Los adultos mayores de un Estado negligente

Beneficiario. Humberto Torres tiene 82 años. A los 13 aprendió el oficio de sastre. Tiene hijos, pero viven en el exterior. Fue operado de los ojos y ya no pudo seguir trabajando.

María es persuasiva y coqueta. Se ríe mucho y sus ojos negros persiguen vivaces cualquier movimiento dentro de su cuarto. Sus amigas dicen que tiene 98 años y otros dicen que tiene 94. Ella no lo sabe precisar. Esta tarde lluviosa está acostada en una cama porque se rompió la cadera y está en recuperación. Cuando ve que un hombre de pelo entrecano entra a su dormitorio, pone en práctica su estrategia. Lo llama para que se acerque, lo toma de la mano, le sonríe y le pide una cosa: pollo frito.

La táctica es recurrente, cuentan. “La Mariyita”, como le dicen aquí, siempre quiere comer lo mismo. Y, aunque lo primero que encuentra ante sus súplicas es un no, el hombre cede y manda a alguien a comprar un pedazo de pollo a un negocio cercano. Él no es un familiar o amigo. Es Rizzieri Luzzi, el encargado del dormitorio público de la Fundación Salvadoreña de la Tercera Edad (FUSATE) de Santa Tecla.

María llegó a este lugar porque se quedó sola. La historia de vida que suele contar es así: Su esposo era soldado en Chalatenango. Ella trabajaba como niñera. Tenían tres hijos. Durante “la guerra de los ochenta” murieron sus hijos y su pareja. Dice que ellos nunca se hicieron una mala mirada y se quisieron “del alma”, que hoy ya se conforma porque ha gozado bastante en la vida.
Que los adultos mayores se queden sin casa o familia no es una situación inusual. De una muestra de 2,000 adultos consultados por el Gobierno, el 46 % respondió que vive solo o con amigos. El 83 % expresó no contar con vivienda propia.

La cifra de adultos mayores en el país alcanza los 808,000, lo que representa al 12.4 % de la población salvadoreña. Se cree que ese porcentaje crece 0.5 % anualmente. Y el grupo etario de adultos mayores que más ha crecido es el de quienes sobrepasan los 80 años. Además, hay cerca de 2,000 personas mayores de 100 años. Así lo asegura la Dirección de Personas Adultas Mayores de la Secretaría de Inclusión Social (SIS).

A pesar de que en la actualidad El Salvador es un país joven, si las tendencias se cumplen, el escenario cambiará en los próximos años. La sociedad está envejeciendo. La SIS explica que actualmente hay un promedio de 16 personas jóvenes por cada adulto mayor, pero, de acuerdo con las estimaciones de la región, en 50 años la proporción será de dos jóvenes por cada persona de la tercera edad.

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Capacidad. La gran mayoría de los beneficiarios del dormitorio son hombres. El centro tiene espacio para 93 personas.

EL ACCESO A VIVIENDA DIGNA NO ESTÁ GARANTIZADO

La Ley de Atención Integral para la Persona Adulta Mayor, publicada en 2002, indica que la vivienda adecuada es un derecho fundamental de las personas. Y no solo eso, reconoce que en caso de desamparo o abandono, le corresponde al Estado la atención de adultos mayores.

Pero la realidad no coincide con el papel. En la práctica, los protagonistas de esta labor son las ONG, las fundaciones sin fines de lucro y las iglesias. Jennifer Soundy, titular de la Dirección de la Persona Adulta Mayor, considera que la ley vigente es débil. Y que eso se pone en evidencia porque la ley “no establece mecanismos de sanción por incumplimiento de los derechos”.

Si se tiene conocimiento de un hogar de ancianos que no cumple con los requisitos de limpieza o cuidado adecuados, Soundy asegura que no existe una manera de que el Consejo Nacional de Atención Integral a los Programas de los Adultos Mayores (CONAIPAM) pueda cerrarlo definitivamente.

“Muchos centros de atención se abrieron sin regulaciones y funcionan sin regulaciones, pero la Corte Suprema de Justicia es muy clara en decir que si se quiere sancionar, eso tiene que estar dicho. Una ley tiene que decir de cuánto es la sanción, el proceso para ponerla y cómo esa persona puede apelar de una resolución sancionatoria. La ley le pone una facultad al CONAIPAN, pero no le da el debido proceso para hacerlo y entonces, por mucho que yo vaya y vea una cosa terrible en un hogar, como CONAIPAM no lo puedo cerrar porque no existe un procedimiento legal para hacerlo”, argumenta la directora.

A su juicio, uno de los logros más grandes del país en términos de legislación es la presentación de la Política Pública de la Persona Adulta Mayor el año pasado. Sin embargo, por su naturaleza, su impacto es más reducido del que tendría una ley nacional y solo las instituciones que pertenecen al Órgano Ejecutivo son las responsables de aplicarla.

Pertenencias. Para mantener el orden, FUSATE brinda a sus beneficiarios un espacio limitado en el que pueden guardar su ropa y los recuerdos de toda una vida.

En 2016 se presentó un nuevo anteproyecto de ley para beneficiar a personas de la tercera edad ante la Asamblea Legislativa. La encargada de estudiarla es la comisión de la familia, niñez, adolescencia, adulto mayor y personas con discapacidad. Casi dos años después de haber sido presentada, la comisión no la ha aprobado. Que el estudio de esta ley va “caminando”, se limitó a expresar el diputado Rodolfo Parker, a través de una aplicación de mensajería móvil. Él es presidente de la comisión y afirmó que la ley se aprobará en la legislatura presente, pero hasta después de las elecciones de alcaldes y diputados.

En un escenario donde ni siquiera el marco legal que protege a los adultos mayores está claro, solucionar el tema de vivienda para ellos no parece ser prioridad. El Estado cuenta en San Salvador con el Centro de Atención a Ancianos Sara Zaldívar, pero en ese espacio, asegura Rizzieri Luzzi, el administrador del dormitorio público de Santa Tecla, solo “llegan personas que ya no se pueden valer por sí mismas”.

La situación es diferente en este centro tecleño. Un ejemplo de ello es Baudilio Miranda, un beneficiario del lugar. Tiene 67 años y sobre el cuello lleva un juego de llaves de las puertas de este centro. Él hace trabajo voluntario en el dormitorio. Tiene un cuaderno donde, a diario, anota quién llega al lugar y el motivo de la visita. Sostiene que desde las 4 de la tarde hasta las 8 de la noche está encargado del portón principal. Terminado su turno, procede a cobrarle $0.50 a los demás beneficiarios. Veinticinco centavos de dólar son por el derecho al uso de baños y los otros $0.25 corresponden al derecho de cama.

“FUSATE es una institución que vive con base en donaciones, huérfana del apoyo estatal”, afirma Luzzi. En este centro los adultos mayores pueden salir cuando lo deseen, siempre que sea de día. Entre ellos hay quienes todavía se encuentran hábiles para realizar una actividad que represente un ingreso económico. Y es que, en teoría, para poder quedarse en este lugar es necesario que las personas sean independientes.

El administrador de este centro asegura que, en realidad, no todos los ancianos pueden conseguir los $0.50 diarios y que, al contrario, la mayoría no los paga. Conseguir esa cantidad no es tarea sencilla en esta etapa especialmente vulnerable de la vida. Por ejemplo, hay un hombre que vende sorbetes en un carretón, pero no sin molestias. Usa unos guantes negros sobre las manos que empujan su venta para protegerse. La escena puede parecer extraña, hasta que él la explica: “El sol me molesta cuando me pega aquí, me salen ronchas”.

En su afán de conseguir monedas para el día a día, algunos venden agua en bolsa en el mercado municipal o en las calles aledañas. Otros piden dinero en la calle, unos comercian medicinas y hay hasta músicos que cobran por tocar canciones en una guitarra. Aunque este centro es ocupado por 93 personas, el administrador asegura que la cantidad de monedas que se recibe como contribución de los beneficiarios es mínima: “A veces son $5, a veces son $6”.

Rizzieri Luzzi asevera que ese dinero se ocupa como caja chica y sirve para pagar la factura del agua para este casi centenar de personas. El administrador recalca: “Aquí veo las necesidades del adulto mayor, que está abandonado. Aquí no existen entidades estatales que se dediquen a favor del adulto mayor”.

“Una ley tiene que decir de cuánto es la sanción, el proceso para ponerla y cómo esa persona puede apelar una resolución sancionatoria. La ley le pone una facultad al CONAIPAN, pero no le da el debido proceso para hacerlo y entonces, por mucho que yo vaya y vea una cosa terrible en un hogar, como CONAIPAM no lo puedo cerrar porque no existe un procedimiento legal para hacerlo”, argumenta la directora.

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SIN EDUCACIÓN, EL FUTURO SE NUBLA

“Ya vas, vas Barrabás, ya vas”, canta un hombre de cabello largo y blanco sobre una tarima. Una mujer con una camisa de estampado de tigre no puede contener la energía y se sube, de manera improvisada, a bailar junto al cantante esta canción de rock and roll. La música suena a todo volumen en el cuartel El Zapote, de San Jacinto. Sobre la tarima está la razón de este salto de euforia entre un grupo de señoras de la tercera edad. Luis López, conocido como “el Monseñor del Rock”, se agacha, toca una guitarra imaginaria, hace muecas rudas con la cara, mueve la cadera, levanta una pierna y recorre el escenario con sus mejores movimientos al estilo de Elvis Presley.

Este miniespectáculo de Luis López se realiza en el festival Acercando Generaciones, un evento de la SIS para celebrar el Mes del Adulto Mayor. Con solo tres canciones Luis López logra animar a su público. Cuando baja del escenario, algunas señoras llegan a saludarlo y a pedirle fotos. Mientras espera para irse del lugar, él comenta que la calidad de vida del adulto mayor “depende de cómo fue su vida cuando joven. Muchos tienen una vida holgada, pero la mayoría de adultos mayores yo creo que están desprotegidos porque no hay leyes que los protejan realmente. No hay instituciones que se preocupen por ellos”.

Reina. María cuenta que fue reina de la tercera edad hace algunos años. En el centro recibe visitas de iglesias y voluntarios que realizan manualidades o brindan plática y compañía a los adultos mayores.

A López se le pregunta si no es una contradicción decir que no hay instituciones que se preocupen por el adulto mayor cuando, precisamente, acaba de cantar en un evento dirigido a personas de la tercera edad. “El Monseñor del Rock” no duda en contestar.

“Este es un dulcito. ¿Cuántos adultos mayores hay en el país? Y mire cuántos hay aquí. Si es que el problema no es de darles un dulcito. El problema es de darles la oportunidad de ser productivos aunque estén viejos. Debería haber talleres vocacionales en todo el país. Y tampoco hablo de eventos. Estoy hablando de una oportunidad real de trabajo. Una oportunidad en la que el adulto mayor se pueda desarrollar hasta que muera”.

A solo unos metros del escenario camina Marta Jiménez, una mujer pensionada de 70 años. Se pasea entre las mesas que se han colocado en este evento dentro del cuartel. Dice que siempre busca mantenerse ocupada y aprender cosas nuevas.

Marta pide algunos folletos de las mesas de información de servicios en este evento y hay uno que le llama especialmente la atención. Es el que se refiere al bachillerato virtual. Cuenta que fue secretaria durante 30 años y que sabe manejar las máquinas de escribir y las computadoras, pero que su pensión no le alcanza para cubrir sus gastos y que consigue vivir con la ayuda que le dan sus hijos. Luego dice que hoy quisiera sacar el bachillerato e ir a la universidad porque nunca pudo conseguir su sueño de ser abogada especializada en derechos humanos.

El Informe sobre Desarrollo Humano 2013 de Naciones Unidas reveló que en El Salvador no existe movilidad social, es decir, que la mayoría de sus ciudadanos permanece en la situación económica de la familia en la que nacen. Romper los círculos de pobreza en cualquier etapa de la vida es una tarea difícil. La educación, por tradición, ha sido vista como la mejor herramienta para salir de esos círculos. Pero conseguirla a una edad avanzada, no es tarea sencilla.
El 31.9 % de los adultos mayores de El Salvador son analfabetas, de acuerdo con cifras oficiales. Y si la población de la tercera edad es de 808,000, eso significa que al menos 257,000 de ellos no saben leer ni escribir. Además, “entre las personas de 60 años y más, la tasa de analfabetismo es 11.7 puntos porcentuales mayor en mujeres que en hombres”.

Esa disparidad sirve para explicar por qué dentro de los círculos de alfabetización para adultos del Ministerio de Educación las mujeres doblan en cantidad a los hombres que se inscriben para aprender a leer y escribir en su tercera edad. En 2016 fueron 2,555 hombres y 4,797 mujeres. El año pasado la tendencia se mantuvo y fueron alfabetizados 2,853 adultos mayores hombres y 5,570 mujeres.

En cambio, la cantidad de adultos mayores que son voluntarios para alfabetizar es muy reducida. En todo el país, durante 2016 hubo 31 hombres mayores enseñando a leer y escribir y 29 mujeres. En 2017 la cifra se redujo aún más y solo fueron 24 hombres y 20 mujeres.

El acceso a la educación influye en los tipos de trabajo a los que las personas pueden optar. Y es ese trabajo el que, en buena parte, define la calidad de vida que tienen los adultos en su vejez. Por ejemplo, las personas que viven en el dormitorio público de Santa Tecla no son beneficiarias de ninguna pensión. Durante sus años productivos la mayoría realizó trabajos de oficios domésticos o servicios informales. Aquí hay sastres, pequeños comerciantes, y entre los pasillos también se escuchan historias de artistas, músicos y futbolistas que al llegar a la vejez no contaron con ningún sistema de respaldo.

Los adultos mayores dentro de un sistema de trabajo formal y sus beneficios son minoría. Desde 2014, en promedio, son 27,000 los hombres mayores de 60 años que cotizan al régimen de salud del ISSS y la cifra de mujeres se queda cerca de los 10,000. La cotización de estas personas representó hasta septiembre del 2017 un 3.72 % de la cifra total.

El Programa de Pensión Básica Universal consiste en una ayuda económica para personas mayores de 70 años que no se encuentran pensionadas. De acuerdo con documentos del Gobierno, esta es entregada a 32,800 personas. El monto que los beneficiarios reciben es de $50. Pero esa cifra contrasta con el precio de la canasta básica que, hasta diciembre del año pasado costó $137.84 en la zona rural y $200.39 en la zona urbana.

El acceso a la educación influye en los tipos de trabajo a los que las personas pueden optar. Y es ese trabajo el que, en buena parte, define la calidad de vida que tienen los adultos en su vejez. Por ejemplo, las personas que viven en el dormitorio público de Santa Tecla no son beneficiarias de ninguna pensión. Durante sus años productivos, la mayoría realizó trabajos de oficios domésticos o servicios informales. Aquí hay sastres, pequeños comerciantes, y entre los pasillos también se escuchan historias de artistas, músicos y futbolistas que al llegar a la vejez no contaron con ningún sistema de respaldo.

Info
Educación y alfabetismo

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Asistencia estatal. La Ley de Atención Integral para la Persona Adulta Mayor asegura que cuando la familia no se responsabilice de sus adultos mayores, el Estado debe garantizar su atención.

EL DERECHO AL BIENESTAR EMOCIONAL

Tener acceso a una pensión por jubilación también significa poder ser beneficiario de otros programas ocupacionales. Implica tener una mayor oportunidad de crear un círculo social amplio y de conseguir apoyo emocional fuera de la familia. Por ejemplo, el ISSS cuenta con siete centros de Atención de Día. Estos son espacios donde los adultos mayores se reúnen y toman clases de actividades como repujado, yoga, baile o telares. Algunos adultos pasan todo el día ahí y se reúnen con sus amigos antes de volver cada noche a sus casas.

El Centro de Atención de Día del ISSS de la colonia Layco, una casa a la que asistían cerca de 100 personas, se quemó a finales de enero. Cuando se visita este espacio, lo único que se encuentra es un portón cerrado y un encargado que cuenta que el incendio ocurrió un sábado -día en el que no había nadie– y que, probablemente, se debió a un cortocircuito.

Ahora los beneficiarios de ese centro fueron trasladados a la cuarta planta del Policlínico Zacamil, donde reciben sus talleres. A diferencia del Centro de Atención, los adultos mayores no pasan todo su día en talleres y platicando con sus amigos. Asisten a una clase que les interesa y regresan a su casa. El hospital les cede el espacio del auditorio y, si los adultos mayores quieren aprender algo, se organizan entre ellos mismos para conseguir maestros y sus propios materiales.

La socialización y que las personas se sientan parte de una comunidad es vital para la salud integral de los adultos mayores. El Ministerio de Salud registró que el año pasado atendió a 13,000 adultos mayores por ansiedad y a 7,000 por depresión. Ese número de atenciones incluso sobrepasa a las que fueron brindadas para tratar padecimientos como la demencia.

El bienestar emocional de las personas de la tercera edad es reconocido como una prioridad. La consulta de la Política Pública de la Persona Adulta Mayor reveló que el principal derecho que los adultos mayores exigen, incluso antes que el acceso a una pensión y vivienda digna, es “el cuidado que deben recibir con amor y buen trato”.

Ingreso económico correcto

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EL SISTEMA DE SALUD PÚBLICA NO ES SUFICIENTE

Sin pensiones. Al menos el 80 % de los adultos mayores del país no tienen acceso a ningún tipo de pensión. Algunos se dedican a trabajos varios e informales para poder sobrevivir.

Ya que la mayoría de salvadoreños de la tercera edad no cuenta con Seguro Social, recibe sus atenciones médicas a través de las redes de establecimientos del Ministerio de Salud. La ley de Atención Integral a las Personas Adultas Mayores reconoció hace 16 años que la atención médica geriátrica es un derecho fundamental de los adultos mayores; sin embargo, este no se cumple.

En El Salvador, una persona de edad avanzada y de recursos económicos limitados no puede recibir tratamiento especializado según su condición etaria. “El ministerio no cuenta con geriatras en sus estable cimientos, hay personal que ha sido preparado con diplomados y cursos en geriatría, pero no especialistas”, respondió la Dirección de Desarrollo de Recursos Humanos del MINSAL a través de una solicitud de información pública.

En El Salvador sí hay geriatras en el ejercicio privado. Estos son médicos que han realizado sus estudios en el extranjero ya que la especialización no existe dentro del país.

Las principales causas de muerte de adultos mayores durante los últimos cuatro años han sido infarto, insuficiencia renal crónica y neumonía. Annette Chicas, médica general y estudiante de una maestría en gerontología en línea, explica que para el tratamiento médico de una persona de la tercera edad “se necesita un doctor especializado”. De acuerdo con la profesional, al no contar con esta atención, “muchas veces se retrasa el diagnóstico y esto entorpece el pronóstico”.

“Hemos tratado de meterlo en varias universidades, no ha habido respuesta”, dice Jennifer Soundy, la titular de la Dirección de la Persona Adulta Mayor de la SIS, y asegura que cuentan con los planes de estudio de una maestría en gerontología. Luego explica que la búsqueda de esa especialización es “un salto cualitativo que tiene que hacer el MINSAL. La SIS no puede asumir los roles de todos los demás ministerios”. Soundy comenta que el año pasado la institución en la que trabaja otorgó 42 becas para un diplomado en atención geriátrica, pero solo 35 profesionales lo completaron.

Soundy denuncia ciertas acciones dentro de los hospitales que, a su juicio, están normalizadas y son violentas para la población de adultos mayores. Habla sobre la sujeción, una técnica que consiste en amarrar a las personas a las camas: “Esta es una práctica hospitalaria terrible. La excusa que le van a dar todos es que es por tema de seguridad. Para que no se caiga de la cama, pero está comprobado que muchas veces la pita con la que amarra puede ahorcar a una persona, puede lesionarla, fracturarla. Es más peligroso el remedio que la enfermedad. Y muchos de estos temas de sujeción no están regulados, o sea, hasta el ordenanza puede atar”.

También considera que otras prácticas hospitalarias de rutina, como la sola entrega del alimento, son insuficientes ante las necesidades de la vejez: “Vaya un día a un hospital y pregunte si les dan de comer, porque esa no es la práctica. Si es alguien que no puede comer por él mismo, dejarle el plato ahí es igual que no darle de comer, ¿no?”.

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CUANDO NO HAY RED DE SEGURIDAD

Joselino Ayala tiene 61 años, una manta gruesa, una mochila y una botella con agua. Eso es lo único que posee. Él duerme en una calle del centro de Santa Tecla. Es de apariencia ruda y cabello enmarañado. Hoy tiene la mirada perdida y está acostado en el suelo con las manos cruzadas sobre el pecho. Le duele una muela. A diferencia de los hogares de ancianos donde reina la música, en la acera donde Joselino duerme solo se escucha el pasar de los buses y los camiones.

Joselino es serio, pero a los 10 minutos de plática, cuando se le pregunta cómo hace para conseguir comida, los ojos le empiezan a brillar. A los pocos segundos, sus ojos no pueden contener las lágrimas que empiezan a acumularse. Joselino sigue hablando. La voz no se le quiebra y mantiene un gesto estoico. “De todos modos, qué voy a hacer, así me toca”, dice.

Él narra que cuando era joven tuvo parejas, pero que nunca pudo tener hijos. Cuenta que desde hace un par de años, cuando murieron sus padres, quedó en la calle. Pero asegura que aquí, en la calle, no le pasa nada. En un par de minutos repite cuatro veces esa misma frase, casi como un mantra.
La población de adultos mayores no está exenta de los golpes, homicidios y violencia sexual que colman los noticieros de El Salvador. La Fiscalía General de la República registró que en 2017 fueron asesinadas 192 personas mayores de 60 años. Además, desde 2014 hasta mediados de diciembre, se tuvo conocimiento de 3,012 adultos mayores denunciando un hurto ante la Policía y 3,096 denunciando amenazas.

“La persona adulta mayor es una de las víctimas más silenciosas de la violencia. Esta se manifiesta desde agresiones físicas y sexuales hasta formas más sutiles, como la negligencia o el abandono”, se asegura en la Política Pública de la Persona Adulta Mayor.

En 2016, una decena de adultos mayores fue evaluada por el Instituto de Medicina Legal por sospechas de violencia sexual. En 2017 la cifra aumentó y fueron 22 las personas evaluadas por el mismo motivo. Las agresiones no paran ahí. Hace dos años esa misma institución evaluó a 641 personas de la tercera edad por maltrato físico y el año pasado la cifra subió hasta rozar los 700.
“Aunado al silencio que generalmente encubre los escenarios de violencia contra mayores, los mecanismos de protección resultan ineficientes, lentos y burocráticos para la protección efectiva”, también se lee en la política.

“La persona adulta mayor es una de las víctimas más silenciosas de la violencia. Esta se manifiesta desde agresiones físicas y sexuales hasta formas más sutiles, como la negligencia o el abandono”, se asegura en la Política Pública de la Persona Adulta Mayor.

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ENVEJECER COMO QUIEN RECOGE FLORES

“En nuestro país no hay conciencia de que va a llegar un día en que todo mundo envejece. Cuando era joven miraba a las personas mayores y pensaba que yo jamás iba a llegar a eso y… sucede”, narra Rizzieri Luzzi, el hombre de pelo entrecano y administrador del dormitorio público de FUSATE en Santa Tecla. A su juicio, faltan políticas que permitan visualizar a la senilidad como un período en el que se recogen los frutos sembrados de una vida entera.

“La vejez es una parte integral e importante de nuestro ciclo como seres humanos, la cual debe ser valorada, como todas las otras etapas de nuestras vidas. La vejez no debe ser sinónimo de pérdida de derechos, sino que debe ser sinónimo de respeto y sabiduría”, dijo Vanda Pignato en un evento realizado para los adultos mayores el 25 de enero de este año. A pesar de los reconocimientos institucionales, El Salvador aún tiene un largo recorrido para reivindicar a sus adultos mayores.

El Estado le ha fallado a sus ciudadanos y en una misma consulta realizada gubernamentalmente, las personas de la tercera edad manifestaron que las entidades a las que les tienen más confianza son las iglesias.

Una de las internas con edad más avanzada del dormitorio público de FUSATE, María, confía también en las iglesias. Estas son las que han procurado sus comidas en el dormitorio durante los últimos años. En este tipo de espacios la principal ayuda no es estatal, sino que proviene de la caridad.

María, quien alguna vez trabajó como niñera, ahora sobrevive gracias al cuidado de otros. Es necia y, así como pide pollo, a veces pide que le ayuden a levantarse y la dejen caminar aunque tiene la cadera quebrada. Y cuando nadie le ayuda porque eso contradice las indicaciones del doctor, se para ella sola e intenta caminar sosteniéndose entre camas y paredes.

Esta tarde lluviosa de febrero está acostada y tranquila en su cama. En su pared hay recortes de corazones rojos y ella está de buen humor. Cuenta que a veces mira en sueños a su cónyuge ya fallecido: “Pero a mi esposo lo revelo como que es un muchachito así… contento. ‘Mirá, amor –me dice–, no te aflijás. Nosotros estamos bien allá. Y dentro de poco vas a llegar vos’. Están cortando flores, flores así, los manojos. Viera qué bonito. Yo por eso no me aflijo”.

Sin vivienda. El 83 % de los adultos mayores consultados para la realización de la Política Pública de la Persona Adulta Mayor dijo que no contaba con vivienda propia en la cual habitar.

El poder de la apatía

Cada vez que hay elecciones, me resulta inevitable recordar a mi padre. Él jamás fue a votar. Alguna vez le pregunté por qué no lo hacía. Me contestó, sin molestarse en levantar la vista de su periódico: “Porque todos son ladrones”.
Para él era un asunto zanjado que no merecía ni el beneficio de la duda. Su apatía era la consecuencia de vivir durante años con fraudes electorales, viendo a candidatos militares del mismo partido político ganando cada elección y a funcionarios corruptos que se enriquecían a manos llenas de las arcas públicas. En domingos de elecciones, mi padre prefería quedarse en casa, con la precaución de abastecernos de comida para 15 días, por si hubiera protestas y balaceras por los resultados de los comicios.
Estamos a pocos días de votar y mi apatía actual es similar a la de mi padre. Ningún candidato, ningún partido político, ninguna propuesta me llama la atención. La campaña política, bastante desabrida por cierto, no me brinda ningún tipo de entusiasmo ni esperanza.
He creído demasiadas veces y demasiadas veces me he visto defraudada. Pongo de ejemplo la Ley de Cultura, promesa de campaña del actual gobierno y que, al ser aprobada en la Asamblea Nacional, terminó reducida a algo muy básico. También pongo de ejemplo la promesa de la pensión y el seguro social para los artistas, algo de lo cual ya ni se habla y que, hasta donde sé, no veremos pasar.
La apatía también es notoria entre los seleccionados a integrar las juntas receptoras de Votos, muchos de los cuales han planteado todo tipo de situaciones para evitar participar en ellas. Esto debería hacernos reflexionar sobre la ausencia absoluta de espíritu cívico a escala nacional. Si esto fuera un país donde las instituciones funcionaran de manera eficiente y donde los funcionarios no abusaran de sus cargos, de seguro tendríamos otro ánimo. Pero es difícil tenerlo cuando pasan tantas cosas equivocadas.
Vemos cómo múltiples funcionarios hacen negocios turbios, se roban millonadas y abusan de su poder con toda impunidad posible. Vemos cómo han incrementado plazas públicas y cómo algunas instituciones dedican la mayor parte de su presupuesto a pagar salarios, mientras el trabajo y los resultados continúan siendo deficientes. Vemos las planillas de candidatos pero aunque hay rostros nuevos ya se sabe que actuarán por obediencia a los mandatos de sus partidos y no por iniciativa o consciencia personal.
En las encuestas de opinión sobre las elecciones, muchos han manifestado la idea de anular el voto. Eso ha hecho surgir una satanización del voto nulo, como algo “antipatriótico”, según le escuché decir a algún candidato. Lo cierto es que anular el voto es una alternativa ciudadana y lo considero el verdadero voto de castigo: no darle mi voto de confianza a nadie; no darle mi aprobación a ninguno; no ceder el poder a nadie para llegar al Gobierno. ¿Cómo, si no, vamos a expresar nuestra profunda rabia y descontento actual contra los políticos? La opción podría ser salir a la calle a manifestarnos, pero la gravedad de nuestra apatía nos mantiene paralizados… por el momento.
Los votos anulados y las abstenciones son una postura política válida, aunque algunos lo califiquen como un gesto antidemocrático. De hecho, el voto nulo o en blanco puede ser tomado en cuenta en los resultados si, junto con las abstenciones, superan el número de votos válidos. De ocurrir esto, se tendrían que repetir las elecciones. Puede verificarlo en el Código Electoral vigente (capítulo IV, De la nulidad; título X, De las nulidades de urna y elecciones, art. 273, inciso D).
Repetir las elecciones con los mismos candidatos sería inútil pero, sobre todo, una tensión presupuestaria mayúscula para el Estado. Aunque en mis fantasías electorales, me gustaría verlo ocurrir. Quizás así, por una vez en la vida, los partidos políticos nos tomarían, a la ciudadanía y nuestro voto, con el respeto y la seriedad que merecemos.
Hay señales de que pronto el sistema partidario y sus rostros comenzarán a cambiar. Un puñado de candidatos independientes se apuntó para estas elecciones, aunque hay que mencionar que se les impusieron muchos obstáculos y al final no todos pudieron ser inscritos. También se anunció ya la fundación de un par de nuevos partidos. Por ello suponemos que la elección presidencial de 2019 planteará novedades, algo necesario para refrescar un panorama político de polarización partidaria y apatía extrema.
Cada vez que hay elecciones recuerdo también la primera vez que fui a votar. Me tocó hacerlo en Panchimalco, después de la firma de los Acuerdos de Paz. Era un domingo soleado y me emocionaba la idea de votar. Mi padre, quien todavía vivía, trató de convencerme de no ir. Le resultó incomprensible que yo quisiera votar. Pero mi emoción era más fuerte que sus argumentos. El fin de la guerra había planteado la posibilidad de que ahora la institucionalidad sí iba a funcionar y tomaría en cuenta a la ciudadanía y sus necesidades. Que la guerra nos había enseñado que de ahí en adelante íbamos a hacer bien las cosas. No hay necesidad de repetir todo lo que ha pasado desde entonces, y que nos ha sumido en la decepción colectiva actual.
Una de las herramientas más importantes que tenemos como ciudadanía para intentar cambiar el panorama actual es el voto. Los políticos lo saben. Por eso nos enamoran con grandes promesas. Pero ya puestos en el poder son como aquellos sinvergüenzas que primero te seducen y después, cuando lograron tu amor, te mandan al diablo y se hacen los que no ha pasado nada.
Todavía no he decidido qué haré el día de las elecciones. Pero de lo que estoy segura es que ya no le daré a ningún candidato o partido el poder de seguirme defraudando. Ya no creo en palabras. Que demuestren con hechos su viabilidad como gobernantes, y quizás después me animo a concederles mi voto.

Límites para reducir la conflictividad

Los salvadoreños somos famosos por ser “buena gente”, amistosos, amables y entregados. Sin embargo, a pesar de esas características, el país está catalogado como uno de los más violentos del mundo. Vamos de un extremo a otro en un péndulo que oscila entre la sonrisa y la “cherada”, el insulto y la violencia. Evitamos decir no por temor al rechazo; rehuimos discutir los temas difíciles porque preferimos ignorar el conflicto hasta que es insostenible y explota. En pocas palabras: no reconocemos nuestros propios límites y mucho menos sabemos cómo expresarlos de forma asertiva a los demás.

Los límites personales son una especie de barrera imaginaria que nos ponemos a nosotros mismos y a otros para proteger y dividir ciertos aspectos de nuestra vida. Por ejemplo, un límite en la familia sería el espacio que le solicitamos a los demás miembros cuando deseamos estar solos. En el trabajo, sería solicitar que se respete el horario establecido y evitar asignaciones fuera de las horas habituales o hacerlo únicamente para casos de emergencia.

Estas fronteras nos permiten ejercer nuestro poder personal y, al mismo tiempo, nos posibilitan gestionar nuestras emociones, así como diversos aspectos de la vida cotidiana. Además, nos facilitan obtener espacios desde donde podemos, en la intimidad, reflexionar, evaluar y realizar ajustes a nuestros comportamientos o simplemente descansar de la actividad extrema.
Es importante reconocer que vivimos en grupos de diferente tipo y que el ser humano aspira a pertenecer, ya sea a una familia, a amigos, a grupos de interés o pasatiempos, a un país, a un trabajo, entre otros. Ese cúmulo de asociaciones da sentido a la vida de una persona, y le ofrece marcos desde donde actuar. Pertenecer es un acto social importante, y para hacerlo muchas veces estamos dispuestos a tomar responsabilidades y tareas con las que no nos sentimos cómodos, que no satisfacen nuestros intereses, y, en el peor de los casos, que nos hacen obviar nuestros principios e integridad.

Y es, precisamente, frente a esos casos que los límites no solo se vuelven saludables sino necesarios, porque nos permiten experimentar control y autogestión. Lamentablemente estamos tan acostumbrados a decir que sí, a evitar el conflicto y a complacer a los demás que ni siquiera nos preguntamos cuáles son y dónde están esas fronteras personales. Preferimos permanecer en la zona de confort frente a deberes y estándares impuestos por otros, aunque estos hayan dejado de ser útiles y nos provoquen malestar y frustración.
Para identificar esos límites es importante dedicarse tiempo a solas y reflexionar sobre ellos. Conocerlos es el primer paso para ejercerlos con nosotros y luego con los demás. Los mecanismos más importantes para descubrirlos se expresan en forma de emociones o sensaciones a través del cuerpo. El cansancio, el enojo sin razón aparente y la frustración son algunas de las señales iniciales que muestran que es necesario establecer un límite. Sin embargo, prestamos poca o nula atención a esas pistas y preferimos acumular el malestar hasta que este es insostenible y surge, sin control, en forma de rabia o de molestias físicas mayores.
Puede ser complicado expresar un no o devolver la responsabilidad de una situación o actividad a quien corresponde, pero es importante sobrepasar la incomodidad y el miedo al rechazo. Decir un no oportuno, cancelar actividades, rechazar responsabilidades que no nos competen es incómodo pero necesario. Los límites son una muestra de respeto para nosotros mismos y también para los demás. Y, sobre todo, una forma de reducir la conflictividad que caracteriza a buena parte de los salvadoreños.

El “millennial” salvadoreño

Dicen que los “millennials” o la Generación Y, conformada por quienes nacimos entre finales de los ochenta y los 2000, aproximadamente, nos hemos tomado el mundo, reinventando las formas de comunicación (desde lo digital hasta el cara a cara). Somos más contestatarios, más “rebeldes”, menos conformistas, disruptivos, innovadores, inquietos.
Nos atribuyen, sin embargo, un excesivo individualismo y egocentrismo expresado en selfis, perfiles en redes sociales y celulares de última generación que cuestan demasiado. Protestamos por todo pero desde la seguridad que nos ofrecen Twitter y los “me gusta” de Facebook. Acumulamos firmas llenando formularios por internet para apoyar causas benéficas en lugares que quizá ni conocemos.
Dicen que trabajar con los “millennials” es difícil porque, aunque somos muy creativos e innovadores, nos desmotivamos con facilidad. Nuestro compromiso con una empresa no supera los dos años y buscamos crecer profesionalmente rápido, pero esperando a cambio excelentes beneficios laborales, flexibilidad en los horarios, tiempo para disfrutar, viajar y un buen sueldo.
Queremos vivirlo todo ahora, que nuestras interacciones con las marcas sean una experiencia de gran calidad, pero sin dañar el medio ambiente. Y si no nos gusta, lo decimos, sin miedo, y lo reproducimos a todos nuestros conocidos en las redes sociales, quienes, además, comentan y discuten con nosotros sin miedo a discrepar.
Además, dicen que somos más incluyentes, que aceptamos la diversidad y a quienes son distintos a nosotros con más naturalidad: gays, extranjeros, tatuajes, piercings y demás no nos molestan ni nos alegran. No tenemos que esforzarnos por “aceptarlos”, porque consideramos que son parte de la sociedad.
Dicen también que para nosotros aquello de las jerarquías no aplica. Las figuras de autoridad desaparecen y se convierten en uno más, al mismo nivel, que puede ser juzgado, criticado y tratado en igualdad de condiciones que uno mismo. Los jefes, los sacerdotes, los maestros y sobre todo los políticos dejan de ser intocables, e incluso están más propensos al escrutinio por su relevancia social como figuras de poder y autoridad.
Para los “millennial”, la transparencia es un valor imprescindible. Esto aplica para la vida personal y para el Estado. Requieren información, buscan políticos distintos, personajes abiertos, menos estructurados, más Obamas –o Nayib Bukeles para llevarlo al plano nacional–, en el sentido de la naturalidad, la cercanía y la interacción a través de aquellos medios con los que se comunican (no sé si aquí entran los calcetines excéntricos, pero bueno).
Y por último, los “millennial” no tienen como prioridad tener hijos. Por tanto, son una generación multitudinaria que se ha convertido en la gran fuerza laboral del mundo y está dispuesta a disfrutar la vida sin grandes responsabilidades, como criar a otro ser humano.
Mi reflexión en torno de todas las características de esta interesante generación tiene que ver con que muchísimos de los integrantes de las maras en nuestro país son “millennial”. Lastimosamente, es imposible decir que calzan con el perfil.
No soy socióloga y no quiero predecir que sea una “generación perdida”, porque El Salvador es más que las maras y, por tanto, el llamado es: “millennials” salvadoreños, hagámonos sentir, somos la generación disruptiva.

Carta Editorial

El compromiso sigue vigente. Esta es nuestra edición número 500 y el texto principal de esta entrega resume bien aquello que desde el inicio nos marcamos como meta. Cada semana buscamos abordar la mayor cantidad posible de aristas de un tema para poder presentarlo no solo con el afán de informar, sino que de ampliar las oportunidades de comprender algo desde la sensibilidad y la exactitud.
Y así es el reportaje de la periodista Valeria Guzmán. Este es un rosario de datos que sirven para ilustrar el tamaño del abandono del adulto mayor y cómo el abuso del que acaba siendo víctima este colectivo –del que tan poco se habla– se ha convertido en algo sistemático.
Pese a que dan cuenta de lo mucho que se ha extendido el problema y de lo difícil que es solucionarlo a corto plazo, los números no producen empatía. Esa viene con los rostros, con la posibilidad de conectar lo macro con la vida de alguien.
Acá hay personas que miran a los ojos a otras y que ponen lo mejor de su talento para narrar lo que esos ojos explican. La de los adultos mayores es una deuda urgente. Es otra de esas injusticias imperdonables que son posibles por un Estado negligente y una sociedad que mira para otro lado.
Desde acá seguimos en el reto semanal de informar, contar, explicar y presentar a nuestros lectores panoramas que no son perfectos, pero que tienen como virtud que son producto de acercamientos a los que les sobra humanismo y respeto indiscutible a la práctica de la confirmación.
No hemos llegado hasta acá solos. Agradecemos a quienes con una confianza inexplicablemente grande nos han abierto las puertas de sus casas y de sus vidas; a todas nuestras fuentes y a los lectores que, en medio de una ola de efusividad por lo rápido y efímero, se mantienen firmes.
Gracias por seguir acá.

“La creatividad es algo intrínseco en todos”

¿Qué resultado esperas obtener con lo que estás haciendo?

Con Creative Mornings quiero tratar de propagar más la idea de que la creatividad es algo intrínseco en todos. Con el proyecto del centro quiero rescatar parte de la estética que fue de este lugar. Con la investigación de la contracultura quiero demostrar que por mucho que la gente trate de darle más relevancia a determinadas ideas y estéticas, la línea siempre se borra y todo se mezcla

¿Cuáles son tus héroes de la vida real?

Martin Luther King, Audrey Hepburn, Eartha Kitt, Prudencia Ayala y José Manuel González por ser amigo y maestro, un paladín de la semiótica y las artes, por ser honesto todo el tiempo.

¿Qué aprendiste de tu peor fracaso?

Que todo en la vida pasa, nada dura mil años y que hay cosas que están fuera de nuestras manos controlar.

¿Cuáles son tus nombres favoritos?

Luca, Morgan, Santiago, Sebastián, Uriel y Banana.

Si pudieras cambiar un problema en el mundo, ¿cuál sería?

Quisiera una raza de seres humanos más compasiva, empática y menos frívola. Me gustaría que las personas tuviéramos un nivel más alto de empatía y tolerancia.

¿Qué te emociona más de tu profesión?

Poder ayudarle a mis alumnos y a las marcas a materializar mejor sus ideas, a dar soluciones a necesidades clave que tienen. Cada marca, cada proyecto, cada clase y cada alumno es un reto y un aprendizaje nuevo para mí.

¿Qué consejo te darías a ti mismo?

Dormite tarde, levantate temprano, pero nunca dejes de hacer las cosas… y peinate. Seguí tus corazonadas, el tiempo ya te va a demostrar que no estás equivocado.

Buzón

Buzón

Acusaciones

Al parecer, la alta jerarquía del Arzobispado de San Salvador duda de la autenticidad de la acusación de pederastia de un ciudadano de Panchimalco hacia un sacerdote de la misma ciudad. Un miembro de esa autoridad de la Iglesia salvadoreña acaba de afirmar que ya trabajan en la restitución del sacerdote Antonio Molina. Independientemente de su inocencia o culpabilidad, a partir de la segunda mitad del siglo XX se ha incrementado el número de denuncias por abuso sexual infantil en todas sus variedades por parte de religiosos católicos. Uno de los casos famosos es del cura Gerald Francis Ridsdale, quien ocupa el lugar de ser el peor cura pederasta de Australia. Se cree que sus víctimas fueron más de cien niños. En su defensa admitió que “el abuso era parte de la obra de Dios”. En Argentina fueron denunciados 62 curas acusados de pederastia. Se informa que la Iglesia no los denunció, sino las víctimas que se animan a contar lo que les pasó, algo que para ellas es un proceso doloroso, y con el temor de la revictimización. Se denuncia que el juicio canónico fue arbitrario, ya que salvo en casos que eran indefendibles o habían tenido mucha trascendencia pública, la expulsión no se concretó.
Muchos adultos argentinos violados cuando eran niños aseguran haberse llenado de vergüenza y culpabilidad porque se preguntaban a quién iban a culpar de lo que les pasaba, más que a ellos mismos. La gran mayoría sobrellevó el silencio durante mucho tiempo, recordando que después de cometerse los abusos, los llevaban a una capilla cercana, y ahí frente a la Virgen los hacían realizar un pacto de silencio y amistad con los victimarios.
En un caso seguido por millones de personas en el mundo, la muerte del cardenal Bernard Law, señalado como encubridor de casos de curas pederastas cuando era arzobispo de Boston, Estados Unidos, hizo revivir el sufrimiento de centenares de víctimas y familiares durante el escándalo que agitó los cimientos de la Iglesia católica. La Fiscalía General de Massachusetts subrayó en el juicio contra Law que los abusos sexuales se extendieron durante más de seis décadas con al menos 237 sacerdotes y 789 niños. De ellos, 48 abusaron de menores mientras Law estaba al frente del arzobispado. Ante las presiones de grupos defensores de los derechos de los niños, la Santa Sede informó que en la última década se han examinado 3,420 casos de abusos a menores, que 848 curas fueron obligados a colgar los hábitos y a los 2,572 restantes se les obligó a vivir una vida de rezo y penitencia en un monasterio. Cantidad increíble, para quienes pensaban que los casos eran fortuitos.

René Alberto Calles
reneca4020@gmail.com


Maquillaje

Hay gente a la que no le gusta ver embarradas a las instituciones en las que confía a ciegas. Una de esas instituciones que todavía convencen a la gente de esta forma es la Iglesia católica.
A pesar de que ya hemos sido muchos los que nos hemos sentido defraudados y hemos pasado a ser parte de los rebaños de otros pastores, esta Iglesia sigue siendo poderosa.
El año en el que estallaron estos escándalos debido a la intervención de Vanda Pignato, la alta jerarquía de los sacerdotes se vio en la necesidad de tomar distancia y resolver. La publicación de la semana pasada a mí me parece importantísima, porque revela que esa manera de resolver no fue real ni es la que se necesita. Fue solo maquillaje, uno malo, porque ni siquiera aguantó las primeras revisiones. Pensaron que con su poder nadie se iba a atrever a protestar, y ahí ven que el sacerdote de Panchimalco no se dejó ni se piensa dejar fregar solo para mantener el buen nombre de la institución.
Les agradezco la valentía de publicar en un país que no quiere ver los pies de barro de estas y de prácticamente todas sus autoridades, porque aquí nadie, nadie, nadie se salva. Todos estamos en el mismo chiquero.

Cristian Salazar
cristiansala7812@.gmail.com


Nuestras raíces

Leyendo la columna del periodista Rónald Portillo, “Raíces en la lengua”, analizo que hoy en día nuestra cultura ha ido cambiando debido a que vamos perdiendo nuestras raíces por la presencia de otras culturas que arrasan con nuestras tradiciones. Se dice que hoy solo un 10 % de la población es indígena, y es de considerar que todas las expresiones culturales deberían ser retomadas e inculcadas a los salvadoreños, aunque hayan nacido en el extranjero; esto para que las tradiciones predominen y estén presentes donde se encuentren.
Nuestras raíces deben de ser transmitidas de generación en generación para que nunca se pierdan, y así continuar con el legado de nuestros antepasados. La transculturación nos afecta con los nacidos en otro país en vista de que los padres no forjan en sus hijos la continuidad de las costumbres, debido a que en el país todo se imita y es difícil que se fomente la lectura. Hay que promover más el hábito del buen habla y que el canal de televisión nacional enseñe más el idioma. En otros países se viaja gratis si se va leyendo un libro. Como ejemplo, en el idioma inglés se respeta la pronunciación y la escritura, y lo hacen por respeto a su lengua.
Qué más se puede esperar si los padres no inculcan a sus hijos la identidad en cuanto a la comida, el lenguaje, el vestir, el dinero. Todo esto se ha perdido por la falta de valores necesarios para vivir en armonía.

Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (191)

1563. DESDE EL PISO 11

Abrió la cortina ya cuando la mañana estaba ahí. Afuera, los altos edificios recientes alternaban con las pequeñas construcciones antiguas. Para él, contemplar ese espectáculo vertical había sido siempre, desde que llegó desde las planicies del Oeste, una especie de aventura imaginativa, que se renovaba cada noche en el convivio de las ventanas iluminadas. Ahora estaba, sin embargo, invadido por la nostalgia coruscante, y tal sentimiento repentino de seguro tenía que ver con la primera nevada del invierno, que llegaba esta vez con una suavidad envolvente, como una invitación a salir al cielo abierto. Y ahí, tras la ventana, aparecía de pronto la cabalgadura ideal: un corcel de alas extendidas, que lo invitaba a escapar con ilusión infantil.

1564. MÚSICA SACRA

El verano del trópico le entrega al aire todos los días una flor diferente. Aquel día, cuando él abrió la ventana para recibir los efluvios de la estación recién iniciada, un ansia de recogimiento le hizo temer que algo pudiera estar pasando en su organismo o en su mente. Para tratar de definir si algo de real había en aquella sensación, salió al entorno donde todo fulguraba. Era domingo y las calles estaban casi desiertas sobre todo en aquella hora tempranera. De pronto se encontró frente a un jardín que no recordaba haber visto antes, y tuvo el impulso repentino de entrar por la verjita entreabierta. Ya adentro, el jardín pareció envolverlo en un abrazo fraterno. El aire parecía un coro de murmullos sagrados. Se arrodilló, y al hacerlo una corola viva le cayó en la coronilla. El verano y el aire estaban a su lado.

1565. QUE HABLE EL VIENTO

Salió a caminar por las calles recién anochecidas en busca de la música que necesitaba para dejarle su mensaje a la muchacha recién descubierta. Él acababa de instalarse en el lugar, y lo hizo porque solo ahí encontró una habitación costeable; ella era originaria del barrio, del que nunca había salido. Se cruzaron, se vieron, y él quedó prendado en el instante. Entonces se dio cuenta de que no tenía ninguna idea de la ubicación de ella, y de que ni siquiera sabía su nombre. Pasaron los días, y no volvió a verla por ninguna parte. Aquel anochecer salió con un presentimiento, que tampoco tenía forma. Iba por ahí cuando creyó escuchar un silbido no identificable. Lo siguió, y muy pronto la distinguió a ella, sonriéndole desde una banca del parquecito vecino. Se acercó, y en ese segundo la ráfaga los envolvió, ilusionada.

1566. LA PIEZA DEL FONDO

Era un albergue para personas sin arraigo y en él había ido a vivir cuando sus parientes se dispersaron por distintos motivos y razones. Le dieron a escoger la habitación que le resultara más conveniente, y él escogió la que estaba al final de la casa, limítrofe con el predio baldío que daba a la quebrada. Los encargados se la asignaron de inmediato, porque era el espacio menos apreciado. Desde su primera noche en el lugar se sintió como si estuviera en la mejor estancia imaginable, y apenas salía de ella. Cuando le llevaban los alimentos, los recibía, y de inmediato volvía a cerrar la puerta. Uno de los encargados del albergue le preguntó un día, a través de la rejita disponible, si se sentía bien. Él respondió en un murmullo: “En la mejor compañía: la maleza viva y el agua que corre. Ojalá que así sea la eternidad”.

1567. REENCUENTRO HÚMEDO

Todo empezó a pedir de boca, y por eso los besos edulcorados eran el sabor de cada día. Y lo que se auguraba era que la convivencia recién iniciada se mantendría en ese tono y seguiría así en el tiempo por venir. Pero la sal de la convivencia empezó a hacer lo suyo, aunque ninguno de los dos lo manifestara en forma identificable. Los amigos pensaban que se había extinguido la pasión, y que debajo de ella no había quedado nada. Hasta que un día nublado, de lluvia constante, ellos dos solos en la casa se miraron desde sus respectivas poltronas, con el televisor enfrente. “No me gusta esa película”. “A mí tampoco”. “¿Y entonces?” “Apaguémosla y salgamos a caminar”. “Pero si está lloviendo…” “¿Y eso qué tiene? La humedad es más dulce que la sequedad”. Se rieron como no lo habían hecho al unísono desde hacía largo tiempo. Era la mejor invitación al beso.

1568. AMOR A PRIMERA SED

Se conocieron en un parque ya casi abandonado porque el vecindario había venido a menos y los moradores solo tenían tiempo para el trabajo y para el reposo. “¿Hace poco que estás viviendo aquí?”, le preguntó él a ella. Y ella le respondió: “Aquí he vivido toda mi vida”. Él manifestó sorpresa sonriente: “¿Y eso? ¿Cómo es que nunca nos habíamos visto antes?” “Quizás porque usted es ermitaño y yo casi nunca salgo a la calle…” “Ah, entonces tenemos una afinidad muy grande. Yo trabajo como investigador virtual, y solo salgo cuando tengo que comprar alimentos y bebidas”. “Yo soy costurera de oficio y paso en mi máquina. Solo salgo a lo mismo: por agua o por comida”. Ambos se rieron, mirándose intensamente a los ojos. “Ah, pues ahorita tenés sed”. “Y vos también”.

1569. CRUCE DE ANHELOS

La familia entera estaba entre los cientos de presentes que esperaban familiares que venían en los vuelos procedentes del Norte. Cuando se anunció el arribo de la nave, las emociones se pusieron de manifiesto. Fueron saliendo los viajeros, y las escenas sentimentales se repetían. De pronto, dejaron de salir. Los que lo aguardaban a él se miraron entre sí, con la ansiedad a flor de piel. ¿Dónde estaba el que de seguro llegaría aquella noche? ¿Y qué hacer para averiguarlo? Fueron a preguntar a las oficinas de la línea aérea. Ahí les dijeron que había viajado, que había recogido su equipaje y que había salido. Entonces, al regresar a la salida, lo vieron ahí, impávido, como si los años no hubieran pasado desde que se fue. Se les acercó: “Por fin los encuentro. ¿Dónde estuvieron todo este tiempo? Vine mil veces a esperarlos…”

1570. PASIÓN DE SABIO

Cuando concluyó sus estudios, las credenciales académicas obtenidas le proveyeron muchas posibilidades de empleo inmediato. Presentó múltiples solicitudes, pero ninguna prosperaba. Al principio creyó que era lo natural en estos tiempos, pero después le fue entrando la ansiedad de saber qué pasaba. Tomó unas vacacioncitas apaciguadoras. Se fue a un refugio en la montaña, y ahí se sintió liberado. Ahora lo sabía: su verdadera profesión era el silencio. Una profesión sin límites que solo necesitaba unos bocados al día. La clave estaba en sobrevivir en libertad.

Más de 1,800 muertos por violencia armada en EUA solo en 2018

Víctimas. Entre los 17 muertos en la masacre de Parkland, hay 14 estudiantes y tres empleados de la escuela.

Daniel Journey estaba en clase de música ensayando con el fagote, su instrumento musical de viento, cuando escuchó una alarma. “Pensamos que era un simulacro de incendio, dejamos de tocar y salimos al pasillo. Pero inmediatamente nos gritaron que nos metiéramos dentro del salón otra vez. Entonces creímos que era un simulacro de tiroteo. Otros alumnos entraron. Éramos unos 70, todos recogidos hacia el final del aula. Estuvimos unos 20 minutos ahí parados pensando todavía que era un simulacro. Hasta que un compañero nos enseñó su teléfono y vimos que estaban matando gente en la escuela. Ahí empezaron los gritos”.
Daniel, de 18 años, alto y espigado, explicaba a las 9 de la noche en las cercanías del instituto Stoneman Douglas la experiencia de terror que había vivido en carne propia horas antes. Sacó su teléfono y mostró el video que grabó del momento en que las fuerzas de asalto policiales entraron a rescatarlos. Era un escenario improbable. Los estudiantes levantando las manos. Los sobrios atriles con las partituras abiertas. Los diversos instrumentos posados con orden en el suelo. Los agentes empuñando metralletas, preguntando si había heridos. Era el escenario de una pesadilla escolar. La que provocó el miércoles de San Valentín un joven llamado Nikolas Cruz. El escenario de una pesadilla americana.

Armas en casa. El 30 % de la población adulta es propietaria de alguna pistola o fusil, el 36 % no posee ahora pero afirma que podría hacerlo en el futuro, y tan solo un 33 % lo descarta.

El 14 de febrero de 2018 quedará marcado como una nueva fecha fatídica en la incesante historia de las masacres por arma de fuego en Estados Unidos. Ese miércoles fue Parkland, una localidad de Florida de unos 30,000 habitantes que por la noche –haciendo excepción de la Policía y sus luces, de los medios de comunicación desplegados, del hélicoptero que pasaba de vez en cuando por el aire– había regresado a su estado natural. Un lugar tranquilo, acomodado, donde se pueden contemplar nítidas las estrellas por la noche mientras suenan alrededor los grillos.
Las boyantes viviendas unifamiliares próximas al instituto se veían como se pueden ver cualquier día de semana corriente. Resguardadas tras las vallas de sus urbanizaciones privadas con caseta de seguridad. Algunas a oscuras, otras iluminadas. Grandes pantallas de televisores brillando en las salas de estar. Eso era esta noche el entorno de la secundaria Stoneman Douglas, a la que impedía aproximarse más la policía; la escuela de Parkland donde Cruz asesinó al menos a 17 personas armado con un fusil de asalto. Por la noche, él estaba detenido. Y Daniel lo recordaba.
—Lo conocía hace años, pero nunca fuimos amigos. Siempre andaba activando las alarmas en la escuela, desde que tenía 13 o 14 años.
—¿Hacía sonar las alarmas?
—Sí, lo hizo muchas veces.
—¿Por qué?
—No lo sé. Solo sé que hacía eso. Estaba loco. Es un tipo que acabó matando a 17 personas.
Cerca de ahí, unos minutos más tarde, llegaba a un supermercado Ernesto Robles, de 59 años. Contaba que su hija Angie, una adolescente que estudia en otro colegio de Parkland, había estado recibiendo mensajes de su amiga Emily durante la masacre. “Mi niña me llamó por teléfono y me dijo: ‘Papá, Emily me está texteando y me dice que en su escuela están matando gente a tiros’. Gracias a Dios que Emily se pudo esconder y sobrevivó”, dice Robles. “Ahora Angie hace unas horas que no habla con ella porque la mamá la metió en casa y no quiere que hable por teléfono. Para que se calme la pobre”. Este vecino dice que la amiga le habló a su hija de Nicolás Cruz tras la masacre. “Dijo que era calmadito, pero que era un muchacho que siempre andaba solo y debía de cargar mucha rabia por dentro”. Antes de continuar hacia el súper, Robles dijo: “Hay un chamaquito latino que están buscando. No saben aún si está vivo”.
En adelante, desde este jueves, 15 de febrero de 2018, día después de la sangría de Parkland, Cora Journey, de 51 años, madre de Daniel, piensa darle un beso a su hijo cada mañana antes de que salga de casa. “Después de algo así, todo cambia. Lo ves todo de otra manera”, suspiraba. Supo del tiroteo trabajando en su oficina. Llamó a Daniel. Daniel no respondió. Escribió a Daniel. Daniel no respondió. Pasaron 10 minutos. Cora Journey, en su oficina, rompió a llorar. Cada minuto que pasaba, cada segundo más bien, la angustia crecía en su pecho como una bomba a punto de explotar. Cuando entró el mensaje de su hijo –Estoy bien. Estoy escondido–, la bomba se desactivó como un soplo instantáneo. Cora Journey solo acierta a decir una palabra para expresar qué sintió esos 10 minutos: “Muerte”.
Daniel Journey transmitía la serenidad del que aún no se ha alejado lo suficiente de un abismo de miedo e irracionalidad. Del que vio pasar a su lado algo tan terrible que no se puede concebir. “Imagino que mañana o en los días que vienen me daré cuenta de lo que pasó hoy”, dijo. A esas horas ya se había enterado de que tres amigos que conocía desde que llegó a la escuela habían sido asesinados.
Mientras el estudiante vaya digiriendo la barbaridad que le tocó vivir, podrá ver en sus redes sociales durante unos días el cíclico pico de debate americano sobre las masacres y los problemas del fácil acceso a las armas. Él dice: “Esta vez tiene que haber una gran discusión. No puede ser que un chico de 19 años pueda agarrar un rifle de asalto y plantarse en un instituto disparando a la gente”.

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Actos generosos. En Parkland, el entrenador de fútbol americano murió haciendo de escudo humano.

LAS ESTADÍSTICAS SON UN DURO GOLPE de realismo detrás de la epidemia de violencia armada que sacude sin fin a EUA. En el primer mes y medio de 2018 han fallecido en ese territorio 1,816 personas por violencia armada, según los últimos datos del registro de la organización Gun Violence Archive. Eso equivale a una media de 40 muertos al día.
En escasas seis semanas, otras 3,125 personas han resultado heridas por disparos. Ha habido 30 tiroteos masivos, que reciben esa consideración cuando hay al menos cuatro muertos. La organización no incluye en sus estadísticas a los fallecidos por suicidio. Dentro de esos parámetros, la entidad estima que 15,590 personas murieron por armas de fuego en 2017 en la primera potencia mundial.
La avalancha de muertos por violencia armada convierte a EUA en una anomalía en el mundo desarrollado. No hay una cifra exacta de cuántas armas de fuego hay en manos de civiles en el país, pero se calcula que son unas nueve por cada 10 ciudadanos. Es la proporción más alta del planeta. El Servicio de Investigación del Congreso calculó, en un estudio de 2012, que tres años antes había unos 310 millones de armas. La población estadounidense es de 321 millones de habitantes.
La Constitución estadounidense ampara el uso de las armas de fuego, que muchos consideran parte del ADN nacional. Sus defensores recelan de cualquier cambio que dificulte la compraventa por una combinación de temor al intervencionismo del Gobierno y la creencia de que las armas son necesarias para defenderse. El presidente Donald Trump y los republicanos defienden esa posición. Cada matanza acentúa la brecha con el colectivo que opina lo contrario: que para atajar la epidemia de violencia lo que hay que hacer es limitar el acceso a pistolas y rifles.
El ritual se repite tras cada matanza en los últimos años. Inicialmente, impulsado sobre todo por políticos demócratas y organizaciones sociales, se reabre el debate sobre un mayor control a las armas de fuego. Pero se tarda poco en que el debate decaiga por la falta de consenso entre los legisladores propiciado por el rechazo de muchos políticos conservadores y la presión del poderoso lobby de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas inglesas).
El último cambio legal significativo en todo EUA es de 2007, cuando se amplió la prohibición de venta a personas con trastornos y delincuentes. Las mayores restricciones en los últimos años las han impulsado los estados.
En un primer momento, la muerte en 2012 de 20 niños y seis adultos en una escuela de Connecticut pareció un punto de inflexión. El entonces presidente, el demócrata Barack Obama, propuso extender el control de antecedentes, prohibir los rifles de asalto y limitar el número de balas. Pero no logró los votos suficientes en el Congreso.

Supo del tiroteo trabajando en su oficina. Llamó a Daniel. Daniel no respondió. Escribió a Daniel. Daniel no respondió. Pasaron 10 minutos. Cora Journey, en su oficina, rompió a llorar. Cada minuto que pasaba, cada segundo más bien, la angustia crecía en su pecho como una bomba a punto de explotar. Cuando entró el mensaje de su hijo –Estoy bien. Estoy escondido–, la bomba se desactivó como un soplo instantáneo. Cora Journey solo acierta a decir una palabra para expresar qué sintió esos 10 minutos: “Muerte”.

Tampoco cambió nada la muerte de 49 personas en 2016 en una discoteca de Orlando, en ese momento el peor tiroteo múltiple en EUA. Un simpatizante yihadista empuñó un rifle semiautomático. Resurgió el debate sobre la prohibición a la venta de esos fusiles, que se había levantado en 2004, pero superada la conmoción y varios votos fallido, el impulso reformista decayó.
Y tampoco ha alterado suficientemente las conciencias de los legisladores nacionales la muerte de 58 personas en octubre pasado en Las Vegas, el peor tiroteo de la historia del país. Un hombre abrió fuego desde la ventana de su hotel a los congregados en un festival de música country. Tenía una veintena de armas y trucó algunas de ellas para hacer que los rifles semiautomáticos dispararan con la potencia de un automático. En los días posteriores a la matanza, la cúpula republicana del Congreso e incluso la NRA apoyaron dificultar la venta del objeto utilizado para alterar los rifles, pero el debate se ha difuminado desde entonces.

Probablemente, esta vez será como siempre. Habrá debate. Se apagará el debate. Y sin embargo dentro del estudiante Daniel Journey, y otros como él, el trauma seguirá vivo. Talvez siga demasiado vivo la próxima vez que haya una matanza en una escuela o en cualquier otro punto de Estados Unidos. En un suburbio acomodado como Parkland o en un pueblito pobre y somnoliento como Sutherland Springs (Texas), donde el pasado 5 de noviembre otro tipo problemático, este llamado Devin Patrick Kelley, de 26 años, entró en una iglesia baptista y se llevó por delante a tiros a 26 personas
Volverá a ocurrir y volverá el debate y volverá la policía a asegurar escenas del crimen y los periodistas a rondarlas. Y en el trasfondo de todo, repicará siempre el mismo sonido. Ta-ta-ta-ta-ta. Y no. No será un simulacro. Será esto: una vez más.

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DE LA MATANZA DE PARKLAND ha emergido una figura heroica. Herido otra vez por su cara más amarga, la violencia enfebrecida de individuos con armas de fuego, EUA ha señalado el envés de la moneda en la figura de uno de los asesinados en el instituto: Aaron Feis, el entrenador de fútbol americano de la escuela que se interpuso entre Nikolas Cruz y dos alumnos. Él recibió los balazos y murió tras ser trasladado al hospital. De 37 años, casado y con una hija, era muy querido por los estudiantes.
Hace poco más de una semana, la policía local publicó la lista completa de las víctimas mortales. Son 14 estudiantes de entre 14 y 18 años y tres empleados, ocho mujeres y nueve hombres.
Los otros dos adultos asesinados son Chris Hixon, de 49 años, director de atletismo del instituto, y Scott Beigel, de 35, profesor de Geografía. Beigel tuvo la valentía de abrir el aula donde se encontraba para permitir que entrasen más estudiantes. Cuando estaba cerrando de nuevo, Cruz le disparó.
Siete de los alumnos muertos eran de primer año. Tenían 14 años:

Alyssa Alhadeff, una chica extrovertida que jugaba en el equipo de soccer (fútbol) y que el martes había hecho un gran partido, según su madre, “el mejor de toda su vida”.
Alex Schachter tocaba el trombón en la banda escolar y es descrito por su padre como “un encanto de niño”. Extrañaba a su madre, quien falleció cuando él tenía cinco años. Un hermano suyo sobrevivió al tiroteo.
Cara Loughran, cuya muerte lloró su tía Lindsay en Facebook: “Esto no le debió haber pasado a nuestra sobrina ni debe pasarle a otras familias”. Era un estudiante destacada que adoraba ir a la playa.
Gina Montalto, quien estaba en un grupo femenino de coreografía. “Mi corazón está roto en pedazos”, escribió uno de sus instructores. “Era el alma más bella que he conocido”.
Martín Duque. Su hermano Miguel posteó este jueves: “No tengo palabras para describir mi dolor. Te amo, hermano, y siempre te extrañaré”.
Jaime Guttenberg. Fred, padre de esta estudiante, anunció la muerte de su “bebé”. “Estoy destrozado e intento pensar cómo mi familia va a conseguir superarlo”. Jaime tenía un hermano, Jess.
Alaina Petty. Su tía abuela Claudette escribió: “No hay hashtags para momentos como este. Solo tristeza”.
Dos de los estudiantes tenían 15 años:
Peter Wang, “el típico niño que se haría amigo de cualquiera”, dijo su prima Lin Chen. Estaba enrolado en un cuerpo de adiestramiento promovido por las Fuerzas Armadas para ayudar a formar estudiantes. El día de su muerte vestía el uniforme. Su primo Aaron Chen, un año mayor y preocupado por protegerlo del bullying, dijo que Peter abrió una puerta para que otros compañeros pudieran escapar.
Luke Hoyer. Murió en la tercera planta de la escuela. Su tía Mary escribió: “Nuestro Luke era un niño precioso que ayer simplemente fue a la escuela sin saber lo que le esperaba”. Admirador de los cracks del baloncesto LeBron James y Stephen Curry. Las últimas Navidades las pasó con toda su familia en Carolina del Sur. Dicen que, como era habitual en él, no paró de contar chistes e historietas.
La única víctima mortal con 16 años es Carmen Schentrup, quien en 2017 fue semifinalista de un concurso nacional de talento escolar.
Tres alumnos tenían 17 años:
Joaquín Oliver, natural de Venezuela. Llegó a EUA con tres años y era ciudadano americano desde el año pasado. Era muy apegado a su madre y a su hermana. Su novia, Victoria, confirmó su muerte. Como muchos no sabían pronunciar su nombre en español, le quedó el alias “Guac”. Deportista y lector. Jugaba en un equipo de baloncesto de Parkland y le encantaba escribir poemas en un cuaderno.
Helena Ramsay. Curtis Page Jr., un conocido, escribió de ella: “Era una chica inteligente, con buen corazón y considerada. Era una chica amada y que amaba todavía más”.
Nicholas Dworet. Excelente nadador, tenía garantizada una beca para ir a estudiar y practicar su deporte en la Universidad de Indianápolis. Quería ser fisioterapeuta. Jason Hite, entrenador de natación de esa universidad, ya lo esperaba. Dijo que proyectaban que llegase a ser el líder de su equipo.
Por último, la única víctima mortal con 18 años: Meadow Pollack. Planeaba ir a la Lynn University, en Florida. Su padre, Andrew, dijo que era “increíble” y con “mucha fuerza de voluntad”. Trabajaba en el taller de reparación de motos de la familia de su novio. Su amiga Gii Lovito pidió una oración por esta “chica asombrosa”. “Creció conmigo y se convirtió en mi mejor amiga”, agregó.

En el último Black Friday, ese famoso día de descuentos de locura que hacen las tiendas después de Acción de Gracias, se batió el récord histórico de venta de armas en un solo día. El FBI recibió 203,086 solicitudes de información de antecedentes de estadounidenses que querían hacerse de pistolas y fusiles, según adelantó USA Today.

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Es una secuencia conocida, un guion macabro: se produce un tiroteo masivo, el mundo mira a Estados Unidos con estupor y una parte del país clama por más controles a la posesión de armas. Y justo durante esos mismos días, suben las ventas. Ocurrió tras la matanza de niños en una escuela de Connecticut, en 2012, se repitió tras la sangría de aquel concierto del pasado octubre en Las Vegas y resulta fácil adivinar que sucederá lo mismo con el instituto de Parkland (Florida). Cuando el defensor de las armas teme que una tragedia puede llevar a los legisladores a acordar restricciones, se lanzan a comprar de forma preventiva. El dato muestra lo inquebrantable de la cultura de las armas, inmune a las masacres: el país supone menos del 5 % de la población mundial, pero posee casi la mitad de todas las armas privadas.
En el último Black Friday, ese famoso día de descuentos de locura que hacen las tiendas después de Acción de Gracias, se batió el récord histórico de venta de armas en un solo día. El FBI recibió 203,086 solicitudes de información de antecedentes de estadounidenses que querían hacerse de pistolas y fusiles, según adelantó USA Today. Dos semanas antes, un hombre llamado Devin Kelley se había presentado una iglesia de Sutherland Spring (Texas) y matado a 26 feligreses que asistían en el servicio del domingo.
La adhesión de los estadounidenses al derecho a las armas, consagrado en la segunda enmienda de la Constitución, se ha mantenido en el mismo (alto) nivel durante años, sin altibajos demasiado significativos. El 30 % de la población adulta es propietaria de alguna pistola o fusil, el 36 % no posee ahora, pero afirma que podría hacerlo en el futuro y tan solo un 33 % lo descarta, según datos de Pew Research del pasado verano.
Un argumento que suelen esgrimir los activistas, con la Asociación Nacional del Rifle a la cabeza, consiste en que la mayor parte de muertes con armas se producen en sucesos no masivos y que, en esos casos, las armas suelen ser ilegales, con lo que una regulación distinta no cambiaría nada. Pero el fenómeno de los tiroteos masivos es algo demasiado acentuado en Estados Unidos como para no vincularlo a esa excepcional proliferación de armas en manos civiles.
Adam Lankford, profesor de la Universidad de Alabama, analizó los datos de posesión y de matanzas de una lista de 171 países y se topó con que el 31 % de las masacres de entre 1966 y 2012 se había producido en suelo estadounidense. “Estados Unidos, Yemen, Suiza, Finlandia y Serbia son los países con más armas per cápita y en el estudio figuran entre los 15 con más tiroteos”, afirma el académico.
En tan solo mes y medio ya han muerto 1,816 personas por violencia con armas, según la organización Gun Violence Archive. Y en centros educativos se ha producido al menos cuatro tiroteos desde que comenzó 2018, de chicos que toman un fusil y se presentan en el instituto para matar. La lista de tiroteos masivos sucedidos está llena de atrocidades de este tipo, por eso es habitual ver arcos de seguridad a la entrada de muchos institutos e incluso guardias de seguridad armados. En Parkland había un agente este miércoles, pero no pudo frenar a Nikolas Cruz. El chico que ha matado a 17 personas poseía el arma de forma legal, pese a que el FBI había recibido alertas y había investigado al joven.

Homicidios múltiples. De una lista de 171 países que han registrado masacres, el 31 % de las ocurridas entre 1966 y 2012 se produjo en suelo estadounidense.
Masacres

Antonio Molina: el exsacerdote salvadoreño al que el papa Francisco destituyó por un caso no probado de violación y amenazas

Panchimalco. Los hechos por los que Antonio fue acusado ocurrieron presuntamente en su primera etapa en esta parroquia, de 1993 a 1996.

 

Antonio Molina fue convocado el 1.º de noviembre de 2016 al Arzobispado de San Salvador. Allí, el titular de la diócesis, José Luis Escobar Alas, le entregó la carta que certificaba que quedaban suspendidos sus derechos y deberes como sacerdote de la Iglesia católica: había sido encontrado culpable por el delito de abusos sexuales en menores de 18 años cometidos en Panchimalco. “Anunciamos de antemano que la máxima decisión no admite recurso alguno, es inapelable”, dice la carta. Que aparezca el nombre del papa Francisco y que se diga que la decisión es “inapelable” significa que fue tomada por el sumo pontífice en persona.

La misiva, escrita en latín, tiene en su cabecera el escudo de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Luego, el nombre del condenado, José Antonio Molina Nieto. Y debajo de este, el título “summus pontifex Franciscus, papa” (“sumo pontífice Francisco, papa”).

Solo para una resolución tomada por el papa no es aceptable ningún recurso, dentro de la Iglesia católica, no hay autoridad más alta. Y esa vía está reservada solo para los casos más graves. Así lo explican los vicarios judiciales de tres arzobispados en Latinoamérica y Miguel Funes, exmiembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Antonio Molina no volvió a la última parroquia que tuvo a su cargo, Santa Cruz de Roma, en Panchimalco. Una en la que estuvo en dos periodos: de 1993 a 1996; y de 2006 a 2016, año en el que fue suspendido tras conocerse las acusaciones en su contra, todas referidas a su primera etapa en el templo.

El exclérigo lleva casi un año de insistir en su inocencia, pese a la condena del Papa. La pelea incluso salió de la Iglesia y llegó a los tribunales civiles de El Salvador en forma de demandas por difamación y calumnia contra sus denunciantes.

Molina acusa al Arzobispado de San Salvador de dejar pasar muchas irregularidades, sobre todo en torno a la denuncia de un hombre de 35 años llamado Isaí Ernesto Mendoza, que lo inculpó de hacer orgías y de haberlo violado cuando era un adolescente y formaba parte de su grupo de acólitos.

El exclérigo alega que no conoce a ese denunciante y que es posible que nunca residiera en Panchimalco, algo que el Arzobispado de San Salvador no confirmó antes de enviar el caso. Fue este cargo el que llevó al papa Francisco a tomar la decisión de dimitirlo del estado clerical, uno que ahora se califica como falso, de acuerdo con las mismas autoridades de la Iglesia encargadas de investigar.

 

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CONDENA POR UNA SOLA DENUNCIA

Dimisión. Esta carta le informó a Molina que dejaba de ser un sacerdote de la Iglesia católica. Allí, resaltados, están el nombre del papa y las palabras que advierten que la decisión es inapelable.

El de Antonio Molina fue uno de los tres casos de sacerdotes acusados de abusar sexualmente a menores de 18 años que el Arzobispado de San Salvador hizo públicos entre finales de 2015 y principios de 2016. El primero fue el de Jesús Delgado, entonces vicario general de esa diócesis, que fue denunciado por la secretaria de Inclusión Social, Vanda Pignato, por primera vez en un programa radial en noviembre de 2015. Tras ello, la diócesis hizo público el nombre del clérigo y pidió a las víctimas de este delito que se acercaran para denunciar si existían otros casos.

El anuncio de que los tres exsacerdotes habían sido encontrados culpables en el Vaticano se hizo el 18 de diciembre de 2016: la velocidad con la que fueron resueltos los procesos parecía un golpe sobre la mesa, un mensaje de que la Iglesia estaba comprometida con el combate a este delito. Con el de Molina no se tardaron ni un año.

La Congregación para la Doctrina de la Fe es la versión moderna de la Santa Inquisición. Tiene sede en el Vaticano. Es la que, dentro del cuerpo de leyes que tiene la Iglesia para juzgar los delitos de sus miembros, ve los denominados graviora delicta. Entre estos, los más graves conocidos, está el abuso sexual en menores de 18 años.

En el caso de Isaí, el agravante no fueron las agresiones sexuales, sino que las presuntas amenazas de muerte de Molina en su contra. Esta denuncia, a diferencia de las otras, nunca fue revelada a los medios.

Después de recibir e investigar una denuncia, según el proceso de la Iglesia, la diócesis debe enviar un dosier a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Cuando un caso llega a esta entidad, existen al menos seis caminos. Uno, el más expedito, es el de trasladar la decisión al papa. Esta vía fue la que tomó la denuncia de Isaí Mendoza contra Antonio Molina. Este es el único de los casos contra sacerdotes salvadoreños que consta fue resuelto de esta manera.

Este es el procedimiento para casos demasiado evidentes: “Pensemos en material pornográfico descubierto en las manos, pieza o soporte digital del acusado; filmaciones, testimonios de personas que hayan sido testigos de los abusos”, comenta para ilustrar este punto el padre Jaime Ortiz de Lazcano, experto en Derecho Canónico y vicario judicial de Santiago de Chile, una diócesis por la que ya han pasado varios casos de abusos sexuales en menores de 18 años.

También está reservado a aquellos casos que cuentan con elementos agravantes: según Luis Salcedo, vicario judicial de la Diócesis de Guadalajara, México, uno de ellos es que la víctima sea un menor de 10 años. Otro es que haya una gran cantidad de denunciantes para un solo acusado. Aunque no siempre se cumple: el exnuncio de República Dominicana, el polaco Jozef Wesolowski (ya fallecido), fue acusado por decenas de víctimas, pero en su caso la decisión la tomó la Congregación para la Doctrina para la Fe. El sacerdote, por tanto, tuvo la posibilidad de apelar.

Sobre Antonio Molina pesaban otras dos denuncias interpuestas por las gemelas de una familia tradicional de Panchimalco. Las mujeres, ahora de 34 años, aseguraron que los hechos ocurrieron cuando ellas tenían 11 años. Una de ellas afirmó que el sacerdote le “metió las manos” dentro de la camisa, una tarde en la que ella estaba “jugando en el campanario”. La otra contó una experiencia similar: narró que le tocó los pezones al tiempo que le decía “estás creciendo, mi amor”. Esta última también acusó al sacerdote de haberle manoseado las piernas.

La gravedad de los hechos descritos es indiscutible, pero no califican para ser trasladados directamente al papa, de acuerdo con Jaime Ortiz de Lazcano, Luis Salcedo (Guadalajara), Leocadio Morales (vicario judicial de la Diócesis de Santa Ana) y Miguel Funes (exmiembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe): las víctimas tenían más de 10 años y no hubo a la mano evidencias o testimonios de terceros que respaldaran la versión narrada por las gemelas.

La decisión del papa, por tanto, fue tomada solo con respecto al caso de Isaí Mendoza, quien acusó a Molina de haber tenido sexo anal y oral con él. En la denuncia se habla de que los hechos ocurrían en el marco de orgías en la sacristía y en dos casas alquiladas, una en Panchimalco y la otra en Nuevo Cuscatlán*. Isaí tampoco aportó testigos ni el periodo aproximado en el que sucedieron los hechos. La amenaza de muerte denunciada le dio otro tinte a la historia.

Las acusaciones de las gemelas de Panchimalco fueron las primeras en contra de Antonio Molina en llegar al Arzobispado de San Salvador. El tribunal eclesiástico las recibió oficialmente el 10 de febrero de 2016. Molina fue suspendido cuatro días después.

El 15 de abril, el arzobispo le anunció al exsacerdote que existía una nueva acusación en su contra, la de Isaí. Ahora esta es la única inculpación que pesa sobre los hombros del exclérigo: las gemelas aceptaron conciliar en la demanda que el sacerdote presentó en su contra por difamación y calumnia y firmaron un documento en el que se retractaron de las acusaciones.

Autoridad. Toda decisión dentro de la Iglesia tomada por el papa es inapelable. Incluso existe el Principio de Infalibilidad, que reza que en asuntos teológicos es “incapaz de cometer errores”.

 

 

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LA BÚSQUEDA DE ISAÍ

 

“Ha habido casos en los que la congregación toma ella misma la investigación, pero son contadas. Estuve allá muchos años, y esa decisión se tomó una o dos veces”, comenta Miguel Funes desde su nueva residencia en Ciudad de México.

El sacerdote mexicano Miguel Funes perteneció 16 años a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Es una de las personas en el continente mejor certificadas para hablar sobre cómo son los procesos en el interior de esta institución con sede en el Vaticano. Una de las cosas en las que están atados de manos es en la recolectar información relativa a los casos. Para ello dependen exclusivamente de las diócesis locales.

La diócesis u orden religiosa a la que pertenece el acusado se encarga de una fase preliminar, donde colecta información de cargo y de descargo a través de una figura conocida como instructor.

En el caso de Antonio Molina, esta tarea la ocupó Rafael Urrutia, canciller y vicario judicial del Arzobispado de San Salvador. Fue acompañado por los otros dos sacerdotes que conforman junto a él el Tribunal Eclesiástico de la arquidiócesis. Por sus manos pasaron, por tanto, todas las pruebas y todos los testimonios relativos a las tres acusaciones contra Molina.

Rafael Urrutia mismo duda ahora de la veracidad del caso de Isaí. Dice que desde el Arzobispado de San Salvador ya trabajan en una posible restitución del exsacerdote. “Una cosa es que nosotros recojamos todas las evidencias y otra cosa es la veracidad que ellos (la Congregación para la Doctrina de la Fe) le puedan dar… es que (Isaí) no probó (que haya vivido en Panchimalco)”, comenta Urrutia.

Uno de los principales argumentos de Molina para sostener su inocencia durante más de un año ha sido que no recuerda haber conocido a un niño llamado Isaí Mendoza. Otra premisa de su defensa es que él no contó con acólitos en su primera etapa como párroco de Santa Cruz de Roma, del 1.º de julio de 1993 al 25 de febrero de 1996. En la acusación, Isaí escribió que sufrió los abusos del sacerdote cuando se desempeñaba como su monaguillo.

Antonio Molina. Sacerdote desde 1993, además de Panchimalco estuvo en la parroquia de Huizúcar. Fue capellán de dos colegios de señoritas y prefecto de estudios en el seminario de San Salvador.

Molina fue sustituido en esa iglesia por el padre Daniel Coto, quien ahora es el encargado del templo San Juan María Vianney, en San Juan Opico. Coto sirvió como uno de los testigos de descargo de Molina ante el Tribunal Eclesiástico. Vía telefónica, asegura que fue hasta su periodo que comenzó a ejercer su ministerio un grupo de acólitos. Antes de eso, dice, quienes se encargaban de asistir al sacerdote en misa eran los miembros del Camino Neocatecumenal, que eran adultos. Eso mismo está en el testimonio que rindió ante el Tribunal Eclesiástico el 24 de agosto de 2016.

“Yo no encontré acólitos y como su existencia es habitual en todas las parroquias, la necesidad pastoral de que ayudaran en las misas me movió a invitar a estos jóvenes”, dijo Coto ese día. Eso también lo escribió hace 22 años en el libro de gobierno que reposa en la parroquia de Panchimalco.

Otro sacerdote que rindió su testimonio ante el Tribunal Eclesiástico fue Víctor Martínez. Desde pequeño, este hombre nacido y criado en Panchimalco parecía destinado a entregarle su vida a la Iglesia católica. A los 10 años comenzó a ayudar en las actividades del sacristán de la parroquia, en un trabajo que se extendió hasta su vida adulta. Era un quinceañero cuando fue testigo del nombramiento de Antonio Molina como párroco de su municipio, el 1.º de julio de 1993.

“En esta etapa nunca hubo acólitos. A la misa le asistíamos el señor Ciriaco (el sacristán) y yo. El padre no tenía necesidad de acólitos porque lo hacíamos nosotros y los ministros del Camino Neocatecumenal”, escribió Martínez en su declaración. Otros ocho testigos dijeron la misma versión ante el tribunal.

Contactar con Isaí habría sido imposible si en el expediente de la demanda por difamación y calumnia que interpuso Molina contra él no se hubieran incluido los datos relativos a su vivienda.

La tarde comienza a declinar este día de octubre de 2017 en Santa Tecla. La puerta de la casa está entreabierta. Cuando se llama, quien sale es una señora de unos 60 años. Es la madre de Isaí.

—Yo sé toda la historia porque soy su mamá, pero no puedo decirla –dice cuando se le cuenta sobre el motivo de la visita–. Ahorita no está, anda trabajando.

Rafael Urrutia dice que Isaí no aportó ningún elemento que sustentara que haya vivido alguna vez en Panchimalco. La señora sostiene que residieron allá por tres años. Incluso dice que Isaí estudió en un centro escolar de ese pueblo. Sin embargo, en los dos que existen allá no hay registros de su hijo. Ella insiste en que Isaí tiene un diploma, que usualmente decoraba un muro de la casa, que lo prueba. Ahora lo ha bajado, señala, porque planea irse de su hogar. En voz baja, dice que lo han amenazado.

También que Isaí sufre de un cáncer en el hueso de la rodilla, y que por ello una amiga residente en Panamá se lo llevará a ese país para que allá continúe su tratamiento.

Cinco minutos después, tras varias preguntas, comenta: “Ah, no, ya me acordé, un hermano mío se lo traía a estudiar a una escuela en San Salvador”.

La señora asegura que cuando Isaí anunció en el seno familiar que iba a denunciar a Antonio Molina, su padre le recomendó no hacerlo. “Le dijo que ya era pasado, y que eso lo dejara reposar”, comenta la madre. Promete que pasará el mensaje a Isaí para que este pueda comunicarse y dar su versión.

La puerta también está entreabierta, en esta nueva visita aderezada por el frío de finales de diciembre de 2017. En esta ocasión quien atiende es el padre de Isaí.

Uno de los principales argumentos de Antonio Molina para sostener su inocencia es que el muchacho nunca vivió en Panchimalco. Eso mismo lo apoya el padre de Isaí, quien asegura que la familia jamás ha residido en ese pueblo del sur de San Salvador. “Yo viví pero en Los Planes de Renderos cuando era niño, con mi abuela”, dice el padre del denunciante.

Y pone una cara de extrañeza cuando se le habla de la acusación que interpuso su hijo contra Antonio Molina por presuntamente haberlo violado cuando era su acólito en Panchimalco. Y el gesto aumenta de volumen cuando se le cuenta lo que dijo su esposa: que él le recomendó a Isaí no denunciar el hecho.

Al centro de la sala, el hermano de Isaí ha estado atento a la conversación y pregunta sobre lo ocurrido. También afirma que no sabe de qué denuncia se está hablando.

“Qué raro, nosotros no tenemos nada que ver con la Iglesia católica. Asistimos al Tabernáculo. Incluso ahorita vamos a ver el culto”, dice el hermano. Pregunta si se le ha filmado. Únicamente se han estado registrando sus voces. Los dos hombres recogen nuevamente el número telefónico para que Isaí pueda comunicarse y dar su versión.

En la noche de este día de diciembre, Isaí escribe un mensaje de WhatsApp: “Soy un enfermo de cáncer terminal, en realidad no tengo tiempo, pero voy a hacer una excepción, además necesito decirle un par de cosas, aquí espero su mensaje”. La llamada comienza.

—Usted dice que los abusos ocurrieron en Panchimalco y en Nuevo Cuscatlán. ¿Me puede decir en qué periodo se dieron los abusos?
—No.
Su madre y su padre dieron dos versiones distintas. Ella dijo que vivieron tres años en Panchimalco; él, que nunca residieron allí, se le explica.
—Mire, hay una cosa que no pareció correcta. ¿Qué llegó a hacer usted allí? Según mi hermano usted lo llegó a filmar –dice.
—Yo no lo he filmado –se le aclara.
—Vaya, yo solamente le voy a advertir algo, yo estoy fuera del país y no tengo ningún problema porque tengo un montón de amigos allá y usted no fue muy inteligente que se diga, porque le dio su número personal a mi hermano, y ya tenemos todos sus datos aquí. Así que le recomiendo que sea prudente –comenta.

Sin embargo accede a seguir conversando. Explica que el motivo de que las versiones de su padre y de su madre no coincidan es que han sido instruidos a no hablar del tema.

Es hora de las preguntas. Las primeras van referidas, justamente, a su residencia en Panchimalco. Como su madre, dice que vivió en ese municipio durante tres años.

—¿Me podría decir dónde estaba ubicada la casa?
—Cerca de la iglesia.
—¿Hay algún otro dato que me ayude a precisar dónde estaba, una referencia, una calle, un número de casa?
Esta última pregunta provoca que Isaí exija cortar con la conversación. En días posteriores se le volverá a contactar. No contestará más.

 

Señalados. Molina afirma que el arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, y el presidente del Tribunal Eclesiástico, Rafael Urrutia, cometieron errores en su proceso.

 

El casco urbano de Panchimalco, donde afirma Isaí haber residido, es un poblado constituido por unas pocas familias. Gutiérrez, Rodríguez, Martínez son algunos de los apellidos que más se repiten entre los lugareños. Es uno de esos sitios donde se cumple el cliché de que “todos se conocen”.

Los habitantes de las viviendas, custodiadas desde lo alto por la Puerta del Diablo, tienen otra particularidad: casi todos han vivido desde su infancia en la misma casa. Y nadie sabe dar referencias de una familia Mendoza que haya vivido alguna vez en el sector.

Donde sí hay rastros de la familia es en la urbanización Jardines del Volcán, en Merliot, Santa Tecla. Según datos del Registro de la Propiedad Raíz e Hipotecas, el padre de Isaí adquirió el 26 de enero de 1984 una casa del polígono C-12 de dicha urbanización. No se desprendió de ella sino hasta el 16 de octubre de 2006. En Panchimalco nunca hubo una casa a su nombre. Tampoco al de su esposa.

El alquiler también es una posibilidad. Pero al menos una docena de personas en el casco urbano de Panchimalco sostienen que eso no se acostumbra. Uno de los pocos sitios donde se alquila en esta zona, dicen, es un condominio construido en la década del 2000.

Jardines del Volcán, Merliot, parece la antítesis de Panchimalco. Ha habido mucha migración. Varias de las personas que habitan sus viviendas son relativamente nuevas. El pasaje donde está la vivienda que le perteneció al padre de Isaí no es la excepción.

Pero eso no quiere decir que no haya vecinos que perseveren. Ese es el caso de esta mujer, quien ha residido en esta casa desde julio de 1984, el mismo año que, según los registros, la familia de Isaí adquirió su vivienda. Habla quedo y pide no revelar su nombre.

“Estaba de meses él (Isaí), cuando vinieron”, comenta la vecina, algo en lo que su memoria la asiste de forma milimétrica: para julio de 1984, Isaí tenía 10 meses de edad. Dice, con la misma voz apenas perceptible, que no recuerda que se hayan ausentado en alguna época de la casa.

Otros residentes del pasaje, quienes han vivido allí desde los ochenta, dijeron que tampoco recuerdan que la familia se haya ido por algún tiempo de la zona, mucho menos los tres años que afirman Isaí y su madre.

“Yo entiendo que un juicio se perfecciona con un solo caso. Aquí estamos hablando de tres casos. Puede ser que este sea falso, yo no sé, no me doy cuenta si allá (en el Vaticano) le dieron credibilidad o no a este”, comenta el arzobispo José Luis Escobar Alas cuando se le menciona la historia anterior.

 

 

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EL OTRO DEFENSOR

 

Para Antonio Molina, la entrega del libro de gobierno de la parroquia de Panchimalco (donde su sucesor en el templo escribió que el grupo de acólitos inició sus actividades bajo su gestión hasta el 28 de julio de 1996) era suficiente prueba de descargo para que la acusación de Isaí fuera desestimada. Por eso no eligió un defensor, como sí lo había hecho con las denuncias de las gemelas, para las que contrató al sacerdote panameño Carlos Echeverría.

Pero sí tuvo un defensor nombrado por el arzobispo de San Salvador José Luis Escobar Alas: Francisco Alexánder Góngora, párroco de la Catedral Metropolitana. Molina sostiene que nunca habló con él, sino hasta después de que le entregaron la carta de su dimisión del estado clerical.

En el nombramiento de Góngora, fechado el 16 de mayo de 2016, se escribe que se le confieren “todos los derechos y deberes que el cargo exige”. Son exactamente las mismas palabras del nombramiento de Carlos Echeverría, el defensor que Molina escogió para las denuncias de las gemelas.

En el documento de defensa, Góngora se limita a recomendar la realización de peritajes a Isaí, a fin de “comprobar hasta dónde influye en la conducta de la supuesta víctima el supuesto abuso cometido por el acusado”. Ninguna mención al libro de gobierno donde se plasma la ausencia de acólitos en el periodo de Antonio Molina, algo que el mismo exsacerdote habría podido aportar, pues ya lo había entregado al Arzobispado. Tampoco hay constancia de otra actividad de investigación.

El sacerdote Rafael Urrutia mismo duda de la veracidad del caso de Isaí. Dice que desde el Arzobispado de San Salvador ya trabajan en una posible restitución del exsacerdote. “Una cosa es que nosotros recojamos todas las evidencias y otra cosa es la veracidad que ellos (la Congregación para la Doctrina de la Fe) le puedan dar… es que (Isaí) no probó (que haya vivido en Panchimalco)”, comenta Urrutia.

El arzobispo Escobar Alas asegura que consultó a Góngora como a otras personas para conocer una segunda opinión, alternativa a la del panameño Carlos Echeverría.

—¿Pero usted nombró a otras personas mediante un decreto como ese, además de al padre Góngora? –se le pregunta.
—Yo no le voy a dar ninguna explicación. Solo digo que he hecho esta consulta porque no fue parte del juicio y por eso puedo hablar de él –dice, asegurando que no puede referirse a ninguna otra parte del proceso porque está bajo “secreto pontificio”.

En una conferencia del 5 de junio de 2016, el arzobispo de San Salvador anunció que había enviado todos los insumos relativos a los casos de sacerdotes acusados de abusar sexualmente de menores. A Francisco Alexánder Góngora lo nombraron defensor de Antonio Molina el 16 de mayo. El sacerdote tuvo menos de 20 días para redactar su defensa.

El caso de Isaí tuvo otra irregularidad: el arzobispo Escobar Alas se limitó a leerle a Molina el contenido de la denuncia. No le dio una copia de ese documento ni de ningún otro relacionado con la acusación.

 

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LA AMENAZA DE MUERTE

El Vaticano. La Congregación para la Doctrina de la Fe juzga los delitos graves cometidos por los miembros de la Iglesia. Su máxima autoridad es el español Luis Francisco Ladaria Ferrer.

El arzobispo José Luis Escobar Alas convocó nuevamente al exsacerdote a sus oficinas el 24 de agosto de 2016. Allí le mostró un mensaje de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Era un ultimátum donde se le advertía que si no aclaraba de forma amplia el caso de Isaí Mendoza, este sería trasladado directamente a la consideración del papa. Le dieron un plazo de 10 días (entregó su defensa una semana después). Antonio Molina afirma que tampoco en esa reunión se le informó de manera oficial que Isaí lo había acusado de mandarlo a golpear y amenazarlo de muerte.

Rafael Urrutia asegura que él vio a Isaí únicamente en una ocasión, cuando se presentó a la audiencia ante el tribunal presidido por él para confirmar de viva voz lo que antes había descrito solo en papel. Por tanto, fue esta oportunidad la única en la que Isaí pudo informar sobre las amenazas de muerte y entregar el papel en el que, presuntamente, se refleja la denuncia que puso ante la Policía Nacional Civil de Santa Tecla.

Debido a que tanto el arzobispo Escobar Alas como Rafael Urrutia se niegan a hablar de aspectos muy específicos del proceso, no es posible certificar cuál fue la fecha exacta en que ocurrió esta audiencia, pero Urrutia comenta que su tribunal le entregó antes de mayo al arzobispo todos los insumos relativos a las acusaciones contra los tres sacerdotes imputados por abuso sexual en menores. Es posible que ocurriera incluso antes del 15 de abril, cuando al exclérigo le comunicaron por primera vez la inculpación de Isaí.

Antonio Molina mandó a indagar a Isaí a través de una compañía de investigación privada. Así pudo conocer cuál era la dirección de su casa. Sin embargo, estos datos los obtuvo hasta junio de 2016. La denuncia fue anterior a la fecha en la que Antonio supo cuál era la dirección de quien lo acusaba.

El sacerdote Leopoldo Sosa Tolentino, actualmente al frente de la iglesia Inmaculada Concepción de Santa Tecla, fue por 14 años vicario general del Ordinariato Militar para la Policía Nacional Civil. Por ello tuvo la facilidad para solicitar (y que le entregaran inmediatamente) datos acerca de denuncias presentadas por Isaí Ernesto Mendoza. Le informaron que no existía ninguna en la delegación de Santa Tecla ni en ningún puesto del departamento de La Libertad.

Sosa Tolentino hizo constar esta información en un documento fechado el 30 de agosto de 2016, que fue entregado al Tribunal Eclesiástico que llevó la fase preliminar del caso. En la PNC y en la Fiscalía General de la República no hay datos relacionados con alguna denuncia hecha contra Molina.

Rafael Urrutia también duda que Molina haya mandado a golpear a Isaí. Cuando habla sobre ello, lanza una risa burlona. Para él, lo narrado por Isaí en torno a la golpiza es una mentira. Isaí, por otro lado, tiene antecedentes por dos casos de estafa reportados en 2009 y 2013.

 

La madre de Isaí no solo dijo eso ante el juzgado, sino también ante personal del Arzobispado de San Salvador. Escobar Alas, titular de la diócesis, acepta que eso ocurrió. “Lo que sucedió es que hubo una llamada por teléfono y nos dijo que era su mamá, habló con mi secretaria diciendo que su hijo había muerto. Entonces nosotros hemos creído, porque nosotros creemos en la persona. Si nos dice que su hijo ha muerto, creemos que está muerto. Nosotros no nos hemos preocupado en ver si es verdad o no”, comenta el arzobispo, para después decir que a él “también le parece extraño” que hayan ocupado esa excusa para no enfrentar la demanda civil.

 

 

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LA IGLESIA NO COMPARTE LOS DOCUMENTOS

 

El 18 de diciembre de 2016, El Salvador y el mundo supieron que Antonio Molina ya no era sacerdote de la Iglesia católica. Dos días después, este interpuso una demanda contra sus denunciantes en un tribunal civil por difamación y calumnia.

El exsacerdote exigía varios puntos a sus demandados, como la firma de un documento donde se retractaran de sus acusaciones. También pedía la realización de una conferencia de prensa donde eso se haría público. Además solicitó una compensación económica, que sería de aproximadamente $133,000** por cada uno.

Como parte del juicio, Molina le pidió a su abogado, Juan Francisco Bonifacio, que solicitara al Arzobispado de San Salvador el expediente completo de su caso, pues nunca pudo tener acceso a la totalidad de documentos que fueron anexados en este. Quería saber, en suma, qué fue lo que se envió desde la diócesis local hasta la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El Juzgado Sexto de Sentencia hizo esta petición. La diócesis, a través del canciller Rafael Urrutia, contestó que no poseían esos documentos, pues, escribió, las nuevas disposiciones de la Iglesia indican que se envíe todo el expediente en original a la Santa Sede. El padre Miguel Funes, exmiembro de la CDF, afirma que las reglas son otras: la diócesis envía un informe, pero se queda con una copia de los documentos, que debe conservar durante 10 años a partir del término del juicio, a menos que el acusado muera.

“Nosotros entregamos la documentación al obispo. Yo no sé si él conserva esos documentos”, comenta Rafael Urrutia al respecto. José Luis Escobar Alas afirma que toda la documentación fue enviada al Vaticano.

 

 

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EL HOMBRE MUERTO

La audiencia inicial del proceso civil se realizó hasta el 7 de septiembre de 2017. Al Juzgado Sexto de Sentencia solo se presentaron las gemelas de Panchimalco. Isaí no llegó: su madre argumentó que él había muerto, lo que fue desmentido días después con un informe del Registro Nacional de las Personas Naturales. Por ello el Juzgado Sexto de Sentencia pidió que se extendiera una orden de captura en su contra.

La madre de Isaí aseguró en la visita que se hizo a su casa que mintió porque tenía motivos de peso: su hijo había sido amenazado de muerte.

“Tuve que mentir, que Dios me perdone, tuve que mentir, porque me lo han amenazado. Yo fui la que le dijo ‘mirá, hay que decir que moriste’”, dijo la señora. Agrega que un amigo estaba por “llevárselo a Panamá”, para que allá también pudiera tratarse de sus problemas de salud, pues está enfermo de un “cáncer en la rodilla”. Un viaje que, por la demanda que pesa en su contra, no hubiera sido legal. Cuando se habló con Isaí, el 27 de diciembre de 2017, aseguró que ya estaba fuera del país.

La madre de Isaí no solo dijo eso ante el juzgado, sino también ante personal del Arzobispado de San Salvador. Escobar Alas, titular de la diócesis, acepta que eso ocurrió.

“Lo que sucedió es que hubo una llamada por teléfono y nos dijo que era su mamá, habló con mi secretaria diciendo que su hijo había muerto. Entonces nosotros hemos creído, porque nosotros creemos en la persona. Si nos dice que su hijo ha muerto, creemos que está muerto. Nosotros no nos hemos preocupado en ver si es verdad o no”, comenta el arzobispo, para después decir que a él “también le parece extraño” que hayan ocupado esa excusa para no enfrentar la demanda civil.

Ante el hecho de que Isaí nunca apareció, las gemelas de Panchimalco solicitaron que su proceso se ventilara de forma independiente al del otro demandado. Aceptaron conciliar con el sacerdote el 9 de enero de 2018. Firmaron un documento donde se retractan de sus acusaciones.

Urrutia asegura que ya trabajan en la restitución de Molina, quien para siempre será un condenado por abuso sexual en menores de 18 años: el dictamen fue firmado por el papa Francisco. Es inapelable. Pero las condenas no son eternas. Para que el sacerdote vuelva a su puesto debe gozar de un proceso conocido como “gracia”, en el que el sumo pontífice decide que su sentencia ha terminado.

“Antonio va a salir bien”, comenta Rafael Urrutia, el mismo hombre que debía investigar la veracidad de las acusaciones en contra de Molina.

Nombramientos. A la derecha está el decreto que nombra defensor de Molina al panameño Carlos Echeverría, encargado del caso de las gemelas. A la izquierda, el correspondiente a Francisco Góngora, a quien el arzobispo dice que pidió “una segunda opinión”. Los documentos son idénticos.

 

*En la edición impresa de este reportaje se dice que en la denuncia se recoge que los abusos ocurrieron en una parroquia de Nuevo Cuscatlán, cuando debió decir que fue en una casa alquilada en ese municipio. La corrección se realizó el 18 de febrero de 2018.

 

**En la edición impresa de este reportaje se publicó que la cifra era $166,000. La corrección se realizó el 18 de febrero de 2018.


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