ÁLBUM DE LIBÉLULAS (200)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1636. EL PODER DE LA NIEBLA

El joven recién llegado se detuvo en la puerta abierta, y desde adentro le que se advertía era una sombra en contraste con la luminosidad que dominaba el aire. Los que estaban en el interior eran los amigos de juerga desde siempre, y cuando se fijaron en el recién llegado tuvieron un instante de sorpresa inmovilizadora; pero en unos cuantos segundos estalló un bullicio carcajeante: “¿Regresaste, vagabundo? ¿Cómo te fue? ¿En cuántos monasterios anduviste?” Él avanzó hacia donde estaban los otros, y cuando estuvo en el centro se sacó de uno de los bolsillos superiores una especie de incensario de los antiguos. “Descubrámoslo entre todos”. Sin decir más soltó sobre el pequeño recipiente un soplo devocional y de inmediato creció una nube que lo envolvió todo. Al extinguirse, ninguno de los presentes estaba ahí.

1637. EXCURSIÓN SIN FIN

Estamos en el futuro y esa es la sensación que más intenso homenaje le rinde al presente. Entonces el presente, agradecido, nos toma de la mano y nos invita a pasar a su estancia más inmediata, esa en la que guarda todos los aperos que usa en la cotidianidad. Y aunque pudiera parecer un juego del tiempo, lo que en verdad experimentamos es la plenitud de la intertemporalidad, convertida en momento que como tal no tiene nada de sorprendente. El futuro observa lo que pasa, y pareciera a punto de decirnos algo, pero da la impresión de que no se atreve, y por eso lo interrogamos: “¿Cuál es tu fuerza, si no te animas a soltar amarras”. Y es el presente el que responde: “No se confundan, soy yo el que no me animo”. A la luz de esa doble confesión ambos se van juntos y nos dejan solos.

1638. ASÍ ES LA COSA

Los años iban pasando como si tuvieran prisa creciente por llegar lejos. Y aquel hombre joven que no parecía tener ninguna característica que lo distinguiera del común de sus allegados y de sus vecinos había venido desarrollando, sin embargo, una capacidad intuitiva que mantenía bien guardada entre sus pertenencias emocionales. Cuando conoció a Wendy en un jolgorio de ocasión sintió que necesitaba moverse con estrategia envolvente. Ella no se fijó en él, y ese fue el estímulo ideal para que el asedio se volviera compulsivo. Cuando un día se hallaron solos en el pasillo de la Facultad donde estudiaban, él se animó a decirle: “¿Tú crees en el amor a primera vista?” Ella sonrió, como si esperara la pregunta: “Nooo, yo creo en el amor a primer olfato… ¿Me permites?” Y se le acercó al cuello, donde aspiró a fondo. “¡Eres una fuente de aroma! ¡Gracias!”

1639. LAZO SUBLIMINAL

Enfrente estaba el volcán, como un guardián que no descansaba ni de día ni de noche. Tenía la forma de un león reposado y expectante. Aquel incipiente pensador, que se dedicaba a hacerlo sin preocuparse por su sostenibilidad económica, lo observaba a diario desde su ventanuco en el multifamiliar heredado de sus padres hacía unos meses. Ambos habían fallecido en un accidente y él era el único heredero. Ahora vivía de unos pocos trabajos virtuales, y por fortuna no necesitaba más. El volcán era su único referente externo. Muy pronto le nació el impulso de poner por escrito lo que experimentaba, sin saber bien qué era. Lo escribiría de puño y letra, para mayor intimidad. El cuaderno era de los antiguos y la caligrafía también. Se quedó pensando sobre el título, y saltó el rayo inspirador: “El volcán y yo. Diario fraternal”.

1640. HAGAMOS CUENTAS

Cuando ella llegó por primera vez pasada la medianoche, el padre la llamó a capítulo. Era lo esperable, aunque él hubiera sido siempre tan ajeno a las reprimendas. Al oír las palabras altisonantes, la jovencita no pudo menos que preguntar: “¿Y por qué ahora me hablas así, cuando nunca antes lo habías hecho?” El señor se quedó unos segundos en suspenso, y luego respondió en voz apagada: “Porque nunca estuviste ausente al sonar la campana distante que anuncia que inicia un nuevo día”. Ella no pudo menos que lanzar una carcajada de alegre sorpresa. El padre volvió a fruncir el ceño: “¡Cuidado, no te burles de mí!” Ella reiteró el reclamo: “¿Qué te pasa? Estás irreconocible”. Él juntó las manos sobre el pecho: “Es que no puedo evitar tu adultez desconocida”. Y soló un sollozo de niño.

1641. ENTRE VIEJOS CONOCIDOS

El desvelo se le había vuelto una constante que parecía brotarle de un trasfondo escondido de la conciencia. Y lo curioso de aquella experiencia, que a simple vista podía tener componentes traumáticos, era el sentirse cada vez más relajado y dispuesto a disponer de energías que se le iban acumulando en algún otro trasfondo del ser consciente. Estaba en ésas cuando una noche, mientras repasaba tranquilamente los oficios posibles de estar despierto, sintió que alguien había llegado junto a él, de seguro con ánimo de comunicarse. “¿Quién está aquí?”, preguntó sin sobresalto. Hubo un carraspeo antes de la respuesta: “Soy yo, tu viejo amigo, el sueño…” “¡Ah, al fin nos vemos después de tanto tiempo! ¿Quieres que te cuente mi nueva experiencia? Tal vez pueda servirte. Te siento atribulado…”

1642. PRUEBA INSUPERABLE

“Arleen, anoche oí ruidos fuera de tu ventana. ¿Alguien andaba por ahí?” “¿En mi ventana? ¿Pero cómo va a ser en mi ventana si da hacia el vacío?” “Ah, es que en estos tiempos los pícaros tienen mañas para todo. ¡Contéstame! ¿Alguien andaba por ahí?” Arleen se quedó callada, y su madre se puso aún más inquisitiva: “¡Es que me han dicho que han visto a alguien siguiéndote los pasos como si tuviera derechos a hacerlo. ¿Es verdad?” La reacción de Arleen se fue apaciguando, lo que hizo que su madre se pusiera más en guardia: “¡Arleen, dime la verdad, por favor!” Suspiró y bajó la vista: “Bueno, voy a decírtela: quien está siempre conmigo es mi Ángel de la Guarda!” “¡Arleen, por favor, no quieras verme cara de tonta!” “Bueno, si no me crees, asómate a la ventana”. Y el que flotaba en el aire era en verdad un ser alado…

1643. ENCUENTRO SIN RETORNO

Buscó desde el principio una compañera que estuviera en exacta armonía al menos con una de sus emociones básicas: aquel anhelo de vivir en una arboleda o en una llanura, como tributo anímico al origen indescifrable. No se atrevía a decírselo a ninguna de las novias sucesivas, hasta que llegó ella. “¿Tu nombre?” “Gazella” “¿Cómo las gacelas de otras tierras”. “Sí, pero yo soy de ésta. Mi padre era apasionado de todas las especie libres y naturales…” Él sintió que el destino estaba hablándole. Le tomó las manos. Ella se apretó a él. Destino consumado.

 


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