Opinión desde acá

por Sigfredo Ramírez, Árbol de fuego

 

Sigfredo Ramírez
Periodista y comunicador institucional

Al margen

La mayoría se ha esforzado toda la vida para no tener nada seguro durante sus últimos años. Así es la economía que marca la vida en el país: una que te exprime cuando sos útil y te desecha cuando no te quedan más fuerzas.

La pequeña anciana hacía lo posible para evitar ir al pueblo. Caminaba solo por veredas, por caminos vecinales poco transitados, siempre ocultándose y sin mirar a nadie directo a los ojos. La última vez que se había acercado al pueblo la habían apedreado. Huyó como pudo, nadie le tuvo piedad. Ni los niños que con piedra en mano la persiguieron hasta los linderos del poblado. Resignada, ella misma se exilió. No volvería. Se pasaba los días yendo y viniendo por el campo, buscando quien le regalara un poco de comida para llevarse a la boca. La gente le temía y ella sabía perfectamente por qué. Pensaban que la anciana era una bruja, un ser capaz de lo peor y que preparaba conjuros en el rancho, rodeado de palos de jocote, donde vivía en la ribera del río Acelhuate.

La historia completa de la anciana Jacinta está en el cuento titulado “La bruja”, escrito a principios del siglo pasado por Arturo Ambrogi. Una de las grandes influencias locales de Salarrué y que se pasó la vida escribiendo sobre la gente que habitaba El Salvador. El cuento –dedicado a María de Baratta– es un perfil de una abuela que se había quedado sola y que vivía de los pocos vecinos que la consideraban. El resto de la sociedad le había dado la espalda. Esos eran los personajes que seducían a Ambrogi, los “marginales de la vida”, como él mismo los llamó. Muchos de ellos, como los contrabandistas de chaparro que se iban a las profundidades del monte a “sacar” licor, ya no se encuentran, pero hay otros, como la abuela Jacinta, que guardan su vigencia.

Hay cosas que no cambian aunque hayan pasado 100 años. Una de ellas es el abandono que sufren miles en el país cuando llegan a la vejez. Sin una pensión ni acceso a servicios de salud de calidad en el momento de la vida cuando más se necesitan. Una situación al límite que es realidad de todos los días en El Salvador. No solo se trata de la indigencia, sino de muchos que viven de lo que sus familias, con un ingreso precario, puedan darles. La mayoría se ha esforzado toda la vida para no tener nada seguro durante sus últimos años. Así es la economía que marca la vida en el país: una que te exprime cuando sos útil y te desecha cuando no te quedan más fuerzas.

Descartables. En el marco de la campaña presidencial, se han planteado temas como las medidas a tomar para enmendar el sistema de pensiones, un sistema que ya tiene más de 20 años de haber sido implementado y que no cuadra a la economía local, donde la informalidad es la norma. Pero aún para los que sí cotizan en el sistema, cada vez son más las profesoras, enfermeras, costureras de maquilas, empleados del sector servicios que –ya en edad de jubilación– se dan cuenta de que lo ahorrado en toda su vida laboral no garantiza lo más básico.

Los adultos mayores nunca han sido prioridad en el país. No es secreto. Se les pide conformarse con llegar a viejos y nada más. Pero en las próximas décadas se afrontará un panorama más complejo: nuestra población está envejeciendo como nunca antes y serán más los que lleguen a la tercera edad en vulnerabilidad. Se necesita que este deje de ser un tema periférico y que sea asumido como un eje central para el bienestar social del país. Según una investigación de FUNDAUNGO retomada en Diario El Mundo, si en las próximas dos décadas no se realizan reformas fiscales, el envejecimiento de la población haría que la deuda pública sobrepase el 80 % del Producto Interno Bruto (PIB) por un mayor gasto en salud y seguridad social para adultos mayores. Mientras no se haga nada por cambiar, más generaciones de salvadoreños se dirigen hacia un abismo.


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