ÁLBUM DE LIBÉLULAS (191)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1563. DESDE EL PISO 11

Abrió la cortina ya cuando la mañana estaba ahí. Afuera, los altos edificios recientes alternaban con las pequeñas construcciones antiguas. Para él, contemplar ese espectáculo vertical había sido siempre, desde que llegó desde las planicies del Oeste, una especie de aventura imaginativa, que se renovaba cada noche en el convivio de las ventanas iluminadas. Ahora estaba, sin embargo, invadido por la nostalgia coruscante, y tal sentimiento repentino de seguro tenía que ver con la primera nevada del invierno, que llegaba esta vez con una suavidad envolvente, como una invitación a salir al cielo abierto. Y ahí, tras la ventana, aparecía de pronto la cabalgadura ideal: un corcel de alas extendidas, que lo invitaba a escapar con ilusión infantil.

1564. MÚSICA SACRA

El verano del trópico le entrega al aire todos los días una flor diferente. Aquel día, cuando él abrió la ventana para recibir los efluvios de la estación recién iniciada, un ansia de recogimiento le hizo temer que algo pudiera estar pasando en su organismo o en su mente. Para tratar de definir si algo de real había en aquella sensación, salió al entorno donde todo fulguraba. Era domingo y las calles estaban casi desiertas sobre todo en aquella hora tempranera. De pronto se encontró frente a un jardín que no recordaba haber visto antes, y tuvo el impulso repentino de entrar por la verjita entreabierta. Ya adentro, el jardín pareció envolverlo en un abrazo fraterno. El aire parecía un coro de murmullos sagrados. Se arrodilló, y al hacerlo una corola viva le cayó en la coronilla. El verano y el aire estaban a su lado.

1565. QUE HABLE EL VIENTO

Salió a caminar por las calles recién anochecidas en busca de la música que necesitaba para dejarle su mensaje a la muchacha recién descubierta. Él acababa de instalarse en el lugar, y lo hizo porque solo ahí encontró una habitación costeable; ella era originaria del barrio, del que nunca había salido. Se cruzaron, se vieron, y él quedó prendado en el instante. Entonces se dio cuenta de que no tenía ninguna idea de la ubicación de ella, y de que ni siquiera sabía su nombre. Pasaron los días, y no volvió a verla por ninguna parte. Aquel anochecer salió con un presentimiento, que tampoco tenía forma. Iba por ahí cuando creyó escuchar un silbido no identificable. Lo siguió, y muy pronto la distinguió a ella, sonriéndole desde una banca del parquecito vecino. Se acercó, y en ese segundo la ráfaga los envolvió, ilusionada.

1566. LA PIEZA DEL FONDO

Era un albergue para personas sin arraigo y en él había ido a vivir cuando sus parientes se dispersaron por distintos motivos y razones. Le dieron a escoger la habitación que le resultara más conveniente, y él escogió la que estaba al final de la casa, limítrofe con el predio baldío que daba a la quebrada. Los encargados se la asignaron de inmediato, porque era el espacio menos apreciado. Desde su primera noche en el lugar se sintió como si estuviera en la mejor estancia imaginable, y apenas salía de ella. Cuando le llevaban los alimentos, los recibía, y de inmediato volvía a cerrar la puerta. Uno de los encargados del albergue le preguntó un día, a través de la rejita disponible, si se sentía bien. Él respondió en un murmullo: “En la mejor compañía: la maleza viva y el agua que corre. Ojalá que así sea la eternidad”.

1567. REENCUENTRO HÚMEDO

Todo empezó a pedir de boca, y por eso los besos edulcorados eran el sabor de cada día. Y lo que se auguraba era que la convivencia recién iniciada se mantendría en ese tono y seguiría así en el tiempo por venir. Pero la sal de la convivencia empezó a hacer lo suyo, aunque ninguno de los dos lo manifestara en forma identificable. Los amigos pensaban que se había extinguido la pasión, y que debajo de ella no había quedado nada. Hasta que un día nublado, de lluvia constante, ellos dos solos en la casa se miraron desde sus respectivas poltronas, con el televisor enfrente. “No me gusta esa película”. “A mí tampoco”. “¿Y entonces?” “Apaguémosla y salgamos a caminar”. “Pero si está lloviendo…” “¿Y eso qué tiene? La humedad es más dulce que la sequedad”. Se rieron como no lo habían hecho al unísono desde hacía largo tiempo. Era la mejor invitación al beso.

1568. AMOR A PRIMERA SED

Se conocieron en un parque ya casi abandonado porque el vecindario había venido a menos y los moradores solo tenían tiempo para el trabajo y para el reposo. “¿Hace poco que estás viviendo aquí?”, le preguntó él a ella. Y ella le respondió: “Aquí he vivido toda mi vida”. Él manifestó sorpresa sonriente: “¿Y eso? ¿Cómo es que nunca nos habíamos visto antes?” “Quizás porque usted es ermitaño y yo casi nunca salgo a la calle…” “Ah, entonces tenemos una afinidad muy grande. Yo trabajo como investigador virtual, y solo salgo cuando tengo que comprar alimentos y bebidas”. “Yo soy costurera de oficio y paso en mi máquina. Solo salgo a lo mismo: por agua o por comida”. Ambos se rieron, mirándose intensamente a los ojos. “Ah, pues ahorita tenés sed”. “Y vos también”.

1569. CRUCE DE ANHELOS

La familia entera estaba entre los cientos de presentes que esperaban familiares que venían en los vuelos procedentes del Norte. Cuando se anunció el arribo de la nave, las emociones se pusieron de manifiesto. Fueron saliendo los viajeros, y las escenas sentimentales se repetían. De pronto, dejaron de salir. Los que lo aguardaban a él se miraron entre sí, con la ansiedad a flor de piel. ¿Dónde estaba el que de seguro llegaría aquella noche? ¿Y qué hacer para averiguarlo? Fueron a preguntar a las oficinas de la línea aérea. Ahí les dijeron que había viajado, que había recogido su equipaje y que había salido. Entonces, al regresar a la salida, lo vieron ahí, impávido, como si los años no hubieran pasado desde que se fue. Se les acercó: “Por fin los encuentro. ¿Dónde estuvieron todo este tiempo? Vine mil veces a esperarlos…”

1570. PASIÓN DE SABIO

Cuando concluyó sus estudios, las credenciales académicas obtenidas le proveyeron muchas posibilidades de empleo inmediato. Presentó múltiples solicitudes, pero ninguna prosperaba. Al principio creyó que era lo natural en estos tiempos, pero después le fue entrando la ansiedad de saber qué pasaba. Tomó unas vacacioncitas apaciguadoras. Se fue a un refugio en la montaña, y ahí se sintió liberado. Ahora lo sabía: su verdadera profesión era el silencio. Una profesión sin límites que solo necesitaba unos bocados al día. La clave estaba en sobrevivir en libertad.

 


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