Álbum de Libélulas (189)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1547. VIVO EN HALIFAX

El agua mansa del mar inmediato invita a que el otoño la acaricie. Sentado en una banca del malecón me pregunto si tal sensación es real o imaginaria. Muy cerca, un grupo escultórico en bronce dedicado al rol de los inmigrantes en un país hospitalario como Canadá pone la nota humanística que es siempre de buen augurio. Ahí, a unos cuantos pasos, está la cafetería donde venden esos espumosos que traen de inmediato a la memoria los de “El Buen Gusto” y los de “La Corona”, allá en las remotidades del pasado, cada día más frescas. Qué serenidad evocativa de celajes la que aquí se respira, y nadie diría que el recuerdo gráfico de la catástrofe del Titanic sigue tan vivo. La reflexión vespertina no se hace esperar: “El paso de una nube puede cambiar al mundo, sin importar la latitud o la estación”.

1548. VIVO EN SANTA ELENA, ANTIGUO CUSCATLÁN

Conocí la zona cuando toda ella era una finca en los alrededores de la capital. Pero de pronto la urbanización empezó a tomar inusitado impulso, y lo curioso es que eso se iba activando en la medida que la situación nacional se hacía cada vez más compleja y peligrosa. Cuando la embajada de Estados Unidos se trasladó al lugar, la señal funcionó como un imán; y cuando LA PRENSA GRÁFICA se instaló enfrente, ya no hubo duda de que el ambiente era propicio. Por mucho tiempo me alejé de esas parcelas, pero siempre hay retorno, y entonces ciertos paisajes extienden sus brazos. Soy un diplomático retirado, y ahora tengo que aceptar que mi mundo es un reducido jardín en la terraza de un apartamento encumbrado. Y la conclusión me llega sin tardanza: Qué suerte la del viajero que descubre el poder de sus raíces…

1549. VIVO EN MANHATTAN

¿Se han puesto a pensar lo que significa vivir en una isla que no tiene ninguna de las características de las islas tradicionales? Una isla pequeña donde la vida se concentra al máximo, como si todos los espejismos de la contemporaneidad hubieran llegado a instalarse en los rascacielos del vecindario. Uno aquí tiende a asumir el anonimato como una condición espontánea de vida, un anonimato que puede tener muchas identidades. Por ejemplo, la identidad de un salón de espejos. Todas las imágenes están juntas, pero ninguna de ellas tiene idea de la que está a su lado. Ni siquiera los vecinos tienen nombre, salvo en situaciones verdaderamente excepcionales. ¿Y eso qué es: libertad o soledad? Una mezcla especiosa de ambas, como en un plato de chef visionario.

1550. VIVO EN PARÍS

En un cartel ubicado en una esquina inmediata al edificio de apartamentos se anuncia una película que será estrenada muy pronto: “Les salauds vont en enfer”. “Los cabrones van al infierno”. Marina Vlady y Henry Vidal son los protagonistas. Paso frente a ese cartel cada mañana y cada tarde. Por las mañanas al ir a hacer algunas compras de supervivencia y por las tardes al ir a caminar por el Bois de Boulogne. Es otoño avanzado y el clima se va volviendo cada vez más invitador al refugio hogareño. En estos días la imagen que me acompaña mentalmente es la de Marina Vlady, en su radiante y misteriosa adolescencia. Y entonces me pregunto: ¿Quién soy yo y en qué mundo me muevo? Las posibles respuestas se me aglomeran entre las sienes, mientras veo pasar a los transeúntes anónimos desde mi balcón sobre la Rue du Château.

1551. VIVO EN APOPA

Pero no en el pueblo, sino en el vecino cantón San Nicolás, hacia el norte, rumbo a Chalate, donde las montañas tienen alma y siempre parecen estar a punto de alzar vuelo. En otra época, hace ya muchos años, estaba ahí nomás, al bajar por la calle de polvo, la línea férrea por donde fluía el tren mañana y tarde. Pero un día de tantos el tren se escapó como un animal asustado, y esa ausencia ha hecho que todo el paisaje se haya venido internando en una especie de inhóspita orfandad. Ahora, además, no se puede deambular libremente, porque los malvados andan sueltos como si aquí fuera Guanajuato, donde, según la canción, “la vida no vale nada”. El único que se mantiene impávido es el aire. Y con que él siga así es suficiente para sentirse en entrañable y rumorosa compañía.

1552. VIVO EN MADRID

El viejo Madrid, desde luego. Un día pensé: ¿Cómo será vivir en la vecindad de Lope de Vega y de don Miguel de Cervantes? Y por internet encontré un pequeño piso en las inmediaciones de la Plaza de Santa Ana. Por las tardes hago visitas a la Librería del Prado y voy a tomar vino verdejo a la Vinoteca, frente a una de las esquinas de la Plaza. En la pequeña laptop van quedando guardadas todas las emociones del momento, como en el diario íntimo de un vagabundo de los de antes. Y es que para eso estoy aquí: para vagabundear por los callejones del ensueño, donde todos los encuentros son posibles. Anoche, para el caso, mientras lloviznaba, vi cruzar a mi lado, por la acera, una figura conocida. ¡Claro, esta es la Calle Flor Baja, y en el 7 vive Amparo Rivelles: es ella! Dicen que ha muerto, pero eso es tan inverosímil como esta llovizna en el día más claro del verano…

1553. VIVO EN SORRENTO

Y lo que tengo enfrente es el Mediterráneo con su colonia flotante de milagros históricos. Al llegar al muelle hay que mirar hacia arriba, porque las áreas construidas están en lo alto. Los escalones de piedra llevan hasta ahí. 106 escalones exactamente. Uno tras otro, esos escalones son un recordatorio de que la vida es una ascensión en cadena con el correspondiente descenso hilvanado. De cada quien depende que la aventura de los escalones sea un ejercicio inspirador o una experiencia traumatizante. En el manejo de los movimientos está la clave. Entretanto, este ambiente de vibraciones gratificantes es el mejor escenario de la luz tanto externa como interna. El nuevo habitante recorre las calles sin descanso, como si se tratara de una pequeña ciudad infinita.

1554. VIVO EN UN ÁTICO

Ahora voy a entrar en el área de las confidencias esotéricas, y no por afán exhibicionista sino porque la conciencia también necesita ventilaciones periódicas. Cualquiera que me conozca me preguntaría al instante: “¿Y para qué necesitás ventilarte por dentro si ese es el trabajo que hacen los pensamientos, como venís diciéndolo desde siempre?” Y yo respondería: “Sí, pero los pensamientos también necesitan apoyo, porque además viven en un sótano, y yo vivo ahora en un ático…”

 


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