Albúm de Libélulas (181)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1483. RETORNO A LOS ORÍGENES

La tierra permanecía intensamente húmeda porque la estación lluviosa se hallaba en su apogeo. Había densos nubarrones en constante peregrinación. En cualquier momento las ráfagas huracanadas se hacían sentir. No era tiempo para ambular por los espacios abiertos, pero nada de aquello detenía los impulsos del hombre maduro que desde el amanecer hasta el anochecer se desplazaba por los entornos, en forma casi sonambúlica pese a que su naturaleza era temperamental y explosiva. Aunque los vecinos lo conocían, ahora se le veía como un total desconocido, aun por su atuendo de persona de antes. “¿Qué le estará pasando a este?”, se preguntaban, ya temerosos hasta de acercársele. Y él dio la respuesta, parándose en una esquina con un cartel extendido: “En la infancia me apodaban el Hijo del trueno, y hoy ando buscando a mis antepasados…”

1484. TODO TIENE EXPLICACIÓN

Acababa de concluir su trabajo de escritorio, que era un estudio de factibilidad sobre el futuro de la empresa, y ahora podía salir a pasear por los entornos. Le avisó a su esposa que iba a caminar afuera para ventilar la mente, y ella, que le conocía aquellas escapadas previsibles, se dio por enterada sin más. Aquella tarde, sin embargo, se convirtió en noche, y la noche en alborada; y él no estaba de regreso. Al despuntar el día, ella comenzó a preocuparse. El tiempo peligroso se prestaba a los malos augurios. Bien avanzada la mañana apareció por fin sin decir nada. “¿Dónde andabas?”, le preguntó ella entonces con gesto de reproche. Él suspiró. “Perdón, me quedé dormido en el parque, sobre la hierba y bajo las ramas”. “Ay, hombre, ¿quién te va a creer eso?” “Tuve un sueño de color verde porque estoy por cambiar de trabajo y de vida… ¿Entendés?”

1485. RESPUESTA SIN RESPUESTA

La memoria nunca revela todos sus rincones, ni siquiera a quien supuestamente la tiene a su servicio. Y cuando ella, una joven en edad de merecer como antes se decía, se dio cuenta de aquella peculiaridad tuvo la tentación de meterse por los entresijos de su propia estructura memoriosa para ver si entendía el fenómeno. De pronto se sintió dentro de un laberinto que tenía colgada en sus paredes una colección de imágenes de todos los tamaños y colores. Comenzó a recorrerla, y en la medida que avanzaba se iba dando cuenta de que las imágenes aparecían y desaparecían constantemente. Se detuvo para preguntarse si ese laberinto era el pasaje de lo vivido quién sabe desde cuándo o la galería de lo por vivir. Y todo porque acababa de ver la imagen de un hombre que de inmediato le captó la atención. ¿Estampa del pasado o anuncio del mañana?

1486. DONDE MANDA CAPITÁN…

Cuando estaba a punto de jubilarse le preguntó a su mujer, que siempre había sido ama de casa: “¿Creés que vas a aguantarme todo el día aquí?” La señora respondió como si hubiera tenido lista la respuesta: “Te tengo preparados algunos trabajitos que pueden ser muy útiles para que ni vos ni yo nos salgamos de control…” Él sabía que su esposa apuntaba siempre hacia lo práctico, y se desentendió del tema porque de seguro ella lo tenía ya todo programado. Le llegó el día en que se desvanecieron sus responsabilidades laborales, y esa mañana paradójicamente despertó mucho más pronto que de costumbre. Ella ya estaba levantada, y en cuanto lo vio despierto se le acercó: “Cariño, este es tu manual de jubilado”. Y le extendió un cuaderno lleno de notas. Él lo hojeó con curiosidad. Luego la miró, como el alumno a su maestra. No había escapatoria.

1487. SOBREDIMENSIONES

Vivía obsesionado por el fin del mundo, dentro de esa onda derrotista que va tomando fuerza en las redes globales. Cada mañana despertaba preguntándose sin palabras audibles: “¿Va a ser este mi último día?” Y así salía hacia su trabajo de reparador de relojes en el almacén donde había laborado desde que tenía recuerdo. En la jornada a la que nos referimos no había ningún cliente pendiente, y él podía dedicarse al menos por un buen rato a pensar en lo suyo y a indagar al respecto en la pequeña laptop que tenía a su disposición. Volvió a abrir sitios que trataban sobre el tema, y en algún tecleo encontró una referencia que de inmediato le captó la atención: “El mundo es como un reloj: mientras se mueve todo es normal; si se detiene se desploma en el vacío”. ¡Ahora lo entendía: el fin del mundo era la versión apocalíptica de su tarea diaria!

1488. EMOCIÓN ASCENDENTE

Venía de un cantón en las estribaciones de la cadena volcánica, y eso hacía que padeciera brotes de nostalgia sobre la vida en altura, con el horizonte a la mano. Ahora tenía que morar en una colonia casi marginal, en una hondonada urbana, y eso lo mantenía en desasosiego constante. Con frecuencia cada vez mayor tenía un sueño que en otras condiciones hubiera parecido una fantasía infantil: soñaba que de pronto iban surgiéndole en los hombros unas protuberancias que se iniciaban como surcos ascendentes y luego se manifestaban como brotes de plumas aladas. Ese sueño no tenía siempre el mismo efecto: algunas veces era anuncio de pesadilla; otras, impulso de liberación. Hasta que una noche ocurrió el suceso: sin despertar, las alas se le expandieron y alzó vuelo a través de la ventana. Ya en la altura despertó… y siguió volando…

1489. GAJES DEL OFICIO

Las calles eran un muestrario de baches, hondonadas y rupturas de cañerías de aguas negras y claras. Su carro viejo apenas podía transitar por ahí, con la angustia de que algún giro le arruinara el motor que ya estaba en las últimas. Ese día amaneció lloviendo con fuerza, y los trastornos del callejón se hacían aún más peligrosos. Afortunadamente salió ileso de la prueba mañanera y se enfiló con rapidez hacia la zona de su trabajo, que era un taller de mecánica. Al llegar sintió, antes de apagar la máquina, que esta padecía estertores terminales. Aquella tarde volvió a su casa más tarde que de costumbre: “¿Qué te ha pasado?”, le preguntó su mujer, costurera de oficio. “Que el pichirilo se quedó sin vida”. “¿Y eso?” “Se le soltaron todos los amarres”. “¡Ay, no! ¿Y como mecánico no pudiste hacer nada?” “Ay Dios, tal vez si hubieras estado vos con tus agujas…”

1490. CENA EN CONFIANZA

Todo preparado en el corredorcito de la casa que daba a un predio baldío. Como la cita era tempranera, los invitados comenzaron a llegar pronto. Eran solo dos parejas de conocidos de siempre. Cuando los seis estuvieron presentes, se anunció el brindis inicial con un sencillo vino espumante: “Vamos a brindar por la buena vida, y que lo demás quede para después”. Todos se rieron alzando las copas; pero él los contuvo con el gesto: “Eso que queda para después es el menú. Espero que les guste”. Y el menú eran pétalos húmedos y hojas cristalizadas. Propio para jardineros.

 


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