Décadas de bosques perdidos

El terreno seco y lleno de piedras detrás de esta escuela era, hace 10 años, un pequeño cerro lleno de árboles. Así lo recuerda el profesor de Ciencias del Centro Escolar Caserío Rosario de Cerén, una escuela a la orilla de la carretera que conduce hacia Izalco.

“Toda esta área es propicia para que haya animales, pero las personas se meten a cortar leña”, dice el maestro mientras camina entre las piedras y el pasto amarillento de lo que una vez fue un terreno con sombra. Para venir a mostrar este lugar le ha pedido a tres de sus estudiantes que lo acompañen.

Los muchachos caminan callados detrás de su profesor. En contraste, el profesor no deja de señalar los troncos o raíces que han quedado sobre la tierra después de haber sido talados. “Mire, ahí hay uno”, comenta mientras atraviesa el terreno, y un par de pasos más adelante, la escena se repite: “Ahí hay otro”.

Entre la tierra árida, lo que más sobresale son unas rocas. Después de una breve caminata, el profesor repite una de las consecuencias visibles de una zona sin
vegetación: “Ni un animalito hemos visto”. El hombre coloca las manos sobre la cintura, mira al suelo –como quien ha perdido algo– y mueve la cabeza hacia los lados.

En la primera década de este siglo se perdieron 138 mil hectáreas de cobertura forestal, de acuerdo con el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN). Lo que se perdió cada año de 2000 a 2010 equivale a casi dos veces la extensión territorial del municipio de San Salvador, es decir, una pérdida anual de 138 kilómetros cuadrados de bosque.

Como este terreno no tiene sombra, a los pocos minutos de estar bajo el sol es imposible dejar de sudar. Leonel, un joven moreno de 15 años, escucha con cara de aburrimiento la denuncia de su maestro. Él es de una comunidad cercana y conoce la zona. Habla poco, pero cuando lo hace es para dejar claro que no es la mezquindad o el odio a la naturaleza lo que ha provocado la tala de este lugar, es la necesidad de sembrar para comer y vender: “La mayoría de gente corta los árboles cuando quiere sembrar matas de loroco”, dice con seguridad.

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LA REGLA DE DESTRUIR
La regla en El Salvador es la destrucción de los bosques. En restaurarlos se avanza a paso lento. Y eso debería ser prioridad en un país en el que solo el 38 % del territorio cuenta con algún tipo de cobertura arbórea, de acuerdo con datos oficiales. La cobertura tiene que ver con el uso que se le da al suelo. Contrario a lo que podría pensarse, las urbanizaciones no ocupan la mayoría de la tierra. Casi tres tercios del país están dedicados a la siembra de cultivos o ganadería, y solo el 17 % de la superficie nacional conserva un ecosistema natural. Pero incluso esos ecosistemas se encuentran “en un estado de alta degradación”.

Además, solo el 0.1 % de los bosques se mantienen intactos, de acuerdo con estudios internacionales. A pesar de que los bosques mantienen vivas algunas especies, purifican el aire y ayudan a fijar la tierra y evitar deslaves, los beneficios de su conservación no parecieron ser suficientes para protegerlos.

El país perdió 21 mil hectáreas de bosque entre 2010 y 2016, según la organización Global Forest Watch, pero Lina Pohl, la ministra de Medio Ambiente, advierte que la cifra puede ser más alta. Hasta la fecha no se sabe con exactitud cuántas hectáreas se han perdido desde 2010 hasta 2018. La funcionaria sostiene que actualmente se trabaja en un inventario nacional de bosques que, en teoría, servirá para dimensionar con precisión la magnitud del problema.

El problema no es nuevo. Los compromisos tomados para restaurar los bosques, tampoco. En 2012, el ministro de Medio Ambiente, Herman Rosa Chávez, le anunció al mundo que El Salvador se comprometía a restaurar un millón de hectáreas de tierras degradadas para 2020. El compromiso fue asumido en Catar como parte de un acuerdo llamado El Desafío de Bonn.

Los países que forman parte de este acuerdo asumieron, en papel, la responsabilidad de restaurar 150 millones de hectáreas de tierra degradadas y deforestadas en todo el mundo. Pero El Salvador, seis años después, cumple a cuenta gotas. De un millón prometido, ha logrado restaurar 108 mil hectáreas.

El Salvador tiene mucho por hacer en términos de recuperación de tierras y ecosistemas. El Ministerio de Medio Ambiente ha creado guías para restaurar y ha designado cuáles son los lugares prioritarios que necesitan intervención, pero se ha quedado corto en términos de resultados. Las 108 mil hectáreas restauradas hasta la fecha, solo representan un avance del 10.8 % en torno a la meta que el país se propuso cumplir para 2020.

Bosque amenazado. Se calcula que existen 40 mil hectáreas de manglar en el país, pero al menos la mitad de ellas están siendo afectadas por la deforestación.

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CUANDO EL MANGLAR SE CONVIERTE EN POTRERO
En la Barra de Santiago hay hectáreas de bosque de manglar que ahora funcionan como potreros. Donde debería haber mangles por doquier, lo que se encuentra son decenas de vacas. Aquí la deforestación no se observa como un paraje desértico, sino verde. Varios habitantes de la zona han ido, poco a poco, cortando el mangle y usándolo para leña. Al cortarlo, la zona se ha ido secando y se ha convertido en el potrero ideal para el ganado de algunos. En lugar de mangles, ahora crece pasto que, con la luz del sol parece fosforescente.

Quien denuncia esto es Éder Caceros, un biólogo que trabaja en el manglar con la Asociación de Desarrollo Comunal de Mujeres de Barra de Santiago (AMBAS). Los bosques salados son de propiedad estatal, por eso él cuestiona por qué un terreno que debería ser de provecho para la región, en general, está siendo utilizado solo por ciertos dueños de ganado.

El Salvador ha perdido más de la mitad de los bosques de manglar que tenía en 1950. Si en ese año se calculaban 100 mil hectáreas de bosque salado, en la
actualidad restan 40 mil hectáreas.

Los bosques salados que restan no están a salvo. Al menos 20 mil hectáreas están siendo afectadas por la deforestación. Si la pérdida continúa a la misma velocidad que en las últimas décadas, dentro de 40 años el país no contará con ninguna hectárea de bosque de manglar.

Se trata de un ecosistema en el que se mezcla el agua dulce de los ríos con el agua salada del océano para crear un equilibrio que hace la vida posible para ciertas especies acuáticas. De su conservación también depende la calidad del aire, porque los manglares capturan hasta cuatro veces más carbono que los bosques secos.

La primera causa de deforestación reconocida por las autoridades es el avance de la frontera agrícola. Uno de los temores del biólogo Éder Caceros es que siga avanzando, que cada vez el límite de los potreros se extienda hacia adentro del bosque. La tierra, aquí donde debería haber un pantano, ya cambió.

Para probar que el terreno ha perdido su humedad, el biólogo desenvaina un machete y lo intenta clavar en la tierra. En lugar de hundirse, como sucede en terrenos con consistencia lodosa propia de los manglares, la tierra le pone resistencia; y él explica, decepcionado, que esto no debería pasar.

En la Barra de Santiago, como sucede en otras áreas protegidas, es casi imposible asegurarse de que los recursos naturales se mantengan si no hay apoyo de la comunidad y presencia de autoridades. Aquí se realizan proyectos de conservación y hay cinco guardarrecursos que deben vigilar la zona, pero no llega a ser suficiente ante la amenaza que enfrentan los bosques salados.

Solo en la zona de Las Salinas se ha documentado una pérdida de cobertura de 83 hectáreas. Así, “la pérdida (de manglar) más acelerada ha ocurrido en la Barra de Santiago y Tamarindo”, se lee en un documento de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

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LOS BOSQUES QUEMADOS
Tres estudiantes del Centro Rosario de Cerén observan una columna de humo. Ellos están sobre un terreno con altura que hace años fue verde. Los muchachos sudan y solo esperan que su maestro de Ciencias dé la indicación para que la miniexpedición en la que ha explicado la deforestación de la zona termine. La columna de humo proviene del otro lado de la carretera. De ese lado hay muchos más árboles.

Solo en cuatro años, entre 2013 y 2016, más de 20 mil hectáreas fueron quemadas, según datos de la Comisión Nacional de Incendios Forestales. Esas 20 mil hectáreas equivalen a 200 kilómetros cuadrados. La cifra es mayor a la extensión territorial del municipio de Santa Tecla, que es de 112 kilómetros cuadrados.

Del fuego no se salvan ni siquiera los árboles que crecen en el agua. Después de mostrar la zona del manglar deforestada, Éder Caceros se dirige a un área que se está intentando reforestar con mayor éxito, conocida como El Colegio de las Aves. La historia de los mangles en la Barra de Santiago es una de destrucción y restauración. El biólogo explica que hace unos cinco años un incendio acabó con los árboles adultos de este lugar.

Y a pesar de que han pasado los años, del fuego todavía hay evidencias. Hay algunos troncos en el suelo y, aunque la zona está empantanada no cuenta con mangles altos. Caceros asegura que el incendio ocurrió por la mala práctica de quemar los campos de caña de azúcar.

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HUMANOS CONTRA BOSQUES Y ANIMALES
“El Salvador tiene un problema y es una concepción que no podemos compartir. Nosotros no tenemos ese concepto de bosque tan clásico que son las amplias masas boscosas. No lo vamos a tener nunca. Tenemos poblados y gente en todos lados”, sostiene Lina Pohl, ministra de Medio Ambiente y Recursos Naturales, desde una oficina en San Salvador.

Que el país no cuente con grandes masas de bosque implica –entre otras cosas– que los espacios para la vida silvestre se reducen considerablemente en
comparación a la de otros países vecinos. “Belice tiene jaguar, Guatemala tiene jaguar, Honduras incluso, pero nosotros, no. El jaguar necesita hasta 200 kilómetros de bosque continuo para desarrollarse”, asegura Pohl. Por eso, conservar las especies que aún sobreviven en El Salvador es un reto en un país acostumbrado a eliminar sus hábitats.

Los manglares siguen siendo un espacio vital para la conservación de ciertos animales. A pesar de que se ha perdido el 60 % del bosque manglar nacional, hay
espacios que intentan ser refugio, como el canal El Zapatero de la Barra de Santiago.

A pesar de que se ha perdido el 60 % del bosque manglar nacional, hay espacios que intentan ser refugio, como el canal El Zapatero de la Barra de Santiago. Aquí, un cocodrilo se acerca a centímetros de distancia de un grupo de personas que avanza en lancha. El reptil mide 3 metros y es reconocido por los guardarrecursos como “el Niño” o “el Zarco” por el color claro de sus ojos.

 

Hábitat. Los manglares sirven como refugio para algunos animales, pues es el ambiente propicio para la vida de especies como el cocodrilo, el caimán y la tortuga marina.

Aquí, un cocodrilo se acerca a centímetros de distancia de un grupo de personas que avanza en lancha. El reptil mide 3 metros. A los pocos segundos de su
aparición, otro cocodrilo de tamaño similar se une al espectáculo. El primero es reconocido por los guardarrecursos como “el Niño” o “el Zarco” por el color claro de sus ojos. Se dice que los animales se acercan a los extraños para buscar comida.

Este canal, además de servir como refugio para estos animales, propicia las condiciones para la vida del caimán y la tortuga marina.

Acá es prohibido pescar o explotar el bosque para conseguir madera. Pero en la cotidianidad, los guardarrecursos son testigos de cómo hay quienes hacen caso omiso a las instrucciones. Quizá por necesidad, dicen, la gente entra a pescar o a cazar.

Cuando encuentran a alguna persona explotando la reserva, los encargados de mantener este lugar deben hacer que la actividad cese. Pero quienes rompen la ley terminan escapando la mayoría del tiempo. “Los corremos, pero, entre el manglar, son venados”, confiesa Juan Henríquez, un guardarrecursos.

Al inicio de este canal están ubicados unos troncos y cadenas para indicar que esta es una zona restringida en la que no se puede pescar. Este día soleado de abril, justo en esa frontera señalada con letreros y palos, tres hombres jóvenes han colocado la lancha y pescan. Aunque ellos están fuera del canal, las líneas de pesca cruzan hacia adentro del área protegida.

A varios metros de ellos, un hombre sin bote arregla una red sobre el agua. Rodeado de tanta agua como está, pareciera que camina sobre ella. En realidad, asegura Jorge Oviedo, el presidente del Fondo de la Iniciativa para las Américas (FIAES), es que el terreno está azolvado.

La gran mayoría de los ríos principales del país, el 67 %, no cuentan con árboles a su alrededor, con bosques de galería. Esto no es solo un problema por la deforestación de las riberas, sino porque influye en que los manglares se azolven, que ocurre cuando los ríos arrastran más sedimento como arena y tierra.

Cuando el lodo llega a los manglares, tapa los canales en los que se comunica el agua del océano con la dulce; no se produce el equilibrio necesario en ese ambiente. Sin este, los mangles mueren. Se extingue un ecosistema, sufren las especies acuáticas y la gente que vive de ellas.

Tala. El biólogo Éder Caceros denuncia que en este terreno de la Barra de Santiago, los mangles han sido cortados y ahora sirve como potrero para el ganado.

 

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LOS BOSQUES QUE FALTAN
Manuel de Jesús Díaz tiene 53 años, pero su piel quemada por el sol lo hace aparentar más edad. Se sube a un cayuco y empieza a remar a través del canal El Saite de la Barra de Santiago. Hacer esto hace un par de años era impensable. El canal se tapó.

“Fueron dos meses paleando”, cuenta Manuel. Así, a pura pala, los vecinos de la Barra lograron sacar el lodo acumulado que estaba afectando esta zona del manglar. El proyecto costó dinero. El trabajo para desazolvar un canal es pesado y requiere esfuerzo. La AMBAS logró ejecutar el trabajo, apoyada por FIAES y el MARN.

Manuel rema lento. Asegura que ganó $6.69 por cada tarea de tierra en la que quitaba el sedimento. Este espacio –que se considera ahora un ecosistema recuperado– también se había convertido en un potrero. El FIAES asegura que desde 2016 ha invertido $825 mil para conservar el área de El Imposible y la Barra de Santiago.

Cuando a Manuel se le pregunta qué fue lo más difícil de este trabajo, bromea con que “es comenzar”. Se ríe. Luego se pone serio y da una respuesta más formal: “Lo más difícil es que haya alguna organización que done el dinero para hacer las cosas”.

Este espacio intervenido de la Barra de Santiago contrasta drásticamente con aquel de Las Salinas. Allá, las vacas comen y se pasean en un lugar donde, en teoría, deberían habitar cocodrilos y caimanes entre las raíces y el agua de un bosque salado.

Deforestación. El Salvador ha perdido más de la mitad de los bosques de manglar que tenía en 1950.

Diez años de columna

Con la aparición de la revista dominical Séptimo Sentido, comenzó también esta columna, que ahora cumple nada menos que 10 años. El compromiso de publicar un texto de manera quincenal me ha brindado innumerables lecciones como escritora y como ser humano. El hecho de escribir con la certeza de que alguien va a leer el texto impone una exigencia diferente a la que impone la escritura literaria.

La escritura de ficción es un ejercicio que hago viendo hacia adentro de mí misma, escuchando mi imaginación y mis emociones, y tratando de la manera más fiel posible transcribir eso en palabras. Es una escritura personal, sin concesiones a las modas editoriales, porque los tiempos de escritura y publicación de la ficción son más largos que los de la prensa escrita. No tendría sentido escribir en función de complacer un mercado o una moda pasajera, cuando lo que se quiere es contar una historia que perdure en el tiempo y que nazca del corazón.

Pero la escritura de una columna de opinión implica pensar hacia afuera, con la consciencia de la existencia de lectores de diferentes edades, oficios, creencias y posturas ideológicas. El reto es encontrar los temas y el planteamiento que puedan interesar al mayor número de ellos.

El compromiso de la publicación termina entrenando al columnista en aspectos diferentes a los de la escritura de una obra de ficción. La regularidad de la entrega implica disciplina, no solo para escribirla, sino también para estar en cacería constante de temas posibles de ser tratados. La inminente publicación implica también asumir que no habrá un tiempo de maduración de la idea o del texto, que muchas veces deberá ser entregado sin que el autor quede plenamente satisfecho.

Ha sido esta columna, por encima de mis libros, la que me ha permitido conocer la opinión de quienes los escritores llamamos con orgullo “nuestros lectores”. Esos encuentros e intercambios de opinión que han ocurrido de forma casual en algún lugar público o por correos enviados a este periódico o a mi dirección personal me han servido para definir los temas a tratar, pero sobre todo, para encontrar un tono que, sin traicionar mi propio punto de vista, pueda llegar a un espacio común desde el cual dialogar. La crítica es necesaria, pero también lo es plantear propuestas y destacar logros, cuando sea el caso.

En una sociedad tan polarizada como la nuestra, donde pensar diferente es tomado como una agresión, me parece importante mantener un tono de sensatez y respeto al emitir nuestras opiniones, sobre todo cuando se tiene un espacio de opinión pública. Lo cortés no quita lo valiente, lo cual implica que para criticar o plantear nuestra opinión no es necesario insultar, descalificar ni agredir a los demás.

Asumo el oficio de columnista como un asunto de mucha responsabilidad. Trato por ello de crear un espacio donde se pueda reflexionar sobre temas que el trajín cotidiano y la coyuntura nacional o internacional relegan a un segundo plano o que no son considerados “importantes” o “urgentes”, como el quehacer cultural.

Una constante durante estos ya 10 años de columna es toparme con lectores que se acercan a comentar alguna de las publicaciones. Hay quienes guardan en su memoria alguna publicada hace varios años y con la que se sintieron identificados, porque coincidía con algún momento particular de sus vidas. Esto suele sorprenderme y conmoverme más de lo que puedo expresar. Muchas veces escribo sobre cosas o asuntos que pienso que a nadie le podrán importar y me sorprende cuando ocurre lo contrario.

En una época donde predomina la cantidad sobre la calidad, donde todo debe ser más grande, más rápido y más breve (porque nadie tiene tiempo ni ganas de leer nada largo ni complicado), es una satisfacción personal saber que algo que escribí ha podido calar en alguien de manera memorable. Son los momentos en que un escritor siente que el esfuerzo de la escritura tiene alguna especie de sentido, sobre todo ahora, en un mundo lleno de herramientas y plataformas que ha convertido en opinadores de cualquier y toda cosa a muchas personas que las utilizan.

En 10 años de escritura de esta columna hubo numerosas ocasiones en que me pregunté si algún día me quedaré sin nada por decir. En que, ya con la amenaza de la hora del cierre encima y sin tener la menor noción de lo que voy a tratar, me aferro a alguna idea peregrina o a algún apunte guardado por ahí. Por eso estoy convencida de que el oficio particular de la columna condiciona un entrenamiento mental que permite el fluir de la escritura, aún en momentos de tensión o premura y en que se siente que la cabeza está totalmente en blanco.

Este ejercicio, estas dudas, estos descubrimientos me han impulsado también a leer a otros escritores que tuvieron columnas y a leer sobre sus procesos creativos. Particularmente interesante fue la lectura de las crónicas de la escritora brasileña Clarice Lispector, quien se cuestionaba si sus textos eran realmente columnas de opinión. Algo que yo también me pregunto cuando escribo notas biográficas sobre escritores o artículos que son más informativos que de opinión en sí. Pero me amparo en el nombre de este espacio, la noción del gabinete de curiosidades, donde se guarda todo para ser “usado después” y que al ser abierto alberga de todo un poco.

El aniversario induce a la reflexión, al recuerdo y también a la gratitud. Gracias a José Luis Sanz y a Héctor Silva Ávalos, quienes pensaron en mí para integrarme a este proyecto desde su inicio. Gracias también a Roberto Valencia, mi primer editor, y a mi editora actual, Glenda Girón. Pero sobre todo, un agradecimiento sincero y muy grande para usted que suele leer estas líneas. Su lectura le da vida a este espacio.

Gracias a todos por estos 10 años.

Conciencia para disminuir la violencia

La frase expresada por el fiscal general de la república en el caso de corrupción contra Mauricio Funes “Ada Mitchell Guzmán se vuelve casi una obra pública por toda la inversión de fondos públicos que hizo en ella el expresidente” da pie para hacer una reflexión sobre el machismo y la misoginia que opera en El Salvador. No solo porque lo dicho proviene de una de las figuras más importantes en el combate contra la delincuencia y el crimen en el país, sino porque también demuestra claramente cómo los prejuicios ocultos están presentes en la cultura salvadoreña.

Tuve la oportunidad de conversar con el fiscal acerca de esta declaración y aceptó que no había sido correcta, sobre todo por lo que su cargo representa. Por supuesto que esto no le resta relevancia a su trabajo. Ojalá lleve a la cárcel a los responsables del saqueo al Estado y recupere lo robado para invertirlo en la población más vulnerable.

La misoginia y el machismo significan respectivamente “aversión a las mujeres” y “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres…” Los chistes en los que se denigra y degrada a una mujer o a lo femenino, aunque cueste aceptarlo, representan una forma más de misoginia y machismo. Ambas tejen una red fina en el inconsciente que es difícil advertir en nosotros, en otros o en este tipo de manifestaciones. Las expresiones como la del fiscal general, aparentemente inocentes, son el primer paso hacia el desprecio, la violencia y el abuso en contra de las mujeres. Para comprender mejor solo basta ser curioso y leer la declaración del fiscal y los comentarios expresados en Twitter por hombres y mujeres acerca de lo que quisieran hacer o lo que, según ellos, se merece esta señora por haber sido llamada de la forma en la que lo hizo el funcionario.

Muchos padecemos de estos prejuicios inconscientes. Creer que las mujeres “valen menos que los hombres” o que “su rol es ser únicamente madres o esposas”, entre otros, son el resultado de haber aceptado esas ideas hasta haberlas convertido en verdades absolutas; alimentadas, además, durante milenios por filósofos, religiosos y hombres de ciencia. La verdad es que hoy, al igual que lo hicieron antes, estas continúan limitando el desarrollo de las potencialidades que existen en cada niña y en cada mujer, y también promueven y normalizan el control y la violencia hacia lo femenino.

Las cifras sobre la violencia en contra de niñas y mujeres en el país son perturbadoras. Según el observatorio de Ormusa, en el primer trimestre de 2018 hubo 1,515 delitos contra las mujeres, casi 17 casos al día. Diez mujeres fueron asesinadas por sus parejas entre enero y abril de este año. Entre enero y julio de 2017, un total de 1,948 denuncias por delitos sexuales fueron registradas, y la violación en menor e incapaz fue el delito más denunciado (47.95 %). Estas son solo cifras oficiales, porque la vergüenza y el temor evitan la denuncia.

Las creencias machistas y misóginas están ocultas en lo profundo de nuestro inconsciente, y por ello son peligrosas, porque nos llevan a normalizar este tipo de expresiones y comportamientos. Para traerlas al consciente, es necesario aceptar que formamos parte de una cultura machista, preguntarnos si esas manifestaciones denigrantes las utilizaríamos si fueran dirigidas a familiares o allegados, y corregir esas creencias en nuestros entornos.

Es urgente realizar un esfuerzo colectivo para entender las raíces de ese desprecio a lo femenino y construir una nueva conciencia con creencias saludables y edificantes acerca de las niñas y mujeres si en realidad deseamos reducir la violencia. Las palabras, que provienen de nuestras creencias, son generativas, construyen o destruyen. Al expresarnos irresponsablemente alimentamos el ciclo de odio-abuso-violencia-asesinato que en este país afecta no solo a niñas y mujeres, sino que corrompe a las familias enteras.

Un cascabel para otro gato

El Salvador nunca es aburrido, siempre se encuentra inmerso en una avalancha de acontecimientos. En los últimos días, tienen que ver con la polémica sobre la reactivación del proyecto de ley de privatización del agua, sumado al destape de la corrupción del expresidente Funes.

Esta es una buena noticia. Aunque resulte paradójico y nos llene de profunda rabia e indignación que miles de millones de dólares hayan sido malversados en la gestión del expresidente Funes, es positivo que haya una investigación y una orden de captura en su contra.

Tanto en términos de madurez política como institucional, es importante que en nuestro país se empiecen a investigar y a condenar los hechos de corrupción. Pero, al mismo tiempo, las condenas y los castigos a estos delincuentes deben ser ejemplares. La corrupción es una de las principales explicaciones para los cientos de problemas por los que nuestro país atraviesa. Por eso es importante que se disminuyan los incentivos para los corruptos.

¿Seremos capaces los salvadoreños de ponernos de acuerdo en esto? ¿Podremos dejar de lado nuestra eterna polaridad para convenir que la corrupción es asquerosa de donde sea que venga?

En su momento, Funes dijo que le había puesto el cascabel al gato, como una forma de demostrar que habían descubierto al ladrón. Sus seguidores aplaudieron la revelación y ese fue el primer paso para demostrar que en El Salvador se puede condenar a un corrupto. Ahora es su turno. A él también le pusieron el cascabel y espero que, así como en aquella oportunidad, cuando sus seguidores aplaudieron y avalaron la condena a la corrupción, esta vez también lo hagan, con el mismo ahínco y consistencia.

El punto es que no existe una corrupción más aceptable que otra porque coincida con mi punto de vista político. Toda la corrupción es condenable. Punto.

A manera de referencia regional, tenemos las experiencias de distintos países en América Latina que han ido destapando diversos escándalos de corrupción, como Brasil y Perú. Chile no ha sido la excepción, a pesar de ser uno de los países con mejores índices de transparencia y solidez institucional. Uno de los episodios más polémicos involucraba a un holding de empresas llamado PENTA. El caso aún se encuentra en los tribunales pero cuando fue descubierto, hace unos tres años, se transformó en uno de los casos más mediáticos porque no solo involucraba a poderosos empresarios, sino también a altos funcionarios.

Uno de los principales aprendizajes de este caso tiene que ver con el actuar de la Fiscalía. Para perseguir la corrupción se requiere de fiscales implacables e imparciales, dispuestos a ir hasta las últimas consecuencias. Esto habla de la independencia de las instituciones para hacer su trabajo como corresponde, así como de la integridad de sus funcionarios.

En este caso, espero también que la Policía y las autoridades responsables de la captura de Mauricio Funes y el resto de implicados en este penoso caso de corrupción hagan su trabajo, capturando oportunamente a los acusados.

Lo ideal sería que la corrupción se eliminara del actuar público y privado; sin embargo, esa es aún una utopía. Así que, por mientras, corresponde descubrirla, perseguirla y condenarla con ímpetu en todos los niveles con la esperanza de que los castigos desincentiven a estos ladrones.

Y que se preocupen los gatos, porque les van a poner su cascabel.

Carta Editorial

Hay en el texto de la periodista Valeria Guzmán una respuesta que, en realidad, plantea un dilema. A la pregunta de qué hace falta para reforestar, un hombre contesta que una institución que pague por el trabajo. Y, está claro, nadie va a dedicar su tiempo y energía si eso no va a servir para generar ingresos; pero, en este caso, ¿no habría sido más barato evitar la degradación del bosque?

El Salvador es el país más pequeño de América continental y ha estado siempre entre los primeros lugares en densidad poblacional. Somos muchos en poco espacio. Esto ejerce una presión brutal sobre los recursos naturales. Pero no es solo esto lo que ha hecho que cada año se pierda más y más bosque. Influye, también, la falta de determinación para convertir la protección de esos recursos en prioridad.

No pocas veces se ha levantado el dedo acusador en dirección a las comunidades como grandes depredadoras. Son las comunidades las que, en busca de leña, acaban poco a poco con el manglar. Son las comunidades las que en busca de saciar el hambre, restan árboles para sumar terreno para sembrar hortalizas. Son las comunidades las que, impacientes y agobiadas por las necesidades, le pierden el respeto al bosque. Esta forma de ver el problema, aparte de ser egoísta, es –por donde se mire– una injusticia.

Las comunidades son víctimas de un sistema que las excluye del conocimiento y de las oportunidades. No se les dota de mecanismos para mejorar su calidad de vida, tampoco se les coloca a la mano la instrucción indispensable para dimensionar el beneficio que viene de cuidar los recursos naturales. Quienes sí han tenido acceso a información y educación han declinado, por lo general, involucrar a los habitantes para otorgarles la investidura que les pertenece: la de protectores y propietarios de la riqueza natural de este país.

El proceso requiere tiempo y voluntad de todas las partes. En la década que lleva la revista cubriendo el problema de manera recurrente, nos ha quedado claro que no se puede excluir a las comunidades. Ellas son las llamadas a ser las protagonistas en cualquier historia de recuperación de bosques.

La vida, la vida humana es mi posesión más preciada

¿Cuál es su posesión más preciada?

La vida, la vida humana.

¿Qué tiene la batería para elegirla?

El manejo del ritmo y del tiempo, dos cosas importantes en la vida, que no se limitan a la música.

¿Se considera una persona inteligente?

No. Prefiero decir que soy alguien que, humildemente, busca la sabiduría.

¿Qué aprendió de su peor fracaso?

A renacer, como el ave fénix.

¿Qué le gustaría que dijera su epitafio?

“Soy un árbol itinerante, caminando por la vida, enamorado de la luz”.

¿Qué consejo se daría?

Que siga siendo el inadaptado que soy.

¿Cuál es su miedo más grande?

No poder salirme de la corriente, seguir mi propio camino.

Buzón

Gaspar Romero, hermano del Beato Óscar Arnulfo Romero. Fotografía de José Cardona.

Recuerdos de Monseñor

Estimado Manlio, leí en Séptimo Sentido su alusión a mi hermano el ahora beato Monseñor Romero. Mucho le agradezco los buenos recuerdos que usted guarda de él. Efectivamente lo fui a buscar a su oficina, pero usted había salido. Soy de Ciudad Barrios, San Miguel. Su artículo me ha traído nostálgicos recuerdos de esos dos famosos cines de 5 y 10 centavos de colón. Íbamos a pie de Barrios a San Miguel solo por ir al cine. Fui a visitarle con la intención de contarle algunas anécdotas de nuestro beato que muchas personas las desconocen. Cuando pequeño, por ejemplo, le gustaba estar en la iglesia, ayudándole al párroco. Hay mucho que contar. Muchas personas planean ir al Vaticano el 14 de octubre a la ceremonia de la canonización. Gracias por leerme.

Gaspar Romero
romerogaspar@hotmail.com


La voz de Honduras

Leo esta revista desde que se llamaba Enfoques. Desde entonces no participaba. Lo hago hora con mucha satisfacción. Leí hace unas semanas un artículo bien documentado titulado “La voz nicaragüense en El Salvador”, en el que se comentan hechos sobre los acontecimientos recientes en los que ha habido protestas, represión, muertes en ese hermano país. De hecho, la información sobre esos acontecimientos ha sido vasta y profusa en nuestros medios de comunicación, redes sociales, periódicos digitales, etcétera. A diario nos informamos del seguimiento de esos hechos, lamentables, por cierto. Me hubiera gustado mucho que la misma profusión de noticias se hubiera dado para informarnos sobre el escandaloso fraude electoral en Honduras, donde el candidato opositor iba ganando por cinco puntos porcentuales, pero luego de cortes sucesivos del sistema computacional y del conteo electoral, apareció ganando el presidente de facto Juan Orlando Hernández, a la cabeza con 40,000 votos.
Tras el oprobioso fraude, apareció tras las cámaras anunciando su triunfo y destacando lo “impecable” del proceso. Veo el contraste de informar todos los días sobre el fraude electoral en Venezuela, pero ha quedado en el olvido aquel fraude realizado en peores circunstancias, según políticos independientes.

Miguel Martínez
miguelmar47@yahoo.com

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (199)

1628. TRANSPIRACIÓN CRUZADA

Fueron vecinos de infancia, amigos de adolescencia, novios de juventud y amantes de madurez. Fue como un trayecto por estaciones, sin que en ningún momento se diera la posibilidad de establecerse definitivamente en alguna de ellas. El vecindario varió cuando las familias cambiaron de zona, la amistad fue una especie de juego grupal, el noviazgo tuvo los colores de una aventura inocente, y la relación amorosa no pudo encontrar lazos formales. Estaban ya en la etapa en que había que pensar en el futuro, cada vez menos previsible. Sentados una tarde en un banco del único parque de los alrededores tuvieron que tocar el tema. “¿Qué viene después en nuestras vidas?” se preguntó él, inquieto. “Irnos a vivir juntos a un albergue para ancianos” respondió ella, en son de broma. Entonces los envolvió el silencio. Sudaban sólo de presentirlo.

1629. AL DOBLAR LA ESQUINA

Doña Leticia, la dama aristocrática, levantó la mirada del cuaderno en el que hacía sus cotidianos apuntes, y puso la pluma fuente a un lado. Ahí, junto a ella, estaba Alirio, su nieto menor, y de seguro quería pedirle algo. Ella alcanzó su cartera y sacó un fajo de billetes. El jovencito hizo un gesto de negativa. Ella, entonces, con otro gesto, le preguntó qué quería. Alirio miró a través de la ventana, hacia el predio baldío que antes había sido traspatio. Y tuvo que explicarse con palabras: “Vengo a pedirte que me regales ese terrenito, para poner ahí mi carpa y empezar a ser lo que quiero ser: payaso”. Ella soltó su carcajada proverbial: “Ah, caramba, estamos hablando de un plan de vida… Y de entrada te digo que tienes condiciones… Este numerito que acabas de hacerme lo demuestra… Y lo que más me gusta es que te quieres quedar aquí, a la vuelta de la esquina…”

1630. EL MEJOR MANANTIAL

Los años iban pasando como si tuvieran prisa creciente por llegar lejos. Y aquel hombre joven que no parecía tener ninguna característica que lo distinguiera del común de sus allegados y de sus vecinos había venido desarrollando, sin embargo, una capacidad intuitiva que mantenía bien guardada entre sus pertenencias emocionales. Cuando conoció a Wendy en un jolgorio de ocasión sintió que necesitaba moverse con estrategia envolvente. Ella no se fijó en él, y ese fue el estímulo ideal para que el asedio se volviera compulsivo. Cuando un día se hallaron solos en el pasillo de la Facultad donde estudiaban, él se animó a decirle: “¿Tú crees en el amor a primera vista?” Ella sonrió, como si esperara la pregunta: “Nooo, yo creo en el amor a primer olfato… ¿Me permites?” Y se le acercó al cuello, donde aspiró a fondo. “¡Eres una fuente de aroma! ¡Gracias!”

1631. JARDÍN DE DON BENJAMÍN

La verja de aquel jardín que daba a la calle tenía hoy todas las características de una valla protectora, cuando en el pasado fue sólo una especie de dibujo simbólico. El niño, que volvía a pie de recibir clases en un colegio vecino, se detuvo a percibir aquel cambio. En la parte interior del jardín, el jardinero de siempre hacía sus labores de protección y de cultivo. El niño se arrimó a la verja y esperó a que el jardinero pasara cerca para preguntarle: “¿Y esto por qué ya no está como estaba antes?” El jardinero se acercó aún más, y entonces el niño tuvo una sensación casi de vértigo. De pronto, él era un hombre adulto y el jardinero, un adolescente que de seguro acababa de llegar. El niño transfigurado sólo pudo decir una frase: “Me saluda a don Benjamín”; y el rejuvenecido jardinero tuvo la mejor respuesta posible: “Si algún día viene, ahí se lo digo”.

1632. EN TIERRA FIRME

El barco se balanceaba sobre las aguas agitadas, y aquella sensación de movimiento constante se le hacía a él como un saludo de bienvenida. Era en verdad su primer viaje luego de que consiguiera puesto de tripulante en aquella nave de carga. Acababan de dejar el puerto de origen y se dirigían hacia el puerto de destino. Estaba atardeciendo y los colores del cielo se reflejaban sobre las aguas inquietas como sobre un espejo incansable. De pronto, las condiciones del aire dieron un giro dramático: una nublazón repentina se hizo presente y el mar se agitó al máximo. El barco estaba a merced de aquella turbulencia sin control. Todos los tripulantes se pusieron en alerta extrema, salvo él, que parecía ajeno al peligro. Y es que él, contra toda evidencia, se sentía en tierra firme: la de su voluntad de ser navegante aunque su vida estuviera en juego.

1633. ETERNO RETORNO

Cuando el desalojo se hizo presente, con todas las órdenes legales en regla, hubo que pensar de inmediato en el nuevo destino. Y aunque muchas señales hubieran indicado que tal desalojo era inminente, ninguno de los moradores pareció aceptarlo como un hecho realizable. Así las cosas, el día en cuestión lo que hubo fue una caravana a pie hacia cualquier lugar de los entornos. Ninguno de los moradores circundantes se dio por aludido; y entonces quedaron como única opción las cuevas del cerro más cercano. Entraron en ellas, cada quien en busca de su sitio. Adentro, la negrura total. Ellos no se asustaron por eso. Era parte viva de su naturaleza. Y ya adentro, esa misma oscuridad les fue encendiendo candiles en las sienes. Era el refugio ideal. Afortunadamente, los evacuados eran dioses, que se reencontraban con su destino original.

1634. EL REFUGIO SEGURO

Estaban esperando que naciera su primogénito, que por alguna razón fuera de control no había logrado saberse si sería niño o niña. Las imágenes de la cámara que se colaba hasta la placenta daban imágenes borrosas. A él aquella situación le producía creciente ansiedad, y en cambio ella mantenía una quietud cercana al éxtasis. Llegó el día, y los preparativos del parto se hallaban listos en la clínica. Pasó un largo rato, y el doctor encargado se iba inquietando minuto a minuto. “¿Qué pasa, doctor?”, le ´preguntó él, casi en el oído. El doctor hizo un gesto de desconcierto mezclado con incredulidad. “Parece que la matriz está vacía”. La madre, tendida en la cama, permanecía sonriente. Y de pronto dijo en un susurro: “Son dos seres que no quieren ser identificados y que han escapado hacia sitio seguro. Ahora se albergan en mi corazón. ¡Escúchenlos!”…

1635. EL DESTINO HABLA

Las olas iban y venían como es usual. El recién llegado al borde del encaje espumoso contemplaba aquel vaivén que estaba ahí desde siempre. Y en algún instante alguien llegó a ubicarse a su lado. Era una mujer joven, que parecía una escultura recién animada. Él extendió los pies hacia el agua que llegaba y se retiraba sin cesar. Ella se le acercó aún más. “Soy Afrodita, ¿me recuerdas?” Él suspiró, ilusionado. “No te recuerdo, pero estoy aquí, contigo”. Ella entonces hizo un gesto para que la ola los envolviera. Y abrazados desaparecieron en el borbollón de espuma.

Un salvadoreño con TPS que piensa volver a El Salvador agradecido con EUA

Nilson Cañénguez.

Nilson Cañénguez enfrenta la posibilidad de tener que regresar pronto a su país, El Salvador, tras residir 20 años en Estados Unidos. Pero no se irá con las manos vacías ni molesto.
El padre de tres hijos que llegó a este país prácticamente sin nada volverá como el propietario de una empresa constructora con docenas de empleados, la capacidad de adquirir dos propiedades en su país y jubilarse parcialmente a los 45 años de edad.

“Antes de venir a Estados Unidos, yo estaba pobre”, dijo Cañénguez, un importante empresario de la numerosa comunidad salvadoreña en los alrededores de la capital estadounidense. “Ahora no es que sea millonario, pero sí tengo las comodidades para vivir mejor que como vivía antes”, agrega.
El gobierno de Donald Trump puso fin al estatus migratorio temporal –conocido como TPS, por sus siglas en inglés– de Cañénguez y otros 400,000 inmigrantes de varios países, bajo el argumento de que el beneficio no debía ser permanente.

Desde luego que Cañénguez preferiría permanecer en Estados Unidos, pero dice estar listo para volver voluntariamente a su país un mes antes de que su TPS expire en septiembre de 2019.
“No guardo ningún resentimiento contra Estados Unidos o contra este gobierno. Las leyes están y hay que seguirlas”, dijo.
El fin del TPS para los inmigrantes de El Salvador, Nicaragua, Honduras, Haití, Nepal y Sudán ha generado pánico y desesperación en numerosas familias. Algunas consultan con abogados las opciones que tienen para regularizar su estatus migratorio y permanecer en Estados Unidos, mientras que otros, como Noé Duarte, un albañil salvadoreño de 41 años, planean quedarse sin autorización.

“No digo que El Salvador no está bien, pero no tengo nada allá. Toda mi vida está acá”, señaló Duarte, quien planea mudarse, limitarse a efectuar transacciones en efectivo y deshacerse de un celular inteligente con la esperanza de que un próximo gobierno le permita quedarse legalmente. “Lo que nos queda es huir y escondernos”.

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SIN GENTE EN LOS JARDINES
Ya de por sí afectadas por una grave escasez de mano de obra, las empresas de jardinería que no se dan abasto con la creciente demanda temen que una redada migratoria en la que fueron detenidas más de 100 personas la semana pasada dificultará aún más convencer al Congreso que permita el ingreso de más trabajadores extranjeros a Estados Unidos para empleos de temporada.

Los propietarios de compañías de jardinería cerca de donde se efectuó la redada el martes en la ciudad turística de Sandusky, a orillas del lago Erie y en la cercana Castalia, dirigida contra trabajadores con documentos falsos en una de las mayores acciones policiales en un sitio laboral en años recientes, dijeron que generó amplia preocupación en el sector.
“Creo que la mayor parte de nosotros estamos haciendo las cosas de forma correcta, pero a todas las compañías les preocupará ser blanco de una redada”, dijo Joe Drake, quien dirige la empresa de jardinería JFD Landscapes en Chardon, también en el norte de Ohio.

Drake, quien mantiene jardines desde hace casi 30 años, estuvo en Chicago la semana pasada reuniéndose con otros empresarios que dan empleos por temporada para intentar elaborar una estrategia que convenza al Congreso de que reduzca las restricciones a las visas temporales H2-B, las cuales son para trabajadores extranjeros que asumen empleos de temporada no relacionados con la agricultura.

“No digo que El Salvador no está bien, pero no tengo nada allá. Toda mi vida está acá”, señaló Duarte, quien planea mudarse, limitarse a efectuar transacciones en efectivo y deshacerse de un celular inteligente con la esperanza de que un próximo gobierno le permita quedarse legalmente. “Lo que nos queda es huir y escondernos”.

Aunque muchas empresas turísticas y compañías que contratan por temporadas fueron excluidas del programa este año, las de jardinería resultaron especialmente afectadas porque se apoyan en el programa más que muchos otros sectores para cubrir labores que dicen nadie más desea realizar.
“No estoy consintiendo violar la ley de ninguna forma, pero necesitamos un programa que funcione”, señaló Drake. “¿Cómo piensa que podrá realizarse este trabajo?”
Este año por primera vez una lotería federal determinó qué empleadores recibirían su asignación de visas, que en un principio se decidió sería de 66,000 trabajadores hasta que el Departamento de Seguridad Nacional anunció hace dos semanas que autorizaría otras 15,000 visas adicionales.
Sin embargo, de todas formas eso deja una escasez, tras la eliminación el año pasado de una “exención para trabajadores que regresan” con la que los obreros podían volver a sus puestos de trabajo sin que ello se tomara en cuenta para el número total de visas.

La cifra de visas temporales emitidas cada año tiende a fluctuar con la economía del país. Y aunque el límite no ha cambiado desde principios de la década de 1990, en ocasiones el Congreso ha permitido excepciones que lo superan.

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BÚSQUEDA DE PROGRESO
Los beneficiarios del TPS –quienes se hacen llamar tepesianos– han podido subsistir en Estados Unidos. Y algunos, como Cañénguez, han podido prosperar.

En entrevistas en la sede de su compañía y en la casa que adquirió durante 2004 en los suburbios de Maryland, el empresario explicó que no concibe permanecer en Estados Unidos sin el TPS.
“No puedo quedar preso en el país”, indicó.

José Campos, presidente de la Cámara de Comercio Salvadoreño Americana del área de Washington, dijo que Cañénguez es un ejemplo a seguir para su comunidad.
“Es inspirador para cualquier americano, para cualquier persona”, señaló refiriéndose a quien la cámara nombró en 2015 como empresario del año. “Él es la definición del sueño americano”.
Pero Campos advirtió que un 10 % de los 200 miembros de la cámara son tepesianos y que la pérdida del TPS tendrá un impacto económico sustancial para su comunidad.

Un estudio elaborado por una investigadora de la Universidad de Kansas en mayo de 2017 concluyó que la mayoría de los tepesianos –94 % de los hombres y 82% de las mujeres– tenían empleos; que un tercio vivían en casa propia y que la mitad había incrementado sus estudios en Estados Unidos.

“La idea de que los inmigrantes con TPS son pobres no es así”, dijo Carmen Menjívar, la autora del estudio. “Tienen tiempo aquí, larga experiencia de trabajo y muchos son considerados mano de obra calificada”.

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SIN REEMPLAZO
Joe Schill, presidente de la empresa de jardinería Green Impressions en Sheffield cerca de Cleveland, no recibió ninguno de los 18 trabajadores extranjeros con los que contaba este año, por lo que se vio obligado a rechazar pedidos de trabajo que le habrían permitido a su empresa ganar unos $300,000 tan solo en abril y mayo.
Intentar hallar quién reemplace a los extranjeros ha sido inútil, dijo. Cinco elementos recién contratados renunciaron la semana pasada, y “lo que queda por ahí no puede aprobar un examen de dopaje”.

“No quiero contratar a tipos que estén en el país ilegalmente. Es un gran riesgo”, afirmó. “Pero créame, puedo entender por qué hay personas que querrían seguir ese camino. Puedo comprender totalmente a esos señores que piensan que pueden vencer al sistema”, agregó.
El Servicio de Control de Inmigración y Aduanas indicó que espera aplicarles cargos de robo de identidad y evasión fiscal a los 114 trabajadores arrestados la semana pasada en Corso’s Flower & Garden Center, y que el empleador también está siendo investigado.

Corso’s divulgó un comunicado el viernes en el que dice que le exige a sus empleados que tengan sus documentos en regla y se asegura de que paguen impuestos. Señaló también que si alguien utilizó documentos de identificación falsos para obtener empleo, la empresa no estaba al tanto.
Algunas compañías de jardinería hicieron notar rápidamente que los trabajadores no eran de los que tenían visas H2-B, que son sometidos a revisión de antecedentes y cuentan con autorización legal para trabajar.

Un estudio elaborado por una investigadora de la Universidad de Kansas en mayo de 2017 concluyó que la mayoría de los tepesianos –94 % de los hombres y 82% de las mujeres– tenían empleos; que un tercio vivían en casa propia y que la mitad había incrementado sus estudios en Estados Unidos.

Los críticos del programa dicen que muchos empleadores violan el espíritu del mismo al cubrir puestos de trabajo que no son temporales ni de temporada, tales como las empresas de jardinería en estados con climas cálidos.
“Así, es más fácil y en ocasiones más barato contratar a personas con visas H2-B de lo que es hallar a trabajadores estadounidenses disponibles”, dijo Jessica Vaughan, directora de Estudios de Políticas para el Centro de Estudios sobre Inmigración, que está a favor de reducir el número de inmigrantes que ingresan al país.

Pero Tamar Jacoby, presidenta de la coalición empresarial ImmigrationWorks USA, dijo que los empleadores en los sectores de la economía que dependen fuertemente de los inmigrantes se han visto “aplastados por falta de mano de obra a medida que la economía se ha recuperado”. A diferencia de otros sectores, las empresas de jardinería pueden apoyarse en las visas H2-B hasta cierto punto, pero de todas formas les cuesta trabajo hallar gente dispuesta a cubrir los puestos.
“Hace calor allá afuera, está húmedo, hay mosquitos, hay zarzas”, dijo Jacoby.

Muchas compañías de jardinería se encuentran en un círculo vicioso porque no pueden hallar suficiente mano de obra en el país, dijo Amy Novak, abogada de inmigración que radica en Colorado y se especializa en visas para trabajadores temporales.

“Realmente no tienen otra opción que disminuir los contratos de negocios que aceptan o usar a trabajadores indocumentados, y esa no es una buena decisión”, señaló.
Las medidas enérgicas para controlar la inmigración podrían darle al Congreso la impresión de que los empleadores intentan aprovecharse del sistema al contratar a trabajadores sin autorización para vivir en el país, señaló Novak, o podrían ayudar al mostrar que los empleadores no logran encontrar a los trabajadores que necesitan. “Debido a la inmigración, la H2-B se ha convertido en una pelota de fútbol política”, dijo Jerry Schill, copropietario de la empresa de jardinería Schill Grounds Management en la ciudad de North Ridgeville, no lejos de Sandusky.

Las empresas que contratan a personas que están ilegalmente en el país solo ayudan a incrementar la percepción negativa que se tiene de los trabajadores temporales, señaló.
“Dificulta mucho más nuestra batalla”, señaló Schill. “Cuando te enfrentas a la adversidad, ello no te da licencia para hacer trampa”, agregó.

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HACER LA VIDA LEJOS
Cañénguez se crio en San José El Naranjo, un pueblo al noreste de la capital salvadoreña, donde sus padres se afincaron para huir de la violencia generada por la guerra civil que sacudió a la nación centroamericana entre 1980 y 1992. Finalizó la educación secundaria y emigró al Norte.

Con la ayuda de un coyote entró a Estados Unidos. Llegó primero a Los Ángeles y luego a Washington, hogar de la segunda comunidad más numerosa de salvadoreños.
Con conocimientos casi nulos de inglés –idioma que aún le da problemas–, se empleó casi inmediatamente en una constructora y legalizó su estatus cuando Washington determinó que los inmigrantes salvadoreños en Estados Unidos merecían el TPS tras un devastador terremoto ocurrido en enero de 2001. Su esposa y sus tres hijos se reunieron con él posteriormente.
El TPS incluye permisos de trabajo renovables cada dos años y, aunque no desemboca en una residencia permanente –también llamada greencard–, sus beneficiarios pueden explorar alternativas para regularizar su estatus.

Cañénguez asegura que consultó a seis abogados diferentes a un costo superior a los $60,000, sin éxito.
Al dedicarse a la construcción, Cañénguez participó en la reconstrucción del Pentágono tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y en la construcción del centro de visitantes del Congreso estadounidense en 2003. Posteriormente logró reunir el capital necesario para lanzar en 2011 su empresa constructora, que en la actualidad emplea a 250 personas y tiene sede en las inmediaciones de la base Andrews de la fuerza aérea en Maryland.

Quality Construction Logistic Inc. no contrata a personas sin autorización para vivir en el país, tal como Cañénguez estuvo alguna vez, porque la empresa participa en E-Verify, una base de datos del Departamento de Seguridad Nacional que permite a los patronos verificar que sus empleados tienen la autorización legal para trabajar en Estados Unidos.

Cañénguez sostiene que se le ha hecho más difícil conseguir trabajadores porque los estadounidenses nativos suelen preferir otros empleos.
“Siento que el Gobierno tiene que hacer algo para resolver este problema porque no es pequeño”, indicó.

El empresario de hombros anchos supo que podría tener que marcharse cuando Trump resultó electo a la Casa Blanca. Entonces comenzó a construir dos propiedades en El Salvador, una en la capital y otra en su pueblo, y planea celebrar allá su 25.º aniversario de boda cuando regrese junto a su esposa.

Sus tres hijos adultos asumirán las riendas de la empresa constructora. Una hija es residente permanente, mientras que otra hija y el hijo están protegidos de la deportación gracias a un programa para inmigrantes que ingresaron a Estados Unidos sin autorización cuando eran niños que el entonces presidente Barack Obama lanzó en 2012 y que Trump ha buscado terminar.
Cuando regrese a El Salvador, solicitará una visa estadounidense con la intención de regresar. De no poder, Cañénguez buscará oportunidades económicas en su país y disfrutará de una jubilación anticipada.

“Sigo respetando y admirando siempre a Estados Unidos por la oportunidad que nos da”, dijo.

Críticas. Demócratas han criticado con dureza la recomendación del entonces secretario de Estado, Rex Tillerson, para acabar con el TPS porque dicen que lo hizo contraviniendo las recomendaciones de las embajadas estadounidenses en estos países.

Trabajar desde antes de los 10 años

Fotografía

Para llegar al terreno donde esta mañana trabaja Luis Enrique, hay que cruzarse la calle de tierra y caminar por un sendero sinuoso, adornado por tantos árboles que muy poca luz se logra colar entre las ramas. Al arribar a la milpa, el horizonte se amplía, los ojos se llenan de claridad. El verde llega hasta donde alcanza la vista, a veces cortado por altas palmeras de coco.
Con la cuma en la mano, se encorva para desherbar, con minucioso amor, los alrededores de cada mata, teniendo cuidado de no dañarlas en su intento por protegerlas. Lo hace para evitar que otras especies le ganen terreno a su planta, para que esta pueda crecer a sus anchas hasta un momento en que ya no necesite de ayuda, más allá de abonos, insecticidas y riego.
Lo más duro, la siembra, ya pasó, pero esto también exige un enorme esfuerzo físico, de doblar el cuerpo para que la filosa hoja quede casi al ras del suelo y avanzar, avanzar, en un par de manzanas que, debido a la monotonía, podrían parecer interminables. El sonido del metal contra el suelo, del viento rompiéndose en cada golpe, se mantendrá constante por más de tres horas. Deshierba concentrado, con solo un poco de sudor sobre la frente, con la mirada atenta en su herramienta.

En un país adscrito a varios convenios internacionales contra el trabajo infantil, que se comprometió a que ningún menor de 18 años trabajaría en 2020, Luis Enrique ya cuenta con casi una década de experiencia trabajando la tierra. Tiene 17 años, empezó cuando solo tenía ocho. Ha laborado por más de la mitad de su vida.
Luis Enrique es parte de una familia formada por padre, madre y 15 hijos, que viven en el cantón Quebrada Española, de Izalco. Es un retrato del trabajo infantil asumido con normalidad: cada uno de los hijos varones ha empezado a trabajar antes de los 10 años junto con su padre, Rolando Obando, en las labores del campo. Desde el mayor, que ahora tiene 25 años. Los más pequeños esperan su turno, si las circunstancias no cambian.

Luis Enrique trabaja en la milpa junto con dos de sus hermanos, Miguel Ángel, de 15 años, y Rónald, de 12, quien no rebasa el umbral establecido por la ley para que un adolescente comience a trabajar. Su rostro contrasta con la edad promedio del agricultor en El Salvador, que el MARN coloca en 57 años. Al no contar ni con la edad mínima legal para realizar estas labores, no existe en ese censo.

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JESÚS DE LA PEÑA, coordinador subregional de la Organización Internacional del Trabajo, señaló en 2009 que, al ritmo en el que iba el país, no se llegaría a las metas con las que El Salvador se había comprometido tres años atrás en una Hoja de Ruta (2006) destinada a acabar con el trabajo infantil. Las metas trazadas, en las que también se anotaron otros Estados de la región, apuntaban a hacerlo para 2020: entonces, se pensaba, ningún menor de 18 años tendría que realizar ninguna labor para ganarse la vida. El proyecto parecía condenado al fracaso. Las promesas no se cumplirán.

Rónald, de 12 años, asistirá más tarde a sus clases en el quinto grado del Centro Escolar Quebrada Española. Tiene 19 compañeros en el aula, cinco son varones. Tres de ellos realizan labores en el campo en la mañana, como él, para estudiar por la tarde. En las lecciones de hoy, quizá, verán las partes del cuerpo humano, algo que le fascina al niño, conocer cómo está compuesto por dentro, qué hace que cada parte de sí mismo funcione. A diferencia de lo que se pensaría, parecerá fresco, atento a cada palabra que sale de la boca de su profesor. El profesor señalará en el pizarrón los órganos y sus funciones, y Rónald preguntará, preguntará y preguntará para estar seguro de que ha entendido.

Que no se hayan cumplido las promesas de la Hoja de Ruta no se traduce en la nulidad de logros: según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM) de 2017, publicada por la DIGESTYC hace unas semanas, son 41,735 los niños menores de 14 años que se ven obligados a trabajar, 20,000 menos que hace una década, cuando, por ejemplo, Luis Enrique fue llevado por primera vez al campo por su padre. El país ha vivido una disminución constante al menos desde 2012, cuando se reportó el último incremento con respecto al ejercicio anterior.

La mayor conquista se ha registrado en las labores de corta de caña, donde el problema, al menos según datos del Ministerio de Trabajo, ha llegado casi a cero. Ese es el resultado de más de una década de apoyo de la Organización Internacional del Trabajo, que le aportó en torno a $1,000,000 al sector azucarero entre 2002 y 2009, y que continuó su camino en FUNDAZUCAR, la organización no gubernamental que aglutina al sector*.

Pero eso no se ha traducido en que la prohibición se ha cumplido a rajatabla, y el Ministerio de Trabajo ha sancionado, desde 2012, a 12 empresas y cooperativas por seguir empleando a menores, como en el caso de la Cooperativa de Los Chilamates, de Nueva Concepción, Chalatenango, a la que en 2013 se le descubrió que había empleado a 11 menores de edad.

En un país adscrito a varios convenios internacionales contra el trabajo infantil, que se comprometió a que ningún menor de 18 años trabajaría en 2020, Luis Enrique ya cuenta con casi una década de experiencia trabajando la tierra. Tiene 17 años, empezó cuando solo tenía ocho. Ha laborado por más de la mitad de su vida. Luis Enrique es parte de una familia formada por padre, madre y 15 hijos que viven en el cantón Quebrada Española, de Izalco. Es un retrato del trabajo infantil asumido con normalidad.

En la escuela, Rónald ignora, sin embargo, que su cuerpo todavía no está lo suficientemente desarrollado para hacer el trabajo que realiza. Porque no es solo la labor del campo.
Para poder ganar entre $3.60 y $7 por cada paquete de 12 pares de zapatos, tras salir de la escuela, Rónald se sumará a su madre y a sus dos hermanos Luis Enrique y Miguel Ángel (15 años) para coser calzado. Pacientemente unirá decenas de suelas a igual número de piezas a la luz de una lámpara, en una jornada que puede extenderse hasta las 10 de la noche. Para la familia esto significa un ingreso importante, dependiendo del número de lotes que les encarguen.

A Miguel Ángel, el hermano de 15 años de Rónald, las semanas de escuela se le vuelven, a veces, de tres días. Cuando tiene que extender su jornada en la milpa en la tarde, los días en que su padre necesita más ayuda, pide permiso para ausentarse de sus clases. Eso, dice, ocurre una o dos veces cada semana.
En la escuela a la que asisten los hermanos son conscientes de que muchos de los niños a los que atienden cumplen con una responsabilidad que no les corresponde. Por eso suelen ser más pacientes con ellos, según lo comenta Cecilia Morán, la directora del centro.

Izalco. Rolando Obando posa junto a cuatro de sus 15 hijos. De derecha a izquierda: Miguel Ángel (15 años), Luis Enrique (17), Rónald (12), Rolando y su hijo mayor, de 25 años.

Aparte de ello, no cuentan con programas constantes para atender a este tipo de población. Los que poseen en la actualidad se limitan a un taller de banda de paz y otro de instrumentos musicales. De vez en cuando llegan cursos de otra cosa, como uno muy reciente de panadería, al que los niños trabajadores asisten gustosos: piensan que eso les permitirá conseguir un mejor empleo. Eso mismo piensan los padres. En la zona no hay lugares para formarse en algún oficio. Lo más cercano está en el casco urbano de Izalco. Dado el problema de caminos del sitio, moverse hasta allá de forma constante representa una fuerte inversión que muchas familias no son capaces de cubrir.

Pero incluso las clases de música y de banda de paz están en peligro. En la escuela es casi imposible mantener actividades que vayan más allá de los cursos normales, según lo explica la directora del centro, pues no cuentan con un presupuesto para hacerlo. Por años las han mantenido haciendo malabares. Si no llega un patrocinador, deberán retirarlos en el corto plazo.
En El Salvador, el combate al trabajo infantil ha estado en manos de una mesa conformada por varias instituciones: los ministerios de Trabajo, Salud y Educación, el ISNA, el CONNA y las municipalidades, que pueden tener una mayor incidencia en el seguimiento a la eficacia de las políticas dada su cercanía con la población.

Pero desde las instituciones no ha habido un esfuerzo constante, al menos en la última década, siquiera por entender el fenómeno. Por ejemplo, para establecer el dato de niños trabajando, la única referencia es la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples. La otra fuente es lo reportado por el Ministerio de Educación, que toma en cuenta a la población que va a un centro educativo.
Para darse cuenta de esta ausencia, solo basta con consultar el número de comités municipales de protección de derechos habilitados por el CONNA a escala nacional: menos de 100, cuando la ley establece que debe existir al menos uno por municipio.

“Eso impide que para problemas como el trabajo infantil, que exige un constante monitoreo, se tenga la capacidad para mantener ese seguimiento. Debe haber una reestructuración, en la que se aprovechen otras infraestructuras ya instaladas en el país, como los ECOS del Ministerio de Salud. Ahorita, solo estamos actuando mediante una denuncia previa”, comenta Víctor Serrano, técnico de Promoción de Derechos del ISNA. Reconoce que para esta labor esa institución no cuenta siquiera con 100 empleados.

Señala, sin embargo, algunas conquistas, sobre todo referidas a la casi total eliminación de algunas de las formas más peligrosas de trabajo infantil: la de los que laboraban en las minas de cal en el norte de Santa Ana; la de los niños utilizados en la pesca con explosivos.

Pero incluso el ISNA, según reconoce el mismo Serrano, ha dejado de batallar por poner en el centro de la discusión el problema. Algo que puede ilustrarse en el hecho de que el último estudio sobre trabajo infantil se publicó en un ya lejano 2014. Era el referido a Madresal, la isla de las madres-niñas, en San Dionisio, Usulután, de la que Séptimo Sentido realizó un amplio reportaje, publicado ese mismo año.

El Estado no sabrá, por tanto, sobre Rónald, el niño que después de sudar sobre la milpa preguntará en su clase de Ciencias sobre las partes del cuerpo humano para, después, partir a su casa a coser calzado.

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—¿VIO A AQUEL SEÑOR que estaba en el portón? Ese es mi papá –comenta Rolando Obando, el padre de 15 hijos, mientras arroja agua a su milpa con la bomba que carga a la espalda. —A mí me sacó a los ocho años y me llevó a unos lugares allá por el cerro de Las Flores, a pasarnos ese gran rillón, que a veces él me pasaba en el lomo cuando estaba crecido.

Rolando habla de algo que parece una tradición en la zona, pero que contraviene los tratados internacionales y la LEPINA. Sin embargo, cuando él crecía, los derechos de los niños eran algo que no le importaba al Estado.

Rolando cuenta cómo empezó a trabajar en los cañales cuando tenía 12 años, cómo soportaba los calores de la época de la zafra, cómo se hizo un hombre duro a base de trabajo en una de las labores catalogadas entre las más peligrosas para un niño.

Rolando es todo un líder comunitario, forma parte de APROMUPIZALCO, la asociación de cooperativas de agua que surte a 10,000 personas en ese municipio de Sonsonate. Ha sido elegido para representar a su comunidad, Quebrada Española, en las diferentes iniciativas que han llegado hasta este lugar, aislado por calles de tierra y piedra suelta a pesar de estar a unos cuantos cientos de metros de la carretera que de San Salvador conduce a Sonsonate.

A lo único que no apoyó con fuerza, comenta, fue a PRONIÑO, un programa de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y una empresa privada de telefonía que entre 2012 y 2013 intentó concienciar a los padres de la zona sobre la inconveniencia de que sus hijos comenzaran a trabajar a tan temprana edad.

Según la directora del centro escolar del sitio, Cecilia Morán, el programa tuvo una incidencia positiva. Fue la época en que un mayor porcentaje de niños dejó de trabajar. Eso es algo que se repitió en el resto del país. Entre 2011 y 2014, el país vivió su mayor disminución en el número de infantes menores de 14 años obligados a trabajar, que pasó de 60,171 a 47,488.

Esta tarea, comenta Morán, se hizo no sin enfrentar una enorme oposición de parte de los padres, que se preguntaban quién, ante la ausencia de los hijos, les ayudaría a completar la obtención de los recursos para tener una vida digna.

Una persona que ha visto el fenómeno del trabajo infantil de cerca desde finales de los noventa es Víctor Serrano, técnico de la Dirección y Promoción de Derechos del ISNA. Eso, el hecho de que los menores de edad pueden significar un importante ingreso para familias pobres, es un elemento que complejiza la discusión. Ahí no basta la enumeración de leyes y posibles sanciones, pues está en juego, comenta, la propia sobrevivencia del menor.

“Pero eso no quiere decir que hay que dejar de concienciar sobre los derechos de los menores. Hay que cambiar la estrategia, como dejarles claro que la escuela, a pesar de las carencias que tiene, es una oportunidad para romper con el ciclo de la pobreza en un futuro”, comenta Serrano.

De nuevo en su milpa, mientras sus hijos adolescentes y el niño Rónald continúan con la faena, Rolando explica las razones de por qué lo que representaba PRONIÑO le parecía tan mala idea.

—Yo hablé con mis hijos y les dije “no voy a apoyar eso porque ustedes son los que se me van a arruinar” –dice Rolando, dejando por un rato su semblante dicharachero para poner un rostro serio. —No quiero un hijo huevón. Necesitan el estudio, pero también trabajar, porque aquí nos hemos acostumbrado a trabajar en la tierra.

Muchos padres de la zona piensan como Rolando. Incluso aseguran que parte de la violencia que se ha vivido en la zona en los últimos años se debió a ese período en el que muchos niños dejaron de trabajar.

“Para mí, es 1,000 veces preferible que un niño de 12 años esté ahí, en la milpa, aprendiendo cómo se trabaja, a que esté en una esquina sirviéndole a los grupos delincuenciales”, comenta un padre de familia que, por motivos obvios, prefiere no decir su nombre.

El Salvador no es un país de blancos y negros. Tampoco este argumento es suficiente para justificar el trabajo infantil, según la opinión de Víctor Serrano, del ISNA.

“Hay casos extremos en que la familia es negligente… Una vez me encontré a unos adolescentes trabajando en el cañal, a unas altas temperaturas, cuando las personas adultas estaban en la casa, viendo la telenovela”, ilustra.

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A PESAR DE QUE sus hijos han tenido que trabajar desde pequeños, Rolando Obando cree en la importancia de la educación. Por eso ha animado a sus hijos a completar, “aunque sea”, su bachillerato. Eso ocurrió con dos de sus hijos mayores de edad que, tras ello, pudieron acceder a un puesto en una empresa cercana a la capital. Para Rolando, es toda una conquista: que sus hijos puedan ganarse la vida “sin molestarse mucho”, como él, en las labores del campo.
Los dos hermanos son un ejemplo para el resto de la familia. El punto al que alcanzar o superar. Por eso Miguel Ángel, de 15 años, ha decidido seguir estudiando, a pesar de la dureza de una jornada que comienza en la mañana en las labores de la tierra y continúa en la tarde en la escuela. Y que, incluso, se puede extender con los zapatos que lleva su hermano Luis Enrique para coser.
“Yo siento que no me cuesta tanto, ya me acostumbré”, comenta Miguel Ángel, lleno de timidez.
Dice que, a pesar de todo, terminará con su bachillerato. Pero luego no existe en su panorama la idea de incorporarse a la universidad o continuar con su educación. Quiere contar con un título para convertirse en empleado de una fábrica, conseguir un trabajo con el que pueda obtener un ingreso constante con el cual ayudar a su hogar. Ese es su sueño, que todavía le suena lejano.
Con lo escuchado se podría pensar que a, semejanza de lo que escribe Martín Caparrós en el libro “El hambre”, salvando las distancias, la pobreza y la necesidad de trabajar desde pequeño te quita, incluso, la oportunidad de ver más allá.
Por ahora, Miguel Ángel, Rónald y Luis Enrique continuarán el trabajo en la milpa de su padre, esperando que este año la cosecha no los decepcione.

Otros ejemplos. Maybelline Shupan, de 12 años, ayuda a su madre a recoger leña a 40 minutos de camino de su casa, en Cuyagualo, Izalco. También su hermano, Enrique, de 14, trabaja.

 

*Este párrafo pudo causar alguna confusión. Por ello fue modificado el 12 de junio de 2018, con el monto que fue entregado por la OIT exclusivamente al sector azucarero.