La barrera entre el empleo formal y el VIH

Fotografía de Archivo

Aquella noche, el VIH le salvó la vida. Mario pudo haber salido a las calles a buscar clientes junto a Katherine y Tania. A eso se dedicaba. Pero declinó, porque al siguiente día debía estar a las 6 de la mañana en el hospital para pasar consulta y recoger sus antirretrovirales. Era 2009, 8 de junio.

Mario fue a su cita. Le dieron sus medicamentos. Casi al mismo tiempo en que él dejaba el hospital, el cadáver de Katherine (Samuel Flores, de 17 años) era hallado a la orilla de la avenida Jerusalén, entre San Salvador y Antiguo Cuscatlán, en la finca en donde ahora funciona el parque Bicentenario. Su cuerpo estaba muy dañado, murió por golpes y asfixia. A Tania (Cristian Ardón, de 24 años), la encontraron siete días después, en las profundidades de la misma finca. Su cadáver también era una enumeración de violencias. Tras una larga agonía, la mataron los golpes en la cabeza.

Mario tenía en ese momento 23 años. Ya llevaba seis viviendo con su diagnóstico. Veló a sus amigas. Las lloró. Pero no dejó las calles. No pudo. No tenía alternativa, pese a que las amenazas eran constantes.

“Nos tiraban los carros queriendo atropellarnos. Seguido nos pasaba que acabábamos puros monitos colgándonos de los palos”. Cuenta Mario entre risas que solo se entienden en la lógica de quien sobrevivió a los disparos desde carros en movimiento. “Nos tirábamos al suelo, donde fuera nos metíamos con tal de que no nos mataran”. Después de los ataques, siempre tocaba seguir trabajando.

Al final era eso: una forma de obtener ingresos en un país con débiles instituciones de protección social y con alto grado de intolerancia a la diversidad sexual. A Mario le tocó verse solo en las calles desde que tenía 12 años, cuando su familia lo echó de su casa en el interior del país porque “le gustaban los hombres”. Vino a San Salvador y durmió entre los huecos de la infraestructura del Centro Histórico. En aceras, bajo pasos a desnivel, en la oscuridad y el frío, sus compañeros eran otros adolescentes en situación de vulnerabilidad.
“Una amiga que conocí en la calle me dijo que ella me daba ropa, que así podía dejar de dormir con los piperos y huelepegas porque ahí no iba a durar mucho”; y comenzó en una ocupación que cinco años después, con 17 cumplidos, lo colocó de frente a una prueba de VIH que dio reactiva.

“Me dijo la enfermera ‘aquí lo que pasa es que usted tiene sida y le quedan tres meses de vida’, y ya, nada más”. Ese diagnóstico no sacó a Mario del trabajo sexual.

Era 2003, él no tenía estudios ni familia. Y el sistema de salud pública recibía apoyo de instituciones internacionales para no faltar en la entrega gratuita de medicamentos. Pero para cambiar su forma de vida, Mario requería más que eso.

Hoy, la entrega de medicamentos se mantiene gratuita y la hace el Ministerio de Salud, que atiende también a los beneficiados de Bienestar Magisterial (docentes) y a los de la Fuerza Armada. El Instituto Salvadoreño del Seguro Social, por su parte, brinda servicio a los empleados públicos y privados que cotizan. La ayuda internacional se ha reducido según lo pactado. En este momento, de acuerdo con Ana Nieto, directora del Programa Nacional ITS/VIH-sida del Ministerio de Salud, el Estado asume en su totalidad los costos de los antirretrovirales. El apoyo del Fondo Mundial todavía representa un 60 % de la inversión que se hace en reactivos para hacer las pruebas. El principal reto del abordaje va más allá de lo que se puede hacer solo desde el sector sanitario. El estigma y la discriminación todavía interfieren en la calidad de vida de las personas con VIH.

En El Salvador, hasta 2017, había 17,940 personas viviendo con VIH, de acuerdo con los datos más recientes publicados por el Programa Nacional ITS/VIH-sida. Entre estas personas había 6,999 mujeres y 10,941 hombres. El VIH se concentra entre personas que van de los 19 a los 39 años. Es decir, en edad económicamente activa.

“No hay documentos o investigaciones que crucen el VIH con el acceso a empleo formal. La mayoría de personas con este diagnóstico se dedican al trabajo informal”, explica William Hernández, de la organización no gubernamental Entre Amigos.

El informal puede llegar a ser un empleo de precariedad y riesgo físico en El Salvador. “Lo primero que hay que ver es que si la persona no tiene garantizada la alimentación, tampoco va a poder ser adherente a un tratamiento que requiere disciplina. Sin fuente de ingresos hay un deterioro veloz que no depende solo de los medicamentos”, señala Hernández.

Para un plato de comida y un cuarto era justo para lo que daba el trabajo en la calle por el que Mario se arriesgaba a ser víctima de violencias. Cuando había suerte, podía darse un lujo, que no era otro que la posibilidad de guardar $1, a veces, hasta $2. Una práctica que acabó siendo fundamental para él.

Hace casi 10 años, Katherine y Tania fueron secuestradas y asesinadas con brutalidad por gente que se hizo pasar por clientes. Ellas pensaban que les iban a pagar por un servicio y acabaron matándolas. Mario tenía 23 años y estaba en esa misma dinámica del trabajo sexual porque en el sistema laboral no tenía cabida. Abandonado por su familia a los 12 años, no pudo terminar ni la educación básica. Para poner un negocio que diera suficiente para pagar comida y techo, necesitaba al menos un capital semilla para invertir y no calificaba para préstamos. Diez años después de este periplo de Mario, la situación de acceso a empleos formales no ha cambiado demasiado.

La cantidad de personas que vive con VIH y está afiliada al Instituto Salvadoreño de del Seguro Social fluctúa entre 2,300 y 2,800, de acuerdo con Ana Nieto, directora del Programa Nacional ITS/VIH-sida. En otras palabras, cuanto mucho, el 22 % de personas mayores de edad que viven con VIH tiene un empleo formal con beneficios sociales, como seguro y pensión por vejez o invalidez. Esta cifra es inestable, porque –al margen de las campañas de sensibilización en políticas de VIH en las que están inscritas cerca de 120 empresas privadas– cuando alguien conoce su diagnóstico mientras goza de empleo, su vulnerabilidad aumenta.

“Sabemos de casos de fuga de información sobre el diagnóstico en la empresa o en la institución en la que trabaja la persona con VIH. En esos casos, las personas no son despedidas, pero son obligadas a laborar en un ambiente hostil para que acaben renunciando”, explica Nieto.

El Ministerio de Trabajo conoció ocho denuncias por discriminación a causa de VIH en 2017. Se dice conoció, porque no siguieron el proceso y tampoco fueron colocadas en esta cartera de Estado. “La gente no denuncia por temor a que se tomen represalias. No es solo que no hay cultura de denuncia, es que la gente todavía se siente desprotegida si lo hace”, explica Roxana Martínez, educadora de Fundasida.

Tener un empleo fijo ha llegado a convertirse en un privilegio, algo a lo que pocas personas con VIH acceden. Y no solo es necesario desde el punto de vista económico, sino que también tiene un poder terapéutico. “No hay ninguna duda de que la gente que lleva su diagnóstico y a la par tiene un trabajo está física y emocionalmente en mejor condición, no se enferma”, ilustra Hernández, quien al frente de la Asociación Entre Amigos reconoce que de los 34 empleados, “dos o tres viven con VIH”.

Fotografía de Archivo

Mario parece un ejemplo de esta relación entre trabajo y salud. El guardadito que fue dejando se transformó en $20. Y ese dinero se convirtió en una puerta. Fue la oportunidad que aprovechó y que ahora, una tarde de viernes, lo tiene hablando desde la cima de su propio éxito.

En 2003, tras recibir el resultado de la prueba que dio positivo, Mario empezó a integrarse en algo más que solo recibir el medicamento. La estrategia de Salud comenzó a hacer eco de la urgencia de enfrentar el VIH en colectivo. “Los grupos de apoyo se crearon porque la gente necesitaba un espacio para hablar. A partir de ahí fueron evolucionando y ahora se han convertido en grupos interdisciplinarios, pero el punto inicial fue que la gente quería un espacio para sentirse en confianza y compartir con otros en condiciones similares; esto porque siempre ha existido el estigma”, explica Roxana Arias, de Fundasida.

Esos grupos ahora sirven para más que el desahogo. Ahí se habla de adherencia al medicamento, de disciplina, pero también de dietas y de emprender negocios. “Se comparte conocimiento; si alguien sabe hacer donas, entonces un día lo explica y es conocimiento que ya es de todos. Se le muestra a la gente cómo crear sus propias alternativas de ingresos”, continúa Arias, con la certeza de que muy pocos pueden obtener ingresos de otra manera que no sea un espacio hecho a medida.

En uno de esos grupos, Mario conoció a una amiga que también vivía con VIH y que tenía un puesto callejero de accesorios para celulares en el centro de San Salvador y le cedió un espacio. Mario, con el primer guardadido compró un paquete de calcetines y un paquete de tangas: los calcetines a dos coras y las tangas a dólar. En esa transición entre el trabajo sexual y el comercio informal, había noches en las que Mario no podía pagar el cuarto ni las comidas completas. Comía una vez en el día y, para dormir ocupaba el puesto de su amiga. Aun así, obtuvo ganancias con las que siguió alimentando el guardadito para comprar más calcetines y más tangas.

Los grupos de apoyo se convirtieron en norma. Ahora tiene que haber uno funcionando en cada hospital en donde se entrega terapia antirretroviral. Y se han levantado también como una de esas contadas oportunidades de empleo formal para personas con VIH, ya que al menos uno de los que integra el comité interdisciplinario debe vivir con este diagnóstico. Francisco Ortiz, director de Fundasida cree que esto abona a que los recién llegados tengan más confianza y se aferren más rápido a la idea de que el VIH no es una condena mortal, si se cumplen los protocolos.

Mario ya no está en las calles. Las dejó hace rato. Ya tampoco vende calcetines ni tangas ni nada que tenga que ver con ropa. Ahora empieza jornada a las 6 de la mañana y la termina entrada la noche. Tiene una plancha para hacer pupusas y varios carretones de minutas. Su negocio ofrece desayuno, almuerzo, cena y emplea a otras seis personas que conocen su diagnóstico y no lo discriminan. “A veces me dicen que no me creen que yo tengo ‘eso’; así, dicen que, aunque tenga ‘eso’, yo me veo más fuerte que ellos”, cuenta. Su carga viral, de hecho, es indetectable. Esto se alcanza con una adherencia religiosa al medicamento y a todas las recomendaciones. Mario mira hacia atrás y se siente satisfecho. Su lucha, sin embargo, sigue siendo una entre miles.

El informal puede llegar a ser un empleo de precariedad y riesgo físico en El Salvador. “Lo primero que hay que ver es si la persona no tiene garantizada la alimentación, tampoco va a poder ser adherente a un tratamiento que requiere disciplina. Sin fuente de ingresos hay un deterioro veloz que no depende solo de los medicamentos”, señala Hernández.

Roxana Arias cuenta que en los grupos y en las orientaciones se recomienda que las personas con VIH no elijan como negocio de subsistencia uno relacionado con comida. “Lamentablemente, hay gente que todavía piensa que el virus se puede transmitir por la manipulación de alimentos”.

Mario confirma que en el negocio que fundó de la nada, él se dedica a preparar los materiales como la masa y los frijoles de las pupusas, pero a escondidas, sin que los posibles comensales lo vean: “Por ese tipo de cosas, cuando ya abrimos, me quedo solo en caja, cobrando, así nadie dice nada ni piensa que si me hiero los voy a ‘contagiar’”.
A Ana Nieto este tipo de discriminación no le suena distante. Es la razón por la que en las empresas hay un trato hostil cuando se filtra que alguien vive con el virus. Lo alejan, no comparten mesa ni áreas comunes, como cafetería. “Las capacitaciones que vamos dando en empresas hablan sobre prevención de la transmisión, pero hace falta trabajo en que no se les discrimine”.

El Salvador recibe cada vez menos apoyo internacional para atender el VIH. Ana Nieto, desde la oficina del Programa Nacional que dirige, asegura que como país se ha cumplido con cada obligación y que la muestra es estable con acceso a medicamentos. Desde las ONG, sin embargo, se apunta hacia el vacío que hay en la eliminación de la discriminación y en el involucramiento de otras instituciones aparte del Ministerio de Salud, como los ministerios de Educación y de Trabajo. “Solo se está tomando en cuenta que la gente ya no se muere de sida y, claro, no se muere de esto, pero sí de hambre, porque a alguien que no tenga habilidades para comerciante, ¿qué le queda?”, pregunta Ortiz, de Fundasida.

Mario se sabe en una cumbre. Y sabe que, después, viene la bajada. No se atreve a calcular por cuánto tiempo más tendrá fuerzas para seguir al frente del negocio. Al margen del VIH, la vejez llegará y él no tendrá pensión. “Tengo una cuenta en el banco en la que voy depositando el guardadito, pero sé que si me sale una emergencia, voy a tener que agarrar de ahí; los antirretrovirales me los dan en el hospital, pero, a veces, tengo que comprar algún antibiótico que no tienen y en eso se gasta”. Hacia el frente, la angustia.

Corazón abierto y cerebro desabrochado

André, de cinco años y medio, acostumbra jugar Nintendo con su padre. Antes de comenzar el juego, su padre, Leonardo, quiso siempre que el niño ganara el derecho a ser primero en el juego. Uno de estos días quiso ver las reacciones del pequeño y se propuso ganar el primer lugar. Y así fue. “Gané, me toca jugar primero”, dijo el padre. Y André de inmediato le reclamó: “Me troleaste, papi”.

Una palabra que este ni la madre nunca habían usado, pero sin duda mi nieto lo escuchó de otros amigos mayores e incorporó el concepto en su chip mental. Este tipo de formación hacia nuevos conocimientos se ha hecho normal con el uso de estas tecnologías: en la calle, en la escuela, y en la escuela parvularia, a los de la Generación Alfa (nacidos en 2010 en adelante), hasta los llamados nativos digitales (nacidos en 1982-1994). Este tipo de habilidades parecieran ser “innatas”, como si el cerebro tuviera por nacimiento el chip incorporado, listo para hacer clic. Así lo he percibido en las nuevas generaciones y, en especial en mis pequeños nietos, como lo observé en mis hijos, ahora profesionales.

Tengo una fotografía del padre de André, ahora un profesional de alta vocación: observa el manejo de mi primera laptop elemental, que me donaron en Londres; aunque solo se llamaba en ese tiempo computadora portátil, allá por 1987. El padre de André ya hacía sus tareas de aritmética, porque desde niño había trabajado en una computadora tradicional que le llamábamos en ese tiempo “el tractor”. Ahora ese padre es doctor en Veterinaria de la Universidad Nacional de Costa Rica. En la actualidad otro nieto menor hace multiplicaciones al cálculo por uso tecnológico desde los tres años.

En verdad, las herramientas informáticas ya se extendieron a todos los niveles. Cada vez es más sorprendente su presencia en la vida familiar sin distinción de posiciones sociales, de niveles de estudio y, menos, de edades. Ha habido un manejo del usuario por la promoción mundial, cuyo mercadeo incluso es motivo de guerra económica entre las potencias avanzadas en el ramo.

Ante esa realidad falta incorporar ese uso a todo el sistema educativo, pero proyectando esos equipos informáticos y su conexión con el mundo hacia la creatividad, no se trata de consumir información sino de generar conocimiento y para eso hay que saber buscar. Pensar que los profesores van a “enseñar” la concepción digital es negar a la niñez y juventud su avance tecnológico. Hay otra manera de aprendizaje: debe ser entre iguales; se puede mediar o dialogar. En mi caso propongo y aprendo, incluso a la Generación Alfa (nacidos después de 2010). No para enseñarles sino para facilitarles el camino apto a las “aplicaciones”, orientadas a crear las posibilidades de cambiar una sociedad conviviente, pacífica, democrática, equitativa e inclusiva. Hacer ver que el juego informático con acceso a imágenes recreativas es también una forma de relacionarse de acuerdo al mundo tecnológico irrebatible.

Para los niños y niñas de ahora es más fácil hacer el trabajo que dar o recibir explicaciones (tenemos que entender esa ruta creativa), porque no es que tengan conductas absolutistas, sino que buscan con autonomía propiciada por su incorporación como nativos digitales a los avances de la ciencia y la tecnología.

Creer que los docentes van a enseñar un mundo digitalizado es un desacierto. Debemos apropiarnos de la tradición que desaparece ante nuevas modalidades informativas, que incluso borra el concepto de territorialidad porque la informática ha globalizado el conocimiento. Ya no son los 20,000 km cuadrados de nuestro mapa: el territorio es el mundo.

Esta verdad afecta las ideologías tradicionales. Por eso insistimos en una educación inclinada a la creatividad. Los procesos mentales se van renovando en la medida que el tiempo generacional transforma las comunicaciones que van más allá de nuestros deseos como Generación Silenciosa (nacidos antes de 1946), o incluso los llamados Baby Boomers (nacidos después de 1946). Elementos generacionales que no necesariamente inciden en los aprendizajes, también influyen diferencias regionales: no es lo mismo los que residen en el quinto mundo con los que viven en el primero. Pero el mercado es global. Por eso no es de extrañar los usos comunicacionales aun en las zonas deprimidas.

Y si esa es la realidad pongamos atención en el modo en que se está invirtiendo en las capacitaciones a los docentes, los contenidos, los recursos, los espacios de aprendizaje, y si estos responden a lo que pasa en la escuela. La tecnología es una valiosa herramienta, sí puede formar al usuario desde edades tempranas aceptando los usos como recreación, pero sin olvidar orientaciones creativas que harán una sociedad desarrollada. Aquí radica la importancia del diálogo entre generaciones.

A propósito cito una frase de las redes sociales: “Sueña tan grande que los demás crean que te falta un tornillo ¡o varios!” Así podría pensarse de los hallazgos tecnológicos cuando parecen incomprensibles hasta que llegan a nuestras manos. La idea es aprovechar sus “aplicaciones” al servicio de los sueños. Lo he comprobado desde la Generación Silenciosa (de 1946 para abajo, hasta ver a Dios. Es mi caso). Pero me siento satisfecho de haber propiciado el uso tecnológico para facilitar aprendizajes, crear y recrear, como primer paso a favor de mis nietos de la Generación Alfa (nacidos después de 2010); o los “posmillennials” (1995-2010). Ambos sectores representan el 32 % de la población mundial. El reto es reforzar los nuevos conocimientos incluyendo familia, educadores, comunicadores, catedráticos, facilitadores. A los de primera infancia y “posmillennials” debemos esperarlos con los brazos y el corazón abiertos, también con el cerebro desabrochado. Es la mejor forma de descubrir la realidad antes que la humanidad futura sea apabullada por la “niñofobia”.

Concluyo: se requiere percepciones lúcidas, no importa la edad, desde los Baby Boomers hasta los Alfa, como mi nieto, André. Los que deciden tienen que cambiar, en especial, para entender la pequeña infancia, sin olvidar que la tecnología es fuente de comunicación intergeneracional.

#CiutatiCiencia

Ciudad y Ciencia es el nombre de la bienal de Barcelona que durante cinco días acercó la investigación científica a la gente de a pie. Desde el jueves 7 de febrero, más de 70 actividades con 138 especialistas se llevaron a cabo “para orientar la mirada al futuro, a los retos a que nos enfrentamos y para participar del pensamiento científico”, según se narra en su página web.

Conferencias sobre la tabla periódica como referente cultural; diálogos sobre si más inteligencia artificial es menos inteligencia humana; talleres sobre mujeres, género y ciencia; exposiciones de fotografía para explicar la ciencia; instalaciones de arte y ciencia (que mezclan teatro, música y cine)… ¿Se imaginan hablar de la ciudad como un ente vivo, desde la arquitectura viva? Así se diseñan soluciones sostenibles de manera natural al trabajar de forma multidisciplinaria desde las tecnologías avanzadas en la biología sintética, ingeniería de sistemas vivos y química inteligente.

Reflexionar sobre la nanociencia y la salud fue posible en esta conferencia en que se discutió sobre nanoterapia (o liberación controlada de ciertos fármacos), nanomedicina regenerativa o nanorobótica. O sobre la nanomedicina del futuro, porque dicen que “la nanobioingeniería es la medicina del futuro”, y en este taller se experimentó en el diseño de fármacos o medicinas.

Ya no digamos organizar una hackatón de ciencia ciudadana, que ya en aquellos lares es una temática relevante en lo científico, lo social y lo político. El Liquen Data Lab estuvo al frente de este espacio para hackear el formato de una simulación parlamentaria desde los principios del ‘design justice’, que busca “asegurar una distribución más equitativa de los beneficios y las cargas que conllevan los procesos de diseño, una participación justa y significativa, y el reconocimiento de las tradiciones en cuanto al diseño, conocimiento y prácticas de las comunidades implicadas”, según se indica en el dosier de materiales didácticos del evento.

Dentro de lo que se busca es un diseño centrado en el usuario, en las comunidades que recibirían lo que se está creando, para lo que retoman también prácticas tradicionales o indígenas. Por ello, lo que se busca con actividades como esta es generar políticas públicas que mejoren la calidad de vida de la ciudadanía y de las diversas comunidades que se forman.

Esta bienal cerró el 11 de febrero, cuando se conmemoró por tercera vez el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia. La celebración busca visibilizar la labor de las científicas en diversas áreas para contribuir a que las más pequeñas tomen conciencia de labores que quizás aún no imaginan y que podrían ser su vocación profesional.

En Barcelona, como parte de las actividades que se programaron está 100tíficas a 100 escuelas de Cataluña, donde más de cien mujeres científicas y tecnológicas hicieron charlas simultáneas en sendos centros educativos en favor de las vocaciones científico-técnicas. La conferencia inaugural fue hecha por Ada Yonath, la doctora en cristalografía de rayos X, que hace 10 años ganó el Premio Nobel de Química.

Mujeres. Ciencia. Ciudades. Ciencia. Nanotecnología. Ciencia. Hackatones. Ciencia. #InteligenciaColectiva. Ciencia. ¿A cuánto estamos de que en El Salvador y en Centroamérica tengamos estos espacios de discusión y de celebración de todo lo que hemos alcanzado, pero sobre todo de lo que podemos alcanzar si trabajamos juntos?

3 F desde fuera

Se siente un poco extraño vivir el sentimiento electoral de El Salvador estando lejos. Acá la gente seguía su vida cotidiana como si nada, mientras yo estaba revisando redes sociales a cada rato: leyendo artículos, comentarios y tuits sobre cómo se iba desenvolviendo la jornada electoral el 3 de febrero pasado.

Esta era la primera vez que me tocaba vivir unas elecciones presidenciales desde afuera. Imagino que unos 10 o 15 años atrás, cuando todavía no teníamos el “boom” de las redes sociales como ahora, era mucho más difícil informarse. Ahora podemos dar seguimiento a cada noticia en tiempo real y hasta ver en vivo los debates presidenciales. Aún así uno no deja de sentirse lejos, casi ajeno. Yo lo comparo con la diferencia entre ver un partido de fútbol por televisión versus verlo en el estadio.

Ese 3 de febrero por ahí de las 9 o 10 de la noche ya era bastante claro que Bukele y su partido GANA iban muy por delante del resto, ya tenían ganadas las elecciones. Después de tres décadas de bipartidismo alguien había logrado romper con el péndulo de poder, por lo menos en el Ejecutivo, que habían concentrado ARENA y el FMLN. Desde afuera casi me parecía mentira. Recuerdo despertar el lunes y revisar mi teléfono para cerciorarme que, en efecto, GANA se había llevado las elecciones.

El candidato de GANA, en mi opinión, está muy lejos de ser lo que necesita el país. Ya llevamos décadas sin un presidente que tenga por lo menos educación universitaria, confiando solo en sus “buenas intenciones”. Sé que la educación no garantiza la ética, pero es lo mínimo que deberíamos de exigir de alguien que tome las riendas del país en el Ejecutivo. El tener a alguien con buenas intenciones pero sin aptitudes o la preparación adecuada para gobernar es una receta perfecta para un populismo cortoplacista que genera muchos más problemas de los que soluciona. Ambas cosas, la preparación académica y las ganas de servir no son mutuamente excluyentes. Enfocarnos y demandar de la oferta política solamente uno de estos atributos es ser mediocres. Podemos exigir y nos merecemos más.

A pesar de todo ya tenemos presidente electo. Por primera vez alguien que no responde a cúpulas partidarias tiene la oportunidad de desechar lo malo que se ha venido haciendo y continuar lo que ha venido funcionando de administraciones anteriores. También necesitará contar con apoyo legislativo, ya que los 11 diputados de GANA (13% de la Asamblea Legislativa) no son algo significativo para poder gobernar. El tender puentes con rivales partidarios requerirá de una actitud más conciliadora y humilde de parte de Bukele, lo cual quizá sea su reto más grande hasta ahora en su carrera política. Este también parece ser un punto de quiebre para los partidos tradicionales. El mensaje que ha dado la gente en las urnas es de “evolucionar o morir”. Aplicar las mismas estrategias, los mismos mensajes y seguir con las mismas caras asegurará la extinción merecida de ARENA y el FMLN.

A los ciudadanos nos toca ser más vigilantes. Tenemos a un presidente electo que tiene muchas cosas por las cuales responder, como el financiamiento de su campaña y las investigaciones en proceso en la Fiscalía, y un comportamiento que para muchos es antidemocrático. Por mi parte, estando lejos, veo el panorama muy complicado. Espero equivocarme en mis sospechas y que el país dé un giro para que los salvadoreños tengan menos razones para irse del país y quienes estemos afuera tengamos más razones para regresar.

Carta Editorial

La discriminación a las personas que viven con VIH sigue siendo una realidad. Por encima de todos los avances médicos y administrativos que han estabilizado la entrega de los medicamentos antirretrovirales, esa otra parte, que tiene que ver más con la educación y la empatía, sigue siendo un lastre.

Una de las maneras en las que más impacta es en el acceso a oportunidades de desarrollo. Por ejemplo, solo dos de cada 10 personas mayores de edad que viven con VIH cuentan con un empleo que les da acceso a un ingreso económico constante, a seguro social y pensión. Es necesario aclarar que muchas de ellas están contratadas en puestos que guardan relación con cómo prevenir o cómo vivir con este diagnóstico. Fuera de esta especie de campo conquistado, en la empresa privada y en el mismo Gobierno las oportunidades son muy limitadas.

Cuesta dar crédito a representantes de asociaciones cuando señalan que han escuchado testimonios sobre gente que sigue creyendo que hay un riesgo de transmisión por manipulación de alimentos. Pero en el despacho de las autoridades de salud pública, el cuento no es diferente. Ahí, en donde se manejan los hilos de la estrategia para el abordaje médico, también se habla de un tipo de discriminación que impera en empresas o instituciones en donde los empleados se niegan a compartir mesa o espacios comunes con alguien que vive con VIH. En estas actitudes queda claro que el miedo sin fundamentos no ha sido derrotado.

El VIH no es una condena a muerte, pero aún es una condena social. Los antirretrovirales, siempre que se aborden con disciplina, otorgan bienestar físico. ¿Y de ahí? ¿Es la norma vivir abiertamente con VIH y optar por oportunidades de estudio y empleo? No.

La misión todavía no está completa. Falta alcanzar el éxito en la parte más difícil.

“Los títulos y las carreras no son para esconderlos”

¿Cómo inició su interés por la ciencia?

Cuando tenía 19 años llegaron del Servicio Meteorológico Nacional a reclutar gente a la Universidad de El Salvador. Dijeron que las mejores notas iban a ser seleccionadas. A 12 nos dieron plaza y aunque entramos cinco mujeres, solo quedé yo de ese tiempo.

¿Qué le aconsejaría a otras mujeres interesadas en un campo científico?

Tener deseo de superarse a través del estudio. En mi familia éramos de escasos recursos, pero nos inculcaron que solo estudiando podríamos salir adelante. Desde el bachillerato yo ya tenía beca. Me exoneraron los seis colones de cuota, porque ni eso podíamos pagar. Y de ahí toda mi carrera meteorológica ha sido auspiciada por las entidades mundiales.

¿Quiénes han sido sus referentes en la vida?

Dios, mis padres, mis hermanos.

¿Cómo se enfrenta a las críticas?

Mis padres me criaron con autoestima alta. Tengo satisfecho mi interior por todas las cosas que he hecho.

¿Qué es lo que más disfruta de su trabajo?

Que toda la gente me pregunta si va a llover o no… ja,ja,ja. Me ven en la calle y me preguntan. Yo siempre me tomo el tiempo de explicarles. Los títulos y las carreras no son para esconderlos ni para nosotros mismos. Tienen que serles útiles a alguien. Pero mis satisfacción más grande es haber abierto el camino en esta rama de la ciencia para muchas mujeres.

¿Qué otra carrera habría considerado?

Siempre soñé con ser piloto.

¿Qué le hace falta a El Salvador?

Que todo lo que hacemos esté al servicio del pueblo y no al servicio de otros intereses.

HIDROPONÍA MÁGICA (3)

LA GRAN AVENTURA

Habíamos caminado muchas horas, sin descanso. Salimos de la huerta, cruzamos el sembradío, atravesamos la aldea, subimos la colina, recorrimos la duna, llegamos a la playa. Enfrente, el mar hablaba con fervorosa elocuencia de espuma. Entonces, nos arrodillamos como ante un altar. Una mano invisible nos fue conduciendo dentro del agua, que tenía toda la frescura de las verdades inmutables. Y antes de que al agua nos cubriera, nos dijimos al unísono:

–¡Buenos días, amor!

DIÁLOGO INTEMPORAL

Inmediatamente después de ver el reportaje televisivo, te anuncio:

–Viajaremos en A380.

Tú me aclaras:

–El año próximo estará disponible ese maravilloso Airbus en Singapore Airlines.

Puntualizo, sorprendido:

–¡Yo hablaba en metáfora nostálgica! Hace 100 años que comenzó a volar el A380.

Tú me preguntas entonces:

–¿Qué canal estamos viendo?

–The History Channel –te respondo.

–¡Ah, esa es la confusión! –me explicas–. Yo estoy viendo las últimas noticias por CNN.

UN TRAVIESO ARGUMENTO

–Me cuesta mucho creer en Dios…

–Ahí está el error: pensar que la cuestión es de fe.

–¿Y entonces?

–La cuestión es de duda.

–Dudo de Dios.

–Luego, Dios existe.

–¿Qué diría Descartes?

–Que diga misa.

MORALEJA CON ALAS

El abejorro zumba insistentemente alrededor del cristal cerrado de la ventana. Afuera están abiertas las flores propias de la estación. De pronto, alguno de nosotros pregunta:

–¿Qué buscará el abejorro dentro de la casa?

Y alguien responde:

–Busca lo que le es imposible alcanzar.

Y alguien más filosofa:

–Entonces, el abejorro es perfectamente humano.

PASEO DOMINICAL

Tomó de la mano a su imagen y se fue a deambular con ella dentro de sí mismo.

DESCRIPCIÓN DEL SITIO

Estamos sentados alrededor de la mesa, con las manos abiertas sobre su superficie. Y uno de nosotros indaga:

–¿De qué bosque será la madera con que construyeron esta mesa?

Otro supone:

–Quizás del bosque mental.

El que está a mi lado –que podría ser mi otro yo—exclama:

–¡Exacto! Porque nos hallamos ante una mesa de bruma.

ESCENA CLAVE

Se puso las botas y se encajó el pasamontañas. Luego se cubrió la cabeza con un sombrero peliculesco. Entonces pasó al escenario. Todo estaba listo para iniciar el rodaje. Se oyó una voz que tenía el acento de los mensajeros celestes:

–¡El que esté libre de palabras sordas que suelte la primera bala!

ESTABA ESCRITO

¡Lo intuíamos, lo adivinábamos, lo sabíamos: la única oración que perdura es el silencio!

EL DIÁLOGO MÁS ANTIGUO

–¿Falta mucho para que amanezca?

–No lo sé: aquí todas las ventanas están cerradas.

–¿Dónde?

–En el ático de la conciencia.

ENIGMAS DEL MOMENTO

Mi madre está presente esta tarde, en su sillón de siempre, junto al jardín que ella misma cultiva. Hay una rosa deslumbrante en la cumbre del rosal.

–¿Ha visto esa rosa, mamá? –le pregunto–. Es de su rosal favorito.

Ella mira hacia la rosa, y luego vuelve la mirada hacia el entorno interior de la sala. No estoy seguro de que haya reparado en mi presencia.

–Estoy reconociendo el lugar –parece explicarse a sí misma.

Ante esas palabras, casi me animo a recordarle que esta es su casa, que ese es su jardín, que aquí está lo suyo. Su música, sus libros. Sus perros. Y yo, su hijo. Pero me detengo. Vuelvo la mirada hacia la rosa magnífica, y tengo la súbita sensación de que la rosa me sonríe…

EL JARDÍN NUNCA DUERME

Anoche quedó prendida una luz en el jardín. No hallé cómo apagarla. Y hoy he descubierto la razón de eso: esa luz es mi ilusión de dormir al desnudo entre los árboles y las plantas, como en la mejor placenta del espacio.

Desperté feliz.

Los eslabones más débiles de la cadena del narcotráfico

Fotografía de CONNECTAS

Elena tenía 20 años cuando aceptó ser ‘tragona’, y dos hijos, uno de tres y otra de un año. Cuando emprendió el viaje, en enero de 2018, la bebé aún era amamantada. Dejó a sus hijos a cargo de su hermano menor, de 17 años. También le dejó a su cargo a su otro hermano, de siete años, y quien fue la razón para tomar el ‘empleo’ de ‘tragona’. “Acepté llevar ovoides por necesidad económica.

Necesitaba para comprar una válvula para mi hermano que tenía desnutrición grave y no se alimentaba normal por una malformación cerebral congénita”, dice Elena. Como la mayoría de las mujeres utilizadas como correos humanos por el narcotráfico, Elena es de Cochabamba y es madre soltera. Tenía un empleo parcial limpiando casas en el que le pagaban 600 bolivianos mensuales ($87). Le prometieron mil dólares por hacer el viaje, lo que es igual a 3.3 salarios mínimos en Bolivia y multiplicaba por 10 sus propios ingresos.

“Me lo ofrecieron en un bus. Conocía a un señor que era del mismo lugar de donde yo vivía. Él me ofreció, me dijo: ‘Yo trabajo con eso, si querés yo te hago conseguir’ y me dio un número. Era una persona mayor que yo conocía desde que era niña. No sé (si se dedica a reclutar mujeres), pero yo creo que sí (…). Lo pensé como tres semanas, pero él me presionaba, me llamaba, me preguntaba si lo iba a aceptar: ‘¿Lo vas a llevar?’ y, al final, sí lo acepté porque era lo necesario. Necesitaba para mi hermano”.

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DESPUÉS DE LA SEPARACIÓN DE SU MARIDO, Celia Casorla perdió la tuición de sus hijos y tuvo problemas de alcoholismo. También perdió la motocicleta que usaba para trabajar como taxista en Cochabamba. “Me sentía mal, vacía. Me hacían falta mis hijos, no querían hablar conmigo. Me rechazaban (la llamada por) el celular. Y me dediqué a la bebida. Bebí, bebí, bebí, bebí, durante todo un año. Al siguiente año… ya las deudas… al final, se me venció el alquiler. Y yo, tomando nomás”.

Celia escuchó que se “ganaba bien llevando”, así que un día decidió contactar a un traficante. “¿Conoce alguien que trabaje con doña Blanca?”, preguntó en varios tugurios de Cochabamba, hasta que llegó al hombre que le ofreció su primer ‘contrato’. Celia fue llevada por el narcotraficante a Pisiga, en la frontera con Chile. Ahí la hicieron tragar los ovoides. “No podía, te juro que lo vomitaba. No podía tragar. Te duele la garganta. Y qué dije: Ya que no pude dar nada a mis hijos y me dediqué a la bebida, lo voy a hacer por mis hijos, nada más por mis hijos, voy a pagar toda mi deuda y voy a hacerlo por ellos. Cada vez que no podía, tenía que acordarme de eso. ¿Sabes tomar bebida? toma esto. Y tomé. No pude todo. Me faltaba como un cuarto de kilo. No pude y le dije al señor ese: ‘Aunque no me pague todo, aunque sea la mitad me sirve, pero no voy a tomar más. No puedo más, mi cuerpo no quiere, yo quiero, mi cuerpo no quiere. ¿Qué quiere que haga?’ ‘Ya po’ vamos entonces’, me dijo”.

Un kilo de cocaína pura cuesta en Bolivia unos $2,200. A las ‘tragonas’ (quienes tragan ovoides de cocaína) y ‘mulas’ (quienes llevan la droga en maletas o fajadas a su cuerpo) les pagan hasta $1,500 por llevar ese kilo desde Bolivia hasta Santiago de Chile, donde se venderá a $15 cada gramo. Es decir, los narcos pueden obtener $15 mil por el kilo si es que la venden tal como llegó. Pero, en la gran mayoría de los casos, la cocaína es mezclada con otros productos como yeso o talco para aumentar la ganancia.

Pago. Un kilo de cocaína pura cuesta en Bolivia unos $2,200. A las ‘tragonas’ y ‘mulas’ les pagan hasta $1,500 por llevar ese kilo desde Bolivia hasta Santiago de Chile.

Las transportadoras en algunas ocasiones son acompañadas dentro del bus por un vigilante de la mafia. En otras les toman una fotografía en la terminal de buses en que se embarcan y se les entrega un teléfono celular viejo. Al llegar a la terminal de buses de destino, alguien más las espera y las lleva a una casa de seguridad. Las declaraciones de las mujeres, consignadas en las sentencias judiciales en Chile, dan cuenta de estos mecanismos.

“Viajé a comprar telas a Oruro, se me acercó una señora que me ofreció un trabajo de traslado de droga hasta Iquique. En la terminal me esperarían y me pagarían $300. La señora me tomó una fotografía para reconocerme. Debía entregar el paquete en el terminal de Iquique a esta misma persona” (extracto de declaración de C. P. H, de 30 años, quien estuvo un año presa en Chile antes de ser expulsada). “En la terminal de Iquique conocí a una señora de nombre Margarita que me entregó mil dólares y ‘100 chilenos’ por trasladar cuatro paquetes de droga hasta Calama; esta señora compró los pasajes para viajar, me esperaría en el terminal de Calama y me sacó una foto con su celular” (extracto de declaración de E. R. L., 38 años, condenada a cinco años y un día de pena efectiva).

“En Pisiga dos personas me entregaron la carga y me dijeron que debía pasar la ‘tranca’. Me levanté y empecé a caminar, cuando sale una patrulla, me asusté y corrí, no pude escapar. Le dije a los señores que me suelten, que no es mía, que me la entregaron unos señores en Pisiga. No me creyeron y me encerraron (…) Me iban a pagar $1,000 en la terminal de Iquique, pero no me pagaron nada. Estoy encerrada 12 meses (…) Ellos fueron el día de mi cumpleaños a mi casa, les cuento los problemas de salud de mi hija y que costaba 8 mil bolivianos, ellos piden mi número y me llaman el 17 de septiembre, diciéndome que fuera a la frontera y ahí me pasaron la droga; me llamaban por teléfono. Cuando me detuvieron me encontraron dos teléfonos pequeños, el otro me lo dieron” (extracto de declaración de F. J. C., de 43 años, estuvo presa un año y dos meses antes de ser expulsada).

“En la terminal de Iquique conocí a una señora de nombre Margarita que me entregó mil dólares y ‘100 chilenos’ por trasladar cuatro paquetes de droga hasta Calama; esta señora compró los pasajes para viajar, me esperaría en el terminal de Calama y me sacó una foto con su celular”.

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FRANCISCA FERNÁNDEZ es antropóloga y perita de la Defensoría chilena. Esa entidad le encargó un estudio sobre los perfiles de las mujeres indígenas extranjeras condenadas en cárceles del norte de Chile. Por meses recorrió las cárceles y entrevistó a condenadas, principalmente bolivianas. Para Francisca Fernández, estas mujeres son utilizadas como material desechable por las bandas y lo ejemplifica con uno de los casos que conoció: “Tres mujeres van sentadas juntas en el bus y llevan las mismas zapatillas blancas, nuevas, con una planta alta. Era evidente que, si las vestían así, iban a ser revisadas”. La antropóloga presume que fueron enviadas para desviar la atención de los policías, mientras que al mismo tiempo por alguno de los cientos de pasos clandestinos se ingresó un cargamento más grande.

La Defensoría ha notado que en varios casos la droga es llevada tan burdamente, que es como si alguien quisiera que fuera descubierta. Para la entidad, es posible que las bandas estén usando a personas pobres para concentrar los esfuerzos de los policías en un punto, mientras se ingresan grandes volúmenes de droga por otro; o que se trata de ‘falsos 22’, un concepto que refiere el número del artículo de la Ley 20,000 (contra el narcotráfico) sobre la cooperación compensada, que algunos narcotraficantes utilizan para disminuir sus condenas.

En Chile un ‘falso 22’ es la persona que fue contratada para llevar droga o ‘cargada’ con ella, sin saber que será delatada por un narcotraficante ya preso. El narcotraficante lo delata para así acceder a beneficios. Hay casos documentados por la Defensoría respecto a ‘falsos 22’, como el de un agricultor de Oruro que solo hablaba fluidamente quechua y que fue cargado con droga en un hostal de Antofagasta. Estuvo nueve meses preso. Otra causa que llama la atención es el de una mujer quechua que cumple una condena por narcotráfico en Chile desde hace cuatro años. Ella es uno de los pocos casos de mujeres bolivianas reincidentes. Según los documentos de su causa, la condenada tiene una deficiencia mental y es analfabeta. Fue descubierta por segunda vez portando droga en 2014, en la aduana El Loa, mientras viajaba en un bus. Su primera detención había sido en la misma aduana, por lo que un funcionario la reconoció. Llevaba la cocaína en una pizzera eléctrica.

Si son distractivos o no, es difícil comprobarlo. Pero una cosa es segura, son tantas las mujeres detenidas y tanta la droga decomisada que, si el narco sigue apostando por la vía de las ‘mulas’ y ‘tragonas’ para enviar droga al sur, es porque sigue siendo muy rentable.

Gabriel Carrión, jefe de estudios de la Defensoría Regional de Tarapacá, la región de Chile donde hay más bolivianos y bolivianas capturados por narcotráfico, sostiene que la política persecutoria en Chile no busca a los propietarios de la droga, sino que se centra en los flancos débiles y descartables, los transportadores al por menor. “Los fiscales optan por una opción práctica: buscan condenar a quienes llevan la droga, y si les preguntan por los dueños de la droga, explican que no les corresponde (perseguirlos) porque tendría que realizarse una investigación extraterritorial”.

Un kilo. Un ovoide contiene 10 gramos de cocaína. Las mujeres ingieren 100 ovoides para así trasladar 1 kilo de la droga dentro de su cuerpo.

Aunque las Policías chilena y boliviana afirman que sí se comparten entre ellas la información recopilada en las detenciones de ‘tragones’ y ‘mulas’; la Fiscalía de la región chilena de Tarapacá reconoce que no se han realizado investigaciones transnacionales. El fiscal regional de Tarapacá, Raúl Arancibia, dice: “Hasta la fecha en la región no hemos tenido investigaciones de tráfico de droga en la que hayamos trabajado con la Fiscalía boliviana”.
Aunque el conflicto data de principios del siglo XIX, cuando Bolivia perdió su salida al océano Pacífico en un conflicto bélico, estos países suramericanos –vecinos por 850 kilómetros de frontera– desde hace 40 años tienen rotas sus relaciones diplomáticas. En marzo de 1978 retiraron a sus embajadores y en los últimos cuatro años el ambiente se enrareció aún más, luego de que Bolivia interpusiera una demanda ante la Corte Internacional de Justicia en La Haya para obligar a Chile a dialogar sobre una salida soberana al mar.
Esta situación llevó a que una reunión para hablar justamente sobre temas fronterizos, entre ellos la lucha contra el narco, fuera suspendida. El 3 de septiembre, dos días antes del encuentro, Chile dijo que las condiciones no estaban dadas para la cita y un mes después, 1.º de octubre, La Haya falló en contra del pedido boliviano. Desde entonces los líderes de ambos países se lanzan dardos por las redes sociales y medios de comunicación sin concretar una agenda bilateral.

Celia Casorla recuerda que el primer carabinero que se subió al bus se acercó a ella y le preguntó qué llevaba en la botella de yogur. —Yogur, obvio –le contestó. —Entonces tome un sorbo –le dijo el carabinero–. Celia abrió la botella tratando de que no se le notaran los nervios y tomó un trago grande. La cocaína iba al fondo del frasco, envuelta en plástico y bien apretujada. No se soltó. El carabinero continuó de largo y Celia respiró un poco más tranquila–.

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ELENA TRAGÓ GRAN PARTE de los ovoides en Oruro, Bolivia, y viajó hasta la frontera acompañada de un vigilante del dueño de la droga. En Pisiga tragó el resto de los ovoides en un hostal clandestino donde pagó 25 bolivianos por pasar la noche, aunque esa noche no durmió.

En la madrugada cruzó hacia Chile por un costado de la Aduana. Al lado de esa Aduana hay una pampa eterna que tiene varios apodos puestos por los lugareños del pueblo de Pisiga. “El hueco” y “la tranca” son los más comunes.
Caminó por la misma ruta usada por los contrabandistas de frutas y verduras, de ropa, de automóviles, de droga y los coyotes que llevan migrantes hacia ‘el sueño chileno’. Llegó al amanecer hasta un pequeño paradero de buses en el pueblo de Colchane, Chile, donde unas comerciantes con polleras ofrecen sus productos a los viajeros. Elena tomó el primer bus a Iquique; y en Iquique, otro más hacia Antofagasta. Ya llevaba más de 24 horas con los 98 ovoides en su estómago. En ese tiempo no pudo tomar más que agua y refresco. Comer algo sólido le haría expulsar la codiciada carga.

En el control aduanero El Loa, a 3 horas de su destino final, la revisó un funcionario de Aduanas. —¿Estás llevando los huevitos? —No, no, no. —Estás llevándolos, tienes que decirlo, estás muy nerviosa. “Luego me dijo que lo reconozca por el bien de mis hijos, que esto no era permitido y que lo aceptara, y que me iba a ayudar en algo si lo aceptaba. Al final lo reconocí. Ya no podía más, mi conciencia ya no me dejaba y dije: ‘Sí, estoy llevando’”.

Falso 22. Es la persona que fue contratada para llevar droga sin saber que será delatada por un narcotraficante ya preso. El narcotraficante lo delata para así acceder a beneficios.

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SER UN PASAJERO boliviano en un bus dentro de Chile es ser sospechoso y, por ende, las posibilidades de ser revisado por la policía son mayores. María Avendaño estuvo presa en Chile dos años y seis meses, hasta que fue absuelta. En 2007 fue detenida en un bus cerca de la frontera, mientras viajaba con su hijo. La acusaron de ser la dueña de una maleta que portaba 23 kilos de cocaína y un overol blanco de hombre.

Después de que la maleta fue encontrada en medio de una revisión rutinaria, la policía le preguntó al auxiliar del bus quién era el propietario, y este aseguró que era María. Ella lo negó. No le creyeron y fue apresada.
Para la Defensoría Penal Pública este caso es un ejemplo de un trabajo policial mal realizado y de agentes gubernamentales dejándose influenciar por los prejuicios. “No se levantaron huellas desde el bolso o muestras de ADN para vincular de alguna forma a la imputada con la propiedad del equipaje”, explica la Defensoría Penal Pública en el documento Proyecto Inocentes, que recopila historias de personas detenidas por error en Chile.
El hijo de María, médico de profesión, fue dejado en libertad, pero debió quedarse a vivir en Chile para no alejarse de su madre. Trabajó dos años y medio en una farmacia hasta que su madre, quien fue sometida a un juicio oral, fue absuelta.

De haberse declarado culpable, María Avedaño podría haber estado mucho menos tiempo en prisión. A lo mucho 431 días. Los bolivianos que reconocen culpabilidad en delitos con penas inferiores a los cinco años de prisión pueden acceder a la expulsión del territorio nacional, con la condición de no volver a Chile durante un periodo de 10 años. El 93 % de las 325 bolivianas condenadas en el norte de Chile, entre 2017 y el primer trimestre de 2018, accedió a este beneficio. Ellas tuvieron un tiempo promedio de encarcelamiento de 7.5 meses, esto según un análisis de las sentencias del Poder Judicial contra mujeres bolivianas en el norte de Chile en 2017 y primer trimestre de 2018.

“Son mis hijos, quiero estar con ellos, su infancia me la estoy perdiendo. La adolescencia no es lo mismo. Cuando son niños te dan besos, abrazos, sin vergüenza, y cuando grandes lo primero que van a decir es: “¿Por qué me vienes a pedir ahora, si cuando era niño ni siquiera estabas?”

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SEGÚN LOS DATOS de la Defensoría de Tarapacá, un 58 % de las 180 mujeres bolivianas condenadas en 2017 declaró ser indígena. En su mayoría fueron recluidas en la cárcel de Alto Hospicio, a 230 kilómetros de la frontera con Bolivia.
Alto Hospicio es una de las comunas más pobres de Chile. Está en el puesto 76, entre 90 ciudades, en el Índice de Calidad de Vida Urbana realizado por la Universidad Católica de Chile. Nació como un conjunto de ‘tomas’ en el sector alto de la ciudad de Iquique y está unida a esta por una sola vía que culebrea por la Cordillera de la Costa.

No es una comuna turística como la vecina Iquique, sino más bien industrial, pero a pesar de lo agreste del paisaje, las mujeres bolivianas que llegan hasta la cárcel de Alto Hospicio tienen algunas ventajas si se compara su situación con la de sus coterráneas que caen en otras prisiones chilenas. La primera es que en ese penal hay más bolivianas presas que de cualquier otra nacionalidad, incluida la chilena, lo que les significa sufrir menos episodios de discriminación de parte de otras internas. “Ellas conforman comunidades de connacionales”, afirma Gabriel Carrión, abogado de la Defensoría chilena.

Usados por el narco. Un total de 1,265 bolivianos estaban recluidos en Chile durante 2017, el 92 % debido a delitos relacionados con el narcotráfico.

Otra ventaja es que en la región de Tarapacá, la Defensoría creó una unidad especializada en la defensa indígena, lo que permite contar con intérpretes en algunos casos en que las mujeres imputadas no hablan español. Gabriel Carrión explica que su organismo debió contratar un defensor especializado y una facilitadora intercultural, lo que ha permitido reducir los tiempos de tramitación de las causas y, sobre todo, que las mujeres accedan a información. “Es que por regla general la mujer boliviana cumple las reglas y la disciplina. Es de bajo perfil. Tanto así que a veces ni siquiera se dan cuenta de las vulneraciones”, advierte Carrión, quien también es boliviano.

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“CASI TODOS LOS DÍAS hay alguna detención”, asegura el sargento Ramiro Ahumada, de la brigada de Carabineros encargada de la persecución del narcotráfico, el O. S. 7. “En la madrugada siempre cae algo”, agrega.
El sargento Ahumada ha prestado sus últimos años de servicio en el control carretero en Huara, un pueblo rodeado de nada a 100 kilómetros de la frontera con Bolivia. Ahí se encarga de revisar los buses que bajan desde el altiplano.
—Es experto en detectar a los que vienen con ovoides, los reconoce al tiro –dice el teniente Gustavo O’ Ryan, su superior jerárquico en el O. S. 7, pero que parece más joven que el sargento Ahumada–.
—Es que vienen con señales que uno ya detecta con la práctica, obviamente no le puedo dar los detalles –dice el sargento con una leve sonrisa de orgullo. Algunos rasgos característicos de una persona que lleva ovoides en su cuerpo son: sequedad en la boca y los ojos, producto de la deshidratación. Además de hinchazón en la barriga. Y nerviosismo–.
—Lo que da más pena es cuando las mujeres vienen con niños. A veces con guagüitas de ocho meses. Hay que decirle a una mujer carabinera que se quede con los niños mientras se hace el procedimiento. Los niños no tienen la culpa de lo que hacen los padres –dice el sargento–.

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CUANDO DETUVIERON a Elena la llevaron hasta un container, justo frente a la Unidad de Urgencia del Hospital Regional de Iquique. Ahí estuvo dos noches, mientras evacuaba los ovoides.
En el container debió estar sentada todo el tiempo en una banca. No había camillas donde recostarse. Le dieron agua y sopas. Nada sólido. De esa forma se evita que los ovoides salgan muy sucios.
—No es solo desagradable para los detenidos estar ahí –dice un policía–. —Hay que sacar los ovoides con guantes de la bacinica y lavarlos. El olor dentro, sobre todo cuando hace mucho calor, es desesperante –describe–.
Mientras estuvo en el container, Elena vio pasar a otros cuatro detenidos por ahí. Tres hombres y una mujer. Todos ellos bolivianos. Después de que evacuó el último ovoide, le dijeron que tenía derecho a avisar al consulado boliviano de su situación para que este, a su vez, avisara a su familia en Bolivia. Como la mayoría de las ciudadanas bolivianas que son detenidas en Chile, Elena prefirió que no. Durante los meses que estuvo en la cárcel en Chile, no habló por teléfono con ellos ni recibió visitas.
—Yo pedí al consulado que no avisaran. Ellos van a querer venir, yo sé que no tienen plata para venir acá y esa plata sirve para mis hijos o mi hermano. Elena no tuvo noticias de su familia, excepto por una.
—Me llegó una carta de Bolivia, que una señora me la trajo. Yo le mandé una carta a su hija, su hija habló con mi hermana y mi hermana me mandó la carta y me mandó plata. Es mi hermana mayor. En la carta decía que mi hermano menor, el de la enfermedad, falleció. Ahí me enteré que mis hijos estaban con ella y mi otro hermano también. Mi hermano pequeño, que era como mi hijo, falleció el 2 de julio.

Después de tomar el sorbo desde el envase de yogur, Celia Casorla respiró más tranquila. Hasta que unos asientos más atrás los policías descubrieron a un hombre boliviano con droga. Una policía volvió a sospechar de ella y la hicieron bajar del bus.
—¿Qué lleva ahí?
—Yo creo que ya sabe qué es.
—¿Sabía que por esto va a ir detenida?
—Sí ya sé.

***

“SIEMPRE DIGO: ‘Yo iba a pasar’”, exclama Celia Casorla al recordar el día que la detuvieron en el control carretero de La Negra, a la salida sur de la ciudad de Antofagasta, el 10 de diciembre de 2017.
Sobre la garita de La Negra, dice que la mayoría de sus compañeras en la cárcel cayó ahí mismo. “Dan ganas de quemar ese lugar”, recalca entre risas.

La cárcel femenina de Antofagasta –donde Celia pasa sus días desde que la atraparon– es un exconvento que aún tiene una figura de la virgen en el hall de la entrada. Su patio interior mide 12 metros de largo por 6 de ancho. Las mujeres visten chalecos y polainas de lana. Conversan. Unas ríen. “Sáqueme una foto, quiero salir en la tele”. Una se seca las lágrimas en una esquina, mientras una amiga la consuela. Algunas tejen. Otras están en círculo escuchando a un hombre de unos 50 años que tiene una biblia en la mano. El patio es húmedo, frío, estrecho, rodeado de alambres de púas, pero está pintado de rosado.

Detrás del patio están las ventanas de las celdas. En los barrotes cuelgan polleras, calzones y sostenes. “El espacio para colgar ropa es muy pequeño, así que la ropa interior la cuelgan ahí”, explica una gendarme. Además, en esas ventanas llega mejor el calor del sol.

Las sillas del patio son iguales a las de cualquier escuela pública. Uno de los respaldos de las bancas tiene este mensaje: “Patio Bolivia”. La frase fue escrita con plumón negro. Después de las chilenas, las bolivianas son la nacionalidad más común en esta cárcel. “Somos 20 bolivianas aquí”, comparte el número exacto Celia.
A ella la descubrieron porque el auxiliar del bus en que viajaba alertó a los carabineros de La Negra que un pasajero, que estaba sentado más atrás que ella, olía a excremento. El viajero había expulsado ovoides en el baño del bus y se los guardó. Sospecharon de Celia porque tenía una botella de yogur de la misma marca que la del pasajero descubierto. “Algún día me voy a encontrar con el muchacho y le voy a decir: ‘Por qué no te limpiaste bien el culo, yo estuve en la cárcel’”.

Maribel, de 25 años, fue detenida en Santiago el 24 de julio de 2017 y 12 meses después fue puesta en la frontera, expulsada de Chile y con orden de no ingresar a ese país en un plazo no menor a 10 años. Es de Potosí, una de las zonas más altas de Bolivia –a 4,067 metros sobre el nivel del mar–, pero confiesa que, al llegar a la frontera, a 3,695 metros sobre el nivel del mar, después de estar tanto tiempo en Santiago, se sintió un poco mal. La llevaron en un jeep de la Policía de Investigaciones, acompañada de cuatro agentes. De Chile no se lleva buenos recuerdos. Dice que en la cárcel donde estuvo, el trato no era bueno y no estaba acostumbrada a la comida. Asegura que el viaje a Chile lo hizo para juntar dinero y estudiar Ingeniería en la universidad. Le ofrecieron $1,500. “Sí, estoy arrepentida”, dice lacónica y con una breve sonrisa muy tímida.

Junto a ella, está Carmen, de 27 años, quien fue expulsada el mismo día. En su caso asegura que la cesantía la llevó a aceptar transportar la droga. “Tengo tres hijos, llevaba un año sin trabajo, en Chile había trabajado en la fruta, en Melipilla. Me ofrecieron llevar a Santiago y me darían $1,500. Eso son como seis meses de sueldo en Bolivia”.
Ambas no se conocían en Potosí, pero hicieron el viaje juntas y fueron atrapadas en el mismo hospedaje de Santiago, mientras estaban evacuando. En ese procedimiento también cayó preso un chileno, quien era el encargado de recibir la droga y pagarles. El chileno estuvo seis meses en prisión y salió a la calle, con libertad vigilada, mientras que las jóvenes bolivianas estuvieron el doble de tiempo en la cárcel.

Maribel y Carmen fueron expulsadas el 1.º de julio de 2018. Esa misma semana el Gobierno chileno anunció la aceleración de los procedimientos de expulsión de extranjeros infractores de ley. Las imágenes en la televisión mostraron cómo por el mismo paso fronterizo de Colchane-Pisiga fueron expulsados cientos de bolivianos que llegaron en buses procedentes de distintas cárceles de Chile. La causa de su encarcelamiento era la misma: ‘tragones’ o ‘mulas’.

Según el Ministerio del Interior de Chile, entre 2013 y 2017 fueron expulsados 6,185 extranjeros.
Esta lista la encabeza Bolivia con 3,070 deportados. Le sigue Perú, con 1,214; y Colombia, con 1,174.

Aunque más del 90 % de los casos las condenadas bolivianas por narcotráfico son expulsadas de Chile, y así ese país se ahorra los más de mil dólares mensuales que cuesta al Estado mantener un preso, Elena está preocupada porque su juicio aún no se realiza. Es julio y ya ha pasado casi medio año desde que fue detenida. Según ella, al magistrado que vio su caso no le gusta dar expulsiones antes de que la detenida pase por lo menos seis meses en la cárcel.
—El tribunal dijo que yo tengo que cumplir los seis meses, y que él no aceptaba un (juicio) abreviado antes de los seis meses. Eso entendí porque ahí hablan muy rápido y no se entiende. No puedo decir nada, no tengo opinión de nada ahí, nos traen de vuelta aquí a la cárcel, al hogar, dulce hogar, le decimos.

Un abogado defensor comenta que algunos jueces están actuando así porque consideran que si a los transportadores de drogas se les expulsa muy rápido “no aprenden la lección”.
—Pero yo no lo volvería hacer por nada. Porque yo necesito estar con mis hijos. Yo sé que ellos son chiquitos y todo lo que he hecho, y me arrepiento mucho de cometer este ilícito, por traer aquí todo eso, era por necesidad –dice Elena–.
Durante esta investigación se revisaron 325 sentencias de mujeres bolivianas condenadas por narcotráfico en cárceles del norte chileno. En el 98 % de los casos ellas nunca antes habían cometido un delito, ni en Chile, ni en Bolivia, ni en ningún otro país, tal como Elena.

“La policía nos llevó a los que estábamos allí a una sala del hospital para que veamos a un hombre que se estaba muriendo porque se le habían reventado las cápsulas en su estómago. Quería que veamos las consecuencias de lo que habíamos hecho. Nos decía que, si a nosotros no nos importaba nuestra vida, a ellos sí”.

***

CELIA CASORLA, después de admitir responsabilidad y cooperar con la investigación, fue condenada en juicio abreviado a cinco años de prisión, pero su condena fue conmutada por la expulsión.
Una fría mañana de agosto, algo extraña para una ciudad desértica como Antofagasta, pocas semanas antes de que la expulsión se cumpliera y fuera llevada a la frontera en un bus, Celia relató su historia para este reportaje. Fue la única que quiso hacerlo mostrando su rostro. “Esto puede servir a otras mujeres para que no les pase los mismo”, dijo.
—¿Tu familia sabe que estás acá?
—Sí, me da miedo…
—¿Por qué?
—Yo tengo más miedo a mis hermanos, porque nos hemos criado nosotros no más, solo mi mamá y mis hermanos. Mi mamá lloró harto cuando yo estuve acá. Vino dos veces. La primera que vino llegó tranquila. La segunda que vino quisieron asaltarla. Si yo no hubiera estado aquí, mi mamá no iba a correr nada de eso. Qué tal que por venirme a ver a mí le hubieran hecho daño. ¿Y la conciencia?
—¿Tus hijos saben que estás acá?
—No.
—¿Cómo vas a enfrentar eso, cómo se lo vas a contar?
—Tengo guardado algunos papeles de la abogada, algo que diga que sí estuve, aunque sea para mis hijos. Porque quiero ir a pelearlos, esta vez quiero pelearle al papá de mis hijos, por lo menos a salir con mis hijos. Porque son mis hijos, quiero estar con ellos, su infancia me la estoy perdiendo. La adolescencia no es lo mismo. Cuando son niños te dan besos, abrazos, sin vergüenza, y cuando grandes lo primero que van a decir es: “¿Por qué me vienes a pedir ahora, si cuando era niño ni siquiera estabas?”
—¿Qué será lo primero que harás cuando llegues a Bolivia?
—Abrazar a mi mamá y pedirle perdón por haberle dado preocupación y después ir a ver a mis hijos y explicarles por qué no he aparecido, por qué no he llevado material escolar, por qué no estuve en sus cumpleaños… explicar.

***

ELENA ESTÁ parada a los pies de una tumba en un cementerio del Chapare, Bolivia. Es el mediodía de un caluroso día de octubre. Se abanica con las manos. El viento ha dejado de soplar y el bochorno hace que una gota de sudor le surque la frente, luego otra y otra. Un 13 de septiembre fue dejada en la frontera con el compromiso de que no vuelva a poner un pie en Chile en 10 años. Después de someterse al control en Migración en Bolivia, de que revisaran si tenía o no antecedentes en su país, quedó en libertad. Lo primero que quería era volver a casa, abrazar a sus hijos, recuperar el tiempo perdido, pero no sabía cómo. No tenía un peso en el bolsillo.

Telefoneó a un familiar para que le prestara dinero para el pasaje y así tomó el primer bus a Cochabamba. Llegó de noche. Hacía frío y tenía hambre, pero no tenía dinero. Se quedó en la terminal. Al día siguiente su hermana, la que había cuidado a sus hijos, llegó a su rescate.

La última entrevista para esta investigación la da junto a la tumba de su hermano, Lázaro, quien falleció cuando ella estaba en la cárcel de Alto Hospicio y por quien hizo ese viaje a Chile cargando droga.
El panteón está alejado del pueblo. Mejor así, Elena quiere pasar inadvertida, que los vecinos no se enteren de que está hablando con periodistas.

Los siete meses y 15 días de reclusión en Chile le han marcado un profundo abismo. Sus hijos, pese a su corta edad, la ven como a una extraña. Le llaman mamá a su hermana.
—Cuando llega mi hermana corren a su encuentro, la abrazan. Eso me duele. Tengo que recuperarlos. Estoy buscando trabajando.
Sabe que ‘aquel viaje’ no sirvió para nada. No pudo despedir a Lázaro, sus hijos están distantes y quedó con recuerdos que quisiera olvidar, pero no puede.
Tiene muy presentes dos escenas: la primera, cuando la detuvieron.
“Ya llegó otra narcoburra”, le dijo una agente de Carabineros.
Esa sería la primera vez, pero no la última en la que se referirían a ella con ese término.
—”¿Ustedes creen que Chile es como su país?, ¿corrupto? Aquí no somos así, de aquí no saldrás libre”, me dijeron. Me sentía mal. Estaba sola, sin ninguna visita, mi familia no podía, no tenía dinero.
Elena ahora traslada sus pensamientos a la cárcel de Iquique.
—¡Uhhhh! Está llena de bolivianas. Hay de todas las edades, pero en su mayoría son jóvenes. Hay quienes no hablan español solo quechua. Hay también mujeres de pollera. Es duro.
La segunda escena que recuerda está relacionada con los primeros días su detención. Estaba en el container afuera del Hospital de Iquique, donde Chile recibe a las ‘tragonas’ para que expulsen la droga.
—La policía nos llevó a los que estábamos allí a una sala del hospital para que veamos a un hombre que se estaba muriendo porque se le habían reventado (las cápsulas) en su estómago.
—Quería –continúa relatando Elena– que veamos las consecuencias de lo que habíamos hecho. Nos decía que, si a nosotros no nos importaba nuestra vida, a ellos sí.

A su vuelta al Chapare, Elena hizo algo que no sabe explicar bien por qué. Fue a buscar al hombre que la metió en el lío. Quería que le reconociera, en dinero, el tiempo que estuvo encarcelada, pero no encontró nada más que la noticia de su desaparición desde ya hace tres meses.

Costo. Más del 90 % de los casos las condenadas bolivianas por narcotráfico son expulsadas de Chile. Así ese país se ahorra los más de mil dólares mensuales que cuesta al Estado mantener un preso.

*Esta investigación ha sido realizada por Cristian Ascencio del Diario El Mercurio de Antofagasta (Chile), Nelfi Fernández del Diario El Deber (Bolivia) y Carlos Luz del Diario La Estrella de Iquique (Chile) en alianza con CONNECTAS. Se publica en el marco de un acuerdo de difusión de contenidos con LA PRENSA GRÁFICA.

Vivir en comunidad y sin escrituras

Comunidades sin escrituras

“Yo perdí mi clientela por tener mi casa. Me tocó trabajar como hombre y me dañé mis rodillas”, comienza a contar Ana Miriam, de 75 años. Esta tarde explica que todo el esfuerzo físico ahora ya le pasa factura. A pesar de eso está contenta frente a la fachada de una casa que ella ayudó a construir con sus manos.

Ana Miriam es una de las fundadoras de la Asociación de Cooperativa de Vivienda del barrio San Esteban en el Centro Histórico de San Salvador (ACOVIVAMSE). Paga $60 mensuales y tuvo voz y voto en la forma de construcción de su casa. Coló arena, puso ladrillos y también fue vigilante nocturno cuando la obra estaba en construcción.

No terminó la escuela y se ocupó de criar a sus hijos en un mesón con la ganancia de una venta de comida. Ahora, con sus hijos ya grandes y la familia aumentada, sigue con su vida de comerciante. A su lado tiene un carrito de dulces y galletas. Se le ve cansada, pero pronto saldrá a ofrecer sus productos. Esta vez no tendrá que ir lejos. Ahora vende sus golosinas frente al portón de la comunidad en la que vive desde hace seis años.

La comerciante vive en un condominio con fachada amarilla, calles limpias y plantas cuidadas en el barrio San Esteban del Centro Histórico de San Salvador. El condominio es todo lo opuesto a la realidad de afuera: paredes grises, basura en la calle y humo por doquier.

Antes vivía en un mesón en el que tenía que levantarse antes de que amaneciera para poder bañarse sin tener que hacer una gran fila en los baños comunales. Ese mesón era lo único que podía pagar con lo que ganaba de vender comida. Una vez –cuenta en esta tarde de diciembre– intentaron expulsar a los inquilinos de ese mesón. Los inquilinos protestaron y resistieron. Estaba construido con puras láminas, pero era su hogar, dice.

Frente a la casa de concreto en la que ahora vive, sembró una rosa. Hoy no se preocupa más por un posible desalojo. Aunque no tiene escrituras de la propiedad de esta casa, tiene derecho a vivir acá, y luego sus hijos heredarán ese beneficio. La rosa ya dio 10 botones rojos.

La cooperativa aglutina a 40 grupos familiares. Ninguna de esas familias tiene escritura propia de su casa. Nadie puede vender, alquilar o hipotecar estas pequeñas viviendas de dos plantas. Pero ese no es problema entre los vecinos. En esta comunidad todos aceptaron construir bajo estos acuerdos. Como resultado, tienen una propiedad colectiva.

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Un oasis en San Esteban

Un grupo de niños juega fútbol en la cancha del complejo habitacional. Frente a ellos, dos niños hablan. De lejos, parece una conversación seria y para ellos lo es. Sánder, de 11 años; y Zaila, de nueve, hablan de los regalos que les gustaría recibir. Él quiere un teléfono y ella, una tableta. Sánder es nieto de Ana Miriam y tiene un vago recuerdo del mesón en el que vivía antes con su familia. Lo que más le disgustaba era que el patio era muy chiquito para jugar.

Los niños siguen con su plática y el sol empieza a ocultarse en San Salvador. De la vida caótica del centro, el tráfico de los buses y las ventas, los divide solo un portón que, por regla, debe permanecer cerrado. La seguridad del lugar depende de todos.

El Centro Histórico de San Salvador es un lugar controlado por pandillas. Los comerciantes deben pagar extorsión y es común leer noticias de cadáveres que se encuentran en los alrededores de la zona. Durante estos seis años de habitar el complejo de viviendas, los cooperativistas afirman que no han tenido problemas con ninguna pandilla. El complejo se ha convertido en un oasis para los niños que aún pueden salir a jugar a los pasajes.

“La inseguridad ha modificado la estructura de gastos familiares y las preferencias de la población, que aspira a vivir en lugares seguros”, sostiene la Política Nacional de Vivienda de El Salvador. Pero no solo eso, la inseguridad disminuye “las posibilidades de muchas familias de acceder a una vivienda”. Por ejemplo, el alquiler de una casa pequeña en una colonia con altos índices de criminalidad en Soyapango puede llegar a costar $40 mensuales. Mientras que el alquiler de una casa con características similares en una zona sin alta criminalidad, cuesta –como mínimo– $200.

En ACOVIVAMSE viven personas que se enfrentaron a ese problema durante años viviendo en un mesón. La asociación se fundó en 2007, conformada en su gran mayoría por jefas de hogar de la zona del Centro Histórico. Ellas se reunieron, fueron capacitadas, gestionaron ayudas y lograron conseguir el terreno en el que ahora viven. Con cooperación internacional obtuvieron un financiamiento para construir sus casas y ahora se encuentran pagándolo. Como lo hicieron con sus propias manos, lograron reducir los costos. Terminarán de pagar la construcción dentro de 14 años.

Pero la cooperativa no termina una vez se construyen las casas. Ahora, seis años después, se encuentran en la fase de la convivencia. Cada uno de los asociados tiene responsabilidades y es parte de un comité diseñado para que la coexistencia funcione.

Aquí los asociados tienen normas: está reglamentado que, por cada casa, solo pueden vivir cuatro personas, tampoco se pueden tener perros y los vecinos deben participar en la limpieza y el cuido de un área común. Además, hay un convivio mensual para que los niños miren películas animadas. También se realizan excursiones en comunidad y no se permiten borrachos en los pasajes. La idea es simple: lograr construir una comunidad que se cuide y respete a sí misma.

Privilegio económico. Para muchas familias, comprar una casa que se encuentre en una zona con baja criminalidad es una meta difícil de alcanzar.

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Cuando la propiedad es colectiva

“Se puede invertir $10 mil para hacer una casa o invertir $10 mil para formar a 100 cooperativistas que demandarán una política pública y harán 500 casas. Como cooperación internacional, no vamos a construir viviendas, vamos a generar las condiciones para que autogestionen con el Estado, con la municipalidad o con otra cooperación”, empieza por explicar Mónica Hernández.

Hernández es la coordinadora regional de Vivienda y Hábitat de la organización We effect, que antes se llamaba Centro Cooperativo Sueco. El modelo cooperativista de vivienda proviene de Suecia y, desde 2003, se empezó a trabajar para cimentarlo en El Salvador.

Hasta ahora, en todas las casas que han sido construidas por ayuda mutua, el financiamiento para la tierra y los ladrillos ha venido de otros países. El Estado salvadoreño no ha invertido, a pesar de que las cooperativas son entes con personería jurídica que garantizan el pago de un posible financiamiento.

Hernández pone ejemplos de otras cooperativas que han sido financiadas con dinero alemán, español y sueco. La construcción de estas colonias, considera, ha permitido demostrar que es un modelo que sí da frutos: “Esto ha servido para que el Estado salvadoreño vea que la gente trabaja y ahorra; que se puede organizar y no se roba la plata”.

Actualmente hay un nuevo proyecto para otras cooperativas del Centro Histórico de San Salvador en el que se verían beneficiadas más de 300 familias. “Lo financiará el Viceministerio de Vivienda con fondos de la cooperación italiana, pero son fondos de cooperación bilateral”, asegura la experta. Esta sería la primera ocasión en la que el Estado salvadoreño invertiría directamente en cooperativas de este tipo. Pero el posible desembolso para esas 352 familias aún no ha ocurrido.

Este modelo de construcción se basa en cuatro ejes que cada cooperativa debe asumir. El primero es la autogestión: las personas controlan el proceso de construcción y cómo se maneja la comunidad. El segundo es la ayuda mutua, eso se traduce en que los miembros de la cooperativa brindan su tiempo y su mano de obra. El tercer eje es la propiedad colectiva, lo que significa que cada miembro de la cooperativa no puede vender su casa, y así protegen el derecho a un espacio digno. El último pilar en que se basan es la asistencia técnica. Cada cooperativa es apoyada por expertos para garantizar la seguridad de sus edificaciones.

“País de propietarios. Tener un título de propiedad es lo que se nos ha vendido, pero a la gente le interesaba resolver su necesidad de tener un espacio en donde vivir. Y no solo ese espacio… tener una comunidad”, dice Hernández, de We Effect.

Que la propiedad sea entendida de manera colectiva, explican algunos miembros de cooperativas, sirve para salvar a las viviendas de sus propios dueños. Julia Ramos, integrante de la Federación Salvadoreña de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (FESCOVAM), cuenta que conoce a personas de una comunidad donde “salió un proyecto de vivienda –bajo otro modelo– y la gente obtuvo su vivienda, pero ¿qué es lo que pasó? En una necesidad hipotecaron la casa, ya la perdieron y ya se quedaron rebotando”.

FESCOVAM aglutina a 20 cooperativas de vivienda en El Salvador. De esas 20, solo hay tres que ya tienen la construcción realizada y el resto se encuentra en los procesos de preobra. Es decir, están gestionando financiamientos, permisos y terrenos.

“Esa tienda no es solo para que puedan generar ingresos, sino que el objetivo fundamental de esa tienda es que las mujeres disminuyan el tiempo que utilizan en hacer las compras y puedan tener más tiempo para participar organizativa y políticamente”, explica Hernández. Dentro de las cooperativas de vivienda, la mayoría de personas asociadas son mujeres. A escala nacional, de acuerdo con estadísticas de FESCOVAM, 70 % de sus miembros son jefas de hogar. La mayoría de ellas se dedica al comercio informal.

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Lo que surgió del terremoto

Tras el terremoto del 13 de enero de 2001, al menos 90 mil viviendas quedaron dañadas. Así surgieron varias cooperativas de vivienda que buscaron apoyo a través del Fondo Nacional de Vivienda Popular de El Salvador (FONAVIPO). La mayoría de las cooperativas formadas tras la tragedia se disolvió con el tiempo, pero eso no sucedió con una llamada Trece de Enero. Esta cooperativa agrupó a 200 familias que buscaron apoyo en la Fundación Salvadoreña de Desarrollo y Vivienda Mínima (FUNDASAL). Ahí recibieron capacitaciones de cooperativismo y administración.

Seis años después de haber perdido sus casas, los miembros de la Trece de Enero empezaron la construcción de su nueva comunidad. Para entonces –en 2007– ya solo quedaban 34 familias dentro de la cooperativa. Decidieron que para hacerla funcionar debían dividirse en varios equipos: consejo de administración y junta de vigilancia; comités de educación, de trabajo, obra, compras y bodega. Todas las decisiones fueron hechas por personas que habían perdido sus casas, que no eran expertas en construcción, pero que habían sido capacitadas en el tema.

Trabajar con la premisa de ayuda mutua, permite hacer ahorros “de hasta el 25 %, según experiencias sistematizadas comparadas con otros modelos de vivienda popular en la región”, asegura la organización We Effect.

Lo primero que se construyó en la Trece de Enero fue un salón comunal para tener un espacio en el que reunirse. A la hora de construir, cada familia debía aportar 24 horas semanales de mano de obra, y en la última etapa de la construcción se aumentó a 30 horas semanales, incluyendo turnos nocturnos. Ellos hicieron las zanjas, pusieron ladrillos, colaron la arena y pusieron el techo de sus casas de block. En julio de 2008 pudieron habitar las casas.

Diez años después, la comunidad sigue en pie y la cooperativa ha desarrollado negocios para tener dinero propio. Por ejemplo, hay una tienda donde la cooperativa es la dueña. Así, las ganancias de las compras quedan dentro de la misma comunidad.

“Esa tienda no es solo para que puedan generar ingresos, sino que el objetivo fundamental de esa tienda es que las mujeres disminuyan el tiempo que utilizan en hacer las compras y puedan tener más tiempo para participar organizativamente y políticamente”, explica Hernández.

Dentro de las cooperativas de vivienda, la mayoría de personas asociadas son mujeres. A escala nacional, de acuerdo con estadísticas de FESCOVAM, 70 % de sus miembros son jefas de hogar. La mayoría de ellas se dedica al comercio informal.

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La comuna

“Cada vez se ve que la ciudad es más cerrada, hay más muros, hay más razor, hay más portones y me da miedo el vecino de la par y el de enfrente, y yo no quiero que mi hijo crezca así. Nosotros todavía jugábamos en la calle. Yo también quiero que él juegue en la calle”, dice Sofía Bonilla en un salón de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Alrededor de ella, un niño de un año estrena algunos de sus primeros pasos en el aula y emite sonidos como queriendo imitar a su mamá.

Aquí está reunido un grupo de personas que forma parte de La Comuna. Hasta ahora, las cooperativas de vivienda han sido una forma de organizarse de aquellas que no pueden acceder a préstamos porque no tienen un trabajo formal. Esto diferencia a La Comuna del resto de cooperativas.

Algunos la llaman “la cooperativa de profesionales” y ellos no parecen estar muy cómodos con el término porque aseguran que cualquier persona, profesional o no, está invitada a ser parte del colectivo en esta etapa. Pero lo cierto es una cosa: son la primera cooperativa de vivienda formada por arquitectos, abogados, músicos, administradores, filósofos, etc.

El primer acercamiento a este modelo que algunos de ellos tuvieron fue mientras estudiaban. Ahí conocieron de primera mano que habían cooperativas de personas con bajos recursos en las que ellos mismos construían sus casas.

Así fue como Carlos Manzano, arquitecto, se dio cuenta de algo: “Nosotros como clase media trabajadora también somos excluidos de poder acceder a la vivienda”. Él se preguntó si era posible retomar el proyecto. Habló con algunos amigos y formó un grupo de 10 familias que pretendía formar una cooperativa. Inicialmente se reunieron en una iglesia.

En 2017, preguntaron al rector de la UCA si era posible que este grupo realizara sus reuniones de planificación en la universidad. El centro de estudios dijo que sí bajo la condición de presentar el proyecto de vivienda a la comunidad universitaria. Así la cooperativa creció hasta tener 40 grupos familiares. Ellos se reúnen los sábados para formarse en temas de cooperativismo y entender cómo funcionaría su comunidad de llegarse a construir. Recién en noviembre del año pasado lograron obtener su personería jurídica.

En La Comuna aún no se tiene definido el espacio donde construirán sus casas si consiguen financiamiento, pero tienen una premisa: “No solamente vamos a construir una casa con tecnología alternativa, sino que tenemos que pensar en cómo vamos a construir la sociedad, con más apertura, con disposición a la discusión”, sostiene Bonilla.

Javier Rodríguez, miembro de La Comuna, indica que la idea de este proyecto habitacional no es solo construir casas para su propio beneficio. Esperan brindar algún servicio a los vecinos que no formen parte de la cooperativa. Él pone de ejemplo la posibilidad de purificar su propia agua y compartirla con sus eventuales vecinos. “Creemos que, a través del modelo cooperativo, podemos tener más incidencia en diferentes problemáticas que tiene El Salvador. En cambio, otros de mis amigos solo quieren su casa y hasta ahí”.

“Me costó ambientarme. Yo ya estaba acostumbrada a las champas”, recuerda Ana Miriam antes de salir a vender sus golosinas. Dice que durante los primeros días viviendo en la casa que construyó se sentía contenta, pero algo la hacía sentirse fuera de lugar. Hasta que, poco a poco, se fue acostumbrando a tener más espacio en el que vivir.

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La nueva vida en San Esteban

“Me costó ambientarme. Yo ya estaba acostumbrada a las champas”, recuerda Ana Miriam antes de salir a vender sus golosinas. Dice que durante los primeros días viviendo en la casa que construyó se sentía contenta, pero algo la hacía sentirse fuera de lugar. Hasta que, poco a poco, se fue acostumbrando a tener más espacio en el que vivir.

Ella, solo hasta sus 69 años, pudo obtener un lugar propio y dejar de alquilar una casa de láminas en un mesón. Ahora está cómoda en su hogar. Cuenta que no le duele pagar cada vez que llega el fin de mes. Habla con orgullo de cómo todos los cables de energía van subterráneos y señala, contenta, las gradas de algunas casas que construyeron. Luego, sale a vender los dulces al portón de su comunidad. Cierra con llave. Adentro, en un lugar seguro, su nieto, Sánder, corre detrás de una pelota.

En comunidad. Las familias realizan convivios tras la construcción. Si alguien desea salirse de la cooperativa y dejar su casa podrá recuperar el dinero invertido cuando se sume un nuevo socio que cumpla las reglas del colectivo.

Instapoetas

A finales de enero pasado, el periódico británico The Guardian publicó un artículo llamado “Keats is dead: How young women are changing the rules of poetry” (“Keats ha muerto: Cómo jóvenes mujeres están cambiando las reglas de la poesía”). Escrito por Donna Ferguson, el artículo habla sobre diferentes casos de poetas que se han hecho populares a través de Instagram.

La notoriedad que han logrado dichas escritoras ha generado un resurgimiento del interés por la poesía en el Reino Unido. Los medidores de ello no son solo los miles de “likes” y seguidores que algunas autoras acumulan, sino también los llenos totales a eventos en que se presentan a hacer lecturas y las ventas de miles de sus poemarios, algo inaudito para el mundo editorial que siempre tiene reservas para publicar poesía, debido a sus pocas ventas.

Las llamadas “instapoetas” se dieron a conocer a través de sus redes sociales, publicando escritos personales, acompañados o no de imágenes. Los poemas, que abarcan temas tan variados como el amor y las historias cotidianas, pero también el feminismo, la menstruación, el racismo y las migraciones, suelen estar escritos y presentados en un formato sencillo, detalle que parece ser parte de su éxito y que es una característica común de la mayoría.

Una de las más conocidas es Rupi Kaur, una india de origen punjabi cuya familia migró a Canadá cuando era muy pequeña. Kaur tiene 3.4 millones de seguidores y combina sus textos con fotos de sí misma, muy consciente de su belleza física. Comenzó leyendo sus poemas en eventos comunitarios. Subió los textos a Instagram y con ellos publicó después un libro llamado “Milk and Honey” (que se publicó traducido al español con el título de “Otras maneras de usar la boca”).

El escándalo y discusión que generó la publicación en sus redes de varias fotos de ella y de su hermana en ropa interior con manchas de sangre menstrual provocaron el cierre de la cuenta por parte de la red social. En vez de tener un efecto negativo, la situación provocó curiosidad sobre la publicación de sus poemas. Hasta la fecha, el libro ha vendido 3 millones de copias y ha sido traducido a 35 idiomas.

La traducción al español la hizo su amiga Elvira Sastre, también poeta y con popularidad propia en redes sociales. Sastre, con poco más de 279 mil seguidores, utiliza la misma combinación de compartir sus textos y fotos propias en Instagram. Las entradas tienen miles de “likes”. Sus libros se venden muy bien, sobre todo en Buenos Aires. Suele hacer lecturas de sus poemas y filmar videos de sí misma leyéndolos. Sus poemas comparten el mismo lenguaje sencillo de muchos de las instapoetas más populares. La idea es que la claridad permite que mayor número de personas comprendan lo que se dice. Hay gente que no gusta de la poesía porque dice no entenderla y esto permite que el género se abra a mayor número de lectores.

Nacida en 1992 en Segovia, España, Sastre se inició publicando sus textos en blogs. Hace una semana, resultó ganadora del Premio Seix Barral de Novela con su primera incursión en la narrativa, “Días sin ti”. Los jurados alabaron su trabajo con mucho entusiasmo.

Estos casos llaman la atención por el potencial de usos que tienen las redes sociales para los escritores. Para quienes han crecido con medios digitales a su alcance, subir sus escritos a internet es la manera lógica de darlos a conocer. Si se tiene además la suerte de tocar un filón emotivo que conecta con miles de personas que se identifican con lo escrito o posteado, llamar la atención de una editorial no resulta difícil.

En primera instancia, esto puede verse como algo positivo. Si los libros de Harry Potter convirtieron a miles de niños alrededor del mundo en aficionados a la lectura, cabe suponer que las instapoetas podrían estimular el interés de sus seguidores para aventurarse a leer poetas con estilos diferentes y con una lírica más compleja. No es descabellado pensarlo. El artículo de The Guardian, mencionado al inicio de esta columna, asegura que el aumento en la venta de libros de poesía en el Reino Unido ha sido de un 48 % en los últimos cinco años.

Otro factor que está convirtiendo a la poesía en un género con creciente cantidad de lectores es la facilidad con que un poema puede compartirse y leerse en redes. A diferencia de un cuento o de una novela, un poema supone menos tiempo de lectura.

¿Pero a dónde queda la calidad literaria? El gusto masivo de los lectores por las instapoetas ¿significa que son escritoras de calidad? Quizás no sea esa su prioridad.

Las entrevistadas para el artículo hablan de lo auténtico de su escritura y de cómo refleja sus emociones y su visión de mundo. Eso parece ser suficiente para ellas. Elvira Sastre por su parte ha declarado en alguna ocasión que esta manera de compartir sus versos y además realizar lecturas es volver a sacar la poesía a la plaza y los mercados, como hacían los antiguos juglares y trovadores.

El artículo deja pensando no solo en el futuro de la escritura sino en la sobrevivencia de los libros que hemos considerado como clásicos literarios. ¿Será esta instaescritura la literatura del futuro? ¿Nos olvidaremos de la escritura íntima, reposada, que resuma la evolución de una visión de mundo, la búsqueda de una voz personal, la construcción de un lenguaje propio? ¿Se fusionarán géneros, surgirán nuevos? ¿Llegará algún día un post de Instagram a ser tan o más importante que el contenido de un libro impreso en papel? ¿Será indispensable la multi presencia pública del escritor y miles de “likes” para generar interés en su obra? ¿Qué es al final lo que la editorial vende: un buen libro o la figura mediática de quien lo escribe?

¿Se convertirá la poesía en algo tan común que no seremos capaces de apreciar su belleza?