Aldana, la fiscal que apresó a un presidente en Guatemala

Fiscal Aldana

Thelma Aldana no puede salir sola a la calle de su país y quizá nunca podrá hacerlo de nuevo.
Ser la fiscal general que envió a un presidente a la cárcel y desarticuló varias estructuras criminales en Guatemala le valió el reconocimiento internacional, pero eso tuvo un costo: su seguridad.

Tan solo en 2016, el Ministerio de Gobernación confirmó que una estructura criminal había planeado y pagado un atentado contra ella, por lo que hoy cuenta con medidas de protección de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

La guatemalteca de 62 años dejará su cargo el próximo 16 de mayo y será reemplazada por María Consuelo Porras, actual magistrada suplente de la Corte de Constitucionalidad y recién elegida por el presidente de entre seis candidatos.

En los cuatro años que mantuvo el puesto, en colaboración con la Comisión Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), Aldana encabezó una lucha anticorrupción que alcanzó a la agrupación que habría liderado el expresidente Otto Pérez Molina, acusado de defraudar al Estado por varios millones de dólares y hoy preso junto con su entonces vicepresidenta, Roxana Baldetti, y otros funcionarios cercanos.

Pérez Molina no era cualquier presidente: antes de ocupar el cargo fue general de uno de los ejércitos más temidos durante los años de la guerra civil de Guatemala (1960-1996), un hombre que quizá no imaginó que su peor pesadilla no lo confrontaría en un campo de batalla, sino en una sala de justicia y llevaría el nombre de Thelma Aldana.

Aldana es “la Jefa”. Sus colaboradores más cercanos la llaman así por distintos motivos. Es puntual y, como toda buena abogada, lee todo lo que cae en sus manos. La expresión de su rostro es dura y no es fácil descifrar lo que piensa al mirarla: cuando aparecía ante las cámaras de la prensa y ponía al descubierto una nueva red de corrupción en el país, mantenía su temple y la mirada impávida.

Parecería que el único que puede “dominarla” es Toby, su pequeño perro Shih Tzu de cinco años. Cuando habla de él, la cara de Aldana sí se transforma. La fiscal sonríe cuando lo menciona y cuenta que, cuando necesita llevarse trabajo a casa, transporta sus archivos en una caja de cartón en la que a Toby le gusta echarse. Y así, con su mascota recostada sobre los documentos que podrían enviar a criminales y políticos tras las rejas, una de las fiscales más renombradas de América Latina se sienta a leer.

Su nombre no solo se ha impreso en los titulares de diarios regionales: en 2017, la revista Time la nombró como una de las 100 personas más influyentes del mundo junto a figuras como Neymar, Colin Kaepernick o Viola Davis.

Para ella tampoco es poca cosa haber revisado más de 450 casos durante su gestión. “Luchar contra la corrupción es un proceso y no es fácil”, dice.

Solo en 2017 el organismo que lideraba obtuvo 9,358 sentencias condenatorias y aunque aún falta mucho por hacer, en 2014 la fiscalía tenía 1,280,378 expedientes por resolver, cifra que a la fecha se redujo más del 50 %.

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La ruta
El camino que siguió para convertirse en fiscal general fue largo. Inició en 1981 en uno de los puestos más bajos de la administración de justicia como conserje de juzgado, y escaló poco a poco hasta convertirse en presidenta de la Corte Suprema en 2011. Una vez como fiscal, quizá ni sus colaboradores más cercanos imaginaban lo que podría alcanzar en el puesto. El mismo Pérez Molina, que fue a la cárcel por ella, la eligió para el puesto en mayo de 2014 entre rumores de vínculos y cercanía, que en su momento él negó.

Algunos guatemaltecos pensaban que al ser electa por el expresidente, las acusaciones por corrupción en su contra no se investigarían y que no habría justicia, pero sucedió justo lo contrario. Ahora ella dice que eso le hace sentir muy orgullosa y asegura que nadie se acercó a ofrecerle sobornos.

“Una parte de la Biblia dice: por sus obras los conoceréis, y yo hice mi mejor esfuerzo”, dijo la fiscal. “Con toda humildad, me voy con la frente en alto”, aseguró al cuestionársele si alguna vez consideró no tomar medidas contra el entonces presidente.

Iván Velásquez, el titular de la CICIG, cuenta que trabajar con ella tiene un balance positivo y que la considera una mujer fuerte y valiente. Y aunque la confianza entre ambos no surgió desde el primer momento, dice Velásquez, el trabajo en común le parece una experiencia satisfactoria que con todo y sus diferencias siempre llegó a consensos en armonía.

El caso que afianzó sus coincidencias fue justamente el de Pérez Molina. Según el abogado colombiano que desde 2013 lidera la CICIG, el caso contra el exmandatario fue “de un momento muy crítico”, pero Aldana no dudó en tomar las acciones pertinentes.

Durante su gestión, Aldana ha sido víctima de amenazas, persecuciones y difamaciones. Aunque podía, decidió no volver a postularse como fiscal para evitar más riesgos, y está convencida de que el actual presidente, Jimmy Morales –señalado por la fiscalía y la CICIG por hechos de corrupción–, nunca la hubiera elegido para volver a ocupar el cargo.

Al hacer un balance de su trabajo, la fiscal califica estos últimos cuatro años como los más difíciles de los 37 que ha dedicado al sistema de justicia de su país, e incluye su paso como expresidenta de la Corte Suprema de Justicia.
Uno de los momentos más duros de su gestión, dice Aldana, llegó el día en que el presidente Morales –a quién ella y Velásquez intentaron investigar por financiamiento electoral ilícito– intentó expulsar al comisionado del país. “Hasta anuncié que si se iba, yo renunciaba”, dijo.

La fiscal, además, recuerda con tristeza cuando se enteró de la muerte de 41 niñas en un hogar de acogida estatal el 8 de marzo de 2017, cuando estas intentaron fugarse y al no conseguirlo incendiaron la habitación donde las habían encerrado bajo llave. El fuego también dejó quemadas gravemente a otras 15 menores. Los fiscales bajo su mando lograron que 10 exfuncionarios fueran detenidos por el caso.

Casi al término de su gestión, “la Jefa” confesó tener una deuda con su familia, pues al dejar el cargo deberá tratar de recuperar el tiempo que perdió con sus dos hijos, de 21 y 24 años.
Aldana asegura que el costo personal de haber sido fiscal general ha sido grande, ya que para cuidar su seguridad, tuvo que dejar de hacer cosas cotidianas.

“No voy prácticamente a lugares públicos y no puedo caminar en las calles. Siempre tengo que estar con un aparato de seguridad; mi estilo de vida cambió bastante”, dice, y añade que una de sus preocupaciones ahora que finaliza su gestión es garantizar su seguridad y la de su familia. “Entonces, será responsabilidad del Estado guatemalteco la vida mía, protegerla, y la de mi familia”, sentencia.

De cara a esta situación, Guatemala deberá acatar la orden de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que ordenó medidas cautelares de protección para Aldana y sus familiares. “Sé que hemos investigado estructuras criminales poderosas y, en consecuencia, debo conducirme con mucha cautela”, explica.

En el futuro cercano, “la Jefa” quisiera pasar sus días en un aula frente a estudiantes. Dice que le apuesta a la docencia porque con la experiencia de haber llevado a prisión a más de 100 estructuras vinculadas al crimen y la corrupción en el país, sus enseñanzas serán de utilidad para los jóvenes.

La fiscal sonríe cuando lo menciona y cuenta que, cuando necesita llevarse trabajo a casa, transporta sus archivos en una caja de cartón en la que a Toby le gusta echarse. Y así, con su mascota recostada sobre los documentos que podrían enviar a criminales y políticos tras las rejas, una de las fiscales más renombradas de América Latina se sienta a leer.

Aldana no saldrá de su oficina con las manos vacías. Entre los documentos que seguramente conservará hay decenas de premios y reconocimientos que le han entregado por su trabajo; entre ellos, el de Mujeres Valientes del Departamento de Estado, el Premio Internacional de Catar Excelencia Anticorrupción –ambos otorgados en 2016– y la vara de autoridad que le fue entregada por líderes indígenas guatemaltecos, uno de sus favoritos.

Al preguntarle cómo le gustaría que la recuerden, Aldana muestra su orgullo por los esfuerzos que encabezó para mejorar la atención a nivel nacional de los casos de violencia hacia la mujer y dice que espera haber dejado en la mente de los guatemaltecos que la independencia de la fiscalía general sí es posible. “Es un bien preciado”, asegura.

Los días que vendrán serán menos complicados. Tras su salida de la fiscalía, que coincide con el inicio de la copa del mundo en Rusia, “la Jefa” tratará de disfrutar momentos más mundanos: ver el mundial completo en televisión y en tiempo real.

“Siempre he tenido que verlo en la noche, en diferido, pero ahora tengo el deseo de verlo en directo, y luego veré qué hago con mi vida profesional”, dice.

Abuso de menores en clubes de fútbol sacude a Argentina

Controles. El escándalo de abusos de menores en dos de los clubes más populares y exitosos de Argentina ha conmocionado a esta nación futbolera y forzó a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) a ordenar mayor control de pensiones juveniles de clubes de todo el país.

Las víctimas aún están aquí, entre los niños a los que les gusta compartir historias mientras toman el tradicional mate argentino o quienes revisan sus teléfonos celulares fuera de los vestuarios y patean una pelota durante un descanso de los entrenamientos.

De hecho, todavía viven en la pensión de las divisiones menores del Club Independiente, donde deberían haber estado seguros soñando convertirse en la próxima estrella del fútbol argentino.
Pero según investigadores judiciales, pedófilos convirtieron sus vidas en pesadilla: a varios de ellos, procedentes de familias pobres de remotos lugares del país, les pagaron un boleto de autobús de regreso a sus hogares o un par de botines de fútbol a cambio de sexo.

La fiscal del caso dijo que al menos 10 menores fueron prostituidos y se cree que muchos otros han sido potenciales víctimas. Hasta ahora, siete hombres –incluido un árbitro– han sido arrestados.
Los abusos no se habrían cometido dentro de la pensión. Pero ha estallado el escándalo ante la revelación de una red de prostitución infantil en el Independiente, apodado el “Rey de Copas” por su récord histórico de siete copas Libertadores. Y a ello han seguido denuncias sobre abusos de menores también en las divisiones inferiores del River Plate.
Y el creciente escándalo en dos de los clubes más populares y exitosos de Argentina no deja de sacudir a esta nación futbolera.

La Asociación del Fútbol Argentino (AFA) dispuso un mayor control de las pensiones juveniles de clubes de todo el país y hasta creó una casilla de correo electrónico para denuncias anónimas de abuso. Pero exjugadores, psicólogos deportivos y familiares dicen que eso no basta para proteger a los niños que entrenan en los centros de talento donde Diego Maradona, Lionel Messi y otras estrellas pulieron sus habilidades.

Independiente denunció los abusos ante la justicia a principios de este año, luego de que uno de sus juveniles se quebró durante una sesión con el psicólogo del club.
“Tenías dos caminos: lo denunciás o lo tapás. Y nosotros optamos por mirar a los ojos a los chicos y a los padres y hacer la denuncia”, dijo un empleado de Independiente bajo condición de anonimato debido a que el caso está bajo investigación.

“Gracias a esta denuncia, las personas que denunciamos están todas presas”, manifestó el empleado. “Acá hay un fenómeno social muy grande: después de lo que denunciamos hubo otros reportes de abusos y ojalá que se animen a denunciar otros, porque esto va más allá de Independiente”.
Pocos días después de estallar el escándalo en el club conocido como el “Rojo”, River Plate anunció que cooperará con la justicia luego de que una organización no gubernamental denunció que al menos dos menores sufrieron abusos en la pensión “millonaria” entre 2004 y 2011.

“El Estado debe estar más presente para que un niño no tenga que dormir con un hombre para comprarse unas zapatillas o mandarle plata a su familia”, afirmó María Elena Leuzzi, fundadora de Ayuda a Víctimas de Violación (AVIVI), organización que denunció el caso de River.
“El niño es niño y hay que cuidarlo siempre, porque no sabemos si hay un futuro papá, presidente, un futuro futbolista”, agregó.
Argentina es el hogar de algunos de los más grandes jugadores del mundo, pero también de la violencia de los barra-bravas y la corrupción endémica entre generaciones de dirigentes y representantes que manejan un negocio lucrativo y a menudo no regulado: el de dar con futuras estrellas.
“En los clubes, los dirigentes tienen que entender que los niños no son números”, dijo Leonel Gancedo, exjugador de River Plate y de otros equipos que ahora maneja el club Ángeles Unidos, de una liga del interior. “Lo que ha pasado es una vergüenza”, lamentó. “Es consecuencia de malas decisiones”.
Muchos niños de las pensiones de fútbol provienen de localidades lejanas y empobrecidas, viven lejos de sus padres bajo el cuidado de los clubes, y sueñan con una oportunidad de triunfar en el ultracompetitivo fútbol profesional.

“En los clubes, los dirigentes tienen que entender que los niños no son números”, dijo Leonel Gancedo, exjugador de River Plate y de otros equipos que ahora maneja el club Ángeles Unidos, de una liga del interior. “Lo que ha pasado es una vergüenza”, lamentó. “Es consecuencia de malas decisiones”.

Pero entre los miles de jóvenes talentosos que se prueban en las divisiones inferiores, solo un pequeño porcentaje se convertirán en jugadores de élite. Algunos lucharán para superar lesiones. Otros caerán bajo la presión psicológica en sus hogares o en los campos de juego.
“Un chico no puede tener la presión de salvar a su familia económicamente”, opinó Óscar Mangione, un psicólogo deportivo y exterapista de Boca Juniors.
Como en otras partes del mundo, Argentina ha experimentado revelaciones de abuso sexual en la Iglesia católica y, más recientemente, entre celebridades y atletas. Pero la magnitud del último escándalo de abuso en el deporte no tiene precedentes en un país que se enorgullece de sus dos títulos mundiales de fútbol y de varias medallas olímpicas desde vela hasta hockey sobre césped.
El Comité Olímpico Argentino (COA) denunció recientemente ante la justicia a un entrenador de gimnasia, acusado de abusar de un número no determinado de atletas en la década de 1990. Como parte de la investigación, la sede de la Confederación Argentina de Gimnasia fue allanada por orden de un fiscal.

“Hoy creo que todo se habla más, la TV, los periódicos, las radios ayudan a que esto se divulgue. Creo que estamos ayudando a la víctima a que pierda la vergüenza”, destacó Leuzzi. “El único que tiene que sentir vergüenza es el victimario”.

El puntapié inicial para el cambio debe provenir de un esfuerzo serio de la AFA para fijar reglas de seguridad entre los clubes de todo el país, opinó César La Paglia, exjugador de Boca y gerente del Club Social Parque, una de las más fructíferas escuelas de fútbol infantil.
“Hay chicos de ocho o nueve años en las pensiones, es una locura”, lamentó. “Esos chicos tienen que estar con sus padres”.

Unos 50 adolescentes de todo el país viven en las residencias de ladrillo pintadas con los colores rojo y blanco de Independiente. En un día reciente, nada parecía fuera de lo habitual. El sonido de un pelotazo en un campo de juego rodeado de altos árboles de eucalipto se escuchó dentro de la sala principal. Los botines de fútbol de algunos de los chicos estaban cuidadosamente acomodados debajo del escudo del club; y en la pared un póster del estadio con la hinchada entusiasta, decía: “El templo de tus sueños”.
El club dijo que las víctimas se reencontraron con sus familias en Buenos Aires y que reciben asistencia psicológica mientras continúan cooperando con los investigadores.

Al mismo tiempo, se espera que esta semana un juez acuse formalmente a los siete detenidos por la red de prostitución. La fiscal que investiga el caso ha solicitado que continúen en prisión preventiva.

Otro caso. El 3 de abril pasado, el COA denunció en la Justicia que un entrenador de las selecciones nacionales de la Confederación Argentina de Gimnasia habría abusado sexualmente de algunos atletas en la década de los noventa.

Venezolanos desesperados y hambrientos llegan a Brasil

Entrada. Una venezolana habla con un soldado brasileño que inspecciona las bolsas de las personas cuando cruzan la frontera con Pacaraima.

Hambrientos y desahuciados, decenas de miles de víctimas de la crisis política y económica de Venezuela están probando suerte en Brasil, un país cuyo idioma no conocen, con condiciones poco óptimas y donde pocas localidades fronterizas los reciben. Muchos llegan débiles a consecuencia del hambre y sin dinero para alojarse en un hotel, para comprar comida o el boleto de $9 hasta Boa Vista, la capital del estado brasileño de Roraima, conocido en los círculos de venezolanos como un lugar que ofrece tres comidas al día.

En docenas de entrevistas realizadas a lo largo de cuatro días, muchos dijeron que en el último año no habían tenido más de una comida al día. Algunos vestían prendas que les venían anchas, tenían la cara demacrada y complicaciones médicas que iban desde niños con sarampión hasta diabéticos sin insulina.

Kritce Montero intentaba calmar a su hijo Héctor, de seis meses, quien lloraba de hambre incluso tras ser amamantado, mientras su familia y otros cientos de venezolanos esperaban para ser procesados en la frontera. Montero, que perdió 26 kilos (57 libras) en el último año al alimentarse solo una vez en el día, viajó con Héctor y su hija de siete años durante 18 horas en autobús desde Maturín, una ciudad en el noreste de Venezuela. Tras pasar la noche durmiendo al aire libre en Pacaraima, una polvorienta localidad fronteriza en el Amazonas, tomaron otro autobús para recorrer 210 kilómetros (130 millas) más hasta Boa Vista.

“Estamos desesperados. Ya no podíamos comprar comida”, dijo Montero, de 33 años, y agregó que hace meses que Héctor no tenía fórmula o pañales.

Aunque los venezolanos emigraron en masa en los últimos años, hasta hace poco Brasil había recibido a relativamente pocos. Cientos de miles se fueron a Colombia, pero las autoridades de esa nación, como otras en Suramérica, están reforzando sus fronteras. Brasil, donde se habla portugués, se ha convertido en la única alternativa, aunque los venezolanos no encuentren muchas comodidades ahí.

Hace poco, Militza DonQuis, de 38 años, estaba sentada debajo de un árbol a un lado de la principal carretera de Pacaraima. En los dos meses desde que ella y su esposo llegaron desde Puerto Cabello, no lograron encontrar trabajo. Sin dinero, no podían tomar el bus a Boa Vista, por lo que dormían en la calle y buscaban comida durante el día.

“Esto es horrible”, dijo DonQuis entre lágrimas. En los dos meses que lleva en el país no pudo enviar dinero a sus hijos de 12 y 14 años que dejó con una hermana, añadió. Ante la imposibilidad de comprar un boleto para tomar un autobús, José Guillén, de 48 años, y su esposa, July Bascelta, de 44, decidieron emprender el viaje a Boa Vista de noche a pie, con sus mellizos de nueve años, Ángel y Ashley, por una carretera rodeada de bosque.

Cuando llegan camiones con comida, cientos corren hacia ellos, peleándose entre sí para conseguir algo de comida antes de que se acabe. Los ánimos se tensan cuando los hombres acusan a mujeres y niños de aprovecharse para recibir raciones extra. El gobernador de Roraima declaró el estado de emergencia para liberar fondos para el sobrepasado sistema de hospitales públicos, donde según las autoridades, ocho de cada 10 pacientes proceden de Venezuela.

Bajo techo. Tres niños descansan en un colchón dentro del gimnasio Tancredo Neves, que funciona como refugio para venezolanos en Boa Vista.

“Dios proveerá”, dijo Guillén al preguntarle cómo se alimentaría la familia durante un periplo que podría tomar cinco días. Tras caminar 6 kilómetros (4 millas), un conductor brasileño paró y aceptó llevarlos hasta Boa Vista, donde la situación es posiblemente más desesperada. Miles de venezolanos viven en las calles de la ciudad. Duermen en tiendas de campaña y en bancos en céntricas plazas, tomaron edificios abandonados o se alojan con docenas de personas más en pequeños departamentos.

En el mayor de los tres albergues de la ciudad, Tancredo, hay 700 huéspedes a pesar de estar equipado para 200. Niños medio desnudos caminan por el antiguo gimnasio mientras grupos de hombres y mujeres hablan sobre sus esperanzas de encontrar trabajo y se preocupan por la familia que dejaron en su país.

Charlie Iván Delgado, de 30 años, contó que llegó a Brasil hace varios meses con la esperanza de ganar suficiente dinero para poder casarse con su novia de la secundaria. Pero cada vez que llamaba a su casa en El Tigre, escuchaba que la situación empeoraba y que sus tres hijos de nueve, cinco y un año siempre tenían hambre. Así que decidió abandonar sus planes de boda y llevar a su familia con él.
“Los niños hoy en Venezuela no piensan en jugar con sus amigos o en lo que querrán estudiar” en la universidad, dijo Delgado, sentado con sus hijos y su pareja en una tienda. “Se trata más de ¿qué voy a comer hoy?”

Aunque el albergue les ofrece tres comidas al día, las perspectivas de la familia son sombrías. Este árbitro de fútbol solo ha podido dirigir un puñado de juegos en zonas rurales a las afueras de Boa Vista, los niños no están escolarizados y es difícil imaginar cómo podrían abandonar el albergue.

Las autoridades brasileñas estiman que en Boa Vista viven 40,000 venezolanos, más del 12 % de la población de una ciudad que ya era pobre y no podía ofrecer muchas oportunidades a sus residentes. La mayoría llegó en los últimos meses, ejerciendo una intensa presión sobre el sistema de salud público, las prisiones y las organizaciones de voluntarios e iglesias que soportan la mayor carga cuando se trata de alimentarlos. Llegan a trabajar por hasta $7 diarios en cualquier cosa, desde la construcción hasta la jardinería, lo que tira los salarios a la baja, señaló la Policía.

Para muchos, ofrecerse a trabajar por menos dinero no es suficiente: varios de los entrevistados contaron que en muchos lugares les dejaron claro que no contratarán a venezolanos. Milene da Souza, quien forma parte de un grupo de voluntarios que sirve comida periódicamente, señaló que muchos brasileños están cada vez más molestos con la situación.

“Brasil tiene ya muchos problemas”, dijo. “Roraima tiene sus propios problemas”. El mes pasado, el temor a disturbios violentos se intensificó cuando un pirómano prendió fuego a dos casas llenas de migrantes venezolanos e hirió a docenas, varios de ellos de gravedad. Un hombre natural de la vecina Guyana fue detenido y, según la Policía, el ataque estuvo motivado por la molestia hacia la comunidad venezolana en la ciudad.

En la Plaza Simón Bolívar (que toma su nombre del líder de la independencia de Suramérica que inspiró la “revolución socialista” del fallecido expresidente venezolano Hugo Chávez), cientos acampan en tiendas o simplemente duermen al raso en el pasto. Cuando llegan camiones con comida, cientos corren hacia ellos, peleándose entre sí para conseguir algo de comida antes de que se acabe.

Los ánimos se tensan cuando los hombres acusan a mujeres y niños de aprovecharse para recibir raciones extra. El gobernador de Roraima declaró el estado de emergencia para liberar fondos para el sobrepasado sistema de hospitales públicos, donde según las autoridades, ocho de cada 10 pacientes proceden de Venezuela.

El mes pasado, el presidente del país, Michel Temer, canceló su agenda durante el carnaval para una visita urgente a Boa Vista. Pero para los residentes, los planes del gobierno federal, que incluyen construir un hospital de campaña en Pacaraima y reubicar a algunos miles en ciudades más grandes no son suficientes. Entre el 1.º de enero y el 7 de marzo de este año, 27,755 venezolanos cruzaron a Brasil desde Pacaraima. Las autoridades estiman que en la actualidad hay al menos 80,000 venezolanos en el país, la mayoría en el estado de Roraima.

Durante una reunión con el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, el mandatario de Brasil, Michel Temer, dijo el martes que la migración de los venezolanos tenía un efecto “desestabdesahuciadoilizador” en otras naciones de Latinoamérica. También el martes, el Gobierno de Estados Unidos anunció que proporcionará $2.5 millones en alimentos de emergencia y ayuda médica a los migrantes venezolanos en Colombia.

Brasil, el país más grande de Latinoamérica, tiene una de las políticas migratorias más incluyentes de la región. Los venezolanos pueden cruzar la frontera con apenas una tarjeta nacional de identificación, un salvavidas para muchos que dicen que obtener un pasaporte en su país se ha convertido en una tarea imposible. Muchos inmigrantes sin identificación pueden mostrar un certificado de nacimiento para ingresar si solicitan y obtienen el estatus de refugiado.

Ser declarado “refugiado” puede ser problemático porque este tipo de migrantes no pueden regresar a su país. El presidente Nicolás Maduro los ha calificado de “traidores”. Pero muchos dicen que mientras Maduro siga en el poder, no tienen razón para volver. Pese al vertiginoso aumento de la inflación y al colapso de muchos negocios, Maduro se ha negado a permitir la entrada de ayuda humanitaria al país. Niega que haya una crisis y sostiene que la ayuda internacional llevará a una intervención extranjera.

“La solución de Maduro es que nos comamos unos a otros”, dijo con ironía Diana Mérida mientras lavaba su ropa en un río de Boa Vista. Mérida, de 34 años y de Maturín, dijo que recientemente envió $3 a su hija de 16 años y a su hijo de 11, lo que les permitirá comprar algo de arroz. Aunque tuvo que vender café durante tres días para reunir ese dinero, fue más de lo que podría haber ganado como vendedora de ropa en su país.

En la Plaza Simón Bolívar, Kritce Montero estaba sentada con su bebé Héctor, que ahora llevaba pañal y pasó los dos últimos días alimentándose con fórmula, todo donado por voluntarios. Han pasado dos días desde que la familia cruzó la frontera en Pacaraima. La primera noche durmió bajo un árbol en la plaza, pero la segunda alguien le ofreció una tienda por el bebé.

“Al menos aquí puedo alimentar a mis hijos”, dijo Montero. “Aunque viva debajo de un puente, estaré bien si mis hijos tienen comida”.

Asistencia. Ciudadanos venezolanos forman una fila detrás de un vehículo que proporciona comidas gratis en la Plaza Simón Bolívar, donde muchos viven en tiendas de campaña en Boa Vista.

Brasil mira con desconfianza a la vacuna de la fiebre amarilla

Aumento. La fiebre amarilla es endémica en amplias zonas de Brasil. Pero en los últimos años ha ganado terreno, y este es el segundo brote en dos años en regiones donde la vacunación contra la enfermedad no era obligatoria.

Elisangela Santos no comprende por qué este año se le ha dicho a todo el mundo en su barrio, a las afueras de Sao Paulo, que se vacune contra la fiebre amarilla. La enfermedad es endémica desde hace años en algunas zonas de Brasil y ella cree que hay gato encerrado.

“Cada año es algo distinto”, dijo hace poco la cuidadora escolar de 44 años, mientras esperaba ante un puesto sanitario en el distrito de Jardim Miriam. “Se inventan otra cosa para que los brasileños se gasten el dinero”.

La vacuna es gratis en los puestos sanitarios levantados en todo el país, pero la sospecha de Santos de que alguien se estará beneficiando en alguna parte es característica de la considerable desconfianza que sienten los brasileños hacia las autoridades.

La falta de fe en las instituciones brasileñas en medio de sucesivos escándalos de corrupción, una campaña de comunicación caótica para promocionar la vacuna y la decisión del país de emplear dosis parciales para aprovechar más los suministros han contribuido a los rumores sobre que la vacuna es una estafa, poco potente o incluso peligrosa.

Esa desinformación ha hecho que la gente evite la campaña que intenta vacunar a más de 23 millones de personas en zonas de los estados de Río de Janeiro, Sao Paulo y Bahía que hasta ahora no estaban consideradas en riesgo de fiebre amarilla. Casi seis semanas después de iniciar la campaña, el Ministerio de Salud dice que se ha vacunado al 76 % de la población objetivo, lejos de su meta del 95 %.

Es probable que la atmósfera de incertidumbre y rumores en torno a la vacuna complique llegar hasta ese último 20 %, socavando los esfuerzos del mayor país de América Latina por contener su mayor brote de fiebre amarilla en más de tres décadas.

Esa reticencia podría incluso derivar en un brote continuado en las megalópolis brasileñas. Brasil no ha tenido un brote urbano de la enfermedad desde 1942.

“Si tenemos un número mayor de personas infectadas de fiebre amarilla y el mosquito Aedes aegypti empieza a infectarse y contagiar la fiebre amarilla, podría volverse urbana”, advirtió Luiz Antonio Teixeira Jr., secretario de Salud del Estado. “Todo lo que hacemos es para asegurar que no tenemos fiebre amarilla urbana”, dijo.

Hace tiempo que la fiebre amarilla es endémica en amplias zonas del país, pero en los últimos años ha ganado terreno, y este es el segundo brote en dos años en regiones donde la vacunación contra la enfermedad no era rutinaria.

En el brote de 2016-2017, más de 770 personas se infectaron tras casi una década en la que Brasil había registrado menos de 10 casos al año. En este brote ya hay 846 casos confirmados, incluidos 260 pacientes fallecidos. El brote ha puesto a prueba el sistema sanitario apenas unos pocos años después de una gran epidemia de zika, vinculada a graves defectos en bebés nacidos de madres infectadas.
Aunque en ocasiones han circulado rumores en torno a campañas anteriores de vacunación, el auge del servicio de mensajería WhatsApp ha ampliado la desinformación como nunca antes, señaló Igor Sacramento, investigador de Fiocruz, el principal instituto público de investigación en el país.

Entre rumores. La desinformación ha circulado incluso entre profesionales sanitarios, algunos de los cuales se han resistido a dar vacunas con dosis parciales.

WhatsApp “es una característica fundamental de la forma en la que hacemos circular la información, las noticias, etcétera”, dijo Sacramento, que trabaja en el Laboratorio de Comunicaciones Sanitarias del instituto. Como los mensajes de WhatsApp llegan de personas conocidas por el receptor, la gente atribuye un gran valor a la información que contienen, y eso implica que a menudo la gente la acepta sin comprobarla, apuntó Sacramento.

Un rumor que circula por la plataforma de mensajería, por ejemplo, dice que una mutación del virus de la fiebre amarilla ha hecho ineficaz la vacuna, y cita un estudio publicado por Fiocruz. Eso no es cierto, y el instituto publicó un comunicado indicando que las mutaciones de la enfermedad no afectan la eficacia de la vacuna.

La desinformación ha circulado incluso entre profesionales sanitarios, algunos de los cuales se han resistido a dar vacunas con dosis parciales, indicó Ana Goretti, coordinadora interina del Programa de Inmunización en el Ministerio de Sanidad.

En respuesta, el ministerio y otras las asociaciones médicas brasileñas están preparando un comunicado que reitera la seguridad y eficacia de la dosis parcial.

También los esfuerzos de vacunación han sido caóticos. Los brasileños se encontraron este año con esperas de varias horas en algunos puestos sanitarios antes de que la asistencia cayera de forma drástica. Mucha gente que esperaba ante un puesto en Jardim Miriam se quejaba de que al primer puesto al que había acudido se le habían acabado las vacunas. Otra mujer dijo que a su hijo le habían vacunado sin presentar una cartilla de vacunación, pero a su hija la mandaron a casa por no tenerla.

Superar los temores en torno a la vacuna es especialmente importante porque la fiebre amarilla no parece estar remitiendo a su hábitat habitual en el interior más silvestre de Brasil. El Ministerio de Salud estudia incluso ampliar las vacunas rutinarias a todos los brasileños y ya ha decidido ofrecerlas a todos los niños a partir de este año, dijo Goretti.

El ministerio y los departamentos estatales de salud utilizan Twitter y Facebook para fomentar la campaña de vacunación y comparten enlaces de información sobre la vacuna y la enfermedad. Además, miembros del equipo de medios sociales del ministerio han respondido a algunas dudas en la página de Facebook de la institución.

Pero no han utilizado de forma sistemática medios sociales o WhatsApp para combatir los rumores que circulan allí. En su lugar, las autoridades dijeron que dependen principalmente de entrevistas con la prensa local para explicar que la vacuna es segura, eficaz y necesaria. En Sao Paulo y Río también se ha enviado a trabajadores sanitarios puerta a puerta para animar a la gente a vacunarse.

Los rumores han asustado a la familia de Manoel da Silva. El hombre, jubilado de 57 años, dijo que sus hijos adultos y su esposa se niegan a vacunarse, mencionando historias de gente que enfermó por la inyección y preocupaciones por la dosis parcial.

“Hay muchas cosas en internet”, dijo Da Silva, que vive en las afueras al sur de Sao Paulo. “Creen que es un fraude porque es parcial”.

Los científicos han expresado confianza en que la dosis de un quinto funciona y la Organización Mundial de la Salud ha dicho que puede utilizarse en emergencias. Aún no está claro cuánto dura la inmunización. Las autoridades brasileñas dicen tener datos –que se publicarán próximamente– para demostrar que funciona al menos ocho años, pero otros han sido más prudentes, y se esperan más estudios sobre su eficacia a largo plazo.

Los esfuerzos de vacunación han sido caóticos. Los brasileños se encontraron este año con esperas de varias horas en algunos puestos sanitarios antes de que la asistencia cayera de forma drástica.

Como todas las vacunas que utilizan virus vivos, la de la fiebre amarilla puede causar reacciones adversas o incluso causar una enfermedad similar a la fiebre amarilla. Susan McLellan, profesora de Enfermedades Infecciosas en la División Médica de la Universidad de Texas, dijo que la vacuna de la fiebre amarilla podría causar incluso más problemas sanitarios que otras vacunas elaboradas con virus vivos.

Sin embargo, “en un contexto epidémico, en un entorno de alto riesgo, estás mucho más seguro con la vacuna que con la enfermedad”, dijo McLellan, que hasta hace poco dirigía la Clínica de Viajes de la Universidad de Tulane.
Da Silva, cuya familia también se resiste a vacunarse, dijo que él tenía sus reservas, pero al final decidió hacerlo.
“Oí que enfermó gente” por la vacuna, comentó sobre sus reparos iniciales. “Pero si me pica un mosquito, ya estoy en peligro”.

Siria se empieza a reconstruir en medio de la violencia

Siria

En la emblemática plaza del Reloj de Homs donde estallaron algunas de las primeras manifestaciones contra el Gobierno sirio en 2011, hay un enorme cartel que muestra al presidente, Bashar Al Assad, sonriendo y saludando con el brazo derecho con el mensaje “Juntos reconstruiremos”.
Cuatro años después de que el ejército recuperase el control de la mayor parte de la ciudad, el Gobierno ha iniciado sus primeros proyectos organizados de reconstrucción en Homs, donde tiene previsto levantar cientos de edificios de apartamentos en tres barrios del devastado centro de la ciudad.
Es un pequeño comienzo para la gigantesca tarea de reconstruir Siria tras siete años de guerra, en los que ataques aéreos y bombas de barril redujeron a escombros infraestructuras y ciudades enteras.
El Gobierno estima que la reconstrucción constará unos $200,000 millones y llevará 15 años. Como en la vecina Irak, que sufre una devastación similar tras la guerra contra el grupo extremista Estado Islámico, nadie ofrece mucha ayuda para financiar el proceso.
Además, la violencia no se ha detenido. Fuerzas del gobierno llevan 10 días bombardeando sin descanso Guta oriental, una serie de poblaciones al este de Damasco, en una gran ofensiva para aplastar a los rebeldes que controlan la zona.
Cientos de personas han muerto y aún más edificios han quedado destrozados en una comunidad ya golpeada por años de asedio.
Al mismo tiempo, apenas a 10 kilómetros (6 millas) del otro lado de Damasco, trabajadores del Gobierno han empezado a despejar escombros en Daraya, otro suburbio asolado por un largo asedio, para iniciar la reconstrucción.
La cuestión de quién reconstruirá Siria se ha convertido en parte del tira y afloja entre Assad y sus rivales.
El Gobierno puede cubrir entre 8,000 millones y 13,000 millones de los costes de reconstrucción, según el asesor económico del Gabinete, Abdul-Qadir Azzouz. De modo que Damasco dice que necesitará a la comunidad internacional; pero también afirma que solo se permitirá participar a aquellos que “apoyaron” a Siria, en referencia a sus principales aliados, Rusia e Irán.
Probablemente, eso implica que los lucrativos contratos de obra se entregarán a empresas privadas de esos países, y puede que también de China.
La comunidad internacional, por su parte, afronta un dilema. Quiere estabilizar Siria para permitir que millones de refugiados regresen a casa, y cuando más tiempo lleve la reconstrucción, menos probable será que vuelvan.

Altruismo. Durante los últimos cuatro años, casi todas las labores de reconstrucción han sido obra de personas individuales, con algo de ayuda de Naciones Unidas.

Pero cualquier apoyo a las obras en Siria reforzaría a Assad y se consideraría como contribuir a la normalización y legitimación de su gobierno. Además, es improbable que un país rico en petróleo como Arabia Saudita invierta en un país respaldado por su gran rival regional, Irán.
“Hay pocas posibilidades de que ocurra cualquier proceso de reconstrucción a menos que se alcance un amplio acuerdo político, lo que es muy improbable”, escribió hace poco Jihad Yazigi, en Syria Deeply. “Los países e instituciones que tienen el dinero y que de forma tradicional financian estos esfuerzos financieros a gran escala, como los países del golfo Pérsico, la Unión Europea, Estados Unidos y, por medio de estos, el Banco Mundial, desde luego han perdido la guerra siria”.
Las autoridades estadounidenses dicen que Washington no trabajará con el gobierno de Assad y describen su mandato como ilegítimo.
“Hasta que haya un proceso político creíble que pueda llevar a un gobierno elegido por el pueblo sirio, sin Assad al timón, Estados Unidos y nuestros aliados no asistirán a la reconstrucción en zonas controladas por el régimen”, dijo el mes pasado el asistente en funciones del secretario de Estado, David Satterfield, ante el Comité de Asuntos Exteriores del Senado.
Incluso Rusia e Irán, aliados de Assad, están cortos de efectivo para financiar una campaña masiva de reconstrucción. El enviado especial de China a Siria, Xie Xiaoyan, expresó su cautela y pidió que no se esperase que su país cargara con el grueso de la operación.
“Las tareas por delante son abrumadoras”, dijo en diciembre durante una ronda de negociaciones de paz en Ginebra. “Unos pocos países no pueden emprender todos los proyectos. Hace falta un esfuerzo coordinado de la comunidad internacional”.
Entre tanto, decenas de miles de millas cuadradas de suelo urbano siguen en ruinas.
Imágenes recientes tomadas por Associated Press con un dron en Daraya, a las afueras de Damasco, y en la ciudad de Alepo muestran escenas de destrucción que recuerdan a las imágenes de la Segunda Guerra Mundial. Alepo oriental, donde vivían casi 1.5 millones de personas antes de la guerra, sigue en gran parte vacía y ruinosa un año después de que fue arrebatada a los rebeldes. Las pequeñas renovaciones en edificios del Gobierno y lugares históricos apenas hacen mella en la devastación.
Naciones Unidas analizó imágenes por satélite de seis de los siete distritos de Guta oriental, una zona con una población de unas 400,000 personas antes del conflicto, y encontró más de 6,600 edificios dañados, de los cuales más de 1,100 estaban destruidos por completo. Y eso antes de la reciente ofensiva del Gobierno, que ha allanado aún más viviendas y estructuras.
El Gobierno sirio intenta conseguir financiamiento para la reconstrucción de empresarios y expatriados sirios, así como aliados internacionales. Ha impuesto una tasa de reconstrucción de 0.5 % sobre algunos bienes y servicios, por ejemplo las cuentas de restaurante.

“Hasta que haya un proceso político creíble que pueda llevar a un Gobierno elegido por el pueblo sirio, sin Assad al timón, Estados Unidos y nuestros aliados no asistirán a la reconstrucción en zonas controladas por el régimen”, dijo el mes pasado el asistente en funciones del secretario de Estado, David Satterfield, ante el Comité de Asuntos Exteriores del Senado.

Primera etapa. El proyecto, que en teoría debe ponerse en marcha este año, se centra en tres de los distritos más destruidos de la ciudad: Baba Amr, Sultanieh y Jobar.

El proyecto de Homs da una idea de la escala de la tarea. El plan, que se pondrá en marcha este año, se centra en tres de los distritos más destruidos de la ciudad: Baba Amr, Sultanieh y Jobar. Reconstruirá 465 edificios que podrán alojar a 75,000 personas a un coste de $4,000 millones, según el gobernador de Homs, Talal al-Barrazi.
En un primer momento no estaba claro cuántas viviendas o apartamentos separados implicaba el proyecto, pero asumiendo que hubiera una media de cinco personas por hogar, eso supondría unas 15,000 viviendas. Es menos de la mitad de las 35,000 que se estima quedaron destruidas en la ciudad. Y está lejos del millón de casas que necesitará el país, según Al-Barrazi.
Durante los últimos cuatro años, casi todas las labores de reconstrucción han sido obra de personas individuales, con algo de ayuda de Naciones Unidas.
En el devastado distrito de Khaldiyeh, en Homs, varios carpinteros reparaban las puertas y ventanas del departamento de Mohammed Bayraqdar. Las paredes en el interior, e incluso las lámparas de techo, seguían negras por los combates.
Este vendedor de café, de 38 años, huyó del barrio en 2011 y se instaló con sus suegros en una zona de la ciudad controlada por el Gobierno. El año pasado informó a la municipalía de que quería regresar a casa. Una vez los arquitectos del Gobierno comprobaron que el inmueble era habitable, comenzaron las labores de reparación con ayuda de un programa de la ONU.
El gobierno de Assad controla más de la mitad de Siria, incluidas las ciudades más grandes y principales centros de población.
Salvo por algunos territorios aislados aún bajo control rebelde, la mayor parte del resto del país está en manos de fuerzas kurdas respaldadas por Estados Unidos, que arrebataron zonas al norte y este del país al grupo extremista Estado Islámico, incluida la que fuera la capital de facto de la milicia radical, Raqqa.
Los kurdos han hecho algo de reconstrucción, especialmente en Kobani, una localidad fronteriza de mayoría kurda. Según análisis de la ONU, más de la mitad de los edificios están dañados en 16 de los 24 distritos de Raqqa.
En el centro de Homs, Malek Traboulsi y su socio pagaron casi 400,000 dólares –lo que incluyó vender las joyas de sus esposas– para renovar su restaurante, Julia Palace, que sufrió graves daños en la guerra. Reabrió en Navidad de 2016.
Algunas personas le advirtieron que estaba invirtiendo en lo desconocido. Pero Traboulsi dijo que no era capaz de vender la propiedad y marcharse de Siria.
“Este es mi país”, dijo en una tarde reciente mientras se movía entre las mesas, charlando con los clientes. “Aquí es donde respiro, donde está mi vida, y no puedo vivir en ningún otro sitio”.

Crimen de reportero revela complejidad de informar en México

Su tierra. A Gumaro Pérez lo velaron en la casa de su madre, en Acayucan, el mismo lugar en el que de joven había comenzado a trabajar en un periódico de circulación local.

Para unos, Gumaro Pérez era un experimentado reportero de trato amable, apodado “el hombre rojo” por su cobertura de temas policíacos en Acayucan, Veracruz, uno de los estados mexicanos más peligrosos tanto para la prensa como para la sociedad en general.

A ojos de la Fiscalía del estado, sin embargo, era un presunto colaborador del crimen organizado que tuvo un final macabro: hombres armados, supuestamente de un grupo rival, irrumpieron el 19 de diciembre en la escuela de su hijo de seis años, en plena fiesta navideña, y le dispararon a bocajarro.

En cualquiera de los casos, el brutal crimen cometido a plena luz del día dejó al descubierto el complejo escenario en el que se mueve la prensa en varios estados mexicanos, incluidas las zonas donde las organizaciones criminales controlan a autoridades corruptas, aterrorizan a la población y se sienten libres de amenazar y asesinar a periodistas con total impunidad.
Muchas veces, ser periodista en estos lugares supone escribir o subir fotografías en portales de internet muy rudimentarios o en una página de Facebook; en otras ocasiones, significa trabajar a tiempo parcial para pequeñas publicaciones con salarios insuficientes para vivir y que obligan a tener otros empleos. Algunos son taxistas o tienen pequeños negocios. Otros trabajan para gobiernos locales. Y no puede descartarse que alguno esté en nómina de los carteles o de las autoridades corruptas por el crimen, aunque sean una minoría.

Con al menos 10 reporteros asesinados en 2017, observadores internacionales consideran que el país vive una seria crisis para la libertad de expresión. En México, además, los riesgos se multiplican para aquellos que trabajan sin editores, sin medios de comunicación que los respalden y sin la ayuda o el asesoramiento necesario si se encuentran en peligro.
“Está claro que eso les hace más vulnerables”, asegura Jan-Albert Hootsen, representante en México del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, por su sigla en inglés), con sede en Nueva York.

Y cita el caso de Moisés Sánchez, un reportero de Veracruz que con el dinero que sacaba como taxista imprimía su propio periódico. Fue decapitado y mutilado en enero de 2015 por motivos que –el CPJ confirmó– se debían a su labor informativa en un pequeño y violento pueblo de ese estado. “No tenía ningún apoyo institucional, así que cuando empezó a recibir amenazas de muerte, nadie le respaldó”, lamenta Hootsen.

El último reportero asesinado, Gumaro Pérez, de 34 años, empezó muy joven a trabajar para el Diario de Acayucan, en la localidad del mismo nombre, de menos de 100,000 habitantes. Ubicada en el sur del estado y cerca del golfo de México, es una región rica en petróleo y un corredor estratégico de tráficos ilegales que, según los expertos, actualmente se disputan los carteles de los Zetas y de Jalisco Nueva Generación.

“Entonces era un muchacho trabajador”, cuenta el subdirector del Diario de Acayucan, Cecilio Pérez, quien no tiene ninguna relación familiar con Gumaro. Después, asegura, le perdió la pista por mucho tiempo.
Gumaro Pérez enviaba notas a varios portales e incluso abrió el suyo propio: La voz del Sur. En paralelo, hace unos años empezó a colaborar también con el alcalde de Acayucan, Marco Antonio Martínez, para quien lo mismo hacía de chofer que de fotógrafo o asistente personal, aunque no estaba en la nómica del ayuntamiento y no está claro cómo se le pagaba, explicó Jorge Morales, de la Comisión Estatal de Atención y Protección a Periodistas de Veracruz, un organismo gubernamental.
El alcalde no contestó a reiteradas solicitudes de entrevista para este artículo.

Y según varios periodistas locales entrevistados por The Associated Press, Gumaro Pérez, parecía tener un trabajo más: vigilar a sus colegas y coaccionarles para que publicaran o callaran información de acuerdo con los intereses del cartel de los Zetas.

Dos reporteros de Acayucan, que pidieron el anonimato por cuestiones de seguridad personal, dijeron a la AP haber recibido llamadas intimidantes de Gumaro.
En una de esas conversaciones, supuestamente pidió al reportero “bajar una nota” o en caso contrario pasaría su teléfono “a ya sabes quién y que se comuniquen contigo”. Esas palabras sonarían inofensivas en otros lugares, pero en zonas controladas por el crimen organizado pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.
“Los periodistas de Acayucan vivían aterrorizados y en una angustia constante con ese sujeto”, dice Ignacio Carvajal, un veterano reportero que cubre la zona, y asegura que ese patrón se reproduce en otras partes del estado, donde prevalece la “narcopolítica”. Para él, “no es un caso aislado”.

La Fiscalía de Veracruz lanzó su versión sobre los supuestos nexos de Gumaro con el crimen 24 horas después del homicidio. Hasta ahora no ha presentado pruebas y se limitó a decir que su versión se basa en conversaciones extraídas de su celular y registros de visitas a un líder criminal preso.
Sus allegados han negado cualquier implicación con la delincuencia. “Para mí y mi familia, mi hermano era una persona muy decente que caminaba con la frente en alto y al que muchos admiraban”, afirmó su hermana, Maribel Pérez, durante el velorio.
Fidel Pérez, un reportero que tampoco tiene vínculos familiares con Gumaro, dijo conocerlo hace casi 10 años y que era un hombre tranquilo, que vivía sin los lujos que se presuponen en alguien implicado con el narco. A su juicio, el señalamiento de la Fiscalía fue “muy precipitado, muy aventurado”, sin haber investigado nada más.
La Fiscalía no ha dado tampoco ningún dato que apunte a que su homicidio pudo ser consecuencia de alguna historia que publicó. Una de sus últimas notas fue sobre asuntos policiales enviadas al portal Golfo Pacífico, en septiembre y octubre de 2017. Virgilio Reyes, director de la página, dijo que después de eso dejó de colaborar porque estaba ocupado con sus trabajos para el alcalde.
En México, cuando matan a un periodista, es común que las autoridades intenten desvincular su labor informativa del móvil del crimen e incluso empañar la imagen de la víctima, lo que ha llevado a que muchos duden de las versiones oficiales.
Y aunque Carvajal es de los que cree que Gumaro Pérez hacía “lobby” para el crimen, también considera que el pronunciamiento de la Fiscalía huele a querer apaciguar el golpe político de un asesinato brutal, en lugar de hacer una verdadera investigación que esclarezca la verdad. “Sean buenos o sean malos periodistas, lo que queda al final del día es impunidad”, sentenció.
Muchos analistas consideraban que la peor época para la prensa en Veracruz fue con el anterior gobernador, Javier Duarte (2010-1016), actualmente preso bajo cargos de corrupción y lavado de dinero.
Sin embargo, la llegada de un nuevo gobernador –de otro partido– no mejoró la situación: al menos tres periodistas veracruzanos han sido asesinados este año. Las muertes han ocurrido en medio de una oleada creciente de violencia en Veracruz y otros estados del país, no vista desde los peores años de guerra frontal contra el crimen organizado.
“En un estado como Veracruz, si la violencia ha crecido y la impunidad ha crecido, incluso si hay un cambio de administración, la situación para los periodistas no cambia de forma significativa”, dice Hootsen.
Y advierte que el peligro es que si no se investigan adecuadamente los asesinatos de informadores, “casos aislados podrían usarse para criminalizar y generar un ambiente más hostil” contra un gremio que ya se encuentra muy acosado.

Cita el caso de Moisés Sánchez, un reportero de Veracruz que con el dinero que sacaba como taxista imprimía su propio periódico. Fue decapitado y mutilado en enero de 2015 por motivos que –el CPJ confirmó– se debían a su labor informativa en un pequeño y violento pueblo de ese estado. “No tenía ningún apoyo institucional, así que cuando empezó a recibir amenazas de muerte, nadie le respaldó”, lamenta Hootsen.

El principio de la “descomposición” de Veracruz comenzó hace más de una década, explicó Jorge Morales, de la comisión estatal para periodistas, cuando el cartel de los Zetas penetró en las estructuras políticas y de seguridad y fracturó el Estado de derecho. La creciente violencia que se vive hoy, añadió, es la “metástasis” de ese cáncer.
Los días posteriores al asesinato de Gumaro Pérez, Acayucan parecía estar en relativa calma y con los patrullajes policiales habituales. Sin embargo, pocos se atrevían a hablar y los que lo hacían aseguraban que la ciudad está al rojo vivo.

“Desde inicios de año es demasiado”, afirmó Lilia Domínguez, cuya casa está justo frente a la primaria donde se cometió el homicidio. “Matan aquí, matan allá…”
Uno de los reporteros que presuntamente fue víctima del acoso de Pérez asegura que no hay motivo para sentirse ahora más seguro. El crimen organizado sigue presente en la ciudad y dice que nunca se sabe qué posición asumirá la autoridad.
“Su muerte solo deja miedo”

Público. La muerte de Gumaro Pérez causó conmoción, pero no la suficiente como para fortalecer la seguridad de los informadores.

El periplo de una adolescente iraquí para sobrevivir al EI

Encierro. La toma del poder del Daesh dejó a Mosul sin libertades. Una adolescente cuenta cómo sobrevivió a esos días en los que a todos los cercaron.

Las tres mujeres se tensaron cuando su taxi se acercó al puesto de control vigilado por combatientes del grupo extremista Estado Islámico. Todos en Mosul temían los puestos de control; no podías predecir lo que esos hombres armados harían motivados por su fanatismo para destrozar cualquier indicio de “pecado”. Uno de ellos observó a Ferah, la chica en el asiento trasero.
La joven de 14 años llevaba el velo exigido sobre la cara, pero había olvidado bajar la tela para cubrir también sus ojos. Un combatiente le gritó para que lo hiciera. Pero Ferah no llevaba guantes, otra de las piezas requeridas. Si arreglaba el velo, verían sus manos desnudas y las cosas empeorarían.
En un intento por desaparecer, se hundió en su asiento.
Los hombres explotaron y gritaron que se llevarían a Ferah, a su madre y a su hermana ante la hisba, la temida policía religiosa que sancionaba a quienes violaban las órdenes del grupo EI. Sacaron a rastras al conductor y lo interrogaron. ¿De qué conoces a estas mujeres?
Ferah sentía a los hombres acechando al otro lado de la ventana; temibles, enormes y musculosos y con una barba que les llegaba al pecho. Su madre palideció. Una simple visita a casa de un amigo se estaba convirtiendo en un desastre.

Y de repente, se acabó. De alguna forma, el conductor tranquilizó a los hombres armados.
Ya seguros en casa de su amigo, Ferah se vino abajo. No solo temblaba, su cuerpo entero convulsionaba.

Este era el nuevo mundo de pesadilla en el que tendría que vivir la joven iraquí.
Ferah nunca había escuchado del grupo EI hasta que los milicianos tomaron el poder. Cuando comenzó el verano de 2014, el mundo se abría ante ella. Había terminado el primer curso en una nueva escuela privada, la mejor de la ciudad, que le encantaba. Había hecho nuevas amigas. Sus clases eran en inglés, su materia favorita. Soñaba con ser diseñadora de interiores.
Pero en junio, los milicianos del grupo EI invadieron Mosul y la ciudad cayó en el caos.
Los faros iluminaron las calles alrededor de la casa de Ferah alrededor de la medianoche. Vecinos con maletas se amontonaban en autos, soldados aventaban bolsas a camionetas, alejándose a toda velocidad bajo el ruido de la artillería y los disparos. Al otro lado de la ciudad, estalló un éxodo de pánico. Las dos hermanas mayores de Ferah, que estaban casadas y vivían cerca, llamaron para decir que huían a la cercana zona kurda. Su mejor amiga de la escuela le dijo por mensaje que su familia se iba a Turquía.
La familia de Ferah se quedó.

A la mañana siguiente, despertó a un mundo gobernado por milicianos, a los que se refiere despectivamente por su acrónimo árabe, Daesh.

Conforme los días se convertían en semanas y las semanas en meses, Ferah ya no quería salir. Era demasiado peligroso. Se refugió en su habitación, lejos del horror, de las historias de hombres acribillados en plazas públicas y de mujeres apedreadas hasta la muerte.
Su refugio eran las palabras. Colocó una vela en un vidrio viejo y, con su tenue luz, sacó su iPad y escribió en su muro de Facebook. Unas cuantas líneas al día sobre un sentimiento o pensamiento, un temor o una esperanza.
No tenía ni idea de cuánto tiempo tendría que vivir así, o si ella y su familia sobrevivirían.
“¿Cuál es el problema?”, preguntó en uno de sus diálogos imaginados.
“El futuro desapareció. Se vino abajo”.
“¿Cómo puedo comprender tus sentimientos?”
“Ponte en medio del Daesh… Intenta ser un soñador mientras estás entre Daesh”.

***

LA PLAGA
Cada día había más hombres fanáticos. Estaban por todos lados, con sus barbas largas y sus túnicas justo por encima del tobillo. Nunca sonreían y parecían estar enojados todo el tiempo.
Cuando regresó a la escuela, esta también estaba bajo el control del grupo EI. La escuela privada a la que asistía antes estaba cerrada, así que fue a una pública. Estaba segura de que algunas niñas de su clase eran del Daesh: llevaban las caras tapadas por velos, casi nunca hablaban con los demás y cuando lo hacían, era para hacer juicios severos.
Ferah les tenía miedo. Dejó de asistir a las clases.
El hijo de la familia de la casa contigua se volvió miembro del grupo EI. “¿Cómo puedes permitirle unirse?”, preguntó la madre de Ferah a la otra, que se encogió de hombros como respuesta. Pronto, también el esposo de la mujer usaba la ropa de los milicianos. Toda la familia era de Daesh. La familia de Ferah conocía a esa gente desde hacía años, se visitaban mutuamente en casa. La habitación de Ferah daba a su vivienda.
Era como una plaga que se propagaba y transformaba a la gente.
Uno por uno, los amigos que quedaban de Ferah se despedían para irse a Turquía o zonas kurdas.
Los parientes y amigos de la familia que se quedaron pasaban por la casa con frecuencia y comentaban las noticias. Ferah se enteró de las leyes que habían impuesto. El Daesh prohibió fumar. Durante el ramadán, arrestaban a personas sospechosas de no respetar el ayuno. Quienes violaban las reglas eran azotados en plazas públicas.
Comenzaron las atrocidades. Cientos de reos chiíes de la principal prisión de Mosul fueron asesinados. Policías y soldados fueron abatidos en plena calle para que todos lo vieran.
El padre de Ferah, profesor universitario, utilizaba un dicho árabe para explicar que el Daesh explotaba la religión: “Hablando con rectitud, mientras cometes el mal”, decía. Él y su esposa habían criado a sus cuatro hijas para que valoraran la educación y la fe. Eran una familia musulmana suní religiosa y con frecuencia rezaban juntos. Ferah, sus hermanas y su madre usaban velo, como casi todas las musulmanas en Mosul. Pero esto no se parecía en nada al islam que conocían.
Proliferaban los patrullajes de la policía religiosa de la hisba y se imponían cada vez más reglas. A las mujeres se les exigió usar el niqab: túnicas negras, guantes y velo que ocultan toda forma corporal y las mantienen lejos de las miradas de los hombres incluso en público.
Ferah odiaba usar el niqab. Odiaba al Daesh. Y odiaba su vida.

El padre de Ferah, profesor universitario, utilizaba un dicho árabe para explicar que el Daesh explotaba la religión. “Hablando con rectitud, mientras cometes el mal”, decía. Él y su esposa habían criado a sus cuatro hijas para que valoraran la educación y la fe. Eran una familia musulmana suní religiosa y con frecuencia rezaban juntos. Ferah, sus hermanas y su madre usaban velo, como casi todas las musulmanas en Mosul. Pero esto no se parecía en nada al islam que conocían.

La mañana del 16 de octubre de 2014, desayunó como de costumbre, ayudó a su madre con las tareas y rezó a mediodía.
Luego entró a su habitación, cerró la puerta con llave y lloró.
Sus amigas se habían ido. Sus dos hermanas mayores también. Una estaba embarazada cuando huyó, y ahora Ferah tenía una sobrina recién nacida a la que solo conocía por fotos. Estaba aislada y sola, temerosa de salir.
A la hora de la comida no salió. Sus padres se preocuparon.
“Puedes superar esto, Ferah”, le dijeron a través de la puerta.
“Necesito estar sola”, sollozó.
Escribió sus ideas en inglés en hojas de papel. ¿Por qué nada resulta como esperaba? ¿Por qué pasa esto? Le gustaba escribir sus pensamientos más profundos, lo que no quería que nadie supiera, en inglés, no en árabe. Luego cortaba el papel, tal como le hubiera gustado cortar su realidad, y guardaba los pedazos en una caja en su armario.
Pero entrada la noche, luego de horas sentada en la cama, intentó algo diferente. Escribió en árabe.
“De repente, la vida te despoja de lo que amas, como si te castigara por un crimen que aún no se cometió”, escribió. “Me da miedo preocuparme por los dispersos restos de mi alma, solo para después perderla. ¡A veces le tengo miedo a la felicidad!”
Lo publicó en su página de Facebook y, curiosamente, se sintió mejor, “como una luz al final de un misterioso camino”.

***

LOS SIETE HÁBITOS DE ADOLESCENTES
Ferah nunca se consideró escritora. Pero abrió una nueva cuenta de Facebook y publicaba cada pocos días. Pronto tenía cientos de seguidores que se convirtieron en miles.
Desde su habitación, creó un nuevo mundo. Hizo mariposas con hojas azules, rojas y verdes y las colgaba alrededor del espejo. Las mariposas: brillantes, optimistas. Colgó tiras de luces blancas desde el techo. Pegaba letreros en inglés en las paredes: “Sé tú misma”.
Y, para crear ambiente, prendía su vela.
En sus escritos se enfrentaba a su mayor temor: Probablemente su vida nunca empezaría. El Daesh podría quedarse siempre.
“Cuando cierras los ojos, sientes lo horrible que es tener las manos encadenadas y ser incapaz de imaginar el futuro. Te acurrucas en el suelo y lloras”.
Sabía que estaba sensible. Podía llorar durante horas o salía de su cuarto gritando: “¿Qué hago aquí? Todos me abandonaron”. La hermana de Ferah evadía el estrés o dormía. Pero a la menor provocación, Ferah se encendía.
Su madre se preocupó y encontró excusas para entrar a su cuarto y vigilarla.
No era fácil criar a una adolescente en una ciudad tomada por fanáticos. Una palabra equivocada podía matarte.
En el verano de 2015 se extendió la noticia de que un hombre fue arrestado después de señalar la casa de los vecinos de Ferah que se habían convertido al Daesh a la coalición liderada por Estados Unidos. Convencidos de que habría un ataque aéreo, la familia de Ferah y otros vecinos decidieron irse unos días.
Al partir, vieron que la esposa de la familia señalada también lo hacía.
Ferah estalló. “¿Por qué te vas? ¿No quieres el martirio?”, gritó. “Regresa a tu casa y deja que la ataquen. ¡Irás directa al paraíso!”
Aterrorizada, la madre de Ferah se llevó a su hija.
La casa del vecino nunca fue atacada. Los milicianos dispararon al presunto informante en la cabeza en una plaza pública y el esposo mostró con orgullo el video, jactándose: “Este fue uno que intentó intimidarnos”.
Al poco tiempo, el 19 de julio, Ferah cumplió 15 años. Su madre intentó organizar una fiesta, pero ella lo evitó. No quería soplar velitas y actuar como si fuera un cumpleaños feliz. ¿Qué tenía de feliz?
No solo era el miedo. El aburrimiento era paralizante.

Sin libertades. El Daesh impuso en Mosul una serie de reglas cuyo cumplimiento se verificaba de forma discrecional. Esto dejó muchas víctimas mortales.

Mes tras mes, Ferah y su hermana deambulaban por la casa intentado llenar unas horas que pasaban agonizantemente lentas.
La noche traía lo más cercano a la libertad: internet. Durante el día, la compañía limitaba su uso, lo que complicaba ver un video. Pero pasada la medianoche, los megabytes eran ilimitados.
En todo Mosul, la sociedad se protegía tras puertas cerradas y vivía vidas virtuales, nocturnas, y dormían hasta bien entrado el día. Incluso el padre de Ferah estaba atrapado. No tenía empleo porque el grupo EI cerró las universidades. Además, no le crecía la barba, así que al salir arriesgaba ser acosado por la hisba, que exigía que los hombres llevaran barba como la del profeta Mahoma. Pasaba gran parte de sus días escribiendo un libro en su estudio.
Ferah leía. Se descargó traducciones árabes de libros de autoayuda: “Succeed for Yourself: Unlock Your Potential for Success and Happiness” (“Ten éxito por ti mismo: Desbloquea tu potencial al éxito y la felicidad”), “You Will See It When You Believe It” (“Lo verás cuando lo creas”) o “The Power of Intention” (“El poder de la intención”).
Le gustaba tanto “Los siete hábitos de adolescentes altamente efectivos” que lo leyó dos veces. Primer hábito: “Sé proactivo”. Eso significaba decir: “Soy la fuerza. Soy el capitán de mi vida. Puedo escoger mi actitud”.
Optó por libros sobre la adolescencia porque quería comprender la fase de desarrollo por la cual pasaba. Aprendió que eran sus años formativos, cuando la personalidad se define.
Ferah cayó en la cuenta que no podía seguir así. Si estoy deprimida y atemorizada, esa forma de pensar se quedará conmigo para siempre.
No tenía caso quejarse, se dijo a sí misma. Debía aprovechar ese tiempo para lograr algo que pudiese permanecer con ella. Podía ser una soñadora entre el Daesh, sería la capitana de su vida. Este sería su proyecto.
Su diario en Facebook creció. Sus seguidores, ya más de 6,000, elogiaban su escritura y eso le daba fuerzas.
Una tarde notó que la comenzó a seguir una chica iraquí. Ferah le envió un mensaje para preguntarle el motivo. “Porque entré a tu perfil y vi que eres una buena persona”, respondió.
Era Rania, también originaria de Mosul, pero su familia había huido a Dahuk, en territorio kurdo. Ferah y Rania comenzaron a chatear con frecuencia, al principio sobre cosas superficiales, pero luego surgió una amistad.
Aun así, todos estos pasos parecían demasiado pequeños para evadir la realidad del Daesh. “Sé que después de todo este tiempo vivía en mi mundo de ensueño”, escribió Ferah. “Una sola palabra puede devolverme todo el dolor”.

***

EL AROMA DEL PARAÍSO
En ninguna parte de Mosul se podía escapar del terror del Daesh.
Una vez, Ferah fue con sus padres a una de sus comprobaciones ocasionales a la casa de su hermana mayor. No se atrevieron a detener el auto, pasaron lentamente por delante. La casa había sido confiscada y ahora familias partidarias de EI vivían ahí. Ferah los vio entrar y salir con sus túnicas cortas, barbas y velos como si fuera su casa. Las calles eran un peligro.
Los ojos vigilantes y obsesionados de la hisba captaban “errores” de mujeres que ni ellas mismas sabían que cometían. De afuera de la casa del tío de Ferah se llevaron a una niña. Su túnica se había abierto y vieron algo rojo debajo, un toque de color prohibido en lo que debía ser un atuendo totalmente negro.
La propia azotea de Ferah era un peligro. Era un lugar para disfrutar de la brisa en las sofocantes noches veraniegas, pero la casa familiar estaba expuesta, totalmente visible desde tres direcciones. ¿Cómo saber de qué podían acusarte si te veían ahí?
En un barrio cercano, una niña de unos 12 años había subido a su azotea. Por casualidad, un niño en la casa contigua estaba en la suya al mismo tiempo. Fueron vistos y se levantaron sospechas. El Daesh los arrestó y los mató. La niña fue lapidada en la calle frente a su casa, el castigo por adulterio. Todos en el barrio comentaban lo sucedido. Comentaron que cuando dejaron de apedrearla y se llevaron el cuerpo de la niña, permaneció un cálido olor a almizcle, uno de los aromas del paraíso, señal inequívoca de que era inocente y Dios se la había llevado.
Definitivamente no subas a la azotea. El único lugar seguro era entre las cuatro paredes.
“¿No hay un derecho a la libertad de soñar, la libertad de tener los mejores años de mi vida?”, escribió Ferah. “Solo me gustaría saber cuándo viviré realmente”.

***

SUS PEQUEÑAS OBRAS
En su cuarto, Ferah profundizaba en un mundo que se volvía cada vez más elaborado.
Imprimía fotos de Instagram y Tumblr de caras o de la moda que le gustaba y las pegaba sobre su cama. “Todo lo que imaginas es real”, decía un cartel. Otro mostraba a una niña con alas de hada. “¿Y si caigo?”, decía la imagen, que también respondía: “Ah, querida, ¿y si vuelas?”
Sus recortes de papel se multiplicaban, ya no solo había mariposas, sino flores, corazones y un nido de crías de pájaro. Los llamaba “mis pequeñas obras”.
La luz de su vela la motivaba. “Háblame con frecuencia”, decía. “Estoy aquí para meditar y reflexionar contigo”.
Por la noche, exploraba la red. Descubrió toda una microcultura de entusiastas del diseño de interiores en YouTube. Su favorito: cualquier cosa de la cadena IKEA. Practicó su inglés viendo caricaturas. Vio “Asalto al poder”, con Channing Tatum, una y otra vez hasta que comprendió casi todos los diálogos.
Lo mejor era su amistad con Rania.

En un barrio cercano, una niña de unos 12 años había subido a su azotea. Por casualidad, un niño en la casa contigua estaba en la suya al mismo tiempo. Fueron vistos y se levantaron sospechas. El Daesh los arrestó y los mató a ambos. La niña fue lapidada en la calle frente a su casa, el castigo por adulterio. Todos en el barrio comentaban lo sucedido. Comentaron que cuando dejaron de apedrearla y se llevaron el cuerpo de la niña, permaneció un cálido olor a almizcle.

Tenían gustos similares. Rania le envió una foto suya y su ropa era algo que Ferah se pondría. Decoraban juntas cuartos en línea, intercambiaban fotos de muebles.
Ferah nunca había visto a Rania en persona; sin embargo, su amistad era más profunda que cualquiera que hubiera tenido en la niñez. Probablemente porque nació de la adversidad. En sus peores momentos, Ferah escuchaba el aviso de un mensaje de Rania y sabía que nada más abrirlo, reiría.
“Me entristece que un cielo nos cubre a ambas y no podemos conocernos, que las fotos digitales nos unen y no podemos conocernos”, escribió Ferah. Pero le dio las gracias a Dios: superar la distancia “es absolutamente lo más hermoso que he experimentado”.
Al menos dentro del mundo que creó en su habitación podía encontrar confort y pasear lejos en la red con sus amigas, sus escritos y sus lectores.
Pero eso también desapareció.
El 19 de julio de 2016, en su 16.º cumpleaños, el Daesh desconectó el internet.
El grupo EI acordonaba a la población de Mosul. Temía que espías guiaran ataques aéreos estadounidenses mientras las fuerzas iraquíes más al sur comenzaban su marcha hacia la ciudad con el objetivo de recuperar el feudo más importante del Daesh.
Ferah quedó sola. Comenzó a tomar clases de costura con una amiga de la familia. Le encantaba. A veces se quedaba en la máquina de coser hasta las 3 de la madrugada y con el tiempo hizo casi 20 atuendos, algunos los regaló.
Y escribía, ahora para ella, no para sus seguidores. Escribió largas reflexiones donde se retaba y se enfrentaba a sus dudas.
Conforme pasaban los meses, halló que sus pocas obras –sus manualidades, su ropa, sus escritos– eran sus éxitos secretos. Le dieron confianza para valerse por sí misma.
“Nadie puede detenerte cuando confías en lo que tienes dentro, cuando sobrevivir está en tu corazón incluso cuando tu cuerpo se hunde, cuando la luz está adentro incluso cuando te rodea la oscuridad”, escribió. “Obligaré a mi realidad a someterse a mis deseos y lograr mis objetivos. Incluso cuando aumenten las dificultades, no caeré. Vamos, guerra, empeora”.
Solo extrañaba a una persona. Para el cumpleaños de Rania, le escribió un mensaje.
“Construyo un lugar eterno para ti en mí”, le dijo. “Cuando crea que me rindo, tú pasas y estoy segura que, contigo ahí, nunca me rendiré… Gracias por tu corazón, mi amiga, mi flor, mi galaxia, mi mariposa. Te quiero mucho, mucho”.
Podía recibir una débil señal en su tarjeta SIM en el piso superior de su casa. Se paraba en el lugar justo, sostenía el teléfono en alto, presionaba enviar, rezaba que su mensaje, byte por byte, llegara a la amiga que nunca había conocido.

***

Hacia afuera. Mientras tuvo internet, Ferah usó las redes sociales para compartir sus escritos y también para hacer amigos. En el momento más álgido, ya no le quedó ni esa ventana.

CENIZAS
En enero de 2017, el Daesh irrumpió en el mundo de Ferah.
Las fuerzas iraquíes se abrieron camino hacia el este de Mosul en una dura contienda urbana. Los milicianos tomaron viviendas y se atrincheraron en ellas para una sangrienta lucha con las fuerzas de Bagdad, luego se iban al siguiente vecindario. La ciudad se sacudió con disparos, coches bomba y ataques aéreos.
Una tarde, se escuchó un golpe en la verja frontal. No respondieron, así que los hombres armados del Daesh se abrieron camino a tiros.
“Salgan todos”, ordenaron los hombres. Querían la casa, la azotea les daría a sus francotiradores una buena visión. Ferah estaba enfurecida de ver a estos niños armados, no mayores de 17 años y sin duda de aldeas de fuera de Mosul, gritándole a su padre, un hombre respetable de unos 50 años. Incluso en este momento crítico previo a la batalla, lo reprendieron por no tener barba.
La familia de Ferah se refugió con un vecino. Amontonados en un solo cuarto, podían escuchar a los combatientes a un lado, subiendo y bajando escaleras. Esperaron horas para que se debilitara el fragor de la batalla.
Justo antes del amanecer, un golpe. La explosión de un misil, una ráfaga de disparos. Cada vez se acercaba más el zumbido que siempre precede a un ataque aéreo.
Luego una enorme explosión. El cuarto se oscureció. Parte del techo colapsó. Tuvieron dificultades para respirar y los niños pequeños del vecino gritaron en la oscuridad. Ferah y su hermana también gritaron. El padre de Ferah guardaba silencio, estupefacto.
Y así como llegó la tormenta, pasó. El Daesh retrocedió y las tropas del 8.º Ejército Iraquí se dispersaron por las calles que rodeaban la casa de Ferah. Casi después de tres años, su barrio quedaba fuera del control de los fanáticos y en manos del Gobierno.
Sin saber lo que sucedía, Ferah, sus padres y su hermana salieron de su refugio.
“La familia de la casa en llamas está saliendo. No disparen”, dijo un agente por su radio.
Ferah se paró frente a su casa. Las llamas salían de las ventanas de una forma que no se atrevía a mirar. El fuego estaba en su cuarto.
Los combatientes del Daesh habían hecho estallar explosivos en la cocina antes de huir.
Cuando aminoró el fuego, la familia entró. La habitación de Ferah se había derretido. Las paredes eran negras, la pintura se pelaba en dolorosas tiras. El techo había caído sobre su cama.
Sus pequeñas obras eran ceniza: las mariposas, las luces, los corazones y pájaros de papel, la ropa, incluso la caja de su armario llena de recortes con sus pensamientos más profundos en inglés.
“Vi mis sueños mientras se convertían en nada”, escribió. “Mi confianza en el mañana se desvaneció… Mi corazón se encendió”.

***

EPÍLOGO
Pero no fue el final.
Después del incendio, la familia se quedó con la hermana mayor de Ferah en Irbil. Desde ahí, el padre supervisó la reconstrucción de su casa. Ferah tomó un curso de repaso para la secundaria y aprobó. Cuando finalmente retomara las clases, solo estaría un grado atrás.
Visitaron a la hermana de Ferah en Dahuk y conocieron a su hija, de ya casi tres años.
Una mañana, Ferah pasó por una escuela en Dahuk y encontró a un grupo de estudiantes reunido en los pasillos antes de entrar a clase. Buscaba a una en particular.
Rania no supo quién era hasta que Ferah se paró frente a ella.
“¿En serio? ¿Viniste?”, lloró Rania.
“¡Esta es la Ferah con la que has hablado todos estos años!”, rieron las otras niñas.
Las dos jóvenes se abrazaron durante 10 largos minutos. Rania le mostró a Ferah su teléfono: había hecho capturas de pantalla de sus mejores conversaciones. Entre ellas, estaba el mensaje de cumpleaños de Ferah.
En Mosul, el cuarto de Ferah tiene pintura nueva, pero no es el santuario que alguna vez fue. Su madre sacó de un almacén los viejos muebles de su infancia, que ella odia. Extraña sus mariposas, pero no colgará nada hasta que compre nuevos muebles, con suerte de IKEA.
Nada es normal, pero tiene libertad. Todavía es una soñadora, pero ya no entre el Daesh.
A veces, relee uno de sus textos favoritos. Una canción de amor a ella misma. La escribió cuando estaba desesperanzada, elogiando lo bueno que descubrió en su interior.
“Buenos días a todos los que sienten la belleza en su interior, sin importar a quién moleste”, lee en silencio. “Gloria a la luz de los finales que se debilita y la explosión de nuevos comienzos. Nada más durará tanto”.


Por temor a su seguridad en Mosul, Ferah y su familia hablaron con The Associated Press bajo condición de que no se utilizaran sus nombres completos y que algunos detalles que los pudieran identificar no fueran mencionados. Se reportó desde El Cairo.

A un año del acuerdo, la paz sigue esperando

Otras guerras. La retirada de las FARC ha derivado en que en algunas regiones en donde el Estado tiene una presencia debilitada se desaten auténticas guerras por el control del tráfico de drogas.

Cuando el envejecido comandante Rodrigo Londoño firmó el 24 de noviembre de 2016 un acuerdo para que sus tropas abandonaran la guerra, el mundo creyó que Colombia había alcanzado el mejor mecanismo para acabar con el conflicto armado más antiguo de América Latina.
Pero un año después, la esperanza ha empezado a decaer.
Los fusiles de las FARC quedaron atrás, pero más de la mitad de sus combatientes han abandonado las zonas de desarme, desilusionados por la falta de proyectos para su paso a la vida civil, según Naciones Unidas.
“Eso es exactamente lo que no se quiere en un proceso de paz”, dijo Dag Nylander, representante en la mesa de negociaciones entre el Gobierno y las FARC por Noruega, país garante junto a Cuba. La desmovilización de los más de 11,000 excombatientes en solo seis meses fue un “logro enorme”, pero insuficiente para llevar el acuerdo a puerto seguro.
“Si Colombia no actúa ahora este proceso no será el ejemplo que muchos habían pensado que se estaba dando al mundo”, agregó Nylander en entrevista con The Associated Press.
El viernes, durante un acto en conmemoración del primer aniversario de la firma del acuerdo en el Teatro Colón de Bogotá, el presidente Juan Manuel Santos y Londoño coincidieron en que no se va claudicar en la meta de paz.
“Este proceso de implementación de la paz tiene dificultades, tiene retos, pero vamos avanzando, trabajando bien y siempre uno puede ver el vaso medio lleno a medio vacío. Hay unos que siempre están interesados en verlo medio vacío, pero la verdad es que va medio lleno y el reto es llenarlo cada vez más rápido”, señaló el mandatario.
A su vez, Londoño sostuvo: “Un año después… transformados en partido político legal, habiendo cumplido completamente con la dejación de las armas y con la satisfacción plena de haber honrado la palabra en cada uno de los compromisos adquiridos nos presentamos ante la sociedad civil para reiterar nuestro compromiso con la paz y la justicia social”.
Por la tarde Santos y Londoño mantendrán un encuentro, en un lugar no confirmado, en el que analizarán varios aspectos del acuerdo de paz.
Para las Naciones Unidas, que verifica el proceso de implementación del pacto, la seguridad es lo que se debe solucionar con mayor urgencia.
Tras la retirada de las FARC como grupo armado y autoridad, muchas zonas del país viven una guerra de bandas por el control del narcotráfico. Con la retirada de un actor clave en el control territorial se triplicó la superficie de cultivos ilícitos desde 2012, cuando iniciaron los diálogos, pese a los esfuerzos del Gobierno por erradicar la coca y difundir programas de agricultura legal.
Mientras el índice de homicidios a escala nacional se mantiene en mínimos históricos, en zonas tradicionalmente dominadas por las FARC los asesinatos aumentaron 14 % en la primera mitad de este año.
Tumaco, el municipio con más cultivos ilícitos de todo el país y uno de los principales puertos de exportación de la cocaína, es la muestra más clara de las nuevas luchas de poder con la presencia de grupos disidentes de las FARC –que siguen reclutando combatientes–, bandas criminales y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la última guerrilla del país tras el desarme de las FARC y que está actualmente en negociaciones de paz con el Gobierno.
El mes pasado siete campesinos cocaleros murieron en Tumaco en enfrentamientos con la policía durante una manifestación contra la erradicación de cultivos. En todo el país, 61 activistas por los derechos humanos han muerto en lo que va del año, frente a los 52 del año pasado, según Naciones Unidas. Ya en 2016, ante la firma del acuerdo de paz, esa persecución se había disparado.
Tumaco es también uno de los principales focos de las disidencias de las FARC, que ya conforman varios grupos y aglutinan en todo el país a un millar de exguerrilleros que no ven en el desarme un futuro viable, según varias organizaciones internacionales.
La fragilidad del pacto en el terreno se suma a la lentitud de la maquinaria política para materializar los acuerdos: 17 % de las 558 medidas necesarias para hacerlo realidad han sido aprobadas, mientras que más de la mitad no han iniciado siquiera su trámite, según un conteo del Kroc Institute para estudios de paz internacional de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos.
El 1.º de diciembre expira la vía rápida que tiene el Congreso para aprobar estas leyes. Ya han sido avaladas reformas difíciles como la Ley de Amnistía para los presos rebeldes y la creación del partido de las FARC, ahora llamada Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común; pero aún falta que avance un elemento clave y que para muchos es el núcleo del acuerdo: la llamada Justicia Especial de Paz, que juzgará a los actores del conflicto armado.
“Sin la justicia transicional en su lugar, el acuerdo entero fracasará”, dijo Nylander, que culpó de la lentitud a la dinámica electoral del Congreso.

La fragilidad del pacto en el terreno se suma a la lentitud de la maquinaria política para materializar los acuerdos: 17 % de las 558 medidas necesarias para hacerlo realidad han sido aprobadas, mientras que más de la mitad no han iniciado siquiera su trámite, según un conteo del Kroc Institute para estudios de paz internacional de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos.

El presidente Santos, galardonado con un Nobel de la Paz por su empeño en acabar el conflicto, admite que la tibia recepción de los acuerdos no es sorprendente tras medio siglo de enfrentamiento armado, 250,000 muertos y millones de desplazados.
El año pasado, el pacto con las FARC fue rechazado en un plebiscito por la mitad de la población, lo que forzó a Santos a tomar la impopular medida de aprobar en el Parlamento un acuerdo modificado.
“Los mejores acuerdos de paz son los que dejan gente insatisfecha de los dos lados”, dijo. “Algunos ya quieren firmar el certificado de defunción de los acuerdos, pero hay que tener en cuenta que construir la paz toma tiempo y que en menos de un año la implementación en Colombia está más adelantada que en otros acuerdos de paz”, añadió.
Santos, sin embargo, es optimista de que su coalición en el Congreso –favorable a la paz– se mantendrá el suficiente tiempo para blindar el pacto ante un eventual viraje político en las próximas elecciones presidenciales.
Pero sobre todo en las filas de los excombatientes temen que se caiga lo acordado. Para Imelda Daza, número dos de Londoño para las presidenciales de 2018, el balance de un año de paz es “fatal”.
“Los excombatientes no se sienten seguros, sienten que el Gobierno no está cumpliendo nada”, dijo. “Hoy, tal como están las cosas, corremos el riesgo de devolvernos a la conflictividad”, agregó la histórica líder de la izquierda.
Para Bernard Aronson, el enviado del expresidente estadounidense Barack Obama a los diálogos de paz, el acuerdo entre el gobierno de Santos y las FARC ha sido el más ambicioso de la historia del país. “Ahora la guerra ha terminado y nadie piensa que volverá a empezar”, dijo a la AP.
Este proceso ha ahorrado a Colombia la muerte de 2,796 personas, sobre todo guerrilleros y militares, según el Centro de Recursos para el Análisis del Conflicto que monitorea el cese al fuego.
“Era inevitable que, dadas las complejidades, la implementación tomara mucho tiempo y fuera más lenta de lo que la gente quiere”, afirmó Aronson. “Es inevitable que haya frustraciones dadas las altas expectativas… (el acuerdo) no iba a convertir Colombia en un paraíso”.

Presidente Juan Manuel Santos

Río se replantea el turismo en las favelas

Víctima. El mes pasado una mujer de nacionalidad española murió por disparos hechos por la policía en una de las favelas más reconocidas.

Cuando las autoridades brasileñas atajaron la criminalidad a principios de esta década, abrir las favelas ubicadas en las colinas de Río de Janeiro al turismo parecía una idea ganadora. Las vistas son impresionantes, los residentes podían ganar algo de dinero y los visitantes extranjeros verían otra parte de la ciudad y no solo la playa de Copacabana.

Ahora, una nueva oleada de violencia en esas comunidades reaviva una preocupación: ¿son las favelas seguras para visitarlas?

Las favelas de Río, famosas por la oscarizada película “Ciudad de Dios”, son conocidas desde hace tiempo por las drogas y el crimen. Pero los grupos de viviendas improvisadas que se extienden por las colinas de la ciudad son también el lugar de nacimiento del desfile de carnaval, la samba y el arte callejero.

Como parte de los preparativos que comenzaron en 2008 para albergar los Juegos Olímpicos, las autoridades presionaron para hacer que estas zonas antes prohibidas fuesen más seguras al perseguir a las bandas de narcotraficantes. La profunda crisis económica que atraviesa el país ha exacerbado la desigualdad existente y provocó recortes en la financiación de las fuerzas de seguridad, y las autoridades admitieron que han perdido nuevamente el control de la mayoría de las barriadas que en su día declararon “pacificadas”.

“La cuestión es muy compleja para decir simplemente si es seguro o no”, dijo Marcelo Armstrong, que lleva 25 años llevando turistas a las favelas. “Depende de dónde, depende del día, depende de las circunstancias. Esta es la realidad de Río ahora”.

Este año, Río ha registrado una media estimada de 15 balaceras diarias entre policías y bandas fuertemente armadas. Cientos de civiles, muchos de ellos residentes en las favelas, han muerto o resultado heridos en el fuego cruzado.

Un estudio realizado por la Confederación Nacional de Comercio y Turismo concluyó que el incremento de la delincuencia provocó pérdidas de $200 millones en el sector turístico de Río entre enero y agosto de este año. En 2015, la ciudad ganó $5,000 millones con el turismo.

Aunque en ocasiones los turistas han recibido disparos al desviarse accidentalmente hacia las favelas, el reciente fallecimiento de una española a manos de la policía puso de manifiesto la inseguridad en Río y sus favelas.

En octubre, la policía abrió fuego contra el auto en el que viajaba María Esperanza Jiménez Ruiz y sus familiares durante una visita a una de las favelas más populosas de la ciudad, Rocinha, que ha estado en el centro de una sangrienta batalla entre bandas rivales y la Policía.

Colorido. Pese al reconocido riesgo que ha crecido en estas zonas, sigue existiendo un gran atractivo para los turistas.

Las autoridades alegan que su conductor no se paró en un control policial y que manejaba un vehículo con las ventanas oscurecidas que no estaba identificado como perteneciente a una empresa de viajes. El conductor dijo que no vio el control y que nadie le pidió detenerse. Dos agentes están siendo investigados por un posible homicidio culposo y las autoridades anunciaron que presentarán cargos contra el guía y la agencia por no haber informado a los turistas sobre los riesgos de visitar la barriada.

“Entiendo la curiosidad de los turistas y entiendo el deseo de la comunidad de ser parte de la ciudad”, señaló Valeria Aragao, directora de la Policía Turística de Río e investigadora en el caso. “Lo que no entiendo es la actitud irresponsable de una agencia de viajes y de un guía para elegir y animar a visitar ese lugar, cuando hasta los residentes se sienten inseguros”.

Aragao reconoció que los guías no tienen acceso a los reportes oficiales de la Policía y deben fiarse de las informaciones publicadas en los medios y de los guías locales para evaluar si la visita es segura. En respuesta al incidente, las autoridades turísticas y de seguridad han creado un comité para regular el turismo en estos barrios marginales.

El gobierno local está considerando además pedir a las agencias que ofrecen visitas a las favelas que tengan un seguro de responsabilidad y que informen a la policía de la zona antes de cada visita. Las empresas tendrían que trabajar con un guía local y trasladar a los turistas en un auto identificado y sin los cristales oscurecidos.

Armstrong, el guía turístico de las favelas, dijo estar preocupado porque las autoridades trasladen la culpa de la muerte de la turista de la policía al sector.
“Habrá un día en el que las agencias de viajes serán acusadas de exponer a sus clientes a riesgos porque están caminando por Copacabana”, señaló. “Si el Gobierno no puede garantizar la seguridad, es su culpa y de nadie más”.

Unos días después del deceso de la turista española, Michiel Wijnstok, un turista holandés, participó en la visita de Armstrong a Vila Canoas, una favela que rodea el elitista club de golf Gavea.
“Escuchas las historias”, dijo Wijnstok, un gestor financiero que visitaba Río por primera vez. “Pero quería verlo con mis propios ojos”.

En el tour, de una hora de duración, el grupo recorrió callejones a la sombra de un entramado de cables eléctricos y escuchó a Armstrong explicar la historia de las barriadas marginales y su arquitectura. Parte de los $25 que paga cada uno de los participantes se destina a dos escuelas de la favela, gestionadas por asociaciones benéficas.

Al final de la visita, los turistas pidieron caipiriñas en un bar e intercambiaron sonrisas con los vecinos, que les dieron las gracias por el consumo. Para muchos de los residentes en estas comunidades, el turismo es un salvavidas en un lugar donde los empleos formales escasean.

Seguridad. La Policía Turística ha solicitado a las agencias que promueven las visitas que se coordinen con las autoridades.

Andreia Cavalcante vende bocadillos y bebidas a los extranjeros y a los conductores en un puesto en la favela Vidigal, que está en el lujoso barrio de Leblon. En un fin de semana normal, Cavalcante solía ganar $480 (1,600 reales) vendiendo pasteis –un sabroso hojaldre relleno de carne o queso–, ahora obtiene aproximadamente la mitad.
“Esto se debe a que la comunidad es un poco inestable con todo lo que está sucediendo”, explicó.

Cerca de la parte más alta de Vidigal, los turistas pueden alojarse en el hotel Mirante do Arvrao, donde una suite con vistas panorámicas de la ciudad y el océano cuesta $170 por noche. Los fines de semana, los bares del barrio ofrecen samba en directo y se llenan de brasileños y visitantes.

Daniel Graziani, propietario de un hotel y residente en Vidigal con su esposa y su hija de un año, dijo que ve un futuro brillante para el turismo de favelas, pero que la preocupación por la seguridad va en aumento.

Recientemente se ofreció a reubicar en otro hotel a una pareja que llegaba de París por una operación policial en la barriada. Los clientes se opusieron. La operación terminó un par de horas más tarde y los visitantes tuvieron una estadía segura en el Mirante do Arvrao.

Según Graziani, es prematuro decir que ya no es seguro visitar las favelas y cree que, a pesar de la confusión, el turismo en Vidigal tiene futuro. Sigue ofreciendo el paquete Experiencia Favela por el que los turistas pueden pasar el día aprendiendo a hacer feijoada –un guiso de carne y frijoles– o volar una cometa típica o “pipa”.
“La gente sigue estando interesada en otro tipo de turismo que va más allá del de masas”, dijo.

Harvey no amilana a mi familia

Destructivo. El huracán Harvey tocó tierra en Texas el 2 de agosto. Llegó como huracán categoría 4, con vientos de más de 200 kilómetros por hora.

Volví a la ciudad donde nací hace pocas semanas, a una urbe abatida por una monstruosa tormenta que dejó caer la cantidad de agua que llueve en un año normalmente, desbordando sus pantanos y sus embalses. El huracán Harvey ya se había ido, pero su legado permanecía en los pisos agrietados de la casa de mi tía Christine, en el moho de la vivienda de mi prima Esther y en los baldes de agua de la casa de mi papá y mi mamá debajo de filtraciones.

Recorrí en auto barrios con montañas de muebles inutilizados y restos de paredes. Cajas repletas de libros dañados y ropa mojada, de decoraciones de navidad arruinadas y de juguetes de los Power Rangers inutilizados.

Trabajos. Cientos de familias cuyas casas resultaron dañadas todavía esperan poder encontrar contratistas que les hagan las reparaciones.

Por cinco generaciones, mi familia sobrevivió a lo peor que envió la madre naturaleza a una ciudad acostumbrada a las grandes tormentas. Pero cuando las aguas ceden, a pesar de la devastación que causan, siempre se recupera y encuentra la forma de empezar de nuevo. Después de todo, mi familia vive aquí desde hace 100 años y ningún huracán ni ninguna inundación la va a ahuyentar.
Mi madre, Amelia Contreras, de 64 años, recuerda que una tía acostumbraba a contarle sobre las tormentas que azotaban Houston. Son la forma que tiene Dios, le comentaba, de decir que “la gente debe unirse, amarse los unos a los otros”, y de recordarnos que “en un minuto Él nos puede dejar sin nada”. Tormentas como Harvey fueron lo que nos llevaron a Houston.

En 1900, un huracán enorme mató a más de 6,000 personas cerca de la isla de Galveston. Meses después, mi bisabuelo, de 16 años, Florencio Contreras, llegó de San Luis Potosí, en México, a Houston porque los planificadores decían que era un sitio más viable. Abundaba el trabajo, por lo que se radicó allí.

En una época de segregación racial, Florencio solo podía vivir en barrios de inmigrantes mexicanos o de negros cerca del embalse de Buffalo Bayou. Abrió una herrería sobre la ribera del estanque e hizo herramientas y herraduras. Llovía a menudo y las calles de la zona se inundaban siempre, pero Florencio sabía que tenía que aprender a vivir con las tormentas si quería quedarse allí y salir adelante.

Se quedó incluso después de que Buffalo Bayou se llevó a uno de sus hijos, Joe, quien tenía solo 13 años cuando se tiró al agua tras una tormenta, golpeó su cabeza contra algo y se ahogó. Permaneció, también, luego de la gran inundación de 1935, que destruyó muchas viviendas de su barrio, pero no la suya.

Mi finado tío abuelo Ernest Eguía, hermano de mi abuela, contaba que estuvo atrapado varios días en su casa después de la inundación del 35. “Los muebles, la ropa y otras cosas hubo que ir a buscarlos al estanque”, expresó en un relato de 11 páginas que me dio. No vio tanta desesperación hasta que peleó en la Segunda Guerra Mundial y su batallón liberó el campo de concentración de Nordhausen, en Alemania.

Mi familia estaba creciendo y no tuvimos otra opción que mudarnos a viviendas dañadas por esa tormenta. Roland Contreras, nieto de Florencio y primo mío, recuerda que sus amigos le preguntaban por qué la casa estaba inclinada. “Era algo muy incómodo”.

El huracán Carla azotó Houston en 1961, rompió ventanas y arrastró los autos estacionados en casa. Mi madre y su familia se prepararon almacenando agua en bolsas de basura y cocinando para 12. Cuando llegó la tormenta, su casa estaba segura sobre soportes. Pero el agua les impidió salir por varios días.

Cuando nací yo, en 1974, Houston ya era una gran metrópoli y Buffalo Bayou no causaba tantos daños. Cruzamos el puente sobre el estanque en un cómodo Chevy Maverick. Cuando se avecinaban tormentas y el agua subía, mi madre nos decía que teníamos tiempo para escapar.

Foto de AP

Nuestra casa en un suburbio estaba también cerca del agua, en Greens Bayou. Yo tenía nueve años cuando vino el huracán Alicia en 1983 y decidimos esperarlo en la casa de Lita, mi abuela materna, montada sobre pilotes en una zona céntrica. Había sobrevivido a todas las tormentas desde 1935 y sin duda estaríamos seguros allí. Esperé la tormenta acurrucado en una cama. Oía las ramas de los árboles que golpeaban el techo y las ventanas. Pude ver por la ventana chispazos del tendido eléctrico poco antes de que nos quedásemos sin luz.

Cuando pasó la tormenta, regresamos a nuestra casa, que no había sufrido daños mayores, excepto por algunos destrozos en el cerco del jardín.

Años más tarde, cuando yo cursaba estudios de posgrado de Redacción Creativa en la Universidad de Columbia, mis padres vinieron a visitarme a Nueva York en el verano de 2001. Caminando por Times Square una noche, nos detuvimos frente a unas pantallas de televisión gigantes y nos conmocionamos al ver una imagen del barrio de mis padres, sumergido bajo el agua por la tormenta tropical Allison. Mi madre dice que pensó que “tal vez no tengamos una casa cuando regresemos”. Pero, como sucede a menudo, depositó su confianza en Dios y se dijo a sí misma “todo sucede por una razón”. Al regresar, comprobaron que la casa había sobrevivido una vez más.
Pero mis parientes no habían tenido la misma suerte.

Mis tíos Christine Contreras Kahn y Andy vieron las escenas de destrucción desde su casa del sector occidental de Houston. Hasta que les llegó la noticia de que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército dejaría correr el agua que se desbordaba del embalse y que el barrio donde estaba su casa se inundaría. Mi tía salió corriendo para tratar de rescatar las fotos de la familia y documentos importantes. Luego se instaló en el porche, abrió una botella de vino y se sentó a esperar. Mi tío Andy limpiaba la piscina. “¿Qué otra cosa podía hacer?”, comentaría más tarde.
Se quedaron hasta que llegaron voluntarios en botes y se los llevaron.

Mi tía Esther González, una madre soltera, vive cerca del mismo embalse con su hijo de 11 años. Al despertarse encontró que había 1 metro (3 pies) de agua en su casa. Madre e hijo, y su perro Da Vinci, caminaron casi 5 kilómetros (unas 3 millas) por sectores inundados hasta llegar a un lugar seguro.

Dos meses después, sus casas siguen siendo reparadas, como las de tantas familias en la costa del golfo de Texas. La casa de mis padres, que está al frente de mi vieja escuela secundaria, sufrió daños menores, aunque los vecinos siguen esperando encontrar algún contratista para arreglar los destrozos causados por el agua en las paredes.

A la luz de tantas tormentas a lo largo de los años le hice a mi madre una pregunta simple: ¿Por qué? ¿Por qué se quedan, soportan penurias y siguen reconstruyendo y empezando de nuevo?
Su respuesta fue igualmente simple: “Houston es nuestra casa”, dijo. “No sales corriendo cada vez que hay un problema. Lo enfrentas y sigues adelante”.

Foto de AP