Macri logra todo el poder para reformar Argentina

Apoyo. Macri supera el 40 % de los votos en toda Argentina. Ese apoyo es interpretado por muchos como una señal de grandes reformas en el futuro cercano.

Mauricio Macri se convirtió el domingo en la noche en el líder más fuerte de América Latina. En un momento en el que casi todos los presidentes de la región están muy debilitados, el argentino logró una victoria aplastante en las legislativas en todo el país, y sobre todo le ganó por más de cuatro puntos a Cristina Fernández de Kirchner en Buenos Aires. Este éxito le da un poder enorme para reformar Argentina y le convierte en el centro de la política probablemente por muchos años. “No hay que tener miedo a las reformas”, fue el primer mensaje de un Macri eufórico, con un triunfo que supera sus propias expectativas y destroza a la oposición peronista.

Mauricio Macri ha sido subestimado casi desde que era un adolescente. Primero, por su padre, uno de los empresarios más ricos y polémicos del país, que toda la vida lo subestimó e incluso públicamente dijo que su hijo nunca llegaría a presidente porque no estaba preparado. Y después, por todo el establishment argentino, lo que él llama el círculo rojo, que desde 2003, cuando el entonces presidente de Boca Juniors decidió dar el salto a la política, se burlaba de su aspecto, de su forma de hablar, de sus maneras de hijo de millonario, de su desconocimiento de los códigos de la política.

Pero Macri, ayudado por un equipo fiel dirigido por Marcos Peña y asesorado por el ecuatoriano Jaime Durán Barba, fue poco a poco consolidando su poder, primero en la Alcaldía de Buenos Aires y ahora en la presidencia, hasta lograr una victoria en los cinco distritos clave del país que nadie conseguía desde 1985, cuando un Raúl Alfonsín en la ola de la recuperación de la democracia arrasó en las elecciones intermedias. Macri supera el 40 % de voto en todo el país y desarbola a la oposición en plazas clave, por lo que cuenta con un importante aval de la sociedad para sacar adelante sus reformas, aunque no tiene la mayoría absoluta del Congreso.

Macri ha sabido aprovechar el rechazo que generaron en buena parte de las clases medias urbanas y rurales los últimos años del kirchnerismo, en los que el aislamiento internacional, el cierre de los mercados financieros y la explosión del mercado negro del dólar, sumado a los escándalos de corrupción, provocaron una huida de votos hacia cualquiera que ofreciera un cambio. Y apoyado en esas clases medias y rurales ha ido poco a poco conquistando espacios en las clases bajas, antes feudo inexpugnable del peronismo.
Solo así se explica que Cambiemos, la coalición que dirige, haya logrado ganar en provincias empobrecidas y muy peronistas como Jujuy, Salta, El Chaco e incluso en La Rioja, donde ha destronado finalmente al cacique Carlos Menem, quien volvía a presentarse y será senador aunque fue derrotado. Cambiemos destrozó a los Kirchner en la patagónica Santa Cruz, la cuna de su poder, que aún gobierna Alicia Kirchner, la hermana del expresidente.

Macri ganó en 2015 por la mínima, menos de tres puntos, frente al entonces candidato peronista Daniel Scioli, apoyado por el kirchnerismo. Desde entonces ha gobernado en minoría y con muchas dificultades. A los empresarios y economistas liberales que le reclamaban reformas más profundas, un recorte más rápido del gasto público, Macri siempre les contestaba: no hay margen político, hay que ir poco a poco porque si no, perderé el poder.

Pero ahora lo tiene todo. Así que el presidente lanzó un mensaje claro: se abre un período para buscar grandes acuerdos, al estilo de los Pactos de La Moncloa españoles que muchos argentinos ven como un ejemplo, para pactar grandes reformas con los gobernadores, los empresarios y los sindicatos. Pero si no se logran, Macri seguirá adelante.

“Entramos en una etapa de reformismo permanente. Argentina no tiene que parar, no tiene que tener miedo a las reformas. Tenemos que hacer muchísimas. Nos van a ayudar a vivir mejor”, clamó un eufórico Macri que hacía esfuerzos por contenerse. “El poder no me va a cambiar”, insistía tratando de conjurar el clásico mal de los gobernantes latinoamericanos, que con un sistema presidencialista sin muchos contrapoderes acaban teniendo un dominio absoluto que les lleva a excesos.

“Entramos en una etapa de reformismo permanente. Argentina no tiene que parar, no tiene que tener miedo a las reformas. Tenemos que hacer muchísimas. Nos van a ayudar a vivir mejor”, clamó un eufórico Macri que hacía esfuerzos por contenerse. “El poder no me va a cambiar”, insistía tratando de conjurar el clásico mal de los gobernantes latinoamericanos.

Otros presidentes argentinos han caído en ese intento por reformar en especial el mercado laboral, dominado por los sindicatos más poderosos de América, pero pocos habían tenido una ola tan favorable como la de Macri, al que nada parece hacerle mella: ni la crisis económica, que aún sufren buena parte de las clases medias y bajas del conurbano bonaerense, precisamente donde más apoyo ha tenido Kirchner, ni los errores de gestión que él mismo reconoce con una facilidad a la que los argentinos no están acostumbrados, ni el durísimo 2016, ni la inflación que sigue siendo la más alta de América después de Venezuela, ni algunos escándalos con las empresas de su familia o el blanqueo de capitales al que se ha acogido legalmente su hermano.

Hasta ahora, el presidente ha evitado un ajuste más fuerte gracias a la deuda. Los Kirchner tuvieron cerrados los mercados internacionales en los últimos años y bajaron mucho la deuda. Por eso Macri tenía margen y un mercado encantado de prestarle a una de las tasas más altas del mundo, además de entrada infinita de capital especulativo atraído por tipos de interés del 27 % en pesos. Pero el presidente sabe que eso tiene un límite y esta victoria marca un cambio. “Mientras Argentina tenga déficit fiscal, va a seguir teniendo que tomar deuda porque tenemos el compromiso de reducir la pobreza, que sufre mucho la inflación. Si uno no financia el déficit con inflación, lo hace con deuda. Pero no podemos hacerlo eternamente, por eso hay que reducir el déficit fiscal”, explicó.

Ahora viene la parte más difícil de su mandato, pero la afronta con un enorme capital político, muy superior a cualquier previsión. Con el peronismo en desbandada y dividido, la reelección en 2019 parece sencilla, aunque en Argentina es inútil hacer cualquier previsión. Cuando empezó 2015, por ejemplo, todos los analistas decían que era imposible que ganara Macri. Y lo hizo pocos meses después.

Macri ha logrado conectar con la sociedad con el mensaje de que ha venido para hacer de Argentina un país normal, abierto, donde “no ganen siempre los más vivos (listos, tramposos)”, y con la idea de que ya se probaron durante muchos años todas las otras fórmulas y no funcionaron, así que ahora le toca a la suya. Las encuestas señalan que la gente no está contenta con la situación actual, en la que siguen sufriendo fuerte la crisis y la inflación, pero tienen mucha confianza en que mejorará en el futuro. Ahora el presidente tiene que cumplir con unas expectativas muy altas. Tiene margen político, pero necesitará resultados.

Por la mínima. Macri ganó la presidencia en 2015 por menos de tres puntos, es decir, por 700,000 votos en un país de 32 millones de habitantes.

Vidalina contra el destino de pobreza

El orgullo. Varias mazorcas se secan al sol en el patio de Vidalina. Al fondo está su casa, que ha terminado de construir con su propio dinero.

Hace nueve años, la casa que ahora ocupa el centro de este terreno existía solo en sus sueños. Vidalina Pérez estaba embarazada de su sexto hijo, el último de un matrimonio que duró 20 años y terminó tiempo después de que su esposo decidió migrar a Estados Unidos, donde podría encontrar un empleo que multiplicara por mucho el dinero que ganaba como vendedor de refrescos. El mismo que serviría para construir su casa, un lugar para tener algo que llamar propio en el cantón El Jocotillo, San Francisco Menéndez, Ahuachapán, en el que habían vivido desde siempre. La levantarían sobre este terreno ubicado a unos pasos del río Paz, a unos cuantos metros de la frontera La Hachadura. Ese pedazo de tierra que todavía no era suyo, pero para el que ya habían pagado una prima de $100, prestados por el padre de la mujer.

Vidalina le dijo a su esposo que se quedara, que seguirían sobreviviendo como hasta entonces, trabajando aquí y allá. Pero estaba decidido. Trabajaría por los dos, para que ella se dedicara por entero a la crianza de los hijos. Cuando él ya estaba en Estados Unidos, al término del primer mes le envió $500. Era el cumplimiento de una promesa. Vidalina repartió esa suma en las necesidades más inmediatas: reforzar la champa provisional que servía para no estar a la intemperie, pagar la cuota del terreno, usar algo para la comida de ese mes, comenzar con la instalación del agua potable y con la colocación de los cimientos de su vivienda.

Pero la promesa fue un espejismo y, tras ese envío, ya nada supo de su esposo. El dinero recibido se terminó, con un cúmulo de obligaciones adquiridas ya encima. Vidalina decidió que haría lo de siempre, rebuscarse por un empleo en la zona o salir a vender cualquier cosa para ganar unos dólares. Sus hijas mayores le dieron una mano. Lo que ganaban, sin embargo, era apenas lo necesario para comer tortilla con algo encima, que cuando el tiempo se presentaba bueno eran dos huevos para siete personas. Si no, limón o sal.
Vidalina vive en el campo. Es, por tanto, una mujer rural, un segmento de la población históricamente marginado. Sobre todo en lo que a aspectos económicos y a la posibilidad de ganarse el pan se refiere. Según el informe específico sobre el tema presentado por el Instituto Nacional de la Mujer (ISDEMU) en 2013, para 2012 las mujeres solo representaban el 31.2 % de la Población Económicamente Activa (PEA) de la zona rural, la que, a su vez, solo contiene al 33.6 % del total nacional. Es decir que en todo el país solo una de cada 10 personas de la PEA es una mujer rural.

Toda una paradoja si se toma en cuenta un dato proporcionado por el mismo estudio, obtenido a través de talleres de consulta, en los que participaron 61 mujeres. Entre ellas, 39 contestaron que eran jefas de hogar, que su grupo familiar estaba enteramente a su cargo. Solo 11 aseguraron que contaban con la ayuda de una pareja para hacerlo de manera conjunta. Otras 9 respondieron que era su esposo el que capitaneaba el barco.

Según el observatorio de género de la Dirección Nacional de Estadística y Censos (DIGESTYC), para 2016 la brecha salarial entre hombres y mujeres en la zona rural era del 18.7 %. Es decir que si un hombre gana $150 por una actividad, a una mujer le corresponden $120. Si se toma en cuenta que la mayoría son jefas de hogar, se torna importante que se brinden facilidades para los emprendimientos personales.

Otro tanto ocurre en cuanto a los ingresos percibidos. Según el observatorio de género de la Dirección Nacional de Estadística y Censos (DIGESTYC), para 2016 la brecha salarial entre hombres y mujeres en la zona rural era del 18.7 %, es decir que si un hombre gana $150 por una actividad, a una mujer le corresponden $120. Si se toma en cuenta que la mayoría son jefas de hogar, se torna importante que se brinden facilidades para los emprendimientos personales, donde ellas puedan tener un mayor control sobre sus ingresos.
Y como mujer rural, Vidalina ha tenido que lidiar con estas realidades. Y hace nueve años a ellas se sumaban la partida de su esposo y la adquisición de varios compromisos económicos. Una de las pocas salidas que encontró fue un programa de créditos en el que ya participaban algunas de sus conocidas, gestionado por la Asociación Salvadoreña Pro-Salud Rural (ASAPROSAR), en el que una mujer como ella, sin nada realmente propio, con seis hijos bajo su cargo, podía ser sujeto de un préstamo.
Este, sin embargo, no estaría exento de garantías, aunque estas se depositaban no en documentos o propiedades, sino en la misma comunidad. El esquema es simple: en una localidad se busca a por lo menos cinco mujeres que confíen la una en la otra. Con ellas se conforma un grupo. Este grupo después se integra a un centro, que está a cargo de un coordinador, empleado de la entidad prestamista.

La garantía está en que se trata de créditos solidarios: todo el grupo responde por el crédito de cada una. Si una de las socias no paga, las demás deben cubrir esa cuota faltante de su propio dinero. Por eso, solo ingresa al programa alguien que las demás mujeres están seguras de que pagará, que no terminará por dejarles un problema.

El primer crédito que Vidalina recibió fue de $100, que tuvo que cancelar en 13 catorcenas con cuotas de $11: $143 en total, $43 más que el capital recibido. Puede sonar a mucho, pero en el mundo de los microcréditos es lo estándar, según Mabel de Soundy, especialista de inteligencia de mercadeo del Banco de Desarrollo de El Salvador (BANDESAL). Esto es porque una operación de este tipo tiene diferentes costos fijos, como la infraestructura o el pago de los empleados encargados de cobrar el dinero.
“Los mismos costos genera el cobro de un crédito de $100 que uno de $1 millón”, ilustra Soundy. La ONG de investigación financiera Microfinance Information Exchange fija el costo promedio para administrar un préstamo en Latinoamérica, independientemente de su monto, en $172.

El negocio. Vidalina arroja una tortilla a la plancha en su puesto ubicado a unos cuantos metros de la frontera La Hachadura, en San Francisco Menéndez, Ahuachapán.

Con los $100 que le prestaron, Vidalina compró primero maíz negro, maíz blanco, semilla de ayote, frijol y sal en cantidades suficientes para vender atol shuco todos los días por al menos un mes. Compró una olla y pudo adquirir el carretón que antes tenía que alquilar. También compró verduras del lado guatemalteco que revendió en el lado salvadoreño con una interesante ganancia gracias a una curiosa diferencia de precios: si en El Salvador un güisquil cuesta $0.50, al cruzar la frontera se puede adquirir a 1 quetzal, cuatro veces menos.

Eso le permitió juntar suficiente dinero para salir con todas sus obligaciones, incluyendo el crédito, y continuar con la construcción de su casa. El resultado fue mejor de lo esperado. Desde entonces y hasta ahora, Vidalina ha sacado un crédito con la misma entidad cada seis meses. El último que recibió fue de $700. Por este deberá cancelar 13 cuotas de $72, un total de $936.
Este día de octubre de 2017, Vidalina ha regresado a su casa tras pasar varias horas palmeando tortillas. Es delgada y camina siempre erguida, moviendo poco los brazos, en una imagen de rigurosa vitalidad. Tiene 45 años, pero aparenta mucho menos. Abre la puerta y cruza el umbral en medio de sombras. Cuando estas se disipan, se puede ver el interior de su casa, el sueño cumplido de Vidalina: un sillón viejo pero limpio hasta el menor hilo, una televisión de pantalla convencional, un pequeño equipo de sonido, varias sillas y una mesa de plástico. A un lado está el cuarto donde duermen ella y sus dos hijos más pequeños, de nueve y 14 años, los únicos que todavía viven a su lado. Esta casa es su gran orgullo.

“Cuando me quedé sola, yo creí que no lo iba a poder lograr. Pero ya ve, ya hasta tengo agua y luz”, dice Vidalina. Ahora no es capaz de decir cuánto fue la inversión final en materiales para su casa, pues la mano de obra la hizo su hermano, que le cobró $150 por todo el trabajo. Haciendo cuentas, asegura que quizá la suma final fue de unos $4,000. A eso también se le agrega el pago de agua, la conexión de su casa a las tuberías del servicio de agua potable, que fija en unos $1,400.
—Vidalina, ¿cuál es su ganancia mensual?
—Unos $90. Con eso la vamos pasando. Uno de pobre con poco se conforma. Yo eso tengo, que soy algo conformista –dice, mirando de reojo sus pies, esta mujer que, como otras en El Salvador, ha sido sometida a un ciclo diseñado para impedir su desarrollo: cuando tenía solo 16 años, su pareja, de 30 años, la embarazó de su primera hija; nunca estuvo en un salón de clases y no aprendió a leer; ha trabajado desde niña para poder llevarse un trozo de comida a la boca.

Noventa dólares son el dinero que le queda después de apartar los $72 que ahora desembolsa cada mes con respecto a su préstamo de $700. Es algo que disciplinadamente aparta. Está, por tanto, dentro de los gastos fijos de su negocio. Otros $90 sirven para pagarle el sueldo mensual a su empleada, a quien ahora ha dejado palmeando tortillas en su puesto fijo, otra conquista para ella, ubicado a unos 50 metros de su hogar.

Desde ahí puede dedicar toda la mañana a producir tortillas, en una jornada que va desde las 5 de la mañana hasta la 1 de la tarde. Tras ello descansa dos horas para volver a ese rincón y quedarse hasta las 7 de la noche haciendo pupusas y otros bocadillos.
—Pero no se imagina lo liviano que siento ahora que ya no tengo que pagar la letra del terreno o la de la paja de agua. Que ya he podido tener las cosas a mi nombre –comenta Vidalina, angustiada porque el reloj casi llega a las 12 de la tarde y ha dejado a su empleada sola en su puesto fijo. Es hora de volver a trabajar.

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El modelo de microcréditos solidarios utilizado por la entidad que le dio el préstamo a Vidalina Pérez no nació en El Salvador. Proviene de Bangladesh, país asiático de 163 millones de habitantes. Fue creado en los setenta por Muhammad Yunus, ganador del premio Nobel de la Paz en 2006. El esquema ha echado raíces en casi todos los países del mundo, como una posible forma de superar la pobreza en naciones en desarrollo.

Pero no ha estado exento de críticas. Milton Friedman, premio Nobel de Economía, señaló que no se trata de una respuesta integral a los problemas, pues, en la práctica, al tratarse de cantidades muy pequeñas, los fondos otorgados terminaban convirtiéndose en “recursos para la supervivencia”

“No es un instrumento adecuado para los pobres porque el endeudamiento hace que las personas vulnerables lo sean más. Esto no quiere decir que proporcionar recursos financieros no sea importante, pero debe ser a la población que tiene unos mínimos vitales cubiertos”, aseguró el experto, fallecido en 2006.

La familia. Vidalina es la madre de seis hijos. El más pequeño de ellos va a tercer grado, al que le ha podido brindar una casa sólida en un trozo de tierra propio tras esfuerzos y privaciones.

Algo parecido opina Silvia Juárez, coordinadora del Departamento de Violencia de ORMUSA, quien señala que este tipo de iniciativas solo tendrán verdadero impacto si van acompañadas de otras medidas que combatan el problema estructural. Aunque aplaude el entramado solidario y comunitario que han podido generar entidades como ASAPROSAR, que han permitido que mujeres a las que antes la presión del esposo ni siquiera las dejaba intentar emprender un negocio hoy sí lo puedan realizar, la respuesta todavía se queda corta.

“Hay que ponerse a pensar en cuántas mujeres han logrado destacar y generar ingresos más allá de la sobrevivencia, cuántas realmente han logrado cambiar sus condiciones de vida en el país a través del tiempo… Además, casi nunca se utiliza para cuestiones realmente productivas, como el campo, sino que las mujeres están mayormente concentradas en la comercialización”, comenta Juárez.
Mauricio Choussy, expresidente del Banco Central de Reserva y analista económico, opina de otra forma. Para él, en El Salvador rural de la actualidad, este tipo de financiamientos significa la única salida para personas con pocos recursos, pues permiten iniciar emprendimientos, una respuesta al hecho de que el empleo formal en el campo es escaso y, cuando hay, casi siempre está dirigido al hombre. Para él, todo microcrédito debe ir aparejado con un componente de capacitación.
“El problema no está en endeudarse, sino en hacerlo de manera irresponsable”, sentencia Choussy.

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Ventas. Una residente de San José la Majada, Verónica Marroquín, se dedica a la venta de tamales. Es una de las 3,500 mujeres que actualmente reciben créditos de ASAPROSAR.

El Gobierno nacional no había tenido un programa referido específicamente a financiamiento para mujeres pobres sino hasta hace un año. Lo ha hecho a través del programa FONDO MUJER, una alianza entre el Banco de Desarrollo de El Salvador (BANDESAL), la Secretaría de Inclusión Social, la Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo y la Entidad de Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres (ONU Mujeres).

Esta marimba de nombres y siglas, según lo explica Mabel de Soundy, especialista de Inteligencia de Mercadeo de BANDESAL, produjo un programa que consta de dos partes: una, los fondos entregados para emprendimientos, que en su primer año fueron de más de $125,000; la segunda, un fondo de garantía, que era el que en la práctica respaldaba a aquellas mujeres a las que, por no poseer nada, les era imposible contar con una garantía financiera.

El proyecto tiene otros elementos: la primera parte la desarrolla la Comisión Nacional de la Micro y Pequeña Empresa (CONAMYPE), que durante tres meses brinda capacitaciones a las mujeres sujetos de crédito en diferentes aspectos de un emprendimiento: desde la manera correcta de calcular los costos reales de un negocio hasta la elección de un rubro determinado para el emprendimiento, que tenga esperanzas de rendir frutos según la zona geográfica donde se desarrolle. Una de las partes esenciales de la metodología es que se aprenda a realizar un presupuesto riguroso que se ha de cumplir a rajatabla media vez se reciban los fondos.
Sin embargo, los alcances de FONDO MUJER todavía están por verse, pues en su primer año los fondos se repartieron en solo 76 créditos, que iban de los $300 a los $5,000.

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Cinco mujeres se han reunido en la casa de Ana Paula de Morales, de 82 años, una de las mujeres con más edad de las que han recibido un crédito de ASAPROSAR. Cada una cuenta con un pequeño emprendimiento, que casi siempre se trata de una venta de alimentos, ropa o joyería. Unas gotas de gasolina para una economía antes animada por el café. Este grano, que en otro tiempo constituía la mayor parte de los ingresos de esta comunidad en San José la Majada, Juayúa, solo representa un dinero extra en la época de corta, la que va de noviembre a febrero, en la que cada una participa.

Las nuevas tecnologías para el procesamiento de café, comentan, han dejado a muchos sin la fuente de sustento que antes tenían en la famosa cooperativa de San José la Majada. Por eso, dicen, octubre representa el final de los meses más críticos en lo que a ganar dinero se refiere.

Solo una de ellas estudió hasta sexto grado, Norma Villeda, quien dice que no continuó en el proceso porque su padre considera que a “una hembra no se le da mucho estudio”. Ahora ella vende de todo un poco: sandalias, blusas, comida en las tardes, chocobananos y charamuscas.

“Sin el préstamo quizá no haríamos nada”, dice Ruth Nohemy Valencia, nuera de Ana Paula, quien junto a su suegra ha logrado surtir de más productos la tienda que dirigen. El resto de mujeres asiente a su afirmación, al tiempo que muestran la manera en la que se ordenan para lograr salir con el pago del préstamo: una libreta donde está reflejada cada cuota y el día específico en que ese dinero debe ser entregado en la caja de crédito de San José la Majada, que colabora con ASAPROSAR dándole un local para depositar el cobro del dinero. Las mujeres, además, tienen una cuenta de ahorro solidaria: todo va a un fondo común del que pueden hacer uso en conjunto o individualmente, previa autorización del resto de miembros.

El grupo. Norma Villeda, María Grande, Emma Paula de Morales, Ana Díaz y Nohemy Valencia, del centro La Colina de ASAPROSAR. 

 

En esta foto, una de las libretas con las que ordenan sus pagos.

María Grande, una de las más participativas de esta especie de mesa redonda, ejemplifica en sí misma aquellas palabras de que la mujer rural debe cumplir múltiples jornadas en el día para lograr unos ingresos dignos a fin de mes. “Yo de casi todo puedo, lo único que no es descumbrar los palos”, comenta.Sin embargo, Grande ha logrado romper con uno de los esquemas más recurrentes en el área rural del país: el hecho de que a las mujeres, históricamente, se les ha negado la posesión de la tierra. Gracias a sus ahorros, su esfuerzo y un crédito pudo adquirir un pequeño terreno que, antes de que ella lo tomara, estaba ocioso. En este, ella y su grupo familiar han comenzado a sembrar café.
—¿Cuánto espera ganar con el terreno?
—No le podría decir. No hemos cortado una sola vez todavía. Ojalá que en unos tres años los palitos nos puedan dar un par de quintales –asegura Grande, con la voz envuelta en seguridad.
El de María es un caso excepcional que también se demuestra mediante los números. Según el informe “Situación de las mujeres rurales salvadoreñas en el ámbito económico” del ISDEMU, solo el 14.6 % de los propietarios de la tierra en el área rural de El Salvador son mujeres.

“¿Cuánto espera ganar con el terreno?” “No le podría decir. No hemos cortado una sola vez todavía. Ojalá que en unos tres años los palitos nos puedan dar un par de quintales”, asegura Grande, con la voz envuelta en seguridad. El de María es un caso excepcional que también se demuestra mediante los números. Según el informe “Situación de las mujeres rurales salvadoreñas en el ámbito económico” del ISDEMU, solo el 14.6 % de los propietarios de la tierra en el área rural de El Salvador son mujeres.

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El producto. Nohemy Valencia muestra las charamuscas que han hecho famosa la tienda que maneja junto a su suegra, Emma Paula de Morales. El programa de créditos tiene 23 años.

Vidalina camina con energía de su casa a su puesto y cada tanto debe detenerse para anotar uno que otro pedido. Mientras avanza, afirma que tener $90 libres a final de mes en esta zona del país es mucho mejor que trabajar, por ejemplo, en uno de los muchos comedores o comercios cercanos a la frontera. En efecto, según afirman algunos trabajadores, tras una serie de descuentos, que incluso tienen que ver con su desempeño, el sueldo base no pasa de los $70 en jornadas que superan las 12 horas. En El Salvador, un país con tantas carencias, incluso ganar un sueldo mínimo sigue siendo un lujo inalcanzable para un sector de la población.

Vidalina ya tiene su casa, su sueño de siempre. Por eso, se le cuestiona sobre lo que sigue, cuál será su próxima conquista. La primera corresponde a la educación de sus hijos menores, de 14 y nueve años: quiere que sean los primeros de sus retoños a quienes pueda asegurarles una formación por lo menos hasta bachillerato, aprovechando que en la escuela de la localidad es muy posible que el otro año se incluyan estos cursos.

La segunda es seguir mejorando el lugar donde vive, un terreno amplio que le ha dado espacio para acondicionar, incluso, un gallinero.

“Quizá lo otro es hacer mi muro. No sé, por lo menos dos hiladas de block y lo demás de tela metálica. Ya va a ver qué bonito me va a quedar”, comenta Vidalina, con los ojos llenos de ilusión.

 

Reflexiones del artista joven y adulto

Para escribir una obra literaria, o un ensayo, lo primero por hacer es meditar sobre lo que me gusta con inspiración en mi propio marco referencial –mejor si lo siento desde niño– igual si lo percibo más tarde que el momento llegó. José Saramago se dedicó a escribir después de los 50 años; también hay artistas que sobresalieron desde la minoría de edad. No importa, basta pretender que se obedece a un deseo interno. Es posible que en un momento te dé por abandonar el barco. Me tocó a mí, cuando estaba en Costa Rica, decidí abandonar la literatura para dedicarme a algo más que me atrajo de niño: la matemática. De no haber ocurrido el asesinato de Roque Dalton (1975) estuviera dando lecciones de esa materia en el hermano país. Así, sucedió lo contrario: escribí en el hermano país tres de mis obras más difundidas fuera del idioma español, incluyendo un premio latinoamericano de novela; y el tema fue El Salvador. Ahora, desde mi país, escribo el primer libro de una épica centroamericana que tuvo a Costa Rica dentro del primer plano. Son los tantos enigmas de la producción artística.

A veces pensamos en el papel que deben jugar los maestros. No me refiero al docente. El mejor maestro seré yo mismo. Si no descubro esta clave, mejor no pensar que la creación literaria me sea favorable. Esto incluye tirarse a lo largo de la vida y reflexionar lo que has aprendido de ella, tus entornos sencillos o esplendentes. “Todo lo aprendí de un hombre sabio” –dice José Saramago–, “mi abuelo analfabeto”. En mi caso, yo aprendí mucho de la calle. Aunque eso se vuelve dramático en un país donde desde su independencia ha imperado la violencia rural y urbana. En el país feliz o desilusionado siempre habrá hallazgos para la elaboración estética que contribuyan a la reconstrucción social. Lo feo y lo bello. Sobre el concepto de belleza dice Salarrué en la carta a los patriotas: una puesta de sol, el río que pasa por tu casa, el cerro o el volcán que te absorbe la vista desde que te levantas, “esa es mi patria”, no la elaborada por el prejuicio o el mito, reafirma.

Recuerdo que con el poeta Roberto Armijo comentábamos, cuando llevó a su marimbita de tres niños por primera vez al mar (Rabín, Manlio, Roberto), que lo único que se le ocurrió decir al mayor, en esos momentos con cinco años, fue: “Papá, no atino”.

Si eres escritor puedes rescatar ese instante. Para mí, el mar visto por primera vez a los cuatro años, pensé en un cielo derramándose en agua y el mar como su desaguadero.
El autoaprendizaje es fundamental, no hay escuelas para hacer escritores. ¿Y para las otras artes? Quizás para manejar algunas técnicas. Los talleres son válidos en cuanto escuchas diversas opiniones de quienes te rodean, y del facilitador. Está bien, pero no basta. Nunca tuve un taller, ni un maestro que estimulara mis ocurrencias de niño en la escuela. Al contrario.

No hay nada intrascendente en tu entorno. Puedes sacarles astillas a cada momento de tu vida para hacer una obra artística. A ello se agrega lo fundamental: ¿cómo lo vas a expresar con el cincel, con la palabra o con los sonidos? Es otra clave fundamental: escudriñar la intimidad antes de echar mano a tu expresión. Escudriñar la intimidad significa ejercitar las células neuronales (dicho en forma sencilla: desabotonar o desabrochar el cerebro), interpretar los asombros provenientes de realidades estéticas: la belleza o la fealdad hay que procesarlas con emoción, de manera que sean el vehículo para despertar las emociones de otros.

El intimismo o autenticidad se procesa sin darte cuenta, como se asimila el oxígeno. La idea es que lo que escribo se aleje de mí, se independice de mis deseos de autor. De pronto los personajes, las pinceladas o los sonidos se escapan de mi mano o escribo con intensidad diferente a mi emotividad particular. Sucede que el resultado artístico es colateral a lo que has razonado, es algo superior que “la razón no comprende”.

No hay duda que Bécquer tuvo el sentimiento de amar antes de ponerse a escribir “Rimas”; pero su calidad de poeta la obtuvo cuando, sin dejar de ser emociones suyas, se le escaparon para ser emociones acogidas como propias por los demás. Esto no se contradice con el impulso de escribir o plasmar el entorno particular en la obra. Y ahí es donde juega un papel las habilidades psicosomáticas, como decía el filósofo de la estética Georg Lukács, cuando aún no se habían descubierto los laberintos insondables del cerebro para distenderse (“plasticidad cerebral”), en la medida que se adquiere conocimiento. Y en el caso del arte conocer no es saber, sino percibir, albergar imágenes, pensamientos, amor, rechazo, indignación, como insumos para producir arte: artes plásticas, danza, música o literatura.

Claro, aquí no entran genialidades producto de encuentros cercanos del tercer tipo. Como el caso de Mozart, por ejemplo, que comenzó a escribir piezas de piano a los seis años y sinfonías a los 15; o Darío que no terminó la escuela secundaria y alcanzó altura poética universal; caso parecido es Einstein que tuvo una formación racional y luego voló con alas de genialidad. “Tú no serás nada en la sociedad”, le dijo su profesor, el Dr. Joseph Degenhart, porque solo prestaba atención a la matemática y descuidaba otras asignaturas. Un sabio sensible que nunca dejó de tocar violín.

Con Van Gogh pasó igual, cuando había pintado sus mejores cuadros, al no poder venderlos, le recomendaron estudiar técnicas del color; pero el genial pintor no logró entrar en la academia de Bélgica, ¡no superó el examen de admisión!
La carencia de apoyos no veda la realización artística. Los poetas, en el caso de El Salvador, después del año cincuenta del siglo XX, nunca lo tuvieron. No es que eso sea lo mejor, pero tampoco es una conditio sine qua non.

Carmen Elena Trigueros: una voz imprescindible

En un país tan pequeño como el nuestro están contadas las voces autorizadas para cada tema. Esas voces y su discurso aparecen en todos lados: en la radio, en la televisión, en los periódicos, en los foros públicos, en las redes sociales. De verdad no sé cómo hacen, pero están en todos lados. Y para mí escucharlos más que un estímulo a la reflexión, son un estímulo para entrenar la memoria. Ya sé lo que dirán, los argumentos, las muletillas… hasta las bromas. Todo es tan predecible y aburrido que aprendemos a vivir con la sensación de que ya hemos escuchado casi todo sobre cualquier tema.

Lejos de resignarme a las ideas repetidas y pequeñas, me fui a tocar las puertas de las personas que quisiera escuchar, porque a mi juicio plasman en sus trabajos una lectura profunda, interesante y diferente de lo que significa vivir en El Salvador. La primera en recibirme fue la artista visual Carmen Elena Trigueros.

En 2008, el fotoperiodista Mauro Arias y yo llegamos a la casa de la artista para entrevistarla sobre una pieza particular, irónica, provocadora. La pieza era un cuaderno escolar que pertenecía a su madre. Una especie de manual que reunía las reglas básicas para ser una buena esposa. Los consejos eran sorprendentes: cómo comportarse con su futuro esposo, cómo administrar las tareas del hogar, cómo manejar los celos y la manera de tratar a la suegra. El cuaderno no era una broma, era parte de la educación que recibían las “niñas bien” a mediados del siglo pasado.

En ese momento, la pieza formaba parte de la exposición colectiva titulada “Suite Sweet Love”, organizada por el Centro Cultural de España. A partir de la exhibición de aquel objeto tan inocente, era posible establecer toda una discusión apasionante sobre el rol de las mujeres en las relaciones de pareja, la violencia intrafamiliar y el peso del matrimonio como convención social. Fue entonces cuando decidí seguir la pista de su trabajo.

Casi 10 años después regresé a su casa y encontré a una artista preocupada por la violencia social que vivimos en el país. Esta vez conversamos sobre el acto que realizó el 14 de septiembre de 2014, de lavar la bandera salvadoreña en la plaza Salvador del Mundo, y luego este año, de coser a mano 12 metros armados con retazos de tela blanca y exhibidos en el Museo de Arte como parte de la conmemoración de los 25 años de los Acuerdos de Paz.

Sencilla y reservada, Carmen se toma un tiempo antes de responder: “La idea de lavar la bandera surgió de una pregunta urgente: ¿qué podemos hacer con este país?” En declaraciones a la prensa dijo: “El acto de lavar es una metáfora de limpiar el país de miedo, violencia, injusticia y corrupción… creo que en el fondo cada salvadoreño tiene ese sueño, poder un día lavar y que amanezca limpio”. Otra vez, me había sorprendido. Con un acto efímero y cotidiano como lavar había logrado resumir un sentimiento nacional.

En su siguiente propuesta, la artista se encontró con la disyuntiva de crear una pieza artística que homenajeara una paz desconocida: “La pregunta era, ajá, ¿y qué paz estamos celebrando? Entonces recorté diferentes tipos de tela blanca y los cosí a mano para decir que a pesar de nuestras diferencias, deberíamos estar unidos en la construcción de un país diferente”. La síntesis de su obra lograba destacar dos grandes pendientes: la falta de diálogo y concertación.

Su nuevo proyecto consiste en dibujar y luego bordar sobre trozos de tela, las imágenes cotidianas de nuestros jóvenes esposados, acurrucados, expuestos públicamente como símbolos de la efectividad policial. “Con estas imágenes me viene otra vez la necesidad de preguntarme ¿y yo qué puedo hacer? Siento que remendar una tela rota y vieja, es como remendar el tejido social de este país que está destrozado y destruido, y aunque sé que en la realidad no es tan fácil, en el plano artístico sí es posible”.

De su casa salí contenta, satisfecha del diálogo que me propone, maravillada con su sencillez y anonimato, convencida de la necesidad de interpretar este país desde otros ángulos y diferentes lenguajes, dispuesta a escuchar más voces. En mi próxima columna presentaré otra voz imprescindible.

Odio, muerte e impunidad

En nuestro El Salvador en llamas ya es poco lo que conmociona. Hemos aprendido a ver los asesinatos como sucesos rutinarios. Las balas, la sangre, la brutalidad y la impunidad están tan enraizadas que podríamos pasar de largo un cadáver en cualquier acera. A lo sumo, escupiríamos las tan encajonadas expresiones: “pobrecito”, “lástima” o “a saber en qué pasos andaba”.

Hemos aprendido a ver las muertes con frialdad. Pero hay desgracias que pueden descongelarnos el sentido para recordarnos que merecemos una muerte digna. Y por digna entendamos que como mínimo sea por causas naturales. Y si el feminicidio de Vilma Pérez no nos mueve las entrañas, deberíamos preocuparnos, porque ya se nos empieza a pudrir algo por dentro.

La expareja de Vilma la mató por ser mujer, porque un día la consideró propiedad y se dio cuenta de que esa “propiedad” se le iba de las manos. La mató ante los ojos de sus hijos, quienes tuvieron el horror de presenciar cómo esa bala desprendía los sesos de la mujer que los alumbró. ¿Le parece muy visceral el enunciado anterior? Ahora póngase en el lugar de esos dos niños (de cuatro y ocho años), quienes lo tuvieron que ver de frente. Ahora, otros dos pequeños salvadoreños van a vivir con miedo, resentimiento y dolor. Tenemos dos huérfanos más que, para nuestros fosilizados políticos, serán dos insignificantes números en sus estadísticas. Son dos niños más que acaban de perder la inocencia.

Esa desgracia la supe por una estudiante. Llegó al aula seria, sin la sonrisa bromista que la caracteriza. “Solo me puse a pensar que así pude haber terminado yo, si no me hubiera venido por tierra”, lanzó después de un par de minutos de conversación.

A Sara* la obligó a cruzar el desierto el miedo que sentía por su expareja. Con 15 años, decidió venirse con otra vida en el vientre porque había recibido amenazas de muerte del hombre varios años mayor que se la llevó a su casa con promesas palabras dulces. “Me pegaba en la barriga, porque me había negado a abortar. Me tenía encerrada y me decía que, si me le iba, me iba a matar. Yo me le escapé”, recordó hace algunas noches la joven que hoy tiene 18 años.

El único vínculo que Sara tuvo con Vilma es haber estado en una situación de abusos de todo tipo. Por fortuna, esta estudiante contó con una red de apoyo que le permitió pagarse un coyote que la trajo hasta Washington, D. C. Ahora que es madre de un pequeño de tres años, solo espera terminar su equivalente del título de bachillerato en Estados Unidos y conseguir un empleo que le permita mantener a su hijo.

La protección que las leyes salvadoreñas garantizan a las mujeres es una burla. Por más reformas y leyes especializadas que haya, la impunidad sigue siendo la mejor aliada de la misoginia. Las alternativas de una mujer violentada no deberían ser huir del país o morir. Deberían contar con instituciones confiables, que les garanticen resguardo y apoyo. Sobre todo, debería de haber un sistema integral de protección, que les permita darse cuenta de las características iniciales de una relación que podría terminar en fatalidad.

*Sara es un nombre ficticio. La estudiante ha pedido que no se revele ningún dato que pueda comprometerla a ella o a su familia que sigue en El Salvador.

Carta Editorial

Como la protagonista de la historia que abre esta edición seguro hay muchas. Pero todavía falta que haya más. Videlina es una de las mujeres que ha tomado lo poco que le ha dado el sistema y lo ha puesto a trabajar en función de los sueños que el mismo sistema le ha permitido tener.

Una casa y un ingreso que le permita cubrir los gastos básicos no es algo fácil de alcanzar en la zona rural de un país al que poco le ha importado desarrollar estos rincones de manera equitativa. Y es más difícil si se es mujer.

Videlina no fue a la escuela por tiempo suficiente como para cambiar con eso el rumbo hacia la pobreza. Tampoco se ha visto beneficiada con la apertura de empleos formales allá donde reside. A Videlina se le han abierto pocas puertas, pero ha sabido colocar todo el esfuerzo y la responsabilidad necesarios para aprovecharlos. Ese mérito es suyo y constituye una de las maneras más efectivas de forjar liderazgos auténticos: el ejemplo.
La mejor manera de reducir la exclusión y la brecha de desigualdad es sembrar en estas zonas figuras que no solo impulsen desde la retórica, sino que hagan ver que la movilidad social, que el convertirse en alguien que alcanza sus metas es posible, no fácil, pero sí posible.

Esta mujer es también la muestra de que el desarrollo se hereda. Ahora que ya les dio un techo seguro y que ha logrado alejar al hambre, lo que sigue es alcanzar la educación para sus hijos. Estas son las inversiones que vale la pena hacer, las que se convierten en semilla de superación, pero que no sarán frutos sin la persistencia de quien las recibe.

“Es importante hacer lo que a uno le apasiona en la vida”

¿Cuál es su miedo más grande?

Dejar de hacer lo que me apasiona.

¿Qué o quién es el más grande amor en su vida?

Mis papás. Siempre me han demostrado que están ahí para mí. Si me quedo sin amigos, sin empleo, sin cosas materiales, sé que están ahí y que hasta darían la vida por mí.

¿Cuál superpoder quisiera tener?

El poder de ser inmune a todos los peligros que hay, como Superman.

¿Cree que es importante tener un empleo estable?

Sí, es importante, pero también es importante hacer lo que a uno le apasiona en la vida.

¿Por qué hacer teatro en El Salvador?

Porque es donde más se necesita. Carecemos de apoyo al arte.

¿Cómo reacciona a las críticas si cree que son injustificadas?

Si son críticas constructivas, las tomo. Lastimosamente vivimos en un medio donde alguna crítica no es para ayudar a las personas. Son gajes del oficio. La gente siempre va a hablar.

¿Cómo imagina su vida dentro de 10 años?

Siempre haciendo lo que me gusta y compartiendo mi trabajo con más gente.

Buzón

Buzón

La discriminación silenciosa

Jacinta Escudos siempre aborda esos temas tan sensibles, tan necesarios, tan vitales… Al leer su escrito revolotean en mi cabeza dos  personajes que con la madurez de sus años, su conocimiento, su aporte, nos brindan una gran lección de vida. Una de ellas es la doctora María Isabel Rodríguez, ex ministra de Salud. Tengo el honor de visitarla en su lugar de residencia.  Me dedico a la promoción y difusión de libros, motivo por el que le llevo las nuevas producciones literarias. La doctora es una persona que vive actualizándose.

Quisiera imitar su ejemplo, maravillarme al encanto de nuevos conocimientos. A pesar de que su entorno son libros (a veces pienso que se ha leído casi todo en la vida) en su casa se respira el  arte, la cultura, la ciencia. Ella siempre sabe sorprenderse al encuentro de nuevos saberes. En lo personal, al llegar a esa etapa de vida, quisiera tener su vitalidad. Pienso también en José Saramago, quien a sus 76 años obtuvo el premio Nobel de Literatura. Eso nos demuestra que conjuga los años recorridos para compartir la experiencia acumulada. A ambos deberíamos considerarlos una fuente de inspiración  para imitar su ejemplo. Pero, ¿cuántos estarán en el anonimato? y les condenamos a ese silencio estremecedor que menciona Jacinta.

Karina Amaya
scoutkarina@gmail.com


La sempiterna brecha

No resulta ajeno a ningún pertinaz observador los esquemas mentales afincados en nuestra cultura que discriminan sin reparo a la mujer y que hace imposible alcanzar una igualdad total. En el reportaje “El espejismo femenino del poder político” de Valeria Guzmán, se presentan los recuentos de la realidad política de nuestro país que alimenta la sempiterna brecha de exclusión para optar a cargos públicos y de elección popular, uno de los irrefutables frentes de desigualdad entre hombres y mujeres. Las mujeres que incursionan las esferas de la política tropiezan con muchas dificultades para su desarrollo y en no pocos casos con la oposición abierta de los hombres. Se ha quedado en el imaginario la atávica división sexual del trabajo que socialmente asigna las labores públicas a los hombres y los quehaceres domésticos a las mujeres, a veces en múltiples jornadas, a tal grado que se considera a la mujer como objeto y no como sujeto, ninguna ley contempla inhabilidad para las mujeres para ninguna actividad, por el contrario les oferta la oportunidad, pero los dirigentes ven esos derechos sólo como parte del decorado de la legislación.

En la convención sobre los derechos políticos de la mujer aprobado por las Naciones Unidas se establece, más allá del derecho pasivo al voto, que las mujeres tienen derecho a ser elegidas para cargos públicos de elección en igualdad de condiciones que los hombres y sin discriminación, lo mismo que ejercer en toda la función pública. Y es que la protección de los derechos de las mujeres en el ordenamiento jurídico internacional aparece desde 1948 cuando arranca la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Otro elemento importante es que si bien las mujeres son más, pero también son más las que desconocen sus derechos. Aunque hay una percepción en el aumento en las oportunidades a las mujeres salvadoreñas, éstas no parecen estar incidiendo lo suficiente en su desarrollo; estudios recientes señalan que una mayor igualdad en el hogar, donde los papás participen en el cuido, educación y tareas domésticas favorecen las relaciones de familia, logrando un mejor equilibrio entre hombres y mujeres en el trabajo en general; dejar atrás todas las formas de discriminación contra la mujer, libre de subordinación, nos beneficia a todos como sociedad. El hombre por su parte debe aprender a compartir responsabilidades hogareñas, abandonando esas imágenes machistas que a veces han sido inspiradas en contextos ancestrales.

Julio Roberto
Magañajrobertomasa@hotmail.com


Discriminación etaria

Este domingo Jacinta Escudos  hizo un señalamiento  en su columna “La discriminación  silenciosa” en la cual, los empleados que pasamos de loS cincuenta años sufrimos de exclusión por parte de las empresas  por ser un número más en su engranaje, más si estamos por jubilarnos. Cada día crece la tendencia en este país a promover la discriminación etaria en la fuerza laboral en edad madura, implementando el desempleo masivo. Hoy en día los patronos que solicitan empleados no aceptan a los que ofrecen madurez, estabilidad y experiencia por causa de la edad. Para muestra solo basta leer los anuncios de solicitud de nuevo personal  donde proclaman los límites máximos de edad y adoptan políticas que promueven encubiertamente la discriminación laboral por razón de la edad y este criterio es demasiado arbitrario para ser importante y lo aplican también en los procesos de promoción y ascensos.

Hay empresas en los que los empleados de mayor edad experimentan una discriminación encubierta como prescindir de ellos al momento de un ascenso y se les cede o presiona para que se jubilen anticipadamente para hacerle sitio a personal más joven que no les exija sus derechos laborales. Los señalamientos que arguyen los empleadores para los empleados viejos  son: que no son capaces de soportar el agotamiento físico o mental, que no son adaptables a las políticas explotadoras y que un empleado viejo es menos flexible y que por consecuencia menos eficiente y productivo, tienen más ausencias por causas de enfermedades y accidentes y, por último, no capacitan a un empleado viejo que solo servirá a la empresa unos pocos años antes de su retiro. Algunos argumentos esgrimidos son más que mentiras. Lo que pudiera faltarle al trabajador maduro lo compensa con su experiencia.

Tampoco es cierto que se ausente más del trabajo que el empleado joven ya que tiene la probabilidad que llegue más temprano o se quede más tiempo en sus labores. La actitud de un empleado, su experiencia, estabilidad, entusiasmo y habilidad no dependen necesariamente de la edad. Además, posee más juicio, lealtad y menores posibilidades de irse de la empresa, aprovecha mejor el tiempo y esfuerzo que los empleados jóvenes e infunden un mayor respeto. En nuestro país debemos romper paradigmas para que las leyes protejan a las personas que pasamos la edad que  los empresarios llaman “el límite de edad productiva”.

Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com

Confeti en vuelo (24)

LA TERRAZA MÁS ALTA

A ella se asomó para atisbar en la profunda lejanía el mar dormido que le aguardaba desde el principio de los tiempos.

RETRATO BALBUCEADO

Es el de la mujer amada antes de darle el primer beso.

DE VUELTA A CASA

Cuando la nave aérea iba descendiendo sobre planicies cultivadas y pequeños caseríos, aquel viajero asomado a la ventanilla oval sintió por primera vez la sensación de los pájaros que cruzan el aire a toda hora. Era un deportado más, pero en aquel instante se convirtió en un liberado más, y ese era el mejor premio de la vida sufriente. ¡Aleluya!

ALERTA DE TORMENTA

La dieron a media mañana, cuando la luz solar estaba en su mejor momento. Así pasó el día, y nada. Al anochecer, hubo llovizna, solo para que los meteorólogos no quedaran en ridículo.

AYER EN EL CINE APOLO

Hubo estreno, como todos los viernes. Desde la butaca más remota, un señor desconocido observaba sonriente. Era el espectador feliz, que estaría ahí para siempre.

MISIÓN ATÁVICA

Alrededor, todo era oscuridad. Y de pronto aquella voz susurrante le llegó al oído: “¿Estás ahí?” No se animó a responder, aunque estaba completamente despierto. Entonces, sintió una desconcertante sensación de vacío. Volvió a oírse la voz, ya casi inaudible: “¿Estás ahí?” Había que responder. Lo hizo desde una de las repisas del silencio: “Sí, estoy aquí”. Y el sueño y el desvelo se vieron a los ojos como los más antiguos cómplices…

HORA CERO

Y si no llegamos a tiempo, ¿qué pasa? Es la pregunta del millón, que nunca hemos podido responder desde que el mundo es mundo.

MANHATTAN NUNCA DUERME

Y por eso todos sus amaneceres tienen vocación de sonámbulos.

IMAGINACIÓN VIRTUAL

Ahora todo lo que ocurre cabe en una pequeña pantalla, que puede ser hasta la de un reloj de muñeca. Y eso nos recuerda que todo lo imaginable está a nuestra disposición, como una deferencia sutil de las fuerzas superiores…

MILAGRO DE ESPESURA

Cuando cae la noche, el convivio fugaz de las luciérnagas descubre su ilusión de ser eterno.

PRIMAVERA EN EL DORCHESTER

Todos los visitantes se vuelven de repente figuras inventadas por un artista anónimo que duerme en las calles de Mayfair.

LONDRES, 9 P. M.

Ahí, en una ventana iluminada, las sombras se mueven como si estuvieran haciendo gimnasia nostálgica; y nosotros, los turistas inmemoriales, las contemplamos con la emoción del ensueño feliz.

EL OTRO PASSWORD

La Tierra gira sobre sí misma, y ese movimiento perfectamente sincronizado es la primera lección que tendríamos que tener presente a la hora de programar todas nuestras evoluciones personales. Como no es así, parecemos planetas a la deriva en una galaxia personal que nunca acaba de entenderse a sí misma.

LAS BUENAS NUEVAS

No las trae el clima, ni la Bolsa, ni la política, ni el calendario, ni el mapamundi. Las trae el primer rayo de luz entre la bruma.

CRECER O NO CRECER

Ese es el dilema que compartimos las plantas y los seres humanos, y por eso lo normal sería que nosotros viviéramos en sus jardines y ellas en nuestras alcobas.

ANIVERSARIO NUPCIAL

Llega la fecha y las primeras que lo advierten son las gardenias que florecen junto a nuestra ventana.

BRINDIS CON MENSAJE

Era de noche, y todos los alrededores estaban invadidos de ventanas iluminadas. Sí, aquello era Manhattan, el universo en miniatura, y en ese aglomerado espacio cabían todos los matices de la creatividad humana. Fui a caminar por los entornos, y en una taberna que me salió al paso entré a tomar un “drink”. Estaba ahí cuando apareció la dama de azul. Alzó su copa. Era el inicio de la otra primavera.

PLAYA DORADA

El lugar perfecto para la luna de miel con destellos astrales.

ANHELO ENTRE MUROS

El cielo era una lámina transparente por la que se colaban algunas nubecillas que de seguro anhelaban volverse pétalos. En el arriate del pequeño jardín entre los rascacielos, los girasoles se empinaban para tocar la luz. Era quizá otra broma del destino urbano.

UN SÁBADO CON ALAS

Como era sábado no había que apresurarse con reloj en mano. A media mañana entreabrió la cortina y se asomó al entorno. Y el entorno era una pradera con cerros al fondo. ¿Quién había cambiado el paisaje mientras dormía?

“La música del pueblo tiene a Colombia en el panorama internacional”

Simón Mejía y Li Saumet, de Bomba Estéreo, conversaron con la revista BOCAS.
Li Saumet

Faltan cuatro horas para que Li Saumet se convierta en un dragón. Por ahora se entretiene chupando una paleta de melón coreana en el asiento trasero de la camioneta Toyota que acaba de arrancar dejando atrás el hotel Kabuki, en el barrio japonés de San Francisco. Viste pantalones blancos, botines de cuero rosa, chaqueta de jean con un colorido parche en la espalda.

Simón Mejía mira por la ventana una de las tantas calles empinadas de San Francisco. Tiene el pelo teñido de amarillo pálido, una chaqueta rompevientos, jeans grises y tenis azules. Su voz es un vaivén pausado, como si hablara sentado en una mecedora invisible. Ahora dice:

—Estas calles me recuerdan una película de los ochenta. No, era una serie: “Calles de San Francisco”… El protagonista era Michael Douglas. Siempre había persecuciones donde los carros se pegaban por debajo contra el pavimento y sacaban chispas.

Li no recuerda la serie. En cambio se acuerda de otra cuyo escenario también era San Francisco:

—A mí me encantaba una que se llamaba “Full House” –dice, mientras publica algo en su cuenta de Instagram–. Una de unas gemelas que eran bebés, las hermanas Olsen, que vivían con los tíos. ¿No te acuerdas?

Simón responde apretando la boca mientras niega con la cabeza.

—No te creo, Simón. Todo el mundo vio esa serie –dice Li, sosteniendo el palo de paleta en la mano.

La tarde de Simón y Li comienza así, recordando enlatados ochenteros. Sin ansiedad y sin afanes, como si se encaminaran a un almuerzo entre amigos y no al Golden Gate Park: 4 kilómetros cuadrados revestidos de prados, lagos y eucaliptos donde se celebra uno de los festivales de música más grandes de Estados Unidos: Outside Lands, que congrega a unas 220,000 personas.

Allí los esperan sus aficionados ansiosos por escuchar “Somos dos”, “Fuego”, “Soy yo”. Esperan a Bomba Estéreo. Habría que pasar por encima de muchos recuerdos, como quien oprime el botón de rewind en un viejo reproductor de video, para llegar al día en que Li y Simón se conocieron, hace 12 años. Y cuando grabaron su primera canción, “Huepajé”, cuya letra compuso Li en apenas 45 minutos. O a esos días en que amenizaron clases de baile en bares de Bristol y otras ciudades de Inglaterra, épocas de conciertos exitosos y ganancias escasas.

La trayectoria de Bomba Estéreo se podría resumir así: cinco discos grabados –dos de los cuales recibieron disco de oro–, dos nominaciones al Grammy, un premio a la mejor banda del mundo según MTV Iggy, otro a mejor nueva banda en 2012 de iTunes Latinoamérica.

El grupo colombiano lleva más de cinco años tocando en festivales como Coachella, Lollapalooza y Glastonbury, compartiendo carteles con artistas tan influyentes como Stevie Wonder, Robert Plant, Gorillaz y Arcade Fire, a quien le abrirán varios conciertos, entre ellos el de Bogotá, en diciembre de este año. El cantante de esa banda, Win Butler, los vio en Montreal y, según dijo, quedó impactado por el encanto sicodélico de Bomba Estéreo, una agrupación que ha logrado un exitoso modelo de negocio en el que las presentaciones en festivales constituyen el 70 % de sus ingresos.

Yo creo que el universo es perfecto, que cada cosa tiene un camino y un fin. Nada es fortuito. Al final yo tenía que hacer esto, entre muchas otras cosas. Porque no soy solo la cantante de Bomba Estéreo. Es uno de los roles que tengo que realizar en la vida. Me gusta más ser una artista integral. Ser solo la cantante de una banda puede ser aburrido, al menos para mí. No es que no sea emocionante, lo que pasa es que ser un personaje no me llama la atención. A mí me gusta pintar, hacer performance.

Simón Mejía

Al llegar al Golden Gate Park, nos espera un pequeño “buggy” que conduce un hombre muy blanco, alto, gordo y sonriente, de mejillas rojizas y barba blanca. Una suerte de Papá Noel en trineo de motor que conduce a través de senderos a donde solo llegan los artistas. Para un amante de la música, la travesía se parece un poco a esa película en la que Willy Wonka desvela a un puñado de niños los secretos que se esconden tras los muros de su fábrica de chocolates.

Una a una las puertas de acceso restringido se abren a su paso, como si hicieran una venia. Más adelante, Simón y Li posarán para tres fotógrafos en un lugar decorado con pufs de pasto artificial por donde pasa, como uno más del montón, alguien a quien no le queda grande el gastado adjetivo de legendario: Lars Ulrich, baterista de Metallica.

El “buggy” de Papá Noel roquero nos lleva a un lugar más íntimo, los camerinos de las bandas, un montón de carpas blancas en el prado. Por dentro, la de Bomba es así: dos sofás grises, en posición de L, una mesa de centro adornada por una velita de luz perezosa en un tapete gris de arabescos rodeado de pasto. En un extremo, una mesa alta con una nevera portátil cuyo interior resguarda una de las pocas exigencias de la banda colombiana: raíces de jengibre.

Li decora el lugar con una foto en blanco y negro que pone sobre una mesita. En ella aparecen su esposo, Bryan; su hijo, Astro, y ella. Sonríen junto a la playa. De fondo, un racimo de palmeras. Simón, entre tanto, descansa un rato sentado en el sofá con la cabeza inclinada y los brazos cruzados. Duerme.

Afuera sopla un viento frío y en la tarima Panhandle, situada a pocos metros de distancia, se presenta el dúo estadounidense Foxygen. La siguiente banda es Bomba. Los demás músicos han llegado: José Castillo (guitarra), Efraín “Pacho” Cuadrado (percusión) y Andrés Zea (batería).

Este último calienta sus manos golpeando un sillín con sus baquetas. Mientras tanto, Li abre una maleta de viaje. Al hacerlo, surge un jardín de flores estampadas, telas de todos los colores y tenis marca Reebok que se asoman aquí y allá, como frutos que nacieron en aquel campo colorido.

Afuera de la carpa, Simón camina de un lado para otro sin perder su rostro de calma, muy atento a que todo esté listo para la presentación. Ahora habla con el baterista y cada tanto se sacude el pelo, despelucándose. El único cambio en su ropa es un saco color fucsia que mandaron a hacer para la gira del último disco: “Ayo”.

Al rato aparece Li, transformada: los ojos maquillados con líneas y puntos blancos, los labios color fucsia, un quepis de tono pastel con un adorno plateado, brillante. El cuerpo forrado con una trusa de tonos azules y verde esmeralda salpicada de manchas de leopardo, cubierta por un rompevientos color rosa hasta los tobillos, un peto tejido de flecos verdes fluorescentes. En lugar de botas, unos tenis, también de color rosa. La banda está lista. Al otro lado del “backstage” se oye el rugido del público esperando. Simón y los demás hacen fila y suben al escenario. La última en hacerlo es Li.

La samaria estira las piernas, saluda a una cámara, sube tres escalones y, micrófono en mano, atraviesa una cortina negra que tiembla a su paso y salta al escenario.

A todo el mundo le gusta bailar porque es una manera de sentir la música sin necesidad de entender las palabras. Eso es lo que ha hecho que Bomba Estéreo tenga éxito por fuera de Colombia.

Bomba estalla con la canción “Química”. Poco a poco el público empieza a moverse. La música de la banda, una descarga de cumbia electrónica, champeta, hip hop y cascadas de beats, empieza a despertar al público de San Francisco, que pronto es una marea de gente que se mueve al compás de “Mony” y “Ayo”, y queda claro que la buena música rompe cualquier barrera cultural o de idioma.

Cuando tocan “Soy yo”, el público se convierte en un mar de puños cerrados. En la tarima Simón, un director de orquesta sin batuta, hace magia con los sintetizadores. Li, por su parte, baila y salta de un lado a otro mientras su voz retumba en el ambiente. Se ha convertido en un dragón caribeño con la piel tostada de quienes viven junto al mar. ¿De dónde viene tanta energía? ¿De dónde el hechizo de esta música nacida entre picós en Cartagena o en San Basilio de Palenque, que Bomba Estéreo ha repotenciado para hacerla más internacional?

La banda tocará ocho canciones y se despedirá de un público que quiere seguir la fiesta: que pide una canción más. Esta tarde comenzó en la camioneta rumbo al Golden Gate Park y ahora ha terminado. Toda la espera finaliza con un abrazo cerrado de la banda y el “buggy” esperando por ellos para regresar a la entrada del parque y de nuevo al hotel. Nueva York los espera. Metallica, el último grupo del día, ya ha subido al escenario.

¿De dónde viene su gusto y tu talento musical?

Simón: En mi familia no hay músicos, pero cuando yo era niño, mi mamá se ennovió con un argentino y nos fuimos a vivir a Buenos Aires. Era uno de los integrantes de Les Luthiers, se llama Roberto Archer. Allá aprendí a tocar algo de piano. Iba a una academia de una profesora alemana que les enseñaba música a los niños, me encantaba ir. Nunca volví a hablar con Roberto, pero creo que cuando regrese a Argentina voy a buscarlo.

Li: Yo no sabía que tenía una vena musical hasta que me enteré de que mi abuelo formaba parte de un grupo que se llamaba Saumet y sus plateños. Tocaban cumbia, porro. En YouTube se puede encontrar música de ellos. Y mi abuela cantaba boleros, le decían “la voz de oro de Aracataca”. Además, soy costeña, crecí bailando, cantando.

¿Qué hacían antes de Bomba Estéreo?

Simón: Estaba dedicado al video, a hacer documentales. También tuve unas bandas de rock. Pero luego, cuando llegó la tecnología, pude hacer música en la casa. Empecé a hacer house y luego me di cuenta de que era inútil componer una música que hacían mejor en Estados Unidos, Londres, Berlín, etcétera. Entonces comencé a buscarle una identidad a esa música electrónica. La búsqueda me llevó a explorar nuestra música bailable. Sampleando discos de cumbia, poniéndoles bits encima, logré armar un concepto.

Li: Yo me había graduado de publicidad en el Politécnico Grancolombiano. También trabajé en vestuario de telenovelas, tuve una pequeña empresa de ropa, mochilas, vestidos de baño. Y cantaba… y pintaba.

En la Colonia las músicas bailables las hacían los negros y los indios, entonces eran vistas como una cosa de negros e indios. En cambio, lo de afuera era culto. Y esa música del pueblo es la que tiene a Colombia en el panorama internacional. Ojalá que un día lleguemos a valorar y respetar nuestra música en su real dimensión: con orgullo.

Simón Mejía y Li Saumet, de Bomba Estéreo.

 ¿Cómo se conocieron y empezaron a trabajar juntos?

Simón: Cuando yo estaba haciendo el primer álbum de Bomba Estéreo, que se llama “Volumen 1”, quise tener diferentes cantantes para darle un toque vocal. La conocí, la invité, y fue la voz más chévere de todas, con un timbre muy nasal, muy folclórico.

Li: Simón tenía la música y yo compuse la canción “Huepajé” en 45 minutos. Nunca antes había compuesto nada.

 Fue algo que se dio de manera muy fortuita…

Li: Yo creo que el universo es perfecto, que cada cosa tiene un camino y un fin. Nada es fortuito. Al final yo tenía que hacer esto, entre muchas otras cosas. Porque no soy solo la cantante de Bomba Estéreo. Es uno de los roles que tengo que realizar en la vida. Me gusta más ser una artista integral. Ser solo la cantante de una banda puede ser aburrido, al menos para mí. No es que no sea emocionante, lo que pasa es que ser un personaje no me llama la atención. A mí me gusta pintar, hacer performance.

 Además, no es solo cantante, sino compositora…

Li: Soy artista. Es una sensibilidad relativa a todo lo que es el arte: ya sea cantar, pintar, actuar. Porque uno es muchas cosas, no una sola.

 ¿Cuál es la magia de la canción “Somos dos”? ¡Tiene 31 millones de reproducciones en YouTube!

Li: Es hecha con amor. ¡Estaba enamorada! Todavía estoy enamorada, pero cuando la escribí estaba en esa etapa del idilio. Ni siquiera tuve que preguntármelo. Era fácil: es amor, es amor, es amor.

Simón: Todavía no le ganamos a “Despacito” (risas). Creo que tiene amor. Tanto el amor como el desamor son sentimientos muy humanos con los que todas las personas se sienten identificadas. Y el ritmo: es una balada, pero es bailable. Uno ve desde la tarima, cuando la tocamos, que la gente empieza a bailar pegado. Es una canción para dedicar. Eso es lindo.

Están por tocar en un festival que cierran, en tres días, Gorillaz, Metallica y The Who, ¿sigue siendo tan emocionante?

Simón: Sí, siempre es emocionante. Cada concierto tiene lo suyo, independiente del tamaño. Puede ser algo muy masivo como Outside Lands, o algo muy íntimo. La experiencia siempre es increíble, esa sensación “antes de” es la misma, porque la música es un arte tan vivo que uno no controla, no es previsible lo que va a pasar. Siempre está ese elemento sorpresa. Y bueno, estar en un festival así, donde tocan bandas tan grandes, resulta un honor. Nos hace sentir agradecidos, porque nuestra música no es la más comercial y venimos de Colombia, un país donde es muy difícil hacer música. Entonces estar aquí, abriéndole a Metallica, es increíble.

Li: Sí, para mí siempre es emocionante. Yo creo que el tamaño del concierto no es tan importante como la experiencia. Cada toque tiene algo especial. En la primera gira, por ejemplo, fuimos a Inglaterra y nos consiguieron unos toques en lugares donde daban clases de salsa. Nosotros tocábamos antes de las clases. Un día, en Liverpool, no hubo clase y no llegó nadie, o casi nadie. Pero yo me lo tomé como un ensayo. Fue una experiencia inolvidable.

 ¿Qué sienten cuando están tan lejos, en la China, en Suecia, en Londres y esa gente, tan distinta, baila como embrujada una música tan propia, tan de la entraña?

Simón: Es increíble. Dice mucho sobre cómo el poder del lenguaje de la música y el baile es tan poderoso. Por eso la música latinoamericana, caribeña, es tan fuerte. Nosotros somos culturas tropicales. Nuestras fiestas son a bailar: la gente baila merengue, salsa, reguetón, cumbia. Eso es muy mágico, a todo el mundo le gusta bailar porque es una manera de exorcizar, de sentir la música sin necesidad de entender las palabras ni el contexto. Es conectarse a través del cuerpo con la música. Eso es lo que ha hecho que Bomba Estéreo tenga éxito fuera de Colombia. Debemos estar orgullosos de tener eso en nuestro país. A veces nos apena que nos tilden de corronchos, guisos. Pero somos latinos, de ahí venimos. La nuestra es una cultura festiva.

 ¿Seguimos siendo muy arribistas?

Simón: Sí, creo que es una cosa muy colonial. En la Colonia las músicas bailables las hacían los negros y los indios, entonces eran vistas como una cosa de negros e indios. En cambio, lo de afuera era culto. Y esa música del pueblo es la que tiene a Colombia en el panorama internacional. Ojalá que un día lleguemos a valorar y respetar nuestra música en su real dimensión: con orgullo. Lo bueno es que las nuevas generaciones son más conscientes, aunque a veces uno se sorprende.

Cuando la música tiene un mensaje, es liberadora. La música tiene el poder de entrar en la mente, por eso puedes repetir una canción por el resto de tu vida: queda grabada.

 ¿Qué se siente minutos antes de subir a la tarima?

Simón: Expectativa, nervios, ansiedad. Pero prevalece la expectativa, porque uno no sabe qué va a pasar cuando estés arriba en la tarima y empiece el concierto. Simplemente uno sube y suelta lo que tiene que soltar.

Li: Para mí es un goce, nunca me pongo nerviosa. Lo disfruto siempre.

 ¿Ha habido algún concierto en el que la gente no responda a su música y que haya terminado en una fiesta?

Simón: Sí, en China, en Expo Shanghái, un feria mundial que se realiza en un escenario como Corferias, pero mucho más grande. Es abierta al público: van abuelos, jóvenes, familias, todo el mundo. La gente al comienzo no entendía nada y miraba extrañada. Pero se fueron prendiendo y empezaron a bailar como locos. Al final hubo una estampida, se querían subir a la tarima porque estábamos regalando unos discos. Hubo que llamar a seguridad. El público se chifló.

 Li, ¿cómo fue el día en que se le quedó el pasaporte y terminaron con un cantante japonés?

Li: Fue en Londres. Simón: Yo creo que se lo robaron. Li: Sí, fue muy raro. Yo tenía una maleta con un bolsillo atrás y le dije a Simón: “Sácame mi pasaporte”. Él sacó el pasaporte, pasamos el control de seguridad, en la banda donde uno deja todo, y ya no estaba el pasaporte. A mí me pareció que el de seguridad fue mala onda conmigo.

Simón Mejía

 Y ¿cómo es el cuento del cantante japonés?

Simón: Íbamos a tocar con Calle 13 en Bogotá y no llegamos. Luego nos íbamos a Japón a hacer dos conciertos. Como Liliana no tenía pasaporte, entonces no alcanzamos a hacer el primer concierto en Japón, pero la banda sí viajó y como no había cantante, nos consiguieron a un rapero japonés que cantó todo el primer concierto la música de Bomba, pero rapeando en japonés. Al segundo concierto, Liliana sí llegó, y allí mismo sacó el resto de visas que hacían falta, porque de ahí salíamos a Estados Unidos.

 ¿Y quién era el rapero?

Simón: No sabemos. Fue increíble. Se montó en la tarima y no lo queríamos dejar bajar. Con la banda la gente estaba contenta, aunque era solo música instrumental, pero cuando se subió el rapero, el público se chifló. Nosotros no teníamos ni idea de lo que decía. Fue una rumba inolvidable.

 ¿Cómo es estar tanto tiempo fuera de la casa?

Simón: Ya nos hemos acostumbrado, pero uno entra en dinámicas muy distintas. Sobre todo el hecho de moverse tan rápido, estar tan poco en lugares hace que uno desarrolle una capacidad de adaptación rápida y fácil. La cabeza cambia el chip. El ser humano siempre tiende a llegar a un lugar y moverse dentro de las dinámicas de ese lugar, en la música no es así. Una gira rompe eso. Y como ya somos padres, tenemos una vida paralela que es un polo a tierra. Y hay ciudades a las que vamos con regularidad y hemos hecho amigos. Nos gusta mucho salir a comer, a través de la comida se conoce mucho. Los restaurantes son una buena forma de entrar a la vida de los lugares.

Li: Creo que después de tanto tiempo nos hemos vuelto una especie de profesionales de las giras. Son 10 años yendo de un lado a otro. Es el trabajo más largo que he tenido, lo que más he hecho en la vida. Al principio fue una novedad: de manera buena y no tanto. Yo nunca había salido de Colombia y cuando lo hice fue increíble. Cuando miro las fotos de esos años, veo mi cara de alegría, de sorpresa. Por otro lado, éramos más jóvenes, loquillos, no sabíamos cómo controlar la energía. No dormíamos bien, no comíamos bien. Así tu cerebro no aguanta. No puedes pensar. Casi que no puedes pensar. Pero aprendí a no enrumbarme, no tomar. Dormir mis horas. Y me volví más sana: comer menos grasa, menos chatarra. Ya estoy en un punto en que soy vegana. Medicina bioenergética, acupuntura. Ya no lo siento. Es mi modo de vida, cuando logras balancearte es un trabajo cualquiera.

 ¿Cómo es volver?

Simón: Hemos cambiado. Antes, estar quieto en un lugar se te hacía extraño, pero ahora regresar a la casa siempre se va a sentir bien. Como buen ser humano, uno necesita raíces. Volver a nuestra casa, a nuestro país, ayuda a balancear la cabeza. Uno tiene que llegar y cambiar el chip. No dejar que la cabeza se quede en el de la gira, sino en el chip de la realidad. La vida real es la familia: la pareja, los hijos, las dinámicas cotidianas. Lo otro es ilusorio.

Li, ahora vive en Santa Marta, ¿por qué volvió?

Li: Por mi esposo, mis papás. Es una buena ciudad para vivir. Es pequeña, tiene playa y es mi ciudad. Y me enamoré de un hombre que ama Santa Marta más que cualquiera. No exactamente en Santa Marta, sino en la playa. Ahora, no sé cómo sería si viviera todo el tiempo allí, porque viajo mucho. Pero la calidad de vida es mucho mejor.

¿Cómo llega la inspiración?

Simón: Yo trabajo mucho en los tiempos muertos. En aeropuertos, aviones, vans, en esos largos trayectos en los que uno puede no hacer nada, o leer, pero es difícil leer en un carro, entonces yo prefiero ponerme a trabajar. Además uno no tiene los compromisos de la cotidianeidad de Bogotá, entonces es un buen espacio para trabajar. Varios de los discos, al menos la música, la hemos hecho en giras. En el computador.

¿Qué canciones ha compuesto así, que hayan salido en las giras?

Simón: Casi todo “Elegancia tropical”, por ejemplo.

A veces la gente piensa que las canciones tienen siempre un fondo muy profundo y no siempre es así. Es algo que ocurre de repente.

Li: Exacto. Es así. Por ejemplo “Soy yo”. Cuando yo escribo una canción, por lo general me sale fácil, sin mucho significado. Pero luego me doy cuenta de que esa canción me está contando algo que tengo que aprender. Algo que solo entiendo después de haberla escrito. Eso es muy bonito.

Simón: Mi proceso es más de estar sentado en el estudio trabajando en una idea. Cuanto más tiempo estás allí, experimentando, surgen nuevas ideas, una lleva a la otra. No soy de los que se sueñan con una canción y la hacen. Muy pocas veces me he soñado algo que luego convierto en una canción.

¿Li, recuerda la primera canción que escribió?

Li: Yo antes de Bomba no componía canciones, escribía poemas. Me pasé toda la universidad, cuando estaba en publicidad, llenando cuadernos enteros de poemas. Ojalá los encontrara algún día. También me gustaba pintar. Cuando conocí a Simón, en 45 minutos compuse “Huepajé”.

Antes, estar quieto en un lugar se te hacía extraño, pero ahora regresar a la casa siempre se va a sentir bien. Como buen ser humano, uno necesita raíces. Volver a nuestra casa, a nuestro país, ayuda a balancear la cabeza. Uno tiene que llegar y cambiar el chip. No dejar que la cabeza se quede en el de la gira, sino en el chip de la realidad. La vida real es la familia: la pareja, los hijos, las dinámicas cotidianas. Lo otro es ilusorio.

¿Qué melodía de Simón le ha impactado?

Li: Más que una canción lo que siempre me ha impresionado es la forma en la que mezcla los sonidos, el electrónico y la cumbia. Es muy original y, a la vez, muy costeño.

Y a usted Simón, ¿qué letra le ha sorprendido de Li?

Simón: Me gusta mucho que las letras no se limitan a ámbitos folclóricos, sino que son más urbanas. Tienen el balance perfecto, como esa mezcla entre versos rapeados y lo rural (aquí Simón canta): “Corre, corre, morrocoyo”. Entre las letras que no me esperaba: “Fuego” y “Del alma y el cuerpo”.

¿Cuál ha sido el ‘backstage’ más increíble?

Simón: Creo que el de un teatro en Seattle que tenía unos camerinos increíbles: con discos de vinilo, tornamesas, películas en VHS. Era como una minicasa. Estaba buenísimo.

¿Tienen alguna exigencia, como los grandes artistas?

Simón: Cosas muy sencillas. Tener jengibre en el camerino. Ahora tenemos una nueva, que es una máquina para hacer jugos antes de tocar. Pedir cosas por pedir, esas excentricidades, ya quedaron en los ochenta. Cuanto uno más sencillo sea, cuanto menos joda, mejor.

Li Saumet

¿Y por qué jengibre?

Simón: Para la voz, además aporta muchas vitaminas y energía.

¿Cuáles son los grandes artistas con quienes más han podido compartir?

Li: Uno es Rubén, de Café Tacvba. Amigo de comer en mi casa. Le hice una cena y cuando la tenía lista, me enteré de que era vegano.

Simón: Y había hecho ternera a la llanera (risas).

Li: No, yo hice pollo con aguacate y arroz con coco. Lo bueno es que comió arroz con coco, un plato muy típico de la costa (risas).

Simón: El cantante de Arcade Fire, Win Butler, es muy “llave” de nosotros. Ahora vamos a tocar con ellos en varios lugares de Estados Unidos, también en Bogotá.

El último álbum, “Ayo”, lo grabaron entre la sierra nevada y Los Ángeles. ¿Cómo fue esa experiencia?

Simón: Este fue el disco para hacerlo. Quisimos arrancar el proceso con una ceremonia en la que bajaron los mamos de la sierra y nos hicieron una ceremonia para abrir el camino del disco. Sin tomar nada, simplemente meditando. Cada uno le pidió a la música lo que esperaba de ella. Aunque después nos fuimos a Los Ángeles, la energía de esa ceremonia siempre nos acompañó. De ahí salieron “Duele” y “Siembra”.

Li: Grabamos en el pueblo de Minca, y por primera vez les pedimos permiso a los instrumentos para poder tocarlos. Todas las canciones que hice allá me fluyeron muy fácilmente. Fue una experiencia muy profunda, muy espiritual.

En la canción “Siembra” cantan sus hijos: los dos de Simón y el de Li Saumet.

Li: Sí, pusimos la voz de ellos de fondo.

Simón: Usamos sus balbuceos (risas).

¿Qué han aprendido de sus experiencias con músicos raizales, como los de San Basilio de Palenque, donde Simón montó un estudio?

Simón: La humildad y la sencillez. En esa gente no hay discursos detrás, ni industrias, ni modas. Solo algo que les nace y que se transmite oralmente. Nosotros sí hacemos parte de una industria, pero ellos no juzgan, solo hacen música, sin egos, de corazón. Esa sencillez. No tienen plata ni recursos, pero son unos músicos increíbles. Son maestros de verdad, libres de egos.

“Soy yo” fue catalogada por The New York Times como un orgullo de la latinidad y el video también ha tenido millones de vistas…

Li: Lo de la latinidad fue más por el video, por la niña que protagoniza el video. Pero cuando yo la escribí era algo más general. Siento que todo el mundo se puede sentir identificado en algún momento a partir de eso de “me burlé de ti” o “se burlaron de mí”. Tendemos a juzgar a la gente. Y la canción responde, yo me quiero, me respeto, no me afecta lo que piensen de mí: soy yo. Es una canción de quererse, respetarse. A mí misma me hacían “bullying” porque era rara.

Simón: La canción “Soy yo” tiene un contexto especial. Cuando salió el video de esa canción, en Colombia se vivía el debate del “bullying” porque se había suicidado Sergio Urrego, el estudiante de colegio que era gay. Entonces hicimos una campaña alrededor de eso: tratar de enfocar la energía hacia el “antibullying” y contra el racismo. La niña del video se volvió un ícono de la población latina en Estados Unidos que no iba a votar por Trump. Se volvió como un himno para quienes fueron rechazados por gordos, por feos, porque tenían gafas.

Pensar diferente es una cosa, pero tener la fortaleza de expresarlo es lo más difícil. Uno siente que la música de Bomba Estéreo es liberadora, ¿no es así?

Li: La música en general es así. Ahora hay mucha gente que no está diciendo nada, pero por lo menos hace bailar. Pero cuando la música tiene un mensaje sí es liberadora. La música tiene el poder de entrar en la mente, por eso puedes repetir una canción por el resto de tu vida. Queda grabada.

El poder de la música de Bomba Estéreo parece ser una mezcla entre lo local y lo universal, lo ancestral y lo moderno…

Simón: Sí, es como jugar con eso. Estar buscando. Si uno nació en un lugar de la Tierra, hay que estar conectado con las cosas de ese lugar. Saber de dónde vienen las raíces de donde uno está parado. Con la cabeza en el mundo uno ahora tiene acceso a todo, pero el peso es de donde uno viene. Es lo que uno tiene que expresar a través del arte. Algún pensador decía “habla de tu aldea y serás universal”.