Instrucciones mágicas para sonreír

Entretenimiento. Diego Vargas, el instructor del grupo,
no pretende más que el curso se convierta en entretenimiento.
Esa es su ambición: recobrar el poder de una sonrisa en toda vida.

“Escoja una carta, la que quiera; muéstrela a todos excepto a mí”, me dice Lawrence. Tiene los ojos rasgados y la voz delgada, como las manos con las que revuelve el mazo. Frente a mí, me dice que escoja la carta que yo quiera, que la ponga aquí, que la acomode allá, que ponga estas cartas encima de las otras. Que lo vea a los ojos porque va a encontrar mi carta por medio de telepatía. Después de 20 segundos de escudriñar intensamente en mis ojos, se ríe quedito.

“Cinco de corazones”, dice casi en murmuro.

El aula explota en aplausos. Tiene razón, por supuesto, pero lo que importa no es eso: lo que importa es la euforia, la intensa alegría con la que el corazón se acelera cuando la magia ocurre.

La barrera del lenguaje dificultaba su labor y lo obligó a encontrar soluciones. Las encontró en la magia, porque decía que la magia es un lenguaje, uno que rompe todo tipo de dificultades: la sorpresa ante un acto efectivo es universal, como reír, como sentirse feliz. Entre desplazados africanos, Verner encontró no solo una forma de comunicarse de forma efectiva con ellos, sino el futuro de su vida.

La magia le gana a las palabras: no se puede explicar en texto la sensación de algarabía, tan pura, tan genuina, que provoca ver la carta que aparece de la nada, las bolitas que se multiplican, los libros que a una persona le muestran una cosa y a otras, otra. Esa misma algarabía se potencia cuando la magia está en las manos de cinco adolescentes.
¿Cómo lo hacen? Imposible sacarles la respuesta: un buen mago nunca revela sus secretos.

Desde hace año y dos meses, cinco aprendices de magos, del distrito de Tirrases de Curridabat (en la provincia de San José, Costa Rica), dedican las tardes de sus miércoles a aprender estos secretos y, de paso, a mejorar sus vidas, a ser más felices, a sonreír más.

Juntos, forman un grupo dirigido por Diego Vargas, un mago profesional costarricense, y son parte de la organización Magos sin Fronteras, cuya misión –tender un puente accesible entre la magia y jóvenes en situaciones socioeconómicas complicadas– trasciende los trucos, las cartas y las ilusiones; trasciende los problemas, la pobreza y las preocupaciones: la magia no sabe nada de esas fronteras que nos inventamos.

Lenguaje universal

Magos sin Fronteras es una organización internacional que nació en 2002 cuando Tom Verner abandonó su trabajo de 35 años como profesor de psicología y se marchó a África, para trabajar en campos de refugiados.

La barrera del lenguaje dificultaba su labor y lo obligó a encontrar soluciones. Las encontró en la magia, porque decía que la magia es un lenguaje, uno que rompe todo tipo de dificultades: la sorpresa ante un acto efectivo es universal, como reír, como sentirse feliz. Entre desplazados africanos, Verner encontró no solo una forma de comunicarse de forma efectiva con ellos, sino el futuro de su vida.

Fundó, entonces, Magos sin Fronteras y se marchó, en 2007, a El Salvador. Allí se organizó el primer grupo, que empezó a impartir lecciones de magia a jóvenes de zonas conflictivas y violentas, controladas por las mayores pandillas del país centroamericano.

Era una forma de empoderarlos, de darles herramientas para la vida; tal como lo hace Diego con sus cinco aprendices: Adal, Abraham, Francisco, Lawrence y Vale, la única mujer, pero ciertamente no la última: ya el grupo está moviéndose para integrar a más chicas.

La historia de Magos sin Fronteras Costa Rica no se puede contar sin el relato, precisamente, de Diego, quien comenzó su carrera como mago en 2009, dando sus primeros shows cuando tenía 17 años, más o menos.

De pequeño, su padre decía que hacía magia; no lo hacía: hacía trucos, que no son lo mismo porque, explica Diego, “la magia es un arte y una pasión”. Es decir, que no es algo ocasional, algo que tuvo claro casi desde que una tía suya le regaló un kit de magia que lo enloqueció durante su niñez. Más lo enloqueció, sin embargo, la reacción de un primo suyo ante un sencillo acto con una copa y una bolita.

“Mi pasión es hacer reír a la gente”, cuenta, como si hiciera falta: en la práctica es evidente. Así se ha ganado la admiración y el respeto de sus aprendices, quienes asisten todos los miércoles, durante dos horas, a La Cometa, un proyecto comunal en Tirrases donde, además de magia, se imparten todo tipo de cursos culturales y educativos a los vecinos. Ahí, varios lugareños recién ahora encuentran, gracias a la comunidad, el apoyo para concluir sus estudios de bachillerato, por ejemplo.

Después de que Diego terminó el colegio, conoció a varios magos profesionales que lo inspiraron. Más tarde tuvo su primer espectáculo en la casa de un primo. Ya no había vuelta atrás. En 2011 viajó a Guatemala a estudiar magia y desde entonces no se ha detenido: en 2013 fue a Chile; este año a Colombia, Uruguay y Argentina.

“Cuando estaba pequeño decía que quería ser mago, pero ni yo me lo creía”. Ahora sí: Diego ofrece shows a empresas y organizaciones de todo tipo, se ha presentado fuera del país en varias ocasiones, ha entablado relaciones cercanas con varios de los mejores magos del planeta y, todavía, apenas con 25 años, sigue puliendo su arte.
Nada, sin embargo, se le compara a su misión actual: mostrarles el camino de la magia a sus estudiantes.

Alumnos sentados en círculo
Los requisitos para estar. Para formar parte del grupo, los muchachos deben cumplir con varias reglas que son inflexibles, la primera de las cuales es que no pueden salirse del colegio.

Misión

Comenzó con visitas a cárceles y hospitales. Luego, en 2011, Diego asistió a una actividad en la Universidad Latinoamericana de Ciencia y Tecnología (ULACIT), durante una visita de Patch Adams, el famoso médico payaso. Diego pudo conversar con otro payaso experto en risoterapia, quien le contó de Magos sin Fronteras.

“No lo podía creer. Volví a mi casa a buscar lo que pudiera encontrar. 2011, internet de zona rural: duré dos horas cargando un video de cuatro minutos. Era Tom Verner hablando y haciendo magia. Me volví loco. Lo busqué y agregué en Facebook. Me aceptó y le escribí un mensaje”.

Ese mensaje no tendría respuesta. No de inmediato, en todo caso. Durante los siguientes cuatro años, Diego siguió labrando su carrera y trabajando con distintas organizaciones benéficas en todo el país.

Entonces, en 2015, puf, magia. Una persona de la compañía Business Development Advisors se le acercó para confirmarle que las cosas suceden cuando tienen que suceder: “Diego, queremos traer Magos sin Fronteras a Costa Rica y estamos buscando un mago”.

“En 2011, cuando le escribí a Tom, yo no era el mago que soy ahorita. No tenía los recursos ni los contactos ni nada. Por dicha fue ahorita”, reflexiona Diego. “Para traer el grupo, buscaban a un mago que quisiera hacer esto: venir a sentarse con un grupo de muchachos y enseñarles. Y hacerlo por nada. Bueno, no: por mucho, pero por nada económico”.

Su mayor deseo, sin embargo, es el de presenciar esos relatos en sus aprendices. “No buscamos formar magos profesionales, buscamos que hagan lo que quieran; que la magia les sirva para pagarse sus estudios o para hacer reír a la gente o para lo que sea”.

Durante los siguientes meses, Diego visitaría y conocería a los grupos de Magos sin Fronteras en El Salvador y Colombia, y finalmente conocería a Tom Verner. De esos lugares, y del fundador de la organización, se nutriría para entregarse de lleno a su propia filial en Costa Rica.

“Los profesores en El Salvador comenzaron como estudiantes cuando el grupo inició. Sueño con ver a alguno de estos chicos dando clases de magia en el futuro”.
La versión colombiana opera en Ciudad Bolívar, una de las zonas más conflictivas de Bogotá. Diego pudo visitarlos en septiembre del año pasado, dos semanas antes de que el grupo viajara a Nueva York a presentar un espectáculo en Broadway.

“Subimos a un lugar lejísimos, más arriba de Ciudad Bolívar, donde no llega ni la pobreza. Ahí, en medio de la nada, está la sede de una ONG donde los chicos de Colombia se presentaron para los vecinos de la comunidad”.

Al concluir la presentación, los vecinos de la localidad agradecieron a Magos sin Fronteras por su arte y por representar a Ciudad Bolívar “y demostrar que aquí hay gente buena”. El último niño en hablar les extendió un sobre que decía “De ciudad Bolívar a Nueva York”. “Y juntamos plata para ayudarles en el viaje”, dijo al ofrecérselos.

“La magia no conoce de clases sociales”, dice Diego. “La magia es pa’ todos”.
Esa lección está impregnada en cada una de las clases que Magos sin Fronteras Costa Rica ofrece a sus aprendices en Tirrases. Cuando la magia fluye, los estigmas y los problemas quedan de lado.

Escuela de magia

Vale estaba en clases de religión, en el Colegio Técnico Profesional Uladislao Gámez Solano, de Tirrases –el mismo al que asisten los cinco chicos–, cuando Diego pasó por el aula y le hizo el “acto de las bolitas” al profesor: una y otra vez, Diego multiplicaba una bolita de espuma que estaba oculta en la mano del profe: cuando el profesor creía que solo tenía una, Diego le mostraba tres.

“Ese mismo día llegué a decirle a mami que tenía que venir a La Cometa para inscribirme”, cuenta la muchacha.

Los cinco comparten historias similares. Abraham estaba en clases de Educación Física cuando Diego se le acercó y vomitó cartas. “Ay, perdón”, le dijo al muchacho con la boca abierta, “me cayó mal el almuerzo”.

Adal estaba en clases de español; cuando Diego pasó, comenzó a sacar cartas del pelo de la profesora. Diego no sabía a quién tenía enfrente: desde sus cinco años, cuando una tía suya le regaló una cajita que desaparecía monedas, Adal quedó fascinado por la magia. “Ha sido de las mejores cosas que me han pasado en la vida”, dice.

Francisco también era fanático desde pequeño. “Me iba al parque y ahí veía a los magos que llegaban. Yo pensaba qué chiva, yo quiero ser mago cuando sea grande. Nunca pensé que llegaría a esto, pero desde esa fecha era mi meta”, cuenta. “Con el tiempo uno cambia y me olvidé un poco de eso, hasta que un día en la fila del comedor, vi a Diego cambiar una carta en otra y yo pensé que tenía que aprender a hacer eso. Vine con unos amigos que ya no están, pero yo seguí. Es bonito. Me gusta que, de tantas personas que hay, somos los únicos magos sin fronteras de Costa Rica. En Centroamérica solo hay 12, y entre esos estamos nosotros. Es algo para que se inspiren los demás de que, diay, pueden lograr lo que se propongan”.

Lawrence, el más tímido e introvertido del grupo, dice que le gustó el truco de las bolitas. “Fue eso lo que me gustó y vine. Y no sé. Sí, me gusta. Sí”.

Sus compañeros se ríen y él también. Cuenta Diego que, en el año y dos meses que la organización ha funcionado, los muchachos han demostrado un tremendo crecimiento no solo en la práctica de la magia, sino como seres humanos: “El grupo enseña a hablar en público, a desenvolverse con mayor facilidad, a ser constantes y disciplinados”.

Necesidad básica

Para Diego, la magia es todo. Es su vida, porque su vida es hacer reír a los demás y con la magia, su superpoder, como lo llama, puede hacerlo al instante.

Algún tiempo atrás, por ejemplo, caminaba por la calle cuando un hombre lo alcanzó y comenzó a caminar a su lado con mala pinta: Diego estaba seguro de que lo iba a asaltar. Para ganar tiempo, sacó de su bolsillo un mazo de cartas y comenzó a hacer trucos mientras caminaba. El hombre se le quedó viendo y, cuando llegaron a una esquina, le dijo: “Mae, qué rajado, ¿cómo hace eso?”

“¿Qué cosa?”, le respondió Diego, mientras hacía desaparecer cartas y las encontraba, por ejemplo, detrás de la oreja del muchacho quien, maravillado, en lugar de asaltarlo le dio una moneda de 100 colones como agradecimiento.

No es su única historia; todas las páginas de esta revista podrían estar repletas de relatos mágicos.

Su mayor deseo, sin embargo, es el de presenciar esos relatos en sus aprendices. “No buscamos formar magos profesionales, buscamos que hagan lo que quieran; que la magia les sirva para pagarse sus estudios o para hacer reír a la gente o para lo que sea”.
Magos sin Fronteras, cuenta, busca sobre todo entretener. “La gente tiene un estigma con entretener. Nos hace falta sonreír más. Todos sabemos hacerlo. Un bebé nace sabiendo sonreír y de grandes no lo hacemos lo suficiente. Sonreír es una necesidad básica”.

El curso. Las clases de Magos sin Fronteras no son rígidas: se adaptan a las necesidades del contexto. A veces estudian historia de la magia, a veces practican actos nuevos.

(Sobre)Vivir entre ceniza

Ganado. En La Pastora, los pastos lucen saludables. Sin embargo, los ganaderos de la zona tienen que traer pastos de otras zonas para alimentar el ganado. También se han implementado invernaderos en los cuales permanece el ganado durante los días con más ceniza.

Un sembradío perdido se parece mucho a un cementerio. No solamente en el sentido más estricto –un terreno amplio y silencioso lleno de cosas muertas–, sino incluso en los más improbables: cuando uno camina entre plantíos de papa muerta –muerta antes de siquiera salir de la tierra, de dar frutos–, es sencillo percibir una sensación de lamento, de pérdida y, para quienes no somos más que testigos de la tragedia y no víctimas directas, también de respeto distante.

La muerte, como el cariño, tiene muchas formas.

Es probable que don Greivin Brenes no sintiera particular cariño por sus plantaciones de papa, pero cuando se trabaja arduamente, de sol a sol, durante meses en una siembra –o, realmente, en cualquier otro tipo de empresa– es inevitable desarrollar una relación con las pequeñas plantas verdes, miles de ellas repartidas a lo largo de cientos de hileras.

Más aún cuando de las legumbres depende el bienestar de una –o de varias– familias. Cuando esa consigna se asoma por la cabeza mientras uno camina entre papa muerta, la sensación de estar en un cementerio incrementa y golpea fuerte en la boca del estómago.
Es difícil dimensionar que una catástrofe como esta sea producto de un polvito gris que cae del cielo.

La ceniza es un enemigo inclemente y astuto, capaz de camuflarse entre los sembradíos y, en tiempo récord, inutilizarlos y convertirlos en tierra muerta.

Los campos sembrados con papa de Greivin Brenes dominan parte del paisaje que atraviesa la carretera. El camino, como una gran serpiente grisácea, trepa desde Santa Cruz hasta La Central, un pueblo forzosamente abandonado donde se ubica un minúsculo puesto del Ministerio de Ambiente y Energía (Minae) que cierra el paso: a la cresta del Volcán Turrialba solo pueden subir quienes cuenten con el beneplácito del gobierno costarricense.

Vivir a las faldas de un volcán en actividad –o vivir de lo que en ellas se produce– es un ejercicio de constante preocupación y, también, de fe ciega: no queda más que sembrar y mirar al cielo esperando que el volcán perdone, que la naturaleza sea piadosa, que no caiga más ceniza.
Aunque las erupciones del Poás –principalmente– y el Rincón de la Vieja han acaparado, y con razones, la atención mediática en semanas recientes, los vecinos del Volcán Turrialba viven en un permanente estado de alerta.

No hacen falta ríos de lava, temblores o erupciones –aunque las segundas sí ocurren con alguna regularidad– para sentir la sombra perenne del volcán.
A las faldas del coloso, la cotidianidad se siente como un riesgo engañoso: un buen día, el trabajo y el sustento, la tranquilidad y la serenidad, pueden quedar reducidos a ceniza.

Retumbos

“A todo se acostumbra uno. Un día de estos, un vecino me dijo: ‘Eli, ¿escuchaste el volcán?’, y yo ni me había dado cuenta. Durante el día uno no se da cuenta, porque pasan carros y uno está ocupado, pero por las noches siempre suena”.

Elieth Romero conoce de primera mano los efectos de la ceniza que arroja el volcán. Sabe, como lo sabe don Greivin Brenes, que en una noche de rocío gris, el esfuerzo de meses de trabajo puede convertirse en un triste recuerdo. Sabe, también, que convivir con un volcán activo es una lucha de todos los días, una que no da tregua.

Elieth vive, junto a su esposo, Francisco Díaz, y sus tres hijos, en una finca ubicada en San Antonio de Santa Cruz de Turrialba, en una bifurcación de la carretera que conduce al Monumento Nacional Guayabo. El pico del volcán se encuentra al noroeste, una casualidad geográfica que durante mucho tiempo los mantuvo a salvo de la fuerza destructiva de la montaña.

***

Entre gris. Tras recorrer varios kilómetros, el río Aquiares todavía arrastra muchísima ceniza causal abajo.

Fue hace poco más que una década–el 31 de marzo de 2007– cuando el Volcán Turrialba comenzó a mostrar señales de actividad, tras muchos años de relativa calma. Algunas erupciones de ceniza causaron la quema y calcinación de los cultivos ubicados en el flanco noroeste, producto de la lluvia ácida que resultó de la expulsión de la misma ceniza en combinación con el clima lluvioso propio de la zona.

De acuerdo con el archivo de La Nación , entre 2009 y 2013 hubo ocasionales columnas de vapor de varios kilómetros de alto, así como erupciones de materiales finos. Los sedimentos fueron arrastrados por el viento hacia el interior del país, y así la ceniza se convirtió en un tema de conversación importante para personas en zonas alejadas como Desamparados, Aserrí y Coronado, así como zonas en Cartago como el cantón de Oreamuno.

En enero de 2010, el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica (Ovsicori) confirmó que el volcán estaba “en capacidad para expulsar materiales más pesados a la atmósfera”. Es decir, que el Turrialba se estaba preparado para un período de actividad mucho mayor.

En efecto, a partir de 2014 el Volcán Turrialba ha protagonizado un ciclo eruptivo constante que ha puesto en jaque a los vecinos y en aprietos a las autoridades. Detener el poderío de un volcán es imposible; contrarrestarlo, agotador y, muchas veces, poco efectivo.
Nadie sabe cuándo pasará el peligro, nadie sabe cuándo se acabará la ceniza.

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Acumulación. El techo de invernadero suministrado por el MAG a productores de la zona. Está cubierto de ceniza.

Para ir –cuando se podía– de su casa al cráter del volcán, Elieth, Francisco y su familia deben recorrer unos 20 kilómetros de camino empinado. En línea recta y sin obstáculos, sin embargo, atravesando los cielos como lo haría un pájaro –o la ceniza–, apenas hay siete kilómetros de distancia entre un punto y el otro.

Pese a esta cercanía, durante años la amenaza del volcán fue un problema muy real que, por fortuna, los había esquivado a los Díaz Romero y a los demás vecinos de San Antonio. Las cosas comenzaron a cambiar, sin embargo, hace medio año.

“Los problemas comenzaron de unos seis meses para acá. Antes de eso estaba normal; bueno, normal para nosotros, solo afectaba para allá”, cuenta Elieth señalando hacia el oeste, donde hasta hace poco se habían concentrado los efectos devastadores de las erupciones. “Ahora empezó a quemar a la redonda. El humo se empezó a tirar de este lado”.

Cuenta Elieth que, durante los primeros ocho días de erupciones no hubo un solo momento del día en que no cayera ceniza sobre los campos. Los retumbos también eran constantes: “A partir de medianoche, se vuelve insoportable y no deja dormir de lo duro que suena. Es como tener una olla de presión en la cocina; usted oye donde viene subiendo. Es oír un jet todo la noche”.

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El pick up de Didier Quesada apenas se puede ver debajo de una docena de cargas de pasto cortado. El pesado trabajo de carga lo hacen él y Horacio Brenes Bravo, un peón que le ayuda y que, cuentan, es sobrino de Jorge Debravo. Entre ambos, se encargan de acomodar kilos y kilos de pastura en el cajón del vehículo, que cada vez se ve más diminuto. El trabajo de corte y carga es desgastante y extenuante, toma el día entero, pero es necesario.

“La última caída de ceniza afectó mucho los pastos y los animales no pueden comérselo. Hay que cortar la pastura y lavarla, o por lo menos sacudirla, porque es bastante ceniza la que cae”, cuenta Quesada.

Para pequeños ganaderos como él, detener la producción es imposible y toca ingeniárselas como sea posible. Por eso, desde que despunta la mañana, el sobrino del mayor poeta en la historia de este país se dedica a volar machete. El pasto se les da de comer a las vacas, pero es insuficiente.

“Hemos tenido pérdidas en la producción de leche”, cuenta Quesada. “La ceniza afecta a los animales cuando la comen, y también cuando la respiran. Se enferman mucho. El MAG (Ministerio de Agricultura y Ganadería) ha ayudado repartiendo pacas y otras cosas, pero es apenas para sobrevivir porque no hay abasto”.

Quesada también cuenta que su familia se ha visto afectada: su esposa padece de alergias y sus hijos presentan algunos problemas respiratorios y tos cuando la caída de ceniza se intensifica y el olor a azufre se vuelve un mal que no pasa.

Guillermo Solano, quien se dedica a la producción de leche, también ha visto comprometida su estabilidad económica. Su finca, ubicada muy cerca del puesto que restringe el paso hacia el cráter, ha sufrido severas pérdidas tanto para él como para los pocos vecinos que todavía se mantienen en la zona. La Central, el último asentamiento antes de la cima, es un pueblo fantasma.

“La ceniza provoca muchos problemas, pero yo prefiero que vaya soltando la presión así, poco a poco. Prefiero eso en lugar de que haya una gran explosión y no nos queda nada”, dice Solano.

***

Hace unos dos, tres meses, Elieth se despertó con una espinita en el corazón que no la dejaba tranquila. Presentía que la noche había sido cruel y cuando salió de la casa lo confirmó: había caído ceniza sin parar durante sepa Dios cuántas horas.

Sin pensarlo, con el corazón estrujado, se lanzó a la carrera a través de la finca en dirección al corazón del terreno, donde estaban los cortes de tomate en los que su familia había trabajado durante unos cinco meses.

Cuando finalmente llegó a su destino, supo que su corazón no se había equivocado. La ceniza había convertido los frutos rojos en bolas negras, muertas, que se deshacían al tacto y que, por supuesto, ya no podrían venderse.

Elieth estima que se perdieron unos ¢2 millones. En una sola noche, medio año de trabajo se perdió.

Todavía quedan, a medio enterrar entre la tierra, los remanentes de la malla utilizada para sostener aquellas plantas. Es una huella, tirada entre la maleza, de lo que pudo ser; a la vez, es un recordatorio de que ahí, asomándose entre las nubes, está inamovible el volcán.

“Una vez un vulcanólogo nos dijo, en una reunión comunal, que nosotros no estábamos viendo una cosa: ‘El volcán está recuperando la tierra que un día ustedes la quitaron. Se apoderaron de dos kilómetros de cono principal que él tiene que quemar. Hasta que él no termine de hacer eso, no va a explotar como tiene que hacerlo’”.

Si el peligro es latente, y su posibilidad es imprevisible, la pregunta brota fácil a la superficie: ¿por qué quedarse allí? En muchos casos, la respuesta es de índole económica: nunca es fácil dejarlo todo botado y trasladarse a otro destino, más aún cuando el bienestar depende de lo que se produce en la tierra. Además, entre los vecinos de la zona abundan los rumores de familias que dejaron sus fincas para irse a tierras más tranquilas y ahora apenas si logran sobrevivir.

Pero, después de todo, quizás el factor de más peso no tiene que ver con dinero. Tiene que ver con algo mucho más simple.

Este es su hogar.

“Llevamos más de 20 años en esta finca, y hemos vivido en esta zona toda la vida. Yo no me voy a ir. Después de que pasó lo de los tomates que perdimos”, recuerda Elieth, “mi hijo mayor se me acercó y me dijo: ‘Mami, nosotros de aquí nos vamos solamente cuando ese volcán estalle y ya no quede de otra’. Y tiene razón”.

A salvo. Víctor Paniagua, peón de la finca de Francisco Díaz, trabaja un corte de tomate que no ha sido afectado por la ceniza.