El país donde 8 de cada 10 escuelas no tienen biblioteca

Sin bibliotecas.

“Un país que pretende caminar firmemente hacia el desarrollo debe contar con bibliotecas de calidad en cada una de sus escuelas”, dice una publicación del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLAC). En El Salvador, solo dos de cada 10 centros escolares cuentan con una.

A escala nacional, las bibliotecas no son lo único que hace falta en las escuelas. En 18 centros educativos no existe ninguna forma de abastecimiento de agua, 128 no poseen ningún tipo de instalación eléctrica y siete de cada 10 no tienen acceso a internet, según registros del Ministerio de Educación (MINED).

Dentro del 21 % de los centros educativos públicos que cuentan con una biblioteca existen casos en donde los libros no se utilizan. Las “bibliotecas” pueden estar, pero no se han establecido dinámicas o espacios que coloquen los libros al alcance de los estudiantes.

En una esquina del Centro Escolar Hacienda Florencia, ubicado en Nuevo Cuscatlán, departamento de La Libertad, un número considerable de libros permanece desordenado y lleno de polvo. Dos paredes blancas con pequeñas marcas que indican suciedad y telarañas conforman el espacio físico que rodea los ejemplares. Una estructura de madera dividida en tres partes se encarga de sostenerlos. No hay deterioro, pero sí, descuido. Julia Castillo, directora, define la situación de la siguiente manera: “Ahí están (los libros), solo hay que darles vida”.

El lugar ha perdido el brillo de hace dos años. En octubre de 2016, se inauguró aquí uno de los llamados “rincones de la lectura”. Es decir, un espacio destinado a que los estudiantes tomen cualquier libro y lo lean. De acuerdo con Luis Rosales, subdirector, se trata de un proyecto que el año pasado aún funcionaba, pero que actualmente la administración no se ha animado a renovar. Julia Castillo lo reconoce: “No se le está dando el seguimiento que en un principio se le dio”.

Los rincones de la lectura están compuestos por libros de literatura universal, cuentos y leyendas. La directora y el subdirector coinciden en que, con el paso del tiempo, algunos libros se han perdido. Otros, como “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, se mantienen. En su momento hubo cojines y alfombras. De eso, solo ha quedado la placa del recuerdo, las fotos y un conjunto de obras literarias en menor cantidad que hace dos años.

Una biblioteca se define como el lugar donde se tiene un considerable número de libros ordenados para la lectura. Sin embargo, en este centro educativo, los libros en lugar de leerse han quedado poco a poco en el olvido. “Solo ven la portada y los dejan por ahí”, declara Corina Turcios, profesora de segundo grado.

“¿De qué sirve que nos den libros, si en muchas ocasiones, esos libros se los comen los ratones? Ahí están guardados en las cajas”, dice Luis Rosales. Él ha trabajado en el Centro Escolar Hacienda Florencia desde 1989 y pronuncia estas palabras en su oficina. Su expresión adquiere un significado extra tomando en cuenta que en 2016 este centro escolar recibió una donación de más de 300 ejemplares, los cuales fueron recolectados a través de la campaña “Dona un libro”.

Rosales es uno de los fundadores del tercer ciclo. Su cargo está en la Subdirección, fuera de los salones de clase. No obstante, conoce cada detalle y necesidad de su escuela. Mientras habla, muestra el cuaderno de un estudiante de primer ciclo que en reiteradas ocasiones ha incumplido con las actividades solicitadas por su docente.

De acuerdo con Rosales, hace 20 años el Ministerio de Educación asignó al centro escolar una cantidad considerable de ejemplares. No recuerda el número exacto, pero reconoce que de ahí surgió la primera idea de poner en funcionamiento una biblioteca. Posterior a eso vino la construcción de un espacio físico en 2005. “Hubo un alcalde (Vidal García) al que le pedimos que nos construyera un local especial para la biblioteca. Lo construyó y se montó”, dice.

El espacio físico creado, en un principio, para el funcionamiento de una biblioteca es ahora el salón de clases de la sección de parvularia. Más de 250 libros se conservan agrupados en diferentes estantes al fondo del recinto. Una serie de pliegos de papel bond decorados que cumplen la función de “ambientar” el aula los mantienen ocultos.

Rosales explica que el anhelo de esta escuela era recibir algún tipo de fondo por parte del MINED o la Alcaldía Municipal de Nuevo Cuscatlán para la contratación de un bibliotecario. Es decir, una persona encargada del cuidado, organización y funcionamiento de una biblioteca.

“El ministerio siempre manifiesta no tener fondos”, afirma el subdirector. Ante esto, de acuerdo con Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media, la cuestión trasciende y radica en que, dentro de la Ley de la Carrera Docente, no existe la plaza de bibliotecario.

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UN DOLOR DE CABEZA EXTRA

Según estadísticas del MINED, de los 5,136 centros escolares públicos en todo el país, solo el 72 % se situaban, hasta 2017, en terrenos propiedad del ministerio. FOMILENIO II entregó, para ese año, 119 títulos de propiedad. El Centro Escolar Hacienda Florencia no formó parte de ellos. Uno de sus mayores problemas está arraigado en ese aspecto: el MINED no puede invertir en infraestructura de escuelas que no estén en suelo de su propiedad.

“La estructura del centro educativo no está legalizada. Desde hace nueve años el MINED no ha sido capaz de legalizarla y aquí no puede invertir. La burocracia del Estado no lo ha permitido”, manifiesta Luis Rosales con indignación. En cada oración que formula asigna una buena parte de la responsabilidad al organismo de Educación. Se desahoga. Agrega que el ministerio no tiene una pretensión real en que las bibliotecas escolares funcionen y que sus proyectos nada más tienen un interés mediático.

Julia Castillo, directora de la escuela, se expresa así: “Mi prioridad es la legalización del centro escolar”. De acuerdo con ella, hace ocho o 10 años, una cooperativa cafetalera les donó el terreno. Desde entonces, los trámites para obtener el título de propiedad iniciaron. En la actualidad, según Julia, las excusas y obstáculos han continuado, a pesar de que el caso ya está en la parte jurídica del MINED.

El monto de transferencia del Centro Escolar Hacienda Florencia, según Julia Castillo, es de $2,900. Este fondo se destinada a la compra de material didáctico, la limpieza y el programa de alimentos. “A veces dan una parte en agosto y la otra en diciembre, cuando las escuelas ya están endeudadas”, explica. Hasta junio de 2018 no habían recibido “ningún cinco” por parte del Ministerio de Educación.

Está claro que los libros no son una prioridad, ni la mayor preocupación en un centro escolar donde el dinero no alcanza y donde aún no cuentan con las escrituras del terreno en el que opera. En el Centro Escolar Hacienda Florencia los libros están presentes, pero eso no garantiza nada. Un extracto de la investigación “Por las bibliotecas escolares de Iberoamérica” lo explica así: “No basta con tener una biblioteca escolar, es necesario que la escuela genere prácticas lectoras, pues si no hay razones para leer, la biblioteca no cumple a cabalidad su función”.

Luis Rosales reconoce que, de parte de la administración de la escuela, no han logrado algo estable, ni serio. Esta es su realidad. También la de otros centros escolares públicos en El Salvador.

Carencia. El Centro Escolar Hacienda Florencia, de Nuevo Cuscatlán, cuenta con una biblioteca. Sin embargo, los libros se encuentran en malas condiciones y en peligro de deterioro.

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UN PANORAMA DISTINTO

La biblioteca del Centro Escolar Soledad Moreno de Benavides es limpia, amplia e iluminada. Un fondo blanco, muebles, estantes, peluches, además de los 700 libros en buen estado son elementos que complementan su esencia.

La regla principal, antes de entrar a ella, es quitarse los zapatos. Los estudiantes de la sección de cuarto grado lo tienen claro. Como todos los miércoles de 8 a 9 de la mañana les corresponde ir y leer. Ahora es el turno de “La escuela secreta de Nasreen. Una historia real de Afganistán”.

Kenia Flores, docente, se encarga de leer el ejemplar en voz alta. Sus alumnos, inquietos y con ganas de hablar, escriben qué le agregarían a la historia. Algunos se ponen de pie, pasan al frente y, nerviosos, comparten su conclusión con el resto de sus compañeros. Trascienden de la lectura a la escritura. “Que en el país no hubiera maldad, que no hubiera más violencia e ir libres a la escuela”, dicen, poco antes de que suene el timbre para salir al recreo.

La escuela, ubicada en Candelaria de La Frontera, departamento de Santa Ana, es una de las 84 a escala nacional que forma parte del programa Soy Lector, creado e implementado por la ONG ConTextos, que se encargan de desarrollar bibliotecas en diferentes escuelas públicas de El Salvador. Se hace referencia a ellas como “espacios de refugio en uno de los países con las tasas más altas de homicidios”.

Para saber si una biblioteca escolar es garante de calidad, ConTextos recomienda tomar en cuenta tres características que debe cumplir: activa, atractiva y funcional. Desde hace tres años, la del Centro Escolar Soledad Moreno es una de ellas. ConTextos les donó 300 libros en 2016; un año después fueron 400. En total, la escuela registra 434 estudiantes y 700 libros de literatura infantil, juvenil y género informativo. Dicho de otra forma, 1.61 de libros por cada estudiante.

Telma Yanira, directora del Centro Escolar Soledad Moreno, asegura que en este centro educativo ya existía una “biblioteca”. No obstante, según ella, había libros desfasados y un entorno físico inadecuado. Nada comparado a lo que se observa ahora. Los ejemplares están limpios, ordenados, en buen estado y se leen.

En su mayoría, se trata de libros especializados para lectores emergentes. Están divididos en tres niveles: avanzado (color azul), fluido (color celeste) e inferencial (color rojo). El 80 o 90 % de la colección es de ejemplares ilustrados. Un formato más contemporáneo y utilizado, según Zoila Recinos, directora de Programas Educativos de ConTextos, en países como Argentina o Colombia.

“Las bibliotecas que encontramos en las escuelas son un google, pero atrasado”, sostiene Recinos. Ella considera que la concepción que se tiene, en general, de las bibliotecas es bastante cotidiana. Lo más parecido a la Edad Media, con espacios oscuros y bodegas de libros. Su labor consiste en cambiar la configuración de cómo una biblioteca funciona y para qué sirve. Las ven como un proyecto comunitario que integra a jóvenes, padres de familia y profesores.

En esta escuela, los alumnos de tercer ciclo son quienes cumplen la función de bibliotecarios. Sus nombres y horarios están escritos en un pliego de papel bond pegado en las paredes de la biblioteca: Gisela, Franklin, Érika, Emerson, Cristina, Kevin… la lista sigue. En total son 26. La mayoría son niñas. Kattia Jiménez, de séptimo grado, es una de ellas.

La voz de Kattia predomina por encima del resto de jóvenes reunidos en el centro de la biblioteca. A pesar de su timidez se expresa con claridad y precisión. “Leer nos ayuda, porque también hay cosas que forman parte de nuestra cultura. Antes no nos gustaba, pero ahora sí”, comenta. “Yo nunca le había leído un libro a un niño. Uno me dijo que no podía y le ayudé”, agrega una de sus compañeras.

Mientras cada uno de los bibliotecarios comparte sus valoraciones, Melvin Moreno, capacitador del programa Soy Lector, menciona una de sus experiencias: “En un centro escolar yo escuché de una niña que le está ayudando a leer a su mamá a partir de lo que ha ido experimentando en la biblioteca”.

Además de los estudiantes también están los profesores, quienes, por su parte, han recibido más de cinco capacitaciones para la utilización de la biblioteca. Vera Flores, profesora de Lenguaje y Literatura, es una de las docentes que ha sido capacitada. “Es cierto, nosotros hemos sacado una carrera como docentes, pero necesitamos saber cómo leerle a los niños, cómo hacer más dinámica una lectura. Muchas escuelas nos dicen: nosotros quisiéramos tener su biblioteca”, dijo.

“Activa y funcional”, que en el Centro Escolar Soledad Moreno haya una biblioteca que cumpla con estas cualidades es casi un milagro. Sobre todo, cuando el bono asignado por parte del MINED a este centro educativo es insuficiente para cubrir todas las necesidades. Telma Yanira, directora, lo asegura: “$1,200 es lo que tenemos para todo el año. $750 y $600 en dos depósitos. El centro escolar es igual que una casa, hay infinidad de necesidades. No alcanza y uno debe andar haciendo cuentas. Si arreglo los baños no voy a comprar material didáctico”.

Alternativas. En centros escolares públicos donde no había bibliotecas, algunas organizaciones como Contextos han habilitado espacios para la lectura.

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“¿POR QUÉ UNIFORMES Y NO LIBROS?”

“La biblioteca escolar es un elemento esencial de cualquier estrategia a largo plazo para alfabetizar, educar, informar y contribuir al desarrollo económico, social y cultural. La biblioteca escolar es de la incumbencia de las autoridades locales, regionales y nacionales, por eso es preciso darle apoyo mediante legislaciones y políticas específicas”, se lee en una publicación del CERLALC que lleva como título “Biblioteca Escolar: un espacio para ser, crear y construir”.

Óscar Picardo Joao, director del Instituto de Ciencias, Tecnología e Innovación (ICTI-UFG), hace un diagnóstico de la realidad. En su opinión, no existe una política de fomento a la lectura por parte del MINED, mucho menos un programa de creación de bibliotecas escolares. Tampoco un presupuesto orientado a la adquisición de libros.

Uno de los inconvenientes, asegura Joao, consiste en que lo poco que queda del presupuesto del MINED recae en el programa de útiles, zapatos y uniformes. “Yo prefiero entregar libros que uniformes, si me preguntás. Esa podría ser una discusión técnica. ¿Por qué entregar uniformes y no libros?”

La Ley de Presupuesto del Ministerio de Educación de 2018 indica que la dotación de uniformes, zapatos y útiles escolares tiene un costo de $73,500. Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media, afirma que, para poder cubrir las necesidades básicas en el sistema educativo, según ha planteado el Plan El Salvador Educado, se necesitan $1,200 millones más de presupuesto. Pero este presupuesto, según la última actualización en mayo de 2018, es de $940.42.

Janet Serrano, gerente de Gestión Curricular en Educación Básica, manifiesta que dotar de libros a toda la población estudiantil es un proyecto millonario. Sin embargo, explica que actualmente existe un programa presidencial de biblioteca escolar dirigido por el comité editorial del MINED. Setenta y cinco mil ejemplares, entre los que se encuentran “Cuentos de barro”, “Una vida en el cine” y “Cuentos y narraciones”, fueron entregados en 2015 a estudiantes de primer año de bachillerato en 567 escuelas.

En ese mismo año se lanzó, oficialmente, el programa presidencial Lectura para la Vida, donde se aclara que el primer paquete de libros fue producido por la Imprenta Nacional, con una inversión de $67,955. Un año después, se entregaron 100 mil obras literarias: “El libro de trópico”, “Jícaras tristes”, “La muerte de la tórtola” y “El Salvador, historia contemporánea”.

Serrano aclara que el programa de bibliotecas escolares no está orientado a constituir una biblioteca como tal. Su objetivo consiste en que el libro llegue a la casa del estudiante, donde, según ella, no existe un ambiente letrado. Álex Granados secunda su idea con la siguiente afirmación: “Preguntamos a los estudiantes cuántos libros había en sus casas. La proporción de la cantidad de libros que decían que había versus los resultados… era interesante. Es decir, entre menos libros tienen, sus calificaciones son más bajas. Hay casas en donde se decían dos libros y uno de ellos era la biblia”.

“Las bibliotecas que encontramos en las escuelas son un google, pero atrasado”, sostiene Recinos. Ella considera que la concepción que se tiene, en general, de las bibliotecas, es bastante cotidiana. Lo más parecido a la Edad Media, con espacios oscuros y bodegas de libros. Su labor consiste en cambiar la configuración de cómo una biblioteca funciona y para qué sirve. Las ven como un proyecto comunitario que integra a jóvenes, padres de familia y profesores.

Granados dice que este es uno los factores asociados a la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media (PAES), la cual, en 2017, presentó el promedio más alto registrado en los últimos siete años: 5.36. No obstante, de acuerdo con Joao, los resultados de la PAES son un reflejo más de lo poco que se lee, pues los estudiantes conocen, pero no pueden comprender ni aplicar lo que saben. “Esto pasa por no tener bibliotecas ni laboratorios. El conocimiento es muy superficial, aprenden lo que ven en clases, en la pizarra, copiando en el cuaderno”.

Sin embargo, para Janet Serrano, gerente de Gestión Curricular en Educación Básica, el libro no resuelve el problema: “Todas las gestiones invierten en bibliotecas… pero qué sucede, los libros son parte del activo fijo de la escuela. Los directores temen que eso se arruine y se lo cobren. Ante esas prácticas tenemos que luchar”. Zoila Recinos, directora de Programas Educativos de ConTextos, agrega que la concepción que tienen algunos centros educativos donde han trabajado con asistentes técnicos del MINED es que los estudiantes arruinarán los ejemplares. Consecuencia de eso es que prefieren conservarlos en muebles o dentro de cajas.

“Hay escuelas que tienen libros y los ocupan para poner el cañón encima, no para que los niños los lean. En ocasiones anteriores nos pasaba que se llevaban los libros, pero no los ocupaban”, confiesa Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media. Según Granados, esto se debe a que el sistema educativo es contradictorio. “Si se pierde un mueble es penalizado el director o docente. Ellos piensan que el libro es como el mueble. ¿Pero quién es penalizado porque el niño no aprendió a leer?”

Tanto Janet como Granados coinciden en que los libros y las bibliotecas más allá de ser un tema presupuestario y bajo la responsabilidad del MINED tiene que ver con un aspecto cultural, donde, además del estudiante y docente, está la familia y su círculo social.

“No somos una sociedad lectora, una de las fallas o falencias es esa”, afirma Manlio Argueta, director de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Lilian Montenegro, coordinadora de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, menciona que el sueño de Alberto Masferrer son 262 bibliotecas públicas en todo el país. Hace referencia a su obra, de hace 103 años, “La cultura por medio del libro”, y agrega: “Le seguimos debiendo; 34 bibliotecas pertenecen a la red”.

Las opiniones varían, pero en los centros escolares la realidad es una sola: sin libros no hay bibliotecas; sin bibliotecas, el número de lectores se reduce. Que las haya, tampoco es una garantía. Los libros, un trozo de tantas necesidades y vicisitudes en las escuelas públicas de El Salvador. “Una buena escuela debe ser, antes que nada, “realmente una escuela”, y las escuelas en este país muchas veces no lo son: no tienen recursos, no hay bibliotecas, no tienen espacio e iluminación adecuada, no cumplen las mínimas condiciones de un centro de estudio”, explica una propuesta de índice de calidad escolar de la Fundación para la Educación Superior (2016).

En el Centro Escolar Soledad Moreno ha vuelto a sonar el timbre que indica el segundo recreo. Algunos estudiantes gritan y corren en dirección a la cancha de cemento. Otros buscan comida en los cafetines. Un grupo más pequeño se acurruca en el piso para jugar con canicas. Son niños, no les preocupa ensuciarse con la tierra. En sus rostros solo se refleja alegría. Dentro de la biblioteca también es así. Toman los libros. Pasan las páginas. Leen y observan las ilustraciones. Sienten el libro con sus manos. Respiran su olor. Lo dejan, toman otro. Si no les gusta, toman el siguiente. La escena es auténtica, natural. Los libros están presentes y se utilizan, algo que no ocurre en todas escuelas. Esta es la excepción. La regla principal, antes de entrar, es quitarse los zapatos. El resto es historia.

Lejanía. Alumnos de un centro escolar de Candelaria de la Frontera, Santa Ana, cuentan con una biblioteca creada por una ONG. En los municipios fronterizos la ausencia del Estado es mayor.

Experiencias sobre la educación conectada

Este título e ideas surgieron con la lectura del libro de Seymour Papert, “La educación conectada”, que, como usuario de la tecnología informática y participante de un equipo institucional interesado en el conocimiento y la información global, me hizo reflexionar.

Ahí por 1987, durante una permanencia en Londres en casa de una escritora inglesa (A. Hopkins), esta recibió la visita de una empresaria joven. Me incorporé en la conversación con el tema de creación literaria (había presentado en universidades de Gran Bretaña dos de mis libros en inglés). En la plática mencioné que mi sueño era tener una computadora para avanzar con comodidad en el poco tiempo disponible que tiene un escritor de quinto o sexto mundo. “Tengo una, pero es como un tractor de Pedro Picapiedra”. La empresaria al escucharme dijo de inmediato: “Yo puedo cumplirte ese sueño”. Imagínense. Pensé en que era un ofrecimiento diplomático; y, como parte de mi carácter, lo dejé fluir con la frescura de un río frío. Y ya no la volví a ver, aunque en mi mente hervía la promesa.

A medida que se acercaba mi retorno a Costa Rica, seguí pensando en que quizás lo ofrecido era como las promesas electorales. Le dije a mi amiga Hopkins que su amiga me había alegrado el corazón, y le insinué si acaso sería posible recordarle su ofrecimiento. “Si ella te lo prometió, lo va a cumplir, palabra de inglesa”, fue su respuesta. Preferí callar para darle espacio a mi alegría interior.

A dos días del retorno a Costa Rica, preferí no insistir para no crearle problemas a mis emociones. Mi sorpresa fue que mientras preparaba mis maletas, la escritora Hopkins anunció la visita de la empresaria. Llegaba con su regalo: de las primeras laptops. Veinticinco años después, veo por internet, en una venta de antigüedades, que mi laptop tiene un valor de 900 euros. Como recuerdo guardo a esa hermanita gemela.

El tiempo avanza, y ahora es difícil concebir el trabajo sin la tecnología, con nuevas laptops que no pesan las 10 libras de mi primera Amstrad inglesa, recién salida del horno, y que me obligó a matricularme en un taller para manejar estas computadoras, pues apenas sabía escribir textos. Pero desde años antes (1985) ya había adquirido un armatoste en EUA; un armatoste de escritorio que me hizo seguir usando la typewriter tradicional. Esa computadora la dejé para que la curiosearan mis pequeños hijos y amigos vecinos entre ocho a 12 años, pues habían descubierto juegos electrónicos; ni la sombra de los de ahora. Por otro lado, abandoné mis talleres teóricos por no entender ni jota, y acudí a los hijos y amiguitos vecinos. Santo remedio.

Los más avanzados eran mis sobrinos chileno-salvadoreños, los Ruiz, pues su padre, por ser profesor universitario, tenía derecho a una computadora para usar en casa, que –por cierto– solo la usaban los niños, que no sobrepasaban los 10 años, pero que habían descubierto los trucos de la tecnología, bruja de esos tiempos. Eran los mismos que para la generación “baby boomers” se trataba de cuestiones indescifrables. Les hacía consulta por teléfono y ellos me orientaban dirigidos por el monitor encendido para que me guiaran los pasos a seguir.

Años más tarde, de regreso en El Salvador, hice algunas visitas a Medellín (2000), y reparé en que había poca cultura informática en los docentes. A una maestra se le ocurrió que sus alumnos podían darle el aprendizaje de la caja mágica, y se le ocurrió que todo el grupo de docentes recibiera clases con los jóvenes estudiantes. La mayoría se opuso, era una falta de respeto recibir clases de los adolescentes. ¿Qué van a decir los padres y nuestros jefes? Por fin se decidieron, para no quedar rezagados de las nuevas generaciones. En verdad se trata de una “cultura” generacional no solo relacionada con la tecnología, sino que descubre nuevas actitudes en lo educativo e incluso en lo político; un fenómeno generacional de resultados concretos, con incidencia en las ideologías que proponen utopías, cuando se necesitan hechos concretos: empleo, convivencia, curiosidad frente al mundo al alcance de sus dedos.

Ahora parecerá increíble, sucedió con mi hijo Leonardo (año 2000), estudiante de una de las facultades de Ingeniería: descubrió que había un laboratorio de computadoras. Dada su experiencia desde niño en Costa Rica, solicitó permiso al que cuidaba los equipos (sin uso visible). Este dijo que solo era para uso de profesores, y la orden era tenerlos bajo llave. A Leo le pareció extraño que no se tuviera acceso al área de equipos, algo tan natural que había cultivado de niño. Me pasó algo similar. Fui lector desde niño y en la pequeña biblioteca de mi escuela me extasiaba con los títulos, pero me dijeron que solo el director manejaba la llave. Por cierto nunca la vi abierta.

Las historias se repiten, porque solo aceptamos procesos evolutivos. No aguzamos la visión desde el presente para enfrentar al futuro con tecnologías en constante e indetenible movimiento y que nos llegan en tren de vapor o rápido, según sean las políticas públicas.

Seymour Papert habla de los ciberavestruces, padres o docentes que no admiten compartir nuevas actitudes para conocer. Apoyar al hijo es aprendizaje para el adulto. El problema es que la sociedad corre el riesgo de quedar relegada, sin encontrar el origen de la violencia. La contribución del medio digital es que cada quien encuentre su propio camino para aprender, dice Papert.

Él se refiere también a ciberutópicos (creyentes absolutos de la tecnología informática) y a cibercríticos (que la desechan); estos obvian que el medio tecnológico permite la emoción de descubrir lo que no encuentran en el aula. Papert recomienda a la familia o la escuela como corresponsables de “construir un futuro” en las nuevas generaciones. Ciertas luces actuales de aprendizajes pueden provenir de niños que no sobrepasan los 10 años, y debemos compartir las curiosidades del descubrimiento sin sentirnos disminuidos como adultos. Porque lo que trae la generación pos “millennial” es aún impredecible.

El fútbol ya no es el de antes

El domingo 14 de septiembre de 1997 me enganché para siempre al fútbol. Ese día, mi papá me llevó –cinco horas antes que iniciara el partido– a ver a la selección salvadoreña comandada por el serbio Milovan Ðoric. Era la eliminatoria para el mundial de Francia 1998 y, a mis recién cumplidos 10 años, era todo un acontecimiento. No sabía mucho del deporte, pero la tarde fue una fiesta de principio a fin. Una goleada sobre Canadá que mantenía vivas las esperanzas de asistir a la copa del mundo. Y con uno de los estandartes anotando el primer gol de aquel juego: Nildeson Silva de Mello, “Nenei”.

El brasileño naturalizado salvadoreño hizo pedazos a la defensa canadiense. Dejándolos en velocidad, enganchando, en el desmarque. Era talento innato. Aquella tarde sobre el césped del Cuscatlán, con el cabello teñido de azul y blanco como un guiño a su desparpajo, “Nenei” parecía incontrolable para los defensores. Algo así era también afuera de la cancha para el entrenador de la selección. Milovan y “Nenei” habían tenido varios cortocircuitos por asuntos disciplinarios. El serbio encarnaba la seriedad y el respeto a las normas, De Mello era la picardía y la creatividad absoluta con la que se etiquetó al fútbol latinoamericano.

Romper un sistema con un regate. Dos formas de ver el juego. Por supuesto que no fuimos al mundial de Francia, donde los anfitriones se quedarían con el título liderados por Zidane y Thierry Henry. De eso ya pasaron 20 años, pero es una postal que se repitió hace una semana con un nuevo título del equipo francés. Ahora, con otra generación de futbolistas. Francia vuela alto en el fútbol mundial. Ha jugado tres finales –la mitad– de los seis últimos mundiales. Con su segundo trofeo, muchos parecen querer restarle mérito porque en su plantel hay una mayoría de jugadores de ascendencia africana. Una cuestión ridícula y racista. Lo que sí remarca el triunfo francés es el éxito del Instituto Nacional de Fútbol Clairefontaine y otras 11 academias de élite en todo el país, un sistema supervisado por la Federación Francesa de Fútbol (FFF).

No solo se trata de talento innato ni corpulencia física, sino de jugadores con un proceso de formación, rigurosos entrenamientos y normas. El academicismo sobre la generación espontánea. Eso hace que el fútbol latinoamericano parezca cada vez más lejos del pináculo de un mundial. Eliminados antes de lo acostumbrado. El fútbol ya no es el de antes en el que muchas veces bastaba la genialidad. El juego lo ganan los que tienen las mejores academias. Thierry Henry y Kylian Mbappé son solo dos generaciones que pasaron por Clairefontaine. Disertando en sus clases sobre filología romana y lo que ocurría en la arena del coliseo, el escritor Rafael Rodríguez Díaz nos decía que los futbolistas de la actualidad eran como los gladiadores. “Muchos los ven como modelos, quieren ser como ellos”, sostenía. Era 2007 y en las calles de la ciudad abundaban las camisetas de Ronaldinho.

El brasileño quizá fue de los últimos herederos de la magia que identificó al fútbol de América Latina por décadas. Porque incluso Lionel Messi, la última gran esperanza argentina, ya fue educado por los catalanes de La Masía, el centro de formación del barcelonismo. Lo escribió Leonardo Faccio en su libro sobre el jugador: “Messi es la habilidad desfachatada del potrero argentino contenida por el rigor académico del F. C. Barcelona. El crack que nació en un país hecho por líderes caudillos hubiese tenido otro destino sin la crianza de un club que apostó por la democratización de la pelota. Entre delanteros que defienden y defensas que atacan”.

Al final, el estilo de Milovan Ðoric, que volvió a Serbia y trabajó con las divisiones inferiores de su país, se ha impuesto.

De camino a Les Monts Verts

Estoy de camino a un pueblito de 7,000 habitantes, en el norte del estado de Vermont, Estados Unidos, casi llegando a la frontera con Canadá. Este viaje me lo ha exigido el trabajo, así que lo que podré ver de Vermont es limitado en ese sentido y, sin embargo, viajar siempre implica entrar a un mundo distinto, alejado del mío en el espacio y, en cierto modo, también en el tiempo.

Me viene a buscar al aeropuerto el motorista, no oigo bien si me dice que se llama Rob o Ron, pero lo que importa más es que Rob Ron es un hombre robusto y amable. Me encuentra sentada en la banda de equipaje y me pregunta si soy Evelyn de Wisconsin, un sobrenombre que me suena a “Heidi, niña del bosque”. Alzo la vista y estoy frente a un hombre que parece pino, vestido de camisa verde, alto y triangular.

Rob Ron ha pasado la vida en Vermont y me cuenta, de camino a la camioneta, que es gran conocedor de su historia. La hora y media de viaje al pueblo donde vamos, más adentro del estado, pasa con Rob Ron contando, primero, las hazañas de su hijo prodigioso en el fútbol americano y, luego, resumiéndome la historia natural del estado. Me dice que Vermont es de los estados menos poblados de Estados Unidos. Algo que puedo comprobar fácilmente en la ruta por la falta de Walmart y McDonalds y porque no hay nada de tráfico en la carretera.

La geografía de Vermont queda marcada por limitar al este con las Montañas Verdes, parte del sistema de los Apalaches, y al oeste por el lago Champlain. Rob Ron me cuenta que el nombre de Vermont tiene origen francés y que significa “Las Montañas Verdes”, por el explorador francés Samuel de Champlain, que llamó a las montañas Les Monts Verts, “Las Montañas Verdes”.

De camino a St. Johnsbury, la ruta se desvía por pequeños pueblos, como Waterbury, Middlesex, Plainfield y Montpelier, la capital del estado de Vermont que también es un pueblo pequeño con una población que no llega a 8,000 habitantes. Por grandes ratos del camino pierdo la señal wifi en el celular y me pierdo en el panorama natural. Estamos en pleno verano y trato de imaginar cómo sería Vermont en el invierno; solitario, congelado y cubierto de nieve. Rob Ron me comenta que en enero pasaron varios días tan helados que la gasolina de los carros parecía jarabe de arce.

Nadie salía ni se movía de su casa. Le pregunto a Rob Ron si ha visto la película de los años ochenta “The Shining”, dirigida por Stanley Kubrick y protagonizada por Jack Nicholson. No la ha visto, dice, y le cuento que es la historia de un escritor exalcohólico que acepta un puesto como vigilante de invierno en un solitario hotel de alta montaña para ocuparse del mantenimiento de la mansión. Al poco tiempo de haberse instalado ahí junto a su familia, empieza a sufrir inquietantes trastornos de personalidad debido a la incomunicación del lugar, al insomnio, y a sus propios fantasmas interiores. Rob Ron me dice que suena como una película muy buena y pasamos el resto del camino escuchando el rugir de las llantas y el murmullo de la camioneta.

Carta Editorial

Aquello de “no se logran cambios haciendo lo mismo de siempre” es una frase que ya está dicha hasta el cansancio. Pero no quiere decir que haya sido asimilada. En materia de educación pública, en El Salvador y, prácticamente en el Triángulo Norte, seguimos haciendo lo mismo desde hace décadas. Y los resultados ni siquiera son iguales, son cada vez peores.

Una de las carencias más grandes que tiene el sistema actual es que no estimula los diferentes tipos de inteligencia. No ofrece, en general, oportunidades para abrirse a la creatividad o a la solución de problemas de manera innovadora. Y, en este sentido, la deuda más importante tiene que ver con el fomento de la lectura.

El reportaje de esta edición se basa en la cantidad de bibliotecas con las que cuentan los centros escolares públicos del país: solo 2 de cada 10 cuenta con una.

Y estar en esa lista de las que tienen biblioteca no quiere decir que se debe asumir que se usa. Hay centros escolares en donde por razones de espacio o de recursos humanos, los estudiantes no tienen acceso a los libros. Mientras los ejemplares guardan polvo y se deterioran poco a poco, se pierde con los estudiantes una ventana de oportunidad única para inculcarles el aprecio genuino por leer.

La lectura abre mundos, enriquece criterios, entretiene e influye en la formación de la personalidad. Leer no puede seguir siendo un lujo, no puede seguir siendo otra manera de segregar y de mantener gorda la brecha de desigualdad.

Este reportaje es un recordatorio más de que es indispensable ver hacia las escuelas si lo que se busca es una solución eficaz a los principales problemas sociales. En un país en el que todos los días se libran dramáticas luchas por conseguir comida y seguridad física, en las casas en donde más se necesitan, quizá no haya libros. Las escuelas deberían ser ese refugio para que los estudiantes se encuentren con todo lo que los pueda hacer mejores ciudadanos. Un libro encontrado a tiempo puede ser suficiente combustible para ampliar el horizonte.

“Admiro a la gente que lucha, trabaja y saca a su familia adelante”

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Es algo que no se regala. Se gana y se trabaja. El éxito es lo que te satisface, no necesariamente en un sentido económico.

¿Qué no lo hace feliz?

Cuando se me caen las llaves del carro en medio de los asientos y no las puedo recoger. Es algo un poco banal, pero es lo único. Todo lo demás hay que disfrutarlo. Necesitas sentir para ser humano.

¿A qué persona viva admira?

No tengo un personaje al que pueda decir que admiro, señalarlo. Puedo decir que, en general, admiro a la gente que lucha, trabaja y saca a su familia adelante. Son mis héroes.

¿Cuáles son los obstáculos más grandes para un salvadoreño al hacer periodismo en Estados Unidos?

Es lo mismo para todos los hispanos que vienen acá. Uno tiene un bagaje cultural y profesional que lo respalda. Pero hay retos como el idioma, como las leyes y la manera cómo funcionan los diferentes departamentos del Gobierno, que hay que aprender muy cuidadosamente, porque una cosa mal dicha o no dicha podría acabar con una carrera periodística.

¿Cuáles son las ventajas?

En este país, como a todo trabajador, las leyes te respaldan, de alguna manera. Aunque no estoy diciendo que esto es siempre así, porque he hecho reportajes sobre personas que no son tratadas como dice la ley. Pero hay un poco más de posibilidades.

Qué es lo que tiene más valor de su situación actual?

Que siempre hay nuevos retos, nuevas cosas que superar. Siempre hay gente que quiere sobresalir en la carrera. Hay que ser competitivo.

¿Qué significa para usted la muerte?

No tiene significado. Obviamente no he llegado a esa parte, sigo viviendo.

Buzón

Buzón

La migración

Cuando era pequeña, vi partir a muchos de mis compañeros de escuela de la misma manera en la que el joven poeta salvadoreño Javier Zamora se fue. Al terminar el año, solo decían que la mamá o el papá los había mandado a traer y todos los demás niños los veíamos como con admiración, porque se iban a ir a vivir a un lugar superchivo y después iban a venir en avión y con maletas llenas de cosas más chivas. Ninguno de nosotros sabía cómo era el camino. Apenas nos decían que no era en avión, sino que partes en carro y partes a pie, por un desierto. A ninguno se le daba seguimiento. Solo sabíamos que se habían ido. A saber si llegaron todos. A saber si se quedaron en México, si llegaron a Estados Unidos, si los golpearon o algo. A saber. Eso sí, a ninguno lo mirábamos de regreso.

Ahora, entre tanta red social, he encontrado a algunos de esos niños. A pesar de que puede sonar feo, a ninguno lo veo peor de como se fue. Los que iban era niños muy pobre, estudié en una escuela pública y casi todos vivían solo con sus abuelos. No tenían para lujos como galletas en el recreo, pero a veces llegaban con unos zapatones bien coloridos que les habían mandado sus papás de allá, del Norte. No sé qué sería de ellos aquí. Se los hubiera llevado la guerra, se habrían hecho vigilantes o habrían conseguido puesto en una maquila. Pues no sé. Lo que sí sé y no dudo es que les hubiera costado mucho seguir estudiando. No por falta de capacidad, eran muy vivos, sino que por falta de oportunidades. Y esa es la idea que me refuerza la entrevista con este muchacho poeta.

Aquí no habría sido poeta nunca, porque no se habría podido formar. Antes hubiera tenido que trabajar en lo que fuera para poder comer y así se le hubiera ido muriendo el espíritu. Es muy lamentable toda la situación en nuestro querido país.

Zenaida Montenegro
zmonteg@.gmail.com

CIUDADANÍA FANTASMAL (16)

LA PRIMERA MISIÓN

Los peregrinos, que venían caminando por senderos polvorientos después de consumar la experiencia mayor de ver en persona al Señor de Esquipulas, estaban bañados por el Sol crepuscular y eso les alentaba el anhelo de encontrar un sitio de reposo que les fuera propicio. Y, tal si hubiera aparecido de repente, vieron aquella construcción que tenía todos los visos de ser una ruina prehistórica:

—¡Estamos en el lugar prometido! –exclamó aquel sujeto musculoso y desafiante que parecía comandar la expedición.

Los demás se detuvieron en actitud reverente, como si aquella expresión fuera un designio sin escapatoria. Sin esperar más avanzaron rápidamente hacia el monumento que tenían enfrente. Entonces los peregrinos se dieron cuenta de que lo que había adentro era un amasijo de lápidas desteñidas en desorden. Uno de ellos se apuró a decir:

—El Señor que acabamos de ver nos ha guiado hasta aquí, y esa es sin duda una señal de lo que quiere de nosotros…

Los demás se quedaron en aterido silencio, hasta que uno se atrevió a decir:

—¿Qué pasemos a la condición de soterrados sin retorno?

—¡No, hombre, no! Que recuperemos estas lápidas para ir a la búsqueda de los que se escaparon de ellas… Y si lo logramos, seremos recompensados como buenos trabajadores de la fe. ¿Entienden?

LA MEMORIA MANDA

Encendió la láptop al llegar al espacio íntimo de su habitación de estudiante puesto al día en todas las novedades tecnológicas de su edad. El contraste entre lo tradicional del refugio físico y lo ultranovedoso del despegue creativo hacía que aquel joven que parecía no tener nada de original como persona estuviera ahí conectándose a cada instante con lo desconocido.

En la pantalla del aparato se dibujó entonces una imagen que llegaba a verlo con frecuencia.

—Gracias por venir. Tengo que pedirte algo.

La imagen se puso en actitud expectante. Se tomó las manos y las colocó sobre sus piernas cruzadas.

—¿Podrías prestarme el álbum de mis recuerdos? Necesito hojearlo para ver si ahí encuentro la explicación de esta incertidumbre que me está despojando de mí mismo…

Entonces la imagen se incorporó y fue a sacar de un estante invisible hasta ese momento un volumen empastado en un material que parecía espuma. Se lo extendió sin decir palabra. En ese preciso segundo la pantalla de la láptop quedó vacía. Él abrió el álbum y comenzó a hojearlo.

—¡Aquí está! Aquí estoy yo con mi otro yo y ambos miramos el retrato de ella. Ella, la mujer de mis sueños y la mujer de sus sueños. ¡Ah, y aquí está la otra evidencia: ella se va con él, mientras yo me quedo en silencio! ¡Ahora entiendo: la memoria me ha salvado! Me ha puesto ante la realidad. Me siento libre, puedo volver a empezar la búsqueda…

PARÁBOLA DEL RELOJ

Los pasajeros, como siempre, fueron bajando uno tras otro, con su equipaje de mano, hacia la salida o hacia las nuevas conexiones. Ella, la dama de apariencia distinguida y de movimientos pausados, iba quedando atrás en la fila, y como no faltaba mucho para que saliera su vuelo de enlace, la posibilidad de perderlo crecía minuto a minuto. Y, en efecto, eso pasó: al llegar a la puerta de salida, la nave iba ya camino al despegue.

Le reprogramaron el vuelo, pero aquella noche tenía que quedarse en la ciudad, que afortunadamente estaba muy cerca del aeropuerto. Hacia ahí se dirigió, con la intención de descansar siquiera unas pocas horas antes de acercarse a retomar el itinerario hasta el destino final.

Pero en cuanto estuvo semiacomodada en la habitación del hotelito al que la habían enviado, le entró una sensación de placidez que le era imposible resistir. Se acostó solo con una bata que halló a disposición y en unos cuantos minutos quedó profundamente privada.

El día estaba ahí, y la luz solar entraba a raudales por el ventanal cuya cortina se hallaba recogida. Llamó de inmediato a la recepción:

—¿Qué horas son exactamente, señorita? No sonó el despertador.

—Las 11:30 de la mañana. ¿Necesita algo?

—No, porque ya perdí mi vuelo.

—Eso se puede arreglar. ¿Quiere que le preste ayuda?

—Gracias, pero ya entendí el mensaje.

—¿El mensaje?

—Sí, el mensaje de que debo quedarme aquí, quizá para siempre…

RITUAL SIN SONIDO

Pasaba casi todo el día refugiado en un rincón de la iglesia de Santa Mónica, en la calle 79. Su única posesión era aquel bulto de prendas ya casi inútiles. En ese rincón dormitaba a cada instante, tal si esa fuera su ocupación natural. Y como nadie le ponía atención a su presencia, el que fuera un indigente joven tampoco se hacía notar. Hasta que aquel anciano desvalido como él llegó a ubicarse en la misma banca.

—¿Y tú qué haces aquí, muchacho?

Él se sorprendió por la pregunta, que nadie le había hecho antes.

—Vivir todo el día frente al altar.

El anciano se quedó en suspenso como si acabaran de revelarle la clave de su propia vida.

—Yo he estado aquí todo el tiempo y nunca te había visto.

—Yo tampoco.

Ambos se quedaron en silencio, porque la voz que los unía era un misterio sin sonido.

PLAN INSOSPECHADO

Se conocieron en un albergue para olvidados de la suerte, pero la suerte se les presentó en ese mismo instante, con una sonrisa que era la llave maestra del retorno al verdadero hogar.

Las voces de la depresión: así se vive con esta enfermedad mental

Daniel
Daniel

Daniel está arrinconado en un pabellón de la escuela. Su cabeza pegada a las rodillas, mismas que abraza para ocultarse. Aunque es la hora del recreo, el niño no quiere jugar con sus compañeros de clase. Se siente deprimido y está asustado. A pesar de que no llega a los 10 años, él cree que los demás lo juzgan porque, por alguna razón, saben que está triste.

Hoy Daniel (no es su nombre verdadero) tiene 67 años y es consciente de que desde que estaba en la escuela sufre de depresión. Nadie lo diagnosticó en ese momento.

“Esto viene desde la niñez. Tuve problemas con mi padre, él era muy estricto, me puso a cargo de mi hermana, quien llegó a ocupar un alto puesto político; en ese momento me sentí como que era menos. Yo tenía gran obligación siendo niño, tenía que cuidarla. Los que tenemos depresión nos sentimos culpables, sentimos que algo no está bien. Eso es tremendo”, dice Daniel, a quien llamamos así para proteger su identidad, al igual que la de las otras cinco personas que brindaron su testimonio para este trabajo.
Daniel pudo estudiar. Gracias a una beca, fue a un colegio privado y a la universidad. La presión que sentía de tener que responder a su padre con buenos resultados académicos, aunado a rehuir de la gente y “no haber tenido una niñez normal” lo hicieron flaquear.

“Estuve en un colegio de la élite gracias a una beca. Yo estaba a disgusto, las bromas y el bullying que hacían fue tremendo, me sentía como arrimado. Así me he sentido en la vida. Siento que si la gente me acepta, es por compromiso, que no hay relaciones fuertes. Siempre he tenido esa falta de confianza”.

Daniel es elocuente. Habla viendo a los ojos, pero cuando viene un recuerdo a la memoria su mirada se desvía. Es un señor muy hablantín y agradable. Se percibe como alguien muy inteligente. Cuando recibe un cumplido, cuenta una difícil verdad: “Yo aparento ser optimista, pero muchas veces por dentro estoy desanimado, siempre con la idea de que la gente me juzga, que se da cuenta de lo que me pasa. Tengo baja autoestima”.

En medio de su lucha, Daniel consiguió trabajar como oficinista, profesor de inglés y en hoteles. Hoy está pensionado.

Por muchísimos años “se tragó” todo lo que lo hacía sentir mal y el no expresarlo empeoraba su situación. Una vez fue despedido de uno de los trabajos en un hotel en el que más pleno se había sentido. Luego se sumió en una profunda depresión: no encontraba trabajo y tampoco quería hallarlo. Se aisló. Fue una de sus peores épocas. La desdicha que sentía lo hizo acudir por sí solo a un hospital en busca de un psiquiatra. Eso fue hace 17 años. Sus hermanos le dieron cierto acompañamiento, su padre no quería hablar de depresiones.

“Papá decía que era un asunto de vagabundería no reaccionar a la vida real”, dice, mientras su mirada se pierde. Aparte del tratamiento farmacológico, Daniel asiste a las terapias de la Asociación Costarricense de Trastornos Anímicos Recurrentes (ACOTAR). En esa organización sin fines de lucro ha encontrado alivio y apoyo con la depresión.

“He superado mucho la depresión, pero, la verdad, es algo que va y viene. Gracias a las terapias he podido aguantar. Me siento acogido. Como todos los asistentes tenemos problemas, hemos hecho grupos de apoyo. El problema es cuando uno sale a la calle. La gente ni se lo imagina. De niño y adolescente ni hablaba con la gente. Era cortante. Cuando fui a los 40 años de aniversario del colegio, se extrañaron de que yo hablaba. Y qué cosa: parecía una persona muy extrovertida, pero realmente no lo soy. Me cuesta. Ahorita estoy pasando por un momento no tan bueno. No sé si voy a ir al 50.º aniversario del colegio, hace 10 años tenía una racha positiva y por eso fui, ahorita me siento sin ganas”, dice Daniel, quien hace 13 años sufrió un derrame cerebral.

Lo que lo hacía sentir la depresión motivó a Daniel a rechazar la posibilidad de tener familia. Cuenta que le costaban las relaciones interpersonales. Sí se siente satisfecho por haberse realizado laboralmente, aunque con la desazón de no haber disfrutado ni su infancia ni tampoco su inteligencia.

“Cuando logro hacer una cosa, siento que nadie me lo está reconociendo. Yo hasta pude ir al programa ‘Quién quiere ser millonario’ y no era fácil. No hay que ser un genio, pero tiene que ser una persona que sepa un poquito”, agrega quien siempre se ha interesado por la lectura y el acontecer nacional.

Además de enclaustrarse y sentirse deprimido, Daniel ha tenido otros síntomas: desánimo, ganas de no levantarse, apatía por emprender nuevos proyectos y hasta ha pensado en el suicidio.
A sus 67 años, aconseja que si alguna persona se ha sentido como él, debe buscar ayuda profesional.

Luego de la entrevista, Daniel salió entusiasta a encontrarse con una amiga suya, quien también padece la enfermedad. Esa tarde de junio tendrían un almuerzo.

***

DEPRESIÓN EN COSTA RICA

La depresión no es falta de voluntad. La depresión es una enfermedad o trastorno mental que se caracteriza por la persistencia de un estado emocional depresivo sumado a otras manifestaciones importantes, como pérdida de la capacidad para sentir placer (anedonía), apatía o desinterés por realizar actividades alteraciones en el sueño y en el apetito, además de pensamientos recurrentes de tipo melancólico o de culpa, según explicó Óscar Barquero, psiquiatra del Hospital Nacional Psiquiátrico.

Según estadísticas brindadas por la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS), durante 2017 se reportaron un total de 462 egresos de la red de hospitales nacionales con episodio depresivo (cuando pasa una vez) y 181 con trastorno depresivo recurrente (cuando ocurre en varias ocasiones).

La depresión no es tristeza. Barquero explicó que la tristeza es el estado emocional normal ante una circunstancia dada. “Todos nos podemos sentir tristes en situaciones particulares de la vida, hay momentos ante los cuales es normal o natural sentirse triste”.

La tristeza es transitoria y se alivia por sí sola, tiene relación con situaciones específicas que si se solucionan, el sentimiento de tristeza desaparece. El doctor citó un ejemplo cotidiano: Se acaba mi relación de pareja, me pongo triste, pero luego me siento mejor, conforme pasan los días me sobrepongo. En la misma circunstancia de ruptura con la pareja, alguien con depresión manifiesta otros síntomas.

“La depresión sería que a pesar de que pasa el tiempo, me siento más mal y con síntomas que aumentan en intensidad y se sostienen en el tiempo. Una diferencia es que en depresión no hay estado de mejoría, hay instauración de malestar persistente y ese malestar, a diferencia de la tristeza, genera que uno no funcione bien. En la tristeza uno puede estar triste pero funcionando relativamente bien. En depresión no”, acotó el psiquiatra.

No todas las personas que sufren depresión manifiestan los mismas síntomas; sin embargo, además de las señales mencionadas anteriormente, la persona podría estar con su vida relativamente bien y aun así continuar sintiéndose mal. Otras de las características son: estar cabizbajo constantemente, aislarse de las personas, mostrarse menos activo durante el día y con bajo rendimiento en las labores cotidianas.

A ello se suman malestares físicos como dolor de cabeza, molestias digestivas, pérdida de interés sexual, trastornos del sueño y del apetito, entre otros.

Proceso. Nathalia Gutiérrez quien superó, con terapia y medicamentos, una dura etapa de depresión.

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MARÍA, 54 AÑOS

Al regresar de vacaciones a su trabajo, María topó con una noticia que alteró su vida hasta hoy. Sus jefes le dijeron que la ascenderían. La impresión fue tan grande para la veinteañera que al otro día no quería levantarse de la cama ni bañarse empezó a sentir que la vigilaban y que quienes la rodeaban hablaban mal de ella. Era 1982 y tenía trastorno bipolar.

“Mi depresión es trastorno bipolar: son dos tipos de depresión, se diagnostica trastorno bipolar porque tiene dos tipos de depresiones: se está muy contento o muy triste. Contentos nos creemos la mamá de Tarzán, creemos que somos capaces de cualquier cosa. Tenemos amigos, vamos de compras. En el otro polo está la depresión. La tristeza. No nos queremos bañar, no queremos salir de la casa. No se hace vida social. En 1982 me di cuenta de que padecía de esto. Esa vez me dejaron internada por tres meses. No se daba con lo que tenía. En ese momento no se sabía mucho del trastorno bipolar”, cuenta la mujer de 54 años.

Al salir de su internamiento, María se sentía muy bien, quería trabajar, pero le advirtieron que no podía hablar de su trastorno porque era probable que, por el desconocimiento de la enfermedad, no le dieran el empleo.

María experimentaba crisis cada dos o tres meses. A pesar de ello, pudo trabajar como cajera y en los últimos años se desempeñó como miscelánea.
Muchas veces su trastorno hizo que María tuviera cuadros depresivos. Aunque hay una ocasión de mucha euforia y felicidad que recuerda. Justamente estaba muy deprimida y conoció a un muchacho, él la acompañó en su proceso y cuando ella lo superó, él permaneció a su lado. Cuando ella cumplió 27 años, se casaron.

“Estoy con la persona con la que me casé pero nos divorciamos porque en mi última crisis (2007) me dio por divorciarme. Él y yo vivimos en la misma casa, para la gente de afuera somos una pareja normal, pero dentro del hogar somos como dos amigos, como dos hermanos”, detalló.

Desde hace 11 años María siente el alivio de no enfrentarse a una de sus devastadoras crisis. Para mantenerse estable, toma varios medicamentos y tiene 10 años de asistir a terapias. “Hay que buscar ayuda. Uno solo no puede salir de la depresión. Eso se logra con ayuda de los especialistas. También hay que rodearse de personas de confianza. En los grupos a los que asisto (ACOTAR) tengo libertad de expresarme. Ya hablo sin tapujos”, dice la mujer de baja estatura y apariencia finita.

Por muchísimos años “se tragó” todo lo que lo hacía sentir mal, y el no expresarlo empeoraba su situación. Una vez fue despedido de uno de los trabajos en un hotel en el que más pleno se había sentido. Luego se sumió en una profunda depresión: no encontraba trabajo y tampoco quería hallarlo. Se aisló. Fue una de sus peores épocas. La desdicha que sentía lo hizo acudir por sí solo a un hospital en busca de un psiquiatra. Eso fue hace 17 años. Sus hermanos le dieron cierto acompañamiento, su padre no quería hablar de depresiones.

Ahora, con una vida en la que la enfermedad mental tiene mucho tiempo de no manifestarse, María asiste a una iglesia cristiana en la que es parte de un grupo de mujeres donde encuentra apoyo. También viaja mucho a la zona norte del país, lugar en el que tiene familia.

Como el caso de María, hay cientos más que debido a la depresión sufren crisis y tienen que ser incapacitados en sus trabajos.

Datos brindados por la CCSS arrojan que de enero al 31 de mayo de este año se han incapacitado 819 personas por episodio depresivo y 293 a causa de trastorno depresivo recurrente.
El psiquiatra Barquero explica que la depresión es una de las condiciones del mundo que más incapacidad o días no laborados produce.

Los pacientes son incapacitados por dos circunstancias: “Una tiene que ver con el propio estado de tristeza. Es difícil para la persona exponerse al ambiente laboral sintiéndose tan triste, hace que no genere buen desempeño laboral. También las personas con depresión en mitad de los casos tienen sintomatología cognitiva asociada: problemas de concentración, resolución de problemas y toma de decisiones. Se siente lenta, no se concentra y hace que no funcionen bien laboralmente”.

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VINICIO, 33 AÑOS

En tres meses, Vinicio hizo dos intentos de suicidio, luego de enfrentar una ruptura amorosa y tener problemas con sus papás y hermanos. Tenía 24 años y no sabía que padecía depresión. Según relata, sus seres más cercanos consideraban que era “vagabundo” porque “solo quería estar en la cama”.

Tiempo antes de que se le presentara la crisis había optado por independizarse de su hogar. Aunque se fue en buenos términos, hubo momentos en los que la relación familiar se debilitó y vinieron los problemas. En una pelea con su madre, Vinicio tomó el carro y llegó hasta Orotina sin tener noción. Su hermano fue a buscarlo y le dijo que necesitaba ayuda profesional.

“Mi hermano me recogió y de camino me dijo que buscáramos ayuda, porque lo que me estaba pasando era algo fuera de lo común. Fuimos a un psiquiatra y me internó en el Hospital Psiquiátrico Chacón Paut por 18 días, que fueron como lo mejor de mi vida: fue un cambio radical… aunque desde ese momento uno tiene recaídas, he tenido dos más por depresión, pero uno sale adelante. Ahora tomo medicamentos. Cuando tomo mis pastillas, sé que cada una me ayuda para algo específico. Tengo cuatro años de recibir terapia en ACOTAR y esto es mi otra pastilla”, contó el administrador de proyectos, de 33 años.

Hace dos meses Vinicio se convirtió en papá de un hermoso niño. Es su orgullo y soporte para sobreponerse a la crisis que tuvo hace varias semanas. “Tenía problema con adicción a la marihuana y mi esposa me sacó de la casa. En ese momento, la pasé mal. Tuve sobredosis porque no se pueden consumir drogas cuando uno está tomando tratamiento”, contó mientras jugaba con las manos y mantenía semblante serio.

Luego de incurrir en el vicio y de ser internado, su esposa le dijo que era importante que se reivindicara, que tomara su tratamiento y que regresara a las terapias.
“Uno se enoja, no acepta, cae en depresión y ahí es donde hay que subir, aceptar el problema y hacer lo necesario para no volver a caer en depresión”. En su proceso de recuperación, sus padres y hermanos lo han acompañado en terapias familiares.

“Mi papá tuvo carrera de militar, yo me ponía a llorar y decía que yo era un maricón. Tuvimos que ir a terapias de familia donde aprendimos que lo que me pasa es una enfermedad, pero yo le llamo condición”, recalcó.

Siempre hay una oportunidad para salir adelante, Vinicio cree fielmente en ello. Para lograrlo, admite que es imprescindible buscar ayuda en los familiares, seres más allegados y grupos de apoyo.

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MÁS QUE “ESTAR BIEN”.

Cuando el cuadro depresivo de una persona empeora, puede llegar, incluso, a perder el deseo de levantarse de la cama, de probar bocado, a descuidar su vida, apariencia y proyectos, indica el doctor Barquero.

¿Cómo ayudar? La solución no es pedirle a la persona que salga de la cama. La depresión va más allá de tener la voluntad para recuperarse. Esta enfermedad mental no se mejora solamente con que la persona se sobreponga: se requiere ayuda profesional.

“Primero, si se quiere ayudar a alguien que esté pasando por un cuadro depresivo, se debe ser empático y entender que es algo que no se va a recuperar diciéndole ‘levántese o solo confíe’. Segundo, la persona necesita ayuda de un médico psiquiatra. Tercero, además de la ayuda médica de psiquiatría, que recetará medicación, se requiere de ayuda psicológica porque los problemas depresivos generalmente vienen de circunstancias actuales o a veces reemergen circunstancias del pasado”.

“Las personas vuelven a recordar situaciones muy difíciles que no han podido sobrellevar en su vida, por eso siempre la ayuda psicoterapéutica va a ser necesaria. Hay que decir ‘te voy a ayudar y a acompañar. ¿Necesitás ayuda? Hay que buscar a un profesional’. Eso es lo que hay que hacer”.

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LUISA, 46 AÑOS

En la parte interna de sus antebrazos, Luisa tiene coloridos tatuajes. Están en su piel para tapar heridas. Un 31 de diciembre, hace 10 años, Luisa entró en la habitación de su apartamento, tomó una sobredosis de pastillas y empezó a cortarse. Dice que esa ha sido su crisis más fuerte y se detonó luego de que un novio, al “que quería muchísimo”, la abandonó.

“Ese fue mi primer intento de autoeliminación, como le dicen los doctores, así muy ‘fancy’ (sofisticado). Hace 10 años intenté suicidarme. Por eso estoy tatuada. Me tatué para no estar explicando por qué ten go cicatrices y queloides, aunque todavía se ven. Días después desperté en Pavas (Hospital Nacional Psiquiátrico), atada. Ahí empezó toda esta aventura. Además de la depresión profunda, me diagnosticaron trastorno límite de la personalidad. Entonces yo tengo cartón lleno”, dijo.

Laura Castillo, psicóloga de salud mental que labora ad honorem en ACOTAR, interviene en la conversación para explicar que generalmente cuando el paciente ya tiene otro diagnóstico, va a tener el trastorno de la depresión de fondo.

Luisa considera que ha padecido depresión toda su vida. Cuenta que su mamá “notó algo raro” en ella desde que tenía tres años. “A partir de ese momento, ha sido un trastabillar entre psicólogo, psiquiatra y medicamentos”, contó esta madre de dos hijos, de 23 y 21 años.

Luisa tiene cabello negro y rizado que hidrata con crema. Su semblante es fresco y hay una sonrisa constante en su rostro. No aparenta sus 46 años ni tampoco lo que vive: cuando conversamos, tenía 24 horas sin dormir.

Esta madre, quien habla, escribe y traduce inglés y portugués fluidamente, tiene un año sin trabajar. Antes estuvo empleada en un “call center”, trabajo que se vio en la obligación de dejar porque tuvo sus últimos dos internamientos hospitalarios a raíz del síndrome Burnout.

“Estaba quemada, fundida. El síndrome Burnout es un tipo de estrés laboral, un agotamiento físico, emocional y hasta mental que afecta la autoestima poco a poco. Por él las personas pierden interés en sus tareas, el sentido de responsabilidad y pueden hasta llegar a profundas depresiones. El psiquiatra me dijo que no podía seguir con ese tipo de trabajo por la dificultad de manejar presión fuerte”, contó Luisa, quien quiere volver a trabajar próximamente.

Luisa dice que la depresión duele, que la depresión te hace sentir ponchado. “Empecé a tomar medicamento, ya ni me acuerdo desde cuándo (…) estoy en ese patín, tengo pesadillas, entonces voy al psiquiatra y me da otra pastilla (aparte de los antidepresivos); temblor en las manos, otra pastilla; no puedo dormir, otra pastilla… Te sentís ponchado. Uno no sabe cómo se siente, no se siente bien. Es un dolor en el pecho. He estado internada en todos los hospitales psiquiátricos: llego con tres días sin comer, siete días sin bañarme, digo que me duele aquí (se señala el pecho) y me dicen que me hacen electrocardiograma, pero no es eso, a mí no me duele el corazón, es un dolor que se siente por dentro”.

En medio de sus afecciones, Luisa busca la estabilidad. Asistir a terapias con especialistas es vital para recuperarse una y otra vez. Al ser paciente de trastorno límite de la personalidad y de depresión, puede ser internada hasta 12 veces por año.

“Soy mamá, voy a ser abuelita algún día. Así que aquí estoy. La idealización suicida es algo muy fuerte en la cuestión de la depresión (…) Antes me cortaba, me lastimaba. No lo volví a hacer. Es mucho de determinación personal”, dice.

Luisa cuenta con el apoyo incondicional de su madre y también de sus hijos. “Es doloroso ver a tus hijos llegar a visitarte a la parte psiquiátrica de un hospital, no se supone que fuera así. Aunque es una contradicción porque me hacen sentir apoyada, pero no se supone que los hijos estén ahí”.

Luisa quiere que su testimonio se conozca, realmente desea que las personas entiendan “la magnitud de estar deprimido”.
“Uno no escoge la depresión. Hay detonantes, cosas que van pasando y se van juntando. Si alguien se siente así, le diría que busque ayuda. Las terapias funcionan. Yo tengo ocho años asistiendo. Mamá asiste cada martes para aprender a ayudarme. Ahí vamos juntas. Le digo a las personas que están pasando por depresión que sí hay soluciones, sí hay ayuda. Si uno no se siente bien, si tiene idealización suicida, hay que buscar ayuda. En los grupos sabemos lo que es tener un dolor aquí (se señala con las dos manos el pecho)”.

El aviso. María, de 54 años, fue diagnosticada con trastorno bipolar en 1982 luego de sufrir una crisis depresiva. Daniel, de 67 años, por su parte, empezó a tener síntomas de depresión desde que estaba en la escuela.

***

EN EL CEREBRO

El psiquiatra Óscar Barquero explica lo que sucede con los pacientes depresivos. “Eso también es importante hablarlo porque hace más claro que la depresión no es algo voluntario. Lo que sucede es que a nivel cerebral hay redes de neuronas que tienen funciones distintas y que están muy ligadas a diferentes funciones que se afectan cuando uno está deprimido; entonces, esas funciones tienen que ver con la capacidad para ver lo bueno y lo malo de una situación, o sea, ver que no todo está perdido, por ejemplo, que tienen que ver con la capacidad de regular las emociones y la capacidad para traer recuerdos positivos o negativos ante una circunstancia.

También tienen que ver con la regulación de funciones básicas, como la del apetito, el sueño, el percibir dolor, la digestión… cuando estas redes o vías neuronales se activan, generan síntomas que tienen que ver con el malestar constante, pérdida de interés, pérdida de energía, de deseo, pero son más que todo alteraciones en vías neuronales que tienen que ver con esto”, explicó.
—Hay pacientes que dicen sentirse “ponchados” e incluso dopados con los tratamientos contra la depresión, como en el caso de Luisa. ¿Los tratamientos farmacológicos son muy fuertes? ¿Cambian a la persona?
—Esa es una cuestión muy interesante. Con frecuencia se lo explico a mis pacientes porque es una falacia histórica. Es una verdad a medias que ya no es una verdad. Cuando los antidepresivos surgieron en los años cincuenta, eran medicamentos que tenían muchas posibilidades de efectos secundarios.

“Estaba quemada, fundida. El síndrome Burnout es un tipo de estrés laboral, un agotamiento físico, emocional y hasta mental que afecta la autoestima poco a poco. Por él las personas pierden interés en sus tareas, el sentido de responsabilidad y pueden hasta llegar a profundas depresiones. El psiquiatra me dijo que no podía seguir con ese tipo de trabajo por la dificultad de manejar presión fuerte”, contó Luisa, quien quiere volver a trabajar en un “call center” próximamente.

Pero desde los años ochenta nació y se pudo crear la Fluoxetina, que es un antidepresivo muy antiguo, muchos de esos efectos secundarios se evitaron y después de eso los otros antidepresivos que se han creado tienen mucho menos riesgo de efectos secundarios. La atención de una persona con depresión tiene mucho que ver en mejorar los síntomas y también la calidad de vida. Entonces, no tiene mucho sentido usar fármacos que generen efectos adversos que más bien van a empeorar la calidad de vida del paciente.

—Se dice que hay unos fármacos que dopan al paciente…
—No. Ahí es donde la gente se confunde. Cuando alguien sufre una depresión y no puede dormir nada y pasa llorando y también tienen síntomas de ansiedad, podría ser que requiera uso de un medicamento como de emergencia para ayudarle a sentirse mejor mientras el antidepresivo empieza a hacer su efecto.

Los antidepresivos tardan aproximadamente dos semanas para empezar a hacer efecto y ver resultados, y un mes para ver respuesta adecuada. Un mes esperando, sin dormir, genera malestar; hay medicamentos de estos que pueden generar somnolencia.

Pasa otra situación: no todas las personas toleran siempre las mismas dosis. “Entonces uno puede empezar con un medicamento en las primeras etapas de tratamiento y podría sentirse con algo de sueño. Si eso sucede, pues uno puede cambiar el medicamento. Pero si eso no está bien comunicado y explicado, la persona puede decir ‘me da sueño’, y cree que tiene que aguantárselo. Los medicamentos para la depresión no deberían hacer que la gente se sienta dopada, cambiada o más lenta. Más bien la idea es que vuelvan a sentirse como estaban. Como eran”.

***

FABIÁN, 41 AÑOS

La guitarra ha sido el amor más grande en la vida de Fabián. Una vez, cuando estaba a punto de hacer un examen de ese instrumento, sintió ganas incontrolables de llorar. Abrazaba a su mamá y le decía que no entendía qué le pasaba. Eso pasó hace 21 años, cuando estudiaba en la universidad.

Fabián siempre fue silencioso y cuando salía con sus amigos, se cohibía. Ellos aceptaban su particular forma de ser, mas Fabián sabía que algo en él no andaba bien. Desde el colegio estaba enterado. En la universidad lo comprobó por los extraños vacíos que sentía.

Este hombre de manos grandes, de uñas limpias y con el largo adecuado para tocar las cuerdas de su instrumento predilecto, dice que en los años noventa apenas se escuchaba la palabra depresión. Él siempre la relacionó con sus síntomas.

Como una persona espiritual buscaba alternativas para llenar aquel inexplicable vacío. “A veces me ayudaba hacer ciertos proyectos. Pero cuando la depresión se comenzó a manifestar, necesité ayuda médica mientras estaba en la universidad y luego de que no pude tolerar hacer el examen de guitarra. Ahí dejé de estudiar guitarra. Empecé a tener la primera oportunidad de contrarrestar el padecimiento, al haber dejado de estudiar no tenía que pasar tantas horas en eso… tenía más tiempo de ocio. La guitarra era todo para mí, la dejé. Pasó el tiempo y siguieron las depresiones. Esa vez me mandaron medicamentos pero no me dijeron que era depresión. En ese momento se podían dejar los medicamentos”.

Luego de unos meses, Fabián se sobrepuso a aquel episodio. Continuó su vida de manera relativamente normal. Los síntomas del pasado aparecían esporádicamente, mas él encontró varias armas para vencerlos momentáneamente.

Fabián creía que la depresión que sabía que tenía, porque coincidía con todo lo que se decía de ese trastorno mental aunque no lo habían diagnosticado, se podía “curar” con espiritualidad, amor a alguna chica, amor por la guitarra… Así se mantuvo por unos 15 años.

Hace seis años apareció la crisis más fuerte que Fabián ha vivido. Primero le afectó la muerte de su abuelita. Luego sufrió un aparatoso accidente automovilístico que le provocó un trauma craneoencefálico que lo llevó a estado de coma por un tiempo. El músico se recuperó y retiró la celeridad de su vida. Todo fue calma y pausa, hasta que apareció un “vacío” que desencadenó la crisis depresiva.

“Luego de sufrir un accidente tan rudo y de ir más lento en mi vida, el cerebro empezó a ir más lento y llegó a no tratarse bien. Llegué a crisis extrema: la peor que he tenido y que no sabía que eso podía existir. No sabía que era posible para una persona sentirse así. Hasta esa edad (36 años), yo había podido conllevar la depresión sin medicamento. Hacía vida “normal”.
Pero cuando me dio la crisis, hace cuatro años, yo quería suicidarme. No sabía que eso existía. Sigo viéndolo como algo increíblemente traumante, siento que después de eso uno no puede salir adelante solo. Necesita la ayuda de otra persona. Yo sentí el deseo de terminar con mi vida. Y eso no es solo que usted ya tiene depresión, sino que usted necesita de una acción para estar bien. Eso fue lo que me pasó”, relató.

Sereno y viendo cómo se entrecruzan sus dedos, Fabián dice entender cuando se está cerca de la muerte por alguna situación fortuita. Lo que rechaza es haber estado cerca de la muerte por voluntad propia. “Es como irracional, como anormal. Uno no se siente normal. Uno no se siente ya no como una persona del montón, uno se siente inútil y como que no sirve. Cuando uno quiere autoeliminarse, es porque la autoestima está en su peor momento”.

Hoy, mientras tiene su depresión controlada, Fabián califica como “lo peor” a aquellos momentos en los que veía cómo personas se quitaban la vida y a él le parecía “genial”.
“Trataba de acercarme racionalmente a eso. Si alguien quiere alcanzar un logro en su vida, como una carrera, trabaja para eso. Yo quería trabajar para suicidarme. Quería entender que eso era normal. Y eso no es normal. Eso es lo más claro que hay que entender: el suicidio es algo irracional”.

Al terminar nuestra conversación, Fabián, quien asiste a terapias en ACOTAR, se despidió de su psicóloga; debía salir rápido porque sus alumnos de música le esperaban. Al llegar a la puerta, se volteó para agregar algo más: “Cuando uno está cerca de la muerte y lo supera, es importante porque se convierte en algo que lo marca a uno y termina siendo una especie de acto de continuación en la vida”.
Las causas

El psiquiatra Barquero explica que hay factores o situaciones en las que, aunque no se tengan muchas condiciones biológicas hereditarias o adquiridas en edades tempranas, hacen que alguien pueda deprimirse.

“Hay situaciones límite y hay situaciones personales (herencia)… uno puede heredar características genéticas que hacen que su cerebro sea más sensible a que funcionen estas vías. Uno puede adquirir en el desarrollo de su cerebro situaciones que también hacen que el cerebro sea más sensible a generar depresión.

“Esas situaciones que uno adquiere en el desarrollo tienen que ver con cosas meramente biológicas o por situaciones de estrés crónico en la infancia, como violencia, maltrato, cosas que pueden hacer que el cerebro se haga mucho más sensible a la depresión (como en el caso de don Daniel, a quien su padre encargó el cuido de su hermana siendo niño); eso es algo que ya uno trae y puede ser que siendo niño, adolescente o adulto, se deprima”.

“Luego están las circunstancias límite, esas que son muy complejas para sobrellevar y que hacen que el cerebro no funcione de manera adecuada, que pase más allá de una tristeza y se convierta en un cuadro de depresión”.

***

NANCY, 52 AÑOS

Hace cinco años, Nancy perdió a su esposo a causa del cáncer. Desde entonces ella empezó a fumar incesantemente. Con la misma rapidez que se aumentaba su vicio por el tabaco, disminuían sus deseos de salir, de interactuar con otras personas, y de levantarse de la cama. Creía que su estado era normal, pues siempre había sido “muy casera”.

“Nunca pensé que tenía una depresión. Solo me refugiaba en el cigarro. Como mis exámenes de diabetes salían alterados, le confesé al doctor del Ebais que desde que murió mi esposo, yo fumaba. Luego de mi esposo perdí a mi papá y hace 10 meses a mi mamá; entonces, me refugiaba en el cigarro y no era socialmente activa. No sabía que estaba en una depresión. El doctor me mandó a Salud Mental (del Hospital San Juan de Dios) y a un grupo de apoyo para dejar de fumar. Ahí me di cuenta de que estaba en una depresión”, contó Nancy, de 52 años.

A finales de junio, Nancy se sentía muy bien. Gracias al grupo de apoyo pudo dejar de fumar tres meses. Ahora también tiene su autoestima alta, y su propósito es continuar asistiendo a la clínica de Salud Mental; siente que le hace mucho bien.

“Yo tuve mucho tiempo en el que veía tele acostada. Si me daba hambre, me levantaba a preparar algo o generalmente pedía comida rápida para evitar salir y encontrarme con la gente. Salía, fumaba y luego regresaba a acostarme. Yo pensaba que eso era normal porque no tenía supervisión de un profesional. Gracias a Dios, le dije al doctor”.

Éricka Badilla, enfermera especializada en Salud Mental del Hospital San Juan de Dios, dice que Nancy, además de su dependencia del cigarro, presentaba síntomas de depresión.
“Ella perdió el interés por las actividades que antes hacía, tuvo alteración en la alimentación, en el patrón del sueño, muchas veces no se salía de la cama, pasaba acostada y se levantaba a fumar porque esa dependencia la obligaba a moverse”.

Nancy continuará con el tratamiento de antidepresivos de por vida. Luego de las terapias a las que asistió, se siente muy bien y con nuevos propósitos por cumplir. “Los profesionales me han ayudado a cambiar hábitos. Ahora quiero hacer cosas diferentes: salir, pasear, visitar personas que conozco en diferentes provincias. Ir y quedarme por lo menos dos días. Como estoy pensionada, eso me ayuda a irme a pasear, salir de la casa y a no estar tan depresiva”.

La enfermera agregó: “Luego de la terapia, ellos logran un nuevo estilo de vida, puede ser luego de ocho sesiones, dependiendo del paciente. Ella evolucionó mucho. Sus sentimientos ahora son más positivos. Hace planes para salir a pasear al país”.

Sin edad. Luisa, de 46 años, tiene todas las ganas de volver a trabajar. También la motiva mucho estar bien para cuando sus hijos la conviertan en abuela.

Los migrantes no solo somos el trauma, somos la felicidad

Para mí El Salvador era algo de libertad, pero al regresar aquí veo que el país está menos libre de cuando lo dejé en 1999.

“No me gusta recordar mi tiempo en el desierto. Tampoco lo recuerdo linealmente”, escribió en un ensayo Javier Zamora hace un par de años. De niño tuvo que atravesar el desierto de Sonora para volver a abrazar a sus padres en California. Conforme creció en Estados Unidos, dejó de hablar español y llegó a negar que había nacido en El Salvador. La premisa era simple: necesitaba olvidar el dolor de migrar. Empezó a escribir literatura. Ahora él se ha convertido en una de las principales voces latinas dentro de la poesía que narra la experiencia del migrante indocumentado.

Javier nació en San Luis La Herradura, un municipio lleno de manglares, en La Paz. Cuando tenía un año, su padre se fue hacia Estados Unidos y allá empezó a trabajar en jardinería. Luego, su mamá tomó el mismo camino y se dedicó a cuidar niños. Así, Zamora se crió con sus abuelos hasta que, en 1999, fue su momento para partir; al igual que sus padres, sin papeles. La guerra civil ya había terminado, pero su familia no le imaginaba un futuro con esperanza en El Salvador.

Su abuelo no planeaba migrar, pero decidió acompañarlo lo más lejos posible en el viaje. Ese punto fue Tecún Umán, en Guatemala, cerca de la frontera con México. Ahí se despidieron. Después Javier quedó con un grupo de migrantes y coyotes. Su viaje duró dos meses en los que, según sus escritos, su familia no supo si había muerto, si estaba en algún centro de detención o si lo verían de vuelta.

Llegó a Estados Unidos el 10 de junio de 1999. Pero a ese país arribó un niño que había luchado por su vida entre fronteras. Aún sin lograr procesar por qué sus padres emigraron, por qué tuvo que huir de los agentes de Migración, esconderse en camionetas, dormir en el desierto o subirse a balsas sin saber nadar. La literatura le sirvió para empezar a buscar esas respuestas.

De eso habla en “Unaccompanied”, su primer libro de poemas publicado el año pasado. Escribe en inglés. Cuando él platica en español, las palabras parecen escapársele de la boca. El libro ha tenido buen recibimiento e incluso ha sido criticado en medios como The New Yorker.

Zamora salió de El Salvador con una educación de cuarto grado. En su nuevo país se formó en centros educativos a los que es difícil ingresar, incluso para los ciudadanos estadounidenses. Allá estudió secundaria en una escuela privada gracias a una beca deportiva, luego se graduó con especialidad en Historia de la Universidad de Berkeley. Actualmente es becario de la Universidad de Stanford y próximamente inicia un proyecto en Harvard.

Dice que no considera adecuado glorificar el sueño americano, pero él, de cierta forma, lo encarna. Es beneficiario del Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés), pero ese permiso no brinda un camino hacia la legalización permanente y ya fue cancelado por la administración de Donald Trump.

Es escritor a tiempo completo y gracias a las letras, ha encontrado un camino para legalizar su residencia. Después de casi 20 años ha vuelto a El Salvador para solicitar una visa estadounidense de “habilidades extraordinarias” que le permita residir de manera legal. Además, él necesitaba volver a su municipio y abrazar a sus abuelos, pero ahora que lo hizo, El Salvador no le escondió su violencia. En menos de un mes ya escuchó, por primera vez, cómo suenan los disparos de un homicidio.

 

¿Cómo ha sido volver?
Tengo familia a la que han deportado, así que me dijeron que me preparara porque iba a llorar. Pero a mí no me dio esa emoción que yo esperaba. Ellas lo describieron como una emoción muy complicada. Sentían felicidad, horror, angustia. Un gran tamal de emoción, pero yo, no. No sentí nada, absolutamente nada. Me tomó como 10 días llorar. Y lloré en el Centro Cultural de España, porque, cuando entré, estaban unos niños practicando un coro y cantaban en náhuat. Al escuchar la voz de niños, me dio una gran emoción y sentí orgullo de ser artista salvadoreño.

Te preguntaba esto pensando en tu poema “Salvador” que hace referencia a la violencia y a las bolsas negras de muertos. ¿Qué país has encontrado ahora?
Mis nueve años aquí fueron unos años de niñez, y la niñez es algo libre. Algo lleno de felicidad para mí; aunque algunas cosas no. Me crié en el campo. Si quería un mango, me subía a un palo y lo agarraba. Así que para mí El Salvador era algo de libertad. Pero al regresar aquí veo que el país está menos libre de cuando lo dejé en 1999. Mi cantón, San Luis La Herradura, me dicen que estaba bien peligroso y ahora está un poco menos. Para ponerlo en contexto: la semana antes de que yo viniera aquí, mataron a alguien a las 12 del mediodía enfrente de mi casa. Así que todo eso me ha dado miedo. Solo me la paso en mi casa y solo he salido dos veces a comprar comida y después me regreso. Así que eso para mí no es la libertad de la que me acuerdo.

En tu libro, “Unaccompanied”, hablás sobre temáticas personales y familiares. ¿Cómo fue el proceso de buscar respuestas en tu familia?
Comencé a escribir a los 17, 18 años y fue la primera vez en que comencé a contextualizar por qué los salvadoreños estamos en Estados Unidos, y la gran mayor parte de esa respuesta es la guerra. He tratado de comprender por qué mis papás me habían dejado de niño y entender mi resentimiento, que es algo que yo creo que es una parte de por qué hay tanto marero. A mucho marero lo han dejado de niño y siente resentimiento. Uno de niño se (pregunta) por qué no me amaste. Uno se siente mal y busca amor de otras maneras con otras personas que sientan lo mismo, especialmente si uno es un adolescente.

Uno de tus poemas hace referencia a un pandillero. ¿Dimensionás que eso puede ser considerado peligroso aquí en El Salvador?
¿Peligroso para quién?

Para vos.
¿Para mí? Creo que sí y por eso mis abogados me han dicho que no haga cosas como esta que estoy haciendo. Porque no creo que aquí me conozcan, porque escribo en inglés. Creo que si escribo en español y después me conocen aquí, sí me sentiría de otra forma. Y sí creo que es peligroso, pero también creo que es importante comenzar a reconocer que lo mismo que ocurrió durante la guerra, está ocurriendo ahorita.

Has dicho que la mayoría de salvadoreños que intentan hacer poesía pasan por Roque Dalton. Tu libro también tiene una cita de él. ¿Creés que El Salvador encuentre pronto una figura que se compare con el mito de Dalton?
Creo que en la literatura siempre hay una o dos personas en cada país que son el mito. En Chile hay muchos, pero el primer mito fue Neruda; y en Italia, todavía es Dante. En Inglaterra todavía es Shakespeare. Veo que es algo natural de la literatura y es algo problemático porque siempre queremos crear un héroe. Pero creo que hay que bajar a la tierra a Roque y hablar de lo problemático que era, también, con su política de género y su política contra los gays, y hay que bajarlo a la tierra y derrocarlo también.

Hablando de romper con los mitos, tu libro rompe un poco la narrativa del migrante que regresa triunfante y con maletas llenas a El Salvador. En lugar de eso, presentás a un adulto tratando de procesar el dolor que tuvo como niño al cruzar la frontera solo. ¿Fue un proceso decidido romper con esa narrativa?
Nunca he creído en el sueño americano. Antes de que me considerara un poeta, yo quería, como cualquier adolescente de 14 años, comenzar una revolución y bajar a Estados Unidos y ponerlo en una mesa igual. Por eso se me hizo muy importante no glorificar el sueño americano. Ha sido algo muy consciente eso. Pero también he recibido crítica en Estados Unidos por la misma cosa. Porque allá (entre) los que publican poesía hay una gran obsesión con las historias de la pobreza a la grandeza: “Decime tu tristeza y yo te voy a poner al frente”. Y eso me ha pasado a mí. Y yo soy escritor, sí, pero también hay que reconocer la suerte. Y he tenido suerte que escribí este libro al momento correcto. Lo que ha estado pasando políticamente, de una manera retorcida, me ha beneficiado a mí y por eso también he sido criticado y también yo lo reconozco porque no ofrezco nada más que el trauma en el libro. Y los migrantes no solo somos el trauma; nosotros también somos la felicidad. En eso estoy tratando de escribir más.

 

¿Qué huella física ha dejado este trauma en vos?
Me tomó regresar a Tucson para entenderlo completamente. Tucson fue el lugar donde yo crucé. Un mes después de que me publicaron el libro, en septiembre de 2017 estuve ahí cinco días en un festival de poesía, y durante los cinco días yo dormí quizás cuatro horas por completo; estaba directo, no podía dormir. Sentía angustia. Una gran desesperación. Para mí fue el trauma que se hizo físico y lo sentí nuevamente. Y fue por el clima, el calor, el paisaje. Fueron los saguaros que vi, los helicópteros de la inmigración que se escuchaban. Y la gente como que nada está pasando. Fue estar en algo tan elegante como un festival de poesía, sabiendo que a 2 millas había un retén atrapando a inmigrantes lo que no me dejó dormir. Así que eso para mí fue revelador y fue para decir: yo todavía estoy traumado y voy a estar traumado por el resto de mi vida.

La apertura de un hombre para hablar y escribir sobre el trauma puede parecer un poco inusual. ¿Lo reconocés así?
He crecido con papá, abuelo y cultura salvadoreña. Y, quizá, fue una bendición la separación de mi madre y mi papá, porque hasta que se separaron yo comencé a escuchar la versión de mi mamá y comencé a reflexionar. Pero lo que pasa también en cosas así es que, aunque yo reconozca lo que es bueno y lo que es malo, yo ya había aprendido la actitud contra la mujer. Así que yo fui muy mujeriego en el colegio. Yo también he pasado mi fase de ser muy borracho. Porque yo he estado en consejería toda mi vida y me dijeron: “mirate en el espejo. Estás actuando igualito a tu abuelo, igualito a tu papá y hay que divorciarse de eso”. Quizás por eso –y porque soy poeta– es que estoy comenzando a hablar de mis sentimientos.

Hablemos de la identidad del lenguaje al escribir. Tu educación en español llega a cuarto grado, tu educación en inglés es universitaria. ¿Cómo te sentís cuando te catalogan como “poeta salvadoreño que escribe en inglés”?
Me gusta más que me digan poeta salvadoreño americano.

¿Luchaste un momento para obligarte a escribir en español?
Sí. Siempre me lo preguntan allá: “¿Piensas en inglés o en español?” Digamos que es la misma pregunta que decir: “¿vos te sentís salvadoreño o te sentís más americano?” Yo me siento. Punto. Reconozco mi privilegio, que es la educación que he tenido. Siempre he sabido que soy salvadoreño y no me importa lo que la otra gente en Estados Unidos o en El Salvador me puede llamar. “Este es muy agringado” o “este es muy salvadoreño” o “no puede escribir bien en inglés”. He escuchado de todo, así que yo solo escribo.

¿Qué planeas hacer en lo que te queda de tiempo acá?
Voy a estudiar mi caso migratorio durante la semana, ver el mundial y ayudarle a mi abuelo en el terreno, que es algo que nunca he hecho. Mi meta de estar aquí es ayudarles en las cosas que nunca les he ayudado por 19 años. Son cosas así de la casa: quemar basura, bombear el pozo, lavar los trastos, lavar la ropa a mano. Cosas como retornando a lo que yo soy, que se me había olvidado. Y es algo bueno balancear con todo lo que la vida me ha dado a mis 28 años, que me ha dado mucho, especialmente los últimos dos años. Muchos privilegios. Muchas cenas gratis, muchos vuelos, muchas cosas y es bueno regresar a donde yo comencé.

La continuación de esta plática toma lugar –una semana después– en el patio de la casa de sus abuelos. Entre la sombra de palmeras, mangos, anonas y marañones, Javier comienza a contar cómo le fue en la embajada del país en el que ha vivido los últimos años. Su abuelo escucha la plática de cerca, pero no interviene. Hace dos semanas Javier se presentó a solicitar la visa de habilidades extraordinarias. Esta visa solo es brindada a personas capaces de “demostrar habilidades extraordinarias en las ciencias, las artes, la educación, los negocios o el atletismo a través de la aclamación nacional o internacional sostenida”. Javier la obtuvo.

Ya no quiero escribir sobre la migración. Como que ese libro ya lo quiero cerrar y los poemas que estoy escribiendo no tienen nada de la inmigración, nada del trauma, más feliz. Quiero ya imaginarme lo que es ser salvadoreño en otros países. Imaginarnos que no solo salimos del país porque tenemos, sino porque queremos.

¿Cómo te sentís después de haber ido a la embajada?
Tuve la entrevista el lunes 2 de julio. Y el sábado me entró una gran desesperación que no había sentido las tres semanas que yo estaba aquí. Me quería ir. Me quería salir y como que hasta tenía hormigas dentro de mi cuerpo, bien feo. Y no me había sentido así ningún día de los que estaba aquí. Y una gran aflicción y yo creo que era ya porque se acercaba el día. El domingo, ya más centrado, dije “lo que va a pasar va a pasar y no puedo hacer nada”. El lunes fue mi abuelo conmigo. Y fue como un gran cierre de un capítulo de mi vida.

¿Qué te preguntaron en la embajada?
Que a dónde estaba estudiando y que a dónde iba a tomar clases luego. Y quizás eso me ayudó porque dije Stanford y luego Harvard, y después hasta se puso a bromear y me dijo: “Aquí, ¿dónde vivís?” Respondí “oh, aquí en La Herradura”. “¿Ya has ido?”, le pregunté. “No, nunca he ido. Pero ahí no hay nada”, me dijo. Y después se paró. Y no sé, hasta me dio nervios porque yo veía que estaba platicando con alguien y se tardó como sus cinco minutos y yo esperando, haciéndome el loco como que no estaba tan nervioso. Y me dijo: su visa ha sido aprobada.

¿Qué sentiste?
Como que una gran roca se cayó. Le di las gracias y me fui como que andaba flotando. De respeto a las otras gentes no quise ni reírme ni nada. Solo caminé, viendo abajo, hasta llegar a la salida y me crucé la calle. Mi abuelo estaba parqueado hasta allá, bien lejos, y le di un abrazo y hasta ahí me reí. Después le llamé a mi mamá. Mi mamá se puso a llorar y después le llamé a mi abuela.

Además de la entrada legal a Estados Unidos, ¿qué implica para vos en términos legales que esa visa haya sido aprobada?
Implica que allá me va a llegar la residencia. Mi mamá tiene TPS, pero ahora que Trump dice que lo ha quitado, mi mamá no tendrá (papeles). Con esta residencia, cuando yo aplique para mi ciudadanía dentro de dos años, le puedo meter trámites a ella para que consiga una “green card”. Para mí, esta visa significa salir del país, conocer otros lugares y ya no sentirme tan atrapado.

¿Qué temas te gustaría explorar en el futuro?
Ya no quiero escribir sobre la migración. Como que ese libro ya lo quiero cerrar y los poemas que estoy escribiendo no tienen nada de la inmigración, nada del trauma, más feliz. Quiero ya imaginarme lo que es ser salvadoreño en otros países. Imaginarnos que no solo salimos del país porque tenemos, sino porque queremos. Quiero expandir el vocabulario, expandir los mundos en los que ahorita en la literatura se le ha imaginado a un salvadoreño.

En perspectiva, ya lograste lo que querías en este viaje. ¿Querés irte?
Ahorita estoy más tranquilo porque me puedo ir. No me quiero quedar aquí. Y esto es darme cuenta de que esta ya no es mi casa. Este ya no es mi país. El país de allá tampoco es mi país. Allá me sentía diferente y aquí me siento diferente también, y eso es por muchos factores. Creo que me da esa desesperación porque allá tengo más independencia. Independencia que aquí no tengo. Fijate: la noche antes de que yo fuera a la embajada, mataron a alguien allá por el muelle; y antes de que yo viniera, mataron a alguien. Y mi prima dice que ya puede distinguir cuando son cuetes y cuando son balas. Mataron a alguien de 20 años. Allá yo nunca he oído una bala. Como te decía, todavía tengo miedo de salir.

Javier Zamora se fue de El Salvador siete días después de esta plática; a diferencia de hace casi 20 años, cuando el viaje duró dos meses y medio, este viaje hacia California tomó solo horas.

 


 

EL SALVADOR

Las noticias: bolsas negras todos los días.
Noticias: más y más se van. Necesito ver

a mis abuelos, necesito esos meses
mis papás dormían en el mismo cuarto:

Mamá dormida conmigo en sus brazos
a salvo en su cuarto de bajareque, a salvo

de balas atascadas en palos. Quiero treparme
a comer jocotes durante un chaparrón,

trepar esa torre de agua en mi barrio.
Quiero tomarme esa agua, papá nunca quiere,

¿para qué, vos? Mamá quiere ver a su papá,
a su mamá. Mis papás dicen, no vayás,

tenés tatuajes en las costillas, por un tatuaje
te paran, es la ley. Allá, vos no sabés qué es ley.

¿Pero qué putas saben? No tienen papeles.
Abuelos dicen, venite, aquí no pasa nada.

Allá sí. Mi prima dice, aquí, no salimos en la noche,
está peor, ahora puede ser cualquiera. No vengás,

te pueden… Salvador, en un día de verano
húmedo, tan húmedo que tu pulgarcito

corta la marea, tus huellas enterradas en sal,
si ese día vuelvo a tocar tu cara, volcanes

y olas de tu cara, piel verde, barba azul,
aliento de poma, aliento de arena, no dejes

que policías digan, ese es marero. No dejes
que mareros digan, este es del otro barrio.

Tus barrios manchados de polen, rojo
y líquido polen. En las calles, policías y mareros

culpables de crímenes rojos, y presidentes,
culpables. Un pájaro de metal te picotea

con su pico metálico todos los días, vos
azul-verde animal pendejo que no sabe

nombres de labios azules adentro de bolsas
negras en las calles. Vos no sabés deudas,

nuestros labios sellados, nuestras casas
abandonadas, nuestro miedo de decir

la guerra no ha terminado. Quiero regresar,
necesito regresar. Hay días que miento

y digo estoy bien, pero todos los días
que no rozo el pelo de mi Abuelita Neli,

que no lavo su olla y sartén, lloro.
Como esta noche que deseo que hicieras

el amarte más fácil, Salvador. Hazlo,
para ya no tener que arriesgar nuestras vidas.

 

 

Corriendo

No hay muro, hay un túnel, un hoyo en la pared, sí,
¿pensás que ahorita nadie está corriendo? Quién es
pues, el que suda y caga su mierda en el cactus.
Añoramos agua; nuestro orín se hizo amarillo-amarillo —yo
no soy el único niño con su mochila debajo de los cercos
de los gringos. Todavía voy en esa van blanca
que nos recogió en el Devil’s Highway. La van blanca
pitó tres veces, pero escuchamos a los pastores alemanes,
helicópteros, la Migra. No sé adónde están
los espaldas-secas que corrieron cuando los chuchos
los seguían. Corrección: sí sé. Por la noche, regresan
para decirme, sobreviviste, bicho, sobreviviste, carnal. Pues sí.
sobre-requete-que-vivimos.

 

INSTRUCCIONES PARA MI ENTIERRO

No se atrevan a quemarme en un horno de metal, quémenme

en el jardín de mi Abuelita

y envuélvanme en azul-blanco-azul.

[a la mierda patriotismo] Mójenme

en el gin más barato. Cualquier cosa que hagan,

no juzguen mi hogar. Con un corvo

conviertan mis cenizas en el más fino polvo

[envuelvan mi pito en calzones para soñar con pisar]

Por favor, sin curas, sin cruces, sin flores. Róbense

una petaca y métanme dentro.

Música a explotar. Vístanse bien pimp-it-is-nice.

Emborráchense, por favor [falten al trabajo

y pisen otra vez] Que truenen los tambores

marciales. Que griten las guitarras

guerrilleras y escuchen la guerra

interna [no mierdas americanas por favor]

Parrandeen hasta el muelle, mi bailada procesión.

Ánclenme en una lancha

[de veras que sea una lancha]

timoneada por un bicho de nueve años

hijo de un pescador. Apúrense hasta llegar al centro

del estero de Jaltepec. Lean

Como tú y lancen trozos de pan.

Como la lancha circula, abran la petaca

para que me respiren como jacaranda,

como flor de mayo, como alcatraz —después,

olvídenme y déjenme— ahogar.