ÁLBUM DE LIBÉLULAS (188)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1539. PREMIO A LA CONFIANZA

La nieve había vuelto a aparecer, como un hada desorientada, por las calles y avenidas de Nueva York. Los pronósticos meteorológicos indicaban hora de llegada y de partida del arrebato blanco, ¿pero en estos días quién puede confiar en semejantes afirmaciones, cuando el clima se ha convertido en el más perfecto profesor de extravagancia? Así las cosas, el pasajero desde el trópico resplandeciente tenía vuelo para aquella tarde, con la nevada anunciada en su apogeo. ¿Qué hacer? ¿Cambiar su vuelo vespertino por el vuelo nocturno, cuando ya según los datos climáticos la nieve hubiera tomado otro rumbo? Se quedó pensando. Y, como no era aventurero, prefirió mantenerse en lo definido de antemano. Tomó, pues, el vuelo de la tarde. Y ya en plan de aterrizaje, se asomó a la ventanilla. ¿Qué era aquello? La Luna sonriente, que le hacía un guiño de complicidad.

1540. PROYECCIÓN EXISTENCIAL

Al adquirir su motocicleta usada se sintió como un potentado al que se le cumplían los sueños. Había sido su ilusión más recurrente desde que era niño y unas tías que contaban con algunos recursos más que sus padres –un albañil y una echadora de tortillas– lo llevaban al circo y él se extasiaba con las acrobacias, sobre todo las del motociclista en el interior de la esfera metálica. Trabajaba en un “call center” de barrio, y ya andaba pensando en emigrar cuando se animara a la aventura. Entre tanto estaban ahí las calles de pavimento cariado y los caminos de piedra y polvo. Aquel día, un microbús iba tratando de ganarle la carrera al que corría adelantito, y en una maniobra falsa le dio al motociclista. Era él. Inservibles quedaron ambos, moto y conductor. Quizás tuvo un último pensamiento: “Ahora voy a necesitar una con alas”.

1541. LLAMADA VIVA

Todos los paisajes son espíritu. Y esta imagen, que venía siéndole cada vez más común en sus divagaciones de sedentario y de trotamundos –que ambas cosas era, como casi todos los mortales con imaginación alcanzativa–, se le aparecía hoy bajo la apariencia de una tienda de joyas en Nathan Road, Kowloon, una de las dos mitades de Hong Kong. Los jades expuestos en la vitrina parecían de pronto una colección de lunas cambiantes, que algo le estaban diciendo a aquel contemplativo callejeante, que más que un trotamundos era un trotasueños. Y lo que le decían estaba íntimamente relacionado con las ondas más profundas del ser. El jade verde palpitaba aleteante, llamándolo. Tomó entonces su celular y le habló a ella, que estaba al otro lado del océano: “Amor, te estoy oyendo respirar. Te habla mi corazón de jade verde… ¿Me escuchas?”

1542. PISTA DEL  DESTINO

El incendio arrasó el monte circundante, pero dejó intacta la casita de madera que ahora estaba deshabitada pero que por tanto tiempo había sido refugio de desconocidos transeúntes. Según se decía en el vecindario, el sitio lo abandonaron sus habitantes originales cuando llegó una plaga de murciélagos y ellos se sintieron amenazados sin remedio. Se fueron, y nunca volvió a saberse de ellos. La casita empezó a ser ocupada por gente de paso, pero estos también comenzaron a escasear hasta ya no haber ninguno. Un día de tantos se desató el incendio. Devastación total, con una salvedad: la casita de madera. Alguien de los entornos, que era adicto a descifrar misterios, se animó a ir a revisar el interior. No había nada, salvo una cajita metálica con una nota adentro: “Nadie está a salvo mientras no desaparece”. Y en ese instante las maderas empezaron a crujir y se desplomaron de súbito.

1543. AYÚDENME A SOÑAR

Era el último monje del monasterio zen. ¿Qué pasaría después de que un día de tantos tuviera que partir, como un viajero ilusionado por su propia suerte ambulatoria? Podría haber un eclipse o una fiesta solar, según fuera el ánimo de los dioses al llegar ese instante. En el salón principal, al que tenía acceso el público visitante luego de subir un triple graderío de más de cien escalones, el gran Buda soñoliento presidía como si lo hiciera en un bosque nebuloso. La colina estaba en los alrededores de Ha Long, Viet Nam, y desde ella podía contemplarse el cielo abierto. El monje salió a la intemperie, y lo envolvió la bruma. Él, en verdad, no era el último monje del monasterio, pero sí era el último monje que contemplaría el cielo aquella tarde. ¡Liberación feliz! Anduvo vagando por los alrededores, dejando que su pensamiento se familiarizara con la bruma. ¿Para qué regresar?

1544. ALMAS EN VELA

La ciudad se estaba quedando sola, y eso que era noctámbula por tradición atávica. Los últimos parroquianos del bar más emblemático del centro histórico brindaban aún entre risotadas y aplausos gratuitos. Hasta que alguno de ellos miró su reloj de puño y lanzó el mensaje definidor: “Si solo nosotros estamos aquí, tomemos posesión de nuestro mundo propio”. Pagaron la cuenta y salieron a la calle. En esta, las irradiaciones lunares parecían estar sufriendo un sigiloso ataque de pánico. Ellos no se inmutaron. La soledad total les confirmaba la confianza en su propia iluminación. Se fueron caminando sin rumbo fijo, porque toda la ciudad estaba a su disposición. Así anduvieron hasta que las primeras luces del alba se hicieron sentir. La ciudad iba recuperando sus presencias normales. Ellos, espíritus de la noche, tenían que irse a descansar en algún ático inaccesible.

1545. 1812

Ahí, enfrente, el batallón parecía perpetuamente dispuesto a entrar en acción si las circunstancias así lo requerían. El capitán a cargo, erguido en su puesto hacia la derecha del punto de visión, mostraba el austero atuendo de los jefes que no necesitan mostrar signos externos de autoridad. Al fondo, las colinas inmediatas servían de resguardo de retaguardia. Nadie se movía. Era la disciplina perfecta. Y el silencio también resultaba ejemplar. Por el canal de agua marina que pasaba en medio de las dos porciones de tierra escrupulosamente urbanizada iba cruzando en aquel instante un pequeño barco de los de antes, con velas fulgurantes y maderas heroicas. El batallón de rascacielos pareció emocionarse. Al menos eso fue lo que percibió el viajero contemplativo que desde el ventanal de su habitación número 1,812 en el Hotel The Peninsula, de Kowloon, Hong Kong.

1546. SÍNDROME DEL SOL FELIZ

Como pareja, nunca lo fueron en verdad. El tiempo, con sus artes mañosas, les había ido haciendo sentir que aquello era su suerte natural, y por eso había que aceptarla sin respingos. No tuvieron hijos, aunque se lo propusieron con auxilio de la ciencia; pero esto, curiosamente, en vez de distanciarlos más estableció una especie de puente colgante entre dos ocultas orillas de las almas respectivas. Un puente que solo se abría cuando el sol fulguraba a plenitud. Y entonces bandadas de niños iban de una orilla a la otra. Ellos, sonrientes, se sentían en familia plena.

 


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