Historias sin Cuento

RESURRECCIÓN VIRTUAL

Se miró en el espejo que parecía a punto de cerrar los párpados, y dijo en voz tenue:

–Dicen que me toca morir, pero en mi interior todo se rebela contra ese mandato…

La imagen reflejada le envió entonces una señal de prudencia, como diciéndole: “No te opongas de manera frontal a los mandatos supremos”.

–¿Y qué hago entonces: me resigno?

En la habitación rinconera la luz se fue haciendo borrosa, hasta quedar convertida en un refugio penumbroso. Él se apretó el pecho con los brazos y aspiró el aire retenido como si quisiera apropiarse de él para siempre. De ese aire brotó un suspiro con voluntad de susurro:

–“Si te animas a convertirte en imagen de ti mismo, todo estará resuelto”.

–¡Hago lo que sea para no dejar de ser lo que soy y lo que he sido desde que tengo memoria! ¡Dame las indicaciones y las cumpliré al minuto y al detalle!

Apareció de pronto esa figura casi etérea, pero lo suficientemente identificable para reconocerle características humanas. Se le acercó hasta poder verle a los ojos:

–¿Quién eres? –le preguntó él, en forma directa.

La figura se retiró un par de pasos, haciendo aletear su túnica:

–Soy el que te ha enviado, y el que puede traerte de nuevo a tu estado original entre las eternas nubes; pero hoy, como bien sabes, te necesito aquí, para cumplir mi misión y la tuya, que son una sola. Tienes que morir y luego resucitar.

–¡Eso es lo que no quiero! ¡Quiero seguir como estoy! ¡Ya me enamoré de la tierra y del aire! Pero alguien me dijo que si me animo a convertirme en imagen de mi mismo, puedo dejar circulando esa imagen e irme yo a peregrinar anónimamente por el mundo…

–El que te dijo eso también es enviado mío. Es el nuevo jefe de mi red de comunicaciones digitales. Hay que estar al día siempre, y eso nos abarca a todos… Hagámoslo como él indica, pues. Te conviertes en imagen virtual, y en tal condición mueres y resucitas. Nadie va a advertir el recurso. Así estarás en todas partes y a toda hora, y todos te recibirán como la presencia más próxima… Y tú, el que ahora eres, podrás irte a vagar como un peregrino anónimo y feliz por este mundo que te ha ganado la voluntad…

FUNCIÓN DEL HUMO

La empresa, que fue pionera en la innovación tecnológica estaba viniendo a menos, como si la creatividad se le agotara por falta de inventiva. El dueño, que era a la vez el CEO, comenzó a buscar auxilio, abriéndose cada vez más a los consejos enigmáticos. Nadie más que él lo sabía, y lo que se captaba desde afuera era sólo un ir y venir de personas desconocidas a su despacho.

Cuando uno de los empleados de mediano relieve llegó al trabajo aquel lunes por la mañana tenía un mensaje del jefe sobre su escritorio. Curiosamente no se lo había enviado por el correo electrónico sino en una hoja manuscrita. Le indicaba que se presentara a su despacho lo más pronto posible. Era la primera vez que lo hacía en esa forma, y al empleado le dio mala espina. Acomodó las cosas que llevaba y se dirigió al despacho, subiendo la escalera mecánica de siempre, aunque esta vez el ascenso le produjo un amago de vértigo.

La puerta estaba entreabierta, y la empujó suavemente, anunciándose:

–Aquí estoy, señor.

Desde bien adentro respondió una voz ronca y mecánica:

–Pase y cierre la puerta.

Fue la última vez que aquellas dos voces sonaron al unísono. Cuando pasaron unas horas y el silencio comenzó a llamar la atención, uno de los empleados de alto nivel se animó a abrir la puerta del despacho. Detrás de él llegaron otros de los que ahí trabajaban, atraídos por las intensas bocanadas de humo que escapaban por el hueco de la puerta.

Lo que encontraron adentro fue una escena que parecía inventada para una historia de ciencia ficción.

El jefe se hallaba sentado ante su escritorio y frente a él permanecía de pie el empleado a quien llamara. Sobre la superficie de madera se hallaba una hoja con un dibujo encabezado por una leyenda: “Usted ha sido escogido para acompañarme en la misión de buscarle nuevos horizontes al trabajo productivo que desempeña la empresa. Se trata de una decisión existencial que se va a activar con el auxilio de una hoguera del futuro”.

Todos se quedaron inmóviles mientras el humo continuaba saliendo. Cuando el aire quedó libre se percataron de lo que ocurría.

El jefe y el empleado tenían exactamente las mismas apariencias de siempre, pero parecían figuras sin vida. Hasta que empezaron a reaccionar con mecánica lentitud. Y entonces a los presentes se les activó la sospecha: todo aquel ceremonial desconocido los había dejado transformados en insensibles robots…

Y la voz del jefe se dejó oír como un mandato superior:

–¡Todos a trabajar, que la nueva era ya dio inicio!

DIARIO DE VIAJE

El mar parecía estar esperándolos como a fieles conocidos que merecían la consideración ancestral. Era un mar muy distante del que ellos acostumbraban visitar en su zona de vida; pero, como siempre, para distinguir los mares había que hacer esfuerzos de identificación que estaban relacionales especialmente con el clima. Y lo curioso en este caso era que, a pesar de hallarse en una latitud contrastante con la que ellos conocían, ese mar que tenían a la vista mostraba una familiaridad impecable.

Al nomás tocar tierra se fueron descalzos a comunicarse con la espuma, que parecía hacerles sonrientes reverencias.

Uno de ellos se arrodilló sobre la superficie espumosa, extendió los brazos y exclamó:

–Estamos aquí, en la visita prometida. Hemos recorrido muchos siglos y la ilusión de llegar a este momento nos ha mantenido en pie sobre las aguas. ¡Se ha cumplido la orden trascendental que recibimos!

MISIÓN VESPERTINA

Dejó el maletín en la silla de siempre y empezó a despojarse de toda la ropa que llevaba encima, hasta quedar como vino al mundo. Luego se dirigió hacia el baño donde había una estrecha tina, soltó el agua más fría que caliente y se introdujo como en un rito religioso. Era la ceremonia de todas las tardes al regresar de la faena cotidiana que nunca tenía variaciones.

Cuando el agua estaba por llegar a su límite, se sumergió hasta el nivel de la mandíbula. No había peligro de derrame porque a esa altura el exceso de líquido se iba por un desagüe puesto al efecto. Era simplemente el efecto repetitivo de su ansia ya bien dominada de estar en el límite sin caer en el hueco de la angustia. Como si vivir fuera una piscina infinita, que se derramaba justamente hacia el infinito.

Se levantó, soltando gotas. Fue a vestirse para salir, y lo hizo por la ruta reiterada. Se dirigía al mismo jardín, ese que frecuentaban sus hadas conocidas desde la infancia.

Llegó hasta ahí, y sintió de súbito una conmoción inesperada: un conjunto de máquinas niveladoras del terreno estaban derribándolo todo, hasta dejar la tierra lista para iniciar los trabajos de construcción vertical que ahora se estilan.

Tomó una decisión explosiva y volvió corriendo a su vivienda. Fue al clóset a abrir una gaveta y extrajo el instrumento que necesitaba. Volvió de prisa al lugar de la demolición. Los trabajadores se están bajando de las máquinas. Él tomó una posición estratégica y empezó a disparar, poniendo en marcha su habilidad de experto en tiro al blanco.

Caían los cuerpos y él lanzaba gritos al aire. Cuando llegó la Policía, él se entregó sin más. Se lo llevaron esposado. En cuanto él desapareció, los cuerpos de los baleados comenzaron a incorporarse y el jardín empezó a revivir. ¿Qué había sido entonces todo aquello? Las hadas, desde sus rincones, lo observaban todo sin inmutarse.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (218)

1783. MEMORIA DE DOMINGO

Cuando llegaron a ver el sepulcro recién ocupado la sorpresa fue mayúscula al constatar que se hallaba vacío. Se quedaron silenciosos, buscando respuestas, y la que surgió unánimemente era una frase con aliento intemporal: “El cuerpo convertido en ráfaga se escapó sin dejar huella”. Y aquella frase tuvo el inmediato efecto de una orden, porque los presentes salieron de inmediato a recorrer los entornos, para ver si el aire les daba alguna pista. Así llegaron a aquel claro del bosque más próximo. Ahí otro alzó la voz: “Él está aquí. ¿Lo sienten?” Todos, de distintas formas, dijeron que sí. Y entonces fue unánime la exclamación: “¡Ha resucitado para ya no dejarnos jamás!…”

1784. CUANDO GIRA EL VITRAL

En el primer momento, los rostros de los presentes permanecieron impasibles, como si nada extraño estuviera pasando. El lugar, aunque muy concurrido, siempre se mantenía tranquilo, porque los habituales eran siempre los mismos: muchos hombres y algunas mujeres de la tercera edad, que iban ahí a distenderse un rato. Pero esta vez pasaba algo que no era común: había llegado un grupo de adolescentes que se estaban de seguro estrenando en las bebidas mayores. De pronto, cambiaron los papeles: los jóvenes se quedaron quietos y los mayores saltaron de sus asientos cuando se encendió la música pop. Alguien gritó: “¡Viva el cruce de caminos!”

1785. LA OTRA CARAVANA

La gente fluía por el camino pétreo con lentitud ceremonial. A diario se daba aquella concentración en movimiento, porque los habitantes de los entornos confluían hacia los centros de trabajo que se apiñaban en el corazón urbano. Aquel día, sin embargo, un pálpito diferente se movía entre los transeúntes. Uno de ellos hizo de pronto un gesto para que todos se detuvieran, y fue como si se diera una orden superior. No hubo palabras, pero la señal era inequívoca. Había que seguir, sabiendo que el destino estaba muy próximo. Todos lo sintieron, y ese justo instante el aire se animó como si los abrazara. El Señor hallaba cerca, en algún rincón de los alrededores.

1786. EN EL JARDÍN MÁS PRÓXIMO

“Te quiero regalar la flor más bella que encuentre”, le dijo él, acercándosele hasta sentir su aliento cálido y aromado. Ella pareció no escuchar aquel ofrecimiento, quizás porque ya sabía que él era prometedor por naturaleza. Como era hora de volver a las respectivas aulas, se despidieron con una sonrisa y se fueron por su lado. Al día siguiente él apareció con una rosa incomparable. La llevaba envuelta en una leve gasa. Pero ella no llegó. Al terminar las clases, se fue a buscarla. Se encontraba sentada en una banca del parque más próximo. “¿Qué haces?” “Te voy a entregar la flor”. Ella la tomó. “¿Dónde la encontraste?” “Aquí”. Y se señaló el lugar del corazón.

1787. COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL

Estaban en el cine, uno de los de entonces. Faltaban algunos minutos para que la función comenzara, y prácticamente todas las butacas estaban ya ocupadas. Era una película extraña, que anunciaba novedades del futuro. Como aquel aparatito que manejaba el protagonista: un teléfono manual que parecía saberlo todo. Al salir se dirigieron a la cafetería más próxima, como era costumbre. Ya ahí, se ubicaron en su rincón. Y entonces el leve timbre empezó a sonar. Era un teléfono igual al que había aparecido en la pantalla. Se miraron a los ojos mientras el aparatito seguía sonando. Él y ella se preguntaron: “¿En qué siglo estamos?”

1789. JUEGO DE CONTRASTES

Recordaba que su padre, ya cerca de la etapa senil, decía con frecuencia: “Me duele todo, hasta el pelo”. En aquellos lejanos entonces, él se reía como si fuera una broma; pero hoy, cuando le estaba tocando llegar a ese borde de la edad, lo que le venía era un amago de rictus, quizás impulsado por el hecho contrastante de que a él no le dolía nada. Cualquiera hubiera dicho que era un privilegio de la buena salud, pero lo que le embargaba era la sensación de lo imprevisible. ¿Y si un día de tantos caía sin aliento y no volvía a despertar? Y así se volvió devoto del dolor, que es un compañero que aconseja y previene. Así, cada vez que lo sentía se ponía a sonreír agradecido.

1790. CRISTAL VIVIENTE

Sus padres trabajaban todo el día. Salían de madrugada y volvían de noche. Él entonces se acostumbró a una libertad que se intensificaba en períodos vacacionales. Y tal sensación le hacía sentirse un cristal viviente.

1791. HACIA EL OLIMPO

Era un creyente fervoroso en el alma feliz. Y por eso cada vez que le preguntaban hacia dónde se dirigía él contestaba: “Hacia el Olimpo”.

1792. HOLA, ARROYO

Por las tardes, al concluir la jornada de trabajo como repartidor motorizado de productos alimenticios, se sentía satisfecho sin haber probado bocado durante el día. Era su rutina casi fantasmal, que nadie parecía advertir, ni siquiera su pareja, embebida en los melodramas televisivos, ni sus hijos, que ya eran adolescentes instalados en la nube. Y todos los días se escapaba de la pequeña vivienda de la manera más sigilosa posible, aunque en verdad nadie le prestaba atención. Y se iba hacia aquel distante predio baldío que daba a una pendiente cubierta de vegetación ríspida. Un día, uno de los hijos lo observó, levantando la mirada de la pantallita: “¿De dónde venís?” Él no dudó: “De estar un rato con mi mejor amigo”. “¿Y quién es?” No hubo respuesta. A lo lejos, el arroyo dio un salto sobre las piedras.

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE AZOTEA

–Qué hermoso nombre tienes, Ifigenia. Te lo he dicho muchas veces, pero en este instante me suena como si lo oyera por primera vez…

–Solo yo me llamo así.

–Es nombre clásico.

–Me lo puso mi abuelo, que era un lector empedernido.

–De esos que ya casi no existen.

–Es que ahora la tecla es la que manda.

El señor que estaba frente a ella se rió. Bien hubiera podido ser su abuelo, o su bisabuelo; pero entre ellos, que vivían en el mismo vecindario suburbano, se había establecido una relación que más que eso era un vínculo que cualquier analista sigiloso hubiera podido decir que tenía origen sobrenatural.

–Pero tú, para ser tan joven, tienes, según lo que se adivina con solo mirarte a los ojos, una larga experiencia de vida.

–No sé qué quiere decir con eso, don Segismundo; pero usted bien sabe que su nombre es como una invitación a soñar…

–Y eso, ¿por qué?

–Porque la vida es sueño…

–¡No me digas!

–Don Pedro Calderón de la Barca me lo susurró al oído.

–¡Ifigenia, voy a proponerte algo!

Ella, entonces, se puso a la defensiva.

–Recuerde, don Segismundo, que los años cuentan.

–¿Para qué?

–Para entender lo que uno anhela.

–Ah, pues ahí está la clave: en lo que tú anhelas y en lo que yo anhelo.

–Una azotea que dé al follaje.

–Una azotea que dé a la espuma.

–La montaña.

–El mar.

–¿Cuál es la diferencia?

–La única diferencia es la tiempo.

–No me salga usted también con el tema de los años.

–¿Los años? ¿Qué tienen que ver con soñar?

–Y entonces, don Segismundo, ¿de qué estamos hablando?

–De que los dos queremos ver hacia lo más bello que nos rodea.

–Silencio envuelto en hojas.

–Oleaje convertido en copos.

–Lo triste es que tanto usted como yo vivimos en casitas sin azotea.

–Pero eso tiene remedio.

–¿Cómo?

–Buscando una vivienda que sí la tenga.

–¡Don Segismundo!, ¿qué me está proponiendo?

–Nada, solo conseguir azotea. Y si no se puede de otro modo, por lo menos construyámosla en la mente.

Ambos se rieron, tomados de las manos por primera vez.

Y desde entonces esas manos no volvieron a separarse.
El tiempo las acompaña, sonriente.

AL HAZ DEL HORIZONTE

Los peregrinos se detuvieron como hacían siempre que había que comer algo o descansar un rato. Pero en esa oportunidad, aunque apremiaba el hambre y el cansancio agobiaba, no había en los alrededores nada que les ofreciera auxilio.

–¿Nos quedamos aquí o seguimos caminando? –preguntó el que llevaba la iniciativa.

Todos se miraron a los ojos.

Y el que había preguntado interpretó aquel silencio dubitativo como una señal de seguir. Así lo hicieron.

No muy lejos de ahí encontraron una posada para descansar por algunos momentos y para tomar algunos bocados. Pronto se hallaban de nuevo en ruta.

Pasaron las horas, muy rápido por dentro y muy lentamente por fuera. Y cuando el cansancio y la necesidad ya hacían de las suyas, la voz anterior volvió a sonar:

–¿Nos detenemos o continuamos?

Lo que respondió fue un murmullo de origen desconocido. Todos volvieron a mirarse entre sí. Y alguien se animó a explicar:

–¡Sigamos, porque el horizonte nos avisa que está muy cerca, aguardándonos!

NUBES EN CAMINO

Aquel lugar habitado ni siquiera llegaba a la condición de aldea, y eso hacía que ellos tuvieran tan viva la ilusión de recogerse para entrar en directo contacto con sus experiencias más entrañables. Ahora podían darse el lujo de tal reencuentro emocional, porque un impulso compartido les había llevado a dejar sus ocupaciones normales en función de una aventura de ingenuidad perfecta.

Se instalaron donde pudieron, y no en un sitio de alquiler sino en una habitación casi inexistente que unos moradores dadivosos les ofrecieron por ser los primeros visitantes del lugar en mucho tiempo.

Solo hubo una pregunta dirigida evidentemente a hacer contacto humano:

–Ustedes vienen del trópico, ¿verdad? ¿Y qué los ha guiado hacia estas tierras heladas donde la luz solar parece tan diferente a lo que ustedes conocen en su clima de siempre?

–Las nubes aventureras…

–¿Cómo?

–Las nubes aventureras, que nunca se cansan de inventar cielos alternativos…

Menudearon las sonrisas. Y sin que ninguno de ellos se diera cuenta, las nubes agradecidas estaban ahí, asomadas a las ventanas, reconfirmando su misión de inspiradoras perpetuas.

HUESOS AZULES

La dama vestida con el esmero imaginativo de los personajes que van a lucirse a la alfombra roja en la ceremonia de la entrega del Óscar se detuvo en el vestíbulo de aquel pequeño hotel donde de seguro alguien la aguardaba.

Le preguntó al primer empleado que pasó junto a ella:

–¿Sabe usted por casualidad dónde está el vizconde de Bragelonne?

El aludido puso cara de sorpresa aturdida:

–Disculpe, señora, yo soy del servicio de mantenimiento y no tengo ese dato…

–¿De mantenimiento? Qué emoción, porque yo he sido la eterna mantenida.

En ese instante pasaba alguien que evidentemente era de mayor rango.

–Oiga, ¿tiene usted idea de dónde puede estar el marqués de Casa Molina?

–Le ruego que me acompañe a la recepción.

Ella sonrió con inocultada ironía:

–¡Ah, pero hay una recepción! ¿Y qué celebramos?

–No sé a qué se refiere, señora. ¿Quiere información sobre alguna persona hospedada o sobre alguien a quien hayan invitado a algún evento?

–Ay, no, ¡qué aburrido! Gracias.

A su alrededor siguieron pasando personas del más variado estilo, porque sin duda era un anochecer con buena vibra. Ella lo observaba todo, como si quisiera descubrir algún detalle que fuera verdaderamente de su interés. Y de repente giraron los papeles. Un hombre joven se detuvo junto a ella, vibrando:

–¡Dios mío, estás aquí! ¿Quién me iba a decir que iba a encontrarme con la Reina de Corazones?

–¡Eres tú, Juan del Diablo!

–Perdón: yo soy de sangre azul –dijo él, fingiendo seriedad.

–Ah, qué bien. Ya lo sé, porque yo soy de huesos azules. Vamos adentro y te lo demuestro.

Historias sin Cuento

PODER DEL FUEGO

Según las respectivas normas familiares, ellos eran muy jóvenes para tener una relación en forma, y por eso sólo se veían de reojo cuando había alguien alrededor. Pero un día de tantos, en sus casas se percataron de que algo muy raro estaba pasándoles: tenían los rostros intensamente requemados, como si hubieran estado expuestos a agresiva combustión solar. El diálogo fue igual en ambos casos:

–¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te quemaste así?

–No es nada, sólo que la hoguera que tengo adentro se salió de su escondite y me envolvió sin que pudiera evitarlo…

MEMORIA DE LA ALTURA

El sendero polvoriento iba hacia arriba, entre la espesa vegetación de arbustos que extendían sus brazos como si fueran una multitud en pose fraternal frente a cualquier presencia invisible. Por esa ruta iba un grupo de laborantes sencillos con destino directo hacia la parte más alta del terreno, donde todo estaba listo para el trabajo de cada día en esa época del año. El clima era, desde luego, el director de orquesta, con todas sus excentricidades a la mano, y el nombre de la finca cafetalera invitaba al juego de la veleidad sincronizada: La Rosa de los Vientos.

La voz del mandador se hizo oír, con el imperativo tono de siempre:

–¡Apúrense, muchachos, que los granos rojos no esperan, sobre todo cuando hay amenazas de aguacero!

Y en efecto aquella voz pareció ser una señal permisiva lanzada hacia las nubes, que se congregaron al instante y soltaron sus ráfagas líquidas como si ya no resistieran los apremios urinarios. Los cortadores corrieron a refugiarse en una galera que estaba muy cerca de ahí, y donde se guardaban antes de ser aplicados los fertilizantes y los venenos. El lugar era sombrío, y el mandador, que era experto en ese tipo de emergencias, fue a sacar unas lámparas de mano para que todos se sintieran seguros en la oscuridad. No era la primera vez que lo hacían, y por eso no había de qué asustarse.

La tormenta novembrina fue mucho más intensa de lo esperable, y todo hacía indicar que aquel año la cosecha de café sería más reducida que las de los años anteriores, cuando ya la productividad de las fincas venía en descenso por el agobio de las plagas y por las excentricidades del clima. Al amanecer del día siguiente, Romualdo, el mandador, fue a reconocer los estragos en las distintas zonas de la propiedad, desde las partes bajas que estaban a la par de la carretera pavimentada hasta los tablones que subían por las faldas del cerro.

Después llamó por teléfono al propietario de la finca para informarle de lo ocurrido. Don Eligio estaba fuera del país por algunos días, y él tenía que tomar la decisión de recolectar de inmediato los granos caídos, que formaban una alfombra purpúrea extendida hacia todos los linderos. Así lo hizo.

En los días siguientes, la atmósfera climática pareció querer entrar en contacto directo con los cultivos de estación, y el café era el más sensible de todos. Los arbustos, en cercanía fraternal, se estaban reponiendo anímicamente del embate de las aguas superiores, y eso hacía que toda aquella comunidad vegetal de brazos entrelazados fuera una invitación al encuentro fervoroso de los espíritus anhelantes de confianza inmemorial. Los cortadores con sus sacos a cuestas iban a depositarlos en el amplio patio ubicado frente a la casa patronal, que no hacía mucho había sido remodelada para que el dueño y su familia pudieran ir a pasar ahí cómodamente sus vacaciones de fin de año, recibiendo los frescos efluvios de las tierras de altura. Muy pronto llegarían esas fechas en la segunda quincena de diciembre.

La cosecha estaba en áscuas, y las tormentas inesperadas traían malos augurios. Por eso cada día, al amanecer, Romualdo lo primero que hacía era abrir la ventana de su casita de madera para ver el cielo, y si la claridad estaba intacta siempre le agradecía en voz alta a la Virgen de Guadalupe:

–¡Gracias, Señora, por mantener a raya a las nubes rebeldes!

La frase se mantuvo incólume durante los días siguientes, hasta aquel en que estaba anunciado el regreso de don Eligio. Esa mañana, más temprano que de costumbre, Romualdo, en vez de asomarse a su ventana salió directamente al aire. Dada su experiencia climática, percibió al instante que la humedad estaba de vuelta.

Refunfuñó sin hablar, y unos segundos después soltó la frase:

–Sólo esto nos faltaba.

Los cortadores iban recogiendo ya sus aperos de colecta para irse a los tablones que tenían asignados, desde aquella explanada rumbo a la coronilla del volcán.

Romualdo les preguntó cuando ya estaban reunidos:

–¿No sienten que está cayendo una lloviznita menuda?

Todos extendieron los brazos con las palmas de las manos hacia arriba. La mayoría negó con un gesto, pero aquel cipote que estaba iniciándose en las labores se animó a decir:

–A mí me cayó una gota.

En ese preciso momento sonó muy cerca el vehículo del dueño, que todos conocían. Una camioneta de doble tracción, apta para caminos como aquellos en cualquier época del año.

Don Eligio desmontaba de un salto, a su estilo de equilibrista frustrado. Y se dirigió a Romualdo, como si los otros no existieran:

–Vamos adentro, porque tenemos que hablar.

En el interior, que era un cómodo espacio más urbano que rural, don Eligio, de pie, le informó a Romualdo:

–Voy a vender esta finca. Ya tengo el comprador.

El mandador tuvo al instante la sensación de que a su alrededor todos los espacios estaban a la expectativa. Aquel anuncio no era tan inesperado como parecía, porque en varias ocasiones de los tiempos recientes había soñado que la finca cambiaba de dueño, y los nuevos propietarios se le aparecían con distintos rostros.

–¿Y se puede saber quién es?

–Sí, se puede: Valentín, el vecino.

–¡Ah, don Valentín, estuve hablando ayer con él!

–¿Y no te dijo nada?

–Sólo me dijo que no hay que tenerles miedo a las nubes que llegan.

–¿Nubes? ¿Cuáles nubes?

Romualdo se quedó haciendo gestos para que don Eligio no insistiera en más explicaciones. Valentín era un recién llegado al cultivo del café, porque hacía muy poco que había heredado la finca de su padre. Romualdo discretamente le estaba dando consejos para que pudiera trabajar con eficiencia en esta época de múltiples desafíos tanto naturales como comerciales.

Cuando Romualdo salió al aire, sintió que las nubes estaban esperándolo. Habían bajado a encontrarse con él desde la cumbre del volcán.

BUENOS DÍAS, DESVELO

Su habitación era la más distante de la puerta de entrada y daba a un predio baldío que luego se extendía hacia una arboleda rústica. Y quizás por las crecientes tensiones del trabajo, refugiarse en ese rincón se le había vuelto adictivo.

Aquella noche el ambiente estaba cargado de amenazas de lluvia. Se acostó sobre su lado derecho, casi frente a la ventana que daba al entorno. Empezaron a destellar relámpagos y las agitadas ráfagas líquidas no se hicieron esperar.

Él, que era fervoroso amigo de las emociones naturales, estaba casi en éxtasis. Los truenos de diferentes registros eran el anuncio de un entrañable concierto de música pop. Y así fue pasando en vela la noche entera, hasta que las luminarias del día se hicieron presentes. Entonces él se incorporó y se arrodilló en la cama.

Historias sin Cuento

LA CARAVANA PERFECTA

Aunque no tenían ningún mapa disponible que les diera orientación segura sobre las rutas que había que seguir para llegar al punto de destino, contaban con una inspiración inesperada, que les había surgido del aire, que es el reservorio alentador por excelencia.

Los vehículos todoterreno en los que iniciaran el recorrido se habían quedado en un garaje alquilado que se hallaba cerca del lugar en que emprendieran la marcha, porque ellos, que no renunciaban a las ventajas de los tiempos actuales, querían sentirse peregrinos, y por eso iban a pie, en busca de aquella luz que les hacía recónditas señales desde siempre.

En las primeras jornadas de la travesía las condiciones climáticas se mostraron adversas, con ráfagas de viento que lo conmovían todo y con lloviznas repentinas que parecían ondas virtuales. Y aunque nadie podía considerarse formalmente el conductor de la caravana, alguien en cada momento asumía la voz cantante:

–Allá en lo alto hay algo que parece una hoguera en suspenso, cuyos latidos se derraman como si estuvieran enviándonos una señal de guía. Quizás hacia ahí deberíamos enfilar el rumbo.

Otra voz expuso entonces su reticencia:

–Nada es seguro. Mejor esperemos a tener algún indicio cierto.

Una tercera voz salió al paso:

–Dejemos que el instinto nos conduzca. Aunque el instinto es tan libre que nunca se sabe dónde está.

Y al decir en voz alta la palabra “instinto” un leve revuelo de luces se activó en el aire quieto, como si todas las palomas y las golondrinas de los alrededores respondieran instintivamente a un llamado superior.

Se asomaron en ese mismo instante a un valle que hasta entonces había permanecido invisible. Era un valle enteramente abierto, que llegaba hasta la línea del horizonte y parecía estar totalmente desierto. Los tres viajeros reaccionaron con la unanimidad del anhelo angustioso:

–¡Necesitamos que alguien nos guíe! ¿Pero quién va a auxiliarnos en esta soledad?

Se acurrucaron en el suelo arenoso, y comenzaron a rogar en silencio, alzando las manos hacia arriba, como si en el aire estuvieran todos los auxilios disponibles.

Una música suave y densa empezó a sonar en los alrededores, haciendo sentir que una orquesta en la que se mezclaban los intérpretes consagrados con los adolescentes en formación había llegado a dar una muestra perfecta de lo que son las alianzas virtuosas de la fe.

–¡Avancemos, avancemos, que este es el camino! No podemos permitirnos el falso lujo de llegar tarde.

Y al decirlo, la estrella que estaba en la parte más alta del cielo fulguró con un destello superior, que les hizo recordar de inmediato que su propia iluminación de siempre se había vuelto de pronto visible y sensible para llevarlos hacia el lugar que buscaban.

–Nuestra luz está aquí, recordándonos que somos los portadores del mejor regalo…

Y al decirlo, tres aleteos llegaron a posarse a la par de ellos, que ya estaban incorporados para continuar su travesía. Eran aleteos que no mostraban sus alas porque de seguro provenían de seres de otra esfera. Así lo entendieron de inmediato los tres peregrinos, que se miraron a los ojos buscando alguna respuesta.

–¡Son ellos!

–¿Quiénes?

–Los guías.

–Yo no los veo, y por eso no puedo identificarlos.

–Ah, pero lo bueno es que ellos sí nos identifican a nosotros.

–¿Y tú cómo lo sabes, Gaspar?

–Porque estoy entrenado en señales extraterrestres.

–Quizás eres sólo un iluso.

–¡Gaspar, Melchor, basta de disputas inútiles! Lo que hay que hacer es preguntarles a los guías…

Y al decirlo, las tres formas etéreas que ahora les acompañaban tomaron cuerpo a su lado.

–¿Quiénes son ustedes? –preguntó Baltasar, con voz imperiosa.

–Sus ángeles de la guarda, y estamos aquí para acompañarlos hasta el sitio destinado, que ustedes por su sola cuenta no podrían identificar. Es todo lo contrario de los regalos que ustedes traen en sus alforjas. Pero ahí todos vamos a tener que convencernos de que la paja envolvente, la tela rústica y el aliento cálido valen más que la mirra, el oro y el incienso…

SUEÑOS EN LÍNEA

Somos tres compañeros desde siempre, es decir, desde antes del kindergarten hasta después de recibir los grados académicos. Pero ahora hay que tener en cuenta que nuestras orientaciones profesionales no tienen nada que ver entre sí. Yo soy coordinador de proyectos para proteger el medio ambiente; y mis dos amigos son, respectivamente, periodista en el área política y promotor de la cultura del emprendimiento con vocación internacional.

Nos va bien en nuestras labores correspondientes, y para los tres ha llegado el momento de sentar cabeza emocional. Necesitamos familia propia con ansias de descendencia. Estamos, pues, reunidos para hablar del punto.

–¿Por quién te has decidido?

–Por Tania, que es jardinera nata. ¿Y tú?

–Por Rosalía, que es promotora de la mujer en el campo público. ¿Y tú?

–Por Melania, que es analista de proyectos innovadores en el área de los negocios.

Y los tres al unísono:

–¡Vamos a formar una red de sueños cumplidos! ¡Que viva la armonía de los contrastes!

¿CUÁNTO FALTA PARA LLEGAR?

Nunca nos ha sido posible definir el cálculo sobre la duración del trayecto. Y es que hay muchos misterios envueltos en dicho cálculo. Y además, una voz muy profunda nos está repitiendo constantemente: “¿Para qué quieres saber lo que sólo te va a servir para sentirte preso en la inminencia de lo desconocido?” Ah, pero entonces hay qué saber al menos de quién procede esa voz. Preguntémoselo sin ambages:

–¿Y quién eres tú para hablarnos con esa confianza?

–¿Yo? ¿No me has reconocido? Soy la Vida, es decir tu nodriza y tu maestra…

–Perdón, no quise ofenderte.

AROMA ENTRE EL HUMO

De ventana a ventana, con la angosta calle de por medio, se habían estado viendo desde que tenían memoria; y aunque se trataba de miradas directas a los ojos, nunca a lo largo del tiempo llegaron a conocerse en persona. Parecía inverosímil, pero ellos lo tomaban como lo más natural.

¿Cómo era posible que viviendo enfrente en un lugar tan apartado de aquella zona suburbana jamás se hubieran cruzado? Era como si estuvieran separados por una barrera invisible pero impenetrable. Eso sí, de ventana a ventana la comunicación visual era perfecta.

Pero aquel día domingo de intenso calor veraniego comenzó a circular por el aire la sensación de una novedad climática. Era media mañana, y ellos dos estaban en su respectiva ventana, observándose.

De súbito, una explosión desconocida sacudió el ambiente, y de inmediato las llamas se alzaron por doquier. Ellos desaparecieron de sus ventanas y bajaron a la calle. La humazón era insoportable. Sin pensarlo dos veces, corrieron el uno hacia el otro, y el intenso abrazo los fundió en un solo suspiro.

El incendio se esfumó así como había llegado. Quedó una claridad impecable dominada por el aroma que sólo ellos dos sentían.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (217)

1774. HAY QUE SABER SOÑAR

La temporada de lluvias nos tomó desprevenidos, y los planes que teníamos para el par de semanas finales de la temporada seca tuvieron que quedar en la gaveta, con muchos costos prepagados. Y es que aquel año el clima parecía haber perdido todo autocontrol, hasta el punto que el sol y las nubes parecían almas en pena. Y nosotros nos pusimos a la defensiva, por si acaso. Como de alguna manera había que aprovechar el asueto programado, nos sentamos en el corredor posterior para ver qué podíamos hacer. Nos miramos. La sonrisa se nos dibujó por dentro, y cuando salió al aire ya teníamos la manos unidas. No había necesidad de hablar. Ambos tuvimos al unísono la sensación de que el tiempo nos estaba invitando a una segunda luna de miel, en casa. Suspiramos emocionados. No hay temporal que por cielo claro no venga.

1775. DESPERTAR ENTRE PÉTALOS

Aquella había sido una unión arreglada por los progenitores, que eran grandes amigos desde siempre, allá en el vecindario de gente acomodada por tradición. Ellos, Marga y Fermín, crecieron juntos, pero sin que nunca surgiera entre ellos algún indicio de atracción sentimental. Se fueron a vivir a un apartamento rentado por sus padres, que de inmediato comenzaron a exigirles descendencia. Lo que estos no sabían es que ellos jamás se habían tocado. Pero de repente algo comenzó a cambiar en la extraña intimidad que compartían. Un amigo en común les regaló una perrita pastora alemana, y eso lo cambió todo. Ellos fueron donde sus padres y les exigieron una casa por pequeña que fuera pero con jardín. Y la primera noche mientras Alba dormía, ellos hicieron el amor. Y al día siguiente despertaron cubiertos de pétalos.

1776. AQUÍ ESTAMOS, A BORDO

“¿Qué será que el vuelo no despega, cuando ya tenemos más de una hora de estar ubicados todos los pasajeros y de hallarse el avión en la pista?” Se lo preguntó a la azafata, que le respondió con una sonrisa enigmática: “No se preocupe, estamos a tiempo”. Ella miró su reloj de puño, que había sido el último regalo de su esposo recién fallecido en un accidente de motocicleta mientras se desplazaba a gran velocidad por un terreno montañoso. Siguieron pasando los minutos, y ella quiso distraerse un poco abriendo su laptop. Y, aunque no había entrado en Facebook, un mensaje le salió de inmediato al paso: “Gaviota, no te impacientes. El mar está picado, y es peligroso volar en este momento. Mejor duérmete unos minutos. Yo te cuido”. Sí, era él, desde su nueva latitud. No hubo sollozo, sino suspiro.

1777. ALBOR CREPUSCULAR

El calendario se hallaba colgado en la pared y ellos lo tenían a la vista a cada instante. Pero esta vez el diálogo entre los tres –ellos dos y el calendario— tuvo más movilidad emocional.

— Como la vida avanza, hay que programar –dijo él.

— Pero si uno programa, se pierde la gracia de lo inesperado –acotó ella.

— ¿Y tú qué piensas? –se dirigió él al calendario.

La hoja que estaba expuesta se quedó impávida.

— Ya ves, el calendario nos lo deja todo a nosotros –sonrió ella.

— Nos trata como a adolescentes maduros –concluyó él, devolviendo la sonrisa.

Y el calendario también pareció sonreír como un maestro satisfecho.

1778. POR LA CALLE DE ZORRILLA

Desde que estaba en Madrid haciendo su Maestría en Letras Hispánicas iba a recorrer La Castellana casi como un rito. Compartía alojamiento con unos compatriotas que también estudiaban especialidad, y sin decirlo él anhelaba vivir solo. Muchas veces había pasado frente a la boca de aquella angosta calle que iba en ascenso por el Viejo Madrid; y el nombre de la calle era evocador: calle de Zorrilla. Ese día, soleado en pleno invierno, tuvo el repentino impulso de doblar hacia arriba, y al pasar junto al restorán La Ancha no resistió la tentación de entrar. Esa misma tarde inició la búsqueda de un pequeño piso en aquella calle. Cuando se lo comunicó a sus compañeros de vivienda, uno de ellos soltó la carcajada: “¡Ya apareció el peine! De seguro sos un Tenorio solapado, y hoy estás saliendo del clóset existencial. ¡Buen provecho, mano!”

1779. EN LA ESPALDA DEL CERRO

Los caminos nacían en las tierras bajas y tomaban impulso hacia arriba. Ahí, a la par de una quebrada que iba a disolverse en el río más próximo, el Guaicume, andaba él de la mano de aquella señora que parecía una figura de tiempos remotos, pero que hablaba como los personajes de las radionovelas del momento. A medida que avanzaban la vereda se iba haciendo más empinada y más sólida, como si el terreno se sintiera inspirado por la ascensión y anhelara llegar la cumbre para animarse al salto. La señora se detuvo y el niño que llevaba de la mano le preguntó: “Carmen, ¿ya llegamos?” “Sí, niño José, ya va a poder descansar en una hamaca”. Y ahí enfrente estaba la choza rústica, que no tenía puertas ni ventanas. Se detuvieron. La vereda seguía subiendo, sin mirar hacia atrás. Ellos se quedaron ahí, y de seguro siguen estando ahí.

1780. ME LO DIJO JUAN RUIZ DE TORRES

Conocí a Juan sin proponérmelo, como ocurre casi siempre en el mundo de las letras que vuelan alrededor. No era aún la época de las redes sociales, y ya no recuerdo si él me envió alguno de sus trabajos o si yo le hice llegar uno de los míos. Lo cierto es que cuando contactamos, su energía creadora inagotable ya no dejó de sorprenderme. Tenía proyectos literarios a granel, y me invitó a participar en muchos de ellos. Un día de tantos, en el Madrid enerino, departíamos con nuestras respectivas esposas en la Vinoteca Barbechera, frente a la plaza de Santa Ana. Yo le pregunté de pronto: “Juan, ¿qué piensas hacer mañana?” Me miró con su expresión inquisitiva: “¿A qué mañana te refieres?” “Al único que existe: el que amanece y anochece”. “Ah, pues entonces te respondo: “Voy a rasurarme, voy a salir a la calle y voy a escribir una línea, una sola…”

1781. ENTRE COMETAS

— ¿A ti cuándo te toca ir a recordarles a los mortales que existimos?

— Después de ti.

— ¡No me digas! Entonces puedes esperar sentado.

1782. HUELGA DE TAXIS

Era la noticia del día: “Los taxis de Madrid le han declarado la guerra al Uber y a sus congéneres”. Y debajo una nota: “La guerra comercial ha bajado de las esferas globales a los laberintos urbanos”.

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (13)

LLEGÓ LA HORA

Y todos los minutos se aglomeran en torno, a recibir las órdenes del día.

EL OJO DE AGUA

Cuando va a atardecer sus gotas tienen intención de lágrimas.

SIEMPRE FALTA ALGUNO

Es lo que piensa el horizonte al vernos asomar por la vereda más cercana.

ENJAMBRE SÍSMICO

Se hizo presente aquella noche cuando cayó rendido el Primer Día de la Creación.

HABLÓ EL PROFETA

Y todos los búhos quedaron en silencio, a la espera del próximo solsticio.

SIGILOSA VERDAD

Lo intuíamos: la fe mueve montañas, pero no puede mover pozos.

EN EL ESPEJO PRÓXIMO

Somos imágenes en busca de refugio, con la eterna esperanza de que el próximo espejo nos acoja.

VIENTO INVISIBLE

Cuando menos se espera asoma por alguna rendija imaginaria de nuestra alcoba preferida.

PARÍS, EN CUALQUIER CALLE

Y no se necesita ni siquiera indagar en qué siglo, en qué año, en qué mes, en qué día… La sola invocación descorre las cortinas de la luz.

INTELIGENCIA CÓSMICA

Cada día tendríamos que hacernos la pregunta: “¿Qué nos falta por ver antes de que la sombra nos acomode en sus almohadas?”

EL INSTINTO NOS GUÍA

Nunca sabemos hacia dónde, y ese enigma es un don de los dioses que están siempre detrás, haciendo guardia.

EN CLAVE AZUL

Mientras el infinito nos invite a su mesa todos los sótanos del alma son espesuras soportables.

ESTE SERENO VÉRTIGO

Respirar con los ojos extasiados, transpirar entre espejos impasibles, conspirar sin que el aire se dé cuenta…

DESTINO DE CONTRASTES

Somos seres en clave duplicada: por instantes moramos al pie del precipicio y hay horas en que hacemos jornada por los valles.

EL ALMA TIENE ROSTRO

Eso es lo natural porque el cuerpo y el alma son hermanos gemelos.

DESDE LOS ORÍGENES

Las semillas del ser andan buscando arriates propicios para instalar sus tiendas de campaña.

BAJO EL ALMENDRO

Y los mejores intérpretes del vals criollo son los azacuanes que andan buscando alero.

LA FIDELIDAD PAGA

Las nubes parecen alejarse hacia lo desconocido, pero el aire paternal siempre las hace volver hacia los hogares de siempre.

EN CLAVE INCÓGNITA

La memoria es un hilo de hormigas que ha olvidado el Oriente de su propio hormiguero.

LA NUEVA ERA

Pongámonos en guardia porque hoy el universo es un vitral perdido en las redes sociales.

EL OTRO AMANECER

Para encontrarlo hay que abrir las cortinas de la conciencia subterránea.

LA FUENTE DEL JARDÍN

Nunca reposa, pero a cada instante adquiere nuevo impulso su energía fluyente porque tiene el poder de las aguas felices.

CRISTAL DE SALVACIÓN

Cuando lo hallemos en algún rincón de la esperanza sepamos que la luz ha venido a buscarnos.

EL MAR DESCONOCIDO

Los navegantes fieles no necesitan brújula ni mapa.

LOS AÑOS SON VIAJEROS

Y aunque parezca que se van del todo regresan con frecuencia con vestiduras irreconocibles.

LEY DE VIDA

El primer espejismo casi siempre reencarna en el último.

¿QUIÉN DIJO MIEDO?

Y el troyano y el griego se miraron sonrientes como antiguos cómplices.

HIDROPONÍA MÁGICA (4)

OTRA REVELACIÓN

El Día y la Noche fornican diariamente y el orgasmo es un cielo estrellado.

TAREA PRIORITARIA

Los humanos vivimos atrapados en una red de desvelos, y la sabiduría consiste en transformar los desvelos en vigilias.

DESDE EL SILENCIO LEVITANTE

Hay que seguirles la pista a las palabras, que si se dejan sueltas se pierden en el polvo.

FUNCIÓN VITAL

Lo que siempre hemos querido es que la vida sea un manual con todos sus criterios expuestos y ordenados; y por eso la vida, que es rebelde por naturaleza, va rompiendo todas las páginas que se le ponen enfrente.

EL ÁRBOL HABLA

Anochece en el parque. Los visitantes vespertinos se van retirando a sus espacios personales. Y cuando la Luna asoma, la pequeña arboleda ya no tiene a nadie ajeno a sí misma. Como cada día, hay un árbol designado para comunicarse con La Luna a nombre de todos.

–Te saludamos como a nuestra amiga favorita.

–Gracias, hermanos. Les traigo hoy otro regalo: este pequeño rayo de luz para que lo guarden en su alacena imaginaria.

FUEGOS ALADOS

El tiempo abrió los ojos, y todas las nubes circundantes se pusieron en guardia. Era domingo por la mañana: el momento para iniciar la ceremonia semanal. Comenzó la música, que sólo los pájaros podían escuchar. Luego una de las nubes, elegida de antemano, saludó en nombre de todos. El tiempo estaba ubicado en el sillón central, que era una mezcla de raíces y de ramas. Todos los presentes fueron recibiendo su mensaje específico. La concurrencia vegetal y animal se ordenó para esperar la bendición ritual, que era otorgada por el tiempo. Y sus palabras finales sí fueron inteligibles para nosotros los humanos:

–Sigan siendo un conglomerado de ánimas afines, porque somos familia inmemorial…

BIBLIOTECA VIRTUAL

Cuando los textos aprendieron a volar, el aire recordó que es un reservorio de mensajes.

A LA HORA NONA

Hubo una conmoción de espejos, que se hicieron presentes para que nadie olvidara que no hay imagen que escape a su destino.

ESTA OTRA BASÍLICA

Y cuando lo digo estoy de pronto en París, en cualquier hora intemporal de la memoria.

LOS DÍAS SIEMPRE VUELVEN

Y como nunca lo pensamos, nuestra experiencia cotidiana se nos presenta siempre en un lugar desconocido.

CUANDO EL ALTAR SONRÍE

No caemos en cuenta de que se nos anuncia el milagro supremo.

DIÁLOGO JUNTO AL AGUA

–Vine hasta aquí para sentir que existes.

–Entonces te recuerdo que hay un lazo feliz entre nosotros.

–Gracias, Espuma, porque me recuerdas.

–No te recuerdo a ti sino a tu huella…

RECIBIMIENTO CÓSMICO

El tren prácticamente volaba sobre los rieles, y dentro de pocos minutos llegaríamos a nuestra estación de destino. Alrededor, las aldeas y las colinas se turnaban con agilidad insólita. Cuando la máquina se detuvo llegó con ella la penumbra que era el primer velamen de la noche. Los pasajeros nos fuimos bajando por los escalones estrechos. Al tocarme el turno me quedé inmóvil, como si esperara otra orden. Y esa orden vino de inmediato.

Un cuervo inesperado se posó en mi hombro. De ahí en adelante ya no había cómo perderse hacia el monasterio más próximo. Y a mi oído llegó el susurro:

–¡Bienvenida, alma en pena!

MISTERIO CIUDADANO

Llueve sobre la ciudad. Y cuando llueve, la ciudad respira de otra manera. No es extraño. Cada ciudad tiene su estilo respiratorio propio. Cada ciudad es irrepetible por la forma en que cambia de respiración.

San Salvador respira como una doncella distraída en los días soleados, que son los más. Como un animalito doméstico en las tardes de llovizna persistente. Como un volcán imaginario cuando la tormenta la envuelve. Como un navegante que espera barco, en las noches de luna. Y así.

Este día, la lluvia ha venido de lejos. Se sabe, se siente. Meteorólogos aparte, la sensación es la que manda. Y cuando la lluvia viene de lejos la ciudad respira de una manera diferente, de veras muy diferente a cuando la lluvia llega de ahí nomás.

Me quedo oyendo la lluvia por unos instantes, en silencio.

–Es tarde de rezo –me dice de pronto una ráfaga–. Tenés que cubrirte para aguantar la armonía del cielo.

Y sigue lloviendo sobre la ciudad, que esta vez es una capilla donde respiran los dioses ausentes.

TERTULIA CLÁSICA

–¿Estamos todos?

Nos recorremos con los ojos, como si tuviéramos que reconocernos. Y uno de nosotros responde:

–Sólo falta alguien: mi otro yo.

–¡Hey, estoy aquí, y me quitaste la palabra: sólo faltas tú, que eres mi otro yo!

Y el que hizo la primera pregunta hace un gesto de calma:

–¡Paz, paz, paz…, aquí todos somos imágenes dobles, y de eso nadie escapa! Empecemos, pues…

ROSTROS OLVIDADOS

–¿Es la película mexicana en la que aparece tu actriz favorita: Martha Roth?

–Sí, pero es más que eso: es revivir mi ilusión de que el tiempo me consiente con mis imágenes más amadas, sin que importen los años…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (216)

1766. PARÁBOLA INVERNAL

Cuando llegaban los meses del invierno, mucha gente del vecindario le ponía atención al riachuelo que cruzaba en medio y que parecía ser pacífico por naturaleza. Nunca había pasado nada, pero quién quita. Ellos, que vivían justamente al borde de la pendiente, también esperaban las tormentas con aprensión. Ese año la temporada invernal parecía extrañamente sigilosa, como si no quisiera soltar prenda sobre sus verdaderas intenciones. Aquella mañana, antes de que despuntaran las primeras iluminaciones solares, se dio un retumbo subterráneo, que quizás anunciaba algún brote sísmico. Pero lo que en verdad estaba pasando es que el riachuelo crecía sin explicación visible. Y cuando se desbordó, ellos sacaron su balsa escondida y se fueron con la corriente, que hoy sí les despertaba confianza, porque venía de adentro y no de afuera.

1767. EL MEJOR ENLACE

El amor es la sustancia más volátil que existe, aunque cuando uno lo siente se imagine que está ante un misterio de insobornable solidez. Mariluz miraba a los ojos a Floridor, y esa simple mirada producía en él una corriente de ida y vuelta, que hacía retornar hacia ella todas las emociones acumuladas a lo largo del tiempo. Estaban a punto de hacer un enlace duradero, pero las fuerzas traviesas de la voluntad se les alborotaban de inmediato, impidiéndoles la conexión permanente. Así las cosas, este día ambos se hallan inesperadamente resueltos a no dejar pasar ni un día más. “¿Me aceptas como soy?”, le pregunta él, con voz radiante. “Siempre que tú me aceptes como soy”, responde ella, con pálpito aromado. Él es la luz y ella es la flor. Armonía perfecta, de nombres y de almas. El amor vuela alrededor, ya sin temor a sus propios impulsos.

1768. SALIDA LATERAL

—¿Qué haces ahora, Irene, después de que te fuiste de tu último empleo?

—Trabajo en casa.

—¿Y lo haces en línea?

—No, lo hago con los ojos cerrados.

—¿Cómo así?

—Soy buscadora de fantasmas.

—Entonces, ¿es brujería?

—No. Es servicio de limpieza anímica. Hay gran clientela.

—Ya me imagino. La locura global es tu negocio.

1769. MIGRANTE CON AUREOLA

Cuando las bandas criminales invadieron la zona para imponer su ley sin que nadie se les pusiera enfrente, él, un joven de origen humilde pero con ambiciones ilimitadas, sintió que era el momento de emigrar. Un tío instalado en el Norte desde hacía mucho le ofreció pagarle el costo del ingreso sin documentos. Así ocurrió. De una colonia en las vecindades soleadas de Apopa a un vecindario congelado de Wisconsin. Pero no podía quedarse mucho ahí, porque el tío padecía Mal de Parkinson y tenía que irse a vivir con uno de sus hijos. ¿Y él, ahora qué? Se puso a trabajar en un restaurante de comida rápida. Y ahí, en la cocina, conoció a Amalie, inmigrante de otra latitud. Entre los olores y los sabores se instaló aquel suspiro mutuo. Ella tomó la iniciativa de besarlo, luego del beso él exclamó: “Gracias por la saliva mágica. ¡Sobreviviremos!”

1770. OPERACIÓN CLANDESTINA

Desde el primer momento se sintió vinculada a él por un lazo que era aún más fuerte que los lazos de sangre. Y, sin que hablaran de ello, él sentía lo mismo. Armonía subliminal hubiera dicho un experto en misterios psíquicos. Se veían casi clandestinamente, porque las condiciones del ambiente así lo determinaban –vivían en una comunidad donde dominaban dos pandillas contrapuestas–, y siempre en lugares escondidos que favorecían la intimidad. Una intimidad que, contra todo lo que hubiera sido presumible, nunca se daba en el plano físico. Y es que ellos, por sus respectivas naturalezas anímicas, se asumían más como almas que como cuerpos. Aquello no tenían que decírselo a nadie, precisamente porque era una convicción y no un secreto. Así les llegó el punto en que todo los impulsaba a hacer vida en común. La hicieron desapareciendo.

1771. A VECES LO QUE BRILLA ES CENIZA

—Te propongo lo mejor que puedo proponerte.

—¿Boda?

—Es que eso ya no lo necesitamos. Somos uno.

—De todas maneras importan los papeles.

—Sobre todo los papeles en blanco.

—¿Qué quieres decir?

—Que te propongo que escribamos juntos una historia.

—Ah, tus consejeras las libélulas andan por aquí.

—No, no son ellas. Son los restos de las hogueras que nos quemaron antes de conocernos.

1772. LITURGIA SOLAR

Caminaba como siempre por una de aquellas callecitas del viejo Madrid que tenía un nombre grande: calle Lope de Vega. Y lo hacía a diario, en ruta al trabajo en una de los restaurantes de la zona, porque su ilusión cotidiana era ver, aunque fuera desde lejos, a aquel muchacho que provenía sin duda de otra zona del mundo. Cada vez lo veía menos, como si se le estuviera ocultando. Pero en ese momento de la mañana, un impulso desconocido la fue conduciendo hacia ese vivero que estaba muy cerca de la plaza de Santa Ana, a la par de la iglesia donde está enterrado Lope de Vega. Entró en el vivero, cuyo nombre es El Jardín del Ángel, y ahí estaba él, con traje de servicio. “¿Eres tú?”, le preguntó, conmovida. Él sonrió. “¿No reconoces a tu ángel de la guarda?” El beso fue inmediato y fragante. Y el sol se abrió paso entre las nubes de invierno.

1773. INTIMIDADES DE LA LUZ

Aquella pareja de jóvenes estaba apenas conociéndose, y a las habilidades del tacto iban sumándole las animaciones de la trascendencia. Parecían seres comunes, y en realidad lo eran, aunque esa normalidad se les apareciera de pronto como una deidad voluntariosa. “Yo soy un enamorado del crepúsculo”. “Y yo una apasionada de la aurora”. ¿Y cuál es la diferencia?” “La aurora nunca duerme y el crepúsculo siempre sueña”. “Ah, entonces son perfectamente compatibles”. “Como tú y como yo”. “Probémoslo, pues, en el lecho de los elegidos”. “¡Qué buena onda”.

HIDROPONÍA MÁGICA (3)

LA GRAN AVENTURA

Habíamos caminado muchas horas, sin descanso. Salimos de la huerta, cruzamos el sembradío, atravesamos la aldea, subimos la colina, recorrimos la duna, llegamos a la playa. Enfrente, el mar hablaba con fervorosa elocuencia de espuma. Entonces, nos arrodillamos como ante un altar. Una mano invisible nos fue conduciendo dentro del agua, que tenía toda la frescura de las verdades inmutables. Y antes de que al agua nos cubriera, nos dijimos al unísono:

–¡Buenos días, amor!

DIÁLOGO INTEMPORAL

Inmediatamente después de ver el reportaje televisivo, te anuncio:

–Viajaremos en A380.

Tú me aclaras:

–El año próximo estará disponible ese maravilloso Airbus en Singapore Airlines.

Puntualizo, sorprendido:

–¡Yo hablaba en metáfora nostálgica! Hace 100 años que comenzó a volar el A380.

Tú me preguntas entonces:

–¿Qué canal estamos viendo?

–The History Channel –te respondo.

–¡Ah, esa es la confusión! –me explicas–. Yo estoy viendo las últimas noticias por CNN.

UN TRAVIESO ARGUMENTO

–Me cuesta mucho creer en Dios…

–Ahí está el error: pensar que la cuestión es de fe.

–¿Y entonces?

–La cuestión es de duda.

–Dudo de Dios.

–Luego, Dios existe.

–¿Qué diría Descartes?

–Que diga misa.

MORALEJA CON ALAS

El abejorro zumba insistentemente alrededor del cristal cerrado de la ventana. Afuera están abiertas las flores propias de la estación. De pronto, alguno de nosotros pregunta:

–¿Qué buscará el abejorro dentro de la casa?

Y alguien responde:

–Busca lo que le es imposible alcanzar.

Y alguien más filosofa:

–Entonces, el abejorro es perfectamente humano.

PASEO DOMINICAL

Tomó de la mano a su imagen y se fue a deambular con ella dentro de sí mismo.

DESCRIPCIÓN DEL SITIO

Estamos sentados alrededor de la mesa, con las manos abiertas sobre su superficie. Y uno de nosotros indaga:

–¿De qué bosque será la madera con que construyeron esta mesa?

Otro supone:

–Quizás del bosque mental.

El que está a mi lado –que podría ser mi otro yo—exclama:

–¡Exacto! Porque nos hallamos ante una mesa de bruma.

ESCENA CLAVE

Se puso las botas y se encajó el pasamontañas. Luego se cubrió la cabeza con un sombrero peliculesco. Entonces pasó al escenario. Todo estaba listo para iniciar el rodaje. Se oyó una voz que tenía el acento de los mensajeros celestes:

–¡El que esté libre de palabras sordas que suelte la primera bala!

ESTABA ESCRITO

¡Lo intuíamos, lo adivinábamos, lo sabíamos: la única oración que perdura es el silencio!

EL DIÁLOGO MÁS ANTIGUO

–¿Falta mucho para que amanezca?

–No lo sé: aquí todas las ventanas están cerradas.

–¿Dónde?

–En el ático de la conciencia.

ENIGMAS DEL MOMENTO

Mi madre está presente esta tarde, en su sillón de siempre, junto al jardín que ella misma cultiva. Hay una rosa deslumbrante en la cumbre del rosal.

–¿Ha visto esa rosa, mamá? –le pregunto–. Es de su rosal favorito.

Ella mira hacia la rosa, y luego vuelve la mirada hacia el entorno interior de la sala. No estoy seguro de que haya reparado en mi presencia.

–Estoy reconociendo el lugar –parece explicarse a sí misma.

Ante esas palabras, casi me animo a recordarle que esta es su casa, que ese es su jardín, que aquí está lo suyo. Su música, sus libros. Sus perros. Y yo, su hijo. Pero me detengo. Vuelvo la mirada hacia la rosa magnífica, y tengo la súbita sensación de que la rosa me sonríe…

EL JARDÍN NUNCA DUERME

Anoche quedó prendida una luz en el jardín. No hallé cómo apagarla. Y hoy he descubierto la razón de eso: esa luz es mi ilusión de dormir al desnudo entre los árboles y las plantas, como en la mejor placenta del espacio.

Desperté feliz.