“La música del pueblo tiene a Colombia en el panorama internacional”

Simón Mejía y Li Saumet, de Bomba Estéreo, conversaron con la revista BOCAS.
Li Saumet

Faltan cuatro horas para que Li Saumet se convierta en un dragón. Por ahora se entretiene chupando una paleta de melón coreana en el asiento trasero de la camioneta Toyota que acaba de arrancar dejando atrás el hotel Kabuki, en el barrio japonés de San Francisco. Viste pantalones blancos, botines de cuero rosa, chaqueta de jean con un colorido parche en la espalda.

Simón Mejía mira por la ventana una de las tantas calles empinadas de San Francisco. Tiene el pelo teñido de amarillo pálido, una chaqueta rompevientos, jeans grises y tenis azules. Su voz es un vaivén pausado, como si hablara sentado en una mecedora invisible. Ahora dice:

—Estas calles me recuerdan una película de los ochenta. No, era una serie: “Calles de San Francisco”… El protagonista era Michael Douglas. Siempre había persecuciones donde los carros se pegaban por debajo contra el pavimento y sacaban chispas.

Li no recuerda la serie. En cambio se acuerda de otra cuyo escenario también era San Francisco:

—A mí me encantaba una que se llamaba “Full House” –dice, mientras publica algo en su cuenta de Instagram–. Una de unas gemelas que eran bebés, las hermanas Olsen, que vivían con los tíos. ¿No te acuerdas?

Simón responde apretando la boca mientras niega con la cabeza.

—No te creo, Simón. Todo el mundo vio esa serie –dice Li, sosteniendo el palo de paleta en la mano.

La tarde de Simón y Li comienza así, recordando enlatados ochenteros. Sin ansiedad y sin afanes, como si se encaminaran a un almuerzo entre amigos y no al Golden Gate Park: 4 kilómetros cuadrados revestidos de prados, lagos y eucaliptos donde se celebra uno de los festivales de música más grandes de Estados Unidos: Outside Lands, que congrega a unas 220,000 personas.

Allí los esperan sus aficionados ansiosos por escuchar “Somos dos”, “Fuego”, “Soy yo”. Esperan a Bomba Estéreo. Habría que pasar por encima de muchos recuerdos, como quien oprime el botón de rewind en un viejo reproductor de video, para llegar al día en que Li y Simón se conocieron, hace 12 años. Y cuando grabaron su primera canción, “Huepajé”, cuya letra compuso Li en apenas 45 minutos. O a esos días en que amenizaron clases de baile en bares de Bristol y otras ciudades de Inglaterra, épocas de conciertos exitosos y ganancias escasas.

La trayectoria de Bomba Estéreo se podría resumir así: cinco discos grabados –dos de los cuales recibieron disco de oro–, dos nominaciones al Grammy, un premio a la mejor banda del mundo según MTV Iggy, otro a mejor nueva banda en 2012 de iTunes Latinoamérica.

El grupo colombiano lleva más de cinco años tocando en festivales como Coachella, Lollapalooza y Glastonbury, compartiendo carteles con artistas tan influyentes como Stevie Wonder, Robert Plant, Gorillaz y Arcade Fire, a quien le abrirán varios conciertos, entre ellos el de Bogotá, en diciembre de este año. El cantante de esa banda, Win Butler, los vio en Montreal y, según dijo, quedó impactado por el encanto sicodélico de Bomba Estéreo, una agrupación que ha logrado un exitoso modelo de negocio en el que las presentaciones en festivales constituyen el 70 % de sus ingresos.

Yo creo que el universo es perfecto, que cada cosa tiene un camino y un fin. Nada es fortuito. Al final yo tenía que hacer esto, entre muchas otras cosas. Porque no soy solo la cantante de Bomba Estéreo. Es uno de los roles que tengo que realizar en la vida. Me gusta más ser una artista integral. Ser solo la cantante de una banda puede ser aburrido, al menos para mí. No es que no sea emocionante, lo que pasa es que ser un personaje no me llama la atención. A mí me gusta pintar, hacer performance.

Simón Mejía

Al llegar al Golden Gate Park, nos espera un pequeño “buggy” que conduce un hombre muy blanco, alto, gordo y sonriente, de mejillas rojizas y barba blanca. Una suerte de Papá Noel en trineo de motor que conduce a través de senderos a donde solo llegan los artistas. Para un amante de la música, la travesía se parece un poco a esa película en la que Willy Wonka desvela a un puñado de niños los secretos que se esconden tras los muros de su fábrica de chocolates.

Una a una las puertas de acceso restringido se abren a su paso, como si hicieran una venia. Más adelante, Simón y Li posarán para tres fotógrafos en un lugar decorado con pufs de pasto artificial por donde pasa, como uno más del montón, alguien a quien no le queda grande el gastado adjetivo de legendario: Lars Ulrich, baterista de Metallica.

El “buggy” de Papá Noel roquero nos lleva a un lugar más íntimo, los camerinos de las bandas, un montón de carpas blancas en el prado. Por dentro, la de Bomba es así: dos sofás grises, en posición de L, una mesa de centro adornada por una velita de luz perezosa en un tapete gris de arabescos rodeado de pasto. En un extremo, una mesa alta con una nevera portátil cuyo interior resguarda una de las pocas exigencias de la banda colombiana: raíces de jengibre.

Li decora el lugar con una foto en blanco y negro que pone sobre una mesita. En ella aparecen su esposo, Bryan; su hijo, Astro, y ella. Sonríen junto a la playa. De fondo, un racimo de palmeras. Simón, entre tanto, descansa un rato sentado en el sofá con la cabeza inclinada y los brazos cruzados. Duerme.

Afuera sopla un viento frío y en la tarima Panhandle, situada a pocos metros de distancia, se presenta el dúo estadounidense Foxygen. La siguiente banda es Bomba. Los demás músicos han llegado: José Castillo (guitarra), Efraín “Pacho” Cuadrado (percusión) y Andrés Zea (batería).

Este último calienta sus manos golpeando un sillín con sus baquetas. Mientras tanto, Li abre una maleta de viaje. Al hacerlo, surge un jardín de flores estampadas, telas de todos los colores y tenis marca Reebok que se asoman aquí y allá, como frutos que nacieron en aquel campo colorido.

Afuera de la carpa, Simón camina de un lado para otro sin perder su rostro de calma, muy atento a que todo esté listo para la presentación. Ahora habla con el baterista y cada tanto se sacude el pelo, despelucándose. El único cambio en su ropa es un saco color fucsia que mandaron a hacer para la gira del último disco: “Ayo”.

Al rato aparece Li, transformada: los ojos maquillados con líneas y puntos blancos, los labios color fucsia, un quepis de tono pastel con un adorno plateado, brillante. El cuerpo forrado con una trusa de tonos azules y verde esmeralda salpicada de manchas de leopardo, cubierta por un rompevientos color rosa hasta los tobillos, un peto tejido de flecos verdes fluorescentes. En lugar de botas, unos tenis, también de color rosa. La banda está lista. Al otro lado del “backstage” se oye el rugido del público esperando. Simón y los demás hacen fila y suben al escenario. La última en hacerlo es Li.

La samaria estira las piernas, saluda a una cámara, sube tres escalones y, micrófono en mano, atraviesa una cortina negra que tiembla a su paso y salta al escenario.

A todo el mundo le gusta bailar porque es una manera de sentir la música sin necesidad de entender las palabras. Eso es lo que ha hecho que Bomba Estéreo tenga éxito por fuera de Colombia.

Bomba estalla con la canción “Química”. Poco a poco el público empieza a moverse. La música de la banda, una descarga de cumbia electrónica, champeta, hip hop y cascadas de beats, empieza a despertar al público de San Francisco, que pronto es una marea de gente que se mueve al compás de “Mony” y “Ayo”, y queda claro que la buena música rompe cualquier barrera cultural o de idioma.

Cuando tocan “Soy yo”, el público se convierte en un mar de puños cerrados. En la tarima Simón, un director de orquesta sin batuta, hace magia con los sintetizadores. Li, por su parte, baila y salta de un lado a otro mientras su voz retumba en el ambiente. Se ha convertido en un dragón caribeño con la piel tostada de quienes viven junto al mar. ¿De dónde viene tanta energía? ¿De dónde el hechizo de esta música nacida entre picós en Cartagena o en San Basilio de Palenque, que Bomba Estéreo ha repotenciado para hacerla más internacional?

La banda tocará ocho canciones y se despedirá de un público que quiere seguir la fiesta: que pide una canción más. Esta tarde comenzó en la camioneta rumbo al Golden Gate Park y ahora ha terminado. Toda la espera finaliza con un abrazo cerrado de la banda y el “buggy” esperando por ellos para regresar a la entrada del parque y de nuevo al hotel. Nueva York los espera. Metallica, el último grupo del día, ya ha subido al escenario.

¿De dónde viene su gusto y tu talento musical?

Simón: En mi familia no hay músicos, pero cuando yo era niño, mi mamá se ennovió con un argentino y nos fuimos a vivir a Buenos Aires. Era uno de los integrantes de Les Luthiers, se llama Roberto Archer. Allá aprendí a tocar algo de piano. Iba a una academia de una profesora alemana que les enseñaba música a los niños, me encantaba ir. Nunca volví a hablar con Roberto, pero creo que cuando regrese a Argentina voy a buscarlo.

Li: Yo no sabía que tenía una vena musical hasta que me enteré de que mi abuelo formaba parte de un grupo que se llamaba Saumet y sus plateños. Tocaban cumbia, porro. En YouTube se puede encontrar música de ellos. Y mi abuela cantaba boleros, le decían “la voz de oro de Aracataca”. Además, soy costeña, crecí bailando, cantando.

¿Qué hacían antes de Bomba Estéreo?

Simón: Estaba dedicado al video, a hacer documentales. También tuve unas bandas de rock. Pero luego, cuando llegó la tecnología, pude hacer música en la casa. Empecé a hacer house y luego me di cuenta de que era inútil componer una música que hacían mejor en Estados Unidos, Londres, Berlín, etcétera. Entonces comencé a buscarle una identidad a esa música electrónica. La búsqueda me llevó a explorar nuestra música bailable. Sampleando discos de cumbia, poniéndoles bits encima, logré armar un concepto.

Li: Yo me había graduado de publicidad en el Politécnico Grancolombiano. También trabajé en vestuario de telenovelas, tuve una pequeña empresa de ropa, mochilas, vestidos de baño. Y cantaba… y pintaba.

En la Colonia las músicas bailables las hacían los negros y los indios, entonces eran vistas como una cosa de negros e indios. En cambio, lo de afuera era culto. Y esa música del pueblo es la que tiene a Colombia en el panorama internacional. Ojalá que un día lleguemos a valorar y respetar nuestra música en su real dimensión: con orgullo.

Simón Mejía y Li Saumet, de Bomba Estéreo.

 ¿Cómo se conocieron y empezaron a trabajar juntos?

Simón: Cuando yo estaba haciendo el primer álbum de Bomba Estéreo, que se llama “Volumen 1”, quise tener diferentes cantantes para darle un toque vocal. La conocí, la invité, y fue la voz más chévere de todas, con un timbre muy nasal, muy folclórico.

Li: Simón tenía la música y yo compuse la canción “Huepajé” en 45 minutos. Nunca antes había compuesto nada.

 Fue algo que se dio de manera muy fortuita…

Li: Yo creo que el universo es perfecto, que cada cosa tiene un camino y un fin. Nada es fortuito. Al final yo tenía que hacer esto, entre muchas otras cosas. Porque no soy solo la cantante de Bomba Estéreo. Es uno de los roles que tengo que realizar en la vida. Me gusta más ser una artista integral. Ser solo la cantante de una banda puede ser aburrido, al menos para mí. No es que no sea emocionante, lo que pasa es que ser un personaje no me llama la atención. A mí me gusta pintar, hacer performance.

 Además, no es solo cantante, sino compositora…

Li: Soy artista. Es una sensibilidad relativa a todo lo que es el arte: ya sea cantar, pintar, actuar. Porque uno es muchas cosas, no una sola.

 ¿Cuál es la magia de la canción “Somos dos”? ¡Tiene 31 millones de reproducciones en YouTube!

Li: Es hecha con amor. ¡Estaba enamorada! Todavía estoy enamorada, pero cuando la escribí estaba en esa etapa del idilio. Ni siquiera tuve que preguntármelo. Era fácil: es amor, es amor, es amor.

Simón: Todavía no le ganamos a “Despacito” (risas). Creo que tiene amor. Tanto el amor como el desamor son sentimientos muy humanos con los que todas las personas se sienten identificadas. Y el ritmo: es una balada, pero es bailable. Uno ve desde la tarima, cuando la tocamos, que la gente empieza a bailar pegado. Es una canción para dedicar. Eso es lindo.

Están por tocar en un festival que cierran, en tres días, Gorillaz, Metallica y The Who, ¿sigue siendo tan emocionante?

Simón: Sí, siempre es emocionante. Cada concierto tiene lo suyo, independiente del tamaño. Puede ser algo muy masivo como Outside Lands, o algo muy íntimo. La experiencia siempre es increíble, esa sensación “antes de” es la misma, porque la música es un arte tan vivo que uno no controla, no es previsible lo que va a pasar. Siempre está ese elemento sorpresa. Y bueno, estar en un festival así, donde tocan bandas tan grandes, resulta un honor. Nos hace sentir agradecidos, porque nuestra música no es la más comercial y venimos de Colombia, un país donde es muy difícil hacer música. Entonces estar aquí, abriéndole a Metallica, es increíble.

Li: Sí, para mí siempre es emocionante. Yo creo que el tamaño del concierto no es tan importante como la experiencia. Cada toque tiene algo especial. En la primera gira, por ejemplo, fuimos a Inglaterra y nos consiguieron unos toques en lugares donde daban clases de salsa. Nosotros tocábamos antes de las clases. Un día, en Liverpool, no hubo clase y no llegó nadie, o casi nadie. Pero yo me lo tomé como un ensayo. Fue una experiencia inolvidable.

 ¿Qué sienten cuando están tan lejos, en la China, en Suecia, en Londres y esa gente, tan distinta, baila como embrujada una música tan propia, tan de la entraña?

Simón: Es increíble. Dice mucho sobre cómo el poder del lenguaje de la música y el baile es tan poderoso. Por eso la música latinoamericana, caribeña, es tan fuerte. Nosotros somos culturas tropicales. Nuestras fiestas son a bailar: la gente baila merengue, salsa, reguetón, cumbia. Eso es muy mágico, a todo el mundo le gusta bailar porque es una manera de exorcizar, de sentir la música sin necesidad de entender las palabras ni el contexto. Es conectarse a través del cuerpo con la música. Eso es lo que ha hecho que Bomba Estéreo tenga éxito fuera de Colombia. Debemos estar orgullosos de tener eso en nuestro país. A veces nos apena que nos tilden de corronchos, guisos. Pero somos latinos, de ahí venimos. La nuestra es una cultura festiva.

 ¿Seguimos siendo muy arribistas?

Simón: Sí, creo que es una cosa muy colonial. En la Colonia las músicas bailables las hacían los negros y los indios, entonces eran vistas como una cosa de negros e indios. En cambio, lo de afuera era culto. Y esa música del pueblo es la que tiene a Colombia en el panorama internacional. Ojalá que un día lleguemos a valorar y respetar nuestra música en su real dimensión: con orgullo. Lo bueno es que las nuevas generaciones son más conscientes, aunque a veces uno se sorprende.

Cuando la música tiene un mensaje, es liberadora. La música tiene el poder de entrar en la mente, por eso puedes repetir una canción por el resto de tu vida: queda grabada.

 ¿Qué se siente minutos antes de subir a la tarima?

Simón: Expectativa, nervios, ansiedad. Pero prevalece la expectativa, porque uno no sabe qué va a pasar cuando estés arriba en la tarima y empiece el concierto. Simplemente uno sube y suelta lo que tiene que soltar.

Li: Para mí es un goce, nunca me pongo nerviosa. Lo disfruto siempre.

 ¿Ha habido algún concierto en el que la gente no responda a su música y que haya terminado en una fiesta?

Simón: Sí, en China, en Expo Shanghái, un feria mundial que se realiza en un escenario como Corferias, pero mucho más grande. Es abierta al público: van abuelos, jóvenes, familias, todo el mundo. La gente al comienzo no entendía nada y miraba extrañada. Pero se fueron prendiendo y empezaron a bailar como locos. Al final hubo una estampida, se querían subir a la tarima porque estábamos regalando unos discos. Hubo que llamar a seguridad. El público se chifló.

 Li, ¿cómo fue el día en que se le quedó el pasaporte y terminaron con un cantante japonés?

Li: Fue en Londres. Simón: Yo creo que se lo robaron. Li: Sí, fue muy raro. Yo tenía una maleta con un bolsillo atrás y le dije a Simón: “Sácame mi pasaporte”. Él sacó el pasaporte, pasamos el control de seguridad, en la banda donde uno deja todo, y ya no estaba el pasaporte. A mí me pareció que el de seguridad fue mala onda conmigo.

Simón Mejía

 Y ¿cómo es el cuento del cantante japonés?

Simón: Íbamos a tocar con Calle 13 en Bogotá y no llegamos. Luego nos íbamos a Japón a hacer dos conciertos. Como Liliana no tenía pasaporte, entonces no alcanzamos a hacer el primer concierto en Japón, pero la banda sí viajó y como no había cantante, nos consiguieron a un rapero japonés que cantó todo el primer concierto la música de Bomba, pero rapeando en japonés. Al segundo concierto, Liliana sí llegó, y allí mismo sacó el resto de visas que hacían falta, porque de ahí salíamos a Estados Unidos.

 ¿Y quién era el rapero?

Simón: No sabemos. Fue increíble. Se montó en la tarima y no lo queríamos dejar bajar. Con la banda la gente estaba contenta, aunque era solo música instrumental, pero cuando se subió el rapero, el público se chifló. Nosotros no teníamos ni idea de lo que decía. Fue una rumba inolvidable.

 ¿Cómo es estar tanto tiempo fuera de la casa?

Simón: Ya nos hemos acostumbrado, pero uno entra en dinámicas muy distintas. Sobre todo el hecho de moverse tan rápido, estar tan poco en lugares hace que uno desarrolle una capacidad de adaptación rápida y fácil. La cabeza cambia el chip. El ser humano siempre tiende a llegar a un lugar y moverse dentro de las dinámicas de ese lugar, en la música no es así. Una gira rompe eso. Y como ya somos padres, tenemos una vida paralela que es un polo a tierra. Y hay ciudades a las que vamos con regularidad y hemos hecho amigos. Nos gusta mucho salir a comer, a través de la comida se conoce mucho. Los restaurantes son una buena forma de entrar a la vida de los lugares.

Li: Creo que después de tanto tiempo nos hemos vuelto una especie de profesionales de las giras. Son 10 años yendo de un lado a otro. Es el trabajo más largo que he tenido, lo que más he hecho en la vida. Al principio fue una novedad: de manera buena y no tanto. Yo nunca había salido de Colombia y cuando lo hice fue increíble. Cuando miro las fotos de esos años, veo mi cara de alegría, de sorpresa. Por otro lado, éramos más jóvenes, loquillos, no sabíamos cómo controlar la energía. No dormíamos bien, no comíamos bien. Así tu cerebro no aguanta. No puedes pensar. Casi que no puedes pensar. Pero aprendí a no enrumbarme, no tomar. Dormir mis horas. Y me volví más sana: comer menos grasa, menos chatarra. Ya estoy en un punto en que soy vegana. Medicina bioenergética, acupuntura. Ya no lo siento. Es mi modo de vida, cuando logras balancearte es un trabajo cualquiera.

 ¿Cómo es volver?

Simón: Hemos cambiado. Antes, estar quieto en un lugar se te hacía extraño, pero ahora regresar a la casa siempre se va a sentir bien. Como buen ser humano, uno necesita raíces. Volver a nuestra casa, a nuestro país, ayuda a balancear la cabeza. Uno tiene que llegar y cambiar el chip. No dejar que la cabeza se quede en el de la gira, sino en el chip de la realidad. La vida real es la familia: la pareja, los hijos, las dinámicas cotidianas. Lo otro es ilusorio.

Li, ahora vive en Santa Marta, ¿por qué volvió?

Li: Por mi esposo, mis papás. Es una buena ciudad para vivir. Es pequeña, tiene playa y es mi ciudad. Y me enamoré de un hombre que ama Santa Marta más que cualquiera. No exactamente en Santa Marta, sino en la playa. Ahora, no sé cómo sería si viviera todo el tiempo allí, porque viajo mucho. Pero la calidad de vida es mucho mejor.

¿Cómo llega la inspiración?

Simón: Yo trabajo mucho en los tiempos muertos. En aeropuertos, aviones, vans, en esos largos trayectos en los que uno puede no hacer nada, o leer, pero es difícil leer en un carro, entonces yo prefiero ponerme a trabajar. Además uno no tiene los compromisos de la cotidianeidad de Bogotá, entonces es un buen espacio para trabajar. Varios de los discos, al menos la música, la hemos hecho en giras. En el computador.

¿Qué canciones ha compuesto así, que hayan salido en las giras?

Simón: Casi todo “Elegancia tropical”, por ejemplo.

A veces la gente piensa que las canciones tienen siempre un fondo muy profundo y no siempre es así. Es algo que ocurre de repente.

Li: Exacto. Es así. Por ejemplo “Soy yo”. Cuando yo escribo una canción, por lo general me sale fácil, sin mucho significado. Pero luego me doy cuenta de que esa canción me está contando algo que tengo que aprender. Algo que solo entiendo después de haberla escrito. Eso es muy bonito.

Simón: Mi proceso es más de estar sentado en el estudio trabajando en una idea. Cuanto más tiempo estás allí, experimentando, surgen nuevas ideas, una lleva a la otra. No soy de los que se sueñan con una canción y la hacen. Muy pocas veces me he soñado algo que luego convierto en una canción.

¿Li, recuerda la primera canción que escribió?

Li: Yo antes de Bomba no componía canciones, escribía poemas. Me pasé toda la universidad, cuando estaba en publicidad, llenando cuadernos enteros de poemas. Ojalá los encontrara algún día. También me gustaba pintar. Cuando conocí a Simón, en 45 minutos compuse “Huepajé”.

Antes, estar quieto en un lugar se te hacía extraño, pero ahora regresar a la casa siempre se va a sentir bien. Como buen ser humano, uno necesita raíces. Volver a nuestra casa, a nuestro país, ayuda a balancear la cabeza. Uno tiene que llegar y cambiar el chip. No dejar que la cabeza se quede en el de la gira, sino en el chip de la realidad. La vida real es la familia: la pareja, los hijos, las dinámicas cotidianas. Lo otro es ilusorio.

¿Qué melodía de Simón le ha impactado?

Li: Más que una canción lo que siempre me ha impresionado es la forma en la que mezcla los sonidos, el electrónico y la cumbia. Es muy original y, a la vez, muy costeño.

Y a usted Simón, ¿qué letra le ha sorprendido de Li?

Simón: Me gusta mucho que las letras no se limitan a ámbitos folclóricos, sino que son más urbanas. Tienen el balance perfecto, como esa mezcla entre versos rapeados y lo rural (aquí Simón canta): “Corre, corre, morrocoyo”. Entre las letras que no me esperaba: “Fuego” y “Del alma y el cuerpo”.

¿Cuál ha sido el ‘backstage’ más increíble?

Simón: Creo que el de un teatro en Seattle que tenía unos camerinos increíbles: con discos de vinilo, tornamesas, películas en VHS. Era como una minicasa. Estaba buenísimo.

¿Tienen alguna exigencia, como los grandes artistas?

Simón: Cosas muy sencillas. Tener jengibre en el camerino. Ahora tenemos una nueva, que es una máquina para hacer jugos antes de tocar. Pedir cosas por pedir, esas excentricidades, ya quedaron en los ochenta. Cuanto uno más sencillo sea, cuanto menos joda, mejor.

Li Saumet

¿Y por qué jengibre?

Simón: Para la voz, además aporta muchas vitaminas y energía.

¿Cuáles son los grandes artistas con quienes más han podido compartir?

Li: Uno es Rubén, de Café Tacvba. Amigo de comer en mi casa. Le hice una cena y cuando la tenía lista, me enteré de que era vegano.

Simón: Y había hecho ternera a la llanera (risas).

Li: No, yo hice pollo con aguacate y arroz con coco. Lo bueno es que comió arroz con coco, un plato muy típico de la costa (risas).

Simón: El cantante de Arcade Fire, Win Butler, es muy “llave” de nosotros. Ahora vamos a tocar con ellos en varios lugares de Estados Unidos, también en Bogotá.

El último álbum, “Ayo”, lo grabaron entre la sierra nevada y Los Ángeles. ¿Cómo fue esa experiencia?

Simón: Este fue el disco para hacerlo. Quisimos arrancar el proceso con una ceremonia en la que bajaron los mamos de la sierra y nos hicieron una ceremonia para abrir el camino del disco. Sin tomar nada, simplemente meditando. Cada uno le pidió a la música lo que esperaba de ella. Aunque después nos fuimos a Los Ángeles, la energía de esa ceremonia siempre nos acompañó. De ahí salieron “Duele” y “Siembra”.

Li: Grabamos en el pueblo de Minca, y por primera vez les pedimos permiso a los instrumentos para poder tocarlos. Todas las canciones que hice allá me fluyeron muy fácilmente. Fue una experiencia muy profunda, muy espiritual.

En la canción “Siembra” cantan sus hijos: los dos de Simón y el de Li Saumet.

Li: Sí, pusimos la voz de ellos de fondo.

Simón: Usamos sus balbuceos (risas).

¿Qué han aprendido de sus experiencias con músicos raizales, como los de San Basilio de Palenque, donde Simón montó un estudio?

Simón: La humildad y la sencillez. En esa gente no hay discursos detrás, ni industrias, ni modas. Solo algo que les nace y que se transmite oralmente. Nosotros sí hacemos parte de una industria, pero ellos no juzgan, solo hacen música, sin egos, de corazón. Esa sencillez. No tienen plata ni recursos, pero son unos músicos increíbles. Son maestros de verdad, libres de egos.

“Soy yo” fue catalogada por The New York Times como un orgullo de la latinidad y el video también ha tenido millones de vistas…

Li: Lo de la latinidad fue más por el video, por la niña que protagoniza el video. Pero cuando yo la escribí era algo más general. Siento que todo el mundo se puede sentir identificado en algún momento a partir de eso de “me burlé de ti” o “se burlaron de mí”. Tendemos a juzgar a la gente. Y la canción responde, yo me quiero, me respeto, no me afecta lo que piensen de mí: soy yo. Es una canción de quererse, respetarse. A mí misma me hacían “bullying” porque era rara.

Simón: La canción “Soy yo” tiene un contexto especial. Cuando salió el video de esa canción, en Colombia se vivía el debate del “bullying” porque se había suicidado Sergio Urrego, el estudiante de colegio que era gay. Entonces hicimos una campaña alrededor de eso: tratar de enfocar la energía hacia el “antibullying” y contra el racismo. La niña del video se volvió un ícono de la población latina en Estados Unidos que no iba a votar por Trump. Se volvió como un himno para quienes fueron rechazados por gordos, por feos, porque tenían gafas.

Pensar diferente es una cosa, pero tener la fortaleza de expresarlo es lo más difícil. Uno siente que la música de Bomba Estéreo es liberadora, ¿no es así?

Li: La música en general es así. Ahora hay mucha gente que no está diciendo nada, pero por lo menos hace bailar. Pero cuando la música tiene un mensaje sí es liberadora. La música tiene el poder de entrar en la mente, por eso puedes repetir una canción por el resto de tu vida. Queda grabada.

El poder de la música de Bomba Estéreo parece ser una mezcla entre lo local y lo universal, lo ancestral y lo moderno…

Simón: Sí, es como jugar con eso. Estar buscando. Si uno nació en un lugar de la Tierra, hay que estar conectado con las cosas de ese lugar. Saber de dónde vienen las raíces de donde uno está parado. Con la cabeza en el mundo uno ahora tiene acceso a todo, pero el peso es de donde uno viene. Es lo que uno tiene que expresar a través del arte. Algún pensador decía “habla de tu aldea y serás universal”.