Internet como herramienta para el abuso sexual de menores

Ilustración de Moris Aldana

A Fabiola le da miedo mirar videos en una computadora, en una tableta o en un celular. Teme volver a ver en la pantalla su propio cuerpo desnudo, filmado sin su autorización presuntamente por una expareja de su madre, Graciela, que vivió en su casa por un tiempo y a quien le han perdido el rastro. La joven tenía 15 años cuando eso ocurrió. Fabiola y su madre tienen constancia de que en la web circularon tres videos en los que la joven aparece desnuda.
Ahora a Fabiola le da miedo realizar cualquier actividad que requiera quitarse la ropa, como tomar una ducha en su casa.

La noticia les llegó después de que un amigo de la familia vio las grabaciones en un sitio de internet dedicado a promocionar clubes de prostitución en Centroamérica, en el que de tiempo en tiempo se cuelan videos de contenido sexual. Otra persona les mostró los videos compartidos en un grupo de WhastApp. Graciela piensa que, quizá, bien hubiera podido evitar que a su hija le pasara lo que le pasó.

“Ella me dijo que sentía que ese hombre la miraba feo, que no era normal eso, y que a veces la seguía cuando se iba al baño, que la espiaba cuando se estaba vistiendo”, dice Graciela, que muy pronto llegará a los 40 años de edad.

Graciela y Fabiola todavía no han denunciado el hecho ante ninguna autoridad. Antes se están asesorando con un abogado. El delito que pudo haber cometido la expareja de la mujer es uno de nombre bastante extenso: utilización de niñas, niños, adolescentes o personas con discapacidad en pornografía a través del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación.

Este está incluido en la Ley Especial contra los Delitos Informáticos y Conexos, aprobada en 2016 por la Asamblea Legislativa de El Salvador y con apenas dos años de aplicación. Desde 2017 hasta el tercer trimestre del presente año, la Fiscalía General de la República ha recibido 786 denuncias en torno de estas faltas.

Un apartado de la ley se dedica a crímenes contra menores de edad: casi todos son de naturaleza sexual, en los que el perpetrador adulto se vale de las nuevas tecnologías para concretar sus fechorías. Solo de este grupo, del referido a conductas sexuales, la FGR recibió en sus oficinas 80 denuncias, más del 10 % del total.

El delito del que Fabiola fue víctima castiga a quien lo comete con una pena de ocho a 12 años de prisión. Puede contar con varios agravantes, como que el acusado sea el responsable del menor. Entonces, la pena máxima puede ser de hasta 16 años.

“A mí me aflige que ella no quiera, en un futuro, entablar una relación con una persona que le guste. Ya me ha dicho cosas que me preocupan, como que no se atrevería a estar desnuda con un hombre, en un cuarto, para tener intimidad; que no va a poder dejar de pensar en que la van a estar grabando también allí”.

Para Martin Rogel Zepeda, magistrado de la Cámara Tercera de lo Penal de la primera sección del Centro de San Salvador, las leyes deben contar con una característica: la precisión. Por eso la nueva tipificación es un paso adelante porque permite castigar a eslabones de la cadena que en el artículo correspondiente del Código Penal, su antecesor, no era posible: allí la acción se dirigía solo a aquella persona a quien se le comprobaba que había producido un material de pornografía infantil o a aquel que lo almacenaba, no a quien lo había visto, por ejemplo, vía streaming o en ese espacio un poco momentáneo de un chat.

Ahora la investigación de las autoridades debería apuntar a la expareja de Graciela, pero también a aquellos que vieron el video en el grupo de WhatsApp o a través de la página web descubierta por el amigo de la familia. Aquellas personas que dieron aviso a Graciela también podrían ser acusadas, pues tuvieron acceso al material.

Ese proceso, sin embargo, sería bastante difícil para la Policía Nacional Civil de El Salvador si no se tiene acceso físico a los dispositivos desde donde se vieron las piezas: a pesar de que se cuenta con toda una unidad dedicada a los servicios informáticos, todavía no existe la tecnología en el país para, por ejemplo, detectar qué IP (la dirección única de la conexión de un aparato con internet) se ha conectado con determinado video o fotografía, lo que sí ocurre en países desarrollados.

Las autoridades salvadoreñas encargadas de investigar este tipo de hechos también tienen otras falencias: dentro de la Fiscalía General de la República, que también cuenta con su departamento correspondiente, solo hay un experto certificado para verificar la autenticidad de la evidencia informática, pero está dentro de la Unidad de Investigación Financiera (UIF), la que se encarga de los casos de lavado de dinero y activos. Para utilizarlo, por tanto, debe haber una coordinación entre jefaturas, que lleva tiempo.

Esto parece ser un síntoma de una tendencia en El Salvador: se le da más peso a delitos que tienen que ver con aspectos financieros, como lo observa el gerente de Programas de Plan International, Adolfo Vidal.
“Aquí el tema de los delitos cibernéticos está más tipificado con el tema de fraude financiero, con el tema bancario, con eso es que se aprobó… Cuando nos digitalizamos, digitalizamos las amenazas; tenemos que avanzar realmente en esto y, por último, hacer una ley específica solo para regular la divulgación de imágenes de niños y niñas en redes sociales”, aseguró en una entrevista para LA PRENSA GRÁFICA.

***

VÍCTIMAS DE LOS DELITOS

Cuando se piensa en “delitos informáticos”, lo primero que se viene a la cabeza es una serie de números binarios y un escenario parecido al de la película “Tron”, donde todo se da en un plano abstracto, casi inofensivo. Parecería demasiado sofisticado para ponerle el rostro de una víctima.

Pero internet, herramienta neutra, es utilizado para el cometimiento de crímenes atroces contra la sexualidad de menores de edad con mucha regularidad. Eso es lo que demuestran los números recogidos por la Fundación de Vigilancia de Internet (Internet Watch Foundation, IWF), una organización basada en Inglaterra que recibe denuncias de contenido de pornografía infantil de todo el mundo.

En 2017, la entidad acogió más de 80,000 reportes de páginas web que albergaban material en video o fotografía de menores de 15 años siendo abusados sexualmente. De ese grupo, en el 55 % de las piezas, las víctimas lucían como niños por debajo del umbral de la década de vida. Y un alarmante 2 % (1,600) eran menores de dos años. Alguien filmó a un adulto abusando sexualmente de un niño menor de dos años para que otro adulto lo viera. Y las cifras continúan: el 44 % del total de videos o fotografías mostraba violaciones o torturas sexuales a niños. Treinta y cinco mil doscientos, la misma cantidad de asientos que tiene el estadio Jorge “Mágico” González, de San Salvador. Hasta el 92 % del total de material pornográfico infantil estaba alojado en sitios de acceso gratuito.

Ahora la investigación de las autoridades debería apuntar a la expareja de Graciela, pero también a aquellos que vieron el video en el grupo de WhatsApp o a través de la página web descubierta por el amigo de la familia. Aquellas personas que dieron aviso a Graciela también podrían ser acusadas, pues tuvieron acceso al material.

Pero estos no son, siquiera, números que reflejan la realidad a escala mundial. La IWF asegura que hasta el 97 % de la data con la que elabora sus informes proviene de Europa y Estados Unidos. Y América Latina es la región con el menor número de reportes a la entidad, apenas alcanza la decena. No existe una institución similar para conocer el tamaño del problema en este lado del mundo.

Con ese panorama, es posible comprender las palabras de Graciela, que considera “un alivio” que su expareja no haya abusado de su hija. Pero la violación de su intimidad y la colocación de su cuerpo en un espacio de consumo sexual han dejado profundas huellas en su vida.

Desde que sucedió, ha estado viendo a un terapeuta por lo menos dos veces al mes: no puede irse de su mente la sensación de que alguien, en cualquier momento, pueda estar viendo su cuerpo. Se siente constantemente vulnerable.

Eso ha desatado un cuadro de ansiedad en la joven, muy parecido, según se le ha dicho a su madre, al de una víctima de violación.

***

DEUDAS DE LA LEGISLACIÓN

La difusión de este tipo de material es un golpe fuerte para una víctima menor de edad, pues esta todavía está descubriendo su identidad. Por eso, se ha pensado en múltiples formas de prevenir estos delitos. Una de esas es la de crear una figura muy parecida a la que un sujeto obligado tiene en la ley correspondiente a lavado de dinero y activos.

Eso es lo que recomienda el Centro Internacional para Menores Desaparecidos y Explotados, con sede en Virginia, Estados Unidos, en su informe “Pornografía infantil: modelo de legislación y revisión global”, publicado en 2012.

Este señala a dos tipos de posibles sujetos obligados. En un primer grupo deben estar personas con actividades profesionales cotidianas que, como resultado de sus responsabilidades laborales, puedan estar “potencialmente expuestos a la pornografía infantil”. Allí se incluye a profesionales informáticos, quienes podrían tener acceso de forma accidental a este tipo de material cuando, por ejemplo, reparan una computadora o un teléfono celular.

El segundo grupo es el de organizaciones o empresas cuyos servicios sean usados para fomentar la proliferación de la pornografía infantil. Por eso, deben ejercer cierto grado de responsabilidad. Aquí están los proveedores de servicios de internet, las empresas de tarjetas de crédito y los bancos. Estos dos últimos se consideran porque quien busca acceso a pornografía infantil puede pagar por ella a través de estas instituciones.

“Debe promulgarse un requisito de ‘notificación y remoción’ en la legislación nacional, y considerarse la creación de protección legal para permitir que los proveedores de servicios de internet puedan denunciar de forma completa y eficiente a la Policía o a otros organismos designados cualquier incidente de pornografía infantil que descubran, incluida la transmisión de imágenes”, dice parte del informe.

En El Salvador, la Ley Especial contra los Delitos Informáticos y Conexos aún no contempla esta figura, como tampoco castiga, en específico, la promoción de turismo sexual con menores de edad como víctimas a través del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación. Esto último ya es una realidad en otros países de la región, como Ecuador.

Ilustración de Moris Aldana
Ilustración de Moris Aldana

***

LA TRAMPA EN LA RED

El vacío legal permitía que una persona solo pudiera ser acusada si cometía el abuso sexual. Padres que se daban cuenta de que esto pasaba entre un adulto y su hijo debían conformarse con la idea de que evitaron algo peor.

El caso más mediático relativo a este delito ha sido el del sacerdote católico Adonay Chicas Campos, quien fue enviado a juicio por, además de sostener relaciones sexuales con un menor, haberlo incitado a hacerlo a través de un chat de WhatsApp. El caso tiene reserva total.

Pero este no es el único que ha llegado a las cortes del país. Hay otros que han terminado incluso en condenas. Ese es el caso de uno ocurrido en San Salvador, del que se omitirán detalles específicos por instrucciones del tribunal de Sentencia que lo vio, pues la víctima es un menor de edad.

Todo comenzó con una inocente rutina de convivencia. Ella llegaba donde la abuela del pequeño para llevarlos a él y a su prima de 14 años a pasear. Él ni siquiera había llegado a la década de vida. Pasaba en esa vivienda mientras su madre trabajaba.

Lo que ni la madre ni la abuela del niño sabían es que, en los recorridos de regreso al hogar, ella le besaba la boca. También lo acariciaba de sus partes íntimas, según explicó el infante en su testimonio.

Ella tenía alrededor de 30 años, dos hijos y un esposo. Él ya contaba con un celular. La mujer le ayudó a descargar la aplicación WhatsApp. Así pudieron estar en comunicación contante. En ese chat ella le decía palabras cargadas de sugerencias sexuales. También había conversaciones inocentes, donde le preguntaba cuál era su serie favorita, qué materias le gustaban más en la escuela, si era fan de los perros o de los gatos. Le pidió, también, que fueran novios. El niño, en su inocencia, aceptó la propuesta.

Un día a inicios de 2017, el infante se enfermó. Estaba solo en casa. Se lo hizo saber a la mujer, que no dudo un solo minuto en acercarse, no sin antes cerciorarse de que, en efecto, no había nadie más en la vivienda. Llego hasta el cuarto del pequeño y se desnudó. También a él le quitó la ropa. Lo besó y acarició. Incluso hubo contacto coital, para el que la mujer se las arregló como pudo.
Al siguiente día, el niño seguía con fiebre y con lo que parecía ser una infección urinaria, pues su madre notó que iba mucho al baño. Luego, se dio cuenta que el celular del pequeño no dejaba de sonar. Lo revisó y vio los mensajes que le había mandado a su hijo la mujer. En estos le preguntaba si le había gustado lo del día anterior. La madre denunció el hecho inmediatamente.

La mujer fue condenada por violación a purgar 14 años de cárcel. Sin embargo, una cámara superior decidió que el delito debía modificarse a otras agresiones sexuales. El castigo se redujo a ocho años. La Fiscalía decidió no acusarla por Corrupción de Niñas, Niños, Adolescentes o Personas con Discapacidad a Través del Uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, a pesar de que lo ocurrido cumplía al pie de la letra con la tipificación. Si se hubiera hecho así, la mujer podría haber enfrentado por lo menos a otros ocho años en prisión.

En el juicio donde fue condenada, dijo que ya antes había tenido experiencias parecidas y que nunca la habían atrapado.
El peligro también puede estar en la escuela. Ese fue el caso de los alumnos de Edwin Baltazar Villalobos, quien era profesor en un centro escolar de San Salvador, concretamente del octavo grado. Sus estudiantes, por tanto, eran menores de 15 años.

El hombre, de 40, les pedía a través de su cuenta personal en Facebook que se filmaran o tomaran fotografías de ellos en situaciones sexuales. A cambio, prometía comprarles regalos o ayudarlos con sus notas. Cuando los alumnos accedían a entregarle el material, este los citaba en un centro comercial para darles su regalo.

Ninguno de los alumnos denunció los hechos. El caso llegó hasta la Fiscalía General de la República cuando los padres de una joven de 14 años encontraron su teléfono desbloqueado. Allí se dieron cuenta de lo que pasaba. En la conversación pillada, Baltazar Villalobos le pedía que le enviara videos con contenido sexual. Le ofreció como pago zapatos y ropa de una exclusiva tienda.

***

LAS HUELLAS

Fabiola y su madre intentan sobreponerse al golpe que les significó ver su cuerpo desnudo en una pantalla. Es un esfuerzo lento en el que hay semanas de avances y semanas de retroceso.

Sobre todo, a Graciela le interesa que su hija recupere su confianza, que, como las demás jóvenes de su edad, pueda desarrollarse con toda normalidad.

“A mí me aflige que ella no quiera, en un futuro, entablar una relación con una persona que le guste. Ya me ha dicho cosas que me preocupan, como que no se atrevería a estar desnuda con un hombre, en un cuarto, para tener intimidad; que no va a poder dejar de pensar en que la van a estar grabando también allí… Cuánto daño le hicieron a mi hija, y ni siquiera sé por qué. Parece que le quisieron arruinar la vida con algo que parece una broma”, dice Graciela.

La familia no ha decidido si podrá continuar viviendo la vida de antes, en el lugar de siempre. Han pensado, incluso, en abandonar el país. Un cambio rotundo provocado por algo que todavía les sigue pareciendo una mala broma y que impide que Fabiola pueda tomar siquiera una ducha con toda normalidad.

Muros y contramuros culturales

Hace una semana leía del novelista Juan Villoro que no sabe si es periodista o novelista, y que se siente más dentro de la ética si hace periodismo. El problema es que lo ético pareciera estar más emparentado con la objetividad, y la novela, como ficción, debe inventar, le respondo. Es su gran fuerza. El periodismo es verdad cotidiana que llega a la gente en el momento puntual, aunque las hemerotecas sean grandes fuentes de historia. Pero la novela, aun siendo ficción, se convierte en verdad por encima del tiempo. De acuerdo con una frase del Premio Nobel Vargas Llosa, “la novela es una mentira verdadera”.

De mi parte hago periodismo que no solo sea puntual en la cotidianidad, sino como memoria cuya principal característica es la búsqueda de sobrepasar el tiempo. Así, cuando Fedor Dostoievski escribe “Crimen y castigo”, jamás imaginó que su obra sería considerada de gran aporte a la ciencia de la psicología, tan importante como los trabajos de Sigmund Freud. Y menos se imaginaría que luego de estar en las cárceles de Siberia, donde escribió su novela “El sepulcro de los vivos”, continuaría siendo leído 150 años después y recordado históricamente, aunque no pretendía escribir una novela histórica que retratase a la Rusia zarista que maltrató su figura relevante en la literatura universal, porque Dostoievski representa su idioma como Cervantes el castellano. Y James Joyce, Wolfgang Goethe, Gustave Flaubert y Víctor Hugo, maestros de su idioma inglés, alemán, respectivamente, y los dos últimos del idioma francés.

Además, sus escritos representan expresiones multiculturales. Unen al mundo. Nos hacen respetar culturas diferentes, que es forma de supervivencia. Los que escribimos español debemos sentirnos orgullosos de tener el segundo idioma con más hablantes originarios, superado solo por el mandarín, con más hablantes que el inglés.

Pongo ejemplos sencillos: viajo en tren desde Francia, pasando por Suiza, hacia el Norte de Italia. En los vagones solo se oye el leve sonido de la máquina de alta velocidad, nada de bullicio, como un tren fantasma. Muchos ciclistas y personas transitan en la tarde dorada que ilumina la calle paralela. Las ventanas van cerradas. El silencio en el vagón es interrumpido por un altoparlante que anuncia la cercanía de la frontera suizo-italiana. Al entrar lentamente a Italia, la mayoría de pasajeros, en su mayoría italianos, salen de sus camarotes al pasillo y abren las ventanas que dan a la calle. Piropean con bullicio a las muchachas jóvenes. Confirmo la lección aprendida de mi abuela, “dondequiera que fueres, haz lo que vieres”. Los italianos respetaron el silencio en su tránsito por Alemania y Suiza, pero al llegar a su país se convierten en italianos.

Uno de los problemas que detecté en mi reciente viaje –julio de 2007– al área de Maryland, Virginia y D. C. es que muchos salvadoreños quieren seguir siendo salvadoreños “a la salvadoreña”, lo cual choca con la intolerancia actual, incluso contra el idioma español, porque después de la tragedia en Nueva York el 11 de septiembre, Estados Unidos ya no es el mismo, aunque la mayor parte de salvadoreños o centroamericanos se asimilan a nuevos modelos educativos y de conducta.

Esos modelos deben comenzar adentro, pues somos migrantes por antonomasia. He leído, en esta revista donde escribo, sobre las increíbles matanzas de civiles, incluyendo a niños menores de un año en las zonas campesinas (El Mozote, El Calabozo, Las Tres Calles, etcétera); y sobre el irrespeto a los derechos de la mujer que culmina en feminicidios, de los índices más altos en América Latina; patriarcalismo fatal que culmina en crimen e intolerancia ante las opciones sexuales.

No se puede medir qué es lo más trágico, si las matanzas o la violación de derechos humanos, que, sin una educación cultural, culminan en crimen. Tenemos que aprender de la vida, educar para aprender a asumir nuevos valores y conductas, donde impunidad y hegemonismo culminan en delitos dramáticos por insensibilidad ante los excluidos.

El tiempo nos tomó por sorpresa y de pronto nos damos cuenta de que deponemos el bien social a favor de ambiciones y privilegios; estamos asfixiándonos en las cámaras de grandes vacíos culturales. No se trata de dar lecciones a nadie, sino de hacer reflexionar sobre la importancia de conocer el curso de nuestra vida republicana que no va a comenzar mañana, sino que pronto cumplirá 200 años. Y no estamos sentados en un lecho de rosas, como decía el emperador azteca mientras los conquistadores le quemaban los pies.

Vuelvo a recordar a mi abuela –”haz lo que vieres”. Recuerdo también a unos 15,000 campesinos pobres que llegaron a Costa Rica provenientes del departamento de Chalatenango y del norte de El Salvador, y con una humildad más acentuada porque huían de masacres, dejaban atrás a niños, hermanos y abuelos calcinados; sin embargo, su resiliencia vital les permitió deponer conductas “nacionales” para asimilar que cultura y educación se complementan con documentos migratorios. Luego, al final de la guerra en nuestro país, las familias refugiadas optaron por emigrar de Costa Rica a Australia y Canadá. Por experiencia sé que aquellas personas con las que trabajé, acompañado de personalidades costarricenses, transformaron la vida a su favor.

“¿Crees que la renuencia política estadounidense para apoyar la emigración sea de tipo cultural?”, le pregunto a un amigo. Me responde que la persecución se centra en los latinoamericanos –centroamericanos y mexicanos en especial– no solo por ser los que más emigran en busca de oportunidades de vida o huyendo de la muerte, influye el prejuicio racial que es cultura deprimida.

Preguntémonos por qué los pueblos asiáticos han crecido en las últimas cuatro décadas después de sufrir guerras que han costado millones y millones de víctimas, casi convertida en cenizas su geografía original. Comencemos por reconocer que el problema es nuestro, sin distinciones, y que las tragedias podrían continuar si no nos abrimos y damos pensamiento a nuevas visiones y reflexiones si queremos encontrar las respuestas a la tragedia interminable.

Al margen

La pequeña anciana hacía lo posible para evitar ir al pueblo. Caminaba solo por veredas, por caminos vecinales poco transitados, siempre ocultándose y sin mirar a nadie directo a los ojos. La última vez que se había acercado al pueblo la habían apedreado. Huyó como pudo, nadie le tuvo piedad. Ni los niños que con piedra en mano la persiguieron hasta los linderos del poblado. Resignada, ella misma se exilió. No volvería. Se pasaba los días yendo y viniendo por el campo, buscando quien le regalara un poco de comida para llevarse a la boca. La gente le temía y ella sabía perfectamente por qué. Pensaban que la anciana era una bruja, un ser capaz de lo peor y que preparaba conjuros en el rancho, rodeado de palos de jocote, donde vivía en la ribera del río Acelhuate.

La historia completa de la anciana Jacinta está en el cuento titulado “La bruja”, escrito a principios del siglo pasado por Arturo Ambrogi. Una de las grandes influencias locales de Salarrué y que se pasó la vida escribiendo sobre la gente que habitaba El Salvador. El cuento –dedicado a María de Baratta– es un perfil de una abuela que se había quedado sola y que vivía de los pocos vecinos que la consideraban. El resto de la sociedad le había dado la espalda. Esos eran los personajes que seducían a Ambrogi, los “marginales de la vida”, como él mismo los llamó. Muchos de ellos, como los contrabandistas de chaparro que se iban a las profundidades del monte a “sacar” licor, ya no se encuentran, pero hay otros, como la abuela Jacinta, que guardan su vigencia.

Hay cosas que no cambian aunque hayan pasado 100 años. Una de ellas es el abandono que sufren miles en el país cuando llegan a la vejez. Sin una pensión ni acceso a servicios de salud de calidad en el momento de la vida cuando más se necesitan. Una situación al límite que es realidad de todos los días en El Salvador. No solo se trata de la indigencia, sino de muchos que viven de lo que sus familias, con un ingreso precario, puedan darles. La mayoría se ha esforzado toda la vida para no tener nada seguro durante sus últimos años. Así es la economía que marca la vida en el país: una que te exprime cuando sos útil y te desecha cuando no te quedan más fuerzas.

Descartables. En el marco de la campaña presidencial, se han planteado temas como las medidas a tomar para enmendar el sistema de pensiones, un sistema que ya tiene más de 20 años de haber sido implementado y que no cuadra a la economía local, donde la informalidad es la norma. Pero aún para los que sí cotizan en el sistema, cada vez son más las profesoras, enfermeras, costureras de maquilas, empleados del sector servicios que –ya en edad de jubilación– se dan cuenta de que lo ahorrado en toda su vida laboral no garantiza lo más básico.

Los adultos mayores nunca han sido prioridad en el país. No es secreto. Se les pide conformarse con llegar a viejos y nada más. Pero en las próximas décadas se afrontará un panorama más complejo: nuestra población está envejeciendo como nunca antes y serán más los que lleguen a la tercera edad en vulnerabilidad. Se necesita que este deje de ser un tema periférico y que sea asumido como un eje central para el bienestar social del país. Según una investigación de FUNDAUNGO retomada en Diario El Mundo, si en las próximas dos décadas no se realizan reformas fiscales, el envejecimiento de la población haría que la deuda pública sobrepase el 80 % del Producto Interno Bruto (PIB) por un mayor gasto en salud y seguridad social para adultos mayores. Mientras no se haga nada por cambiar, más generaciones de salvadoreños se dirigen hacia un abismo.

La Navidad

Creo que voy a perder la uña de un dedo de la mano. Mientras escribo en el teclado estoy viendo el dedo medio bastante hinchado y rojo, y la uña de un amarillo verdoso. Es una flor de pascua. El dedo se me quedó machucado entre el soporte del árbol de Navidad y el tronco cuando intentaba levantarlo desde la base de hierro.

Dicen que el cuerpo es un archivo de todos los males que le han sucedido a un ser humano. Si es así, el arqueólogo que encuentre mis huesos en 400 años va a reconocer que se me fregó el dedo por insistir este año en un árbol real y no en uno artificial, que ya tenía guardado en el sótano.

Hace unas semanas me di cuenta de que la compañía Addis, que inventó el árbol artificial de Navidad en los años 1930, producía primero cepillos de baño para limpiar inodoros. La invención se dio por una cantidad de cepillos de baño que sobraban y a saber qué otras condiciones de la vida que llevaron a Addis a juntar los cepillos y armar el primer árbol de Navidad artificial. Se me grabó la imagen de pasar diciembre con un enorme cepillo de baño verde en la sala y, en ese momento, decidí mejor hacer el esfuerzo de poner un árbol auténtico y no uno artificial.

Mientras ponemos el árbol mi hija me mira de reojo y me dice que las amigas ya no creen en Santa Claus. Sigue hasta confesarme que ella tampoco. Yo le comento que, entonces, Santa va a dejar de llegar a la casa. Le digo que la imaginación es tan poderosa que cuando los niños dejan de creer en él, ya no puede entrar a la casa.

Me mira fijamente y le explico que es como la leyenda del vampiro que solo puede entrar a una casa si es invitado. Me empiezo a enredar con lo del vampiro y le recuerdo del duende de Noel. Cada diciembre hay un muñequito duende que aparece en un sitio y lo encontramos en un lugar diferente de la casa por la mañana, en medio de alguna travesura. Mi hija no me deja terminar; dice que tampoco cree en el duende ya, porque lo encontró hace unos días en el armario aplastado entre zapatos de tenis y bolsas. Le digo que eso solo es una prueba más de que existe.

Así es que este diciembre tengo el dedo chueco y la noticia de que mis hijos ya han entrado a la adolescencia. Mi hija está decepcionada con Santa Claus. Mi hijo, dos años mayor, tiene novia y no cree en nada que no sea el amor. Hago el esfuerzo de observar tradiciones con ellos y, al mismo tiempo, entiendo que cada año las cosas cambian un poco. Mientras tanto, los días se acortan, está cada vez más helado, empieza a nevar y la casa se llena de olor a pino.

Carta Editorial

Lo digital es cada vez menos etéreo. El poder que tienen las nuevas tecnologías para convocar y promover casi cualquier cosa hasta convertirla en algo tangible no se pone en duda. Pero con ese poder también han crecido los riesgos. La cantidad de víctimas menores de edad de delitos que nacen o se cometen por medio de un celular o una computadora está aumentando sin que, hasta el momento, se hayan terminado de crear y de dar a conocer los mecanismos de denuncia.

Cuando se habla de educación en sexualidad, en El Salvador hace falta partir de que en la niñez y en la adolescencia hay un déficit de información. Si esta tara es obvia para los que están inscritos en el sistema educativo, el abismo se profundiza mucho más para los que están fuera. Y si se toma en cuenta que el acceso a internet, y con ello a redes sociales, no está circunscrito a la madurez de los usuarios, lo que se obtiene es un caldo de cultivo para delitos.

El reportaje de esta edición echa luz sobre los frutos obtenidos de una ley que recién se aplica desde hace dos años. Los casos que se han iniciado dan una idea de la vulnerabilidad de las víctimas. Y también perfilan el gran margen de impunidad en el que se mueven los victimarios. Acá se juntan todos los males de una sociedad que se toma mucha molestia en juzgar si una víctima menor de edad se lo buscó o no, y se hace de vista gorda con los adultos que deberían tener claro cuándo cometen un delito.

Pese a que todos los días se utilizan las nuevas tecnologías, la regulación y los términos de uso correcto todavía están en construcción en este país, al que le falta todavía trabajar mucho en educar y en promover una cultura de denuncia que ayude a poner un alto a los abusos.

“Nadie es indispensable en un equipo”

¿Cómo es la vida de un deportista en San Salvador?

Hay pocos espacios de calidad para practicarlo, sumado a la poca o nula paga por realizarlo y dedicarse de lleno a esto. La mayoría de deportistas tienen que llevar una doble vida, dejando el deporte como segunda opción y no desarrollándose como se debe.

¿Qué resultado esperas obtener con lo que estás haciendo?

Una reestructura del deporte en El Salvador. Quiero devolver lo mucho que el deporte me da y me seguirá dando, empezando en mi entorno, con los niños con los que trabajo directamente, y poder darles el trato y los fundamentos que merecen.

¿Qué es lo más ilícito que has hecho?

Manejar sin licencia y sin tarjeta de circulación por más de tres meses.

¿Quiénes son tus héroes de la vida real?

Mis papás y mis abuelitos maternos. Han dedicado toda su vida a sacar adelante a su familia, siendo personas de bien. Mi abuelo ha dedicado casi toda su vida al desarrollo de las bases del deporte en El Salvador.

¿Cuáles son tus nombres favoritos?

Enzo, Stephany, Isabella y Andrés.

¿Cómo reaccionas a las críticas?

En términos generales, bastante bien; siempre estoy atento a todo lo que me digan para tomar lo bueno y hacer autocrítica.

¿Qué significa la competencia en el deporte?

Exigencia y motivación para buscar cosas nuevas, trabajar duro y ser disciplinado. Como decimos en el fútbol, nadie es indispensable en un equipo y juega el que trabaja mejor.

Un hijo que migra, ocho años de espera para reencontrarlo

Haydee Posada

Haydee Posadas tuvo que esperar ocho años hasta reencontrarse con su hijo. Eran tantos los nervios, que la noche anterior no pudo dormir.
Su hijo salió de Honduras rumbo a Estados Unidos en 2010, en parte por las amenazas de las pandillas, tal como hace unas semanas hicieron miles de migrantes que se fueron en caravana, algunos de ellos, de su mismo barrio. Pero al cruzar México, también como muchos otros, Wílmer Gerardo Núñez, de 35 años, desapareció en medio de la violencia desbocada del crimen organizado, no tan distinta de aquella que buscaba dejar atrás. Su madre, desesperada, no dejaba de rezar en busca de una respuesta.
“Estoy entre la espada y la pared”, se repetía la mujer año tras año. “No sé nada de mi hijo, si está muerto, si está vivo”.
La historia de Núñez es similar a la de muchas otras víctimas de la migración a su paso por México. Solo en los últimos cuatro años, casi 4,000 migrantes han desaparecido o muerto en su ruta hacia Estados Unidos, según una investigación de The Associated Press. La cifra a la que llegó AP es de 1,573 personas más que la última estimación de Naciones Unidas y, aun así, sigue siendo un recuento conservador porque puede haber cadáveres perdidos en puntos desconocidos del desierto, enterrados en fosas clandestinas a lo largo de la ruta o familias que ni siquiera se han atrevido a denunciar que les falta alguien.
Esos casi 4,000 latinoamericanos forman parte de los 56,800 migrantes desaparecidos o muertos en todo el mundo en el mismo período.
Migrar significa, en todo el planeta, correr riesgos. Cruzar México implica, además, recorrer territorios controlados por los carteles donde el crimen organizado opera muchas veces casi con total impunidad. Más de 37,000 personas han desaparecido en el país en medio de la violencia del narcotráfico, y el estado fronterizo de Tamaulipas, por donde pasa la ruta más corta para llegar a Estados Unidos desde Centroamérica, es el que tiene mayor número de desaparecidos. Lo abultado de las cifras, unido a la burocracia, la fragmentación de la información, la falta de voluntad política y el miedo a los carteles, hace que la recopilación de datos sobre un migrante desaparecido sea como armar un enorme rompecabezas en el que siempre faltan piezas.
Pero en ocasiones, gracias al trabajo de un sinfín de organizaciones, las respuestas llegan aunque sea a través de un pequeño trozo de papel manuscrito abandonado en una tiendita.

Ciudad Planeta, en las afueras de San Pedro Sula, podría parecer un barrio humilde como cualquier otro, con casas de una planta y techo de lámina. Solo las rejas que protegen la mayoría de viviendas hacen intuir la realidad: que es una de las colonias más peligrosas de uno de los países más violentos del mundo.
De ahí salió Núñez por primera vez en los años noventa, con 16 años, cuando su madre perdió el trabajo en una maquila.
“No me dijo nada, un día simplemente se fue”, recuerda Posadas, una mujer bajita de 73 años y ojos chispeantes, sentada en el porche enrejado que construyeron con el primer dinero que les envió desde Estados Unidos “para que no se colaran los ladrones”.
Núñez no era el mayor de sus 10 hijos, pero sí el que velaba por todos. “Estaba lejos pero me acostumbré a tenerlo cerca, casi todos los días me llamaba”.
Hombre atlético que siempre lucía un cuidado bigote y barba de perilla, Wílmer había sido deportado dos veces, pero siempre regresaba a Estados Unidos porque allí había hecho su vida. En 2007 se enamoró de una mexicana, María Esther Lozano, quien ahora tiene 38 años, y tuvieron una niña, Dachell. Cuando Lozano estaba a punto de dar a luz de nuevo, en julio de 2010, Núñez fue deportado por tercera vez.

Hombre atlético que siempre lucía un cuidado bigote y barba de perilla, Wílmer había sido deportado dos veces, pero siempre regresaba a Estados Unidos porque allí había hecho su vida. En 2007 se enamoró de una mexicana, María Esther Lozano, quien ahora tiene 38 años, y tuvieron una niña, Dachell. Cuando Lozano estaba a punto de dar a luz de nuevo, en julio de 2010, Núñez fue deportado por tercera vez.

Para su madre, las deportaciones eran sinónimo de felicidad porque podía disfrutar de su hijo en casa.
“‘Viejita, ¿qué hacemos de almuerzo?’, me decía, porque cocinaba mejor que una mujer”. A Posadas se le ilumina la cara con el recuerdo. “Hacía carne guisada, amasaba harina de tortillas, cocinaba plátano maduro o tajadas”.
En aquellos años, Ciudad Planeta ya se había convertido en centro de operaciones de las pandillas y en escenario de sanguinarias redadas. Ocho de los hijos de Posada se fueron del país.
La anciana sabía lo peligroso de la situación. Unas noches se despertaba por el estruendo de las pisadas de alguien huyendo sobre los techos de las casas; otras, por una balacera. O esa vez que su hija, la única que queda en Honduras, quedó esposada a las rejas de su vivienda mientras supuestos policías entraban y le pegaban un tiro a su nieto, a quien acusaban de estar involucrado con las maras, una de las pesadillas actuales no solo de Honduras, sino de otros países centroamericanos.
Pero la anciana, conocida por todos como mamá Haydee, tiene un lema de supervivencia básico en la Planeta, como coloquialmente se llama al barrio: “Si vio, no vio; si oyó, no oyó; y todos callados”.
La última vez que Núñez fue deportado, la situación era tan crítica que apenas salió de la casa.
“Lo veía muy pensativo”, rememora Posadas. “‘Siento temor’, me decía”.
Quería regresar cuanto antes para conocer a su niña recién nacida, y después de unos días en San Pedro Sula, su salida se precipitó aparentemente por una amenaza.
“Me tengo que ir de aquí ya”, le dijo a Lozano, su mujer, por teléfono, sin más explicaciones el día antes de dejar la Planeta.
Junto con su sobrino y dos vecinos, Núñez tomó el autobús de medianoche que cada día lleva a decenas de migrantes hasta la frontera de Guatemala. Entre lo poco que tenía en su bolsa estaban unas baleadas preparadas por su tía: tortillas con frijoles y huevo, uno de los platos más populares de la peligrosa Ciudad Planeta.
Núñez siempre cruzaba por Mexicali –en la frontera con California– con un coyote de su confianza. En esa ocasión, sin embargo, al llegar a Veracruz, “lo corretearon Los Zetas y se lastimó un tobillo”, cuenta su esposa. Eso lo obligó a cambiar de ruta y seguir rumbo a Texas, un camino más corto pero también más peligroso.
“Me llamaba todos los días, incluso desde el teléfono del coyote”, dice Lozano. Al guía lo acababa de conocer. Le parecía buena persona, aunque él estaba preocupado porque el grupo era muy grande. Viajaban en dos camiones.

Documentos. Haydee Posada muestra la licencia de conducir de Wilber Núñez, un hondureño que hizo vida en EUA, fue deportado en dos ocasiones y decidió volver a ingresar sin documentos.

Una semana después de salir de Honduras, habló con su madre por última vez y le pidió que rezara por él. Un día más tarde, llamó a Lozano y estuvieron de plática una hora. Rula, que es como le llamaban, estaba de buen humor y estuvieron bromeando sobre lo mucho que se echaban de menos.
Le dijo que estaban en Piedras Negras, Coahuila, al otro lado de Eagle Pass, Texas. “Me advirtió ‘ya vamos a cruzar, no te vayas a dormir’, porque yo tenía que depositar la mitad del dinero –$3,000– y esperar a que su hermana me avisara que había llegado bien para pagar el resto”.
Esa llamada nunca llegó. María Esther Lozano no volvió a contactar con Núñez. Habló al coyote un par de veces, él le dijo que estaban todavía esperando para cruzar.
Luego nadie volvió a contestar el teléfono.

Al principio, Posadas y Lozano no estaban muy preocupadas porque era normal que durante el cruce perdieran el contacto unos días. Pero poco después, el 24 de agosto, una noticia en la televisión le encogió el alma a la anciana: el hallazgo de 72 cadáveres en un rancho de San Fernando, en Tamaulipas. Todos eran migrantes.
La mexicana lo tomó con más calma porque sabía que San Fernando está a casi 600 kilómetros de Piedras Negras, donde Núñez le dijo que estaba la última vez que hablaron.
Al paso de los días se supo que una decena de personas en vehículos marcados con una “Z” habían cortado el paso a dos camiones. Se llevaron a los migrantes y les preguntaron si querían “trabajar para la guerra”, la de los carteles de la droga. Solo uno aceptó. A todos los demás les vendaron los ojos, les ataron las manos y tumbados en el sueño los ejecutaron. Un ecuatoriano que sobrevivió logró huir del lugar y alertó a la Marina mexicana.
“Me puse a llorar como loca. No salían nombres, pero yo me revolvía”, recuerda Posadas.
Una lista de víctimas apareció poco después. Los nombres de su nieto y los dos vecinos que viajaban con ellos estaban ahí, pero de Núñez, ni rastro. Las autoridades le dijeron que si no estaba entre los muertos, estaría vivo.
La vida de Haydee Posadas comenzó a cambiar ese día. Preguntó por su hijo en la Fiscalía, en la cancillería, ante las autoridades mexicanas para que rastrearan por todas partes. Su anterior pareja, el padre biológico de Núñez, se ofreció a ir a dejar una muestra de ADN para que lo compararan con el de los cadáveres todavía no identificados. Nada. Tampoco le reconocieron en las fotos de los cadáveres.
Posadas y Lozano, madre y esposa, quedaron unidas por un solo objetivo: buscar a Núñez. Lozano iba todos los días al consulado de Honduras, dio nombres, fotos, describió sus tatuajes, incluido uno que ponía Dachell y otro con el número ocho. Y todavía nada.
Poco después se supo que el ecuatoriano que sobrevivió a la matanza dijo que había otro superviviente que lo desató y le ayudó a salir del rancho. Era un hondureño. Lozano preguntó a autoridades de Honduras y México si podía ser su marido. Nada. Le negaron toda información porque se trataba de un testigo protegido.
En la embajada de Ecuador no tuvo más suerte. Pidió que le hicieran llegar al ecuatoriano una foto de Núñez. “No quería verlo, ni hablar con él, solo que viera la foto y me dijera si era la misma persona que le ayudó”, solloza recordando la desesperación del momento.
Desde Honduras, Posadas no avanzaba más. Marchó a Tegucigalpa a insistir en todas las instituciones, pero ni siquiera encontró quien le dijera qué había pasado con la prueba de ADN que supuestamente se había realizado su exmarido.
“Yo llamando y llamando siempre, hasta que se cumplió un año. Luego ya no me contestaron, y dije ‘¿para qué seguir?’”.
Solo quedaba ir a buscarlo a México, pero ¿a dónde podía ir una anciana enferma? Lozano no estaba en mejor situación: con cinco hijos dependiendo de ella, la más pequeña de meses, y sin documentos legales para residir en Estados Unidos.
Hermanos de la mexicana fueron a Tamaulipas. Allí contrataron a un abogado que pudiera entrar a las cárceles y entonces apareció otra luz: les dijo que había visto a una persona con las características de Núñez en una de las prisiones.
En la casa de la Planeta, en San Pedro Sula, Posadas se preguntaba: “¿Será que Dios ha escuchado mis plegarias?”.
Pero esa pista también se esfumó. Nunca supieron nada más del abogado, y los hermanos de Lozano tuvieron que dejar la búsqueda porque los amenazaron Los Zetas.
Posadas pensaba que si hubiera sobrevivido, habría llamado. También se repetía que como no había ni rastro de su cadáver, quizá había esperanza. A los tres años, el pesimismo comenzaba a imponerse.
“Sentía que estaba cayendo en una depresión tremenda”, reconoce. No dormía, se levantaba y pasaba las horas sentada en su pequeña sala llena de adornos, fotografías (entre ellas, una de Núñez de adolescente), un televisor y telas con versículos de la biblia.
Los días eran igual de desesperantes. “Andaba por la calle y me miraban que sonreía, pero era por fuera, nadie sabía cómo estaba yo por dentro”.

***

LOS CADÁVERES DE LA MASACRE de San Fernando, debidamente numerados, fueron llevados del rancho donde los mataron, a una base naval, donde permanecieron dos días expuestos a la intemperie, luego a una funeraria local y más tarde a la ciudad de Reynosa, Tamaulipas, en la frontera con McAllen, Texas.
Algunos cadáveres fueron repatriados, aunque las identificaciones fueron cuestionadas en varios casos porque hubo entrega de restos equivocados a algunas familias. La mayoría de los cadáveres, ya en descomposición, fueron trasladados a Ciudad de México. Fueron llevados en un camión no refrigerado que apestaba a varias cuadras de distancia y que por esquivar a la prensa, chocó con unos coches, atropelló a una persona y quedó varado en medio de la calle.
Un día después de conocerse la matanza, el 25 de agosto de 2010, quedó registrado en el expediente oficial que el cadáver número 63 era un varón con tatuajes, entre otros, uno con la leyenda “Dachell” y otro con el número ocho. En documentos fechados un día después, se constata el hallazgo de una licencia hondureña a nombre de Wílmer Gerardo Núñez Posadas, con la foto de un hombre con bigote bien cuidado y barba de perilla.
Nadie hizo pública esta información.
Diez meses después de llegar a la capital mexicana, los restos que todavía estaban sin identificar, incluido el número 63, fueron enterraron en una fosa común.
En septiembre de 2013, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y otras ONG que participan en una iniciativa regional de búsqueda de migrantes desaparecidos, denominada Proyecto Frontera, firmaron un acuerdo con la Fiscalía mexicana para crear una comisión forense e identificar más de 200 cadáveres de un total de 314 víctimas de tres masacres de migrantes, entre ellas, la de San Fernando. Los restos que estaban en la fosa común se exhumaron para nuevas autopsias.
En marzo de 2015, la PGR mandó un escrito a la Corte Suprema de Honduras. Pedía ayuda para localizar a los familiares de dos hombres, uno de ellos era Núñez.
Nadie llegó a Ciudad Planeta.
Cuando los peritos argentinos se enteraron de la existencia de la licencia de Núñez, intentaron buscar a su familia y averiguaron dónde vivía.
“Yo dejé claro que a ese sector yo no podía entrar”, recuerda Allang Rodríguez, un psicólogo del Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos de El Progreso, uno de los muchos grupos que trabajan con el EAAF.
Las organizaciones empezaron a remover cielo y tierra, acudieron a la Iglesia católica y preguntaron a las Scalabrinianas, unas monjas que trabajan con migrantes y deportados. Una de sus colaboradoras, Geraldina Garay, conocía a un taxista que vivía en la Planeta, y el hombre se ofreció a dejar un papel con un teléfono para Posadas en una de las “pulperías”, como se les conoce a las tiendas en el barrio, situada en un callejón detrás de la casa de Posadas. Era finales de 2017.
La anciana miró con extrañeza el trozo de papel con un número de teléfono que le había llevado su vecina. Marcó y la voz al otro lado le dijo que quería verla para hablar con ella sobre su hijo desaparecido.
“Hoy sí tengo esperanza”, pensó en ese momento.
Cuando se reunió con los peritos que viajaron hasta San Pedro Sula para hablar con ella, le contaron lo de la credencial y los tatuajes del cadáver número 63. Antes de acabar 2017, le tomaron muestras de sangre tanto a ella como a Wílmer Turcios Sarmiento, un joven de 18 años que todos creían que era hijo de Núñez fruto de una relación de adolescencia.
En mayo de 2018 les dieron los resultados. Fue una más de las 183 identificaciones de migrantes logradas por el EAAF gracias al Proyecto Frontera.
“Me dolió el corazón tanto… sobre todo por la muerte que él sufrió, que ni supo quién lo asesinó, con los ojos vendados, las manos amarradas… ahí sí sentí que…” No acaba la frase. Por primera vez los ojos se le llenan de lágrimas, la coraza que la anciana tardó ocho años en construir se rompió.
La prueba de ADN demostró también que Turcios era hijo de Núñez. Fue como encontrar y perder a un padre al mismo tiempo, recuerda Posadas que le comentó su nieto, el vivo retrato de su hijo.

Víctimas. Wilber fue parte de un grupo de migrantes a los que un grupo de sicarios privó de libertad y luego ejecutó en México.

Esa noche, Posadas volvió a dormir. “La verdad, aunque duela, siempre trae tranquilidad”, dice.
Pero en su cabeza retumbaba sin respuesta una sola pregunta, la que más le dolió: “¿Por qué? ¿Por qué tendiendo las pruebas las ocultaron tanto tiempo? ¿Por qué?”.
El informe que le entregaron a Posadas habla de errores en las autopsias, de irregularidades en el manejo de los cadáveres, de contradicciones, y pide que se investigue con las autoridades correspondientes de ambos países, Honduras y México, el motivo de la demora en la respuesta a la familia.
Ocho años y tres meses después de la masacre, no hay ningún condenado por los 72 asesinatos, y nueve personas siguen sin identificar. Las autoridades mexicanas no quisieron hacer ningún comentario.
Para Posadas, solo quedaba un último paso.

Algunos cadáveres fueron repatriados, aunque las identificaciones fueron cuestionadas en varios casos porque hubo entrega de restos equivocados a algunas familias. La mayoría de los cadáveres, ya en descomposición, fueron trasladados a Ciudad de México. Fueron llevados en un camión no refrigerado que apestaba a varias cuadras de distancia y que por esquivar a la prensa, chocó con unos coches, atropelló a una persona y quedó varado en medio de la calle.

***

EL 31 DE OCTUBRE, Wílmer Gerardo Núñez regresó a Honduras.
El cadáver llegó al aeropuerto de San Pedro Sula en un embalaje de cartón con una estrecha cinta negra y su nombre escrito a mano. De ahí fue trasladado a la morgue local.
Al abrir el ataúd, un olor a muerte suavizado con productos químicos se apoderó del salón.
Posadas, con una pequeña toalla roja en la mano con la que se secaba las lágrimas y el sudor, se acercó a la caja acompañada de su marido, su hermana y el psicólogo. Una forense del EAAF abrió la envoltura que cubría el cadáver. El rostro era ya una calavera, pero los brazos conservaban parte de su antigua fortaleza y la piel. Le mostró los primeros tatuajes. Posadas no quiso ver más. Era él.
Una veintena de personas acompañó a la familia durante el breve velorio organizado en la Planeta. El ataúd ocupaba toda la sala de la casa, que bajo un sol implacable se había convertido en un horno.
Después de ocho años de espera, el último adiós a Núñez no podía prolongarse más de dos horas porque si no, los pandilleros llegarían y eso era lo último que Posadas quería.
En la víspera se escucharon disparos a pocas cuadras de su casa.
Un autobús amarillo de la Iglesia Bautista Planeta llevó a la familia hasta un diminuto cementerio a pie de carretera, al que se entra por una caseta de cemento con una desvencijada puerta de hierro, la cual da paso a un cúmulo de abigarradas tumbas descuidadas y puestas sin orden.
“Ya estoy segura: es él, es él. Doy gracias a Dios”, solloza Posadas antes de derrumbarse junto al ataúd. Ni el conmovedor abrazo de su nieto que casi la cubrió por completo pudo calmar sus lágrimas.
El último viaje de los restos de Wílmer Gerardo Núñez fue a hombros de familiares y amigos que debieron trepar, bajar y esquivar tumbas hasta llegar a la señalada. Quedó sepultado sobre su primo, mientras media docena de celulares grababan o transmitían el momento a través de Facebook para los familiares que emigraron y ahora viven en Estados Unidos.
Hoy, las únicas que aún no saben que Núñez murió son sus hijas.
La pequeña, Sulek Haydee, ahora de ocho años, cada vez que habla con su abuelita por internet desde Los Ángeles, no deja de preguntarle: “¿Dónde está mi ‘daddy’? ¿Por qué no viene a vernos?”. “No puede, mamita, está trabajando”, contesta la anciana con un nudo en la garganta.
El hijo mayor de Núñez, Turcios, sueña con dejar atrás Ciudad Planeta para ir a Estados Unidos… o adonde sea. “Cualquier cosa mejor que esto”, dice.
Ocho años y tres meses después del último abrazo, Posadas dice sentir paz por primera vez.
Sabe que queda pendiente que se haga justicia, pero ahora reza para que a su nieto se le quiten las ganas de emigrar.

Sepultura. Haydee Posadas encontró a Wilber y logró darle sepultura. Esto no es posible para muchas familias que se extravían entre la burocracia y la desidia de las autoridades.

HIDROPONÍA MÁGICA (1)

PETICIÓN ANSIOSA

Su última voluntad fue que lo enterraran en la arena espumante, para no exponerse a padecer el calvario de la semilla.

FUERZA DE VIDA

Ahí estaba el retrato. En la completa oscuridad. La figura del retrato respiró fuerte. Extendió una mano fuera del cuadro. Todo tembló a su alrededor. A la mañana siguiente, el museo en ruinas arropaba el misterio del primer escapado.

SECRETO ASTRAL

La Luna también miente.

ANTE LA LEY

–¿Lugar de origen?

–La Atlántida.

–¿En qué país?

–En un libro.

–Hablo en serio, señor –dijo el agente de migración, en tono reprensivo.

–Yo también. Aquí está el libro, mire –dijo el inmigrante, dejando su pecho al desnudo.

CONSECUENCIA SIMPLE

Si las piedras hablaran… los pétalos tendríamos que callar.

SANTO REMEDIO

Da asco morir. Muramos para curarnos del asco.

ESA OTRA LIBERTAD

Ella Fitzgerald se encuentra con Bing Crosby en una esquina brumosa del Más Allá.

–¡Aprovechemos para cantar juntos a capella!

–Sí, porque va a ser una experiencia perfectamente íntima, ya que aquí todos son sordos.

TIENE SENTIDO

El Milenio, como todo recién nacido, llegó llorando.

ESTO LO PRESENTÍAMOS

La Creación habla sola.

ARGUMENTO EN MARCHA

Teatro Kodak. Noche de entrega de los Premios Oscar. Es el instante en que se anunciará el Oscar para el mejor actor:

–And the Oscar goes to…

Apagón total. Silencio absoluto. Una risa tenue y malévola se va animando al fondo. El aroma azufrado empieza a invadir el ambiente…

VÉRTIGO FOLIAR

Es lo que sufrieron los árboles del Paraíso Terrenal cuando éste se quedó deshabitado de repente.

FRENTE AL OTRO HORIZONTE

La caravana venía de lejos, de tan lejos que ya había perdido toda memoria del origen. A medida que sus integrantes avanzaban, los días iban haciéndose más largos y las noches más cortas. Y así llegaron a aquel acantilado desde el cual estaban viendo por primera vez el horizonte que se les presentaba de pronto como la consumación de su búsqueda. Sorpresa inmemorial:

–¿Qué hacemos aquí, mientras la vida continúa?

Y esa pregunta fue un clamor que les devolvió a los peregrinos su condición de eternos caminantes.

JARDÍN CON ALAS

No, no es el Jardín del Edén, porque ése quedó exhausto para siempre en brazos de la Providencia desconcertada.

EN OTRO PLANO

El cristal de la ventana se nubló de repente, como si adentro la temperatura fuera cálida y en el exterior soplaran ráfagas tiritantes. Entonces la habitación recuperó su naturaleza originaria: era un templo clandestino para los ausentes que se animaban a volver como almas en pena.

FRAGANCIA BIENVENIDA

–¿Me reconoces?

–Sí, eres la primera rosa que recuerdo.

–¿Y qué se hizo aquel jardín?

–Está dentro de mí, y te he esperado siempre para que me guíes a encontrarlo.

EN CUESTIÓN DE MINUTOS

Se abrió de nuevo el portón de la Ciudad Sagrada y los devotos recién llegados salieron en estampida hacia sus predios baldíos originarios.

PREGUNTA INNECESARIA

–¿Quién es el indigente que duerme a la par de ese piano abandonado?

–¿Y quién va a ser? El fantasma de Agustín Lara, que quisiera revivir su noche de ronda…

SERVICIO DE LIMPIEZA

La tormenta de anoche es ahora un reguero de cristales rotos. Que venga la aurora diligente a recogerlos.

EL BUEN VECINO

Sólo se hace sentir cuando una luz desconocida merodea por los alrededores.

HOLA, SHAKESPEARE

¿Ya recordaste el correo electrónico de Hamlet?

Testimonios y huesos: las primeras pruebas de la masacre de El Calabozo

Fotografías de Ángel Gómez

Juana de Jesús ha llorado durante 36 años por el mismo motivo. Esta mañana de octubre se muestra parca. Es una mujer de 63 años que recibe a amigos y desconocidos en el patio de su casa. Hoy, en un terreno cercano se intentará desenterrar algo de los huesos de su mamá, su papá, una cuñada y sus hermanos.

En el patio se han colocado unas sillas plásticas azules y se forma un círculo con amigos, familiares y vecinos. Otros tres hermanos de Juana también están aquí. Y antes de empezar cualquier diligencia judicial, a las 10 de la mañana, adultos y niños se toman de las manos y rezan juntos.

Este 29 de octubre inicia la primera exhumación solicitada por la Fiscalía General de la República para investigar la masacre de El Calabozo. En este hecho se cree que fueron asesinadas al menos 200 personas, incluyendo niños. Para sobrevivir, Juana se escondió durante varios días en el monte. Escondida, alcanzó a escuchar la balacera.

Desde entonces, su voz se quiebra cuando habla del último momento en que vio a sus papás. El dolor de Juana no se ha quedado con ella. Una nieta joven toma la palabra en la rueda que se ha formado y se echa a llorar: “Las historias van de generación en generación. No los conocí, pero siento que es algo que ellos no merecían. Me gustaría que se hiciera justicia algún día. Es lo único que pido para que ellos descansen en paz”.

A las 10:30 de la mañana, personal de la Fiscalía General de la República, policías, una antropóloga forense, un juez, empleados del Instituto de Medicina Legal y el abogado particular del caso se presentan en este patio. Llegan para explicar cómo se procederá a la extracción de los huesos. Hace 36 años un hermano de Juana enterró lo que quedó de su familia en secreto. Hoy, esos restos serán descubiertos.

***

“A FRACASAR FUERON”

Juana vive en el cantón San Jerónimo de Santa Clara. El cantón es frontera con Amatitán Abajo, lugar donde se denuncia que ocurrieron la mayoría de asesinatos en la masacre. Cerca de su hogar pasa el caudal del río Amatitán. Su casa está en la zona rural y la mayor diversión de la zona es una cancha que durante las fiestas patronales se convierte en campo de ruedas.

Tras la explicación, un grupo de 40 personas –personal de instituciones estatales, defensores de derechos humanos y familiares– empieza una caminata de 15 minutos. Avanzan entre veredas que se ensanchan y reducen según la pendiente del terreno.

Juana no acompaña al grupo. Tiene un problema que le impide caminar del todo bien. Después de pasar tres cercos que dividen los terrenos, se llega a una tumba que tiene tres cruces pintadas de verde y adornada con flores plásticas rojas. Está rodeada por una milpa. Al lado pasa el agua de una quebrada. Este es el último paisaje que los padres de Juana vieron.

En comunidad. Antes de iniciar la exhumación, la familia Realegeño y algunos vecinos y amigos se reúnen para hacer una oración.

Ella tenía 27 años cuando la guerra civil la tocó directamente. “Yo pensé que la guerra iba a durar unas dos semanas”, admite ahora. Para 1982 ya tenía dos hijos: uno de siete meses y otro de cuatro años. Nunca fue a la escuela y en la casa de sus padres se ocupaba del oficio: hacer la comida para la familia y servirla. En agosto de ese año la vida paró.

“Uno tenía desconfianza de estar en la casa porque si lo hallaban, ahí lo mataban. Por eso fue que nosotros huimos”. Su familia se unió a los cientos de personas que intentaron escapar de los militares durante la noche del 21 de agosto del 82. Pero mientras ella avanzaba junto con el resto de gente, sintió una presión en el estómago. Dice que lo interpretó como una señal de alguna fuerza superior que le decía “ni un paso para delante, ni uno para atrás. Aquí quedate”. Así que se mantuvo quieta y llamó a sus papás. Ella calcula que eran las 11 de la noche.

—Papá, ¿y mi mamá?
—Ahí viene adelantito de vos. ¿Qué querés? ¿Hablar con ella?
—Sí, y también con usted, papi.

Juana empieza a revivir esa plática y entrelaza la mano izquierda con la derecha. Las coloca sobre su regazo, como quien no deja escapar algo delicado. Mientras huía, ella chineaba a su hijo de siete meses y su mamá llevaba al niño de cuatro años. Esa noche le pidió a su madre que le diera al niño mayor.

—Quiero merecer un favor. No sé qué me va a pasar. Pero siento en mi cuerpo algo. No sé qué me conviene. Por si acaso yo muero, quiero estar con mis hijos. Uno a cada lado.
—No te lo voy a conceder, hija. Te vas a llevar al chiquito porque le das pecho, pero a este no te lo llevas –cuenta Juana que le respondió su madre.
—Vaya, pues. Espero que se cuiden y cuídeme al niño también.

Esa fue la última plática que recuerda con ella: “A fracasar fueron. Más adelante estaba la emboscada de la Fuerza Armada”.

Según los testimonios, durante la madrugada del 22 de agosto llovió, y el río Amatitán creció. La corriente era fuerte y los campesinos estaban cansados. Cruzarlo no era la mejor decisión. En la mañana, cuando cientos de campesinos recuperaban fuerzas para seguir caminando, fuerzas militares los alcanzaron y les dispararon.

Intergeneracional. A pesar de que la masacre de El Calabozo no fue reconocida oficialmente cuando sucedió, los testimonios se han ido compartiendo entre hijos y nietos de los supervivientes.

***

LA EXHUMACIÓN
La familia de Juana fue asesinada en este terreno cerca del río, de acuerdo con el testimonio. “Todos estaban así, como formando una corona”, explica la mujer. Esta es la segunda visita que se hace a este lugar en relación con el expediente judicial. Aunque la masacre fue denunciada en 1992, no fue indagada. En 2016, la Sala de lo Constitucional ordenó que se investigara. Así, en enero de 2018 se hizo la identificación oficial de los lugares en los que los supervivientes aseguran que ocurrió la masacre. Fue entonces que se identificó esta tumba.

Al llegar, el juez del caso, Joaquín Bonilla, juramenta a la forense encargada de la exhumación:

—¿Acepta este cargo? –pregunta el juez.
—Acepto –responde la antropóloga Silvana Turner.
—¿Promete ejercer este cargo fiel y legalmente?
—Lo prometo.
—En este momento, queda nombrada como perito –finaliza Bonilla.

Silvana Turner es parte del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), una organización fundada en los ochenta que ha trabajado para identificar a las víctimas de diversos crímenes alrededor del mundo. El EAAF no solo se dedica a sacar huesos. Los integrantes del equipo entrevistan a supervivientes o familiares, realizan la exhumación, analizan el material genético y, además, entregan los restos recuperados a sus familias. Su experiencia es amplia: durante más de 30 años, el EAAF ha trabajado en la identificación de víctimas de la dictadura argentina, en la identificación de los restos de Ernesto “Che” Guevara, en Kosovo, Sudáfrica, en Guatemala y también en El Mozote, Morazán. La presencia de Silvana Turner le da solidez a la investigación.

Tras la juramentación de Turner, se procede a trabajar. Algunos lugareños ayudan a quitar la maleza con sus corvos y a limpiar el área de trabajo. A las 12:01 de la tarde, se empieza a martillar la plancha. Poco a poco, el cemento va cediendo y se van retirando los pedazos de ladrillo y concreto.

“Las historias van de generación en generación. No los conocí, pero siento que es algo que ellos no merecían. Me gustaría que se hiciera justicia algún día. Es lo único que pido para que ellos descansen en paz”.

Mientras, Turner saca dos sillas plegables de su mochila y camina unos 5 metros hacia arriba de la tumba. Ahí, comienza a entrevistar a los hermanos de Juana. En la entrevista intenta conseguir información sobre señas específicas de las víctimas que permitan identificarlas. Luego, les pincha un dedo y se los aprieta de manera que la sangre sirva para manchar unos papeles que guarda y se utilizarán para comparar ADN.

La segunda persona a quien Turner entrevista es Fernando, hermano de Juana de Jesús. Es un hombre serio, con mirada desconfiada. “¿A su papá le faltaba algún diente? ¿No había ningún rasgo que recuerde? ¿Alguna característica?”, le pregunta la argentina a Fernando. El campesino lucha con su memoria y no recuerda algún detalle así de tajante. Lo mismo se le pregunta sobre su madre y sus hermanas. Luego, con serenidad, la antropóloga le pregunta por la ropa que sus familiares usaban antes de ser asesinados. Tampoco tiene mucha suerte.

“Yo hice la excavación pacha porque no andaba con qué hacerlo”, empieza a contar Fernando. Él volvió a unos días de la matanza y encontró a sus familiares en aquella forma de corona que Juana recuerda. Dice que también le dio sepultura a unos huesitos pequeños. Además, enterró el pantalón con las piernas de su papá y unas “cabecitas, pero no sabría decir de quién son porque estaban ya peladas”.

Tumba. La familia Realegeño construyó una tumba sobre el lugar en que quedaron los restos físicos de sus familiares. Cuando la tumba se destruyó, se conservaron las cruces.

***

EN UN PARPADEO
Juana pasó tres noches escondida. Hasta que, según sus cálculos, al cuarto día, decidió volver a su casa. “Ya no aguantaba andar sin comer, sin tomar agua”, explica. Ya no podía darle pecho a su hijo de siete meses porque ya no tenía leche. “Si yo no me alimentaba, ¿qué iba a comer el niño?”, pregunta.

“La casa la encontré cerrada, como mi mamá la dejó”, dice. Ella sostiene que la Fuerza Armada no había salido de la zona. Por eso decidió comer en su casa, pero durante las noches, volvía a dormir con su hijo entre la vegetación.

Desde que supo que su familia había muerto, su mente empezó a engañarla. Por momentos, deseaba no parpadear. “Recién muertos, yo volteaba a ver para allá y bien miraba a mi papá con mi hermanito, mi niño, mis hermanas, mi mamá. Y cuando parpadeaba, se me perdían. Eso me pasaba en el día. El problema era que yo parpadeara. Los miraba y se me perdían”, cuenta.

En esos momentos, el dolor no amainaba para Juana, y pensó en el suicidio. “Me iba a matar porque me sentía sola. Mi papi había dejado unas pastillas para echarle al maíz, una de esas me iba a echar. Yo quería que terminara el dolor”, narra.

Los hermanos que han podido darle su declaración a Silvana Turner se salvaron porque no estaban en el cantón cuando ocurrió la masacre. Así lo comenta Juana. Gracias a su hermano Fernando y a un cuñado, ella es una de las pocas supervivientes que aseguran saber dónde están los restos de sus familiares:

“Vinieron a vigiar, a buscarlos. Los encontraron. Hicieron lo posible de quererlos enterrar, pero como les echaron ácido, cuando le agarraron el brazo a mi mami y a mi papi, ya las carnitas toditas se caían. Con el ácido, todos los cuerpos se ablandan. Así pasó con ellos, por eso es que no (soportaban) el mal olor. Me dijeron que iban a dejar que los huesitos se secaran porque no se soportaba el zumo de todos ellos. Cuando vinieron a querer enterrarlos, ya estaban solo los huesitos”.

Solo dos años después de esta masacre, en septiembre de 1984, el embajador de Estados Unidos en El Salvador confirmó al periódico The New York Times que el ejército salvadoreño poseía armas incendiarias de napalm. Esa sustancia fue desarrollada durante la Segunda Guerra Mundial por científicos de Harvard que trabajaban con el ejército estadounidense. En esos años, The New York Times también publicó que “el comandante de la fuerza aérea de El Salvador dijo que las armas incendiarias de napalm se habían usado contra las fuerzas guerrilleras”.

Tras la masacre, Juana se fue a vivir al refugio Fe y Esperanza, en San Salvador. “Allá me sentí un poco más ventaneada, más ocupada, porque allá había trabajo de hacer limpieza y hacíamos comida para todos, pero cuando iba a almorzar, ahí lloraba”. Antes, cuando Juana cocinaba, los primeros platos que servía eran el de su papá y el de su mamá.

Ella guarda entre sus pertenencias una foto amarillenta. Está con el pelo corto y entre sus brazos chinea a un niño que mira serio a la cámara. Ella hace una mueca similar a una sonrisa. La foto fue tomada en el refugio donde vivió por años hasta que pudo volver a las riberas del río y poner unas flores a su mamá, papá, sus dos hermanas, su cuñada y su hermano de 10 años.

Primeras pruebas. En la tumba se encontraron algunos huesos. El análisis genético determinará, probablemente, la identidad de las víctimas. Foto de Engracia Chavarría

***

APARECEN ALGUNAS PRUEBAS
A la 1:38 de la tarde de este lunes de octubre, empieza a descubrirse un pedazo de tela en el terreno. Los forenses de Medicina Legal van sacando la tierra del área por capas ayudados de brochas y cubetas.

Dos minutos más tarde, un forense encuentra un hueso pequeño y se lo muestra a Turner. La antropóloga le explica que cuando encuentra algo en la tierra no lo tiene que levantar, tiene que exponerlo, es decir, apartar con la brocha lo que lo rodea para no modificar la posición de la pieza.

La tierra que se saca de esta área no se tira. Se mete en una cubeta y luego se zarandea. Pronto, Turner les hace una observación a los profesionales salvadoreños: “Están apareciendo huesos en la zarandeada. Esto significa que ustedes se los están pasando”.

“La posibilidad de recuperar ADN de los restos existe; no obstante, debido al mal estado de preservación, se definirá más claramente al momento del análisis de laboratorio”, comenta Silvana Turner.

Turner mete los pequeños huesos dentro de una bolsa de papel. A este punto, las personas de la comunidad ya se han ido por su propia voluntad. Ninguna mujer de la familia se queda para ver si descubren o no los huesos de sus padres y hermanos. Pero una cosa es segura: el hijo de Juana –quien tenía cuatro años cuando la masacre ocurrió– no está aquí.

“Había gente bastante quemada. La mataron y le pusieron fuego. Había bastantes chupones de ceniza, y yo decía que a saber cuál de esos sería mi niño”, explica. Ella vivió en duelo por su hijo durante años, hasta que nueve años después, se reencontró con él. Juana no se explica por qué, pero los victimarios de sus padres no mataron a su hijo. Él creció en San Salvador.

Antes del atardecer, el trabajo del día se termina. Unos médicos forenses sostienen que se puede observar la parte de un cráneo. La indicación de Turner es que no se levante, pues falta apartar más tierra para analizar mejor del hueso. Los médicos forenses del IML comienzan a hacer una zanja porque es posible que llueva durante la noche y necesitan crear un camino para desviar el agua lluvia. Se coloca un plástico blanco sobre el área excavada. Antes de que el sol caiga, la gente empieza su camino de vuelta. Dos policías cuidan la tumba toda la noche.

Recuerdo. A la izquierda, Juana de Jesús sostiene a su hijo en el refugio donde vivió tras la masacre. A la derecha, su hermana Alicia. Ella murió a los 17 años, en la masacre.

***

SOLO EL INICIO
Al principio se planteó que la exhumación duraría tres días, pero duró cuatro. El 1.º de noviembre se terminaron de sacar los últimos restos. Algunos testigos de la exhumación cuentan que, junto a los huesos, se encontró una cartera pequeña de mujer, un trapo que parece un pañuelo y una pequeña navaja similar a las que se usan para pelar naranjas. Entre los huesos no hay armas, pistolas o algo que denote que las personas estaban armadas.

Esta exhumación es parte de las primeras investigaciones relacionadas al caso que se sigue en el Juzgado de Primera Instancia de San Sebastián. El caso aún tiene más retos, como individualizar la acusación. Hasta ahora, explica el acusador particular del caso, David Morales, ha sido difícil tener acceso a documentos militares de la época para poder empezar a señalar responsabilidades específicas.

Además, “Silvana Turner no se pudo llevar los restos ni el ADN”, indica Irene Gómez, trabajadora de Cristosal, una organización que labora directamente con los supervivientes de la masacre y brinda apoyo jurídico. Ella sostiene que debido a que la exhumación se extendió un día más, hubo un atraso en el permiso final para sacar las muestras.

Los huesos ahora están siendo resguardados por Medicina Legal. El 6 de noviembre, el juez de Primera Instancia de San Sebastián giró un oficio en el que autorizó la salida de la muestra del país. Pero una gestión con la embajada argentina demoró. “Ahorita lo que ha quedado es que le manden (a Turner), a través de la valija diplomática, las muestras para hacer la respectiva evaluación”, argumenta Gómez.

“La posibilidad de recuperar ADN de los restos existe; no obstante, debido al mal estado de preservación, se definirá más claramente al momento del análisis de laboratorio”, comenta Silvana Turner a través de un correo electrónico. A ella se le pregunta cuánto tiempo demora, usualmente, el análisis de las muestras. “No puedo dar mucha precisión, pero normalmente calculamos alrededor de dos meses mínimo desde el momento en que las muestras llegan a Argentina”, responde.

Mientras tanto, Juana sigue esperando que le devuelvan los restos. Ella planea hacer, por fin, una vigilia, un rezo y un entierro digno. No los va a enterrar en un cementerio, volverán al lugar en el que han permanecido por 36 años, cerca del río Amatitán. Mientras habla de esto, dos de sus nietas pequeñas juegan en el patio. Sonríen, tienen el pelo liso y castaño. Les encanta jugar en la tierra.

Técnica especializada. El personal del Instituto de Medicina Legal apartó con brochas y palas la tierra para descubrir los restos y no dañarlos.

Vacíos de campaña

Estamos a dos meses de las próximas elecciones presidenciales pero las diferentes candidaturas han planteado propuestas vagas y generales para solucionar los problemas urgentes del país. Parece que los candidatos no aprendieron nada del desencanto y el hartazgo generalizado de la ciudadanía, que ha señalado en diversos espacios las fallas de los gobiernos anteriores y las necesidades reales que tenemos.

Hay muchos temas que han quedado fuera y que deberían de tomarse en cuenta, si pretenden lograr el voto de ese amplio sector de la población que está harto de promesas no cumplidas, de abusos, sinvergüenzadas e ineptitudes. Se habla de defender el medio ambiente, por ejemplo, pero lo que dicen todos es que habrá campañas de reforestación sembrando equis cantidades de árboles, cuando el problema ambiental es mucho más complejo y grave.

En tiempos de cambio climático y de contaminación ambiental crítica, ¿cuáles son las medidas que se tomarán para reducir el impacto de los fenómenos naturales, ¿qué se le exigirá a las empresas, establecimientos comerciales y ciudadanía para reducir sustancialmente la producción y uso de plásticos y otros contaminantes?, ¿cómo se va a proteger el bosque existente en el segundo país más deforestado en América Latina, después de Haití?, ¿cómo se van a proteger las fuentes de agua de los desechos de las industrias contaminantes?, ¿qué se hará con las empresas mineras?, ¿se seguirán aprobando indiscriminadamente construcciones de edificios, carreteras, centros comerciales, campos de golf, residenciales y monumentos que destruyan las reservas naturales del país y nuestro patrimonio arqueológico?, ¿dónde están los programas de preservación de nuestra fauna?

Tampoco se escucha ninguna palabra sobre un sector poblacional con una problemática propia, como es la de las personas mayores, y no me refiero estrictamente al adulto mayor (de los 65 años en adelante), sino a la franja de personas que son despedidas a partir de los 45 años de sus empleos, porque las empresas e instituciones prefieren contratar a personal más joven.

El enfoque casi exclusivo de la solución de problemas nacionales sobre la juventud, si bien es importante, ha dejado en el descuido a una amplia franja de población que se ve obligada al autoempleo, con consecuencias económicas duras. El fracaso del plan de pensiones obliga a muchos a continuar trabajando o a buscar otras formas de ingreso económico. Gente que ganaba un sueldo promedio de $1,000 mensuales, recibe una pensión de entre $230 a $300. En otras palabras, pensionarse es sinónimo de pobreza, de degradar la calidad de vida del ciudadano, en un país con un altísimo costo de subsistencia, con servicios públicos deficientes, salarios miserables y un sistema bancario que no premia el ahorro sino que estimula el endeudamiento.

Mucho se habla de las pensiones, pero más grave es el hecho de que la mayoría de la población no cotiza ni para el seguro social ni para el retiro. Debe trabajar hasta morir. ¿Por qué nadie se preocupa por esa mayoría? ¿Por qué se le anula y expulsa de la vida económica, cuando todavía hay muchos que están en capacidad de trabajar o emprender? ¿Por qué en los discursos de gobierno esta gente es invisible y no existente? ¿Por qué no se asume que esa población no atendida está en peligro de pobreza real?

Si a esto sumamos la fragmentación familiar, heredada desde la guerra e intensificada por los fenómenos migratorios y delincuenciales que atravesamos, no se puede confiar en que las personas mayores tendrán amparo en sus familias al llegar los años finales. Fíjese cuántos están pidiendo en los semáforos o en otros lugares. Fíjese también en las ofertas de empleo, limitadas hasta los 35 años, las más generosas. ¿Quién dignifica a las personas mayores de 45 años? ¿Dónde están las organizaciones que trabajan para ellas? ¿Dónde los programas que no sean recreativos o de terapia ocupacional para un segmento de población que sigue lúcido, saludable, con necesidades y con deseos, no solo de trabajar, sino de compartir ideas y propuestas de acuerdo a su experiencia? ¿Dónde están los programas educativos y sociales que terminen con el prejuicio y el estigma de que las personas mayores son enfermas, tontas, inútiles y que todo lo que dicen y hacen es intrascendente?

Por último, aunque no por ello menos importante, ningún candidato ha hablado sobre el tema cultural. Un par lo ha mencionado de manera veloz, pero siempre con el limitado enfoque de utilizar el arte como herramienta preventiva de la violencia o como terapia ocupacional, cuando cultura es un tema transversal que impregna todo nuestro quehacer cotidiano y no se limita a lo artístico.
El tema es tanto más importante porque existen un ministerio y una ley de cultura, fundados por el gobierno actual, que si bien es cierto no han funcionado como deberían y tienen toda suerte de limitantes y carencias, están ahí y han sido resultado de los esfuerzos de un gremio que lo viene empujando y discutiendo desde hace años. Lo logrado, aunque deficiente, debe seguirse desarrollando y consolidando. No lo podemos dejar perder.

Sigue pendiente la promesa de campaña del actual presidente, de conceder seguro social y pensión para los artistas, un gremio que suele tener graves altibajos económicos. Numerosos son los casos de artistas que murieron en la pobreza y el abandono, para que después, con la hipocresía social que nos caracteriza, alabemos su obra sin habernos preocupado por ellos en vida. El patrimonio cultural (material e intangible), los pueblos indígenas, la literatura y la memoria son algunos de los muchos temas pendientes de atención en lo cultural.

El trabajo y las soluciones para estas áreas no pueden seguirse posponiendo hasta un hipotético mañana que nunca llega. Un buen gobernante debe ser capaz de comprender que el entramado de la problemática nacional es complejo y que los temas mencionados son transversales a toda nuestra realidad.

Subestimar la importancia de estos temas es como pegarle un tiro en el pie al país. Siempre andaremos cojos, caminando en desequilibrio, si no los atendemos con la prioridad que merecen.