Cómo escribir libros para niños de dos mundos

En venta. René Colato posa con un ejemplar de “Telegramas al cielo”. El libro puede ser adquirido en El Salvador en Librería UCA y en el Museo de la Palabra y la Imagen. También se puede encontrar a Luna’s Press en Facebook.

Sobre su figura han corrido ríos de tinta. Libros que buscan echar luz sobre diferentes facetas de su vida, sobre todo, de aquella etapa en la que se convirtió en “la voz de los sin voz”, un defensor de los derechos humanos en un país repleto de violencia de Estado. De aquella etapa, en suma, que precedió a su asesinato.

Pero esta es la primera vez en que Romero se convierte en el personaje central de un libro infantil. Y, sobre todo, de uno escrito en español e inglés y publicado en Estados Unidos. Se trata de “Telegramas al cielo” (“Telegrams to Heaven”), el más reciente título del autor salvadoreño René Colato Laínez, que vio la luz en septiembre de 2017 bajo el sello de Luna’s Press, la editorial independiente comandada por su compatriota Jorge Argueta.

El libro, que cuenta con las ilustraciones del dominicano Pixote Hunt, se enfoca en la niñez del ahora beato de la Iglesia católica. Y traza, en muy sencillas escenas, el nacimiento de una vocación que lo llevaría a comprometerse de por vida con una fe que, muchas décadas después, lo convertiría en el ocupante de una silla inigualable para alzar la voz en contra de la injusticia.
La historia comienza con un pequeño Romero ayudando a su padre en su oficio, el de telegrafista, maravillado por el hecho de que con solo tocar un botón pudiera comunicarse con todas las ciudades del país. Era la década del veinte, y las facilidades en el flujo de información que ahora disfruta un porcentaje del mundo todavía eran materia de ciencia ficción.

La vocación hacia el sacerdocio inicia con una simple pregunta hecha a su padre: “¿Cómo puedo mandar telegramas al cielo?”, ¿cómo puedo comunicarme con Dios? La respuesta, típica de una familia católica, está en la oración. La que el niño convierte en una de las actividades que terminarán por inclinarlo a su llamado. El libro termina con la noticia de que aquel niño que juró ser el “mejor orador, poeta y músico” para Dios ha regresado a su pueblo natal para oficiar una misa. Nada del futuro de lucha del sacerdote. Era demasiado para un libro para niños.
Así lo dice su autor, René Colato, quien afirma que la idea inicial era otra. En torno a 2001, cuando aún se especializaba en una universidad de Estados Unidos en la narración de historias para niños, Colato imaginó un libro donde se incluyera la historia completa. Contada, obviamente, con los particulares lenguajes y énfasis exigidos por el género.

Pero la realidad le mostró una pared. ¿Cómo era posible que en el libro para niños se hablara sobre un asesinato? Por ello, la idea estuvo guardada por más de una década a la espera de resurgir. Lo hizo hace un par de años, cuando le recomendaron que lo mejor era centrarse en la niñez de su personaje, la misma etapa de la vida de aquellos para quienes el libro estaría destinado.
“Mucha gente conoce al Romero hombre. Hoy yo les presento al Romero niño, un preámbulo a ese gran hombre que llegó a ser. Quiero, sobre todo, que los niños salvadoreños que viven en Estados Unidos se sientan orgullosos de uno de sus líderes y que, a través de él, se den cuenta de que pueden hacer cosas importantes con sus vidas, dejar grandes huellas, a pesar de que el entorno en el que viven les diga lo contrario”, comenta Colato a través de una llamada telefónica desde su casa en Los Ángeles, California.

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En una de sus intervenciones en la serie “Pioneros de la televisión”, el actor estadounidense de origen mexicano Edward James Olmos recuerda la que, para él, significa una de las mayores satisfacciones de su carrera.
En los días en los que encarnaba a William Adama, un líder político y uno de los personajes más importantes de la serie de ciencia ficción “Battlestar Galactica” (2004-2009), una vieja amiga lo telefoneó, al borde de las lágrimas, para contarle lo que su personaje había provocado en su sobrino de 14 años.
“Tía, nosotros (los latinoamericanos) estamos en el futuro”, le dijo el muchacho a la señora.

El festival. Jorge Argueta lee su libro de poemas “Somos como las nubes”, en el Festival de Literatura Infantil, que coordina la Biblioteca Nacional de El Salvador.

El programa de ciencia ficción estaba en su punto más alto de popularidad, y la inclusión de un personaje latino que era el líder de una población multicultural que se parecía mucho a la de Estados Unidos llenaba de esperanzas a un adolescente que, desde entonces, sentía que podía llegar a ser quien quisiera a pesar de hablar español en casa y de ser el heredero de una cultura diferente a la estadounidense.
“Telegramas al cielo”, impreso en pasta dura, es el segundo título publicado por Luna’s Press, nacida para difundir en Estados Unidos literatura de temática salvadoreña en inglés y español para la más demandante e influenciable de las audiencias: la infantil. Una que está creciendo bajo el griterío y la angustia de la presidencia de Donald Trump.
Son los esfuerzos de un grupo de personas por hacer lo que hizo el personaje de Olmos desde una esfera diferente, no tan masiva pero que siembra sus semillas en sitios tan relevantes para la vida de un niño como su salón de clases. La idea es que los niños comprendan que el multiculturalismo, tener una cultura extra a la estadounidense, es siempre una ventaja, nunca un obstáculo para desarrollarse.
Holly Ayala es una salvadoreña nacida en California hace 52 años. Es la pareja de Jorge Argueta, un autor que, para colegas suyos como Carlos Clará, de Índole Editores, puede considerarse uno de los escritores salvadoreños más importantes de la actualidad, sobre todo gracias a los múltiples galardones que ha recibido en Estados Unidos.
Junto a él, Holly ha montado la editorial Luna’s Press, que inició sus tirajes, precisamente, con un libro de Argueta, “Olita y Manyula”, un canto de amor a la elefante que, por más de medio siglo, divirtió a las clases populares de San Salvador.
Desde hace 25 años, Holly trabaja en la producción de un catálogo de publicación periódica en su ciudad natal, San Francisco. La experiencia la ha ayudado para ahora poder montar el proyecto, uno que todavía no le representa ingresos económicos. Por ejemplo, le ha dado los contactos con la compañía que imprime sus libros en China, que permite que sus costos no sean tan altos como si los hiciera una sociedad afincada en Estados Unidos.

En California la educación pública ha podido volver a ser bilingüe. Algo que no era así hasta apenas unos meses, cuando se aprobó, por una arrasadora mayoría, la Propuesta 58, que venía a tirar por los suelos otra iniciativa avalada en 1998, cuando se prohibió que en las escuelas controladas por el Estado se enseñara también en español. El terremoto de Trump provocó que todo un estado se uniera contra la intolerancia a lo ajeno.

Holly se encarga, en su tiempo libre, de realizar todo el trabajo administrativo que requiere la compañía. Y a pesar de que se trata de un sello independiente, cuenta con personas que realizan las mismas tareas que requiere la producción de un libro en una empresa grande: editores, correctores de estilo. Toda la cadena para contar con un producto competitivo.
En California, la educación pública ha podido volver a ser bilingüe. Algo que no era así hasta apenas unos meses, cuando se aprobó, por una arrasadora mayoría, la Propuesta 58, que venía a tirar por los suelos otra iniciativa avalada en 1998, cuando se prohibió que en las escuelas controladas por el Estado se enseñara también en español. El terremoto de Trump provocó que todo un estado se uniera contra la intolerancia a lo ajeno.
Es una oportunidad inmejorable para que un objetivo como el de Holly y los suyos llegue a buen puerto. Incluso han logrado contratos con distribuidoras de contenido educativo para que sus volúmenes lleguen a las manos de maestras en todo Estados Unidos. Cuatro ejemplares de “Telegramas al cielo” han emprendido un viaje de regreso a China, donde fue requerido por docentes que enseñan español e inglés.
“En El Salvador tenemos buenas historias. Nuestro esfuerzo es pequeño, pero esperamos que sirva para que nuestra cultura sea conocida en todo Estados Unidos y en otras partes del mundo”, comenta Holly.
En marzo de 2018, la editorial formará parte de la conferencia de la Asociación Californiana de Educación Bilingüe (CABE, por sus siglas en inglés), donde podrán tener contacto con distribuidores de todo Estados Unidos. Allí también le entregarán un premio a Jorge Argueta por sus contribuciones a la materia en esa nación norteamericana.

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René Colato Laínez es ya el escritor de 12 libros para niños. A excepción del último, enfocado en Romero, a la totalidad de su obra la cruza, como un eje omnipresente, el tema de la migración y de la experiencia traumática de adaptarse a una nueva cultura tras dejar la propia.
“El mensaje de todos mis libros es el de decirle al niño que no está mal que hable otro idioma distinto al inglés, que está bien que tenga su propia cultura”, dice Colato.
Y los libros se basan en su propia experiencia. Desde el primero que publicó, “Esperando a papá”, de 2004. En él, cuenta la historia de un niño que ha debido viajar a Estados Unidos junto a su madre. Ya estando allá, sueña con el día en que volverá a encontrarse con su padre. La versión final de la historia, como en el caso de “Telegramas al cielo”, dista mucho de la primera.
A inicios de 2001, había terminado el cuento que buscaba convertir en un libro ilustrado. Envió el manuscrito a media docena de editoriales, con la esperanza de que genera algún interés. La respuesta fue nula, sobre todo debido a la naturaleza de su libro: en el plan original, el niño y su madre viajaban de manera ilegal a Estados Unidos huyendo de la realidad de su país. Luego, la madre se encargaba de pagarle a un coyote para que llevara, también de manera ilegal, a su padre hacia el país del Norte. La idea de un cuento para niños donde se hablaba de migración ilegal causaba ampollas en los encargados de las compañías.

Usuarios. Niños leen el libro “Telegramas al cielo” en la Biblioteca de los Sueños. La entidad también actúa fuera de sus cuatro paredes en lugares públicos como mercados.

A mediados de ese año, Colato juntó algunos ahorros generados por su trabajo como docente y se inscribió en un taller en Nueva York, en el que estarían presentes representantes de editoriales de todos los estados del país.
Su trabajo llamó la atención de una editora, que, según Colato, se caracterizaba por apoyar proyectos no convencionales. Decidió echarle una mano al suyo y, en los siguientes dos meses, se dedicó a terminar el trabajo. Pero llegó el 11 de septiembre de 2001. El ataque terrorista a las Torres Gemelas inauguró una nueva época, en la que el extranjero se había vuelto mucho más sospechoso para los ojos del estadounidense promedio, sobre todo para el anglosajón. El título se había convertido en un material difícil de vender y la editora decidió cancelar el proyecto.
Tuvo que esperar un año más para que, después de mucha insistencia, Piñata Books, una Rama de Arte Público Press, de Texas, le respondiera uno de sus correos. En este le comunicaban que habían aceptado publicar su libro, pero tendría que ceder a algunas concesiones: no podría hablar de un ingreso ilegal a Estados Unidos. Así, la historia terminó con un niño que llega a Estados Unidos junto a su madre con una visa y a través de un viaje en avión. El padre también llegaría, más tarde, por la misma vía.
Colato pudo, al fin, ver su nombre en un libro ilustrado de pasta dura, pero se quedó con el deseo de contar una historia más acorde a lo que había vivido. Su sueño pudo cumplirlo hasta 2010, cuando publicó “My Shoes and I” (“Mis zapatos y yo”), una suerte de autobiografía transformada en un libro ilustrado. Para este echó mano, como para ningún otro volumen, de la cantera de sus recuerdos.
Y para darle una apariencia amable a la historia de un niño que recorre cientos de kilómetros junto a su padre a través de tres países apenas con lo puesto, utilizó un recurso interesante: los zapatos enviados por su madre de Estados Unidos que le servirán para andar tanto camino se van desgastando a medida que el viaje avanza. El amarillo original se vuelve cada vez más opaco entre tanto lodo y polvo de desierto. Cuando la travesía está a punto de acabar, la suela también cede y se llena de piedras, y uno de ellos está a punto de perdérsele cuando cruza un río. Pero el sacrificio de los zapatos ha valido la pena: son los que le han permitido al pequeño volver con su madre, reunir a la familia que la guerra había separado. Es solo uno de dos libros infantiles en inglés que presentan una entrada ilegal a Estados Unidos. El otro es “Pancho Rabbit and the Coyote”, del mexicano Duncan Tonatiuh, que cuenta la historia a través de animales. En México se prepara una edición en español.
“Es todo un reto tocar temas como estos para los niños. Pero yo lo intento porque creo que, si ellos van conociendo esto de pequeños, generarán la empatía con el otro, el secreto para una verdadera integración”, dice Colato. Y, para ilustrar lo anterior, pone de ejemplo otro de sus trabajos: en este, un niño llamado José va a visitar a su madre recién deportada a un centro de detención en Tijuana, México.

Jorge Argueta

Allí, ella debe explicarle a su pequeño que no estará más con él, al menos por un tiempo. Le dice que, ahora, son como una semillita que debe empezar a germinar. Tras un largo tiempo, comenzará a brotar de ella un tallo, al que le van a salir hojas y que, en un momento, se convertirá en un frondoso árbol que dará frutos. Así, el niño comprende que deberá esperar. El libro finaliza con el sueño de José, donde se reencuentra con su madre, al menos en el terreno de lo onírico.
“No es un final feliz, pero hay esperanza. Los niños, luego de leerlo, se preguntan, ¿y se volvieron a reunir?”, dice Colato, quien puede ver de primera mano el efecto que sus libros causan en los niños porque es maestro de primaria en Los Ángeles. Las regalías en la venta de libros todavía no le permiten vivir dedicándose exclusivamente a escribir.

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En esta historia, el agua nace de las profundidades de la tierra. Va subiendo y, de gotita en gotita, se va volviendo rocío de la mañana, arroyo, mar. Este es el argumento de uno de los libros más recientes del escritor salvadoreño Jorge Argueta, “Agua, agüita”, un nuevo volumen que combina el inglés, el español y el náhuat. Es un trabajo único, editado por Piñata Books, que contó con la ilustración de Felipe Ugala Alcántara, que se inclinó por un diseño relacionado con la pintura tradicional de los pueblos indígenas.
Argueta lo muestra con orgullo como una de sus más recientes conquistas, en este recinto en la colonia América, de San Jacinto, donde funciona su Biblioteca de los Sueños, a la que busca convertir en una extensión para El Salvador de su trabajo en Estados Unidos.

Jorge afirma que sueña con algo como eso, que verá muy pronto la luz a través de Luna’s Press, en versiones bilingües: “Se imagina un Roque Dalton para niños; un libro que cuente la historia de María Isabel Rodríguez, esa señora tan maravillosa, que se pudiera leer en la primaria de forma masiva. Le aseguro que, con esas pequeñas semillitas, tendríamos un país mejor, porque los niños aprenderían algo muy importante que es soñar, creer que pueden ser tan grandes como ellos”.

La Biblioteca de los Sueños. Argueta montó el espacio en una casa ubicada en el mismo barrio donde vivió antes de emigrar a Estados Unidos por la violencia de la guerra.

Inaugurada hace apenas un año, es un proyecto que solo se pudo concretar tras algo que, para Argueta, representó una auténtica sorpresa: recibir en su casa un cheque con las regalías de un libro publicado hace 20 años, “Una película en mi almohada”. Tantos ceros y unos lo dejaron con la boca abierta. Tuvo que hablar a la empresa que editaba el libro para comprobar que no se trataba de un error.
Ese dinero le permitió comenzar con la construcción de este pequeño espacio. También comprar y trasladar desde Estados Unidos libros infantiles bilingües, incluyendo aquellos de su autoría. Su objetivo es que aquellos mismos volúmenes que en el país del Norte han funcionado para que niños de origen latinoamericano se sientan más cercanos a sus raíces aquí sirvan para que infantes salvadoreños conozcan algunas nociones de inglés a través de historias que los cuentan.
Cada cierto tiempo, niños de escuelas cercanas llegan al lugar para utilizar los libros. Son grupos grandes para el sitio, de entre 50 y 60 alumnos. Estudiantes de instituciones más lejanas también pueden asistir gracias a una alianza de Argueta con el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI). Pero la labor no se queda entre estas cuatro paredes.
Argueta arribó a El Salvador precisamente el miércoles 6 de diciembre, para comenzar con una serie de giras en sectores populares, donde llevará los cientos de volúmenes para que cientos de niños puedan tener contacto con ellos. Algunas de las paradas serán el mercado de San Jacinto y varios municipios de Sonsonate, como Santo Domingo de Guzmán, pueblo del que es oriundo.
Jorge, que siempre lleva su abundante pelo recogido en una cola, es también el fundador del Festival de Literatura Infantil, organizado desde 2010 por la Biblioteca Nacional de El Salvador, dirigida por Manlio Argueta. En los ojos se le dibujan múltiples sueños, como traer sus propios libros, los de Luna’s Press, en formatos de pasta suave, más barata, para poder venderlos a precios más asequibles en El Salvador. O que el Ministerio de Educación se interesase en adquirir ejemplares para distribuirlos en escuelas públicas, una labor para la que la compañía tendría la capacidad. Sin embargo, es consciente de la realidad de El Salvador. Solo hay que tomar en cuenta que el último libro de texto estatal se editó en 2009, el último año de la presidencia de Antonio Saca, para hacerse una idea del asunto.
Jorge, ahora, toma entre sus manos uno de los libros que tienen en su Biblioteca de los Sueños. Es un libro que recoge la vida de la poeta chilena Gabriela Mistral, una versión para niños de uno de los íconos nacionales de Chile. Trabajos similares se han hecho de personajes como la mexicana Frida Khalo.
Jorge afirma que sueña con algo como eso, que verá muy pronto la luz a través de Luna’s Press, en versiones bilingües: “Se imagina un Roque Dalton para niños; un libro que cuente la historia de María Isabel Rodríguez, esa señora tan maravillosa, que se pudiera leer en la primaria de forma masiva. Le aseguro que, con esas pequeñas semillitas, tendríamos un país mejor, porque los niños aprenderían algo muy importante, que es soñar, creer que pueden ser tan grandes como ellos”.

Ejemplares. Decenas de volúmenes esperan a los niños. Son libros escritos para que los niños latinoamericanos en Estados Unidos no olviden sus raíces hispanas.

El libro como identidad

Hace poco publiqué en Facebook la portada de mi novela “El valle de las hamacas” (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 1970) y me decía un contacto de esa red social que le dijera una razón de “por qué leer esa novela”. Aunque mi intención no era invitar a leer, sino documentar su existencia por los olvidos. Uno de los méritos que le encuentro es que fue publicada tres años después de que Gabriel García Márquez había publicado la primera edición en esa editorial argentina de su monumental “Cien años de soledad” (1967). En la nota de la red dije que considero un honor compartir editorial con la obra más conocida de América Latina, y con un agregado más: en 1970 muy difícilmente los suramericanos conocían la existencia de El Salvador.

Comprobado. Mientras camino para dar una charla en la Universidad de Stanford (1985) acompañado del presidente de la Unión de Escritores de Chile el narrador y periodista Poli Délano, y me decía que en los setenta era muy difícil que alguien conociera un país llamado El Salvador. “Nosotros, por ejemplo, me decía Poli, sabíamos que podía existir ese país porque más de alguna vez una revista chilena publicó un poema de Roque Dalton, y entre paréntesis decía “El Salvador”. No se sabía dónde quedaba en el mapa. Cosa que no debe extrañarnos, pues pese a la tecnología informática actual, conocemos lo cotidiano, lo que nos interesa. Por ejemplo, muchos desconocen la existencia en el mapa de países como Palaos y Eritrea o Macedonia.

Bien; por medio de los libros se sensibiliza la sociedad, se conoce la identidad de nación, modos de vida. Hace poco leí la novela “El cisne” (Tusquets Ediciones, 1997), del islandés Gudbergur Bergsson, que permite saber cómo viven, como son los habitantes de esa lejana isla de fuego y hielo, y aun más se dan ciertas sincronías, pues se trata de una novela “picaresca y autobiográfica sobre la infancia del autor”. Mi novela “Siglo de O(g)ro” (DPI, 2000) también es picaresca sobre mi niñez.

Un libro se lee porque se es lector. Se lee como recreación, para conocimiento, y como ampliación de las capacidades cerebrales, caso de la lectura en primera infancia (de cero a seis años).

Si leo “Historia de la conquista de la Nueva España”, de Bernal Díaz del Castillo, un soldado de Cortés, conozco los detalles de cómo era Tenochtitlán por la descripción de un testigo participante del asalto de esa ciudad por los españoles (1519), sus mercados, sus “servicios sanitarios”, donde se recogían sus excretas como abono, el asesinato de los emperadores aztecas, los combates, en una ciudad mexicana más grande que París y Londres. Increíble.

Esa recreación, motivada por interés o por cultivo familiar, nos permite saber datos, manejar el idioma, expresarse con exactitud ante circunstancias que lo exigen, en la política, por ejemplo. Todo eso que forma parte del conocimiento. Caso de la novela “Guerra y paz”, (1865-1869, publicada en fascículos) de León Tolstói, conozco la derrota de un ejército moderno dirigido por Napoleón Bonaparte, que quiere liberar a la Rusia, atrasada y oprimida en sus pobres. Conozco la lucha de ese pueblo en contra de una invasión extranjera. Fue el primer fracaso de Bonaparte.

En libros están “La guerra del fin del mundo”, de Vargas Llosa, con esa obra conozco la guerra de los Canudos entre el ejército de Brasil y el movimiento popular campesino (1896-1897); o con “El sueño del celta”, novela sobre el origen de la esclavitud, los africanos cazados o mutilados junto con sus familias para traerlos a América y producir riqueza en las plantaciones agrícolas; o “Cinco esquinas”, obra sobre la primera mujer feminista (Flora Tristán, 1803-1844) y su tragedia ante un patriarcado despótico protegido por las leyes.

No se trata porque sean novelas históricas. Cuando estudiaba Educación Media leí casi toda la novela de Víctor Hugo, y así supe a temprana edad cómo era París (por “Los miserables”, obra romántica, de tema social y análisis teórico); o “Crimen y castigo”, del ruso Fedor Dostoieski (1821-1881), novela sicológica que se considera hizo tantos aportes en esta materia como Freud. Además, con esta obra conocí los rincones urbanos de la ciudad de San Petersburgo.

O bien otra novela del mismo Dostoievski, “Los hermanos Karamazov”, obra de la cual Albert Einstein dijo que por ella había conocido las fortalezas y debilidades del ser humano. Aunque el francés y el ruso narran y describen en el siglo XIX, aún subsisten sus palacios, la bella arquitectura, pasiones, amor, odio y violencia. Ninguna de estas obras pierde esencia frente al futuro.

Cuando visité París como estudiante universitario lo primero que quise ver fue la catedral de Notre-Dame, pues había leído “Nuestra Señora de París” (escrita en 1831). Cuyo escenario es dicha catedral. Y “Los miserables” (publicada en 1862), ambas de Víctor Hugo. La última tiene como marco París, sus pobrezas y las luchas revolucionarias de los jóvenes.

O cuando para dar a conocer “Un día en la vida” en idioma bengalí, visité la Universidad de Nueva Delhi, y la casa de Rabindranath Tagore (1861-1941) cuyos poemas había leído en mi infancia. Porque leer también implica educarse en emociones y sensibilidad humana. Todo libro trasciende la historia personal para convertirse en historia común, de todos. Por eso cuando escuché las denuncias que hacían las mujeres salvadoreñas de los años setenta, decidí retomar mi oficio de escritor y evidenciar las atrocidades humanas de un Estado en contra de la población más vulnerable, y la única manera que encontré de resarcir la violencia estructural a la que sobreviven las mujeres en cualquier etapa de su vida es visibilizando en mis obras las Guadalupe, las Beatriz, Adelinas y Romelias que viven en Centroamérica. Es la importancia de la obra literaria como documento de identidad universal que me motiva a insistir con necedad incansable el cultivo de emociones, eso es la lectura, una poderosa estrategia para construir un país. Equitativo, solidario, fuente de saberes, preparación clave para el desarrollo humano sostenible.

Honduras en el espejo

Honduras es un caos. En uno de los momentos más álgidos de su historia nacional ha habido saqueos, muertos, toques de queda, marchas, una “huelga” policial y, en el centro de todo, la sombra de un posible y bochornoso fraude electoral. La situación evoluciona cada hora, y con los días, una tensa calma parece cubrir el país, solo esperando, de pronto, la irrupción de una nueva ola violenta. De este lado de la frontera, la situación parece un cuadro con pinceladas del pasado reciente. El Salvador de la década del setenta con los resultados electorales en los que nadie creían, fuerzas represivas y con el clamor popular que inundaba las calles. Un país al que muchos ya solo conocimos en libros y en los recuerdos juveniles de nuestros padres. Quizás por eso el caso hondureño ha calado hondo. Además, que somos parte de la triada trágica de países que conforman Guatemala, El Salvador y Honduras. De alguna forma nos hermana la tragedia y tantísimos sinsabores. Es como verse en un espejo y distinguir los rasgos que comparte una misma familia.

Pero me gusta pensar que El Salvador ya superó la etapa de los fraudes electorales. Al menos en lo que respecta al estricto conteo de los votos. Costó mucha sangre inocente y la vida de miles de personas –de distintas ideologías– que murieron defendiendo lo que consideraban era lo mejor para el país. Es un legado que tiene un valor trascendental y al que no todos en las nuevas generaciones saben dar su dimensión. Por eso ha sido nefasto saber que los dos principales partidos políticos del país han negociado con las pandillas a cambio de votos, corrompiendo un sistema que nos les pertenece y que tanto ha costado construir, pese a sus deficiencias. Negociar con grupos criminales a cambio de votos es escupir en la cara de los votantes y de quienes combatieron en una guerra fratricida. Son capaces de todo por ganarse el botín que representa el Estado. Al final de cuentas, pareciera que todo se puede negociar, incluso la vida de los ciudadanos. En realidad, ellos creen que son los dueños de El Salvador. Se sienten demasiado cómodos en un bipartidismo que creen eterno y que propicia la más absoluta mediocridad en la administración del Estado.

Con ese desprestigio afrontan un nuevo proceso electoral el próximo año. En distintas circunstancias, los tres países del Triángulo Norte de Centroamérica comparten la crisis en sus partidos políticos. Con Guatemala y sus partidos que, en la gran mayoría, solo duran una carrera presidencial, y un presidente que fue de los primeros en felicitar a Juan Orlando Hernández por su “triunfo”. Al hondureño, al igual que en el caso de El Salvador, también se le acusó de comprar votos en las primeras elección presidenciales en las que participó y fue electo. Ya en el cargo, supo leer la crisis en los partidos políticos de su país y comenzó a construir una estrategia comunicacional totalmente centrada en su persona. Que incluyó un ejército de “troles” agradeciéndole cada acción que su gobierno realizaba en cualquier ámbito. Juan Orlando Hernández se creyó el elegido. Y su ambición parece haber llevado a su país al abismo.

Los movimientos construidos alrededor de una persona son tan dañinos como los partidos políticos de los que tratan ser solución. Deben ser fiscalizados –como todos los demás partidos– para entender sus contrapesos y aliados. Después de todo, en la política moderna, los intereses pesan más que cualquier ideología. Ya hemos vivido dos gobiernos que se catalogan como de “izquierda” (aún arengan a la gente como en los ochenta) pero han realizado administraciones más cercanas a la derecha. Las transformaciones que tanto se necesitan no las puede hacer una persona, sino que un grupo de ciudadanos con una visión más integral. Construyendo partidos sólidos y mucho más transparentes. Cuesta mucho. No hay soluciones fáciles. En este país nunca las ha habido.

El viaje de retorno

Estoy en la 15A con un joven a la par y su madre, 15B y 15C. Me ha tocado el asiento junto a la ventanilla y un paisaje de volcanes de humo. Hacia adelante una pantalla de baja resolución señala que estamos sobre el Golfo de México; en el mapa aparecemos como un cursor que recorre una línea recta entre Chicago y San Salvador. La línea amarilla conectando las ciudades casi convence, si no fuera porque bien sé que una línea simple y directa no existe. Lo único que hay entre esas geografías es mi cuerpo tendido en un paréntesis, en una pausa cumulonimbo. Lo digo porque siempre en estos viajes mis dos realidades se cruzan, se enredan y me hacen ver el nudo que es vivir entre dos países. Hay una parte vital de mí que no entiende nada de esta viajadera; ni por qué me fui en un principio, ni que regreso a mi país cada cuanto tiempo, ni por qué dejo atrás mi lógica cotidiana para construir pasaderas entre dos arquitecturas de vida.

Sí, hay un mapa pero no coincide para nada con el de la pantallita del avión; el mapa se va haciendo en el viaje y revela más bien la geografía interna. Sobre Mérida está la preocupación por mis hijos que se han quedado celebrando Thanksgiving entre las ruinas de divorcio con un elenco de gente nueva. Sobre Campeche se plasman unos ojos masculinos de lobo-aguacatero caminando la playa espiando caracoles del mar. Sobre Chetumal y Belmopán pasan con los documentos de la aduana. Quieren saber a qué vengo y qué traigo de fuera, pero no dan espacio para contestar que quiero ver si todavía están los volcanes, los vendedores de minutas y los malabaristas de la calle. Ni que vengo para integrarme nuevamente al pulso de San Salvador, del mar y del país. Solo dan la opción de turismo o negocios; les vale que sea por necesidad existencial. ¿Qué traigo conmigo? Llevo mi corazón inquieto de colibrí que un día solo caerá muerto medio vuelo, de cansancio. Y si te hiciera yo la misma pregunta a ti, mi país: ¿Qué me tenés vos aparte de una historia maligna de silencios y fragmentos? Yo vengo a buscarte nuevamente, pero eso no quita de que juntos somos algo irracional y forzado, un cuadro goyesco. Sobre Choluma y Villanueva un bebe chilla y con toda razón; sufre también el viaje y no se deja calmar. Sabe que estamos en la barriga de este insecto; en la mosca dragón de diáspora.

Al fin mi mapa lleva a tus luces, San Salvador; aparecen de la negrura chispeando como los miles de farolitos de luz robada. Por llegar de noche los volcanes no se ven solo se perciben. En la inmigración entro con el pasaporte gringo en la cola nacional. Les cuesta saber qué hacer con los “hermanos lejanos” y en qué idioma hablarnos…lo seguro es que somos un reto a sus dos filas de “extranjeros” y “nacionales”. Esta vez tengo suerte y no insisten en que pague el impuesto de turista extranjera. En otros viajes no me ha molestado pagarlo; yo entiendo que me cobran multa por confundir, porque las ambigüedades y ambivalencias son incómodas. El último paso es salir con las maletas…entrego un documento, muestro el pasaporte gringo de nuevo, oprimo el botón negro del semáforo de la aduana. Es una azar; una rueda de la fortuna que si te sale rojo, se te impide la entrada al país y si verde te integras a la muchedumbre nacional. La luz palpita entre rojo y verde. VERDE.

Carta Editorial

“Antes de empezar a leer libros de letra corrida, me fasciné con las revistas de historietas. La palabra, mi instrumento de expresión, se vio excitada por ese otro instrumento que aparentemente le es ajeno: la imagen fija pero cambiante”. La frase se le atribuye a Sergio Ramírez, el primer escritor centroamericano en hacerse con el Premio Cervantes.

Las palabras de Ramírez, un consagrado de la literatura y exvicepresidente de Nicaragua, remiten a ese momento crucial en el que un niño tiene sus primeros roces con la lectura. El material con el que se encuentre, la trama, el escenario o el héroe con el que se identifique van a seguir teniendo una influencia enorme por el resto de su vida.

¿A qué materiales se exponen los niños salvadoreños? La falta de referentes no es un problema que se limite a la educación o la introducción a la lectura. También tiene que ver con la construcción de la identidad. ¿Qué tipo de país se construye en el material al alcance de los niños? ¿Cómo las características de este moldean también la personalidad colectiva de nuestra niñez?
Se dice que el salvadoreño promedio no lee. La manera de cortar con esta creencia es atraer a los nuevos públicos. El problema es que el nicho de las nuevas generaciones está lleno de cualquier tipo de distracciones que ofrecen un tipo de satisfacción más expedita en la que no hay que poner cuotas de paciencia ni de concentración. Al autor salvadoreño René Colato Laínez esto no lo ha asustado. Ha escrito y publicado un libro en español e inglés sobre la niñez de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. En una construcción compleja, pero necesaria, que teje las migraciones con la identidad nacional, este libro se publica en Estados Unidos.

El periodista Moisés Alvarado ha escrito este reportaje que en realidad es una puerta a ese mundo que se construye lejos, pero con ladrillos de aquí. Ese que busca hacer por los niños de hoy lo que las historietas hicieron por un centroamericano que ahora es célebre y que se prepara para recibir uno de los premios más importantes en literatura.

“No pararía nunca”

¿Qué ha hecho el deporte por usted?

He estado en España, Colombia, Inglaterra y varios más. He podido hacer lo que no hubiera hecho si no fuera por el deporte. Y también me queda la satisfacción de varias medallas.

¿A qué se dedicaría si no hubiera encontrado el atletismo?

Seguiría estudiando y trabajando en ventas. Pero me encontré con esto y me ha ayudado a superarme en lo mental y en lo físico.

¿Qué es lo que más falta le hace al deporte nacional?

Apoyo de las empresas. Es necesario que vean que no solo está el fútbol como deporte. Hay talento y dedicación en todas las demás ramas. Lo que no hay es dinero por igual.

¿Por qué insiste en mantenerse en esto si no hay recursos?

Lo hago porque hay talento y para demostrar que merecemos apoyo porque nos sacrificamos bastante al entrenar.

¿Cuál es su mayor motivación?

Ganar y poder cantar el himno nacional.

¿Qué lo haría detenerse?

Nada. No pararía nunca, tengo el ánimo que me da la gente que me apoya y voy a llegar con esto hasta que me dé el cuerpo.

¿Qué se saca de las derrotas?

Cuando se pierde, uno aprende a fortalecerse emocionalmente y a pensar en que habrá más oportunidades para tener un mejor desempeño.

Buzón

Buzón

Los desaparecidos

Miles de salvadoreños desaparecieron durante la guerra civil. La Comisión de la Verdad documentó 5,000 desapariciones forzadas ocurridas entre 1980 y 1992. Gracias al trabajo de las familias de las víctimas y las organizaciones de derechos humanos, se ha recopilado más información que permite estimar en 10,000 los desaparecidos en la década de los ochenta; de esa cifra pocos se han encontrado, se desconoce el paradero de la mayoría, el único consuelo es la expectativa que el actual presidente de la república prometió en su campaña y que se precisó recientemente con la creación de CONABUSQUEDA, que pretende saldar la deuda histórica con esas víctimas a fin de propiciar el reencuentro o restitución de sus restos, con lo que al menos se abre una luz de esperanza para quienes arrastran esa congoja acumulada.

En consonancia con ese compromiso, El Salvador se convirtió en signatario del Tratado Consultivo de la Comisión Internacional Sobre Personas Desaparecidas. La entrevista de Valeria Guzmán “¿Dónde se enflora a un desaparecido?” encierra un interesante contexto vertido en el diálogo con una protagonista, madre Lupe, víctima de aquel sufrimiento que cautivó a Manlio Argueta su novela de vocación social “Un día en la vida”, ganadora del premio UCA Editores.

Desafortunadamente, el fenómeno de las desapariciones no finalizó con la firma de las Acuerdos de Paz, nada se aprendió del oscuro pasado ilustrativo. En los actuales momentos los recuentos de personas reportadas como desaparecidas vuelven a inflarse, las desapariciones son cotidianas como en la guerra civil y cientos de personas viven en silencio sus peculiares historias sin tener al menos la suerte como los casos del conflicto donde ciertamente los salvadoreños siguen buscando a sus familiares pero tienen al menos el ínfimo aliciente de tenerlos registrados en el Monumento a la Memoria y la Verdad del parque Cuscatlán, en una incipiente base de datos.

La memoria no se rinde y es vital para que una sociedad se haga cargo del pasado, presente y futuro; la presión y el trabajo de los familiares ha demostrado que con la esperanza en ristre la localización es posible. Dar solución a todo caso de desaparición forzada es de imperioso compromiso para que el país avance en el fortalecimiento de su sistema de justicia y se consolide el Estado de derecho, solo así quedaría en evidencia una verdadera voluntad de evitar la repetición de tan repulsiva barbarie.

Julio Roberto Magaña
jrobertomasa@hotmail.com


Las otras Guadalupes

La entrevista de Valeria Guzmán “¿Dónde se enflora a un desaparecido?” nos hace mirar al pasado, cuando el conflicto armado nos arrebató a alguno de nuestros familiares o amigos. En este país existen más Guadalupes Mejía que ocultan su reclamo por no ser escuchadas. Diferente es la entrevistada que tuvo o tiene la oportunidad de contar las peripecias que le ha tocado sufrir por denunciar los atropellos sufridos durante la guerra. Cuál es el costo que se tiene que pagar para encontrar a los familiares desaparecidos por haber sido tildados de comunistas y ahora aparece su nombre en el Monumento a la Memoria y la Verdad. En mi caso me tocó ver desaparecidos amigos, vecinos, compañeros de estudios y ni sus nombres aparecen en ese monumento. Cuántos más testimonios están en el olvido y cuántos deambulan por las calles enloquecidos por los traumas de la guerra.

Es de justicia dar con el paradero de tanto desaparecido que haya sido combatiente o señalado por las fuerzas paramilitares. Es imperante acompañar a las familias de los desaparecidos para que sus peticiones sean oídas.

Desde el punto de vista social, el costo ha sido muy alto y una consecuencia es que las armas quedaron en manos de la población civil, lo cual propició el surgimiento de las pandillas de jóvenes y adultos denominadas maras, que se dedican a la delincuencia y al tráfico de drogas, que han hecho de El Salvador uno de los países más violentos del mundo. Por esta razón la desaparición forzada es una de las más penosas páginas de la historia nacional y signo de una patología de la sociedad salvadoreña: la impunidad.

Los responsables de todas las desapariciones no han rendido cuentas por sus acciones debido al nivel de impunidad existente en nuestro país, y como prueba, hasta la fecha nunca se ha realizado un juicio por un caso de desaparición forzada.

Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com


La paz incompleta

No había manera de que empezáramos bien con la paz si antes no se escuchaba a esta gente que perdió lo más valioso que tenía: a su familia.

La madre Lupe dio batalla, y la sigue dando. Todos los que buscan descalificarla por sus ideas políticas no tienen idea de lo reducido de su argumento. Porque la política es mucho menor a los lazos familiares. Nadie, ni de una ideología ni de la otra, merece pasar décadas buscando sin tener certeza de si busca vivos o muertos. Es injusto que esto no haya sido una prioridad. Ojalá que este nuevo organismo que se ha formado venga a dar una respuesta concreta y no se convierta en otra de esos elefantes blancos que solo chupan el dinero y no entregan ningún resultado.

Cristian Salazar
cristiansala7812@gmail.com

Historias sin Cuento

ÁRBOLES EN VELA

La vida le había ido presentando pruebas en cadena, como casi siempre ocurre con todos los seres humanos; pero en este caso lo diferente era que se trataba de un niño, un adolescente y un hombre joven que en el curso del tiempo nunca dio muestras de ningún tipo de problema particular. Sin embargo, los ahogos materiales y los quebrantos anímicos estaban ahí para él en el día a día, y había que buscar alguna salida. Y la salida la encontró en la página de un libro antiguo que halló en el baúl más olvidado de la casa que era herencia de familia. Abrió el libro al azar, y le asaltó una línea: “Todos los consejos propicios te los darán los árboles que ames”. Aspiró a fondo. Volvía a sus más profundos orígenes genéticos. De seguro él, en alguna vida pasada, había sido pino feliz. Y salió corriendo hacia el bosquecillo más cercano, a recibir la bendición de sus antepasados…

EL OTRO SENDERO

Nadie sabía cómo se llamaba aquel desconocido que llegó como visitante de paso pero que se fue quedando por ahí, sin ubicación conocida, aunque fácilmente visible por distintos rincones del lugar, que era una zona arbolada por donde cruzaba una autopista de las de antes y por donde se esparcían varios senderos sinuosos que llevaban a diferentes destinos inmediatos.
En verdad él era una rara avis en el ambiente, porque las gentes que ahí vivían eran obreros o pequeños empleados, cuya dedicación al trabajo cotidiano estaba a la vista. Él, por el contrario, tenía toda la planta de los vagabundos empedernidos, sin ocupación perceptible.
Lo que nadie sabía era que por las noches se iba a refugiar en la arboleda más espesa de los alrededores, que daba a un arroyo de aguas siempre transparentes, aun en los días de borrasca lluviosa. Pero en algún momento uno de los adolescentes más curiosos del lugar tuvo el impulso de seguirles la pista a los movimientos del desconocido, como si fuera una tarea de clase.
Y así, en uno de los atardeceres siguientes, escabulléndose entre las malezas tupidas, llegó hasta la boca de la cueva donde vio entrar al observado. Él entró también, como una sombra habilidosa, y fue a colocarse detrás de un saledizo de la ruta escarbada en la tierra quién sabe cuándo ni por quién. Desde ahí comenzó a recoger el suceso como una maquinita fotográfica consciente.
Sentado en el polvo en posición de loto, el observado fue entrando evidentemente en trance; pero no en trance de meditación común sino en algo así como la preparación para levitar. El cuerpo se alzó unos centímetros y comenzó a convertirse en una hoguera casi transparente. ¿Cuánto tiempo duró tal situación? No importaba el tiempo: en algún momento el observado recuperó su estado normal y el observador tomó la identidad etérea. Salieron juntos, como lo que eran ya sin dudas ni recelos: el yo y el otro yo del mismo ser interiorizado. Afuera, cada quien retomó su camino. Armonía sagrada.

MISIÓN DEL ARCO IRIS

Según las previsiones del médico que la atendía, faltaban muy pocos días para que llegara la hora del alumbramiento, y tanto ella como su familia inmediata hacían los preparativos del caso. Una amiga que era adicta a las predicciones sobrenaturales le había advertido que la criatura estaba esperando que hubiera condiciones astrales propicias, que de seguro tenían que ver con los movimientos de la Luna.
Como sería madre soltera, todas sus decisiones estaban concentradas en la propia voluntad. Cuando pasaron los días, el médico le advirtió que quizás habría necesidad de hacer una cesárea. Ella se quedó en suspenso, como a la espera de otras señales.
Pero todo parecía detenido en una antesala penumbrosa. El médico le hizo ver la urgencia. Si no, peligraba el que venía. Y entonces ella sintió que lo pertinente era penetrar en su interior para hacer ahí las indagaciones que fueran capaces de conectar con el infinito externo.
Entró en meditación profunda, como nunca antes lo había experimentado, y de pronto se sintió inmersa en un pequeño espacio que parecía una isla flotante. La rodeaba un horizonte cargado de nubes a punto de desprenderse en lluvia copiosa. Ocurrió al instante. En medio, una balsa animada parecía buscar escape. Ella la seguía con los brazos extendidos. El desagüe estaba a la vista. Y en el momento en que la balsa se perdió de vista hacia afuera cesó la lluvia y apareció el arco iris, más radiante que nunca. Ella abrió los ojos. Alguien junto a ella tenía entre sus manos al recién nacido.

MENSAJE DE LA LUZ

Cuando escapó de su casa todos creyeron que había sido para incorporarse a alguna de las estructuras criminales que proliferan en el ambiente, ya que desde hacía algún tiempo andaba arisco y sospechoso, como si escondiera propósitos. Ni siquiera dieron parte a las autoridades, y más bien se quedaron esperando alguna noticia que les llegara por rutas clandestinas. Eso nunca ocurrió, y entonces la posibilidad de un fin trágico fue ganando terreno. Ahí, sobre la mesita de noche de la abuela, aquel retrato de niño tenía una veladora encendida siempre enfrente.
Y aunque la veladora solo se cambiaba muy de vez en cuando, permanecía animosamente viva como si tuviera renuevo diario. Hasta que un día amaneció a punto de extinguirse. La anciana no la tocó, porque para ella esa era la señal.
En efecto, solo bastaron unos pocos minutos para que el retrato quedara en la penumbra. Y fue entonces cuando se comenzó a producir otra iluminación sin origen discernible. Una iluminación que aunque tenía su centro en el retrato se expandía por toda la humilde estancia.
La señora estaba arrodillada junto a la mesa de noche, de espaldas a la puerta, y por eso la figura que entró fue acercándosele sin que ella lo advirtiera. Le puso la mano sobre el hombro. La abuela no se inmutó, como si lo esperara. El retrato había desaparecido. Ahora estaba de vuelta el nieto en persona.

PASIÓN EN CÍRCULO

El pájaro rojo volaba afanosamente sobre la ruinas de la pirámide que se destinaba a recordar pasadas glorias. El investigador apuntó en su cuaderno: “Hay signos de que se acerca el tiempo de la resurrección de esta cultura soterrada por las miserias infatigables del tiempo que gobiernan los humanos”.
El pájaro malva se detuvo en la rama más oscura del árbol quemado en el incendio del bosque que rodeaba las ruinas del templo ceremonial. El investigador apuntó en su cuaderno: “La tempestad de odios y de ambiciones desatada por la resurrección de la cultura milenaria que estuvo aquí mientras pudo defenderse de sí misma ha dejado vivos algunos pálpitos de esperanza”.
El pájaro blanco cantó, con su dulcísimo silbo doliente, en el límite de piedras fosforescentes entre el campo donde estaban las ruinas y la colina de casas nuevecitas que iban surgiendo de los trabajos del buldócer y de los afanes de las cuadrillas de albañiles y carpinteros. El investigador apuntó en su cuaderno: “La cultura milenaria está de nuevo fatigada. Dejémosla dormir. Me voy a otra parte”.

El periplo de una adolescente iraquí para sobrevivir al EI

Encierro. La toma del poder del Daesh dejó a Mosul sin libertades. Una adolescente cuenta cómo sobrevivió a esos días en los que a todos los cercaron.

Las tres mujeres se tensaron cuando su taxi se acercó al puesto de control vigilado por combatientes del grupo extremista Estado Islámico. Todos en Mosul temían los puestos de control; no podías predecir lo que esos hombres armados harían motivados por su fanatismo para destrozar cualquier indicio de “pecado”. Uno de ellos observó a Ferah, la chica en el asiento trasero.
La joven de 14 años llevaba el velo exigido sobre la cara, pero había olvidado bajar la tela para cubrir también sus ojos. Un combatiente le gritó para que lo hiciera. Pero Ferah no llevaba guantes, otra de las piezas requeridas. Si arreglaba el velo, verían sus manos desnudas y las cosas empeorarían.
En un intento por desaparecer, se hundió en su asiento.
Los hombres explotaron y gritaron que se llevarían a Ferah, a su madre y a su hermana ante la hisba, la temida policía religiosa que sancionaba a quienes violaban las órdenes del grupo EI. Sacaron a rastras al conductor y lo interrogaron. ¿De qué conoces a estas mujeres?
Ferah sentía a los hombres acechando al otro lado de la ventana; temibles, enormes y musculosos y con una barba que les llegaba al pecho. Su madre palideció. Una simple visita a casa de un amigo se estaba convirtiendo en un desastre.

Y de repente, se acabó. De alguna forma, el conductor tranquilizó a los hombres armados.
Ya seguros en casa de su amigo, Ferah se vino abajo. No solo temblaba, su cuerpo entero convulsionaba.

Este era el nuevo mundo de pesadilla en el que tendría que vivir la joven iraquí.
Ferah nunca había escuchado del grupo EI hasta que los milicianos tomaron el poder. Cuando comenzó el verano de 2014, el mundo se abría ante ella. Había terminado el primer curso en una nueva escuela privada, la mejor de la ciudad, que le encantaba. Había hecho nuevas amigas. Sus clases eran en inglés, su materia favorita. Soñaba con ser diseñadora de interiores.
Pero en junio, los milicianos del grupo EI invadieron Mosul y la ciudad cayó en el caos.
Los faros iluminaron las calles alrededor de la casa de Ferah alrededor de la medianoche. Vecinos con maletas se amontonaban en autos, soldados aventaban bolsas a camionetas, alejándose a toda velocidad bajo el ruido de la artillería y los disparos. Al otro lado de la ciudad, estalló un éxodo de pánico. Las dos hermanas mayores de Ferah, que estaban casadas y vivían cerca, llamaron para decir que huían a la cercana zona kurda. Su mejor amiga de la escuela le dijo por mensaje que su familia se iba a Turquía.
La familia de Ferah se quedó.

A la mañana siguiente, despertó a un mundo gobernado por milicianos, a los que se refiere despectivamente por su acrónimo árabe, Daesh.

Conforme los días se convertían en semanas y las semanas en meses, Ferah ya no quería salir. Era demasiado peligroso. Se refugió en su habitación, lejos del horror, de las historias de hombres acribillados en plazas públicas y de mujeres apedreadas hasta la muerte.
Su refugio eran las palabras. Colocó una vela en un vidrio viejo y, con su tenue luz, sacó su iPad y escribió en su muro de Facebook. Unas cuantas líneas al día sobre un sentimiento o pensamiento, un temor o una esperanza.
No tenía ni idea de cuánto tiempo tendría que vivir así, o si ella y su familia sobrevivirían.
“¿Cuál es el problema?”, preguntó en uno de sus diálogos imaginados.
“El futuro desapareció. Se vino abajo”.
“¿Cómo puedo comprender tus sentimientos?”
“Ponte en medio del Daesh… Intenta ser un soñador mientras estás entre Daesh”.

***

LA PLAGA
Cada día había más hombres fanáticos. Estaban por todos lados, con sus barbas largas y sus túnicas justo por encima del tobillo. Nunca sonreían y parecían estar enojados todo el tiempo.
Cuando regresó a la escuela, esta también estaba bajo el control del grupo EI. La escuela privada a la que asistía antes estaba cerrada, así que fue a una pública. Estaba segura de que algunas niñas de su clase eran del Daesh: llevaban las caras tapadas por velos, casi nunca hablaban con los demás y cuando lo hacían, era para hacer juicios severos.
Ferah les tenía miedo. Dejó de asistir a las clases.
El hijo de la familia de la casa contigua se volvió miembro del grupo EI. “¿Cómo puedes permitirle unirse?”, preguntó la madre de Ferah a la otra, que se encogió de hombros como respuesta. Pronto, también el esposo de la mujer usaba la ropa de los milicianos. Toda la familia era de Daesh. La familia de Ferah conocía a esa gente desde hacía años, se visitaban mutuamente en casa. La habitación de Ferah daba a su vivienda.
Era como una plaga que se propagaba y transformaba a la gente.
Uno por uno, los amigos que quedaban de Ferah se despedían para irse a Turquía o zonas kurdas.
Los parientes y amigos de la familia que se quedaron pasaban por la casa con frecuencia y comentaban las noticias. Ferah se enteró de las leyes que habían impuesto. El Daesh prohibió fumar. Durante el ramadán, arrestaban a personas sospechosas de no respetar el ayuno. Quienes violaban las reglas eran azotados en plazas públicas.
Comenzaron las atrocidades. Cientos de reos chiíes de la principal prisión de Mosul fueron asesinados. Policías y soldados fueron abatidos en plena calle para que todos lo vieran.
El padre de Ferah, profesor universitario, utilizaba un dicho árabe para explicar que el Daesh explotaba la religión: “Hablando con rectitud, mientras cometes el mal”, decía. Él y su esposa habían criado a sus cuatro hijas para que valoraran la educación y la fe. Eran una familia musulmana suní religiosa y con frecuencia rezaban juntos. Ferah, sus hermanas y su madre usaban velo, como casi todas las musulmanas en Mosul. Pero esto no se parecía en nada al islam que conocían.
Proliferaban los patrullajes de la policía religiosa de la hisba y se imponían cada vez más reglas. A las mujeres se les exigió usar el niqab: túnicas negras, guantes y velo que ocultan toda forma corporal y las mantienen lejos de las miradas de los hombres incluso en público.
Ferah odiaba usar el niqab. Odiaba al Daesh. Y odiaba su vida.

El padre de Ferah, profesor universitario, utilizaba un dicho árabe para explicar que el Daesh explotaba la religión. “Hablando con rectitud, mientras cometes el mal”, decía. Él y su esposa habían criado a sus cuatro hijas para que valoraran la educación y la fe. Eran una familia musulmana suní religiosa y con frecuencia rezaban juntos. Ferah, sus hermanas y su madre usaban velo, como casi todas las musulmanas en Mosul. Pero esto no se parecía en nada al islam que conocían.

La mañana del 16 de octubre de 2014, desayunó como de costumbre, ayudó a su madre con las tareas y rezó a mediodía.
Luego entró a su habitación, cerró la puerta con llave y lloró.
Sus amigas se habían ido. Sus dos hermanas mayores también. Una estaba embarazada cuando huyó, y ahora Ferah tenía una sobrina recién nacida a la que solo conocía por fotos. Estaba aislada y sola, temerosa de salir.
A la hora de la comida no salió. Sus padres se preocuparon.
“Puedes superar esto, Ferah”, le dijeron a través de la puerta.
“Necesito estar sola”, sollozó.
Escribió sus ideas en inglés en hojas de papel. ¿Por qué nada resulta como esperaba? ¿Por qué pasa esto? Le gustaba escribir sus pensamientos más profundos, lo que no quería que nadie supiera, en inglés, no en árabe. Luego cortaba el papel, tal como le hubiera gustado cortar su realidad, y guardaba los pedazos en una caja en su armario.
Pero entrada la noche, luego de horas sentada en la cama, intentó algo diferente. Escribió en árabe.
“De repente, la vida te despoja de lo que amas, como si te castigara por un crimen que aún no se cometió”, escribió. “Me da miedo preocuparme por los dispersos restos de mi alma, solo para después perderla. ¡A veces le tengo miedo a la felicidad!”
Lo publicó en su página de Facebook y, curiosamente, se sintió mejor, “como una luz al final de un misterioso camino”.

***

LOS SIETE HÁBITOS DE ADOLESCENTES
Ferah nunca se consideró escritora. Pero abrió una nueva cuenta de Facebook y publicaba cada pocos días. Pronto tenía cientos de seguidores que se convirtieron en miles.
Desde su habitación, creó un nuevo mundo. Hizo mariposas con hojas azules, rojas y verdes y las colgaba alrededor del espejo. Las mariposas: brillantes, optimistas. Colgó tiras de luces blancas desde el techo. Pegaba letreros en inglés en las paredes: “Sé tú misma”.
Y, para crear ambiente, prendía su vela.
En sus escritos se enfrentaba a su mayor temor: Probablemente su vida nunca empezaría. El Daesh podría quedarse siempre.
“Cuando cierras los ojos, sientes lo horrible que es tener las manos encadenadas y ser incapaz de imaginar el futuro. Te acurrucas en el suelo y lloras”.
Sabía que estaba sensible. Podía llorar durante horas o salía de su cuarto gritando: “¿Qué hago aquí? Todos me abandonaron”. La hermana de Ferah evadía el estrés o dormía. Pero a la menor provocación, Ferah se encendía.
Su madre se preocupó y encontró excusas para entrar a su cuarto y vigilarla.
No era fácil criar a una adolescente en una ciudad tomada por fanáticos. Una palabra equivocada podía matarte.
En el verano de 2015 se extendió la noticia de que un hombre fue arrestado después de señalar la casa de los vecinos de Ferah que se habían convertido al Daesh a la coalición liderada por Estados Unidos. Convencidos de que habría un ataque aéreo, la familia de Ferah y otros vecinos decidieron irse unos días.
Al partir, vieron que la esposa de la familia señalada también lo hacía.
Ferah estalló. “¿Por qué te vas? ¿No quieres el martirio?”, gritó. “Regresa a tu casa y deja que la ataquen. ¡Irás directa al paraíso!”
Aterrorizada, la madre de Ferah se llevó a su hija.
La casa del vecino nunca fue atacada. Los milicianos dispararon al presunto informante en la cabeza en una plaza pública y el esposo mostró con orgullo el video, jactándose: “Este fue uno que intentó intimidarnos”.
Al poco tiempo, el 19 de julio, Ferah cumplió 15 años. Su madre intentó organizar una fiesta, pero ella lo evitó. No quería soplar velitas y actuar como si fuera un cumpleaños feliz. ¿Qué tenía de feliz?
No solo era el miedo. El aburrimiento era paralizante.

Sin libertades. El Daesh impuso en Mosul una serie de reglas cuyo cumplimiento se verificaba de forma discrecional. Esto dejó muchas víctimas mortales.

Mes tras mes, Ferah y su hermana deambulaban por la casa intentado llenar unas horas que pasaban agonizantemente lentas.
La noche traía lo más cercano a la libertad: internet. Durante el día, la compañía limitaba su uso, lo que complicaba ver un video. Pero pasada la medianoche, los megabytes eran ilimitados.
En todo Mosul, la sociedad se protegía tras puertas cerradas y vivía vidas virtuales, nocturnas, y dormían hasta bien entrado el día. Incluso el padre de Ferah estaba atrapado. No tenía empleo porque el grupo EI cerró las universidades. Además, no le crecía la barba, así que al salir arriesgaba ser acosado por la hisba, que exigía que los hombres llevaran barba como la del profeta Mahoma. Pasaba gran parte de sus días escribiendo un libro en su estudio.
Ferah leía. Se descargó traducciones árabes de libros de autoayuda: “Succeed for Yourself: Unlock Your Potential for Success and Happiness” (“Ten éxito por ti mismo: Desbloquea tu potencial al éxito y la felicidad”), “You Will See It When You Believe It” (“Lo verás cuando lo creas”) o “The Power of Intention” (“El poder de la intención”).
Le gustaba tanto “Los siete hábitos de adolescentes altamente efectivos” que lo leyó dos veces. Primer hábito: “Sé proactivo”. Eso significaba decir: “Soy la fuerza. Soy el capitán de mi vida. Puedo escoger mi actitud”.
Optó por libros sobre la adolescencia porque quería comprender la fase de desarrollo por la cual pasaba. Aprendió que eran sus años formativos, cuando la personalidad se define.
Ferah cayó en la cuenta que no podía seguir así. Si estoy deprimida y atemorizada, esa forma de pensar se quedará conmigo para siempre.
No tenía caso quejarse, se dijo a sí misma. Debía aprovechar ese tiempo para lograr algo que pudiese permanecer con ella. Podía ser una soñadora entre el Daesh, sería la capitana de su vida. Este sería su proyecto.
Su diario en Facebook creció. Sus seguidores, ya más de 6,000, elogiaban su escritura y eso le daba fuerzas.
Una tarde notó que la comenzó a seguir una chica iraquí. Ferah le envió un mensaje para preguntarle el motivo. “Porque entré a tu perfil y vi que eres una buena persona”, respondió.
Era Rania, también originaria de Mosul, pero su familia había huido a Dahuk, en territorio kurdo. Ferah y Rania comenzaron a chatear con frecuencia, al principio sobre cosas superficiales, pero luego surgió una amistad.
Aun así, todos estos pasos parecían demasiado pequeños para evadir la realidad del Daesh. “Sé que después de todo este tiempo vivía en mi mundo de ensueño”, escribió Ferah. “Una sola palabra puede devolverme todo el dolor”.

***

EL AROMA DEL PARAÍSO
En ninguna parte de Mosul se podía escapar del terror del Daesh.
Una vez, Ferah fue con sus padres a una de sus comprobaciones ocasionales a la casa de su hermana mayor. No se atrevieron a detener el auto, pasaron lentamente por delante. La casa había sido confiscada y ahora familias partidarias de EI vivían ahí. Ferah los vio entrar y salir con sus túnicas cortas, barbas y velos como si fuera su casa. Las calles eran un peligro.
Los ojos vigilantes y obsesionados de la hisba captaban “errores” de mujeres que ni ellas mismas sabían que cometían. De afuera de la casa del tío de Ferah se llevaron a una niña. Su túnica se había abierto y vieron algo rojo debajo, un toque de color prohibido en lo que debía ser un atuendo totalmente negro.
La propia azotea de Ferah era un peligro. Era un lugar para disfrutar de la brisa en las sofocantes noches veraniegas, pero la casa familiar estaba expuesta, totalmente visible desde tres direcciones. ¿Cómo saber de qué podían acusarte si te veían ahí?
En un barrio cercano, una niña de unos 12 años había subido a su azotea. Por casualidad, un niño en la casa contigua estaba en la suya al mismo tiempo. Fueron vistos y se levantaron sospechas. El Daesh los arrestó y los mató. La niña fue lapidada en la calle frente a su casa, el castigo por adulterio. Todos en el barrio comentaban lo sucedido. Comentaron que cuando dejaron de apedrearla y se llevaron el cuerpo de la niña, permaneció un cálido olor a almizcle, uno de los aromas del paraíso, señal inequívoca de que era inocente y Dios se la había llevado.
Definitivamente no subas a la azotea. El único lugar seguro era entre las cuatro paredes.
“¿No hay un derecho a la libertad de soñar, la libertad de tener los mejores años de mi vida?”, escribió Ferah. “Solo me gustaría saber cuándo viviré realmente”.

***

SUS PEQUEÑAS OBRAS
En su cuarto, Ferah profundizaba en un mundo que se volvía cada vez más elaborado.
Imprimía fotos de Instagram y Tumblr de caras o de la moda que le gustaba y las pegaba sobre su cama. “Todo lo que imaginas es real”, decía un cartel. Otro mostraba a una niña con alas de hada. “¿Y si caigo?”, decía la imagen, que también respondía: “Ah, querida, ¿y si vuelas?”
Sus recortes de papel se multiplicaban, ya no solo había mariposas, sino flores, corazones y un nido de crías de pájaro. Los llamaba “mis pequeñas obras”.
La luz de su vela la motivaba. “Háblame con frecuencia”, decía. “Estoy aquí para meditar y reflexionar contigo”.
Por la noche, exploraba la red. Descubrió toda una microcultura de entusiastas del diseño de interiores en YouTube. Su favorito: cualquier cosa de la cadena IKEA. Practicó su inglés viendo caricaturas. Vio “Asalto al poder”, con Channing Tatum, una y otra vez hasta que comprendió casi todos los diálogos.
Lo mejor era su amistad con Rania.

En un barrio cercano, una niña de unos 12 años había subido a su azotea. Por casualidad, un niño en la casa contigua estaba en la suya al mismo tiempo. Fueron vistos y se levantaron sospechas. El Daesh los arrestó y los mató a ambos. La niña fue lapidada en la calle frente a su casa, el castigo por adulterio. Todos en el barrio comentaban lo sucedido. Comentaron que cuando dejaron de apedrearla y se llevaron el cuerpo de la niña, permaneció un cálido olor a almizcle.

Tenían gustos similares. Rania le envió una foto suya y su ropa era algo que Ferah se pondría. Decoraban juntas cuartos en línea, intercambiaban fotos de muebles.
Ferah nunca había visto a Rania en persona; sin embargo, su amistad era más profunda que cualquiera que hubiera tenido en la niñez. Probablemente porque nació de la adversidad. En sus peores momentos, Ferah escuchaba el aviso de un mensaje de Rania y sabía que nada más abrirlo, reiría.
“Me entristece que un cielo nos cubre a ambas y no podemos conocernos, que las fotos digitales nos unen y no podemos conocernos”, escribió Ferah. Pero le dio las gracias a Dios: superar la distancia “es absolutamente lo más hermoso que he experimentado”.
Al menos dentro del mundo que creó en su habitación podía encontrar confort y pasear lejos en la red con sus amigas, sus escritos y sus lectores.
Pero eso también desapareció.
El 19 de julio de 2016, en su 16.º cumpleaños, el Daesh desconectó el internet.
El grupo EI acordonaba a la población de Mosul. Temía que espías guiaran ataques aéreos estadounidenses mientras las fuerzas iraquíes más al sur comenzaban su marcha hacia la ciudad con el objetivo de recuperar el feudo más importante del Daesh.
Ferah quedó sola. Comenzó a tomar clases de costura con una amiga de la familia. Le encantaba. A veces se quedaba en la máquina de coser hasta las 3 de la madrugada y con el tiempo hizo casi 20 atuendos, algunos los regaló.
Y escribía, ahora para ella, no para sus seguidores. Escribió largas reflexiones donde se retaba y se enfrentaba a sus dudas.
Conforme pasaban los meses, halló que sus pocas obras –sus manualidades, su ropa, sus escritos– eran sus éxitos secretos. Le dieron confianza para valerse por sí misma.
“Nadie puede detenerte cuando confías en lo que tienes dentro, cuando sobrevivir está en tu corazón incluso cuando tu cuerpo se hunde, cuando la luz está adentro incluso cuando te rodea la oscuridad”, escribió. “Obligaré a mi realidad a someterse a mis deseos y lograr mis objetivos. Incluso cuando aumenten las dificultades, no caeré. Vamos, guerra, empeora”.
Solo extrañaba a una persona. Para el cumpleaños de Rania, le escribió un mensaje.
“Construyo un lugar eterno para ti en mí”, le dijo. “Cuando crea que me rindo, tú pasas y estoy segura que, contigo ahí, nunca me rendiré… Gracias por tu corazón, mi amiga, mi flor, mi galaxia, mi mariposa. Te quiero mucho, mucho”.
Podía recibir una débil señal en su tarjeta SIM en el piso superior de su casa. Se paraba en el lugar justo, sostenía el teléfono en alto, presionaba enviar, rezaba que su mensaje, byte por byte, llegara a la amiga que nunca había conocido.

***

Hacia afuera. Mientras tuvo internet, Ferah usó las redes sociales para compartir sus escritos y también para hacer amigos. En el momento más álgido, ya no le quedó ni esa ventana.

CENIZAS
En enero de 2017, el Daesh irrumpió en el mundo de Ferah.
Las fuerzas iraquíes se abrieron camino hacia el este de Mosul en una dura contienda urbana. Los milicianos tomaron viviendas y se atrincheraron en ellas para una sangrienta lucha con las fuerzas de Bagdad, luego se iban al siguiente vecindario. La ciudad se sacudió con disparos, coches bomba y ataques aéreos.
Una tarde, se escuchó un golpe en la verja frontal. No respondieron, así que los hombres armados del Daesh se abrieron camino a tiros.
“Salgan todos”, ordenaron los hombres. Querían la casa, la azotea les daría a sus francotiradores una buena visión. Ferah estaba enfurecida de ver a estos niños armados, no mayores de 17 años y sin duda de aldeas de fuera de Mosul, gritándole a su padre, un hombre respetable de unos 50 años. Incluso en este momento crítico previo a la batalla, lo reprendieron por no tener barba.
La familia de Ferah se refugió con un vecino. Amontonados en un solo cuarto, podían escuchar a los combatientes a un lado, subiendo y bajando escaleras. Esperaron horas para que se debilitara el fragor de la batalla.
Justo antes del amanecer, un golpe. La explosión de un misil, una ráfaga de disparos. Cada vez se acercaba más el zumbido que siempre precede a un ataque aéreo.
Luego una enorme explosión. El cuarto se oscureció. Parte del techo colapsó. Tuvieron dificultades para respirar y los niños pequeños del vecino gritaron en la oscuridad. Ferah y su hermana también gritaron. El padre de Ferah guardaba silencio, estupefacto.
Y así como llegó la tormenta, pasó. El Daesh retrocedió y las tropas del 8.º Ejército Iraquí se dispersaron por las calles que rodeaban la casa de Ferah. Casi después de tres años, su barrio quedaba fuera del control de los fanáticos y en manos del Gobierno.
Sin saber lo que sucedía, Ferah, sus padres y su hermana salieron de su refugio.
“La familia de la casa en llamas está saliendo. No disparen”, dijo un agente por su radio.
Ferah se paró frente a su casa. Las llamas salían de las ventanas de una forma que no se atrevía a mirar. El fuego estaba en su cuarto.
Los combatientes del Daesh habían hecho estallar explosivos en la cocina antes de huir.
Cuando aminoró el fuego, la familia entró. La habitación de Ferah se había derretido. Las paredes eran negras, la pintura se pelaba en dolorosas tiras. El techo había caído sobre su cama.
Sus pequeñas obras eran ceniza: las mariposas, las luces, los corazones y pájaros de papel, la ropa, incluso la caja de su armario llena de recortes con sus pensamientos más profundos en inglés.
“Vi mis sueños mientras se convertían en nada”, escribió. “Mi confianza en el mañana se desvaneció… Mi corazón se encendió”.

***

EPÍLOGO
Pero no fue el final.
Después del incendio, la familia se quedó con la hermana mayor de Ferah en Irbil. Desde ahí, el padre supervisó la reconstrucción de su casa. Ferah tomó un curso de repaso para la secundaria y aprobó. Cuando finalmente retomara las clases, solo estaría un grado atrás.
Visitaron a la hermana de Ferah en Dahuk y conocieron a su hija, de ya casi tres años.
Una mañana, Ferah pasó por una escuela en Dahuk y encontró a un grupo de estudiantes reunido en los pasillos antes de entrar a clase. Buscaba a una en particular.
Rania no supo quién era hasta que Ferah se paró frente a ella.
“¿En serio? ¿Viniste?”, lloró Rania.
“¡Esta es la Ferah con la que has hablado todos estos años!”, rieron las otras niñas.
Las dos jóvenes se abrazaron durante 10 largos minutos. Rania le mostró a Ferah su teléfono: había hecho capturas de pantalla de sus mejores conversaciones. Entre ellas, estaba el mensaje de cumpleaños de Ferah.
En Mosul, el cuarto de Ferah tiene pintura nueva, pero no es el santuario que alguna vez fue. Su madre sacó de un almacén los viejos muebles de su infancia, que ella odia. Extraña sus mariposas, pero no colgará nada hasta que compre nuevos muebles, con suerte de IKEA.
Nada es normal, pero tiene libertad. Todavía es una soñadora, pero ya no entre el Daesh.
A veces, relee uno de sus textos favoritos. Una canción de amor a ella misma. La escribió cuando estaba desesperanzada, elogiando lo bueno que descubrió en su interior.
“Buenos días a todos los que sienten la belleza en su interior, sin importar a quién moleste”, lee en silencio. “Gloria a la luz de los finales que se debilita y la explosión de nuevos comienzos. Nada más durará tanto”.


Por temor a su seguridad en Mosul, Ferah y su familia hablaron con The Associated Press bajo condición de que no se utilizaran sus nombres completos y que algunos detalles que los pudieran identificar no fueran mencionados. Se reportó desde El Cairo.

La revolución contra el acoso sexual sacude a EUA

Con nombre y apellido. Mujeres como Rose Mcgowan han encabezado una revuelta en contra de los hombres que, aprovechándose de sus cargos, han cometido delitos de corte sexual.
#metoo cobra fuerza

Lo recuerdan las víctimas. La película solía empezar así. El presentador de la CBS Charlie Rose, ícono del rigor en la televisión americana, invitaba a su casa a la peticionaria de trabajo y, tras ausentarse un minuto, aparecía ante ella en bata y con los genitales al aire. Knight Landesman, el gurú del arte y editor del magazine Artforum, llamaba a sus empleadas más jóvenes a tomar el té y, una vez sentadas, no dudaba en pasar delicadamente un dedo por sus hombros mientras les murmuraba obscenidades. El antiguo cómico y ahora senador demócrata Al Franken aprovechaba que su subordinada estuviera dormida para tocarle los senos y fotografiarse junto a ella como un sátiro. El entonces asistente del fiscal, luego presidente de la Corte Suprema de Alabama y ahora candidato republicano al Senado, Roy Moore, merodeaba por los juzgados en los años setenta en busca de menores y, si alguna se dejaba convencer, intentaba fundirse con ella en la oscuridad.
No es Babilonia. Ni siquiera Hollywood. Es Estados Unidos. Una nación que de golpe ha visto caer un velo y emerger la basura oculta durante décadas. En menos de dos meses, 34 altos directivos, empresarios y famosos han sido fulminados por acusaciones de acoso sexual. Hay inversores de Silicon Valley, mandamases de Amazon y Pixar, cineastas, directores de medios como Vox o The New Republic, un periodista estrella de The New York Times, senadores, aspirantes a senadores, luminarias culturales, actores, productores, escritores, presentadores, presidentes deportivos… La ola de denuncias ha roto el dique. No pasa el día en que no surja un escándalo y dimita el implicado. Algunos casos son de hace 40 años y otros de este mismo otoño. Pero todos tienen un denominador común: el abuso de poder.

Al igual que ocurriera en la pasada década con la pederastia en las iglesias, un nuevo umbral ha nacido. La tolerancia cero con el acoso sexual ha encontrado tierra firme. Y aquello que durante años permaneció silenciado sale ahora a luz y es juzgado por una sociedad que, bajo el impulso colectivo del #metoo (yo también), apoya a las víctimas.
“Durante demasiado tiempo hemos callado. Una de cada cuatro mujeres ha sufrido acoso en el trabajo. No es una cuestión de Hollywood, o de demócratas y republicanos, sino de un futuro mejor para nuestros hijos. Hay que denunciar los abusos para acabar con ellos”, ha declarado la muy conservadora e influyente Penny Nance, líder de Mujeres Preocupadas por América, una organización cristiana, antiabortista y cercana al presidente Donald Trump.

“¡Ya es hora de limpiar la casa!”, ha clamado desde el otro lado del cuadrilátero ideológico la actriz Rose McGowan. Ella fue de las primeras en acusar por violación al productor Harvey Weinstein, y se ha vuelto un símbolo de la lucha. Su discurso ante la Convención de Mujeres de Detroit marcó un hito. “Durante 20 años me han callado, me han insultado, me han acosado, me han vilipendiado. ¿Y sabéis qué? Lo que me pasó detrás de la escena nos ocurre a todas en esta sociedad. Y no lo vamos a aceptar. Somos libres. Somos fuertes. ¡Todas somos #metoo!”

Weinstein pertenecía al círculo mágico de los demócratas. Se codeaba con Hillary, financiaba a Barack Obama, tenía por amiga a Michelle y hasta había contratado a su hija Malia de becaria en sus estudios. Poseía influencia y la sabía utilizar. Era el demiurgo de Hollywood y parecía blindado frente a cualquier ataque hasta que el pasado 5 de octubre The New York Times publicó una implacable investigación.

Sus palabras recordaron algo que muchos ya sabían. Que el poder y el abuso van a menudo de la mano. Sobre todo en el sexo. No es nada nuevo. Los antecedentes son amplios. Y estos días se están recuperando. Enfrentada a sí misma, la sociedad americana ha vuelto la vista atrás. Y ahí, en la memoria, aparece Anita Hill. La profesora negra que en 1991, ante 10 senadores, todos hombres y blancos, se atrevió a testificar por acoso sexual contra el aspirante al Tribunal Supremo Clarence Thomas. Fue humillada y despreciada por ello. Ni siquiera logró frenar la designación. Pero su valor quedó en el recuerdo. Y poco a poco ayudó a abrir la falla que ahora hace temblar a América: “Soy una superviviente y estoy con #metoo. Pero que nadie se engañe, el cambio no se deberá a un episodio, sino a que todos formemos parte de esta historia”.

Hill no ha sido la única en empujar. Innumerables mujeres han participado y se han visto pisoteadas por hacerlo. Otras han logrado sobrevivir e incluso algunas lo han transformado en una historia de fortaleza. Es el caso de Gretchen Carlson. Miss América 1989 y graduada en Stanford, esta presentadora de Fox denunció el año pasado por acoso al presidente de la cadena, Roger Ailes, y logró su derribo así como $20 millones. Su decisión reveló la cultura de abuso que se había instalado entre los jerarcas de Fox, incluyendo al presentador estrella Bill O’Reilly. Pero el golpe no fue más allá. Como tampoco la caída en junio del presidente de Uber, Travis Kalanick, tras descubrirse un enjambre de acosadores en su empresa.
Durante décadas se ha repetido un esquema bien conocido: se presentaba denuncia, había ruido y luego venía el silencio. Solo el estallido Weinstein ha tenido fuerza suficiente para romper la secuencia. En parte, porque sus víctimas eran más conocidas que él.

Weinstein pertenecía al círculo mágico de los demócratas. Se codeaba con Hillary, financiaba a Barack Obama, tenía por amiga a Michelle y hasta había contratado a su hija Malia de becaria en sus estudios. Poseía influencia y la sabía utilizar. Era el demiurgo de Hollywood y parecía blindado frente a cualquier ataque hasta que el pasado 5 de octubre The New York Times publicó una implacable investigación.

Avalado por la actriz Ashley Judd y más víctimas, el reportaje daba cuenta de décadas de depredación sexual sin límite. Un escándalo que conocía toda la meca del cine y que el productor de “Pulp Fiction” llevaba años tapando con acuerdos extrajudiciales y manadas de detectives privados dispuestos a hacer callar a quien hiciera falta.
Pero esta vez la riada fue demasiado grande. De poco sirvió que Weinstein fuese expulsado de su trono y acabase en una clínica a la espera de una orden de detención. La ola no paró y hasta la fecha le han denunciado 80 actrices, entre ellas Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Rosanna Arquette, Kate Beckinsale, Cara Delevinge, Claire Forlani, Paz de la Huerta (por violación), Lupita N’yongo, Sarah Polley, Léa Seydoux, Mira Sorvino, Uma Thurman…

Familia. La investigación del Times que abrió la caja de Pandora la escribió Ronan Farrow, el hijo de Woody Allen y Mia Farrow. Woody ha estado en el ojo del huracán por casarse con la hija que adoptó junto a Mia.

El efecto ha sido telúrico. Con su capacidad empática, Hollywood ha puesto rostro al acoso. Las actrices han hecho universal el dolor y explicado mejor que nadie la humillación, pero también su decisión de romper con el silencio y quitarse el fango que les hicieron pisar. El resultado ha desbordado el mundo del cine y ha prendido una llama que pocos creen que pueda apagarse.
En este incendio han jugado un papel determinante los medios de comunicación. Las víctimas han hallado en el cuarto poder un camino que les permite sortear el temor a verse aplastadas por demandas de difamación y costes procesales. El medio no solo las avala, sino que contrasta y hace suyo el caso. Tras su difusión, la pelota queda en el otro campo. Las compañías saben que si mantienen al implicado, corren el riesgo de ser acusadas de complicidad. Y la indemnización se puede multiplicar.

El mecanismo ha funcionado. Los denunciantes están ganando la batalla y la prensa, como ya hiciera con los abusos de los sacerdotes, ha vuelto a mostrar su músculo. El peligro de que en esta marejada caigan inocentes es evidente, aunque, de momento, no se ha dado ningún caso conocido. Los escándalos, por el contrario, van a más y la sensación general es que se ha franqueado un umbral. El mismísimo Capitolio ha impuesto a los parlamentarios cursos antiacoso y los presidentes están bajo escrutinio. Figuras como el priápico Bill Clinton son analizadas bajo otra luz y muchos consideran que los casos de Paula Jones y Mónica Lewinsky serían entendidos ahora de otro modo. Tampoco se ha librado George Bush padre, de quien ha aflorado su costumbre de agarrar las nalgas de las mujeres con quienes se fotografía. Seis casos de los últimos 15 años han sido destapados. Bush, de 93 años, ha pedido disculpas por todos.

Pero la mayor presión recae sobre Trump. En 30 años, al menos 24 mujeres le han señalado. Aunque ninguna imputación ha prosperado, el tiovivo de escenas incluye desde tocamientos en avión e irrupciones en camerinos hasta besos salvajes a recepcionistas y supuestos intentos de violación.

Trump siempre ha negado cualquier abuso. Y preguntado esta semana, ha mostrado su “alegría” por la actual ola de denuncias. “Es muy bueno para las mujeres y soy muy feliz de que estas cosas salgan a la luz”, ha dicho. Sus palabras no han tranquilizado a casi nadie. “Ha cometido demasiadas afrentas a la decencia para creérselas”, resume el analista y profesor de Yale Walter Shapiro.
Entre estas “afrentas” figura haber apoyado estos mismos días al candidato por Alabama Roy Moore, acusado de abusar de menores cuando tenía 30 años. Pero también aquella explosiva grabación de 2005 que se hizo pública en la campaña electoral y en la que Trump dijo: “Yo empiezo besándolas… Ni siquiera espero. Cuando eres una estrella, entonces te dejan hacer. Agárralas por el coño. Puedes hacer lo que quieras”. Una definición perfecta del acoso.