Álbum de Libélulas (182)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1491. TRAVESURA EMOCIONAL

La andaba coliteando desde hacía ya un buen tiempo, y ella se hacía cada vez más la de rogar. Un día, sin embargo, las cosas parecían estar dando un giro no previsto: era ella la que movía las piezas del rompecabezas sentimental, y ante eso él tomaba la actitud defensiva. Pasó el momento, y cuando volvieron a encontrarse ella continuaba en su antigua actitud. Él entonces sintió que algo había que comentar al respecto, y se lo dijo de inmediato: “Por lo que estoy viendo, las cosas van en serio entre nosotros”. Ella soltó una carcajada y le hizo un gesto que podía representar cualquier cosa. “¿Entonces qué: seguimos o aquí quedamos?”, preguntó él, con gesto a punto de ser adusto. Ella lo puso a prueba: “Estamos en la época de los emprendimientos innovadores… ¿Qué te parece si los dos nos hacemos los rogados y los dos, a la vez, seguimos en la conquista?”

1492. AHORA EN RUTA

Todas las ilusiones necesitan combustible emocional. Rosaura lo sabía por experiencia, pues desde que tuvo uso de razón estuvo expuesta a todos los peligros y todas las calamidades imaginables. Se quedó huérfana muy pronto, porque a su padre se lo llevó el paludismo y a su madre se la llevó la tormenta. Tuvo que criarse con una tía lejana, que la expuso muy pronto a los riesgos del acoso sexual. Salió ilesa porque se escapó por una rendija de la pared. Estaba a salvo. Del presente pero no del futuro. Ahora hacía trabajo doméstico para una familia de clase media, y se distinguía haciéndolo. El señor de la casa era piloto, y un día le dijo: “Chagüita, ¿quisieras ser aeromoza?” Ella lo miró como si estuviera hablándole en chino, pero sintió que algo se le encendía por dentro. Era la ilusión. Le tomó la mano al señor y se la besó: “Gracias, porque al fin voy a volar”.

1493. MARTÍN EL MISÓFOBO

Cada día se había ido volviendo más alérgico a cualquier tipo de suciedad visible, sospechada o aun imaginada, y eso hacía que sus reacciones estuvieran cada vez más fuera de control anímico. En su casa, el reclamo de limpieza que activaba a diario y a toda hora en forma creciente y cada vez más imperativa recargaba la atmósfera hogareña de tensiones angustiosas. Su mujer, que nunca se había caracterizado por el descuido o la desidia, padecía la situación y andaba ya en busca de explicaciones. Consultó con una sicóloga que le explicó que su marido padecía misofobia, rechazo obsesivo a la suciedad. Casi al mismo tiempo ella descubrió una situación que ponía las cosas de pareja en otro plano. Y cuando estuvo preparada para hacerlo lo enfrentó: “Martín, hacele honor a tu condición de misófobo. Andá a hacerte una limpia fuera de aquí, porque la peor suciedad es el adulterio…”

1494. COMPENSACIÓN MATINAL

A lo lejos, sobre la cadena de colinas del horizonte sur, aparecía todas las tardes de verano, ya a punto de anochecer, un reguero de estrellas que nunca tenía la misma forma. Él, un estudiante muy disciplinado, le dedicaba minutos a la contemplación desde su ventana, luego de regresar de las clases vespertinas de Derecho en la Universidad Nacional. Era una rutina en forma de rito. Pero en el anochecer de aquel día, y en pleno noviembre, una nublazón insospechada y sospechosa se había apoderado del escenario celeste. Él se instaló en la contemplación del fenómeno, como a la espera de que se desenlazara de alguna manera. La noche fue invadiéndolo todo, con las estrellas ausentes. Estuvo ahí toda la noche, sintiendo que dejar el sitio sería traicionar una fidelidad sin tacha. Y ya para amanecer apareció la primera estrella. Lloró de gratitud. “¡Gracias, aurora!”

1495. GUARDIÁN INESPERADO

En la tertulia de ese día faltaba el asistente más puntual: ese joven que se había colado en aquel convivio de mayores porque los había atendido a todos en la clínica para tratamientos ortopédicos. Uno de los presentes comentó: “Qué raro que no haya llegado Fidel, que siempre le hace honor a su nombre”. “Dejate de frases y llamémoslo al celular para ver qué pasa”. Lo hicieron, pero al otro lado nadie respondía. Curiosamente, en los días posteriores los contertulios volvieron a padecer trastornos óseos, y uno tras otro tuvieron que ir a la clínica. Ahí estaba Fidel, que los atendió como si nada. Uno de ellos sí le preguntó por su ausencia. Él le dio una respuesta enigmática: “Estuve, pero sin dejarme ver, observando el comportamiento de sus osamentas”. “¿Y volverás en serio?” “Cuando ustedes estén de veras reconciliados con sus huesos… ¿Qué tal?”.

1496. ENTRE VIEJOS CONOCIDOS

Levantó la mirada del cuaderno donde aún escribía lo que se le venía a la mente y tuvo de pronto la sensación de que el tiempo se había detenido junto al papel. Le asaltó entonces el impulso inocente de preguntar: “¿Y tú ahora qué quieres?” Fue solo un pensamiento repentino, pero lo que le llegó al oído de inmediato tenía viso de respuesta propicia: “Solo entablar por primera vez una comunicación directa contigo”. Él sintió que se le abría un abanico de irrealidades realizables, y eso estaba en completa armonía con lo que a diario iba poniendo en el papel. “Si me conocés tan bien como imagino, sabrás que este día no me nace nada de adentro…” “Ah, es que este es tu día de vagancia. Para eso estoy aquí, para acompañarte”. Él bostezó: “Lo que quiero es quedarme en casita, donde el tiempo no existe”. Ambos se rieron. “El buen humor es mi fuerte —dijo el tiempo—, gocémoslo…”

1497. AL QUE MADRUGA…

Las señales físicas de que el parto era inminente coincidían al punto con las señales anímicas. El médico que la había atendido durante el embarazo no estaba presente porque andaba pasando su fin de semana en el lago cercano, y como había que llamar a alguien se llamó al pariente pediatra, que vivía a unas pocas cuadras de distancia. Cuando el reloj marcó las 4:20 de la mañana apareció el recién nacido. Perfectamente normal y hasta casi sonriente, sin saber el torbellino familiar que le esperaba. Mucho tiempo después, ya cuando la vida podía hablar de sí misma, su madre le alabó su buen desempeño, y él le respondió con humor: “¿Y cómo no, si nací un día lunes, bien tempranito por cierto. Dice la sabiduría popular que los lunes ni las gallinas ponen y usted sí puso. Me dio el ejemplo. Gracias”

1498. LA MEJOR OPCIÓN

Era adicto a los juegos de azar, por lo que descuidaba las ocupaciones normales para sostener la vida. Y en una de esas se topó con ella en un casino de barrio, al que acudía casi a diario. El clic fue instantáneo, sobre todo de parte de él. Desde ese momento dejó de ser jugador, y sus padres estaban llenos de dicha. Un día le dijeron a ella: “Gracias, Milena, por haber hecho que nuestro hijo dejara el juego”. Él asintió diciéndose para sus adentros: “No se hagan ilusiones ya que lo que he hecho es solo cambiar de juego, porque el amor es el juego de azar más perfecto que existe…”

 


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