente saturado de viajeros. Él había llegado a tomar el vuelo directo que lo llevaría a Madrid.
Se acababa de anunciar que dicho vuelo estaba ligeramente retrasado, porque el avión llegaría un poco más tarde.
Él, que ya se hallaba en la puerta de salida, se fue a caminar por el pasillo comunicante.

Se encontraba frente a la vitrina de una tienda cuando tuvo una sensación visual insospechada. Giró al instante. La figura ya se había alejado unos pasos e iba rápidamente de espaldas.

Él casi corrió para alcanzarla.

—Eres tú, ¿verdad?

Ella se detuvo, evidentemente sorprendida.

—Ángel, ¿qué haces aquí?

—Ángela, ¿y tú que haces?

Se rieron como niños traviesos.

—Yo venía a buscarte porque pensé que era hora de hacerlo.

—Y yo iba a buscarte por la misma razón.

—Vengo en el vuelo de Iberia.

—Voy en el vuelo de Iberia.

Carcajadas, esta vez estentóreas. Los viajeros que pasaban los veían con curiosidad, pero ellos estaban inmersos en lo propio.

—Entonces, ¿qué hacemos? –preguntó ella, dejándole la decisión.

—Tú has llegado primero, y le vamos a hacer honor a tu puntualidad…

Nuevas risas, ya con manos unidas y ojos resplandecientes.

MISIÓN DEL AIRE

Salir del ahogo carcelario, en el que había pasado tantos años después de su condena por varios delitos, se le hacía como ingresar en una atmósfera desconocida que era al mismo tiempo real e irreal.

En términos comunes, él se hallaba hoy en libertad, aunque dicho término le resultara un enigma, quizás porque nunca antes se lo había planteado como experiencia propia, ni siquiera cuando andaba haciendo de las suyas, como cipote loco, por todas las veredas que se le ponían enfrente.

En la prisión tuvo muchas lecciones, que eran luces hirientes y tinieblas desveladas en el día a día. Desde la traumática convivencia con delincuentes de toda índole hasta la sensación de encierro que por momentos se hacía sentir como entierro.

Hoy estaba ahí, puertas afuera, y casi nada le era reconocible. No tenía familia inmediata, porque muchos se habían muerto y los demás habían emigrado. Estaba, pues, más solo que nunca.
Recordó entonces lo que había leído en un librito viejo que sacó de un estante arrinconado en una de las salas del presidio: “Si quieres tener alas, deberás hacerte amigo del aire”

Y lo primero que se planteó no fue hacia dónde ir, sino qué sentir en aquel espacio abierto, que era lo perfectamente desconocido. Giró la mirada. Ahí enfrente estaba un pequeño parque descuidado, que era el único sitio verde de los entornos.
Caminó en esa dirección, y solo se necesitaban unos cuantos pasos.

Al penetrar, sintió una especie de abrazo, como de bienvenida. Una ráfaga de aire fresco circulaba entre los ramajes. Él sintió, de inmediato, que aquel era su primer contacto con la libertad. Y murmuró para sus adentros: “Gracias por invitarme por fin a tener alas”…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (191)

1563. DESDE EL PISO 11

Abrió la cortina ya cuando la mañana estaba ahí. Afuera, los altos edificios recientes alternaban con las pequeñas construcciones antiguas. Para él, contemplar ese espectáculo vertical había sido siempre, desde que llegó desde las planicies del Oeste, una especie de aventura imaginativa, que se renovaba cada noche en el convivio de las ventanas iluminadas. Ahora estaba, sin embargo, invadido por la nostalgia coruscante, y tal sentimiento repentino de seguro tenía que ver con la primera nevada del invierno, que llegaba esta vez con una suavidad envolvente, como una invitación a salir al cielo abierto. Y ahí, tras la ventana, aparecía de pronto la cabalgadura ideal: un corcel de alas extendidas, que lo invitaba a escapar con ilusión infantil.

1564. MÚSICA SACRA

El verano del trópico le entrega al aire todos los días una flor diferente. Aquel día, cuando él abrió la ventana para recibir los efluvios de la estación recién iniciada, un ansia de recogimiento le hizo temer que algo pudiera estar pasando en su organismo o en su mente. Para tratar de definir si algo de real había en aquella sensación, salió al entorno donde todo fulguraba. Era domingo y las calles estaban casi desiertas sobre todo en aquella hora tempranera. De pronto se encontró frente a un jardín que no recordaba haber visto antes, y tuvo el impulso repentino de entrar por la verjita entreabierta. Ya adentro, el jardín pareció envolverlo en un abrazo fraterno. El aire parecía un coro de murmullos sagrados. Se arrodilló, y al hacerlo una corola viva le cayó en la coronilla. El verano y el aire estaban a su lado.

1565. QUE HABLE EL VIENTO

Salió a caminar por las calles recién anochecidas en busca de la música que necesitaba para dejarle su mensaje a la muchacha recién descubierta. Él acababa de instalarse en el lugar, y lo hizo porque solo ahí encontró una habitación costeable; ella era originaria del barrio, del que nunca había salido. Se cruzaron, se vieron, y él quedó prendado en el instante. Entonces se dio cuenta de que no tenía ninguna idea de la ubicación de ella, y de que ni siquiera sabía su nombre. Pasaron los días, y no volvió a verla por ninguna parte. Aquel anochecer salió con un presentimiento, que tampoco tenía forma. Iba por ahí cuando creyó escuchar un silbido no identificable. Lo siguió, y muy pronto la distinguió a ella, sonriéndole desde una banca del parquecito vecino. Se acercó, y en ese segundo la ráfaga los envolvió, ilusionada.

1566. LA PIEZA DEL FONDO

Era un albergue para personas sin arraigo y en él había ido a vivir cuando sus parientes se dispersaron por distintos motivos y razones. Le dieron a escoger la habitación que le resultara más conveniente, y él escogió la que estaba al final de la casa, limítrofe con el predio baldío que daba a la quebrada. Los encargados se la asignaron de inmediato, porque era el espacio menos apreciado. Desde su primera noche en el lugar se sintió como si estuviera en la mejor estancia imaginable, y apenas salía de ella. Cuando le llevaban los alimentos, los recibía, y de inmediato volvía a cerrar la puerta. Uno de los encargados del albergue le preguntó un día, a través de la rejita disponible, si se sentía bien. Él respondió en un murmullo: “En la mejor compañía: la maleza viva y el agua que corre. Ojalá que así sea la eternidad”.

1567. REENCUENTRO HÚMEDO

Todo empezó a pedir de boca, y por eso los besos edulcorados eran el sabor de cada día. Y lo que se auguraba era que la convivencia recién iniciada se mantendría en ese tono y seguiría así en el tiempo por venir. Pero la sal de la convivencia empezó a hacer lo suyo, aunque ninguno de los dos lo manifestara en forma identificable. Los amigos pensaban que se había extinguido la pasión, y que debajo de ella no había quedado nada. Hasta que un día nublado, de lluvia constante, ellos dos solos en la casa se miraron desde sus respectivas poltronas, con el televisor enfrente. “No me gusta esa película”. “A mí tampoco”. “¿Y entonces?” “Apaguémosla y salgamos a caminar”. “Pero si está lloviendo…” “¿Y eso qué tiene? La humedad es más dulce que la sequedad”. Se rieron como no lo habían hecho al unísono desde hacía largo tiempo. Era la mejor invitación al beso.

1568. AMOR A PRIMERA SED

Se conocieron en un parque ya casi abandonado porque el vecindario había venido a menos y los moradores solo tenían tiempo para el trabajo y para el reposo. “¿Hace poco que estás viviendo aquí?”, le preguntó él a ella. Y ella le respondió: “Aquí he vivido toda mi vida”. Él manifestó sorpresa sonriente: “¿Y eso? ¿Cómo es que nunca nos habíamos visto antes?” “Quizás porque usted es ermitaño y yo casi nunca salgo a la calle…” “Ah, entonces tenemos una afinidad muy grande. Yo trabajo como investigador virtual, y solo salgo cuando tengo que comprar alimentos y bebidas”. “Yo soy costurera de oficio y paso en mi máquina. Solo salgo a lo mismo: por agua o por comida”. Ambos se rieron, mirándose intensamente a los ojos. “Ah, pues ahorita tenés sed”. “Y vos también”.

1569. CRUCE DE ANHELOS

La familia entera estaba entre los cientos de presentes que esperaban familiares que venían en los vuelos procedentes del Norte. Cuando se anunció el arribo de la nave, las emociones se pusieron de manifiesto. Fueron saliendo los viajeros, y las escenas sentimentales se repetían. De pronto, dejaron de salir. Los que lo aguardaban a él se miraron entre sí, con la ansiedad a flor de piel. ¿Dónde estaba el que de seguro llegaría aquella noche? ¿Y qué hacer para averiguarlo? Fueron a preguntar a las oficinas de la línea aérea. Ahí les dijeron que había viajado, que había recogido su equipaje y que había salido. Entonces, al regresar a la salida, lo vieron ahí, impávido, como si los años no hubieran pasado desde que se fue. Se les acercó: “Por fin los encuentro. ¿Dónde estuvieron todo este tiempo? Vine mil veces a esperarlos…”

1570. PASIÓN DE SABIO

Cuando concluyó sus estudios, las credenciales académicas obtenidas le proveyeron muchas posibilidades de empleo inmediato. Presentó múltiples solicitudes, pero ninguna prosperaba. Al principio creyó que era lo natural en estos tiempos, pero después le fue entrando la ansiedad de saber qué pasaba. Tomó unas vacacioncitas apaciguadoras. Se fue a un refugio en la montaña, y ahí se sintió liberado. Ahora lo sabía: su verdadera profesión era el silencio. Una profesión sin límites que solo necesitaba unos bocados al día. La clave estaba en sobrevivir en libertad.

Instantáneas del verbo apasionado (8)

FICCIÓN ASTRAL

Se volvieron astronautas porque ya no podían cumplir su ilusión de ser argonautas.

PRUEBA DE AMOR

Cuando nos vemos a los ojos en un rincón toda la claridad del infinito nos envuelve.

ENTRE RASCACIELOS

Las ventanas iluminadas andan en busca de compañía.

EFECTO INVERNADERO

Las nubes tienen la clave, pero no se avendrán nunca a compartirla con los humanos.

SABOR DE TERNURA

Lo siento sangre adentro al percibir tu cercanía a flor de luz.

EL BUEN VECINO

Ese bolero que escucho sin saber de dónde viene me recuerda que el corazón también canta.

DESDE LAS TERRAZAS

Se valoran mejor los pequeños jardines.

RITO CON MORALEJA

Lo practican a diario las gaviotas que celebran vivir entre el agua y la tierra.

MANHATTAN AMANECE

Y todas sus luces que sobreviven a la noche saludan desde los más altos balcones.

LOS OTROS DUENDES

Se hicieron presentes para enseñarnos a lidiar con los duendes irreales.

DESTINO ANUNCIADO

Después de aquella experiencia, Adán se dedicó a la horticultura orgánica.

¿HAY FINALES FELICES?

Y si no los hubiera, ¿qué importa? Lo que nunca hay que perder son los felices inicios.

SOY JARDINERO

Y cuando lo hago saber, todas las flores de los entornos me saludan en familia.

BARRIO SAN MIGUELITO

Lo sigo recorriendo a pie, como en los años heroicos.

LA PRIMAVERA EXISTE

Y si no, que lo diga la ventana ilusionada que me lo recuerda cada día.

EL BOSQUE MÁGICO

Tiene infinidad de nombres, desde Campo de Marte hasta Central Park.

TARDE EN EL MET

Las figuras de los cuadros se convierten de pronto en visitantes otoñales.

UN RÍO SUBTERRÁNEO

Recorre en el anonimato las distintas comarcas de la conciencia.

VITRAL PERFECTO

Nos aguarda en la capilla donde hicimos nuestra primera ofrenda imaginaria.

CIUDAD DE ENTONCES

Se nos hace presente cada día aunque casi nunca nos demos cuenta.

RITO PARA INICIADOS

El que cumplimos a diario con el simple hecho de respirar sin miedo.

EL SENA SIGUE AHÍ

Con la confianza inmemorial que despiertan los fieles conocidos.

LA SIMPLE VERDAD

Todos los universos posibles caben en el parpadeo de una estrella.

EFECTO EN CASCADA

Si los sueños hablan, la realidad se esconde.

EL ESPEJO ATÁVICO

Me miro en tus ojos sin otra intención que descubrir de nuevo lo que tengo sabido desde pasadas vidas.

EN EL CAMPO DE MARTE

Los árboles de bálsamo siguen hablando con la luz desde la eternidad de lo invisible.

EN RUTA

Nunca perdamos la esperanza de que un velero nos aguarda en el muelle más íntimo.

RELOJ INTEMPORAL

Cada una de nuestras horas tiene albergada en su interior una semilla de eternidad.

DESPERTAR NEOYORQUINO

La ciudad se incorpora de sus pequeños jardines privados como una deidad anhelante de recorrer de nuevo las calles más antiguas.

LECCIÓN FLORAL

Las rosas olvidadas nunca se olvidan de nosotros.

HELLO, DOLLY

Barbra Streisand y Bette Midler se encuentran en una esquina de Broadway
y se sonríen en silencio.

BAÚLES EN EL ÁTICO

Y en cada uno de ellos, escondida una lámpara que sigue siendo fiel a su destino.

TODO ES VÍSPERAS

Salgamos a pasear por los entornos a ver si descubrimos alguno de los soplos del siguiente día.