Creatividad, innovación y conocimiento

Esta semana la Biblioteca Nacional y otros amigos que nos apoyaron celebramos con la Segunda Caravana del Libro el Día Mundial del Libro (20 de abril). Agradezco a la agencia consultora que promueve la creatividad, que nos permitió involucrarnos en el “Foro de la creatividad y la innovación en el sistema educativo”. Agradecimientos a la empresa de bebidas que nos acompaña siempre, al Proyecto de Arte y Circo Social; a Innovaciones Educativas Centroamericanas y a la prensa de TV. Por razones atendibles, no logramos obtener acompañamiento de las instituciones que nos cooperaron en la Primera Caravana (2017). Pese a todo, la celebración del libro y de la creatividad e innovación fue un éxito completo.

Quizá estas prisas organizativas me llevaron a soñar dos noches antes del evento. Soñé con mi madre. Ya antes he escrito de ella. En mi casa de infancia no había ningún libro (en otra ocasión me extenderé sobre este tema), pero mi madre lo solventó usando un recurso intuitivo que permitió educarnos desde la primera infancia. En aquel hogar de una sola habitación nos decía poemas, también nos contaba novelas (recuerdo “María” y “Los miserables”), narrados con su prodigiosa memoria, producto de sus lecturas juveniles. Y me estoy refiriendo a las primeras cuatro décadas del siglo pasado, cuando no se había investigado el papel maravilloso de los aprendizajes a edad temprana, una época en que ciudad San Miguel solo contaba con un semanario de cuatro páginas. No había más, ni radio y menos TV.

El sueño me atrajo lo “depositado” en el cerebro: el título de un libro que había olvidado: “Ollendorf for Been Good”, método de aprendizaje del inglés. En las conversaciones con sus hijos hablaba de gramática, de aritmética recreativa, decía poemas en francés y nos enseñaba palabras en inglés, lo elemental de la comida. La humildad de nuestro hogar me hizo preguntar cómo había aprendido idiomas, tan inusitado en ese tiempo de tan extremadas limitaciones. En el sueño con ella me mencionó ese título en inglés que había olvidado después de tantos años. Al despertar, me fui directo a internet y ahí encontré el libro. Lo maravilloso del cerebro es que no “extravía” lo aprendido, queda ahí.

En otro contexto, repito la conversación con mi nieto de nueve años, me dice que si yo sé que no todos los planetas del sistema solar giran en la misma dirección. Mi respuesta es negativa, imagino que se trata de algún video. Me explica que todos los planetas giran en dirección a las agujas del reloj, solo Venus gira al contrario. No estuve satisfecho y acudí al internet y lo confirmé. Este es uno de los sorprendentes aprendizajes en la era tecnológica, pueden provenir de cualquier fuente sin importar edad ni niveles.

Es el mismo nieto que a los cinco años y medio me mostró los planetas del sistema solar que había hecho en plastilina. También me sorprendido esa vez. Le pregunté si conocía los nombres de los planetas. Me los dijo. Al terminar, le digo: “Te faltó Plutón”. Su respuesta me impactó: “Pero abuelo, si Plutón no existe”. De nuevo me fui al internet y encuentro: “Desde 2006 se descubrió que Plutón dejó de ser un planeta”. Esta última anécdota ya la había dicho en anterior ocasión, pero la repito por el significado de un logro en la continuidad de los aprendizajes y del conocimiento.
En ocasión reciente mi nieto menor de tres años y meses juega con un teléfono, va subido en la carretilla del supermercado. Protesta: “Mamá, ya no vengamos a este súper”. ¿Por qué? Y responde: “Porque aquí no hay wifi”.

Otra anécdota ilustrativa con mi nieta de cinco años y medio, quien al visitarme del extranjero se sorprende porque estoy escuchando la música que ella oye para dormirse. Le pregunto si conoce la música. Sin vacilar me responde: “Es Mozart”. Meses después visito su país y me pregunta si me gusta el break dance. Respondo afirmativo. Entonces trae un pequeño equipo que cabe en sus manitos, aprieta unos botones y comienza a sonar Shakira. Al momento la niña inicia su baile saltando de un sillón a otro o dando vueltas sobre su cuerpo en el suelo. Un año después, ha escogido como deporte colegial el “parkour (“salto base”).

¿Niños con talento? No, dice el profesor Gorka Garate, del MINED, en su participación del foro que mencioné arriba. “Todos los niños son talentosos, aunque otros pueden tener alto rendimiento; talento lo tienen todos”.

Estos ejemplos me permiten reflexionar que las innovaciones son producto creativo. Si no tengo acceso a conocimientos, me privo de insumos para crear. Eso es la experiencia, que se va a incrementar si soy lector, si me informo a la altura de los tiempos, es difícil ser creativo e innovador si evado estos aprendizajes. Innovar como resultado creativo proviene de la imaginación, y esta se enriquece de las realidades, de lo que se apropia el cerebro. El paso de gigante para tomar decisiones, para proponer e innovar, entendido este último concepto como cambio, no se dará si no se comprende la realidad global por vacíos de conocimiento.

Promover la creatividad y la innovación no es un “reto de país”, parto de otra idea de Gorka, representante del MINED en el foro. Innovar es un reto de la gente, porque “país” es un agente encubierto de la abstracción, nadie lo identifica en lo concreto, por consiguiente, no se evidencia como elemento que asuma responsabilidades. Son las personas concretas quienes deciden y emprenden.

Y algo más: la tecnología no es innovación, como tampoco lo es el libro, siendo dos puntos extremos entre modernidad y tradición. Ambos son medios que facilitan crear e innovar. Y como capitán de la nave está el sistema educativo que nos debe llevar al puerto de las capacidades transformativas, para no tener que hablar de cambio sin saber lo que se debe cambiar y cómo en este mundo de descubrimientos acelerados y continuos.

Una generación dormida

El cañal centroamericano está ardiendo y somos testigos a quemarropa. De hecho, el fuego ya llega a la puerta de nuestra casa. Las llamas de Nicaragua han sido las últimas en encenderse, algo que pocos pensaban posible en el corto plazo. Todos los países que nos rodean –Guatemala, Honduras y ahora la Nicaragua de Daniel Ortega– han vivido revueltas sociales en los últimos años. Cada uno por diferentes motivos pero siempre teniendo como protagonista a la sociedad civil. Unos se cansaron de la corrupción, otros marcharon contra el fraude electoral y los últimos, los nicaragüenses, por unas reformas al sistema de pensiones que afectaban a la población. El Salvador, rodeado y expectante, se limita a mirar el incendio de los vecinos.

Impávido y sin ofuscarse como una Suiza pobre de nueva era. Y en realidad, no hay mucho que nos distinga de los tres países centroamericanos en cuestión. Somos amplios conocedores del combustible que ha alimentado su enojo. En el caso de Nicaragua, la chispa inicial fueron protestas aisladas de universitarios contra la negligencia de las autoridades por frenar el incendio en la reserva biológica Indio Maíz, al sudeste del país (algo que ocurre en El Salvador todos los años cuando más de 5,000 hectáreas de los pocos bosques que quedan se consumen ante la indolencia de las autoridades). Pero lo que detonó las manifestaciones masivas fue la reforma previsional que reduciría las pensiones en 5 % y aumentaba las contribuciones para rescatar al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social. Un tema del que también conocemos bastante tras un cambio mucho más radical en el sistema de pensiones del país.

Ninguna de esas dos encrucijadas ha llevado a los salvadoreños a las calles. Ni saber que los recursos naturales se nos acaban –la protección al ambiente nunca ha sido un tema popular en el país– ni que la última “reforma” a los ahorros previsionales no conlleva cambios sustanciales, y que, al momento de jubilarse, muchos hombres y mujeres –la gran mayoría de nosotros– que han trabajado toda su vida recibirán pensiones de hambre. Tampoco la corrupción que ha puesto en la mira de la Fiscalía a tres expresidentes. Ni la inseguridad ciudadana que afecta prácticamente todos los ámbitos de la cotidianidad. Razones sobran para salir a las calles a protestar, pero la indignación ya no carbura en El Salvador.

Hay quienes sostienen que aun es un efecto de la guerra civil. Que la gente quedó harta de la virulencia de la década del ochenta. Y con la firma de los Acuerdos de Paz, cansado, el país se fue a dormir. Un letargo que ya lleva más de 25 años (más que la dictadura de Hernández Martínez), y del que solo se despertó, momentáneamente, para oponerse a la privatización de la salud. Después de eso, estos años han sido tiempo suficiente para que sacaran el colón de circulación, se derrocharan millones en proyectos fracasados como la represa El Chaparral o el puerto La Unión, se privatizara el sistema previsional, se apostara solo por la represión para frenar al crimen, entre tantas otras medidas erradas de los gobiernos de turno.

De seguro nos juzgarán. En los libros de historia que se escribirán de aquí en 100 años, registrarán a esta como una generación dormida, indolente. Ojalá consignen que, aunque la gente no protestaba como en los vecinos centroamericanos, si se quejaban en las redes sociales. Que relean nuestros “post” y los rescaten del vacío de las redes sociales, como los historiadores de ahora buscan noticias en los periódicos del siglo XIX. Que lean nuestra indignación con cada caso que retrata el horror de la violencia o la inequidad de nuestra sociedad. Eso es lo único –lo poco– que estamos dejando hasta nuestro despertar.

El mercado de la memoria

En cualquier tienda de regalos de El Salvador se puede conseguir un llavero o una camiseta con la imagen de Monseñor Romero. El recuerdo de una experiencia traumática hecho souvenir. Como para pegar en la nevera. La memoria se comparte, pero también se mercadea. Una parte de la crítica señala la posibilidad que la memoria hecha mercancía tenga muy poco que ver con la memoria real y con un conocimiento serio del pasado. De todos modos y por bien o por mal, la figura de Romero ha llegado a ser icónica. Su imagen ha trascendido los parámetros del contexto histórico en que vivió para cobrar una nueva vida como un símbolo que comunica no solo la historia, sino conceptos abstractos sobre la política y la sociedad actual.

Al mismo tiempo hay otras memorias que casi no se reproducen. En una visita hace poco al Centro Monseñor Romero de la UCA, por ejemplo, se vendían camisetas y tazas estampadas con la imagen de Romero y hasta marcadores de libro con la imagen de Ernesto “Che” Guevara, pero no había mercancía con la imagen de los jesuitas de la UCA. Me quedé con esta inquietud sobre la representación de la memoria; qué hace que la memoria de Romero tenga una vida palpable en el presente mientras que la de los jesuitas de la UCA, Elba y Celina no se representa de la misma forma. Claro está que la masacre de los jesuitas de la UCA figura en la memoria popular y que fue históricamente trascendental en el sentido que tuvo un impacto determinante en intensificar el proceso de paz; entonces, por qué ha sido, en gran parte, excluida del imaginario político y público.

Podría ser que, como me comentaba un amigo periodista cuando le hice esa pregunta, es más fácil que Romero se haya vuelto icónico por ser un solo individuo y no un grupo. Pero esa explicación no me termina de convencer porque noto un programa más estratégico que impulsa la memoria en El Salvador. Hemos visto un esfuerzo consciente del FMLN para establecer una conexión metafórica entre el Romero de los setenta y ochenta con el programa político actual de la izquierda. Entre 2009 y 2014, por ejemplo, se cambió el nombre del aeropuerto internacional a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, se patrocinó arte “oficial” como el “Romero” del pintor Rafael Varela colocado en Casa Presidencial y se lanzó una campaña de publicidad que declaraba que el FMLN caminaba “por el rumbo señalado por Monseñor Romero”.

Cabe recordar que el FMLN actual ha buscado cultivar una imagen de partido con base en la movilización de las masas de trabajadores y campesinos y que la historia de los jesuitas de la UCA tiene más que ver con otra faceta del FMLN de base en la pequeña clase media en grupos estudiantiles. Estas reflexiones sobre la memoria me llevan a preguntar hasta qué punto los trabajos de la memoria y del olvido no son parte de la invención de una identidad nueva de la izquierda salvadoreña de posguerra. Quizás el énfasis en Romero en comparación con el caso de los jesuitas de la UCA y el mercado de la memoria revela no tanto un deseo de querer recuperar el pasado, sino de cultivar una identidad y una imagen de partido.

Carta Editorial

Cuando las viviendas son de lata, las atraviesan las balas. Un muro de ladrillo no detiene la violencia, pero da más protección. Entre estos riesgos y estas ambiciones viven algunas de las personas que lo perdieron todo tras el terremoto de febrero de 2001 y que todavía esperan que las promesas que les hicieron se cumplan.

Estas realidades de las comunidades salvadoreñas ponen de manifiesto los muchos fracasos de las políticas públicas. ¿Somos ahora menos vulnerables de lo que fuimos en 2001? ¿Se han tomado medidas eficaces para que la siguiente tormenta no nos deje decenas de muertos? ¿Somos más conscientes hoy sobre los riesgos que corremos en este territorio? No, no y no.
Tampoco se han saldado las deudas que existen con quienes en anteriores catástrofes se han quedado sin nada. Y así, medio desnudos ante cualquier eventualidad, nos fue tragando la violencia. Ahora no hay que pensar solo en que las viviendas de lata son indignas, hay que pensar en que no detienen balas.

Ninguna cartera de Estado relacionada con vivienda, reconstrucción o prevención de desastres puede venir a decir que hace bien su trabajo si abundan las historias como las de Santiago de María.
El periodista Moisés Alvarado coloca nombres y rostros en todas esas tragedias continuadas. No solo fue el terremoto. Sus vidas quedaron destrozadas también por la ausencia de políticas de gestión de riesgo, por la falta de respeto hacia los que sufren y por la marcada desigualdad con la que se maneja el país. No fue solo el terremoto. Ha sido también que a quienes han podido hacer algo para aliviarlos, poco les ha importado cumplirles.

Este es un país con un pasado lleno de desgracias colectivas. Lo menos que se podría haber aprendido ya es cómo evitar que el número de víctimas escale.

“El respeto es la mejor carta de presentación”

¿Qué espera conseguir con lo que se encuentra realizando?

Poder brindar la mejor comida japonesa en El Salvador.

¿Cuál es su miedo más grande?

Perder la pasión, que es el motor para poder lograr las metas establecidas.

¿Qué significa la amistad para usted?

Es un acto de confianza mutua, en la cual se comparten muchos momentos únicos. Se vuelve una bendición cuando encuentras a esas personas indicadas.

¿Posee una personalidad competitiva?

No, ya que considero que el trabajo en equipo es siempre mejor, porque se complementan aspectos que uno no ha desarrollado.

¿Qué lo motiva a seguir con su emprendimiento?

Retarme a lograr uno de mis grandes sueños, trabajar y poner en práctica el conocimiento.

¿Quiénes son sus héroes de la vida real?

Mi mamá porque desde pequeño me enseñó el valor de las cosas, que en la vida nada llega si no es trabajando, y que el respeto es la mejor carta de presentación.

¿Qué consejo se daría?

No dejar de luchar por los objetivos, que tal vez solo falta un 1% para lograr la meta y que el 99 % que se recorrió no está en vano. Y que Dios es la base fundamental para el desarrollo como persona.

Buzón

Buzón

Antes y después

La valentía de decir “no más, he decidido hacer este cambio” para enfatizar el giro radical en modos de pensar requiere de buena dosis de coraje. La ruptura de conductas, sufrimientos innecesarios y hasta de relaciones enfermizas es una decisión inteligente. Valeria Guzmán, en su audiencia con Sergio Ramírez Mercado, escritor que fue vicepresidente nicaragüense, sienta posición en “Los ideales no terminan; lo que pasa es la vida”.
Este copioso ensayista que “vivió la revolución y la decepción” ha dicho además que “no hay nada que pueda y deba ser más libre que la escritura, en mengua de sí misma cuando paga tributos al poder, el que cuando no es democrático solo quiere fidelidades incondicionales”. Desde luego que un escritor fiel a un credo oficial se vuelve antiético en su misión. “Junto al oficio de escritor tengo el oficio de ciudadano”, enfatiza en una de sus respuestas.
Para ir al encuentro de sensaciones literarias gratificantes, es saludable arrinconar los idearios y enfilar a lo que escribe el fecundo escritor de cuentos, novelas, ensayos y testimonios que el mismo Ramírez considera un antes y un después en su vida periodística al estar desencantado con los cambios para mal que se suscitaron en su país cuando estuvo inmerso y que, según él, no existen los genuinos principios del partido al que perteneció. Las libertades de expresión, prensa e información son condiciones necesarias para promover la participación ciudadana consciente y preservar la democracia, la soberanía, la justicia social y la dignidad humana. Otro periodista chileno lo dijo: “La lealtad del periodismo debe estar con el ciudadano, no con las marcas ni con las empresas”. La producción literaria del entrevistado es fecunda y en su estafeta hacen gala los premios y reconocimientos como testimonios de su distinción intelectual de las letras.
Mucho se ha hablado de las novelas de este autor, pero poco de sus numerosos cuentos, que también demuestran su maestría en el género; son relatos que presentan una lograda coherencia con la realidad de su entorno, un escritor que no pierde su Norte, en cualquier lugar que se encuentre está presente la guía de su pensamiento en relación con los problemas centroamericanos y de otras latitudes.
La pluralidad de géneros que comprende su ocupación literaria con historias felizmente imaginadas, pero elaboradas siempre con asideros de la propia realidad, facilita engarzar la actitud del lector volviéndolo cómplice de su grandilocuente imaginario.

Julio Roberto Magaña
jrobertomasa@hotmail.com


Menos plástico

La falta de conciencia sobre la disposición de desechos plásticos nos pasa la factura en nuestros cuerpos de agua, como ríos, lagos y playas, que se encuentran en franco deterioro por la contaminación, la cual ha sido evidenciada por estudios realizados en diferentes puntos de la costa salvadoreña. Lo que más abunda son los diferentes tipos de botellas plásticas, las cuales representan un riesgo para la vida de los animales acuáticos, aves y humanos que habitan en la costa; debido a que el plástico y el poliestireno tienden a acumular sustancias tóxicas como pesticidas, hidrocarburos y, por ende, los animales y humanos que lo consumen se contaminan.

Para evitar la contaminación, es importante que las comunidades, alcaldías y el Estado deban unir criterios y orientar acciones para que se les dé un mejor manejo de estos materiales.
Estamos endeudados con el atraso cultural en el que vivimos y el hecho de ser nosotros mismos los responsables de estar contaminando todas las fuentes de agua dulce y salada, y es necesario que las organizaciones ambientalistas hagan campaña a escala nacional y de forma continua para educarnos y generar consciencia para proteger nuestro medio ambiente.

En la cadena alimenticia, el ser humano es afectado por consumir productos contaminados procedentes de ríos, lagos y mar. Nosotros debemos evitar tirar la basura en lugares no adecuados o inapropiados, ya que es una necesidad urgente que tomemos conciencia del peligro que presenta para todos la contaminación. El reportaje “Omoa, la ciudad que se resiste a ser fantasma” nos narra los inconvenientes que tienen los habitantes de esa ciudad, quienes han visto disminuido el turismo debido al arrastre de basura plástica, que son toneladas que inundan la costa del Mar Caribe en Honduras. Los plásticos, por ser livianos, transparentes y económicos, están creando problemas al ambiente. Si bien los plásticos son residuos que no producen gases o líquidos mientras no los quemen, su característica fundamental nociva es que no se descomponen pronto, ya que el 92 % del plástico no es reciclable y, para producirlos, la industria utiliza entre 5 y 6 productos químicos más peligrosos y contaminantes, según EPA.

Es necesario destacar que no solo porque una botella de plástico indique que se puede reciclar quiere decir que normalmente se recicle, solo se reciclan las botellas de plástico con cuello angosto. Como podemos apreciar, aunque el plástico nos ha facilitado la vida, también nos causa graves lesiones en la salud y el medio ambiente. El primer paso es disminuir la cantidad de plástico que usamos y también diseñar productos que reduzcan la utilización de estos materiales, simplificado el número de distintos plásticos utilizados.

Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com


Atípico

Un domingo con una edición de la revista Séptimo Sentido, a mi juicio, atípica. Con avidez busco entre las páginas del periódico los reportajes a los que nos han acostumbrado, tocando temas de interés nacional; sin embargo, esta edición parece que fue una excepción.

En su interior encontré una entrevista al laureado escritor de la patria de Darío, Sandino y Claribel, el exmiembro del FSLN, está bien, pero ¿acaso nuestra sociedad ha cambiado en los últimos días? ¿Ya no hay temas ni personajes nacionales con hartos méritos para ser tomados en cuenta? Luego, sigo ojeando y me encuentro con Omoa y su problema de la basura. ¿Acaso no podemos ver que ese es un problema que agobia a todo el planeta? Nuestro país no escapa a ese gran problema, nuestro país poco o nada hace con respecto a ese tremendo problema. Las escuelas rurales generan cientos de toneladas de basura, misma que simplemente se arroja en quebradas o en algún terreno baldío, no hay tratamiento, y, si lo hay, quizá sea mínimo. Vale decir que la basura que se genera en el área urbana igual no es recolectada en su totalidad. En ese sentido, basta ver las ribera de ríos, la desembocadura de estos, y nos daremos cuenta de qué grave resulta el problema de la basura en El Salvador. Cierto que en su reportaje no se dice que sea un problema exclusivo de los países vecinos, pero, a mi gusto, hoy me quedé con las ganas de leer uno de esos reportajes a los que Séptimo Sentido nos tiene acostumbrados, esos que tocan fibras de la realidad criolla.

David Tovar
kioskotovar@gmail.com

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE BONANZA

Aunque en apariencia el estatus social y económico se mantenga estático en el tiempo, eso con frecuencia no pasa de ser un espejismo desorientador, porque lo que acaba imponiéndose siempre, sin que necesariamente lo parezca así, es la suerte de cada persona, con sus expresiones y sus enigmas propios. El caso de Vladimir era justamente ese.

Primogénito en un hogar acomodado, desde muy niño se manifestó dispuesto a conquistar su mundo propio con todos los recursos que le fueran posibles. En el colegio tenía fama de concentrado y misterioso, ajeno a los deportes y a las prácticas juveniles. No pertenecía a ningún grupo de amigos, y menos de compinches. Muchos lo consideraban una rara avis.

En su casa nunca faltaba nada en lo que a cosas materiales se refería. Más bien la abundancia parecía ir en aumento, porque los negocios familiares prosperaban y las inversiones daban beneficios crecientes. Pero en contraste, los componentes de la familia por momentos ni siquiera daban la impresión de pertenecer al mismo núcleo. Anímicamente, algunos abiertos y otros encapotados; funcionalmente, algunos activos y otros indolentes. Y él, Vladimir, que estaba en el centro cronológico de la descendencia, reunía características contrastantes: era encapotado y activo. Quizás por eso no encajaba de ninguna manera. Todos lo miraban de reojo, aun los padres…

Estaba en la etapa final de su educación media, ya en vísperas de entrar a la formación superior, y eso le producía una ansiedad adicional. Se lo consultó al consejero psicológico del colegio exclusivo donde estudiaba, y la respuesta no le dio pistas:

—Si quieres estudiar fuera, hazlo; si no quieres, no lo hagas. Eres libre.

Y aquel vocablo –“libre”– se le clavó como un dardo en la sien. ¿Libre? ¿Libre para qué? Lo tenía todo y ahora se daba cuenta del sentimiento de no tener nada. Un conato de hoguera se le encendió por dentro.

Aquella misma noche se acercó a sus padres, que estaban en la terraza tuiteando como siempre:

—Voy a decirles algo: lo que quiero es ser libre.

—¿Y eso? ¿Qué mosca te ha picado?

—La mosca de la ilusión, que no necesita presupuesto. No sé si entienden.

—Estás hablando como un cipote inmaduro. Esos son nervios porque vas a pasar a una nueva etapa. Voy a darte un calmante.

Él se levantó, sin decir más. Los padres siguieron tuiteando. A la mañana siguiente no apareció. Lo único que hallaron de él fue un mensaje en la web: “Ya soy libre. Nos vemos”.

MISTERIOS DE PENURIA

Entró en su habitación, que era la única de aquel espacio que a duras penas resistía el calificativo de vivienda. Los cuatro rincones eran lo verdaderamente disponible: en el más próximo a la puerta, el par de sillas raquíticas con la cocinita al lado; en el rincón paralelo, la mesita de trabajo; en el rincón derecho del fondo, la litera estrecha destinada para dos; y en el último rincón, un altar improvisado que cambiaba con frecuencia. Una sola ventana con ansia de tragaluz, y protegida por una rústica tela de alambre, le proveía alguna claridad al encierro, que rápidamente iba desvaneciéndose por la hora.

Era hora de comer algo porque la noche estaba encima, pero él ni siquiera se acordó de eso. Lo que necesitaba era otro tipo de alimento: el de las imágenes reconfortantes luego de una jornada de la que siempre quedaba exhausto anímicamente porque le tocaba lidiar con las insatisfacciones de los clientes que iban a recoger sus bultos en la bodega de la fábrica.

Se hallaba solo, aunque ya era hora de que su esposa y sus dos hijos estuvieran ahí. No se alarmó por eso, ya que sucedía con frecuencia. Y como estaba solo bien podía acomodarse a su gusto. Se ubicó en el suelo y se extendió cuan largo era, estirando sus miembros con gratificante libertad. Desde esa posición podía ver hacia arriba sin ningún esfuerzo.

Entrecerró los ojos como si quisiera descubrir algún detalle curioso. El cielo raso era el de siempre: deteriorado y descolorido. Y en el instante en que lo percibía detectó que algo ahí estaba moviéndose entre la penumbra creciente del espacio cerrado. Aguzó la mirada. Sí, una luciérnaga que daba la impresión de no querer ser identificada.

Él unió las manos humedecidas por el calor intenso y se las puso sobre el pecho, como si buscara agradecer aquel encuentro que no tenía explicación. ¿Por dónde podía haberse colado aquel coleóptero que prefería los espacios abiertos? La luciérnaga se quedó quieta, y él interpretó aquello en clave comunicativa. Se incorporó en el suelo, y quedó arrodillado como un devoto que acabara de entrar en éxtasis.
se llenó de destellos. Una nube de luciérnagas vagaba por sus estancias íntimas.
¿A quién estaba rindiéndole aquella pleitesía que semejaba un juego ingenuo? Inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró los ojos. Todo en su interior invocaba los poderes olvidados.

Se preguntó sin palabras:

—¿Dónde estoy?

La luciérnaga original descendió hasta su frente y se quedó quieta sobre ella. Y en aquel segundo él comprendió que la pregunta que acababa de hacerse era irrelevante.

MISTERIOS DE APETENCIA

Cuando se sacó aquel premio en la lotería tomó el hecho como un anuncio de la Providencia. No es que fuera creyente disciplinado, pero si quería llegar a serlo, y por eso activaba sus ansias en forma de reflejos anímicos. Como era un ser eminentemente ordenado, trató de armar de inmediato una lista de aplicación de los recursos ahora disponibles, que aunque no eran muchos sí representaban un respiro de amplio alcance en su situación económica normal.

La vida siguió su curso, como si nada nuevo asomara por ahí. Y es que la rutina era para él un estilo de vida. Pero poco a poco, y de manera inesperada, fueron apareciendo señales de que podía haber cambios de algún relieve. Un sábado cualquiera se había quedado sin salir porque sentía un leve malestar generalizado, de seguro por la intensidad de la semana transcurrida.

Se puso a observar, desde la terracita casi inexistente, los entornos del vecindario, y sobre todo ese lugar donde vivía ella, Marisol, que estaba en su mira desde que eran niños.

Por fortuna, Marisol se hallaba visible en aquel instante, recostada en la silla plegadiza que era su acomodo predilecto. Envuelta en una bata de casa, aprovechando también el paréntesis sabatino. Él trató de esconderse cuanto pudo para poder contemplarla con la mayor libertad posible. La había tenido a la vista tantas veces que todos sus detalles le eran conocidos. Así se mantuvo durante varios minutos, inmóvil, con la respiración anhelante y los sentidos a la expectativa.

De pronto, ella pareció darse cuenta de que era observada y se incorporó. Extendió los brazos hacia arriba, como si estuviera desperezándose; y al hacerlo la bata se entreabrió, dejando ver que se hallaba desnuda. Los reflejos sobre la piel eran una invitación al contacto íntimo.
Él tuvo el impulso de llamarla por su nombre, pero se contuvo. Lo que estaba haciendo era saborear el instante inesperado como si fuera un manjar de dulzura exquisita. La experiencia más deliciosa en la placidez de un sábado que tenía todos los visos de ser inolvidable, aunque no tuviera otras consecuencias.

¡Aleluya!

Santiago de María y su casi adiós a sus albergues

Albergue. Una de las casas que quedan en el ex-INCAFE es la de Aidée Castellón, quien vendió la vivienda que le dieron en la nueva colonia.

Detrás del muro, un frondoso maquilishuat se yergue contra el poniente, desnudo de flores pero robusto en su simplicidad. Érick Reyes se acerca a él, le sonríe, con las palmas de las manos recorre su corteza. Lo saluda como si de un amigo se tratara.

No hay desmesura en la comparación: Este fue el árbol que Érick sembró a pocos días de instalarse en este mismo sitio, hace más de 17 años, cuando el mesón en el que vivía, hecho de frágil bajareque, cayó en el terremoto del 13 de enero de 2001.

Construida con láminas y madera, aquí instaló una casa para habitar por solo seis meses, según lo prometieron el alcalde de la época, Roberto Edmundo González, y Care International, la organización que les donó los materiales.

Como él, otras 230 familias de Santiago de María, Usulután, que lo perdieron todo en los terremotos de 2001 se instalaron aquí para tener un hogar, un pedazo de tierra donde poder dejar sus pocas cosas, dormir, vivir. A cada una le asignaron un espacio de cuatro por cinco metros, 20 metros cuadrados. Era el nacimiento del ex-INCAFE, el primero de aquellos emplazamientos humanos a los que los santiagueños bautizaron como albergues.

En los siguientes días, surgieron tres más, en el costado contrario del pueblo, más allá del pujante mercado: Modelo, Fátima María y Montebello II, a los que ingresaron otras 150 familias. Desde las autoridades, se les sembró una esperanza: pronto les sería asignada una casa permanente. Para muchos, como Francisco Pineda, las palabras fueron una gloriosa melodía. Él, un hombre soltero, sin hijos, casi sin familia, jamás había contado con algo que pudiera llamar de su propiedad.

Pero los seis meses se convirtieron en más de tres lustros. Así, Érick Reyes pudo ver con toda la tranquilidad del mundo cómo crecía su amigo vegetal en este terreno, que en los ochenta fue el casco de uno de los beneficios del desaparecido Instituto Nacional del Café (INCAFE).

Los albergues se convirtieron en una parte fundamental del paisaje de Santiago de María. Casa tras casa hecha de lámina y madera, una junto a otra, conformaron esta, como cariñosamente se refieren a ella sus habitantes, colmena de metal.
También en una parte fundamental de sus problemas: en 2014, cuando este municipio de un poco más de 19,000 habitantes reportó 25 homicidios, los agentes de la Policía Nacional Civil los identificaban como los territorios más peligrosos: el coctel de abandono del Estado, pobreza y hacinamiento los convirtieron en terreno fértil para la expansión de las pandillas, que los transformaron en sus principales bastiones.

Santiago de María, en los años inmediatamente posteriores a la tregua entre pandillas (2012-2013), se convirtió en el referente negativo de la inseguridad en Usulután: las autoridades de los municipios ubicados en sus inmediaciones achacaban parte de los hechos que ocurrían en sus territorios a su cercanía.
Por mucho tiempo, las voces de los habitantes de los albergues parecieron encontrar oídos sordos en las autoridades encargadas de proveerles de una vivienda digna. Las cosas cambiaron en 2016, aunque no para todo el mundo.

Algunos, recuerda Mario, no llegaron a ver con sus ojos el sueño cumplido de tener un espacio propio. Uno que les permitiera, como expresa Navarrete, gritar a sus anchas, hacer el amor a sus anchas, sin estar preocupados porque el vecino de champa se enterara de los detalles. Uno en el que, también, pudieran sembrar una mata de guineo, una güisquilera con los que generar alimento o productos para vender. Y es que esa es una de las principales fuentes de recursos para los santiagueños y especialmente para los habitantes de esta nueva colonia.

***

EL NUEVO HOGAR
“Se trata de otro acto de justicia de nuestro gobierno, pues estamos saldando una deuda provocada por los terremotos de 2001. Más de 15 años tuvieron que esperar por una solución, que les llegó de la mano de nuestro gobierno”, dijo el presidente de la república, Salvador Sánchez Cerén, ese 16 de diciembre de 2016 en el que aquellos que habitaban los albergues recibieron por fin las llaves de sus nuevas casas, ubicadas en un terreno a 3 kilómetros del centro de Santiago de María, 19 manzanas de lo que antes era una finca cafetalera, que se volvió ociosa cuando sus antiguos dueños decidieron que el grano no era un negocio lo suficientemente rentable.

“Aquí, en Santiago de María, las familias de los albergues tuvieron que esperar la llegada de un gobierno identificado con el pueblo para poder solucionar sus problemas de vivienda”, aseguró Sánchez Cerén en su discurso, como si de una iniciativa de su gobierno se tratara.

Pero la historia es otra y tiene como uno de sus personajes a aquel alcalde que, a días de los terremotos de 2001, le prometió a los más pobres de sus votantes, aquellos que lo habían perdido todo, que les entregaría una casa digna.

Roberto Edmundo González, “Beto Chumba”, ha sido alcalde de Santiago de María desde 1997. En las elecciones del 4 de marzo de este año ganó su octavo período al frente del municipio. Ha sido criticado por usar su sueldo de $3,000 mensuales y buena parte del presupuesto de la alcaldía para hacerles favores a sus electores. La Corte de Cuentas de la República ha hecho varios reparos a su gestión por lo mismo.

Esta mañana de abril, González termina de preparar la última lata de pan francés del día para meterlo al horno. Cuando se sienta a conversar, se le notan debajo del rostro esas oscuras y pronunciadas bolsas que solo provocan el desvelo y el calor.

Beneficiadas. Ana Pérez y Gladis Beltrán recibieron una casa como parte del programa. A pesar que no habían residido en los albergues, sí perdieron su casa en los terremotos de 2001.

Con un estilo desenfadado, que lo llevó a que lo expulsaran del FMLN en 2001, habla de las gestiones frustradas para construir los hogares permanentes con tres gobiernos centrales diferentes (dos de ARENA y uno del FMLN). Y de la última negativa que recibió, en 2013, de parte del Viceministerio de Vivienda de la época, y de cómo, solo semanas después, su amigo Tomás Chévez le ofreció ayudarlo con su proyecto cuando llegó a ocupar de manera interina la jefatura de esa cartera del Estado.

“Tomás Chévez me dijo que tenían $60,000,000 disponibles cuando solo semanas antes me habían dicho que no tenían recursos. Yo siempre he dicho que pisto hay, lo que no tienen es voluntad”, comenta González.

Los habitantes de los albergues fueron incluidos en el programa Vivienda y Mejoramiento Integral de Asentamientos Urbanos Precarios. Con fondos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) serían construidas más de 400 viviendas en un terreno que la Alcaldía de Santiago de María había adquirido desde 2006 para ese fin.
Los futuros beneficiarios habían estado trabajando cuando se les pedía en esa propiedad desde entonces, primero talando los árboles para despejar el espacio, luego haciendo las labores de terracería.

Las casas. Glenda Villanueva y Armida Sorto salen de su casa en la nueva colonia. A diferencia de los albergues, está construída con ladrillo y es de su propiedad.

Pero las cosas no fluyeron sin baches: en julio de 2015, la empresa contratada para el trabajo, A. P. de Centroamérica, declaró que el trabajo era demasiado grande para completarlo en el tiempo para el que se había comprometido, ocho meses, a pesar de que ganó la licitación con el argumento de que había hecho un trabajo parecido en un período récord en el occidente del país.
Para esas fechas, solo habían completado la fundación de la mayoría de viviendas. De unas cuantas decenas se habían colocado las paredes y el techo. Sin embargo, lograron casi cumplir con el trabajo al año siguiente, aunque se declararon en quiebra antes de hacer las 48 casas restantes, de las que todavía están los lotes vacíos.

El proyecto entero costó $1,700,000, a casi $4,500 por casa, eso sin contar el terreno sobre el que fueron construidas (que era propiedad de la alcaldía) y las labores de terracería.
La colonia, ahora, es un conjunto de pasajes con casas idénticas una tras otra: dos cuartos, dos ventanas y un patio que da la posibilidad de construir. Quienes pueden permitírselo ya han comenzado. Lo hacen porque se trata de un trozo de tierra completamente suyo.

Mario Mejía y Pedro Navarrete son parte de la directiva de la nueva colonia en la que fueron reubicados los que antes vivían en albergues, que, en un acto de megalomanía, fue bautizada con el nombre del alcalde, Roberto Edmundo González, “Beto Chumba”. Su rostro ocupa buena parte del cartel que da la bienvenida.
Mario y Pedro son dos de los fundadores de los albergues a los que fueron a parar tantas personas esperanzadas en que algún día les entregarían una vivienda digna. Algunos, recuerda Mario, no llegaron a ver el sueño cumplido de tener un espacio propio.

Uno que les permitiera, como expresa Navarrete, gritar a sus anchas, hacer el amor a sus anchas, sin estar preocupados porque el vecino de champa se enterará de los detalles. Uno en el que, también, pudieran sembrar una mata de guineo, una güisquilera con los que generar alimento o productos para vender. Y es que esa es una de las principales fuentes de recursos para los santiagueños y, especialmente, para los habitantes de esta nueva colonia: vender algo en el pujante mercado central. Otras son rebuscarse por leña para comercializarla o acercarse a las fincas cafetaleras que todavía continúan activas, aunque en estas hay muy poco trabajo fijo fuera de la época de cosecha, de noviembre a enero.

Otros hombres se dedican a la albañilería, pero la mayoría de los trabajos están muy lejos de aquí, lo que los hace ausentarse del hogar semanas enteras, como en el caso del padre de Glenda Villanueva. Su familia es una de las beneficiadas por las nuevas viviendas. Ella tenía nueve años cuando la casa en la que vivían en el centro de Santiago de María desapareció: el terremoto provocó que se hundiera una parte del terreno sobre el que estaba fundada.

A sus 25, pasó la mayor parte de su vida en el albergue ex-INCAFE. Recuerda el hacinamiento, su casa inundada en el invierno, el baño usado por hasta cinco familias, la marginación expresada hacia ellos por los otros santiagueños.
También la inseguridad: en el ex-INCAFE, dos pandillas contrarias se distribuían el dominio de un territorio de apenas 2 manzanas de terreno, por lo que los combates armados eran el pan de cada día. Aquí, dice, continúa existiendo violencia: las familias beneficiadas también tienen pandilleros entre sus miembros. El problema se trasladó a la nueva colonia.
“Pero aquí uno se siente un poquito más seguro. Por lo menos las casas son de cemento. Si viene una bala, no cruza las paredes. Allá sí, porque eran de lámina. Eso pasó varias veces”, asegura.
Para este miembro de la Policía Nacional Civil que ha pasado 18 años en Santiago de María, la reubicación de las personas de los albergues a la colonia ha facilitado su trabajo: los territorios están más delimitados, pues en el sistema de casas anterior, el hacinamiento y la laberíntica distribución de casas facilitaba las maniobras de los pandilleros. Eso era especialmente notorio en el albergue Modelo, ubicado en un espacio alto y a unos pasos del mercado central de Santiago de María. En 2015, por ejemplo, no era extraño encontrarse a jóvenes tatuados de los pies a la cabeza oteando el horizonte en dirección hacia el mercado, observando el movimiento, sin preocuparse por ser vistos por un policía.
La importancia de este punto fue tanta que, cuando se desalojó el albergue, miembros de la institución y de la Fiscalía General de la República se encargaron, violencia de por medio, de que no quedara ni una champa en pie.

En la nueva colonia, los habitantes cuentan con luz eléctrica, pero todavía no tienen agua. El Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local (FISDL) gestionó los recursos para que en toda la colonia contaran con el servicio. Se hizo el trabajo completo: se puso el sistema de cañerías y el entronque con el sistema de ANDA, incluso se colocaron contadores en cada hogar.
Solo falta, como señala Mario Mejía, darle vuelta a las válvulas. Pero para eso necesitan contar con la certificación del Ministerio de Salud de que cada hogar tiene una fosa de tratamiento de aguas grises.

Wilfredo Beltrán es promotor de salud y también habitante de la nueva colonia. Él tiene la responsabilidad de verificar que en cada casa se cumpla con las normas. Este día de abril, acompañado de sus formularios, revisa una de las viviendas. Comprueba que la fosa tenga al menos 2 metros de profundidad y que cuente con arena y piedra para filtrar el agua. Esto ayuda, también, a que el agua no mine las bases del terreno.
También verifica que se haya construido una trampa de grasa, un retenedor de residuos ajenos al agua que se debe limpiar una vez a la semana. Dice que 90 % de los vecinos ha construido lo acordado, por lo que espera que muy pronto tengan agua.
Por ahora, hay dos formas para abastecerse: comprar una barrilada por $2 a los vendedores particulares que llegan cada día a la colonia desde el centro de Santiago de María o acarrear cantaradas desde un nacimiento ubicado a 3 kilómetros. Esta última es la opción de quienes no pueden permitirse comprarla.

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LOS QUE SE TUVIERON QUE QUEDAR
No todas las personas se han podido ir del albergue ex-INCAFE para recibir una casa por parte del Estado. Ese es el caso de Carlos Flores, un hombre que parece un memorial de agravios. Esta tarde, en ausencia de su camisa, luce varias de las cicatrices que le quedaron en la guerra, cuando combatió del lado del Ejército. Ahí también perdió la pierna izquierda. Desde entonces usa una prótesis.
Tras firmarse la paz, pasó por varios empleos: trabajó para el Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA), fue promotor de campo de la Red de Sobrevivientes de Minas y jefe de seguridad en una institución del Estado. Lo despidieron de este último empleo hace seis años. Le dijeron que era por “pérdida de confianza”, pues creían que estaba ligado a las pandillas después de que su familia fuera objeto de varios ataques.
En los primeros meses de ese año asesinaron a su esposa (Rosa Salgado), a su hijo (Wálter Flores) y a su nuera (Wendy Calderón). Él mismo sufrió un atentado cerca de otro de los albergues, el Montebello II, del que guarda un par de cicatrices. Y a otro de sus hijos, Mauricio, una bala en la columna lo ha dejado sin la posibilidad de caminar.
Según el alcalde de Santiago de María, Roberto Edmundo González, la decisión fue tomada porque la pandilla que tiene presencia en la nueva colonia es enemiga de aquella con la que se ha identificado a Carlos y a su familia. Carlos asegura que no tiene nada que ver con las estructuras: “Pero le agradecemos al alcalde porque nos ha dejado aquí para salvaguardarnos la vida”.
Él y los suyos, que habitan otras 10 casas en este terreno, tendrán que seguir viviendo como lo han hecho desde 2001, en casas hechas de madera y lámina. Pero algo ha mejorado: el desembarazo de viviendas ha permitido que ahora puedan armar una estructura a su gusto, más alta para evitar el calor y más grande para hacer algunas actividades, como la crianza de gallinas, que están en el mismo espacio destinado para el viejo automóvil que a Carlos le permite hacer algunos viajes por encargo.
También, dice, ahora están más tranquilos, con la certidumbre de que aquellos que lo consideraban su enemigo no lo atacarán más. Piensa que tiene más paz así que si le hubieran asignado una casa en la nueva colonia. No se queja: cuenta con dos servicios básicos, agua y luz, desde hace algunos meses. Lo único que le falta es “un trabajito formal”.
Por ahora, el titular del municipio les ha prometido que, como en el caso de las otras familias, muy pronto tendrán algo que llamar suyo, que está negociando para adquirir una manzana para distribuirla entre los que no se han podido mover. Pero eso debería pasar pronto, pues hay un detalle: el terreno en el que está su champa será reclamado por su titular, el Ministerio de Hacienda.
“Si nos dicen que no se puede concretar la promesa, nos vamos a la calle, a la vía pública… si se da el caso, nos vamos a ir por nuestra propia voluntad, antes de que venga la policía a sacarnos a leñazos”, comenta mientras camina tan rápido como si no tuviera una prótesis en la pierna izquierda.

Pero Flores y los suyos no son los únicos que se han quedado, y en el ex-INCAFE sigue habiendo hasta una veintena de champas. Los motivos son variados. Como en el caso de Irma Sánchez, a quien le asignaron un lote en la nueva colonia pero no pudieron construir ahí por la presencia de una monumental piedra. Ni siquiera pudo poner una champa por lo desnivelado del terreno. Optó por quedarse aquí. Dice que prefiere que le den como suyo el pequeño espacio que actualmente habita.

Los motivos de Aideé Castellón, otra de las que permanecen en el albergue, son otros. Ella fue beneficiada con una casa en la Roberto Edmundo González, pero decidió venderla.
“Le voy a hablar con la verdad. A mí no me gustó allá y mejor vendí mi casa. Me dieron $6,500. Con eso mandé a mi hijo a Estados Unidos. Yo no creo que eso sea un delito”, dice.

Él vivió desde 2001 hasta 2016 en los albergues, pero no recibió una casa. Mejor suerte que él tuvieron grupos familiares como el de Ana Silvia Pérez, que residió todo ese tiempo en la propiedad de su suegro. “Es como si uno hubiera nacido del aire”, dice Pineda. Desde el umbral de su casa, señala la misma cama en la que ha dormido desde antes de los terremotos. La tuvo que reparar después de que le cayó encima una pared del mesón donde vivía. Por eso sigue siendo optimista: antes tampoco tuvo un espacio al que llamar completamente suyo.

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LOS “SOLOS”
De entre los que fueron trasladados a la nueva colonia también se cuentan aquellos a los que no se benefició con una casa a su nombre. Son los que no calificaron en el programa por no ser parte de un grupo familiar. Parejas de ancianos sin hijos a los que heredar su casa cuando fallezcan. Hombres y mujeres de la tercera edad que, por los vaivenes de la vida, decidieron vivir sin nadie. A ellos les han dado la mitad de uno de los lotes vacíos para que puedan construir una champa.

Uno de ellos es Osmín Amaya, de 45 años, un excombatiente de la Fuerza Armada durante la guerra civil. Se gana la vida haciendo pequeños muebles de madera que después comercializa en el mercado de Santiago de María. Por su pasado militar, recibe ayuda de una asociación que apoya a lisiados de guerra. Dice que ellos le han ofrecido herramientas para ejercer otro de sus oficios, el de sastrería, que le daría mucho más dinero, pero el pequeño y vulnerable espacio en el que vive le hace pensar que no durarían mucho tiempo en sus manos.

“Quise sacar un préstamos en el IPSFA para construir aquí una mi casita, pero unos familiares me recomendaron no hacerlo. ¿Qué pasa si el día de mañana me dicen que me vaya? Ahí va a quedar toda la inversión”, cuenta.

A unos cuantos metros de aquí vive Francisco Pineda, de 68 años, otro hombre sin un grupo familiar al que le dieron un espacio para construir su champa. Se define como un “hacelotodo”, aunque ahorita gana sus billetes arreglando electrodomésticos. Asegura que hubo un tiempo en el que “comió bien”, cuando se dedicó a la confección y reparación de antenas televisivas. La llegada del cable a Santiago de María lo dejó sin su fuente de ingresos.

Él vivió desde 2001 hasta 2016 en los albergues, pero no recibió una casa. Mejor suerte que él tuvieron grupos familiares como el de Ana Silvia Pérez, que residió todo ese tiempo en la propiedad de su suegro. “Es como si uno hubiera nacido del aire”, dice Pineda.

Desde el umbral de su casa, señala la misma cama en la que ha dormido desde antes de los terremotos. La tuvo que reparar después de que le cayó encima una pared del mesón donde vivía. Por eso sigue siendo optimista: antes tampoco tuvo un espacio al que llamar completamente suyo.

“Ese ha sido siempre mi sueño. Yo digo que no me voy a morir sin concretarlo”, dice, esperando que un día de tantos le entreguen en las manos la llave de una casa tan firme como su ánimo.

Sin familia. Algunas personas, como Francisco Pineda, no fueron sujetos del programa porque no cuentan con un grupo familiar. Actualmente les han dado un espacio para hacer una champa.

Una imagen terrible en el celular de Marta Raquel

Una mujer involucrada. Marta Raquel Fernández, 25, ambientalista y activista política, sentada en el patio de su casa, en la aldea Gualjoco, departamento de Santa Bárbara.

Marta Raquel Hernández, de 25 años, guarda una imagen terrible en la memoria de su celular. La tomó el 20 de febrero pasado. Es la última fotografía que pudo hacerle a Luis Fernando Ayala, su primo de 16 años, parte de la familia, a pesar de que su padre nunca lo reconoció. La instantánea obliga a apartar la mirada. En ella aparece el cadáver del joven, le faltan las manos y su rostro ha sido desfigurado. Marta Raquel tomó la fotografía cuando acompañó a los padres de Nando, que es como conocían al chaval asesinado, a reconocer el cadáver. Fue la única que pudo tomar antes de que un policía le impidiese el paso y le advirtiese que no puede retratarse el escenario de un crimen, a pesar de que existen medios de comunicación que han convertido la escena de los asesinatos en su principal reclamo comercial. Hernández muestra el celular en el patio de su casa, una humilde vivienda ubicada en la comunidad de Gualjoquito, municipio de Gualala, departamento de Santa Bárbara, en el noreste de Honduras, a tres horas y media en carro desde Tegucigalpa. Un mes después de la entrevista, la joven ya no se encuentra en el domicilio en el que ha pasado toda su vida. Ella es una de las integrantes del grupo de apoyo al Movimiento Ambientalista Santabarbarense (MAS). Tiene miedo de ser la próxima víctima.
Los defensores del medio ambiente en Honduras son un colectivo vulnerable. Según el informe de 2017 de Global Witness, hasta 14 fueron asesinados en 2017. La muerte de Berta Cáceres, que tuvo lugar el 2 de marzo de 2016, puso el foco sobre los peligros que afronta. “Vas a terminar como Berta Cáceres”, es algo que muchas de las integrantes de grupos como el MAS, que se oponen a proyectos extractivistas, han tenido que escuchar en algún momento en Honduras, explica Betty Vásquez, coordinadora del grupo ambientalista.
La violencia es un mal endémico en este país centroamericano. En 2017, según cifras oficiales, 3,791 personas fueron asesinadas, lo que ofrece una tasa de 42.8 muertes violentas por cada 100 habitantes. Y eso que las estadísticas muestran una tendencia a la baja. Un año antes el número de homicidios ascendió hasta los 5,154.
Luis Fernando Ayala ha pasado a formar parte de esas estadísticas. Números que, en un contexto del 90 % de impunidad (según datos del Comisionado Nacional de Derechos Humanos, CONADEH) quedan enterrados y sin explicación.
El cadáver del joven apareció el 19 de febrero en la aldea de Concepción Sur, en el mismo municipio de Gualala. Su familia había denunciado su desaparición días atrás. “Con sus manos amputadas y torturado, encuentran cadáver de joven ambientalista desaparecido en Santa Bárbara”. Así titulaba su nota el diario El Progreso el 20 de febrero. “Ayala y su familia han sido miembros activos del Movimiento Ambientalista Santabarbarense (MAS) en el municipio de Gualala, donde hace más de tres años se lucha contra la concesión minera para la extracción de yeso otorgada por un período indefinido y que amenaza con desaparecer la comunidad de Arenales en ese municipio”, explicaba el rotativo.
En Gualjoquito todavía se respira un estado de shock. Se trata de una pequeña comunidad empobrecida, de algo más de 500 vecinos, a la que se accede abandonando la carretera principal que conduce desde Santa Bárbara a San Pedro Sula. Sus habitantes se dedican en su mayoría a la agricultura. Como Luis Fernando Ayala, que encontró la muerte cuando trabajaba recogiendo café. No es habitual que en esta zona ocurran homicidios, al menos no a la escala de Tegucigalpa o San Pedro Sula. Aunque sí que existe algo que se conoce como “la ley del monte”, una suerte de “ojo por ojo” de la ley del talión.
Irene Ayala, de 77 años y abuelo del joven asesinado, recuerda la última vez que lo vio. Fue el lunes, 12 de febrero. Abandonó la aldea acompañado por un joven al que había conocido un mes antes, en las fiestas de Chinda, una comunidad cercana. Ambos marcharon a la finca de Concepción Sur, donde la víctima trabajaba recogiendo café. Marta Raquel Hernández recuerda que su primo todavía intentó que otros dos amigos más se sumasen a la expedición. Ninguno quiso.
“No entiendo por qué alguien querría hacerle algo así. Era un buen chico”, dice Ayala. Durante toda la entrevista mantendrá un gesto serio, controlando sus emociones. Al terminar, romperá a llorar. El abuelo fue el que se hizo cargo del joven prácticamente desde que nació. Estamos ante un caso de desestructuración familiar característico de países centroamericanos. El papá comienza a tomar, hasta que la mamá se harta y se separa. La familia se rompe. El hijo pasa a ser cuidado por otros familiares. En este caso, con el agravante de que el padre nunca le reconocerá como tal, por lo que lleva el apellido de su madre.
Luis Fernando Ayala era una víctima fácil.
Lo único que sabemos sobre la víctima desde que abandona su aldea hasta que aparece muerto en la finca en la que recogía café es a través de fuentes terciarias. Su abuelo explica que el jueves 15 recibió una llamada preguntando por el paradero del joven, lo que le hizo sospechar. No sabrían nada más hasta el lunes, cuando apareció el cadáver. Una mujer de la zona, la encargada de dar la comida a los campesinos que trabajan en el café, les dijo que vio cómo tres encapuchados se llevaban al adolescente en la noche. Que su hijo lloraba. Que tenía miedo. La Dirección Policial de Investigación (DPI), encargada de las pesquisas, rehusó hablar para Plaza Pública.
Los familiares de la víctima creen que detrás del homicidio está algún grupo irregular de la Policía o el Ejército de Honduras. Sospechan que pudieron hacerle alguna fotografía durante las protestas que se han llevado a cabo en el municipio por la elección de Juan Orlando Hernández como presidente. Señalan al supuesto amigo que acompañaba a la víctima. Dicen que tenía aspecto de militar, que siempre portaba un cuchillo, que, de alguna manera, tenía controlado al menor.

El joven, que decía ser de la vecina aldea de Chinda, desapareció desde que se encontró el cadáver.
Hasta aquí tenemos la historia de un joven activista secuestrado, torturado y asesinado en uno de los países en los que ser defensor tiene mayores costes para la integridad física. No existe ningún dato que vincule el homicidio del muchacho con la condición de ambientalista de Ayala, más allá de las sospechas de sus familiares.
Uno de los errores que tiende a cometer un periodista cuando se enfrenta a una situación de estas características, con un homicidio de por medio, es tratar de ejercer de fiscal. El segundo es dar por buena la primera versión, generalmente difundida por las ONG, sin plantearse otras hipótesis. Spoiler: es posible que nunca se sepa quién mató a Luis Fernando Ayala, ni cuáles fueron sus motivaciones.
Al día de hoy, lo que conocemos es que el balance en la comunidad de Gualjoquito es de un adolescente muerto, una joven que se ha tenido que marchar a vivir a otra aldea para protegerse y otros cinco vecinos con medidas de protección colectiva impuestas por el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos, Periodistas, Comunicadores Sociales y Operadores de Justicia. Todos ellos son miembros del Movimiento Ambientalista Santabarbarense. Miedo.

Marta Raquel tomó la fotografía cuando acompañó a los padres de Nando, que es como conocían al chaval asesinado, a reconocer el cadáver. Fue la única que pudo tomar antes de que un policía le impidiese el paso y le advirtiese que no puede retratarse el escenario de un crimen, a pesar de que existen medios de comunicación que han convertido la escena de los asesinatos en su principal reclamo comercial.

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EL AMBIENTALISMO COMO BASE EN UN CONTEXTO DE PROTESTAS
“Nando era un principiante, apenas llevaba tres años apoyando al movimiento”, explica Marta Raquel Hernández. Muy joven para haber participado en la gran movilización que ha marcado la historia de este municipio. Ocurrió en 2010. Poco antes, el presidente interino, Roberto Micheletti, otorgó una licencia minera a Rubén Darío Bonilla Moreno. El objetivo era perforar para obtener yeso en un espacio de 900 hectáreas en la aldea de Arenales, en el mismo Gualala. Los vecinos se organizaron y, según indica la joven, el proyecto se paralizó hace ocho años. No obstante, siempre existe la posibilidad de que se retome lo que constituye una espada de Damocles para la aldea, que sería completamente destruida.
Hernández, que viene participando en las protestas desde 2010, explica que estas constituyeron el inicio del movimiento ambientalista en Gualjoquito. “Yo siempre he estado en todas las marchas”, afirma orgullosa. Asegura seguir el ejemplo de Berta Cáceres. Muestra una camiseta con el rostro de la ambientalista; y otra, con la imagen de Ernesto Che Guevara, el mítico revolucionario argentino. La figura de la líder indígena asesinada es omnipresente. La joven lamenta haber coincidido con ella solo en una única ocasión. Está orgullosa de su activismo. Este le ha convertido en una voz autorizada en el municipio.

Desde hace años, su referente es el Movimiento Ambientalista Santabarbarense (MAS). Este se formó el 7 de diciembre de 2011. Entre sus fundadores se encuentran la actual coordinadora, Betty Vásquez; Wilfredo Rivera, que fue el primer líder; y Adolfo Ayala, primo del joven asesinado en Concepción Sur. El origen del grupo está en la concesión de más de 70 licencias mineras en 2011, de las 250 que se han aprobado en todo Honduras. El departamento es uno de los más afectados por los proyectos extractivistas. A pesar de ello, 12 de los 28 municipios que lo componen se han declarado “libres de minería”. Vásquez explica que 28 de los ríos de la zona van a ser utilizados para implementar proyectos hidroeléctricos. Afirma que desde el golpe de Estado de 2009 el número de este tipo de proyectos se ha multiplicado.

Represión. La presencia del Pozo implica una fuerte presencia de policías y militares en el área, que justifica las acciones de represión hacia la población.

Una mina fue el origen del grupo en el que participa Marta Raquel Hernández y donde también podía verse, de forma esporádica, a Luis Fernando Ayala. Según indica la primera, fue diversificando sus actividades hasta convertirse en un referente en Gualjoquito. Su segundo hito fue la protesta contra la deforestación ilegal que sufría el municipio. Ocurrió hace dos años y llevó a los activistas a ocupar simbólicamente el edificio de la alcaldía. Esto les llevó a una disputa con el alcalde, Marco Fernández, del Partido Nacional.

Víctima. Irene Ayala, 77, muestra la foto de su nieto, Luis Fernando, tal como lo encontraron sus familiares en una plantación de café en el municipio de Concepción Sur, después haber sido secuestrado y asesinado.

“Se dedica a mantener limpia la zona de las comunidades aledañas a Gualala haciendo un recorrido de limpieza cada viernes, ayuda a los enfermos, participa dentro de la Iglesia católica como grupo ambiental, colabora con el grupo Cultura Verde para limpiar los pozos y la siembra de árboles, denuncia los incendios forestales, cuida que no se deforesten las áreas donde hay vertientes de agua, protesta por la instalación de la minas a cielo abierto”, explica un informe realizado por el Comité de Familiares de Detenidos y Desaparecidos de Honduras (COFADEH). En este documento, la agrupación de defensa de los derechos humanos solicita al Estado la adopción de medidas cautelares de protección para Hernández y otros cinco jóvenes de la comunidad.
La labor de este grupo ha trascendido al movimiento ambientalista. Los mismos jóvenes que protestaron contra la tala ilegal de árboles o hacen frente a la construcción de una mina son los que se manifiestan contra el presidente, Juan Orlando Hernández. El jefe de Gobierno proclamó su reelección tras los comicios del 26 de noviembre. Desde entonces, la oposición, liderada por Salvador Nasralla, candidato de la Alianza de Oposición contra la Dictadura; y José Manuel Zelaya, expresidente depuesto en 2009 tras un golpe de Estado, mantiene una estrategia de movilización callejera. Un informe firmado por 50 ONG hondureñas que se presentó en Bogotá ante la 137.º sesión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) cifra en 38 las víctimas mortales durante el período poselectoral; además de 393 heridos, 76 casos de tortura, 105 desplazados por su adscripción política, 1,275 arrestos, 89 personas criminalizadas, 24 de las cuales están en prisión preventiva y 15 periodistas detenidos. La ONU reduce el número de muertos hasta los 23 o 22 civiles y un policía, y señala directamente a las fuerzas de seguridad hondureñas como responsables en el uso excesivo de la fuerza.

“En las zonas en las que existe resistencia contra proyectos ambientalistas se ha registrado mayor oposición al Gobierno”, explica Dunia Rodríguez, abogada del Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC), un centro jesuita fundado en El Progreso, norte de Honduras, en 1980. Actualmente es uno de los referentes de la lucha por los derechos humanos en el país. Rodríguez apunta a la que puede ser una de las claves. Desde que tuvieron lugar los comicios, en Gualjoquito se han multiplicado los plantones y las protestas de carácter político. Las protagonizan los mismos miembros del movimiento ambientalista, pero con otra connotación. Esto ha provocado la reacción por parte de la policía, que ha irrumpido en diversas ocasiones en la comunidad. Cuando Luis Fernando Ayala fue asesinado era habitual que los uniformados tomasen las calles de la aldea, entrasen en algún domicilio e interrogasen a alguno de los integrantes del grupo de apoyo al MAS.

Desde la muerte de Berta Cáceres, los movimientos ambientalistas han mejorado su capacidad de organización y han desarrollado nuevos mecanismos para demandar la atención del Estado frente a la amenaza de proyectos económicos que ponen en riesgo sus territorios. Esta es la razón por la que hoy tienen un papel protagónico en las calles, aunque esta vez, como lo explica Rodríguez, sus protestas están asociadas a la coyuntura política del país. Sin embargo, el peligro está ahora en la dificultad que tienen para determinar quiénes están detrás de las muertes de sus compañeros.

“Él era nervioso, miedoso, cuando nadie le veía trataba de marcharse de las protestas”, dice Hernández, en referencia a la Luis Fernando Ayala. En su opinión, el origen del asesinato está en el 15 de diciembre de 2017. Ese día, vecinos de la comunidad, entre ellos el adolescente posteriormente asesinado, participaron en un plantón contra la elección de Juan Orlando Hernández como presidente. La policía irrumpió en el municipio. Los jóvenes se escondieron en las montañas aledañas. Lanzaron piedras. Los uniformados llegaron a disparar a bala viva.

El nerviosismo es palpable en la aldea. Hernández lleva la voz cantante. Irene Ayala, sentado a su lado, también interviene. Formando un semicírculo, varios jóvenes, amigos de la víctima, siguen la conversación sin abrir la boca. Si se les pregunta, apenas aciertan a sonreír, nerviosos, sin ser capaces de expresar una palabra. Tienen miedo.
“Él era nervioso, miedoso, cuando nadie le veía trataba de marcharse de las protestas”, dice Hernández, en referencia a la Luis Fernando Ayala. En su opinión, el origen del asesinato está en el 15 de diciembre de 2017. Ese día, vecinos de la comunidad, entre ellos el adolescente posteriormente asesinado, participaron en un plantón contra la elección de Juan Orlando Hernández como presidente. La policía irrumpió en el municipio. Los jóvenes se escondieron en las montañas aledañas. Lanzaron piedras. Los uniformados llegaron a disparar a bala viva.

En el exterior de la aldea se observan los restos del conflicto. La carretera que llega hasta la comunidad está decorada con lemas contra Juan Orlando Hernández. La entrevista con los pobladores se realiza el domingo 25 de febrero. La carretera está plagada de controles de la Policía Militar de Orden Público, un destacamento creado en 2013 por el presidente cuando lideraba el Congreso. Está prevista una marcha ante el Pozo I, una de las prisiones de máxima seguridad ubicada a 10 minutos en carro desde Gualjoquito. La prisión, donde ni siquiera hay señal de celular, estaba pensada para albergar a los líderes de las grandes pandillas que operan en Honduras, Mara Salvatrucha 13 y Barrio 18. Sin embargo, desde el inicio de la crisis política, al menos una decena de opositores han sido encerrados en esta cárcel especial.

Marta Raquel Hernández tiene miedo de que le ocurra lo mismo que a Ayala. O a ser detenida y encarcelada en una prisión de máxima seguridad. La misma semana en la que el adolescente estuvo desaparecido ella fue arrestada por la policía. Le acusaban de “incitar a la violencia” y le trasladaron a comisaría, donde permaneció un día.
Por eso, el 27 de febrero acudió a Tegucigalpa para reportar su caso al COFADEH. Estos, a su vez, trasladaron sus preocupaciones ante el Mecanismo de Protección, quien ofreció a la joven contar con escolta policial. “Lo rechacé”, explica en conversación a través de WhatsApp. No se fía de los policías que deberían protegerla. Dice que quiere abandonar el país. Se siente triste por tener que renunciar a sus estudios de Derecho, pero no le queda otra opción. Al mismo tiempo, COFADEH ha solicitado medidas de protección a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Que la institución internacional te proteja tampoco es garantía de nada. Berta Cáceres tenía estas medidas y fue asesinada igualmente.

El cadáver de Luis Fernando Ayala fue enterrado el viernes, 2 de marzo. En un primer momento, el Instituto de Medicina Forense de San Pedro Sula afirmó que no podría devolver el cadáver hasta pasados tres meses del asesinato. La protesta de los familiares agilizó el trámite. Está claro que el adolescente fue asesinado. Lo difícil es hallar a los culpables.
Lo que se anunció como un nuevo atentado contra un miembro de un grupo ambientalista muestra una realidad más compleja. Lo que no puede ocultarse es la situación de extrema vulnerabilidad que padecen los integrantes de los grupos que defienden la naturaleza o que protestan por la situación política de Honduras.

Riqueza y conflicto. La región de Santa Bárbara es rica en oro, plata y minerales industriales, tal como cinc, cobre y aluminio. Esta riqueza de recursos ha sido la raíz de los conflictos.

Este artículo es una colaboración periodística entre Plaza Pública y Mongabay Latam. Puede ver la publicación original en: https://www.plazapublica.com.gt/content/honduras-una-imagen-terrible-en-el-celular-de-marta-raquel.

Abuso de menores en clubes de fútbol sacude a Argentina

Controles. El escándalo de abusos de menores en dos de los clubes más populares y exitosos de Argentina ha conmocionado a esta nación futbolera y forzó a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) a ordenar mayor control de pensiones juveniles de clubes de todo el país.

Las víctimas aún están aquí, entre los niños a los que les gusta compartir historias mientras toman el tradicional mate argentino o quienes revisan sus teléfonos celulares fuera de los vestuarios y patean una pelota durante un descanso de los entrenamientos.

De hecho, todavía viven en la pensión de las divisiones menores del Club Independiente, donde deberían haber estado seguros soñando convertirse en la próxima estrella del fútbol argentino.
Pero según investigadores judiciales, pedófilos convirtieron sus vidas en pesadilla: a varios de ellos, procedentes de familias pobres de remotos lugares del país, les pagaron un boleto de autobús de regreso a sus hogares o un par de botines de fútbol a cambio de sexo.

La fiscal del caso dijo que al menos 10 menores fueron prostituidos y se cree que muchos otros han sido potenciales víctimas. Hasta ahora, siete hombres –incluido un árbitro– han sido arrestados.
Los abusos no se habrían cometido dentro de la pensión. Pero ha estallado el escándalo ante la revelación de una red de prostitución infantil en el Independiente, apodado el “Rey de Copas” por su récord histórico de siete copas Libertadores. Y a ello han seguido denuncias sobre abusos de menores también en las divisiones inferiores del River Plate.
Y el creciente escándalo en dos de los clubes más populares y exitosos de Argentina no deja de sacudir a esta nación futbolera.

La Asociación del Fútbol Argentino (AFA) dispuso un mayor control de las pensiones juveniles de clubes de todo el país y hasta creó una casilla de correo electrónico para denuncias anónimas de abuso. Pero exjugadores, psicólogos deportivos y familiares dicen que eso no basta para proteger a los niños que entrenan en los centros de talento donde Diego Maradona, Lionel Messi y otras estrellas pulieron sus habilidades.

Independiente denunció los abusos ante la justicia a principios de este año, luego de que uno de sus juveniles se quebró durante una sesión con el psicólogo del club.
“Tenías dos caminos: lo denunciás o lo tapás. Y nosotros optamos por mirar a los ojos a los chicos y a los padres y hacer la denuncia”, dijo un empleado de Independiente bajo condición de anonimato debido a que el caso está bajo investigación.

“Gracias a esta denuncia, las personas que denunciamos están todas presas”, manifestó el empleado. “Acá hay un fenómeno social muy grande: después de lo que denunciamos hubo otros reportes de abusos y ojalá que se animen a denunciar otros, porque esto va más allá de Independiente”.
Pocos días después de estallar el escándalo en el club conocido como el “Rojo”, River Plate anunció que cooperará con la justicia luego de que una organización no gubernamental denunció que al menos dos menores sufrieron abusos en la pensión “millonaria” entre 2004 y 2011.

“El Estado debe estar más presente para que un niño no tenga que dormir con un hombre para comprarse unas zapatillas o mandarle plata a su familia”, afirmó María Elena Leuzzi, fundadora de Ayuda a Víctimas de Violación (AVIVI), organización que denunció el caso de River.
“El niño es niño y hay que cuidarlo siempre, porque no sabemos si hay un futuro papá, presidente, un futuro futbolista”, agregó.
Argentina es el hogar de algunos de los más grandes jugadores del mundo, pero también de la violencia de los barra-bravas y la corrupción endémica entre generaciones de dirigentes y representantes que manejan un negocio lucrativo y a menudo no regulado: el de dar con futuras estrellas.
“En los clubes, los dirigentes tienen que entender que los niños no son números”, dijo Leonel Gancedo, exjugador de River Plate y de otros equipos que ahora maneja el club Ángeles Unidos, de una liga del interior. “Lo que ha pasado es una vergüenza”, lamentó. “Es consecuencia de malas decisiones”.
Muchos niños de las pensiones de fútbol provienen de localidades lejanas y empobrecidas, viven lejos de sus padres bajo el cuidado de los clubes, y sueñan con una oportunidad de triunfar en el ultracompetitivo fútbol profesional.

“En los clubes, los dirigentes tienen que entender que los niños no son números”, dijo Leonel Gancedo, exjugador de River Plate y de otros equipos que ahora maneja el club Ángeles Unidos, de una liga del interior. “Lo que ha pasado es una vergüenza”, lamentó. “Es consecuencia de malas decisiones”.

Pero entre los miles de jóvenes talentosos que se prueban en las divisiones inferiores, solo un pequeño porcentaje se convertirán en jugadores de élite. Algunos lucharán para superar lesiones. Otros caerán bajo la presión psicológica en sus hogares o en los campos de juego.
“Un chico no puede tener la presión de salvar a su familia económicamente”, opinó Óscar Mangione, un psicólogo deportivo y exterapista de Boca Juniors.
Como en otras partes del mundo, Argentina ha experimentado revelaciones de abuso sexual en la Iglesia católica y, más recientemente, entre celebridades y atletas. Pero la magnitud del último escándalo de abuso en el deporte no tiene precedentes en un país que se enorgullece de sus dos títulos mundiales de fútbol y de varias medallas olímpicas desde vela hasta hockey sobre césped.
El Comité Olímpico Argentino (COA) denunció recientemente ante la justicia a un entrenador de gimnasia, acusado de abusar de un número no determinado de atletas en la década de 1990. Como parte de la investigación, la sede de la Confederación Argentina de Gimnasia fue allanada por orden de un fiscal.

“Hoy creo que todo se habla más, la TV, los periódicos, las radios ayudan a que esto se divulgue. Creo que estamos ayudando a la víctima a que pierda la vergüenza”, destacó Leuzzi. “El único que tiene que sentir vergüenza es el victimario”.

El puntapié inicial para el cambio debe provenir de un esfuerzo serio de la AFA para fijar reglas de seguridad entre los clubes de todo el país, opinó César La Paglia, exjugador de Boca y gerente del Club Social Parque, una de las más fructíferas escuelas de fútbol infantil.
“Hay chicos de ocho o nueve años en las pensiones, es una locura”, lamentó. “Esos chicos tienen que estar con sus padres”.

Unos 50 adolescentes de todo el país viven en las residencias de ladrillo pintadas con los colores rojo y blanco de Independiente. En un día reciente, nada parecía fuera de lo habitual. El sonido de un pelotazo en un campo de juego rodeado de altos árboles de eucalipto se escuchó dentro de la sala principal. Los botines de fútbol de algunos de los chicos estaban cuidadosamente acomodados debajo del escudo del club; y en la pared un póster del estadio con la hinchada entusiasta, decía: “El templo de tus sueños”.
El club dijo que las víctimas se reencontraron con sus familias en Buenos Aires y que reciben asistencia psicológica mientras continúan cooperando con los investigadores.

Al mismo tiempo, se espera que esta semana un juez acuse formalmente a los siete detenidos por la red de prostitución. La fiscal que investiga el caso ha solicitado que continúen en prisión preventiva.

Otro caso. El 3 de abril pasado, el COA denunció en la Justicia que un entrenador de las selecciones nacionales de la Confederación Argentina de Gimnasia habría abusado sexualmente de algunos atletas en la década de los noventa.