La clara mirada de Carmen Elena Trigueros

Carmen Elena Trigueros

Los ojos de Carmen Elena Trigueros bien podrían servir para definir la serenidad. Son verdes, casi azules, como el color del mar abierto cuando no lo azota ni una pizca de tormenta. También así son sus gestos, pausados, y su voz parece tener el tono perfecto para decir que todo estará bien.

Hilo y aguja. En su más reciente proyecto, Carmen Elena borda escenas de la vida cotidiana en El Salvador, muchas de las cuales saca de los periódicos, como esta imagen de consuelo.

Fuera de los círculos más académicos y museísticos del país, es más conocida por un tipo de trabajo que hizo una sola vez: un performance, una acción, en la que, vestida como empleada doméstica, lavaba una bandera de grandes proporciones en la plaza Salvador del Mundo. Fue parte de la bienal Adapte en 2014.
—Era la primera vez que hacía algo como eso. Estaba nerviosa –comenta la artista, quien se ha destacado, más bien, manejando el pincel e incluso cosiendo, una de las grandes pasiones que heredó de su madre, fallecida hace una década. —Acepté porque eso me sacó de mi zona de confort. Creo que ese debe ser el estado permanente de un artista: la incomodidad, el descubrimiento, la aventura –dice, sentada en las gradas que dan al cuarto donde duerme, justo encima de su estudio. Esa “habitación propia” que recomendaba Virginia Woolf.

“Lavandera”, como fue titulada la obra, buscaba ser una metáfora de la mujer salvadoreña, la que trabaja y sufre, sobre todo debido a los errores de sus hijos. Aquella que se encarga de lavar el piélago de sangre que sería nuestro país sin su esperanza. En esa ocasión, dice, no le importaron las críticas. Su mensaje, la reivindicación de la mujer, “llegó a nuevos públicos” a través de esta acción.

Carmen Elena posa naturalmente para las fotos, con una sonrisa abierta y echando de cuando en cuando la cabeza levemente hacia atrás, lo que contrasta con su reticencia para las entrevistas. Dice que tiene miedo a parecer una tonta que lo que diga no tenga sentido.

Una timidez que contrasta con una obra retadora, que ha sido exhibida en todo el continente, donde ha encontrado un público y, sobre todo, compradores. Menos, dice, que los que ha conseguido dentro del país, pero que ayudan a llegar a final de mes.

Su trabajo es uno en el que siempre hay espacio para la experimentación, como en su más reciente proyecto, una serie de cuadros hechos con hilos sobre diferentes soportes. Es un homenaje para su madre, costurera aficionada.  La idea es fijar en estas obras de arte, dice, las imágenes de la violenta cotidianidad salvadoreña, la que sale en los diarios y que ha dejado de conmover a una sociedad anestesiada por la desmesura de su realidad.

Allí está, formado ahora por negro hilo, el mismo material que sirve para zurcir una prenda estropeada, el cuerpo aún caliente de un joven asesinado cuando regresaba de trabajar. Un ser humano que ha dejado de serlo apenas hace unos momentos.

Allí está también el abrazo de una policía a una madre inconsolable frente a la escena del homicidio de su hijo. Allí está, también, como un proyecto siempre en desarrollo, una manta en la que pronto estará el rostro de Óscar Romero. Lo que destaca es el soporte: un trozo de tela que le perteneció a su abuela, que originalmente quizá fue un suntuoso mantel para una mesa de gala, después fue cortina, luego fue trapo. Ahora será el lienzo para el retrato de un santo.

La madurez. La artista decidió dedicarse al 100 % a su carrera después de que se separó de su exesposo. Su primera exposición importante ocurrió en 2003.

“Este pedazo de tela es como ese apego a algo que era de mi familia y que yo no he querido perder… Es mi relación con la esperanza, que se va perdiendo, desintegrando, pero yo no quiero que se muera”, dice.
No es la primera vez que transforma un objeto cotidiano, algo que por sí mismo no corresponde a un trabajo creativo, en una obra de arte. Lo hizo hace una década para la exhibición “Suite Sweet Love”. Un grupo de artistas españolas, que tenían una muestra itinerante sobre el matrimonio y sus rituales, la invitaron a participar.

No encontró mejor pieza que un libro hecho por su madre, nacida en Nicaragua, hace varias décadas. Era parte de su trabajo final para graduarse de bachillerato en un colegio de clase alta de Costa Rica. Es una suerte de manual sobre cómo ser la esposa perfecta. Lo colocó en una vitrina, como si de una reliquia de un tiempo remoto, de un lugar de nombre extraño, se tratara.
“Llegará el día en que, vistiendo las galas de novia, envuelta en albures de pureza y de alegría, te presentarás frente al altar del señor junto al hombre que amas para recibir las bendiciones del cielo sobre nuestro mutuo amor”, dice el inicio del cuaderno, ilustrado con recortes de la revista Life de la época.

La obra se llama, precisamente, “Llegará el día”. Un nombre que puede, también, tomarse con un cierto grado de humor: “Llegará el día en que esto nos parecerá cosa de risa”.
—Esto ahora nos puede parecer absurdo, pero en esos tiempos esa era la máxima aspiración de una mujer, encontrar un buen marido y vivir para su casa –dice Carmen, mientras hojea el volumen. Allí dice que la mujer debe estar siempre pulcra, bien vestida, para cuando regrese su marido de la oficina. La comida debe estar servida en la mesa. —Es sorprendente cómo ha cambiado el mundo en tan pocas décadas.

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Ser mujer y artista plástica en El Salvador

Carmen Elena descubrió el manual hasta después de la muerte de su madre, cuando le tocó ir para recoger sus cosas. Fue algo que parecía contrastar con la mujer que ella conoció: la transcriptora de las homilías de Monseñor Romero (era empleada del Arzobispado de San Salvador), la mujer de clase acomodada preocupada por los más pobres. También la alumna universitaria a sus 40 años.

“Ella varias veces me dijo ‘ay, qué dichosa que sos al poder ir a la universidad’”, dice Carmen, una mujer que se mira en el espejo de su madre.
Como ella, fue hasta el filo de las cuatro décadas que decidió seguir, en serio, su vocación. En sus años de juventud, sí, había producido obra, una que incluso ganó premios. En esa etapa, el principal tema era la violencia: niños (los que veía en los refugios de desplazados por la guerra) de semblante apagado, de mirada oscura, eran acompañados por las balas.
Luego se casó, vino la vida de familia y la carrera se estancó a unas pocas pinturas al año, que trabajaba con minucioso amor, sin la esperanza de que salieran de las cuatro paredes de su hogar. Era, entonces, un pasatiempo. Luego vino el divorcio y la posibilidad de probarse a sí misma.

En 2003, a sus 39 años, exhibió sus pinturas por primera vez en un museo, un amigo curador que se dio cuenta de que entre los tubos que guardaba en su hogar había una obra con personalidad propia. Fue casi como un juego, pero, desde entonces, las oportunidades fueron abriéndose a una obra original, sin muchas pretensiones, que ha cambiado con el paso de los años.
El arte, visto en El Salvador como una actividad poco más que lúdica, es rara vez capaz de generar ingresos suficientes para que una persona tenga una vida digna. Y, como en todas las esferas, el género sigue siendo un claro diferenciador.

—Por supuesto que por ser mujer siempre las cosas te van a costar un poco más –dice Carmen Elena, buscando en una caja las fotografías que guardan sus pinturas de los primeros años. —Yo veía a mis colegas hombres que podían dedicarse a su obra, a promocionarla al 100 %, porque alguien más, su pareja, les miraba la casa, les miraba a los hijos. En cambio a mí todo eso me tocaba hacerlo sola.

Allí está también el abrazo de una policía a una madre inconsolable frente a la escena del homicidio de su hijo. Allí está, también, como un proyecto siempre en desarrollo, una manta en la que pronto estará el rostro de Óscar Romero. Lo que destaca es el soporte: un trozo de tela que le perteneció a su abuela, que originalmente quizá fue un suntuoso mantel para una mesa de gala, después fue cortina, luego trapo. Ahora será el lienzo para el retrato de un santo.

Además, la mujer que se dedica al arte en El Salvador puede contar con una carga aún más dolorosa: la de no ser tomada en serio, que la obra personal sea vista como un capricho construido por alguien que no tienen nada mejor que hacer. Esa es una historia que se repite casi en cada mujer pintora en el país: Negra Álvarez, Mayra Barraza, Carmen Elena Trigueros, Mariana Peraza Cisneros, Ana María Medina y un largo etcétera.
Esta última, por ejemplo, asegura que no pudo exponer sino hasta que un par de sus trabajos formaron parte de una muestra de las piezas de su esposo, Armando Solís. Antes, ninguna sala en el país se había animado a mostrarlas.
Medina es parte de una organización que intentó acabar con la tendencia, el colectivo Matis. Más de una docena de mujeres decidieron unir esfuerzos para que su obra fuera tomada en serio. Montaron, así, exposiciones dedicadas, exclusivamente, a mujeres, en El Salvador y en Estados Unidos.
Sin embargo, ser hombre continúa siendo un elemento de estatus: las obras mejor vendidas, aquellas que sobrepasan los $5,000 por pieza, llevan la firma de varones.
Carmen Elena, ahora, ordena un poco mejor su amplio estudio, suficiente para que pueda pintar a sus anchas sin que nadie más en su hogar, a excepción de su perro, pueda cruzar por su espacio. En un rincón coloca una de sus más nuevas pinturas, donde cuatro niños, parados sobre la arena de la playa, miran sonrientes hacia adelante. Atrás de ellos, una ominosa nube de tormenta se acerca.
Para ella, su obra a veces puede parecer un exceso: dentro de decenas de tubos están los cuadros que ha pintado en 15 años, los que no ha podido vender. Otra parte está ahora en un restaurante de la capital. Dice que es un doble alivio: la desembarazan de objetos en su hogar y le permiten, de cuando en cuando, vender una pieza.
Este es un tema que rara vez se toca con un artista: cuánto se vende su obra. Carmen mira hacia arriba, como intentando hacer un rápido cálculo mental entre pigmentos e ideas creativas. Entrecierra los ojos y da una respuesta: quizá ha logrado vender dos de cada cinco pinturas que ha producido.
“No todos los años son iguales. Hay algunos en los que he vendido solo el 10 %, otros en los que me ha ido mejor. Cuando no se vende lo suficiente, uno debe ver cómo hace para vivir. Afortunadamente, yo me he acostumbrado a vivir con poco”, dice.
El dinero, sin embargo, siempre es un problema, tanto que puede definir en alguna medida el estilo de un artista. Ese, comenta Carmen Elena, es su caso: cada vez que trabaja en una tela, debe medir la cantidad de pigmentos que utiliza. Cada pincelada, por lo mismo, debe estar previamente planeada: cuánto de rojo llevará, cuánto de verde, cómo logrará un efecto con la mejor economía de recursos.
—Si pudiera comprar más materiales –dice, mientras toma uno de los pinceles de su escritorio–, sería capaz de probar, de intentar. Quizá mi carrera hubiera podido ser un poco diferente.

El dinero, sin embargo, siempre es un problema. Tanto que puede definir en alguna medida el estilo de un artista. Ese, comenta Carmen Elena, es su caso: cada vez que trabaja en una tela, debe medir la cantidad de pigmentos que utiliza. Cada pincelada, por lo mismo, debe estar previamente planeada: cuánto de rojo llevará, cuánto de verde, cómo logrará un efecto con la mejor economía de recursos.

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LA ARTISTA Y EL MUSEO

Carmen Elena recorre el Museo de Arte Moderno (Marte) como si fuera su propia casa. Este espacio existe gracias a otra mujer artista, Julia Díaz, quien lo fundó con el nombre de Galería Forma cuando regresó de su beca en Europa, en 1958.

Una de las primeras obras con las que se topa corresponde a Rosa Mena Valenzuela, que constituye uno de los mayores tesoros de esta institución: 66 de sus cuadros descansan, algunos en las paredes, exhibidos, o embalados a la espera de una nueva exposición.

Carmen Elena no puede dejar de ver uno de sus cuadros, es un autorretrato, fechado en 1970. La pincelada agresiva, los colores intensos, el aparente desorden de la composición hablan mucho de una artista, dice Carmen, “que estaba un paso más allá de sus contemporáneos, hombres y mujeres”.

Recuerda los lejanos días de infancia, en los que, por las vueltas del destino, pudo recibir un par de clases de parte de su admirada Rosa.

Recursos. Carmen Elena asegura que su nuevo proyecto tiene otra ventaja: es mucho más barato el hilo y las telas de soporte que pinturas y lienzos. Trabaja unas cuatro horas al día.

Es hora de avanzar hacia una de las primeras exposiciones. Se trata de “Hieleras”, del salvadoreño Mauricio Esquivel, una instalación que protesta en contra de las condiciones inhumanas en las que son detenidos los inmigrantes por la Patrulla Fronteriza en su camino por intentar llegar a Estados Unidos. El frío excesivo producido por el aire acondicionado, rejas como grandes jaulas y las colchas con las que son cubiertos los aprehendidos (en formas de panal, doradas y plateadas) crean una atmósfera de ofuscamiento, como de nave espacial.

Carmen mira la obra y se detiene a pensar en la astucia de su autor, quien ahora reside en Estados Unidos. No solo en la mostrada en este trabajo, sino en piezas aún más radicales, como aquellas en donde la herramienta de trabajo es el cuerpo del autor. Una de estas es “Líneas de referencia”, de 2009.

Allí, Esquivel se tatuó en el torso una Y, parecida a la de aquel esquema realizado por el forense cuando corta un cadáver en una autopsia para luego extraer los órganos.
“Es como una advertencia de tu propia mortalidad. Más en este país, donde ser un hombre joven y pobre es un factor de riesgo. Te soy sincera, yo nunca haría un trabajo como ese”, dice Carmen Elena, justo antes de entrar en la exposición más grande del museo, “Diálogos del arte salvadoreño”: más de 115 obras de 86 artistas distintos, una mirada rápida a lo más reciente de la producción nacional.

La primera pieza es un video realizado por uno de los artistas más famosos dentro de El Salvador: El Cracky Rodríguez, mejor conocido por su performance de marzo de 2015, en el que se comió una papeleta de votación. Desde allí ha cargado con el mote de “El Comepapeletas”.

En el video de la muestra, Rodríguez permanece de pie en medio de la 25.º avenida norte, en San Salvador, con un pupitre al frente. Cuando el tráfico se lo permite, lanza el objeto en uno de los carriles para empezar a destrozarlo a fuerza de golpes. De pronto, un cambio de cámara lo coloca en la misma vía, pero en un día distinto, en medio de una marcha que conmemora la marcha del 30 de julio de 1975, en la que decenas de estudiantes salvadoreños fueron masacrados por las fuerzas de seguridad del Estado. Carmen asegura guardarle un profundo respeto al artista, que no llega a los 40 años.

“Es que nunca pasa inadvertido. Siempre hay algo en su obra que te hace voltear a ver. Puede parecerle ridículo a muchas personas, pero logra establecer una conexión con el espectador en la mayor parte de las veces que lo intenta”, dice sobre un colega de una generación posterior.

Decenas de cuadros después, Carmen decide que es suficiente por hoy. Su mirada, del verde que bien podría definir la serenidad, debe regresar a su casa, allá donde ha sido capaz de construir, con los limitados recursos del arte, su propia habitación.

Habitación propia. En su casa de Santa Tecla, donde vive junto con su hijo, ha dedicado la parte superior para que se convierta en su espacio para trabajar. Allí también guarda decenas de obras.

Cultura sí, censura no

A finales de septiembre pasado, la Asamblea Legislativa emitió un recomendable al Ministerio de Gobernación para que, a través de la Dirección de Medios y Espectáculos Públicos, se negara autorización para la realización de un concierto del grupo sueco Marduk.

Entre los argumentos esgrimidos por los diputados se consideró que el contenido de las canciones y la propaganda visual del grupo de black metal eran “lesivos al honor de nuestros compatriotas, agrediendo los principios, valores y las creencias de los salvadoreños”.

Black Moon Shows, la productora encargada del concierto, aseguró que la banda se presentaría pese a todo. Cuando los fanáticos llegaron al concierto, se les informó que Marduk no tocaría debido a la enfermedad de uno de sus miembros. Al día siguiente, en la página oficial del grupo en Facebook, los músicos dijeron que ninguno de ellos estuvo enfermo, que el grupo estaba presente y listo para su presentación, pero el “gobierno corrupto” se los impidió.

La gira actual de Marduk generó reacciones similares en otros lugares de Latinoamérica. El Congreso guatemalteco le prohibió la entrada a aquel país. En Colombia, el concierto que tenían programado realizar en Bogotá fue cancelado por las autoridades municipales y trasladado a otra ciudad. En Chile, Ecuador, Panamá, Costa Rica y México hubo iniciativas similares desde instancias gubernamentales pero también desde el seno de grupos religiosos, que comenzaron a circular peticiones de firmas, pidiendo se prohibieran los conciertos.

Un par de días después de generada la recomendación de la Asamblea, Arístides Valencia, ministro de Gobernación, presentó ante la misma el nuevo reglamento de espectáculos públicos. Sobre el tema, la jefa de la fracción del FMLN, diputada Nidia Díaz, expresó ante la prensa que con dicha reglamentación se busca regular la programación que se transmite en los medios nacionales, “incluyendo televisión por cable y Netflix”, ya que los contenidos violentos de algunas películas o series, como las de narcotráfico, pueden “promover la violencia entre nuestra juventud”.
En esos días se dio otro incidente que llama la atención. Un paquete con 20 ejemplares del libro “El niño de Hollywood” (una investigación periodística realizada por los hermanos Óscar y Juan José Martínez, sobre la vida de un pandillero de la Mara Salvatrucha 13) fue retenido en la aduana del aeropuerto de San Luis Talpa, por considerar que el libro tenía “contenido pernicioso”, según palabras textuales del funcionario que tomó la decisión.

Estas situaciones son todas preocupantes. Aunque las autoridades han insistido en que no se trata de censura, la reiteración de “velar por la moral y el orden público” mediante la limitación de nuestro acceso a productos culturales diversos es una pretensión arrogante y peligrosa.

Los gustos musicales, culturales o de entretenimiento de la población son un asunto de la esfera privada de las personas. Cuando un gobierno adopta acciones disfrazadas con un lenguaje condescendiente que pretende velar por nuestro bienestar moral, se entromete en ese ámbito privado. Reglamentar los contenidos que podemos ver y escuchar, seleccionando los que supone son convenientes para el bien común, es una forma de manipulación ideológica y de censura.

Que los contenidos de las letras del grupo Marduk resulten ofensivas para algunos creyentes religiosos es normal. Hay muchas manifestaciones artísticas y culturales que nos pueden causar rechazo y hacernos sentir insultados, de una manera u otra. Pero impedir que la ciudadanía tenga acceso a contenidos culturales polémicos o incómodos agrede la libertad de pensamiento y de automanifestación.

El arte y la cultura siempre son las primeras violentadas por gobiernos y políticos que pretenden controlar y manipular el pensamiento, el discurso y hasta los gustos de la ciudadanía. El arte, en todas sus variadas y complejas manifestaciones, representa los espacios de libertad plena del ser humano, el reflejo de nuestras verdades subjetivas, las que no nos atrevemos o podemos plantear, compartir o representar si no es a través de algún filtro o disfraz. Esa es una de las tantas funciones del arte.

Un concierto de música no supone una incitación intrínseca a la violencia y al desorden público. Más violentos se ponen nuestros partidos de fútbol. Marduk ya se había presentado en el Gimnasio Nacional en 2005, con la única limitante de que el ingreso fue para mayores de 18 años. No hubo hordas de muchachitos ingenuos convertidos de inmediato al satanismo o a las pandillas por asistir a aquel concierto. No hubo consecuencias que lamentar ni supuso un aumento visible en los hechos de violencia a escala nacional.

La construcción de valores morales y espirituales es un asunto que se origina en la familia y cuya opción final radica en el individuo mismo. Ni el Gobierno, ni el Estado laico en el que se supone vivimos, ni ningún político deben o pueden imponer códigos de moralidad y conducta colectiva. Dicha preocupación por nuestros valores sería más creíble si los políticos dieran el ejemplo a través de su conducta, honradez e integridad personales. Pero si no pregonan con el ejemplo, ¿por qué o cómo se sienten con la solvencia de proteger la moralidad de la ciudadanía?
Si al Gobierno tanto le preocupan nuestros valores personales, debería emprender una reforma educativa profunda que permita la formación de una ciudadanía pensante, que tenga el criterio propio para decidir si exponerse ante cualquier tipo de contenidos culturales afectará su moral o insultará sus creencias. Así, educando para formar ciudadanos con criterio propio y de moral sólida, no habrá que preocuparse de que alguien vaya a convertirse al satanismo solo por ir a un concierto o a robarse millones de dólares solo porque llegó a la silla presidencial.

No se puede uniformar ni imponer la virtud a un país a través de prohibiciones que impidan el libre acceso a productos culturales incómodos. Nosotros, como ciudadanía, debemos estar expectantes y no dejarlo pasar. Hoy se comienza con la prohibición de un concierto de black metal, mañana censurarán nuestras lecturas y nuestro acceso a internet, pasado mañana nos matarán por escribir o decir verdades.

Todopoderosos

Si a El Salvador le cumplieran todo lo que le han prometido en periodos de campaña, seríamos un país próspero, seguro y desarrollado, un ejemplo de prosperidad y modernidad.

Pero, como sabemos, la realidad es lo opuesto: gobiernos van y vienen y seguimos siendo una nación pobre, insegura, dividida y decadente, en la que la corrupción es una bofetada en el rostro de miles y miles de ciudadanos que han probado de primera mano las carencias en los servicios sociales públicos. Colores van, colores vienen, y las necesidades continúan allí, crecientes y grises.

Nosotros, el electorado, decidimos nuestros votos según diferentes factores. Algunos votan por el partido que siempre le ha simpatizado a su familia; otros, según quién es su empleador. La gran mayoría está desencantada y simplemente se rehúsa a acudir a las urnas. Pero las grandes masas de votantes, esas que sí acuden a los comicios, suelen creer que con su marca en la papeleta cambiará algo, que llegará, al menos en alguna pequeña proporción, aquello que su candidato o candidata le ha prometido.

Si vemos las propuestas de campaña de nuestros políticos, nos daremos cuenta que tienen una falla de raíz: prometen cosas que no podrán cumplir. Primero, porque nos ofrecen generalidades –seguridad, prosperidad, más centros deportivos–, pero rara vez nos dicen cómo o con qué dinero lo financiarán. Y segundo, y quizá lo más grave, es que incluyen propuestas que se escapan del que llegaría a ser su ámbito de acción, en caso de ser elegidos.

Así, tenemos candidatos a alcaldes prometiendo cosas que dependen del Ejecutivo (seguridad, educación), aspirantes a diputados ofreciendo acciones que corresponden a las municipalidades (desarrollo local, higiene, lugares de esparcimiento), y prospectos presidenciales que nos muestran un abanico de acciones que requerirían, en el menor de los casos, de la aprobación de leyes en la Asamblea Legislativa.

La figura del presidente suele ser vista como la más importante de entre los tres poderes del Estado. El Ejecutivo es el rostro más visible del poder, incluso el más respetado. Pero sin el concurso de las municipalidades, del Legislativo y del Judicial, el presidente poco puede hacer por mejorar la situación del país. De hecho, cuando el Ejecutivo y el Legislativo están en franco enfrentamiento, lo que se genera es seguidilla de iniciativas fallidas, en las que los diputados niegan sus votos para reformas clave, mientras que el presidente veta las iniciativas avaladas por la Asamblea. Lo hemos vivido demasiadas veces.

Debemos dejar de ver a los candidatos presidenciales como todopoderosos, como figuras superdotadas que podrán marcar un verdadero cambio de rumbo en la atropellada ruta que hasta hoy llevamos como nación. Un presidente por sí mismo no puede asegurar que terminará la criminalidad, ni que sacará a la economía de su estancamiento, o que garantizará que finalmente haya salud y educación gratuitas y accesibles para todos. Con propuestas adecuadas puede, sí, ofrecernos hacer un mejor uso de los recursos, enfocar mejor el gasto público, apostarle a políticas adecuadas e impulsar un modelo económico más justo.

Entonces debemos ser críticos a la hora de escuchar las promesas que se multiplican en estos días. ¿Realmente se podrá hacer esto desde el Ejecutivo? ¿Es la forma adecuada de hacerlo? ¿Cómo se medirán los resultados de estas políticas? ¿Hay recursos para poder echarlo a andar?

Y aún más importante, es hora de que exijamos a nuestro futuro presidente que se deje a un lado la lesiva costumbre de iniciar los gobiernos de cero. Es hora de comenzar a reconocer que el camino más atinado es construir sobre lo que ya se tiene levantado, impulsar y seguir las iniciativas y políticas que han dado resultado, corregir lo que haya que corregir, y aprovechar la experiencia de quienes han demostrado que han sabido llevar bien puestos importantes.

Construir a partir de bases ya establecidas, en lugar de llegar a hacer demolición y obra desde cero, así como aprovechar la experiencia de buenos funcionarios, son prácticas que han funcionado a países más desarrollados, y que deberían ser fundamentales para naciones como El Salvador, donde los recursos son tan limitados.

Interesémonos en lo que nos están proponiendo, veamos todo con ojo crítico y hagamos las preguntas adecuadas. Es nuestro futuro lo que está en juego.

La voz del santo

“Comprendo que es duro y conflictivo hablar de cambios de estructura con quienes se están beneficiando de estas estructuras caducas”, escribió monseñor Óscar Arnulfo Romero en su cuarta carta pastoral del 6 de agosto de 1979. La exigencia de cambios fue una constante en la palabra de Romero. Sus demandas están dirigidas, sobre todo, a las élites económicas y políticas de El Salvador, pero también a su grey, los cristianos. Él mismo, de acuerdo con biógrafos y algunos de sus amigos cercanos, era un hombre que se cuestionaba constantemente sobre su rol, su interpretación de la religión, sobre la fuerza de su propia voz.

“La realidad, distinta a la del pasado, y la ubicación en una responsabilidad diferente, exigía otra clase de respuesta: una visible y fuerte señal pública… en contra de las formas violentas de resolver los conflictos sociales, un rechazo a la cultura de la muerte”, dice Héctor Dada Hirezi según lo cita Robert Morozzo Della Rocca, el biógrafo de Romero más consultado por el Vaticano.
Los cambios en Romero, en su discurso público, dice Dada Hirezi, venían dados por la realidad que le circundaba a diario y por las decisiones que el arzobispo tomaba sobre sus acciones públicas para abordar esa realidad, que fue una de violencia, pobreza y mezquindad, pero también de la fuerza vital que, a pesar de todo, encontraba en el estoicismo de los más necesitados.

Dice Morozzo Della Rocca: “Romero no tenía una idea victimista y quejumbrosa de El Salvador, como si fuera un pequeño país marginado y explotado. Llamaba a los salvadoreños a la ‘conciencia de nuestra significación universal’”.

Hoy monseñor Romero debería de ser nuestra significación más universal. Su nombramiento como santo de la Iglesia católica debería de servir para dar vigencia definitiva a su mensaje, al que nos obliga a pensar en los cambios, dolorosos y necesarios, que la realidad nos impone.

El Salvador sigue siendo un lugar donde la cultura de la muerte de la que habla Héctor Dada amanece saludable todos los días. El Salvador sigue siendo un lugar lleno de pobres, regentado por élites económica y políticas mezquinas a las que el cambio no se les da nada bien.

Ya con los Acuerdos de Paz de 1992 probamos nuestra capacidad para revolucionar la realidad. Cambiamos, entonces, nuestra inclinación a matarnos por un deseo de reconstruirnos. Esa es acaso nuestra significación universal: entendernos capaces de cambiar y cambiar a nuestro país.

La mezquindad y la cultura de la muerte nunca nos dejaron después del 92; nuestra vocación revolucionaria se apagó poco a poco. Nos acomodamos y seguimos, indolentes, presenciando cómo la muerte se ha llevado a nuestros jóvenes más pobres.

Esta realidad de El Salvador, la que encuentra Romero cuando llega a los altares católicos, requiere de cambios muy profundos que no pueden empezar sino en nosotros mismos y trasladarse a nuestros entornos inmediatos. A quienes tenemos el lujo del pan nos toca una responsabilidad mayor.

Monseñor Romero, su palabra, debería de servirnos para iniciar nuestras propias búsquedas y, de ahí, partir a la obligación que tenemos con El Salvador. Sé, por experiencia familiar, de la influencia benévola que el arzobispo tuvo en aquellos a los que conoció, y de la guía que sus palabras dieron a quienes los conocieron menos pero siguieron sus mensajes. Sé de la impronta que monseñor dejó, por ejemplo, en mi abuelo, Héctor Silva Romero, y en mi padre, Héctor Silva Argüello, ambos hombres buenos, dedicados a los otros y a buscar la significación universal de El Salvador.

Yo conocí en profundidad a monseñor desde el periodismo, hace un tiempo. En sus palabras hallé, también, fuerza, guía, significación.

*La primera versión de esta columna fue publicada en marzo de este año.

Carta Editorial

La de hoy es una historia acerca de saber volver. Carmen Elena Trigueros es una artista que ha sabido empapar sus obras con un contundente mensaje. Lo mismo coloca una bandera gigante en el monumento al Salvador del Mundo y la lava con un uniforme de empleada doméstica que vende sus pinturas a extranjeros. No siempre tuvo así de claras las acciones a emprender. Como muchas, a su vocación artística la atravesaron la maternidad y el hogar. Y más allá de eso, volvió. Volvió a lo que le gusta hacer y en donde se siente plena.

La instalación en el Salvador del Mundo se llamó Lavandera, “y buscaba ser una metáfora de la mujer salvadoreña, la que trabaja y sufre, sobre todo debido a los errores de sus hijos; aquella que se encarga de lavar el piélago de sangre que sería nuestro país sin su esperanza”, como señala la artista.

El reportaje de esta edición es un repaso íntimo de la vida de esta artista que ha buscado ejercer en un país que no es dado a consumir manifestaciones culturales, pero que poco a poco va cambiando y va enfilando su mirada hacia el trabajo de gente como Trigueros, con propuestas innovadoras que reflejan muchas de las emociones salvadoreñas.

De Trigueros llama la atención esa insistencia por no dejarse vencer ante las adversidades. La vida de esta artista salvadoreña hace destacar a la educación como una de las claves para abrir el horizonte y para hallar la mejor forma de alcanzar el desarrollo personal y también del país.

Trigueros ha alcanzado un equilibrio que le permite ahora hablar desde un balcón acerca de todas esas actividades que amarran a las mujeres y que hacen difícil el tránsito hacia la vocación: “Yo veía a mis colegas hombres que podían dedicarse a su obra, a promocionarla al 100 %, porque alguien más, su pareja, les miraba la casa, les miraba los hijos. En cambio, a mí todo eso me tocaba hacerlo sola”. En esto resume mucho de lo que aún hay que cambiar.

“Si no hay periodismo local, no hay rendición de cuentas”

¿A quién admira?

A los periodistas locales de México y a quienes en este momento hacen periodismo en Venezuela, Nicaragua, El Salvador y Honduras.

¿Qué es lo que más disfruta de su trabajo?

Coordino un equipo multidisciplinario en un medio pequeño. Hago de todo y lo disfruto todo: desde las reuniones editoriales hasta las discusiones éticas que tenemos en el equipo para definir nuestra línea editorial.

¿Cuál es el mayor reto al que se enfrenta al hacer periodismo local?

La poca rendición de cuentas de los gobiernos locales. Cuando nos vamos a los pueblos, a las costas y a las montañas, allí encontramos la corrupción y el tráfico de influencias más grande y más peligroso para nuestro país. Si no hay periodismo local, no hay rendición de cuentas.

¿Qué le hace falta a Guanacaste?

Igualdad. Ves grandes edificios de hoteles sobre las playas más ricas del país a las que un guanacasteco no va porque se siente como en otro planeta, como que no le pertenece.

¿Cuáles son las palabras que más usa?

Pasión (por el oficio; si no tenés pasión, mejor dedicate a otra cosa) y transparencia (porque la exigimos todos los días).

¿Considera que hay sexismo en las redacciones de Costa Rica?

Muchísimo, pero ha ido mejorando. Cuando entré a trabajar como practicante –en la que era la redacción más importante de Costa Rica– te aplaudían o silbaban si ibas caminando con un hombre. Decían que era “para molestarlo a él”, y vos hasta lo normalizabas, pero viéndolo en retrospectiva, era un comportamiento patriarcal. Con el paso de los años, eso cambió muchísimo. Tenemos retos importantes y a veces tomo decisiones y luego estoy pensando: ¿será que actué machista? Lo importante es eso: seguirnos cuestionando todo, siempre.

Si no fuera periodista, ¿qué carrera reconsideraría?

No me imagino haciendo otra cosa, pero me encantaría ser escritora de poesía. Hace poco descubrí a Elvira Sastre y a Rupi Kaur, gracias a un amigo, y me encantaría ser esa voz que le habla por dentro a la gente y le dice “todo va a salir bien”. Pero en este momento hago todo lo contrario, jaja.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (208)

1702. EL PRIMER APLAUSO

La intensidad azul de aquel mar tranquilo era la mejor acogida. El bote que transportaba pasajeros se detuvo junto al muelle, y todos empezaron a salir. La mayoría turistas de mochila. Uno de ellos, un joven que llevaba una bolsa de ropa y un violín en su estuche, caminó hacia el restaurante Gariful, que estaba enfrente, y cuyas mesas daban hacia afuera. Antes de que llegara salió a su encuentro aquella muchacha que mostraba tanta emoción que parecía a punto de alzar vuelo. Abrazo intenso. “¡Por fin llegas, el concierto empezará en unos instantes!” Él tuvo un segundo de confusión. “¿El concierto? ¿Que no será pasado mañana?” Ella se rio, ilusionada: “¡Hablo del nuestro, del que se iniciará en unos minutos, en la habitación que tienes reservada, después de tanto tiempo de que estuvimos juntos en el Conservatorio! ¡Bienvenido a Hvar, intérprete virtuoso, Croacia es tuya!”

1703. FICCIÓN IDEAL

Había sido una tertulia impregnada de recuerdos cálidos, como cada vez que estaban reunidos todos los que integraban aquel grupo que se empezó a formar desde los remotos años de la convivencia parvularia. Pero en esa oportunidad se dio una presencia inesperada: aquel silencio con alma de ausente. Todos hablaban y reían como siempre, entre vasos rebosantes, pero él parecía envuelto en una túnica impenetrable. “¿Qué te pasa, Gabriel?”, le preguntó uno de los presentes, y la pregunta se animó de pronto como el vuelo de un insecto provocador. Él no salió de su cápsula envolvente, pero envió una mirada que era a la vez mensaje y advertencia. “Estoy aquí, pero siento que no estoy”. “¿Y eso? ¿Ya te volviste pensador extravagante?” Él sacudió la cabeza antes de responder: “Quizás, y por eso me voy”. “¿Hacia dónde?” “Hacia el vitral más próximo…”

1704. RECORDATORIO LABORAL

Estaba dormido en una banca del parquecito aledaño a la iglesia, y por su apariencia era muy difícil identificarlo como un indigente o como un excéntrico. Los transeúntes pasaban a su alrededor, sin percatarse de su presencia. Hasta que aquella señora con su perrito atado a una correa iba a pasar cerca del durmiente. Ella se detuvo a la par del sujeto inmóvil, que parecía una figura ideada por algún pintor subconscientemente surrealista. Allá a lo lejos, desde una lejanía de ésas que parecen producto de la imaginación, surgió un repique de campanas. Había llegado la hora. Mientras el perrito lanzaba un aullido de bienvenida, ella llamó al que reposaba: “¡Ángel, es tiempo de que vuelvas a tu función natural!” Él se incorporó como ante un llamado insoslayable. “¡Gracias, Memoria, estoy dispuesto!” Ella sonrió, alejándose. Él, como ángel de la guarda, tornaría a su trabajo.

1705. BLOODY MARY FELIZ

Cada vez que le pagaban la mensualidad de su pensión se sentía habilitado para recuperar experiencias vividas, así fueran las que podían considerarse más simples e ingenuas. Ese día recibió su sobre y ni siquiera contó lo que había adentro. Se fue directamente al bar donde desde siempre iba a desahogar sus ansias de libertad interior, ya que la libertad exterior se hallaba tan sometida por las adversidades cotidianas. Desde que probó el Bloody Mary fue su coctel favorito. Como buen lobo solitario, nunca había nadie con él; pero esta vez el Bloody Mary tenía un sabor nostálgico que no era común. Entrecerró los ojos y comenzó a ver imágenes. ¿Por cuál iba a decidirse? Sí, por esa, la de Maribel, su primera novia. Lo dejó por un piloto. Murieron en un accidente aéreo. Él sonrió: “Gracias, Maribel, por dejarme en tierra, como un caminante más…”

1706. MOMENTO ÍNTIMO

La parte de la Plaza junto al agua, y el café-bar AlTodaro al aire libre estaba repleto. Verano vivo. Repicó la campana y ellos, que andaban buscando dónde reposar a la luz de un Bloody Mary y de un gin and tonic, ocuparon una mesa bajo la claridad soleada. El mesero de alta figura, que parecía sacada de una muestra de personajes de antaño, se acercó con la orden. Los vasos llenos y los recipientes con galletas y papas fritas. Se hallaban en un lugar clásicamente mágico: la Plaza de San Marcos en Venecia, y el movimiento humano era constante; pero eso no les quitaba su naturalidad invasora a los cientos de palomas que andaban a la busca de algún bocado. Él comenzó a despenicar las galletas y las papas. Se acercó Leonardo el mesero, y él le preguntó: “¿Está prohibido?” Gesto de sí. “Entonces, sigamos, porque la Naturaleza manda”. Y el revuelo de palomas invadió la Plaza.

1707. HONRAR LA NATURALEZA

Dicen que no hay dos sin tres; y cuando él lo pensaba, una sonrisa de múltiples significados posibles se le dibujaba en el rostro. Su naturaleza desafiante no mostraba agresividades inútiles, y eso hacía que se le considerara un ser sociable y entrador, como decían sus amigos. Y quienes mejor recibían tal condición eran las jóvenes de las que siempre andaba rodeado. Cuando el tiempo pareció llegar, se formalizó con Irene, la hija de un empresario farmacéutico muy notorio. Él mostraba un enamoramiento pleno, y ella le correspondía. Uno de los allegados más de confianza le preguntó: “¿Qué andás buscando, Trébol?” Ese era el sobrenombre que le cayó desde siempre. “Nada, sólo ser feliz con lo que tengo”. “¿Y qué tenés?” “La gracia de mi apodo”. “¿Cómo así?” “Dicen que no hay dos sin tres, y como yo soy Trébol, el tercero que soñamos ya viene en camino…”

1708. KOPER, 4 P.M.

El mar sereno estaba muy cerca, y la tranquilidad empedrada del ambiente era perfecta. Se detuvo ante la puerta de la Catedral de la Asunción y dudó entre ingresar o seguir adelante. Él ahora era un peregrino, y así tenía que manejar su búsqueda. Luego de asomarse y enviar una mirada intensa hacia el altar, dispuso seguir caminando. Lo que no advertía es que aquella mirada iba volando detrás de él, hasta que se posó en su hombro. De pronto, una motocicleta inesperada se detuvo a su lado. “¡Sí, es ella, Lorella!”, a quien conociera cuando ambos estudiaban en Roma, adolescentes extranjeros. Lo cautivó y desapareció. Sólo sabía que era una joven eslovena, originaria de Koper, el puerto sobre el agua azul. Y entonces la mirada que seguía posada sobre su hombro voló para posarse sobre el hombro de ella. Ya podían seguir el viaje juntos hacia el ensueño siguiente.

1709. LEY DE VIDA

Dispuso ser músico desde que tuvo conciencia de que los sonidos podían tener vida propia. A partir de aquel momento, la vivienda hogareña se convirtió en un foco de armonías improvisadas. Pero había una cosa curiosa: aunque todas las casas estaban pegaditas, los sonidos de aquélla no se percibían en el entorno inmediato. Y es que los sonidos eran su forma espontánea de respirar. No podía dejarlos porque caería exánime. Era músico porque el aire le permitía serlo. Ahí se quedaría, pero no como un alma en pena sino como un alma en gracia.

“La búsqueda de verdad, de justicia, de reparación ha sido un largo proceso”

Sebastián Piñera, presidente de Chile

El presidente de Chile, Sebastián Piñera, condenó la negativa del Gobierno de Venezuela de aceptar ayuda humanitaria, consideró “absurda” la afirmación de Bolivia de que su país está obligado a negociar una salida al mar, y subrayó que con el candidato ultraderechista a la presidencia de Brasil, Jair Bolsonaro, tiene coincidencias pero también importantes discrepancias.
En una entrevista exclusiva con la agencia dpa al término de una visita a Alemania, Piñera reconoció, por otra parte, que las crisis que sacuden a varios países de América Latina y las tensiones comerciales a escala mundial afectan a Chile, pero afirmó que su país ha demostrado ser resiliente y que en Alemania recibió fuertes impulsos en materia de innovación.

Abordó con la canciller Angela Merkel la situación de Venezuela. Alemania se ha mostrado dispuesta a sumarse al Grupo de Lima que reúne a países que buscan una solución a la crisis económico-política de este país suramericano. ¿Respondió Maduro al pedido que usted formuló ante la ONU de que acepte ayuda humanitaria? ¿Sigue creyendo usted que la opción militar no es buena?
Maduro no ha respondido porque no hay peor ciego que el que no quiere ver ni sordo que el que no quiere oír. Y además de eso, nosotros creemos que la opción militar no es una buena opción. Sí creemos que tenemos que hacer todos los esfuerzos para ayudar al pueblo venezolano a recuperar su libertad, su democracia. Porque en Venezuela no hay democracia, hay una dictadura, no hay separación de poderes, ejecutivo, legislativo, parlamentario, no hay libertad de expresión, no hay Estado de derecho, no hay respeto por los derechos humanos; hay muchos presos políticos.
Pero además de la crisis política hay una tremenda crisis económica. La economía de Venezuela se está cayendo a pedazos. Todos los años es un país que se achica. Hoy día, el Producto Interno Bruto de Venezuela es la mitad de lo que fue hace 15 años atrás; pero además hay una crisis social, una carencia de alimentos, una carencia de medicamentos que le está costando la vida a muchos venezolanos.
Y por eso le hemos pedido a Maduro que abra el canal humanitario para poder llegar con ayuda, alimentos y medicamentos. Pero él se resiste y se niega a reconocer siquiera que hay una crisis humanitaria en su país.

¿Hay avances en el pedido ante la Corte Penal Internacional para que se investiguen crímenes de lesa humanidad en Venezuela?
Nosotros conocimos el informe de la OEA y del panel de expertos que indica que hay mucha evidencia de que se están cometiendo crímenes de lesa humanidad, y por esa razón un grupo de países entre los cuales están Colombia, Perú, Chile, Argentina Paraguay, presentamos este informe ante la fiscal de la Corte Penal Internacional y recibimos el apoyo de Francia.
Por supuesto que lo hablamos con Angela Merkel, nos gustaría mucho tener también el apoyo de Alemania porque eso es una forma clara y precisa de decirle basta a ese brutal atentado contra los derechos humanos que está ocurriendo en Venezuela.

¿Qué opinión le merece esta noticia de la muerte en dudosas circunstancias de un concejal?
Bueno hay evidencia de que ese concejal que fue detenido pocos días antes se habría tirado por un décimo piso. ¡Quién cree eso! Además hay evidencia de que habría sido torturado y por tanto ese es un tema que tiene que ser investigado, pero investigado de verdad por una justicia independiente, no por la justicia venezolana que es totalmente dependiente del Gobierno venezolano.

¿Y en el caso de que Maduro siga sin contestar, qué otro mecanismo se puede activar para que se genere cierto movimiento?
Nosotros estamos facilitándole la vida al pueblo venezolano porque está sufriendo mucho, pero haciéndole muy difícil la vida a los jerarcas de este régimen dictatorial como lo han hecho Europa, Estados Unidos, Canadá, congelando sus activos, impidiendo su libre movimiento. El Grupo de Lima, que es un grupo de países que se ha reunido para actuar en forma conjunta frente a Venezuela, está estudiando nuevas medidas, pero debo reconocer que hasta ahora ninguna ha sido eficaz.

Ha instado a Bolivia a pasar página sobre el litigio por la salida al mar. ¿Recibió su Gobierno la misiva de Evo Morales?
La recibimos.

Bolivia tiene acceso a perpetuidad al océano Pacífico a través de cualquier puerto chileno que Bolivia designe, tiene un trato preferencial en los puertos. De hecho tiene una ventaja enorme porque durante meses no paga por los servicios del puerto, por el almacenamiento de importaciones de las exportaciones e importaciones. Y la mejor prueba de ello es que más del 80 % del comercio boliviano que no sea con países fronterizos –porque eso es terrestre–, que sale por mar, sale por los puertos chilenos, teniendo opciones en puertos de Perú o en puertos fluviales hacia el Atlántico.

Más allá del fallo contundente de la Corte Internacional de Justicia, ¿entiende esta situación de “enclaustramiento” de la que se queja su par boliviano Evo Morales?
Bolivia es un país mediterráneo como muchos otros, pero el trato que Chile le da a Bolivia en virtud de lo que acordamos en el Tratado de 1904, y además por muchas facilidades que hemos dado después, es muy preferente. Bolivia tiene mucho mejor trato para su comercio internacional, para el acceso de sus exportaciones e importaciones al mar a través de puertos chilenos que el que determinan los acuerdos y el derecho internacional sobre la materia y mucho mejor que el que tiene la inmensa mayoría de los otros países mediterráneos.
Por ejemplo, Bolivia tiene acceso a perpetuidad al océano Pacífico a través de cualquier puerto chileno que Bolivia designe, tiene un trato preferencial en los puertos. De hecho tiene una ventaja enorme porque durante meses no paga por los servicios del puerto, por el almacenamiento de importaciones de las exportaciones e importaciones. Y la mejor prueba de ello es que más del 80 % del comercio boliviano que no sea con países fronterizos –porque eso es terrestre–, que sale por mar, sale por los puertos chilenos, teniendo opciones en puertos de Perú o en puertos fluviales hacia el Atlántico.
Y por tanto Chile siempre está dispuesto a conversar para facilitar su acceso al océano Pacífico, para buscar mayor integración económica, para colaborar en el desarrollo de Bolivia, para proteger y dar más seguridad a nuestra frontera. Pero como es evidente y natural, Chile pide que se respete el Tratado de 1904, y que Bolivia no tenga esta absurda pretensión a quedarse con territorio, mar o soberanía chilena.

El presidente Morales esgrime que la Corte reconoció que el Tratado de 1904 no solucionó cuestiones pendientes.
Lea al fallo de la Corte. El presidente Morales al principio hablaba de un informe, no es un informe, es un fallo, es una sentencia del máximo tribunal que tiene el orden internacional. Y el fallo es claro y categórico. Rechazó todas y cada una de las pretensiones bolivianas a acceder con soberanía a través de territorio y mar chileno.
¿Qué país del mundo está dispuesto a ceder su territorio, su mar y su soberanía cuando están parados tratados que fueron válidamente celebrados y que se encuentran plenamente vigentes? La Corte agregó que este fallo categórico que le dio la razón a Chile no obsta para que los países sigan conversando, pero de ahí a pretender que Chile tiene una obligación de negociar una salida soberana al mar, es decir que tiene la obligación de negociar una pérdida de territorio de mar o de soberanía o una división de su territorio, es absurdo.
Por esa razón, le hemos dicho a Bolivia que lea con más atención el fallo porque fue claro y categórico. Llevamos cinco años de litigio en la Corte Internacional de la Haya.

¿Qué pasos concretos va a tomar Chile, entonces?
Chile, y lo he dicho públicamente, sigue estando dispuesto a buscar soluciones, a buscar acuerdos para facilitar las cosas entre los países. Pero naturalmente, y yo quiero ser claro en esto, porque en el pasado cuando Chile ha conversado con Bolivia, Bolivia ha confundido lo que es una aspiración boliviana con un derecho boliviano. Y confunde lo que es una buena voluntad chilena con una obligación chilena. Esa ha sido la fuente de la confusión que fue absolutamente zanjada por la Corte Internacional de la Haya.
Y por lo tanto, nos parece razonable decirle a Bolivia: Chile siempre ha sido un país que busca la solución por el diálogo, en forma pacífica, que busca las mejores relaciones con todos sus vecinos, pero que protege su territorio su mar y su soberanía como lo hacen todos los países del mundo.

Presidente de Chile

La contundencia del triunfo de Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones en Brasil ¿lo ve usted como un ejemplo de la madurez de la sociedad democrática de América Latina o ve más bien que es una señal de recaída a viejos caudillismos autoritarios?
El candidato Jair Bolsonaro aún no ha sido elegido, las elecciones son en un par de semanas más, y veremos qué decide libre y soberanamente el pueblo brasilero. Lo que yo he dicho es que con lo que el candidato Jair Bolsonaro ha planteado públicamente, yo personalmente tengo coincidencias y discrepancias.
Coincidencias en el terreno de las medidas económicas que aparte de la integración, desarrollo, reducción de impuestos, reducción del déficit fiscal, buscan mayor eficiencia en la asignación de los recursos públicos. Pero por supuesto que tengo, también, grandes discrepancias en otras afirmaciones que él ha hecho sobre, por ejemplo, la igualdad de género, el racismo, el concepto de diversidad, etc.

La crisis económica de un país vecino como Argentina y la incertidumbre política en Brasil, ¿afectan o benefician a Chile, en lo político pero en especial en lo económico?
Por supuesto que nos afectan. Y no para beneficiarnos. Porque generan efectos directos e indirectos. Pero Chile ha demostrado una tremenda resiliencia. Y es un país que yo siento y creo firmemente que está avanzando a pie firme hacia su gran misión: transformar a Chile, que fue la colonia de España más pobre. Y que se ha convertido con mucho esfuerzo y trabajo en el país con mayor ingreso per cápita, con mayor desarrollo humano.
Queremos transformar a Chile dentro de los próximos 10 años en un país desarrollado. Hoy día el ingreso per cápita de nuestro país son $25,000 a paridad cambiaria. La meta es dentro de ese plazo llegar a $35,000, es decir, transformarnos en un país desarrollado muy parecido a lo que tiene hoy día España y superando a muchos países europeos hoy.

Después de la reunión en la Casa Blanca ¿sintoniza con el presidente estadounidense Donald Trump? ¿Cree que Trump tiene una opinión acertada sobre qué es América Latina?
El presidente Donald Trump es el presidente de Estados Unidos. Chile tiene una excelente, larga y muy profunda relación con Estados Unidos. Estados Unidos es nuestro segundo socio comercial después de China, la Unión Europea es el tercero. Y por supuesto como todo en la vida, en algunas áreas tenemos coincidencias en otras tenemos discrepancias, por ejemplo, discrepancias en el terreno del libre comercio y el multilateralismo.

Presidente, el 16 de octubre se cumple el vigésimo aniversario de la detención del general Augusto Pinochet en Londres, a instancias del juez español Baltasar Garzón. ¿Cómo recuerda este hecho y qué supuso para Chile?
Yo en primer lugar, siempre he condenado todo atropello de los derechos humanos, porque los derechos humanos tienen que y deben ser respetados en todo tiempo, en todo lugar, en toda circunstancia. Esa fue una de las razones por la cual yo siempre fui un opositor al régimen militar que tuvimos en nuestro país.
Y es cierto que se cumplen 20 años de esa situación y quiero recordar que Pinochet fue detenido en Londres cuando en Chile ya teníamos una democracia, separación de poderes, un poder judicial autónomo e independiente. Por tanto en ese tiempo, el gobierno del presidente Frei –y yo en eso estuve de acuerdo– abogó porque pueda ser juzgado en Chile. Esa fue la posición que tomó el Gobierno de entonces de nuestro país, que estaba encabezado por lo que hoy día es la oposición a nuestro gobierno, en los tiempos del presidente Eduardo Frei.

La revisión de las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura militar, ¿es un capítulo cerrado, las heridas han cicatrizado ya?
La revisión es un proceso que no termina nunca, por eso la búsqueda de verdad, de justicia, de reparación ha sido un largo proceso en nuestro país. Y sigue avanzando, hay muchas causas judiciales que están investigando los tribunales chilenos y permanentemente esas investigaciones terminan y los tribunales condenan a los que atropellaron los derechos humanos en tiempos del régimen militar.

Lo que pasó en materia de abusos sexuales contra niños y adolescentes es algo extraordinariamente grave e inaceptable. Ocurrió durante demasiado tiempo, estuvieron involucrados demasiados sacerdotes. Le causaron un tremendo daño a demasiados niños y yo siento que la jerarquía de la Iglesia católica no reaccionó como correspondía y hay una actitud que fue de negligencia, de encubrimiento y que hizo que esta situación se expandiera en el tiempo y también en el número de casos.

¿Existe el perdón entre la gente?
Mire, la gente en Chile yo creo que está reconciliada. Yo creo que ese es un problema más de las élites que de la gente común y corriente. Porque recordemos que el golpe de Estado ocurrió en Chile hace 45 años. Recuperamos nuestra democracia hace casi 30 años atrás. Y Chile es un país democrático. La forma natural de vida del pueblo chileno es la democracia y ya llevamos seis gobiernos democráticos después, que en forma muy ejemplar recuperamos nuestra democracia en ese plebiscito del 5 octubre de 1988 que decidió si Pinochet se quedaba o se iba. Yo creo que ese día fue un día luminoso, esperanzador para la democracia chilena.

Un tema de derechos humanos más actual, que tiene que ver con la Iglesia católica y los abusos de menores. Usted lo va a ver al papa Francisco en el marco de esta gira. ¿Qué le va a decir, le va a exigir que acelere las investigaciones, que tome medidas contundentes o le va a decir que es un asunto interno de la Iglesia católica en la que el Ejecutivo chileno no debe inmiscuirse?
Lo que pasó en materia de abusos sexuales contra niños y adolescentes es algo extraordinariamente grave e inaceptable. Ocurrió durante demasiado tiempo, estuvieron involucrado demasiados sacerdotes. Le causaron un tremendo daño a demasiados niños, y yo siento que la jerarquía de la Iglesia católica no reaccionó como correspondía y hay una actitud que fue de negligencia, de encubrimiento y que hizo que esta situación se expandiera en el tiempo y también en el número de casos.
No es un problema interno de la Iglesia porque se cometieron delitos. Cuando se comete un abuso sexual contra un niño en mi país es un delito y la Justicia chilena juzga por igual a todos, no hay nadie que esté por encima y por debajo del presidente ni tampoco miembro de Iglesia católica.
Naturalmente, yo condeno eso con mucha fuerza porque le causó un daño o sufrimiento muy grande a muchos niños, a sus familias y alarma a nuestro país. El papa Francisco al comienzo tomó una actitud distante, incluso declaró que uno los obispos que estaba involucrado era inocente, pero después cambió su posición, está tomando medidas y le ha pedido la renuncia ya a siete obispos.
De hecho todos están renunciando porque lo visitaron en Roma y le presentaron su renuncia todos los obispos chilenos. Pero ya se ha materializado la renuncia de siete de ellos. El papa va a seguir tomando medidas. Y por tanto voy a conversar este tema con el papa, por supuesto que sí, es un tema que le interesa a la Iglesia y que también le interesa a Chile. Y a mí me interesa en mi doble rol de católico observante y presidente de Chile.

Señor presidente, usted efectúa su segunda visita a Alemania como jefe de Estado chileno tras 2010. ¿Cómo están las relaciones entre sus dos países, tanto a escala económica como política? ¿Han cambiado desde entonces?
Chile siempre ha tenido una relación muy cercana, amistosa, franca y de colaboración con Alemania, pero ahora estamos llevando esa relación a una nueva etapa. Por de pronto, estamos buscando un nuevo acuerdo más integral más amplio, más profundo con la Unión Europea.
Con Alemania tenemos muchos frentes de colaboración y lo conversamos con la canciller Angela Merkel, en el terreno de las energías limpias y renovables, en el campo de la educación y la capacitación, del entrenamiento vocacional. Hemos firmado muchos acuerdos en este viaje, en varios terrenos distintos, en la cultura, las pequeñas y medianas empresas y las energías limpias y renovables.

Usted estuvo visitando Siemens (un centro de formación de tecnológica alemana). ¿Se puede extrapolar este modelo alemán de la formación dual a Chile?
Definitivamente sí. Fuimos a aprender más de esa experiencia porque Chile tiene un gran desafío pendiente que es hacer un salto copernicano en la calidad de la educación. Y no solamente en la educación humanista-científica, también en la educación técnico-profesional y en eso estamos colaborando mucho con el Gobierno alemán. Siemens tiene un gran liderazgo y experiencia en la materia.

Alemania es el primer socio comercial de Chile dentro de la Unión Europea, con un volumen de intercambio de cerca de los $3,500 millones en 2017. Sin embargo, las inversiones directas alemanas ascienden en total a $1,460 millones, solo 1.2 % del total de las inversiones directas en Chile. ¿A qué cree que se debe esto y cómo podría revertirse? ¿Qué puede ofrecer Chile?
Es verdad que nuestra relación con Alemania, nuestro comercio con Alemania es mucho más fuerte que lo que son las inversiones alemanas en Chile. También hay inversiones chilenas en Alemania. Lo que queremos hacer es que la integración sea total, no solamente de comercio de bienes y servicios, también integración de inversiones. Estamos buscando un acuerdo para evitar la doble tributación entre Chile y Alemania que es la gran causa que frena las inversiones alemanas en Chile, porque (las empresas) tienen que pagar impuestos dos veces.

¿Qué resultados tuvo hoy su encuentro en Hamburgo con directivos de la naviera Hapag Lloyd, resultados concretos de inversión o de ampliación de la cooperación actual?
Nos reunimos hoy con Hapag Lloyd, que es la quinta empresa de transporte marítimo más grande del mundo y que tiene entre sus principales socios a una empresa chilena. Y discutimos con ellos cómo fomentar más el transporte marítimo porque la economía chilena está creciendo nuevamente con mucha fuerza, la inversión está creciendo. Y en consecuencia, nuestro comercio internacional, exportaciones e importaciones están creciendo casi a dos dígitos y necesitamos mejores puertos.

Presidente de Chile

“La gente quiere distorsionar a Monseñor Romero para legitimar su mundo”

José Jorge Simán Amigo de Monseñor Romero

Pepe Simán tiene 82 años y en los últimos días ha estado ansioso. Camina lento hacia su estudio, un salón lleno de libros, premios y tarjetas de cumpleaños. Ahí muestra algunos de sus escritos. Antes de sentarse a conversar, advierte algo: este miércoles no se dejará tomar fotografías. Ahora quiere platicar.

“Imagínese, yo era el turquito Simán que llegó a pedir trabajo a ADOC”, dice con humor. La figura de Pepe Simán es un tanto ecléctica. Estudió economía y filosofía. Cuando era joven, se salió del próspero negocio familiar y solicitó trabajo a una zapatería. Ahí creó el Departamento de Mercadeo. Fundó empresas, fue director de la Cámara de Comercio e Industria de El Salvador y, además, se interesó por promover actos artísticos, hacer eventos musicales y traer cine a El Salvador. En esa vida tan variada que llevó, conoció a Monseñor Romero. Pero el primer encuentro de los dos fue una discusión.

En los años sesenta, José Jorge Simán fundó la Oficina Católica de Cine y realizaba cine foros. Cuando Romero fue nombrado obispo auxiliar de San Salvador, los dos no coincidían en cuál debía ser la misión de esa oficina: ¿Debían formar al público o censurar las películas? A juicio de Simán, Monseñor Romero era entonces muy tradicional, y él, como otros católicos, no esperaba mucho del cura.

Décadas después, Pepe Simán sale de su estudio y camina hacia el fondo de su casa. Ahora no queda ni un solo reclamo al sacerdote del que una vez dudó. En la parte trasera de su casa hay un gran jardín con pasto y una pequeña cancha de básquetbol. En el corredor de enfrente hay orquídeas fucsia, una mesa de comedor, una hamaca, un radio y unos sillones. Desde acá se tiene una vista privilegiada de San Salvador, sus edificios y su catedral.

“Me dejó jodido porque uno debe transmitir honradamente lo que uno vivió”, le dice a una periodista 38 años después del homicidio de Óscar Arnulfo Romero. Así inicia esta plática que se divide en dos atardeceres de octubre. Simán dice que siente una gran responsabilidad y que intentará comunicar bien sus impresiones. En los últimos días ha tenido una agenda ocupada porque de la televisión y los periódicos no dejan de llamarle para entender de manera más íntima a su amigo, ese que este domingo cumple su primer día como santo de la Iglesia católica.

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LA DECEPCIÓN PERDIDA

“Vaya, Pepe, ahí está tu arzobispo”, cuenta José Simán que le dijeron sus amigos, en tono burlesco, a principios de 1977, cuando Óscar Arnulfo Romero fue puesto al frente de la arquidiócesis de San Salvador. Para completar la burla, un amigo le llevó hasta su casa la foto de monseñor que había salido en el periódico. Sus amigos sabían que él era alguien muy católico y también sabían que Romero no era santo de su devoción.

José Simán ya había discutido con Romero y la idea de que esa persona fuera ahora el líder de la arquidiócesis no le hizo mucha ilusión. En realidad, de Romero “todos los indicios” apuntaban a que el de este cura sería “un tipo de apostolado pacato, espiritualista y puritano, más inclinado a la componenda con los poderosos que a la solidaridad insobornable con los pobres”. Así escribió en 1980 el sacerdote español Ignacio Martín-Baró.

Simán esperaba que el siguiente arzobispo fuera monseñor Rivera y Damas, un religioso a quien sectores poderosos y conservadores tenían catalogado como “comunista”. Pero, al final, quien fue seleccionado fue justo el obispo auxiliar con el que se había enfrentado por un tema del cine.

Coleccionista. José Simán tiene muchas estampas, en medio de sus libros, en las que el rostro y las palabras de su amigo son los protagonistas.

Ahora, desde una silla y viendo a San Salvador, recuerda cuando aceptó que tendría que pedirle disculpas y ofrecerle su ayuda para trabajar. Se tragó los recelos y fue donde Monseñor Romero. Así iniciaron una amistad.

No pasó mucho tiempo hasta que Simán empezó a organizar desayunos y almuerzos para que Romero llegara a su casa. A veces hablaban de realidad nacional y discutían violaciones a los derechos humanos con otros religiosos y laicos. En otras ocasiones, preferían descansar.

En el diario personal de los últimos dos años de su vida, Romero mencionó 15 veces el nombre de Pepe Simán. En todas se refiere a él como un amigo, como alguien que le pide consejo, pero también como alguien con criterio importante para el arzobispo. “La cordialidad de este hogar, que me brinda mucha amistad, es para mí también un oasis en mi trabajo”, dijo Monseñor en la grabación de su diario el 31 de agosto de 1979.

Romero se convirtió en la voz de denuncia de los abusos de poder y, poco a poco, Simán fue comprendiendo que la figura de su amigo había trascendido fronteras. “Yo iba a otros países y me decían ¿qué tal el arzobispo Romero? La gente me preguntaba por Romero más que por El Salvador. Yo me quedaba asustado”.

Ay, don Pepe, dígale a sus amigos ricos que yo no tengo nada contra ellos. Lo que pasa es que aquí hay más pueblo.

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LO QUE ROMERO RETÓ

“Ay, don Pepe, dígale a sus amigos ricos que yo no tengo nada contra ellos. Lo que pasa es que aquí hay más pueblo”, le dijo un día Monseñor Romero a Simán. El empresario asegura que esa era una preocupación dentro de algunos grupos de poder económico de El Salvador. La Iglesia había estado, por tradición, cercana a ellos, y con Monseñor Romero las cosas eran distintas.

En 1977, el padre Rutilio Grande fue asesinado junto con otras dos personas. “Por primera vez en lo que luego habría de convertirse casi en rutina, Monseñor Romero acude a Aguilares a recoger los cadáveres de un sacerdote y dos cristianos asesinados como testigos de la fe. Con el padre Grande empieza su vía crucis arzobispal. ‘A mí me toca ir recogiendo cadáveres’, comentará después”, recogió Martín-Baró en su texto “Una voz para un pueblo pisoteado”.

El arzobispo se convirtió en una voz que, por ser conciliadora de los derechos humanos, se consideró combativa. Romero ofició tanto misas de empresarios asesinados como de campesinos. Se cuidó de que la Iglesia no fuera utilizada con fines partidarios, pero tampoco negó sus oficios. Una vez, recuerda José Simán, dijo Monseñor: “Alguna gente me ha llamado para que no diga la misa del padre Barrera porque andan diciendo que es comunista… No, yo la voy a decir, porque la Iglesia es madre de todos sus hijos”.

Simán hace una pausa y respira profundo: “Púchica, mirá, todavía casi se me salen las lágrimas cuando pienso en esos momentos”.Frente a unas orquídeas, Simán continúa narrando: “La gente quiere distorsionar a Monseñor para legitimar su mundo. Tenés el ejemplo de la guerrilla, agarraban cosas que él decía… no completas”. A juicio del amigo del mártir, el propio Romero fue consciente de cómo intentaban usarlo, no solo a él, sino a la Iglesia, como símbolo político.

Por eso cuenta que hace unos días, cuando se encontró con algunas personas del actual gobierno, les pidió que dejen de utilizar la figura de Monseñor como algo divisorio: “Dejen de estar hablando babosadas de Monseñor. Monseñor debería llevar a la unidad de los salvadoreños”.

—¿Monseñor alguna vez mencionó que sabía que algunos sectores querían utilizar su imagen?
—Por supuesto. Es que él repite varias veces que él no está con ningún lugar político, ningún partido. Yo no quiero juzgar. Me da tristeza que los salvadoreños, teniendo un santo que ha entregado su vida al servicio, que ha pensado en la gente, al que la gente le tiene devoción y amor, no lo celebremos porque hay gente que dice que era comunista. ¿Qué saben sobre qué es ser comunista?

Devoto. En su estudio, don Pepe Simán guarda con cariño ilustraciones y fotos con el ahora santo Óscar Arnulfo Romero.

Para el empresario, la idea que Romero proclamó era que El Salvador está lleno de gente pobre, y que esa gente pobre es tan importante como la gente con más dinero. Esto era algo refrescante de escuchar, pues José Simán se movía dentro de estos circuitos de poder. Desde su familia hasta sus amigos formaban parte de ellos.

—Usted ha dicho que su cercanía con Monseñor Romero causó cierta confrontación con los empresarios. ¿Cómo vivió eso familiarmente?
—Igualmente. Una vez llegué a la playa y me empezaron a vitorear “Romero, Romero”, riéndose de mí, pues. Decían: “Es que este Pepe no entiende, ese curita…”. La vida te va enseñando. No tenés que estar arriba, hay gente humilde que da 100 veces más de lo que uno da. Se entrega, no come. Eso es ser cristiano. Eso es respetar a las personas, y los salvadoreños somos personas, aunque no lo quieren entender. No somos robots, no somos máquinas, y nos deben tratar como personas.
—Cuando usted dice “no lo quieren entender”, ¿a quiénes se refiere?
—A la gente que critica a Monseñor Romero, lógicamente, porque si ellos quisieran entenderlo, comprenderían que deben tomar unas medidas para facilitar las cosas.

Ese distanciamiento que Pepe Simán hace de un sector empresarial no debe confundirse con una negación de esa parte fundamental de su vida: “Yo me siento orgulloso de ser empresario, pero sí me da rabia que me confundan con delincuentes porque, ¿qué sería este mundo sin empresarios? ¿Cómo intercambiaría la gente sus cosas? El problema que hay que pensar, al hablar de empresarios, es que pueden ser millonarios y tenerlo todo, pero ¿son personas?”.

***

LAS PALABRAS DEL CÍRCULO DE ROMERO

“Lo que la gente no entiende es que él era muy humilde y hablaba en esa voz coloquial, pero ¿qué sucedía? Cuando agarraba el sermón, tenía una voz maravillosa. En lo personal era shhh, shhh, hablaba muy suave. Esta gente no entiende… para que me haya dicho en ese momento, aquí parado: mire, yo no tengo que ser obispo”, dice Pepe Simán, y señala hacia el corredor de enfrente.

El sol cae en esta tarde de miércoles y las nubes se tornan rosadas. Simán continúa su relato: conforme las tensiones políticas previas a la guerra aumentaban, había gente que acusaba a Monseñor Romero de buscar atención, mientras que el arzobispo, tranquilo, afirmaba que él no necesitaba un alto cargo, sino que se respetara a la gente. Hace 39 años, en una tarde de octubre como esta, Romero llegó a esta casa abrumado, como lo consigna en una entrada de su diario de 1979, solo cinco meses antes de que lo asesinaran.

“Esta mañana ha habido muchas visitas de sacerdotes y fieles en el arzobispado. Fui a almorzar a la casa de don Pepe Simán, ya bastante tarde, pues tuvimos que retardar por estas visitas y consultas. Me sentía muy abrumado por no encontrar comprensión en el ambiente acerca del momento político y de la actitud de la Iglesia”, quedó registrado.

Un día antes de eso, en su homilía, él había denunciado algunas promesas incumplidas de la junta de gobierno y había criticado la violencia de los grupos de extrema izquierda.

Por defensor. Monseñor Romero ha sido considerado el primer defensor de los derechos humanos en El Salvador. Sus homilías desafiaron un sistema de represión e injusticia contra la población civil.

Esta casa de la colonia Escalón poco a poco se convirtió en un lugar donde Monseñor Romero no solo se sentía tranquilo: también era seguro para discutir la situación del país. Simán recuerda algunos nombres de las personas que eran asiduas a estos encuentros: monseñor Rivera, monseñor Urioste, los sacerdotes Estrada y Moreno, César Jerez, Héctor Dada y, a veces, el ahora cardenal Gregorio Rosa Chávez.

En alguna ocasión Pepe Simán fue una especie de puente para gente de cierto poder y con inquietudes de justicia que quería conocer a Monseñor Romero. Los cargos y la gente importante, recuerda, no desconcertaban al santo. En alguna ocasión, agrega, vino gente del extranjero a discutir algunos temas urgentes con el arzobispo, pero este no aparecía. Él pensó: “¿Dónde demonios se me ha ido a meter este?”. Salió a buscarlo porque quería iniciar la reunión, “y él, tranquilo, estaba orando en el santísimo”.

Los años en los que Monseñor Romero fue arzobispo estuvieron marcados por la intensificación de la represión contra fuerzas campesinas y la radicalización de movimientos de izquierda.“Las dimensiones de la represión constituyen un verdadero sufrimiento para Monseñor. Diariamente tiene que recibir en el arzobispado a decenas de gentes acosadas por la violencia de los cuerpos militares o paramilitares y que vienen a Monseñor para buscar protección y ayuda, para denunciar los atropellos y asesinatos, o simplemente para encontrar un poco de consuelo espiritual y humano. Monseñor a todos recibe y a todos atiende. Pero su voz profética se vuelve más y más colérica a medida que es alimentada por un mayor torrente de dolor y sangre popular”, escribió hace casi 40 años el intelectual y jesuita Ignacio Martín-Baró, quien también fue asesinado.

Simán cree que las homilías de Monseñor Romero eran tan escuchadas porque “daban ese sentido de esperanza, de servir a los demás, de ser hermano, de seguir a Jesús, amar a Dios y al prójimo… Monseñor Romero está presente, pero hay gente que lo distorsiona, que lo ataca, porque cuestiona cosas que no están correctas en el país. Esa es la razón (por la que en algunos sectores aún no es aceptado). Porque cuestionó cosas que no significaban amor al prójimo”.

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Monseñor Romero acude a Aguilares a recoger los cadáveres de un sacerdote y dos cristianos asesinados como testigos de la fe. Con el padre Grande empieza su vía crucis arzobispal. ‘A mí me toca ir recogiendo cadáveres’, comentará después”, recogió Martín-Baró en su texto “Una voz para un pueblo pisoteado”.

TRAS EL ASESINATO

En este contexto de violencia, amenazas y represión, Romero se rehusó a contratar algún servicio de seguridad armado:

—Me imagino que para el final de los setenta, la mayoría de empresarios andaban con seguridad privada…
—No necesariamente –responde.
—¿Usted tenía seguridad?
—No, nunca he tenido.
—Monseñor Romero tampoco tenía seguridad, y la rechazaba. Solo lo acompañaba su motorista.
—Sí, Monseñor tenía un motorista maravilloso, simpatiquísimo, buena gente.
—¿Usted no escuchaba que le dijeran que tenía que andar con alguien armado?
—Ah, sí, por supuesto. Pero él decía que no.
—¿Cuál era su opinión al respecto?
—¡Lo mismo! Era un hombre de Dios, no un militar, no un empresario.

Familia amiga. La casa de José Simán fue un espacio en el que Monseñor Romero no solo compartió momentos de fraternidad, sino que también realizó oficios religiosos.

Después de que Romero fue asesinado, el 24 de marzo de 1980, José Jorge Simán, tuvo que irse de El Salvador. Y no porque él lo quisiera. Se sintió amenazado.

Pepe Simán asegura que se fue del país tras escuchar un audio con la voz de Roberto d’Aubuisson en el que lo señalaba de tener contactos con comunistas en Cuba. D’Aubuisson fue diputado de la Asamblea Constituyente de 1982.

Para Simán, ese audio fue primordial para tomar la decisión de irse del país, mientras las cosas se calmaban.

“Lo de D’Aubuisson es claro. Yo oí una mención que él mandó donde mencionaba a Schafik Hándal y a mí como contacto en Cuba. Yo por eso decidí irme, pero creo que los cristianos tenemos que tender (a la) misericordia, la historia de la Iglesia no es guardar rencor”, sostiene.

Simán planeó irse de su país con su familia por tres meses, pero esos meses resultaron ser más de 10 años fuera. “Me fui porque mis hijos me llamaban y me decían ‘papi, hay tiros enfrente. Papi, hay balazos’. Fueron 14 años. Cuando ya estaba pensando en regresar, me tiraron una bomba aquí, en la casa, y me quedé en Carolina del Norte, y los cipotes empezaron a estudiar”. La noche cae sobre San Salvador y las luces de los edificios de enfrente se empiezan a encender.

Devoción. Teinta y ocho años después del asesinato de Monseñor Romero, José Simán se preparó para viajar a Roma a la canonización del primer santo salvadoreño.

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ROMERO, EL SANTO

El segundo día que Pepe Simán recibe a un par de periodistas en su casa va vestido con un traje color claro y está listo para las fotos. Camina hacia el patio y asegura: “Lo que me interesa es llevar el mensaje de que Monseñor Romero era amor”.
Luego, muestra algunos espacios de su casa donde el arzobispo más famoso de El Salvador realizó algún oficio religioso, donde comían y el lugar en el que platicaban.

Algunos cuadros han cambiado de lugar, pero los muebles y accesorios de la casa siguen siendo los mismos que se observan en algunas fotografías con Romero.
Simán posa para algunas fotos, habla de algunas de sus pinturas favoritas que cuelgan en su sala y se dirige de vuelta a su estudio.

Ahí, entre pilas de libros, guarda algunos pósteres de Monseñor Romero y una credencial con especial cuidado. Es el carnet que se colgó al cuello el día de la beatificación.
Hace tres años, solo tuvo que recorrer 14 minutos en carro para llegar al acto donde Óscar Arnulfo Romero fue nombrado beato.

Al momento de esta plática, solo falta una semana para uno de sus viajes más significativos y quizá, cansado, pregunta a los periodistas si ya entendieron cómo ve él a Monseñor. Se da por satisfecho con la respuesta afirmativa que recibe y vuelve a sus preparativos. El recorrido de este año toma más de 10 horas en avión. Es hacia Roma, para ver cómo la Iglesia católica proclama santo al hombre que fue su amigo.

Recuerdos. José Simán conserva con especial cariño las fotografías de los años en los que logró compartir algunos momentos con el arzobispo de San Salvador.

Memorias del pasado presente

Con ocho años de residencia en Costa Rica fundé el Instituto Cultural Costarricense Salvadoreño con apoyo de Holanda, en primer lugar, Suecia, Noruega, Estados Unidos e Inglaterra, como apoyos alternos. Era el año de 1983. La idea de crear el instituto era dar a conocer expresiones de la identidad centroamericana para beneficiar directamente a los campesinos salvadoreños refugiados. Otros grupos habían sido ubicados en Honduras: La Virtud y Colomoncagua, regiones desoladas y en pésimas condiciones. Llegaron con apoyo de las Naciones Unidas (ACNUR).

Costa Rica aceptó gran parte de los salvadoreños en la ciudad de Heredia. Más del 90 % de Chalatenango: niños, niñas, madres y abuelos. En verdad, no conozco estadísticas, si es que las hay. El proyecto tenía taller de pintura, grupo de teatro y de danza: de niños, adolescentes y abuelos; ventas de artesanías y comidas típicas, y un sencillo centro de información.

El instituto se legalizó con apoyo de personalidades costarricenses que nos acompañaron para fundarlo: el académico y poeta más importante de Costa Rica Isaac Felipe Azofeifa, presidente de la directiva, un año después pude relevarlo en ese puesto cuando el poeta vio que mi persona ya tenía sus propias alas. Otro apoyo fraterno lo ofreció la actriz Mimí Prado, (quien pronto tuvo la iniciativa de hacer de la sala principal un teatro que se llamó de La Calle 15). Años después, Mimí ocupó el cargo de ministra de Cultura.

También estuvo con nosotros don Julián Zamora, exembajador de Costa Rica en El Salvador; también nos dio apoyo Samuel Rovinski, escritor y cineasta costarricense. Otro ángel del instituto fue Gina Orlich (sobrina de un expresidente de Costa Rica Francisco Orlich).

Luego de traducir al holandés mi libro “Un día en la vida”, la cooperación de Holanda apoyó nuestro proyecto, y pronto creamos iniciativas interculturales centroamericanas, suramericanas e incluso europeas.

En uno de mis viajes a Europa, en visitas a entidades de cooperación, a mi retorno me encontré que Gina y Mimí tomaron la iniciativa de derribar la parte interna de la casa alquilada para convertirla en teatro de verdad. Mi susto fue tremendo: de la casa solo quedaba la fachada. Me explicaron que habían aprovechado mi ausencia para ofrecer a la propietaria un contrato por cinco años y promesa de compra. Respiré hondo. Al año se había consolidado el teatro frente a la plaza de la Democracia en la avenida principal de San José.

Once años después finalizamos el proyecto porque, firmado el Acuerdo de Paz, la mayoría de refugiados partió para Canadá, y Australia y otros retornaron a El Salvador. La cercanía con los campesinos salvadoreños (bajo protección de las Naciones Unidas y el Gobierno costarricense) me dieron el aprendizaje para escribir dos novelas histórico-poéticas: “Un día en la vida” y “Cuzcatlán donde bate la mar el sur”, ambas con personajes rurales e incluyeron traducciones en editoriales famosas de Londres y Nueva York, La Haya, Suecia y otros países europeos.
De regreso en 1993 a El Salvador, ocupé el cargo de director de la Librería Universitaria con cargo ad honorem para funcionar como secretario de Comunicaciones y director de la Editorial Universitaria por solicitud del rector Fabio Castillo y ante la carencia de presupuesto para hacer nombramientos.

Posteriormente ocupé el cargo de la Secretaría de Relaciones Nacionales e Internacionales de la Universidad de El Salvador, 1995-1999. Mi mejor logro fue gestionar, a partir de una idea-sueño, la construcción de la villa olímpica en el campus universitario. Mi propuesta al Gobierno fue que una vez pasados los juegos, las construcciones podrían enriquecer la universidad. Es el Polideportivo que ahora disfrutan los estudiantes de la Universidad de El Salvador.

Aclaro el milagro: asistí, en representación del rector, Dr. Benjamín López Guillén, a una conferencia de medicina deportiva (de lo que no sabía ni jota). El evento se realizó en la biblioteca universitaria. Ahí se planteó entre otras cosas alquilar una residencia para alojar a los atletas olímpicos. Propuse al gerente del INDES, Ing. Melesio Rivera, ¿por qué no repetimos otras experiencias de construir villas olímpicas en las universidades? Me pidió que se lo expusiera por escrito. Redacté la carta de inmediato, aunque no tuve oídos. Insistí y nada.

El sueño parecía acabar hasta que un amigo me aconsejó dirigirme a quien tenía el poder político en Deportes por estar muy cerca del presidente Francisco Flores, era Andrés Molins. Escribí otra quinta carta con mi idea. Esta vez obtuve respuesta. En todas estas gestiones recibí el apoyo del rector y vicerrector (Dr. Benjamín López Guillén y Lic. Salvador Castillo, respectivamente). Como funcionario intermedio mi representatividad no era fácil de ser escuchada. Ganó la terquedad.

Para entonces ya había formado una comisión con dos funcionarios más para hacer las gestiones. El más persistente que me impulsó a no cejar en el esfuerzo fue el Dr. Rafael Monterrosa, vicerrector de Bienestar Estudiantil, pues se planteaban propuestas estatales de construir en la casa del deportista en Ayutuxtepeque, pese a ser un espacio pequeño para recibir a las delegaciones internacionales; también se insistía en rentar el residencial privado. Por fin pegó nuestra idea: construir en el campus universitario ganaba la nación, y la educación superior.
Tiempo después llegó al INDES el Dr. Benjamín Ruiz Rodas. Para entonces ya había sido electa rectora Isabel Rodríguez, entusiasmada porque el proyecto tenía pies y cabeza.

Todo fue producto de terquedad, paciencia, visión e intuiciones. Ante mi desánimo y darme por vencido recuerdo al Dr. Monterrosa: “Sigue adelante, hermano, los jóvenes necesitan esas instalaciones, no tirés la toalla”. No era fácil un proyecto de inversión millonaria en la UES. Además había oposición interna, pues se suponía que el GOES pediría privatizar la universidad. Nada de eso sucedió.

Mi última contribución a este hermoso proyecto fue recomendar a un salvadoreño de experiencia en manejar polideportivos en universidades de Canadá. Fue el primer director del Polideportivo; pero yo ya estaba en la Biblioteca Nacional, año 2000.

Y colorín colorado, este recuerdo del pasado presente ha terminado.