Las luces a las que crio Salarrué

Hermanas. Olga (15 de septiembre de 1923-11 de enero de 2004), Aída (1926-1995) y María Teresa, mejor conocida como Maya (1925-17 de junio de 1995).

En esta fotografía, el ataúd con los restos de Salvador Salazar Arrué es escoltado por sus amigos hacia una iglesia. Y junto a ellos está una mujer vestida de monja. Su semblante es sereno e, incluso, parece esforzarse por parecer triste. Se trata de María Teresa Salazar Lardé, conocida como Maya Salarrué, la hija del escritor, quien por esa época ya había regresado de su experiencia en un convento de clausura en Panamá, donde impartió clases de dibujo.

La foto decora una de las paredes de la Casa del Escritor, en Los Planes de Renderos. La propiedad fue comprada por el gobierno de Francisco Flores al albacea del autor, Ricardo Aguilar, en 2003. Decidieron convertirla en esa institución que está a punto de cumplir 14 años. Ahora también hay una especie de pequeño museo con papeles relacionados con el artista.

“En esta casa, Villa Monserrat, vivió nuestro poeta, escritor, pintor, escultor y músico Salvador Salazar Arrué”, dice la placa colocada a la entrada del inmueble. Esta no habla de las mujeres (su esposa y sus tres hijas) que lo acompañaron en su día a día en sus momentos de mayor fecundidad creativa, incluso cuando “Cuentos de barro” y “Cuentos de cipotes”, sus dos libros fundacionales, todavía no habían salido de sus manos. No habla de Zelié Lardé, parte de una familia de intelectuales que marcaron el rumbo de las ideas en el país comandados por su hermano mayor, el hombre orquesta Jorge Lardé Arthes, en la que también estaban incluidos hermanos ilustres como la poetisa Alice Lardé de Venturino y el médico Carlos Lardé. No habla de los tres retoños de esta relación, María Teresa (Maya), Olga y Aída, quienes compartían con sus padres un mundo de arte.

Sin embargo, en la sala más grande de esta casa, conviviendo con los libros de varios autores, está una exposición llamada “Las mujeres Salarrué”, conformada por poco más que algunas fotografías y afiches facilitadas por el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI). Aquí el visitante puede conocer a las personas que constituyeron el entorno más íntimo del autor, uno que rebosaba de creatividad. Se hace aunque sea con pocos elementos, que combinan datos con notas de color.

De Aída, la menor de todas, se dice que podía escuchar los pensamientos ajenos, lo que combinaba con sus habilidades para la ilustración y el diseño de vestuario. Y de Olga, la mayor y “la más intelectual”, que tenía la facilidad de salir de su cuerpo en viajes astrales con “solo dar un brinquito”. De seguro esos candorosos aportes fueron dados por Ricardo Aguilar, el albacea de Salarrué, quien habla de especies parecidas como si de hechos comprobados se tratara. Pero esto se queda corto para el trabajo de años de estas mujeres, uno que todavía hoy solo se conoce de manera parcial perdido entre decenas de colecciones privadas, incluso las que pertenecen a sus descendientes, quienes viven en el exterior.

El único legado accesible a todo el público de las mujeres en la vida de Salarrué descansa ahora en el archivo del MUPI y en las colecciones donadas al MARTE. Se trata de una obra que, a pesar de estar rasgada por el estigma de lo inacabado, da muestras de inquietudes artísticas tan marcadas como las del autor de “Cuentos de cipotes”.

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EL MUSEO DE LA PALABRA y la Imagen es la institución que ahora se encarga de la conservación del legado de Salarrué y de su familia. Y esto no es una cuestión de elección, es un destino que le tocó al ser una de las pocas organizaciones dedicadas a la conservación de material histórico. En pocas palabras, hace lo que en un mundo ideal le correspondería al Estado.

Este les fue entregado en 2003 por el albacea de Salarrué, Ricardo Aguilar, quien décadas antes descubrió que las cosas creadas por su amigo y por su familia, aquellas que no se habían vendido a particulares, estaban a punto de perderse en la casa de Los Planes de Renderos donde reposaban. La única que vivía ahí era una Maya agotada por los años y la soledad. Dentro, las polillas y la humedad hacían su trabajo.

La casa sufrió daños en su infraestructura en 1986, cuando el terremoto que asoló al país no le tuvo piedad. Tras eso, en la época de las lluvias la casa era una suma de cataratas. Los lugareños del sitio comentan que la única ayuda que recibió la artista en los años de soledad antes de su muerte, en 1995, fue la visita de extraños, que le compraban uno que otro cuadro, “de Salarrué y de ellas mismas”, a cambio de unos pocos billetes. Los mismos, ahora, forman parte de colecciones privadas.

“Ahí se perdió más de la mitad, hermano, en el deterioro. Cuadros, manuscritos, correspondencia, ilustraciones… sobre todo de Maya, Aída y Olga. Es una pena, nunca tendremos realmente una imagen de la altura de sus posibilidades”, dice Aguilar en su casa de San Salvador, acompañado de sus propios cuadros.

Ahora el MUPI posee un catálogo que, solo hablando de Zelié y sus hijas, alcanza las 25 pinturas, más de un centenar de ilustraciones (sobre todo de Maya) y una inesperada colección de canciones, de las que, sin embargo, la música se ha perdido en el tiempo. También de otro tipo de trabajos, como vestimenta de muñecas o pequeñas esculturas. Muestra de una creatividad que no estaba hecha para quedarse quieta.

De lo poco que se conservó de ese material que reposaba en la casa de Los Planes de Renderos, sin embargo, pueden sacarse en limpio algunas características. La más conocida quizá sea la madre, la que es considerada como una de las iniciadoras de la pintura primitivista en El Salvador, tal como lo recoge Astrid Bahamond Panamá, historiadora y crítica de arte, en su libro “Procesos del arte en El Salvador”.

Aunque sus cuadros no posean una técnica depurada, y más bien sean abundantes en líneas gruesas y colores puros, fue su sensibilidad para representar los coloridos paisajes de la vida cotidiana campesina salvadoreña, esa siempre olvidada, la que le aseguró un lugar en lo mejor del proceso de la pintura en el país. Una especie de perfecta expresión pictórica de los “Cuentos de cipotes” de su esposo.

“Con esto, la creación femenina es vanguardia del arte considerado no académico con el cual Zelié se adelantará a las apropiaciones del arte popular hacia el ‘arte mayor’, propias del primitivismo de los setenta”, afirma Bahamond en su libro, en referencia a un trabajo que se remonta a la década de los treinta.
Su hija Maya tomó el testigo de ese arte primitivista, según Tania Preza, del MUPI, con la intención de ganar dinero a través del arte. A diferencia de su madre, era dueña de una mano educada, que lo mismo fluía en el cómic como en la pintura surrealista.

Muestra de la primera de las tendencias es una exposición abierta al público en el MUPI. Casi dos docenas de cuadros llenos de colores, de árboles que bien podrían ser maquilishuat o de fuego, retratan la vida campesina en pocas pinceladas. Ahí están contenidas costumbres que resultan incomprensibles para el salvadoreño actual, que se sorprende con formas que, a pesar de verse llenas de vida, se han perdido en el olvido.

Tania Preza es una de las principales entusiastas del trabajo de las Salazar Lardé y una de las responsables de que su trabajo se esté volviendo cada vez más conocido. En esta tarde de finales de enero, da una mirada a la exposición que el sitio donde trabaja ahora tiene sobre Maya. Mira con cariño los colores y las formas, pero invita a no dejarse engañar por esos golpes de ternura.
“Fijate, la mayoría de niños y adultos aparecen descalzos, con ropas raídas. Parecen contentos, pero algo todavía no termina de completar la alegría. Es una espléndida crítica social de la época vestida de arte primitivo”, comenta Preza.

Maya también fue la elegida para ilustrar una de las ediciones más famosas de “Cuentos de cipotes” de su padre y varios libros de otros autores, especialmente aquellos de Claudia Lars relativos a temas de nostalgia e infancia. La escritora armeniense elogió la sensibilidad de Maya, capaz de darle fijeza plástica a un mundo lleno de sueños e incertidumbre, propio de los niños.
De María Teresa también se pudieron rescatar muestras de sus cómics. El más completo quizá sea el titulado “Dick Turpin”, personaje para el que creó varias entregas. La ilustración está diseñada en blanco y negro. Quizá sea una representación de ese aventurero del espíritu que fue su padre.

En el cómic, Dick se esconde de la ley en la fortaleza en la que vive su amigo, Moscarda, quien se hace pasar por una mujer para distraer a las autoridades, que no cejarán en su intento por atrapar al héroe. Este, agazapado en su escondite, no está a salvo, pues en la mística casa habita un monstruo dispuesto a convertirlo en su cena.

La escena de la pelea y aquella donde Moscarda logra deshacerse de las fuerzas de la autoridad basándose en la astucia está resuelta en apenas seis cuadros llenos de acción, que se asemejan a los cómics de superhéroes norteamericanos de la época, todo un reto para una mujer que estuvo apenas unos meses en Nueva York para convivir con esa cultura. Las ilustraciones, en apariencia juveniles, también contienen algunos despliegues de su técnica, como aquellas donde las acciones se reflejan en espejos o en el agua del suelo. Parte de estos trabajos tuvieron un corto tiempo de exhibición en el Museo de Arte de El Salvador (MARTE) el año pasado, en un especial dedicado, precisamente, a la ilustración.

De Olga y Aída es de quienes menos trabajos perdonaron las polillas y la humedad en Los Planes de Renderos. Sin embargo, en los pocos cuadros salidos de sus manos se percibe la búsqueda de la creación de un mundo propio, que bebe de lo realizado por su padre, pero que se atreve a volar con sus propias alas.

A la autoría de Olga pertenece el óleo sobre tela “Dance of the Silence”. El blanco y negro conforman un paisaje sombrío, al que parece que se avecina el incendio o la catástrofe. Ahí, en medio del bosque, del mismo color de los árboles, un sátiro joven espera pacientemente su destino tocando la flauta ante las raíces que se pierden en la nada del negro puro.

De Aída, quien dedicó su vida más al diseño de vestimenta para teatro, primero en El Salvador y luego en México, donde fijó su residencia al casarse, el MUPI posee dos pinturas, en las que el influjo de su padre es más poderoso que en sus dos hermanas. Así lo muestra el retrato de un personaje andrógino, blanco como la leche pero cubierto en la mitad de su rostro por una sombra que no parece venir desde el exterior, sino desde su propio ser. Recuerda a obras igualmente ambiguas que están entre lo mejor de la producción de Salarrué, entre las que se encuentra “La monja blanca”, aquella figura donde el título parece describir menos a su protagonista (de cara achinada y siniestra) que a la flor que toma entre las manos.

Si bien hay noticia de que alguna vez las hermanas expusieron de manera conjunta en la Galería Nacional de Arte en las décadas de los cincuenta y sesenta, solo Maya y Zelié han formado parte de una muestra en un museo en los últimos años. Incluso ahora se puede ir a contemplar parte de su trabajo al MARTE, pues tres pinturas de cada una forman parte de la colección privada de la familia Borja, donada recientemente a la institución. Ahí comparten espacio con algunos de los artistas más importantes del país, como Valero Lecha y Carlos Cañas.

“En lo poco que tenemos de ellas podemos ver el trabajo de artistas que destacan por sus propios méritos. Quizá han sido eclipsadas por una figura tan importante como Salarrué, quizá el artista más integral que ha dado nuestro país. En la medida en que vayamos teniendo más obras de ellas, será más fácil montar algo dedicado, en exclusiva, a ellas”, comenta Rafael Alas, director de Programación del MARTE.

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Las menores. Aída y María Teresa Salazar Lardé posan junto a su padre en una foto conservada por el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI).

“SÍ, FUE UNA VIDA LINDA, dolorosa en cierta parte, pero linda, me dejó tanto, aprendí tanto de papá y mamá. Estaré siempre agradecida por eso, por haber nacido en la tierra de El Salvador, que era tan linda cuando yo era niña, y de haber nacido en esa familia”, dijo Olga Salarrué, la última de las hermanas que sobrevivió, en una entrevista dada a Carlos Henríquez Consalvi en 2003, un año antes de su muerte, en Nueva Jersey, Estados Unidos, la ciudad donde vivió sus últimos días.

Las palabras de Olga resumen una paradoja, la magia y las complicaciones de pertenecer a una familia que vivía para el arte. De los ensueños hay múltiples ejemplos en lo que posee el Museo de la Palabra y la Imagen, como aquellas candorosas cartas que las hijas le escribían al padre durante sus estancias lejos de casa. Ahí hablan de sueños, visiones y de las obras literarias que Salarrué publicaba, como “Íngrimo”, una historia agridulce de la que las jóvenes hablaban, sin embargo, en clave de comedia. En otras cartas también se habla de peticiones de dinero de Zelié o de las jóvenes a su padre, las que no son satisfechas en el corto plazo.

La muestra más palpable de una cotidianidad llena de creación la conforman los cuatro cuadernos de canciones compuestas por los cinco miembros de la familia Salarrué, de los que hay varias copias manuscritas, como si se hubieran encargado de que cada uno tuviera el suyo adonde quiera que fuera.

En cada uno de ellos se escribía la portada “Libro de canciones”, que se acompañaba de las palabras “Escritas por los Salarrué, con música de los mismos”. Luego se explicaba que cada pieza estaba firmada por una sola letra correspondiente a la inicial de cada nombre y se hacía constar que la música era del mismo autor de los versos.

Los temas son variados, van desde ensoñaciones medievales hasta retratos de la vida vista en Panchimalco o en las inmediaciones de Los Planes de Renderos, como en la canción “Indio callado”, de Zelié: “Mi indio callado,/ que rompes el surco/ para que la vida/ brote luego de él,/ tiene tu mirada/ toda la tristeza,/ de la raza antigua/ de un lejano ayer”. En la suma de los volúmenes se alcanza la sorprendente cantidad de 500 canciones de extensión variada, una muestra de una incesante actividad que se extendió por años, quizá desde que las muchachas comenzaban a aprender sus primeras palabras.

La música que acompañaba a las letras ahora está en el terreno de lo irrecuperable. Nadie sabe cómo sonaban, pues el sistema con el que se escribía era una solfa creada por el mismo Salarrué y su familia con caracteres numéricos. Ahí apenas se indica qué instrumentos se utilizarían. Como si la familia quisiera tener en secreto esos sonidos, para disfrutarlos en el límite de su casa. Solo en tres piezas no ha pasado eso, pues Ricardo Aguilar logró que Maya se las interpretara y quedaran grabadas en un casete. Entre ellas estaba “Cuando yo muera”, canción que han versionado varios trovadores salvadoreños.

Era, por lo tanto, un mundo donde la expresión se convertía en una actividad tan común como respirar. Por ello tanto hijas como esposa compartieron la integralidad que hace de Salarrué el artista más prolífico de El Salvador, aún por encima de Francisco Gavidia, quien, a pesar de contar con una bibliografía más amplia, no entró en los terrenos que el sonsonateco hizo suyos.
La paradoja está en el otro lado, en el de una infancia dura, llena de limitaciones en algunas épocas, a pesar de que Salarrué era uno de los artistas más importantes de la época. En una entrevista concedida a esta revista en 2015 sobre la figura de Alicia Lardé de Nash, prima de las muchachas, Ricardo Aguilar, el albacea de Salarrué, comparaba la figura de esta con la de su tía Zelié.“Las dos

eran mujeres muy fuertes y sin ellas, salvando las distancias, cada genio en particular no sería lo que es”, aseguró entonces. Ahora, en su casa de San Salvador, Aguilar sostiene que fue a Zelié a quien le tocó ser la piedra de sostén en esa casa, representar la parte práctica de la vida, como pagar las cuentas y asegurar el sustento de ella misma, Salarrué y sus hijas, al menos hasta que estas volaron con sus propias alas. El autor de “O-Yarkandal” nunca aprovechó su fama para enriquecerse o, siquiera, asegurarle una vida fácil a los suyos todo el tiempo.

Un día de tantos, la familia no tenía dinero para comprar comida cuando vivían en un cuarto dentro del caserón de la Cruz Roja, ubicado en el mismo lugar donde está ahora, en el Centro de Gobierno de San Salvador. Entonces, Salarrué tomó una medida que, para ojos comunes, puede rayar en la crueldad: tomó sus pinceles y les dibujó alimentos en los platos vacíos, en un momento donde la imaginación no podía sustituir a la sobrevivencia.

Aguilar rememora algunas anécdotas a propósito de lo anterior y dibuja a un Salarrué acaso demasiado desprendido: “Si él, por ejemplo, había vendido un cuadro por 200 colones y usted se lo encontraba por la calle para decirle que le prestara 50, él se los daba, a pesar de que su familia los necesitara. También no dejaba de llevar una gran cantidad de dulces para los niños que vivían alrededor de su casa”, comenta el pintor, en una versión que es apoyada por otros autores que conocieron al artista.

Luego recuerda otras cosas, como las historias contadas por Olga en sus encuentros en El Salvador relativas a la época en que ella y sus hermanas eran niñas. Una, en la que afirma que, un día de tantos, la familia no tenía dinero para comprar comida cuando vivían en un cuarto dentro del caserón de la Cruz Roja, ubicado en el mismo lugar donde está ahora, en el Centro de Gobierno de San Salvador. Entonces, Salarrué tomó una medida que, para ojos comunes, puede rayar en la crueldad: tomó sus pinceles y les dibujó alimentos en los platos vacíos, en un momento donde la imaginación no podía sustituir a la sobrevivencia.

U otra más, cuando subían al techo de dicho cuarto, rodeado de terrenos todavía agrestes. Ahí, señalando los alrededores, para disimular la estrechez en la que se encontraba su vida de entonces, Salarrué bromeaba con sus hijas diciendo “contemplen los jardines de nuestra casa”, unos a los que no podían entrar porque se trataba de terrenos baldíos.

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Una muestra del talento individual. El Museo de la Palabra y la Imagen cuenta con una exposición activa dedicada en exclusiva a Maya Salazar Lardé.

ESTA MAÑANA DE MIÉRCOLES, la Casa del Escritor, la misma que fue la última casa de Salarrué, su esposa y Maya, y era el lugar de visitas de Olga y Aída cuando regresaban al país, está desierta. Un vigilante que parece no muy animado conforma la única presencia humana en el sitio, decorada con objetos relativos al autor. No hay mucho que ver y lo incluido puede recorrerse en apenas 10 minutos. El visitante, por tanto, sale un poco decepcionado de que el peregrinaje a la casa del autor y los suyos dé tan poco.

Todo parece estar tan desparramado. Incluso la familia está sepultada en diferentes lugares: Maya y Salarrué en el Cementerio General de San Salvador, en una tumba a la que corona una escultura realizada por la primera; Zelié, fallecida en 1974, un año antes que su esposo, en una no ubicable tumba en La Bermeja; Olga y Aída, en las respectivas ciudades donde murieron: Nueva Jersey y México, D. F. Allá viven sus descendientes, quienes, sin embargo, no han mostrado interés y tampoco tienen los recursos para que el legado de sus mayores esté en el lugar que les corresponde.

Fuera de la Casa del Escritor, un lugareño, que solo se presenta como Martín, comparte con quien acaba de visitar el inmueble su decepción, mientras espera el bus que lo llevará a San Salvador. Opina que el Estado debería tomarse en serio centralizar un poco más las obras de esta familia, hacer de este sitio un verdadero punto de peregrinaje para los admiradores del autor y para que estos conozcan el trabajo de su esposa y sus hijas.

“Creo que la Casa del Escritor puede ser cualquiera. Pero la casa de Salarrué debería ser su museo y el de su esposa y sus hijas. O dígame usted, ¿en qué otra parte del mundo va a encontrar una familia como esta, que hizo del arte una parte tan importante de su vida? Los salvadoreños de veras que somos buenos para no ver la riqueza que nos pertenece”, dice Martín, haciendo la parada al autobús.

Una quimera llamada esperanza

Como norma general, la temporada de fin de año viene siempre disfrazada de risas, alegría, luces, adornos, reuniones con familiares y seres queridos, reencuentros, regalos, tradiciones, vacaciones, optimismo y propósitos de enmendar todo lo que ha ido mal, no solo en el año que cierra, sino (casi) que en la vida entera.

Gente que no se ha visto en todo el año aprovecha para verse. Cientos de compatriotas que viven fuera del país regresan, aunque sea por pocos días, cargados de regalos, con la intención de aliviar nostalgias y de paliar las necesidades, tanto materiales como afectivas, de quienes quedaron acá.

Algunos envían saludos por mensajes de chat, aunque se viva en la misma ciudad. Los emoticones han venido a sustituir los diseños de las tarjetas navideñas y los deseos escritos en puño y letra del remitente, que antes de la revolución tecnológica eran enviadas por correo. La inmediatez de las comunicaciones ha sustituido rituales y costumbres que, aunque más lentos en ser enviados y recibidos, constataban la representación de una forma de aprecio: la del detalle personal, la del tiempo invertido en envolver un regalo, ir al correo, colocar una estampilla.

Para muchos, esta temporada resulta fastidiosa por un sinnúmero de motivos. Acaso y sobre todo por las exigencias que se nos imponen, por la tácita obligación de ser felices y amables, de aceptar como norma el histerismo gregario. Las luces de los centros comerciales nos conceden carta blanca para despilfarrar, endeudarnos y desperdiciar a manos llenas, para amanecer con resaca económica y moral en los primeros días del año. Se promueve el endeudamiento, se nos engaña con falsas ofertas de cosas que en realidad no necesitamos, se nos da el empujón para satisfacer la compra excéntrica anual.

La obligación de la felicidad que sufrimos en estas fechas es más palpable en las familias que se reúnen por el mandato de los lazos de sangre, incluso si entre los miembros de dichos grupos hayan ocurrido eventos atroces que dejaron heridas y dolores que no tienen consuelo ni reconciliación. Las tensiones familiares siguen ahí, latentes, listas para estallar como bombas en cuanto alguien se pase de tragos, pronuncie la palabra equivocada o comience a lanzar indirectas pasivo agresivas que pueden convertir las noches de convivio en renovadas batallas campales. En algunas familias, la tradición de fin de año es en realidad el pretexto para luchar un round más en una pelea que no tiene tregua ni final.

La obligación de reunirse con parientes indeseables suele ser producto de relaciones de fuerza y sumisión, y no de genuina alegría. La realidad de reuniones incómodas, aburridas o con potencial de generar y renovar conflictos, sumado al trajín doméstico de las comilonas y la limpieza posterior (trajín que se asigna sobre todo a las mujeres), se convierte en un motivo de estrés y no de celebración. El agotamiento que sienten muchos al culminar este período deriva de ello.

Para el común de la gente resulta difícil comprender por qué algunas personas prefieren pasar esta época en soledad o con gente ajena a la familia. Para otros, la soledad no es en realidad una opción, sino su atroz cotidianidad.

Debajo del discurso de los buenos deseos y la concordia de esta temporada, hay una realidad que obviamos y que transforma lo que se supone es una festividad mundial en una forma de evasión masiva. Mientras usted celebra y brinda con los suyos, las guerras en diversas regiones del mundo han continuado sonando sus bombas, matando inocentes y haciendo añicos los esfuerzos y los sueños de miles de personas. Los enfermos continuarán en su agonía. Los que hurgan en los depósitos de basura en busca de algo que comer continuarán haciéndolo. Quienes migran de sus países en busca de un mejor futuro continúan sus caminos por mar o tierra, arriesgando en cada paso la vida misma. Los corazones rotos seguirán desangrando su desgracia, sin encontrar consuelo alguno. Los suicidas, abrumados por esa felicidad ajena de la que han sido excluidos y que hiere su melancolía como una navaja bien afilada, apretarán el nudo de su horca.

La mentira de la felicidad colectiva y la nada disimulada manera en que se nos impone participar en ella nos hace olvidar los problemas existentes, como si la vida entrara en pausa. No queremos pensar en cosas feas, tristes o desagradables. No queremos recordar ni asumir los agravios que hemos ocasionado a otras personas. No queremos saber nada del dolor del mundo. Y sin embargo, para otros, es precisamente esa sensación de la fiesta ajena, de estar excluidos del baile de la vida, lo que hace que el fin de año sea un período particularmente difícil.

Esa pausa de la realidad trastoca nuestras rutinas. Quienes saben aprovecharla, sospechan o reconocen que pasan la mayor parte de su vida en trabajos o situaciones que los hacen desgraciados, que mutilan su potencial y sus talentos, que los tienen acorralados en un callejón sin salida. Muchos odian la sola idea de retornar al trabajo después de las vacaciones porque se saben mal pagados y hostigados, pero no pueden prescindir del mismo porque a pesar de lo que digan Gobierno y empresas (que para fin de año presentan reportes triunfales de números positivos), la realidad es que la calle está cada día más dura y que el futuro es un lugar oscuro y confuso.

No todos sufren, es cierto. Hay quienes disfrutan de esta temporada. Hay quienes de manera auténtica y sin presunciones aprovechan para congregarse con los suyos y se refugian en la calidez de los afectos compartidos. Bien por ellos.

A fin de cuentas, el cambio de año representa la oportunidad de nuevos inicios. El atrevimiento de lanzar a futuro la sombra de nuestros buenos deseos. Quizás eso es lo único a celebrar, la posibilidad de esa quimera que llamamos esperanza. Un bien esquivo, ilusorio, engañoso pero sin el cual nos sería imposible continuar en este valle de lágrimas que llamamos vida.

Conexión personal, un deseo para 2018

La frase atribuida a Albert Einstein: “No podemos resolver nuestros problemas con el mismo nivel de pensamiento que los creó”, permanece vigente, sobre todo cuando nos observamos debatiendo diariamente acerca de cómo cambiar al mundo. Las opciones son múltiples, y van desde cómo contar con un nuevo tipo de político, pasando por el diseño de nuevos e inclusivos marcos legales, hasta el avance tecnológico que se supone contribuirá a que nos relacionemos mejor. Todos, cambios enfocados en lo externo que dejan de lado la necesidad de actualizar lo que cada uno de nosotros llevamos dentro.

Damos vueltas en los mismos temas y tras las mismas soluciones, haciendo exactamente lo mismo día con día y esperando que sea “lo externo” lo que cambie para, entonces, ajustar los lentes a través de los cuales observamos esa realidad que está allá, lejos, afuera.

Estoy convencida de que para iniciar y poner en práctica soluciones a nuestros problemas para comunicarnos y relacionarnos, debemos realizar un viaje profundo hacia los laberintos personales, esos en donde construimos nuestra narrativa y nuestra identidad. Porque es en esos espacios donde, consciente o inconscientemente, tejemos y damos sentido a nuestros deseos internos ajustándolos con lo que el mundo exterior nos presenta. Es ahí donde podemos adaptar los lentes con los que nos percibimos a nosotros mismos y a lo que nos rodea.

Desde ese espacio desarrollamos comportamientos y hábitos que nos dan una serie de resultados que no siempre están alineados con lo que deseamos profundamente. Sin hacer consciente lo que llevamos en el interior, los marcos de creencias y de identidad, sin responsabilizarnos por comprender y adecuar esa parte, difícilmente seremos eficaces en los roles que desempeñamos en nuestros entornos más cercanos. Simplemente actuamos como espectadores esperando que “lo de afuera” cambie nuestra realidad personal.

Hace varios años, decidí emprender ese viaje profundo y, con el acompañamiento de dos psicólogas, logré romper las capas de protección que había construido para aislarme de mí misma y de los demás, alcanzando el centro de ese pasado doloroso que me mantenía atada a una historia a la que pude darle aire fresco para verla, finalmente, evaporarse de mi identidad.

Durante ese tiempo entendí que el cambio me correspondía hacerlo únicamente a mí; que no hay gurús, ni pastillas, ni magia en un proceso de sanación emocional; sino la voluntad férrea de un individuo que desea experimentar realización y ser feliz. Y sobre todo que decide hacerse cargo de su vida.

En la medida que ganaba claridad acerca de mí, también mis relaciones más relevantes empezaron a mejorar. En el proceso, sumé herramientas con las que aprendí a gestionarme desde mis fortalezas en lugar de seguir justificando mis problemas en una historia pasada.

Creo que cada individuo debe ajustar sus lentes constantemente y actualizar los marcos de creencias en los que basa su historia, su identidad y la forma en cómo se relaciona con el mundo que habita. Esos lentes representan, metafóricamente hablando, ese “nivel de pensamiento” al que hizo referencia Einstein; y que, sin un ajuste permanente, nos mantiene atados a soluciones ineficaces ante los desafiantes problemas del mundo moderno.

Mi deseo para 2018 es que cada uno de nosotros nos conectemos, de forma íntima, con nuestras narrativas personales, para conocernos mejor y sustituir las viejas historias por nuevas, llenas de recursos y posibilidades, que nos permitan actuar efectivamente en el mundo que nos rodea y convertirnos en agentes de cambio que participen, constructiva y responsablemente, en los ámbitos en los que puedan verdaderamente incidir.

Que 2018 sea un año de transformación personal que nos permita avanzar hacia el desarrollo colectivo de nuestro querido país.

Deseos electorales

Hace algunas semanas se definió quién será el próximo presidente de Chile. La contienda fue más inesperada de lo que cualquier encuestador predijo: hubo segunda vuelta; un partido “nuevo” se quedó con el tercer lugar de preferencia en la primera vuelta y, por primera vez, los chilenos en el exterior pudieron ejercer su derecho al voto.

Estos y otros eventos hicieron de la elección presidencial un evento muy sorpresivo y acontecido que dio por ganador definitivo a Sebastián Piñera, quien se repetirá como gobernante del país suramericano. Los resultados de la primera vuelta sorprendieron –incluso– a los expertos, quienes pasaron semanas analizando las causas y consecuencias de la tendencia de los votantes. La incertidumbre se hizo lugar y hasta los psíquicos lanzaron sus predicciones.

Independientemente de las ideas que cada candidato llevaba a la contienda, me parece relevante rescatar que ambos finalistas a la segunda vuelta coincidían en ser perfiles con una importante preparación académica; ambos contaban con un recorrido interesante por la vida política chilena y ambos construyeron un programa sólido de propuestas que incorporaban los temas relevantes para el país.

Esta es la segunda elección presidencial que me toca vivir en Chile y en ambos casos me ha parecido muy interesante el contexto de respeto, no exento de críticas, con el que se convive durante la campaña. Incluso, Televisión Nacional (TVN) lanzó una campaña en la que se invitaba a los ciudadanos a debatir sobre las propuestas de los candidatos, a cuestionar la posición del otro y sus puntos de vista sobre el candidato de su preferencia, es decir, a tener una mirada crítica y dialogar con aquel que no piensa igual que yo. Una cultura que promueve el diálogo, incluso en aquellos temas que parecen escabrosos, cultiva un sano intercambio de ideas en un contexto respetuoso, donde existe la libertad de expresarse, opinar y aportar. Y es que el respeto no tiene que ver con la falta de cuestionamientos o críticas, sino con la forma y el fondo de estas.

Otro aspecto digno de admiración del proceso electoral chileno es la rapidez en la entrega de los resultados y su impecabilidad operativa. A dos horas del cierre de las urnas, los chilenos ya tenían certeza de quién sería su próximo presidente, con resultados a escala nacional que se actualizaban con una rapidez admirable.

En El Salvador, a pesar de que aún quedan meses para la próxima elección presidencial ya estamos en plena campaña. Aprovechemos entonces de aprender de la experiencia chilena aquellas cosas positivas de la fiesta electoral: el respeto a las ideas del otro, el fomento a la crítica y el debate, la importancia en la idoneidad de los candidatos, la confianza en el sistema electoral.

Tenemos tiempo. Por ahora, les deseo un excelente fin de año. Que la prosperidad y la felicidad se hagan presentes en sus vidas, que sus deseos más profundos se concreten y que sea un nuevo capítulo para continuar construyendo un país en el que vivir sea posible sin la sombra de la violencia y la delincuencia.
Cerremos 2017 con la convicción de que el próximo año será mejor. ¡Te esperamos 2018!

Carta Editorial

Fue impulsada por varios picos a lo largo del año, uno de ellos, la marcha de mujeres en Washington. La palabra elegida como la más buscada de 2017 fue “feminismo”. En concordancia con esto la revista Time eligió como personaje del año a “las que rompieron el silencio” en contra del abuso sexual en Hollywood. Estas son solo un par de muestras de que el que hoy acaba ha sido un año trascendental en la lucha en contra de las injusticias de género.

Este tema ha atravesado muchas de nuestras publicaciones de manera integral. No nos hemos ocupado solo de los abusos y las inequidades en contra de las mujeres, desde nuestras páginas también hemos hecho aportes para corregir las deudas que tienen que ver con dar créditos y con amplificar la voz de las que, con su trabajo, han marcado la historia del país.

Así, hemos escuchado con claridad a mujeres como Claribel Alegría, María Isabel Rodríguez, Guadalupe Mejía y hemos podido estudiar con más detalle el importante papel de Maya, Aída y Olga Salarrué. Ellas, las que ocupan la última edición del año, son algunas de todas las que nos han dejado importantes lecciones a lo largo de los 53 domingos de 2017.

Vayan desde acá los agradecimientos a nuestros lectores que nos hacen llegar sus opiniones y nos confirman que no ha muerto ni se ha perdido el interés en consumir el periodismo con el que estamos comprometidos.

Nuestros columnistas han sido, por su parte, una pieza fundamental para entender mejor el mundo que tenemos. La variedad de sus voces y la consistencia con la que abrazan sus causas no hacen más que enriquecer el criterio.

En 2018 llega nuestro décimo aniversario y esperamos seguir contando con todos los aliados que nos han hecho crecer.

“La fe debe transformar una sociedad”

¿Qué otra ocupación le hubiera gustado intentar?

Una es ser profesor; la otra, a lo mejor, haber estudiado para abogado. En algún momento me ilusionó eso. He admirado a los profesores que hacen mucho bien por los alumnos. Eso es muy significativo.

Para usted, ¿qué aspecto del mundo actual está más sobrevalorado?

Hay mucha apariencia, las personas se mueven por lo que parece y no por lo que es. Creo que es tristemente una realidad.

¿Está de acuerdo con que un sacerdote emita opiniones sobre temas sociales desde el púlpito?

La fe tiene consecuencias sociales, eso lo dice el papa. De modo que si uno no dijera nada es como que no quisiera reconocer que la fe debe transformar una sociedad, una persona. Lo que sería extraño es que uno no dijera nada, no porque sea su primer ámbito de acción, pero estamos inmersos en el mundo.

¿Qué defectos tiene la Iglesia católica en la actualidad?

La Iglesia siempre está llamada a reformarse, para que sea lo que tiene que ser. ¿Qué cosas han cambiado desde el Concilio Vaticano II? Muchas. ¿Se dio toda la renovación que esperaba el concilio? No. Otra cosa que debe cambiar es la consciencia del laicado, que los laicos tienen una misión propia, no solo ayudar a las cosas de la Iglesia. Tienen una misión en el mundo, la que muchas veces no se ha hecho. Queda fuera ese testimonio valioso en la sociedad.

Ustedes hacen un voto de obediencia. ¿Pueden desobedecer a un superior en algo que creen injusto?

Desde nuestra ordenación prometemos obediencia, al obispo y a sus sucesores. Creo que el obispo no nos va a mandar a hacer cosas que no sean correctas. ¿Motivos para no obedecer? Hay muchos. Cada uno puede tener sus razones. Si descubro que lo que se me está mandando no es bueno, intentaré comprender, preguntar qué es lo que se me está diciendo y en función de eso, responder. Creo que obedecer es algo bueno, pero no siempre es fácil.

¿Cuáles son sus escritores favoritos ajenos al ámbito religioso?

Me gustan mucho los cuentos de C. S. Lewis. También J. R. R. Tolkien, el autor de “El señor de los anillos”.

¿Qué le quita los ánimos?

A veces uno puede desanimarse porque pierde de vista que empezó a hacer lo que hace por amor. Eso lo limita.

Buzón

Buzón

Esperanza

“No te rindas, que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo” Esta es una porción del poema “No te rindas”, de Mario Benedetti, uno de los grandes del boom de la literatura latinoamericana que tiene como tema la esperanza. Y es que la capacidad de generar nuevas ideas nos lleva por senderos insospechados cuando están presentes la voluntad y la perseverancia como soportes vitales. “La promesa del Caluco y el cacao” es la investigación periodística de Valeria Guzmán, donde podemos divisar la tenacidad de plantadores de cacao que se han organizado para fomentar los jardines clonales de ese cultivo ancestral de la zona que en la época colonial era base de la economía de aquel lugar. Lo trascendental de esta iniciativa de la comunidad en sinergia con la Casa de la Cultura es que de alguna manera participan todos los miembros de la familia en una pluralidad de actividades que fomentan la paz y la concordia del entorno social, convirtiendo la creatividad en la magia para paliar la locura social. Tampoco se trata solo de cultivar cacaotales, sino también mantener los aprendizajes para procesar el “alimento divino” a fin de conseguir la “recuperación de la memoria histórica”, como lo señala el reportaje.

En su expansión este grano envuelto en mazorcas llega a Europa mediante el monopolio creado por España sobre el comercio de la semilla, que con el furor que causó la bebida exótica rápidamente recorrió altos estamentos de la sociedad, se expandió su producción y llegó hasta África, siendo actualmente el continente que mueve la mitad de la producción mundial del grano. Por lo que en el ranking de golosinas más populares y vendidas mundialmente casi siempre está presente el chocolate. Con la proyección de sembrar siete mil hectáreas de Alianza Cacao en El Salvador, que es la entidad que apoya el cultivo, el municipio de Caluco seguirá siendo la meca y el referente de los hortelanos del cacao y las mujeres organizadas en Calicacao las expertas procesadoras de los productos que exhiben en el festival de cacao que realizan anualmente; con todo esto se demuestra que con una imaginación constructiva, una organización bien cimentada, la apropiada capacitación técnica y la diversidad de experiencias fácilmente una comunidad se convierte en un oasis de convivencia pacífica donde todos participan, se vuelven productivos y útiles a la sociedad.

Julio Roberto Magaña Salinas
jrobertomasa@hotmail.com


Buenos deseos para 2018

Gracias por un año más de buenos reportajes en su revista. Deseo que Dios derrame muchas bendiciones sobre el grupo de periodistas que trabajan en la revista. Siempre leo la revista, pero este mes tuve un procedimiento quirúrgico y hace poco me recuperé. He leído los últimos reportajes. El 17 de diciembre publicaron dos reportajes donde se evidencia la lucha de una comunidad en la que las mujeres empoderadas juegan un papel importante para cambiar la realidad de Jardines de Zaragoza. Si bien es cierto, es una tarea difícil por la burocracia y la falta de voluntad de brindar la información pertinente que les ayudaría a solucionar las inundaciones que ponen en riesgo a esta comunidad. Y luego, estaban las imágenes contra la violencia hacia las niñas y mujeres hechas por diseñadoras que mediante sus dotes artísticos tratan de crear conciencia sobre la problemática. Quiero aprovechar para felicitar a la revista en cuanto a la manera que pone de manifiesto las diferentes formas en las que todavía hay desigualdad y poco respeto a los derechos de la mujer en diferentes contextos y lugares en el mundo generando conciencia entre los lectores, lo que demuestra la alta calidad profesional de los periodistas, ya que no toman la problemática solo presentando la violencia de la forma típica, como es el abuso sexual o la violencia intrafamiliar, hay otras formas de violencia y esas la revista las ha puesto en evidencia en diferentes reportajes.

En esta edición pasada el periodista Rónald Portillo en la sección editorial reflexionó sobre la situación de miles de compatriotas representados en Marvin, que están preocupados por su situación legal en Estados Unidos, por la posible suspensión del TPS. Este es otro tema que la revista aborda desde diferentes puntos de vista no solo viéndolo en términos monetarios por las remesas que disminuirán, sino el lado humano, los sueños que se ven truncados, las oportunidades que pierden los compatriotas de mejorar su vida y la de sus familias a pesar de estar viviendo tiempos difíciles, por el clima hostil hacia los migrantes que se ha generado.

Espero que 2018 sea mejor para todos, que Séptimo Sentido siga generando conciencia y poniendo en evidencia los problemas y realidades que corresponden a muchos salvadoreños por vivir aquí y fuera de nuestro país. Lo que hace la revista es un material valioso para trabajar dentro de las aulas, como el reportaje que fue base para el trabajo de graduación de un grupo de alumnas de tercer año sobre los derechos reproductivos de las mujeres y el acceso al kit en caso de abuso sexual. Quiero agradecer a Valeria Guzmán que, con su reportaje “Las mujeres violadas de un país que no protege ni medica”, motivó a mis estudiantes a trabajar en este tema empoderándose y obteniendo un mayor conocimiento para hacer valer sus derechos. Este es uno de los frutos que sus reportajes y el trabajo que como periodistas obtienen.

Ruth Karina Sánchez
tearu@hotmail.com


Liderazgos y tiempos

Una expresidenta suramericana dijo en cierta ocasión: “Para ser buena política no necesito disfrazarme de pobre”, a lo mejor en referencia a algunos políticos que en época electoral visitan sectores empobrecidos, cargan en sus brazos a niños, intentan echar pupusas con las señoras que se dedican a ese negocio o se ponen a cantar con ellos. Esta referencia la hago a propósito de un pensamiento presentado por Marlon Hernández, quien hizo referencia a los políticos que impiden, por razones políticas, que otros desarrollen sus proyectos.

Respecto al bipartidismo latente en nuestros países, coincido con Marlon en que se necesita el surgimiento de “nuevos liderazgos”, que a mi juicio pueden dar al traste con el sistema político de los partidos tradicionales. Se ha dado en países europeos con líderes que anteriormente no conocía la población y surgieron para ganar. En nuestro medio, en todas las encuestas se muestra una apatía generalizada hacia las agrupaciones políticas que en los últimos años han conformado, de hecho, un bipartidismo. Sabemos que las encuestas, para ser sinceros, confirman el desplome de los dos grandes partidos, es decir, del bipartidismo, pero estos no se dan por enterados y sienten que cuando la crisis amaine, todo volverá a su lugar. Todo esto porque abrirse a la sociedad, hacerse más permeable a la ciudadanía, les genera pánico, aunque todos sabemos que esos partidos no están cumpliendo su función y necesitan una profunda renovación.

Finalmente, recordarle a los políticos que nada degrada tanto a la reputación de un partido o candidato como incumplir las promesas electorales, con las que se han ganado un puesto electoral.

Miguel Martínez
miguelmar47@yahoo.com

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (187)

1531. DESPUÉS DEL CONCIERTO

Como hombre emprendedor y decidido que era, todo lo que pasaba a su alrededor le hacía sentirse partícipe del anhelo de no pasar inadvertido. Andaba, pues, en busca de alguna ocupación que le permitiera estar presente en cualquier parte y a cualquier hora haciéndose visible. Y lo que se le vino de pronto a la mente fue el ansia de la música. Se conectó con algunos amigos de adolescencia, que siempre anduvieron en la misma onda, y formaron una pequeña banda de rock. Empezaron en el pueblo, saltaron a la ciudad y luego traspasaron las fronteras. Nada podía detenerlos. Y cuando llegaron al Carnegie Hall se rompió de pronto la burbuja. Después del concierto, que fue una lluvia de vítores, la noche se cerró a su alrededor. A la mañana siguiente, todos despertaron en el perfecto anonimato. Y él solo atinó a decir: “Gracias por el ensueño”.

1532. PARÁBOLA DE LA DISTANCIA

Abrió aquella gaveta del ropero de la que solo él tenía llave, y sacó el álbum de fotografías. Fue directamente a esa imagen gráfica que era la única que realmente le importaba: la de Mylene, sonriente en su cojín junto a la ventana que daba al río. Aunque la imagen estaba ya palidecida por obra del tiempo, se trataba de la figura de una adolescente ansiosa de vivir. Tomó la fotografía entre sus dos manos y se quedó contemplándola mientras el tiempo iba pasando sus páginas hacia atrás, hasta llegar a las orillas del Sena, aquel diciembre remoto en que Mylene se le apareció en su balcón, mientras él, otro adolescente, desde la calle la atisbaba por primera vez. ¿Y cómo llegó a sus manos aquella remota fotografía? Vino volando por el aire invernal hasta sus manos… En su parte posterior la fotografía tenía un mensaje: “Soy Mylene, tu alma gemela”.

1533. EN LA CAPILLA MÁS PRÓXIMA

Como siempre, el padre iba a tomar la palabra antes que nadie, pero esta vez se produjo un hecho insólito: el más pequeño de los hijos, que ni siquiera había alcanzado el primer decenio de vida, se le adelantó como si quisiera abrir brecha. Todos lo observaron a la expectativa, porque aquel era un niño caracterizado por la silenciosa timidez. Sus palabras fueron breves y directas: “No vayan a asustarse, que yo lo único que quiero es presentarles a mi nuevo amigo, que encontré esta mañana en un rincón de la capilla donde vamos a darle gracias a Diosito…” Aquel niño, sin duda, hablaba como un ser intemporal, como lo somos todos cuando nos animamos a descubrirlo. Los demás quisieron tomar aquello a broma intrascendente, pero él los atajó con un gesto: “Los invito a ir a la capilla, donde mi nuevo amigo se ha quedado hasta que amanezca. Es el Año Nuevo”.

1534. CENA DE MEDIANOCHE

Para llegar a la casa principal de la finca había que recorrer más de 12 kilómetros en dirección norte desde la capital, y luego introducirse por una vía rústica y estrecha que iba descendiendo en forma sinuosa hasta llegar a la entrada, ya en la zona plana por donde pasaba la vía férrea. De ahí había que ascender de nuevo hasta la pequeña explanada donde estaba la casa de adobe y tejas. Ya se hallaban ahí, reunidos para el agasajo tradicional, que era un homenaje a la puntualidad del calendario. El reloj de pie era evidentemente el custodio de aquella disciplina puntual, y lo iba manifestando en forma de latidos metálicos sin descanso. Sonó la hora. Estallaron las coheterías en los alrededores distantes. Y entonces hizo su aparición el único invitado que faltaba. Iba envuelto en una larga túnica blanca. Todos sabían quién era: el silencio. ¡Salud!

1535. ELLOS TAMBIÉN LLEGARON

Todo se hallaba listo para comenzar el festejo de despedida del Año Viejo y de bienvenida del Año Nuevo. Según mostraban los preparativos y los arreglos, nada ponía en evidencia que fuera a haber algo que alterara lo que se hacía siempre. Los amigos esperados ya se encontraban en el lugar, y la música prevista se dejaba oír con las voces y los acordes consabidos. Comenzaron a circular los vasos de ron y las copas de vino, y la atmósfera se hacía más animada a cada instante. En la cocina, las viandas tradicionales exhalaban sus aromas apetitosos. Pero ya cuando la llegada de las 12 era inminente, se hizo de pronto un silencio que no parecía tener explicación hasta que se abrió una de las puertas interiores de la casa y por ahí apareció aquel cortejo de desconocidos infantiles. Alguien susurró: “¡Son los duendes! El año va a ser mágico… ¡Aleluya!”

1536. HACIA EL FUTURO

Aún era niño cuando la pregunta comenzó a revolotear a su alrededor, desde distintas voces y con diversos tonos: “¿Qué querés ser cuando seás grande?” Él nunca respondía, pero esa pregunta la llevaba prendida en el primer alambre de la conciencia. Ya al inicio de la adolescencia tuvo que encarar la cuestión, porque el rumbo de los estudios así lo demandaba. Y como en su casa no tenía con quién hablar al respecto, fue a ver a su tía abuela que vivía en un suburbio boscoso y que era experta en tirar las cartas. “Hijo, yo aquí veo que te vas a escapar para siempre”. Él la interrogó con la mirada. “Sí, para siempre. Y puede ser por tierra, por agua o por aire…” El siguió inquiriendo sin hablar. “Ah, pero aquí dice que lo vas a hacer por sorpresa, quizás en un sueño…” Él sonrió. Era sordomudo de nacimiento, y soñar era su única ruta de escape…

1537. VENTANA CON OLEAJE

LEl mar había estado tranquilo todos aquellos días, como si quisiera ponerse a tono con los cristales alentadores que circulaban por el aire en aquellos días de víspera. Pero ese era ya el último día, y las consabidas ansiedades del fin se hacían presentes. Él, que era un recién llegado a aquellas latitudes, estaba apenas iniciando su conocimiento de los símbolos y las imágenes propios del lugar. Y entre esos símbolos el que más le cautivaba era el de la espuma en movimiento; y entre esas imágenes la que más le conmovía era la de la bandada de gaviotas que ondulaba en el entorno. Así las cosas, ese día se sintió ligeramente indispuesto y se recluyó en su habitación, con la ventana enfrente. Cerró los ojos y por dentro se le abrió otra ventana, que daba a un oleaje animoso. Se durmió, y al despertar la espuma estaba a sus pies y las gaviotas a su alrededor. ¡Bienvenido!

1538. VITRAL DE SANTA MÓNICA

Lo cumplía todas las tardes, como un rito espontáneo sin propósitos ceremoniales: entrar en la iglesia por unos minutos para darle gracias por todo a su propia fe. En una de las bancas laterales estaba recostado alguien que a todas luces era un indigente, con su bolsa de pertenencias al lado. Él fue a sentarse en el otro extremo de la banca; y al hacerlo, el indigente se incorporó. Su voz parecía venir de arriba: “Hola, hermano, nos toca volver a nuestro sitio natural. ¿Vamos?” Y ambos ascendieron en el aire hacia el vitral más próximo. No había nadie en la iglesia. Podían hacerlo sin testigos.

“Hemos sido eliminadas a través de mecanismos muy finos de discriminación”

María Isabel Rodríguez, asesora presidencial.

A María Isabel Rodríguez parece que nada la exaspera. Es miércoles y en San Salvador cae una tormenta que hace que las calles colapsen, pero ella desde su biblioteca habla con una serenidad que parece solo llegar con los años. Habla tranquila sobre su paso por el Ministerio de Salud y la situación actual de esa entidad. Platica con calma incluso cuando le toca responder sobre temas que parece que preferiría no mencionar, como los sobresueldos recibidos durante el gobierno de Mauricio Funes.

Se sienta en una silla en la segunda planta de su casa y antes de comenzar a platicar, pide una disculpa. Dice que usualmente no hace esperar un mes y medio a una periodista que quiere entrevistarla, pero se enfermó de gripe y canceló muchos compromisos. “Desde que salí del ministerio tenía los planes de dedicarme a escribir de todo lo que he hecho en la vida y ya tenía listo todo, pero ahora se me complicó la vida porque estoy en muchas cosas”, cuenta desde su hogar. Actualmente es la asesora presidencial más longeva y se encarga de aconsejar al Gobierno en temas relacionados con la educación y la salud.

Fue la primera decana de su facultad, primera rectora de la Universidad Nacional y primera ministra de Salud, y afirma que los espacios de participación de mujeres en las esferas de decisión no han sido suficientes. “Hemos sido eliminadas a través de mecanismos muy finos de discriminación”, dice durante esta conversación en la que ofrece agua, jugo, café y quesadilla a sus visitantes. Es difícil imaginar que la mujer que habla con tanto sosiego, mientras afuera se cae el cielo, es la misma estudiante de medicina que repartió panfletos en contra del dictador Maximiliano Hernández Martínez. O que esta mujer que ahora tiene una oficina en Casa Presidencial es la misma que durante su juventud llegó a transportar municiones, mientras se preparaba la huelga de brazos caídos que terminó con la dictadura militar más larga de El Salvador. Pero ha pasado más de medio siglo desde entonces y ahora las cosas que defiende la exministra de Salud son otras.

Anteriormente dijo que si para 2014 no había un cambio notable en salud pública “se habría fracasado de manera rotunda”. Este año en el Hospital Rosales faltaban 70 medicamentos, si alguien necesitaba operarse, le pedían que llevara su propia medicina, y hasta las sábanas del hospital se tuvieron que ir a lavar al Hospital San Rafael. ¿Se logró ese cambio notable?

Mire, analicemos la situación en todo el país. Cuando uno analiza los cambios que ocurrieron por el incremento de cobertura de salud, el acercamiento del especialista, sobre todo el pediatra y obstetra, uno ve que son cambios sustanciales. Uno tiene cifras como mortalidad materna que disminuyó importantemente cuando se crearon los Hogares de Espera Materna y cuando se incrementó el número de partos atendidos en los hospitales. Todas esas son cifras que están indicando que hubo un cambio sustancial, pero lógicamente alguien me podría decir que quizá el ritmo que llevaban las cosas se paró. Si me dicen retrocedió, tengo que aceptarlo.

¿En qué se retrocedió?

Cuando ahora se ha hecho el escándalo de la falta de medicamentos. Para mí era un motivo de quitarme el sueño el hecho de que no se hubiera hecho la licitación a tiempo. Veo en lo que ha ocurrido ahora, que no hay esa responsabilidad de la gente que tiene que saber que si no se hacen las compras a tiempo, eso repercute en la vida de la gente.
La gente necesita sus medicamentos y tienen que ser oportunos y adecuados al momento. Pero si no los tiene, la vida de ellos está en peligro, como un paciente renal que tiene que interrumpir sus diálisis.

No es solo el dinero del que se dispone para los medicamentos, es la posibilidad, es la rapidez de la gestión. Uno tiene que revisar qué está pasando con las unidades que tienen que ver con la compra. ¿Están previniendo que eso ocurra? Yo no puedo salir a decir públicamente “mire, la razón es esta”, porque sería terrible que una persona que ha estado al frente del ministerio vaya a decirle a las autoridades actuales qué está pasando. Yo creo que hay que pedirle a las autoridades el análisis de cuál es el mecanismo a través del que se llega a la obtención del medicamento y por qué hoy no se ha llegado a eso.

¿Usted cree que le hace falta autocrítica a este ministerio?

Fíjese que esa respuesta usted la tiene. Sí, yo creo que usted la tiene. Uno quisiera que una línea que consideró correcta en un determinado momento y que empezó a revivir buenos resultados, se continuara. Pero nuestro país tiene un sistema en que el Estado-nación no tiene una política permanente. Las políticas no son de Estado. Cambian con el que entra al frente. Esa es una de las principales situaciones en todos los organismos, llámense autónomas o públicas. Y la gran desgracia que yo me la voy a llevar a la tumba es que ese gran esfuerzo que uno hace o puede hacer en un determinado campo –en la Facultad de Medicina, en la Universidad de El Salvador, en el Ministerio de Salud– que uno cree que llegó aquí y que necesitaba un poco de tiempo, tal vez, para llegar aquí; se paró o se fue para atrás.

Nuestro país tiene un sistema en que el Estado-nación no tiene una política permanente. Las políticas no son de Estado. Cambian con el que entra al frente.

Cuando usted estuvo en el ministerio criticó fuertemente el Sistema Nacional de Salud porque no se incluyó al sistema privado. ¿Mantiene esa crítica?

Yo creo que se necesita un cambio de estructura política de gobierno muy importante. El sistema privado debería ser objeto de una reorganización interna. No me interesa que desaparezca, pero que sea sometido a las mismas regulaciones, a la misma política de salud que desarrolla el sistema público.

¿Qué mejoraría eso?

Hay elementos que en este momento se están considerando en muchos países, incluso hasta la regulación de costo y cobros. Tampoco es justo que esté suelto el establecimiento de cuotas. El sistema privado debe ser sometido –y yo pienso que hay cosas del sistema privado buenas– en el mismo aspecto epidemiológico. Es indispensable que el sistema privado esté incorporado totalmente, que se reporten los casos de determinadas enfermedades, que se haga el control igual.

Poco a poco algo se ha ido haciendo, pero pienso que sería muy bueno que el sistema fuera integral. Lo que quería hacer era eso, porque no podemos pensar en que se hizo todo público. Para eso necesitaríamos otro tipo de Estado y eso no era lo que se perseguía.

Creo que el Estado debe tener un control de lo que ocurre en medicamentos y en toda la parte contra epidemias. Falta una verdadera planificación conjunta.

Es indudable que hay una brecha enorme entre el sistema privado y el sistema público. ¿Qué falla? ¿A qué le seguimos atribuyendo esa brecha, siempre a la falta de presupuesto?

Hay un criterio que no lo promueve el Estado, y es un criterio de la gente: “Porque es público puedo hacer con él cualquier cosa”. Es decir, no cuidar las cosas. Si usted entra a algún lugar donde hay baños… hasta las cubiertas de las tazas se roban. El criterio de lo público y de lo que debe cuidarse todavía no ha entrado, en general, en el país.

En el trabajo, a veces es distinta la forma en que se trata a un paciente en enfermería a cómo se trata a esa misma persona (en el sistema privado). Nos lo han dicho médicos que tienen enfermeras que trabajan en lo público. Su actitud y su forma de trato al enfermo es absolutamente diferente. Allá es la “señora, pase adelante”, gran respeto…

¿Entonces es porque somos una sociedad hipócrita?

Bueno eso hay que estudiarlo porque es parte de la educación de la gente.

El año pasado estuvo en algo parecido a una crisis mediática cuando en un programa radial usted mencionó que recibió sobresueldos. ¿Esto le trajo problemas?

A mí me trajo problemas desde el punto de vista (de) que me empezaron a mover en esa situación. A mí no me causa problemas a nivel de gobierno ni nada. ¿Qué me podían decir? ¿Que me callara? Era a lo más que podían llegar. Pero si yo en un determinado momento he recibido, ha sido igual que lo reciben todos los ministros e igual que viene ocurriendo. Es la única ocasión en la que yo he recibido como ministra de salud. Lo estableció ARENA y siguió eso. ¿Por qué no se dio el paso de ponerle a los ministros el salario adecuado? Y, entonces, encontraron que la mejor solución era pagarle (los sobresueldos) para que no se diga que se le paga mucho, pero ¿por qué no? Si el salario debe ser adecuado a la función que desempeña la persona.

Yo creí que se iba a hacer la reforma en el sentido de que ese llamado complemento de salario, o sobresueldo, o lo que fuere, iba a ser incorporado oficialmente porque a uno le conviene. Eso es necesario que se haga. Yo no digo si es por ley o por qué, cuándo se estableció, no sé de cuándo viene, pero así se ha hecho.

¿Pidió que se diera ese cambio?
Yo lo dije ahí. Que había hablado con el tipo y yo le dije “pero ¿por qué esto?” Porque cuando yo iba a firmar un documento o cómo se iba a hacer ese proceso, yo creí que iba a Casa Presidencial a esa oficina a hacerlo, pero no se hizo y realmente nunca se ha hecho un esfuerzo de todos para que, así, tal vez hubiera sido más adecuado.

Empatía. Cuando la exministra recorre espacios públicos es común que la población
se le acerque a pedirle una fotografía o saludarla. En la fotografía aparece haciendo un
recorrido por las áreas de comida de una feria en 2012.

¿De todos los ministros?
Claro. Pero si yo lo dije lo tengo que sostener. Yo no lo voy a negar. No quise hacerle daño a ninguno de los compañeros. Yo nunca recibí órdenes de “no lo diga, esto es secreto”. Pero tampoco me hubiera gustado que me lo dijeran. Es una discusión política que debería de existir de lo que es el sistema de gobierno y cómo se maneja. Si los políticos, los que pelean tanto por la pureza del sistema, (son) muchos de los cuales llegan al Gobierno y los cobran.

Debería de haber un análisis: ¿Es ilegal que un ministro gane cinco mil dólares o tres mil dólares cuando hay consultores, o una cantidad de gente que gana más de eso? ¿Es lógico que un presidente gane menos que lo que está ganando un asesor? Entonces si eso es así, hagamos un presupuesto que coloque el valor justo del sistema que cada quien gana. Eso todavía no está claro en la vida de la nación: cuánto debe ganar un funcionario de alto nivel. Porque se considera una cosa inadecuada un salario alto. Deben establecerse salarios adecuados a la función de la gente sin esperar que haya complementos de salario.

¿Eso usted ya lo sabía al asumir el ministerio?

No lo sabía al asumir el ministerio porque yo no pregunté cuánto me iban a pagar. Lo que es inadecuado es lo que después salió: que no solo se daban esos complementos de salario, sino que había personas que no tenían que ver con el Gobierno y que recibían aportes que no eran sueldos, eran como regalías. Eso se hizo público, porque incluso lo dijeron algunas gentes.

Otro tema que también la puso en controversia fue cuando usted se posicionó a favor de la reforma del Código Penal para aprobar cuatro causales de interrupción del embarazo. ¿Por qué es un tema médico?

¿Cómo voy a considerar yo que se ponga en el riesgo de morir a una madre con hijos por un embarazo absolutamente inviable? ¿Se acuerda del caso de Beatriz, la mujer que tenía un feto acéfalo? Eso es un crimen, si la criatura no iba a vivir. Cada hora de ese producto era una hora de la vida de la mujer que se estaba agravando. Exponer a la madre a ver a un producto de estos sin cerebro, sin cráneo, para despertar el instinto materno es una tortura.

Quienes están en contra de esta reforma mencionan que el daño de las mujeres que abortan es mayor porque adquieren un trauma psicológico tras abortar. ¿Esto es algo médico que haya visto en su carrera?

No.

A usted la acusan en redes sociales de ser una exministra abortista.
¿Ah, sí?

Sí.
Bueno, ese es el criterio de ellos, no es el mío. Yo creo que esa es una cosa que se debe ver con mucha seriedad.

¿En qué está trabajando ahora?

Qué divertido eso. Estoy trabajando en todo. Teóricamente estoy como asesora en salud y educación del presidente. Desde que salí del ministerio yo tenía los planes de dedicarme a escribir de todo de lo que he hecho en la vida y ya tenía listo todo, pero ahora se me complicó la vida porque estoy en muchas cosas. Por ejemplo, trabajamos aquí con mi asistente en muchos campos de la educación y la salud. Hay un día de la semana que en la tarde nos reunimos con el ministro de Educación y dos o tres personas que él ha escogido como asesores y trabajamos un poco adelantándonos a los problemas que se van a presentar.

Mi semana es un poco complicada. Mi mañana la dedico a Casa Presidencial. Allá tengo una oficinita. Allá se hacen las reuniones que se pueden hacer, pero algunas de grupo incluso las hacemos aquí porque tenemos las facilidades. Aquí no hay quien cierre las puertas.

¿Se está trabajando en el Ministerio de Educación en planes de educación sexual?
Se está trabajando intensamente. Creo que cualquier trabajo de hoy todavía es débil, pero debe seguirse trabajando muy duramente.

¿La Iglesia también debería tener palabra en el campo de educación y salud sexual?
Claro que sí.

¿Por qué?
Porque la Iglesia está causando también una acción negativa, porque ellos no conciben la prevención del embarazo. Ellos llegan a interferir con esos programas.

Entonces, ¿me está hablando de invitarlos a discutir para que entiendan o para que ellos pongan las reglas?
No, de ninguna manera. Todo lo contrario.

“Las jovencitas llegan a un servicio de salud y piden que se les dé un condón o un anticonceptivo… y los trabajadores de salud las insultan, les niegan la información… ¡Pero si es parte del servicio de salud!”

Hace unos días se mencionó en un evento de Naciones Unidas en El Salvador que en uno de cada cinco embarazos de adolescentes, la relación sexual había ocurrido con un familiar y a la fuerza.
Así es. Padre, padrastro, pariente, todos esos están en la lista. Bueno, pero ¿qué pasa con la niña adolescente? Hay una responsabilidad triple. La responsabilidad no es solo del Ministerio de Salud, la responsabilidad es de la familia en buena parte. La responsabilidad es de la escuela. Los padres no quieren –sobre todo la madre– no quiere que se le dé educación en el campo de salud reproductiva a las niñas.

Que se le hable de lo que representa el condón es un escándalo, porque “le están abriendo los oídos a los niños y es una barbaridad, la niña no debe saber de eso”. Pero esa niña a la cual se le niega esa información, está llegando ya al hospital porque ya está embarazada. Los papás están soñando que la niña es ingenua e inocente, y hemos tenido casos en que, luego, la madre recibe la noticia de que la niña no solo está embarazad,a sino que es seropositiva. Según ella la niña no debía saber nada nunca de eso. Pero la niña ya ha pasado ignorando muchas cosas que tiene a la mano. Todavía no tenemos una educación de los padres que haga que sean uno de los elementos que deben formar a la joven. Luego, las jovencitas llegan a un servicio de salud y piden que se le dé un condón o un anticonceptivo… y los trabajadores de salud las insultan, les niegan la información… ¡pero si es parte del servicio de salud!

Detalle. En todas sus apariciones públicas María Isabel Rodríguez se encarga de lucir elegante y ser puntual.

En los grupos feministas es reconocida como pionera, ¿usted se considera feminista?
Yo considero que algo he hecho, tal vez no todo lo que debería, en favor del crecimiento de la mujer y del reconocimiento que tenemos el mismo derecho que los hombres. Para mí es una pena que digan que soy la única mujer rectora de la Universidad de El Salvador. Me preocupa muchísimo eso y no tengo el porqué alegrarme. Al contrario, tendría que ponerme muy triste que no haya podido llegar otra mujer. Los grupos llamados progresistas, los grupos de la izquierda universitaria y demás deberían de responder por qué no ha sido posible que otra mujer llegue a la rectoría de la universidad, llegar a la punta es difícil.

Cuando usted entró al Ministerio de Salud con el gobierno de Mauricio Funes se señaló que había muy pocas mujeres en el Gabinete. ¿Cree en las cuotas de género?

Mi opinión en ese sentido es un tanto crítica. En ocasiones establecer la cuota es una cosa simbólica. Muy bien que se diga que van a subir el número de mujeres, pero ¿qué tipo de mujeres suben? ¿Es una mujer bien preparada que va a contribuir? ¿Va realmente a ser una persona que va a influir en decisiones trascendentales?

Por ejemplo, en el caso de organismos internacionales, llegaban a mi oficina a buscar a unas de las funcionarias que trabajan conmigo para decirles “por favor, aplica a esta plaza”. Y la persona a la cual se le invitaba a entrar a la plaza decía: “Yo no lleno el perfil”. “Pero no importa. Lo que importa es la cuota que yo tengo que llenar porque si no, no puedo abrir el concurso”, respondían. Totalmente simbólico y la llenaban con gente que no llenaba los requisitos y ya sabían que no iban a salir electas.

La otra razón es que hay una serie de razonamientos que son ingratos en las selecciones para mujeres. Por ejemplo, cuando llega una mujer se toman argumentos como estos: “Está en edad de casarse. Va a resultar embarazada. Va a estar necesitando permisos de maternidad. No es conveniente”. Hemos tenido experiencias incluso de una persona que fue director de sanidad, que era el equivalente al Ministerio de Salud en El Salvador, que hacía que las mujeres firmaran su renuncia sin poner la fecha y en el caso de salir embarazadas, se hacía efectiva. Injusto, pero ocurría y a alto nivel.

¿Le tocó enfrentarse a eso?

Quizá nunca me vieron cara de que iba a ser madre, ja, ja. Como fui un poquito peleona desde el inicio, nunca me lo hicieron. Peleé esas situaciones porque las mujeres hemos sido eliminadas a través de mecanismos muy finos de discriminación. No se dice “no puede entrar aquí una mujer”. No, eso no, pero sí hay mecanismos.

A partir de la preparación de los discursos para las memorias anuales de la universidad y analizando las notas, se graduaban con mejores calificaciones las mujeres. Hasta ahí todo bien. Pero a partir de ahí yo empecé a seguir a las personas que en la universidad están en posiciones importantes, que adquieren posiciones de docentes a partir del que es instructor, el que sube a la posición de profesor auxiliar, y ya se empieza a ver la diferencia. El número de mujeres empieza a disminuir y el número de hombres a crecer. Y eso sigue en forma piramidal hasta el momento de las posiciones directivas.

Usted creció en un matriarcado, ¿alguna vez le hizo falta una figura paterna?

A veces me han dicho que soy ingrata en ese sentido. Yo diría que no. No me hizo falta porque tuve unas mujeres que fueron madres y padres. Yo sabía que tenía un padre que era abogado, pero nunca se ocupó de llegar a la casa, realmente nunca me hizo falta.
Fui hija única, pero mis tías fueron capaces de hacer crecer sus hijos y educarlos sin mucho escándalo.

Usted se educó en la Facultad de Medicina cuando aún el general Maximiliano Hernández Martínez gobernaba, ¿cómo vivió la caída de Martínez?

Como éramos estudiantes, con mucha alegría, con mucha diversión, pero tal vez no midiendo las dimensiones del proceso. Quizá no teníamos la suficiente preparación política para medir hasta dónde se había llegado. Ya estábamos en la Facultad de Medicina y había caído Martínez, había caído Ubico en Guatemala, había caído Carías en Honduras. Vivíamos una época de gran celebración.

Usted ha dicho que uno de los más grandes dolores de su vida fue en el 1972 cuando un movimiento en el que estaba Schafik Hándal la expulsó de la universidad porque la tachaban de imperialista.

Yo termino mi decanato en el 71, la intervención es en el 72, pero esa época es muy confusa, muy convulsa. Entonces ese problema del imperialismo era una cosa muy tonta. Muy burda. Ese San Benito del imperialismo no me lo pude quitar durante mucho tiempo por el hecho de haber tenido relación con algunas fundaciones que nos ayudaron, incluso, para el desarrollo de la educación médica. Era tan ridículo el pensamiento, tan polarizado de la izquierda extrema salvadoreña que llegó al grado de que un dirigente llegara a la biblioteca de la Facultad de Medicina a ver los libros de la biblioteca y dijera: “Miren cuántos libros de estos están en inglés. Aquí casi no hay libros en español. ¿Por qué? Porque la doctora es una imperialista”.

¿Ese era Schafik Hándal?

No, no. Yo debo decirle que tengo el mayor de los respetos por Shafick. Él me respetó y me apoyó mucho cuando yo estaba en la UES. Al grado tal de que en el momento más difícil de mi vida como rectora, Schafik fue de las personas que me apoyaron y le dijeron a la gente el error en el que estaban al no aprobar el préstamo que hubiera representado el desarrollo universitario. El problema es que la vida de la universidad no solo ha estado expuesta a los golpes de afuera, sino a los de adentro. Los internos han sido terribles.

Después de ser decana usted comenzó a trabajar con la Organización Panamericana de la Salud y tenía pasaporte diplomático, ¿venía a El Salvador durante la guerra?

Sí. No venía tan seguido porque estaba en ese programa tan fuerte, pero sí, vine. Había que pensar que en ese momento no era fácil, pero ya después de los Acuerdos de Paz consideré que se estaban dando las condiciones para venirse a El Salvador.

¿Estuvo alejada por completo del proceso de los Acuerdos de Paz?

No. Todo lo contrario. Yo creo que muchos de los organismos internacionales tienen una función dependiendo de su ideología, de su punto de vista, que no se conoce pero que es de apoyo.

¿Y cuál era esa función?
Quizás eso no vale la pena contarlo.

Cómo no, a mí sí me parece que vale la pena. Ya pasaron 25 años desde la firma de los Acuerdos.
Sí, pero… no es fácil traer a cuenta procesos y compromisos que se dieron y que la gente los mantuvo ocultos incluso hasta su muerte. No tiene uno derecho. A veces aquí en las conversaciones con los compañeros salen cosas que no deberían de salir, pero que las comentamos. Realmente la guerra es la guerra.

Usted ha visto cambiar El Salvador durante todos estos años, ¿por qué vale la pena quedarse?
¡Uy!, esa pregunta es una cosa terrible. Yo creo que todos tenemos una responsabilidad por hacer crecer este país.

Claribel, nuestra alegría

La entrega. Claribel viajó a España a mediados de noviembre para recibir el premio Reina Sofía. “El sexo del autor no tiene nada que ver con la calidad de su obra”, dijo en su discurso de aceptación.

Claribel Alegría contesta el teléfono desde su residencia en Managua, Nicaragua. Al otro lado, la casa parece un jardín henchido de pájaros. Sus cantos se enredan en su voz, vibrante y colorida como paisaje tropical.

La escritora nicaragüense-salvadoreña, que fue galardonada la semana pasada con el premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana, evoca en sus palabras una imagen de vitalidad en medio del retiro, de esa soledad perfecta para escuchar con el más atento de los oídos el mensaje incesante que se forma del silencio.

El galardón, uno más de los que engrosan su lista, es el más importante de la poesía que se escribe en español. Se dice feliz y sorprendida por el reconocimiento, uno que llega justo una semana antes del inicio de Centroamérica Cuenta, el evento que reunirá en su ciudad a escritores de todas partes del mundo. A sus 93 años, sorprende que apenas pida, de cuando en cuando, que se suba el volumen de la voz ante una pregunta mal escuchada, en casi media hora de conversación.

En esta entrevista, Claribel habla, sobre todo, de uno de sus temas más queridos, de aquel al que considera la esencia de sí misma: el amor. El amor por su fallecido esposo, Darwin Flakoll (1923-1995); por la literatura en general y la literatura latinoamericana en particular, a la que se encargó de difundir más allá del idioma; del amor a sus amigos (los que están y los que ya no) y a las sorpresas que le están dando estos días, unos en los que se encuentra, en su casa henchida de pájaros, a la espera del silencio.

Vamos a iniciar la entrevista con un tema ajeno al premio Reina Sofía, pues sé que en estos días la han entrevistado decenas de veces alrededor de eso. Me imagino que está un poco cansada de ello. Así que el tema con el que iniciaremos es el amor.
Ay, sí, qué bueno, tiene toda la razón, es el mejor tema del mundo.

Su esposo, Darwin Flakoll (Bud), falleció en 1995. Su más reciente libro, “Amor sin fin”, está dedicado al amor y, por añadidura, a él. ¿Cuál es su relación con el recuerdo de Darwin?
Yo siempre digo que su ausencia es su presencia. Todos los días lo recuerdo. Todos los días su recuerdo está junto a mí.

Me han dicho que usted acostumbra llevar un retrato de Bud adonde sea que vaya…
Ah, sí, yo llevo siempre un medallón y dentro del medallón está un poquito de sus cenizas. Ese medallón yo nunca me lo quito.

¿Cómo fue esa relación donde confluían el amor con la colaboración literaria? Julio Cortázar incluso se refería a ustedes como Claribud.
Así es. Fue una relación muy estrecha, tuvimos mucha amistad mi marido y yo, trabajamos juntos. Hicimos libros testimoniales y una novela juntos. Él era mi crítico y mi traductor al inglés. Tradujo muchos de mis poemas al inglés. Así que fue una relación muy estrecha, demasiado, porque estuvo cimentada en la amistad. Éramos compinches, éramos cómplices.

¿Cómo era ese proceso de escribir libros a cuatro manos junto al amor de su vida?
Muy difícil, la novela que escribimos juntos, “Cenizas de Izalco”, donde se cuenta toda la masacre horrible que hubo en El Salvador en 1932, yo no quería escribirla, porque no tenía oficio como narradora, sino como poeta. Pero Carlos Fuentes insistía mucho, vivíamos en París: “Claribel, tú nos cuentas todo eso y nadie ha escrito sobre esa masacre, tienes que hacerlo, tienes que hacerlo”. Entonces Bud, que era periodista, me dijo “¿Y si lo hacemos a cuatro manos? Yo te ayudo”. Así lo hicimos, nos peleamos mucho. Él estaba mejor en algunas cosas y yo no. Nos tirábamos los platos a la cabeza. El libro casi no sale por eso. Pero un día los dos nos sentamos y dijimos: “Lo importante es que nazca el niño, nosotros somos los padres y no somos tan importantes como el niño que va a crecer”. Fuimos más tolerantes los dos. Él escribía en inglés y yo le traducía al español. Yo escribía en español, él me traducía al inglés. Así nació ese libro, pero fue muy difícil. Los libros de testimonio ya fueron más fáciles, porque ya no eran una novela. Yo entrevistaba por hablar mejor el español. Fue mucho más suave.

¿Por qué después de la muerte de Bud, a excepción de “Mágica tribu”, dejó de escribir libros de no ficción?
No sé, ya había escrito sobre El Salvador y Nicaragua, que son los dos países que más me importan, y ya no tenía nada que decir, al menos por esa vía.

Me han comentado que tras la muerte de Bud, realizó un viaje a Asia que duró, más o menos, un mes.
Así es, así es. Yo estaba desesperada. Fue la única vez que yo vislumbre el suicido. Pero entonces me dije: “Me voy para Asia, donde nadie me conoce, voy a visitar templos budistas, voy a meditar, voy a reflexionar”. Y entonces hice un viaje que lo venimos planificando ya con Julio Cortázar, su tercera esposa Carol, Bud y yo. Los otros tres ya estaban muertos. Así que decidí hacerlo yo solita. Me hizo mucho bien. Conocí Borobudur (el templo budista más grande del mundo), ese templo maravilloso que queda en (la isla de) Java. Me fui a los templos y medité. Regresé muy mejorada.

¿Qué otras cosas la ayudaron a comenzar a acostumbrarse a esa ausencia?
Eso y, sobre todo, la poesía. Yo pensaba que nunca más iba a escribir, pero sí, después de ese viaje me tranquilicé. La poesía vino a rescatarme y me sacó del todo de ese pozo terrible en el que yo me estaba hundiendo, el pozo de la tristeza.

¿Sin Bud Claribel no sería la mujer que es ahora, la mujer tan importante que es ahora?
No soy importante, jajaja. Pero es verdad, sin Bud no habría escrito muchas de las cosas que he escrito.
Una de las facetas menos conocidas en la carrera de Claribel Alegría es su labor como traductora y difusora de la literatura latinoamericana. Ella es la compiladora y traductora (junto a Darwin Flakoll) de la antología “New Voices of Hispanic America” (1962), en la que por primera ocasión se publicaron en inglés los trabajos de muchos de los escritores que, tiempo después, formarían parte del boom latinoamericano. La lista incluye a 41 autores en un trabajo que buscaba darle al lector norteamericano un panorama de lo nuevo que, como región, Latinoamérica tenía para ofrecer. Los géneros elegidos fueron la poesía y el cuento, por razones de espacio. Casi todos los países están representados, incluyendo El Salvador, con Hugo Lindo y Dora Guerra como bandera. Juan Rulfo, Julio Cortázar, Augusto Monterroso, José Donoso, Augusto Roa Bastos, Octavio Paz, Gonzalo Rojas, Cintio Vitier, Ernesto Cardenal son algunos de los nombres incluidos en la antología. “New Voices of Hispanic America” ha continuado reeditándose por editoriales en Estados Unidos. Algunas ediciones pueden encontrarse en Google Books y Amazon. Fue un proyecto innovador en su época, tomando en cuenta lo complicado que era que escritores latinoamericanos fueran leídos incluso en países vecinos de habla hispana.

Hablemos, ahora, de la antología “New Voices of Hispanic America”. ¿Cómo nace el proyecto?
Lo que sucedió es que estábamos viviendo en México y éramos muy amigos de Tito Monterroso, que nos presentó a grandes escritores, como Juan Rulfo, Juan José Arreola, Alí Chumacero y más. Y Bud leía todo eso, que estaba inédito. Te estoy hablando del año 1951. Bud me decía: “No es posible que ni en su propio país sean conocidos, y son grandes escritores”. Entonces a él se le ocurrió la idea de que hiciéramos una antología de poetas y narradores, pero de cuentos, no novela porque era muy largo, que habían nacido desde 1914. Esa fue la fecha que elegimos. Pedimos que nos mandaran libros, no manuscritos. Y, claro, nos llenamos de libros. Teníamos cuartos llenos de libros. Ese fue el primer trabajo que hicimos juntos, antes de “Cenizas de Izalco”. Nos fue muy bien, pero con un trabajo tremendo. Estuvimos trabajando en ello tres años. Estoy muy contenta. Fíjate, tú, que muchos de los que nosotros elegimos allí fueron después del boom (de la literatura latinoamericana), así que elegimos bien, jajaja.

Claribel Alegría, Escritora.

Entiendo que para este proceso también se movieron a Chile.
Sí, vivíamos en México, entonces conocíamos bastante la literatura mexicana y centroamericana, pero no conocíamos nada de la literatura, sobre todo de los jóvenes, en América del Sur. Entonces se nos ocurrió que lo mejor sería buscar un lugar en el sur para poder viajar por los países cercanos. Elegimos Chile. De allí viajamos a Uruguay, y allí conocimos a Mario Benedetti. Nos ayudó muchísimo, nos presentó a otros escritores, viajamos a Argentina. Así que fue por eso que elegimos Chile. Para estar en Suramérica.
¿Es cierto que el editor estadounidense dejó fuera de ella a Gabriel García Márquez por cuestiones de espacio?
Es verdad, porque habíamos elegido un cuento muy lindo de García Márquez, ahorita se me va el nombre, y entonces nos escribieron y nos dijeron, fijate qué tontos, nos dijeron que lo sentían en el alma, pero que el cuento era demasiado largo, que era casi una novela corta y que, por ese motivo, no iba a estar. Sí estuvo Julio Cortázar, Mario Benedetti. A través de esa antología conocimos a personas maravillosas que fueron nuestros amigos durante toda su vida.

Usted también fue la primera traductora del inglés Robert Graves al español.
Él me lo pidió. Robert Graves vino a mi casa, éramos muy amigos cuando vivíamos en Mallorca, y me dijo que le habían pedido sus poemas en español, porque él era más conocido en nuestra lengua como novelista, por novelas como “Yo, Claudio”, o como mitólogo. Entonces me dijo él: “Pero yo ya les dije que yo quería que fueras tú la que me tradujera”. Yo temblé, porque fue muy difícil. Pasé más de dos años trabajando. Bud me ha ayudado muchísimo, así que fuimos los dos, y después el mismo Robert, nosotros le leíamos las traducciones y él nos ayudaba. También Lucía, su hija.

¿Cómo fue el proceso para trabajar con un material poético como este, tan enciclopédico?
Yo traducía los poemas literalmente. Yo puse como condición que yo iba a elegir los poemas, porque había algunos que yo no me sentía capaz de traducir… los traducía literalmente. Después los leía en español y en inglés. Luego se los llevaba a Bud, quien hacía correcciones y me ayudaba. Así fue.

En una entrevista con esta revista hace siete años, decía que el único temor que tenía es que le diera un derrame cerebral y que quedara como un vegetal.
Sí, en dos ocasiones he estado muy mal, me dieron pequeños derrames. Pero ahora estoy muy bien, solo esperando el momento en que me toque partir. Y después de esas dos experiencias, eso ya no forma parte de mí, digámoslo así, catálogo de temores.

El Salvador la reclama como una de sus escritoras más importantes. Nicaragua la reclama como una de sus grandes escritoras.
Soy muy dichosa, porque tengo patria y matria. Mi patria es El Salvador; mi matria, Nicaragua. Así de simple. Pero también podría decir que soy ciudadana del mundo. En todos lados me han recibido con los brazos abiertos.

Alguien dijo alguna vez que usted es una mujer con muy buena estrella. ¿Es cierto?
Sí, he tenido muchísima suerte. El factor suerte ha influido mucho en todos los reconocimientos que se me han dado.

Su primer encuentro con la poesía fue gracias a “Cartas a un joven poeta”, de Rainer Maria Rilke. A los 93 años, ¿todavía tiene esa vocación, siente que no puede vivir sin escribir?
Así es, no le encuentro sentido a la vida si no la puedo decir en un poema, todavía a mis 93 años. Leí ese libro a los 14 años, dos veces en una noche, sabrá usted que es muy corto. Pensé y reflexioné y llegué a esa temprana edad a la conclusión de que mi gran vocación, mi gran pasión era la poesía, y que iba a ser poeta.

¿En alguna época ha mermado esa vocación?
No, nunca. La poesía siempre estuvo presente. Eso sí lo afirmo. He tenido una vocación y la he seguido; y la seguiré hasta que muera.

Estamos en 2017 y Daniel Ortega parece ser un dictador en toda regla, algo que usted temía que pasara hace siete años cuando estaba a punto de reelegirse por primera vez. ¿Qué piensa de esta situación?
Estoy bastante desencantada. Pero mejor hablemos de poesía.

Quisiera que me hablara del caso concreto de su amigo Ernesto Cardenal, a quien lo condenaron a pagar $800,000 a una exsocia, presuntamente de manera injustificada, por el tema de un terreno (un juez decidió anular la sentencia, por lo que Cardenal tiene posibilidades de apelar).
Ernesto es uno de mis mejores amigos. Yo estoy indignada de cómo lo acosan con eso de “Solentiname”. Eso ya debería parar. Es un acoso innecesario. Pienso que Ernesto, además de ser un gran poeta, es un gran hombre, de una honradez enorme.

Las dictaduras marcaron una época, ¿qué piensa de gobernantes que repiten las viejas prácticas de perpetuarse en el poder?
Yo no estoy de acuerdo con ese tipo de acciones. Y sí, la de Nicaragua es una dictadura con todas sus letras.

¿Qué le hacen las dictaduras a una región como la América Latina del siglo XXI?
Representan, claramente, un retroceso. Una traición a la lucha de todos aquellos que querían una realidad mejor, más libre, para todos. A mí no me han molestado todavía, y a esta edad ya no tengo ganas de que eso ocurra. Afortunadamente, sí puedo decir lo que pienso.

¿Qué significa un premio con tanta importancia en el ámbito latinoamericano como el Reina Sofía, sobre todo cuando se tienen 93 años?
Estoy impresionada y muy feliz. Ha sido otro golpe de suerte. No me esperaba que pasara ahora. Creo que es algo que una nunca espera.

De todos los premios que ha recibido a lo largo de su vida, ¿cuál cree que es el más importante?
Ay no, no sé, es que hay muchos. Pero quizá el más prestigioso sea este. Sin embargo, si hay que elegir uno, diría que el primer premio. Me lo dieron en Cuba, Casa de las Américas, fue el que me lanzó al extranjero. Y el premio Neustadt, que me lo dieron en Estados Unidos en 2006, que es importantísimo, sobre todo para el habla española.
Claribel Alegría fue la primera mujer en recibir el Neustadt International Prize for Literature, el más importante entregado en Estados Unidos para escritores no nacidos en ese país. Después de ella, dos mujeres más han logrado llevarse el galardón, la neozelandesa Patricia Grace y la croata Dubravka Ugrešic. A menudo, el premio es comparado en peso con el Nobel de Literatura. Solo otros tres escritores hispanoamericanos han sido premiados con el Neustadt en 47 años de historia: Octavio Paz, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis.

En una reciente entrevista para la agencia Efe, dijo que el Reina Sofía coronaba su carrera. ¿Pero cuál es el libro que coronó su carrera, por el cual le gustaría ser recordada?
A lo mejor el último, “Amor sin fin”. No estoy segura. Mis hijos me dicen que hay muchos, que hay tres o cuatro que me representan. Pero para mí es ese y “Saudade”. Es un libro que yo escribí después de muerto mi marido, me importa mucho, y como le digo, fue el momento en el que la poesía me sacó de ese pozo de tristeza. El amor, creo yo, es lo que mejor me representa, el perfume donde está contenida mi esencia.

Usted dijo que se retiraba, que ya no iba a volver a publicar más. A pesar del premio, ¿sigue siendo así?
Sí. No creo que haya en el futuro novedades literarias mías, estoy escribiendo poemitas, pero ya tengo 93 años, ¿te das cuenta? Y no quiero publicar chochadas.

¿Lo que pasa con los premios importantes como el Reina Sofía es que a su receptor se le abren, todavía más, las puertas del mundo editorial, que está ávido de publicar nuevas cosas.
Como te digo, prefiero que “Amor sin fin” sea mi último libro. Estoy en una edad en la que estoy esperando el silencio, la gran llamada hacia lo desconocido.