ÁLBUM DE LIBÉLULAS (203)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1661. PASIÓN DOMINICAL

Tenía la obsesión de vivir sus domingos como un aventurero de los suburbios. Y aunque esa era una tendencia anímica que le había brotado desde la más lejana infancia, fue en la adolescencia avanzada cuando se le instaló en la mente como un chip irresistible. Aquel domingo tuvo, como primera novedad consciente, el impulso de ir a la iglesia vecina, a la que no acudía desde la infancia. Se desarrollaba la misa y el sacerdote hablaba desde el púlpito. Él se mantuvo de pie, y las palabras empezaron a colársele sin que las percibiera como tales. Luego siguió la misa, y al final salió con todos los asistentes. Empezó a caminar por los entornos, y en la medida que lo hacía, las palabras del sermón iban convirtiéndosele por dentro en una especie de borbollón. Se detuvo. ¿Estaba delirando? Ahora se sentía como un predicador en cierne. Alzó los brazos. Y empezó su misión.

1662. ¡MY GOD!

Empezaba a caer la noche y en los alrededores se encendían algunos rótulos y ya los focos del alumbrado público estaban prendidos. Aquel pequeño grupo de muchachas evidentemente colegialas iba avanzando entre empujones y risas. Así llegaron hasta el condominio donde todas residían. “¿Y ahora qué hacemos?”, preguntó la que evidentemente llevaba la batuta. “¡Vámonos al sótano!”, exclamó otra de las presentes, que tenía planta de exótica en formación. Todas aplaudieron, y se encaminaron de prisa hacia una entrada disimulada a flor de suelo que estaba muy cerca. Bajaron por la escalera y llegaron al hueco de la perfecta diversión: un conjunto de jazz antiguo, unos bailarines envueltos en túnicas, un aire cargado de perfumes sagrados… Las recibieron con reverencias. Ellas eran las auroras de la Nueva Era.

1663. BLUE GINGER

Desde la entrada al restorán abierto, que tenía alrededor un estanque con algunos nenúfares y un par de fogones entusiastas sostenidos en pilastras metálicas, era perceptible la naturaleza inspiradora del lugar, como si además del menú estrictamente culinario, marcado por el sello vietnamita, todo lo que ahí se pudiera compartir fuera nutritivo para la mente. Aquel mediodía, casi no había nadie en las mesas del servicio. Ellos dos, los comensales de siempre, llegaron con su puntualidad habitual. Se les acercó un mesero que no conocían, y les extendió un menú también desconocido. Ellos se miraron a los ojos, y él preguntó: “¿No está Sangheeta?” El mesero pareció no entender. Él, aunque parecía innecesario, hizo una pregunta más directa: “¿No es este el Blue Ginger?” El mesero tampoco pareció entender. Y entonces todo se aclaró: Begaluru es un salón de espejos.

1664. MOMENTO SUPREMO

El vehículo repartidor se detuvo frente al portón abierto, y el conductor se dirigió hacia el interior del complejo habitacional. Llegó a la puerta del edificio más distante y ahí dejó el paquete correspondiente. En ese preciso instante se abrió una ventana y asomó un rostro de mujer. “¿Estás seguro de traer lo mío?”. El aludido hizo un gesto de afirmación, inclinó luego la cabeza y dio la vuelta. Luego de sólo unos segundos la mujer asomada llegó a recoger la encomienda. Tomó su paquete, que era una pequeña caja envuelta en papel de china, y subió a su apartamento. Estaba sola y podía cumplir el rito sin reservas. Abrió la caja, y sacó lo que había adentro, que era un anillo de oro. Fue hacia el rincón donde estaba el pequeño altar con múltiples presencias. Se arrodilló: “Gracias, poderes superiores por la confianza en aceptarme. ¿Alguno de ustedes quiere colocármelo”…

1665. EL MISTERIO VIRAL

Era, como todos sus contemporáneos conocidos, un fervoroso adicto a las fantasías digitales. ¿Tuitero o feisbuquero? De todo un poco, según las expectativas del momento, que variaban al ritmo de las circunstancias cotidianas. Aquel enlace permanente se le había ido volviendo adicción, como si una droga superior se le colara a diario por las venas de la conciencia. Así las cosas, en un día de lluvia pareció despertársele un ansia desconocida: escapar de las redes por alguna rendija sutil. Descubrió la rendija, y lo que atisbó al otro lado fue un rostro de mujer. Extendió las manos para distender la rendija y pasar a través de ella. Lo hizo, y en ese mismo segundo se halló en una sala de cine de las de antes. El rostro que acababa de ver era el de ella: Judy Garland. El Mago de Oz. La prehistoria de las redes sociales. Feliz cruce de símbolos.

1666. A LA SOMBRA DEL GULMOHAR

Se sentaron sobre la hierba y comenzaron a platicar en voz baja, como si quisieran que nadie fuera a enterarse de lo que se decían. Y es que estaban planeando una escapada de adolescentes atrevidos que tenía que ser sorpresiva para toda la gente de sus respectivos entornos. Cuando alguien pasaba más cerca bajaban las voces hasta ser murmullos casi inaudibles. El gran árbol cundido de flores rojas bajo el que estaban era el único testigo del momento. De repente dejaron de hablar y una de las ramas inmediatas pareció acercárseles desde arriba. Sintieron la cercanía y la interpretaron como un gesto de amor. Se levantaron mientras todas las tentaciones de huida se les desvanecían por dentro. A lo lejos, un flautista les deba la bienvenida. Bienvenida al misterioso mundo real. Tomados de las manos, corrieron como niños por el mejor prado del mundo.

1667. EN EL TEMPLO ÍNTIMO

Vivió siempre asediado en lo profundo por el ansia de ser peregrino en senderos de polvo y a la plena intemperie. Era algo que mantenía en estricta privacidad, porque no quería exponerse a las sonrisas burlescas ni a las miradas oblicuas. Era un joven de familia acomodada, y por consiguiente residía en una zona exclusiva y se estaba formando en una universidad de alto rango. Pero aquella secreta aspiración lejos de difuminársele a medida que maduraba, se le iba volviendo cada vez más imperiosa. Hasta que no aguantó más. Se fue de la casa, dejando una nota tranquilizadora. Y cuando estuvo al aire libre, ya como pasajero aceptante de su propia realidad, sintió que se hallaba en su refugio perfecto. Se fue a ubicar para mientras en un predio baldío, como un indigente más. Lloró de gozo. Alrededor los ecos inmemoriales le daban la bienvenida.

1668. EL HORIZONTE MÁS PEQUEÑO

Estaba solo en la capilla, que era el único lugar donde no se sentía solo en el mundo. Cerró los ojos para que aquella sensación no fuera a abandonarlo nunca. Entonces todas las luces se le encendieron por dentro, y el infinito llegó a sentarse a su lado.

1669. LO DIJO EL ALBA

Era un lunes, y la luz amaneciente bostezó junto a la ventana. Era la señal. Esa semana que estaba llegando traía una agenda de nuevos comienzos.

 


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