Álbum de Libélulas (182)

1491. TRAVESURA EMOCIONAL

La andaba coliteando desde hacía ya un buen tiempo, y ella se hacía cada vez más la de rogar. Un día, sin embargo, las cosas parecían estar dando un giro no previsto: era ella la que movía las piezas del rompecabezas sentimental, y ante eso él tomaba la actitud defensiva. Pasó el momento, y cuando volvieron a encontrarse ella continuaba en su antigua actitud. Él entonces sintió que algo había que comentar al respecto, y se lo dijo de inmediato: “Por lo que estoy viendo, las cosas van en serio entre nosotros”. Ella soltó una carcajada y le hizo un gesto que podía representar cualquier cosa. “¿Entonces qué: seguimos o aquí quedamos?”, preguntó él, con gesto a punto de ser adusto. Ella lo puso a prueba: “Estamos en la época de los emprendimientos innovadores… ¿Qué te parece si los dos nos hacemos los rogados y los dos, a la vez, seguimos en la conquista?”

1492. AHORA EN RUTA

Todas las ilusiones necesitan combustible emocional. Rosaura lo sabía por experiencia, pues desde que tuvo uso de razón estuvo expuesta a todos los peligros y todas las calamidades imaginables. Se quedó huérfana muy pronto, porque a su padre se lo llevó el paludismo y a su madre se la llevó la tormenta. Tuvo que criarse con una tía lejana, que la expuso muy pronto a los riesgos del acoso sexual. Salió ilesa porque se escapó por una rendija de la pared. Estaba a salvo. Del presente pero no del futuro. Ahora hacía trabajo doméstico para una familia de clase media, y se distinguía haciéndolo. El señor de la casa era piloto, y un día le dijo: “Chagüita, ¿quisieras ser aeromoza?” Ella lo miró como si estuviera hablándole en chino, pero sintió que algo se le encendía por dentro. Era la ilusión. Le tomó la mano al señor y se la besó: “Gracias, porque al fin voy a volar”.

1493. MARTÍN EL MISÓFOBO

Cada día se había ido volviendo más alérgico a cualquier tipo de suciedad visible, sospechada o aun imaginada, y eso hacía que sus reacciones estuvieran cada vez más fuera de control anímico. En su casa, el reclamo de limpieza que activaba a diario y a toda hora en forma creciente y cada vez más imperativa recargaba la atmósfera hogareña de tensiones angustiosas. Su mujer, que nunca se había caracterizado por el descuido o la desidia, padecía la situación y andaba ya en busca de explicaciones. Consultó con una sicóloga que le explicó que su marido padecía misofobia, rechazo obsesivo a la suciedad. Casi al mismo tiempo ella descubrió una situación que ponía las cosas de pareja en otro plano. Y cuando estuvo preparada para hacerlo lo enfrentó: “Martín, hacele honor a tu condición de misófobo. Andá a hacerte una limpia fuera de aquí, porque la peor suciedad es el adulterio…”

1494. COMPENSACIÓN MATINAL

A lo lejos, sobre la cadena de colinas del horizonte sur, aparecía todas las tardes de verano, ya a punto de anochecer, un reguero de estrellas que nunca tenía la misma forma. Él, un estudiante muy disciplinado, le dedicaba minutos a la contemplación desde su ventana, luego de regresar de las clases vespertinas de Derecho en la Universidad Nacional. Era una rutina en forma de rito. Pero en el anochecer de aquel día, y en pleno noviembre, una nublazón insospechada y sospechosa se había apoderado del escenario celeste. Él se instaló en la contemplación del fenómeno, como a la espera de que se desenlazara de alguna manera. La noche fue invadiéndolo todo, con las estrellas ausentes. Estuvo ahí toda la noche, sintiendo que dejar el sitio sería traicionar una fidelidad sin tacha. Y ya para amanecer apareció la primera estrella. Lloró de gratitud. “¡Gracias, aurora!”

1495. GUARDIÁN INESPERADO

En la tertulia de ese día faltaba el asistente más puntual: ese joven que se había colado en aquel convivio de mayores porque los había atendido a todos en la clínica para tratamientos ortopédicos. Uno de los presentes comentó: “Qué raro que no haya llegado Fidel, que siempre le hace honor a su nombre”. “Dejate de frases y llamémoslo al celular para ver qué pasa”. Lo hicieron, pero al otro lado nadie respondía. Curiosamente, en los días posteriores los contertulios volvieron a padecer trastornos óseos, y uno tras otro tuvieron que ir a la clínica. Ahí estaba Fidel, que los atendió como si nada. Uno de ellos sí le preguntó por su ausencia. Él le dio una respuesta enigmática: “Estuve, pero sin dejarme ver, observando el comportamiento de sus osamentas”. “¿Y volverás en serio?” “Cuando ustedes estén de veras reconciliados con sus huesos… ¿Qué tal?”.

1496. ENTRE VIEJOS CONOCIDOS

Levantó la mirada del cuaderno donde aún escribía lo que se le venía a la mente y tuvo de pronto la sensación de que el tiempo se había detenido junto al papel. Le asaltó entonces el impulso inocente de preguntar: “¿Y tú ahora qué quieres?” Fue solo un pensamiento repentino, pero lo que le llegó al oído de inmediato tenía viso de respuesta propicia: “Solo entablar por primera vez una comunicación directa contigo”. Él sintió que se le abría un abanico de irrealidades realizables, y eso estaba en completa armonía con lo que a diario iba poniendo en el papel. “Si me conocés tan bien como imagino, sabrás que este día no me nace nada de adentro…” “Ah, es que este es tu día de vagancia. Para eso estoy aquí, para acompañarte”. Él bostezó: “Lo que quiero es quedarme en casita, donde el tiempo no existe”. Ambos se rieron. “El buen humor es mi fuerte —dijo el tiempo—, gocémoslo…”

1497. AL QUE MADRUGA…

Las señales físicas de que el parto era inminente coincidían al punto con las señales anímicas. El médico que la había atendido durante el embarazo no estaba presente porque andaba pasando su fin de semana en el lago cercano, y como había que llamar a alguien se llamó al pariente pediatra, que vivía a unas pocas cuadras de distancia. Cuando el reloj marcó las 4:20 de la mañana apareció el recién nacido. Perfectamente normal y hasta casi sonriente, sin saber el torbellino familiar que le esperaba. Mucho tiempo después, ya cuando la vida podía hablar de sí misma, su madre le alabó su buen desempeño, y él le respondió con humor: “¿Y cómo no, si nací un día lunes, bien tempranito por cierto. Dice la sabiduría popular que los lunes ni las gallinas ponen y usted sí puso. Me dio el ejemplo. Gracias”

1498. LA MEJOR OPCIÓN

Era adicto a los juegos de azar, por lo que descuidaba las ocupaciones normales para sostener la vida. Y en una de esas se topó con ella en un casino de barrio, al que acudía casi a diario. El clic fue instantáneo, sobre todo de parte de él. Desde ese momento dejó de ser jugador, y sus padres estaban llenos de dicha. Un día le dijeron a ella: “Gracias, Milena, por haber hecho que nuestro hijo dejara el juego”. Él asintió diciéndose para sus adentros: “No se hagan ilusiones ya que lo que he hecho es solo cambiar de juego, porque el amor es el juego de azar más perfecto que existe…”

Historias sin Cuento

El tren de la mañana

Fue el que llevó a Magnolia al sitio ubicado en aquella colina que daba al norte. Se bajó en la estación con su pequeño equipaje y ya en el andén se dio cuenta de que no había nadie para recibirla. Le preguntó a alguien que andaba trabajando por ahí hacia dónde tenía que ir para dirigirse a su lugar de destino, y el jornalero se lo indicó. El camino polvoriento iba subiendo entre árboles y matorrales.
La casa era una construcción que parecía producto de la imaginación de un ermitaño de otro tiempo. Llegó a la pequeña explanada que estaba enfrente, y desde ahí se volvió para observar el entorno. Terrenos cultivados, algunas viviendas dispersas y al fondo el cielo abierto con nubes inmóviles. Un perro se acercó para olfatearla. Ella se dirigió hacia el interior de la casa.
—¿Hay alguien por aquí?
Silencio.
Recorrió los tres cuartos y llegó a la cocina.
Más silencio.
Entonces salió al patio posterior, labrado en el talpetate vivo. El perro volvió a acercársele. Era grande y casi negro. Husmeaba con gentileza. Ella se sentó en el borde de un arriate que era lo único que mostraba algún cuidado reciente. El perro se acomodó junto a ella.
Pasaron las horas, y la soledad se hacía más sensible. La luz solar lo envolvía todo, como dándole esperanzas de que el lugar podía volverse hospitalario. Se recostó en el hilo de piedra y sin quererlo se quedó dormida.
Una mano se posó suavemente sobre su hombro:
—Magnolia, ya estoy aquí.
Despertó sobresaltada.
—¿Tú quién eres? ¡No te conozco!
—Soy el jardinero de tu familia, el que te invitó a venir a este lugar. Me ha ido bien, y esta casa es la muestra. ¿Querés compartirla conmigo? ¡Te amo desde que eras una niña y yo un jovencito! ¡Magnolia, el sueño de mi vida!
—¡Pero el que me invitó fue un antiguo amigo de mi padre que quería verme por última vez!
—No, mírame, yo te ofrezco no la última vez sino la primera.
Magnolia se quedó quieta, pensando. Lo miró de pies a cabeza, como en examen definitivo. Sonrió, aspirando con fuerza el aire fresco y fluyente. El perro seguía junto a ella, con la cola en movimiento de bienvenida.
—¿Te animás?
—Bueno, probemos. Y se lo digo a él, al perro, no a ti.

MISIÓN dominical

Era el trabajador más puntual y eficiente de la empresa, y eso venía siendo así desde que se inició ahí al nomás concluir sus estudios formales. La voluntad de servir bien había sido su motor de conducta permanente, y eso lo reconocían los que habían contribuido a su formación en las aulas; entre ellos, su antiguo profesor de ciencias sociales, que hoy vivía muy cerca, en una casita de familia, porque estaba solo, sin ningún pariente accesible.
Él lo visitaba con alguna frecuencia los domingos, y así se hacía a la idea de seguir escuchando las mismas lecciones, solo que ahora sin amenaza de examen.
—Hola, profe. ¿Cómo se siente hoy?
—Me duele todo, menos la memoria.
—¡Usté tan guasón como siempre!
—Ay, muchacho, lo que menos me nace es guasa. Ahorita mismo, por ejemplo, si me preguntaras qué quiero hacer no vacilaría en contestarte que irme a alguna cantina a meterme unos cuantos talegazos para fondear despuesito.
—Ah, pues yo soy materia dispuesta. ¿Vamos?
Él tomó su chamarra y el profesor tomó su andadera. Un par de cuadras más adelante estaban frente al bar que había abierto recientemente. Él pidió una cerveza artesanal y el profesor un trago de ron. Y pronto estuvieron suficientemente animados para empezar a hablar, por turno, de sus emociones y de sus aspiraciones. Él, del ansia de perfección y del anhelo servicial; el profesor, del conocimiento compartido y de la promesa de enseñar siempre.
—¿Sabés una cosa, cipote?… Cuando te hablo siento que estoy en mi mundo y que muy pronto va a sonar la campana para el recreo.
—Pues mire, profe, lo que más le agradezco es que me ha hecho sentir que nunca se acaba de aprender y que hay que devolver lo aprendido en acciones.
—¡Salud, pues! ¡Que viva el domingo!
—Sí, porque si vive el domingo vive toda la semana.

EL SUEÑO DE nunca acabar

Por las noches, las ansias se le volvían presencias acompañantes, como si en esas horas de oscuridad externa se encendieran candiles inspiradores en sus alrededores anímicos. Esto no se lo contaba a nadie, para evitar los comentarios inquisidores, aunque las señales del insomnio reiterado despertaban preguntas entre los suyos:
—Otra vez amaneciste clareado, Johnny. Se te nota.
—Te estás imaginando cosas, mamá. Lo que pasa es que me quedé estudiando hasta tarde para salir bien en mis últimos exámenes.
—Tus últimos exámenes, es cierto. Qué rápido pasó el tiempo. Ya vas a ser licenciado.
—Y tengo varias ofertas de trabajo; pero la que más me gusta quizás no te va a gustar a ti.
—¿Y eso?
—Ahí te cuento. Ahorita me voy para la facultad.
A medida que pasaban los días en verdad la fatiga mental se le iba volviendo más y más absorbente. Pero era una fatiga diurna que hacía contraste vivo con el caudal energético que se le desataba por las noches. Estaba llegando al punto en que si le fuera posible escoger optaría sin dudarlo por vivir de noche y desaparecer de día, lo cual parecía a todas luces un dilema instalado en la telaraña del absurdo.
Hasta que se le produjo la crisis: aquella mañana no estaba en su habitación, y sus familiares creyeron que se había ausentado de madrugada; pero llegó la hora normal del regreso a casa y él no apareció. El temor permeó a la familia, ya que los ataques de la criminalidad no tenían freno, y así fueron de inmediato a dar parte de la desaparición. Les informaron que se activaba la búsqueda, pero que no daban seguridades de nada.
Eran gente religiosa, y en la capilla de la vecindad hicieron de inmediato loa ruegos del caso. La tarde pasó sin novedad, y la noche estaba por llegar. Con ella llegó el presunto desaparecido, sin ningún signo anormal.
—¡Mi muchachito! ¿Qué te pasó?
—A mí nada. Pero quizás es hora de que les informe: de hoy en adelante no apareceré por las noches. Ya terminé todos mis exámenes. Me gradúo con honores. Voy a trabajar como mánager en un negocio de placer para hombres pudientes…
—¡Dios mío! ¿Qué dices? Ese es el mundo del pecado…
—Ajá, del pecado más rentable. Y como yo soy hombre de la noche, pues ni qué mejor.
—¿Y de día, hijo?
—Pues voy a darle reposo a mi vigilia, por lo menos para mientras.
—¿Cómo es eso?
—Sí, para mientras me sale al encuentro la mujer de mis sueños, que va a ser virgen, ja,ja.

Albúm de Libélulas (181)

1483. RETORNO A LOS ORÍGENES

La tierra permanecía intensamente húmeda porque la estación lluviosa se hallaba en su apogeo. Había densos nubarrones en constante peregrinación. En cualquier momento las ráfagas huracanadas se hacían sentir. No era tiempo para ambular por los espacios abiertos, pero nada de aquello detenía los impulsos del hombre maduro que desde el amanecer hasta el anochecer se desplazaba por los entornos, en forma casi sonambúlica pese a que su naturaleza era temperamental y explosiva. Aunque los vecinos lo conocían, ahora se le veía como un total desconocido, aun por su atuendo de persona de antes. “¿Qué le estará pasando a este?”, se preguntaban, ya temerosos hasta de acercársele. Y él dio la respuesta, parándose en una esquina con un cartel extendido: “En la infancia me apodaban el Hijo del trueno, y hoy ando buscando a mis antepasados…”

1484. TODO TIENE EXPLICACIÓN

Acababa de concluir su trabajo de escritorio, que era un estudio de factibilidad sobre el futuro de la empresa, y ahora podía salir a pasear por los entornos. Le avisó a su esposa que iba a caminar afuera para ventilar la mente, y ella, que le conocía aquellas escapadas previsibles, se dio por enterada sin más. Aquella tarde, sin embargo, se convirtió en noche, y la noche en alborada; y él no estaba de regreso. Al despuntar el día, ella comenzó a preocuparse. El tiempo peligroso se prestaba a los malos augurios. Bien avanzada la mañana apareció por fin sin decir nada. “¿Dónde andabas?”, le preguntó ella entonces con gesto de reproche. Él suspiró. “Perdón, me quedé dormido en el parque, sobre la hierba y bajo las ramas”. “Ay, hombre, ¿quién te va a creer eso?” “Tuve un sueño de color verde porque estoy por cambiar de trabajo y de vida… ¿Entendés?”

1485. RESPUESTA SIN RESPUESTA

La memoria nunca revela todos sus rincones, ni siquiera a quien supuestamente la tiene a su servicio. Y cuando ella, una joven en edad de merecer como antes se decía, se dio cuenta de aquella peculiaridad tuvo la tentación de meterse por los entresijos de su propia estructura memoriosa para ver si entendía el fenómeno. De pronto se sintió dentro de un laberinto que tenía colgada en sus paredes una colección de imágenes de todos los tamaños y colores. Comenzó a recorrerla, y en la medida que avanzaba se iba dando cuenta de que las imágenes aparecían y desaparecían constantemente. Se detuvo para preguntarse si ese laberinto era el pasaje de lo vivido quién sabe desde cuándo o la galería de lo por vivir. Y todo porque acababa de ver la imagen de un hombre que de inmediato le captó la atención. ¿Estampa del pasado o anuncio del mañana?

1486. DONDE MANDA CAPITÁN…

Cuando estaba a punto de jubilarse le preguntó a su mujer, que siempre había sido ama de casa: “¿Creés que vas a aguantarme todo el día aquí?” La señora respondió como si hubiera tenido lista la respuesta: “Te tengo preparados algunos trabajitos que pueden ser muy útiles para que ni vos ni yo nos salgamos de control…” Él sabía que su esposa apuntaba siempre hacia lo práctico, y se desentendió del tema porque de seguro ella lo tenía ya todo programado. Le llegó el día en que se desvanecieron sus responsabilidades laborales, y esa mañana paradójicamente despertó mucho más pronto que de costumbre. Ella ya estaba levantada, y en cuanto lo vio despierto se le acercó: “Cariño, este es tu manual de jubilado”. Y le extendió un cuaderno lleno de notas. Él lo hojeó con curiosidad. Luego la miró, como el alumno a su maestra. No había escapatoria.

1487. SOBREDIMENSIONES

Vivía obsesionado por el fin del mundo, dentro de esa onda derrotista que va tomando fuerza en las redes globales. Cada mañana despertaba preguntándose sin palabras audibles: “¿Va a ser este mi último día?” Y así salía hacia su trabajo de reparador de relojes en el almacén donde había laborado desde que tenía recuerdo. En la jornada a la que nos referimos no había ningún cliente pendiente, y él podía dedicarse al menos por un buen rato a pensar en lo suyo y a indagar al respecto en la pequeña laptop que tenía a su disposición. Volvió a abrir sitios que trataban sobre el tema, y en algún tecleo encontró una referencia que de inmediato le captó la atención: “El mundo es como un reloj: mientras se mueve todo es normal; si se detiene se desploma en el vacío”. ¡Ahora lo entendía: el fin del mundo era la versión apocalíptica de su tarea diaria!

1488. EMOCIÓN ASCENDENTE

Venía de un cantón en las estribaciones de la cadena volcánica, y eso hacía que padeciera brotes de nostalgia sobre la vida en altura, con el horizonte a la mano. Ahora tenía que morar en una colonia casi marginal, en una hondonada urbana, y eso lo mantenía en desasosiego constante. Con frecuencia cada vez mayor tenía un sueño que en otras condiciones hubiera parecido una fantasía infantil: soñaba que de pronto iban surgiéndole en los hombros unas protuberancias que se iniciaban como surcos ascendentes y luego se manifestaban como brotes de plumas aladas. Ese sueño no tenía siempre el mismo efecto: algunas veces era anuncio de pesadilla; otras, impulso de liberación. Hasta que una noche ocurrió el suceso: sin despertar, las alas se le expandieron y alzó vuelo a través de la ventana. Ya en la altura despertó… y siguió volando…

1489. GAJES DEL OFICIO

Las calles eran un muestrario de baches, hondonadas y rupturas de cañerías de aguas negras y claras. Su carro viejo apenas podía transitar por ahí, con la angustia de que algún giro le arruinara el motor que ya estaba en las últimas. Ese día amaneció lloviendo con fuerza, y los trastornos del callejón se hacían aún más peligrosos. Afortunadamente salió ileso de la prueba mañanera y se enfiló con rapidez hacia la zona de su trabajo, que era un taller de mecánica. Al llegar sintió, antes de apagar la máquina, que esta padecía estertores terminales. Aquella tarde volvió a su casa más tarde que de costumbre: “¿Qué te ha pasado?”, le preguntó su mujer, costurera de oficio. “Que el pichirilo se quedó sin vida”. “¿Y eso?” “Se le soltaron todos los amarres”. “¡Ay, no! ¿Y como mecánico no pudiste hacer nada?” “Ay Dios, tal vez si hubieras estado vos con tus agujas…”

1490. CENA EN CONFIANZA

Todo preparado en el corredorcito de la casa que daba a un predio baldío. Como la cita era tempranera, los invitados comenzaron a llegar pronto. Eran solo dos parejas de conocidos de siempre. Cuando los seis estuvieron presentes, se anunció el brindis inicial con un sencillo vino espumante: “Vamos a brindar por la buena vida, y que lo demás quede para después”. Todos se rieron alzando las copas; pero él los contuvo con el gesto: “Eso que queda para después es el menú. Espero que les guste”. Y el menú eran pétalos húmedos y hojas cristalizadas. Propio para jardineros.

Familia instantánea

FAMILIA INSTANTÁNEA

En las semanas anteriores al día en que desapareció María del Tránsito no se había producido ninguna situación anormal en todo aquel vecindario que era muy tranquilo en comparación con los del entorno inmediato. Sin embargo, la posibilidad de que aquella ausencia repentina fuera producto de algún atentado delictivo no podía ser descartada, y cuando los familiares fueron a dar parte a la autoridad policial eso fue lo primero que se consideró, dado que María del Tránsito siempre había sido una mujer ordenada y previsible.
Las investigaciones comenzaron a buscar pistas y rastros, pero los días subsiguientes no dejaron nada en concreto. Los familiares iban casi a diario a pedir noticias, pero la respuesta siempre era la misma: “No hay novedades, seguimos investigando”. Un día de tantos, la agente encargada del caso les hizo una sugerencia que podía ser orientadora:

—Busquen bien entre las cosas de ella; tal vez ahí puede haber alguna pista…

La hermana menor fue la encargada de hacer la pesquisa en el cuarto de María del Tránsito. Al principio se resistió a hacerlo, por miedo a lo inesperado; pero luego se animó a la búsqueda. El cuarto de la desaparecida era un verdadero almacén de objetos de la más variada índole, desde juguetes de la infancia hasta muestras comerciales y objetos esotéricos. La hermana se dio cuenta entonces de que María del Tránsito era, por encima de la cotidianidad previsible, una persona desconocida.

— Mamá, esto es lo que he encontrado.

Y puso sobre la mesa un par de bolsas: una llena de papeles y la otra llena de piedras.
La madre revisó ambos contenidos:

— Los papeles son cartas de amor de un desconocido; las piedras parecen objetos religiosos de otras culturas…
— No entiendo nada, mamá. ¿Será que María del Tránsito se ha escapado para ir a vivir su amor muy lejos de aquí?
— ¡Ah, pero aquí parece estar la clave…! –dijo la madre desplegando una hoja escrita que tenía todos los visos de ser el borrador de una carta:

“Mi adorado desconocido: Si tú me llamas, voy a tu encuentro dondequiera que me indiques. Y ahí emprendemos la aventura suprema, que es formar una familia como si fuera producto de un rayo de luz que nos conecta de pronto. Anoche soñé contigo, y aunque no tengo ningún indicio sobre quién eres y sobre cómo eres, me basta con saber que nos hemos comunicado íntimamente por medio de las ondas del aire como los amantes de otros siglos. Si esta es nuestra oportunidad de pasar juntos a un plano superior en esta vida, dejemos que el amor espontáneo haga su obra…”

GATO LIBERADO

Todos lo consideraban un muchacho apático y distraído porque nunca dio ninguna muestra de voluntad propia a la hora de enfilar hacia su futuro. Algunos de sus conocidos habían creído ver en él vena de artista, aunque tampoco hubieran logrado precisar en qué sentido. Estaba en plena adolescencia, y ser casi borroso a esa edad no es lo común. Fue siempre estudiante mediocre, sobre todo en lo tocante a las materias con más componentes abstractos, y ahora que estaba ya en el comienzo de su vida universitaria las vacilaciones parecían incrementarse.

Se inscribió en Ingeniería Mecánica, pero muy pronto se sintió perdido en un laberinto. Algo tenía que hacer al respecto, y entonces optó por la Arquitectura de Interiores, quizás con la intención de hallar un espacio en el que pudiera acomodarse con normalidad apaciguadora. Pero al paso de los días fue imaginando que estaba dentro de una inocente pero al mismo tiempo insoportable Caja de Pandora. Y tuvo que hacer un tercer giro: en el semestre siguiente se inscribió en el área de psicología, ya con el pálpito de que necesitaba conocer más de sí mismo para entender los ejercicios de su propia conciencia, tan renuente al autoexamen orientador.

Durante los primeros días de experiencia en la nueva opción, los pensamientos se le fueron poniendo a la defensiva. Y la pregunta que se le dibujó en la pantalla de la conciencia fue directa y casi inocente: ¿Qué estoy haciendo? El silencio interior se hallaba crecientemente invadido por pequeñas lentejuelas palpitantes.

A medida que avanzaba el ciclo iba sintiéndose a la vez más cómodo y más incómodo. No acababa de entender tal contraste, aunque tampoco le provocaba ninguna reacción desquiciadora. Eso sí, sus funciones vitales se hacían más frágiles y las sensaciones inesperadas empezaban a ser presencia usual. Se sorprendió a sí mismo buscando espacios internos para instalar sus nuevas inquietudes, pero no los encontraba a su disposición. Confundido, fue a consultar con la licenciada Marinero, su profesora en educación de la conducta.

Ella lo escuchó con la atención profesional pertinente, y al final le dijo con amabilidad casi familiar:

— No es que estés confundido, no.

— ¿No? ¿Y entonces por qué no encuentro nada que me quite esta ansiedad?
— Ya lo encontraste.
— ¿Cómo así? Alguien me dijo que en lo que sentía había gato encerrado.
La experta sonrió, y él sintió que en aquella sonrisa estaba descifrándose el enigma.
— Mira, muchacho, aquí lo que hay no es gato encerrado, sino gato liberado. Te estás conociendo a ti mismo antes de salir a conocer el mundo. ¿Te das cuenta? Es lo que deberían hacer todos…

Y entonces él sonrió a su vez, con gesto de gato que aún tenía que descifrar si era doméstico o montés.

SEGUIR EN LA NUBE

Los promotores de aquella iniciativa se presentaban como emprendedores insertos en esa moda que cada día toma mayores impulsos. Él estaba entre los más entusiastas, y sus amigos copartícipes así lo consideraban, asignándole en ciertos momentos condición de líder. Por ejemplo a la hora de decidir el nombre del emprendimiento, ya que él se caracterizaba por sus dotes imaginativas. Los compañeros de tarea lo rodearon para que soltara el nombre:

Y ahí emprendieron el esfuerzo para concretar lo que se proponían.
El proyecto empezó a tomar forma, y muy pronto estaban ya instalados y con propuestas bien concretas para iniciar labores.

La Nube de Voces inició en un local ubicado en la zona comercial más moderna de la ciudad, ahí donde iban principalmente los jóvenes en busca de todo lo que pudiera servirles para estar al día en la tecnología, en el vestuario, en las comidas. Ellos en su tienda se dedicaban a vender productos electrónicos de última moda, y eso les atrajo una clientela inmediata. El negocio iba viento en popa, pero los problemas personales comenzaron a aparecer, como lo que son: roedores implacables e incansables.

Hasta que en algún momento la opción desintegradora se hizo presente.

— Que se acabe esta mierda. Cada uno por su lado.
Y eso lo decía el autor del nombre de la tienda.
— ¿Qué te pasa, loco? ¿Se te sobrecargó la batería?
— ¡No’mbre, se me está recargando!
— ¿Y entonces?
— ¿Es que saben qué: con el nombre que tenemos no vamos a llegar más lejos?
— ¡Ah, ya apareció el peine!
— Por mí no hay problema: yo soy calvo.
—Ja, ja, ja. ¿Y cómo quisieras que se llamaba?
— Nube de ecos.
— ¡Perfecto! ¡Este sí que es creativo aunque sea más cabrón!

Álbum de libélulas (180)

1474. ALMA DE BOLERO

Del aparato de punta salía la voz intemporal que hacía gala del bolero ranchero como de su mejor oficio de armonía. Sí, era la voz de Flor Silvestre. El señor de cabello enteramente blanco, de rostro señalado por el tiempo y de cuerpo en reposo escribía algo a pluma fuente en un volumen encuadernado. Quizás su diario íntimo, única compañía actual. De pronto levantó la vista hacia el cristal de la ventana que se hallaba enfrente. Sí, la luna, como no la recordaba en mucho tiempo. Y en ese justo instante, Flor empezaba a cantar “Luna de octubre”: “De las lunas la de octubre es más hermosa porque en ella se refleja la quietud de dos almas que han querido ser dichosas al arrullo de su plena juventud…” Se levantó movido por un resorte inmemorial. Ahora era el joven de entonces, que le llevaba serenata a su amada… Acordes milagrosos que hacían que el tiempo se agazapara en un rincón.

1475. VOLVER A CASA

Las plantas floridas se apiñaban junto a la ventana como si estuvieran ansiosas por observar o al menos atisbar lo que podía suceder adentro. Y adentro lo que había en aquel instante era una vitrola antigua que parecía estar activa sin que nadie la hubiera encendido. Una música instrumental apenas audible surgía de ella, en condición de murmullo entrañablemente melódico. De la cortina de plantas emergió entonces un rostro humano, que tenía la misma actitud de las hojas, de los capullos y de las corolas plenas. Luego de unos minutos de contemplación auditiva, el rostro se hizo cuerpo, y la figura se alzó al otro lado del cristal. En la habitación no había nadie, y por eso no hubo ninguna resistencia a que moviera la hoja para poder ingresar. Lo hizo. La música que brotaba de la vitrola se emocionó a todas luces. Era la bienvenida. Él regresaba al hogar por fin de su exilio astral.

1476. HACER LO DEBIDO

Tarde de sábado, más soleada que lluviosa. Ese par de jovencitos que de seguro ni siquiera han concluido su educación media vienen bajando por la acera derecha de la calle que conduce a Candelaria. Ella es rubia y pizpireta; él es moreno y reservado. Van a cumplir con un rito en aquella casita de techo de lámina que se divisa al fondo. Ahí vive ella, la abuela de ambos. Llegan, activan la llave que él lleva en la bolsa, traspasan la puerta de madera deteriorada por el tiempo, se acomodan en la pequeña sala donde todo es penumbra. Son primos hermanos y han decidido probar el amor mutuo. Van a comunicárselo a su abuela, que desde luego lo es de ambos, y a pedirle su aprobación. Se quedan así por un rato en silencio. Luego se levantan y se inclinan ante el retrato carcomido de la abuela que está en una repisa polvosa. Después se retiran. Permiso concedido.

1477. REMEDIO CASERO

Su médico de cabecera le dio una buena noticia, después de la batería de exámenes a los que tuvo que someterse luego de aquellos síntomas que a cualquiera le hubieran dado muy mala espina: “Tus órganos básicos están normales; no hay inflamación ni sangramiento por ninguna parte; y tus reflejos no muestran ningún signo de alarma…” Él aspiró profundamente con alivio, y de inmediato surgió la pregunta: “¿Y entonces qué hago con todas estas molestias que no me dejan estar tranquilo en ningún momento, ni de día ni de noche?” El médico se quedó pensativo. “Lo único que yo podría decirte es que podemos seguir haciendo exámenes”. Todo siguió igual. Hasta que un pálpito desazonador en las sienes le dio una pista. Se fue a un hotel de montaña a dormir en paz. Cuando despertó todas sus dolencias habían desaparecido.

1478. OPERACIÓN DESTINO

La casita que habían logrado adquirir luego de tantas penurias estaba muy cerca del borde del declive que daba a la quebrada que corría al fondo. Era urbanización nueva, y los constructores sin duda pensaron más en la ganancia que en la seguridad, porque desde un inicio los deslaves invernales fueron haciendo de las suyas. La familia que habitaba la casita vivía en constante zozobra cuando asomaba la estación lluviosa, y aquel año las cosas se presentaban aún más críticas, por las veleidades del tiempo. Cuando llegó la onda tropical, la tierra floja se desprendió sin más. El hombre de la casa comenzó a tiritar. La mujer de la casa sintió que el embarazo se le hacía tormenta. Y aquella misma noche ocurrió el doble desastre: la construcción quedó en el aire y el embarazo se convirtió en cárcava. Al amanecer, solo las energías del aire acudieron a socorrerlos.

1479. ESCAPE CON INGENIO

Cuando sus padres le preguntaron, con la solemnidad que les caracterizaba, qué quería estudiar luego del bachillerato inminente, la respuesta de ella fue dada con sonrisa traviesa: “Quiero estudiar genética”. Ellos se miraron preguntándose qué es eso. La hija se adelantó: “Es el estudio científico de la herencia”. “¿De la herencia? ¿Cuál herencia?” Ella ya no pudo resistir la risa: “¡Pero no, no se preocupen, no se trata de dinero, sino de genes… Los genes que ustedes dos pusieron a mi disposición…” Seguía el desconcierto. “¿Y eso dónde se estudia?” “Bueno, yo quisiera ir a Alemania. ¿Les parece?” Los padres volvieron a mirarse entre sí. Y entonces les llegó el clic. “Hijita, pero si la herencia está más clara que la luz. Si querés te la explicamos con puntos y comas. Nosotros nos entendimos muy bien con tus genes, y por eso eres como eres…, ja, ja”

1480. FELIZ RETORNO

La comunidad se había vuelto invivible, y no solo por los asaltos y las extorsiones, sino también porque las conexiones entre las personas apenas existían. Crecía la dependencia esclavizante respecto de las maquinitas virtuales. Conversar era hoy una especie de excentricidad infantiloide. Todo se hacía con las yemas de los dedos, y a la mayor velocidad posible. La voz estaba ausente. Alirio era un muchacho común, en apariencia. Estudiaba en el instituto nacional de su localidad, y su anhelo era volver al campo de donde había salido. El maestro con quien se llevaba mejor era el de química. En algún momento le preguntó: “¿Por qué será que tengo tanta química con mis orígenes?” El maestro, que más bien era un poeta no revelado, le dio su respuesta: “Porque ahí todas las sustancias tienen voz propia y hablan cara a cara”. Él aspiró a fondo. El enigma estaba resuelto.

1481. HILO DEL TIEMPO

En su vida anterior fue joyero artesanal, y se quedó con muchos trabajos pendientes porque la muerte le vino de súbito. Al emprender esta vida fue a buscar entre sus cosas los objetos inconclusos y encontró lo suficiente para montar una pequeña tienda de antigüedades para llevar.

1482. EJERCICIO TEXTUAL

Activó su móvil y apareció el texto recibido. Tres palabras: “Ya estoy aquí”. ¿Sería ella? Solo podía ser ella. La luciérnaga de la noche anterior, anunciándose para la noche presente.

Historias sin Cuento

HAY QUE SOÑAR SIN MIEDO

Aún era niño cuando llegó a la academia de don Valero Lecha ubicada en la segunda planta del edificio que estaba enfrente del Teatro Nacional, a un costado de la plaza Morazán. Quien lo llevó ahí fue una vecina ya mayor, artista tanto de la palabra como del pincel, que vivía a cuatro puertas de la suya, en el pasaje Rovira. Ella, quien tenía temperamento elocuente y desinhibido, le presentó a don Valero aquel joven reservado que apenas sonreía:

—Este cipote tiene pasta, pero como es natural aún no sabe lo que quiere. Tal vez usted con su ojo clínico puede ayudarle. Está escribiendo sus primeros versos, pintando sus primeras acuarelas, iniciándose en el piano de mi casa…

El maestro lo saludó con la seriedad afable que le caracterizaba, y de inmediato le dio ingreso en el ambiente, dándole las primeras indicaciones. Era ya tarde, y la academia no tardaría mucho en concluir su jornada. La vecina que lo había introducido tuvo que irse más pronto, por algunos mandados pendientes, y él se quedó ahí un poco más.

Cuando salió, la tarde estaba cayendo y era la hora justa en que iniciaba la siguiente función en el teatro inmediato que funcionaba como cine. Sin siquiera ponerse a ver qué película se estaba exhibiendo aquel día, fue a la taquilla y pagó su entrada a balcón, que era su posición favorita, porque tenía la pantalla de tú a tú.

Se abrió el telón, se apagaron las luces y surgieron los créditos del filme por venir: “Ave del Paraíso”, aquella cinta que había visto ya, con Debra Paget, Louis Jourdan y Jeff Chandler. Una historia de aventura y romance en los mares del sur. Él suspiró con fuerza: el que le tocara ver de nuevo las imágenes de aquel mundo precisamente el día en que estaba por primera vez en contacto manual con los colores vivos tenía que envolver algún mensaje.

Salió de la función cuando ya era de noche, pero el crepúsculo parecía reacio a salir de su propia escena. Eso lo animó a irse caminando hacia su casa, allá en las inmediaciones del Colegio María Auxiliadora. Cuando iba cruzando la colonia Santa Eugenia, las iluminaciones de la atmósfera nocturna parecieron acercarse hacia él, hasta tomar posiciones en el lienzo de su conciencia. Mientras caminaba, otras imágenes iban uniéndose al cortejo. Las de sus anhelos creativos incipientes, las de las historias cinematográficas más concordantes con su naturaleza de infante proclive a la adultez prematura, las de la tierra y el aire que le llegaban como presencias espontáneamente propias…

Estaba ya muy cerca de su lugar de residencia, al fondo del pasaje. Y antes de empezar a subir desde la calle de Mejicanos sintió que todo lo que vendría para él se había definido aquella tarde, al menos en el plano de las emociones, que es lo que verdaderamente importa. Allá arriba, en el cielo estrellado, había un lamparón que tenía la forma de un velero en vuelo. Y en ese instante solo pudo articular un susurro que su propia voz ya adulta le enviaba desde adentro: “Mensaje recibido…”

LOS MUERTOS NUNCA DUERMEN

Sus días estaban orgánicamente contados, y de alguna manera había que empezar a pensar en los detalles del desenlace. Lo hacía sin decírselo a nadie, aunque en algún momento sus decisiones, si es que llegaban a ser tales, tendrían que ser conocidas para que se pudieran poner en práctica.

Lo primero que le vino a la mente fue el destino de su cuerpo. En el ambiente se había ido poniendo de moda la cremación, y mucha gente optaba por ella, de seguro sin pensarlo a fondo: algunos porque eso era más práctico que un entierro y otros porque guardar las cenizas en una caja les permitía sentir que el difunto aún se hallaba ahí. Cuando se lo planteó, lo que de inmediato vino a su memoria fue el fogón de la rústica cocina de leña en su hogar campesino de otro tiempo.

No logró decidirse por ninguna de las dos opciones, y dejó en silencio la decisión a sus descendientes: Helena y Julio César. Tampoco tenía testamento formalizado, y solo de imaginar el posible reparto se le asomaban grandes incertidumbres al cristal de la mente.

Así llegó la hora cero. Paro respiratorio, que fue instantáneo mientras dormía. Ya no despertó, al menos para los que le rodeaban. El médico de cabecera certificó el deceso. Los dos hijos estaban cada uno a un lado de la cama, casi compungidos. Luego se fueron a hacer los preparativos del sepelio. Habría entierro sin misa previa, porque ambos se habían alejado de la religión. El cadáver se hallaba en la sala del velatorio, y como eran dos o tres los asistentes, nadie se percató de aquel movimiento de párpados en el rostro del difunto.
Días más tarde, los hijos fueron a arreglar con el abogado el punto de la herencia intestada. Había que repartir los bienes. Helena llevaba un retrato de su padre, como para que estuviera presente. De inmediato comenzaron las diferencias. Se fueron caldeando los ánimos, y al final cada quien se fue por su lado, y el retrato quedó sobre una silla. Y nadie se dio cuenta de que la mirada del rostro fotografiado parecía de pronto ser el reflejo de una profunda reflexión.

Ahora su cuerpo estaba bajo la tierra apelmazada y sus pertenencias continuaban en el limbo de lo indefinido.

Entonces tuvo, desde algún lugar perteneciente a su nueva ubicación en el tiempo, el impulso de tomar las decisiones que no se animó a tomar antes. Había que imaginar cómo ponerlas en práctica.

Como primera providencia, fue en busca de apoyo entre los espíritus a los que hoy tenía acceso directo.

A la mañana siguiente un fuerte temblor de tierra fracturó la colina donde se hallaba su sepulcro. Este se abrió violentamente y el cadáver voló por los aires, envuelto en una túnica de polvo. Y dos días más tarde, como por arte de magia, un incendio de grandes proporciones se desató en la colonia donde estaba su casa, arrasando con ella y con todo lo que había en su interior, que era lo más valioso que él dejara. Los hijos llegaron a ver los estragos, sin saber qué hacer.

Él, que ejercía ya como eterno insomne, lo observó todo. Hizo un gesto de aceptación de lo inevitable, y se preparó para continuar en lo suyo.

EL BAÚL DE LOS OLVIDOS

Marcó el celular de Irene y por enésima vez, luego de la cadena de timbrazos, la máquina volvió a decirle que el número marcado no estaba disponible en aquel momento. Volvió a preguntarse: “¿Qué le estará pasando que no me responde?” Y para no seguir en el enigma, se fue aquella tarde a la colonia donde vivía Irene. Conocía muy bien a la madre de ella, que fue quien salió a abrirle.

—Hola, Rodrigo, qué bien que te acercaste, porque Irene ha estado diciendo que como que la habías olvidado… No le contestás sus llamadas.

Él puso cara de sorpresa.

—¿Yo? Si soy el que la está llamando siempre y ella es la que no responde…

—Ah, qué divertido. Se están jugando la vuelta.

—¿Ahora no está?

—Creo que ya va a venir porque ya es la hora. Entrá para que la esperés.

Ahí se estuvo hasta que cayó la noche. Irene no aparecía. Entonces se regresó a su casa. Cuando llegó, su hermana le dijo:

—Aquí ha estado Irene, esperándote. Se acaba de ir.

Él se quedó en vilo. ¿Qué quería decir aquel jueguito de desencuentros? En los días subsiguientes no hubo posibilidad de comunicación por ninguna vía. Y tanto él como ella se preguntaban por su cuenta: “¿Será que en algún lugar están escondidas las respuestas a lo que pasa?”

No lo sabrían nunca, porque por alguna coincidencia anímica, que podía venir de lo más profundo de sus ancestros, la suerte de ambos estaba guardada en el baúl de los olvidos.

Álbum de libélulas (179)

1466. EL UNO PARA EL OTRO

Angélica se las sabía todas sobre el comportamiento de las almas en pena, porque era una de ellas, aunque esto lo mantenía en completa reserva. Todo comenzó cuando su madre y su padre se fueron cada uno por su lado, como si se los tragara el polvo o la marea, y ella se quedó en poder de una vecina que se dedicaba a leerles la palma de la mano a los vecinos a cambio de algunas monedas. Nunca pudo encontrar a alguien con quién entablar algún tipo de relación sentimental, y por eso se quedó con la conciencia en suspenso cuando aquel señor que estaba evidentemente en la medianía de la edad se le acercó como si la conociera desde hacía mucho. El recién llegado la envolvió en una gasa emocional insospechada. Y cuando llegó el momento de las definiciones, ella le preguntó: “¿Qué has visto en mí?” “Tu aura, porque yo como tú soy un alma en pena”.

1467. ENTRE APRENDICES

Se había dedicado artesanalmente a descifrar actitudes y conductas de los seres más comunes, y aunque no tenía título que lo acreditara al respecto, contaba con una larga lista de interesados en recibir sus orientaciones. Para no caer en violación de las normas profesionales, no ten ía ningún lugar que se semejara a un consultorio. Se reunían en parques, en cafés, en tabernas o en corredores de centros comerciales. Aquel día recibió una llamada que de entrada parecía misteriosa. El que quería hablar con él no se identificó con ningún nombre y lo citó en una esquina cualquiera de la zona urbana que más se estaba desarrollando. Conversación de pie. Preguntas sencillas, casi ingenuas. Ya para terminar, el consultante le extendió un cuaderno en blanco: “Soy el milenio que está empezando. Necesito ideas simples y espontáneas. Tengo mucho que aprender…”

1468. COMPAÑEROS PARA SIEMPRE

Cuando recordaba sus tiempos como guerrillero activo en distintos campamentos de las montañas del norte del país lo primero que le saltaba a la pantalla de la conciencia era el rostro de Ástrid. Un rostro que estaba centrado en la mirada, que siempre parecía decirlo todo sin necesidad de palabras. Ástrid se fue con él desde que se inició aquel periplo que era azaroso e imaginativo al mismo tiempo. Por las noches no se sabía si las balas o las estrellas estarían a la mano. Lo que sí se sabía era que Ástrid estaba ahí, a su lado como un hada puntual. Y cuando en un combate él resultó herido, Ástrid en ningún instante se apartó de su lado. Se repuso, y Ástrid seguí ahí, radiante. La guerra llegaba a su fin. Pronto habría que volver a la vida común. Y entonces Ástrid le dijo adiós. La enterró en el campamento final. Ástrid, la inolvidable chuchita aguacatera…

1469. MISTERIO EN EL CAMINO

Allá en el Cantón San Nicolás había un cruce de vías: la de las camionetas que iban hacia el norte en la ruta hacia Chalatenango y la del ferrocarril que venía de San Salvador e iba hacia Chiquimula, en Guatemala. En ese cruce, que estaba muy cerca del río Las Cañas, que era en verdad un arenal apenas acariciado por una leve corriente de agua, se decía entre los lugareños que con frecuencia aparecía un grupo de peregrinos que regresaban a pie de Esquipulas, y que parecían levitar sobre el polvo. Él era un niño cuyas circunstancias vitales le habían hecho estar más alerta que otros de su edad, y tal aseveración le rodaba el ánima como una luz desconocida. Aquella tarde vio desde el falso a un lado de la calle a un montón de gente que venía del norte. “¡Romeros de viuelta!” pensó. Cuando llegaron al cruce se detuvieron. Luego se dispersaron en el aire. Él en cuenta. Hasta hoy.

1470. LA MEJOR EXPERTICIA

Dicen que el tiempo todo lo borra, hasta las cicatrices más aparatosas. Quizás sea así, pero lo cierto para ella era que había un desgarro que resistía todas las pomadas que el vivir traía en su alforja. Tal desgarro le había dejado una cicatriz ostensible, aunque sólo ella fuera capaz de advertirla: esa concentración de humo tóxico que quedó del incendio repentino de su primer amor. Cada vez que alguien se le acercaba con presunta intención amorosa, aquel humo se le alborotaba, provocándole la asfixia emocional sin escapatoria. Bueno, hasta que un día cualquiera de verano cálido apareció Nicanor como una especie de estratega activo en situaciones de peligro inminente. Ella notó de inmediato que algo distinto estaba por ocurrir, y luego de los primeros avances vino la pregunta crucial: “¿A qué te dedicás?” Él hizo un gesto de complicidad: “Soy bombero”.

1471. EL CONSEJO MÁS PURO

Arribaron por tierra a la ciudad anhelada y de inmediato fueron a instalarse en el hotel-boutique que tenían reservado de antemano. El sitio no podía ser más propio para el gusto de ambos, que coincidían en la predilección por los espacios de acogida para viajeros memoriosos. La ciudad los envolvió en sus velos aromáticos y el albergue les proveyó los estímulos sensoriales de una estancia intemporal. Aquella misma noche se fueron a cenar en el lugar que les recomendaron junto a las olas. Estaban ahí cuando alguien se les acercó. Pensaban que llegaba a pedirles algo, pero era al revés: estaba ofreciéndoles algo: “Estoy aquí para llevarlos hacia las estrellas en persona, allá en lo más alto. Es un servicio incluido en el paquete. Les aconsejo que acepten, porque será la única vez que tendrán esta oportunidad en su vida…”

1472. LEY DE LA VIDA

Lo único que se sabía de cierto era que había llegado con un grupo de peregrinos que se dispersaron en el lugar, como si así hubiera estado marcado por un designio desconocido. Cada quien cogió por su lado y él se quedó ahí, sin saber qué hacer. Los vecinos eran benévolos y le proveyeron de lo mínimo para sobrevivir. Él, en correspondencia, comenzó a hablarles de lo que está detrás de los montes y más allá de las nubes; y su labia era penetrante aun en las ánimas que parecían ajenas a toda forma de reflexión. Uno de los vecinos por fin lo encaró: “¿Qué querés de nosotros?” Silencio. Los que estaban en torno observaron alternativamente al cuestionador y al cuestionado. Este último comenzó a caminar alejándose. Entonces los presentes comenzaron a seguirlo. Quizás el grupo de peregrinos se había reconstituido. Siguió la marcha y el lugar quedó abandonado.

1473. EL PODER DE EVOCAR

París seguía en su memoria como la estampa más visible. Llegó ahora después de años, y le pareció sin vacilación alguna que sólo habían transcurrido minutos. Se fue a hospedar en una residencia modesta, allá en Boulogne-Billancourt, esa zona donde estuvo la primera vez, allá en sus 14 años. Salió a la calle de inmediato. Sí, era el sitio: el 118, Rue du Chateau. Se fue a caminar por los entornos. Todo igual, exactamente igual. Entonces tuvo la duda y se lo preguntó sin ambages: ¿Es que hoy el mundo externo es sólo mi memoria? ¡Ojalá, ojalá, ojalá!

Portafolios de vida

PORTAFOLIOS DE VIDA

Cuando concluyó su carrera universitaria tuvo la inmediata sensación de que sin tardanza le sería imperativo hacer dos cosas cuanto antes: montar negocio y formar familia. En ninguno de los dos campos tenía nada preparado, ni siquiera imaginado. Afortunadamente, había dos consejeros disponibles: su tío Max y su tía Elsa, en ese orden. Lo curioso era que ni Elsa ni Max eran parientes entre sí, ni tampoco eran consanguíneos con él. ¿Entonces? Vecinos inmediatos en su primera infancia, fueron grandes amigos de sus padres; y cuando estos murieron en un accidente vial, él se quedó viviendo alternativamente con Max y con Elsa, que vivían solos, cada quien en su casita, ambas exactamente iguales, como todas las del pasaje. Lo que dejaron sus padres bastó para llevarlo a donde estaba.
Ahora era arquitecto de interiores, y tenía el futuro por delante, como dice la frase de cajón. Entonces se dio cuenta de que nunca se había puesto a pensar en el futuro, y quizás por eso estaba de pronto poseído por aquella inesperada forma de ansiedad. Había que acudir a la tía Elsa y al tío Max, a los que en los tiempos más recientes veía cada vez menos, porque en los dos últimos años de la carrera alquiló un pequeño apartamento en una colonia casi suburbana.
—Hola, tía. ¿Está desocupada para que hablemos?
Hablaron, y ya para terminar la plática junto al ventanal con cortinas de cretona multicolor, una frase de la tía Elsa quedó aleteando en el aire saturado de mirras y alcanfores:
—Te doy un consejo, mi niño: volvé al parquecito aquel al que te llevaban de chiquito. Te subís al columpio que tanto te gustaba y te quedás meciéndote un buen rato. Ya vas a ver.
Un par de días después, se repitió la pregunta, esta vez dirigida al tío Max:
— Hola, tío. ¿Está desocupado para que hablemos?
Hablaron, y ya para terminar la plática en el saloncito con aire a oficina que le servía al tío Max para no desprenderse del todo de su ya concluido ajetreo de hombre de negocios de mediana fortuna, el tío se resumió a sí mismo con la habilidad que le caracterizaba para eso:
—Te voy a repetir algo que ya te dije de distintas maneras a lo largo de la vida: nunca permitas que tu libertad tenga precio. La vida es la mejor fortuna de todas, pero para que esa fortuna prospere hay que administrar muy bien los otros bienes. Hay que ser inversionista astuto y feliz. Y en lo propio. Nada de empleos, mi amigo.
El mismo día en que fue al banco a solicitar un préstamo personal para empezar a montar su propia empresa destinada al diseño y la habilitación de interiores pasó por el parquecito de la infancia. La respuesta del oficial bancario había sido prometedora: estaban por estimular el emprendimiento; y de inmediato le hizo cita para un día después con la gerente encargada de procesar solicitudes.
El parque de ahora se hallaba casi abandonado, pero el columpio sobrevivía. Como no había nadie, no tuvo reparo en subirse en él. A los primeros movimientos se le hizo presente la imagen. La niña de rizos casi rubios, que le seguía con los ojos. Imagen inolvidable olvidada por tanto tiempo.
Acudió a la cita en el banco a la hora señalada. Lo pasaron a un despacho que en aquel momento estaba vacío. En unos minutos apareció la gerente y lo saludó con gesto profesional. Él se tambaleó por dentro, como si aún estuviera meciéndose en el columpio. Ella le entregó su tarjeta.
— Ah, entonces sí. Eres tú.
—¿Disculpe…?
— Adriana, te saluda Vinicio.
Eran ellos, claro. Podían empezar a vivir. Y, por supuesto, crédito aprobado en todos los sentidos.

VACACIONES PARALELAS

Claire, Pamela, Hope, Amarilis, Samantha… Era mediodía, hora de embarcación temprana. Se habían instalado ya en sus cabinas respectivas, y estaban luego en el Panorama Lounge, tomando sus respectivos tazones de bouillon con unas gotas de jerez y las cucharaditas de parmesano y de perejil al gusto.
— Libres, como siempre, con el mar por delante. Perdón por el bostezo.
— Qué rico es respirar a pleno pulmón. ¡Me pasaste el bostezo!
— Respiremos, pues, como las diosas distraídas que transitaban por estos lugares…
— Libres y felices. Aunque ahora lo que yo tengo es sueño.
— Lo merecemos, ¿verdad? ¡A soñar se ha dicho!
Las cinco amigas, que lo habían sido desde siempre, lo que en verdad celebraban una vez más era estar libres por algunos días de sus responsabilidades hogareñas, y sobre todo hallarse lejos de sus respectivos maridos, tan rutinarios y aburridos los pobres. Y el eco de aquella liberación momentánea se hacía sentir en ultramar, en otra estancia donde los cinco hombres brindaban por su vacación tan ansiada. Nelson, Maurice, Álex, Giuliano, Walterio… Desde luego, no estaban flotando en el mar pero sí lo veían a través de los grandes ventanales de la sala de fiestas, rodeados de jovencitas diligentes que no cesaban de servir y sonreír, con todas las caricias en alerta.
— Ya escogí: voy a dormir en pelota, con una almohada sonriente.
— Yo antes voy a rezar mis oraciones favoritas.
— Esto es vida; lo demás es limosna de la vida.
— Lo desvelado nadie te lo quita.
— ¡Que viva la humedad fragante!

PÍCNIC DOMINICAL

Una mañana de domingo los interesados en adquirir aquella propiedad que había sido radiante ejemplo de bonanza y que en algún momento fue asaltada por el abandono llegaron a revisar todo lo existente, para saber si la compra podía serles beneficiosa. El portón principal daba la impresión de ser un acceso sellado, pero en uno de sus extremos quedaba una pequeña puerta, cuya cerradura de seguro correspondía a la llave que se les proporcionó para entrar. En efecto fue así. Ya adentro, la sensación que surgía de inmediato era la de estar en un bosque artificialmente conservado. Un bosque con ciertas trazas de jardín. Algunos arbustos florecían heroicamente. Y los senderos originarios, invadidos de maleza, eran identificables. Por uno se fueron desplazando, y a medida que avanzaban se les hacía patente que el lugar en verdad tuvo vida propia, con signos de exquisitez prometedora, que desde luego ya no mostraban ninguna vigencia.
Por fin se hallaron ante una especie de plazuela con diferentes perspectivas. Los visitantes se fueron por el rumbo que daba a un bloque de construcción evidentemente original. A medida que avanzaban se les hacía patente que en ese sitio había estado el epicentro humano de la zona. De pronto, en uno de los costados del sendero se hizo notar un grupo de personas que parecían estar gozando del pícnic dominical, por los manteles que tenías extendidos sobre la hierba y por los atuendos de los integrantes del grupo, en el que había hombres, mujeres, niños y una pareja de señores de mucha edad, que estaban en el centro del agasajo.
Desde el grupo les hicieron señales de que se acercaran. Acudieron, más por cortesía que por interés. Uno de los señores habló, como si hubiera estado esperando contar su historia:
— Gracias, amigos, por interesarse en este pequeño mundo que fue nuestro primer hogar. Ustedes quieren adquirir la propiedad entera, ¿verdad? Si lo hacen, tengan en cuenta que cualquier contrato al respecto tendrá una cláusula insoslayable: que se nos permita venir siquiera una vez al mes a hacer nuestro pícnic dominical. Con esa condición nos fuimos y con esa condición hemos estado sobrellevando nuestra nueva vida… Bueno, nueva, ejem…
— ¿Y quiénes son ustedes? –indagó uno de los compradores potenciales.
— Yo soy Adán y mi mujer es Eva. Estamos aquí con nuestros hijos y nietos, que vinieron, como ustedes, de otra galaxia…

Álbum de libélulas (178)

1458. JUEGO DE IDENTIDADES

Tenía toda la pinta de ser uno de esos varones dominantes que no admiten opinión alternativa de ninguna índole. Los gruñidos eran su signo de presentación, y desde el colegio le pusieron un mote característico: lobo feroz. Y para más coincidencia su apellido era Lobo. En la adolescencia, la gesticulación arrogante se acentuó aún más por obra y gracia del urgente brote hormonal. Los compañeros lo observaban con cautela y las compañeras lo veían de reojo. Y eso fue así hasta que llegó al primer curso universitario. Ahí estaba aquella nueva alumna llamada Cristal, que desde que lo vio le echó el ojo sin disimulo. Él se sorprendió, y ella tomó al lobo por las orejas: “Lobito, yo soy Cristal, pero de roca. Y te informo que en el kindergarten me llamaban Caperucita Roja. ¿Qué te parece, camarada? ¿Te animás al juego?”

1459. TÁCTICA DE CONTROL

El presidente de la empresa reunió aquella mañana a su consejo directivo, aunque la reunión no estaba programada de antemano. Ni siquiera había agenda disponible. Cuando todos estuvieron instalados en el salón cuyos ventanales daban hacia una lejanía boscosa, el conductor hizo gesto de bienvenida que tenía un inesperado toque de emoción. “Los he convocado para darles a conocer una decisión irreversible, que no puede esperar más”. Se quedó unos segundos en silencio, como si buscara encender la expectativa. Las expresiones de los asistentes parecieron hacerle gracia al que hablaba. “A ver: ¿quisieran adivinar de qué se trata?” Todos se miraron con desconcierto. El silencio hizo que él tomara impulso. “Si no se atreven, tampoco yo me atreveré a expresar mi decisión. Se irá conociendo en el día a día”. Entonces se levantaron todas las manos.

1460. EL PETATE DEL MUERTO

A raíz de que ella escogió como compañero a aquel músico que andaba por las calles recogiendo monedas de los transeúntes a cambio de unos rasgueos de guitarra realmente hábiles y de una voz encariñada con el falsete, la familia la puso entre la espada y la pared: “O ese bueno para nada o nosotros, tu familia segura”. Y el más belicoso era el hermano mayor, que trabajaba como contador en una empresa y siempre había sido la voz cantante en el ámbito familiar, del cual no se había desprendido para hacer vida propia. Él la amenazaba ya con visos de violencia si seguía con el “musicucho”. Ella estaba cada vez más temerosa y angustiada, y su marinovio trataba de convencerla de que se fuera de una vez con él. Esa tarde, entre abrazos húmedos, le dijo: “Mi amor, no te dejés vencer por el petate del muerto, cuando tenés el colchón del vivo a tu disposición”.

1461. ENTRE MENSAJES

Llegó de hacer su entrenamiento diario como todos los días: con la ropa empapada en sudor y con ganas de recostarse a ver sus programas favoritos en la tele, de esos románticos al tope. Esta vez, sin embargo, le esperaba una sorpresa desconcertante: ahí estaba Felicia, a quien no veía desde hacía años. Ella lo abrazó, sin importarle la humedad que él transmitía. “¿Cómo es que estás aquí? Yo te hacía en New Jersey, trabajando en lo tuyo”. Ella hizo un gesto casi lloroso: “Me deportaron. Con ese señor que ha llegado nadie está a salvo. Y lo primero que he hecho es venir a verte”. Él pensó: “¿A mí por qué?” Habían sido amigos de colegio, nada más. Ella entonces le tomó la mano y lo llevó a un aparte. “Unos días antes de que me agarraran soñé contigo. ¿Y sabés qué me decías?: Nos vamos a ver pronto, aunque tengás que sufrir un poquito”. Y aquí estoy, haciéndote caso”. Ni en la Tele pasan esas cosas.

1462. ESCAPAR DEL POZO

La mara tenía desde hacía tiempos el control de la colonia, y para todo había que contar con su permiso. Aunque los pobladores se habían ido acomodando a aquella sumisión pesarosa, por momentos los impulsos de rebelión eran inevitables, aunque nunca pasaban a los hechos, porque lo que estaba en juego era la vida misma. Para aquel muchacho dispuesto a ser alguien en el futuro, tal situación era un lazo al cuello. Estudiaba en un instituto público, y estaba a punto de bachillerarse. Una noche, sentó a sus padres –jornaleros disciplinados– y les dijo: “Vámonos de aquí, porque esto ya no se aguanta”. “¿Y a dónde nos vamos a ir, hijito?”, casi gimió la madre que lavaba ajeno. “A cualquier parte que no sea un pozo sin fondo como éste. ¿Qué les parece alguna playa donde lleguen los surfistas? Después de esta cárcel de la mara, la libertad del mar, ¡ajúa!”

1463. HASTA PRONTO, ESPESURA

Dicen que todos los caminos llevan a Roma; y el soñador nostálgico había hecho suya tal expresión con un pequeño cambio: todos los caminos llevan a la espesura del bosque. Atado visceralmente a aquel sentimiento, nunca había podido alejarse de su lugar de origen, que era una aldea entre montañas de antigua vegetación tupida. Aunque en ese lugar sólo había tenido acceso a la educación más elemental, las fuerzas interiores le hacían anhelar conocimientos desconocidos. Se dedicaba a la agricultura de siempre, pero algo le decía que había otros cultivos posibles. Y ese impulso, cada vez más intenso, lo movió hacia otras lejanías. Aquella mañana, al partir, se detuvo ante la boscosidad del entorno y le hizo saber: “Me alejo de ti, pero sé que nos vamos a encontrar donde voy a estar, de cualquier manera. Por eso sólo te digo: hasta pronto, hasta muy pronto”.

1464. PROPOSICIÓN IRRESISTIBLE

Mariluz tiene los días contados, pero no contados para morirse, sino contados para pasar aquí mismo a una vida de verdadera plenitud. Ha sido siempre una mujer encargada de su propia suerte, y por eso viene sintiendo que la suerte nunca le ha respondido como corresponde. En su vida personal y en su trabajo las cosas han ido saliendo simplemente okey, y por eso le pide constantemente a la Providencia que le permita un giro de calidad que aunque no sea de 180 grados al menos se acerque a eso. Entonces Alex, un amigo recién llegado casi de la nada, le hace una propuesta no prevista: “¿Qué te parece si nos vamos a vivir juntos en un valle sin límites? No te estoy haciendo una proposición sexual, aunque al final nunca se sabe. Allí podríamos dedicarnos a las artesanías espirituales… ¡María, dame tu luz!” La suerte ha hablado por fin.

1465. ESA PLAYA ESCONDIDA

Londonderry, en el norte de Irlanda, es un muestrario de serenidad. Por eso ha sido una especie de trampa virtuosa para el trotamundos acostumbrado a cambiar de climas. Llegó ahí en un pequeño barco turístico y no embarcó de nuevo, con el aviso correspondiente. Como estaba solo en el mundo, no había a quién darle parte de su decisión. Ahora sería un fantasma migratorio que se instalaría donde le viniera en gana. Se fue a un prado junto a la playa del río Foyle, rodeado de árboles frondosos, en el que ambulaban vacas lecheras. Sitio perfecto para pernoctar en paz.

Misterios de colmena

MISTERIOS DE COLMENA

El abuelo había sido un lector persistente y disciplinado, y su colección de libros abarcaba múltiples disciplinas, desde el Derecho, que era su especialidad, hasta las novelas costumbristas. Fue un apasionado de Hugo Wast, el novelista argentino tan popular en su época, allá en la primera mitad del siglo XX. El padre conservó la práctica, pero con menos pasión, reduciéndola a los textos de ciencia pura; y él apenas leía algún libro de vez en cuando, y siempre que fuera de temas esotéricos.

Cuando él se quedó en posesión de los bienes familiares, aquel enjambre de textos –porque en verdad eso le parecía– se le reveló como un universo gráfico que hubiera estado aguardándole desde mucho antes de nacer.

Todos aquellos libros no cabrían en ningún espacio de su vivienda y por eso dispuso heroicamente acudir a una biblioteca pública para proponer su donación. El encargado le agradeció el ofrecimiento pero se excusó de inmediato:

— Lo lamento: no nos queda ningún lugar disponible, porque además los libros físicos están cayendo rápidamente en desuso. Los textos electrónicos son una marea en ascenso…
Volvió a la casa y tuvo un impulso insospechado: irse a acompañar a los libros amontonados como si fueran indigentes que hubieran ido a buscar refugio.

Aquella noche fue él quien se refugió entre los montones de volúmenes hasta que el cansancio le cerró todas las persianas de la conciencia, salvo una, esa que estaba escondida detrás de una telaraña.

La apartó con suavidad casi religiosa, y así pudo pasar al interior de otra habitación, que parecía no tener paredes. ¿Qué era aquello: una ensoñación o un augurio?
De pronto, los volúmenes comenzaron a moverse detrás de él, acaso siguiéndole la pista. No volvió la mirada, pero sintió el avance, como si se tratara de una peregrinación de insectos.

Aquella sensación a la vez tan ambigua y tan tranquilizante no le produjo ninguna inquietud; por el contrario, le hacía estar anímicamente en equilibrio pleno, como nunca antes.
Entonces era cierto lo que presintió siempre: los libros, y sobre todo los libros heredados, tienen vida, y esa vida puede asumir las más variadas identidades.
Estaba en campo abierto; y cuando se vio ahí tuvo el impulso de girar la vista, para identificar a quienes le seguían.

Las carátulas de los libros parecían balsas voladoras que iban a integrarse en una estructura acogedora en algún ramaje de los entornos, y las páginas se habían vuelto minúsculas alas de abejas en tránsito hacia su destino…

Se arrodilló, en actitud de veneración extrema. A su alrededor, las abejas volaban como si él fuera el centro de una colmena misteriosa.

MISTERIOS DE VITRAL

Por efecto de la migración incontenible, que se había ido volviendo caudalosa en aquella parte periférica de la ciudad por efecto de los acosos delincuenciales crecientes, la capilla tradicional del lugar estaba casi siempre vacía, aun en los días de más actividad ritual. Como siempre, quedaban asiduos que eran fieles por encima de todas las adversidades, y curiosamente algunos eran muy mayores y otros eran muy jóvenes, como si las puntas del tiempo tendieran a encontrarse por efecto natural.

Pero llegó un día en que el oficiante del lugar fue destinado a otra parroquia en la que había una vacante y mucha feligresía.

Los fieles se sintieron abandonados, y aunque hubo algunas gestiones reparadoras ante las autoridades eclesiásticas, lo único que surgía de ellas era el ofrecimiento de una pronta restitución del servicio. Dichos fieles seguían reuniéndose en el lugar, porque alguien tenía las llaves en su poder.

Por impulso espontáneo, ahora ya no se reunían ante el altarcito mayor, donde la ausencia era lastimosa, sino alrededor del pequeño vitral que quién sabe cuándo había sido ubicado en una de las alas laterales. Era un vitral sencillo, casi rústico, en el que se mostraba una multitud alrededor de alguien que tenía notoria apariencia de personaje sagrado, quizás anónimo. Era obra de algún artesano de los entornos, que, sin embargo, tuvo siempre una luminosidad que parecía superior a cualquier adversidad. Un día, sin embargo, el vitral se mostraba apagado, como si se le hubieran acabado las fuentes de luz.

Uno de los asistentes reaccionó con premura automática, y en aquella penumbra era difícil saber si era uno de los mayores o uno de los jóvenes:

— ¡El vitral se ha ido de aquí, vamos a buscarlo!
Todos se miraron, tocados por la orden invitadora. Salieron con rapidez, y se detuvieron ante el reducido atrio. Alguien preguntó:
— ¿Para dónde vamos?

En un movimiento que tenía todos los visos de ser una orden interior, los asistentes se dirigieron a toda prisa hacia aquel bosquecillo que nadie había plantado y que se hallaba ahí, con todas sus malezas y bejucos desde que había memoria. Avanzaron hacia adentro, hasta llegar a aquel punto desconocido: un lugar limpio, pero oscuro como una catacumba. ¡Ahí estaba el vitral, resplandeciente a su estilo!

Todos cantaron llorando la alabanza a la sorprendente voluntad suprema. Ahora esa era la nueva iglesia, y alguno de los árboles del entorno sería cada vez el oficiante.

MISTERIOS DE CANTINA

Desde los inicios de la adolescencia su principal destino eran las cantinas de la ciudad, independientemente de la ubicación de las mismas. Él había nacido y se había criado en un barrio periférico, que fue yendo a menos por las nuevas tendencias urbanísticas que se imponían sin decir agua va; pero aun en los tiempos en que era un muchacho sencillo y sin recursos se las ingeniaba para acercarse de vez en cuando a los bares de más relieve, incluyendo a veces sitios verdaderamente exclusivos. ¿Cómo hacía para agenciarse fondos disponibles? Siempre fue un enigma, porque además no era alguien cuyas excentricidades pudieran hacer sospechar actividades opacas.

Cuando inició sus estudios universitarios pareció entrar en fase de anímico repliegue, como si las tareas en ese plano le fueran ganando la moral. El trayecto entre su casa y la universidad y viceversa era su nuevo y único destino, haciendo sentir que las cantinas habían desaparecido del mapa. Pero aquel día alternativamente lluvioso y soleado hubo un giro en el aire que le hizo quedarse a la expectativa mientras el bus casi vacío en el que viajaba se detenía de pronto en una de sus “paradas continuas”.

Solo subió un nuevo pasajero: aquella muchacha que tenía toda la pinta de pertenecer a uno de esos grupos de jóvenes que se dedican a las tropelías urbanas. Él se corrió en el asiento hacia la ventana, queriendo pasar inadvertido. Ella recorrió el entorno con la mirada y fue a sentarse precisamente junto a él. Le habló de inmediato en un susurro:

— Hola, al fin te encontré.
Él tiritó sin poder contenerse:
— ¿A mí? Yo no la conozco.
— Ah, pero yo sí. Te he visto muchas veces en las cantinas donde yo merodeo buscando víctimas…
— ¿Víctimas? –gimió él asustado.
— Sí, víctimas que quieran sufrir y gozar al mismo tiempo. En las cantinas siempre hay desconsolados que quisieran unos minutos de placer. Yo soy un hada compasiva y de eso vivo. La tarifa es módica y si me entusiasmo hasta puede ser un cariñoso encuentro de amigos. ¿Te animás?
Él entonces pareció haber sido tocado por una corriente irresistible. En la boca el sabor de un líquido fragante; en los músculos la caricia de un ensueño vivo…
— ¿Y solo en una cantina se puede? Es que últimamente ya no voy por ahí…
— En la cantina se empieza… ¿Estás cambiando de vida, verdad? Pues yo te voy a enseñar cómo ganar lo nuevo sin perder lo viejo… ¡Mirá, ahí nomás está una de tus cantinas favoritas! ¿Nos bajamos?
Él se incorporó de súbito, como si lo moviera un resorte irresistible. Se bajaron. Era en verdad una de sus favoritas: “Tiempos mejores”.