El músico salvadoreño Arturo Corrales decidió partir hace casi dos décadas a Europa en busca de un sueño. Ahora goza de una sólida carrera en Ginebra, Suiza, caracterizada por la composición de una obra que desafía las convenciones de la música académica. Su propuesta combina aportes electrónicos y de las músicas autóctonas de todo el mundo, sobre todo de El Salvador.

Arturo Corrales, música que brilla en la distancia

Un reportaje de Moisés Alvarado

Fotografías de cortesía de Arturo Corrales y Archivo/Ilustración de Moris Aldana

Educación. Uno de los proyectos más ambiciosos de Arturo ha sido “Cathédrale avec des Briques”, en el que incluyó a chicos de escuelas en Ginebra con poco acceso a la formación musical.

Un hombre toca el tambor en la barroca Iglesia de La Fusterie, en Ginebra, Suiza. El instrumento es el típico ton de batería que se utiliza en una orquesta sinfónica convencional. Ese hombre, el músico francés Fabien Perreau, se esfuerza en un redoble de tambor que parece subir a lo más alto del templo.

Justamente allí, una decena de personas, colocadas en los balcones de la iglesia, ejecutan sus flautas traversas. Se trata, también, de un instrumento común en una orquesta sinfónica. Pero aquí su naturaleza se ha mudado: de pronto, en pleno centro de Ginebra, el ambiente se llena de sonidos más propios de Santo Domingo de Guzmán, un municipio del occidente de El Salvador, famoso por una comunidad indígena que se ha negado a desaparecer.
El ton de batería da esos golpes profundos del tambor indígena, forrado de cuero de cabra, que parece una invitación al baile o a la guerra. Fabien Perreau se esfuerza por dar los más diversos sonidos, modificando a cada instante la velocidad de sus impactos.

Las flautas son un mosaico de colores que, ahora, puede parecer un pito, con su sibilante insistencia. Los ejecutantes tocan su instrumento al revés, poniendo los labios donde típicamente surge el sonido. Ahora, los cilíndricos objetos producen una extraña reverberación cuando son impactados contra la palma de la mano. Todo explota cuando las flautas vuelven a ser ellas, pero en un aparentemente caótico conjunto que parece una batalla.

Las personas en el público escuchan la música en medio del templo, con el percusionista frente a ellos y los flautistas a su alrededor. Nadie parece querer siquiera respirar. Se podría decir que cuando los instrumentos dejan de sonar, un alfiler que cae al piso es el sinónimo del estruendo. Los instrumentos europeos han cedido para adecuarse a una concepción musical que proviene de los ancestros de los salvadoreños.

“La música manda a la gente en un viaje a un lugar desconocido, que realmente es un lugar musical en nuestro país, El Salvador”, comenta Arturo Corrales, el autor de esta pieza, “Invocación en náhuat”, desde su casa en Ginebra, Suiza.

Arturo es uno de los compositores salvadoreños más exitosos de la actualidad. Sus piezas, además de en su país de residencia, se han escuchado por toda Europa y Latinoamérica, en un estilo hecho para los oídos más exigentes. Una propuesta de vanguardia que dinamita los conceptos de lo que se entiende como música académica. Una en la que caben desde elementos de la música electrónica hasta las tradiciones de todos los países del mundo, sobre todo las raíces precolombinas de una no muy conocida música autóctona salvadoreña.

“Los académicos son bien ortodoxos en su forma de hacer música, como en el pasado. Arturo es atrevido al llevar tantas cosas al ambiente clásico. Y lo hace de una manera muy efectiva”, comenta en su residencia de San Salvador Marcial Amaya, también un músico experimental. Esta tarde no disimula su alegría, pues le acaba de llegar desde Estados Unidos, ya masterizado, el disco “Cosmonautas del tiempo”, el primero que pare su proyecto, 3 Ramas del Árbol.

Durante la mañana, estuvo grabando algunas piezas para un nuevo trabajo. Ahora, sin embargo, se da tiempo para ver algunos videos de Arturo Corrales, uno de sus músicos salvadoreños favoritos.

El video elegido corresponde al tema “Mono espacial”. Ahí están sentados cuatro músicos que conforman el prestigioso cuarteto de cuerdas Diotima. Visten de frac impecable. Antes de que se inicie la pieza, parecería que tocarán, quizá, las “Cuatro estaciones”, del italiano Antonio Vivaldi.

Sin embargo, los violines, la viola y el violonchelo, como ocurrió en “Invocación en náhuat”, mudan su naturaleza y ya no son lo que se esperaba. Manos veloces, casi ingrávidos, parecen interpretar algo tan complejo que solamente puede venir de la inspiración de los ejecutantes. Una pieza de jazz improvisado con instrumentos clásicos.

Pero aquello que parecería tener una fuente espontánea está calculado desde la a hasta la z. Los músicos leen cada nota en una partitura, escrita por Arturo Corrales. El movimiento comienza a hacerse más intenso y, en un momento, suena más a una canción metalera, de esas perfectas para un mosh. Desde Suiza, Arturo confirma lo anterior, algo que corresponde un recuerdo de los días en los que en El Salvador capitaneó la banda Cara Sucia.
“Ponés esto de soundtrack, el personaje que puede ser alguien caótico, desordenado, y le queda perfecto”, dice Amaya.

Al final de la pieza, lo que uno podía definir como una especie de “ruido blanco” se ha convertido en otra cosa. Algo que le ha llegado hasta lo más profundo del corazón sin saber de dónde. Salvando las distancias, el efecto se parece mucho al de las piezas interpretadas por el mítico músico de jazz John Coltrane.

Eso lo apoya Jorge Ávalos, poeta y amigo de Arturo. Para él, la música del salvadoreño, a pesar de ser tan técnica e innovadora, no deja de lado la principal misión de todo arte: conectar con las emociones de aquel que escucha.

Quizá escogió la carrera de arquitectura como un guiño a aquella famosa frase del alemán Johann von Goethe: “La arquitectura no es más que música congelada”. “Ahora sigo construyendo cosas, aunque con materiales mucho más ligeros que la piedra o el concreto. Hoy construyo con el tiempo”, dice Corrales, en quien sus colegas, como Germán Cáceres, ven a un músico preocupado especialmente por la forma, como si la carrera de la arquitectura no hubiera sido un paréntesis en su formación, sino una de sus principales bases.

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EL VIAJE A LO DESCONOCIDO
Arturo Corrales siempre pensó en ser músico. Lo traía en la sangre: uno de sus antepasados, Alejandro Muñoz Ciudad Real, fue el fundador de la Orquesta Sinfónica de El Salvador. “A pesar de ese linaje tan ilustre, tuve que comenzar desde cero”, comenta Corrales.

Y en su casa siempre había herramientas musicales, sobre todo la guitarra de su padre, el instrumento que terminaría convirtiéndose en el suyo.

Pero la vida lo llevó por un camino un poco más convencional. Cuando salió del bachillerato, se inscribió en la carrera de Arquitectura, que completó junto con su amigo José Paredes. Este último, quien actualmente trabaja al otro lado del mundo, concretamente en Vietnam, lo recuerda como alguien profundamente creativo. Un elogio que le devuelve Arturo desde Ginebra al fundador del colectivo The Carrot Concept.

Alguien profundamente creativo, pero que tenía clara la gran pasión de su vida. Quizá escogió la carrera de arquitectura como un guiño a aquella famosa frase del alemán Johann von Goethe: “La arquitectura no es más que música congelada”.

“Ahora sigo construyendo cosas, aunque con materiales mucho más ligeros que la piedra o el concreto. Hoy construyo con el tiempo”, dice Corrales, en quien sus colegas, como Germán Cáceres, ven a un músico preocupado especialmente por la forma, como si la carrera de la arquitectura no hubiera sido un paréntesis en su formación, sino una de sus principales bases.

Y esa pasión no se conformaría con menos que con la excelencia. Su mirada pudo estar en alguno de los conservatorios que existen a lo largo de América Latina. Pero no: la educación debía ser en la cuna de la música académica, en Europa. Y en una institución de educación superior, el equivalente a una universidad de la música.
En 1999 decidió dar un salto al vacío, uno que estaba respaldado por un contrato que le permitiría trabajar para ganarse la vida y, al mismo tiempo, estudiar. La ciudad de Nantes se iba a convertir en su destino.

Las bases ya las llevaba desde El Salvador, afirma Arturo, gracias a la formación y dirección de los mejores en el país: Joseph-Karl Doetsch, el guitarrista Walter Quevedo y Germán Cáceres, actualmente director de la Orquesta Sinfónica de El Salvador, la misma institución fundada por su antepasado.

“Entusiasmo”. Esa es la palabra que Cáceres ocupa para definir al Arturo de la época inmediatamente anterior al viaje a Europa. Un muchacho lleno de sueños, que no sabía nada de lo que le esperaba al otro lado del Atlántico.

Ilustración de Moris Aldana

Cuando desembarcó en Francia, todo caminó según lo previsto en la primera semana. Pero el encanto se terminó bastante rápido: a la segunda, se dio cuenta de que el contrato que le permitiría ganarse la vida comenzaba a ser irrespetado por sus patrones: no le iba a dejar tiempo para estudiar, el auténtico objetivo de un viaje para el que había quemado las naves.

“Era un problema grave, en el sentido de que después de que yo había vendido mis cosas en El Salvador, una semana después ya estaba sin trabajo, sin casa, sin la posibilidad de continuar. Es muy difícil cuando has dado un paso así”, comenta Arturo. José Paredes, quien ha mantenido contacto con el artista, recuerda esa época como una de estoicismo. Echar por tierra el primer impulso no parecía descabellado, pero Arturo no lo mostraba a sus amigos.

Música total. Según Arturo, su concepción de la música es una donde las fronteras se muestran difusas: música académica, folclórica y popular forman parte de la misma realidad.

Arturo decidió cortar con el contrato, pero permanecer en Francia mientras los ahorros persistían. Una mano amiga le aconsejó cambiar su mirada a Ginebra, Suiza, donde existía un conservatorio de educación superior.

Ahí también iba a tener asegurado un trabajo, aunque muy alejado de sus especialidades. En Suiza pasó por una multitud de ocupaciones: cuidar niños para familias locales, ejercer trabajos ocasionales en hoteles, acarrear carga.
Un medio de subsistencia relacionado con la música no llegaría sino a medida que iba avanzando en su formación. Lecciones particulares de guitarra y de teoría musical fueron la fuente de sus recursos hasta que salió del conservatorio, en 2004, para luego continuar con estudios superiores en musicología en París y en dirección de orquesta en Lugano. Un recorrido que se resume aquí en unos pocos párrafos.

“No es fácil, no es que aquí haya alguien que te esté esperando con los brazos abiertos. Pero me imagino que no es más difícil que para cualquier otro que se va para un país que no es el suyo”, comenta Arturo. Desde entonces, su camino se ha llenado de proyectos.

Uno de los más importantes, y el que más tiempo lleva, es el Ensamble Vortex, en el que comparte créditos con su compatriota Francisco Huguet. Este proyecto está integrado por una decena de compositores y ejecutantes enfocados en la innovación, en producir música que, en cada ocasión, rete a las convenciones de la música académica tradicional.

Huguet también fue compañero de Arturo en el conservatorio de Ginebra. Para Corrales, lograr hacer una carrera en Suiza es un asunto de sacar los dientes. De pelear por cada oportunidad que se presenta. De insistir 10 veces más que los locales y los europeos para mostrar de lo que se es capaz. Algo en lo que tanto él como Huguet se han convertido en un gran ejemplo.

Además del Ensamble Vortex, Arturo conforma otro proyecto que, a diferencia de sus otros trabajos, se basa en la improvisación. Alp Stereophonic es un dúo conformado por Corrales y el saxofonista suizo Laurent Estoppey. Ahí el salvadoreño hace gala de su dominio de la música electrónica, haciendo uso de un software y de una superficie, muy parecida a un iPad, que le permite tocar sus piezas como si de un instrumento se tratara. También es el encargado de la música electrónica en Electric Primitivo, un ensamble con guitarra eléctrica. Ambos lo han llevado a escenarios en Europa, Norteamérica y el resto del mundo.

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Naara Salomón

CONSTRUYENDO UNA CATEDRAL
La actriz de teatro Naara Salomón conoce bien el trabajo de Arturo Corrales. Lo ha seguido desde que salió del conservatorio. En 2004, cuando residía en Suiza junto con su esposo, el director de teatro Roberto Salomón, un profesor de esa institución los invitó a escuchar la pieza con la que se graduaría uno de sus alumnos proveniente de El Salvador.
“Nos dijo que era uno de los más talentosos. Cuando llegamos al teatro, nos dejamos inundar por esa pieza en la que los músicos tocaban desde diferentes espacios en el teatro”, comenta Naara. Por eso, no dudó en colaborarle en uno de sus proyectos más ambiciosos: “Cathédrale avec des Briques” (“Catedral con ladrillos”), desarrollado entre 2014 y 2015.
Fue, en primer lugar, una idea educativa. Una forma de acercar las más nuevas tendencias de la música contemporánea a aquellos niños y adolescentes de los barrios menos favorecidos de Ginebra. Sí, en esta ciudad importante de Suiza, país famoso por el secretismo de sus bancos y por su sólida economía, también hay poblaciones menos favorecidas. Según lo explica Naara Salomón, esos lugares son los habitados, sobre todo, por los migrantes que llegan de todas partes del mundo.
La idea de Arturo, que se apoyó en fondos ganados en un concurso, iniciaba con la enseñanza de música en decenas de escuelas en las que no existe un programa que acerque a los niños a este arte. Luego, de centro educativo en centro educativo se fueron seleccionando a los mejores ejecutantes, quienes integrarían una enorme orquesta, de más de 80 miembros.
Estos no interpretarían únicamente los instrumentos de manera tradicional. Fiel a su estilo, Arturo trabajó en composiciones en las que, por ejemplo, un violín no sería tocado mediante un arco para estimular sus cuerdas, sino, más bien, se aprovecharía la caja de resonancia para producir una enigmática percusión. Lo más interesante es que se tomarían en cuenta las ideas de los niños.

“Cada niño ponía su ladrillo, ponía de sí, para componer una obra mayor, de ahí el título tan bonito”, comenta Naara.
Arturo compuso su música alrededor del tema del miedo, desde un punto de vista mítico. Así, cada parte de la pieza se correspondía a un personaje legendario (un hombre lobo, un kraken), de esos que componen las pesadillas de los más pequeños. Naara, por su parte, hacía una narración, donde la voz se convertía en un instrumento más que creaba sobre el tiempo, con una cadencia que se acoplaba al tema tratado.

“Para mí, una de las cosas más bonitas fue ver cómo Arturo trabajó con los niños. Tiene una gran capacidad pedagógica para transmitirle a sus ejecutantes lo que quería que hicieran, a pesar de que ellos podían no tener una formación musical”, apunta Naara.

El espectáculo conseguido fue presentado en diversos escenarios en Suiza. La experiencia duró dos años, entre 2014 y 2015. Un documental del programa puede verse en YouTube digitando el nombre de la obra, “Cathédrale avec des Briques”.

La faceta educativa de Corrales sigue viva. Es profesor de composición y de análisis musical en el Conservatorio Popular de Ginebra, donde ha fundado la sección preprofesional de composición. Se trata de cursos para músicos que están a un paso de las tablas. Además es el director de la orquesta des Trois-Chene.

Trabajos. En la foto de la izquierda, Naara Salomón en su colaboración con Arturo Corrales en “Cathédrale avec des Briques”. En la del centro, dos violinistas interpretan “Liquid Carillon Dream”, escrita por el salvadoreño.

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ROMPER EL VASO QUE SE TIENE EN LA MANO

Colaboraciones. Corrales le ha puesto música a películas y espectáculos teatrales en Suiza y Latinoamérica, como a la cinta “Hasta la última piedra”, una historia colombiana.

Con tanta innovación, Arturo puede parecer un iconoclasta, un artista que decide romper con aquello que no domina. Para el poeta Jorge Ávalos, ese no es el caso. Para ello, pone como ejemplo una de las primeras composiciones del autor, “Valsito d’Amore”, una rigurosa pieza para guitarra sola que hunde sus raíces en Agustín Barrios, Mangoré. Arturo es un artista que rompe el vaso solo hasta después de tenerlo en la mano.

“La suya es una música que desconcierta al principio, porque es algo a lo que no estamos acostumbrados. Pero es así siempre que aparece un nuevo lenguaje en la música. Solo hay que tener un poco de compromiso para ingresar a un mundo completamente nuevo”, comenta Ávalos.

Para Arturo, esa es una de sus principales preocupaciones, la manera en la que el público recibe su música. Algo que dejó plasmado en su tesis “Figuras musicales”, la que le dio un título de doctor en musicología por la Universidad de Ginebra. El dictamen de los evaluadores le concedió honores por la calidad del material.

En este, Arturo postula un nuevo acercamiento a la música que él y sus colegas producen: alejarse de las pretensiones de la técnica, aquellas que dicen que la música está en la partitura, para dedicarse solo a escuchar.

“Lo principal que se necesita para entender una música, ya sea la contemporánea o Beethoven, es tener las orejas abiertas… hay muchos compositores que hablan de su música como si se tratara de una fórmula científica. En realidad, lo que cuenta es lo que finalmente se vuelve sonido”, comenta.
Desde la distancia, en el mediodía suizo, Arturo espera volver a acercarse a su país y compartir toda una vida de experiencias con jóvenes que, como él, tienen unos sueños que no pueden cumplirse a cabalidad en El Salvador de la actualidad.

“Me causa una gran pena haber podido trabajar más, por ejemplo, en Costa Rica que en mi país… espero que eso, algún día, cambie”, dice Corrales, el mismo hombre que hace casi dos décadas decidió emprender un camino hacia lo desconocido.

 


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