ÁLBUM DE LIBÉLULAS (205)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1678. PARÁBOLA DEL ARRAIGO

Aunque aquel jardín era un espacio físicamente simbólico, lo que él necesitaba sí lo tenía a su disposición, que era hallarse a diario en contacto con su familia vegetal. Le agradecía a la suerte ya no necesitar trabajo remunerado, porque así podía dedicarle su tiempo diario al convivio con las ramas, las hojas y las flores. Y en eso estaba cuando la pandilla que controlaba la zona agudizó sus ataques contra los habitantes del vecindario, exigiéndoles de todo. Salir del lugar era perentorio, pero él no lo hizo. La soledad y el silencio se apoderaron de todo. Los pandilleros llegaron a ocupar las casas. La de él estaba sellada a piedra y lodo, como si fuera un sepulcro. Los nuevos habitantes botaron todas las resistencias, pero afortunadamente nada podían contra un alma en pena, gozosa de sobrevivir en su hogar hasta el fin de los tiempos.

1679. IDENTIDAD SUPREMA

Todo parece lo de siempre; pero cada día es distinto, y hay que ir de inmediato a la búsqueda de señales que indiquen cuál es la naturaleza propia del día que corre. Él, que es una especie de recolector de imágenes existenciales, parece habilitado para descifrar el enigma cotidiano, y hoy domingo se halla en plena disposición de ejercer su función personal predilecta. Lo primero es ir al encuentro de las nubes. Están ahí, en fila, como si lo aguardaran. Se asoma al mirador más alto del lugar y desde esa posición les hace un gesto a las nubes que hacen acto de prescencia, y que parecen responderle de inmediato. Se acercan más y lo envuelven. En ese instante, él se siente como un recién nacido abrigado por los brazos maternos. No puede ser más claro el mensaje: ese día es el del retorno al origen. Y todas sus fuerzas interiores cantan aleluya.

1680. INSOMNIO CON MENSAJE

Desde hacía algún tiempo venía padeciendo trastornos del sueño, y tal situación tenía todos los visos de ser efecto de condiciones más profundas. Al respecto, no tuvo el impulso de ir en busca de apoyo profesional, porque sus voces interiores venían diciéndole que ningún diagnóstico ni ninguna medicina le servirían de nada. Entonces, se decidió a dejar que sus impulsos mentales fluyeran a su gusto. El sueño pareció agradecerle la confianza. La misma noche en que tomó tal decisión se quedó dormido casi de inmediato, pero en forma plenamente consciente. Estaba ahí, recostado en el diván donde su abuela siempre había hecho la siesta, y que él heredara aparentemente por carambola. En cuanto él se acomodó ella se acercó: “Hey, Joe, ¿listo para salir de paseo bajo las estrellas?” Invitación irresistible. Era el sueño más perfecto de todos los posibles.

1681. AUTOCONSEJO

Se había formado como experto en comunicación visual, y en ese momento se hallaba desempleado, como tantos otros graduados de su edad. Ese es uno de los signos reveladores de los tiempos actuales. Tenía suficientes recursos acumulados para no tener urgencia de trabajo formal, pero eso no invalidaba sus ansiedades sobre el futuro. ¿Futuro? Acababa de planteárselo, y en la pantalla de la mente lo que se dibujada era un camino desierto. Entonces fue a interrogar a su consejero espiritual, que era un monje budista que había llegado a aquel lugar quién sabe por qué rutas. “Te pregunto una vez más: ¿Qué quieres hacer de tu vida?” “Una caminata hacia adentro”, respondió, ahora sin vacilar. El consejero reaccionó con emoción: “Si es así, olvídate de todo lo demás. Que tu experticia visual te guíe”…

1682. LA MISIÓN DEL SILENCIO

Se conocieron en la cafetería de la Facultad, y en los primeros ciclos académicos la cosa no pasó de ahí; pero llegó un momento en que aquella relación amistosa empezó a mostrar fisuras inesperadas, y no por acciones o reacciones de alguno de ellos sino por efecto de la falta de acercamientos inspiradores. Ella tomó entonces la iniciativa: “¿Te animás a que tratemos de ser pareja?” La pregunta directa hizo que él se quedara casi con la boca abierta. “El que calla, otorga”, confirmó ella, dándose por respondida. Estaban en los últimos tramos de la carrera común, que era arquitectura de interiores, y ya a punto de titularse fue él quien hizo la pregunta: “¿Qué te parece si construimos nuestra interioridad compartida como el verdadero trabajo de graduación?” Sorpresa. Y él se apuró a sentenciar: “¡El que calla, otorga!”

1683. EL MEJOR VITRAL

La cocina estaba permanentemente abierta, de día y de noche, porque no había puerta de acceso. Era cocina de finca, y lo que tenía en medio era una plancha de hierro montada en una estructura de adobe que permitía un juego de fogones. El día apenas se anunciaba en el aire, y la señora María estaba ya empeñada en el torteo matinal. Los corraleros, que acababan de concluir el ordeño en el establo vecino, iban llegando para recibir sus raciones. Ella hacía lo suyo, sin prestarles atención, pero de repente se oyó el coro de ladridos en los alrededores. Era el patrón que llegaba a caballo de sus andadas nocturnas. Descabalgó frente a la cocina: “María, dame mi ración”. Ella ya estaba lista con las chengas y los frijoles. Los chuchos seguían latiendo. El día, desde el tabanco de la luz, aguardaba también su ración.

1684. PARÁBOLA DEL DESPERTAR

La luz natural venía anunciándose con la timidez de siempre, y los primeros en celebrarlo eran los pájaros que circulaban entre los ramajes vecinos, sobre todo los torogoces y los dichosofuí. El durmiente parecía más renuente de lo usual a incorporarse, y hubo necesidad de que unas cuantas gotas de lluvia le bañaran la frente, por la ruta de una gotera abierta en la lámina deteriorada que servía de techo. Sólo unas gotas, porque la luz matutina se iba apoderando del aire. Se levantó como si acabara de recibir un llamado superior, y salió al predio que rodeaba su pequeña vivienda. Al nomás hacerlo, un repentino rayo solar se hizo presente, y él se arrodilló como si estuviera en el centro de su capilla de confianza., que era el claro de una espesura inmemorial. Los pájaros seguían dándole la bienvenida.

1685. SIEMPRE HAY CAMINOS 

En la gaveta más baja del archivero de madera, que había permanecido cerrado por largo tiempo, se aglomeraba un montón de cartapacios y carpetas sin señales de contenido. Aquel domingo todo parecía dispuesto para el descanso relajante, pero él tenía un repentino impulso aventurero, y como el momento no era para andar seguro por las calles, el archivero era la opción disponible. Fue a abrirlo en la gaveta más baja. Los cartapacios y las carpetas parecía que lo estaban esperando. Él sacó lo que pudo. ¿Qué iba a descubrir ahí? Era la perfecta aventura compartida.

 


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