El periplo de una adolescente iraquí para sobrevivir al EI

Encierro. La toma del poder del Daesh dejó a Mosul sin libertades. Una adolescente cuenta cómo sobrevivió a esos días en los que a todos los cercaron.

Las tres mujeres se tensaron cuando su taxi se acercó al puesto de control vigilado por combatientes del grupo extremista Estado Islámico. Todos en Mosul temían los puestos de control; no podías predecir lo que esos hombres armados harían motivados por su fanatismo para destrozar cualquier indicio de “pecado”. Uno de ellos observó a Ferah, la chica en el asiento trasero.
La joven de 14 años llevaba el velo exigido sobre la cara, pero había olvidado bajar la tela para cubrir también sus ojos. Un combatiente le gritó para que lo hiciera. Pero Ferah no llevaba guantes, otra de las piezas requeridas. Si arreglaba el velo, verían sus manos desnudas y las cosas empeorarían.
En un intento por desaparecer, se hundió en su asiento.
Los hombres explotaron y gritaron que se llevarían a Ferah, a su madre y a su hermana ante la hisba, la temida policía religiosa que sancionaba a quienes violaban las órdenes del grupo EI. Sacaron a rastras al conductor y lo interrogaron. ¿De qué conoces a estas mujeres?
Ferah sentía a los hombres acechando al otro lado de la ventana; temibles, enormes y musculosos y con una barba que les llegaba al pecho. Su madre palideció. Una simple visita a casa de un amigo se estaba convirtiendo en un desastre.

Y de repente, se acabó. De alguna forma, el conductor tranquilizó a los hombres armados.
Ya seguros en casa de su amigo, Ferah se vino abajo. No solo temblaba, su cuerpo entero convulsionaba.

Este era el nuevo mundo de pesadilla en el que tendría que vivir la joven iraquí.
Ferah nunca había escuchado del grupo EI hasta que los milicianos tomaron el poder. Cuando comenzó el verano de 2014, el mundo se abría ante ella. Había terminado el primer curso en una nueva escuela privada, la mejor de la ciudad, que le encantaba. Había hecho nuevas amigas. Sus clases eran en inglés, su materia favorita. Soñaba con ser diseñadora de interiores.
Pero en junio, los milicianos del grupo EI invadieron Mosul y la ciudad cayó en el caos.
Los faros iluminaron las calles alrededor de la casa de Ferah alrededor de la medianoche. Vecinos con maletas se amontonaban en autos, soldados aventaban bolsas a camionetas, alejándose a toda velocidad bajo el ruido de la artillería y los disparos. Al otro lado de la ciudad, estalló un éxodo de pánico. Las dos hermanas mayores de Ferah, que estaban casadas y vivían cerca, llamaron para decir que huían a la cercana zona kurda. Su mejor amiga de la escuela le dijo por mensaje que su familia se iba a Turquía.
La familia de Ferah se quedó.

A la mañana siguiente, despertó a un mundo gobernado por milicianos, a los que se refiere despectivamente por su acrónimo árabe, Daesh.

Conforme los días se convertían en semanas y las semanas en meses, Ferah ya no quería salir. Era demasiado peligroso. Se refugió en su habitación, lejos del horror, de las historias de hombres acribillados en plazas públicas y de mujeres apedreadas hasta la muerte.
Su refugio eran las palabras. Colocó una vela en un vidrio viejo y, con su tenue luz, sacó su iPad y escribió en su muro de Facebook. Unas cuantas líneas al día sobre un sentimiento o pensamiento, un temor o una esperanza.
No tenía ni idea de cuánto tiempo tendría que vivir así, o si ella y su familia sobrevivirían.
“¿Cuál es el problema?”, preguntó en uno de sus diálogos imaginados.
“El futuro desapareció. Se vino abajo”.
“¿Cómo puedo comprender tus sentimientos?”
“Ponte en medio del Daesh… Intenta ser un soñador mientras estás entre Daesh”.

***

LA PLAGA
Cada día había más hombres fanáticos. Estaban por todos lados, con sus barbas largas y sus túnicas justo por encima del tobillo. Nunca sonreían y parecían estar enojados todo el tiempo.
Cuando regresó a la escuela, esta también estaba bajo el control del grupo EI. La escuela privada a la que asistía antes estaba cerrada, así que fue a una pública. Estaba segura de que algunas niñas de su clase eran del Daesh: llevaban las caras tapadas por velos, casi nunca hablaban con los demás y cuando lo hacían, era para hacer juicios severos.
Ferah les tenía miedo. Dejó de asistir a las clases.
El hijo de la familia de la casa contigua se volvió miembro del grupo EI. “¿Cómo puedes permitirle unirse?”, preguntó la madre de Ferah a la otra, que se encogió de hombros como respuesta. Pronto, también el esposo de la mujer usaba la ropa de los milicianos. Toda la familia era de Daesh. La familia de Ferah conocía a esa gente desde hacía años, se visitaban mutuamente en casa. La habitación de Ferah daba a su vivienda.
Era como una plaga que se propagaba y transformaba a la gente.
Uno por uno, los amigos que quedaban de Ferah se despedían para irse a Turquía o zonas kurdas.
Los parientes y amigos de la familia que se quedaron pasaban por la casa con frecuencia y comentaban las noticias. Ferah se enteró de las leyes que habían impuesto. El Daesh prohibió fumar. Durante el ramadán, arrestaban a personas sospechosas de no respetar el ayuno. Quienes violaban las reglas eran azotados en plazas públicas.
Comenzaron las atrocidades. Cientos de reos chiíes de la principal prisión de Mosul fueron asesinados. Policías y soldados fueron abatidos en plena calle para que todos lo vieran.
El padre de Ferah, profesor universitario, utilizaba un dicho árabe para explicar que el Daesh explotaba la religión: “Hablando con rectitud, mientras cometes el mal”, decía. Él y su esposa habían criado a sus cuatro hijas para que valoraran la educación y la fe. Eran una familia musulmana suní religiosa y con frecuencia rezaban juntos. Ferah, sus hermanas y su madre usaban velo, como casi todas las musulmanas en Mosul. Pero esto no se parecía en nada al islam que conocían.
Proliferaban los patrullajes de la policía religiosa de la hisba y se imponían cada vez más reglas. A las mujeres se les exigió usar el niqab: túnicas negras, guantes y velo que ocultan toda forma corporal y las mantienen lejos de las miradas de los hombres incluso en público.
Ferah odiaba usar el niqab. Odiaba al Daesh. Y odiaba su vida.

El padre de Ferah, profesor universitario, utilizaba un dicho árabe para explicar que el Daesh explotaba la religión. “Hablando con rectitud, mientras cometes el mal”, decía. Él y su esposa habían criado a sus cuatro hijas para que valoraran la educación y la fe. Eran una familia musulmana suní religiosa y con frecuencia rezaban juntos. Ferah, sus hermanas y su madre usaban velo, como casi todas las musulmanas en Mosul. Pero esto no se parecía en nada al islam que conocían.

La mañana del 16 de octubre de 2014, desayunó como de costumbre, ayudó a su madre con las tareas y rezó a mediodía.
Luego entró a su habitación, cerró la puerta con llave y lloró.
Sus amigas se habían ido. Sus dos hermanas mayores también. Una estaba embarazada cuando huyó, y ahora Ferah tenía una sobrina recién nacida a la que solo conocía por fotos. Estaba aislada y sola, temerosa de salir.
A la hora de la comida no salió. Sus padres se preocuparon.
“Puedes superar esto, Ferah”, le dijeron a través de la puerta.
“Necesito estar sola”, sollozó.
Escribió sus ideas en inglés en hojas de papel. ¿Por qué nada resulta como esperaba? ¿Por qué pasa esto? Le gustaba escribir sus pensamientos más profundos, lo que no quería que nadie supiera, en inglés, no en árabe. Luego cortaba el papel, tal como le hubiera gustado cortar su realidad, y guardaba los pedazos en una caja en su armario.
Pero entrada la noche, luego de horas sentada en la cama, intentó algo diferente. Escribió en árabe.
“De repente, la vida te despoja de lo que amas, como si te castigara por un crimen que aún no se cometió”, escribió. “Me da miedo preocuparme por los dispersos restos de mi alma, solo para después perderla. ¡A veces le tengo miedo a la felicidad!”
Lo publicó en su página de Facebook y, curiosamente, se sintió mejor, “como una luz al final de un misterioso camino”.

***

LOS SIETE HÁBITOS DE ADOLESCENTES
Ferah nunca se consideró escritora. Pero abrió una nueva cuenta de Facebook y publicaba cada pocos días. Pronto tenía cientos de seguidores que se convirtieron en miles.
Desde su habitación, creó un nuevo mundo. Hizo mariposas con hojas azules, rojas y verdes y las colgaba alrededor del espejo. Las mariposas: brillantes, optimistas. Colgó tiras de luces blancas desde el techo. Pegaba letreros en inglés en las paredes: “Sé tú misma”.
Y, para crear ambiente, prendía su vela.
En sus escritos se enfrentaba a su mayor temor: Probablemente su vida nunca empezaría. El Daesh podría quedarse siempre.
“Cuando cierras los ojos, sientes lo horrible que es tener las manos encadenadas y ser incapaz de imaginar el futuro. Te acurrucas en el suelo y lloras”.
Sabía que estaba sensible. Podía llorar durante horas o salía de su cuarto gritando: “¿Qué hago aquí? Todos me abandonaron”. La hermana de Ferah evadía el estrés o dormía. Pero a la menor provocación, Ferah se encendía.
Su madre se preocupó y encontró excusas para entrar a su cuarto y vigilarla.
No era fácil criar a una adolescente en una ciudad tomada por fanáticos. Una palabra equivocada podía matarte.
En el verano de 2015 se extendió la noticia de que un hombre fue arrestado después de señalar la casa de los vecinos de Ferah que se habían convertido al Daesh a la coalición liderada por Estados Unidos. Convencidos de que habría un ataque aéreo, la familia de Ferah y otros vecinos decidieron irse unos días.
Al partir, vieron que la esposa de la familia señalada también lo hacía.
Ferah estalló. “¿Por qué te vas? ¿No quieres el martirio?”, gritó. “Regresa a tu casa y deja que la ataquen. ¡Irás directa al paraíso!”
Aterrorizada, la madre de Ferah se llevó a su hija.
La casa del vecino nunca fue atacada. Los milicianos dispararon al presunto informante en la cabeza en una plaza pública y el esposo mostró con orgullo el video, jactándose: “Este fue uno que intentó intimidarnos”.
Al poco tiempo, el 19 de julio, Ferah cumplió 15 años. Su madre intentó organizar una fiesta, pero ella lo evitó. No quería soplar velitas y actuar como si fuera un cumpleaños feliz. ¿Qué tenía de feliz?
No solo era el miedo. El aburrimiento era paralizante.

Sin libertades. El Daesh impuso en Mosul una serie de reglas cuyo cumplimiento se verificaba de forma discrecional. Esto dejó muchas víctimas mortales.

Mes tras mes, Ferah y su hermana deambulaban por la casa intentado llenar unas horas que pasaban agonizantemente lentas.
La noche traía lo más cercano a la libertad: internet. Durante el día, la compañía limitaba su uso, lo que complicaba ver un video. Pero pasada la medianoche, los megabytes eran ilimitados.
En todo Mosul, la sociedad se protegía tras puertas cerradas y vivía vidas virtuales, nocturnas, y dormían hasta bien entrado el día. Incluso el padre de Ferah estaba atrapado. No tenía empleo porque el grupo EI cerró las universidades. Además, no le crecía la barba, así que al salir arriesgaba ser acosado por la hisba, que exigía que los hombres llevaran barba como la del profeta Mahoma. Pasaba gran parte de sus días escribiendo un libro en su estudio.
Ferah leía. Se descargó traducciones árabes de libros de autoayuda: “Succeed for Yourself: Unlock Your Potential for Success and Happiness” (“Ten éxito por ti mismo: Desbloquea tu potencial al éxito y la felicidad”), “You Will See It When You Believe It” (“Lo verás cuando lo creas”) o “The Power of Intention” (“El poder de la intención”).
Le gustaba tanto “Los siete hábitos de adolescentes altamente efectivos” que lo leyó dos veces. Primer hábito: “Sé proactivo”. Eso significaba decir: “Soy la fuerza. Soy el capitán de mi vida. Puedo escoger mi actitud”.
Optó por libros sobre la adolescencia porque quería comprender la fase de desarrollo por la cual pasaba. Aprendió que eran sus años formativos, cuando la personalidad se define.
Ferah cayó en la cuenta que no podía seguir así. Si estoy deprimida y atemorizada, esa forma de pensar se quedará conmigo para siempre.
No tenía caso quejarse, se dijo a sí misma. Debía aprovechar ese tiempo para lograr algo que pudiese permanecer con ella. Podía ser una soñadora entre el Daesh, sería la capitana de su vida. Este sería su proyecto.
Su diario en Facebook creció. Sus seguidores, ya más de 6,000, elogiaban su escritura y eso le daba fuerzas.
Una tarde notó que la comenzó a seguir una chica iraquí. Ferah le envió un mensaje para preguntarle el motivo. “Porque entré a tu perfil y vi que eres una buena persona”, respondió.
Era Rania, también originaria de Mosul, pero su familia había huido a Dahuk, en territorio kurdo. Ferah y Rania comenzaron a chatear con frecuencia, al principio sobre cosas superficiales, pero luego surgió una amistad.
Aun así, todos estos pasos parecían demasiado pequeños para evadir la realidad del Daesh. “Sé que después de todo este tiempo vivía en mi mundo de ensueño”, escribió Ferah. “Una sola palabra puede devolverme todo el dolor”.

***

EL AROMA DEL PARAÍSO
En ninguna parte de Mosul se podía escapar del terror del Daesh.
Una vez, Ferah fue con sus padres a una de sus comprobaciones ocasionales a la casa de su hermana mayor. No se atrevieron a detener el auto, pasaron lentamente por delante. La casa había sido confiscada y ahora familias partidarias de EI vivían ahí. Ferah los vio entrar y salir con sus túnicas cortas, barbas y velos como si fuera su casa. Las calles eran un peligro.
Los ojos vigilantes y obsesionados de la hisba captaban “errores” de mujeres que ni ellas mismas sabían que cometían. De afuera de la casa del tío de Ferah se llevaron a una niña. Su túnica se había abierto y vieron algo rojo debajo, un toque de color prohibido en lo que debía ser un atuendo totalmente negro.
La propia azotea de Ferah era un peligro. Era un lugar para disfrutar de la brisa en las sofocantes noches veraniegas, pero la casa familiar estaba expuesta, totalmente visible desde tres direcciones. ¿Cómo saber de qué podían acusarte si te veían ahí?
En un barrio cercano, una niña de unos 12 años había subido a su azotea. Por casualidad, un niño en la casa contigua estaba en la suya al mismo tiempo. Fueron vistos y se levantaron sospechas. El Daesh los arrestó y los mató. La niña fue lapidada en la calle frente a su casa, el castigo por adulterio. Todos en el barrio comentaban lo sucedido. Comentaron que cuando dejaron de apedrearla y se llevaron el cuerpo de la niña, permaneció un cálido olor a almizcle, uno de los aromas del paraíso, señal inequívoca de que era inocente y Dios se la había llevado.
Definitivamente no subas a la azotea. El único lugar seguro era entre las cuatro paredes.
“¿No hay un derecho a la libertad de soñar, la libertad de tener los mejores años de mi vida?”, escribió Ferah. “Solo me gustaría saber cuándo viviré realmente”.

***

SUS PEQUEÑAS OBRAS
En su cuarto, Ferah profundizaba en un mundo que se volvía cada vez más elaborado.
Imprimía fotos de Instagram y Tumblr de caras o de la moda que le gustaba y las pegaba sobre su cama. “Todo lo que imaginas es real”, decía un cartel. Otro mostraba a una niña con alas de hada. “¿Y si caigo?”, decía la imagen, que también respondía: “Ah, querida, ¿y si vuelas?”
Sus recortes de papel se multiplicaban, ya no solo había mariposas, sino flores, corazones y un nido de crías de pájaro. Los llamaba “mis pequeñas obras”.
La luz de su vela la motivaba. “Háblame con frecuencia”, decía. “Estoy aquí para meditar y reflexionar contigo”.
Por la noche, exploraba la red. Descubrió toda una microcultura de entusiastas del diseño de interiores en YouTube. Su favorito: cualquier cosa de la cadena IKEA. Practicó su inglés viendo caricaturas. Vio “Asalto al poder”, con Channing Tatum, una y otra vez hasta que comprendió casi todos los diálogos.
Lo mejor era su amistad con Rania.

En un barrio cercano, una niña de unos 12 años había subido a su azotea. Por casualidad, un niño en la casa contigua estaba en la suya al mismo tiempo. Fueron vistos y se levantaron sospechas. El Daesh los arrestó y los mató a ambos. La niña fue lapidada en la calle frente a su casa, el castigo por adulterio. Todos en el barrio comentaban lo sucedido. Comentaron que cuando dejaron de apedrearla y se llevaron el cuerpo de la niña, permaneció un cálido olor a almizcle.

Tenían gustos similares. Rania le envió una foto suya y su ropa era algo que Ferah se pondría. Decoraban juntas cuartos en línea, intercambiaban fotos de muebles.
Ferah nunca había visto a Rania en persona; sin embargo, su amistad era más profunda que cualquiera que hubiera tenido en la niñez. Probablemente porque nació de la adversidad. En sus peores momentos, Ferah escuchaba el aviso de un mensaje de Rania y sabía que nada más abrirlo, reiría.
“Me entristece que un cielo nos cubre a ambas y no podemos conocernos, que las fotos digitales nos unen y no podemos conocernos”, escribió Ferah. Pero le dio las gracias a Dios: superar la distancia “es absolutamente lo más hermoso que he experimentado”.
Al menos dentro del mundo que creó en su habitación podía encontrar confort y pasear lejos en la red con sus amigas, sus escritos y sus lectores.
Pero eso también desapareció.
El 19 de julio de 2016, en su 16.º cumpleaños, el Daesh desconectó el internet.
El grupo EI acordonaba a la población de Mosul. Temía que espías guiaran ataques aéreos estadounidenses mientras las fuerzas iraquíes más al sur comenzaban su marcha hacia la ciudad con el objetivo de recuperar el feudo más importante del Daesh.
Ferah quedó sola. Comenzó a tomar clases de costura con una amiga de la familia. Le encantaba. A veces se quedaba en la máquina de coser hasta las 3 de la madrugada y con el tiempo hizo casi 20 atuendos, algunos los regaló.
Y escribía, ahora para ella, no para sus seguidores. Escribió largas reflexiones donde se retaba y se enfrentaba a sus dudas.
Conforme pasaban los meses, halló que sus pocas obras –sus manualidades, su ropa, sus escritos– eran sus éxitos secretos. Le dieron confianza para valerse por sí misma.
“Nadie puede detenerte cuando confías en lo que tienes dentro, cuando sobrevivir está en tu corazón incluso cuando tu cuerpo se hunde, cuando la luz está adentro incluso cuando te rodea la oscuridad”, escribió. “Obligaré a mi realidad a someterse a mis deseos y lograr mis objetivos. Incluso cuando aumenten las dificultades, no caeré. Vamos, guerra, empeora”.
Solo extrañaba a una persona. Para el cumpleaños de Rania, le escribió un mensaje.
“Construyo un lugar eterno para ti en mí”, le dijo. “Cuando crea que me rindo, tú pasas y estoy segura que, contigo ahí, nunca me rendiré… Gracias por tu corazón, mi amiga, mi flor, mi galaxia, mi mariposa. Te quiero mucho, mucho”.
Podía recibir una débil señal en su tarjeta SIM en el piso superior de su casa. Se paraba en el lugar justo, sostenía el teléfono en alto, presionaba enviar, rezaba que su mensaje, byte por byte, llegara a la amiga que nunca había conocido.

***

Hacia afuera. Mientras tuvo internet, Ferah usó las redes sociales para compartir sus escritos y también para hacer amigos. En el momento más álgido, ya no le quedó ni esa ventana.

CENIZAS
En enero de 2017, el Daesh irrumpió en el mundo de Ferah.
Las fuerzas iraquíes se abrieron camino hacia el este de Mosul en una dura contienda urbana. Los milicianos tomaron viviendas y se atrincheraron en ellas para una sangrienta lucha con las fuerzas de Bagdad, luego se iban al siguiente vecindario. La ciudad se sacudió con disparos, coches bomba y ataques aéreos.
Una tarde, se escuchó un golpe en la verja frontal. No respondieron, así que los hombres armados del Daesh se abrieron camino a tiros.
“Salgan todos”, ordenaron los hombres. Querían la casa, la azotea les daría a sus francotiradores una buena visión. Ferah estaba enfurecida de ver a estos niños armados, no mayores de 17 años y sin duda de aldeas de fuera de Mosul, gritándole a su padre, un hombre respetable de unos 50 años. Incluso en este momento crítico previo a la batalla, lo reprendieron por no tener barba.
La familia de Ferah se refugió con un vecino. Amontonados en un solo cuarto, podían escuchar a los combatientes a un lado, subiendo y bajando escaleras. Esperaron horas para que se debilitara el fragor de la batalla.
Justo antes del amanecer, un golpe. La explosión de un misil, una ráfaga de disparos. Cada vez se acercaba más el zumbido que siempre precede a un ataque aéreo.
Luego una enorme explosión. El cuarto se oscureció. Parte del techo colapsó. Tuvieron dificultades para respirar y los niños pequeños del vecino gritaron en la oscuridad. Ferah y su hermana también gritaron. El padre de Ferah guardaba silencio, estupefacto.
Y así como llegó la tormenta, pasó. El Daesh retrocedió y las tropas del 8.º Ejército Iraquí se dispersaron por las calles que rodeaban la casa de Ferah. Casi después de tres años, su barrio quedaba fuera del control de los fanáticos y en manos del Gobierno.
Sin saber lo que sucedía, Ferah, sus padres y su hermana salieron de su refugio.
“La familia de la casa en llamas está saliendo. No disparen”, dijo un agente por su radio.
Ferah se paró frente a su casa. Las llamas salían de las ventanas de una forma que no se atrevía a mirar. El fuego estaba en su cuarto.
Los combatientes del Daesh habían hecho estallar explosivos en la cocina antes de huir.
Cuando aminoró el fuego, la familia entró. La habitación de Ferah se había derretido. Las paredes eran negras, la pintura se pelaba en dolorosas tiras. El techo había caído sobre su cama.
Sus pequeñas obras eran ceniza: las mariposas, las luces, los corazones y pájaros de papel, la ropa, incluso la caja de su armario llena de recortes con sus pensamientos más profundos en inglés.
“Vi mis sueños mientras se convertían en nada”, escribió. “Mi confianza en el mañana se desvaneció… Mi corazón se encendió”.

***

EPÍLOGO
Pero no fue el final.
Después del incendio, la familia se quedó con la hermana mayor de Ferah en Irbil. Desde ahí, el padre supervisó la reconstrucción de su casa. Ferah tomó un curso de repaso para la secundaria y aprobó. Cuando finalmente retomara las clases, solo estaría un grado atrás.
Visitaron a la hermana de Ferah en Dahuk y conocieron a su hija, de ya casi tres años.
Una mañana, Ferah pasó por una escuela en Dahuk y encontró a un grupo de estudiantes reunido en los pasillos antes de entrar a clase. Buscaba a una en particular.
Rania no supo quién era hasta que Ferah se paró frente a ella.
“¿En serio? ¿Viniste?”, lloró Rania.
“¡Esta es la Ferah con la que has hablado todos estos años!”, rieron las otras niñas.
Las dos jóvenes se abrazaron durante 10 largos minutos. Rania le mostró a Ferah su teléfono: había hecho capturas de pantalla de sus mejores conversaciones. Entre ellas, estaba el mensaje de cumpleaños de Ferah.
En Mosul, el cuarto de Ferah tiene pintura nueva, pero no es el santuario que alguna vez fue. Su madre sacó de un almacén los viejos muebles de su infancia, que ella odia. Extraña sus mariposas, pero no colgará nada hasta que compre nuevos muebles, con suerte de IKEA.
Nada es normal, pero tiene libertad. Todavía es una soñadora, pero ya no entre el Daesh.
A veces, relee uno de sus textos favoritos. Una canción de amor a ella misma. La escribió cuando estaba desesperanzada, elogiando lo bueno que descubrió en su interior.
“Buenos días a todos los que sienten la belleza en su interior, sin importar a quién moleste”, lee en silencio. “Gloria a la luz de los finales que se debilita y la explosión de nuevos comienzos. Nada más durará tanto”.


Por temor a su seguridad en Mosul, Ferah y su familia hablaron con The Associated Press bajo condición de que no se utilizaran sus nombres completos y que algunos detalles que los pudieran identificar no fueran mencionados. Se reportó desde El Cairo.

A un año del acuerdo, la paz sigue esperando

Otras guerras. La retirada de las FARC ha derivado en que en algunas regiones en donde el Estado tiene una presencia debilitada se desaten auténticas guerras por el control del tráfico de drogas.

Cuando el envejecido comandante Rodrigo Londoño firmó el 24 de noviembre de 2016 un acuerdo para que sus tropas abandonaran la guerra, el mundo creyó que Colombia había alcanzado el mejor mecanismo para acabar con el conflicto armado más antiguo de América Latina.
Pero un año después, la esperanza ha empezado a decaer.
Los fusiles de las FARC quedaron atrás, pero más de la mitad de sus combatientes han abandonado las zonas de desarme, desilusionados por la falta de proyectos para su paso a la vida civil, según Naciones Unidas.
“Eso es exactamente lo que no se quiere en un proceso de paz”, dijo Dag Nylander, representante en la mesa de negociaciones entre el Gobierno y las FARC por Noruega, país garante junto a Cuba. La desmovilización de los más de 11,000 excombatientes en solo seis meses fue un “logro enorme”, pero insuficiente para llevar el acuerdo a puerto seguro.
“Si Colombia no actúa ahora este proceso no será el ejemplo que muchos habían pensado que se estaba dando al mundo”, agregó Nylander en entrevista con The Associated Press.
El viernes, durante un acto en conmemoración del primer aniversario de la firma del acuerdo en el Teatro Colón de Bogotá, el presidente Juan Manuel Santos y Londoño coincidieron en que no se va claudicar en la meta de paz.
“Este proceso de implementación de la paz tiene dificultades, tiene retos, pero vamos avanzando, trabajando bien y siempre uno puede ver el vaso medio lleno a medio vacío. Hay unos que siempre están interesados en verlo medio vacío, pero la verdad es que va medio lleno y el reto es llenarlo cada vez más rápido”, señaló el mandatario.
A su vez, Londoño sostuvo: “Un año después… transformados en partido político legal, habiendo cumplido completamente con la dejación de las armas y con la satisfacción plena de haber honrado la palabra en cada uno de los compromisos adquiridos nos presentamos ante la sociedad civil para reiterar nuestro compromiso con la paz y la justicia social”.
Por la tarde Santos y Londoño mantendrán un encuentro, en un lugar no confirmado, en el que analizarán varios aspectos del acuerdo de paz.
Para las Naciones Unidas, que verifica el proceso de implementación del pacto, la seguridad es lo que se debe solucionar con mayor urgencia.
Tras la retirada de las FARC como grupo armado y autoridad, muchas zonas del país viven una guerra de bandas por el control del narcotráfico. Con la retirada de un actor clave en el control territorial se triplicó la superficie de cultivos ilícitos desde 2012, cuando iniciaron los diálogos, pese a los esfuerzos del Gobierno por erradicar la coca y difundir programas de agricultura legal.
Mientras el índice de homicidios a escala nacional se mantiene en mínimos históricos, en zonas tradicionalmente dominadas por las FARC los asesinatos aumentaron 14 % en la primera mitad de este año.
Tumaco, el municipio con más cultivos ilícitos de todo el país y uno de los principales puertos de exportación de la cocaína, es la muestra más clara de las nuevas luchas de poder con la presencia de grupos disidentes de las FARC –que siguen reclutando combatientes–, bandas criminales y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la última guerrilla del país tras el desarme de las FARC y que está actualmente en negociaciones de paz con el Gobierno.
El mes pasado siete campesinos cocaleros murieron en Tumaco en enfrentamientos con la policía durante una manifestación contra la erradicación de cultivos. En todo el país, 61 activistas por los derechos humanos han muerto en lo que va del año, frente a los 52 del año pasado, según Naciones Unidas. Ya en 2016, ante la firma del acuerdo de paz, esa persecución se había disparado.
Tumaco es también uno de los principales focos de las disidencias de las FARC, que ya conforman varios grupos y aglutinan en todo el país a un millar de exguerrilleros que no ven en el desarme un futuro viable, según varias organizaciones internacionales.
La fragilidad del pacto en el terreno se suma a la lentitud de la maquinaria política para materializar los acuerdos: 17 % de las 558 medidas necesarias para hacerlo realidad han sido aprobadas, mientras que más de la mitad no han iniciado siquiera su trámite, según un conteo del Kroc Institute para estudios de paz internacional de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos.
El 1.º de diciembre expira la vía rápida que tiene el Congreso para aprobar estas leyes. Ya han sido avaladas reformas difíciles como la Ley de Amnistía para los presos rebeldes y la creación del partido de las FARC, ahora llamada Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común; pero aún falta que avance un elemento clave y que para muchos es el núcleo del acuerdo: la llamada Justicia Especial de Paz, que juzgará a los actores del conflicto armado.
“Sin la justicia transicional en su lugar, el acuerdo entero fracasará”, dijo Nylander, que culpó de la lentitud a la dinámica electoral del Congreso.

La fragilidad del pacto en el terreno se suma a la lentitud de la maquinaria política para materializar los acuerdos: 17 % de las 558 medidas necesarias para hacerlo realidad han sido aprobadas, mientras que más de la mitad no han iniciado siquiera su trámite, según un conteo del Kroc Institute para estudios de paz internacional de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos.

El presidente Santos, galardonado con un Nobel de la Paz por su empeño en acabar el conflicto, admite que la tibia recepción de los acuerdos no es sorprendente tras medio siglo de enfrentamiento armado, 250,000 muertos y millones de desplazados.
El año pasado, el pacto con las FARC fue rechazado en un plebiscito por la mitad de la población, lo que forzó a Santos a tomar la impopular medida de aprobar en el Parlamento un acuerdo modificado.
“Los mejores acuerdos de paz son los que dejan gente insatisfecha de los dos lados”, dijo. “Algunos ya quieren firmar el certificado de defunción de los acuerdos, pero hay que tener en cuenta que construir la paz toma tiempo y que en menos de un año la implementación en Colombia está más adelantada que en otros acuerdos de paz”, añadió.
Santos, sin embargo, es optimista de que su coalición en el Congreso –favorable a la paz– se mantendrá el suficiente tiempo para blindar el pacto ante un eventual viraje político en las próximas elecciones presidenciales.
Pero sobre todo en las filas de los excombatientes temen que se caiga lo acordado. Para Imelda Daza, número dos de Londoño para las presidenciales de 2018, el balance de un año de paz es “fatal”.
“Los excombatientes no se sienten seguros, sienten que el Gobierno no está cumpliendo nada”, dijo. “Hoy, tal como están las cosas, corremos el riesgo de devolvernos a la conflictividad”, agregó la histórica líder de la izquierda.
Para Bernard Aronson, el enviado del expresidente estadounidense Barack Obama a los diálogos de paz, el acuerdo entre el gobierno de Santos y las FARC ha sido el más ambicioso de la historia del país. “Ahora la guerra ha terminado y nadie piensa que volverá a empezar”, dijo a la AP.
Este proceso ha ahorrado a Colombia la muerte de 2,796 personas, sobre todo guerrilleros y militares, según el Centro de Recursos para el Análisis del Conflicto que monitorea el cese al fuego.
“Era inevitable que, dadas las complejidades, la implementación tomara mucho tiempo y fuera más lenta de lo que la gente quiere”, afirmó Aronson. “Es inevitable que haya frustraciones dadas las altas expectativas… (el acuerdo) no iba a convertir Colombia en un paraíso”.

Presidente Juan Manuel Santos

Río se replantea el turismo en las favelas

Víctima. El mes pasado una mujer de nacionalidad española murió por disparos hechos por la policía en una de las favelas más reconocidas.

Cuando las autoridades brasileñas atajaron la criminalidad a principios de esta década, abrir las favelas ubicadas en las colinas de Río de Janeiro al turismo parecía una idea ganadora. Las vistas son impresionantes, los residentes podían ganar algo de dinero y los visitantes extranjeros verían otra parte de la ciudad y no solo la playa de Copacabana.

Ahora, una nueva oleada de violencia en esas comunidades reaviva una preocupación: ¿son las favelas seguras para visitarlas?

Las favelas de Río, famosas por la oscarizada película “Ciudad de Dios”, son conocidas desde hace tiempo por las drogas y el crimen. Pero los grupos de viviendas improvisadas que se extienden por las colinas de la ciudad son también el lugar de nacimiento del desfile de carnaval, la samba y el arte callejero.

Como parte de los preparativos que comenzaron en 2008 para albergar los Juegos Olímpicos, las autoridades presionaron para hacer que estas zonas antes prohibidas fuesen más seguras al perseguir a las bandas de narcotraficantes. La profunda crisis económica que atraviesa el país ha exacerbado la desigualdad existente y provocó recortes en la financiación de las fuerzas de seguridad, y las autoridades admitieron que han perdido nuevamente el control de la mayoría de las barriadas que en su día declararon “pacificadas”.

“La cuestión es muy compleja para decir simplemente si es seguro o no”, dijo Marcelo Armstrong, que lleva 25 años llevando turistas a las favelas. “Depende de dónde, depende del día, depende de las circunstancias. Esta es la realidad de Río ahora”.

Este año, Río ha registrado una media estimada de 15 balaceras diarias entre policías y bandas fuertemente armadas. Cientos de civiles, muchos de ellos residentes en las favelas, han muerto o resultado heridos en el fuego cruzado.

Un estudio realizado por la Confederación Nacional de Comercio y Turismo concluyó que el incremento de la delincuencia provocó pérdidas de $200 millones en el sector turístico de Río entre enero y agosto de este año. En 2015, la ciudad ganó $5,000 millones con el turismo.

Aunque en ocasiones los turistas han recibido disparos al desviarse accidentalmente hacia las favelas, el reciente fallecimiento de una española a manos de la policía puso de manifiesto la inseguridad en Río y sus favelas.

En octubre, la policía abrió fuego contra el auto en el que viajaba María Esperanza Jiménez Ruiz y sus familiares durante una visita a una de las favelas más populosas de la ciudad, Rocinha, que ha estado en el centro de una sangrienta batalla entre bandas rivales y la Policía.

Colorido. Pese al reconocido riesgo que ha crecido en estas zonas, sigue existiendo un gran atractivo para los turistas.

Las autoridades alegan que su conductor no se paró en un control policial y que manejaba un vehículo con las ventanas oscurecidas que no estaba identificado como perteneciente a una empresa de viajes. El conductor dijo que no vio el control y que nadie le pidió detenerse. Dos agentes están siendo investigados por un posible homicidio culposo y las autoridades anunciaron que presentarán cargos contra el guía y la agencia por no haber informado a los turistas sobre los riesgos de visitar la barriada.

“Entiendo la curiosidad de los turistas y entiendo el deseo de la comunidad de ser parte de la ciudad”, señaló Valeria Aragao, directora de la Policía Turística de Río e investigadora en el caso. “Lo que no entiendo es la actitud irresponsable de una agencia de viajes y de un guía para elegir y animar a visitar ese lugar, cuando hasta los residentes se sienten inseguros”.

Aragao reconoció que los guías no tienen acceso a los reportes oficiales de la Policía y deben fiarse de las informaciones publicadas en los medios y de los guías locales para evaluar si la visita es segura. En respuesta al incidente, las autoridades turísticas y de seguridad han creado un comité para regular el turismo en estos barrios marginales.

El gobierno local está considerando además pedir a las agencias que ofrecen visitas a las favelas que tengan un seguro de responsabilidad y que informen a la policía de la zona antes de cada visita. Las empresas tendrían que trabajar con un guía local y trasladar a los turistas en un auto identificado y sin los cristales oscurecidos.

Armstrong, el guía turístico de las favelas, dijo estar preocupado porque las autoridades trasladen la culpa de la muerte de la turista de la policía al sector.
“Habrá un día en el que las agencias de viajes serán acusadas de exponer a sus clientes a riesgos porque están caminando por Copacabana”, señaló. “Si el Gobierno no puede garantizar la seguridad, es su culpa y de nadie más”.

Unos días después del deceso de la turista española, Michiel Wijnstok, un turista holandés, participó en la visita de Armstrong a Vila Canoas, una favela que rodea el elitista club de golf Gavea.
“Escuchas las historias”, dijo Wijnstok, un gestor financiero que visitaba Río por primera vez. “Pero quería verlo con mis propios ojos”.

En el tour, de una hora de duración, el grupo recorrió callejones a la sombra de un entramado de cables eléctricos y escuchó a Armstrong explicar la historia de las barriadas marginales y su arquitectura. Parte de los $25 que paga cada uno de los participantes se destina a dos escuelas de la favela, gestionadas por asociaciones benéficas.

Al final de la visita, los turistas pidieron caipiriñas en un bar e intercambiaron sonrisas con los vecinos, que les dieron las gracias por el consumo. Para muchos de los residentes en estas comunidades, el turismo es un salvavidas en un lugar donde los empleos formales escasean.

Seguridad. La Policía Turística ha solicitado a las agencias que promueven las visitas que se coordinen con las autoridades.

Andreia Cavalcante vende bocadillos y bebidas a los extranjeros y a los conductores en un puesto en la favela Vidigal, que está en el lujoso barrio de Leblon. En un fin de semana normal, Cavalcante solía ganar $480 (1,600 reales) vendiendo pasteis –un sabroso hojaldre relleno de carne o queso–, ahora obtiene aproximadamente la mitad.
“Esto se debe a que la comunidad es un poco inestable con todo lo que está sucediendo”, explicó.

Cerca de la parte más alta de Vidigal, los turistas pueden alojarse en el hotel Mirante do Arvrao, donde una suite con vistas panorámicas de la ciudad y el océano cuesta $170 por noche. Los fines de semana, los bares del barrio ofrecen samba en directo y se llenan de brasileños y visitantes.

Daniel Graziani, propietario de un hotel y residente en Vidigal con su esposa y su hija de un año, dijo que ve un futuro brillante para el turismo de favelas, pero que la preocupación por la seguridad va en aumento.

Recientemente se ofreció a reubicar en otro hotel a una pareja que llegaba de París por una operación policial en la barriada. Los clientes se opusieron. La operación terminó un par de horas más tarde y los visitantes tuvieron una estadía segura en el Mirante do Arvrao.

Según Graziani, es prematuro decir que ya no es seguro visitar las favelas y cree que, a pesar de la confusión, el turismo en Vidigal tiene futuro. Sigue ofreciendo el paquete Experiencia Favela por el que los turistas pueden pasar el día aprendiendo a hacer feijoada –un guiso de carne y frijoles– o volar una cometa típica o “pipa”.
“La gente sigue estando interesada en otro tipo de turismo que va más allá del de masas”, dijo.

Harvey no amilana a mi familia

Destructivo. El huracán Harvey tocó tierra en Texas el 2 de agosto. Llegó como huracán categoría 4, con vientos de más de 200 kilómetros por hora.

Volví a la ciudad donde nací hace pocas semanas, a una urbe abatida por una monstruosa tormenta que dejó caer la cantidad de agua que llueve en un año normalmente, desbordando sus pantanos y sus embalses. El huracán Harvey ya se había ido, pero su legado permanecía en los pisos agrietados de la casa de mi tía Christine, en el moho de la vivienda de mi prima Esther y en los baldes de agua de la casa de mi papá y mi mamá debajo de filtraciones.

Recorrí en auto barrios con montañas de muebles inutilizados y restos de paredes. Cajas repletas de libros dañados y ropa mojada, de decoraciones de navidad arruinadas y de juguetes de los Power Rangers inutilizados.

Trabajos. Cientos de familias cuyas casas resultaron dañadas todavía esperan poder encontrar contratistas que les hagan las reparaciones.

Por cinco generaciones, mi familia sobrevivió a lo peor que envió la madre naturaleza a una ciudad acostumbrada a las grandes tormentas. Pero cuando las aguas ceden, a pesar de la devastación que causan, siempre se recupera y encuentra la forma de empezar de nuevo. Después de todo, mi familia vive aquí desde hace 100 años y ningún huracán ni ninguna inundación la va a ahuyentar.
Mi madre, Amelia Contreras, de 64 años, recuerda que una tía acostumbraba a contarle sobre las tormentas que azotaban Houston. Son la forma que tiene Dios, le comentaba, de decir que “la gente debe unirse, amarse los unos a los otros”, y de recordarnos que “en un minuto Él nos puede dejar sin nada”. Tormentas como Harvey fueron lo que nos llevaron a Houston.

En 1900, un huracán enorme mató a más de 6,000 personas cerca de la isla de Galveston. Meses después, mi bisabuelo, de 16 años, Florencio Contreras, llegó de San Luis Potosí, en México, a Houston porque los planificadores decían que era un sitio más viable. Abundaba el trabajo, por lo que se radicó allí.

En una época de segregación racial, Florencio solo podía vivir en barrios de inmigrantes mexicanos o de negros cerca del embalse de Buffalo Bayou. Abrió una herrería sobre la ribera del estanque e hizo herramientas y herraduras. Llovía a menudo y las calles de la zona se inundaban siempre, pero Florencio sabía que tenía que aprender a vivir con las tormentas si quería quedarse allí y salir adelante.

Se quedó incluso después de que Buffalo Bayou se llevó a uno de sus hijos, Joe, quien tenía solo 13 años cuando se tiró al agua tras una tormenta, golpeó su cabeza contra algo y se ahogó. Permaneció, también, luego de la gran inundación de 1935, que destruyó muchas viviendas de su barrio, pero no la suya.

Mi finado tío abuelo Ernest Eguía, hermano de mi abuela, contaba que estuvo atrapado varios días en su casa después de la inundación del 35. “Los muebles, la ropa y otras cosas hubo que ir a buscarlos al estanque”, expresó en un relato de 11 páginas que me dio. No vio tanta desesperación hasta que peleó en la Segunda Guerra Mundial y su batallón liberó el campo de concentración de Nordhausen, en Alemania.

Mi familia estaba creciendo y no tuvimos otra opción que mudarnos a viviendas dañadas por esa tormenta. Roland Contreras, nieto de Florencio y primo mío, recuerda que sus amigos le preguntaban por qué la casa estaba inclinada. “Era algo muy incómodo”.

El huracán Carla azotó Houston en 1961, rompió ventanas y arrastró los autos estacionados en casa. Mi madre y su familia se prepararon almacenando agua en bolsas de basura y cocinando para 12. Cuando llegó la tormenta, su casa estaba segura sobre soportes. Pero el agua les impidió salir por varios días.

Cuando nací yo, en 1974, Houston ya era una gran metrópoli y Buffalo Bayou no causaba tantos daños. Cruzamos el puente sobre el estanque en un cómodo Chevy Maverick. Cuando se avecinaban tormentas y el agua subía, mi madre nos decía que teníamos tiempo para escapar.

Foto de AP

Nuestra casa en un suburbio estaba también cerca del agua, en Greens Bayou. Yo tenía nueve años cuando vino el huracán Alicia en 1983 y decidimos esperarlo en la casa de Lita, mi abuela materna, montada sobre pilotes en una zona céntrica. Había sobrevivido a todas las tormentas desde 1935 y sin duda estaríamos seguros allí. Esperé la tormenta acurrucado en una cama. Oía las ramas de los árboles que golpeaban el techo y las ventanas. Pude ver por la ventana chispazos del tendido eléctrico poco antes de que nos quedásemos sin luz.

Cuando pasó la tormenta, regresamos a nuestra casa, que no había sufrido daños mayores, excepto por algunos destrozos en el cerco del jardín.

Años más tarde, cuando yo cursaba estudios de posgrado de Redacción Creativa en la Universidad de Columbia, mis padres vinieron a visitarme a Nueva York en el verano de 2001. Caminando por Times Square una noche, nos detuvimos frente a unas pantallas de televisión gigantes y nos conmocionamos al ver una imagen del barrio de mis padres, sumergido bajo el agua por la tormenta tropical Allison. Mi madre dice que pensó que “tal vez no tengamos una casa cuando regresemos”. Pero, como sucede a menudo, depositó su confianza en Dios y se dijo a sí misma “todo sucede por una razón”. Al regresar, comprobaron que la casa había sobrevivido una vez más.
Pero mis parientes no habían tenido la misma suerte.

Mis tíos Christine Contreras Kahn y Andy vieron las escenas de destrucción desde su casa del sector occidental de Houston. Hasta que les llegó la noticia de que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército dejaría correr el agua que se desbordaba del embalse y que el barrio donde estaba su casa se inundaría. Mi tía salió corriendo para tratar de rescatar las fotos de la familia y documentos importantes. Luego se instaló en el porche, abrió una botella de vino y se sentó a esperar. Mi tío Andy limpiaba la piscina. “¿Qué otra cosa podía hacer?”, comentaría más tarde.
Se quedaron hasta que llegaron voluntarios en botes y se los llevaron.

Mi tía Esther González, una madre soltera, vive cerca del mismo embalse con su hijo de 11 años. Al despertarse encontró que había 1 metro (3 pies) de agua en su casa. Madre e hijo, y su perro Da Vinci, caminaron casi 5 kilómetros (unas 3 millas) por sectores inundados hasta llegar a un lugar seguro.

Dos meses después, sus casas siguen siendo reparadas, como las de tantas familias en la costa del golfo de Texas. La casa de mis padres, que está al frente de mi vieja escuela secundaria, sufrió daños menores, aunque los vecinos siguen esperando encontrar algún contratista para arreglar los destrozos causados por el agua en las paredes.

A la luz de tantas tormentas a lo largo de los años le hice a mi madre una pregunta simple: ¿Por qué? ¿Por qué se quedan, soportan penurias y siguen reconstruyendo y empezando de nuevo?
Su respuesta fue igualmente simple: “Houston es nuestra casa”, dijo. “No sales corriendo cada vez que hay un problema. Lo enfrentas y sigues adelante”.

Foto de AP

El informe que dice que a Nisman lo asesinaron

Fotografía de Archivo

Uno de los dos agresores agarró del cabello a Alberto Nisman en el baño de su apartamento en Buenos Aires, le puso la pistola en su cráneo y le descerrajó un tiro. Para peritos de la Policía de Fronteras así fue como murió el conocido fiscal argentino, una conclusión que supone un drástico giro respecto de la hipótesis de suicidio a la que habían apuntado otros expertos.

El fiscal federal Eduardo Taiano deberá decidir si avala las conclusiones del peritaje de la Gendarmería en torno a uno de los casos criminales que más ha sacudido a Argentina en la historia reciente y que ha sido utilizado por sectores políticos contrarios para atacarse.
Nisman, a cargo de investigar el atentado terrorista de 1994 contra un centro judío en Buenos Aires, fue hallado muerto el 18 de enero de 2015 en su baño. En el lugar encontraron una pistola calibre 22.

Su muerte ocurrió cuatro días después de denunciar a la entonces presidenta Cristina Fernández de encubrir a los iraníes acusados del ataque que dejó 85 muertos. La hoy senadora considera un disparate la denuncia en su contra.

También niega que su gobierno tuviera que ver con la muerte del fiscal y afirma que la entonces oposición “echó sospechas” infundadas en su contra.
El misterioso caso dividió a los argentinos entre los que pensaban que Nisman fue asesinado vilmente y los que creían que se quitó la vida, quizá acorralado por el temor de no poder sustentar su denuncia contra Fernández. Hoy sigue generando todo tipo de conjeturas.

Nuevos caminos. Este informe de la Gendarmería apunta a que Nisman estaba drogado y que así fue más fácil para los “victimarios” someterlo. El caso dividió a los argentinos entre acusaciones que rayaban en lo político.

En las conclusiones de la Gendarmería, una veintena de expertos afirmó que en la madrugada de aquel 18 de enero, Nisman fue golpeado por dos personas que lo drogaron y pusieron frente a la bañera de su departamento en la capital argentina.

Nisman, según el relato pericial, estaba con “el torso erguido” y con una de sus rodillas apoyada sobre el suelo, mientras uno de los “victimarios” lo sujetaba por debajo de las axilas “a modo de abrazo”. En esa posición, el otro agresor se ubicó detrás y le apoyó el arma en el lado derecho de la cabeza para después apretar el gatillo. Eran aproximadamente las 2:46 horas de ese domingo.
Los gendarmes dicen haber descubierto elementos nuevos que sorprendentemente no habían sido percibidos por otros peritos a lo largo de la investigación. Por ejemplo, el más reciente análisis dice que tenía el tabique nasal roto, un golpe en la zona de la cadera y residuos en el cuerpo de ketamina, una droga con fuerte poder anestésico. Nada de eso fue detectado en la autopsia, ni en los peritajes hechos en 2015 por la Policía Federal y el prestigioso Cuerpo Médico Forense.

El más reciente estudio de la gendarmería ha hecho cuestionarse a varios sobre si es más confiable que los anteriores. Eso tendrá que determinarlo el fiscal Taiano.

El fiscal dijo que la muerte de su colega es el caso de criminalística “más complicado” de su carrera. La investigación está considerada hasta ahora como el de una “muerte dudosa” y llegó en 2016 a manos de Taiano tras haber quedado empantanada por meses en un fuero distinto al federal.

Los gendarmes dicen haber descubierto elementos nuevos que sorprendentemente no habían sido percibidos por otros peritos a lo largo de la investigación. Por ejemplo, el más reciente análisis dice que tenía el tabique nasal roto, un golpe en la zona de la cadera y residuos en el cuerpo de ketamina, una droga con fuerte poder anestésico. Nada de eso fue detectado en la autopsia, ni en los peritajes hechos en 2015 por la Policía Federal y el prestigioso Cuerpo Médico Forense.

Dispuesto a empezar de cero, Taiano ordenó la conformación de una “junta multidisciplinar” de Gendarmería para que diera su opinión. Para el investigador, es una fuerza que no ha sido “cuestionada”, al contrario que la policía federal, varios de cuyos miembros son investigados en el marco de la causa.

Taiano tiene que comparar este último informe con los que lo contradicen. Y deberá inclinarse sobre una de estas hipótesis: asesinato, suicidio voluntario o suicidio inducido. Su conclusión será elevada al juez de la causa, quien fijará la línea de investigación a seguir.

Fotografías de Archivo

Los gendarmes agitaron de nuevo las aguas del caso. Concluyeron que la ketamina abolió la voluntad de Nisman, pero permitió la conservación de su “tono muscular” para posicionarlo dentro del baño. Nisman no se disparó porque en sus manos no había los componentes que detectan la pólvora y los victimarios colocaron el cadáver de tal manera que simularon un suicidio, agregaron.
Conclusiones tan distintas sobre la muerte de Nisman abren el interrogante de si peritos de uno y otro lado actuaron con negligencia, inoperancia o mala fe.

“En lo de la fractura del tabique nasal tienes una contradicción grave… tienes que ver quién dice la verdad y quién no”, dijo Olga Fernández, experta en criminalística.
Para Fernández, no es tan raro que en Argentina informes periciales sobre un mismo hecho sean disímiles. “Desgraciadamente con estos casos es que te presionan para que los resultados se obtengan más rápido, lo cual puede dificultar que los resultados sean exhaustivos… también hay presiones para que los resultados salgan en un sentido u otro”, dijo.
La familia de Nisman también considera que se trató de un homicidio. Sin embargo, a partir de información de peritos que contrataron, una sola persona lo habría asesinado, sujetando con su mano derecha la del fiscal para apretar el gatillo.

El disparo que mató a Nisman salió de una pistola calibre 22 que le había prestado el técnico informático Diego Lagomarsino, su asistente y hasta ahora el único imputado en la causa.

El técnico alegó que el fiscal le había pedido el arma el día antes de su muerte porque temía por la seguridad de sus hijas. La familia de Nisman, sin embargo, lo considera el principal sospechoso.
Los peritos aportados por Lagomarsino afirmaron que Nisman se infringió el disparo parado frente al espejo, según el informe.

Señalaron que la lesión sobre la cadera izquierda y la que se encuentra por encima del tobillo izquierdo de Nisman son de horas antes a su muerte. Y afirmaron que el tipo de salpicadura de sangre en ambas manos obedece a que el fiscal se había infringido el tiro empuñando el arma con ambas manos.

Respecto de la herida que tenía en el labio inferior señalaron que se habría producido durante el traslado del cadáver.

Por otro lado, situaron la muerte a una hora muy distinta: entre las 8 y 12 horas del 18 de enero.

Fotografías de Archivo

Expertos del prestigioso Cuerpo Médico Forense, dependiente de la Corte Suprema, concluyeron en 2015 que no había elementos para sostener que la muerte de Nisman fuera un asesinato.
Mientras, en el peritaje de la Policía Federal se determinó que el fiscal se disparó con el arma frente al espejo del baño.

Taiano dice que una dificultad de la investigación es que la escena de la muerte no se preservó correctamente. Por ejemplo, unas 60 personas habrían caminado sin ningún cuidado por el apartamento de Nisman durante varias horas luego de que su cadáver fue hallado por su madre y sus custodios. Además, datos de su teléfono celular y sus computadoras fueron eliminados.
Las cámaras de seguridad del edificio donde residía Nisman no funcionaban desde días antes de su muerte y policías federales que custodiaban al fiscal son investigados.
“El desafío es muy complejo”, reconoció Taiano.

“Si el caso hubiera estado (investigado) de entrada de otra manera, hubiera sido otra cosa”, se lamentó el fiscal, consciente de que la causa siempre provocará opiniones encontradas sin importar las conclusiones a las que se lleguen.

Los niños como víctimas del fuego cruzado

Cerca. En la favela Mangueira o en Mare, los niños están habituados a observar casquillos y charcos de sangre que dejan las frecuentes balaceras.

Una bala atravesó la columna de un feto cuando aún estaba en el útero. Una niña de dos años recibió un disparo en la cabeza mientras jugaba en un restaurante. Tres balas perdidas alcanzaron a una niña de 13 años durante una clase de educación física en la escuela.

Río de Janeiro, que hace apenas un año copaba titulares en todo el mundo por ser la sede de los Juegos Olímpicos, siempre ha luchado contra la delincuencia. Pero en medio de una crisis económica que ha exacerbado los profundos problemas de desigualdad en todo el país, esta ciudad famosa tanto por sus glamurosas playas como por sus extensas favelas está experimentando la peor ola de violencia en una década.

Con un promedio estimado de 15 balaceras por día entre la policía y las bandas fuertemente armadas que controlan grandes zonas de la ciudad, cientos de civiles murieron o resultaron heridos en el fuego cruzado. Entre ellos hay cada vez más niños, muchos fallecidos este año por balas que tenían otros destinatarios.
En julio, el gobierno federal movilizó a más de 8,500 soldados para intentar erradicar la delincuencia en los vecindarios más duros de Río. Pero por el momento no han conseguido detener el derramamiento de sangre.

A continuación, la historia de seis niños que murieron este año sin otro motivo que el estar en el lugar erróneo en el momento equivocado.

21 de enero: no hay lugar seguro

Como policía en Río, donde más de un centenar de compañeros murieron este año, Felipe Fernandes siempre supo que arriesgaba su vida a diario en su trabajo, pero nunca imaginó que su hija de dos años, Sofía Lara Braga, podría convertirse en una víctima.

Mientras la familia cenaba a primera hora de la noche en un restaurante del norte de la ciudad, Sofía se entretenía en la zona de juegos. De pronto, en el exterior comenzó una balacera.

Todo el mundo regresaba de la zona de juegos, pero ella no, recuerda Fernandes.

Se dio cuenta de que Sofía estaba inmóvil en lo alto del parque de juegos y rompió la red de protección para llegar hasta ella. Una bala perdida había alcanzado a su pequeña en la cabeza. La mató al instante.

Los investigadores no han determinado todavía si la bala fue disparada por los delincuentes o por los policías que perseguían un auto robado cuando ocurrió el tiroteo.

Fernandes y su esposa, Herica Braga, se mudaron de casa con la esperanza de que sus dolorosos recuerdos quedaran atrás, pero Braga se aferra a las pertenencias de Sofía. En su nueva vivienda hay una habitación dedicada a la niña, con sus muñecas, sus osos de felpa y su ropa.

“Vivo con la ilusión de que igual algún día mi hija pueda regresar a casa”, dice Braga con las lágrimas rodando por las mejillas.

Mientras la familia cenaba a primera hora de la noche en un restaurante del norte de la ciudad, Sofía se entretenía en la zona de juegos. De pronto, en el exterior comenzó una balacera. Todo el mundo regresaba de la zona de juegos, pero ella no, recuerda Fernandes. Se dio cuenta de que Sofía estaba inmóvil en lo alto del parque de juegos y rompió la red de protección para llegar hasta ella.

15 de febrero: jugar al aire libre

El miedo plasmado en el rostro. Un niño llora aterrado ante un enfrentamiento entre los cuerpos de seguridad y delincuentes.

Las clases en la escuela de Fernanda Caparica, en la favela Mare, se habían cancelado esa mañana por una balacera entre bandas rivales, algo muy habitual en Río.

Thayana Caparica, de 23 años, llevó a su hija a casa y ordenó a Fernanda, de siete años, y a sus dos hermanos que no salieran.

Pero por la tarde Fernanda estaba cada vez más impaciente y quería salir a jugar. Seguía insistiendo. Finalmente, Caparica la dejó ir a la casa de una amiga.
Alrededor de las 7 de la noche, Caparica escuchó disparos y llamó inmediatamente a la madre de la amiga, quien le dijo que estaban jugando en la terraza. Momentos más tarde se enteró de que Fernanda había recibido un disparo en la cara. La pequeña falleció en el hospital.

Con el corazón roto, Caparica y sus hijos viven ahora con el miedo constante a nuevos tiroteos. Su hijo mayor está especialmente afectado.
“Cada vez que hay fuego cruzado, me dice ‘Mamá, no quiero morir como mi hermana’”, dijo Caparica.

30 de marzo: asesinada en la escuela

María Eduarda Alves da Conceicao, de 13 años, se había alejado de su clase de educación física en una cancha de baloncesto al aire libre hacia la entrada de su escuela cuando fue alcanza por tres balas. Fueron disparadas por agentes de Policía que perseguían a sospechosos armados cerca de la favela de Acari, en el norte de Río.
“Vieron que era una escuela y siguieron disparando”, dice Rosilene Alves Ferreira, la madre de la joven. “Se realizaron más de 60 disparos”.
Un agente fue acusado de homicidio involuntario.

La escuela está llena de recordatorios de la adolescente de pelo rizado que soñaba con convertirse en jugadora de baloncesto o azafata. En el muro exterior, los agujeros de las balas han sido cubiertos con corazones rojos. La cara sonriente de María está retratada en un mural gigante frente a la entrada del centro, y en la pista de baloncesto aparece con alas de ángel y tomándose una selfie.

Tras su fallecimiento, el jefe de Seguridad de Río prometió revisar los protocolos policiales para actuar cerca de las escuelas. El alcalde se comprometió a levantar muros a prueba de balas alrededor de centros públicos en zonas peligrosas. Ninguno de esos cambios se han materializado aún.

26 de abril: un charco carmesí

Vecina. Niños curiosean entre los casquillos que dejó la reciente balacera en la favela Magueira. Crecen con la violencia como paisaje.

Todas las noches antes de acostarse, Tereza Farias mira las imágenes tomadas por los celulares de quienes vieron el delgado cuerpo de su hijo tendido sobre su propia sangre.
Felipe Farias, de 16 años, murió en Alemao cuando regresaba de una protesta por la muerte de un joven de 13 años también por disparos.

Fue la cuarta persona que moría en el deprimido vecindario esa semana. La pared del estrecho callejón en el que sucedió todo sigue marcada con agujeros de bala del tamaño de un tapón de botella.

Varios testigos reportaron que el letal disparo salió del arma de un policía, pero los investigadores le dijeron a Farias que no acudirían a la escena del crimen por miedo a ser atacados por miembros de bandas.

“El investigador me dijo que si venía aquí, sería como firmar su sentencia de muerte”, dice Farias.
Felipe esperaba unirse al Ejército al cumplir los 18, siguiendo los pasos de sus dos hermanos mayores y su tío.
“Yo solía decirle no te preocupes, tu momento llegará”, recuerda Farias. “Pero su momento nunca llegó”, agrega.

30 de junio: baleado en el vientre materno

Claudineia dos Santos Melo, embarazada de casi nueve meses, había terminado unos recados en un supermercado de una favela en ciudad de Duque de Caxias, en la zona metropolitana de Río, cuando vio un coche de la Policía avanzando en su dirección.

Tuvo la sensación de que en cualquier momento podría estallar un tiroteo. Pero antes de poder ponerse a cubierto, ya había recibido un disparo.

“Pensé en él inmediatamente porque me dolía mucho la barriga”, dijo Melo, refiriéndose a su hijo no nato, durante una entrevista con Globo TV días después.

Melo fue trasladada al hospital, donde le practicaron una cesárea. La bala había alcanzado sus pulmones y la columna vertebral del bebé.
Pudo conocer a su hijo, al que llamó Arthur, una semana después en la unidad de cuidados intensivos. Tras ser operado de la columna, Arthur parecía estar recuperándose. Los doctores lo llamaban “bebé milagro”. Pero murió por una hemorragia el 30 de julio, justo un mes después de la balacera.
En el funeral, lo único que podía oírse eran las cámaras de los periodistas mientras el padre de Arthur cargaba en silencio el diminuto ataúd blanco.

4 de julio: un cateo se vuelve letal

Agentes de la Policía irrumpieron en la casa de Vanessa dos Santos, de 10 años, en la favela de Lins, supuestamente buscando a un sospechoso. Pero la niña era la única persona en el interior.

Desde la vivienda de al lado, la vecina y madrina de Vanessa le gritó para advertirle que saliese de inmediato. Mientras la pequeña se agachó para tomar sus chancletas, una bala de gran calibre alcanzó su cabeza. Murió en el umbral de la casa.

“La primera cosa que dijo (la policía) es que fue una bala perdida”, dijo su padre, Leandro Matos, visiblemente enojado por el tratamiento que estaba recibiendo el caso. “No lo fue. Empezaron a disparar adentro de la residencia”.

A día de hoy, la Policía no ha atribuido oficialmente a nadie la responsabilidad por lo sucedido.
Como los familiares de algunas otras víctimas, la madre y dos hermanos mayores de Vanessa dejaron la vivienda ante la imagen de los agujeros que quedaron en las paredes amarillas de la sala de estar.

“Solía imaginar las cosas malas que podrían pasar, como que un coche atropellara a mis hijos”, dice Matos, que había abandonado la casa familiar años antes tras divorciarse de la madre de Vanessa. “Pero ahora estoy neurótico, todo me asusta”, agrega.

Impunidad. Las investigaciones para determinar de dónde provino la bala asesina de estos cuatro menores de edad es lenta o simplemente está encarpetada.

La traición de Trump a los “dreamers”

Lo llaman inconstitucional. Jeff Sessions dijo que el DACA fue un ejercicio inconstitucional del Poder Ejecutivo de Barack Obama.

Crecieron en Estados Unidos y trabajan o van a la escuela aquí. Algunos están desarrollando negocios o criando a sus propias familias. Muchos no recuerdan nada del país en el que nacieron. Ahora, casi 800.000 inmigrantes que fueron traídos a Estados Unidos ilegalmente cuando eran niños o se quedaron al vencer su visa podrían ver su vida trastocada después de que el gobierno de Donald Trump anunció el martes que pondrá fin a un programa implementado por el presidente Barack Obama que los protegía de la deportación.

“Somos estadounidenses en el corazón, la mente y el alma. Simplemente no tenemos la documentación correcta que afirme que somos estadounidenses”, dijo José Rivas, de 27 años, que estudia una maestría en Orientación Psicopedagógica en la Universidad de Wyoming. La abuela de Rivas lo trajo desde México cuando él tenía seis años. Quiere convertirse en un asesor de alumnos en Estados Unidos, pero lamentó que “en este momento todo es incierto”.

La noticia de que el gobierno eliminará gradualmente el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, en los próximos seis meses fue recibida por sus beneficiarios –frecuentemente conocidos como “dreamers”– con perplejidad, ira y una sensación de haber sido traicionados. Surgieron manifestaciones en la ciudad de Nueva York, donde la policía esposó y retiró a más de una decena de activistas que brevemente bloquearon el paso a la torre Trump, así como en otras ciudades, incluidas Salt Lake City, Denver, Los Ángeles y Portland, en Oregon.

El secretario de Justicia, Jeff Sessions, dijo que el DACA, implementado por el presidente Barack Obama en 2012, fue un ejercicio inconstitucional del Poder Ejecutivo. El gobierno de Trump y otros opositores al DACA argumentan que es al Congreso al que le corresponde decidir cómo manejar los casos de esos inmigrantes. Los fiscales generales de varios estados amenazaron con demandar para proteger a los beneficiarios del DACA. “Estamos listos para tomar todas las acciones legales adecuadas para proteger a los ‘dreamers’ de Oregon”, tuiteó la fiscal estatal Ellen Rosenblum.

Ricardo Ortiz, que fue traído a Estados Unidos desde la ciudad mexicana de Monterrey a los tres años, ha estado trabajando como voluntario en el centro de convenciones del centro de Houston, que albergó a miles de víctimas del huracán Harvey. Ortiz, un estudiante de 21 años de la Universidad de Houston, dijo que no sabe qué hará si el DACA es eliminado o si es obligado a irse del país. “Es una locura que la gente realmente piense que no pertenecemos aquí, cuando hemos estado aquí toda nuestra vida”, afirmó.

Incluso los niños pequeños serían deportados, entre ellos los estudiantes de la escuela primaria Nellie Muir en el poblado de Woodburn, Oregon, habitado predominantemente por hispanos. El subdirector, Óscar Belanger, los saludó en inglés y español el primer día de clases, y le dijo a un reportero que los maestros y los administradores de la escuela desean que el gobierno en Washington respalde a los “dreamers” (“soñadores”). Belanger indicó que la escuela se negará a dar información sobre los estudiantes a los agentes de Inmigración, e hizo notar que la ley de Oregon prohíbe expresamente hacer eso.

Protestas por el DACA.

El fiscal de Utah, Sean Reyes, republicano y partidario de Trump, dijo que el presidente tiene todo el derecho de poner fin al DACA. Sin embargo, agregó, deportar a los “dreamers” sería inadmisible. “Estos niños crecieron creyendo que son estadounidenses, y muchísimos de ellos han vivido vidas de las que Estados Unidos puede enorgullecerse”, afirmó Reyes en un comunicado.

Por su parte, la fiscal de Arkansas, Leslie Rutledge, elogió la decisión de Trump. “Aunque somos un país compasivo, Estados Unidos es una nación de leyes, y el presidente Trump se percató que el programa DACA del presidente Obama iba mucho más allá de la autoridad legal del Poder Ejecutivo”, afirmó Rutledge. “El Congreso siempre ha sido el lugar adecuado para este debate”.

En Miami, Paola Martínez, de 23 años, oriunda de Bogotá, sollozaba mientras participaba en un mitin de unos 100 inmigrantes, y dijo que se sentirá indefensa sin el DACA. Recientemente se graduó de Ingeniería Civil en la Universidad Internacional de Florida. “En lugar de dar un paso adelante, damos un paso atrás. Nos ocultamos en las sombras una vez más después de que expire mi (permiso) de trabajo. Es solo tristeza”, señaló. “Uno simplemente siente como si estuviera vacía. Ya no hay apoyo”. Martínez dijo que no puede renovar su permiso porque expira en 2019, por lo que espera que su empleador u otra compañía la patrocine de forma que pueda quedarse y apoyar a sus padres, que dependen de ella para que los traslade y para los gastos del hogar.

En Florida, los inmigrantes que están en el país ilegalmente no pueden obtener licencias de conducir. Karen Marin, una mujer de 26 años de Nueva York cuyos padres la trajeron a Estados Unidos antes de que tuviera un año de edad, se encontraba en clase de Física en el Bronx Community College cuando Sessions hizo el anuncio. “Honestamente ni siquiera puedo procesarlo en este momento. Aún estoy tratando de recuperarme del golpe”, dijo. “Solo espero que cambien de forma de pensar y se den cuenta de que lo que están haciendo está mal”.

Carla Chavarría, de 24 años, es una empresaria de Phoenix dueña de una firma de mercadotecnia digital y una línea de ropa deportiva. Llegó a Estados Unidos desde México cuando tenía siete años. Su permiso expira en noviembre y está aguardando a que su renovación sea procesada. Está lista para cerrar la compra de una vivienda en los próximos días. “Ya de por sí es difícil ser dueña de una empresa, especialmente al ser joven y ser mujer y alguien que es una inmigrante. Ya es difícil de por sí. Y ahora nos quitan el DACA”, se lamentó. “En estos momentos estoy como en el limbo”.

800,000. Son los inmigrantes que ingresaron a Estados Unidos ilegalmente cuando eran niños o se quedaron al vencer su visa.

Empresarios latinos sin papeles preparan plan B bajo Trump

No son criminales. Durante los primeros seis meses de este año, las detenciones de inmigrantes sin estatus legal que no cuentan con un historial criminal se duplicaron con respecto al año pasado.

Era la cara de su negocio, pero ya casi no aparece en el mostrador. Ahora Maribel Reséndiz corta piñas, papayas y naranjas en el fondo del local, como si quisiera que nadie la viera. Varios clientes entran a comprar jugos exprimidos y es su hija la que se apresura a atenderlos.

Maribel y su esposo, Alberto Reséndiz, la han incluido como socia de la frutería que tienen desde hace cinco años y por si son deportados a México, le han transferido también todos los bienes de la familia.

“El temor es que me pare la policía, llame a Inmigración y me lleven a México”, asegura Maribel, quien vive ilegalmente en el país desde 1992. “Cualquier emergencia ella es la que responde… cualquier cosa que me pase ella es socia y puede disponer”.

Atemorizados por la política migratoria de Trump, los Reséndiz son parte de un creciente número de inmigrantes sin autorización legal que son dueños de negocios y han optado por transferir sus empresas o propiedades a familiares nacidos en Estados Unidos, frenar sus inversiones o vender sus tiendas.

Se estima que 10 % de los 11 millones de extranjeros que viven ilegalmente en el país tienen negocios. Con sus planes de contingencia buscan volver a las sombras, proteger sus bienes y garantizarles a sus hijos un ingreso en caso de que ellos sean detenidos y repatriados.

Uno de ellos es Mauro Hernández, un mexicano de 44 años, que puso a la venta el negocio de pollos asados que abrió hace seis años en Queens, Nueva York. El local está a nombre de un amigo que vive legalmente en Estados Unidos. Hernández dice que él dirige el negocio, paga los impuestos y a sus 10 empleados. Si es deportado, nadie llevará las cuentas y eso perjudicará el historial financiero de su colega.

“Lo que no quiero es que afecte a mi amigo”, asegura Hernández, quien ya fue deportado y regresó hace más de una década. “Desde que ganó Trump he estado muy preocupado”.

***

Negocios familiares.

Algunos de los empresarios que están tomando estas medidas aseguran que no tienen otra opción.

Bajo Trump, los arrestos de inmigrantes sin autorización ascendieron a 75,000 entre enero y junio, un incremento de 37 % con respecto del mismo periodo de 2016. Además, durante los primeros seis meses de este año, las detenciones de inmigrantes sin estatus legal que no cuentan con un historial criminal llegaron a casi 20,000, más del doble que el mismo periodo el año pasado.

“Todo el mundo está tomando precauciones”, expresó el abogado Jorge Rivera. “No quieren que el negocio desaparezca de la noche a la mañana. Quieren mantener sus ingresos” aun estando lejos.

Varios de los empresarios entrevistados por The Associated Press hablaron a condición de no ser identificados, por temor a las autoridades.

Entre ellos está un mexicano de Los Ángeles que llegó en 1995 sin papeles y desde 2001 tiene dos empresas de publicidad y mercadeo con 50 empleados.

A pesar de facturar unos cinco millones de dólares al año en contratos con hospitales privados y médicos particulares, el hombre de 40 años piensa mudarse a España con sus cuatro hijos estadounidenses y su esposa, que también está ilegalmente en el país. El plan contempla pasar a nombre de su hermana y sobrina estadounidenses las empresas y vender sus cinco automóviles y sus dos casas, en Las Vegas y en Los Ángeles.

Dice que este año ha rechazado renovaciones de contratos equivalentes a $1.5 millones, porque no quiere quedarse con negocios pendientes si lo deportan o se va a España y que adquirió dos casas en México porque ya no quiere invertir aquí.

“Nos tratan igual que a un criminal, a todos de la misma manera”, asegura el hombre. Los Reséndiz fueron afortunados de tener a una hija estadounidense que se hiciera cargo de la frutería en Florida City, una pequeña localidad al sur de Miami donde vive una numerosa comunidad de trabajadores agrícolas.

Apenas Trump fue elegido presidente, le pidieron a un contador que incluyera como socia a Diana, la mayor de sus cinco hijos estadounidenses y le transfiriera tres cuentas bancarias, cuatro automóviles y el camión de compras del negocio que tienen hace cinco años.

Diana, de 24 años, se levanta ahora a las 3 de la madrugada para manejar unos 60 kilómetros hasta el mercado mayorista, una tarea que sus padres ya no quieren hacer por temor a que los detengan.

 

***

Inmigrante trabajando.

Los negocios de inmigrantes sin autorización legal van desde servicios de limpieza ofrecidos por personas individuales hasta restaurantes y agencias publicitarias que emplean a decenas de personas, aunque no existen estadísticas oficiales sobre esta parte de la economía. Según el Institute on Taxation and Economic Policy, los inmigrantes sin estatus legal contribuyen con más de $11,700 millones en impuestos estatales y locales al año.

Ese razonamiento, sin embargo, no convence a activistas que están a favor de un mayor control de la inmigración.

“Están tratando de mantener sus ganancias ilícitas y el Gobierno estadounidense no debería permitir que inmigrantes ilegales tengan propiedades o empresas ni que las transfieran”, dice William Ghenn, presidente de Americans for Legal Immigration, un grupo cuya sede está en Carolina del Norte. “Bajo las leyes estadounidenses, justicia significa deportación de los inmigrantes ilegales”.

Pero otros, como Daniel Costa, del Economic Policy Institute, piensan que no es justo que regresen a las sombras.

“Es algo terrible para la economía”, considera, destacando que un 5 % de la fuerza laboral estadounidense corresponde a inmigrantes no autorizados. “Si quieren que su negocio sobreviva van a tener que hacer un plan”, dijo.

Portavoces del Departamento de Seguridad Interna dijeron a la AP que su objetivo es deportar a delincuentes, pero aclararon que no harán excepciones con ciertas “clases o categorías” de extranjeros que viven en el país ilegalmente. No indicaron cuáles eran esas categorías.

La deportación también desvela a los peruanos Carmen y Jorge Tume, que tienen un lavadero móvil de carros desde 2004. Por años recorrieron el sur de la Florida con su camioneta cargada con una máquina de presión de agua, un generador y varios tanques de agua y productos de limpieza.

Atendían a más de 200 clientes semanales que representaban unos 1,600 de ingresos, y contrataban a dos empleados, pero con Trump se sienten inseguros de manejar sin licencia y rechazan clientes que están a más de 30 kilómetros de su casa. Ahora solo tienen 60 clientes a la semana y sus ingresos bajaron a $600.

“Ya no nos queda ninguna esperanza”, dice Carmen, de 50 años. “Todo lo que habíamos construido se está desmoronando”.

Para Maribel Reséndiz, la mexicana de 42 años que tras cruzar la frontera trabajó recogiendo tomates, los cambios representan la pérdida de su identidad como propietaria de un negocio que le permite vivir sin pedir asistencia pública.

“Yo no dependo del Gobierno. Tengo seguro médico para mis hijos, para mí, para mi esposo. Yo pago todo, mis taxes (impuestos), del negocio y personales”, expresa. “No vivo del Gobierno ni le pido nada”.

Maribel asegura que nunca antes sintió la necesidad de convertirse en residente legal, hasta la llegada de Trump. En noviembre, amparada por su hija estadounidense, Diana, solicitó la residencia legal. Ahora espera nerviosa una respuesta que aún no ha llegado. Recuerda que hace más de dos décadas dejaron su país y desde entonces forjó toda su vida aquí.

“Tengo mi sueño hecho realidad porque tengo mi propio negocio”, asegura. “Ahora ya no tengo nada a nombre mío”.

En números. Los inmigrantes sin estatus legal contribuyen con más de $11,700 millones en impuestos estatales y locales al año.

Brasileños eran “esclavos” de una iglesia en EUA

Sufrimiento. Para Juliana Oliveira, estar en esta Iglesia fue como “ser una rana en una olla de agua hirviendo, sufre, pero no puede saltar”.

Cuando André Oliveira respondió al llamado para dejar su congregación en Brasil vinculada a Word of Faith Fellowship (Hermandad Palabra de Fe) y mudarse a la matriz de la Iglesia en Carolina del Norte a los 18 años, los líderes de esta le quitaron su pasaporte y dinero para mantenerlos seguros, según le dijeron.

Atrapado en el extranjero, fue obligado a trabajar 15 horas diarias, usualmente sin paga, primero limpiando bodegas para la hermética Iglesia evangélica y luego en negocios propiedad de altos ministros, señaló. Cualquier quebranto de las reglas podía causar la ira de los líderes de la Iglesia, señaló, y derivar en golpizas o la humillación pública desde el púlpito.

“Fuimos traídos de contrabando. Sabían lo que hacían. Necesitaban mano de obra y nosotros éramos mano de obra barata… más bien, mano de obra gratuita”, afirma Oliveira.

Fundadora. Esta foto, proporcionada por un exmiembro de la Comunidad
de la Palabra de Fe de Brasil, muestra a la fundadora Jane Whaley con niños en la
iglesia en Spindale, Carolina del Norte.

Una investigación periodística halló que la Word of Faith Fellowship utilizaba las dos ramas que la Iglesia tenía en el país más grande de Latinoamérica para canalizar un flujo constante de trabajadores jóvenes que llegaban con visas de turista y estudiante a sus instalaciones de 14 hectáreas (35 acres) en el pueblo de Spindale, ubicado en un área rural.

Bajo la ley estadounidense, los visitantes con visas de turista no pueden realizar trabajos por los que la gente normalmente sería compensada. Aquellos con visas de estudiante pueden trabajar un poco, bajo circunstancias que no se cumplían en la Word of Faith Fellowship.

En al menos una ocasión, los exfeligreses alertaron a las autoridades. En 2014, tres exmiembros le dijeron a una vicefiscal federal que los brasileños eran forzados a trabajar sin sueldo, según una grabación obtenida.

“¿Y golpean a los brasileños?”, preguntó Jill Rose, ahora fiscal en Charlotte.
“Definitivamente”, respondió uno de los exfeligreses. Los ministros “casi siempre los traen acá para que trabajen gratis”, dijo otro.

Aunque se escucha a Rose prometer que investigaría, los exmiembros dijeron que nunca respondió cuando reiteradamente intentaron contactarla en los meses que siguieron a la reunión.

Rose se negó a hacer comentarios para este reportaje, bajo el argumento de que hay una investigación en curso.

*

Oliveira, quien huyó el año pasado de la Iglesia, es uno de 16 brasileños exfeligreses que le dijeron que fueron forzados a trabajar, con frecuencia sin sueldo, y agredidos física y verbalmente. La agencia noticiosa también revisó varios reportes policiales y quejas formales presentadas en Brasil relacionados con las duras condiciones impuestas en la Iglesia.

“Nos tenían como esclavos”, cuenta Oliveira entre pausas para secarse las lágrimas. “Éramos prescindibles. No significábamos nada para ellos. Nada. ¿Cómo le puedes hacer eso a la gente: decirles que los amas y luego golpearlos en nombre de Dios?”

Con frecuencia, los brasileños hablaban poco inglés cuando llegaban, y a muchos les confiscaron sus pasaportes.

Mensaje. Este y otros libros escolares usados por los miembros de la
Iglesia de la Palabra de Fe en Brasil muestran fuertes distorsiones. En lugar de la
sexualidad humana, por ejemplo, el ciclo de vida se enseña mediante
la reproducción de plantas.

Muchos varones trabajaban como albañiles; las mujeres como niñeras y en la escuela primaria y secundaria de la Iglesia, dijeron los exmiembros. Una brasileña que solía ser feligresa contó que solo tenía 12 años la primera vez que la pusieron a trabajar.

Aunque funcionarios de inmigración en ambos países indicaron que era imposible calcular la cantidad de seres humanos traficados, al menos varios cientos de jóvenes brasileños han emigrado a Carolina del Norte en las últimas dos décadas, según entrevistas con exmiembros.

Las revelaciones de trabajo forzado son las más recientes de una investigación en curso que expone años de abuso por parte de la Word of Faith Fellowship. Según entrevistas exclusivas con 43 exmiembros, documentos y grabaciones hechas en secreto, se reportó en febrero que los feligreses eran golpeados, abofeteados y asfixiados con frecuencia en un intento por “purificar” a los pecadores sacándoles los demonios a golpes.

La Iglesia rara vez ha sido sancionada desde que Jane Whaley, líder de la secta y exprofesora de matemáticas, la fundó en 1979 con su esposo, Sam. Otro reporte previo explicaba cómo los líderes de la Iglesia les ordenaban a los feligreses que les mintieran a las autoridades que investigaban los reportes de abusos.

Se hicieron varios intentos para obtener comentarios para esta historia de los líderes de la Iglesia en ambos países, pero no respondieron.

*

Bajo el liderazgo de Jane Whaley, la Word of Faith Fellowship creció de un puñado de seguidores a unos 750 fieles en Carolina del Norte y un total de casi 2,000 miembros en sus iglesias en Brasil y Ghana, y sus filiales en Suecia, Escocia y otros países.
Los miembros visitan el recinto de Spindale de todas partes del mundo, pero Brasil es la principal fuente de mano de obra extranjera. Whaley y sus principales asistentes visitan las sedes brasileñas varias veces al año.

El exmiembro Thiago Silva dice que estaba emocionado cuando abordó el avión en la ciudad brasileña de Belo Horizonte para asistir a un seminario de la Word of Faith en Carolina del Norte en 2001. Tenía 18 años y esperaba utilizar su visa de turista para conocer gente nueva y visitar Estados Unidos.

Pronto se dio cuenta de que “no habría felicidad”.

“Nos tenían como esclavos”, cuenta Oliveira entre pausas para secarse las lágrimas. “Éramos prescindibles. No significábamos nada para ellos. Nada. ¿Cómo le puedes hacer eso a la gente: decirles que los amas y luego golpearlos en nombre de Dios?”

“Los brasileños vienen aquí para trabajar. Te digo, así es”, dice Silva. Califica el trato de “una violación a los derechos humanos”.
Silva, ahora de 34 años, recuerda haber estado entre un grupo de brasileños que trabajaron junto a estadounidenses, a los cuales sí les pagaban, pero a los suramericanos no, agregó.

Silva y otros también cuentan que Whaley tomó control total de la vida de los feligreses de ambos continentes, al dictar condiciones básicas de vida como dónde vivían y lo que podían comer, e incluso concertó matrimonios forzados con estadounidenses para que pudieran permanecer en el país.

La falta de libertad era generalizada, explican. Silva, por ejemplo, cuenta que podía llamar a sus padres solo si alguien que hablaba portugués monitoreaba la llamada.
“No hay libre albedrío”, dice. “Hay el albedrío de Jane”.

Arrepentido. Thiago Silva habla durante una entrevista en su casa en Marlborough, Massachusetts. Este brasileño de 34 años de edad se arrepiente de no abandonar antes la Iglesia de la Palabra de Fe.

A lo largo de dos décadas, la Word of Faith Fellowship absorbió dos iglesias en Brasil en las ciudades surorientales de Sao Joaquim de Bicas y Franco da Rocha.

Durante sus frecuentes visitas, Whaley les decía a los miembros brasileños de su rebaño que podían mejorar tanto su vida como su relación con Dios en un peregrinaje a la Iglesia matriz, según varios de los entrevistados. El estilo de devoción brasileño era inferior, decía con frecuencia.

Además de prometerles un mayor rango en la Iglesia, algunos cuentan que también fueron persuadidos con la oportunidad de asistir a la universidad, aprender inglés y ver un poco de Estados Unidos.

Otros dicen que sentían que simplemente no tenían otra opción.

En el campo. Los miembros visitan el complejo Spindale de todo el mundo,
pero Brasil es la mayor fuente de mano de obra extranjera.

Mientras tanto, las estrictas reglas implementadas en Spindale estaban siendo impuestas en Brasil, por lo que se presentaron denuncias a la policía y hubo una audiencia legislativa en 2009. Pero la Word of Faith nunca enfrentó ninguna censura oficial –muchas de las acusaciones se reducían a la palabra de exmiembros contra la Iglesia–, y el tráfico humano seguía, incluso cuando los padres brasileños decían que les cortaban por completo la comunicación con sus hijos en Carolina del Norte.

Calificada como “rebelde” porque siendo niña le respondía a los pastores, Elizabeth Oliveira, sin parentesco con André, dice que con frecuencia era aislada durante días en las casas de varios ministros en Sao Joaquim de Bicas.

Enviarla a Estados Unidos era una forma de “corregir” su mal comportamiento. Dice que tenía 12 años cuando hizo su primer viaje largo a Spindale y de inmediato la pusieron a trabajar. Ayudaba en la escuela durante el día, luego cosía ropa y era niñera en las tardes, a veces bastante después de la medianoche, dijo Oliveira. Nunca le pagaron, comentó.
Ahora de 21 años y estudiante de Medicina en Belo Horizonte, Oliveira dice que rompió lazos con la Iglesia tras su octavo viaje a Spindale.
“Sufrí tanto ahí”, afirmó. “Cuando cumplí 18 me fui y me dijeron, una vez más, que moriría por mi cuenta en la vida y me iría al infierno”.

Desde los cinco años, Ana Alburquerque viajó con sus padres a Spindale desde Brasil 11 veces a lo largo de más de una década. Con el tiempo, cuenta, atestiguó tantos gritos y empujones para “eliminar demonios” que comenzó a ver ese comportamiento como algo normal.

En sus últimos tres viajes se unió a un grupo de más de una veintena de adolescentes brasileños que se quedaban hasta seis meses con visas de turista.
“Llegan contigo y te dicen: ‘Podrás conocer Estados Unidos de América. Podrás ir a los centros comerciales’”, explica. “Pero cuando llegas ahí todo está controlado”.

Alburquerque, ahora de 25 años, dice que trabajó tiempo completo sin paga: como asistente de maestro en la escuela durante el día y al cuidado de hijos de feligreses durante la noche.
Su ajuste de cuentas llegó durante su viaje final, cuando tenía 16 años. Alburquerque dice que Whaley y otra ministra la azotaron repetidamente con una tabla de madera mientras gritaban que era “impura” y estaba poseída por el demonio.
“¡Reza para que salga de ti!”, recuerda Alburquerque que la exhortaron durante una sesión de 40 minutos. Durante sus últimas dos semanas en Spindale, Alburquerque se enfrentó a días de aislamiento forzado, lecturas de la biblia, amenazas de ser llevada a un pabellón psiquiátrico y las negativas de Whaley de permitirle hablar con sus padres. Finalmente le permitieron volver a Brasil, donde abandonó la Iglesia.

Luiz Pires tenía 18 años en 2006 cuando ministros de la iglesia de Sao Joaquim de Bicas lo motivaron a viajar a Carolina del Norte para su mejoramiento espiritual.

Vulnerables. Este es uno de los vecindarios de bajos ingresos cerca del Ministerio
Evangélico Comunidad Rhema, o el Ministerio Evangélico Comunitario de Rhema, en
Franco da Rocha, Brasil, en la mayor área de Sao Paulo.

Al llegar, cuenta, le parecieron “horrorosas” las condiciones de vida, con ocho personas apretujadas en el sótano de la casa de un líder de la Iglesia, forzadas a trabajar largas horas en negocios relacionados con la institución. Cualquier pago se destinaba a gastos para vivir, dice Pires, a pesar del hecho de que él y otros limpiaban y hacían jardinería en la casa del feligrés donde vivían.

“Nunca había tiempo para sentarse. Nos hacían trabajar como esclavos”, recuerda.

El exfeligrés Jay Plummer supervisaba los proyectos de remodelación del negocio de un líder de la Iglesia y confirma que sus colegas estadounidenses recibían un sueldo, pero no los brasileños que trabajaban con ellos.
“Trabajaban por alojamiento y comida, y no tenían opción”, explica Plummer. “Y cuando no querían trabajar y lo expresaban, solo se metían en problemas”.
Paulo Henrique Barbosa había escuchado las historias de terror sobre la vida en Spindale. Pero la influencia de la secta era tan fuerte que explica que él sentía que debía obedecer cuando los líderes de la Iglesia en Franco da Rocha –con apoyo de sus padres– le dijeron que tenía que viajar a Spindale en 2011, a sus 17 años.

Los pastores le dijeron que, de negarse, violaría la voluntad de Dios.
“Todo el mundo sabía que estos no eran viajes turísticos”, cuenta Barbosa, ahora de 23 años y con un trabajo en tecnología de la información en Sao Paulo. “No quería ir, pero no tenía opción”.

Ya en Spindale, las condiciones fueron peores a lo que temía. Durante seis meses ayudaba en la escuela en las mañanas y trabajaba como albañil en las tardes y noches, a veces hasta la 1 de la madrugada. Nunca le pagaron.

La Iglesia controlaba todo lo que hacía, de acuerdo con Barbosa, incluso prohibiéndole comer entre comidas. La televisión, la música y ciertos productos de marca estaban prohibidos.

Las revelaciones de trabajo forzado son las más recientes de una investigación en curso que expone años de abuso por parte de la Word of Faith Fellowship. Según entrevistas exclusivas con 43 exmiembros, documentos y grabaciones hechas en secreto, se reportó en febrero que los feligreses eran golpeados, abofeteados y asfixiados con frecuencia en un intento por “purificar” a los pecadores sacándoles los demonios a golpes.

Según Barbosa, dormía en el sótano de un miembro de la Iglesia, con unos 15 jóvenes más. Y estaba prohibido hablar portugués.

Cualquiera que superara los cinco minutos permitidos en el baño era sospechoso de cometer el “pecado” de la masturbación, y Whaley era convocada a la casa para que dictara el castigo.
Si parecía que alguno de los hombres había tenido un “sueño impuro”, recuerda Barbosa, todos eran despertados, ordenados a rodearlo, sacudirlo varias veces y gritar en sus oídos para “expulsar los demonios”, una práctica que la Word of Faith llama “blasting”.

Barbosa asegura que pidió regresar a Brasil muchas veces “pero siempre me dijeron no, que la voluntad de Dios era que me quedara”.

Irse por su cuenta parecía imposible. Había volado a Charlotte, a más de una hora de Spindale, no poseía un auto y tenía poco dinero. No conocía a nadie fuera de la Iglesia y no hablaba inglés. Solo se le permitió regresar a Brasil cuando iba a expirar su visa de turista. “Desde niño eres adoctrinado para creer que dejar la Iglesia significa que te irás al infierno, o te dará cáncer o sida”.

*

Se han documentado repetidas violaciones a las visas de turista y estudiante obtenidas para los miembros de la Iglesia brasileña.

En la mayoría de los casos, los brasileños llegaban a Carolina del Norte con una visa de turista de seis meses para servicio en la Iglesia, en ocasiones en grupos de 20 o 30. Algunos regresaban a su país tras unas semanas; otros se quedaban el tiempo completo.

Quizá para evadir las leyes que prohíben dar empleo a los visitantes, los líderes de la Iglesia a veces se referían al trabajo forzado como “trabajo voluntario”, según brasileños entrevistados en ambos países.

Dicho trabajo incluía tumbar paredes e instalar muros de mampostería en apartamentos propiedad y alquilados por un alto ministro de la Iglesia y sus familiares.

Ross Eisenbrey, del Instituto de Política Económica en Washington, D. C., un centro de estudios que se enfoca en temas laborales, dice que las propiedades en alquiler son “para negocios con fines de lucro para los cuales los inmigrantes no pueden ser voluntarios” bajo la Ley de Normas Laborales Justas.

Algunos de los entrevistados explican que habían sido atraídos a ir a Estados Unidos en parte por las promesas de obtener una educación universitaria, pero fueron incapaces de estudiar o asistir a clases por sus estrictos horarios laborales.

Expansión. En el transcurso de dos décadas, la secta estadounidense tomó
el mando de dos congregaciones en Brasil, y aplicó una estricta interpretación de la biblia,
reforzándola mediante rigurosos controles y castigos físicos.

“Había ocasiones en que terminaba las 4 de la mañana y sabía que tenía que levantarme a las 8 para ir a trabajar. Me sentaba ahí, observando mis libros. Pero, ¿cómo puedes concentrarte? Simplemente estás muy cansado”, dice André Oliveira.
Exfeligreses dicen que muchos brasileños más llegaron con visas de turista, y varios centenares de adolescentes se quedaron períodos extensos.

La experiencia de André Oliveira, ahora de 24 años, es ilustrativa.

Después de viajar por primera vez a Spindale en 2009, dice que se tardó varios meses en obtener permiso para regresar a Brasil. De vuelta a casa, él y otros fueron forzados a mudarse a la casa de un ministro, donde trabajó limpiando durante meses hasta que le dijeron que “era la voluntad de Dios visitar Spindale, en esta ocasión con una visa de estudiante”.

Cuando regresó a Carolina del Norte, los ministros otra vez le quitaron el pasaporte y lo pusieron a trabajar en compañías propiedad de ministros de la Iglesia, cuenta. Tomó algunas clases universitarias, pero no tenía tiempo para estudiar.

“Un día típico comenzaba así: empezaba a trabajar a las 9 de la mañana y terminaba 15 o 16 horas después, a veces más”, comentó. “No parábamos”. Oliveira y otros aseguran que tenían pocas opciones salvo seguir órdenes.

“Sabíamos lo que pasaría: nos gritarían, condenarían, golpearían. ¿Y qué vas a hacer? No tienes a dónde ir, no hablas el idioma, no tienes documentos. Entonces trabajas”, relata Oliveira.

“Era trabajo de esclavos”, agrega Rebeca Melo, de 29 años, quien creció en la Iglesia en Brasil y visitó Estados Unidos unas 10 veces para labores religiosas y viajes con su familia.
Esas visitas incluían paseos para hacer compras, pero dice que las cosas fueron muy diferentes cuando se mudó a Spindale en 2009 con una visa de estudiante. “No quería mudarme ahí. Jane dijo que era la voluntad de Dios”.

Melo cuenta que le quitaron su pasaporte y rápidamente fue puesta a trabajar. A pesar de su visa de estudiante, funcionarios de la Iglesia fueron claros de que la escuela no debía ser su objetivo, agrega. “Las visas de estudiante solo eran un medio para que estuviéramos ahí legalmente”.

*

El tipo de “amor” de Whaley también jugó un papel importante para que los hombres brasileños quisieran ir a Spindale, y mantenerlos ahí una vez que expiraran sus visas, según 10 exfeligreses.

Algunos de los entrevistados cuentan que hombres brasileños –así como varios miembros de la Iglesia de otros países– obtenían su tarjeta para la residencia permanente y permiso de trabajo al estar “casados” con mujeres estadounidenses en la institución.

El matrimonio arreglado para evadir las leyes migratorias de Estados Unidos es ilegal.

Los matrimonios concertados también servían para subsanar el hecho de que la congregación de Spindale tenía más mujeres solteras que hombres, dijeron los exmiembros. Bajo las reglas de Whaley, los feligreses no pueden tener una cita con alguien fuera de la Iglesia, mucho menos casarse.

“Puedo contar al menos cinco o seis brasileños que se mudaron aquí para casarse con una chica estadounidense”, dijo Melo. “Nunca jamás considerarían permitirte salir con alguien afuera de la Iglesia”.
Según Silva, con frecuencia Whaley le dijo a la gente que Dios le decía con quién debían casarse o usaba su mano dura en la vida de los feligreses para concertar relaciones.

Silva recuerda a una joven pareja brasileña enamorada que, de casarse, no hubiera podido quedarse en Estados Unidos al expirar sus visas. Whaley quería que el hombre se quedara en Spindale, así que le dijo que era la “voluntad de Dios” que se casara con una estadounidense, narra.

A punto de expirar su visa, André Oliveira dijo que los líderes de la Iglesia le encontraron una prometida.

No pasó mucho tiempo después de que la exintegrante Kim Rooper se uniera a la Iglesia de Spindale cuando le pidieron que se casara con un ecuatoriano cuya visa estaba por expirar.
Rooper, una estadounidense que ahora vive en Tampa, Florida, dice que la entrenaron para hacer que el matrimonio pareciera legítimo ante las autoridades migratorias, como por ejemplo, tener un álbum de fotos de la pareja.

“Para no hacer larga la historia, llegó la hora de consumar el matrimonio y pasé apuros con eso”, explica. “Tuve problemas porque no lo amaba y no sentía atracción por él”.
Los líderes de la Iglesia le dijeron que era la “voluntad de Dios” que se sometiera a su esposo. “Y ahí supe que tenía que escapar”.

Pareja. Jane Whaley, fundadora de la Iglesia, aparece en esta imagen acompañada de su esposo, Sam, centro derecha, y otros durante una ceremonia en Spindale.

Argentina alumbra movimiento global contra feminicidios

Desde la educación. Las demandas de Ni Una Menos van desde la elaboración de estadísticas oficiales y la protección de víctimas hasta la inclusión de la temática de la violencia contra las mujeres en programas escolares.
Huelga. Este año Ni Una Menos ayudó a organizar
la primera huelga general de mujeres el 8 de marzo en
coincidencia con el Día Internacional de la Mujer,
que tuvo adhesión en varias decenas de países.

En vísperas de la Nochebuena de 2011, Maira Maidana le prendió una vela a la santa patrona de Argentina, cerró los ojos y rezó, tal como lo hacía cada vez que temía una golpiza de su pareja.

Pero esta vez, a diferencia de los golpes habituales, sintió que todo su cuerpo ardía. Cuando se dio vuelta, él la estaba mirando con una botella de alcohol en la mano. En llamas, Maidana corrió hacia tres grifos, pero no salió ni una sola gota de agua.

Después de 59 cirugías, Maidana tuvo el coraje de contar la verdad sobre lo que le pasó aquella noche y había callado durante años. Se lo debe al movimiento civil Ni Una Menos, que ha movilizado a cientos de miles de personas en Argentina contra la violencia de género desde 2015 y se ha extendido rápidamente por todo el mundo.

“Con Ni Una Menos las mujeres ya no se ocultan”, afirma Maidana, quien tiene cicatrices en el cuello y el pecho y habla en susurros a causa de las quemaduras. La mujer, de 29 años, marchó durante la última manifestación a principios de este mes en Buenos Aires, sosteniendo con orgullo una fotografía de ella misma con el torso quemado y la frase “A pesar de todo”.

“Antes las mujeres no hablábamos, no contábamos. No sé si era miedo o vergüenza. O sentir que la justicia no te ayudaba”, reflexiona Maidana. “Me gusta que se muestre, que se abran los ojos, que lo vean todos”.

***

Solo en 2016 se registraron 254 feminicidios en Argentina, según un reporte de la Corte Suprema de Justicia difundido a finales de mayo. Esto significa que una mujer es asesinada cada 34 horas en el país. En 60 de los casos había denuncias previas por violencia.

Maidana temía que algún día su pareja intentaría matarla.

 

Se conocieron en 2003: él tenía 14 y ella un año más. La primera vez que le pegó fue en 2005. Estaban bromeando con compañeros de escuela y él se puso celoso. Después de clases, le dio un puñetazo en la cara. Al otro día ella fue a la escuela con un ojo morado. Una amiga le aconsejó que lo dejara porque, si lo perdonaba, se iba a poner peor.

Tenía razón. Durante los siguientes ocho años la golpeó regularmente, salvo cuando estuvo embarazada de sus dos hijos, Áxel y Nicole. Consumía drogas y solía regresar a casa borracho.

Cuando sus hijos eran pequeños presenciaron las peleas. Dejaba que descargara su furia sobre ella para que después no los lastimara a ellos. Cuando entendió que ella ya no lo amaba, amenazó con suicidarse. Un día tomó un cuchillo de la cocina y se cortó las muñecas enfrente de los pequeños.

“Tenía asco, bronca, pero sobretodo, miedo”, recuerda Maidana. “El miedo no me dejaba pensar, reaccionar, liberarme, pedir ayuda, escaparme”. El día que le prendió fuego, ella había estado ayudando a su madre en los preparativos para la fiesta del cumpleaños 17 de su hermano. Maidana estaba ansiosa por estrenar un vestido blanco que había escogido con su pareja.

Pero cuando él regresó a la casa estaba borracho y sin ánimo de ir a la fiesta. Ella le insistió, le contó lo duro que había trabajado todo el día en los preparativos. Apenas llegaron a la celebración, él comenzó a quejarse de que su vestido era muy corto. Estaba celoso y con ganas de pelear.

A mitad de la fiesta él quiso irse. Ella accedió para evitar una escena frente a su familia y amigos. Llamaron un taxi y regresaron a casa con sus dos hijos. Cuando llegaron, él le pidió a su hermana que encerrara a los niños en un cuarto y comenzó a gritarle a Maidana.

La discusión subió de tono. Él la amenazó con abandonarla. Por primera vez después de años de soportar sus palizas, Maidana lo enfrentó y le dijo que se fuera. Se sentía fuerte.

Pero eso no duró mucho.

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Una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia psicológica o física, según Naciones Unidas. En la mayoría de los países menos del 40 % de las víctimas buscaron ayuda.

En Argentina se cometieron 2,384 feminicidios entre 2008 y 2016, según la Casa del Encuentro, una asociación por la defensa de los derechos de las mujeres. No son las cifras más altas de América Latina, pero los casos han tenido un aumento constante en los últimos años, dice Ada Rico, presidente de esa organización.

La cultura machista es todavía fuerte en Argentina, donde las mujeres sufren acoso callejero con frecuencia. En 2014, cuando era el alcalde de Buenos Aires, el actual presidente Mauricio Macri dijo en una entrevista que a todas las mujeres les gusta que les digan qué buen trasero tienen. El comentario le valió duras críticas y desde que fue electo en 2015 se manifestó a favor del Ni Una Menos y de mayor protección para víctimas.

Después de decirle a su pareja que se fuera de la casa, Maidana se quitó el maquillaje. Luego, con las manos temblorosas, prendió una vela en un pequeño altar con la imagen de la Virgen de Luján. Eran las 2:45 de la madrugada.

De repente sintió calor.

“No sabía qué estaba pasando, estaba en llamas”, recuerda.

Desesperada, corrió al baño y abrió la ducha. Luego el lavamanos. Nada. Llegó a la cocina. No salió una gota de agua por ningún lado. Él había cerrado antes las llaves de paso.

Estuvo en llamas durante algunos minutos que a ella le parecieron horas. Finalmente corrió al jardín y se zambulló en la piscina de plástico para niños con agua sucia. Sintió como si ardiera por dentro.
Minutos después, él le dijo que el agua había vuelto. Maidana tomó una ducha. Las cenizas de un vestido floreado -que solo usaba para dormir porque a su pareja le parecía demasiado escotado- se habían fundido en su pecho carbonizado.

 

El agresor no quiso llamar a una ambulancia, pero aceptó dar aviso a la policía. Cuando los oficiales llegaron a la vivienda, él les dijo que era un vecino.

Maidana fue trasladada a una pequeña clínica donde perdió al conocimiento. Dada la gravedad del caso fue trasladada a un hospital especializado para tratar las quemaduras. Ahí estuvo internada durante cuatro meses, mientras su mamá Olga cuidaba a sus hijos.
Un día el padre los retiró del colegio y se los llevó con él. Después de 10 meses y con ayuda de un abogado, Maidana recuperó a los niños.

A causa del ataque tiene cicatrices en el pecho y partes del rostro pese a una docena de cirugías e implantes de piel. Perdió la mayoría del cabello, la audición en el oído derecho y la visión en el ojo izquierdo. Bajó 30 kilogramos, a la mitad de su peso habitual. Su garganta resultó severamente dañada, lo cual le dificulta hablar.
Tuvo que aprender a comer y caminar de nuevo con ayuda de su mamá. Por temor a que lastimara a sus hijos, Maidana nunca denunció a su expareja ante la justicia. En vez de eso, le contó a su familia y a la policía que ella se derramó alcohol y se prendió fuego.

Sus padres nunca creyeron la versión del intento de suicidio. Pero Maidana mantuvo la misma historia hasta la marcha de Ni Una Menos.

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En un país con un movimiento feminista poderoso y con una tradición de mujeres luchadoras como Eva Perón y las Madres de Plaza de Mayo, Ni Una Menos se gestó a partir del encuentro de una veintena de periodistas, intelectuales y artistas, algunas con militancia en el feminismo, que se sintieron interpeladas por una serie de brutales feminicidios a principios de 2015. El nombre lo tomaron de un poema sobre la masacre de mujeres en Ciudad de Juárez, de la escritora mexicana Susana Chávez, asesinada en 2011.

Primero organizaron una lectura pública de textos sobre violencia de género, con la participación de familiares de víctimas. Pero cuando Chiara Páez, una adolescente de 14 años embarazada, fue asesinada por su novio y hallada enterrada en la vivienda de la familia del asesino, ellas dijeron basta.

La primera convocatoria a protestar llegó de un tuit de la cronista radial Marcela Ojeda: “Mujeres todas, ¿no vamos a alzar la voz? Nos están matando”. El mensaje se replicó por miles e inspiró la primera marcha el 3 de junio de 2015.

Las organizadoras pensaron que sería pequeña. Pero ese día miles inundaron las calles de 70 ciudades de Argentina exigiendo que dejaran de asesinar a mujeres. La protesta mereció amplia cobertura de los medios de comunicación, que a partir de entonces tomaron la violencia de género como un tema central de su agenda.

Maidana se sumó a la marcha frente al Congreso porque quería “sentirse viva” después de tanto dolor. Cuando advirtió la comunión entre tantos miles, desde mujeres con cochecitos de bebés, estudiantes y hasta políticos de todos los partidos, empezó a llorar. Abrazó a su madre y le dijo que estaba lista para contar la verdad.

“Tenía un dolor inmenso de ver a tantas madres, padres, amigos reclamando justicia por chicas que ya no estaban. Y a la vez estaba reclamando por mí misma, que estaba viva”, confesó Maidana.

Al otro día de la movilización, se despertó y escribió una carta de agradecimiento. “Hoy, un día después, dejé salir la angustia… Me sentí agradecida por no ser un cartel, una bandera, una foto, un nombre más. Por poder luchar por ellas. Doy las gracias a Dios por luchar y poder gritar: ‘Ni una menos’”.

Aquella marcha inicial creció rápidamente hasta convertirse en un movimiento global, con lazos en varios países de América Latina y también en Nueva York, Berlín e Italia. El astro Lionel Messi se sumó a la campaña con un mensaje contra los feminicidios en su cuenta de Twitter. Durante una visita a Buenos Aires en marzo de 2016, Michelle Obama elogió la lucha de las mujeres argentinas.

 

Este año Ni Una Menos ayudó a organizar la primera huelga general de mujeres el 8 de marzo en coincidencia con el Día Internacional de la Mujer, que tuvo adhesión en varias decenas de países, desde Tailandia a Chile y de Polonia a Corea del Sur. Al mismo tiempo, el movimiento estableció alianzas con otras organizaciones feministas, como Vivas Nos Queremos, de México. Las redes sociales han sido una herramienta central para afianzar esta comunidad global.

Las demandas de Ni Una Menos van desde la elaboración de estadísticas oficiales, la protección de víctimas y la inclusión de la temática de la violencia contra las mujeres en programas escolares. Ha obtenido algunos éxitos. Por un lado, la Corte Suprema creó un registro nacional de feminicidios. A finales de 2016 se sancionó en Buenos Aires una ley que penaliza el acoso callejero verbal o físico, mientras la marca de vestimenta deportiva Reef canceló su tradicional concurso que organiza desde hace 23 años para elegir la “mejor cola” del verano en el balneario argentino de Mar del Plata.

“El feminicidio es la punta del iceberg, no se soluciona con más policía”, explicó Marta Dillon, periodista y una de las fundadoras de Ni Una Menos. “El movimiento busca ser revolucionario. Y nos hacemos cargo de esa palabra. Revolucionar las sensibilidades y las condiciones sociales y económicas”.

Maidana dejó a su pareja en 2011, después del ataque. Todavía no ha tomado el coraje para denunciarlo ante la Policía, pero conserva en una bolsa plástica los restos del vestido de flores que usaba aquella noche y la botella de alcohol como evidencia.