Los hijos aún quieren huir

Sara

Sara habla con voz baja desde que el problema sucedió. A veces articula las palabras, pero de su garganta no sale ningún hilo de voz. Eso pasa cuando menciona el nombre de la pandilla que amenazó a su hijo y cuando acepta que sí, que aunque ya pasó un año, aún tiene miedo.

No se llama Sara, pero la condición para dar su testimonio fue que no se revele su nombre real ni su ubicación. El problema, como ella lo llama, fue un ultimátum a Carlos, su hijo menor. A raíz de eso, perdió su trabajo y la casa que se disponía a comprar. Ahora ha vuelto al pueblo del cual salió hace años buscando una mejor vida. Desde ahí intenta sobrevivir cosiendo, pero en la zona también hay pandilleros y su hijo ha tomado una decisión: el muchacho de 19 años migrará a un país que no conoce, donde una persona –a quien tampoco conoce personalmente– le ha ofrecido casa.

El caso de esta familia es uno de tantos que no han sido denunciados ante la Policía Nacional Civil (PNC) por temor a que se filtre información. Sara solo denunció su situación ante la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) que, en los primeros seis meses de este año, recibió 85 denuncias de desplazamiento forzado. En esos casos, 263 personas huyeron de sus hogares.

Esa cifra, sin embargo, puede ser débil para representar la magnitud del problema. Por ejemplo, el Informe Global de Desplazamiento Interno del Consejo Noruego para los Refugiados calculó que 296,000 salvadoreños sufrieron desplazamiento debido a conflicto el año pasado.

Del fenómeno se tienen datos y cálculos, pero gubernamentalmente no se admite. La PDDH cita un estudio en el que se sostiene que el 4.9 % de los hogares salvadoreños cambiaron su lugar de residencia “como producto de la violencia e inseguridad pública” hace dos años. Beatriz Campos, la procuradora adjunta para Personas Migrantes y Seguridad Ciudadana de dicha institución, lo resume en pocas palabras: “Para el Gobierno, reconocer que hay desplazamiento por pandillas es como decir ‘bueno, no somos suficientes para controlar el territorio, ni siquiera eso’”.

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EL ORIGEN DEL PROBLEMA

Carlos tenía 17 años, estudiaba bachillerato y tenía novia. Vivía en un municipio controlado por pandillas y, hasta entonces, no había tenido ningún problema con los pandilleros de su misma edad.

“Mi otro hijo me contó que Carlos tenía una novia. ‘Está bueno –dije yo–, está en la edad de tener novia’”, cuenta Sara, su madre. Hasta el año pasado, ella trabajaba en ventas de un negocio en San Salvador. Normalmente salía de su casa temprano y regresaba hasta pasadas las 7 de la noche. Con su trabajo, asegura, tenía ingresos de $500 mensuales.

Debido a la inseguridad de la zona, el alquiler de la casa era de $40, y la madre de familia había iniciado pláticas con la dueña para comprarla por $11,000. Sus dos hijos estudiaban bachillerato, ella descansaba los domingos y, a pesar de las pandillas en la colonia, la vida para los tres pintaba bien. “Tenía una vida bastante tranquila”, alcanza a decir antes de que se le corte la voz por el llanto.

Una noche de abril del año pasado, cuatro muchachos de la edad de sus hijos tocaron la puerta de su casa y exigieron entrar. Ella sabía que eran pandilleros. Entraron a la sala y no se fueron hasta media hora después.

Dijeron “que mi hijo andaba con la mujer de un marero… ella no se ve así, como que fuera de ellos, pero sí, quizá se relacionaba mucho con ellos. Se querían llevar a mi hijo. Yo me humillé. Negocié con ellos. Llegaron a una opción, gracias a Dios, de que teníamos que irnos o si no, lo iban a matar”, dice Sara.

A la mañana siguiente llovía, recuerda Sara. Se preparó como si fuera a trabajar, tomó su cartera y salió a las 5 de la mañana. A su lado venía Carlos, su hijo menor. Era su huida, pero no cargaba ninguna maleta. Querían aparentar normalidad. Sara subió a su hijo en un bus y le dio la instrucción de no bajarse hasta el final del recorrido. En el otro punto, la tía de Carlos lo esperó y lo acomodó en este pueblo en el que se reubicaron.

Sara llegó a su trabajo para decir que tenía que irse y volvió a su casa. Consiguió un camión y ahí metió unas camas, la ropa, la refrigeradora, la cocina, unos sillones, unos adornos y flores de plástico. Cuando ella abandonó la casa de San Salvador, cuenta, unos siete mareros de la Mara Salvatrucha estaban custodiando: “Ellos incluso hablaron con el motorista, que para dónde iba. Y él les dijo ‘va para unos pasajes más arriba’, pero era mentira. En la casa quedaron unas mesas, quedó una cama porque ya no cabía, ni modo”.

Sara se subió al camión y se propuso no volver a ese lugar. “Salimos por otra calle que siempre va a salir a la principal. Ellos están al tanto de todo lo que está pasando en la colonia. Yo sentía como que nos iban siguiendo”.

Cuando llegaron al pueblo, Sara sintió un poco de calma. Pero durante el primer mes, sus hijos decidieron encerrarse y no salir. La ilusión de encontrar la paz no ha sido duradera. Después de un año, Carlos busca huir de nuevo.

Iniciativa productiva. Sara ha sido apoyada por una organización para montar un negocio y poder tener un ingreso económico después del desplazamiento forzado.

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ORGANIZACIONES RESPONDEN ANTE UN ESTADO AUSENTE

“Lo ideal sería que las instituciones del Estado actuaran, pero no. Lo que hacemos es que nos ayuda el Comité Internacional de la Cruz Roja, Cáritas, Cristosal. Ellos evalúan dónde les dan albergue inmediato. Como procuraduría, no tendríamos que activar tanto a las organizaciones, pero en la práctica se nos ha dificultado. Las organizaciones están bien posicionadas y son las que nos dan, a veces, más respuesta que el Estado”, reconoce la procuradora adjunta para Personas Migrantes y Seguridad Ciudadana.

De acuerdo con cifras de la PDDH, desde enero hasta junio de 2018, la institución contabilizó 283 víctimas de desplazamiento forzado interno. Dentro de estas personas, el grupo que más fue desplazado fue el de mujeres adultas de 19 a 41 años. El departamento en el que más denuncias se recibieron fue San Salvador, con el 60 % del total de casos.

Sara contó su caso en la PDDH y ahí la refirieron a Cristosal. Esa organización cuenta con un programa piloto para apoyar negocios de víctimas de desplazamiento forzado. La idea es ayudar a que las personas desplazadas puedan desarrollar un sostén para integrarse a las comunidades de manera productiva.

Eloisa Lara, la coordinadora de este programa, explica que Cristosal apoya con capital semilla: “No tenemos un tiempo definido de apoyo. Medir soluciones duraderas no es algo que vamos a lograr de la noche a la mañana bajo todas las condiciones de violencia de El Salvador. Las soluciones duraderas son un proceso complejo y largo en el cual nosotros vamos acompañando a la familias por, al menos, un año”.

Sara recibió una máquina de coser y, como ya sabía usarla, le enseñó a su hijo mayor cómo hacer cojines para poder tener algún ingreso económico. Por ahora, el modelo de negocio no es suficiente para sostenerse. Por ejemplo, ahora tiene en su casa un encargo de 50 cojines celestes por los que tendrá $100 de ganancia. Ella y su hijo han trabajado un mes en ese encargo.

Sara y sus hijos huyeron de San Salvador hace un año, pero no han estado libres de la delincuencia. Además del desarraigo, el costo de la huida ha sido alto. “Voy a vender a los cantones y hace poco, en el bus, me robaron producto valorado como en $150”, cuenta. Y si el año pasado pagaba $40 de renta, el alquiler de la pequeña casa de un cuarto en la que ahora vive con sus hijos es de $110 al mes.

Cifras de la procuraduría indican que, de cada 100 personas que se encontraban trabajando al ser desplazadas, 42 se vieron obligadas a “dejar el empleo o la microempresa que tenían. Es decir, junto con la vivienda, abandonaron sus medios de vida y, como resultado, su condición económica empeoró”.

Además, el desplazamiento supuso que sus hijos dejaran de estudiar el bachillerato. El Observatorio 2017 del Ministerio de Educación reportó que, en al menos 683 centros escolares se registraron casos de estudiantes que dejaron de asistir a clases por la presencia de maras en la zona del centro de estudios.

Lo ideal sería que las instituciones del Estado actuaran, pero no. Lo que hacemos es que nos ayuda el Comité Internacional de la Cruz Roja, Cáritas, Cristosal. Ellos evalúan dónde les dan albergue inmediato. Como procuraduría, no tendríamos que activar tanto a las organizaciones, pero en la práctica se nos ha dificultado. Las organizaciones están bien posicionadas y son las que nos dan, a veces, más respuesta que el Estado”.

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CAMBIAR DE LUGAR NO ES SUFICIENTE

—¿Acá no hay problemas de pandillas? –se le pregunta a Sara en un día lluvioso.
—Fíjese que es lo mismo aquí. Carlos no salía, hasta hace poco. Pero pasó un mes en que solo en la casa pasaba, hasta que empezó a buscar trabajo porque hay que salir adelante. Tenemos presencia de pandilleros aquí cerca. Hace poco Carlos venía ya como a las 8 de la noche y ellos estaban fumando allá arriba. Lo pararon y le preguntaron que por qué no lo habían visto, y él les dijo que trabajaba en la alcaldía y le han dicho que lo van a investigar”.

Carlos dio esa respuesta porque logró ser aceptado como aprendiz en un taller de la alcaldía de ese pueblo. El muchacho no recibió amenaza, pero ese mensaje fue suficiente para que la familia se sienta vulnerable de nuevo.

“Ahí está que mi hijo me dice que se va a ir. Dice que ya no quiere estar acá. Tengo una amiga que tiene una hermana en el extranjero. Ella me lo va a recibir. Lo que más quisiera es que ellos estén bien. Poder sacarlos de acá y que ellos puedan tener libertad de decir ‘voy a ir aquí’, ‘voy a ir allá’, sin pensar que les puede pasar algo”, cuenta Sara con amargura.

“Las soluciones duraderas para personas desplazadas se alcanzan a través de su integración comunitaria”, asegura Mauricio Quijano, director de Desarrollo Comunitario de Cristosal.
Brindar “soluciones duraderas es responsabilidad del Estado. Tal responsabilidad se manifiesta a través de la presencia territorial de las instituciones estatales, proveyendo acceso a servicios. Restituir los derechos de las personas desplazadas en comunidades de acogida requiere de la promoción de ambientes favorables para el ejercicio de dichos derechos”. Un ambiente que aún no han encontrado ni Sara ni sus hijos.

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LA REUBICACIÓN QUE FALLÓ

En julio de este año, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia reconoció que el problema del desplazamiento forzado interno existe ,y ordenó al Ejecutivo que hiciera lo mismo y tomara medidas de protección para las víctimas. Esta resolución de la sala se dio tras la solicitud de un amparo en el que 33 personas de un grupo familiar dijeron haber sido víctimas de un sinfín de tipos de violencia en El Salvador.

Un hombre, identificado con la clave Demandante 2, declaró ante la Corte que los miembros de su familia vivían en un área de Ciudad Delgado dominada por pandillas.
“En 2016, la cosa se puso caliente”, se escucha decir al hombre en un video. “Extorsionaron todos los negocios, mataron al que vendía tortillas en la comunidad. Mataron al hijo del señor que vendía gas y a su papá lo balacearon. A la señora del chalet de la tienda la balacearon. De ahí mataron a un sobrino de mi primo”.

Pérdida de trabajo. Un estudio de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos indica que el 42.5 % de los desplazados se vio obligado a dejar su empleo en el período de abril de 2016 a mayo de 2017.

Luego, la violencia lo tocó de manera directa. Dos de sus familiares pertenecen al ejército y una de sus hermanas fue violada junto con su hija de 12 años. Los pandilleros, de acuerdo con la declaración, amenazaron con matarlas si no entregaban a sus hermanos militares.

Con todo esto en la cabeza, el Demandante 2 decidió coordinar el traslado de su familia hacia Berlín, Usulután. “Un mes y medio después ya habíamos hecho el rancho de lámina”, se le escucha decir. Pero el lugar al que se desplazaron se convirtió en otra estación de su vía crucis.

En el video, el hombre explica que, llegado diciembre, la comunidad organizó una fiesta frente a la casa informal que recién había construido. “Estaban enfrente de nosotros las luces, la discomóvil, todo el show y la gente contenta. Todo bello. A las 10:30 fue el parón de luces y de sonido. Pum. Y el gran caos y la gritadera”.

El Demandante 2 asegura que policías llegaron y realizaron un operativo en busca de pandilleros. Luego, su madre salió a observar qué sucedía.

“Cuando mi mamá venía saliendo, se oyeron los disparos. Mi mamá gritó y yo le dije ‘no, tranquila, mamá, no me han baleado a mí’. ‘Hijo, me balearon’, me dijo. Yo la alumbre y cuando la vi, su pantaleta blanca estaba empapada de sangre. Mi hermano la agarró. Mi papá le daba boca a boca respiración. ‘¿Qué han hecho?’, le dije yo. En el baile pregunté quién disparó. ‘Los policías dispararon’, dijeron en la comunidad”.

Este caso que ilustró la violencia de El Salvador sirvió para que la Corte Suprema de Justicia se convirtiera hace solo cuatro meses en la segunda institución pública en reconocer este fenómeno.
“No se encuentra razón para dudar del declarante, pues no se ha aportado al proceso prueba que ponga en duda su credibilidad o la confiabilidad de la información que proporcionó”, razonó la Sala de lo Constitucional al respecto.

La sentencia indicó que “los integrantes de su grupo familiar han sido víctimas de desplazamiento forzado, en un primer momento, como consecuencia del acoso y de graves atentados que pandilleros del Barrio 18 efectuaron en su contra y, en un segundo momento, por un hecho de violencia no investigado ni esclarecido que involucró a agentes de la PNC y provocó el fallecimiento de la madre del demandante”.

Las personas identificadas como víctimas y demandantes en este amparo ya lograron irse de El Salvador. Su intento de reubicación dentro de su propio país terminó en un homicidio que aún no ha sido esclarecido.

La sala estableció que la Asamblea Legislativa había fallado al no actualizar normativa para la atención de estas víctimas, así como señaló fallas del sistema policial y fiscal. Además, ordenó que se tomen medidas para proteger urgentemente a las familias que huyen por la violencia.

En la práctica, las órdenes de la Corte son solo palabras sobre papel. La procuradora Beatriz Campos lo reconoce así: “Las ONG están supliendo, aunque no debería ser así. Y ahí nuestro principio se va un poco por la borda porque queremos que el Estado asuma, pero no tiene cómo, por más recomendaciones que se hagan y por más que la sentencia esté vigente”.

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UN PROBLEMA SIN ESTADÍSTICAS CLARAS

“Hay personas que dicen claramente que no quieren denunciar ante la PNC o la Fiscalía. Pero nosotros registramos el caso”, sostiene Campos. También otras organizaciones llevan sus propias estadísticas. De enero a septiembre, Cristosal ha registrado 115 casos de desplazamiento forzado. En promedio, 12 por mes. En el 68 % de los casos, las víctimas han decidido no interponer denuncia ante el Estado.

“Existen varios factores que no hacen posible en este momento un cálculo con alto nivel de precisión del número de desplazados. Dentro de ellos se destaca el carácter invisible del desplazamiento. La visibilidad podría significar ser detectados y ser de nuevo víctimas de la violencia”, se puede leer en un informe del año pasado de la Procuraduría.

Si no hay denuncia formal, ¿cómo se sabe que los casos son reales? Cuando esto se le cuestiona a la procuradora Beatriz Campos, ella responde que las personas que llegan a la procuraduría se presentan en situación límite y, en ocasiones, en crisis nerviosas. Ella recuerda que predominan los grupos familiares en los que hay jefa de hogar con hijos y nietos. “Cuando la gente viene, no creo que estén fingiendo ni estén haciendo ninguna especie de histrionismo. Vienen con sus cosas, vienen con su grupo familiar”.

De una muestra de 138 casos de desplazamientos estudiados por la procuraduría, las principales causas para desplazarse fueron las amenazas de muerte y el intento de homicidio. A pesar de que estas acciones constituyen delitos que pueden ser denunciados ante las autoridades, las personas entrevistadas por la institución revelaron los motivos principales por los que no denuncian: por miedo a represalias y por desconfianza en las instituciones.

La desconfianza no es gratuita. “La mayoría de estos casos son provocados por pandillas, pero hay cinco denuncias de este año en los cuales las causales de desplazamiento son provocadas por agentes policiales, o sea, es una violencia institucional”, señala Campos desde su oficina en una tercera planta de San Salvador.

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LA PARTIDA

A mediados de este octubre, miles de personas salieron juntas de Honduras con destino a Estados Unidos. Los medios han nombrado al grupo de personas que avanza a pie en la Caravana de Migrantes. Se calculan entre 3,000 y 7,000 personas las que se juntaron para realizar un éxodo masivo del país centroamericano. Una página de Facebook llamada El Salvador Emigra por un Futuro Mejor ha convocado a salvadoreños a salir en grupo hacia Estados Unidos este domingo por la mañana.

Irse lejos de El Salvador es también el deseo de algunas de las personas que han sido sacadas de sus casas. Cristosal analizó 226 casos de desplazamiento forzado ocurridos entre 2016 y marzo de este año. La conclusión a la que llegaron tras el estudio es tajante: “El 89 % de las familias que entre sus miembros tienen a un niño, adolescente o joven tiene la intención de migrar”.

Entre las instituciones estatales, este no es ningún secreto. Las víctimas de este problema no cuentan con medidas de protección suficientes y algunas se ven obligadas a tomar decisiones radicales, como la migración irregular. La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos afirmó el año pasado que “el Estado mantiene un rol (marginal y) omitido y pasivo en la problemática del desplazamiento interno, a pesar de que la atención a las víctimas es responsabilidad prioritariamente de los Estados en donde ocurre”.

“Vámonos, mamá, hagamos vida en otro lado”, cuenta Sara que sus hijos le han dicho. La pequeña familia ha planificado que Carlos sea el primero en partir solo.

Medio de subsistencia. Sara espera, con la venta de su producto, recuperarse económicamente después de que su hijo fue amenazado de muerte.

Como niños de un planeta extraño

En un gran cuento de Salarrué, “Semos malos”, padre e hijo emigran a Honduras para ganar dinero en las bananeras, meca de los trabajadores salvadoreños de aquellas épocas, años treinta del siglo XX. El viejo y el joven emigran para ganar dinero poniendo canciones en su fonógrafo. Van a pie, y en el camino les salen al encuentro cuatro criminales que los matan para robarles.
Los bandidos se ponen a escudriñar el fonógrafo y logran escuchar los discos. La idea de Salarrué es mostrar que quien tiene poder puede mostrar arrepentimiento, a solo un paso para pedir perdón. No importa si ese poder es perverso, como el caso de los ladrones. Este, el mejor de sus “Cuentos de barro”, estuvo cumpliendo 119 años el 22 de octubre.
Salarrué trata el tema trágico con una gran delicadeza poética, tanto en el manejo de padre e hijo asesinados como el arrepentimiento de los delincuentes.
“Dicen quen Honduras abunda la plata. —Sí, tata, y por ái no conocen el fonógrafo, dicen…”
Como decía el poeta Roberto Armijo cuando veía una injusticia: “Es que los humanos somos ingratos”. Ese criterio de verdad, sostenido por Armijo, nos causaba expresiones irónicas por parecernos inocentes juegos que se dan entre hermanos de letras.
Alguien que comete un crimen solo se diferencia en grado de quien maneja su poder con soberbia y vacíos de conocimiento e información.
Pero no solo entre los excluidos suceden ingratitudes. Lo conocemos desde el Renacimiento, cuando Miguel Ángel Buonarroti fue sometido por un papa que encadenaba al genio en los andamios para que pintara la Capilla Sixtina.
“¿Cuándo vas a terminar la Capilla Sixtina?”, le decía el sacerdote. Miguel Ángel respondía: “Cuando pueda”.
Y el santo papa Julio II, hombre al fin, le dio un par de bastonazos. El universal maestro del Renacimiento reaccionó abandonando el Vaticano para huir a Florencia; sin embargo, su intuición genial lo hizo retornar sin recibir presiones, porque estaba claro que debía dar fin a una obra que sería destinada a la eternidad artística. Regresó a terminar su obra.
¿Y Mozart? Castigaron al genio que nunca dejó de ser niño no por desconocer sus dotes, sino por antisolemne, poco lisonjero con los príncipes que no entendieron su humor, ni en su libertad para expresarse como era. Fue inhumado en una fosa común como desconocido. Nunca se supo de sus restos.
¿Y el gran poeta peruano César Vallejo? Muerto de tuberculosis y abandonado en París. ¿Y García Lorca, poeta transparente y femenino, fusilado por los militares fascistas? ¿Y Fiódor Dostoyevski en su celda de muerto en vida? Aunque su prisión valió para que nos dejara su obra “El sepulcro de los vivos”. El maestro del idioma ruso no tuvo perdón del representante de Dios en la tierra: el zar. La herencia de Dostoyevski equivale en idioma ruso a Cervantes, quien nos dio la Biblia del idioma castellano, El Quijote.
¿Y Van Gogh? Sus cuadros pudieron terminar en un basurero de no ser porque el hermano Theo los conservó en el closet de su casa. El genial pintor optó por el suicidio a los 37 años. Su valor fue reconocido poco después de muerto. Tanto él como el hermano.
La historia de Van Gogh me emociona porque muchas veces pasé por Antwerpen (Amberes) para hacer conecte en los trenes europeos hacia la cuna del genio pintor medieval Gerónimo Bosch, en Hertogenbosh, una ciudad de entrada a Holanda.
Y en otro milagro visité más de una vez la Universidad Católica de Tilburg, nada menos el municipio donde nació Van Gogh. Todo esto sucedió cuando desde el idioma holandés comenzó a proyectarse a otros idiomas mi novela “Un día en la vida”. La traducción surgió de manera casual cuando conocí en Costa Rica a dos mujeres holandesas, Adelina e Ineke, ingeniera y médica, respectivamente.
Se emocionaron al leer la obra en español, por el hecho de que se refería a una mujer campesina. Decidieron saltarse los vacíos en lingüística para emprender la traducción. Por supuesto que les di apoyo para desentrañar los modismos idiomáticos salvadoreños.
Pienso que los escritores escogimos el oficio más original, aunque marginal. Marginalidad que significa reto, necesidad de enfrentar con ideas visibilizadas por medio de la palabra reconstruida, que bien manejada constituye un poder, aunque no siempre uno sea consciente de ello, a diferencia de otra clase de poderes que, por su intensidad, pueden volverse prepotencia y amenaza para la vida humana.
Es menos evidente la rebeldía en la pintura y la música, el teatro y la danza, aunque transforma por igual la realidad objetiva. Ocurre que en el escritor es más fácil que se confundan sus visiones con alucinaciones que parecieran poner en riesgo las realidades subjetivas de la tradición.
En fin, repito algunas expresadas en mis comparecencias ante jóvenes:
“Hay que escribir para neutralizar las condenas previas, hay que pintar, hay que hacer música, hay que darse con la piedra de los muros. Nada de ingerir la cicuta como el sabio Séneca o hacerse el harakiri a lo Mishima, ni aspirar el gas como la desesperada poeta Silvia Platz”.
“…Hay que escribir poemarios como lluvia torrencial, el arcoíris surgirá después de la tormenta. Trabajar como la tenaz gota de agua. Lo importante es hacer el milagro de horadar la roca, vencer el irrespeto por estos oficios que, por sagrados, también son sacrílegos. Ser poetas de planetas extraños”.

La esquina: reencuentro y reconciliación

Hace unas semanas me agregaron a un grupo de WhatsApp que tiene por nombre La Esquina. No tuvieron que explicarme para comprender inmediatamente todo el sentido que tenía su nombre. En el grupo están agregados quienes conforman esa hermandad que solo se da en los tiempos de la infancia y la adolescencia, y que para nuestro caso –como el de muchos jóvenes salvadoreños– tenía como escenario la esquina de la colonia. La nuestra, la colonia Escalante, de Ilopango.

No voy a profundizar en estadísticas. Basta decir que la amplia mayoría de ese grupo ya no vive en El Salvador. Fueron parte de la diáspora entre finales de los noventas y principios del siglo XXI. Cuando alcanzamos la edad económicamente activa, el paraíso que presentaban en las cumbres internacionales los presidentes Francisco Flores y Antonio Saca no estaba para nosotros.

El lado más amplio y feo de la política neoliberal que gobernó los años noventa nos expulsó de los adoquines de nuestra colonia. La esquina donde pasamos tantas tardes y noches inolvidables se quedó sola. Y así, como la nuestra, se quedaron muchas otras, quizá cientos o miles, en aquel El Salvador de los tan mentados 20 años.

Muchos ahora tienen la solvencia económica para regresar a vivir cómodamente a las comunidades que un día dejaron, pero estas se han vuelto brutalmente hostiles. Además, en la mayoría de casos, ya quedan muy pocos, casi nadie, de quienes conformaron su comunidad. De hacerlo, volverían a un lugar extraño. En ese sentido, los migrantes salvadoreños, como genuinos Odiseos, parecen estar condenados a no poder volver.

Por eso decidí escribir esta columna, porque no escucho a los candidatos de esta campaña hablar de dos grandes hechos que nos han marcado como nación: la migración y la violencia. No encuentro sus ideas sobre dos políticas de Estado que necesita urgentemente un país desangrado y en diáspora: políticas de reconciliación y políticas de reencuentro.

El reencuentro en dos sentidos: políticas para el retorno (reencuentro) y políticas para la construcción de espacio público (encuentro). Las políticas de retorno, con dos grandes aristas: las políticas para aquellos que pueden y quieren regresar por su propia voluntad (para vivir su retiro acá, comenzar un negocio, etcétera), y las políticas para el tratamiento de los deportados. Dentro de estas últimas, medidas urgentes para el recibimiento de aquellos que migraron por violencia.

Además, políticas para la construcción de espacio público, pues ya no nos quedan muchos para encontrarnos como comunidades, ni siquiera aquellas esquinas. Necesitamos espacios para encontrarnos como nación y procesos para reconciliarnos, o talvez sería más preciso hablar de procesos para conciliarnos por primera vez en nuestra historia. Una reconciliación que nos aleje de esa nación que huye constantemente de sí misma y que construye monstruos a su imagen y semejanza.

Si queremos que El Salvador sea viable necesitamos implementar políticas de reconciliación para superar el conflicto de los ochentas y el que vivimos hoy: procesos de justicia restaurativa; diálogos para la pacificación, que incluyan a las víctimas y las autoridades, pero también a aquellos actores violentos que controlan a las comunidades; procesos de desistimiento masivo de la vida violenta asociada la pandilla; depuración de la policía, del ejército y del sistema judicial; transformación del sistema penitenciario; recuperación de la memoria histórica; reparación simbólica y económica para las víctimas, entre otras medidas.

Necesitamos reconstruir nuestras esquinas, como metáforas de la sociedad salvadoreña actual. Esas esquinas de jóvenes que se tuvieron que ir, por necesidad, por miedo o por ambas. Propiciar sus reencuentros es cuestión de Estado.

Los tuits que narran la caminata

Twitter es una red sociodigital de mensajes breves que pueden acompañarse con fotografías o emoticones. Son oraciones pequeñas, cortas y sintéticas, puesto que la extensión es de 280 caracteres. Para que se hagan una idea, es la extensión de este párrafo.

Ya deben haber visto que entre 2,000 y 6,000 personas han salido de Honduras e intentan cruzar los Estados Unidos Mexicanos para llegar a los Estados Unidos de Norteamérica. Es posible ver de esto en la televisión, escucharlo en la radio, leerlo en los periódicos. Algunos lo estamos siguiendo casi de manera exclusiva en Twitter. ¿Por qué? Su brevedad es como leer titulares de un periódico, con la posibilidad de que algunos se extienden a las notas, o en las respuestas que otras personas hacen a un tuit. Comparto para mí las tres grandes ventajas de esta red, aunque no es precisamente tecnopolítica (tecnología centrada en la gente y esta es una empresa con fines de lucro).

Una: agrupa mensajes a través de hashtags, esa etiqueta que inicia con el símbolo de numeral y que hace que todo lo que esté a continuación, sin espacios de por medio, se agrupe bajo él (a modo de “post it”) y lo resalta en el texto (a modo de comillas). Y entonces tenemos al menos uno, #CaravanaMigrante, muy informativo, pero lanza otras cuestiones al debate: ¿por qué no “refugiados”, o incluso por qué ocupar “caravana”?

Dos: permite contar historias a través de hilos, es decir, una secuencia de tuits que permite autorresponder una publicación y hacerla tan larga como sea necesario. Aplica para explicaciones de arte, astronomía, literatura y anécdotas personales, y en este caso ha habido algunos que valen mucho la pena.

Alberto Arce es un periodista que vivió varios años en Honduras y ha publicado en el Washington Examiner y ElDiario.es, además de un libro sobre la situación en nuestro país hermano. En Twitter ha estado compartiendo artículos para dar contexto, apoya que esto no es migración sino búsqueda de refugio, y uno de sus mejores hilos inicia así: “Voy a explicar cómo se difunde la desinformación sobre la caravana de Hondureños y cómo se discriminan fuentes y, con ellas, narrativas y debate a partir de un pequeño detalle de ayer. Como lo explicaría a mis estudiantes. Abro Hilo”: en veinte tuits, nos referencia a periodistas y medios que informan a partir de datos comprobables e interpretan contexto, por lo que son confiables para entender esta crisis humanitaria.

Tres: es un espacio público digital. Permite mayor diversidad de opiniones frente a lo que habitualmente se puede encontrar en los medios tradicionales. Sí, eso implica que podemos seguir cuentas falsas, o de personas reales (amigos, familia) que comparten información falsa, pero lo digital ha permitido que surjan medios de comunicación que dejan hablar a personas con otros puntos de vista. Y esto es fundamental para la democracia.

Así lo reflexionan José Manuel Sánchez Duarte y otros expertos en su artículo “El papel de las tecnologías cívicas en la redefinición de la esfera pública”. Permite la visibilidad de un Jorge Ramos, desde el lugar de los hechos, hasta del músico Jorge Drexler: “Yo no soy de aquí, / pero tú tampoco. // (En la #CaravanaMigrantes vamos todos)”, tuit en que enlaza a su canción “Movimiento”.

Así, mi apuesta es permitir que las redes sociodigitales nos narren, con nombres e historias, las razones de miles de personas para refugiarse en un país que no conocen. Porque en nuestro mundo urge la empatía, y esta también puede aprenderse. Porque #NingúnSerHumanoEsIlegal. (Sí, este último párrafo también puede ser un tuit).

Carta Editorial

El desplazamiento forzado interno debería ser considerado como una de las mayores derrotas del Estado que hemos formado. Es la consecuencia última de una cadena de abandonos. No se les ha brindado seguridad pública, porque esa seguridad está catalogada como un privilegio al que solo se tiene acceso con dinero suficiente. No se les ha dado ninguna oportunidad para mejorar ingresos por medio de la educación y el trabajo bien remunerado. Y después de fallarles de esta forma tan cruel, se les deja solos en la desesperada huida. Son, hasta ahora, pocas las instituciones públicas que al menos han reconocido que no son casos aislados, sino que se trata de un fenómeno que afecta a cada vez más personas.

Ya no se trata solo de que una familia pase del punto A, en que recibió amenazas o ataques, al punto B, en el que se percibe más seguridad. Se trata de que ya no se encuentran espacios para garantizarle a nadie que puede estar a salvo y vivir sin sentirse perseguido y vulnerable. Las reubicaciones a veces fallan porque lo que está mal no es una parte, es todo el sistema.

El reportaje de la periodista Valeria Guzmán relata el calvario de varias familias a las que se ha condenado a un éxodo en las peores condiciones. La mayoría va en soledad. Algunos se hacen acompañar de organizaciones no gubernamentales, pero son tantos, cada día se suman más.

Las instituciones estatales no han estado a la altura de la urgencia de las familias afectadas. Han hecho más esfuerzos por minimizar la situación que por brindar una solución integral a un problema que está afectando sobre todo a niños y adolescentes. Cuando se va, la gente no solo deja una calle o una casa, deja comunidades, empleos, escuelas, familia. La gente se queda sin red, se vacía, y esta tragedia no puede seguir sepultada en el silencio.

“El doblaje te da la enorme posibilidad de vivir otras vidas”

¿Qué significa para usted la muerte?

Trascender.

¿Qué está soportando actualmente que no lo haga feliz?

La posibilidad de que trascienda un ser muy cercano.

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Poder servir y, a la vez, tener solvencia.

¿Cuál ha sido el mayor atrevimiento de su vida?

Quemar los barcos para buscar mi sueño.

¿Qué tiene el doblaje sobre otros trabajos de locución?

La enorme posibilidad de salirnos de nuestra cuadratura, de vivir otras vidas por unas horas.

¿Qué personaje ha disfrutado más interpretar en el doblaje?

Al presidente Ronald Reagan, porque es un líder mundial que, aunque ideológicamente no coincide conmigo, es un hombre que muestra tesón y lucha diaria por la consecución de sus metas e ideales.

¿Hay algo que de tener en mayor o menor medida marcaría una diferencia esencial en su vida?

Ver más sonrisas en mi familia y mis amigos cercanos.

CIUDADANÍA FANTASMAL (18)

CASOS DE LA VIDA REAL

El cuerpo exánime estaba tendido en el suelo, y algunos de los presentes se esmeraban nerviosamente en reanimarlo. Era inútil. Y la causa estaba a la vista: aquella ingesta de alcohol que había sido un grifo abierto desde hacía horas en una celebración entre amigos por el motivo que fuera, que siempre los hay a la mano. Llegaron los paramédicos, y luego de un prologado empeño, lo declararon difunto. A su lado, la esposa sollozaba, inconsolable. Entonces trasladaron el cadáver a la morgue.

Ya casi de madrugada, el velador de turno oyó sonidos en la cámara. La abrió. El cadáver se estaba incorporando. Y, sin más, saltó al suelo.

–¡Ya me voy, no aguanto los encierros! Ah, ¿dónde está mi mujer?

–Se fue en cuanto lo depositaron ahí.

Él salió volado hacia el lugar donde había pasado el percance. Los pocos presentes lo recibieron con susto alcoholizado:

–¡Regresó el que estaba ausente! ¡A su salud!

–Gracias, cuates. ¿Dónde está Ulises? Ah, ni me lo digan, de seguro con mi mujer. Voy ahorita mismo a aguarles la fiesta a esos cabrones. La Providencia está de mi parte. ¡Ajúa!

SELFIE INMEMORIAL

A él siempre le habían inculcado que la familia es sagrada, y tal afirmación la mantenía fija en el subconsciente, como una marca de fábrica. Cuando la decisión de formar familia propia estaba tomada, la antigua verdad asumida le resurgió como un aura envolvente, con luz y con aroma originales. Y en la celebración de la boda, que se realizaba en un resort de playa con características paradisíacas, el momento de las fotografías testimoniales había llegado:

–¡A ver, que en cada mesa alguien active un selfie que incluya a todos los que están ahí!

El movimiento se hizo notar en los grupos, que eran numerosos y pequeños. Los celulares comenzaron accionar. Aquel parecía de pronto un convivio de luciérnagas.

En la mesa de los contrayentes sólo estaban ellos y sus respectivos padres. El novio tomó la instantánea. Y cuando la mostró, los gestos de incredulidad se hicieron virales. Y es que en ese selfie había algo inexplicable: en primera plana, los seis presentes –los cuatro padres y los dos recién casados— y detrás de ellos una multitud de rostros de los cuales sólo unos cuantos eran identificables. ¿Serían los antepasados que se asomaban a dar su aval?

EL OTRO VELAMEN

El equinoccio de otoño estaba bien próximo, y aunque en aquella zona tropical eso no estuviera marcado en el calendario, se podía adivinar en los pálpitos del aire que habría cambio de estación. Para los seres más sensibles, ese era una especie de llamado al recogimiento propio de las impresiones otoñales, que tienen luz y frescura características.

En la diminuta vivienda de aquella pareja recién unida ambos compartían la sensibilidad de lo inefable. Esto les daba un impulso de armonía que iba surgiendo desde muy adentro, y por eso fue espontánea la reacción ante la propensión del clima:

–Es hora de navegar, mi amor. El aire nos lleva hacia el agua.

–Ah, pues vamos, para que el fuego no se nos vaya a esconder en la tierra.

Se fueron al puerto más cercano y buscaron el velero anhelado. No había ninguno que hiciera excursiones. Había que contratar uno para desplazarse en solitario. Lo hicieron. Ya en las olas y con las velas alzadas, él y ella se abrazaron, conmovidos. Empezaban a descubrir que aquel era un velero imaginario, en el que podrían navegar para siempre.

UN JARDÍN ANÓNIMO

Desde el doble ventanal de la sala en el apartamento del piso 11, el despliegue de los entornos era una comunidad de edificios de diversas edades y alturas. Algunos, a todas luces de otro tiempo aunque con prestancia visible; otros, ya en proceso de sustitución arquitectónica para aprovechar los espacios en edificaciones al día; y unos cuantos ya característicos de los tiempos presentes. En fin, un despliegue de presencias verticales en el apiñamiento característico de las grandes urbes.

Él, que era un recién llegado por efecto de las condiciones imperantes en su país de origen, se asomaba constantemente a dicho ventanal, para sentirse partícipe del paisaje urbano, tan diferente a aquél en que siempre había vivido. Tenía suficientes recursos para estar ubicado donde estaba, pero había algo que era en su mente una pérdida no resuelta.

Por eso estaba ahí, junto al ventanal de cortinas levantadas, todo el tiempo que le era posible, muy escaso por cierto porque andaba en busca de ocupación en aquella ciudad desconocida, que además era una isla concentrada al máximo.

¿Y qué era lo que buscaba con tanta ansiedad? Siquiera un remedo inspirador de aquello que allá, en su vecindario de colonia de buen nivel, había sido lo natural a lo largo del tiempo: el jardín envolvente instalado en la tierra viva. ¿Pero aquí cómo? Eso se lo preguntaba a diario, hasta que esa tarde su mirador se fue convirtiendo en una pista insospechada: ahí, en un hueco entre edificios esbeltos, parecía hallarse refugiada una familia de verdor.

Se quedó en éxtasis. ¡Su jardín anhelado, que se le aparecía después de tanta ilusión de encontrarlo! Y entonces exclamó sin palabras: ¡Gracias, Manhattan, por devolverme la emoción de estar aquí y allá al mismo tiempo!

CUANDO LA HORA SUENA

Los cuervos revoloteaban alrededor, y en contraste con las imágenes tradicionales ese cruce de vuelos mostraba todos los visos de ser un ejercicio ceremonial. El monasterio a aquella hora se encontraba sumergido en un letargo silencioso, porque todos sus habitantes permanecían en trance de meditación crepuscular. Sólo uno de ellos deambulaba por ahí, como si los cuervos entusiastas lo mantuvieran en alerta.

La iluminación atmosférica se iba difuminando minuto a minuto, y eso hacía que las sombras fueran apareciendo con voluntad invasora. Y entre las que tomaban cuerpo con más nitidez, una se acercó hacia él como si tuviera un mensaje que darle:

–¿Ya te diste cuenta en qué año estamos, en qué mes estamos, en qué día estamos?

El aludido se quedó en suspenso, y tardó unos segundos en reaccionar:

–¿Por qué me pregunta eso, señor? Yo no lo conozco.

–De seguro no me recuerdas, porque somos viejos conocidos, desde antes de tener memoria…

–Pues va a tener que explicármelo, porque yo no entiendo nada.

–Aquí está tu calendario personal, con las fechas envueltas en círculos.

En ese preciso instante sonó una campana, que para él era inconfundible, porque era la del monasterio. Hizo el gesto de volver hacia ahí.

–No, espera, hoy te toca ir a otro monasterio, que es el de tu época siguiente…

Y de inmediato la oscuridad se hizo plena mientras los cuervos seguían revoloteando alrededor.

Nadie los quiere: Los hijos de combatientes del Estado Islámico en Irak

Refugiados

Seis menores viven en un pequeño departamento entre extranjeros en esta ciudad del norte de Irak. El “hombre de la casa” es un muchacho de 18 años, que todos los días trabaja en lo que puede para pagar el alquiler. Su hermanita, de 12 años, es la “madre”, encargada de cocinar, limpiar el sitio y cuidar a sus hermanos menores.

Son oriundos de una aldea a menos de 1 hora en carro, pero no pueden volver: combatientes chiítas quemaron su casa porque su padre militaba en la organización Estado Islámico. Además, temen represalias de sus vecinos por el terror sembrado por esa agrupación cuando controló la zona.

Los chicos de la familia Suleiman están librados a su propia suerte. Su padre está preso y su madre falleció hace varios años. Están traumatizados por la muerte de seres queridos en la guerra y por los problemas de su familia. Tratan de no llamar la atención, temerosos de que sus vecinos se enteren de sus conexiones con el EI.

“Estoy cansada”, dice Dawlat, una pequeña niña de 12 años, de rostro solemne. “Mi madre me visita en mis sueños. Me asusto cuando se va la luz de noche. Me encantaría que mi padre y mi madre estuvieran aquí conmigo”.
Las víctimas quieren venganza
Miles de hijos de militantes del Estado Islámico, muchos de ellos abandonados, son víctimas inocentes de la brutalidad que mostró esa organización. El estigma que los acompaña refleja hasta qué punto la fábrica social de Irak fue afectada por los tres años de gobierno del Estado Islámico sobre buena parte del norte y el oeste del país.

Cuando los musulmanes suníes de EI tomaron esos territorios en 2014, masacraron a musulmanes chiítas, curdos, cristianos, yazidíes y a los miembros de la policía o las fuerzas armadas que caían en sus manos. Hicieron que mucha gente se escapara, a menudo destruyendo o entregando a otros sus viviendas.

La dinámica familiar fue afectada por la revelación de que el padre había abusado de una de sus hijas. Saleh lo confrontó y vivieron varios meses como enemigos bajo el mismo techo. Varias veces se trenzaron a puños. Saleh confiesa que pensó en matar a su padre de noche, “pero dormía con su revólver a su lado”. Para vengarse, su padre lo delató al EI, diciendo que vendía cigarrillos, algo que estaba prohibido bajo la ley sharía. Los combatientes azotaron a Salah.

EI impuso una versión radical de la ley islámica sharía sobre los mismos suníes, matando a muchos que la violaban o a quienes se oponían a su presencia. Algunos suníes iraquíes se unieron el grupo, ya sea por convicción o en busca de beneficios económicos. Muchos más fueron víctimas del EI. Informantes entregaron a sus vecinos, que recibían castigos que iban desde latigazos hasta un balazo en la cabeza en una plaza pública.

Ahora que el EI ha sido expulsado de casi todos los territorios conquistados, sus víctimas quieren venganza.

Un jefe policial de la provincia norteña de Nineveh dijo que sabía de al menos 100 viviendas de Mosul que fueron demolidas porque había miembros del EI residiendo allí. Numerosas familias vinculadas con el EI fueron baleadas y les tiraron granadas a sus casas, señaló.

Miles de iraquíes están presos por sus presuntos lazos con EI y no se sabe cuántos militantes de la agrupación murieron en la guerra. Potencialmente, hay miles de menores sin un jefe de familia y, con frecuencia, sin la madre.

El estigma que no cesa
No es inusual que otros familiares directos se nieguen a hacerse cargo de los menores que se quedaron solos, de acuerdo con una funcionaria de una organización que les busca vivienda a estos niños. Sus familiares temen ser mal vistos y sufrir represalias si los ayudan, indicó, hablando a condición de no ser identificada porque no estaba autorizada a comentar el trabajo de su organización.

La mayoría de los hijos de combatientes de EI vive con los cientos de miles de personas desplazadas que se encuentran en campamentos de refugiados. Más de un millar vive con madres encarceladas en centros penitenciarios sobrepoblados o están en centros de detención juveniles. Unas pocas docenas fueron a parar a orfanatos. Uno de Bagdad está protegido por la policía porque ya hubo tres atentados frustrados contra el lugar.

Los menores que son blanco de tanto resentimiento se sienten muy traumatizados, por la guerra, por la vida con el EI y por su presente.

En un orfanato de Mosul, una niña de nueve años llamada Amwaj comentó que su padre murió peleando con el EI. Su casa fue destruida por bombardeos que mataron a su madre y a tres de sus hermanas. Vio cómo desenterraban el cadáver de su madre de entre los escombros.

***

“TENÍA LA CARA CUBIERTA DE SANGRE”, RELATÓ.

La niña parecía como perdida. Con lágrimas en los ojos, hablaba con una voz casi inaudible. En el orfanato se hace cargo de tres hermanos, uno de 10 años y dos menores que ella.

Dice que su padre le daba dinero para comprar papitas fritas y gaseosas. Sueña que él vendrá a buscarla al orfanato y se la llevará a su casa. Sueña también que su madre le peina el cabello. Dawlat, su hermano de 18 años, Saleh; y sus hermanos –Abdullah, de 16 años; Adam, de ocho; Umaimah, de seis; y Dawoud, de cuatro– cargan sobre sus hombros con múltiples tragedias de la época en que vivieron bajo el gobierno del EI en las afueras de Hawija.

Dicen que fueron víctimas del EI, de los enemigos de EI y de su propio padre, que arreglaba generadores y se unió a esa organización. Una hermana mayor murió al estallar una bomba en una carretera cuando trataba de escapar de allí.

La dinámica familiar fue afectada por la revelación de que el padre había abusado de una de sus hijas. Saleh lo confrontó y vivieron varios meses como enemigos bajo el mismo techo. Varias veces se trenzaron a puños. Saleh confiesa que pensó en matar a su padre de noche, “pero dormía con su revólver a su lado”.

Para vengarse, su padre lo delató al EI, diciendo que vendía cigarrillos, algo que estaba prohibido bajo la ley sharía. Los combatientes azotaron a Salah. El muchacho se escapó a territorio curdo en marzo del 2016 y estuvo detenido seis meses bajo sospecha de que pertenecía al EI. Salah dijo que lo colgaron del techo por las manos y le golpeaban la planta del pie.

La hermana, que había sido violada por el padre, fue casada con un combatiente del EI, que más adelante murió. A los 14 años se casó con un policía, del que fue su segunda esposa, y vivió en un campamento para desplazados. El EI, mientras tanto, consiguió una segunda esposa para su padre, obligando a una mujer chiíta a casarse con él. La mujer, cuyo marido había muerto, tenía cuatro hijos.

Dos meses después, fuerzas iraquíes tomaron Hawija. El padre se afeitó la barba para borrar cualquier indicio de que pertenecía al EI y escapó con su familia, mezclándose con las miles de personas que trataban de irse.

Pero su nueva esposa lo delató y combatientes curdos se lo llevaron. Sus hijos no lo han vuelto a ver desde entonces. Se quedaron con su madrastra, que no quería saber nada de ellos. De hecho, Dawlat y sus hermanos no saben su nombre.

Los menores fueron llevados a un campamento para desplazados, donde estuvieron casi un año. Hasta que el esposo de una de sus hermanas les consiguió un departamento en un barrio curdo pobre de Kirkuk.

Viven rodeados de vecinos de una comunidad que fue perseguida por EI y Saleh teme que los puedan descubrir. Familiares les han dicho que no estarían a salvo si regresan a su ciudad.

“Con frecuencia tengo ganas de llorar. Estoy extenuado. Siento que tengo 30 años después de todo lo que pasamos”, dice Saleh.

Dawlat cocina tres comidas diarias. Mientras sus hermanos menores van a la escuela, ella limpia la casa, hace las camas, lava los platos y la ropa. Sonríe al contar que puede cocinar lentejas, papas y pollo, aunque admite que el arroz todavía no le sale bien.

Hay momentos en que una sonrisa ilumina el rostro de Dawlat. Cuenta que le gustaba ir a la escuela y que todavía espera poder ser médica o maestra. Espera poder casarse pronto. En las zonas rurales de Irak, las mujeres se casan a temprana edad. Una vez casada, dijo, la religión le permitirá usar cosméticos.

“Me gustaría ir al peluquero. Nunca estuve en una peluquería”, expresó. “Me gusta mi cabello largo, pero quisiera teñírmelo de otro color”.

De repente, la realidad vuelve a abrumarla y recuerda a su padre. “Lo quería mucho. Lo quiero de nuevo con nosotros”, dice casi susurrando, para que Saleh no la escuche.

Bogotá: donde confluye el universo indígena

El trabajo. En Bogotá, los indígenas tienen diversos oficios y profesiones. Algunos de ellos adaptaron su conocimiento ancestral, por ejemplo, en el cuidado de la naturaleza.

En la cxhab wala (gran ciudad), como la llaman los nasa, los indígenas colombianos trabajan, estudian, hacen rituales, nombran sus autoridades y se organizan para fortalecer sus tradiciones y para reclamar sus derechos.

Han logrado que la administración de la ciudad establezca una política pública para la población indígena, reconozca la existencia de 14 cabildos y financie el funcionamiento de la Casa de Pensamiento Indígena, un espacio donde se gesta el fortalecimiento de sus saberes ancestrales.

También existe un cabildo indígena universitario. Sus integrantes caminan en dos mundos: se apegan a sus tradiciones, pero se conectan a través de internet y usan las redes sociales para promover sus actividades.
Los indígenas más visibles son los embera. Permanecen en los alrededores del Museo del Oro y en la tradicional carrera séptima, que atraviesa toda la ciudad de sur a norte. Allí venden sus collares de diseños y colores alucinantes y les piden dinero a los peatones. Viven en condiciones difíciles mientras sueñan con un regreso improbable a sus territorios.

Otros indígenas lograron acomodarse a las exigencias de la urbe y escalaron en el complejo entramado de esta metrópoli de 8 millones de habitantes. Una joven arhuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta, por ejemplo, llegó hace algunos años al concejo de Bogotá. Otra mujer de la misma etnia es magistrada de la Justicia Especial de Paz. Existen, además, decenas de profesionales de distintas áreas que trabajan como consultores y empleados públicos. La mayoría, sin embargo, tiene empleos de obrero raso o en el comercio informal.

Bogotá, además, alberga a los descendientes de los muiscas o chibchas, quienes poblaban una amplia región de Cundinamarca y Boyacá a la llegada de los conquistadores españoles. En esta Bogotá mestiza (Bakata para los muiscas) sobreviven nombres como Usaquén, Teusaquillo, Usme, Engativá y Fontibón; además de docenas de apellidos que resistieron a la espada y el mestizaje.

Por esa razón, aunque extraños en esta caótica urbe del siglo XXI, los indígenas que viven en Bogotá saben que estas tierras les pertenecieron a los muiscas y que el espíritu de los zipas que aquí gobernaron se mantendrá vivo mientras conserven el camino del conocimiento propio.

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DOS ROSTROS DEL FENÓMENO

Lucía Teresa Morillo es una indígena kankuama del municipio de Atánquez, en el departamento del Cesar. Llegó sola a Bogotá en 2007, cuando tenía 16 años. Su mayor ilusión era estudiar Derecho en la Universidad Nacional, la principal universidad pública de Colombia.

Al principio vivió en casas de amigos kankuamos, la mayoría de ellos desplazados por la violencia. Habitó en sectores deprimidos de la capital, como el barrio Las Cruces o la localidad de Ciudad Bolívar.
“Los primeros semestres fueron muy difíciles porque extrañaba a mi familia, y además no tenía dinero para los pasajes o la alimentación diaria. Estuve a punto de devolverme muchas veces, pero mis papás me decían ‘estudia y sé alguien’”, recuerda esta abogada de 27 de años, quien tiene una hija de nueve que nació cuando hacía el tercer semestre de su carrera universitaria.

Hoy dice que todos los esfuerzos que realizó valieron la pena. Terminó su carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia y luego hizo un posgrado en esa misma institución. Desde hace tres años trabaja en el colectivo de abogadas indígenas Akubadaura, y vive en Ciudad Bolívar con su hija, una sobrina y su perro.

Lucía es una de las cerca de 37,000 personas indígenas que residen en el distrito capital, y que han migrado por dos razones principales: buscar oportunidades para estudiar y trabajar, y huir del conflicto armado. Un caso que ejemplifica lo anterior es Luis Hernando Pechené, gobernador del cabildo nasa en Bogotá, víctima del desplazamiento por el conflicto armado.

“Mis papás, quienes eran dirigentes, recibieron amenazas por parte de grupos armados. En Inzá, Cauca, de donde vengo, la guerrilla se entraba al municipio los fines de semana, en los días de mercado. Eso empezó a complicarse, hubo muertos, entonces tocó salir y buscar otros medios de pervivencia”, afirma.

Casi 90 % de las 573 familias nasa que viven en la capital han sido desplazadas por el conflicto en el Cauca, una región montañosa del suroccidente del país. En zonas como Cauca, Tolima y Caquetá tuvieron mayor presencia las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

“Todos los días llegan indígenas, no solamente nasa, sino de diferentes pueblos acá a Bogotá y a otras ciudades como Medellín, Cali y Pereira”, dice Pechené, quien porta un bastón de madera, símbolo de su rango, con cintas de colores en las que sobresalen las verdes (por la naturaleza) y las rojas (por la sangre de los indígenas asesinados en sus regiones en las luchas por la tierra).

El líder expresa que a pesar de la firma del acuerdo de paz entre Gobierno y las FARC aún no existen las garantías para el retorno de las comunidades.

“La garantía que el nasa pide es la directa administración de nuestros propios territorios como autoridades que somos y los resguardos por ser parte de nuestras autoridades territoriales”, señala.

Casi 90 % de las 573 familias nasa que viven en la capital han sido desplazada por el conflicto en el Cauca, una región montañosa del suroccidente del país. En zonas como Cauca, Tolima y Caquetá tuvieron mayor presencia las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). “Todos los días llegan indígenas, no solamente nasa, sino de diferentes pueblos acá a Bogotá y a otras ciudades como Medellín, Cali y Pereira”.

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LAS CIFRAS DEL ÉXODO

En Bogotá nadie sabe con exactitud cuántos indígenas llegaron a la ciudad en los últimos tres años. Los datos más recientes son de 2014 y corresponden a una encuesta multipropósito realizada por la Secretaría de Planeación del Distrito Capital.

Según el estudio, hasta ese año habitaban en Bogotá 37,266 indígenas (18,713 hombres y 18,553 mujeres) provenientes de selvas, llanos, montañas y del desierto de La Guajira.

La etnia con mayor presencia en la urbe es la pijao, originaria del Tolima, un departamento cercano a Bogotá y marcado por el conflicto armado, seguida por la kichwa, integrada por diversas comunidades de Bajo Putumayo y de Ecuador, y la wayúu, de La Guajira, en el extremo norte del país.

En la capital hay una presencia masiva de nasa, misak y yanacona del Cauca, una zona caracterizada históricamente por la guerra entre el ejército, organizaciones paramilitares y grupos insurgentes, minería ilegal, cultivos ilícitos y luchas por la tierra.

Otros pueblos que tienen una presencia significativa en Bogotá son los kankuamos y arhuacos (Cesar), embera (Risaralda), zenú (Córdoba), pasto (Nariño) e inga, kamëntsá, uitoto y kofán (Putumayo). Además, algunas familias indígenas provenientes del Amazonas, Meta, Casanare, Vaupés y la costa Pacífica, entre otros.

En la capital también hay comunidades del pueblo muisca, descendientes de los habitantes prehispánicos de lo que hoy es Cundinamarca, Boyacá y Bogotá. En la última década, los cabildos muiscas de las localidades de Suba y Bosa han tratado de recuperar una pequeña porción de la tierra de sus ancestros en la ciudad y sus alrededores.

“Sus reclamos para consolidar un resguardo son particularmente difíciles debido a los altos costos de la tierra en un contexto de gran ampliación urbana”, señala Diana Bocarejo Suescún, profesora de la Universidad del Rosario, autora de la investigación “Tipologías y topologías indígenas en multiculturalismo colombiano”.

La mayor parte de los indígenas llegan a Bogotá en condiciones difíciles. Una gran parte de ellos se hacinan en inquilinatos y casas donde habitan hasta 10 o más familias. Según la Alcaldía Distrital, las localidades con mayor presencia de indígenas son Bosa, Kennedy, Suba, Engativá, Usme, Ciudad Bolívar. Les siguen Los Mártires, Rafael Uribe, Teusaquillo y Tunjuelito.

En estos sectores, la mayoría ubicados en el sur de la ciudad, los indígenas pagan arriendos acordes con los salarios que ganan en actividades como el servicio doméstico, el comercio informal, la construcción y vigilancia.

Existen localidades como Fontibón, por ejemplo, donde ya es común ver por sus calles el típico traje azul de los misak, uno de los pueblos más organizados en el cultivo y mercadeo de productos agrícolas en sus territorios. Los misak escogieron Fontibón debido a la cercanía con los cultivos de flores de exportación en los municipios cercanos, donde su trabajo es apreciado.

CONNECTAS fue la voz consejera de este especial realizado por un equipo de 12 reporteros de Agenda Propia, en alianza con OEA Fellowship Gobierno Abierto y ONIC.

Invisibilizados. Colombia es el hogar de muchos pueblos indígenas, que han dejado su impronta en la cultura de ese país suramericano.

La clara mirada de Carmen Elena Trigueros

Carmen Elena Trigueros

Los ojos de Carmen Elena Trigueros bien podrían servir para definir la serenidad. Son verdes, casi azules, como el color del mar abierto cuando no lo azota ni una pizca de tormenta. También así son sus gestos, pausados, y su voz parece tener el tono perfecto para decir que todo estará bien.

Hilo y aguja. En su más reciente proyecto, Carmen Elena borda escenas de la vida cotidiana en El Salvador, muchas de las cuales saca de los periódicos, como esta imagen de consuelo.

Fuera de los círculos más académicos y museísticos del país, es más conocida por un tipo de trabajo que hizo una sola vez: un performance, una acción, en la que, vestida como empleada doméstica, lavaba una bandera de grandes proporciones en la plaza Salvador del Mundo. Fue parte de la bienal Adapte en 2014.
—Era la primera vez que hacía algo como eso. Estaba nerviosa –comenta la artista, quien se ha destacado, más bien, manejando el pincel e incluso cosiendo, una de las grandes pasiones que heredó de su madre, fallecida hace una década. —Acepté porque eso me sacó de mi zona de confort. Creo que ese debe ser el estado permanente de un artista: la incomodidad, el descubrimiento, la aventura –dice, sentada en las gradas que dan al cuarto donde duerme, justo encima de su estudio. Esa “habitación propia” que recomendaba Virginia Woolf.

“Lavandera”, como fue titulada la obra, buscaba ser una metáfora de la mujer salvadoreña, la que trabaja y sufre, sobre todo debido a los errores de sus hijos. Aquella que se encarga de lavar el piélago de sangre que sería nuestro país sin su esperanza. En esa ocasión, dice, no le importaron las críticas. Su mensaje, la reivindicación de la mujer, “llegó a nuevos públicos” a través de esta acción.

Carmen Elena posa naturalmente para las fotos, con una sonrisa abierta y echando de cuando en cuando la cabeza levemente hacia atrás, lo que contrasta con su reticencia para las entrevistas. Dice que tiene miedo a parecer una tonta que lo que diga no tenga sentido.

Una timidez que contrasta con una obra retadora, que ha sido exhibida en todo el continente, donde ha encontrado un público y, sobre todo, compradores. Menos, dice, que los que ha conseguido dentro del país, pero que ayudan a llegar a final de mes.

Su trabajo es uno en el que siempre hay espacio para la experimentación, como en su más reciente proyecto, una serie de cuadros hechos con hilos sobre diferentes soportes. Es un homenaje para su madre, costurera aficionada.  La idea es fijar en estas obras de arte, dice, las imágenes de la violenta cotidianidad salvadoreña, la que sale en los diarios y que ha dejado de conmover a una sociedad anestesiada por la desmesura de su realidad.

Allí está, formado ahora por negro hilo, el mismo material que sirve para zurcir una prenda estropeada, el cuerpo aún caliente de un joven asesinado cuando regresaba de trabajar. Un ser humano que ha dejado de serlo apenas hace unos momentos.

Allí está también el abrazo de una policía a una madre inconsolable frente a la escena del homicidio de su hijo. Allí está, también, como un proyecto siempre en desarrollo, una manta en la que pronto estará el rostro de Óscar Romero. Lo que destaca es el soporte: un trozo de tela que le perteneció a su abuela, que originalmente quizá fue un suntuoso mantel para una mesa de gala, después fue cortina, luego fue trapo. Ahora será el lienzo para el retrato de un santo.

La madurez. La artista decidió dedicarse al 100 % a su carrera después de que se separó de su exesposo. Su primera exposición importante ocurrió en 2003.

“Este pedazo de tela es como ese apego a algo que era de mi familia y que yo no he querido perder… Es mi relación con la esperanza, que se va perdiendo, desintegrando, pero yo no quiero que se muera”, dice.
No es la primera vez que transforma un objeto cotidiano, algo que por sí mismo no corresponde a un trabajo creativo, en una obra de arte. Lo hizo hace una década para la exhibición “Suite Sweet Love”. Un grupo de artistas españolas, que tenían una muestra itinerante sobre el matrimonio y sus rituales, la invitaron a participar.

No encontró mejor pieza que un libro hecho por su madre, nacida en Nicaragua, hace varias décadas. Era parte de su trabajo final para graduarse de bachillerato en un colegio de clase alta de Costa Rica. Es una suerte de manual sobre cómo ser la esposa perfecta. Lo colocó en una vitrina, como si de una reliquia de un tiempo remoto, de un lugar de nombre extraño, se tratara.
“Llegará el día en que, vistiendo las galas de novia, envuelta en albures de pureza y de alegría, te presentarás frente al altar del señor junto al hombre que amas para recibir las bendiciones del cielo sobre nuestro mutuo amor”, dice el inicio del cuaderno, ilustrado con recortes de la revista Life de la época.

La obra se llama, precisamente, “Llegará el día”. Un nombre que puede, también, tomarse con un cierto grado de humor: “Llegará el día en que esto nos parecerá cosa de risa”.
—Esto ahora nos puede parecer absurdo, pero en esos tiempos esa era la máxima aspiración de una mujer, encontrar un buen marido y vivir para su casa –dice Carmen, mientras hojea el volumen. Allí dice que la mujer debe estar siempre pulcra, bien vestida, para cuando regrese su marido de la oficina. La comida debe estar servida en la mesa. —Es sorprendente cómo ha cambiado el mundo en tan pocas décadas.

***

Ser mujer y artista plástica en El Salvador

Carmen Elena descubrió el manual hasta después de la muerte de su madre, cuando le tocó ir para recoger sus cosas. Fue algo que parecía contrastar con la mujer que ella conoció: la transcriptora de las homilías de Monseñor Romero (era empleada del Arzobispado de San Salvador), la mujer de clase acomodada preocupada por los más pobres. También la alumna universitaria a sus 40 años.

“Ella varias veces me dijo ‘ay, qué dichosa que sos al poder ir a la universidad’”, dice Carmen, una mujer que se mira en el espejo de su madre.
Como ella, fue hasta el filo de las cuatro décadas que decidió seguir, en serio, su vocación. En sus años de juventud, sí, había producido obra, una que incluso ganó premios. En esa etapa, el principal tema era la violencia: niños (los que veía en los refugios de desplazados por la guerra) de semblante apagado, de mirada oscura, eran acompañados por las balas.
Luego se casó, vino la vida de familia y la carrera se estancó a unas pocas pinturas al año, que trabajaba con minucioso amor, sin la esperanza de que salieran de las cuatro paredes de su hogar. Era, entonces, un pasatiempo. Luego vino el divorcio y la posibilidad de probarse a sí misma.

En 2003, a sus 39 años, exhibió sus pinturas por primera vez en un museo, un amigo curador que se dio cuenta de que entre los tubos que guardaba en su hogar había una obra con personalidad propia. Fue casi como un juego, pero, desde entonces, las oportunidades fueron abriéndose a una obra original, sin muchas pretensiones, que ha cambiado con el paso de los años.
El arte, visto en El Salvador como una actividad poco más que lúdica, es rara vez capaz de generar ingresos suficientes para que una persona tenga una vida digna. Y, como en todas las esferas, el género sigue siendo un claro diferenciador.

—Por supuesto que por ser mujer siempre las cosas te van a costar un poco más –dice Carmen Elena, buscando en una caja las fotografías que guardan sus pinturas de los primeros años. —Yo veía a mis colegas hombres que podían dedicarse a su obra, a promocionarla al 100 %, porque alguien más, su pareja, les miraba la casa, les miraba a los hijos. En cambio a mí todo eso me tocaba hacerlo sola.

Allí está también el abrazo de una policía a una madre inconsolable frente a la escena del homicidio de su hijo. Allí está, también, como un proyecto siempre en desarrollo, una manta en la que pronto estará el rostro de Óscar Romero. Lo que destaca es el soporte: un trozo de tela que le perteneció a su abuela, que originalmente quizá fue un suntuoso mantel para una mesa de gala, después fue cortina, luego trapo. Ahora será el lienzo para el retrato de un santo.

Además, la mujer que se dedica al arte en El Salvador puede contar con una carga aún más dolorosa: la de no ser tomada en serio, que la obra personal sea vista como un capricho construido por alguien que no tienen nada mejor que hacer. Esa es una historia que se repite casi en cada mujer pintora en el país: Negra Álvarez, Mayra Barraza, Carmen Elena Trigueros, Mariana Peraza Cisneros, Ana María Medina y un largo etcétera.
Esta última, por ejemplo, asegura que no pudo exponer sino hasta que un par de sus trabajos formaron parte de una muestra de las piezas de su esposo, Armando Solís. Antes, ninguna sala en el país se había animado a mostrarlas.
Medina es parte de una organización que intentó acabar con la tendencia, el colectivo Matis. Más de una docena de mujeres decidieron unir esfuerzos para que su obra fuera tomada en serio. Montaron, así, exposiciones dedicadas, exclusivamente, a mujeres, en El Salvador y en Estados Unidos.
Sin embargo, ser hombre continúa siendo un elemento de estatus: las obras mejor vendidas, aquellas que sobrepasan los $5,000 por pieza, llevan la firma de varones.
Carmen Elena, ahora, ordena un poco mejor su amplio estudio, suficiente para que pueda pintar a sus anchas sin que nadie más en su hogar, a excepción de su perro, pueda cruzar por su espacio. En un rincón coloca una de sus más nuevas pinturas, donde cuatro niños, parados sobre la arena de la playa, miran sonrientes hacia adelante. Atrás de ellos, una ominosa nube de tormenta se acerca.
Para ella, su obra a veces puede parecer un exceso: dentro de decenas de tubos están los cuadros que ha pintado en 15 años, los que no ha podido vender. Otra parte está ahora en un restaurante de la capital. Dice que es un doble alivio: la desembarazan de objetos en su hogar y le permiten, de cuando en cuando, vender una pieza.
Este es un tema que rara vez se toca con un artista: cuánto se vende su obra. Carmen mira hacia arriba, como intentando hacer un rápido cálculo mental entre pigmentos e ideas creativas. Entrecierra los ojos y da una respuesta: quizá ha logrado vender dos de cada cinco pinturas que ha producido.
“No todos los años son iguales. Hay algunos en los que he vendido solo el 10 %, otros en los que me ha ido mejor. Cuando no se vende lo suficiente, uno debe ver cómo hace para vivir. Afortunadamente, yo me he acostumbrado a vivir con poco”, dice.
El dinero, sin embargo, siempre es un problema, tanto que puede definir en alguna medida el estilo de un artista. Ese, comenta Carmen Elena, es su caso: cada vez que trabaja en una tela, debe medir la cantidad de pigmentos que utiliza. Cada pincelada, por lo mismo, debe estar previamente planeada: cuánto de rojo llevará, cuánto de verde, cómo logrará un efecto con la mejor economía de recursos.
—Si pudiera comprar más materiales –dice, mientras toma uno de los pinceles de su escritorio–, sería capaz de probar, de intentar. Quizá mi carrera hubiera podido ser un poco diferente.

El dinero, sin embargo, siempre es un problema. Tanto que puede definir en alguna medida el estilo de un artista. Ese, comenta Carmen Elena, es su caso: cada vez que trabaja en una tela, debe medir la cantidad de pigmentos que utiliza. Cada pincelada, por lo mismo, debe estar previamente planeada: cuánto de rojo llevará, cuánto de verde, cómo logrará un efecto con la mejor economía de recursos.

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LA ARTISTA Y EL MUSEO

Carmen Elena recorre el Museo de Arte Moderno (Marte) como si fuera su propia casa. Este espacio existe gracias a otra mujer artista, Julia Díaz, quien lo fundó con el nombre de Galería Forma cuando regresó de su beca en Europa, en 1958.

Una de las primeras obras con las que se topa corresponde a Rosa Mena Valenzuela, que constituye uno de los mayores tesoros de esta institución: 66 de sus cuadros descansan, algunos en las paredes, exhibidos, o embalados a la espera de una nueva exposición.

Carmen Elena no puede dejar de ver uno de sus cuadros, es un autorretrato, fechado en 1970. La pincelada agresiva, los colores intensos, el aparente desorden de la composición hablan mucho de una artista, dice Carmen, “que estaba un paso más allá de sus contemporáneos, hombres y mujeres”.

Recuerda los lejanos días de infancia, en los que, por las vueltas del destino, pudo recibir un par de clases de parte de su admirada Rosa.

Recursos. Carmen Elena asegura que su nuevo proyecto tiene otra ventaja: es mucho más barato el hilo y las telas de soporte que pinturas y lienzos. Trabaja unas cuatro horas al día.

Es hora de avanzar hacia una de las primeras exposiciones. Se trata de “Hieleras”, del salvadoreño Mauricio Esquivel, una instalación que protesta en contra de las condiciones inhumanas en las que son detenidos los inmigrantes por la Patrulla Fronteriza en su camino por intentar llegar a Estados Unidos. El frío excesivo producido por el aire acondicionado, rejas como grandes jaulas y las colchas con las que son cubiertos los aprehendidos (en formas de panal, doradas y plateadas) crean una atmósfera de ofuscamiento, como de nave espacial.

Carmen mira la obra y se detiene a pensar en la astucia de su autor, quien ahora reside en Estados Unidos. No solo en la mostrada en este trabajo, sino en piezas aún más radicales, como aquellas en donde la herramienta de trabajo es el cuerpo del autor. Una de estas es “Líneas de referencia”, de 2009.

Allí, Esquivel se tatuó en el torso una Y, parecida a la de aquel esquema realizado por el forense cuando corta un cadáver en una autopsia para luego extraer los órganos.
“Es como una advertencia de tu propia mortalidad. Más en este país, donde ser un hombre joven y pobre es un factor de riesgo. Te soy sincera, yo nunca haría un trabajo como ese”, dice Carmen Elena, justo antes de entrar en la exposición más grande del museo, “Diálogos del arte salvadoreño”: más de 115 obras de 86 artistas distintos, una mirada rápida a lo más reciente de la producción nacional.

La primera pieza es un video realizado por uno de los artistas más famosos dentro de El Salvador: El Cracky Rodríguez, mejor conocido por su performance de marzo de 2015, en el que se comió una papeleta de votación. Desde allí ha cargado con el mote de “El Comepapeletas”.

En el video de la muestra, Rodríguez permanece de pie en medio de la 25.º avenida norte, en San Salvador, con un pupitre al frente. Cuando el tráfico se lo permite, lanza el objeto en uno de los carriles para empezar a destrozarlo a fuerza de golpes. De pronto, un cambio de cámara lo coloca en la misma vía, pero en un día distinto, en medio de una marcha que conmemora la marcha del 30 de julio de 1975, en la que decenas de estudiantes salvadoreños fueron masacrados por las fuerzas de seguridad del Estado. Carmen asegura guardarle un profundo respeto al artista, que no llega a los 40 años.

“Es que nunca pasa inadvertido. Siempre hay algo en su obra que te hace voltear a ver. Puede parecerle ridículo a muchas personas, pero logra establecer una conexión con el espectador en la mayor parte de las veces que lo intenta”, dice sobre un colega de una generación posterior.

Decenas de cuadros después, Carmen decide que es suficiente por hoy. Su mirada, del verde que bien podría definir la serenidad, debe regresar a su casa, allá donde ha sido capaz de construir, con los limitados recursos del arte, su propia habitación.

Habitación propia. En su casa de Santa Tecla, donde vive junto con su hijo, ha dedicado la parte superior para que se convierta en su espacio para trabajar. Allí también guarda decenas de obras.