ÁLBUM DE LIBÉLULAS (211)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1726. ESTÁBAMOS EN VELA

El tren se detuvo en su lugar de llegada, que era un bloque de tablones antiguos. Parecía que todos habían descendido, y la máquina iba a ubicarse en el puesto de espera antes de la siguiente travesía. Ya se hallaba detenida cuando uno de los encargados de revisar carro por carro antes del simulacro de limpieza se percató de que había alguien acurrucado en uno de los asientos posteriores, y que fácilmente hubiera podido confundirse con un bulto cualquiera. Se acercó y sacudió suavemente lo que estaba ahí. Entonces la envoltura pareció disiparse y lo que apareció fue una pareja abrazada. “Jóvenes, ya llegamos a destino. Tienen que salir. No pueden seguir durmiendo”. Ambos se rieron: “¿Durmiendo? ¿A quién se le ocurre? Vamos a seguir despiertos hasta el final…” El empleado quiso tomarlos para que se incorporaran, y así se percató de que no eran cuerpos sino imágenes…

1727. LOS TIEMPOS HABLAN

Cuando llegó a la edad de tomar decisiones existenciales de futuro, dispuso incursionar en la política, de seguro por efecto de sus antecedentes familiares, ya que su bisabuelo, su abuelo y su padre habían estado en ese campo, aunque sin llegar a posiciones preeminentes. Él quería trascender la tradición, y por eso apostó desde el principio al nivel superior. Estaba por decidirse la candidatura presidencial para el próximo período, y su apuesta parecía contar con apoyos suficientes. La Convención definitoria llegó con todas las de ganar, pero sin anuncio previo apareció un competidor insospechado. Fue un giro intrépido y avasallador. Ganó el recién llegado, que tenía planta de profeta millennial. Él, aunque era de edad semejante, mostraba figura tradicional. Entonces entendió el mensaje, y se fue a correr mundo como político de mochila.

1728. HAY QUE SEGUIR EN RUTA

Al concluir la función, los ecos de aquella canción emblemática lo fueron persiguiendo por las calles oscuras y desiertas. Por enésima vez se encontraba con Ingrid Bergman y con Humphrey Bogart en un lugar arreglado para el ensueño nostálgico, y ahora que estaba a la intemperie lo sentía con poder insospechado. De pronto, vio muy cerca el rótulo de una taberna abierta y hacia ahí se dirigió. Cuando vio el nombre del lugar, el ánima le dio un vuelco: “Rick´s Café”. ¿Dónde se hallaba, entonces? ¿En una calle de los alrededores del Cine Apolo en el centro de San Salvador o en un callejón de Casablanca, en el Marruecos de la Segunda Gran Guerra? No quiso salir de la duda y pasó de largo. Desde algún piano próximo e inaccesible, la voz de Dooley Wilson seguía cantando “As time goes by”, hasta el fin de los tiempos. Invitación sin fin.

1729. COMPLICIDAD DEL AIRE

El otoño empezaba a hacer de las suyas, y aunque aún faltaban muchas semanas para llegar al límite con el invierno, ya los árboles de los entornos mostraban las señales de su transfiguración climática. La joven regresaba a su apartamento en la calle 78 luego de la jornada de trabajo en el estudio de Stefan. Se entrenaba para ser modelo de pasarela, y sus movimientos espontáneos ya respondían a tal condición. Cuando llegó a su pequeño ámbito privado tuvo el impulso inmediato de salir en busca de algún espacio donde la libertad de movimientos pudiera expresarse. Subió al piso más alto, que era común, y ahí se despojó de toda su vestimenta y subió al borde de la construcción para caminar como si lo hiciera en la soledad de su antigua campiña. Los espectadores comenzaron a reunirse abajo. Era un espectáculo del momento. Sería viral en las redes.

1730. EN EL QUATORZE BIS

Había conseguido puesto de mesero en un restaurante bastante notorio ubicado en la Calle 79, entre la Primera Avenida y la Segunda. Lo que más le atraía de aquella actividad era que podía relacionarse con los clientes, aunque fuera de modo estrictamente circunstancial. Así, aquel mediodía de sábado llegó un señor solitario y fue a ubicarse en una de las mesas rinconeras, junto al cúmulo de fotografías de personajes que habían estado ahí en algún momento. Él fue a atenderlo; y en cuanto llegó con el menú, el cliente lo abordó con una pregunta inesperada: “¿Verdad que aquí hay un vino que es más solicitado en Champs-Élysées?” El mesero le respondió con naturalidad, como si supiera lo que respondía: “Así es, señor. Puede comprobarlo”. Y cuando le llevaron aquel Pinot-Noir de Oregon, el cliente reaccionó: “Hoy la magia del vino también es global”.

1731. CLAVE DE DESTINO

Haberse conocido con muchos espacios abiertos parecía la mejor señal para una relación con horizontes. Fue amor a primera imagen, o al menos atracción a primer contacto. Un contacto de manos tímidas que se reflejaba de inmediato en el brillo de los ojos. Vivían en zonas diferentes del espacio urbano, y por eso sólo coincidían cuando las respectivas jornadas lo posibilitaban. Con el paso de los días, la relación se fue haciendo cada vez más estrecha, hasta que llegó el momento de la primera verdad. Se fueron a un motel exclusivo, para estar seguros. La claridad solar era espléndida, pero en aquel cuarto reinaba la penumbra. Ella, antes de todo, quiso conocer la identidad de su pareja incipiente. “¿Qué te pasa, Justin? ¿Tienes miedo?” “¿Miedo yo? ¿Y a qué cuerpo voy a tenerle miedo si trabajo en una morgue?”, respondió él con sonrisa malévola.

1732. CÍRCULO VIRTUOSO

Originalmente se llamaban Catalina y Jaime, pero hoy todos los que les rodeaban los conocían como Katie y Jamie. Eso les daba el crédito verbal de que en verdad habían emigrado para instalarse en un ambiente distinto, en el que sobre todo las palabras tenían otro sello. Y en algún momento se encontraron en aquel bar se suburbio, que era el mejor refugio para una noche de sábado sin planes alternativos. Hablaron de los temas se siempre, que estaban inevitablemente vinculados con las contingencias de la adaptación. La noche le iba dando paso a la madrugada, con todos los destellos que eso traía consigo. Y de pronto se hallaron en una especie de antesala imaginaria, y por eso mucho más vívida que todo lo que les rodeaba. Él extendió su mano y tomó la de ella. “Por fin te reconozco, Catalina”. “Y yo a ti, Jaime”. Y el beso tuvo sabor inmemorial.

1733. CAMARADERÍA MÁGICA

El crepúsculo iba dibujándose en el aire como si un artista feliz moviera sus pinceles para inventar nenúfares en el estanque imaginario. Enfrente vivía él, un ciudadano común con destino inconfesado. Aquella tarde le había puesto fin a su trabajo en la sastrería aledaña y se disponía a tomar una larga vacación sin ingresos. Cerró la ventana y se fue a su catre, no a descansar, sino a soñar. Y en cuanto estuvo ahí, se dijo: “Si el crepúsculo puede, ¿por qué yo no?” Y todas las luces del entorno llegaron de inmediato a darle ánimos: “¡Te ofrecemos nuestro estanque, Monet revivido!”

 


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