“Los tractores solo podemos abrir brecha, no podemos pavimentar”

Director. Roberto Salomón en las butacas del Teatro Luis Poma, espacio que dirige desde hace 15 años.

El plan era distinto. Roberto Salomón nació en una familia judía en El Salvador y su padre, un comerciante, creía que él, único varón de sus tres hijos, sería quien heredaría los negocios familiares. Él representaba a la nueva generación de empresarios de la familia, pero Roberto Salomón le apostó a un oficio que lo haría perder dinero: el teatro.

Antes de cumplir los 20 años supo que se dedicaría al arte. Empezó su formación en Estados Unidos y cuando volvió al país, a sus 24 años, el ministro de Educación Wálter Béneke le ofreció ser parte del equipo fundador del Bachillerato en Artes en 1968. Durante las mañanas los estudiantes recibían sus clases académicas y por la tarde asistían a las prácticas de su especialidad en teatro, música o pintura. El proyecto terminó en 1997, cuando se graduó la última promoción de dicho bachillerato.

Bajo ese programa se educaron algunos de los principales actores y actrices que siguen llenando salas hasta la fecha. Pero el Bachillerato en Artes, de donde salieron varios rebeldes de la época, y su proyecto Actoteatro –una sala de teatro independiente– no eran bien vistos por la Guardia ni la Policía Nacional. En 1980, él y sus socios decidieron irse del país tras ser amenazados de muerte.

Han pasado casi cuatro décadas desde que alguien en el poder le ordenó dejar de molestar con su trabajo. Pero eso no significa que, a juicio de Salomón, el teatro haya sido reconocido como un oficio legítimo. “Tenemos un Gobierno al que no le interesa la cultura”, dice desde las butacas del espacio que dirige, el Teatro Luis Poma. En medio del silencio de esta sala de teatro vacía sostiene con voz baja que su generación estaba segura de que era posible cambiar al mundo, y que hoy, en una época donde todo parece estar en crisis, le sorprende que haya quienes aún siguen creyendo que ese plan es posible.

Usted ha dicho que el teatro está en crisis desde hace miles de años, ¿por qué alguien como usted, que podría haber tenido su vida resuelta, decidió entrar a ese mundo de crisis?
Cuando uno sufre golpes muy fuertes en la niñez, la ficción es una tabla de salvación y el teatro es una ficción. La niñez golpeada necesita de juegos. Esa resiliencia para mí fue el teatro.

Cuando usted tenía 24 años fue parte del equipo fundador del Bachillerato en Artes. Además del apoyo del ministro de Educación Wálter Béneke, ¿cuáles eran las condiciones que hacían posible el proyecto?
Escoger muy bien a la gente que iba a hacerlo. Estaba Magda Aguilar como directora, Roberto Huezo y Roberto Galicia en artes plásticas y yo en teatro. Era un equipo bueno.

No era que el país estuviera en una época de florecimiento.
No, para nada. Era uno de los momentos más críticos entre ANDES y el Gobierno.

Después de la caída de la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, siguieron otros gobiernos de corte cívico militar en los que se lograron avances económicos a escala estatal, pero aumentaron la represión hacia los ciudadanos. Por ejemplo, el gobierno de Óscar Osorio (1950-1956), a pesar de ser liderado por un militar, se reconoce como uno de impulso a las artes. Durante ese periodo se becó a artistas para que estudiaran en el exterior. El Bachillerato en Artes se creó en el gobierno de Fidel Sánchez Hernández, quien fue presidente de 1967 a 1972, periodo en el que estaba activa la Organización Democrática Nacionalista (ORDEN), en la cual se aglutinaron grupos paramilitares que solían reprimir a la población.

Como actor. Roberto Salomón en 1975 mientras actuaba como el personaje de Creonte.

Parece que la lógica iba hacia un lado y este proyecto…
Es que es totalmente ilógico. Tuvimos 60 años de dictadura militar, ¿cuándo fue la mejor época de los programas culturales? Durante el periodo de Osorio. ¿Quién creó el Banco Central? Martínez. Hay una serie de contradicciones. Cuando nosotros estrenamos “Marat Sade” aquí el 13 de julio de 1970, estaba el presidente Fidel Sánchez Hernández sentado ahí. Y estábamos cantando “los generales a las farolas”.

La Policía Nacional los acusaba de crear una cuna de guerrilleros. ¿Alguna vez sintió una especie de culpa por este motivo?
Culpa, no. Si nosotros queríamos cambiar el mundo.

¿Cómo reaccionaba ante estas fuerzas policiales que sí buscaban culparlos a ustedes?
Nosotros teníamos un mandato del ministro de Educación de enseñarle a la gente a pensar. Entonces, después venía la Policía, la Guardia a llevarse a nuestros alumnos porque pensaban. ¡Porque los gobiernos no quieren gente que piense! Ningún gobierno quiere gente que piense.

¿Ahora tampoco?
¿Ahorita? ja, ja. Perdón, ¿qué porcentaje del gobierno va a educación? ¿Dónde están los proyectos de educación? Se lo dije al presidente en mi discurso de cuando me dieron el Premio Nacional de Cultura. Le dije: los problemas de El Salvador son tres, el primero es educación, el segundo es educación y el tercero es educación.

Si el Bachillerato en Artes se hizo posible en esas condiciones militares, ¿cree que las condiciones actuales son más favorables?
Es que los años sesenta eran la era del hippismo. Nosotros creíamos que podíamos cambiar el mundo. Ahorita nadie cree que puede cambiar el mundo con realidades como la que tenemos aquí en el país y realidades como (las que) se ven en el resto del mundo.
Ahora no es una época en la que hay proyectos. Yo admiro a algunos “millennials” que siguen con un optimismo tremendo, porque no hay proyectos de sociedad. Si uno tiene un medio dedo de frente, ya no le cree a nadie.

¿Cree que ese desencanto imposibilita que se armen proyectos así de fuertes como el Bachillerato en Artes ahora mismo?
Aquí, en el Teatro Luis Poma, estamos en un proyecto fuerte como país.

Hablo desde un impulso estatal.
¿Del Gobierno? No, es que tenemos un Gobierno al que no le interesa la cultura. Punto.

Decía que para la obra “Marat Sade” estaba Fidel Sánchez Hernández entre el público, ¿recuerda ver a algún funcionario aquí en los últimos años?
Asiduo no. Han venido de vez en cuando. Cuando hicimos las lecturas de las 24 horas del “Quijote”, vino Gerson Martínez, vino Ana Vilma Escobar, vinieron a leer. Pero no, venir asiduamente al teatro, no.

¿Eso puede servir como un termómetro?
Yo creo que la mayoría de la gente que tiene un poco de poder piensa que el arte es superfluo; así como los arquitectos son superfluos y, por eso, se ven una cantidad de horrores en San Salvador de ingenieros que piensan que no necesitan arquitectos, porque saben construir. Un ingeniero civil sabe construir, pero no necesariamente sabe diseñar. Hay gente que sabe hablar, pero no necesariamente sabe pensar.

Antes de dirigir el Teatro Luis Poma, Roberto Salomón creó Actoteatro junto a otros artistas. Ahí gestionaban obras teatrales, talleres y exposiciones. Además, el espacio tenía una librería y un restaurante. Salomón abandonó el país en 1980, tras recibir una amenaza vía telefónica. En el libro biográfico de Roberto Salomón, ese incidente se ha descrito así: “El mensaje decía algo parecido a ‘cierren esa mierda o los vamos a quemar’ (…) Tilly Shulz (una de sus socias) le pidió cita al futuro general Eugenio Vides Casanova, jefe de la Guardia Nacional en ese entonces, (…) Sí, le dijo el militar, eso viene de nosotros y es porque ustedes tienen bailarinas comunistas en Actoteatro”.

Hablemos de la guerra. En su libro biográfico “Hippies de barranco” se lee que de los artistas que se fueron del país tras ser amenazados por su sala de teatro, Actoteatro, solo usted volvió. ¿En algún momento cuestionó el compromiso político de los que no volvieron?
Yo no cuestiono mucho lo que la otra gente hace. Cada quien tiene que construir su vida como mejor le parezca. Para mí siempre ha significado mucho más hacer teatro en El Salvador que hacerlo en otra parte. ¿Por qué? No te podría decir porque he tenido éxito en Estados Unidos, en Europa.

Cuando usted volvió tras estar exiliado, ¿se cuestionó si tenía sentido seguir haciendo esto?
Yo estaba dando clases en la Escuela Superior de Arte Dramático de Ginebra y mucha gente que me ve dice: “Y si a usted le iba tan bien allá, ¿por qué se viene aquí?” Para mí es un desprecio, una autoestima terrible. Pues yo vengo aquí porque para mí es más importante El Salvador que cualquier otra cosa.

Imagino que cuando responde eso encuentra caras de sorpresa.
Uno se acostumbra desde niño a que le digan que uno es burro por ser distinto. Si cuando me nombraron en el salón de la fama de la Escuela Americana, donde estudié, empecé mi discurso diciendo: no sé si a ustedes les parece raro, pero a mí sí me parece raro que alguien que fue expulsado tres veces de esta escuela hoy sea nombrado al salón de la fama. Al día siguiente estoy en el súper y un niño como de 12 años dice: “Mami, ese es el señor que expulsaron del colegio”.

¿Por qué lo expulsaron?
Por mal portado, por hiperactivo, por fumar en los terrenos del colegio. Siempre he sido hiperactivo. Ahorita estoy ensayando una obra y estoy en el casting de dos obras.

Visión. Salomón asegura que tiene ya agendados cuáles espectáculos se presentarán en el teatro hasta octubre del 2018.

¿El teatro puede ser indiferente ante los conflictos armados?
El teatro no es indiferente a nada. Yo nunca he hecho teatro comercial, es decir, teatro para ganar plata. Si viene público y la taquilla sale bien, pues enhorabuena, pero el objetivo no es la taquilla. El objetivo es hacer algo que comunique algo sobre la sociedad, eso incluso en las obras más cómicas.

Y si el objetivo fuera hacer dinero, ¿de cuánto sería la entrada?
Por lo menos $25 dólares.

¿Vendría alguien?
Para mí el patrocinio de la Fundación Poma en este teatro es de vital importancia. Era una de las condiciones por las cuales yo acepté este trabajo, porque no quiero hacer teatro para la gente que puede viajar y que, cuando viaja, no va al teatro. Son casos perdidos. El hecho de que este teatro exista ya es un milagro. El centro comercial creció alrededor del teatro y muy bien lo hubieran podido botar. Hay mucha gente que piensa en términos de negocio que le parece que lo que está haciendo la Fundación Poma es, en el mejor de los casos, una estupidez.

Jacinta Escudos escribió hace poco que muy bien por el apoyo al arte desde el público, pero que los artistas no pueden vivir solo de aplausos.
O me retuerzo cada vez que oigo a algunos actores decir al público “gracias por apoyarnos”. Eso no es cierto. ¿Cómo que el público nos está apoyando? Nosotros le estamos dando algo al público. Como dice Shakespeare, le estamos dando un espejo ante la naturaleza humana.

Pero, ¿cómo hacer que este trabajo sea sostenible para los actores y que no se convierta en una especie de mercancía?
Poco a poco. Con cierta ideología. Aquí jamás se ha hecho una obra comercial. Hay gente que dice que “El cavernícola” es comercial porque tiene éxito. “El cavernícola” es una reflexión sobre la sociedad que está hecha en un modo cómico. Teatro comercial es vestir medio chulonas a chicas bonitas, hacerlas desfilar en el escenario haciendo comedias totalmente estúpidas. En Guatemala y en Costa Rica sí se ha hecho teatro así porque solo así pudieron sobrevivir los teatros.

¿Cree que el Teatro Luis Poma ya alcanzó la madurez necesaria para sobrevivir sin usted?
No creo que las personas sean irremplazables. Si caigo muerto el día de mañana no veo por qué no va a seguir el proyecto mientras la gente quiera que siga.

Hace unos años, una artista decía, después de una presentación en la pequeña sala del Teatro Nacional, que entendía, aunque no compartía, que no se apoyara a las artes en un país con necesidades básicas que no están satisfechas.
No estoy de acuerdo. Las artes son esenciales y lo que pasa en el Teatro Nacional es que no ha construido un público. Esta obra de Alejandra Nolasco, “Los ausentes”, que se está presentando ahorita aquí, si la hubiéramos presentado hace 10 años no viene nadie, pero anoche 140 personas (vinieron) para ver una obra que habla de una cosa terrible y la gente sale llorando. Hemos construido ese público.

¿Y cómo conciliar al teatro como un derecho tan básico como la educación y la salud en este país que le desaparece hijos a las madres cuando no pueden pagar extorsiones de $60?
No es el trabajo del artista. Es el trabajo del Gobierno, del Estado. Pero los gobiernos de derecha siempre pensaron que el arte podía ser una cosa bonita, pero que los artistas son marginales, que pobrecitos, que son locos.

¿Eso lo intuyó o se lo dijeron alguna vez?
Toda la vida me han dicho. En el mejor de los casos para la gente de derecha yo soy un bruto. Ahora no, verdad, porque hay un cierto reconocimiento, pero cuando nosotros empezamos a hacer teatro aquí, no había ninguno. Y hay cierto sector de la izquierda que sigue pensando que el arte es elitista.
Entonces algunos lo llaman burgués y otros, revolucionario.
Así es.

¿No le importa ubicarse en ningún lado de ese espectro?
En lo absoluto. Es que la gente puede pensar lo que quiera, uno tiene que saber qué es lo que está haciendo.

En 1997 usted dirigió y presentó “Sueño de una noche de verano”, en el Teatro Nacional. El presupuesto era de $10 mil del Gobierno suizo, $10 mil de CONCULTURA, $10 mil de butacas y otros miles de parte de la empresa privada. ¿Usted ha visto que se vuelva a montar una obra donde se mezcle tanta inversión?
No, es que las cosas solo funcionan en equipo. Eso lo logramos porque Roberto Galicia estaba en CONCULTURA y Ana Vilma de Choussy estaba en el Patronato. Entre los tres logramos. Yo logré lo del Gobierno suizo y Ana Vilma logró bancos y Roberto Galicia logró lo de CONCULTURA. Fue un voto a ciegas.

Trayectoria. Son 50 años de una vida dedicada al teatro. Ha trabajado como docente, traductor, director, actor y gestor cultural.

¿O sea que han pasado 20 años desde un riesgo de montaje tan grande?
Sí.

Para algunos, “Sueño de una noche de verano” era un ejemplo de lo que podría ser el teatro después de la guerra.
Claro. Había varias cosas: una era mostrar que el Bachillerato en Artes había servido de mucho y que había sido un error cerrarlo. Dos, mostrar lo que era posible hacer con la maquinaria del Teatro Nacional, porque ahora usted ve cosas en el Teatro Nacional que para qué le cuento, eso podría igual estar en el auditorio de cualquier escuelita que tenga un escenario. Está sobreequipado para el uso que se le da, pero esa es una elección que hace el Gobierno. La inacción es una decisión. También con esa obra quería manifestar la necesidad que había de una escuela y marcar un futuro para el teatro en El Salvador, pero ese futuro no se dio.

¿Por qué?
Y yo qué sé.

¿Pero por qué dice que no se dio?
Los tractores solo podemos abrir brecha, no podemos pavimentar. Los que tienen que pavimentar son otros.

¿Se basa en el tipo de propuestas que hay, en el número de grupos que hay?
El único espacio que se maneja como teatro aquí en El Salvador es el Luis Poma. Porque aquí tú vienes con un espectáculo y tienes varios días para montar tu obra. Tú vas al Teatro Nacional y, si hay alguna orden superior que viene que te quitan la sala, te la quitan. Además, si el equipo técnico no tiene ganas de trabajar, pues no te van a trabajar. Lo único que hacen bien en el Teatro Nacional es el aspecto de limpieza y mantenimiento, los felicito por eso, porque no han dejado que se caiga.

El Teatro Nacional fue creado en 1917. Roberto Salomón fue su director y lideró la remodelación de ese espacio en 1975. Según ha declarado el artista, ese espacio necesitaba ser salvado. El edificio ya había servido como juzgado, alcaldía, policía municipal, radio y sala de cine. Una reseña de la Secretaría de Cultura (SECULTURA) afirma que para entonces incluso se alquilaban cuartos por hora dentro del teatro. En dos años se remodeló y fue reinaugurado en 1978. Tras el terremoto de 2001 permaneció cerrado hasta 2008. Su actual director es Tito Murcia y, de acuerdo con SECULTURA, ese espacio recibe a 4 mil visitantes por mes.

A Tito Murcia yo lo he oído decir que él no tiene ningún poder de decisión en el teatro, ¿entonces para qué es director? Lo ha dicho en una reunión oficial en la que estaban varios directores de distintos teatros. Está grabado. Tito Murcia puede tener las mejores intenciones del mundo, pero si no tiene el apoyo… el apoyo solo puede venir de arriba.

Hablemos de 2014 y su Premio Nacional de Cultura…
Me sorprendió recibirlo.

¿Por qué?
Yo incluso me negué a ser jurado de un Premio Nacional de Cultura y dije: no me parece que está claramente definido. ¿Se está premiando trayectoria, excelencia, logros, insistencia o se está premiando perdurar? Eso es bien difícil, sobre todo cuando solo hay un premio. Tenemos muchos problemas que vienen del hecho de que no hay una diversidad. El Premio Nacional de Cultura, como es el único premio, también quiere abarcarlo todo y no se puede.

Cuando me lo dieron a mí, muy bien se lo podían dar a Jorgelina Cerritos. Si se acababa de ganar el Premio Casa de las Américas. Vaya, pero se le da de dramaturgia, entonces es el premio nacional de dramaturgia.

Con el premio nacional de música, fue muy discutido eso de Yolocamba Ita. Fui a una reunión y dije “quiero que quede escrito, por favor, y me mandan una copia, de por qué yo no voy a participar en este jurado: es porque no me parece que las bases están claras. ¿Es para música popular, para composición, para trayectoria, para tradición?” Jamás recibí el escrito ese. No podés poner a los Hermanos Flores, Yolocamba Ita, a Elizabeth Trabanino y a Eduardo Fuentes, que son todos músicos, pero no los podés poner en un mismo canasto. Es como decir “¿cuál te gusta más: la guayaba o la carne?” Es totalmente absurdo.

Del recuerdo. En la fotografía aparecen junto al director los artistas Juan Barrera, Naara Salomón e Isabel Dada.

¿Hubo gente que coincidió con usted en esos puntos?
Sí, coincidieron varios, pero se quedaron.

En su discurso de aceptación del premio usted dijo que mientras más cambian las cosas en este país, más siguen iguales. Suena desencantado.
No, yo creo en la frase que Roberto Galicia dice: “Somos los mismos dándole la vuelta a la rueda de caballitos”. Aquí se dice que cambian muchas cosas, pero la verdad es que las cosas siempre siguen iguales. ¿Cómo usted se imagina que pueden haber escándalos tan grandes como los que hay en la Asamblea y que la gente no tenga que renunciar? Es que los escándalos son como agua que le cae en la espalda al pato, se sacuden y siguen caminando como patos.

Si usted pudiera hacer lo que fuera por el teatro en este país, ¿qué haría?
La formación estética desde la primera infancia. La educación artística desde el kínder hasta el bachillerato, financiar que compañías de teatro –porque además en El Salvador hay una cantidad de buenos actores– hagan giras por todas las casas de la cultura, equipar las casas de la cultura…

¿Usted cree que estamos dando algún paso hacia esas direcciones?
No.

¿Ninguno?
No, ja, ja.

¿Entonces cómo se podrían articular estos proyectos?
A mí me llamó el ministro de Educación para que yo diera clases a maestros los sábados durante dos años para que ellos pudieran enseñar teatro. Yo le pregunté si eso era voluntario o se les va a pagar, y me respondieron que era voluntario.

Explíqueme ¿por qué un maestro que está toda la semana lidiando con maras, lidiando con gente que no está interesada en asistir a sus clases, que nunca se ha interesado por el arte, que nunca han estado expuestas al arte, por qué van a querer encima venir a aportar sus sábados para eso? “Es que es obligatorio”. Ah, entonces, ¿no sería mejor en vez de que ellos fueran los que van a esas clases de teatro en el futuro, darle equivalencias a tanto artista apasionado que hay en El Salvador y darle un entrenamiento? “Ay, pero eso cuesta dinero”. Es que todo cuesta dinero, pero cuando viene el arte, entonces no hay, pero para Seguridad, para Defensa, para esto, para lo otro… es como cuando viene alguien con un café de $4 y viene a la boletería y dice: ¡Uy, qué caro!, $3.

Vestuario. Detrás del escenario del Luis Poma se encuentra un espacio donde se guarda escenografía y vestuario de obras pasadas. También hay entre la ropa atuendos que algunas personas donan para que el teatro disponga de ellos en caso de necesitarlos.

Las chifladuras de la creatividad

Recuerdo que en horas del atardecer, cuando niño me gustaba acostarme sobre la grama de la calle, porque mi casa tenía características rurales. No había electricidad ni agua potable, para dar una idea. Pero sí había mucha alegría de vivir que transmitía mi modesto grupo familiar. En ese entonces, quizá en primer grado, me propuse contar las estrellas, boca arriba. La idea era descubrir la primera, comenzar la cuenta. Pensaba sorprender al cielo si las contaba a medida que iban apareciendo, pues mi maestra de parvularia me había dicho que el número de astros era infinito. En San Miguel, de cielo limpio, era fácil el conteo, pero a medida que se tachonaba de parpadeos de luz se volvía difícil contar. Y así comenzó mi interés por los números.

Ya más crecidito, en educación básica, me dio por hacer operaciones sobre la distancia en kilómetros entre el planeta Tierra y el Sol; o los lejanos soles. Supe que la luz solar tarda en llegar a la Tierra 8 minutos. Me asombró saber que la medida de longitud entre los astros era el segundo-luz; y que Alfa del Centauro, la estrella o sol más cercano de la Tierra está a 4.36 años luz, y si en segundos equivalía a 299,792 kilómetros, en una hora la distancia-luz sería de 1,080 millones de kilómetros. Desconocía que existen otros medios de medición de distancias astronómicas para ahorrarse papel y dígitos… y locura infantil.

¿Se pueden imaginar la distancia calculada a Alfa del Centauro, si está a cuatro años y medio-luz? Comenzaba a multiplicar cuántos segundos hay en una hora, y en cuatro años y pico. Si el segundo equivale a casi 300,000 kilómetros por segundo. Un asombro hermoso.

Comencé a calcular distancias de otros soles, a puro lápiz. Hasta ahora sé que las chifladuras tienen que ver con la creatividad, esa capacidad de generar ideas propias a partir de ideas ajenas o estrafalarias que el oficio de escritor me permitió. Me gusta, por ejemplo, lo de mi novela “Los poetas del mal”, donde hablo del arma de destrucción masiva de los chinos: una cuerda de nylon y un reloj, para que cuando venga por el aire la lluvia atómica, saltar la cuerda al mismo tiempo y desviar la ruta del planeta. Y que la bomba se pierda en las galaxias. O la posibilidad masculina de salir embarazado.

Después reparé que la Tierra viaja unos 210 kilómetros por segundo hacia las galaxias, como ir en un vehículo a la velocidad de 12,600 kilómetros por minuto, es trasladarse de Nueva York a Pekín (China) en 45 segundos. Y tenemos millones de años moviéndonos en el espacio interestelar. Inimaginable lo que recorre en una hora, en un mes, o en 100 siglos si en un segundo recorre casi 13,000 kilómetros.
Como estudiante de educación media hacía operaciones por recreación, medir la distancia de la Tierra a una estrella a 100 años-luz. ¿Cuántos segundos hay en un año, esto se multiplica por la cantidad de segundos que hay en 100 años-luz. En esos intríngulis mi madre que su hijo era raro, “me das miedo”, me dijo un día. Quizá porque para tales experimentos necesitaba estar solo, aunque más tarde me iba a jugar fútbol y a hacer maldades de niños con mis primos Éver Cristo y Ennio de Jesús: cazar garrobos o sustraer frutas del cercado ajeno.

Agradezco esas chifladuras porque desde niño fui cultivando una vocación por los números (en sexto grado daba clases de aritmética a las niñas del barrio, no sé por qué solo a niñas). Cuando vine a San Salvador a estudiar jurisprudencia (el famoso doctorado de siete años), pese a tener a temprana edad dos primeros premios de poesía, y gran amor por la literatura, opté por certificarme en el MINED como profesor de Matemáticas. Di clases de álgebra en Santa Tecla, el Damián Villacorta, hasta que por “orden superior” fui despedido.

La razón: antes de comenzar la clase de álgebra, daba unos 3 minutos de educación cívica, y el único que me protestaba era un niño de 13 años que después fue un reconocido oficial, blanco de amor y odio, según la gente se considere víctima o victimaria. Cuando las autoridades se dieron cuenta de mis 3 minutos cívicos, después de tres años de impartir la materia, me prohibieron continuar como profesor por hablar temas ajenos a las Matemáticas (aunque solo eran 2 o 3 minutos). O bien por poeta de versos excedidos en ideas, pues ya era reconocido por los premios. Me quedé sin trabajo, dejé de ser “poeta rico”, como me decían mis compañeros de generación literaria, pues como profesor joven (desde 18 a los 21 años), los podía invitar al estilo de los jóvenes de la época, a café o bohemia sana con intercambio de ideas y libros de literatura.

Cuando ingresé a la universidad, un talentoso catedrático, mi gran amigo Pepe, me decía que yo le preocupaba pues me encontraba ciertos rasgos de retraso mental. Claro, si desde niño me proponía a hacer esas investigaciones sin mayores fuentes de investigación, excepto por lecturas periódicas (diarios y revistas), me imagino que como poeta o estudiante de derecho planteaba problemas chiflados (nunca referido a las ciencias jurídicas), esto lo dejábamos para las aburridas horas de clase.

Estas experiencias nos formaron una cultura propositiva precoz. Por ejemplo, Roberto Armijo ya había publicado libros de ensayos sobre T. S. Eliot y sobre Rubén Darío antes de los 24 años; Roque Dalton, a los 25 años, conoció la penitenciaría central, siendo reconocido poeta, periodista y polemista inteligente; mi persona conoció la expatriación, o expulsión, a los 23 años; Ítalo López Vallecillos era director de un periódico nacional a los 26 años; y a la misma edad, Álvaro Menéndez Leal fundaba el primer TV periódico y dirigía un semanario escrito (verlo en la Biblioteca Nacional). Precocidades y chifladuras demasiado riesgosas por romper con el aullido de la palabra los conformismos del silencio.

Cómo encontrar oro en el Acelhuate

En un origen el río Acelhuate lo era todo. Era el principio y el fin. Para muchos pobladores de San Salvador, era un afluente de aguas diáfanas que representaba un lugar para bañarse, donde ir a llenar sus tinajas o donde pescar. Agua cristalina que refrescaba el Valle de Las Hamacas. La toxicidad de la gente cambió todo aquello. Con la población de su ribera y las fábricas capitalinas, el río se fue contaminando poco a poco y, eventualmente, se convirtió en una cloaca. Una triste metáfora del país. Después de haber vivido de él por generaciones, todos le dieron la espalda. Pero el Acelhuate sigue ahí.

Algunos solo se acuerdan de él cuando su caudal crece tras alguna tormenta descomunal o cuando en su ribera aparece un cadáver. Sin embargo, hay gente que vive del río. Que se sumerge en su espumosa y contaminada agua para tratar de sacar restos de oro u otros metales que alguien más desechó. Cualquier pensaría que están locos. Pero de nuevo, esta no es más que una metáfora del país. Algo así como saber que estamos ya con el agua hasta las rodillas y próximos a “sumergirnos” en una nueva campaña electoral. Zambullirse en el Acelhuate ya no parece tan mala idea.

Como siempre, los partidos han comenzado a mover sus piezas y a hacer una especie de campaña nada simulada. Las redes sociales y los medios tradicionales ya se comienzan a llenar de políticos que abrazan a bebés y a abuelitas, y de mítines con banderitas. Es un caudal de promesas vacías, desechables. Y las disputas entre miembros de los mismos partidos para lograr una candidatura solo es un paso más. Esta campaña llega en el peor de los momentos –si eso es posible. Cuando la clase política se ha superado a sí misma y ha empujado al país a situaciones insostenibles, como la crisis en el sistema de pensiones. Todo por falta de acuerdos entre los dos principales partidos.

El FMLN y ARENA nunca se habían presentado más parecidos entre sí: dos bandos velando por sus propios intereses, sin un proyecto a largo plazo ni cuadros en sus filas que entusiasmen a la población. Dos discursos llenos de inconsistencias y contradicciones. Dos partidos y un sistema político en el que cada vez menos parecen creer, pero en donde las cúpulas se rodean de un coro de voces que se encarga de decirles que todo va bien. Hay una atemorizante falta de liderazgo. Buscar soluciones a los problemas del país en los políticos actuales es tan remoto como que alguien inexperto encuentre una pepita de oro en las aguas del Acelhuate. Por más que se sumerja una y otra vez, le será imposible.

Enfrascados en los problemas –o siendo parte de estos– y no en las soluciones. Actúan como una parsimonia, como si la crisis fuera menor. Y como siempre, el castigado por su necedad es la gente más desfavorecida de la sociedad y que depende de las escuelas públicas, el transporte público, los hospitales de la red nacional y habita los guetos creados por las pandillas. A los que más les ofrecen y menos les cumplen. Con este panorama se avecina una nueva contienda política en el país. Muchos solo van a apagar la televisión y otros se van a quejar en redes sociales, pero la política salvadoreña seguirá siendo como el río Acelhuate que serpentea por San Salvador: contaminado, hediondo, sucio.
Una nueva campaña electoral es como darse un nuevo chapuzón en ese mismo río en el que nos hemos sumergido por las últimas décadas. Para mal, es una creación de nosotros mismos, nuestro desorden y falta de interés. Todos sabemos que está ahí, pero nadie hace mayor cosa por cambiarlo. Ya hemos soportado demasiado su pestilencia. Sobre todo los pobres –siempre los pobres– que viven en su ribera. Para bien, depende de nosotros recuperarlo. Aunque la labor parezca imposible por ahora, pero no lo es. Lo primero es frenar a los que contaminan.

Odio el Ironman

Odiar es una palabra muy fuerte, pero sí que cada año espero con ansias la conclusión de ese evento. Esta semana en la ciudad de Wisconsin, donde vivo, tuvo lugar el Ironman. Fue casi imposible no estar pendiente del triatlón puesto que cerraron varias de las calles principales de la municipalidad por una gran parte del fin de semana en observación de la carrera. Los que tenían que trabajar, hacer mandados o cumplir con obligaciones en esos días se encontraron con un buen lío. Opté por pasar esas horas del sábado y domingo en casa para evitar los aprietos de tránsito y la manía colectiva.

Para los que no estamos muy versados en el tema, la competencia del Ironman está considerada como la prueba deportiva más dura y exigente del mundo, que se celebra en un solo día. Consiste en nadar 3.9 kilómetros, seguido de 180 kilómetros en bicicleta y terminar corriendo una maratón de 42.2 kilómetros. Las tres disciplinas se realizan de forma consecutiva, y el tiempo de un deportista medio es entre las 12 y 14 horas. Dentro del imaginario gringo el Ironman no es solo un evento en que se participa, sino una identidad y un título que ya otorgado nadie te lo vuelve a quitar. Uno no solo hace un Ironman sino llega a ser un Ironman. Cuesta escribir esto último sin poner los ojos en blanco.

En muchos sentidos, Ironman parece un culto elitista con su propia comunidad, subcultura y requisitos de membresía. Los aspirantes, convencidos del valor de su causa y retando los límites del cuerpo físico, preparan una prueba que requiere un entrenamiento mínimo de seis días a la semana durante seis meses o más. Entre tanto sufrimiento y abnegación, casi nadie da pausa para considerar el cinismo del proceso de preparación en un contexto global en que una gran parte de la población humana lleva el cuerpo al límite por exigencias económicas y para sobrevivir su cotidianidad y no por juego ni diversión.

En su proyecto investigativo multidisciplinario con el título “Ironman”, el artista salvadoreño Mauricio Esquivel explora los retos y riesgos físicos que asume un inmigrante indocumentado en la travesía al Norte. El artista adopta una rutina intensa de entrenamiento de cinco horas diarias durante cuatro meses parecida a la de un aspirante a Ironman preparando su cuerpo para las exigencias físicas de cruzar la frontera, y examina el acondicionamiento físico y la capacidad de sobrevivencia que implica llegar al Norte. El proyecto de Mauricio Esquivel hace visible el privilegio del entrenamiento deportivo frente a los retos que experimentan los inmigrantes en su cotidianidad y para tener posibilidades de cruzar la frontera ilegalmente con éxito.

Con todo, el Ironman celebra las posibilidades de adaptación del cuerpo a condiciones extremas y cada año me hace pensar en el lujo que implica asumir ese proceso por curiosidad y recreación. Para mí, siempre es una exhibición de pura ostentación que hace contraste con la realidad social de la mayor parte de la humanidad. Por todo eso y a pesar de correr el riesgo de ser una verdadera aguafiestas, confieso que me cae tan mal el Ironman.

Carta Editorial

La frase que titula la entrevista de Roberto Salomón guarda una enorme sabiduría. Acá la gente valiosa puede poner todo su esfuerzo y comprometer hasta la vida por abrir una brecha. Pero ese trabajo no alcanza a cumplir con todo su propósito si no vienen más a aprovechar para pavimentar y dejar habilitado un camino que sea transitable para la mayoría.

Pese a los grandes sacrificios de tantas personas como Salomón, el teatro sigue andando por veredas rústicas en este país. Una tragedia, si se toma en cuenta que a El Salvador hace rato le urge encontrar vías de expresión que contribuyan al entendimiento colectivo.

Y no es solo el teatro. La cultura en general se toma como una inversión accesoria, como algo de lo que se puede prescindir. Cuando, en realidad, la inversión en cultura es lo que hace la diferencia entre quienes buscan el desarrollo de una manera equitativa y los que solo quieren respuestas inmediatas que se puedan traducir en unos cuantos votos en las siguientes elecciones.

En esta entrevista, realizada por la periodista Valeria Guzmán, se ve a un Salomón que, sin salir del teatro, lanza un certero análisis de una de las deudas más sensibles durante toda la historia de este país: educación.

Esta carencia es la que pone en un contexto desolador su frase sobre los tractores, la brecha y el pavimento. Sin quitarle a la educación el candado de poder adquisitivo bajo el cual está en la actualidad, difícilmente habrá gente que pueda saber qué hacer para que las primaveras que encienden los revolucionarios acaben siendo cambios que se instalen y hagan mejor la vida para las mayorías.

La muerte es un premio, y hay que saber ganárselo

¿Qué le gustaría que dijera su epitafio?

“Finalmente agarró consejo y descansa”. Escrito a mano sobre la tierra.

Cuando tenía 15 años, ¿cómo se imaginaba que iba a ser su vida?

No me imaginaba mi vida, sino mi muerte. Y la imaginaba fructífera y gloriosa. Épica.

¿Cuáles son los personajes de ficción que más lo han marcado?

Vendetta, el padre Uraco, Inodoro Pereira, Malena, Benjamín Button y mi yo malvado. Pero son marcas leves. Las fuertes son de personajes reales: Monseñor Romero, Roque Dalton, Farabundo Martí, Lenin, “el Mágico”, Salarrué, Álvaro Menéndez Leal, Lil Milagro Ramírez, Amílcar Colocho, Arquímides Cruz…

¿Qué es para usted la muerte?

Un premio, y hay que saber ganárselo.

De seguir cómo va, ¿cómo cree que estará en 10 años?

Espero que muerto. Y si no, pues regentando la mejor editorial de poesía de la región.

¿Cuál sería su empleo perfecto?

Ministro de asuntos sin importancia. Además, me encantaría hacer libros e imprimir poemas en las puertas, las bolsas del mercado, las suelas de los zapatos (al revés, por supuesto), las paradas de buses… También dirigiría con mucho placer un centro de estudios y una escuela de fútbol.

Para usted, ¿qué es un buen insulto?

Aquel del que solo son capaces los que te aman.

Buzón

Buzón

Olor a Jacinta en flor

Papá perdió el olfato y mi rinitis fue provocada por el aserrín de la madera de su taller. Lo veo aserruchar los perfumados laureles, los pinos, los conacastes, los ceníceros y lijar los bellos caobas: todo ese aserrín lo llevo almacenado en el corazón. El olor de las maderas, en su pureza, solo es comparado con el aliento de mis hijos luego de ser amamantados. Esta mañana, luego de disfrutar “Memorial del olfato” escrito por Jacinta Escudos, se han despertado todas las narices de la vida.

Aquel olor a lápiz y a pelo húmedo de la profe de quinto grado, el olor a saliva del primer beso, el olor a níspero de papá, el olor a vaselina líquida de tío Mario, el olor a tierra mojada. Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias escribieron “Comiendo en Hungría”, Pablo de Rokha la “Epopeya de las comidas y bebidas de Chile”, ambos libros describen manjares y delicias al paladar, pero el texto de Jacinta Escudos me ha remitido directamente al libro “El perfume” de Peter Süskind, porque yo, así como Jean-Baptiste Grenouille olía con obsesión todo a mi alrededor. Mucho de “Tierra de infancia” tiene este texto poético de Jacinta Escudos, pues Claudia y Jacinta saben describir el olor por el que amamos esta tierra morena y temblorosa.

Mario Noel Rodríguez
poetasinoficio@yahoo.com


Redes esclavizantes

En una red social todos estamos interconectados y podemos tener más de un tipo de relación. Según análisis de las redes sociales, se han convertido en método de estudio en ciencias como la antropología y la sociología debido a que el internet, junto a las nuevas tecnologías, favorecen el desarrollo y la ampliación de las redes sociales. Dependiendo de dónde estemos ubicados, así escogemos la red social que se adapte a nuestras necesidades. Las redes sociales mas comunes son las genéricas (Facebook, Instagram, Google y Twitter), las profesionales (LinkedIn, Xing y Viadeo) y las verticales o temáticas (Flickr, Pinterest y YouTube).

Lo publicado este domingo sobre las redes sociales de Nadina Rivas nos muestra los pros y contras de este “mal necesario”. Se nos ha deribado otro tipo de problema por el tiempo que desperdiciamos en lo familiar, social y laboral. La Universidad de Harvard (2012) afirma que la exposición activa las mismas zonas del cerebro similar al consumo de drogas. Son nueve grandes problemas que nos causan las redes sociales: personas antisociales, soledad, intimidad, engaños, adicción, robo de imágenes, accidentes, depresión y mentiras.

Debemos ser capaces de controlar esta nueva esclavización moderna para que nuestras futuras generaciones no pierdan las habilidades psicomotrices que se pierden por depender de la tecnología que nos imponen y que aceptamos, todo por estar actualizados ante los demás.

Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com


Encuentro con las emociones

La poesía constituye una de las formas más artísticas, puras y bellas del lenguaje, requiere de un trato exquisito. La escuela salvadoreña ha olvidado su alto valor formativo y solo asoma ocasionalmente en actos culturales sin lograr sus objetivos formativos, tales como fomentar el interés por descubrir la belleza y el mensaje que un buen poema encierra, imaginar realidades diferentes a las cotidianas, disfrutar la riqueza que provee el lenguaje, establecer la comunicación de doble vía entre el lector y el autor, entre otros. La poesía debe sembrarse desde la niñez para que desde ese paréntesis de la vida se comiencen a escudriñar pensamientos, emociones y vida personal de quienes escriben, porque es importante seguir al escritor en toda su obra, su vida e historia personal, a la inversa de lo que ocurre hoy día en las aulas donde solo se conforman con escuetos argumentos. Se escribe para el alma pero a veces valoramos en exceso la mente, dejando de lado los sentimientos.

“El llamado de la poesía” es la oferta informativa de Moisés Alvarado donde bosqueja la tenacidad del escritor Vladimir Amaya en su odisea por alcanzar sus anhelos literarios. La falta de apoyo estatal al arte ha sido la norma, nuestros valores nunca han tenido el sitial que les corresponde. Estamos en los tiempos en que encontrar libros de poesía no es fácil y para cualquier poeta conseguir una editorial dispuesta a que le publique se vuelve ardua tarea, además de la falta de interés que prevalece por la lectura. La época que estamos viviendo nos ha llevado a que cada vez los humanos nos emocionemos menos, vemos más por el lado de lo superficial, aparte de que la sociedad misma se ha vuelto metalizada, vacía de sentimientos, que solo va tras el vil metal a como dé lugar; de esa manera, la poesía ya poco vende, parece género arcaico cuando en realidad está más vivo que nunca, lo frívolo predomina en la escenografía presente. El poeta auténtico no escribe para obtener premios sino para arrancarse el alma con la pluma, por eso mismo el arte poético es para pocas personas, está reservado para quienes pueden ir al encuentro de emociones, porque exudan, igual que el poeta, sensibilidad, alma y corazón.

Vale recordar algunos versos de las rimas de Becquer: “Mientras haya un misterio para el hombre, mientras haya esperanzas y recuerdos… habrá poesía”.

Julio Roberto Magaña
jrobertomasa@hotmail.com

Historias sin Cuento

HAY QUE SOÑAR SIN MIEDO

Aún era niño cuando llegó a la academia de don Valero Lecha ubicada en la segunda planta del edificio que estaba enfrente del Teatro Nacional, a un costado de la plaza Morazán. Quien lo llevó ahí fue una vecina ya mayor, artista tanto de la palabra como del pincel, que vivía a cuatro puertas de la suya, en el pasaje Rovira. Ella, quien tenía temperamento elocuente y desinhibido, le presentó a don Valero aquel joven reservado que apenas sonreía:

—Este cipote tiene pasta, pero como es natural aún no sabe lo que quiere. Tal vez usted con su ojo clínico puede ayudarle. Está escribiendo sus primeros versos, pintando sus primeras acuarelas, iniciándose en el piano de mi casa…

El maestro lo saludó con la seriedad afable que le caracterizaba, y de inmediato le dio ingreso en el ambiente, dándole las primeras indicaciones. Era ya tarde, y la academia no tardaría mucho en concluir su jornada. La vecina que lo había introducido tuvo que irse más pronto, por algunos mandados pendientes, y él se quedó ahí un poco más.

Cuando salió, la tarde estaba cayendo y era la hora justa en que iniciaba la siguiente función en el teatro inmediato que funcionaba como cine. Sin siquiera ponerse a ver qué película se estaba exhibiendo aquel día, fue a la taquilla y pagó su entrada a balcón, que era su posición favorita, porque tenía la pantalla de tú a tú.

Se abrió el telón, se apagaron las luces y surgieron los créditos del filme por venir: “Ave del Paraíso”, aquella cinta que había visto ya, con Debra Paget, Louis Jourdan y Jeff Chandler. Una historia de aventura y romance en los mares del sur. Él suspiró con fuerza: el que le tocara ver de nuevo las imágenes de aquel mundo precisamente el día en que estaba por primera vez en contacto manual con los colores vivos tenía que envolver algún mensaje.

Salió de la función cuando ya era de noche, pero el crepúsculo parecía reacio a salir de su propia escena. Eso lo animó a irse caminando hacia su casa, allá en las inmediaciones del Colegio María Auxiliadora. Cuando iba cruzando la colonia Santa Eugenia, las iluminaciones de la atmósfera nocturna parecieron acercarse hacia él, hasta tomar posiciones en el lienzo de su conciencia. Mientras caminaba, otras imágenes iban uniéndose al cortejo. Las de sus anhelos creativos incipientes, las de las historias cinematográficas más concordantes con su naturaleza de infante proclive a la adultez prematura, las de la tierra y el aire que le llegaban como presencias espontáneamente propias…

Estaba ya muy cerca de su lugar de residencia, al fondo del pasaje. Y antes de empezar a subir desde la calle de Mejicanos sintió que todo lo que vendría para él se había definido aquella tarde, al menos en el plano de las emociones, que es lo que verdaderamente importa. Allá arriba, en el cielo estrellado, había un lamparón que tenía la forma de un velero en vuelo. Y en ese instante solo pudo articular un susurro que su propia voz ya adulta le enviaba desde adentro: “Mensaje recibido…”

LOS MUERTOS NUNCA DUERMEN

Sus días estaban orgánicamente contados, y de alguna manera había que empezar a pensar en los detalles del desenlace. Lo hacía sin decírselo a nadie, aunque en algún momento sus decisiones, si es que llegaban a ser tales, tendrían que ser conocidas para que se pudieran poner en práctica.

Lo primero que le vino a la mente fue el destino de su cuerpo. En el ambiente se había ido poniendo de moda la cremación, y mucha gente optaba por ella, de seguro sin pensarlo a fondo: algunos porque eso era más práctico que un entierro y otros porque guardar las cenizas en una caja les permitía sentir que el difunto aún se hallaba ahí. Cuando se lo planteó, lo que de inmediato vino a su memoria fue el fogón de la rústica cocina de leña en su hogar campesino de otro tiempo.

No logró decidirse por ninguna de las dos opciones, y dejó en silencio la decisión a sus descendientes: Helena y Julio César. Tampoco tenía testamento formalizado, y solo de imaginar el posible reparto se le asomaban grandes incertidumbres al cristal de la mente.

Así llegó la hora cero. Paro respiratorio, que fue instantáneo mientras dormía. Ya no despertó, al menos para los que le rodeaban. El médico de cabecera certificó el deceso. Los dos hijos estaban cada uno a un lado de la cama, casi compungidos. Luego se fueron a hacer los preparativos del sepelio. Habría entierro sin misa previa, porque ambos se habían alejado de la religión. El cadáver se hallaba en la sala del velatorio, y como eran dos o tres los asistentes, nadie se percató de aquel movimiento de párpados en el rostro del difunto.
Días más tarde, los hijos fueron a arreglar con el abogado el punto de la herencia intestada. Había que repartir los bienes. Helena llevaba un retrato de su padre, como para que estuviera presente. De inmediato comenzaron las diferencias. Se fueron caldeando los ánimos, y al final cada quien se fue por su lado, y el retrato quedó sobre una silla. Y nadie se dio cuenta de que la mirada del rostro fotografiado parecía de pronto ser el reflejo de una profunda reflexión.

Ahora su cuerpo estaba bajo la tierra apelmazada y sus pertenencias continuaban en el limbo de lo indefinido.

Entonces tuvo, desde algún lugar perteneciente a su nueva ubicación en el tiempo, el impulso de tomar las decisiones que no se animó a tomar antes. Había que imaginar cómo ponerlas en práctica.

Como primera providencia, fue en busca de apoyo entre los espíritus a los que hoy tenía acceso directo.

A la mañana siguiente un fuerte temblor de tierra fracturó la colina donde se hallaba su sepulcro. Este se abrió violentamente y el cadáver voló por los aires, envuelto en una túnica de polvo. Y dos días más tarde, como por arte de magia, un incendio de grandes proporciones se desató en la colonia donde estaba su casa, arrasando con ella y con todo lo que había en su interior, que era lo más valioso que él dejara. Los hijos llegaron a ver los estragos, sin saber qué hacer.

Él, que ejercía ya como eterno insomne, lo observó todo. Hizo un gesto de aceptación de lo inevitable, y se preparó para continuar en lo suyo.

EL BAÚL DE LOS OLVIDOS

Marcó el celular de Irene y por enésima vez, luego de la cadena de timbrazos, la máquina volvió a decirle que el número marcado no estaba disponible en aquel momento. Volvió a preguntarse: “¿Qué le estará pasando que no me responde?” Y para no seguir en el enigma, se fue aquella tarde a la colonia donde vivía Irene. Conocía muy bien a la madre de ella, que fue quien salió a abrirle.

—Hola, Rodrigo, qué bien que te acercaste, porque Irene ha estado diciendo que como que la habías olvidado… No le contestás sus llamadas.

Él puso cara de sorpresa.

—¿Yo? Si soy el que la está llamando siempre y ella es la que no responde…

—Ah, qué divertido. Se están jugando la vuelta.

—¿Ahora no está?

—Creo que ya va a venir porque ya es la hora. Entrá para que la esperés.

Ahí se estuvo hasta que cayó la noche. Irene no aparecía. Entonces se regresó a su casa. Cuando llegó, su hermana le dijo:

—Aquí ha estado Irene, esperándote. Se acaba de ir.

Él se quedó en vilo. ¿Qué quería decir aquel jueguito de desencuentros? En los días subsiguientes no hubo posibilidad de comunicación por ninguna vía. Y tanto él como ella se preguntaban por su cuenta: “¿Será que en algún lugar están escondidas las respuestas a lo que pasa?”

No lo sabrían nunca, porque por alguna coincidencia anímica, que podía venir de lo más profundo de sus ancestros, la suerte de ambos estaba guardada en el baúl de los olvidos.

Los niños de la guerra del Triángulo Norte

Emigración

Ellos luchan por vivir en México

En el camino a convertirte en adulto hay que pasar obstáculos, levantarse de tropezones y adversidades que solo con la madurez que se espera del paso de los años se podrían resolver. Pero no para todos es igual. Jorge creció de golpe. A los ocho años dejó de ser niño. La infancia lo abandonó.

Ese día decidió tomar la mano de su tío en una de las calles de la Rivera Hernández, en San Pedro Sula, Honduras, y salió a probar una bicicleta. Después de varias cuadras de recorrido y algunos minutos, a ambos les dio sed y decidieron pasar a una tienda por una bebida. Ahí, justo en ese recuerdo de un día normal en apariencia, se detiene la memoria de Jorge. Dos jóvenes miembros de una pandilla los estaban esperando. Cruzaron frente a la tienda en bicicletas, sacaron sus armas y dispararon hasta que vieron caer a su tío. Jorge se desmayó al instante y despertó con el peso encima del cuerpo inmóvil de su familiar.

Después de ese día, en el lapso de los siete años siguientes, asesinaron a su padre, y un hermano mayor ingresó a una pandilla; envolvió y repartió droga y después le pidieron asesinar a otro integrante de su familia. Su vida cambió de nuevo ante tal petición. Algo sucedió: se negó.

“Bueno, en ese entonces no me negué, pero… me tuve que venir (a México) porque incumplí una regla y me podían matar”, relata Jorge, actualmente de 16 años, a EL UNIVERSAL. Después de ese momento, sin pensarlo dos veces, le avisó a su tío sobre el plan de la pandilla, tomó un cambio de ropa y huyó a México. Solo y sin decir adiós.

“Toda mi vida anterior no la quisiera recordar… Pero son cosas que han pasado. No digo que lo pueda olvidar, pero sí lo puedo sacar de mi cabeza un momento”, explica Jorge, quien está en espera de una respuesta al proceso iniciado para ser refugiado en México.

Migrar o “caer en las garras de ellos”

En los últimos cuatro años, el número de solicitudes de refugio en México por parte de menores no acompañados provenientes del Triángulo Norte –Honduras, El Salvador y Guatemala– se incrementó 350 %: en 2013 fueron 65 menores originarios de esas naciones quienes pidieron refugio en nuestro país; en 2016 la cifra llegó a 229, según datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR).

Esta cifra es realmente baja si se compara con el movimiento migratorio de estos países registrado por el Instituto Nacional de Migración (INM): de 2010 a lo que va de este año se han presentado ante la autoridad 66 mil niños que viajan sin algún familiar responsable de ellos, a 99 % los han regresado a sus países de origen. En 2013 fueron 5,562; 2014, 10,711; 2015, 20,347, y en 2016 se redujo un poco, a 17,530.

En ese contexto, en 2006 la Red de Módulos de Tránsito para Niños Migrantes del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) registró 262 niños del Triángulo Norte, mientras que para 2016 cruzaron la frontera 18,998. La cifra llegó a miles en 2010: 3,028, y se fue incrementando de a poco hasta 2014, que alcanzó 13,639.

Llegar a uno de estos lugares significa tener un conocimiento de la ruta, pero la mayoría de quienes huyen de su país, como Eduardo, salen sin rumbo y sin pensar en regresar: “Si volvía iba a caer en las garras de ellos”.

Más . En 2013 fueron 65 menores originarios de esas naciones quienes pidieron refugio en nuestro país; en 2016 la cifra llegó a 229, según datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR).

Eduardo se encuentra en el mismo proceso de refugio. En los tres meses que lleva en México ha hablado con su familia cada semana, pero no les ha dicho por qué huyó. Él trabajaba en la ciudad de San Pedro Sula arreglando fallas mecánicas y tenía que entrar y salir de barrios gobernados por pandillas. Lo quisieron forzar a trabajar con ellos, no aceptó y recibió amenazas de que si lo volvían a ver por ahí lo mataban a él y a su familia. Regresó a casa, lo pensó unos días, tomó una mochila y huyó con la idea de ir a Estados Unidos.
La cifra de menores no acompañados que han llegado a Estados Unidos cruzando por México, solo de 2014 a 2016, es de 168 mil. Eso quiere decir que de 2014 a 2016, sumando los registros de ambos gobiernos –estadounidense y mexicano–, por lo menos 216 mil niños, sin ningún familiar ni apoyo, fueron mandados a la fuerza por sus padres o simplemente huyeron sin avisar, para lograr una mejor vida: 72 mil al año, 196 al día, 5,901 al mes.

Fue 2016 el segundo año en que la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos detuvo a más migrantes no mexicanos. El otro año fue 2014, que fue marcado como “crisis humanitaria” por el entonces presidente estadounidense, Barack Obama, al ver la cantidad de niños centroamericanos que llegaban solos a su país. En 2014 la Patrulla Fronteriza detuvo a 68 mil menores; para 2015 la cifra bajó 39 mil, pero en 2016 creció de nuevo a 60 mil.
El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha declarado que si los migrantes supieran de la posibilidad de pedir refugio, el número aumentaría radicalmente. En cifras totales, México ha recibido 19,188 solicitudes de 2013 a la fecha, y solo a 4,910 se les ha concedido el título de refugiado. De ellas, 90 % provienen de Honduras, El Salvador y Guatemala.

En 2017 las cifras de menores no acompañados presentados ante el INM es mucho menor. En los primeros cinco meses del año se registraron 2,595 menores, lo que representa 14 % del año anterior y la primera vez que decrece el flujo migratorio de este grupo.

“Se observa que ha habido una disminución (del flujo migratorio). Incluso visualmente es evidente. En los albergues también ha habido una disminución. Hay un dato interesante y es que si bien es cierto que el número de personas que han ingresado ha disminuido, no hemos registrado esta misma disminución en el número de solicitudes de asilo. Más bien ha habido una disminución en la brecha de personas que entraban a México y no solicitaban asilo”, explica el coordinador de las oficinas de Terreno de ACNUR en México, Rafael Zavala.

A la mitad de 2017, la COMAR registra más de 6 mil solicitudes, casi el total de todo el año pasado. ACNUR estima que a fin de año el número de solicitudes ronde las 16 mil, el doble que el año pasado.

Esta situación también se ve en los niños no acompañados: van 115 peticiones de refugio de parte de estos tres países, un poco más de la mitad de las que hubo el año pasado. Expertos explican que en verano es cuando se da la mayor cantidad de movimiento migratorio, así que esperan que el número siga en aumento.

Jorge le avisó a su tío que lo querían matar, él le dio un poco de dinero y le dijo que se fuera. Analizando la situación, dice que no tenía opción: era ser pandillero o ser asesinado por una pandilla. Narra que él decidió meterse a las pandillas luego de que a su hermano lo asesinaran por haberse enamorado de una muchacha que estaba en la banda rival. “Un amor imposible”, lo define.

A los meses de haber huido de su país, Jorge llamó a casa y le dijeron que al tío al que alguna vez le encomendaron matar había sido asesinado. Explica con una sonrisa, cada vez que habla de un tema violento, que así tenía que ser. Para él, salir de su país como salió, de improviso, con violencia, es una nueva esperanza de vida.

Otra vida. De 2010 a la fecha, 32 mil guatemaltecos menores de edad no acompañados migraron a México en busca de mejor vida.

Guatemala: los niños en busca de un sueño inalcanzable

Aquí se empezó a contar a los niños que se quedan, porque nadie contó antes a los que se fueron. En el municipio de San Lázaro, Guatemala, saben que hay 26 casos de niños en desprotección. Que 32.6 % de la población vive en pobreza extrema, y el resto, en pobreza general. Que tienen a 6,323 niños, niñas y adolescentes estudiando. También, que de esos estudiantes, 48 % tiene desnutrición crónica.
Que abril y mayo son los meses en que más niños se van, y que al llegar el verano, se van los demás, los que quedan.

Se sabe que ahora se van más niños. De los siete casos que tienen registrados en los primeros meses de 2017, seis tenían entre 0 y 13 años, y solo uno estaba entre 13 y 18.
Actualmente, 45 % de la población de San Lorenzo está en Estados Unidos. Y casi todos se han ido, y se siguen yendo, de San Lorenzo, con edades de entre nueve y 14 años.
Un día lluvioso en las montañas de San Lorenzo, los líderes de la comunidad deciden abrir un camino más amplio para el paso de las camionetas en las “carreteras” circulares –caminos de terracería– que hay para conectar a la comunidad. La escena se dibuja con un operador de una máquina excavadora y unas 15 personas dándole indicaciones para no caer por la barranca o para que no jale tanta tierra debajo de una casa que quedará flotando como parte del camino.

La mano de obra tiene un promedio de edad de 40 años. No hay jóvenes. Todos tienen algo en común: Estados Unidos. Son deportados de EUA; regresaron de allá o mandaron a sus hijos a la nación estadounidense. De hecho, las mejores casas de la región son de aquellos que siguen fuera de Guatemala. Sin habitar, pero con “lujos” que sobresalen en relación con el resto, como techo de cemento y no de lámina.

Ángel Agustín Marroquí, representante del presidente del Consejo de Desarrollo Comunitario, también vivió en el vecino país del norte por más de 20 años antes de ser deportado. En el primer año de haber migrado, tuvo sus zapatos de cuero y una chamarra. Tenía 14 años y pagó a un pollero 9 mil quetzales (unos 20 mil pesos). Le prometieron camiones de primera y hoteles, en cambio comía una vez al día y estuvo encerrado una semana en una bodega. Antes de él se habían ido a EUA otros tres de sus hermanos: “Hay cosas que uno requiere de niño. Uno sueña de niño…. El factor (negativo) que hay aquí es que no hay recursos. Uno desea… ¿verdad? Y más cuando escucha que Estados Unidos es un país superado, que hay trabajo, que ahí uno se puede superar. De ahí uno dice: ‘Mejor me voy’”.

No hay un cálculo certero sobre cuántas personas ha cruzado el pollero de la comunidad. Solo saben que desde que comenzó a hacerlo, los pisos de su ferretería han crecido, ahora tiene cinco. La gente en la comunidad pide préstamos o da su terreno para poder pagar el viaje. En los tiempos de Ángel eran 9 mil quetzales, ahora la tarifa va de 75 a 90 mil quetzales, de 180 a 215 mil pesos.

La mayoría tiene familiares en EUA

“La primera vez fue en 1995. Íbamos como 70 personas, la mayoría jóvenes entre los 14 y 20 años. De los 70 que fuimos, aproximadamente 40 terminamos el viaje. Todos llegamos a Florida para la pizca de tomate. Pienso que 80 % de la gente de San Lorenzo tiene uno o dos, hasta tres familiares en Estados Unidos”, dice el alcalde municipal de San Lorenzo, Josué Tema Corona, quien también fue cruzado por el famoso coyote de la comunidad.
De 2010 a la fecha, 32 mil niños guatemaltecos no acompañados han cruzado hacia México en busca de un mejor futuro. Otros 18 mil fueron interceptados por la patrulla fronteriza en los nueve puntos de control en la frontera sur con México. 2015 fue el año con mayor número de detenciones por parte de migración: 11 mil. En 2016, el número de niños y adolescentes que pasaron por Guatemala aumentó 745 % respecto al año anterior y de ellos 36 % eran no acompañados. “Se van por varios factores. Muchos por la pobreza y la falta de empleo. Por supuesto las pandillas, los grupos organizados han querido hacerse de las suyas y apoderarse de Guatemala. Si nosotros vivimos 29 años de guerra interna. Pienso que eso se terminó en la montaña, pero se fueron a la ciudad”, explica el alcalde municipal de San Lorenzo.

El desplazamiento de las pandillas salvadoreñas se extendió a Guatemala. Se concentran en las principales ciudades, lo que es notorio en las cifras de incidentes delictivos, puesto que en ellas se registraron 37 % de los homicidios y 50 % de los heridos en hechos violentos en 2016. Uno de los peores años de violencia fue 2008, cuando la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes era de 46, mientras que en 2016 fue de 27.3, según los datos de la Secretaría Técnica del Consejo Nacional de Seguridad.

Ciudad de Guatemala vive una ola de violencia y se sabe que las pandillas dominan zonas metropolitanas; a pesar de ello, hondureños y salvadoreños llegan desesperados a buscar refugio, “aunque sea ahí”. De 2014 a la fecha la solicitud de refugio en Guatemala aumentó 276 %. En 2016 había 300 refugiados, la mitad de ellos de El Salvador y 11 % de Honduras, 21 % del total, menores de edad. México ha recibido, de 2013 a la fecha, 58 solicitudes de refugio de niños guatemaltecos no acompañados.

***

“Me vine porque nos iban a hacer algo”

A Saúl le dijeron que se iba de vacaciones a Guatemala. Dejó la escuela, tomó varios juguetes y con su familia, padre, madre y hermana menor, salieron por la noche de San Salvador, El Salvador. Saúl tiene cinco años y no ha dejado de escuchar a sus papás decir que huyeron, por lo que cuando alguien le pregunta qué hace en Guatemala, él responde: “Me vine porque si no me iban a poner algo… porque si no nos iban a hacer algo. Y nos venimos aquí…” Pero realmente no sabe que su papá se enamoró de la persona incorrecta o que al menos eso consideran los pandilleros. Raúl es de otra colonia, pero conoció a su esposa y se fue a vivir con ella. Al principio nadie le decía nada, pero por movimientos de control del barrio, las cosas cambiaron de un día a otro. Raúl llevaba a su hija menor en brazos y regresaba a su casa junto con su esposa –después de dejar a Saúl en la escuela– cuando dos pandilleros le dijeron que se fuera y que no lo mataban porque traía cargando a su hija.

El plan original era irse hacia EUA o a México, pero el dinero no fue suficiente y decidieron quedarse en Guatemala. “Primero queríamos ir hasta México, pero por la escasez de recursos económicos llegamos hasta acá. Han estado amenazando a otros. Después de que salimos mataron a otro muchacho que no quiso salirse de su casa”, cuenta Raúl.
Países como Costa Rica, Panamá, Nicaragua y Belice han empezado a recibir solicitudes de refugio por parte de estos países.

A unos metros del río Suchiate, frontera con México y Guatemala, vive Édgar, de 22 años, quien desde hace cuatro años cruza a la gente de un país a otro por 15 quetzales. Su horario es conforme a demanda. Siempre hay que estar pendientes de los coyotes que empiezan a llegar después de las 8 de la noche y hasta las 3 o 4 de la madrugada. Dice que ha visto de todo y que últimamente hay menos personas cruzando, pero que hace poco vio a un niño-coyote. “Tenía unos 16 años, llevaba ocho personas. Y estuvo pasando gente como un mes por acá”.
Arriba de donde ellos cruzan está el puente de Migración, pero dice Édgar que nunca ha tenido problemas cruzando gente, aunque por lo menos dos veces al día bajan algunos oficiales mexicanos y aleatoriamente seleccionan gente para extorsionarlos y dejarlos pasar “por unos 200 pesitos”. Una vez llegó hasta Oaxaca con amigos, con la idea de llegar a Estados Unidos. Regresó porque a todos los agarró Migración. En ese ir y venir fronterizo, Édgar ha visto rostros familiares intentar cruzar una y otra vez. Quizá un día se vaya para no volver, como la corriente.

Huir. La violencia generada por pandillas orilla a menores de edad a huir de El Salvador. A partir de 2014 el promedio de deportados pasó de 25 en una semana a 100 al día.

El Salvador: nacen sin infancia

“Hoy en día en El Salvador a los niños de ocho o 10 años ya no se les puede decir niños. Ellos nacen así, sin infancia, ven la realidad como está y se acoplan a lo que les toque. Ingresan a una pandilla o se van. No tienen más caminos. El país no genera un ambiente donde ellos puedan crecer de una manera diferente”, dice contundente “el Mago”, exlíder de la pandilla 18-R de la zona rural del municipio de San Pedro Masahuat, en El Salvador. Él no pudo hacerlo, pero afirma que de haber tenido la oportunidad, cuando tenía 10 años, habría hecho lo que hoy hacen muchos: huir.

Cuando tenía la edad en la que un niño debería estar tendiendo la cama, recogiendo el desayuno, levantándose y yendo a la escuela, Henry lidiaba con unos pandilleros de la MS de 14, 17 y 21 años que le quitaban dinero y la comida que llevaba a la escuela. Un día se cansó y decidió acusarlos con su tío. “En un hombre se veía mal que anduviera poniendo queja, así que lo que me dijo fue que me defendiera como yo pudiera”. Así que al otro día, junto con otros tres compañeros, fue a donde estaba uno de aquellos pandilleros que lo molestaban… Entre los tres le encajaron un picahielo.
Ahí todavía no era pandillero.

—¿Lo mataste? –pregunto a “el Mago”.
—No, solo quedó herido. Como estábamos pequeños, no logramos eso. Solo pasó unos 10 meses mal –responde.

Por esa razón Henry huyó a otra comunidad a trabajar en un taller mecánico. En el barrio al que llegó dominaba la 18 R, la banda rival. A los meses de estar ahí se le fueron acercando y, poco a poco, se fueron convirtiendo en su familia. A los 12 años le comenzaron a llamar “el Mago”. En su primera misión regresó a su barrio de origen para atacar a la banda rival. En esos años, cuenta, no era tan común que hubiera muertos, pero esa noche hubo cuatro. Fue para él algo “mágico”.

A partir de ese día “la magia” se extendió por largo tiempo. Hoy tiene 31 años y 14 impactos de bala en el cuerpo, nueve de ellas permanecen aún en su cuerpo. En 2006 eran 65 los que controlaban con él la zona, ahora de ellos solo quedan nueve, los demás están muertos.

Un pandillero menos, de entre 60,000

Hoy Henry pasa la mayor parte de su tiempo en la iglesia. Salió de la pandilla y es colaborador activo de la Asociación para la Promoción de los Derechos Humanos de la Niñez en El Salvador, que actúa en las comunidades La Divina I, II y La Tekera interviniendo en ataques internos.

Se calcula que en este país hay alrededor de 60,000 pandilleros. El promedio de homicidios por cada 100,000 habitantes en 2015 fue de 104, en 2016 de 81. De 2005 a 2016 fueron asesinados más de 7,000 niños, 700 al año, 58 al mes y dos al día, según datos del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y estadísticas del Gobierno de El Salvador. De 2010 a 2017, 14,000 menores no acompañados provenientes de aquel país han intentado llegar a Estados Unidos cruzando México; solo en 2016, un total de 17,000 fueron detenidos por la patrulla fronteriza. El Consejo Nacional de la Niñez y la Adolescencia (CONNA) tiene solo un conteo de la migración de niños cuando son retornados, es decir, no sabe cuántos se van. En sus cifras, en 2015 hubo 3,587 casos de niños no acompañados y en 2016 fueron 1,949. De 2013 a la fecha, 202 niños salvadoreños solicitaron refugio en México.

“Las tres grandes motivaciones en el caso de niños y adolescentes migrantes son: la reunificación familiar, la búsqueda de oportunidades y la violencia. La crisis nos sorprendió a todos en 2014. Antes de ese año la cantidad de niños, niñas y adolescentes era muy poca. Estábamos recibiendo a 25 niños a la semana. En 2014 llegamos a recibir a 100 niños en un día”, detalla Vanessa Martínez, subdirectora de Defensa de Derechos Individuales del CONNA.

Las instituciones gubernamentales no encuentran explicación razonable sobre cómo de un año a otro creció tanto la migración de niños. “Desconocemos las causas. Sin embargo, hay situaciones sociales que nos están alertando sobre la complicada situación de la niñez y adolescencia”, reconoce la subdirectora de Protección de Derechos del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia, María de la Paz Yañes.

De 2000 a 2016, la Policía Nacional Civil de El Salvador tiene registradas 33,000 denuncias por extorsión atribuidas a pandillas. Entre esos casos está el de Luis, quien no sabía por qué un señor le tomaba de la mano a las 3 de la mañana y su madre se quedaba viéndolos irse. Tampoco entendía por qué, en las últimas semanas, su mamá le tenía prohibido salir al patio de la casa, a la tienda y mucho menos lo dejaba jugar en la calle. Él cuestionaba, pero al final obedecía. Tampoco escuchó cuando aquella noche una botella de cristal se quebró en la pared de su casa y cómo el ruido hizo que su madre fuera a ver qué pasaba. De primer momento no vio nada, pero regresando escuchó al perro comer algo. Era un papel. En lo que se alcanzaba a ver en el papel mordido por el perro, había un mensaje claro: si no pagaban el dinero, el niño pagaría las consecuencias. Días antes de ese hecho, el papá, migrante en EUA, le había alertado a Gloria, madre de Luis, que la 18 R le había marcado para pedirle $4,000; si no, su hijo iba a morir. Tenían datos de toda la familia.

A semanas de la partida de Luis con otro joven que iba rumbo a EUA, hubo un cateo por parte de la Policía y el líder de la 18 R murió y tres miembros fueron llevados presos. El niño se aprendió el teléfono de su papá. Llegando a EUA, el otro joven dejó a Luis donde su papá lo pudiera ver. Veintidós días después de que su madre lo dejó ir de madrugada, él estaba con su papá del otro lado del río.

“Es incontable la gente que se va para allá. Se van porque las pandillas tienen su territorio y si una persona no pertenece a una pandilla, pero ellos creen que esa persona los ha denunciado con la autoridad o les causa un daño, la matan, la desaparecen, la entierran, como sea”, dice Henry, “el Mago”, quien usa manga larga a pesar de los más de 30 grados que hay cerca de la costa de El Salvador.

En sus brazos y todo el cuerpo se puede ver la marca de la 18 R de varias formas: sumando seises, en número romanos, en cursivas o en negritas. Está consciente de que su pasado no lo puede cambiar. En los últimos meses la policía lo ha detenido dos veces. Lo golpean, le quitan su dinero y esperan que hable. Él sabe que es un afortunado. Casi nadie llega a los 31 años con una historia como la suya en El Salvador. Sabe que tiene que actuar todos los días, porque ya vivió demasiado. “Me pueden matar ahorita mismo o mañana, da igual”.

Una pregunta le taladra la cabeza: ¿por qué la violencia? Piensa constantemente en que le hubiera gustado huir cuando era pequeño. Ahora le toca cubrir su pasado con una camisa. “Antes a las pandillas las calificaban de antisociales, ahora como terroristas. La antisocial es la gente que te aparta y te margina. Eso sí es lo que genera más violencia”, concluye “el Mago”.

La muerte los persigue. En 2016 fueron asesinados más de 600 menores de edad en Honduras; de 2013 a la fecha, 321 entraron a México para solicitar refugio

Pandillas: la pesadilla de los niños en Honduras

“Es más fácil entrar a una pandilla que encontrar trabajo”. Lo dice enojado, decepcionado. Sabe que si esa no fuera su realidad, sus hijos –de 16 y 17 años– no estarían cruzando México en este mismo momento, guiados por un coyote que él pagó para hacer posible que llegaran a Estados Unidos.

“El promedio de vida aquí está en 15, 16, 17 años. Si logran pasar los 25, ya es una superbendición. Los de 18 a 23 años están presos y el promedio de 14 a 17 están muertos”, explica León, habitante del barrio bravo Rivera Hernández. Unos cuantos meses atrás mandó a su hijo menor de 13 años por la misma ruta.

Para explicar la situación a la que están expuestos sus hijos, se refiere al parque que se construyó hace dos años en el centro de la colonia. El espacio recreativo se creó en esta colonia de la municipalidad de San Pedro Sula con dinero del Gobierno bajo la idea de “devolver la distracción sana para la familia y a la vez recuperar por completo los espacios recreativos”, según el director de Prevención de la municipalidad en 2015.
Pero la realidad es otra. El parque está controlado por una de las siete pandillas que hay en los 39 barrios de la zona.

“Hacen un parque en el centro de la Rivera Hernández sabiendo la crisis que hay, sabiendo la violencia que hay, sabiendo la inseguridad que hay. Se ponen a hacer parques donde nadie va a llegar. Porque ninguna persona de esta colonia va a ir al centro de la Rivera Hernández, a ese parque.

“Es mentira, los gozan los mismos de ahí, no lo gozan las demás colonias. Si un niño que es de aquí va hacia allá, y saben que es de esta colonia y lo miran allá, en la Rivera, y además tiene un promedio de edad de entre 14 a 17 años, aparece después en un saco, ahí, embolsado. Si va uno de 10 a 12, viene golpeado, maltratado psicológicamente, con el temor de que no puede volver a ir ahí”, detalla León.

Por un momento hay un silencio. Detrás pasa un niño moreno, de unos 10 años. Va montando una bicicleta roja. Lleva paso lento, observa. Los vecinos de la Rivera lo señalan con los ojos. “Ese guarito que está ahí, él ya está amarrado. Tiene tres hermanitos que también van para allá. Él ya ha matado. Yo lo he visto contar sus asesinatos y reírse mientras lo cuenta”, narra uno de los vecinos reunidos afuera de una tienda.

Para muchos de ellos el simple hecho de haber nacido en ese lugar los convierte en pandilleros. Los coloca en posición de rivales de personas que ni siquiera conocen.
“El adolescente es el que corre más peligro. Mi hijo no podría irse a buscar novia por allá (señala detrás de la barda). Hay noviazgos que son fugaces. Corren el peligro. Son acechados. Cuando te digo que estoy bien es que no oigo, no veo ni hablo. Hemos visto casos donde levantan gente, pero no puedes hacer nada”, cuenta Raúl.

Los peores años de violencia en el país centroamericano parece que ya pasaron. En 2011, según datos de la Secretaría de Seguridad Pública Nacional de Honduras, por cada 100,000 habitantes había 86.47 homicidios. El dato convirtió ese año en el más violento. Después de ese tiempo, cayó poco a poco la violencia hasta llegar a 2016, con una tasa de 59 homicidios por cada 100,000 habitantes. Dos de las 10 ciudades más peligrosas del mundo están en Honduras: San Pedro Sula y Distrito Central.

En 2016 hubo 5,154 asesinatos, de los cuales 624 fueron estudiantes de secundaria. En ese mismo año, 300 maestros pidieron cambio de escuela por amenazas de niños pandilleros. Les hacen llegar notas pidiendo que los pasen de año o mejorar calificaciones; de no hacerlo, él y su familia serán amenazados. En lo que va del año, 33 niños han sido asesinados.

Los desplazados

En 2015 el Gobierno de Honduras dio a conocer, mediante la Comisión Interinstitucional para la Protección de Personas Desplazadas por la Violencia (CIPPDV), que al menos 174,000 personas habían sido desplazadas de sus lugares de origen por la violencia.

Al cierre de 2016 había 35,000 solicitudes de refugio de hondureños pendientes en distintos países. De 2013 a la fecha, 8,271 hondureños han solicitado refugio en México; solo 23 % de ellos lograron su objetivo. Mientras que en ese mismo período, 321 niños no acompañados hondureños han llegado a territorio mexicano pidiendo refugio y solo una tercera parte de ellos logró que le otorgaran el estatus de refugiado.

Al año, la población de Honduras paga $200 millones en extorsión, según la Fuerza Nacional Antiextorsión. La tasa de seguridad, impuesto aplicado desde 2013, tiene disponibles $600 millones para la seguridad de los ciudadanos. En 2015 se gastaron más de $200 millones en seguridad privada. Eso quiere decir que la sociedad hondureña gasta al año casi $1,000 millones en su seguridad y no ve buenos resultados.

“En Honduras hay poco menos de 4 millones de niños, de un total de 8.7 millones de habitantes. Sin embargo, 1.3 millones de niños que deberían estar en la escuela no asisten a centros escolares; 23 de cada 100 niños presentan desnutrición; 25 de cada 100 adolescentes están embarazadas”, dice José Guadalupe Ruelas, director de Casa Alianza en Honduras.

La situación ha provocado que niños no solo no encuentren oportunidades de desarrollo personal y de protección, sino que se sientan también en la más completa indefensión. El núcleo familiar comunitario no tiene posibilidad de protegerles. Hoy en Honduras hay más niños fuera del país que en las calles.

“El nivel de desprotección se ha ido profundizando. Hoy tenemos alrededor de 15,000 niños viviendo en las calles en Tegucigalpa y San Pedro Sula, y cada año se van más de 20,000 del país, huyendo de la pesadilla de Honduras”, describe Ruelas.

Las cifras de educación en el país centroamericano hablan por sí solas. El Sistema de Indicadores Estadísticos Educativos indica que 98.8 % de los niños de entre seis y 11 años va a la escuela, pero después de eso, solo 48 % asiste a la secundaria, y a preparatoria solo 25 % de los menores entre 15 y 17 años.

“Tenemos un serio problema con las pandillas, tanto que ni siquiera sabemos cuántas son. Según la Secretaría de Seguridad, son 30,000; según UNICEF y el Programa de Prevención de Pandillas, son 4,728. ¿Cómo sacas una media entre las cifras?
“Vivimos de creencias, percepciones. Entonces, el Gobierno dice que el año pasado los homicidios bajaron 30 %, pero también dice que en 2016, en todo Tegucigalpa, solo hubo un asalto en autobús y robaron únicamente a cuatro personas. Con esas cifras oficiales, ¿cómo justificas un esquema de seguridad?”, cuestiona el director de la casa hogar.

“Me voy pa’ México, pa’l América”

Carlos es uno de los niños deportados que buscan seguir su vida en Casa Alianza. Ha cruzado a México seis veces en los últimos tres de sus 16 años de vida. La primera lo hizo con su hermana luego de que su madre murió de VIH. En ese viaje conoció México, se enamoró de él y decidió no acompañar a su hermana, quien ahora está en Boston.
Dos meses después de eso fue deportado por las autoridades de Migración. De ahí ha ido y regresado de México con el afán de jugar fútbol en el club América. Enumera las ciudades que conoce: Tenosique, Tapachula, Veracruz, Monterrey, Tijuana, Guadalajara, Toluca, Puebla y “deefe”. “Uy, conozco más que tú”, dice mientras sonríe.

El célebre jugador argentino Lionel Messi es su jugador de fútbol favorito, pero habla también de los mexicanos Carlos Vela, “Chicharito” y Guillermo Ochoa.
Cuando explica la ruta de migración, lo hace con mucho detalle. Habla de Los Zetas, de La Bestia y de lo bello que es el “deefe”.

Describe su ruta migratoria: “De aquí (Tegucigalpa) para Puerto Cortés, mi departamento, me fui para la frontera, cruzo para Guatemala, de ahí me voy para Ruidosa, de ese lugar me voy para Santa Elena, de ahí cruzo. ¿Cuál frontera elige, la de Tenosique, Palenque? Yo me fui por Palenque. Después de Palenque estuve caminando como 12 horas”. En las últimas dos veces que ha cruzado cuenta que se ha llevado gente que no sabe la ruta, la primera vez fueron dos y luego cinco: “Yo me llevo a cualquiera que no conozca el camino, ¡sin cobrar, eh!”.

Dominando el balón con los pies cubiertos por unos calcetines, piensa en el día que renacerá. Habla sobre el balón y cómo lo arrastra con los pies teniendo el control de su destino. “Yo acá me quedo un mes más y me voy pa’ México”.

El llamado de la poesía

Educación. Vladimir lee un poema de su libro “Tufo” a alumnas del Instituto Nacional Francisco Morazán, en San Salvador. Tras ello, responde preguntas de las adolescentes.
La obra. Vladimir posa con sus libros de obra propia y antológicos, que han sido publicados en sellos como la DPI, Índole Editores, Zeugma, Laberinto y Equizzero.

“Tengo la sensación de que timé a mi familia. Bien hubiera podido ser un doctor, un abogado o un comerciante, algo que me diera ingresos fijos, algo que me permitiera independizarme de la casa de mi madre. Pero les salí poeta”, comenta Vladimir Amaya frente a un grupo de estudiantes del Instituto Nacional Francisco Morazán, para las que ha llegado a leer su quinto libro de poemas, “Tufo”.

Lo hace mientras comparte, por tercera vez en esta semana, su obra con jóvenes de educación media, que dentro de un momento lo acribillarán con preguntas relacionadas, sobre todo, con el milagroso hecho de hacer poesía en El Salvador.

Son las palabras expresadas por la misma persona a la que voces tan importantes como las de Miguel Huezo Mixco, Otoniel Guevara o David Escobar Galindo consideran una de las mejores plumas de la Centroamérica actual, el llamado a inscribir su nombre con letras doradas en la tradición de la gran poesía latinoamericana.

A sus 32 años, Vladimir puede jactarse de que su nombre está inscrito al frente de al menos una treintena de volúmenes. Ocho de ellos corresponden a su obra poética original, una que comenzó con “Los ángeles anémicos” (2010), reflexión en verso de los dos extremos que moldearon su fe: una madre católica hasta los tuétanos y un padre que se declaró ateo “a los 14 años”, según el mismo lo cuenta.

Luego han venido otros títulos que comparten con el primero una característica primordial: una unidad en tono, atmósfera y tema que no admite concesiones. En una época en que la poesía y el arte en general se han inclinado por el signo de la divagación, la apuesta técnica de Amaya es una declaración de rebeldía. Una que se funda en el rigor.

El mismo rigor que le ha aplicado a una de las facetas por las que es más conocido: la de antologador. O, si se permite la licencia, de arqueólogo de la cultura, uno que bebe de las más variadas fuentes para ordenar, sistematizar y actualizar el corpus de la poesía que se ha escrito en El Salvador, y hacerlo para un nuevo público, uno que quizá todavía ignore la magnitud del esfuerzo.

Un esfuerzo en el que dialoga y critica a esa lista de grandes autores, de grandes títulos a los que se debe leer. Ese corpus que se conoce como canon, que, según la historiadora Elena Salamanca, fue instaurado en la década del treinta del siglo pasado. Así, Amaya incluye, por ejemplo, a autores que hablaron de la masacre del 32 apenas unos años después de ocurrida.

Hasta el momento, Amaya ha publicado seis títulos en los que reúne la obra ajena de sus compatriotas de todas las épocas. El primero de ellos fue “Una madrugada del siglo XXI” (2010), una suerte de carta de presentación de los poetas que integran su misma generación. Allí asomaron la cabeza algunos de los nombres que hoy definen la poesía que se escribe en El Salvador, como Mario Zetino.

Pero ninguno es tan ambicioso como “Torre de Babel”, al que le ha colocado el curioso subtítulo de “Antología de la poesía salvadoreña joven de antaño”.

Un edificio de libros. Los 18 tomos de “Torre de Babel” inician con un prólogo, “El exordio oscuro”, que ocupa todo el primer volumen de la colección.

Dieciocho tomos en los que rescata a los escritores que nacieron incluso cuando esta parcela de tierra no era llamada aún El Salvador, como Isaac Ruiz Araujo, considerado como el primer poeta lírico en la historia nacional. Para esa parte, la más alejada en el tiempo, sus fuentes principales, como lo declara el compilador, fueron las dos más antiguas antologías de la producción nacional: “Guirnalda salvadoreña” y “Parnaso salvadoreño”. Pero su mayor aporte para ese periodo es, quizá, la inclusión de dos autoras mujeres que ya no estaban en el mapa: Antonia Galindo y Ana Dolores Arias.

Lo mismo pasa en los siguientes tomos. Las autoras femeninas ocupan un 30 por ciento del espacio total. Un porcentaje importante teniendo en cuenta la sociedad en la que desarrollaron su obra, una en la que el talento femenino ha sido tradicionalmente suprimido.
La muestra llega hasta los poetas nacidos en las últimas dos décadas del siglo XX, a los que agrupa en “Los huérfanos grises”, donde la mayoría de autores son mujeres.

“Torre de Babel” es, sin duda, la más completa compilación de poesía que se ha hecho en toda la historia de El Salvador, que bebe de todos los trabajos precedentes. Pero no solo eso: también va a las fuentes originales y rescata nombres que el olvido y el polvo parecían ya tener atados en sus dominios.

“Lo que puedo decirte es que es un esfuerzo titánico, ese adjetivo le viene bien. Un esfuerzo en apariencia inconmensurable que se hizo conmensurable porque él lo pudo reunir a través de varios tomos”, comenta Elena Salamanca, quien también ha sido incluida en las antologías.

 

Un esfuerzo de un solo hombre

Para erigir su edificio, en el que caben cientos de autores, Vladimir Amaya no contó con más que con él mismo y los días y noches que le dejaba libres la carrera de Licenciatura en Letras.

En este restaurante de San Salvador, Amaya recuerda cómo fue esa aventura, una que justo en 2017 cumple 10 años de iniciada. Jornadas y jornadas enteras de búsqueda en pequeñas bibliotecas municipales o en antologías ya olvidas y que solo se conocían en la ciudad en la que fueron compuestas, o en las más variadas publicaciones periódicas de los pasados dos siglos. Allí encontró poetas populares que eran conocidos solo en sus lugares de origen, como Sonsonate y Morazán.

Cuando los celulares con cámaras aún no eran tan accesibles, Amaya tuvo que echar mano de lo más básico y barato: lapiceros y un cuaderno para anotar, de su puño y letra, cientos y cientos de versos. Luego, al llegar a casa, los transcribía en su computadora. Así se fue haciendo de un envidiable material, que, por cierto, solo en un pequeño porcentaje ha sido publicado en “Torre de Babel”.

Quizá la tarea más ardua fue la de compilar lo que estaba fuera del centro. Ir hasta bibliotecas de Morazán o de La Unión lo más temprano posible para aprovechar el día. Salir de madrugada en los buses interdepartamentales pagados de su propio bolsillo. Regresar hasta muy tarde, inseguro de que hubiera podido recopilar todo lo posible en esta visita. Volver y volver hasta estar satisfecho. Luego, sí, vino el celular con cámara o la cámara fotográfica accesible para ahorrar algo de tiempo. Así continuó hasta 2015, cuando pudo ver impreso su trabajo de ocho años.

“A este trabajo le entregué mi juventud. Por este trabajo no he sido una persona normal. No he salido a fiestas, no he buscado otras formas de ganarme la vida. No he recibido ningún pago, pero fue algo que me propuse hacer y me alegra haberlo completado”, comenta Vladimir, mientras con un tenedor toma otro trozo de pan dulce.

Lo que ha compilado es historia nacional. Por eso, lo más lógico es que el esfuerzo, ya terminado, fuera acuerpado por una institución gubernamental o una empresa privada preocupada por la cultura en El Salvador. No fue así.

“Torre de Babel” fue editado e impreso por una pequeña y artesanal editorial llamada Equizzero. Fue fundada por dos jóvenes de la generación de Amaya, Omar Chávez y Carlos Flores, otros “locos” de la poesía que comparten con su colega el amor por los proyectos en apariencia improbables.

Equizzero no es un lugar, es una idea. Cada quien trabaja en su casa. Los materiales se imprimen en negocios ajenos y echando mano de la creatividad para bajar costos. Así, cada tomo de “Torre de Babel”, empastado en un sencillo papel blanco, puede comprarse a unos $3. Previa petición a la editorial, pues los libros están permanentemente agotados.

En una entrevista realizada por la revista Contracultura en 2013, justo antes de graduarse como licenciado en Letras, Amaya resentía la apatía del Estado con respecto de su trabajo: “Por esto (Vladimir toma la antología ‘Perdidos y olvidados’ entre sus manos) ya hubiera tenido alguna propuesta, un trabajo pequeño pero en el área, por parte de alguna entidad cultural, privada o del Estado; eso en otra parte del mundo pero aquí no”. Tenía miedo de que su único destino fuera ser profesor de Literatura, algo que no le iba a dejar tiempo para hacer su proyecto.

Ahora, cuatro años después y tras la publicación de “Torre de Babel”, Vladimir sonríe al recordar esas palabras y sopesa las ventajas de que haya sido un proyecto que se publicó con esfuerzos suyos y de sus compañeros de generación. Si no hubiera sido así, no hubieran contado con la misma libertad. El Estado le dio una oportunidad a Vladimir hasta el año pasado, cuando lo nombró director de la revista Cultura, un puesto de medio tiempo.

Para el poeta Otoniel Guevara, esto, el abandono de instituciones gubernamentales y privadas a un esfuerzo como el de Vladimir, ha sido la norma en El Salvador. Lo que apoya la historiadora Elena Salamanca, quien para ejemplificar esa tesis explica que la única antología precedente a las de Amaya que fue apoyada por el Estado fue “Guirnalda salvadoreña” (1884), de Román Mayorga Rivas. Pero esta tuvo un objetivo más político que artístico: el presidente de entonces, Rafael Zaldívar, quería dotar de referentes identitarios a la recién nacida República de El Salvador. Pero la crítica de Otoniel Guevara va más allá, al observar la labor presente de la editorial estatal, la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI).

“La DPI te sale con cosas como que no tienen papel para imprimir. Y la oferta literaria, las novedades son pírricas. Vladimir Amaya ha publicado más novedades que la DPI en los últimos cinco años. Me atrevería a decir que es más institución Vladimir Amaya que la DPI en materia de publicación”, asegura Guevara.

Algo parecido opina el escritor Miguel Huezo Mixco, quien define a Amaya como el autor que más está trabajando para conectar la poesía salvadoreña del siglo XXI con su tradición literaria.

“Vladimir está haciendo lo que debiera corresponderle a la editorial del Estado. Esfuerzos independientes de documentar, estudiar y poner en valor la literatura, como el de Vladimir o el de Claudia Cristiani, con AccesArte, están llenando el vacío dejado por el Estado”, afirma el escritor.

 

Contra la noción de olvido

Elena Salamanca está en contra de una noción nombrada comúnmente para referirse a El Salvador. La de que en este país no existe memoria, que es el olvido el que prevalece. La académica cataloga lo anterior como un vicio de análisis.

Según la historiadora, el verdadero problema es que le creemos demasiado a la historia oficial o, lo que es su equivalente en la poesía, al canon, establecido, según comenta, en la década del treinta y en el que se incluye solo a una mujer, Claudia Lars. Para ella, el gran obstáculo es atreverse a cuestionarlo.

“‘Torre de Babel’ es importante porque dialoga con ese canon y lo cuestiona porque trae a cuenta a otros artistas que desaparecieron de él, otros autores, otras voces”, asegura Salamanca. Por lo tanto, para la académica la labor de Amaya es una de disrupción, de romper con lo establecido y con la retórica dominante, ir a la periferia para demostrar que no toda la identidad es lo que ha estado, tradicionalmente, en el centro.

Pero, en un país como El Salvador, con tantas ausencias, ¿de qué le sirve al ciudadano común, de a pie, que se traigan desde las sombras a estos autores? Salamanca da una respuesta, que tiene que ver con la identidad.

“El ciudadano puede encontrar en estas voces rescatadas mayor identificación y mayores vínculos que con los autores del canon… Puede que le digan mucho más de él mismo y de su manera de ser”, afirma.

Paciencia. Amaya se adecúa a su audiencia y explica conceptos complejos con términos sencillos para que puedan ser fácilmente comprendidos por los jóvenes a los que les habla.

 

La gira del poeta

Cuando el año pasado asistió al festival centroamericano de poesía que se realiza en Quetzaltenango, Guatemala, un colega colombiano le preguntó a Amaya por sus años dentro de la labor poética. El salvadoreño no había caído en la cuenta de que en este 2017 cumpliría 10 años de haberle entregado su vida a una pasión.

Por eso se le ocurrió una idea para celebrar su primera década: una gira por los 14 departamentos del país, con encuentros en los que pudiera compartir sus poemas con gente afuera del mundo académico. Así nació la gira “Reflexiones de un viaje sin sentido”, en el que los sitios de reunión son centros escolares o casas de la cultura. Ya ha visitado por lo menos un lugar de cada departamento en El Salvador. Para ello pidió apoyo a la Secretaría de la Cultura de la Presidencia que le brinda transporte la mayoría de las veces.

En esta travesía lo acompaña Javier López Serrano, actual director de la Casa del Escritor y su amigo desde hace muchos años.

Esta mañana de septiembre ha iniciado una segunda fase del proyecto, en la que Vladimir visitará lugares que tienen que ver con su historia personal. Por eso ha venido a Cojutepeque, el municipio de origen de su familia y el lugar donde descansan los restos de la mayoría de sus parientes muertos.

En el instituto Walter Thilo Deininger, unos 20 adolescentes ocupan la mayor parte de una pequeña sala, adornada con las fotos de algunos de los autores más importantes de la historia del país. Vladimir, con sus lentes, su ropa y su cabellera desordenada, parece un joven cualquiera, no el responsable de 31 volúmenes.

Dice su nombre, un breve resumen de su trayectoria y presenta el libro del que leerá algunos poemas esta mañana. Se trata de “Mausoleo familiar”, un volumen aún no publicado, en el que ha reunido algunas de sus piezas más autobiográficas. Todo comenzó, explica, cuando su abuela falleció. Ya había escrito algunos versos basados en personajes ya muertos de su familia. Completó estos con el poema escrito para la ocasión. Decidió hacer de ellos un pequeño volumen para regalárselo a sus parientes, quienes no terminaron de apreciar el detalle.

“Siempre he sido callado, solitario y me he sentido cómodo siendo así. Pero en esa ocasión quería demostrarle a mis familiares que este hecho también me dolía. Quería que ellos compartieran conmigo su dolor. Pero no lo entendieron del todo. Así que este libro sirve para desquitarme porque me encachimbé”, dice Vladimir, y los adolescente que lo escuchan sueltan una tímida risa.

La apuesta de Vladimir, sin embargo, se amplió: además de las piezas escritas para sus familiares muertos, escribió otros para sus familiares aún vivos, pero asumiendo que ya habían muerto.

“Era más cómodo para mí hacerlo de esta manera, porque los colocaba en el terreno de lo irrecuperable. Paradójicamente era más fácil establecer una comunicación que hacerlo con las palabras de todos los días”, dice.

En “Mausoleo familiar” desfilan los suyos con nombre propio: su padre, con el que no ha tenido una buena relación, y del que le ha quedado, más bien, una ausencia; su tía Ester, aquella muchacha de la que la familia rehuía hablar directamente en las reuniones y de la que decían que había muerto en un accidente para ocultar el hecho de que se suicidó cuando su familia reprimió su amor por una mujer; la tía Zoila, que sufría de un retraso mental y se escapaba para apedrear a los transeúntes que se burlaban de su estado; el bisabuelo violinista, que igual tocaba en la iglesia que en un burdel.

Los adolescentes escuchan atentos al autor, quien les revela la magia de ciertas palabras y lo que existe detrás de una lectura, que nada tiene que ver con una tarea escolar: la posibilidad de comunicarse de una manera más profunda con otro ser humano que escribe desde otra época u otra realidad. Pero que es, en suma, igual a uno. Que tiene las mismas incertidumbres y debilidades que uno, aquellas que no osan confesarse al que está más próximo.

Tras la primera plática y una ronda de lecturas, se abre el espacio para las preguntas de los adolescentes. Entre estas están aquellas tan sencillas, como “¿qué significa mausoleo?”, que Vladimir responde en el momento, seriamente, y otras un poco más difíciles de contestar, como “¿por qué escribís”. Vladimir y su amigo Javier López Serrano, actual director de la Casa del Escritor, atienden a dos grupos de alumnos.

Vladimir no vino con las manos vacías: en un pesado bolsón, que parece ser su fiel acompañante en ocasiones como esta, ha traído 30 libros de su autoría, que regala a los alumnos y a la biblioteca del instituto para que cualquiera pueda consultarlos. Al final de la actividad, adolescentes y maestras le piden que firme sus ejemplares.

Vladimir, sin embargo, también percibe recursos monetarios de sus libros, por ejemplo, cuando se presenta frente a un grupo de alumnos en algún centro escolar al que le solicitan que asista. Como dos horas más tarde de la visita a Cojutepeque, en el Instituto Francisco Morazán de San Salvador. Lo ha invitado una practicante de Profesorado de la Universidad de El Salvador para discutir su quinto libro de poemas, “Tufo”.

El mismo se ha convertido en uno muy popular entre los profesores de educación media por una casualidad: la persona que brindó una capacitación del Ministerio de Educación para maestros de Literatura lo usó para ilustrar un contenido referido al posmodernismo. A los educadores les gustó tanto que decidieron compartirlo con sus alumnos en clase.

En las librerías, casi no existen copias de “Tufo”. Por eso muchos profesores han contactado personalmente a Vladimir para que él les facilite algunos ejemplares, los que vende a $3. Hoy ha traído más de 10.

“Gracias a Dios puedo obtener recursos de vender mis libros. No es mucho, pero sirve para pagar algunos recibos en la casa”, comenta Amaya.

Nuevamente se explaya ante los adolescentes comentando el proceso de su libro, la manera en la que lo ha dividido, el tema que toca, el lenguaje elegido para hacerlo. “Tufo” es un volumen que profundiza en la descomposición social de El Salvador. La metáfora de un cuerpo que lentamente se corrompe es el hilo conductor.

A los adolescentes les parece todo un descubrimiento que en la poesía se puedan usar frases sencillas e, incluso, malas palabras, que en “Tufo” van hasta en los títulos, como en “Señorita, su poema se parecen mucho al mío, ¿qué putas pasa?”. También les enseña algo que pocas veces se hace en un salón de clases: que la escritura de un poema no es literal, que el poeta puede echar mano de muchos recursos para expresarse, como las máscaras o los personajes. Que no todo tiene que ver con la vida de todos los días de quien escribe.

Vladimir afirma que estos ejercicios le ayudan mucho a difundir el amor por la poesía y a mercadear, de alguna manera, su trabajo, algo que le elogia Otoniel Guevara. También, dice, puede dar un mensaje a aquellos que son más jóvenes que él.

“Como yo no soy profesor, me gusta que no haya solemnidad. Yo les digo, por ejemplo, para provocarlos, porque es una realidad: ‘allá arriba, en el Gobierno, en las clases dominantes, hay alguien que quiere que pensés que son un pendejo, que no podés mejorar tu vida, salir de aquí’. Y les pongo mi ejemplo. Yo he hecho lo que he soñado, en una rama que parece quijotesca no solo en El Salvador. Me cuesta llegar a fin de mes, no soy capaz de tener una familia por el momento, pero no he dejado de hacer lo que amo. No me arrepiento de quién soy”, comenta Vladimir.

El contacto. Los educadores aseguran que el hecho de que sus alumnos conozcan en persona al autor del libro los estimula a leerlo más fácilmente.

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