Él tiene la costumbre de golpear a las mujeres

Fernanda, UNA MUJER QUE ENFRENTA VIOLENCIA DOMÉSTICA

Fernanda es una mujer de ojos grandes y manos trabajadoras. Es treintañera y todos los días se levanta temprano para ir a trabajar en un sitio donde realiza labores domésticas. Por su propia seguridad se ha omitido su nombre real y su ubicación en el país. Ella vive con su pareja quien es, a su vez, su agresor.

“La violencia contra la mujer es la forma más extrema de discriminación y, en los casos más graves, esa violencia puede provocar la muerte”, sostiene la ONU. La pareja de Fernanda la ha golpeado incontables veces en los últimos años, se ha referido a ella como “perra” y cuando ella menciona la palabra denuncia, él amenaza con matarla.

Su historia, lejos de ser única, forma parte de un patrón. De acuerdo con un informe del secretario general de la ONU, el 19 % de mujeres entrevistadas en 87 países entre 2005 y 2016 dijeron que habían experimentado violencia física o sexual de su pareja en el último año previo a ser encuestadas. En otras palabras, de cada 10 mujeres entrevistadas, dos aseguraron que sus novios o esposos las habían golpeado o agredido sexualmente.

El compañero de vida de Fernanda es un hombre trabajador, no pertenece a pandillas y no tiene nexos con grupos delictivos. Es un hombre que tiene la mala “costumbre” de golpear mujeres.

Un artículo de la revista Realidad de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas titulado “Mujer y violencia en El Salvador” sostiene que uno de los mitos de la violencia doméstica es que esta solo sucede en hogares pobres. La realidad suele ser distinta. El texto afirma que “no es difícil encontrar similares actitudes violentas en obreros y patronos, en analfabetos y profesionales, en albañiles y psicólogos”.

De acuerdo con cifras de la Policía Nacional Civil en 2016 se recibieron 1,176 denuncias de violencia intrafamiliar. En 1,020 ocasiones las denuncias fueron interpuestas por mujeres. Las organizaciones que trabajan con mujeres maltratadas aseguran que el nivel de denuncia aún es bajo en comparación con la realidad de mujeres que experimentan violencia. Aun así, el observatorio de la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA) registró que en el primer trimestre de este año se denunciaron cinco casos de violencia intrafamiliar al día.

“Nosotros tenemos aproximadamente cuatro años de estar juntos. Y como toda pareja, cuando comienza es todo color de rosa”, narra Fernanda durante un descanso de su trabajo.

¿Dónde lo conoció?
Acá cerca. Andábamos paseando con una tía de él y de repente nos vimos. Yo le dije a la tía de él: “¿Y ese bombón?”, “¿cuál bombón? Ese es mi sobrino”, me dijo ella. Él andaba con su niño chiquito y cruzamos miradas. Desde ese día comenzamos a platicar, a hablarnos por teléfono y así se fue dando la relación.

Él le dijo a la tía que le consiguiera mi número. Yo, emocionada, hasta mariposas sentía. Le dije: “Está bonito tu sobrino, ¿qué pasó?, ¿está solo?” Es lo primero que le pregunté. “Sí”, me dijo, “hace como ocho meses terminó una relación, le ha ido mal”. “¿Ah, de verdad?” dije más emocionada. “Si querés hablémosle”, me dijo. Le hablamos y él bien nervioso y yo igual.

Desde ese día ya prácticamente no nos apartamos porque va de hablar, eran las 2, 3 de la mañana y nosotros hablando.

¿De qué hablaban?
De su vida, de qué había hecho… cosas así. Él me contaba sus cosas y yo le contaba las mías y fue bonito…

¿Viven juntos?
Sí, hoy sí vivimos juntos. La primera vez que salimos fue como a los tres meses y medio. Fuimos a tomarnos un café, pero nosotros como que éramos bichitos, todos nerviosos y todo bien chivo. Yo sentí como mariposas. Bien emocionada y ya después, como yo le había dicho que no andaba con nadie, me preguntó: “¿Qué pasó, vamos a andar?”, “vaya”, le dije yo. Desde ahí comenzamos a salir. Yo venía a su casa y así, nos llevábamos bien.

¿Ha sucedido un cambio?
Sí, cuando uno comienza todo es bien bonito, pero ya después… como a los seis meses ya nos acompañamos. Yo llegaba a su casa y de repente ahí me quedé, jaja… quizás ese fue mi error, no sé.

¿Él vivía solo?
Sí, él vivía solo. Y no sé cuál fue el error, pero la cuestión es que nos quedamos juntos. Después de que ya nos acompañamos… puya. Uno nunca termina de conocer a la persona, pero yo no sabía cómo era él. En la primera discusión que tuvimos, si más me ahorca. Como a los cuatro o cinco meses que teníamos de estar acompañados, un día llegó algo tomado. Como es bien alto y más grande que mí, me levantó por detrás y yo de tonta le decía como podía: “¡Hey!, soltame” porque me tenía bien aprisionada. Y él: “No, que te voy a matar”.

¿Por qué estaba enojado?
No me acuerdo por qué discutimos y de un solo me agarró del (cuello). De ahí yo solo me le quedaba viendo, pero no le decía nada y los ojos llorosos. Ya después le dije “nombre, mejor andate, que te pase la cólera, no sé qué sentís”. Y al siguiente día como que no había hecho nada y yo solo me le quedaba viendo. Desde ese día comenzaron los problemas. Y me costó que me soltara y pasé como 15 días con dolor de garganta porque me la presionó. Él toma seguido y cada vez que llegaba bolo, no había día que no me dejaba así.

Los motivos por los que este tipo de agresiones no se denuncian son múltiples. Entre ellos están la “vergüenza y estigma, las barreras financieras, la impunidad percibida para los perpetradores, la falta de conocimiento de los servicios disponibles, amenaza de perder a los hijos, el miedo a meter al agresor en problemas, el miedo a represalias, actitudes discriminatorias hacia las víctimas en los tribunales y las instituciones policiales, y desconfianza hacia los trabajadores de la salud”. Así lo recoge la investigación “La punta del iceberg: la denuncia de la violencia de género en los países en desarrollo” de la Revista Americana de Epidemiología.

Uno nunca termina de conocer a la persona, pero yo no sabía cómo era él. En la primera discusión que tuvimos, si más me ahorca. Como a los cuatro o cinco meses que teníamos de estar acompañados, un día llegó algo tomado. Como es bien alto y más grande que mí, me levantó por detrás y yo de tonta le decía como podía: ‘¡Hey!, soltame’, porque me tenía bien aprisionada. Y él: ‘No, que te voy a matar’.

¿Usted le contó a alguien?
No. La familia de él bien feo el modo. Como tres veces me vieron golpeada en mi cara. Incluso, la última vez me vio la mamá de él. Ella vio cómo me bajó él de las mechas.
“Soltame, ¿qué te pasa?”, le decía yo, porque estábamos discutiendo por una cipota. “Mirá, platiquemos que a vos no te gusta hablar”, le pedía. “No, que vos ya me tenés harto”, me respondía. “No me golpees, que yo solo un papá tuve”, le dije. Como que más alas agarró… me bajó del pelo para el suelo y la señora solo se hizo para atrás, como que una basura iba pasando.

Me le quedé viendo y me puse a llorar porque, obvio, me dolía. Y yo dije, “si le pego una manada, voy a dar lástima”. Por eso he tratado la manera de no oponérmele. Ese día me llevó la que no me trajo, como dicen. A mi suegra le dije: “¿por qué no te metiste?”, y ella me dijo: “Yo no, eso es problema de pareja”. Ese mismo día en la noche me había dejado el pómulo izquierdo hinchado y me dejó al lado de afuera, así en el patio. Y ahí teníamos la refri nosotros.

¿Cómo la dejó afuera?
No me dejó entrar al cuarto. Mi suegra vivía entonces ahí. Y yo toda la noche pasé ahí. Y como tenía que venir a trabajar, pasé toda la noche poniéndome escarcha porque no tenía hielo para que se me desinflamara. Y yo va de llorar y llorar. Y le pedía a mi suegra que abriera y no me quiso abrir. Ella solo tosía. Y yo con unas cobijas todas sucias me arropaba y mi chuchito solo se me quedaba viendo y se me acercaba. A él lo abrazaba porque tenía frío y así pasé toda la noche. No pude ni dormir y va de ponerme escarcha, se me desinflamó un poco. De ahí como a las 5 me enojé y agarré a patadas la puerta, “abrime”, le dije yo y él se levantó. Me dijo: “Entrá, perra, para dentro”.

Se me rodaron las lágrimas y me le quedé viendo a la maitra bien dormida. Púchica, está bueno. Por ser mujer yo dije que se iba a poner en mi lado… qué. Como a las 9 de la mañana comenzamos a discutir y yo le dije: “Mirá cómo me has dejado la cara, si yo voy a la Policía te van a llevar preso”. Él me dijo: “Andá, andá, pero te mato”.

Y quizá no sé, aquel temor que siempre me ha puesto él, yo solo me le quedaba viendo. Le dije a la maitra “¿por qué no te metiste? como es tu hijo a él sí lo defendés”. A ella le dio una risita y me dijo: “Ja”. ¿Y por qué te reís?”, le pregunté yo. “Mirá, ahí puedo ver que él haga un hoyo y puedo ver que te entierre y yo ¿cómo le voy a echar tierra a mi hijo?” Sentí como una puñalada y solo volteé a ver para otro lado y me puse a llorar.

¿Hace cuánto fue eso?
Hace como seis meses. Fue la última. Sí ahorita él no me golpea porque yo le he dicho que lo voy a meter preso, pero cuánto le he aguantado. Mi jefa me dijo que hable con él. Ella moralmente sí me ha ayudado bastante. No es bueno oponérsele a la pareja porque el hombre siempre es hombre. Pero de que me ha golpeado, varias veces. Si anantes no me ha sacado los ojos.

La violencia dentro de las parejas, por lo general, es entendida dentro de un ciclo. El ciclo tiene varias fases y no todas son violentas. Se habla de una primera fase en la que dentro de la relación se acumula tensión y la persona violenta no explota. En la segunda fase es cuando ocurre un episodio de violencia aguda. En la tercera fase, conocida comúnmente como “la luna de miel”, el agresor expresa que se arrepiente de lo sucedido. A eso le sigue el perdón de parte de su víctima. Después viene una etapa de calma que puede durar varias semanas hasta que se regresa a la primera fase y se reactivan los episodios agresivos.

¿Usted nunca le ha dicho a nadie?
Solo a mi jefa. Una vez me dijeron que fuera ahí a Las Dignas, pero no me atrevo, no sé.

¿Él la amenaza?
Puesí, me amenaza. Yo le digo: “Te voy a echar a la Policía si me volvés a golpear”. Solo le da risa y me dice: “Andá y ya vas a ver lo que te va a pasar”.

¿Ya no se han peleado?
Siempre discutimos. O sea, vamos a lo mismo. Él ya no me golpea porque le dije que lo voy a llevar a la Policía. Él moralmente me acaba. Cuando discutimos viera cómo me dice unas palabras que duelen más que un porrazo. Duele.

¿Usted por qué cree que él sea así?
No sé.

¿A la mamá no la trataba así?
No, con ella es diferente.

¿Él tiene un hijo?
Tres hijos tiene, pero sí, él tiene la costumbre de golpear a las mujeres. A veces hablo con la muchacha anterior, la mamá de los niños de él. Ella me dice: “Ay, Fernanda, yo no sé qué está haciendo con ese hombre. Si ese hombre es mala persona”. O sea que él, mala costumbre de pegarle a las mujeres.

¿Usted ya había conocido a un hombre así?
No, primera vez. Me ha dejado traumada este hombre. Yo me pongo a pensar, volteo a ver al cielo y digo Señor…

Durante toda la conversación Fernanda se ha mostrado seria. Su cara ha sostenido un semblante fuerte, pero a punto de desbordarse. Cuando habla del cielo, vuelve a ver hacia arriba y no puede contenerse más. Empieza a llorar mientras posa la mirada en el techo, como quien espera alguna respuesta.

¿Usted tiene niños?
Tengo tres.

Antes estaba delgada. O sea, comía, pero como que no me caía bien la comida. Aquí en el trabajo bien galán, pero ya llegando a la casa, otra vez, es una gran agonía. Ya no es felicidad como cuando uno comienza. Cuando iba cerca de su casa yo me alegraba porque ya iba a llegar. No, hoy aflicción me da.

¿Viven con él?
No. Hace poco se me fue una porque él me le quiso pegar. Hasta ella me dijo: “Valorate, ese hombre no te valora”. Ella ya está grande, ya entiende. “No, mamá –me dice– yo no sé por qué está con este hombre”. Ellos viven con mi mamá.

¿Usted ha querido irse?
Cómo no. No sé, yo también tengo la culpa, no sé si lo quiero tanto, pero no vale la pena.

Usted lo quiere…
Sí, yo acepto, lo quiero. Yo siempre pienso, si hubiera una bayuncada… un lavado de cerebro quiero para quitarme una gran venda. A mi sentir, una gran venda que tengo que no me puedo ir… tanto maltrato físico.

¿Él a usted le da para los gastos?
Sí da, pero no alcanza. Prácticamente con mi trabajo yo me visto, me calzo, como. Porque lo que él da son $20. Qué van a andar alcanzando a la semana.

¿Usted ha pensado separarse del todo de él?
Yo le pido a Dios que me ayude. Prácticamente sí. Un día mi jefa me dijo que buscara ayuda. Yo creo que ya pronto porque ya esta situación…
Hoy diga que estoy gordita, si antes estaba delgada. O sea, comía, pero como que no me caía bien la comida. Aquí en el trabajo bien galán, pero ya llegando a la casa, otra vez, es una gran agonía. Ya no es felicidad como cuando uno comienza. Cuando iba cerca de su casa yo me alegraba porque ya iba a llegar. No, hoy aflicción me da.

¿Él es tranquilo ante los amigos?
Él es cruel porque cuando lo voy a buscar con los amigos me maltrata. “Andate, maje, andate, ¿qué venís a hacer?” Y a los amigos solo risa les da y yo digo púchica, si soy tonta, es que es la verdad.

Ahora que usted ve ese recorrido por el cual ha pasado, si usted hubiera sabido todo eso, usted no…
No, yo por eso digo ahora: “Señor, ayudame para algún día voy a dejar a este hombre”, pero otra vez acompañarme ya no. Mejor estar solo. Porque estar así no es vida.

¿Ahora lo que más la sostiene ahí es el cariño hacia él?
Eso.

¿Usted se podría regresar a la casa de su mamá?
O alquilar algún cuarto. Yo sola me mantengo. ¿Qué yo debo depender de él? No. Si a mí me falta un par de zapatos, yo reúno y los compro. Si no tengo ropa, yo la compro. Si hasta él mismo dice: “Yo no puedo mantener a ninguna mujer”. “Si yo soy la tonta que estoy aquí –le digo– porque vos qué”.

¿Qué es aquello que usted ve en él que la hace quererlo? ¿Él es atento aunque sea en algunos días?
Es que mire, es bien raro. Yo hace poco tuve un problema. Él, a capa y espada, me estaba defendiendo y yo me le quedé viendo y se para y me dice: “No, es que de fregarte, solo yo te puedo fregar, te puedo verguear y todo, pero otra gente, no. Eso sí no me gusta”. No sé, bien raro.

¿Usted qué le diría a otra mujer que pasa por esto?
A las jóvenes, que conozcan a la persona, que no solo se dejen ir, como a mí me pasó. Que no solo se dejen ir. Que piensen una y once mil veces porque cuando uno comienza es todo color de rosa. Y después ya estando en la situación, ahí se ve quién es quién. Y si alguna mujer está en mi caso, que abra los ojos, porque no es vida estar así, para nada.

¿Me podría hablar de algún plan a futuro que tiene para usted misma?
Lo que quisiera primero es ya no estar con esta persona. Ya no sufrir. Y otra mejor, echarle ganas a la vida con mis hijas para una vida mejor. Yo aconsejo a mis hijas, les digo que se fijen, les pongo mi ejemplo. Las tres saben la situación. Una de ellas me dice: si algún día yo te llego a ver (golpeada), yo voy a llamar a la Policía y que se lo lleven preso y lo hace. “No mamá –me dice– no es tu papá”.

¿Por qué ella está tan despierta a la situación?
De ver tanta situación. Acuérdese que hoy está más tremenda la situación. Mejor ellas. Si yo por eso digo: “Ay, dios mío, ayudame”. Se lo juro, yo no sé, como que una venda tengo.

¿Cree que es miedo?
Una parte es miedo y otra parte es que como mujer, no le voy a mentir, lo quiero.


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Inversiones valiosas, festival, memoria

Con motivo del VIII Festival de Literatura Infantil, que comenté hace 15 días antes de su realización, he fortalecido mi sorpresa de percibir interés de los niños por asistir a eventos de animación de la lectura. Este evento desde el primero al octavo ha sido un éxito gracias a la colaboración del equipo de trabajo de la Biblioteca Nacional, el apoyo institucional, además de la cooperación de universidades, organizaciones civiles, empresas y entidades privadas. Sin ellos, imposible haber llegado a una octava versión; igual digo de los escritores y animadores de lectura y su voluntariado ejemplar. Tantas respuestas positivas a un proyecto cuyo centro principal son niños y niñas de comunidades en riesgo, cuyo solo viaje a la ciudad capital es un atractivo y un aprendizaje; un conocimiento valioso como el obtenido en las aulas. Porque la vida está en todas partes; y educación es vida.

El festival ofrece facilitadores de lectura y animadores que hacen del momento del festival infantil un asocio entre libro, lectura y momentos de alegría. No cabe duda, los niños son la esperanza. Pero la esperanza de verdad, la que se proyecta desde un presente, ofreciéndoles sus derechos plenos. Ellos también son la riqueza para el desarrollo futuro.

En este VIII Festival, los niños encontraron a dos escritores salvadoreños que sumados han publicado en Estados Unidos más de 30 libros de literatura infantil y han obtenido premios, uno en Los Ángeles, otro en Nueva York y Washington. En todos los libros la temática es El Salvador. También la diáspora contribuye con valores de país. Y para culminar el evento relacionamos animación lectora con alegría, pues también participan, con ¡voluntariado! Mimos-Clown.

Nuestro proyecto de facilitar el libro y la lectura no se limita a un festival al año. También se logra con una biblioteca móvil que funciona desde la Biblioteca Nacional. Y algo más: los facilitadores conocemos y logramos aprendizaje al visitar las comunidades de difícil acceso. Es un aprendizaje con estímulos similares. Este año visité a niños del cantón Loma del Muerto (por la matanza indígena de 1932), en Sonsonate; a estos y a miles les llegó una libreta sencilla, pero dignamente impresa con más de una docena de poemas infantiles, con igual número de escritores. Fui testigo del entusiasmo en el aula, expresado con acciones creativas.

El festival de noviembre permite observar la importancia de ofrecer oportunidades recreativas y creativas a niños y niñas que responden felices a la facilitación brindada por las instituciones de cultura y educación. No: nada de cruzarse de brazos viendo pasar la tragedia como espectadores. Por eso mi insistencia en promover este tipo de acciones educativas. Porque la esperanza no solo debe visualizar el futuro, sino el presente vital, porque la renovación está en esos grupos base que asisten y participan en encontrarse con el libro y la lectura.

El Festival de Literatura Infantil ofrece lectura desde edades tempranas, entre siete y 12 años. Ojalá pudiéramos hacerlo con la primera infancia (de cero años a cinco años). Para estos el conocimiento o la palabra tierna de leerles un cuento o un poema no solamente recrea, también hace algo más prodigioso, ofrecer a las nuevas generaciones calidad de vida, vida sana entendida como bienestar, semejante al cuido en salud y alimentación. Volverlos permeables al conocimiento permite una transformación al utópico cambio.

“No solo debe cuidarse la supervivencia biológica, protección de enfermedades o desnutrición”, dicen científicos del cerebro y de las emociones, sino atender una educación temprana en el niño que repercuta en el desarrollo intelectivo “(que lo haga) capaz de cambiar su entorno que significa convertirlo en partícipe de la sociedad que necesitamos” (Luz Stella Losada, et al.).

Los autores son profesionales de la salud y la educación, expertos en desarrollo infantil y prevención de agresiones sexuales, tratan el tema de construir familias con desarrollo integral al atender al niño desde antes del nacimiento hasta los cinco años. En mis anteriores planteamientos he insistido en algo que cae por su peso: invertir en educación debe ser una acción estratégica para prevenir la violencia, asegurado con políticas públicas.

Recuerdo cuando en segundo grado, en la primera mitad del siglo XX, a un director chiflado se le ocurrió hacer una excursión con niños de segundo a sexto grado. Yo estaba en segundo, tendríamos que viajar en tren de leña desde la escuela pública en San Miguel hasta Ahuachapán, donde estaba el punto central del viaje: conocer una casa.

Era una actividad de recreación y aprendizaje irreversible (conocer la casa del poeta Alfredo Espino, de quien yo solo conocía el poema “El nido”). Además se trataba de un viaje sin presupuesto estatal, para lo cual se debe planificar con creatividad y ejecutar con eficiencia. Es el caso del Festival de Literatura Infantil, donde las comunidades o las familias contribuyen para el transporte en buses; otros aportes, la mayor parte, se obtienen por las organizaciones civiles, empresas y universidades, y desde la Biblioteca Nacional se hace la gestión de acuerdo con cooperantes con sensibilidad patria.

Continúo con el profesor chiflado: él hacía las gestiones para que las escuelas de las ciudades visitadas nos dieran alojamiento para dormir. El pasaje del tren lo pagaba el padre o la madre de familia. Hicimos la primera parada en Usulután, en la Basilio Blandón; la segunda fue en San Vicente (olvido el nombre de la escuela); la tercera fue en San Salvador; dormimos en la Joaquín Rodezno. De allí salimos a Santa Ana, dormimos en la escuela Mariano Méndez, ahora en ruinas, pero en proceso de restauración. He olvidado, quizás por las penurias, si comíamos o no comíamos. Solo recuerdo que en San Vicente un niño de mi edad me invitó a almorzar a su modesta casa. Bueno, fue mi primera ventura a mis ocho años. Mi madre tuvo la confianza de permitirme un viaje que duró una semana. ¿Cómo ven esa chifladura genial del docente director? Para más datos: poeta, creativo, chiflado.

Krisma Mancía: “Si no escribo, moriría”

Conocí a la poeta Krisma Mancía en la casa que habitó nuestro orgullo nacional Salarrué. En ese entonces, emocionaba entrar a esa casa y encontrarse a los jóvenes leyendo sus escritos en voz alta, dispuestos a debatir y a crecer con la crítica de sus textos, interesados en aprender a escribir, ilusionados con la posibilidad de tener espacio propio en un país desmemoriado y con poco respeto por las letras.

Allí estaba Krisma trabajando duro, leyendo, escuchando a otros escritores, viviendo y sobre todo: escribiendo. Desde entonces he leído sus textos en su blog personal, en alguna referencia literaria o poema publicado, y siempre tuve la impresión de que Krisma era una mujer fuerte, interesante y culta. Por todas estas razones la elegí como una voz imprescindible para conversar sobre su obra más reciente titulada: “Pájaros imaginarios y trenes invisibles entre tu ciudad y la mía”; platicamos, además, sobre qué le aporta San Salvador en su labor creativa y sobre la situación “precaria y alarmante” que, según ella, viven los escritores de su generación.

Abro su libro y lo primero que leo es la siguiente frase: “La gente que se queda soporta las fronteras de la ausencia”. Sigo la lectura y como un pescador atento saco de sus versos frases sueltas que llaman mi atención: “Llévame. Seré un amuleto de la buena suerte, una piedra salvaje y filosa, un diamante sin pulir”. “Cuando el tren vuelva a cruzar la enorme herida de la ciudad, te contaré por qué tengo una cicatriz en mi rodilla izquierda. Te contaré que me la hizo la guerra”. “Mis cartas te llegarán con las disculpas de no querer seguir con la ruleta rusa, pero tú seguirás visitando mis insomnios y dirás que me extrañas”.

Krisma las escribió como un homenaje a la ausencia tangible y a la migración. “Poco se habla de lo que sentimos quienes nos quedamos aquí, de los espacios vacíos, del abandono, de esa sensación de extrañar a un ser querido, de las fronteras… pensaba en todo eso mientras construía el libro y fueron horas de reflexión y tristeza, pero que floreció con más fuerza mi amor a esta tierra que me vio nacer y entendí que nunca me iré de este país porque es mío”, afirma la poeta.

El Salvador está presente en todo lo que escribe: “Cuando viajo al centro de San Salvador, siempre vuelvo cargada de imágenes, de sensaciones, de impresiones como si fuera una esponja que ha absorbido todo sin tamiz. Es angustioso porque regreso con la ciudad prendida de mí y tengo la sensación, la obligación, la necesidad imperiosa de que debo escribirlo para que me deje en paz”.
Krisma señala que la realidad “precaria y alarmante” que vive su generación se debe a varios factores: “El sistema educativo enseña poesía a una escala muy básica, donde se explica que poesía es ‘expresar un sentimiento’, que lleva métrica y rima, que es ‘bella’ sin explicar por qué. La poesía es algo hueco si se explica de esa forma y no tiene tanta importancia”, sostiene. El otro gran argumento es el prejuicio de que los jóvenes no leen: “Los jóvenes no tienen el hábito de la lectura porque no saben qué leer. Los libros están allí, pero parece que los esconden. Poco se lee de escritores centroamericanos, tal vez a un Rubén Darío, un Ernesto Cardenal, y si tienen suerte, un buen maestro los haga leer poesía de calidad de origen nacional e internacional, pero es difícil de apostar”.

Además, agrega: “No hay becas para la creación literaria; existe una desnutrida Ley de Cultura que ni siquiera menciona a los escritores; las editoriales nacionales, aunque hay muchas, no despegan porque no se les ve una buena propuesta, quizá porque carecen de proyección a escala regional, de recursos monetarios, de lugares físicos donde exhibir los productos; y en las internacionales, el interés es escaso en materia de literatura centroamericana, el panorama se ve oscuro”.

Sin embargo, Krisma, al igual que muchos escritores jóvenes, continúa escribiendo porque si no lo hace “moriría”.

Yo también moriría. Por eso, me despido de este espacio de opinión agradeciendo a quienes se tomaron el tiempo de leer mis textos y encontraron coincidencias en estos diálogos personales que tanto me han permitido crecer. Espero que nos reencontremos pronto y continuemos este ejercicio de reflexión que tanta falta hace en El Salvador.

Distancia amarga

Siempre creí que su vida fue fascinante. A cada uno de sus platillos le correspondía alguna tragedia o dicha que hubiera pasado por su vida. Nació en una casa de bahareque ahumada por fuego de leña. A los 10 años, su madre leyó su destino en un huevo de gallina india: estaría ligada por siempre a la cocina. Usó calzado solo hasta que pudo comprárselo con su primer trabajo, como aprendiz de cocinera. Formó una familia a cucharadas de guisos y a punta de ejemplos firmes. Hizo todo lo posible por aprender a leer y a escribir, y nada disfrutó más que devorar libros y alimentar a todos los comensales que estuvieran a su alcance.

Nuestra relación fue mucho más que un cliché entre nieto y abuela. Fue una complicidad que tenía su culmen en jornadas casi ceremoniosas de cocina. En ellas, sus historias y experiencias eran ingredientes infaltables. Más que sus trucos y secretos para que cada comida quedara exquisita, lo mejor de nuestras sesiones eran esas lecciones de vida que me daba con tanta sencillez. Sus risas, su caridad, desprendimiento y sabiduría siempre me satisficieron.

La última vez que pude abrazarla me susurró una bendición cálida. Su vestido celeste tenía pegado el olor del café de maíz que ella misma preparaba y molía a mano. Ella tenía los ojos humedecidos y la voz entrecortada. “Hasta pronto, mi viejita”, le dije con las cuerdas vocales hechas nudo. Era la segunda vez que me le iba del nido y, contrario a lo que me había imaginado, esa despedida fue más difícil.

Hoy, a menos de 8 días de su partida, se me llena la mente de verbos en condicional. Si entonces hubiera sabido que esa mañana de agosto sería la última vez que podría sentir su tibieza, no la habría soltado. Entonces solo tomé sus manos maltratadas por décadas de trabajo en la cocina, besé su frente llena de surcos y tuve que volar de nuevo.

Desde esta parte del mundo he aprendido que la muerte de un ser amado sabe más amarga con la distancia. Que la impotencia de no poder satisfacer la necesidad (quizá egoísta) de decirle adiós a la materia es fustigante. Sobre todo, que nunca se está listo para el dolor, sin importar cuán anunciado sea el golpe. La peor parte de estar lejos sale a flote en estos momentos en los que no hay más remedio que conformarse con despedirse a través de recursos tecnológicos. La vida y la muerte calan más hondo cuando se está distante.

El país que uno ama se condensa en los rostros que uno anhela volver a ver al regresar. Y cuando esos rostros se hacen más, las raíces se debilitan. Lo único que queda, para aminorar el sabor amargo, es alimentarse de las buenas memorias.

Carta Editorial

Desde afuera se distingue perfecto. Y desde esa postura es fácil reclamar a la víctima que por qué no hizo más por salirse y por dejar aquello que provoca daño en tantos niveles. Desde adentro, la categorización no sale tan fácil. Es complicado distinguir de cerca al monstruo. La violencia doméstica es más que todo eso, doméstica. Un asunto de puertas para adentro, de todos los días, que coloca sus raíces y se mimetiza con la rutina y que, en un país tan violento y violentado no es sencillo identificar como delito –con todas sus letras–, aunque nos golpee en la cara.

Antes de levantar cualquier tipo de crítica hacia las víctimas, es necesario acercarse a relatos, como estos que ha escrito la periodista Valeria Guzmán, en los que lo más doloroso es darse cuenta de que todas nuestras normalidades han quedado afectadas por el abuso constante. Esta es la voz de la mujer que ha sido criada en los golpes y no conoce otra vida fuera de eso. No fue educada para no querer a sus agresores. Porque sus agresores no han sido completos desconocidos en la calle; sus agresores han tenido con ella relaciones y vínculos directos de afecto. Comienza con un padre y continúa con las parejas.

Quienes nos cuentan sus vidas en esta ocasión ya son mujeres; pero no quiere decir que nuestras niñas no se estén criando de la misma manera. Nuestras niñas todavía crecen en hogares, escuelas, colonias, municipios, departamentos en donde la violencia es así: doméstica.

Queda tanto por hacer en esto de identificar al mal y a quien lo ejecuta. Algunas de las protagonistas de estos relatos todavía creen que quienes están equivocadas son ellas y no quien les pega y las insulta. Quedan tantas voces por alzar en función de educar para que quede claro que nada de lo que hace daño está bien o se puede tolerar. La violencia no puede seguir entendiéndose como algo íntimo que afecta a una persona. Es un problema de país.

“Las dictaduras terminan y el periodismo siempre sobrevive”

¿Hay algo que de tener más o menos marcaría alguna diferencia en tu vida?

Desearía que el día tuviera más horas para dedicarlas a mis hijos, jugar con ellos, llevarlos al ballet, a natación.

¿Cuál es tu idea sobre el éxito?

Hacer lo que a uno le gusta, que te paguen por eso y que el pago sea lo suficiente para darle a los tuyos una vida digna.

¿Qué estás soportando o tolerando actualmente que no te haga feliz?

No me hace feliz la dictadura que tenemos en Nicaragua. Es una dictadura fina, que se disfraza de democracia, que reprime selectivamente.

¿Qué es lo que tiene más valor de tu situación actual?

Tengo 35 años y creo que estoy en una etapa madura de mi vida. Creo que con el periodismo que estamos haciendo en la sección ‘Política’ de La Prensa estamos contribuyendo a tener en el futuro un mejor país.

¿Cuál ha sido el mayor atrevimiento de tu vida?

Tenía 20 años. Trabajaba después de clases en la UCA, de Managua, y me pagaban por eso. Renuncié y me fui a una pasantía en un diario en el que no me pagaron nada por tres meses. Yo quería hacer periodismo y durante esos tres meses almorcé pan simple con el café terrible que regalaban en las redacciones de aquellos tiempos.

¿Cuáles son los obstáculos más grandes para hacer periodismo en Nicaragua? ¿Cuáles son las ventajas?

Los gobiernos dictatoriales te ponen muchos obstáculos, hay mucha tensión, lo bueno es que es ante gobiernos así que el periodismo muestra su clase. Lo bueno es que las dictaduras terminan y el periodismo, aun con sus heridas, siempre sobrevive. El periodismo siempre ve pasar el cadáver de los enemigos de la libertad.

¿Harías periodismo en otro país?, ¿por qué?

No lo había pensado, pero, si las circunstancias lo ameritan, estoy dispuesto.

Buzón

Buzón

Sí se puede

Evidentemente el país no atraviesa su mejor momento en cuanto a violencia se refiere, el ambiente sigue saturado de efluvios malignos, la falta de voluntad opera como un freno en todos los órdenes y solo se toman acuerdos cuando se complacen intereses de las partes contendientes. “De cómo El Salvador puso fin a los secuestros” es el aporte de Moisés Alvarado, en el cual se reconoce el éxito de la estrategia que le dobló sustancialmente el brazo a los secuestros y se destaca el énfasis en la dotación de recursos económicos suficientes, con el aporte resuelto de la empresa privada. Quienes toman decisiones que marcan el destino nacional deben ver esa experiencia para formular las políticas de seguridad que hasta hoy solo muestran resultados tibios.

Deben, además, exiliar los resquemores ideológicos, cuando se trata de abordar temas de suprema envergadura. Si los acuerdos de cualquier índole no son fáciles de lograr, el cumplimiento de estos se vuelve aún más difícil, pero en ambos casos “voluntad” es la palabra prodigiosa que debe prevalecer, si se quiere. Precisamente, en estos días hay reuniones multipartidarias con el Gobierno para enmarcar decisiones de consenso en torno a temas económicos. Sin embargo, en los entrampamientos inconsecuentes el que pierde es el pueblo, que a la vez es el que merece los mejores arbitrajes por parte de los funcionarios; la bonanza de los resultados debe divulgarse y conocerse en la dinámica de la realidad.

Pero en los rubros delictivos contemplados en el Código Procesal Penal no solo figura el secuestro; la ola delincuencial que nos golpea debe tener también recetas serias, como se hizo con los secuestros, donde los acuerdos y dotación de recursos fueron la piedra angular.

Las actuales circunstancias pueden cambiar a mediano plazo con tácticas más convenientes en sinergia interinstitucional, aún hacen falta depuraciones exhaustivas en algunos organismos y apropiarse de medidas que conduzcan a la erradicación de tan repugnante barbarie social. En mejores condiciones estaríamos si todos en vez de torpedear las buenas intenciones pusiéramos nuestro aporte para ver el problema con visión de patria. Las alcaldías tienen mucho que aportar para la erradicación de la violencia, pero pocas están haciendo su porción. Ya se ha demostrado en eventos anteriores que cuando las partes se ponen de acuerdo son capaces de erradicar aberraciones sociales que detienen el crecimiento y nos mantienen en zozobra colectiva. Queda la esperanza de que sí se puede.

Julio Roberto Magaña
jrobertomasa@hotmail.com


Violencia interminable

El asesinato del joven fotógrafo de un canal de televisión del país ha abierto las alertas sobre lo cruel que es este momento por el que estamos pasando, en el que ya no mueren solo pandilleros, que son el objetivo del Gobierno, sino también policías, soldados y sus familiares. La periodista que habló del “miedo a la policía” es impactante, ya que las autoridades que están obligadas a proteger a la población, en ocasiones ven a sectores civiles como merecedores de maltrato. Séptimo Sentido y otros medios han denunciado ejecuciones que se han dado contra pandilleros, que legalmente debiesen ser capturados y presentados a las autoridades para su juzgamiento.

En el caso de que alguien dude de las informaciones que recaban los medios, en estos días el alto comisionado de la ONU concluyó que en nuestro país se violan los derechos humanos; se alarmó por el retorno de los escuadrones de la muerte y las ejecuciones extrajudiciales. El visitante aseguró que las medidas extraordinarias han producido condiciones realmente inhumanas en las cárceles, afectadas por la suspensión de visitas familiares, los brotes de tuberculosis y la desnutrición. Finalizó lamentando las amenazas, la intimidación contra periodistas y defensores de los derechos humanos.

Guillermo Zelaya
zelayapor47@gmail.com


Violencia diaria en el país

Cuando la muerte llega no importa la profesión, más en este país donde la vida no vale nada por no tener garantías ni donde uno vive, porque la violencia no discrimina y la sufren los más pobres –como la muerte del camarógrafo Samuel Rivas sucedida recientemente–, por el cumplimiento de labores de trabajo muchas veces se tiene que visitar lugares conflictivos.
Para entender el origen de la violencia en el país, debemos de entender que hay dos formas bastante discutidas hasta hoy: una causa que engendra la violencia como algo innato de la persona y la otra forma es de tipo social que es el resultado de patrones adquiridos por asimilación de la estructura social; esto último se aplica para la columna de opinión del domingo “Nos mataron a todos”, de la periodista Mariana Belloso, con el homicidio del camarógrafo de Megavisión que fue asesinado donde vivía. Los esperados resultados del impuesto de seguridad no se han visto. ¿Por qué tienen que morir las personas trabajadoras en manos de la delincuencia? De no tomar en cuenta estas muertes, la tendencia de los homicidios es ascendente y lo ocurrido en las últimas semanas ha desbordado por completo la violencia en nuestro país, que se ha mantenido violento hasta en épocas de tregua.

La sociedad salvadoreña sufre después del conflicto armado e inicia el camino a la consolidación democrática, pero la manera de ejercer el control social en la sociedad salvadoreña sigue siendo, por antonomasia, el uso de la violencia practicada en todos los ámbitos: en la política, para mantener el control sobre el Estado y los gobiernos locales, así mismo imponer un tipo determinado de sociedad en los centros de trabajo y en la familia para el sometimiento total de sus habitantes. Todos somos los que debemos exigir el derecho a vivir en paz y dejar un legado a las futuras generaciones, para que no se repita la historia violenta que vivimos.

Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com>


“Nos mataron a todos”

Dura realidad la que se vive en El Salvador. Nos han matado, nos han robado la paz, caminamos como seres de otro mundo, desprotegidos por aquellos que juraron proteger a la sociedad, de aquellos antisociales que viven la ley de la selva, aquellos que les gusta el dinero fácil, asesinos sin alma. Pero ¿quiénes tienen la culpa? La tenemos todos: por no exigir nuestro derecho a la vida, por dejar que nos engañen cada tres o cada cinco años. Este no es problema del Ejecutivo, sino de todos, –el poder formal que no actúa por oscuros intereses– jueces, fiscales, diputados. Nos expulsan de nuestras propiedades, se roban la niñez, imponen su ley y nosotros no queremos cambiar el estado de cosas, aunque sabemos que somos la mayoría.

Manny Nagula
cmjlaguna59@hotmail.com

CIUDADANÍA FANTASMAL (13)

TORMENTA MANSA

Era hora de volver a casa después del festejo. Había que desalojar el lugar, que era una gran terraza sobre los alrededores, con la cadena de colinas al fondo. Detrás de ella, el mar invisible pero presente, sobre todo cuando, como en ese momento, los nubarrones auguraban borrasca.
Pero alguien parecía reacio de repente a concluir el encuentro con la despedida usual: el jefe del servicio de limpieza de la institución cuyo personal había estado reunido para celebrar el fin de año. A él lo conocían todos como un hombre reservado y cumplidor, que apenas desataba palabra; pero ahora era un surtidor desconocido. Los músicos iban a retirarse, pero él los detuvo:
—Quédense un rato más, amigos. Hay que cantarle a la vida. Quiero que me acompañen a cantar “Gracias a la vida”… ¿Preparados? ¡Uno, dos, tres, ya: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”
La voz se le quebró. Parecía a punto de desvanecerse. Se le acercaron para auxiliarlo, si era necesario. Él emprendió entonces ágilmente la marcha hacia el barandal de la terraza y, sin decir más, escaló los hierros y se lanzó al vacío. Y entonces sí la borrasca anunciada se desató pero en forma de profundo silencio.

PARÁBOLA DEL TRÁNSITO

Los pobladores de aquella zona estaban acostumbrados a ver pasar peregrinaciones porque muy cerca de ahí, en una hondonada natural del terreno, se hallaba lo que se dio en llamar popularmente “la cueva de los milagros”. Y es que los que acudían a dicho lugar resultaban beneficiados por el cumplimiento de alguna petición personal, como se sabía con comprobaciones fehacientes o al menos por testimonios convencidos.
Pero aquella peregrinación que acababa de cruzar el puentecito de madera sobre el río Las Cañas traía consigo imágenes que estaban en el borde de lo sobrenatural. Y entre los peregrinantes venía él, Pedro el Apóstol, como le llamaban sus allegados. Cuando la fila llegó junto a la línea de rieles ya se sentía la trepidación del ferrocarril que venía del oriente.
Y al llegar al punto la máquina se detuvo. Todos los que venían en él desembarcaron de inmediato y se dirigieron hacia la cueva. Los peregrinantes en cambio continuaron sin detenerse. Ellos eran portadores de su propio milagro: la ilusión de caminar sin fin hacia la lejanía de su propio destino.

EL UNO PARA EL OTRO

Apareció en la vida de la muchacha cuando ella apenas estaba remontando la niñez hacia una adolescencia saturada de presagios inciertos. Él era un deportado que andaba en su primera juventud, y la experiencia vivida le marcaba todas sus actitudes y reacciones, aunque la mayor parte de las veces en forma sigilosa y casi invisible.
Anduvo rondándola por algunos días que iban en camino de ser semanas, y en algún momento, mientras estaban sentados en una de las bancas del parquecito del barrio, ella le hizo una pregunta inesperada:
—¿Venís por mí para hacerme feliz o para hacerme desgraciada?
—¿Y vos que querés ser: desgraciada o feliz?
—No sé. Hay que hacer la prueba.
Y de inmediato escaparon sin decirle nada a nadie. Cuando aparecieron traían marcas cambiantes: la felicidad y la desgracia se les marcaban a uno y a otro como si aquello fuera un juego de azar.

CAMBIO DE ESTACIÓN

Vivían en un pequeño castillo ubicado en la única elevación del terreno, que era un valle dilatado hasta las orillas del mar. Él era un conde venido a menos porque todos los bienes externos se le habían esfumado en una vida disoluta y sin propósito, y ella era una plebeya venida a más por obra y gracia de las virtudes del arte.
Todos los alrededores se habían vuelto un sinfín de malezas abandonadas entre las que circulaban animales salvajes. Ellos, que guardaban muchas monedas en baúles, vivían de lo que les proveían algunos vecinos generosos, y casi siempre estaban en la más absoluta soledad.
Durante el día, él pasaba literalmente escondido en lo más alto de una torre y ella refugiada en su sótano, escribiendo a ráfagas los testimonios de su mundo interior. Todo hacía sentir que aquella rutina se extendería hasta el final de la vida de cada uno; pero de repente vino la catástrofe natural: aquel huracán que lo devastó todo. Todo, salvo el pequeño castillo. Cuando pasó, sus dos moradores salieron, transfigurados. Después de ser almas en pena eran hoy almas en gracia, necesitadas de salir al mundo. ¡Buen viaje!

AMOR A PRIMER CRISTAL

Se tuvo que ir a vivir donde sus tías solteras cuando sus padres se fueron de esta vida casi al mismo tiempo. La casa estaba ubicada en una zona de la ciudad que fue de primer nivel en otra época y que hoy era un hacinamiento de talleres mecánicos y de negocios de poca monta. Su único equipaje al llegar era aquella maleta de tela gruesa en la que cabían todas sus pertenencias personales.
Desde el principio se sintió en esa casa como en su mundo ideal. El toque vetusto fue siempre su favorito. Además había un jardín posterior en el que abundaban las gardenias y las madreselvas. Y para más ventura, en el cuartito donde dormía había una ventana sin cortina.
Esto último fue el mejor augurio, porque en la casa vecina, solo separada por un pasillo embaldosado, había otra ventana también sin cortina. Y aquella tarde, ya con la luz solar en escapada, se produjo el encuentro de ventana a ventana. Era ella sonriendo y era él sonriéndole. Imágenes unidas en el aire para siempre.

MENSAJE RECIBIDO

Murió el padre. Murió la madre. Murieron los hermanos. Murió la esposa. Murieron los hijos. Un tsunami de abandonos sucesivos, que tenía que detenerse porque ya solo él quedaba. Y lo más curioso era que todas aquellas pérdidas, que parecían marcadas por un reloj macabro, le habían venido dando un crecimiento insospechado de energías interiores.
Y así tomó la decisión de irse de viaje, por primera vez en su vida. En la víspera de partir tuvo el repentino impulso de ir a revisar papeles en el armario más antiguo de la casa, ese donde sus padres guardaban documentos, cartas y hojas manuscritas. Ahí, en un sobre de manila, encontró de pronto una fotografía donde estaban todos juntos, desde sus padres hasta sus hijos; aunque curiosamente el que no aparecía era él.
Le brotaron las lágrimas, pero un susurro pareció surgir del retrato:
—No te angusties, Juan. No estamos ausentes. Ahora que vas de viaje nos irás encontrando en cada uno de los lugares que visites. Y al final todos vamos a estar juntos. Que el aire y la luz te acompañen.

PARÁBOLA EN CÍRCULO

Desayunaban en el corredorcito que daba a la franjita de jardín que estaba junto a la acera. Era como comer en la calle, lo cual venía a ser la remembranza más plástica de los tiempos en que ambos fueran indigentes, antes de que aquel billete de la lotería que encontraron en una banca del parque les diera el empujón hacia arriba. Compraron casa y el resto lo guardaron en el bolsón.
En esas estaban aquella mañana de sábado cuando sin que lo advirtieran se detuvo en la acera, frente a ellos, aquel mendigo astroso, que los observaba fijamente como si quisiera estar seguro de reconocerlos. Por fin tuvo el gesto de haber dado en el clavo, y casi les gritó:
—¡Trapuda, Garfio, por fin los hallo! ¿Me pueden dar algo de comer?
Los aludidos reaccionaron como si los tocara una corriente eléctrica. Se levantaron a toda prisa y se metieron en la casa. El mendigo, entonces, traspasó la verjita y se fue a recoger lo que quedaba en la mesa. Luego desapareció como había llegado. Y aquel mediodía ocurrió el desastre. Un cortocircuito desató el voraz incendio en la casa. No quedó nada. Días después, dos indigentes más deambulaban por los alrededores.

Un grupo de autoayuda

Grupo de autoayuda
Atención especial La Policía cuenta con Unidades de Atención Especializada para mujeres que enfrentan violencia.

Marina colocó el veneno dentro de unos vasos y los llenó de jugo. Las bebidas estaban preparadas para sus cuatro hijos y para ella. La puerta de su casa estaba abierta y una muchacha la observó. “Vos sos bonita y estás joven, ¿por qué le aguantás tanto a ese tipo?”, recuerda que le dijo la mujer.

Han pasado 19 años desde ese día y Marina no sabe quién fue la que llegó a su casa ese día. Ella solo dice que ese comentario fue suficiente para repensar la idea del suicidio. Le dio vuelta al contenido de los vasos y empezó a echar agua para que no quedara rastro del jugo mortal.

Marina creció en San Juan Nonualco y conoció a los 17 años a la pareja con la que convivió dos décadas. “No hubo noviazgo ni enamoramiento”, cuenta. “Un día mi mamá me dijo ‘vas a ir con él a San Salvador’. Y como todas le obedecíamos, me vine. Él me llevó a un mesón y ahí me tuvo. Y yo pensé que era normal que a ti te pegaran en la noche y que en el día estuvieran encima de ti”.

“Él en varias ocasiones me dijo: ‘Si vos me denuncias, te voy a cortar la cabeza y la voy a ir a sembrar en un puente. La voy a dejar ensartada como ejemplo para que las mujeres respeten a los hombres’”, relata Marina.

Soportó el maltrato durante 20 años, hasta que un día de 1998 decidió denunciarlo ante la Procuraduría General de la República (PGR). Ese mismo año se creó en la PGR un grupo de autoayuda de mujeres. El grupo es una red de apoyo para quienes pasan por experiencias similares.

“Al grupo le pusimos El Despertar de las Mujeres. Así fue nombrado porque yo estuve dormida 20 años. ¿Qué fue de mí? ¿Por qué aguanté tantos golpes, violaciones, insultos?”, se cuestiona Marina.
El grupo de autoayuda sigue activo. Este jueves de noviembre un puñado de mujeres ha formado un círculo en el auditorio de la PGR. Ahí hablan de sus vidas y el maltrato. Unas ya dejaron a sus parejas y otras siguen viviendo con sus agresores.

Ahora Marina tiene 59 años, es dueña de su propio negocio y es independiente económicamente. Y aunque ya pasaron 19 años desde el día en el que denunció a su pareja, sigue asistiendo al grupo de autoayuda. Ahí ella conoce a las mujeres que recién denuncian a sus compañeros de vida e incluso las acompaña a sus trámites legales.

“Él en varias ocasiones me dijo: ‘Si vos me denuncias, te voy a cortar la cabeza y la voy a ir a sembrar en un puente. La voy a dejar ensartada como ejemplo para que las mujeres respeten a los hombres’”, relata Marina. Soportó el maltrato durante 20 años, hasta que un día de 1998 decidió denunciarlo ante la Procuraduría General de la República.

Más allá de los golpes. La Ley Especial Integral para Una Vida Libre de Violencia para las Mujeres identifica siete tipos de violencia.

De acuerdo con la memoria de labores de la PGR 2015-2016, en ese periodo se realizaron 383 reuniones de grupos de autoayuda a escala nacional. El personal de la PGR funciona como facilitador de la experiencia.

Una de las mujeres que también asiste a este grupo es Diana. Su verdadero nombre es otro, pero ha pedido que su nombre real no sea publicado. Ella era una adolescente cuando conoció al hombre con el que tuvo cuatro hijos.

El primer hijo no fue planeado y su pareja se molestó con ella por el embarazo. Después vinieron tres más. “Tal vez no se concibieron con amor, sino que con violencia, pero ellos no tienen la culpa. Así que los amo”, dice. Luego cuenta que hubo un momento en el que creía que las violaciones y golpes eran lo natural en una relación de pareja.

“Yo le consultaba a mi mamá y le decía: ‘¿Y eso es normal?’, y como mi mamá sufrió una violencia peor que la mía, ella decía: ‘Sí, hija, tu papá así era’. A veces me agarraba del pelo y me tiraba al suelo como que trapeaba conmigo. No pude salir de la casa como unos cuatro años. Bien tremendo, cuando él llegaba todavía me revisaba la ropa interior para ver si había estado con alguien. Era algo bien humillante”, narra.

Ella asegura que estaba deprimida por el maltrato e intentó suicidarse varias veces. Un intento lo realizó con un lazo, pero uno de sus hijos la encontró a tiempo. En otra ocasión se encerró en un cuarto e intentó suicidarse consumiendo varias pastillas. Y otra vez, uno de sus hijos entró a la fuerza y la detuvo.

“Yo le consultaba a mi mamá y le decía: ‘¿Y eso es normal?’, y como mi mamá sufrió una violencia peor que la mía, ella decía: ‘Sí, hija, tu papá así era’. A veces me agarraba del pelo y me tiraba al suelo como que trapeaba conmigo. No pude salir de la casa como unos cuatro años. Bien tremendo, cuando él llegaba todavía me revisaba la ropa interior para ver si había estado con alguien. Era algo bien humillante”, narra.

Material. En el grupo de autoayuda de la PGR, las asistentes cuentan con información que las ayuda a formarse en sus derechos.

El informe sobre hechos de violencia contra las mujeres elaborado por el Ministerio de Justicia y Seguridad Pública en conjunto con la Dirección General de Estadística y Censos incluye a los suicidios dentro de la violencia feminicida “por tratarse de muertes prevenibles”. Dicho documento sostiene que estos casos “son el resultado de violaciones a sus derechos humanos”.

Ya que Diana creía que el maltrato en la pareja era normal, solo denunció a su compañero de vida cuando él golpeó a uno de sus hijos. El proceso se realizó por la vía penal y él fue encontrado culpable. Se separaron y el padre de los muchachos recibió medidas sustitutivas a la cárcel.

Atención en crisis. Una mujer que enfrenta un caso de violencia intrafamiliar es atendida por una psicóloga en la PGR.

Cuatro años después de haber iniciado un proceso legal en contra de quien fue su pareja, Diana se encuentra, ilusionada, pensando en el futuro. Se convirtió en vendedora informal y este año ya hizo un préstamo. Hace unos días compró ropa para vender en la temporada navideña. Ella se siente distinta: “Soy una mujer diferente. No voy a dejar ya que nadie me maltrate. Hoy salgo a la calle y yo me siento hasta grande”.

Asesoría legal. Emilia Zelaya, defensora pública, atiende a una usuaria de la PGR.

Lea además: Él tiene la costumbre de golpear a las mujeres

Una mujer radiante

Hasta hoy. Marie Curie es la única persona en la historia, hasta nuestros días, que ha recibido dos premios Nobel en diferentes disciplinas: Física (1903) y Química (1911).

Praga, 23 de noviembre de 1911

Estimada señora Curie:

No se ría de mí por escribirle sin tener nada sensato que decir. Pero me encuentro tan enojado por la forma en que el público cree tener el derecho de involucrarse en sus asuntos, que definitivamente debo expresarlo. Estoy convencido de que usted odia a esa multitud, sea que la respeten con generosidad o que deseen saciar su deseo de sensacionalismo con usted. Me siento en la obligación de decirle lo mucho que admiro su intelecto, su propósito y su honestidad, y que me considero afortunado de haberla conocido personalmente en Bruselas. Todos aquellos que no formamos parte de esos reptiles estamos muy felices, tanto ahora como antes, de que personajes como usted y Langevin formen parte de nosotros, pues son personas con las que uno se siente privilegiado de estar en contacto. Si la chusma sigue hablando de usted, simplemente no lea esa bazofia y déjesela a las víboras para quienes fue fabricada.
Mis mejores deseos para usted, Langevin y Perrin.

A. Einstein

“Zorra judía”, “inmoral”, “robamaridos” le había gritado una horda de mil bocas indignadas y furiosas. Era principio de noviembre de 1911, y Marie Curie volvía a Sceaux, Francia, tras un viaje a Bruselas, donde había asistido a un congreso organizado por la International Solvay Institute. Al llegar a su casa acompañada por sus dos hijas, una pared de insultos, escupitajos y piedras les impidieron pasar. Asustadas, buscaron refugio en casa de una amiga en París hasta que las cosas se calmasen.

Si bien los ataques físicos y las amenazas fueron cediendo, los aullidos y las calumnias continuaron hasta volverse ensordecedores. Una feroz campaña de desprestigio, alimentada por la xenofobia, el machismo y la rivalidad académica se levantó contra Marie Curie. La prensa carroñera y los grupos más conservadores le exigían abandonar Francia y llevarse consigo ese hálito inmundo que despedía por ser mujer, por ser extranjera, por inmiscuirse en los círculos académicos, por osar ejercer una sexualidad ya impedida por la viudez.

Poco importaban entonces sus aportes a la comunidad científica y el hecho de ser la primera mujer del mundo en recibir un Premio Nobel –el de Física (1903), junto a Henri Becquerel y su difunto esposo, Pierre Curie, por sus investigaciones sobre la radiación–. El escandaloso romance con Paul Langevin –cinco años menor que ella; infeliz, pero legalmente casado, padre de cuatro hijos y antiguo discípulo de Pierre– la reducía ante la opinión pública a poco más que una ramera ilustrada.

Poco importaban entonces sus aportes a la comunidad científica y el hecho de ser la primera mujer del mundo en recibir un Premio Nobel –el de Física (1903), junto a Henri Becquerel y su difunto esposo, Pierre Curie, por sus investigaciones sobre la radiación–. El escandaloso romance con Paul Langevin –cinco años menor que ella; infeliz, pero legalmente casado, padre de cuatro hijos y antiguo discípulo de Pierre– la reducía ante la opinión pública a poco más que una ramera ilustrada.

Aquel alboroto le había causado un cuadro severo de depresión. Sin embargo, tres días después llegó una noticia que palearía en parte su malestar: la Academia Sueca anunciaba su decisión de premiarla nuevamente, esta vez, en Química, y en solitario. Madame Curie se convertía en la única persona, hasta nuestros días, en recibir dos premios Nobel en diferentes disciplinas. Ya ninguna argucia podría enturbiar el brillo de su genialidad.

***

Una maestra. En 1919, Marie Curie trabajaba en el laboratorio de la Universidad de París, rodeada de sus estudiantes, físicos jóvenes, miembros del equipo de trabajo de Estados Unidos.

Marie Curie (Polonia, 1867-Francia, 1934) creció en Varsovia, por entonces un territorio administrado por el Imperio ruso. De niña solía jugar con tubos de ensayo, pipetas y otros materiales del laboratorio que su padre, profesor de Matemáticas y Física, había instalado en la casa. Con el tiempo, su interés por la ciencia se fue tornado más serio; sin embargo, debido a que las mujeres no tenían permitido acceder a la educación superior, a los 24 años emigró a Francia para continuar sus estudios en La Sorbona. Aquellos años fueron de intenso aprendizaje, pero también de sacrificios y privaciones. Durante las mañanas, estudiaba; por las noches, dictaba clases particulares, y, por las tardes, trabajaba en el laboratorio del profesor Gabriel Lippmann –nobel de Física en 1908–. Debido a los escasos recursos con que contaba, Curie a menudo sufrió hambre y desmayos por inanición. Al cabo de tres años, sin embargo, obtendría su Licenciatura en Física y un segundo título en Química.

Fue por ese entonces que conoció a Pierre Curie, su futuro esposo, colega y socio en la demandante vida científica. Luego de una austera boda celebrada en Sceaux, en julio de 1865, sin ceremonia religiosa, vestido de gala blanco ni pastel o regalos, los Curie compraron un par de bicicletas y pasaron el verano viajando por Francia. A su regreso, se sumergieron inmediatamente en el trabajo. Ambos dictaban clases en diferentes instituciones, pero esperaban con ansias la llegada de la noche para correr a su refugio personal: un improvisado laboratorio ubicado en la rue Lhomond, montado en un almacén abandonado, con piso de asfalto crudo, mala ventilación y un techo de vidrio agrietado por donde se colaba el agua de lluvia.

Ahí, entre muebles gastados y aparatos delicados, los Curie pasaron madrugadas enteras investigando y experimentando con diferentes sustancias. Juntos descubrieron la existencia de dos nuevos elementos químicos: el polonio y el radio (1898); desarrollaron un método de indicadores de radiación; descubrieron que el radio destruía las células cancerígenas. Juntos inauguraron una nueva era del conocimiento científico y médico. Juntos le demostraron al mundo la soberana estupidez de los prejuicios machistas.

Pero la alianza no duraría mucho más. El 19 de abril de 1906, Pierre Curie murió cuando cruzaba la rue Dauphine. Llovía y un coche tirado por caballos se deslizó por el empedrado. Pierre cayó entre las ruedas y se fracturó el cráneo. Viuda a los 39 años, Marie Curie se hundió en un periodo de depresión del que solo la distraían el trabajo y los recuerdos. Un mes después de la muerte de Pierre, La Sorbona le ofreció dictar la cátedra de Física. Una vez más, madame Curie allanaba el terreno para las mujeres venideras, al convertirse en la primera profesora de esta universidad.

Laboratorio de la Universidad de París.

Así, pese al desconsuelo, la turbación y los crecientes malestares físicos, Curie continuó trabajando hasta el fin. En 1914 creó el Instituto del Radio, dedicado a la indagación de los usos de este elemento en el tratamiento oncológico. Luego llegó la Gran Guerra. Y el olor a muerte y pólvora la guiaron a un nuevo proyecto: el diseño de unidades móviles de radiografía destinadas a ser utilizadas en el frente y hospitales provisionales. Unidades que ella misma transportó, muchas veces, a los campos de batalla, y que enseñó a utilizar a otras mujeres para asistir a los médicos y heridos.

La ciencia le dio y le quitó todo. Años de exposición directa a metales radioactivos y a las ondas de los rayos X devinieron en enfermedades pulmonares crónicas, ceguera parcial, un aborto espontáneo, problemas en los riñones y, finalmente, la anemia aplásica que acabaría por matarla en el verano de 1934. Tal fue la cantidad de radiación que recibió que, hasta la fecha, quien desee revisar sus documentos y manuscritos –conservados en cajas forradas con plomo– deberá firmar una carta de excepción de responsabilidad a la Biblioteca Nacional de Francia, y calzarse ropa y guantes especiales. Pero, sobre todo, Marie Curie sigue irradiando el aura imponente de una mujer revolucionaria que se enfrentó con valentía a los prejuicios de su época.