Poesía y libro contra la violencia

En 1856 el invasor filibustero William Walker se convirtió en presidente de Nicaragua por la fuerza de las armas. Pero quería algo más: “five or none” (“los cinco países o nada”), decía el lema en la bandera que cobijaba lo que llamó “la falange americana”.

Pocos saben que gobernó Nicaragua sin saber hablar castellano y que pretendía imponer la esclavitud en Centroamérica, que ya había sido abolida 55 años antes. Walker se aprovechó de la guerra civil entre liberales y conservadores para lograr su cometido: los primeros lo contrataron como mercenario para derrotar a sus hermanos conservadores. El filibustero basó su optimismo para vencer diciendo que “cada nicaragüense es un país enemigo”. Hizo de ese odio fratricida su carta ganadora para presentarse como salvador. Un sacerdote liberal llegó a decir que Walker era un ángel caído del cielo para salvar a Nicaragua.

Pero el filibustero tenía otros planes, y los dejó por escrito, porque además de militar era periodista, abogado y médico. El progreso de las naciones –decía– reside en la agricultura y en los esclavos. Agregaba algo más: el blanco y el negro son razas puras, por consiguiente, agentes de civilización, el blanco como propietario y el negro como animal de recolección. Lo peor de Walker, entre otras cosas, era creer en la pureza racial y que los híbridos (los mestizos) eran impuros, ociosos, incivilizados. Pensaba que, si se quería cambiar la región centroamericana, lo mejor era exterminarlos.

Ese plan depredador impulsó a los cinco países a crear ejércitos aliados para combatir al presidente filibustero. Al frente de estos estuvieron los salvadoreños Ramón Belloso y José María Cañas. Este último peleó al lado de los costarricenses: 15 años antes había sido parte del estado mayor de Francisco Morazán, quien, pese a ser hondureño, ocupo la presidencia de Costa Rica. Fue fusilado por los mismos ticos, pero esa es otra historia.

Algo excepcional que me encontré al conocer esta historia integracionista es que el coronel nica que acompañó a Walker en la primera batalla fue el liberal Félix Ramírez, años más tarde, padre adoptivo de Rubén Darío. Cuando Walker organizó esa primera batalla contra los conservadores nicaragüenses, atacándolos en Rivas, pidió que el mestizo solo fuera un acompañante decorativo. No intervendría en la batalla. Ramírez desde un principio captó la soberbia de los blancos y el inocultable desprecio del filibustero contra sus propios aliados y contratantes liberales, por lo cual decidió abandonarlo en dicha batalla, que terminó en una dura derrota de las fuerzas centroamericanas contra los filibusteros “inmortales”.

Esta historia me motivó a pensar en el país hermano de Nicaragua, que acaba de organizar, en febrero, su XIII Festival Internacional de Poesía en Granada (con la participación de más de 200 poetas de 67 países). Esta es la misma ciudad que Walker incendió hace 161 años, cuando se vio sitiado por los ejércitos de Centroamérica. Antes de salir de ella, después de saquear iglesias y casas de los conservadores, dejó un cartel: “Aquí fue Granada”.

Nada de esto se mencionó en el festival, pero yo anduve escudriñando los sitios de las batallas porque me interesa esta historia de la patria centroamericana. Estuve dando un recital en el convento de San Francisco donde Walker tuvo su cuartel general. No me lo iba a perder en esa visita como admirador de esta épica trascendental, donde Costa Rica y el presidente Mora jugaron un primer papel que terminó con William Walker. Por ello Centroamérica no se transformó en una región esclava.

En el XIII Festival Internacional de Poesía hubo poetas invitados de África, Europa, Asia y toda América. Invitados con gastos pagados. Revisé a los patrocinadores para calcular la inversión en pasajes aéreos, alojamiento en hoteles y alimentación de los participantes y atenciones. Y comprobé que entre los patrocinadores está la empresa privada, la Unión Europea, la Presidencia de la República, medios de comunicación, embajadas y amigos del festival.
Y no vi ningún signo de su presencia en el festival, ni banderas, ni discursos políticos, ni afiches, ni colores, apenas la limitada participación protocolaria de los donantes internacionales. Quizá es porque entre ellos existe la conciencia de que donan sin condiciones para un encuentro de poesía, no de política o ideologías.

Esto lo tienen claro los organizadores. Es un apoyo incondicional. Parten de la idea de que la lectura y el libro contribuyen al desarrollo de la nación con independencia de quién lo patrocine. La sociedad civil ha creado esa conciencia: el libro, literario o científico, sensibiliza, crea conocimiento, contribuye al desarrollo, además de prevenir la violencia. Por tanto, no hay discursos contaminantes extraños a una fiesta poética excepcional, acompañada de música y danzas nicaragüenses.

Y volviendo al coronel Ramírez, padre adoptivo de Rubén Darío, príncipe de la poesía castellana, tuve la oportunidad de leer una segunda parte de su presencia en Centroamérica, en sendos libros escritos por Francisco Bautista Lara. Sí, Darío ilumina a los nicaragüenses y debe iluminar a los centroamericanos.

Hace más de 160 años el filibustero Walker decía que cada nicaragüense era un país enemigo: el odio entre dos bandos. En el festival, por el contrario, he visto una cultura de convivencia ejemplar. Dos casos: en ocho días de estancia en Granada no vi un hombre armado en la ciudad, ni en los hoteles. Viajé a Managua para participar en un recital; al regreso, reparé que había perdido el teléfono celular y la tarjeta de crédito. Horror, quedaba incomunicado. Me di cuenta cuando había regresado a Granada. Pero otro día me llevaron los objetos perdidos, se me habían salido en el carro que me transportó.

Y conste, Nicaragua también sufrió una larga guerra, y es económicamente más pobre que El Salvador. Pregunté por el santo: superar en lo posible las desigualdades. Ellos también son blancos del tráfico ilegal que azota a Centroamérica, pero la tranquilidad es evidente. El milagro: la poesía. El respeto al príncipe Darío y la divulgación de su bella palabra.

No son costillas

Tampoco son bellas rosas de jardín, ni la creación más dulce de Dios, menos íconos de lo frágil y delicado. Que los hombres hayamos suprimido su condición de iguales durante generaciones también ha causado estos eufemismos que solo robustecen nuestro menosprecio por las mujeres. Sí, menosprecio, esa palabra que no nos gusta a los que creemos no ser machistas, pero que en el fondo estamos tan infectados de su escala de valores como cualquier misógino.

Ver a la mujer como una sensible doncella que necesita ser rescatada es una de las más perversas manifestaciones del machismo, porque, aunque no hace que la golpeemos y castremos, sí nos conduce a sentirnos superiores y nos ata la voluntad para unirnos a sus esfuerzos. Así solo alejamos la igualdad que les debemos. Es legitimarlas incapaces, débiles, sin inteligencia suficiente como para que resuelvan sus problemas por su cuenta. Es otra manera de anularlas, por “inferiores”.

Por eso es que causa tanta sensación una mujer mecánica, una motorista de camiones que cruce fronteras o una joven que atrape y entregue a las autoridades a un ladrón que la atacó en la calle. Por eso es que todavía los periodistas preguntamos a una funcionaria “cómo hace para equilibrar su maternidad y sus responsabilidades laborales”, cuestionando una actividad parental que ni se nos ocurriría abordar si fuese hombre. Por eso juzgamos de mala madre a la mujer que llega noche a su casa por una sobrecarga de trabajo, pero calificamos de responsable y laborioso a un hombre en la misma situación. Es que todavía nos provoca alergia concebir a una mujer lideresa, empoderada, con las mismas facultades físicas e intelectuales que cualquier hombre.

Como ejemplo: aunque no formemos parte de esos 30 países de África, Oriente Medio y Asia que les arrancan el clítoris –según la OMS–, sí mutilamos su derecho legítimo de tomar el control de su sexualidad. Porque, aunque cause escozor en algunas mentes, las mujeres deberían tener el derecho pleno de decidir sobre su cuerpo y su intimidad, sin ser tachadas de “putas” o “cerdas”. Aun cuando las niñas deberían ser educadas con verdadera responsabilidad sobre sexo y prevención, optamos por vetar todo lo sexual de nuestras hijas, hermanas, sobrinas. Creemos que basta con vigilarlas como perros guardianes para garantizar su bienestar.
No se confunda, que una niña sepa cómo se desarrolla el coito, sus riesgos físicos y emocionales, o cómo se usa un preservativo no la transformará en “una sucia promiscua”, más bien la hará consciente –pero sin tabús– de que intimar no es un juego, y de que debe haber mucha responsabilidad de por medio para hacerlo. Esta es una necesidad urgente que no debería ser refutada con argumentos religiosos, porque está en juego la salud sexual y reproductiva de un sector vulnerable. Que en un territorio tan pequeño como el nuestro haya habido 69 embarazos de adolescentes por cada día de 2016 es una alerta roja.

Si más hombres entendiéramos que nuestras actitudes y pensamientos micromachistas se suman a las vejaciones históricas a las que hemos sometido a las mujeres, y que sirven de obstáculo para que consigan la igualdad que se merecen, buscaríamos desaprenderlas. No es necesario ser un activista y protestar en las calles para apoyar su lucha. Reeducarnos, es decir, tirar a la basura cualquier idea que nos aleje de ver a la mujer como igual, es la forma más positiva para reivindicarnos de todas las veces en las que hemos sido sus verdugos. El machismo se puede curar si hay voluntad.

Antonia Navarro, la mujer del presente

“1889. Mucha gente en la ciudad estaba pendiente de la llegada del 20 de septiembre. Incluso el presidente de la república hizo un espacio en su agenda para celebrar la fecha. En los días previos, los periódicos habían comentado la defensa de una tesis doctoral acerca de la luna de las mieses que tendría lugar ese día en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional. Aunque el fenómeno ya había sido descrito en varios textos de astronomía que corrían en manos de los estudiantes de aquella época, este trabajo demostraba que no era observable en El Salvador. El hecho no solo era importante porque se oponía a la mayor parte de escritos en el extranjero, sino porque su defensora, Antonia Navarro, era la primera salvadoreña en obtener un grado universitario en el país y la primera mujer en graduarse como ingeniera en toda Iberoamérica”.

Como el tráiler de una película que nadie quiere perderse, así arranca “Mujeres en público”, una investigación académica que su autora, Olga Vásquez, y la reconocida escritora salvadoreña, Claudia Hernández, convirtieron en un libro con características literarias. Después de este arranque es imposible no querer saber más sobre la historia de Antonia Navarro y las salvadoreñas del siglo XIX que lucharon por salir de la casa, por entrar a la universidad, por leer muchos libros y tener el placer de saborear una vida llena de preguntas.

Juan José Tamayo, teólogo y filósofo de la Universidad Carlos III de Madrid, explica en el prólogo que este libro profundiza en el debate sobre la educación de las mujeres que se dio durante un breve pero intenso período de la historia de El Salvador, que abarca de 1871 a 1889, en el cual intelectuales, políticos y ciudadanos discutieron sobre el acceso de las mujeres a la educación.

Para Olga Vásquez, doctora en Filosofía Iberoamericana y profesora universitaria, el valor de su investigación radica en la posibilidad de revalidar la pregunta que los mandatarios liberales se hicieron en el siglo XIX durante el proceso de la construcción del Estado salvadoreño: ¿cuál debería ser el rol de las mujeres en la sociedad?

Mientras la corriente católica de la época se opuso a la formación de las mujeres y las limitó al ejercicio de las funciones maternas y educadoras de los hijos, la visión liberal apoyó la formación intelectual de las mujeres, para convertirlas en aliadas del progreso y en el pilar fundamental durante la transición de estado católico a estado laico.

Pero si en el siglo XIX los liberales salvadoreños apoyaban la decisión de apostar por la educación de las mujeres, ¿dónde nos perdimos? Esta es una de las preguntas más frecuentes que la autora debe responder y dice que el problema es que “los herederos de este planteamiento a lo largo de 200 años no hemos podido interpretar los nuevos tiempos y no hemos hecho nuevos planteamientos educativos. Los niveles de violencia y falta de cohesión nos hablan de una sociedad que no se entiende a sí misma”, afirma Vásquez.
Por esta razón, Olga Vásquez reitera la importancia de que la historia nacional proponga “modelos que nos inspiren”. Y sostiene que ser mujer es una desventaja “cuando no somos conscientes del bagaje que tenemos y de cómo hacer uso de él, a eso debería apuntar el proceso educativo en la familia y en la escuela”.

En estos tiempos en los que seguimos estancados discutiendo sobre si es pertinente la educación sexual en nuestras escuelas o si las mujeres deberían tener el derecho a decidir sobre su maternidad, me inspira un libro como “Mujeres en público”, porque no solo anima a hacer una relectura de la historia nacional para no repetir los errores del pasado, sino que también rescata del olvido la figura de Antonia Navarro, como un modelo de ciudadana salvadoreña para el presente. Gracias a Olga Vásquez y a Claudia Hernández por reescribir este período de nuestra historia y destacar el protagonismo de mujeres salvadoreñas inteligentes, independientes y educadas.

Maternidad en el encierro

Irene habla poco. Es tímida y casi todas sus respuestas se componen de frases cortas. ¿De dónde sos? “De Desamparados”. ¿Qué edad tenés? “En enero cumplí 16”. ¿Te veías siendo mamá? “Al principio no, pero pasó. Diay, lo que Dios quiera”.

Es el último día del curso prenatal en la Clínica de Santo Domingo de Heredia y las mujeres embarazadas del grupo decoran el aula. Unas letras en cartulina pegadas a la pared forman una palabra: “bienvenido”. Hoy todas se “gradúan”, pero la celebración no es para ellas.

Irene se sienta y escucha con atención a Ana Lucía García, enfermera obstetra y coordinadora del Programa de Salud de la Mujer en el centro médico. Algunas mamás del curso se acompañan de sus parejas; otra adolescente embarazada lleva a su mamá. Irene no.

Su compañía durante estos siete lunes no siempre ha sido la misma, pero usa el mismo uniforme: botas negras, pantalón verde oscuro y una camisa beige con un escudo. Centro de Formación Juvenil Zurquí, se lee en él.

El baby shower sorpresa del cierre lo planearon para la única integrante que no lo tendrá afuera de esas cuatro paredes. “Uno como mamá se asusta y le da mucho miedo, pero usted lo va a lograr… porque está luchando”. Ana Lucía le habla a la joven y ella asiente. “Eso es algo de admirar”.

Irene tiene 35 semanas de gestación, 16 años, dos tatuajes en sus brazos, muchos regalos por abrir y una condena que se encuentra pagando en el único centro penitenciario para menores del país, ubicado en San Luis de Santo Domingo. Se ve frágil, casi inofensiva. Deja escapar su retraída risa de vez en cuando. Es –casi– una niña… que le dará vida a otro niño.

Antes de entrar al centro, nunca se imaginó que ella y su hermana –de 17 años– caerían presas juntas por el mismo delito. Tampoco tenía idea de que iba a ser mamá. Tenía temor, cuenta. No sabía para dónde iba. “Ya perdí el miedo”, me dice. “El Zurquí es tranquilo”.

“Me hicieron una prueba de sangre y ahí salió que estaba embarazada. Yo no sospechaba nada”, agrega. Con el papá del niño ya no tiene contacto. “Él andaba conmigo, pero cuando yo entré al centro yo corté con él. Yo dejé las cosas así pero yo no sabía que estaba embarazada”.

El curso le ha ayudado mucho. “Al inicio yo no sabía nada de ser mamá y esas cosas. Me sentía muy asustada de ver a todas las personas y yo siendo menor de edad”.

—¿Te daba miedo que supieran que eras privada de libertad?

—No, eso no.

Avance institucional

“De las dos chicas madres que tenemos acá, una no tiene mucho de ser privada de libertad, pero enfrenta una sentencia importante”, asegura Kattia Góngora, directora del centro penitenciario Zurquí. “Va a implicar que se separe de su bebé por varios años. La otra enfrenta una sentencia muchísimo más corta y ya tiene avanzado un período”.

Irene es una de las 13 mujeres menores de edad del centro penal –popularmente conocido como la cárcel de menores– compuesto actualmente por unos 115 jóvenes. De ellas, siete viven (en distintas formas) la maternidad en el encierro.

Los bebés de dos de estas madres fueron declarados en abandono y puestos en adopción; Karen (de 17 años) es la única que vive con su hijo de un año en su dormitorio; Irene hará lo mismo después de dar a luz y el resto ha buscado apoyo familiar afuera para hacerse cargo de sus hijos en libertad.

“A los tres años de edad del niño, ellas enfrentan el paso amargo de pensar qué va a pasar con ese bebé. Eso depende de afuera, no de lo que ellas hayan avanzado aquí”, agrega Góngora. “Ellas pueden estar súper preparadas para que continúen con su bebé, sin embargo, al cumplir tres años, vuelven a ‘el afuera’. Hay dos posibilidades: si hay una familia con la que cuentan y las apoyan, los bebés van ahí. Si no tienen apoyo o la familia recursos, el bebé puede ir a un albergue. Es el dilema diario que enfrentan las mujeres privadas de libertad”.

Tanto para el centro como para la clínica de Santo Domingo, el caso de Irene es histórico y es un avance que los llena de orgullo. Por primera vez, una joven privada de libertad recibe un curso de preparación para el parto afuera de la cárcel.

“El centro ha tratado de todas maneras que ella lleve su embarazo de la forma más positiva posible”, asegura Góngora. “Nosotros tenemos lo que nadie quiere tener: la gente que ha hecho daño y que ha cometido delitos. Es muy complicado, porque el hecho de que las personas cometan delitos no los excluye de tener derechos: a la educación, al trabajo, a la recreación, a convivir, a vincularse con otras personas. Todos esos son derechos que ni siquiera son discutidos: deben ser”.

Para Ana Lucía García, enfermera que ha liderado todo el proceso del curso prenatal, esta iniciativa del centro es de aplaudir.

“Muchas veces a los privados de libertad se les violan sus derechos y la salud es uno de ellos. Yo desconozco qué fue lo que hizo la muchacha. No le voy a preguntar ni me interesa. Es una adolescente que tiene derecho a venir a un curso y que tiene derecho a prepararse para ser mamá”, dice García.

Elizabeth Díaz, mamá integrante del curso en la clínica, coincide. “Me llena mucho de gozo ver que le están dando una segunda oportunidad, no solo a ella, sino también al bebé. Ella está pagando una condena por un error que cometió, pero el bebé no tiene por qué pagar las consecuencias”, asegura. “Que ella esté disfrutando con nosotras y compartiendo me da mucho gusto. A una persona no se le tiene que castigar dos veces. Ya a ella la castigaron una. ¿Por qué hacerlo de nuevo junto a su bebé?”

La práctica indica que todas las salidas de privados de libertad deben ser autorizadas por un juez, sin embargo, en temas de salud, la autorización la puede dar el mismo director del centro, como sucedió en este caso.

“Desde el concepto de salud integral de la Organización Mundial de la Salud, unido con los objetivos de la justicia penal juvenil –que siempre trata de promover la reinserción social–, (la salida de Irene) se justifica”, dice Sofía Elizondo, trabajadora social del Zurquí. “Para ella este proceso fue fundamental, no solo en su condición como madre, sino en la posibilidad de conectar con gente diferente”.

Para ella, agrega Góngora, dentro del contexto socioeconómico en el que se ha criado, estos espacios sociales positivos no son lo normal. La dinámica es otra.

“El proceso para ellas es doblemente pesado”, añade Elizondo. “Ya son madres adolescentes, que eso ya es una causa de vulnerabilidad. Pero son madres adolescentes en condición de privación de libertad. Algunas sin redes de apoyo fuertes, con un montón de situaciones lo emocional que hay que revisar, con condiciones económicas muy desfavorables en algunos casos; otros con historias de vidas muy dolorosas y llenas de abusos y abandonos”.

“Es un camino que estamos recorriendo con mucho temor, pero con mucha motivación hacia una construcción lo más cercana al respeto de los derechos humanos de ambos menores”, agrega.

Irene tiene mandalas (dibujos circulares, propios del hinduismo) coloreados pegados en la pared de su dormitorio y tres atrapasueños que hizo en la clase de bisutería. Tiene al lado de su cama la compañía de su hermana. Tiene además, en su vientre, un niño que ya está por nacer.

—¿Ya te sentís preparada para ser mamá?

—Sí.

—¿Ya querés que nazca?

—Sí.

Maternidad tras las rejas

Karen habla mucho. Es desinhibida y casi todas sus respuestas se componen de largos testimonios.

“Cuando el OIJ me detuvo lo hizo muy groseramente”, recuerda. “A mí algo me dijo que me cuidara porque seguro estaba embarazada. Ya yo lo sospechaba. Me tiraron al carro y las muchachas me dijeron: ‘eso es lo que todas dicen’. Le dijeron a la fiscal y la fiscal me mandó a hacerme una prueba de sangre en la noche y salió positivo”.

Karen tiene dos años de ser privada de libertad. André, su bebé de año y un mes la sigue por donde vaya. Aún no habla, pero ya camina. Cuando cumpla tres años, la mamá de la Karen se hará cargo de él.

“Fue una mezcla de sentimientos”, dice la joven de 17 años. “Yo quería ser mamá, pero no quería ser mamá encerrada. Para mí es muy duro que él quiera salir (del dormitorio) y yo no pueda sacarlo. Tengo que pedir un permiso y no siempre me lo dan”.

Una de las grandes preocupaciones que enfrenta el Zurquí es que, a diferencia de la cárcel femenina El Buen Pastor, este centro no cuenta con una casa cuna. Las menores embarazadas deben compartir su espacio con sus bebés.

“Karen es una chica que debe tener a su bebé 24 horas. Tiene que estar agotada. No tiene la posibilidad de decir: ‘voy a llamar a mi suegra para que me lo cuide’ o ‘voy a decirle a mi hermana que me lo recoja para yo ir al supermercado’”, dice Góngora. “Nuestra meta es empezar a construir la sección femenina con énfasis en una casa cuna pequeñita. Ya están los planos y el terreno. Lo que no hay es toda la plata. Es un proyecto caro”.

Con un inevitable tono maternal, la directora dice entender el dilema ético al que se enfrentan todos los días.

“Si la madre está privada de libertad y el bebé está con ella, estamos limitando de alguna manera también el tránsito del bebé. Sin embargo, el interés superior del bebé es lo principal y se valida la posibilidad de que él esté con su mamá”.

El dormitorio de Karen mide unos 3 metros cuadrados. Ese espacio reúne una pila, una cama, un baño, una cuna y varios juguetes en el suelo. Cada detalle, cada carta, cada papel de chocolate lo guarda en una gran bolsa de tela que nos muestra con detalle.

“Esto fue de cuando bebé cumplió un añito”, dice mientras nos enseña un gorro de cartón. “¿Sabe qué? Ese fue uno de los días más difíciles para mí… legal. Lo esperé mucho, mucho tiempo. Ese día no era un día de visita. Lo que yo menos me imaginé era que una oficial le pidiera permiso a los jefes para hacerle una fiestita. Fue como… uf, mae”, dice Karen.

“Es una realidad muy dura”, agrega la directora. “Porque es: no solo estoy privada de libertad, no solo tengo que lidiar con todas las emociones que significa ser adolescente. Ella es un fracaso social… está encerrada. Debería estar en el colegio con sus amigas. Pero además de eso, es mamá con todos los controles encima”.

En Costa Rica, hace dos o tres años, el número de mujeres menores privadas de libertad se contaban con los dedos de una mano. Trece es un número anormalmente exorbitante. Sus pronósticos indican que irá en aumento (en un país como El Salvador, sin embargo, ese número es casi 80).

“Están en lugares que no son adecuados”, asegura Góngora. “Deberían tener un jardín para salir, un patio donde tomar el sol a cualquier hora, pero están en lugares que no fueron hechos para contener población. Hemos estado luchando para construir una sección femenina, pero es difícil… nadie quiere invertir en el sistema penitenciario”.

Lo mismo apunta Sofía, la trabajadora social. “Si este centro no estuvo pensado para tener mujeres, mucho menos para tener mujeres con sus bebés. Lo que estamos apostando es estar muy unidas con el equipo técnico de El Buen Pastor para hacer un proyecto lo más parecido posible, con condiciones mucho más limitadas”.

Libertad a medias

Michelle tiene 21 años y una niña de cuatro años y siete meses. La ve cada 15 o 22 días, cuando su mamá se la lleva al centro.

“La primera vez yo caí aquí en 2012, ya embarazada. Solo estuve un mes”, cuenta a través de una verja de metal. “Salí y tuve mi hija afuera. Después de año y medio me hicieron el juicio y me sentenciaron”.

En ese momento, no se permitía la presencia de bebés en el centro. “Tampoco era justo que ella estuviera en un lugar así con uno. Yo cometí mis errores cuando era joven. Todavía era una chiquilla, no sabía lo que hacía”, dice con una voz pausada. “Yo acepto mis errores, tampoco los voy a negar”.

A Michelle le queda poco tiempo para reencontrarse con su libertad. Quiere hacer trámites para que una vez afuera, pueda seguir estudiando en el centro. Empezar de nuevo afuera sería un reto complicado.

“Cuando veo a mi hija es una felicidad, pero cuando se va es muy difícil. No la puedo ver crecer cada día que pasa”, dice. “Yo he sufrido mucho. Me hace mucha falta. Gracias a Dios ella está bien con mi mamá”.

Cuenta los días para volver a ser libre. “Las mujeres jóvenes que anden en cosas raras, legalmente esa vara se para. Tal vez la gente que está afuera no entienda, pero la libertad es lo mejor que puede haber en esta vida”.

Cerca de un tercio de los menores privados de libertad no reciben visitas. Muchos de sus familiares son también privados de libertad en otras cárceles o por sus limitados recursos se les complica transportarse.

“Los adolescentes del centro, lo que tuvieron en ‘el afuera’ fue una pérdida de controles y de límites. La calle no les pone límites. Aquí tienen que vivir con ellos y eso es un reto”, expone Góngora.

“No hay forma de ver esta situación sin que sea compleja. La sociedad quiere ver estas situaciones solo en blanco y negro: cometió un delito, que vaya a la cárcel. Nosotros no podemos dejar de ver la humanidad jamás”.

Karen está sacando noveno año, aunque arrastra materias de octavo. Cuando vamos de salida, me entrega una carta. “Soy ser humano y, como tal, cometo errores. Pero también tengo derecho a una segunda oportunidad. Deseo salir a la sociedad y que no me señalen. Más bien, que mi experiencia sirva de ejemplo para otras mujeres”.

—¿Tenés planes para cuando estés afuera?

—Ay sí, mujer. Mire. La cuestión está así: salgo y quiero vivir sola. Voy a trabajar de día y estudiar de noche. Quiero ser maestra de español, si Dios quiere. Es como romper una cadena de una familia que va así… lo que yo menos quiero es venir a visitar aquí a mi hijo.

Cerca de un tercio de los menores privados de libertad no reciben visitas. Muchos de sus familiares son también privados de libertad en otras cárceles o por sus limitados recursos se les complica transportarse. “Los adolescentes del centro, lo que tuvieron en ‘el afuera’ fue una pérdida de controles y de límites. La calle no les pone límites. Aquí tienen que vivir con ellos y eso es un reto”, expone Góngora. “No hay forma de ver esta situación sin que sea compleja. La sociedad quiere ver estas situaciones solo en blanco y negro: cometió un delito, que vaya a la cárcel. Nosotros no podemos dejar de ver la humanidad jamás”.

JUGUEMOS AL TIEMPO PERDIDO

JUGUEMOS AL TIEMPO PERDIDO

Cuando salió de prisión luego de estar encerrado durante más de diez años por delitos diversos se encontró de pronto con una libertad que lejos de cautivarlo le ponía los pelos de punta. Su mujer lo había dejado para irse como inmigrante ilegal con los hijos hacia el Norte, y la pequeña casa donde siempre vivieron estaba hoy en poder del abogado que tuvo su caso por todo el tiempo, para responder por honorarios profesionales. Tuvo entonces que refugiarse, sin pedir permiso y como una especie de invasor de los que hoy se estilan, en el cuchitril donde se alojaba su único pariente vivo: Noé, el que reparaba zapatos y hoy también ejercía labores de brujo; y esto último le daba mucho más ingreso porque en tiempos de penuria y de inseguridad casi todo el mundo quiere ir a hacerles preguntas a los espíritus escondidos.

Noé lo recibió como si él fuera mensajero de algún poder que se hacía sentir sin darse a conocer. Él pronto percibió que Noé, su primo segundo, estaba tratándolo como si fuera su hermano, y como nunca tuvo hermanos tal sensación se le hacía especialmente inefable. Así se lo dijo un domingo con sabor a canela disuelta en café:

–Lástima que no te conocía antes, Noé, porque quizás me hubieras enseñado el buen camino.

–¿Yo? ¿Cómo cres, hombre? Yo ando casi siempre en malas compañías…

–Nunca te he visto con nadie sospechoso.

–Es que la gente con la que ando no se mira. Son puras sombras… A la gente le gustan las sombras, y paga por tenerlas a su alrededor. Yo sólo soy un arriero de sombras…

–Bueno, pues allá vos. Yo lo que te digo es que vengo de conocer las verdaderas sombras, y eso es lo que quiero olvidar. En serio, hermano.

Cuando pronunció la palabra hermano, Noé se cubrió el rostro con los dedos crispados.

–¡Se me hizo, se me hizo! –exclamó, con voz enternecida.

Y en ese instante se le acercó para abrazarlo, como si acabara de encontrar lo que andaba buscando desde siempre.

Él se sintió tocado por una fuerza superior:

–¡Gracias, mano!

EL MORRAL DE JIBOA

Las orquídeas se multiplicaban en las ramas de los morros sin que nadie hiciera nada para que eso ocurriera. Al menos nadie que tuviera identidad humana reconocible. Desde su más remota infancia venía transitando, en caminos de tierra o en rutas de nostalgia, por aquellas extensiones de tierra generosa, y el hecho del florecimiento multiplicado en los ramajes no tenía para él ninguna connotación extraordinaria. Era lo normal en aquel ambiente durante la temporada veraniega, como si las orquídeas silvestres tuvieran nexos familiares con la fresca y soleada libertad del aire que correteaba por los alrededores.

Ahora regresaba a la casa patronal en el centro de la prominencia rocosa que estaba junto al límite con la propiedad vecina, muy cerca ambas del caudal del río Lempa y al pie del cerro casi despoblado de vegetación que estaba en el costado. Cruzó la puerta de golpe y de inmediato estuvo junto a la bodega donde se guardaban todos los aperos de trabajo, incluyendo desde luego las monturas, las riendas, las espuelas, los lazos…

Pensó entonces en Lucero, el caballo que estaba ahí, en el corral, siempre dispuesto a salir trotando por los potreros y los morrales, hasta llegar al cantón vecino, Los Arracados, donde vivía aquella cipota de ojos azules cuya imagen nunca desapareció de su mente, aun en los tiempos más absorbentes de sus distintas ausencias.

Sintió de pronto que todo aquello había sido una odisea de todos los colores imaginables, pero sin perder en ningún momento el destello vagabundo de aquellos ojos, que ahora vivían en muchas de sus historias escritas, como si hubieran encontrado su destino natural. Entró en la bodega, y todo estaba exactamente igual. Eso le produjo una ansiedad inesperada. ¿Significaba que Lucero se hallaba ahí nomás, en el corral de siempre?

No se animó a ir a comprobarlo, y en cambio se dirigió hacia la casa patronal, que estaba rodeada por una especie de cinturón tendido de piedras rústicas y tenía enfrente un amate que parecía haber nacido del tamaño actual. Se detuvo ante la puerta central que tenía sobre el borde superior el sencillo grabado a color y enmarcado en madera limpia de un santo de cuyo nombre nunca pudo acordarse. Pero esa imagen ya había encontrado identidad entre sus devociones presentes: era San Francisco de Asís rodeado de su familia de seres de los montes.

¿Entraría o no entraría? El dilema no duró nada: empujó la puerta, que en verdad estaba ligeramente entreabierta, y pasó al interior. Como venía ocurriéndole desde que inició su travesía después de cruzar el río Lempa, todo se hallaba en su sitio. Y al estar en aquel espacio que era el de la intimidad posible se hizo mentalmente la pregunta obligada:

“¿Qué significa el tiempo, si la voluntad de cruzarlo en la dirección preferida puede tomar cuerpo en el momento menos pensado?”

Y entonces tuvo el impulso irrefrenable de volver a la vegetación más cercana, que se extendía al sólo descender el promontorio de laja donde estaba ubicada toda la edificación principal. Iba de camino cuando una presencia le hizo detenerse con sobresalto: sí, ahí estaba Lucero, ensillado para hacer el paseo de siempre. Y cuando se le acercó se dio cuenta de que el caballo era sólo una brillante nubecilla de polvo. El de entonces se había quedado vagando entre los morros vecinos, con la alegría de los espíritus libres.

Se apuró a bajar para acercarse a las orquídeas florecientes entre los brazos de los morros. Y como el morral venía de un invierno copioso, todas sus energías creadoras se hallaban en acción. Él se introdujo entre los follajes como si lo hiciera entre las estructuras simbólicas de un templo que no tenía ningún temor a encontrarse a merced de los elementos terrestres y astrales. De repente, sin embargo, lo que era una floración perfectamente natural y previsible se le convirtió en un misterio anhelante. Las orquídeas no sólo estaban en los ramajes de afuera sino también en los ramajes de adentro. Y como a ellas, les ocurría lo mismo a la tierra y al aire. Mientras se alejaba hacia el río para cruzarlo y volver al diario vivir, se fue dando cuenta de que estaba entendiendo por fin el significado del tiempo, su guía inseparable…

MISIÓN DE LA CENIZA

Su vida en familia fue siempre entrañable y distante a la vez. Estaba y no estaba entre los suyos, como en un juego de imágenes que se encendían y se desvanecían al mismo tiempo.

Un día de tantos, llegó la hora de sacudir todos los lazos. No tenía que decirle nada a nadie, porque a nadie podía importarle. Bueno, salvo a ella, a la Toña, que había guardado en su tumbilla sus primeros manuscritos inocentes.

–Toñita, ya no vas a verme.

–¿Por qué, niño?

–Porque me voy.

–¿Y para´onde?

–A gozar del aire.

–Ummm… eso está feyo. ¿No será que se quiere horcar de una viga?

–Ah, Toñita, cómo vas a crer. Si a mí me gusta la vida. Y si está ensalivada, mejor, jajá.

–Ah, ya caigo: se va a dormir en una sola cama con alguna cipota sin estrenar.

–¡Toñita!… ¿Qué comés que adivinás?

La verdad era que no había nada de aquello por ahora. Aunque si se daba algo así pues tampoco iba a hacerme el desentendido. En verdad lo que quería era “gozar del aire” de una manera muy personal, que quizás nadie entendería del todo. Bueno, tal vez la Toña.

–Mirá, Toñita, a ver si me enseñás uno de los papeles míos que tenés guardados en tu tumbilla…

La Toña volvió a ver hacia otra parte, como si no le estuvieran hablando a ella. Sentí de pronto una apretura en el pecho. Ella se explicó en un hilo de voz:

–Comenzó un incendio y se quemó la tumbilla.

Tuvo entonces una reacción inesperada: por dentro se le desató un incendio y en unos segundos todo el pasado familiar se hizo ceniza. Ahora sí ya podía gozar del aire a plenitud. Los nudos estaban deshechos para siempre. A su alrededor los rostros de los padres y de los hermanos sonreían.

–¡Gracias, Toñita, me diste en el clavo!

–Ah, muchachito inocente, ¿no te habías dado cuenta?

–¿De qué?

–De que Dios tarda pero nunca olvida.

Carta Editorial

La tercera entrega del especial sobre el mes de la mujer está dedicada a ver hacia adentro. Los trastornos de salud mental que afectan más a la población femenina son la base sobre la cual se crecen otros problemas sociales. Una atención adecuada puede marcar una diferencia trascendental en la vida no solo de la mujer enferma, sino de todos los que la rodean.

La salud en el país está, sin embargo, enfocada en lo físico, en lo biológico. Y, dentro de esta categoría, solo en lo curativo y no en lo preventivo. La salvadoreña es una sociedad atípica que se mueve por igual como víctima y victimaria de una violencia que no conoce límites. Venir de una guerra para vivir en otra y no tener certeza alguna de que los procesos y las instituciones funcionen como deberían funcionar a causa de una corrupción naturalizada colocan a la población en una situación de vulnerabilidad. Pero hasta el momento, lo que ha mandado ha sido el silencio y la ignorancia en casi todo lo que concierne a salud mental.

Cálculos de instituciones como la Organización Panamericana de la Salud indican que la cantidad de mujeres afectadas por trastornos mentales duplica a la de hombres. Esto sin tomar en cuenta otros factores particulares del país que acaban reduciendo más las oportunidades para la población femenina, como la discriminación, la brecha salarial y la falta de acceso a educación y justicia.

La publicación que abre esta edición es un recorrido desde las primeras señales de alarma hasta las peores consecuencias. Un trastorno mental no se cura de la noche a la mañana. Requiere atención especializada y recursos suficientes para poder restaurar equilibrios neuroquímicos. Para romper el largo silencio que ha sido la norma en estos casos es indispensable la educación tanto para identificar los síntomas como para establecer la tan necesaria, y hasta el momento tan ausente, empatía.

“Todavía hay mucho por hacer“

¿Cuál es su miedo más grande?

El fracaso, porque hay que levantarse de nuevo, quedan cicatrices.

Su vida sería perfecta de no ser por…

Que perdí a mi padre cuando tenía 19 años. Él tenía cáncer de hígado y me prometí no estar relacionada en nada con esta enfermedad, ya que había decidido servir a mi gente, pero de otras formas. Luego perdí a mi hermano y a mis cuñadas.

¿Qué piensa de los políticos que actualmente gobiernan este país?

Pienso que como cualquier país del mundo, hay buenos líderes, pero lamentablemente hay algunos otros que dejan mucho que desear.

¿Quién le habría gustado ser?

Creo estar satisfecha con mi persona y no querría ser nadie más. La vida me ha dado todo lo que cualquier persona desearía tener.

¿Qué significa para usted la muerte?

Otra parte de la misma vida a la que todos llegaremos, pero sin prisa. Todavía hay mucho por hacer.

¿Cree en la inmortalidad del alma?

Por supuesto, soy católica-apostólica.

¿Cuál le gustaría que fuera su epitafio?

“Había una señora que hizo patria a su manera, se llamaba Leonor Guirola de Llach. ¿Se acuerdan?”

BUZÓN: Presunción de inocencia


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Miguel Martínez
miguelmar47@yahoo.com

Presunción de inocencia

Quiero referirme a la opinión de Mariana Belloso que tituló “Las culpables”, en la que señala el calvario vivido por una doméstica que fue acusada de ladrona y enviada a una cárcel de nuestro país. Me impresionó su frase de que “como sociedad somos especialistas en señalar, acusar, juzgar con rapidez y facilidad”, quejándose de que el debate sobre la presunción de inocencia se ha tardado mucho. Sobre esto último quise escribir hace mucho tiempo. Desde cuando presentaban a los reos sin camisa y empujados frente a las cámaras y los reporteros de diversos medios. Me preguntaba si dentro de los que presentaban ante las cámaras no irían algunos inocentes que estaban sufriendo, porque fueron capturados y estigmatizadas ante la población. Recordé cuando con los jóvenes estudiantes abordábamos el tema de la presunción de inocencia, y concluimos que era injusto que presentaran a los reos como que si ya fueron juzgados y declarados culpables. Lo peor es que no escuchaba a mi alrededor ningún comentario negativo al respecto. Creo que es porque la gente lo toma como normal. Entendemos que la presunción de inocencia que aparece reglada en la mayoría de sistemas constitucionales, y consecuentemente desarrollada por sistemas procesales penales, no fue un principio creado por una tratadista en particular, sino más bien su origen se remonta a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, promulgado por la Revolución Francesa de 1789. En nuestros días, el tema se llevó a discusión cuando una organización académica se quejó de la exhibición de unos abogados, no obstante, que antes habían pasado por las cámaras y los reportes periodísticos gente común que luego era liberada por falta de pruebas. Al respecto, he de apuntar que cuando alguien es liberado se suele culpar al abogado que llevó el caso, pero se olvidan de que si la Fiscalía y la Policía no presentan pruebas contundentes, los indiciados tienen que ser liberados. Mientras tanto se ha violado la presunción de inocencia y, como dice Mariana, nunca pueden quitarse el mote de ladrón, extorsionista o violador. Pero la presunción de inocencia no es compatible con las mentiras que utilizan muchos encausados en su defensa e incluso en sus negativas a declarar, dándose la paradoja de que muchos políticos procesados por corrupción exigen presunción de inocencia, demostrándose previamente que han mentido en forma reiterada. Así las cosas, los políticos con pruebas inequívocas de corrupción deben ser apartados de la política, sin dar pie a que se refugien en vericuetos procesales que se eternizan, obstaculizando las leyes.


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Julio Roberto Magaña
jrobertomasa@hotmail.com

Afrenta a la castidad

Cualquier actitud de enfrentamiento o forma indebida de proceder ante una mujer es violencia contra ella, violencia de género construida desde las prácticas machistas patriarcales enquistadas en una repulsiva cultura, donde sucede por complacencia y plena impunidad, ¡cómo indigna el testimonio de Victoria! En esta segunda entrega de Valeria Guzmán, “Las mujeres violadas de un país que no protege ni medica”, la periodista expone la afrenta a la castidad que sufren las féminas ante los atropellos de la barbarie desenfrenada. Es vergonzoso que El Salvador tenga una de las tasas más altas de violaciones sexuales, especialmente en rostro de mujer joven, y el agresor sea en la mayoría de casos residente en los mismos hogares o gente de “confianza” de la familia agredida. Las secuelas de estos infamantes actos son de considerables consecuencias, marcan la vida de la víctima para siempre, volviendo su sexualidad incolora e insípida en contraposición a la libertad sexual, entendida esta como el hecho de que es la mujer la única y absoluta dueña de su cuerpo. Esta arista de la ola delincuencial, de las más severas entre las atrocidades, debe ser un punto focal, pues en principio es la fuerza bruta frente a la ternura que las mujeres merecen. Luego aparecen los contagios y embarazos no deseados, cual atentados contra la vida de la infortunada víctima. La piedra en el zapato de los problemas de violencia es la falta de educación, aunque también suceda entre académicos que no aprendieron a equilibrar sus emociones. Igualmente el tema de la sexualidad debe tener rigurosos controles, el machismo debe ir camino a su extinción. Eso de que las mujeres deben hacer todo lo que el hombre dice es irreverente en los tiempos actuales. También eso de que las mujeres sean sometidas por el “poder” a modelos preestablecidos de relación sexual como leyes inmutables de la naturaleza es una imperdonable aberración, porque considera a las mujeres como objeto y no como personas dignas; aparte del abuso de violentarles su voluntad y su paz emocional, desconocen que la democracia familiar es un método que debe iniciarse en el hogar. Suena bien que haya organismos en defensa de las mujeres, pero queda mucho por hacer para ir desinstalando la maldad en mentes psicópatas y evaporar las aciagas experiencias que han vivido muchas mujeres por el hecho de serlo. Como corolario, recordemos a Perales cuando canta: “A ti mujer, no importa quien seas, ni de donde vengas”… ¡denúncialos!


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Rutilio López Cortez
rutilio_lopezcortez@outlook.com

Mujeres marginadas

En la revista de este pasado domingo, dos piezas llamaron mi atención: la columna de Mariana Belloso y el reportaje de Valeria Guzmán, en donde narran el calvario que sufre la mayoría de mujeres en nuestro país y, por qué no decirlo, en todo el mundo. La violencia que sufren las mujeres es una enfermedad que nos está carcomiendo. Eso que dificulta el paso de las víctimas para sobrevivir, levantar cabeza y tener la firmeza de decirlo, como el relato de “Victoria”. Nadie la quiso ayudar y quizás en estos momentos esté recordando la cara de los salvajes que la violaron y que desde ese día le cambiaron su vida y hasta el domicilio. Hoy es una víctima como muchas otras que deambulan en el olvido de esta cultura machista. Por esta razón hacen falta hombres que crean en las mujeres, para que cuando quieran atacar a una mujer piensen que es como si los estuvieran atacando a ellos. Es conveniente que los medios de comunicación junto a los poderosos se atrevan a asumir responsabilidad. Como ejemplo menciono que los Acuerdos de Paz fueron escritos totalmente en masculino, literal y simbólicamente hablando, a pesar de la presencia de más de una mujer en las comisiones negociadoras y firmantes de estos, por esta razón la población civil femenina que colaboró con el FMLN no fue específicamente tomada en cuenta en los Acuerdos de Paz, lo que implicó que la mayoría quedaran tras la guerra sin recursos para su supervivencia. La mayoría de mujeres estaba en desventaja frente a los hombres, pues las políticas económicas y sociales no ofrecían escenarios para superar la desigualdad e inequidad que son la diferencia entre ambos géneros. Por esta razón a la mujer se le ha ubicado en un segundo plano, marginándola y excluyéndola de cualquier expresión cultural y étnica donde pueda participar, demostrar su capacidad en todas las áreas y predominar con ese 52.51% del total de habitantes de este país.

Para matar a un Hipopótamo

La muerte del hipopótamo Gustavito en el Parque Zoológico Nacional de El Salvador es una muestra emblemática de lo mal que anda el país en muchas cosas.

Para algunos puede parecer banal y hasta impertinente ocuparse de la muerte de un animal, tomando en consideración los múltiples homicidios y demás problemas urgentes que debemos resolver como nación. Pero es importante que se discuta porque es un problema antiguo que mientras no se resuelva de manera definitiva, continuará teniendo lamentables consecuencias. También es importante que se discuta porque el zoológico es una institución pública, cuyo mantenimiento proviene de nuestros impuestos. Es decir, el hipopótamo muerto era un bien público sobre el cual el Gobierno tiene que rendir cuentas a la ciudadanía, de manera veraz y oportuna. Sin excusas.

Enumero de manera rápida algunos de los problemas que esta situación plantea y que son lo que realmente debería preocuparnos: el pésimo manejo de la información de parte de las autoridades correspondientes, que incluye versiones contradictorias y dudosas; la validez sobre el concepto del zoológico y su necesaria transformación, adecuada a la realidad de este siglo; la reacción de la ciudadanía a la que le enardece más la muerte de un animal que la de nuestros compatriotas asesinados todos los días, sea en territorio nacional o en sus viajes migratorios; la ineficiencia de las autoridades correspondientes en el manejo de este tipo de instalaciones; la infaltable politización del asunto. También han circulado una serie de rumores, cada uno de ellos a cual más perverso y preocupante, de los cuales no haré eco porque son asuntos no confirmados.

Son demasiadas cosas para tratarse en un espacio tan corto como este, pero hablaré de otros aspectos que también son importantes. Para comenzar, el zoológico no debería de ser parte del organigrama de la Secretaría de Cultura (SECULTURA). El tipo de trabajo y de expertos que se necesitan en un zoológico no tienen nada que ver con el trabajo cultural, por lo menos no de manera directa. Sería más provechoso conformar un asocio público-privado, en el que haya representaciones del Ministerio de Medio Ambiente, SECULTURA, Ministerio de Educación, la alcaldía, la sociedad civil y la empresa privada, para hacerle una buena inversión económica, conseguir un terreno amplio y refundar el zoológico, transformándolo en un moderno centro de estudios, investigación científica, preservación y rescate de la fauna autóctona.

Cerrar el zoológico, como exigen algunos, no soluciona los problemas de fondo. En el minúsculo espacio geográfico de nuestro territorio, las áreas naturales protegidas son escasas. Los animales han tenido que adaptarse a la expansión de nuestra descontrolada e irreflexiva urbanización. Prueba de ello es ver pájaros y ardillas haciendo nidos en lugares extraños de nuestras ciudades. Los humanos estamos aniquilando el hábitat de las especies animales y vegetales. Ello refleja nuestra insensibilidad ante el medio ambiente y nuestra deplorable relación con la vida natural.

El zoológico, mal que bien, es el espacio donde las autoridades y particulares depositan animales silvestres que han sido rescatados de comerciantes o maltratadores. Algunos de los animales incluso llegaron al zoo luego del paso de algún circo que ya no quería seguir acarreando animales viejos o enfermos.

Las leyes existentes no ayudan ni sirven de mucho. A pesar de la supuesta protección que gozan las tortugas que desovan en nuestras costas, por ejemplo, son miles los huevos de tortuga robados de los nidos y vendidos para el consumo humano. También es común ver en algunas carreteras de nuestro país, a gente que vende cusucos, iguanas, pericos, zorros y otros animales que se supone son fauna protegida. Tampoco hay que olvidar las ventas ilegales de animales en el mercado central, los cazadores y leñadores furtivos, la minería y las empresas que contaminan nuestros recursos naturales.
Estas situaciones forman parte del ejemplo que le estamos dando a las actuales y futuras generaciones sobre nuestra relación con el medio ambiente. ¿Cómo podemos infundir respeto a la naturaleza en la niñez y la juventud, cuando las mismas instituciones públicas permiten la deforestación masiva, en nombre de un mal concebido progreso donde el concreto y el asfalto son marcadores inequívocos de desarrollo? ¿Cómo infundir conciencia ecológica en un país donde los crímenes que atentan contra el medio ambiente no son castigados de manera ejemplarizante? ¿Cómo lograr que nuestros niños y jóvenes respeten a los animales, las plantas y los árboles, si gracias a la excesiva urbanización están perdiendo toda relación con la naturaleza; si vivimos en una cultura de violencia que de manera sádica disfruta del tormento de las especies animales, seres humanos incluidos; si permitimos que lleguen al poder funcionarios corruptos e inescrupulosos que solo buscan obtener ganancias económicas para beneficio personal; si vivimos en una cultura donde un letrero comercial o monumentos horripilantes son mucho más importantes que los árboles que son cortados para instalarlos?

Esto es una consecuencia de la falta de inversión en cultura. Si la Secretaría de Cultura gozara de un presupuesto adecuado a las necesidades de cada una de las instituciones que tiene a su cargo, quizás esto no hubiera pasado. Y digo “quizás”, porque otro problema a resolver es la alcahuetería gubernamental que impide despedir a empleados públicos ineficientes, cuyo único interés es cobrar su cheque a fin de mes, pero que no tienen motivación ni conciencia de la importancia de la labor cultural en la sociedad. No me refiero únicamente a funcionarios en puestos de dirección, sino también al personal medio y básico, que es el que ejecuta las órdenes de los superiores.

Aunque Gustavito fue enterrado de manera apresurada, dizque para que no causara mal olor, el tufo del cadáver del hipopótamo y de los demás animales que han muerto en el zoológico por negligencia y descuido se seguirá sintiendo durante mucho tiempo. Pero, como suele pasar con la llamarada de tuza que es nuestra indignación nacional, nos acostumbraremos pronto y conviviremos con ello, al igual que convivimos de manera muda con todo lo demás que apesta en nuestra zoociedad.