Fernanda Melchor: “El acto contestatario es mirar al muerto”

Una voz destacada. Fernanda Melchor tiene 35 años y ya figura entre las listas de los mejores escritores del México contemporáneo.
Obra. Ha publicado tres libros. El primero es un libro de crónicas titulado “Aquí no es Miami”. Tiene dos novelas: “Falsa liebre” y “Temporada de huracanes”.

“Soler estaba desnudo, excepto por un calzón color rojo, y un pantalón que, amarrado a sus hombros, le cubría la cara. Fue entonces cuando Bulmaro Avendaño, hijastro de Ana María, le roció gasolina en la cabeza y lo prendió con un cerillo. Rodolfo Soler gritó por lo que pareció un largo rato, segundos o minutos, antes de caer con el cabello y el rostro chamuscados”.

La historia, escrita por Fernanda Melchor, narra la muerte de Rodolfo Soler, un hombre que intentó violar a una mujer en algún río de Veracruz. Cuando la mujer puso resistencia, Soler la golpeó y asfixió. Los vecinos se dieron cuenta por los gritos y encontraron al victimario aún sosteniendo por los cabellos a la mujer ya muerta. Soler era un hombre problemático entre los vecinos. Era ladrón, y el pueblo, harto, decidió hacer justicia por su propia cuenta. Lo amarraron a un árbol y lo quemaron.

Esa historia, ocurrida en 1996, la escribió Fernanda Melchor cuando tenía 19 años. Así empezó su carrera formal en el mundo de las letras. Con ese texto ganó, incluso, un premio nacional. Han pasado 16 años desde que Melchor investigó esa historia, pero las otras que ha ido narrando no se han vuelto menos cruentas.

Melchor es periodista de profesión. Inició escribiendo crónicas de lo que pasaba en su estado natal, Veracruz, y luego dio el paso hacia la ficción. Hasta la fecha ha escrito dos novelas con base anclada en la realidad. Y aquella realidad que Melchor retrata es una muy parecida a la salvadoreña: la de pueblos de gente trabajadora, muy dada a la celebración, pero también muy violenta.

Esta es la primera vez que la escritora está en El Salvador. Ha venido al país para participar en un conversatorio sobre literatura y memoria organizado por el festival Centroamérica Cuenta. Desde el vestíbulo de un hotel en la capital, admite que en su carrera se ha interesado por contar lo que considera que son los claroscuros de la ciudad y sus personajes: “Lo que nos hace humanos no es nada más el heroísmo, la generosidad y el altruismo. Lo que nos hace humanos también es el rencor, la envidia y la venganza. Lo que pasa es que nuestra sociedad tiende a no querer verlas, pero son parte de nosotros”.

“Quería investigar qué eran esas cosas más profundas que hacen que crucemos esta línea y cometamos un crimen porque, la verdad, todos hemos tenido el deseo de apretarle el pescuezo a alguien. Todos hemos tenido deseo de robarnos algo, de desear algo, de cometer una locura. Todos. Pero ¿por qué no lo cometemos? ¿Por qué hay gente que sí y gente que no?”, se pregunta a la hora del atardecer.

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FERNANDA MELCHOR no siempre quiso ser escritora. Esta tarde de lunes de marzo cuenta que de pequeña quería ser investigadora como las que veía en la televisión. “Pero cuando hubo chance de elegir un oficio, pensé que el de periodista era lo más parecido a ser detective sin tener que andar cargando un arma, ¿no?”, cuenta entre risas.

La escritora tiene 35 años y en su hablar no hay gotas de superioridad. La crítica ha alabado su manera de escribir por tener un lenguaje muy cercano a la gente. También ha sido nombrada por revistas como GatoPardo y Letras Libres como una de las grandes escritoras contemporáneas. Aun así, ella se muestra muy sencilla a la hora de conversar sobre su trabajo.

Hace años quiso escribir para un periódico y duró ahí un mes. Ella cuenta que los editores le pedían que fuera a entrevistar a funcionarios y que dejara de escribir las noticias como si fueran cuentos. Entonces renunció y entre los 20 y los 28 años escribió crónicas.

“Veracruz, un estado que era supertranquilo, empezó a tener balaceras, empezaron a aparecer cadáveres mutilados. Lo que hice fue que entre 2002 y 2009 publiqué estas crónicas donde pude. Hasta que junté un libro y ese fue mi primer libro, que se llama ‘Aquí no es Miami’, que salió en 2013”.

“Aquí no es Miami” recién vino a las librerías de El Salvador. En él se narran historias propias del estado veracruzano y su puerto, pero no desde una perspectiva bucólica, “pues también la ciudad es luminosa y sombría”, dice Melchor.

A través de la crónica, Melchor quiso contar la vida de las personas comunes y sus golpes: “Si secuestran al hijo del gobernador, es noticia, pero si le pegan un susto a doña fulana, no. Yo quería contar historias simplemente porque eran buenas, no porque fueran noticiosas. Ese es mi eterno pleito con el diarismo. Necesitamos el periodismo inmediato, que denuncia, pero también necesitamos este otro tipo de narraciones que nos ayudan a entender a otro nivel quiénes somos”.

Más que un recuento de lo que sucede en el estado, la escritora se interesó por las causas que provocan que alguien cometa un delito. “Quería investigar qué eran esas cosas más profundas que hacen que crucemos esta línea y cometamos un crimen porque, la verdad, todos hemos tenido el deseo de apretarle el pescuezo a alguien. Todos hemos tenido deseo de robarnos algo, de desear algo, de cometer una locura. Todos. Pero ¿por qué no lo cometemos? ¿Por qué hay gente que sí y gente que no?”, se pregunta a la hora del atardecer.

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VERACRUZ es uno de los lugares más violentos de México: el año pasado se tuvo registro de 2,385 homicidios, de acuerdo con estadísticas oficiales del Gobierno. Es decir que hubo al menos seis asesinatos diarios solo en ese estado.

Durante los inicios de 2018 la cosa no pareció mejorar. De la violencia no solo impactan los números, sino las formas en las que ocurre. En los primeros 12 días de este año se encontraron nueve cabezas humanas en los cofres de dos taxis. Además, las imágenes que se retratan en los medios desconciertan: el 14 de enero se encontraron nueve cuerpos desmembrados y apilados dentro de una camioneta.

Este es el escenario desde el que Fernanda Melchor ha presentado a los protagonistas de sus historias. Uno que no suele ser muy optimista, pero que también es uno en el que se construye la vida diaria. “Veracruz es un lugar famoso porque ahí se va a vacacionar porque la gente es muy alegre, porque la comida es rica y porque hay carnaval. Quería contrastar esta imagen alegre con la cuestión de la violencia y lo siniestro”, explica.

Melchor asegura que es imposible que quienes se dedican a la literatura no escriban sobre la realidad que los rodea. “Tú eres hija de tu tiempo, te tocó vivir en una época muy particular. Hay gente como yo que nos gusta hablar del presente. Pero creo que aunque tú decidas ‘no voy a hablar de la violencia. Voy a hablar de personajes que viven en otro país’, incluso esa decisión es política. A lo mejor tiene que ver con el hartazgo de la violencia o tu distancia emocional que quieres poner”.

Ella admite que esa necesidad de escribir lo que sucede es una manera de resistir ante las cosas que se consideran inadmisibles. Aunque esto no signifique la posibilidad de que las cosas cambien para bien. “Un libro no va a cambiar una sociedad, pero sí creo que un libro puede cambiar a una persona. No creo que la literatura pueda funcionar en términos de utilidad. Para muchos que nos dedicamos a esto, es inevitable que lo hagamos porque es nuestra personal manera de lidiar contra todo esto. Yo escribí crónica porque era mi manera de hacer algo ante lo que estaba sucediendo en mi ciudad natal”.

La última novela que publicó, “Temporada de huracanes”, se basó en una historia que encontró en una nota roja o sensacionalista. Este tipo de periodismo es ampliamente criticado porque muestra escenas sangrientas y sin censura. Fernanda Melchor defiende la función de las notas rojas porque, a su juicio, dan una idea de las pasiones más oscuras entre las personas:

“Tú puedes agarrar grandes libros de la literatura, Shakespeare, Cervantes, los griegos, las grandes obras de la literatura pueden ser condensadas en una nota roja. ¿Por qué? Porque en la nota roja están las emociones que nos hacen humanos. Imagínate: “Mata a su papá y se casa con su mamá”, dice, haciendo referencia a la obra “Edipo Rey”.

La veracruzana considera que es necesario tomar conciencia de la muerte que rodea las sociedades violentas en lugar de asumirla con naturalidad: “A cómo está la situación en México, donde hay tantos muertos, tantos desaparecidos, tantas fosas comunes y cadáveres, donde la muerte anda a sus anchas, yo creo que el acto contestatario es mirar al muerto porque ahora todo mundo se tapa los ojos para no ver”.

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“TEMPORADA DE HURACANES” (Literatura Random House, 2017) trata la historia de cómo un grupo de niños encuentra el cuerpo de una mujer flotando en un canal de riego. La víctima es “la bruja”, una mujer respetada y temida en el pueblo por sus oficios esotéricos.

La noticia que Melchor leyó explicaba que la bruja fue asesinada por su propio examante, quien “la había matado porque esta persona le había estado haciendo brujería para que regresara con ella. Y yo me puse a pensar ‘esto es muy veracruzano’. Cuando vemos una nota de nota roja que nos la ponen muy simple como ‘mató a su compadre porque lo vio feo’, tú dices ‘no, uno no mata a nadie porque lo vio feo’. Uno mata a la gente por mil y una cosas más profundas”.

Melchor pensó en escribir esta historia de la manera más periodística posible: ir al lugar, hablar con la gente e intentar descubrir las razones que habían motivado este asesinato. Pero su instinto le dijo que talvez esa no era la mejor manera de explicar lo que había sucedido. Además, Veracruz es un sitio peligroso para ejercer el periodismo. Las cifras lo demuestran: en los últimos siete años han sido asesinados 21 periodistas.

“En México matan a los periodistas, pero no matan a los escritores, y además, la ficción te protege”, considera Melchor. En lo que va del año, ya fueron asesinados tres periodistas, de acuerdo con la organización Artículo 19. El reciente miércoles 21 de marzo el periodista Leobardo Vázquez Atzin fue asesinado en Veracruz.

“Un libro no va a cambiar una sociedad, pero sí creo que un libro puede cambiar a una persona. No creo que la literatura pueda funcionar en términos de utilidad. Para muchos que nos dedicamos a esto, es inevitable que lo hagamos porque es nuestra personal manera de lidiar contra todo esto. Yo escribí crónica porque era mi manera de hacer algo ante lo que estaba sucediendo en mi ciudad natal”.

Convencida de que la novela era el mejor género para contar la historia, la escritora se puso a trabajar. Dejó que los personajes le hablaran: “Yo me sentaba a escribir y haz de cuenta que yo era la secretaria del juzgado que le está tomando la declaración al asesino. Entonces la gente me contaba la historia y yo nada más tecleaba. Yo me sentía como una médium… empecé a escuchar estas voces. Ya sé que suena muy esquizofrénico”, acepta con un dejo de picardía.

Las referencias que Melchor hace al hablar de su proceso de escritura sorprenden de la misma forma que hacen que sea más fácil entenderla: “Fue un proceso de andar buscando una voz. La novela está escrita con esta voz que es una cosa que yo le llamo narrador Pazuzu. ¿Te acuerdas de la película ‘El exorcista’? El demonio se llamaba Pazuzu, pero Pazuzu está dentro de la niña, pero de repente se sale. El narrador que yo quería era uno que pudiera estar arriba describiendo todo, pero que de repente se metiera dentro de mí. Así fue como surgió la novela”.

El proceso de escuchar las voces del pueblo contándole sobre el asesinato y pasarlas al papel fue solo uno de los primeros pasos para llegar a construir esta novela que ha sido considerada una obra imprescindible de 2017. “Escribí muchísimo, como 200 páginas, y ya una vez que las tuve, me di cuenta de que eso no era la novela. Uno no se vuelve novelista cuando publica un libro. Uno se vuelve novelista cuando agarra esas 200 páginas que escribió y las bota a la basura porque dice: ‘Bueno, ya estoy más cerca, pero esto no es’”.

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“DICEN QUE EL CALOR ESTÁ VOLVIENDO LOCA A LA GENTE, que cómo es posible que a estas alturas de mayo no haya llovido una sola gota. Que la temporada de huracanes se viene fuerte. Que las malas vibras son las culpables de tanta desgracia: decapitados, descuartizados, encobijados y embolsados que aparecen en los recodos de los caminos o en fosas cavadas con prisa en los terrenos que rodean las comunidades”, lee Fernanda Melchor sobre el escenario del Teatro Luis Poma.

Este martes 20 de marzo se realiza en San Salvador la primera actividad de Centroamérica Cuenta, el festival de literatura más grande de la región que desarrolla la mayoría de eventos en Managua. Melchor fue la invitada internacional para la inauguración. Esta noche está planeado un conversatorio entre ella y la escritora salvadoreña Jorgelina Cerritos.

Cada una lee un fragmento de sus obras. Melchor se para sobre las tablas del teatro y zapatea tímidamente con el pie izquierdo, como marcando el ritmo de su texto. “A mí me importa mucho que se escuche muy bien, leo mucho en voz alta lo que escribo porque no solo importa la historia, sino cómo la cuentas”, dijo un día antes.
El turno de Jorgelina Cerritos llega y ella lee otro fragmento de su obra. Esta vez es la voz de una niña gritándole a su padre que corra porque alguien lo persigue para matarlo: “Corre, papá, corre, que no te desangren la espalda”, exclama en un compás apresurado.

Los textos que se leen esta noche están marcados por una premisa de angustia. A las escritoras se les pregunta si la literatura es una respuesta ante la espiral de violencia que se vive en la sociedad veracruzana y salvadoreña. Melchor responde: “A mí lo que me interesa mucho es hablar del presente”. Y pone de ejemplo una pieza de la artista mexicana Teresa Margolles, quien recolectó el agua que se ocupó para lavar cuerpos (de asesinatos) “y trapeó así los pisos”. La pieza se llama: “¿De qué otra cosa podríamos hablar?”

“Tiembla”. Es el último libro en el que se publica un texto de Fernanda Melchor. En él, se recopilan las vivencias de 35 escritores sobre el terremoto del año pasado en México.

Días de radio

Cuando era niña, un objeto imprescindible en casa era el radio. Había uno encendido de manera permanente en el comedor. Mi padre tenía uno con el que escuchaba la radio en onda corta por las noches, cuando la señal entraba mejor. En la puerta del baño, en un ganchito, estaba colgado uno pequeño, metido en un estuche negro de cuero, que se encendía para oír música mientras alguien se bañaba. Incluso yo, que solo era una niña, tenía un receptor para oír lo que quisiera.
El radio del comedor pasaba encendido en las mañanas con las radionovelas de la Circuito YSR (“… la emisora popular, por su música y novelas, la preferida, tun tun tun, en el hogar”, cantaban en su “single”). Mi favorita era “Chucho el roto”, la historia de Jesús Arriaga, “un hombre que protegió a los pobres y luchó contra la injusticia”, como decía la viñeta de presentación. Estas palabras iban seguidas de un silbido que era característico del personaje y que anunciaba su presencia durante la historia. “El pobre será menos triste si conoce el apoyo y la sonrisa de un amigo”, decía el propio Chucho, en la voz del actor mexicano Manuel López Ochoa.
Cerca de Semana Santa, la YSR transmitía episodios de la vida de los santos y una novela sobre la crucifixión de Cristo. Para Jueves y Viernes Santo, casi todas las emisoras salían del aire, a excepción de Radio Nacional y una que otra estación, unidas en cadena nacional, transmitiendo música sacra todo el día, sin locución, comerciales ni viñetas musicales de ningún tipo, cerrando transmisiones a las 4 o 5 de la tarde.
El radio también nos acompañaba en el carro. Mi padre casi nunca lo encendía, pero si lo hacía, era para escuchar Radio El Mundo, emisora que no me gustaba porque la música era instrumental. Una cuña de dicha radio, en la incomparable voz de Aída Mancía, decía que “la música es el lenguaje del alma”. Estaba de acuerdo con la idea, aunque a mi alma no le gustaba para nada la música de Ray Conniff.
La libertad de contar con mi aparato de radio me permitió hacer mis propios descubrimientos. Uno de ellos fue La Femenina, mi puerta de entrada al rock en inglés en los años setenta. La Radio Mil Ochenta, cuya frecuencia estaba justo a la par de La Femenina, le hacía competencia con rock, pero también con mucho pop, disco y funk.
No sabía lo arraigada en mí que estaba la presencia del radio hasta que comencé mi vida independiente. Lo primero que decidí comprar no fue una cocina o un refrigerador: fue un radio. En Alemania tuve un Grundig con el cual escuchaba BFBS, la estación de las Fuerzas Armadas Británicas todavía estacionadas en Berlín Occidental y que, aparte de buena música, presentaban radioteatros producidos por la BBC. Así escuché “Rebelión en la granja”, de George Orwell, lo cual me llevó a leer después el libro y a convertirme en fanática del radioteatro.
La nostalgia me hacía buscar por las noches emisoras en onda corta. Buscaba programas en español, pero me entretenía escuchando transmisiones de radios en idiomas incomprensibles. Escuchaba, disciplinada, como si lo entendiera todo. Entonces recordaba a mi padre, en el sillón del comedor, sentado casi a oscuras, sacando la antena de su aparato a todo lo que daba para captar mejor la señal de países lejanos y callándonos, molesto, si lo interrumpíamos, mientras ponía la oreja sobre el parlante del aparato.
Cuando viví en Nicaragua, durante los años de la revolución, dejaba el radio encendido casi todo el día. La amenaza permanente de una invasión militar estadounidense junto con los ataques y avances de La Contra, nos obligaban a estar pendientes de las noticias. Cuando en Radio Sandino sonaba un pito intermitente y una voz masculina repitiendo en tono alarmista “¡Última hora, última hora!”, el país entero estaba en vilo.
En Comitán, una ciudad de Chiapas que visité en los ochenta por cuestiones de trabajo, era fácil ir y volver de comprar tortillas escuchando los capítulos de la radionovela “Kalimán”, “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados”, porque mucha gente lo sintonizaba a todo volumen y el sonido inundaba las calles desde puertas y ventanas abiertas.
En La Habana me fascinaba el permanente tic-tac de Radio Reloj, mientras leían noticias, reportajes y cápsulas educativas, interrumpiéndose el locutor a cada minuto para decir la hora: “Radio Reloj, una veintisiete minutos”.
Cuando volví a vivir en el país, hacía la limpieza escuchando Radio Clásica a todo volumen. Trapeaba escuchando a María Callas o el testimonio de Enrico Caruso como sobreviviente del terremoto de San Francisco, en 1906. Pero cuando me fui a Costa Rica durante unos años, no volví a comprar radio. No tener un aparato me desconectó del hábito de escucharla y ahora lo hago en pocas ocasiones. En parte por ello comencé a oír podcasts, aunque la experiencia no es igual. Eso me hizo darme cuenta de que parte del rito de escuchar radio involucra también la relación con el aparato receptor. Mover la aguja por el dial buscando una emisora, lograr el punto exacto de la sintonía, descubrir una estación que guste, escuchar a un locutor con el cual se simpatiza, todo es parte de esas satisfacciones íntimas del radioescucha.
Pese a los podcasts (archivos de audio con formato de programa radial, que se descargan en internet) y los servicios de streaming de música (que han eliminado la presencia del locutor), la radio sigue teniendo una presencia importante. Según las Naciones Unidas, hay más de 2.4 mil millones de receptores de radio alrededor del mundo.
Para los sectores de la población que no tienen acceso a internet o lo tienen de forma limitada, la radio es (y seguirá siendo) una fuente importante de noticias, entretenimiento, educación y comunicación.
Escuchar radio cuando niña me permitió ejercitar otras formas de imaginación, característica imprescindible para un escritor.
Continuaremos en sintonía, pues.

Comunicar y liderar

Liderar y comunicar son dos actividades que se encuentran íntimamente relacionadas. Ambas, si se realizan con la intención adecuada, permiten establecer conexiones transformadoras entre individuos y equipos, así como descubrir significados comunes, que facilitan avanzar hacia un horizonte compartido en el que se obtienen beneficios tangibles para quienes participan de un proyecto u organización.

Desde hace varios años comprendí que había algo que estaba perdiendo vigencia con el concepto generalizado de la comunicación, que en lugar de contribuir con el desarrollo de una persona, o de una organización, estaba bloqueándolo. Ese algo es el excesivo enfoque en lo externo o el confundir la comunicación con la imagen. Si bien un edificio cómodo y adecuado o la presentación limpia y ordenada de los empleados sin duda comunica, es más potente cuando lo que se pretende transmitir está soportado por los comportamientos de un líder y de su equipo. Es decir, la comunicación es más efectiva cuando se manifiesta a través de los comportamientos de las personas y no desde la imagen que proveen las cosas.

La comunicación y el liderazgo han cambiado radicalmente en los últimos años. La inteligencia emocional, la psicología positiva, la neurociencia y el “coaching” están incidiendo fuertemente en estas actividades. Una mejor comprensión acerca de cómo operamos, creamos hábitos y nos transformamos ha puesto sobre la mesa la necesidad de enfocarse y desarrollar habilidades blandas o inteligencia emocional, que permiten a un individuo gestionar sus relaciones de forma eficiente y saludable, acompañando el desarrollo de otros.

Google aportó al mundo empresarial información valiosa acerca de estas habilidades blandas y de su incidencia en el desarrollo de los equipos. En 2009 inició el proyecto Oxígeno bajo la presuposición de que “los jefes ya no eran necesarios”. El estudio recopiló, entre los empleados de Google, más de 10,000 observaciones acerca de los gerentes, y descubrió patrones de comportamiento que convirtió en indicadores para medir y desarrollar, a través de sus programas de capacitación, el óptimo desempeño gerencial y de liderazgo. A la fecha, esta organización reporta una mejora del 75 % en el cumplimiento de los liderazgos y de los equipos, como resultado de su enfoque en esos indicadores.

Según Google y Oxígeno, estas habilidades son: (i) ser un buen coach, (ii) empoderar, (iii) mostrar interés en el éxito y bienestar del equipo, (iv) ser productivo y orientado a resultados, (v) escuchar y ser un buen comunicador, (vi) contribuir con el desarrollo profesional de los empleados, (vii) tener una visión y claridad estratégica y (viii) contar con habilidades técnicas para aconsejar al equipo.

De las ocho habilidades, seis son competencias “blandas”. Y la habilidad número uno, “ser un buen coach”, permite a un jefe o líder desarrollar el resto de competencias: escuchar y mostrar interés, comunicar para conectar, empoderar y contribuir al desarrollo del equipo. Estamos frente a un cambio de época, donde las nuevas generaciones y los desafíos provocados por la tecnología, entre otros, demandan innovación en la forma de liderar, porque no existe una fórmula única para hacerlo, y el mundo tiene muchos avances en ciencia, salud y tecnología, pero hace falta poner ese mismo énfasis de progreso en el desarrollo del ser humano.

Los nuevos liderazgos e individuos con poder para incidir en amplios grupos de personas requieren enfocarse en procesos de transformación que necesitan de tiempo y de confianza, e imprimir una actitud sincera de respeto por la individualidad y la validación del potencial de crecimiento de cada miembro del equipo.

Cuando se aceptan y se ejercitan conscientemente estas nuevas formas de liderar, se abre la puerta a una conexión más profunda y real, y como lo demostró Google, también a un cambio que beneficia a más personas. Sin duda, no es una tarea fácil y requiere cultivar una actitud mental de principiante y un estado permanente de curiosidad, que faciliten la implementación de formas diferentes e innovadoras para gestionar a las personas.

Exponga a un vivo

¿Hacer trampa en la fila? ¿Usar el carril auxiliar? ¿No ceder el paso? ¿Doblar en “u” donde no se puede? ¿Alguna vez ha hecho algo así? ¿Alguna vez ha visto a alguien hacerlo?

La respuesta a la segunda pregunta seguramente es afirmativa, porque en El Salvador existe una especie de regla o cultura implícita instalada que reza “el mundo es de los vivos”. ¡Ay de aquel que no aplique dicho célebre lema! Pues en primer lugar no sobrevive, y en segundo lugar, no forma parte del grupo de “los vivos” y eso es ser el eslabón más débil de la cadena y no gozar de respeto.

Es decir, “los vivos” son una especie de clan, de clase superior, de raza avanzada. Ellos logran olfatear, a kilómetros, cómo salir ganando en cualquier situación a costa de bloquear el paso a otros, hacer trampa, violar las reglas o hacer las propias, sin importar si su comportamiento afecta a un tercero o no.

Por alguna razón, en el comportamiento vial es más fácil detectar “al vivo”. Ahí se manifiestan en todo su esplendor. Quizá la masividad los hace resaltar cuando quieren avanzar por el carril auxiliar, saltándose la fila y exigiendo que los dejen pasar porque como son más vivos, el resto debe adaptarse a sus acciones, se quejan en su interior pero ni modo, es más vivo. O también, cuando no quieren dar el paso, porque eso es igual a ser débil –supongo–, quizá la lógica sea “ve, chis, yo llegué primero” y se acercan más al carro de adelante; evidentemente “son más vivos”.

La cultura del vivo está instalada. El vivo es validado, respetado e imitado. Y por eso, creo que es importante reflexionar en cierto punto: la presencia del “vivo” no tuviese la relevancia que ha alcanzado en nuestro país si no fuera porque existe una especie de oda masiva a este personaje. Es una combinación entre un aspiracional, una meta a alcanzar y una forma de sobrevivencia. Ser “vivo” te da un nivel de seguridad que refleja fortaleza e inteligencia entre tus pares. Al vivo se le avala, se le envidia, se le admira… porque “la sabe hacer”.

Sin embargo, para poder avanzar como sociedad y como país, hay que hacer exactamente lo contrario: al vivo hay que señalarlo, hay que rechazarlo, hay que exponerlo y castigarlo. El vivo -en cualquiera de las esferas sociales en las que se manifieste– no es más que un obstáculo para que las cosas funcionen. El vivo –donde sea que se encuentre– no es más que un abusivo y un aprovechado que, en lugar de salir ganando, hace que todos perdamos, con sus ocurrencias y sus violaciones constantes a las reglas sociales.

Los vivos son peligrosos porque su comportamiento no se limita a las calles. Los vivos están en todas partes: en el trabajo, en el Gobierno, en los hospitales, en las universidades… y en todas partes hacen lo mismo: abusar, creerse por encima de la ley, ser un obstáculo para el desarrollo.

Nos han hecho creer que esa es una forma de vida admirable y aceptable, pero en verdad hemos sido nosotros quienes hemos construido esta suerte de admiración y cuasirrespeto por “el vivo”, que solamente sigue cavando más profundo nuestro subdesarrollo.

Exponga a un vivo y construya patria.

Carta Editorial

En esta edición se nos juntan violencias. Las vemos como la nota roja a la que todo mundo le voltea la cara por “irrespetuosa” de la “dignidad” humana. La vemos como una de las tantas formas que inventamos para separarnos por clases. Y la vemos como la razón por la que se llegan a negar incluso los servicios de educación y salud. Las violencias quitan la vida de diferentes y creativas maneras.
Fernanda Melchor es escritora y es de Veracruz, México. Su origen es indispensable para entrar a consumir su obra. Ella, que creció en Veracruz cuando era un lugar tranquilo, aprendió a ver las muertes violentas que inundaron el lugar desde otro punto de vista. Aprendió que era necesario ver esos cuerpos maltratados porque, de lo contrario, el riesgo de que no importen se vuelve mayor.
Alejandro Gutman es argentino, y es un convencido de que para poder plantear una solución a largo plazo al problema de inseguridad pública es indispensable llegar a las comunidades con una bandera de integración. Sin la reparación de la rota relación entre las comunidades y los centros de estudio básicos, superiores y técnicos, no se puede hablar de paz y estabilidad, ambos tan necesarios para alcanzar desarrollo.
Y a esto se suma todo el calvario que deben vivir cientos de venezolanos que se han visto sin más camino que migrar en las peores condiciones posibles debido a la imposibilidad de conseguir, en su país, un nivel de vida aceptable.
La violencia no siempre es algo que pega o que abre agujeros de bala. También es decidir ignorar algo que daña al prójimo, es negarse a abrir las puertas necesarias para que todos tengamos oportunidad de mejorarnos la vida, es desesperar, segregar, expulsar y limitar.

“Las condiciones de los educadores en El Salvador son totalmente desfavorables”

¿Qué significa para usted la muerte?

La más profunda incertidumbre de todo ser humano, pero inevitable.

¿Cree que es importante tener un empleo estable?

Sí, esa condición genera seguridad emocional (individual y familiar), además de los recursos para enfrentar la vida.

¿Cuál es el mayor problema del sistema educativo salvadoreño

La baja inversión educativa con respecto al PIB (3.3 %), lo que impide contar con los recursos básicos para el proceso de enseñanza-aprendizaje.

¿Cuál es la tarea más aburrida que ha realizado?

Las dinámicas lúdicas.

¿Qué resultado espera obtener con lo que está haciendo?

Fundamentalmente, ayudar a aquellos que se encuentran en peor condición que yo.

¿Cuál es su diagnóstico de las condiciones que los educadores tienen para hacer su trabajo en el país?

Son totalmente desfavorables, la inseguridad del entorno escolar (violencia, delincuencia, drogadicción, extorsiones, etcétera) generan un clima de inestabilidad para los maestros y las comunidad educativa en general.

¿Cuál es su miedo más grande?

No lograr mis propósitos.

Buzón

Buzón

Rumores hacia las vacunas

Fue muy interesante el artículo de la AP en 7S sobre la desconfianza que los brasileños tienen hacia las vacunas contra la fiebre amarilla. Estos rumores se han dado desde hace mucho tiempo hacia estas campañas que buscan evitar enfermedades endémicas. Y esta desconfianza hacia las vacunas tiene razones históricas, como lo que ocurrió en Guatemala entre 1946 y 1948, cuando 1,500 guatemaltecos, sin ellos saberlo, fueron inoculados con sífilis, gonorrea y otras enfermedades de transmisión sexual, como parte de experimentos médicos patrocinados por Estados Unidos. Al respecto, en 2010, el presidente Obama expresó telefónicamente sus disculpas al presidente guatemalteco, a quien le dijo que “es algo chocante y condenable. Es trágico y Estados Unidos, desde luego, se disculpa ante todos aquellos afectados por esto”. Científicos de la época reclamaron que negros, latinos, indios, asiáticos, mulatos, mestizos se convierten en instrumentos de laboratorios, dirigidos y financiados por instituciones médicas de países poderosos económicamente. Durante el nazismo muchos médicos y científicos estuvieron involucrados en experimentos llevados a cabo utilizando seres humanos para sus investigaciones. Además de vacunas, los nazis investigaron, por ejemplo, cuánto tiempo tardaba un cuerpo en congelarse hasta la muerte. Para ello, a las víctimas se les colocaba en una tina con agua helada, desnudos, y a la intemperie a temperaturas menores de cero grados centígrados. Morían inevitablemente. Un científico nazi inyectó a un grupo de prisioneros la bacteria que causa la tuberculosis, con el objeto de encontrar un antídoto para la enfermedad. En muchos casos se mutilaba a un preso para trasplantar sus extremidades a otro. La idea era saber si se podía trasplantar extremidades, pero se hizo de forma tan cruel que muchas personas murieron o quedaron inválidas.
Experimentaban con humanos prisioneros lo que se les ocurría, como buscar una forma de hacer bebible el agua de mar, por lo que se privó de comida y agua fresca a los gitanos y se les obligó a beber solo agua de mar. Muchos desarrollaron graves enfermedades.
Ante el rechazo de algunas personas a las vacunas, recordemos que los rumores son informaciones parciales, falsas o poco contrastadas que se difunden rápidamente en un determinado grupo o sociedad. Son muy frecuentes en las situaciones de peligro, y pueden minar el comportamiento de las personas y el funcionamiento del grupo.

René Alberto Calles
reneca4020@gmail.com


Corrupción, tema de portada

Si algo nos enseña el mapa de la corrupción en cualquier parte y época es que solo liderazgos valientes y resueltos pueden terminar con ese azote. “Una nación comienza a corromperse cuando se corrompe su sintaxis”, ha dicho Octavio Paz. Es básica una buena gobernabilidad como estrategia frontal derivada de la acción coordinada de instituciones de control que reduzcan los espacios para la putrefacción. Esa gobernabilidad dotará a las instituciones de la autoridad necesaria para reflejar no solo la apariencia de legalidad, sino la firmeza ética que nunca va a doblegarse ante funcionarios venales de la corrupción pública o privada, celando además que las instituciones no sirvan de trampolín para el lavado de activos procedentes de sectores oscuros que subvierten las leyes.
Sin ética no hay democracia y las entidades estatales no deben permitir la colusión de infiltrados en las decisiones de país. Elegir la ética como punto de honor y castigar la podredumbre debe ser la consigna de un Estado que ahora es un huérfano de honradez. Las penas deben cumplirse lo mismo para ladrones con fuero, saco y corbata que para empleados de bajo nivel, no es posible seguir con “la justicia que persigue a los pequeños”, como reclama el reportaje de Moisés Alvarado. En una sociedad altamente polarizada resulta bien fácil ver la corrupción en los otros, pero lo que veo a mi lado no lo es, postura que solo eleva los niveles de tolerancia, abriendo las puertas para que funcionarios de alta jerarquía derrochen las esperanzas de los más necesitados; arremeter sin tregua implica un órgano judicial fuerte, independiente e inamovible, lo que por hoy estamos lejos de tener. Cierto es que corrupción hay por todos lados del planeta, pero lo que nos diferencia es la impunidad que se expresa con el velo de la indolencia y el pesimismo para atrapar a los que parecen inasibles. En El Salvador la corrupción no se castiga ni con las leyes ni en las urnas, resulta una paradoja entre “popularidad” de políticos corruptos y repudio por ese flagelo, pero ahí están de nuevo los imputados reelegidos por los mismos que hacen señalamientos. La ruta del escape a la impunidad solo será posible, como queda dicho antes, con un sistema judicial despolitizado, competente y responsable, y no putrefacto como el que tenemos. De otra manera, seguiremos cargando la vergüenza de ese lugar 112, hiriendo la dignidad del salvadoreño íntegro.

Julio Roberto Magaña
jrobertomasa@hotmail.com

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (193)

1579. HOLA, SAN VALENTÍN

Ahí, sobre la mesa, se halla la estampa enmarcada de San Valentín, que trajo alguna vez un pariente mayor, y su presencia ya pasa inadvertida. Pero de un tiempo a esta parte la pareja viene necesitando estímulos inspiradores y ante el enfriamiento de la relación lo primero que toma impulso es la búsqueda de consejo profesional: acudir a un psicólogo parece entonces lo indicado. Hablan y oyen durante varias sesiones, pero no surgen señales de que nada esté cambiando. ¿Habrá que resignarse a que los vínculos se vayan marchitando cada día más? Ese día es 14 de febrero, y toda la propaganda comercial lo hace sentir. Él y ella, sin proponérselo, se encuentran esa mañana frente a la mesa donde está la vieja estampa descolorida, y en ese instante dicen al unísono: “Hola, San Valentín”. Como si aspiraran un aroma sobrenatural. Remedio puro.

1580. LA LUZ DE SANTA RITA

Su vida había entrado en fase de crisis, tal si todo lo que le rodeaba se estuviera poniendo en su contra, sin alternativa. No era una simple sensación, porque los hechos se hallaban a la vista. Entonces todos sus mecanismos anímicos empezaron a fallar. Se fue enclaustrando en sí mismo, como un ermitaño sin escapatoria. Aquello era una trampa mortal. Pero de pronto, y sin que hubiera indicios reveladores, cada vez que cerraba los ojos, una tenue luz se le hacía visible en la profundidad de la conciencia; y esa luz poco a poco iba tomando cuerpo, hasta que apareció la imagen. Era una señora sonriente con una rosa en la mano. Se la ofreció con un gesto. Él vaciló. “No temas, todo va a resolverse, yo soy la abogada de los imposibles. Y esta rosa es la llave para ingresar en tu nueva ruta…”

1581. SAN ROQUE ENTRE LADRIDOS

Vivía en la calle desde que perdió su primer trabajo y no pudo encontrar otro; y como no tenía familiares porque todos fueron desapareciendo sin dejar rastro, el único destino disponible eran las aceras con algún alero. Recogía limosnas y sobrevivía con bocados casi simbólicos. Estaba masticando cuando sintió a la par una presencia anhelante. Era un chuchito callejero, con el que compartió unas migajas, y que desde aquel momento no se apartó de su lado. El indigente se sentía acompañado por primera vez, pero entonces empezó a sufrir una debilidad orgánica sin precedentes. Aquella tarde, ya en la anochecida, el perro comenzó a ladrar con ansia, como si alguien se hubiera hecho presente, y él se puso en ascuas. Ahí se oyó la voz: “No te alarmes, amigo. Soy San Roque, y vengo a recompensarte por la forma en que tratas a uno de los míos”.

1582. JARDÍN DE SANTA INÉS

Aquella jovencita era la más hermosa y la más tímida de todo el vecindario, zona marginal infestada de peligros, como ahora se estila. Todos los jóvenes del lugar estaban detrás de ella, con intensiones posesivas de mala índole. Ella los rechazaba a todos, con un aplomo fuera de serie. Y a alguien muy cercano le confesó: “No me entregaré a nadie que no sea el que me destine la Providencia”. “¿Y cómo vas a saberlo?” “Por la forma en que me mire desde el primer instante”. Pero los días pasaban y no había indicios del elegido, y entretanto los acechos de los demás iban en aumento. Esa tarde, cuando ella volvía del instituto donde estudiaba, un grupo se puso a seguirla. Ella vio enfrente la puerta del jardín público, y ahí se coló. Adentro se topó con uno de los jardineros. Fusión inmediata. La virginidad y el jardín, lazo perfecto.

1583. SAN ALEJO SIGUE EN VELA

Como siempre, la maldad hacía de las suyas en aquel superpoblado ambiente donde nadie podía pasar inadvertido. La inmensa mayoría de los hacinados estaba ahí por delitos menores, pero eso no hacía diferencia. Cuando llegó aquel personaje notorio al haber merecido condena por delito financiero, todos los ojos se volvieron hacia él. “Este va a saber ahora lo que es vivir en comunidad de iguales”, fue la frase viral. Y como entre los reclusos había un presunto experto en magia negra, lo conminaron a que pusiera al recién llegado bajo control. El tratamiento se hizo sentir, pero con efecto contrario. El aludido empezó a mostrar señales de transformación anímica hacia lo sublime. ¿Qué estaba pasando? “No se sorprendan, almas malignas. Yo traje el mejor apoyo: una estampa de San Alejo, que vence a todos los enemigos…”

1584. GRACIAS, SANTA LUCÍA

No tenía idea de lo que aquello podía significar, pero el cuaderno abierto lo había llamado desde el primer momento con apremio familiar. Las palabras quedaban ahí, en testimonio de obediencia, haciéndole honor al aire libre que le rodeaba. Estaba en el campo, en aislamiento voluntario de todas las vanidades urbanas, y a sus amigos, con los que se comunicaba por e-mail, aquello les parecía insólito. “Estás solo, nadie te acompaña en esa soledad, ¿no piensas volver?” “Volver, ¿a qué? ¿A una soledad más profunda rodeado de personas?” “Nosotros somos tus amigos…” “Ya lo sé. Gracias. Pero aquí he encontrado un vínculo superior”. “¿Una muchacha del campo?” “De alguna manera, pero no tiene que ver con ningún vínculo carnal”. “¿Entonces?” “Es Santa Lucía, patrona de los campesinos y de los escritores: mi perfecta alianza”.

1585. SANTA DOROTEA: FLORES Y FRUTOS

Cuando se casaron, ambos compartían criterio sobre la religión: eran ateos confesos, y decían sentirse libres por ello. La vida les fluyó sin dificultades personales, pero cuando tuvieron su primer hijo, que fue una niña, algo se les removió por dentro. Era sentir que aquella niña, radiante como una flor y fragante como un fruto, estaba ahí para acercarlos a la gracia del milagro. Las madres de ambos, fieles y devotas, les hablaron con suave emoción: “Esta criatura nació el 6 de febrero, Día de Santa Dorotea, patrona de floristas y fruteros. ¿Y saben qué quiere decir Dorotea? Regalo de Dios. En nuestro corazón, la niña se llama Dorotea. ¿Están de acuerdo? Si es así, sonrían sin temor…” Ellos no respondieron de inmediato, pero en los días siguientes siempre hubo flores y frutos alrededor de la recién nacida.

1586. EL ALTAR DE SAN BENITO

El diagnóstico fue una interrogante abierta. Estaba enfermo, pero no podía precisarse el mal. Lo enviaron a su casa, con un tratamiento de sostén paliativo. Ni siquiera llegaba a la medianía de la edad, y estaba solo. Sus escasos amigos llegaban de vez en cuando a visitarlo, entre ellos Alicia, que se hacía cada vez más asidua. Un día, arribó con mensaje: “Si los médicos no pueden, el Santo sí va a poder…” “¿Qué Santo?” “San Benito. Aquí traigo su Medalla, que libera de todo mal, y sobre todos de los males desconocidos… Tómala”. Él la tomó entre los dedos y la corriente de claridad le hizo incorporarse.

“Sería una locura dejar que el miedo nos inmovilice”

Alejandro Gutman, fundador de Forever

Su apuesta es por algo a lo que llama integración, que no es otra cosa que reconectar los tejidos sociales para construir comunidades menos homogéneas. Es decir, que los extremos de la sociedad se encuentren en un ambiente que permita el intercambio de manera estable y libre de prejuicios. Los salvadoreños, dice Alejandro Gutman, argentino, “nos estamos perdiendo del gusto de conocernos entre nosotros”.
Gutman, quien hace 15 años instaló en Soyapango un proyecto al que primero llamó Fútbol Forever y luego acortó a Forever, insiste en que lo primero que hay que abrir son las instituciones educativas para que estas sean el escenario de esa interacción entre los que desde siempre se han sentido dueños del derecho a desarrollarse y los que nunca creyeron en la movilidad social como algo alcanzable. “No es lo mismo la universidad para alguien que se cría pensando en ella, que para alguien que nunca la ha visto como algo cercano”, dice. El riesgo que se corre en las calles es significativo, y Gutman reconoce que ha sido la razón para que se realicen cambios de universidad en algunos casos.
Con 1,500 jóvenes en universidades, busca que los políticos y los organismos internacionales hagan propia la idea de la integración y sirvan como puente para conseguir financiamiento institucionalizado al proyecto.

A 15 años de haber arrancado con la Fundación Forever, está en una etapa en la que quiere incluir a más actores. ¿Por qué?
La realidad es que el gran mal que aqueja al país es la desintegración.

¿No es la desigualdad?
Es un paso más profundo que la desigualdad, este es un resultado de aquella desintegración. Pero la desigualdad uno la asocia constantemente con lo económico. Y la desintegración es mucho más que eso.

Pero la desigualdad también incluye un componente de acceso a la educación y las oportunidades.
Lo tiene, pero en general se lo termina asociando con una cuestión económica. Concentrar, como se ha puesto de moda, que en la desigualdad reside el gran problema me parece que es ver una buena parte de la película, pero no toda. Porque la desintegración tiene que ver con todo en la vida, con esa violencia invisibilizada generada por aquellas instituciones que están cerradas y en donde existen carceleros que por uno u otro motivo han cerrado las universidades y el sistema de salud. Han cerrado la posibilidad de trabajar en una empresa y de capacitarse. En El Salvador hay tres tipos de violencia. La primera es la intracomunitaria.

¿Una especie de segregación?
La de los pandilleros que tienen en un muy malvivir a los que residen ahí. La segunda violencia es la intercomunitaria, que para aquellos que viven en una comunidad salir de ella o ingresar a ella los convierte en un blanco de algún acto de violencia, se compromete la vida o sus bienes y el tercer círculo concéntrico es el de estas instituciones que están cerradas a la mitad de la población que no encuentra la posibilidad del desarrollo y de la educación.

Esa también viene dada por la cuestión económica, en el sentido de que las instituciones ponen sus cuotas a un nivel prohibitivo para, como usted dice, más de la mitad de la población.
Esa es una posibilidad, como un ente privado es natural que quiera cobrar. Pero hay maneras de abrir esto, como las que se vienen demostrando, de reemplazar el sistema de becas en el que se premia al mejor, al del 9 o 10 y al resto se le deja con un “siga participando”. Lo que proponemos a las diferentes instituciones de todo el país es un fortalecimiento de la educación. Cuando la universidad se empieza a enredar con el resto de la población que no tenía acceso a esa casa de estudios, se empieza a tejer una realidad mucho más adecuada a la del país. Se forman profesionales para atender y para transformar la realidad del país, la integración los va formando en eso. Porque si nosotros pensáramos al joven con el único objetivo de graduarse, entonces mostramos solo la mitad de la película. Necesitamos formar profesionales para que mañana, cuando doña María vaya al hospital, sea atendida como corresponde. Por gente conocedora de la realidad de la que viene doña María.

¿Cuál es la actitud de las escuelas públicas ante la fundación?
Antes cerraban, ahora están interesadas. Antes había desinterés basado en que para qué iban a querer ir a la universidad, si de todos modos iban a terminar en el mercado informal. Para eso, si hacen la tabla del nueve o la del ocho es lo mismo. Pero ahora empiezan a ver a cientos de jóvenes exalumnos que han abierto un futuro distinto y la escuela empieza a fortalecerse con eso. Empieza a profundizarse y a tener una relación más cercana con la universidad.

Ha sido una reacción basada en resultados.
Claro, les dan más ganas, estar en un ámbito donde uno sabe que tiene un futuro; porque eso es al final el desarrollo, tener la oportunidad de luchar por lo que usted desea. Y ver que puede lograrlo.

Hace cuatro años hablábamos de un acuerdo necesario con las pandillas para que los dejaran trabajar. La situación de la seguridad pública no ha mejorado, el riesgo es todavía mayor. ¿Cómo hacen ahora?
No diría que la situación en ese sentido ha empeorado. Diría que ahora son más jóvenes los que se involucran, y cada vez son más. Son 1,500 estudiantes. Ahora, la violencia pandilleril, con el tratamiento que se le da desde el punto de vista político, es imposible de atacar. Usted no puede tomar un programa aislado y pensar que con eso se va a disminuir la violencia en las comunidades. Eso es utópico. Las comunidades están con una presencia importante de pandillas que condiciona la vida de la gente.

¿Les cuesta convencer a la gente para que integre el programa?
No, no somos nosotros, son los resultados. Ahora hay otros jóvenes, otros maestros, otros directores, han cambiado los padres, los mismos vecinos ven en esto una salida. Y llegan de escuelas de una gran cantidad de lugares del país donde no damos abasto. Cientos de jóvenes semanalmente quisieran entrar en este proceso formativo, pero lamentablemente, es imposible. Lo que es importante entender es que hoy el flujo sociocultural que va por las comunidades es débil, no está fortalecido es un poco el “sálvese quien pueda”, porque no hay una presencia fuerte de los que viven afuera como para que se encuentre un ámbito propicio para el desarrollo. Hoy cualquiera que se destaca lo que hace es crecer hacia adentro.

¿E irse?
Sí, irse. Hay un común denominador entre los que tienen dinero y los que no tienen dinero, y es que todos se quieren ir. Los hijos se quieren ir. Los padres quieren que los hijos se vayan y eso es una gran desgracia. Y cuando a alguien le va bien en algo, no va a contar que le va bien, como haría cualquiera de nosotros con derechos. No dan ganas de contar lo bueno, porque es un blanco fácil.

Presumir es peligroso.
Sí, si no hacemos una red para que la escuela sea una institución más fortalecida, esto no va a cambiar. Hasta que las escuelas públicas no tenga al 20 o 25 % de sus chicos en las universidades o en escuelas técnicas, nada bueno va a ocurrir. Porque a los que les va bien van a seguir siendo minoría y un blanco de los que no consiguen nada. Necesitamos que se involucren los partidos políticos y las instituciones internacionales. Yo no hablo de medidas represivas, porque no entiendo de ese tema y es otra cosa. Hablo de transformar las medidas que se toman y los recursos que se invierten en las medidas de prevención, que son solo pan para hoy y hambre para mañana. Esos programas se acaban cuando el flash deja su luz.

¿Cómo se interviene una comunidad?
Me encantaría poder decirle que los pandilleros van dejando sus vidas delictivas, pero no es así. Los pandilleros gracias a Dios que nos dejan trabajar desde hace 15 años. Son cosas muy extrañas, porque ellos reconocen que lo que quieren es algo bueno, un futuro mejor para los suyos; aunque por el otro lado hagan un enorme daño.

Estamos hablando de gente para la que las fronteras que establecen las pandillas no son imaginarias.
Sí, esa es la violencia social intercomunitaria.

¿Qué es lo que los impulsa a ellos a atravesar esas fronteras para ir a estudiar? ¿Qué respuestas han encontrado ustedes a ese acto que suma tanto riesgo?
Esos son los sorteos del día a día. Tenemos esos problemas.

Ustedes, como institución que anima a cruzar esas fronteras en búsqueda de desarrollo y oportunidades, también son responsables de si algo sale mal.
Pero es que es inevitable. La realidad del país es la realidad del país. Nosotros no vivimos en una burbuja. Los que viven en burbuja son los otros que no se animan a hacer lo que nosotros sí. Estos problemas hay que tratar de sortearlos de distintas maneras. Por eso la familia es fundamental en estos procesos. Lo que apunta usted es real, pero las ganas de estar mejor también. ¿Usted cree que no tienen miedo los chicos? Claro que tienen y los padres también. Pero sería una locura dejar que el miedo nos inmovilice.
Acá también es importante que cuando lleguen a la universidad, no sea una universidad fría, que sea cálida. Y no estamos diciendo que se les ocurra regalar notas. Pero que sí sea una universidad que esté dispuesta a acompañar este proceso. Porque no es lo mismo crecer pensando en ir a la universidad porque es lo que hicieron papá y mamá, o haber ido a una escuela en donde a la universidad se llega casi como si fuera un embudo, que haberse criado en ámbitos absolutamente ajenos a la realidad de la educación a ese nivel.

¿Han cambiado protocolos de seguridad por el aumento del riesgo?
Hemos tenido que cambiar chicos de universidades por casos así. Permanentemente sucede que cuando cambian de buses, ahí están muchas veces los pandilleros para molestar a estos jóvenes que estudian. Claro que es una realidad, pero la gente quiere salir, la mayoría quiere salir.

¿Qué cambió tras la muerte de uno de sus becarios en noviembre del año pasado?
Eso ocurrió en casa de ellos. Pero nosotros, desde el primer día, hacemos reportes.

¿Reportes de qué?
De nuestros coordinadores que trabajan con 1,500 alumnos, más los miles del proceso formativo de escuelas, más los becados.

¿Esos reportes son como un protocolo de seguridad?
No, no, no, no, no, dice cómo van estos, cómo van a aquellos, cómo les va a estos chicos, las dificultades que encontramos acá, cómo está esta empresa, cómo hace la universidad esto, en qué nos está apoyando, qué nos falta, los artistas, etc. Incluyen todo lo que tiene que ver con la integración. Y no hay un día en que no haya alguien que encuentre algún problema en esta ida y vuelta, porque así es la realidad del país, desgraciadamente.
Hay veces en que los padres no quieren que los hijos vayan a alguna universidad, y entonces tratamos de cambiar las rutas, de cambiar las universidades, si se puede, alguna vez han tenido que abandonar.
Esto es de todos los días. Pensar que alguien puede evitarlo de manera aislada es utópico y eso es justamente el llamado de atención que venimos haciendo desde hace varios años. No hay ningún programa que pueda, por sí solo cambiar esta realidad. Si no hacemos un proyecto de integración de país en serio, esto va a seguir sucediendo porque quienes están para delinquir van a encontrar espacios donde no está el Estado presente o no está nadie presente para instalarse.
Y cuantos más vacíos creemos, cuanto más nos alejamos las instituciones, cuanto más vacías se quedan las comunidades, cuando más vacíos son los profesionales que se forman más se deteriora la dinámica social. No es de loco, esa violencia existe, pero hay maneras de sacarla y eso es lo que queremos tratar de explicarle a los políticos y a las organizaciones internacionales.

¿Cómo se gana terreno?
¿Usted cree que yo podría hablar con pandilleros y decirles pórtense bien y ellos me van a hacer caso? Pensar eso sería un loco. Pido que cada ciudadano entienda que es fundamental involucrarse y participar para convertir esto en una verdadera opción y manifestación política de su propio desarrollo y del de todos los que vienen atrás.

¿Por qué pide involucrar a políticos?, ¿contempla el riesgo de que el proyecto se convierta en una bandera propagandística más?
Tengo miedo a la burocracia gelatinosa de los políticos y de los organismos internacionales, porque uno empieza proponiendo una cosa y termina con una figura distinta. Pero si no les mostramos a los políticos el camino para institucionalizar y para que los recursos maravillosos que hay en la sociedad sean para crear integración de país, no vamos a cambiar mucho. O los obligamos o los guiamos de algún modo para demostrarles que este es el camino. Nadie regala nada, es una lucha que hay que hacer entre todos.

¿Tiene alguna manera de vacunar el proyecto en contra de la utilización partidaria?
No podemos vivir sin los políticos para que institucionalicemos esto. Sí debemos consolidarlos de una mejor manera para que cuando lleguemos a ellos y a las organizaciones internacionales esté sólido y no les quede más opción que tomarlo así. Cuando me veo con ellos me muestran gran respeto y admiración, pero no saben nada de esto que se viene construyendo desde hace más de 15 años.

Nuestra clase política no es íntegra. ¿Qué quiere conseguir usted de políticos como los nuestros?, ¿dinero, sedes, impulso para alguna ley?
Ellos son cada día más responsables del statu quo que vive el país, por omisión, comodidad o por lo que sea, no han hecho cambios ante lo que ellos saben que son programas que no impactan. Son tranquilizadores de situaciones. Si ellos empezaran a descubrir el proyecto, paulatinamente van a entender que tienen que hacer esa transformación.

¿Incluso con políticos como el presidente de la Asamblea Legislativa cuyo discurso está lleno de represión?
Eso de represión para todos es una locura, una cosa es la lucha contra los pandilleros y otra es ver de qué manera transformamos las comunidades. El problema de El Salvador no son solo los pandilleros. No es que se terminan estos pandilleros y la vida vuelve a florecer. En la medida en que todo siga igual, habrá otra violencia peor, que es el país que ya está naciendo y que es el país desintegrado, desinteresado de lo público, de lo político y de lo partidario. En una guerra como en la que estamos en estos momentos, me preocupa más que haya gente al mando de programas de prevención que no está preparada para el desarrollo. Tenemos que desatar esos embudos sociales, si no vamos a las causas reales que generan esto, estamos mal. Aquí, los que deberían ser considerados delincuentes son los carceleros que mantienen a la gente alejada de universidades, escuelas y empresas, porque son los que cierran las puertas a que su gente encuentre el desarrollo; porque eso los sacaría a ellos de su posición de privilegio.

¿Qué pasa con los financistas de proyectos como el suyo, pueden llegar también a tener actitudes de carceleros?
No podemos ir pensando en la típica posibilidad de que va a venir un empresario y va a hacer esto o lo otro. Es preferible que ellos se ocupen de arreglar, porque sus planes de responsabilidad social empresarial, que está mal diseñada. Sería mejor que le dieran a su gente, a su empresa y a su pueblo una oportunidad de abrirse hacia la integración.

¿A qué se compromete una empresa que quiere transitar hacia la integración?, ¿a dar trabajo a jóvenes de Forever, a pasar una cantidad de dinero, qué buscan de los empresarios?
Se compromete a facilitar esos procesos formativos de los jóvenes antes de empezar la universidad o las carreras técnicas. Tiene que recibir al chico ocho o 10 semanas. No cuesta casi nada. Y lo qué significa para esa posibilidad de conocer lo que solo habían dibujado por medio del prejuicio es invaluable. La empresa debe dar apertura a pasantías a los que estén en cuarto o quinto año. El objetivo no es que se queden trabajando, como tampoco es que todo lazo se corte después de la semana del proceso. Eso sería como ir al zoológico: se acordará de una buena experiencia y ya. No, esto es una evolución, un aprendizaje que no termina. Y pedimos apoyo económico para que más chicos puedan seguir estudiando.

¿Tras estos 15 años les cuesta más o menos convencer empresas u ONG a que participen?
Este es el tercer año de CEL y estamos muy felices. Ha entrado el BID y ha donado $750 mil que está en un fideicomiso y va a las instituciones. Lo del BID nos va a servir para pagar por un año. De ahí no tenemos más.

¿No tienen para los pagos de universidad o para funcionamiento?
Para pagar todo. Nosotros queremos que el otro año entren 3,500 jóvenes, para eso tenemos que hacer un proceso formativo de casi 5,000, en el que participan padres, vecinos y estamos hablando de 20 mil personas con impacto directo y para eso necesitamos casi $3 millones que son cifras que pueden asustar a muchos, pero es casi nada, los recursos están, los proyectos están, para lo que se está haciendo esa cifra es nada. Si no lo conseguimos, nos vamos a comer una camada de jóvenes por falta de recursos. Si no nos escuchan ahora, iremos a la Asamblea, porque queremos que los 84 diputados nos escuchen y nos entiendan de qué se trata la integración. Pero no con que solo nos escuchen y que con eso nos tengan contentitos. Queremos que hagan algo en serio.

¿Busca ser una ONG de las que reciben parte del presupuesto de la nación?
Es que los recursos que ellos tienen no se pueden descontar. Son muchos cientos de millones de dólares y en conjunto de línea deciden los destinos. El que da tiene sus intereses. Y queremos que vean que usan de manera ineficiente los recursos que no son propios, que son de los ciudadanos. He sido siempre muy respetuoso y no he dicho que se roban la plata, pero se mal utiliza. Hay otras formas de construcción que son más eficientes y que son las que hemos venido probando en estos 15 años.

Venezolanos desesperados y hambrientos llegan a Brasil

Entrada. Una venezolana habla con un soldado brasileño que inspecciona las bolsas de las personas cuando cruzan la frontera con Pacaraima.

Hambrientos y desahuciados, decenas de miles de víctimas de la crisis política y económica de Venezuela están probando suerte en Brasil, un país cuyo idioma no conocen, con condiciones poco óptimas y donde pocas localidades fronterizas los reciben. Muchos llegan débiles a consecuencia del hambre y sin dinero para alojarse en un hotel, para comprar comida o el boleto de $9 hasta Boa Vista, la capital del estado brasileño de Roraima, conocido en los círculos de venezolanos como un lugar que ofrece tres comidas al día.

En docenas de entrevistas realizadas a lo largo de cuatro días, muchos dijeron que en el último año no habían tenido más de una comida al día. Algunos vestían prendas que les venían anchas, tenían la cara demacrada y complicaciones médicas que iban desde niños con sarampión hasta diabéticos sin insulina.

Kritce Montero intentaba calmar a su hijo Héctor, de seis meses, quien lloraba de hambre incluso tras ser amamantado, mientras su familia y otros cientos de venezolanos esperaban para ser procesados en la frontera. Montero, que perdió 26 kilos (57 libras) en el último año al alimentarse solo una vez en el día, viajó con Héctor y su hija de siete años durante 18 horas en autobús desde Maturín, una ciudad en el noreste de Venezuela. Tras pasar la noche durmiendo al aire libre en Pacaraima, una polvorienta localidad fronteriza en el Amazonas, tomaron otro autobús para recorrer 210 kilómetros (130 millas) más hasta Boa Vista.

“Estamos desesperados. Ya no podíamos comprar comida”, dijo Montero, de 33 años, y agregó que hace meses que Héctor no tenía fórmula o pañales.

Aunque los venezolanos emigraron en masa en los últimos años, hasta hace poco Brasil había recibido a relativamente pocos. Cientos de miles se fueron a Colombia, pero las autoridades de esa nación, como otras en Suramérica, están reforzando sus fronteras. Brasil, donde se habla portugués, se ha convertido en la única alternativa, aunque los venezolanos no encuentren muchas comodidades ahí.

Hace poco, Militza DonQuis, de 38 años, estaba sentada debajo de un árbol a un lado de la principal carretera de Pacaraima. En los dos meses desde que ella y su esposo llegaron desde Puerto Cabello, no lograron encontrar trabajo. Sin dinero, no podían tomar el bus a Boa Vista, por lo que dormían en la calle y buscaban comida durante el día.

“Esto es horrible”, dijo DonQuis entre lágrimas. En los dos meses que lleva en el país no pudo enviar dinero a sus hijos de 12 y 14 años que dejó con una hermana, añadió. Ante la imposibilidad de comprar un boleto para tomar un autobús, José Guillén, de 48 años, y su esposa, July Bascelta, de 44, decidieron emprender el viaje a Boa Vista de noche a pie, con sus mellizos de nueve años, Ángel y Ashley, por una carretera rodeada de bosque.

Cuando llegan camiones con comida, cientos corren hacia ellos, peleándose entre sí para conseguir algo de comida antes de que se acabe. Los ánimos se tensan cuando los hombres acusan a mujeres y niños de aprovecharse para recibir raciones extra. El gobernador de Roraima declaró el estado de emergencia para liberar fondos para el sobrepasado sistema de hospitales públicos, donde según las autoridades, ocho de cada 10 pacientes proceden de Venezuela.

Bajo techo. Tres niños descansan en un colchón dentro del gimnasio Tancredo Neves, que funciona como refugio para venezolanos en Boa Vista.

“Dios proveerá”, dijo Guillén al preguntarle cómo se alimentaría la familia durante un periplo que podría tomar cinco días. Tras caminar 6 kilómetros (4 millas), un conductor brasileño paró y aceptó llevarlos hasta Boa Vista, donde la situación es posiblemente más desesperada. Miles de venezolanos viven en las calles de la ciudad. Duermen en tiendas de campaña y en bancos en céntricas plazas, tomaron edificios abandonados o se alojan con docenas de personas más en pequeños departamentos.

En el mayor de los tres albergues de la ciudad, Tancredo, hay 700 huéspedes a pesar de estar equipado para 200. Niños medio desnudos caminan por el antiguo gimnasio mientras grupos de hombres y mujeres hablan sobre sus esperanzas de encontrar trabajo y se preocupan por la familia que dejaron en su país.

Charlie Iván Delgado, de 30 años, contó que llegó a Brasil hace varios meses con la esperanza de ganar suficiente dinero para poder casarse con su novia de la secundaria. Pero cada vez que llamaba a su casa en El Tigre, escuchaba que la situación empeoraba y que sus tres hijos de nueve, cinco y un año siempre tenían hambre. Así que decidió abandonar sus planes de boda y llevar a su familia con él.
“Los niños hoy en Venezuela no piensan en jugar con sus amigos o en lo que querrán estudiar” en la universidad, dijo Delgado, sentado con sus hijos y su pareja en una tienda. “Se trata más de ¿qué voy a comer hoy?”

Aunque el albergue les ofrece tres comidas al día, las perspectivas de la familia son sombrías. Este árbitro de fútbol solo ha podido dirigir un puñado de juegos en zonas rurales a las afueras de Boa Vista, los niños no están escolarizados y es difícil imaginar cómo podrían abandonar el albergue.

Las autoridades brasileñas estiman que en Boa Vista viven 40,000 venezolanos, más del 12 % de la población de una ciudad que ya era pobre y no podía ofrecer muchas oportunidades a sus residentes. La mayoría llegó en los últimos meses, ejerciendo una intensa presión sobre el sistema de salud público, las prisiones y las organizaciones de voluntarios e iglesias que soportan la mayor carga cuando se trata de alimentarlos. Llegan a trabajar por hasta $7 diarios en cualquier cosa, desde la construcción hasta la jardinería, lo que tira los salarios a la baja, señaló la Policía.

Para muchos, ofrecerse a trabajar por menos dinero no es suficiente: varios de los entrevistados contaron que en muchos lugares les dejaron claro que no contratarán a venezolanos. Milene da Souza, quien forma parte de un grupo de voluntarios que sirve comida periódicamente, señaló que muchos brasileños están cada vez más molestos con la situación.

“Brasil tiene ya muchos problemas”, dijo. “Roraima tiene sus propios problemas”. El mes pasado, el temor a disturbios violentos se intensificó cuando un pirómano prendió fuego a dos casas llenas de migrantes venezolanos e hirió a docenas, varios de ellos de gravedad. Un hombre natural de la vecina Guyana fue detenido y, según la Policía, el ataque estuvo motivado por la molestia hacia la comunidad venezolana en la ciudad.

En la Plaza Simón Bolívar (que toma su nombre del líder de la independencia de Suramérica que inspiró la “revolución socialista” del fallecido expresidente venezolano Hugo Chávez), cientos acampan en tiendas o simplemente duermen al raso en el pasto. Cuando llegan camiones con comida, cientos corren hacia ellos, peleándose entre sí para conseguir algo de comida antes de que se acabe.

Los ánimos se tensan cuando los hombres acusan a mujeres y niños de aprovecharse para recibir raciones extra. El gobernador de Roraima declaró el estado de emergencia para liberar fondos para el sobrepasado sistema de hospitales públicos, donde según las autoridades, ocho de cada 10 pacientes proceden de Venezuela.

El mes pasado, el presidente del país, Michel Temer, canceló su agenda durante el carnaval para una visita urgente a Boa Vista. Pero para los residentes, los planes del gobierno federal, que incluyen construir un hospital de campaña en Pacaraima y reubicar a algunos miles en ciudades más grandes no son suficientes. Entre el 1.º de enero y el 7 de marzo de este año, 27,755 venezolanos cruzaron a Brasil desde Pacaraima. Las autoridades estiman que en la actualidad hay al menos 80,000 venezolanos en el país, la mayoría en el estado de Roraima.

Durante una reunión con el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, el mandatario de Brasil, Michel Temer, dijo el martes que la migración de los venezolanos tenía un efecto “desestabdesahuciadoilizador” en otras naciones de Latinoamérica. También el martes, el Gobierno de Estados Unidos anunció que proporcionará $2.5 millones en alimentos de emergencia y ayuda médica a los migrantes venezolanos en Colombia.

Brasil, el país más grande de Latinoamérica, tiene una de las políticas migratorias más incluyentes de la región. Los venezolanos pueden cruzar la frontera con apenas una tarjeta nacional de identificación, un salvavidas para muchos que dicen que obtener un pasaporte en su país se ha convertido en una tarea imposible. Muchos inmigrantes sin identificación pueden mostrar un certificado de nacimiento para ingresar si solicitan y obtienen el estatus de refugiado.

Ser declarado “refugiado” puede ser problemático porque este tipo de migrantes no pueden regresar a su país. El presidente Nicolás Maduro los ha calificado de “traidores”. Pero muchos dicen que mientras Maduro siga en el poder, no tienen razón para volver. Pese al vertiginoso aumento de la inflación y al colapso de muchos negocios, Maduro se ha negado a permitir la entrada de ayuda humanitaria al país. Niega que haya una crisis y sostiene que la ayuda internacional llevará a una intervención extranjera.

“La solución de Maduro es que nos comamos unos a otros”, dijo con ironía Diana Mérida mientras lavaba su ropa en un río de Boa Vista. Mérida, de 34 años y de Maturín, dijo que recientemente envió $3 a su hija de 16 años y a su hijo de 11, lo que les permitirá comprar algo de arroz. Aunque tuvo que vender café durante tres días para reunir ese dinero, fue más de lo que podría haber ganado como vendedora de ropa en su país.

En la Plaza Simón Bolívar, Kritce Montero estaba sentada con su bebé Héctor, que ahora llevaba pañal y pasó los dos últimos días alimentándose con fórmula, todo donado por voluntarios. Han pasado dos días desde que la familia cruzó la frontera en Pacaraima. La primera noche durmió bajo un árbol en la plaza, pero la segunda alguien le ofreció una tienda por el bebé.

“Al menos aquí puedo alimentar a mis hijos”, dijo Montero. “Aunque viva debajo de un puente, estaré bien si mis hijos tienen comida”.

Asistencia. Ciudadanos venezolanos forman una fila detrás de un vehículo que proporciona comidas gratis en la Plaza Simón Bolívar, donde muchos viven en tiendas de campaña en Boa Vista.