ÁLBUM DE LIBÉLULAS (193)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1579. HOLA, SAN VALENTÍN

Ahí, sobre la mesa, se halla la estampa enmarcada de San Valentín, que trajo alguna vez un pariente mayor, y su presencia ya pasa inadvertida. Pero de un tiempo a esta parte la pareja viene necesitando estímulos inspiradores y ante el enfriamiento de la relación lo primero que toma impulso es la búsqueda de consejo profesional: acudir a un psicólogo parece entonces lo indicado. Hablan y oyen durante varias sesiones, pero no surgen señales de que nada esté cambiando. ¿Habrá que resignarse a que los vínculos se vayan marchitando cada día más? Ese día es 14 de febrero, y toda la propaganda comercial lo hace sentir. Él y ella, sin proponérselo, se encuentran esa mañana frente a la mesa donde está la vieja estampa descolorida, y en ese instante dicen al unísono: “Hola, San Valentín”. Como si aspiraran un aroma sobrenatural. Remedio puro.

1580. LA LUZ DE SANTA RITA

Su vida había entrado en fase de crisis, tal si todo lo que le rodeaba se estuviera poniendo en su contra, sin alternativa. No era una simple sensación, porque los hechos se hallaban a la vista. Entonces todos sus mecanismos anímicos empezaron a fallar. Se fue enclaustrando en sí mismo, como un ermitaño sin escapatoria. Aquello era una trampa mortal. Pero de pronto, y sin que hubiera indicios reveladores, cada vez que cerraba los ojos, una tenue luz se le hacía visible en la profundidad de la conciencia; y esa luz poco a poco iba tomando cuerpo, hasta que apareció la imagen. Era una señora sonriente con una rosa en la mano. Se la ofreció con un gesto. Él vaciló. “No temas, todo va a resolverse, yo soy la abogada de los imposibles. Y esta rosa es la llave para ingresar en tu nueva ruta…”

1581. SAN ROQUE ENTRE LADRIDOS

Vivía en la calle desde que perdió su primer trabajo y no pudo encontrar otro; y como no tenía familiares porque todos fueron desapareciendo sin dejar rastro, el único destino disponible eran las aceras con algún alero. Recogía limosnas y sobrevivía con bocados casi simbólicos. Estaba masticando cuando sintió a la par una presencia anhelante. Era un chuchito callejero, con el que compartió unas migajas, y que desde aquel momento no se apartó de su lado. El indigente se sentía acompañado por primera vez, pero entonces empezó a sufrir una debilidad orgánica sin precedentes. Aquella tarde, ya en la anochecida, el perro comenzó a ladrar con ansia, como si alguien se hubiera hecho presente, y él se puso en ascuas. Ahí se oyó la voz: “No te alarmes, amigo. Soy San Roque, y vengo a recompensarte por la forma en que tratas a uno de los míos”.

1582. JARDÍN DE SANTA INÉS

Aquella jovencita era la más hermosa y la más tímida de todo el vecindario, zona marginal infestada de peligros, como ahora se estila. Todos los jóvenes del lugar estaban detrás de ella, con intensiones posesivas de mala índole. Ella los rechazaba a todos, con un aplomo fuera de serie. Y a alguien muy cercano le confesó: “No me entregaré a nadie que no sea el que me destine la Providencia”. “¿Y cómo vas a saberlo?” “Por la forma en que me mire desde el primer instante”. Pero los días pasaban y no había indicios del elegido, y entretanto los acechos de los demás iban en aumento. Esa tarde, cuando ella volvía del instituto donde estudiaba, un grupo se puso a seguirla. Ella vio enfrente la puerta del jardín público, y ahí se coló. Adentro se topó con uno de los jardineros. Fusión inmediata. La virginidad y el jardín, lazo perfecto.

1583. SAN ALEJO SIGUE EN VELA

Como siempre, la maldad hacía de las suyas en aquel superpoblado ambiente donde nadie podía pasar inadvertido. La inmensa mayoría de los hacinados estaba ahí por delitos menores, pero eso no hacía diferencia. Cuando llegó aquel personaje notorio al haber merecido condena por delito financiero, todos los ojos se volvieron hacia él. “Este va a saber ahora lo que es vivir en comunidad de iguales”, fue la frase viral. Y como entre los reclusos había un presunto experto en magia negra, lo conminaron a que pusiera al recién llegado bajo control. El tratamiento se hizo sentir, pero con efecto contrario. El aludido empezó a mostrar señales de transformación anímica hacia lo sublime. ¿Qué estaba pasando? “No se sorprendan, almas malignas. Yo traje el mejor apoyo: una estampa de San Alejo, que vence a todos los enemigos…”

1584. GRACIAS, SANTA LUCÍA

No tenía idea de lo que aquello podía significar, pero el cuaderno abierto lo había llamado desde el primer momento con apremio familiar. Las palabras quedaban ahí, en testimonio de obediencia, haciéndole honor al aire libre que le rodeaba. Estaba en el campo, en aislamiento voluntario de todas las vanidades urbanas, y a sus amigos, con los que se comunicaba por e-mail, aquello les parecía insólito. “Estás solo, nadie te acompaña en esa soledad, ¿no piensas volver?” “Volver, ¿a qué? ¿A una soledad más profunda rodeado de personas?” “Nosotros somos tus amigos…” “Ya lo sé. Gracias. Pero aquí he encontrado un vínculo superior”. “¿Una muchacha del campo?” “De alguna manera, pero no tiene que ver con ningún vínculo carnal”. “¿Entonces?” “Es Santa Lucía, patrona de los campesinos y de los escritores: mi perfecta alianza”.

1585. SANTA DOROTEA: FLORES Y FRUTOS

Cuando se casaron, ambos compartían criterio sobre la religión: eran ateos confesos, y decían sentirse libres por ello. La vida les fluyó sin dificultades personales, pero cuando tuvieron su primer hijo, que fue una niña, algo se les removió por dentro. Era sentir que aquella niña, radiante como una flor y fragante como un fruto, estaba ahí para acercarlos a la gracia del milagro. Las madres de ambos, fieles y devotas, les hablaron con suave emoción: “Esta criatura nació el 6 de febrero, Día de Santa Dorotea, patrona de floristas y fruteros. ¿Y saben qué quiere decir Dorotea? Regalo de Dios. En nuestro corazón, la niña se llama Dorotea. ¿Están de acuerdo? Si es así, sonrían sin temor…” Ellos no respondieron de inmediato, pero en los días siguientes siempre hubo flores y frutos alrededor de la recién nacida.

1586. EL ALTAR DE SAN BENITO

El diagnóstico fue una interrogante abierta. Estaba enfermo, pero no podía precisarse el mal. Lo enviaron a su casa, con un tratamiento de sostén paliativo. Ni siquiera llegaba a la medianía de la edad, y estaba solo. Sus escasos amigos llegaban de vez en cuando a visitarlo, entre ellos Alicia, que se hacía cada vez más asidua. Un día, arribó con mensaje: “Si los médicos no pueden, el Santo sí va a poder…” “¿Qué Santo?” “San Benito. Aquí traigo su Medalla, que libera de todo mal, y sobre todos de los males desconocidos… Tómala”. Él la tomó entre los dedos y la corriente de claridad le hizo incorporarse.

 


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