Cárceles guatemaltecas no tuvieron medicamentos durante dos años

Sin sombras. La recaptura de “la Patrona”, quien fue hallada en Ahuachapán, significó cambios en la cárcel en la que se encuentra. Uno de ellos es que no se apagan las luces en ningún momento.

Sobre el portón del hospital Roosevelt todavía cuelgan moñas negras en señal de luto por las siete personas asesinadas el pasado miércoles 16 de agosto por supuestos pandilleros que asaltaron ese centro asistencial para rescatar a un recluso que había sido llevado al lugar para recibir asistencia médica. Apenas este lunes 21 de agosto, se reanudaron las actividades en la sala de urgencias del hospital, tras permanecer cerrada desde el día del atentado.

Carlos Soto, director de ese hospital, asegura que entre 120 y 130 privados de libertad son llevados cada mes para algún procedimiento médico. Sin embargo, precisa, “el 80 % de los reos son trasladados por padecimientos menores, como dolor de cabeza, dolor de muela, tos, gases en el estómago”. Es decir, males menores que según Soto no ameritan atención hospitalaria y que podrían ser atendidos en los centros de detención, si en estos contaran con medicamentos e insumos mínimos. La Dirección General del Sistema Penitenciario (SP) está obligada por ley a garantizar el acceso a la salud de los reclusos. En los casos en que esa atención no pueda ofrecerse dentro de las cárceles, la ley permite trasladar a hospitales públicos o privados a los reos que lo necesiten, siempre y cuando un juez lo ordene.

Anderson Daniel Cabrera Cifuentes, el reo cuyo rescate habría sido el móvil de la matanza del pasado 16 de agosto, no sufría ningún padecimiento de gravedad que ameritara su traslado al hospital. Fue llevado desde la cárcel de Fraijanes al Roosevelt para que le practicaran una hematología, un examen de laboratorio que solo requiere de tomar una muestra de sangre al paciente. Aun así, el juez Pablo Xitumul ordenó su traslado.

Un día después del ataque en el hospital, el ministro de Gobernación, Francisco Rivas, pidió a los jueces que cumplan con la ley de traslados. El proceso requiere de la opinión del Sistema Penitenciario, del Ministerio Público (MP) y un dictamen del Instituto de Ciencias Forenses (Inacif). “Hay traslados con razones bien fundamentadas, hasta justificaciones que en realidad uno no entiende”, dijo.

Según Rivas, en los ocho meses de este año, han recibido 3,500 órdenes de traslados. Esta cifra duplica la cantidad de reclusos trasladados el año pasado. Las causas más frecuentes por las cuales asisten los reos a los hospitales son por dolores abdominales, enfermedades gastrointestinales y respiratorias, según información oficial.

El ministro reconoce que las clínicas de las cárceles están abandonadas y que son utilizadas como bartolinas. Las enfermedades comunes, admite, podrían ser tratadas en los centros penales, pero no cuentan con los insumos necesarios. “La prioridad de Gobernación es restablecer las clínicas existentes para que los reos reciban la atención primaria y medicamentos por parte del Sistema Penitenciario. Así se reduciría en un 80 % los traslados a hospitales”, señala.

En el hospital Roosevelt, el lunes 21, el personal médico tuvo una asamblea con la ministra de Salud, Lucrecia Hernández Mack. Los doctores pedían detener el traslado de reos a ese lugar, así como seguridad perimetral. “No nos sentimos seguros. No queremos más reos aquí”, repetían los médicos en sus intervenciones.

La ministra les explicó que no puede prohibir los traslados porque están en ley. “Mi compromiso es hacer un trabajo en conjunto con el Ministerio de Gobernación para que se fortalezcan los protocolos de seguridad, la atención médica en las cárceles y buscar que se atiendan solo reos que requieran asistencia hospitalaria”, argumentó. Hernández Mack recorrió las instalaciones del hospital junto a la Policía Nacional Civil (PNC). Identificaron 17 puntos de riesgo donde no tenían seguridad o cámaras de vigilancia.

Hasta el martes 22 de agosto no se habían realizado más traslados de reclusos a hospitales. La solución temporal fue instalar clínicas móviles en las cercanías de las cárceles de Fraijanes y el Centro de Detención Preventiva para Varones de la zona 18. En las próximas semanas, Gobernación y Salud planean trabajar en propuestas para lograr acuerdos sobre la atención médica a reos y evitar traslados a hospitales por enfermedades comunes.

Hasta poco antes del ataque en el hospital Roosevelt, los pocos doctores que trabajan en los centros carcelarios se limitaban a diagnosticar y recetar. No había insumos ni medicinas.

Anderson Daniel Cabrera Cifuentes, el reo cuyo rescate habría sido el móvil de la matanza del pasado 16 de agosto, no sufría ningún padecimiento de gravedad que ameritara su traslado al hospital. Fue llevado desde la cárcel de Fraijanes al Roosevelt para que le practicaran una hematología, un examen de laboratorio que solo requiere de tomar una muestra de sangre al paciente. Aun así, el juez Pablo Xitumul ordenó su traslado.

El médico camina por el pasillo acompañado de cerca por una enfermera. Dos guardias penitenciarios siguen sus pasos de cerca. Entran a la dirección del Centro de Detención Preventiva para Mujeres Santa Teresa. La directora les pidió atender una emergencia. Diez minutos después, el médico llena algunos datos en una hoja para autorizar el traslado de la reclusa a la que recién atendió a un hospital público. Vuelve a caminar a paso apresurado, no quiere detenerse a hablar. “No tengo tiempo. Hay otras personas esperando en la clínica”, se excusa. Dice que en un día puede atender 50 privadas de libertad. Hasta abril pasado, ese sitio era uno de los 10 centros penales que contaba con al menos un doctor durante ocho horas al día.

En ninguna de las cárceles hay un médico las 24 horas. Excepto en el Anexo B, un centro carcelario aledaño al Preventivo de la zona 18. Ahí permanece recluido un doctor, acusado de violación. Durante los últimos cinco años ha atendido las emergencias médicas de los reclusos. Tiene un cuaderno que utiliza a modo de expediente donde anota los padecimientos, chequeos y controles que realiza a los internos. Los 11 centros sin personal de salud asignado por el Sistema Penitenciario (SP) no cuentan con expedientes médicos.

La clínica en la cárcel de Santa Teresa es un cuarto de aproximadamente cuatro metros cuadrados; tiene un escritorio y una camilla. Afuera está la recepción con algunas sillas colocadas a los lados. El médico evalúa a cada paciente, diagnostica y receta. No tiene insumos para dar el tratamiento; esto debe correr por cuenta del reo. Pero sin poder generar algún ingreso económico, son los familiares quienes cubren los gastos, cuando pueden.

Entre junio de 2015 y junio de 2017, la Dirección General del Sistema Penitenciario solo realizó una compra de medicamentos. En octubre del año pasado, el SP adquirió 50 mil tabletas de ibuprofeno, cinco mil pastillas del antibiótico trimetropin y 300 ampollas de vitamina K. El nivel de abastecimiento de medicamentos en las cárceles es cercano a cero, reconoció Mirna Fajardo, exdirectora interina de esa institución. Algunos centros carcelarios no tienen medicinas básicas como analgésicos. Incluso se quedaron sin guantes para uso de los médicos. Los 21 centros penales enfrentan este desabastecimiento.

Hasta junio pasado empezaron a caminar las cotizaciones de medicamento en el portal de Guatecompras. “Sería mentir si digo que en los próximos dos meses los procesos de compras van a estar regularizados. Los años sin comprar medicinas tienen una repercusión grave. No se puede recuperar en un mes lo que no se hizo en dos años, es casi imposible. Pero estamos tratando de contar por lo menos con lo básico”, admitió Fajardo.

Mirna Fajardo es psicóloga y entre 2008 y 2011 dirigió el área de Recursos Humanos del SP. Regresó al mismo cargo hace 10 meses, y el 15 de mayo pasó a ocupar de forma interina la dirección de Santa Teresa, tras la destitución de Nicolás García por la fuga de Marixa Lemus, alias “la Patrona”, y la renuncia del subdirector, Antonio Santos. El jueves 16 de agosto, un día después del ataque armado en el hospital Roosevelt, fue nombrado Juvell Stuardo De León De Paz en el cargo de director del SP.

“En los últimos dos ejercicios fiscales no se logró ejecutar, no se logró programar, no se hicieron muchas acciones”, explica. Fajardo dijo que quisiera tener médicos de planta en cada centro. Lo ideal serían 40, dijo. Habló sobre habilitar el hospitalito de Fraijanes y de acercamientos con el Ministerio de Salud para el apoyo que se necesita. “No es solo tener el médico, sino el equipo, los servicios básicos. Son cosas que se han dejado… yo quiero pensar que ha sido por el cambio constante. Empieza alguien, cuando camina el proyecto hay un cambio, entonces hay que retomar”, señala.

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La inestabilidad administrativa afectó las compras

Durante los últimos 10 años, 13 directores han pasado por Presidios. La inestabilidad ha marcado sus mandatos: en promedio permanecieron en el cargo por nueve meses. En mayo de 2015 no solo hubo cambio de las máximas jefaturas. La exministra de Gobernación Eunice Mendizábal destituyó al entonces director del SP, Anthony Pivaral, por la fuga de cinco reos de la Granja Penal Canadá, en Escuintla. En esa ocasión, Mendizábal dijo que se estaba haciendo una evaluación del desempeño de los mandos medios y altos de la institución.

La decisión fue no renovar contratos. Se prescindió de personal por contrato bajo el renglón 022. Estas personas no tienen derecho a prestaciones, son contratadas de forma temporal por sus servicios profesionales. Entre los despedidos estaban los encargados de compras del SP. Esto coincidió con la orden de la Oficina Nacional de Servicio Civil (Onsec), emitida en un acuerdo, de regular la situación laboral de los empleados públicos en el renglón 022, que en la práctica tenían atribuciones de trabajadores permanentes.

La disposición de Onsec fue que las entidades debían realizar el cambio de esos puestos por plazas fijas en renglón 011. Este trámite tenía como fecha límite el 31 de agosto de 2015.

Pero en Presidios seguían sin nombrar a un nuevo director. Silvia Guinea, la directora interina, no dio seguimiento a este proceso. Cuando Alexánder Toro Maldonado asumió el cargo de director, quedaban 13 días para el vencimiento del plazo fijado por Onsec. Sin embargo, las gestiones para el traslado de puestos 022 a 011 requerían de cuatro meses. Así que no se hicieron las nuevas contrataciones ni los traslados, y se quedaron sin el personal encargado de las compras.

A raíz de ello, el SP no realizaba compras y las cárceles continuaban sin medicinas. Con el cambio de gobierno, el 14 de enero de 2016, asumieron nuevas autoridades en el SP. Carlos de León Zea llegó con el gobierno del Frente de Convergencia Nacional (FCN-Nación), siete meses después, fue destituido tras los asesinatos de Byron Lima y 12 personas más en la Granja Penal Pavón. El 22 de julio de ese año, el abogado Nicolás García Fuentes lo sustituyó en el cargo. Hasta este momento las autoridades no habían atendido la urgencia de abastecer con medicamentos e insumos las cárceles.

Presidios destinó este año ocho millones para salarios del personal médico. En medicamentos y utensilios asignaron dos millones. Menos del 1 % del presupuesto total del Sistema Penitenciario. Fajardo cree que ese monto ya es bastante. Explica que la planilla del personal se lleva el 51 % del total del presupuesto. El restante es para pagar alimentación, funcionamiento, servicios básicos, combustible. En los últimos seis años, la ejecución no ha sido total. Pero no había sido tan baja como en 2016.

Según el ministro de Gobernación, no ejecutaron el presupuesto porque las clínicas no estaban habilitadas y no tenían suficiente personal médico contratado. Para Fajardo, la exdirectora interina, la tardanza en los procesos de compras se debe a los constantes cambios administrativos. Ella explicó que el problema fue que no podían financiar puestos vacantes y que desde mayo de 2015 no se contrató a nadie por la prohibición de emplear personal en renglón 022. Según Fajardo, si hacían el trámite el año pasado, la gente que estaba ocupando plazas se iba a quedar sin salario durante tres meses por el proceso de traslado y reactivación. Por eso, hasta enero de 2017, se hizo el traslado de las vacantes y están a la espera de contar con la creación de puestos 011 para cambiar a las personas en 022.

El Sistema Penitenciario mantiene la misma estructura administrativa desde 1967. No ha habido un cambio en el área organizacional. Se creó con 51 puestos autorizados –las funciones que en esa época eran necesarias–. Pero, según Fajardo, el SP ha evolucionado y crecido a un punto que el sistema ya no es funcional. En los últimos 10 años, el número de reclusos se incrementó de 6,826 a 21,594. La solución que ve la exdirectora interina está en la implementación de la carrera penitenciaria que permitiría crear los nuevos puestos necesarios. Entre estos, plazas fijas para médicos de medicina general y de especializaciones.

La propuesta planteada por el presidente, Jimmy Morales, es instalar clínicas en las cárceles y contratar más personal médico. También propone que por medio de un crédito del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) obtengan los recursos para construir una cárcel de máxima seguridad con un hospital. El ministro de Gobernación no tiene fecha estimada de cuándo se podrían empezar las gestiones para la creación de este centro carcelario. Rivas dijo que están enfocados en restablecer las clínicas existentes.

Sin prestaciones ni seguro de vida

Los 10 doctores, 32 auxiliares de enfermería y seis odontólogos que laboran en las cárceles del país no tienen beneficios laborales. Están contratados en el subgrupo 18. Esto se traduce en un salario por contrato, cero bonificaciones y ninguna prestación laboral. Tampoco tienen seguro social o de vida. No existe escalafón salarial. El director de servicios médicos tenía el mismo salario que un doctor dentro de los centros carcelarios.

Hasta el año pasado, los salarios para los médicos del SP oscilaban en Q6 mil (unos $825). En 2017, recibieron un aumento. En el portal del Ministerio de Gobernación los pagos registrados por asesorías médicas promedian entre Q8 mil y Q10 mil. La convocatoria de contrataciones de médicos en SP no ha tenido la recepción que esperaba Fajardo. Sin incentivos, ni estabilidad laboral, con la carga de trabajo y riesgos, los doctores prefieren evaluar otras opciones de empleo.

En el área rural, se ubican siete de los 11 centros penitenciarios sin médico. Solo Cobán, Quiché, Escuintla y Quetzaltenango contaban con uno. Hasta abril, el resto de penales en los departamentos del país no tenían un doctor.

El Anexo B tiene un doctor las 24 horas. No fue asignado por el Sistema Penitenciario. Desde 2012, un recluso es quien atiende las enfermedades de sus compañeros. Su nombre es Johsua García Pacheco, un médico de 28 años, acusado de violación con agravación de la pena. Su caso está en fase de apelación. En 2015, fue condenado a 21 años de prisión inconmutables.

Tras las rejas del área de aislamiento hay un pasillo y un teléfono público colgado en la pared. Al final del corredor, una televisión pantalla plasma. La programación del televisor no varía demasiado. Si no se transmite un partido de fútbol, programan un canal de noticias ininterrumpidas. Algunos reos se sientan en el suelo y otros en sillas para ver el noticiero.
Al fondo del pasillo, justo bajo el televisor, sobresale una mochila roja. Es el botiquín del médico. En esa mochila guarda un estetoscopio –utilizado para checar el ritmo cardíaco y los pulmones–, un esfigmomanómetro –mide la presión arterial–, glucómetro –para llevar control del nivel de azúcar en la sangre–, un nebulizador, equipo de sutura y un ultrasonido portátil. Algunos analgésicos, antidiarreicos y anticonvulsivos. Su botiquín lo armó con utensilios propios y otros que consiguió por medio de donaciones.

En la cárcel convive con otros tres reos en una de las siete bartolinas que conforman el sector de aislamiento. El espacio es de dos metros cuadrados. Solo cabe una litera, dos hombres duermen en colchonetas que colocan en el suelo.

En la actualidad, el Anexo B no tiene clínica, ni enfermeros ni doctores. La enfermera, Ángela, de 60 años, se jubiló hace 10 meses. En abril, el SP asignó un doctor para dar la atención médica. Sin embargo, dos meses después lo trasladaron al centro preventivo Santa Teresa.

En ninguna de las cárceles hay un médico las 24 horas. Excepto en el Anexo B, un centro carcelario aledaño al Preventivo de la zona 18. Ahí permanece recluido un doctor, acusado de violación. Durante los últimos cinco años ha atendido las emergencias médicas de los reclusos. Tiene un cuaderno que utiliza a modo de expediente donde anota los padecimientos, chequeos y controles que realiza a los internos. Los 11 centros sin personal de salud asignado por el Sistema Penitenciario (SP) no cuentan con expedientes médicos.

Hacinamiento y tuberculosis. Los centros carcelarios de Guatemala rebasan en más de tres veces su capacidad. En las 21 prisiones del país hay espacio para 6,742 reos, pero hasta abril pasado había 22,594 reclusos. Entre los penales con mayor sobrepoblación están la Granja Penal Canadá en Escuintla, con 500 % de hacinamiento; Puerto Barrios, 444 %; y el Preventivo para Varones de la Zona 18, 326 %. En estas cárceles se han registrado 353 casos de tuberculosis en los últimos cinco años.

Cada reo detectado con la enfermedad se reporta al programa contra la tuberculosis del Ministerio de Salud para que les proporcionen las dosis durante los seis meses de tratamiento. Esta es la única enfermedad que las autoridades no pueden ignorar. De otros padecimientos no hay registros certeros, ni siquiera el registro de las causas de muertes parece confiable.

En la Política Nacional de Reforma Penitenciaria quedó plasmada la preocupación de la Unidad de Servicios Médicos del SP por las enfermedades infectocontagiosas, debido a su prevalencia y facilidad de contagio en las condiciones de hacinamiento de los centros carcelarios. Para 2012, registraban 12 reos con tuberculosis, el año siguiente, ya contabilizaban 27.

Sin seguimiento. A los internos con hipertensión no se les cumplen sus controles médicos de rutina dentro de los penales.

La tuberculosis es una enfermedad infecciosa que se transmite a través del aire, afecta los pulmones produciendo tos seca, fiebre y pérdida de peso. Es curable, aunque el tratamiento tarda seis meses. La principal norma para evitar su propagación es el aislamiento de las personas contagiadas. Dentro de los penales hacinados, esto no se cumple. Tampoco utilizan medidas mínimas de prevención como el uso de mascarillas.

Desde el Centro Nacional de Epidemiología, el programa nacional de tuberculosis realizó un estudio sobre el aumento de casos en el Preventivo de la zona 18. El programa le pide al SP informes mensuales sobre los nuevos brotes de tuberculosis para proporcionar tratamiento a cada reo. Lucrecia Ramírez, médica que participó en la investigación, dice que la principal causa por la que siguen aumentando los casos es la falta de espacios para aislar a los reos infectados. “Cuando fuimos al hospitalito, había un área de aislamiento que no funcionaba de esa forma porque pacientes sin tuberculosis permanecían allí. Dentro de los sectores también encontramos algunos infectados”.

Ramírez propone crear sectores especiales dentro de estos tres centros penales que presentan el mayor número de casos, para aislar a los pacientes durante los seis meses de tratamiento. En la actualidad, los reclusos del Preventivo de la zona 18 solo se quedan en el hospitalito por 50 días, la primera fase de la enfermedad.

En las cárceles hay áreas específicas para pandilleros, que por su peligrosidad no podrían ser trasladados con el resto de los reclusos. Dentro del sector 11 del Preventivo de la zona 18, el enfermero del centro carcelario identificó tres casos de tuberculosis que reciben tratamiento, aunque continúan en la misma área que el resto de miembros del Barrio 18. En la práctica, por la rivalidad entre pandillas, la propuesta del Ministerio de Salud no sería viable, opina la exdirectora interina del SP. “No tenemos a dónde moverlos. Yo creo que la cantidad de hacinamiento que tenemos realmente rebasa cualquier acción que queramos hacer”.

Enfermos crónicos sin controles médicos

El ruido de ventiladores se escucha en todas las celdas del sector para aislados del Anexo B. Los dos aparatos son suficientes para aplacar el calor en la reducida habitación donde permanecen cuatro personas. La única ventilación natural, una ventana con rejas en la parte superior de la pared, fue tapada con láminas, según dicen los reclusos, porque algunos pedían dinero a las personas que caminan por el pasillo de afuera.

No ven la luz del día. Las luces de las bartolinas permanecen encendidas durante el día. Desde que recapturaron a “la Patrona”, hace un mes, no les permiten caminar o jugar en la cancha del Anexo B, contigua al lugar donde fue recluida. La vida en el encierro solo les permite movilizarse en su celda o en el pasillo. Hay reos que ni siquiera pueden salir al corredor. Detrás de una pequeña ventana con rejas que da al pasillo, un recluso asoma su rostro cubierto con tatuajes. En el sector de aislamiento se encuentran líderes del Barrio 18.
Bryan lleva seis meses de estar recluido en el Anexo B. Tiene 45 años y lo condenaron a 91 años por sicariato. Era taxista y lo detuvieron cuando transportaba a un hombre de 18 años que llevaba una pistola. De acuerdo con la acusación, se dirigían a asesinar a dos pilotos de mototaxis. Bryan dice que hacía los viajes a los sicarios pero no formaba parte de su estructura.

Bryan padece de hipertensión. Las condiciones en las que se encuentra, sin luz ni ventilación natural y con tres compañeros de celda agravan su enfermedad. Durante el tiempo que lleva recluido, dice, no ha recibido controles de rutina dentro de la cárcel. Ha sido trasladado a un hospital cinco veces en seis años. Hacer ejercicio fue una de las recomendaciones que le dieron cuando asistió a consulta. Tiene sobrepeso. Su presión alta, dice, la mantiene en 180/140 incluso ha llegado a 200/140.

Sara, su esposa, denunció su caso en la Procuraduría de Derechos Humanos (PDH) para pedir la readecuación del espacio en donde está recluido y para que le brinden atención médica. Ella costea su alimentación y medicamentos. En las mañanas trabaja como vendedora de comida en las calles. Los miércoles por la tarde lo visita en la cárcel cargada con bolsas de mercado. Le lleva pollo, carne, galletas, agua, pan, tostadas, una papaya, algunas manzanas. Cada 15 días debe comprar una caja de Aprovel, el medicamento que ayuda a controlar la presión arterial de su marido, que le cuesta Q350. En el penal, Bryan hace manualidades con papel periódico, que Sara vende en la calle por Q25.

Los ingresos de medicinas como la insulina necesitan de un permiso especial, pues deben permanecer en refrigeración. Édgar, de 27 años, padece diabetes desde hace ocho. Antes de ser detenido asistía a sus citas de control en el Patronato del Diabético, pero los chequeos médicos se acabaron desde que fue capturado en 2016, cuando encontraron droga en el restaurante para el cual trabajaba. Su mamá ha presentado exhibiciones personales con el fin de conseguir su traslado a un centro asistencial público. Ha logrado que lo examinen en el hospital tres veces. Édgar es de complexión delgada, tez morena, habla bajo como si contara un secreto. Desde hace siete meses, dice, es extorsionado por uno de los reos.

Su mamá vende licor en una tienda de la capital. Por seguridad, Édgar prefiere que no ingrese al centro carcelario. Cada semana, su madre le manda encomiendas con su primo. En promedio, dice que gasta Q1,500 al mes en las medicinas y alimentación especial. Las personas con diabetes no pueden consumir azúcares ni pastas.

Sin ningún personal de salud en el Anexo B, los reos son atendidos únicamente en caso de emergencia por un médico de una cárcel aledaña, el Preventivo zona 18 o Santa Teresa. “Aquí se tiene que estar muriendo uno para que lo saquen. A mí la única vez que me trasladaron de emergencia fue cuando vieron que me desmayé y no podía respirar”, dice Édgar. El doctor de la cárcel de Santa Teresa explica que tenía en fila a 12 personas por atender en el Anexo B, pero él lleva la atención de 1,182 reclusas, a veces no puede hacer tiempo para ir a ver a los 501 reos recluidos en el Anexo B que contabilizaba el SP hasta abril.

En las cárceles, los enfermos crónicos no reciben controles periódicos. Las salidas a hospitales requieren de un trámite mínimo de dos semanas para que los juzgados ordenen los traslados.

A diferencia de lo debatido públicamente durante la última semana, la tardanza en los traslados es una de las constantes quejas de los reos. Por la burocracia que implica, los familiares recurren a exhibiciones personales o denuncias en PDH. Sergio Villamar, de la unidad del debido proceso de la PDH, habla de dos reos del Preventivo de la zona 18, que fallecieron el año pasado: Justiniano Noriega López y José Misael Mateo Escobar, ambos diabéticos con lesiones infectadas. Según la PDH, tardaron tres semanas en trasladarlos al hospital. Cuando lo hicieron, ya se les había complicado la infección y murieron.

Este reportaje fue realizado para Plaza Pública, Guatemala, en el marco de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas del International Center for Journalists (ICFJ) y es republicado en alianza con CONNECTAS.

Sin personal sanitario. Un médico de una cárcel aledaña, el Preventivo zona 18 o Santa Teresa, es quien se encarga de atender a los reos del Anexo B únicamente en caso de emergencia.

Instrucciones mágicas para sonreír

Entretenimiento. Diego Vargas, el instructor del grupo,
no pretende más que el curso se convierta en entretenimiento.
Esa es su ambición: recobrar el poder de una sonrisa en toda vida.

“Escoja una carta, la que quiera; muéstrela a todos excepto a mí”, me dice Lawrence. Tiene los ojos rasgados y la voz delgada, como las manos con las que revuelve el mazo. Frente a mí, me dice que escoja la carta que yo quiera, que la ponga aquí, que la acomode allá, que ponga estas cartas encima de las otras. Que lo vea a los ojos porque va a encontrar mi carta por medio de telepatía. Después de 20 segundos de escudriñar intensamente en mis ojos, se ríe quedito.

“Cinco de corazones”, dice casi en murmuro.

El aula explota en aplausos. Tiene razón, por supuesto, pero lo que importa no es eso: lo que importa es la euforia, la intensa alegría con la que el corazón se acelera cuando la magia ocurre.

La barrera del lenguaje dificultaba su labor y lo obligó a encontrar soluciones. Las encontró en la magia, porque decía que la magia es un lenguaje, uno que rompe todo tipo de dificultades: la sorpresa ante un acto efectivo es universal, como reír, como sentirse feliz. Entre desplazados africanos, Verner encontró no solo una forma de comunicarse de forma efectiva con ellos, sino el futuro de su vida.

La magia le gana a las palabras: no se puede explicar en texto la sensación de algarabía, tan pura, tan genuina, que provoca ver la carta que aparece de la nada, las bolitas que se multiplican, los libros que a una persona le muestran una cosa y a otras, otra. Esa misma algarabía se potencia cuando la magia está en las manos de cinco adolescentes.
¿Cómo lo hacen? Imposible sacarles la respuesta: un buen mago nunca revela sus secretos.

Desde hace año y dos meses, cinco aprendices de magos, del distrito de Tirrases de Curridabat (en la provincia de San José, Costa Rica), dedican las tardes de sus miércoles a aprender estos secretos y, de paso, a mejorar sus vidas, a ser más felices, a sonreír más.

Juntos, forman un grupo dirigido por Diego Vargas, un mago profesional costarricense, y son parte de la organización Magos sin Fronteras, cuya misión –tender un puente accesible entre la magia y jóvenes en situaciones socioeconómicas complicadas– trasciende los trucos, las cartas y las ilusiones; trasciende los problemas, la pobreza y las preocupaciones: la magia no sabe nada de esas fronteras que nos inventamos.

Lenguaje universal

Magos sin Fronteras es una organización internacional que nació en 2002 cuando Tom Verner abandonó su trabajo de 35 años como profesor de psicología y se marchó a África, para trabajar en campos de refugiados.

La barrera del lenguaje dificultaba su labor y lo obligó a encontrar soluciones. Las encontró en la magia, porque decía que la magia es un lenguaje, uno que rompe todo tipo de dificultades: la sorpresa ante un acto efectivo es universal, como reír, como sentirse feliz. Entre desplazados africanos, Verner encontró no solo una forma de comunicarse de forma efectiva con ellos, sino el futuro de su vida.

Fundó, entonces, Magos sin Fronteras y se marchó, en 2007, a El Salvador. Allí se organizó el primer grupo, que empezó a impartir lecciones de magia a jóvenes de zonas conflictivas y violentas, controladas por las mayores pandillas del país centroamericano.

Era una forma de empoderarlos, de darles herramientas para la vida; tal como lo hace Diego con sus cinco aprendices: Adal, Abraham, Francisco, Lawrence y Vale, la única mujer, pero ciertamente no la última: ya el grupo está moviéndose para integrar a más chicas.

La historia de Magos sin Fronteras Costa Rica no se puede contar sin el relato, precisamente, de Diego, quien comenzó su carrera como mago en 2009, dando sus primeros shows cuando tenía 17 años, más o menos.

De pequeño, su padre decía que hacía magia; no lo hacía: hacía trucos, que no son lo mismo porque, explica Diego, “la magia es un arte y una pasión”. Es decir, que no es algo ocasional, algo que tuvo claro casi desde que una tía suya le regaló un kit de magia que lo enloqueció durante su niñez. Más lo enloqueció, sin embargo, la reacción de un primo suyo ante un sencillo acto con una copa y una bolita.

“Mi pasión es hacer reír a la gente”, cuenta, como si hiciera falta: en la práctica es evidente. Así se ha ganado la admiración y el respeto de sus aprendices, quienes asisten todos los miércoles, durante dos horas, a La Cometa, un proyecto comunal en Tirrases donde, además de magia, se imparten todo tipo de cursos culturales y educativos a los vecinos. Ahí, varios lugareños recién ahora encuentran, gracias a la comunidad, el apoyo para concluir sus estudios de bachillerato, por ejemplo.

Después de que Diego terminó el colegio, conoció a varios magos profesionales que lo inspiraron. Más tarde tuvo su primer espectáculo en la casa de un primo. Ya no había vuelta atrás. En 2011 viajó a Guatemala a estudiar magia y desde entonces no se ha detenido: en 2013 fue a Chile; este año a Colombia, Uruguay y Argentina.

“Cuando estaba pequeño decía que quería ser mago, pero ni yo me lo creía”. Ahora sí: Diego ofrece shows a empresas y organizaciones de todo tipo, se ha presentado fuera del país en varias ocasiones, ha entablado relaciones cercanas con varios de los mejores magos del planeta y, todavía, apenas con 25 años, sigue puliendo su arte.
Nada, sin embargo, se le compara a su misión actual: mostrarles el camino de la magia a sus estudiantes.

Alumnos sentados en círculo
Los requisitos para estar. Para formar parte del grupo, los muchachos deben cumplir con varias reglas que son inflexibles, la primera de las cuales es que no pueden salirse del colegio.

Misión

Comenzó con visitas a cárceles y hospitales. Luego, en 2011, Diego asistió a una actividad en la Universidad Latinoamericana de Ciencia y Tecnología (ULACIT), durante una visita de Patch Adams, el famoso médico payaso. Diego pudo conversar con otro payaso experto en risoterapia, quien le contó de Magos sin Fronteras.

“No lo podía creer. Volví a mi casa a buscar lo que pudiera encontrar. 2011, internet de zona rural: duré dos horas cargando un video de cuatro minutos. Era Tom Verner hablando y haciendo magia. Me volví loco. Lo busqué y agregué en Facebook. Me aceptó y le escribí un mensaje”.

Ese mensaje no tendría respuesta. No de inmediato, en todo caso. Durante los siguientes cuatro años, Diego siguió labrando su carrera y trabajando con distintas organizaciones benéficas en todo el país.

Entonces, en 2015, puf, magia. Una persona de la compañía Business Development Advisors se le acercó para confirmarle que las cosas suceden cuando tienen que suceder: “Diego, queremos traer Magos sin Fronteras a Costa Rica y estamos buscando un mago”.

“En 2011, cuando le escribí a Tom, yo no era el mago que soy ahorita. No tenía los recursos ni los contactos ni nada. Por dicha fue ahorita”, reflexiona Diego. “Para traer el grupo, buscaban a un mago que quisiera hacer esto: venir a sentarse con un grupo de muchachos y enseñarles. Y hacerlo por nada. Bueno, no: por mucho, pero por nada económico”.

Su mayor deseo, sin embargo, es el de presenciar esos relatos en sus aprendices. “No buscamos formar magos profesionales, buscamos que hagan lo que quieran; que la magia les sirva para pagarse sus estudios o para hacer reír a la gente o para lo que sea”.

Durante los siguientes meses, Diego visitaría y conocería a los grupos de Magos sin Fronteras en El Salvador y Colombia, y finalmente conocería a Tom Verner. De esos lugares, y del fundador de la organización, se nutriría para entregarse de lleno a su propia filial en Costa Rica.

“Los profesores en El Salvador comenzaron como estudiantes cuando el grupo inició. Sueño con ver a alguno de estos chicos dando clases de magia en el futuro”.
La versión colombiana opera en Ciudad Bolívar, una de las zonas más conflictivas de Bogotá. Diego pudo visitarlos en septiembre del año pasado, dos semanas antes de que el grupo viajara a Nueva York a presentar un espectáculo en Broadway.

“Subimos a un lugar lejísimos, más arriba de Ciudad Bolívar, donde no llega ni la pobreza. Ahí, en medio de la nada, está la sede de una ONG donde los chicos de Colombia se presentaron para los vecinos de la comunidad”.

Al concluir la presentación, los vecinos de la localidad agradecieron a Magos sin Fronteras por su arte y por representar a Ciudad Bolívar “y demostrar que aquí hay gente buena”. El último niño en hablar les extendió un sobre que decía “De ciudad Bolívar a Nueva York”. “Y juntamos plata para ayudarles en el viaje”, dijo al ofrecérselos.

“La magia no conoce de clases sociales”, dice Diego. “La magia es pa’ todos”.
Esa lección está impregnada en cada una de las clases que Magos sin Fronteras Costa Rica ofrece a sus aprendices en Tirrases. Cuando la magia fluye, los estigmas y los problemas quedan de lado.

Escuela de magia

Vale estaba en clases de religión, en el Colegio Técnico Profesional Uladislao Gámez Solano, de Tirrases –el mismo al que asisten los cinco chicos–, cuando Diego pasó por el aula y le hizo el “acto de las bolitas” al profesor: una y otra vez, Diego multiplicaba una bolita de espuma que estaba oculta en la mano del profe: cuando el profesor creía que solo tenía una, Diego le mostraba tres.

“Ese mismo día llegué a decirle a mami que tenía que venir a La Cometa para inscribirme”, cuenta la muchacha.

Los cinco comparten historias similares. Abraham estaba en clases de Educación Física cuando Diego se le acercó y vomitó cartas. “Ay, perdón”, le dijo al muchacho con la boca abierta, “me cayó mal el almuerzo”.

Adal estaba en clases de español; cuando Diego pasó, comenzó a sacar cartas del pelo de la profesora. Diego no sabía a quién tenía enfrente: desde sus cinco años, cuando una tía suya le regaló una cajita que desaparecía monedas, Adal quedó fascinado por la magia. “Ha sido de las mejores cosas que me han pasado en la vida”, dice.

Francisco también era fanático desde pequeño. “Me iba al parque y ahí veía a los magos que llegaban. Yo pensaba qué chiva, yo quiero ser mago cuando sea grande. Nunca pensé que llegaría a esto, pero desde esa fecha era mi meta”, cuenta. “Con el tiempo uno cambia y me olvidé un poco de eso, hasta que un día en la fila del comedor, vi a Diego cambiar una carta en otra y yo pensé que tenía que aprender a hacer eso. Vine con unos amigos que ya no están, pero yo seguí. Es bonito. Me gusta que, de tantas personas que hay, somos los únicos magos sin fronteras de Costa Rica. En Centroamérica solo hay 12, y entre esos estamos nosotros. Es algo para que se inspiren los demás de que, diay, pueden lograr lo que se propongan”.

Lawrence, el más tímido e introvertido del grupo, dice que le gustó el truco de las bolitas. “Fue eso lo que me gustó y vine. Y no sé. Sí, me gusta. Sí”.

Sus compañeros se ríen y él también. Cuenta Diego que, en el año y dos meses que la organización ha funcionado, los muchachos han demostrado un tremendo crecimiento no solo en la práctica de la magia, sino como seres humanos: “El grupo enseña a hablar en público, a desenvolverse con mayor facilidad, a ser constantes y disciplinados”.

Necesidad básica

Para Diego, la magia es todo. Es su vida, porque su vida es hacer reír a los demás y con la magia, su superpoder, como lo llama, puede hacerlo al instante.

Algún tiempo atrás, por ejemplo, caminaba por la calle cuando un hombre lo alcanzó y comenzó a caminar a su lado con mala pinta: Diego estaba seguro de que lo iba a asaltar. Para ganar tiempo, sacó de su bolsillo un mazo de cartas y comenzó a hacer trucos mientras caminaba. El hombre se le quedó viendo y, cuando llegaron a una esquina, le dijo: “Mae, qué rajado, ¿cómo hace eso?”

“¿Qué cosa?”, le respondió Diego, mientras hacía desaparecer cartas y las encontraba, por ejemplo, detrás de la oreja del muchacho quien, maravillado, en lugar de asaltarlo le dio una moneda de 100 colones como agradecimiento.

No es su única historia; todas las páginas de esta revista podrían estar repletas de relatos mágicos.

Su mayor deseo, sin embargo, es el de presenciar esos relatos en sus aprendices. “No buscamos formar magos profesionales, buscamos que hagan lo que quieran; que la magia les sirva para pagarse sus estudios o para hacer reír a la gente o para lo que sea”.
Magos sin Fronteras, cuenta, busca sobre todo entretener. “La gente tiene un estigma con entretener. Nos hace falta sonreír más. Todos sabemos hacerlo. Un bebé nace sabiendo sonreír y de grandes no lo hacemos lo suficiente. Sonreír es una necesidad básica”.

El curso. Las clases de Magos sin Fronteras no son rígidas: se adaptan a las necesidades del contexto. A veces estudian historia de la magia, a veces practican actos nuevos.

Marruecos, frente a un espejo incómodo

Eficientes. El Estado marroquí combate al terrorismo yihadista desde la formación de imanes, hasta los indultos a los salafistas condenados.

Los abuelos de Younes Abouyaaqoub, el autor de la matanza de Barcelona, decían que el nieto se había educado fuera de Marruecos. Los policías marroquíes insistían en que esos jóvenes criminales son una excepción, casos aislados, en un país donde impera el islam tolerante. En Aghbalá, el pueblo donde nació el asesino más joven, Moussa Oukabir, de 17 años, abatido en Cambrils (Tarragona), los vecinos también remarcaban que el chico apenas tenía contacto con el pueblo, que venía cada cuatro años.

Todo eso puede ser verdad. Y, sin embargo, el problema no es nada ajeno a Marruecos. Lo explicaba esta semana el columnista Karim Boukhari en el medio digital Le360: “Nuestra enfermedad nos lleva a la ceguera. El discurso dominante es ese que dice: ‘No, esto no tiene nada que ver con el islam. No, eso no tiene nada que ver con Marruecos’. El problema es que eso tiene que ver con nosotros, eso tiene que ver con el islam (o con el componente belicoso del islam, ¡porque existe!), con la enseñanza, con la interpretación del islam, tiene relación con la educación que dispensamos a nuestros hijos”.

“Tiene que ver con todo eso ¡y mucho!” Disculpen la extensión de la cita, pero merece la pena atender el razonamiento de Boukhari: “El ISIS ha podido ser impulsado, en un momento dado, por el cinismo de las grandes potencias y los juegos geoestratégicos en el Próximo y Medio Oriento. Es cierto. El ISIS es un monstruo. Ha sacado beneficio, también, del desarraigo de la juventud magrebí en Europa. El Estado Islámico ha ofrecido a esta juventud desesperada un billete para el paraíso. Y eso es una oferta que no se rechaza”.

“Pero este gigantesco fraude que es el ISIS es primero el producto de nuestras sociedades enfermas. Enfermas de su educación y de esta lectura totalmente sesgada del pasado (nosotros éramos los más grandes) y del presente (la culpa es de los otros si no somos los más grandes, matémosles, erradiquémosles y seremos los más grandes). Enfermos porque somos incapaces de mirarnos delante del espejo y de hacernos cargo de la situación”.

El analista concluye: “Sí, somos nosotros. Eso forma parte de nosotros”. Nadie mejor que la policía marroquí sabe hasta qué punto Marruecos sigue generando yihadistas. Los 12 miembros de la célula de Barcelona, excepto uno de Melilla, nacieron en Marruecos. Pocas horas después de la matanza de Barcelona, un marroquí de 18 años mató en Finlandia a dos mujeres con un cuchillo en la ciudad de Turku. Y meses antes, el cerebro de los atentados de noviembre de 2015 en París, el belga-marroquí Abdelhamid Abaaoud, de 29 años, fue localizado y abatido en el norte de París gracias a una información clave facilitada por la policía marroquí.

El entonces presidente de Francia, François Hollande, recibió pocos días después en el Elíseo al rey Mohamed VI en señal de agradecimiento. Todo eso por no hablar de los 1,500 yihadistas que partieron de Marruecos para unirse al Estado Islámico en Siria. Ahí no se incluyen los de origen marroquí que llegaron desde Francia, Bélgica o España. Todo eso lo sabe muy bien la policía marroquí, que no deja pasar un mes sin detener a alguna célula que prepara un atentado en nombre del ISIS. El Estado marroquí combate al terrorismo yihadista de forma muy eficaz en muchos frentes: desde la formación de imanes, hasta los indultos a los salafistas condenados por los atentados de Casablanca de 2003 que reniegan de la violencia, pasando por la colaboración muy estrecha con la policía de España y de Francia. Pero todo eso no basta si no se afronta la situación con realismo.

El mecenas ideológico

Son muy pocas las voces que hablan en el Magreb con tanta claridad como Boukhari. Sobresale, eso sí, la del escritor argelino Kamel Daoud, quien apela a que Occidente mire también ante el espejo su relación con la “teocracia” de Arabia Saudí, “principal mecenas ideológico de la cultura islamista”. En un reciente artículo, Daoud escribió: “El ISIS tiene una madre: la invasión de Irak. Pero tiene también un padre: Arabia Saudí y su industria ideológica. Si la intervención occidental ha dado razones a los desesperados en el mundo árabe, el reino saudí les ha dado creencias y convicciones. Si no comprendemos eso, se perderá la guerra aunque se ganen las batallas. Mataremos a yihadistas pero renacerán en las próximas generaciones y alimentados por los mismos libros”. La lucha contra el yihadismo promete ser larga y complicada. El espejo será un arma clave. Pero nada fácil de usar.

La islamofobia en redes

Es posible que haya recibido desde el pasado jueves un mensaje de WhatsApp que alerta del registro el pasado mes de julio del primer partido musulmán que pretende imponer la ley islámica a los españoles, o que insta a la movilización para prohibir las mezquitas, o talvez otro que propaga el bulo de que los manteros no estaban en La Rambla el día del atentado porque habían sido avisados por los terroristas. Si no han llegado directamente a su teléfono, un solo vistazo a las redes sociales ofrece miles de mensajes que azuzan el odio de forma menos sofisticada contra los musulmanes y el islam. El hashtag (la etiqueta) StopIslam fue trending topic (tema más comentado) el día de los ataques en Twitter.
Las mezquitas de Granada, Sevilla, Logroño y Fuenlabrada (Madrid) han denunciado ataques. “Asesinos, lo vais a pagar! Moro que reza, machete a la cabeza! Stop Islam! [sic]”, decía en las pintadas que aparecieron tras los atentados en la sede de la Fundación Mezquita de Sevilla.

Hace poco más de una semana, en Puerto de Sagunto (Valencia) un hombre golpeó a patadas a un menor marroquí, de 14 años, sin mediar motivo, al grito de “moro de mierda”, según ha denunciado la familia. El hombre le amenazó con matarle y el chico, dice su padre, está atemorizado y no quiere salir de casa.

“Estamos ante una brutal ola de islamofobia. Detectamos mensajes de WhatsApp muy salvajes y muy masivos. Y nada más producirse el atentado empezaron a propagarse bulos”, denuncia Esteban Ibarra, coordinador de la Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia, una entidad sin ánimo de lucro que se dedica, además de promover la tolerancia, a monitorizar los ataques a musulmanes en España. El Código Penal castiga con hasta cuatro años de cárcel los delitos de odio.

Nadie mejor que la policía marroquí sabe hasta qué punto Marruecos sigue generando yihadistas. Los 12 miembros de la célula de Barcelona, excepto uno de Melilla, nacieron en Marruecos. Pocas horas después de la matanza de Barcelona, un marroquí de 18 años mató en Finlandia a dos mujeres con un cuchillo en la ciudad de Turku.

La oleada de mensajes de odio a los musulmanes no tuvo esta dimensión tras los atentados del 11-M en 2004, aunque fueran también de corte yihadista. “Entonces la sociedad interpretó que la causa había sido la guerra de Irak, así que se enconó en la política pero no en el rechazo al islam. Aunque hubo islamofobia, no de este nivel”, reflexiona Ibarra. El experto en delitos de odio, que preside también el Movimiento contra la Intolerancia, cree además que el perfil de los terroristas de Barcelona, jóvenes, educados en España y en principio integrados, atiza en mayor medida el sentimiento de venganza contra los inmigrantes, y el uso masivo de las redes sociales, que no era tal en 2004, ayudan a propagarlo. “La ola no ha hecho más que empezar. Detrás de todo esto hay estructuras organizadas de carácter racista y fascista”, alerta.

El fenómeno no es nuevo en España aunque hasta ahora ha sido una acción minoritaria muy definida por grupos ultras y fascistas, porque el nivel de aceptación de la diversidad cultural y religiosa ha sido elevado. Pero en los últimos años no para de crecer. Según los datos de la plataforma, en 2016 los incidentes por islamofobia aumentaron un 106.12 % respecto a 2015, con 573 ataques por los 278 del año anterior.

“El contexto ahora es diferente al del 11-M porque en los últimos años se ha producido una acumulación de atentados terroristas en Europa y una crisis de refugiados que ha hecho que mucha gente asocie ambos fenómenos por la utilización interesada de las fuerzas de extrema derecha”, reflexiona el filósofo Santiago Alba Rico, autor de Islamofobia. Nosotros, los otros, el miedo (Icaria). El terreno está más abonado para que crezca el odio pero el fenómeno es ya mayor de lo conocido porque es en gran parte soterrado. “La Agencia de Derechos Fundamentales de la UE cifra en un 80 % los incidentes de este tipo que no se denuncian”, señala Miguel Ángel Aguilar, fiscal coordinador del Servicio de delitos de odio de la Fiscalía de Barcelona.

“No debemos ceder ni un solo milímetro a la dinámica de la islamofobia que quiere alimentar el yihadismo”, afirma Rico. “El odio al musulmán y el racismo atacan los valores que cimentan nuestro modelo de convivencia”, destaca el fiscal. Pero incluso desde una visión más utilitarista, la sociedad y los responsables públicos deben atender al otro problema que emerge tras los ataques de Barcelona, advierten los expertos. “El terrorismo alimenta la islamofobia y la islamofobia ofrece réditos al terrorismo porque fractura la sociedad. Neofascismo y yihadismo son dos caras de una moneda que se alimentan”, remarca Ibarra.

Del dicho al hecho. Los mensajes de odio han saltado de las pantallas de las computadoras hasta convertirse, algunos, en ataques a mezquitas.

Privados de libertad escriben libros sobre el campo y la navidad

Presentación. Privados de libertad en el Centro de Inserción Social de Tonacatepeque presentan los libros que escribieron basados en sus memorias.

“Crecí en El Mozote, vengo del monte, de cerros y de historia de guerra. A veces creo que soy del tiempo y del olvido”. Eso escribió Pablo a manera de presentación en su libro. Él es un joven de 17 años que guarda prisión en el Centro de Inserción Social de Tonacatepeque.

Pablo mide alrededor de un metro y medio, es delgado, lleva el pelo corto y no tiene tatuajes. Su libro, junto a los otros 10 que se presentan este lunes 14 de agosto, ha sido producido a través del proyecto “Soy Autor” de la ONG Contextos.
Durante tres meses, 11 privados de libertad decidieron qué parte de sus vidas querían (y podían) publicar. La historia que Pablo terminó escribiendo es sobre un día en el que recorrió junto a su hermano el río Sapo, la poza de Las Culebras, persiguió cangrejos y corrió entre las veredas de Morazán.

De todos los privados de libertad en este evento, Pablo es quien tiene la cara más tierna. Mientras sonríe ampliamente, los ojos se le entrecierran. Habla despacio, sus gestos son suaves y responde con paciencia las preguntas que el público invitado le hace sobre el libro que escribió. Él es una de las personas que más podrían inspirar confianza dentro de este grupo de gente, de no ser porque es el único que viste una camisa blanca sobre la que se ha pintado una M y una S, acompañadas de dibujos de huesos y cadenas.

Pero en este evento dentro del centro, Pablo sonríe y habla de la poza en la que solía nadar frente a un montón de desconocidos que omiten preguntar cualquier tema relacionado con su camiseta.

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“Mi amigo sincero”. Ese es el título del libro que escribió un privado de libertad en el que narra la muerte de un amigo cuando fue alcanzado por un rayo.

El programa de escritura se realiza “sin defender (a los reos) ni justificar por qué están allá”, explica Zoila Recinos, la directora de programas de Contextos. Ella se encarga de recalcar que con esos programas no se pretende justificar ni apoyar los delitos que estos jóvenes han cometido. Programas como este, comenta, sirven para que los privados de libertad reflexionen sobre su propia historia.

El Centro de Inserción Social de Tonacatepeque es el lugar al que se envían a los menores de edad que se han encontrado culpables de cometer algún delito y tienen vínculos con la Mara Salvatrucha. En el país hay cuatro centros de inserción para menores y en total, albergan a 770 jóvenes.

Cada uno de los autores ha decidido por su propia cuenta qué historia quiere contar. Algunos hablan de su infancia, otros de este presente en el que extrañan a su familia. El escenario que Pablo usa en su libro evoca al campo y la tranquilidad de la vida rural en El Mozote, Morazán.

La historia del libro está alejada de la realidad de este centro. En este lugar pagan su condena algunos imputados por casos de violencia extrema. Por ejemplo, en mayo aquí fue internado un joven acusado de violar a promotoras de salud que llegaron a trabajar a una comunidad, y en junio, dos menores de edad fueron condenados a cumplir seis años de cárcel en este centro por haber asesinado al alcalde de Tepetitán. Los ajustes de cuentas y homicidios entre reos tampoco son un tema superado. En marzo la Fiscalía reportó el levantamiento del cadáver de un interno.

En este ambiente hostil es que los maestros de Contextos imparten un taller de escritura creativa para la paz. La organización sabe que con su proyecto se está creando un libro con poco o nulo impacto en la literatura, pero aseguran que el objetivo de este programa es otro.

Aquí escribir se entiende como la oportunidad de brindarles a estas personas un “proceso de introspección, de compartir sus vivencias”. La directora del programa asegura que cuando los internos reflexionan sobre literatura y sobre lo que escriben se les está dando la ocasión de “escuchar a los demás” y “ modificar los propios sentimientos”. Esas dos cosas suenan básicas, explica Recinos, pero es necesario construirlas desde cero con esta población.

“Soy Autor”. El programa se enfoca en hacer que los jóvenes “lean como escritores” para luego narrar sus memorias. El 14 de agosto fueron presentados 11 libros creados en este.

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Ana trabaja en una maquila. Tiene 33 años y tuvo a su hijo cuando tenía 15 años. Salió de su casa a las 4:40 de la mañana para poder estar a tiempo en este acto. Este lunes está un poco nerviosa porque no sabe si le brindarán una constancia de presencia en este lugar para presentarla en su trabajo. Si el centro no le brinda la constancia, cuenta que le descontarán $20. Si la consigue, el descuento será de $10.

Ana espera sentada en una de las 45 sillas que se han colocado en un salón del Centro de Inserción Social de Tonacatepeque. Ella espera ver a su hijo mientras los trabajadores de Contextos inflan y pegan globos dorados y blancos en las paredes.

Frente a Ana hay una mesa de honor y en la mesa de honor hay un papel con el nombre de su hijo, el interno encargado de dar las palabras de agradecimiento. Conforme los minutos avanzan el salón se empieza a llenar con personal del Ministerio de Educación, invitados y empleados de la ONG. Antes de entrar acá cada uno de los invitados ha pasado un protocolo de seguridad en el que se revisa que no ingrese ningún ilícito al centro; después ha caminado por un pasillo hasta llegar a este salón en el que un guardia se encarga de abrir el candado de la puerta. Al otro extremo del salón, otro custodio vigila el área de ingreso de los reos.

Ana trabaja en una maquila. Tiene 33 años y tuvo a su hijo cuando tenía 15 años. Salió de su casa a las 4:40 de la mañana para poder estar a tiempo en el acto. Este lunes está un poco nerviosa porque no sabe si le brindarán una constancia de presencia en este lugar para presentarla en su trabajo. Si el centro no le brinda la constancia, cuenta que le descontarán $20. Si la consigue, el descuento será de $10.

Ana viste sencillo: sandalias, una falda azul y una camisa blanca con rayas. No tiene ni una pizca de maquillaje en la cara y afirma que su error, quizá, fue pasar trabajando todo el tiempo.

Cuenta que Gabriel, su hijo, fue acusado de extorsión. Ahora lleva un año y tres meses encerrado. “No hay palabras para decirle cómo me siento”, dice emocionada cuando ve que uno de los libros que se exponen en las mesas tiene el nombre de su hijo en la portada. Cuenta que cuando ella salía de los turnos de la maquila y regresaba a su casa, Gabriel siempre estaba a su lado. Pero no está segura de qué hacía Gabriel mientras ella trabajaba.

A las 9 de la mañana un guardia abre un candado y luego una puerta. Nueve de los 11 privados de libertad que presentan su libro ingresan al salón. Todos llevan camisas y pantalones anchos y el pelo corto. A excepción del personal del centro y los maestros del programa de escritura, no conocen a la mayoría de los invitados. Caminan hacia adelante y se arrellanan sobre las sillas de la primera fila. Gabriel sale y se sienta en la mesa de honor rodeado de personal del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA) y de la Oficina de Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley de Estados Unidos. Ana mira a su hijo y sonríe tímida.

La presentación de los libros empieza. Quien dirige el acto es un maestro de Contextos y Alejandro, un reo que ha escrito un libro. Alejandro es moreno, usa una camiseta de la selección nacional de fútbol, tiene ojos verdes y pestañas largas. Habla medido y no titubea al decir que “somos pandilleros y tenemos sentimientos”.

Después de los saludos de bienvenida, es el turno de Gabriel para dar las palabras de agradecimiento. Se levanta, desdobla una página y lee el discurso que ha escrito a mano con ortografía impecable y lapicero azul. Su intervención empieza con una cita bíblica y termina diciendo: “Gracias por darnos la oportunidad de presentarle al mundo entero que somos seres humanos igual que ustedes dándoselo a demostrar con estas historias”.

Contextos usualmente realiza este programa con grupos de 12 personas. Nadie está obligado a participar. La organización le presenta el programa a toda la población privada de libertad y luego los interesados se presentan a las clases de escritura creativa. Una vez instalado el proyecto, se imparten dos clases por semana hasta completar las 22 sesiones. En esas horas clase se trabajan los borradores de texto y el proceso de edición y revisión de los libros.

“En la clase se abordan experiencias humanas –asegura la directora del programa–. Cada uno tiene la responsabilidad de saber que va a exponer cosas dolorosas. No decimos ‘van a escribir sobre lo que ustedes han hecho, sobre la pandilla’. No, son temas genéricos”.

Por eso, las historias que se presentaron son variadas. Está la historia de un joven que no conoce a su hija porque nació después de que él fue internado, un libro que habla sobre la muerte de una hermana y otras historias como una graduación de noveno grado, o la navidad inolvidable de alguien que pudo usar ropa nueva y jugar fútbol un 24 de diciembre. Todas las historias están situadas en colonias marginales y comunidades. No hay un solo libro en el que se reconozca que el nivel de vida de ellos era privilegiado.

Después de las palabras de agradecimiento del acto, el centro de inserción brinda media hora para que los privados de libertad puedan compartir su experiencia con los invitados. Como sucede en las ferias de logros de las escuelas, los internos se colocan detrás de la mesa en la que está expuesto su libro y hablan con desconocidos sobre el proceso y la dificultad de encontrar las palabras adecuadas al momento de escribir.

Ninguna de las historias profundiza sobre la vida siendo un interno. Pablo, el reo que usa la camiseta con símbolos de la mara, menciona algo que ayuda a explicar cómo incluso estos programas que buscan la expresión de los privados de libertad están regulados por estructuras de poder internas.

Cuando se le pregunta si alguno de sus compañeros se opuso a que él escribiera su historia, él responde que no, porque el proceso “fue avalado por los demás que lo hiciera. De todos modos no es nada malo lo que cuento”. Luego explica que la escritura fue difícil por otros motivos que no tenían que ver con coerción, sino con marcas personales. “Al principio nos costó escribir, porque alguno quería escribir cosas con mucho dolor, entonces mejor escribimos historias más comunes”.

Mencionar que se trabaja en espacios con jóvenes pertenecientes a pandillas funciona como un repelente de donaciones. Así lo explica Zoila Recinos: “Hay empresas donantes que no entienden esta vinculación, que dicen yo voy a apoyar escuelas, no voy a estar apoyando nada que tenga que ver con prisiones o pandilleros porque no lo ven como centros de inserción y ese es uno de los retos de ISNA”.

 

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Cuando a Pablo se le pregunta por qué está encerrado en este lugar responde con evasivas. Se limita a responder: “Son errores de uno. Y como dicen, al que anda en la miel algo se le pega”.

Pablo cuenta que tiene tres hermanas y tres hermanos. Dice que le gustaría volver a El Mozote, pero sabe que solo podría ir de paseo porque “hay varia gente que quedó enojada”. Allá causó temor.

Un vecino de la zona donde vivía Pablo pide no ser identificado antes de hablar de cómo lo vio crecer. Afirma que la gente no nace mala y que nunca se imaginó que Pablo terminaría encerrado. Lo describe a él y a sus hermanos como niños tranquilos que en más de alguna ocasión ayudaban a hacer el oficio del día en casas ajenas.

El Mozote es un lugar reconocido por una masacre ocurrida en diciembre de 1981 en la que soldados mataron a 900 personas de la población civil, incluidos infantes. Dos décadas después de la masacre, nació Pablo. El vecino cuenta que Pablo iba a la escuela local, pero que la abandonó por la calle y se le vio caminando armado por las veredas del lugar. Según la base de datos del Ministerio de Educación de 2016, la escuela del caserío no tiene teléfono, fax, correo electrónico o baños que funcionen con sistemas de alcantarillado.

“Eso es descuido y maltrato de los padres”, dice el hombre tratando de encontrar una razón que explique el presente de Pablo. Él afirma que lo vio crecer y escuchó alguna vez cómo el joven contaba que en su casa lo golpeaban. Hace un par de años, recuerda, dejó de verlo por la zona. El rumor de la comunidad es que fue acusado de amenazar y extorsionar a personas de las comunidades aledañas.

En el libro que ha escrito, Pablo está en el campo. “Me gusta la vida rural, creo que aquí todo es posible”, se lee en su texto. Pero su realidad es Tonacatepeque. Este lunes ninguno de sus familiares vino a la presentación de su libro. Dos de ellos, quizá porque no pueden. Desde su comunidad rumoran que dos de sus hermanos también están presos.

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Proceso. En la presentación de los libros fue posible observar los distintos pasos
del proyecto, incluyendo los cuadernos donde empezaron a escribir sus escritos.

La organización que impulsa el programa empezó a trabajar en 2014 con privados de libertad. Ese año trabajaron con adultos en el penal de Quezaltepeque. Hasta este año se han iniciado los programas “Soy autor” en los cuatro centros de inserción a escala nacional.

La inversión económica para cubrir los gastos de materiales, educación y producción de “Soy Autor” para 2017 es de $167,000. Ese dinero, producto del apoyo de la cooperación internacional y los organismos multilaterales, cubre la ejecución del programa en los centros de inserción social a cargo del ISNA.

Ya que en estos espacios se resguarda a menores infractores de la ley, el presupuesto del centro es parte del presupuesto general del ISNA y no de la Dirección General de Centros Penales. La dirección brinda la seguridad de los centros.

El presupuesto sigue siendo insuficiente para el trabajo de reinserción a la sociedad que estos centros deben realizar. El ISNA destina $3.8 millones para las labores de inserción social. Esta cifra no debe entenderse como sinónimo de lo invertido en programas para que los que ahí entran cambien sus vidas. La mayoría del dinero es para pagar salarios. El rubro de remuneraciones es de $2.4 millones y para la adquisición de bienes y servicios se destinan $1.3 millones.

Ante esta realidad, las ONG que trabajan con las personas que han cometido delitos siendo menores de edad se vuelve crucial. Contextos se financia a través de donaciones y de concursos de fondos internacionales.

Además de trabajar con centros penales, la organización da capacitaciones para maestros de escuelas públicas y trabaja con jóvenes en comunidades de alto riesgo. Sin embargo, mencionar que se trabaja en espacios con jóvenes pertenecientes a pandillas funciona como un repelente de donaciones. Así lo explica Zoila Recinos: “Hay empresas donantes que no entienden esta vinculación, que dicen yo voy a apoyar escuelas, no voy a estar apoyando nada que tenga que ver con prisiones o pandilleros porque no lo ven como centros de inserción y ese es uno de los retos de ISNA”.

Cuadernos donde comenzaron a escribir sus notas.

 

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El maestro de ceremonia avisa que la media hora que tenía el público para platicar con los privados de libertad ha terminado. Todos retoman sus asientos y se procede a la entrega de los diplomas. El maestro que entrega los reconocimientos los llama por su nombre y menciona alguna de sus cualidades. A uno de ellos lo llama “uno de los tipos más listos que conozco”.

En este proyecto se habla de la importancia del lenguaje en situaciones concretas. Eso se evidencia desde el momento en el que los reos se cuidan de decir lo justo, hasta las ocasiones en que la ONG decide omitir la palabra “líder” del lenguaje usado en sus actividades “por el tema de pandilla. Porque en la estructura (criminal) ‘líder’ es otra cosa”.

Terminado el acto, Johana Díaz, una de las maestras que ha dirigido el proceso de estos jóvenes, se muestra orgullosa del resultado. Díaz afirma que otros colegas le han cuestionado por qué trabaja con población dentro de la cárcel, pero afirma estar convencida de la necesidad de trabajar en contra de la estigmatización de los privados de libertad.

Quienes participan en el programa deben leer a diferentes autores y aprender a identificar las emociones que se le adjudican a los personajes de los libros. Eso funciona como un “simulador de emociones para generar empatía”, explica la directora del programa. Aprender a identificar los sentimientos, aseveran, sirve para ver las historias de otra manera y abrirse a hablar incluso del dolor propio.

El acto termina y los internos se preparan para volver a su espacio cotidiano. Antes, la maestra de escritura de este grupo les ha dicho que está agradecida porque “contaron historias que son difíciles de contar”. Alejandro, el pandillero moreno de ojos verdes y pestañas largas, lo confirma. En su libro habla de cómo se sintió cuando su hermano mayor migró huyendo de un problema de pandillas para salvar su vida. “¿Y vos a quién le habías contado eso?”, le pregunta la docente. Alejandro baja por un segundo la guardia, mira hacia abajo y responde: “A nadie”.

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“¿Qué posibilidades les damos a estos menores? ¿Posibilidades de estar estudiando? ¿Posibilidades laborales? Si no existe un entorno favorable, es muy difícil poder hablar de reinserción. En el Gobierno, en la Asamblea se intenta hablar mucho de reinserción. Si todo este discurso, que es muy bonito, no lo acompañamos de hechos reales, es muy difícil”, asegura Arnau Baulenas, abogado del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (IDHUCA).

Los procesos de reinserción no son entendidos solo como un cambio personal que deben hacer los reos, sino, un cambio que Estado y sociedad deben acompañar. “Lo que necesitan los jóvenes pandilleros son oportunidades y sobre todo verdaderos procesos educativos con base en ciudadanización”, escribió en una columna de opinión de LA PRENSA GRÁFICA el especialista en educación Óscar Picardo a inicios de este año.

Contrario a lo recomendado, los esfuerzos de reinserción social estatales están marcados por carencias. Sumado a esas faltas, se tiene la ausencia de núcleos familiares fuertes que puedan recibir a los infractores cuando terminen de cumplir su pena. En este evento, a pesar de que las familias de los jóvenes fueron invitadas, no hay parientes. Entre decenas de personas que vinieron a este espacio a escuchar las historias de los presos solo hay una madre. Es Ana, la mujer que madrugó y tomó varios buses para escuchar la historia que su hijo quiere contar.

*Los nombres de los infractores de la ley han sido cambiados a petición del ISNA.

Más de 700. Los centros de inserción social del ISNA albergan a más de 700 jóvenes que cumplen sus condenas por haber cometido algún delito siendo menores de edad.

Personajes: Escobar Velado y Láscaris (II)

Cuando me refiero al poeta Oswaldo Escobar Velado y al filósofo Constantino Láscaris no pretendo un boceto biográfico, sino verlos a ellos desde mi persona, como cuando uno está frente a un espejo. Comenzar por ellos tiene que ver con la distancia que nos separa desde su ausencia, antes que el tiempo empañe el cristal y desaparezcan sus imágenes en las que me observo.

Porque cuando se escribe para hacer trascender un hecho, no solo para exponerlo, la clave para lograrlo se puede graficar en la famosa frase atribuida al novelista francés Gustave Flaubert: “Madame Bovary c’est moi” (“la señora Bovary soy yo”) refiriéndose al personaje de esa gran novela. Esa asimilación no incluye solo la escritura de ficción, sino también al periodismo, donde quien escribe se encuentra a sí mismo en un relato que va más allá de exponer el hecho. En pocas palabras, escribir siempre con el propio sentimiento. La emoción soy yo.

Esto me impulsó a pensar en la posibilidad de escribir dos partes sobre mis personajes: Oswaldo Escobar Velado y Constantino Láscaris. Porque siempre he encontrado una interacción entre ambas disciplinas: poesía y filosofía. Con más razón si son disciplinas donde las ideas y los sentimientos se imbrican para explicar otra realidad, la óptima, la que se está redescubriendo en el desarrollo humano, desde el uso del palo y el grito, hasta la fusión nuclear y las amenazas de exterminio humano.

Eso me hace unir a los dos personajes. Cada uno mira la vida en su peculiar modo de interpretar su papel social. Escobar Velado, un profesional de la jurisprudencia, escribe para decir “moriré, morirás, pero conmigo continuará mi grito…”. Con eso explica el deseo de hacer resonar su voz en favor de los demás, y espera que otros lo escuchen.

Láscaris escribe para conocer el país ajeno (Costa Rica) que hace suyo y para ello debe escribir sobre él para comprenderlo mejor. Importa que los escuchen diez o cien o mil personas, pero quiere dejar constancia que pasó por un mundo centroamericano buscando una verdad. Hace uso de la palabra “no solo para comunicar sino para sensibilizar”, (Heidegger). Cómo somos, cómo pensamos, tanto el costarricense, como el centroamericano, y por eso escribe sobre las ideas de Centroamérica, y se apropia de esa realidad, cómo convivimos, cómo somos. Y en el caso específico de su país de adopción lo reconoce como país de cultura campesina, sencillo en su origen, sin que signifique perder esa raíz. Al auscultar un alma nacional también debe juzgar o merodear entre bienestar y malestar social para construir. Se construye revelando identidad.

Escobar Velado escribe “Cristo América” (Venid a ver mi mapa desgarrado.

Ved el cuerpo del Cristo y sus venas azules); el poeta no solo molesta; punza el dolor mismo. Cada quien con las particularidades de la palabra de acuerdo con su disciplina trata de descubrir el destello entre las flores y las espinas. Los riesgos de la búsqueda.

Recuerdo cuando trabajé con Láscaris en el Instituto de Estudios Centroamericanos, Universidad de Costa Rica. Bajábamos acompañándolo, su equipo de trabajo, de la segunda planta hacia la primera planta del edificio de la facultad (Estudios Generales), a tomar café, ahí conversábamos. ¿Qué se puede conversar mientras se toma café a las 10 de la mañana? Cuando un equipo está por consolidarse se tiene que ser muy suelto, conversar sobre los temas, desde cómo proyectarse con la revista de poesía (que me tocaba a mí), y con ella tener canje para enriquecer la biblioteca inicial que quería construir sin presupuesto para libros; o bien planear un programa radial sobre antropología centroamericana.

Con esa soltura propia del que ve en la vida los problemas, Láscaris nos dice: “La gente pensará que estamos sentados en el café ganando fácil un salario, lo que no saben es que estamos haciendo filosofía”. Lo expresaba con sentido de humor y a la vez nos defendía con ironía crítica. Como decir no se preocupen, están con el sabio Láscaris. De esa manera, nos daba una lección antiburocrática, no se trata solo de calentar la silla de un escritorio. Para el filósofo la vida estaba en todas partes.

Constantino Láscaris desde lejanos ancestros, una noble familia griega originaria de Constantinopla, cuyo abolengo y apellidos se carga desde el siglo XIII, se enamoró de un país cuando aún no le llegaban los atisbos de modernización. Por eso había que participar en el cambio de una universidad relativamente nueva, mediante una reforma universitaria. Parte de un equipo académico que vio la educación como la clave de cambio (1956). “Hombre de buena fe que nunca se negaba a nada… Era una persona generosa que jamás haya conocido”, dicen sus colegas españoles.

Escobar Velado se dispersaba en diversas actividades, podía desarrollar diferentes disciplinas en coherencia con su palabra, siempre buscando tres pies al gato. Desde una revista (Gallo Gris) o un programa radial, ambos literarios, hasta la formación de un partido político, en una época que era una aventura ese tipo de manifestaciones. Incluso se unió a un militar reconocido, con lo cual ambos, militar y poeta, terminaron marginados de una vida normal, era un enemigo.

Pero no dejaba de participar en certámenes literarios, que por ser un maestro de la poesía era el usual ganador de premios, que él calificaba como “municipales y espesos”; y le cantaba a las reinas de las fiestas de las comunidades donde llegaba como poeta laureado. Así, jugando con la poesía, en la búsqueda de la democratización estuvo en el exilio en Costa Rica y Guatemala. ¿Cómo era posible una oveja negra en una familia de ovejas blancas? De Costa Rica trajo hermosos poemas de amor dedicados a Urania, y desde Guatemala nos trajo la palabra para “seguir cantando lo que nos duele cotidianamente, y cae como una gota amarga en el corazón”. Murió (1961) interno en un hospital siquiátrico, porque quiso estar solo, víctima de un cáncer; fomentemos un árbol de ceiba como monumento. Láscaris muere en 1979. Sin embargo, ambas vidas sobreviven.

Buscar casa de alquiler en el Gran San Salvador

Es un tema recurrente en cualquier reunión en casi cualquier círculo de amigos. Ya sean del trabajo, de la cuadra o viejos conocidos de la escuela o del colegio: la búsqueda de una casa para vivir en el Gran San Salvador. En alquiler. Siempre parece haber alguien tratando de encontrar una vivienda para su familia o una pareja de recién casados que busca empezar de cero. Y los que han buscado saben y se quejan de lo complicado que es conseguir un lugar para vivir. Un sitio que reúna algunas condiciones consideradas básicas: primero –siempre primero– que esté en una zona medianamente segura, que no quede tan extraviado de las rutas de buses o microbuses y que tenga algún supermercado o tienda surtida cerca.

No debería ser tan complicado, pero en El Salvador todo parece serlo. Hace unos días una pareja de esposos le contaba a un grupo de amigos que buscaba mudarse desde Soyapango a otra ciudad del Gran San Salvador. Motivados por la inseguridad, se habían puesto a buscar en internet y en los clasificados alguna casa. Nada de lujo, lo básico para una pareja en la que ambos trabajan. Pero se encontraron con alquileres exorbitantes para cualquiera con un salario promedio en el país. No eran mansiones, sino casas de colonias con tres cuartos, a lo mucho, y que comparten pared con el vecino de al lado. Estrechas, pues. ¿Su precio? De $400 a $500 por un alquiler mensual en Santa Tecla o sus alrededores. Mucho más que el salario mínimo vigente en el país.

Muchos lo catalogarían como un abuso o una exageración. Hace tan solo un par de años busqué una casa y vi más de 30 al occidente del Gran San Salvador. Los vendedores siempre enfatizaron dos motivos para justificar esos precios que parecen fuera de contexto: la seguridad y la ubicación. Un par de vecinos hacen un portón a la entrada de un pasaje y ya se cataloga como “privado”, más el hecho que uno no tiene que viajar a Lourdes, Colón, o hasta Quezaltepeque –donde están las colonias más recientemente edificadas– y arriesgarse por algún cierre de carretera o percance en el camino.

Según el estudio “Se busca vivienda en alquiler, opciones de política en América Latina y el Caribe” del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), “la vivienda formal en América Latina y el Caribe es costosa. Algunas fuentes sugieren que ahí la relación entre precio e ingreso puede ser hasta tres veces mayor que en Estados Unidos”. Ante esto, muchas personas terminan pagando esos alquileres altos por casas que no lo valen y a las que muchas veces no se les da mantenimiento (construidas en los años ochenta del siglo pasado o antes), aunque represente cerrar con déficit en la economía familiar mes a mes.

Y como todo en el país, la situación se va agravando en cuanto se perciben menos ingresos. Menos dinero, menos posibilidades de alquilar una casa que reúna las condiciones básicas. Adquirir una casa propia es más que un privilegio para una familia joven. Eso hace que hoy, como nunca antes, sea tan difícil encontrar vivienda. Bueno, casas hay, pero localizadas en colonias sitiadas por las pandillas.
Y los precios por alquiler en la zona catalogada como “segura” del Gran San Salvador suben como la espuma. Algo tiene que frenarlos. En ciudades de Europa o Estados Unidos se regula el precio de los alquileres después de que estos se descontrolaron y se volvieron impagables. El estudio del BID sugiere que “un marco jurídico equilibrado puede incluir controles de renta, si bien estos deben ser determinados en relación con los valores de mercado en el área y modificables de acuerdo con el comportamiento de la inflación”. Como muchas cosas de la ciudad, los alquileres parecen ser un caos donde se aplica la ley del más fuerte, y el débil asume la carga más grande.

Robert E. Lee y el basurero de la historia

Después de la muerte del general Robert Edward Lee en 1870, Frederick Douglass, el esclavo fugitivo y el afroamericano más prominente de Estados Unidos, escribió: “Apenas podemos ver un periódico que no está lleno de adulaciones nauseabundas sobre Lee, de las que pareciera que el soldado que mata más hombres en batalla, incluso si es por una mala causa, es el mejor cristiano, y que se merece el lugar más alto en el cielo”.

Este comentario de Douglass resume bien la polémica actual que se está dando en Estados Unidos sobre la memoria de Lee, símbolo de nobleza e heroísmo para algunos y de esclavitud para otros; la misma polémica fue la detonante de la violencia en Charlottesville, Virginia, la semana pasada entre un grupo de supremacistas blancos y otros que se manifestaban a favor de la inclusión total de los afroamericanos en la sociedad.

Vale aclarar que lo que está detrás de la polémica de Lee no es solo la preservación o destrucción de un monumento, sino el discurso de la memoria que evoca. En este caso, para muchos ese discurso tiene que ver con la ideología de la supremacía blanca que el Estado proyecta a través de la producción cultural. Lo que está en juego, además, es la posición de Robert E. Lee como símbolo del país; si debe ocupar una posición central hoy en día o si pertenece ya al “basurero de la historia” así como expresó Trotsky de los mencheviques en 1917.

Para algunos el general Robert Lee sigue siendo el ícono central del orgullo sureño y una figura importante de la historia estadounidense. El mismo presidente Trump lamentó “ver la historia y la cultura de nuestro gran país destrozada por la eliminación de nuestras hermosas estatuas y monumentos”.

La estatua de Lee en Charlottesville fue levantada en 1924 como parte de una serie de monumentos que avanzan una memoria revisionista del conflicto bélico entre el Norte y el Sur. Dentro del imaginario colectivo sureño gana popularidad la idea de que la derrota en la Guerra Civil fue una “causa perdida” en que la Confederación luchó con nobleza aun sabiendo que estaba en una posición inferior al ejército de la Unión.

A pesar de su peso histórico hay que distinguir entre lo que las imágenes de Lee significaron en el pasado y lo que representan en la actualidad. Invocando la figura del general hoy en el espacio público trae a la mente un repertorio de recuerdos relacionados con la Confederación en un contexto sociopolítico de fuertes tensiones culturales y raciales en la era de Trump, del movimiento político Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan), y de la lucha por los derechos de los inmigrantes en EUA. Dentro del momento histórico actual la figura de Lee ya no invoca solo la narrativa de la “causa perdida”, sino también trae a la mente un discurso de supremacía blanca.

Muchos a favor de preservar los monumentos de la Confederación señalan que la figura de Lee no se debe censurar porque representa la libertad de expresión de una parte del Sur. Pero la libertad de expresión también incluye la libertad de manifestarse en contra de estos monumentos.

En fin, este es el peligro que corren las imágenes y los monumentos públicos; siempre están sujetos a la opinión popular, a cambios en la memoria colectiva y en el significado de la historia. El espacio que se abrió en un momento al monumento, que le otorgó autoridad y un sentido de consenso público puede volverse hostil e iconoclasta.

La presuposición más aceptada es que la historia solo existe en el pasado, pero la indagación crítica que estamos viendo con respecto a la iconografía de la Confederación revela que estamos viviendo la historia, haciéndola y deshaciéndola vigorosamente –recordándola, negándola–, de una forma dinámica y viva.

Carta Editorial

Es un doloroso absurdo que en un país tan lleno de violencias se hable tan poco de educación en todas sus formas. Lo trágico de las consecuencias no debería habernos apartado nunca de ponerle atención a las causas, a la raíz de todo. De haberlo hecho en la primera oportunidad clara que tuvo el país con la firma de los Acuerdos de Paz quizá mucho de lo que hemos perdido como ciudadanía se hubiera salvado.

Nadie nace para asesino ni para extorsionista. Nadie nace para vivir por una pandilla ni con la ambición de llegar a ser un corrupto. Hay en el camino demasiados factores que reducen las oportunidades de una persona para alcanzar una vida plena. La primera de todas, el acceso a la educación formal y a la no formal.
El reportaje que abre esta edición explora ese eterno debate acerca de quién merece una segunda oportunidad y cómo hacer efectiva la reinserción de quienes han cometido delito. La periodista Valeria Guzmán llega así al testimonio de una mujer que vive en la paradoja en la cual nos movemos muchas: dejar al hijo para ganar dinero para mantenerlo. A esta mujer ahora le toca hablar desde una centro de inserción social en donde visita a ese hijo por el que todavía trabaja.

A este país tan pequeño en territorio se le ha vuelto más fácil colocar barreras sociales que tender puentes para facilitar una inclusión práctica. Hay cantones, colonias, municipios completos que quedaron demasiado lejos de cualquier ventana de progreso. En esta sociedad que hemos construido la educación es solo un elemento más de discriminación. La más completa e integral, esa que casi asegura la movilidad social está reservada para quienes la pueden pagar. Pasa lo mismo con la salud; y qué se puede esperar de un país que coloca los derechos fundamentales bajo un candado monetario.

Reconocer a todas las víctimas de este sistema desigual es un proceso complejo, difícil, en el que no se debe buscar a los culpables solo entre los que aprietan el gatillo, sino que también entre los que han manipulado el tablero para mantener a la mayoría lejos del conocimiento y cerca de la desesperación.

“La paz está en el respeto a los derechos humanos”

¿Qué consejo se daría?

Ser menos confiado y empeñarme en no caer preso del hábito o la rutina.

¿Qué o quién es el más grande amor de su vida?

La familia, sus recuerdos e historias por sobrevivir en este pequeño país. Los guardo con mucho cariño y trato de aprender de ellos, para ser después parte de esa memoria.

¿Cómo definiría al sistema de justicia salvadoreño?

Como uno en el que cada vez tenemos más leyes y reformas a estas, pero estamos a muchos años de lo verdaderamente justo.

De todos los casos en los que ha trabajado, ¿cuál considera que es el más difícil?

Casos donde he acompañado a madres buscando a sus hijos desaparecidos, sin resultado alguno, al igual que casos donde sigue prevaleciendo la calumnia sobre la verdad y el tiempo hace perder toda esperanza a las víctimas.

¿Qué está soportando o tolerando actualmente que no lo haga feliz?

El deceso y la migración de muchos que dieron todo por un ideal, sin lograr alcanzar un país con verdadera paz y reconciliación. El secreto de la paz, como ya se ha dicho, está en el respeto a los derechos humanos.

¿Cuál es su miedo más grande?

Que los avances en materia de tecnología no se aprovechen debidamente y terminen de enterrar nuestro pensamiento, la conciencia y solidaridad de los pueblos.

¿Cuál considera que es su estado actual de ánimo?

Sereno, intentando tener un buen ánimo, a pesar de la injusticias que se conocen todos los días.

Buzón

Buzón
Buzón

Extorsión e impunidad

Deseo felicitar a Moisés Alvarado por su investigación periodística sobre el delito de extorsión, así como a los investigadores policiales que diligente y exitosamente culminaron sus averiguaciones sobre los casos abordados. Ciertamente admiro a los investigadores que profundizan en su trabajo y merecen los créditos respectivos. Desafortunadamente es necesario subrayar los factores estructurales que, como sociedad salvadoreña, subyacen y favorecen la comisión de este tipo de delitos. El reciente desmantelamiento de una red de profesionales vinculados a la divulgación de información confidencial sobre casos judiciales, así como el allanamiento de algunos tribunales, es un signo positivo que revela uno de esos factores: la corrupción del sistema judicial y la intocabilidad de ciertos funcionarios, cuyo poder les permite traficar con sus influencias a favor de clientes procesados por diferentes delitos.

El reportaje de Moisés Alvarado señala un denominador común en los resultados de las investigaciones policiales: el condenado, en la mayoría de casos según los expedientes judiciales, es únicamente quien recoge el dinero y queda impune el autor intelectual. Además, hay una red social solidaria que ampara y fortalece la comisión de este delito, que se alimenta de todo tipo de ciudadano corruptible, en las diferentes instituciones del Estado. No cabe duda que en la medida que las iniciativas estatales continúen en la línea de disminuir los niveles de corrupción en las instituciones (esperemos que el desmantelamiento de la corrupción judicial anteriormente aludido rinda sus frutos), nos acercaremos más, como sociedad civil, a las posibilidades y mecanismos técnicos con el fin de promover un perfil diferente de profesional, sea este abogado, juez o empleado administrativo, así como a fortalecer las estrategias institucionales, orientadas a eliminar ese tipo de personas que se benefician de sus cargos para delinquir, muchas veces contraatacando en lo mediático, con diferentes argumentos, llegando incluso a tildar de “intimidatorios” los esfuerzos institucionales por investigar más a fondo a determinados funcionarios.

Oswaldo Caminos
oswaldocaminos@yahoo.com.mx


El temor como herramienta

El ejercicio de despojar a las personas de sus bienes económicos lo venimos sufriendo desde la firma de los Acuerdos de Paz. El cáncer de la extorsión ya es noticia vieja, pero sigue contribuyendo a generar un clima de extrema inseguridad en las esferas productivas y, en general, en toda la población salvadoreña. Ese mal lo dejaron crecer con total libertad, pues en 1995 se denunciaron 535 extorsiones, hoy día las cifras negras son alarmantes, porque se han favorecido rápidamente con el auxilio de la tecnología, además de que algunos afectados prefieren el silencio. El fenómeno oscuro tiene que ser motivo de un análisis riguroso, porque el temor como herramienta de asalto que usan esos terroristas no permite que se conozca todo lo que sucede en las entrañas sociales. No debemos estar ajenos e insensibles a la vida humana, pues el tremendo impacto no se queda solo en un pago periódico, esporádico o único, ya que al estar encapsulados en ese acontecer agresivo de paranoia, el estrés traumático sin final mantiene muy enferma a esta sociedad.

Eso se une al ambiente bipolar que atizan los que no ven con ojos de país los problemas, que no se ponen de acuerdo para desatar nudos. Por infortunio son quienes trazan el destino nacional; en consecuencia, la ruta de esperanza se frustra por los óbices del temor, amenazas y extorsiones. Al tiempo, estas son poderosas razones para emigrar y paralizar al país. La extorsión es un delito muy lucrativo, fácil de ejecutar, pero complejo en la investigación cuando el Estado pierde poder de control en zonas ocupadas por la violencia. La rehabilitación de la confianza que hemos perdido en el tejido nacional debido a esa perversidad y al crónico temor incrustado nos lleva a pensar que los desafíos por hoy no acaban de encontrar una respuesta, muchos quisiéramos que se invirtiera más en educación y menos en cárceles, que todo lo que se habla no quedara en palabras, que la educación recuperara el ejercicio formativo perdido y que no se mantenga a espaldas de la realidad, porque lo que estamos construyendo es un país sin futuro, ya que nuestro futuro depende del tratamiento que hagamos del presente, algo que hoy se nos dificulta con los carteles perversos.

Julio Roberto Magaña
jrobertomasa@hotmail.com


Recolección legal

El reportaje “La extorsión nuestra de cada día” del periodista Moisés Alvarado nos desnuda la realidad vigente que agobia a todos, desde un humilde vendedor de colonia hasta algunas grandes empresas, aunque no todas las compañías son extorsionadas debido a que trabajan con empresas subcontratadas. Son estas últimas las que asumen el cobro para lograr trabajar. El resto de trabajadores de esas empresas somos blanco de persecución como si fuéramos los dueños. Desde el inicio de este mal hay involucramiento en toda forma, y en parte son las mismas empresas las que, debido al recorte de prestaciones, generan descontento entre sus empleados.

Entre estos y algunos de los despedidos se prestan para brindar información que evita el ingreso de equis empresa a un sector definido. Hay un punto en el cual no realizan control, como son las transferencias electrónicas telefónicas, es de revisar los depósitos, hacia dónde están dirigidos y que lograrán controlar este tipo de recolección legal. Otro detalle es que los procesados son los recolectores para mientras el director intelectual es capturado. Así como en el sistema bancario quedan registrados los datos del emisor y receptor, eso mismo debe de hacerse en las transferencias telefónicas para evitar envíos de dinero mal habido de las extorsiones. No estoy en contra de alguna empresa que brinda ese servicio, sino de la forma de control que realizan, todo para evitar que se utilice para fines no legales.

Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com


Crisis de liderazgo

Me gustaría reflexionar sobre el artículo de Leda Romero publicado en 7S el domingo pasado, en el que aborda el tema de que nuestro país está dividido en dos fuerzas que no ofrecen respuestas convincentes a los problemas del país. Al respecto quisiera agregar que la polarización de la sociedad es el principal motivo por el que no se avanza en el deseo de la población por alcanzar un presente y futuro mejor para el país. Es claro que hay desconfianza entre unos y otros, y que ninguno quiere pagar el costo político del sacrificio que supone un acuerdo entre las partes. Piensan que si apoyan lo que propuso el otro, aunque sea para bien del país, servirá para oxigenarlo de cara a la próxima contienda electoral.

Miguel Martínez
miguelmar47@yahoo.com