ÁLBUM DE LIBÉLULAS (207)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1694. SOLUCIÓN INESPERADA

Sin proponérnoslo, poco a poco nos fuimos convirtiendo en una familia indefinible. Tanto así que en el vecindario donde todos se conocían empezaron a proliferar los murmullos sobre un posible trastorno anímico. Nosotros lo supimos, porque los chismes son como roedores atrevidos. Así las cosas, un día de tantos uno de nosotros compró un billete de la lotería, y fue como si la suerte tuviera prisa en beneficiarnos. Ganamos el premio mayor, que era de muchos miles de dólares. Como nunca habíamos pensado en nada semejante, tuvimos que hacer de inmediato una especie de consejo de familia. Los padres callaban. Nosotros, los hijos, estábamos a la expectativa, hasta que el menor habló: “Bueno, hoy podemos encerrarnos aquí para siempre, sin tener que pensar en cómo sobrevivir. Somos libres”.

1695. ¿DESTINOS PARALELOS?

Sin proponérselo, empezó a relacionarse con aquella joven del vecindario, Vanessa, a quien llamaban la sacerdotisa. A él le llamaban el pequeño burgués. ¿Y qué tenían en común? El ser extraños, como decían las malas lenguas, que nunca faltan. Se conocieron en el descuidado parquecito de la zona, cada quien leyendo lo suyo. En algún momento levantaron la vista de los respectivos textos, completamente distintos, por cierto, y se miraron a los ojos, como queriendo descubrir mensajes comunes. Así comenzó el vínculo: sin palabras. Se fueron frecuentando, pero las palabras apenas aparecían. Hasta que en un determinado instante los silencios parecieron entrar en verdadera alianza. Los vieron caminar tomados de las manos. “Miren, ahí van los extraños, de seguro a su catacumba con cama incluida…”

1696. EL DEDO DEL DESTINO

¡Huyamos, huyamos, huyamos!… Esa fue la consigna que se corrió por los alrededores luego de que una serie de acciones criminales sembraran el pánico en el lugar. El punto era hacia dónde huir, si las ondas del crimen organizado se expandían por todas partes. Entonces surgió en nuestro núcleo familiar una propuesta precisa: “Vámonos al mesón de la tía Clara…” Nadie hubiera pensado en eso, porque era volver a los orígenes de una ciudad prácticamente abandonada. “Pues precisamente por eso: porque nadie va a imaginar que ahí se puede estar seguro…” Armaron sus bártulos y cogieron camino. El mesón era hoy un tugurio casi en ruinas. La tía Clara ya no existía; hoy el encargado era uno de sus nietos completamente tatuado. “¿Vienen a quedarse?” Ellos no respondieron. La suerte estaba echada.

1697. LECCIÓN CALLEJERA

Uno de sus pocos allegados de siempre le dijo, mientras caminaban por la calle: “Ese que está ahí es tu tío Alfonso. Tu tío abuelo. Se ve más joven de lo esperable, ¿verdad?” Él se quedó a la expectativa, porque no acababa de entender la referencia. ¿El tío Alfonso? ¿Era el militar que había desaparecido en la Guerra de las Cien Horas con Honduras? ¿O era el comerciante de bienes básicos que se perdió de vista durante un operativo de la guerrilla en el interior del país? El impulso entonces fue irresistible: se acercó a la esquina donde aquel señor al que acababan de señalarle como su tío Alfonso parecía aguardar a alguien. “Soy yo, tío Alfonso. ¿Regresaste?” El aludido se quedó en silencio con una sonrisa. “Ah, pues ahora entiendo: estás aquí para recordarnos que existe el eterno retorno…”

1698. EMOCIÓN ESTELAR

Los domingos tenía que escoger a cuál de los cines se dirigiría por la tarde. La elección estaba entre el Principal, el Nacional y el Popular. Casi era un juego de azar. Y aquel domingo le tocó el turno al Principal, ubicado ya en la bajada de la calle de Mejicanos, cerca de La Familiar y de la librería del Choco Albino. La función comenzaba a las 2:45, y él siempre llegaba a la taquilla que estaba inmediatamente después de las gradas de acceso con tiempo para ser uno de los primeros. Aquel domingo, como anunciaba el gran cartel que estaba encima del cine, daban “El inocente”, con Pedro Infante y Silvia Pinal. Era, pues, domingo de comedia. Lo ideal para el momento. Cuando concluyó la función, desde luego con final feliz, el niño espectador salió a la calle. San Salvador sonreía. No lo olvidaría nunca.

1699. ¿ALGUIEN TIENE ALGÚN INDICIO?

Se llamaba Alicia, pero no vivía en el país de las maravillas. Al menos eso era lo que decían los noticieros diariamente. Pero en uno de los apartamentos inmediatos parecía estarse dibujando una apertura inimaginada. El sueño de Alicia había sido desde un inicio convertirse en personaje de telenovela, al estilo de las clásicas, y hasta la fecha el ambiente no mostraba opciones para que ese sueño se pudiera encaminar hacia la realidad. En aquel apartamento inmediato, sin embargo, un actor retirado estaba iniciando clases de actuación casi clandestinas. Ella llegó a inscribirse. “¿Alicia dices? Ese nombre es tu credencial. Podemos comenzar mañana, muy temprano. ¿Estás de acuerdo?” Entusiasmada y aromada llegó a la hora. “Vamos”, le indicó el maestro. “¿A dónde?” “Al país de las maravillas…” Sonrisa malévola.

1700. ESPERAR ES UN ARTE

La ilusión nunca había sido para él experiencia de vida cotidiana. Era el único hijo de aquella pareja fallida, que antes de que él tuviera conciencia propia se disolvió sin más. Cada uno cogió por su lado, y él anduvo desde entonces en una especie de puente colgante que parecía no tener fin. La madre se casó pronto con un señor anímicamente emproblemado y el padre se esfumó porque no quería tener otro propósito de vida que ser un mujeriego perpetuo. A él, que pasó de ser un niño anhelante a convertirse en un adolescente imaginativo y luego en un joven adulto apremiado, el ansia de llenar su vacío emocional se le fue volviendo cada vez más imperiosa. Para eso necesitaba a alguien, y comenzó a buscarla. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? Preguntas inútiles. Llegaría, de la mano de la ilusión. Fórmula insuperable.

1701. ITINERARIO ABIERTO

Se conocieron en un campamento de verano, y hoy la opción existencial era dónde ir a pasar el invierno. Él era un músico clásico y ella era una narradora en perspectiva. Destinos contrastantes, pero anhelos coincidentes. La nueva estación estaba por llegar, y ambos se dispusieron a hacer planes. Sentados en la terraza del bar frecuentado intercambiaban imágenes al respecto. ¿Una cabaña en los montes? ¿Un ático en el centro urbano? ¿Una habitación en la playa? No se ponían de acuerdo. “Entonces, quedémonos así, en el limbo de lo indefinido… Es lo más seguro…”

 


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