Historias sin Cuento

ÁRBOLES EN VELA

La vida le había ido presentando pruebas en cadena, como casi siempre ocurre con todos los seres humanos; pero en este caso lo diferente era que se trataba de un niño, un adolescente y un hombre joven que en el curso del tiempo nunca dio muestras de ningún tipo de problema particular. Sin embargo, los ahogos materiales y los quebrantos anímicos estaban ahí para él en el día a día, y había que buscar alguna salida. Y la salida la encontró en la página de un libro antiguo que halló en el baúl más olvidado de la casa que era herencia de familia. Abrió el libro al azar, y le asaltó una línea: “Todos los consejos propicios te los darán los árboles que ames”. Aspiró a fondo. Volvía a sus más profundos orígenes genéticos. De seguro él, en alguna vida pasada, había sido pino feliz. Y salió corriendo hacia el bosquecillo más cercano, a recibir la bendición de sus antepasados…

EL OTRO SENDERO

Nadie sabía cómo se llamaba aquel desconocido que llegó como visitante de paso pero que se fue quedando por ahí, sin ubicación conocida, aunque fácilmente visible por distintos rincones del lugar, que era una zona arbolada por donde cruzaba una autopista de las de antes y por donde se esparcían varios senderos sinuosos que llevaban a diferentes destinos inmediatos.
En verdad él era una rara avis en el ambiente, porque las gentes que ahí vivían eran obreros o pequeños empleados, cuya dedicación al trabajo cotidiano estaba a la vista. Él, por el contrario, tenía toda la planta de los vagabundos empedernidos, sin ocupación perceptible.
Lo que nadie sabía era que por las noches se iba a refugiar en la arboleda más espesa de los alrededores, que daba a un arroyo de aguas siempre transparentes, aun en los días de borrasca lluviosa. Pero en algún momento uno de los adolescentes más curiosos del lugar tuvo el impulso de seguirles la pista a los movimientos del desconocido, como si fuera una tarea de clase.
Y así, en uno de los atardeceres siguientes, escabulléndose entre las malezas tupidas, llegó hasta la boca de la cueva donde vio entrar al observado. Él entró también, como una sombra habilidosa, y fue a colocarse detrás de un saledizo de la ruta escarbada en la tierra quién sabe cuándo ni por quién. Desde ahí comenzó a recoger el suceso como una maquinita fotográfica consciente.
Sentado en el polvo en posición de loto, el observado fue entrando evidentemente en trance; pero no en trance de meditación común sino en algo así como la preparación para levitar. El cuerpo se alzó unos centímetros y comenzó a convertirse en una hoguera casi transparente. ¿Cuánto tiempo duró tal situación? No importaba el tiempo: en algún momento el observado recuperó su estado normal y el observador tomó la identidad etérea. Salieron juntos, como lo que eran ya sin dudas ni recelos: el yo y el otro yo del mismo ser interiorizado. Afuera, cada quien retomó su camino. Armonía sagrada.

MISIÓN DEL ARCO IRIS

Según las previsiones del médico que la atendía, faltaban muy pocos días para que llegara la hora del alumbramiento, y tanto ella como su familia inmediata hacían los preparativos del caso. Una amiga que era adicta a las predicciones sobrenaturales le había advertido que la criatura estaba esperando que hubiera condiciones astrales propicias, que de seguro tenían que ver con los movimientos de la Luna.
Como sería madre soltera, todas sus decisiones estaban concentradas en la propia voluntad. Cuando pasaron los días, el médico le advirtió que quizás habría necesidad de hacer una cesárea. Ella se quedó en suspenso, como a la espera de otras señales.
Pero todo parecía detenido en una antesala penumbrosa. El médico le hizo ver la urgencia. Si no, peligraba el que venía. Y entonces ella sintió que lo pertinente era penetrar en su interior para hacer ahí las indagaciones que fueran capaces de conectar con el infinito externo.
Entró en meditación profunda, como nunca antes lo había experimentado, y de pronto se sintió inmersa en un pequeño espacio que parecía una isla flotante. La rodeaba un horizonte cargado de nubes a punto de desprenderse en lluvia copiosa. Ocurrió al instante. En medio, una balsa animada parecía buscar escape. Ella la seguía con los brazos extendidos. El desagüe estaba a la vista. Y en el momento en que la balsa se perdió de vista hacia afuera cesó la lluvia y apareció el arco iris, más radiante que nunca. Ella abrió los ojos. Alguien junto a ella tenía entre sus manos al recién nacido.

MENSAJE DE LA LUZ

Cuando escapó de su casa todos creyeron que había sido para incorporarse a alguna de las estructuras criminales que proliferan en el ambiente, ya que desde hacía algún tiempo andaba arisco y sospechoso, como si escondiera propósitos. Ni siquiera dieron parte a las autoridades, y más bien se quedaron esperando alguna noticia que les llegara por rutas clandestinas. Eso nunca ocurrió, y entonces la posibilidad de un fin trágico fue ganando terreno. Ahí, sobre la mesita de noche de la abuela, aquel retrato de niño tenía una veladora encendida siempre enfrente.
Y aunque la veladora solo se cambiaba muy de vez en cuando, permanecía animosamente viva como si tuviera renuevo diario. Hasta que un día amaneció a punto de extinguirse. La anciana no la tocó, porque para ella esa era la señal.
En efecto, solo bastaron unos pocos minutos para que el retrato quedara en la penumbra. Y fue entonces cuando se comenzó a producir otra iluminación sin origen discernible. Una iluminación que aunque tenía su centro en el retrato se expandía por toda la humilde estancia.
La señora estaba arrodillada junto a la mesa de noche, de espaldas a la puerta, y por eso la figura que entró fue acercándosele sin que ella lo advirtiera. Le puso la mano sobre el hombro. La abuela no se inmutó, como si lo esperara. El retrato había desaparecido. Ahora estaba de vuelta el nieto en persona.

PASIÓN EN CÍRCULO

El pájaro rojo volaba afanosamente sobre la ruinas de la pirámide que se destinaba a recordar pasadas glorias. El investigador apuntó en su cuaderno: “Hay signos de que se acerca el tiempo de la resurrección de esta cultura soterrada por las miserias infatigables del tiempo que gobiernan los humanos”.
El pájaro malva se detuvo en la rama más oscura del árbol quemado en el incendio del bosque que rodeaba las ruinas del templo ceremonial. El investigador apuntó en su cuaderno: “La tempestad de odios y de ambiciones desatada por la resurrección de la cultura milenaria que estuvo aquí mientras pudo defenderse de sí misma ha dejado vivos algunos pálpitos de esperanza”.
El pájaro blanco cantó, con su dulcísimo silbo doliente, en el límite de piedras fosforescentes entre el campo donde estaban las ruinas y la colina de casas nuevecitas que iban surgiendo de los trabajos del buldócer y de los afanes de las cuadrillas de albañiles y carpinteros. El investigador apuntó en su cuaderno: “La cultura milenaria está de nuevo fatigada. Dejémosla dormir. Me voy a otra parte”.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (185)

1515. PARÁBOLA DEL ASUETO

Recorría las mismas calles a diario, y esa rutina le daba la libertad de ir utilizando el trayecto para descubrir en cualquiera que se cruzara con él los rasgos de los antiguos conocidos. Lo bueno para él de hacerlo a la intemperie era que así el ejercicio se convertía en una caminata sin estaciones en vez de ser una especie de contemplación privada de movimiento; y, además, al estar afuera, los mensajes del aire iban envolviéndolo a cada paso, con toda su influencia inspiradora. Aventura inocente y perfecta, que se le fue haciendo tan natural que no se dio cuenta de que se le había vuelto una mera travesía imaginaria, hasta que una mañana de tantas despertó escondido en una urna. Su tiempo de vacación estaba concluido, y tenía que volver a su reposo de personaje embalsamado.

1516. CONVIVIO PERSONAL

Desde que hizo la primera comunión allá en junio del año en que llegaría a su séptimo cumpleaños, el vínculo emocional con los personajes emblemáticos de su fe religiosa fue en crecimiento constante, aunque nunca externara comentarios al respecto, ni siquiera entre los más allegados. Era un culto personal cuya impregnación tenía todas las características de la experiencia íntima. Y lo más curioso era que tales personajes estaban ahí, a su alrededor, con la naturalidad de lo cotidiano. Estaban ahí, pero con ellos no cruzaba ninguna palabra. Eso provocó que el silencio se le fuera convirtiendo en la compañía más entrañable, muy semejante al culto de respirar. Una compañía que era el sitio de reunión con aquellos seres que siempre le hablarían sin hablar…

1517. ABRIR LA GAVETA MÁS ÍNTIMA

María estaba haciendo sus iniciales ensayos en el arte del dibujo con lápices de color. Ninguno de sus maestros anteriores la había invitado a emprender esa ruta, y por eso ahora se sentía dueña de un propósito que se le había manifestado con la más plena libertad. Y lo primero que le nació fue aquel paisaje que de inmediato le trajo la remembranza vívida de sus primeras impresiones infantiles. Era el vivo retrato de aquella parcela silvestre donde nació y vivió sus primeros años. Cuando la concluyó pudo decirle: “Ahora que te tengo dibujada puedo alejarme de ti en el recuerdo para emprender mi ruta sentimental por paisajes nuevos…” Los colores parecieron vibrar, y ella guardó su dibujo y se fue de inmediato a comprar el pasaje para irse a correr mundo.

1518. VISITA PROVIDENCIAL

Los inviernos se presentaban como una pesadilla recurrente en aquella zona marginal donde una quebrada que estuvo ahí siempre iba despojándose de sus márgenes traumatizadas por la invasión urbanizadora. Para las casas que se hallaban en la proximidad del borde la situación era aún más aflictiva. Y la onda tropical en camino despertaba todas las alarmas. Esa tarde, que era la víspera anunciada por el Servicio Meteorológico, los vecinos más afectados se reunieron para ver qué podían hacer ante la emergencia, y lo único que tenían a la mano era dejar sus viviendas y buscar otros refugios. Entonces apareció aquel extraño que parecía un enviado de la Providencia, y todos los peligros retrocedieron asustados. Luego de unos días desapareció, pero la limpia ya estaba consumada.

1519. EL OTRO PLANO

Tenía enfrente, colgado en la pared, aquel óleo de cartuchos blancos en fondo verde que su esposa había pintado hacía ya bastantes años. El cuadro era recién llegado, como si fuera un pariente que hubiese vuelto del exilio sin dar aviso previo. Alguien habló un día a la casa para contar que había un cuadro de ella a disposición del mejor postor, y él supo de inmediato que el mensaje era para él. Lo adquirió sin siquiera verlo. Era más grande de lo que imaginó y los seres florales estaban ahí reunidos como peregrinos devotos congregados en una capilla. Mientras los observaba, otras imágenes aparecían a su alrededor. Él sintió, una vez más, que por encima y por debajo del arte había en todas aquellas obras un soplo que de seguro llegaba de otras vidas. Llamó a su esposa, y ambos se sumergieron en el misterio feliz.

1520. EXCURSIÓN HACIA ADENTRO

En aquellos días, su libro de cabecera era el “Breve tratado de la Ilusión”, del filósofo español Julián Marías. Y es que él estaba haciendo anímicamente el tránsito de la oscuridad obsesiva a la claridad emergente. Era un impulso que se le había manifestado sin dar avisos previos, como inspirado por alguna voz interior no identificable. La gente que lo conocía albergaba la sospecha de que él estaba entregándose a prácticas esotéricas, pero no había prueba de que fuera así. Por el contrario, en la cotidianidad se mostraba cada vez más abierto. Y al fin se animó a dar alguna pista: “Estoy aprendiendo el oficio de la ilusión, y lo primero que eso me produce es el ansia de hablar en silencio de lo humano más profundo. Les ruego que me entiendan y que me acompañen…”

1521. LA DISCULPA ANHELADA

Esa tarde tuvo el impulso instantáneo de salir a caminar por los alrededores como no lo hacía desde el incidente del asalto en el interior del parquecito que estaba a un par de cuadras de distancia. Y, como si un afán premeditado lo llevara de la mano, se fue hacia aquel mismo parquecito donde vivió su experiencia urbana más traumática no hacía mucho. La claridad se iba tornando cada vez más tenue, porque la tarde se desvanecía y porque la vegetación parecía haberse sobrepoblado con rapidez fuera de lo común. Cuando llegó a la parte central de aquel espacio lo que sintió fue una serenidad inesperada. Se detuvo, mientras las ramas parecían extenderse hacia él en ansia protectora. Y entonces intuyó el significado de todo aquello: la vegetación le pedía perdón por lo ocurrido y le ofrecía protección incondicional…

1522. SOLUCIÓN SALVADORA

Siempre lo había intuido: el tiempo nos lleva de la mano sin que sepamos hacia dónde. Entonces lo prudente era hacer un pacto virtuoso con el tiempo. Se quedó meditando al respecto, porque no había respuesta disponible sobre la forma de lograr el enlace. Y este entonces se produjo como por arte de magia: un sábado cualquiera las horas parecieron detenerse. Estaban todas a su alrededor, y él les preguntó: “¿Querrían ser mis cómplices?” Ellas hicieron distintos gestos de aceptación; y desde aquel instante supo que él tenía todo el poder sobre el tiempo. ¡Ajúa!

CIUDADANÍA FANTASMAL (13)

TORMENTA MANSA

Era hora de volver a casa después del festejo. Había que desalojar el lugar, que era una gran terraza sobre los alrededores, con la cadena de colinas al fondo. Detrás de ella, el mar invisible pero presente, sobre todo cuando, como en ese momento, los nubarrones auguraban borrasca.
Pero alguien parecía reacio de repente a concluir el encuentro con la despedida usual: el jefe del servicio de limpieza de la institución cuyo personal había estado reunido para celebrar el fin de año. A él lo conocían todos como un hombre reservado y cumplidor, que apenas desataba palabra; pero ahora era un surtidor desconocido. Los músicos iban a retirarse, pero él los detuvo:
—Quédense un rato más, amigos. Hay que cantarle a la vida. Quiero que me acompañen a cantar “Gracias a la vida”… ¿Preparados? ¡Uno, dos, tres, ya: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”
La voz se le quebró. Parecía a punto de desvanecerse. Se le acercaron para auxiliarlo, si era necesario. Él emprendió entonces ágilmente la marcha hacia el barandal de la terraza y, sin decir más, escaló los hierros y se lanzó al vacío. Y entonces sí la borrasca anunciada se desató pero en forma de profundo silencio.

PARÁBOLA DEL TRÁNSITO

Los pobladores de aquella zona estaban acostumbrados a ver pasar peregrinaciones porque muy cerca de ahí, en una hondonada natural del terreno, se hallaba lo que se dio en llamar popularmente “la cueva de los milagros”. Y es que los que acudían a dicho lugar resultaban beneficiados por el cumplimiento de alguna petición personal, como se sabía con comprobaciones fehacientes o al menos por testimonios convencidos.
Pero aquella peregrinación que acababa de cruzar el puentecito de madera sobre el río Las Cañas traía consigo imágenes que estaban en el borde de lo sobrenatural. Y entre los peregrinantes venía él, Pedro el Apóstol, como le llamaban sus allegados. Cuando la fila llegó junto a la línea de rieles ya se sentía la trepidación del ferrocarril que venía del oriente.
Y al llegar al punto la máquina se detuvo. Todos los que venían en él desembarcaron de inmediato y se dirigieron hacia la cueva. Los peregrinantes en cambio continuaron sin detenerse. Ellos eran portadores de su propio milagro: la ilusión de caminar sin fin hacia la lejanía de su propio destino.

EL UNO PARA EL OTRO

Apareció en la vida de la muchacha cuando ella apenas estaba remontando la niñez hacia una adolescencia saturada de presagios inciertos. Él era un deportado que andaba en su primera juventud, y la experiencia vivida le marcaba todas sus actitudes y reacciones, aunque la mayor parte de las veces en forma sigilosa y casi invisible.
Anduvo rondándola por algunos días que iban en camino de ser semanas, y en algún momento, mientras estaban sentados en una de las bancas del parquecito del barrio, ella le hizo una pregunta inesperada:
—¿Venís por mí para hacerme feliz o para hacerme desgraciada?
—¿Y vos que querés ser: desgraciada o feliz?
—No sé. Hay que hacer la prueba.
Y de inmediato escaparon sin decirle nada a nadie. Cuando aparecieron traían marcas cambiantes: la felicidad y la desgracia se les marcaban a uno y a otro como si aquello fuera un juego de azar.

CAMBIO DE ESTACIÓN

Vivían en un pequeño castillo ubicado en la única elevación del terreno, que era un valle dilatado hasta las orillas del mar. Él era un conde venido a menos porque todos los bienes externos se le habían esfumado en una vida disoluta y sin propósito, y ella era una plebeya venida a más por obra y gracia de las virtudes del arte.
Todos los alrededores se habían vuelto un sinfín de malezas abandonadas entre las que circulaban animales salvajes. Ellos, que guardaban muchas monedas en baúles, vivían de lo que les proveían algunos vecinos generosos, y casi siempre estaban en la más absoluta soledad.
Durante el día, él pasaba literalmente escondido en lo más alto de una torre y ella refugiada en su sótano, escribiendo a ráfagas los testimonios de su mundo interior. Todo hacía sentir que aquella rutina se extendería hasta el final de la vida de cada uno; pero de repente vino la catástrofe natural: aquel huracán que lo devastó todo. Todo, salvo el pequeño castillo. Cuando pasó, sus dos moradores salieron, transfigurados. Después de ser almas en pena eran hoy almas en gracia, necesitadas de salir al mundo. ¡Buen viaje!

AMOR A PRIMER CRISTAL

Se tuvo que ir a vivir donde sus tías solteras cuando sus padres se fueron de esta vida casi al mismo tiempo. La casa estaba ubicada en una zona de la ciudad que fue de primer nivel en otra época y que hoy era un hacinamiento de talleres mecánicos y de negocios de poca monta. Su único equipaje al llegar era aquella maleta de tela gruesa en la que cabían todas sus pertenencias personales.
Desde el principio se sintió en esa casa como en su mundo ideal. El toque vetusto fue siempre su favorito. Además había un jardín posterior en el que abundaban las gardenias y las madreselvas. Y para más ventura, en el cuartito donde dormía había una ventana sin cortina.
Esto último fue el mejor augurio, porque en la casa vecina, solo separada por un pasillo embaldosado, había otra ventana también sin cortina. Y aquella tarde, ya con la luz solar en escapada, se produjo el encuentro de ventana a ventana. Era ella sonriendo y era él sonriéndole. Imágenes unidas en el aire para siempre.

MENSAJE RECIBIDO

Murió el padre. Murió la madre. Murieron los hermanos. Murió la esposa. Murieron los hijos. Un tsunami de abandonos sucesivos, que tenía que detenerse porque ya solo él quedaba. Y lo más curioso era que todas aquellas pérdidas, que parecían marcadas por un reloj macabro, le habían venido dando un crecimiento insospechado de energías interiores.
Y así tomó la decisión de irse de viaje, por primera vez en su vida. En la víspera de partir tuvo el repentino impulso de ir a revisar papeles en el armario más antiguo de la casa, ese donde sus padres guardaban documentos, cartas y hojas manuscritas. Ahí, en un sobre de manila, encontró de pronto una fotografía donde estaban todos juntos, desde sus padres hasta sus hijos; aunque curiosamente el que no aparecía era él.
Le brotaron las lágrimas, pero un susurro pareció surgir del retrato:
—No te angusties, Juan. No estamos ausentes. Ahora que vas de viaje nos irás encontrando en cada uno de los lugares que visites. Y al final todos vamos a estar juntos. Que el aire y la luz te acompañen.

PARÁBOLA EN CÍRCULO

Desayunaban en el corredorcito que daba a la franjita de jardín que estaba junto a la acera. Era como comer en la calle, lo cual venía a ser la remembranza más plástica de los tiempos en que ambos fueran indigentes, antes de que aquel billete de la lotería que encontraron en una banca del parque les diera el empujón hacia arriba. Compraron casa y el resto lo guardaron en el bolsón.
En esas estaban aquella mañana de sábado cuando sin que lo advirtieran se detuvo en la acera, frente a ellos, aquel mendigo astroso, que los observaba fijamente como si quisiera estar seguro de reconocerlos. Por fin tuvo el gesto de haber dado en el clavo, y casi les gritó:
—¡Trapuda, Garfio, por fin los hallo! ¿Me pueden dar algo de comer?
Los aludidos reaccionaron como si los tocara una corriente eléctrica. Se levantaron a toda prisa y se metieron en la casa. El mendigo, entonces, traspasó la verjita y se fue a recoger lo que quedaba en la mesa. Luego desapareció como había llegado. Y aquel mediodía ocurrió el desastre. Un cortocircuito desató el voraz incendio en la casa. No quedó nada. Días después, dos indigentes más deambulaban por los alrededores.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (184)

1507. ENCUENTRO EN VIVO

Estaba esperando la luna nueva, que es la de los grandes inicios. Y aquella noche, que era la indicada en el calendario para que tal acontecimiento se hiciera visible, el cielo estaba inmerso en una perfecta oscuridad. Entonces tuvo el impulso irresistible de salir a caminar por los entornos, que eran algo así como el traspatio de una pequeña población de habitantes casi marginales. Anduvo vagando como si lo impulsara una voluntad que no era la suya, hasta que, sin proponérselo, estuvo en aquel liviano mirador desde el cual podía observarse un espacio del cielo; y ahí estaba ella, la luna nueva, asomándose apenas, como si no quisiera ser vista más que por sus elegidos. Él se arrodilló a medias y musitó unas palabras: “Gracias por escogerme, doncella inspiradora; vámonos a dormir juntos bajo el ramaje”.

1508. GAVIOTA MENSAJERA

Cuando llegó el momento del retiro laboral, sus condiciones eran más favorables de lo esperado. Recibió una alta compensación y el monto de lo que percibiría mensualmente daba para vivir en cualquier parte. Llegaba, pues, el momento de la aventura. Su mujer, que había estado ahí siempre, le preguntó, conociéndolo: “¡A dónde nos vamos a ir a vivir?” Respuesta inesperada: “A Dartmouth, al sur de Inglaterra”. “¿Y eso?” “Es una pequeña comunidad portuaria de lo más pintoresca, paraíso de gaviotas a orillas del río Dart, donde se puede estar en perfecta paz y con todas las comodidades posibles…” “¿Pero de dónde sacaste la idea?” “El otro día que fuimos a la playa sentí que una gaviota me transmitió el mensaje”. “¡Come on! No me vayás a salir con que te hablan los espíritus… Pero en fin, probemos”.

1509. RETAR AL MISTERIO

Estaban cenando en Lusardi’s, a la hora tempranera en que prácticamente todas las mesas están ocupadas. Afuera, la 2.ª Avenida neoyorquina mostraba su animación de siempre en un sábado primaveral. Ellos habían pedido ya su vino Brunello favorito, e iban saboreándolo con delicadeza de conocedores espontáneos. En eso alguien entró al lugar y fue a acomodarse a la barra que está justo a la entrada. Ambos lo observaron e intercambiaron miradas. Era él, sin duda, ese vecino que parecía haber venido siguiéndolos en sus distintas ciudades y viviendas, y con quien nunca habían cruzado ni dos palabras. Quizás era hora de hacerlo. Se levantaron de su mesa y se dirigieron a la barra, pero al llegar, y sin que lo notaran, el sujeto había desaparecido. Volvieron tranquilamente a la mesa. El misterio seguiría en pie.

1510. ESTÁ A POR VENIR

Por más que estemos hablando constantemente de destino, la vida nunca deja de ser un juego de azar. Y por eso él, que había arribado a la etapa vital que se conoce como madurez, iba poniéndose cada vez más alerta sobre lo que pudiera pasar cada día. Las sorpresas, buenas y malas, asoman sin previo anuncio, y ahorita mismo le llegaba algo inesperable: su señora, ya en los umbrales de la menopausia, tendría su primer hijo. Susto, expectativa e ilusión a la vez; solo que la mezcla resultaba a ratos agridulce y a veces tibio ardiente. El embarazo avanzaba impecable. Llegó el momento de conocer el sexo de la criatura. El médico les informó, con desconcierto: “Es imposible descubrirlo. Extrañísimo”. Él sonrió: “Quizás lo que viene es un ángel despistado. Piénselo, doctor, y nos avisa…”

1511. AUTOLIBERACIÓN

Era jefe de personal de la empresa a la que ingresó poco después de graduarse, y desde esa posición su futuro profesional se anunciaba con creciente nitidez, lo cual le hacía dar una imagen a la vez confiada y demandante. La gente a su alrededor le había puesto un mote: “El infalible”, porque eso era lo que estaba a la vista. Hacia adentro, sin embargo, la estampa era diametralmente opuesta: cualquier cosa hacía temblar sus membranas anímicas y las dudas formaban enjambres angustiosos. El contraste se había ido volviendo lacerante, y así como por fuera destellaba salud, por dentro padecía quebranto. Entonces llegó la hora del giro definitivo. Los que lo rodeaban no lo creían: se desvaneció su arrogancia y se redibujó su sonrisa. El infalible se había vuelto un candil expectante.

1512. OTRA NORMALIDAD

Era el orden personificado, y para tener prueba fehaciente de ello llevaba una carpeta sucesiva de todos sus proyectos y de los resultados de los mismos. En contraste con lo que ahora se estila, ninguna de sus imágenes se hallaba en las redes sociales, porque él había venido haciendo el recorrido inverso: en tanto más descontrol comunicacional le rodeaba, más privacidad quería asegurar. Pero un día de tantos, y sin explicación accesible, desapareció su carpeta. Revolvió su casa de pies a cabeza, y puso a los suyos prácticamente en cuarentena. Como no hubo datos de lo ocurrido, ni siquiera pistas, todo tuvo que volver a la normalidad, pero una normalidad que para él fue un aprendizaje sigiloso, que lo ponía de alguna manera también en cuarentena. Y los espíritus chocarreros se divertían a su alrededor.

1513. TRIPLE ALIANZA

El cielo amaneció cerrado, como si fuera muralla impenetrable, pero el ánimo de ambos era esplendente aquel día, porque iban a consumar el anhelo de recomponer sus vidas a partir de un voto de confianza. El notario oficiante hizo las preguntas de rigor y ellos las respondieron en los términos usuales, y luego todo quedó sellado ante la ley. Eran marido y mujer, como se dice. Un par de días después tocaba la ceremonia religiosa en la iglesita del barrio de donde ambos eran originarios. Se cumplió el rito, y así todo estuvo firme en manos de Dios. ¿Qué podía faltar? Se miraron a los ojos ya cuando estaban solos ante el cielo abierto junto al mar, en su habitación de enamorados. Y entonces entendieron que les faltaba el gesto vivo de la primera estrella, que en ese instante comenzó a aparecer…

1514. IDENTIDAD CAMBIANTE

Le pusieron por nombre Juan de Dios porque sus padres, que eran gente de gran devoción, quisieron colocarlo bajo el signo de la protección divina. Pero la vida traza sus propias líneas, y desde el principio aquel muchacho fue un aventurero incontrolable, que no se detenía ante nada. Su madre se quejaba de ello con su vecina de toda la vida, que le dijo en son de guasa: “Toñita, es que ustedes le pusieron Juan de Dios, pero él lo que quiso ser siempre fue Juan del Diablo, ¿se acuerda?, el de “Corazón salvaje”, aquella radionovela de Caridad Bravo Adams…”

Historias sin Cuento

EL FINAL DEL PRINCIPIO

ACuando estábamos en vísperas de graduarnos, Fabricio, el autoproclamado líder del grupo, organizó una excursión a un hotel de playa, en una de las zonas más turísticas de la costa, que era algo así como el paraíso de los surfistas. En realidad, no todos éramos amigos en el mismo grado de cercanía, pero aquel no era momento de hacer distingos.
Fabricio tenía listo un almuerzo propio del ambiente, y todos nos fuimos ubicando bajo las sombrillas que llenaban la terraza frente al mar, que en aquel momento parecía perfectamente sincronizado con su naturaleza típica. Había un muelle muy cerca, al que llegaban los botes de los pescadores del lugar. El ambiente propicio para hacer movimientos de espontaneidad que no se salieran de control.
Estábamos ya todos reunidos, y entonces Fabricio se levantó para decir unas palabras, como era su costumbre que nadie podía cuestionar, porque él estaba siempre en posesión del control; pero en ese preciso instante cruzó una ráfaga de viento, que le arrebató la gorra que llevaba siempre consigo para disimular su incipiente calvicie. Él aleteó, como si fuera un pájaro nervioso, y corrió a alcanzar el objeto volador.
Sin pensarlo, me levanté a aprovechar la ocasión para quitarle a Fabricio la tribuna, en un gesto de picardía escolar, como si siguiéramos siendo niños. Él regresó ya con la gorra en su sitio, y me encontró en posesión de la palabra.
Aquella sencilla lección del aire libre, que se nos daba justamente antes de entrar en la etapa de nuestra puesta en práctica de lo aprendido en el plano formal, sería clave en las vidas de todos nosotros.

IDEAS PARA UNA PROMESA

Era la hora acordada, y entonces se produjo el arribo de aquella voz que mostraba todos los indicios de ser sobrenatural, aunque fuera perfectamente inteligible para nosotros, los seres comunes. A fin de que pudiéramos oírla todos, dondequiera que estuviéramos, se ubicó en la cumbre de la colina que miraba hacia todas las direcciones del horizonte. Y desde ahí habló:
—Compañeros de siempre, al fin se nos presenta de nuevo la oportunidad de compartir las inquietudes de nuestra condición de desconocidos fraternales, que es la única a la que podemos aspirar en este plano. Vamos ahora a un punto que está aquí sin agotarse, y por eso merece tratamiento de oración. Lo sabíamos sin que nadie nos lo tuviera de enseñar: “Nunca volveremos a ser los mismos”. Y sé que a todos nos saca roncha la pregunta: “¿Y desde cuándo es así?”
Intempestivamente, otra voz se alzó del conjunto de los presentes:
—¡Desde el momento de nacer!
El rumor le dio valor colectivo a tal aseveración.
Y la voz que venía de la cumbre de la colina dio su veredicto:
—¡Perfecto! Vamos bien. Podemos seguir. Eso que llamamos evolución humana no es más que una cadena silenciosa que jamás tiene proyecto anticipado. Por más que se esté hablando constantemente de hacer historia, lo que queda del día a día es un reguero de piezas que no pueden hacer rompecabezas, y eso es lo que más le perturba a nuestra aliada más impaciente: la razón. Y es que repitámoslo para nuestro consumo una y otra vez, hasta que nos cale: “Nunca volveremos a ser los mismos”. Y así será en cada ciclo que nos toque. Sí, somos los sobrevivientes de la eternidad que no se repite bajo ningún pretexto; por eso es eternidad.
El murmullo dio muestra de impaciencia. La voz así lo entendió:
—Aquí nos quedamos en este momento. Cuando volvamos a reunirnos, que podría ser mañana, habrá que hablar de lo mismo, porque mañana seremos sobrevivientes que solo se reconocen por el poder de la memoria. Y yo me agrego a la lista. ¡Hasta entonces!

MISIÓN CONSUELO

Regresaba, y esa era hoy la realidad que tenía enfrente. Cruzó la amplia puerta de salida y ahí estaba aquella tupida hilera de personas sencillas que llegaban a esperar a los suyos. Algunos encuentros transmitían una emoción conmovedora. Él se detuvo un instante, aunque en verdad no buscaba a nadie, porque nadie podía estar esperándolo, y mucho menos en el aeropuerto. Empezó a caminar sin rumbo, como si estuviera en un mundo completamente desconocido. En efecto lo estaba. A su alrededor nada era identificable.
Fue una aventura todo aquello del regreso. Una aventura casi irreal, porque él por su sola cuenta había decidido regresar, al sentir que toda su gente alrededor iba siendo sacada por la fuerza. Sacada de allá y mandada para acá, como bultos sin vida. Había que evitar, pues, que eso lo siguiera acorralando, aunque él tenía sus papeles en orden desde hacía mucho tiempo.
Del aeropuerto, aquella tarde, tomó camino hacia su lugar de origen, que era un caserío en el norte del país. Ahí nadie lo esperaba, como si fuera un repatriado sin identidad. Y eso fue lo que sintió con un efecto liberador insospechado. Aquella noche le pidió posada a la única persona que recordaba de sus remotos tiempos: el cura del lugar, que ahora era un anciano que lo reconoció al instante:
—Adrián, estás de vuelta. Por algo será. Dios nunca traza líneas torcidas.
Él se quedó pensativo, como si orara en silencio. Y se fue a ubicar en un rincón y en el suelo, porque no había más.
Como tenía que buscar trabajo para sobrevivir, tuvo de pronto un golpe de intuición. El padre Alberto ya necesitaba apoyo casi para todo, y él podía brindárselo. Desde la labor de sacristán hasta tareas de casa. Luego ya iría viendo. El padre oyó la propuesta y se le iluminó el rostro:
—¡Sos lo que estaba esperando, sin saberlo con certeza! Ya te lo dije: Dios nunca traza líneas torcidas. Ni para vos ni para mí. Y para expresar nuestra gratitud, ¿qué te parece si entramos a rezar un rosario?

JARDÍN ATÁVICO

Para unos cuantos elegidos de la suerte, vivir y morir a la par de un jardín es la mejor experiencia cotidiana que pueda imaginarse. Él, Jacinto Arroyo, era un ejemplo vivo de ese anhelo; y yo, Floriano Pradera, también. Fuimos vecinos en la niñez y en la adolescencia, y aunque nuestras familias nunca llegaron a tratarse personalmente en el vecindario del que eran parte, nosotros sí lo hicimos porque íbamos a la misma escuela y compartíamos sin decírnoslo la ilusión de estar a diario en contacto con algún espacio florido.
Cuando, en los límites entre la niñez y la adolescencia, nos enamoramos de la misma chica, que también habitaba en el vecindario, tuvimos un momento de crisis. Ella se llamaba Dalia, y de seguro el nombre se nos convirtió en el imán irresistible.
Como era de esperar por las edades de todos, el romance con Dalia no llegó a concretarse con ninguno de los dos; pero la experiencia inconclusa nos dejó una especie de advertencia emocional: estábamos atados a un anhelo compartido. Pasó el tiempo, y llegó la hora de pasar a la educación superior, ya en plena adolescencia.
Jacinto estudiaría Arquitectura de Interiores; yo, Floriano, diseño de zonas verdes. Nos veíamos cada vez menos, como si ya no tuviéramos mucho que compartir, aunque nuestras aficiones básicas siguieran siendo las mismas. Hasta que un acontecimiento espontáneo nos volvió a poner en ruta, sin que lo supiéramos. El romance respectivo. Por los mismos días Jacinto conoció a Azucena y yo conocí a Camelia.
Nos comunicamos casi de inmediato, acaso atendiendo a una señal del destino. Nos reunimos los cuatro en un parquecito de los alrededores:
—Hola, Floriano, te presento a Azucena.
—Encantado. Y yo te presento a Camelia.
—Se nos hizo, ¿verdad?
—Pues sí. Lo que estábamos esperando.
Nos envolvieron los aromas, y las sonrisas compartidas no se hicieron esperar, porque aquello era en verdad un reencuentro en clave de destino.
Era como si estuviéramos inaugurando el respectivo jardín, el soñado subconscientemente desde las primeras etapas de la vida. Ahora sí ya podíamos sentir que los días eran nuestro territorio ideal.
Y desde ese instante fuimos otra vez los inseparables amigos de siempre.

Álbum de libélulas (183)

1499. RETORNO SIN MEMORIA

Una de sus ilusiones de siempre fue llegar al sitio de origen de sus padres en la campiña francesa. En estos tiempos eso era más factible que nunca, y en verdad todo era cosa de proponérselo y de financiarlo. Ambas cosas las tenía a la mano. Llegó a París, se hospedó en el Hotel Splendid, y al día siguiente contrató un vehículo con conductor que lo llevara a la vecina Normandía. Iba en busca de una aldea de la que solo tenía algunas referencias para identificar su ubicación. Pero algo en su interior le servía de GPS. El acceso al lugar estaba cruzado por muchas corrientes de agua, y eso hizo que tuviera que atravesar puentes a cada paso. En un punto preciso vio la aldea tras el puente, que era el último. Lo cruzó y se sintió en entera confianza. Era el retorno al lugar prometido. Ahora su mapa emocional estaba completo por fin.

1500. PARÁBOLA INOCENTE

Aquella relación era un hilo a punto de reventarse, aunque en tal condición había estado prácticamente desde el principio. La pregunta del millón era entonces: ¿Qué estirón o qué toque se necesitaba para que llegara la ruptura? La permanencia, sin embargo, hacía su labor en favor de sí misma: él en la casa parecía un zombi y ella se reía de todo como si lo que pasaba fuera una broma. Y en esas estaban cuando llegó la noticia con una agitación de alas imaginarias: la cigüeña venía en camino. La referencia a aquella imagen pareció envolverlos en una sonrisa de otro tiempo. El alumbramiento tomó impulso, y ni siquiera hubo tiempo de ir a una clínica. Ella dio a luz ayudada por él. Y cuando tuvieron al recién nacido entre sus manos voltearon a ver hacia la ventana abierta. Ahí estaba, sí, la cigüeña observándolos, posada en otro hilo, el de su relación renacida.

1501. ENTRE ROSAS

Vivir en el sótano es reencontrarse con los roedores antepasados y empezar a comportarse como ellos. Lo estaba experimentando por necesidad, ya que estar ahí no era una decisión voluntaria sino un mandato de supervivencia. Se sostenía con lo poco que le dejaban sus dibujos artesanales, a los que les aplicaba los colores de una caja de lápices que encontró en un depósito de basura. Todo, pues, para él, era imprevisible, salvo la penuria, que se le había vuelto condición natural. Su abuela se lo anticipó antes de morir: “Así como vas, no tenés futuro, hasta que algún sueño te rescate”. Lo recordó aquella noche, envuelto en la colcha hecha jirones. Se durmió, y algo empezó a pasar en su conciencia: el sueño también era un sótano que se iba abriendo como una corola. Él iba dentro de ella, hacia arriba, hacia las nubes rosadas que lo abrazaban como al esperado huésped…

1502. ESCAPAR A TIEMPO

Le dieron el empleo porque salió airoso de todas las pruebas a las que tuvo que someterse. Daba la impresión de ser el aspirante ideal para la plaza de vendedor en ruta. Al día siguiente se presentó al lugar de trabajo, que era una bodega donde estaban almacenados los productos, aunque en verdad su destino era la calle por todos los rumbos de la población y sus alrededores. El vehículo estaba listo y cargado. Inmediatamente se dispuso a hacer el primer recorrido. Regresó por la tarde, con el depósito vacío. Venta total. Y eso mismo ocurrió en los días siguientes. Los jefes estaban satisfechos. Pero un día de tantos aquello comenzó a cambiar, hasta que llegó el momento en que no vendía nada. Algo en su interior le dijo entonces que el destino le lanzaba la mejor señal, porque comerciar con túnicas mortuorias quizás era aliarse con la oscuridad.

1503. ANHELAR EN CÍRCULO

Terminó sus estudios medios con notas excelentes, y eso lo animó a buscar oportunidades de formación en el extranjero. Sus padres tenían lo necesario, y entonces él escogió un centro universitario en el norte de Canadá. Llegó ahí con toda el ansia de aprovechar su tiempo, pero poco después de iniciado el curso comenzó a sentirse extraño: extraño dentro de sí mismo. Muy pronto se anunció el otoño y las campiñas enrojecidas lo invitaron a internarse en ellas. Sospechó con vehemencia que aquel intenso colorido le había enviado un WhatsApp desde alguna terraza del aire. ¿Pero qué mensaje era el que estaba recibiendo sin previo aviso? No tuvo que pensarlo mucho. Acaso el dirigido a sus neuronas más profundas, esas que continuaban añorando el calorcito transparente. Preparó el retorno, como un inmigrante al revés.

1504. SIEMPRE HAY REENCUENTRO

En su momento fue aprendiz de hippie, hasta con la ilusión de conformar su propio conjunto de rock. Lo habló con unos amigos, pero la idea no cuajó. Lo que sí continuaron haciendo juntos fue reunirse en la pequeña taberna donde consumían cervezas hasta el amanecer y algunas veces se animaban a las aspiraciones prohibidas. Entre los asistentes siempre estaba Ilse, que soñaba con ser animadora. Iba pasando el tiempo, y todo aquello quedaba atrás. Cada uno de ellos fue girando hacia su propia ruta, y por fin dejaron de verse. Lo que quedó fue una imagen con fondo musical. Hasta que, años después, se encontraron casualmente en un concierto. Estaban todos, menos Ilse. “¿Qué pasó con Ilse?” “Dicen que se hizo monja”. Risa generalizada. “¡Entonces celebrémoslo como se debe, con una juerga mística!, ¿qué les parece?”

1505. AL PIE DEL MANANTIAL

Cuando heredó aquella finca prácticamente abandonada tuvo en el primer momento la intención de desprenderse de ella, porque su vocación nunca había sido agrícola y porque los tiempos eran difíciles en el campo. No había tomado decisión definitiva al respecto, y de vez en cuando se asomaba por ahí. Aquella mañana lo hizo porque el clima era invitador al máximo. Solo quedaba el guardián; y como era un señor mayor, ese día andaba en la unidad de salud por alguna dolencia. Él emprendió solo el recorrido por los senderos rústicos y casi intransitables. Tomó uno que era el más empinado y escabroso, pero de súbito se halló ante una especie de antesala nítida. ¿Qué era aquello? Ahí al fondo estaba la respuesta: el nacimiento de agua que luego se sumergía en la tierra. Se arrodilló ante él, como un peregrino maravillado que llegaba a destino.

1506. DE PRIMERA EN EL CAMINO

Su oficio era la taxidermia. Al taller llegaban los cazadores con sus presas inanimadas en busca de la restauración artística. El ambiente de ese taller era el de un zoológico exquisito, y en él su gestor se sentía como en una selva propia, que administraba a su gusto. Pero un día arribó el cliente más exótico: era un joven con pinta de intelectual que llevaba un ave para que pasara por el proceso. El taxidermista no había visto nunca un ave como aquella, y el aludido se lo explicó de inmediato: “Es la única que sobrevivió al Paraíso. Lo sé porque me lo dijo el bosque en un susurro…”

Confeti en vuelo (24)

LA TERRAZA MÁS ALTA

A ella se asomó para atisbar en la profunda lejanía el mar dormido que le aguardaba desde el principio de los tiempos.

RETRATO BALBUCEADO

Es el de la mujer amada antes de darle el primer beso.

DE VUELTA A CASA

Cuando la nave aérea iba descendiendo sobre planicies cultivadas y pequeños caseríos, aquel viajero asomado a la ventanilla oval sintió por primera vez la sensación de los pájaros que cruzan el aire a toda hora. Era un deportado más, pero en aquel instante se convirtió en un liberado más, y ese era el mejor premio de la vida sufriente. ¡Aleluya!

ALERTA DE TORMENTA

La dieron a media mañana, cuando la luz solar estaba en su mejor momento. Así pasó el día, y nada. Al anochecer, hubo llovizna, solo para que los meteorólogos no quedaran en ridículo.

AYER EN EL CINE APOLO

Hubo estreno, como todos los viernes. Desde la butaca más remota, un señor desconocido observaba sonriente. Era el espectador feliz, que estaría ahí para siempre.

MISIÓN ATÁVICA

Alrededor, todo era oscuridad. Y de pronto aquella voz susurrante le llegó al oído: “¿Estás ahí?” No se animó a responder, aunque estaba completamente despierto. Entonces, sintió una desconcertante sensación de vacío. Volvió a oírse la voz, ya casi inaudible: “¿Estás ahí?” Había que responder. Lo hizo desde una de las repisas del silencio: “Sí, estoy aquí”. Y el sueño y el desvelo se vieron a los ojos como los más antiguos cómplices…

HORA CERO

Y si no llegamos a tiempo, ¿qué pasa? Es la pregunta del millón, que nunca hemos podido responder desde que el mundo es mundo.

MANHATTAN NUNCA DUERME

Y por eso todos sus amaneceres tienen vocación de sonámbulos.

IMAGINACIÓN VIRTUAL

Ahora todo lo que ocurre cabe en una pequeña pantalla, que puede ser hasta la de un reloj de muñeca. Y eso nos recuerda que todo lo imaginable está a nuestra disposición, como una deferencia sutil de las fuerzas superiores…

MILAGRO DE ESPESURA

Cuando cae la noche, el convivio fugaz de las luciérnagas descubre su ilusión de ser eterno.

PRIMAVERA EN EL DORCHESTER

Todos los visitantes se vuelven de repente figuras inventadas por un artista anónimo que duerme en las calles de Mayfair.

LONDRES, 9 P. M.

Ahí, en una ventana iluminada, las sombras se mueven como si estuvieran haciendo gimnasia nostálgica; y nosotros, los turistas inmemoriales, las contemplamos con la emoción del ensueño feliz.

EL OTRO PASSWORD

La Tierra gira sobre sí misma, y ese movimiento perfectamente sincronizado es la primera lección que tendríamos que tener presente a la hora de programar todas nuestras evoluciones personales. Como no es así, parecemos planetas a la deriva en una galaxia personal que nunca acaba de entenderse a sí misma.

LAS BUENAS NUEVAS

No las trae el clima, ni la Bolsa, ni la política, ni el calendario, ni el mapamundi. Las trae el primer rayo de luz entre la bruma.

CRECER O NO CRECER

Ese es el dilema que compartimos las plantas y los seres humanos, y por eso lo normal sería que nosotros viviéramos en sus jardines y ellas en nuestras alcobas.

ANIVERSARIO NUPCIAL

Llega la fecha y las primeras que lo advierten son las gardenias que florecen junto a nuestra ventana.

BRINDIS CON MENSAJE

Era de noche, y todos los alrededores estaban invadidos de ventanas iluminadas. Sí, aquello era Manhattan, el universo en miniatura, y en ese aglomerado espacio cabían todos los matices de la creatividad humana. Fui a caminar por los entornos, y en una taberna que me salió al paso entré a tomar un “drink”. Estaba ahí cuando apareció la dama de azul. Alzó su copa. Era el inicio de la otra primavera.

PLAYA DORADA

El lugar perfecto para la luna de miel con destellos astrales.

ANHELO ENTRE MUROS

El cielo era una lámina transparente por la que se colaban algunas nubecillas que de seguro anhelaban volverse pétalos. En el arriate del pequeño jardín entre los rascacielos, los girasoles se empinaban para tocar la luz. Era quizá otra broma del destino urbano.

UN SÁBADO CON ALAS

Como era sábado no había que apresurarse con reloj en mano. A media mañana entreabrió la cortina y se asomó al entorno. Y el entorno era una pradera con cerros al fondo. ¿Quién había cambiado el paisaje mientras dormía?

Álbum de Libélulas (182)

1491. TRAVESURA EMOCIONAL

La andaba coliteando desde hacía ya un buen tiempo, y ella se hacía cada vez más la de rogar. Un día, sin embargo, las cosas parecían estar dando un giro no previsto: era ella la que movía las piezas del rompecabezas sentimental, y ante eso él tomaba la actitud defensiva. Pasó el momento, y cuando volvieron a encontrarse ella continuaba en su antigua actitud. Él entonces sintió que algo había que comentar al respecto, y se lo dijo de inmediato: “Por lo que estoy viendo, las cosas van en serio entre nosotros”. Ella soltó una carcajada y le hizo un gesto que podía representar cualquier cosa. “¿Entonces qué: seguimos o aquí quedamos?”, preguntó él, con gesto a punto de ser adusto. Ella lo puso a prueba: “Estamos en la época de los emprendimientos innovadores… ¿Qué te parece si los dos nos hacemos los rogados y los dos, a la vez, seguimos en la conquista?”

1492. AHORA EN RUTA

Todas las ilusiones necesitan combustible emocional. Rosaura lo sabía por experiencia, pues desde que tuvo uso de razón estuvo expuesta a todos los peligros y todas las calamidades imaginables. Se quedó huérfana muy pronto, porque a su padre se lo llevó el paludismo y a su madre se la llevó la tormenta. Tuvo que criarse con una tía lejana, que la expuso muy pronto a los riesgos del acoso sexual. Salió ilesa porque se escapó por una rendija de la pared. Estaba a salvo. Del presente pero no del futuro. Ahora hacía trabajo doméstico para una familia de clase media, y se distinguía haciéndolo. El señor de la casa era piloto, y un día le dijo: “Chagüita, ¿quisieras ser aeromoza?” Ella lo miró como si estuviera hablándole en chino, pero sintió que algo se le encendía por dentro. Era la ilusión. Le tomó la mano al señor y se la besó: “Gracias, porque al fin voy a volar”.

1493. MARTÍN EL MISÓFOBO

Cada día se había ido volviendo más alérgico a cualquier tipo de suciedad visible, sospechada o aun imaginada, y eso hacía que sus reacciones estuvieran cada vez más fuera de control anímico. En su casa, el reclamo de limpieza que activaba a diario y a toda hora en forma creciente y cada vez más imperativa recargaba la atmósfera hogareña de tensiones angustiosas. Su mujer, que nunca se había caracterizado por el descuido o la desidia, padecía la situación y andaba ya en busca de explicaciones. Consultó con una sicóloga que le explicó que su marido padecía misofobia, rechazo obsesivo a la suciedad. Casi al mismo tiempo ella descubrió una situación que ponía las cosas de pareja en otro plano. Y cuando estuvo preparada para hacerlo lo enfrentó: “Martín, hacele honor a tu condición de misófobo. Andá a hacerte una limpia fuera de aquí, porque la peor suciedad es el adulterio…”

1494. COMPENSACIÓN MATINAL

A lo lejos, sobre la cadena de colinas del horizonte sur, aparecía todas las tardes de verano, ya a punto de anochecer, un reguero de estrellas que nunca tenía la misma forma. Él, un estudiante muy disciplinado, le dedicaba minutos a la contemplación desde su ventana, luego de regresar de las clases vespertinas de Derecho en la Universidad Nacional. Era una rutina en forma de rito. Pero en el anochecer de aquel día, y en pleno noviembre, una nublazón insospechada y sospechosa se había apoderado del escenario celeste. Él se instaló en la contemplación del fenómeno, como a la espera de que se desenlazara de alguna manera. La noche fue invadiéndolo todo, con las estrellas ausentes. Estuvo ahí toda la noche, sintiendo que dejar el sitio sería traicionar una fidelidad sin tacha. Y ya para amanecer apareció la primera estrella. Lloró de gratitud. “¡Gracias, aurora!”

1495. GUARDIÁN INESPERADO

En la tertulia de ese día faltaba el asistente más puntual: ese joven que se había colado en aquel convivio de mayores porque los había atendido a todos en la clínica para tratamientos ortopédicos. Uno de los presentes comentó: “Qué raro que no haya llegado Fidel, que siempre le hace honor a su nombre”. “Dejate de frases y llamémoslo al celular para ver qué pasa”. Lo hicieron, pero al otro lado nadie respondía. Curiosamente, en los días posteriores los contertulios volvieron a padecer trastornos óseos, y uno tras otro tuvieron que ir a la clínica. Ahí estaba Fidel, que los atendió como si nada. Uno de ellos sí le preguntó por su ausencia. Él le dio una respuesta enigmática: “Estuve, pero sin dejarme ver, observando el comportamiento de sus osamentas”. “¿Y volverás en serio?” “Cuando ustedes estén de veras reconciliados con sus huesos… ¿Qué tal?”.

1496. ENTRE VIEJOS CONOCIDOS

Levantó la mirada del cuaderno donde aún escribía lo que se le venía a la mente y tuvo de pronto la sensación de que el tiempo se había detenido junto al papel. Le asaltó entonces el impulso inocente de preguntar: “¿Y tú ahora qué quieres?” Fue solo un pensamiento repentino, pero lo que le llegó al oído de inmediato tenía viso de respuesta propicia: “Solo entablar por primera vez una comunicación directa contigo”. Él sintió que se le abría un abanico de irrealidades realizables, y eso estaba en completa armonía con lo que a diario iba poniendo en el papel. “Si me conocés tan bien como imagino, sabrás que este día no me nace nada de adentro…” “Ah, es que este es tu día de vagancia. Para eso estoy aquí, para acompañarte”. Él bostezó: “Lo que quiero es quedarme en casita, donde el tiempo no existe”. Ambos se rieron. “El buen humor es mi fuerte —dijo el tiempo—, gocémoslo…”

1497. AL QUE MADRUGA…

Las señales físicas de que el parto era inminente coincidían al punto con las señales anímicas. El médico que la había atendido durante el embarazo no estaba presente porque andaba pasando su fin de semana en el lago cercano, y como había que llamar a alguien se llamó al pariente pediatra, que vivía a unas pocas cuadras de distancia. Cuando el reloj marcó las 4:20 de la mañana apareció el recién nacido. Perfectamente normal y hasta casi sonriente, sin saber el torbellino familiar que le esperaba. Mucho tiempo después, ya cuando la vida podía hablar de sí misma, su madre le alabó su buen desempeño, y él le respondió con humor: “¿Y cómo no, si nací un día lunes, bien tempranito por cierto. Dice la sabiduría popular que los lunes ni las gallinas ponen y usted sí puso. Me dio el ejemplo. Gracias”

1498. LA MEJOR OPCIÓN

Era adicto a los juegos de azar, por lo que descuidaba las ocupaciones normales para sostener la vida. Y en una de esas se topó con ella en un casino de barrio, al que acudía casi a diario. El clic fue instantáneo, sobre todo de parte de él. Desde ese momento dejó de ser jugador, y sus padres estaban llenos de dicha. Un día le dijeron a ella: “Gracias, Milena, por haber hecho que nuestro hijo dejara el juego”. Él asintió diciéndose para sus adentros: “No se hagan ilusiones ya que lo que he hecho es solo cambiar de juego, porque el amor es el juego de azar más perfecto que existe…”

Historias sin Cuento

El tren de la mañana

Fue el que llevó a Magnolia al sitio ubicado en aquella colina que daba al norte. Se bajó en la estación con su pequeño equipaje y ya en el andén se dio cuenta de que no había nadie para recibirla. Le preguntó a alguien que andaba trabajando por ahí hacia dónde tenía que ir para dirigirse a su lugar de destino, y el jornalero se lo indicó. El camino polvoriento iba subiendo entre árboles y matorrales.
La casa era una construcción que parecía producto de la imaginación de un ermitaño de otro tiempo. Llegó a la pequeña explanada que estaba enfrente, y desde ahí se volvió para observar el entorno. Terrenos cultivados, algunas viviendas dispersas y al fondo el cielo abierto con nubes inmóviles. Un perro se acercó para olfatearla. Ella se dirigió hacia el interior de la casa.
—¿Hay alguien por aquí?
Silencio.
Recorrió los tres cuartos y llegó a la cocina.
Más silencio.
Entonces salió al patio posterior, labrado en el talpetate vivo. El perro volvió a acercársele. Era grande y casi negro. Husmeaba con gentileza. Ella se sentó en el borde de un arriate que era lo único que mostraba algún cuidado reciente. El perro se acomodó junto a ella.
Pasaron las horas, y la soledad se hacía más sensible. La luz solar lo envolvía todo, como dándole esperanzas de que el lugar podía volverse hospitalario. Se recostó en el hilo de piedra y sin quererlo se quedó dormida.
Una mano se posó suavemente sobre su hombro:
—Magnolia, ya estoy aquí.
Despertó sobresaltada.
—¿Tú quién eres? ¡No te conozco!
—Soy el jardinero de tu familia, el que te invitó a venir a este lugar. Me ha ido bien, y esta casa es la muestra. ¿Querés compartirla conmigo? ¡Te amo desde que eras una niña y yo un jovencito! ¡Magnolia, el sueño de mi vida!
—¡Pero el que me invitó fue un antiguo amigo de mi padre que quería verme por última vez!
—No, mírame, yo te ofrezco no la última vez sino la primera.
Magnolia se quedó quieta, pensando. Lo miró de pies a cabeza, como en examen definitivo. Sonrió, aspirando con fuerza el aire fresco y fluyente. El perro seguía junto a ella, con la cola en movimiento de bienvenida.
—¿Te animás?
—Bueno, probemos. Y se lo digo a él, al perro, no a ti.

MISIÓN dominical

Era el trabajador más puntual y eficiente de la empresa, y eso venía siendo así desde que se inició ahí al nomás concluir sus estudios formales. La voluntad de servir bien había sido su motor de conducta permanente, y eso lo reconocían los que habían contribuido a su formación en las aulas; entre ellos, su antiguo profesor de ciencias sociales, que hoy vivía muy cerca, en una casita de familia, porque estaba solo, sin ningún pariente accesible.
Él lo visitaba con alguna frecuencia los domingos, y así se hacía a la idea de seguir escuchando las mismas lecciones, solo que ahora sin amenaza de examen.
—Hola, profe. ¿Cómo se siente hoy?
—Me duele todo, menos la memoria.
—¡Usté tan guasón como siempre!
—Ay, muchacho, lo que menos me nace es guasa. Ahorita mismo, por ejemplo, si me preguntaras qué quiero hacer no vacilaría en contestarte que irme a alguna cantina a meterme unos cuantos talegazos para fondear despuesito.
—Ah, pues yo soy materia dispuesta. ¿Vamos?
Él tomó su chamarra y el profesor tomó su andadera. Un par de cuadras más adelante estaban frente al bar que había abierto recientemente. Él pidió una cerveza artesanal y el profesor un trago de ron. Y pronto estuvieron suficientemente animados para empezar a hablar, por turno, de sus emociones y de sus aspiraciones. Él, del ansia de perfección y del anhelo servicial; el profesor, del conocimiento compartido y de la promesa de enseñar siempre.
—¿Sabés una cosa, cipote?… Cuando te hablo siento que estoy en mi mundo y que muy pronto va a sonar la campana para el recreo.
—Pues mire, profe, lo que más le agradezco es que me ha hecho sentir que nunca se acaba de aprender y que hay que devolver lo aprendido en acciones.
—¡Salud, pues! ¡Que viva el domingo!
—Sí, porque si vive el domingo vive toda la semana.

EL SUEÑO DE nunca acabar

Por las noches, las ansias se le volvían presencias acompañantes, como si en esas horas de oscuridad externa se encendieran candiles inspiradores en sus alrededores anímicos. Esto no se lo contaba a nadie, para evitar los comentarios inquisidores, aunque las señales del insomnio reiterado despertaban preguntas entre los suyos:
—Otra vez amaneciste clareado, Johnny. Se te nota.
—Te estás imaginando cosas, mamá. Lo que pasa es que me quedé estudiando hasta tarde para salir bien en mis últimos exámenes.
—Tus últimos exámenes, es cierto. Qué rápido pasó el tiempo. Ya vas a ser licenciado.
—Y tengo varias ofertas de trabajo; pero la que más me gusta quizás no te va a gustar a ti.
—¿Y eso?
—Ahí te cuento. Ahorita me voy para la facultad.
A medida que pasaban los días en verdad la fatiga mental se le iba volviendo más y más absorbente. Pero era una fatiga diurna que hacía contraste vivo con el caudal energético que se le desataba por las noches. Estaba llegando al punto en que si le fuera posible escoger optaría sin dudarlo por vivir de noche y desaparecer de día, lo cual parecía a todas luces un dilema instalado en la telaraña del absurdo.
Hasta que se le produjo la crisis: aquella mañana no estaba en su habitación, y sus familiares creyeron que se había ausentado de madrugada; pero llegó la hora normal del regreso a casa y él no apareció. El temor permeó a la familia, ya que los ataques de la criminalidad no tenían freno, y así fueron de inmediato a dar parte de la desaparición. Les informaron que se activaba la búsqueda, pero que no daban seguridades de nada.
Eran gente religiosa, y en la capilla de la vecindad hicieron de inmediato loa ruegos del caso. La tarde pasó sin novedad, y la noche estaba por llegar. Con ella llegó el presunto desaparecido, sin ningún signo anormal.
—¡Mi muchachito! ¿Qué te pasó?
—A mí nada. Pero quizás es hora de que les informe: de hoy en adelante no apareceré por las noches. Ya terminé todos mis exámenes. Me gradúo con honores. Voy a trabajar como mánager en un negocio de placer para hombres pudientes…
—¡Dios mío! ¿Qué dices? Ese es el mundo del pecado…
—Ajá, del pecado más rentable. Y como yo soy hombre de la noche, pues ni qué mejor.
—¿Y de día, hijo?
—Pues voy a darle reposo a mi vigilia, por lo menos para mientras.
—¿Cómo es eso?
—Sí, para mientras me sale al encuentro la mujer de mis sueños, que va a ser virgen, ja,ja.

Albúm de Libélulas (181)

1483. RETORNO A LOS ORÍGENES

La tierra permanecía intensamente húmeda porque la estación lluviosa se hallaba en su apogeo. Había densos nubarrones en constante peregrinación. En cualquier momento las ráfagas huracanadas se hacían sentir. No era tiempo para ambular por los espacios abiertos, pero nada de aquello detenía los impulsos del hombre maduro que desde el amanecer hasta el anochecer se desplazaba por los entornos, en forma casi sonambúlica pese a que su naturaleza era temperamental y explosiva. Aunque los vecinos lo conocían, ahora se le veía como un total desconocido, aun por su atuendo de persona de antes. “¿Qué le estará pasando a este?”, se preguntaban, ya temerosos hasta de acercársele. Y él dio la respuesta, parándose en una esquina con un cartel extendido: “En la infancia me apodaban el Hijo del trueno, y hoy ando buscando a mis antepasados…”

1484. TODO TIENE EXPLICACIÓN

Acababa de concluir su trabajo de escritorio, que era un estudio de factibilidad sobre el futuro de la empresa, y ahora podía salir a pasear por los entornos. Le avisó a su esposa que iba a caminar afuera para ventilar la mente, y ella, que le conocía aquellas escapadas previsibles, se dio por enterada sin más. Aquella tarde, sin embargo, se convirtió en noche, y la noche en alborada; y él no estaba de regreso. Al despuntar el día, ella comenzó a preocuparse. El tiempo peligroso se prestaba a los malos augurios. Bien avanzada la mañana apareció por fin sin decir nada. “¿Dónde andabas?”, le preguntó ella entonces con gesto de reproche. Él suspiró. “Perdón, me quedé dormido en el parque, sobre la hierba y bajo las ramas”. “Ay, hombre, ¿quién te va a creer eso?” “Tuve un sueño de color verde porque estoy por cambiar de trabajo y de vida… ¿Entendés?”

1485. RESPUESTA SIN RESPUESTA

La memoria nunca revela todos sus rincones, ni siquiera a quien supuestamente la tiene a su servicio. Y cuando ella, una joven en edad de merecer como antes se decía, se dio cuenta de aquella peculiaridad tuvo la tentación de meterse por los entresijos de su propia estructura memoriosa para ver si entendía el fenómeno. De pronto se sintió dentro de un laberinto que tenía colgada en sus paredes una colección de imágenes de todos los tamaños y colores. Comenzó a recorrerla, y en la medida que avanzaba se iba dando cuenta de que las imágenes aparecían y desaparecían constantemente. Se detuvo para preguntarse si ese laberinto era el pasaje de lo vivido quién sabe desde cuándo o la galería de lo por vivir. Y todo porque acababa de ver la imagen de un hombre que de inmediato le captó la atención. ¿Estampa del pasado o anuncio del mañana?

1486. DONDE MANDA CAPITÁN…

Cuando estaba a punto de jubilarse le preguntó a su mujer, que siempre había sido ama de casa: “¿Creés que vas a aguantarme todo el día aquí?” La señora respondió como si hubiera tenido lista la respuesta: “Te tengo preparados algunos trabajitos que pueden ser muy útiles para que ni vos ni yo nos salgamos de control…” Él sabía que su esposa apuntaba siempre hacia lo práctico, y se desentendió del tema porque de seguro ella lo tenía ya todo programado. Le llegó el día en que se desvanecieron sus responsabilidades laborales, y esa mañana paradójicamente despertó mucho más pronto que de costumbre. Ella ya estaba levantada, y en cuanto lo vio despierto se le acercó: “Cariño, este es tu manual de jubilado”. Y le extendió un cuaderno lleno de notas. Él lo hojeó con curiosidad. Luego la miró, como el alumno a su maestra. No había escapatoria.

1487. SOBREDIMENSIONES

Vivía obsesionado por el fin del mundo, dentro de esa onda derrotista que va tomando fuerza en las redes globales. Cada mañana despertaba preguntándose sin palabras audibles: “¿Va a ser este mi último día?” Y así salía hacia su trabajo de reparador de relojes en el almacén donde había laborado desde que tenía recuerdo. En la jornada a la que nos referimos no había ningún cliente pendiente, y él podía dedicarse al menos por un buen rato a pensar en lo suyo y a indagar al respecto en la pequeña laptop que tenía a su disposición. Volvió a abrir sitios que trataban sobre el tema, y en algún tecleo encontró una referencia que de inmediato le captó la atención: “El mundo es como un reloj: mientras se mueve todo es normal; si se detiene se desploma en el vacío”. ¡Ahora lo entendía: el fin del mundo era la versión apocalíptica de su tarea diaria!

1488. EMOCIÓN ASCENDENTE

Venía de un cantón en las estribaciones de la cadena volcánica, y eso hacía que padeciera brotes de nostalgia sobre la vida en altura, con el horizonte a la mano. Ahora tenía que morar en una colonia casi marginal, en una hondonada urbana, y eso lo mantenía en desasosiego constante. Con frecuencia cada vez mayor tenía un sueño que en otras condiciones hubiera parecido una fantasía infantil: soñaba que de pronto iban surgiéndole en los hombros unas protuberancias que se iniciaban como surcos ascendentes y luego se manifestaban como brotes de plumas aladas. Ese sueño no tenía siempre el mismo efecto: algunas veces era anuncio de pesadilla; otras, impulso de liberación. Hasta que una noche ocurrió el suceso: sin despertar, las alas se le expandieron y alzó vuelo a través de la ventana. Ya en la altura despertó… y siguió volando…

1489. GAJES DEL OFICIO

Las calles eran un muestrario de baches, hondonadas y rupturas de cañerías de aguas negras y claras. Su carro viejo apenas podía transitar por ahí, con la angustia de que algún giro le arruinara el motor que ya estaba en las últimas. Ese día amaneció lloviendo con fuerza, y los trastornos del callejón se hacían aún más peligrosos. Afortunadamente salió ileso de la prueba mañanera y se enfiló con rapidez hacia la zona de su trabajo, que era un taller de mecánica. Al llegar sintió, antes de apagar la máquina, que esta padecía estertores terminales. Aquella tarde volvió a su casa más tarde que de costumbre: “¿Qué te ha pasado?”, le preguntó su mujer, costurera de oficio. “Que el pichirilo se quedó sin vida”. “¿Y eso?” “Se le soltaron todos los amarres”. “¡Ay, no! ¿Y como mecánico no pudiste hacer nada?” “Ay Dios, tal vez si hubieras estado vos con tus agujas…”

1490. CENA EN CONFIANZA

Todo preparado en el corredorcito de la casa que daba a un predio baldío. Como la cita era tempranera, los invitados comenzaron a llegar pronto. Eran solo dos parejas de conocidos de siempre. Cuando los seis estuvieron presentes, se anunció el brindis inicial con un sencillo vino espumante: “Vamos a brindar por la buena vida, y que lo demás quede para después”. Todos se rieron alzando las copas; pero él los contuvo con el gesto: “Eso que queda para después es el menú. Espero que les guste”. Y el menú eran pétalos húmedos y hojas cristalizadas. Propio para jardineros.