Álbum de libélulas (171)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1394. LIBÉLULA REBELDE

Desperté con ganas de dedicar mi domingo al dolce far niente, pero lo que me esperaba era una jornada cundida de desafíos. Para empezar, apenas llegada la aurora se apagaron de repente todas las luces de la casa y tuve que actuar de inmediato con los instrumentos a disposición. Y desde luego no soy electricista. Al mediodía una bandada de pájaros desconocidos se dio contra todos los cristales de la casa y me vi obligado a las reparaciones de emergencia. Y tampoco soy experto en arreglos caseros. Al anochecer tocó a la puerta un presunto vendedor de cosas de casa, pero al abrirle se me abalanzó porque era un asaltante. Luché contra él hasta dominarlo y entregarlo a la Policía. Y la defensa personal nunca ha sido mi fuerte. Así las cosas, me fui a dormir. Y para suerte compensatoria mi domingo concluyó en un dulce desvelo.

1395. OLVIDÉMONOS DEL FUEGO

Había sido un vagabundo imaginativo por excelencia, y por eso casi todos se sorprendieron cuando se supo que su última voluntad fue que lo cremaran para guardar sus cenizas en un cofre. La ceremonia era totalmente previsible; y cuando concluyó, el depósito metálico pasó a sus familiares más cercanos, que luego del acto religioso se lo llevarían para cumplir lo que tuvieran previsto. Aquella noche, el cofre con las cenizas del difunto quedó en una repisa de la única habitación desocupada de la casa, y ahí estuvo por algunos días, como si nadie reparara en su presencia. Hasta aquel momento en que una de las hijas, aún solteras, pasó tan cerca del mueble que estuvo a punto de volcar el cofre. Lo tomó para reubicarlo y tuvo la instantánea sensación de que estaba vacío. En efecto, así era. Corrió a avisar. Misterio sin resolver. Las cenizas, desde el aire, decían adiós.

1396. DANDO Y DANDO

“Te resistís a soñar, ¿verdá?” Él sonrió sin decir palabra, como era su costumbre. Y aunque la pregunta se la hacía ella, la mujer escogida para compartir el presente y el futuro, no estaba dispuesto a soltar prenda. Cuando llegó la hora de formalizar la relación, porque había pasado ya suficiente tiempo en aquellas vísperas, él fue el que hizo la observación inesperada: “Si me enseñás tu sueño te muestro el mío…”. Fue ella, entonces, la que esbozó una sonrisa sin más. Así se quedaron las cosas, y los preparativos de la boda siguieron adelante. Llegó el día señalado. Contra la costumbre, ella arribó primero a la pequeña iglesia del barrio, vestida con el atuendo tradicional de las novias. Expectativa de todos. ¿Dónde estaba el novio? “¡Aquí!” Y prendido de un lazo se descolgó de alguna abertura en el techo. “Tu sueño era vestir de blanco y el mío es trabajar en un circo: ya estamos a mano…”

1397. RACHA DE MENSAJES

Concluyó su formación universitaria, y como lo que había estudiado era una Licenciatura en Historia las posibilidades que tenía abiertas de inmediato eran la enseñanza y la investigación. Entonces, advirtió, ya con opciones a mano, que lo único que podía seguir moviéndole las fibras de la voluntad era ser lector libre, como siempre. Para su beneficio, los padres estaban dispuestos a mantenerlo sin trabajar. Y cuando aquella fórmula de vida tomó cuerpo, él empezó a vivir experiencias emocionales desconocidas, siempre vinculadas a las voces magnéticas del tiempo. En tanto más se sumergía en el pasado más señales iban llegándole del futuro. Cada suceso y cada personaje se le aparecían como dentro de un juego de espejos. Y él siempre estaba ahí, en el centro del antes y del después. Así fue cómo desapareció del presente, aunque de eso nadie se dio cuenta.

1398. BUEN VECINO

Trabajaba en un taller de mecánica en los suburbios, ya al borde de aquellos terrenos baldíos en los que nadie se había interesado nunca. Y como lo que ganaba apenas servía para la manutención elemental de su pequeña familia, halló alivio en ir a instalarse en la interioridad de un bosquecillo rústico inmediato. El sitio semejaba un refugio natural, que a la vez producía sensación protectora en estos tiempos de avasallante inseguridad. Se instalaron, y cada quien reaccionó a su manera: los hijos con un inesperado entusiasmo, la señora sin decir ni sí ni no y él sintiendo el peso de la soledad. Lo acuciaba el desvelo, y una noche tuvo el impulso de salir al entorno a vagar sin más. De pronto escuchó un aullido quejumbroso, casi a la par, y de inmediato surgió la presencia: aquel coyote de seguro inmigrante desde alguna montaña vecina. Y entonces él se sintió acompañado como nunca.

1399. HIBERNACIÓN VERANIEGA

Su segundo marido era un industrial que había acumulado una gran fortuna, y con él se fueron a vivir en el penthouse de un edificio majestuoso en Fifth Avenue, frente al Central Park. Ninguno de los dos tenía hijos previos y ya no era tiempo de tener propios; por eso cuando él se alejó de este mundo como si tuviera prisa por tomar el primer tren de la tarde, ella se quedó acomodada en su poltrona favorita frente al ventanal que daba al horizonte de torres impasibles. Literalmente permanecía anclada ahí, y no porque la ausencia del difunto le ensombreciera la voluntad de hacer algo por su cuenta, sino porque ahora estaba entendiendo que su vida había sido un torbellino inútil, sentimentalmente hablando. Aún era joven, aunque estaba al final de su verano cronológico. Aquella hibernación espontánea quizás sería su tratamiento reparador.

1400. OFICIO SIN RETORNO

Su experticia en la reparación y en el tratamiento de joyas finas le había proporcionado no solo ingresos crecientes sino también reconocimiento expansivo. A diario tenía entre sus dedos diamantes de real valor, piezas de oro de exquisita factura, perlas impecables, zafiros cautivadores, rubíes impecables y así por el estilo. Trabajaba en su casa, donde estaba el taller al que nadie tenía acceso, porque era para él como un santuario de devoción exclusiva. Pero eso tuvo un giro cuando conoció a Melania, que lo deslumbró desde el primer momento. Ninguna joya le produjo nunca aquel efecto posesivo. Siguió con su trabajo, aunque ahora en su conciencia parecía haberse abierto una caja con tesoro propio. Así fue como descubrió que el amor es la joya suprema, y que su oficio de siempre era una gracia de Dios.

1401. NUBES QUE VUELVEN

El tiempo climático parecía haber perdido todo control sobre sí mismo, y de eso nadie podía escapar. Él era un escéptico empedernido, y ni siquiera daba por seguras las verdades más inamovibles. Aquella tarde, sin embargo, un runrún nunca antes percibido andaba rondándole por dentro. Era como si alguien estuviera mandándolo gentilmente hacia afuera. Fue a la ventana más próxima y desde ahí pudo observar la caravana. Sí, eran nubes de regreso que se dirigían hacia el lugar en que él estaba. Entonces el runrún se le volvió palabras propias: “Yo nunca he creído en nada, pero hoy sí voy a confiar en la fidelidad de en las nubes…”

 


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