Álbum de libélulas (175)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1426. PARÁBOLA DEL ECO

Vadim Azarkh, el animoso pianista y cantante ruso, ponía la música de fondo en el ambiente de La Promenade, al centro del Hotel Dorchester, ese clásico de la zona de Mayfair en Londres. Alrededor, los visitantes, distribuidos en mesas entre grandes ramos de flores ubicados en pedestales departían en sus pequeños núcleos. Todos comían “tea sandwiches”, y nadie le ponía atención a las melodías del ejecutante cantor, hasta que comenzó aquella canción de siempre: “What a Wonderful World”. Los presentes suspendieron sus respectivos coloquios, y poco a poco, movidos por un imán insospechado, fueron volviendo los rostros hacia aquel rincón en el que una figura corpulenta era dueña de la voz. Hasta que una bien arreglada dama, fresca y antigua al mismo tiempo, dijo en voz alta: “Es él Louis Armstrong lo conozco de toda la vida… soy su memoria cantante…”

1427. TESTIMONIO FAMILIAR

Los paisajes tienen alma. Lo supe desde siempre, sin tener conciencia de ello. Luego esa naciente conciencia comenzó a dibujarme líneas y manchas de colores en su pizarra de papel de China. Pero el alma de los paisajes parece enamorada de las distancias, porque cuando uno los encuentra en el camino salen a recibirlo con efusión variable pero evidente, y a veces hasta con los ojos húmedos. Pero nunca como aquella vez en mi ruta hacia la cumbre de la colina donde había un castillo abandonado, que me ganó la voluntad desde que lo vi en el mapa de los lugares turísticos de la zona. En ese mismo instante sentí que aquel castillo era el lugar ideal para alojarme, y al solo pensarlo todas las formas naturales del entorno extendieron sus alas y sus manos hacia mí. El alma del paisaje se me abrazaba temblando de emoción.

1428. ADIÓS, MISTERIO

En aquella cuadra los vecinos parecían un muestrario de la diversidad humana, y eso que no era un vecindario que se caracterizara por ningún tipo de sofisticación. Por el contrario, todas las vidas presentes transcurrían en el anonimato perfecto. ¿Dónde estaba entonces el muestrario? Él, un soñador retirado luego de sufrir muchos deslaves económicos, era de seguro el más indicado para tratar de descifrar el enigma. Fue donde su amiga Florence, tiradora de cartas profesional. Él la llamaba Flor. “Flor, este día vengo a descubrir en qué mundo vivo”. Flor aspiró a fondo para que palpitaran todos sus pétalos. Luego de un largo silencio, las palabras fluyeron: “Vives en el mundo real, que siempre es una dualidad que abarca lo externo y lo interno. Externamente eres una especie de extraterrestre; internamente eres un vecino cualquiera…”

1429. DESVELO CON GAVIOTAS

El mar estaba ahí a disposición de todos los sentidos. Aparte de palparlo con solo acercar las manos a su liquidez espumosa se le podía oler como si fuera un infinito frasco de sustancias inmemoriales, observar en la intimidad de los espacios sin fin, degustar en la interminable variedad de sus ofertas comestibles y oír mientras ensaya mañana, tarde y noche sus ejercicios de inspiración musical. Y fue aquella plenitud de acercamientos vivos lo que hizo que el monje autoexiliado de su monasterio se sintiera en perfecta comunión vital y espiritual con el océano a cuya orilla había llegado a refugiarse para siempre. Ahora, ya con la vida corporal a punto de quedar en el camino como un equipaje olvidado, se dijo a sí mismo: “Después de tanto querer dormir en sitio protegido, me dispongo a iniciar mi desvelo con gaviotas a cielo abierto”.

1430. RITUAL DE EXPERTO

Masticaba constantemente un chicle como si con aquel gesto mecánico quisiera significar que todo lo que estaba a su disposición era triturable a voluntad. Así se había comportado siempre, desde niño, porque sus padres no tuvieron el cuidado básico de enseñarle que hay límites y reglas que respetar para que la vida no se exponga al caos. Él, sin dejar su juego de mandíbulas, estaba aquella mañana oyendo la conferencia del experto en salud emocional, a la que había acudido sin ningún propósito. En algún instante, el expositor lanzó una de sus frases incisivas: “Y ahí tenemos a alguien que sufre del síndrome del tiburón: morder, hasta deshacerlo, todo lo que halla a su alcance…” Él se sintió aludido, y se levantó. El conferenciante, sonriente, le hizo un gesto de saludo: “Amigo, vuelva por favor a su sitio, que los tiburones también pueden ser sociables…”.

1431. CRISTALES PRÓFUGOS

Se habían conocido en un café de la calle Grove, en Falmouth, serenísima ciudad en el extremo sur de Inglaterra, junto al mar. Tiempo nuboso, como era lo más normal. Habían llegado a aquel lugar casi sin proponérselo: él en una excursión de turistas mochileros; ella en un crucero masivo. Era la calle principal, poblada de comercios, pero con la tranquilidad propia del ambiente. Ellos, por contraste, provenían de aquel espacio convulso en el que aun salir a la calle era exponer la vida. Se vieron, y la conexión fue instantánea. Misterios de la suerte: venían de la misma ciudad en ultramar, y casi de la misma calle. Él dijo, sacudiendo la larga cabellera: “El destino manda”. Ella respondió, con el brillo del trópico en los ojos: “Y sus palabras hacen nudos”. ¿Entonces era una invitación del destino a quedarse ahí? ¡Sí, aquí, en el centro de las respiraciones confundidas!

1432. FELICIDAD A LA MANO

Se llevó a los labios la copa de Dom Pérignon, y fue saboreando su contenido como si fuera lo que es: un fluido incomparable. Afuera, el viento cálido hacía de las suyas entre el ramaje que rodeaba las construcciones del lugar. Se hallaba, a todas luces, en un resort de lujo, pero para él el lujo era una sensación de plenitud que podía producirse en cualquier parte. Sorbió otro trago de champán y salió a caminar por el entorno. Afuera, el aire lo recibió como a un amigo de siempre, dándole tenues palmadas en los hombros. Él correspondió con una aspiración profunda, que le llenó los pulmones de energía cósmica. Se sentó en una banca del parque inmediato y se puso a pensar. Estaba solo en el mundo, pero acompañado en el pequeño espacio cotidiano. Y entonces dio otro sorbo, pero del Dom Pérignon de la luz.

1433. PRIMER AMOR

Caminaba a pie desnudo por la veredita de polvo que iba circulando entre el cerro más cercano, y como era la primera vez que lo hacía ya en su condición de adulto sentía que aquel contacto era un reencuentro que podía llevarlo hacia lo desconocido secretamente conocido. Así llegó al mirador natural que daba hacia el valle inmediato. Sí, aquella era la casita que fue su santuario inicial, porque allí vivía ella, la niña de largas trenzas que le encendió por primera vez la llamita del anhelo. No volvió a verla, pero jamás dejó de soñarla. Se llamaba Ilusión.

 


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